#DomingosDeFicción: Propietaria

 

                                             Los monstruos existen y los fantasmas también.

Viven dentro de nosotros y algunas veces son los que ganan.

 

STEPHEN KING

 

I

Una a sus amigas no las deja botadas. No, señor. Una con sus amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza cuando aquella amiga loca, en complicidad con su novio, me hizo salir de mi propio apartamento. A menos que Constanza me haya mentido, ella también la pasó muy bien conmigo mientras compartimos esos días: yo le colaboraba con las tareas de la casa y también con el mercado. En una ocasión hasta me tocó hacerle de enfermera porque a ella le dio dengue y se puso malísima. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Pese a ello, no recuerdo haber sido antipática con los de mi prima. En fin, hace poco la vida me puso en la situación de retribuir aquel favor. No a mi prima Constanza que, para su suerte, se mudó a Turín con un novio fabuloso que conoció en un consulado. No. A mí me tocó darle cobijo en mi casa a mi amiga Rosario.

Rosario es, por decirlo en palabras sencillas, un imán para los eventos extraños, para lo inexplicable, para las cosas raras. Las cosas que le pasan a ella, estoy segura, no le pasan a nadie más. Contar cómo han sido los últimos tres años de su vida me tomaría mucho más tiempo del que dispongo para referir mi experiencia de las últimas semanas teniéndola cerca. Como la conozco (como la conozco tanto), lo primero que le hice fue una serie de advertencias: cero tipos en mi casa, cero fumadera (no soporto el humo del cigarrillo), cero dejar las camas sin hacer, cero guindarse a hablar por teléfono, cero ponerse mi ropa. Le dije unas cuantas cosas más  pero no tan relevantes como estas cinco, que para mí eran innegociables. Yo no fumo, no meto tipos en mi casa, soy escrupulosa con el orden (especialmente con el de las camas), me da asco la sola idea de compartir mi ropa y no estoy en condiciones de pagar, sin dolor, las altas tarifas del servicio telefónico.

¿Puedo invitar a Richard esta tarde? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? Como tú te vas a ese jamming con tus amigas, pensé que él podría venir y hacerme un poco de compañía…

A pesar de mis advertencias, Rosario estaba allí, como una niña chiquita y a tan sólo cuatro días de haberse instalado en mi casa, pidiéndome permiso para traer a un tipo.

Ya sabes lo que pienso al respecto, Rosario –le dije–. Si no me gusta que los traigas estando yo aquí, ¿cómo crees que voy a consentir que los traigas cuando no estoy?

Insistió de todas las maneras posibles en que era solo un amigo, en que solo verían una o dos pelis, en que si acaso compartirían un café y unas pastas y en que no pasaría de ahí. “Sé que no debo abusar de tu confianza”, dijo. Me juró y me perjuró que sería solo eso: películas, café y pasta seca. “No me voy a arriesgar a que me pongas en la calle. Tampoco es que soy estúpida”. En efecto, no estaba ella como para quedarse en la calle. Su casera la echó. La echó sin compasión porque ella se atrasó en unos pagos y se volvió morosa. Rosario perdió su trabajo como administradora, y sus pocos ahorros no eran suficientes para alquilar ni siquiera una habitación. Por eso le di acogida en mi casa y porque ella, en el fondo, era buena gente.

Rosario, no. No me lo pongas más difícil, por favor te lo pido. Si quieres compartir con Richard, dile que te invite él al cine, que te invite él un trago… ¡Vayan a dar un paseo por El Hatillo! ¡Vayan a El Tolón! ¡Salgan! No tienen por qué encerrarse aquí…

Mi amiga puso cara de corderito degollado e incluso cuando yo iba saliendo me echó una última mirada suplicante. La ignoré y salí. Cerré la puerta detrás de mí pero me fui con una mala corazonada. Yo a esta caraja la conozco y, a decir verdad, la creo capaz de cualquier cosa. El jamming comenzaría a las once y terminaría a las tres. Para la una y media estaba previsto un refrigerio, y todo lucía promisorio. Esa es una de las experiencias que más disfruto, y me hacía mucha ilusión compartir mis versos y escuchar los de mis amigos. Llegué a la quinta Girasoles, y ya habían llegado cuatro personas. Eso fue a las diez y cuarenta y algo… A mí me gusta llegar a tiempo a todas partes. La puntualidad es una obsesión para mí y, por lo visto, no estaba sola en eso: Aníbal, Laura, Manuel Enrique y Gloria me acompañaban en esa idea. Llegaron antes que yo. Nos saludamos, nos alegramos de vernos y nos felicitamos los unos a los otros. Hicimos comentarios aleatorios sobre la vida de cada uno y compartimos nuestro regocijo por una nueva edición de nuestros encuentros como creadores. Tal como acordamos la última vez que nos vimos, no hicimos ningún comentario sobre la situación del país. Tal como acordamos esa vez, honramos nuestra disposición de mantener impoluta nuestra burbuja artística: no es sano leer poesía con las cuitas domésticas y políticas alborotadas. ¡Pero tampoco se puede leer bien pensando que hay una intrusa en la casa de uno causando cualquier estropicio! Era esta la primera vez que Rosario se quedaba a solas en mi casa, y su mejor ocurrencia fue invitar a un tipo. ¡Válgame Dios! Es que ya me parecía verla revolcándose con Richard en el sofá o, lo que es peor, en mi propia cama, que es la matrimonial. A ella le cedí el cuartico del servicio. Como yo no tengo sirvienta, ese cuarto vive desocupado pero la cama es individual,  y mi amiga siempre ha sido un poquillo extravagante con los homenajes que les brinda a sus conquistas. Una camita individual no era plaza para ella… Esa idea me estaba perturbando bastante. Tanto como la de encontrar las cortinas, los manteles o las plantas con olor a cigarro. No sé. Eso de haber estado viviendo sola por tanto tiempo y tener ahora, por motivos de fuerza mayor, una acompañante en mi hogar era algo que, para qué negarlo, me tenía los nervios un poco de puntas.

No estuve al cien por ciento en el jamming. No. A duras penas, me pude medio concentrar en la lectura de unos textos en los que trabajé durante semanas. Por suerte, los terminé de pulir tres días antes de que Rosario llegara a mi casa. Si no, no hubiera podido. Esta mujer habla hasta por los codos, y el hecho de que la hubieran puesto en la calle por no pagar era una tragedia equiparable al fin del mundo. “La tierra se abrió bajo mis pies, amiguita –me dijo la vez que me llamó para pedirme albergue–. Y ni siquiera tengo un violinista que toque mientras me hundo en la nada. ¡Estoy acabada!”. Le dije que sí con el compromiso de que, en dos semanas, ella estuviera haciendo arreglos para buscarse una habitación aunque fuera pagada a medias con otra persona. De eso ha pasado un mes, y yo la veo muy a gusto viviendo conmigo y no me atrevo a decirle que se vaya. A las tres y media, ya todos habíamos recogido nuestras cosas para regresar cada quien a su casa. “Hoy estuviste un poco apagadita –me comentó Manuel Enrique–. Parecías otra persona”.

¡Es verdad!  corroboró Gloria ¡Estabas como en otra parte! Te lo digo, ¡no eras tú!

¿Dónde más iba a estar?  –pensé– ¡Estaba en mi casa tratando de impedir que Rosario hiciera de las suyas! No me concentré en la lectura…. ¡Claro que no podía ser yo!

Es posible –dije–. A veces, uno no las tiene todas consigo…

Manejé hasta la casa con la mente puesta en todas las cosas que le iba a decir a Rosario: al primer indicio de abuso, la iba a poner en la calle. No le iba a tolerar la más mínima excusa y me iba a olvidar para siempre de las razones por las que nos hicimos amigas hace ya más de ocho años. Si me salía con cualquiera de sus cuentos chinos, yo misma le iba a hacer la maleta y se la iba a poner frente al ascensor para que el fulano Richard se hiciera cargo de ella y de sus pertenencias.

A un cuarto para las cinco llegué a mi casa. A pesar de que la quinta Girasoles no me queda tan lejos, el tráfico de sábado en la tarde estaba un poco pesadito. A punto de meter la llave en la cerradura, me persigné e hice tres respiraciones profundas. Entré. Silencio total. Temí lo peor.

Rosario… ¿Rosario, estás aquí?

No hubo respuesta.

Amiga, ya llegué.

Con sigilo, me asomé al cuartito de servicio. Nadie. Con terror, me dirigí hacia el mío. Nada. Rosario no estaba en casa. Creo que sentí un cierto alivio. Una especie como de tranquilidad al imaginar que se había ido por ahí con el tal Richard. Hasta me sentí un poquito medio plastemierda por todo lo que maquiné y por haberle dado tanto crédito a mis barruntos. Me duché y me preparé un té aromatizado. Volví a ver Los otros, que la estaban pasando por Film&Arts, y creo que me quedé dormida. Era un poco más de las siete cuando me sacó del sueño el tintineo de unas llaves y el abrirse de una puerta.

¡Holaaaaaa! ¡Ya lleguééééé! ¡Yuuujuuuu!

Ya salgo a saludarte, amiga… Ya voy… Creo que me dormí… Ya voy…

Cuando asomé a la sala, vi a Rosario: tenía puesta mi chaqueta de cuero y mis zarcillos de perlas. Era evidente también que se había puesto mi Eau D’Hadrien. Sentí un ligero mareo…

Amiga, ¿te sientes bien? ¡Estás pálida! –me dijo– Ven, siéntate… Siéntate, que te está dando como algo… ¡No me asustes! ¿Qué te pasa?

¿Cómo que qué me pasa, Rosario? ¿Cómo que qué me pasa?

Ya, ya, ya… Ya sé… ¡No te gustó que me pusiera tu chaqueta, tus perlas y tu perfume! ¿Es eso, verdad? ¡Yo sabía que te ibas a poner brava! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Y si tanto lo sabías, ¿para qué te pusiste mis cosas? ¿No sabes que eso me choca? ¡Además, fue de lo primero que te dije que no hicieras!

¡Ay, ya lo sé, amiguita linda! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Es que quería impresionar a Richard!

Me dijo no sé cuántas cosas más para excusarse. Puso su típica cara de cordero degollado y remató con un comentario que desató todas mis furias.

Te prometo que nunca más usaré nada tuyo… sin antes pedirte permiso, claro… ¡Ah! Y tu conjuntico de Calvin Klein te lo lavo ¡y ya verás que te queda como nuevo! ¡Richard deliró con el bikini!

La última vez que Constanza estuvo en Roma –antes de mudarse a Italia definitivamente con su pareja–, fue espléndida con los regalos que me trajo. Fue idea suya regalarme ese perfume tan costoso y unos conjunticos de ropa interior que yo no podría comprar ni trabajando tres años seguidos día y noche. Me trajo unas prendas de Intimissimi absolutamente adorables (en negro y dorado), otras de Huit 8 (en un tono parecido al de mi piel) y un jueguito de Calvin Klein (en azul rey) al que yo ni siquiera le había quitado las etiquetas y que Rosario tuvo el descaro de sacar de la gaveta de mi ropa interior. Si mi prima supiera que esta loca usó mi perfume Eau D’Hadrien para revolcarse con un amante de ocasión y que se estrenó algo que ella eligió para mí con tanto esmero y generosidad me quitaría el habla para siempre.

Para mí es muy fuerte la idea de que alguien use mi ropa interior o de yo ponerme una pantaleta de otra persona. Lo que me provocaba era tirar a la basura todo lo que esta mujer me había usado, ¡hasta la chaqueta! Pero no hubiera sido racional. Sentía un odio profundo de solo imaginármela revisando y escogiendo entre mis pantaletas, invadiendo de esa forma mis espacios privados. No entiendo cómo no reparó en que ese conjunto estaba sin estrenar, que estaba en su misma cajita, que aún tenía las etiquetas, que… ¡que esa vaina era mía y que yo ni siquiera me la había puesto nunca!

¡Pero no me mires así, amiguita! ¡Quita esa cara! ¡Mira que nuestra amistad vale mucho más que una pantaletica!

¡Me haces el favor y te quitas ya todas mis cosas! ¡Todas! ¡Ya, Rosario! ¡Ya! ¡Otra como esta y te me vas! ¡Advertida quedas! ¡No quiero volver a tener una conversación así contigo…!

Regresé a mi cuarto y la dejé en la sala fingiendo pucheros. Necesitaba hacerme a la idea de que Rosario no actuó de mala fe, de que sus decisiones fueron producto de su ignorancia y de su inmadurez, de un sentido demasiado ligero de la amistad. No quise cenar con ella. A las ocho, cuando pasé por la cocina para buscarme yogurt y una ensalada de frutas, ella no estaba en la sala. Mi chaqueta estaba puesta en el espaldar de una silla, mis perlas en la mesa y mi ropa interior colgaba con pinzas en el tendedero del balcón. Vi las prendas destilando agua y me dio arrechera otra vez, pero no quise engancharme de nuevo con esa emoción. Quizás ella tenía razón y, en realidad, no era para tanto…

En la mañana, cuando me disponía a desayunar, ya la mesa estaba lista: había jugo de arándanos, pan integral tostado, yogurt, mantequilla y pechuga de pavo.

Espero que no sigas molesta… ¿Me perdonas? ¡Ay, amiguita, no me guardes rencor! –suplicó Rosario con su mejor expresión de vaca muerta– ¡Mira! ¡Te preparé el desayuno! ¿Te gusta? ¡Puse todo lo que te gusta! ¡Mira!

Su entusiasmo infantil me sacó una sonrisa y supe que no podía seguir odiándola por abusadora.

¿No me vas a botar, verdad? ¡Yo sé que a ti te gusta el jugo de arándanos! ¡Yo te conozco como nadie! ¡Tú y yo somos la misma!

La abracé y la invité a desayunar conmigo. Le recordé, eso sí, que debía respetar mis reglas. Le recordé lo delicada que soy y que si la había admitido allí era porque la quería y la valoraba como amiga, pero que eso de ninguna manera significaba tolerar que dispusiera de mis cosas como si fueran de uso público. Me repitió que solo quería impresionar a Richard y que nunca se imaginó que yo me iba a enfurecer tanto.

Ponte en mi lugar, Rosario –le dije–. Piensa por un momento que alguien que invites a tu casa empiece a usar tus cosas como si fueran suyas.

¡Ay, a mí eso no me importaría! ¡Tú sabes que yo soy medio hippy!

¡Yo no! ¡Yo no soy hippy  un carajo y no me gusta, en serio no me gusta, que usen mis efectos personales! –le dije con firmeza pero sin rabia–  Así que, para que llevemos la fiesta en paz, por favor, no lo vuelvas a hacer, ¿sí?… Por cierto, ¿has adelantado algo en tu búsqueda de habitación?

Mira, come… Come, que el pan tostado se te va a poner como un chicle…Y no vale la pena… ¡Está riquísimo!

II

 

¿Tú le pusiste pimienta al pollo?

La forma en que Rosario me hizo la pregunta tenía un marcado tono de reclamo y su mirada era la de alguien completamente indignado.

Siempre le pongo pimienta al pollo, Rosario. A veces le pongo curry… a veces le pongo jengibre…  ¿tienes algún problema?

Rosario empujó el plato hacia el centro de la mesa como hacen los niños cuando no quieren comer.

¡Pues yo no quiero eso! ¡A mí la pimienta me sienta mal! ¡Me irrita las mucosas estomacales! ¡No deberías ser tan desconsiderada! ¡Recuerda que no vives sola!

Me sentí incómoda. Cierto es que, al cocinar,  no debo pensar solo en lo que me gusta a mí.

Lo siento. No volverá a suceder.

¡Eso espero!  sentenció con tono amargo.

Rosario se levantó. Agarró su bolso y salió. “Me comeré una pizza en cualquier parte”. Yo terminé de almorzar. Recogí todo y lavé. Por mera curiosidad, pasé por el cuartico de servicio. Vi que su cama estaba sin hacer y que en su cesta de ropa sucia había franelas, camisas, pantalones y ropa interior. Le hice la cama y aproveché que iba a lavar mi ropa para lavar también la suya. La pasé por la secadora, la doblé con delicadeza y se la puse en la cama como un gesto de reconciliación. Últimamente había sido un poco dura con ella y este gesto mío quizás nos haría recordar a ambas por qué estábamos viviendo juntas. Cuando terminé la labor, salí. Debía  reunirme con el grupo entre las tres y las cinco de la tarde. Un editor estaba interesado en algunos textos míos y de varios de mis compañeros. Cuando regresé a mi casa, encontré a Rosario sentada en mi mecedora con el gesto amarrado y una actitud de pocos amigos. Tenía una prenda entre sus manos. Una blusa o algo así.

─ Hola, mujer… ¿qué tal tu día?  –saludé.

─ Chama  –empezó a hablar en un tono neutro–, ¿tú me pusiste esta blusa en la secadora?

─ Sí, ¿por qué? ¿Qué pasa?

─ Chama, ¿tú no sabes leer? ¿Tú no lees las etiquetas? –me reprochó–  Aquí-dice-clara-mente lavar a mano, no retorcer, no usar agua caliente y, fíjate bien, mamita, no-usar-seca-dora, no-usar-seca-dora, coño… ¡Me jodiste la camisa!

─ ¡Bueno, mija, dis-cul-pa! ¡Yo solo quería hacerte un favor!

─ ¿Un favor? ¿Un favor? ¡Valiente favor el que me haces! ¡Como tengo tanta ropa, vienes tú y me la escoñetas! ¡Mira cómo quedó esta vaina! ¡Mira!

Rosario estaba realmente molesta.

─ ¡Dame la camisa esa! –dije y se la arrebaté de las manos– ¡Dame acá! Si la mojo de nuevo y la cuelgo al aire quedará como antes y se acabó el peo…

Rosario me miró con desdén. Me dio la espalda y regresó a su cuarto. Con la misma, volvió a salir. “¿Y, según tú, yo me voy a poner toda esta ropa así? ¿Sin planchar?”. Tiró en mi mecedora toda la ropa que yo le había lavado y doblado y regresó a su cuarto con actitud de patrona ofendida. A eso de las diez, tuve planchada y colgada en percheros toda su ropa, incluida la blusa que originó el reclamo. La ropa mía la plancharía al día siguiente. Ya estaba yo un poco cansada. Soy, más bien, de ir planchando cada vez las prendas que voy a usar. Como vivo sola, no soy de echarme esos maratones planchando.

─ ¿Y en esta casa ya no se cena? Mira la hora que es y no veo movimiento en la cocina –dijo Rosario.

─ Mija, o te plancho la ropa o cocino pero no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo –dije sacando carácter yo también–. ¡Tengo dos manos nada más! ¡No soy un pulpo!

─ Bueno, ya planchaste, ya terminaste, ya colgaste la ropa… Sería bueno que hicieras algo ligero… Es un poco tarde para comer pesado.

─ ¿Qué se te antoja?

─ No sé… En la nevera, creo que vi rúcula, champiñones y creo que unos tomaticos cherry… ¡Me puedes hacer una ensaladita, digo yo, con la mostacita esa Dijón, que es buenísima!

Eso era justo lo que yo pensaba cenar. Para eso compré los ingredientes, pero mi amiga no las tenía todas consigo y no iba a ser yo quien la hiciera sentir peor… Sabría Dios qué clase de día había pasado la pobre… Yo cené un poco de la crema de apio que sobró de la noche anterior y le hice a ella su ensalada.

─ ¡Buenísima te quedó! Por cierto –me dijo–, mañana vienen unas amigas con las que estoy haciendo arreglos a ver si me termino de ir de aquí.

─ ¿Mañana? ¿Para acá? ¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Y a qué hora es eso?

─ Mañana, sí. Les dije que podían venir porque aquí es donde vivo. Yo espero que no pongas problemas –me advirtió–. Son puras amigas. No estoy ni metiendo hombres ni poniéndome tu ropa ni usando tu perfume ni un coño… ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema?

─ No… Problema no tengo ninguno… pero me has podido avisar, ¿no? Después de todo, esta es mi casa y me gustaría tomar algunas decisiones también ya que…

─ ¡Ay, bueno, ya! –me cortó– Ni siquiera tienes que estar presente si tanto te molesta… Les dije que vinieran a eso de las diez y media. Ojalá no nos dé aquí la hora del almuerzo para que no tengas que cocinar tanto… Son tres amigas y conmigo cuatro… Bueno, contigo seríamos cinco… ¡Que descanses! Buenas noches…

Sin añadir una palabra más, Rosario me dejó con la palabra en la boca y desapareció camino a su cuarto. Recogí lo de la cena. Lavé la loza y revisé en el freezer a ver qué podía sacar para descongelar. Para mí, que llevo tanto tiempo viviendo sola, cocinar para cinco personas era todo un compromiso. De manera que dispuse de unas milanesas y de otras cosas para el día siguiente. Me fui a acostar pensando que eso era poco precio con tal de que Rosario finalmente resolviera su vida y se fuera de la mía. Como soy de levantarme temprano, al día siguiente, apenas las manecillas fluorescentes marcaron la hora, salté de la cama. A las seis, ya tenía el pollo en una bandeja sobre la mesada listo para marinar, etcétera. Me disponía a hacer unas arepitas para el desayuno cuando sentí los pasos de Rosario viniendo hacia la cocina.

¿Otra vez pollo, mija? ¡De aquí vamos a salir todos volando! ¿Eso es lo que pondrás en el almuerzo? ¿Esa vaina?

Buenos días, Rosario. ¿Dormiste bien? ¿Descansaste? –saludé con ironía.

Mira, en serio, ¿ese pollo sería para el almuerzo con mis amigas? Te lo digo porque hay una de ellas que es vegana… ¡No creo que le agrade comer carne ni pollo ni nada de esa vaina! –señaló– ¿Tú crees que podrías hacerle unas berenjenas en vinagreta? ¡Ah! ¡Ya sé! ¿Y si le haces un ceviche de mango? ¡Ese que te queda tan de rechupete!

Yo no podía creer que Rosario me estuviera hablando así.

─ ¿Ceviche de mango? ¿Tú has comprado mango, Rosario? ¿Tú has comprado berenjenas, Rosarito? ¿Hace cuánto no traes ni una canilla, mija? Si tus amigas son tan delicadas, coño,  ¡deberías cocinar tú! Te recuerdo que no soy tu sirvienta… y que esta es mi casa.

─ Hay que ver que tú eres bien mala gente, chica… ¡Claro! ¡Como yo soy la arrimada, me humillas! Mira, ¡mejor no hagas nada! ¡Deja eso así! Guarda tu pollo… No hagas nada… Yo me reúno con las muchachas en… en… ¡en el salón de fiestas será!

Dejé así el tema del desayuno. Dejé la masa que había preparado para las arepitas. Tapé el pollo y lo puse de nuevo en la nevera. Salí. Bajé a la frutería. Compré mangos y compré berenjenas. Cuando regresé, Rosario ya estaba terminando de desayunar. Con la masa que dejé lista, se hizo tres arepas. Se tomó el jugo de arándanos y terminó con el pavo…

─ Si hubiera sabido que ibas a venir tan pronto –dijo con la boca llena–, te hubiera avisado para que compraras más pavo… ¡El que había se acabó!

─ ¿Y no hiciste una arepita para mí, Rosario?

─ ¡Ay, no se me ocurrió! Como saliste así, pensé que estabas molesta y que no comerías… ¡Tú eres tan rara, mijita!

─ Aquí hay berenjenas, hay mangos, limones, cilantro, cebolla morada y ajos… En la despensa hay vinagre… Agarra cualquier recetario y prepara tú el almuerzo –le dije–. Igual cualquiera de tus amigas te echa una mano… ¡Nos vemos esta tarde!

Me cambié, agarré mi bolso y salí. Si me quedaba en esa casa, iba a arder Troya.

III

 

Estuve de regreso como a las cinco: pasé el día donde mi tía Loredana (la mamá de Constanza). Desde que mi prima se fue, se ha sentido, naturalmente, un poco sola. Almorcé con ella, y eso la hizo muy feliz. Me mostró una cantidad de fotos de Constanza y merendamos rico como a las tres de la tarde. Su sfogliatelle es un festín celestial para saborearlo y su macchiato, un bautismo de gloria. Apenas entré a mi casa, vi una maleta en la sala. Una maleta que yo no conocía. No era de Rosario. De hecho, ella no estaba allí, y me sentí aliviada. Mi alivio duró muy poco. Todo el goce que experimenté donde mi tía Loredana se volvió agua y sal. Cuando pasé por la cocina, vi que había un montón de platos, vasos y cubiertos sucios. Me dieron ganas de llorar. Aquello ya era demasiado: tanta gente en mi casa, ¡cuatro mujeres!, y nadie pudo lavar. No miré más. Rosario tendría que lavar todo aquello. Entré al baño y me duché. Me fui a mi cuarto y me puse a leer Papeles inesperados. Al rato, sentí llaves en la puerta y escuché risas.

Pasa, pasa… Estás en tu casa… Pasa…

Rosario llegó, pero no llegó sola. Las risas y el cuchicheo me hicieron salir del cuarto.

Te presento a Chela… Chela, ella es Aminta.

Rosario se estaba conduciendo como la dueña de la casa y haciendo las presentaciones como la mejor anfitriona.

Aminta, Chela va a dormir aquí esta noche, ¿oíste?… Tranquila, que se va a quedar en mi cuarto. Yo dormiré contigo… ¿No hay problema, verdad? Es que mañana a las siete sale pa’ Maturín y no tiene dónde pasar esta noche…

Por un instante, Rosario dejó de hablarme a mí para dirigirse a Chela.

En un rato, cenamos. Si quieres te bañas, yo te presto una toalla y una batica pa’ que no duermas peladita… ¿Quieres ver algo en la tele? Aminta, ¿ella puede ver la tele en tu cuarto? ¡Es que si no se aburre!

Rosario se estaba superando cada día más. Ella y la tal Chela se instalaron en mi cuarto después de que, entre las dos, rompieron un plato, dos vasos y una taza de cuanto quedó sucio después del almuerzo. Yo, para no promover la discordia, preparé la cena, comimos y me quedé en la sala leyendo a Cortázar. Desde el cuarto, me llegaban las risas de las dos mujeres, que estaban viendo no sé qué película de los hermanos Wayans… Como a las once me asomé a mi cuarto con intenciones de acostarme. Lo único que hice fue apagar la tele, apagar la luz e ir a acostarme al cuartico del servicio: estas dos dormían a pierna suelta. A pesar de que ensayé algunos ruidos y hasta dejé caer a propósito un llavero, ninguna de las dos dio señal de vida. Al día siguiente, se despertaron casi a las diez. Por supuesto, la tal Chela perdió su autobús.

Ni modo, mana, te quedarás aquí hasta nuevo aviso –decidió Rosario–. ¿Hiciste algo de comer, Aminta?

Para mí, sí  –respondí–. Ve a ver qué haces para ustedes ¡y procura no romperme nada!

Aminta, ¿tú pretendes que yo cocine para las dos? ¿Para dos personas? ¿Yo? –preguntó llevándose ambas manos al pecho– ¡Pero si tú cualquier cosa la preparas en un tris, chica! Además, si me pongo yo a cocinar, ¡eso terminará siendo almuerzo… o cena, y no sé cuántas cosas más se puedan romper!

Casqué seis huevos, aparte licué un tomate, media cebolla y dos ajos grandes con sal, pimienta blanca y soya. Tosté seis rebanadas de pan, puse mantequilla en la mesa y lo que quedaba de jugo de naranja.

─ ¿No queda de esa mermelada que pusiste el otro día? ¡Chela ama la mermelada! ¿Verdad, Chela, que te encanta?

Saqué la mermelada, y estas se sirvieron sin escatimar. No hallaba yo cómo decirles que no fueran tan atorrantes y lambucias.

─ ¿No queda pan, Aminta? ¡Está buenísimo!  –me dijo la  Chela como si me conociera desde siempre.

Cuando me disponía a responder, Rosario se me adelantó.

─ ¡Uffff! ¡En la nevera hay un paquete casi completo! ¡Aminta ama el de siete granos! ¿Verdad, Aminta, que te encanta? ¡Pon a tostar un poco más! ¡Yo también quiero! ¡Esta mermelada no perdona!

Si en el paquete casi nuevo quedaron tres rebanas de pan, fueron muchas. Argumentando unas prisas, Rosario instó a la tal Chela para que se levantara de la mesa y salieran en volandas… “Ya va  –dijo Chela–. Vamos a ayudarla, por lo menos, con los platos. No me parece justo que ella sola lav…”.

─ Mira, no hay tiempo para eso, y Aminta es muy delicada con sus platos y sus vainas… Además, el próximo autobús sale en un ratico… ¡Vamos, vamos, que lo pierdes! ¡Ponte pilas!

Sin decir más, las dos mujeres salieron y me dejaron en la mesa un reguero bello. Armada de paciencia, lavé, sequé y guardé. Luego hice la cama de Rosario y Chela y después la mía. Dormir en una cama individual no es tan incómodo después de todo. A pesar de que en el cuartico no hay aire acondicionado, el calor no agobia y el pequeño televisor, aunque no está conectado al servicio de cable, es suficiente para ver cualquier cosa que me estimule el sueño. A decir verdad, tampoco soy muy de ver televisión: lo mío es la lectura, es la poesía. Quizás por eso fue que me eché una siestita de media mañana mientras leía algo de Wihtman. Me recordé como a la una, y me levanté de un brinco. Rosario podía haber llegado ¡y yo sin hacer almuerzo! Tiré el libro por ahí y volé a la cocina. Vi a Rosario en la mecedora. Tenía mala cara. Se veía molesta. No me dijo nada. Yo interpreté.

─ ¿Es por el almuerzo, verdad? ¿Estás molesta porque no está listo el almuerzo?      –pregunté– Tú tranquila, que en un tris lo tengo listo…

Incrédula, me miró con displicencia.

─ Y procura que no sea pollo… ¡Pollo no! ¡No quiero salir volando! Prepárame… ¡merluza! ¡Eso! ¡De esa que compraste ayer fresquecita en el mercado!

Los filetes me quedaron estupendos. Los preparé al ajillo con una guarnición de papas al vapor y vegetales salteados. Rosario comió con fruición y, antes de levantarse de la mesa, se excusó conmigo porque el ajetreo de ayudar a Chela con su ida a Maturín la había dejado exhausta. “Voy a echar una cabeceadita… Richard vendrá a buscarme a las seis y media… Despiértame a las cinco, que quiero arreglarme con tiempo”. Rosario se metió en mi cuarto y cerró la puerta antes de que yo pudiera contestarle. A las cinco en punto la desperté con suaves golpes a la puerta para no sobresaltarla.

─ ¿Qué fue? ¿Qué escándalo es ese, por Dios?

─ Disculpa, Rosario… Son las cinco.

─ ¡Ya, ya! Deja la bulla por favor…

Apenada, me retiré al cuartito y la dejé hacer. Casi a las seis, la fragancia de un perfume conocido me hizo asomarme a la sala: era Eau D’Hadrien… ¡Mucho Eau D’Hadrien! Rosario se había bañado con él, y lucía de punta en blanco: tenía puesto mi vestido favorito, mis zapatos blancos de patente y un precioso gancho de fantasía brillante que me regaló mamá cuando me gradué en la universidad.

─ Estás muy bonita…

─ ¡A que sí! ¡De esta noche no pasa que Richard se me declare!

─ ¡Es que estás bellísima, mujer! ¡Pareces salida de un cuento!

─ Por cierto, si quieres, cena tú… Prepárate cualquier cosa… En la nevera hay frutas, hay yogurt, hay lechuga…  ¡Ah! Y no me esperes despierta… Si acaso, déjame dispuesto un té verde en la nevera para que esté bien frío por si regreso… ¡Es lo mejor en caso de resaca! Y, por lo que más quieras, ¡nada de azúcar, Aminta! ¡Na-da-de-a-zú-car!

─ Como usted diga, señora…

IV

 

De lo mejor que tiene el cuartico de servicio es que por ninguna rendija entra nada de luz. Ni siquiera tengo la molestia de la fluorescencia de las manecillas del reloj que está en el cuarto de Rosario. Era ese el despertador que me hacía saltar de la cama en mis madrugadas de trabajo: ya no me molesta porque ya no lo veo. De modo que cuando me acosté después de cenar cualquier cosita, me dormí viendo la reposición de un capítulo de La mujer perfecta. No sé a qué hora, una algarabía soterrada de risitas pícaras me hizo despertar. No tenía yo ni idea de cómo averiguar la hora a menos que pulsara alguna tecla de mi celular. Y fue lo que hice en mi estado de duermevela. Eran exactamente las tres y veinticinco de la madrugada… y esas risitas en la sala. En la penumbra de mi cuarto, me pareció escuchar el murmullo de la voz de la señora Rosario y de una voz masculina. Me imaginé que debía ser su pareja: el señor Richard. Escuché un breve trasteo en la nevera (seguramente se estaban tomando el té verde) y después la estridencia de un vaso estrellado contra el piso o contra la mesada… Después más risas y después una carrerita en tacones desde la cocina hacia el cuarto principal. Ni me atreví a asomarme a la sala. Hice un esfuerzo por conciliar de nuevo el sueño, y cuando volví a abrir los ojos eran ya las ocho y cuarto. Me di un baño rápido y me volví a poner la misma ropa. Mis otras cosas estaban en el otro cuarto y lo menos que yo quería era molestar. Apenada, salí a la sala y vi que los señores ya estaban desayunando.

─ ¡Buenos días, dormilona!  –dijo la señora Rosario con ánimo festivo. Era obvio que estaba contenta– ¡Richard ya se encargó del desayuno! ¡Preparó unas crêpes con ajoporro, y están divinas! ¿Te provoca? Por aquí sobraron dos…

Asentí con la cabeza. No dije ni ñe. Tomé una de las crêpes que habían quedado en la mesa y me la comí fría (me dio pena calentarla) y me serví algo de jugo.

─ Te habríamos dejado mermelada ¡pero Rosario es demasiado golosa! –bromeó el señor Richard.

─ No se preocupe… Estoy bien así.

Terminé de comer a solas pues los señores se levantaron y entraron de nuevo al cuarto. A los pocos minutos, ya estaban en la sala listos como para salir. La señora tenía puesta mi ropa y llevaba mi bolso rojo de piel en combinación con unos zapatos del mismo tono. El señor también lucía muy elegante. Supongo que llevaba la misma ropa con la que llegó en la madrugada. La señora tenía en su mano un cuaderno empastado. Un cuaderno muy bonito y que, por alguna razón, significaba mucho para mí. En la tapa, podía leerse sin dificultad la palabra Jamming. Antes de abrir la puerta para salir, la señora Rosario volteó y, mirándome, me dijo: “hoy mi Richard va a saber que, aparte de elegante, también soy muy talentosa y que escribo de lo lindo”.

─ No nos hagas almuerzo –añadió–. Hoy pasaremos el día fuera… Por cierto, aprovecha que vas a estar sola en la casa para que dispongas unos cojincitos cerca del balcón. ¡Richard traerá su angora y su siamés! ¡Ah! Y ve pensandito en otro empleo… Aquí ya no harás más falta.

─ Como diga la señora…

Me quedé allí, lánguida en aquella casa,  pensando en qué hacer con mi vida y en las pocas amigas que aún me quedaban. Cualquiera de ellas podría brindarme su apoyo. Después de todo, una a las amigas no las deja botadas. No, señor. Una con las amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Es que no sé. No me gustan…

 

Por Eritza Liendo | @LiendoEri 

 

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