La Caracas de Piedra de mar y mi Caracas: medio siglo de involución

“La niebla se fue abriendo y aparecieron las luces de la ciudad. Las calles eran ríos de luces y se veían muy bonitas”, describe Corcho, el narrador y protagonista, mientras desciende de noche junto con Kika en el teleférico que antecedió al actual Sistema Warairarepano. Termino de releer en 2019 Piedra de Mar, una novela corta publicada en 1968 cuyos protagonistas oyen Beethoven y Harry Belafonte, echado en el suelo de la cocina un domingo a las cinco de la mañana: es el lugar de mi casa en el que menos atormenta el trap a todo volumen que han estado colocando unos vecinos –probablemente de la misma edad que Corcho– toda la madrugada.

Vivo en la misma ciudad de las páginas del libro que acabo de terminar, Caracas. Es asombroso que haya electricidad para leer: ya mi país ha sufrido al menos cinco apagones nacionales, desde el siete de marzo, que han dejado virtualmente devastada a –por ejemplo– Maracaibo, la segunda metrópolis venezolana. No por obvio debo dejar de registrarlo: comparada con la que narró el recién fallecido Francisco Massiani, mi Caracas parece medio siglo después un peor lugar para vivir. Lo que no es atribuible exclusivamente al proceso político que comenzó con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999: en varias partes del mundo, muchos hijos estamos teniendo en este siglo XXI la sensación de que nuestro nivel de bienestar es inferior al de nuestros padres.

La acción –que tiene mucha inacción– de este clásico de lecturas de bachillerato transcurre en un puñado impreciso de días en la capital de Venezuela, con un par de expediciones al vecino estado que el chavismo ahora llama La Guaira: el topónimo Vargas, al igual que El Ávila, ha sido proscrito del lenguaje oficialista. Nunca se indica con precisión la ubicación del apartamento en el que vive arrimado Corcho (aféresis de Carecorcho), el que pertenece a los padres de su amigo José. Sí se dice que frecuenta la Calle Real de Sabana Grande, que no será convertida en bulevar peatonal hasta la llegada del Metro a principios de los años 80. También los alrededores de la actual estación del subterráneo en Bellas Artes y una discoteca llamada El Hipopótamo, que al parecer quedaba en Los Palos Grandes.

La novela está ambientada casi con toda seguridad durante el gobierno del adeco Raúl Leoni (1964-1969), el segundo del período de democracia representativa, aunque a un lector de la Venezuela de 2019 como yo le sorprende la casi absoluta ausencia de referencias políticas: apenas en la 164 de las 168 páginas de mi edición, Corcho sugiere que Carolina –objeto de su infatuación– fue enviada a estudiar a España por sus padres debido al temor a “líos en la universidad” (el allanamiento de la UCV ocurrirá en 1969: estábamos en la resaca criolla del Mayo Francés). También encontramos alguna salpicadura sutil acerca de los frecuentes atentados urbanos de la guerrilla en aquellos años y a cierta atmósfera de represión policial.

Pero, en general, el debate político del momento lleva una capa de invisibilidad en los diálogos de los personajes de Massiani, aunque sería mentira afirmar que sus jóvenes carecen de desesperanza y no se plantean el exilio: “Debe ser muy bueno estudiar afuera (…). Me gustaría irme. Me gustaría irme lejos y no volver más”, anticipa el “Me iría demasiado” la futura psicóloga Kika.

Si hay algo que me conmueve y perturba de Piedra de Mar es la noción de que fue escrita en una era anterior al smartphone: de hecho, uno de los conflictos centrales de la novela ocurre debido a la imposibilidad de comunicación directa entre Corcho y el centro de su obsesión enfermiza, la chama buenota que no le para bola: el joven que ha renunciado a sus estudios universitarios termina escalando al apartamento de Carolina cual Spider-Man, labrando un desencuentro de fatídico desenlace –por culpa de una cucaracha– que hoy probablemente se habría resuelto con un par de mensajes en WhatsApp.

FOTO: Vasco Szinetar

Los personajes de Massiani tienen tres opciones para entretenerse: cine, libros y discos de vinil. ¿Son más cultos que nosotros? He allí un buen debate. No soy muy joven y no puedo ya compararme con Corcho, Lagartija, Marcos, Flautín y Kika, pero mis hábitos de lectura se han reducido de forma considerable, en gran parte porque paso mucho más tiempo pendiente de Internet y las redes sociales. Sin embargo, estos últimos hábitos también son una fuente de conocimiento que no debe despacharse a priori. ¿Tengo más conciencia de un mayor número de ámbitos de la experiencia humana, pero soy menos profundo?

El cine está mucho más presente en los espacios urbanos de la Caracas de Massiani que en mi Caracas de 2019, lo que no puede atribuirse solo a la destrucción de la empresa privada: en casi todo el mundo ha ocurrido un repliegue de la exhibición fílmica a los búnkers de los centros comerciales. Las plataformas streaming y la posibilidad de descargar contenido se imponen. En todo caso, esa sensación de extrañamiento e irrealidad al salir de una función, que tan magistralmente describe Pancho cuando Corcho sale de un filme francés en Las Palmas, la seguimos experimentando en formato digital en el presente, aunque yo solo haya podido ver una película en 2019: la de Capitana Marvel.

La Caracas de Massiani es más cosmopolita, al margen de que la globalización haya avanzado a paso de aplanadora durante este medio siglo en el resto de la Tierra. En sus recorridos por Sabana Grande, Corcho entra a una librería (Suma) en la que percibe el olor de “libros recién llegados por montones”. Hojea una revista en francés, bucea a una catira italiana, está enamorado de una jeva que tiene cachifa gallega (¡insólito!) y le da un codazo sin querer a la hija pequeña de un español después de trancar un teléfono monedero. La gente sale del país, y, en la mayoría de los casos, regresa: los padres de José están en Nueva York, Carolina acaba de regresar de España, al enano Marcos se le pegó un beibi después de su último viaje a Miami.

La única ruta que se ha estrenado por estas semanas en Maiquetía es la Caracas-Teherán, de Mahan, una aerolínea sancionada por Estados Unidos.

Más novedades: en una playa de La Guaira se practica esquí acuático, mientras que Corcho puede salir a las diez de la noche a comprar cigarrillos en un bar de la esquina de su casa que abre hasta madrugada, lo que en 2019 se me haría inconcebible: por donde vivo, con la excepción de las rumbas de trap, no hay ni perros callejeros a un kilómetro a la redonda después de las ocho de la noche.

¿Tienen preocupaciones económicas los personajes de Massiani? Sí: son jóvenes en edad universitaria, casi todos desempleados y mantenidos por sus padres, universalmente esa clasificación taxonómica no nada en la prosperidad. Lagartija, uno de los amigos de Corcho, “está limpio” (sic), al menos para irse con su novia de tragos; mientras que el protagonista se queda sin dinero después de ser expulsado de una fiesta de traje formal en Altamira y debe caminar a su casa en esmoquin bajo la lluvia. Pero ninguno de los personajes parece al borde de la desnutrición, más allá de sus hábitos alimenticios desordenados: José llega al auxilio de su pana y le brinda dos “tostadas” (denominación habitual en aquella época de la arepa asada, que la diferenciaba de la arepa frita) de queso amarillo.

Sabemos que para 1974, cuando se introduce el salario mínimo en Venezuela, el ingreso básico era de alrededor de 450 bolívares, que equivalían a unos 100 dólares. En Piedra de Mar, para una entrada de cine basta un “fuerte”, desaparecida moneda de cinco bolívares. Un café cuesta un bolívar; y una caja de cigarrillos, dos bolívares. Marcos acaba de pagar un carro nuevo.

El alter ego de Pancho Massiani va a la urbanización El Silencio a comprar camisetas de fútbol, una de las grandes pasiones del escritor (1944-2019) en la vida real. Pierde un zapato y esto es más un motivo de vergüenza que una pérdida material incuantificable. Que yo recuerde, como profesional de clase media, no he comprado ninguna prenda de ropa en los últimos seis años, aparte de medias (para la época de Piedra de Mar, el paltó y corbata son casi obligatorios en los jóvenes); además, en 2019 he prescindido de una de las comidas completas diarias: el hábito de José de empujarse un sánduche a las tres de la mañana me resultaría desconsiderado y abusivo en un hogar donde tenemos todo contado.

Aunque tuviera recursos vía remesas para camisetas de fútbol, me encontraría con santamarías de color gris grafiteadas si busco las tiendas deportivas de Caracas que frecuentaba hasta la década pasada.

Por edad, yo podría ser padre de Corcho. Hoy me resultaría ridículo llamar “pajarito” a mi pene, utilizo mucho menos la muletilla “que si” y sería acusado de violencia de género en redes si expresara mi deseo de arrastrar a un despecho por Sabana Grande como una carreta. Pero en general entiendo casi todo lo que me quiere decir el Pancho de 1968. No solo lo comprendo: sigo sin resolver por completo el Cubo Mágico de la seducción al sexo opuesto, admiro en otros “una felicidad sencilla que me impide creer que mi soledad es inevitable” y, al igual que Corcho, con frecuencia me equilibro al filo de una acera muy delgada entre la pulsión irresistible por la muerte y unas enormes ganas de pelear mi derecho a vivir. Con todos sus defectos, eso hace universal a Piedra de Mar.

Aunque se haya quemado el túnel de bambú que une al Country Club con El Bosque (uno de mis lugares favoritos para pasar caminando, aunque sea muy peligroso), bajo este cielo lleno de la insoportable calina de abril también hay algo de la Caracas que Pancho amó. Por ejemplo, el placer de compartir unas papas fritas y un jugo de melón con un pana en Sabana Grande, una tarde de evasión y fútbol luego de un apagón nacional.

 

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

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