#DomingosDeFicción: Los perros no dejaron nada

Recargó la escopeta con dos cartuchos y se la colgó al hombro. Su madre estaba en la puerta vestida con la bata rosa curtida, como todas las mañanas, para despedirlo. Trató de evitarla saliendo aprisa, pero el abrazo lo atrapó antes de que pudiera cruzar la puerta. Los brazos huesudos lo rodearon a la altura del abdomen y, con la misma rapidez, una de las manos bajó a rozar su entrepierna. Con tres pasos largos se libró de ella.

—Ten cuidado, mi niño –le gritó al verlo alejarse.

Él no volteó. Apretó la correa de la escopeta y siguió su camino. El ritual del abrazo, y de los dedos raquíticos que terminaban en el mismo sitio, había sido igual durante los últimos cinco años. Imprimió velocidad a sus pasos para alejarse, no sin antes dar un último vistazo a la ventana de su habitación: los tablones sobresalían entre las cortinas, pero no eran muy llamativos. Ladridos lejanos lo devolvieron a su realidad. La jauría estaba cerca y no tenía suficientes balas para afrontarla.

Cambió el camino. Tomó la ruta de la colina que, aunque más larga, era poco frecuentada por los perros. El pasto allí era alto y le llegaba al pecho. Atrapar un conejo o al menos una rata gorda sería difícil; sin embargo, en medio del matorral, se sentía a salvo. Los ladridos ya no se escuchaban.

Subió hasta la cima.

Sin mucho que hacer, tomó un descanso. Tiró a un lado la escopeta y se echó a la sombra de un samán.

El mediodía lo despertó con un calor húmedo y picoso. Abrió los ojos con esfuerzo para perderse en el cielo y las formas que le regalaban las nubes. El hastío lo llevó a dibujar surcos en el suelo con sus botas. Un trozo de papel sobresalió de entre la tierra. Escarbó un poco con el tacón; cualquier pasatiempo era bueno con tal de retrasar el regreso. El papel resultó ser más grande de lo esperado, como también su curiosidad, por lo que usó la culata de la escopeta para desenterrarlo por completo. Se trataba de una hoja de periódico amarillenta de cuando la prensa aún circulaba.

El barro y la humedad habían hecho chorrear la tinta y los artículos eran indescifrables, salvo por el anuncio publicitario en el centro: «Pastilla VitaCan hace de su perro un amigo verdaderamente inteligente». Convirtió el periódico en una bola de papel y la arrojó tan lejos como pudo.

El sol comenzó a bajar y algo se movió entre el matorral. Se aferró con fuerza al arma. Los dedos le temblaban y hacían vibrar la escopeta. Una pequeña liebre dio algunos saltos fuera de la maleza. Respiró con alivio y se concentró en apuntar al animal. Las orejas quedaron colgando, medio desprendidas del cuerpo, con un solo disparo. Le bastó un leve tirón para separarlas por completo. Con el cuchillo en su cintura hizo lo mismo con las patas traseras y metió los trozos dentro del morral.

Unos metros antes de llegar a la casa tomó una piedra y con ella le dio un nuevo golpe al percutor del arma para asegurarse de que quedara bien torcido. Aprovechó para limpiarse las manos con la tierra del camino. Restregó con fuerza el polvo amarillento contra su piel dejando salpicaduras oxidadas a su paso.

Llegó al pórtico y arrojó junto a la puerta los últimos restos del conejo. Al entrar a la cabaña los tentáculos corrieron a abrazarlo, pero esta vez fue precavido: mantuvo su pulgar entre el cinturón y dejó el resto de los dedos delante del cierre a modo de escudo. La mano huesuda chocó de frente contra la barricada.

—El día estuvo duro, ma…los perros no dejaron nada –dijo e hizo a un lado a la madre que no tuvo más remedio que hacer nudos con la cinta de su bata.

—Ya lo sé, cada día están más cerca. Se ve que están hambrientos –respondió ella tomando la escopeta para colgarla junto a la puerta–. Hoy resolveremos con los frijoles que encontraste, ¡por fin germinaron en la azotea! Con eso podremos distraer la barriga.

Comieron en silencio. La mesa de madera estaba iluminada por una diminuta lámpara de keroseno que apenas les dejaba reconocer sus rostros cadavéricos. Él metió cada cucharada desabrida en su boca y tragó sin masticar. Quería acabar lo antes posible para encerrarse en su cuarto. La madre tomó la olla sobre la estufa y le sirvió una nueva ración.

—Aún queda este poquito –dijo ella.

Le llenó el plato y los dedos raquíticos se fueron al pecho del muchacho a modo de caricia.

—¡Ya estoy harto de tu maldita tocadera! –gritó y lanzó el plato contra la oscuridad.

Encerrado en su habitación no podía dejar de escuchar los sollozos de su madre, quien seguía en el comedor. Cruzó los brazos sobre su abdomen inflamado. Fantaseaba en cómo hubiese sido haber encontrado semillas de cannabis en lugar de granos de frijol. Ahora estaría flotando. Recordaba el vuelo de colores que hiciera durante su fiesta de quince años, antes de que la fórmula del VitaCan hiciera a los perros entender que era más fácil comerse a la mano que esperar a que la mano les diera de comer. Los lamentos afuera se hacían intensos. Miró a la puerta y se aseguró de que la cuña estuviera bien puesta para soportar cualquier intento de entrar. El sollozo que intencionalmente se colaba por las rendijas le causaba escalofríos. Necesitaba distraerse así que acudió al único placer que le quedaba.

Rasguños en la puerta distrajeron el vaivén con que estiraba y encogía su prepucio.

—¡Están aquí! ¡Están aquí! –gritaba la madre.

Él seguía recostado en su faena. El orgasmo estaba muy cerca como para interrumpirlo. La explosión de éxtasis fue liberadora, aunque su gemido de placer quedó ahogado por los gruñidos que retumbaban en las paredes de la casa y por los gritos de horror que se consumían entre los ladridos.

 

Por Roberto Lara Guedez@laraguedez

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