La credibilidad de los reyes

credibilidad Foto: cortesía @asambleave

Las concentraciones que adversan al régimen tienen varios termómetros. Al menos en Caracas. El primero es el Metro: uno puede medir el nivel de riesgo que guarda la convocatoria dependiendo de si los usurpadores mandan o no a cerrar el sistema de transporte. El segundo, el despliegue de fuerzas del Estado que están controladas por la dictadura: colocar guardias y policías nacionales en cada esquina es una forma de fanfarronería. Y el tercero es el tráfico: si la convocatoria es en la plaza Alfredo Sadel, desde Chacaíto se ven hileras de personas.

Es sábado 11 de mayo y estoy yendo a la concentración que convocó el presidente Juan Guaidó como respuesta a la cacería de diputados que emprendió la dictadura.

El Metro está abierto. No veo casi policías ni guardias. Y tanto Chacaíto como el inicio de Las Mercedes denotan la rutina de cualquier sábado.

Cuando llego a la Alfredo Sadel, apenas hay un puñado de personas. El venezolano, quien ha hecho de la impuntualidad un arte de disciplina prusiana, a las convocatorias del presi llegaba a tiempo. Hoy la cosa, según, iba a arrancar a las diez de la mañana. Son las 11:30 y sobre el punto más elevado de la plaza (el cual funge de tarima) hay un hombre vestido de morado, con una congregación alrededor, orando de una forma que no termino de comprender.

—Hermanos, repitan después de mí –dice.

Me dirán que se llama Ulises Santamaría y que es un místico que trata de crear un movimiento religioso a su alrededor. Presencio el momento más desconcertante (¿patético?) de toda la lucha democrática del 2019: es imposible no pensar en los aguafiestas que repiten que ni un milagro nos saca de esto.

He asistido a casi todas las concentraciones de lo que va de año. Esta ha sido la menos concurrida. Una semana atrás comenzó la llamada Operación Libertad y las fantasías épicas de las personas se alborotaron. El más comedido seguro que soñó con el avión del usurpador aterrizando en Rusia. La gente salió a la calle como si el mañana –el día después de la dictadura– hubiese empezado ya. Una semana después, la consigna es concentrarse en Las Mercedes: hace poco apresaron al vicepresidente de la Asamblea e inició una cacería de diputados.

A estas alturas uno está para ponerse quisquilloso con las ayudas: ¿y si Los Vengadores o La Liga de la Justicia vienen al país?

Saludo a un par de amigos. Me acomodo entre el público cuando veo que están sacando el atril. Nunca un pedazo de plástico con el escudo de Venezuela generó tanta ilusión como este año. Su presencia solo significa una cosa: el presidente va a hablar.

Foto: cortesía @asambleave

Las redes sociales y la realidad caminan en direcciones distintas. Aunque, desafiando la lógica, a veces se enredan como garabatos mal dibujados. En redes, el pesimismo de los que están afuera hace tanto ruido como los bots de la dictadura. Parecen las dos caras de una misma moneda. A veces, hasta me sorprendo leyendo quejas que dicen que todo empeora y la gente como si nada: ¿qué información han consumido durante los últimos dos años quienes hacen comentarios por el estilo? En el país con la penetración de Internet más baja de la región, el único termómetro más o menos eficaz es la calle.

Guaidó sigue contando con el beneplácito de la gente allá donde pisa. Debe ser el actor político con mayor aprobación. Ni los usurpadores ni sus compañeros de lucha pueden decir lo mismo. Todos tienen su público, pero Guaidó tiene a (casi) todo un país.

Aunque hoy menos gente de lo habitual lo escuche en vivo.

No solo es un líder, sino un milenial hijo de la cultura pop. Se para a un lado de la tarima y saluda como un prócer del civismo. Luego hace lo propio al otro lado. La postal es una oda a la ciudadanía. Más que un padre que quiere guiar a la victoria, se parece a cualquier vecino educado. En Troya, Aquileo y Héctor se hicieron famosos blandiendo espadas. La guerra, no obstante, la ganó el ingenio de Odiseo.

Desde el día anterior circulan en redes imágenes de casas de diferentes dirigentes políticos grafiteadas con amenazas. Guaidó llama a esto por su nombre: terrorismo de Estado. El póker, la política y el rap se parecen: en pocos ámbitos el blufeo es tan importante. La dictadura tiene algo más que spray para amedrentar: son varios los presos políticos, los diputados que están huyendo y los refugiados en embajadas. Pero cada vez luce más debilitado: el monstruo que asesina sin pudor ahora raya paredes. La respuesta del presidente es la que más ha dado en las últimas semanas.

—No descansaremos hasta lograr el cese de la usurpación.

Y comienza a hablar de la importancia de que la calle se mantenga encendida. No por él ni por los políticos que los rodean: por el país. Hace rato que a un líder mediático no le ceñía tan bien el traje de servidor público.

—¡Estados Unidos espera tu orden! –aúlla un hombre.

El comentario sobrepasa al presidente: una risa se le atraviesa y se interrumpe para decir:

—Dios te bendiga.

“Si no vuelvo, es porque me fui con Venezuela”, dice Guaidó que se oye en una canción alusiva a los jóvenes asesinados en las protestas. Tirándole un caño a la apología a los mártires que se tejió en 2017, se dirige a los estudiantes, a La Resistencia y a los chamos que manifiesten:

—Ustedes no se tienen que ir con Venezuela, ¡ustedes tienen que vivir en Venezuela!

Luego de los eslóganes bélicos del régimen y de que sus adversarios les copiaran el juego, la transición política lleva el rostro de un hombre que más que guerra y venganza persigue la vida, el reencuentro y la libertad. Repito: una oda a la ciudadanía.

—Hace poco un amigo me decía que conspirar es co-inspirar. Bueno, co-inspiremos.

El discurso está bien, tiene momentos emocionantes, pero el público esta vez no solo lo quiere escuchar: pide que se solicite apoyo militar extranjero. Guaidó insiste con que los militares venezolanos se pongan del lado de la Constitución. El tema me hace pensar en una parábola sobre las relaciones públicas:

Un joven le pide a un rey la mano de su hija. El rey le dice que de ningún modo, que su hija se casará con un hombre rico o prestigioso. El joven le responde que ya pertenece a esa categoría: acaba de asociarse con el mayor comerciante del mundo. “Si ese es el caso, tienen usted y mi hija mi bendición”, sentencia el rey. El joven luego busca al mayor comerciante del mundo y le pide que se asocien. Este le responde que de ningún modo. “Pero yo soy el prometido de la hija de rey”, explica el joven. “Así sí, trabajemos juntos”, finaliza el otro.

Foto: cortesía NTN24

Tengo la sensación de que Guaidó juega un poco a eso con las personas y los militares. El contrato con la calle lo tiene. ¿Y el apoyo de las Fuerzas Armadas?

—A la comunidad internacional le diré que la mejor solución para los venezolanos, es la más rápida.

Cuando termina su alocución, alguien me comenta:

—¿No crees que, viéndolo así, rodeado de puros civiles, parece muy fácil agredirlo, hacerle algo?

En este tablero de ajedrez hay dos reyes. Uno usurpador y sin apoyo popular. El otro legítimo y con el reconocimiento de casi todo el mundo. El primero, ya no se muestra en público, graba sus discursos para después transmitirlos y siempre está rodeado de hombres armados. El segundo, se sigue dejando ver en la calle sin guardaespaldas.

Cuando camino hacia Chacaíto, me consigo en una esquina al diputado Miguel Pizarro. Una decena de personas lo saludan, le piden fotos.

—Vamos, vamos –dice, sonriendo, quitándole el teléfono a unas señoras para agilizar la selfi–, que tengo 15 minutos tratando de cruzar la calle y no me han dejado.

Uno de los diputados más mediáticos salió de la concentración caminando por Las Mercedes. Logra cruzar y enfila por una avenida.

¿Cuántos de sus adversarios se animarían a hacer lo mismo?

 

Por Lizandro Samuel | @lizandrosamuel

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