Siempre el regreso

siempre el regreso | madrid

La primera pregunta que me hace la gente cuando se entera de que estudié la carrera en España es la misma que me hacían mis amigos españoles cuando les decía que al terminar me devolvería a Venezuela. “Pero,  ¿por qué si ya vives aquí te quieres regresar allí? Eso es como vivir en Beverly Hills y querer volver a las calles”, me dijo un compañero con acento madrileño, sin la mala intención que aparentemente iba implícita. A todos les doy la misma respuesta: “Porque es mi casa”. En el 2006 me fui a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 17 años y me tocó irme recién graduada justo después de toda la euforia de las caravanas, misas, fiestas y viajes de graduación. Aunque todavía nos prometíamos una amistad eterna, ya todos empezábamos a asumir que la vida universitaria le pondría algunas trabas a esa promesa, sobre todo por la distancia: como yo, unos cuantos nos preparábamos para dejar el país.

“Juan, no me quiero ir”, recuerdo que le dije a un amigo a la orilla de alguna playa de Punta Cana, en plena noche y embriaguez, cuando nos dirigíamos con otros a la discoteca del resort en el que pasamos nuestro viaje de graduación. “Bueno, Andrea, es tu decisión, además siempre puedes regresar y…”, “¡No, Juan! No me quiero ir, en serio”, le interrumpí tirando con fuerza las sandalias en la arena, llorando ante un amigo que no hallaba qué decir para consolarme y un grupo de graduandos de otro colegio que, al verme llorar, y a él mudo, nos gritaban desde lejos: “Dile que sí”, “¡Bésala!”, y alguna otra cosa que logró hacerme reír y me empujó a seguir con mi camino hacia la discoteca.

Nunca me quise marchar. Mi mamá tenía que irse unos años por trabajo y entre que era mi deber de hija única de padres divorciados no dejarla sola y la lluvia de “estudiar en Europa es lo mejor que puedes hacer”, “te va a abrir a otros mundos” y los “ay, qué fino, chama, yo me iría mañana”, me fui, y dejé mi sueño de estudiar en la Universidad Central de Venezuela, cambiándolo por la oportunidad de estudiar en una casa con 500 años de historia.

Ciertamente tenían razón en muchas cosas. Europa sí abre la mente a nuevas realidades que son intangibles en Venezuela. El estilo de vida es otro, las preocupaciones son distintas, más ligeras: la primera vez que salí en Madrid, huí asustada durante tres cuadras de “alguien” que me perseguía, en mi mente un violador que a las 4 am. me había visto como la presa perfecta. Fue en la cuarta cuadra cuando volteé a encararlo que me di cuenta de que era un tipo, quizá padre de mi familia, paseando a un perro. “En este país la gente pasea perros en la madrugada”, pensé.

Madrid como ciudad y Europa como continente ofrecen infinidad de posibilidades capaces de volarle la cabeza a cualquiera. A mí me la dinamitó.

Personas interesantes de todos los rincones del mundo, calles seguras que pude recorrer descalza a cualquier hora, gente inteligente que creía en su palabra, pensadores de élite que habían vivido y muerto en esa ciudad, artistas que lograban vivir de ello, cultura activa, subversiva y contra; una universidad excelente que explica cómo debe ser la educación superior; una ciudad viva en invierno, otoño, primavera y verano; un transporte público que funcionaba siempre y bien, la oportunidad de recorrer el Viejo Continente. Amistades e historias de amor increíbles con la ciudad y sus habitantes, siempre viviendo todo con la suficiente intensidad como para acallar la terrible sensación de nostalgia que nunca dejó de acompañarme a lo largo de mis cinco años en España.

Jamás me quise quedar.

Después de un rato, el brillo de la llegada se desvanece y deja ver la realidad como es: una nueva vida alejada de todo lo que uno conoce y quiere. El Ávila me dolía, las voces de mis familiares me llegaban lejanas en el teléfono, vi impotente cómo mi país se caía y cómo mis amigos emprendían sin mí una lucha que también era mía. Vi cómo no iba a ser parte en ningún cambio en lo que más me importaba, comprobé que la pantalla del celular no acerca tanto como uno quisiera, que la comida y la sazón raspan el paladar cuando no se tienen: entendí que cuando uno extraña una arepa es que extraña de verdad, porque no hay nada más pendejo que llorar por una arepa.

Tuve amigos venezolanos en Madrid pero me alejé de ellos. No me gustaron porque me pareció que hacían una de dos cosas: o se reunían en grupos cerrados de puros coterráneos para añorar a Venezuela y detestar a los españoles, o se radicalizaban y eran más ibéricos que Franco comiendo jamón serrano: odiaban al país de origen y se bañaban en el acento recién adquirido para distanciarse aún más del objeto odiado: ellos mismos. Para el momento en que mi mamá había terminado su trabajo y se fue, a mí aún me quedaban dos años de carrera y –grandes, enormes, bellos– amigos españoles que fueron mi familia en el extranjero.

Cuando llegué aquí, aún llorando por lo que había dejado allá, me cuestioné si había hecho bien en volver, sobre todo porque Caracas me echaba en cara una realidad muy ruda. Aprendí que comer una barquilla de mantecado en shorts, mientras se camina por la Río de Janeiro, era un lujo del que iba a tener que prescindir si quería conservar mi integridad física y moral; que aquí en el que no corre vuela; y que el humor negro es la regla para mirar de frente la sonrisa de colmillos que regala la ciudad; pero sobre todo recordé por qué siempre me quise regresar: se habla mi acento, se canta mi himno, se sufren mis penas.

Estoy en mi casa.

Europa me enseñó que toda mala época se supera siempre y cuando haya gente dispuesta a dejarse la piel para sacar adelante lo que otros dan por perdido. Al final, es una cuestión de elegir por qué problemas se prefiere luchar. Irse o quedarse es una elección tan libre e incuestionable como personal. La mía fue volver porque no importa cuántas veces pueda caminar descalza por Madrid, prefiero ver dos parejas de loritos atravesando El Ávila a las cinco de la tarde.

 

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

Deja tu comentario

You May Also Like