Vivir Endgame en un Estado fallido

Endgame Foto: AFP

Una computadora guindada un viernes a las diez de la mañana en una taquilla de cine. Un par de empleadas desorientadas y desmotivadas, sobre las que no puedo dejar de preguntarme qué habrán desayunado o cómo se habrán transportado desde sus casas hasta aquí.

Un comprobante de compra por Internet en la pantalla de mi smartphone, luego de tres horas de combate de madrugada –lo mismo que durará la película– con mi conexión, la página web de Cinex y el límite de mi tarjeta de crédito, que ya no alcanza para dos empanadas, pero sí para una entrada en el Centro Lido. Luego de lucir mi mejor máscara posible de desesperación, con él me dejan pasar directo a una sala de 150 puestos en la que no hay nadie rompiendo los boletos, para una función subtitulada a las 10:20 am. a la que solo asistirán seis espectadores.

Un combo pequeño de cotufa y Pepsi equivalente a dos tercios del sueldo mínimo mensual para la fecha, y cuya cafeína no me sirve para evitar que el cansancio acumulado por tantos tigres me doblegue la vista durante un puñado de escenas en la superproducción de Hollywood más esperada del año, y quizá de todos los tiempos. Sí, soy un hazmerreír histórico.

No todo el mundo vivió igual el estreno más taquillero de los anales del cine en Caracas, la capital de un Estado fallido que, a pesar de la hiperinflación, la crisis de electricidad y servicios públicos, la emergencia humanitaria compleja y la curiosidad de tener un presidente de facto y otro legítimo –cuatro días después, el segundo de ellos llamó a la población a unirse a una sublevación militar casi sin militares–, también se plegó el pasado viernes 26 de abril a la fiebre global para ver Endgame, la cuarta entrega –y el cierre de la saga de superhéroes– de Avengers.  

“No pudimos comprar las entradas ni en preventa, ni para el día siguiente del estreno. Las páginas estuvieron colapsadas toda la semana”, me cuenta Yimmi Eduardo Castillo, padre de familia y uno de los community managers más reputados de la ciudad. “Sí conseguimos para el día domingo [28 de abril] en Cinex El Recreo. Llegamos medio en la raya y pasó lo que más temíamos: una cola larga para imprimir las entradas compradas por Internet. No nos dio tiempo ni para las cotufas. Al entrar, ya la función había comenzado. Una de las cosas que más me impresionó fue la disposición del público a interactuar con la película: todos gritaban, reían, lloraban, le decían cosas a la pantalla en voz alta. Parecía, en lugar de una sala de cine, la sala de una casa con toda una gran familia. El momento cómico fue cuando mi hija de cuatro años de edad, en una de las escenas de la batalla final, gritó: ‘Thanos es peor que Maduro’. Media sala resonó con la carcajada colectiva”, agrega.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. “Toda la feria del centro comercial El Recreo estaba llena, como tenía años sin verla”, relata uno de mis mejores amigos. En 1994, el Cinex Lido se estrenó con el par de salas de cine con mejor sistema de sonido de Venezuela. Asistí a su primera función, una película sobre Beethoven (Amada inmortal), y mandé a callar a dos doñas en la fila de atrás porque cometieron el sacrilegio de no parar de hablar paja ni siquiera durante la sonata para piano número 14. Hoy, el Lido es un bodrio semidesierto: tanto el cine como el centro comercial. Supongo que los fans serios hicieron cola o apartaron entradas para ver a los Avengers en malls un poco menos decadentes como el Líder, el San Ignacio, el Tolón o el Millennium.

Los que participamos aquel fin de semana en esa enajenación colectiva nos sentimos un poco como los que vemos a Messi y Cristiano Ronaldo jugando fútbol en una misma época: fuimos testigos de algo que quizá solo ocurrirá una vez en nuestro tiempo de vida. Endgame rompió el récord del estreno global más taquillero de la historia, sacándole casi el doble al anterior: precisamente Infinity War (2018), la tercera entrega de Avengers, sin la que es imposible entender el barbarazo que pasó por un país que parece necesitar a Hulk, Thor, Iron-Man y sobre todo al Capitán América para resolver 20 años de dictadura y pérdida progresiva de casi todas las libertades y los bienestares.     

La velocidad era crucial: había que meterse el puñal de tres horas de vengadores antes de que algún malparido difundiera el desenlace en alguna plataforma digital. Lo que llaman en inglés spoilers. Por supuesto, todos sabíamos que los buenos al final ganarían. Lo que nadie quería perderse era el cómo demonios ocurriría. ¿Es éticamente perdonable el furor por Endgame en un país en el que, según Naciones Unidas, un tercio de la población necesita ayuda humanitaria urgente?, se preguntaron algunos Catones Censores en redes sociales. Solo encuentro una explicación para la existencia de esas almas desorientadas: no vieron ese ejercicio de crueldad infinita que representó el final de Infinity War.

Thanos. Imagen cortesía de Antena 3.

Un gigante morado, supuestamente el villano más poderoso que ha conocido universo, desaparecía a la mitad de los seres vivos con un chasquido de dedos como el de Eladio Lárez en Quién Quiere Ser Millonario. Las escenas más perturbadoras del tal Thanos son aquellas en las que sujeta con sus enormes pero muy bien cuidadas manos las cabezas de alguno de los vengadores. En teoría, podría aplastarlas y matar de una vez la culebra, pero uno de los códigos del cine de superhéroes que nunca comprende la gente excesivamente madura es que el villano, de forma absurda, siempre deja vivo al superhéroe. Han ocurrido cosas parecidas en la política venezolana contemporánea.

“Somos nueve amigos, todos del colegio El Ángel, más el hermano de una amiga”, relata Cristian Quintero, liceísta de 16 años. “Desde el día que empezaron a vender la entradas, el 22 de abril, intentamos comprarlas. Ese día salimos temprano, a las 10:00 am., debido a un consejo de profesores, y fuimos a Galería Los Naranjos y al Líder, pero las entradas se habían agotado. Al día siguiente, a las 9:30 am. del 23 de abril, estábamos en clase de Soberanía y desde varios celulares intentábamos comprar las entradas. Estábamos muy estresados pero decidimos intentarlo por enésima vez. A las 11:30 am. nos apareció el código QR junto con la confirmación de la compra: en clase de Historia, gritamos de alegría y nos abrazamos debido a que íbamos a ver la película el día del estreno”.

“Conseguimos entradas para la función de las 12:35 m. del 26 de abril en el Sambil, con el detalle de que ese día salíamos al mediodía”, agrega el liceísta de cuarto año. “Tuvimos que hablar con la profesora guía y decirle la verdad. Al principio, ella se negó, pero le explicamos lo importante que era para nosotros y que ya habíamos pagado por esas entradas. Después de 45 minutos, tras hablar con el director, nos dijo que sí. Comienza la película y no podíamos creer que estábamos ahí. Todos reímos, gritamos, lloramos, fue una experiencia inolvidable. Estoy seguro de que hablaremos de esto en unos 30 o 40 años”.

No me considero un fan 100% serio de lo que se conoce como el “Universo Cinemático Marvel”: solo he visto 16 de las 22 películas (73%) de la franquicia cinematográfica, que arrancó en 2008 con la primera Iron-Man. Soy un adulto bastante manganzón que podría pasar por el papá de Cristian. No debería creer ya en posibilidad alguna de que Hulk venga a Venezuela y batuquee una tanqueta de la Guardia Nacional. Pero esas 16 experiencias forman una parte importante de mi patrimonio cultural y emocional. Sí, llámame infantiloide: el universo Marvel me ha servido de refugio en los años del chavismo.

Hubo un momento de 2017 en que estaba prácticamente desempleado y, por algún prodigio de la Capitana Marvel la diosa laica y malencarada del panteón de Stan Lee, que podría simbolizar el colapso de los monoteísmos patriarcales llegaron a mis manos diez pases de cortesía de Cinex. Los empleé todos en ver diez veces Spider-Man: Homecoming (2017), quizá mi película favorita del Universo Marvel. La escena del ascensor en el obelisco de Washington materializa las fantasías machistas de “jevo-rescata-jeva” que todos los hombres hemos tenido.

El Hombre Araña representa el superpoder no tanto de la fuerza, sino de la flexibilidad, y por eso es un héroe para todos los que hemos intentado hacer yoga. No obstante, si me piden un vengador favorito escojo a Thor, porque tiene el cabello largo, o al menos lo tuvo en algún momento, y yo crecí en la época del hair metal. El sentido del humor del actor Chris Hemsworth me recuerda al de uno de mis mejores amigos y es quizás el personaje del Universo Marvel que ha sufrido más transformaciones físicas, pérdidas materiales y duelos afectivos, a pesar de que es el dios nórdico del trueno y, por tanto, teóricamente imposible de matar.

Soy un venezolano que antes veía muchas películas (hasta diez DVD en un fin de semana, e incluso tuve un intento fracasado de convertirme en empresario de quemaítos) y ahora debe trabajar siete días para alimentar una familia de tres. Me convertí en alguien que últimamente se ha desplazado a un cine casi solamente para ver los estrenos del Universo Marvel, como muchos de los espectadores actuales. Como egresado de una universidad, sé más o menos de historia del séptimo arte, y jamás diré que alguna de esas 22 películas está entre las mejores de todos los tiempos desde un punto de vista artístico. Esto se trata de otra cosa: de generar fidelidad a través de una camaradería de viejos conocidos que viven aventuras nuevas. Un acontecimiento social por entregas, como Betty La Fea. Confieso que caí redondito en la trampa de marketing: es impecable. Por eso, en general, prefiero al capitalismo que al socialismo: te engaña de frente.

El 26 de abril hubo proyecciones de Endgame en Caracas incluso a las 7:00 am. Foto: Efecto Cocuyo

Robert Downey Jr. es uno de los actores más famosos de nuestra generación y además tiene una historia de redención personal irrepetible. Cuando lo veías haciendo un más bien blandengue Charles Chaplin en 1992 (entonces tenía 27 años y todavía no había sido arrestado varias veces por posesión de drogas), tendrías que haber esnifado coca para imaginártelo como estrella del género de superhéroes. Cultura general para ti, millennial y centennial: en las telenovelas venezolanas también tuvimos nuestro Iron-Man, y nada menos que en VTV.

“Vi la película el lunes popular después del estreno, cansada de haber hecho cola en un Mercal toda la mañana bajo una pepa de sol, para encontrarme una sala full de gente y sin aire acondicionado”, cuenta Andreína Gutiérrez, una madre de familia. “Pero yo amé la película. Siento que casi me cambió la vida. Yo quiero hacer lo mismo que hizo el Capitán América”.

¿Y qué hizo Capitán América? ¿Provocar el esperado quiebre dentro de las Fuerzas Armadas? No te lo puedo contar. Si te sobran unos churupos para darte un gusto, te diría que te acerques a ver la última entrega (por ahora) de Avengers. Incluso si no te gusta el cine de superhéroes –y aunque Infinity War me haya parecido bastante más memorable–, te sentirás parte de una cultura global, de algo único, como Lionel Messi metiéndole su gol 600 de tiro libre al Liverpool. Incluso aunque estés atrapado en la Venezuela de 2019, sin posibilidad de emigrar a través de uno de los portales espacio-temporales del Doctor Strange o de viajar al pasado en una escala cuántica como el Hombre Hormiga para hacer que Diosdado cause un poco menos de daño como guachimán de escuela en Monagas.

 

Por Alexis Correia@alexiscorreia

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