La victoria de seguir con vida

la victoria de seguir con vida Foto: Luis Miguel Cáceres | Crónica.Uno

Agosto de 2017. Caracas. 11:00 pm.

La luz de la luna lame el asfalto de la avenida Francisco de Miranda, en Altamira. Eduardo, Francisco, Daniel y una muchacha cruzan la calle como quien atraviesa un portal hacia la muerte: viendo a los lados, tambaleándose por la borrachera. Con las risas exageradas de veinteañeros que abusaron del ron y la vida.

Caminan hacia el carro de Francisco, quien llevará a cada uno a su casa.

Un aveo gris de 2011 se aproxima a toda velocidad. Es un carro idéntico al de Francisco: idéntico. Esto podría resultarle curioso a cualquiera de los muchachos si acaso alguno se diera cuenta de este detalle. Pero no, ninguno tiene el olfato clarividente de los que se anticipan al destino.

De los que esquivan la muerte.

El aveo gris de 2011, que acelera como gallina despavorida, viene perseguido no por un lobo sino por varias patrullas. Lo maneja un hombre y de copiloto va una prostituta. La historia prometería ser lo suficientemente sórdida como para aparecer en los periódicos, si no hubiese tanta censura ni tantas muertes de las que ocuparse.

El aveo acelera. Se le atraviesa otro carro y lo impacta. Ambos vehículos se desestabilizan: patinan sobre el pavimento. De fondo podría sonar una pieza de Bach, para hacer esto más dramático. Pero lo que suena a continuación es el aveo impactando contra cuatro cuerpos humanos.

Contra Francisco, Daniel, Eduardo y la muchacha.

Ya se sabe: la realidad puede cambiar en un segundo.

Los dedos de Wilfredo repiquetean sobre una de las mesas de la Librería Lugar Común, de Altamira. Son más de las 11 de la noche y Wil ve cómo el local se va quedando vacío. Bosteza. La música de Gorrillaz, I Feel Good inc, acaricia la soledad que comienza a sentir. Ya no tiene con quien hablar. El after party terminó, el alcohol también. Y hasta el pana al que estaban despidiendo –migrará, como tantos: huyendo de una ciudad y un país que muerden– desaparece.

Piensa que Francisco se está tardando. Se supone que iría a llevar a los muchachos a sus casas y, luego, se regresaría a buscarlo a él.

Saca su celular. Lo llama una vez. Nada. Insiste. Le contestan.

—Aló.

—Francisco, marico, ¿dónde estás? Te has tardado burda.

—Marico, nos chocaron.

—¡Mamawevo!, ¿¡de pana!?

Cuelgan.

Wil repite aló varias veces hasta que se da cuenta. Suspira. Su pie derecho golpea el piso con insistencia. Siente que su cabeza es un tambor. Quiere irse. Vuelve a llamar.

—Aló.

—¡Francisco, mamawevo, ¿dónde estás?!, ¡deja de joder!

—¡Marico, nos chocaron! ¡Nos-cho-ca-ron! Estamos en una ambulancia vía Clínica El Ávila.

Wil palidece.

—Voy para allá –responde.

En Caracas abunda el miedo. Esa bruma de color azul oscuro que se respira en cada esquina y que llena de pesadez el cuerpo cuando la noche gana espacio, cuando se oye una moto, cuando un conocido no atiende el teléfono.

Pero muchas veces no pasa de ser eso: una bruma y la correspondiente sensación de pesadez.

La violencia, como en casi todas partes del mundo, se concentra en pocos sitios y en pocas personas. Lo que pasa es que esos sitios y esas personas se han multiplicado. Lo que pasa es que reina la impunidad. Y lo que también pasa es que las noticias superan la imaginación.

Pero la vida debe continuar.

Y si no vives en un barrio, en una zona especialmente violenta o en una de las áreas high de la city –en donde el secuestro es tan común como el hurto en el Metro–, es probable que te muevas como quien baila con fantasmas. Huyendo de temores que no se concretan. Manteniendo precauciones que en otros países resultarían excesivas. Y hasta coqueteando con el placer y, cada tanto, olvidando que una moneda que caiga mal puede generar un terremoto. O hacer que los fantasmas se vuelvan de carne y hueso.

Wil atraviesa la avenida Francisco de Miranda. Varios policías pululan por la zona. Las luces rojas y azules de las patrullas aguijonean la oscuridad. Ve, entonces, un aveo gris 2011 chocado contra el poste de un semáforo. El carro de Francisco, piensa. Corre hacia él: teme que los policías se roben todas las pertenencias de sus amigos.

—Chamo, salte del carro: en ese carro tú no puedes estar –le espeta un oficial.

—No, este es el carro de un pana.

—¿Cuál pana?

—Uno de los que chocaron.

—A los cuatro se los llevaron.

El policía le explica que, uno, ese no es el carro de su amigo: es el del que los chocó. Dos, le informa que dos de los chamos –Francisco y Eduardo– quedaron bajo el aveo, que otro –Daniel– quedó desmayado al lado del mismo, y que la muchacha fue la única que pudo pararse de inmediato tras el golpe.

—Se los llevaron a la Clínica El Ávila –finaliza.

Wil se levanta. Mete las manos en sus bolsillos. Está corto de dinero. Agarra un taxi hasta la clínica. Allá le dicen que a sus amigos los remitieron a Salud Chacao. Es la medianoche de la una de las ciudades más peligrosas del mundo y Wil se regresa corriendo hasta el punto donde ocurrió el choque. Los latidos de su corazón lo ahogan.

Aborda a uno de los policías.

—Pana, me quedé sin real –dice.

La respiración agitada, los ojos suplicantes. Los gestos atropellados. Uno de los funcionarios, fastidiado, para un taxi:

—Pana, llévalo hasta Salud Chacao. Te doy la orden: hazme el favor –le pide al chofer.

¿Quién podía pensar, más allá de las prevenciones lógicas de cualquier caraqueño, que una noche de fiesta en el sitio de trabajo podía conducir a eso? ¿Quién podía pensar que, luego de tanta algarabía y nostalgia (después de todo, era una despedida) un fantasma podía atravesarse en el medio de chamos ebrios de despreocupación para materializarse como un monstruo nocturno?

En la cabeza de Wil, quien trata de comunicarse con el resto de sus compañeros de la librería pero ninguno le atiende, surge uno de los últimos relatos de violencia que ha escuchado.

No sabe por qué, pero el mismo le llena la sangre de cubos de hielo: de presentimientos nefastos.

Dos meses antes, la editorial Lugar Común publicó dos libros del poeta y profesor de la UCV, Eleazar León: un poemario y una antología de ensayos. Después de eso, la llamada de unos policías los sorprendió en la librería.

—Mira, aquí tenemos a una señora, el hijo la mató: queremos comunicarnos directamente con los familiares de los ciudadanos.

Así de directos fueron cuando el dueño de la cadena se puso al teléfono. Al parecer, los funcionarios revisaron una libreta de la mujer, esposa de Eleazar León, y encontraron el número de teléfono de la librería. De esta forma, un suceso que no saldría en prensa ni sería develado por ningún periodista se hizo visible para todos quienes trabajaban en Lugar Común. Un fantasma había cobrado cuerpo.

Wil recuerda eso y mueve su mano derecha con rapidez por delante de sus ojos, como si tratara de espantar a una mosca.

La chica tiene una lesión en el cuello, no tardarán en enviarla a su casa. Eduardo padece una fractura en el tórax: no se puede mover, no puede hablar. Por fortuna, un residente de Altamira –por donde vive él– vio el accidente desde su ventana y notó que una de las víctimas era Eduardito, así que llamó a su mamá, quien ahora lo acompaña a la espera de que los médicos digan qué hacer.

Con eso se consigue Wil cuando llega a Salud Chacao. Con eso y con la imagen de Daniel sentado sobre una camilla. Una enfermera le corta el blue jean con unas tijeras aparatosas, mientras otra le coloca algo en el pene. Wil se aproxima a saludarlo, en la sala de Emergencia. Daniel ni lo nota, solo repite una y otra vez, con gestos malandros y la frustración de quien se siente incomprendido:

Take away this shit!

Por alguna razón, luego del golpe, Daniel solo habla en inglés.

Wil detalla una cortada en la cabeza de su amigo, otra en el pómulo, y la abundante sangre que cubre toda su cara hasta sus hombros. Recuerda que los papás de su amigo están de viaje, fuera del país. Respira profundo.

Una doctora le dice que es necesario remitir a Daniel a El Llanito. Deben hacerle una tomografía y ese es el único lugar en el que podrán hacerlo: en Salud Chacao no tienen la máquina.

Wil se siente mareado, sus hombros experimentan la pesadez de fantasmas que lo aprisionan. Se decide a acompañar a su amigo. En eso, llega Francisco junto con su madre.

En el accidente, Francisco había quedado bajo el carro que lo impactó. Una vez lo sacaron de ahí, llamó a su mamá y le contó lo sucedido. Ella llegó en breve, dejó el carro cerca de donde había ocurrido el choque y se fue junto con su hijo y los muchachos en una ambulancia hacia Salud Chacao. Ahí se precisó que la “torcedura” que Francisco creía que tenía era, en realidad, otra cosa: el tobillo se le había fracturado en tres partes. También padecía una fractura en el fémur. Y de ñapa, un hombro golpeado. Lo remitieron a El Llanito y de ahí, por algún motivo, lo devolvieron a Salud Chacao.

Cuando Francisco va llegando en compañía de su madre, Wil y Daniel van saliendo.

Nadie entiende muy bien lo que está pasando ni las decisiones médicas. La bruma de urgencia que los arropa solo deja entrever dos cosas. Uno, las carencias de la institución médica obligan a rotar a los pacientes en medio de la noche. Dos, en El Llanito no atienden a todo el mundo.

—Di que él es de Petare, di eso allá, para que lo puedan atender –le dice una doctora a Wil.

—¿Pero cómo nos vamos a ir?, si acaban de devolver a uno de nosotros para acá –repite una y otra vez.

—No me interesa lo que tú digas, hay que enviarlo para allá y punto.

Cuando la ambulancia llega a El Llanito, un vigilante se ofrece a ayudar a bajar a Daniel. Wil y la enfermera se apean de la parte de atrás, mientras la doctora hace lo propio desde el asiento del copiloto.

El vigilante busca una silla de ruedas, que tiene una rueda doblada y a la que le falta el posapies. Usa un par de trenzas para amarrarle las piernas a Daniel, y procede a empujar la silla que avanza tan ladeada como los planes de los muchachos de llegar sanos y salvos a su casa.

En la sala de Emergencias, hay un montón de personas para quienes los peligrosos de la ciudad no son seres etéreos sino yunques contra los que chocaron y que acaban de cambiar su noche, su día, su semana, su mes, su año: su vida, quizá. Gente con gangrena, con los genitales hediondos, con la piel bañada en sangre, con la piel agujereada.

¿En qué momento una fiesta de despedida se transformó en un capítulo de La divina comedia?

A Daniel hay que hacerle un eco. Pero debe esperar, tiene una cola de pacientes por delante.

Wil se acerca a unos policías. Les explica que él trabaja en la Librería Lugar Común. Y, pese a que su amigo vive en El Junquito y estudia Letras en la UCAB, se ciñe a la orden que le diera la doctora: les dice que Daniel es de Petare.

—Coño, ¿y por qué habla inglés? –pregunta un policía.

—Porque es profesor en el Pedagógico –miente Wil.

El oficial se rasca la cara. Finalmente, responde:

—Déjame ver cómo hago.

A Francisco no lo atendieron en El Llanito por ser del área costosa de la ciudad. A Daniel, sin tener que seguir esperando, lo pasan de una vez para que le hagan un eco en el estómago.

Así funciona la salud en Caracas.

Daniel no tiene ningún órgano movido. Antes de hacerle la tomografía en la cabeza y en el pecho, le quitan lo que le queda de ropa. Mientras esto sucede, las enfermeras limpian la máquina con un coleto: se encuentra tan llena de sangre como si un corazón hubiese explotado ahí dentro.

Daniel tiene todos los tendones del cuerpo contraídos, apenas puede moverse. Y se queja, una y otra vez, de lo que sucede: no sabe por qué a los demás les cuesta tanto comprender lo que dice.

—Coño, pana, ¿pero no hay una camilla donde lo puedan acostar? –pregunta Wil a un doctor, luego de que ambas tomografías se realizaran y, dado que no mostraron nada “demasiado grave”, sacaran a Daniel de Emergencias y lo pusieran en Observación, sobre una silla ya bastante incómoda para alguien sano.

—No hay camilla, lo único que queda es Emergencia y te juro que aquí va a entrar más gente peor que él.

Pasadas las dos de la mañana, llegan Eduardo y sus papás. También lo ingresan a Emergencia y le hacen la respectiva tomografía. Luego, queda junto con Daniel en Observación.

Las palabras del doctor, entonces, resultan proféticas. Los enfermeros corren por el hospital con una camilla que sostiene a un hombre herido de dos disparos. La familia y la gente que lo trajo revolotean a su alrededor. Un doctor se acerca, lo detalla y nota que ambos tiros entraron por una parte del pectoral y salieron por otra: el hombre no tiene proyectiles dentro de su cuerpo, ni órganos afectados. Busca una inyectadora con adrenalina y se la clava en el brazo. También le limpian las heridas y le ponen suero. El tipo –que estaba desmayado– abre los ojos, se levanta y sale del hospital caminando.

—Verga, este se salvó de vainita. Definitivamente, los malandros tienen siete vidas –murmura el doctor.

Wil y los papás de Eduardo ven eso. Sienten que algo se revuelve en sus estómagos. La vida, la ciudad: ¿los miedos?

—Verga, qué vaina tan loca este país –dice Wil a un policía, minutos después, mientras fuma a su lado en el estacionamiento.

—No, pana, y tú nos ha visto nada –le responde el funcionario, luego de exhalar el humo hacia el cielo–: en estos días, un chamo mató a su mamá.

—Verga. ¿Cómo fue eso?

—La golpeó en la cabeza y le clavó un cuchillo en el vientre.

—¡Mierda!

—Yo llevé al carajito a la cárcel. En lo que entró, los malandros de ahí dentro nos preguntan: ¿y este por qué viene? Mató a la mamá, les digo. Ah, bueno, ese muere hoy, me responden. Dicho y hecho, mi pana: ese día lo picaron en pedacitos.

El cigarro de Wil se consume entre sus dedos. Lleva lo poco que le queda a la boca y, bajando la voz, pregunta:

—¿Por casualidad el apellido de ese chamo no es León?

—¡Claro! ¡Ese mismo es! ¿¡Cómo sabes!?

Wil procede a contarle su parte de la historia. Una historia que jamás verá luz en los periódicos. Un drama que opaca su propia sensación de peligro al enfrentar las consecuencias de un accidente que pudo ser peor.

Al final del día, la más grande de las victorias es sentir el calor de seguir con vida.

Casi a las cuatro de la mañana, Wil vuelve a rogar. Pide a los policías que lo lleven a Salud Chacao, ahí están Francisco y su mamá solos. El destino de Daniel y de Eduardo ya está echado: permanecer en Observación hasta que les den de alta.

Antes de salir, ve llegar a una mujer a la que le cortaron el dedo. La acompaña un corro de chalequeadores, que se burlan de su desgracia y solo aumentan las chanzas cuando los médicos explican que el dedo no se puede salvar. La mujer llora. Y Wil se pregunta dónde carajos está viviendo.

Llega a Salud Chacao, ve más malandros heridos, hombres apuñaleados. Francisco está sentando gimiendo de dolor. Los calmantes que le dan no son suficientemente fuertes y él se queja como si estuviese poseído. A las ocho de la mañana llega una ambulancia y lo trasladan a la clínica Méndez Gimón.

A los cinco días de estar internado, lo operan de emergencia, aunque en ese momento tiene fiebre y taquicardia. La demora en hacer la intervención quirúrgica se debe a que no conseguían los clavos necesarios. Si esperan más, Francisco puede pasar a engrosar una estadística a la que no quiere pertenecer.

Pese a la fiebre, aguanta la operación. Daniel también se recupera, vuelve a hablar en español y nunca puede recordar lo sucedido. A Eduardo, por su parte, le dieron de alta luego de pasar parte de su jornada en Observación al lado de una mujer con gangrena y el respectivo hedor putrefacto. Como un recordatorio de lo afortunado que es.

Con el paso de los meses, los cuatros jóvenes continúan haciendo su vida y vuelven al saludable sopor del que espera más nunca volver a rozar la bruma de sus temores. Son protagonistas de una historia gigante de final improbable. En la ciudad de la muerte, ellos siguen con vida.

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

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