Las muñecas de Francisco

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En 2005, a Francisco le gustaba jugar con muñecas. Tenía ocho años. Era mi vecino y siempre que tocaba mi puerta para invitarme a pasar tiempo con él, traía una entre las manos. Se las robaba a su hermana mayor.

Nuestros encuentros eran divertidos y llenos de malentendidos. Jugábamos a ser mamá y papá, pero él solía convencerme de ser la figura paterna. Si yo no tomaba el rol, entonces se ofendía muchísimo. Como me caía bien, más de cien veces me pinté un bigote negro con marcador para fingir ser el padre de la muñeca de turno.

A veces, Francisco llegaba a mi casa con la cara amoratada e hinchada. A veces con marcas y cicatrices alargadas en la espalda, consecuencia del cuero del cinturón de su papá. Él solía pillarlo tomando las muñecas de la habitación de Verónica, que tenía diez años.

El 26 de julio de 2006, a Francisco lo hospitalizaron. Llegó a la sala de emergencias del Hospital Pérez de León, en Petare, con severas contusiones en la cabeza y un brazo roto. A mí no me dejaron verlo hasta semanas después. Su papá era un militar retirado. No lo metieron preso. Nadie denunció nada, porque en José Félix Ribas, durante la primera década del 2000, se creía que la homosexualidad se curaba a golpes.

En agosto de 2006, una madrina recién llegada de Buenos Aires me regaló una muñeca de porcelana envuelta en papel de seda. Tenía los ojos tan verdes como metras y una cara perfilada, perfecta, de rasgos marmóreos. Era una muñeca presumida y pálida. Cuando Francisco volvió a ir a mi casa, todavía con un yeso sucio y mal puesto en el brazo izquierdo, se la enseñé.

—Te la regalo –le dije–. Para que no vuelvas a robarle a tu hermana y no te descubran.

Se mostró encantado. La tomó con el brazo bueno y la acunó con torpeza. Recorrió con la vista los rasgos del nuevo juguete y la llamó Viviana.

—Como Viviana Gibelli –comentó.

Sin embargo, la alegría le duró poco. Me devolvió la muñeca con brusquedad y me aseguró que su papá enfurecería si volvía a verlo con una. La solución fue simple y lógica, para un par de niños:

—Déjala en mi casa. Aquí tu papá no puede espiar. Viviana es tuya, así que puedes venir a jugar con ella cuando quieras.

Así fue. Jugó tantas veces con Viviana como pudo. Fuimos papá y mamá y más tarde maquillistas. Viviana, la de los ojos y los zapatos verdes. Incluso le consiguió un sombrerito azul, bordado a mano. Bautizamos a Viviana con agua y sal que sacamos de la cocina de mi mamá. Era nuestro secreto y el remedio a los moretones y los puñetazos, que comenzaron a ser más esporádicos.

Poco a poco, la muñeca dejó de ser presumida para pasar a tener un rostro menos frío y más agradable. Ya no tan arrogante. Una cascada de tirabuzones bien peinados enmarcaba su cara redonda y sin cicatrices de mala fabricación. Iba siempre con un vestido de cuadros escoceses y un par de mediecillas blancas hasta las pantorrillas. Imaginábamos que le gustaban las canciones de La Oreja de Van Gogh y que, de hablar, lo haría con ese acento exagerado que escuchábamos en las telenovelas argentinas juveniles.

Francisco y yo éramos liliputienses felices, tranquilos, con una muñeca que esperaba pacientemente nuestra vuelta a casa del colegio y la llegada de los fines de semana largos. Era una confidencia, al principio infantil e inocente, que transmutó en complicidad. Esa complicidad sabrosa que solo conocen los buenos amigos.

Entonces pasaron once años, rápidos y sin tregua. Cuando se fue de su casa, al instalarse la Asamblea Nacional Constituyente en 2017, Francisco tocó mi puerta.

—Me llevo la muñeca –murmuró.

Se la entregué sin rechistar. Estaba llena de polvo y me dio vergüenza dársela así. Hacía tanto que no jugábamos al papá y a la mamá. Bebíamos más cerveza que otra cosa y asistíamos juntos a clases de salsa casino. Él estudiaba Hotelería y Turismo y yo andaba de pasante en El Universal.

—Yo me voy pa’l carajo, y me llevo mi juguete. Bueno, ya, siendo honestos, me botaron. Pero, ahora que voy a vivir solo, me llevo mi bendita muñeca. Mira, el viejo está viendo por la ventana, te apuesto a que le va a dar una embolia cuando me vea pasar con ella.

El papá lo insultó a gritos, desde el segundo piso de la casa vecina. Pero Francisco atravesó la calle y desapareció de su vista, con Viviana bajo el brazo. Regresó poco después. Golpeó mi puerta en diciembre de 2018.

—Me largo a Buenos Aires. Tengo que salir del país: este peo no se lo cala nadie. A mí no me gustan las despedidas, tú sabes, pero vine a dejarte esto, para que te acuerdes de mí. No te atrevas a botarla por ahí.

En abril de 2019, Viviana se mantiene sentada en uno de mis libreros. De vez en cuando le tomo una foto y la envío a un número de teléfono argentino, para que Francisco vea que aún la conservo.

El último mensaje de texto que me envió reza:

Mi papá me habría matado a tortazo limpio si se hubiese enterado que yo me iba a tu casa a jugar con esa muñeca. ¿No que te la llevaron de Buenos Aires? Bueno, te cuento que aquí no he visto una igual. Para mí que tu madrina te cayó a cuento. Mejor. Habría tenido que seguir robándole las muñecas a Vero, de no ser por Viviana… Gracias.

Por Albany Andara Meza | @albany_d_andara

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