Tu papá no te defraudará

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Cuando mi papá salió de Gatwick, el famoso aeropuerto londinense, lo primero que dijo fue “mierda, aquí sí hace frío, compadre”. Aterrizó el 11 de enero de 2018, con una maleta de pepitas y una etiqueta amarrada del bolsillo delantero. “Venezuela-Inglaterra; propiedad de Marco”. Cuatro pantalones, dos suéteres comprados en Mérida y tres pasamontañas. Ya. 45 años de estancia nacional resumidos en nueve cachivaches. Su colección de CD’s de salsa se quedó guardada en su casa, al igual que las matas del porche (¡oh, sus preciadas matas!) y las botellas de vino del bar de la sala. Su casa. Debe estar ataviada de polvo, de recuerdos que hablan por sí solos. Yo le presté unos guantes apenas desembarcó el equipaje; sin embargo, no se le quitó la tembladera. “Aquí sí hace frío, compadre”, era lo único que repetía. “Vamos a ver si me adapto a esto”.

Mi papá es de esa generación venezolana que alzó dos muchachos y una pequeña empresa a través del mata tigres pujante y del trabajo fijo de la caja chica y las utilidades. Con respecto a esto último, mi hermana y yo siempre esperábamos el 25 de noviembre como si fuese la llegada anticipada del niño Jesús. El pure, siendo operador de trenes del Metro de Caracas, recibía el pago de nómina todos los veinticinco de mes, y justo antes de diciembre le cancelaban los bonos navideños. Se armaban unos limpios. Mi mamá organizaba los bolsos vacíos y agarrábamos para El Cementerio a comprar los estrenos de año nuevo. Él no se prestaba para esa vaina; le bastaba dar la plata para que la jeva decidiese por sus chamos. Mientras nosotros metíamos y metíamos ropa, mi papá nos esperaba en el jardín de la casa, arreglando los porrones de las palmas. Sin camisa, con el sol envistiéndole por la espalda. A él déjenlo con su calor. La única manera de verlo con una camisa manga larga era que nos fuésemos de viaje, como aquella vez a Los Andes.

De Gatwick al apartamento de mi tía es como una hora de tren. Yo me reía nada más que observándolo mirar por la ventana, estupefacto. Londres es una urbe de casas con techos puntiagudos y fachadas uniformes, en contraposición del Guatire de bloques y columnas al desnudo. Paisajes extraños, antes pensados como películas de cine y no como sentencias de vida. “A estos ingleses les hace falta música; esta gente va muy callada en estos asientos”, dijo, bajándose del autobús que nos dejó al frente de la residencia.

—Bueno, bienvenido a tu nueva casa, pa.

—¿Podemos prender la calefacción?

Por lo general, mi papá pedía las vacaciones para el mes de febrero dizque para evitar la temporada alta. El tráfico y mis padres no se llevan muy bien. Y por allá por mi infancia era normal que las familias empaquetasen sus cosas y agarrasen carretera adentro. Caravanas de cerveza, codos apoyados sobre los vidrios y cornetas resonantes. Bullicio de una opulencia pronta a extinguirse. Aquellas vacaciones donde él adquirió los suéteres de esta crónica, habíamos ido a la laguna de Mucubají, al teleférico, a la Vuelta de Lola, al pico del Águila y a la Venezuela de Antier. A mí me dio mal de páramo; a mi mamá, fiebre. Pero mi papá estaba maravillado. Cero usuarios de Metro molestos, cero preocupaciones. Mérida, delante de sus ojos caraqueños, era la villa virgen de respiración fresca y gente decente. Acostado en la cama de la posada, con una copita de licor de mora en la mano, confesó:

—De viejo, nos vendremos a vivir para acá. A estar tranquilos. La vejez es para no estar matándose; es para uno relajarse y disfrutar de eso que tanto se partió el lomo. Apenas me den la jubilación, compro mi propiedad por acá.

—Primero tienes que aprender a vestirte –le respondió mi mamá–. Ahí te compré dos suéteres ligeros. A ver si te los pones.

—Gastando real por gastar. Yo no necesito esa vaina.

Pero la verdad es que sí, sí los necesita. Al menos ahora.

Una semana después de la bienvenida, mi papá se envolvió como una hallaquita de chicharrón y salió conmigo a patear calle por las tiendas de Londres. A buscar chamba. Otra vez. A tabula rasa. De casualidad, entramos a un restaurante italiano que está en una de las esquinas de la estación Waterloo. El mánager, simpático él, permitió que yo asistiera a mi pobre pure en su entrevista post-diáspora-en-inglés. “Le vamos a dar la oportunidad; claro, tenga en cuenta que algunas veces los turnos son de 12 horas, hasta que cierra el local”. Yo lo miré de soslayo. Él apretó los labios, movió el cuello y después contestó:

Fine, fine. Ok.

Meses de esponja, jabón de platos y desinfectante de pocetas. El negocio usaba matas artificiales como decoración interna, y eso, a mi papá, le daba fastidio. Sus compañeros de cocina, dos italianos y una rumana que machucaba español, le enseñaron a balbucear las oraciones básicas de supervivencia anglosajona. Por favor. Gracias. Cuánto cuesta. Soy de Venezuela. No hablo mucho todavía. ¿Puede repetir? Piano a piano. Fueron meses de sudor, de lágrimas en silencio. El pure se aprendió las direcciones de memoria, yendo en contra de los desaguisados de la nostalgia. De una Venezuela de Antier que aún persiste en su cabeza. Pero se descargó aplicaciones de idiomas en el teléfono. Pero se compró un diccionario. Piano a piano, arrancó los motores al son de la salsa que ya no escucha en el porche de su casa sino en los audífonos que se pone en las mañanas. Mi papá se puso las pilas con los suéteres bien puestos, con la voluntad de seguir luchando por esa jubilación deseada. Y por estar de vuelta en su país. Quién sabe.

Porque los emigrantes somos sujetos tercos, de esperanzas nunca muertas.

El mes de junio, o sea, recientemente, recibí un mensaje de WhatsApp. “Hijo, me llamaron de otro trabajo que me está más cómodo. Estoy muy feliz”. Ahora, mi papá le echa pichón en un depósito de inventarios, con el personal de la empresa siendo, en su mayoría, inglés. Ya se defiende mejor; incluso, hasta me escribe usando slangs de los suburbios londinenses. “El camino es largo, hijo, pero ya vas a ver. Tu papá no te defraudará”. Es cierto. Lo he sabido desde los días de utilidades de infancia bien otorgada.

Aquellas vacaciones de Mérida, mi pure, acostado en la cama de la posada y con una copita de licor de mora en la mano, me aconsejó:

—Uno tiene que estar preparado para lo que sea. Estudie, prepárese. De grande, reúna. Hoy estamos chévere; mañana, bueno, mañana lo descubriremos.


Por Gianinni Mastrangioli | @MastranGianni

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