#DomingosDeFicción: Ladrón

ladrón

Ahí apareció la catirita otra vez. Puntual. Son las 5:02 y ya está montándose en el cuarto vagón de la Línea 1, dirección Palo Verde. Estamos en Plaza Venezuela pero yo la llevo esperando desde Capitolio. Un par de veces me he pillado que se monta en Bellas Artes y hoy que es el gran día del asalto no quería arriesgarme a que se me fuera. Se cierran las puertas. Son las 5:04.

La chama nunca se sienta. Yo no sé si lo hace para parecer más ruda y menos catira en el Metro o porque capaz no le gusta sentarse; si es lo primero, es bien gafa porque con esa pinta que se carga no puede dárselas de la ruda ni que se suba al techo del vagón. Toda catira y flaca, con esa piel tan blanca y unos ojos tan grandes que pareciera que quisieran ver el mal antes de que sea demasiado tarde. No le sirven mucho, creo. Como dijo Lucho el otro día: “Esa coneja es una presa fácil”, y tiene razón. Si la agarro por sorpresa de repente no va a poder ni perseguirme, ni pegarme y yo creo que ni gritarme; solo se quedaría ahí con esa cara como de que no rompe ni un plato, pensando en qué pasó, con la boca abierta y los ojos sin entender lo que la cabeza todavía no procesa: te robaron, chama. Y fui yo.

Sabana Grande.

Nunca he sido de los que roban así por placer, pero últimamente se ha vuelto una necesidad. Capaz fue una maña que me nació cuando la vi, y de pana espero que se me pase, porque si hay algo que sé porque me lo dijo mi vieja hasta el cansancio es que robar es malo y que eso a Dios le cuesta perdonarlo. Espero que el de arriba me perdone esta sola vez. Es solo para quitarme la idea de la cabeza. Aparte no es que es a cualquiera. Es a la catirita de ojos grandes: lo de no comas delante de los pobres te lo tuvo que haber dicho alguien antes de montarte en el Metro con ese pelo tan amarillo, chama.

Chacaíto.

Me voy a acercar un pelín más solo para no perderla de vista. No vaya a ser que hoy sea el día en que se avispe y corra. Está al lado de la puerta viendo fijamente el mapita de paradas, como si no supiera adonde va: ella, todos en el vagón y yo sabemos que se va a bajar en Altamira para perderse entre la multitud que sale en estampida hacia las escaleras mecánicas y nunca hacia las de cemento. Yo creo que ella agarra las de cemento pero nunca me he fijado mucho después de que sale del tren; cuando la dejo de ver se me pierde la idea de robar y sigo fijo hasta Los Cortijos pensando en las mil veces que mi mamá me dijo “Mijo, por fa, no robe. Lo que usted quiere trabájelo”. Pero, vieja, esto es distinto.

Chacao.

Me muevo un poquito más y me quedo justo enfrente de ella. Tieso pero relajado para que no se me altere y se baje donde no es. Tengo la mirada fija en el piso y siento los nervios de la primera vez. Tranquilo, Juancho, carajo. Es como Lucho dijo, la chama es una presa fácil. Levanto la mirada de a poco y la miro: ella sigue con la mirada clavada en el mapita del metro y ni se ha enterado de que me moví; que el vagón avanzó; que el chamito de la morena sentada a mi izquierda empezó a llorar; que el parlante anunció algo que no entendió nadie; que un mendigo que olía mal entró, le gritó a todo el mundo y se volvió a salir; que la vieja que estaba recostada del agarradero se resbaló, y bien hecho porque eso es para que todos se agarren y no para que tú te recuestes. De nada se enteró la chama. Ella seguía inmersa en el mapita de la puerta, contando estaciones o haciendo lo que sea que las catiras con esa pinta que tiene ella hacen cuando se quedan viendo fijamente.  Yo nunca la había visto tan de cerca porque siempre me quedaba al menos medio vagón alejado para que no sospechara. Tenía unos blue jeans oscuros y una camiseta blanca, con el pelo suelto, sin maquillaje y con unos zapatos marrones que le combinaban con los ojos y algunos lunares chiquitos que tenía en la espalda. El bolso que llevaba hoy era chiquito, de esos que tienen toda la pinta de que las jevas no los agarran duro porque creen que nadie les quita algo tan chiquito. Definitivamente, hoy era el gran día del asalto.

No era tan distinta a mí, la verdad. Era una chama normal, con pinta de presa fácil, pero quién quita que yo no la tuviera también.

Altamira.

“Aquí fue”, pensé sudando hasta las palabras. Anunciaron la estación en los parlantes, la gente se paró, la catirita dejó ver el mapa y digirió la mirada hacia el otro lado del vidrio de la puerta, que le devolvía la cara de un hombre ansioso por entrar a sentarse. Yo me moví hacia ella. Hoy era el día del robo y no podía perderla. “Perdóname, mamá”. Salió del vagón rápido con ganas de irse a su casa, empujada por una pelota de gente que compartía su sentimiento y conmigo a dos personas atrás. La chama no agarró hacia las escaleras mecánicas sino que se fue a las de cemento pero a un paso acelerado, como apurada. ¿Me habrá visto? Pero no puedo perderla. Hoy es el día. Me apuro también y la sigo casi que corriendo con el corazón acelerado y un pito en los oídos que ya ni me deja escuchar las advertencias de mi vieja. La chama se mete entre la gente para subir rápido pero justo antes de que ponga un pie en el primer escalón, la agarro por el hombro, la volteo y ¡zaz! Le robo un beso.

“Perdóname, catira. Pero es que tú tienes muchos para ti solita y si no te robaba aunque sea uno, yo creo que me moría”.

Y ella sonrío.

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

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