Mi amistad literaria con Rodrigo Blanco Calderón

mi amistad literaria con rodrigo blanco calderon Foto: Cortesía RRSS @atajoslargos

Conocí a Rodrigo en el aula 202 de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela: ocupaba uno de los pupitres más cercanos a la tarima en el lado derecho de la sala y, como es obvio, su estatura hacía imposible que pasara desapercibido. Era un curso sobre ensayo venezolano. Nunca intervino; tal vez lo aburrían las clases: una materia obligatoria de la que necesitaba zafarse pronto.

Luego me lo topé en varios eventos culturales y hasta en una tasca del este de Caracas.

Cuando se publicó su primer libro, Una larga fila de hombres (Premio Monte Ávila para Autores Inéditos 2005), lo encontré en una actividad literaria y en la pequeña feria puesta para la ocasión adquirí el compendio, me acerqué hasta la sala donde se hallaba como público a la espera de un foro y le pedí que lo firmara: “Para Carlos Sandoval, esta corta fila de cuentos que esperan temerosos y divertidos, su lectura. Un abrazo”.

Dos años después me correspondió presentar Los invencibles, el segundo volumen de relatos con el que Rodrigo ratificaba su inevitable vocación y se hacía un visible puesto en el tablero de la narrativa venezolana en el que ya sumaba algunos prestigiosos reconocimientos: el sexagésimo primer premio del concurso de cuentos del diario El Nacional (2006) y su inclusión entre los escritores, menores de cuarenta años de edad, más prometedores de América Latina en el festival Bogotá 39 (2007).

Como suelo hacer cada vez que en el horizonte de nuestra literatura aparece un autor que revela consistencia en el manejo de su material creativo, comencé a seguirle la pista a sus publicaciones en revistas, antologías y libros misceláneos: textos críticos, ensayos, alguna crónica. Y todos los cuentos. Al mismo tiempo, la amistad fue creciendo de resultas de algunos intereses comunes: la historia de la narrativa del país, la participación de los escritores en los asuntos políticos y el gusto por algunas piezas literarias. Se hizo costumbre reunirnos en la desaparecida Librería Lugar Común de Altamira donde nos sentábamos a desgranar temas y tomar café, un hábito a veces interrumpido por la lluvia o por las dificultades de traslado que a ambos, ciudadanos de a pie, nos afectaban.

La Escuela de Letras nos hizo jurado de varias tesis, la dinámica de las ferias de libros nos puso a compartir charlas y coloquios, la vida nos juntaba cada vez más no solo literariamente, sino en esa zona afectiva en la que los amigos se convierten en la familia que, por empatía y acomodo del alma, reconocemos como propia.

Al publicarse Las rayas en 2011, su consumada destreza en el ejercicio del cuento vino a constatar que estamos ante una poética cuyas bases se hunden en sólidas trazas artísticas: la literatura como soporte –temático e interpretativo– de la imaginación de los personajes (ámbito simbólico para explicar las figuraciones del mundo), el enganche en el contexto de la derruida Venezuela del chavismo como escenario para el despliegue de las acciones, el equilibrado diseño arquitectónico donde se conjugan diversas instancias de realidad y significado.

En las protestas de 2014 Rodrigo tuvo un gesto de desprendimiento inolvidable. Mi sobrino resultó agredido por fuerzas del Estado (algún eco de ello se lee en “Los terneros”, relato que da título a su cuarto libro de cuentos). Una fractura en la mano izquierda y otra en la pierna exigieron operaciones quirúrgicas. Apenas enterarse, Rodrigo puso a disposición un monto de dinero, junto con Garcilaso Pumar, para cubrir parte de los gastos médicos. También nos contactó con su madre, la queridísima y noble Minerva (nunca un nombre estuvo tan bien puesto), para reanimar el espíritu de un joven que por fisgón hubo de ser encausado en un injusto proceso punitivo. Las ayudas recondujeron los sueños de ese muchacho quien hoy, fuera del país, disfruta de una segunda oportunidad.

Hacia abril de 2015, Rodrigo me invita a comer. Una vez ordenados los platos soltó el motivo que aquel mediodía nos reúne en el pequeño restaurante de Altamira, a un costado del Festival de la Lectura: la cooperativa editorial Lugar Común se va a pique, de modo que él y Luis Yslas Prado arman una nueva compañía editora para seguir en el ruedo: Madera Fina. Por supuesto, no tuve que pensarlo mucho: asumiría las tareas que me encomendaran apenas echara a andar el negocio. La botadura editorial se produjo en septiembre de ese año y, contra todo, seguimos navegando.

La frecuencia de nuestras comunicaciones se incrementó. Rodrigo viaja a París con intención de completar estudios doctorales. Las ocupaciones académicas no lo distraen, sin embargo, de las faenas editoras de sus socios caraqueños. Al menos dos veces por semana solemos intercambiar ideas sobre los proyectos que adelantamos y, cómo no, respecto del movimiento literario en la lejana Europa (tan distante ahora de nosotros, prisioneros de un universo paralelo a contrareloj de Occidente), y del precario movimiento cultural venezolano de los últimos dos lustros.

En 2016 aparece su primera novela en Madrid, The Night, bajo el sello Alfaguara. En Madera Fina nos entusiasmamos con la posibilidad de hacer una edición local visto que, según marchaban las cosas, el libro no llegaría al país. Rodrigo logra que la casa española ceda los derechos y, todo hay que decirlo, ha sido una de nuestras más exitosas apuestas editoriales: en menos de dieciocho meses el tiraje se agotó. El debut de mi amigo como novelista vino respaldado por una importante agencia literaria y por una empresa cuyo catálogo está entre los mejores del campo literario internacional. Un apoyo sostenido en la convicción de que la pieza contiene valores estéticos que constelan un argumento, una estructura y unos temas que trascienden su anclaje en la realidad venezolana hasta transformarse en una obra coral en la que varias voces cristalizan las veleidades de unos personajes arrasados por el tiempo, el primitivismo de las pulsiones sexuales y las ensoñaciones políticas.

Combinar el afecto con el trabajo crítico resulta difícil. Por ello, hace décadas me impuse la regla de no analizar títulos publicados por mis cercanos partners literarios. Solo cuando ya no es posible continuar manteniendo neutralidad debido a la potencia estética de los materiales, cedo ante la evidencia y arriesgo comentarios o estudios sobre aquello que refrendan los múltiples lectores. Es lo que me ha ocurrido, por ejemplo, con la narrativa de Ednodio Quintero y con la de Ángel Gustavo Infante. En el caso de Rodrigo aún no ordeno mis notas luego de tres minuciosas lecturas de The Night y de haber intervenido en igual número de encuentros donde la trama de esta fascinante y bien construida ficción ha dado pasto a las más variadas interpretaciones (lingüísticas, sociológicas, metaliterarias). En este sentido, los merecidos Premio Rive Gauche à Paris a la mejor novela extranjera en 2016 (Francia) y el Premio de la Crítica a la Mejor Novela 2018 (Venezuela) acreditan el valor de esta primera muestra fictiva de largo aliento de un joven escritor que, para asombro de muchos, revela inusitada madurez poética en un medio por lo general refractario al oficio, a la profesión literaria.

Ahora Rodrigo obtiene el Premio de la III Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. No hay adjetivos para calificar lo que aquella noche de jueves, cuando se anunciaría el veredicto (solo cinco finalistas), sentíamos –vía WhatsApp– Jonathan Bustamante, María Esther Almao, Alberto Sáez y yo, acá en Caracas (la señal se caía por segundos); Melanie Pérez Arias y Luis Yslas, en Lima; Patricia Heredia Pelaca y Leonardo (Leo) Maita, en Madrid; Rodnei Casares, en Medellín; y Luisa Fontiveros junto a Ro en Guadalajara. Soltábamos palabrotas angustiados por la extensión de los discursos preliminares, hacíamos chistes para atenuar los nervios hasta que, por fin, liberamos los dedos: Rodrigo, como medio siglo antes Adriano González León, puso a circular el nombre de nuestro país gracias al empeño y a la laboriosidad de su feroz vocación narrativa, encendió una luz en la más densa oscuridad histórica de una tierra que languidece, trajo de nuevo la certeza de que es posible hacer arte sobre las ruinas.

A qué negarlo: me honra ser parte de los afectos de Rodrigo; me enorgullece haberme cruzado en su rota y acompañarlo en algunos tramos. No tengo escapatoria: debo sentarme a escribir. La noche es larga, el amanecer se intuye lejano. Entretanto, voy haciendo cuentas: una novela, cuatro libros de cuentos, aún queda camino.


Por Carlos Sandoval | @carlos_sandova

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