RESEÑA: ‘Inglourious Basterds’

 De una película sobre la Segunda Guerra Mundial se suele esperar más acción que diálogo, más balas que palabras, pero si el director es Quentin Tarantino el desarrollo será muy distinto. Inglourious Basterds es un film ucrónico ambientado en la Francia ocupada por los nazis. La trama del largometraje cuenta dos historias en paralelo que convergen al final. La primera, que le da nombre a la película, es de un escuadrón selecto de militares, ‘Los Bastardos’, encargados de asesinar crudamente y sin misericordia a soldados alemanes. La segunda es acerca de una chica judía que presenció cómo fusilaron a sus familiares y crece con un harto rencor. Tarantino dividirá la acción en cinco capítulos en los que relatará con suficiente detalle y sustanciosos diálogos cómo ‘Los Bastardos’ –liderados por el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) – exterminan a sus víctimas hasta dejarlas (literalmente) sin cabello. Paralelamente, la judía Shoshanna (Mélanie Laurent) la fortuna le permitirá vengarse. Pese a que Brad Pitt es la imagen promocional del largometraje, la verdadera estrella es el austriaco Christoph Waltz –quien ganó mejor actor de reparto en los Óscar 2009 por interpretar al Coronel Hans Landa–. Su personaje será un villano maquiavélico, un genio de la lingüística capaz de usar el lenguaje para desequilibrar la vida de los demás. Con diálogos en los que lleva siempre la voz de mando, Hans Landa será la persona más importante del film. Y es que cuando se ausenta de alguna escena, se siente el vacío que un Pitt en clave Rambo no puede sustituir. Dotado de efectos de sonido únicos, una dirección artística brillante y mucha sangre al mejor estilo tarantiniano, no queda otra sino que sentarse a disfrutar de Inglourious Basterds.

De cuando Díaz Rangel apoyó a Carmona en abril de 2002

Vaca sagrada del periodismo izquierdista, profesor estrella de la UCV, director de su Escuela de Comunicación Social, autor de una infinidad de libros, hacedor de periódicos moderados y también de panfletos vomitivos. De joven rebelde y de mayor servil. Hombre de un solo peinado y mil caras, Eleazar Díaz Rangel ha sabido, como el camaleón, cambiar de color y camuflarse cuando la situación lo amerita. Y en eso no le gana nadie. Siempre guabinoso y resbaladizo, nunca categórico, prudente hasta el aburrimiento, afable y dialogante en todo momento, de los que dicen ‘sí pero no’ y que son leales hasta que dejan de serlo, fue uno de los primeros en saltar la talanquera en abril de 2002. Suya es la  frase más entusiasta de apoyo al gobierno de Carmona de todas las que se pronunciaron tras su toma de posesión: “La mayoría del país recibió complacida la formación de un nuevo gobierno presidido por Pedro Carmona Estanga”. Con ella arrancaba el editorial de ‘Últimas Noticias’ del 13 de abril de 2002, firmado por él. Es un texto revelador, que lo retrata de cuerpo entero. Chavista y revolucionario hasta el día anterior, aquella mañana ya llamaba presidente a Carmona, criticaba al Comandante Eterno –“una de las justas críticas formuladas al gobierno de Chávez fue precisamente su poca voluntad de diálogo no obstante las promesas hechas”–, describía de modo nada bonito la situación de Venezuela durante su gobierno –“un país que ha estado lleno de pugnacidades, que se ha caracterizado por la confrontación en todos los campos, que ha estado dividido, lleno de angustias e incertidumbres”–, objetaba apenas con guantes de seda el decreto de Carmona –“¿Era necesario tanto poder? ¿No fue ésa otra de las críticas que se hicieron al gobierno de Chávez?”– y con la misma blandura se refería a las detenciones de Tarek William Saab y Rodríguez Chacín –“quiero suponer que se trata de excesos y que serán erradicados (…) ojo con hacer una práctica común estas extralimitaciones”. A los dos días, el 15 de abril, con Chávez de regreso, titulaba su editorial “El golpe de Estado” y describía al-que-según-él-había-sido un-gobierno-recibido-por-una-mayoría-complacida como “una pesadilla, afortunadamente por sólo 24 horas”. Las mismas que él tardó, tal día como hoy, en cambiar de opinión.

¡FELIZ NAVIDAD!

Fue el gran antes y después de la historia de la humanidad. Al menos, de la que conocemos. El hecho que la dividió en dos, y a partir del cual se empezaron a medir los años. El arte, la pintura y la música lo han hecho lucir esplendoroso. Nuestros aguinaldos también. Que nació cubierto de flores, canta uno. Que venía del Ávila bien arropadito, o que su cuna estaba alumbrada por destellos radiantes luz, cuentan otros. Sin embargo, según el relato de Lucas, el acontecimiento fue más bien pobre: un hombre y su mujer embarazada peregrinaban para cumplir con el empadronamiento ordenado por el César, cuando a ella le vinieron los dolores de parto. No encontraron posada en ningún sitio, así que el alumbramiento hubo de suceder en un establo. El pesebre, ese recipiente donde come el ganado, fue lo que el niño, nacido en la más absoluta pobreza, tuvo por cuna. ¿Dónde estuvo la grandeza de este hecho para lograr cambiar la historia del mundo? Hace diez años, difícilmente hubiéramos podido responder a ello. Ahora, sin embargo, algo entendemos. Son tiempos de verdadera desgracia y ruina en Venezuela: hay pobreza, hambre y una infeliz dictadura. Hoy, a nosotros, también se nos cierran todas las puertas. El sufrimiento de los hambrientos, de los que comen de la basura, la desesperación de los padres que no consiguen alimento para sus hijos, la de todos aquellos que no encuentran medicinas, de los que mueren por un antibiótico, de los que lloran a un ser querido asesinado por el hampa o por alguno de los organismos de seguridad de la dictadura, la soledad de los que tienen a los suyos lejos, bien sea fuera del país o en una celda inmunda, ese lamento desesperado es una tiniebla tan oscura como la noche que cubrió a aquella pobre familia en Belén. Al contemplarlos a ellos, al volver a esa escena inicial, surge, sin embargo, una certeza: que la esperanza puede nacer, y de hecho nace, en medio de las condiciones más precarias; y que aún en la soledad más profunda, en medio de todas las adversidades, de algo tan pequeño y frágil como un bebé sin cuna puede venir la salvación. ¡FELIZ NAVIDAD!, les decimos, y no lo hacemos como lugar común, sino con el sentido más profundo y cristiano del término, para que hoy, como hace dos milenios, en medio de esta noche oscura, triste y pobre que vivimos, nazca en ustedes la esperanza y no se dejen vencer ni intimidar por el poder temporal y la soberbia de nuestros Césares y Herodes criollos, porque nosotros, lo prometemos, tampoco lo haremos. ¡FELIZ NAVIDAD!

REVIEW: Whatever – Ivan Beecroft

Por: Humberto González

Hay algo característico en el estilo de Ivan Beecroft, que es lo que lo convierte en un músico a veces apetecible de escuchar. No es su genialidad creativa para las letras, que, con seguridad, no son demasiado originales o presentan tratamientos temáticos o sensaciones humanas, al menos, diferentes.

Más que cualquier otra cosa, el músico australiano es un personaje vocal. Su voz es de un carácter envidiable y, como menos, agradable al escucharse. Es quizás eso lo que nos mantiene al escuchar su música.  Y sin dudas, es lo único que nos mantiene al escuchar Whatever, su último disco. Ivan Beecroft es un músico hiperactivo, que cada tanto invade el escenario independiente con nueva música, quizás una de sus insolvencias a la hora de entregar música relevante. Pues track a track vuelve a pisar sus mismas huellas en caminos ya transitados.

“Broken  Wing” es quizás el tema diferente del resto. No por sus ritmos y sus formas, sino por cómo Beecroft lo presenta. Un tema para cerrar el álbum, con una gran personalidad acústica que no se asemeja a ningún otro tema en el álbum.

Después de once temas, “Whatever” es un álbum lento, no por sus características musicales, sino porque es un álbum que se siente como una repetición tediosa del mismo Beecroft de siempre.

Teresa de la Parra, una de las grandes escritoras

Jueves de octubre, jueves de Nobel, jueves (este sí) de Literatura en mayúscula. Ocasión propicia para festejar el premio (¡por fin!) bien entregado y conmemorar también el nacimiento 128 de una de nuestras glorias, la que probablemente sea la escritora más grande que ha tenido Venezuela: Ana Teresa de la Parra Sanojo. Mujer, aristócrata y buena parte del tiempo extranjera, nada de ello obstó para que De La Parra escribiera (y bien) sobre Venezuela. Logró, desde la distancia, expresar en su obra, condensar en ella, el ambiente íntimo y familiar de aquel país que fuimos a principios del siglo pasado. Bajo el seudónimo de “Fru Fru” publicó un par de cuentos en ‘El Universal’ para luego firmar en dos importantes publicaciones literarias de la época: ‘Actualidades’, de Rómulo Gallegos, y ‘Lectura semanal’, de José Rafael Pocaterra. En 1924, en París, publicó la que será su novela insignia, su obra más premiada y elogiada: ‘Ifigenia’. Con ella ganó el primer premio de Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa y se consagró como una de las escritoras más importantes de Latinoamérica, hasta llegar a ser puesta al lado de la poeta y Nobel chilena Gabriela Mistral, de quien terminaría siendo amiga. La novela la protagoniza una joven de 18 años llamada María Eugenia, que regresa a Caracas, luego de una larga estadía en Europa, para encontrarse con que ya no tiene herencia ni fortuna, lo que la obliga a vivir en la casa de la abuela y procurar un buen matrimonio que le garantice un futuro. La novela, una de las grandes cimas de nuestra literatura, retrata a la Venezuela de principios del siglo XX, sus estrictas normas morales y su corrupción, y esconde algunas críticas veladas a la dictadura gomecista. A 128 años del nacimiento de su autora, desde ‘Revista OJO’ la recordamos y festejamos, a la par que rogamos encarecidamente que el dictador, sus ministros y varios políticos de la oposición tomen consejo y, por favor, lean el diccionario para que dejen de decir tantas burradas.