Francisco Massiani en medio de un partido

 “Cuando escribes, eres un ser atemporal”

Francisco Massiani.

 

Es una soleada mañana caraqueña. Francisco Massiani está sentado sobre su cama con mucha placidez. Tiene una sonrisa diáfana. Verlo así impregna el ambiente de serenidad. Me saluda como si se tratara de una vieja amiga. Al frente está la imponente biblioteca –casi del piso al techo– de los libros heredados de su padre Felipe Massiani. Más allá, el patio de la casa cubierto de verde y de pájaros. Los Milagros, allí reside Pancho, el hombre para quien la literatura es magia e ilusionismo.

—Pancho, ¿podemos conversar?

—Sí, claro. Pero después que termine el primer tiempo.

Los ojos azules de Massiani apelan a la empatía. Él se refiere al partido de la segunda jornada del grupo F del Mundial Rusia 2018, entre las selecciones de Alemania y Suecia. Pancho es uno de nuestros escritores más queridos. Dicen que uno no debería conocer a sus escritores favoritos para no llevarse un chasco. La obra de Pancho invita a conocerlo con los que nos ofrece: luces y demonios. Porque “para escribir hay que tener honestidad y una gran nobleza”. Szymon Marciniak, árbitro polaco, da el pitazo inicial.

Primer tiempo

Francisco Massiani nació en una Caracas postgomecista. Hijo de Felipe Massiani, escritor, cronista y director de la Biblioteca Nacional; y de Edith Antonetti, una guayanesa con “los ojos verdes más bellos”. Creció junto a sus tres hermanos –Felipe, Jeanette y Coromoto– en una ciudad vestida de pueblo. Tenía siete años cuando tuvo que exiliarse junto su familia en Chile porque la ideología política de su padre iba en contra del régimen de Marcos Pérez Jiménez.

Durante su estadía en Santiago fue alumno de José Donoso, escritor chileno y autor de las novelas El lugar sin límites y El obsceno pájaro de la noche, en el Kent’s School. Massiani cuenta que su padre le recomendó leer diez minutos todos los días. El primer libro que le entregó fue La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, pero lo aburrió inmensamente.

Según dice, comenzó a escribir desde que nació. Siempre. Lorena Vargas, un amor chileno de la infancia, le regaló un diario y comenzó a llenarlo. A los 14 años escribió un poema llamado Puerto, cuando regresaba a Venezuela. Ya en el país se inició con la poesía y los cuentos fantásticos. A partir de allí no paró.

A principios de los años sesenta comenzó a estudiar Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. No terminó. Se inscribió en Arquitectura. Tampoco culminó la carrera. Pancho se dedicó a escribir. El duende del que habló García Lorca se había adueñado de Massiani. No había vuelta atrás.

La pintura es otra de las artes que ha cultivado el autor de Piedra de mar. “Todos comenzamos a pintar desde chiquitos. La diferencia es que yo seguí pintando”. Varios de sus dibujos se han expuesto en galerías y han sido portadas de sus libros.

Es un lector ávido, en la mesa cercana a su cama tiene varios libros apilados. De los viejos escritores, le gusta Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Guillermo Meneses y de los contemporáneos destaca El libro de Esther, “es una bella novela”, de Juan Carlos Méndez Guédez.

Asimismo, ama viajar. Para Pancho, “un viaje siempre es enriquecimiento inevitable del espíritu”. Conoció París, Madrid, Barcelona. Visitó a la ciudad luz en 1965, volvió en 1969 –becado por el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA)– y de nuevo en 1978. Allí sucedió un acontecimiento que tomó notoriedad en la vida de Pancho: el día que no conoció a Cortázar.

Ya le fastidia decir lo que pasó con el gran cronopio, “lo he contado más de cien veces”. Era marzo de 1969, se hospedaba en el hotel Wettel con Clara, su pareja en ese momento. Lo llamó Antonio Gálvez, amigo y fotógrafo, para contarle que Julio Cortázar leyó un texto que había publicado en la revista Imagen, llamado “Después de Gálvez”, y quería conocerlo. Pancho llegó al edificio donde vivía Gálvez y donde lo esperaba Cortázar. Permaneció unos diez minutos pensando si subía o no. Pensaba ¿qué le voy a decir yo a Cortázar? ¿Cómo voy a hablar con ese gigante? Se fumó tres cigarros seguidos y tenía unas ganas enormes de tomarse un trago pero no tenía dinero. Cerró la puerta del edificio y se fue caminando hasta el hotel. Luego de contarle a Clara lo que había sucedido, echó una lloraíta.

 

La Sabana Grande de la República del Este fue una parada obligatoria para Massiani. Se reunía con sus amigos en los bares del boulevard. Gabriel Jiménez Emán cuenta que “una vez Adriano González León y Pancho Massiani le montaron una trampa a Luis Camilo Guevara en un bar y le hicieron creer, lo convencieron totalmente de que los marcianos habían tomado la Tierra y que ahora debíamos refugiarnos en bunkers, le mostraron la información armada por ellos y lo sugestionaron, lo intimidaron. Luis Camilo se quedó pensando un buen rato en la barra y después dijo: ‘Bueno, está bien, acepto que vengan los marcianos a vivir aquí. ¡Pero que no vengan con echonerías!’”.

 

Toni Kroos pierde la pelota en el mediocampo, la recoge Claesson para desplazarse hacia la banda y esperar el desmarque de Toivonen para hacerle el pase. El delantero bate la portería sin que Neuer pueda defenderse. Gol de Toivonen. Alemania 0 – 1 Suecia.

Medio Tiempo – Piedra de Mar

—¿Pancho, qué te inspira a escribir?

—La vida. Aunque cualquier cosa puede inspirarte. Una pared, un poema, hasta una arrechera te puede inspirar.

Pancho escribía reseñas de libros y pinturas en la revista Imagen, de la cual Guillermo Sucre era su director. Simón Alberto Consalvi, director de Inciba, llamó un día a Massiani a su oficina y le preguntó si tenía una novela escrita. Pancho mintió, a los 21 años ya había escrito tres novelas –Renate o la vida siempre como un comienzo, Fiesta de campo y El veraneante–, pero se inventó una historia sobre un viaje para la playa en plena reunión entre panas. Tardó un año y medio en escribirla, y Guillermo Sucre le dijo que sería una de los primeros títulos de Monte Ávila. Así fue.

Monte Ávila Editores fue fundada por iniciativa de Simón Alberto Consalvi, Guillermo Sucre y Ulises Milla. Se convirtió en una de las mejores editoriales de Latinoamérica. Publicó a Pier Paolo Pasolini, Clarice Lispector, Juan Villoro, entre otros aclamados escritores. Piedra de Mar es la novela más reeditada de esa casa editorial con 17 reediciones. La última es del 2018.

La voz del autor en la novela es desenfadada con toques de humor e ironía, con un lenguaje coloquial y fresco. Sobre el protagonista de su historia cuenta que Corcho es un muchacho prematuro en muchas cosas, lee mucho para su edad. “Sospecho que Piedra de mar es una novela magnífica. Esa es toda la explicación. Aún me parece muy buena”, dice Pancho sobre el éxito de la novela.

Las primeras hojas de la noche, El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, Relatos, Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal y Con agua en la piel fueron editados por Monte Ávila Editores. Fiesta de campo y Renate o la vida siempre como en un comienzo, dos novelas cortas, fueron publicadas por Otero Ediciones; y su libro de cuentos Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer, por la Fundación para la Cultura Urbana y Sudaquia Editores, editorial asentada en Nueva York.

Segundo Tiempo

¡Gol de Alemania! Empata Reus. Centro de Werner pero Mario Gómez no llega a enganchar, aparece Reus para anotar con la rodilla. Alemania 1 – Suecia 1.

Los Milagros

Así se llama la casa donde se crió Massiani junto a sus hermanos y padres en una icónica urbanización caraqueña. Una casa blanca, luminosa, alta, amplia, llena de libros, dibujos hechos por Pancho y fotos de su hija y nietas. Fue un lugar de reunión y tertulias con los amigos de Felipe Massiani y sus hijos. Todos eran bienvenidos al hogar. Las conversaciones variaban desde la política nacional e internacional, la literatura hasta fútbol. Ahora, es el lugar donde amigos y seguidores van a visitar a Pancho. Y cuando el escritor se despide de ellos no duda en pedir para la próxima vez que le traigan cigarros y vino, si se puede.

El amor y las mujeres

Las mujeres tienen una presencia fundamental en la vida y obra de Massiani. Desde su madre, pasando por sus hermanas y terminando en su hija Alejandra Massiani y sus nietas, de las que habla con ternura y emoción.

Pancho es un devoto de la belleza femenina. Se casó y divorció de Norma Olivares, madre de su única hija. Su gran amor, el último, fue Belén Huizi, a quien conoció en la Librería Suma de Sabana Grande. Una presencia fundamental en su vida. Vivieron en el edificio Fontainebleau de Macuto, donde pudo estar cerca de sus lugares favoritos, del mar.

Con poco tiempo de diferencia, Massiani vivió pérdidas muy dolorosas. La muerte de Belén –a causa del cáncer– y la de sus padres. En el documental Francisco Massiani: Breve y arbitraria historia de mi vida (2015), Pancho grita: ¡a Belén Huizi! ¡Que la adoro todavía!

Aún le reclama su muerte.

Fútbol

Pancho es un gran seguidor del fútbol, por eso es un tema recurrente en su obra y sus conversaciones. Jugó como delantero en el Ávila Futbol Club hasta los 35 años. Admira a Lionel Messi. Cree que la Vinotinto no irá al Mundial y recuerda que la mejor era de la selección venezolana fue bajo la dirección de Richard Páez.

Habla con entusiasmo del gol de media cancha de Deyna Castellanos contra Camerún, en Mundial sub 17 Jordania 2016. Un gol que fue candidato al premio Puzkás del año siguiente. La delantera, dice, “es una extraordinaria jugadora”.

Para Pancho, la literatura y el fútbol tienen mucho en común: “Cuando tú juegas fútbol y driblas a dos o tres defensas e hinchas la malla con un golazo es muy parecido a cuando comienzas un cuento, seduces al lector poco a poco, lo llevas hasta el final y rematas. Eso es un golazo. Ambas cosas son apasionantes”.

Como dato curioso, el estadio de fútbol del parque Andrés Eloy Blanco en Puerto La Cruz lleva el nombre de Francisco Massiani, “eso es más importante para mí que el Nobel”.

Pancho también es Premio Nacional de Literatura 2012.

Tarjeta roja

Falta clara de Boateng con entrada por detrás sobre Marcus Berg. Es doble amarilla. El defensor sale del partido.

                                                                              …

Luces y sombras.

Un eterno enamorado de la vida y de las mujeres. El llamado señor de la ternura pasó 20  años sin publicar, porque “la literatura no es fácil y duele en lo más profundo del alma”. Fue en el 2008 cuando volvió al ruedo.

Padeció, asimismo, un accidente automovilístico que lo dejó postrado y le provocó una fractura de cráneo. Además, desarrolló una dependencia al alcohol que le causó un coma etílico. “Yo soy mi peor enemigo, Pancho”, se increpa así mismo.

La remontada de Alemania en el minuto 95. Kroos juega en corto con Reus, este se la coloca y el mediocampista anota. ¡Qué golazo! Alemania 2 – 1 Suecia.

Tiempo adicional o descuento

18 de noviembre de 2018. 3:00 p.m. 14ª Feria Internacional del Libro de Venezuela. Casco Histórico de Caracas. Presentación de la nueva reedición de Piedra de Mar, por Monte Ávila Editores. Han pasado veinte minutos y Pancho no llega. Por un malentendido se presenta media hora después. La sala está llena, el público toma asiento y se dispone a escuchar al autor que quería escribir una novela sobre la juventud. “Me siento intimidado por ver a tanta gente que vino a escucharme. Me intimido como ante la belleza de una mujer”.

Terminada la actividad, varias personas se le acercan para que le firmen su ejemplar de Piedra de mar y tomarse fotos con él, desde adultos hasta unas adolescentes de 14 años. Pancho sonríe, aunque cansado, no deja de ser amable. Está por irse pero llega una mujer de 35 años, le dice que es su ídolo. Lo leyó a los 13 años y es su autor favorito. Le pide una foto. Massiani accede.

A la mujer se le aguan los ojos.

 

Por May Mijares   @SritaMaga

#DomingosDeFicción: Al principio fue una idea

Primero te regodeaste en las imágenes, en el morbo del detalle, en la corrección del encuadre, en la repetición al antojo, en el plano general del voyeur. Entonces el placer te llevó a matar el apremio de tu entrepierna con sacudidas de bomba de achicar. Allí, encerrado en el baño, mientras en el cuarto de al lado tu madre, depresiva, inerte, miraba sin mirar un programa de televisión lleno de colores epilépticos y sonrisas comerciales.

Después, cuando volviste a tierra, te asustaste, el pánico atacó tus venas. Te viste monstruoso, infernal, delirante, haciendo lo mismo frente a un cuerpo real, abierto, rojo vehemente y lleno de vísceras y excrementos.

Durante días luchaste contra tu oscuridad iluminada y una mañana te descubriste yendo tras ella. En algún momento tus pies se negaron a seguir, el impulso batalló en tu pecho, pero el ansia te exprimió los genitales y ya estabas de nuevo siguiéndole los pasos y diciéndote que no importaba, qué solo querías sentir el bullir de la sangre, el control, el silencio, la excitación del ángulo furtivo.

Era una muchacha triste, regordeta, con cara de que cargaba un saco de piedras. Su rostro era esquivo, desdibujado, y su mirada ocultaba alguna vergüenza cenagosa.

Y tú, que te habías leído todos esos libros y visto todas esas películas de horror, creías conocer a la perfección los vericuetos del arte de matar. ¿Por qué no aventurarse? Total, no ibas a llegar hasta al final.

Ese primer día fuiste torpe y ella se dio cuenta. ¡Qué cara de vaca estúpida puso! Apuró la caminata hacia la puerta de la oficina, gimiendo, balbuceando. Demasiado estúpida, demasiado vaca. ¿Por qué reaccionó así? ¿Acaso de verdad parecías un loco, un asesino en serie? ¿Pero quién carrizos sabe cómo luce un asesino en serie?

No, no eras tú. Era ella, ella y sus profundos temores, ella demasiado estúpida, demasiado vaca. La odiaste, y ese odio terminó de impulsarte. Pero también la amabas. Adorabas sus mejillas fofas, sus párpados caídos, su palidez  de muerte y sus senos enormes. ¡Oh, era el frenesí! Tenías que perseguirla, hundirte en su vida lamentable, leer su mente, espiar sus tetas cada vez que ella saliera a la calle.

No dejaste que te volviera a ver. Supiste de la distancia ideal, de las calles paralelas, de la perfección del disfraz, de las falsas cadencias al andar y de los caminos que desembocaban en la ruta de la sierva. Aprendiste a pegarte a las paredes, a convertirte en sombra entre las sombras. Anotaste sus horarios y tus pensamientos en letra menuda y apretada en tu pequeña libreta, esa maldita libreta…

Temprano en la mañana, la vaca salía del apartamento de enfrente rumbo a su trabajo, y tú te ibas tras ella, atravesando el caos del centro, esa bestia deforme que alguna vez fue tan pequeña y que luego creció como una alucinación, como una pesadilla laberíntica.

La vaca caminaba hasta el metro de Capitolio, subía al tren y llegaba hasta la estación Parque del Este. Allí seguía por Sebucán, un erial de concreto que hace tiempo dejó de ser una urbanización de calles tranquilas y rostros conocidos para convertirse en una maraña de conductos donde vehículos a motor eyaculan furia y anonimia.

El viaje finalizaba en la avenida Miguel Otero Silva, en la quinta El Ocumito, una productora de contenidos para televisión donde ella trabajaba de secretaria. Era una casa grande, blanca y antigua como un animal viejo y cansado que reposaba sus últimos años con desgano parapléjico. Ella y la casa se parecían. La casa era como una vaca gigante. Demasiado vacas las dos.

Tu hipotética víctima almorzaba en el sitio. Así que te ibas a pagar la luz, el teléfono, a comprar verduras, a sacar alguna platica del banco o a comprar novelas de misterio bajo el puente de la avenida de las Fuerzas Armadas o en La Gran Pulpería del Libro en Chacaíto. Luego, volvías a casa. Comías al tiempo que tu madre te recitaba sus dolorosos reclamos. Hijo hijito, estoy enferma, hijo hijito, si tu padre no hubiese muerto, hijo hijito, te necesito cerca. Tú sorbías la sopa y no decías nada, ni siquiera mirabas a los ojos a la mujer que te parió. Después te ibas al cuarto a leer, a ver televisión, a encerrarte, a huir de tu madrecita. Más tarde te preparabas para salir y ella, aún sin acostumbrarse a tu nueva rutina, te gritaba, te gritaba poseída por una histeria inusitada y llena de fuerza, te gritaba no salgas, la calle es peligrosa, no me dejes tanto tiempo sola, sabes que estoy enferma, hijo hijito, no me dejes, no me dejes…

Tú protestabas, y también reventabas en gritos, te tapabas lo oídos y te largabas aullando improperios.

En el camino retomabas la calma, pensando que pronto ibas a ver a tu vaca de senos portentosos. Imaginabas su aureola rosada y generosa, su pezón pequeño y suave mientras te la tocabas, apretabas, amasabas por encima del pantalón, al fondo del autobús, los ojos desorbitados, ajeno al mundo.

Llegabas media hora antes. Ella salía entre las seis y seis y cuarto. A veces hacía compras en un mercadito cercano. Tú la seguías a una distancia estratégica, y anotabas, anotabas con letra apretada, con letra de hormiga esquizoide en tu pequeña libreta. ¡Ah, la estúpida libreta! Si en alguna parte hubieras anotado que todo era una farsa, que no eras capaz. Pero no, esa libreta era tu juego, tu ficción, tu literatura. ¡Cuán peligrosa puede ser la escritura!

La vaca salía del mercado, y tú anotabas, se montaba en el vagón, y anotabas, caminaba apresurada a través de la noche recién nacida, y anotabas, llegaba a su edificio, y anotabas, y después te ibas corriendo a casa, y en tu cuarto achicabas, imaginando las acciones que te conferían un poder que nunca fue tuyo. Pero la cobardía no te sirvió de nada. Porque ahora todos piensan que la asesinaste…

Si tan solo te hubieran dejado explicar que tú no fuiste, que bueno… que estuviste detrás de ella durante meses, es verdad, y que, aunque la libreta demuestre lo contrario, era solo un juego; raro sí, retorcido, limítrofe con la locura, pero irreal y tan débil como tu espíritu.

Si solo les hubieras podido contar que esa noche, como todas las noches, andabas tras ella, pero que de pronto, allí, en la callecita que llevaba al edificio, allí frente a ti y sobre la espalda de la vaca, apareció una sombra, una presencia infernal que se hizo del cuerpo rollizo y que desde sus ojos de locura amarilla te anunció la llegada de la muerte. Sí, tú viste cómo la sombra degolló a la vaca y cómo la arrastró hacia al contenedor de basura; tú presenciaste todo aquello y luego saliste corriendo, y en alguna parte se te cayó la libreta, la maldita libreta que luego encontraron los cazadores.

¿Por qué tuviste que huir, por qué tuviste que ser tan descuidado? Tenías que haberte quedado allí, sereno, satisfecho. ¿Acaso creíste que podías pasar inadvertido, que era posible convertirse en una colilla de cigarrillo abandonada en cualquier acera? Pues no, la ciudad no es lo que parece. Caracas es en realidad pequeña, miserable, evidente; su grandor es apenas un simulacro de espejos, triste parapeto donde los cazadores saben encontrar a los pobres locos desesperados, a los pobres tontos que pagan por crímenes que no cometieron.

Y tú saliste a decirles que no fuiste, a hablarles del juego, de las falsas anotaciones de la libreta, a explicarles que todo era literatura, a contarles de la sombra, de la avidez amarilla en los ojos de la sombra. Pero lo hiciste mal, saliste como loco furioso, te lanzaste contra ellos, atropellando las palabras, y ellos te gritaron que te detuvieras, que te arrodillaras, que subieras las manos. Pero no lo hiciste, y tuvieron que dispararte al pecho y luego a la cabeza, para tumbarte, para detenerte, porque tú seguías, no parabas, querías explicarles, querías hacerles entender, hasta que por fin caíste, ya sin palabras, ya sin vida.

¡Qué falsas ilusiones me hice! Pensé que comprenderías, pensé que te ibas a alegrar cuando supieras que yo había estado jugando tu juego desde el principio, que te contentarías, como cuando eras niño, como cuando jugábamos a los médicos y abríamos sapos, como cuando colgábamos gatos de los tendederos, como cuando le dimos su merecido a aquel niño que te molestaba con sus burlas.

Sí, pensé que te contentarías al ver por fin destripada a esa estúpida vaca que nunca te iba a hacer feliz… pero no, no me reconociste y te fuiste, lejos, lejos de mí, hijo hijito, lejos de tu madre, de tu madrecita que siempre supo lo que era mejor para ti…

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

*este relato pertenece al libro Piedras lunares

Libros prestados

Apenas traspone la puerta se deshace de la encomienda que lleva consigo y deja caer la frase, como si le estuviera pesando en algún lugar de su pecho, como si le costara trabajo mantenerla dentro de sí: “tenía mucho tiempo queriendo venir”, le dice a la dependienta. Ella sonríe, dice algo como “mira qué bien” o “qué lindas casualidades”, ya no recuerda, pero sabe que sonrió. C. se quita el bolso térmico que lleva a cuestas para trabajar y se dedica a revisar las estanterías de la librería, un compendio hermoso de títulos brillantes, con el perfume de libro nuevo; volúmenes que C. solo había visto en formatos digitales y pirateados. Se queda ahí un rato, olvidado del trabajo y de lo que sucede más allá de esa puerta de vidrio. La dependienta espera mientras él paseaba por la estancia. Como si se tratara de alguna norma de educación, no abre la bolsa con su comida sino hasta que el chico anuncia que se va. ¿Esperaba que comprara o preguntara algo? A C. ese gesto le llama la atención y le parece adorable. Se siente mal, piensa que por su culpa aquella mujer comerá la comida fría. Sale de inmediato de la librería, monta la bicicleta y enfila hacia una nueva ruta.

Demos un par de pasos hacia atrás. Cuatro meses antes de entrar a la librería y anunciar que tenía muchas ganas de ir, C. aterriza junto a M., su novia, en Buenos Aires, Argentina. Un mes después del desembarque M. enseña a C. a andar en bicicleta, porque C. no es capaz de conducir ningún vehículo hasta ese momento. Al poco tiempo de haberse subido por primera vez a una bicicleta, C. comienza a trabajar haciendo delivery.

Mes y medio más tarde, en una tarde calurosa y húmeda, de esas que ahora C. supone que despiden el invierno y dan paso a la primavera, aparece un pedido en la aplicación de su celular y lo toma. Hay una especie de mitología alrededor del trabajo de delivery que hace. Uno de esos mitos es que el primer pedido hay que tomarlo como sea, no importa que sea lejos, no importa que no se conozca la zona. El primer pedido es el que hace que los demás fluyan y vengan en cadena. De manera que C. hace caso a la sabiduría que se traspasa de boca en boca entre sus colegas y toma ese primer encargo. No conoce muy bien la zona, suda a mares, pero todo sea para que la jornada arranque con buen pie.

Unas cuadras antes de llegar a la dirección de destino se da cuenta de que debe llevar el pedido a Céspedes Libros y los ojos se le iluminan. Desde que llegó a Buenos Aires sigue en Twitter la cuenta de esa librería y tiene mucho tiempo queriendo visitarla. Es más pequeña de lo que se había imaginado, pero también es más acogedora de lo que pudo haber supuesto. Por la noche C. ve unos tuits acerca de su visita a Céspedes Libros. Hace unas semanas que también sigue a la dueña de la librería. No se había dado cuenta de que era ella la dependienta que recibió la comida ese mismo día.

Céspedes Libros

Twitter se ha convertido en una especie de diario para C. Por esa razón, unos días más tarde, comenta la anécdota. Un par de tuits simples que remata con algo como “quería llevarme todo lo que estaba viendo, pero recordé que mi sueldo no me lo permitía y salí corriendo”. Un hilo que considera más bien sensiblero y tontín, pero que genera varios likes, unos cuantos retweets e, incluso, algunos nuevos seguidores argentinos. Entre esas notificaciones que trajo el relato apareció la respuesta de T. (escritora, profesora, filósofa, periodista, feminista a morir) que decía algo como “ahí te seguí, yo tengo muchas novedades literarias que compro o me llegan por prensa, cuando quieras pasas por la casa y te llevas lo que querás y luego los devolvés y te llevás otros; lo digo posta!, escribime por DM”. C. ha aprendido que cuando un argentino dice algo “posta” es el equivalente a que él como venezolano diga algo “de serio”, “de pana y todo”, “de bien”. O sea, lo está diciendo con toda honestidad.

C. duda un poco de la buena fe de T., así que le muestra el tuit a M. Ella responde algo como “ay, qué bella persona” y eso es suficiente para él. No parece haber peligro aparente. Escribe por DM a T. y, efectivamente, está del todo dispuesta a prestarle algunos libros. De hecho le hace una pregunta como “¿qué estás interesado en leer?” y C. piensa en responder “todo cuanto se me pase frente a los ojos”, pero se limita a comentarle que está tratando de leer la mayor cantidad posible de literatura argentina contemporánea. T. le asegura que le armará la mejor selección de literatura argentina que tenga a la mano para prestarle.

Después de algunas semanas, concretan la visita. C. se dirige a casa de T. y ella le baja los libros. Lo recibe con un beso, como hacen los argentinos. Le explica un poco qué le está entregando. De forma consciente o no, de cuatro libros que le presta, tres son escritos por mujeres. Esto es un dato que C. no pasa inadvertido, pero no comenta nada, solo sonríe. Como para hacerlo más recíproco, dice C., le deja en intercambio una copia de “Formas de Partir”, su primer libro de cuentos. Tal vez es la única copia que queda sin dueño, no lo sabe. Ya duda de que ese libro haya sido publicado alguna vez, es todo muy difuso. En principio es un préstamo, pero no sabe si T. lo entendió de esa forma y prefiere dejarlo así y luego ver si ese libro vuelve o no más adelante.

Para él a quien se le dificulta tanto la lectura en digital y que mitifica los libros en papel a más no poder, ese gesto de T., más que un préstamo, es un rescate. Más adelante, cuando le pregunten a C. qué tal le está yendo en Buenos Aires, pensará en todo ese episodio y dirá, con una sonrisa contenida y alternando la mirada entre el suelo y su interlocutor, “bien, esta ciudad me trata bien”.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

Los orígenes de un seductor (o cómo hacer de tu problema un emprendimiento)

“Cuando yo me enteraba de que le gustaba a una chama, me paralizaba”. La frase la dice un hombre que hace unos años tenía miedo de invitar a salir a una mujer, pero que hoy, después de un proceso largo de transformación personal, no sólo logró salir con  chamas distintas todas las semanas, sino que mantiene un canal de YouTube con más de 500 mil suscriptores en donde enseña a cómo seducirlas.

De eso vive.

Luis Caraballo se describe como un tipo divertido y alocado, que le gusta aprender, y le encanta hablar sobre lo que hace. La verdad es que este Hitch caribeño no inició siendo un tigre como Charlie Sheen o Barney Stinson, sino más bien un Alan Harper. “Yo pasé por un proceso de dos años de transformación personal. Me arranqué la timidez de raíz, me enfoqué en mí. Me hice amigo de unos tipos que eran unos tigres con las chamas”.

De una primaria llena de noviecitas, pasó a un largo verano: “En bachillerato tuve una virginidad eterna”. Y no es que no hubiese tenido oportunidades, sino que el miedo podía más. “Una vez fuimos a una fiesta. Una chama estaba conmigo, estaba interesada, pero yo no sabía qué hacer. Yo hablaba un poquito con ella, luego con unos amigos. La dejo sola como una hora. Cuando volteo a buscarla, la chama se estaba besando con un amigo mío, con el hermano de un amigo mío. Él no tenía mucha idea de que yo iba pendiente ni nada, pero la estaba besando. El chamo la conoció esa misma noche, y la estaba besando en una hora de conocerse. Le hubiese dicho que a mí me gustaba para que no la besara, pero después pensé que eso no me podía estar pasando”.

El descalabro ni siquiera era sentimental, porque realmente no llegó a conectar con ninguna mujer, sino era un tema personal, por lo que conscientemente se esforzó para resolver su problema. Fue allí cuando empezó a consumir contenido acerca de seducción, negocios y marketing.

Su objetivo inicial no era encontrar el amor de su vida, sino conseguir que aceptaran salir con él. “Empecé a hablar con un montón de chamas. Algunas no me gustaban tanto, y otras sí, pero empecé a hablar con un gran volumen de chamas e intentaba formas de invitarlas para que me dijeran que sí. Agregaba a chamas al Messenger, echaba vainas con ellas, jodía con ellas, y con la que yo sintiera que tuviera más feeling, o estaba más buena, la invitaba a salir”. Confiesa que a algunas las tuvo que perseguir un poco más: “A veces las chamas se baten una, y se la dan de duras”.

“Cuando te va mal con una chama, duele. Cuando tienes meses y años sin tener sexo con una chama, duele; pero los hombres no hablamos de esa vaina”. Luis reflexionó, hizo una introspección y descubrió una necesidad que la sociedad de machos alfa-lomoplateado-pelo-en-el-pecho calla. Es por ello que narró algo de lo que pocas veces habla, pero que forma parte de la historia de una transformación personal que lo ayudó a tener éxito en su canal de YouTube.

Cuando su primer objetivo (que le aceptaran las invitaciones) fue tachado de su checklist, el siguiente paso era el contacto físico.

Era la cuarta vez que salía con esa chica, pero ni la mano le había agarrado hasta aquel día en la playa, cuando salió de la friendzone. “Estaba al lado de mí. La chama estaba dormida, pero yo sólo pensaba cuándo besarla. Tiene que ser ya, mis amigos se habían apartado. Es ahora, o estoy jodido. Le agarré la mano, abrió los ojos y me monté encima de ella. Se intentó echar para atrás, pero no pudo, movía la boca para que no la besara. Al final, medio la besé y me aparté. La miré con cara de asustado:

—Qué coño e madre estás haciendo –me dijo.

—Mierda, no sé, me provocó –respondí y, curiosamente, empezamos a hablar:

—Qué loco que hayas hecho eso –dijo.

—Es que no me interesas como amiga.

A la media hora ambos estábamos metidos en la playa besándonos. Ahí aprendí que así la chama te diga que no, que no quiere un beso, el simplemente hecho de hacerlo es necesario, tienes que hacerlo”.

La sensación de seguridad abordaba a un chamo que perdió muchas oportunidades por timidez. Del verano eterno del bachillerato pasó a: “No sé si llamarlo latinlover. Fue una locura. Yo vi Hitch creo que antes. Creo que dice algunas cosas que pueden estar en lo cierto, pero Hollywood y las películas son mucho más fresas, románticos. Hasta el propio concepto de latinlover es más romántico que en la vida real. En mi experiencia todo es más loco. A las chamas les encanta mucho más el sexo de lo que los hombres creen. Las chamas quieren todo más rápido de lo que uno cree. Las chamas son tan ansiosas por conectar sexo-romance-besos como nosotros, o más. No es un proceso como que de enamorarlas al principio, sino de más que las cosas sucedan rápido, y avancen. Hasta que consigas que una chama te guste mucho y te deje de provocar salir con otras. Es lo que a mí me pasa. A mí me encanta la locura, pero, en el fondo, creo que soy más romántico que otra cosa”.

La base conceptual y empírica estaba, sólo bastaba empezar a colocar bloques para materializar su gran proyecto. Quien cursó más de la mitad de ingeniería eléctrica en la Universidad Simón Bolívar entendió que su perfil no encajaba con esa carrera. Es por ello que decidió abandonarla en 2008. Le faltaba un año y la pasantía. En un entorno repleto de ingenieros, no fue fácil. “Mi mamá lloró. Amigos se alejaron de mí”. Para la época, la situación económica venezolana empezó a tambalearse, por lo que Luis sabía que un título de ingeniería no sería un salvavidas. El asunto era tan serio que llegó a afirmar: “Si algún día llego a trabajar como ingeniero, me suicido”.

De esta forma, decidió que lo mejor que podía hacer para entrar dentro del mundo laboral era echar una mano a todos quienes, como él, habían padecido problemas con las mujeres. Así nació Atracción Lab, un exitoso emprendimiento que hoy, incluso, lleva adelante junto a la mamá de su hija.

Todo empezó con una página web que vendía un ebook de seducción. De aquella incipiente web nació un libro que escribió con un amigo. “Lo montamos en PDF y empezamos a generar tráfico hacia la página hasta que un día tuvimos la primera venta. Yo no vengo de una familia de comerciantes. Yo pensaba que para ganar dinero tienes que meter currículum en algún lado, que te contraten y que te den dinero. No pensaba que el dinero que te da el jefe es porque está vendiendo algo. No lo veía. La mayoría de ingenieros tampoco lo ven, pero así los preparan”. Después de su primera venta, de 37 USD, recuerda, se entusiasmó.

No había vuelta atrás. No sólo había nacido un seductor, sino también un emprendedor.

 

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch 

chigüire bipolar el futuro promete

Revista OJO ayuda a Chigüire Bipolar a contratar a nuevo pasante subpagado

El primer lunes de diciembre me agarró con una noticia que me desconcertó: “Usuarios exigen perniles para desalojar tren averiado”. Me quedé frente a la pantalla de la computadora por un buen rato. ¿Era una noticia real? Varios medios le hacían eco y explicaban lo siguiente: como ya es costumbre (a estas alturas, lo raro es que el Metro no tenga retraso), un tren con fallas estaba provocando que miles de personas llegaran tarde a su destino esa mañana. El tren en cuestión no dio más y, en Bellas Artes, los funcionarios pidieron que se desalojara.

Pero la gente se negó.

La gente dijo basta: no más.

Y, como burlándose del poder, exigieron los perniles que prometió el régimen para Navidad: o se los daban o no se bajaban.

No saben cuántas veces he fantaseado con una escena parecida que deviene película de Tarantino.

Pero este no fue el caso: luego de una hora, la gente empezó desalojar.

Chigüere Bipolar es, a mi entender, uno de los mejores medios de comunicación que hay en Venezuela. Una de las apuestas mejor logradas, pulidas y más creativas. Tanto, que su desafío cotidiano ahora es encontrar formas de hacer una sátira que supere a la realidad, esto en un país en el que un ex escolta presidencial se roba ciento de miles de dólares, se compra una casa en la misma urbanización en la que vive Bill Gates, es participe de una movida corrupta que ayuda a quebrar a la misma nación en la que los niños se mueren de sarampión por falta de medicinas, y luego le dice al juez que todo lo que hizo lo hizo por ayudar a Venezuela.

¿Cómo se hace humor en un país tan absurdo?

El sábado primero de diciembre, Revista OJO celebró –en el Centro Cultural Chacao– El Futuro Promete: un evento cargado de arte, labor social, ideas y medios de comunicación. Chigüire Bipolar fue uno de los invitados. Daniel Enrique Pérez, el editor que está en Caracas, dio una ponencia explicando el proceso creativo en el animal más rebelde –y padecido– de Venezuela.

Más de 40 personas se animaron, luego, a crear titulares de noticias satíricas que postularon a un concurso que premió al más destacado.

Una de las modas hater más ladillas que ha pululado en el país es la de despreciar al humor y los humoristas. Yo no sé quién dijo que tener cara de culo y llevar una corbata que ahorca al cuello hace a alguien una persona más seria, inteligente o atractiva. O peor aún: yo no sé quién dijo que eso puede ayudar de algún modo a salir de la crisis en la que estamos.

Si el humor (que es distinto a la comicidad) es una forma de pensar, la risa es una manera de liberar tensión. Y en este país, todos necesitamos pensar más y relajarnos un poco. ¿Cómo, si no, se puede arrancar la semana sabiendo que decenas de personas se negaron a desalojar un tren y que, para hacerlo, pidieron a cambio perniles?

¿Se imaginan los niveles de hartazgo y frustración que hay que acumular para llegar a ese punto?

Por eso, en lo particular, celebro que exista el Chigüire: para que cuando ya sienta que no pueda llorar más de arrechera o de tristeza, al menos pueda llorar de risa. Porque en este circo, o nos quedamos secos o ahogamos a los problemas.

Este fue el titular que ganó el concurso hecho en El Futuro Promete y la noticia que los panas de Chigüire crearon a partir de él:

UCV resuelve crisis del agua con lágrimas de bachilleres que no lograron entrar

La Universidad Central de Venezuela (UCV), principal casa de estudios del país, podrá comenzar a ser conocida pronto como “La Casa que Venció a la Sequía y al Mal Manejo de los Recursos Hídricos” gracias a un trabajo realizado por profesores y estudiantes de su Facultad de Ciencias, que permitió aprovechar las lágrimas vertidas por los estudiantes que no lograron ser admitidos para llenar los embalses de todo el territorio nacional.

El profesor Ricardo Quiñones fue el encargado de demostrar al público los resultados de esta investigación: “Para nuestra sorpresa, hay sectores de los jardines de la universidad que se mantienen verdecitos, a pesar de no haber sido regados en años. Y ahí nos dimos cuenta que era justo en los sitios donde ponen las carteleras con las listas de nuevos ingresos. Porque, a pesar de la crisis universitaria, los bachilleres siguen soñando con entrar a estudiar aquí. Pero no todos pueden, por supuesto. Entonces comenzamos a pensar qué podíamos hacer con esos millones y millones de litros de lágrimas que caían al suelo, que se desperdiciaban. Y construimos un tubo recolector que reúne todo ese torrente y lo vierte a las cuencas de las represas. ¡Bingo! Todas las represas subieron a un nivel cercano al óptimo” afirmó el profesor Quiñones, mientras le prestaba su pañuelo a una joven que quiso entrar a estudiar Comunicación Social, todavía no sabemos bien por qué.

Fuentes extraoficiales aseguran que el Gobierno Nacional estudia robarse esta idea. Nuestro informante afirmó que el tema se trató ayer en una reunión del Gabinete. “Esta gente quiere poner tubos recolectores como los que inventaron en la UCV en las colas de las pensiones, en las protestas después de lanzar las lacrimógenas, incluso donde los mismos profesores abren sus recibos de pago. El plan de ellos es tener agua suficiente para convertir a Venezuela en el principal exportador de agua del mundo” comentó nuestra fuente, mientras nos sugería poner un tubo recolector en el escritorio del pasante subpagado.

Ya saben: si luego leen en Gaceta Oficial que el régimen implementará tubos recolectores en las calles, sepan que la idea fue del pasante subpagado que Chigüire Bipolar contrató por un día en El Futuro Promete.

 

Por Mark Rhodes

Catherine Medina: traducir las artes para el gran público

El mundo de las Artes es, por excelencia, una actividad de minorías. Y el periodismo, por su parte, pretende llegar a un público masivo. Por lo tanto, la labor del periodista cultural es por mucho más compleja que la del especializado en otras fuentes. Quien escriba sobre deportes, tiene un amplio número de adeptos dispuestos a prestarle toda la atención que necesita. Quien cubra las áreas de economía o política, también. Tristemente, las sociedades no son equitativas en cuanto a sus intereses.

Catherine Medina, periodista cultural enfocada en el mundo teatral de Caracas, conoce muy bien esta situación. El periodismo cultural informa sobre el acontecer artístico y pretende informar, analizar y contribuir con el desarrollo creativo de la sociedad. Como lo demuestra su portafolio, Catherine lleva a cabo la totalidad de su trabajo de forma lúcida, manteniendo una mirada analítica y curiosa sobre el acontecer de los escenarios en el país. Entrevista a sus protagonistas, ejerce la crítica con objetividad, está al tanto de las nuevas propuestas, y, en general, procura ofrecer un contenido de calidad a la audiencia venezolana.

Hoy, Revista OJO tiene el placer de conversar con ella. Nos cuenta sobre las satisfacciones  y dificultades de ejercer su oficio en la Venezuela actual.

¿Consideras que la crítica –en cualquiera de las distintas áreas del arte– es, o puede llegar a ser, un género literario?

No un género literario, sino más bien otra modalidad. Cuando se trata de un hecho cultural, evito cualquier juicio de valor y trato más bien de desmenuzarlo para hacerlo más digerible. Por ejemplo, a veces las palabras de los curadores no te terminan de explicar de qué va la propuesta. La labor del periodista de cultura es acercar a la sociedad a ese mundo que luce impenetrable, darle la oportunidad de comprenderlo a  una audiencia menos especializada, hacerlo más digerible. Ya cuando se trata de la crítica es una labor  meramente personal, se supone que va dirigida a un público más conocedor, hay más licencias, está permitido un juicio de valor. No diría que se trata de un género literario, pero sí de otro estilo para abordar la misma fuente. Hay gente que se dedica en exclusiva a la crítica, otros que la ejercen con el periodismo, pero son dos cosas totalmente distintas. Hay periodistas de cultura y hay críticos, a pesar de que manejan la misma fuente y que se fundamentan en los mismos conocimientos.

¿Por qué crees que la sociedad no parece apreciar la figura del crítico?

Se trata de un tema de ego. La figura del crítico no es popular en Venezuela porque no es común en todos los medios. En El País, de España, hay varios críticos para una misma obra teatral. Igual en el New York Times.  Acá el músculo artístico no está lo suficientemente desarrollado como para permitir eso. Hay casos donde, incluso, existe un solo periodista para cubrir varias fuentes culturales.

Otro motivo por el cual no se aprecia es porque hay mucha susceptibilidad. Hace unos dos años hice una crítica de la obra Terror, que dirigía Héctor Manrique para el Grupo Actoral 80. Comenté que, en su interpretación, Manrique no parecía un personaje alemán sino más bien un juez parcializado, sacado de cualquier tribunal de la esquina de Pajarito. También señalé la evidente falta de rotación en el grupo, la poca participación de sus talleristas es un detalle a tomar en cuenta. Esas afirmaciones por supuesto no fueron bien recibidas. Yo entiendo a la crítica como una herramienta para la culturización, el objetivo no es caer en rencillas con el medio artístico.

¿Sientes que el mundo de las artes es receptivo, comunicativo y presto a colaborar con la crítica?

En líneas generales, no. Hay mucho ego aquí, y en círculos más pequeños todo resulta más complicado. La gente piensa que el medio es muy reducido para que nos estemos criticándonos entre sí. Una vez que empecé a hacer periodismo y dejé la crítica de lado, obtuve mayores y mejores fuentes que cuando era crítica. Aquí no es bien recibida porque hay mucha susceptibilidad. Además, está el tema del “talento nacional”, y la gente se pregunta ¿por qué atacas al talento venezolano? ¿Qué propones tú? No se trata de atacar, sino de señalar lo que puede mejorarse. Ese es un problema muy presente en Venezuela.

¿Crees que es lo mismo un crítico teatral –como es tu caso– que uno cinematográfico, literario o de cualquier otra rama de las artes?

Creo que manejan las mismas referencias, es necesario. Tienes que tener una  cultura cinematográfica amplia, un espectro musical amplio, ver mucho arte. Una formación diversa, más o menos integral. Pero yo creo que no es lo mismo. Cada una de las artes es distinta, tiene su propio lenguaje, en el cual el crítico se debe especializar. Quien ejerce la crítica de las artes visuales se fija en cosas que un especialista en artes escénicas no ve, pero que complementa con otros puntos para realizar el análisis. Cada arte exige su especialización, su espacio, su “maña”, por decirlo de alguna manera.

¿Cómo ves el panorama del periodismo cultural en Venezuela, comparándolo con el que se hace en el exterior?

Aquí se hace buen periodismo cultural. Queda gente valiosa. Está Humberto Sánchez Amaya, Patricia Aymerich, Juan Antonio González, Maritza Jiménez. Hay gente muy talentosa todavía, y, sobre todo, conocedora, que se esfuerza por tener el mejor contenido cada día. Por su puesto, tomando en cuenta las limitaciones de la situación del país. De repente, no se puede ir a cubrir una pauta por falta de transporte. Quedan muy buenos periodistas, y buenos proyectos artísticos. Las audiciones para Los Miserables son un buen ejemplo, ¿quién iba a pensar que iban a presentar esa obra en Venezuela? Pero es un asunto ligado a los periódicos, los cuales no han sabido darle la importancia merecida, no saben cómo manejar cultura.

Por supuesto, en el exterior es otra cosa. No puedes comparar el que se hace aquí con el que se hace en Madrid, en México o en New York, son extensiones distintas de territorio, geografías distintas y realidades distintas. Claro, todo eso apartando nuestro contexto político y social. Ellos tienen muchas más facilidades que nosotros.

¿Qué crees que necesita el periodismo cultural para llegar a un público más amplio?

Yo creo que necesita deslastrarse del lenguaje técnico para alcanzar un público más amplio. A mí, la verdad, me aburre, me siento como una idiota cada vez que veo una curaduría de Erik del Bufalo, porque siento que él escribe para que nadie entienda nada. Eso sí es un buen ejemplo de una masturbación intelectual, muy común en los curadores de arte. Creo que es necesario, pese a que le estás escribiendo a un público de cierto nivel, recordar que estás intentando establecer un vínculo entre la obra y la sociedad. El periodista cultural tiene que imaginar que está contándole algo a su mamá, dándole todos los detalles para que ella entienda. Le explicas qué es, por qué es así, y todas sus directrices. Si se presenta una obra alemana en La Caja de Fósforos, tú le explicas a tu mamá de qué va el teatro esperpéntico, y cuáles son los agobios que abordan específicamente los dramaturgos germanos. Advertirle qué encontrará. Algo que ocurre mucho en el periodismo de cultura es que la  gente piensa que no lo entiende. Hay que hacer un esfuerzo, no para empezar a escribir con lenguaje vulgar, pero sí para facilitar una comprensión, educar a la gente. Ese es el propósito final del periodista de cultura, sin burlarse del lector ni tratarlo como si fuera estúpido. Hay que saber guiar al público.

Un problema del periodismo cultural es su aparente cercanía con la fuente de entretenimiento, ¿dónde crees que está la línea divisora entre ambos?

La confusión que tiende a darse en esas  áreas es por culpa de los periódicos, que no terminan de entender que cultura es una cosa y entretenimiento otra. Una obra de teatro es una cosa, una expresión artística es algo distinto a lo que están haciendo los famosos en su tiempo libre. Una cosa es Hola y otra cosa totalmente distinta es El Malpensante. Hay que darle a ambas fuentes su justa dimensión, su propio espacio. Se trata de respetar a cada uno por su cuenta y no hacinarlos por un tema de papel y de presupuesto. Muchos creen que el periodismo cultural no vende, pero la gente compraba la Revista Mono y Platanoverde. Creo que, en resumidas cuentas, cada una merece que se tome en cuenta su propio valor y divorciarse por el bien de cada una.

¿Qué es lo más difícil de ejercer la crítica teatral, o de cualquier otro género?

Creo que el periodista que ejerza la crítica teatral o cinematográfica, o de cualquier otro género, tiene que ser consciente de que lo van a odiar y estar preparado para ello. Crear una coraza que le impida ser susceptible.

¿Crees que los museos y las galerías tienen una relación saludable con la prensa actualmente?

Los Museos no, todos dependen de La Fundación de los Museos Nacionales, un órgano del Gobierno que mantiene una comunicación sumamente opaca, cosa que no ocurre con las galerías, donde la relación entre éstas y los medios podría calificarse incluso como interactiva.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

The Haunting of Hill House: habitando el purgatorio

El miedo puede ser representado mediante diferentes máscaras con un carácter camaleónico: atormenta a una persona desde lo más interno y la destruye modificando su esencia. Detrás de una historia familiar el miedo adquiere múltiples formas ante un maltrato, una pérdida o un simple recuerdo cada vez más lejano; sin embargo, ¿qué pasa si el hogar donde creciste alguna vez fue la principal razón de tus pesadillas, el motivo que impulsó cada respiración entrecortada y cada tormento? Esta es la premisa principal de La Maldición de Hill House.

Basada en la novela de terror gótico de Shirley Jackson, publicada en 1959, cuenta la historia de la familia Crain: dos padres junto a sus cinco hijos habitan una mansión embrujada con un propósito fundamental: restaurar la casa para luego venderla.

Esta nueva versión de Netflix se toma algunas libertades y permite añadir otros elementos a la ecuación. La dirección va de la mano del estadounidense Mike Flanagan –reconocido por haber realizado Oculus, Somnia y Gerald’s Game–, a quien el terreno de lo sombrío y lúgubre le resulta familiar.

Miedo a la pérdida

El mercadeo de la producción la posiciona como la serie “más aterradora” y perturbadora del año; en ese sentido, el manejo del terror la establece como una propuesta bastante psicológica e interna, generando diferentes capas de miedos a través del tiempo.

El ritmo es pausado y permite ir tejiendo un entramado argumental para comprender las motivaciones y el cambio de los personajes, esto lo hace narrando en dos tiempos: flashbacks que muestran cuando los hermanos habitaron la casa; y el futuro que los aguarda.

La diversidad de personajes permite entender una visión diferente de la casa embrujada y del conflicto que plantea Flanagan. Los cinco hermanos tienen un rol distinto en la familia, mientras que los padres buscan cómo acercarse a los mismos sin remarcar la preferencia o empatía especial que sienten por algún hijo específico.

A lo largo de la serie es posible entender una percepción diversa del miedo, que cobra fuerza en el pánico a figurar en un papel determinado dentro la sociedad, o en el de lidiar con los problemas: es allí donde el espanto o el susto se transforma en algo mucho más aterrador.

La casa se vuelve un personaje más, un escenario con vida propia al representar más que un limbo entre los vivos y los muertos, un purgatorio donde las almas penan y buscan redención. La demencia se cuela en la esencia de cada uno de los Crain y atormenta cada una de sus células.

Hay un mensaje denso sobre la vida y la muerte, sobre lidiar con las pérdidas y entender qué tanto ha transcurrido desde que fuimos niños.

Más que recomendada.

Nos vemos en la próxima.

 

Daniel Klíe | @Chdnk

 

Beisbol en tiempos de hambruna

Mi nombre es Carlos. Tengo 18 años y nací en Caracas, Venezuela. Mi papá me colocó ese nombre en honor a Carlos Martínez, ex beisbolista venezolano de las Grandes Ligas que hizo historia en mi país con la camiseta de los Tiburones de La Guaira, en un equipo mítico al que llamaban La Guerrilla y que contaba con ilustres figuras como Luis Salazar, Oswaldo Guillén y Gustavo Polidor, entre otros.

La vida no pudo ser más ingrata para mi papá, cuando a mis diez años dejé de batallar entre Leones, Magallanes y Tiburones para hacerme fanático definitivo de los Navegantes del Magallanes. Loco, siendo caraqueño e hijo de un guairista; pero la pasión desenfrenada de mi mamá y el hecho de que es el único equipo del país que representa a todos los estados terminó generando en mí algo especial.

La verdad es que mi equipo no ha fallado. Puedo recordar gestas históricas, como una escalera bateada por Michael Ryan ante los Tigres de Aragua, un no-hit no-run de Anthony Lerew ante los Leones del Caracas y varios campeonatos con participaciones en las Series del Caribe. Por mi equipo pasaron José Altuve y Rougned Odor antes de llegar a las Grandes Ligas, y he tenido el privilegio de ver a Pablo Sandoval o Endy Chávez usando mi misma camiseta. Fastidiar a mi papá con la mala racha que atraviesan los Tiburones es uno de mis pasatiempos favoritos cuando llega el mes de octubre y empieza la pelota en los diferentes estadios de Venezuela.

Sin embargo, los últimos años han tenido un aire a derrota particular, y no precisamente por lo acontecido dentro del diamante. En un país cada vez más hundido en la crisis humanitaria y la falta de comida y servicios básicos para la subsistencia del venezolano, los estadios de beisbol han perdido su toque y asistencias abismales. Salvo en partidos puntuales, en los graderíos se refleja la desolación de un pueblo que no puede pagar el entretenimiento y la comida al mismo tiempo.

Sin embargo, el ambiente se sigue sintiendo. Por las redes sociales, el venezolano respira beisbol y lo disfruta como lo que siempre ha sido: parte de su vida. Tanto en la Postemprada de MLB –que cuenta con varios venezolanos en los mejores rósters del beisbol norteamericano– como en las siete plazas del beisbol en Venezuela, este deporte ofrece una salida para las mentes atrapadas en la crisis del país. No solo por lo que ocurre desde el terreno, sino por lo que se ve en la televisión y por el ambiente en la calle.

Pero como todo deporte, exige dinero.

Petróleos de Venezuela (PDVSA) aprobó para el desarrollo de la temporada 2018/19 un monto de 12 millones de dólares, en concepto de patrocinios para que pueda llevarse a cabo el béisbol organizado, algo que ha generado el repudio de una porción de la población, que consideraría mejor destinar ese dinero en organizaciones para la beneficencia, que surtan de alimentos e insumos a quienes no tienen acceso a ellos. Sin embargo, esa lógica carece de factores que mucha gente no toma en cuenta.

Alrededor del que es por muchos considerado el deporte rey de Venezuela hay una incontable cantidad de trabajadores. Están, en primer lugar, aquellos que laboran en el estadio, para que albergue día tras día un nuevo partido: arreglan y organizan la logística para los múltiples vendedores que esperan todo un año para llenar de color las tribunas y llevarle a la fanaticada una amplia variedad de snacks, cervezas y pasapalos que acompañan una tarde/noche perfecta de beisbol venezolano.

Arriba, en las casetas de transmisión y en los palcos del terreno de juego, fotógrafos y periodistas esperan durante ocho meses la voz del Play Ball para trabajar en representación de los diversos medios, llevando cobertura de cada uno de los equipos.

Es egoísta aprobar 12 millones de dólares para el desarrollo de una temporada de beisbol, pero cuando nueve gerencias (ocho equipos y la liga) trabajan por ocho meses para poder llevarles a los venezolanos un producto de calidad durante cuatro meses más, comprendemos que sería igualmente egoísta quitarles todo eso porque hay otras prioridades.

Y el trabajo no se limita a luchar contra la crisis para poder dar un espectáculo de primer nivel; sino que abarca también la realización de clínicas deportivas, obras benéficas y colaboraciones a hospitales infantiles y refugios del país. Conocidos son los casos de equipos que donan su boletería o parte de la misma a hospitales infantiles, organizaciones contra el cáncer (de mama en su mayoría) y fundaciones para niños o personas de la calle.

Porque sí, es verdad que el beisbol es un negocio, pero cuando se vive en un país donde la fanaticada canta en casi todos los partidos en contra del Gobierno, y al salir del estadio hay gente con una lata pidiendo una migaja de papel moneda devaluado –o de comida, si es posible–, te das cuenta como directivo que debes extender la mano al prójimo.

Y sí, sería egoísta que los convenios entre clubes de beisbol y organizaciones benéficas dejaran de tener validez porque un grupo de personas considera negativo que se lleve a cabo la temporada.

Son, quizás, los menos afectados, pero es egoísta para un jugador cancelar la temporada que ya tenía en planes disputar. Puede ser que para los peloteros de grandes ligas no sea relevante, ya que vienen por más sentimentalismo que dinero; o para las viejas estrellas que ya tienen un colchón económico considerable, ¿pero para las jóvenes promesas? ¿Dónde queda el trabajo de un chamo que se esforzó durante años para poder llegar a un equipo de la LVBP si de un día para otro deciden cancelar la temporada? ¿No es una falta de respeto a su trabajo también? Podrías estar decidiendo (de mala manera) el destino de un futuro big leaguer venezolano. Pero eso no es relevante.

La jerga popular califica a la temporada de beisbol en los tiempos de la hambruna como pan y circo, para ocultarle a la gente una crisis de la cual no se puede escapar.

El deporte debe ser siempre el motor de lo positivo de un país. En Venezuela, quizás PDVSA no gaste doce millones de dólares en darle comida a la gente de la calle o pagar una quimioterapia, pero de una forma u otra, el beisbol puede ser ese puente que salve una vida en un hospital o mantenga vivo a un fotógrafo cuyo trabajo es ir todas las noches al estadio a trabajar para el equipo.

 

Fabrizio Cuzzola@FabriCuzzo22

#DomingosDeFicción: El asesino del Metro

“La verdad no está siempre en el fondo de un pozo.”

Los crímenes de la Calle Morgue, Edgar Allan Poe

 

Bajo de incógnito por la línea tres. Si quiero atraparlo, debo ser discreto. Ya evadió tres operativos sin que nadie lo viera. Ni siquiera las cámaras de seguridad han podido captarlo.

Todos los casos han ocurrido entre dos estaciones: La Bandera y Plaza Venezuela. Al principio se creyó que era una ola de suicidios y los clasificaron como clave uno, pero la forma de caer y el antecedente de las víctimas revela homicidio. Además, la hora de muerte no concuerda con el horario promedio de los suicidas del Metro.

La gente se aglomera en las grises e inservibles escaleras mecánicas. Avanzo en dirección a la taquilla entre figuras cinéticas y piezas de metal cromado. Compro el ticket, paso el torniquete y veo la multitud que se apretuja en el andén.

Veinte años atrás el Metro de Caracas era ejemplo mundial de orden y de eficiencia. Hoy se encuentra al borde del colapso. Le busco la lógica a unas franjas confusas en el piso que pretenden indicar el orden de la fila para entrar a los vagones.

Veo la raya amarilla.

Quizás fue lo último que vieron las víctimas, la señal de peligro, no pase, antes de ser empujadas a los rieles del tren subterráneo.

Espero en una cola que perdió su forma. Observo gente a mi alrededor multiplicarse cada segundo. Más de dos millones de personas se desplazan en Metro a diario, lo que equivale a unas dos mil por andén. Puede ser cualquiera. Para empujar a un desprevenido no hace falta tanta fuerza.

Hay retraso. Le gente desespera. Trabajadores, estudiantes, mujeres, niños, un policía y quizás un asesino. Al fin llega el Metro como una enorme bala de plata y lo cubre todo.

Los que salen se confunden con los que entran; se empujan, se gritan y yo en el medio arrastrado por la corriente. Suena la señal de cierre de puertas y quedo aplastado y sin oxígeno entre la masa que llaman usuarios.

El aire acondicionado no sirve; me asfixio con el olor agrio del sudor comprimido. Se dispara mi mal humor. Estoy preso en medio del vagón, justo frente a un güevón que me ve feo. No sabe con quién se mete. Aparto la chaqueta como al descuido y le dejo ver mi armamento. El tipo se caga todo y se voltea. Otro que no llena el perfil, pienso riéndome por dentro.

Cualquiera creería que el asesino elige sus víctimas al azar, pero no es cierto. Hay una conexión entre todas y es su pasado delictivo. Pero nada más. Cinco homicidios en tan solo un mes y ningún sospechoso. Hay quien duda de su existencia. Ya la broma que echó alguien insinuando que el Metro había cobrado vida para matar criminales estaba siendo tomada en serio. Pero yo estoy convencido de que tarde o temprano lo encontraré. Solo debo seguir repasando cada caso.

Víctima uno: hombre, veintinueve años. Hirió de muerte a un compañero de tragos. Bebía con sus amigos cuando surgió una discusión con el dueño de la casa; sacó un revólver, le disparó en el cuello y huyó. Horas más tarde apareció arrollado en los rieles del Metro con severas mutilaciones. Murió en la ambulancia que lo llevaba al hospital.

Víctima dos: adolescente, diecisiete años. Habitual carterista del Metro. Dos días antes de supuestamente haberse lanzado drogado contra el tren (estoy seguro de que lo lanzaron), asaltó un autobús junto a dos cómplices y mató a cuchilladas a un pasajero de cuarenta años que se resistió al robo. Su arrollamiento causó tres horas de retraso en la línea uno. Cayó justo en la zona electrificada del riel.

Víctima tres: mujer, treinta y seis años. Contrató un sicario para asesinar a su esposo, un acaudalado empresario que planeaba divorciarse sin cumplir con las aspiraciones indemnizatorias de la víctima. El plan falló por incompetencia del sicario; la mujer fue detenida y liberada al mes siguiente, el mismo día que impactó con el Metro de manera tan violenta que la operadora del tren aún no se recupera del trauma ocasionado por el descuartizamiento que se produjo ante sus ojos.

El Metro se detiene en Los Símbolos y contra todo pronóstico entra aún más gente de la que el vagón permite. Toco mi Beretta con disimulo para asegurarme que sigue ahí. Intento despegarme de la gente pero es imposible.

De pronto, siento un par de nalgas redondas y duras apretarse contra mi cuerpo. Es una estudiante de no más de veinte años, hermosa, lleva una falda de flores y deja ver un piercing en el ombligo. Retrocedo a riesgo de propiciar una situación incómoda con el tipo de atrás.

No soy un aprovechador, pero la carajita me sorprende acercándose de nuevo como si nada, ubicando su culo contra mi jean. La tela de su falda es delgada. Se me para el loco, imposible evitarlo. Me muevo hacia la izquierda y ella me sigue en un baile secreto, improvisado. Roza mi cuerpo, se separa, me vuelve a rozar. Tiene la mirada perdida, como si nada pasara. Decido seguirle el juego.

Me le acerco despacio, con más presión, consiguiendo recostar al loco, que intenta desesperado salir del pantalón, justo entre sus nalgas. Sigue moviéndose de un lado a otro, me pongo duro, veo a los lados pero nadie parece darse cuenta. Sudo, me acelero, me excito.

El Metro llega a la estación Ciudad Universitaria. La carajita se baja de improviso y sin piedad, huyendo entre la gente. La sigo con la mirada y justo antes de subir por la escalera se voltea con una sonrisa cómplice que me desarma. Se cierra la puerta del vagón y solo veo a través de las ventanas las baldosas azules que se difuminan a negro con la velocidad del tren. Mejor sigo mi trabajo.

Víctima cuatro: hombre, veintisiete años. Deportista profesional y drogadicto confeso. Su esposa apareció golpeada y degollada en la suite de un hotel de lujo. El hombre huyó hasta aparecer en los rieles del Metro. No murió de inmediato, a pesar de las múltiples fracturas y el desprendimiento de órganos. Lo sacaron de la vía herido y sin un brazo. Fue trasladado a una clínica, donde falleció luego de varias horas de agonía. Otro caso de supuesto suicidio, pero a mí este perro no me engaña.

Víctima cinco: hombre, cincuenta y seis años. El caso más desconcertante pues la víctima no tenía relación con homicidio alguno. Se llegó a pensar que no estaba vinculado a los otros. Sin embargo, descubrimos que se trataba de un estafador. Era el abogado de una anciana viuda que engañó durante años, apoderándose de una pequeña fortuna hasta que fue atropellado por el Metro, un martes por la tarde.

Si este asesino de verdad existe (y lo creo) y solo persigue criminales impunes, hasta yo podría ser una potencial víctima… Y todo por un lío de faldas.

Esa noche encontramos al carajito en el barrio, consumiendo con sus panas, con la música de un carro a todo volumen. Se cagaron cuando nos vieron llegar en la patrulla. Él sabía que había culebra porque la jeva que estaba rondando era mujer mía, así que echó a correr y empezó el tiroteo. Le pegué dos, uno intercostal y otro en la pierna derecha. La gente empezó a gritar y lo montamos en la patrulla. Al llegar al barranco que está frente al bloque cincuenta lo rematé con tres disparos y lo lancé. Igual era una ratica, un jíbaro cabrón que quería cogerse todos los culos de la zona. Pero no puedo quitarme la imagen de la mamá llorando cuando lo subimos herido a la unidad. Me recuerda a la mía. A veces sueño con la vieja esa y la muy puta no me deja dormir.

Al fin llego a Plaza Venezuela. El altavoz advierte que es la última estación y se apagan las luces internas. Salgo acalorado del vagón rumbo a la transferencia de la línea uno. Algo me dice que el asesino está cerca, esta vez no se me escapa. La avalancha humana me arropa de nuevo. Acelero el paso y me ubico de primero en la fila.

Me quedo viendo los rieles del Metro color polvo. El andén termina en un túnel oscuro como una garganta. Una fuerte brisa anuncia la proximidad del tren. Luego, el ruido de avión cuando aterriza. La vía se enciende con el reflejo de sus luces y emerge veloz como un demonio de hierro.

Los parlantes se activan y se escucha un alerta: «Personal operativo, actividad G en curso». ¿Un posible suicida? El tren se acerca a máxima velocidad. Observo las cámaras y me inquieta pensar que no puedan ver al asesino… ¡Eso es! En segundos logro entenderlo todo y descifro el misterio. De inmediato siento el peso en mi espalda y el empujón irremediable. Traspaso la raya amarilla.

 

Por Carlos Patiño | @carlosdpatino

Este cuento obtuvo mención especial en la V edición del Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2011).

Confrontando el hueco que dejó mi exilio

Desde que salí de casa –con mi mundo guardado en dos viejas maletas y un morral guindado en la espalda– rumbo a Buenos Aires, nunca hablé con mi mamá sobre lo que significaba para ella esa decisión.

La noche del 16 de noviembre de 2017 se incrustó como una astilla en la memoria de Virginia Avendaño. Ella quería que detallara nuestro hogar antes de que me fuera porque la incertidumbre de cuándo volvería a verlo se hacía cada vez más presente. Por esa razón quiso que me despidiera de Patitas, la gata atigrada de la casa. Mamá finalmente asimiló que nuestro proceso migratorio comenzaba esa noche cuando crucé el umbral de la puerta principal, atravesé el porche, guardé mi equipaje en el auto de la familia y me senté finalmente en la parte de atrás esperando por ellos, mis papás.

Todo 2017 fue un periodo muy difícil para nosotros. Mi abuela materna murió a sus 72 años de edad, a finales del primer cuatrimestre. También vivimos diariamente el aumento de la crisis económica de Venezuela. En la casa lo analizábamos con tan solo medir semanalmente el alza del precio del cartón de huevos, que para la fecha de mi partida representaba 44% del ingreso total del hogar. Asimismo, tres semanas antes del viaje, nos acompañó durante 48 horas la sospecha de que mi mamá podría tener cáncer grado cuatro en el seno derecho. Sin embargo, todo se trató de un susto.

Lo que sí fue real para Virginia fue mi decisión de vida, que colocaba entre nosotros una barrera de 7.318 kilómetros. Aunque nunca me lo dijo en persona, sé que mi plan la sacudió en lo más profundo de su esencia de madre.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

Los azulejos de la cromo interferencia de color aditivo de Carlos Cruz-Diez fueron testigos del último abrazo entre mamá y yo. Sentí cómo su garganta obligaba a la saliva a pasar frenéticamente, acumulándose así un llanto ahogado que más tarde encontraría su cauce. Sus ojos verdes botella e intensos –como su carácter– me vieron impertérritos mientras apretaba la mano de Hernán, mi papá. Les sonreí, quería que tuvieran de mí una imagen alegre en el aeropuerto. Me volteé. No tuve el valor de preguntarle a mi madre cómo se sentía, mucho menos a mi padre. Aunque no la vi, sí escuché llorar a Virginia cuando se cerraron las puertas automáticas a mi espalda mientras ingresaba al área de migraciones del aeropuerto internacional Simón Bolívar, en Maiquetía. El estampido de su llanto se me quedó grabado en el alma como un hierro al rojo vivo.

Nunca le confesé que en mis 27 años de vida jamás me había sentido tan roto por dentro como en ese instante cuando caminaba para chequear mi pasaporte mientras resonaba su tristeza en mi mente. Nunca le pregunté cómo se sentía, porque, de forma egoísta, no quería que sus emociones sabotearan mi decisión. Nunca nos sinceramos sobre cómo nos afectaría el proceso migratorio.

Nunca lo hablamos hasta seis meses después de nuestra despedida.

El celular se ha convertido en el principal tesoro para mi madre. Recientemente se le dañó por un día. Automáticamente intuí que estaba triste, preocupada, porque no podíamos hablar, como ya era costumbre, por WhatsApp. Mi sospecha se confirmó cuando realicé una llamada internacional para saber cómo estaba y decirle que me encontraba bien. Su voz destelló una mezcla de emociones: alegría por escucharme; desesperación que se diluía entre risas; pero una profunda melancolía por saber que, aunque conversáramos, no estaba ahí realmente.

Ese episodio ocurrió una semana antes del cinco de mayo de 2018, fecha en la que cumplimos con la deuda de sinceridad que nos debíamos mutuamente. Como periodista estaba preparado para hacer las preguntas porque esa es mi profesión, pero como hijo desconocía si estaba listo para escuchar lo que su mente y corazón guardaban.

En la conversación no participaría mi papá, porque era un momento solo entre madre e hijo. Él lo sabía y no hubo necesidad de preguntarle si quería sumarse al diálogo. Esperé estratégicamente que en Venezuela marcaran las 11:00 am para que él se concentrara en hacer el almuerzo y mi mamá no tuviera excusas para suspender nuestra cita.

Cuando la llamada se conectó le dije a mi madre que necesitaba hablar con ella algo importante. Ella sabía de antemano cuál sería el tema de conversación. Le pedí que se colocara en la sala o en el comedor de la casa porque en esas zonas la conexión de wifi es mucho más estable. Ella accedió a mi petición y se ubicó en la sala. Colocó el celular en frente de tal manera que no tuviera que sostenerlo constantemente. Una vez hubo acomodado todo, sus ojos se mantuvieron fijos. Sonrió sin abrir los labios y me alentó a que comenzara.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Me gustaría saber cómo te has sentido en este proceso migratorio, ¿cuáles fueron tus pensamientos desde el momento que te dije que me mudaría a Argentina?

Ella cerró los ojos, apretó los labios suavemente, respiró profundo y exhaló. Me imaginé que tenía los puños cerrados, un gesto característico de ella cuando articula en su interior sus pensamientos mientras obliga a su cuerpo relajarse.

—Te dije lo que sentía. ¿Recuerdas esa conversación que tuvimos a comienzos de 2017? Te dije que te estabas achinchorrando en la casa. Tu papá y yo siempre te hemos criado para que seas libre como los pájaros. Tenías que irte en algún momento, pero esperaba que te mudaras por aquí mismo en Guatire, o en Caracas. Nunca esperé que te fueras a otro país.

No me decepcionó. Después de convivir 27 años conocía sus formas de razonamiento. Esa respuesta la pude prever sin necesidad de hablar con ella. Mi mamá siempre anteponía mis motivos por encima de sus sentimientos, y allí era el punto a donde quería llegar.

—Pero… ¿qué sentiste al momento que te dije que me iba?, ¿qué pasó por tu mente cuando te enseñé el pasaje de avión?

—La verdad es que en ese tiempo no lo asimilé. No fue real hasta el momento en que saliste de la casa –su voz se quebró, pero continuó–, no lloré hasta que te fuiste. Caí en cuenta de que te ibas a otro país solo cuando lo vi. Después que cruzaste la puerta de migración lloré, pero me frené. Decidí que ese mismo día tenía que irme a trabajar para continuar con mi vida. Me fui a la notaría donde te hice el poder, allí me fajé a llorar y empecé a nombrarte como loca. Todos se acercaban y me preguntaban qué me pasaba, creían que te había pasado algo. Entendieron cuando les dije que te habías ido del país, que te acababa de dejar en el aeropuerto.

Imaginé el momento. El día de mi vuelo me preocupaba cómo se podía sentir mi mamá. Su salud, en específico sus niveles de azúcar y de la tensión, está estrechamente vinculada con su estado de ánimo. Recuerdo que me había dicho que iba a trabajar, un mecanismo de defensa propio de ella para alejar la realidad y mantener ocupada su mente.

Me sorprendió que admitiera ese episodio gris. Me dolió comprender que el trabajo, su rutina, no fue lo suficientemente fuerte para que ella se concentrara y olvidara que me encontraba en un avión rumbo a otro país; que con cada hora transcurrida me alejaba de ella cada vez más. Mi papá no me dijo nada de ese momento, asumí que mi mamá le hizo prometer por la Virgen del Valle que no me lo diría para no preocuparme. La imagen de ella sumergida en llanto dentro de una institución pública me sacudió internamente de la misma forma como cuando te zarandean por los hombros para que despiertes. Tenía un nudo en la garganta, sin embargo tenía que seguir indagando.

—¿Crees que fue una decisión egoísta o estamos mejor así? Cuando trabajaba en Globovisión como ancla el sueldo no me daba ni para el pasaje mensual de Guatire a Caracas. El sueldo mínimo de papá y los honorarios profesionales tuyos, más mi sueldo, no cubrían los gastos.

—Jamás pensé que fue una decisión egoísta. ¿Estamos mejor económicamente porque nos mandas dinero de afuera? Sí. Si estuvieras aquí, en el caos de Venezuela, fueras infeliz. Aquí no había nada para ti. Profesionalmente lograste todo lo que te propusiste. Desde que te fuiste aquí se puso peor todo. Tú ibas a vivir amargado por no poder costear las cosas que quisieras, ibas a vivir angustiado por los gastos en la casa. El país ya no te ofrecía, ni te ofrece ninguna oportunidad.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

En ese momento mi madre apeló a la racionalidad para sofocar mis dudas. En su cara se notaba porque ya no tenía el ceño fruncido, hablaba sin interrupciones y gesticulaba con las manos. Pese a que sabía que sus palabras trataban de hacerme sentir mejor, así como justificar mi partida, ella no estaba mintiendo.

En los seis meses que tengo fuera de Venezuela la crisis se acrecentó. Personalmente he medido la debacle económica con la cantidad de dinero que le envío a mi mamá. En  cinco meses le he transferido bolívares en seis oportunidades. En todas ellas siempre destiné la misma cantidad en pesos argentinos para convertirlos en moneda  venezolana. Esa ha sido otra de las preocupaciones de mi madre. Al ver que cada mes le envío más bolívares, ella cree que estoy colocando más pesos para poder mantener los gastos del hogar en Venezuela. Siempre tengo que explicarle que no he modificado mi presupuesto mensual, que ni he aumentado el monto de pesos argentinos. Constantemente le recuerdo que lo que incrementa es la tasa de cambio producto de la depreciación de la moneda en Venezuela.

—¿A quién culpas por mi partida? –pregunté.

—A decir verdad a la situación país.

—¿Al Gobierno?

—No, a la situación país en general. Si el país fuera otro no te hubieras ido. El año pasado solo la Virgen del Valle sabe cuánto te encomendaba a ella para que no te pasara nada mientras trabajabas como periodista en las protestas para el canal y la radio. Tenía pánico que te pasara algo, pero ese era tu trabajo y a ti te gusta meterte en la candela. Eso es algo que pienso: que algo positivo que te fueras es que tienes un trabajo más seguro, aprendes otras cosas.

Tenía razón. Uno de los consuelos que tenía Virginia, que me repetía inclusive antes de que partiera, era el cambio profesional. En abril de 2016 los colectivos me agredieron a las afueras del Consejo Nacional Electoral frente a más de 50 Guardias Nacionales que padecían de ceguera y sordera selectiva porque, aunque me vieron y escucharon los gritos mientras me golpeaban los grupos paramilitares, fueron incapaces de cumplir con su deber constitucional –y hasta humano– de proteger.

Luego, en 2017, con la oleada de protestas, los nervios de mi mamá y su tensión se desestabilizaron. Más de una vez Hernán me comentó que mamá tenía la presión arterial alta como consecuencia de imaginar qué me pudo ocurrir mientras le daba cobertura a las manifestaciones contra el régimen de Nicolás Maduro para los medios de comunicación en los que trabajaba: circuito radial AM/FM Center y Globovisión.

—Pero no eres feliz –solté, secamente.

—¿Cómo voy a ser feliz si no puedo tocarte cuando quiero?, si no puedo abrazarte cuando me da la gana. Nostalgia, ese es el sentimiento que tengo en este tiempo separados. Me alegra verte por allá, que tienes amigos, que sales de noche, que estás trabajando en otras cosas. Me enorgullecí, como siempre con todo lo que haces, cuando vi que aceptaste trabajar haciendo bolitas de carne en un restaurante de noche. Estás creciendo hijo, y eso es lo que yo quiero para ti.

Mi mamá ha sido feliz con los trabajos que he desempeñado en Argentina, o eso es lo que me hace saber. Desde que llegué a suelo porteño no he dejado de laburar. Pese a ser periodista de profesión, mi mamá me ha apoyado en los trabajos que he tenido en la París de América: ayudante de cocina, teleoperador de call center y analista de marketing.

No obstante, su felicidad no es plena. Siempre me menciona que extraña verme en televisión. Cada vez que hablamos por WhatsApp me recuerda que le “hace falta” prender la TV, colocar el canal 12 y hacerme compañía desde el otro lado de la pantalla. A lo que yo siempre le respondo lo que Daniel Guillermo Colina, periodista y amigo de la familia, decía: ¡Mamá, con pantalla no se hace mercado!

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—Sí, tienes razón. Tampoco te hubiera podido enviar los medicamentos que necesitas para controlar la azúcar, la tensión y ahora los del hígado graso –dije.

–—Menos mal, Dios sabe cómo hace las cosas. Si estuvieras aquí, ni juntando los tres salarios de la casa hubiéramos podido pagar los exámenes que debo hacerme este mes. Además, todavía tenemos comida que pudimos comprar con lo que nos mandas.

A finales de abril de 2018, Virginia pudo finalmente asistir a una consulta médica sin necesidad de sentir que estaba dejando de comer por atender su salud. Desde octubre de 2017, la persigue un dolor abdominal al cual no le prestó mucha atención. Como la mayoría de los venezolanos, en vez de pagar una consulta médica por los elevados costos, decidió automedicarse para tener una mejoría momentánea. Con el dinero que le envié el último mes mi mamá pudo, responsablemente, costear los servicios de un galeno para determinar el origen de esos dolores que incrementaron su intensidad en seis meses. El diagnóstico fue grasa en el hígado y adherencia grasa en el intestino.

Esa condición se suma a otras dos que mi mamá padece: diabetes e hipertensión.

En Venezuela, los niveles de abastecimiento de medicinas son extremadamente bajos. Una de las tranquilidades que me ha expresado mi mamá es que ha logrado disminuir sus preocupaciones al respecto: al tercer mes de vivir en Buenos Aires logré hacerle llegar con otro familiar una bolsa con dotación de medicinas suficientes para un año, un encargo que la Guardia Nacional del aeropuerto de Maiquetía estuvo a punto de adueñarse.

Pero aunque estoy en otro país y puedo colaborar con su estado de su salud, mi ausencia sigue siendo su principal dolencia.

—¿Y qué has pensado hacer? Mi papá gana salario mínimo y tú no tienes muchos casos como abogada.

—El escenario ideal es que vengas y nos visites, que estés de vacaciones. Si me dices hoy que te regresas a Venezuela te diría que estás loco. Tu papá y yo vivimos gracias a lo que nos mandas, estamos bien, pero no felices. Hace dos años para esta época yo tenía mínimo diez casos para resolver. Ahora hasta tú vas a los tribunales y no hay gente demandando ni siquiera. He pensado en vender todo e irnos. Nosotros dos tenemos la disposición de hacer cualquier cosa, hasta un día de plancha si es posible. Pero la edad pasa factura y nuestro cuerpo no está para que hagamos eso.

Decidí introducirme en terreno desconocido.

—Me intriga saber cómo te sientes cuando entras a mi cuarto –dije, suavizando mi voz.

—Esto no te lo había dicho. Tu cuarto está prácticamente igual a cuando vivías aquí, pero regalé tu mesa de computadora. No aguantaba entrar y verla vacía. Te imaginaba sentado en ella escribiendo y diciéndome con tu tono amargado estoy ocupado mamá, déjame escribir. También guardé todos los libros de la biblioteca de tu cuarto y puse la ropa de tu papá en el closet para no verlo vacío.

Se hizo un silencio de unos diez segundos, lo suficiente para asimilar la magnitud de esa confesión. En ese tiempo reuní el valor para dar la estocada final, esa pregunta que como periodista se guarda siempre para concluir.

—¿Tienes esperanza de que nos volvamos a ver?

Su rostro se descompuso con esas siete palabras adornadas en un tono de pregunta. Las emociones terminaron de detonar en la voz de mi mamá, que se hizo más aguda, triste y melancólica. Los ojos se le inundaron. Finalmente había logrado que exteriorizara el miedo que la acosa desde que salí de casa el 17 de noviembre de 2017.

FOTO: Eilyn Diaz-Romero para Seis Grados.

—¡No me vuelvas a decir eso! Prométeme que nos vamos a volver a ver. Prométemelo Oswaldo José. Tengo miedo de que no nos volvamos a ver. Que te pase algo, o a mí, y no te pueda volver a tocar. Todos los días pienso en eso –enfatizó antes de hacer una pausa–. Sé que esto es lo mejor, que estés lejos de Venezuela. En algún momento las cosas se van arreglar y estaremos juntos de nuevo. Cuando estoy sola y quiero calmarme, cuando pienso que no te volveré a ver, salgo al balcón y veo al cielo, porque sé que el cielo nos conecta y tú también lo estarás viendo allá. El amor que te tengo es el único que me ayuda a superar esto, ¿sabes? También me doy fuerzas y me pongo en tu lugar y se lo digo tu papá: él lo está pasando peor. Me repito: yo estoy acá en el confort de mi casa, de mi entorno, con mi gente y mis cositas mientras tú estás en otro país sin conocer a casi nadie, sin tu familia, amigos ni tu hogar. A tu papá le digo que tú te llevas la peor parte de esto –arguyó mientras se secaba las lágrimas que corrían por su rostro.

Volví a sonreír para aplacar las emociones desbordadas de mi mamá.

Concluí el momento recordándole que tenía que almorzar. Ya era un poco más de mediodía en Venezuela y mi papá la esperaba en silencio en la mesa de la cocina, procesando todo lo que acababa de escuchar. Asumí que sería él quien terminaría de abrazarla una vez se separara del celular.

Volví a sonreírle. Le recordé cuánto la amo y nos repetimos mutuamente, con diferentes palabras cada uno, nuestro mantra para soportar la distancia.

—Pronto estaremos juntos, mamá, recuerda que este es un proceso lento –fingí una sonrisa.

—Sí, hay que tener paciencia, gordito.

Terminé la llamada y suspiré. Me sorprendí de que mientras salía de mi apartamento tenía unas lágrimas rodando por mis mejillas. Sentí la necesidad de ver ese mismo cielo que mi mamá admira cuando quiere sentirse cerca de mí.

 

Por Oswaldo J. Avendaño A. @Os0790