Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

#DomingosDeFicción: La inminencia del olvido

Here we stand or here we fall.

History won’t care at all

Queen

En el Ministerio del Olvido lo sabían muy bien y la ansiedad se estaba propagando por todos sus empleados como si se tratara de una gripe contenida en las oficinas. Estaban conscientes de lo infalible que era el funcionamiento de su departamento. Una vez que los números avanzaban en dirección al olvido inminente, era imposible detenerlo. Era cuestión de que alguien más olvidara a Caracas para que tuvieran que escribir su nombre en un gran cuaderno de cuero negro y páginas muy blancas. Luego guardarían ese cuaderno en una estantería recóndita del Ministerio para confundirse con todos los demás cuadernos donde se han guardado las cosas que la humanidad ha ido olvidando con los siglos; después se perdería la estantería y al final nadie recordaría cómo llegar a esa habitación hasta que tuvieran que incluir algún otro olvido. Pero para ese momento ya nadie recordaría que alguna vez –minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos atrás– alguien había escrito el nombre de una ciudad entera y la había condenado a la perdición. Porque a pesar de trabajar para el mismísimo Ministerio del Olvido, no estaban exentos de los efectos que este despacho provocaba en las mentes de las personas comunes.

Resultaba, además, que el olvido llegaba sin aspavientos y esa era una de las principales molestias de los funcionarios del Ministerio. El olvido era imperceptible, indetectable, inaprehensible para aquellos que eran cubiertos con su manto. Quien olvidaba de repente podía tener alguna noción de que no recordaba algo, pero quien era olvidado jamás se daba cuenta de su estado. Podía llegar como un bajón de luz, como un cambio súbito y breve en la temperatura, como una ráfaga de viento muy frío o muy caliente, como un ligero temblor. Alguien le preguntaría a su hijo, a su esposo, a su vecino ¿sentiste eso?, y la otra persona contestaría de forma vaga, errática, algo como sí, creo que sí, ¿la luz? Luego seguirían con sus vidas, pero sin que nadie fuera de su territorio lo notara, porque ya habrían sido olvidados.

Lo que incomodaba a los empleados del Ministerio era que, a pesar de que ellos no pudieran recordarlo, sabían que había caseríos, pueblos, ciudades y países enteros viviendo en ese estado de olvido. Gente que se levantaba por las mañanas, se tomaba una taza de café viendo al horizonte, salía al trabajo, reía, lloraba, vivía, moría, todo al margen del mundo. Quedaban circunscritos a esas fronteras ya invisibles para el resto de la humanidad, funcionando en un compartimiento especial del tiempo, congelados por siempre, sin avance, sin retroceso, sin debacle, sin gloria, atrapados en un presente eterno del que no eran conscientes.

Sabían también los empleados del Ministerio que el olvido tenía su forma particular de obrar sobre las mentes de los olvidados. También ellos perdían cosas en el camino. Dejaban de recordar con claridad a esos que estaban en ciudades distintas, dejaban de extrañarse por la falta de una llamada casual por la noche, de un mensaje de cumpleaños, de un “buenos días” azaroso. Ya no se imaginaban la vida fuera de las calles que conocían. Incluso, en algunos casos extremos de influencia del olvido, algunos comenzaban a configurar como mitos y leyendas todo lo que sucedía en otros lugares, como si lo único real era lo que pasaba en la burbuja que habitaban.

De vez en cuando, llevado por sabe Dios qué impulso, algún olvidado podía moverse a fuerza hacia los límites de la ciudad, salir, escapar y visitar otros sitios. Podía llegar a recordar lo que era vivir en un sitio que está en la mente de los demás. Encontrarse con la cálida sensación que produce el reconocimiento en la cara del otro, el abrazo de tanto tiempo sin verte, hermano, ¿qué es de tu vida? Pero luego era incapaz de volver y contarle a los demás sobre sus nuevas experiencias, porque tan pronto como abandonaba el territorio sumido en el olvido, esa persona lo olvidaba también, olvidaba el camino de regreso, olvidaba las razones por las cuales tendría siquiera que volver.

Solo era cuestión de tiempo para que alguien más olvidara a Caracas y su nombre pasara algún cuaderno de cuero. En el Ministerio lo sabían, pero luego se tranquilizaban entre ellos diciéndose que, tan pronto como sucediera, lo olvidarían, como todo lo demás.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

Alerta roja: el totalitarismo de extrema izquierda no es un mito

Tengo un amigo que recién leyó 1984 el año pasado. Es venezolano y vive en Buenos Aires. Se fue para allá luego de padecer la crisis que instaló el régimen. En Venezuela fue profesor universitario y trabajó en una prestigiosa unidad de investigación. En Argentina se desempeña como repartidor, actividad para la cual tuvo que aprender algo esencial que sus años de estudio no le enseñaron: manejar bicicleta. Aunque trabaja fuera de su área, y en algo que espera que no le toque hacer mucho más tiempo, dice ser feliz: en el súper mercado siempre se consiguen sus galletas preferidas y al fin se pudo mudar solo con su novia. Esta última, por cierto, está de fiesta: ahora encuentra toallas sanitarias sin sentir que emprende la búsqueda de las ocho esferas del dragón.

Mi amigo, como dije, recién leyó 1984 en el 2018, lo cual es una especie de guiño irónico: 34 años después del futuro apocalíptico pronosticado por George Orwell, él concluyó que había vivido su propia versión de la novela en Venezuela. ¿Adivinan quién sería nuestro Gran Hermano?

Este 10 de enero, quienes han creado un Estado-mágico en el que se vive según su antojo y sus normas se autoproclamarán amos supremos del país por más tiempo, pese a que la mayoría de la población los rechaza y a que la palabra elecciones se deformó hasta leerse como fraude. Así lo entiende la mayor parte de la comunidad internacional, que manifiesta abiertamente su rechazo hacia el régimen totalitario de Venezuela y hacia sus representantes, por lo que amenaza con aumentar las sanciones que ya empezaron en el 2018.

Sabemos que 1984 aún no ha llegado porque en la población todavía existe la esperanza de cambio. Lejos de ser autómatas que siguen órdenes –aunque muchos no están lejos de llegar a ese estado de disociación–, hay una importante cantidad de venezolanos en Venezuela que hacen frente a la crisis y a sus problemas con creatividad, estoicismo y convicción. Lo que, sin duda, es una elegante forma de resistir los embates de ese gigantesco pulpo rojo que amenaza con meter sus tentáculos en cada hogar. En un territorio destruido, hay muchos que están empeñados en construir país.

Mi amigo, digámosle Luis, sintió que una flor se moría dentro de su estómago cuando llegó al final de la novela de Orwell. ¿Esa sensación es el futuro que nos espera a los venezolanos? Él quiere creer que no, pero hay dos cosas que no conviene soslayar. Uno, es innegable que ese movimiento político y social que empezó a secuestrar al país hace 20 años se inspiró en los peores regímenes totalitarios y en la narrativa apocalíptica de obras como 1984. Y dos, nada garantiza tanto una decepción como las expectativas exageradas.

Hace tiempo que renuncié a pronosticar. Venezuela me ha enseñado algo: todo es posible. Pero quien a estas alturas no sepa que el Niño Jesús son sus padres, está condenado a recibir más golpes (estos sí metafóricos) que los diputados opositores en la Asamblea.

El 10 de enero es una fecha más en el calendario. Una fecha en la que un régimen busca seguir dando pataletas de ahogado, para extender su reinado lo más posible y llevarse por delante (entiéndase matar, secuestrar o anular) a cualquiera que se oponga. Una fecha en la que alimentará una narrativa que ya se cae por el peso de la realidad. Y una fecha en la que, al fin, la mayor parte del resto del mundo terminará de rechazar oficialmente lo que representa.

Pero eso no significa que un meteorito va a caer de ipso facto y extinguirá a los dinosaurios.

La oposición venezolana necesita construir una narrativa creíble y que represente a la inmensa mayoría que rechaza al régimen pero que, al mismo tiempo, los ve con escepticismo. Necesita documentar y denunciar en todo el planeta lo que sucede en el país, y debe cohesionarse para conectarse con las personas. Todo esto si no quiere escenificar la precuela de una ficción en la que la palabra oposición ya no aparece en el diccionario.

Por estos días Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil. Sus declaraciones y su desfachatez lo hacen ver como el otro polo político de aquél presidente venezolano que llegara al poder en 1999. Por eso, y por sus simpatías con Trump, muchas agencias internacionales de noticias se refieren a él como el presidente de “extrema derecha”. Lejos de querer ir en contra de tal afirmación, solo me resulta curioso que esas mismas agencias no menten al régimen venezolano y a toda su estructura fraudulenta con los sustantivos adecuados. O que no lo hagan, al menos, con tanta insistencia.

Luis quedó destrozado al terminar el libro. Ojalá logremos que todos sepan que, si algo no cambia pronto, el 2020 venezolano puede quedar en 1984.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

Carta a un padre que ya no está

Se hacía llamar Antonini, aunque no tenía nada que ver con aquel famoso maletín. Era el tercer hijo de los diez que tuvieron  Quino y Berta. Decidió dejar la escuela antes de terminar sexto grado. Lo que no le resultó difícil: no le gustaba leer, solo tocar cuatro y cantar. Desde muy joven demostró interés por la música venezolana: guaracha, joropo, merengue, tonadas o vals. Tocaba de oído todas las canciones que le pedían las muchachas bonitas del pueblo.

Su padre Quino lo metió a trabajar en la hacienda, pero Antonini estaba claro que lo de él no eran las plantas. Se adelantó tres años en la cédula para que lo dejaran trabajar en la construcción de las vías de oriente. De Monagas pasó a Sucre y allí conoció a mi madre. Luego de unos años decidieron casarse y mudarse cerca de sus padres en Puerto la Cruz, donde nacería Francisco Antonio.

En la década de los 60 la situación se encrudeció y lo que ganaba Antonini como chófer no alcanzaba, además venía en camino Lidia, así que la familia decidió irse a Guayana a probar suerte en las obras de Macagua.

Antonini era tan osado que fue el único que se presentó para transportar la dinamita. Fueron muchos los viajes que hizo en ese camión cargado de explosivos.

Luego, nació Migdalis y decidió trabajar más porque la familia crecía muy rápido, al igual que la construcción del segundo complejo hidroeléctrico más grande de Latinoamérica, ubicado en el cañón de Necuima.

Fui la tercera de las niñas y dos años después nació José; sin embargo, Antonini y Carmen decidieron que mi hermano menor sería el último miembro de la familia: cerraron la fábrica de niños porque ya éramos cinco.

Un día caluroso de junio, mi papá cayó con su camión cargado de dinamita en una laguna que se había formado por las lluvias en aquella húmeda región de Guayana. Era lógico temer lo peor. Pero él rápidamente salió del percance con una sonrisa, diciendo: “Estoy bien, ¿pero quién me ayuda a sacar las cajas para ponerlas a secar?”. Así era papá.

Mis hermanos y yo crecimos en un hogar donde la abundancia no estaba presente, pero, aunque vivíamos modestamente, nunca nos faltó nada: siempre teníamos vacaciones recorriendo el oriente venezolano,  hasta que crecimos y cada uno empezó a dejar el nido para hacer su vida e incorporarse en las universidades de Maturín y de Caracas. Puedo decir con orgullo que en mi casa había amor y los valores estaban presentes. Mi padre fue un hombre bueno, honrado y muy trabajador, con un espíritu libre y alegre que siempre tenía una sonrisa en sus labios. Yo creo que nunca lo vi bravo o molesto porque hasta para regañarte te hacía reír.

En el 2004, a Antonini le diagnosticaron cáncer. Él decidió someterse al terrible proceso de las quimio: fueron nueve y aunque en algún momento pensábamos que ya todo estaba bien y la enfermedad se había dormido, en el 2014 hizo metástasis.

Antonini ya sabía lo que venía, ya lo habíamos vivido con el abuelo.

Nunca se quejó y tuvo tiempo de prepararnos.

El paso de Antonini por este mundo fue muy sencillo, disfrutó la vida cómo pudo y nos dejó grandes enseñanzas. Aunque nunca escribió un libro sí puedo asegurar que plantó muchos árboles.

En sus últimos días nos regaló una lección de vida. Aguantó el dolor y jamás se quejó, era un guerrero. “A mal tiempo buena cara”, decía.

Con picardía relataba cómo podía alguna anécdota o travesura de su vida para hacernos reír. Se fue tranquilo porque sabía que nuestro paso por este mundo es corto. Una vez le pregunté qué podía hacer por él y me respondió que nada, que estaba en manos de Dios. La última vez que lo vi con vida, con los ojos humedecidos me echaba la bendición y me transmitía fuerzas para seguir. Jamás olvidaré esa mirada de agradecimiento y de confidencias. A un año de su partida puedo decir con certeza que tengo un ángel en el cielo que me guía.

 Te extraño, papá.

 

Por Marleny Buttó 

 

#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa

Amor a dos ruedas

Mira, Kate, ¿cómo es eso que tú y que andas de noviecita con Joseíto?, le increpó su mamá cuando la vio salir de su cuarto aquel domingo. Con un susto atravesándole el pecho y con el rostro preparado para la bofetada que sabía llegaría, contestó: Sí, mamá, José y yo somos novios desde hace unos meses.

El silencio posterior duró el par de segundos necesarios para asimilar la confirmación, y antecedió a una larga cantaleta sobre conveniencias, de esas en que las mamás son especialistas. La bofetada no llegó. No fue necesaria. El absoluto silencio de su papá fue el más fuerte de los golpes. Había decepcionado a sus padres y aunque eso fue doloroso, también fue liberador.

Kate y José se conocen desde que ambos eran unos muchachitos que jugaban a las escondidas en la cuadra en donde crecieron y, dado que tienen un par de primos en común, es mucho lo que han compartido desde entonces. Sus amores comenzaron cuando las correderas en la calle cedieron el paso a los ‘achantes’ para beber, hablar y bailar entre los amigos; y a las salidas al cine a ver películas rosas de vampiros. Fue precisamente en una sala de cine de Galerías Paraíso donde Kate, dándose cuenta de las intenciones de las que José no terminaba de hablarle, le interpeló: ¿Entonces, tú y yo vamos a ser novios o no? Embestido por la sinceridad de Kate, José le dijo que sí, que él quería ser su novio, pero que sabía que sus papás no le iban a dar permiso para cortejarla y él quería hacer las cosas legales, como ella merecía. Sin embargo, ella ya había decidido por los dos: serían novios, aunque tuvieran que mantenerlo oculto.

Pero como tarde o temprano todo sale a la luz, su intento de privacidad se acabó esa mañana del domingo junto con la paciencia de Kate.

Becky Plaza

Habían pasado seis meses desde aquella conversación entre tráileres de películas por venir, cuando a Kate se le agotaron las ganas de tener un noviazgo bajo perfil. Su familia, salsera de corazón, amaba hacer fiestas improvisadas sin más razón que las ganas de bailar hasta la mañana siguiente. Fue una de aquellas fiestas la ocasión que Kate aprovechó para dejar en claro cuál era su relación con José. Quizás fueron los tragos que se le subieron a la cabeza, o el cansancio por los chismes que sus tías solían llevarle a su mamá sobre sus largas conversaciones con José, o tal vez la silente necesidad de ser libre –de vivir su romance– lo que impulsó a Kate a plantarle un apasionado beso a José delante de buena parte de los invitados a la fiesta. Fue un beso de despedida antes de irse a dormir. Un roce definitivo que no dejó lugar a ningún otro chisme. Una puerta que abrió de par en par dejando en claro que ella y José no eran sólo amigos.

La preocupación de los padres de Kate era justificada. Se habían esforzado por darle todas las herramientas de las que disponían para ayudarla a encontrar un mejor futuro, y en ningún momento habían contado con que se fijara en un muchacho de la cuadra. Ella era una jovencita brillante en sus estudios, deportista y asidua lectora, mientras que el objeto de sus amores brillaba por su presunción, su relación con personas indeseables, y su lenguaje soez. En la cuadra todos tenían sus reservas con respecto al futuro del muchacho, porque la altivez con la que andaba por la vida no le auguraba éxito en el camino.

La mamá de José tampoco consentía el romance. Aunque albergaba cierta esperanza en que la amistad con la niñita fresa de la cuadra influyera positivamente en su hijo y lo impulsara a tomar buenas decisiones, no lo imaginaba de amores con ella. Además, su negativa al posible romance aumentó al saber que su único hijo era objeto del prejuicio de sus suegros. Pero una cosa es lo que los padres quieren para nosotros, y otra la que decidimos hacer impulsados por nuestras emociones.

El silencio inculpador y los sermones de sus padres no sirvieron de mucho. Al abrir la llave que mantenía apresado su romance, se entregaron a la libertad de vivir como Dios manda. José pasó de inventarse formas para verla lejos de su casa a visitarla cada noche en su puerta. Kate, oyendo los consejos de su mamá sobre resguardar su reputación, decidió que lo más conveniente para evitar los comentarios y los chismes era recibirlo dentro de la casa y no en los alrededores. A fuerza de tenacidad y rebeldía oficializaron su relación.

Abrirle las puertas a José fue una decisión sabia. Al principio no fue fácil para nadie verlo sentado en la sala hablando con ella, pero con el tiempo se hizo natural su presencia: poco a poco se fue ganando el cariño de los padres de Kate y del resto de su numerosa familia, quienes lograron ver en él las virtudes que habían enamorado a ella. Por su parte, José mejoró su dicción y comenzó a alejarse del medio en que se desenvolvía, demostrando que era un mejor muchacho de lo que muchos pensaban. Aunque nadie entendía qué los conectaba, porque sus personalidades parecían antagónicas, su relación crecía ante los ojos impávidos de todos en la cuadra, quienes aprendieron a respetar lo que pasaba entre ellos.

Pero los tabús de la cuadra no serían los únicos que José tendría que afrontar.

Kate cursaba el primer año de Odontología de la Universidad Central de Venezuela cuando comenzó su romance con José. Sus méritos como estudiante y la pasión con la que asumió sus estudios superiores le granjearon el respeto de sus compañeros, pero el prejuicio les ganó en lo que respectaba a su novio. La presencia de este causaba ruido en la más clasista de las facultades de la UCV, en donde lo veían llegar a buscarla en su moto, con la cara manchada del hollín de las calles de Caracas, sus zapatos deportivos y sus camisas alusivas a marcas de motocicletas.

Becky Plaza

Entre los compañeros de Kate se generaban preguntas y expresiones tales como: ¿Tu novio es mototaxista? ¡Llegó el Cosculluela! ¿Será choro? ¡Bulda’e malandrito, menol! Aunque a Kate le irritaban las insinuaciones, no se dejaba intimidar por ellas. Ninguno de sus compañeros sabía la clase de persona que era él.

José trabajaba como vendedor en una tienda de moto periquitos en horario completo, y por las noches cursaba su TSU en Administración de empresas en un instituto privado. Su alto rendimiento como vendedor le permitió obtener su primera moto, un escúter con el que llevaba todas las mañanas a su novia a la universidad, porque no quería que ella viajara en transporte público con sus costosos equipos odontológicos.  Fue ese vehículo el que le permitió llegar a su rescate cuando ella olvidaba parte de las herramientas necesarias para sus prácticas, cuando se extendían las clases y necesitaba que alguien le llevara el almuerzo o la buscara en la desolada facultad, y cuando las protestas la dejaban encerrada en la ciudad universitaria a merced del gas lacrimógeno y los perdigones.

Ante todas las eventualidades, José prendía los 12 caballos de fuerza de su moto y se lanzaba al rescate de su princesa. Fue esa la época en dónde Kate descubrió que más que un noviecito juvenil, José era su bastión y un excelente compañero de vida.

Él estuvo presente en todos los años de carrera de Kate. La acompañó en sus fiestas, en sus viajes, en sus trasnochos estudiando, en su bajada de escaleras, y en su larga espera para el grado. Sus amigos de la facultad poco a poco vencieron el prejuicio y terminaron queriendo a José tanto como querían a Kate, no solo porque se daban cuenta del amor y cuidado que le prodigaba, sino porque habían descubierto que, detrás de las manchas negras de su cara, había un hombre honrado que no se cansaba de trabajar por sus metas.

Tras graduarse como TSU en Administración de empresas, José se convirtió en el encargado de la tienda de moto periquitos donde comenzó como vendedor. Ahora no solo gestionaba todas las áreas de la tienda de lunes a viernes, sino que la posicionó en la web, subiendo las ganancias de la misma unos escalones más arriba. Ese ascenso, que le mejoró sus ingresos, le permitió cambiar su moto por un carro, e invertir sus ahorros en importar ropa, calzados y accesorios de damas, para venderlos entre las amigas de Kate. Las ganancias no se hicieron esperar y aunque bailó y viajó con parte de ellas, decidió pensar en su futuro a mediano plazo: invirtió en una vivienda.

Becky Plaza

El apartamento que obtuvo aún no es completamente propio, en Caracas es imposible obtener uno si eres joven y asalariado. Pero la venta del carro, el apoyo de su mamá, su padrastro, y la ganancia canjeada a moneda dura dieron lo justo para la compra. Es un hobbiton a la altura de sus necesidades, que fue adaptando poco a poco hasta hacerlo habitable. A sus 25 años José había demostrado que era mucho más de lo que todos habían visualizado en su adolescencia. Se había convertido en un caballero a carta cabal, digno de cualquier jovencita que se preciara de princesa, incluyendo a Kate. Sus suegros, que ya habían aprendido a quererlo, aprendieron también a respetarlo y a valorar sus esfuerzos por convertirse en un hombre de bien. Pero las sorpresas que José tenía guardadas no se habían terminado.

Era su quinto aniversario y quería llevarse a Kate a celebrarlo en su natal Isla de Margarita. El plan era crear un fin de semana romántico que incluyera días de playa, bailes en locales costeños y cenas en restaurantes de renombre. Para ahorrarse los gastos de alojamiento, llegarían al anexo de la casa de su papá, quien vive en la isla. Todo estaba muy bien organizado, pero cometió el error de no comentarle a su papá de sus planes, y este aprovechó la visita de su hijo para hacer algunas reparaciones en la casa. Kate, que había viajado con la ilusión de liberarse del estrés de las evaluaciones atropelladas en un año de marchas y protestas que retrasaba su graduación, pasó la mayor parte del tiempo haciendo tareas domésticas, y viendo televisión por cable con su pequeño cuñado.

Los novios salieron a comer la noche del sábado, porque la reserva para la cena de aniversario estaba hecha en uno de los restaurantes más exclusivos de la isla, y José no la quería perder por nada del mundo.

Kate estaba molesta y se lo hizo saber. Había perdido un fin de semana, que pudo invertir en sus estudios, encerrada en una casa que ni siquiera era la suya. Él contuvo su propia frustración para no terminar de destruir el viaje. Su plan romántico se habría arruinado por completo de no haber tenido la valentía de decirle, en aquella mesa con vista al mar, cuan agradecido estaba por tenerla a su lado en el viaje a la adultez. Coronó sus palabras sacando de su bolsillo un pequeño anillo con el que le pidió que le acompañara por el resto de sus días.

A Kate se le acabaron las molestias y los reproches, dando paso a las lágrimas, la comprensión y al más importante que había dado en su vida hasta ese momento.

El viaje como copiloto de José apenas comenzaba…

Becky Plaza

Para las familias fue una noticia intempestiva. Eran muy jóvenes para pensar en matrimonio. Algunos creían que ella estaba embarazada y quería disimular su “metida de pata”, otros que era bueno esperar la graduación de ella antes de que “se amarraran para siempre”. Pero la única verdad era que se habían demostrado en tantas ocasiones que contaban el uno con el otro sin reservas, que su relación había alcanzado la madurez suficiente para llevarla al siguiente nivel. Rebeldes y tenaces como son, pautaron su boda para cuatro meses más tarde.

Se presentaron ante el juez del municipio Chacao el día pautado. Ella llevaba un vestido que le cosió una amiga recién graduada de diseño de moda, sencillo pero digno de una novia. Él reutilizó por primera vez el traje de su graduación, y fue la segunda vez que todos lo veían con corbata. Ambas madres estaban preocupadas por lo que pasaba frente a sus ojos. Los felices novios se sentaron frente al juez, quien al verles la cara de niños les habló durante cuarenta minutos sobre el amor que debían tenerse para sacar adelante su relación. Firmaron el acta, dijeron sus votos e intercambiaron sus anillos delante, legalizando así el destino que habían enlazado en una sala de cine cinco años antes.

La celebración no fue la de una princesa. Kate era muy consciente de todos los gastos que José había hecho para obtener el hobbiton y adecuarlo, como para hacer la fiesta a todo dar que a ella le habría gustado. Realizaron una pequeña reunión familiar en la platabanda de su casa, más por petición de sus padres que por decisión de ellos. Comida, bebidas y decoración, corrieron por parte los familiares que reconocían que ese par de muchachitos tercos de amor merecían una boda bonita a pesar de la crisis económica de la que todos eran víctimas.

Ya han pasado casi dos años desde su boda y su mudanza, pero es común verlos llegar en moto a la cuadra. Vienen a visitar a los papás de Kate que aún viven en la zona. Ella casi siempre anda con su uniforme de la faena odontológica, y él con la chemise de la tienda de moto periquitos en donde aún trabaja: ambos con la cara manchada de hollín. A sus espaldas tienen aquel enorme barrio que sigue siendo igual al de su niñez: las mismas carencias, los mismos vecinos, los mismos problemas. Solo ellos ya no son los mismos. Su época de chiquillos rebeldes quedó atrás, dando paso a la madurez de la convivencia y la creación de un hogar forjado a fuerza de trabajo y dedicación. Lo único que permanece de aquella época de rebeldía es su amor, que continúa andando a dos ruedas.

 

Por Becky Plaza@BeckyPlaza

Un corazón roto en Navidad

Detesto a la gente que odia la Navidad. A mí, por mi parte, me encanta. El arbolito plástico (nevado), el ponche crema, bailar gaitas con gorditas en el Poliedro o la falsa ensalada de gallina son cosas que se me hacen insoslayables y necesarias apenas prenden la cruz del Ávila. Se trata de un ritual que cumplo año tras año y que me produce una inmensa felicidad. Sin embargo, hay personas que piensan distinto. Dicen que las navidades son pavosas. Que hay que estar obligadamente contento y que, por otra parte, es un mes en el que se muere mucha gente.

Esto último puede que sea cierto, aunque dudo mucho de que la festividad tenga la culpa. O tal vez sí, ahora que lo pienso mejor.

Un 24 de diciembre me invitaron a una cena en Oripoto. La abuelita de la casa también cumplía año ese día y la celebración era por partida doble. La viejita rondaba los 84 años y exhibía una acerada vitalidad. Una Úrsula Iguarán de peinado carísimo. La familia había preparado una fiesta de fábula para homenajear a la octogenaria. Recuerdo que habían contratado a un chef de esos que hacen hallacas “deconstruidas” para la cena. Además había mariachis, DJ con música de Billos, mesoneros gays (que están de moda) y hasta Betulio Medina se presentó con un cuatro a las diez de la noche cantando Navidad sin ti. Pero la nochebuena aún depararía más sorpresas.

La doña homenajeada tenía un nieto favorito que vivía en Boston y al que tenía años sin ver. La familia, en una jugada que ellos consideraron maestra, había logrado traer al nieto (un tipo cuarentón que guardaba un parecido inquietante con el poeta Leonardo Padrón) y se lo tenían reservado para la medianoche.

A las doce en punto la celebración estaba en su esplendor. La abuelita se había tomado dos Margaritas que la animaron a mostrar sus cualidades en la guaracha, el pasodoble y, me parece, hasta en el reguetón. Los cómplices de la “gran sorpresa” se miraban con caras anhelantes y desconcertadas. Al parecer el nieto tenía fama de embarcador y borracho.

Pero el timbre sonó puntual.

El nieto, en un alarde creativo no solicitado, le había agregado un plus a la sorpresa de la noche. Se presentó disfrazado de Santa Claus y con media botella de Chivas Regal entre pecho y espalda. Noté, con alarma, que se golpeaba la barriga como si fuera un King Kong nórdico. Gritaba “Jo, Jo, Jo” en una lengua exótica y sus botas eran en realidad unas pantuflas producidas y remasterizadas con betún hasta las rodillas.

La señora en un primer momento no lograba entender todo aquello. A medida que el nieto se aproximaba a la abuela, éste iba despojándose de algunos aditamentos del disfraz. Cuando finalmente se quitó la barba postiza, la señora sólo alcanzó a decir ¡Gustavito!

Rescarven llegó como a la media hora pero a mí me pareció que llegaron en Semana Santa. En el interín, hubo vasos de agua con azúcar, alguien clamaba por un “tilito”. Un señor calvo y de corbata chillona intentó una resucitación cardiopulmonar sin los resultados que uno acostumbra ver en ER.

La cosa había sido fulminante.

Cuando hubo pasado todo y yo estaba por irme, el nieto “Santa” me agarró por un brazo y me llevó a un rincón. Cuando lo vi de cerca pensé que tal vez lo conocía de antes. Un hippy del San Bernardino de mi infancia. Un novio de una prima brincona.

Con ojos llorosos y aliento a trementina, me dijo:

–Negro, y pensar que me dijeron que si no venía le rompería el corazón a la vieja.

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

#DomingosDeFicción: Mi amigo el Grinch

Querido Federico:

Ya sé que te molestan y hasta te desconciertan los correos largos, reflexivos y llorones. Pero es que a ti después de viejo te ha dado por ausentarte, por trotamundear, por acumular millas, y a uno no le queda más remedio que recurrir a esta virtualidad que tanto detestas. Sin embargo, prometo ser breve, incluso no aburrirte. Lo que sigue a continuación intentará, de alguna manera, justificar la pinta de zombi que traje a mi regreso del viaje, pero también (y quizá esto sea lo más importante para ti), develarte el misterio de la caja de Etiqueta Negra desaparecida de tu biblioteca.

Tenías razón, Federico, el apartamento de Puerto La Cruz era una belleza. Tal vez un poco “egipcio” para mi ánimo: esos grabados de Tutankamón en el lobby y los ascensores tipo Gattaca me hicieron sentir como si visitara una almibarada atracción de Disney. Pero, haciéndose el loco, uno no puede sino asombrarse de que hayan podido levantar algo así en ese morro de piedra plagado de iguanas.

La verdad es que fue un gesto noble de tu parte el habérmelo prestado en Navidad mientras tú te quedabas varado en Caracas. No estoy seguro que de haber sido ése mi caso yo hubiera hecho lo mismo contigo, pero para eso están los amigos y tú, para fortuna mía, eres de los pocos que me van quedando. Recuerdo que ni te inmutaste cuando te conté de los problemas que estaba teniendo con la Gorda Raffalli. Con esa envidiable frialdad con que sueles evaluar las cosas, determinaste que aquello era una tontería; nada que un poco de intimidad, playa y whisky con agua de coco no fuese capaz de solucionar. Fue entonces que me ofreciste el apartamento de Puerto de La Cruz y yo, sin saberlo, estaba firmando el acta de defunción de mi noviazgo.

Enamorarse después de los 40, Federico, puede que tenga algunas ventajas, muchas, quizás. Se supone que uno a esa edad ya tiene el álbum de barajitas casi completo, que sólo faltan las especiales y ésas, por lo general, llegan solas o simplemente no llegan. Pero las desventajas, lo sabes mejor que nadie, suelen ser obvias, predecibles y, con toda certeza, dolorosas.

Nada más fíjate mi caso con la Gorda.

Ricardo ¿o fue Albinson? me la había presentado en uno de esos bautizos de libros en El Buscón. Ya sabes, el típico evento lleno de talleristas sexagenarias, poetas sin poesía y estudiantes de letras a un tris de la inanición. Ella se le estaba escondiendo a Jack Pérez-Díaz por un asunto que ni recuerdo. Debe haber sido uno de esos libros chorizos que le han allanado el camino a la Academia y que él suele delegar a su corte de arribistas sumisos. Al parecer, la Gorda, le había fallado contumazmente en una de sus encomiendas y el académico la buscaba sin tregua.

En su juego del escondite me utilizaba como escudo, cosa que en ese momento me pareció divertida y hasta aventurera. Desde aquel día me cautivaron sus brazos rollizos y tersos, su ceja izquierda levantada a lo Mata Hari y su catálogo de chistes clichés: “No sé si cortarme las venas o dejármelas largas”, era el preludio de una extensa rutina que en poco tiempo aprendí de memoria.

Pero resultó que aquella niña traviesa, aficionada al escondite literario, tenía mi misma edad y ostentaba el difuso expediente de toda cuarentona recién divorciada. Cuando comenzamos a salir, llevaba dos meses atravesando por lo que ella denominaba “un proceso de introspección”. Su proceso de introspección tenía que ver con el abandono de un novio rockero, full tatuajes y piercings espeluznantes, al que le llevaba catorce años de edad.

También había un ex marido irresponsable, un hiperquinético hijo de nueve años y demasiados problemas colaterales. Te estarás preguntando por qué no pegué la carrera apenas vi semejante combo. Esa respuesta sí que no la tengo, viejo, pero a veces me gusta pensar en mi teoría del álbum incompleto para que algunas noches (con sus mañanas) me sean más leves.

Como recordarás, todos los rollos empezaron cuando al ex de la Gorda le dio por alterar el delicado ecosistema de las parejas divorciadas. De un día para otro, el tipo comenzó a perderse todos los fines de semana que le tocaba quedarse con Robertico, el hijo de ambos. En un principio me entretenían las excusas del hombre. Eran creativas e insólitas. Combinaba, con maña de guionista, argumentos médicos, líos de faldas y amenazas de muerte. Nunca unas hemorroides tuvieron tanta credibilidad para exonerar responsabilidades paternas.

Pero al mes y medio, ya yo estaba harto. Las piñatas y obras de teatro infantiles eran lo de menos –el “plan familiar”–, como decía la Gorda. En realidad lo que más me cargaba eran los mediodías de sexo apurado en hoteles de El Rosal y, por supuesto, el escasísimo tiempo que aquellos planes familiares y el trabajo de ella nos dejaban como pareja. Una tarde de sábado, mientras hacíamos una cola interminable en Bimbolandia, tuve una epifanía. Cometí el error de compartirla con la Gorda:

―Tu ex anda enculado, amor.

En un principio ella pensó que me refería a las hemorroides del papá prófugo. Explicó que el asunto de las hemorroides era verídico, que le constaba. Cuando le aclaré a qué me refería y examinamos los otros temas, ya no pudo dar el aval que le conferían diez años de matrimonio al lado del fugitivo. Entonces sentí la necesidad de reafirmar mis sospechas:

―Al pana, lo único que le falta, es que lo persiga la KGB.

Ésas, y otras frases que no vienen al caso, nos fueron sumiendo en una espiral de peleas sin triunfos y discusiones en círculo que desembocarían, como ya sabes, en el Diciembre Negro. Pero, ¿de qué valía tener la razón cuando el presunto causante de nuestras desdichas se asoleaba en Los Roques al lado de su nueva pasión?

Un viejo axioma, entre actores de Hollywood, aconseja nunca trabajar con perros y niños. Esa máxima sólo llegué a entenderla el día en que conocí al hijo de la Gorda. Esa vez, el niño iba vestido de karateca y en su mirada advertí un irrefrenable deseo de largarme una patada voladora. Sin embargo, Robertico estaba en posesión de otros métodos mucho más sutiles de ejercer la violencia: las derrotas que me propinaría, tiempo después, en el scrabble y el ajedrez me dolieron muchísimo más que cualquier mawashi geri directa al mentón.

A decir de la psicóloga holística del chamo, Robertico era un niño índigo. Esto, en cristiano, sintetizaba características y destrezas que iban más allá de los juegos de mesa: pronunciaba frases célebres (propias) sin esfuerzo alguno, pero también era capaz de desplegar una rebeldía calculadora y fría cuando iba en pos de algo. “Es un niño comunicador”, ponderaba la madre en medio de las muy frecuentes pataletas que solía escenificar su Karate Kid.

El asunto era que madre e hijo se amaban con locura y yo llegué en el mejor momento de su idilio. ¿Quién diablos se acuerda de las contrafiguras de Macaulay Culkin en Mi pobre angelito? ¿Quién se acuerda, incluso, de Macaulay Culkin, Federico?

A Puerto La Cruz llegamos de noche y estresados. Robertico me había hecho morder el polvo en cuanto juego se le había ocurrido a la Gorda meter en el bolso de mano. Eso, aunado a la cara de educado hastío que ya comenzaba a exteriorizar mi novia, eran suficientes indicios para presagiar lo que me aguardaba en el apartamento.

Ya en el terminal comenzarían mis problemas. La Gorda tenía tres rasgos chocantes que yo luchaba por convertir en divertidos: era aficionada a los taxis caros, las sortijas escandalosas y las mentiras elaboradas. Era publicista. De esos tres, Robertico había heredado el primero. Este hallazgo genético me fue revelado en aquel terminal sospechosamente desierto. Ya en Caracas me habían advertido sobre los profesionales del volante del Puerto, pero jamás imaginé que aquellas exageraciones había que multiplicarlas por cuatro. En un descuido, nuestro Pequeño Saltamontes, desapareció y reapareció con Moncho, un personaje que sería clave en aquellas malogradas vacaciones. Moncho no tenía dientes pero sí la tarifa más alta que me han cobrado por ocho minutos de viaje en taxi. No sé de dónde lo sacó el niño, pero tomando en cuenta lo que pasó luego, a veces pienso que se paró en medio de una rueda de taxistas adormilados y preguntó quién andaba urgido de plata para operar a la abuelita del corazón.

De más está decir que Moncho y Robertico congeniaron de inmediato. Camino al apartamento, Robertico repitió tres o cuatro chistes que han hecho célebre a la Gorda en su círculo de amigas. Su don de la improvisación era proverbial. Moncho se divirtió horrores cuando el muchachito le aconsejó que dejara el taxi y montara una franquicia de chicharrón con pelos, que con eso tendría más tiempo para el “piernicuquilambiteteo”; palabra ésta que no me sorprendió tanto como la impecable dicción con que la pronunció.

En vano busqué un gesto de pudor, quizás desaprobación, en la Gorda: ni siquiera la madre de Jerry Seinfeld hubiese puesto la cara de orgullo maternal que exhibió mi novia en ese momento.

En esa primera noche de acomodos y adaptaciones me quedé dormido profundamente, consciente y anhelante de los días por venir. En mi fantasiosa concepción de aquel viaje, me entretuve pensando en las delicias turcas que me aguardarían. En los desayunos en la cama. Las locuras en la ducha. En la ley de las compensaciones. Fue un sueño reparador y estimulante. También fue la única noche que logré dormir completo.

La Gorda se despertó al siguiente día como a las once de la mañana. Yo me había despertado a las seis, con el horror y la incertidumbre de no tenerla a mi lado. La busqué, como si se me hubiese perdido un lente de contacto en la arena. El apartamento, a aquella hora de la mañana, lucía como una oficina en prometedor viernes de puente vacacional. En una de las habitaciones la hallé. Traía puesta la bata de tiritas que tanto le quité con los dientes. Robertico le abrazaba un muslo como si se asiera a un ciprés en medio de un repentino sismo. La televisión estaba encendida y me costó reconocer a Jim Carrey metamorfoseado en peluche verde. Vagamente puedo recordar la escena: el Grinch le juraba venganza a un pueblo que lo despreció por feo y diferente. “Les robaré la Navidad”, prometía Carrey con dientes perfectamente podridos.

En ese momento no logré comprender, en su justa dimensión, la profecía que me regalaba la televisión. Por ocio, me dio por buscar el bolso donde la Gorda traía las películas que nos sustraerían de las horas muertas. Sé que no es el momento de atribuir responsabilidades, pero por la pasión con que Robertico vio cada noche a Jim Carrey urdir maldades, me dio por especular con aquel bolso convenientemente olvidado en el taxi de Moncho, en una chicharronera de El Guapo o en un tramo ignoto y distante del closet del diablito.

Aquel primer día de vacaciones se lo dedicamos a las diligencias que tú me asignaste y que yo prometí cumplir con devoción calvinista. Moncho, en un alarde mercadotécnico, había dejado su tarjeta de presentación y a él acudí de nuevo, resignado de convertirme en sus “utilidades” de fin de año. Sin embargo, por lo que cobró aquel día, casi estuve a punto de ser su jubilación. Nos hizo un Tour de areperas por las cercanías de Lecherías y habló pestes del gobernador del estado con sano resentimiento mientras acudíamos a pagar las facturas de luz, agua y teléfono. Media hora nos bastó para enterarnos de que había sido escolta o chofer de su odiado gobernador y que una injusta liquidación lo había puesto en el bando contrario.

Al regresar, no quise ir a la piscina y me quedé solo en el apartamento. Traté de distraerme un rato con la televisión pero un breve zapping cargado de lluvia radioactiva y franjas multicolores me indicó a las claras que se nos había olvidado cancelar el servicio de cable. Aquí tuve otra de mis múltiples revelaciones de aquel diciembre: supe lo difícil que era hacer vida en pareja, así fuese por unos días, sin televisión. Uno puede sobrevivir sin Internet, sin periódico y, aunque no lo creas, sin celular. Pero sin televisión no, Federico. Al otro día volvería a la ciudad para enmendar la omisión pero un cartel, escrito con caligrafía atroz, le deseaba una feliz navidad y un próspero año nuevo a todos sus distinguidos subscriptores.

Fue entonces que comencé a tomarme al Grinch en serio. Pensé en él imaginándome a uno de esos amigos forzosos e instantáneos que te pone el azar en el camino. El tipo de compañía indeseable con la que tienes que lidiar en una fiesta, en la cola del automercado o el consultorio del odontólogo.

La Gorda y Robertico subieron tarde en la noche. Yo había intentado hacer una paella que me quedó salada y con un ligero aspecto a mazamorra. “Tiene buen sabor”, pretendí vender el adefesio a mis comensales que ya veían los platos con una mezcla de desconfianza y asco.

A los diez minutos, Moncho ya me esperaba en el lobby. Por teléfono me había comunicado que conocía una pizzería cercana y solidaria. La palabra “solidaria” sonaba desacreditada en boca del taxista. Mi fe en Moncho, miento si no lo digo, comenzaba a resquebrajarse, pero aún lo consideraba mi Virgilio en aquel Hades lóbregamente mayamero.

Moncho me llevó a un sitio donde esperé mi orden rodeado de una decoración pretendidamente rusticana y en la que pude reconocer sillas y mesas manufacturadas en Quíbor. En el local había muchos alemanes, canadienses e italianos. También algunos parroquianos ansiosos de emigrar a los países de sus vecinos de mesa. En la espera, Moncho se despachó con sed delirante media docena de cervezas que me cobraron como si en realidad estuviéramos en la Toscana. Nunca me dio las gracias.

De vuelta al apartamento, las pizzas llegaron frías y chiclosas. Con todo, las devoramos con hambre ancestral y nos dispusimos a hacer la digestión mirando la única película que nos acompañó en esos días y que, como una maldición gitana, me acompañaría en los meses siguientes. Creo que me quedé dormido en el primer tercio de película. Desperté solo y mal acomodado en el puff donde me había sentado horas antes. Le eché un vistazo al televisor. Jim Carrey estaba montado en un trineo con una niña. El trineo estaba a punto de irse por un despeñadero. A pesar de los tintes dramáticos que prometía la escena, apagué el aparato y fui en busca de mi novia, a quien hacía esperándome sin la bata de tiritas y ardiendo de loca pasión.

La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con seguro.

Una ráfaga de ira y frustración me azuzó la idea de derribar la puerta con un hacha. Pero ni yo tenía ganas de emular a Nicholson en El resplandor, ni en el apartamento había un arma de esa naturaleza. Traté de serenarme pensando en que todo había sido un descuido de la Gorda. Más aún: lo tomé como una broma macabra por parte de ella para insuflarle más deseos a nuestro postergado apareamiento vacacional. Sin embargo, un primerísimo primer plano de una manita verde y peluda girando una cerradura, insistía en torpedear las hipótesis anteriores.

Con esos pensamientos en la cabeza, me dediqué a vagabundear por el apartamento en busca de una revista o un libro que me indujera el sueño y calmara un poco mi ansiedad. Ahora que lo pienso mejor, el culpable del asunto de la caja de Etiqueta Negra fuiste tú, Federico: ¿a quién se le ocurre guardar una caja de whisky en una biblioteca?

Lo que son las cosas, aquel hallazgo inesperado y terapéutico, fue lo que me salvó de tirarme por el balcón en las noches que vendrían a continuación. Fue el señor Johnny Walker, con su añeja sabiduría, quien impidió que yo aterrizara en uno de los toldos de la piscina y tú te ganaras una severa amonestación de la junta de condominio.

Con parte de mi botín y un poco de hielo salí al balcón a ver la noche estrellada. En la marina había un yate anclado que siempre vi solitario y apocado. Aquella noche, empero, se bamboleaba con una inquietante animosidad. Al rato, una pareja salió a la cubierta. Pensé que andaban en la misma onda planetaria en la que me encontraba yo, pero el sonido de una cachetada (que la brisa marina trajo con prontitud) denunció que las cosas en el yate andaban más terrenales que siderales.

La mujer se apeó del barco sosteniéndose la mandíbula con ambas manos. El tipo, como si nada, se metió en los camarotes al tiempo que la mujer huía por el embarcadero. Poco después, el agresor, emergió de nuevo en la cubierta empuñando una botella de vodka y hurgándose en los testículos, como si ahí se le hubiera perdido un objeto valioso. Toda la escena parecía sacada de un libro de Malcolm Lowry.

Desde el balcón, yo me debatía entre no meterme en problemas ajenos o bajar en auxilio de la agredida. Mi decisión, a la postre, resultaría cómodamente cobarde pero acertada. A la media hora la mujer regresó al yate. El hombre había puesto algo de Dead Can Dance y pegaba unos brincos desacompasados en la proa. Por instantes, alternaba su danza con una patética rutina que le vi ejecutar a Marcel Marceau cuando la plaza venezolana aún era su caja chica. La reconciliación entre la pareja, si es que la hubo, apenas duró un par de minutos. Tiempo tras el cual se internaron en los camarotes y un conticinio desolador se apoderó de toda la bahía.

De pronto me invadió un cansancio extremo, no sé si producto del exceso de adrenalina o porque a la botella apenas le quedaba un par de dedos del contenido. En algún momento me arrastré hasta uno de los sofás. Al recostarme, sentí como si un anestesiólogo recién graduado hubiera exagerado la dosis y yo era la víctima de su mala praxis. Tuve un sueño extraño: siempre me ocurre cuando no me modero con el escocés. Estaba en altamar en medio de una calma chicha. Lógicamente navegaba en el yate de la pareja explosiva, pero ésta no se encontraba a bordo. En la embarcación sólo íbamos la Gorda, Robertico y yo. De repente y, sin venir a cuento, comenzamos a discutir por el control del timón. Era una discusión tonta e infantil. Privaban argumentos técnicos (o eso me pareció) que la Gorda esgrimía como un lobo de mar. Pero también el simple capricho se apoderaba de la disputa como si estuviéramos decidiendo dónde colocar un mueble en la sala. En esa andábamos cuando el cielo se puso completamente gris y un viento helado sacudió el yate como si fuera de juguete. En este punto desperté. O más bien me despertaron. Mi novia me observaba como si yo hubiese quebrado un jarrón chino. Cuando tuve más conciencia de mí mismo, noté que me encontraba tirado a una notable distancia del sofá. Tenía la botella aferrada al pecho y me faltaba un zapato, como si acabara de sufrir un accidente de tránsito.

―Moncho nos va a llevar a Isla El Saco. Apúrate ―dijo y me entregó el zapato que me faltaba.

Horas más tarde entendería que “saco” y “diablo” perfectamente podrían ser sinónimos lejanos e intercambiables. También me preocupaba la presencia de Moncho en ese paseo: ¿manejaba un taxi-peñero en sus horas libres? ¿Cuál sería su tarifa por milla náutica navegada? En todo eso pensaba mientras me arreglaba y trataba de alejar de mi cabeza esas menudencias logísticas.

No sé en qué momento de la mañana me vi embarcado en un peñero con exceso de pasajeros y pocos salvavidas. De hecho, los salvavidas lucían como objetos meramente decorativos: el de la Gorda parecía un sugerente strapless y el mío un collarín futurista. A eso había que sumarle un mar de leva, anécdotas con tiburones por parte del lanchero (que resultó ser un primo de Moncho) y un sol inclemente. Cuando al fin llegamos, toda la isla parecía hundirse bajo el peso de la típica fauna playera venezolana. Tías gordas y señoriales, maridos borrachos e insolados, patillas frías y descomunales, abuelitas diabéticas, latas de sancocho, cavas y adolescentes hormonales tapizaban cada rincón de la isla como si se tratara del último refugio atómico antes del Armagedón.

Con más voluntad que éxito, traté de hallar dos metros cuadrados dónde colocar nuestras cosas. Habíamos llegado a las doce del mediodía y eso, por supuesto, atentaba contra cualquier expectativa de sombra. Los toldos parecían exhibir un cartel que advertía que serían desocupados en el próximo quinquenio. Fue entonces que se me ocurrió una idea. Una idea que, de haber contado con el equipo de producción de Survivor, puede que hubiese funcionado.

Conseguir las cuatro estacas de madera fue una proeza menor a encontrar el sitio dónde enterrarlas. Forzosamente me vi en la necesidad de hacerlo muy cerca de los baños públicos; un lugar sospechosamente higiénico y disponible. Improvisé un toldo con mi toalla de Spiderman, que amarré a las estacas con un dudoso nudo marinero. La faena me llevó una media hora de sudoraciones y maldiciones. Cuando terminé, quise premiar mi espíritu scout en el kiosco de las cervezas. Ni siquiera había llegado al sitio cuando, con embobamiento infantil, vi como mi toldo de superhéroe alzaba vuelo de reconocimiento por toda la playa hasta amarizar, sin mucho estilo, veinte metros allende a la boya de seguridad. Una gaviota revoleteó muy cerca de la toalla que aún flotaba. Por instantes temí que el pájaro le cagara encima al hombre araña.

Cuatro cervezas más tarde me acerqué a la zona de desastre. El control de daños hacía pensar en una estampida de elefantes kenianos. Robertico le había hecho una demostración de “katá” a un amiguito y las estacas yacían desmenuzadas en la arena como prueba fehaciente de la fuerza interior del niño. Me devolví al kiosco de las cervezas.

Las siguientes cinco horas fueron de relativa tranquilidad. La Gorda socializó rápidamente con una pareja, a la que mantuvo seducida toda la tarde con su acostumbrada rutina de chistes y chascarrillos a cambio de una porción de sombra. Robertico volvió a hacer su exhibición de Katá, pero esta vez utilizó al amiguito de sparring. Yo me mantuve en el kiosco tomando cervezas y mirando como una señora con un trapo amarrado a la cabeza batía el récord de fritura de empanadas.

Antes de irnos, a madre e hijo les dio por la nota ecológica y me invitaron a una “cruzada de limpieza”. Armado con una bolsa y mucha paciencia, me di a la tarea de recolectar botellas, pañales desechables, periódicos, muñequitos de plástico, best sellers, colillas de cigarros y cosas tan improbables como unos lentes de soldador y un termómetro. En cuarenta y cinco minutos recibí todo el sol que no había tomado en la tarde y eso lo pagaría caro aquella misma noche.

Ya en el apartamento, y mientras me disponía a ducharme, la Gorda entró al baño. Me llamó la atención que se me quedara observando la espalda con una mirada inquietante. “Tú no vas a dormir esta noche”, sentenció. La frase, por supuesto, no poseía la carga erótica que yo tontamente le atribuí. Las primeras gotas de agua sobre mis hombros serían la confirmación tajante de que mi insomnio obedecería más a razones médicas que sexuales.

Apenas salí de la ducha me sentí enfermo. Era como si me hubiesen puesto a hervir en una olla junto a unos apios y unas batatas. Llamé a Moncho, quien de nuevo me garantizó que conocía una farmacia “solidaria” y cercana. Cometí el error de no decirle que sólo necesitaba un pote de Caladril y unas aspirinas. Por lo rápido que arribó, tuve la sospecha de que había mudado su base de operaciones al lobby del edificio. Montados ya en el carro, el taxista me participó que haríamos un “toque técnico” antes de ir a la farmacia.

La primera parada fue en un barrio de alta peligrosidad llamado “Las Charas”; un lugar particularmente feo y aterrador donde Moncho tenía una novia. Allí me hizo esperarlo media hora mientras arreglaba un asunto con la mujer. Luego pasamos por una licorería, después por un remate de caballos y, por último, a dejarle un paquete a un compadre. En la farmacia conseguimos aspirinas pero no Caladril. El dependiente me vendió un menjurje anaranjado que olía a aceite de hígado de bacalao. Ya de regreso al apartamento, el taxi se apagó como si lo hubieran desenchufado. Por solidaridad (desprestigiada palabra que se me pegó de Moncho), tomé la decisión de acompañar a mi taxista hasta que éste resolviera el problema con el carro. Cerca de las dos de la madrugada apareció una grúa y en ella nos fuimos Moncho, el taxi y yo. Nuestro destino, según supe a tiempo, era un estacionamiento perdido por unos arrabales que intuí lejísimo de mi destino. Previendo un infortunio más, le pedí al gruero que me dejara en una arepera que vi abierta mientras íbamos por una avenida céntrica. Moncho no quería soltar a su presa tan fácilmente y argumentó, con estudiada preocupación, que la zona era “candela”. No quise discutir con Moncho, pero después de la media hora que pasé en “Las Charas”, tuve la certeza de que aquella arepera era tan segura como el cuartel general del FBI.

El ardor en el cuerpo me obligó a aventurarme hasta los baños del local. Cuando me quité la franela y me vi la espalda en el espejo, éste me devolvió una espléndida imagen para un comercial en contra del cáncer de piel. Sin pérdida de tiempo me embadurné con el sucedáneo del Caladril y me tomé tres aspirinas. Al poco rato comencé a lamentarlo. No sé que era peor, si la piquiña que me dio desde la nuca hasta el cóccix o el ofensivo hedor de la pomada que competía con el del baño. En la barra pedí dos utilitarias arepas de salpicón de mariscos: una para mitigar el hambre in situ y la otra para despistar las narices del taxista que se atreviera a llevarme.

Cerca de la arepera había una línea de taxis. Hasta allí me acerqué contando con aprehensión el dinero que me quedaba en la cartera. Mi nuevo chofer resultó ser toda una revelación. El hombre era aficionado a Air Supply (Lost in Love era el himno del taxi), tenía buenos modales y me cobró sospechosamente barato. Esto último me animó a pedirle una tarjeta de presentación. “Hasta aquí te trajo el río, Moncho”, me dije revanchista y esperanzado cuando el taxista me entregó una tarjetica color magenta con su nombre escrito en tipografía Broadway.

No recuerdo qué hora era cuando entré al apartamento, pero estaba ansioso por compartir mi nuevo hallazgo con la Gorda. Quería darle la buena nueva de nuestra independencia del “yugo solidario” de Moncho, enterarla de que no caeríamos en bancarrota antes del término de nuestras vacaciones. Pero a la puerta de nuestra habitación lo único que le faltaba era el cartelito “Not disturb” y que le clavetearan unos listones anti huracanes contra el marco. El espíritu de Jack Nicholson volvió a rondar por mi alma pero decidí que lo mejor era dejar el asunto para el desayuno. Hay cosas que se ven más claras y en su justa dimensión cuando se está enfrente de una taza de café humeante y un par de huevos fritos.

Me apertreché con una nueva botella y me fui al cuarto de Robertico a ver si por casualidad pescaba un canal, así fuera evangélico. Cuando encendí el televisor me encontré con una noticia buena y una mala. Milagrosamente me había topado con un canal de señal abierta, pero ¿a que no adivinas qué película navideña reponían?

Fui al balcón con la secreta intención de presenciar un nuevo round entre la pareja explosiva, pero el yate ni siquiera estaba anclado en su sitio. Me fijé que la piscina también era el lugar de esparcimiento de las iguanas que poblaban la parte agreste del morro: correteaban por entre sillas y toldos, dormitaban en cónclave bajo el techo de una churuata y hasta vi, con cochina envidia, cómo un par de animales verdes se apareaban, impúdicos, cerca de unos matorrales.

Viendo aquella felicidad silvestre me dio por pensar en lo difícil que pueden llegar a ser las relaciones humanas. Supongo que entre las iguanas también son dados los conflictos de intereses, las relaciones de poder y todo ese tipo de inequidades que hacen venir a pique cualquier relación, así sea entre una pareja de lagartos. Pero en los seres humanos fatalmente se cumple aquello de que “lo que va mal seguro irá peor”. De la fórmula “intimidad, playa y whisky con agua de coco” que me recetaste antes de darme las llaves del apartamento, apenas el whisky resultó un azaroso alivio que ni siquiera contó con el bautismal exotismo del agua de coco.

El siguiente día me pilló en el balcón. Por la posición del sol y el ardor en mi cara, calculé que eran las once de la mañana. Me asomé a la piscina y vi a la Gorda y a Robertico flotar encima de una orca de hule. La ballena era grande y de expresión bobalicona. Madre e hijo cabalgaban sobre ella como si entrenaran para una función en el Sea Aquarium.

Decidí que era el momento de aclarar lo que la realidad me ofrecía como obvio. En la noche, mientras observaba a las iguanas, tuve suficiente tiempo para buscar un responsable al cual achacarle el desastre en que se habían convertido las vacaciones. No me daba cuenta de que lo ocurrido en las vacaciones tan solo era la evidencia física de un mal que tenía rato incubándose. Con terquedad ciega me empeñé en ver fantasmas culposos por todos lados. Me dio por imputarle cargos a la temperatura del aire acondicionado, a una horrenda serigrafía de Modigliani guindada en la habitación, a la textura de las sábanas, al ph de mi aliento. Cuando bajé y encaré a la Gorda, un nuevo elemento, hormonal y técnico, se sumó a mi confusión:

―Tengo síndrome pre menstrual ―dijo por todo mientras le acariciaba el lomo a la orca inflable. Luego recitó, como si acabara de “googlearlo”, algunos síntomas del padecimiento y hasta me pareció que se palpaba el vientre en aras de darle un toque veraz y pedagógico al diagnóstico.

Al apartamento subí con una duda clara. Si la Gorda hubiese dicho “post” en vez de “pre” la excusa no hubiera sonado tan flagrantemente anacrónica. Puede, incluso, que hasta unos calmantes le hubiera ido a buscar con mi nuevo taxista. El problema era que yo conocía al dedillo el ciclo menstrual de la Gorda y su pretexto sólo sirvió para caer en cuenta de que el único ciclo que estaba por terminar era el nuestro.

Producto de la tristeza tomé una decisión malcriada y onerosa: consideré que lo mejor era poner tierra de por medio y marqué, con exagerado dramatismo, el número del fan de Air Supply. Una voz, con Lonely is the night de fondo me invitó a dejar un mensaje y me deseó feliz navidad.

Moncho llegó a los diez minutos.

El terminal parecía un centro de refugiados bosnios. Los pasajes a Caracas eran una entelequia disponible para la segunda semana de enero. Cuando le pregunté a Moncho si sobre Puerto La Cruz se cernía una amenaza inminente de meteorito, el taxista me señaló con el dedo una de esas pizarras electrónicas que dan la hora y la fecha colocada encima de una taquilla. Supongo que saber que aquel día era 24 de diciembre me animó a proponerle a Moncho lo que sería el jackpot de su carrera como taxista.

Antes de emprender el viaje de regreso a Caracas quise pasar por el apartamento a terminar de recoger mis cosas. También quería saber si mi novia había reflexionado sobre lo nuestro. La Gorda no estaba pero había dejado las llaves con el vigilante del conjunto. Subí con Moncho. Instintivamente me desvié al cuarto de Robertico donde el televisor estaba encendido a lo Poltergeist. No sé por qué lo hice pero extraje el DVD del Grinch del aparato y lo guardé en su carátula. Estaba distraído leyendo la sinopsis de la película cuando Moncho entró a la habitación sosteniendo la última botella de Etiqueta Negra que quedaba en la caja.

―Te la dejaron junto con esto ―dijo y me entregó una nota escrita con la caligrafía nerviosa de la Gorda: “Love gone away and held out of season”, decía a la manera de esos poemas que se improvisan con letras magnéticas en la nevera. Hubiese preferido que me dejara una estrofa de “Sin rencor”, pero esa ridiculez sólo la pensé mucho más tarde.

Como sabes, el fin de esta historia llegaría pocos meses después de aquel diciembre, pero ese cuento ya te lo sabes de memoria y prometí no aburrirte con mis necedades. Sólo espero que me perdones lo del whisky y, por supuesto, el silencio funerario que hasta hoy guardé.

P.D: Hasta hace poco tuve la superstición de que tus apartamentos de veraneo estaban empavados. Hoy sé que eso no es así y hasta vergüenza me da el haberlo pensado.

Chico, ¿tú crees que tengas desocupado el apartamento de Venecia para finales de agosto?

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan