Permiso para soñar

“¿Cuándo te vas?”, “aquí no hay nada qué hacer”, “mejor que te vayas”, son algunas de las frases con las que la juventud venezolana tiene que lidiar. Si lo mejor del país se está yendo, qué representa aquella estudiante que madruga a las 4 a.m para cruzar media ciudad en Metro y después autobús, quién es aquel muchacho que se desvive por ser ingeniero y se traslada a un cyber porque en su casa no tiene Internet. Es cierto, el éxodo es apabullante, un alto porcentaje de la población calificada, y no calificada, de este país prefiere (o se ve obligada a) emigrar, pero en dónde quedan quiénes no pueden o, simplemente, deciden no hacerlo: ¿se les niega la oportunidad de soñar?, ¿están destinados a ser amargados?, ¿son unos locos?

Hace unos días, chateando en el  grupo de WhatsApp de la joda, la resignación se dejó colar entre alguno de los miembros mientras se debatía entre la adaptación y el conformismo. Allí, un recién egresado de medicina argumentó lo siguiente: “Yo me adapto a mi consulta, hago trampas de agua con potes para drenar derrames pleurales y hemotórax para mejorar a los pacientes de su condición: me estoy adaptando a las necesidades. ¿Acepto que es lo correcto? No. ¿Entiendo que lo correcto son PleuroVac para todos? Sí. ¿Hay alguna solución inmediata? No. ¿Qué tengo que hacer? Resolver y además hacer las quejas y acciones que lleve a mejoras”. El tema no pudo tener mejor desenlace que una imagen de Quino: ante la sonrisa de un hombre en pleno vagón de Metro con la congestión de la hora pico, otro se preguntaba: “Y ese, ¿tan contento?” A lo que otro respondió: “Algún masoquista”.

Y si de masoquistas, soñadores o ilusos se trata, hubo un encuentro de ellos el pasado martes en el Teatrex de El Bosque. Allí, en una sala repleta de familiares y amigos orgullosos, más la presencia de algunos miembros de la ONG, 40 jóvenes universitarios y cineastas principiantes presentaron sus cortometrajes documentales luego de haber asistido durante un mes a un taller –denominado La Mirada Singular– que organizó la casa productora Tres Cinematografía en alianza con la Embajada de los Estados Unidos.

Luego de recibir aproximadamente 300 postulaciones, Tres seleccionó a 40 jóvenes que tuvieron el permiso de soñar, de recibir clases y después contar historias con el apoyo logístico y económico que las realizaciones cinematográficas tanto necesitan.

La Mirada Singular no sólo logró congregar en un solo sitio a 40 personas sumamente entusiasmadas, sino que les permitió acercarse y producir documentales que narran parte de lo que también ocurre en este país al margen de la crisis: grupos que a través de comedores sociales alimentan a jóvenes en comunidades de escasos recursos (Alimenta la solidaridad), que llevan los valores a los barrios gracias al yoga (Yoga en los barrios), que brindan apoyo a los atletas con discapacidad (Discapacidad Cero), que enseñan a mujeres entre 15 y 21 años conocimientos de programación (Chama tech), que reúnen personas para recorrer Caracas sin que se sientan vulnerables por la delincuencia (CCS en 365), que velan por los derechos sexuales (Avesa), que apoyan a los emprendedores (1001ideas para mi país), que enseñan disciplina a través del boxeo en el barrio La Vega (Escuela de Boxeo Riza), que restauran espacios públicos con niños y adolescentes (Trazando espacios) y que prestan servicios médicos a comunidades con escasos recursos (Cascos azules).

Son historias que no están debajo del reflector, pero que dan permiso para soñar.

 

Por JP

Bahamut

Leo «Manual de zoología fantástica» de Jorge Luis Borges. Me quedo dormido terminando el siguiente párrafo:

Dios creó la tierra pero la Tierra no tenía sostén y así bajo la Tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y bajo el ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó a un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.

Sueño que acudo al lecho de muerte de Stanley Kubrick. Descansa en una cama, rodeado de aparatos médicos que monitorean sus decrecientes signos vitales. Se me ha concedido efectuarle una última entrevista.

Hablamos acerca de sus películas, la limpieza de sus imágenes, su obsesiva precisión. Le pregunto sobre la leyenda urbana que le atribuye el haber filmado un falso alunizaje del Apolo 11. El timo audiovisual más espectacular en la historia de la humanidad, perpetrado por el cineasta más genial en la historia de la humanidad.

Kubrick asiente y cierra los ojos. Un pesar insondable cubre su rostro como un velo finísimo. Confiesa que la leyenda es cierta. Nunca hubo un viaje a la Luna. La conspiración había sido perpetrada con la ayuda de los altos jerarcas de todas las naciones del mundo.

—¿Por qué? –pregunto con un hilo de voz.

—Porque la humanidad no podía saber la verdad –responde.

—¿Cuál verdad?

Me muestra unas fotos tomadas por satélite. La Tierra contemplada desde una distancia sideral.

Y debajo de la Tierra hay un ángel enorme. Debajo del ángel una montaña de rubí. Debajo de la montaña un toro imposible de ojos desorbitados. Debajo del toro un pez que reposa en el agua.

Y después hay oscuridad y no puedo ver nada más.

 

Por Lucas García París@LucasGarciaP

*Este cuento pertenece al libro El Reino (Ediciones Punto Cero / 2017).

Caracas en ambulancia

Las ambulancias son parte de los sonidos de la urbe y escucharlas es tan cotidiano que generalmente olvidamos que sus sirenas anuncian una emergencia. Lo cierto es que nunca reparas en cuántas rondan la ciudad hasta que estás esperando una, hasta que la vida de tu papá, por ejemplo, depende de que alguna de esas sirenas que se mueven nerviosas por las calles se detenga frente a tu puerta.

Mi papá se despertó mal. Ha pasado todo el día en cama. El pecho le duele y le cuesta respirar. Trato de ayudarlo pero me resulta imposible. Se deteriora rápido: necesito pedir una ambulancia. Lo observo por un momento: su tórax prominente, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, el cuello tenso, sus hombros que suben hasta el cielo en un intento desesperado por atrapar un poco de aire, sus clavículas hundidas y sus costillas que revelan agujeros y contornos espantosos, una exhalación que parece apagarse.

Tengo una emergencia. Mi papá no puede respirar, no puede moverse. 59 años. Chacao. Bello Campo. Desde la tarde comenzó a complicarse, no pudo dormir y ahora no puede pararse de la cama. Se cansa demasiado, se fatiga, no puede respirar. Tiene Epoc estadio 4 y le diagnosticaron cáncer hace unos meses. 2679387. San Remo. ¿Tienen un tiempo estimado? Ok.

No puedo evitar recordar a mi hermana. Ella es médico. Hace unos años tomó un avión a España y, desde entonces, nunca regresó. Alguna vez, llegando de una guardia, me dijo: “El que quiera conocer la verdadera Caracas, que se monte en una ambulancia. El tráfico de esta ciudad es el reflejo de lo mejor y lo peor de su gente”.

La vida es una sala de espera; un reloj que baila y se burla. Son las 5:55 de la tarde y comienza la verdadera agonía: sabernos impotentes. Vamos a vestirnos. Tratemos de comer. Tienes que tratar. Respira, respira. Cálmate, respira. Él me mira, asiente con lentitud mientras bota aire por la boca, como soplando las velas de los cumpleaños que quizás ya no vendrán.

Pienso en que, desde alguna calle embotellada, viene la ayuda que tanto necesitamos. Suenan sus sirenas de emergencia, pero todos estamos tan cansados. Quizás si ellos supieran que se trata de mi papá, cederían el paso. Seguro que lo harían. Pero las tragedias sin rostro ya casi nunca convencen a nadie, mucho menos cuando tenemos entre manos una meta tan importante como salvar el país: nuestro país.

Cuando mi papá por fin tiene camisa y un jean son las 6:46pm. Cada intento por contener el aire es más agónico, la piel continúa pegándose a los huesos, dibujando los contornos siniestros de un cuerpo cansado. La tensión parece menguar un momento pero es sólo porque nos acostumbramos a ella. Son las 7:00 y la ambulancia no llega. Nos paramos y decidimos esperar en la sala.

Son las 7:20 de la noche cuando levanto el teléfono. Hola, llamé hace más o menos una hora para solicitar una unidad a Bello Campo. Mi papá está mal, se está descompensando y no respira. Y ya sé: no es culpa de nadie, ellos no pueden hacer nada, las calles se están derrumbando, pero me aseguran que ya están cerca y me sugieren que espere abajo. Ya vengo, papi.

Bajo por las escaleras. Cuando salgo a la calle el olor de las bombas lacrimógenas me inunda la cara. La ciudad parece estar llena de ambulancias, de vidas atascadas en el tráfico capitalino. Escucho sirenas que van y vienen. Al fondo, suenan detonaciones como campanas. Continúa la espera, el cansancio, la agonía, las maldiciones, las oraciones, todo en una ráfaga de esperanza y de tristeza. Entonces aparece una camioneta verde, 4×4, y su sirena se dirige hacia mí. “Unidad móvil”, leo a lo largo de sus dos puertas.

Todo sucede deprisa. Una doctora muy joven y dos paramédicos se bajan de la camioneta, cada uno sujeta sobre su nariz una gasa empapada en vinagre. Hacen las preguntas de rutina: edad, condición, ¿toma algún medicamento? Abro la puerta de casa y mi papá recibe a todos con una sonrisa de desesperanza. En 10 minutos la doctora lo examina y decide que no podemos esperar por una ambulancia, es necesario trasladarlo de inmediato a la clínica.

Los paramédicos toman cada uno por un brazo a mi papá. Lo levantan en un esfuerzo que para él parece ser atroz. Una vez de pie, inician su camino hacia el ascensor. Paso a paso. Veo pasar frente a mí el dolor de una persona que amo, y en él se reflejan a su vez tantas personas más, las carencias que se ocultan detrás de cualquier ideología, de cualquier revolución, del apasionamiento o de la indiferencia; me golpea en la cara un país que se nos viene a los hombros.

Nos montamos en la camioneta con dificultad. Al segundo siguiente estamos rodando Caracas, la verdadera Caracas, a toda velocidad. Mi papá se va quedando sin aire. La camioneta esquiva mirones y manifestantes que no dan paso, se desplaza entre motos de guardias nacionales, carros, cornetas, más motos. Mi papá no respira, cierra los ojos.

Barricadas prendidas en fuego obstruyen las vías, la camioneta se monta en la acera y no se detiene. Llegamos a la entrada de la autopista, suenan nuestras sirenas, la corneta, aceleramos. Un guardia amenaza con detenernos y al segundo siguiente otro lo increpa, nos da paso. Me atormenta esta ciudad de aire infantil, pueril, que hace daño sin saberlo y que quizás si lo supiera se arrepentiría, se detendría, nos daría una oportunidad.

Atrás queda el disturbio, la rabia, el forcejeo. Nos adentramos en un silencio melancólico frente a una autopista vacía que se abre ante nosotros. “La ciudad indomable, eufórica, agreste. Caracas siempre ha sido así. Pero a veces nos encuentra en ella la satisfacción, la tensa calma de sabernos en el ojo del huracán. En silencios como este, Caracas se redime”, sentencia mi papá haciendo un gran esfuerzo entre jadeos. El resto del camino transcurre en sosiego.

La Caracas intransitable abre sus caminos, se descubre como lo que es: una ciudad de figuras nostálgicas, de calles en construcción o a medio iluminar, de edificios viejos, de lucecitas que resplandecen en la lejanía y resguardan vidas anónimas, la Caracas fresca, la Caracas de color anaranjado, la ciudad que se defiende del olvido y por eso nos ruge en la cara. Ciudad remolino.

Llegamos. Nos recibe un cartel que informa que la emergencia no está admitiendo pacientes. La doctora nos asegura que cuando vean a mi papá lo dejarán pasar. Nos disponemos a continuar cuando sale a nuestro encuentro el doctor encargado. Lo examina dos minutos y permite de inmediato la entrada. Nos ordena dirigirnos hacia una puerta que se encuentra al bajar una rampa.

La camioneta se pone otra vez en movimiento. “Vamos a tratar de que sea rápida la admisión”, afirma la doctora casi gritando pues las sirenas de nuevo nos ensordecen. Y entonces frenamos en seco, se nos atraviesa la ciudad de la furia. El paramédico sostiene a mi papá justo antes de que su pecho golpee el espaldar del asiento de enfrente. Dos cornetazos se chocan.

Cuando miro hacia afuera me encuentro con un mototaxista indignado que parece esperar nuestras disculpas. Un segundo después él arranca y su parrillera nos menta la madre. “¿Están bien?”, pregunta la doctora. “Tranquilo que ya vamos a llegar”, le dice a mi papá. “Vamos, vamos, vamos. Arranca”, hace un gesto suave con su mano, como empujando el desaliento. Continuamos nuestro camino y descendemos por la rampa en silencio hasta llegar a las puertas de la emergencia. La unidad se detiene. “Este país se fue a la mierda”, deja escapar la doctora antes de salir.

 

Por Gabbi Consuegra | @GabbiConsu

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

 

Un símbolo del chavismo que agoniza

El discurso gubernamental se resquebraja, la crisis no distingue simpatías políticas ni un sueldo aumenta por conservar lealtades. La Red de Abastos Bicentenario, creación insigne del único inmortal que se murió, se mantiene en cierre técnico y con protestas espontáneas de los trabajadores desde hace 22 días. En 2010, el Gobierno anunció, a través de Gaceta Oficial, “la adquisición forzosa”; es decir, expropiar –lo que en clave María Corina significa robar– los “bienes inmuebles” de la cadena de tiendas Cada y Éxito, por –según el oficialismo– la disconformidad y explotación de los trabajadores. La situación actual entre empleadores y empleados no sólo es confusa, sino que la hiperinflación golpea a todos. El sinfín de beneficios que percibían (mejoras salariales, cesta navideña, planes vacacionales para hijos, entre otros) cayeron como una piedra lanzada desde una terraza: la papa caliente de mentiras rojas durante 20 años le explotó a Nicolás Maduro en las manos. Tanto en la Plaza Bolívar de Caracas, como en la sede del Abasto Bicentenario en Plaza Venezuela, las consignas son las mismas: “Queremos trabajar”, “No a los despidos masivos”.  La caída de la red es tal que hasta Maduro la tuvo que admitir en 2016: “Abasto Bicentenario se pudrió”. La corrupción y negligencia reinan en la red: “Se han hecho inversiones y han sido para robar”, comentó a VIVOplay un trabajador. “Las condiciones en la que estamos trabajando son infrahumanas. La empresa siempre nos ha tratado mal: nos han quitado nuestras reivindicaciones laborales, han hecho despidos masivos”. Sólo en la capital, han cerrado siete tiendas. El discurso proselitista pro Gobierno se queda sin argumentos y aquellos simpatizantes que lo sostienen marcan diferencias entre su apoyo al inmortal que se murió y el apoyo a su hijo. “En 2010 cuando el presidente [Chávez] compró la red siempre protegió a los trabajadores. Ahora están haciendo contrarrevolución”. Pero la actualidad también es parte del legado.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

Clases de represión

Desde que iniciaron las protestas contra el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, a mediados de abril, las clases de represión por parte del Gobierno continúan. De las movilizaciones multitudinarias por avenidas principales, el sector opositor tuvo que pasar a replegarse y defenderse detrás de barricadas (como en Venezuela hace un año). La mano dura en las decisiones de Ortega rememoran las cruentas dictaduras que gobernaron en distintos países del cono sur en el siglo XIX: policía, ejército y paramilitares forman parte de distintos recursos (in)humanos para imponer a punto de plomo el miedo a pensar distinto, a discernir. Si en las filas opositoras levantan la bandera por la dignidad, la democracia y el estado de derecho, los opresores encienden el reproductor para bailar al son de las detonaciones. Y es que si el domingo no les importó que las balas llegaran a una Iglesia en donde se resguardaba un sacerdote en un cruento ataque sobre el barrio de Monimbó –bastión opositor–, mucha menos vergüenza tuvieron en festejar el martes, después de siete horas de bombardeo y persecución a los habitantes de la misma localidad: un policía –extasiado de felicidad– agarró por dos patas a un perro para bailar al ritmo de “Aunque te duela, Daniel aquí se queda”: el término despreciable nunca antes tuvo una imagen tan explicativa. Tres meses tiene la oposición nicaragüense en la calle exigiendo la renuncia de la pareja presidencial (Ortega designó a su esposa como vicepresidenta), cambios en el sistema democrático y justicia para las víctimas que, según El País de España, son más de 350 personas. Las concentraciones de calle iniciaron cuando el Gobierno decidió imponer una reforma a la Ley de Seguridad Social, la cual aumentaba la cuota de impuestos a jubilados, trabajadores y empresas privadas. Pese a que la medida fue retirada, los manifestantes no cedieron, pues visualizaron el lado más opresor de un régimen que tiene 11 años en el poder. En las calles nicaragüenses, el terror se impone gracias a los organismos oficiales del Estado y los paramilitares armados con fúsiles AK-47.

 

Por Juan Pablo Chourio@juanpa_ch

“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra Marti Perarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba a leer en las fiestas familiares y que en la adolescencia disfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Algunas preguntas y una aclaratoria

Putin es un tipo de temer, le gusta el poder, lo usa por encima de la ley, a su antojo, viola derechos humanos y es despreciable. No lo defiendo, pero… me gusta hacerme preguntas. Estas preguntas, por favor, tampoco defienden nada, sólo pretenden pensar desde una cierta semiótica. Nada más, nadie se enoje, por favor. Son preguntas, no expresan una opinión afirmativa. Son preguntas no más.

Ahora, aclarado esto, dicho esto, y aún con temor:

Cuando se critica lo del paraguas, ¿qué se pretende?, ¿que el político del paraguas no usara paraguas como los otros dos?, ¿o se pretende que los tres usaran paraguas?

Todo político tiene un trabajo de representación sígnica. Los políticos abrazan, sonríen y se toman fotos con la gente. ¿No es cierto? También un político se moja en la lluvia y abraza a su equipo porque es parte de la representación, de la publicidad necesaria para el bien de lo político. Digo, por muy simpáticos que sean, ¿no son políticos y su trabajo no es ser… políticos? Entiendo además la política de buena manera: la política como un acto humano que busca la concordia entre las partes para así convivir en la ciudad, en el país, en el mundo de la mejor manera posible.

Por cierto, hay unas bellas fotos de Chávez mojándose en la lluvia.

Un político abraza a sus guerreros que se mojan en la lluvia, y el político se moja con ellos: esto es parte del juego de representaciones sentimentales y heroicas que generan simpatía. ¿No era correcto que los dos políticos de los dos equipos guerreros se mojaran en la lluvia? Lo era: esa escena es parte de la representación de los signos heroicos. El tercer político, el del paraguas, ¿tenía también que representarse mojado en una justa guerrera que no le pertenecía?

Si el político del paraguas hubiera protegido con paraguas a los dos políticos, ¿no habría disminuido así la representación heroica que le tocaba a los dos políticos en ese momento? ¿No hubiese sido más bien una falta de respeto de parte del político del paraguas hacia los otros dos y sus equipos guerreros cortarles la nota del momento heroico?

¿Que el político del paraguas se hubiese presentado también sin paraguas, no podría entenderse también como una pretensión de “robarse un show”? ¿Es decir, no hubiera estado fuera de lugar que el político del paraguas apareciese también mojándose bajo la lluvia para celebrar dos equipos que no eran los suyos? ¿No podemos entender más bien el acto de no mojarse no como un irrespeto o un desatino político sino como un simple acto de respeto hacia los otros dos políticos que son los protagonistas del momento? Es decir, es factible, que de haber hecho esto, se le hubiese criticado como un robador de show. En el fondo, de ninguna se salvaba.

Es decir, ¿no podemos entender el acto de mojarse como un momento necesario y exclusivo y luminoso, y el acto de protegerse bajo un paraguas como un acto de respeto hacia la representación del momento del otro?

Allí hay una cuestión, sin duda, de oportunidad de momento, que Putin tomó de una manera y el resto de la humanidad de otra. Pero no más, dejo estas preguntas, aunque a usted y a mi, al final, nos siga pareciendo que el hombre del paraguas es un hijo de puta.

Un agregado: ¿Es realmente sensato que los venezolanos sigan mirando todo lo que pasa en otras partes del mundo desde la perspectiva de la revolución o el socalismo que azota a Venezuela?

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

Ezequiel Abdala: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”

Ezequiel Abdala es una persona de costumbres. Y es que si postergó su ingreso como editor de la Revista OJO, una vez adentro no quiso irse hasta que las circunstancias lo abrumaron: “Yo no quería ser editor, quería seguir siendo periodista porque estaba muy cómodo en Hoy Qué Hay. Postergué muchísimo mi entrada porque sabía que iba a significar un cambio en la dinámica de trabajo. Ya no iba a tener tanta calle porque era un cargo que requería un poco menos de calle”. Pese a que tenía el rol asignado, en un principio no lo asumió a tiempo completo: “Me inventé una organización en la que éramos tres editores para evitar que eso [el cargo de editor] recayera sobre mí”.

La llegada de Ezequiel como editor a la Revista fue en el epílogo de la era impresa y el inicio de la digital. Si pensó que su estadía como editor sería breve, pues se equivocó. Cuando se acabó la edición impresa, hubo una reunión con la directiva en la que Eze –como le dicen sus conocidos–pensó que sería la última. “Entonces, ¿qué vamos a hacer?”, fue una pregunta que surgió en la reunión y se contestó con la misma contundencia con la que las madres mandan a sus hijos al colegio: “Periodismo”. A partir de aquella sentencia, en OJO se comunicó lo que en la mayoría de los medios se callaba por la censura. “Construimos de la nada algo que no existía. Fue a Vero [Verónica Ruiz del Vizo] a quien se le ocurrió el hashtag ‘Jóvenes Informados’”.

Desde España, su nueva residencia, recordará a OJO como un medio que –incluso antes de su llegada– siempre le gustó: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”. Y es que allí tuvo licencia para innovar. Una edición de deportes para una revista cultura era disruptivo; sin embargo, el enfoque logró combatir los estereotipos y “poner letra –y de la buena– al deporte”, como escribió en aquel editorial de la edición 27.

Ser editor no lo condenó de forma exclusiva a la oficina, también pudo sentir la adrenalina que se experimentó en la ola de protestas de 2017. En la calle, junto a los manifestantes y represores, descubrió otra parte del periodismo. Fue bajo una lluvia de bombas lacrimógenas, persecuciones en moto y detonaciones de perdigones que Eze realizó uno sus textos (emocionalmente) más difíciles de escribir: Un titán que muere, por ejemplo. “Me tocó a mí ver a Neomar Lander morirse prácticamente a mis pies. Ese día horrible lo recuerdo muy claro. Esa imagen de Neomar [de 17 años] con un cráter gigante en el pecho, los médicos intentando revivirlo y la gente gritando de horror hace que se erice mi piel cada vez que leía la nota”

Periodismo de oficina, de calle, cultural, contestón, irreverente y con valores resumen una etapa inolvidable para él: “OJO me ha dado casi que todas las satisfacciones periodísticas que he querido”.

La nostalgia de partir le invade en un momento en el que se siente derrotado por la situación. Si bien sabe que de él no dependía la continuidad del régimen, le hubiese gustado irse cuando Nicolás Maduro cayera. “Me hubiera encantado irme de Venezuela con Maduro afuera. Me hubiera encantado ser testigo de la caída de Maduro y haber vivido todo esto”.

Despedirse de una manera tan abrupta no es lo que le hubiese encantado, pero sí la que le tocaba. “Mi ida de aquí no estaba en principios en mis planes, pero que haya sido una cosa tan intempestiva (para mí) ha sido una derrota. No ha sido una derrota mía como tal porque yo no podía tumbar el Gobierno, sino una derrota de todos los venezolanos”.

Aunque siente que “la película –para él– terminó y ganaron los malos” se reconforta saber que todavía hay gente buena: “Creo que se queda un equipo talentosísimo”, por lo que le pide al nuevo editor dos cosas: “Que se siga metiendo en la candela y que aproveche, y exprima muchísimo más, al equipo”.

En su entrevista de despedida, Ezequiel también tiene palabras para los lectores: “Me hicieron sonrojar muchísimas veces porque son gente demasiado linda, cariñosa y desmedida en el halago”.

“Sé que cuando alce vuelo, al otro lado de la montaña, se queda un montón de gente querida”. Ezequiel Abdala fue editor de Revista OJO hasta el 26 de junio de 2018.

 

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

 

Se mantienen con las uñas

21 días han transcurrido desde que las enfermeras alternan su jornada diaria con la protesta. Y es que el gremio de la salud no sólo tiene que combatir contra la insuficiencia de insumos médicos e instalaciones deplorables, sino que también contra salarios que no alcanzan para comprar un kilogramo de café. El último aumento de salario mínimo anunciado por Nicolás Maduro –el cuarto en seis meses– ni siquiera es una medida celebrable por el sector, pues la hiperinflación es un monstruo que no se combate con pistolas de agua. El aumento es una cachetada para el personal sanitario cuando se compara con los honorarios que recibe el sector castrense: en el país de los caudillos, portar armas está mejor remunerado que aplicar inyecciones. Un salario justo y equiparable al de los militares es la petición de un gremio que está en mengua y sobrevive –en algunos casos– gracias a la economía informal, pues tiene que recurrir a ella para sobrevivir y no abandonar su puesto de trabajo de forma permanente. La vocación es el motor para que se mantengan al servicio de un país que necesita más de quien salve a sus enfermos, que de una protección ante la dizque amenaza extranjera. La crisis empeora más rápido de lo que crece una bacteria y la petición básica es una: “Queremos el salario de los militares, la misma indexación. Nosotros salvamos vidas y este Gobierno lo que busca es que renunciemos en masa todas las enfermeras. Llevamos veinte días en conflicto y en ese tiempo no hemos recibido ni una sola llamada del Ministro de Salud, que todavía está buscando un hueco en su agenda para atendernos. A estas alturas, nos estamos preparando para ir a protestar directamente en el despacho de Maduro en Miraflores”, señaló Ana Rosario Contreras, presidenta del Colegio de Enfermeras de Caracas a ‘El País’ de Madrid. Ante ningún correctivo profundo del régimen, los hospitales de Venezuela se mantienen con las uñas.

 

Por JP

DOCUMENTAL: El chavismo, la peste del siglo XXI

“La peste del siglo XXI”. Ese es el título de un duro pero muy necesario documental hecho por el abogado en el exilio Gustavo Tovar Arrollo, en el que radiografía ese movimiento destructor llamado chavismo y muestra cómo acabó con Venezuela. Con el aporte de voces de la categoría de Mario Vargas Llosa, Moises Naím, Ricardo Haussman, los ex presidentes José María Aznar, Andrés Pastrana, Felipe González y Óscar Arias, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, así como las de prominentes figuras de la oposición venezolana, entre muchas otras, el documental desenmascara, en 90 minutos, ese fraude demagógico llamado chavismo y muestra cómo fue apropiándose y destruyendo Venezuela. Toda la tragedia venezolana está resumida allí. Todo el horror del chavismo está plasmado allí. Producto de 3 años de investigación, el documental es rico en testimonios e imágenes inéditas y de archivo que dejan en evidencia el gran crimen histórico que cometió el chavismo con nuestro país. Cuenta, además, con la participación de la pianista Gabriela Montero, quien realizó una serie de composiciones especiales para la banda sonora, a cargo del maestro Jorge Aguilar. Se trata, pues, de un documento imprescindible que ningún venezolano puede dejar de ver y que todo venezolano debe ayudar a difundir. Puedes verlo completo a continuación: