Un país torturado

A dice que no terminó de leer la entrevista a Lorent Saleh que publicó El Mundo de España: no aguantó. Pensar que la sede del Sebin de Plaza Venezuela es una postal cotidiana en sus recorridos al trabajo le da escalofríos: ahí donde ella agarra la camioneta, están destrozando la vida de decenas de inocentes con las únicas herramientas que parecen tecnológicamente actualizadas en el país: las de tortura. La crudeza del testimonio de Saleh llenó de pesadillas el sueño de más de un venezolano. Saber que los horrores que no vemos son peores que la paliza que nos ofrece el país a diario es una golpiza de la que no es fácil levantarse. Y es que ese es el problema: ojalá el testimonio de Saleh viviera solo en las pesadillas. Pero no. Vive en cada niño que se muere de hambre, en cada enfermo que no consigue sus medicinas, en cada familia rota por la migración y en cada bala que perfora otro corazón inocente. Enumerar las tragedias contemporáneas del país es hacer un inventario de demonios. Lorent Saleh estuvo secuestrado y fue sistemáticamente torturado por orden de las mismas personas que parecen empeñadas en dañar la vida de todos los venezolanos: de torturar a todo un país. El delito de Saleh fue estar en contra de la tiranía, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, no ser un títere más dentro de una comedia que cada vez más hace quedar a 1984 como un libro infantil. A, repito, no pudo terminar de leer la entrevista que le hicieron al joven activista. Pero Saleh sí que parece determinado a finalizar lo que empezó: recuperar la democracia y transformar sus dramáticas experiencias en recursos para ser una mejor persona e impactar de forma más positiva a su entorno. Ese es el mejor mensaje que le puede enviar a sus torturadores, que le podemos enviar todos a quienes quieren eliminarnos: aquí estamos. Aquí seguimos.

 

Mark Rhodes

Las imágenes y la masa: el kitsch, un peligro enmascarado

Es una situación más que demoniaca. Suena el celular, y creyendo que quizás es por algo importante, te animas a revisarlo. Cuando tus ojos se encuentran con la imagen de Piolín, ya sabes de que se trata. Tú tía te mandó un mensaje otra vez. “Dale a Dios las gracias por la oportunidad de un nuevo día, porque la vida es una bendición”, quizás diga esa frase. También es posible que diga: “Recuerda decirle a esa persona especial cuanto la amas”. Tú suspiras de hastío ante tanta cursilería.

Esa clase de imágenes no solo prostituyen al pobre canario de los LooneyToons. A veces colocan a Mickey y a Minnie Mouse en forma de bebés. De vez en cuando, a Winnie Pooh. Las de carácter religioso, muchas veces incluyen a Jesucristo.También son comunes las ilustraciones de animes japoneses, de las que se han desprendido géneros como el Yaoi o el Hentai (para los que no sepan, favor, jamás busquen en Google ese último término). Personajes sobran. No solo es costumbre de viejitas, realmente, es bastante común que esa basura tienda a aparecer por las diferentes redes, circulando mientras la gente las asimila o las rechaza. Si existen, es por algo.

Es un tema sobre el cual hay que hacer hincapié: la hiperdemocracia es un peligro para el mundo visual. Lo masivo es incontrolable. Las multitudes avanzan a  paso rápido e irreflexivo, y nunca se detienen a ver las huellas que van dejando en el camino. Así ocurre con las imágenes hechas por y para la masa. Eso es precisamente el Kitsch.

El Kitsch es un término de la Estética que ha variado su significado de autor en autor. Impreciso, pero mordaz. Ambiguo, pero inmortal. Refiere, comúnmente, a todo lo que llega a lo exagerado, cursi, desagradable y espantoso. No, no habla de la belleza que se manifiesta mediante lo feo, habla propiamente de lo feo. Abarca todos los errores que la creatividad humana ha plasmado a lo largo de los años. La justificación de su existencia radica en hacer del mundo un lugar peor.

Una característica del Kitsch es su hincapié en pretender aparecer como un producto “elevado”. Independientemente de si es considerado arte o no por quien lo realiza, su notoria arrogancia es una constante en sus manifestaciones. Sus frases “sabias” o “poéticas” son muy comunes hoy en día. “El pasado ya pasó. El futuro no existe. Y el presente, está presente”, es bastante típica. “Siempre se puede ver la luz detrás de la tormenta”. Algo usual es que banalicen sentencias de autores consagrados para presentarlos bajo esa atmosfera de cursilería.

El Kitsch siempre recurre al lugar común. Es peligroso, bebe de las fuentes de lo que ya se ha hecho antes, tiende a rescatar lo tradicional y saturarlo de superficialidad. Besos bajo la lluvia, ojitos de anime cubiertos de lágrimas, el uso exagerado del claroscuro y de todo lo que en el pasado ha funcionado. El resultado de siglos de tradición artística en Occidente, al entrar en contacto con el eslabón más bajo de la cultura de masas, trae como consecuencia el Kitsch.

Quien está detrás de cualquier material Kitsch conoce las reglas del juego: nada que se salga de lo cliché. Sin embargo, nunca es consciente de lo que hace. Más que un acto de creación, es un acto de reproducción. De hecho, buscarle una interpretación a cualquier ejemplar es como sumergir una rama en un charco de agua: simplemente no se admite la posibilidad. Porque no permite una verdadera fruición estética, solo se consume de forma fugaz, sin dar lugar a una comunicación con la obra.

¿Dónde se origina? ¿Dónde está actualmente?

Como es obvio, el Kitsch está en todas partes. Se puede ver en la publicidad pomposa, llena de clichés. Está presente en esas películas que hace Hollywood saturadas de risas plásticas y personajes predecibles. Muchas veces está en las canciones pop del ídolo juvenil del momento. Lo podemos ver en las imágenes que manda la abuelita por WhatsApp. A los totalitarismos les fascina utilizarlo. Es fácil de hacer, y, para todo aquel que carezca de criterio, fácil de digerir.

El Kitsch se vale de lo que siempre funciona. Utiliza códigos repetidos y simplifica sus significados. Un Winnie Pooh representa la felicidad. Un beso bajo la lluvia es la opción más romántica.

El Kitsch es enemigo de la innovación, pero sabe reinventarse. De generación en generación, asimila las nuevas formas creativas. Es tanto síntoma como causa del analfabetismo visual que impera en estos tiempos. La masa tiende a producir imágenes de significado simple y forma cliché para distribuirlas por el mundo. Es un proceso del cual la sociedad no es consciente, pero ocurre todos los días, en cada latitud de la red y del espacio físico.

Como se dijo en la primera parte de esta serie, Ortega y Gasset, filósofo español, se dedicó a analizar el tema en su libro La rebelión de las masas. Él define como élite al grupo selecto de individuos que han adquirido las destrezas como para poder formular una visión propia respecto a un determinado asunto, y a la masa como el enorme conjunto de personas que tiende a emitir opiniones de forma insensata, y justificarlas basándose en la idea de que las mayorías siempre tienen razón. Es un asunto de exigencia: quien se propone más, logra mejores resultados en cuanto a su trabajo y formación, además de poseer una visión del mundo más madura.

En otros tiempos, previos a la llegada de las comodidades de la modernidad, pequeños grupos ejercían un dominio total sobre las sociedades, pero gracias a los cambios producidos en el siglo XIX, tuvo lugar la masificación de muchos de los aspectos de la vida pública. Por primera vez en siglos, las grandes conglomeraciones de gente tenían control sobre las áreas que antes le correspondían  a unos pocos. Cuando ese fenómeno cruza la barrera de lo racional, nace uno de los grandes peligros de estos tiempos: la muerte del sistema democrático a manos de la hiperdemocracia.

Lo bajo del Kitsch

El Kitsch es íntimo amigo de la hiperdemocracia. Nació,  al igual que ella, gracias a los avances de la modernidad, y se ha difundido por la falta de criterio estético que impera actualmente. Porque muchos consideran tedioso adquirir una cultura visual desarrollada. Pocos quieren aprender el lenguaje de los colores y las formas, pero todos gozan hoy en día de la posibilidad de disfrutar del flujo de imágenes que el Internet brinda. Lo cursi, lo repetitivo y lo banal, están a la orden del día.

Umberto Eco, autor destacado en el campo de la Estética, siendo consciente de la dificultad de darle una definición al Kitsch que incluya todos sus aspectos, dedicó un capítulo entero a analizar el fenómeno en su ensayo Apocalípticos e Integrados. El libro, publicado en 1968,  consiste en una investigación acerca de la cultura de masas, y ofrece un profundo  acercamiento al debate intelectual que esta ha suscitado.

En su primer capítulo, explica el debate en torno a las creaciones realizadas por los medios de comunicación. Por un lado, están los apocalípticos, el grupo  conformado por filósofos como  Theodor Adorno o Walter Benjamin, suscritos a la escuela de Frankfurt, así como otros autores que rechazan rotundamente la cultura de masas. En El segundo grupo, los integrados, encasilla a los pensadores que la han asimilado como algo positivo, o por lo menos, no tan dañino como argumentan sus contrapartes. Entre ambos bandos, Umberto Eco procura tener una postura más humana y objetiva, admitiendo en igual medida sus problemas y beneficios.

Partiendo de la tesis de Dwight Macdonald (apocalíptico por excelencia), habla de los tres niveles de cultura: baja, media y alta. El primer nivel refiere a las producciones masivas de digestión  fácil y nulo valor estético; el segundo, a las obras cuya calidad es notoria, pero que están destinadas al consumo; y el tercero, a aquel conjunto de creaciones de indudable valor artístico, reservadas para unos pocos. Ese es el centro de su teoría.

Hay que resaltar que ese esquema, pese a servir de utilidad a la hora de analizar el fenómeno, realmente no deja de ser problemático. El Arte es de naturaleza ambigua, puede presentarse en miles de formatos, por lo tanto, la distinción entre el nivel medio y el alto quizás no es del todo acertada en varios casos. Existen muchos productos de alta calidad estética nacidos en la cultura de masas. Pero ese es otro tema.

Estructura del Mal Gusto, el segundo capítulo, es una reflexión exquisita sobre el Kitsch. A lo largo de sus páginas, se pasea por las posibilidades de este término. Eco admite que la cursilería, como tal, se encuentra presente en algunas obras de calidad. Lo mismo sucede con la idea de que la palabra debe referira todas aquellas piezas que imponen su mensaje en el espectador: abundan los ejemplos que disuelven ese planteamiento. Entre otras opciones. Finalmente, llega a una conclusión que, aun cuando puede dar problemas en algunos casos, es bastante convincente:

“Si la expresión Kitsch tiene un sentido, no es porque designe un arte que tiende a suscitar efectos, ya que en muchos casos el arte se propone también esos mismos fines, o se los propone cualquier otra digna actividad que no pretende ser arte; no es porque caracterice a una obra dotada de desequilibrio formal, pues en este caso tendríamos sólo una obra fea; y tampoco porque caracterice a la obra que utiliza estilemas pertenecientes a otro contexto, pues esto puede verificarse sin caer en el mal gusto. El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas”.

La definición de Umberto Eco del término me parece bastante efectiva, aunque considero que conlleva algunos detalles. Ciertamente, al ver varias de las “poéticas” imágenes que abundan en Internet, dudo que comúnmente se conciban como un arte, lo más probable es que en muchas oportunidades estas tiendan a producirse como un mero entretenimiento. No obstante, hay que mencionar que la intención motivacional, el elemento religioso, la atmósfera melodramática, y el uso constante de la pseudosabiduría son elementos que ciertamente disfrazan una creación  banal de algo trascendente. No creo que sea necesario que quien las realiza se conciba a sí mismo como un Dalí para que su “creación” pueda ser considerada Kitsch.

Muchas veces, el Kitsch tiende a revestirse para sobrevivir. Se presenta bajo apariencias  supuestamente respetables. Por ejemplo, le fascina presentarse en forma de estatuillas religiosas, tales como figuras de personajes como Jesús o María, o con fotografías con mensajes clichés en las cadenas de WhatsApp.

Es increíble, pero la aparente intención elevada es una máscara efectiva. E inclusive, el patriotismo simplón tiene buena relación con el Kitsch, porque el sentimentalismo de la “Madre Patria” puede ir cubierto de desagradable exageración. Seguramente, al pobre Simón Bolívar debe asquearle el repetitivo uso de su imagen que se tiene Venezuela.

El Kitsch es inteligente, y sabe que el superfluo uso de símbolos religiosos o patrióticos no son sus únicas herramientas. Es consciente de que “hay que vivir cada día como si fuera el último, porque si te rindes será el último día”. Lo motivacional es un imán de atención. Uno que tiende a insertarse de forma cliché en imágenes como selfies o ilustraciones baratas con personajes de caricaturas, que nunca tienen relación con la frase. Pretende pasar como un mensaje de optimismo, pero solo es una simulación.

Hoy, en tiempos en los que la vida digital se impone sobre la real, el Kitsch está más presente que nunca. Semejante a un insecto que se invisibiliza gracias al verde de las hojas. Entre el infinito de imágenes que circulan en la red, a veces, cuando se cubre muy bien, puede ser difícil localizarlo. Es un maestro del disfraz, pero no del disfraz de buen gusto.

Con el Kitsch hay que tener mucho cuidado. Son tantas sus máscaras que a veces puede resultar difícil ubicarlo. Pero está ahí. En los anuncios que dan asco, en las telenovelas sobreactuadas, en la propaganda política exagerada, en los productos religiosos o folclóricos que cargan con la etiqueta que dice MADE IN CHINA, en los fanarts de animes cubiertos de cursilería, en las frases amorosas para adolescentes que habitan en  Tumblr, y en todas las cadenas que te sacan de quicio con Piolín deseándote las bendiciones. Lo peor es que no piensa irse, él está muy cómodo en su actual posición. Así que nuestra única opción es entrenar el criterio para poder rechazarlo cuando aparezca frente a nuestros ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte IV

Era tan inminente el agravamiento de la crisis, que hasta dos actores del chavismo –Jorge Giordani y Rafael Ramírez– advirtieron que era necesario virar el rumbo. Maduro no hizo caso y ya todos sabemos el resultado. En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

La inacción

Desde la óptica de Nicolás Maduro la calidad de vida de los venezolanos se deteriora velozmente porque su gobierno es víctima de una «guerra económica» orquestada por un enemigo que engloba bajo términos como «pelucones», «oligarquía», «burguesía parasitaria», que propicia la escasez y la inflación.

«Es una guerra contra la moneda, una guerra contra los procesos de distribución y fijación de precios, pero el objetivo es más que económico, son psicológicos: desestabilizar a la familia, a la mente y tranquilidad del trabajador (…) que el pueblo vaya perdiendo la fe en su propia patria más allá de la Revolución», dijo el 27 de junio de 2015. Una semana más tarde durante el desfile del Día de la Independencia afirmó que «esta oligarquía que ha osado secuestrar la economía se arrepentirá en el futuro de haberle hecho pasar sufrimientos y dolores al pueblo».

Bajo esta lectura la posibilidad de tomar medidas en el campo económico ha quedado descartada y aumentan las fiscalizaciones a las empresas, operativos en busca de mercancía acaparada, persecución policial a los revendedores, racionamiento, captahuellas, cierre de fronteras y llamados a los buenos sentimientos.

«Porque quien se mete a bachaquero, ¿qué opción toma, qué hay en su alma y mente? La codicia, el sálvese quien pueda, el no me importa la comunidad. ¿Queremos una patria plagada de bachaqueros o llena de gente solidaria y respetuosa?», se preguntó Maduro en cadena nacional, mientras que la economía tercamente continuaba respondiendo a incentivos[1].

Todas las voces que alertaron sobre la necesidad de realizar ajustes económicos fueron apartadas o alejadas del centro del poder. La historia de las discusiones a lo interno se remonta a enero de 2013 cuando Hugo Chávez, enfermo e impedido de asumir el cargo de Presidente a pesar de haber resultado victorioso en las elecciones del 7 de octubre de 2012, permanecía hospitalizado en Cuba y Nicolás Maduro, en su rol de vicepresidente, llevaba las riendas de la república.

Aún el petróleo se cotizaba a altos precios, pero los desafueros cometidos a fin de asegurar la última reelección del «comandante eterno» pasaban una factura larga y pesada. El 9 de enero de 2013 Jorge Giordani, en ese entonces ministro de Planificación, le entregó a Nicolás Maduro el documento Orientación de la política económica en el inicio de un nuevo período presidencial, donde alertaba de la gravedad de los desequilibrios[2].

Jorge Giordani, quien escribió los planes de gobierno para impulsar el socialismo del siglo xxi, explicó en este escrito que el gasto público se había desbocado como nunca antes entre 2010-2012, registrando un salto estelar de 12 % del PIB; que con billetes fabricados en el Banco Central Pdvsa había recibido el equivalente a 6,6 % del PIB; que los costos de la seguridad social ya eran tan elevados que igualaban «los aportes petroleros presupuestarios»; que la nómina de trabajadores en el sector público había crecido aceleradamente y que las «distintas formas de cooperación [petrolera] con países amigos bordea los 550.000 barriles diarios».

Además el escrito le indicó a Nicolás Maduro la necesidad de focalizar los planes sociales «para evitar abusos de ciudadanos de ingresos superiores a los mínimos que se inscriben» y admitió que «no existe suficiente contraloría para los recursos que insumen las empresas públicas, los numerosos programas de los ministerios y otros organismos públicos y la demanda de importaciones públicas, entre otros gastos».

Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, el Consejo Nacional Electoral convocó a elecciones el 14 de abril. Días antes Jorge Giordani escribió una «carta abierta» que recibieron Nicolás Maduro y algunos miembros del partido de gobierno.

Esa carta indica que bajo la conducción de Nicolás Maduro «la situación sufrió grados crecientes de desorganización y falta de un centro de decisiones coordinadas, lo que hizo florecer un sinnúmero de presentaciones de medidas de las cuales el equipo económico a cargo de las finanzas se enteraba por los periódicos o la televisión»[3].

Aunque durante el primer trimestre de 2013 el precio promedio de la cesta petrolera venezolana se ubicó en 103 dólares el barril, ya existía escasez de divisas. Dice Giordani en la carta abierta: «Durante el año 2013, Pdvsa no ha entregado al erario público cantidades necesarias para enfrentar lo delicado de la situación. Con esta carencia, se disminuyó sustancialmente la asignación de divisas para importaciones básicas, con lo que el previsible desabastecimiento y la aceleración inflacionaria serán inevitables».

A pesar de que esa era la situación, el 14 de mayo de 2013 (es decir: un mes después de haber recibido esta advertencia) Nicolás Maduro, ahora recién elegido Presidente de la República, culpaba a los empresarios del incremento de precios y la escasez de alimentos, señalando que «hay una guerra para desabastecer al país, para lanzar una inflación descontrolada».

Para enfrentar el ciclo de alta inflación y mínimo crecimiento que ya presentaba la economía al cierre de 2013, en marzo de 2014 Jorge Giordani le entregó al presidente Nicolás Maduro el documento Propuestas para la coyuntura económica 2014, donde incluye una serie de recomendaciones que curiosamente coinciden con las que han dicho la mayoría de los economistas que el Gobierno considera de oposición.

Entre otras medidas Giordani creía necesario «auspiciar la convergencia de los tipos de cambio en el mediano plazo, ajustar de manera progresiva las tarifas de los servicios públicos (electricidad, agua, telefonía, gas, gasolina, transporte), adecuar los precios de cada uno de los productos, evitando situaciones de desabastecimiento y definir las importaciones contingentes, necesarias para reducir los niveles de escasez en el corto plazo».

Dos meses después de entregarle este documento a Nicolás Maduro, Jorge Giordani perdió todo el poder y fue relevado de su cargo como ministro de Planificación. El 20 de marzo de 2015 diría en un acto público en el que fustigó el camino tomado por el Gobierno que «la situación es grave. Y si no se toman decisiones se pone peor y el deber de uno es decir las cosas y decir las verdades: hay que asumir la crisis».

Hubo otro intento de ajuste. El 14 junio de 2014 Rafael Ramírez, en su rol de vicepresidente de economía y presidente de Pdvsa, acudió a Londres para reunirse con inversionistas internacionales y explicarles el plan que había preparado para enfrentar los desequilibrios.

Ramírez quería devaluar para obtener más bolívares por los petrodólares y disminuir la impresión de dinero en el Banco Central, además de acabar con un dólar artificialmente barato que estimulaba las importaciones y dejar un solo tipo de cambio. Además contemplaba disminuir la lista de productos con precios regulados, acciones para controlar la liquidez y aumento en el precio de la gasolina.

Las medidas nunca se concretaron y el 2 de septiembre de 2014 Rafael Ramírez fue destituido de todos sus cargos en el gabinete económico y fue nombrado canciller. Como una muestra de que nada de lo anunciado en Londres sería puesto en práctica, al día siguiente Nicolás Maduro afirmó en cadena nacional: «A mí me dan risa los cables de la AP y de Reuters, ¿no? Porque ya ellos no tienen voceros que se atrevan a hablar dentro del país, entonces lanzan los cables, y los cables los leen en la radio, en la televisión de las regiones y todo. AP: Maduro prepara un conjunto de medidas económicas. AP: ¡Se quedarán esperando por eso! Reuters: ¡Se quedarán esperando por eso!».

Ruleta petrolera

Predecir los precios del petróleo es una manera segura de equivocarse. No obstante, la mayoría de los analistas coinciden en que el oro negro ingresó en un ciclo donde al menos hasta finales de 2016 no retornará a los niveles de 100 dólares el barril. En este contexto la posibilidad de que la administración de Nicolás Maduro logre sacar a la economía del túnel de inflación, recesión y escasez luce muy comprometida[4].

Una demanda que desfallece por la fragilidad de grandes locomotoras de la economía global resta brillo al crudo. La Zona Euro emite señales de dirigirse a la tercera recesión en seis años; si bien Estados Unidos muestra signos de vitalidad, en términos históricos se trata de una recuperación débil, y China comienza a perder ímpetu.

Pero la fragilidad de la demanda no es el único factor que vulnera los precios del barril. También hay un crecimiento inesperado de la oferta. Gracias a la extracción de crudo de lutitas (shale en inglés), un tipo de roca rebosante de petróleo y gas inaccesible hasta la aparición de nuevas tecnologías, Estados Unidos ha incrementado a paso firme su producción al punto que un estudio de Wood Mackenzie afirma que, al ritmo actual, en 2025 podrá autoabastecerse[5].

Arabia Saudita también ha aumentado la producción mientras que Irak –de manera lenta pero constante– comenzó a recuperar su actividad después de la guerra al igual que Libia. Por otra parte, Irán negocia la firma de un tratado que se traduciría en el levantamiento de las sanciones que le impiden colocar libremente petróleo en el mercado.

A fin de golpear la rentabilidad de la extracción del crudo de lutitas en Estados Unidos, que en teoría requiere que el barril se cotice a un precio superior a 70 dólares y no ceder cuota de mercado, Arabia Saudita ha liderado la política seguida hasta ahora por la OPEP de no recortar producción.

Un factor a tomar en cuenta es que las empresas que explotan este petróleo no convencional han mejorado notablemente la productividad y los días para perforar un pozo cayeron de 22 a 9. El número de pozos perforados cada año aumentó de 16 a 41 y también están mejorando las técnicas para romper la roca. La producción inicial por pozo creció 50 % en los últimos tres años.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el ciclo en el que la oferta de petróleo supera a la demanda por un margen amplio y presiona a la baja los precios del barril se mantendrá hasta finales de 2016.

En su reporte de agosto de 2015 el organismo señala que la oferta de petróleo continúa creciendo a una «velocidad vertiginosa» y que en el segundo trimestre superó la demanda en 3 millones de barriles diarios, la mayor cantidad desde 1998.

«El reequilibrio que se inició cuando los mercados petroleros comenzaron con una caída inicial de precios de 60 % hace un año aún no ha acabado. Desarrollos recientes sugieren que el proceso se extenderá hasta bien entrado el 2016», dijo el reporte de la AIE.

Un factor relevante a tomar en cuenta es si definitivamente China, el segundo consumidor mundial de petróleo, crecerá a menores tasas y por ende le restará soporte al precio del barril de forma permanente. Todo apunta a que este es el caso: el gobierno del gigante asiático recortó su proyección de crecimiento para 2015 a 7 %, la magnitud más baja en dos décadas.

La desaceleración de China es natural en el sentido de que tras crecer a un promedio de 10 % anual durante los últimos 30 años, lo normal es que la expansión pierda potencia porque cada vez es más difícil mantener la tasa. Por ejemplo, un crecimiento de 7 % en 2015 significaría una producción mayor en bienes y servicios a la alcanzada en 2007, cuando la economía registró un alza de 14 %.

En el largo plazo el crecimiento depende en gran medida de la productividad, es decir, de la capacidad para incrementar la producción por trabajador y la brecha tecnológica entre China y los países desarrollados ha disminuido, lo que implica que las ganancias en productividad ya no tendrán la misma intensidad.

Otro factor a tomar en cuenta es que la población en edad de trabajar alcanzó su pico en 2012 y la inversión, que llegó a ubicarse en la astronómica proporción de 49 % del PIB, también parece haber tocado techo.

A las dudas que genera el entorno internacional se añade una creciente desconfianza hacia la capacidad de pago de Venezuela. En un entorno donde los precios del petróleo han registrado una baja sustancial y la república, incluyendo Pdvsa, está obligada a cancelar entre el segundo semestre de 2015 y 2016 unos 16.000 millones de dólares por vencimientos de deuda externa, las entidades financieras se preguntan continuamente si la administración de Nicolás Maduro no optará por declararse en default, es decir, no cumplir con el pago en el tiempo estipulado.

La firma Síntesis Financiera proyecta que si en 2016 el precio de la cesta petrolera venezolana promedia 48 dólares el barril al tomar en cuenta los ingresos y todos los gastos en divisas como importaciones y pagos de deuda, el país tendría un déficit de 22.000 millones de dólares.

Los inversionistas observan un altísimo riesgo en las finanzas venezolanas, lo que se traduce en que si la república emitiese nuevos bonos para obtener recursos y cancelar los que están por vencerse, tendría que pagar una tasa de interés exorbitante[6].

Otra señal proviene de los credit default swap (CDS), el instrumento que utilizan los inversionistas para asegurarse de un posible incumplimiento en el pago que debe hacer el Gobierno al vencimiento de los bonos. Las compañías que venden los CDS les aseguran a los inversionistas que, en caso de que la administración de Nicolás Maduro no les cancele ellas lo harán, a cambio de recibir un pago anual. Es decir, operan como una póliza de seguro contra la eventualidad de un default.

En un reporte fechado el 8 de julio de 2015, el Bank of America indica que el desenvolvimiento de los CDS de Venezuela apunta a que el mercado observa 56 % de probabilidad de que el país caiga en default en un año y 95 % en los próximos cinco años.

La turbulencia

En 1984 el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) publicó un libro que resulta esencial para entender por qué en la década de los noventa Venezuela fue sacudida por una severa crisis política y económica que produjo un largo período de decadencia, violencia y empobrecimiento: El caso Venezuela: una ilusión de armonía.

El trabajo incluye un texto de Moisés Naím y Ramón Piñango que resultó un análisis profético: gracias a la riqueza petrolera, Venezuela creció, se modernizó y se expandió en todos los órdenes a una velocidad centelleante sin incurrir en las confrontaciones que estos procesos de transición desataron en otros países. No obstante, para ese entonces ya era evidente que el descenso de la renta petrolera presagiaba tiempos tormentosos en una sociedad carente de instituciones sólidas para dirimir conflictos. Por lo tanto, el país debía abocarse a construir un mejor sistema judicial, un parlamento eficiente y medios de comunicación social que difundieran de manera seria e imparcial los temas a ser debatidos.

Hoy podría decirse que la debilidad institucional es mucho más profunda que en 1984. Los poderes públicos responden claramente al partido de gobierno, no existen contrapesos y difícilmente habrá árbitros idóneos para encausar los conflictos que comienzan a aflorar tras el temblor que sacude al modelo económico y la desaparición del liderazgo carismático de Hugo Chávez.

Aunque es evidente un período de tiempos turbulentos está por verse si el chavismo perderá el poder. El 6 de diciembre de 2015, si todo ocurre como está previsto, los venezolanos elegirán la nueva Asamblea Nacional y entonces habrá una señal clara de si comenzará un proceso de transición política.

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 


[1]    Esta frase fue pronunciada el 27 de junio de 2015 en cadena nacional durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo.

[2]    Jorge Giordani incluye el documento en su libro Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[3]    La carta está publicada en el libro de Jorge Giordani Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[4]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, la cesta petrolera venezolana registra un promedio en el año de 48,37 dólares versus un promedio anual de 88,42 dólares en 2014. En 2013 la cesta se cotizó a un promedio anual de 99,49 y en 2012 de 103,4 dólares.

[5]    Outlook by Wood Mackenzie’s Global Trends Service, 23 de octubre de 2014.

[6]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, Venezuela asumiría una tasa de interés de 29 puntos porcentuales por encima de lo que paga Estados Unidos, la nación que se financia al menor costo, mientras que en promedio el resto de los países de América Latina cancela 4 puntos.

 

Popeye

#DomingosDeFicción: Las fotos de Popeye

Hacia el frente no se veía nada, como si alguien hubiera borrado el elevado el centro comercial y todo lo que hay más allá de la farmacia. La espesa neblina era como una cortina espectral que caía del cielo y se interponía entre la avenida y nosotros, que caminábamos despacio y tambaleantes, como suelen hacerlo los borrachos. Aunque, siendo honesto, confesaré que yo exageraba mi borrachera en solidaridad con ella. Estaba tan tomada y hacía el ridículo de forma tan evidente que me pareció una falta de delicadeza no fingir que perdía el equilibrio, mover las pepas de mis ojos como si no pudiera controlarlos y quitarle a mi voz un poco de entonación para hacerle creer que yo también estaba en un profundo estado de intoxicación etílica, como dicen los periodistas para evitar decir borrachera en televisión. Pero no era verdad, yo apenas y si me había mareado un poco, siempre he tenido buena bebida.

El ruido de las plantas de sus pies descalzos chocando contra la acera se acompañaba de ese suave susurro del viento que se escucha en esta ciudad en las madrugadas. Cuando balbuceaba incoherencias y desafinaba una mala canción, me decidí a abrazarla e intentar una cursilería. Pero cuando iba a decirle algo, otra voz borracha que desafinaba rancheras se escuchó en toda La Gonzalera. Aunque el muro de humo blanco no me permitía verlo, supe que era Popeye. Se lo dije a ella y se echó a reír, dándome golpes suaves en el hombro con los tacones que sostenía en su mano izquierda. Segundos después, a medida que avanzábamos y la voz que canturreaba Querida de Juan Gabriel se hacía más fuerte, apareció rompiendo la pared de neblina, como si fuera un extraterrestre que cruzaba un umbral desde otro mundo. Sí, era Popeye, y sí, siempre que lo tenía cerca sentía que venía de otro planeta.

Eloina le dio un abrazo, le dijo que lo quería mucho, y aunque noté que al igual que todos se estaba burlando, consideré que la suya era una burla más humana, como un chalequeo entre panas y no una humillación malintencionada. Luego de algunos minutos, cansada de que Popeye le siguiera el juego, lo despedimos y lo dejamos marcharse con su botella de aguardiente en una mano, dibujando círculos con su cuerpo que agitaba la neblina mientras se alejaba de nosotros. Su voz se fue haciendo más tenue hasta desaparecer: Querida, no me ha sanado bien la herida, dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando… Yo abracé a Eloina y apuramos la marcha hacia mi casa. No estoy seguro de por qué, pero luego de ese encuentro me dio por pensar que esa noche no me acostaría con ella.

Popeye empezó a aparecer en las calles hace unos diez años. Solía vérsele echado en la grama del centro comercial La Guayanesa, tomando de una botella de anís, vistiendo ropa limpia que algunos vecinos de las residencias adyacentes le regalaban. Todas las madrugadas los empleados de la panadería le cedían el pan y los pastelitos que no se habían vendido el día anterior. Del restaurante chino también le alcanzaban sobras y, a veces, un generoso plato de comida recién preparada.

En San Antonio de Los Altos la indigencia nunca ha sido un problema; refugiados en una burbuja, los habitantes de esta ciudad tenemos encuentros muy esporádicos con la delincuencia y la pobreza. Vivir aquí es como ser parte de Ibiza, una isla libertina ajena a la España en crisis. Alejados de la capital por una carretera que se puede recorrer en quince minutos, pero que se transita en tres horas debido al tráfico, somos una suerte de oasis arrogante y autosuficiente.

Popeye

Por eso, o porque todos los pueblos tienen a un loquito al que adoptan y convierten en parte del paisaje, nadie se incomodaba con Popeye; era solo un tipo cachetón y alcohólico que rondaba por ahí desafinando canciones que habría aprendido en otra vida, una más miserable. Al cabo de un tiempo de vagar por las calles, todos chalequeaban a Popeye, le gastaban bromas, lo ponían a cantar, le enseñaban los bailes de moda y, el más recurrente de todos los chistes, le presentaban a chicas diciéndole: «Esta es tu Olivia, rata». A lo que él respondía siempre con piropos.

Luego comenzaron a circular toda clase de leyendas alrededor de él. Pasa con las historias públicas que las personas se apropian de ellas y las transforman. La gente no soporta que haya algo allá afuera que no pueden controlar, tampoco que las cosas tengan una explicación sencilla; de allí vienen las teorías conspirativas, los chismes y las leyendas urbanas. Popeye pasó a ser el bufón querido de los sanantoñeros, y también fue una historia colectiva, un cadáver exquisito que los lugareños narraban. Era como si hubieran acordado contar la historia de Popeye desde todos los géneros posibles. Había una versión de telenovela, que figuraba a Popeye como el amante traicionado que asesinó a sangre fría a su pareja y a su mejor amigo luego de encontrarlos juntos en la cama. Una versión sobrenatural, que aseguraba que venía de otro planeta. Una versión conspiranoica, según la cual las autoridades no asistían directamente a Popeye, pero tampoco lo reprimían, porque era un familiar del Alcalde caído en desgracia. Pero mi versión favorita y la que me resultaba más razonable era la que señalaba que Popeye había sido vigilante nocturno.

Una noche, mientras estaba destacado en una obra en construcción, se puso a beber con su aprendiz, puyaron una botella y estuvieron delirando toda la noche. En la madrugada, provenientes de lo que sería el nivel sótano de esa futura edificación, se escucharon unos ruidos que solo podían ser de adolescentes que aprovechaban la soledad de la zona industrial de El Tambor para colarse en las construcciones en progreso y hacer allí lo que la falta de dinero no les permitía hacer en un hotel. Al escuchar los ruidos, Popeye, que en ese entonces se llamaba Andrés o Alfredo, o tal vez Enrique, o quizás Mauricio, despertó a su ayudante y le dio una orden: «Vamos a joder a esos carajitos».

El chamo se paró como pudo. Se quitó la ridícula corbata marrón y se sacudió la camisa azul celeste, impregnada con óxido de cabillas y restos de un poco de cemento sobre el que se había revolcado en algún momento de su viaje psicotrópico. «¿Qué hago?», preguntó a Popeye. «Lo que quieras, lo que te provoque», recibió como respuesta. Envalentonado, tomó la escopeta y, tratando de caminar en línea recta, atravesó el terreno. A los lados se extendían columnas a medio hacer, montañas de material compilado para trabajar en los próximos días, algunos cascos olvidados y tobos petrificados por los restos de cemento. Bajó un nivel y encontró a dos chicos: un gordito que atestiguaba en su rostro lleno de acné una pubertad en desarrollo y una chica preciosa, la semilla de una hembra deliciosa, pensó el ayudante en ese momento. Era una morena delgada, cuyas nalgas hinchaban unas licras negras, medio rotas por las uñas del chico. Estaba ya descalza y en una esquina se veía tirada la blusa que llevaba. No usaba sostén, dejando ver unos senos medianos que todavía podían crecer un poco más.

Popeye

«Así que haciendo actos empúlicos en público, ¿no?», dijo el imberbe, tratando de parecer un policía, pero su voz estaba tan desentonada por el perico que el gordito reaccionó riendo. «Se dice impúdicos, imbécil», le espetó. El ayudante tomó la escopeta por el cañón y sin mayores trámites le soltó un golpe seco en la cabeza. Le abrió un poco la frente y lo dejó inconsciente un par de minutos. La chica entró en pánico y comenzó a suplicar, primero por su vida y luego, cuando vio que el ayudante no quería matarla, por su integridad. «Usted se me queda ahí, tranquilita», le dijo mientras le mostraba la escopeta manchada con la sangre de su novio. Cogió unos alambres que servían para unir unas cabillas próximas a usarse, maniató las manos del chico y cuando éste recobró la conciencia le dijo: «Abre bien los ojos, mariquito, para que veas cómo me cojo a tu jeva, pajúo». Tomó a la chica y la terminó de desnudar. Cuando se resistió le pegó franco en la nariz, dibujándole una línea delgada de sangre que goteaba en su boca abierta mientras imploraba ayuda. Comenzó a violarla y ella miró hacia el cielo, el novio lloraba y maldecía mientras trataba de desasirse de los alambres.

Le acabó adentro y se recostó a su lado, se ocupaba de respirar y ella se tapaba el rostro con vergüenza. «Ah, vete a la mierda», dijo el ayudante mientras se ponía de pie y se ajustaba el pantalón. Le dio una última patada a la chica en la columna, que ella recibió con resignación, y se fue donde Popeye que seguía echado en el mismo sitio escuchando todo. Cuando lo vio acercarse le preguntó qué tal. «Está buenísima. Corre», le dijo, escupiendo saliva y respirando como bestia.

Popeye se acercó corriendo, vio al chico aún maniatado, llorando con desconsuelo y diciéndole a la chica que lo perdonara por no haber hecho nada. Se sintió poderoso. Por simple saña le pateó la cara varias veces mientras le recriminaba y se burlaba de él. Dejó de golpearlo cuando escuchó el grito desesperado de la chica pidiéndole piedad. La voz se le hizo un poco familiar, pero en un instante, como ocurren con los verdaderos razonamientos importantes de la vida, se dijo a sí mismo que todas las chicas hablan y gritan igual. Se volteó y vio el cuerpo boca abajo, todavía desnudo, con algunas cortadas en la espalda producto del roce con el piso lleno de tierra. «Mierda, es una niñita», dijo y se acercó a ella, la tomó por el hombro y la volteó. Una gota de agua helada le recorrió todas las venas. «¿Papá?», preguntó la chica.

Siempre que pasaba junto a Popeye recordaba aquella historia y me reía, en el fondo quería creer que era cierta, que ese loquito de la cuadra había cometido tal horror y se había vuelto loco por eso. Aunque a veces concluía que era mentira, que alguien le había asignado una leyenda urbana a su historia y que Popeye siempre sería un relato inconcluso y mal contado. También pensé que como todas las cosas que vemos a diario, pronto el misterio perdería interés y nadie se preocuparía más por el origen o destino de esa vida que no era vida, que solo era un espectro decadente en un aburrido suburbio de clase media. Pero me equivoqué.

Fue estando con Eloina que vi el grupo por primera vez. Llevaba semanas viéndome con ella, me parecía una mujer muy atractiva pero no estaba seguro de si se interesaba en mí. A veces, cuando nos encontrábamos en el salón de fotocopiado, ella coqueteaba conmigo, hacía bromas sobre lo que pasaría si saliéramos; pero luego, cuando yo avanzaba en el almuerzo, o en las tardes cuando el grupito de la oficina nos escapábamos para tomar café en la panadería de enfrente, ella se mostraba incómoda, cordial pero incómoda con mis avances. Para salir de dudas, un viernes, cansado de no saber qué papel jugaba en su vida, le pedí que saliéramos al día siguiente a ver una película. Ella aceptó. Luego del cine, le pregunté si quería tomarse algo en mi casa. Tenía una botella de vino barato guardada desde Navidad. Apenas llegamos la metí a enfriar en el congelador y me puse a preparar sándwiches para los dos. Ella me pidió permiso para sentarse en la computadora a revisar sus correos. Cuando salí de la cocina, estaba conectada en Facebook. «Me salí de tu cuenta y abrí la mía, ¿no hay rollo, verdad? Era para ver algo que me mandaron».

Popeye

Comiendo y bebiendo supe que seríamos amigos. Las mujeres, cuando no se quieren acostar contigo, se relajan, comen masticando muy grande, beben chorreándose el vino en la blusa, te hablan de sus ex y de todos los imbéciles que han tenido el placer de cogérselas. Nunca te preguntan si eso te incomoda, porque no les importa. Esto lo aprendí luego de años enamorándome de mis amigas. Hasta un eructo se permitió Eloina, y luego se cagó de la risa. Pasada la medianoche nos habíamos acabado el vino, me moría de ganas por besarla, pero ni siquiera lo intenté, supe que sería demasiado triste si no se dejaba, o si se dejaba y luego me alejaba con calma y me daba un sermón de esos que dan las mujeres grandiosas cuando quieren negarte su cuerpo. Lo único que pensé fue refugiarme en la computadora. «Pasa la laptop», le dije. En la bandeja de inicio de su cuenta estaba una solicitud para un grupo: A que encuentro más de 1.000 personas que conozcan a Popeye. En la foto de portada estaba Popeye, tenía una sonrisa exagerada de boca muy abierta, esa sonrisa que solo alguien que ignora al mundo puede tener. Eloina no estaba borracha, pero tampoco tenía mucha fuerza de voluntad, así que sin que se diera cuenta acepté la solicitud y me envié una invitación a mí mismo.

En la mañana Eloina se fue de casa agradeciéndome por la velada y celebrando que ahora teníamos una bella amistad. Me dio un abrazo que extendí un poco más de lo debido, pasé mis manos por su cadera y traté de guardar para siempre el olor de su cuello, un aroma como de patilla recién abierta. Le marqué el ascensor y fui veloz hacia mi computadora. Una extraña curiosidad me motivó a ver de qué iba aquel grupo.

El primer mensaje en el muro era del propio administrador felicitándose a sí mismo porque en menos de un mes ya eran más de dos mil los miembros contactados. Anunciaba también que cambiaría el nombre a la agrupación para plantearse una nueva meta: reunir a diez mil personas que conocieran a Popeye. Bajando en los comentarios publicados se leía un espectáculo predecible.

Primero estaban los mensajes de burla. Chistes crueles soslayando la dignidad del vagabundo, magnificando sus defectos, contando anécdotas que no eran graciosas, pero procuraban serlo según quienes las escribían. Había otros comentarios: unos pocos reclamaban la crueldad del grupo e insultaban a los otros comentaristas. Pero los que me llamaron la atención eran los que publicaban Retos. Consistía en personas que prometían tomarse una foto con Popeye, grabar un video o jugarle una broma cruel, y registrarla.

Consulté la pestaña Fotos; había tres álbumes. El de Fotos de portada, donde solo había una imagen subida por el administrador; el de Fotos del muro, con unas cien imágenes subidas por los miembros del grupo; y el de Retos, que entonces solo tenía dos. En las fotos del muro había imágenes tomadas desde lejos que mostraban a Popeye caminando hacia La Morita, echado en el estacionamiento de Provemed, pidiendo dinero en La Redoma, canturreando en la Plaza Bolívar o caminando entre los carros estacionados en la cola de la Panamericana. En la de retos había una que mostraba a Popeye con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver los cuatro dientes equidistantes que le quedaban, acompañado de dos liceístas del Egui que posaban haciendo morisquetas junto a él; y otra que tenía a Popeye solo, con la mano izquierda sobre la cintura de una compañera imaginaria y la derecha arriba, sosteniendo otra mano invisible, y en el pie de foto rezaba: Popeye bailando. Puro sabor.

Popeye

Volví al muro y encontré otros comentarios. Reto: apuesto a que nadie hace que se baje los pantalones y le toma una foto; Reto a una jeva a que se tome una foto dándole un beso; Reto: ¿qué tal una foto pintando una paloma?; Reto: ¿alguien se anima a hacerlo arrechar y grabarlo en una coñaza?

Posmodernidad, le llaman a ese infierno de cretinos arrogantes. En pocas semanas el grupo se fue haciendo más numeroso, todos los días lo revisaba para ver cómo avanzaba y comprobé que la mayoría de los objetivos se cumplían. Fotos de Popeye con chicas muy jóvenes que lo besaban en los renegridos cachetes o amagaban con besarlo en la boca; incluso una que le ponía las tetas cerca del rostro. Fotos de Popeye con los pantalones abajo, mostrando unas piernas llenas de costras de cortadas y picadas de animales. Fotos de Popeye crispando los puños frente a un chamo que se cuadraba como boxeador, pero con una sonrisa. Fotos de Popeye con los dedos en la nariz. Fotos de Popeye dando un brinco sobre un charco. Fotos de Popeye imitando el paso de baile de algún reggaetonero. Fotos de Popeye gritando con la boca muy abierta. Fotos de Popeye descalzo, rascándose la planta de los pies. Todas las fotos acompañadas de decenas de comentarios, algunos, de los mismos que las habían tomado contando cómo lo habían hecho, otros del resto de los miembros del grupo con comentarios irónicos y risas.

En el salón de fotocopiado me seguía encontrando todas las tardes con Eloina. Como sabía que me gustaba, seguía coqueteando conmigo, tal vez quería validarse sembrándole esperanzas a un hombre que nunca la podrá tener, como lo hacen todas las mujeres. Una tarde le pregunté por el grupo. Me dijo que ni sabía cómo había entrado en él, pero que se lo tripeaba, que era comiquísimo porque al paso que iban pronto algunos sugerirían hacerle a Popeye alguna broma demasiado pesada que provocara su respuesta y los carajitos del grupo se llevarían una lección. Era verdad, Popeye nunca ha sido un vagabundo violento, sus borracheras y su locura siempre son amables y graciosas, como si fuera un payaso enloquecido y no un tipo al que la vida ha maltratado, que se sodomiza con alcohol y deambula por las calles gritando incoherencias y desafinando malas canciones. Pero todo tiene un límite y los miembros de esa comunidad virtual estaban forzándolo. Eloina estaba como decaída, esa tarde su coqueteo me pareció honesto, carente de la arrogancia de las mujeres que juegan con su sensualidad. Me la jugué por última vez y volví a invitarla a salir.

Antes de ir a encontrarme con ella consulté el muro del grupo, un cometario estaba destacado por encima de los demás. Tenía muchos me gusta, y decenas de respuestas, todas condenatorias. El usuario, un tal Javier Costello, decía que iba a darle un botellazo a Popeye y subiría una foto para probarlo. Traté de entrar al perfil de Javier, pero no pude, todo su contenido era privado. Quise dejar un comentario, pero ya era tarde y Eloina esperaba por mí.

Bebimos a placer, yo noté desde que me abrazó al llegar que Eloina quería divertirse, que esta vez no jugaba conmigo y sí estaba en disposición de darme una oportunidad real. A sabiendas de esto me gasté mi quincena, pedí el mejor vino, comimos la mejor comida. Luego fuimos a otro local y ella sola se bajó casi toda una botella de ron. Comenzó a lamentarse por toda su vida. El lamento de una mujer borracha es un grito que se asemeja al del orgasmo, la voz se hace muy aguda y a pesar de sus decibeles no deja de ser tierna, las manos se hacen generosas y acarician al confidente de manera constante, recuestan un poco su cabeza sobre él, cierran los ojos cuando la canción de fondo llega a un verso que define sus tristezas. Un espectáculo entre tierno y decadente al cual es muy difícil resistirse.

Popeye

Eran las tres de la mañana cuando nos echaron del local. Cogimos la calle y le pregunté si quería irse a mi casa, dibujó una media sonrisa y recuperó su arrogancia femenina antes de aceptar. La ciudad estaba cubierta de una neblina espesa. Le sugerí irnos caminando en vez de esperar el único taxi que estaría trabajando en Las Polonias. Cuando íbamos pasando frente a la subida de La Morita se quitó los zapatos, dejó al descubierto dos pies pequeños, cuyas uñas estaban pintadas de un morado aguado.

Empezó a cantar canciones de Fey y de Kabah, canciones de Shakira y Enrique Iglesias, canciones de Luis Miguel y Ricky Martin. Llegamos a La Gonzalera y yo la miraba con pena, con la pena distante con que se mira a una mujer inalcanzable. Cuando me pidió acompañarla en el canto no me negué: a una mujer borracha nunca hay que dejarla haciendo el ridículo a solas. Seguimos hacia la perimetral. Pasamos junto a un joven alto que caminaba en dirección contraria mirando hacia el piso, como lo hacen las personas cuando van temprano al trabajo. Eloina quiso joder al tipo, «mira panita, ¿yo soy bonita, verdad?». La ignoró y apuró el paso, debió pensar que una pareja borracha en una calle tan sola y tan llena de humo blanco es peligrosa. Seguimos caminando y Popeye llegó hasta nosotros, venido de ese otro mundo de donde vienen los dementes. «Tú si eres lindo, Popito, Popeyito, Popiyito, mi Popi. Tómanos una foto, José Ángel, anda, yo también quiero mi foto con Popeye». Les saqué tres con el celular. No salieron muy bien, la neblina y la oscuridad no lo permitieron. «Dame un abrazito, Popeyito». Y Popeye la abrazó diciéndole niña linda. Ella se aburrió de él a los pocos minutos, como se aburre de todos; como se aburrió de mí esa madrugada cuando intenté tocarla y me exigió que le llamara un taxi para irse a su casa. Lo dejamos ir y se perdió en la niebla.

A la mañana siguiente desperté avergonzado. Inventé una excusa para no ir al trabajo, aunque mi jefe no tendría razones para pensar que mentía porque era verdad que me sentía muy mal. En la tarde fui a la farmacia por un antiácido y un analgésico, lástima que no existan pastillas para espantar la vergüenza. Frente a La Guayanesa estaba Popeye, tenía una venda en la frente y una de las cajeras del abasto le estaba dando una tizana con un tenedorcito de plástico. Popeye comía y reía, y la cajera lo miraba con lástima. Entré a la farmacia y compré mis cosas, pedí una caja extra de analgésicos, salí y se la di a la cajera. «Esto lo va a ayudar», le dije. Me agradeció y se la guardó en la camisa del uniforme. Siempre es entretenido ver la miseria ajena, apuré el paso y me fui a mi casa a ver las fotos que ya debían estar publicadas.

 

Por John Manuel Silva@johnmanuelsilva

#MemoriasDeLaRevolución: El combate y la muerte

El combate se adelantó, en otro escenario, con otros contendientes. No se jugó una medalla, le tocó defender su vida. A las cinco de la mañana salió de su casa, veinte minutos después descubrió que en este país el hampa también madruga.

Este fue el día esperado durante los últimos siete meses. Entrenó para lograr la victoria.

Su padre encendió la camioneta y esperó a que el motor calentase. Estaba orgulloso, su hijo representaría el Estado Zulia en una competición nacional. Esa madrugada debía salir a Caracas.

Finalmente los sacrificios comenzaban a dar resultado. Metió la maleta en la camioneta. Se despidió de su madre con un beso y un abrazo. A solo diez minutos del aeropuerto internacional de La Chinita, de Maracaibo, la camioneta se apagó. Habían tomado precaución respecto al tiempo, la camioneta se apagaba repentinamente en las últimas semanas, la pieza que se necesitaba cambiar para corregir la falla era muy difícil de conseguir en el país, como todas las autopartes de cualquier marca de vehículos.

Decidieron esperar unos minutos sin bajarse de la camioneta, para luego intentar encenderla de nuevo. Tres minutos después el hijo tomó el lugar del piloto y el padre bajó para darle unos golpes al motor de arranque. No vio de dónde salieron los tres hombres que se pararon alrededor de él cuando dio el primer golpe. Uno lo apuntó con un revólver, el otro le quitó el destornillador que le servía de martillo. El tercer hombre caminó hacia la puerta del piloto y le ordenó al muchacho bajarse y caminar hacia la acera. Él obedeció, pasó frente a su padre y los otros dos, visualizó el combate, tal como había aprendido en sus años de entrenamiento. Intuyó que podría provocar fácilmente al único que sostenía un arma. Así lo hizo.

Les dijo a los delincuentes que no tenían nada de valor en el carro, solo ropa y que esta estaba en el maletero, que iban en dirección al aeropuerto. El hombre con el arma le hizo señas a uno de sus secuaces, quien se quedó con el padre, mientras él y otro más caminaron hacia el maletero apuntando al muchacho.

El joven abrió el maletero. Sabía que debía aplicar las técnicas Katame-Waza, llevarlos al suelo y combinar inmovilizaciones y estrangulaciones. Desarmó al que lo apuntaba, le lesionó la muñeca izquierda y aplicó una técnica de Ukemis para llevarlo al suelo. Todo sucedió rápido, no se quedó con el revólver: instintivamente lo lanzó hacia el otro lado de la calle.

Apenas caía sobre el hombre, cuando el otro hampón se le vino encima, pero pudo inmovilizarlos a ambos en dos minutos. Cuando quiso retirarse para correr hacia su padre escuchó una detonación y sintió que le abrían el abdomen en dos. Miró al tercer hombre, quien luego de disparar huyó, abandonando a sus compañeros.

El muchacho dejó un hilo de sangre en el trayecto hacia su padre.

Lo encontró golpeado, apenas lo vio cayó al suelo. Los habitantes del sector salieron al escuchar la detonación. Encontraron a los dos bandidos heridos. El padre lloraba abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Alguien gritó que había que matar a los dos delincuentes. Otro buscó una soga. Los amarraron, le echaron gasolina y los quemaron.

Los medios de comunicación jamás reportaron la tragedia, no se supo que un deportista murió en manos de la delincuencia. Esa semana, del deporte y del país, solo se conoció que la atleta Elvismar Rodríguez ganó bronce en el Grand Slam de Judo Tyumen 2016.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

Postales del aguante

1: Nosotros

A la calle, a la cama, al cuerpo, a la conversación: a todas partes llevamos la ruina de un país. Y duele. Duele enfrentarse a este exilio cotidiano. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida”, decía Cioran, y nos ponemos de frente a una verdad que encandila: vivir aquí es inventarse un país todos los días, es poner barandas de distracción a los lados para salvarse del vértigo.

2: Sostenerse

Compartimos la bitácora de una desorientación colectiva: no tenemos a dónde ir. El país que conocíamos, se lo llevaron. Uno sale a encontrarse con una ciudad entristecida, llena de caras cansadas, expectantes: aquí no pasas, ya este lugar se fue, dice el otro que nos levanta una cerca, y sentimos que todos los días nos arrebatan algo. La batalla más dura: la del país por dentro, ese último suelo que cuidamos para que no se desprenda.

3: “…y todavía”

No sabemos de dónde viene tanta noche. Queremos que amanezca. Llueve en el camino, hay derrumbes, no nos dejan mirar atrás. Hay que seguir andando, nos decimos, porque querer más no puede ser motivo de vergüenza. El país no es el monstruo que vemos allá afuera. Y la llama de la voluntad insiste y alumbra. ¿De dónde salimos tan tercos? ¿Qué es esto que todavía nos sostiene?

4: Buscar, buscar

Todo tiene un nombre, todo en apariencia existe: los lugares, los discursos, las imágenes, la historia, las instituciones, pero condenados por la derrota interior de sus significados. Todo imita la realidad de las tiendas: abiertas y en pie, pero vaciadas por dentro. La herencia de este tiempo: lo ido, lo impropio, lo extraño.

5: Antifaces no

No sabemos dónde mirar y tropezamos. Hemos perdido nuestra propiedad sobre los significados del país. El Poder burló los órdenes, la confianza, los acuerdos sobre los que podría realizarse, la aspiración democrática. Ya nada es lo que era: ni la política, ni el comercio, ni la educación, ni los medios, ni los espacios de habla pública. Nada escapa de la prisión de la pantomima y la representación. Lo que nos queda: decir sin máscaras, valerse de un lenguaje propio, honesto, desvestido.

6: ¿?

¿Irse a dónde? Podremos llevarnos fuera, quizás, pero ¿qué hacemos con el país que nos persigue? ¿Qué le decimos para dejar de forcejear por la mañana? ¿De qué me despido? ¿A quién le doy la espalda?

7: Aquí

Habría que comenzar por dejar los gritos, recoger los escombros de la memoria, encender las velas y resistir.

 

Zakarías Zafra | @zakariaszafra

#ConstruyendoPaís: Dar a conocer la literatura venezolana en EEUU

Naida Saavedra es una venezolana radicada en Estados Unidos que ha logrado abrirse paso en el campo académico, para, entre otras cosas, hablar de literatura venezolana. Pocas expresiones culturales ayudan tanto a comprender a un pueblo como sus letras, y pocas cosas significan una forma de rebeldía tan laboriosa como defenderlas y difundirlas en cualquier parte y en cualquier contexto. Más aún, teniendo en cuenta los años oscuros que han golpeado al país, en los que desde el poder han pretendido imponernos gustos y palabras. Naida demuestra que se puede construir país desde la distancia.

Cuéntame cuánto tiempo tienes en EEUU, en qué universidad estás, qué cátedra estás dictando y cómo ha sido tu actividad literaria desde que estás allá.

Gracias por querer saber un poco de mí. Llevo 17 años en EEUU, ¡ya casi soy mayor de edad! Vine cuatro meses a estudiar inglés, pero las cosas de la vida me han hecho convertirme en una inmigrante en este país. Actualmente soy profesora en Worcester State University, en Worcester, Massachusetts. Acabo de empezar mi tercer año aquí. Antes fui profesora en Darton State College (ahora Albany State University), en el sur de Georgia; y antes de eso fui profesora contratada y estudiante de posgrado en Florida State University, en el norte de Florida.

El departamento de World Languages aquí en WSU es pequeño y todos los profesores damos clases variadas de lengua (gramática, conversación, composición, etc.). Luego, cada quien se encarga de las cátedras relacionadas con su línea de investigación. Así que hay dos profes que se especializan en España y dos en Latinoamérica (una soy yo). De la parte de Latinoamérica yo me encargo del norte de Suramérica, el Caribe y los latinos en EEUU. Mi compañera se encarga del centro y del cono Sur, más o menos. Ella además se encarga de la mención de educación que tenemos. Por eso doy fijo las cátedras de Culturas de Latinoamérica, Presencia hispana en los Estados Unidos, Introducción a las culturas latinas en los Estados Unidos, etc. También clases de Literatura generales o temáticas. El año pasado, por ejemplo, di una únicamente sobre el realismo mágico en Latinoamérica. Tenemos la Maestría en Español también y en este caso obviamente cada profe es especializado en su área. Así yo doy clase cada otoño (de septiembre a diciembre) y estoy turnando: un año doy Latinoamérica, un año Estados Unidos. Este semestre voy a dar una clase de maestría titulada New Latino Boom.

Siempre quise escribir desde que era niña y lo hacía para mi mamá. Tanto me dijeron que me moriría de hambre si seguía esa profesión que no la estudié, así que estudié Publicidad y Relaciones Públicas en LUZ. Comencé a escribir formalmente estando ya en Estados Unidos cuando estaba en el Doctorado de Literatura; aunque el doctorado es de crítica y no de creación literaria, me dieron las ganas de finalmente ponerme seria. Así que puedo decir que nací como escritora aquí.

¿Hablas de literatura venezolana en los diferentes espacios que tienes allá? ¿Estás actualizada respecto a lo que se ha publicado en Venezuela durante los últimos 17 años?

Sí. Fíjate que mi tesis de doctorado fue sobre literatura venezolana. Hice mi tesis sobre narrativa desde los años 60 hasta el año 2000 más o menos. Estudié la figura del inmigrante dentro de la ficción venezolana y su relación con la forja de la identidad nacional. Hice un estudio de la presencia de españoles, italianos, portugueses y colombianos en cuentos y novelas de diferentes autores, durante diferentes años y de diferentes estilos. El tema de la inmigración no deja de interesarme y ahora estoy enfocada en los escritores inmigrantes en Estados Unidos que escriben en español. Siempre que tengo la oportunidad incluyo a algún escritor venezolano. Por ejemplo, el año pasado di una clase de maestría sobre el boom latinoamericano y una de las novelas que discutimos en clase fue País portátil, de Adriano González León. Le dediqué mi tesis de doctorado a él y a su trabajo, y era un sueño mío dar una clase donde pudiera incluirlo. Me sentí muy feliz con ello. Sigo pendiente de lo que se ha escrito este siglo en Venezuela, y como varios autores usan las redes sociales, estoy en contacto.

¿Y qué tanta receptividad has tenido cuando hablas de autores y de literatura venezolana? ¿Cómo se percibe allá a nuestros autores?

Nadie sabe que existen [suspira].Bolívar, Bello y Gallegos. De ahí para adelante no se conoce. Cuando los estudiantes y colegas se dan cuenta de todo lo que hay se emocionan, se entusiasman y quieren saber más. Un granito de arena, al menos, pongo. Sin embargo, con la diáspora venezolana de hoy en día, se está notando una presencia de literatura venezolana.

Creo que es lo único positivo de toda esta situación. El año pasado en la Miami Book Fair International, hubo una mesa solo de escritores venezolanos. Me contenté muchísimo. Además hay escritores que se han mudado acá para hacer posgrados y que siguen con la conexión allá, entonces se nota un intercambio. Yo diría que esta última década ha traído mucho movimiento, en comparación con la nula presencia de años atrás. Te puedo nombrar por ejemplo a Keila Vall de la Ville, Raquel Abend Van Dalen, Oriette D’Angelo, José Delpino, Camilo Pino. Ahorita acaba de llegar Jacqueline Goldberg al International Writing Program de la University of Iowa, donde está una de las maestrías en creación literaria en español. Fíjate que Oriette D’Angelo acaba de empezar esa maestría y le toca compartir con Jacqueline Goldberg. Cosas así. Mariza Bafile dirige una revista en New York que se llama ViceVersa Magazine y tiene mucho contenido de escritores venezolanos. La editorial del número actual habla del movimiento migratoria a pie que se está dando. También está Sudaquia Editores en New York, cuyo dueño es Asdrúbal Hernández. Allí han publicado, por ejemplo, a Héctor Torres. Son algunos ejemplos.

Entiendo que Roberto Echeto también está Iowa, y que el año pasado estuvo Enza García Arreaza.

Sí, justo te iba a nombre a Enza. Y claro, Miguel Gomes siempre es una referencia fuerte. Él es profesor en la University of Connecticut. El programa de maestría de NYU también ha tenido varios estudiantes venezolanos. Allí estudiaron Keila y Raquel, por ejemplo; y se acaba de graduar también el poeta maracucho Miguel Ángel Hernández. Raquel ahora está en Houston porque acaba de empezar el doctorado en creación literaria en español allá. Es el primer programa de doctorado de este estilo en el país y este es el segundo año.

¿A qué crees que se deba ese escaso conocimiento en EEUU sobre la literatura venezolana? ¿Ocurre también con los autores del resto de Sudamérica?

Esa es una pregunta que me he hecho por años. He manejado varias teorías. Venezuela ha estado de cierto modo en la periferia en muchos sentidos. Además, al poseer el premio Rómulo Gallegos y la casa Monte Ávila, los escritores, pienso yo, no tenían mucha necesidad de salir. Hablo de antes.  También creo que el círculo literario venezolano ha sido muy cerrado por mucho tiempo, es difícil entrar, es difícil conocer lo que escribe la gente. Como si la literatura la lee quien la escribe, ¿no? No es una crítica, es una observación. Mi mamá, por ejemplo, es una gran lectora, lee todo, es su pasatiempo preferido. Le puedes preguntar de cualquier país, de cualquier estilo, género… ella ha leído algo. Pero si le preguntas de literatura venezolana se queda muda. Ha leído conmigo porque yo le paso los textos y me pregunta: ¿cómo esto no lo conocía yo antes? Y entonces fuera de Venezuela el desconocimiento es mayor. Mi esposo, peruano, gran lector también, nunca había leído nada aparte de Gallegos hasta que se casó conmigo.

¿Cómo podríamos ayudar a que se conozca más a la literatura venezolana en el exterior?

Pues la gente que está en el mundo de la academia tiene un poco de poder, ¿no? Como yo [risas]. Es decir, los profesores pueden difundir un poco a través de los textos que distribuyan a sus estudiantes, yendo a conferencias, hablando con colegas. Y hay que salir fuera de la academia y conectarse con las revistas culturales tanto en Estados Unidos como en Venezuela. También, por ejemplo, hacer proyectos con editoriales, antologías. La antología Topos mecánicos, de Raquel Abend Van Dalen es una muestra. Acaba de salir, ¿la has visto?, de la Editorial ígneo. Ella compiló autores que hablan sobre la vida en el metro (sobre todo de New York) y hay autores de aquí de varios países y autores de allá. La editorial sale del país sin dejar de estar allá a través de ese libro. ¿Me entiendes? Me parece una selección maravillosa. Cosas como esa son las que hay que hacer. Las plataformas digitales también acortan las distancias, ya sabes.

¿Cómo ponderas el nivel actual de la literatura venezolana?

Esa pregunta es difícil de contestar en estos momentos si hablamos de forma general de todo lo que se está produciendo allá. Lo digo por el control de varias editoriales que siempre fueron grandes íconos de la literatura venezolana. Sin embargo, los autores que siguen escribiendo desde principios de siglo y que no se acomodan a exigencias políticas, siguen estando entre los que valoro profundamente. Algunos se han ido, algunos siguen allá y sé que seguirán luchando por mantener su voz. Hay muchos poetas comprometidos y eso me pone muy contenta también. También las revistas son cruciales. Son buenas. Siempre está Qué Leer y con La Vida de Nos, Ojo, El Estímulo, El Cautivo, etc, se mantiene la exposición de tantos textos de calidad que hay. No sé mucho de los problemas que puedan enfrentar en este momento las editoriales que no son adeptas al Gobierno. Con la cuestión de las divisas, la falta de papel, tinta… no sé, tantas cosas. Sin embargo, tengo fe en la Editorial Cómplice, Editorial Eclepsidra, OT Editores, entre otras. Pero en resumen, la literatura venezolana sigue siendo de mucha calidad, sigue siendo muy buena.

Hablemos de tu rol de escritora. ¿Cuántos libros has publicado?

Un cuento largo (que se publicó como novela corta), tres ebooks y un libro de cuentos. El primero salió en Venezuela con la Editorial El perro y la rana pero ahora no puedes encontrarlo. Me sacaron de catálogo. El próximo año van a salir aquí mi segundo libro de cuentos y un libro de ensayo. El libro de cuentos que saldrá el próximo año incluye el primero (cuento largo) que se publicó en Venezuela.

¿De qué van los tres ebooks?

Última inocencia y En esta tierra maldita son cuentos largos también. Ambos ambientados en Maracaibo. El primero es sobre un grupo de amigos que le juega una mala pasada a un hombre comprometido con la Revolución. El segundo habla del Miss Venezuela y el tema de ser transgénero. Hábitat es un libro de microcuentos. Son 40 cuentos corticos, de un párrafo o un par de líneas, todos de algún modo relacionados con personajes que podrían considerarse raros. Un poco tenebroso… o quizás no.

¿Y han encontrado tus libros lectores venezolanos? ¿Cómo haces con la difusión?

¡Mi familia! [risas]. No, en serio, la gran mayoría de mis lectores están en Estados Unidos. Los lectores en Venezuela son contados. No se me considera una escritora venezolana, entiendo yo. Antes te mencioné que es difícil entrar al círculo literario venezolano; quizás porque no estudié letras allá, porque comencé a escribir estando aquí, quién sabe. Como artista, he encontrado mi casa aquí. Estoy contenta. También hay que añadir que mis libros no se consiguen en Venezuela, eso es un problema, y el Internet para muchos es un obstáculo, que si se va la luz, que si hay que comprar con tarjeta de crédito, etc. Es difícil lograr una difusión de mis textos allá.

En tu opinión, ¿cuál es la importancia de la literatura en la sociedad? ¿Por qué, por ejemplo, es importante dar a conocer a la literatura venezolana en EEUU?

La literatura es, al fin de cuentas y en muchos casos, un reflejo de la sociedad. En este momento más que nunca es necesario que se conozcan las voces venezolanas en Estados Unidos y en todo el mundo. La literatura puede revelar las historias que los medios institucionalizados no revelan.

¿Algo más que agregar? Quizá un mensaje para estos tiempos que atraviesa Venezuela.

Tantas cosas que se pueden decir… Admiro muchísimo a la gente que se queda luchando día a día y produciendo ideas en medio de tanto caos. Por eso creo firmemente que volveremos a tener un país digno. Mientras tanto y desde aquí lo que hago día a día es informar, contarles a todos las historias que de otra forma no sabrían.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

 

No hay que ser mezquinos con Teodoro

El escritor John Manuel Silva es liberal y nunca ha simpatizado con la izquierda: ni la dictatorial ni la democrática. Pero aun así no duda en reconocer el valor de la obra de un pensador fundamental de la Venezuela del siglo XX.

Es como obvio que por Teodoro Petkoff tengo pocas simpatías políticas, pero si tuviera que decir algo suyo con lo que me identifiqué, y por lo que siempre le tuve un enorme respeto, es por lo honesto de su tránsito del socialismo soviético a una cruzada a favor del socialismo más democrático. Fue él, y no Allende, por citar un caso, quien realmente reconcilió los ideales (a mi entender errados) de la izquierda con el espíritu tolerante y abierto obligado a la diversidad que implica la democracia.

Gracias a eso, fue odiado en la U.R.S.S. desde donde se practicó una sistemática campaña de asesinato civil (character assassination) que a juzgar por algunos mensajes por ahí que insisten en la participación de Petkoff en el asalto al Tren del Encanto, entre otras mentiras descaradas, tuvo bastante éxito. El comunismo siempre actuó así, lo hizo con Víctor Raúl Haya de la Torre, con Mario Vargas Llosa, con Jorge Edwards y con cualquiera que, aun desde la izquierda, disintiera de la línea dictada por Moscú.

Me cuesta identificarme con las ideas políticas de Teodoro, tanto las que defendía cuando era comunista como su paso hacia la izquierda más democrática. Me habría gustado una rectificación general y sincera, como la de Vargas Llosa, por citar un caso conocido. Me cuesta admirar su errada teoría de las “dos” izquierdas y también su insistencia en fallidos modos de lucha contra el chavismo. Pero… no podría ser mezquino en el reconocimiento de un pensador fundamental en la Venezuela del siglo XX, responsable de haber civilizado a mucha de la izquierda más radical, voz reconocida en su denuncia de los crímenes del comunismo y, al final de sus días, creador de un periódico que enfrentó con bastante coraje al chavismo (aunque no siempre a su ideología), razón por la que murió acosado y perseguido en los últimos años de su vida, en los que hasta pretendieron despojarlo de su ciudadanía, en una criminal persecución ordenada por Diosdado Cabello.

En tal sentido, y como una vez dijo Emeterio Gómez, creo que la historia debe ser bastante justa con la obra de Teodoro Petkoff y el balance, al menos en lo referido a su persona, es el de un hombre esencialmente bueno y honesto. Eso merece mucho respeto.

 

Por John Manuel Silva |  @johnmanuelsilva

#DomingosDeFicción: El suéter

En aquellos tiempos estaba de moda regalar a amigos y novios bufandas y suéteres tejidos por nosotras mismas. Llevábamos nuestras labores a todas partes, hasta al cine, sin hablar del liceo donde tejíamos en los recreos sentadas sobre los pupitres y, durante las clases, con las manos escondidas debajo de ellos. Tejer tranquiliza la mente, dicen. Puede ser una ocupación terapéutica. También puede ser una pasión. Lo fue para mí cuando estaba trabajando en aquel suéter confeccionado con la lana más cara que había, gruesa y suave, color gris azulado matizado de verde como los ojos de aquel muchacho a quien iba a regalarlo. Se llamaba Uri.

Mi amiga Sigal, la que sabía tejer mejor que yo, y, en general, sabía más que yo de todas las cosas de la vida, no me había enseñado tan solo el punto de espiga y de arroz doble que mejoraban la textura del tejido; también me mostró cómo incorporar en él un hechizo amoroso para el destinatario de la labor. Siempre sentí algo mágico en el proceso con el que el hilo, un simple hilo de lana, sale de un ovillo y se transforma en una bufanda o un suéter: objeto que tiene forma, textura y sentido, surgido desde la nada por el mero efecto de enlace y continuidades. Pero la magia de Sigal iba más lejos. Se trataba de un punto secreto que había que anudar cada siete hileras al principio o al final de aquellas (donde quedaría oculto cerca de la costura), mientras se recitaba las palabras rituales con los ojos cerrados, invocando la imagen del amado para asegurar la eficacia del encantamiento. Un juego estupendo para las tardes de chismorreo, risas y confidencias entre dos buenas amigas.

El punto mágico se lo había enseñado a Sigal la vieja judía armenia que leía el futuro en la borra del café, en una de esas casas destartaladas que aún pervivían en la calle al borde del mar; y ambas lo practicábamos en nuestras deliciosas tardes de hacer las tareas y tejer, en parte creyendo en él y en parte pretendiendo que creíamos, para no estropear el hechizo. El resultado era infalible, aseguraba Sigal que ya lo había experimentado con sus dos empates previos al que se proponía conquistar al tejer su nuevo suéter, mientras recitaba cada siete hileras las palabras del hechizo:

bruja, soy bruja

hilo y aguja

y mi punto encantado

te mantiene amarrado

No eran exactamente ésas las palabras pero tenían la misma simpleza y la misma tonada de una copla infantil. Tal vez sea el momento para aclarar que las palabras eran en hebreo y que estábamos en Israel, en la inimaginable lejanía de los años sesenta. Pero esa precisión no es relevante ya que esa historia podría pasar en cualquier tiempo y lugar donde dos adolescentes tejen, canturrean, recitan encantamientos y se desternillan de risa. Yo le seguía el juego a Sigal. Sospechaba que la cosa le había funcionado porque nunca estuvo realmente enamorada de ninguno de esos novios y no conocía la paralizante vulnerabilidad que me causaba Uri con la sola mirada de sus ojos grises cuando se posaban en mí. La atraían los chicos guapos y superiores –seres simples lanzados hacia el éxito social como una flecha–, los que eran objeto de deseo de todas pero salían solo con aquellas que poseían los mismos atributos y, por ende, realzaban su propia popularidad. Uri no entraba en esa categoría: era más bien huraño, sin vocación de liderazgo, no formaba parte de ninguna organización juvenil y rehuía las fiestas. Hablaba poco, su mirada no transmitía seguridad en sí mismo sino una suerte de reflexiva ternura, y algunas veces lo habíamos pillado leyendo libros durante el recreo en un rincón apartado del patio. En realidad me fijé en él porque lo había pillado también mirándome como nunca nadie lo había hecho, y de pronto todas esas debilidades que lo desviaban del perfil de un novio ideal se volvieron tesoros ocultos. A mis dieciséis años, lo que sentía significaba estar enamorada aunque no sé si de verdad amaba a ese chico: me enloquecía la capacidad romántica que adivinaba en él, mi conmoción se debía al dulce veneno del reflejo. Contaba las hileras del tejido de siete en siete, cerraba los ojos y anudaba el punto encantado repitiendo bruja, soy bruja, hilo y aguja, pidiendo el único deseo de existir en los ojos y en la mente de alguien que yo presentía capaz, más que nadie en mi entorno juvenil, de sentir una verdadera pasión y saber expresarla. Enamórate de mí, Uri, susurraba, presintiendo lo maravilloso que sería eso. Y luego encontraba la mirada cómplice de Sigal y ambas nos echábamos a reír como un par de posesas.

El hechizo no falló: el día en que Uri se puso por primera vez el suéter que tejí para él me invitó al cine. No recuerdo qué película vimos, o en realidad, no vimos, ya que no dejamos de mirarnos a los ojos que brillaban en la oscuridad de la sala. A mitad de la función tomó mi mano y no la soltó más hasta que nos separamos en la entrada de mi edificio. La noche siguiente me pidió el empate y le dije que sí. Nos besamos en un banco del parque cercano y fue la primera vez cuando la boca de un chico parecía cumplir las promesas de todos los besos que se daban –generalmente al final– de las novelas y de las películas, ya que todas mis experiencias previas a esa habían sido un desastre. Solo a Sigal le había revelado mi temor a ser frígida, mi falta de respuesta y hasta el asco que me causaban esos alientos y salivas ajenas, esas lenguas-moluscos que pujaban por entrar a mi boca. Ya llegará tu príncipe encantado, me prometía, gentil, condescendiente conmigo, ella, que aún era virgen pero estaba a kilómetros delante de mí en el camino de las experiencias sexuales.

Y mi príncipe llegó. Salíamos cada día después de las clases, nos besábamos en otros bancos y en otros parques, hablábamos sin cesar de nuestras circunstancias, de los estudios, de libros y películas, de la vida, de la muerte y del amor, y todos los temas venían a encallar tarde o temprano en el milagro que era el nuestro. Fue mi primer amante –con lo que de un salto dejé atrás a Sigal con toda su cautelosa experiencia– y no tengo duda de que en esa época estaba enamorado de mí. Y, sin embargo, al recordarlo no tengo la impresión de haberlo conocido realmente; era como si su verdadero ser permaneciera a resguardo de mí y de todos. Nunca encontré nada en esas profundidades inasibles que dejaba presentir su mirada. Tal vez no había nada que buscar, pero Uri tenía la peligrosa cualidad de permanecer esquivo y dejar que lo inventaras.

Pasó el mes de enero, y luego febrero. Nos envolvían las lluvias del invierno y mi novio no se quitaba el suéter. Y mi punto encantado / te mantiene amarrado, canturreaba Sigal, mientras que yo, arropada en los brazos color gris azulado y textura arroz doble sonreía, segura de que el ridículo juego del tejido encantado nunca me había hecho falta. Uri y yo éramos tan compatibles, tan dados a enamorarnos y tan hechizados por nosotros mismos que no podía ser de otra manera.

No obstante, todo ese embrujo se deshizo como un tejido de lana cuando se separan sus hilos. Vino el asueto de Pesaj. Él era hijo de divorciados, y su madre que vivía en Estados Unidos aprovechó para enviarle un pasaje para Filadelfia. Lo retuvo a su lado durante la larga huelga de profesores y maestros de secundaria que arrancó después, dejando a los alumnos colgados en el limbo en que casi perdimos el año. A finales de mayo se reanudaron las clases pero Uri no volvió: su madre estaba enferma y tuvo que quedarse con ella. Luego vinieron las vacaciones de verano. Yo lo extrañaba de lejos, mientras las semanas se convertían en meses y sus cartas, al igual que las mías, se hacían escasas en una progresiva resignación a lo inevitable. Nuestra separación fue suave como la mirada de Uri que parecía acariciar todas las heridas en su reflexiva ternura.

Tampoco volvió al inicio del nuevo año escolar, o eso fue lo que creí. Y lo seguiría creyendo, olvidándome poco a poco de él, si en la siguiente primavera no me hubiera topado con esa chica durante una excursión al Sur en la que participaban varios liceos. Era una flamante pelirroja que estudiaba en la secundaria Aliance, y no sé si era hermosa, pero ciertamente especial: había algo en la extrema fragilidad de su silueta en contraste con el volumen de su larga cabellera ensortijada que atraía las miradas como un imán. Y algo más atrajo la mía: hacía frío al anochecer en la cuenca del Mar Muerto, y Liora –aún no sabía que se llamaba así–  llevaba un suéter color gris azulado que resaltaba el tono rojizo de sus rizos. Sus manos se perdían en las mangas, porque era un suéter demasiado grande para ella, un suéter de hombre, igual al que yo había tejido el año anterior para Uri.

No: no era un suéter igual. Era ese suéter.

Hasta ese momento nuestra lenta ruptura, nunca confirmada oficialmente, me había dejado la melancólica felicidad de haber vivido aquel romance mezclada con residuos del dolor, siempre pospuesto por los retos de lo cotidiano, y hasta un soterrado alivio de sentirme libre para seguir experimentando, ya que –sin importar cuánto lo hubiese querido– la idea de quedarme para siempre con el primer amor no cabía en mi visión de la vida. Pero ver el suéter fue recibir una cuchillada directa al corazón que despertó a la realidad de un indecible sufrimiento. Azuzada por las dentelladas de los celos, seguí disimuladamente a la pelirroja hasta los predios donde acampaban los alumnos de Aliance. Y allí estaba mi novio –¿debería decir ex novio?– dedicado a armar una fogata. Se frotaba las manos por culpa del frío y la chica se las cubrió con las suyas dentro de las mangas de mi suéter y se las llevó a la boca para calentarlas con su aliento. Vi como él apartó el cabello rojizo de su rostro y la besó. Vi –o más bien pude imaginarme– cómo la miraba, mientras las escenas del año anterior me asaltaban como una manada de lobos.

Detenida a prudente distancia espié un rato a la pareja y seguí esa vez a Uri cuando se alejó de los demás en busca de más ramas para la fogata. Mis gestos habían adquirido la sinuosidad de una serpiente, de modo que solo reparó en mí cuando le corté el camino. Me reconoció antes de que me quitara la capucha.

—Hola, Edna.

No parecía sorprendido.

—Así que no estás en Estados Unidos –dije–. Volviste. Estás estudiando en Aliance.

—Ya lo ves.

—No sabía nada. Ni siquiera me avisaste.

 Tras un corto silencio, contestó:

—¿Qué te puedo decir?

 La respuesta universal de los cobardes cuando no queda ninguna forma de justificar lo injustificable, ninguna mentira posible. No estaba avergonzado, solo me miraba de esa manera suya y, lo que antes había para mí en esos ojos grises matizados de azul, ahora no estaba en ellos. Podía conformarme –ya me había conformado, de hecho– con la ausencia de Uri mientras medio planeta nos separara, pero tenerlo enfrente mirándome tan calmado y razonable era demasiado doloroso. Era insoportable. Las lágrimas se agolparon con gusto a sal en mi garganta y la enormidad de todo lo que podría y debería decirle me sofocó de modo tal, que solo pude pronunciar el reproche más irrelevante:

 —Le diste mi suéter a otra.

Sonrió:

—Se llama Liora. Se lo presté porque hace frío. ¿Quién esperaba que hiciera frío al borde del Mar Muerto?

 —No debiste hacerlo, Uri. No puedes dar mi suéter a nadie. Era un regalo de amor.

Me siguió mirando con esa ternura dedicada al universo entero pero ya no a mí, y callaba como lo recordaba callar, como si cavilara en decirme o no la verdad. Resolvió que sí:

 —Lo recuerdo. Era un regalo de amor, lo sé muy bien. Por eso se lo di a Liora. Ahora la amo a ella.

Giré sobre mis talones y hui. Me aniquiló la brutal franqueza de sus palabras, la total seguridad con la que afirmaba sin muestras de culpa su derecho de amar o dejar de amar a quién le diera la real gana, la falta de cualquier lealtad moral con los sentimientos vividos y profesados antes de los actuales. Pero más que nada me afectó lo que dijo del suéter, mi regalo de amor: por eso se lo di a ella. Era diabólico cómo en pocas palabras separó el amor de mi persona pero no del objeto que le regalé, como si reconociese su poder de transmitirlo.

Por eso se lo di a ella. Por eso. Por eso.

Sería largo de contar cómo busqué a Sigal y le reporté lo sucedido, cómo le pregunté si la vieja de la casa al borde del mar le había enseñado otro hechizo; sería largo de contar cómo se burló de mí pero me prestó la tijera que siempre llevaba en su bolsa de labor, porque Sigal no dejó de tejer ni siquiera durante esos tres días de excursión. No existía otro hechizo, solo tocaba deshacer el primero que me tenía atrapada aunque ya no a él: por eso ella había recuperado hacía poco uno de sus suéteres de uno de sus ex novios y lo convirtió de nuevo en ovillos de lana.

Tampoco quiero describir la noche que pasamos al borde del Mar Muerto, y cómo atravesé la extensión de sombras entre los troncos deformes de los olivos hasta el campamento de Aliance donde figuras temblorosas asaban papas, hablaban y se reían en el aire perturbado por la fogata, y me mezclé con ellos al abrigo de mi capucha, forzando los ojos en el humo hasta ubicar la llamativa cabellera de Liora apoyada sobre el hombro de Uri; ni cómo llegué a acercarme a ellos cuando del fuego ya solo quedaban las ascuas y los últimos excursionistas habían dejado de cuchichear en sus sacos de dormir. Estábamos en el sitio más bajo del planeta: el aire tenía peso, la mera oscuridad pesaba en su engañoso silencio que nunca es tal en la naturaleza, pero allí la naturaleza se reducía a la tierra seca bajo mis pies y a la terquedad torcida de los olivos. Yo sudaba aunque no hacía calor; el sudor era pura sal en mi boca y ardía en los ojos. El dolor de los celos también ardía; y también tenía peso. Sabía que él no se despertaría: conocía su sueño. Ella podía ser un problema. Dormía de espaldas, el brazo izquierdo doblado bajo la nuca, y tan solo la débil luz de las estrellas destacaba sus largas pestañas, la delicadeza de los párpados cerrados y del fino cuello echado hacia atrás. Sentí el vértigo de las sombras mientras me inclinaba sobre ella con la tijera en la mano. Pero tal es el poder de cierta belleza que mi odio se deshizo en el deseo de su fragilidad, de ser como ella, de ser ella…, en un incomprensible deseo de protegerla. No la odiaba; lo odiaba a él. Deseaba que se muriera. Necesitaba deshacer el hechizo, quitarle el poder que tenía sobre mí, sobre nosotras dos.

Mi suéter era tan grande y holgado sobre el esbelto cuerpo de Liora que no tuve problema en introducir la punta de la tijera debajo de la manga cerca de la costura, empeñada en cortar de un solo tajo (el coraje no me dio para más) el mayor número de hileras posible y dos, tres o cuatro de mis puntos encantados, para destruirlos.

Nadie despertó, nadie me vio, nadie supo lo que hice.

No recuerdo casi nada de la empinada subida del día siguiente camino a Ein Guedi, solo el pánico y los gritos al ocurrir el accidente: un alumno de Aliance cayó al barranco que tenía más de treinta metros en ese preciso lugar.

Su novia pelirroja, en un estado de shock, repetía con los labios blancos que había sido culpa suya, porque él le estaba ayudando a ella cuando resbaló… que le estaba ayudando a  desenganchar el suéter. Todavía lo llevaba amarrado alrededor de la cintura, gris azulado y roto, y arrugadas líneas de lana lo unían a la manga que colgaba, descosida por el tirón sobre los hilos sueltos que el viento había desprendido del tejido y enredado en un cactus entre las rocas, apenas un paso o dos más allá del sendero.

Y eso es lo que queda en mis pesadillas. No es ella  –ya ni siquiera él–  sino el suéter deshecho, y el pequeño árbol endeble que ciertamente no era un olivo, y esa cicatriz fresca que llora un líquido vegetal en el sitio donde había estado la rama de la que se agarró Uri para liberar unos hilos de lana, atrapados entre las espinas.

Noviembre, 2014

 

Por Krina Ber

*Este relato forma parte del libro La hora perdida (editorial Ígneo / 2014).

Tu historia se puede parecer a la mía

Tu historia se puede parecer a la mía

Nací en 1986, en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Muchos años después supe dos cosas: tal parece que los que nacemos ahí somos “más caraqueños que el Ávila” y que mi mamá me vio veinticuatro horas después del parto.

Me perdí. O mejor dicho, me perdieron.

Aquí viene el paréntesis con la primera anécdota.

(Mi mamá fue a su control prenatal un miércoles 13 de noviembre. Jaime Lusinchi era el presidente de Venezuela y Bárbara Palacios llevaba la cinta de la mujer más linda del país. Una vez que el médico observó lo inevitable, le dijo que debía quedarse porque “tú pares hoy”. Sola, sin poder avisarle a mi abuela –en esa época no había celulares–, me trajo al mundo. Era mediodía. Mi mamá sufrió un exceso de sangrado que obligó a los médicos a operar de inmediato mientras me atendían. Lo lógico es que después de pasar por un parto y sintiéndote como si una aplanadora te hubiera arrollado, quieras ver a la “bendición” que provocó todo eso. Cuando ella preguntó por su bebé las enfermeras se vieron las caras y dijeron: “no sabemos dónde está”. Como nací en pleno cambio de guardia, las enfermeras no encontraron tarjetas azules para rellenar mis datos. Supongo que estaban muy apuradas. Así que tomaron una rosada y escribieron en letras grandes: NIÑO. Tal parece que una de ellas no entendió el mensaje y me puso en el pabellón de las niñas. Ahí estuve hasta que me encontraron. Bendito entre las mujeres.)

Fin del primer paréntesis.

Mi infancia fue normal. No desarrollé súper poderes, no gané ningún concurso de matemáticas y tampoco me dediqué a los deportes. Mis mayores logros fueron aprender a leer y escribir. Lo de leer se produce porque cansada de tener que leerme todas las noches el mismo cuento, mi mamá tomó la resolución de que “o aprendes a leer o no te enteras de lo que pasa en los suplementos”. Con una determinación de hierro, Condorito fue mi arma y sus palabras mi desafío. Luego de tantos cabezazos contra las páginas lo logré: leí.

Lo demás, como dirían en las películas, es historia.

No he parado desde entonces.

¿Nos estamos acercando? ¿Mi historia se parece a la tuya?

Luego, llegó el bachillerato.

Cinco años de estudiar, tratar de conocer chicas, hacer travesuras y vivir. Yo procuraba ser un modelo ejemplar: no me metía en problemas y siempre fui educado. Eso hasta que tomé la resolución de voltear la mesa y no dejarme llevar por cualquier imposición (supongo que todos pasamos por ahí). Entonces me dediqué a contradecir a los profesores, raspar materias que no me gustaban y sacarle unas cuantas canas a mi mamá. Evidencia de esto fueron las veces que me llamaron a coordinación, las notificaciones de mala conducta y alguna que otra pelea con los compañeros que trataban de hacerme bullying.

¡Ah, sí! Porque eso del bullying no es nuevo. Ya lleva sus años rondando por ahí.

Tu historia se puede parecer a la mía

Ahora, viene otro paréntesis con la segunda anécdota.

(En cuarto año de bachillerato, luego del primer lapso, la coordinadora de evaluación llamó a mi mamá al colegio. Le explicó que yo había raspado seis materias y que si no me ponía las pilas perdería el año. A mi pobre madre se le llenaron los ojos de lágrimas y cuando llegamos a casa me dijo que estaba muy decepcionada de mí. En ese momento supe que tenía la capacidad de herir a las personas que amo –todos tenemos esa triste habilidad–, y que no quería que mi mamá sufriera por mi culpa. Desde entonces, y con algunos años encima, he discutido en un par de ocasiones con ella, como dos adultos. Pero siempre con la idea firme de que es una de mis mujeres sagradas.)

Fin del segundo paréntesis.

Logré graduarme y llegó la universidad. Y el primer empleo. ¿Recuerdas cuándo te dije arriba que me esforcé por aprender a leer? Bueno, resultó lógico que buscara trabajo en una librería. Y así lo hice. Fueron dos años donde de ocho de la mañana a dos de la tarde me perdía entre olores de páginas –polvo también–, portadas y lomos. Fue muy interesante conocer un poco sobre cómo se comercializa lo que leemos y qué propósito tiene para nosotros.

Suena muy romántico. Pero quiero que sepas que cuando uno confirma las cosas que ama, siempre habrá pasión y romance de por medio.

En la universidad continúe con mis actos de rebeldía. En realidad nunca he parado. Pero ahora con más cautela y precisión. Tras un fallido intento por estudiar Letras y al sucumbir ante los clásicos comentarios de: “si estudias eso te vas a morir de hambre”, descarté por completo la idea de ser abogado y me metí de lleno al periodismo. Una carrera –y un oficio– que me ha dado los mayores altibajos de mi vida.

Es una profesión que muchas veces puede arroparte con su ego, pero también te lleva a poner los pies sobre la tierra y enseñarte lo delicada que es la vida. Una pasión que va asentándose en tus sentidos hasta que un día despiertas con la necesidad de buscar más allá de lo que todos están hablando.

Un estilo de vida que me permitió cultivar lo que quiero hacer: escribir.

Tercer paréntesis con otra anécdota. Prometo que es la última.

(En mi primer año como reportero para el periódico Últimas Noticias, allá en 2008, aprendí mucho más que en cinco años de carrera universitaria. Mi editora de ese momento me sentó un día a su lado y me explicó cómo tenía que encontrar mi voz dentro de las páginas. Me inculcó que la objetividad es la utopía primordial de todos los periodistas. Inalcanzable, porque como seres humanos somos subjetivos. Y que lo más importante de una persona es su nombre.)

Tu historia se puede parecer a la mía

Listo.

Así, entre cumplidos por el trabajo bien hecho, reproches por las metidas de pata, prevenciones ante los enemigos que uno se gana (con razón o “sin querer queriendo”), puedo decir que el periodismo ha sido mi mejor evangelización.

Para ir llegando al meollo de todas estas palabras, dejé el nido cuando conocí a una mujer que me quiere por lo que soy. Una muchacha que me ha ofrecido lo que otras señoritas no aportaron: intimidad. Esa intimidad de saberte completo y natural ante unos ojos que no te juzgan. Que te abrazan, que te regañan sin preferencias, que te aman, que te cuidan, que quieren lo mejor para ti. Para los dos. Una mujer que juega Nintendo, hace lentejas y resuelve derivadas. Además, he comprendido que la vida es un conjunto de experiencias que te van soltando pequeños destellos de felicidad en una larga carrera de obstáculos. El truco está en hacer que esos focos de luz se alarguen para que el camino nunca quede oscuro.

Por eso, Víctor, aquí estoy en la clínica. Esperando que nazcas para darte la bienvenida a este mundo. Prometo que no te vas a perder como yo y siempre vas a contar conmigo. Como tu hermano mayor. Algún día te daré esta carta, o quizás cuando estés más grande, cuando hayas pasado tu época de rebeldía, de niñez y de enamoramientos, podamos sentarnos a tomarnos unas cervezas y comparar historias.

Ya verás que la tuya será diferente.

 

Por Jefferson Díaz (@Jefferson_Diaz)