en la hora sin sombra

#DomingosDeFicción: En la hora sin sombra

Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento,

porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento,

y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

No.

¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

¿Una perra?

Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón | @atajoslargos

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007).

paraguas de colores

La invasión de los paraguas de colores

Aparecieron sin previo aviso. Una sucesión de coloridos paraguas se elevó hacia el cielo caraqueño, en el Pasaje Linares entre la avenida Universidad y la Plaza El Venezolano, en pleno casco histórico de la ciudad.

Impulsada por la Alcaldía de Caracas, esta vistosa instalación emula el UmbrellaSky Project, iniciativa surgida en la ciudad portuguesa de Águeda con motivo de un festival local celebrado en 2011. Desde entonces, los “cielos de sombrillas” se han expandido hacia otras urbes como el paseo Coral Gables de Miami o la ciudad de Madrid.

Sobre los paraguas de colores en Caracas han escrito entusiastas y detractores. Hay quienes dicen que la obra no es sino un intento de “maquillar la realidad”, tapar el sol con algo brillante y bonito, que distraiga la atención y genere cientos de selfies.

En el otro lado de la acera se argumenta que “sin importar quién lo hizo”, el cielo de sombrillas “se ve arrechísimo y está de pinga”. Agregan que ese colorido paisaje ha logrado que los caraqueños se aventuren a conocer el casco histórico de la ciudad.

Ambas premisas tienen algo de cierto.

El chavismo ha impuesto sus fatídicos símbolos en cada espacio y superficie bajo su dominio, por ejemplo, el 23 de Enero y el Centro de Caracas. En ese contexto, el endógeno UmbrellaSky se presenta como un monumento más amigable, donde el ciudadano encuentra color y optimismo en una estampa muy pop digna de difundirse en las redes sociales.

Yo mismo prefiero unos paraguas de colores antes que los ojos de Chávez al estilo del Gran Hermano o la imagen donde Hugo y Nicolás aparecen en una pose calcada de Lenin y Stalin, rematada con la frase “Juntos Todo es Posible”, que al mismo tiempo dio nombre a la cuestionada campaña de la Alcaldía de Caracas para reemplazar  aceras de varias calles y avenidas. Una campaña que, vale acotar, solo dejó pérdida en el patrimonio urbano.

Un altar al socialismo en cada esquina

Pero la tregua visual que representó la exposición de una pieza aparentemente libre de connotaciones ideológicas caducó demasiado rápido, fulminada por Erika Farías (f), quien preside de facto la alcaldía Libertador. Farías aprobó una comisión especial para cambiar el escudo, la bandera y el himno de Caracas, con la intención de sustituir el emblemático león establecido como un ícono de la capital venezolana desde su fundación el 25 de julio de 1957, por los ojos del finado. Como hizo en diciembre, cuando cambió la felina estatua que custodiaba la autopista Valle Coche por la figura de la indígena Apacuana.

La intención es clara, proseguir con la deformación de nuestros conceptos estéticos e históricos, adaptándolos a sus ideales para hacer de cada esquina caraqueña un altar al socialismo del siglo XXI.

No puedo dejar de pensar que las imágenes de los paraguas que se viralizan en redes construyen la narrativa de una gestión que no existe. De esa manera los ciudadanos que buscan mostrar una cara más luminosa de la ciudad e insisten en que no se politice la obra en el fondo están siendo usados para hacer proselitismo.

Pero el quid de la cuestión, más allá de juzgar a alguien por tomarse una foto o no, es que esos paraguas de colores no implican una transformación real del espacio público, más bien construyen un espejismo. Una vez que se atraviesa el pasaje y sus coloridas sombrillas, saltan a la vista las fachadas sucias, grafiteadas y atiborradas de propaganda comunista.

No hay que ser un experto en urbanismos para darse cuenta de que la ejecución del caraqueño cielo de sombrillas se hizo a medias y sin planificación alguna. Uno de los edificios sobre los que se asienta la controvertida estructura es la viva estampa de la decadencia arquitectónica.

Foto: Luis Morillo | Crónica.Uno

Demás está decir que claro que importa quién colocó los paraguas en el Pasaje Linares y con qué dinero. La Alcaldía de Caracas es un ente público y como tal tiene el deber de informar a los ciudadanos el origen de la obra.

¿Realmente fue una donación de un artista extranjero?, como afirmaron extraoficialmente trabajadores responsables de la instalación. ¿O los recursos salieron de los fondos públicos? ¿Cuál fue el costo total del UmbrellaSky? El portal Crónica.uno estimó en  1917,6 dólares (352,5 salarios mínimos) solo el costo de las sombrillas.

Todas las anteriores son preguntas que, aunque no obtengan respuesta, deben hacerse en aras de la transparencia.

Si algo ha dejado claro el episodio de los paraguas es que los ciudadanos ansían la creación de espacios públicos que les permitan volver a disfrutar la ciudad. Pero para solventar esta necesidad se requiere de proyectos donde la transformación urbana unifique integralmente los ámbitos estético-artístico sustentable y recreativo. En otras palabras, además de una locación para admirar y tomarnos fotos, merecemos espacios donde convivir, encontrarnos y desenvolvernos. Podría empezarse por la recuperación de plazas, fuentes decorativas, esculturas, canchas deportivas, y murales concebidos desde el arte y no para la política.

Por Kevin Melean | @kevmelean

¿De verdad quieres que te diga?

#DomingosDeFicción: ¿De verdad quieres que te diga?

a Víctor Valera Mora y Ángel Gustavo Infante

 

La pequeña pantalla iluminó, al fin, las letras PB. Antes de abrirse las puertas, se escuchaba una pegajosa cancioncita de moda. Cuando se abrieron, de la cabina emergió el galán del piso 12. En cuanto vio a la chica que esperaba afuera, detuvo su concierto en seco.

¡Mi niña, buenísimos días!, paladeó, más que hablar. Te pasas de bella, chica. Pero, ¡mi cielo! Dime un solo defecto tuyo, flaca linda… Líbrame de esta esclavitud de verte perfecta, anda.

Ella esperó, con su mejor mirada de indiferencia, a que él saliera del ascensor. En la relativa seguridad de la cabina, se dio vuelta y, viéndolo a la cara, no pudo reprimir una sonrisa. Él la interpretó como un tímido pero seguro avance hacia el glorioso objetivo de ver sus pantaletas deslizándose por esas piernas morenas.

Animado por el amistoso gesto, permaneció inmóvil frente a ella, como esperando una respuesta, palpándola de arriba a abajo con la vista. Ella, manteniendo su sonrisa divertida, dijo algo que él no alcanzó a escuchar, distraído como estaba en comerle las piernas. Cuando intentó atrapar sus palabras, las puertas del ascensor se llevaron la imagen que lo acompañaría el resto de la mañana.

Luego de verla desaparecer dentro del ascensor, salió del edificio y se enrumbó hacia la parada del Metrobús, examinando las razones por las cuales podía sentirse optimista. La más obvia aunque, a su juicio, no la única, además de esa sonrisa que le acababa de regalar, era que no le conocía hombre. Nadie, excepto los familiares más cercanos, la visita nunca, razonó para animarse. Los padres, cada cierto tiempo; el hermano, cada dos o tres semanas; una que otra amiga… enumeraba satisfecho, caminando por la acera todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior, recordando las piernas en esa faldita diminuta con la que nunca antes la había visto.

No quería pensar en nada más para no perderla de vista. En los cinco años que llevaba viviendo allí, esa había sido la mejor postal que le había regalado Santa Mónica. Caminó cerca de tres cuadras con una única imagen y una única certeza: las piernas de la chica del 6-D y esa sonrisa que, estaba convencido, significaba algo. Concluyó que al fin se estaba ablandando, y se relamía con la inminencia de la felicidad por venir.

Eso no pasa de tres semanas, sentenció, y apuró el paso porque el Metrobús se asomaba ya a la avenida.

 

Se estaba quedando dormida en el desorden de unas imágenes lejanas cuando escuchó el chorro de la regadera. Se despertó y tardó un instante en ubicar las circunstancias y en intuir la hora. Al recordar las últimas escenas de la vigilia, se incorporó y recuperó de inmediato el casi imperceptible vaivén que timoneaba sus caderas luego de la larga noche. Estirándose como una gata se preguntó con qué fuerza de voluntad podría alguien levantarse de la cama, luego de ese momento. En eso escuchó sus pasos descalzos y alzó la vista.

Ese caminar apurado y de pies en V lo reconocería hasta en Pekín, se dijo.

¿Tienes que irte ya?, le preguntó, desperezándose en la cama.

Si te digo que ya debería estar en el aeropuerto, ¿qué me dirías?

Ella sonrió y lo haló por un brazo.

Que te quedes acostadito, y así te evitas el embarque.

Eduardo la complació y se acostó a su lado, disfrutando de la tibieza de su cuerpo en contraste con el suyo, que estaba helado. Permanecieron abrazados en silencio, hasta que él, luego de escoger las palabras, le preguntó si de verdad nunca se lo había reprochado.

De los dos, él siempre fue más temeroso, más cauto. La temeridad de ella, en cambio, era el equilibrio perfecto al comedimiento de Eduardo. Así lo veía ella. Él, menos optimista, solía resumir su “equilibrio” en dejar que ella se saliera con la suya.

Valentina apeló al recurso de volverse atrevida, disfrutando de verlo indefenso ante sus arremetidas. Ignorando los pensamientos que rondan los insomnios, el eco de los atardeceres en soledad, las palabras coladas en medio de las películas repetidas de los domingos, le respondió con afectado aire infantil, mientras jugueteaba con un dedo por el pecho de él y su mirada se perdía tras la ventana:

¿Por qué, pues? Tú me quieres… yo te quiero… Te vuelves loco cuando me ves desnuda… Eres de lo más sabroso en la cama…

Pero no imagino la cara que pondrían…

¿Y por qué vienes cuando no están?, le interrumpió, retirándole la mano de su pecho. ¿Por qué llamas antes? Porque nadie imagina la cara que pondrían, papito. Pero esa no es razón suficiente para que no sigas viniendo. De hecho… mírate aquí.

Esto último lo dijo sonriendo, arqueando las cejas y moviendo los hombros, como dando a entender que, por cotidiano, ya era algo natural.

¿No te gusto?, le preguntó al rato, sonriendo por dentro de ver cómo la resolución de él se derretía como un helado a pleno sol.

Quedó acorralado y debía admitirlo. O al menos, guardar silencio. Como siempre, ella se había salido con la suya. De hecho, permanecieron callados un momento. “Mucho”, respondió él, mirando al techo. Ella reinició los mimos, acariciándole alevosamente la pierna con su pie. Él advirtió que volvía a erectarse. Ella se percató y sonrió con malicia. Él trató de defenderse del estado en que ella lo ponía. “¿Sabes que desde que eres carajita he pensado que estás loca?”, quiso decirle, pero recordó que ya se lo había dicho antes.

Y muchas veces.

Eduardo ya se había vestido y Valentina permanecía desnuda sobre la cama, boca abajo, la quijada apoyada sobre sus manos cruzadas, confiada en que esa visión sería irresistible. Cuando él se despidió, ella, sin cambiar la posición, le preguntó:

¿Cuándo vuelves a sorprenderme con tu visita?

Si logro salir siquiera, te llamo en cuanto llegue, respondió, evitando detener la vista en su espalda delgada, en sus piernas morenas, en sus nalgas firmes.

Deja que me ponga algo para bajar a acompañarte, dijo ella, y volvió a estirarse, siempre de espaldas, con alevosa calma.

Le iba a decir que no se molestara, pero sabía que contrariar a Valentina era como pelear con el clima. Ella se terminó de incorporar y, después de buscar durante un buen rato en el clóset, descubrió que tenía toda la ropa sucia.

Se me hace tarde, dijo él viendo el reloj y asomándose a la ventana.

Ya va, chico, dijo ella, y tropezó con una gastada faldita que usaba para estar en casa. Le incomodaba la idea de bajar hasta planta baja “casi desnuda”, pero no tuvo más remedio que ponérsela. Se buscó brevemente en el espejo, se acomodó un mechón rebelde que caía sobre la frente, alisó la falda con las manos y asintió con resignación antes de ir por las llaves.

Abajo se dieron sólo un fraternal abrazo. Ella volvió a sentirse incómoda en ese atuendo tan privado. Saludando a una vecina que pasaba (y que le devolvió una mirada de arriba a abajo), le pidió a Eduardo que la llamara en cuanto le fuese posible.

Trata de divertirte, fue la respuesta de él.

Me llamas, insistió ella, arreglándole el cuello de la camisa.

Él le tomó con delicadeza las manos y les dio un beso rápido a manera de despedida. Ella se quedó observando brevemente su andar nervioso.

 

Al perdérsele de vista, decidió que no saldría esa mañana. Algo triste que no terminaba de desgajarsele bajaba por el pecho. Y aunque no era la primera vez, nunca se acostumbraba a esas despedidas. Subiría y se tumbaría de nuevo en la cama. Quizá retomaría la lectura con la cual lo esperó, luego de su inesperada llamada. Dormir siempre es la solución para lo que no tiene solución, se dijo. Al despertarse estaría de mejor humor para buscar qué comer, afirmó apurando el paso, porque la incomodidad de estar en planta baja tan ligera de ropa la asaltó de nuevo.

Presionó el botón del ascensor y observó que la pantalla se mantenía impasible iluminando el piso doce. Alborotados sus pudores, la sola idea de que alguien llegara le acrecentaba la inquietud. Como si pudiese echar a andar el aparato con ese gesto inútil, presionó el botón nuevamente, esta vez con más fuerza. Echó una mirada hacia la entrada del edificio y pensó en la incómoda ambigüedad que suponía la planta baja, que no era la casa ni la calle.

Y el ascensor seguía inerte iluminando el doce.

Valentina alternaba su mirada entre la entrada del edificio y la pantalla del ascensor, hasta que vio iniciar la cuenta regresiva en la pantalla. Ahora sólo deseaba que llegase vacío. No estaba de ánimo para saludar a nadie.

Al ver que ya marcaba el ocho, se distrajo pensando en las sábanas revueltas que la esperaban, en el cuarto con las cortinas corridas, en los olores escondidos que saltan de los rincones de esas sábanas que ya estaban frías, en hacer un breve inventario mental de la nevera. Lo primero que haría sería desnudarse para disfrutar, en la cama, de la melancólica compañía de su ausencia.

La imagen de las manos de Eduardo acariciándola le hizo sentir un cosquilleo en el vientre. Nunca dejaría de asombrarle ese rito de buscar a alguien con quien morderse y lamerse con desespero, ni por qué nunca se agotan las ganas, ni qué mecanismos privan en la selección de ese alguien. Concluyó que el sexo es sólo una herramienta inocente y amoral para obtener afecto. Eso siempre lo justifica, concluyó en el momento en que el ruido del ascensor, precedido por una voz desafinando una cancioncita de Luis Miguel que ella odiaba, la sacó de sus pensamientos.

Cuando se abrió la puerta, apareció el latoso del 12 (el indiscutible número uno en la lista de antipatías personales de Valentina). Precisamente él. Y precisamente cuando se había permitido bajar con esa falda tan diminuta. ¿Tenía que ser él? ¿Y con esta faldita?, se preguntó contrariada, aunque reprimió cualquier gesto. Estaba convencida de que, ante tipos como ese, demostrarles cuánto la ponían de mal humor era darles poder.

Por supuesto, al galán se le iluminó el rostro. Por supuesto, le miraba las piernas como un perro callejero ve la vitrina de la carnicería. Por supuesto, le salió con una de las que ya la tenía acostumbrada: que cuál era su defecto, que él la veía perfecta y otras frases manidas que él suponía originales.

Ella no supo si fue porque de repente sonrió que él se quedó esperando una respuesta, pero sí sabía que no le iba a decir lo que le pasó por la mente. Era tan disparatado que no pudo reprimir la sonrisa. Se limitó, entonces, a preguntarle con picardía, con repentino ánimo de pasar a la ofensiva, de neutralizarlo definitivamente:

¿Un defecto? ¿De verdad quieres que te diga?

Y aunque no imaginó qué iba a hacer si el galán insistía o intentaba entrar con ella al ascensor, no tuvo necesidad de más nada porque la puerta se cerró, dejando tras de sí al tipo con su pose, esperando alguna clave que, él suponía, ella iba a suministrarle para llegar hasta su cuarto.

Iba en el ascensor preguntándose por qué cuando una mujer vive sola los vecinos se ponen su cama como obsesiva meta, pero pronto olvidó el asunto porque no estaba para disquisiciones de esa naturaleza. No en este momento ni con este ánimo, afirmó sacando la llave.

Cuando llegó al apartamento, se fue quitando la ropa camino al cuarto, dejándola regada a su paso. Se tiró desnuda a retozar en la cama, aspirando, con los ojos cerrados, una franela de Eduardo que recogió del piso.

Y, aunque ya no estaba pensando en eso, de pronto le cruzó por la mente la cara del galán del 12, “anda chica, dime un solo defectico tuyo…”.

¿Qué tan amplio será el tipito? ¿Qué tanto soportará?, se preguntó con la franela tapándole el rostro. Y luego, dirigiéndose a él imaginariamente: ¿Ser amante de mi hermano califica como defecto? Tú no eres moralista, ¿o sí?

Sonrió sin abrir los ojos, y escuchó claramente de la voz de Eduardo:

¿Sabes que desde que eras carajita he pensado que estás loca?

Pero tú me quieres así, le respondió a la soledad de la habitación.

Y quitándose la franela de la cara, agarró nuevamente el libro que estaba leyendo la noche anterior, luego de la llamada de Eduardo. Sonriendo ante las líneas abiertas al azar, recitó para sí:

“Bello cuerpo de mujer / que no fue dócil ni amable ni sabio…”

Por Héctor Torres@hectorres

siempre el regreso | madrid

Siempre el regreso

La primera pregunta que me hace la gente cuando se entera de que estudié la carrera en España es la misma que me hacían mis amigos españoles cuando les decía que al terminar me devolvería a Venezuela. “Pero,  ¿por qué si ya vives aquí te quieres regresar allí? Eso es como vivir en Beverly Hills y querer volver a las calles”, me dijo un compañero con acento madrileño, sin la mala intención que aparentemente iba implícita. A todos les doy la misma respuesta: “Porque es mi casa”. En el 2006 me fui a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 17 años y me tocó irme recién graduada justo después de toda la euforia de las caravanas, misas, fiestas y viajes de graduación. Aunque todavía nos prometíamos una amistad eterna, ya todos empezábamos a asumir que la vida universitaria le pondría algunas trabas a esa promesa, sobre todo por la distancia: como yo, unos cuantos nos preparábamos para dejar el país.

“Juan, no me quiero ir”, recuerdo que le dije a un amigo a la orilla de alguna playa de Punta Cana, en plena noche y embriaguez, cuando nos dirigíamos con otros a la discoteca del resort en el que pasamos nuestro viaje de graduación. “Bueno, Andrea, es tu decisión, además siempre puedes regresar y…”, “¡No, Juan! No me quiero ir, en serio”, le interrumpí tirando con fuerza las sandalias en la arena, llorando ante un amigo que no hallaba qué decir para consolarme y un grupo de graduandos de otro colegio que, al verme llorar, y a él mudo, nos gritaban desde lejos: “Dile que sí”, “¡Bésala!”, y alguna otra cosa que logró hacerme reír y me empujó a seguir con mi camino hacia la discoteca.

Nunca me quise marchar. Mi mamá tenía que irse unos años por trabajo y entre que era mi deber de hija única de padres divorciados no dejarla sola y la lluvia de “estudiar en Europa es lo mejor que puedes hacer”, “te va a abrir a otros mundos” y los “ay, qué fino, chama, yo me iría mañana”, me fui, y dejé mi sueño de estudiar en la Universidad Central de Venezuela, cambiándolo por la oportunidad de estudiar en una casa con 500 años de historia.

Ciertamente tenían razón en muchas cosas. Europa sí abre la mente a nuevas realidades que son intangibles en Venezuela. El estilo de vida es otro, las preocupaciones son distintas, más ligeras: la primera vez que salí en Madrid, huí asustada durante tres cuadras de “alguien” que me perseguía, en mi mente un violador que a las 4 am. me había visto como la presa perfecta. Fue en la cuarta cuadra cuando volteé a encararlo que me di cuenta de que era un tipo, quizá padre de mi familia, paseando a un perro. “En este país la gente pasea perros en la madrugada”, pensé.

Madrid como ciudad y Europa como continente ofrecen infinidad de posibilidades capaces de volarle la cabeza a cualquiera. A mí me la dinamitó.

Personas interesantes de todos los rincones del mundo, calles seguras que pude recorrer descalza a cualquier hora, gente inteligente que creía en su palabra, pensadores de élite que habían vivido y muerto en esa ciudad, artistas que lograban vivir de ello, cultura activa, subversiva y contra; una universidad excelente que explica cómo debe ser la educación superior; una ciudad viva en invierno, otoño, primavera y verano; un transporte público que funcionaba siempre y bien, la oportunidad de recorrer el Viejo Continente. Amistades e historias de amor increíbles con la ciudad y sus habitantes, siempre viviendo todo con la suficiente intensidad como para acallar la terrible sensación de nostalgia que nunca dejó de acompañarme a lo largo de mis cinco años en España.

Jamás me quise quedar.

Después de un rato, el brillo de la llegada se desvanece y deja ver la realidad como es: una nueva vida alejada de todo lo que uno conoce y quiere. El Ávila me dolía, las voces de mis familiares me llegaban lejanas en el teléfono, vi impotente cómo mi país se caía y cómo mis amigos emprendían sin mí una lucha que también era mía. Vi cómo no iba a ser parte en ningún cambio en lo que más me importaba, comprobé que la pantalla del celular no acerca tanto como uno quisiera, que la comida y la sazón raspan el paladar cuando no se tienen: entendí que cuando uno extraña una arepa es que extraña de verdad, porque no hay nada más pendejo que llorar por una arepa.

Tuve amigos venezolanos en Madrid pero me alejé de ellos. No me gustaron porque me pareció que hacían una de dos cosas: o se reunían en grupos cerrados de puros coterráneos para añorar a Venezuela y detestar a los españoles, o se radicalizaban y eran más ibéricos que Franco comiendo jamón serrano: odiaban al país de origen y se bañaban en el acento recién adquirido para distanciarse aún más del objeto odiado: ellos mismos. Para el momento en que mi mamá había terminado su trabajo y se fue, a mí aún me quedaban dos años de carrera y –grandes, enormes, bellos– amigos españoles que fueron mi familia en el extranjero.

Cuando llegué aquí, aún llorando por lo que había dejado allá, me cuestioné si había hecho bien en volver, sobre todo porque Caracas me echaba en cara una realidad muy ruda. Aprendí que comer una barquilla de mantecado en shorts, mientras se camina por la Río de Janeiro, era un lujo del que iba a tener que prescindir si quería conservar mi integridad física y moral; que aquí en el que no corre vuela; y que el humor negro es la regla para mirar de frente la sonrisa de colmillos que regala la ciudad; pero sobre todo recordé por qué siempre me quise regresar: se habla mi acento, se canta mi himno, se sufren mis penas.

Estoy en mi casa.

Europa me enseñó que toda mala época se supera siempre y cuando haya gente dispuesta a dejarse la piel para sacar adelante lo que otros dan por perdido. Al final, es una cuestión de elegir por qué problemas se prefiere luchar. Irse o quedarse es una elección tan libre e incuestionable como personal. La mía fue volver porque no importa cuántas veces pueda caminar descalza por Madrid, prefiero ver dos parejas de loritos atravesando El Ávila a las cinco de la tarde.

 

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

Patria de Tronos: Venezuela y el juego del poder

Por más paradójico que suene, la maldad nos seduce aunque vivamos sumergidos en ella. Solo hace falta echarle un vistazo a las noticias del acontecer nacional para horrorizarnos con todo lo que sucede: violencia, inestabilidad, escasez y desasosiego. Curiosamente, a pesar del caos, los domingos se paraliza el país —todavía más— cuando muchos venezolanos quedan obnubilados frente a sus pantallas para ver Game of Thrones. Una serie que más allá de ser un fenómeno de la cultura pop, parece un reflejo de nuestro país.

A pesar del hype que ha desatado alrededor del mundo, Game of Thrones ha calado en nuestro colectivo por razones muy diferentes al de otras latitudes. Luego de más de dos décadas de polémicas alrededor del poder, la política y sus conspiraciones comenzaron a estar a la orden del día de todos los ciudadanos. Por esto no es de extrañaros que las tramoyas que se arman en la serie de HBO nos recuerden a episodios o personajes de nuestra vida pública (verbigracia, la lluvia de memes y comentarios después de cada episodio estableciendo comparaciones con la situación del país, ejercicio que también reconocemos en diálogos dispersos al salir a la calle).

Al ver la facilidad con la que establecemos conexiones entre la serie y Venezuela, lo primero que salta a nuestra mente es pensar en una suerte de efecto de catarsis: vemos en ella a los monstruos que nos hacen padecer, fantaseamos escenarios sangrientos donde los malos sufren y los buenos ganan. El problema es cómo este juego de espejos y proyecciones nos impide ver quiénes son los verdaderos monstruos y dónde habitan. John Carpenter, el mítico director de cine de horror, creador de clásicos como The Thing, Halloween y They Live, suele definir su trabajo de una forma muy interesante: “Existen dos tipos de películas de terror: las que nos cuentan dónde se localiza el mal externo y las que sugieren que el mal lo llevamos en nuestro interior (…); el mal, en realidad, está aquí, reside en los corazones humanos”… una definición que encaja muy bien dentro de la narrativa del colectivo venezolano y, por supuesto, Game of Thrones.

John Carpenter, director de cine de horror

Utilizando como punto de partida la psicología analítica profunda (escuela creada por Carl Gustav Jung), hablaremos de un tema fascinante y complejo que nos puede ayudar a arrojar algo de luz sobre la conexión del fenómeno de Game of Thrones y nuestro país: la sombra.

James Hillman, famoso analista de la escuela de Jung, define la sombra en su libro ReImaginar la psicología como “la suma de contenidos inconsciente reprimidos y no admitidos. La asimilación –parcial, en el mejor de los casos– de estos plantea un problema a la personalidad consciente, que prefiere experimentarla a través del mecanismo de proyección (el malo siempre es el vecino)”. Cuando comparamos la maldad, inteligencia y sangre fría de un personaje como Cersei Lannister con Diosdado Cabello o el populismo y sed de poder de Daenerys Targaryen con el difunto Hugo Chávez lo que hacemos es un ejercicio de proyección básica. Ambas duplas están relacionadas con el poder absoluto y comparten motivaciones parecidas: doblegar el colectivo a sus deseos y un terrible resentimiento capaz de destruir a cualquiera que les lleve la contraria. Características que tenemos en sombra y que nos cuesta asumir, por eso vivimos proyectándolas en la serie y los políticos… no es casualidad que ambas duplas mueven una horda de fanáticos que las adoran como si fuesen mesías. Ellas encarnan todo lo que quisiéramos tener: poder para ejercerlo como nos plazca, estratagemas para vencer siempre, cinismo para salirnos con la nuestra y una determinación férrea en lograr objetivos. Razones por las cuales muchos fantasean con poseer un par de dragones o fuego valyrio para acabar con un bando u otro de la política venezolana. A pesar de esto, nadie está dispuesto a reconocer estos elementos dentro de sí, los malos siempre son los otros, lo que dificulta una posible transformación. Como escribió Magaly Villalobos en su libro Hebras Arquetipales: “Es imposible progresar o crecer hasta tanto la sombra no haya sido confrontada, y confrontarla significa algo más que conocer su existencia (…), solo al vernos como realmente somos y no como deseamos asumir que somos es que podemos dar pasos hacia la individuación”.

Lastimosamente, estamos tomados por la sombra como colectivo, sumergidos en la psicopatía y con pocos espacios para la reflexión. Nos sorprendió la frialdad con la que Cersei Lannister, en la Temporada 7 de Game of Thrones, ignoró la amenaza de los White Walkers, apoyada en la certeza de no verse afectada por ellos, pero nos parece imposible ver cómo la mayoría de nosotros pasa por alto a las personas que comen de la basura, las cifras rojas del fin de semana, los presos políticos o los caídos en las protestas. De forma inconsciente, replicamos la actitud de Cersei: siempre y cuando no nos afecten los hechos directamente, no pasa nada, al final del día otros pelearán. El peligro radica en que, al igual que la amenaza del Rey de la Noche, las posibilidades de perderlo todo son altas, pero todavía muchos creen que por estar bien posicionados en el mapa de poder son inmunes a cualquier tragedia. Una actitud cómoda y racional, pero que pocos se atreven a asumir abiertamente porque nadie quiere admitir su cuota de oscuridad. Una postura colectiva que confirma una de las máximas lapidarias de Carl Gustav Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo: “Desafortunadamente no puede haber ninguna duda de que el hombre es, en general, menos bueno de lo que se imagina a sí mismo o quiere ser. Todo el mundo tiene una sombra y, cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y densa es. En todo caso, es uno de nuestros peores obstáculos puesto que frustra nuestras mejores intenciones”.

Cersei Lannister, personaje de Game of Thrones

Por supuesto, las conexiones que establecemos con Game of Thrones van más allá de los dos personajes que se disputan el poder. A su alrededor, hay una larga red de mentiras y traiciones orquestadas por otros que también le hablan a nuestro inconsciente. Por ejemplo, es curioso que la gente en la calle tilde a Jon Snow de tonto (por ser bastante apolíneo, valorar el honor, querer hacer lo correcto y cumplir su palabra), pero que no vean lo naive de un Leopoldo López que se entregó en 2014 creyendo que su prisión haría una diferencia en la política o un Guaidó que, en la actualidad, todavía confía en vías legales o en la conciencia de algunos personajes oscuros para poder cambiar el rumbo de la nación. El resultado es un país que asiste todos los años a la Boda roja de la democracia en cada elección fraudulenta en la que participa, mientras que otros se quedan paralizados como Bran Stark viendo este loop temporal de hechos que se repiten y parecen no tener fin. Todavía más irónico es la imposibilidad que muchos tienen de establecer la conexión entre Little Finger y Ramos Allup o muchos otros “líderes” que no poseen ningún tipo de lealtad y que, parafraseando a Lord Baelish, solo desean usar el caos como una escalera para acercarse más y más al poder. Mientras tanto, ignoramos los consejos sabios de los Tyrion Lannister que, desde el primer día, nos han dicho que este proceso es largo y doloroso, decantándonos por soñar con salidas fáciles o escenarios de violencia extrema, como si una Batalla de los bastardos fuese a solucionar en pocas horas dos décadas de desmanes políticos y sociales.

¿Qué más ignoramos en este juego de sombras y proyecciones?, algo más complejo de abordar y que, todavía hoy, sigue siendo un tema que está en pañales para la psicología moderna: el titanismo. Rafael López Pedraza, arquetipalista y profesor de mitología de la UCV, le dio forma a este concepto en su libro Ansiedad cultural, específicamente en un ensayo titulado Conciencia de fracaso. Para López Pedraza “el titanismo es un aspecto primordial de la naturaleza humana y, aunque tiene gran relevancia en la psicología y debería ser considerado como un asunto apremiante en nuestros tiempos, apenas ha sido explorado”. Tal vez la palabra titán no suene tan lejana a nosotros luego de las últimas dos películas de Avengers (Infinity War y End Game), donde Thanos, conocido como el titán loco, desea eliminar la mitad de la humanidad sin importarle nada; en resumen, un psicópata, alguien incapaz de sentir empatía y que está completamente obsesionado con sus objetivos. El mitólogo Karl Kerényi nos acerca a esta definición en Los Dioses de los Griegos escribiendo: “Una mentalidad que debe ser calificada, incuestionablemente, como titánica implica toda clase de estratagemas, desde la mentira hasta la ideación de las más geniales invenciones, aun cuando estas siempre denotan una carencia en el modo de vida del embaucador”, un concepto que fácilmente podemos asociar con varios personajes de la palestra política venezolana.

Viéndolo en perspectiva, el titán nos debería parecer alguien aterrador y del que deberíamos huir. Pero, lastimosamente, nos genera una fascinación que no podemos controlar. Para muestra un botón, tenemos en un pedestal a todos los titanes de Game of Thrones (Little Finger, Cersei, Daenerys, Ramsay) y le damos nuestra simpatía a cualquier personaje que cultive sus características. Este fenómeno se debe a la conexión que establecen con nuestra zona de inferioridad psicopática, un concepto que Magaly Villalobos resume en Hilaturas como “una zona de resistencia mínima, de particular inestabilidad, que existe independientemente de todas las otras cualidades. Es un sector oscuro y desconocido de la personalidad en el que el alma no funciona a pesar de las muchas otras virtudes y cualidades positivas que puedan tener las personas o colectividades, una especie de vacío o falta que produce un estado de posesión cuando entramos bajo su influjo”. Complementando esta definición, debo anexar una que hace el analista junguiano Axel Capriles en Poder e inferioridad psicopática (refiriéndose al influjo del titán en el colectivo): “Produce un estado de idealización en el que nos sentimos seguros y colmados. Los autócratas y dictadores existen porque ‘otros’ lo han permitido. Porque se le da entrada y cabida, pues la conexión con esa inferioridad hace que los “otros” sean dependientes e ingenuos y con una especie de vacío anímico donde la intuición y los instintos básicos no funcionan”. Es por eso que quedamos hechizados al ver a Cersei sonriendo en el trono y sufrimos el mismo efecto al ver a ciertos políticos dando un mitin: su presencia nos seduce, su verbo nos envuelve y su poder parece encarnar la solución a todos nuestros problemas. Tan aterrador es este encantamiento que, todavía hoy, muchos sueñan con un Pérez Jiménez, un Bolívar o un caudillo que ponga orden en las cosas, un titán omnipotente que arregle el país, arrasando con todo lo malo como fuego valyrio y que le pase factura como Ramsay Bolton a todos los políticos (de bando y bando) que nos han engañado.

Venezuela

Marcos Pérez Jiménez

Game of Thrones terminará, luego de ocho Temporadas, el 19 de mayo de 2019. En paralelo, Venezuela, sumida en un juego de titanes y sombras, parece condenada a perderse en la Larga Noche. Nuestro reto es entender que no podemos saltar de una antípoda a otra: la solución no está en ser un Ned Stark carente de malicia o un Joffrey sin escrúpulos. La clave está en la transformación, en la capacidad de unir opuestos sin perder el alma, como lo ha hecho Sansa Stark (que, luego de sufrir tantas vejaciones por parte de los monstruos, ha sabido aprender de ellos sin ceder a la psicopatía). Este personaje tan criticado en las primeras temporadas, ha aprendido mejor que nadie en la serie a conectar con su intuición y reflexionar sobre cada una de las pruebas dolorosas de su viaje, dando como resultado una gobernante consciente de su responsabilidad y los males a los que se enfrenta, buscando las respuestas que tanto necesita dentro de sí. Por otro lado, en nuestra pequeña Winterfell del tercer mundo, asediados por la amenaza de los White Walkers, nos volcamos a los timeline de Twitter, los audios y cadenas de WhatsApp, los rumores de pasillo y las noticias de dudosa procedencia intentando conseguir la panacea que nos traiga algo de luz y esperanza, soñando con una Arya Stark que salte de la nada y dé la estocada final que mágicamente arregle todo. La respuesta, por más difícil que sea digerirla, no está en los líderes, la intervención o las elecciones, lo que tanto buscamos está dentro de nosotros y hasta que no podamos de forma individual salir del embrujo del titán y confrontar nuestra sombra jamás podremos cambiar el país. Un proceso que es doloroso, largo, pero necesario. Bien lo decía Jung: “No es posible despertar a la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. No nos iluminamos imaginando figuras de luz sino haciendo consciente nuestra oscuridad”.

 

Por Luis Bond | @luisbond009

Si no van ayudar no estorben

En el orbe mundo trivializan la tragedia venezolana porque no comprenden su profundidad. Creo que el grado de perversión de quienes la perpetran está fuera del registro de la perversidad conocida. La historia está llena de atrocidades que un pueblo invasor lleva a cabo contra otro mientras lo somete, lo conquista y lo coloniza. También está llena de tiranos arrasadores capaces de borrar sin el menor recato a sus adversarios y opositores, amén de a todo aquél que funcione como chivo expiatorio. El catálogo del odio y de las atrocidades es enorme y es fácil creer que está completo. Pero no. Faltaba la contribución venezolana.

En Venezuela hay un tipo de horror inédito que mezcla elementos propios del caudillismo y de las dictaduras militares latinoamericanas con la ética y la estética narco, así como con los modales sanguinarios de gobernantes de países como Sierra Leona, Haití y Uganda, aparte, claro, de Cuba, el gran modelo de la tiranía venezolana.

Observen estos ejemplos:

En la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, hay una discoteca a la que asisten estrellas de la música internacional. Los anuncios de esas presentaciones se hacen con total normalidad a través de las redes sociales.

Los tiranos inventaron unos operativos de seguridad pública llamados OLP (Operativos para la Liberación del Pueblo) en los que los efectivos armados portan máscaras de carnaval con la forma de una calavera. Repito: máscaras de carnaval, no máscaras antigases o pasamontañas de uso profesional.

Durante la segunda semana de 2019 fallecieron cuatro pacientes en el Hospital Universitario de Caracas porque se fue la luz en todo el edificio. Una semana después, los periódicos reseñaban la presencia de una bailarina exótica en la oficina del director de la institución, quien celebraba su cumpleaños junto a colegas y amigos.

En Venezuela, los servicios públicos no funcionan. Hay agua corriente tres días a la semana. Hay ciudades enteras sin luz durante horas varios días a la semana. Hay apagones constantes siempre adjudicados a maniobras de sabotaje o a accidentes producidos por animales. Hay problemas de suministro de gas doméstico. Hay zonas de Venezuela donde la red telefónica dejó de funcionar y no hay quién la repare.

No hay material para tramitar pasaportes. Si eres venezolano, se te venció o se te perdió, no hay manera de tramitar otro porque no hay material. Si se te pierde o se te vence estando en otro país, no hay nada que hacer porque en las oficinas consulares tampoco hay cómo reponerlo. Sin un documento de identidad una persona no existe.

Las instituciones educativas venezolanas de todos los niveles tienen que adaptar sus horarios a las exigencias de los racionamientos de agua y luz.

Las «soluciones» que proponen los tiranos llevan implícita una burla a sus víctimas. Ante la falta de medicinas, los tiranos recomiendan «sembrar acetaminofén». Ante los apagones, los tiranos decretan «días no laborables». Ante la falta de agua corriente, los tiranos proponen «bañarse rápido y con conciencia».

La política económica de los tiranos ha desencadenado un proceso de hiperinflación que erosiona todos los rincones de la vida venezolana. Los precios de cada producto aumentan de una semana para otra y, en algunos casos, de un día para otro. No hay dinero en efectivo y la distorsión económica es tal bajo el gobierno más nacionalista y más preocupado por los pobres, que los venezolanos han terminado por usar dólares en abastos, panaderías, farmacias y supermercados… Hoy hay cientos de miles de personas pasando hambre porque no hallan cómo adquirir los alimentos.

Podría continuar hablando de la escasez de medicinas, del cierre de miles de empresas, del desempleo y del éxodo de miríadas de venezolanos, pero mejor dejémoslo hasta aquí.

Creo que la ruina es ostensible y no hace falta explicar por qué Venezuela tiene que quitarse de encima esta tiranía.

 

Por Roberto Echeto

De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes

#DomingosDeFicción: Los perros no dejaron nada

Recargó la escopeta con dos cartuchos y se la colgó al hombro. Su madre estaba en la puerta vestida con la bata rosa curtida, como todas las mañanas, para despedirlo. Trató de evitarla saliendo aprisa, pero el abrazo lo atrapó antes de que pudiera cruzar la puerta. Los brazos huesudos lo rodearon a la altura del abdomen y, con la misma rapidez, una de las manos bajó a rozar su entrepierna. Con tres pasos largos se libró de ella.

—Ten cuidado, mi niño –le gritó al verlo alejarse.

Él no volteó. Apretó la correa de la escopeta y siguió su camino. El ritual del abrazo, y de los dedos raquíticos que terminaban en el mismo sitio, había sido igual durante los últimos cinco años. Imprimió velocidad a sus pasos para alejarse, no sin antes dar un último vistazo a la ventana de su habitación: los tablones sobresalían entre las cortinas, pero no eran muy llamativos. Ladridos lejanos lo devolvieron a su realidad. La jauría estaba cerca y no tenía suficientes balas para afrontarla.

Cambió el camino. Tomó la ruta de la colina que, aunque más larga, era poco frecuentada por los perros. El pasto allí era alto y le llegaba al pecho. Atrapar un conejo o al menos una rata gorda sería difícil; sin embargo, en medio del matorral, se sentía a salvo. Los ladridos ya no se escuchaban.

Subió hasta la cima.

Sin mucho que hacer, tomó un descanso. Tiró a un lado la escopeta y se echó a la sombra de un samán.

El mediodía lo despertó con un calor húmedo y picoso. Abrió los ojos con esfuerzo para perderse en el cielo y las formas que le regalaban las nubes. El hastío lo llevó a dibujar surcos en el suelo con sus botas. Un trozo de papel sobresalió de entre la tierra. Escarbó un poco con el tacón; cualquier pasatiempo era bueno con tal de retrasar el regreso. El papel resultó ser más grande de lo esperado, como también su curiosidad, por lo que usó la culata de la escopeta para desenterrarlo por completo. Se trataba de una hoja de periódico amarillenta de cuando la prensa aún circulaba.

El barro y la humedad habían hecho chorrear la tinta y los artículos eran indescifrables, salvo por el anuncio publicitario en el centro: «Pastilla VitaCan hace de su perro un amigo verdaderamente inteligente». Convirtió el periódico en una bola de papel y la arrojó tan lejos como pudo.

El sol comenzó a bajar y algo se movió entre el matorral. Se aferró con fuerza al arma. Los dedos le temblaban y hacían vibrar la escopeta. Una pequeña liebre dio algunos saltos fuera de la maleza. Respiró con alivio y se concentró en apuntar al animal. Las orejas quedaron colgando, medio desprendidas del cuerpo, con un solo disparo. Le bastó un leve tirón para separarlas por completo. Con el cuchillo en su cintura hizo lo mismo con las patas traseras y metió los trozos dentro del morral.

Unos metros antes de llegar a la casa tomó una piedra y con ella le dio un nuevo golpe al percutor del arma para asegurarse de que quedara bien torcido. Aprovechó para limpiarse las manos con la tierra del camino. Restregó con fuerza el polvo amarillento contra su piel dejando salpicaduras oxidadas a su paso.

Llegó al pórtico y arrojó junto a la puerta los últimos restos del conejo. Al entrar a la cabaña los tentáculos corrieron a abrazarlo, pero esta vez fue precavido: mantuvo su pulgar entre el cinturón y dejó el resto de los dedos delante del cierre a modo de escudo. La mano huesuda chocó de frente contra la barricada.

—El día estuvo duro, ma…los perros no dejaron nada –dijo e hizo a un lado a la madre que no tuvo más remedio que hacer nudos con la cinta de su bata.

—Ya lo sé, cada día están más cerca. Se ve que están hambrientos –respondió ella tomando la escopeta para colgarla junto a la puerta–. Hoy resolveremos con los frijoles que encontraste, ¡por fin germinaron en la azotea! Con eso podremos distraer la barriga.

Comieron en silencio. La mesa de madera estaba iluminada por una diminuta lámpara de keroseno que apenas les dejaba reconocer sus rostros cadavéricos. Él metió cada cucharada desabrida en su boca y tragó sin masticar. Quería acabar lo antes posible para encerrarse en su cuarto. La madre tomó la olla sobre la estufa y le sirvió una nueva ración.

—Aún queda este poquito –dijo ella.

Le llenó el plato y los dedos raquíticos se fueron al pecho del muchacho a modo de caricia.

—¡Ya estoy harto de tu maldita tocadera! –gritó y lanzó el plato contra la oscuridad.

Encerrado en su habitación no podía dejar de escuchar los sollozos de su madre, quien seguía en el comedor. Cruzó los brazos sobre su abdomen inflamado. Fantaseaba en cómo hubiese sido haber encontrado semillas de cannabis en lugar de granos de frijol. Ahora estaría flotando. Recordaba el vuelo de colores que hiciera durante su fiesta de quince años, antes de que la fórmula del VitaCan hiciera a los perros entender que era más fácil comerse a la mano que esperar a que la mano les diera de comer. Los lamentos afuera se hacían intensos. Miró a la puerta y se aseguró de que la cuña estuviera bien puesta para soportar cualquier intento de entrar. El sollozo que intencionalmente se colaba por las rendijas le causaba escalofríos. Necesitaba distraerse así que acudió al único placer que le quedaba.

Rasguños en la puerta distrajeron el vaivén con que estiraba y encogía su prepucio.

—¡Están aquí! ¡Están aquí! –gritaba la madre.

Él seguía recostado en su faena. El orgasmo estaba muy cerca como para interrumpirlo. La explosión de éxtasis fue liberadora, aunque su gemido de placer quedó ahogado por los gruñidos que retumbaban en las paredes de la casa y por los gritos de horror que se consumían entre los ladridos.

 

Por Roberto Lara Guedez@laraguedez

En busca de la mamá de Chávez

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas‘, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y, por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba beisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó –la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada–. Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis [Chávez]”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla –comenta el taxista–. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que esta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer esto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro‘ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin uniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese –dice– criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O‘Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro‘. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá –responde el mecánico desde uno de los talleres–. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña Elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y, a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

 

Por Liza López  | @lizalopezv 

*Esta crónica fue publicada por primera vez  en SoHo (2008).

Escasez de música, festivales y espectáculos

Por años Venezuela fue el apeadero favorito de las bandas y músicos más reconocidos a nivel internacional. Asimismo, los artistas nacionales que estaban más pegados también tenían la oportunidad de tocar en vivo y hacerse sentir en la tierra en la que nacieron. Hoy, sin festivales ni eventos gracias a eso que llamamos crisis, los exponentes internacionales no se presentan aquí.

Entre la década de los 70 y los 90 fueron muchos los artistas y agrupaciones que pisaron escenarios venezolanos. Queen –liderado por el excéntrico Freddie Mercury–, Tina Turner, The Jackson Five, entre otros. Incluso en la primera década de los 2000 era habitual que artistas como Olga Tañón, Shakira y Marc Anthony vinieran a llenar conciertos.

Pero, a partir del año 2012, la realidad cambió.

Cada vez fueron menos los artistas que nos visitaron, hasta llegar al punto en el que Venezuela se borró del mapa. Un país que pasó de ser mentado por su opulencia a ser la referencia occidental de la pobreza y la inseguridad dejó de ser un sitio atractivo y rentable.

La escasez no solo se reflejó en comida y medicinas: también en música y esparcimiento.

Unos que desaparecieron y otros que intentan sobrevivir

¿Quién no se vaciló un toque en la plaza Alfredo Sadel con lo panas? ¿Quién no se dejó llevar por la euforia en un toque de metal en la Plaza Diego Ibarra y pogueó hasta el cansancio? Para los caraqueños, era habitual formar parte de un circuito de espectáculos musicales que, si bien tenía repercusión en todo el país, llegaba a su cénit en los distintos espacios de la capital.

Son cosas que también se han visto fracturadas con esta situación: tradición, esparcimiento, cultura y música.

“Voy a toques desde los 14 años, más o menos, y siempre recuerdo que lo que más me atraía era el ambiente que se sentía. Era algo distinto. Eran sitios de comunión en el que hasta el más nuevo en la movida se integraba”, me dice Jesús Corona, seguidor de la movida del rock caraqueño que tuvo bastante fuerza entre los años 2010 y 2014.

En el portal web Paltoque.com se reseña una lista de 10 festivales nacionales que dijeron adiós a los escenarios. Cabe destacar que la mayoría de ellos estaban ligados al género del rock y otros subgéneros como el metal. Según la reseña, Experiencia Roja fue un evento que concentraba bandas por el estilo y se llevó a cabo en el Poliedro de Caracas y en la base aérea de la Carlota. Su última edición fue en 1998. Otros eventos fueron los Ciclos de Viernes Rebeldes, cuyo último toque se realizó en el año 2014; y el WTFest, que se despidió en el 2011.

A pesar de estos antecedentes tan desalentadores, aún la industria sigue dando patadas de ahogado para hacer cosas con los pocos recursos que tienen.

El Festival Nuevas Bandas todavía se mantiene en pie a pesar de la crisis. De la mano de la fundación que lleva el mismo nombre, y Félix Allueva, su director, se han encargado desde el año 91 de impulsar a las bandas jóvenes. Un cuantioso número de las que hoy están consolidadas salieron de este festival: Caramelos de Cianuro, Viniloversus, La vida Bohème, Okills, Candy 66, Charliepapa, y la lista continua.

“En el 2018, de hecho, el Festival Nuevas Bandas estuvo a punto de no hacerse y mágicamente al final se pudo lograr a través de ciertas alianzas con gente como Amnistía Internacional. Al final todos pusimos un granito de arena y la cosa salió. Hubo algunos años en los que realmente fue difícil realizarlo por falta de presupuesto. En el año 2007, en el 2011 y en el año 2016”, dice Alejandro Férnandez, jefe de prensa de la Fundación.

Asimismo, comenta que la mayoría del presupuesto que se utiliza para organizar el festival proviene de empresas privadas como Polar, Flips y Movistar. “No recibimos ningún tipo de subsidio por parte del Gobierno, sólo hemos recibido apoyo del gobierno Municipal de Chacao que siempre nos sede sus espacios para que montemos el festival”.

Otro que está afanado en no desaparecer es el Union Rock Show. Este festival fue creado en el año 2008 por Mariliz Bettiol y Daniele Nocera, y consiste básicamente en integrar, en varios ciclos de conciertos, a artista de la movida rock y la movida hip hop de todo el país.

En 2017, Daniele Nocera declaró a Caraota Digital lo siguiente:

“En estos momentos es complicado que las empresas desembolsen tanto dinero. Con todo y la falta de patrocinantes, quisimos hacer el Festival para agradecer lo que nos ha dado el rock venezolano. Ahora más que nunca, con todo y la crisis, queremos seguir ayudando. Estamos haciendo este gran esfuerzo para devolverle al público un poco de lo que nos ha dado”.

Antes el evento se realizaba cada año sin falta. Ahora, lo hacen cuando pueden.

Las tarimas también escasean

La consecuencia de esto es un poco obvia: gran parte de de los músicos que hacen vida el país se han quedado prácticamente sin tarimas.

“Es necesario tocar en diferentes escenarios, en diferentes circuitos que con el tiempo se han visto afectados por la situación del país, pues muchos locales han cerrado”, dice Rafael Antolinez Junior, músico venezolano integrante de la banda de rock Le cinéma (ganadora del Festival Nuevas Bandas 2017).

Opina también que a pesar de la crisis es increíble que todavía se estén haciendo buenos shows en los que el público asista masivamente. Para él, esto sucede porque la gente quiere ver algo y distraerse un poco. Dos ejemplos ocurrieron en el 2018, con la primera edición del Paix Fest y con Desorden Público tocando en la Concha Acústica de Bello Monte; banda icónica que, por cierto, cada vez tiene más conciertos fuera del país que dentro.

Precisamente, ese es uno de los grandes dramas de los que se quejan varios artistas nacionales consolidados: la necesidad de tocar en el extranjero para poder vivir de su arte. El país se volvió cada vez más hostil, impío y agresivo para toda forma de creación y esparcimiento. En la tierra en la que alguna vez había tantos festivales como papel tualé en los supermercados, ahora cuesta tanto encontrar espacios para la distracción como limpiarse después de ir al baño.

Pero no son pocos quienes resisten. Mientras haya una tarima con sonido, existirá la esperanza de volver a vivir algo parecido a una época que, aunque no lo parece, no es tan lejana.

 

 

Por Khevin Fagúndez  | @Khev_trece