#DomingosDeFicción: Cuerdas de metal

Un trozo de queso, fresco y duro, remojado en leche para sacarle la sal. Una arepa asada. Un café cerrero. Nada mejor para completar el desayuno. Si el día hubiese estado lluvioso, se habría ido a recostar debajo de un moriche para reposar la comida y sentir el abrazo de la tierra del llano. De seguro se echaría aire con su sombrero, a la espera de que el ganado bajara de pastar y se metiera solo en los establos para guarecerse del agua. Lejos del morichal y del ganado, la lluvia es su única compañía en la marcha por tierras extrañas. Las gotas le mojan hasta el alma y no hay palmas en donde refugiarse.

Para el Soldado, el aguacero es especialmente incómodo. El sudor y la lluvia han hecho un canal en su cuerpo que conduce directo al talón de su bota izquierda. Cada paso es un chapotear que le desgarra la piel. Le gustaría detenerse a vaciarla, pero no quiere arriesgarse a desatar los gritos del Sargento.

El viento huele a pólvora y a tierra mojada. El suelo comienza a cubrirse del gris que ya ha visto antes. Sabe que pronto llegará a su destino.

— ¡En Barranquilla se acaba esto! –eran palabras tan familiares que ya las hacía suyas.

Al enlistarse, no sabía muy bien que era eso llamado guerra. En principio, pensó que sería como en las películas de la televisión, con ametralladoras, aviones y tanques, en búsqueda del fulano Charlie. Un camión grande, con una capota de lona verde, fue el preludio que marcaría la diferencia de la realidad con las películas en el cara de vidrio. Subió al cacharro de un empujón y se sentó en el primer espacio vacío. Había muchachos de todos los pueblos, vestidos igual que él con guerrera, pantalones camuflados y cascos en las cabezas. Se colocó el fusil entre las piernas y vio por las rendijas el manto de su llano que se iba borrando tras la nube de humo que dejaba el camión. Tres años de sudor, fuego y peleas dieron al traste con sus suposiciones de adolescente sobre batallas con helicópteros sobre la selva.

Lejanas detonaciones calientan la lluvia. Todo se estremece, aunque el Soldado no sabe si son sus piernas o el suelo que pisa. Al menos de algo está seguro: si está temblando debe ser por el frío y no por miedo a la muerte, pues a la fulana le perdió el respeto la noche que recuperaron Maracaibo y tuvo que apagar su primera vida.

—Después de la primera, todo es más fácil –le dijo el Sargento tras aquel disparo que él le hiciera a un rostro igual al suyo.

Desde entonces, el cráneo partiéndose en pedazos y tiñendo el aire con una nube escarlata ha salido a saludarlo cada vez que escucha una explosión. Es su marca de la muerte. A veces, el Soldado le responde el saludo; otras, escupe a un lado y la mira con indiferencia. Le gustaría saber más de ella, pero en el cuartel no le enseñaron nada con respecto al trato hacia la innombrable, salvo que era mejor ni siquiera pensar en ella.

De su breve entrenamiento, apenas y aprendió a armar y desarmar un fusil, y, por supuesto, a cargarlo como a un recién nacido. También lo enseñaron a pararse firme y sin pestañar, en especial al escuchar el discurso diario sobre amar y liberar a su tierra de la plaga invasora.

— ¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento.

Comienza la rutina que el Soldado tanto conoce: disparos, detonaciones, cráneos en nubes púrpuras. Él espera que si un tiro contrario lo alcanza, le dé justo en el corazón. No soporta la idea de quedar con sólo tres dedos, como el mocho Antonio en su pueblo, quien perdió media mano por un tiro de escopeta que le dieron al intentar robarse unos lechones en una granja vecina. Los silbidos le rozan el mentón, aún lampiño. No intenta cubrirse, sino que se arroja de frente para disparar con más atino. Una esquirla rebota en el suelo y se le incrusta en la pierna. Lanza una mentada de madre y baja a la trinchera a revisarse.

Al verse el muslo sangrando, teme un destino peor que el del mocho Antonio y es quedar sin una pierna, igual que el viejo Miguel, dueño de la vaquera en dónde trabajaba en verano. El viejo quedó condenado a andar con muletas y un muñón amarrado en el lado derecho del pantalón, aunque siempre altanero, como un gallo arrecho de pelea, que usaba la muleta de la pierna buena como pico para saltarle encima a los contrincantes. El Soldado se saca la esquirla con los dedos y un chorro de sangre la acompaña. Aprieta los dientes y se amarra la herida con un pañuelo. Se da unos golpecitos en la pierna adolorida y se dice a sí mismo que, si la pierde, igual agarrará su fusil y lo usará como pico para matar a cuanto enemigo se encuentre.

La batalla es corta. El ejército contrario retrocede. Los combatientes que han triunfado van saliendo de sus trincheras como pequeños insectos, que excretan gris y negro a su paso, y chillan canciones sobre la victoria. La marcha se reanuda con ánimos renovados, pero no para el Soldado, pues debe lidiar con una pierna mal vendada y una bota que chapotea.

Un Cabo mira el paso lento del Soldado y le increpa:

—¿Por qué arrastras las suelas? Si el Sargento voltea, te va a joder.

—Es que hoy me pesa la muerte –responde el Soldado con tono risueño.

El Cabo agacha la cabeza. La innombrable no es bienvenida, mucho menos luego de una batalla. Para el regimiento su sola mención es sinónimo de mal agüero. El Cabo queda en silencio un rato, luego retrocede y lleva fuera de la fila al Soldado para preguntarle:

—¿Antes de que esta guarandinga comenzara, alguna vez te tropezaste con la pelona?

—Sí –dice el Soldado y aprovecha la pausa para ajustarse el pañuelo-venda de la pierna–. Fue en el caserío de Morón, cerca de mi pueblo. Yo estaba pasando una temporada por esos lados en casa de mi tío Numa. A él le gustaba pescar y un día me convidó para ir al río, pero la parca lo agarró cuando me enseñaba a preparar carnada de pez culebrita. ¿Tú sabes?, esos grisesitos y pequeños que siempre hay en agua dulce. Bueno, resulta que esos bichos son buenos para la pesca, sólo les debes cortar la cabeza, entonces ellos como que se inflan y listo, los metes en el anzuelo. Resulta que mi tío les arrancaba las cabezas con los dientes. Ese día hizo lo mismo, pero sin querer se lo tragó entero. El condenado pescado se infló cuando le estaba pasando por al garganta. Le cortó la respiración. Él me señalaba el cuchillo y me hacía señas para que le abriera el cuello, pero no tuve las bolas… Quedó frío ahí mismo.

—Yo nunca tuve contacto con la pelona –le responde el Cabo con indiferencia–. Allá en la costa nada más hay ánimas en pena y sobre todo aparecidos. Andan siempre de aquí para allá. Les gusta pelearse entre ellos. Siempre gana uno y el que pierde se pone bravo y sale a asustar a los hombres de Dios. Son así como nosotros, pero lanzan miedo en vez de plomo.

Vuelven al camino. El Soldado intenta ya no arrastrar las botas y mantener un ritmo firme. El sol apenas y alumbra entre las nubes grises que no acaban por reventar. El fusil al hombro se balancea al igual que la brisa que vuela entre los rostros inexpresivos. Por instantes, el Soldado cree sentir el olor del mastranto, pero este queda aplastado por el aroma de la pólvora y la tierra quemada.

El Sargento ordena guardar silencio. El vigía de la radio informa que la retirada del enemigo ha sido una farsa para atraerlos a las orillas del río Magdalena, en dónde aguarda un batallón de adversarios que los supera en número. No hay forma de volver atrás. El Soldado se culpa por haber mencionado a la muerte y atraer su pestilencia a la batalla, pero no hay tiempo para tribulaciones.

—¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento cuando comienzan los disparos.

Todo se le hace confuso al Soldado. El pensamiento se le nubla y el cuerpo adquiere voluntad propia. Se vuelve uno con el fusil y comienza a escupir fuego en todas direcciones. Se detiene de súbito porque el arma se encasquilla. La golpea contra el suelo, pero sigue sin responder. La rabia lo desborda. Tiene un sabor extraño en la boca y un vacío en el estómago que necesita ser llenado. Suelta el fusil, lo maldice. Da varios berridos, tras lo cual intenta tomar una piedra para arrojarla contra la tropa rival. Al tratar de levantarla, tropieza con el cuerpo sin vida del Cabo. Lo hace a un lado de un empujón y logra liberar la gran piedra, pero esta se escurre entre sus manos por la sangre babosa que la cubre.

—¡Mira cómo dejaste está mierda! —le grita al Cabo.

Jadeante, el Soldado abandona la piedra y recuerda que el Cabo debe conservar su arma. Lo voltea para tomar el fusil y nota el agujero de bala, justo al lado de la nariz, que contrasta con la expresión de serenidad del hombre muerto. El Cabo deja de ser un bulto junto a la piedra para transformarse en el robusto moreno que le enseñara a armar su fusil y que siempre le gritaba:

—¡Muchacho gafo, así no!

El rostro sereno deja de pertenecerle al Cabo y se transforma en el suyo. Al principio se ve sonriente y usando un sobrero de cogollo, acostado sobre una verde llanura, igual a la de su llano, pero del fresco manto empiezan a salir cuerdas de metal que se enredan en el sombrero hasta transfórmalo en un casco, y que, al tocar su cuerpo, lo vuelven pálido y traslucido, como el de los aparecidos del cuento del Cabo. Las cuerdas lo rebasan y también se vuelven a clavar en la tierra para devorar la grama y dejar en su lugar pequeñas plastas grises y negras, iguales a las que quedan tras la marcha del pelotón.

El Sargento lo zarandea y grita, pero al Soldado no le interesan las palabras de su superior. Su mirada sigue perdida en búsqueda del verde de la llanura consumida por el metal. El golpe seco de la culata del superior en la frente le borra la sonrisa de llanero enamorado. Otra vez está en medio de la guerra. Vuelve a escuchar la voz del Sargento reprendiéndolo y amenazando con darle más duro si no se levanta a pelear.

Varias explosiones se escuchan a pocos metros. La polvareda, que se levanta y cubre el cielo, obliga al par de hombres a cubrirse tras un camión volteado. En la improvisada trinchera, descubren que no queda nadie más del regimiento. El Sargento asoma la mira de su arma por un costado, pero sin un blanco fijo al que apuntar, comienza a disparar en todas direcciones.

El Sargento sólo se detiene para arrojar junto al Soldado su pistola de reglamento y dos recargas, a la vez que le indica:

—¡Dispara, dispara!

El Soldado se coloca del lado contrario del camión y vacía el peine entero de la pistola en disparos sin sentido. Ya no hay enemigo al que quiera alcanzar, nada más intenta acallar la voz del superior con el ruido de las balas.

La polvareda va disminuyendo. No se escuchan más disparos, tampoco explosiones. A pocos metros, los militares distinguen una silueta que se acerca. El Sargento apunta su rifle. Al intentar dispara, descubre que está sin balas. La silueta se acerca un poco más y el Soldado reconoce la figura de una mujer.

—Mátala, ¡es una orden! ¡Mátala! –grita el Sargento.

A cada paso, la mujer se va haciendo más nítida. Está vestida con ropa andrajosa. Al Soldado incluso le parece que el vestido que usa es un saco de papa mal recortado. A pesar de ello, no deja de reconocer bajo los harapos una cadera ancha y unos senos enormes que parecen desbordarse entre la tela.

—¡Que la mates, pendejo!

El Sargento se desespera y salta hacia el Soldado para arrancarle la pistola. Recoge del suelo un peine de municiones y recarga el arma para apuntarle a la mujer con la precisión de la que siempre presumió delante de los principiantes. La bala no logra salir. Un tronido lo deja tirado en el piso y entre su cabello se escurren pequeños fragmentos de masa rosada y sanguinolenta. Detrás del cuerpo caído, el Soldado sostiene entre sus manos temblorosas su propio casco, salpicado por los sesos del Sargento.

Arroja a un lado el casco y camina algunos pasos hacia donde viera la silueta, pero de la mujer ya no queda huella. Corre al horizonte en su búsqueda. El polvo, la pólvora y la humedad han desaparecido por completo. Camina ligero. Ya no hay molestia ni dolor en su bota izquierda. La caminata que toma es larga, la más larga que ha dado en su vida. La tierra negra y gris queda atrás y brotes verdes van creciendo, cada vez más altos. A medida que avanza, termina cubierto hasta el pecho de hojas verdes y matorrales que lo dejan camuflado entre el paraje. Se siente perdido. Piensa en dar la vuelta, pero una tenue voz femenina le susurra:

—Estás perdonado. Ahora sigue. Te estamos esperando.

Ruidos de ametralladoras, aviones y tanques. Cuerpos se desangran y fallecen sobre el terreno de batalla. La tierra se hace viscosa y más oscura. Los hombres que quedan vivos sobre ella, se arrastran con cuchillos, piedras y pistolas en mano para seguir con la orgía de muerte. Actúan como espíritus sin conciencia, movidos por cuerdas de metal.

 

Por Roberto Lara Guedez | @laraguedez

El juego infantil de Caracas

En Piedra, Papel o Tijera las realidades convergen como las personas de distintas clases sociales que se cruzan en el Metro de Caracas: el niño que vive en el Este, sabe leer y disfruta de las vacaciones, juega sin prejuicios con el que no va a la escuela, vive en una casa de ladrillo y trabaja para ayudar a sus padres. Esa escena de la película es la mejor muestra de una ciudad en las que las realidades se mezclan y funden en una sola.

El director Hernán Jabes plasmó una problemática social desde Caracas, la ciudad del caos. Es harto complicado rodar una película en la capital sin mostrar a los espectadores el tráfico en la hora pico, la autopista Francisco Fajardo o la violencia de la ciudad. Y es que cada uno de estos elementos forma parte de las piezas de un rompecabezas de una ciudad que cumplió 451 años el miércoles 25 de julio.

La corrupción, la mentira y violencia que aparecen en Piedra, Papel o Tijera no se quedaron en 2012, fecha de estreno del film, sino que permanecen en una sociedad que todavía prepondera la viveza por encima de la meritocracia, en donde “el matraqueo” continúa en una cultura que –en teoría– debe saber “cómo es la vaina”.

Detrás de la problemática social que Jabes lleva a escena, también aparece el factor azar, que en la ciudad del caos –como en el juego infantil piedra, papel o tijera–, tiene un papel importante: salir cinco minutos antes de tu casa, o cinco minutos después, puede condicionar el resto del día para evitar, por ejemplo, un retraso en el Metro o un choque en la autopista.

La película, en un cierre que –seis años después– sigue hablándonos a los caraqueños, finaliza con un texto breve que conviene atender:

El desamor, la apatía, la mentira, la incomunicación, la violencia y la corrupción son las bases fundamentales de una sociedad enferma. Para que un pueblo sea verdaderamente grande, debe ocuparse de hacerlas desaparecer lo antes posible…

Del corazón y de la mente de cada uno.

¿Qué tan enferma sigue Caracas?

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

Protestas en ascenso

Inmersos en una crisis económica que el Gobierno enfrenta como quien intenta apagar un incendio forestal soplando, la mayoría de los venezolanos no sólo padece un colapso de servicios básicos que obliga a los ciudadanos –en ciertos estados del país– a bañarse con “tobito” y a oscuras, sino a sobrevivir con un salario que no alcanza para adquirir una canasta básica que superó los 600 millones de bolívares en junio de 2018.

Ante la dificultad de cubrir necesidades básicas de la población, la respuesta orgánica y natural para exigir una solución a la crisis es la protesta que, a través de concentraciones y el cierre parcial de avenidas, tiene carácter –en su mayoría: 84% de ellas– social, según el informe que publicó el Observatorio Venezolano de Conflictos Sociales (OVCS); el cual registró, en el primer semestre de 2018, 5.315 protestas; es decir, 30 protestas diarias, 8% más que el año pasado durante el mismo periodo.

La característica principal de las protestas durante estos seis meses fue el descontento ante los problemas más urgentes que imperan en la sociedad: dificultades en los servicios básicos, en la salud, en la alimentación y en las condiciones laborales. A planificar el horario diario según el racionamiento de agua para realizar las actividades domésticas, se le agregó largas caminatas para trasladarse por falta de transporte público. Es así como el régimen de Nicolás Maduro mantiene a la población en un calvario que genera malestar y agudiza la conflictividad social. Si en 2017 observamos manifestaciones contra una decisión política (el autogolpe perpetrado por el Estado, con respaldo del Tribunal Supremo de Justicia, contra la Asamblea Nacional), en 2018 la sobrevivencia es el letmotiv para realizar concentraciones de calle que, pese a no ser masivas ni mediáticas (salvo las que inició el sector salud hace un mes), alzan la voz pidiendo mejoras en las condiciones laborales.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Una trilogía que muerde

Uno se imagina a Héctor Torres pateando la ciudad, adentrándose en el Metro, como un Clark Kent que disfraza su visión de rayos X: esa capacidad de observar cada situación con la sensibilidad de los que entendieron que si el intelecto no está al servicio de los sentimientos y emociones resulta absolutamente inútil.

Autor de dos libros de cuentos (El amor en tres platos y El regalo de pandora) más una notable novela (La huella del bisonte), fue su primer libro catalogado de no ficción el que desató la popularidad con la que hoy cuenta Héctor, la misma que le ha abierto un importante espacio dentro de la literatura venezolana actual. Caracas muerde era una apuesta peligrosa: un título tan potente podía ser superior a la obra. No fue el caso: las historias que comprenden este bien cuidado volumen suenan con la prolijidad de esas canciones que hablan directo al corazón.

Mientras en ciertos ámbitos se empezó a ver a Héctor Torres como un caracólogo, él siempre reivindica que lo suyo en contar historias. Aunque el tono narrativo se perdió un poco en su siguiente publicación, la que él consideró una precuela a Caracas muerde. En Objetos no declarados, ese aire de voyeour que ve el mundo desde su esquina y lo digiere en silencio adquirió un tono un poco más discursivo. Trató de poner en palabras concretas esos elementos que caracterizan a los venezolanos y que hacen de su identidad algo inconfundible en el extranjero.

Y cuando creíamos que ya todo estaba cerrado, que viviríamos de consumir las sucesivas adaptaciones a Caracas muerde en los múltiples formatos en los que uno se lo pueda imaginar, que el siguiente paso sería la internacionalización, las traducciones o al menos que el libro siguiese encontrando lectores, apareció un nuevo volumen de historias con el que Héctor Torres y Punto Cero (su casa editorial) planean dar cierre a una trilogía que ha sabido hablar a su público.

La vida feroz llegó en uno de los momentos más álgidos de la crisis venezolana, y se ofreció como un compendio de historias de resiliencia, aunque la verdad es que quizá el elemento que une estos relatos de no ficción es la actitud de personajes que empiezan a la deriva y luchan, en una ciudad a veces cálida y con frecuencia hostil, por encontrar su lugar en el confuso caos que los rodea. Algunos, claro, con más éxito que otros.

Pese que ninguno de los últimos dos libros estuvo a la altura del primero, los tres son muestras del talento de uno de los narradores más sólidos que tiene hoy día Venezuela. En ellos se consolida una voz capaz de contar desde improbables historias de amor hasta hechos de una brutalidad ensordecedora, con la melodía de una balada pop que se ocupa de conmover a los lectores para que piensen el mundo desde el corazón.

La trilogía ha sido ponderada con adjetivos tan diversos, con testimonios tan extraños –desde los que afirman que se inundaron de pesadillas hasta lo que dicen que las historias los empujaron a vivir–, que el autor tuvo que concluir en una entrevista que cada quien ve en sus libros lo que lleva dentro de sí.

Si me preguntan (y yo sé que no lo están haciendo) la trilogía en total tiene un aire que se condensa en una frase y un epígrafe. En Caracas muerde se afirma que en esta ciudad, después de todo, se pudiera vivir como en cualquier otra si no fuese por el miedo. Y en La vida feroz, se cita a Will Smith en uno de sus momentos de mayor claridad: “Podrás ser más talentoso que yo, podrás ser más inteligente que yo, pero si los dos nos subimos a una cinta de correr, va a pasar una de dos cosas: o tú te bajas primero o yo me voy a morir”.

Solo con esa actitud se puede alzar la cara en una ciudad que es tan feroz, que muerde.

 

Por Mark Rhodes

Caracas desde el helicóptero

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

Pero sobrevolar Caracas también significa agotarla rápido. Vivirla en las horas de más tránsito requiere probar las “vías alternas” del cielo: volar la Valle-Coche en sentido oeste y luego decidir ir al Centro o hacia El Paraíso y ver si hay juego en el estadio Brígido Iriarte. De un destino al otro en curvas que se detienen, de pronto, en la Torre Este de Parque Central. “Buena marcha en la Avenida Bolívar hasta llegar al Museo de Los Niños” se escucha en el monitor, mientras veo la magnitud de la torre de 56 pisos aún mal reparada después del incendio de 2004. Al lado está el Teatro Teresa Carreño que, aunque uno lo ve hermoso desde la planicie, arriba cuesta entender su geometría.

Pero Caracas, la grande, también es El Junquito, La Guaira, San Antonio de Los Altos y los Valles del Tuy. Y desde el rotor principal (la hélice, en términos especializados), se ve la gente que le da la vuelta a la Plaza Venezuela para buscar camino hacia esos lugares y que usa los nuevos elevados que han creado “para aligerar el tráfico”. La fuente se ve hermosa, se ve ciudad, se ve amable. No se ve el caos de terminal del Metro. Tampoco se entiende desde el aire qué es lo que pasa cuando hay una cola de punta a punta en los túneles. “Debe ser que pasó algo allá adentro, vamos a acercarnos”, dicen en la radio. La radio que tiene un programa en vivo que habla del tránsito y que es la única conexión tecnológica con la realidad desde los audífonos del Bell Ranger Rojo. El cielo es tan perfecto, que no hay señal en el celular.

En el aire también se siente impotencia. El Petare de Caracas llega hasta Mariches, con los techos descuidados y el hacinamiento desbordado.  Pero  en Prados del Este esos techos rojos se vuelven town houses con piscina y áreas comunes. Después vienen los campos de golf del Country Club, los estadios de la Universidad Central de Venezuela y su biblioteca con rasguños de maltrato y falta de mantenimiento. En Chacao, el karma es otro: las hileras de carros que no avanzan y el verde de La Carlota desde donde, apenas, parten unos cuantos helicópteros al día. ¿Qué pasaría si se convirtiera en parque? La grama enrejada mira a la ciudad también impotente por no sentirse aprovechada.

La capital venezolana dejó de tener publicidades sobre los edificios hace algunos años. Quitaron la taza de café y la bolita de refresco que hubiera ayudado a la ubicación en el mapa aéreo. La cartografía caraqueña también carece de anuncios publicitarios llamativos y electrónicos, de aceras amplias dejen ver algo más que motos infractoras, quizás a los transeúntes que llegan del mercado o van camino a sus clases de yoga después del trabajo.

El Distribuidor La Araña y la Cota Mil son trampas: desde el helicóptero provoca gritarle a todos los carros que están llegando hasta ahí que no, que no se metan por ahí, que hay otra vía, pero que todo el embudo se debe a la gandola volteada, al accidente que está recogiendo una grúa en el rayado o a la imprudencia de una camioneta que rodó por el hombrillo y ahora debe incorporarse.

Volar en helicóptero durante hora y media sobre Caracas al final de la tarde de un jueves también da la certeza de ver el atardecer más auténtico de todos los posibles. Y también te hace sentir mejor. Mejor ciudadano, al menos.

Por Marcy Rangel |

*Texto para la Revista OJO edición n° 24

Créditos del video: Maxdrone ; Drone Caracas

De los Dioses del balón a los grandes obreros del siglo XXI

Todos vimos lo que ocurrió sobre la estepa rusa durante el tiempo que duró el mundial de fútbol. Semana a semana quisimos comprender el tenor de estos duelos futbolísticos y muy pronto nos dimos cuenta de que la matemática, la fría estadística y el montón de datos que hoy se generan a partir del juego, de la pura actividad física de los cuerpos, de los perfiles y del historial de las escuadras, no bastan por sí solos para sintetizar lo que estaba ocurriendo sobre el césped de la tierra de Putin y del hombre post-soviético.

Tal como viene ocurriendo cada cuatro años con la organización de los Mundiales, el complicado entramado que produce una pelota y veintidós hombres corriendo tras de ella, escapa completamente a lo fáctico y se transusbstancia en un imaginario que se desborda y no admite que se le circunscriba al exclusivo territorio de lo deportivo. Un partido es siempre más que un partido. Un jugador es mucho más que su fama inmediata, puesto que entran en juego complicadas operaciones de diferenciación y comparación que hacen del fútbol una verdadera gramática de lo universal, en el que las pasiones, las idiosincrasias, la política, la ideología, la literatura o el arte se reordenan de acuerdo a una lógica planetaria y espectacular del partido de turno.

¿Cómo es esto posible? ¿Por qué un partido termina siendo juzgado en los mismos términos heroicos del David contra el Goliat, entre la potencia y la colonia, entre la Europa aria y la de los inmigrantes, entre las invasiones napoleónicas o del poder nazi y las consecuentes derrotas imperiales sobre la estepa? ¿Por qué un duelo latinoamericano con una nación europea abre todos los torrentes para pensar la historia del capitalismo y la dominación de los imperios de turno a lo largo de la modernidad? ¿Por qué en un mundial siempre se activa el discurso de lo patriótico, el de la dignidad de los pequeños y hasta la idea de hacerse respetar como no se puede hacer respetar a una nación pequeña, endeudada o débil en una mesa de negociación política o económica?

Más allá de que el fútbol sea un deporte de los vivos y por tanto su juego se preste a las imágenes o metáforas  más vitales, sigo pensando que este “espesor” con que nos involucramos en un Mundial, con todo un arsenal de hipótesis, referencias históricas y literarias, se ha venido acentuando a medida que la sociedad líquida, donde lo evanescente toma primacía, logra imponerse de manera incontestable. Ya lo decía Monsiváis en los años 90: la patria dura 90 minutos, el Estado-nación es un partido de la selección nacional, todo lo demás forma parte del espectáculo.

El fútbol, en el contexto líquido de nuestra civilización, ha venido adquiriendo una lógica de museo, donde importan de manera relevante sus archivos,  por la originalidad o por el contexto específico donde se les puede articular. A partir del fútbol, o gracias a él, se establece un discurso de la inmortalidad, puesto que posee todos los elementos para que se elabore una narración que enlaza pasado y futuro, orígenes y destino a partir de las hazañas de una selección nacional y de sus jugadores. Al punto de que una selección, en el contexto de un mundial, es mirada, evaluada y juzgada como una intervención estética que remite a varios tiempos, como un performance o instalación donde pasado, presente y futuro acaecen en 90 minutos.

¿Cuál es la imagen de Rusia 2018?

Durante cuatro semanas asistimos a un torneo épico sobre la estepa y buscamos figuras e imágenes que pudiera describir cómo fracasaban uno a uno los grandes favoritos (Alemania, España, Argentina, Brasil, Uruguay, los “dueños y señores” de los grandes archivos del museo futbolístico). Pasamos de Tolstoi a Dostoievski para entender que las derrotas no sólo ocurren sobre el espacio de la estepa sino que también tienen resonancias en la mente, donde hay crímenes de los que nunca logramos reponernos, por culpa o por castigo. Quizá la solución rusa no esté en esa alma dostoievskiana ni en el absurdo de una derrota imprevista, como si se tratara de un cuento cómico de Gogol o de Bulgakov. Según Dostoievski, el alma rusa siempre desafina, tarde o temprano se excede, no se acopla, es carnavalesca por sus diversos atuendos, sufre de agorafobia y por eso mira lo de afuera con fascinación para después expulsarlo en forma de crimen. De allí que el Mundial haya oscilado entre la épica fallida de los grandes, el crimen de los pequeños y lo cómico de una final con faltas inexistentes, errores de arquero y goles imprevistos en los primeros treinta minutos.

La solución rusa, la que al final se impuso en este Mundial, hay que buscarla no en la literatura sino en el arte y sus vanguardias. Después de tantos partidos, la materia informe con la que se inicia un Mundial se termina reduciendo a su expresión mínima y definitiva. Esta es propiamente la solución rusa, una versión suprematista de Kazimir Malevich que materializa las pasiones humanas, los tiempos y la historia en una imagen única y eterna. Las vanguardias artísticas pensaron un arte que nunca desaparecería, un arte que tenía por hábitat el futuro, lo que nadie podía ver, salvo el artista.

Malevich, puede decirse en este caso, miraba ya en 1913 una final de fútbol entre Francia y Croacia que se realizaría en el futuro, un domingo de julio de 2018, sobre el geométrico césped de un estadio en Moscú. Malevich, en ese sentido, mira que lo verdaderamente eterno del fútbol y de la vida es que haya una diferencia definitiva, la que se establece entre un ganador y un perdedor, no importa cuál. Malevich, en su Cuadrado negro sobre fondo blanco (1913), representa el valor mismo del archivo, el triunfo de una forma o del marco que la diferencia o la separa definitivamente de lo profano y de lo mortal, de la corrupción del instante.

Malevich no sabía en realidad la menudencia del caso que pintaba en 1913, la crónica de color en la que una selección de hijos franceses de la migración logra ganar en 2018 un campeonato Mundial. Pero en cambio describió perfectamente el mecanismo de lo que queda protegido, en nombre del ganador, en un archivo futbolístico. Lo demás se corrompe en el tiempo y pasa al olvido, tal como ocurre con esos juegos inexplicables que definen el tercer y cuarto puesto de un Mundial. Esa mirada de Malevich, la que describe con su arte lo que sobrevivirá al tiempo, es lo que diferencia a todo artista del profeta.

Maradona versus Messi, lo eterno y lo ligero

Si puede materializarse esta idea del archivo de larga duración y de lo efímero en el fútbol, quizá debamos recurrir a la áspera comparación entre Maradona y Messi. La gente tiene más de veinte o treinta años puteando a Maradona por periquero, por fidelista, por chavista, por violencia doméstica, por alcohólico, por marginal orillero, por mafioso, por vividor, por impresentable y el tipo sigue allí como si nada, siendo la referencia única del fútbol argentino en los Mundiales.

Maradona es el ejemplo perfecto de alguien que se ha asegurado un puesto estable en la historia de los archivos. Eso lo hace no-biodegradable, tiene un cortafuegos que lo inmuniza completamente de sus propios excesos y de las críticas que, de paso, lo dejan más vivo que muerto en las redes sociales. Sobrevive a todo, Maradona, como las cucarachas que, se dice, son capaces de superar una desértica era post-nuclear.

El tema es que Messi es el consentido del fútbol actual, la estrella que durante años lo ha logrado todo en el contexto de los torneos de clubes. Pero Messi tiene un problema definitivo: no podrá entrar como figura original en los archivos de la selección argentina. Y pensar que Messi era el único mortal que podía disputarle –de hacerse Argentina campeona del mundo– el puesto que tiene Maradona en la exclusiva zona de la inmortalidad.

Si Messi lo lograba, para bien de la salud mental del pueblo argentino, el arquetipo mítico del sur estaría bastante completo: la figura dionisíaca encarnada en Diego y el apolineo casi autista que materializa Messi. Si lo lograba, las pasiones se repartirán de aquí en adelante en un sano equilibrio cósmico: inspiración o disciplina; carisma o vida interior; maníaco-depresivo o autista. Instinto o matemática. Pero no pudo ser. Esto augura próximos Mundiales con un Maradona a sus anchas, en plan de inmortal indiscutible. Ya seguiremos viéndolo meterse todo el vodka del estadio en la grada y después aparecerá inmortalizado en las redes sociales como un Dios ebrio que abraza el sol que hace triunfar a la Argentina del futuro.

¿Messi está condenado al olvido?  Quizá no. Cabe que ese autismo de Messi se deba, precisamente, a una protesta, a una especie de renuncia, de indisposición silenciosa a no querer trasladarse al mundo heroico de los “eternos” que soportan todo, incluso la más patética de las decadencias. A Messi quizá no le alance la condición de superhombre para disputarle un puesto a Maradona en el Olimpo solitario del que lo ganó todo con la selección nacional. Pero quizá fraguó en el largo ciclo con la Albiceleste su propio archivo de larga duración: el Dios que renuncia a ser dios, un incomprendido que no cabe en la escala mortal del Estado nación. Quizá por esa vía, Messi aún tenga vida después de la vida. Un Dios más cruel, si se quiere, que recuerda que intentes lo que intentes nunca dejarás de ser más que un pobre mortal.

El Dios del mercado y los otros divinos

Después que desapareció el maná argentino del Mundial, con la derrota ante Francia, vale la pena insistir en la dimensión de inmortalidad (o larga duración) que tienen algunas figuras del fútbol. Pelé, por ejemplo, es como el Dios de la magia buena, de sus botas brota lo inverosímil como los magos cuando se sacan conejos del sombrero, es el Dios que hace todo fácil y de su leyenda viene esta idea del “jogo bonito” brasileño. Maradona, sabemos, es todo lo contrario, un Dios heroico, de los que se monta al mundo entre los hombros y cuando conecta no hay mortal en pie (ni potencia futbolística) que se le resista.

Pienso también en arquetipos comparables a Maradona, por el espesor heroico que poseen y trascienden, por tanto, el sentido de lo futbolístico. Pienso en Zidane, por ejemplo, el francés de padres franco-argelinos que con alguna traza de ese Otro de las colonias absorbidas o recicladas (berbero), capitalizó con su talento e inteligencia las potencialidades de toda una generación y llevó a la Francia multicutural hasta el campeonato del mundo en 1998. Logro inédito el de Zidane, que no alcanzó Platini, otro francés no tan francés, de origen italiano, que también tuvo un exquisito trato con el balón.

Zidane muestra rasgos de ser de una estirpe distinta a dioses como Pelé o Maradona. Tuvo la osadía de renunciar al tesoro de su propio archivo, archivo único como el de Maradona, y ha reescrito su nombre en los últimos años no como el inmenso jugador que fue sino como el técnico más exitoso que hay en la actualidad, con tres Champions ganadas al hilo.

Maradona también lo intentó, como Zidane (de hecho fue director de la albiceleste en el Mundial de Alemania 2006), pero su fracaso circular y permanente le ha dado paradójicamente otro poder y también una estética, que sirve o alimenta ese extraño maná museístico que nos remite a sentimientos y emociones profundas y arraigadas, casi tribales, del siempre derrotado pero predispuesto a los milagros y a los golpes iluminados de timón.

El “Dios Zidane” parece estar hecho de otra materia. Es el Dios que describiría el coreano-alemán, Chul Han, como el perteneciente a la sociedad del rendimiento. El que se explota a sí mismo con tal de no perder su sitio en el presente. El Dios de lo actual, donde el aura de la versión original (e histórica) se disemina con las tácticas, las versiones y el performance del último éxito, el más reciente. Zidane es el Dios de la movilización permanente de cualidades, del flujo incesante de energía y de los esfuerzos más allá de los límites.

Si hablamos de la autofagia como el acto más radical de todos, Zidane representa quizá al Dios maldito capaz de devorarse o de vaciarse a sí mismo, con tal de que no se consuma su imagen sonriente, del que nada lo atraganta ni nada lo aparta del sentimiento presente de la multitud.

Zidane es el Dios que ha sabido movilizar y gestionar su propio exceso (su dimensión de inmortalidad atada a un hecho exclusivo), por eso es contemporáneo al mercado y sus ofertas, contemporáneo a la fama y al éxito más reciente, el de última hora. El Dios que apuesta y todo le sale bien.

Los obreros calificados y el nuevo protagonismo

La única manera de entender por qué a los dioses del fútbol ya no les basta el archivo museístico para vivir la inmortalidad, puesto que quieren eternizarse en el presente, al estilo Zidane, es aproximarnos al tipo de jugador que hoy captura la atención por ser la pieza más funcional y talentosa de un esquema de juego casi marcial donde triunfa lo colectivo sobre lo individual.

Este Mundial no fue precisamente de goleadores brillantes sino de grandes trabajadores. Volvimos a la era industrial. Eso sí, se trata de una mano de obra sumamente calificada. Hablan con soltura varias lenguas, la de la defensa, la del medio campo y la del ataque. Aprenden, además, muy rápidamente la lengua del contrario. Tienen una conciencia del espacio que los acerca a los mejores geógrafos. Se paran tan bien, y con ellos todo el equipo, que casi nunca un mueble queda fuera de lugar, por tanto son grandes diseñadores de interiores y como de ellos depende toda la estructura, son también los auténticos arquitectos de la obra.

Los grandes trabajadores de este Mundial demostraron tener un conocimiento muy avanzado en artillería militar, poseen técnicas de aviación y cuando les toca bajar, no se acomplejan y regresan a la vida de los humildes albañileros. Lo más inquietante de este perfil laboral es que hacen de la pelota un poema, un pase que nace de sus pies en un momento dado no sólo cambia un resultado matemático sino que reordena las pasiones universales, sin distingo de raza, de género o de clase social.

Están mentalmente preparados para escribir un microcuento con eficacia letal, que noquea rápidamente al contrario, pero a su vez tienen la convicción suficiente para montarse un partido difícil sobre los hombros y tejer una novela complejísima con muchas voces y de varios géneros. ¿Lo mejor de todo? No son robots. Un argumento más para seguir confiando en la humanidad y sus facultades. Este fue el Mundial de los grandes obreros calificados: Modric, quien se llevó el trofeo; De Bruyne, el belga; o Pogba, el negro francés más invisible que tuvo Deschamps en el esquema de ataque de los campeones mundiales 2018.

A fin de cuentas, esta también podría ser la historia de este Mundial: cómo pasamos de los antiguos Dioses a los grandes trabajadores del siglo XXI.

Una revolución secular viene ocurriendo en el fútbol. Y es una ironía que la hayamos visto florecer en la Rusia de Putin y del hombre post-soviético.

 

Por Héctor Bujanda | @bujandah

Permiso para soñar

“¿Cuándo te vas?”, “aquí no hay nada qué hacer”, “mejor que te vayas”, son algunas de las frases con las que la juventud venezolana tiene que lidiar. Si lo mejor del país se está yendo, qué representa aquella estudiante que madruga a las 4 a.m para cruzar media ciudad en Metro y después autobús, quién es aquel muchacho que se desvive por ser ingeniero y se traslada a un cyber porque en su casa no tiene Internet. Es cierto, el éxodo es apabullante, un alto porcentaje de la población calificada, y no calificada, de este país prefiere (o se ve obligada a) emigrar, pero en dónde quedan quiénes no pueden o, simplemente, deciden no hacerlo: ¿se les niega la oportunidad de soñar?, ¿están destinados a ser amargados?, ¿son unos locos?

Hace unos días, chateando en el  grupo de WhatsApp de la joda, la resignación se dejó colar entre alguno de los miembros mientras se debatía entre la adaptación y el conformismo. Allí, un recién egresado de medicina argumentó lo siguiente: “Yo me adapto a mi consulta, hago trampas de agua con potes para drenar derrames pleurales y hemotórax para mejorar a los pacientes de su condición: me estoy adaptando a las necesidades. ¿Acepto que es lo correcto? No. ¿Entiendo que lo correcto son PleuroVac para todos? Sí. ¿Hay alguna solución inmediata? No. ¿Qué tengo que hacer? Resolver y además hacer las quejas y acciones que lleve a mejoras”. El tema no pudo tener mejor desenlace que una imagen de Quino: ante la sonrisa de un hombre en pleno vagón de Metro con la congestión de la hora pico, otro se preguntaba: “Y ese, ¿tan contento?” A lo que otro respondió: “Algún masoquista”.

Y si de masoquistas, soñadores o ilusos se trata, hubo un encuentro de ellos el pasado martes en el Teatrex de El Bosque. Allí, en una sala repleta de familiares y amigos orgullosos, más la presencia de algunos miembros de la ONG, 40 jóvenes universitarios y cineastas principiantes presentaron sus cortometrajes documentales luego de haber asistido durante un mes a un taller –denominado La Mirada Singular– que organizó la casa productora Tres Cinematografía en alianza con la Embajada de los Estados Unidos.

Luego de recibir aproximadamente 300 postulaciones, Tres seleccionó a 40 jóvenes que tuvieron el permiso de soñar, de recibir clases y después contar historias con el apoyo logístico y económico que las realizaciones cinematográficas tanto necesitan.

La Mirada Singular no sólo logró congregar en un solo sitio a 40 personas sumamente entusiasmadas, sino que les permitió acercarse y producir documentales que narran parte de lo que también ocurre en este país al margen de la crisis: grupos que a través de comedores sociales alimentan a jóvenes en comunidades de escasos recursos (Alimenta la solidaridad), que llevan los valores a los barrios gracias al yoga (Yoga en los barrios), que brindan apoyo a los atletas con discapacidad (Discapacidad Cero), que enseñan a mujeres entre 15 y 21 años conocimientos de programación (Chama tech), que reúnen personas para recorrer Caracas sin que se sientan vulnerables por la delincuencia (CCS en 365), que velan por los derechos sexuales (Avesa), que apoyan a los emprendedores (1001ideas para mi país), que enseñan disciplina a través del boxeo en el barrio La Vega (Escuela de Boxeo Riza), que restauran espacios públicos con niños y adolescentes (Trazando espacios) y que prestan servicios médicos a comunidades con escasos recursos (Cascos azules).

Son historias que no están debajo del reflector, pero que dan permiso para soñar.

 

Por JP

#DomingosDeFicción: Bahamut

Leo «Manual de zoología fantástica» de Jorge Luis Borges. Me quedo dormido terminando el siguiente párrafo:

Dios creó la tierra pero la Tierra no tenía sostén y así bajo la Tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y bajo el ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó a un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.

Sueño que acudo al lecho de muerte de Stanley Kubrick. Descansa en una cama, rodeado de aparatos médicos que monitorean sus decrecientes signos vitales. Se me ha concedido efectuarle una última entrevista.

Hablamos acerca de sus películas, la limpieza de sus imágenes, su obsesiva precisión. Le pregunto sobre la leyenda urbana que le atribuye el haber filmado un falso alunizaje del Apolo 11. El timo audiovisual más espectacular en la historia de la humanidad, perpetrado por el cineasta más genial en la historia de la humanidad.

Kubrick asiente y cierra los ojos. Un pesar insondable cubre su rostro como un velo finísimo. Confiesa que la leyenda es cierta. Nunca hubo un viaje a la Luna. La conspiración había sido perpetrada con la ayuda de los altos jerarcas de todas las naciones del mundo.

—¿Por qué? –pregunto con un hilo de voz.

—Porque la humanidad no podía saber la verdad –responde.

—¿Cuál verdad?

Me muestra unas fotos tomadas por satélite. La Tierra contemplada desde una distancia sideral.

Y debajo de la Tierra hay un ángel enorme. Debajo del ángel una montaña de rubí. Debajo de la montaña un toro imposible de ojos desorbitados. Debajo del toro un pez que reposa en el agua.

Y después hay oscuridad y no puedo ver nada más.

 

Por Lucas García París@LucasGarciaP

*Este cuento pertenece al libro El Reino (Ediciones Punto Cero / 2017).

Caracas en ambulancia

Las ambulancias son parte de los sonidos de la urbe y escucharlas es tan cotidiano que generalmente olvidamos que sus sirenas anuncian una emergencia. Lo cierto es que nunca reparas en cuántas rondan la ciudad hasta que estás esperando una, hasta que la vida de tu papá, por ejemplo, depende de que alguna de esas sirenas que se mueven nerviosas por las calles se detenga frente a tu puerta.

Mi papá se despertó mal. Ha pasado todo el día en cama. El pecho le duele y le cuesta respirar. Trato de ayudarlo pero me resulta imposible. Se deteriora rápido: necesito pedir una ambulancia. Lo observo por un momento: su tórax prominente, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, el cuello tenso, sus hombros que suben hasta el cielo en un intento desesperado por atrapar un poco de aire, sus clavículas hundidas y sus costillas que revelan agujeros y contornos espantosos, una exhalación que parece apagarse.

Tengo una emergencia. Mi papá no puede respirar, no puede moverse. 59 años. Chacao. Bello Campo. Desde la tarde comenzó a complicarse, no pudo dormir y ahora no puede pararse de la cama. Se cansa demasiado, se fatiga, no puede respirar. Tiene Epoc estadio 4 y le diagnosticaron cáncer hace unos meses. 2679387. San Remo. ¿Tienen un tiempo estimado? Ok.

No puedo evitar recordar a mi hermana. Ella es médico. Hace unos años tomó un avión a España y, desde entonces, nunca regresó. Alguna vez, llegando de una guardia, me dijo: “El que quiera conocer la verdadera Caracas, que se monte en una ambulancia. El tráfico de esta ciudad es el reflejo de lo mejor y lo peor de su gente”.

La vida es una sala de espera; un reloj que baila y se burla. Son las 5:55 de la tarde y comienza la verdadera agonía: sabernos impotentes. Vamos a vestirnos. Tratemos de comer. Tienes que tratar. Respira, respira. Cálmate, respira. Él me mira, asiente con lentitud mientras bota aire por la boca, como soplando las velas de los cumpleaños que quizás ya no vendrán.

Pienso en que, desde alguna calle embotellada, viene la ayuda que tanto necesitamos. Suenan sus sirenas de emergencia, pero todos estamos tan cansados. Quizás si ellos supieran que se trata de mi papá, cederían el paso. Seguro que lo harían. Pero las tragedias sin rostro ya casi nunca convencen a nadie, mucho menos cuando tenemos entre manos una meta tan importante como salvar el país: nuestro país.

Cuando mi papá por fin tiene camisa y un jean son las 6:46pm. Cada intento por contener el aire es más agónico, la piel continúa pegándose a los huesos, dibujando los contornos siniestros de un cuerpo cansado. La tensión parece menguar un momento pero es sólo porque nos acostumbramos a ella. Son las 7:00 y la ambulancia no llega. Nos paramos y decidimos esperar en la sala.

Son las 7:20 de la noche cuando levanto el teléfono. Hola, llamé hace más o menos una hora para solicitar una unidad a Bello Campo. Mi papá está mal, se está descompensando y no respira. Y ya sé: no es culpa de nadie, ellos no pueden hacer nada, las calles se están derrumbando, pero me aseguran que ya están cerca y me sugieren que espere abajo. Ya vengo, papi.

Bajo por las escaleras. Cuando salgo a la calle el olor de las bombas lacrimógenas me inunda la cara. La ciudad parece estar llena de ambulancias, de vidas atascadas en el tráfico capitalino. Escucho sirenas que van y vienen. Al fondo, suenan detonaciones como campanas. Continúa la espera, el cansancio, la agonía, las maldiciones, las oraciones, todo en una ráfaga de esperanza y de tristeza. Entonces aparece una camioneta verde, 4×4, y su sirena se dirige hacia mí. “Unidad móvil”, leo a lo largo de sus dos puertas.

Todo sucede deprisa. Una doctora muy joven y dos paramédicos se bajan de la camioneta, cada uno sujeta sobre su nariz una gasa empapada en vinagre. Hacen las preguntas de rutina: edad, condición, ¿toma algún medicamento? Abro la puerta de casa y mi papá recibe a todos con una sonrisa de desesperanza. En 10 minutos la doctora lo examina y decide que no podemos esperar por una ambulancia, es necesario trasladarlo de inmediato a la clínica.

Los paramédicos toman cada uno por un brazo a mi papá. Lo levantan en un esfuerzo que para él parece ser atroz. Una vez de pie, inician su camino hacia el ascensor. Paso a paso. Veo pasar frente a mí el dolor de una persona que amo, y en él se reflejan a su vez tantas personas más, las carencias que se ocultan detrás de cualquier ideología, de cualquier revolución, del apasionamiento o de la indiferencia; me golpea en la cara un país que se nos viene a los hombros.

Nos montamos en la camioneta con dificultad. Al segundo siguiente estamos rodando Caracas, la verdadera Caracas, a toda velocidad. Mi papá se va quedando sin aire. La camioneta esquiva mirones y manifestantes que no dan paso, se desplaza entre motos de guardias nacionales, carros, cornetas, más motos. Mi papá no respira, cierra los ojos.

Barricadas prendidas en fuego obstruyen las vías, la camioneta se monta en la acera y no se detiene. Llegamos a la entrada de la autopista, suenan nuestras sirenas, la corneta, aceleramos. Un guardia amenaza con detenernos y al segundo siguiente otro lo increpa, nos da paso. Me atormenta esta ciudad de aire infantil, pueril, que hace daño sin saberlo y que quizás si lo supiera se arrepentiría, se detendría, nos daría una oportunidad.

Atrás queda el disturbio, la rabia, el forcejeo. Nos adentramos en un silencio melancólico frente a una autopista vacía que se abre ante nosotros. “La ciudad indomable, eufórica, agreste. Caracas siempre ha sido así. Pero a veces nos encuentra en ella la satisfacción, la tensa calma de sabernos en el ojo del huracán. En silencios como este, Caracas se redime”, sentencia mi papá haciendo un gran esfuerzo entre jadeos. El resto del camino transcurre en sosiego.

La Caracas intransitable abre sus caminos, se descubre como lo que es: una ciudad de figuras nostálgicas, de calles en construcción o a medio iluminar, de edificios viejos, de lucecitas que resplandecen en la lejanía y resguardan vidas anónimas, la Caracas fresca, la Caracas de color anaranjado, la ciudad que se defiende del olvido y por eso nos ruge en la cara. Ciudad remolino.

Llegamos. Nos recibe un cartel que informa que la emergencia no está admitiendo pacientes. La doctora nos asegura que cuando vean a mi papá lo dejarán pasar. Nos disponemos a continuar cuando sale a nuestro encuentro el doctor encargado. Lo examina dos minutos y permite de inmediato la entrada. Nos ordena dirigirnos hacia una puerta que se encuentra al bajar una rampa.

La camioneta se pone otra vez en movimiento. “Vamos a tratar de que sea rápida la admisión”, afirma la doctora casi gritando pues las sirenas de nuevo nos ensordecen. Y entonces frenamos en seco, se nos atraviesa la ciudad de la furia. El paramédico sostiene a mi papá justo antes de que su pecho golpee el espaldar del asiento de enfrente. Dos cornetazos se chocan.

Cuando miro hacia afuera me encuentro con un mototaxista indignado que parece esperar nuestras disculpas. Un segundo después él arranca y su parrillera nos menta la madre. “¿Están bien?”, pregunta la doctora. “Tranquilo que ya vamos a llegar”, le dice a mi papá. “Vamos, vamos, vamos. Arranca”, hace un gesto suave con su mano, como empujando el desaliento. Continuamos nuestro camino y descendemos por la rampa en silencio hasta llegar a las puertas de la emergencia. La unidad se detiene. “Este país se fue a la mierda”, deja escapar la doctora antes de salir.

 

Por Gabbi Consuegra | @GabbiConsu

*Esta historia fue tercer lugar en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

 

Un símbolo del chavismo que agoniza

El discurso gubernamental se resquebraja, la crisis no distingue simpatías políticas ni un sueldo aumenta por conservar lealtades. La Red de Abastos Bicentenario, creación insigne del único inmortal que se murió, se mantiene en cierre técnico y con protestas espontáneas de los trabajadores desde hace 22 días. En 2010, el Gobierno anunció, a través de Gaceta Oficial, “la adquisición forzosa”; es decir, expropiar –lo que en clave María Corina significa robar– los “bienes inmuebles” de la cadena de tiendas Cada y Éxito, por –según el oficialismo– la disconformidad y explotación de los trabajadores. La situación actual entre empleadores y empleados no sólo es confusa, sino que la hiperinflación golpea a todos. El sinfín de beneficios que percibían (mejoras salariales, cesta navideña, planes vacacionales para hijos, entre otros) cayeron como una piedra lanzada desde una terraza: la papa caliente de mentiras rojas durante 20 años le explotó a Nicolás Maduro en las manos. Tanto en la Plaza Bolívar de Caracas, como en la sede del Abasto Bicentenario en Plaza Venezuela, las consignas son las mismas: “Queremos trabajar”, “No a los despidos masivos”.  La caída de la red es tal que hasta Maduro la tuvo que admitir en 2016: “Abasto Bicentenario se pudrió”. La corrupción y negligencia reinan en la red: “Se han hecho inversiones y han sido para robar”, comentó a VIVOplay un trabajador. “Las condiciones en la que estamos trabajando son infrahumanas. La empresa siempre nos ha tratado mal: nos han quitado nuestras reivindicaciones laborales, han hecho despidos masivos”. Sólo en la capital, han cerrado siete tiendas. El discurso proselitista pro Gobierno se queda sin argumentos y aquellos simpatizantes que lo sostienen marcan diferencias entre su apoyo al inmortal que se murió y el apoyo a su hijo. “En 2010 cuando el presidente [Chávez] compró la red siempre protegió a los trabajadores. Ahora están haciendo contrarrevolución”. Pero la actualidad también es parte del legado.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch