El renacer creativo y las búsquedas internas de Caramelos de Cianuro

En los Pepsi Music 2018 una de las llegadas que captó mayor atención fue la de Caramelos de Cianuro. Asier, Pavel y Darío arribaron cual tribu del rock, como si desfilaran en medio de una videoclip. Los integrantes de la banda –solo faltó el Enano– se detuvieron, en distintos momentos de la gala, a conversar con Revista Ojo.

Asier Cazalis

¿Cómo ves actualmente el rock en Venezuela?

Me parece que hay muy buenas bandas. Lamentablemente, las mejores se han tenido que ir buscando otros mercados, otros horizontes. Y siempre pienso mucho en eso, ¿no?: nosotros lo tuvimos mucho más fácil, en nuestros años de crecimiento, que los muchachos ahora; cosa que siempre lo hablo: si a nosotros nos hubiese tocado esta situación tan dura seguramente no estuviésemos donde estamos ahorita.

¿Qué bandas destacas?

Por supuesto Los Mesoneros, Viniloversus, La Vida Bohème, Rawayana… tantas bandas de esta nueva generación que están haciendo cosas tan importantes, y penetrando en el mercado de afuera.

¿Cómo han hecho ustedes para mantenerse en la primera plana durante todos estos años?

Me gusta pensar que haciendo buena música, ¿no?

¿Cuál es el leitmotiv de ustedes como artistas?

Bueno, ahora que nos toca viajar tanto, y digamos que ha sido un año muy itinerante, eso siempre funciona de inspiración. A la vez, hemos pasado tanto tiempo en Miami y uno aprende a hacer música de otra manera. Eso es lo interesante del proceso creativo. Y yo estoy muy contento, porque tengo como un renacer creativo que para mí ha sido muy importante como compositor.

¿Actualmente el centro de operaciones de ustedes está en Caracas o está afuera?

Últimamente, hemos estado más en Miami que acá, pero por lo que queda de año creo que vamos a pasar un tiempito aquí, en nuestra casa, con nuestra familia. Y disfrutando del disco nuevo.

¿Cómo los afecta la crisis?

Bueno, igual que a todo el mundo. De hecho, eso es lo que te estaba comentando: haber viajado por todo el mundo este año, hicimos más de 40 shows en todo el mundo y ver a tantos venezolanos que han tenido una ruptura de su vida tan abrupta. Yo creo que a todos nos ha afectado.

¿De qué va el último disco?

Bueno, acabamos de lanzar un disco en vivo, de una fecha en Paris: Live from Paris, lo hicimos hace un par de meses. Estamos a punto de lanzar un disco acústico, que sí es un disco con todas las de la ley, y estamos trabajando un disco con canciones inéditas para el año que viene.

¿Cómo has evolucionado tú en cuanto a la composición lirica?

Yo creo que uno va cambiando a medida que le pasan cosas, y empieza a buscar no repetirse también y empieza a buscar otra fórmula y otra manera de trabajar.

¿En esas dinámicas de cambio no han surgido choques importantes con la banda?

Siempre. Yo creo que siempre en la bandas hay conflictos, y eso es parte del proceso creativo.

Darío Adames

Cuéntame un poco del nuevo disco.

Acaba de salir uno que se llama Live from Paris, lo picamos en dos partes: lado A, lado B. Son dos horas de música. Después, tenemos un disco que se llama Retrovisor, que es un disco acústico. Caramelos nunca había hecho un disco acústico. Después de eso, pretendemos terminar un disco de canciones inéditas. Ahorita viene una fase de tres lanzamientos consecutivos. Eso es lo que viene por ahora.

¿Cómo han evolucionado musicalmente desde los comienzos hasta ahora?

Bueno, al oír la música es evidente, ¿no? Antes era un poco más distorsionado que ahora. En los últimos discos se jugaron con sintetizadores… ha cambiado un poco la sonoridad, digamos que en el camino de la reinvención siempre para no estar todo el tiempo en el mismo lugar.

¿Te interesan los mismos ritmos que cuando empezaron?, ¿o han ido cambiando…?

Sí, nos interesan, seguro. Mira, yo creo que la música evoluciona y a uno le seguirán gustando los clásicos de toda la vida que uno ha oído, pero también en la música nueva hay cosas interesantes, hay cosas no tan interesantes, pero eso es parte de la evolución.

¿El rock venezolano actualmente cómo lo ves?

Bueno, está difícil porque no hay un entorno amigable que favorezca tanto a la cultura y a la vaina; sin embargo, fíjate, aquí en estos Premios hay un montón de músicos y gente que está intentándolo y creo que hay muchísimo talento en Venezuela, lo único que está quizá en una fase más difícil de explotar ante el mundo. Pero eso vendrá, pues.

Pavel Tello

Cuéntame cómo se han reinventado a lo largo de los años.

Oye, una buena pregunta, ¿no? Yo creo que no ha sido nada premeditado pero sin duda hemos tratado de no repetir lo que hemos hecho en nuestros discos anteriores. Por supuesto, muchas veces, uno es esclavo de los éxitos que tuviste en los discos anteriores. Y uno quiere superarlo o emular un poco esos logros, pero digamos que hemos hecho la tarea: de un disco a otro, hemos buscado cosas nuevas, otra clase de música… del disco antepasado al pasado, estudiamos con Gerry Weil, Asier se compró un piano, yo me compré un piano… entonces, digamos que tratamos de que nuestras canciones vengan por caminos diferentes siempre, ¿no?, no necesariamente siempre vamos a tener una melodía muy definida, creo que tener un poquito la mente amplia nos ha ayudado en esa búsqueda de tratar de no repetirnos y tratar de hacer algo interesante que nos mantenga también unidos como banda. Eso yo creo que es lo más difícil: mantenerse tantos años juntos es porque realmente crees que pueden hacer algo.

¿Cuántos años tiene Caramelos?

Yo entré en el 2005, para el disco Flor de fuego. Fue bastante curioso, porque yo tocaba mucho de noche, en esa Caracas de vida nocturna, con muchos artistas; y en un bar famoso que se llamaba la Belle Pop, coincidía mucho con Asier. Y Asier un día fue a uno de esos jamming que hacían allá, y me dijo: “Vamos a tocar junto algún día”. Y bueno, ese día llegó al año siguiente y me dijo que a los dos o tres meses teníamos que estar grabando un disco en Los Ángeles y no había ninguna canción. Entonces digamos que fue bastante bonito ese inicio. Así es el rock and roll. No pudo haber mejor bienvenida.

¿En ese momento tú escuchabas a Caramelos?, ¿te gustaba la banda?

Yo no era fanático de Caramelos, pero sí te puedo contar una anécdota que me pareció muy curiosa: en la época de Navegando a través de la galaxia –que esa canción sonaba en la AM, no había FM en esa época–, recuerdo que yo tenía una banda también y oímos esa canción, que tenía un ritmo compuesto, ¿no?, algo como un 5/4. Entonces de alguna manera dijimos… claro, veníamos de otra escuela, nos gustaba el rock and roll también pero éramos un poco más ingenieriles a la hora de hacer las canciones… y analizamos esa canción, y dijimos: “Es un 5/4. Esos chamos seguramente no saben lo que están haciendo”. Pero me pareció muy interesante la pieza de ese disco. No le seguí el rastro después. Pero digamos que siempre, de alguna manera, estuve muy unido a ellos. Estuve dándole clases a Luis de bajo tiempo antes de entrar. Algo siempre me unió a la banda por cosas del destino.

Eres de San Antonio, un sitio que ha tenido una movida importante en el rock: Aditus, PTT Luzardo, por ejemplo. ¿Cómo influyó eso en ti?

Uno realmente no lo sabía, al estar metido dentro del pueblo simplemente respiras eso y no estás consciente hasta que sales de ahí. Pero sí recuerdo que había conciertos todos los fines de semana. Todos los fines de semana nos visitaban artistas de afuera. Y yo tenía mi banda… Hacían festivales de bandas de San Antonio, de Los Altos Mirandinos. Y por supuesto conocía a PTT, había una banda también muy buena de Luis Cuña, el guitarrista, que se llamaba 20 20… había muchos buenos artistas. Toto band… Y cómo dices tú, había una movida muy interesante, que no sé si la había en Caracas o no, pero eso es lo que uno respiraba día a día.

Históricamente, a nivel mundial el rock siempre ha sido una música que se enfrenta al poder. En estos tiempos en los que vivimos, en esta dictadura, ¿qué papel crees que está jugando el rock venezolano?

Es muy buena tu pregunta. Ciertamente, hay bandas a las que les va muy bien con ese mensaje de protesta que dices tú, muchas bandas lo han hecho. Los Caramelos no lo hemos hecho. Los Caramelos digamos que hemos entendido que hay grupos que saben hacer mejor una cosa que otros. No es que no vivamos nuestro día a día, no es que como individuos, como seres humanos, no tengamos una postura ante las adversidades o ante lo que vivimos en estos tiempos. Pero como banda creo que se nos hace difícil enfrentar esto, siempre hemos tocado otro tipo de posición… digamos, la posición de divertir, de ver el lado bueno a las cosas; que a lo mejor puede ser una salida, podría uno pensar, ¿no?, pero es que realmente es lo que sabemos hacer. Hay muy buenas bandas, por supuesto, que hicieron protesta en su momento. Hay muy buenas bandas afuera, que lo están haciendo. En el disco 8, hay un par de canciones en las que Asier varía un poco la lirica: no tanto canciones con doble sentido, con humor negro, sino más bien un poco el tema de Adiós a las armas –que particularmente me encanta–, Euforia –que es un poco como la Caracas que tuvimos hace algunos años y ya no la tenemos–. Pienso que a nuestra manera hacemos la protesta, pero no es tan frontal como uno pudiese pensar.

¿Pero en algún momento ha sido tema interno de debate?, ¿se han planteado en la banda ‘oye, está pasando esto en el país, deberíamos decir algo’?

Nos lo hemos planteado, obviamente. Y hemos dicho. Nosotros hemos tomado postura política, hemos apoyado a candidatos durante elecciones presidenciales. Pero como te dije, no es fácil escribir sobre eso. A algunas bandas se las da bien, a otras no. A otras pareciera que es un poco pavoso. Yo creo que ese no es nuestro fuerte, no es nuestro fuerte. Y preferimos asumir posturas como músicos independientes, como personas y quizá a la banda no involucrarla en eso.

Ya para cerrar: ¿cuál es el leitmotiv de la banda en los siguientes discos?

Guao. Es difícil darle nombre a lo que uno está haciendo: esos años que uno está pasando en una búsqueda hacia dónde ir. Yo creo que intentamos hoy en día ver hacia dentro, hay tantas cosas afuera que si te pones a perseguir modas terminas cayendo en un abismo que no tiene fin. Y yo siempre he pensado que, unas palabras que me quedaron grabadas: cuando uno está buscando un hit, esa palabra que tanto usan hoy en día, y uno oye ‘tengo un hit’ es porque es algo que ya oíste. Si tú sabes que tienes un hit es porque eso ya existió. Entonces, las cosas a las que les puedes tener un poquito de miedo es cuando tienes algo que te gusta a ti pero no sabes si le va a gustar a la gente. Esas cosas que toman riesgos son las que pueden llevarte al triunfo. Entonces, hoy en día creo que estamos ya buscando un poco más dentro de nosotros que fuera y, bueno, no sabría darle nombre a lo qué viene.

¿Hay todavía espacio para el rock en este tipo de eventos, con tanto reguetón y trap?

Yo quisiera pensar que sí. Yo quisiera pensar también que un poco las barreras ya son un poco más difusas, ya ese convencionalismo entre tú eres rockero, o tú haces este estilo o este otro, están un poquito eliminadas. No quiere decir que yo voy a tratar de hacer algo que yo desconozco, por supuesto. Que me voy a meter por un camino en el que yo sé que no lo hago bien. Yo sé qué puedo hacer bien y qué no. Pero creo que es un poquito una liberación, uno se libera como músico.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Jan Hurtado, el venezolano de los goles importantes

Pedro Troglio da por finalizada la práctica matinal de Gimnasia, aunque Jan Carlos Hurtado se queda un rato más practicando su pegada en uno de los arcos de Estancia Chica, el predio que posee Gimnasia a media hora de la ciudad de La Plata. Cuando termina, el joven delantero venezolano abandona el campo de entrenamiento y saluda a los periodistas que fueron a presenciar la práctica.

Alto y fibroso, pero con una sonrisa que delata sus 18 años, Hurtado ha comenzado a hacerse un nombre en el Lobo gracias a los dos goles que marcó hasta ahora en la Copa Argentina. Uno de ellos sirvió para eliminar a Boca, mientras que el otro, el que le marcó a Central Córdoba de Santiago del Estero, le dio vida a Gimnasia para poder alcanzar las semifinales del torneo. “Después del gol que hice contra Boca me gané el cariño de la gente y agarré más confianza, pero yo sigo siendo igual”, afirma “el Negro”, como le dicen cariñosamente los hinchas platenses.

¿Qué tal estos primeros meses en La Plata?

Muy, muy bien. Vivo con mi papá en un departamento muy lindo. Hasta hace poco vivía en un hotel. La gente me ha tratado muy bien acá, gracias a Dios me he ganado el cariño de la gente.

¿Y en el vestuario? ¿Te resultó fácil la adaptación?

Sí, cuando llegué al equipo todos se acercaron a saludarme, eso me hizo sentir muy bien. Todos los compañeros me hablan y me dan consejos, aunque más que todo el “tanque” Silva.

En tres meses, Hurtado, que llegó proveniente del Deportivo Táchira, ya pudo contrastar las diferencias entre el fútbol venezolano y el argentino.“Los árbitros dejan pegar mucho, el juego aquí es muy rápido y de mucha fricción. Hay que estar bien despierto”, reconoce. “A mí me gusta pivotear y meter diagonales; arrancar desde atrás y salir en velocidad con la pelota, para ir a buscar el cabezazo”, dice sobre sus características como delantero.

Después del gol que le marcó a Boca, al joven delantero se le llenó el celular de felicitaciones. “Me escribió mucha gente y le respondí primero a todos los que estuvieron ahí cuando me tocó estar muchos meses sin jugar”, subraya, recordando el conflicto que sostuvo con el Deportivo Táchira y que precipitó su salida del cuadro aurinegro.

¿Qué fue lo que pasó con el Táchira?

Lo que ocurrió fue un tema contractual, aunque no quiero entrar mucho en detalle porque ya he hablado mucho de eso. Me bajaron a la reserva y no me dejaron jugar un partido. Vi que no me iban a dejar jugar más y decidí rescindir el contrato e irme a Colombia. Mis representantes me dijeron que ahí iba a poder seguir entrenando. Tuve dos preparadores físicos argentinos que me ayudaron mucho, que son unos cracks trabajando. Ellos me ayudaron mucho con las comidas y con el entrenamiento para seguir activo.

Probaste suerte en Europa. ¿Qué tal te fue?

Hice tres pruebas en Bélgica: en el Brujas, en el Lokeren y en el Oostende. Hice un gran trabajo y todos me querían, pero por el problema que tenía con Táchira no pude firmar. Con Oostende y Lokeren no pude firmar por eso. Con el Brujas ya iba a firmar, ya estaba todo arreglado, pero me llegó la propuesta de Gimnasia y decidí venirme para acá, porque en Brujas iba a jugar en el segundo equipo y recién en diciembre me iban a subir a Primera. No quería retroceder un paso después de todo lo que había avanzado. En Lokeren y Oostende sí iba a jugar con el primer equipo desde el principio, pero me tiró más el fútbol argentino.

¿Qué experiencias te dejaron el Sudamericano y el Mundial Sub 20?

Fueron muy lindas experiencias, aprendí mucho y tuve la oportunidad de conocer muchos lugares y otras culturas. Nunca imaginé que iba a conocer Chile o Corea. Es una experiencia que te marca de por vida.

De padres colombianos, Hurtado, que indica que está en contacto permanente con el cuerpo técnico de Rafael Dudamel, el entrenador de la selección de Venezuela, sonríe cuando se le pregunta si considera vestir algún día la camiseta de Colombia.

“No, no, no, Venezuela. Siempre Venezuela”, sentencia.

 

Juan Méndez | @Juanmendezgo

#DomingosDeFicción: Unos quince años

¿Qué tanto me mira ese güevón? Será pendejo, será que nunca ha visto a nadie en andadera. De bolas, tal vez no es muy común ver a alguien en flux, con la cabeza envuelta en una especie de turbante, sentado en una de las ocho sillas de plástico dignificadas con un forro brillante, de esas que ponen en las mesas redondas en las salas de fiesta. Pero eso no lo justifica. Si no me costara tanto hablar le dijera cuatro vainas para que se dejara de ser tan pajúo. Respeta, coño. Respeta el dolor de los demás, la dignidad de los demás. No soy una atracción de circo. No joda. La verdad es que no sé qué hago en esta fiesta. He debido ser más firme y no permitir que me trajeran. Pero, coño, es una ocasión demasiado importante para el compadre, y por supuesto para mí. Los quince años de mi ahijada. No venir hubiese sido rudo, aunque en mi condición creo que nadie me hubiera cuestionado. Pero Maggy me insistió tanto que cedí. Pobre Maggy. Esa sí que le ha echado bolas a esto. Desde el primer instante, literalmente. Ella vio todo, y desde ese momento no ha hecho más nada que vivir para que yo viva. Ella vio todo, y lo que vio no fue nada agradable. Lo vio desde su carro que seguía al mío, sin poder hacer nada: la moto aproximándose a mi carro, el parrillero sacando la pistola, el parrillero dándole golpes con la cacha al vidrio, el parrillero disparando, la moto dándose a la fuga. Y luego, cuando pudo reaccionar y salió corriendo de su carro, me vio a mí tirado en el asiento del copiloto, con la cabeza metida en un charco de sangre. Eso no me lo contó ella sino el compadre, un par de meses después. El compadre es buena gente pero a veces se le va la lengua. Tal vez no fue buena idea eso de que se quedara cuidándome aquella tarde. Ahora tengo otra pena adicional, la de saber. Pero el pobre ya no sabía de qué hablar, se le habían acabado los temas, sobre todo porque yo no podía contestar sino por señas, porque al principio no era ni siquiera capaz de hablar aunque sea mal como ahora, y mantener una conversación así es jodido. Tal vez por eso, por cansancio, por nervios, cayó en el tema de mi “accidente”. Accidente un coño. Mi asalto, mi homicidio en grado de frustración. Porque estoy vivo de milagro. Los médicos no se explican cómo la bala no lesionó de manera definitiva mi cerebro, cómo no me mató. Allí está, la condenada. En plena zona occipital. No se atreven a removerla porque entonces sí que me pueden matar, si se desvían algún milímetro. Así que tengo unos gramos de plomo alojados en la cabeza. Yo no recuerdo nada. Mi último recuerdo de ese día es de mí, en el carro, atrapado en una cola de mierda, tratando de cuadrar por teléfono algo del trabajo. Dicen que eso era lo que buscaban los malandros, el Galaxy. Puto celular que me compré por puro aparentar. Luego, el vacío, hasta que desperté en una cama de clínica, y no entendía nada. Otra vez el carajo mirando. La próxima le pinto una paloma, hago un escándalo. Me tiene hasta los cojones con esa miradera. Pendejo. Ah vaina, me está pegando el whiskicito. Es el primero que me tomo desde que me dieron el tiro. El médico me dio permiso para tres; no sé cuál es su peo con que tome, no es que vaya a manejar rascado. Lo más que puede pasar es que me caiga con la andadera. Lo bueno es que si sucede eso nadie va a pensar que estoy peo, sino que mi estado es peor de lo que es en realidad. Sería divertido. Allí viene el compadre con la quinceañera. No me digas que… coño, sí. Las fotos de rigor con el padrino. Bello me voy a ver en el álbum con la cara de bolsa que cargo desde el “accidente” y el vendaje de la cabeza. Sí, chica, sí, te entiendo perfectamente. El balazo me dejó minusválido, no imbécil. Entiendo que quieres tomarte una foto con tu padrino bello que quieres tanto. Yo también te quiero, carajita. Te quiero desde cuando te conocí, el día que naciste. En mi caso el padrinazgo no es una convención social sino un sentimiento hondo. Trato de sonreír para la cámara, y la expresión del fotógrafo me indica que lo que hice fue poner una mueca lamentable. Repitámosla, por favor esta vez sonrían, exige el tipo. Alguien le dice algo al oído, y decide dejarlo así. La ahijada me da un sonoro beso en el cachete y sigue en su periplo fotográfico hacia la mesa de al lado.

Esta fiesta es un fastidio. Es de esos eventos a los que vas obligado, en donde no conoces a nadie, o a casi nadie, y los pasas a fuerza de whisky y canapés, mientras miras el reloj cada 5 minutos y deseas que sea una hora adecuada para desaparecer de la manera más discreta posible. En esta mesa en la que me ubicaron hay dos parejas de septuagenarios y tal vez sus nietas, unas niñas de 15 años que brincan sin interrupción en la pista de baile. Traté de esbozar una conversación, pero mis frases cayeron en un vacío bochornoso, así que me dediqué a observar la fauna que habita  el salón mientras llega mi pareja de la noche. He debido ir a buscarla, eso de encontrarnos en el sitio no fue una buena idea; llegué media hora más tarde, previendo un retraso, y ya tengo 47 minutos aquí. 48, acaba de cambiar el reloj. ¿Será que  me piensa dejar plantado? La verdad es que he perdido training. Esto de las citas, a mi edad, después de 8 años de matrimonio, es complicado. Y fastidioso. Con este, van tres intentos de salir con alguien. Los dos primeros fueron un completo desastre, y  parece que hoy no va a ser diferente. Los amigos son una cosa seria: no pueden ver que uno esté solo, porque enseguida tratan de emparejarlo. Esta vez fue Carmen,  mamá de la festejada y mi compañera de trabajo. Me consiguió una cita a ciegas, con la excusa de la fiesta,  y yo de tonto accedí. Por otro lado ya van 7 meses desde el divorcio, y tal vez sea tiempo de continuar mi vida. A mi ex no le costó mucho, claro. Se mudó de nuestro apartamento –nuestro, porque aunque la decisión de irse fue suya sigue siendo un bien compartido– al de su nueva pareja. Pareja que consiguió, maldita sea, gracias a mí. Porque fui yo quien la incentivó a meterse en el fulano diplomado de poesía del ICREA, porque le gustaba escribir pero no tenía idea, la pobre, y como no estaba haciendo nada en la vida le conseguí la información, la llevé a inscribirse, le pagué la inscripción, inclusive la buscaba a la salida como cuando éramos novios, al principio, hasta que me dijo que dejara de hacerlo, que le daba pena conmigo. Y comenzó a llegar cada vez un poco más tarde, a veces con trazas de cerveza en el aliento, y regresaba con un humor increíble, me contaba sobre lo bien que le estaba yendo, lo amistosos que eran los compañeros, lo profesionales que eran los profesores. Ja. Profesionalmente cabrones, porque fue uno de esos profesores quien terminó llevándosela a la cama. Y embarazándola, de paso. Ese galancito de barba descuidada a la perfección, calva incipiente y verbo florido logró lo que yo nunca pude. Conmigo nunca quiso tener hijos, nunca era el momento. Con el tiempo decidí hacerme la vasectomía para que ella dejara de tomar pastillas, porque no le caían bien, y usar preservativos no era una opción. Y de repente me soltó esa bomba, mientras hacía las maletas para irse. Estoy-en-estado-esto-es-muy-difícil-para-mí-así-que-me-voy, y yo con una cara de perfecta estupefacción sin entender lo que era tan evidente, por otra parte. De los detalles me enteré después, esos sórdidos detalles que están tras cada infidelidad. Como buen masoquista que soy la forcé a que me contara todo, y ella, tal vez para aliviar su conciencia o para terminar de destruirme, todavía no estoy seguro, satisfizo mi curiosidad. Claro que lo que pasó no fue gratuito. Yo tengo mi cuota de culpa también. La descuidé, eché mis canas al aire, salía con los amigotes a echarme tragos, me olvidaba de las fechas importantes. Cuando traté de enmendar mi patanería, al notar que algo se estaba quebrando, ya fue muy tarde. El daño estaba hecho, y ella vio que tenía otras posibilidades que no me incluían a mí. Así que me quedé solo y de paso sin esperanzas de tener hijos. No es que sea algo que me quite el sueño, pero ahora mismo me gustaría tener la oportunidad. Ok, creo que me puedo considerar plantado, ya pasó más de una hora y la mujer ni se ha aparecido por aquí ni me contesta los whatsapp. Me deja en visto. Supongo que habrá conseguido algo mejor que hacer. Por lo menos hubiera tenido la cortesía de avisar, y así evitarme el bochorno de estar sentado en medio de un salón de fiestas, con la sola compañía del escocés que, eso sí, los mesoneros no paran de servirme. Ya estoy perdiendo la cuenta, y eso no es bueno. Desde el divorcio empecé a beber más que antes, y no quiero hacer el ridículo justo aquí, en una fiesta familiar en la cual no soy familia de nadie. Me distraigo viendo a la gente, sobre todo a las mujeres. Ya que al parecer este va a ser un juego de solitario, por lo menos recrearé la vista. Detrás de un señor que tiene la cabeza vendada hay una mujer impresionante, pero me cohíbo de buscarla con la mirada porque el sujeto me ve como con rabia cada vez que volteo para allá; parece que cree que lo estoy mirando a él. Debe ser el de la historia que me contó Carmen. Resulta que una mañana el hombre iba a su oficina en su carro, y atrás venía la esposa en el suyo. En un atasco de la autopista una pareja de motorizados lo abordó y sin dar tiempo a nada el parrillero le disparó. Por supuesto la mujer vio todo. Qué espantoso. Y ahora el tipo cree que lo estoy mirando, por lástima quizás, o por curiosidad. Pobre hombre. Esas son las cosas que lo ponen a uno en perspectiva. Por más horrible que sea lo que me pasó a mí, lo suyo es mucho peor. En fin, siempre hay alguien que está más fregado que tú. Ya estoy filosofando. Ese es el whisky. Me conozco, cuando los tragos me llegan a la cabeza me da por allí.

Maggy se está gozando la fiesta; eso me alegra qué jode, ya que casi no tiene vida propia desde hace unos meses. De vez en cuando se me acerca, me da un besote en la boca, se toma un trago de whisky y regresa a la pista de baile, a pegar brincos como una carajita. Qué bella es. Me encanta mirarla desde lejos, y verla reír, saber que por lo menos durante ese momento no está pensando en mí, en mi estado, en lo jodido de mi evolución. Los médicos me dicen que voy bien, pero yo no estoy tan seguro. A lo mejor me desespero por nada, pero no noto ninguna mejoría. Y eso me termina de joder, porque ahora soy un parásito que no puede producir nada, y más bien demanda gastos que nos están ahogando. Entre la fisioterapia, el psicólogo y las visitas periódicas al médico tengo el presupuesto familiar desangrado. En fin, me voy a tomar mi segundo guarapazo de la noche. El compadre me lo sirvió, y como me conoce los gustos es de un amarillo subido. El agua se la echó con un cuentagotas, apenitas para disimular. Y mientras me lo servía me contó el cuento del bolsa aquél que se la pasa mirándome. El venado, le deben decir los amigos. Ya del tiro no le tengo tanta arrechera, mira que la mujer le haya montado cacho y de paso se la hayan preñado es patético. Yo no podría con eso, no saldría de mi casa en diez años. Menos mal que Maggy, así y todo escoñetado como estoy, no mira para los lados. En ese aspecto soy afortunado, demasiado afortunado. Ay, coño. Me están dando ganas de orinar. Y el maldito baño está al fondo del salón, detrás de la pista de baile. Si no me arranco para allá ahora mismo me voy a mear encima. Qué ladilla. No voy a poder solo, presiento que puedo perder el equilibrio. Le pediré al compadre que me haga la segunda de escoltarme al baño, de paso le digo que me tiene que aguantar la paloma mientras meo, para que se cague de la risa.

Tengo apenas hora y media aquí y siento que he pasado la mitad de mi vida en este sitio. De vez en cuando se me acerca Carmen, apenada por la evidente deserción de su amiga, y me pregunta si la estoy pasando bien. De maravilla, le respondo. ¿Qué le voy a decir, que preferiría darme un martillazo en  los dedos? No es su culpa, por supuesto. En otras condiciones estaría disfrutando muchísimo este sarao, en donde invirtieron hasta lo que no tenían. La decoración, la comida y la bebida, hasta la música en vivo, todo es impecable. Para unos quince años está fuera de lote. Pero todo esto, para mí, no sirve de nada. La soledad es algo terrible. No sé cuantas veces he mirado el celular a ver cuáles novedades han colgado mis contactos en las redes sociales. Los que me quedaron, porque hasta en eso hubo repartición de bienes. Me quedé con los amigos que tenía antes de casarme, los compinches del colegio, de la universidad. Las amistades nuevas se fueron casi todas con ella. Y no es de extrañar: ella es la más popular, la más simpática, y –vaya paradoja– la más indefensa, a juicio de la gente. No sé de qué manera logró hacerme pasar por el malo de la partida. Pero el efecto neto es que me abandonaron como si tuviera la peste. Mi lista de contactos perdió, sin ser exagerado, cerca de cien personas. Y hay otras tantas que no me han eliminado pero me ignoran. Yo, por mi parte, bloquee a mi ex mujer. No por rabia, o no sólo por eso. Es que no hubiera podido soportar las fotos de ella con su nuevo marido, de ella con su barriga enorme y radiante de felicidad, de ella con su hijo recién nacido. Creo que todavía la quiero, más allá del rencor obvio que le tengo. No se lo he confesado a nadie, pero si esa relación suya fracasara, y el profesor-poeta-galán la dejara por otra estudiante a la que embarazara después de clases, no pensaría dos veces en buscarla para que regresara conmigo. Con todo y niño. Me tragaría el orgullo sin ningún pudor. Pero eso no va a pasar. Por lo que he sabido son almas gemelas.

Qué ladilla resulta sentir que todos los presentes me miran mientras voy casi reptando hacia el baño. Esta vaina me cuesta un esfuerzo sobrehumano. Levantar la andadera, estirar los brazos, dejar caer la andadera, arrastrar los pies hasta poner el cuerpo en posición vertical, y avanzar así medio metro. Aguardar hasta que no haya nadie delante, porque tengo que pasar por el mínimo pasillo que se forma entre las mesas y la pista de baile. Ver la cara, mezcla de lástima y culpabilidad, que ponen los que por algún motivo están atravesados, mientras pido permiso. Responder con mi lengua mocha a los saludos de quienes me conocen, y recibir los abrazos y los besos de las mujeres sin poner cara de desagrado o alarma por la urgencia que siento en el bajo vientre. Repetir el proceso 60 veces, hasta llegar a la puerta del baño. Esperar que el compadre, que me ha venido siguiendo de cerca, como cuando se cuida a un carajito que comienza a caminar, me la abra. Rezar para que no haya un escalón atravesado, y para que no haya más nadie dentro del baño. Decirle al compadre que puedo solo, que no se le ocurra ponerse a mirar porque de otra manera voy a pensar que se me mariqueó y no voy a poder mear. Concentrarme, y por fin dejar salir el chorro de orina que me tenía congestionada la vejiga. Qué alivio, dos minutos más y no llego. Espero no tener que repetir la hazaña, es agotador esto.

Por fin se levantó el de la andadera, y puedo contemplar a mis anchas a la gloriosa mujer que tenía detrás, sin temor a sus miradas fulminantes. Ah caramba, ya no está allí. Para variar, mala suerte. No puedo evitar la tentación de observar el lento desplazamiento del hombre. Dios mío, qué suplicio debe ser para él tener que cruzar todo el salón de fiestas para ir al baño. Me pongo en sus zapatos y siento algo parecido a la humillación, a pesar de que por lo visto es una persona muy querida por la concurrencia. Todo el mundo le da una palmadita en el hombro, las mujeres lo besan. Se nota un poco atosigado con tanta demostración de interés hacia él. Esto me terminó de descomponer. Ya tengo necesidad de salir de aquí. Me voy a terminar este trago y me largo. No creo deberle explicaciones a Carmen, después de todo fue su amiga la que falló, no yo. Voy a aprovechar que está ocurriendo esa aberración que llaman “la hora loca”, y toda la gente está volcada en la pista de baile, para escabullirme sin testigos. Mis pasos son vacilantes, el licor ya me comienza a pasar factura. Y mi carro está en el tercer sótano de este centro comercial. Tengo que bajar tres niveles por unas escaleras en semipenumbra, porque los ascensores, las escaleras eléctricas y la mitad de las lámparas están apagados. Pero primero toca buscar una taquilla de pago para cancelar el ticket del estacionamiento. Por la hora está abierta tan solo una, en el extremo opuesto de donde está mi carro. Camino lo más rápido que puedo dadas las circunstancias etílicas en las que me encuentro, mientras comienzo a sentir que a mi vejiga le urge vaciarse. Llego por fin a la taquilla, y asomo un billete de cien bolívares junto con el ticket. ¿No tiene más sencillo?, pregunta con desgano la cobradora. Quédate con el vuelto, no me voy a parar en esas minucias cuando tengo algo más importante que resolver. Me devuelve sin ningún comentario el ticket validado, y enseguida busco por toda la zona un baño abierto, pero al parecer a cierta hora los clausuran. Tendré que aguantar hasta llegar a casa. Mientras camino hacia mi vehículo reflexiono sobre la escena que presencié en la fiesta, y por un momento me invade una sensación de piedad por el hombre. Saber que todos somos potenciales víctimas de esas situaciones es inquietante. Pero enseguida esos pensamientos desalojan mi cerebro por algo más poderoso que requiere su inmediata atención. Ya me es imposible seguir aguantando las ganas de orinar. Tomo una determinación poco decorosa pero impostergable, y cuando estoy al lado de mi vehículo abro las dos puertas del lado del piloto, abro la bragueta y desahogo mi vejiga allí mismo. Poco a poco un charco amarillo pálido se forma a mi alrededor, mientras me invade una sensación de felicidad velada por la vergüenza de haber tenido que recurrir a ese poco higiénico expediente. Termino mi asunto, cierro la puerta trasera y me dispongo a entrar en el carro, pero algo me lo impide. Estarás muy enfluxado pero eres sendo cochino, becerro, me dice una voz que apareció de la oscuridad, y al mismo tiempo siento en la sien un objeto cilíndrico y frío.

 

Por Mirco Ferri (@mircoferri)

*Este relato fue finalista en el concurso de cuentos de SACVEN del año 2016.

Un país torturado

A dice que no terminó de leer la entrevista a Lorent Saleh que publicó El Mundo de España: no aguantó. Pensar que la sede del Sebin de Plaza Venezuela es una postal cotidiana en sus recorridos al trabajo le da escalofríos: ahí donde ella agarra la camioneta, están destrozando la vida de decenas de inocentes con las únicas herramientas que parecen tecnológicamente actualizadas en el país: las de tortura. La crudeza del testimonio de Saleh llenó de pesadillas el sueño de más de un venezolano. Saber que los horrores que no vemos son peores que la paliza que nos ofrece el país a diario es una golpiza de la que no es fácil levantarse. Y es que ese es el problema: ojalá el testimonio de Saleh viviera solo en las pesadillas. Pero no. Vive en cada niño que se muere de hambre, en cada enfermo que no consigue sus medicinas, en cada familia rota por la migración y en cada bala que perfora otro corazón inocente. Enumerar las tragedias contemporáneas del país es hacer un inventario de demonios. Lorent Saleh estuvo secuestrado y fue sistemáticamente torturado por orden de las mismas personas que parecen empeñadas en dañar la vida de todos los venezolanos: de torturar a todo un país. El delito de Saleh fue estar en contra de la tiranía, velar por el cumplimiento de los derechos humanos, no ser un títere más dentro de una comedia que cada vez más hace quedar a 1984 como un libro infantil. A, repito, no pudo terminar de leer la entrevista que le hicieron al joven activista. Pero Saleh sí que parece determinado a finalizar lo que empezó: recuperar la democracia y transformar sus dramáticas experiencias en recursos para ser una mejor persona e impactar de forma más positiva a su entorno. Ese es el mejor mensaje que le puede enviar a sus torturadores, que le podemos enviar todos a quienes quieren eliminarnos: aquí estamos. Aquí seguimos.

 

Mark Rhodes

Las imágenes y la masa: el kitsch, un peligro enmascarado

Es una situación más que demoniaca. Suena el celular, y creyendo que quizás es por algo importante, te animas a revisarlo. Cuando tus ojos se encuentran con la imagen de Piolín, ya sabes de que se trata. Tú tía te mandó un mensaje otra vez. “Dale a Dios las gracias por la oportunidad de un nuevo día, porque la vida es una bendición”, quizás diga esa frase. También es posible que diga: “Recuerda decirle a esa persona especial cuanto la amas”. Tú suspiras de hastío ante tanta cursilería.

Esa clase de imágenes no solo prostituyen al pobre canario de los LooneyToons. A veces colocan a Mickey y a Minnie Mouse en forma de bebés. De vez en cuando, a Winnie Pooh. Las de carácter religioso, muchas veces incluyen a Jesucristo.También son comunes las ilustraciones de animes japoneses, de las que se han desprendido géneros como el Yaoi o el Hentai (para los que no sepan, favor, jamás busquen en Google ese último término). Personajes sobran. No solo es costumbre de viejitas, realmente, es bastante común que esa basura tienda a aparecer por las diferentes redes, circulando mientras la gente las asimila o las rechaza. Si existen, es por algo.

Es un tema sobre el cual hay que hacer hincapié: la hiperdemocracia es un peligro para el mundo visual. Lo masivo es incontrolable. Las multitudes avanzan a  paso rápido e irreflexivo, y nunca se detienen a ver las huellas que van dejando en el camino. Así ocurre con las imágenes hechas por y para la masa. Eso es precisamente el Kitsch.

El Kitsch es un término de la Estética que ha variado su significado de autor en autor. Impreciso, pero mordaz. Ambiguo, pero inmortal. Refiere, comúnmente, a todo lo que llega a lo exagerado, cursi, desagradable y espantoso. No, no habla de la belleza que se manifiesta mediante lo feo, habla propiamente de lo feo. Abarca todos los errores que la creatividad humana ha plasmado a lo largo de los años. La justificación de su existencia radica en hacer del mundo un lugar peor.

Una característica del Kitsch es su hincapié en pretender aparecer como un producto “elevado”. Independientemente de si es considerado arte o no por quien lo realiza, su notoria arrogancia es una constante en sus manifestaciones. Sus frases “sabias” o “poéticas” son muy comunes hoy en día. “El pasado ya pasó. El futuro no existe. Y el presente, está presente”, es bastante típica. “Siempre se puede ver la luz detrás de la tormenta”. Algo usual es que banalicen sentencias de autores consagrados para presentarlos bajo esa atmosfera de cursilería.

El Kitsch siempre recurre al lugar común. Es peligroso, bebe de las fuentes de lo que ya se ha hecho antes, tiende a rescatar lo tradicional y saturarlo de superficialidad. Besos bajo la lluvia, ojitos de anime cubiertos de lágrimas, el uso exagerado del claroscuro y de todo lo que en el pasado ha funcionado. El resultado de siglos de tradición artística en Occidente, al entrar en contacto con el eslabón más bajo de la cultura de masas, trae como consecuencia el Kitsch.

Quien está detrás de cualquier material Kitsch conoce las reglas del juego: nada que se salga de lo cliché. Sin embargo, nunca es consciente de lo que hace. Más que un acto de creación, es un acto de reproducción. De hecho, buscarle una interpretación a cualquier ejemplar es como sumergir una rama en un charco de agua: simplemente no se admite la posibilidad. Porque no permite una verdadera fruición estética, solo se consume de forma fugaz, sin dar lugar a una comunicación con la obra.

¿Dónde se origina? ¿Dónde está actualmente?

Como es obvio, el Kitsch está en todas partes. Se puede ver en la publicidad pomposa, llena de clichés. Está presente en esas películas que hace Hollywood saturadas de risas plásticas y personajes predecibles. Muchas veces está en las canciones pop del ídolo juvenil del momento. Lo podemos ver en las imágenes que manda la abuelita por WhatsApp. A los totalitarismos les fascina utilizarlo. Es fácil de hacer, y, para todo aquel que carezca de criterio, fácil de digerir.

El Kitsch se vale de lo que siempre funciona. Utiliza códigos repetidos y simplifica sus significados. Un Winnie Pooh representa la felicidad. Un beso bajo la lluvia es la opción más romántica.

El Kitsch es enemigo de la innovación, pero sabe reinventarse. De generación en generación, asimila las nuevas formas creativas. Es tanto síntoma como causa del analfabetismo visual que impera en estos tiempos. La masa tiende a producir imágenes de significado simple y forma cliché para distribuirlas por el mundo. Es un proceso del cual la sociedad no es consciente, pero ocurre todos los días, en cada latitud de la red y del espacio físico.

Como se dijo en la primera parte de esta serie, Ortega y Gasset, filósofo español, se dedicó a analizar el tema en su libro La rebelión de las masas. Él define como élite al grupo selecto de individuos que han adquirido las destrezas como para poder formular una visión propia respecto a un determinado asunto, y a la masa como el enorme conjunto de personas que tiende a emitir opiniones de forma insensata, y justificarlas basándose en la idea de que las mayorías siempre tienen razón. Es un asunto de exigencia: quien se propone más, logra mejores resultados en cuanto a su trabajo y formación, además de poseer una visión del mundo más madura.

En otros tiempos, previos a la llegada de las comodidades de la modernidad, pequeños grupos ejercían un dominio total sobre las sociedades, pero gracias a los cambios producidos en el siglo XIX, tuvo lugar la masificación de muchos de los aspectos de la vida pública. Por primera vez en siglos, las grandes conglomeraciones de gente tenían control sobre las áreas que antes le correspondían  a unos pocos. Cuando ese fenómeno cruza la barrera de lo racional, nace uno de los grandes peligros de estos tiempos: la muerte del sistema democrático a manos de la hiperdemocracia.

Lo bajo del Kitsch

El Kitsch es íntimo amigo de la hiperdemocracia. Nació,  al igual que ella, gracias a los avances de la modernidad, y se ha difundido por la falta de criterio estético que impera actualmente. Porque muchos consideran tedioso adquirir una cultura visual desarrollada. Pocos quieren aprender el lenguaje de los colores y las formas, pero todos gozan hoy en día de la posibilidad de disfrutar del flujo de imágenes que el Internet brinda. Lo cursi, lo repetitivo y lo banal, están a la orden del día.

Umberto Eco, autor destacado en el campo de la Estética, siendo consciente de la dificultad de darle una definición al Kitsch que incluya todos sus aspectos, dedicó un capítulo entero a analizar el fenómeno en su ensayo Apocalípticos e Integrados. El libro, publicado en 1968,  consiste en una investigación acerca de la cultura de masas, y ofrece un profundo  acercamiento al debate intelectual que esta ha suscitado.

En su primer capítulo, explica el debate en torno a las creaciones realizadas por los medios de comunicación. Por un lado, están los apocalípticos, el grupo  conformado por filósofos como  Theodor Adorno o Walter Benjamin, suscritos a la escuela de Frankfurt, así como otros autores que rechazan rotundamente la cultura de masas. En El segundo grupo, los integrados, encasilla a los pensadores que la han asimilado como algo positivo, o por lo menos, no tan dañino como argumentan sus contrapartes. Entre ambos bandos, Umberto Eco procura tener una postura más humana y objetiva, admitiendo en igual medida sus problemas y beneficios.

Partiendo de la tesis de Dwight Macdonald (apocalíptico por excelencia), habla de los tres niveles de cultura: baja, media y alta. El primer nivel refiere a las producciones masivas de digestión  fácil y nulo valor estético; el segundo, a las obras cuya calidad es notoria, pero que están destinadas al consumo; y el tercero, a aquel conjunto de creaciones de indudable valor artístico, reservadas para unos pocos. Ese es el centro de su teoría.

Hay que resaltar que ese esquema, pese a servir de utilidad a la hora de analizar el fenómeno, realmente no deja de ser problemático. El Arte es de naturaleza ambigua, puede presentarse en miles de formatos, por lo tanto, la distinción entre el nivel medio y el alto quizás no es del todo acertada en varios casos. Existen muchos productos de alta calidad estética nacidos en la cultura de masas. Pero ese es otro tema.

Estructura del Mal Gusto, el segundo capítulo, es una reflexión exquisita sobre el Kitsch. A lo largo de sus páginas, se pasea por las posibilidades de este término. Eco admite que la cursilería, como tal, se encuentra presente en algunas obras de calidad. Lo mismo sucede con la idea de que la palabra debe referira todas aquellas piezas que imponen su mensaje en el espectador: abundan los ejemplos que disuelven ese planteamiento. Entre otras opciones. Finalmente, llega a una conclusión que, aun cuando puede dar problemas en algunos casos, es bastante convincente:

“Si la expresión Kitsch tiene un sentido, no es porque designe un arte que tiende a suscitar efectos, ya que en muchos casos el arte se propone también esos mismos fines, o se los propone cualquier otra digna actividad que no pretende ser arte; no es porque caracterice a una obra dotada de desequilibrio formal, pues en este caso tendríamos sólo una obra fea; y tampoco porque caracterice a la obra que utiliza estilemas pertenecientes a otro contexto, pues esto puede verificarse sin caer en el mal gusto. El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas”.

La definición de Umberto Eco del término me parece bastante efectiva, aunque considero que conlleva algunos detalles. Ciertamente, al ver varias de las “poéticas” imágenes que abundan en Internet, dudo que comúnmente se conciban como un arte, lo más probable es que en muchas oportunidades estas tiendan a producirse como un mero entretenimiento. No obstante, hay que mencionar que la intención motivacional, el elemento religioso, la atmósfera melodramática, y el uso constante de la pseudosabiduría son elementos que ciertamente disfrazan una creación  banal de algo trascendente. No creo que sea necesario que quien las realiza se conciba a sí mismo como un Dalí para que su “creación” pueda ser considerada Kitsch.

Muchas veces, el Kitsch tiende a revestirse para sobrevivir. Se presenta bajo apariencias  supuestamente respetables. Por ejemplo, le fascina presentarse en forma de estatuillas religiosas, tales como figuras de personajes como Jesús o María, o con fotografías con mensajes clichés en las cadenas de WhatsApp.

Es increíble, pero la aparente intención elevada es una máscara efectiva. E inclusive, el patriotismo simplón tiene buena relación con el Kitsch, porque el sentimentalismo de la “Madre Patria” puede ir cubierto de desagradable exageración. Seguramente, al pobre Simón Bolívar debe asquearle el repetitivo uso de su imagen que se tiene Venezuela.

El Kitsch es inteligente, y sabe que el superfluo uso de símbolos religiosos o patrióticos no son sus únicas herramientas. Es consciente de que “hay que vivir cada día como si fuera el último, porque si te rindes será el último día”. Lo motivacional es un imán de atención. Uno que tiende a insertarse de forma cliché en imágenes como selfies o ilustraciones baratas con personajes de caricaturas, que nunca tienen relación con la frase. Pretende pasar como un mensaje de optimismo, pero solo es una simulación.

Hoy, en tiempos en los que la vida digital se impone sobre la real, el Kitsch está más presente que nunca. Semejante a un insecto que se invisibiliza gracias al verde de las hojas. Entre el infinito de imágenes que circulan en la red, a veces, cuando se cubre muy bien, puede ser difícil localizarlo. Es un maestro del disfraz, pero no del disfraz de buen gusto.

Con el Kitsch hay que tener mucho cuidado. Son tantas sus máscaras que a veces puede resultar difícil ubicarlo. Pero está ahí. En los anuncios que dan asco, en las telenovelas sobreactuadas, en la propaganda política exagerada, en los productos religiosos o folclóricos que cargan con la etiqueta que dice MADE IN CHINA, en los fanarts de animes cubiertos de cursilería, en las frases amorosas para adolescentes que habitan en  Tumblr, y en todas las cadenas que te sacan de quicio con Piolín deseándote las bendiciones. Lo peor es que no piensa irse, él está muy cómodo en su actual posición. Así que nuestra única opción es entrenar el criterio para poder rechazarlo cuando aparezca frente a nuestros ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte IV

Era tan inminente el agravamiento de la crisis, que hasta dos actores del chavismo –Jorge Giordani y Rafael Ramírez– advirtieron que era necesario virar el rumbo. Maduro no hizo caso y ya todos sabemos el resultado. En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

La inacción

Desde la óptica de Nicolás Maduro la calidad de vida de los venezolanos se deteriora velozmente porque su gobierno es víctima de una «guerra económica» orquestada por un enemigo que engloba bajo términos como «pelucones», «oligarquía», «burguesía parasitaria», que propicia la escasez y la inflación.

«Es una guerra contra la moneda, una guerra contra los procesos de distribución y fijación de precios, pero el objetivo es más que económico, son psicológicos: desestabilizar a la familia, a la mente y tranquilidad del trabajador (…) que el pueblo vaya perdiendo la fe en su propia patria más allá de la Revolución», dijo el 27 de junio de 2015. Una semana más tarde durante el desfile del Día de la Independencia afirmó que «esta oligarquía que ha osado secuestrar la economía se arrepentirá en el futuro de haberle hecho pasar sufrimientos y dolores al pueblo».

Bajo esta lectura la posibilidad de tomar medidas en el campo económico ha quedado descartada y aumentan las fiscalizaciones a las empresas, operativos en busca de mercancía acaparada, persecución policial a los revendedores, racionamiento, captahuellas, cierre de fronteras y llamados a los buenos sentimientos.

«Porque quien se mete a bachaquero, ¿qué opción toma, qué hay en su alma y mente? La codicia, el sálvese quien pueda, el no me importa la comunidad. ¿Queremos una patria plagada de bachaqueros o llena de gente solidaria y respetuosa?», se preguntó Maduro en cadena nacional, mientras que la economía tercamente continuaba respondiendo a incentivos[1].

Todas las voces que alertaron sobre la necesidad de realizar ajustes económicos fueron apartadas o alejadas del centro del poder. La historia de las discusiones a lo interno se remonta a enero de 2013 cuando Hugo Chávez, enfermo e impedido de asumir el cargo de Presidente a pesar de haber resultado victorioso en las elecciones del 7 de octubre de 2012, permanecía hospitalizado en Cuba y Nicolás Maduro, en su rol de vicepresidente, llevaba las riendas de la república.

Aún el petróleo se cotizaba a altos precios, pero los desafueros cometidos a fin de asegurar la última reelección del «comandante eterno» pasaban una factura larga y pesada. El 9 de enero de 2013 Jorge Giordani, en ese entonces ministro de Planificación, le entregó a Nicolás Maduro el documento Orientación de la política económica en el inicio de un nuevo período presidencial, donde alertaba de la gravedad de los desequilibrios[2].

Jorge Giordani, quien escribió los planes de gobierno para impulsar el socialismo del siglo xxi, explicó en este escrito que el gasto público se había desbocado como nunca antes entre 2010-2012, registrando un salto estelar de 12 % del PIB; que con billetes fabricados en el Banco Central Pdvsa había recibido el equivalente a 6,6 % del PIB; que los costos de la seguridad social ya eran tan elevados que igualaban «los aportes petroleros presupuestarios»; que la nómina de trabajadores en el sector público había crecido aceleradamente y que las «distintas formas de cooperación [petrolera] con países amigos bordea los 550.000 barriles diarios».

Además el escrito le indicó a Nicolás Maduro la necesidad de focalizar los planes sociales «para evitar abusos de ciudadanos de ingresos superiores a los mínimos que se inscriben» y admitió que «no existe suficiente contraloría para los recursos que insumen las empresas públicas, los numerosos programas de los ministerios y otros organismos públicos y la demanda de importaciones públicas, entre otros gastos».

Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, el Consejo Nacional Electoral convocó a elecciones el 14 de abril. Días antes Jorge Giordani escribió una «carta abierta» que recibieron Nicolás Maduro y algunos miembros del partido de gobierno.

Esa carta indica que bajo la conducción de Nicolás Maduro «la situación sufrió grados crecientes de desorganización y falta de un centro de decisiones coordinadas, lo que hizo florecer un sinnúmero de presentaciones de medidas de las cuales el equipo económico a cargo de las finanzas se enteraba por los periódicos o la televisión»[3].

Aunque durante el primer trimestre de 2013 el precio promedio de la cesta petrolera venezolana se ubicó en 103 dólares el barril, ya existía escasez de divisas. Dice Giordani en la carta abierta: «Durante el año 2013, Pdvsa no ha entregado al erario público cantidades necesarias para enfrentar lo delicado de la situación. Con esta carencia, se disminuyó sustancialmente la asignación de divisas para importaciones básicas, con lo que el previsible desabastecimiento y la aceleración inflacionaria serán inevitables».

A pesar de que esa era la situación, el 14 de mayo de 2013 (es decir: un mes después de haber recibido esta advertencia) Nicolás Maduro, ahora recién elegido Presidente de la República, culpaba a los empresarios del incremento de precios y la escasez de alimentos, señalando que «hay una guerra para desabastecer al país, para lanzar una inflación descontrolada».

Para enfrentar el ciclo de alta inflación y mínimo crecimiento que ya presentaba la economía al cierre de 2013, en marzo de 2014 Jorge Giordani le entregó al presidente Nicolás Maduro el documento Propuestas para la coyuntura económica 2014, donde incluye una serie de recomendaciones que curiosamente coinciden con las que han dicho la mayoría de los economistas que el Gobierno considera de oposición.

Entre otras medidas Giordani creía necesario «auspiciar la convergencia de los tipos de cambio en el mediano plazo, ajustar de manera progresiva las tarifas de los servicios públicos (electricidad, agua, telefonía, gas, gasolina, transporte), adecuar los precios de cada uno de los productos, evitando situaciones de desabastecimiento y definir las importaciones contingentes, necesarias para reducir los niveles de escasez en el corto plazo».

Dos meses después de entregarle este documento a Nicolás Maduro, Jorge Giordani perdió todo el poder y fue relevado de su cargo como ministro de Planificación. El 20 de marzo de 2015 diría en un acto público en el que fustigó el camino tomado por el Gobierno que «la situación es grave. Y si no se toman decisiones se pone peor y el deber de uno es decir las cosas y decir las verdades: hay que asumir la crisis».

Hubo otro intento de ajuste. El 14 junio de 2014 Rafael Ramírez, en su rol de vicepresidente de economía y presidente de Pdvsa, acudió a Londres para reunirse con inversionistas internacionales y explicarles el plan que había preparado para enfrentar los desequilibrios.

Ramírez quería devaluar para obtener más bolívares por los petrodólares y disminuir la impresión de dinero en el Banco Central, además de acabar con un dólar artificialmente barato que estimulaba las importaciones y dejar un solo tipo de cambio. Además contemplaba disminuir la lista de productos con precios regulados, acciones para controlar la liquidez y aumento en el precio de la gasolina.

Las medidas nunca se concretaron y el 2 de septiembre de 2014 Rafael Ramírez fue destituido de todos sus cargos en el gabinete económico y fue nombrado canciller. Como una muestra de que nada de lo anunciado en Londres sería puesto en práctica, al día siguiente Nicolás Maduro afirmó en cadena nacional: «A mí me dan risa los cables de la AP y de Reuters, ¿no? Porque ya ellos no tienen voceros que se atrevan a hablar dentro del país, entonces lanzan los cables, y los cables los leen en la radio, en la televisión de las regiones y todo. AP: Maduro prepara un conjunto de medidas económicas. AP: ¡Se quedarán esperando por eso! Reuters: ¡Se quedarán esperando por eso!».

Ruleta petrolera

Predecir los precios del petróleo es una manera segura de equivocarse. No obstante, la mayoría de los analistas coinciden en que el oro negro ingresó en un ciclo donde al menos hasta finales de 2016 no retornará a los niveles de 100 dólares el barril. En este contexto la posibilidad de que la administración de Nicolás Maduro logre sacar a la economía del túnel de inflación, recesión y escasez luce muy comprometida[4].

Una demanda que desfallece por la fragilidad de grandes locomotoras de la economía global resta brillo al crudo. La Zona Euro emite señales de dirigirse a la tercera recesión en seis años; si bien Estados Unidos muestra signos de vitalidad, en términos históricos se trata de una recuperación débil, y China comienza a perder ímpetu.

Pero la fragilidad de la demanda no es el único factor que vulnera los precios del barril. También hay un crecimiento inesperado de la oferta. Gracias a la extracción de crudo de lutitas (shale en inglés), un tipo de roca rebosante de petróleo y gas inaccesible hasta la aparición de nuevas tecnologías, Estados Unidos ha incrementado a paso firme su producción al punto que un estudio de Wood Mackenzie afirma que, al ritmo actual, en 2025 podrá autoabastecerse[5].

Arabia Saudita también ha aumentado la producción mientras que Irak –de manera lenta pero constante– comenzó a recuperar su actividad después de la guerra al igual que Libia. Por otra parte, Irán negocia la firma de un tratado que se traduciría en el levantamiento de las sanciones que le impiden colocar libremente petróleo en el mercado.

A fin de golpear la rentabilidad de la extracción del crudo de lutitas en Estados Unidos, que en teoría requiere que el barril se cotice a un precio superior a 70 dólares y no ceder cuota de mercado, Arabia Saudita ha liderado la política seguida hasta ahora por la OPEP de no recortar producción.

Un factor a tomar en cuenta es que las empresas que explotan este petróleo no convencional han mejorado notablemente la productividad y los días para perforar un pozo cayeron de 22 a 9. El número de pozos perforados cada año aumentó de 16 a 41 y también están mejorando las técnicas para romper la roca. La producción inicial por pozo creció 50 % en los últimos tres años.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el ciclo en el que la oferta de petróleo supera a la demanda por un margen amplio y presiona a la baja los precios del barril se mantendrá hasta finales de 2016.

En su reporte de agosto de 2015 el organismo señala que la oferta de petróleo continúa creciendo a una «velocidad vertiginosa» y que en el segundo trimestre superó la demanda en 3 millones de barriles diarios, la mayor cantidad desde 1998.

«El reequilibrio que se inició cuando los mercados petroleros comenzaron con una caída inicial de precios de 60 % hace un año aún no ha acabado. Desarrollos recientes sugieren que el proceso se extenderá hasta bien entrado el 2016», dijo el reporte de la AIE.

Un factor relevante a tomar en cuenta es si definitivamente China, el segundo consumidor mundial de petróleo, crecerá a menores tasas y por ende le restará soporte al precio del barril de forma permanente. Todo apunta a que este es el caso: el gobierno del gigante asiático recortó su proyección de crecimiento para 2015 a 7 %, la magnitud más baja en dos décadas.

La desaceleración de China es natural en el sentido de que tras crecer a un promedio de 10 % anual durante los últimos 30 años, lo normal es que la expansión pierda potencia porque cada vez es más difícil mantener la tasa. Por ejemplo, un crecimiento de 7 % en 2015 significaría una producción mayor en bienes y servicios a la alcanzada en 2007, cuando la economía registró un alza de 14 %.

En el largo plazo el crecimiento depende en gran medida de la productividad, es decir, de la capacidad para incrementar la producción por trabajador y la brecha tecnológica entre China y los países desarrollados ha disminuido, lo que implica que las ganancias en productividad ya no tendrán la misma intensidad.

Otro factor a tomar en cuenta es que la población en edad de trabajar alcanzó su pico en 2012 y la inversión, que llegó a ubicarse en la astronómica proporción de 49 % del PIB, también parece haber tocado techo.

A las dudas que genera el entorno internacional se añade una creciente desconfianza hacia la capacidad de pago de Venezuela. En un entorno donde los precios del petróleo han registrado una baja sustancial y la república, incluyendo Pdvsa, está obligada a cancelar entre el segundo semestre de 2015 y 2016 unos 16.000 millones de dólares por vencimientos de deuda externa, las entidades financieras se preguntan continuamente si la administración de Nicolás Maduro no optará por declararse en default, es decir, no cumplir con el pago en el tiempo estipulado.

La firma Síntesis Financiera proyecta que si en 2016 el precio de la cesta petrolera venezolana promedia 48 dólares el barril al tomar en cuenta los ingresos y todos los gastos en divisas como importaciones y pagos de deuda, el país tendría un déficit de 22.000 millones de dólares.

Los inversionistas observan un altísimo riesgo en las finanzas venezolanas, lo que se traduce en que si la república emitiese nuevos bonos para obtener recursos y cancelar los que están por vencerse, tendría que pagar una tasa de interés exorbitante[6].

Otra señal proviene de los credit default swap (CDS), el instrumento que utilizan los inversionistas para asegurarse de un posible incumplimiento en el pago que debe hacer el Gobierno al vencimiento de los bonos. Las compañías que venden los CDS les aseguran a los inversionistas que, en caso de que la administración de Nicolás Maduro no les cancele ellas lo harán, a cambio de recibir un pago anual. Es decir, operan como una póliza de seguro contra la eventualidad de un default.

En un reporte fechado el 8 de julio de 2015, el Bank of America indica que el desenvolvimiento de los CDS de Venezuela apunta a que el mercado observa 56 % de probabilidad de que el país caiga en default en un año y 95 % en los próximos cinco años.

La turbulencia

En 1984 el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) publicó un libro que resulta esencial para entender por qué en la década de los noventa Venezuela fue sacudida por una severa crisis política y económica que produjo un largo período de decadencia, violencia y empobrecimiento: El caso Venezuela: una ilusión de armonía.

El trabajo incluye un texto de Moisés Naím y Ramón Piñango que resultó un análisis profético: gracias a la riqueza petrolera, Venezuela creció, se modernizó y se expandió en todos los órdenes a una velocidad centelleante sin incurrir en las confrontaciones que estos procesos de transición desataron en otros países. No obstante, para ese entonces ya era evidente que el descenso de la renta petrolera presagiaba tiempos tormentosos en una sociedad carente de instituciones sólidas para dirimir conflictos. Por lo tanto, el país debía abocarse a construir un mejor sistema judicial, un parlamento eficiente y medios de comunicación social que difundieran de manera seria e imparcial los temas a ser debatidos.

Hoy podría decirse que la debilidad institucional es mucho más profunda que en 1984. Los poderes públicos responden claramente al partido de gobierno, no existen contrapesos y difícilmente habrá árbitros idóneos para encausar los conflictos que comienzan a aflorar tras el temblor que sacude al modelo económico y la desaparición del liderazgo carismático de Hugo Chávez.

Aunque es evidente un período de tiempos turbulentos está por verse si el chavismo perderá el poder. El 6 de diciembre de 2015, si todo ocurre como está previsto, los venezolanos elegirán la nueva Asamblea Nacional y entonces habrá una señal clara de si comenzará un proceso de transición política.

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 


[1]    Esta frase fue pronunciada el 27 de junio de 2015 en cadena nacional durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo.

[2]    Jorge Giordani incluye el documento en su libro Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[3]    La carta está publicada en el libro de Jorge Giordani Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[4]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, la cesta petrolera venezolana registra un promedio en el año de 48,37 dólares versus un promedio anual de 88,42 dólares en 2014. En 2013 la cesta se cotizó a un promedio anual de 99,49 y en 2012 de 103,4 dólares.

[5]    Outlook by Wood Mackenzie’s Global Trends Service, 23 de octubre de 2014.

[6]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, Venezuela asumiría una tasa de interés de 29 puntos porcentuales por encima de lo que paga Estados Unidos, la nación que se financia al menor costo, mientras que en promedio el resto de los países de América Latina cancela 4 puntos.

 

Popeye

#DomingosDeFicción: Las fotos de Popeye

Hacia el frente no se veía nada, como si alguien hubiera borrado el elevado el centro comercial y todo lo que hay más allá de la farmacia. La espesa neblina era como una cortina espectral que caía del cielo y se interponía entre la avenida y nosotros, que caminábamos despacio y tambaleantes, como suelen hacerlo los borrachos. Aunque, siendo honesto, confesaré que yo exageraba mi borrachera en solidaridad con ella. Estaba tan tomada y hacía el ridículo de forma tan evidente que me pareció una falta de delicadeza no fingir que perdía el equilibrio, mover las pepas de mis ojos como si no pudiera controlarlos y quitarle a mi voz un poco de entonación para hacerle creer que yo también estaba en un profundo estado de intoxicación etílica, como dicen los periodistas para evitar decir borrachera en televisión. Pero no era verdad, yo apenas y si me había mareado un poco, siempre he tenido buena bebida.

El ruido de las plantas de sus pies descalzos chocando contra la acera se acompañaba de ese suave susurro del viento que se escucha en esta ciudad en las madrugadas. Cuando balbuceaba incoherencias y desafinaba una mala canción, me decidí a abrazarla e intentar una cursilería. Pero cuando iba a decirle algo, otra voz borracha que desafinaba rancheras se escuchó en toda La Gonzalera. Aunque el muro de humo blanco no me permitía verlo, supe que era Popeye. Se lo dije a ella y se echó a reír, dándome golpes suaves en el hombro con los tacones que sostenía en su mano izquierda. Segundos después, a medida que avanzábamos y la voz que canturreaba Querida de Juan Gabriel se hacía más fuerte, apareció rompiendo la pared de neblina, como si fuera un extraterrestre que cruzaba un umbral desde otro mundo. Sí, era Popeye, y sí, siempre que lo tenía cerca sentía que venía de otro planeta.

Eloina le dio un abrazo, le dijo que lo quería mucho, y aunque noté que al igual que todos se estaba burlando, consideré que la suya era una burla más humana, como un chalequeo entre panas y no una humillación malintencionada. Luego de algunos minutos, cansada de que Popeye le siguiera el juego, lo despedimos y lo dejamos marcharse con su botella de aguardiente en una mano, dibujando círculos con su cuerpo que agitaba la neblina mientras se alejaba de nosotros. Su voz se fue haciendo más tenue hasta desaparecer: Querida, no me ha sanado bien la herida, dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando… Yo abracé a Eloina y apuramos la marcha hacia mi casa. No estoy seguro de por qué, pero luego de ese encuentro me dio por pensar que esa noche no me acostaría con ella.

Popeye empezó a aparecer en las calles hace unos diez años. Solía vérsele echado en la grama del centro comercial La Guayanesa, tomando de una botella de anís, vistiendo ropa limpia que algunos vecinos de las residencias adyacentes le regalaban. Todas las madrugadas los empleados de la panadería le cedían el pan y los pastelitos que no se habían vendido el día anterior. Del restaurante chino también le alcanzaban sobras y, a veces, un generoso plato de comida recién preparada.

En San Antonio de Los Altos la indigencia nunca ha sido un problema; refugiados en una burbuja, los habitantes de esta ciudad tenemos encuentros muy esporádicos con la delincuencia y la pobreza. Vivir aquí es como ser parte de Ibiza, una isla libertina ajena a la España en crisis. Alejados de la capital por una carretera que se puede recorrer en quince minutos, pero que se transita en tres horas debido al tráfico, somos una suerte de oasis arrogante y autosuficiente.

Popeye

Por eso, o porque todos los pueblos tienen a un loquito al que adoptan y convierten en parte del paisaje, nadie se incomodaba con Popeye; era solo un tipo cachetón y alcohólico que rondaba por ahí desafinando canciones que habría aprendido en otra vida, una más miserable. Al cabo de un tiempo de vagar por las calles, todos chalequeaban a Popeye, le gastaban bromas, lo ponían a cantar, le enseñaban los bailes de moda y, el más recurrente de todos los chistes, le presentaban a chicas diciéndole: «Esta es tu Olivia, rata». A lo que él respondía siempre con piropos.

Luego comenzaron a circular toda clase de leyendas alrededor de él. Pasa con las historias públicas que las personas se apropian de ellas y las transforman. La gente no soporta que haya algo allá afuera que no pueden controlar, tampoco que las cosas tengan una explicación sencilla; de allí vienen las teorías conspirativas, los chismes y las leyendas urbanas. Popeye pasó a ser el bufón querido de los sanantoñeros, y también fue una historia colectiva, un cadáver exquisito que los lugareños narraban. Era como si hubieran acordado contar la historia de Popeye desde todos los géneros posibles. Había una versión de telenovela, que figuraba a Popeye como el amante traicionado que asesinó a sangre fría a su pareja y a su mejor amigo luego de encontrarlos juntos en la cama. Una versión sobrenatural, que aseguraba que venía de otro planeta. Una versión conspiranoica, según la cual las autoridades no asistían directamente a Popeye, pero tampoco lo reprimían, porque era un familiar del Alcalde caído en desgracia. Pero mi versión favorita y la que me resultaba más razonable era la que señalaba que Popeye había sido vigilante nocturno.

Una noche, mientras estaba destacado en una obra en construcción, se puso a beber con su aprendiz, puyaron una botella y estuvieron delirando toda la noche. En la madrugada, provenientes de lo que sería el nivel sótano de esa futura edificación, se escucharon unos ruidos que solo podían ser de adolescentes que aprovechaban la soledad de la zona industrial de El Tambor para colarse en las construcciones en progreso y hacer allí lo que la falta de dinero no les permitía hacer en un hotel. Al escuchar los ruidos, Popeye, que en ese entonces se llamaba Andrés o Alfredo, o tal vez Enrique, o quizás Mauricio, despertó a su ayudante y le dio una orden: «Vamos a joder a esos carajitos».

El chamo se paró como pudo. Se quitó la ridícula corbata marrón y se sacudió la camisa azul celeste, impregnada con óxido de cabillas y restos de un poco de cemento sobre el que se había revolcado en algún momento de su viaje psicotrópico. «¿Qué hago?», preguntó a Popeye. «Lo que quieras, lo que te provoque», recibió como respuesta. Envalentonado, tomó la escopeta y, tratando de caminar en línea recta, atravesó el terreno. A los lados se extendían columnas a medio hacer, montañas de material compilado para trabajar en los próximos días, algunos cascos olvidados y tobos petrificados por los restos de cemento. Bajó un nivel y encontró a dos chicos: un gordito que atestiguaba en su rostro lleno de acné una pubertad en desarrollo y una chica preciosa, la semilla de una hembra deliciosa, pensó el ayudante en ese momento. Era una morena delgada, cuyas nalgas hinchaban unas licras negras, medio rotas por las uñas del chico. Estaba ya descalza y en una esquina se veía tirada la blusa que llevaba. No usaba sostén, dejando ver unos senos medianos que todavía podían crecer un poco más.

Popeye

«Así que haciendo actos empúlicos en público, ¿no?», dijo el imberbe, tratando de parecer un policía, pero su voz estaba tan desentonada por el perico que el gordito reaccionó riendo. «Se dice impúdicos, imbécil», le espetó. El ayudante tomó la escopeta por el cañón y sin mayores trámites le soltó un golpe seco en la cabeza. Le abrió un poco la frente y lo dejó inconsciente un par de minutos. La chica entró en pánico y comenzó a suplicar, primero por su vida y luego, cuando vio que el ayudante no quería matarla, por su integridad. «Usted se me queda ahí, tranquilita», le dijo mientras le mostraba la escopeta manchada con la sangre de su novio. Cogió unos alambres que servían para unir unas cabillas próximas a usarse, maniató las manos del chico y cuando éste recobró la conciencia le dijo: «Abre bien los ojos, mariquito, para que veas cómo me cojo a tu jeva, pajúo». Tomó a la chica y la terminó de desnudar. Cuando se resistió le pegó franco en la nariz, dibujándole una línea delgada de sangre que goteaba en su boca abierta mientras imploraba ayuda. Comenzó a violarla y ella miró hacia el cielo, el novio lloraba y maldecía mientras trataba de desasirse de los alambres.

Le acabó adentro y se recostó a su lado, se ocupaba de respirar y ella se tapaba el rostro con vergüenza. «Ah, vete a la mierda», dijo el ayudante mientras se ponía de pie y se ajustaba el pantalón. Le dio una última patada a la chica en la columna, que ella recibió con resignación, y se fue donde Popeye que seguía echado en el mismo sitio escuchando todo. Cuando lo vio acercarse le preguntó qué tal. «Está buenísima. Corre», le dijo, escupiendo saliva y respirando como bestia.

Popeye se acercó corriendo, vio al chico aún maniatado, llorando con desconsuelo y diciéndole a la chica que lo perdonara por no haber hecho nada. Se sintió poderoso. Por simple saña le pateó la cara varias veces mientras le recriminaba y se burlaba de él. Dejó de golpearlo cuando escuchó el grito desesperado de la chica pidiéndole piedad. La voz se le hizo un poco familiar, pero en un instante, como ocurren con los verdaderos razonamientos importantes de la vida, se dijo a sí mismo que todas las chicas hablan y gritan igual. Se volteó y vio el cuerpo boca abajo, todavía desnudo, con algunas cortadas en la espalda producto del roce con el piso lleno de tierra. «Mierda, es una niñita», dijo y se acercó a ella, la tomó por el hombro y la volteó. Una gota de agua helada le recorrió todas las venas. «¿Papá?», preguntó la chica.

Siempre que pasaba junto a Popeye recordaba aquella historia y me reía, en el fondo quería creer que era cierta, que ese loquito de la cuadra había cometido tal horror y se había vuelto loco por eso. Aunque a veces concluía que era mentira, que alguien le había asignado una leyenda urbana a su historia y que Popeye siempre sería un relato inconcluso y mal contado. También pensé que como todas las cosas que vemos a diario, pronto el misterio perdería interés y nadie se preocuparía más por el origen o destino de esa vida que no era vida, que solo era un espectro decadente en un aburrido suburbio de clase media. Pero me equivoqué.

Fue estando con Eloina que vi el grupo por primera vez. Llevaba semanas viéndome con ella, me parecía una mujer muy atractiva pero no estaba seguro de si se interesaba en mí. A veces, cuando nos encontrábamos en el salón de fotocopiado, ella coqueteaba conmigo, hacía bromas sobre lo que pasaría si saliéramos; pero luego, cuando yo avanzaba en el almuerzo, o en las tardes cuando el grupito de la oficina nos escapábamos para tomar café en la panadería de enfrente, ella se mostraba incómoda, cordial pero incómoda con mis avances. Para salir de dudas, un viernes, cansado de no saber qué papel jugaba en su vida, le pedí que saliéramos al día siguiente a ver una película. Ella aceptó. Luego del cine, le pregunté si quería tomarse algo en mi casa. Tenía una botella de vino barato guardada desde Navidad. Apenas llegamos la metí a enfriar en el congelador y me puse a preparar sándwiches para los dos. Ella me pidió permiso para sentarse en la computadora a revisar sus correos. Cuando salí de la cocina, estaba conectada en Facebook. «Me salí de tu cuenta y abrí la mía, ¿no hay rollo, verdad? Era para ver algo que me mandaron».

Popeye

Comiendo y bebiendo supe que seríamos amigos. Las mujeres, cuando no se quieren acostar contigo, se relajan, comen masticando muy grande, beben chorreándose el vino en la blusa, te hablan de sus ex y de todos los imbéciles que han tenido el placer de cogérselas. Nunca te preguntan si eso te incomoda, porque no les importa. Esto lo aprendí luego de años enamorándome de mis amigas. Hasta un eructo se permitió Eloina, y luego se cagó de la risa. Pasada la medianoche nos habíamos acabado el vino, me moría de ganas por besarla, pero ni siquiera lo intenté, supe que sería demasiado triste si no se dejaba, o si se dejaba y luego me alejaba con calma y me daba un sermón de esos que dan las mujeres grandiosas cuando quieren negarte su cuerpo. Lo único que pensé fue refugiarme en la computadora. «Pasa la laptop», le dije. En la bandeja de inicio de su cuenta estaba una solicitud para un grupo: A que encuentro más de 1.000 personas que conozcan a Popeye. En la foto de portada estaba Popeye, tenía una sonrisa exagerada de boca muy abierta, esa sonrisa que solo alguien que ignora al mundo puede tener. Eloina no estaba borracha, pero tampoco tenía mucha fuerza de voluntad, así que sin que se diera cuenta acepté la solicitud y me envié una invitación a mí mismo.

En la mañana Eloina se fue de casa agradeciéndome por la velada y celebrando que ahora teníamos una bella amistad. Me dio un abrazo que extendí un poco más de lo debido, pasé mis manos por su cadera y traté de guardar para siempre el olor de su cuello, un aroma como de patilla recién abierta. Le marqué el ascensor y fui veloz hacia mi computadora. Una extraña curiosidad me motivó a ver de qué iba aquel grupo.

El primer mensaje en el muro era del propio administrador felicitándose a sí mismo porque en menos de un mes ya eran más de dos mil los miembros contactados. Anunciaba también que cambiaría el nombre a la agrupación para plantearse una nueva meta: reunir a diez mil personas que conocieran a Popeye. Bajando en los comentarios publicados se leía un espectáculo predecible.

Primero estaban los mensajes de burla. Chistes crueles soslayando la dignidad del vagabundo, magnificando sus defectos, contando anécdotas que no eran graciosas, pero procuraban serlo según quienes las escribían. Había otros comentarios: unos pocos reclamaban la crueldad del grupo e insultaban a los otros comentaristas. Pero los que me llamaron la atención eran los que publicaban Retos. Consistía en personas que prometían tomarse una foto con Popeye, grabar un video o jugarle una broma cruel, y registrarla.

Consulté la pestaña Fotos; había tres álbumes. El de Fotos de portada, donde solo había una imagen subida por el administrador; el de Fotos del muro, con unas cien imágenes subidas por los miembros del grupo; y el de Retos, que entonces solo tenía dos. En las fotos del muro había imágenes tomadas desde lejos que mostraban a Popeye caminando hacia La Morita, echado en el estacionamiento de Provemed, pidiendo dinero en La Redoma, canturreando en la Plaza Bolívar o caminando entre los carros estacionados en la cola de la Panamericana. En la de retos había una que mostraba a Popeye con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver los cuatro dientes equidistantes que le quedaban, acompañado de dos liceístas del Egui que posaban haciendo morisquetas junto a él; y otra que tenía a Popeye solo, con la mano izquierda sobre la cintura de una compañera imaginaria y la derecha arriba, sosteniendo otra mano invisible, y en el pie de foto rezaba: Popeye bailando. Puro sabor.

Popeye

Volví al muro y encontré otros comentarios. Reto: apuesto a que nadie hace que se baje los pantalones y le toma una foto; Reto a una jeva a que se tome una foto dándole un beso; Reto: ¿qué tal una foto pintando una paloma?; Reto: ¿alguien se anima a hacerlo arrechar y grabarlo en una coñaza?

Posmodernidad, le llaman a ese infierno de cretinos arrogantes. En pocas semanas el grupo se fue haciendo más numeroso, todos los días lo revisaba para ver cómo avanzaba y comprobé que la mayoría de los objetivos se cumplían. Fotos de Popeye con chicas muy jóvenes que lo besaban en los renegridos cachetes o amagaban con besarlo en la boca; incluso una que le ponía las tetas cerca del rostro. Fotos de Popeye con los pantalones abajo, mostrando unas piernas llenas de costras de cortadas y picadas de animales. Fotos de Popeye crispando los puños frente a un chamo que se cuadraba como boxeador, pero con una sonrisa. Fotos de Popeye con los dedos en la nariz. Fotos de Popeye dando un brinco sobre un charco. Fotos de Popeye imitando el paso de baile de algún reggaetonero. Fotos de Popeye gritando con la boca muy abierta. Fotos de Popeye descalzo, rascándose la planta de los pies. Todas las fotos acompañadas de decenas de comentarios, algunos, de los mismos que las habían tomado contando cómo lo habían hecho, otros del resto de los miembros del grupo con comentarios irónicos y risas.

En el salón de fotocopiado me seguía encontrando todas las tardes con Eloina. Como sabía que me gustaba, seguía coqueteando conmigo, tal vez quería validarse sembrándole esperanzas a un hombre que nunca la podrá tener, como lo hacen todas las mujeres. Una tarde le pregunté por el grupo. Me dijo que ni sabía cómo había entrado en él, pero que se lo tripeaba, que era comiquísimo porque al paso que iban pronto algunos sugerirían hacerle a Popeye alguna broma demasiado pesada que provocara su respuesta y los carajitos del grupo se llevarían una lección. Era verdad, Popeye nunca ha sido un vagabundo violento, sus borracheras y su locura siempre son amables y graciosas, como si fuera un payaso enloquecido y no un tipo al que la vida ha maltratado, que se sodomiza con alcohol y deambula por las calles gritando incoherencias y desafinando malas canciones. Pero todo tiene un límite y los miembros de esa comunidad virtual estaban forzándolo. Eloina estaba como decaída, esa tarde su coqueteo me pareció honesto, carente de la arrogancia de las mujeres que juegan con su sensualidad. Me la jugué por última vez y volví a invitarla a salir.

Antes de ir a encontrarme con ella consulté el muro del grupo, un cometario estaba destacado por encima de los demás. Tenía muchos me gusta, y decenas de respuestas, todas condenatorias. El usuario, un tal Javier Costello, decía que iba a darle un botellazo a Popeye y subiría una foto para probarlo. Traté de entrar al perfil de Javier, pero no pude, todo su contenido era privado. Quise dejar un comentario, pero ya era tarde y Eloina esperaba por mí.

Bebimos a placer, yo noté desde que me abrazó al llegar que Eloina quería divertirse, que esta vez no jugaba conmigo y sí estaba en disposición de darme una oportunidad real. A sabiendas de esto me gasté mi quincena, pedí el mejor vino, comimos la mejor comida. Luego fuimos a otro local y ella sola se bajó casi toda una botella de ron. Comenzó a lamentarse por toda su vida. El lamento de una mujer borracha es un grito que se asemeja al del orgasmo, la voz se hace muy aguda y a pesar de sus decibeles no deja de ser tierna, las manos se hacen generosas y acarician al confidente de manera constante, recuestan un poco su cabeza sobre él, cierran los ojos cuando la canción de fondo llega a un verso que define sus tristezas. Un espectáculo entre tierno y decadente al cual es muy difícil resistirse.

Popeye

Eran las tres de la mañana cuando nos echaron del local. Cogimos la calle y le pregunté si quería irse a mi casa, dibujó una media sonrisa y recuperó su arrogancia femenina antes de aceptar. La ciudad estaba cubierta de una neblina espesa. Le sugerí irnos caminando en vez de esperar el único taxi que estaría trabajando en Las Polonias. Cuando íbamos pasando frente a la subida de La Morita se quitó los zapatos, dejó al descubierto dos pies pequeños, cuyas uñas estaban pintadas de un morado aguado.

Empezó a cantar canciones de Fey y de Kabah, canciones de Shakira y Enrique Iglesias, canciones de Luis Miguel y Ricky Martin. Llegamos a La Gonzalera y yo la miraba con pena, con la pena distante con que se mira a una mujer inalcanzable. Cuando me pidió acompañarla en el canto no me negué: a una mujer borracha nunca hay que dejarla haciendo el ridículo a solas. Seguimos hacia la perimetral. Pasamos junto a un joven alto que caminaba en dirección contraria mirando hacia el piso, como lo hacen las personas cuando van temprano al trabajo. Eloina quiso joder al tipo, «mira panita, ¿yo soy bonita, verdad?». La ignoró y apuró el paso, debió pensar que una pareja borracha en una calle tan sola y tan llena de humo blanco es peligrosa. Seguimos caminando y Popeye llegó hasta nosotros, venido de ese otro mundo de donde vienen los dementes. «Tú si eres lindo, Popito, Popeyito, Popiyito, mi Popi. Tómanos una foto, José Ángel, anda, yo también quiero mi foto con Popeye». Les saqué tres con el celular. No salieron muy bien, la neblina y la oscuridad no lo permitieron. «Dame un abrazito, Popeyito». Y Popeye la abrazó diciéndole niña linda. Ella se aburrió de él a los pocos minutos, como se aburre de todos; como se aburrió de mí esa madrugada cuando intenté tocarla y me exigió que le llamara un taxi para irse a su casa. Lo dejamos ir y se perdió en la niebla.

A la mañana siguiente desperté avergonzado. Inventé una excusa para no ir al trabajo, aunque mi jefe no tendría razones para pensar que mentía porque era verdad que me sentía muy mal. En la tarde fui a la farmacia por un antiácido y un analgésico, lástima que no existan pastillas para espantar la vergüenza. Frente a La Guayanesa estaba Popeye, tenía una venda en la frente y una de las cajeras del abasto le estaba dando una tizana con un tenedorcito de plástico. Popeye comía y reía, y la cajera lo miraba con lástima. Entré a la farmacia y compré mis cosas, pedí una caja extra de analgésicos, salí y se la di a la cajera. «Esto lo va a ayudar», le dije. Me agradeció y se la guardó en la camisa del uniforme. Siempre es entretenido ver la miseria ajena, apuré el paso y me fui a mi casa a ver las fotos que ya debían estar publicadas.

 

Por John Manuel Silva@johnmanuelsilva

#MemoriasDeLaRevolución: El combate y la muerte

El combate se adelantó, en otro escenario, con otros contendientes. No se jugó una medalla, le tocó defender su vida. A las cinco de la mañana salió de su casa, veinte minutos después descubrió que en este país el hampa también madruga.

Este fue el día esperado durante los últimos siete meses. Entrenó para lograr la victoria.

Su padre encendió la camioneta y esperó a que el motor calentase. Estaba orgulloso, su hijo representaría el Estado Zulia en una competición nacional. Esa madrugada debía salir a Caracas.

Finalmente los sacrificios comenzaban a dar resultado. Metió la maleta en la camioneta. Se despidió de su madre con un beso y un abrazo. A solo diez minutos del aeropuerto internacional de La Chinita, de Maracaibo, la camioneta se apagó. Habían tomado precaución respecto al tiempo, la camioneta se apagaba repentinamente en las últimas semanas, la pieza que se necesitaba cambiar para corregir la falla era muy difícil de conseguir en el país, como todas las autopartes de cualquier marca de vehículos.

Decidieron esperar unos minutos sin bajarse de la camioneta, para luego intentar encenderla de nuevo. Tres minutos después el hijo tomó el lugar del piloto y el padre bajó para darle unos golpes al motor de arranque. No vio de dónde salieron los tres hombres que se pararon alrededor de él cuando dio el primer golpe. Uno lo apuntó con un revólver, el otro le quitó el destornillador que le servía de martillo. El tercer hombre caminó hacia la puerta del piloto y le ordenó al muchacho bajarse y caminar hacia la acera. Él obedeció, pasó frente a su padre y los otros dos, visualizó el combate, tal como había aprendido en sus años de entrenamiento. Intuyó que podría provocar fácilmente al único que sostenía un arma. Así lo hizo.

Les dijo a los delincuentes que no tenían nada de valor en el carro, solo ropa y que esta estaba en el maletero, que iban en dirección al aeropuerto. El hombre con el arma le hizo señas a uno de sus secuaces, quien se quedó con el padre, mientras él y otro más caminaron hacia el maletero apuntando al muchacho.

El joven abrió el maletero. Sabía que debía aplicar las técnicas Katame-Waza, llevarlos al suelo y combinar inmovilizaciones y estrangulaciones. Desarmó al que lo apuntaba, le lesionó la muñeca izquierda y aplicó una técnica de Ukemis para llevarlo al suelo. Todo sucedió rápido, no se quedó con el revólver: instintivamente lo lanzó hacia el otro lado de la calle.

Apenas caía sobre el hombre, cuando el otro hampón se le vino encima, pero pudo inmovilizarlos a ambos en dos minutos. Cuando quiso retirarse para correr hacia su padre escuchó una detonación y sintió que le abrían el abdomen en dos. Miró al tercer hombre, quien luego de disparar huyó, abandonando a sus compañeros.

El muchacho dejó un hilo de sangre en el trayecto hacia su padre.

Lo encontró golpeado, apenas lo vio cayó al suelo. Los habitantes del sector salieron al escuchar la detonación. Encontraron a los dos bandidos heridos. El padre lloraba abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Alguien gritó que había que matar a los dos delincuentes. Otro buscó una soga. Los amarraron, le echaron gasolina y los quemaron.

Los medios de comunicación jamás reportaron la tragedia, no se supo que un deportista murió en manos de la delincuencia. Esa semana, del deporte y del país, solo se conoció que la atleta Elvismar Rodríguez ganó bronce en el Grand Slam de Judo Tyumen 2016.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

Postales del aguante

1: Nosotros

A la calle, a la cama, al cuerpo, a la conversación: a todas partes llevamos la ruina de un país. Y duele. Duele enfrentarse a este exilio cotidiano. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida”, decía Cioran, y nos ponemos de frente a una verdad que encandila: vivir aquí es inventarse un país todos los días, es poner barandas de distracción a los lados para salvarse del vértigo.

2: Sostenerse

Compartimos la bitácora de una desorientación colectiva: no tenemos a dónde ir. El país que conocíamos, se lo llevaron. Uno sale a encontrarse con una ciudad entristecida, llena de caras cansadas, expectantes: aquí no pasas, ya este lugar se fue, dice el otro que nos levanta una cerca, y sentimos que todos los días nos arrebatan algo. La batalla más dura: la del país por dentro, ese último suelo que cuidamos para que no se desprenda.

3: “…y todavía”

No sabemos de dónde viene tanta noche. Queremos que amanezca. Llueve en el camino, hay derrumbes, no nos dejan mirar atrás. Hay que seguir andando, nos decimos, porque querer más no puede ser motivo de vergüenza. El país no es el monstruo que vemos allá afuera. Y la llama de la voluntad insiste y alumbra. ¿De dónde salimos tan tercos? ¿Qué es esto que todavía nos sostiene?

4: Buscar, buscar

Todo tiene un nombre, todo en apariencia existe: los lugares, los discursos, las imágenes, la historia, las instituciones, pero condenados por la derrota interior de sus significados. Todo imita la realidad de las tiendas: abiertas y en pie, pero vaciadas por dentro. La herencia de este tiempo: lo ido, lo impropio, lo extraño.

5: Antifaces no

No sabemos dónde mirar y tropezamos. Hemos perdido nuestra propiedad sobre los significados del país. El Poder burló los órdenes, la confianza, los acuerdos sobre los que podría realizarse, la aspiración democrática. Ya nada es lo que era: ni la política, ni el comercio, ni la educación, ni los medios, ni los espacios de habla pública. Nada escapa de la prisión de la pantomima y la representación. Lo que nos queda: decir sin máscaras, valerse de un lenguaje propio, honesto, desvestido.

6: ¿?

¿Irse a dónde? Podremos llevarnos fuera, quizás, pero ¿qué hacemos con el país que nos persigue? ¿Qué le decimos para dejar de forcejear por la mañana? ¿De qué me despido? ¿A quién le doy la espalda?

7: Aquí

Habría que comenzar por dejar los gritos, recoger los escombros de la memoria, encender las velas y resistir.

 

Zakarías Zafra | @zakariaszafra