Y líbranos del militar, amén

La noche que me pegaron el tiro en la nuca yo estaba saliendo de mi oficina, y escuché un griterío proveniente de los pisos de abajo. Iba por un guayoyo cuando me invadió como un escalofrío por detrás de las orejas. ¡Yo solo quería un guayoyo!, ¿pueden creerlo? Yo solo iba a buscar mi taza, a beberme mi café, a terminar la cobertura y después salir; e irme a mi casa a ver a mi mujer, a mi chamo, y después dormir, dormir para después irme al trabajo y tomar más café y reportar más noticia y así hasta jubilarme, hasta envejecer, con mi chamo ya grande, mi mujer ya vieja. Pero no. El escalofrío me atajó a mitad del pasillo, de espaldas a aquel sujeto de botas, pantalones camuflados y boina. Hubo un eco ensordecedor. Hubo presión en mi frente. Escuché a mi chamo llorar al fondo, a mi mujer pidiéndome que por favor me levantase del suelo, que el guayoyo se me iba a enfriar. Yo solo estaba cumpliendo con mi trabajo de informar, pero mi mujer, mi chamo, mi carrera, mi puta vida, se esfumaron en la disminución del sonido, en mi capacidad de entender lo que estaba sucediendo, ¿pueden creerlo?

Mi nombre fue Edgar González y, para 1992, era padre de un bebé de cinco meses, esposo recién casado y periodista de Venezolana de Televisión. Esa noche de 1992, la noche que me asesinaron, quedé allí tendido, a mitad de pasillo, con la cabeza apuntando hacia la puerta del cuarto de grabación. A través de las pantallas del canal, vi al jefe del alzamiento declarando su supremacía castrense al costo de la sangre de quienes, como la democracia, presenciábamos nuestro miserable desfallecimiento.

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Desde la vez que Alfonso sintonizó a Chávez en un desfile militar por cadena de radio y televisión, quiso enlistarse en los cuarteles. A pesar de las opiniones de su mamá, decidió abandonar la carrera y presentarse en Fuerte Tiuna, inscribirse en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y defender la patria de Bolívar. Su mamá, sentada en una de las sillas del comedor, se tapa el rostro con las dos manos. Entre los mocos y la saliva, ella insiste en encerrarlo para no dejarlo ir. Pero Alfonso está convencido. Le atrapa la idea quijotesca del combate a quemarropa, el repique del tránsito marcial sobre las aceras de concreto. Reclutarse para la República contribuiría al bienestar social, al éxito de la Revolución, y para él, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo. A Alfonso lo vendrá a buscar un taxi. Le pide a su “vieja” que por favor le crea, que los militares no son matones como ella dice, que le explique, que no se le atraviese. Que él ya no es un chamo. Ella se resiste, y él sale sin habérsele echado la bendición. Sin habérsele servido el café que tanto le gusta.

Así que así: Alfonso sale, sale a su encuentro con el país, con el presidente y sus libertadores, productos todos de esa herencia histórica que sucumbe ante la prestancia militarista de años de polvorazos retóricos, de acciones pretorianas mal infundadas. Alfonso está con Chávez porque Chávez es la Revolución, y para él, Alfonso, la Revolución es la voz indiscutible del pueblo.

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Para principios de la década de los noventa, en Venezuela las discrepancias entre el sector castrence y la dirigencia política de la época se evidenciaron en las intentonas golpistas del 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992. Esto, como resultado del descontento, por parte de las fuerzas armadas, con respecto al protagonismo arbitrario de los partidos tradicionales: Acción Democrática (AD), el social-cristiano (COPEI), y el Movimiento al Socialismo (MAS). Específicamente, después de los disturbios procurados en Caracas en 1989, incrementó la preocupación por el desarrollo material del país, y con ello el rescate del caudillo como única forma de control social capaz de resolver las deficiencias estructurales del Estado. Los militares, apoyados por el beneplácito de las masas populares, se reafirmaron en el compromiso de “poner control” sobre las discordancias manifiestas entre las élites civiles, acarreando la pérdida del respaldo hacia la “democracia representativa” y labrando nuevas vías para el ejercicio del poder –en aras del siglo XXI–.

El depósito absoluto de la confianza en los cuarteles y el descrédito de las autoridades civiles pertenecientes a la “Cuarta República” propició, ya con Hugo Chávez en el gobierno, el cope de los uniformados en diversos ámbitos del desenvolvimiento público, que no necesariamente obedecía a las funciones originarias del quehacer miliciar: operativos de alimentación como Mercal, PDVAL; gerencia de cargos en la administración de PDVSA; organización y custodia de actos culturales como ferias del libro, conciertos; monitoreo de jornadas de salud como la fundadora misión Barrio Adentro, jornadas de vacunación, etc. Sin duda que este piloteo de las labores del Estado en sus distintas ramas benefició la consolidación de un chavismo de insignia, donde los funcionarios del denominado Alto Mando respondían al Ejecutivo no solo por concepto de devoción ideológica, sino también por resguardo de sus intereses como clase empresarial consolidada. El resto de las fuerzas armadas, es decir, el soldado promedio, entraba en el reparto de dádivas que obtenía, asimismo, la clase media venezolana: dólares CADIVI, préstamos para vivienda y vehículo, equipamiento de hogares y demás trapos de agua caliente que preservaron la ecuación política del país durante los primeros catorce años de Revolución.

Una ecuación que duró hasta la desaparición física de Hugo Chávez en 2013, por supuesto. A partir de allí, el declive de la economía, aunado a la usencia del comandante –en su sentido estricto, es decir, del personaje que comandaba por legitimidad de la fuerza–, ha desencadenado el deterioro progresivo de las estructuras de orden cívico-militar anteriormente aceptada (o por lo menos respetada) por la mayoría de la población. De ese modo arribamos al panorama actual que nos compete, en días donde se percibe un resquebrajamiento en el interior de los cuerpos militares a consecuencia de una crisis que, sin dudas, impacta los bolsillos de todos los estratos de la sociedad. Observamos, con igual importancia, una “crisis de lealtad”. A pesar del respaldo de ciertos uniformados claves, Maduro no posee la honra del ejercito entero, ya que, aparte de no ser militar de profesión, no llegó al poder por vía del combate. La filosofía castrence es un arma de doble filo: instaura y des-instaura a través de las pasiones.

Entonces, la luz de este túnel de religiosidades cuartelarias sería la devolución, a los civiles, de las riendas del país. Aspiración potencialmente posible, cabe destacar, gracias a la sorpresiva ratificación del civilismo en Venezuela con Juan Guaidó en el contexto nacional e internacional del año en curso. Un joven de corbata y flux azul marino, de discurso fresco y sin adornos, ganándose las voluntades del pueblo en dimensiones casi olvidadas. No obstante, el hecho de seguir dejándole la estocada final a los militares para derrocar a Maduro nos coloca en servicio de los vicios históricos ya descritos; para que la transición hacia una democracia sea efectiva, el rol de las fuerzas armadas deberá ser como articulador de las clases civiles disidentes y no como pieza de desenlace en el juego político al que se está apostando. Ello se refiere a las fuerzas armadas al servicio de la dirigencia, no como factor dirigente. Dicho lo cual, de continuar esta yuxtaposición de intereses, es decir, la protagonización de los uniformados por sobre los destinos del país, el quiebre del orden actual deberá ser externo; una presión –bélica o no– que no dependa del mecanismo de uso interno del poder nacional.

En todo caso, el matiz de la crisis venezolana es un factor que “beneficia” la jugada política de Guaidó y sus civiles disidentes, por cuanto el soldado común es también gente, y padece de estragos y penurias. A la muestra están las deserciones que hemos presenciado en la frontera colombo venezolana desde los acontecimientos ligados al fracaso de la ayuda humanitaria.

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El 27 de noviembre de 1992, el “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200”, encabezado por el teniente-coronel Hugo Rafael Chávez Frías desde la cárcel, intentó derrocar al presidente Carlos Andrés Pérez para constituir una junta pretoriana que enrumbase los destinos de Venezuela. Los rebeldes, ya con el fracaso de un primer golpe a cuestas, secuestraron varios medios de comunicación nacionales con la finalidad de transmitir el mensaje del jefe de la comitiva. La planta más afectada, la de Venezolana de Televisión, hoy es recordada como “la masacre del canal 8”, al haberse asesinado a trabajadores inocentes: maquilladores, camarógrafos, reporteros, escenógrafos. Nucas que se ajusticiaron en pro de la usurpación del orden constitucional, guayoyos que quedarán allí servidos, enfriándose para siempre.

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Lo peor es que yo, Edgar, Edgar González, periodista, fui el primero en salir a apoyar a los uniformados de febrero, a festejar que el ejército rindiese honor a su juramento: acabar la corrupción, la charlatanería. La gente apostaba por lo mismo, por el triunfo de los rebeldes; mis vecinos, el taxista, mis compañeros del canal, el adeco, el copeyano. Mi mujer. Para el carnaval de 1992, mi mujer disfrazó a nuestro bebé de soldadito. Y no fuimos los únicos, ¿pueden creer esa vaina? Chacao estaba repleto de pequeños payasitos combatientes. Reíamos, y había papelillos, y bombas, y música, y mi chamo que lo llamábamos “Huguito”. Celebrábamos las caravanas del cambio sin saber que estábamos sacrificando nuestras propias garantías. Nadie nunca reparó en las falacias del líder; nos dejamos apuntar el fusile a expensas del futuro.

Ahora se me entumecen las palabras porque es que los muertos no hablan, no hacen reclamos, no se levantan del suelo. No alertan a los vivos. Ojalá y los muertos pudiésemos confesar aquello que presenciamos antes de cerrar los ojos. Ojalá, ojalá.

Ojalá y los muertos pudiésemos aconsejar a nuestros chamos ya grandes.

Ojalá y pudiésemos pedirles que se bajen del taxi.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

 

Venezuela necesita ayuda

Es 23 de febrero y, pasadas las tres de la tarde, muchos de los tres mil voluntarios convocados se van del Puente de Tienditas (Colombia), ahora conocido como Puente de la Unidad, donde se habían quedado desde el día anterior, cuando en esas instalaciones se llevó a cabo el Venezuela Aid Live, un concierto multitudinario donde más de 32 artistas habían unido sus talentos para levantar la voz, hacer visible la crisis humanitaria de Venezuela y conseguir donaciones para el país.

Pero después del mediodía sólo se dio la rueda de prensa donde el presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó –acompañado por el presidente de Colombia, Iván Duque; y el secretario general de la Organización de los Estados Americanos, Luis Almagro– anunció que parte de la ayuda humanitaria había cruzado hacia Venezuela, desde Brasil y Colombia. Terminó y algunos periodistas salieron hacia el Puente Francisco de Paula Santander (que va desde El Escobal a Ureña), otros fueron a almorzar; yo prefiero buscar transporte para dirigirme hasta el Puente Simón Bolívar, el que une a La Parada con San Antonio del Táchira.

Michael Martínez

Llevo una hora esperando transporte cuando se me acerca la señora Liliana. Lleva puesta la gorra tricolor que ha identificado a la oposición venezolana desde hace más de una década, y varias rosas blancas en sus manos, de esas que se había dicho que serían entregadas a los militares venezolanos antes de cruzar la esperada ayuda humanitaria. Lliana me cuenta que es de Mérida y se vino al concierto del día anterior: sus esperanzas son tan grandes que se quedó para colaborar en esta gesta histórica.

El mundo entero tiene los ojos puestos sobre Venezuela. Hoy se cumple un mes desde que Guaidó asumió como presidente encargado y si logra transportar la ayuda humanitaria desde Colombia, dará, sin duda, una estocada a la dictadura. La esperanza está de moda.

No pasa ningún medio de transporte y el sol sigue inclemente (tal como es siempre acá), cuando con muchas dudas y cansancio me dice que quiere tratar de cruzar hacia Venezuela: tratar de llegar a su casa.

Esta señora es madre de ocho hijos: cuatro están en Perú, una en los Estados Unidos, dos en España y la última se fue hace un mes a Chile, con el nieto más pequeño, el que ella había ayudado a criar hasta sus cuatro años. Ahora, me cuenta, vive sola en Mérida.

Pasada más de media hora logramos compartir un taxi con dos personas más que van a La Parada. El taxista viene de Ureña y nos cuenta que los dos camiones de ayuda humanitaria que cruzaron por El Escobal están siendo quemados en ese momento. Nos muestra fotos que le enviaron. La señora Liliana comienza a llorar.

A escasos metros de la casa natal de Santander, uno de los padres de la patria colombiana junto con Bolívar, en la autopista internacional que une a Cúcuta con San Antonio del Táchira, todos los días desde antes de las 12 del mediodía se puede ver una cola de gran cantidad de venezolanos, muchos con bolsos tricolores regalados por el régimen de Maduro: algunos andan con aguacates, guanábanas, cambures u otros artículos que vienen a vender a Colombia diariamente; mientras que a otros se les ve cargar con coches de bebés y bolsos con los que piensan seguir la larga travesía a pie hasta el interior de Colombia u otros países de Latinoamérica.

Es ocho de febrero de 2019, tres semanas antes del 23: uno de los días más importantes de la historia reciente de los venezolanos. La postal, hoy, es un gancho al hígado: decenas de venezolanos que abandonaron su país por la crisis siguen, bueno, en crisis: pero con la tranquilidad de vivir en territorio democrático.

El sol en esta zona del nororiente colombiano se equipara al del oriente de Venezuela, algunos dicen que incluso es como el de Maracaibo. Es como estar en la playa, pero sin playa: te puedes insolar.

Bajo la sombra de palmeras y otros árboles, en la paciente espera, algunos aprovechan para descansar. Los niños corren y juegan, mientras los padres se relacionan con otros compañeros circunstanciales, al igual que se acostumbra en Venezuela, donde se hace cola para casi cualquier cosa, con la diferencia de que, como cuenta el recolector de reciclaje, Leo de Valencia: “Aquí uno sabe que hay comida, al menos hasta las tres de la tarde”.

Leo tiene ocho meses viviendo en este lado de la frontera, a diario camina bajo el sol colombiano y monta en su carretilla todo tipo de reciclaje: “Latas, plástico, cartón, lo que consiga en la calle. Vengo tres veces a la semana a comer en este refugio, y aunque también dan desayuno, sólo se puede comer una vez al día. Aquí entre migrantes nos ayudamos, y mientras como dejo la carreta aquí porque no se pierde nada”.

Como no hay números, ni la amenaza de quedarse sin comida, la cola se hace de manera relajada, lo cual no evita el desorden y que, a medida que se acerque la hora de apertura, en la entrada se vayan aglomerando nuevos futuros comensales.

Mientras dos personas salen con una computadora portátil y comienzan a organizar la cola, se me acerca un muchacho de complexión delgada: es Alixon, de Barquisimeto. Vende chucherías en autobuses y me comenta con su hablar rápido que lleva apenas 15 días en la frontera, que viene a comer tres veces por semana y prefiere el almuerzo, pues “es más completo y balanceado para lo que necesito, que es andar todo el día en la calle. A veces me voy a Cúcuta caminando y vuelvo en autobús vendiendo estas chupetas”.

Allí mismo logro conversar con uno de los encargados, el pastor Ricardo, quien con gesto adusto y hablar pausado se ofrece a darme detalles de la labor humanitaria que la iglesia menonita realiza en estas latitudes, adonde llegaron por la dura situación de los venezolanos, aunque “normalmente sus esfuerzos van orientados a situaciones de catástrofes naturales”.

Su español conserva el acento inglés, pero demuestra bastante práctica y modismos que sólo se aprenden con el uso constante, y con “la práctica, pues mientras un grupo almuerza, yo les predico y les doy alimentos para el alma” en unos bancos dispuestos como una pequeña iglesia, bajo la sombra de los árboles que rodean el Refugio Amigos del Prójimo.

Con más de ocho meses funcionando, me comenta el pastor Ricardo que no saben hasta cuándo va a seguir la necesidad, pero “estamos aquí para remediar y mitigar un poco los problemas, sabemos que no podemos solucionar todo, pero al menos es algo”. Este voluntariado de la iglesia menonita está compuesto por 27 personas, principalmente provenientes de los Estados Unidos, Canadá, Costa Rica y hasta Nicaragua, quienes en promedio entregan 950 almuerzos durante cinco días a la semana.

La ayuda humanitaria es el tema del momento. Todo el mundo la lleva en sus labios a cualquier hora del día. Pero esta ayuda humanitaria lleva ya años proporcionándose, en esta frontera, a venezolanos en cualquier situación: desde los que cruzan sólo a buscar un plato de comida, hasta los que vienen a trabajar o estudiar, incluyendo a los que están de paso en esta zona.

Michael Martínez

En la Casa de Paso “Divina Providencia” de la Diócesis de Cúcuta, ubicada en el sector de La Parada, en Villa del Rosario, me recibe el coordinador y asesor jurídico Jean Carlos Andrade. Esta experiencia de fe, caridad, voluntariedad y apoyo al más necesitado fue creada por el padre David Cañas hace dos años, cuando, estando ya cerrada la frontera, vio la necesidad latente de los venezolanos. Inició junto con sus feligreses con una olla comunitaria del tradicional mute (sopa parecida al mondongo), los fines de semana, pero nunca pensó en la magnitud que alcanzaría su proyecto.

Actualmente cuenta con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y el de US Aid (el programa de ayudas del gobierno de los Estados Unidos), con los que han logrado ampliar el tamaño de sus instalaciones al punto de lograr ofrecer aproximadamente ocho mil comidas diarias, entre desayunos y almuerzos.

Desde mucho antes del mediodía, las filas alrededor de la Casa de Paso son extensas, entran en grupos de mil personas, mientras literalmente un ejército de voluntarios (venezolanos y colombianos) se reparten las tareas de cocina y otros servicios. Como no sólo de pan vive el hombre, aquí también ofrecen ayuda espiritual, y hasta tienen unas psicólogas que pueden apoyar a quienes vienen con depresión por las circunstancias del país o, simplemente, necesitan ser escuchados.

Michael Martínez

Hace poco más de 40 años (sí, en la famosa Cuarta República), Venezuela era el país adonde todos querían emigrar. En esa época, el cambio entre pesos y bolívares era muy ventajoso para los venezolanos. Jhon Álex, dueño de una casa de cambios, en esa época lograba pagar sus estudios embolsando pedidos en uno de los más populares almacenes de Cúcuta, el antecesor de los Almacenes Éxito. Sumando las propinas que le daban los venezolanos, cada fin de semana acumulaba la misma cantidad de dinero que devengaban mensualmente las cajeras.

Esta historia se repetía en otros comercios. Abundan las anécdotas de zapaterías en las que llegaba un venezolano cualquiera y veía los modelos, sí le gustaba alguno pedía varias tallas y colores por docenas. Otros cuentos menos púdicos eran los de los burdeles, en los que era usual y hasta esperada la llegada de los venezolanos: más de una vez pedían que el local fuese cerrado para una “fiesta privada”, donde el gasto correría por su cuenta.

Actualmente, muchos cucuteños recuerdan esta época y hasta dicen que lo que pasa ahora en Venezuela es porque siempre hemos sido poco humildes, pues pedíamos “el pollo y botábamos las menudencias. Ustedes no sabían lo que era pasar hambre”.

La vida da muchas vueltas. Es común conseguir a cucuteños que también tienen cédula venezolana, incluso los hay quienes tienen partidas de nacimiento que certifican que nacieron a ambos lados de la frontera. Al parecer era una usanza habitual desde los 70. Por eso también es tan patente la solidaridad que esta tierra tiene por los venezolanos, la mayoría afirman tener familiares en Venezuela y añoran las vacaciones en “Isla Margarita”, como es conocida por acá.

Si además se toma en cuenta que esta ciudad es netamente comercial –con muy pocas industrias– y que el comercio principalmente depende de la situación del vecino, pues todos anhelan esa época en la que lo que se importaba era bonanza y no inmigrantes.

Desde taxistas hasta vendedores se muestran amigables y dispuestos a apoyar al venezolano, quien es ahora el que emigra y necesita ayuda; pero también desean con urgencia que llegue el cambio, saben que les favorecerá también. Ahora los billetes venezolanos son souvenirs y hasta pueden ser comprados en las calles cucuteñas como bolsos, carteras y hasta floreros. Para eso son útiles: para hacer artesanías.

Michael Martínez

La cultura pop siempre ha idealizado a los protagonistas del momento, y en la política latinoamericana pasa lo mismo con los líderes mesiánicos. Actualmente, Juan Guaidó está a la orden del día: es el primer presidente del mundo en utilizar casi exclusivamente las redes sociales para comunicarse con su audiencia, ante el bloqueo y censura del que son víctima muchos medios venezolanos. Muchos consideran al presidente como ese híbrido de millenial-estrella pop con político. El problema es que en las redes sociales los followers se pueden perder tan rápido como se obtienen, con tan solo un tuit.

En Cúcuta hubo mucha expectación y hasta escepticismo luego de los anuncios de la realización del Venezuela Aid Live. Toda una semana en la que el ojo estuvo puesto siempre en las celebridades que vendrían, en la locación del concierto y otros detalles tales como la asistencia esperada de más de 250 mil personas, en una ciudad donde los artistas de mayor renombre internacional que se habían presentado en los últimos cinco años eran Los Tigres del Norte y ante no más de 50 mil asistentes.

Luego de unos cambios en la locación y en el line-up de los 32 intérpretes nacionales e internacionales que a la postre se presentarían, la expectativa no hacía más que crecer.

Llega el día del evento, con más de mil medios de comunicación acreditados en una ciudad donde sólo hay un periódico. El afán de noticias es inédito. Cúcuta, la pequeña ciudad del nororiente colombiano donde en 1821 se había formado la llamada Gran Colombia, se llena de periodistas de todas partes del mundo que necesitan pauta para varios días: el concierto es solo una pieza más en un relato que capturó la atención del planeta.

ayuda humanitaria

Venezuela Aid Live / Michael Martínez

El presidente Juan Guaidó desarrolla una agenda paralela al salir en caravana el día 21, desde Caracas hacia la frontera, con la intención manifiesta de estar el día 23 en el anunciado cruce de la ayuda humanitaria.

Pero la gran sorpresa se da en pleno Venezuela Aid Live, cuando se produce un gran revuelo en el área destinada a la prensa y otras personalidades: llegaron los presidentes de Colombia –Iván Duque–, de Chile –Sebastián Piñera–, de Paraguay –Mario Abdo Benítez–, el secretario general de la OEA –Luis Almagro–, acompañados nada más y nada menos que por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sobre quien pese una orden de prohibición de salida del país por parte del TSJ afecto al chavismo, o sea, a la dictadura: o sea, es una institución ilegitima pero en cuyas decisiones se amparan los represores para extender la tiranía del usurpador. Los medios desvían su atención del escenario hacia el público. Como moscas a la miel las cámaras voltean sus lentes. Guaidó llega como estrella pop a un concierto donde él no es parte del set list y, aunque no sube al escenario, su efecto es casi el mismo.

Normalmente, cuando termina un concierto –y más en este tipo de presentaciones de largo aliento–, los medios nos retiramos a preparar el material audiovisual y escrito que se publicará. Este día no será así. Es lógico: el concierto, asumimos todos, es solo un aperitivo.

Finaliza el evento y, luego de varios correteos por diferentes sectores del Puente de la Unidad y una larga espera, podemos entrar al reservado sector donde está almacenada la ayuda humanitaria: allí se dará una rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, lo que parece ya una nueva banda, en su primera aparición internacional.

Los anuncios, cuando llegan, son esperanzadores y optimistas. La consigna continúa: la ayuda humanitaria, dice Guaidó, cruzará sí o sí el día de mañana, 23 de febrero. Los otros presidentes manifiestan su irrestricto apoyo a Venezuela y las expectativas se agrandan. El 23F será un largo día.

Miles de voluntarios esperan el momento para cruzar el Puente de la Unidad, a cada uno se le entrega una rosa blanca. La policía colombiana mantiene el orden, pues los ímpetus son altos. Alberto, de San Cristóbal, me comenta sobre las duras condiciones del refugio armado la noche anterior para los voluntarios. Habían ofrecido carpas y sanitarios. Falsas promesas. Él contó con la solidaridad de una médico colombiana que les dio albergue junto con sus tres compañeros. Muchos no corrieron la misma suerte y mostraban desde temprano las ganas de luchar por la libertad de su país, pero ligadas con molestia y frustración.

A las ocho de la mañana comienzan a ingresar varios vehículos oficiales a las instalaciones del puente, cada uno es aupado por consignas de los voluntarios que esperan el momento del cruce de la ayuda humanitaria. Pero las horas van pasando y el sol junto con el hambre van haciendo su efecto en esa alegría y entusiasmo.

Poco antes del mediodía, la figura de un cura con su sotana resalta. Va acompañado de un militar de uniforme diferente al de sus pares colombianos: el mayor Hugo Parra Martínez, del Ejército venezolano, quien luego de cruzar la frontera por una trocha manifestó que reconocía “a nuestro presidente Juan Guaidó y estaré en lucha con el pueblo venezolano en cada marcha”. Ya para el momento se sabe también de la entrega de tres miembros de la GNB en el Puente Simón Bolívar, y uno más en el Puente Francisco de Paula Santander. Esta cifra crecerá durante el día, para completar más de sesenta funcionarios que se le rebelarán al régimen y se apegarán a la Constitución de Venezuela.

Michael Martínez

Pero allí en el Puente Tienditas o la Unidad lo que crece es el descontento. Personas que seguramente habían pasado una mala noche durmiendo a la intemperie, con hambre y calor, sólo cuentan con bolsas de agua y la esperanza de aportar su grano de arena en el cruce de una ayuda humanitaria tan necesaria.

Para cuando, horas luego, se realiza la segunda rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, los organizadores no logran calmar el descontento y ven como la multitud va diluyéndose poco a poco. Incluso las personas a bordo de los camiones con el sonido, contratadas para animarlos, se muestran molestas por el sol y la larga espera. Algunos de los organizadores, ataviados con boinas azules, atajan a grupos que cada vez en mayor cuantía se van de la concentración. “Ya vamos a cruzar, no se vayan. El presidente Guaidó va a ir con todos nosotros”. Algunos dudan y se devuelven, pero la mayoría sigue su camino, molestos.

Mientras en los otros dos puentes la lucha para cruzar la ayuda humanitaria es eficaz y organizada; en el que es el símbolo principal, el puente que nunca había sido inaugurado, pero que había estado en todos los medios del mundo luego de ser bloqueado por el chavismo esa misma semana, en ese privilegiado escenario muchos voluntarios se van desilusionados.

Y aunque luego se confirmará la entrada de los camiones humanitarios, más tarde las imágenes de la quema a uno de ellos, por parte de la dictadura, darán la vuelta al mundo.

 Venezuela está en una lucha y necesita mucha ayuda: no solo humanitaria.

 

Por Michael Martínez  @MichkoMart

 

#RusiaGoHome

La Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, pero en pleno siglo XXI hay sectores internacionales interesados en revivir una especie de conflicto entre ideologías trasnochadas que no aguantan un análisis serio. ¿Qué es lo peor de este intento? Que en el centro del debate está Venezuela, y el afán de una izquierda fanatizada en convertir la legítima lucha por la democracia en un panfleto histórico contra el intervencionismo yankee.

Pero en materia de intervencionismos, ¿dónde queda el papel injerencista que han jugado los aliados del chavismo como Rusia y China?, ¿cuánto le ha costado este intervencionismo a los venezolanos?

¡Es el petróleo, estúpido!, grita una parte de la izquierda mundial para acusar al Gobierno legítimo de apoyar la supuesta intención de los Estados Unidos de adueñarse de las riquezas venezolanas –tras aceptar el contundente apoyo del presidente Donald Trump al presidente encargado Juan Guaidó–, pero lo cierto es que durante los 20 años del chavismo en el poder, han sido otras potencias, y otros imperios, los que han jugado al monopolio y han roto la piñata de la renta petrolera venezolana.

Deuda millonaria

Los tentáculos del Kremlin se han extendido en la Venezuela del chavismo como nunca antes en nuestra historia. En los 14 años de gobierno del ex presidente Hugo Chávez, el mandatario viajó nueve veces a Rusia; mientras que Nicolás Maduro lo hizo en tres ocasiones en menos de seis años.

Para el año 2017, una nota periodística de Telesur cifraba en al menos 260 acuerdos los tratados firmados entre ambos países desde el 2006, principalmente en materia militar, petrolera y energética; pero los intereses rusos en el país llegan también a ramas como la minería, la agricultura y la construcción de viviendas.

Aunque no se conocen cifras oficiales, la agencia internacional Reuters calculaba para finales de 2018 una deuda superior a los 17.000 millones de dólares por parte de Venezuela a Rusia. Deuda que debe ser pagada con venta anticipada diaria de petróleo, que le costarían al país cerca del 32% de su producción actual diaria: unos 380 mil barriles de petróleo de los apenas 1.17 millones diarios que estaría produciendo Pdvsa, según informes de fuentes secundarias a la Opep reportadas por Reuters en octubre del año pasado.

En la otra acera se encuentra China, con la cual Venezuela ha acumulado una deuda de más de 50 mil millones de dólares en créditos y préstamos financieros, y para la cual destina casi un millón de barriles de petróleo diarios para pagarla, según informó el mismo Nicolás Maduro en septiembre de 2018, tras recibir el último crédito por parte de China, de unos cinco mil millones de dólares destinados a la inversión petrolera para aumentar la producción nacional que ha caído abruptamente en los últimos años.

La fiebre del oro negro

Los rusos también juegan al futuro y sus intereses no tienen límite en el calendario: en 2011 firmaron un acuerdo petrolero para constituir una empresa petrolera mixta entre Rufnet y Pdvsa, con el objetivo de explotar la Faja Petrolífera del Orinoco. Según declaraciones dadas por el entonces vice primer ministro ruso, Ígor Sechin, en una visita oficial a Venezuela, Rusia tenía previsto invertir  $16.000 millones en la exploración y explotación del campo Carabobo 2, y con el mismo objetivo otros 20.000 millones, durante los próximos 40 años, para la explotación del campo Junín 6, ubicado dentro de la Faja en el estado Anzoátegui.

En diciembre de 2018, pese a las sanciones internacionales y a la negativa de la Asamblea Nacional, Putin aceptó entregarle a Maduro otro acuerdo para poner en marcha un paquete de inversiones rusas, en los sectores petrolero y minero, valoradas en $6.000 millones.

Hoy en día la petrolera rusa cuenta con participación en seis empresas petroleras mixtas en la Faja del Orinoco y logró hacerse con el 49,9% de las acciones de Citgo, la empresa venezolana refinadora y comercializadora de Gasolina en EEUU. ¿Se entiende el por qué los rusos no juegan carrito en Venezuela?

En Fuerte Tiuna se habla ruso

En materia militar la impronta Rusa también dice presente. Los entendidos en materia de seguridad aseguran que si bien la dictadura cubana se encuentra detrás del mando y el factor ideológico dentro de los órganos de seguridad y espionaje del Estado, ha sido Rusia quien ha dotado al régimen chavista de todo el factor operacional de fuego.

Helicópteros “Mi-35″ y “Mi-17”, aviones de caza “Su-30MK2”, una fábrica de fusiles Kaláshnikov, vehículos blindados tipo tanques, armas de defensa aérea, entre otros jugueticos de guerra están dentro de la extensa lista de armamento militar que adquirió el Gobierno venezolano desde el 2005, según declaraciones dadas en febrero de este año por el director del Servicio Federal de Cooperación Técnico-Militar ruso, Dmitri Shugáev, a la prensa.

Solo entre 2005 y 2008, el entonces presidente Chávez firmó con Moscú contratos de armamento por un valor de $5.400 millones, con lo que se compraron, entre otras cosas, 100.000 fusiles Kaláshnikov, 24 aviones caza SU-30, más de cincuenta helicópteros y sistemas antimisiles Tor-M1. Una nota de la cadena rusa Rusia Today (RT), del 2009, aseguraba que Venezuela era de largo el país de América Latina que encabezaba la lista de compras al exportador monopolista de armas ruso, Rosoboronexport. Para el 2013, el mismo medio aseveraba que la realización de los contratos firmados entre Moscú y Caracas debería convertir a Venezuela en el segundo importador de armamento ruso para el año 2015, después de la India, con un volumen de compras de 3.200 millones de dólares anuales.

De la Stasi al Sebin: la sombra militar rusa

Edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin)
FOTO: EFE/Miguel Gutiérrez

“Sale una noticia por ahí: Rusia prepara la instalación de una base militar en La Orchila. Ojalá fuera verdad, no una, dos, tres, cuatro, diez”, declaró el presidente de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, en diciembre de 2018, para desmentir los rumores provenientes de medios rusos que presumían la posibilidad de la instalación de una base militar rusa en territorio venezolano.

Sin embargo, no es la primera vez que el río suena con la noticia de las intenciones del Kremlin de montar su primera base área en América Latina, especialmente en la Isla de La Orchila, donde funciona un estamento militar de la FANB. En diciembre del 2018, bombarderos nucleares rusos Tupolev-60 volvieron a surcar el cielo venezolano –ya lo habían hecho en 2008– en el marco de ejercicios militares bilaterales con un claro objetivo: desafiar a occidente con una demostración del poderío militar detrás del presidente Vladimir Putin y su padrinazgo al régimen madurista; esto sucedió días antes de que la mayoría de los países democráticos del mundo desconocieran a Nicolás Maduro como presidente.

Pero la ayudadita rusa a Maduro no queda allí. A finales de enero de este año, la agencia de noticia Reuters confirmó, con tres distintas fuentes, el envío de un número no identificado de agentes de seguridad privados muy cercanos al Kremlin para encargarse de la seguridad del ex mandatario y evitar su detención.  Aunque ningún funcionario venezolano o ruso confirmara la noticia, una fuente aseveró al medio que se trataría de unos 400 agentes asociados al grupo Wagner, cuyos miembros –en su mayoría personal militar retirado– combatieron de forma clandestina en apoyo de las fuerzas rusas en Siria y Ucrania.

¿Sorpresa? Este grupo de espías habría viajado en dos vuelos fletados por Cuba, desde donde se trasladaron después a Venezuela. Sin embargo, el 11 de febrero el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, declaró a la prensa que el régimen venezolano no había solicitado apoyo militar a Rusia para evitar alguna acción militar extranjera.

Pero los rusos también saben de tortura y de servicios secretos. En octubre del 2018, el activista por los derechos humanos y ganador del premio Sájarov, Lorent Saleh, quien estuvo detenido durante 26 meses como preso político del chavismo en la Sede del Sebin en Plaza Venezuela, conocida como “La Tumba”, denunció desde España que detrás de esta cámara de “tortura blanca” se encuentra la mano de agentes rusos y cubanos. El mismo método de tortura psicológica que aplicaba la Stasi, la policía de la República Alemana oriental comunista, de la que Putin fue agente durante la Unión Soviética.

20 años de chavismo con Putin

El chavismo y Vladimir Putin tienen los mismos 20 años comiendo de la misma ensaladilla. El mandatario ruso y Hugo Chávez llegaron al poder en 1999, y ya en el año 2000 tuvieron su primer encuentro oficial nada más y nada menos que en el nido del capitalismo norteamericano, muy cerca de Wall Street, con ocasión de la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas en Nueva York. Tan solo ocho meses después, el jefe de Estado venezolano realizó su primer viaje a Moscú de cinco días y hasta fue galardonado con el título de doctor ‘honoris causa’ de la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia.

Desde el primer momento, Chávez y Putin entablaron una relación cercana. Ambos compartían la visión de instaurar en el mundo un nuevo orden multipolar distinto al liderado por los Estados Unidos. El discurso antinorteamericano de Chávez  le sirvió como anillo al dedo al Kremlin para convertir a Venezuela en parte de su juego internacional, que buscaba rescatar la influencia mundial perdida después de la caída soviética y el posterior rechazo y sanciones de gran parte de occidente luego del conflicto bélico con Ucrania en 2014.

Así, se instauró una relación mutualista entre ambos países en la que, por un lado, Venezuela encontró un fuerte aliado económico que se convirtió junto a China en su principal financista frente a una economía cada vez más deficitaria, y que le permitió satisfacer sus caprichos armamentistas, y, por el otro lado, Rusia encontró un país geográficamente perfecto para expandir sus intereses imperiales sobre América Latina a las narices de su principal rival –los Estados Unidos–. Todo esto mientras aprovechaba la oportunidad de sacarle tajada a precio de ganga a la principal reserva petrolera del mundo.

La fiebre del oro


FOTO: AVN

Bajo esta relación ganar-ganar entre el chavismo y el Kremlin, la balanza comercial entre ambas naciones creció como la espuma. Según diferentes reportes de prensa, el intercambio comercial entre los dos países fue de unos 400 millones de dólares en 2009, y 960 millones en 2008. En 2011 alcanzó el pico de los 1.733 millones y para el 2016 el embajador ruso en Venezuela, Vladimir Zaemskiy, declaró a RT que se esperaba que la balanza comercial alcanzara los 300 millones de dólares para ese año.

Pero los rusos no solo tienen sus ojos puestos en la Faja Petrolífera del Orinoco y en la Isla de La Orchila. Desde la creación del llamado Arco Minero en 2016 en el estado Bolívar, también tienen una importantísima participación en el sector minero. De los 112.000 kilómetros cuadrados con riquezas minerales estimadas en 7000 toneladas de reservas de oro, cobre, diamante, coltán, entre otros minerales, Rusia explota la zona de Cuchivero, en Guaniamo, mejor conocida como la Zona Número 1 del arco, donde se calcula que existen miles de toneladas de depósitos de diamantes, según reportó el diario ABC de España en enero de este año.

No es casualidad entonces que un informe del Consejo Mundial del Oro, publicado el primero de noviembre, confirmara que en los últimos meses Rusia ha sido el mayor comprador de oro en el mundo, por encima de Turquía, y asegurara que el 17% de las reservas mundiales de este metal precioso están en manos del Kremlin.

El último salvavidas de Maduro

Después del 23 de enero, Vladimir Putin ha nadado contra la corriente de la comunidad internacional en el caso Venezuela. La juramentación de Juan Guaidó como presidente encargado ha sido respaldada por más de 51 países en todos los continentes, pero desde Rusia se juega fuerte –incluso mucho más que desde China– para defender a Maduro y se ha llegado hasta las amenazas para frenar cualquier intento de intervención militar por parte de los Estados Unidos.

En una llamada telefónica celebrada el 12 de febrero entre el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo; y el canciller ruso, Sergei Lavrov, el funcionario ruso aseveró que “cualquier injerencia en los asuntos internos de Venezuela, incluido el uso de la fuerza,  sería una clara violación del derecho internacional”, así indicó la cancillería rusa en un comunicado. Ese mismo día, durante una rueda de prensa, el diplomático ruso acusó a EEUU de pretender disimular una intervención militar en Venezuela con la llegada de la ayuda humanitaria que coordina el presidente Guaidó junto a la comunidad internacional.

Otras voces como la del embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia; y a el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, también salieron en defensa de Maduro en la misma semana, tras señalar que desde EEUU se incita a un derramamiento de sangre y catalogaron como un “intento desafortunado” y una “impensable intromisión” la solicitud que desde la Casa Blanca se hace a militares venezolanos para que retiren su apoyo a Nicolás Maduro. Desde Rusia se plantea presentar en la ONU su propio proyecto de resolución sobre Venezuela para frenar el la propuesta de EEUU en el Consejo de Seguridad en que piden reconocer solo a la AN como único poder legítimo, así como solicitar la convocatoria de elecciones libres.

¿Está Venezuela a las puertas de otra crisis geopolítica como la de los misiles en Cuba en la década de los 60´? Hay quienes creemos que no. Como todo buen imperio, o al menos uno que intente serlo, Rusia protege a Maduro como garantía de pago y reconocimiento de una deuda millonaria de acuerdos que en algunos casos ni siquiera fueron aprobados por la Asamblea Nacional. Pero todo indica que muchas fichas se están moviendo entre sombras para alcanzar un pacto que permita que Rusia se convierta en la puerta de salida de Maduro de Miraflores. Después de ese momento,a los venezolanos hastiados de la crisis política, económica y social que sacude nuestras entrañas nos tocará gritar a todo pulmón ¡#RusiaGoHome!

 

Por Joel Siverio Cappadonna

 

Los Oscar y el dilema de la popularidad

Hace 90 años, en un teatro estadounidense, decidieron honrar a toda una industria con un premio que finalmente se llamó Oscar. Con el tiempo, este reconocimiento ha cobrado un valor incomparable para cada profesional y artista del mundo cinematográfico. Para los guionistas, directores, actores y otros, una nominación a una de las categorías significaba uno de los reconocimientos más grandes al trabajo y esfuerzo. O eso es lo que nos ha demostrado cada año una academia que desea mantener la importancia de la estatuilla por encima de los otros ocho premios relacionados a la industria.

La popularidad traducida en rating televisivo presiona a una organización actualmente desesperada por obtener más atención en cada temporada de premios. Un ejemplo de ello fue la decisión hace 15 años de adelantar la premiación, que normalmente era entre finales de marzo y abril, a finales de febrero y comienzos de marzo para evitar coincidir con las finales nacionales de basket universitario (NCAA).

#OscarSoWhite y la necesidad de ser políticamente correcto

El hashtag #OscarSoWhite se posicionó en el trending topic mundial en la edición de 2016, al ser el segundo año consecutivo en el cual ningún actor de color fue nominado. La falta de diversidad fue la excusa que usaron varios actores, productores y directores para no asistir a la presentación. El host designado para esa gala fue Chris Rock, quien se manifestó a través de un breve monólogo: “No se trata de racismo, solo necesitamos mejores papeles, queremos nuestras oportunidades, es eso y no una sola vez”.

Nos encontramos en un momento de cambios constantes, donde no solo se reclaman mejores salarios, también se reclaman mejores oportunidades para trabajar, sin distinciones de género, raza o religión. La industria cinematográfica americana posee un gremio que también lo solicita, argumentando que la mayoría de los que votan y son parte de la academia que define a los nominados y ganadores son en su mayoría caucásicos y hombres, lo que en opinión de muchos responde a un estereotipo racista, que no permite que las premiaciones sean más diversas.

El año siguiente fueron nominados y premiados varios artistas y películas de otras razas o géneros, incluso en la categoría de mejor película, donde ganó Moonlight. Esto dejó en evidencia que las críticas afectaron el juicio de las siguientes ediciones. 2018, por su parte, fue un año bueno para los mexicanos con el premio a mejor director para Guillermo del Toro, al hacer realidad un proyecto que tenía muchos años planificando: La forma del agua. La academia, sin embargo, obtuvo su peor rating en 40 años de la emisión de los premios.

Premio a la película más popular

En cada edición la academia se preocupa de que las personas se mantengan en su asiento desde el principio hasta el final. En redes sociales, la gente se queja de lo larga y a veces aburrida que les parece la transmisión. Incluso cuando generalmente los presentadores hacen chistes y bromas en los intermedios.

En esas quejas, se fomentó una propuesta para la edición de este año: añadir la categoría de Mejor Película “Popular”, para nominar películas que no necesariamente son artísticamente brillantes pero que puedan atraer a más público. Esa decisión trajo críticas de los más conservadores y cuestionamientos sobre lo que en realidad eran los Premios Oscar.

La organización se pronunció y dejó en claro que no era el momento idóneo para ello y que estarían conversando y evaluando cómo sería la definición de esa categoría a futuro. Pero han dejado un pequeño experimento, en mi opinión, es la nominación de Black Panther en algunas de las categorías, incluyendo mejor película.

Una película de superhéroes –y de franquicia– en un momento difícil donde se busca atrapar la atención de las personas y de un nuevo público, o, dicho de otra forma, hacer los premios más masivos. Esto me hace pensar que hace un par de años vimos pasar Batman: The Dark Night sin que tuviera una nominación que bien podría haber recibido, por su notable calidad.

Categorías fuera de la transmisión en vivo

Otra de las decisiones criticadas para este año fue dejar algunas categorías de los premios solo para los cortes publicitarios, acortando así la duración de la gala a tres horas. Y dejando los momentos más importantes de esos discursos para la retransmisión. Las categorías que quedarán designadas para los comerciales serán Mejor Maquillaje y Peluquería, Mejor Cortometraje, Mejor Montaje y Mejor Fotografía o Cinematografía. Guillermo del Toro ha cuestionado un poco el hecho de que la categoría de Montaje o Fotografía queden fuera de la premiación habitual.

Son momentos de cambios en uno de los premios más tradicionales de la industria americana, saben que deben afrontar y probar otras cosas para mantener una tradición que en diez años cumplirá un siglo. Mantener el mismo prestigio y la popularidad por tanto tiempo no es algo fácil de lograr. Solo sé que la necesidad de que todo sea corto, conciso, con pocas palabras y con poca duración para que sea de fácil consumo a las nuevas generaciones, nos hará perder en algún momento cosas importantes.

 

Por Julio César Blanco

 

Tener esperanza aunque no haya señales

Cuando Lizandro me invitó a escribir sobre mi experiencia como psicólogo ejerciendo en sectores populares de Caracas, lo primero que hice fue pensar en los aprendizajes que me han dejado las personas con las que he tenido la oportunidad de trabajar. Creo que todas tienen un punto en común que las une: en los Barrios de Caracas aprendí que el verdadero significado de la resistencia era tener paciencia, a pesar de que todo apuntase al desespero.

Para demostrar este punto, voy a contar tres historias que considero representativas de mi argumento central. Una durante mi primer trabajo como psicólogo en la parte alta de La Vega y dos trabajando en la organización social Caracas Mi Convive. Creo que la narrativa, como la música, tiene la capacidad de transmitir cosas más allá de la intención original del autor. Espero que los que lean este artículo puedan sacar nuevas conclusiones de las historias que voy a compartir.

Uno de mis primeros trabajos, como psicólogo, fue en la parte alta de La Vega en un centro de salud. Mi labor incluía ver pacientes, en su mayoría niños y adolescentes, y realizaba sesiones de asesoramiento con un grupo de madres que trabajaban en un hogar de cuidado diario que quedaba en frente a este centro. Simultáneamente, estaba cursando la especialización en psicología clínica-comunitaria en la Universidad Católica Andrés Bello.

Unos meses antes de terminar el post-grado, decidí hacer mi tesis de especialización sobre la experiencia de una madre que había perdido a su hijo en un enfrentamiento armado. Por las estadísticas de violencia y las historias de mis pacientes, consideraba que había muchos casos en La Vega que no estaban siendo visibilizados. Inspirado por la metodología de Alejandro Moreno y sus conclusiones sobre el matricentrismo[1] de la familia popular venezolana, decidí hacer una historia de vida con una madre que llamé bajo el seudónimo: Flor Campos.

Una de las conclusiones principales que propuse escuchando el relato de Flor es que la cultura venezolana, aunque girase al rededor de los temas de la maternidad, muchas veces no entendía o aprobaba expresiones emocionales relacionadas a lo femenino. Flor se sentía, en ocasiones, muy juzgada por su familia y su comunidad por la manera en la que vivía el duelo. Le decían constantemente que llorar tanto a un hijo no estaba bien, que lo tenía que dejar descansar. Esto hacía que se sintiera culpable por llorar, prefiriendo contactar con su pérdida en privado. En ocasiones, como reflejo propio del realismo mágico latinoamericano, sentía muy cercana su presencia, lo sentía tan cerca que a veces dudaba de si realmente había muerto, lo que le generaba mucha angustia. Cuando compartía estos sentimientos conmigo me preguntaba constantemente si pensaba que ella estaba “loca”, como si yo tuviera la potestad de hacer juicios de valor sobre sus sentimientos más profundos.

Escuchar la historia de Flor me generó un gran sentido de responsabilidad, sentía que ella, con su relato, me había dado mucho para mi desarrollo profesional y tenía que retribuírselo de alguna manera. Por ello, decidí crear un grupo psicoterapéutico de corta duración con Flor y otras madres que habían vivido experiencias similares.

En el grupo, muchas de las madres se identificaron con ella: sus expresiones de pérdida no eran bien recibidas por sus familias y la comunidad, en donde les insistían que lo mejor era  dejar descansar a sus hijos. Especialmente, una de las madres estaba de acuerdo con esa forma de lidiar con el duelo: había perdido a su hijo hace 28 años y sentía que lo mejor era no estar mucho tiempo pensando en él.

En una de las sesiones, las madres comenzaron a contar sobre pequeñas cosas que hacían para recordar a sus hijos, desde tener altares dedicados a ellos en sus casas, hasta dejar su cuarto intacto. La madre que había sufrido la pérdida hace 28 años comenzó a relatar que ella y el joven tenían una canción que les gustaba cantar juntos. De vez en cuando, mientras lavaba su ropa, ponía esa canción y la comenzaba a cantar con la esperanza de que él volviera. Lo que más me sorprendió y conmovió fue que después de 28 años de su entorno diciéndole cómo tenía que vivir su pérdida, todavía buscaba espacios donde seguía siendo fiel a ella misma. Cantar esa canción, en privado, era un pequeño acto de resistencia ante una comunidad que no la comprendía.

La segunda experiencia ocurrió mientras realizaba una investigación cualitativa sobre víctimas secundarias de asesinatos extrajudiciales. Desde el Monitor de Víctimas[2], los datos estaban mostrando que al alrededor de un tercio de las muertes violentas que ocurrían en la zona metropolitana de Caracas eran producto de las acciones de fuerzas de seguridad del Estado. Ante esto, decidimos que teníamos que ir más allá de los números y recoger los testimonios de estos familiares. Un equipo de psicólogos de Caracas Mi Convive fuimos a diferentes comunidades del municipio Libertador a recoger los relatos de padres, madres, hermanas y hermanos que habían perdido a un familiar en manos de las fuerzas de seguridad del Estado en el marco de las OLP. El análisis de estos testimonios terminó siendo un libro que llamamos: Cuando suben los de negro, por el nombre que usaban dentro de las comunidades para referirse a los funcionarios.

FOTO: Carlos Ramírez

Una de las particularidades de esta investigación es que tuvimos la oportunidad de hacer las entrevistas dentro de las casas de los mismos familiares. Una de las participantes, Nancy, vivía en un edificio cerca del centro de Caracas y nos contó con detalle cómo ocurrió el día que mataron a su hijo de 19 años de edad. Nancy tenía una gran capacidad para poner en palabras lo que pensaba y sentía, nos mostraba exactamente los sitios de su apartamento donde a su hijo le gustaba estar y, cuando llegó al momento de contar cómo llegó la OLP a su casa, nos pidió que la acompañáramos a las escaleras de su edificio.

En las escaleras estaban todavía las marcas de las balas que asesinaron al joven. Nancy nos explicaba, después un vecino nos lo confirmó, que ni ella ni nadie en la comunidad querían remover las marcas de las balas, porque algún día se iba a hacer justicia:

Pero yo sé que un día a mí me van a entrevistar en Venevisión y yo voy a decir todo cómo es y se va a hacer justicia.

Esta entrevista fue realizada a mediados del 2018, un poco después de las falsas elecciones del 20 de mayo, en un momento donde parecía que el régimen tenía el control de todo y que no había manera de sacarlos del poder. Escuchar esa historia me permitió darme cuenta de que resistir a una dictadura no solamente implica ir a manifestaciones o hacer denuncias públicas. Resistir implica hacer pequeños actos todos los días con la esperanza, como nos dice Nancy, de que algún día se vaya a hacer justicia, aunque de momento no haya ninguna señal de que esto vaya a ocurrir.

La tercera experiencia pasó hace unas semanas, estaba acompañando a hacerle seguimiento a un programa de la organización que se llama “Vamos Convive”. Vamos es un programa de inserción laboral y mentoría a jóvenes varones de sectores populares en situación de riesgo de caer en la criminalidad. De acuerdo con los datos del Monitor De Víctimas, el 65% de las muertes violentas en Caracas, ocurridas en el 2018, fueron varones entre las edades de 15 y 29 años que vivían parroquias como Antímano, El Valle, Sucre y Petare.

Uno de los beneficiarios del programa, Miguel, estaba haciendo una pasantía en un café ubicado en el este de Caracas. Fuimos hasta allá a hablar con él y sus supervisores. Sus supervisores nos dieron muy buenos comentarios de él y nos contaron que muchas veces, voluntariamente, se queda horas extra trabajando. Al parecer, cuando los operativos del FAES[3] se intensifican en su comunidad, él prefiere quedarse trabajando para no ser la próxima víctima. A pesar de que todo el aparato represivo del régimen se ha encargado de retratar a los jóvenes de sectores populares como criminales, Miguel se aferra a desenmascarar ese estereotipo. Va todos los días a su trabajo como un acto de resistencia y paciencia de que sí existe una alternativa para él que no sea la delincuencia o ser víctima de las fuerzas de seguridad.

Recientemente los venezolanos hemos recuperado la esperanza de un cambio, después de la marcha del 23 de enero conversaba con mis amigos sobre lo primero que haríamos si se acaba la dictadura. No recordaba la última vez que nos permitimos hablar de eso.

Una vez un paciente del psicoanalista inglés Donald W. Winnicott le dijo, en sesión, esta frase: “La única vez que sentí esperanza fue cuando me dijiste que no veías ninguna esperanza, pero continuaste conmigo de todas maneras”. Hoy me siento esperanzado de un cambio, pero no siento un desespero porque tenga que ocurrir de la noche a la mañana, ver como estas personas se aferraron a sus seres queridos y a sí mismos, a pesar de que todas las señales de su entorno les decían lo contrario, me ha permitido entender que el camino hacia un cambio es igual de inspirador que finalmente lograrlo.

“Cuando suben los de negro”, libro con análisis de testimonios.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

 


[1] Matricentrismo hace referencia a la tesis propuesta por el psicólogo Alejandro Moreno, que la familia popular venezolana cobra sentido alrededor de la figura de la madre. Donde las mujeres ejercen el rol principal de soporte emocional y financiero en las familias de los sectores populares del país.

[2] Monitor de Víctimas es un proyecto entre el portal Runrun,es y Caracas Mi Convive donde, por medio de un trabajo cooperativo de investigación periodística y líderes comunitarios, se contabilizan diariamente los homicidios en la zona metropolitana de Caracas.

[3] Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana

Carta al progre

En Revista OJO nos alarma la cantidad de personas en todo el mundo que, con indolencia, pueden opinar sobre lo que pasa en Venezuela usando la ideología como excusa. Por eso, más que debatir con esos “expertos”, decidimos que cada miembro del equipo contara un testimonio propio sobre la Venezuela que le ha tocado vivir. Esta carta es nuestra respuesta a todos los que creen que el problema de nuestro país es un asunto de derechas e izquierdas.

Alejandra Colletti – estratega de contenido

11: 15 am. UCV.

—Todas las entradas están cerradas. No vas a poder salir, los obreros andan “protestando” como siempre –dice una muchacha.

Me consigo con mi novio en la entrada de la Escuela de Comunicación Social para ir a hacer una diligencia. Nos montamos en el carro. Esperamos encontrar una entrada abierta.

La Tamanaco: cerrada.

La Minerva: cerrada.

Las calles internas: abarrotadas.

11:25. Necesito estar a las 12 en El Valle. Esto no avanza, el estómago gruñe. Siento una gota de sudor por debajo de la franela mojando el sostén. El carro no tiene aire: repararlo vale más de lo que mi novio y yo ganamos en seis meses.

Avanza el reloj, el calor es infernal. Las cornetas suenan cada dos segundos. Subo el vidrio. Huele a humo y a basura.

—Ya ha pasado casi media hora, Ale, vamos a dar la vuelta, rodear la escuela de Educación y así vemos si la entrada de la Minerva está abierta –me dice Humberto. Asiento y ya. Estoy obstinada y me están dando ganas de orinar. Me arrecha este tipo de protesta inútil.

Cómo podemos, salimos del tráfico.

11:50. Calle Minerva de la  UCV, conocida como Trasbordo.

—Nosotros no tenemos llave de este portón, no podemos abrir –dice uno de los vigilantes que está en La Minerva.

La misma mierda de siempre. De nuevo una cola infernal y el calor: mucho calor.

Muevo las piernas, me cambio de posición, intento hablar de lo que sea. ¡Me quiero ir y me estoy orinando!

 

Cuando entré a la universidad en 2015, los baños funcionaban: no tenían papel, pero siempre había uno que servía. Son una metáfora del país: hoy día todos están sucios, muy pocos sirven. Los que se pueden usar tienen tuberías rotas, pisos y paredes llenos de mierda, charcos de colores y olores improbables. Y, claro, siguen sin tener papel.

—Aquí al lado está Odontología, anda –me dice Humberto– total, dudo mucho que esto avance ahorita.

Reviso en la guantera: ¡bingo! Dos servilletas. Es el segundo de felicidad más genuino desde que me monté en el carro.

En Odontología la gente es muy fresa, están las niñas más lindas y los chamos más buenos de toda la Universidad. Carne de primera.

Subo y bajo escalones, camino los pasillos buscando un baño. Nada. Me acerco a un salón donde hay personas –no estudiantes– esperando para que una odontóloga los atienda.

—En el tercer piso debería haber alguno funcionando –me dicen.

Siento el orine a punto de salir.

Llego al tercer piso, saco las servilletas, veo que al final del pasillo está mi objetivo. Agarro la manija y –vamos, vamos, adivinen–:

CERRADO. El de hombre y el de mujer.

Me provoca bajarme los pantalones aquí mismo y orinar. Respiro. Bajo por las escaleras y me consigo con unos muchachos. Me dicen que afuera, al lado del auditorio, hay otro baño.

Llego y hay dos personas delante de mí.

—Hay un muchacho ahí adentro. Uy, déjame cerrar que desde aquí se ve todo –me dice una de ellos.

Es un baño unisex.

El chico sale, la chama entra y le pregunto desde afuera si el otro cubículo funciona. Abre la puerta de donde está ella. La veo: está agachada, apuntando. Me grita:

—¡Sí, está abierto, pasa!

Me dan ganas de vomitar. El urinario de hombres tiene un pozo de líquido amarillo y varias gotas en el piso. Abro la puerta del cubículo y me llega un olor de orine seco. Hay una huella de un zapato marcada con sangre, unas cuantas rayas marrones –de mierda– en el piso y en las paredes. La papelera se desborda. Me comienzo a bajar el pantalón lo más rápido posible pero no lo bajo lo suficiente porque no quiero que roce el piso. Orino, me seco, lanzo el papel –no sé dónde cae– y salgo.

El carro está justo donde lo dejé. Humberto tenía razón, no avanzó más desde que me fui. La gente está amotinada. Se salen de los carros, suenan las cornetas. Ya son  las 12:25. Tengo más calor que antes, el pantalón mojado de orine y una sensación de infección que no me la voy a quitar hasta que logre bañarme. Si hay agua en mi casa.

Fernando Molina – diseñador

Mis amigos del colegio, con quienes crecí, maduré y viví muchas de mis primeras veces, salieron uno a uno del país desde el 2015.

El 2017 se vivió en Venezuela una época de protestas antigubernamentales fuertemente reprimidas, que dejó como resultado una de las más grandes diásporas de este lado del hemisferio. Entre los casi cuatro millones de venezolanos que, según cifras de la ONU, salieron del país hasta el 2019, estaban todos y cada uno de los que han sido mis compañeros de aventuras, fiestas y desazones.

De un grupo muy unido de 12 personas quedo solo yo y la sensación que da es la de ser extranjero dentro de tu propio país.

Muchos de mis amigos me dicen que emigrar es difícil, no tienes a nadie con quien salir, reunirte, conversar sobre temas interesantes o compartir los momentos importantes de tu vida. Es como reiniciar todo desde cero. Eso dicen. Yo, mientras, siento que mi pasado fue borrado: no hay rastros de él en mi presente. Solo su ausencia.

Una de las promesas que me hice con alguno fue la  de hacer video llamadas con botellas de licor desde cada extremo para celebrar los cumpleaños, pero me he conseguido con un problema: la botella más barata cuesta casi dos salarios mínimos.

Ahora, ni siquiera por video llamadas puedo verles. La compañía de Internet, perteneciente al Estado desde el 2008, tiene más de un año sin funcionar ni responder por sus responsabilidades en el sector donde vivo.

El año pasado fui solo al cine a ver Coco. Cuando sonó Recuérdame, me puse a llorar. No por ningún familiar muerto, sino por los amigos que dejaron en su tierra natal la promesa de no volver “hasta que no salga este Gobierno”.

Alexis Correia – redactor

Vivo con mis dos padres ancianos y ninguno de nosotros necesita medicinas, aunque el varón perdió conciencia de que vivimos en un país en crisis. Nos vemos obligados a esconderle alimentos. Y eso que todos los días compramos el escaso y costoso pan de trigo (su principal refugio de la soledad, que acompaña con margarina y cambur) en cantidades industriales. Los otros dos habitantes de la casa, en general, no contamos con demasiado tiempo para atenderle o procurar que viva con rutinas más sanas y felices.

En lo personal, tampoco estoy contento porque soy un ejemplo de alguien que internalizó radicalmente mejores hábitos de vida y después claudicó de nuevo.

Aprendí a comer luego de los 35 años de edad, ya en la agonía del boom petrolero de la década pasada. Descubrí que existían maravillas como el aceite de oliva, el arroz integral, la avena, el brócoli y la crema árabe de garbanzos. Me convertí en influencer de la comida sana y en hacerla yo mismo, algo insólito en comparación con mi vida previa como obeso mórbido.

Mi trabajo como redactor freelance me permitía tiempo libre para subir montañas al menos cuatro veces por semana, en 2011. Empecé a dejar de hacerlo porque, desde 2015, seguí saliendo de casa a las 5:00 de la mañana, pero ya no para retar el cronómetro mientras ascendía por pendientes arboladas, sino para unirme a colas para conseguir pan o productos regulados.

Como antes de 2010, pero esta vez no por ignorancia sino contra mi voluntad, mi dieta está prácticamente desprovista de vegetales y se basa sobre todo en carbohidratos: pan, pasta, arroz, fororo, galletas, granos, lácteos, huevo. Esos son los productos más económicos, los que puedo comprar. Mientras tanto, voy camino a cuatro trabajos simultáneos y carezco de tiempo ya no solo para ir a la montaña, sino para caminar por Caracas, hacer las rutinas de ejercicio que requiere mi espalda, tener una vida de pareja y para casi toda actividad de esparcimiento, incluido el onanismo. E igual lo que gano cada vez me alcanza menos para (mal)alimentar a mi familia.

No odio al chavismo, jamás me quitó las ganas de levantarme cada madrugada y dar la pelea. Quiero que entregue el poder y me permita recuperar una vida con un mínimo de verdor.

Anibal Pedrique – productor

—Párese, Anibal Alfonso, que hay bastante oficio.

Mi mamá irrumpía en mi habitación. Apagaba el aire acondicionado, me encendía la luz. Era el ritual diario. No le gustaba perder tiempo. Esa energía y perseverancia la usó para pasar de vender chucherías, en una mesita de plástico ubicada en la calle, a montar uno de los bodegones más famosos de Pariaguan: la sala de la casa llegó a ser usada como depósito; mi cuarto, también.

Así fue cómo se pagaron los gastos de mi enfermedad del corazón. Era una época en la que todavía la gente no se moría de sarampión o asma: los centros de salud tenían medicinas y las farmacias acetaminofén. Yo estuve a punto de irme, pero el tratamiento funcionó. Si eso hubiese pasado hoy, en el 2019, quizá en vez de mudarme para Caracas a estudiar me hubiese tocado mudarme para el cementerio.

El negocio familiar costeó todo: ropa, comida, viajes, los estudios de mis hermanas. Hasta ampliamos la casa. Me sentía tan millonario que hurtaba hasta diez cocosettes del almacén para comérmelos en una tarde. Yo tenía 11 años y la vida era eso: engullir chuchería hasta empalagarme.

Pero eso comenzó a cambiar.

Poco a poco, las flores sembradas en el jardín de la casa fueron pisoteadas por decenas de personas que formaban una larga fila. Los productos comenzaron a escasear y hacer colas se convirtió en la forma más común de pasar las tardes en Pariaguan. Eran personas de todo tipo, que buscaban resolver la comida del día. Le gritaban a mamá, se gritaban entre ellos, peleaban, se empujaban. Imploraban por una sobra. “Véndeme esa harina pan que se te rompió y se te cayó toda al suelo, recógela con una pala y véndemela”, me dijo una vez un hombre al que se le marcaban los huesos en la ropa.

Está de más decir que yo ya no comía cocosette.

A la escasez la acompañó la inflación y juntas echaron a correr a los proveedores a los que en un momento les dejó de ser rentable viajar hasta Pariaguan. Nuestra bodega se llamaba Anaconda y fue como si la devorara una gigantesca serpiente. Pasaba más horas cerrada que abierta. Desaparecieron muchos productos, otros se hicieron muy costosos y casi nadie iba a comprar. Tres abastos ubicados en la zona cerraron. Los nuevos surtidores eran las bolsas de basura.

La última vez que fui a casa, mi mamá me pidió que no entrase al que fue nuestro negocio antes de que quebrara: sería como ver a ese abuelo moribundo una vez que lo viste cuerdo, energético. No hice caso, entré y ahí estaba: el esqueleto mismo que también veo multiplicado en las calles de Caracas.

Yelissa Hernández – administradora

Mi esposo llegó a Venezuela en 1981, a los 14 años. Venía de Portugal. Al principio, le tocaron las dificultades de todo extranjero que llega a un país que no conoce, en el que se habla un idioma que no maneja.

Trabajó, ascendió, siguió trabajando. Reuniendo casi todo lo que ganaba logró comprar vivienda, carro y hasta tener un bar propio. También se casó y disfrutó de las bondades de una vida casi holgada. Pero después de que Chávez llegó al poder su prosperidad comenzó a enfermarse.

Lo primero fueron las invasiones. Un día le avisaron que su negocio había sido tomado por personas que querían un techo para vivir. Corrió y se alegró al constatar que nadie había entrado a su bar, sino que habían invadido el negocio de su vecina: una amable española que también había llegado años atrás a Venezuela.

Los funcionarios de seguridad del Estado comenzaron a frecuentar su bar. Iban a pedir plata. Pero ellos no eran los únicos, también lo hacían, y con bastante frecuencia, ladrones que además de robar le daban cachazos hasta hacerlo sangrar.

Maduro llegó a la presidencia y mi esposo ya no podía ofrecer algunos de los platos de comida que habían caracterizado a su local: el desabastecimiento acabó con su menú. Y los alimentos que podía comprar los adquiría a sobreprecio, revendidos. Las medidas “económicas” del régimen solo sembraban más escasez y, por consecuencia, aparecieron los famosos bachaqueros (gente que compra productos regulados y los revende).

Tuvo que despedir a todos los empleados.

Hace pocos meses, llegó al negocio y vio que lo habían vuelto a robar. Con la hambruna, siempre entraba alguien a llevarse algunas cosas. Pero esta vez fue diferente: se habían llevado todo.

Lloró, quiso manda todo a la mierda. Cerrar el negocio de una buena vez.

Luego de secarse las lágrimas, fue al CICPC, a poner la denuncia. Los funcionarios la anotaron y le dijeron “vaya adelante, más atrás irá una patrulla”. Pero nadie fue, nadie revisó el robo. Al día siguiente, llamó y le dijeron que había escasez de funcionarios. O sea, lo sentimos pero no podemos hacer nada por ti. Mi esposo ya sabe cómo funcionan las cosas: les dijo que, si lo necesitaban, él podía darles algo, “una ayuda”.

En menos de media hora se estacionó una patrulla frente al local. Los policías anotaron todo, verificaron por dónde habían entrado los ladrones, etc. Lo más probable era que los autores del crimen fueran los vecinos, los que años antes habían invadido el local que nunca más fue de la española: la pared del bar que se violentó es la que colinda con la invasión.

El CICPC se fue. Y, en la noche, mi esposo recibió la visita de los susodichos vecinos. Ahora, muchos de ellos pertenecen a colectivos. O sea, son civiles a los que el régimen les facilitó armas para que hiciesen lo que les diese la gana con ellas. Los vecinos le mostraron su pesar y se ofrecieron a colaborar en la vigilancia. A cambio, claro, de un pago mensual.

Juan Pablo Chourio – estratega de contenido

Venezuela

Nos disponemos a retornar a Caracas –por tierra, de noche y en transporte público– desde Maracaibo. Estos viajes despiertan en mí el tormento de la inseguridad de las agrietadas carreteras venezolanas: esas que fueron noticia por el asesinato de la actriz Mónica Spear, pero que tiene muchas víctimas anónimas.

Salimos a las 9:15 pm del terminal, mis padres están sentados juntos; yo, con mi hermana mayor. No recorremos ni 20 minutos cuando el autobús se detiene unos metros después del peaje del puente sobre el lago de Maracaibo: la Guardia Nacional realiza una revisión “de rutina” al equipaje de todos los pasajeros. Al contrario de sentir una sensación de seguridad preventiva, el semblante de cada pasajero demuestra tedio y preocupación. Nadie espera a que se aprehenda a algún traficante o portador de armas, sino que les quiten, arbitrariamente, algún producto que trasladen: viajar con el pan bajo el brazo –y el papel higiénico– nunca fue tan literal.

Luego de perder una hora, el buscama retoma su camino. Parece que bastará dormir un rato, comer un pancito e ir al maloliente baño una vez para amanecer en Caracas. Recostado en la poltrona, mi hermana se coloca unos auriculares. No hemos avanzado mucho, intuyo que estamos cerca de Ciudad Ojeda, cuando falla el aire acondicionado. Es la medianoche. Entre los aproximadamente 50 pasajeros de un autobús de dos pisos, los bebés son los primeros en reaccionar al calor que empezamos a sentir.

Reducimos la velocidad y el carro se orilla a un costado de la carretera: nos detenemos. ¿Qué sucede?, ¿por qué paramos?, preguntan algunos pasajeros. Los chóferes (siempre son dos en viajes nocturnos) se bajan. Desde la ventana observamos que conversan, caminan de un lado a otro, hacen llamadas. Mi padre duerme. Mi madre y hermana se inquietan.

¿Y si llegan unos malandros? Bajamos todos, el chófer nos reúne. La falla es grave, no se podrá solventar. En el medio de la nada, la lucha contra la oscuridad la dan las luces intermitentes, que deberán apagarse pronto para que no se acabe la batería, dice. Hay que tener la maleta en la mano: el rescate vendrá a las seis de la mañana.

¿Pasaremos seis horas en medio de la nada?

Puede que menos: quizá nos maten antes.

El chofer dice que podemos esperar o irnos en algún encava que pase. Mi papá quiere quedarse; mi mamá, hermana y yo, irnos. Apagan las intermitentes. Estoy cagado y me pregunto por qué no aparecen los guardias.

Divisamos unas luces que se acercan, parece que el vehículo se va a detener. El azar estaciona el encava un metro más allá de en donde esperaba mi familia. Corremos. Abren la puerta, el chofer grita para poner orden. Nos amontamos en la entrada, usamos la maleta como barrera. Entramos. Sólo hay diez puestos, hay que pagar en efectivo y no aceptan personas de pie. Soy el último en entrar, no veo asientos vacíos. Tiemblo. Una señora se sienta una niña en las piernas, me hace espacio. El colector empieza a cobrar. Mi familia y yo no tenemos suficientes billetes: en Venezuela el efectivo es racionado. Pero para quien vive de la crisis, ser solidario no es una opción: “Si no pagan, se bajan”, advierte el colector. Nos toca pedir, rogar. Mi hermana casi le llora a un señor. El viejo le da plata. Entregamos los billetes. Los recogen con rabia. “Vámonos”, le dice el colector al chofer.

Lizandro Samuel – editor en jefe

Cuando mi mamá me botó de casa me di cuenta de que no tenía ni un tenedor. No solo me vi en la calle, sin saber dónde coño iba a vivir en un país en el que alquilar una habitación puede costar unos 25 dólares mensuales, mientras que el salario mínimo son tres dólares; sino que, además, comprendí que no tenía mueblería ni utensilios básicos como una olla. A mí me estaba yendo chévere, la época de almorzar dos rebanadas de pan con Cheez Whiz había pasado: tenía buenos clientes, escribía para buenos medios y ya casi no tenía que trabajar más de 12 horas diarias. Pero no sabía cómo coño podía mudarme –ni adónde– y empezar de cero. El 2017 fue el año más difícil de mi vida. Y ojalá Venezuela hoy, en el 2019, tuviese la inflación acumulada a la que se llegó en ese año.

En fin, que todo salió bien. Pertenezco a una población muy selecta. No tengo a nadie afuera que me mande remesas y me las apaño de pinga con mis chambas. Hay quienes me preguntan si estoy vendiendo droga cuando me ven comer carne.

Pero lo que vengo a contar es cómo mis dinámicas familiares se volvieron mierda. Todavía no entiendo por qué mi mamá me echó. Supongo que estaba demasiado estresada: mi abuelo tiene demencia senil y el geriátrico vale 220 dólares. Eso es mucho hasta para mi tío que vive en Alemania: si él no ayudara a mi vieja, ella y mi hermanita solo podrían hacer una comida al día.  El caso es que entre eso y la enfermedad de mi abuela y tener que lidiar con los eternos problemas con el resto de sus hermanas, mi mamá lleva por lo menos diez años de a toque: si la miras feo, huy…

Sin embargo, lo más heavy ocurre con mi papá. Nunca hemos tenido una gran relación. Menos ahora, que en pleno 2019 sigue siendo chavista. De paso de que nos vemos –con suerte– dos veces por año, él utiliza esos momentos para hacer proselitismo. Ajá, que mi estómago tiene un límite. Lo cómico es que –a diferencia de mi madrina, para quien trabajar para el régimen significó comprar un apartamento de esos que se venden en dólares en una zona high– siempre ha pelado bolas. Y nunca ha dejado de buscar trabajo con el chavismo. Es como la mujer a la que el marido le rompe la cara y ella va y le da un beso. “Trabajando mucho y ganando poco”, responde desde hace 15 años cuando le preguntan cómo le va.

Cuando las protestas del 2014, una vez discutimos. Me dijo algo así como que estaba bien que las fuerzas de seguridad del régimen reprimieran: aceptó sin pudor que torturan y matan. Si tú ves a un grupo de adolescentes trancando una calle, explicó, lo lógico es meterles un balazo en la cabeza. Las leyes hay que cumplirlas, hijo.

¿Ya dije que un amigo de mi hermanita perdió un ojo cuando un Guardia lo persiguió hasta su edificio y le descargó un arma de perdigones directo a la retina y a pocos milímetros de distancia?

Por cosas así me cuesta ver a mi papá. La rabia y vergüenza devinieron dolor. No tengo estómago para hablar con él, ni con mis padrinos o la madrina de mi hermana. No tiene sentido. Porque mientras repiten pestes contra Estados Unidos y la empresa privada, yo subo a sectores populares –los que más apoyaron al chavismo– y veo a niños que sirven para una clase de osteología: se detallan todos sus huesos a la perfección. Después llego a la oficina y mi compañera de trabajo me dice que su sobrina acaba de fallecer porque no conseguía insulina.

 

Por Team Ojo

Señora, nada es seguro en este país

Se siente como una cosquilla en el estómago. Sí, más o menos. Una sensación airosa alrededor de la zona del ombligo que luego se transforma en un dolor pulsante, como si la correa del pantalón te quedase apretada. Octavio se desploma. Con el cachete pegado al pavimento de la avenida que da a la estación Teatros, ve a los dos sujetos alejarse; pequeños, inverosímiles a la distancia. Hora del almuerzo. La zona de El Silencio está atestada de gente fumándose su cigarrito, de gente jugándose los animalitos del mediodía. De gente a quien no le interesa que Octavio esté tirado en el suelo, ensangrentado. Pesadez en los ojos. Su respiración se ralentiza por la sordomudez de una ciudad que se niega a prestarle auxilio. Le duele la cabeza. “Mamá, ¿te gusto el regalo?”; “…y ruego a Dios porque pases, un cumpleaños feliz…”. “Sopla, sopla”. De pronto, cree escuchar el sonido de un tubo de escape, el de una maleta que se abre… “¡Móntalo ahí, móntalo!” “¡Se nos muere el chamo, vale!”

Octavio es flaquito, de cabello desordenado y mirada ojerosa. Di con él a través de una publicación suya posteada en Facebook con el título “Me asaltaron. Estoy bien”. “Escribí esos párrafos porque me desaparecí de la universidad por mucho tiempo y los compañeros estaban preguntando por mí”, me dijo en una conversación telefónica. “Claro, no tengo rollo de que me entrevistes, pero no vayas a mencionar mi apellido. En Venezuela nunca se sabe”. Charlamos como si fuésemos amigos, expresiones de esta generación maltrecha, amedrentada a quemarropa. “Si me hubieras llamado dos semanas antes, no habría tenido suficiente oxígeno para contestarte. Tengo los pulmones afectados”.

Hospital Vargas, tres de la tarde. A las afueras de la Emergencia, una cola de usuarios con carpetas en las manos. Radiografías. Informes de resonancias magnéticas. Récipes vencidos del Seguro Social. El personal médico lleva meses de paro, de protestas; sin embargo, el acceso a los pacientes no ha sido restringido. Al frente de unos banquitos de plástico, cerca de donde se debería parar la ambulancia que hoy día no existe, se estaciona una pick up de la Guardia Nacional. Se bajan tres tipos de traje verde. Como líder de la patota, está una militar de tetas protuberantes y chaleco. “¡Busquen a un doctor, el chamo no respira!”. Uno de los sujetos entra corriendo a las instalaciones del hospital y al cabo de diez minutos sale con la que podríamos denominar “la residente”. Arremangándose la bata, la residente asoma la cara en la maleta de la camioneta e inspecciona el escenario.

hospital vargas

Hospital Vargas

—No, aquí no es posible ingresarlo. No disponemos ni de insumos ni de camas.

La militar insiste. Menea la insignia de su teta izquierda, señalándole a la residente que, en este país, la última palabra la tienen los cuarteles. A ellos nadie los intimida y, por encima de eso, están es cumpliendo con su deber para con la ciudadanía. Protegiéndolos. Previniéndoles del peligro.

—Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo –dice.

Ella lo había observado todo desde un extremo de la avenida Lecuna: dos hombres, uno gordo de lentes de sol y otro de tez morena y gorra rosada acercándosele, por la parte de atrás, a un muchacho de apariencia raquítica y bolso de tela. El de mayor peso se sacó un cuchillo del bolsillo mientras que su compañero, por ser más chico y ágil, se encaraba en la espalda de la víctima para ahorcarlo. Una. Dos. En el costado. Sobre la ingle. Puñaladas encestadas no solo en el cuerpo del que no podía defenderse, sino también en la consciencia suya, como funcionaria de la milicia. Correr o no correr. Ese chamo bien podría ser hijo suyo, o quizás su hermano. Tres. Cuatro. Los segundos retumbaban en su cabeza como los chorros de sangre que se resbalaban por las alcantarillas de la avenida. Un ombligo abierto. Unos rostros macabros que reían. Ella lo había observado todo desde un extremo de la Lecuna, cual tráiler de cinematografía independiente.

—Supongo que al instante la tipa sí quiso ayudarme –afirma Octavio, alzando la voz para contraponer la pésima recepción de la CANTV–. Lo que sucedió fue que otro militar se lo negó y lo que le quedó más remedio fue esperar a que, por milagro, me dejasen botado. Cuando los hampones se dieron a la fuga, ahí sí se acercó con una pick up y otros tantos.

—¿Por qué crees que le prohibieron intervenir en el asalto?

—Por miedo, ¿qué más? Si se meten con las bandas de la zona, les echarán cuchillo sin compasión. Yo no me enrollo; al final, gracias a la militar esa es que estoy conversando contigo en estos momentos. Ni modo. Las cosas son como son.

“Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo”, vuelve a insistir la uniformada. Arreglan una camilla y acuestan al convaleciente joven. Las autoridades de guardia tienen sus dudas. No obstante, y de imprevisto, de la cobija de la camilla se alza un brazo que apunta hacia el techo de la sala. Octavio comienza a escupir nombres, números de teléfono. Datos. Identificaciones diversas. “Yo soy ucevista, ¡yo estudio Estudios Políticos!”, se oye. “Comuníquense con mi mamá, por favor, díganle que soy… su hijo”. La escena le es confusa. Su paladar todavía sabe a chocolate; el aire le huele a vela recién soplada. Octavio piensa que está en el sofá de casa de su abuela, esperando a que piquen la gelatina. El quesillo. La abuela es especialista en postres. Según la abuela, la situación país podrá ser de mierda, pero las familias merecen una pausa. Lástima, de verdad, que el abuelo no se echó el viaje hasta Teatros. Es el transporte, la falta de efectivo. El Metro que no sirve. Pero las familias merecen una pausa, según la abuela.

Y es que, en Venezuela, los reencuentros entre parientes son golpes de suerte encestados en el azar. En Venezuela, los abrazos, los apretones de mano y los besos en el cachete ya no son sino minúsculas garantías de supervivencia.

—Casi todo el personal médico del Vargas que me atendió era de la UCV. Tres días en terapia intensiva, dos en respiración artificial. Los de la cirugía no cobraron sus honorarios profesionales, Gianni. Me da la impresión de que, de pana, la camaradería universitaria tuvo algo que ver, ¿sabes? Me curaron de gratis, aunque el procedimiento que aplicaron ha traído sus consecuencias.

Hospital Vargas, cuatro de la tarde. La pareja de la esquina, esa que está sentada a las puertas del quirófano, se suena la nariz con un pedazo de servilleta del almuerzo. La señora tiene la frente incrustada en el pecho de su acompañante; se estruja con fuerza, como si padeciese de alergia. El celular le había sonado cuando estaba calentando la comida en el microondas de la escuela donde trabaja. Número desconocido. No contestó. Puso la atención en su menú: pasta y asado; en papel de aluminio, una tajada de torta de chocolate del día anterior. Número desconocido, de nuevo. Atiende. “¿Aló?, ¿quién habla? ¿Qué? Usted me tiene que estar jodiendo. Ya salgo para allá”. Disparada, se lanzó hasta el hospital y en el camino llamo a su ex marido. Aún no los han dejado pasar para verlo. Desde hace ya un par de horas que lo están operando.

Migrañas de pensamientos. La inflación atentará contra la recuperación de su hijo. Sus sueldos de agua, los anaqueles de medicinas vacías. ¿Y si vende el apartamento? ¿Y si lo manda para el extranjero? No va a querer irse, no, y ella no lo dejará solo.

—¿Ustedes son los padres del muchacho?

—Sí.

—OK, fíjense. Le realizamos una exploración abdominal que nos permitió determinar los daños causados por las heridas. No fue lo más conveniente pero no hubo remedio. Por los momentos está estable, aunque delicado.

—¿Se salvará?

—Señora, nada es seguro en este país.

Actualmente, en Venezuela se registra una tasa de noventa fallecidos por cada cien mil habitantes, cuestión que equivale a setenta y seis muertes cada día. Tres fallecidos por hora. En sentencia de los expertos, el deterioro de las instituciones es el factor más relevante del incremento de la violencia y el delito. De otras cuantas puñaladas. De cantidad de operaciones caducas, fuera de vigencia científica.

—Disculpa que ayer no te respondí el teléfono, Gianni. Estaba en el cardiólogo –me dice Octavio–. A raíz de la exploración abdominal, el corazón se me movió de posición y por ello estoy presentando complicaciones de tensión arterial. Durante la operación, me fracturaron las costillas para poder introducir los equipos, que los compró mi mamá, por cierto. Luego ella se los donó al hospital, claro. Esa gente no tiene nada con que trabajar, Gianni. En fin, debo estar en cama de reposo. No te niego que le tengo temor a las secuelas.

Si los doctores hubieran contado con los recursos necesarios, a Octavio se le habría practicado una toracotomía, procedimiento vanguardia en las naciones desarrolladas. Gracias a sus familiares residenciados en Colombia es que puede costearse las medicinas.

Octavio, además de cursar estudios en la UCV, es programador como su papá. Le encanta Julio Verne.

Sueña con viajar por el mundo y después regresarse.

—¿Tienes planes de emigrar?  –pregunto.

—Si te confieso algo, ¿podrías incluirlo textual en tu crónica?

—Por supuesto. Adelante.

—El Estado es el territorio y su gente, la cultura de los que aquí habitamos. Yo no quisiera salir de Venezuela porque amo el país donde nací. Ideales políticos no tengo. Me atraen los partidos de tercera vía; me parecen mucho más atractivos. Hay que quitarnos las caretas porque los partidos políticos no son equipos de beisbol. Tenemos que dejar de ser fanáticos y tenemos que dejar de apostar en gente que se aprovecha del erario público.

—Gracias por haber aceptado conversar conmigo.

—No, tranquilo. Ningún rollo. No tengo rollo. Solo no menciones mi apellido.

—Antes de trancar, ¿te importaría si te pregunto qué es lo que estabas haciendo el día anterior al asalto?

—Simple. Era el cumpleaños de mi mamá y de mi abuela. Lo poco que recuerdo es que nos hartamos de torta de chocolate y que yo les di un regalo a ambas. Nos sentíamos tan pero tan felices, Gianni, alejados del país en el que estamos. Era como si, no sé, nada malo pudiera sucedernos.

 

Por Gianni Mastrangioli Salazar | @MastranGianni

 

La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

In Guaidó we trust

En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

Desde Estados Unidos digo: #VamosBien

Comienza enero y me siento optimista. Tengo dos proyectos literarios en puerta para este año, estoy mejor de salud, mi mamá está aquí y las posibilidades de que pueda quedarse por más tiempo van en aumento. Mi papá está en Venezuela pero se vislumbra la idea de volverlo a ver pronto. Estamos recién mudados y eso nos emociona; las niñas podrán decir “yo crecí en esa casa” cuando sean adultas. Cumplo 40 años el 3 de enero y al otro día hago una fiesta bailable con una play list de YouTube que preparo minuciosamente. El taqui taqui, El pescado, La mayonesa, La cosquillita, La bomba y demás canciones con patrones de baile forman parte de la lista que nos hace disfrutar la noche. Los años 90 se convierten en la época estelar. La pasamos de maravilla. #LleguéAlCuartoPiso.

Aunque las niñas ya han vuelto al colegio –aquí el 2 de enero tienen que volver–, después del 6 de enero quito el arbolito de Navidad y me dispongo a preparar las clases que voy a dar este semestre. Me emociona pensar que este semestre mi carga horaria será menor y tendré un poco más de tiempo para escribir, para terminar esos dos proyectos que ya mencioné.

Avanza el mes. Me despierto todas las mañanas con entusiasmo, pensando en que este año ha arrancado bien. Cada día arreglo un poco más la casa, todavía hay cajas por aquí y por allá. Cada día se ve mejor todo. Pasan el tiempo y llega la segunda quincena de enero. Empiezo a escuchar constantemente el nombre de Juan Guaidó. Todos estos años los constantes nombres incluidos en las noticias, en las llamadas telefónicas, en el WhatsApp, en el Twitter eran Leopoldo, Capriles, Lilian, María Corina, Ledezma, Requesens, y un largo etcétera en el que no figuraba ningún Guaidó: ahora, presidente de la Asamblea Nacional.

Busco información, me siento ignorante, me siento impotente. Me entero del llamado a la calle. El 23 de enero se aproxima, me comienzo a estresar, como me he estresado mil veces con cada marcha, con cada intento de cambiar el rumbo de Venezuela. A la distancia he escuchado ecos de esperanza, he visto etiquetas en las redes sociales que muestran la apuesta por un grupo, por otro y otro; he ido a poner huellas por el Sí, que se vaya. Y vuelve la rutina de mandar comida a mi gente porque no les alcanza el sueldo para comprar lo suficiente. Regresa el sentimiento de culpa cuando me como dos huevos tibios, una rebanada de pan con queso crema y un café con leche porque mi papá no prueba un huevo desde hace dos meses, porque no tiene leche para el café –ni café–, porque la nevera la tiene dañada y no hay repuesto, porque no le llega el agua y yo me baño con una ducha poderosa que me masajea el cuero cabelludo. Vuelve el hastío, las lágrimas, las malas palabras que solo salen de mi boca en momentos de angustia. #QuieroGritar.

El 22 de enero empieza el semestre. Es martes. Todo sale bien pero no dejo de pensar en Juan Guaidó, en mi papá, en mis primos y tíos que quedan en Maracaibo. Amanece el 23. Es miércoles. Solo doy una cátedra los miércoles. Tengo horas para escribir pero no escribo nada. Mejor dicho, escribo mucho pero por el WhatsApp. Y leo mucho pero por el Twitter. Las horas se me van sentada en la silla de mi oficina mirando la pantalla de mi computadora con varias ventanas abiertas.

Leo “¡Se juramentóoooo!” una, dos, cinco, diez veces en todos los chats de mi teléfono. Me frustra tener que desprender los ojos de la pantalla cuando llega la hora de dar mi clase. Una hora y quince minutos sin saber que está pasando en Venezuela. Voy. Vuelvo. Sigo. No me puedo despegar. No vivo en una ciudad con un alto porcentaje de venezolanos. Desde Miami mis primos me envían fotos y me da alegría ver la gente en la calle, siento un poco de envidia, quiero estar allá. Llegan las cinco de la tarde y debo volver a casa. Las niñas me esperan. #MeTengoQueIr.

Antes de salir veo a mi compañero de trabajo, un madrileño, profesor de literatura del Siglo de Oro, y con una sonrisota me dice:

“¡Ya tenemos presidente!”

Dudosa pero con una sonrisa como la de él, le respondo que sí. Ahora hay que ver qué pasa. Me voy. Manejo y no veo olas de gente en la calle, no veo banderas tricolores adornando las avenidas, no oigo cantos de protesta. Salgo de Worcester, la ciudad donde trabajo y donde hasta hace menos de un mes vivía, paso por Paxton, llego a Rutland. Pasan veinte minutos y estoy en mi casa, en un pueblito lleno de granjas, vacas y caballos; un lugar muy tranquilo en el corazón de Massachusetts. Pasan veinte minutos en los que no miro mi celular porque voy al volante. Me estaciono en el garaje y reviso el teléfono. Tengo un email.

I’m watching the news. Give me your insight to what’s going on in Venezuela. Keep Mom here!

La agente de bienes raíces que nos atendió los últimos meses me dice que le cuente, que le dé mi opinión. Sabe que mi mamá está aquí y me dice que no la deje ir. Me sorprende recibir su mensaje. Entablamos una relación cordial y respetuosa pero no esperaba palabras de preocupación de su parte. Sin poder evitarlo se mezclan varias emociones dentro de mí. Esperanza, alegría, angustia, impotencia, esperanza de nuevo.

Los días transcurren. Siguen las noticias. Hay sanciones económicas, apoyo de varios países, rechazo de otros. No me despego del WhatsApp; necesito estar en la calle con los míos, oler la calle, vivirla. No obstante, los chats de las familias, los grupos de los amigos son lo único que tengo. Al menos eso pienso. Siguen pasando las horas y me doy cuenta de que mi calle realmente existe, no es la Chandler Street, no es la May Street ni la Park Avenue. Mi calle es cualquier lugar donde me encuentre. La gente me sigue mandando mensajes y me detiene en los pasillos de la universidad para conversar de Venezuela. La sensación de sorpresa no se disipa.

“Profesora, ¿podemos hablar de lo que está pasando en Venezuela?”

Me interrumpe una estudiante mientras estoy en plena clase de gramática para hablantes de español por herencia. Tengo muchachos dominicanos, puertorriqueños, salvadoreños, hondureños, colombianos y por primera vez una venezolana.

“El presidente de Venezuela es uno y se llama Juan Guaidó”.

La estudiante venezolana le responde a otra que pregunta cómo funciona el país con dos presidentes. Se van veinticinco minutos de clase en una discusión muy activa. Eso me contenta. Salgo de clase y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de texto.

Thinking of your family in Venezuela today. I wish I had the words”.

Una gran amiga me escribe desde Tallahassee, no sabe qué decir y me lo hace saber. Solo puede pensar en mi familia y mandar buenas energías. Los conoció, los abrazó, comió arepas con ellos. No puede dejar de recordar los buenos momentos.

“Mantenme informada si algo grande pasa en Venezuela, sigo las noticias pero no estoy al minuto como tú. Yo también tengo esperanza de que al final del plazo que le dieron los otros países, vuelva la democracia”.

Aparece la nubecita con un mensaje de mi compañera. Su oficina está al otro lado del pasillo pero nos comunicamos mucho por chat en nuestras computadoras. Tenemos nuestro propio código. Ella es oriunda de Carolina del Norte, profesora de literatura del cono sur y experta en dictaduras. Sabe cómo funcionan los regímenes autoritarios, cómo son los procesos de transición y aun así tiene esperanza. Eso me reconforta. #VamosVenezuela.

I was just reading about your home country news – oh my, praying God’s intervention and safety for all!

La mamá de una compañerita del colegio de las niñas me escribe y me dice que está rezando. Es una buena mujer, dulce, trabajadora. Me alegra que me diga eso porque sé que lo dice honestamente. Creo firmemente en la transmisión de la energía positiva.

“Estoy pensando en ti y en todos los venezolanos que conozco”.

Estas palabras me sorprenden mucho. Una escritora española que vive en California y que apenas conozco por las redes sociales desde hace un par de semanas me manda un mensaje privado. Yo le contesto como respondo por texto, por llamada o en persona a todo el que me busca para hablar de Venezuela. Entablamos una conversación. Estamos participando en la protesta, en la marcha; todos lo hacen a través de mí.

De esa forma continúan los días. Mi calle se va llenando, hay una multitud de palabras, de fotos y videos, se convierte en un mar. Entramos en un nuevo mes y vuelve el optimismo. El día 2 de febrero la gente vuelve a la calle, veo las fotos, sigo a la muchedumbre, me transporto por diversas ciudades, converso, comparto, me alegro. Esta vez no me estreso por la marcha, esta vez yo sigo en mi propia calle con ríos de personas a mi alrededor. Puedo sentir el olor de la calle. #VamosBien.

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra