Remesas: un respirador artificial

El país se hizo portátil. Más de tres millones de venezolanos se lo han llevado consigo a distintas latitudes, según cifras de migración de la ONU. El éxodo es inocultable, y, en contraste a la cantidad de gente que se va, el número de divisas que ingresan al país por concepto de remesas ha aumentado proporcionalmente. Muchos de esos emigrantes buscan trabajar de inmediato en sus nuevas latitudes, no solo para sobrevivir, sino para enviar algo de dinero a los familiares que permanecen en el país. Con ese monto, que al cambio en bolívares puede resultar muy superior a un sueldo mínimo, quienes lo reciben pueden todavía subsistir, y es así cómo las remesas acaban amortiguando la crisis económica y social que atraviesa Venezuela.

Producto de una hiperinflación que se acrecienta más, los salarios en el país no solo resultan insuficientes, sino que pierden poder adquisitivo con el pasar de cada día. Ante esto, las remesas aparecen como un imperioso complemento que les permite a muchos jóvenes estudiar, a familias alimentarse y a comercios mantenerse.

Oxígeno para la economía

Presentadas como un “salvavidas” a medida que recrudece la crisis, las remesas son un nuevo elemento incorporado a la realidad venezolana. Según datos del Banco Mundial, la cifra de ingresos al país por este concepto viene aumentando paulatinamente desde 2012, cuando se ubicó en 118 millones de dólares, hasta llegar a los 293 millones registrados en  2017.

No obstante, esa cantidad difiere y por mucho con respecto a otras mediciones, como la realizada por el Fondo Monetario Internacional, según se cita en un informe de Ecoanalítica, que la ubicó entre los 1.000 y 1.500 millones de dólares para ese mismo año. Y difiere también con los datos del Banco de Desarrollo de América Latina, según el cual ingresaron más de 2.000 millones de dólares en remesas durante 2017.

Para 2018, el monto total no quedó rezagado, pues según un estudio realizado por la propia Ecoanalítica, las remesas podrían haber alcanzado los 2.400 millones de dólares. Es indudable que el peso de ese dinero se va asentando en el país, aunque para el director de Econométrica, Henkel García, el total sigue siendo bajo. “Venezuela tiene una economía que necesita anualmente cerca de 1.000 dólares en importaciones por habitante. Hablamos de 30.000 millones de dólares al año. El monto actual representa unos 2.000 millones; es apenas una décima parte”, señala.

A juicio de García, el ingreso de remesas puede aumentar exponencialmente, pero su utilización es lo que marcará su grado de utilidad para el país. “Si su peso para los requerimientos de la economía sigue siendo bajo, habrá que ponerlas en su debida proporción. Lo que sí pueden hacer es una diferencia tremenda a nivel de las familias que las reciben”, acota.

Es ahí donde radica justamente la importancia de las remesas, pues les permite a muchas familias hacer frente a las vicisitudes diarias. Además, con las consecuentes transacciones y gastos, ese dinero extra termina moviendo la economía, o por lo menos haciendo que mantenga algo de ritmo dentro de la prolongada recesión que experimenta desde hace años, y que llevó a que en 2016 se reconociera la crisis con un decreto de emergencia.

En dicha crisis, marcada por la inflación más alta del mundo, el desabastecimiento y la caída del sector petrolero, las remesas vienen entonces a representar un tanque de oxígeno para que la economía siga operando, tal como señala el economista y colaborador de Cedice Libertad, Oscar Torrealba. “Las remesas se están convirtiendo en la segunda fuente de divisas del país”, indica. Lo que, a su juicio, denota dos cosas: “que la crisis se está agudizando y que la economía está estancada, pero también que hay muchos venezolanos productivos afuera”.

Con una economía estancada y una crisis que se agudiza, el panorama para quienes permanecen en el país presenta condiciones poco humanas. En esa resistencia, muchos venezolanos ven un apoyo fundamental en el dinero que les envían familiares desde el extranjero, sin el cual les resultaría casi imposible subsistir.

Amortiguadoras de la sociedad

 

Inflación en dólares. Cortesía: Ecoanalítica.

Las remesas permiten a muchos venezolanos mitigar de cierto modo los embates económicos. No pueden ser el único ingreso para sobrevivir, debido a que la inflación también consume ya el valor de los dólares, como señala Asdrubal Oliveros, director de la firma Ecoanalítica, pero sí pueden ser complementos fundamentales, mayores a los sueldos.

Daniela Buitrago pasa sus días entre la UCV, donde estudia Comunicación Social, y su trabajo. Su familia sufrió en 2018 la ida de su padre a Medellín, quien ahora les manda remesas. Ese dinero resulta fundamental para su subsistencia, según señala, porque le permite seguir estudiando sin tener que recurrir a un segundo trabajo. “Podríamos sobrevivir sin la remesa, pero sería muchísimo más trabajoso: mi mamá tendría que trabajar más, y yo tendría que trabajar más, porque con sueldos mínimos no es posible. La remesa supera ese monto, y estar sin eso sería complicarse más”, indica.

Aunque en su casa las remesas van destinadas a la compra de alimentos y a los imponderables del hogar, agrega también que gracias a estas tuvieron oportunidad de ir al cine en una ocasión, dejando ver con ello otro de los usos que pueden darse a ese dinero, como lo son las actividades de entretenimiento y recreación.

Esta otra destinación es más visible con Angélica Guarenas, madre de familia que trabaja como coordinadora de Permisología y Desarrollo de Nuevos Productos en la empresa Chocolates San José, además de ser profesora de postgrado en la UCV. Su familia recibe remesas desde principios de 2018, provenientes de su pareja, quien emigró a Chile a inicios de 2018. Aunque ese dinero no le resulta esencial porque cuenta con un salario que le permite cubrir las necesidades básicas, según indica, sí que les hace la vida más cómoda. “Si bien yo puedo cubrir los gastos básicos con mi sueldo, los adicionales se cubren es con la remesa. Si quiero hacer algún curso, por ejemplo, se paga con esta”, indica.

Aquí las remesas sí van destinadas a gastos ajenos a la cesta básica, como ella misma expresa. “Sin la remesa no hay entretenimiento, y de hecho es algo que se planifica”, culmina. Esto demuestra una cosa, y es que las remesas están amortiguando además la crisis social del país, tal como señala la también socióloga y profesora universitaria, Verónica Zárraga, pero generando a la par una distorsión ahora a nivel social. “Se está mostrando una realidad que, desde la perspectiva de la sociedad productiva, engaña, genera representaciones que no corresponden”, puntualiza, refiriéndose a ese dinero con el cual se hacen gastos que, de otro modo, no se podrían.

Sin embargo, para Zárraga, esto no es nuevo, pues en su visión las remesas solo vienen a sustituir al petróleo como dinamizador de la economía y la sociedad. Y esta dinámica, agrega, viene dada por la concepción de un Estado manejado desde la beneficencia, y no desde la productividad. Pero en medio de la crisis actual, incluso ese Estado rentista se ha visto en jaque, y, viendo en las remesas un tanque de oxígeno, también él ha querido conectarse a este respirador artificial.

Intromisión del régimen

De las tres casas de cambio habilitadas, Italcambio es la de mayor reconocimiento internacional

Como parte de un intento por atraer las divisas que ingresan al país bajo la figura de remesas, el régimen autorizó en junio a tres casas de cambio para realizar operaciones relacionadas. Tales casas (Italcambio, Grupo Zoom e Insular) recibieron el aval para operar con sus agencias, pero bajo la tasa que estableciera el régimen a través del Banco Central de Venezuela (BCV). Y esa tasa ha permanecido muy por debajo del valor de la divisa en el mercado negro. Además, vale destacar que a fines de julio se derogó la Ley de Ilícitos Cambiarios.

A partir de todo esto podría inferirse una apertura al mercado cambiario, pero la advertencia que recoge el diario El Universal hecha por Antonio Morales, Presidente de la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario (SUDEBAN), parece no indicarlo así: “El envío de remesas desde el exterior debe efectuarse por casas de cambio y no por transferencias entre personas naturales o jurídicas que envían dinero por medio de la banca electrónica sin pagar las tasas correspondientes”.

No obstante, con un control de cambio establecido desde hace 15 años, y por la desconfianza que genera en sí el régimen, tampoco es probable que la gran parte de las remesas se canalicen a través de esa vía. “Se eliminó la Ley de Ilícitos Cambiarios, pero la gente no puede enviar las remesas por el medio que quiera, sino que tiene que hacerlo por los medios oficiales, al tipo de cambio oficial”, argumenta el economista Oscar Torrealba.

Para el además profesor universitario, esa necesidad del régimen de encausar las remesas por medios “oficiales”, se debe a la posibilidad de acceder con ellas a divisas extranjeras. “La urgencia de divisas se incrementa a medida que la economía produce menos, porque así se depende más de las importaciones. Al depender más de las importaciones, se depende más de las divisas, y como las importaciones están siendo prácticamente centralizadas por el gobierno, al final del día quien necesita más divisas es el gobierno”, añade.

Lo más probable es que la informalidad siga reinando en este sentido. Muchos de esos venezolanos que envían remesas deben someterse a trabajos forzosos, y lo que buscan es que esa porción de salario que pueden mandar sea aprovechada al máximo por sus familiares en el país.

Afuera también es difícil

José Manuel Rodríguez es uno de los tantos jóvenes venezolanos que se ha marchado del país para buscar un futuro. En febrero de este año abandonó la carrera de Estudios Internacionales en la UCV, para emigrar a Buenos Aires, donde obtuvo una beca en una universidad privada. Sus padres permanecieron en Venezuela y, desde junio, cuando consiguió trabajo en un laboratorio de ideas (think thank), él les ha enviado remesas para que puedan sobrevivir en medio del caos.

Subsistir con un salario mínimo, o no muy distante de este, es un reto duro en cualquier país. Las necesidades básicas elementales quizás quedan cubiertas (salvo en casos como el de Venezuela), pero se vuelve cuesta arriba hacer otros gastos. Y si encima toca desprenderse de un pequeño monto del salario, todo se torna más difícil aún. “Lo que esas personas le pueden enviar a sus familiares es lo mínimo, porque ellos también necesitan comer allá. Y está el tema de la salud, a muchos se les deteriora por la depresión”, comenta la socióloga Zárraga.

Este no es el caso de Rodríguez, según indica él mismo, pues no se siente limitado por enviar dinero a sus padres: en detrimento de las cosas que puede comprarse, le satisface mandarles dinero sabiendo que lo necesitan. “Desde que llegué he querido comprarme un teléfono, por ejemplo, pero no he ahorrado, porque en vez de hacerlo les he mandado dinero a ellos. La satisfacción por un teléfono nuevo es la misma que tengo por saber que están mejor”, relata a la distancia.

Finalmente, Rodríguez comenta que no contempla enviar remesas por los canales ahora legales, pues no le convendría, debido a que la tasa de cambio “oficial” tiene un valor asignado que, establecido por el régimen, no le compite al valor real en el mercado. Y así como él, son muchos los venezolanos que preferirán seguir usando los canales informales, en esta avalancha que significa el envío de remesas y que no se detendrán mientras el éxodo continúe.

La expansión y la dependencia

Las remesas no solo permanecerán en tanto continúe la migración, sino que se irán acrecentando. Sin embargo, para Henkel García esto no representa una solución de mediano-corto plazo para la economía venezolana, porque ese dinero enviado va enfocado a nivel de las personas y no a nivel macroeconómico.

A nivel social, por otra parte, el efecto de las remesas podría ser no del todo positivo de cara al futuro, tal como lo señala la socióloga Verónica Zárraga. “Creo que se puede generar un arraigo pernicioso para la sociedad venezolana”, comenta, aludiendo a la posibilidad de la dependencia a estas en un futuro post crisis.

Las remesas se posicionan como un nuevo elemento en la realidad de muchos venezolanos. Su peso no solo es económico sino también social. Y viendo en ellas a una muleta de divisas con la cual apoyarse, el propio régimen ha tratado de canalizarlas a través de sus organismos cómplices. Es decir, el resultado del éxodo, en un fenómeno paradójico, podría ser ahora uno de los sostenedores del régimen. Al menos por algo más de tiempo.

Dentro de la crisis, las remesas vienen a generar distorsiones y espejismos. Ahora al país lo sostiene, en buena parte, un dinero no trabajado aquí por los venezolanos. Y esa es, tal vez, la mayor paradoja socioeconómica en la Venezuela de fines de 2018, donde la inflación interanual finalmente se queda con el récord de la más alta en la historia de América Latina, y donde muchos venezolanos ya no ven soluciones a su cada vez más deteriorado nivel de vida, por lo que parten a otras tierras sin olvidarse de quienes aún permanecen en el país.

 

Por Anderson Ayala Giusti | @Anderson2_0

Vinotinto sub 20: constructores de un sueño

A lo largo de los últimos años la optimización del proceso de desarrollo de los jugadores venezolanos se ha hecho notar en todo el continente. Una vez el Loco Bielsa dijo que: “El argumento de un entrenador nunca puede ser que el jugador fue superado por la circunstancia. Se prepara al jugador para que la circunstancia no lo supere”. Pensar en esas palabras y no recordar los errores infantiles o la falta de madurez del jugador venezolano es simplemente imposible.

Toda esta evolución se hizo partiendo de una premisa: trabajo y preparación.  Al punto de conquistar un subcampeonato sub 20 del mundo (en 2017), un logro imposible de prever.

Es una realidad que para el presente Sudamericano sub 20 Venezuela llegó con la chapa de  favorito, luego de 29 módulos de preparación, en el los cuales se realizaron amistosos internacionales, partidos de preparación ante equipos de Primera división venezolana y una gira por Europa, en la que enfrentaron distintos equipos importantes del continente.

Si algo tiene Venezuela en comparación a las otras selecciones de este Sudamericano es que sus jugadores, en su mayoría, ya son profesionales y están viendo minutos en Primera e incluso jugando un rol importante en sus equipos.

La Vinotinto ha dejado clara su idea en el campo, dejando a un lado el juego vistoso y apostando a algo más funcional. Si bien tiene volantes creativos como Yriarte, Palmezano y Echeverría, por alguna razón no consiguen ese primer pase limpio o a alguien que les permita llegar a campo rival con balón dominado. El mediocentro ideal para la formación que presenta Rafael Dudamel, indiscutiblemente, es Christian Makoun (mediocampista que milita en la Juventus Primavera), pero por falta de centrales que cumplan con las características del agrado del entrenador, se ha visto obligado a poner a Makoun en el eje de la defensa.

Por estos motivos han apostado al famoso pelotazo; sin embargo, se ven momentos en el que los juveniles buscan el pase limpio.

Para el alivio del DT, el equipo tiene una dupla muy creativa en el ataque: Sammy y El Churta. Samuel Sosa y Jan Hurtado se conocen desde el año 2016, cuando jugaban en el Deportivo Táchira, siendo una dupla revelación en ese momento y siendo determinantes para el cierre del torneo Clausura de ese año.

El oriundo de El Cantón, Jan Carlos Hurtado, es pieza clave en el esquema de Dudamel. El joven de 18 años ya disputó el Mundial anterior y es uno de los VenEx que tiene esta selección (milita en Gimnasia y Esgrima del fútbol argentino). Un jugador de gran envergadura, sumamente fuerte y de gran juego de espalda al arco. Él es el encargado de bajar todas las pelotas y desahogar a la banda, generar faltas y arrastrar marcas, además de tener una gran habilidad para atacar los espacios: aprovechando su potencia y gran control de pelota.

Muchos de los goles de Venezuela han sido gracias a la labor del asistente técnico Marcos Mathías, quien es el encargado de trabajar el balón parado. Pero, sin duda, lo más destacado en esas acciones en la precisión que tiene Sosa en su pierna izquierda: ha marcado, hasta ahora, dos golazos de falta directa y ha asistido a Vargas en un pase acertado al área. El jugador de Talleres de Córdoba es uno de los jugadores que más ha generado angustia en los rivales: no solo destaca su gran pegada, sino que también arrastra mucha marca y expone su gran habilidad en los uno contra uno.

La Vinotinto sub 20 tiene una generación brillante, con piezas muy destacadas. Por fuera de la lista que está disputando el Sudamericano quedaron, incluso, futbolistas de gran nivel como:

  • Danny Perez: extremo de buen andar en el balompié venezolano, con Zamora.
  • Brayan Hurtado: extremo de Mineros de Guayana, con gran facilidad para colaborar en la gesta de goles de sus equipos (quedó afuera por baja médica)
  • Esli Garcia: de lo más destacado del Deportivo Táchira este año. Jugador muy creativo y desequilibrante.

En resumen, esta selección nos tiene preparada muchas emociones, jugadores que sin duda alguna sonarán en un futuro y nos deja la satisfacción de que las cosas a nivel de fútbol formativo se están haciendo cada vez un poquito mejor.

Puntos a mejorar:

  • Transición ataque defensa en el medio campo.
  • Incorporación del mediocentro entre los centrales.
  • Desmarques de ruptura.
  • Precisión en los centros.

Puntos altos:

  • Madurez y fortaleza mental.
  • Gran desempeño físico.
  • Balón parado.
  • Incorporación de los centrales en zona de ataque.

Por Juan Carlos Chacón

La vida detrás del adiós

Ronny García estaba a punto de abordar un avión en el aeropuerto de Maiquetía, que lo llevaría a Colombia. En ese momento, no pensaba en nada, pero la tristeza lo embargó. Emigraría lejos de su familia y sus tres hijos, Fabiana, Jeremías y Samuel; sin tener la certeza de cuándo regresaría nuevamente al país, de cuándo los volvería a ver. Reyna Beltrana, su madre, no lo acompañó al terminal aéreo porque Ronny le dijo que no lo hiciera. Si ella hubiese estado allí, Ronny se hubiese arrepentido de tomar el vuelo.

Reyna se quedó en casa y esperó a que Ronny le escribiera un mensaje por WhatsApp que confirmara que había llegado bien a territorio colombiano. Ronny es el segundo hijo que a Reyna se le va del país; la primera en irse fue Ritsey García, de 24 años, quien desde 2014 está en Perú. La diáspora arrastró a dos de sus cuatro hijos. Las últimas dos, Deliana y Delianny, son morochas, cuentan con 16 años. Ellas ya son madres y también tienen planes de mudarse al exterior, por la crisis sociopolítica y económica.

Reyna lo ha comprendido bien: migrar es una necesidad contemporánea. “Yo deseo que el país tenga las condiciones para que mis hijos crezcan aquí, con su familia, con sus hijos, que tengan un trabajo estable que les permita vivir”, comenta.

Sus palabras encierran el deseo de todas las madres que siguen en Venezuela y que han tenido que experimentar el duelo que deja el escape, la huida desesperada de sus hijos de una crisis que no da tregua, que les niega el futuro.

Ronny decidió marcharse de la noche a la mañana. Su decisión, incluso, tomó por sorpresa a su mamá, quien no puso resistencia. Tampoco cuestionó que Ritsey migrara a Lima, tras llegarle una oportunidad de empleo en una cadena hotelera de esa ciudad. A Reyna no le dio tiempo siquiera de darle la bendición cuando partió, pues de su llegada a Perú se enteró por Facebook; pero dos noches antes de su viaje, al menos, logró conversar con ella.

Ronny, que cuenta con 31 años, tenía un trabajo en una barbería del centro comercial El Recreo, en Caracas, pero sus ingresos se quedaron cortos ante la hiperinflación que comenzó a arropar la economía. Él pensó que estando en el extranjero podría apoyar más a su mamá y a sus hijos y, así, superar el sinsabor que le dejó las promesas incumplidas del actual Gobierno, al que apoyó con fervor religioso, de forma hasta inexplicable para su madre. Lejos olvidaría la imagen de Hugo Chávez, las emisiones de La Hojilla de Mario Silva, la programación de Venezolana de Televisión y las entrevistas de José Vicente Rangel –transmitidas por Televen–. Su adhesión a la ideología de izquierda se diluyó en cada mala palabra que expresaba, sin recato alguno, contra el actual mandatario Nicolás Maduro.

“Él ahora está convencido de que este país se volvió una mierda”, cuenta Reyna.

Jonathan Lanza

De los dos hijos, Ronny es el que más se ha comunicado con ella desde su partida. Le pregunta cómo está, le pregunta qué come, le pide fotos de los alimentos que consume. Llora cada vez más por su madre.

Ritsey, en cambio, no es tan frecuente enviándole mensajes, ni a ella ni a su hija Nicole, de seis años, quien vive en casa de Reyna. “Cuando le mandaba notas de voz por WhatsApp, ella le decía a la niña que vendría en febrero, y la niña luego me preguntaba cuánto faltaba para ese mes. Si veía un avión volando, preguntaba si venía de Perú, pensaba que Ritsey iba en ese avión”. Reyna lloraba en silencio. Le recomendó a Ritsey que no le dijera que vendría a Venezuela cuando eso posiblemente no ocurriría.

 

Ronny y Ritsey son hijos de Gabriel García, el hombre del que Reyna asegura que se enamoró perdidamente. “Fue un amor a primera vista”. Cuando ella conoció a Gabriel, en 1984, apenas con 19 años, decidió casarse. Al cumplir diez años de matrimonio se separaron, aunque nunca se divorciaron. El amor que sentía se desvaneció entre la violencia, la infidelidad y la costumbre. Terminaron de separarse luego de que a él lo metieran preso por tres meses en el extinto retén de Catia en 1992, tras una denuncia que Reyna interpuso por maltrato. La separación había afectado, en principio, a Ronny, quien después se fue al Oriente del país a vivir con su papá. “Yo le decía que no podía seguir con él porque no era sano para mí, no podía estar con una persona por la que no sentía nada, no iba a pasar toda la vida así. Le decía que él crecería y se casaría, ¿iba a seguir infeliz por complacerlo a él?”.

Reyna conoció después a Denis Guerra, el padre de sus hijas morochas, con el que convivió siete años hasta que él se enamoró de otra mujer. Cuando Denis se mudó para la casa de Reyna, Ronny no estuvo de acuerdo. Le molestaba que la presencia de Denis rompiera sus rutinas. “Todo fue bonito al principio, pero luego hubo discusiones porque Ronny no le gustaba que él se quejara si llevaba amigos a la casa, si sacaba el PlayStation y lo dejaba en la sala; luego Denis me reclamaba que yo no ponía orden. Ellos nunca llegaron a discutir, pero todas las quejas llegaban a mí”.

 

A simple vista, Reyna no aparenta su edad. Su estatura no es similar a la de las modelos de los concursos de belleza, siempre ha sido delgada, aunque asegura que ha rebajado más por los cambios en la alimentación y por las veces que ha tenido que subir a pie –debido a los problemas de transporte– hasta su casa, ubicada en el barrio El 70 de El Valle.

Aunque siempre trata de mantener el buen humor, su voz se quiebra cuando habla de sus hijos. Prefiere sobrellevar sus añoranzas sentada en una máquina de coser.

Trabajó en el oficio de costura desde hace años, incluso enseñó a confeccionar trajes a Gabriel, con quien laboró en la misma fábrica que cerró en 1998. En casa de una amiga, tiene un taller donde suele coser los fines de semana. Hoy solo se dedica a ese oficio: entre lunes y viernes, se desempeña en una empresa donde se hacen uniformes e indumentaria para militares.

Con su sueldo ─que es mínimo─ y lo que le envía Ronny ─100 dólares al mes─, cubre apenas sus necesidades básicas y la de una de las morochas, que vive con ella. Ritsey, eventualmente, le manda remesas a ella y su hija Nicole, quien durante las vacaciones se va con Billy Reyes, su padre, que vive y trabaja fuera de Caracas y también se irá pronto a Ecuador. “Ahora la niña debe despedirse de su papá”, resalta.

Jonathan Lanza

La diáspora puso sobre relieve asuntos pendientes que Reyna no ha solucionado. Ronny nunca se ha llevado bien con Ritsey y partió sin que resolvieran las diferencias. Esa es la punta de lanza de su sufrimiento.

A todas estas, Reyna nunca ha comprendido el porqué de la rivalidad, aunque asegura que Ronny manifestó rechazo por su hermana desde el momento en que nació. “Parecían celos, pero él dijo que jamás la querría”. Ritsey, en cambio, ama a su hermano, aunque tampoco se ha acercado a preguntarle por qué él no le dirige la palabra. Cuando Ronny se emborracha es que da una pista de que sus sentimientos por Ritsey no son tan negativos. Lo cierto es que Reyna jamás ha podido romper el nudo gordiano que oprime la relación entre sus dos hijos mayores; ni siquiera a pesar de que ambos viven en países distintos. “La última vez que hablamos de la casa, sobre quién se quedaría con ella, le dije que no me iban a dejar a las morochas en la calle, que ellos dos se encargarían de evitar eso, pero él lo único que me dijo es que el día en que yo muera, saliendo del cementerio, Ritsey tendría que buscar dónde irse”.

—¿Ronny no entiende que esos comentarios te hacen sufrir?

—Yo se lo digo. Pero él es así, nunca le importa. Él adora a las morochas, adora a su sobrina Nicole, y no entiendo cómo no puede querer a su hermana igual que a ellas.

La relación de Ritsey y Ronny es similar a la que Reyna tiene con su mamá de 90 años y su hermana morocha, que vive en el estado Sucre. Con su madre nunca se ha hablado y con su hermana, hace diez años, tuvo una fuerte discusión. En medio de estos conflictos, Ritsey tampoco se ha llevado muy bien con su mamá: tiende a responsabilizarla de todo lo malo que le ocurre.

Reyna dice que su hija tal vez le recrimina su falta de compresión en el pasado, los múltiples regaños que le dio por su rebeldía, por dejar sus estudios de bachillerato. “Yo creo que nuestra relación no es de madre e hija; con Ritsey me pasa lo mismo que con mi mamá, que nunca me habló, a pesar de que yo la busco y le pregunto qué le pasa conmigo. Eso de acercarse no lo hace Ronny tampoco con Ritsey, ni creo que lo hará. Me voy a morir y esto no cesará”.

Reyna se aferra al viejo consejo que dice que el tiempo y, sobre todo, la distancia resuelven todo. Por ahora, solo piensa en que sus morochas estén bien, en pasar más tiempo con ellas. Y en cuidar su corazón, que le dio una advertencia hace ocho años debido a las tensiones dentro de su hogar. “La doctora dice que me olvide de este problema, pero ¿cómo hago? No creo que sea culpable de lo que pasa entre ellos, les he dado lo mejor que he podido”, asegura.

Viendo las fotos de sus hijos por WhatsApp, a quienes extraña, dice que no le teme a la soledad, eso sí lo dice con firmeza; ni tampoco se cierra a la posibilidad de rehacer su vida con otro hombre. En lo que sí está bastante clara es que no quiere ser arrastrada por la diáspora y, por eso, también se ata fuertemente a las promesas de Ronny.

—Mamá, cuando estés viejita, te compraré un carro rojo.

—Me vas a tener que traer un Ferrari.

—Coño, mamá, ¿no pides mucho?

Jonathan Lanza

PD: tras ver esta historia publicada por primera vez, Ronny y Ritsey –finalmente– hicieron las pases. Reyna, ahora, vive más tranquila.

Por Armando Altuve (@ArmandoAltuve)

*Este trabajo forma parte de la serie, elaborada por Seis grados, Madres de la diáspora.

#DomingosDeFicción: Un cariño imposible de esquivar

Cuando uno se encariña con los animales, debe demostrarlo con acciones, porque, por lo general, se mueren primero que uno. Y después queda la tristeza y la melancolía, como si hubiera sido una parte de nosotros la que hubiese muerto y puede que se sienta un mea culpa, por no dar a conocer los sentimientos mientras el animal estaba vivo. Suena exagerado, lo reconozco, porque al parecer las manifestaciones de pesar están guardadas para las relaciones entre humanos. La muerte de una mascota, sobre todo si lleva años conviviendo con el grupo familiar, golpea fuerte en el ánimo de cada integrante. Solo que cada uno demuestra su apego, a su manera. A nosotros se nos murió la perra y aunque al paso de los días la pesadez de esa realidad se fue diluyendo poco a poco, siempre quedaron jirones de nostalgia por el recuerdo lacerante que sentíamos al pasar por algún rincón de la casa donde se echaba.

Era una perra que llegó con nosotros desde los Llanos. Comprada a un veterinario que le cortó el rabo, demasiado, decíamos, para presentarla ante nosotros, como si eso le otorgara un pedigrí como credencial de alcurnia. De color blanco con grandes manchas negras en toda su extensión corporal. Era inteligente, como muchos dicen de sus mascotas, porque obedecía a las indicaciones dadas, pero tenía sus mañas.

Muchas veces le daba por abrir hoyos para enterrarse y dejar solamente el hocico afuera. Como un periscopio de submarino. Eso marcó una distancia insuperable con mi suegra (vivíamos en su casa), resultando una lucha sin tregua entre la perra por hacer sus huecos y la doña por castigarla cada vez que le sacaba una mata de su lugar de plantación.

Muchas veces ganaba la perra, porque eran más los huecos que abría que los que tapaba mi suegra.

Era cazadora también, sosteniéndose en tres patas, con una de las delanteras doblada y la mirada fija en el objetivo avistado: palomas, turquitas, una variedad de perdices, iguanas y todos aquellos animales que osaban entrar al ambiente casero. A los gatos los perseguía con una velocidad impresionante, haciéndolos saltar los muros, hasta perderse por aquellos vecindarios.

Debo decir que libró la casa de felinos, porque el techo se había convertido en una de las estancias favoritas de ellos, para dormir la siesta sobre los tejados o para proferir aquellos gritos y chillidos nocturnos cuando andaban en actos derivados de la hembra en celo.

Con el paso del tiempo, la matrona (mi suegra), que no se había sacado la espinita de su guerra particular por los hoyos en la tierra y sin tomar en cuenta estos favores hechos por la perra, optó de una buena vez a mandar a rellenar de cemento todo el patio, dejando apenas una pequeña zona de tierra donde tenía sus matas de cambures y plátanos. Así, nuestra perra vio limitada su alegría.

Una madrugada en que la había dejado encerrada dentro del balcón por haber un tiempo de lluvia que iba acompañado de truenos, cuyos estallidos la espantaban, la encontré muerta.

La perra estaba echada a todo lo largo, con su hocico pegado al piso, que era lo característico de ella. La envolví toda con una manta ya gastada por el uso y la metí en una caja y la cerré lo mejor que pude. Todo esto en medio de un silencio pesado por parte de las muchachas: mi esposa, mi hija y mío también, qué carajo. Todos estábamos apesadumbrados.

Ahora venía la parte más engorrosa del asunto, porque en una sociedad donde no hay un destino final para los restos de animales, como no sea dejarlos arrumbados, pudriéndose a la intemperie en algún recodo de una calle solitaria, no encontrábamos qué hacer. Entonces mi suegra, que hasta esos momentos no había manifestado ninguna emoción y con una tristeza que le columpiaba en el rostro, exclamó: ¡Entiérrala alrededor de la matas de cambures y plátanos! Al fin y al cabo –siguió– esa tierra donde están sembradas esas matas llegó a ser más suya que mía. Lo dijo casi que murmurando, pero todos la oímos.

 

Por Victor Celestino | @RodriguezTico

Barrio

El Porvenir regresó en silla de ruedas

A los venezolanos que demuestran que, pese a cualquier crisis, la venezolanidad es sinónimo de porvenir

 

En el barrio las desgracias ocurrían porque sí. Como dice Jorge, no le buscabas las cinco patas al gato. Salías a la calle arriesgando desde tu vida, hasta la de los tuyos. Porque no había nada más para arriesgar. ¿Pertenencias? La pobreza subió al cerro e hizo lo suyo: empobrecer. ¿Salario? Los que bajan del cerro a las seis de la mañana salen a hacer marañitas, es decir, malabares para conseguir tres lochas y con ellas solucionar el alimento del día, o más bien de la noche al volver. Así que solo tenías la vida, y muchas veces no era suficiente, podías recibir un pepazo en la cara por no ser suficiente. Les traduzco, por pepazo quiero decir un tiro, aunque bien podría ser una puñalada.

No sé si en otras partes del mundo conocerán la vida así de violenta como lo fue allí. He dicho lo fue. Porque el barrio recuperó su nombre original: después de una década nombrándosele “El cerro”, su nombre fue recordado, el que recibió cuando los pobladores originarios encontraron la lomita al alejarse del valle, y con un espíritu idealista decidieron llamarla “El Porvenir”.

Y sí, El Porvenir regresó en una silla de ruedas.

Fue Jorge quien me contó la historia de Gerardo el largo Antúnez, un joven que, según la prensa, estaba destinado a ser una leyenda nacional pero el infortunio lo dejó discapacitado y le robó la gloria. Mientras el llanto primigenio, del hijo de Jorge, se dejaba escuchar en el pasillo del hospital, en El cerro una bala silbó durante su trayectoria e impactó la espalda de Gerardo el largo Antúnez. La desgracia, como todas aquí, ocurrió porque sí.

Gerardo fue el primer joven del barrio que entró en la universidad, gracias a una beca deportiva. A sus 18 años medía un metro noventa, tenía agilidad en sus piernas para correr y en sus manos para hacer bailar el balón al ritmo de sus pasos, mientras avanzaba de un extremo a otro en la cancha y, sin esfuerzo, encestaba. Una eminencia del baloncesto juvenil, dos juegos lo separaban de un contrato millonario y, según sus propias declaraciones, de la trampa mortal de El cerro. No le dio tiempo.

La esposa de Jorge sintió dolores, su primogénito se adelantaba a la fecha. Él y su esposa bajaron apresuradamente. Gerardo pasó frente a ellos, vio a la madre adolorida y los acompañó a bajar. Los tres bajaron del barrio, Gerardo se despidió en la parada de autobuses y regresó. Era casi la medianoche. Si durante el día te salvabas de ser el blanco de las desgracias, lo mejor era no tentar la suerte por la noche. Gerardo lo comprobó.

A una cuadra de su casa lo interceptaron dos bandidos. Le pidieron dinero, pero él solo cargaba encima la vida. Mala suerte. Intuyó lo que ocurriría, la vida no basta como botín, así que les dio la espalda y corrió como si estuviese en la cancha de baloncesto; corrió tan rápido como pudo, sabiendo que su vida dependía de ello.

La joven embarazada ingresó al hospital. Mientras el llanto del recién nacido llegaba al pasillo, el grito del largo Antúnez despertaba a los vecinos en el cerro. Alguien se arriesgó a salir. Lo encontraron boca abajo, un charco de sangre fluyendo desde su espalda, desde la espina dorsal.

Gerardo el largo Antúnez fue alcanzado por una bala cuando ya estaba a un paso de doblar la esquina y perderse de la vista de los bandidos y sus armas. Desde esa noche quedó inválido, incapacitado. No jugó más el baloncesto. Sus padres se lo llevaron lejos del cerro, del barrio malo que le robó el porvenir. Allí se contaba la historia del único que estuvo a tan solo dos juegos de un contrato que lo convertiría en una estrella, el único con un futuro en el barrio, un futuro truncado, tal vez, porque se detuvo a ayudar a una pareja, por desviarse del camino, por buen samaritano.

Que Gerardo partiera del barrio fue lo más normal. Su regreso fue lo inesperado. Un par de años después regresó, en una silla de ruedas. Sonriendo. Hablando de futuro, driblando un balón de baloncesto con una mano y dirigiendo su silla de ruedas con la otra, lanzándolo y encestando. Volvió e hizo restaurar la canchita. Ahora pita su silbato y los niños salen de las casas del cerro. Ahora es un coach deportivo de una selección infantil. Sí, pudo ser un basquetbolista profesional famoso, adinerado, y lo sabe. Pero no se dejó vencer por lo que pudo ser y no sucedió. La delincuencia no detuvo su porvenir, y hoy el barrio cuenta con él.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @GusmarSosa

Carta a Caracas de Diego Alejandro Torres Pantin

Carta de un fotógrafo a la ciudad de Caracas

Ser fotógrafo en Caracas es algo que mucha gente catalogaría como aventurero. En países normales, los delincuentes son seres que se arriesgan, que luchan en un ambiente hostil en el que ellos tienen que esconderse debido a sus actividades; pero en cambio, aquí son las personas comunes quienes deben actuar con disimulo. A diario se escucha la frase: “No saques el teléfono, te lo van a robar”. Entonces, ¿cómo es posible andar  con una cámara en la capital de Venezuela?

Vivir en Patrialandia es una experiencia difícil, incomprensible para todo el que no haya estado nunca en la Venezuela actual. Una de las cosas más complicadas que nos ha tocado sufrir es el incremento descontrolado de la inseguridad en las décadas del chavismo, la cual terminó sometiendo a la población. Por lo tanto, ser fotógrafo en Caracas es desafiar a las estadísticas. Aquí, la discreción es el principio supremo de todo portador de una cámara, pero también, lo son la prudencia y la intuición. Hay que permitir que la lógica y el instinto te guíen en esta ciudad de peligros.

Sacar una cámara en Caracas siempre trae el dilema: “¿Se puede?”. La respuesta varía. Depende de la zona, el momento, y las circunstancias. En lo personal, a mí me gusta hacer retratos callejeros, siempre en jardines o lugares públicos: me fascina. No me gusta la fotografía de estudio. Entonces eso involucra una serie de condiciones, reglas que uno se impone para sobrevivir. Hacer una instantánea puede convertirse en un tormento, porque es difícil distinguir entre la paranoia y la prudencia.

Hay que aprender a leer los momentos. Esa es la norma básica de la fotografía, pero en Venezuela, su definición se expande. Es por eso que yo nunca hago fotos de noche, como también procuro ver la afluencia de personas caminando por el área, evaluar si hay algún guardia de seguridad allí, entre otras cosas. Y hay zonas en las que no saco la cámara bajo ningún concepto. Luchamos contra una limitación acosadora, es un tema que persigue sin dar descanso. También procuro no sacar a mi “bebé” todos los días. Y lo más importante: no guardarla en un bolso de marca lindo y presentable, sino en una lonchera vieja y sucia que no llama la atención de ningún delincuente. Mientras más discreción, mejor.

Es indispensable tener mucho cuidado con las locaciones. En Caracas no existe ningún sitio en el que el miedo no esté presente, pero no en todos afecta en igual medida. Existen pocas excepciones; y aun así, bajar la guardia no está permitido. Por ende, siempre busco sitos cerrados donde el sol también sea un transeúnte. Centros comerciales, casas, balcones, terrazas: lugares que permitan el paso de la luz natural, pero no de los motorizados.

El tema de la inseguridad en Caracas es trágico. Conozco a personas que no se atreven a salir de sus casas, literalmente, viven en una prisión voluntaria. También tengo conocimiento de otras que no pueden salir sin llevar consigo un nerviosismo crónico, y cada movimiento que ven cuando están fuera de sus hogares lo interpretan como un posible intento de robo o secuestro. Pero si el fotógrafo necesita una comunicación con el mundo externo, ¿qué puede hacer en esta ciudad? La respuesta es simple: aceptar la situación y enfrentar sus miedos, hacerse una estrategia para desenvolverse procurando evitar los peligros.

Muchas veces me han dicho: “Hey, ten cuidado con la cámara, no la andes sacando”. Es un consejo sabio. Esta es la ciudad del crimen. Pero… ¿qué ganaría yo dejando mi cámara prisionera en mi hogar?, ¿cuál sería el punto de ser fotógrafo? En los dos años que tengo haciendo fotos callejeras he vivido experiencias increíbles, de esas que siempre recordaré. No puedo despreciar las anécdotas que he presenciado. Siempre estaré agradecido con las personas que he tenido el gusto de conocer. Además, las sesiones que me han salido han sido gracias a la actividad al aire libre –o relativamente libre- que he hecho. Sin temor a equivocarme, no ha sido una mala decisión sumergirme en Caracas con mi equipo.

Evidentemente, sería irresponsable aconsejar desligarse de la preocupación y confiar ciegamente en la suerte. No, la primera regla para ejercer el oficio en un país como Venezuela es no olvidar nunca el peligro. Y no se trata solo de ser consciente del miedo, también hay que convertirlo en un aliado. Es un gran motivador para aprender a trabajar rápido, o quizás, hacerlo en situaciones de mucho estrés. Quiero creer que en un futuro a National Geograpich, o a algún medio similar, le encantará escuchar esta historia antes de emplearme.

Todos los días sueño con el día en que pueda levantarme, tomar mi cámara y salir a hacer fotos por la ciudad sin ningún problema. Sin embargo, la realidad es otra, y sé que en estos tiempos esa idea resulta utópica. Ahora, también es una  fantasía pensar que dejando la cámara en casa, y limitándome a sacarla en situaciones excepcionales, voy a progresar. Solo la práctica hace posible el avance. Y tristemente, esta es la realidad que nos ha tocado vivir.

Caracas es una capital hermosa, quien la conoce de verdad, puede asegurarlo, pero en estos tiempos, su belleza se hace difícil de ver. No pienso bajar la retaguardia, a paso firme, pienso seguir haciendo fotos de forma discreta, para nutrirme de los rostros de sus transeúntes, porque sin lugar a dudas, eso también es vivir la ciudad.

Gracias, Caracas.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli 

#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen

Carta a un padre que ya no está

Se hacía llamar Antonini, aunque no tenía nada que ver con aquel famoso maletín. Era el tercer hijo de los diez que tuvieron  Quino y Berta. Decidió dejar la escuela antes de terminar sexto grado. Lo que no le resultó difícil: no le gustaba leer, solo tocar cuatro y cantar. Desde muy joven demostró interés por la música venezolana: guaracha, joropo, merengue, tonadas o vals. Tocaba de oído todas las canciones que le pedían las muchachas bonitas del pueblo.

Su padre Quino lo metió a trabajar en la hacienda, pero Antonini estaba claro que lo de él no eran las plantas. Se adelantó tres años en la cédula para que lo dejaran trabajar en la construcción de las vías de oriente. De Monagas pasó a Sucre y allí conoció a mi madre. Luego de unos años decidieron casarse y mudarse cerca de sus padres en Puerto la Cruz, donde nacería Francisco Antonio.

En la década de los 60 la situación se encrudeció y lo que ganaba Antonini como chófer no alcanzaba, además venía en camino Lidia, así que la familia decidió irse a Guayana a probar suerte en las obras de Macagua.

Antonini era tan osado que fue el único que se presentó para transportar la dinamita. Fueron muchos los viajes que hizo en ese camión cargado de explosivos.

Luego, nació Migdalis y decidió trabajar más porque la familia crecía muy rápido, al igual que la construcción del segundo complejo hidroeléctrico más grande de Latinoamérica, ubicado en el cañón de Necuima.

Fui la tercera de las niñas y dos años después nació José; sin embargo, Antonini y Carmen decidieron que mi hermano menor sería el último miembro de la familia: cerraron la fábrica de niños porque ya éramos cinco.

Un día caluroso de junio, mi papá cayó con su camión cargado de dinamita en una laguna que se había formado por las lluvias en aquella húmeda región de Guayana. Era lógico temer lo peor. Pero él rápidamente salió del percance con una sonrisa, diciendo: “Estoy bien, ¿pero quién me ayuda a sacar las cajas para ponerlas a secar?”. Así era papá.

Mis hermanos y yo crecimos en un hogar donde la abundancia no estaba presente, pero, aunque vivíamos modestamente, nunca nos faltó nada: siempre teníamos vacaciones recorriendo el oriente venezolano,  hasta que crecimos y cada uno empezó a dejar el nido para hacer su vida e incorporarse en las universidades de Maturín y de Caracas. Puedo decir con orgullo que en mi casa había amor y los valores estaban presentes. Mi padre fue un hombre bueno, honrado y muy trabajador, con un espíritu libre y alegre que siempre tenía una sonrisa en sus labios. Yo creo que nunca lo vi bravo o molesto porque hasta para regañarte te hacía reír.

En el 2004, a Antonini le diagnosticaron cáncer. Él decidió someterse al terrible proceso de las quimio: fueron nueve y aunque en algún momento pensábamos que ya todo estaba bien y la enfermedad se había dormido, en el 2014 hizo metástasis.

Antonini ya sabía lo que venía, ya lo habíamos vivido con el abuelo.

Nunca se quejó y tuvo tiempo de prepararnos.

El paso de Antonini por este mundo fue muy sencillo, disfrutó la vida cómo pudo y nos dejó grandes enseñanzas. Aunque nunca escribió un libro sí puedo asegurar que plantó muchos árboles.

En sus últimos días nos regaló una lección de vida. Aguantó el dolor y jamás se quejó, era un guerrero. “A mal tiempo buena cara”, decía.

Con picardía relataba cómo podía alguna anécdota o travesura de su vida para hacernos reír. Se fue tranquilo porque sabía que nuestro paso por este mundo es corto. Una vez le pregunté qué podía hacer por él y me respondió que nada, que estaba en manos de Dios. La última vez que lo vi con vida, con los ojos humedecidos me echaba la bendición y me transmitía fuerzas para seguir. Jamás olvidaré esa mirada de agradecimiento y de confidencias. A un año de su partida puedo decir con certeza que tengo un ángel en el cielo que me guía.

 Te extraño, papá.

 

Por Marleny Buttó 

 

#DomingosDeFicción: Las babas del estudiante

(En memoria de los caídos del 2017)

Estoy muerto. Lo sé. ¿Cómo podría saberlo sin conciencia? Puedo sentir que estoy muerto. Nadie puede decirme lo contrario. La enfermera que susurra con voz tierna que sigo vivo, me miente. Sé que no tendría que escucharla, pero sé que es una trampa. Esta habitación de luz débil, que se dibuja en blanco y negro frente a mí, no existe ya. Se está desvaneciendo. La enfermera se aleja a pesar de su insistencia de quedarse a mi lado. Vaya a atender a otro que no esté muerto, enfermera. Vaya a curar a los muchachos que ingresaron hace dos minutos, heridos con balas de goma. Vaya a calmarle el dolor al señor que ingresó con un ojo colgándole en el rostro. O si lo prefiere lárguese al comedor, al pasillo, a su casa, no pierda el tiempo con un muerto. Y si lo que quiere es hacer algo que valga la pena, entonces ármese de valor, salga del hospital, cruce la calle, doble la esquina hacia la derecha y grite con todas sus fuerzas: ¡Abajo las cadenas de este régimen maldito! Y si en vida me atreví a maldecir, ahora que estoy muerto, con más coraje maldigo. ¡Maldita la escasez! ¡Maldita la persecución! ¡Maldita la represión! ¡Maldita la corrupción! ¡Maldito régimen! ¡Maldita la violencia con la que arremeten! ¡Maldita la corrupción que nos empobrece! Aunque ya no me empobrecerán más a mí, ese es mi derecho por estar muerto. Tengo el derecho de expresar mi frustración, derecho a maldecir, a injuriar, a no guardar silencio, a desear algo mejor así no sea para mí.

Tengo derecho a no sufrir por la muerte de los que quedan vivos. Tengo derecho a descansar en paz. Pero no descansaré en paz, no ahora mismo, porque en este momento mientras la enfermera insiste en perder el tiempo con un muerto, allá en la calle otros agonizan. Hace rato yo agonizaba y sentía miedo, me preguntaba qué pasará con mis padres –porque tengo padres–, qué pasará con ellos cuando yo no esté para ayudarlos.

Hace rato quería tener unos minutos más, tener fuerza para levantarme de la camilla, correr, correr y correr, llegar hasta mi casa, abrazar a mamá, decirle vieja, viejita querida, vieja que tanto amo, madre que me pariste con tanto dolor, yo solo quería que no sufrieras más, yo solo quería un país mejor, que te tratara con la dignidad que mereces, mi vieja querida. Después mirar a la cara a papá y abrazarlo, decirle padre, viejo, papá, yo sé que me dijiste no vayas a la marcha, pero papá yo tenía que hacerlo, lamento mucho que estoy muriendo, sé que dijiste que no es justo que un padre vea morir a su hijo, papá, mereces más que un hijo muerto, no quería ser otra causa de sufrimiento para ti, sé que no la tuviste fácil, papá, ojalá y pudiera cambiar tu pasado. Pero no cambiaría mi decisión, definitivamente no dejaría de ir a la marcha de hoy ni aun sabiendo que voy a morir. Moriría mil veces más, diez mil, moriría cada siglo, porque al menos lo intenté, porque sé que valdrá la pena estar ausente, otros continuarán en mi nombre y en nombre de la muerte de otros más.

Me incrustaré en la historia y no es un consuelo, porque ya estoy muerto y el consuelo es innecesario. No, no es un consuelo para los muertos, es un estímulo para los vivos, una advertencia. Un llamado a no repetir los mismos errores. Mañana dirán que murieron estudiantes, jóvenes que apenas comenzaban a vivir, por un error, por no estar atentos y dejarse engañar por discursos y promesas.

Sé que estoy muerto. Yo lo sé. La enfermera insiste en tomarme el pulso. Yo no siento mi corazón latir, no siento aire viajando por mis fosas nasales, mis pulmones no respiran. La sangre se ha detenido dentro de mí. Escucho a la enfermera gritando, llamando al doctor. No pierda el tiempo enfermera. Deje que el doctor atienda a los vivos. Ya igual estaba muerto, enfermera, si no tenía libertad para exigir mis derechos, si no podía conocer si quiera los destinos turísticos de mi país, si no tenía posibilidad de ejercer mi profesión apenas culminase mis estudios, yo ya estaba muerto. No sienta pena por mí, no intente un imposible, no agote los recursos que no tiene.

Vaya a atender a la chica que ingresó con una pierna rota, a quien un cobarde defensor del régimen atacó sin misericordia, como si fuera un delito protestar por seguridad, por mejores políticas económicas, como si fuera un crimen decir que ya no queremos más escasez, que estamos cansados de la inflación, que queremos que los recursos naturales de nuestro país se usen para el beneficio de todos y no para el enriquecimiento de los políticos. No sé a quién le hablo, no sé quién puede y quiere escuchar a un muerto, pero dígame usted si acaso es un crimen querer morir de viejito, desear oportunidades de trabajo, dígame si es un crimen querer una familia, hijos, nietos, sin el miedo por no saber si podré verlos crecer o si podré al menos proveerles una vida digna.

Estoy muerto, pero veo el televisor encendido frente a mis ojos muertos. El presidente ha decidido hacer una transmisión en cadena nacional. Lo escucho desde la muerte. Tengo derecho a que se respete mi muerte, ya que en vida no fui respetado. Esperé que se pronunciara respecto a la violencia que ocurre en las calles en contra de las manifestaciones, esperé que dijera que es lamentable ver el país derrumbándose. Que mostrara su rostro afligido. Ha decidido ignorarlo todo. Se muestra sonriente. Aquí no pasa nada, dice el presidente, aquí todo está tranquilo. Exhorta al mundo a no creer lo que reportan las redes sociales, es un invento de la oposición, es un intento fallido de derrocar al Gobierno que trae esperanza, y dice que sí, que esto es un régimen, pero un régimen de alegría, de progreso, un régimen de dignidad. Exclama que el país no se está cayendo como quieren hacer creer los fascistas, que no hay muertos, que no hay violencia, que no pasa nada en las calles. ¿Y entonces, señor presidente, qué soy yo si no un muerto? ¿Cómo es que me golpearon en la calle por manifestar? ¿Qué hago en un hospital si todo está bien? El presidente no me responde, por supuesto que no si ya estoy muerto. Si no escucha a los vivos, menos escuchará a los muertos. El presidente se ha levantado de la silla, hace señas, la primera dama entra en escena. Escucho una salsa sonando, él dice que no pasa nada, que todo está bien, el presidente me dice que si aquí hubiesen muertos él no estaría tan tranquilo, dice que lo mire, que observe cómo baila. Y mientras él baila, mi voz se apaga.

 

Por Gusmar Sosa@gusmarsosa