#ConstruyendoPaís: “Solo teníamos una manera de ayudar a la Generación del Hambre”

Este muchacho sí tiene posibilidad de llegar a adulto. Se empezó a gestar hace un par de años luego de un romance a orillas del Guaire. Fue concebido en República Dominicana a finales del pasado mayo y parido al límite de la Navidad, aunque por poco no había donde alojarlo en Venezuela. Es bastante probable que lo veas ganando premios y distinciones en 2019, lo que no quitará a sus progenitores una sensación amarga. Este muchacho goza de un cuerpo bastante robusto, pero nutrido con ocho historias de hambre que muy probablemente desembocarán en nueve vidas de dependencia.

La Generación del Hambre es uno de los reportajes más relevantes que se publicó en 2018. Retrata ocho casos certificados por especialistas médicos en ocho estados diferentes (entre ellos un par de gemelas) y así le pone caras de mejillas hundidas a 17% de niños que, según las estadísticas de la ONG Cáritas, padecían desnutrición aguda en Venezuela a principios de 2018 (y contando). Con una lectura rápida, lo puedes matear en un par de horas a través de este link, si acaso no pudiste sortear la censura que bloquea a portales noticiosos nacionales. Detrás tiene un trabajón de ocho meses –que en rigor todavía no ha terminado–, un bandón de 25 profesionales, el músculo financiero de una institución internacional (Connectas) y las extensiones nerviosas en todo el territorio venezolano del medio de comunicación El Pitazo, todo en un contexto de hiperinflación y grave crisis de conectividad y transporte. Eso cuesta el buen periodismo de investigación.

Entrevisté a Johanna Osorio, la coordinadora y creadora del (ex) proyecto, de apenas 26 años de edad.

Aunque empezó su carrera como periodista de deportes, el empeño de ponerle voz a los más vulnerables se le metió entre ceja y ceja después de Buscando a Virginia, la investigación sobre una madre indigente de tres menores de edad –uno de ellos con síndrome de Down– que conoció junto a la fotógrafa Andrea Hernández a las orillas del río Guaire, cerca de las cinco estrellas de un hotel llamado Eurobuilding, en diciembre de 2016. En La Generación del Hambre dirigió a un equipo que dotó de carne y hueso (relatos y cifras) al casi total silencio de data oficial actualizada sobre desnutrición en Venezuela. “Durante esta investigación enviamos solicitudes a ocho organismos oficiales. Solo nos respondieron en el Consejo de Protección del Niño, Niña y Adolescente de la alcaldía de Libertador del Distrito Capital, donde pretendían que tuviéramos una entrevista previa con el asistente del funcionario al que deseábamos interrogar”. Más kafkiano imposible.

Luego de recibir luz verde como becaria de Connectas tras una encerrona de periodistas de investigación en República Dominicana en mayo de 2018, Osorio quiere comprobar cómo la sistematización del hambre se agravó en el primer período de Nicolás Maduro (2013-2019), pero no comenzó con él: “Con expropiaciones, Chávez inicia la destrucción del aparato productivo de alimentos tan temprano como en 2003”. Todos los niños con retardo físico y psicológico irreversible cuyos hogares (por ponerles un nombre) son visitados en La Generación del Hambre nacieron en 2013, excepto uno: el chamo de Portuguesa, que vino al mundo en aquel diciembre de 2012 de la “opinión plena como la luna llena” y sirve de eslabón simbólico entre dos administraciones populistas.

Una foto famosa: el niño y el buitre. Un dilema perpetuo: ¿registrar o ayudar?

Johanna Osorio: Ocurría al comienzo. Nos preguntábamos: ¿no podemos llevar comida a esas familias? Eso podía perjudicar al proyecto: quedaría la sospecha de que nos habían dado un testimonio a cambio de un beneficio. Los reporteros que participamos, y me incluyo, no vivimos una realidad extremadamente distinta a la de esas familias. Algunos no tenemos agua o dinero para reparar una ducha. O no hacemos un buen mercado. O dejamos de almorzar. ¿Estábamos ayudando a los niños, realmente? La respuesta es sí: no tengo otra manera de ayudar que no sea haciendo periodismo. Lo que sé hacer es escribir, contar, difundir, investigar, indagar. Es mi propósito en la vida. Carezco del poder, como el Estado, de ayudar a las ocho familias. Tal vez las personas que sí pueden ayudar digan: no conocía esta realidad, no sabía que esto estaba pasando. Antes del 24 de diciembre, a las morochas de Lara les llevaron helado, nunca lo habían probado en sus cinco años de vida. También juguetes y carne. La última vez que comieron carne fue cinco meses antes de la entrevista.

Todos los que participamos en la Generación del Hambre nos quebramos emocionalmente en algún momento. Soy terriblemente emotiva. Comer me hacía sentir mal: ¿por qué yo sí y ellos no? ¿Qué me hace ser distinta? ¡Ellos no son menos que nadie! Es muy difícil saber que ninguno de estos niños tendrá la misma vida que llevo yo de adulta. Tal vez no cumplirán los 26 años que yo tengo. Están así por culpa de un conjunto de personas a las que no les importa los más vulnerable de nuestra población: imagínate lo que les importa el resto de nosotros. ¿Por qué hay gente tan mala en el mundo? No entiendo cómo pueden dormir. O cómo pueden comer. No me podía dar el lujo de llorar a los niños, no hubiera terminado nunca. Con llorar no cambio ninguna realidad. Hay un texto de García Lorca, Juego y teoría del duende,al que le podemos dar una interpretación acerca de la energía vital que nace del quiebre. Hace dos diciembres conocí a Virginia en una jornada de calle y me dije: necesito que la gente sepa lo que le pasa a estas personas.

En esta investigación colaboró una plataforma internacional (Connectas) con un medio nacional (El Pitazo). ¿Cuáles fueron las principales tensiones?

La variable tecnológica fue horrible. Pautábamos reuniones en Skype y terminábamos haciéndolas con voices e incluso textos de WhatsApp. Pasé tres meses sin Internet en mi casa en Guatire. Por otra parte, debíamos justificar presupuestos en divisas en medio de un proceso económico hiperinflacionario de variación diaria que no es fácil de entender fuera de Venezuela. La complejidad de la logística de transporte nos obligó a modificar el cronograma. Había traslados en automóvil más costosos que un boleto aéreo, pero para obtener estos últimos teníamos que recurrir a agentes que nos cobraban con sobreprecio y sin factura. Afortunadamente contamos con una editora internacional extremadamente comprensiva en Connectas: Priscila Hernández.

Los que acceden a estas investigaciones siempre serán minorías.

Pero dejamos un registro y yo aspiro a que incluso algún día pueda ser una prueba para juzgar a los responsables. El Pitazo es un portal que está bloqueado en Venezuela. Hemos redirigido a los lectores al portal de Connectas, distribuimos parte del material en WhatsApp y redes sociales y establecimos alianzas con otros medios de comunicación. Hicimos infografías estáticas para que pudieran verse con una conexión lenta. Incluso imprimimos volantes con frases destacadas. En el mes de enero nos acercaremos a comunidades para difundir la investigación: quizás una señora del barrio José Félix Ribas de Petare no tiene Internet, pero le llevaremos el mensaje de que no es normal que un niño presente la mitad del peso adecuado para su edad. Queremos que se corra la bola. Hay un público pendiente en Venezuela y Connectas es una plataforma que llega a toda Latinoamérica. El periodismo de investigación es menos cercano que la noticia caliente. Pero mientras más se acerque a lo humano, hay más posibilidades de que la gente lo lea.

¿Escogerías alguna de estas 8 historias por encima de otra?

Todos son como mis hijos. Creo que hay tres historias que se me hacen representativas. La niña de Miranda es el abandono con piecitos. Ni siquiera tiene partida de nacimiento y se sabe abandonada por sus padres. La muchachita de Monagas sabe qué es el desprecio, porque tiene que pedir en la calle. Hay un caso esperanzador: el niño de Bolívar. Está subiendo de peso. Su mamá se hizo voluntaria de un programa comunitario. No puedes revertir los daños que ya sufrió, pero sí ponerles un parao. Claro que hay gente buena, pero carece de recursos para ayudar.

Tengo una duda un poco cruel: ¿alguien que solo ha conocido el hambre desde que nació… puede acostumbrarse a ella?

Según la doctora Marianella Herrera, sí. Como seres humanos tenemos capacidad de acostumbrarnos a comer poco y mal. Eso no quiere decir que no traerá consecuencias. Además es muy grave que un niño se adapte a comer sólo lo que recibe a través de una caja CLAP. La mamá del caso de Portuguesa pensaba que su hijo no estaba desnutrido porque le daba una arepa sin nada adentro.

Si escuchamos a alguno de sus voceros, el régimen alega que en realidad está protegiendo a la población. ¿La caja CLAP es una protección para los más necesitados?

No. La caja CLAP es control, no es protección. Destruyes el aparato productivo, pones a la gente a pasar hambre y luego eres el salvador que les da comida barata, que no alimenta en absoluto. Y todo esto asociado a esquemas de corrupción. No es que importas comida porque te preocupa la gente, es para seguir lucrándote.

Antes cubriste la fuente deportiva durante cuatro años. ¿No sería fácil para ti entrevistar peloteros o futbolistas profesionales, antes que registrar la desnutrición?

Siempre quise ser periodista de beisbol. Luego empecé a hacer deporte comunitario: registraba sus alegrías, pero también sus carencias y luego las ausencias por las carencias. Fue muy difícil desligarme de las comunidades. Me tocó hacer un programa deportivo de radio mientras casi todos los días mataban a un chamo en las protestas de 2017. Ojo, todos los periodismos son necesarios, los deportes dan un respirito. Hay días en que lloraba todo el tiempo. Lloraba por los niños y por el estrés: los viajes, la logística, los viáticos, las cartas para Connectas, las fotos. Además sigo teniendo un trabajo como periodista de investigación de El Pitazo, mato tigres y atiendo a una familia, dos perros, una madre, tres hermanas y un novio. En septiembre, en pleno proyecto, mi padre biológico murió. No tomé reposo y pasé dos días sentada frente a una pantalla sin poder teclear una letra. Mi novio me dijo: “¿Por qué no te das la oportunidad de ser?”. Y pasé un día entero llorando.

El periodismo que hago hoy es cero bonito. Pero es necesario. Alguien lo tiene que hacer. Este diciembre no pude regalar nada a nadie. Pero recibir un audio del niño del Zulia en el que nos recuerda a los periodistas del reportaje como sus “hermanos” fue suficiente. Me hizo la Navidad.

 

Por Alexis Correia         

#LuisVicenting: 10Escenarios (im)posibles para 2019

¿Habrá transición este 2019? ¿O todo seguirá igual, es decir, siempre un poco peor? Los economistas tipo Luis Vicente León que analizan “escenarios país” son los nuevos astrólogos: puedes hacerte rico prometiendo que cada año seremos más pobres. Adriana Azzi pronosticó para 2018 que el cáncer “recorrería los pasillos de Miraflores” y se peló: debió haberlo dicho en 2011. Proponiendo diversos escenarios, casi nunca quedas tan mal.

¿Qué pasará en este país después de la decisiva fecha del 10-E? Reduce tu incertidumbre con nuestro #LuisVicenting: te garantizamos que es prácticamente imposible que en 2019 no suceda alguno de estos 10 escenarios tan exhaustivos como una charla táctica de Pep Guardiola antes de jugar con el Liverpool (pero para que no nos pase como Adriana, mejor digamos que es casi imposible).

1. Escenario Renny Ottolina: no, no es que va a resucitar el showman de la TV que muchos siguen pensando que pudo haber cambiado la historia contemporánea de Venezuela. A lo que nos referimos es a su apodo: el Número Uno. ¿Cuál es siempre el escenario Número Uno? Que todo siga igual. Siempre es lo más fácil: todo cambio requiere vencer a la pereza, uno de los más subestimados rasgos de la humanidad. Maduro asume el 10-E y nada se lo impide. Sigue habiendo hiperinflación (taima, acuérdate de que en Nicaragua duró cinco años) y hay una nueva reconversión en junio. La comunidad internacional patalea pero se hace más o menos la loca. La gente se sigue yendo, pero nunca todo el mundo, cuando mucho un tercio de la población. Todo empeora indefinidamente menos el sol, que cada mañana sale para todos. La Constituyente sigue sin elaborar ninguna constitución y se dedica a retrasarle la pelota a los defensas centrales (a.k.a quemar tiempo). Los militares se percatan de que no toda Venezuela es igual al C.C. Los Próceres, pero ante la posibilidad de una transición, concluyen que: la pinga.

¿Muy pesimista todo? Recuerda siempre esta máxima budista: “Muchas veces la solución a los problemas más grandes está en no hacer nada”.

2. Escenario Disney: Maduro tiene un sueño el 9 de enero y recapacita. Decreta en Gaceta Oficial que todo lo que ocurrió después del 31 de marzo de 2017 –el día en que Luisa Ortega dijo que se había roto el hilo constitucional– jamás existió. La Constituyente se disuelve a sí misma y deja la vaina así, se elimina el carnet de la patria, se juramentan los diputados del Amazonas (que probablemente ya fallecieron de malaria o se convirtieron en mineros ilegales) y se le restablecen todas sus competencias a la Asamblea Nacional. Se organizan nuevas elecciones presidenciales sin ninguna restricción, pero Henrique Capriles y María Corina Machado se postulan por separado y dividen los votos de la oposición. Un mundo ideal solo existe en la película de Aladdin.

3. Escenario Pixar: escuchado hace unos días en la radio, no estamos inventando. El Gobierno venezolano se harta de ser un paria internacional. En este momento, mientras tú lees estas pendejadas, hay gente preocupada por nosotros negociando en un cuartico con unos whiskies de por medio y no nos estamos enterando. Se le pone plazo y límite a la actuación de la Constituyente. Los partidos de la oposición son habilitados, sueltan a los presos políticos y se renuevan las autoridades electorales, con un pequeño detalle: un acuerdo para que no haya presidenciales hasta 2025. Siempre hay que ceder algo a cambio, ¿qué te crees?

4. Escenario norcoreano: a pesar del discurso oficial contra las remesas ilegales, algunos concluyen que, para regímenes como el cubano o el venezolano, fomentar la diáspora es negocio. En Harvard estiman que, sin ningún cambio económico, la legión extranjera podría superar los ocho millones en 2019. ¿Pero qué pasaría si el Estado-PSUV determina que una emigración excesiva hace inviable su permanencia? Pues siempre hay que estar preparado para el peor escenario posible: nos volvemos Corea del Norte, probablemente el sistema de control social más depurado de la historia de la humanidad. Los Golden State Warriors, pues. Venezuela construye muros no para impedir que venga gente, sino que se vaya. Para emigrar debes arriesgar el pellejo. Desaparecen todos los medios privados, se restringe Internet prácticamente solo para turistas y funcionarios y se perfecciona el aparato de reeducación, sumisión y represión. ¿Quieres consuelo? 27% de la población nocoreana sigue siendo considerada “incorregible”, 45% “oscilante” y solo 28% totalmente leal al partido único, según el libro Diarios de Corea de Bruno Galindo.

5. Escenario Tormenta de la Selva: harto de tener un vecino que apesta a la palabra que más aborrece (socialismo), el nuevo presidente Jair Bolsonaro acomete una operación militar de liberación de Venezuela. Solo después recuerda lo lejos que está Caracas y que en medio está atravesada la jungla amazónica. De manera remotamente similar a lo que le pasó al ejército napoleónico en el invierno ruso, las tropas brasileñas emprenden la retirada doblegadas no por los milicianos venezolanos, sino por la plaga. En todo caso, parece más probable una invasión del ELN que de la planta insolente de un ejército extranjero.

6. Escenario Pizarra Mágica: estamos tan desesperados porque ocurra algo, que mentalmente nos aferramos a cualquier palo de ahorcado. Por ejemplo, esa colonia bacteriana fuera de control llamada Constituyente. Por ahí ha circulado la tesis de la “Megaelección” convocada por la ANC. Vamos de nuevo a las urnas para renovar todos los poderes, incluida la presidencia. Con el mismo CNE actual y los puntos rojos que te esperan en la bajadita a la salida del colegio; pero bueno, no importa, el fútbol lo juegan once contra once, la pelota es redonda para todos y siempre queda la posibilidad de que se le salga una rueda a la carreta.

7. Escenario Mnangagwa: léase “Manguangua”. Una mañana de Dios de noviembre de 2017, los zimbabuenses amanecieron con la noticia de que la lluvia ya no caía de arriba hacia abajo y el presidente ya no era Robert Mugabe. Días después se conoció el nombre de su sucesor: Emmerson Mnangagwa, un caimán del mismo caño con 20 años menos (tiene 76), miembro de su mismo partido y también sancionado por la comunidad internacional. ¿No querías transición? Toma tu transición. No olvides que antes Mugabe estuvo en el poder 37 años, por lo que poner fecha tentativa a una eventualidad así es jugar con las esperanzas de los venezolanos. Consuelo: Bob Marley escribió una de sus canciones más emotivas para Zimbabwe. Afortunadamente el bueno de Bob no vivió para ver cómo esta nación africana llegó a tener un billete de 100 trillones de dólares zimbabuenses.

8. Escenario Gaige Kaifang: lo que nos calamos el pasado 29 de noviembre (aumento del sueldo que se vuelve agua sin ninguna reforma económica de fondo) fue solo un bluffing preelectoral. Consigue el número oculto en la caricatura de Panchita: en 2019 veremos lo que ocurrió en China en 1979, es decir, apertura pragmática al capitalismo salvaje. Hay quienes sostienen que esto está ocurriendo ya con vaselina, vía aumento del Dicom. Claro, el PSUV mantiene el coroto político bien agarrado y es probable que solo se lucren realmente los bolichicos de siempre, pero al menos podemos comprar celulares chinos, se construyen malls en Charallave y de rebote hay más comida disponible en la basura. Luego de mandar una nave a la cara oculta de la Luna, los chinos ahora recuperan nuestra industria petrolera. Tareck El Aissami es elegido Persona del Año por Time Magazine.

9. Escenario Krakatoa: así como es probable que en 2019 todo siga más o menos igual a 2018, tampoco se descarta que empeore drásticamente. Se queda muy corto el pronóstico del FMI de una inflación de 10 millones por ciento. Rusia, China, Turquía y compañía extraen materia prima sin que les conmueva el llanto de Valentina Quintero y presenciamos dolorosas escenas al estilo del árbol arrancado de la película Avatar; por ejemplo, la implosión del Auyantepuy para extraer coltán. El resto de la comunidad internacional decide aplicarnos una ley del hielo masiva y borrarnos de los atlas de geografía. Nos regalan armas nucleares para defendernos de los gringos pero los manuales están en alfabeto cirílico y nos equivocamos al manipularlas. Básicamente nos volvemos una placa tectónica que se hundió, un hueco en el mapa, un volcán que explotó y desapareció, lo que no deja de tener su grandiosidad épica.

10. Escenario Arcángel Miguel: lo que llaman el cisne negro (o el gorila albino). Algo totalmente inesperado, aunque no sabemos exactamente qué, hace que todo lo que estaba trancado se destranque como con Diablo Rojo. Se recupera la democracia pero no como una guanábana adeco-copeyana, sino una síntesis totalmente novedosa de lo mejor de nuestro pasado. Empiezan a regresar los que se fueron, aunque la verdad es que muchos sienten flojera y prefieren quedarse donde están. Vuelve RCTV. Se elimina el Ejército. Se construye un Memorial del Holocausto Venezolano en el Ávila para que lo vean todos los que llegan por Maiquetía. El país se parece a la cuña aquella del bus. Los alemanes asustados por la extrema derecha atraviesan el océano y convierten Ciudad Caribia en la segunda Colonia Tovar. Evolucionamos como seres de luz y aceptamos pagar tarifas justas por nuestros planes de datos. Caracas es la Nueva Jerusalén. Celebramos como al final del Episodio VI de Star Wars, pero con moderación, tolerancia, tacto y buen gusto para que no sustituyamos un resentimiento por otro.

¡Feliz 2019, a pesar de todo! Cada nuevo día es siempre es una página en blanco. Atrévete al reto #LuisVicenting y lánzanos tu escenario más probable. ¿Se te ocurre un número 11?

 

Por Alexis Correia

Mis 18 años en El Nacional: soy parte de una muerte envuelta en papel periódico

Llegué con 20 años a la antigua sede del diario El Nacional, en uno de los rincones más sórdidos de la urbanización caraqueña El Silencio, para mi primera entrevista laboral en marzo de 1996. Debajo del brazo llevaba mi único currículum: los cuadernos manuscritos que había elaborado desde niño, en los que anotaba las alineaciones de los partidos de fútbol y dibujaba las formaciones tácticas de los equipos, junto con esquemas de ambos uniformes coloreados con lápices Berol Prismacolor.

La artimaña funcionó: Cristóbal Guerra, al que probablemente has escuchado en los Mundiales como comentarista lírico de Venevisión –y quien todavía es mi principal maestro de periodismo–, me dio trabajo como pasante en la redacción de Deportes.

En El Nacional permanecí casi 20 años, con algunas interrupciones, bajo casi todas las figuras contractuales concebibles. Quisiera contar a los chamos que hoy están estudiando Comunicación Social en universidades venezolanas algo que probablemente jamás vivirán: cómo era la redacción de un diario impreso clásico, en su momento el de mayor prestigio intelectual del país y el que en diciembre de 2018 publicó sus últimos periódicos en papel, previo desdibujamiento de su fortaleza de marca en el ecosistema de medios digitales.

Yo formé parte marginal de algo parecido a un All Star del periodismo criollo.

Fumar no es la única mala maña

La vieja sede de El Nacional quedaba a escasos metros del último exponente caraqueño de un modelo de negocios conocido como cine porno: el Teatro Urdaneta. Cuando entré al diario en 1996, en toda la redacción sólo había una computadora con Internet: la gente hacía colita para buscar una entrada en Yahoo! o abrir una cuenta de correo en Hotmail. Posteriormente los jefes de secciones empezaron a contar con conexión a la web. Presencié cómo, en sus horas muertas a la espera de textos que aún se estaban escribiendo, algunos de esos jefes empezaban a descargar porno en sus PC, en un ciclo de hábitos sexuales que aceleraría la agonía de espacios con olor a semen, orina y sudor rancios como el Teatro Urdaneta.

En su era dorada (yo llegué a vivir solo los peores tiempos de los tiempos mejores), El Nacional era un modelo de especialización extrema en una estructura física enorme, difícil de imaginar para los que trabajan en la oficina de un portal web actual. Cada una de las grandes secciones (Política y Sucesos, Economía, Deportes, Cultura, Espectáculos, Internacionales, Ciudad, etc) contaba con una planta de alrededor de diez periodistas, más dos o tres pasantes y un par de jefes de sección con su respectiva secretaria. Por decir un caso: en Deportes había un especialista para escribir exclusivamente de baloncesto y, aunque hoy parezca insólito, una periodista solo para voleibol.

No vengo de una familia de intelectuales. El periódico que se leía en mi casa era Últimas Noticias, y quizás El Universal los domingos, por aquello del crucigrama de la revista Estampas.

El Nacional, incluso en los años de pre-decadencia que a mí me tocó vivir, era la reserva forestal de las mejores plumas de Venezuela. Allí se vivían cosas como que una o dos veces al mes estos intelectuales revoloteaban alrededor de la feria en miniatura que montaba sobre un armario de lockers el librero Esteban Brassesco: ese al que llamaban “el librero de los periodistas”, pues iba quincenalmente a la redacción a ofrecer y recomendar joyas editoriales a muy buen precio.

Repasar nombres es ocioso y siempre injusto. Me bastaría con decir que Vanessa Davies, a la que hoy debes conocer como una periodista –algo rayada– del chavismo crítico, tenía un otro yo como la autora de algunas de las entradas de textos más exquisitas que puedo recomendar a aprendices de escritura creativa. Y eso sin hablar de que había un segundo piso solo para fotógrafos y diseñadores, y hasta una flota propia de choferes, con los que un chamo de 20 años lleno de inseguridades y carencias afectivas se involucraba en una compleja red de complicidades humanas.

Porque una redacción de periódico era también un depósito de patologías y manías, lo que puede explicarse en una jaula ratonera sin ventanas en la que profesionales permanecían encerrados más de un tercio de sus vidas peleando con sus teclados, sus obsesiones y sus egos. Como pasante de El Nacional (entré haciendo jornadas de diez o más horas diarias y guardias de fin de semana de manera 100% voluntaria, lo que violaba las normas sindicales) presencié el suicidio de un compañero, además de una pelea que por poco terminó con periodistas dándose unas manos, vidrios rotos a puñetazos y episodios varios de acoso sexual laboral y adicción al alcohol y otras sustancias.

Yo mismo –a pesar de que sentía desprecio por máximas tipo “el periodismo es café y cigarros” (una de las favoritas de Cristóbal Guerra) y por el mundillo de comederos de mala muerte, bares y prostíbulos que servía de entorno a la vieja sede de El Nacional– no pude evitar incurrir en deformaciones del manual sexista: concebir la redacción de un periódico como un dispensador infinito de pasantes femeninas muy jóvenes y atractivas, a las que aplicaba tácticas de depredador inofensivo pero muy desagradable. O engañarme a mí mismo pretendiendo que podía ser amigo íntimo de actrices de TV o modelos de pasarela, en los años en que trabajé en la sección de Espectáculos y Farándula. Por decir algo: llegué a enviarle bombones a Venevisión a la ex miss y chica del tiempo Patricia Fuenmayor, de quien todo el mundo me advertía que tenía sonrisa de tonta, pero por cuyos casi dos metros de estatura experimenté una especie de infatuación fatal, como me ha solido pasar con otras maracuchas de piel de porcelana.

En la redacción de El Nacional me enamoré cuatro veces, una de las cuales fue de la periodista de voleibol (también una de mis jefas, pifia profesional que te recomiendo evitar en lo posible). Me consta que se enamoraron de mí al menos dos veces. En ninguno de los casos hubo correspondencia. Dañé un microondas con unas cotufas calcinadas, me convertí en obeso mórbido y adquirí gastritis crónica y patologías de columna vertebral que probablemente me acompañarán el resto de mis días. Esto de pasar horas tecleando frente a una computadora no es un hábito natural en la evolución humana.

El lugar donde vi a Chávez

En la sede de El Nacional vi en persona por única vez a Hugo Chávez, cuando acababa de ser elegido presidente y visitó la redacción para un foro dominical (no llegué a darle la mano, calma pueblo), un gesto normal en democracia que hoy se me hace irreal. Seguramente habrás leído en redes que la política editorial de El Nacional fue responsable de que Chávez llegara al poder. Estuve ahí adentro esos años. Desde mi punto de vista ingenuo, lo único que puedo agregar es que siempre me pareció un medio plural, donde convivía gente de todas las tendencias de pensamiento. De hecho, vi como uno de mis mejores amigos se transformó en chavista, como reacción a lo que consideraba una jefatura de línea opositora radical.

En El Nacional me quedé atrapado una noche en 2001 durante el primer episodio grave de acoso a un medio de comunicación, cuando un grupo de manifestantes chavistas encabezados por Lina Ron amenazó con quemar el edificio con nosotros dentro. Desde las únicas ventanas externas del piso 1 (en la sección de Internacionales y Diplomacia), presencié cómo la gente huía de las balas en los alrededores de Miraflores el jueves 11 de abril de 2002. Vi a algunos compañeros indignados el viernes 12, por lo que llamaban un “golpe de Estado de derecha” de Carmona Estanga. Huí de la redacción en plena guardia del sábado 13 (violación grave de los códigos no escritos del periodismo), para refugiarme muerto de pavor en una pensión de mala muerte de los alrededores, después de que leí en un cable de agencias internacionales que un general de apellido Baduel encabezaba una revuelta en Maracay para restituir a Chávez en el poder. Recuerdo que mi asignación de aquel día era llenar media página de periódico con una nota del aniversario de Bugs Bunny, o algo por el estilo.

Como no entregué tesis en la escuela de Comunicación Social en la UCAB (léase: les escribe un pirata no graduado), nunca formé parte de algo que suena a rareza exótica en estos tiempos de predominio de la libre asociación: el sindicato de periodistas de El Nacional. Con frecuencia me aplicaron malas caras y leyes de hielo por firmar un contrato no avalado por el gremio. Fui testigo de pancartazos y asambleas interminables por derechos laborales y reivindicaciones salariales, cuyo objetivo era retrasar la elaboración del periódico mediante operaciones morrocoy. Una de las medidas de protesta más extremas que observé fue la publicación de una edición en la que nadie puso su firma en ningún texto. Sí, puede parecer poca cosa, pero la firma es el único patrimonio del que disponemos los que nos dedicamos a teclear.

Una sede con menos burdel

El Nacional se mudó a una sede más grande, moderna, aséptica, cómoda y presuntamente segura en 2006: una antigua planta industrial de margarina y mayonesa en Los Cortijos de Lourdes, en el municipio Sucre. El nuevo y enorme estacionamiento permitía posibilidades como la celebración de espectáculos: allí se organizó un Festival Nuevas Bandas, por ejemplo.

En Los Cortijos me vieron perder casi la mitad de mi peso: mis compañeras en la sección de Espectáculos se calaban mi perfume corporal después de regresar de dos horas de gimnasio, casi siempre sin ducharme. También inicié allí un plan de ahorro franciscano después de que, con la llegada al poder de Nicolás Maduro, se precipitó una recesión que ha derivado en tobogán interminable al infierno: recuerdo que llevé a la redacción una olla eléctrica arrocera-vaporera para preparar mi frugal almuerzo cerca del rincón de los fotógrafos, que me miraban con una mezcla de asombro y compasión.

Y no, no estaba allí cuando se anunció en cadena televisión la presunta muerte de Chávez el cinco de marzo de 2013: mi horario de salida a las 4:00 pm (gozaba entonces del raro estatus de ser un periodista con hora de salida) y ya regresaba a casa en el Metro.

Nada fue igual. Comenzó también un período de desplome de una marca que solo en parte tiene que ver con la escasez de papel periódico en Venezuela, y con el ocaso en general de los diarios impresos en todo el planeta. En dos platos: lo que vemos hoy en www.el-nacional.com no es demasiado representativo de la experiencia de lectura que ofreció El Nacional en papel con sus 75 años de tradición encima. Su web, en general, luce rezagada con respecto a lo que hacen hoy en Internet o en redes otras marcas con menos tiempo en el mercado de contenidos editoriales como El Pitazo, Crónica Uno, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual y, sí, también esta relativamente modesta y novata Revista Ojo.

¿Escasa capacidad de la gerencia encabezada en el exilio por Miguel Henrique Otero (hijo del legendario Miguel Otero Silva, un punto de comparación eternamente ingrato) para anticipar lo que venía, conseguir vías de financiamiento alternas a la publicidad en papel y escapar del rol de cordero de sacrificio de un régimen autoritario que, en boca de uno de sus principales verdugos, ha expresado claramente la voluntad de destruir o apoderarse de la marca? ¿Gente que se llevó unos reales? ¿Sueldos poco competitivos? ¿Un éxodo masivo de cerebros que fue vaciando la redacción? ¿Un “entorno país” (sorry por la expresión) imposible de eludir? ¿Mala leche y ya? No soy quien para pararme a dar lecciones de marketing. Después de todo, aunque lo cualitativo se cuestione, tengo entendido que las evaluaciones cuantitativas de clics en el punto.com siguen siendo sólidas. E igual sigo soñando con la recuperación del medio que fue mi escuela, mi casa, mi despecho, mi fuente y mi paño de lágrimas.

Renuncié a El Nacional en marzo de 2014, poco después de atestiguar en sus alrededores una guerra civil en pequeña escala. En ese medio de comunicación registré mis pocos logros profesionales. Y comenzaron todos los patrones de fracaso que sigo arrastrando hoy, y que forman parte inseparable de mí. Quizás las empresas y las personas nos parecemos: como Wolverine, nunca duraremos para toda la eternidad, pero quizás nos quede siempre al menos una oportunidad de sacar las garras y regenerarnos.

Por Alexis Correia

Cinco motivos por los que El Futuro Promete

Era la una de la tarde del primero de diciembre en Caracas, caminaba por Chacaíto hacia El Rosal después de mi último almuerzo de 2018 en un restaurante vegetariano que ya no podía pagar y, aparentemente, no tenía razón alguna para pensar que el futuro me prometía algo alentador. Este mismo día, en México, el aprendiz de Fidel –dispuesto a demostrar que es más Fidel que el mismo Fidel– tuiteó una foto discotequera, con el hashtag #SomosContinuidad, en la que lo único que no me causó un miedo terrible fue el traje formal boliviano de Evo, siempre objeto de envidia para los que consideramos las prendas del cuello como lo más detestable de la masculinidad.

Unas 40 horas antes, Nicolás Maduro le echó más gasolina al incendio de la inflación más descontrolada del mundo con un nuevo aumento de sueldo sin ningún respaldo fiscal. El lunes siguiente se reuniría en Caracas con Erdogan y esa misma noche viajaría a Moscú para pedirle real a Putin. El jonrón Pepsi de los autócratas.

Llegué a la 1:30 de la tarde al Centro Cultural Chacao y todavía no habían dado puerta, aunque en el flyer publicado en redes social se anunciaba el comienzo del evento para la 1:40 pm. Como suelo hacer, me senté sobre el suelo sucio en algún rincón donde pudiera apoyar mi espalda contrahecha contra algo firme.

No me enteraría hasta el lunes siguiente, pero estaba asistiendo a una de mis primeras asignaciones en Revista OJO, una publicación que intenta recuperarme como redactor y que ese día organizaba El Futuro Promete: un ejercicio multidisciplinario con el que OJO cerraba el 2018.

Quizá el futuro sí guardaba algo alentador.

Llegó Valentina Oropeza, que sería panelista en representación de Prodavinci en una de las mesas de conversación del evento. Valentina no está 100% consciente de ello, no tiene tiempo para estarlo, pero, además de una de las periodistas de investigación más arrechas de este país, es una de las personas más importantes de mi vida. Me arrancó del suelo y del sopor y ya éramos dos para esperar bajo una de las cosas más espectaculares que no le han arrebatado todavía a Caracas: un cielo azul de diciembre.

Y sí, El Futuro Promete no comenzó a la hora, como tantas cosas –como casi todo– en este país: un lugar en el que los planes cambian a cada minuto. Y sí, invité a Valentina y otras dos periodistas a tomar un café y comer brownies en el cafetín del Teatro Chacao, con lo que se me fue como el 10% de mi quincena. Y sí, cuando el comediante-bardo Ricardo Del Búfalo se colgó su guitarra y abrió el evento, el auditorio todavía estaba adivinando a qué jugábamos y su presentación no resultó tan emotiva como la que realizara en el Aula Magna de la UCV. Pero recién estábamos empezando la jornada, cómo negarlo, ya empezaba a prometer.

Y es que, aunque debo decir que probablemente mi punto de vista no es demasiado imparcial, estas son cinco razones por las que creo que El Futuro Promete fue algo más que una flexión naïf del adormecido músculo del optimismo: fue un encuentro que nos pintó un panorama posible y realista sobre el presente y el futuro. Un encuentro que de pana deseo que se convierta en institución en los años que vendrán.

Ricardo del Búfalo
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque mostró cómo los medios de comunicación podemos reinventarnos

El portal La vida de nos se aleja intencionadamente de la noticia, mientras que El Bus TV lo hace de la tecnología. Armando.Info ha terminado con prácticamente toda su plana mayor de periodistas en el exilio, por sus denuncias de corrupción. Y Prodavinci extrae cifras del subsuelo de un desierto de data oficial. De todos estos emprendimientos aprendimos lecciones para la propia reinvención que le toca a Revista Ojo en 2019. Y sentimos cómo el aire infló nuestros pulmones: en el periodo más duro de la historia del país, son muchos los que en vez de desfallecer se han reinventado.

Sí se puede.

“Estamos un poco cansados del tópico de que la gente ya no lee. ¡Oye, hay de todo allá afuera! Muchos están dispuestos a leerte, dependiendo de cómo los seduzcas”, aseguró Albor Rodríguez, que en La vida de nos se propuso construir un “tapiz de vidas individuales que, juntas, muestran el espíritu de la Venezuela de hoy”.

Esto se escuchó en la charla Reinventarse para seguir comunicando, moderada por Juan Pablo Chourio.

En El Bus TV, se dijo, no aguardan por la audiencia: salen a buscarla con un encuadre de cartón, remedo de los antiguos noticieros de la televisión abierta ahora autocensurados. Antes se montaban a combatir la desinformación en camionetas por puesto; ahora, en plena debacle del transporte público, abren ventanas de conciencia a los que esperan en paradas de buses o colas de panaderías. “Una mezcla de rigor periodístico y puesta en escena”, lo resumió Claudia Lizardo, uno de los personajes camaleónicos de El Futuro Promete.

“En Prodavinci elaboramos contenidos que quizás jamás llegarán a las personas afectadas: contamos de un pueblo de Falcón que lleva 17 años sin agua de tubería, pero donde tampoco hay Internet. La gente nos pregunta: ¿y ese reportaje de qué nos va a servir? Y contestamos que lo que les pasa a ellos lo sufrimos nosotros también. Dejamos registro y generamos empatía”, reflexionó Oropeza.

Patricia Marcano, de Armando.Info, reveló que la censura ha debilitado la noción de competencia entre medios digitales: se observan ahora como aliados, más que como rivales.

Quizá, en el fondo, así tendremos que observarnos todos los venezolanos para hacer del futuro algo más prometedor.

De izquierda a derecha: Claudia Lizardo (El Bus TV), Patricia Marcano (ArmandoInfo), Albor Rodríguez (La vida de Nos), Valentina Oropeza (Prodavinci)
Foto: Gabriela Escalante

  1. Porque enfatizó la importancia de narrarnos en medio de la atomización del tejido social

“Tenemos necesidad de contar historias porque nos preparan para la vida”, lo puso en dos platos la sabiduría de Héctor Torres, editor de La vida de nos, en la conversación ¿Cómo se narra a Venezuela?, conducida por Lizandro Samuel.

“La angustia tiene un lado bueno: nos ayuda a encontrar soluciones. La desesperación te lleva a intentar lo que jamás hubieras ensayado en condiciones normales”, explicó el narrador y diseñador gráfico Lucas García París, que agregó: “Todos somos una historia en desarrollo, y si no estás consciente de ello, te vuelves la historia de otro”.

Héctor Torres, por su parte, dijo no sentirse preocupado de que todavía no palpemos algo así como el Por quién doblan las campanas de los 20 años de revolución: “La literatura urgente no es necesariamente la mejor, estoy seguro de que estos tiempos van a generar narrativas maravillosas”. El futuro promete y así dijo creerlo también uno de los mejores narradores del periodismo vernáculo, Óscar Medina: “Hay respuesta a la censura y al ahogo, esta se irá consolidando y multiplicando. No solo promete el futuro de la narrativa venezolana: ya lo estamos viendo”, sentenció el director de UB Magazine, sobre la multiplicación de formatos de resistencia.

Una época dura está dejando como resultado a notables narradores de ficción y no ficción, que se reinventan para contar historias.

De izquierda a derecha: Lucas García Paris, Héctor Torres, Lizandro Samuel, Óscar Medina
Foto: Gabriela Escalante

3 Porque abrió una rendija para conectarnos

Liana Malva tiene razones para sentirse tan azul de la tristeza como la nación Na’vi de la película Avatar cuando le derriban su Árbol de las Almas. Cantautora, se crió en la Gran Sabana. Hoy se desgarra viendo cómo, bajo la tracción destructora del Arco Minero, los ríos en que se bañó y los hábitats con los que conversó son contaminados y arrasados. Pese a esto, dijo: “Es cuestión de tiempo para que logremos invertir el polo negativo en Venezuela”.

Liana era una de las voces de la Mesa país, que ya caída la noche juntó a cinco experiencias aparentemente distintas: un trío de rectas de humo en el nuevo panorama digital de medios, compuesto por un narrador y dos periodistas (Lizandro Samuel, Víctor Amaya, Erick Lezama), un emprendedor de la recarga de las exprimidas baterías de los celulares venezolanos (Omar Viña), y una cantautora.

Quizás ocurre que, contrario a lo que solemos pensar, para la naturaleza humana rendirse sea lo verdaderamente cuesta arriba, en vez de persistir. En todo caso, estos panelistas mostraron tener en común la alergia al discurso derrotista.

“Como dice el preparador físico Lorenzo Buenaventura, jugar se trata de competir bien cuando no estás bien (…). No puedo sacar a todos los niños venezolanos de la pobreza, pero sí puedo ser mejor ciudadano, hombre, narrador”, estableció así una metáfora deportiva Samuel, que también es entrenador de fútbol.

“Con o sin crisis, con o sin dictadura, las oportunidades estarán: lo importante es ver bien el panorama y tomar decisiones lo más inteligentes posibles”, recomendó Amaya, director de Tal Cual Digital y Revista Clímax, que no cuestionó a los que eligen emigrar.

“No me veo en otro país, no haciendo periodismo. Nos hemos creado espacios que nos habían arrebatado”, contestó Lezama, que participó en un proyecto de La vida de nos en el que se retrató a chamos con cáncer del hospital JM de los Ríos, quienes muestran más entereza que casi cualquier adulto.

“Ser emprendedor no tiene nada de mágico: es una golpiza constante. Pero si aquí le echas pichón, eres la persona que quieres ser”, concluyó Viña.

 

  1. Porque sonó a futuro

Así sea tocando con ollas vacías y material de desecho (que no es el caso), la música seguirá sonando en Venezuela: esta también es una forma de narrarnos. En El Futuro Promete, entre conversación y conversación, tocaron algunas de las bandas que darán de qué hablar dentro o fuera de Venezuela en los próximos años.

¿O quizás es que hubo conversaciones entre concierto y concierto?

Confieso que no conocía a Nomásté, un septeto integrado exclusivamente por chicas caraqueñas que hace un repaso soberbio por el ska, el jazz y varios géneros tropicales: me despertaron de mi letargo permanente y terminaron de electrizar lo que todavía estaba apagado. Días después cerrarían 2018 como teloneras de Desorden Público.

De un estrato socioeconómico totalmente distinto (son egresados del colegio Claret), Anakena sirvió guayabas y sanguchitos de Diablito y Cheez Whiz en pachanga de plácida digestión para cerrar el evento, mostrando por qué fue la ganadora del recientemente reactivado Festival Nuevas Bandas.

Claudia Lizardo, la hija del legendario rockero sanantoñero PTT Lizardo, quien sólo se atrevió a salir del clóset con una voz propia en la música luego de que su padre sufrió un ACV, se desdobló después de ser panelista por El Bus TV y conmovió con su sensibilidad única. Caso similar fue el de Liana Malva, la fuerza emergida de la naturaleza de El Paují.

La selección musical demostró que la música surge en cualquier rincón del país.

  1. Porque fue un acontecimiento indefinible

Porque El Futuro Promete no fue ni una conferencia, ni un concierto, ni una feria de arte, sino que fue todo al mismo tiempo.

Porque la podías pasar bien aunque llegaras al Centro Cultural Chacao con o sin nada de bolívares soberanos en la cuenta bancaria.

Porque había buena vibra aunque fueras un dinosaurio, en plena crisis de edad madura, entre un montón de centennials sin pelos faciales ni estreñimientos de sentimientos.

Porque además de reflexiones tan densas que las podías cortar con un cuchillo y propuestas musicales que sonaban a novedad y a embotellamiento destrancado, podías toparte con instalaciones artísticas como las de Dayana Maldonado y Abraham Rosales, que han encontrado musas en el papel moneda desechable de la hiperinflación y las montañas de sobrantes textiles de las fábricas de ropa, respectivamente.

Porque podías estar un rato o quedarte durante todo el cuarto de día que duró el evento y siempre te ibas a llevar algo puesto.

Porque me gustaría asociar El Futuro Promete al desafío de Prometeo: arrebatarle el fuego vital a las macabras deidades de la Pax Totalitaria.

 

 

 

Por Alexis Correia

 

Jonrón Pepsi

La semana que empezó con una estrella y terminó estrellada

¿Qué hacían en Venezuela? ¿Por qué estaban viajando por carretera de noche?, son las primeras preguntas que me hacen, el viernes siete a las 6:00 de la mañana, dos compañeras en un grupo de WhatsApp de trabajo, cuando se enteran de la muerte de los peloteros José Castillo y Luis Valbuena. Con variantes, me pueden hacer esas preguntas a mí: ¿qué hago todavía en Venezuela? ¿Por qué estoy escribiendo en la madrugada de un domingo cuando podría hacer algo que me diera más plata? Y la respuesta es, básicamente: por costumbre. Porque es lo único que sé hacer y, en el fondo, me sigue gustando.

No dejo de pensar que Luis Valbuena pudo haber sido invitado al Jonrón Pepsi del lunes 3 en el estadio Universitario en vez de, digamos, César Hernández, que ni bateando los 15 cuadrangulares que pegó este año con los Filis de Filadelfia podría camuflarse jamás como bateador de poder. No es que Luis estaba haciendo chillar la pelota (ese modismo que ya puede considerarse micromachista), pero después de todo estaba segundo entre los jonroneros de la liga local con siete y había sido de los bateadores más encendidos desde noviembre. Lo que quizás, por aquella teoría pasada de moda que llamaban Efecto Mariposa, pudo haber cambiado su destino.

No dejo de pensar que José Castillo fue una de las estrellas de la última temporada a la que acudí al estadio con regularidad como aficionado, la 2008-2009. Era la época en que jugaba con los Leones, le ponían en los altavoces una canción de Franco y Oscarcito (L´Squadron, llamaban al dúo, supongo que del mismo dialecto del latín del que salió el vocablo Mackediches), él hacía como un hacha con el brazo cuando pegaba un hit y por esa tontería se armaban tánganas. Era la época en que yo estaba enamorado de mi jefa (algo que recomiendo evitar) y me gasté todo el sueldo para comprar en reventa dos entradas en palco de terreno e invitarla al sexto juego de la final que perdió el Caracas con los Tigres. Fue mi jefa la que, semanas antes, me enfrentó a una realidad que hubiera preferido no escuchar: “La mayoría de los peloteros son chavistas”. Lo único que disfrutamos esa noche fue ver calentar en nuestras narices al relevista Orber Moreno. Todavía había avisos luminosos de Navidad en lo más alto de los edificios de oficinas del sector de Plaza Venezuela, no como en este hirsuto diciembre de 2018 en que regreso al Universitario con una credencial de periodista para el Jonrón Pepsi.

Jonrón Pepsi

El duelo de jonrones que organiza Empresas Polar tiene poco o nada que ver con un juego de beisbol real. Ponen torres de sonido en la primera y tercera bases, y una plataforma con la forma del logo de Pepsi donde debería estar la segunda. Vuelan drones sobre el terreno, algo que pensé que no volvería a ver en un espectáculo privado en la misma ciudad en la que presuntamente intentaron matar a Nicolás Maduro en agosto. Hay un señor mayor (un coach, me refiero) que se pone a mitad de la distancia entre la lomita y el home plate y tira pelotas que tampoco pueden ser tan bombitas: los físicos han calculado que aproximadamente 15% de la fuerza de un batazo es atribuible a la velocidad del lanzamiento del pitcher. En otras palabras: si de milagro logras pescar una recta de 100 millas por hora, es probable que tu batazo salga más duro que conectando la curvita de un softbolista con lipa.

De los diez grandeligas invitados por Polar, solo cuatro habían actuado antes en la actual temporada de la LVBP (Liga Venezolana de Beisbol Profesional). Dos de ellos ya en el ocaso de sus carreras como Luis Jiménez y Jesús Guzmán, el más valioso de aquella campaña 2008-2009 inolvidable para mí por más de un motivo. Lo más relevante del Jonrón Pepsi 2018 es que quizás es la única oportunidad en que veremos juntos en un estadio venezolano a dos nuevas estrellas que casi con toda probabilidad jamás se uniformarán con Tiburones o Leones (ni mucho menos viajarán de madrugada por la vía Morón-San Felipe), no en los mejores años de sus vidas: Ronald Acuña, novato del año en la Liga Nacional; y Gleyber Torres, tercero en la votación de la Liga Americana. Curiosamente, en un Universitario a medio llenar en el que son mayoría los caraquistas, Ronald eleva mucho más los decibeles de carisma que Gleyber, recibido con frialdad quizás precisamente por no haber debutado como león.

No, el Jonrón Pepsi tampoco es ya lo que era: aquel acontecimiento que enfureció a Maduro en diciembre de 2016 y le hizo llamar diablo al entonces pelucón Lorenzo Mendoza –aclamado con gritos de “presidente” en las dos ediciones anteriores, y esta vez aplaudido con respeto pero sin pasiones–. Tampoco hubo coros de “se va, se va”, dirigidos a quien vive en Miraflores.

Pepsi

Antes de la competencia de exhibición viril, te hacen pasar a una rueda de prensa en la que los diez gladiadores pasan en parejas, y en la que constatas que el tiempo parece pasarle por encima a todo el mundo excepto a Adriana Flores de Meridiano TV.

Ver grandeligas en persona te hace confrontar las razones prácticas de porqué no cumpliste tu sueño de ser deportista o porqué no estás casado a los 43. Prácticamente todos se sientan con las piernotas abiertas. Ronald Acuña, guayota de oro, gorra volteada, rulos quemados y medias hasta las rodillas, es tan exuberante que podría haber aparecido en el video Remember the Time, de Michael Jackson. Parco en sus respuestas, inclina instintivamente el torso hacia adelante, en actitud de desafío al mundo: en puesta escénica, ciertamente se lleva por los cachos a Gleyber, de ojitos entrecerrados y que solo acierta a recordar a Bob Abreu cuando le preguntan por las figuras de ese pasado legendario en el que parecen haberse petrificado los Leones. El cuerpo de sumotori de Luis Jiménez, su adversario cuarenta y veinte en el derby y en los tatuajes en los brazos, se le burla en las narices: “¡Y este es caraquista, y vive en Caracas!”. Impresiona la estatura de Cafecito Martínez, de ojos tristes como la historia de su fallecido padre y chivita a lo Bob Marley. Jesús Guzmán se escurre en los lugares comunes peloteriles de toda la vida cuando le señalan por su mala temporada. Willson Contreras, el de las cejas más pícaras, no anda con falsas piedades y deja claro que ni de casualidad le verán vestido de Tigre de Aragua.

Un derby de jonrones es como intentar masturbarse tres veces seguidas cuando tienes más de 30 años. Es un chicle que pierde rápidamente el sabor, como aquella película de Troya en la que Brad Pitt, en la manifestación más acabada de la historia de la metrosexualidad, rivalizaba consigo mismo en estar más bueno que en la escena anterior, sin que aquel despliegue pudiera tener otro desenlace posible que la muerte o el hastío. Lo más reconfortante del show elitesco (unos patacones en un food truck cuestan la mitad del sueldo mínimo decretado días atrás) es que los souvenirs más valiosos van a parar a los más pobres en la grada popular; eso sí, previa revolcada full contact que hace recordar al Buzkashi, el violento deporte nacional de Afganistán en el que decenas de jinetes luchan por los despojos de una cabra.

El portal especializado The Hardball Times desglosó hasta 18 factores que según la física inciden en la conexión de un jonrón, entre ellos la altura sobre el nivel del mar (mientras más alta, mejor) y el ángulo en que el bate proyecta la bola, que no debe ser demasiado bajo ni elevado (idealmente entre 25 y 35 grados, para ser exactos). Al final, todo se limita a un duelo entre dos opuestos arquetípicos del bateador de poder: el estadounidense Delmon Young, el lento Godzilla magallanero de 33 años ya en la etapa final de su carrera (de lo contrario no sería un importado de la liga de un país con la mayor inflación del mundo) que ordeña su fuerza bruta conectando tablazos hacia su propia banda, el left field en su condición de aporreador derecho. Y Ronald Acuña, el velocirraptor naciente de apenas 20 años que es un puro ejemplo de atletismo y explosividad, un madero mucho más completo, espectacular e impredecible para los pitchers de verdad, cuyas líneas caen regadas como una lluvia de meteoritos hacia todas las bandas. La batalla esta vez la gana Young, pero todo el mundo sale del Universitario sabiendo que ha visto un pedazo del futuro en Acuña.

La primera semana de diciembre en el beisbol venezolano empieza con el pantallazo de una súper estrella naciente en Caracas y termina con una estrellada que hará alejarse más y más la promesa de la primera: la camioneta volcada de dos ex grandeligas que estiraban sus años de declive en la pelota venezolana. Una tragedia que las versiones preliminares orientan hacia la tesis del asesinato provocado por rateros de carretera, probablemente desesperados por llevar algo en sus bocas en una provincia venezolana cuya crisis profunda aterra imaginar.

Adiós, Luis, que pudiste haber tomado la última pepsi del desierto de la navidad caraqueña. Adiós, José, para mí tu hacha guariqueña siempre será como la Stormbreaker de Thor.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia