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No es solo enfrentar a un dictador

La dictadura pasó mucho tiempo invirtiendo recursos en armas y estrategias para vender su derrota cara si alguna vez Estados Unidos se convertía en una amenaza real en lo militar. No por nada algunos reportes señalan que, con una operación de este tipo, se podría tardar hasta seis años estabilizar la nación con una inversión que superaría los 80 mil millones de dólares.

El chavismo es, en pocas palabras, una organización criminal formada por muchas organizaciones criminales. Creer que sólo la FAN sostiene a Nicolás Maduro es bastante ingenuo. Un posible quiebre de la FAN no garantiza una transición pacífica en el país, ya que hay grupos armados que no responden al Ejército venezolano y que, por el contrario, son leales sólo al dictador.

Aunque algunos digan que los esbirros de Maduro no están en la capacidad de enfrentarse a una potencia militar como Estados Unidos y sus aliados de la OTAN –lo cual es cierto–, esto no quiere decir que los mentados grupos no puedan hacer una resistencia significativa.

Lo primero que hay que aclarar es que aquí no se realizaría ninguna “intervención militar”. En Venezuela ya hay intervención, y la permitió la dictadura hace tiempo: rusos y cubanos toman decisiones en el devenir del país. Lo que, en el marco de la lucha democrática, podría ocurrir es, como lo ha dicho el presidente (e) Juan Guaidó, un escenario en el que ejércitos extranjeros ingresen para derrocar al chavismo; es decir, una coalición por la libertad de una nación que se convirtió en un problema global desde que hace casi dos décadas. El régimen y sus actores principales decidieron utilizar el dinero del petróleo para financiar narcotráfico, guerrillas y terrorismo, además de alimentar una crisis económica sin precedentes que produjo un número de desplazados sólo comparable con el de una guerra.

Empecemos por un caso: el Ejército de Liberación Nacional. Según reportes, este grupo guerrillero colombiano se encuentra actualmente en 12 estados venezolanos y las autoridades del gobierno de Iván Duque han dicho que los soldados venezolanos les han enseñado cómo usar misiles capaces de tumbar aviones militares.

“La fuerza marxista conocida como el ELN ha utilizado durante mucho tiempo el territorio venezolano como refugio, y tiene una estrecha afinidad ideológica con el gobierno socialista de Maduro”, escribe Matthew Bristow en un artículo para Bloomberg. “Maduro moviliza todo lo que puede en su lucha por aferrarse al poder mientras Estados Unidos y sus aliados piden abiertamente una rebelión militar, al tiempo que intentan congelar las finanzas del Gobierno mediante sanciones”.

En un hipotético escenario de guerra se podría especular diciendo que este grupo de rebeldes colombianos tiene la capacidad de controlar algunas zonas del país, especialmente aquellas en las que ya se encuentra.

Si las FARC pudo hacerlo en tierras colombianas, ¿por qué no lo harían en Venezuela si ya tienen una estructura consolidada? ¿Estamos acaso ante la posibilidad real de diálogos “por la paz” dentro de unos 20 o 30 años, entre un gobierno democrático venezolano y el ELN, como ocurrió en Colombia?

Por otro lado, existe el peligro de que realicen atentados puntuales y estratégicos, como lo hizo este grupo paramilitar en enero con una escuela de policías en Bogotá. Esto representaría, sin duda, una tragedia para toda la región.

Quizá por ello, Duque ha sido prudente a la hora de hablar de una posible alianza militar para derrocar al chavismo: aunque suene egoísta, Colombia no tiene porqué sacrificar vidas por la libertad de Venezuela, especialmente cuando están en proceso de paz tras años de sangre.

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Foto: Francisco Bruzco | Crónica.Uno

Terrorismo en Margarita

De lo que se habla poco es de algo que representa uno de los mayores peligros en caso de que se forme una coalición extranjera: la presencia del Hezbolá en Venezuela, especialmente en la Isla de Margarita.

Se trata de una organización terrorista internacional que podría agitar no sólo a la nación venezolana sino a toda América Latina.

Al igual que el ELN, han logrado construir una estructura sólida, impulsados principalmente por Tareck El Aissami.

“Hezbolá está muy bien atrincherada en Venezuela”, reza un artículo escrito por Colin P. Clarke para Foreing Policy. “El grupo terrorista chiita ha trabajado durante mucho tiempo en establecer una vasta infraestructura y plataforma para sus actividades delictivas, incluyendo el tráfico de drogas, lavado de dinero y el contrabando ilícito”.

¿Se rendiría el Hezbolá si los marines estacionan su portaaviones y desembarcan en Venezuela?

Lo veo poco probable.

El búnker de Guayana

Si Maduro no huye a Cuba, podría atrincherarse en Guayana activando el Plan Escudo Guayanés.

¿En qué consiste? Según el politólogo José Ricardo Thomas, implica “una acción de repliegue estratégico y atrincheramiento en el sur y este del país” con el objetivo de controlar, al menos, una parte de Venezuela como los estados Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro.

Allí entrarían en juego todos los actores militares y paramilitares que no han sido antes mencionados: los efectivos de la Fuerza Armada que decidan seguir del lado de Maduro, el Faes y colectivos. También podrían estar en esta zona del país algunos miembros del ELN y Hezbolá que decidan salir de su “zona de confort”.

“El plan fue elaborado por Hugo Chávez en el 2012 junto a los cubanos. En su momento, algunos líderes opositores tuvieron información de este proyecto. Ahora Maduro, en la comisión presidencial que anunció para obtener ‘asesoría’ ante el apagón, agregó a Rusia, China, e Irán. La comisión la preside Delcy Rodríguez”, escribió la periodista Ibéyise Pacheco en marzo, al tiempo que hacía un llamado a “encender las alarmas”.

“Lo que Maduro llama ‘comisión’ es el equipo ejecutor del Plan Escudo Guayanés”, agregó.

El menos dañino de los casos

Si bien es cierto que el chavismo ha matado –y seguirá matando– cifras alarmantes de personas, nada más con la inseguridad y la emergencia humanitaria, una coalición no sería una respuesta “quirúrgica” y podría elevar la tragedia a unos niveles incalculables.

A pesar de ello, es sin duda un camino preferible antes que la continuidad de la dictadura: la libertad de Venezuela es necesaria tanto para los venezolanos como para la región entera.

No creo en el diálogo sin amenaza real, pues la dictadura jamás negociará su salida pacífica si no siente que es extremadamente necesario.

Pienso que el quiebre de la FAN es algo vital para los escenarios menos dramáticos, pues eliminar el Ejército sería un error, ya que es necesario a la hora de controlar al país cuando se desaten los demonios que estarían por desatarse.

¿Que han demostrado ser una vergüenza durante todos estos años? Es cierto.

¿Que en una posible transición quedarían actores indeseables dentro de la FAN? También es cierto.

Pero es necesario. Sería, entonces, el momento ideal para que Guaidó, como Jefe de Estado, aplique la Ley de Amnistía de la manera más digna y menos polémica posible, estudiando caso por caso.

Pienso en los Oscar Pérez, los Caguaripano, los generales Vivas, los Iván Simonovis: los tipos que con su liderazgo demostraron que otras fuerzas de seguridad son posibles en la Venezuela que está por venir.

Estados Unidos, a su vez, podría ejecutar un “Plan Colombia” en Venezuela, como lo hizo en la nación hermana para entrenar a los militares del país para enfrentarse en su momento a las FARC. En nuestro caso, lo harían para luchar contra el ELN, Hezbolá, colectivos, Faes, paramilitares y, posiblemente, mercenarios rusos.

Soy de los que cree que los civiles, más allá de tomar las calles con valentía, no deben ni están en la capacidad de enfrentar al hampa… básicamente porque no tienen armas. Al hampa se le enfrenta con la fuerza y el entrenamiento que requieren fuerzas de seguridad. Y el hampa es quien gobierna a Venezuela. Por eso, quienes han hablado alguna vez de una posible “guerra civil” no hacen más que mostrar su desconocimiento de la realidad venezolana. Una realidad que no cabe en los lugares comunes ni en la ingenuidad de pensar que la solución a nuestro problema tiene algo que ver con dramas de Hollywood: a lo que nos enfrentamos es a algo más complejo de lo que parece.

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_


Maracaibo y lo que la luz se llevó

Otra vez se quedó en el ascensor. Su nombre es Antonio y es uno de los vecinos más populares y colaboradores del edificio donde vivo. Desde que arrancaron los apagones nacionales en marzo, ha corrido con la mala suerte de estar dentro del ascensor en al menos cinco bajones.

Cuando esto ocurre, se activa un equipo de contingencia entre vecinos para sacarlo abriendo el ascensor manualmente. Siempre son los mismos chistes: “A usted como que le gusta estar dentro del ascensor”, “Tiene tanta mala suerte que ni loca me monto con usted”, “Nada más escuché que alguien se había quedado atrapado y dije: lo volvió a hacer Antonio”.

Su esposa, quien se pone muy nerviosa, dice lo habitual: “No sé hasta cuándo le voy a decir que no se monte en estos tiempos de apagones. Que mejor baje siempre por las escaleras. Ya me tiene harta”.

Y yo estoy de acuerdo con ella. No porque esté harto de colaborar para sacarlo, sino porque me parece un enorme riesgo que ni loco correría, especialmente porque soy claustrofóbico. La verdad, no tengo problemas con bajar y subir todos los días hasta mi apartamento, en el sexto piso, porque estoy seguro de que jamás podría aguantar los cinco o diez minutos que aguanta Antonio mientras lo sacan de su encierro.

Estas historias nunca llegan a la prensa. Probablemente porque las consideran pequeñas tragedias demasiado íntimas para ser relevantes, salvo que suceda algo más: como alguien muriendo asfixiado.

Dios cuide a Antonio.

Estas historias son producto de la ineficiencia y corrupción a la que ha estado sometido el sistema eléctrico nacional en los últimos 20 años. Son consecuencias que no deberían ocurrir jamás, y menos en Maracaibo, la primera ciudad de Venezuela que tuvo electricidad.

Pero ocurren.

Las calles, ya sucias por la ineficiencia del alcalde, ahora están peores: las adornan un montón de barricadas improvisadas, producto de protestas, que nadie se digna a quitar; algunas carnicerías no tienen carne porque los carniceros temen encargar mercancía que corre el riesgo de ser saqueada; hay panaderías que no tienen pan porque los dueños se niegan a producir grandes cantidades que luego no pueden ser vendidas porque los puntos de venta no funcionan y nadie tiene efectivo; muchas personas no beben agua fría ni duermen con aire acondicionado en una ciudad conocida por sus altas temperaturas; el transporte público es poco o nulo: la mayoría de las unidades están en colas interminables para echar gasolina, mientras los ciudadanos se ven obligados a caminar largas distancias para llegar a sus destinos.

A unas cuadras de mi apartamento hay un barrio donde todas las tardes las aceras están full de mesas. Parece un torneo, pero solo se trata de vecinos que han encontrado en el ludo, dominó o damas chinas, una manera de pasar el rato.

Hace poco más de un mes, en el primer apagón del siete de marzo, muchos de ellos participaron en los saqueos que afectaron a más de 500 locales comerciales. Todavía, cuando paso por allí, escucho cómo algunos cuentan con orgullo lo que tuvieron que hacer –desde destrozar santamarías, hasta romper puertas de vidrio– para cargar bultos de harina pan o decenas de bolsas de cereal. Lo comentan mientras esperan que llegue la luz: con suerte tienen unas ocho horas diarias de electricidad.

José Miguel no. José Miguel en las últimas semanas apenas ha tenido cuatro horas… en los días buenos. En los malos, no tiene ni una. Por ello, entre otras cosas, casi siempre su teléfono está descargado o no tiene señal ni WiFi.

Ayer me escribió. Al fin supe de él. Me cuenta que posiblemente ya no se gradúe este año porque las asesorías para presentar su tesis se han retrasado. Coño de la madre, le respondí. Luego, me regaló un análisis de la tragedia que vivimos: “Esta situación es muy arrecha porque te pega en los puntos más débiles: ver memes y porno”. Entonces reí y me alegré al descubrir que aún no ha perdido el espíritu… o al menos eso intenta aparentar.

Hay muchos que sufren los apagones con más intensidad que otros. Con más intensidad que yo. Hay quienes tienen luz más de diez horas al día; otros están por encima de las cinco o tres, y hay quienes han pasado hasta ocho días seguidos sin electricidad.

Mi abuela nunca tiene en la madrugada, aunque duerme bien según mi mamá, quien ciertas noches a la semana se queda con ella. “Quien la pasa mal soy yo”, me comenta. “No descanso nada”.

El gobernador ha publicado un cronograma que no se respeta, y el muy cínico ha dicho que está bien: que si se va la luz fuera de estos horarios, el pueblo debe entender que se está haciendo mantenimiento y estas cosas ocurren.

Ni con cronograma en mano el pobre de Antonio puede evitar quedarse en el ascensor.

Maracaibo está apagada. Literalmente. La calle 72, conocida por sus populares discotecas, está desolada por las noches. Algunas discos trabajan pero sin aire acondicionado y no logran llenarse ni a la mitad. Aún hay quienes se empeñan en ser felices a pesar de todo, o simplemente por un momento escapan de la pesadilla fumando marihuana, bebiendo cerveza y escuchando trap. Este es un lujo al que no todos pueden acceder en estos momentos.

La mayoría de los hoteles también están cerrados. Parece banal pero ni coger se puede y, coño, cómo hace falta.

Los únicos abiertos son los 5 estrellas, impagables para la mayoría de la gente honesta. Allí se quedan, principalmente, enchufados y autoridades como el gobernador y alcalde, según denuncias. Estos personajes, incluso, se atreven a montar costosas fiestas. A lo mejor ellos, en tiempos de apagones, también necesitan escapar por un rato de su rutina, ¿no?

No estamos para gastar plata en eso, me dice la jeva. “Mejor esperamos un día que mi mamá no esté y lo hacemos en mi casa”.

Mi comunicación con ella no ha sido muy fluida en las últimas semanas, lo cual ha traído algunas consecuencias a la ya complicada relación que tenemos. Qué raro el chavismo empeorando todo, ¿no?

Me escriben panas de Caracas, Argentina, Brasil, Chile, Miami y Uruguay para saber cómo estoy. A todos les digo que bien, aunque mis respuestas a veces llegan unas diez horas después por problemas de conexión.

Y en realidad me siento bien, o al menos mucho mejor que otras personas a las que veo quebrarse a diario en la oficina, la panadería o el edificio. He llegado a la conclusión de que, como mi trabajo es contar nuestra tragedia, ya perdí la sensibilidad. Como un corresponsal de guerra.

Uno nunca se divorcia de la suegra cuando es buena, aunque la hija esté bloqueada hasta en Instagram. La mía me escribe casi a diario. Antes lo hacía para saber cómo estaba; ahora, preocupada, para confesarme que está traumatizada con los apagones.

No es la única. Tengo una compañera de trabajo que suele aguantar las ganas de llorar cuando nos cuenta su día a día. Ella juega para el equipo de José Miguel con “alumbrones” de cuatro horas. A ello hay que agregarle la escasez de agua que ha empeorado por el tema eléctrico. Hace unos días escribió una crónica sobre cómo carretea todos los días junto con su mamá: “Tuve que hacerla para desahogarme”.

Esa es otra de las caras de Maracaibo por estos días. Para transportar agua no hay distinción social: clase media alta, clase media, clase pobre, clase más pobre: todos lo hacen. La clase alta no, porque eso ya casi no existe o se resume en  quienes disponen de agua sin ningún problema en los hoteles donde se alojan.

Por las calles se ven pasar botellones en vehículos de todo tipo: carretillas, coches de bebés y hasta carritos de supermercado. Son escenas que se han vuelto cotidianas pero que parecen sacadas de una película apocalíptica.

Un adolescente fue atropellado el otro día cuando intentó atravesar una avenida sosteniendo un botellón pesado que le dificultaba sus movimientos. El carro se dio a la fuga. Su familia no tenía dinero para darle una sepultura digna y la alcaldía le ayudó con los recursos. Una tía dijo estar agradecida, pero no pestañeó al sentenciar: “Si no hubiese esta crisis de agua, él no se hubiera muerto y ellos no tendrían que ayudarnos”.

Tras casi un mes perdido, mi mamá volvió a clases hace una semana en un horario especial: hasta el mediodía, si hay luz; hasta las 10:00 de la mañana si no. El día exacto de regreso uno de sus alumnos le dijo: “Yo no le deseo la muerte a los chavistas, pero espero que haya justicia”.

Tiene 11 años.

Hace unos meses empecé a ver la serie Lost en televisión por cable. Todos los domingos pasan unos cuatro episodios y desde que inició esta pesadilla se me alteró por completo la historia. El pasado domingo pude verla, después de dos domingos, y no entendía un coño.

Un pana me dice que ni me moleste en terminarla porque el final es una cagada, pero yo quiero verla, maldita sea. Así como también quiero ver la Champions League. Cristiano Ronaldo va camino de ganar una nueva Champions, como para vengarse del Real Madrid, y todo apunta a que tendré que recurrir a YouTube.

Otra cosa que me quitará el chavismo.

Se aproxima Endgame y me agobia la angustia de pensar en todas las cosas que tendré que hacer para evitar los spoilers si no puedo verla la semana de estreno. Mi mejor amiga vio con dos semanas de retraso Capitán Marvel porque los cines no tenían plantas eléctricas, con lo que cortó la racha de ver todas las películas de este universo el primer día.

Todos los días nos quitan algo más.

No es que Maracaibo fuese un paraíso antes del siete de marzo. De hecho, la ciudad en la que crecí está en caída libre y ha perdido su normalidad desde hace años. Es irreconocible para el niño que fui. Algunos parques de diversiones han quebrado, puestos de comida desaparecieron y no me queda casi ningún amigo. Pero, sin duda, está menos normal que nunca.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

 

El espíritu también se cansa

Y allí estábamos: bebiendo y riendo, como si hace una semana, el siete de marzo, no hubiese ocurrido un apagón nacional que provocó caos y zozobra en todo el país, pero especialmente en Maracaibo –nuestra Maracaibo–, cuyo territorio entró en una especie de ambiente apocalíptico luego de que se iniciaran saqueos que afectaron a cientos de locales comerciales, con pérdidas que superan los 50 millones de dólares y con negocios que no podrán recuperarse jamás.

A lo mejor y es que no hay nada que el alcohol, amigos y risas no puedan curar. De hecho, la experiencia me dice que precisamente la combinación de estos tres elementos se convierte en el arma de resistencia más noble y sana que existe frente a esa estructura enferma y criminal de la autodenominada Revolución Bolivariana. Era sábado y, aún en dictadura, el cuerpo lo sabía; más aún si había luz.

Yo había visto y vivido situaciones rudas. Como a la mayoría, el blackout me tomó desprevenido, por lo que estuve dos días con la pila descargada en el teléfono: sin saber a qué se debía no tener electricidad por tanto tiempo, o qué estaba ocurriendo en el resto del país.

Cuando pude cargar, recuperar la señal telefónica y ponerme en contacto con mi equipo, regresé al trabajo. Estuve en varios saqueos, presenciando imágenes terribles e insólitas a la vez: vi niños saqueando con el consentimiento de sus familiares, personas destrozando negocios como locos y familias organizadas en camionetas tomando todo lo que podían… aunque “todo lo que podían” significara detergentes o sillas.

El historiador Ángel Lombardi lo catalogó como el Maracaibazo, en alusión al Caracazo, pero yo aún no sé si lo que observé fue hambre.

A la par, escuché relatos conmovedores de comerciantes cuyos negocios habían sido robados por completo y alucinaba con los que decían que, si las autoridades no hacían nada, ellos defenderían lo suyo incluso a plomo. Y así fue: en redes sociales se colaron varios videos de dueños de negocios espantando saqueadores con tiros al aire y en las azoteas de algunos supermercados se observaban sujetos con armas largas pagados por los dueños para cuidar los establecimientos.

Parecía lo único que podían hacer para proteger lo suyo, frente a la nula o prácticamente nula respuesta de las fuerzas de seguridad, que llegaban tarde a los saqueos o simplemente no llegaban; en algunos lugares hasta participaron en ellos, según denuncias.

 

Ese sábado entre juegos y chistes salieron, inevitablemente, las vivencias del apagón. Sin duda, es más duro cuando los testimonios te los dan las personas a quienes quieres: la amiga que se las ingenió para entretener y alimentar a sus dos bebés en medio de la oscuridad; el que tuvo que desayunar, almorzar y cenar carne, en diferentes presentaciones, para que no se le pudriera en la nevera… hasta que se le acabó y luego no sabía qué comer ni dónde comprar; el que recorría la ciudad en su carro buscando señal para el teléfono, mientras observaba, con indignación y sin poder hacer nada, cómo eran saqueados los supermercados o panaderías donde compra a menudo; o a la que aún se le notaba la rabia infinita en sus expresiones cuando contaba cómo su mamá, con problemas en la espalda, tuvo que dormir cinco días en el piso.

Aunque sabíamos que esta tragedia podía repetirse, aquella noche no quisimos pensar mucho en ello.

Y se repitió: fue el lunes 25 de marzo; otro apagón nacional, aunque “afortunadamente” sólo duró poco más de 40 horas.

He podido observar, nuevamente, la destrucción que te puede dejar el simple hecho de estar sin luz por días; parecen consecuencias similares a las de una guerra: al menos tres muertos en hospitales nacionales por culpa de las fallas eléctricas, encontrar negocios para comprar comida es una odisea, pacientes renales en condiciones críticas trancan calles para protestar porque se están muriendo. Aún no hay reportes de saqueos, pero posiblemente esto se deba a que ya no hay nada que saquear.

He visto también los rostros de ciudadanos cansados y resignados que, aunque no lo dicen en voz alta, parecen pedir a gritos piedad y soluciones. Porque el espíritu, por muy fuerte que sea, también se cansa.

Hay quienes dicen que la única explicación para todo esto es que Dios le hace bullying a los venezolanos; yo prefiero decir que no es Dios, sino unos cuantos malandros que secuestraron al país y que están dispuestos a hacernos todo el daño posible.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_  

El tipo que hizo lo que tenía que hacer

Una de las mejores escenas del Joker de Christopher Nolan, interpretado por Heath Ledger, se presenta en la comisaría de Gotham City, cuando el terrorista es detenido y, para liberarse, provoca a uno de los oficiales diciéndole que había torturado a sus amigos antes de asesinarlos y que, cuando una persona está a punto de morir de manera cruel y despiadada, muestra lo que realmente es.

“Así que básicamente yo conocí a tus amigos mejor que tú”, expresa el villano en tono burlesco.

Quizás eso fue lo que pasó aquel lunes 15 de enero de 2018: Venezuela conoció al verdadero Óscar Alberto Pérez. Sin helicópteros, ni cámaras, ni banderas, ni constituciones, ni asaltos al estilo del Capitán América. Sólo su desesperación y un teléfono a través del cual pedía piedad y exigía su legítimo derecho de ser juzgado por fiscales de la nación, mientras recibía plomo por parte de los matones de la dictadura.

Esa fue la segunda vez que vi algo humano en aquel apuesto sujeto de ojos verdes que enviaba mensajes desde la clandestinidad y que sólo mostraba fortaleza. La primera fue en un artículo publicado por Daniel Lara Farías en La Cabilla, donde este columnista afirmaba que fue profesor de Pérez, a quienes todos le apodaban el “gato”.

“Uno normalmente recuerda a los buenos alumnos y a los malos alumnos. De Óscar Pérez me acuerdo, sin duda. Era uno de esos alumnos que intervenía y preguntaba y discutía. Ni más ni menos que eso. Una o dos veces más supe de él en sus andanzas de ‘comando’ y todo aquello. Ni una opinión política, ni una genialidad sobre el país. No. Un hijo de papá que llegó a policía igual que papá y que le pagaron el curso de piloto con dinero del Estado. Solo eso”, escribió Lara Farías.

“Hago esta incómoda y fatua introducción para poder explicar mi incredulidad, agnosticismo y escepticismo a propósito de las acciones de Óscar Pérez desde el día que salió montado en un helicóptero lanzando explosivos sobre ciertos puntos de Caracas. Me pareció, desde todo punto de vista, una acción desesperada, ridícula y fuera de lugar que una persona con un recurso tan valioso como una aeronave hiciera una ridiculez y no una acción policial real, porque se supone que el señor es policía. Sencillamente, me decepcionó su accionar (…). La pantallería posterior confirma mis sospechas: pura paja. El tipo quiere ser youtuber o instagramer o quién sabe qué. Pero allí no hay sustancia, ni proyecto de país”, agregó.

Yo no sé si el “gato” quería ser youtuber o instagramer. Lo que sí pude confirmar es lo que quería ese lunes: entregarse con la esperanza de volver a ver a Sebastián, Santiago y Dereck, sus hijos. Pero lo acribillaron.

“Sebastián, Santiago, Dereck, saben que hemos hecho esto es por ustedes, por todos los niños de Venezuela. Espero verlos muy pronto, los amo hijos, los amo”, decía en uno de los desgarradores videos.

El asesinato cruel y cobarde de Pérez y su equipo se produjo en medio de publicaciones en redes sociales de una gran cantidad de personas que llamaban show a su masacre, e incluso se burlaban porque se le había acabado “la novela”. Ni siquiera el video de su madre exigiendo que se le respetaran sus derechos los conmovió.

En esos mensajes pude observar a ciudadanos completamente dañados, igual que sus gobernantes. Pero también vi a esos paranoicos que exigen constantemente a sus oficiales que se rebelen contra la dictadura o se quejan de que sean su sostén, pero en cuanto sale algún grupo rebelde optan por la opción más fácil: “es un pote de humo”. Porque no fue sólo Pérez, también otros como Caguaripano, el general Vivas o los de Cotiza.

Cuando Donald Trump habló de este ex inspector, y le dio un micrófono a su mamá para que se expresara durante un discurso en Miami el pasado 18 de febrero, sentí pena por los dirigentes opositores que no hicieron lo mismo en su momento y recordé las veces que mis amigos, no interesados en política, me preguntaban qué coño tenía que pasar para que saliéramos de la pesadilla chavista y mi respuesta siempre fue la misma: cuando todos hagan lo que tienen que hacer.

Porque al final eso fue Óscar Pérez: un venezolano que desde su posición cumplió con su deber al desconocer a Maduro, tomar las armas, llamar a la rebelión y defender la Constitución; esto no es algo que le pides a un civil, a un periodista, a un artista o a un sacerdote. Es algo que le pides a un policía o militar, porque posee entrenamiento pagado por el Estado y juró defender a su gente. Y él estuvo a la altura del compromiso.

Afortunadamente, por estos días muchos hacen su trabajo: Juan Guaidó le planta cara a la pandilla de Maduro y recorre las calles de Caracas con valentía y el traje de un civil que asumió legítimamente ser presidente encargado de Venezuela; la comunidad internacional lo blinda frente al régimen; los ciudadanos, orgullosos de ser llamados así y no “pueblo”, toman las calles; la Conferencia Episcopal de Venezuela, en un gesto de dignidad que aún muchos esperamos de Francisco, desconocen al usurpador y condenan sus violaciones de derechos humanos; algunas universidades hacen lo propio.

Pero, ¿y la FANB para cuándo?

Con suerte el discurso de Trump, la ley de amnistía y el espíritu de Óscar empujará a muchos para que se pongan del lado correcto de la historia.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

El tío de mi pana y el G2 cubano

Parecía otra cadena directamente llegada de algún laboratorio del G2 cubano, pero la compartía uno de mis mejores amigos en un íntimo grupo de WhatsApp. Y no era cadena, sino un dato importantísimo: su tío, un general retirado de la aviación, acababa de llamar a su papá para pedirle que ni él ni su familia salieran de casa, pues unos compañeros de él en Caracas “tomarán acciones”.

Era la noche del pasado domingo tres de febrero y en el ambiente se respiraba que la pesadilla chavista podía terminar en cualquier momento: el presidente de Colombia decía que sólo era cuestión de horas; un periodista venezolano, con larga trayectoria, publicó un mensaje en Twitter en el que, en forma de clave, parecía atreverse incluso a ser más preciso: de 24 a 72 horas; en las redes sociales de Carla Angola había un video de Fernando del Rincón afirmando que, basado en la seguridad con que hablaban algunos mandatarios y funcionarios internacionales –como el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence–, algo estaba a punto de pasar; mientras tanto, en el TimeLine de mi Twitter, una chama prometía publicar foto-tetas si el chavismo caía en la fecha en que nació: cuatro de febrero.

La locura y la ansiedad eran palpables.

“No quiero compartirlo para no quedar como las cadenas que envían las viejas y que nunca se cumplen. Pero hablo claro: estoy hasta cagao”, escribía mi pana. “Tío en 20 años nunca envió un rumor o nos vendió humo. Siempre fue muy serio con eso”.

Y yo le creía. En todo caso, quien mentía era su tío, no él.

Antes de que acabara la noche, mi hermano nos llamó para pedirnos que no vayamos a trabajar al día siguiente; que estaban diciendo muchas cosas y que, con la miseria que ganamos, no valía la pena que nos arriesgáramos. Mi madre,  adormitada, apenas entendió lo que le dijo, y le respondió con un: “Ok, hijo”.

A la mañana siguiente, mi mamá, maestra, se dio cuenta de que tenía decenas de mensajes en su teléfono de representantes que informaban que no enviarían a sus hijos al colegio, por lo que ella decidió tampoco ir. Además, se unió al llamado de mi hermano y me pidió que no fuera. Yo la chantajeé con un simple: “Y si se prende el peo… ¿Cómo se entera la gente?”

¿Ya dije que soy periodista?

En la oficina recibí y reporté buenas noticias: más de 15 países europeos habían reconocido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Pero nada de alzamientos, sino todo lo contrario: Maduro se exhibía con militares y pronunciaba un discurso lleno de amenazas, aunque acompañado de una evidente desesperación.

Según él, el maldito cuatro de febrero de 1992 nació la “dignidad” del pueblo venezolano.

En mi grupo de WhatsApp, mi pana respondía a los ataques contra su tío por vendernos humo: “No sé, marico. A papi le dio hasta el nombre del general que encabezaría las acciones y hoy compró comida por bulto para varias semanas, como si estuviese claro de que algo va a pasar”, respondió.

Entonces pensé que tal vez fue víctima de alguna estrategia del G2 cubano. Luego, con más frialdad, le di el beneficio de la duda y recordé la sublevación de Cotiza, los supuestos contactos con oficiales de alto rango de los que alardean Julio Borges y Marco Rubio, y en los cientos de militares presos por estar en contra del dictador. Y reflexioné, tratando de convencerme de que sí, de que en cualquier momento puede ocurrir lo que muchos añoramos: que la Guardia Nacional por fin se ponga del lado de la Constitución y de los ciudadanos, para dejar de defender a obesos y corruptos políticos que tanto daño nos han hecho a todos, incluyéndolos a ellos.

Tal vez ese día llegue pronto, pero no aún. Al menos no ese lunes cuatro de febrero de 2019.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_

Teodoro para principiantes

En 2015 un zuliano fue premiado por decisión unánime como el ganador del Premio Ortega y Gasset a la trayectoria periodística, galardón que entrega el periódico El País de España desde 1984, pero no podía ir a Madrid para recibir el reconocimiento porque tenía una orden de prohibición de salida del país por parte del Tribunal Supremo de Justicia –además de un régimen de presentación semanal–, tras ser acusado por Diosdado Cabello por presuntos delitos contra su honor.

Sin embargo, a través de sus abogados bien podría haber solicitar a la corte un permiso especial… pero no lo hizo.

“No lo voy a hacer. No le voy a pedir permiso a Diosdado Cabello para viajar. Sería como legitimar la conculcación de mi derecho al libre tránsito que se me ha impuesto”, dijo a un medio internacional.

Ese zuliano era Teodoro Petkoff, el tipo que protagonizó el escape de dos prisiones venezolanas al mejor estilo de películas de acción, o hasta de comedia pues en una de esas ocasiones tragó un litro de sangre para fingir una hemorragia dentro de prisión y luego, desde el Hospital Militar, bajó por las ventanas desde el séptimo piso.

Y en junio de 2015 estaba dispuesto a realizar otra hazaña de rebeldía, por lo cual apareció por sorpresa en la ceremonia del Premio Ortega y Gasset a través de un video para dar unas palabras: contra todo pronóstico, hizo acto de presencia en su premiación.

Estas anécdotas dicen mucho de Petkoff, querido por muchos y odiado por otros, pero que a prácticamente nadie dejó indiferente con su trayectoria en la política venezolana.

De madre judía polaca y padre búlgaro, se graduó con honores de economista en la UCV, fue profesor universitario, candidato presidencial en dos ocasiones, ministro de planificación, fundador del Diario Tal Cual y guerrillero del Partido Comunista de Venezuela en los años 60. Sobre esto último, no se le relacionó directamente con hechos violentos, salvo el asalto al Tren del Encanto (Miranda, 1963) que dejó 15 muertos –entre ellos 8 mujeres y 2 niños–, y cuya participación él siempre negó.

También Juan Vené lo acusó de corrupto por presuntamente conducir por las calles de Caracas un BMW de Luis Sojo, que le decomisó el gobierno nacional cuando él era funcionario. El destacado periodista deportivo aseguró que la información se la dio el propio pelotero, quien posteriormente negó todo.

Aunque sin duda lo que marcó un antes y un después en su vida fue su distanciamiento de la unión soviética tras la invasión en la Primavera de Praga en 1968, escribiendo un libro llamado Checoeslovaquia: el socialismo como problema.

“Si el socialismo es liberador, ¿cómo es posible que se imponga a la fuerza?”, se preguntó. Años después se publicó un libro-entrevista sobre él llamado Sólo los estúpidos no cambian de opinión.

De allí que, pesar de seguir siendo de izquierdas, se separara del partido MAS para adversar al presidente Hugo Chávez desde su llegada al poder, a quien le dedicó decenas de editoriales donde criticaba sus decisiones políticas y económicas.

Esta posición frente a Chávez lo llevó incluso a postularse como pre-candidato presidencial en el año 2006, aunque no logró su objetivo: el representante de la oposición fue Manuel Rosales, ex gobernador del Zulia.

En abril de ese año, Petkoff pronunció un discurso sobre su deseo de ser candidato. “Un saludo cordial. Soy Teodoro Petkoff y les pido apenas un minuto. He decidido presentar mi candidatura a la presidencia. Esto no puede seguir así. No puede seguir la angustia, la división y el miedo. No se puede vivir en conflicto permanente. No se puede progresar y echar pa’lante si se discrimina a una parte del pueblo con el odio de las listas Tascón y Maisanta. ¿Con qué derecho se puede negar el trabajo y el pan por razones políticas? A pesar del dineral que gasta el Gobierno, la gente no sale de abajo, no se crean empleos y hoy nadie está seguro, ni en la calle ni en su hogar”, expresó.

“Convoco a construir un país donde podamos convivir todos, con paz, seguridad y trabajo. Donde nuestras diferencias sean resueltas sin violencia. Exijo elecciones limpias, para darnos un gobierno honrado y capaz, que nos represente a todos, incluso a sus opositores. Los convoco a construir una Venezuela sin miedo. Muchas gracias”, añadió.

El pasado 31 de octubre de 2018 murió Teodoro Petkoff, pero su nombre seguirá vivo en el debate político durante las próximas generaciones.

 

Por Braulio Polanco@BraulioJesus_