El fin de las palabras

Siempre les decía a mis alumnos en la universidad: existe una guerra de lenguaje y el chavismo nos está revolcando en ella. Casi desde el primer día, a veces de una forma más explícita, otras veces de manera más subrepticia, han ido modificando la forma en la que hablamos y, por ende, la forma en la que terminamos pensando esta realidad que nos rodea. Desde algo tan aparentemente tonto como hablar de “conversatorios” en lugar de “charlas” o “tertulias”, hasta el hecho de que se me ericen los vellos de la nuca cuando me dicen que en tal o cual zona de Buenos Aires suelen pasar muchos “colectivos”. Con el tiempo hemos terminado pensando en sus propios términos y eso es algo más difícil de corregir que la economía o el sistema eléctrico; se trata de la piedra fundacional de nuestro entendimiento.

Una vez leí una analogía interesante: el lenguaje es al ser humano lo que el agua es al pez. Es el medio en el que se mueve, es el entorno que de alguna forma lo alimenta. También es ese todo envolvente en el que se desarrolla y que, en muchas ocasiones, ni siquiera nota que está ahí. Hay que detenerse y hacer un esfuerzo para desentrañar lo que esconden las palabras, las intenciones políticas que pueden ocultar, las herramientas de transformación social que llevan guardadas dentro de sí como si se trataran de pequeños caballos de Troya.

No solo es que el chavismo ha distorsionado lo que vemos, sino que también se ha encargado de manipular a su antojo dos de los marcos más importantes para comprender el presente: la historia y el lenguaje. Que veinte años después sigamos hablando de “dirigentes de oposición” no es cualquier cosa. Que por mucho tiempo hayamos asumido como positivo el término “escuálidos” es una victoria mayúscula para el lado oficialista. Palabras como esas aseguran la existencia de, por lo menos, la idea del chavismo por mucho tiempo. Eran opositores a qué, preguntarán las personas en el futuro. No se podrá explicar el término “escuálidos” sin explicar antes al chavismo. Las palabras guardan dentro de sí partes del alma de las personas, de los movimientos políticos, de los momentos históricos.

Este régimen se ha caracterizado por los controles que aplican y el lenguaje no fue ninguna excepción en este sentido. En principio, la forma en que sus dirigentes se comunicaban a la población, disminuyendo el nivel de su discurso con la excusa de acercarse a las clases menos pudientes, pero también bajando la barra de lo que debía ser el nivel de comunicación en general, al punto en que si una figura política intenta utilizar un lenguaje más sofisticado, más cuidado, genera sospechas. La otra parte de la estrategia fue el deterioro de la educación en general. Como se ha documentado, al chavismo no le hizo falta cerrar escuelas, destruir centros educativos ni nada por el estilo, fue tan simple como descuidar los centros de educación. Escuelas públicas en el olvido, condiciones laborales deplorables para los maestros en general, presiones sobre los colegios privados, cambios en las normativas para impedir que los alumnos repitieran grados. Todo esto ha llevado a la formación de personas a quienes cada vez les interesa menos el uso correcto del lenguaje, lo que las lleva a ser mucho más fáciles de manipular a través de las diferentes capas que puede tener una sola palabra.

Sin embargo, en estos últimos días en los que la dictadura ha estado mostrando otra de sus caras más horribles, se ha presentado un nuevo problema. Estos tweets de Jean Mary Curro creo que lo explican muy bien:

(tweet 1, tweet 2).

Ante cada nueva forma de romper a los venezolanos, de acabar con el país, nos vamos quedando sin palabras para describir el horror, el dolor, la tristeza, la desesperación. Y tiene sentido: si son nuevas formas de mostrarnos la maldad, sería lógico tener nuevas palabras para describir la maldad; pero, ¿de dónde las sacamos?

Me da miedo ese panorama en el que el lenguaje se nos quede demasiado corto como para describir estos años de oscuridad (física y simbólica). Me da miedo porque esto es algo de lo que tenemos que hablar hasta que ya no podamos más. Este mal se exorciza con más palabras, palabras coherentes, articuladas, bien pronunciadas. Este mal se exorciza con un discurso consistente, lleno de datos y  hechos corroborados, con los signos de puntuación puestos donde van y un buen uso de los paréntesis cuando corresponden. Pero si todo lo que vemos ha escapado ya las formas que tenemos para comunicarlo, habrá que hacer un trabajo más arduo aún para liberarnos de estos fantasmas.

Pienso en 1984, de George Orwell. Pienso en ese libro todos los días desde antes incluso de leerlo. Pienso en el plan del Partido para instaurar la neolengua y convertirla en una especie de jerigonza sin color, solo una nube gris de sonidos a los que se les puede atribuir un solo significado otorgado por el Partido. En cierta medida me parece que el chavismo logró alcanzar ese nivel: reducir el lenguaje lo suficiente como para que no tengamos ni siquiera cómo describir con claridad lo que nos pasa, ni mucho menos esbozar las soluciones o estrategias de salida.

Por eso aplaudo el trabajo de quienes relatan día a día lo que sucede en Venezuela: escritores, periodistas, comunicadores en general; aquellos que intentan ponerle orden a esta historia. Aplaudo también el trabajo de quienes intentan validar y reforzar la voz de quienes viven este desastre en carne propia, porque el espacio en el que te permiten relatar tu sufrimiento con libertad y comprensión es importantísimo para comenzar a sanar y aprender a vivir con un capítulo de tu historia que te va a acompañar por siempre. Aplaudo el trabajo de quienes “consumen” estas experiencias, porque es nuestra responsabilidad que cada vivencia resuene con fuerza y nos enseñe sobre los días más duros de nuestra historia. Todos estos personajes nos ayudan a volver a apropiarnos del lenguaje en una forma que no responde a una relación clientelar con el poder ejercido por el chavismo. Necesitamos tener las palabras, todas las palabras posibles, para expeler el mal de Venezuela.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Tener paciencia cuando se padece una dictadura

Salir de un gobierno autocrático, dictatorial, no es cosa de un día para otro. Requiere de muchos pasos pequeños, de muchas idas y venidas, de muchos movimientos estratégicos que pueden parecer desviarse del objetivo inicial. En otras palabras, liberar a un país de sus secuestradores requiere de mucho tiempo. Sin embargo, pareciera que a buena parte de los venezolanos les cuesta entender (o aceptar) lo que eso implica.

La verdad es que no puedo juzgar a nadie. Es difícil pedirle paciencia a quien ha padecido veinte años de la máxima crueldad imaginable. No es fácil pedirle calma y sosiego a quien vive en carne propia la agresiva lentitud de todos los procesos burocráticos a los que está expuesto día a día. Parece casi una locura pedirle más aguante a quienes notan cómo el deterioro carcome lentamente la infraestructura de un país que supo brillar en su región y más allá. Es muy complejo pedirle calma a quien no puede soportar un día más en que la miseria llama a su puerta y reclama las vidas de sus familiares, amigos y conocidos.

No es fácil tampoco defender la consigna de “esta es una lucha que requiere de mucho tiempo”. La digo y de inmediato se encienden las alarmas, porque suena peligrosamente similar a esas afirmaciones de “estamos apenas en la etapa inicial de la Revolución”, con la que, por años, los voceros del poder han intentado justificar sus fallos y desatenciones. Es lógico preguntarse por qué se empieza ahora, qué se estuvo haciendo durante dos décadas, qué tan crudo estaba el plan para deshacerse del régimen. Entiendo por qué se generan esas suspicacias (unas mejor fundadas que otras) acerca de la posible complicidad de actores de la oposición venezolana (hoy gobierno transicional) con las facciones del movimiento chavista. Y la suspicacia pareciera ser combatible solo con hechos contundentes, continuos, irrebatibles, palpables.

¿Los tenemos? Mejor aún, ¿sabemos identificarlos y apreciarlos?

Pienso en dos condiciones de nuestra sociedad que nos llevan a la impaciencia respecto a la velocidad del proceso de restauración de la democracia en Venezuela. Primero, el cliché: somos una sociedad inmediatista. Basta con revisar un poco la forma en que nos referimos al posible fin del régimen de Nicolás Maduro: “caída”, “tumbar”, “derrocar”. Incluso hablamos de soluciones que, de la forma en que nos las imaginamos, rayan en lo fantástico, en lo épico: “intervención”, “invasión”, “levantamiento”. Es de esperarse que una característica que ha sido tan constante en la radiografía de la sociedad venezolana esté atravesada por el contexto y la historia contemporánea. Como comentaba unas líneas atrás, estamos condicionados por el desgaste, el hartazgo, la impaciencia. Resulta incluso sano querer que la pesadilla termine de una vez; nos habla de que, a pesar del “modo automático” en el que se desenvuelven muchos venezolanos, hay consciencia de que la realidad es lo suficientemente nefasta como para desear su final inminente.

El problema es que, mientras van pasando los días y ninguno de esos escenarios se cumple, la ansiedad va en aumento exponencial y se hace difícil mantener la compostura. La gente espera contundentes golpes a la mesa todos los días, a toda hora. Sienten que un día en el que no se hace un anuncio de gran envergadura, un día en el que no se llenan las calles gritando consignas en contra del dictador, un día en el que alguna instancia internacional no se pronuncia, es un día perdido. A pesar de los esfuerzos, muchos sienten que el reloj de arena que corre en su contra sigue ahogándolos sin clemencia y que la cuerda de rescate para salir de ese atolladero no es lo suficientemente larga como para ayudarlos a escapar.

Por otro lado, hay una mezcla muy particular entre la desconfianza creciente, que también nos ha definido como venezolanos por décadas, y una necesidad (para nada exclusiva en nuestro país, sino una tendencia global) a estar siempre informados sobre los eventos que nos interesan. Ante la falta de ese anuncio importante, de esa noticia que “rompa la Internet”, que nos haga detenernos para compartirla en un grupo de WhatsApp o en nuestro timeline de Twitter, las suspicacias se alimentan, toman fuerzas y se posesionan de nosotros. “Se enfrió el movimiento”, comenzamos a escuchar. Se propaga una sensación angustiante, el desasosiego que produce pensar que, una vez más, nos quedaremos a las puertas (o tal vez más lejos) de lograr el cambio tan anhelado para nuestro país. Estar expuestos a tanta información en tiempo real termina mancillando nuestra capacidad de postergar la gratificación, de esperar un poco más para recibir una noticia más sustanciosa.

Los tiempos de la política son muy distintos a los tiempos de la vida cotidiana; se trata de algo complejo de asimilar y digerir cuando el deterioro que nos rodea se lleva lo mejor de nosotros a una velocidad trepidante. A esto se le suma que la costumbre de leer en formato de tweet, de esperar ese comentario en 280 caracteres, nos entorpece la capacidad de leer las narrativas completas, de encontrar en el todo de la noticia esas pequeñas victorias estratégicas que se encuentran un poco escondidas detrás de los movimientos de uno y otro bando. Parece más fácil despertar con el tweet que anuncia la caída del régimen que esperar con paciencia el desarrollo del proceso de cese de usurpación y gobierno de transición que nos lleve a las ansiadas elecciones libres.

Grandes movilizaciones seguidas de días de aparente silencio. Anuncios impactantes seguidos de días de incertidumbre, de pocas noticias. ¿Significa eso que dejan de pasar cosas? ¿Tenemos que enterarnos de todo? El 24 de enero escribía en Twitter que necesitaba una transmisión en vivo de una cámara instalada en el pecho de Juan Guaidó. Necesitaba seguir en tiempo real todo lo que sucedía alrededor de la figura del presidente encargado para poder calmar mis ansias y constatar que, efectivamente, estaba pasando algo. ¿Nos sentimos todos así? ¿Hay alguna solución?

La idea inicial de este texto era plantear un “cómo manejar la angustia” con respecto a lo que pasa o deja de pasar en Venezuela en estos días que corren. Siento que fallé. Fallé porque, como venezolano, también soy propenso a caer en la desesperación de tanto en tanto. Porque me da miedo esa “tensa calma” que me reportan muchas de las personas con quienes me comunico en Caracas. Es como ser espectador de una partida de ajedrez sin saber mucho del juego: sabemos que habrá un ganador, que eventualmente el encuentro terminará, que un rey será puesto en jaque mate, pero no tenemos idea de por dónde o cuándo vendrá la jugada decisiva, porque solo vemos los movimientos pero no la estrategia que tiene cada jugador en su cabeza.

Mientras tanto, lo único sensato que se me ocurre recomendar es protegerse de noticias insidiosas y/o falsas. Seguir a comunicadores serios que se dan a la tarea de confirmar fuentes (de entrada se me ocurren las cuentas de Twitter de Luis Carlos Díaz, Naky Soto, Arepita, Revista OJO, por ejemplo). Aunque parezca contradictorio, una solución puede ser buscar los resúmenes que dan estos actores al final de cada jornada noticiosa. Algunos dan los bullets necesarios para tener el panorama general. Otros se extienden un poco más y aventuran algunos análisis que nos pueden dar más luces con respecto a lo que pasa (Prodavinci, Caracas Chronicles, como dos ejemplos a los que puedo hacer referencia de memoria). Puede que el remedio contra el exceso de información basura sea informarse de forma consciente, saludable, responsable.

Todo esto puede irse al caño fácilmente cuando vemos las declaraciones de Nicolás Maduro y sus secuaces, dando a entender que el día de una negociación de su salida del poder está lejos. Parece entonces que los movimientos de los peones que están de nuestro lado son espurios, apenas relevantes. Pero de nuevo, hay que hacer el ejercicio de tener paciencia, de entender que es un trabajo que requiere de tiempo y estrategia para que tenga los resultados deseados.

Yo sé que puede parecer fácil pedir paciencia desde la distancia, pero es lo único sensato que puedo aconsejar.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

#DomingosDeFicción: La inminencia del olvido

Here we stand or here we fall.

History won’t care at all

Queen

En el Ministerio del Olvido lo sabían muy bien y la ansiedad se estaba propagando por todos sus empleados como si se tratara de una gripe contenida en las oficinas. Estaban conscientes de lo infalible que era el funcionamiento de su departamento. Una vez que los números avanzaban en dirección al olvido inminente, era imposible detenerlo. Era cuestión de que alguien más olvidara a Caracas para que tuvieran que escribir su nombre en un gran cuaderno de cuero negro y páginas muy blancas. Luego guardarían ese cuaderno en una estantería recóndita del Ministerio para confundirse con todos los demás cuadernos donde se han guardado las cosas que la humanidad ha ido olvidando con los siglos; después se perdería la estantería y al final nadie recordaría cómo llegar a esa habitación hasta que tuvieran que incluir algún otro olvido. Pero para ese momento ya nadie recordaría que alguna vez –minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos atrás– alguien había escrito el nombre de una ciudad entera y la había condenado a la perdición. Porque a pesar de trabajar para el mismísimo Ministerio del Olvido, no estaban exentos de los efectos que este despacho provocaba en las mentes de las personas comunes.

Resultaba, además, que el olvido llegaba sin aspavientos y esa era una de las principales molestias de los funcionarios del Ministerio. El olvido era imperceptible, indetectable, inaprehensible para aquellos que eran cubiertos con su manto. Quien olvidaba de repente podía tener alguna noción de que no recordaba algo, pero quien era olvidado jamás se daba cuenta de su estado. Podía llegar como un bajón de luz, como un cambio súbito y breve en la temperatura, como una ráfaga de viento muy frío o muy caliente, como un ligero temblor. Alguien le preguntaría a su hijo, a su esposo, a su vecino ¿sentiste eso?, y la otra persona contestaría de forma vaga, errática, algo como sí, creo que sí, ¿la luz? Luego seguirían con sus vidas, pero sin que nadie fuera de su territorio lo notara, porque ya habrían sido olvidados.

Lo que incomodaba a los empleados del Ministerio era que, a pesar de que ellos no pudieran recordarlo, sabían que había caseríos, pueblos, ciudades y países enteros viviendo en ese estado de olvido. Gente que se levantaba por las mañanas, se tomaba una taza de café viendo al horizonte, salía al trabajo, reía, lloraba, vivía, moría, todo al margen del mundo. Quedaban circunscritos a esas fronteras ya invisibles para el resto de la humanidad, funcionando en un compartimiento especial del tiempo, congelados por siempre, sin avance, sin retroceso, sin debacle, sin gloria, atrapados en un presente eterno del que no eran conscientes.

Sabían también los empleados del Ministerio que el olvido tenía su forma particular de obrar sobre las mentes de los olvidados. También ellos perdían cosas en el camino. Dejaban de recordar con claridad a esos que estaban en ciudades distintas, dejaban de extrañarse por la falta de una llamada casual por la noche, de un mensaje de cumpleaños, de un “buenos días” azaroso. Ya no se imaginaban la vida fuera de las calles que conocían. Incluso, en algunos casos extremos de influencia del olvido, algunos comenzaban a configurar como mitos y leyendas todo lo que sucedía en otros lugares, como si lo único real era lo que pasaba en la burbuja que habitaban.

De vez en cuando, llevado por sabe Dios qué impulso, algún olvidado podía moverse a fuerza hacia los límites de la ciudad, salir, escapar y visitar otros sitios. Podía llegar a recordar lo que era vivir en un sitio que está en la mente de los demás. Encontrarse con la cálida sensación que produce el reconocimiento en la cara del otro, el abrazo de tanto tiempo sin verte, hermano, ¿qué es de tu vida? Pero luego era incapaz de volver y contarle a los demás sobre sus nuevas experiencias, porque tan pronto como abandonaba el territorio sumido en el olvido, esa persona lo olvidaba también, olvidaba el camino de regreso, olvidaba las razones por las cuales tendría siquiera que volver.

Solo era cuestión de tiempo para que alguien más olvidara a Caracas y su nombre pasara algún cuaderno de cuero. En el Ministerio lo sabían, pero luego se tranquilizaban entre ellos diciéndose que, tan pronto como sucediera, lo olvidarían, como todo lo demás.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

Hombres, dejemos de ser tan idiotas

Ada Hegerberg está en lo que, de seguro, será uno de los momentos cumbres de su vida. Está recibiendo el Balón de Oro, el premio que por décadas ha señalado al mejor jugador de fútbol masculino y que ahora, por primera vez en su historia, se entrega también a la mejor jugadora de la categoría femenina del deporte más popular del mundo. Es un reconocimiento justo a una temporada bestial por parte de la jugadora noruega, su nombre va a quedar registrado en los libros al ser la primera mujer en recibir el galardón, es un paso importante en el camino a la igualdad de géneros. ¿Qué se le ocurre entonces al presentador del evento? Preguntarle a Ada si sabe hacer twerking.

Suena tan absurdo que, cuando un amigo envió la noticia en un grupo de WhatsApp, mi primera reacción fue la negación. Quise pensar que era mentira, que era un chiste, y no abrí el link (todavía a día de hoy no he visto el video; vergüenza ajena, le llaman). “Tiene que ser mentira”, les dije a mis amigos, pero de inmediato rectifiqué: “aunque pensándolo bien, no, la verdad es que los hombres somos así de idiotas, así que sí creo que haya pasado”.

Negarlo no lo hacía desaparecer. De verdad había sucedido. Una de esas escenas que te dejan desarmado y sin argumentos ante el planteamiento de que los hombres básicamente oprimen a las mujeres en su accionar diario y en su uso cotidiano del lenguaje. En la medida de lo posible trato de luchar contra las generalizaciones; me parecen tan peligrosas como son cómodas para nuestro sistema nervioso. Al cerebro le gustan las generalizaciones porque ayudan a ahorrar energía e invertirla en otros procesos un poco más complejos o novedosos. Por eso nos encantan los prejuicios: son formas fáciles de encasillar el mundo y continuar con nuestra vida. “Todos los hombres son unos opresores” es una generalización que, a mi entender, pasa incluso a deshumanizar a los hombres, a verlos como meros reproductores de un sistema que les ha enseñado a no tratar a las mujeres como iguales. Intento desmontar esa generalización, demostrar que hay quienes estamos dispuestos a ser un poco más sensibles con nuestra aproximación a las mujeres y  nuestra experiencia en general. Me gusta apostar a que, poco a poco, los hombres estamos más atentos a nuestras conductas y a la forma en que interactuamos con los demás para ser menos hostiles con nuestro entorno, menos ofensivos tal vez. Pero luego aparecen estas escenas y no me quedan argumentos. Debo callar, suspirar y, mirando al suelo, decir “sí, los hombres somos unos idiotas”.

Pudiéramos decir que este señor que presentaba la gala, un DJ cuyo nombre no conocía y tampoco me molestaré en buscar, estaba respondiendo a un patrón de conducta que está muy fuertemente arraigado; pudiéramos decir que estaba “respondiendo a los estándares del patriarcado”, sea lo que sea que eso significa. En cierto punto entiendo ese planteamiento y hasta lo comparto. El tipo siguió el guion de lo que un macho alfa debe hacer en una situación donde hay público y una mujer atractiva: hacer un chiste que suene un tanto ingenioso y que, de ser posible, la ponga a ella un poco en ridículo.

Sin embargo, esa hipótesis me deja de convencer cuando veo la poca responsabilidad que recae sobre presentador. Verlo así sería suponer que este señor no tenía otra opción sino hacer un chiste y hacer ese chiste en particular. Pero es 2018, señor DJ, hay que avisparse. Me niego a creer que este señor pensó su chiste y no le sonó ninguna alarma. Me cuesta creer que a este punto, con todo lo que se ha hablado, debatido y discutido sobre la causa feminista y la lucha por los derechos de las mujeres, este tipo no se detenga un momento a medir lo que dice. Algunos lo verán como autocensura y, también, hasta cierto punto, lo entiendo. Pero no se trata de censurarse, se trata de entender que la comunicación incluye a más personas y que esas personas deben ser consideradas y tomadas en cuenta en el momento en que decidimos hacer algún comentario o emitir alguna opinión. Es cuestión de estar conscientes del contexto en el que estamos hablando.

Podemos decir también que, después de todo, lo que estaba haciendo era un chiste. Una vez más, no se me hace difícil comprender este argumento; es una explicación que yo mismo he usado muchas veces para defender a personajes mucho más detestables, incluso. Pero no podemos quedarnos con una explicación tan reduccionista y que de cierta forma aliviana la culpa del presentador de la gala. Porque si asumimos que solo hizo un chiste, entonces estamos atribuyéndole un tono exagerado a la respuesta seca y cortante de Ada Heberberg y estamos desacreditando todo el revuelo y la indignación que causó esta escena.

Foto: France Football

Hay una máxima de oro en el mundo de la comedia: el timing. No sólo se trata de tener un muy buen chiste, sino que debe de rematarse en el momento adecuado para que produzca el efecto deseado. Y ahí fue donde me parece que el señor DJ falló estrepitosamente. Timing tuvo Hegerberg, para rematar en el momento adecuado y lograr los más de cuarenta goles que marcó en la temporada pasada. Timing tuvieron los organizadores del Balón de Oro; en mi opinión nunca es tarde para comenzar a reconocer a quienes se lo merecen. El timing del presentador dejó mucho que desear. Era hace unos sesenta años cuando incluso la misma Ada se habría reído de su gracia en televisión abierta. Hoy no. Ya no tienen cabida el tipo de preguntas que se les hacía a las chicas que aparecían en las páginas internas de PlayBoy hace veinte o treinta años.

Como pudiera haberse esperado, el señor luego pidió disculpas y publicó una fotografía de él hablando con Hegerberg, tratando de quitarle tensión al asunto. Pero igual la mancha quedó allí. Porque aunque de verdad no lo hubiese hecho con mala intención, logró demostrar algo que sigue presente y que es bueno no olvidarlo: muchos hombres siguen sin tomarse realmente en serio a las mujeres.

Es una lástima, pero pareciera que aún es más fácil pedir perdón que pedir permiso. Me cuesta creer que aún seamos tan idiotas como gremio, pero aparentemente es así. Hombres: dejemos de ser tan idiotas. Ayudémonos un poco entre nosotros. Así ayudamos al mundo también.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

Libros prestados

Apenas traspone la puerta se deshace de la encomienda que lleva consigo y deja caer la frase, como si le estuviera pesando en algún lugar de su pecho, como si le costara trabajo mantenerla dentro de sí: “tenía mucho tiempo queriendo venir”, le dice a la dependienta. Ella sonríe, dice algo como “mira qué bien” o “qué lindas casualidades”, ya no recuerda, pero sabe que sonrió. C. se quita el bolso térmico que lleva a cuestas para trabajar y se dedica a revisar las estanterías de la librería, un compendio hermoso de títulos brillantes, con el perfume de libro nuevo; volúmenes que C. solo había visto en formatos digitales y pirateados. Se queda ahí un rato, olvidado del trabajo y de lo que sucede más allá de esa puerta de vidrio. La dependienta espera mientras él paseaba por la estancia. Como si se tratara de alguna norma de educación, no abre la bolsa con su comida sino hasta que el chico anuncia que se va. ¿Esperaba que comprara o preguntara algo? A C. ese gesto le llama la atención y le parece adorable. Se siente mal, piensa que por su culpa aquella mujer comerá la comida fría. Sale de inmediato de la librería, monta la bicicleta y enfila hacia una nueva ruta.

Demos un par de pasos hacia atrás. Cuatro meses antes de entrar a la librería y anunciar que tenía muchas ganas de ir, C. aterriza junto a M., su novia, en Buenos Aires, Argentina. Un mes después del desembarque M. enseña a C. a andar en bicicleta, porque C. no es capaz de conducir ningún vehículo hasta ese momento. Al poco tiempo de haberse subido por primera vez a una bicicleta, C. comienza a trabajar haciendo delivery.

Mes y medio más tarde, en una tarde calurosa y húmeda, de esas que ahora C. supone que despiden el invierno y dan paso a la primavera, aparece un pedido en la aplicación de su celular y lo toma. Hay una especie de mitología alrededor del trabajo de delivery que hace. Uno de esos mitos es que el primer pedido hay que tomarlo como sea, no importa que sea lejos, no importa que no se conozca la zona. El primer pedido es el que hace que los demás fluyan y vengan en cadena. De manera que C. hace caso a la sabiduría que se traspasa de boca en boca entre sus colegas y toma ese primer encargo. No conoce muy bien la zona, suda a mares, pero todo sea para que la jornada arranque con buen pie.

Unas cuadras antes de llegar a la dirección de destino se da cuenta de que debe llevar el pedido a Céspedes Libros y los ojos se le iluminan. Desde que llegó a Buenos Aires sigue en Twitter la cuenta de esa librería y tiene mucho tiempo queriendo visitarla. Es más pequeña de lo que se había imaginado, pero también es más acogedora de lo que pudo haber supuesto. Por la noche C. ve unos tuits acerca de su visita a Céspedes Libros. Hace unas semanas que también sigue a la dueña de la librería. No se había dado cuenta de que era ella la dependienta que recibió la comida ese mismo día.

Céspedes Libros

Twitter se ha convertido en una especie de diario para C. Por esa razón, unos días más tarde, comenta la anécdota. Un par de tuits simples que remata con algo como “quería llevarme todo lo que estaba viendo, pero recordé que mi sueldo no me lo permitía y salí corriendo”. Un hilo que considera más bien sensiblero y tontín, pero que genera varios likes, unos cuantos retweets e, incluso, algunos nuevos seguidores argentinos. Entre esas notificaciones que trajo el relato apareció la respuesta de T. (escritora, profesora, filósofa, periodista, feminista a morir) que decía algo como “ahí te seguí, yo tengo muchas novedades literarias que compro o me llegan por prensa, cuando quieras pasas por la casa y te llevas lo que querás y luego los devolvés y te llevás otros; lo digo posta!, escribime por DM”. C. ha aprendido que cuando un argentino dice algo “posta” es el equivalente a que él como venezolano diga algo “de serio”, “de pana y todo”, “de bien”. O sea, lo está diciendo con toda honestidad.

C. duda un poco de la buena fe de T., así que le muestra el tuit a M. Ella responde algo como “ay, qué bella persona” y eso es suficiente para él. No parece haber peligro aparente. Escribe por DM a T. y, efectivamente, está del todo dispuesta a prestarle algunos libros. De hecho le hace una pregunta como “¿qué estás interesado en leer?” y C. piensa en responder “todo cuanto se me pase frente a los ojos”, pero se limita a comentarle que está tratando de leer la mayor cantidad posible de literatura argentina contemporánea. T. le asegura que le armará la mejor selección de literatura argentina que tenga a la mano para prestarle.

Después de algunas semanas, concretan la visita. C. se dirige a casa de T. y ella le baja los libros. Lo recibe con un beso, como hacen los argentinos. Le explica un poco qué le está entregando. De forma consciente o no, de cuatro libros que le presta, tres son escritos por mujeres. Esto es un dato que C. no pasa inadvertido, pero no comenta nada, solo sonríe. Como para hacerlo más recíproco, dice C., le deja en intercambio una copia de “Formas de Partir”, su primer libro de cuentos. Tal vez es la única copia que queda sin dueño, no lo sabe. Ya duda de que ese libro haya sido publicado alguna vez, es todo muy difuso. En principio es un préstamo, pero no sabe si T. lo entendió de esa forma y prefiere dejarlo así y luego ver si ese libro vuelve o no más adelante.

Para él a quien se le dificulta tanto la lectura en digital y que mitifica los libros en papel a más no poder, ese gesto de T., más que un préstamo, es un rescate. Más adelante, cuando le pregunten a C. qué tal le está yendo en Buenos Aires, pensará en todo ese episodio y dirá, con una sonrisa contenida y alternando la mirada entre el suelo y su interlocutor, “bien, esta ciudad me trata bien”.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

La Guacamaya al vuelo

La ciudad es su espacio natural, en principio. La ciudad es también su espacio físico, lo que ha ido construyendo el hombre, con sus divisiones, sus zonas de prohibición, sus edificaciones, sus intervenciones a la naturaleza. La ciudad es el momento histórico en que se experimenta, porque el tiempo y las decisiones políticas y sociales modifican el espacio físico y la forma en que interactúa con el espacio natural. La ciudad es también su gente; la ciudad es primordialmente su gente.

La Guacamaya casi podía pasar por un local cualquiera de Chacao, de Caracas, de Venezuela o del mundo… si no fuera por la gente que hacía vida dentro de esas paredes. Tanto quienes te atendían como quienes compartían contigo allí generaban una vibra que no se encontraba en ningún otro lugar de la ciudad. Siempre que entraba comentaba “esta es la Caracas en la que quiero vivir”, y aunque (como siempre me pasa) sonara como un chiste, era una de las sensaciones más sinceras que he experimentado jamás.

En La Guacamaya siempre eras uno más. Y eso no quiere decir que eras “uno más del montón” y por eso te tratarían como un ciudadano de segunda. Todo lo contrario. En La Guacamaya eras “uno más de la familia” y desde el día uno Manuel y los muchachos te recibían como si tuvieras años yendo al local. Eso me hizo dudar la primera vez que fui. La clásica suspicacia caraqueña: “¿por qué este tipo me trata tan bien?, ¿será que ya he venido antes?, ¿será que es amigo de mi mamá y no lo recuerdo?, ¿será que la birra es tan cara aquí que el tipo te endulza tratándote bien?” Pero no, no era nada de eso. Era algo mucho más sencillo. Era iniciar una cadena de buena energía. Era la ejecución más precisa, perfecta y lograda de un principio que suena muy sencillo, pero que no es tan comúnmente puesto en práctica: si tratas bien a tus clientes, no solo van a volver, sino que van a volver con más gente.

Y eso hacíamos quienes nos volvíamos asiduos a La Guacamaya: llevábamos más gente; siempre. Cómo no hacerlo, si una vez pasabas esa puerta que siempre parecía estar cerrada, entrabas en un refugio que te protegía de todo lo que podía estar mal en la ciudad. Era un sitio donde no importaba el precio de la cerveza, pues solía ser más barata que en otros sitios decentes. Era un sitio donde podías poner la música que quisieras sin entrar en ningún conflicto. Si eras de los de más confianza, se te permitía pasar a la cocina y saludar por allá también. Cualquiera podía dejar sus cosas a buen resguardo detrás del mostrador. Si no había mesas te conseguían un lugar en la barra, o un banquito… o al carajo, ¿quién no se sentó o apoyó las birras en el archivador? No importaba, siempre y cuando uno pudiera compartir un poco de esa atmósfera, todo estaba bien.

Mientras voy recordando, surge ante mis ojos una frase que suena un poco cursi, un poco forzada, pero no veo otra forma de expresarlo: La Guacamaya era un lugar donde estaba bien ser joven. Hay que entender algo: ser joven en Caracas ya ni siquiera es algo comprensible. Somos una generación que ha envejecido a un paso avasallante. No llegamos a treinta años y hablamos de “nuestra juventud” como si fuese algo remoto, arcaico, difuso, casi como si dudáramos de que alguna vez existió. No nos permitimos los riesgos de ser veinteañeros, no nos permitimos tampoco los sueños de esta etapa. Pero ahí en ese sitio el miedo se disipaba un poco, nos permitíamos más licencias, recordábamos que aún podíamos disfrutar y disfrutarnos. Era el lugar y el momento.

Les mostré La Guacamaya a tantas personas como pude. Compañeros de la universidad, colegas escritores, alumnos que luego se convirtieron en amigos. En algún punto ya sabía que me estaría yendo de Caracas pronto y el mensaje era sencillo y directo: quiero dejarte una de las cosas que más aprecio de la ciudad. Todos lo entendieron. Siguieron yendo, apropiándose de ese espacio, haciéndolo también su refugio y su modelo de la ciudad que querían, de la ciudad joven donde podían ser felices entre birras.

Que este local no vaya a ser el mismo me duele. Aunque seguirá abierto con unos nuevos dueños, estoy totalmente seguro de que la energía cambiará. Ahora habrá un fantasma respirando en las esquinas del bar. El fantasma de lo que fue. Lo más paradójico, para mí, es que siempre he pensado en Caracas como la ciudad de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber llegado a ser, de lo que fue y no se mantuvo. Así que la venta de La Guacamaya significa la caída de uno de los bastiones que sostenía mi construcción de la ciudad, y a la vez perpetúa lo más central de mi imaginario de Caracas: su construcción a medias, su interrupción abrupta.

En La Guacamaya hice lo más cercano a una despedida un par de días antes de despegar hacia Buenos Aires. Recibí los abrazos más sentidos de amigos cercanos. El mismo Manuel se acercó y me regaló sus mejores deseos, me hizo sentir como que me despedía de un familiar, de un amigo entrañable. Ese día, ya con unas cuantas cervezas en la cabeza, recuerdo haber mirado alrededor, dejarme llevar por los sonidos, por las risas, por las botellas chocando unas contra otras… recuerdo haber sentido, por un instante, que era feliz. Deseé que esa sensación fuera extrapolable a toda la ciudad, a todo el país. Quise que la excusa para no irme fuese tan sencilla como “no puedo dejar La Guacamaya”. Pero, después de todo, era un refugio y no podía mantener la cabeza bajo la tierra toda la vida.

Me llevo momentos indelebles. Me llevo la sensación de haber formado parte de una leyenda caraqueña que vivirá por mucho tiempo. Me llevo la dicha de poder haber sentido ese lugar como mío aunque no era de los más habituales. Porque esa era la magia: cualquiera que entraba se sentía especial. Cualquiera que entraba sentía que tenía un lugar en ese sitio y en esa ciudad que parece querer expulsarnos a todos.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis 

 

Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

#DomingosDeFicción: Piedras en El Calvario

Éramos tres y nos la pasábamos caminando por toda la avenida San Martín. Desde la plaza O’Leary, avanzando por la esquina de Angelitos, Capuchinos –donde estaba nuestro colegio– y la Maternidad Concepción Palacios, hasta llegar a Artigas, al nivel del Centro Comercial Los Molinos. Ahí dábamos la vuelta y recorríamos el trecho de nuevo. Éramos un grupo bullicioso, que ocupaba más espacio del que deberían hacerlo tres preadolescentes flacuchentos. Entrábamos a las quincallerías de los chinos, revolvíamos sus cestas y estanterías sin comprar nada; luego los insultábamos y salíamos corriendo. Tomábamos los periódicos de los kioscos y los hacíamos volar por los aires, pateábamos perros en la calle, les gritábamos obscenidades a los conductores de los carros que transitaban por la avenida. Una vez llegábamos a Los Molinos, pasábamos un rato jugando maquinitas en algún establecimiento especializado –servicio que rara vez pagábamos. Luego podíamos rematar la jornada montándonos en una camioneta, pidiendo dinero para un compañero de clases que estaba muy enfermo y que necesitaba de la encarecida ayuda económica de ustedes, señores pasajeros, para poder recuperarse porque su madre, pobrecita ella, con seis hijos, un trabajo inestable y ningún marido que la apoye, no puede costear los gastos de una enfermedad tan despiadada como la que nuestro buen amigo sufre. Yo escribía el guion, porque tenía un poco más de habilidad con las palabras, mientras que Mauricio y Cristian lo ponían en escena, cosa que se les daba mejor a ellos.

No éramos peligrosos, pero sí fastidiosos. En la escuela, estoy seguro de que estuvieron a punto de bautizar la oficina de la dirección con nuestros nombres. No había manera de que pasáramos una semana sin ir hasta allá. Habíamos hecho un pacto de sangre –en un recreo, encerrados en el baño, nos habíamos cortado las yemas de los dedos índices con una navaja que Cristian le había quitado a su papá y habíamos unido nuestras gotas de líquido rojo en una poceta que bajamos con solemnidad religiosa a modo de cierre de nuestro trato. La regla principal de aquel contrato consistía en siempre declararnos culpables de cualquier fechoría a la que acusaran a alguno de nosotros, así fuera uno solo el responsable. Si Mauricio había incendiado una de las papeleras del patio por su cuenta, cuando la Directora o la Coordinadora iban al salón a preguntar qué había pasado –porque ya sabían que tenían que ir directo a nuestro salón–, los tres nos levantábamos al tiempo y declarábamos nuestra participación en el crimen. Ellas sabían que era imposible que siempre los tres estuviéramos implicados, pero no podían hacer más que castigarnos a todos.

Las primeras veces, hice que mamá perdiera la paciencia. Yo nunca había sido un muchacho problemático, todo lo contrario. Siempre había sido un hijo ejemplar, tranquilo, estudioso y cariñoso. Uno de esos niños que la gente ve en la calle y piensa “le hace falta que esa mamá lo suelte más”, con el atenuante de que yo era así por cuenta propia, no por presión materna, aunque ella tampoco se quejaba de la situación. Por eso, cuando empezó a notar el cambio en la dinámica de mi grupo de amigos, comenzó a preocuparse. Con el tiempo se fue calmando, entendiendo que si bien me metía en actividades que podían resultar revoltosas, no estaba haciendo un daño real a nadie. Sí me advirtió un par de veces que tuviera cuidado con lo que inventaban mis compañeros, que no tenía que decir que sí a todo lo que propusieran y que, más importante todavía, no tenía que culpabilizarme por algo grave que ellos hubieran cometido, que podían vérselas solos. Porque una de las razones por las cuales adoptamos la estrategia de culparnos a todos de lo que sucedía era que los profesores me tenían en buena estima. Por lo tanto, cuando me veían entrar a la dirección, bajaban las defensas, diluían el tono del regaño y disminuían la severidad del castigo.

El asunto era que yo también quería ser rebelde como ellos, pero en mis genes no había venido esa carga de información. Todos habíamos entrado juntos al colegio en el primer grado. Nos conocimos en las primeras semanas de clases y desde ese momento fuimos inseparables. En ese primer año, no había tantos indicios serios de malicia a la vista, pero tan pronto fuimos creciendo las burlas se fueron haciendo más fuertes, las bromas se hicieron más pesadas, los actos de vandalismo dentro de la escuela se tornaron más subversivos y las aventuras extracurriculares cada vez más peligrosas. Para mí todo fue evolucionando más rápido de lo que podía captar y de pronto me vi dentro de un grupo de gamberros que de un momento a otro podían destruir el salón, el colegio, la cuadra, la parroquia entera y yo quedaría retratado en esa foto, pisando el escudo de la escuela con una expresión a medio camino entre el temor, el desconcierto y la satisfacción de poder hacer algo fuera de mi zona de comodidad. Lo más complicado del caso era que aquellos eran unos gamberros de corazón enorme, de un sentido de la amistad que superaba cualquier otro nexo entre personas que hubiera conocido jamás. Lo que le pasaba a uno, le pasaba a todos y lo que lograba uno, lo lograban todos. Si bien era parte de la anarquía, también era parte de la armonía.

Mauricio siempre tuvo la disposición de ser el líder del grupo y nosotros lo dejamos. Era hijo único, por lo que dentro del cosmos de su mente, el mundo giraba alrededor de él. Lo que él hacía era más interesante, las cosas que él conocía eran más valiosas, los regalos que le hacían sus padres y sus tíos eran mucho mejores. Por supuesto, sus ideas también eran de mucha mejor calidad que las nuestras, en lo que tenía que ver con su practicidad, su carga de diversión y en los puntos que sumaría a nuestra imagen de muchachos malos. Eso de ser hijo único también hacía que nos viera como sus hermanos. Por un lado eso estaba bien, porque de verdad tener a Mauricio como hermano era una bendición por lo atento que era y lo fraternal que podía llegar a ser. Pero por otro lado, invertía muchas energías en idear aventuras para el grupo. Aventuras que casi siempre eran inofensivas al principio, pero que se fueron enredando mientras fuimos creciendo.

Mauricio vivía en El Calvario, por lo que muchas de las andanzas de nuestra adolescencia, ya cuando nos cansamos de caminar sin rumbo por la avenida, ocurrieron en aquel mítico sector de Caracas. Cansado de la ya clásica subida por las escaleras que llevaban al barrio y de los jeeps que servían como ruta suburbana al cerro, Mauricio comenzó a crear vías alternas para moverse por su zona. Era un tipo inquieto, que le gustaba treparse en árboles, saltar muros, deslizarse por pequeños barrancos o huecos imposibles para un humano. Luego de que exploraba por su cuenta, nos llamaba a nosotros para que siguiéramos sus rutas, para que conociéramos los atajos que había estado inventando, como si de un rally se tratara.

Cristian era el primero en asistir a su llamado, siempre listo, como si fuera un boy scout. Cristian era mayor y más alto que nosotros. Siempre torpe, siempre peleón, pero siempre muy considerado con sus amigos. Él no era hijo único, pero era un hermano mayor que no quería asumir tal responsabilidad en su casa. En el grupo le iba bien porque le permitía estar fuera de su hogar por períodos largos –lejos de los reclamos de su madre, los sermones de su padre y las exigencias de cariño y atención de sus hermanos pequeños– y también porque le daba la oportunidad de liberarse de ciertos deberes y compromisos. Mauricio asumía el rol de líder y, a ojos de Cristian, también asumía el rol de hermano mayor. Para él, Mauricio era el que velaba por todos, el que tomaba las decisiones importantes, el que guiaba las salidas, censuraba las conversaciones y determinaba quién era digno de compartir con nosotros y quién no. Cristian era feliz cuando Mauricio proponía algo nuevo porque sólo tenía que seguir. Por eso siempre eran ellos dos quienes, en principio, exploraban las calles y recovecos de El Calvario mientras que yo les sacaba alguna excusa para escaparme de aquellas excursiones.

Llegaba un punto en que no podía evadirlos más. Si fuéramos un grupo de superhéroes mi súper poder tendría que haber sido la capacidad de sentir una cantidad ingente de presión social sobre mis hombros y no poder sacudírmela. Ya a la cuarta vez que me echaban en cara lo mal amigo que era y la desfachatez que tenía al dejarlos solos en una de las salidas, me veía obligado por mí mismo a decir que estaba bien, que tenían razón, que ya para la próxima no les pondría peros, que vamos, vamos de una vez antes de que a mi mamá se le ocurra mandarme a comprar algo y no pueda ir, sí, vamos.

No puedo decir que no la pasara bien, porque estaría mintiendo de forma descarada e injusta. Siempre me reía hasta el punto en que sentía que mis costillas se iban a desprender. Siempre terminaba con una historia interesante para contarles a mis primos en las reuniones familiares o para relatarle a una chica en una de las fiestas organizadas por alguien del colegio. A pesar de que era feliz cada vez que estaba con ellos, siempre estaba esa nube de temor, de peligrosidad, de riesgo. No era posible zafarse de la sensación de que en cualquier momento algo podía salir mal, terriblemente mal, y tendría que darle la razón a mi mamá cuando me advirtió que no me metiera tan de lleno en lo que hacían Mauricio y Cristian.

Recuerdo con mucha claridad la última vez que fui a El Calvario. Recuerdo siempre esa tarde, todos los días, a cada hora. Recuerdo con nitidez esas escenas cada vez que me veo al espejo, cada vez que voy al trabajo, cada vez que llamo a mi mamá y le cuento cómo va todo, cada vez que veo a los ojos a mi esposa y veo reflejado mi amor en ellos, cada vez que mis hijas me saludan y me piden que les cuente una historia divertida de la vida de su papi.

Esa tarde no quería salir. No solo con ellos, sino con nadie. Esa tarde había algo en mi cama que me pedía que no la abandonara, que para qué estar saliendo de la comodidad de esas sábanas y ese colchón que ya adoptaron mi forma y la temperatura perfecta para mantener mi cuerpo ni muy frío ni muy caliente. Me llamaron a la casa y me dijeron que tenía que ir con ellos de una vez a El Calvario, porque habían inventado un juego nuevo que no me podía perder. Les salí con una excusa y ellos con un insulto y un reproche amargo por mis evasivas. Les dije que estaba bien, que ya bajaba.

Subimos en jeep y luego empezamos a movernos por los atajos que conocíamos muy bien. Yo me movía en automático, sin ninguna emoción ni miramiento de lo que sucedía en mi camino. Mauricio y Cristian iban emocionados, respirando con fuerza, riéndose con nerviosismo y advirtiéndome a cada rato de la diversión que íbamos a experimentar una vez llegáramos al punto exacto. Alcanzamos una pequeña plaza en la que había una capilla abandonada. Contaba apenas con una sola torre –supuse que para la campana–, una nave central estrecha en la que cabrían a lo sumo dos hileras cortas de asientos y un altar bastante humilde. La iglesia debería ser de cuando Guzmán Blanco intentó emular Montmartre en Caracas o algo así. Todo en conjunto tenía un aspecto tétrico que me encantaba. No pude esconder mi cara de fascinación al ver el lugar y los muchachos se regodearon con mi expresión. Sabíamos que te iba a gustar esta vaina, porque es así medio maricona como tú, me dijeron entre bromas mientras pateaban palomas muertas, bailaban encima del altar de la iglesia y pisaban las ruidosas hojas secas que abundaban en el lugar.

Un poco más allá de la iglesia, había un barranco desde el que se veía la calle. Nunca supe bien qué avenida era y ahora, tantos años después de esa última visita, soy incapaz de recordar hacia dónde daba aquel balcón natural. Lo cierto es que se veían muchos carros pasando por aquella vía a una velocidad considerable. Nos quedamos un rato contemplando la calle, embelesados por la vista de nuestro pedacito de ciudad. Cristian encendió un cigarro, le dio un jalón y nos lo ofreció. Mauricio lo rechazó con un gesto natural, ya ensayado bastantes veces, por lo que pude notar; era un gesto del que yo no formaba parte, como si dentro de nuestro grupo existiera una subdivisión a la que pertenecían ellos dos nada más. Vi a Cristian con perplejidad por un momento antes de negarme, ofendido, a semejante oferta tan asquerosa. Él se rió con sorna y siguió fumándose su cigarrillo.

La tarde estaba serena. A esa altura la brisa pasaba con regularidad, manteniéndonos frescos –cosa que era importante en esos años de adolescencia, en los que sudar era más fácil que perder la compostura ante una mujer bien dotada. El movimiento de las ramas de los árboles al compás del viento ponía un fondo musical inmejorable a aquel momento y el sol era gentil con nosotros, dándonos un día despejado pero sin calcinarnos. Había incluso algunos pájaros que cantaban y hacían una armonía inesperada con los artificiales sonidos de la calle. Por momentos cerraba los ojos, para dejarme envolver por esos sonidos, por los olores, por las sensaciones, por la energía de aquel lugar. Podía sentir las miradas y risas burlonas de mis dos amigos, pero no me importaba.

El hechizo se rompió cuando noté un movimiento cómplice entre Cristian y Mauricio. Era otro gesto como el que hizo Mauricio al rechazar el cigarro. Era un gesto de ellos, un mensaje encriptado que solo ellos dos podían entender. Era un gesto perteneciente a una dinámica de la que yo no tomaba partido. La primera vez que lo hicieron, pensé que eran cosas mías, pero con esa segunda seña lo constaté. Ya no era parte de aquel triángulo amistoso. Habían decidido que de ahora en adelante el grupo se reduciría a dos. Era una decisión que habían tomado, estoy seguro, sin siquiera hablarse. Tan solo habría hecho falta uno de esos gestos con los que se comunicaban ahora. Me sentí mal, triste, mientras me hacía consciente del final de una etapa importante en mi vida. También me sentí aliviado, liberado de un peso que no sabía cómo soltar. Me permití sonreír. Ellos me miraron extrañados, pero luego sonrieron también y se movieron del sitio donde estábamos.

De unos matorrales sacaron un par de sacos llenos de piedras de distintos tamaños. Una de las bolsas estaba más vacía que la otra, así que se pusieron a buscar más peñones para emparejarla. Nunca me invitaron a ayudarlos, pero lo hice por cortesía. Algo me dijo que tomara piedras pequeñas y eso fue lo que hice. Recogí las que se veían más frágiles, esas que solo eran débiles terrones de arena que se deshacían en las manos. Mauricio me regañó en un par de ocasiones, pero no me impidió que siguiera buscando. Pensaría que, una vez en el saco, donde habría más de las piedras que él y Cristian buscaban con meticulosidad científica, mis rocas se perderían y no entorpecerían sus planes.

Una vez que alcanzaron la cantidad que buscaban, se devolvieron al punto donde habíamos estado observando la calle, cada uno con una piedra en la mano. Me dijeron que viera primero y luego los imitara. Con una mecánica de lanzamiento propia de un pitcher de grandes ligas, empezaron a soltar las piedras hacia la calle. Yo estaba pálido, con la boca seca y el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Algunas piedras solo atinaban el asfalto, pero otras lograban aterrizar en los techos de algunos carros, en el capó, en el parabrisas, en el maletero. Los conductores frenaban, sorprendidos, haciendo extraños en la vía y generando conatos de colisiones. Algunos veían hacia arriba, intentando atisbar qué los había golpeado, de dónde había salido el proyectil.

Antes de que pudiera salir de mi sorpresa por lo que estaban haciendo, Cristian puso una piedra en mi mano. Una de las grandes. Me miró con unos ojos fulgurantes, con una llama de malicia en la que me costó reconocer los ojos del pequeñín que conocí en primer grado. Me dijo dale, mariquín, en un tono seco. No era un chiste, no era una de nuestras bromas. Era un insulto duro, cruel. Era un insulto lleno de dolor también. Vi a Mauricio y asintió con su cabeza, también con una sonrisa maléfica en su cara. Ya no era parte del grupo. Para ellos yo los había abandonado, así que debían castigarme.

Tomé la piedra, los miré con toda la firmeza que pude y la lancé, apuntando a propósito un punto en el que no había ningún carro. Tan pronto como devolví el brazo, sentí otra piedra en la mano. Hasta que no le diera a un carro aquella jornada no se habría terminado. Respiré profundo y lancé la piedra lo más alto que pude, dando tiempo a que algún carro pasara por ahí y se tropezara con el peñón. A lo lejos se venía una camioneta negra, de esas que uno ve y dice “ahí va un narco”. La piedra aterrizó con estruendo en el parabrisas del automóvil. El vidrio se cuarteó de inmediato, el chofer perdió el control por un momento, patinó, frenó y se estacionó a un lado del camino. Mauricio y Cristian reían y me felicitaban, daban saltitos de emoción y elogiaban mi puntería.

Yo no podía quitar los ojos de la camioneta y de su dueño, que se acababa de bajar para inspeccionar su carro. El tipo revisó el vidrio, los cauchos, el techo. Vio la piedra que yacía inocente en medio del camino y levantó la mirada. Su cara estaba dirigida directamente hacia el punto en el que estábamos nosotros. Los muchachos empezaron a reírse de una forma más vulgar, a gritar insultos contra el hombre, hacerle gestos obscenos. Yo estaba congelado, viéndolo a los ojos. Era la segunda mirada más tenebrosa a la que me había enfrentado ese día. Si la de Cristian brillaba, quemaba, la de este hombre era fría, inexpresiva, sin vida. Sin apartar la vista, el tipo sacó una pistola de detrás de su pantalón. Los muchachos dejaron de reírse de inmediato y, cuando vieron que el hombre apuntaba hacia nosotros, se agacharon y salieron tan rápido como pudieron a esconderse en la iglesia. Podía escucharlos llamándome, pero en ese momento no era dueño de mis movimientos. El frío que manaba de los ojos del conductor de la camioneta invadió mi cuerpo y me dejó plantado en el suelo, en aquella placita de El Calvario. Supe que iba a disparar. Tenía el porte de quien no va a guardar su pistola con la misma cantidad de balas que tenía antes de desenfundar. Cerré los ojos y esperé el impacto.

La detonación vino acompañada de un grito de terror de Cristian y un lacónico “mierda” de Mauricio.

Cuando abrí los ojos, ya el hombre de la camioneta se había ido. Exhalé el aire que había estado conteniendo por lo que me parecieron semanas y escuché los pasos tímidos de mis amigos detrás de mí. Giré con lentitud y los vi examinando la pared que tenía detrás. Había un pequeño orificio del que se desprendían pedazos del material del que estaba hecha la capilla. Cristian recogió la bala aplastada de entre los escombros y la puso en mi mano, antes de estallar en risas de alivio y en vítores por mi valentía y la manera en la que había desafiado a la muerte. Mauricio también se me acercó, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo las tienes de hierro, man. Vi la bala, le di vueltas en mi mano y la apreté con fuerza. Dejé que un par de lágrimas bajaran, sin pena. Ya no me importaba lo que dijeran esos dos. Les dije que más nunca me llamaran para una de sus ridiculeces. Me sequé la cara con la mano donde tenía la bala y bajé por los mismos atajos que recorría con ellos. Ninguno de los dos hizo nada por detenerme.

En los últimos años del colegio, ya Cristian andaba en movimientos raros. Nunca dejó de lanzarse en aventuras con Mauricio, pero también estaba empezando a conocer un lado de la ciudad que nosotros no teníamos interés en explorar. Escuché historias de él alardeando de tener un arma y cosas así. Nunca lo pude constatar de primera fuente porque desde el incidente de las piedras en El Calvario no hablé mucho más con ellos, pero sonaba a algo que Cristian haría.

Cuando murió, yo no estaba en Caracas. La noticia me la dio el mismo Mauricio que me llamó porque tenía que avisarles a todos los que conocieron a Cristian, aunque yo sé que no te importa nada de lo que nos pase.

Apenas colgué, lloré como un bebé.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

*Este relato recibió mención honorífica en el concurso de cuentos Salvador Garmendia (2017). Si quieres descargar el primer libro de César, haz click aquí.