RESEÑA: ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Antes de que los guionistas y productores de ‘The Big Bang Theory’ se inventaran a Sheldon Cooper, ya Ana Teresa Torres lo había puesto a protagonizar una buena novela a finales de los noventa. ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’ se llama, fue publicada por Monteávila, puede todavía conseguirse –con algo de dificultad– en algunas librerías de Caracas, y, sobre todo, leerse y disfrutarse con bastante provecho.

La protagoniza un hombre muy particular, serio, lógico y estructurado que una noche entra a una tasca llamada ‘La Fragata’ y se sienta (lo sientan) con una desconocida (tan o más particular que él) que lo convence de volverse a ver al día siguiente, a partir del cual inician una rutina de encuentros y conversaciones en los que se van contando un poco de su vida pero sobre todo reconstruyendo las de otras personas –la ex esposa del protagonista, su hermano guerrillero, unas espías rusas que viven en Francia–, que pasan a ser personajes comunes entre ambos y sobre cuyos destinos comienza a haber más dudas que certezas, lo que da pie a una especie de juego detectivesco y de intriga, que acerca (un poco) a este libro al género de la novela negra.

Y en medio de las conversaciones, Venezuela y su historia, al menos la contemporánea e incluso la que viene un poco más atrás. Está también presente aquella Venezuela de fines de los 90’s, en la víspera del abismo, pero en la que todavía se podía ir a una tasca de noche y viajar.  El libro contiene interesantes y agudas reflexiones y puntos de vista sobre episodios importantes de nuestro acontecer, así como consideraciones y deliberaciones sobre algunos otros temas como el arte, la música, la filosofía y la existencia, brillantes en su mayoría.

Lo mejor, no obstante, es el narrador, que Ana Teresa, con gran maestría, mejor pluma y muy fina ironía construye, hace convincente  y logra convertir en un personaje digno de ser recordado siempre con una sonrisa en los labios. Sus razonamientos, sus descripciones, su modo de narrar las cosas, de interpretarlas, así como muchas de sus respuestas, son, sencillamente, antológicas y siempre inteligentes. En su construcción, manejo y sostenimiento a lo largo del libro, Ana Teresa se consagra como una de las grandes de nuestras letras. Y también en el sorprendente –y juguetón– final, pero es otra historia…a la que sólo llegarán quienes lo lean.

 

 

Los últimos espectadores del acorazado Potemkim

Autor: Ana Teresa Torres

Año: 1998

Páginas

Calificación: 7/10

Líderes ‘new age’

Por: Ezequiel Abdala| @eaa1717

Son los signos de estos tiempos, qué le vamos a hacer. Si ‘El Secreto’ es un best-seller planetario y Hermes Ramírez es escuchado con autoridad de catedrático, ¿por qué habría de extrañarnos que la clase política se contagiara, también, de ese ‘wishfullthinking’ cuya aura (fantasma es ya un término muy pasado de moda y negativo) recorre no  solo Europa sino el mundo entero? Si el chavismo se hizo santero-palero-africano, la oposición se volvió positiva-buena-vibra-voluntarista-entusiasta-y-energética (que no enérgica, desgraciadamente), y por eso va repetidamente y en condiciones inaceptables a elecciones viciadas, regidas por un cuartero de delincuentes electorales que hacen trampa por activa, pasiva y perifrástica. ‘Pero no importa, somos los que flinchy, y a punta de pensamiento positivo, esfuerzo y voluntad superaremos todos los obstáculos que nos pongan, sin denunciarlos mucho para que nadie se desanime, porque lo importante, lo verdaderamente importante, ya se sabe, es tener el ánimo arriba y participar con entusiasmo en la fiesta electoral. Que nos inhabiliten a todos los candidatos que quieran,que no cambien nunca el tarjetón,que modifiquen a conveniencia los circuitos, nucleen las mesas, cierren los centros donde ganamos; todo eso nos lo aguantamos, no importa. Que obliguen a nuestros electores a trasladarse, en buses que luego asaltan, a centros rurales donde los vuelven a asaltar, que les hagan pasar mil y un trabajos, que los colectivos los amenacen y amedrenten, que los golpeen si quieren, que hagan eso y más, peor para ellos, al venezolano le gusta el voto, se vuelve loco por una papeleta, nunca le dice que no a un reto y mientras más difícil mejor’. Palabras más, palabras menos, esa es la falaz propuesta, que inevitablemente termina por estrellarse contra los hechos, que, al igual que los números, son tercos, categóricos y simples: ir a elecciones con un árbitro en contra, sin garantías y en medio de un sistema totalitario, es un ejercicio inútil, por más ilusión, mente positiva, buenas vibras y ganas que le pongan los líderes –¿o son ya gurús?– que tenemos en frente.

 

La táctica roja de Tibisay

El PSUV ha asumido la política como un niño malcriado frente a un juego de mesa. Al partido de gobierno no le gusta leer las reglas y, a su conveniencia, hace todo por cambiarlas. Con el paso del tiempo, cada vez se le ha hecho más cuesta arriba ganar y el número de trucos, en consecuencia, ha aumentado. Las elecciones regionales llegan después de una Constituyente que metieron a trocha y mocha en la que hasta Smartmatic salió a decir que hubo fraude. Llegan, también, con un ‘delay’ que lejos de ser casual, es bien intencional: el gobierno ha retrasado la elección y la ha puesto justo después de la ANC porque es el escenario más beneficioso que ha encontrado para no salir aplastado en las urnas. Con una oposición desmotivada y descontenta con sus líderes, el PSUV ve una rendija por donde colar gobernaciones. Esa, la del retraso, es sólo una de las diez irregularidades (trampas) que marcarán el próximo 15-O, según explica Eugenio Martínez en Diario Las Américas. El domingo, los candidatos de la oposición no aparecerán dentro de la tarjeta de la MUD, debido a que jueces la anularon en siete estados y el TSJ todavía procesa una demanda presentada por el PSUV para anular a la Mesa de la Unidad como partido. Para más inri, el CNE no permitió la sustitución de candidatos, por lo que en la pantalla, al momento de sufragar, el elector verá a todos los dirigentes opositores que compitieron en las primarias, una confusión que puede costar votos. Martínez, por otra parte, comenta que el proceso no tendrá los observadores nacionales de siempre y que, además de no contar con el simulacro, en las elecciones no estará presente la UNASUR como acompañante internacional. Por el viraje ideológico de muchos de sus miembros, el CNE prescindió de la organización y prefirió al CEELA, una institución promovida y financiada por el gobierno venezolano. La guinda al pastel es la manipulación del RE: se desaparecieron votantes, se eliminaron centros y hubo cambios de última hora. A esto se le suma la falta de tinta indeleble, la no notificación a los miembros de mesa, la campaña con recursos públicos y los puntos de votación con nombres como: “Chávez vive, la lucha sigue”.

RESEÑA: ‘Sinuhé, el egipcio’ – Mika Waltari

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Mi nombre estuvo un día en el libro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi palabra tenía más peso que la de los poderosos (…) Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar: fui desterrado”. Con esas intrigantes palabras arranca uno de los grandes clásicos de la literatura histórica del siglo pasado: ‘Sinuhé, el egipcio’, de Milka Watari, una novela que se ha vendido y leído mucho (ha sido traducida a 40 idiomas y desde su publicación en 1945 no ha dejado de reimprimirse), que se llevó al cine con mucho éxito y que catapultó a su autor a la fama. Se trata de una obra maestra del género, que le tomó a Watari por lo menos una década entera de investigación para poder recrear –y con mucho acierto, según los egiptólogos, que la elogiaron como una de las más exactas representaciones que hay de aquella época– la vida y costumbres del Egipto de los faraones. Es allí donde entra en escena Sinuhé, médico real, que ya anciano y desde el exilio hace memoria de su existencia.¿Cómo y por qué hombre tan poderoso terminó desterrado de la ciudad real y desencantado de los hombres? Esa es la pregunta cuya respuesta toma más de 700 páginas, en las que Sinuhé cuenta su vida de la niñez a la vejez. Vida en la que hay aciertos y desaciertos, momentos felices y trágicos, fracasos, victorias, derrotas, poder, intriga y mucha nobleza, que eso, por encima de todo, es Sinuhé: un personaje noble que conoció tanto la grandeza como la miseria del mundo en una época de la que nos separan tres milenios, pero en la que el hombre, al final, no era muy diferente al de ahora. Y he allí, seguramente, la clave de su éxito: en que nos muestra que, costumbres y creencias apartes, en el fondo hemos sido (y seguimos siendo) lo mismo; y que siempre nos hemos movido (y nos seguimos moviendo) por lo mismo: pasión, belleza, dinero, ambición y poder. Se trata, pues, de un libro bueno y bien escrito, que aparte de transportarnos a otra época, también nos lleva a reflexionar sobre nosotros y nuestra condición, tal y como hace la buena literatura.

La historia que los nietos de Reynaldo Riobueno no se cansarán de escuchar

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Si la vida lo premia con largos años y una prole numerosa, Reynaldo Riobueno tendrá forzosamente que contarles a los nietos, una y otra vez, la fascinante e improbable historia de cómo la vida le cambió por completo en el año 2017. El Reynaldo abuelo no podrá pasar mucho tiempo sin mostrarles la Canon T2i (para ese entonces una reliquia) con la que registró las primeras protestas de ese año definitivo para él y cuyo obturador congeló para siempre la imagen de un Hans Wuerich desnudo, lloroso y lleno de perdigones, en medio de la autopista. A juro deberá arremangarse la bota del pantalón y enseñarles a sus vástagos las cicatrices dejadas por los 9 tornillos y la placa de titanio que tuvieron que ponerle  en la pierna izquierda para curarle la fractura de tibia que le produjo un bombazo disparado aposta por una tanqueta de la GNB. Siempre deberá tener una copia, o al menos recorte, del durísimo informe de la ONU con el que colaboró, y que tanto ayudó a desenmascarar la dictadura. Y nunca podrá dejar de repetir, con lujos de detalles, la historia de cómo una ida casual al banco terminó desembocando en una salida madrugadora y casi clandestina del país. Y es que todo lo que vivió en los últimos cinco meses este casi ingeniero con vocación de fotógrafo por osar informar en dictadura es de esas cosas que son dignas de ser recordadas siempre. Para que no haya que esperar el nacimiento de los nietos, @RevistaOJO lo entrevistó largamente en Miami, donde de momento reside. He aquí, en primera del singular, una historia que dentro de dos o tres generaciones los Ryobueno todavía escucharán.

I

DE ESTUDIANTE DE INGENIERÍA A FOTÓGRAFO

“Tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?”

-Mi papá tenía una cámara guardada para los viajes y un día revisando cosas la saqué y le pregunté si podía usarla. Él me dijo que comprara un rollo y viera cómo me iba. Hice unas primeras fotos, las imprimí y mi papá me dijo: ‘Guao, tienes buen ojo. ¿Por qué no te pones a estudiar fotografía?’. Entonces, me compré mi cámara digital, hice un curso con el maestro Roberto Mata, y empecé a salir a fotografiar las protestas, pero como estudiante. En ese momento [2014] estudiaba Ingeniería en Telecom en la USB, era presidente del Centro de Estudiantes e iba con mi franela amarilla y con mi cámara a manifestar. Mis papás estaban aterrados porque tenía dos puntos en contra: ser presidente de un Centro de Estudiante y fotógrafo. Pero no me pasó nada. Luego, me cambié de la USB a la UCAB, por todo el tema de los paros y por problemas con el pensum, y así llegamos a 2017. Cuando empezaron las protestas dije: ‘me toca hacer otra labor, ya no como estudiante sino como fotógrafo’. Había conseguido un trabajo en Unión Radio y IVC, que es un canal internacional, por lo que tenía carnet de prensa, casco, máscara, chaleco, todo, y ya mis papás estaban más tranquilos.

II

DE FOTÓGRAFO A AMENAZADO

“Cuidado con una vaina, carajito”

-Recibí varias amenazas estando en protestas. Una de ellas fue el 20 de abril, cuando le estaba tomando la foto a Hans. La foto en la que él parece un Cristo, llorando con toda la cara llena de perdigones, es mía. Yo me había concentrado tanto en la foto, que me quedé solo. Éramos Hans y yo en medio de la autopista. Entonces, el Comandante de la GNB se me acerca y me pregunta de qué medio soy. Le muestro la franela, que estaba identificada con Unión Radio, y me dice: “No te creo una vaina, muéstrame el carnet”. Se lo saco y me dice: “Cuidado con una vaina más adelante, carajito, y te jodemos”.

III

DE AMENAZADO A VÍCTIMA

“Todavía sueño con lo que pasó ese día”

-Para el 03 de mayo, día en el que la oposición convoca una marcha encabezada por los diputados, yo ya había recibido 3 bombazos: uno en la cabeza (tenía casco, afortunadamente), otro en el pecho (tenía el chaleco y me dejó un morado), y uno en el pie izquierdo (que me dejó otro morado). Por eso en la marcha yo estaba más cauto y no me metía detrás de los muchachos de la Resistencia, por ejemplo, que era de las tomas que más me gustaba hacer. Ya la represión tenía rato y yo estaba en la Francisco Fajardo a la altura de las gotas del CCCT cuando escucho que del parlante de la tanqueta dicen: “Dispárale al de blanco. Dispárale en la pierna”. En el momento yo me veo y digo: ‘No creo que haya sido conmigo’, pero cuando me volteo y me doy cuenta de que soy el único que tiene una franela blanca hasta las muñecas, me asusto y pienso: ‘Me voy a quedar con la prensa’. Esa fue mi medida de precaución: ‘No me voy a ir, pero me voy a quedar con la prensa para cuidarme’. Pasan 5 minutos, salgo al hombrillo a tomar una foto, oigo una detonación y siento un golpe en la pierna: me habían disparado una bomba. Volteo hacia abajo y veo la pierna sangrando; entonces intento caminar, y en el momento en que pongo la pierna en el piso me doy cuenta de que la tengo fracturada porque percibo el crackeo del hueso y siento que está roto. A partir de ese momento no pude volver a pisar.

Unos compañeros fotógrafos me llevan cargado hasta el otro lado de la autopista, por el Sambil, donde hay unas piedras, y me dicen: “Nos quedamos contigo, porque si te dejamos solos te pueden llevar”. La gente de primeros auxilios comienza a curarme la pierna, y cuando me están cargando para llevarme, lanzan una bomba lacrimógena cerca de nosotros. Nos retiramos un poco más, me siento en una de las piedras y llamo al motorizado para que me vaya a buscar, porque no podía caminar del dolor. Entonces se me acerca un GNB y me dice: “¡Camina, camina, porque si no te llevo!”. Yo trato de explicarle, todavía de un modo razonable, que me había golpeado la pierna y no podía caminar. Ni siquiera le dije que me habían disparado ellos. Y él: “No. Camina o te llevo”. Les dije a mis compañeros que se fueran, y yo me fui saltando en una pierna aproximadamente 20 metros hasta que pude conseguir al motorizado. Me monto en la moto todavía con la pierna sangrándome, guardo las cámaras y me voy a Salud Chacao. Allí me hacen el ‘Rayos X’ y confirman que tengo una fractura de tibia; entonces, me inmovilizan la pierna desde el dedo gordo hasta la nalga para evitar que se mueva la fractura. Seis días después, el 09 de mayo, me operan, y cuando abren la pierna se dan cuenta de que está más fracturada de lo que se apreciaba en las radiografías, y me tienen entonces que poner 9 tornillos y una placa de titanio que me la cubre toda. Yo, sencillamente, no me lo podía explicar. Después recordaba las cosas, de hecho todavía sueño con lo que pasó ese día, y fue bárbaro.

IV

DE VÍCTIMA A DENUNCIANTE

“Quería sentirme útil durante el encierro”

-Desde mi casa traté de continuar con mi labor, denunciando lo que tenía que denunciar. Por mis redes publicaba un noticiero cada 3 horas. También comencé a colaborar con medios internacionales: agarraba cortes de videos y se los mandaba a CNN, a la BBC, a ‘El País’, etc. A veces los publicaban y a veces no. Quería sentirme útil durante el encierro de 4 meses que tuve en mi casa. Formé parte de las víctimas de COFAVIC y tuve varias reuniones clandestinas con embajadores y el Alto Comisionado de la ONU. Yo les declaré como víctima, por lo que me había ocurrido. Ellos se interesaron bastante en mi caso y como además había estado cubriendo las protestas, me hacían preguntas sobre lo que estaba sucediendo: si de verdad la GNB disparaba de frente contra los manifestantes, por ejemplo. Yo tenía material sobre eso, y ellos querían constatar que eso realmente estaba pasando en la calle; entonces me pidieron todas las fotos y videos que tenía: eran casi 300 gigas, que estuve como 3 semanas subiendo a la web.

V

DE DENUNCIANTE A PERSEGUIDO

“¡Te están buscando!”

-Dos días después de la publicación del primer informe de la ONU sobre Venezuela, llegaron unas camionetas negras sin placa a mi edificio. De ellas se bajaron unas personas uniformadas de negro y empezaron a preguntar por mí. “Reynaldo Riobueno. El fotógrafo Reynaldo Riobueno”, así decían. En ese momento no había nadie en la casa. Entonces comenzaron a interrogar al conserje y al vigilante, les preguntaron si yo recibía visitas, que quienes vivían conmigo, etc, etc, etc. Ellos le avisaron a mi mamá y ella me llamó desesperada: “Te están buscando, te están buscando”. Yo en ese momento estaba haciendo una diligencia en un banco y lo que pensé fue: ‘me están buscando por colaborar con la ONU y por sacar material hacia afuera; toqué una llaga que no les gusta que les toquen y me quieren joder’. Contacté a unos amigos que tenía en la AN y en COFAVIC, y me dijeron: “Escóndete a ver qué pasa”. Entonces, decidí no volver a mi casa. Yo, como sabía que podía ser blanco de ellos por publicar información en redes y colaborar con la ONU, ya tenía un lugar para esconderme fuera de Caracas y un bolso con ropa en ese lugar, entonces me fui para allá y más nunca volví a mi casa.

VI

DE PERSEGUIDO A ENCONCHADO

“Tú estás colaborando para afuera: te vamos a joder”

-Yo pasé 8 días escondido en el interior del país. Fueron 8 días en los que casi no podía dormir por el terror de sentir que me estaban persiguiendo. Trataba de desconectarme pero era imposible. Con mi familia me comunicaba por medio de una aplicación, pero tampoco daba muchos detalles por allí, ya que no sabía qué tan segura podía ser. No me podían visitar en el lugar donde estaba por razones de seguridad, ya que si los seguían a ellos me encontraban a mí, y podía ser muchísimo peor. Cometí, sin embargo, el error de no sacarle el chip inmediatamente al teléfono, y recibí una llamada de un número desconocido. Cuando la atendí me empezaron a gritar: “Te vamos a joder, carajito. Tú estás colaborando para afuera y te vamos a joder”. Inmediatamente tranqué, saqué el chip del teléfono (porque si lo mantenía me podían rastrear) y lo apagué. Entonces, la recomendación que me dieron COFAVIC y el Alto Comisionado fue que saliera del país lo más pronto posible. Preferí eso antes que verme metido en una cárcel torturado y que mi familia estuviera sufriendo: no podía permitir que pasaran por eso. Con ellos tuve un proceso de despedida a distancia y duro, sobre todo con mi hermanito de 8 años, porque todo fue muy rápido y violento, no hubo nada planificado, y hubo mucho terror y miedo de por medio.

VI

DE ENCONCHADO A EXILIADO

“Gracias a Dios llegué sano y salvo”

-Yo manejaba varias opciones para salir de Venezuela sin pasar por Maiquetía, pero pasaban los días y ninguna cuajaba, y dije: ‘necesito salir lo más rápido posible y sin esperar, porque si no en cualquier momento van a atentar contra mi familia o contra mí’, así que me arriesgué a salir por Maiquetía de madrugada. Luego de una semana escondido, bajé a La Guaira. Lo hice con un carro adelante y uno atrás para prever que no hubiera alcabalas, porque no sabía si mi nombre estaba en alguna lista extraña o algo así. Al llegar, me quedé en un pequeño hotel de bajo perfil en Vargas. Mis papás, para prevenir, bajaron por otro lado y se cambiaron una vez de carro por si los estaban persiguiendo. Tuve que borrar toda la información de mi computadora y de mi teléfono para no levantar sospecha en Maiquetía. Entré a inmigración a las 3 de la mañana y la GNB no me revisó nada. El vuelo salió a las 5 de la mañana y gracias a Dios llegué aquí (a EE.UU) sano y salvo, sin que esos animales me revisaran.

VII

EN EL EXILIO

“Algún día volveremos a encontrarnos allá”

-Luego de varios días aquí es que he ido procesándolo todo, y he llegado a la conclusión de que sí valió la pena: yo dejé mi grano de arena, mi material no es que se quedó en una memoria y ya, sino que se está usando para denunciar al régimen internacionalmente. Que yo esté o no en el país, eso no va a cambiar la situación de Venezuela. Mi salida es circunstancial: cuando la dictadura caiga sin duda voy a volver. Mi país está allá. Mi familia está allá. Mis abuelos están allá. Mis primos están allá. Mis amores están allá. Mis playas están allá. No sé si falte mucho o poco para ese día, pero sé que nada es para siempre y algún día volveremos a encontrarnos allí. Mientras tanto, yo voy a hacer una vida aquí, obviamente, porque no puedo pararla. Pero luego voy a volver para ayudar a rescatar y a reconstruir el país. De hecho, esa es la foto que me falta y que quiero hacer: la de la Venezuela de la reconstrucción y del rescate.

RESEÑA: Los padres pródigos – Sinclair Lewis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘Los padres pródigos’, de Sinclair Lewis, es uno de esos libros con los que el paso del tiempo no ha hecho justicia y ha relegado, más bien, a un olvido inmerecido, siendo como es una obra con méritos suficiente para ser leída por varias generaciones. Publicada en 1938, esta novela nos mete dentro de lo que hoy se llamaría una familia disfuncional, digna de cualquier sit-com gringo pero construida con muchos menos estereotipos y más inteligencia: los Cornplaw, conformada por Fred, el padre, un desahogado vendedor de carros; Hazel, su esposa, una ama de casa promedio; y Sara y Howard, sus dos hijos, un par de vagos redomados y buenos para (casi) nada.

El núcleo de la novela es la tensión que hay entre el padre y sus hijos, debido a las ideas antagónicas de ambos. Mientras el primero es un entusiasta capitalista, los segundos son fervientes comunistas. El padre es un trabajador insigne y los hijos viven de su renta. El padre produce dinero y los hijos, que viven de ese dinero, abrazan una ideología que lo llevaría a perderlo todo. Esa paradoja es manejada con gran maestría y mucha ironía por Lewis.

Si bien el libro, escrito en los años treinta, contiene un alegato muy fuerte contra el comunismo  -“el trabajo no es para vosotros más que una lucha contra vuestros patronos. Cada minuto de trabajo que podéis robarle lo consideráis un trofeo de victoria”– y la holgazanería–“[quieren] transformar los Estados Unidos en un país en el que se exija como único mérito para alcanzar un empleo ser completamente inepto para desempeñar la misión correspondiente al cargo”-, el verdadero objeto de la denuncia son los ‘hijos de papá’: “sacáis a vuestros padres cuánto dinero podéis obtener de su generosidad y luego le reprocháis su fortuna”, como en algún momento le reprocha Fred a sus vástagos.

Es precisamente ese conflicto, ese tener que luchar siempre contra sus hijos, sentirse denunciado por ellos y pasarse la vida pidiéndoles perdón por darles una buena vida, lo que lleva a Fred a concebir una idea en principio descabellada: desaparecer de casay que ellos ven cómo hacen para arreglarse la vida. Es la cura que le encuentra a la que confiesa su enfermedad: “no negarles a Sara y a Howard todo lo que me han pedido”. Entonces, ante la negativa de todos, emprende un viaje de meses a Europa con su mujer, que en aquellos treinta, sin Whatsaap ni internet, equivalía, se entiende, a desaparecer del mapa. Es ello lo que le da título al libro: la inversión de los papeles de la archi-conocida parábola evangélica, que al igual que esta concluirá con un final aleccionador.

La prosa de Lewis –o por lo menos la que la traducción, castellana y antigua, permite atisbar– no es exactamente deslumbrante. Hay buenas descripciones y hasta allí. Nada de grandes imágenes o cosas muy bella. Tampoco destaca mucho su estructura: un relato netamente lineal y cronológico, dividido en 40 capítulos cortos. Sin embargo, el genio de Lewis se manifiesta en el sarcasmo y en la ironía con la que habla y suele responder su protagonista, Fred Cornwplad, un hombre que tiene siempre a flor de labios una frase mordaz e inteligente. Se trata de un personaje bien construido y entrañable, con el que no es difícil tener empatía, y que bien merecido tiene un lugar en el panteón de los personajes inmortales, esos que protagonizan los buenos libros, en cuya categoría puede entrar éste.

Los padres pródigos

Autor: Sinclair Lewis

Año: 1938

Páginas: 189

Calificación: 7 /10

La guerra del fútbol – Ryszard Kapuscinsky

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El gran acierto de La guerra del fútbol y otros reportajes, de Ryszard Kapuscinsky, es juntar lo mejor de dos mundos: el diario personal de un reportero de guerra junto con su producción periodística. Así, en sus páginas se alternan, en perfecto orden cronológico, algunos de los grandes reportajes que el mítico periodista polaco escribiera cuando era corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) en África, y también todos los intríngulis que había detrás de ellos (los complicados traslados, por ejemplo, de una ciudad a otra, las detenciones que sufrió, el trato con sus superiores) y alguna de sus opiniones personales. De ese modo, el lector (y más si es o pretende ser colega del autor) queda con un panorama bastante completo tanto de los conflictos como del oficio de narrarlos.

Ese es el gran acierto del libro. Pero su gran mérito es otro: hacer comprensibles, digeribles y atractivos unos sucesos lejanos y remotos (geográfica y temporalmente), que al lector promedio puede que, en principio, no le interesen ni atraigan un poquito. Convertir guerras y conflictos bélicos sucedidos a kilómetros de distancia y media centuria atrás en temas de interés. Y allí, sí, todo el mérito es del autor, Ryszard Kapuscinsky, narrador de pluma prodigiosa y periodista de raza, que no sólo se limitó a contar conflictos sino a darles contexto y explicarlos, lo que ha hecho de sus piezas obras inmortales y de consultas imprescindible.

En total son 16 los textos (no todos reportajes),escritos entre 1958 y 1979, los que componen la selección del libro. En su mayoría, todos tienen a África como escenario, pero es uno que sucede en América Central el que le da el título al libro: “La guerra del fútbol”, un largo reportaje de 28 páginas, escrito en primera persona (como casi todos), sobre la breve guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras, que tuvo entre sus varios detonantes dos partidos de futbol de ambas selecciones. Es uno de los textos más remarcables, aunque puede que no el mejor. Ese honor bien se lo podría llevar“Argelia se cubre el rostro”, un extenso y muy bien contextualizado reportaje sobre el ascenso y caída de Ben Bella, presidente argelino depuesto por un golpe de estado en 1965. En un texto magistral en el que en 33 páginas Kapuscinsky hace de todo: informa, narra, contextualiza, explica, analiza y hasta hace disección psicológica.

La prosa del polaco no deja de ser, en principio, la de un periodista de agencia: sobria y correcta. No destaca precisamente ni por florituras y exuberancias o por imágenes y metáforas muy elaboradas. No. Por allí no va. Su genio está en la casi microscópica destreza descriptiva –no perdía detalle de nada, lo diseccionaba todo y sabía escribirlo al detalle–, así como en la indiscutible maestría narrativa, que lo lleva a salirse de pirámides invertidas, estrictos órdenes cronológicos y demás corsés del oficio, para contar, como todo un escritor de oficio, todas aquellas historias de las que fue un testigo privilegiado y muchas de las cuales se volvieron inmortales, no por su trascendencia sino por cómo ese gran periodista las plasmó.

Juan Barreto: “Para unos eres el peor y para otros la salvación”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Parece mentira, pero hubo una época en la que el nombre de Juan Barreto (ese que hoy se publica en los créditos de fotos que abren portadas de periódicos y revistas de todo el mundo) fue, simplemente, uno de los tantos que había en la nómina de obreros de la Bigott. Sí, luce inconcebible, pero días hubo en los que se dedicaba era a montar eventos para el departamento de Relaciones Públicasde la famosa cigarrera. ¿Tendrían sus compañeros idea de que entre ellos se encontraba el que terminaría siendo uno de los fotoperiodistas más talentosos de su generación?Seguramente no. Aunque quién sabe. Quizás entre jornada y jornada les contara que había trabajado en ‘El Diario de Caracas’; y puede, tal vez, que en la hora de almuerzo hiciera algún comentario sobre los suculentos manjares que alguna vez viera (¿y comiera?) en las fiestas que cubrió como fotógrafo de sociales del periódico de 1BC. Y es que aunque sueneincreíble, Juan Barreto es también otro de los improbables frutos periodísticos de aquel mítico tabloide fundado por el no menos mítico Tomás Eloy Martínez.

A ‘El Diario…’ llegó con 16 años y un permiso especial de trabajo para desempeñarse como auxiliar de archivo. “Me metía en las discusiones de redacción y veía cómo escogían la foto de la primera plana. Luego veía a los fotógrafos, que para mí eran unas estrellas, con sus equipos y con sus cámaras. Y me empezó a apasionar todo eso. Fue  allí donde dije: esto me gusta”. Entonces (otros tiempos, sin duda) ‘El Diario…’ abrió un curso de fotografía e inscribió a su archivista curioso. Y terminado el curso, lo puso a cubrir sociales. Pero todo tiene su final, nada dura para siempre, ‘El Diario…’ se acabó (lo acabaron) y con él, parecía, el sueño de vivir de las fotos. Tras algunos meses desempleado fue a parar a la cigarrera, donde estuvo tres años hasta que un buen día tomó la decisión de volver a la calle: “Estudié diseño gráfico. Y me fui como freelance, haciéndole vacaciones a todo el mundo”.

Y todo el mundo eran una serie de fotógrafos cuyos nombres puede que ya no le suenen a casi nadie, pero a los que Juan, hoy en la cúspide de su carrera y próximo a cumplir dos décadas en la AFP, no sólo no olvida sino que venera: “Tenían una voluntad tan grande para meterse donde fuera, para andar en sucesos. Y no contaban con las facilidades y los recursos que hay ahora: usaban equipos analógicos y con película, pero le ponían ganas. Mis primeros pasos me los marcaron ellos. Con ellos aprendí todo lo que sé”. Son Vicente Corrales (“el señor Vicente para mí es la cosa más extraordinaria que hay”), Cheo Pacheco (“él me vendió mi primera cámara: una nikkormat viejita, viejita, pero excelente, que nunca le pagué completa”), Jorge Tortoza (“mis primeras coberturas en sucesos fueron con él: siempre voy a recordar una vez que nos metimos en La Peste, en el Cementerio General del Sur”),  Nelson Castro, Luis Vallenilla, entre otros, de quienes jura que si estuvieran ahora “sería otra cosa”. Y es suficiente escuchar el respeto (pero sobre todo el cariño) con el que los nombra, para darse cuenta de que no está haciendo demagogia sentimental y de que, aun estando en la cumbre del Olimpo, Juan Barreto no olvida quién es ni de dónde viene.

A continuación nuestra conversación con un hombre agradecido.

-¿Tú te consideras buen fotógrafo, Juan?

-No, no. Yo todavía no soy bueno.

-¿Y si tú no eres bueno, entonces quién puede serlo?

-Este poco de señores viejos que te nombré antes, que eran increíbles. Desde Jorge Tortoza hasta Carlos Ramírez. Buenos eran ellos. Hay una lista gigante que me da mucha lástima que esta nueva generación no conozca. Yo siempre les he dicho a los compañeros, a los que están empezando: nunca se olviden de que antes de nosotros hubo personas mejores que nosotros.

-¿Y a ti qué te falta para ser buen fotógrafo?

-Mucha más cobertura y experiencia.

-¿Te falta calle?

-Siento que me falta hacer otras cosas. Aprender más. Sé de fotografía, tengo grandes conocimientos de fotografía, los he adquirido a través de la experiencia y del trabajo de años. He tenido también voluntad por aprender, he hecho cursos de fotografía en zona de riesgo, por ejemplo, y todo ello te da un conocimiento. Pero eso es como el cocinero, me imagino. Yo de cocina sé muy poco. Pero supongo que siempre quieres experimentar más, más y más, y sientes que no llegas al tope. Yo siento que no he llegado a mi tope. ¿Que quizás todos los años de experiencia me han permitido hacer un mejor trabajo? Sí. Pero siento que falta un poco más, que tengo todavía una carrera entera por delante.

-Con toda tu experiencia encima, dime una cosa: un fotoperiodista es alguien que…

-…le apasiona  y arriesga su vida por esto.

-¿Y qué se necesita para serlo?

-Ganas. Saber que en el momento en el que tomas una cámara y tienes un carnet pegado en el pecho, eso tiene sus riesgos. Mucho riesgo. Para unos eres el peor y para otros puedes ser la salvación. Yo siempre se lo he dicho a la gente: tiene muchísimo riesgo. No es fácil.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Con Nikon. Antes usaban Canon, pero ahora nos lo cambiaron en la agencia.

-¿Hay algún lente que te guste en particular?

-Fíjate que no. Yo en eso no soy como los otros compañeros: no me enamoro de los lentes ni tampoco de los equipos. Hoy puedo tener una cámara increíble y mañana trabajar con el celular. Si tengo un angular, trabajo con él; si tengo un télex, trabajo con él. Yo tengo desde una cámara Sony, que me la dio Sony para que se la probara, hasta una Fuji con la que he hecho todas las fotos que están en mi casa: de hecho, todas las fotos que he mandado a montar son con Fuji, nada de Nikon o Canon.

-Eso me lleva a preguntarte, ¿para ti cuánto es la cámara y cuánto es el fotógrafo?

-80% el fotógrafo y 20% la cámara.

-¿Qué debe tener una foto para que tú la consideres buena?

-Un buen encuadre, armonía visual. Que sea noticiosa, que informe lo que en realidad está pasando, que tenga contexto, que cuando la persona la vaya a ver sepa qué está pasando: solo con verla, sin necesidad de leer lo que pasa. El texto tiene que ser complemento de la foto, no la foto del texto. Esa es una buena foto.

-En el fotoperiodismo, ¿cuánto es la estética y cuanto la información?

-Para mí, primero es la información. Nosotros vendemos información, noticia. Lo estético depende. Si en una gráfica yo tengo la información y lo estético no está muy bien, la publico igual. Pero si tengo algo muy bonito, muy armonioso, pero nada informativo, entonces no. Lo bueno de ahora es que ese tipo de fotos se pueden usar pero para otro tipo de medio. Pero primero es la noticia. Yo vendo noticia. Si tengo lo estético, bien. Pero vendo noticia: me preparé para eso.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-60% la información y 40% la estética.

-¿Tiene lugar en el fotoperiodismo la manipulación digital de la imagen?

-A ver, hay dos cosas. Una es que el lector está obligando a los medios a ser surrealista. Entonces ellos nos obligan a usar esas herramientas para resaltar los colores, los cielos. Y se está volviendo todo muy surrealista. Te paras y miras el cielo y dices: yo nunca he visto un cielo así. Pero bueno, dar contraste, aclarar una sombra, eso me parece válido. Y eso lo puedes hacer. Con lo que no estoy de acuerdo es con montar o manipular personajes dentro de un fotograma. Si eso no existió, tú no tienes por qué inventarlo. No puedes. Allí estás jugando con tu propia realidad, y te estás mintiendo a ti.

-¿Qué opinas del fotoperiodismo ciudadano?

-Me encanta.

-¿Sí?

-Claro, porque gracias a él ya prácticamente no se puede ocultar nada. Antes era difícil, porque simplemente existía una sola imagen. Ahora hay miles. Y mientras tu estés informando de lo que esté pasando, bien. La calidad es otra cosa. Pero mientras estés informando de lo que está pasando, claro que eres fotoperiodista.

-¿Cómo describirías la cobertura de estas protestas?

-Mira, en un momento empezó muy suave y luego comenzó a subir de nivel. Nosotros pensábamos que los gases eran algo fuerte y resulta que luego se puso peor. Y siempre podía ser peor.

-En la cobertura de las protestas, ¿cuál fue el momento más difícil?

-Creo que todos los días hubo momentos difíciles. Cuando venía la GNB en moto, allí yo decía: ‘listo, aquí fue, voy a caer como presa’. En esos momentos yo, primero, trataba de no correrles. Segundo: mostrarles que yo no me metía en su trabajo ni ellos tenían que meterse en el mío. Pero siempre intentando mantener un margen: si me señalaban y me decían que no tomara fotos, yo no era quien para sacar la cámara y ser agresivo. Si me decían que no tomara una foto, no la tomaba. Si me decían que me fuera, me iba. A menos que yo viera que me iban a violentar algo. Ya allí cambiaban las cosas.

-¿Cuánto es lo más que has arriesgado por una foto?

-Cuando estaba más joven cometí más estupideces, creyendo que una fotografía podía salvar o ser lo más grande, y luego me di cuenta de que no. En el año 2003 recibí un tiro cubriendo las protestas y el tiro pegó en el chaleco. Allí entendí que primero está mi vida.

-¿Una foto no vale la vida?

-No. Mira. En 2010 me tocó cubrir el terremoto de Haití. En una de las zonas yo vi a unos hombres armados sacando restos de cuerpos. Cuando me vieron, ellos me apuntaron con una kalashnikov. Yo lo que hice fue darles la espalda. ¿Qué hubiese ganado si me pongo a levantar la cámara? Podía perder la vida.

-¿Y tú cuando estás en medio de estos conflictos tienes cabeza para pensar en lo que es una buena foto?

-Es que antes de llegar al lugar digo: ‘quiero hacer tal imagen. Hoy me voy a dedicar a hacer esto’. Y te vas acercando. Vas pensando. Hay momentos en los que dices: la tengo. O no la tengo. Pero te vas con un patrón.

-¿Tras tantos días de protesta te era posible hacer una foto original?

-Mira, aunque parecía que era siempre lo mismo, siempre había algo diferente. La gente no era igual: señoras, señores, muchachas. Eso le daba otro matiz. Sin dejar de hacer lo que pasaba. Buscar la diferencia. Te ibas reinventando poco a poco. De repente decías: ‘hoy va a ser tranquilo’ y resultaba que todo se salía de control, y decías: ‘guao’. Era lo que pasaba: uno pensaba que iba a ser tranquilo y cambiaba de tono en segundos. Podías tener 8 horas y los últimos 10 minutos eran los que te daban la imagen. Y tú decías: todo tan tranquilo y vino este tipo y cambió todo. Por eso tampoco hay que minimizar la protesta.

-¿Te afectó toda esa realidad que cubriste?

-Sí afecta, siempre afecta. Cuando haces algún muchacho que lo viste caer y luego te enteras de que murió, dices: ‘coño, ¿por qué pasa esto?’. O si ves a un policía pegándole a una señora, dices: ‘coño, ¿por qué hace esto?’. Es imposible que no te afecte.

-¿Llegaste a llorar?                     

-No, no, pero sí me preocupa adónde vamos a parar como país. Y no lo sé.

-¿Cuál ha sido tu mejor foto?

-Para mí la mejor foto es la que a la gente le gusta. Si tú me preguntas de todos estos días cuál es la que me ha impactado visualmente, creo que fue el chico quemándose. Para mí esa ha sido la más fuerte de las que he tomado. Tengo detenidos, gente muerta. Pero para mí ha sido esa.

-¿Y cómo llegaste a ella?

-En el momento de la protesta, luego de que la tanqueta le pasa por encima a la gente y hace desastres, yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él. Yo sentí el calor. Y cuando me doy cuenta, viene este chico corriendo encima de mí. Es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya. Para mí ese fue el momento más fuerte.

-¿Y la de la señora con la tanqueta?

-En realidad yo la vi allí y le hice la imagen porque me pareció que era importante. La mandé, pero no había caído en cuenta de la importancia que tenía, porque había piedras, gases, muchas cosas. Cuando terminó el día y la vi, dije: está fuerte.

¿Y la del militar disparando una pistola de frente a los manifestantes?

-Cuando tú empiezas a ver los ánimos dices: voy para adelante, para atrás. Los vi corriendo hacia adelante a manifestar donde estaba la Guardia y me fui a un costado porque dije: aquí va a pasar algo. Y lo vi. Luego, el GNB dispara hacia donde estábamos nosotros. Cuando yo veo que él apunta, me agacho y escucho las detonaciones.

-¿Eso es un sexto sentido o algo así?

-Eso se va ganando con la calle. Uno más o menos sabe cómo puede terminar todo.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Creo que he hecho todas las que he querido. Si estoy allí es por algo. Y si no estoy, también. No juego con el destino.

Miguel Gutierrez: “Salir con una cámara es poner tu vida en riesgo”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El acento bogotano lo perdió, pero las maneras no: habla de modo pausado, pronuncia perfectamente las palabras, no alza la voz y prácticamente no dice groserías. Cuando quiere hacer énfasis en algo, se desdobla y deja que salga una especie alter ego de expresiones cómicas y siempre correctas. De hecho, sería imposible hablar de él sin usar repetidamente palabras como ‘cortés’, ‘educado’ o ‘amable’. Por ello, aunque en ningún momento lo expresara, a este entrevistador no le quedó la más mínima duda de que para @miguelgutierrez (Bogotá, XXX) fue un suplicio tener que desayunar y responder preguntas al mismo tiempo. Y es que la conversación tuvo lugar a las 10 de la mañana, tras una pauta madrugadora, mientras el fotoperiodista de EFE se comía (o al menos eso intentaba) dos cachitos y una coca-cola.

Pero antes de llegar a ser este fotógrafo consagrado al que le piden entrevistas y cuyas fotos generan admiración incluso entre sus propios colegas, que no dudan ni un momento en mencionarlo en sus listas de referencia, Miguel Gutierrez fue, sencillamente, un estudiante de Comunicación Social de la UCSAR. Es allí, en los pasillos del que fuera el antiguo seminario de Caracas, donde hay que ubicar el nacimiento de este querer, más bien pasión, cuyo flechazo ocurrió en el IV semestre de la carrera cuando le tocó agarrar una cámara. “Fue amor a primera vista”, recordará de ese momento.

Su primera foto publicada cree que fue la de un zapato en el desaparecido semanario URBE (“había una sección llamada no-noticias, que eran noticias locas y absurdas, y había que ilustrar algo de un zapato. Recuerdo que me costó muchísimo fotografiarlo, porque lo querían iluminado”). Ese fue el Bautizo. Pero la Epifanía, o la Confirmación si se quiere, le llegaría por una mala dirección: buscando un cine colonial en El Conde terminaría en un ancianato destruido (“no tenían vidrios en las ventanas, cada vez que llovía se inundaban los cuartos, a los viejitos los bañaban con mangueras…”) en el que entonces realizaría un trabajo fotográfico que se publicaría un domingo en ‘Últimas Noticias’. La denuncia trajo consigo un escándalo pero también una solución: “no había pasado una semana cuando nos enteramos de que estaban trabajando en el ancianato y allí dije: ‘¡Guao esto sí funciona!’. Me di cuenta de que con la imagen podía decir más y podía ayudar y aportar”.

Y de aquellos polvos, estos lodos. Él no se considerará buen fotógrafo todavía (“siento que aún me falta”) y no cederá en esa postura aunque se le argumente lo que se le argumente (“mucha gente ha dicho que mi trabajo es bueno, sí, pero no me considero como bueno”). Solo al final hará la concesión de que puede ser que su vara de medida sea elevada (“no sé si es que tengo estándares muy altos”) y entonces hará una dicotomía entre el trabajo (“si mis fotos cumplen la función de informar, puede que esté haciendo un trabajo bueno”) y la persona (“pero para considerarme bueno como fotógrafo todavía me hace falta”). He aquí, pues, el diálogo con un hombre que va camino a la perfección:

Miguel, un fotoperiodista es alguien que… ve y observa.

-¿Qué se necesita para ello?

-Analizar, conocer, inmiscuirse. Una cosa es ver, que es lo que todo el mundo hace; y otra detenerse a observar: Qué está pasando, qué conlleva, cuál es el contexto, el trasfondo, hay un pasado, hay algo.

-¿Con qué equipo trabajas ahorita?

-Por exigencias del diarismo y de la realidad venezolana, me pidieron en la oficina que fuese más rápido a la hora de transmitir, y estoy trabajando con una 5D Mark IV, y una gama amplísima de lentes.

-¿Hay un lente que te guste en particular?

-Depende de la pauta y del contexto. A mí me gusta muchísimo el 16-35 mm, de hecho es con el que más he fotografiado últimamente. Hay gente que lo aborrece porque es muy complicado y difícil de manejar, y aunque es efectista y tiende a deformar la imagen en los bordes, bien usado haces buenas fotos con él. Yo procuro llevarlo siempre al tope, al 35 mm,sin descartar el 16 mm: me ha pasado que de repente algo ocurre a centímetros de míy en esos casosaseguro el 16 mm, echo un poquito para atrás y listo. Hace unos mesesme llegó un lente 100-400mm. Y es un lente dinámico, con un tamaño súper práctico. Me enamoré de ese lente el día que del SAREM salió un tipo disparando. Yo estaba resguardado atrás y gracias a ese lente pude tomar a la persona que tenía el arma de fuego, y está muy bien detallada. Por eso digo: todo depende de la pauta, de lo que esté ocurriendo. También hago fotografía de estudio, y en esos casos uso otro tipo de lentes.

-¿Entre la fotografía de estudio y el fotoperiodismo con cuál te quedas?

-Son distintas. Es como que te comparen un brownie y una hamburguesa. ‘Ya va: ambas son buenas’. Algo así podría ser el símil. Me nutro con el fotoperiodismo, me alimento de la realidad, de conocer, de transmitir. En la fotografía de calle están todos los elementos y eres tú quien tiene que hallar la manera de componer, contextualizar e informar. Y en la fotografía de estudio, el postre, tienes todos los elementos a tu disposición, los puedes ordenar y dirigir.

-En el fotoperiodismo, a la hora de realizar una foto, ¿qué debe primar? ¿la calidad estética de la imagen o la información que contiene?

-Tiene que primar la información. Eso es lo primordial. Luego,a medida que estás en la calle vas desarrollando el ojo. Sabes dónde ubicarte, sabes anticiparte a ciertos momentos y espacios y puedes jugar con la estética de la imagen. Si conoces el lugar y sabes cómo se va a comportar tu cámara con relación a la luz del momento, dale: tienes toda la licencia para jugar con los elementos estéticos. Pero lo primero es la información.Por ejemplo, antes de que me llegara la 5D Mark IV, tenía una 1D Mark IV que tenía el sensor sucio. Con esa cámara pude hacer la foto de los escudos. Si la detallas, en la pierna del militar hay una mancha negra, y no es una mancha de su uniforme, sino de mi censor. Sé que es un elemento estético que afea la foto, y yo soy mañoso con eso, pero por respeto no lo quito, porque allí lo que prima es la información.

-Si pudiéramos ponerlo en porcentaje…

-70-30.

-¿Qué opinas de la manipulación digital de las imágenes? ¿Eso tiene cabida en el fotoperiodismo?

-Yo particularmente no retoco: lo que hago es revelar el archivo digital, porque yo disparo en raw, que es un archivo en crudo, que no tiene ningún tipo de contraste o nitidez, salvo lo que registres con la cámara y el lente que estés usando; entonces, yo tengo que procesar el trabajo, retocar luces, sombras, de modo que no puedo decir que no tiene cabida el retoque de una imagen. Pero de allí a manipular el archivo para poner, quitar, saturar, darle claritiy o ponerle un filtro, eso ya es algo con lo que no milito. Pero no me quedo solo con ello, porque la manipulación no es solamente digital. Me ha tocado presenciar compañeros que manipulan una escena antes de fotografiarla: ‘ponte así, mira para acá’. Y es como: ‘oh, no. Eso no se hace’. Nosotros, como periodistas, podemos decirle a un atravesado: ‘quítate’. Pero no podemos manipular la escena o montarla. Yo no milito con eso. Y he visto compañeros que recurren a esa práctica de montar olla. No sé si a nivel digital lo hacen.

-¿Qué ha sido lo más difícil de esta cobertura?

-Lidiar con la pasión de la gente. A mí me han atacado de lado y lado, pero no ha sido por imprudencia o porque yo haya cometido un error, sino porque las cosas se salen de control. La gente está muy apasionada y pierde visión. Queda como ciega por defender una posición. Me pasó con un GN, que por hacer una fotografía me disparó una bomba lacrimógena. Eso fue al comienzo: Freddy Guevara fue a defender a un manifestante que se estaban llevando detenido,el militar no se da cuenta de que es Freddy el que está allí, lo agarra por el cuello y se lo trata de llevar. En lo que veo eso voy y en lo que hago el primer disparo recibo yo uno en el brazo. Hubo saña en ese momento. Y por parte de los manifestantes: ‘eres infiltrado, eres infiltrado’. Con que alguien diga que eres infiltrado o eres un ladrón pasa. Y eso me ocurrió en La Castellana.

-¿Has perdido algún equipo?

-De seguridad, nada más. Que me han robado. Se me han dañado dos cámaras: una que se empapó y la pantalla del LED no le funciona, y otra que recibió un golpe de bomba en el pentaprisma, me arrojó 3 errores y tuve que darle de baja.

-¿Has llegado a sentir que tu vida está en peligro?

-Sí. Pero es que ya el hecho de salir a la calle con una cámara es poner tu vida en riesgo. Ahora, en el contexto de manifestaciones siempre hay un riesgo de que te pase algo. Yo creo que si sabes manejarte en la calle, si conoces los códigos, si respetas lo que está ocurriendo, puedes minimizar el riesgo. Yo particularmente salgo con miedo. Siempre. No voy a jugar al héroe, no voy a jugar al valiente, de hecho, el miedo es lo que me frena a cometer imprudencias o locuras, o ponerme en mucho más riesgo del que ya estoy. Pero siempre hay una constante de que se pueda perder la vida.

-¿Y una foto vale la vida?

-No.

¿Ni siquiera una buena foto?

-Hace unos días murió una fotoperiodista que pudo fotografiar su muerte en una explosión. Y es como ‘ah, qué bien por la foto’. Pero pregúntame como se llama ella. No lo recuerdo. Y eso lo sé yo que soy fotoperiodista, pero eso no lo sabe el vigilante, el conserje, el político o el profesor. Y a final de cuentas yo me debo no a la foto sino a informar a esta gente. Entonces de verdad no creo que valga la pena.

-Cuando estás en mitad del enfrentamiento, con riesgo para ti, ¿todavía tienes cabeza para pensar en si una foto es buena o mala?

-Me ocurrió el día delSAREM.Después de los disparos, cuando todo se calma, había un carro en llamas. Llegaron los bomberos. Y de repente miro y digo ‘oye, qué bonito como la luz está atravesando las ramas del árbol y con el humo hace como una cortina de líneas. Oye, sí, esto con F14, 1200 de ISO, queda perfecto’. Entonces, sí, creo que todavía tenemos en algún momento la cordura para pensar en una fotografía estética.

-¿Existe el fotoperiodismo ciudadano, Miguel?

-Creo es en la fotografía que informa. No consideraría a alguien fotoperiodista por el simple hecho de que hizo una fotografía y ya. Yo no sé cocinar y en alguna oportunidad me toca hacer algo para comer, y no por eso me considero cocinero o chef. Entonces llamarlo fotoperiodista ciudadano, no; creo que es un título muy ostentoso para la gran responsabilidad que conlleva. Los fotoperiodistas vemos y observamos. Un ciudadano solo ve y no observa. Hace tiempo se hizo viral un video de Altamira de unos militares que se comen la luz y los chocan. Y todos han delirado con el video. Y como fotoperiodista a esa imagen le hace falta algo muy importante: ‘¿qué pasó con el conductor?’. Esta persona registra el choque, registra las detonaciones y se va. Y uno se queda con la interrogante de qué pasó con esa persona. El fotoperiodista se queda para ver qué va a pasar con la persona. Esa es nuestra labor. Por eso digo: bien, genial que esa persona tuvo la astucia para estar en el momento adecuado, pero eso no hace que sea fotoperiodista ciudadano. El fotoperiodismo informa. A mí ese video, por ejemplo, me contó parte de lo que pasó pero no qué ocurrió con el conductor.

-¿Tras más de cien días de protesta se podía todavía hacer una foto original?

-Sí. Había que reinventarse. Era difícil. Pero creo que la educación visual juegaun papel muy importante. Está bien que tengas ojo, la técnica y tu equipo, pero si no tienes cultura visual te quedas corto y va a ocurrir el fenómeno de repetirse. Yo hasta el momento no sentí que me hubiera repetido. Ya sea porque me obligué a usar un lente u otro,que me obligaba a cambiarme de posición. Ya sea el olfato periodístico: saber dónde está la noticia para registrar la fotografía que va a ser diferente al resto.

-¿Cuáles han sido los momentos más difíciles?

-Ha habido dos momentos: primero, documentar los entierros. Eso me ha afectado mucho. Es como: ‘ah, qué triste’. Ninguna muerte es justificada. Ni de un lado ni del otro. Pero ver frustrada una vida por un contexto que tú dices: tiene una solución tan fácil, una salida democrática, es doloroso. Ver madres y padres de gente talentosa, de gente joven, de capital humano, eso es muy triste. Para mí ha sido lo más triste.

Y lo segundo: la pérdida de valores. Cuando hubo la marcha de adultos mayores, yo ni el chaleco me llevé. Dije: no les van a disparar. Mentira: igual les echaron gas en la cara. Y era como: ‘pana, este señor puede ser tu abuelo, puede ser tu mamá. ¿En qué mente cabe qué tú vas a dispararle a una persona mayor, que tiene muchísimas más experiencia que tú, que tiene historia, que tiene anécdotas?’ Y ahí dices:‘ya va, ¿qué pasa con los valores de la sociedad venezolana? ¿Qué está pasando por tu cabeza para que arbitrariamente decidas atacar a una persona mayor? ¿Qué daño puede causarte un señor de setenta años? ¿Tirarte un bastonazo? Cuidado y tú le partes el bastón, porque tienes escudo, chaleco, casco’. Eso me afectó mucho: ese respeto sencillamente no está.

-Hay una foto tuya, Miguel, que muchos coinciden en que es, si no la mejor, sí por lo menos una de las mejores de las protestas: la de los escudos. ¿Cómo llegas tú a esa foto?

-Yo venía de fotografiar a una señora que decidió irse solita con una bandera a parársele en frente a los militares. Ella llega y un grupo de militares la retiran. Me quedé fotografiándola y de repente caigo en cuenta de dónde estoy y veo a los militares adelante, entoncescorro, llego, yme quedo en la mitad de la autopista. Veo que los escuderos se organizan, se forman, y empiezan a atacar. Me resguardo. Los militares se organizan. La veo y digo: este es el momento. ¡Llegué a ese momento por otra fotografía!

-¿Es esa tu mejor foto?

-No.

-¿Y cuál es?

-Mira, no sé. No podría decírtelo.

-Bueno, ¿cuál es la que más te gusta?

-Mira. No sé. Me gusta jugar con la ironía del momento, y si esta ironía tiene muchos elementos a contar es fantástico. Cuando los chicos usan cascos de la GN. O van a jugar Golf con las lacrimógenas. Es como muy irónico. Las fotos que muestran un detalle irónico son las que más me han gustado.

-¿Cuál es la foto que te hubiera gustado hacer?

-Las fotografías que me hubiese gustado, por registro gráfico, son la del muchacho que se quemó por una moto que explotó en Altamira y la del muchacho que le prendieron fuego allí también. No las hice por no haber podido estar en el lugar.

-¿Cuál es la foto que te gustaría hacer?

-Yo tengo clara la foto pero está muy lejos de lograrse: un abrazo de parte y parte. Y de verdad está muy lejos. El contexto político-social está, digo yo, en un momento muy crítico.

Fusilamiento en el puente (y otras historias)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

I

El mejor termómetro para medir la convocatoria de una marcha es la cola que deja. Y la del sábado pasado marcó una temperatura bajísima. Exactamente quince minutos después de que la marcha arrancara de Parque Cristal, la vida en la Francisco de Miranda era la de cualquier sábado al mediodía: camioneticas y carros transitando, gente caminando, negocios abiertos. No había rastro y ni siquiera sospecha que de allí hubiera salido manifestación alguna. Lo mismo en Altamira: todo estaba absolutamente normal. Fue apenas en Chacao, a mediados de Chacao, y luego de transitar a paso veloz un buen número de cuadras, que el indicio de una marcha se hizo presente: estaban sentadas en un banco dos personas de gorra tricolor. Habría entonces que transitar dos cuadras más para toparse con un par de patrullas que cerraban la calle y luego llegar a Chacaito para encontrarse, allí sí, con la manifestación, que había caminado rapidísimo (otro indicador infalible: marcha grande camina lento) y estaba ya comenzando a bajar a Las Mercedes.

La Alfredo Sadel, su destino final, fue una pequeña reunión de lugares comunes. La vista desde la tarima era desoladora: apenas y un pequeño grupo de personas, inflado por una bandera gigante extendida en toda su dimensión bajo un sol inclemente. Hubo micrófono abierto, cantada de himno, proclamación de consignas y par de discursos de Freddy Guevara y Delsa Solórzano, pero nada reseñable. Solo la comprobación del radical divorcio que hay entre pueblo y dirigencia, en el peor de los momentos posibles.

II

Las malas ideas siempre vienen precedidas de una advertencia. La vida avisa. Y la fotógrafa de pelo largo (imposible reconocerla con todo el equipo anti motín encima) dijo “¿para qué?” inmediatamente antes de que un grupo de casi veinte trabajadores de la prensa decidiéramos cruzar el puente de Las Mercedes. Su pregunta tenía respuesta: lo hacíamos para poder ver algo. Aproximadamente quince minutos tenían enfrentándose en el comienzo de Las Mercedes, por el CVA, un pequeño grupo de la resistencia con otro grupo (pequeño también) de la GNB, luego de concluida la marcha. En ese pésimo punto, donde no hay con qué cubrirse y la GNB desde arriba tiene vista y ángulo para hacer lo que le da la gana, habíamos estado en todos los lugares posibles hasta que terminamos en esa especie de túnel que está debajo de la autopista, desde donde se oía todo y no se veía nada. Y cuando ya la situación pareció calmarse, entonces decidimos cruzar. “¿Para qué?” dijo la fotógrafa de pelo largo, pero igual se vino con nosotros. Y entonces comenzó una andanada de disparos en ráfaga en contra nuestra: desde arriba, la GNB jugaba a fusilarnos.

Los sonidos eran tres y violentos: un ‘po’ seco (el de la detonación), un ‘pin’ metálico (el de cuando los perdigones pegaban de las barandas del puente) y un ‘zzzz’ fugaz (el de cuando pasaban zumbando cerca). Se sucedían incesantemente, en paralelo y por todas partes: así se escuchaba la banda sonora de nuestro ajusticiamiento, a la que se sumaban interjecciones, gritos y exclamaciones. Si lo planificaron o no, eso sería especular, pero lo calcularon bien: comenzaron a disparar en el momento exacto en el que devolverse dejaba de ser opción y cruzar el puente todavía se llevaría tiempo. La aparición de los perdigones tuvo, además, dos efectos físicos: nos encogió a los periodistas (que empezamos a correr agachados y apretándonos unos con otros) y alargó el puente (cuyo trayecto se nos hizo interminable). En el cruce, ardor en la pierna: un perdigonazo. El dolor al momento es intenso, pero puntual y localizado. El jean amortigua bastante y bien. No pasa así con la camisa blanca del periodista español que está a mi lado, que en un instante comienza a teñirse de rojo en la manga del brazo derecho, donde le dieron.

Al otro lado del puente las caras son de desconcierto. Casi nadie entiende y mucho menos cree lo que nos acaba de pasar: nos dispararon desde arriba cruzando un puente. Todos hacemos conteo de daños. Casi todos tenemos algo, pero el más grave es el español, al que atienden los paramédicos. Un fotógrafo joven se quita el casco y enseña la huella que dejaron dos perdigonazos contra éste: le voló la pintura y lo hundió un poco. Él lo ve entre incrédulo y turbado. Entonces, saca un rosario tricolor, lo besa y se lo enrolla en la muñeca.

III

No copiosamente, pero llora. Es una mujer ya mayor, delgada, de pelo corto y canoso, que se lamenta por un nombre que la grabadora no registra pero que pertenece a quien probablemente sea su esposo: un hombre entrado en años al que la GNB, en una redada sorpresa, se acaba de llevar en Colinas de Bello Monte. Y es que luego de perder la pelea en Las Mercedes, un grupo todavía más pequeño de jóvenes encapuchados decidió irse hasta la Principal de Colinas a drenar su frustración: armaron dos endebles barricadas y comenzaron a lanzar piedras contra la autopista, desde donde la GNB, que pasaba cada cierto tiempo por allí, les disparaba perdigones. Durante dos horas, el enfrentamiento fue cíclico y rutinario, pero cuando la prensa comenzó a retirarse, entonces sí la GNB se paró en la autopista y disparó incluso un par de lacrimógenas. Volvió entonces la prensa y con ella una calma de casi veinte minutos, que se vieron interrumpidos por la llegada abrupta de una brigada en moto de la GNB.

La emboscada fue breve pero efectiva, diríase quirúrgica. Aparecieron de repente y atraparon a casi seis jóvenes, algunos de ellos emblemáticos. Allí cayó el que guerreaba con el torso descubierto y se pintaba consignas sobre éste (“No soy guarimbero, soy venezolano”, decía la de su por ahora último día en libertad). Sobreviviente de un sinfín de ataques y emboscadas, cayó probablemente en la manifestación más tonta e innecesaria de todas en las que participó. Le cubrieron el rostro con la bandera tricolor que usaba para manifestar y se lo llevaron entre dos Guardias. Lo mismo a un anciano de pelo blanco, bandana negra y guantes de esqueleto, el hombre por quien la mujer lloraba. En un segundo les cambió la vida a todos. Sin la efervescencia mediática de otrora, con la calle gélida, su detención quedó en anécdota, en denuncia de twitter, en lamento de unos conocidos que ni siquiera sabían bien sus nombres ni a quien avisar.

IV

El muchacho tiembla de la rabia. Respira violentamente, más bien resuella. Tiene un palo en la mano y los ojos fijos en un fotógrafo sobre el que concentra todo su odio y vierte una cantidad inmoderada de insultos. La escena termina siendo la más irracional de una jornada que no se había caracterizado por su moderación. Pero las post-emboscadas (y las post-represiones) son siempre así: momentos de frustración, dolor y rabia, en los que los últimos demonios se terminan de desatar.

Inmediatamente después de la redada de la GNB, Poli-Baruta apareció con dos patrullas para remover los escombros y deshacer las barricadas que trancaban la principal de Colinas. Los que sobrevivieron a la Guardia fueron saliendo uno a uno de sus escondites, y la emprendieron inmediatamente contra los funcionarios de la Policía Municipal. “Cómplices”, “choros”, “vendidos”, les decían; “nosotros hacemos nuestro trabajo”, se justificaban. La situación se tornó entre trágica y cómica cuando de un lado cuatro policías cargaban una lámina de zinc que trancaba la vía para arrojarla al Guaire, y del otro lado un manifestante la jalaba para que no lo hicieran. En la acera, algunos vecinos los seguían increpando.

Fue mientras captaba e inmortalizaba uno de esos momentos, cuando un fotógrafo fue abordado por un muchacho de la resistencia. Que parara inmediatamente, le exigía, que nada de fotos con la cara descubierta, que borrara inmediatamente las que acababa de tomar. Lo que empezó como la ya clásica discusión prensa-resistencia, terminó de repente en una trifulca violenta, en la que al fotógrafo le partieron un palo de madera en el casco mientras otro muchacho le tiraba una de sus dos cámara al suelo. La rápida acción de otro fotógrafo logró recuperar el equipo, pero no así los ánimos, que se caldearon a niveles solares. Hubo amenazas de muerte, insultos y puños. Y aunque  algunos vecinos y periodistas intentaron mediar, la situación no mejoró ni culminó hasta la retirada de toda prensa, que se fue abucheada por algunos y con la promesa de no volver a cubrir Colinas más nunca.

V

Aunque jura que tiene dieciséis, bien podrían ser unos cuantos menos sus años. Por el aspecto, entraría en lo que el estereotipo denominaría “de la calle” y el prejuicio aconsejaría tener lejos. Pero es pilas y simpático. Caminó de Colinas a Chacao con nosotros, se puso todos nuestros cascos y alucinó cuando le dijimos que parecía un asistente técnico. En la puerta de unos chinos nos increpó con gracia: “Na’guará: no tienen plata pa’regalarme una malta, pero sí para tomar cerveza ustedes”. Se la terminó ganando. Del local, pestilente pero barato, se adueñó. Era él quien les silbaba a los chinos para pedirles más rondas, en las que aprovechaba para meter de contrabando en la orden una malta (otra) para él. Pero no abusaba. Lo hacía con gracia. “Ese pana lo que pasa es que estaba periqueado”, nos dijo sobre el de Colinas. “Y allá se quedaron dándole una coñaza por eso que le hizo al fotógrafo”. Contó que había estado preso varias veces, pero que siempre lo soltaban por ser menor, aunque con unos cuantos golpes encima. Fue uno de los que cayó en aquel famoso autobús anaranjado detenido en Plaza Venezuela un sábado. En su versión, un infiltrado de la resistencia, que insultó desde el bus a unos PNB, fue el culpable de todo. Dijo que vio torturas y hasta una cosa peor en la sede de la policía política, pero todo tan difícil de confirmar como su edad o la historia de que vive en Chacao con toda su familia y que cuando no guarimbea cursa III año de un bachillerato del que no parece tener noción. Lo cierto es que era simpático, cargó unas cuantas maltas a la cuenta, y, como siempre, ninguno sabe si lo volverá a ver.