RESEÑA: Memorias – Tennessee Williams

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Habría que haberlo leido en su momento o haberlo conocido muy bien a él y a la gente de la que escribe, para escandalizarse como lo hicieron la crítica y la sociedad estadounidense con las ‘Memorias’ de Tennessee Williams. Leídas en 2018, éstas, que en su momento fueron muy polémicas, no pasan de ser sino una colección de anécdotas (la mayoría o buena parte de ellas sexuales) de un hombre talentoso que vivió una vida un tanto disipada; la que, por otra parte, se correspondía con su medio (el teatro) y el ambiente en el que se desenvolvía (la bohemia). En todo caso, si una virtud tienen, es que son unas memorias sinceras, en las que Williams no se va por la labor de justificarse, quedar bien o hacer una apología de su vida; todo lo contrario: la cuenta tal como fue, permitiéndose, incluso, quedar mal en varios episodios. Y eso se agradece, al igual que algunas muy sinceras y oportunas reflexiones sobra la vida, la muerte, la libertad y el oficio de escribir. Se echan en falta, sí, algunas palabras o ideas sobre el teatro y más información sobre algunas de sus celebérrimas obras -’Un tranvía llamado deseo’, por ejemplo-, que suele despachar apenas con comentarios -algunos de ellos francamente intrigantes- sobre los actores y actrices del reparto, los problemas que había en los ensayos, y lo neurótico que se ponía en los estrenos. No son, definitivamente, las memorias de un autor de teatro, sino de un hombre que en el aspecto profesional se ocupó de ser escritor de teatro, pero cuya vida, en tanto hombre, abarcó mucho más. En ellas escribe, precisamente, más el hombre que el autor, y lo hace de un modo desordenado, interrumpido, con cambios bruscos de tema y saltos en el tiempo, vueltas al pasado para añadir alguna reflexión del presente, y así. Da la impresión de que las fue redactando tal como le salieron, lo que, por otra parte, puede que sea la mejor garantía de la honestidad de la que hablamos al principio. En resumen: un libro que se puede leer con provecho, y para quien conozca a algunos de los involucrados en su recuerdo, con diversión también.

RESEÑA: Persona non grata – Jorge Edwards

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Persona non grata’, de Jorge Edwards, recientemente editado por El Estilete, es un libro que pasará a la historia por el enorme valor testimonial que tiene, y ya. En lo literario tiene poco, pero lo que cuenta no tiene desperdicio: los meses en los que Edwards estuvo en La Habana enviado por el gobierno de Salvador Allende como el primer Encargado de Negocios chileno (y uno de los primeros diplomáticos latinoamericanos en ir a la isla) tras la ruptura de relaciones que vino con la revolución y la posterior expulsión de Cuba de la OEA.

Se trata principios de los años setenta, en los que ya la revolución ha cumplido su primera década y todavía mantiene el favor de buena parte de la opinión pública y de la intelectualidad extranjera, sobre todo la latinoamericana y especialmente la literaria. Ha habido fusilamientos, ha habido censura, ha habido grandes fracasos económicos, pero la revolución sigue siendo mimada. En Chile, Salvador Allende se hace con la presidencia del país, encabeza un gobierno en el que convergen todas las fuerzas de la izquierda y decide no sólo reestablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, sino enviar allá como representante a Jorge Edwars, incipiente escritor y diplomático que cumplía funciones en Lima.

Edwards, perteneciente a una familia de larguísima tradición conservadora en Chile (uno de sus parientes fue el último embajador chileno en Cuba antes de la revolución) y amigo de escritores cubanos que ya en ese momento estaban empezando a tener serias diferencias con el régimen de Castro, es recibido en La Habana con una frialdad e indiferencia calculadas: no lo buscan en el aeropuerto, por despacho le dan una habitación casi en ruinas, y no atienden prácticamente ninguna de sus peticiones. Él al principio no lo entiende y ve con asombro que eso suceda, siendo él el primer diplomático chileno en muchos años y un símbolo que más bien la revolución debería festejar. Pero luego entenderá, y muy bien.

Su misión culmina tres meses después, cuando es declarado “persona non grata”. En este ínterin, Edwards pasará por una serie de experiencias, casi todas desagradables, y vivirá en carne propia lo que es estar en una dictadura comunista y cómo ella juega con la gente a su libre arbitrio. Son tres meses de infierno, de atmósfera enrarecida y tensa, de paranoia, de permanente estado de sospecha, de desconfianza perenne, de agobio y de desencanto. De hecho, este libro es también, en parte, la historia de un desencanto: el de Edwards con la revolución, tras experimentar su miseria y su autoritarismo en carne viva, y, sobre todo, tras convencerse de su inviabilidad.

Ese trimestre es narrado por Edwards de una manera, eso sí, bastante mejorable. El libro, por algún motivo, se hace bastante pesado. La prosa es correcta y ya. Pero le falta algo que emocione, que enganche, que cautive. Da la impresión de ser una gran historia contada de un modo gris. Aunque esto último es ya bastante subjetivo. En todo caso, vale –y mucho– por lo que cuenta, por cómo desnuda a la dictadura, por cómo deja en evidencia sus métodos de control y de psico terror. Este libro tuvo el mérito de ser prohibido tanto en Cuba como en Chile, de ganarle a Edwards la enemistad de alguna parte de la intelectualidad progre, pero también de abrirles los ojos a mucha gente. Fue una de las primeras obras críticas de peso contra la revolución castrista. Y ya sólo por eso merece ser leído, y mas ahora que gracias al esfuerzo de ‘El Estilete’ se puede conseguir, por lo menos en Caracas, con relativa facilidad.

Persona non grata

Autor: Jorge Edwards

Fecha: 1973

Páginas 478

Calificación: 6/10

Historia de un periodista arruinado por el socialismo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque por sus venas corren sangre libanesa y portuguesa, el periodista nunca ha sabido cómo hacer negocios, asunto para el que es absolutamente incompetente. A pesar de esta sangre, tampoco le vino de cuna dinero alguno, aunque sería faltarle a la verdad decir que ha pasado trabajo. Como en la canción de Rubén Blades, sus padres se esmeraron en darle, dentro de sus posibilidades, lo que ellos nunca tuvieron, que nunca fue demasiado pero sí suficiente. El bachillerato lo estudió en un colegio privado y con algún prestigio, al que pudo ingresar gracias al programa de becas que tenían. La universidad, también privada, la estudió con beca el primer año y luego con un sistema de crédito educativo que le financió a préstamo la mitad de la matrícula, y que luego, cuando se graduó y le tocó pagar, le exoneró un porcentaje considerable de la deuda por haber sido el tercer mejor promedio de su promoción. Allí aprendió que había una cosa llamada mérito, que se ganaba a base de esfuerzo propio y que rendía sus frutos.

Su primer contacto con el mundo laboral fue en V año de bachillerato, en cuyo último lapso su colegio estipulaba que todos hicieran pasantías. Las realizó en una empresa de café que luego fue expropiada, en la que, a falta de hallar qué responsabilidad podían darle a un adolescente que ni siquiera era bachiller, lo pusieron a ordenar facturas de archivo en una sala de reuniones en la que había un mesón, una  fotocopiadora y un televisor gigante, que durante el último mes de pasantía se convirtió en el punto neurálgico de la oficina gracias al Mundial de fútbol. El periodista, que llegaba con el primer partido y se iba con el último, adquirió entonces una responsabilidad mayor, ésta sí de vida o muerte: avisar cada vez que hubiera un gol, informar al que preguntara del marcador, poner al tanto al que entrara de cómo estaba jugando cada equipo y llevar la quiniela de la oficina. Las pasantías las terminó con prácticamente todos los partidos del Mundial vistos y un par de aprendizajes valiosos: que contra un Mundial no hay en la tierra fuerza que valga, que al final nadie sabe nada de fútbol (la quiniela se la llevó la secretaria de presidencia, una mujer que acertó a punta de poner a ganar a los países que más simpatía le generaban), y, sobre todo, que los viernes nunca se llevaba comida a la oficina.

Casi un año después, terminado el primer semestre de la carrera, ingresaría formalmente al mundo laboral, de donde más nunca saldría. Durante tres años fue redactor y corrector de una pequeña publicación mensual que se repartía gratuitamente en cafés y panaderías. Mensualmente y en cheque, cobraba BsF 250 en una época en la que los cinnamon rolls costaban 15, lo que lo hacía sentir millonario. Durante casi 3 años estuvo al frente de tan singular empresa, eliminando las comas que separaban sujeto y verbo, los leísmos que venían del texto matriz de España y modificando a su antojo el horóscopo para darle un toque más productivo (trabaja, esfuérzate, prepárate, lee) y menos esotérico. La oferta de un periódico con vocación nacional, para que se incorporara a la sección de mascotas, una que, le juró la atractiva ejecutiva de Recursos Humanos, era muy querida, apreciada y leída, lo llevó a trabajar allí casi una semana –y a salir publicado un día–, pero inmediatamente en su camino se cruzó una farmacéutica que le ofreció 1800 bolívares (exactamente 9 veces lo que le iba a pagar el diario) por hacer un trabajo un poco menos tedioso que el de entrevistar a encargados de tiendas de animales, y se fue con ellos. Por seis meses, el periodista fue un hombre formal de camisa y pantalón de vestir, que de día trabajaba y de noche estudiaba, cuyo hogar, le reclamaba la familia, había quedado reducido a una especie de hotel en el que solo desayunaba, cenaba y dormía. Terminadas las pasantías, en cuya renovación se interpuso un viaje para estudiar inglés, se prometió hacer un alto en el mundo laboral para dedicarse a la tesis, pero la oferta de trabajar en la campaña presidencial de un candidato que iba a salvar al país fue para él, que algún apetito de gloria tenía, sencillamente irrechazable, y por eso durante tres meses estuvo elaborando líneas discursivas para los políticos y consiguiéndoles entrevistas en los medios de los cinco estados centrales que le fueron asignados a él. Allí cobró relativamente bien y en efectivo -3.000 BsF-, y conoció de cerca a esos dos miuras llamados ego y vanidad, a los que afanosamente tenía que hacerles una buena lidia para que los políticos de Caracas aceptaran dar una entrevista en la única radio dispuesta a concederles un espacio en Apure, por ejemplo. La elección concluyó con un resultado inesperado, y al día siguiente, cuando lo convocaron al Comando, al periodista le explicaron que había ocurrido un fraude gigantesco, que no iba a ser aceptado sino comprobado y denunciado, y le invitaron a renovar por mes y medio más. El periodista, que tenía más apetito de gloria todavía, aceptó, y por hacerlo estuvo a punto de no presentar la tesis, que culminó ‘in extremis’ y entregó de milagro. El fraude, si lo hubo, nunca se reclamó.

La post-entrega de la tesis marcó el período no laboral más largo del periodista, de casi un mes entero. Una mañana, de camino a una distante pescadería en la que su familia se empeñaba en comprar, tarea que por estar todo el día en la casa ahora recaía sobre él, se encontró a un compañero de clase que, al saber que había quedado reducido a simple hacedor de labores domésticas, lo invitó a ir a una entrevista para trabajar en una página web, especie de agenda cultural caraqueña, que estaba buscando  un redactor. El periodista lo hizo y quedó, por 4.500 BsF al mes. Durante un año vio teatro y cine gratis, asistió a estrenos, lanzamientos, inauguraciones y aperturas, y entrevistó a músicos, actores y cómicos. La venta de la página web -y la posterior ida del editor de una revista de cultura universitaria perteneciente al mismo grupo- lo llevaron a ocupar esa silla en la que tiene ya más de tres años, aunque la revista lleva dos sin papel convertida en un medio digital bastante ‘sui generis’ pero sobre todo libre, independiente, combativo y bien escrito, valores con los que se siente comprometido y de los que se puede enorgullecer.

Durante todo ese tiempo trabajando –que ya pasa de los diez años–, el periodista, cuyo único principio económico lo adquirió leyendo el ‘David Copperfield’ de Dickens, en cuyas páginas aprendió que la diferencia entre la dicha y la desgracia estaba en gastar un ‘penique’ más de lo que se tenía, no hizo otra cosa sino eso: gastar siempre menos de lo que ganaba y guardar lo que sobraba. Hombre de tendencia austera, con ninguna inclinación al lujo, vida social escasa y prácticamente ningún vicio, sus gastos se reducían a almorzar en la calle los viernes, merendar pasta seca cuatro veces por semana, beber cerveza barata en algún chino y comprar uno que otro libro de segunda mano, razón por la cual de sus salarios llegaba a sobrarle, a veces, hasta el 60%, dinero que se quedaba, juraba él, a buen resguardo en una cuenta corriente a la que iban a parar también todos los regalos de navidad y cumpleaños (y en resumen todos sus ingresos). Esa cuenta crecía, crecía y crecía, y en algún feliz momento llegó a equivaler –y lo sabe porque lo preguntó y nunca olvidó la alegría que le causó saber la respuesta– a casi un mes (29 días el cálculo exacto) de estadía en el hotel cinco estrellas que quedaba cerca de su casa.

Con ese colchón bancario, el periodista vivió despreocupado, tranquilo y seguro por varios años. Nunca se mortificó por la fecha en la que pagaban la quincena ni significaba para él un problema que ésta se atrasara. Nada de eso. Tenía una cuenta con plata y una tarjeta de débito  que pasaba en todas partes –la de crédito, por alguna sabiduría milenaria que tienen los bancos, siempre se la negaron–. Claro que aquello no alcanzaba para comprar un carro ni mucho menos un apartamento, tampoco para independizarse y muy con las justas para alguna vacación playera de no más de quince días, pero nada de eso estuvo jamás en sus planes: siempre estuvo claro de hasta dónde le llegaba la cobija. Sin embargo, para su vida rutinaria, metódica, ordenada y frugal, aquello bastaba y sobraba, e incluso permitía pagar sin dificultar los excesos de alguna noche en un local nocturno, la ida a comer a un sitio caro, algún buen regalo de cumpleaños para sus padres y cualquier otro gasto que se saliera de los planes.

A principios de 2016, sin embargo, todo comenzó a cambiar. De pronto, al periodista empezaron a parecerles caras algunas de las cosas habituales. Y se halló entonces, por ejemplo, dándole varias vueltas a la feria de comida a la que solía ir los viernes, comparando precios y buscando combos. Un viernes ya no pidió bebida grande y al siguiente se dijo que para qué comprar galletas teniendo Oreos en la oficina. Las renuncias, aunque pequeñas, iban volviéndose más frecuentes. Imperceptiblemente frecuentes. Y entonces llegó 2017, y con él todo se salió de control. Ya no caros, sino sencillamente desproporcionados se le volvieron los precios y perdió por completo el sentido de la realidad económica: dejó de saber qué era costoso y qué no, qué un lujo y qué una ganga, qué estaba bien y qué estaba mal. Veía los precios y no sabía que pensar. Con horror comentaba que por algo le habían querido cobrar tanto y su interlocutor le preguntaba que cuántos había comprado porque ese algo ya no costaba tanto sino el doble y en un mes estaría en el triple. Y aunque la tarjeta pasaba y los aumentos de salario se sucedían con más frecuencia que el año anterior y llegaban a montos que él jamás hubiera soñado ganar, la cifra de su cuenta era cada vez menos espectacular.

Poco a poco, al periodista comenzó a ponérsele (más) pequeña la ciudad. Cada vez tenía menos sitios a los que poder ir y se hallaba despidiéndose con frecuencia de lugares que le eran habituales. ‘Última vez que como en…’, ‘última vez que compro en…’, ‘última vez que voy a…’. Las galletas, los roles de canela, las tartaletas de chocolate, la bebida del almuerzo, las raciones extra de tostones, los tallarines chinos, la comida mandarín, el sushi, el estadio, los mojitos y los locales nocturnos se fueron un día para no volver más. Mantuvo el almuerzo en la calle los viernes, por ser tradición de más de una década y el último reducto que le quedaba de la clase media a la que un día perteneció, pero con la feria de comida del centro comercial reducida a un espacio de sólo dos locales: uno de comida por peso y una venta barata de pastas de la que hacía años había salido prometiendo que no volvería dada la mala calidad de las mismas, que, o las mejoraron o la necesidad hizo que finalmente le supieran mejor. Lo otro que mantuvo fueron las idas semanales (usualmente sabatinas) a tomar cerveza barata, reducidas ambas, eso sí, a apenas un par de chinos, a saber cuál más decadente que el otro, pero que las vendían de tercio, heladas y casi a precio de costo.

Sin embargo fueron los libros, el tercer pilar de sus gastos, los que le dieron el campanazo de alerta. Cuando en la Feria de Altamira –de la que solía salir con bolsas y bolsas de ellos– no pudo comprar ni uno, supo que tenía un problema grave. Ello sucedió en la última semana de noviembre, cuando se jodió todo, Zavalita. Fue tan rápido y vertiginoso que todavía no sabe cómo explicarlo. Solo recuerda que un día entró a su cuenta y se halló con apenas 270.483 bolívares (entiéndase: $2,3). Revisó minuciosamente gasto por gasto y comprobó que no lo habían estafado ni puesto un cero de más en alguna compra. Empezó a sumar cuánto daría eso más la quincena, para encontrarse con que ya ésta estaba depositada. Preguntó en la mesa de atrás que cuál era la fecha en la que pagaban los cesta-tickets y le respondieron que aquello había ocurrido hacía rato. Y se dio cuenta, entonces, de un hecho incontrovertible: 270.483 bolívares era todo lo que tenía para vivir. Su cuenta, aquella en la que estuvieron depositados diez años de ahorros, sueldos, cumpleaños y regalos, la que había llegado a equivaler a 29 días en ese hotel cinco estrellas que tenía cerca y en el que nunca se quedó, su cuenta, en la que estaba todo lo que tenía, sencillamente había desaparecido. Todo el dinero que tenía lo pulverizó, lo destruyó, se lo llevó, se lo quitó, se lo robó, la revolución y su presidente obrero. Pensó entonces en los dólares que nunca compró, los pequeños negocios que no hizo y su pésimo olfato para seguir el rastro del dinero. Pero no se azotó demasiado. No iba pedir perdón por haber estudiado con esfuerzo, trabajado honradamente y ahorrado. Tenía la certeza de haber hecho lo correcto. El problema no era él sino el sistema. Y allí entendió como nunca en su vida ni en sus libros la verdadera esencia del socialismo: un sistema que destruye la relación esfuerzo-recompensa, y que no está hecho para el que se forma, trabaja y ahorra, porque a esos los condena irremediablemente a la pobreza. Esa en la que, a partir de diciembre 2017, ha comenzado a vivir.

Luis Eduardo González: “Una condición física no define nuestra vida; nuestra actitud sí” PARTE II

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Puedes leer la primera parte aquí]

INTUICIÓN DE MADRE

“Le dieron en la pierna”

“Está herido de bala”. Eso fue lo que le dijo la presidenta del Centro de Estudiantes de la USB a la mamá de Luís Eduardo, en una llamada traumática y accidentada que se cortó no más ser pronunciada la última palabra porque en el Seguro Social de Vargas no había cobertura. “Fue desesperante –cuenta su mamá–. Yo salgo corriendo donde mi mamá, su abuela, y le digo: ‘Mami, mami, hirieron a Luis de bala. No sé dónde’. Pedimos varios teléfonos prestados para llamar a la muchacha que nos avisó, cinco o seis teléfonos distintos, y no había manera: no caía la llamada. No hallábamos ya qué teléfono buscar cuando ella me manda un mensaje: ‘Tranquila. Está herido de bala’. Yo le pregunto: ‘¿Dónde?’. ‘Le dieron en la pierna, la bala entró y salió y rozó solamente carne’. Entonces, yo me quedo tranquila y viajo ese mismo lunes. Llego a las 5 de la tarde a Caracas, y no puedo bajar a La Guaira porque no conozco bien eso por allá. Espero al siguiente día, que un amigo de mi hija me llevó. Llegué a las 7 de la mañana, él estaba enyesado completo en el Seguro. Él pensaba que habían pasado muchas horas. Pero yo le aclaro que no. Él me decía que no lo fuera a dejar solo, que me necesitaba”, recuerda.

Para ese momento, diagnóstico y pronóstico no podían ser más optimistas: la bala no había tocado hueso, apenas rozado carne, así como había entrado había salido y sería cosa de algunos días apenas. “Allí dije: relajado, esto me va a tomar unas dos semanas para recuperarme y luego a la calle otra vez”. Sin embargo, a la madre algo no le cuadraba: “Yo decía, ¿si no le tocó hueso, por qué lo tienen enyesado completo? Y además el pie se lo veía demasiado pálido. Ese mismo día yo le pregunto por qué lo tiene así. ‘Es por la inflamación’, me dice él. Le pregunto si siente los dedos y me dice que no, pero que la doctora le había explicado que eso era normal, y que si en 21 días seguía sin sensibilidad, entones debía ir a terapia. Pero a mí el pie me preocupaba: estaba amarillo y sin color. Los tres días siguientes fue hielo y hielo en esa pierna. Pero al cuarto día, le levanto la sábana y empieza a botar una sangre con muy mal olor, y cuando destapan ya tenían necrosado el pie. Allí sí volaron rapidito: iban a meterlo a quirófano, y cuando llega el estudio dicen que no lo pueden meter porque podría perder la pierna o él morir desangrado, ya que había una arteria afectada. Entonces, lo despachan al Pérez Carreño”.

LA PEOR NOTICIA QUE ALGUIEN PUEDE RECIBIR

“Me estaba muriendo en vida. Me estaba volviendo loco”

Si hay un lugar del cual Luis tiene malos recuerdos, ése es el Hospital Pérez Carreño: “Cuando llegué, me tiraron al suelo en una tabla de esas de los paramédicos. Estuve en el suelo un buen rato. Yo lo que pedía era que me levantaran del suelo. Porque aunque yo no estaba bien, estar tirado me hacía sentir peor”, recuerda. Es allí donde tras una evaluación médica, un doctor le informa que le deben amputar la pierna:

-Cuando me dan la noticia, fue (largo silencio)

-¿Qué te dicen?

-Que me tienen que amputar la pierna.  Fue algo loco porque si me estaban diciendo que al cuarto día me daban de alta y todo estaba bien, ¿cómo me iban a decir que me iban a amputar la pierna? Eso me tumba totalmente. La verdad me estaba volviendo loco. Fue horrible. No tengo palabras para describirlo. Fue como estar otra vez en medio de una balacera y que el blanco volviera a ser yo.

¿Cuál de los dos momentos fue peor: el tiro o la noticia?

-La noticia

-¿Cómo se recibe una noticia así?

-No sé. Es que fue tan fuerte. Tan duro. Y fue así: inmediato. Yo me hacía como el despistado: el doctor me decía que no había nada que hacer, y yo le preguntaba que a qué se refería con eso. ‘Que tenemos que amputarla’. Me estaba muriendo en vida. Literal. Lloré horriblemente. Como no tienes idea. Me estaba muriendo por dentro. Sentía demasiado dolor. Que se me venía el mundo encima. Yo creo que esa es la peor noticia que alguien puede recibir. Es como que se te muera un familiar.

UNA DOLOROSA ESPERANZA

“Yo levantaba la pierna y podía ver a través de ella”

La peor noticia del mundo vino seguida de una esperanza: la conocida de un amigo de Luis hace inmediatamente gestiones para que lo reciban en el Clínico. Allí, una cirujano cardiovascular lo examina y le dice que tiene 95% de la pierna muerta y sólo hay un 5% de probabilidad de salvarla, pero que ella tomaría el riesgo. Ese mismo día, 21 de julio, Luis entra a quirófano a las 2 de la tarde y la cirugía, en apariencia, es un éxito. Esperan las 48 horas de rigor, y la pierna responde. Se abre una esperanza que pasa por el camino doloroso –y hasta tortuoso– de unas curas diarias de dos meses que tenían que ser hechas a carne viva y sin anestesia, y que hicieron que en alguna ocasión Luis se desmayara de dolor: “Yo tenía la pierna abierta por ambos lados: la levantaba y veía a través de ella. Yo veía cómo la doctora metía la mano en la pierna y sacaba músculos que estaban necrosados. Y todo eso en carne viva, con un dolor de la tierra al cielo. Sin embargo, yo pensaba que si todo ese dolor era para volver a caminar y tener mi pierna, pues había que echarle bola. No había de otra”.

Durante todo ese tiempo, Luis Eduardo es testigo de la inmensa precariedad que hay en el hospital –“había gente que moría por no poder costear un antibiótico”–, pero también de la solidaridad con que unos y otros se ayudaban. Sus compañeros de la Resistencia y de estudio, incluidos algunos profesores, vendían malta y chucherías en las afueras del Clínico para ayudarlo con los costos, que eran bastante elevados: “Yo recibía 3 antibióticos 3 veces al día, eran 9 dosis al día. Y costaban entre 300 y 400 mil bolívares; es decir, que yo necesitaba aproximadamente 2,5 millones diarios en medicinas. Pero a mí me llegaron ángeles”, recuerda. Y por tener ángeles, él también procuró convertirse en uno: “Yo estuve súper grave, pero había personas que llegaban a mi habitación a solicitar un antibiótico. Y yo lo necesitaba pero no me importaba. Le decía: ‘mamá, si lo necesita dáselo’. Y así hacíamos. Si teníamos un antibiótico que otro necesitaba, lo regalábamos, porque la verdad es que yo me sentía mal, pero me hacía sentir peor ver que otros morían por no tener un antibiótico”.

Exactamente a una semana de cumplirse los dos meses de la intervención quirúrgica, Luis comienza a sentir un malestar. Son las 3 de la madrugada del jueves 14 de septiembre cuando se despierta temblando. “Tenía taquicardia y un dolor insoportable en el pecho que no me dejaba respirar casi. Además, sentía un frío incontrolable y aunque mi mamá me ponía mantas y mantas no paraba de temblar. La mandíbula se me estaba desviando, tenía los labios blancos y las uñas moradas. Yo sentía que me moría”, narra. A las 4:30 de la mañana logran estabilizarlo y hacer que duerma, pero a las dos horas los síntomas vuelven y más fuertes. “Yo decía: hasta aquí llegué. Era loco, algo que no podía controlar”. 6 mil mililitros de solución -6 litros- recibe ese día. “No te imaginas lo hinchado que estaba. No podía abrir los ojos. No podía ni siquiera hablar, cerrar la mano, nada”. Y cuando por más medicamentos que le ponen no hay manera de que la tensión le suba de 40, los médicos deciden psarlo a terapia intensiva, intubarlo y conectarlo a un respirador artificial: acababa de sufrir un shock séptico. El panorama con el que se encuentran los doctores es desalentador: “El foco de infección –explica una de las que lo atendió– era el tobillo. Allí tenía una mancha negra debajo de la cual había una artritis séptica macabra, que había hecho que ya el pie no estuviera articulado con la pierna. Nosotros tapamos eso, quitamos lo negro e hicimos lo único que se podía: amputar”.

LA AMPUTACIÓN

“Si ya antes me estaba muriendo, allí ya me había muerto”

Entre el jueves 14 de septiembre y el lunes 18 hay cuatro días que a Luís Eduardo se le borraron de la memoria, que sencillamente no vivió. Son cuatro días fundamentales en los que pasa por un shock séptico, un ingreso a terapia intensiva, una intervención quirúrgica para amputarle la pierna, la noticia de que se la han amputado y la visita solidaria de familiares y amigos. Sin embargo, no guarda memoria de ninguno de ellos. Y por eso, cuando el lunes en la mañana se despierta, debe darse cuenta por sí mismo y afrontar completamente solo el insoslayable hecho de que le falta una pierna:

-¿Puedes recordar ese momento?

-Sí. Yo despierto el lunes y poco comienzo a estar consiente, pero aún estaba intubado. En la tarde me extuban y ahí ya puedo yo por lo menos sentarme. Y cuando me siento veo que la cama hay un vacío y cuando quito la sábana veo que la pierna ya no estaba. Y eso fue: si ya antes me estaba muriendo, ya allí me había muerto.

¿Ha sido el peor momento de tu vida?

-Sí

-¿Y estabas completamente solo?

-Sí.

-¿Qué es lo primero que te viene a la mente allí?

-En ese momento yo me pregunto: ¿qué me pasó? Cuando veo que mi pierna no está, empiezo a llamar a los doctores: que por qué no siento la pierna. Yo no aceptaba lo que había pasado. Cuando desperté tenía un vendaje más corto: pensé que era la rodilla, que la pierna se me había partido y la tenía doblada hacia atrás. Eso fue lo primero que me llegó al a mente. Y  yo decía que no sentía la pierna, que la pierna se me había partido. Y un médico de terapia me dice que no: que me la tuvieron que amputar. En el instante no lloré. Fue como entrar en coma. Porque era como que no sentía ganas ni de llorar ni de gritar. Fue una especie de coma. Fue un shock sentimental todo loco, que ni yo mismo sabía cómo me sentía.

-¿Quién es, de los tuyos, a la primera persona que ves?

-A mí mamá. Y lo primero que le dije fue que por qué ella dejó que esto pasara. Porque una de las cosas que yo le había hecho saber a ella y a todos era que si yo tenía que morir para no perder la pierna, que me dejaran morir, porque yo no quería vivir sin una pierna. Fue algo que les recalqué y se lo dije con toda la sinceridad del mundo: que no quería que me amputaran, que me dejaran morir si esa era la solución para yo conservar la pierna. Y cuando despierto y no está, fue así como rencor, resentimiento, de por qué habían dejado que pasara esto cuando yo no quería. En ese momento no entendía que fue la decisión para mantenerme con vida. Y obviamente mi mamá no iba a preferir que yo muriera a salvarme la pierna. Pero la verdad no lo entendía en ese momento: Era tanta rabia, tanto resentimiento. Yo le decía a mi mamá que por qué había dejado que pasara eso, que por qué había dejado me hicieran eso.

AYUDAR, AYUDAR, AYUDAR

“No voy a parar de ayudar al que pueda”

Entre el momento de la amputación y su salida del Clínico pasa casi un mes, en el que Luis Eduardo tuvo obligatoriamente que resignarse a su nueva realidad. Y entre todas las cosas, lo que más le dolía era el fútbol. “Lo único en lo que pensaba, lo que en verdad me agobiaba, era saber que no podría jugar fútbol”, dice. Lateral derecho de toda la vida (“desde que entré en el colegio”) su recuerdo más bonito de ese deporte es, paradójicamente, una derrota 12-1. Pero es que ese uno se lo metieron al equipo de la Escuela de Talentos, el mejor de Portuguesa: “Nosotros celebramos que al equipo más difícil, a los que nos daban clases, le hayamos metimos un gol. Estábamos demasiado alegres y no sé: éramos felices”, rememora. Admirador de Tomás Rincón (“siempre ha llevado el nombre de Venezuela en alto y es un duro”), y de Neymar (“la humidad que tiene ese tipo, berro. Le echa y sabe”), un día se encontró con que ya no podría ser como ninguno de ellos en la cancha: “Era como que me estuvieran quitando la mitad del corazón, porque el fútbol era mi vida”. ¿Cómo se hace, pues, para levantarse y superar algo así? Escrito se lee sencillo, pero es un proceso que toma tiempo. Tal como Luis Eduardo lo cuenta, en su caso la ecuación consistió en dejar de pensar en todo lo que no podría hacer de allí en adelante –el fútbol, por ejemplo– y enfocarse en el mundo nuevo que paradójicamente se le abría, en aquellas cosas que antes no hacía y que a partir de ese momento podría hacer y disfrutar; y entre ellas, una especialmente: ayudar a otros. Esa ha sido su gran motivación y la clave para superar el duro proceso que vivió:

-Los primeros días pensabas en el fútbol y en todo lo que no podías hacer, ¿pero qué pasó luego?

-Logré entender de que la vida no terminaba allí. Que si bien había muchas cosas que ya no podía hacer, había también mil y un cosas que antes no hacía y que ahora podía. Y entendí también que había muchas personas en mi misma condición o en peores condiciones que podían hallar en mí una motivación. Entonces, decidí usar mi situación para motivar a otros, para ser una referencia de inspiración y de lucha para muchos. Porque una condición física no decide nuestra vida. Nuestra vida la define la actitud que tomamos frente a las adversidades, y eso es lo que ahora tengo clavado en la mente, y no voy a parar de ayudar al que pueda: aquí estoy haciendo todo lo posible para ayudar a aquellos que estén dentro de mis posibilidades. Y es lo que me ha ayudado a superar la pérdida de la pierna: encontrar en la ayuda a los demás un motivo, que es lo que más me llena.

-Entiendo que eres creyente, ¿esta experiencia afectó tu relación con Dios?

-Yo estuve resentido los primeros días, porque yo le pedía demasiado a Dios que no me tuvieran que amputar la pierna, y lo que le preguntaba era por qué. ¿Por qué a nosotros, que lo que estábamos era luchando por una causa buena? ¿Por qué a mí, que desde pequeño vengo haciendo actividades benéficas, que he hecho cosas buenas por otras personas? Yo decía: ¿por qué a las personas buenas les tiene que pasar esto, y hay otros que son unos monstruos y están disfrutando de una vida plena?

-¿Y lograste hallar la respuesta?

-Mira, como te digo los primeros días yo ni quería saber nada de Dios. Hubo una fractura demasiado grande con Él: yo decía que no existía y tenía una rabia demasiado grande, pero después entendí que fue necesario que yo pasara por esto para comprender muchas cosas y que Dios manda sus mejores batallas a sus mejores guerreros. Hoy me encuentro aquí y Dios me ha dado una cachetada como diciéndome: mira todo lo que te estoy mandando en recompensa por lo que pasaste. Y la verdad es que la recompensa y el aprendizaje han sido demasiado grandes.

-¿Qué cosas has aprendido?

 -Que la vida no termina por situaciones. Yo perdí una pierna y pensé que hasta allí llegaba mi vida, que iba a ser un estorbo, y ahorita entendí que una condición física no es limitante para nadie. Ahora puedo hacer mil y un cosas, llegar a más personas, y el cambio que quise hacer en Venezuela, ahora estoy llevándolo de persona en persona y con el favor de Dios ahora  serán miles a los que voy a poder llegar a raíz de esto. Ahora veo la vida distinta y la valoro como no tienes idea.

-Si el Luis Eduardo de ahorita pudiera tener en frente al del año pasado, ¿qué consejo le daría?

-Que se diera cuenta de todo lo que puede hacer sin necesidad de pasar por una situación tan grave. Que aunque no tenemos mucha diferencia, ahorita soy una mejor persona de lo que era antes. Pero que pudiera serlo y llegar a serlo sin tener la necesidad de pasar por una tragedia como esta.

-¿Esto ha logrado sacar una mejor versión de ti?

-Totalmente.

-¿Qué es lo más importante de la vida?

-La familia. Y no incluyo solo la de sangre, sino también a los amigos. Los amigos en mi vida han jugado un papel fundamental. Yo soy demasiado pana. Siempre lo he dicho. Yo no tengo enemigos: yo tengo amigos innumerables, y ahora muchísimo más: tengo amigos más íntimos, que son mi familia, pero la familia de amigos se sigue extendiendo cada vez más. Y he llegado a conocer a una infinidad de personas increíbles.

EL ABRAZO DEL PERDÓN

“Si lo tuviera en frente le daría un abrazo”

No tener puesto el cinturón de seguridad fue lo que provocó el reencuentro de Luis Eduardo con Poli Vargas, el cuerpo oficial de donde salió el hombre que le disparó. Ver el uniforme le revolvió (y devolvió) todos los malos recuerdos. “Me daban ganas de vomitarles en la cara. De decirles todo lo que sentía. Sacar toda la rabia. Sin embargo la mamá de una amiga que iba con nosotros me hizo entender que esas son las piedras que Dios me pone en el camino para que entienda que nosotros debemos diferenciar al bueno del malo, y que sin duda alguna nosotros seguimos siendo los buenos a pesar de que los malos están claros de que son malos y que les gusta ser malos”.

-Ahora, Luis, si tuvieras en frente no a algún oficial de Poli Vargas, sino directamente al hombre que te disparó, ¿qué le dirías?

– (Silencio). No sé, suena extraño, pero créeme esto: le daría un abrazo. Y le diría que qué lástima que en ese momento haya tomado la decisión de disparar. Porque yo fui el blanco, pero también pudo haber sido su hermano, su hijo o algún familiar. Y ya que está a tiempo, hasta lo ayudaría a cambiar de forma de pensar, porque todos en el fondo, muy en el fondo, tenemos dentro a la buena persona que podemos ser, y lo que hace falta es que, en cierto modo, como en este caso, alguien ayude a sacarla de ese fondo y a darse cuenta de que es, de que puede ser, una buena persona. Pero sin duda, también lo pondría detrás de las rejas ya que debe pagar por lo que hizo. Igual, bueno, la justicia que no hace el hombre la hace Dios. Hay un Dios muy grande que mira hacia abajo y que todo lo sabe.

[PS: Luego de la entrevista, Luis Eduardo, gracias a un crowfounding, pudo recolectar el dinero para comprar la próstesis de pierna que necesitaba para volver a caminar. Ahora que puede hacerlo, se dedica a realizar actividades benéficas en pro de otras personas que han pasado por situaciones como la suya. Se le puede seguir en Instagram a través de la cuenta: @luisedgonzalez]

Luis Eduardo González: “Yo sentía que protegía a la gente” PARTE I

Las dos veces que se vio cara a cara con la muerte, Luis Eduardo González (19) tuvo muy presente la frase que estaba escrita en uno de los varios escudos que tuvo, y que decía, debajo de una estampa de la Virgen del Valle, que ‘si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio’. De autor desconocido, la frase fue para él consuelo y alivio la madrugada en la que, para disolver un trancazo en el que participaba, un efectivo de Poli-Vargas le disparó un tiro en la pierna que casi lo desangra, y luego, también, cuando un shock séptico, sufrido de madrugada dos meses después, lo llevó a terapia intensiva y obligó a amputarle la pierna. “En esos momentos yo recordaba lo que decía mi escudo y pensaba: al menos estaba haciendo algo bueno. No me dieron un tiro robando o por andar en algo indebido, sino por estar luchando por lo correcto”, rememora sentado en el sofá de un apartamento en Las Acacias este joven de 19 años, una de las tantas víctimas anónimas de la represión gubernamental durante las protestas que sucedieron entre abril y julio de este año, y quien tuvo a bien compartir su historia con el equipo periodístico de Revista OJO en una extensa y enriquecedora entrevista cuya primera parte puedes a continuación

Por: Ezequiel Abdala |@eaa17

Esta es una historia cotidiana y a su vez extraordinaria. Una historia de la calle, que me pudo suceder a mí que la escribo, a ti que la lees, o a cualquier persona que entre abril y julio haya salido a protestar contra la dictadura. Le terminó pasando a Luis Eduardo González, un joven cuya biografía puede ser la de cualquiera de su generación: nacido en marzo 1998, año fundacional de la revolución, vivió con su familia en Sanare, estado Lara, hasta cumplir la mayoría de edad, cuando en procura de estudios superiores y de una mejor calidad de vida dejó el terruño materno. Comercio Internacional fue la carrera elegida y el núcleo de la USB en Vargas el lugar donde estudiarla, por lo que se residenció en Naiguatá, donde alternaba los estudios con el trabajo de bar tender en el club Tanaguarenas los fines de semana. Tranquila pero llena de inconformidades era su vida (así la describe él), porque aunque nacido en revolución (hijo cronológico de ella, de hecho)  vino al mundo con un espíritu crítico que le impedía estar conforme con la realidad. “No poder salir a la esquina con el teléfono sin tener el miedo de que te lo roben, no poder estar en la calle después de las 10 de la noche porque no hay garantía de que vayas a llegar con bien, ver gente pasando hambre y muriendo de desnutrición, comiendo de la basura, a profesionales con salarios de miseria…” eran las principales razones de su insatisfacción, esa que lo llevó a salir a protestar en la calle apenas se le presentó la oportunidad.

LA PRIMERA MARCHA

“No me asusté sino que me dieron ganas de ayudar”

19 de abril de 2017. Es el día cuando una marea humana se lanza a la autopista y es reprimida con una ferocidad criminal. Es el día en que la gente, desesperada, se arroja al Guaire para escapar. Es el día de las decenas de asfixiados y heridos. Es el día, también, de la primera marcha de Luis Eduardo. “Yo fui como cualquier chamo, como sociedad civil, porque todavía no me había unido a la Resistencia. Estuve detrás de ellos y vi muy de cerca la brutal represión, todo lo que pasaba”, rememora. Contrario a lo que pudiera pensarse, el horror no lo intimidó sino que lo impulsó: “No me asusté sino que me dieron ganas de estar allí adelante y ayudar: yo decía que podía hacer algo más, ser uno más que estuviera al frente y relevara a alguno que cayera. Lo que pasó en esa marcha me motivó demasiado”. Tanto, que dos días después, el viernes 21 de abril, se unió formalmente a la Resistencia: “Yo simplemente salí, alguien me regaló un escudo, y me uní”. Así de fácil.

En su primer contacto serio con las lacrimógenas –“ese día yo no tenía máscara ni nada, y me cubría era con una franela” –, quien le vino a la mente fue su hermano: “Él estuvo 5 meses en una escuela militar, y cuando me hablaba de las lacrimógenas me decía: ‘tú sientes que es un humo que te va a matar’. Y ese día, cuando estaba al frente, yo decía: ‘mi hermano tenía toda la razón del mundo’”. Ese viernes de asfixia –“yo no duraba ni 5 minutos al frente cuando ya me estaba ahogando”– Luis Eduardo entraba y salía constantemente de la zona de combate para tomar aire. Es en una de esas salidas cuando se consigue con sus compañeros de clase: “Cuando los vi, dije: ‘con ellos me quedo’, y me uní al grupo de choque de la USB como tal”. A partir de allí comenzó una nueva etapa en su vida.

LA PLEGARIA DEL ESCUDERO

“Nunca salíamos sin hacer la oración y darnos un abrazo”

Aunque su primer escudo lo recibió por casualidad, en Luis Eduardo estaba acendrada la vocación de escudero: “Era como tener la vida de muchas personas en tus manos. Yo sentía que  protegía a la gente y que ellos se sentían protegidos por nosotros: porque los perdigones pegaban en mi escudo, y no en el ojo o cuerpo de alguien más”. Como escudero tuvo varios escudos, que solía esconder en el techo de un kiosco que estaba en Chacaito. Sin embargo, hubo uno que lo marcó: tenía una imagen de la Virgen del Valle y una frase que le llegó desde que la leyó por primera vez: “Si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio”, y que luego tuvo siempre presente.

Como grupo de choque, su función comenzaba con el conflicto. Se mantenían entre los marchistas, y una vez que las movilizaciones se topaban con los cordones de la GNB o la PNB y arrancaba la represión, allí salían ellos al frente. Lo hacían entre vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Y ese es, de hecho, uno de sus recuerdos más felices: “Era una de las cosas que más me gustaba: recibir el aplauso de las personas desde atrás, y que todo el mundo te bendijera. No sabes la cantidad de crucifijos que tenía en el cuello, de gente que me los colgaba. Las abuelitas que me abrazaban y me besaban. Eso me llenaba demasiado porque yo sentía que ellas estaban seguras con nosotros. Que tenían todas las esperanzas puestas en nosotros. Y eso  era lo que nos hacía estar allí al frente”.

Estar al frente significaba, también, vérselas con los militares y los policías. “Yo sentía una total lástima por ellos, al ver cómo desperdiciaban su vida en eso: que su historia profesional fuera enfrentarse a unos chamos con escudos de madera. Lo veía y pensaba: qué pena dan. Pensar que en el mundo hay ejércitos que se baten en guerras, en cosas más serias. Y ellos, que también estaban pasando por lo mismo que nosotros, desperdiciaban su carrera así. Nuestros escudos eran más fuertes que la moral de cualquiera de ellos”, reflexiona. “Pero yo no sentía miedo, sino ganas de proteger”, explica.

-Dame 3 imágenes o 3 momentos de aquellos días de resistencia…

-Un abrazo de grupo. Una oración antes de salir. Y un saludo que era como el de pelotero, que hacíamos siempre al salir: chocar el casco de la cabeza con el del escudero que teníamos más cerca. Era algo que siempre hacíamos. Nunca salíamos sin hacer la oración, darnos un abrazo y chocar el casco, porque nunca sabíamos si íbamos a regresar.

-¿Qué pedían en esta oración?

-Que Dios escuchara nuestras plegarias, y que, sabiendo que nosotros estábamos luchando por el bien, se nos diera la oportunidad de lograr el cambio sin necesidad de que hubiera tantos sacrificios humanos.

-¿Te tocó que algún compañero no regresara?

No. Nunca. Hubo muchos heridos y eso. Pero todos regresamos siempre, gracias a Dios. En nuestro grupo hubo uno que tuvo fractura de cráneo por una lacrimógena; otro que recibió un disparo cuando mataron a Fabian Urbina; el que arroyó la tanqueta era de la universidad también. Pero gracias a Dios siempre volvimos todos. Y ninguno murió.

-Eran muy unidos, entonces…

-Allí al frente éramos como una familia: todos cuidábamos de todos, y todos estábamos pendiente de que nadie cayera. Por eso el 21 fue una inspiración tan grande. Allí dije: este es mi lugar y de aquí nadie me saca. Me sentía como en casa estando al frente, porque sentía que estaba luchando por lo correcto.

AUMENTA EL PELIGRO

 “Yo dije que iba a estar hasta el fin”

El 06 de julio, en el Distribuidor Altamira, Luis Eduardo fue herido por varios perdigones. Hasta el balazo, ese había el momento más angustioso de la protesta: “Fue algo tan inesperado. Estábamos bajando por el Distribuidor. No teníamos ni 10 minutos caminando, y de pronto vimos que la gente corría, pero no veíamos gases ni nada. Y de repente la GNB llegó en moto disparando perdigones a todos. Fue brutal: demasiados disparos. Fuimos decenas los heridos: señoras mayores que cayeron, chamos. Una cosa loca”, recuerda. En total, recibió 12 impactos en todo el cuerpo. “Pero yo lo tomé relajado”, dice, al punto que pidió que no le avisaran a nadie de la familia. Su madre, sin embargo, lo intuyó: “Ese día yo tuve el sueño de que estaba muerto en una barricada. E inmediatamente cuando amaneció lo llamé. Ya estaba herido, pero no me lo dijo”, cuenta. Y es que hasta Sanare, donde vivía, le llegaba la información: “Cada vez que salía al abasto, al supermercado, sus amigos me decían: ‘Mira Chucho anda metido en las barricadas’. Y yo les decía: ‘Sí, yo no sé en qué piensa. Sé que él está inconforme con lo que pasa, pero él tiene que ver que los políticos no le ha dado el tamaño que tiene: ése se lo he dado yo con mucho sacrificio”.

Pero Chucho, su Chucho, pensaba en cualquier cosa menos en abandonar la calle. “Nunca pasó por mi mente dejar de salir. Yo dije que iba a estar hasta el fin de los días, cuando lográramos el objetivo”. Palabras más, palabras menos, esa fue su respuesta (y la de sus compañeros) cuando los líderes del grupo de la USB los reunieron para preguntarles qué hacer dado el aumento salvaje de la represión. “Nos plantearon dejar de salir o disminuir las salidas: y las disminuimos. Porque ninguno se veía en casa viendo como caían los demás. Todos estábamos decididos a seguir saliendo, y comenzamos a hacerlo dos o tres veces por semana”

AQUELLA MADRUGADA

“Allí dije: ‘morí’”

Plebiscito y hora cero. Eso dijeron los políticos, aunque no explicaron exactamente en qué consistía aquello. La lógica decía que se trataría de una fase superior de lucha, y fue por eso que la propia madrugada del 17 de julio, Luis Eduardo y su grupo salieron a trancar el puente de Naiguatá: “Decidimos hacerle frente al llamado de que había de empezar la Hora Cero como tal y montamos una barricada en el puente que conecta Vargas con Naiguatá, entonces llegó la Guardia Nacional, pero no eran nada agresivos. De pronto apareció la Policía del Estado Vargas, una especie de grupo comando que ellos tienen, que en Vargas es conocido y al que todos le temen, que se le conoce como el grupo de Goncalves. Yo no los conocía porque era nuevo en la zona, pero todo el mundo decía: ‘nos van a matar, llegó el grupo de Goncalves’. Y así fue: ellos bajándose de los carros y disparando a diestra y siniestra”. Era aproximadamente la 1:30 de la madrugada cuando la bala impactó en su pierna.

-¿Qué se siente que a uno le den un tiro?

-Es horrible. La verdad es que no hay palabras para describirlo. Tú sientes que vas a morir en el primer instante que recibes el tiro.

-¿Qué diferencia hay entre el tiro y el perdigón?

-El perdigón te duele al rato cuando ya despiertas, y la bala te está avisando que vas a morir en el instante, inmediatamente.

-Puedes recordar lo que pasó inmediatamente después de que recibiste el balazo…

-Al recibirlo, perdí la vista: casi ni veía. Luego, quedé sordo: no escuchaba nada. Era como un sonido que me aturdía desde adentro: yo hablaba y ni yo mismo me escuchaba. Y no habían pasado ni diez segundos cuando me desmayé. Allí dije: ‘morí’. Porque sentía cómo me estaba desvaneciendo. Una sensación horrible.

-¿Qué pasa luego?

-Mis compañeros, arriesgando su vida, porque los policías no dejaban de disparar, me agarraron, me cargaron, me montaron en una moto y me llevaron al dispensario de Naiguatá. Yo despierto allí, despistado y sin noción de lo que estaba pasando: veía a todos corriendo y no entendía nada, porque aún no escuchaba. Fue al rato cuando comencé a hacerlo y fue peor: oía que decían ‘se nos va’, que no se podía parar el sangrado, que la bala había roto una arteria. Y cuando me levantaban la pierna yo veía cómo salían los chorros de sangre. Me habían colocado un torniquete pero no había sido efectivo, porque el sangrado era muy grande. Cuando logran parar el sangrado, llaman a una ambulancia, que llegó como hora después, pero se espichó pasando la barricada y tuve que esperar como hasta las  5 de la mañana a que llegara otra.

-¿Creías que te morías?

-En ese momento sí.

-¿Y qué siente, qué piensa uno, cuando cree que se muere?

-Yo pensaba, dentro de mí, que me estaba muriendo y presentía algo súper malo. A mi amigo Luis Reyes, que estuvo en todo momento conmigo, yo le preguntaba si me iba a morir, que me dijera la verdad. Yo no podía ni levantar los brazos. Estaba demasiado débil por la pérdida de sangre. Y él me decía: ‘no, guaro, no le pares bolas que tú vas a salir vivo de esto’. Lo que hacía era echarme chistes. Yo le decía: ‘estamos hablando serios, deja tu payasada’. Pero una vez que me empezó a hablar y a intentar desviarme de lo que estaba pasando yo empecé a entender que las cosas podían mejorar. Pero yo pensaba: ‘¿qué le voy a decir a mí mamá?’.

[Parte II de la entrevista: aquí]

Ca(os)racas sin luz

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caracas se quedó sin energía a las 12:15 del mediodía del lunes 18 de diciembre. Uno de los cables (puente eléctrico, lo llaman) que une la subestación donde se genera la electricidad con la torre que la transmite se desprendió en Santa Teresa y dejó sin electricidad a la capital y a parte de Vargas. Claro que eso se sabría casi dos horas después (a las 2:11 PM), cuando por fin Corpoelec informó lo que pasaba. Al momento de suceder, las luces y los semáforos se apagaron, los ascensores se detuvieron, las estaciones de metro de la línea 1 y 2 comenzaron a vomitar cantidades ingentes de personas a la calle, y dos de las principales operadoras de telefonía móvil (Movistar y Movilnet) se quedaron sin señal. La receta perfecta para el caos hubiera requerido que en lugar del mediodía todo sucediera entra 4 y 5, hora de salida de los trabajos por excelencia, pero igual el tiempo se encargó de ello. En principio, la tragedia laboral se redujo a hallar la forma de sacar a la gente de los ascensores, lamentarse por todo lo que no se guardó en las computadoras y ver cómo calentar la comida. Ayer, la Caracas trabajadora (lo que queda de ella) comió frío a falta de microondas. Y luego, cuando ya fue evidente que la energía no volvería pronto y los jefes dieron puerta franca, tuvo que ingeniárselas para llegar a sus casas. Y ahí, sí, llegó el caos, que no la luz.

A las 3 de la tarde, Sabana Grande se debatía entre el desfile y la procesión: el boulevard vivía un llenazo que ni cuando había Carnavales con reinas. Caminar rápido era difícil y no andar rozando constantemente al de al lado, imposible. Desde las tiendas, cuevas oscuras con las santamarías a medio bajar, los empleados lo veían todo con resignación y fastidio, y se entendía: una masa de gente caminando tenía poco que ofrecer y menos si, como era el caso, no tenía efectivo para comprar nada. El espectáculo, propiamente, llegaría cuadras después, en Chacaito, el terminal de rutas interurbanas de Caracas por excelencia. Su semáforo, misterios de la vida, era el único que funcionaba en la Francisco de Miranda, pero nunca como ayer había sido tan decorativo: un adorno navideño que cambiaba de color pero al que nadie le hacía caso. A sus pies, personas, carros, autobuses y moto taxis se confundían en una especie de marea caótica, peligrosa y violenta, cuya banda sonora la conformaban una orquesta de cornetas intermitentes de conductores desesperados, las interjecciones asustadas de peatones a punto de ser atropellados y las altisonantes y francas grosería que sin empacho soltaban los que consultaban los precios de las carreras de los mototaxistas, que, a esa hora y en esa circunstancia, no tenían problema en pedir hasta 40 mil bolívares para Altamira, apenas unas cuadras más adelante.

El de las camioneticas inclinadas desafiando la gravedad cual Torre de Pisa y sus pasajeros acróbatas (potenciales talentos del Cirque Du Soleil) que consiguen hacer el viaje apenas agarrándose con dos dedos del tubo, la punta de un solo pie en el escalón y el resto del cuerpo afuera, espectáculos ambos siempre dignos de ver, comenzaba desde el inicio de la Francisco de Miranda. El lado norte era una sola cola de gente que buscaba montarse en alguna. Del lado sur, a partir del Lido, no se formaban líneas sino aglomeraciones, montoncitos de gente que se abalanzaba sobre aquella que osara detenerse. Golpeaban la puerta de atrás –que los conductores, obviamente, nunca abrían– y drenaban toda la frustración con los cobradores, que anunciaban que ya no 700 sino 1000 era el precio a pagar. El abuso criollo –que sus apologetas disfrazan de viveza– llevó a varios a inventar rutas cortas. “Esta llega hasta Altamira”, advertía el conductor en Chacaito, para luego, en Altamira, bajar a todo el mundo y una cuadra después montar a otro montón al que le diría que llegaba sólo hasta Dos Caminos, y así repetida e intermitentemente hasta terminar en Petare habiendo cobrado diez rutas en una.

Pasadas las 4 de la tarde, el metro abrió en Chacao y eso alivió la situación. Aunque arriba todo seguía sin energía, abajo el sistema de transporte funcionaba a su manera: con un torniquete libre por el que pasaba todo el mundo –mientras un operador, inerte, los veía– y un himno salsero al Comandante-que-supuestamente-era-eterno-pero-se-murió, y que sonaba a todo volumen por las cornetas de los andenes. “Nos enseñaste a tener patria, patriotismo y corazón”, rezaba la (¿irónica?) letra entre acordes caribeños. “Viene el socialismo, liberado por aquel…”, advertía. La cara de fastidio de la gente lo decía todo. El caos de arriba lo confirmaba. También el hecho de que la luz se demoraría tres horas más en llegar. El socialismo, efectivamente, había llegado. La veloz aparición del tren, que en procura del tiempo perdido tenía parada mínima y  en menos de 20 segundos escupió y tragó pasajeros, impidió seguir cavilando. Una vez adentro, apareció Rubén Blades con su puntería: “se fue la luz…y sigue el saqueo”.

RESEÑA: Desaparecida – June Carolyn Erlick

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘Desaparecida. La historia de Irma Flaquer’ es la típica biografía gringa, exhaustiva y rigurosa, bien investigada y mejor documentada, y sobriamente escrita. Es un buen libro, que se puede conseguir a un precio casi irrisorio en las librerías de Caracas, y que cuenta una vida tremenda: la de la periodista guatemalteca Irma Flaquer, columnista archi-leida e independiente, que un día, tras recibir múltiples amenazas, fue secuestrada y desaparecida para siempre, cuando salía de casa de su hijo mayor, quien falleció en medio del tiroteo en el que se la llevaron. No es exactamente una historia con final feliz, cierto, sino una historia cruda y violenta como la del país donde sucede: la Guatemala de los setenta y ochenta, que estaba imbuida en una guerra civil espantosa, en la que grupos guerrilleros y escuadrones parapoliciales se mataban diariamente. Como siempre en este tipo de libros, el contexto tiene un peso importante, de modo que por medio de la vida de Irma se cuenta también parte importante de la historia de Guatemala y de su periodismo, en una época si bien difícil también bastante romántica: la de los periódicos influyentes, con sus articulistas de fondo y columnistas. Que no otra cosa, de hecho, era Irma: una columnista de periódico, que a punta de contar “lo que otros callan” –así se llamaba su columna– terminó adquiriendo relevancia y convirtiéndose en un personaje al que había que silenciar a toda costa, como en efecto terminaron haciendo. ¿La guerrilla o el Estado? La pregunta no tiene respuesta: tras tantos años en el oficio, Flaquer se había ganado suficientes enemigos de lado y lado, al punto de haber sido víctima, primero, de una fuerte golpiza; luego, de un atentado con una bomba que estalló en su carro al abrirlo, y finalmente del secuestro en el que desapareció. Desde aquel 16 de octubre de 1980 no se tuvo rastro de ella, pero quedó para la historia esta buena biografía, con la que la profesora de periodismo de Harvard, June Carolyn Erlick, rescata del olvido su fascinante y ejemplar vida.

Desaparecida, la historia de Irma Flaquer

Autor: June Carolyn Erlick

Páginas:  367

Año: 2013

Calificación: 8 /10

María Corina recargada

La cola y la franela manga larga quedaron atrás. El outfit de las marchas fue sustituido por uno más ejecutivo, de pantalón y chaqueta crema. El cabello también varió: ahora lo lleva suelto y un poco más corto. Sin embargo, en María Corina Machado se mantienen intactos el firme apretón de manos, una cierta severidad en el semblante, y, sobre todo, esa capacidad narrativa de la que hace gala al tomar la palabra. María Corina, preciso es repetirlo, parece haber bebido a fondo de las fuentes de la épica grecolatina, y al hablar eleva los hechos a categorías de gesta civil y hazaña ciudadana, de empresa siempre gigante y heroica. Ayer, en la UCAB, en un conversatorio organizado por el Centro de Estudiantes de Letras –que tuvo mil y un trabas para ser llevado a cabo, arrancada de volantes incluida–, en el que estuvo escoltada por un Onechot que no se cansó de repetir que estaba dispuesto a dar la vida por Venezuela, y un Germán Carrera damas que a sus ochenta y dele fue el trol de los troles, María Corina disparó artillería pesada y gruesa contra tirios y troyanos. Para ella, en el poder lo que hay es una “narco-dictadura” que no se va a entregar sino que hay que desalojar. “El poder hay que tomarlo. El único propósito frente a una dictadura es removerla. La única política legítima es la que lucha para debilitar y socavar las bases que la sostienen, y todo lo que le da legitimidad, plata o tiempo está prohibido”, dijo para referirse a los diálogos y acciones similares. La experiencia de la MUD la resumió en una frase: “nos hicieron subordinar la efectividad a la Unidad, y caímos en una dinámica que nos hizo avanzar a la velocidad del más lento y en la dirección del más débil”. A las elecciones las llamó “farsas que pretenden convertir en épica una simulación de lucha”, no sin dejar claro que cree en el voto “pero en el voto que elige y no el que crea una ilusión de participación”. El gran error actual, en su opinión, es subestimar el poder de la gente: “Tenemos la fuerza y la mayoría, y el deber de confiar en ello”. ¿Su ruta? “Aglutinar todas las fuerzas en una sola dirección: la remoción de la dictadura”. María Corina, no quepa duda, ha vuelto recargada.

El orgullo de ser robado

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Puede que sea producto de la normalización del hampa  en Venezuela. Quién sabe. Esas convivencias crónicas suelen generar patologías igual de crónicas, como la que ha comenzado a asolar a ciertos electores que hoy, tras los resultados, se pavonean, orondos y orgullosos, diciendo que sí, que a ellos sí los robaron, y que por eso pueden quejarse de algo. La exaltación viene seguida, luego, por una frase de superioridad moral hacia aquellos que se abstuvieron, que no fueron robados y que, por lo tanto, no se pueden quejar de nada. Repito que no sé a qué se debe, pero que indudablemente es una patología: entre salvaguardar la integridad o exponerse voluntariamente a que la violen para luego quejarse con orgullo, la opción es (tiene que ser) la primera, porque a fin de cuentas el resultado es el mismo. Aunque duela, hay que entenderlo y asumirlo de una vez (y mientras más rápido mejor): el chavismo acabó con el poder del voto. Esa cosa preciosa, plausible y encomiable, que le dio desde el siglo pasado capacidad de elección y poder a cada ciudadano, que permitió que los cambios de regímenes se pudieran hacer civilizadamente, sin tener que andarse matando en batallas, eso, sencillamente, no existe. Lo que hay algunos domingos en Venezuela es un esperpento, una astracanada montada por un sistema totalitario que simula (parodia) las elecciones, pero sin ninguna incidencia en la realidad. Ni siquiera cuando se ganan (o se hace que): la Reforma rechazada en 2007 fue metida a cuentagotas vía Habilitante; a los gobernadores y alcaldes electos en 2013, cuando no les rebajaron funciones, los destituyeron; y a la AN electa en 2015 la dejó sin poder un TSJ de pranes. Eso, por más entusiasmo e ilusiones, es y ha sido todo. Y lo seguirá siendo hasta que algún poder real obligue a que haya elecciones justas y de verdad. Mientras no lo haya (ni las haya), las opciones (reales) son dos: acudir a dejarse robar voluntariamente, o no acudir. En ambas, cierto, el resultado es el mismo. Pero en una, la dignidad se desvaloriza; en la otra, no. Y eso vale. Por respeto: al voto y a uno mismo. Porque no hay (no puede haber) orgullo alguno en ser robado.

Asdrúbal Oliveros: “Ni el narcotráfico es tan rentable como el dólar a 10”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desde las oficinas de Ecoanalítica, Caracas se ve habitable, bonita y hasta próspera. El gran ventanal de su sala de reuniones da precisamente para La Castellana, zona de mucho verde y edificios bajos, coronada por un Ávila majestuoso. Casi al frente, el movimiento de máquinas sobre un terreno de tamaño considerable anuncia que en unos años habrá allí erigida la torre de una aseguradora. Y si uno se quedara con la imagen de ese instante, Caracas sería una señora capital que aparte de ser bonita, progresa. Mera ficción que se derrumba a los minutos, al conversar de economía con el director de la consultora, Asdrúbal Oliveros. La que en principio iba a ser una entrevista de una pregunta para #SurfeandoLaCrisis, terminó convertida en un considerable y muy didáctico coloquio sobre la situación real de Venezuela. Había que aprovechar: no todas las tardes se tiene en frente a un economista que se sabe explicar y hacerse entender. Y aunque estaba en la víspera de un viaje y con un sinfín de tareas encima, Oliveros sacó tiempo para contestar varias de nuestras muchas inquietudes. A continuación, una entrevista de lectura imprescindible para saber por qué estamos cómo estamos y qué podemos esperar para el futuro reciente:

-Asdrúbal, ¿fue la de los años recientes la mayor bonanza económica de la historia de Venezuela?

-Mira, de alguna forma sí. Porque las bonanzas previas, aunque en términos reales cuando las deflactas fueron un poco más grandes, no duraron tanto. Esa es una que comenzó en 2004 y se alargó hasta 2008, fue bastante larga.

-Ahora, si eso fue así, ¿qué lógica tiene, cómo se explica, que en los años de mayor bonanza nos hayamos endeudado tanto y estemos a punto ahora de entrar en ‘default’?

-Eso es un tema que tiene muchas aristas. Durante los años del control de cambio, que arrancó en 2003, el gobierno diseñó un sistema en el que usaba el apetito de la gente por tener dólares para endeudarse “barato”. El sistema pernicioso que el gobierno generó fue el siguiente: emitía deuda, y esa era una manera que la gente tenía para tener dólares. Y fue el peor endeudamiento posible: tú generabas un pasivo del Estado (que hoy nos está siendo bastante pesado), y esa plata no se reinvertía en el país o servía para financiar planes de desarrollo, sino que principalmente terminaba en el bolsillo de muchos venezolanos, que lo que hacían era sacarla del país. Entonces, ¿cuál es la realidad que tienes hoy? Un país con una posición externa extremadamente vulnerable, prácticamente sin liquidez, sin dinero, sin dólares, endeudado y sin capacidad de responder a esa deuda. Por eso caemos en el default. Pero a su vez, tienes un sector privado y unos particulares con mucha plata afuera. Porque esa es la otra realidad: el sector privado venezolano y los particulares, durante el boom, lograron sacar mucho dinero. Nosotros calculamos que el sector privado tiene fuera de Venezuela el equivalente a más de 320 mil millones de dólares. Eso en este momento es casi el tres veces PIB de Venezuela. De hecho, esa plata que tienen muchos privados afuera y muchos particulares ha sido uno de los mecanismos de mucha gente para poder sobrevivir a la crisis: han tenido que cambiar esos dólares para poder soportar estos años de dura crisis. Y esa plata, una muy buena parte de ella, salió vía endeudamiento, lo cual es un total sinsentido.

-¿Es eso lo que llaman fuga de capitales?

-Tiene que ver con fuga de capitales, sólo que fue una fuga de capitales que se financió con deuda, y fue más perniciosa. Porque terminas teniendo un estado endeudado, con altísimos pasivos, y no le ves el queso a la tostada a ese dinero: desarrollo, infraestructura, vialidad, etc. Venezuela debió haber estado a la cabeza de América Latina en cuando a desarrollo por el boom que recibió y el endeudamiento en que se comprometió, y eso no es así: porque terminó en bolsillo de particulares afuera.

-¿En verdad existe un dólar a 10 bolívares o es un mito?

-Existe y es una distorsión. Para que tengas una idea: el 91% de las importaciones del Estado se hacen a 10 bolívares por dólar. Y cerca de un 22% de las privadas se hacen a 10 bolívares por dólar. Esas son cifras de 2017. Cuando tú ponderas eso: por tamaño, lo que es el sector público, el sector privado, te termina dando que cerca el 84% de las importaciones del país se financian con dólar a 10.

-Pero eso no se ve reflejado en los precios de la calle…

-Bueno, porque ese 84% que se importa a 10 queda finalmente diluido por corruptelas, ya que muchas de esas importaciones no tienen impacto directo en los anaqueles y en la red de abastecimiento, porque muchas de ellas son importaciones del sector petrolero y de empresas estadales, o son las cajas Clap. Entonces, al final la peor distorsión que tienes en esta economía, entre muchas, es que el grueso de las importaciones son a 10, pero el marcador es el dólar negro, que aunque financia la mitad de las importaciones privadas, eso es alrededor de un 14-15% del total. Entonces, ese 15%, que te puede parecer poco, se convierte en el marcador de una economía con todas las distorsiones que eso genera.

-Ahora: me dan un dólar a 10, lo vendo a 80 mil en el mercado paralelo y tengo para comprar 8 mil dólares a diez. ¿Hay en el mundo un negocio más rentable que ese?

-Yo te diría que no. Ni siquiera el narcotráfico es tan rentable, porque además es ilegal y quien lo hace se juega la vida. Con el dólar a 10 no, porque tiene una estructura legal que lo ampara. De alguna manera, es un sistema de protección que lamentablemente está detrás del Estado. Y por eso es que también, y yo siempre lo digo, el control de cambio no lo puedes ver desde la lógica económica. Por supuesto, yo soy economista y entiendo que lo tienes que quitar y todo lo que uno siempre dice. Pero al final, el gobierno, cuando uno intenta entender por qué lo mantiene y no lo quita, es porque la lógica es política. Hay una cantidad de actores y de grupos que se están alimentando de esto, y que para Maduro es muy difícil quitar. Al final tiene que ver con cuotas de poder.

-¿Son siempre malos los controles?

-Mira, yo siempre he dicho que el control de precios es uno de tres trillizos: el control en sí, la corrupción y el arbitraje. ¿Qué es el arbitraje? Eso que tú acabas de describir. Ni que pongas al Papa Francisco a administrar las divisas podría hacerlo correctamente ya que el incentivo es muy grande. Si a mí me venden a 10 pero yo sé que tú estás dispuesto a pagar a 80 mil, yo tengo todos los incentivos para venderlo. Lo mismo pasa con la harina, con los productos regulados, etc. Toda estructura de control en la que el precio es ficticio y está por debajo de la estructura de costo termina en estos sistemas de mercado negro. Efectivamente, hay mucho de corrupción en este proceso. Nosotros hicimos un estudio, que lamentablemente no hemos podido actualizar porque no se ha actualizado la data del BCV. Pero entre 2003 y 2012 calculamos que la sobrefacturación de importaciones era más o menos equivalente a 69,5 millardos de dólares. Es decir: son importaciones que se declararon pero no llegaron. Y tienen que ver con este sistema. Y ya de mucho antes esto venía ocurriendo. Y fue prácticamente desde que nació el control.

-Ahora, en el caso específico del control de cambios, que Venezuela no es el único país que lo tiene y hay algunos en los que hasta pareciera que funciona. ¿Son necesarios? ¿Son una buena medida?

-Los controles de cambio no son buenos ni malos: son una excepción. Hay momento en los que los tienes que aplicar, pero en cosas de muy corta duración. Obviamente, Venezuela en 2003, después de la paralización de la industria petrolera, lo necesitaba. Pero ya por ejemplo en 2005 o 2006 era lógico quitarlo: tenías una economía con bajo riesgo país, Chávez iba a su reelección, la oposición iba al proceso, tenías activos en reserva para defender el tipo de cambio, etc. Pero Chávez decidió no hacerlo porque el control de cambio es un arma política muy poderosa, que le permitía tener sometido al sector privado al Estado; adicionalmente, le permitía al Estado financiarse muy barato, porque como esos bolívares quedaban represados internamente, el Estado se apropiaba de ellos para su financiamiento. Entonces fue una decisión estrictamente política mantener el control de cambio más allá del tiempo prudencial que lo ameritaba.

-Vayamos al otro extremo del control: Dólar Today, ¿el dólar cuesta lo que dice esa página?

-Mira, es un tema complejo que tiene que ver un poco con el dólar al que puedes acceder. En una economía en la que funcionaran las cosas bien y estuvieran medianamente sanas y con los desequilibrios más o menos ordenados, el tipo de cambio no sería esa distorsión tan terrible, que no hay quien pueda aguantar. Pero es que Venezuela está lejos de ser eso. Entonces, la única forma en la que tú puedes aspirar a tener un tipo de cambio de alguna manera que responda más a condiciones de país, de oferta y demanda, un tipo de cambio sano, tiene que pasar necesariamente por cambiar el modelo político y económico. Con este no es posible.

-¿Todo pasa entonces por un cambio de gobierno?

-Yo ya soy escéptico de que Maduro pueda implementar las reformas que la economía requiere para superar este problema. Hasta ahora se ha negado y no parece dispuesto. Y el tiempo pesa. Cada día que pasa se profundizan las distorsiones y hace pensar que el tipo de cambio que termine quedando, en una economía abierta de mercado, va a ser cada vez va a ser más alto, así no sea Dólar Today.

-Entre 10 y 84 [NDLR: precio del dólar el día de la entrevista], ¿el verdadero estará más cerca de…?

-Es que es muy difícil saberlo, porque tiene que ver con las reformas que tú apliques. Pero yo te diría que si de alguna manera haces un plan amplio de reforma, y también depende de un factor clave, que es plata: si obtienes liquidez, dólares para defender la moneda, el tipo de cambio va a ser mucho más bajo. Lo que sí vas a tener inicialmente, y ese es un efecto psicológico importante, es que cuando liberes la moneda, el tipo de cambio, la tasa, se va a pegar, va a seguir a la paralela, porque es la de las expectativas, y luego, dependiendo de las políticas que se implementen, esa tasa paralela va a ir cediendo. ¿Hasta dónde puede ceder? Va a depender del compromiso de los ‘policy maker’, de los que están allí detrás, en las reformas, en la plata que logren levantar. Entonces puede ser que la caída sea muy abrupta o muy lenta. Por eso es muy difícil decir cuánto va a ser el tipo de cambio. Ahora, lo que sí te puedo decir, 100% seguro, es que va a seguir siendo mucho menor de lo que dice Dólar Today

-¿Venezuela es recuperable, Asdrúbal?

-Bueno, mira, yo creo que todos los países son recuperables. La historia está llena de ejemplos de países devastados que se levantaron y hoy son potencia. Y así como los países no tocan fondo, tampoco están condenados al fracaso per se. Eso para mí es fundamental. Ahora, hay cosas que se van a recuperar más rápido que otras. Yo creo que nos queda todavía una especie de bono, de bendición celestial, de unos 30-40 años, en los que el petróleo va a seguir jugando un rol importante como fuente energética, y tenemos que aprovecharlos para hacer las transformaciones institucionales, políticas, económicas y sociales del país. Porque probablemente después de 30-40 años ya el petróleo no va a ser lo que era, y tendremos que aprender a vivir de otras cosas y hacer ese salto a una sociedad post-petrolera, que hoy Venezuela no está preparada para eso. Entonces, ese es un reto que tendremos en frente.

-¿Cómo sería esa recuperación del país?

– Venezuela va a requerir varia etapas: una primera de emergencia y de estabilización, y luego otra reformas más profundas y estructurales. Esto quizás suena cínico, pero como estamos tan caídos en el foso, que en la medida en la que uno empiece a hacer las cosas bien va a ver rápidamente los cambios. En una economía que está en este grado de deterioro, hay muchos elementos en los que en el mismo día uno vas a ver cambios. Eso no quiere decir que de la noche a la mañana Venezuela se vaya a recuperar, pero creo que lo que falta, y por eso hay tanta desesperanza, es esa senda, esa luz al final del túnel que te diga: vamos corrigiendo cosas para enrumbar al país. Y eso es posible: pero insisto con otro modelo político y económico, que no tenemos en este momento, y es el principal escollo que hay actualmente.

-Hay nuevo gobierno, forman gabinete, te nombran Ministro de Economía, ¿cuáles deberían ser las medidas a tomar?

-Para mí hay 5 frentes claves a los que deberían estar orientadas las medidas. El primero, el cambiario: ir a un proceso de unificación cambiaria, de una sola tasa competitiva de mercado. El segundo, el fiscal, que pasa por una reforma importante del Estado y tiene que ver con elementos institucionales también, porque tienes un estado hipertrofiado y con un déficit descomunal con el que es imposible tener una economía y unos indicadores sanos. El tercero, el precio: hoy el principal elemento de distorsión de la economía, y sobre todo para la gente, es la inflación, entonces parte importante de ese plan es estabilizar precios y reducir la tasa de inflación; yo diría que esa debe ser la prioridad dadas las condiciones de precariedad que tiene mucha gente hoy en Venezuela: hay obligatoriamente que recudir el tema inflacionario, y eso pasa por una reducción de controles, el rol del sector privado, el tema  productivo, el tema importador. El cuarto, el frente petrolero, que es medular y pasa por una reforma importante de PDVSA: volverla a llevar a su rol clave, que es la producción de crudo. Y por último, pero no menos importante, el tema social: tienes una crisis social grave y tú no puedes estabilizar la economía si no ofreces una política social que ayude a personas vulnerables que en las condiciones actuales no se pueden sostener por sí mismas y están en la pobreza extrema.

-¿Eso no son las misiones y el carnet de la patria?

-No. De ninguna manera: yo hablo de una política social distinta, no clientelar, que no esté atada a la devoción al partido/Estado, sino que de alguna manera le permita a la gente superar la pobreza: transferencias directas, empoderamiento del ciudadano, temas de emprendimiento;  eso es fundamental, es un eje clave, porque si no logras resolver el tema social, cualquier gobierno que venga a futuro no va a tener estabilidad política, entonces eso te va a generar una tensión, una fuente de conflicto importante, que si eres pragmático y con visión de futuro, debes minimizar.

-Ahora, el argumento de mucha gente para mantener los controles es que si se liberan los precios estos se dispararán y llegarán a la estratósfera. ¿Es eso cierto?

Mira, eso era hace algunos años. Si me hubieras hecho esa entrevista en 2012, probablemente te hubiera dicho que es un peligro. Hoy ese peligro no existe: muchos de los precios que ves en las calle, más allá de la bolsa Clap, son más caros de lo que verías en una economía libre. La gente ya está pagando unos precios exorbitantes. Entonces yo más bien creo que una de las consecuencias positivas que tendría una liberación de precios es que muchas cosas o pueden bajar o por lo menos no van a seguir creciendo. Porque hoy todo está marcado por la escasez y la distorsión cambiaria, y todo está atado a las expectativas cambiarias: si tu expectativa es que el $ en una semana está en 100 mil y en 6 meses en 500 mil, te podrás imaginar por donde irán los precios. Ahora, si yo postulo una política cambiaria en la que logro estabilizar un tipo de cambio, eso va a tener una incidencia. De modo que yo no comparto esa tesis. Yo creo que con un programa de estabilización, más bien, en promedio los precios van a bajar.

Ahora, hay cosas que están muy rezagadas: servicios, por ejemplo; eso lo tendrán que ajustar. Pero lo que a la gente más le afecta, que son alimentos, no necesariamente va a tener un salto importante. Pero sí vamos a tener que pagar por los servicios. En el caso del tipo de cambio es lo mismo: con una política coherente en la que el tipo de cambio responda al mercado, tampoco es que vas a tener unas salidas ingentes de capitales, porque tampoco es que haya muchos capitales para salir. Pero digamos que tiene que ver con cómo comunica. Por eso uno de los roles fundamentales en cualquier equipo de gobierno que llegue acá, primero es la credibilidad, que la gente perciba que están preparados para llevar a cabo las reformas, el compromiso de ese equipo con las reformas, y la estrategia comunicacional, porque eso es lo que te permite moderar la expectativas.

-¿Cómo ve Asdrúbal Oliveros el 2018?

-Mira, yo te diría que lamentablemente depende un poco de las condiciones políticas. Si seguimos en este modelo no hay perspectiva de mejora. 2018 es un año en el que van a estar 3 elementos económicos claves que hacen pensar que va a ser un año muy complicado, más incluso de lo que hemos tenido: la hiperinflación, el default de la deuda y la fuerte caída de la producción petrolera, que no se detiene y que afecta el flujo. Esos 3 factores conviven. Y agrégales una crisis social latente que está creciendo. El problema del transporte, del efectivo, de la bombona de gas. Al final la gente ha perdido total calidad de vida y eso es una bomba de tiempo que de alguna manera va a generar un clima de tensión. Y en el medio de esa crisis económica y social tienes un contexto político en el que el gobierno va a buscar la reelección. Ese es el cuadro que tienes. Va a ser un año muy complejo y muy difícil, con muchos elementos de incertidumbre, pero creo que en lo que son números económicos yo no tengo lamentablemente para pensar que vayamos a tener algún desempeño positivo.