Todo se desintegra (IV)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En una reunión con empresarios, el presidente de una importante consultora pide perdón por haber visto el vaso medio lleno en su informe del año pasado y haberles transmitido alguna esperanza: no habrá medida o corrección ninguna, les dice desencantado, y comienza a exponer indicadores, cifras y números, cada uno más grave que otro, y todos con perspectiva de empeorar a mediano plazo. A la vuelta de la esquina, dice, está ya el embargo petrolero. “Si llega a haber un embargo petrolero –había dicho en 2017 un diputado-economista en un foro en la UCAB– este año horrible nos va a parecer el paraíso”.  Y parece que será inminente. La conclusión de la reunión es que no hay solución económica posible sin cambio político, pero la perspectiva que ponencias atrás había dado un mediático encuestador es que lejos de haber cambio lo que se proyecta es una radicalización de la revolución, con aumento de represión incluida. Lo mismo parece sugerir un muy comedido politólogo en una reunión privada: al final, confiesa no sin amargura, a quien habrá que pedirles perdón es a las señoras del Cafetal, porque esto, aunque no lo supimos o no lo quisimos ver, en efecto es una dictadura comunista cuyo fin es acabar con todo vestigio de civilización occidental que queda en Venezuela. Y es un hombre bastante moderado, sospechoso de todo menos de radicalismo, que se aventura incluso a explicar que la hiperinflación ha sido lo mejor que le ha podido pasar a la revolución, porque le permitirá terminar de descapitalizar y de arrojar a la pobreza o al exilio a lo que quedaba de clase media. “¿Y cómo podemos hacer nosotros para adaptarnos y sobrevivir?”, pregunta uno de los asistentes, gerente y emprendedor. El politólogo lo ve serio. “Es que parece que no me has entendido: con ellos en el poder no hay nada que plantearse a futuro porque su fin es liquidarlos a ustedes, a nosotros, a todos”. La teoría de un proyecto de exterminio indirecto, silente y lento pero letal, que fue expuesta por un salesiano hace unos meses, parece verse confirmada.

Los cuentos de Henri

Lo más entretenido de esta campaña anodina ha sido descubrir el insospechado talento de Henri Falcón para la fábula y el thriller político, que lo pondría, si tuviera buena prosa, cosa que no sabemos pero que tampoco parece, a la altura de los mejores guionistas de series. A aquella primera historia según la cual Henri sería la torre con la que el chavismo haría un enroque para salvar a su rey en jaque y dejar el poder sin dejarlo, y en la que Henri por lo menos ganaba las elecciones, le ha seguido ahora otra en la que el pobre llega -y de milagro- a vicepresidente de Maduro, con una votación de 40%. La contó -o escribió- ayer ‘El País’, y la cosa es así: Falcón se reunió con diplomáticos europeos la semana pasada para decirles que la jugada está lista, fue armada por Zapatero y consiste en que, luego de ganar, Maduro lo llamará a ser parte del gabinete, armará un gobierno amplio y de reconciliación nacional del que saldrá un plan económico de recuperación de Venezuela -liderado, cómo no, por Francisquito Rodríguez, que será el garante de que se paguen esos bonos vencidos que milagrosamente los tenedores aún no han reclamado en tribunales- y que por ello lo mejor que pueden hacer los diplomáticos es, entonces, reconocer los resultados. Por sentido común uno sabe que todo es mentira y que nada de ello tiene asidero en la realidad. La duda, sin embargo, estriba en el fin de Henri: si inventa sus ficciones para que le lleguen al chavismo y las considere -nada descartable-, o, si por el contrario, lo hace con la venia de éste para entusiasmar a los desesperados. Difícil de discernir, en verdad. Lo cierto es que a medida que pasan los días el propio Henri se rebaja en sus cuentos -de presidente ha pasado a vicepresidente y no se descarta que en el de la semana que viene sea ya apenas Ministro de Educación o cosa semejante- lo que da una idea de sus propias esperanzas en la “victoria”: ninguna, como se corresponde a quien actúa como peón de una dictadura; papel que, cosa reveladora, es el que invariablemente representa en sus improbables cuentos de campaña.

RESEÑA: Suave es la noche – Francis Scott Fitzgerald

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es oro todo lo que brilla? ¿Es de verdad tan feliz esa fabulosa pareja, aplaudida y envidiada, que veranea en un balneario de Niza en los años de la entreguerra y que una incipiente actriz hollywoodense en ascenso contempla con admiración desde su tumbona? Con esa escena (la de la actriz llegando a la playa y contemplando a sus vecinos de hotel) arranca esta magnífica novela de Francis Scott Fitzgerald, que se adentra en la vida de una opulenta pareja de multimillonarios para mostrar todas sus grietas, pegos y remedos.

No se trata, cuidado, de una versión escrita de ‘Los ricos también lloran’, ni tampoco de una de esas obras comprometidas que nos muestran lo vacía que es la vida de los ricos para que nos sintamos bien siendo todos pobres. Nada de eso. Esto es literatura, y como tal se aleja de los estereotipos para adentrarse en la vida. Que sea una pareja de millonarios, que nos muestre parajes de clase alta, que se desenvuelva en esos ambientes, todo ello viene dado por quien lo escribe: un hombre que se caracterizó por narrar la vida desde allí.

‘Suave es la noche’, título que nace de unos versos del inglés John Keats, fue una novela que le costó sangre, sudor y lágrimas a Fitzgerald, que estuvo escribiendo, borrando, cambiando y reescribiendo durante 9 años, y que aún después de publicada restructuró completamente en futuras ediciones. Es un libro producto de los muy duros años que vivió cuando quedó en la ruina, su esposa Zelda hubo de ser internada en un psiquiátrico y él comenzó a coquetear con el alcohol. Todo ello está plasmado expresamente en la historia. Mucho de ello es la historia: la de una ruina, la de un fracaso.

En su arranque tenemos a esa pareja de millonarios norteamericanos que a los ojos ingenuos de una joven actriz lo tienen todo. No sólo a sus ojos, sino también a los de los otros veraneantes, que los idolatran y se sienten, casi, tocados por un ángel cuando los invitan a las fiestas que organizan. Es en una de esas fiestas cuando una invitada hace el descubrimiento de algo de lo que no nos enteraremos sino hasta varias páginas después, pero que es el primer indicio de que no todo marcha bien. La simpatía de Richard, el hombre de la pareja, que siempre sabe estar bien y hacer a todos sentir bien, es la que hará que el asunto no pase a mayores. El problema, sin embargo, es que esa simpatía, con el pasar de las páginas, se agota. Y era ella la que lo sostenía todo: desde el matrimonio hasta sus relaciones sociales, pasando, incluso, por su profesión. Y sin ella, todo se viene a pique.

¿Era genuina esa simpatía? ¿Era auténtico lo que hacía? ¿Había convicción en sus obras? ¿Qué lo movía? Esas son varias de las preguntas que surgen durante la lectura, toda vez que la intención de la novela estaría (en condicional, porque de esto nunca se puede estar seguro) en llevarnos (o llamarnos) a buscar lo auténtico, lo verdadero de la vida y no perdernos en ficciones de cartón piedra. “Hay mucho de su propia vida en este atormentado relato de la opulencia destructiva y del idealismo malogrado”, declaró sobre ‘Suave es la noche’ Zelda de Fitzgerald. Y habría que reordenar un poco la frase: el idealismo malogrado por la opulencia destructiva. En eso se podría resumir (y muy bien) este magnífico libro.

Suave es la noche

Autor: Francis Scott Fitzgerald

Fecha: 1933

Páginas: 526

Calificación: 7/10

Todo se desintegra (III)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De dos barras, en la plaza apenas queda una. La otra, toda doblada, sigue allí como testimonio de la desidia: hace más de un año la rama de un árbol cayó sobre ella y la destruyó. Sólo entonces las autoridades municipales se acordaron de que era su obligación podarlos, pero se olvidaron de arreglar sus destrozos. El Consejo Comunal se limitó a pintar su logo en un muro de la plaza y ya. Eso fue todo. Bancos rotos, una barra que sirve y otra que no. Lo que hace un año hubiera supuesto todo un incordio, hoy no lo es tanto: ya casi nadie hace ejercicio en la plaza. ¿Qué fue de aquellos que eran mis compañeros de madrugonazos, con los que tenía que alternar las barras? No lo sé. Sus sustitutos ahora son los parqueros y estaciona-carros, que se han multiplicado y duermen en la plaza. A eso de las 6:30 aparecen de entre las matas, van a un árbol a hacer sus necesidades, se lavan con un tobo, esconden (creen ellos) sus colchones y sábanas, meten sus cosas en un bolso, saludan y se van. Son los privilegiados de la calle. El estrato alto de los sin techo de la cuadra. El bajo duerme en el suelo y sobre cartones, con todo el cuerpo arropado con sábanas mugrientas. Son bultos blancos con los que me tropiezo cada mañana desde hace un año. Cuando regreso a casa, están escarbando las bolsas de basura de la cuadra, recién sacadas a esa hora por las conserjes. Con esa imagen optimista arranca el día. Luego, se pierden. ¿Qué hacen? No lo sé. Desaparecen. No así sus vástagos, que se anclan en las puertas de la panadería y del Farmatodo, donde es casi imposible comprar sin pagar la vacuna sentimental de un niño descalzo y flaco pidiendo o, peor aún, sacando de la papelera lo que encuentra. Pero no todos son tan inofensivos. Sus hermanos mayores, ya a adolescentes, a falta de poder generar ternura y compasión, optan por el miedo: desafían, insultan, amenazan, gritan obscenidades y arrojan cosas. Viven en una constante lucha con los parqueros, que a veces llega a ser violenta; y con los pequeños, a los que golpean y les quitan lo que les dan. Están a la vuelta (meses, quizás) de convertirse en delincuentes. [Continuará…]

Todo se desintegra (II)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde comienza a sentirse una aprensión en la gente que está en la calle. A las 6:30 todos aceleran el paso. A las 6:45 prácticamente trotan. Y a las 7 ya no queda nadie. La hora del toque de queda ha bajado para la Caracas de a pie. En una calle con Farmatodo, supermercado y panadería, a las 7:30 no hay nada abierto. Tampoco postes de luz que funcionen. Ni carros estacionados. En algunos tramos la oscuridad es total. La sensación de abandono, de tierra arrasada, se incrementa al asomarse uno por la ventana: a las 9 de la noche no pasa ya ni un solo carro y en la torre de enfrente hay más apartamentos sin luz que con luz. Y en una proporción grande, puede que 4-1. La abuela, que en su convalecencia los tiene medidos, se alegra sobremanera cuando ve luz en un apartamento vecino: “Volvieron”, dice casi eufórica, para explicarnos que esa luz tenía más de un mes sin encenderse. En la mañana todo cambia: ya a las 6 la calle está desbordada de gente en cola para comprar productos regulados. Hasta hace un año, todos eran desconocidos: ahora hay también vecinos entre ellos. Sentados en la acera, recostados de la reja del supermercado, a veces ocupan los dos lados de la calle. El jardín que allí había murió a punta de ser pisado: ahora es tierra y basura, que lanzan con total desparpajo. Las peleas violentas suelen estar a la orden del día y por eso no faltan los militares con armas largas afuera. Eso es en el tramo inferior de la calle. En el superior la historia la escriben en la pizarra acrílica de los camiones que allí se paran: el del pollo, el del queso, el del pescado, el de las frutas, el de las verduras y el de los huevos. En ellos, las colas son discretas y los precios demenciales. Cualquier cosa pasa del millón. Hay productos cuyo kilo es mi salario de un mes. Los militares y los policías pasan regularmente cobrando vacuna en productos. Y los indigentes, hurgando en los desperdicios. El sábado, de la caja en la que lanzan las frutas descompuestas, un hombre espantó las moscas, sacó un cambur negro, lo apretó, y se tragó lo que salió de él. Y no era un mendigo. [Continuará…]

RESEÑA: La vida invisible – Juan Manuel de Prada

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘La vida invisible’, de Juan Manuel de Prada, es un libro magnífico que puede (y debe) ser leído tanto por los que gustan de las buenas historias como por quien quiera darse un baño de buena prosa. Se trata de una novelaza (así, con superlativo peruano) que vale tanto por el fondo como por la forma, por lo que cuenta y por como lo cuenta, y que lo deja a uno con la misma sensación que se tiene al salir de cualquier catedral europea: la de que se estuvo, independientemente del estilo y de los gustos, ante algo grande.

La historia es la de un escritor, Alejandro Lozada, que en vísperas de su boda y apenas días después del 11-S viaja a Chicago a dictar una conferencia literaria. En el viaje conoce a dos personajes que terminarán por cambiarle completamente la vida: Elena, una joven con la que tiene una especie de affair no consumado y termina obsesionándose con él; y Chambers, un veterano de guerra que le proporciona las grabaciones de sus conversaciones con Fanny Riffel, una antigua estrella de revistas eróticas (pin-up-model) a la que un día encontró recluida en un ancianato, y cuya historia quiere que escriba. De regreso a Madrid, Lozada, que pretende que todo lo que pasó en Chicago quede sepultado, comienza a reconstruir y escribir la sórdida historia de Fanny Rimmel, a la par que empieza a sufrir los embates del acoso de Elena, lo que terminará, a él, que quería que todo quedara sepultado, obligándolo a dar un giro radical en su vida.

Es un resumen muy escueto para un libro muy grande en el que pasa mucho, muchísimo más. Y aunque aquí pudiera parecer que se trata de una novela policial o de misterio, hay que aclarar que ‘La vida invisible’ no tiene absolutamente nada de eso. Lo que De Prada hace a partir de esa historia es construir una novela que es atravesada transversalmente y en todas sus páginas por grandes temas como la expiación y la culpa, los secretos, y la locura. Es tremenda la aproximación que hace De Prada a ese mundo, el de la vida invisible.

Ahora bien, la forma del libro. En estructura es bastante simple: no hay narraciones simultáneas ni paralelas, tampoco saltos bruscos en el tiempo, o cambios intempestivos de narrador. Los narradores, además, están bastante bien definidos: en primera persona cuando él narra, en tercera cuando le pasa el testigo al otro. Pero la prosa de De Prada. Eso sí es otro tema. Eso sí es otra cosa. Es un libro con un lenguaje rico, suculento, culto. La cantidad de palabras y sobre todo de adjetivos es extraordinaria. Para ir anotando y aprendiendo. Es fantástico como para todo De Prada tiene una imagen, y buena, además, que es lo que más sorprende. Eso es digno de admirar, aplaudir y celebrar,  aunque puede suceder que haya partes en las que tanto adorno retórico se vuelva cansón. He allí su único defecto: que como las catedrales barrocas llega a abrumar y uno necesita respirar; aunque, como hemos aprendido tras ya tantos años de escasez, es mejor que sobre a que falte. Y a esta muy recomendable novela le sobra genio y prosa.

La vida invisible

Autor: Juan Manuel de Prada

Año: 2003

Páginas: 636

Calificación: 9/10

 

Todo se desintegra (I)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La abuela se cae, pasa 6 horas en una clínica y la factura es de 300 millones; el seguro sólo paga 10. Los primeros días tuvo que usar un cabestrillo porque en ninguna farmacia había inmovilizador de hombro: el que se consiguió fue prestado. Del analgésico inyectado, que le calma más rápidamente y por más tiempo los dolores, no hay rastro: los pocos que tenemos fueron un regalo y sólo los usamos cuando el dolor la hace llorar. En la casa seguimos comiendo tres veces al día, pero en ello se nos va todo. Las salidas se acabaron desde el año pasado; las comidas en la calle, también: el almuerzo de los viernes en la feria del centro comercial que está cerca de la oficina quedó reducido a una ración de tostones; las empanadas y la malta de los sábados ahora son un plato de cereal, y el almuerzo de los domingos se volvió netamente casero. El postre pasó de complemento ordinario a lujo esporádico, y cuando lo comemos nos sentimos afortunados. Netflix es el sustituto del teatro y del cine, pero sólo funciona cuando hay internet, que no es siempre, a pesar de que tenemos dos proveedores. El edificio cada vez está más sólo: en nuestro piso, de cuatro familias, sólo quedamos dos. Los ascensores se dañan dos y tres veces al mes y no hay más remedio que las escaleras: a falta de repuestos, que no los hay en Venezuela, sólo queda ‘parapetearlos’, con el riesgo que ello conlleva: una vecina se lesionó la columna hace unos meses cuando uno se desprendió; ahora camina con bastón. El pasillo de entrada se ha vuelto más largo que nunca: tiene apenas dos bombillos –de veinte– y por eso está siempre oscuro. Los vigilantes son cada vez más flacos, devoran con más desesperación la comida que a veces se les baja, y duran menos: un día descubren que bachaqueando en el supermercado de en frente ganan cinco veces más y se van a hacer su cola. Cosa mala con una reja de estacionamiento que  lleva tres meses en modo manual, también por falta de repuesto. Con los puestos no hay término medio: o vacíos siempre –por los que se fueron– u ocupados todo el tiempo –con carros mayoría accidentados–. Será por eso que ya ni nos visitan los ladrones. [Continuará…]

RESEÑA: La conjura contra América – Phillip Roth

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Qué habría pasado en los Estados Unidos si por allá en 1940 Franklin Delano Roosevelt hubiera sido derrotado por un candidato republicano, aislacionista, antisemita y amigo de Hitler? Esa es la pregunta que en casi 400 páginas responde el brillante escritor norteamericano Phillip Roth en las páginas de ‘La conjura contra américa’, una fantástica ucronía (novela histórica alternativa) magníficamente escrita, en la que se nos narra la alarmante transformación de América tras la victoria de semejante espécimen.

 “El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástagos judíos”

Con estas líneas arranca la novela, escrita en primera persona y a modo de memoria. Su protagonista es un niño que vive en un vecindario judío en Newark (New Jersey), junto con su padre, su madre, su hermano mayor y un primo. Son una familia de clase media, que comparte el piso de abajo con unos inquilinos, y que viene de reponerse del crack bursátil de 1929 y de la llamada “Gran Depresión”. Todos profesan por Roosevelt una admiración que llega casi a la devoción y ven con malos (pésimos) ojos que Lindbergh (ese aviador que un día fue motivo de orgullo para la nación al llegar a París en vuelo directo desde Nueva York y ahora es amigo de Hittler y contrario a que EE.UU. participe en la II Guerra Mundial) gane la presidencia. Pero lo hace, y con él en la Casa Blanca comienzan una serie de cambios que parecen sutiles para todos menos para esta familia judía (a la que tachan de paranoica), que finalmente terminará por tener razón cuando todo desemboque en un tremendo caos.

Si ya el tema de la novela es interesante, lo es mucho más la manera en la que está desarrollada. Página a página, Roth va logrando que cada pieza encaje y todo vaya pareciendo perfectamente verosímil; más que eso: real. Para quien no tenga ni remota idea de la historia (cualquier niño de Liceo Bolivariano, por ejemplo) esta novela podría pasar perfectamente como el relato de un hecho real; e incluso, quien tenga la historia estudiada no dejará de ser visitado una que otra vez por la duda y la pregunta de si esto fue o no así. En ese sentido el libro logra con creces el cometido de novelar (construir) la historia a partir de la modificación de un suceso determinado; de especular con sentido, para que nos entendamos. Resulta indispensable para ello el tremendo conocimiento que tiene Roth de lo que podríamos llamar el alma norteamericana: tanto la sociológica como la política. Sabe cómo piensa, cómo actúa y cómo reacciona el americano promedio; y  sabe también cómo es y funciona el sistema: los partidos políticos, los medios de comunicación, los poderes y las instituciones.

Y sabe también otra cosa que en esta novela resulta fundamental: pensar y escribir como un niño. Ese derrotero por el que tan buenas plumas se han desbarrancado, Roth lo pasa con hidalguía. No cae en el estereotipo de la ingenuidad forzada (esos niños extremadamente cándidos y bobos) ni tampoco pierde el hilo (no le crece el niño en las páginas, sino que siempre se mantiene en la edad). Que sea narrado por un niño, además, da lugar a que el libro tenga un tinte costumbrista y descanse toda la tensión política (que es mucha) en esos ojos inocentes que suelen ver e interpretar lo que pasa afuera por la mediación de terceros (sus padres, sus amigos) y centrarse en detalles y anécdotas que unos ojos muy mayores pasarían por alto. Todo ello escrito, además, con una prosa sobria, discreta y correcta (no hay frases grandilocuentes ni muy hermosas, pero tampoco hacen falta) que se deja leer fácilmente.

Se trata, pues, de una novela magnífica: interesante, entretenida y bien escrita.

La conjura contra américa

Autor: Phillip Roth

Año: 2003

Páginas: 428

Calificación: 09/10

La lección maestra de Abreu

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A propósito de algunos reproches, los hagiógrafos de San José Antonio Abreu –santo súbito en ‘El Universal’ y ‘Últimas Noticias’, venerable en los otros periódicos, místico según el P. Numa, desconocido en la tele y sólo criticado en las redes– han zanjado el asunto de su pública y notoria cercanía con el chavismo diciendo que aquello era apenas pose y disimulo, un tributo más bien desagradable que el Maestro (siempre mayúscula, las cosas como son) se veía obligado a pagar repetidamente para garantizar la existencia de El Sistema. Los más devotos se han aventurado a explicar que se trataba de una jugada astuta de Abreu, que dejándose usar, usaba. De modo que, al parecer, estábamos ante un fuera de serie no sólo de la música sino también la política, un auténtico discípulo de Fouché, un geniecito tenebroso (Zweigs dixit), cuya máxima, quién lo diría, sería aquella que, no sin malicia, Savonarola le atribuyó a Maquiavelo: el fin (la supervivencia de El Sistema) justifica los medios (convertirlo en la banda sonora de la dictadura). ¿Bueno o malo? A juicio del facultativo. No seré yo quien dicte el veredicto moral o se rasgue las vestiduras. Pero sí quien ponga el punto y la tilde sobre la íes de ironía, que es la palabra para resumirlo todo. Porque, como nos informó Globovisión, “el José…eh…de Abreu…eh…se murió” y no había terminado el novenario cuando El Sistema pasó  a manos de Nicolasito ‘ha-fallecido-gente-viva’ Maduro y de Delcy ‘rencor-eterno’ Rodríguez, a saber cuál más ignaro y destructivo que el otro. ¿Y de qué sirvieron la cerviz doblada, la sonrisita babeada, el disimulo, y el elogio zalamero? ¡De nada! Al final, el chavismo igual se lo terminó quedando. El Maestro no vivió para verlo (consuelo egoísta) pero murió en inevitable estado de sospecha, una verdadera pena para un hombre de su talento. Sin embargo, no todo fue en vano: nos dejó una gran lección. Gracias a él aprendimos que las dictaduras tarde o temprano arrebatan, y que por ello tributarles la dignidad en función de sobrevivir siempre será mal negocio: porque la sobrevivencia es efímera y mudable, y la dignidad, como la fama, eterna e irrecuperable.

RESEÑA: ‘La invención de Morel’ – Adolfo Bioy Casares

Por Ezequiel Abdala | @eaa1717
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Perfecta. Así la calificó nada menos que Jorge Luis Borges, un hombre que si de algo sabía era de perfección, porque siempre aspiró a ella. Decir que tan alta valoración estuvo influida por el hecho de que ‘La invención de Morel’ le fue dedicada por su querido amigo Adolfo Bioy Casares (el autor) sería desconocer al implacable, nada zalamero y poco vanidoso –al menos públicamente- Borges, pero omitirlo implicaría quedarse sin un dato significativo que permite hacer un importante matiz en su calificación. Es perfecta, sí…para los cánones y gustos de ambos escritores, unos en los que el tiempo, la eternidad, los juegos de espejos y la fantasía son los que marcan la pauta. Y en ese sentido, ‘La invención de Morel’ es una obra maestra. Fría, desprovista de sentimientos, pero maestra.
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La escritura es lineal, con una prosa sobria, austera y sencilla a la que no le falta ni le sobra nada. No hay coma, adjetivo o detalle de más. Todo, absolutamente todo, tiene una función y razón de ser y estar. En ese sentido es un libro impecable, que funciona como reloj inglés, y que incluso se disfruta más con una relectura: en la primera, asombrándose del misterio; y en la segunda, de lo bien que lo construyó el autor.
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Es uno de esos libros de cuya trama es casi imposible hablar sin caer en ‘spoiler’, de modo que es muy poco lo que se puede revelar de ella sin perjudicarle la lectura a otro. Baste decir que cuenta la historia de un hombre en una isla desierta, que de improvisto se encuentra acompañado por una serie de turistas que tienen la extraña tendencia de hacer siempre lo mismo e ignorarlo. Y hasta allí lo que se puede decir, y a partir de allí donde aparece todo el genio de Bioy Casares, que logra solucionar el misterio de un modo tan absolutamente brillante (e inesperado para el cavilante lector) que merece, allí sí, la eternidad de los clásicos.