MEMORIAS DE LA REVOLUCIÓN: Cohetazo y negación

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El estruendo me despierta tras apenas dos horas de sueño. Es medianoche. La tranquilidad fúnebre de la noche caraqueña, desierta y silente entre semana, es interrumpida por una andanada de detonaciones. En duermevela cuesta distinguir qué es exactamente lo que suena. ¿Cohetes o tiros? Ya una vez desperté con una ráfaga de ametralladoras y una granada. Caracas, sus alarmas y sus cosas.

Ladran varios perros, lo que le da a la demencial sinfonía urbana, que ya va durando bastante, un aire de suspenso barato. ¿Prender o no el teléfono? He  allí el dilema. Aguzo el oído: no son las ametralladoras de la otra vez. Suena a fin de año de los de antes. A fuegos artificiales. Nadie en la casa dice nada, el despertador verdadero sonará a las 4:45, no parece haber peligro, dilema resuelto: no prendo el teléfono. Así que intento dormir entre detonaciones. Y lo logro con honores: el cohetazo, me dice mi madre en el desayuno, se prolongó hasta la 1 de la madrugada. Era a mayor gloria del Comandante Eterno, que hoy cumpliría 61 años. Cumpliría, en pospretérito, porque murió hace dos, a pesar de los superpoderes que se le atribuían, inmortalidad y eternidad entre ellos.

El gobierno no ha superado la primera etapa del duelo, me supongo. Sigue en negación. Con el país arruinado –pero arruinado de verdad–, se gasta el dinero que no hay en cohetes. Con hiperinflación y escasez, hace ostentación de derroche. El presidente, lanzado los tumbarranchos y despertada media Caracas, se va a Nueva York, tranquilazo y comodazo él, como si siguiera siendo el Canciller del feudo que controla el hombre fuerte. Y el chavismo, lo que va quedando, celebra con una torta gigante –¿metáfora de la que puso?– los 61 años de un señor que llegó a 59.

El Correo del Caroní se convertirá en un semanario

Son principistas y lo están pagando caro. Correo del Caroní, uno de los diarios regionales más importantes del país, circulará hasta este viernes y se convertirá, a partir de agosto, en un semanario. ¿La causa? La falta de papel, que en su caso se ha visto agravada por negarse a comprarle a la Corporación Maneiro, el monopolio estatal que controla toda la importación de este insumo. “Fiel a su independencia ética e informativa, Correo del Caroní no negoció el suministro -anticipadamente efímero y condicionado- de papel con el Complejo Editorial Alfredo Maneiro. Acudir a ellos es contribuir con el fenómeno de que funcionar como medio de comunicación en Venezuela es hacer carantoñas al poder para trabajar con ‘normalidad’, en detrimento de toda información incómoda para el gobierno”, explicaron hoy. Ya en enero de 2014 redujeron su edición a un solo cuerpo; luego, en septiembre, dejaron de circular los fines de semana; en el primer trimestre de este año se convirtieron en tabloide; y en este momento, en aras de la supervivencia, han tomado la decisión de pasar a circular una vez a la semana y potenciar su página web. “La circulación, ahora digital, es obligación moral. No hay tiempo para el desaliento”, fueron sus palabras de cierre. Aunque la hegemonía avanza, no se rinden.

El viaje a Chile que le costó el Nobel a Borges

I

Su nombre no puede faltar –ni falta– a la hora de hablar sobre las injusticias del Premio Nobel de Literatura. Fue uno de los grandes excluidos, de los proscritos de la Academia Sueca. Dudoso honor que comparte con Tolstoi, Nabokov, Joyce y otros tantos. En torno a por qué la Academia lo privó del máximo galardón a que puede aspirar cualquier hombre de letras, se tejieron siempre infinidad de teorías: que si una rencilla personal con Artur Lundkvist –poeta sueco, miembro de la academia, traductor de importantes latinoamericanos, artífice, cuenta la leyenda, del Nobel de Gabo–, que si más bien era política la rencilla, porque Lundkvist era izquierdista, que por el apoyo a Videla o las declaraciones a favor de Pinochet.

Esta última especie, en la que aparece el dictador chileno, ha sido durante años la que ha tenido más fuerza. “En 1976 estuvo a un paso de obtenerlo pero, al parecer, una inoportuna o premeditada acción de parte del mismo Borges, la aceptación de visitar el país de Augusto Pinochet, lo descalificó”. Lo dijo en una entrevista el año pasado el escritor y músico chileno Jorge Arallena, en algún momento íntimo de Borges.

En ese año, 1976, un rumor corría como pólvora en los mentideros literarios: un Nobel compartido por dos hispanohablantes. “Aleixandre y Borges, podrían compartir el Nobel de Literatura”, publicaba en octubre El País. Que ya todo estaba decido, que las papeletas estaban listas. Y en el 77 la especie se confirmó a medias: Alexaindre lo ganó y Borges, sorpresivamente, quedó fuera.

¿Por qué?

II

15 de septiembre de 1976. 6:00 PM. Jorge Luís Borges aterriza en el Aeropuerto Pudahuel –hoy Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benitez– de Santiago de Chile. Lo recibe Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile, cuya Facultad de Filosofía y Letras le ha concedido un Doctorado Honoris Causa, que el escritor recibirá seis días después.

El país se encuentra sumido desde 1973 en una dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. Sombrías acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos se ciernen sobre el régimen, que tiene muy mala prensa en el continente y en el mundo. El repudio es –casi– unánime. Pocos se atreven a defenderlo, pero Borges lo hace.

“Los he defendido por razones emocionales ante todo y porque soy enemigo del comunismo. Creo que eso no es ningún misterio. No lo he podido ocultar. Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud”, dice tres días después de su llegada, el 18 de septiembre, en una rueda de prensa en el Hotel Sheraton San Cristóbal, de Santiago.

El 21 de septiembre recibe de manos del rector delegado de la Universidad de Chile, Agustín Toro, el doctorado Honoris Causa. En su discurso, vuelve a dejar en evidencia su simpatía por el régimen de Pinochet: “Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita, Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”.

Al día siguiente, 22 de septiembre, para que no queden dudas, Borges se deja ver en el Edificio Diego Portales, que luego del bombardeo al Palacio de La Moneda quedó convertido en la sede del Poder Ejecutivo y Legislativo de la Junta Militar. Todo un símbolo. Allí se reúne con el dictador a las 10 de la mañana. El encuentro dura poco más de una hora. Lo que se dijo o se dejó de decir sólo lo saben ellos. Una foto, en la que un Pinochet de civil estrecha la mano de un Borges de traje y chaqueta oscura, es lo único que quedó de la reunión. Eso, y unas alabanciosas declaraciones del escritor, que a la 1 de la tarde abandonaría el país:

“Yo soy una persona muy tímida, pero él (Pinochet) se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado”.

III

27 de julio de 2015. María Kodama, viuda de Borges, ofrece una entrevista a El País de Madrid. En ella entrega la pieza que le falta al rompecabezas, la que le da verosimilitud a la versión según la cual ese viaje fue su condena sueca: en vísperas de partir a Santiago, el escritor recibió una llamada de Estocolmo en la que le sugerían -¿o acaso exigían?- que no fuera a Chile a recibir el Doctorado Honoris Causa.

“[Cuando] iba a ir a recoger el doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, aún con Pinochet, en 1976, lo llamaron por teléfono desde Estocolmo. Yo muy contenta le digo que no nos hagamos ilusiones y que atendiera la llamada. Yo siempre me iba para que él estuviera en la intimidad con la persona que llamaba, pero me retiene. Por sus respuestas me doy cuenta de lo que le decían y aunque deduje todo después me lo contó. Pero acabó diciendo: ‘Mire, señor: yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Muchas gracias, buenos días’. Fue genial, yo lo adoré más que nunca. ¿Quién por sus ideas soporta algo tan tentador? Más allá o por encima de lo que podía ser su interés literario estaba la ética, no dejarse sobornar”

Fin de la historia. Se terminó -por fin- el misterio.

Sin vuelta: la Venezuela profunda en un documental

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

¿Dónde está Isabel? En un país con menos problemas, la pregunta sobre el paradero de la protagonista de “Sin vuelta”, que hoy se estrena en tres salas de cine de Caracas, podría ser un asunto nacional, que abriera noticieros, vendiera periódicos y se convirtiera en trendic-topic. Porque después de entrar en su rancho, de verla cocinar, comer, frisar y trabajar, de verla guapear con su hija, luchar con su hija, jugar con su hija, después de seguir su vida por sesenta minutos, conocer su barrio y a sus vecinos, a su pareja y lo que de sus parientes recuerda, después de entrar en su mundo –“esa es la magia del cine”, que reza el anuncio–, uno queda con ganas de saber más. Y resulta que no se puede porque Isabel está desaparecida.

George Walter Torres, director del documental, quien durante casi tres meses estuvo siguiendo y registrando, camarita en mano, cada paso de esta narco-mula española condenada  en Venezuela, ha llegado de Francia para estrenarlo y se ha encontrado con que nadie conoce el paradero de la protagonista. La llama y su celular repica y repica y no contesta; les pregunta a los vecinos de su barrio, y ninguno sabe de ella. Que se fue de allí, le dicen, y no saben para donde. Gitana a fin de cuentas.

Su historia es bastante singular. Más que la del promedio de los mortales. Nace en España y termina presa en Venezuela. El destino trashumante de su raza, se diría. Gitana a fin de cuentas, valga la repetición. Cae por ingresar al país 11 kilos de coca. La condenan. Está embarazada. Después de tres años, logra un beneficio procesal: régimen de presentación nocturna. Es decir: duerme en un centro de reclusión. Tiene –o habita, que el tema de la propiedad es complicado– un rancho en la parte alta del 23 de enero. Allí pasa los días con su hija y su pareja. A veces, cuando puede, trabaja. Hasta que le piden la cédula –que no tiene– o se enteran de su condición de reclusa. Lo que suceda primero. Y así se le pasa la vida en este peculiar país donde improbablemente fue a parar: luchando por sobrevivir.

De haber sido ficción, no habría quedado tan bien. Se hubiera dicho que la historia era truculenta y rebuscada. No habría faltado tampoco quien la tachara de cliché: porque ocurre en un barrio –“¡otra película de barrio!”– y hay una madre soltera que batalla –“¡otra matriarca latinoamericana!”–. Pero es un documental, y allí lo desconcertante y grandioso: que todo es real. No hay poses, actuaciones ni guion. Es la vida misma, registrada por el lente de un audaz realizador, que, feliz coincidencia, en una visita al INOF encontró –entre varias reclusas con las que intentó– una que no le tuvo pena a la cámara y se dejó conocer –y grabar– durante un trimestre.

De fondo, casi por accidente, queda el retrato –demoledor– de la vida cotidiana en las zonas más pobres de la Venezuela de 2012. La Venezuela electoral de 2012. La de la última campaña de Chávez. En la que con 50 bolívares se compraba y quedaba ‘vuelto’. Una que hoy luce lejana, aunque no ha pasado tanto. En décadas, para historiadores, cronistas y curiosos, “Sin vuelta” será un documento de indispensable consulta. Hoy mismo, para quien desee enterarse de cómo es el país profundo, del que muchos hablan y pocos conocen, es igual de indispensable. Varios se llevarán una sorpresa. ¿Eso es Venezuela? Sí, eso Venezuela. ¿Hay gente que vive así en Venezuela? Sí, hay gente que vive así en Venezuela. Y llevan años. Una pena que esté desaparecida. Isabel no sabe el bien que hizo.

SINOPSIS

Isabel es una mula española que fue arrestada en Venezuela. Dio a luz a su hija Rosita en prisión y ahora trata de sobrevivir con ella en una barriada de Caracas. Destinada a vivir lejos de su familia, sin posible regreso a España, Isabel lucha desesperadamente al lado de su hija para construirse un hogar en el caos y la violencia de Caracas. “Sin vuelta” es un retrato del exilio, pero también el de una laberíntica ciudad en plena convulsión.

Trópico de Cáncer – Henry Miller

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Paris era un burdel. Ese, a modo de Hemingway –que indudablemente titulaba mejor–, bien pudiera haber sido el nombre de Trópico de Cáncer, primera novela de Henry Miller, a la que la censura, siempre inteligente, le dio ese aire mítico de obra prohibida –lo estuvo en EE.UU durante 27 años– que tanto mejora  y vende algunos libros.

Uno entiende que hablar tanto y tan seguido de sexo y además de forma tan desenfadada, como si cualquier cosa, y con un lenguaje descarnado –aunque sospecho que la traducción del Círculo de Lectores algo suavizó o perdió– haya podido generar revuelo en los puritanos años treinta de los USA; no obstante, visto con ojos de ahora, lo de novela porno habría que entrecomillarlo: tanto por lo de novela –Miller nunca la consideró tal, y razón, creo, no le faltaba– como por lo de porno. Porque Trópico de Cáncer no es sino el desordenado diario de un americano que huye de la Gran Depresión y se refugia en el París de la entre-guerra. Un americano pobre y muy aficionado a los burdeles, que se mueve en el París más sórdido. Un americano, otro más, con aspiraciones de escritor en la más literaria de las ciudades. Un americano inconforme, lleno de dudas y preguntas, que no se contiene y plasma el papel, sin delicadeza, pudor ni estructura, tal como le viene, todo lo que piensa y vive.

¿Obra cumbre de la literatura americana? Así la consideraron en su momento importantes escritores –George Orwell, T.S. Elliot–, que evidentemente sabían más que yo, pero de grandeza, lo que se dice grandeza, le encontré poco: un libro provocador, escrito por un rebelde sin cortapisas, con algunas anécdotas interesantes y uno que otro monólogo memorable. Prosa correcta, no muy deslumbrante. Eso y poco más. Imprescindible para quien quiera conocer a fondo la bohemia y el París de callejón.

Escritores, letras y fútbol

La situación es hipotética, pero todas las frases son reales, se corresponden a las opiniones que, ya en libros, ya en crónicas, ya en ensayos o entrevistas, vertieron sus autores, todos escritores de prestigio, con respecto al fútbol, y que para exponerlas de modo más ameno hemos convertido en ficticia –pero veraz– tertulia.

Es víspera de algún mundial de fútbol futuro, jugado en alguna sede seguramente impropia –mala costumbre desde Qatar-, se reúnen varios escritores de antes, de ahora y de siempre. Sus opiniones con respecto al juego son diversas, y eso es lo interesante: que a unos les gusta y a otros les disgusta, pero ninguno se queda callado y cada uno expone sus posturas con toda la gracia de su genio. A fin de cuentas son maestros de la palabra y saben usarla bastante bien.

Jaime Bayly, uno de los más jóvenes, es quizás el más emocionado. “El Mundial es el Mundial, uno vive para llegar vivo al próximo Mundial, la vida se compone de los mundiales que pudiste ver y de los que ya no podrás ver. Todos los esfuerzos que hago por mantenerme vivo están animados por esa ilusión absurda: la de ver por televisión el Mundial de Fútbol”, dice. Ve algunos gestos de desaprobación, y se explaya, provocador: “El Mundial es una fiesta para los individuos pusilánimes que nos negamos a crecer, un viaje al pasado, un reencuentro con el niño que fuimos y que se despierta cuando miramos a unos atletas espléndidos persiguiendo una pelota”, agrega. Kipling, el desprecio marcado en el rostro, los califica en voz intencionadamente alta: “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Eduardo Galeano, el antiimperialismo siempre por delante, acusa recibo del golpe del británico y enseña las venas abiertas de su orgullo: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”, responde, y Bayly, que se siente comprendido y apoyado, exclama: “¡es que hubiéramos dado todo por ser uno de ellos. Cuando juegan, nosotros jugamos también, ellos son los que nosotros no pudimos ser, por eso los acompañamos en sus briosas acometidas”. Entonces, Fernando Savater espeta contundente: “jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo”.

Bayly y Galeano dirigen la mirada a Cortázar, que es argentino y por eso, piensan, los apoyará. Julio, que sabe que tiene que decir algo, habla con campechana sinceridad: “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo”,  e inmediatamente hace un matiz dada la decepción de sus dos colegas: “Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente, tan indiferente como el rugby o el béisbol”, profundiza. No mejora el enfermo y por eso se justifica: “Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo”. Entonces salta Sartre, que no puede escuchar la palabra individuo –mucho menos individualismo- porque inmediatamente tiene que decir algo en contra, y diserta en voz alta: “En el fútbol todo se complica por la presencia del adversario…el fútbol es una metáfora de la vida”. Y Umberto Eco, que detesta que se mezcle la filosofía con cualquier cosa, es ferozmente contundente: “Desde siempre, el fútbol ha estado asociado para mí a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizás por eso (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre al juego de fútbol con filosofías negativas”.

Después de tal alegato, Albert Camus decide sorprender a todos poniéndose a la lado de Sartre y lo secunda contando las lecciones que recibió en la portería cuando era arquero de Argelia: “aprendí que la pelota nunca viene por donde uno quiere que venga, eso me ayudó mucho en la vida”, dice, y como ve cierta incredulidad en el rostro de algunos, se afinca: “luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, es al deporte a lo que se lo debo”. Le pasa el testigo al lolito Nabokov, también portero en sus años mozos. Ruso a fin de cuentas, más que filosofar sobre su experiencia se pone a narrarla, nostálgico: “Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge”, arranca, “tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”.

Para evitar que se encadene, Galeano rompe la adornada atmósfera con un chiste: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Algunos se ríen con ganas, otros por compromiso, pero todos agradecidos de que alguien haya cortado a Nabokov. Sin embargo, Alejandro Jorodowsky, que por andar haciendo mil cosas siempre se confunde, entiende el chiste como una pregunta y se apresta a responderla: “Creo poder explicarlo: el ser humano, al mismo tiempo que es atraído por impulsos cavernarios, también es objeto de una fascinación por lo sagrado. Y el fútbol reúne estos dos aspectos. Fue creado por una sociedad esotérica inglesa, aplicando en su esquema principios de la alta magia. Se juega sobre un rectángulo verde, siendo el verde el color que simboliza la eternidad. El doble cuadrado es un signo iniciático donde se inscribe la sección aurea o divina, tan usada por pintores como Leonardo da Vinci. Las cartas del Tarot de Marsella son rectángulos. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales. Los jugadores de un partido de fútbol son 22, tantos como los 22 arcanos mayores del Tarot o los 22 polígonos regulares. En el centro de la cancha hay un círculo con un punto en el medio: símbolo del oro, en la alquimia, o del sol o del Dios esotérico…”

Vargas Llosa, que es realista y se fastidia horrores con lo esotérico -y además no soporta que alguien pontifique delante de él-, lo interrumpe con desdén y se pone a conferenciar sobre fútbol y sociedad: “los grandes partidos sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas ‘barras bravas’ de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva”. “Se comportan –lo apoya Umberto Eco, con la bilis concentrada contra los fanáticos- exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida sino todos los domingos, a Ámsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor”. Y Savater les da la estocada: “son una piara de lunáticos maleducados…chacales con estandarte”.

Carlos Monsivais es más indulgente, y recuerda aquel juego de México 86 al que fue. Mira al horizonte, como en trance, y recita las mismas palabras con las que en esa oportunidad describió a el ambiente de la grada: “Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección, y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro”.

Borges se ríe entonces pensando en que alguna vez Monsivais tuvo que pisar un estadio. Viene a su memoria aquel 2 de junio de 1978, cuando el Mundial se realizaba en Argentina y él, Jorge, en supremo gesto de desprecio, decidió dar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora en la que la albiceleste debutaba. Mira a Kippling, y suelta uno de sus clásicos misiles: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Todos le ríen la frase, incluso los más futboleros, a fin de cuentas Borges es Borges.

Una mariposa atraviesa la estancia. Milan Kundera la sigue hipnotizado y habla: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”, dice con insoportable levedad.  “El fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, prosigue. Cabrera Infante, que se fastidió con el cuento de la mariposa, lo corta sin pensarlo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, dice. Oscar Wilde hace una salvedad: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por bárbaros”. Y Roberto Fontarrosa, ceño fruncido, inconforme con ambos, aclara: “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”.

Antonio Lobo Antunes, que estaba fumando y escuchando todo en silencio, dice que sí, que es una pasión, pero que él ya la perdió: “Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia, se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo…El fútbol ha perdido el humor, la poesía el placer”, argumenta. “El sentido común, en el deporte, me interesa un pimiento: solo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren”, continúa en franco monólogo. “Pero, ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia?…¿Y los términos? ‘Líneas de pase’, ‘presión alta’, ‘armas equipo’. La improvisación truncada, las jugadas de laboratorio. Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz”, finaliza, contundente, su soliloquio, y vuelve nuevamente a recluirse en su exilio de nicotina.

El televisor se enciende. La ceremonia inaugural aparece en pantalla con la fastuosidad, ostentación e imponencia que la caracterizan. “Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, prostíbulos de la gloria”, se lamenta Álvaro Mutis. Una toma impresionante de la multitud que atesta el gigantesco estadio sobrecoge a todos, y lo comentan en voz alta. Borges escucha, no se deja deslumbrar y suelta con altivez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Luego se para y se va. Le siguen los que detestan el fútbol. “El mundo se divide entre los que no tienen interés en el Mundial y los que no estamos dispuestos a perdernos ningún partido”, le dice Bayly a Galeano. “Si hay alguna forma de vida después de la muerte, espero que sea posible seguir viendo los mundiales por televisión, de otro modo será el infierno”, cierra.

Mari Montes, en primera persona

Periodista, locutora, escritora, fanática del béisbol y caraquista sin empacho, Mari Montes nos descubre, en primera del singular, algunas de sus más interesantes vivencias y opiniones relacionadas con deporte y periodismo.

Yo quise estudiar periodismo porque desde chiquita me gustaba comunicar, los noticieros, escribir; y era algo que tenía muy claro desde niña. Nunca dudé de esa vocación. Mi primer trabajo fue como asistente de vestuario de una película que no sé si se llegó a proyectar, llamada La otra ilusión, de un cineasta que se llama Roque Zambrano. Luego, el primer trabajo propiamente periodístico fue como pasante en Venpres, que era la agencia oficial de noticias. Después me fui a Radio Capital como reportera y productora, y a partir de 1990 como ancla junto con Marisabel Párraga y Eli Bravo en un programa que se llamaba Adan, Eva y la Culebra. Recuerdo que era un espacio muy irreverente, que tenía como fortaleza un horario estupendo (7:00 pm) y el contraste de los tres: Marisabel, optimista, seria y divertida; Eli, que no era reportero sino que llegaba a hacer las preguntas de quien no tiene el vicio de la calle; y yo, que era la reportera, la culebra.

El rugido de la leona

En El Universitario antes había un anunciador que era excelente y tenía muy claro su rol de informar al público. Él era el anunciador del estadio. No de un equipo, de El Universitario. Y no tomaba parcialidad ninguna. Un día el Caracas les estaba ganando por paliza a los Tiburones y le pregunté a Oscar Prieto: ‘¿Por qué no ruge el león si estamos ganando?’. Era un reclamo cordial. Y él me explicó lo del anunciador, y me dijo: ‘¿Tú no lo quisieras hacer?’. ‘No, no me atrevo, qué locura’. Estábamos con Luis Núñez, Vicepresidente de Deportes de Unión Radio, y me dijo: ‘Pero Mari, si tú sabes anotar y eres locutora, ¿cuál es el problema?’. ‘El problema es que es un trabajo que no he hecho nunca’, dije, y pregunté cuándo era el próximo juego. ‘El martes 17 de octubre, que se juega un Caracas-Magallanes’, me dijo Oscar. ‘No, mira, pero vamos a hacerlo al siguiente’, le contesté. ‘El primer Caracas-Magallanes siempre vas a estar muerta de miedo, así que cuanto antes mejor’.

Ese día empecé. Me equivoqué muchísimo y pensé que me iban a botar, porque en realidad no hice un buen trabajo. Estaba muerta de miedo, dejé de informar cosas que tenía que informar, repetí bateadores. Al día siguiente había un programa en Unión Radio llamado Los Eternos Rivales, con Oscar Prieto y John Carrillo, y llamó uno de los oyentes y dijo: ‘El Caracas está tan mal que tienen una jeva allí que no sabe lo que está diciendo’. Y yo pensé: ‘Ya me van a botar’. Yo estaba escuchando el programa, yo sabía que alguien iba a llamar a protestar mi presencia. Y  Oscar dijo que ciertamente me había equivocado y puesto nerviosa, y que me tuvieran paciencia porque él me la iba a tener. Comencé a concentrarme más, a darme cuenta de que no puedes estar conversando ya que en cualquier momento pasa cualquier jugada, que tienes que tener el roster en la mano porque a veces un jugador se pone un número que no es el suyo; y que tienes que estar muy pendiente de todo para informar bien y no equivocarte, porque te puedes equivocar, eso pasa, pero hay que tratar de reducir al mínimo esos errores.

Creo que el Caracas rompió brutalmente con el machismo cuando decidió dar ese paso de tenerme de anunciadora, pero no fui la primera, antes de mí hubo una señora que se llamaba Betty Alvarado, que durante un tiempo, no sé cuánto, lo fue de Las Águilas. Lo que pasa es que yo tuve la suerte de ser anunciadora del Caracas, y el Caracas es una gran vitrina que significó mucho en mi crecimiento profesional y me dio algo que uno no se propone cuando hace este trabajo, que es la fama; ojo, yo no digo que sea famosa, famosa es Madonna, sin embargo me dio a conocer ante la afición del equipo, ya que yo era la que les hablaba en el Estadio. Pero no fui la primera y siempre me gusta aclararlo porque creo que es justo con la Señora Betty: ella fue la primera anunciadora, no sé cuánto tiempo, pero fue la primera. Yo fui la segunda, la única que han tenido los Leones, y la tercera en el mundo, porque ya había habido una en el béisbol de Grandes Ligas, que sigue allí y está con los Gigantes.

Siempre me emocionó anunciar los primeros turnos de los novatos. Por ejemplo: ocurría que un novato daba un hit y yo decía: este es el primer imparable, qué se yo, de Alejandro Machado en la LVBP. Eso siempre me pareció emocionante. Y claro, anunciar a los caballos como Bob Abreu, Roger Cedeño, Alex Gonzáles; o cuando venía por primera vez Melvin Mora, que cuando jugaba en Venezuela debutaba siempre en El Universitario contra el Caracas, era emocionante saber que Melvin nos hacía el honor de querer caernos a palos desde el primer día en nuestra casa. También recuerdo los turnos de Robert Pérez porque El Universitario era muy hostil con él, los caraquistas eran muy hostiles con él. Y yo sabía que su venganza consistía en darnos un batazo. Nunca fue grosero, nunca hizo un gesto, él sencillamente se descargaba bateando. Y yo siempre -claro, nunca lo hice- quería decir: ‘Bateador de turno, Robert Pérez, y si lo siguen pitando nos va a caer a palos’. Porque había un temor, yo entiendo que eran unas pitas de miedo, de pánico. Era la manera de neutralizar la ofensiva de Robert Pérez.

Periodista y caraquista, a mucha honra

Yo no creo en la objetividad, pero sí que como periodistas debemos reducir al mínimo la subjetividad para tratar de dar una opinión bastante equilibrada. Y el equilibro viene también con el tiempo. Al principio uno comete muchas imprudencias que son producto de la ignorancia, del desconocimiento. Uno al comienzo critica por ejemplo que un jugador no tocó la bola, que un mánager no lo puso a tocar la bola. Luego uno aprende que no con todos los jugadores se puede tocar, que el mánager siempre sabe algo que uno no sabe a menos que esté en el estadio desde el mediodía, que él sabe cuáles son realmente las recomendaciones que de un pelotero tiene su equipo de Grandes Ligas. Uno a veces sale y da una crítica o hace un comentario ignorando muchas cosas, entonces la mejor forma de curarse en salud es tratar de tener la mayor cantidad de información posible: saber lo que dice el scouting report, preguntarle directamente al mánager o al jugador si hay alguna limitación, saber si un jugador vino con una lesión o con la intención especial de corregir o mejorar una cosa o algo así. Todo eso hay que intentar saberlo para que, a la hora de criticar, poder hacerlo con la mayor cantidad de elementos que permitan reducir al mínimo ese margen de error que nos da la subjetividad.

No recuerdo nunca que algún pelotero se haya molestado conmigo. Una vez un umpire se molestó por una cosa que yo hice, que ahora, a la vuelta de los años, sé que no debí. Según los que estábamos en el Estadio, él se equivocó en una jugada de apreciación que perjudicó al Caracas. Yo abrí el micrófono y dije: ‘El umpire principal es…’. Era un gringo. Y cuando terminó el juego me esperó Musulungo Herrera en persona y me dijo: ‘Mari, ¿por qué hiciste eso? Estás poniendo al público en contra del umpire. Él es la autoridad en el terreno y está mal hecho lo que hiciste’. Me lo señaló de esa forma. Pero que se molestara algún jugador conmigo por un comentario, no. Yo no soy alabanciosa ni tampoco irrespetuosa, tampoco me ciego con los Leones. Cuando el Caracas gana disfruto muchísimo, siempre quiero que el Caracas gane, pero si están jugando mal lo digo y es así. Eso no me limita mis comentarios para nada.

Actualmente creo que la principal debilidad del periodismo deportivo venezolano es la del país, de presupuesto. Yo lamento mucho como antes, cuando estábamos en el spring trainning, éramos un montón de periodistas en los entrenamientos, en el Juego de las Estrellas, en la Serie Mundial, y eso sucede cada vez menos. Ahora uno termina viendo que se hacen notas a control remoto que jamás van a tener la calidad que da estar en el ambiente del estadio, poder bajar, conversar; eso le falta, en este momento. Habría que disponer de plata para poder hacer lo que se hizo. Creo, también, que hay que ser menos cuidadoso con las críticas. No lo veo tanto en prensa y radio, ya que incluso los propios comentaristas de los circuitos a la hora de ser duros lo son; pero muchas veces ves en la transmisión de la televisión cosas que tú dices: ‘oye, no, eso no hace falta’. La saludadera a los amigos, eso me parece fastidiosísimo porque pierdes un tiempo precioso en el que puedes estar informándome a mí, fanático que no sé nada, de algo valioso. Y en verdad no me interesa si tú jugaste golf esta mañana con Mari Montes y después almorzaste con ella. Y eso noto que pasa mucho.

El vicio de la radio deportiva

Me gusta mucho ver béisbol por radio. Sé que es un vicio y es loco, pero viajo con los narradores, y soy una viciosa de escuchar los juegos por radio. De hecho, muchas veces tengo la televisión puesta, y estoy en la radio. Como tengo DIRECTV, que está siempre un poquito atrasado, estoy con mi esposo en la cocina escuchando el juego y de repente, en lo que dan un jonrón, salimos corriendo al televisor a ver el batazo. A lo mejor es un vicio de chama, porque era lo que teníamos, la radio, y uno se acostaba a dormir y metía el radiecito bajo la almohada y seguía oyendo el juego. Me encanta escuchar el circuito de Leones, me gustan mucho Fernando Arreaza, Iván Medina, Humberto Acosta, Efraín Zavarse, me gusta mucho lo que dicen y cómo lo dicen, y siento que es una transmisión muy nutritiva. A veces cuando no hay juego escucho la transmisión del Magallanes, también soy fanática de los que están allí. En el estadio no me gusta que se sienten a hablarme durante el juego. Estoy en mi silla tranquila pero no me gusta que vengan a saludarme o a distraerme si no es algo que tiene que ver con el juego. Ya es otra cosa en el entre inning, que yo me paro, voy, vengo, puedo hablar con los abonados de enfrente, o los que están al lado mío.

De leales y malagradecidos está lleno el camino del estadio

Lo mejor de la fanaticada caraquista es la lealtad. El Caracas siempre tiene en promedio diez mil personas. Esté pasando lo que esté pasando, siempre están allí. Se dice lo mismo de los Tiburones pero yo he visto muuuucho vacío en juegos de Tiburones cuando no están tan bien, cosa que no sucede con los Leones. Pero sin hacer comparaciones creo que es una fanaticada muy orgullosa de ser caraquista, de la historia, del abolengo, de que la sequía más larga duró diez años. Hay como eso, el orgullo caraquista, que me parece una gran virtud. Pero ese mismo orgullo caraquista es también un gran defecto, porque hay caraquistas, siempre he dicho que no son todos pero hacen mucho ruido, que no tienen paciencia. Un pelotero tiene cuatro días aquí y ya lo quieren mandar de vuelta a su casa; el equipo pasa por una mala racha y ya quieren botar al mánager; a Bob Kelly Abreu en persona lo han pitado y le han gritado que se retire. Y me parece ingrato. Hay caraquistas, no son la mayoría, insisto, que son ingratos, ese es su gran defecto: la ingratitud y la mala memoria. Y ese orgullo caraquista es un arma de doble filo, porque no pueden soportar la derrota. Todos los equipos tienen años malos y un buen fanático entiende eso y no va al estadio a pitar a sus jugadores, y los caraquistas van al estadio a pitarlos como hacen los de los Filis de Filadelfia. Yo comparo las dos aficiones porque son implacables e incomprensibles. Para mí es incomprensible que hayan pitado a Bob Abreu, a Carlos Hernández. Yo digo: ‘pero Dios mío, ¿no se acuerdan de Carlos Hernández con la columna rota, encuclillado todo el juego, y dándole la victoria al Caracas y haciendo todo por ganar?’. ¡Eso se les olvidó cuando fue mánager y lo pitaron horrible! Feísimo se portaron.

Deporte, cultura y prejuicios

A quienes creen que deporte y cultura son incompatibles yo les tendría que decir que es un gran error. Habría que recordar que intelectuales como José Ignacio Cabrujas, Andrés Eloy Blanco o Miguel Otero Silva fueron grandes fanáticos del juego de béisbol, por hablar del béisbol. Uno de sus grandes descubridores fue Walt Whittman, que se sentía inquieto porque la gente en Nueva York iba los sábados a ver a ver a unos tipos dándole palo a una pelota, y fue a ver qué era eso. Porque, claro, todo lo que emociona y mueve a una sociedad es del interés de los intelectuales, y puede pasar que te quedes en la superficie o te metas, como le pasó a Whitman, que terminó siendo un gran, gran fanático del béisbol. Mark Twain, otro escritor, también era un gran amante del béisbol e incluso llegó a ser árbitro. Hemingway en su gran clásico El viejo y el mar, en un capítulo bellísimo, habla de Joe DiMaggio y dice: ‘a lo mejor DiMaggio nos entendería porque él era pobre como yo’. Parte de la cultura de los pueblos es su quehacer deportivo. Y me he encontrado muchas veces con ese prejuicio, o gente que pregunta, ‘¿y cómo soportas que ellos escupan tabaco?’. Bueno, eso lo hacen, no todo el tiempo pero no es algo que me horrorice. Los políticos pueden escupir cosas peores que el chimó.

Del por qué OJO saltó a la cancha

Somos una revista de cultura universitaria y vamos a hablar de deporte. Somos una revista de cultura y vamos a hablar de deporte. Si no hubo en tu mente un cortocircuito, ¡felicitaciones!, puedes pasar sin temor a disfrutar de las siguientes páginas. Si por el contrario se te levantó la ceja al estilo de Anchelotti –buscar en Google: Carlo Anchelotti + ceja–, si te pareció un oxímoron, si te sonaron antitéticas deporte y cultura, si te hizo ruido, si hubo disonancia, tranquil@, no pasa nada, permite que te expliquemos de qué va esto y danos un voto de confianza. Read More…

#ESPECIAL: Un crimen sospechoso

Por: Ezequiel Abdala – @eaa17

Un riguroso trabajo de investigación hecho por la periodista de sucesos Angélica Lugo en El Nacional ha arrojado nuevos elementos que hacen dudar sobre la naturaleza del asesinato de los jóvenes Yamir Tovar y Luis Fabian, miembros del Movimiento Resistencia, que fueron torturados y asesinados el pasado 20 de febrero. Son varios los elementos que despiertan sospecha. Valiéndonos de las informaciones publicadas por Lugo –a quien le reconocemos todo crédito- le metimos la lupa a este caso, que parece complicarse más de lo que parece. Read More…