La mejor película de terror del 2015 que probablemente aún no has visto (y deberías ver)

Esta fecha es de viejos y nuevos clásicos. A pesar de que el género de terror no es el plato de todo el mundo, es exactamente lo mismo que un plato de vegetales cuando teníamos 3 años. No sabemos por qué debemos comerlo, pero lo comemos. Y si no lo queremos, nos obligan. Y a veces nosotros nos obligamos. Así pasa con las películas de terror. Y hacerlo requiere cierto nivel de masoquismo.

Esa perversión necesaria a la hora de ver cine de terror es la causante y principal evocadora de distintas sensaciones. Y todo depende del tipo de película que se esté viendo. Ya de los clásicos se ha hablado muchísimo. ‘The Exorcist’ (1973) del gran William Friedkin es la cúspide referencial, y de ahí se desprenden una enormidad de películas, que van desde ‘Halloween’ (1978) de John Carpenter, hasta ‘Mulholland Drive’ (2001) del retirado David Lynch. Los últimos años también han traído nuevos clásicos, como la sueca ‘Let the Right One In’ (2010), de la cual se hizo un remake pocos años después, o la obra maestra de Jonathan Glazer, que lleva por nombre ‘Under the Skin’ (2014), con una excepcional Scarlett Johansson a quien cuesta quitarle el ojo de encima, no solo por cómo es (que ya sabemos cómo es), sino por lo que hace frente a una cámara sin siquiera decir una palabra. De ese año 2014 también llegó ‘The Babadook’, un film con una propuesta clásica y sencilla, pero cuya forma es exquisita. La última de esta grandísima lista que, por razones más obvias que otras, no daremos en su totalidad, se encuentra ‘It Follows’, dirigida y escrita por David Robert Mitchell y a la cual le dedicamos un espacio hace unos meses.

Pero para ese día especial de disfraces, calabazas, fiestas y películas de terror, nuestra recomendación es otra película. Ni siquiera es una película de ficción, aunque para apoyar su naturaleza documental propone una ficcionalización de eventos claves para el desarrollo de la historia. ‘The Jinx: The Live and Deaths of Robert Durst’ es para nosotros el mejor film de terror del año 2015. Este documental es dirigido por Andrew Jarecki, quien ya había incurrido en el mundo del true crime en formato documental con ‘Capturing the Friedmans’, que ganó una enormidad de premios en el año 2003, entre ellos el Gran Premio del Jurado en el Sundance Film Festival, y que también le propició una nominación a los Oscar.

Como lo hiciese con ‘Capturing the Friedmans’, Jarecki vuelve a trabajar con HBO para esta miniserie documental basada en la figura de Robert Durst, miembro de la familia Durst, dueña de una de las compañías de bienes raíces más grandes de la ciudad de Nueva York.

‘The Jinx’ está dividido en seis partes de 40 minutos, sin embargo, lo que invertimos de nuestro tiempo en visionarlo, lo vemos retribuido en una cantidad obscena de situaciones extrañas y horripilantes. Acá no tendremos ni jumpscares, ni fantasmas, ni monstruos o zombies. Jarecki nos llevará por cada una de las instancias que hicieron de Robert Durst una de las figuras más inquietantes al ojo público. Gracias a ‘All Good Things’, film de ficción que también se basó en la vida de Durst, Jarecki llamó la atención de éste, quien se ofreció a participar en una extensa entrevista con el director para dejar en claro cada uno de los rumores y acusaciones que se hacían en su contra.

Todo comienza en el año 1982 con la desaparición de su esposa Kathleen Durst. A raíz de ello, Robert comenzó a ser protagonista de otros desafortunados eventos a lo largo de los años, como los asesinatos de Susan Berman, una de sus mejores amigas, y Morris Black, su vecino cuando Durst se mudó a Galveston, Texas.

Gracias a la entrevista a “Bobby”, llamado así por sus allegados, poco a poco Jarecki es capaz de darnos un detalle más espeluznante que el anterior, a través de incongruencias entre las declaraciones de Durst y lo que dicen algunos de los testigos y los hechos. Cada capítulo te obliga a arrimarte al borde del asiento, al acecho de nuevas sorpresas.

‘The Jinx’ es indudablemente un caso aparte en el género del true crime, con uno de los finales más impactantes que he podido presenciar en televisión. Seguramente esta particular recomendación estará bajo la lupa de a todo el que le gusta echarse en la cama a ver un buen maratón de películas de terror y gritos entre un festival de jumpscares que te deja no solo trastornado por una o dos horas, sino por toda la madrugada cuando llega el momento de dormir. A mi también me gusta eso.

Y probablemente eso es lo que vayan a hacer durante estos días en los que celebramos una de las fechas más encantadoras que no nos pertenece del todo. Y eso nos da igual. Y así debería continuar. Pero al hacerlo, ‘The Jinx’ debe ser una tarea y una obligación dentro del menú que estén preparándose.

‘Beasts of No Nation’: sin brújula ni inocencia

Hace solo 6 años que Cary Joji Fukunaga puso su nombre en las listas de directores más prometedores a futuro. A pesar de que en el año 2005 se hizo con el premio de mejor director en el Sundance Film Festival por ‘Victoria Para Chino’, Fukunaga apenas debutó en el 2009 con su largometraje ‘Sin Nombre’, que también le propició premios por doquier. De allí dio el salto el siguiente año con ‘Jane Eyre’, y posteriormente a la pequeña gran televisión, dirigiendo por completo la primera y ya icono legendario de la tercera Época de Oro como fue ‘True Detective’.

Este año fue el turno de ‘Beasts of No Nation’. Fukunaga ahora lo intenta no solo como director, tarea que con el tiempo ha traducido en un estilo colmado por una sensibilidad artística impecable, sino también como guionista y director de fotografía, todo ello bajo la difícil propuesta que era rodar en tierras tan lejanas como las de Ghana, con la mayoría de las escenas filmadas en exteriores, con un grupo de actores nóveles a excepción de Idris Elba y, como lazo del paquete, distribuida por Netflix.

‘Beasts of No Nation’ está basada en el libro homónimo del autor nigeriano Uzodinma Iweala. Nuestra historia es narrada y protagonizada por Agu (Abraham Attah), un niño que vive en una zona de refugiados en África (nunca sabemos en qué lugar estamos) junto con su familia. La vida de Agu parece ser tranquila y llena de inocencia. Con su familia y algunos de sus amigos, Agu es feliz. Pero el contexto del lugar es totalmente lo contrario. A pesar de que en los primeros minutos del film no se nos cuenta, la zona está rodeada por militares del gobierno. El país entero está inmerso en una guerra entre ejércitos rebeldes, el gobierno y otras facciones cuyos ideales y razones nunca son explicadas de por sí. Sin darnos tiempo de pestañear, los rebeldes se aproximan al pueblo con promesa de más guerra y horror. La madre y los hermanos menores de Agu salen del lugar hacia el centro de la ciudad, dejando atrás a Agu con su padre, su hermano y su abuelo, y en cuestión de uno o dos minutos, Agu queda solo. Huyendo hacia lo profundo de la selva, el niño se encuentra con el ejército de los rebeldes, liderado por El Comandante (Idris Elba), quien acoge al niño para entrenarlo y ponerlo bajo sus órdenes y las del ejército.

‘Beasts of No Nation’ es una historia sobre esto. Sobre la corrupción mental, la pérdida de la niñez. El tormento de Agu no nos llega ni al principio ni a mitad del film. De ser un niño común y corriente, la tragedia que es su entorno poco a poco empieza a demandar cada vez más un poco de su inocencia. Es devastador observar cómo Agu debe dejar atrás su hogar, olvidarse de cómo asesinaron a su padre y a su hermano, olvidarse de su madre y de sus pequeños hermanos. Y todo esto de la noche a la mañana. A Fukunaga no le basta con hacernos experimentar el horror de la vida de Agu y cómo debe lidiar con la pérdida de lo que una vez fue su joven vida, sino que nos hace experimentar el proceso por el que pasa, para luego convertirse en un asesino. Así como muchos otros.

Esa es la principal premisa del film, que invita a ser testigos de lo que sucede en algunos estados fallidos, convertidos en máquinas expendedoras de asesinos y jefes militares corruptos, algunos de ellos convertidos en figuras paternas, como es el caso del Comandante. Idris Elba nos ofrece uno de los mejores papeles de su carrera. Si bien nuestro protagonista es Agu, la historia fácilmente podría ser contada desde cualquier otro de los niños que está en el ejército, y es que la mayoría de ellos tiene los mismos orígenes, y los que no, aún siguen siendo niños, condenados a la pesadilla de sostener un rifle en sus manos. Todo esto es obra del Comandante, quien pone su poder completo bajo los débiles hombros de estos niños, ahora con un futuro sombrío.

El film es esa premisa, con la brújula moral descompuesta guindada en el cuello.

Cary Joji Fukunaga no se interesa por nuestra sensibilidad. No se interesa por la brutalidad de las acciones o la visceralidad de las imágenes. Y no debería hacerlo. Más bien, se encarga de dar una lección magistral de realismo. Una lección que nos sobresalta, después de tanto tiempo de poca o nada atención hacia lo que pasa en el mundo. Su dirección es cruda y consistente a lo largo del film. Pero es Fukunaga, y por supuesto, su carta de presentación no es un documento hiperrealista. Como muy pocos, Fukunaga es un poeta visual. Gracias a su doble rol como director-fotografía, logra explayarse plenamente en su estilo, una prosa visual que contrasta la pavura con lo sutil, inocente y bello. Y son esos planos referenciales y pequeños detalles que matizan al film, y que son necesarios para el ritmo frenético y sangriento.

La mano de Fukunaga se nota con gran impacto en la edición del material. Más aún, en esas disolvencias entre elementos y texturas, entre planos abiertos y cerrados. Es la firma del realizador, como lo pudimos ver una y otra vez en el horror sureño de ‘True Detective’. El uso del zoom completa su caja de herramientas, que, cuando lo amerita, lo utiliza como método más filosófico que técnico, cuando Agu se encuentra solo en la inmensidad de la jungla.

‘Beasts of No Nation’ llega en un momento en el cual nadie la esperaba. Como un recordatorio de las atrocidades que se viven en lugares que pasan por nuestra cabeza muchísimo menos de lo que deberían. Y como recordatorio de que el cine tiene la posibilidad, entre la inmensidad de directores carentes de estilo y sensibilidad, de sobrevivir gracias a cineastas soberbios como lo es Cary Joji Fukunaga. Con su estreno en Telluride, Venecia y Toronto, ‘Beasts’ es capaz de ofrecer muchísimo de cara a la temporada de premios. Y aunque así no sea, será capaz de ser recordada en años por venir como un film sincero y frontal, sin pretensiones de ser otra cosa que la historia de un niño que, además, es la historia de muchos niños.

Reseña: “The Martian”, de Ridley Scott

‘The Martian’ podría explorarse desde distintos lugares. Primero, desde las películas en el espacio. Épicos dramas espaciales, de esos que hemos visto a lo largo de la historia del cine. Otra forma de explorar la historia de Mark Watney, protagonizada por Matt Damon, es acercarnos a los relatos de héroes abandonados en lugares desolados. Esas a la  ‘Robinson Crusoe’, en las que nuestro protagonista naufraga mientras busca una manera de sobrevivir ante los problemas que le presenta el contexto.

La última película de Ridley Scott es todo esto. Después de haber fallado una y otra vez en los últimos años, razón por la cual se levantaron inmensas dudas sobre la calidad que podría tener su nuevo filme, ‘The Martian’ calla bocas con una fórmula cinematográfica muy conocida, en la que los ingredientes, sin embargo, son empleados inteligentemente. Con un elenco envidiable, de la mano del señor que nos trajo obras maestras como ‘Alien’ y ‘Blade Runner’ –otras dos exploraciones en el mundo de la ciencia ficción-, y el guionista de algunos de los capítulos de ‘Lost’ y ‘The Cabin in the Woods’, Drew Goddard, quien además ejerció como productor ejecutivo y escritor de la magnífica ‘Daredevil’ de Netflix, ‘The Martian’ no tiene nada que envidiar a muchos filmes que se mueven en los mismos géneros que ella.

La historia es sencilla: “¿cómo carajo sobrevivo a esto?”. Esa es la pregunta que plantea Mark Watney, un astronauta y botánico que se encuentra en el desarrollo de una misión en Marte junto con un equipo de astronautas capitaneados por Melissa Lewis, interpretada por Jessica Chastain. Al ser informados de una terrible tormenta que se aproxima al planeta, nuestro protagonista y sus compañeros comienzan a organizar su salida del desolado planeta rojo, pero en medio del caos y el desastre, Watney es dejado atrás sin oportunidad de regresar por él. Al menos no al principio. Nuestro protagonista, Watney, es interpretado por un convincente y casi irreconocible Matt Damon, y esto, más que todo en cuanto a su propuesta actoral. Y es que el interés hacia su trabajo en general había carecido de emoción de mi parte. Las cosas cambian después de verlo acá, en una interpretación que fácilmente le podría concede una nominación en la próxima ceremonia de los Oscar.

Posterior a la tormenta, Watney, herido y abandonado en un planeta en donde no hay nada más que kilómetros de soledad y ausencia de cualquier forma de vida, es obligado a idear una forma de sobrevivir. Watney le habla a la cámara a lo largo de la película en una especie de videoblog, y explica detalladamente sus ideas para poder sobrevivir. La ciencia tiene un papel importante dentro de la historia, no solo porque sea una película de ciencia ficción, o porque nuestro protagonista sea un botánico y astronauta, sino porque ejerce de personaje principal. El acompañante de Mark a lo largo de los meses y meses que vive en el espacio.

Aparte de Watney, Lewis y el resto de la tripulación, la otra pieza clave dentro de la historia la conforman Teddy Sanders (Jeff Daniels), director de la NASA, Annie Montrose (Kristen Wiig), la encargada de las relaciones públicas de la agencia y Vincent Kapoor (Chiwetel Eijofor) jefe de las misiones a Marte. Alrededor de ellos se desarrolla la parte B en el plan de supervivencia: rescatar Mark Watney. Si bien la película no presenta un antagonistas específico, las circunstancias en las que se encuentra Watney y el tiempo con el que cuenta para poder sobrevivir hasta que la misión de rescate llegue, o el hecho de que la naturaleza juegue plenamente en su contra son el verdadero villano junto a estos personajes de la NASA, quienes no conspiran contra la vida de Watney en una forma maquiavélica y siniestra. De forma inteligente cuestionan lo que se pone en juego al dar visto bueno  a la idea de regresar por el abandonado astronauta.

A pesar de ser una historia dramática con sus gotas de suspenso, esto es lo menos que Ridley Scott nos muestra. El guion de Goddard está repleto de pequeños momentos de humor, ya sea con Watney en la soledad, acompañado solo por su propio rostro en el monitor al cual le habla, o del equipo de la NASA, tratando de resolver en el menor tiempo posible los problemas que poco a poco van entrando en juego. Estos momentos son los que hacen a ‘The Martian’ lo que es: un filme que nunca se toma tan en serio como debería hacerlo, punto clave para su inminente éxito. Es inevitable, aunque sea de mal gusto y hasta cansón, compararla con otras películas de ciencia ficción y astronautas. Se viene a la memoria, principalmente por su cercanía en el tiempo, ‘Interstellar’, film que contrasta perfectamente con la propuesta de Scott. Más importante, en su forma de usar la ciencia como método catalizador de hechos. Si bien es cierto que en las dos el lenguaje de los personajes es plenamente científico, el cual requiere un tiempo de metraje pertinente en donde se explique con detalle el sentido de las discusiones y las conversaciones. Y es que de no ser así el espectador posiblemente no entendería muchas de las cosas. En ‘The Martian’ esto tiene un propósito un poco más claro, pues ésta es la única forma que Watney tiene de documentar su día a día en un planeta en donde no existe vida humana. Además, sirve como un diario de supervivencia espacial, pues al final del film entendemos perfectamente el propósito que estos videos tendrían y qué usos razonables pudieran dárseles. ‘Interstellar’, por su parte, no es tan clara en ello. Los científicos se explican la ciencia y los conceptos entre sí, cuestión un tanto absurda si se quiere. Además, el último acto de ‘Interstellar’ es una comedia, sin más. Después de la poderosa secuencia con Matt Damon en ese planeta frío, que asoma de forma contundente la mayor inspiración de Nolan para realizar el film (hola, Stanley), ¿a quién le importa lo que es el amor?

No obstante, son dos películas con tonos y temas muy distintos, en la que una se toma demasiado en serio cada pequeño detalle, mientras que la otra, a pesar de ser un poco predecible, tiene todo esto en cuenta, y por eso la hace una película mucho más entretenida de visionar. ‘The Martian’ significa el regreso triunfal de Ridley Scott, que después de desastres cinematográficos como ‘Exodus’ o ‘Prometheus’ (ésta última polarizó las críticas, y yo me incluyo en el grupo que la aplaudió), se planta en este 2015 con uno de los filmes más entretenidos que pasarán por la gran pantalla. Desde ya la dupla Scott-Damon figura como claras opciones de cara a la temporada de premios.

‘Everest’: la inevitable incertidumbre

Por: Humberto González – @hypediario

La nueva película del islandés Baltasar Kormákur es el examen perfecto para tomar la decisión de si ir a escalar una montaña es un sueño o una pesadilla a la cual queremos hacer “check” en la lista.  Con su aproximación estética, casi documental, la idea no es la de contar la historia de sus personajes, sino de contar la historia de la montaña, y lo que se pone en juego al decidir conquistarla.

El inmenso elenco de la película es sinónimo de una sola cosa: la necesidad de contar la pequeñez y la insignificancia humana ante el poder de la naturaleza, que nada puede contra ella. Un hermoso retrato del sueño del hombre de alcanzar la cima de esos 8.848m. No es suficiente con decir “porque está allí” cuando se pregunta “¿por qué escalar la montaña?”. Kormákur es claro en su premisa, y es uno de los aciertos de su macroproyecto.

‘Everest’ se basa en las anécdotas, libros y noticias de un grupo de personas que decidió adentrarse en la aventura de conquistar la cima del mundo. Liderados por Rob Hall, interpretado por un siempre excelente Jason Clarke, que combina su físico y carisma con un toque de nostalgia por regresar a los brazos de su esposa Jan (Keira Knightley), quien espera un bebé del montañista. En la expedición se suman una legión de personajes, entre los más importantes, Beck Weathers (Josh Brolin) y Doug Hansen (John Hawkes), el primero un padre de familia que busca un propósito en su vida, y el segundo, un cartero que busca enmendar errores de sus pasados intentos de subir la montaña. A ellos se le suma el líder de otro grupo de expedición, Scott Fischer (desaprovechado Jake Gyllenhaal), que al principio busca competir con Hall, pero posteriormente se une a sus rivales en busca de lograr una fortaleza para poder sobrevivir a los contratiempos y a las dificultades que conlleva subir la montaña.

Por último está Helen Wilton, la gerente de la compañía y directora de la expedición con quien Hall tiene contacto directo en todo momento. Helen es interpretada por una magnífica Emily Watson, quien hace poco recibió el Premio Donostia en el Festival de San Sebastián por su majestuosa carrera profesional, y acá demuestra el por qué se le premia. Su actuación está llena de momentos cruciales dentro de la historia, desde la alegría de pequeños triunfos, hasta su horrorizada reacción ante las noticias. Y esto se los explico de esta forma ya que no vale la pena arruinarles la historia.

La verdadera sorpresa es el guión, un trabajo en conjunto entre dos experimentados escritores como son William Nicholson, guionista de ‘Les Misérables’ y ‘Gladiator’, y Simon Beaufoy, mente detrás de los libretos de ‘Slumdog Millionaires’ y ‘127 Hours’. Gracias a ellos, y partiendo desde la premisa de que es una película basada en una historia catastrófica de la vida real, el tono correctamente antitriunfalista es una de las razones por las cuales ‘Everest’ no llega nunca a convertirse en algo que no es. Un film de éxitos personales. Más bien, es un recordatorio sobre lo trágica que puede llegar a ser la vida cuando se decide retar a nuestros límites y la inmensidad de la naturaleza.

Kormákur aprovecha esto, y a raíz de su propuesta estética propone un estilo visual lleno de poesía. Salvatore Totino realiza un trabajo correcto, a veces documental y a veces hiperrealista si el film se visiona en 3D, pues la fatiga de los personajes se traduce en un reflejo similar pero en una pequeñísima escala. Ante todo, es un trabajo fotográfico original. Kormákur y Totino convierten a la montaña junto con todo lo que ella es en el personaje principal y antagonista, y el director aprovecha para conocerla de pies a cabeza, desde las expediciones de aclimatación, que dan al espectador una idea bastante clara de lo difícil que es adentrarse al acto final de la hazaña, hasta secuencias de grandes planos generales en donde se aprecia de forma detallada la maravilla que es la montaña.

‘Everest’ es un gran film como documento, no tanto así de personajes. Que si bien propone una bonita historia de superación personal y conquista de los sueños, existe una sensación de desconexión con ellos, en partes puntuales por desaprovechar el potencial interpretativo. Y esto no es producto de malas decisiones en la dirección actoral o en el desarrollo de los personajes en el guión, pues se explora de una forma bastante sutil el pasado, el porqué y los motivos de cada uno de ellos. Es algo que está dictado, más que todo, por el exceso de personajes, razón por la cual no se logra conectar del todo con cada uno de ellos. Esta es la propuesta personal de Baltasar Kormákur, y se aprecia, pues es su tono siniestro lo que dicta el ritmo. El tiempo del compás acorde con el clima. Y la tormenta termina siendo eso, una tormenta, en donde no se juega tanto al suspenso, sino a lo inevitable. Salvo en casos dispersos, los destinos de los personajes son decididos desde el primer minuto que son presentados en pantalla. Y la sutileza en el uso de imágenes evocativas hace que la digestión cinematográfica sea de gran agrado. Son esos detalles los que logran que el film tenga un mayor peso.

‘Anfibio’: la vida no es un círculo

Por: Humberto González – @hypediario

Como trabajo para sus estudios en la EICTV, Héctor Silva Núñez decidió recortar un pedazo del diario que es la vida de un joven en Santa Rosa de Agua. La producción, cuyos actores jamás habían estado frente a una cámara, resultó seleccionada en la Cinéfondation de la pasada edición del Festival de Cannes.

Hay una escena en el segundo acto de ‘Anfibio’ que funciona como un documento verídico sobre una situación que roza, si no es que abraza detenidamente y con fuerza, a la realidad. Jesús está sentado en el suelo, mirando a su pequeña tortuga dentro de un envase de plástico. En ese instante llega su hermano, José, y conversa con Jesús sobre la pequeña tortuguita. “Sacala pa’ fuera, dejala caminar”, le dice José  a su hermano menor. Esta escena funciona como espejo al concepto del cortometraje, y es  uno de los grandes aciertos de Héctor Silva Núñez en su obra. Una pieza en donde se denota un estilo amoldado por años de estudio de realizadores como Abbas Kiarostami, a quien él mismo identifica como su director favorito, además de puntos claves dentro de las decisiones fotográficas como esos planos fijos de entrada y salida de personajes, muy a lo Michael Haneke.

‘Anfibio’ es el resultado de una trágica sensibilidad por los retratos sociales. En un pueblito a orillas del lago, Jesús se encarga de limpiar las botellas y desechos lanzados en el agua. Su hermano, José, ha regresado a casa, y Jesús lo ayuda a conseguir un trabajo. Las negativas sin explicación comienzan a guiar a Jesús hacia la verdad sobre su hermano, quien arrastra consigo un pasado criminal.

Las elecciones fotográficas y de arte que toma el director son las que de verdad cuentan la premisa de este cortometraje, que puede, quizás, carecer de un final cerrado, de un círculo completo. Sin embargo, con plena facilidad el espectador puede conocer los destinos que el director propone para cada uno de sus piezas. Para José y para Jesús. Héctor Silva Núñez cuenta su historia a través de una imagen poderosa, evocadora de cualquier sensación que la historia trata de transmitir. Un plano general, en donde hay varias prendas de ropa amarradas en un tendedero, y en el fondo del plano se aprecia a Jesús subiéndose a la pequeña lancha pesquera de su padre. A pesar de tener un final agridulce, y generar una sensación general de desdicha, Héctor Silva Núñez es partidario del libre albedrío, quien decide contar una muy bonita historia sobre la sensibilidad de un niño cuya inocencia aún permanece casi intacta, y en la que las conexiones con su alrededor y la naturaleza lo mantienen a raya del mundo exterior, resguardado dentro de ese envase de plástico, como a un anfibio. Gracias a la clásica confrontación y contraste familiar, la historia de ‘Anfibio’ es un estudio que sirve, como escribía en el principio de este texto, de documento social para visualizar una y otra vez. Y, por supuesto, como uno de los grandes logros del cine venezolano de este año.

‘Love & Mercy’: música y desdicha

Por: Humberto González – @hypediario

Bill Pohlad es reconocido por una gran cantidad de importantes filmes de los últimos años. Su crédito como productor puede leerse en películas como ‘12 Years a Slave’ de Steve McQueen y ‘The Tree of Life’ de Terrence Malick. Sin embargo, su rol de director es casi nuevo para él, siendo ‘Love & Mercy’ su cúspide bajo ese papel.

Otro es el caso de Oren Moverman, quien ya conoce lo que es realizar un biopic  (o una especie de ello) de una figura de la música. Pasó con ‘I’m Not There’, filme en el que vemos a seis actores diferentes interpretar las distintas facetas de la vida de Bob Dylan. La película fue dirigida por Todd Haynes, quien co-escribió el guion junto a Moverman, y que rompió con los convencionalismos en la escritura del libreto, diseccionando la narrativa en distintas líneas temporales. Por esa originalidad y esa chispa de guión llevada a la pantalla por Haynes, la película recibió premios y nominaciones en casi todos los premios importantes.

Moverman hala de las mismas cuerdas con ‘Love & Mercy’, que nos cuenta la historia de Brian Wilson, figura importantísima de The Beach Boys y una de las mentes maestras más legendarias de la historia de la música. Wilson es llevado a la pantalla por dos actores. Paul Dano le da vida a la época más creativa de Brian Wilson, quien había decidido quedarse en casa para escribir las nuevas canciones de lo que sería el próximo disco de la banda y su disco más importante, y, entretanto, uno de los mejores álbumes de todos los tiempos. ‘Pet Sounds’, además de ser su obra maestra, es el contexto del Brian Wilson de Paul Dano, ya que es esta la época que sirve como preaviso a lo que veremos en la otra parte de la historia. John Cusack se hace cargo del Brian Wilson de dos décadas después. Un hombre atormentado por su pasado, por las “voces en su cabeza” que él mismo empieza a describir y a experimentar en las sesiones de composición del ‘Pet Sounds’, y por la muerte de su hermano Dennis Wilson, de quien el Wilson de Cusack habla la primera vez que conoce a Melinda Ledbetter, interpretada por una excepcional Elizabeth Banks. Melinda es una ex modelo que ahora trabaja en un concesionario de Cadillac, y su relación con Wilson comienza a pocos minutos de que comience la película, cuando Wilson mayor entra a la tienda donde ella trabaja para comprar un nuevo auto. Acá conocemos a la otra figura importante del filme, el Dr. Eugene Landy, a quien Paul Giamatti le aporta su gigantesca dosis de intimidación. Si el antagonista del Brian Wilson de Dano era el comienzo de su enfermedad mental y las “voces en su cabeza”, el antagonista del Brian Wilson de John Cusack es Landy, quien lleva años aprovechándose de la situación de Wilson para manejar por completo su vida, desde lo que come y lo que hace, hasta a quien conoce.

Moverman se aseguró de poder contar estas dos partes de la vida de Brian Wilson al decidir fragmentar el guión en pedazos importantes de estas dos caras de una misma moneda. Dos caras muy parecidas, sin embargo. La narrativa del guión es lo que hace que la película sea algo más que un convencional biopic, y sus saltos temporales a lo largo de la historia permiten a Bill Pohlad representar en un cien por cien el conflicto de Brian Wilson, las secuelas de su enfermedad y el renacer del legendario músico.

Afirmaba Paul McCartney que “God Only Knows” es su canción favorita de todos los tiempos, y Bill Pohlad se aprovecha de la grandeza de esta pieza y de la capacidad actoral de Paul Dano para mostrarnos una secuencia llena de sentimentalismo y nostalgia. Una de las mejores del film, no solo porque vemos a Wilson en su cúspide creativa. Además, por el inherente conflicto entre el joven músico y su manipulador padre.

El filme se aprovecha de las capacidades creativas de Robert Yeoman, director de fotografía imprescindible en la filmografía de Wes Anderson, para adornar la escenografía que es Los Ángeles con su característico uso del color y sus planos estáticos y sutiles, que a veces apoya con lentos paneos que contrastan la hermosa sensibilidad artística de Brian Wilson con su inestabilidad mental, la cual poco a poco empieza a corroerlo.

‘Love & Mercy’ es una película autobiográfica, si. Pero logra despegarse de la clásica forma de narración para entregar historias puntuales dentro del libro que es Brian Wilson. Capítulos esenciales para entender un poco más al genio detrás de frases como “I Wanna Cry” al final de “You Still Believe in Me”.

‘Southpaw’: ¿y si me golpeas?

Por: Humberto González – @hypediario

El deporte en el cine. Y más que el deporte, el boxeo. Que hemos visto bastantes películas en donde éste se amolda como el principal hecho catalizador de acciones dentro de una historia: ‘Rocky’, ‘Raging Bull’, ‘Million Dollar Baby’, ‘Cinderella Man’. ¿Qué es lo que tiene este deporte para funcionar tan bien en papel y luego en cámara? Pues una historia es una pelea de boxeo, sin más.

Siempre hay una sensación de saber lo que va a pasar cuando vemos un film de boxeo. Al protagonista le pegan primero, y le pegan duro. A raíz de esto, se sumerge en una aventura de cambios, para luego ser él quien pega mejor y más fuerte. Y al final, salir victorioso. Esa victoria no siempre es dulce.

La cita es entre Antoine Fuqua, director de ‘Training Day’, y Jake Gyllenhaal, el conocido por todos y querido por muchos más. Y los dos, aunque unos dirían que Fuqua no tanto, en un estado de forma envidiable, profesionalmente. ‘Southpaw’, su nuevo film, ha levantado suficiente buzz (típico cuando vives con Harvey Weinstein) como para que se tuvieran en cuenta a sus dos principales figuras para la temporada de premios. Con un primer tráiler que desvelaba la mayor parte de la trama, ‘Southpaw’ sonaba más que apetecible. Y a pesar de poder apreciar destellos (y relámpagos) de genialidad por parte de Gyllenhaal, o algunos planos un tanto memorables, no hay un uppercut cinematográfico que noquee al espectador. Es más una danza clásica que se pasea por senderos ya conocidos del género.

Acá nos encontraremos con Billy Hope (Jake Gyllenhaal), un boxeador que vive en la ciudad de Nueva York junto con su esposa, Maureen (Rachel McAdams), y su hija Leila (Oona Laurence). Durante la rueda de prensa de una de las peleas de Hope, el boxeador Magic Escobar (Miguel Gómez) lo reta a él, actual campeón mundial, como su próximo contrincante. Hope decide no involucrarse en las provocaciones de Escobar y termina la rueda de prensa. Posterior a esto, Maureen lo urge a retirarse momentáneamente del mundo del boxeo para curarse de la última pelea, específicamente de un golpe que sufrió en uno de sus ojos. La familia de Hope decide asistir a un evento de beneficencia, en donde Hope es nuevamente retado por Escobar, y en una trifulca entre ellos y los guardaespaldas de ambos peleadores, Maureen es herida de bala, y muere minutos después en los brazos de su esposo. Acá se desencadena un lío de situaciones desfavorables para Hope, desde su excesivo consumo de alcohol, sus problemas económicos, la pérdida de su mánager y, más importante para el desarrollo de la historia, la pérdida de su hija ante los servicios infantiles.

Es acá, entonces, en donde el film parece tomar una especie de cohesión, al menos entre las escenas derivativas de la autodestrucción de Hope, y de su vida fuera del ring. Entre las visitas a su hija y su búsqueda de redención, Fuqua logra que su relato se cuente, siempre, gracias a la capacidad interpretativa de Gyllenhaal.

Los puntos altos suceden fuera del ring, y con más frecuencia entre las pequeñas escenas de Hope junto a su hija, tratando de traer un poco de paz y unión entre las únicas dos figuras que quedan de su familia. O entre Hope y Tick, el dueño del gimnasio donde ahora el ex boxeador entrena, interpretado por un Forest Whitaker tan bueno como siempre.

Antoine Fuqua no pretende, lo cual es bueno, hacerse eco de magníficas secuencias de pelea y acción. Al menos, nunca lo deja ver de esa forma. Más bien, se empeña en construir efectivamente la historia del renacer de Billy Hope fuera de sus guantes. La música del fallecido y legendario James Horner adorna las decisiones fotográficas de Fuqua, que utiliza una paleta descolorida para exteriorizar con naturaleza la tragedia por la que pasan los personajes.

Y a pesar de transitar por el clímax que es la victoria de Billy, evidente desde el principio, da la sensación de que Fuqua entró, se sentó en su silla y salió del rodaje sin detonar una potencial bomba que pudiera haber dado el sentimiento necesario para catapultar el film a otra cosa más que eso, un film de boxeo en donde el protagonista pierde, pero gana.

Quien gana y vuelve a ganar a lo largo de 120 minutos es Jake Gyllenhaal, que no se cansa de acumular proyectos en donde él mismo es la joya, y en otras ocasiones como en ‘Southpaw’, la única joya. Su carrera, que ha ido transitando desde proyectos de todo tipo, es más que envidiable para cualquier actor.

A pesar de lo poco que llegue a mostrar, ‘Southpaw’ es un entretenido film de boxeo que merece la pena verse.

‘Eden’: el arte de crecer y crear

Por: Humberto González ⎜@hypediario

Existen dos perspectivas importantes sobre lo que significa hacer arte. Una de ellas es que te reconozcan por lo que haces, y la otra es que te reconozcan a ti, el autor, pero no sepan qué carajo has hecho en el mundo. Y aunque pudiese haber una infinidad de casos y ejemplos, estos dos son más usuales de lo que la mayoría podría llegar a imaginar. De esto va, básica y superficialmente, la última película de la directora francesa Mia Hansen-Løve, estrenada en el TIFF 2014.

‘Eden’, su cuarto largometraje, está inspirado parcialmente en la vida de su hermano, Sven Hansen-Løve, con quien coescribió el guion. Sven formó parte del movimiento de música electrónica parisino de los años 90’s, que luego conocemos como “the french touch”, y de allí se agarra la directora para dar pie a un film que, más que hablar sobre lo que significó el movimiento, invita a una conversación sobre lo que significa hacer música, moverse por ella.

Paul (Félix de Givry), personaje inspirado en los propios relatos y experiencias de Sven, es un DJ inspirado por el movimiento subgénero del house llamado “garage”. En un principio vemos cómo Paul estudia, poco a poco, distintos tipos de sonidos y artistas estadounidenses, para posteriormente formar el dúo musical Cheers junto a su compañero Stan (Hugo Conzelmann).

Hansen-Løve toma una perspectiva muy personal en la narrativa del film, contándonos el día a día de Paul, quien no solo se introduce de lleno en la música, sino que nos habla sobre la vida normal de un joven parisino, desde su primer amor, Julia (Greta Gerwig), una escritora americana, hasta su otra relación con Louise (Pauline Etienne), la cual conforma verdaderamente un punto importante dentro del desarrollo de la historia y en donde descubrimos a plenitud por lo que pasa Paul, desde su adicción a la cocaína, la muerte de uno de sus mejores amigos, y su estancamiento musical, lo que nos lleva por una serie de eventos que realmente muestran, con una naturalidad exquisita, la vida del joven Paul.

Y a pesar de abarcar casi 20 años de las vidas de estos personajes, y dar saltos en el tiempo de hasta cinco, no hay una sensación de pérdida. La música, que entre tantos artistas, incluye cuatro temas de Daft Punk, quienes tienen un protagonismo importante dentro del film, nos pone en contexto con el pasar del tiempo. Vemos, o mejor dicho, escuchamos, el cambio temporal gracias a la música que acompaña lo que se pone frente a nuestros ojos. Es, después de todo, el elemento clave dentro de un film tan musical como este. Mia Hansen-Løve opta por explayarse en largas secuencias musicales sin las cuales el film simplemente pasaría por ser otro drama de una juventud perdida en las drogas y los sueños de fama y reconocimiento.

Esto último, clave para la directora: a lo largo del film nos presenta a otro par de jóvenes que tratan de mostrar, por primera vez en una fiesta íntima en una casa, sus sonidos y su música. Estos son Guy-Man y Thomas, a quien conocen más comúnmente como el dúo electrónico más importante: Daft Punk.

Guy-Man y Thomas, Daft Punk, son la contraparte del “Cheers” de Paul y Stan. Estos últimos, son conocidos por todo el mundo, no solo dentro de su círculo de amigos, sino que sus rostros son tan protagonistas como su música. Caso contrario a Guy-Man y Thomas, quienes a pesar de no poder entrar nunca a fiestas, de que sus nombres nunca figuren en las listas de los clubes y que básicamente son unos desconocidos a los ojos de cualquiera, resultan ser los invitados especiales, eso que no son Paul y Stan, cuando se les presenta como “Daft Punk”. Este elemento es importante para Hansen-Løve, y la dualidad con la que abría este artículo: que te conozcan por quien eres, o que lo hagan por lo que haces. Cheers, al final, solo recordado por lo que significaron en el momento, dando inicio a un movimiento para oídos selectos y exclusivos, que quedó en el oscuro olvido. Y Daft Punk, convirtiéndose en, bueno, lo que es hoy.

Mia Hansen-Løve decora sus planos con el neón característico de la música, y de la mano de Denis Lenoir, veterano director de fotografía, nos lleva por exquisitos pasajes de rave colorido, hasta hermosas secuencias como la del principio, en donde Cyril (Roman Kolinka) y Paul se alejan de espaldas, rodeados del silencio, los susurros y la naturaleza de Paris.

A lo largo de dos horas y un poco más, Mia Hansen-Løve nos lleva por la dicha y desdicha, el ascenso y descenso, de un dj que, extrapolado de cualquier especificidad, nos deja una experiencia mucho más que relacionable para aquel que aspira vivir del arte. ‘Eden’ es una potente historia sobre lo que significa el arte de crear.

‘Lost River’: entre robar y tomar prestado

Por: Humberto González – @hypediario

Los debuts direccionales y las óperas primas siempre son un placer inmensamente bienvenido. Que como buenos devoradores de cine, siempre se agradece y se invita a pasar a nuevas propuestas cinematográficas, con el propósito pleno de explorar el cerebro de nuevos realizadores en forma de planos, tono, tema y una amalgama de elementos que resultan en estilo. En los últimos diez años, el cine ha recibido con aplausos a Steve McQueen (‘Hunger’, ‘Shame’), Duncan Jones (‘Moon’, ‘Source Code’), Jeff Nichols (‘Shotgun Stories’, ‘Mud’), Shane Carruth (‘Prime’, ‘Upstream Color’), entre tantísimos otros. Para nuestros efectos, y que se asemejan más al hombre del que hablaremos más abajo, están esos actores que decidieron dar unos pasos fuera del set y colocarse detrás de la cámara. Tal es el caso de Ben Affleck, que debutó con ‘Gone Baby Gone’, teniendo ésta una increíble recepción, que posteriormente se traduciría en su plena aceptación como director en proyectos como ‘The Town’ y ‘Argo’. Sin embargo, está el otro extremo del caso, con John Tuturro o Nicolas Cage llevando la bandera, cuyos debuts han sido considerados, como poco, terribles. El caso siguiente no es ni lo uno ni lo otro, pero deriva en el medio, a una expectativa un tanto incierta.

En la 67ª edición del Cannes en el 2014, Ryan Gosling debutó en la sección de Un Certain Regard con su ópera prima ‘Lost River’, una especie de thriller que toma prestadas por costumbre y pasado sensaciones bastante reconocidas de otros directores admirados por Gosling, quien nos cuenta la historia de Billy (Christina Hendricks), una madre soltera cuyo hijo mayor, Bones (Iain de Caestecker) se dedica a robar metal y otros materiales sacados de edificaciones abandonadas que puedan ser de valor para venderlas en chatarrerías. Entre tanto, Billy se encuentra en un problema financiero y el banquero Dave (Ben Mendelsohn, impecable como siempre) le recomienda tomar un trabajo en un club que él mismo dirige. No es cualquier club, y, sobre todo, no es cualquier show, pues allí van hombres y mujeres por igual a satisfacer sus gustos más mentalmente preocupantes, en donde el plato principal es el show de Cat (Eva Mendes), una mujer vestida elegantemente, que canta y baila al ritmo de la música caribeña, y minutos después es apuñalada docenas de veces. Saoirse Ronan toma el papel de Rat, la vecina de Bones,  a quien este trata de cortejar de una forma u otra. Ella le cuenta la historia sobre la ciudad que hay debajo del río que vemos una y otra vez en el film, y que es en realidad lo que mueve verdaderamente la trama hacia adelante. Además del villanesco personaje de Mendelsohn, encontramos a Bully (Matt Smith), quien en una de las primeras escenas del film se proclama como el rey del territorio. En sí, ‘Lost River’ se complementa entre ideas bastante atractivas con su tanto de melodrama un poco estorboso y a veces innecesario.

Ryan Gosling cumple con la cuota de originalidad, eso sí, cuyo mensaje yace en una idea muy relacionable con la debacle financiera de la ciudad de Detroit, en donde se desarrolla la trama, contextual y geográficamente. Además, y esto hay que destacarlo, Gosling toma parte del repertorio estilístico de Nicholas Winding Refn, con quien ya ha trabajado en dos ocasiones, y de otros contemporáneos como Harmony Korine, amasándolos junto a otros mucho más rodados, como es el caso de David Lynch. Esto es algo usual en la historia del cine. Lo que no logra Gosling, sin embargo, es hacer suyo lo que toma prestado de otros. Cuestión por la cual fue tan apaleado desde que terminó la proyección de la película en el Cannes. Sin embargo, es rescatable su intención y, sobre todo, que pone en marcha una carrera que podría ser fructífera siempre y cuando todo lo visionado se utilice en pro del desarrollo de un estilo que se sienta fresco y único.

Mucho más que los esfuerzos direccionales, hay que destacar el magnífico trabajo fotográfico de Benoît Debie, director de fotografía de ‘Spring Breakers’, del ya mencionado Korine, y usual colaborador de Gaspar Noé. La colorida saturación de todos los colores, o el intenso uso de imágenes evocadoras, las casas en llamas, la bicicleta en llamas, el rojo de las sangrientas escenas en el club, son transcritas como el punto más fuerte del film.

La musicalización de Johnny Jewel, a quien ya hemos escuchado en filmes de Winding Refn -que ya empieza a sonar como el mejor amigo de Ryan Gosling-, complementa fielmente al trabajo de Debie, con piezas claves que ambientan cada plano de una forma fantásticamente oscura. Inclusive, se nos ofrece la oportunidad de escuchar la versión de ‘Moliendo Café’ del chileno Lucho Gatica en la primera escena del club. Punto a favor por el buen gusto musical de Jewel y Gosling.

No se trata de una catástrofe cinematográfica, y en caso de tratarse de un cineasta que escucha y lee lo que se le critica, Ryan Gosling puede convertirse en una muy buena figura detrás de la cámara. ‘Lost River’ es una película que hay que ver, no importa cuánto trate Gosling de decir quiénes son sus héroes.

‘Mommy’ de Xavier Dolan: C’est spécial

Por: Humberto González – @hypediario

Hay algo que Xavier Dolan ha confirmado de forma insistente a lo largo de su carrera, que puede decirse cortísima –tiene apenas 26 años– pero que ya cuenta con un repertorio de cinco películas, de las cueles cuatro han sido proyectadas en distintas instancias de Cannes, y otra en Venecia. “C’est spécial”, repite una y otra vez Hubert, protagonista de su primer film ‘J’ai tué ma mère’, refiriéndose a la incapacidad de muchos, pero más específicamente de su madre, para entender lo que hace y cómo es. Es un testamento sincero que se repetirá como un leit motiv a lo largo de sus otros filmes. En ‘Laurence Anyways’, su protagonista emula esta frase como credo a lo que de verdad el director canadiense profesa. Y una y otra vez vuelve a repetirlo en las entrevistas que le hacen, “c’est spécial”. Y aunque él no quiera admitir y no sienta que es especial, así afirme que él simplemente es como es, tajante, esa es una de las cosas que más llama la atención de su forma de hacer cine. Su técnica narrativa, la forma en la que roba como un artista a otros y los acopla perfectamente a un estilo visual que se parece mucho a algunos (Wong Kar Wai, Van Sant, Truffaut) pero que es presentado de una forma única.

En su última película, Dolan confirma que es uno de los directores más prolíficos en la actualidad, que es “especial”, y que al parecer no tiene intenciones de bajar la intensidad de su ritmo de trabajo, que incluye actuar en películas como ‘Elephant Song’, hacer voces en otros proyectos y escribir, producir y dirigir sus propios filmes, que siguen estrenándose en festivales de primera línea y recibiendo ovaciones de pie de hasta ocho minutos.

Tal es el caso de ‘Mommy’, su último trabajo como realizador, que compitió en la sección oficial del Festival de Cannes del año pasado y ganó el Jury Prize junto a ‘Adieu au Langage’, de Jean-Luc Godard, esa leyenda del cine francés. Dolan cuenta la historia de Diane Deprés, interpretada por Anne Dorval, una recurrente en la filmografía del canadiense. Die, como la llaman, es una madre soltera viuda, y, también, en palabras de Dolan, una “cougar y milf”, quien luego de que su hijo Steve ocasionara un incendio en el centro de detención donde se encuentra y le causara quemaduras graves a otro de los niños, se ve obligada a hacerse cargo de él, lo que le cambia totalmente el día a día. Steve (Antoine-Olivier Pilon) sufre de TDAH, y su temperamento representa un inmenso problema para su madre, quien trata de aplacarlo como puede. Después de que ella lo acuse de haberse robado una joya, Steve pasa de ser el muchacho risueño y divertido, a convertirse en una máquina de insultos y chillidos en contra de su madre, quien grita, corre y trata de escapar del agresivo Steve a fuerza de golpes, tumbando estantes de la casa. Steve se corta con uno de las bibliotecas que Die tira al suelo para poder evadirlo. Ante el escándalo, Kyla (Suzanne Clément), la callada vecina de en frente de los Deprés, entra en la casa y cura a Steve, quien ya se ha calmado y ahora es otra persona completamente distinta. Kyla, poco a poco, va acercándose a Die y Steve, intentando convertirlos en una familia más funcional, tratando de sobrellevar los problemas de Steve, y ayudándolo a mejorar.

Xavier Dolan ejecuta perfectamente esa práctica estilística que tanto ha demostrado en sus anteriores películas. A pesar de la sutileza con la que ahora confecciona estas técnicas, es imposible no identificar la mano del joven canadiense. Y si bien no abusa de ello como en otras situaciones, el exquisito gusto musical de Dolan hace aparición unas cuantas veces en la película, con montajes de Steve en su patineta acompañado de ‘Colorblind’ de Counting Crows, o en esa escena en donde manejan bicicleta y ‘Wonderwall’ suena como un himno ante las vidas de nuestros protagonistas. Dolan ha hecho de la acentuación del estado mental mediante la música y el slow-motion un signature move.

Lo que más impacta visualmente es la elección de una inusual relación de aspecto de 1:1, que emula un perfecto cuadro, pero que visualmente puede percibirse mucho más vertical que horizontal. Esto responde a la necesidad y, más que nada, a la posibilidad que tiene Dolan de enfocarse solo en los personajes, como un portarretrato, hacia las vidas de cada uno de ellos, sin hacer uso de espacios que él piensa que son innecesarios dentro de un filme que trae una cosa importante por encima de otras: la relación de sus personajes, lo que viven y su conflicto con ellos y con los demás. Además, es una representación del estado mental de cada uno. Como lo hiciera anteriormente en ‘Tom à la ferme’, en el que el aspect ratio se cerraba en una escena de tensión y angustia del protagonista, acá sucede lo mismo, con la única diferencia de que Steve es quien incide físicamente en el cambio de la forma en la que percibimos ahora su propio mundo, un poco más libre. Esta fue una de las decisiones que más se le criticaron a Dolan al ser vista por primera vez. No obstante, Dolan supo justificarla con una impecable puesta en escena que, más que pretenciosa, llega a ser elemento primordial para la narrativa visual.

Esa carrera, que comenzara con ‘J’ai tué ma mère’, ahora forma un círculo y ha convertido a Dolan en un autor -y no solo un director- con una visión cinematográfica adquirida luego de ver millones y millones de películas, pues las reglas académicas son algo que no tienen cabida dentro de la visión artística del canadiense. Actualmente se encuentra en la preparación de dos nuevos filmes. Su primera producción en inglés, ‘The Death and Life of John F. Donovan’, en la que trabajará junto con Jessica Chastain y Kit Harrington. Además, está ‘Juste la fin du monde’, su otro trabajo en proceso de producción, en el que dirige a Marion Cotillard, Gaspard Ulliel, Vincent Cassel, Léa Seydoux y Nathalie Baye. Lo que sí es seguro, es que Dolan no tiene la intención de dejar de hacer películas, y, mucho menos, de desacelerar el paso.