Los pedacitos de Andrés Caicedo

Por Jesús Torrivilla –@jtvilla

La literatura está llena de figuras marginales, tipos cuya vida se solapa entre las páginas de sus libros y se funden en un solo mito que pocos descubren. Fuera de los reflectores, de los cocteles y de la buena educación, pululan los escritores que encarnan una verdadera pulsión contracultural. Andrés Caicedo, escritor colombiano que se suicidó a los 25 años, es uno de ellos.

¡Que viva la música!, su única novela, es testimonio del vaivén juvenil de los setenta, época de hervidero de drogas, rock y salsa. En Latinoamérica, mientras unos se sorprendían del mundo rural, naif y mágico de los pueblos profundos, Caicedo veía cine y escuchaba a los Rolling Stones. Los fragmentos de su vida, rotos después de la sentencia de los sesenta seconales que acabaron con su desazón, pueden reconstruirse a partir de las preocupaciones que se revelan en su última novela.

Ángel Gustavo Infante, profesor de literatura latinoamericana de la Universidad Católica Andrés Bello, ubica a Caicedo en una tradición paralela a la del boom latinoamericano, del realismo mágico consagrado en las altas esferas con el Nobel de García Márquez en 1982. “Ángel Rama, crítico uruguayo, hace en 1980 una antología del relato breve latinoamericano para el semanario Marcha, en Montevideo. El libro se llamó Novísimos narradores hispanoamericanos, y en él se mostraban una generación de escritores de comienzos de los setenta con tendencias realistas en sus temáticas. En esa clasificación habla de la novela de la onda, en la que podría calzar ¡Que viva la música!, de Caicedo; también de otros autores como Valverdi y Luis Rafael Sánchez. Ellos tenían en común una línea de trabajo que se vale de la letra de las canciones para proyectar ritmo en sus textos. De la música”.

Esta opción parte de la explosión de la música como identificación de la cultura juvenil en los años sesenta. En 1977, Luis Ospina entrevista a Caicedo en un video titulado Entrevista pirata, allí se puede escuchar al colombiano afirmando: “La juventud se me hace que está optando es por la música, porque para oírla no se necesita de una aceptación, sino que se le puede oír en los buses, en las calles, a través de puertas abiertas, en radios prendidos”.

El uso de la palabra aceptación salta a la vista como una herida rutilante. En la grabación, también habla de la literatura de Cabrera Infante como alternativa, y se refiere al texto lúdico del cubano basado en una canción de Rita Montaner. “Yo creo que esa fórmula para la nueva literatura de hoy se puede encontrar en el poema de Cabrera infante, uno de los mejores que he leído en los últimos cinco años, que dice textualmente, es muy fácil de memorizar:

¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!

Los críticos reconocen claramente el camino que ha trazado Cabrera en Latinoamérica como precursor de la literatura ligada a la música como motor vital del texto. Ángel Gustavo Infante elabora al respecto: “Este fenómeno comienza desde el 62 con la publicación de Tres tristes tigresDelito por bailar el chachachá, de Cabrera. Y se esparce por todo el mundo hispanohablante con ejemplos como Celia Cruz reina rumba, de Umberto Valverde en Colombia; Entre el oro y la carne, de Napoleón Oropeza ySi yo fuera Pedro Infante, de Eduardo Liendo, en Venezuela, por citar ejemplos locales. Estas novelas demuestran un interés por la música del Caribe en el contexto urbano, no solo de la letra como referente, sino del interés por aplicar el ritmo, para contar la historia de la cultura popular”. Sin embargo, explica que Caicedo tiene una particularidad: “Él está entre dos aguas, el rock anglosajón y la salsa caribeña de la Fania en los 70 como elementos que desencadenan las estructuras narrativas”.

Espejo roto del rock

Dicen las primeras líneas de ¡Que viva la música!“Soy rubia. Rubísima. Soy tan rubia que me dicen: ‘Mona, no es sino que aletee ese pelo sobre mi cara y verá que me libra de esta sombra que me acosa’. No era sombra sino muerte lo que le cruzaba la cara y me dio miedo perder mi brillo”.

Esa voz, la de María del Carmen Huerta, es la que desarrolla Caicedo a la largo de la novela como el testimonio en espejo de una chica acomodada de Cali y sus vaivenes en la droga y en la música. Caicedo, solitario y con el corazón roto, llegó a escribir en sus correspondencias personales: “Antes, mucho antes de que me prendara de mujer alguna, mi corazón ya había sido ganado por la violencia”. Es ese el vínculo que une la novela como una gran deflagración que se consume.

Escrita entre 1973 y 1977, en el ímpetu de sus páginas se adivina la turbulenta historia de Colombia, en una época en que el negocio del narcotráfico reventaba los bolsillos de los primeros capos y los altos precios de la libra del café construían una prosperidad ficticia; los acompasados pasos de la salsa llenaban los locales y reproductores de toda Latinoamérica con el auge de la Fania; y el cadencioso y oscuro rock and roll de los Rolling Stones hacía estragos en las radios.

Y es, precisamente, en uno de los episodios trágicos de los Stones en el que podemos encontrar el reflejo de otro de los fragmentos de Caicedo, quizás el que se nublaba de condena y resignación durante la escritura de la novela.

La historia de Brian Jones, miembro fundador de la banda británica, reverbera especialmente en las páginas de ¡Que viva la música! Los paralelismos son reveladores. En 1969 Brian Jones se ahoga en una piscina un mes después de que sus compañeros de banda lo expulsaran del grupo. El conflicto, signado por las adicciones de Jones, tuvo su detonante en “mujer alguna”: Keith Richards se había quedado con su novia Anita Pallenberg. Cuando encontraron su cuerpo, la policía escribió en el parte “muerte por desventura”, y su hígado y corazón estaban anormalmente hinchados por las drogas.

Caicedo se refiere al episodio en su novela, en un párrafo en el que podríamos ser testigos de una proyección reveladora:  “Leopoldo no hacía otra cosa que presentarme amigos fascinantes. Llegaban de USA y les hacíamos grandes rumbas. Oíamos música las 24 horas, porque uno con la cocaína no duerme. Acumulé una cultura impresionante. Que no me vengan a decir a mí que Brian Jones murió de irresponsabilidad o de flojera; ni si quiera de amor en vano. Las cosas no se dan así como así. Murió fue de desencanto”.

La de Caicedo y la de Brian Jones son dos inconformidades que se encuentran en el desencanto. El colombiano, a pesar del riesgo de convertirse en un arquetipo, tiene una vocación erudita que lo hace diferenciarse, y que es el rasgo que destaca el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán en su blog Río fugitivo:

“Caicedo encarna a la perfección el mito del adolescente eterno, alguien a quien vivir más de veinticinco años le parece una ‘insensatez’. Es un producto redondo de los años sesenta, que ensalzan la rebeldía juvenil, que idealizan la inmadurez adolescente. Hay en sus obras algo de sus contemporáneos de la Onda, pero a diferencia de ellos lo suyo no se acaba en el gesto contracultual del joven que usa el sexo, las drogas y el rock como forma de rebelión ante sus padres y la sociedad; junto a ese gesto está, también, la actitud de un crítico serio, que ha leído a Borges, a Pinter, a Ionesco, y que está buscando obsesivamente cierta plenitud que sólo puede darle los libros, las películas: “me hace falta un nuevo fervor por algún escritor, así como lo tuve por Poe, Vargas Llosa, Lowry, Henry james, Hawthorne, Styron”.

En el fondo, lo que se puede extraer de la vida de Andrés Caicedo es una forma obstinada de redención, de la cultura como acercamiento obsesivo, como justificación a un mundo insensato. Y que mediante la escritura se convierten en despedida. En ¡Que viva la música! encontramos uno de esos bramidos finales:  “Yo soy la fragmentación. La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es también, recobrado, el tiempo que yo pierdo”.

El adiós no es del todo triste: “Una canción que no envejece es la decisión universal de que mis errores han sido perdonados”.

PS: Siempre me pongo a escribir de Caicedo con cierta periodicidad. A este texto en particular siento que le hizo falta más humor granuja, como decir que el ritmo de la novela Que viva la música es tan descompasado como el trote de Maickel Melamed. Esto por mi teoría de que esa novela es tan imperfecta que es hermosa. No sé. A partir de esta exploración lo próximo que quiero escribir probablemente ahondará en por qué me gustó tanto esa novela y en qué circunstancias la leí; asuntos de otra herida.

La construcción de MPEACH

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

Fotos: Louis-Philippe Beauduin

Maquillaje y estilismo: @castillodeborah

En la trastienda de un restaurante en Nueva York arden los fogones y se confunden los modismos. Suenan cumbia, bachata y hip hop, junto con el traquetear de los cuchillos contra las tablas. Arden los guisos y burbujean las imprecaciones. Hace un calor que se potencia con los cuarenta grados del verano.  Mariana Martín Capriles entra a preguntar por una orden, después de hacer caja. Su título de Manager se riñe con uno más familiar: Peach. El soundtrack de esa cocina suena al presente continuo de su infancia. Y en él se reconoce. Bromea con los cocineros, que le dicen güerita.

—Yo quiero hacer música que ellos se tripeen.

Así afirma Peach desde un bar en Caracas, mientras pasa unos meses preparando el lanzamiento definitivo de su primer larga duración. Lleva varias semanas de vuelta a su ciudad natal para recoger fuerzas y ampliar su red de colaboradores. Siente que llegó el momento de darle forma definitiva a su proyecto musical, MPeach, y de conquistar a un público que poco a poco conoce más de ella.

Caracas de noche

Otra escena hace que el bar, al finalizar la tarde, se transforme en la madrugada cerrada. Peach recuerda la Caracas del nuevo milenio, marca el calendario con el primer disco de Kanye West, The College Dropout (2004), que coincide con su mudanza definitiva a Nueva York. Todavía internet no se había transformado en la fuente masiva del conocimiento musical, se empezaba a tejer Myspace, y las velocidades de descarga a permitir redes de intercambio.

Recuerda un momento prometedor en esos cuatro años. “Había todavía la mística del descubrimiento, una sensación de que estábamos creando algo novedoso”. Es la época en que la música electrónica comienza a experimentar con propuestas audiovisuales. Mientras, al fondo, en las zonas populares de la ciudad se escuchaba changa y raptor house. La inseguridad no había alcanzado los picos que experimentaría diez años después. Había fiesta.

En esa época comienza a tocar en dúo: “Jimmy Flamante & Peach”. “Yo era vista como una artista visual dentro de la música. Comencé a colaborar con Jimmy en imágenes que acompañaban los toques. Era un proyecto muy Y2K”. Otros nombres frecuentes que suenan en Caracas son Cardopusher, el colectivo Keloide, el crew de grafiteros ERA. Peach reconoce la influencia de todas estas expresiones: un grupo de amigos con ganas de cambiar la ciudad, de proponer, de hacer una cultura híbrida que se nutre de todo. Desde el principio la mezcla es uno de los pilares de Peach: “Siempre he querido mezclar la música popular con la electrónica. Me dije: ‘te lo juro que esto tiene que ser el futuro’. Mezclar Velvet Underground con Juan Luis Guerra y los 440”.

En su estudio en la Organización Nelson Garrido, Jimmy Flamante recuerda también esa primera generación de artistas audiovisuales. “Nosotros viajábamos a Colombia, a otras partes de Latinoamérica, y no estaba pasando nada como aquí. Estoy orgulloso de esa época, éramos un grupo de panas que sí logramos hacer algo valioso”. Flamante colabora de nuevo con Peach en la producción de algunos temas del nuevo disco y entre ellos se escuchan los ecos de una ciudad como Caracas, que en escenas pequeñas, entre grupos creativos, logran impulsar un movimiento que brilla con mayor o menor intermitencia después hastíos y emigraciones.

Hazlo tú mismo

“Yo soy una artista venezolana”, afirma MPeach con una seguridad belicosa. Reivindica sus raíces folklóricas, pues en su familia hay músicos de salsa, de tambores. “Soy de ritmos latinos, mezclar eso tiene que ser un buen mix”.  Se muda a Nueva York y se establece en Brooklyn donde trabaja de freelance haciendo motion graphics para clientes internacionales.

De su paso por Todosantos, banda inclasificable de dance y experimentación electrónica que ha construido un aura de culto, Peach se encargaba de mezclar en vivo los visuales, en un momento en que ese tipo de trabajo era pionero. El MIDI se mezclaba con la frecuencia de color y creaba texturas que acompañaran a la música, un proyecto que ella califica de “nerdy, súper difícil de definir”, pero que sin duda dejó una impronta en la música alternativa venezolana de los primeros años del dos mil.

A partir de ese recorrido, MPeach va adquiriendo su figura y estruendo de neón. Martín lo cree así: “Toma tiempo descubrir las cosas y encontrar tu forma de narrar”. Se presenta sola en escena, usa pedales que filtran su voz en video, juega con consolas y anima al público. “Quiero llegarle a la gente con un proyecto experimental, bailable y con espíritu de fiesta. Que te impresione pero que la pases bien”.

En 2011 lanza el EP Vengo por ti, con tres temas y dos remixes. Lo hace a través del sello Abstractor y se encargan de la producción Pacheko & Pocz, con la masterización de Cardopusher. Pero para darle forma a su primer larga duración tendrían que pasar tres años más. Mariana Martín, sin seudónimos, tenía que enfrentarse a su oficio y, para adquirir independencia creativa,  debía conseguir recursos: “Tengo una filosofía DIY –Do it yourself o hágalo usted mismo-. Prefiero pagar mi proyecto, para hacerlo como yo quiero. Durante los últimos años he trabajado en mi sonido, que quiere ser venezolano, dentro de la escena global. Mi interpretación, mis influencias, con contenido social”.

En Nueva York entró en contacto con el colectivo Dutty Artz, que describe como un hervidero de influencias de todo el mundo, pasado por el tamiz electrónico, el académico e, inclusive, el militante. Djs y músicos toman parte importante de actividades comunitarias y, absolutamente conscientes de su papel como artistas, se convierten en abogados de causas como la inmigración. La metáfora de la música como punto de encuentro se transforma aquí en asociaciones, en recolecciones de firmas y programas de ayuda.

La conversación deviene pronto a una de las artistas más visibles con una propuesta electrónica de influencias locales: Maya Arulpragasam, mejor conocida como MIA, una artista británica criada en Sri Lanka, hija de un importante escritor y activista. MIA ha asumido una posición contestaria a lo largo de su carrera, aderezando el pop con rebeldía política. Peach la ha visto en vivo, reconoce su influencia, pero se permite mantenerse descreída, pues detrás de Maya se revelan recursos importantes, como una educación posh, en una universidad exclusiva: “MIA estudió en el Central St Martins College en Londres. ¡Así que fuck you!”.

Ritmo loco

En uno de los brazaletes dorados que viste Mariana Martín, ahora transformada en Mpeach, se lee “Petare”. Al cuello lleva un collar con la forma del Distribuidor la Araña, de la Autopista Francisco Fajardo, que termina en un pequeño pendiente con la figura de María Lionza. Sobre la mesa descansa otro parecido, pero con las Torres de Parque Central. Son obras de Déborah Castillo, artista plástico y asesora de imagen de MPeach.

Del ocasional spanglish que adereza su discurso, junto con su cadencia insurrecta de caraqueña sifrina, se construye la imagen global pero con ascendencia local de MPeach. Para eso ha dejado pasar el tiempo y ha hecho alianzas: “Necesitas gente que te sume, para que tu propuesta sea más sólida. Me he propuesto ceder, eso es importante porque creces. Estoy clara de lo que yo quiero hacer. El truco es trabajar con gente con la que tienes afinidad”.

MPeach se preocupa por tener algo qué decir. Por hablar de esa ciudad en la que creció y de la que todavía se siente parte. Se pone en guardia para defender su proyecto, sin ignorar la realidad del país mientras se perfecciona en escena. Por eso reafirma las críticas a la calidad en vivo de artistas con posiciones políticas altisonantes: “No es solo hablar, denunciar, no es suficiente. Hay que comprometerse con el público, saber lo que suena”.

De su nuevo disco, en diciembre pasado lanzó en la web el sencillo “Ritmo loco”, un tema electrónico de bajos poderosos y estirpe tropical. Para mediados de año espera tener listo los demás temas, cada uno con contraparte audiovisual, en un lanzamiento completo, resultado de su carrera reciente.

A MPeach le interesa abrir nuevos espacios, a partir de las redes y de la experiencia. Poder servir de enlace entre los artistas con los que ha tenido contacto en Nueva York para presentarlos en Venezuela, sin pretensiones de carteles con ambición. A la par, su proyecto baila sus propios pasos: “No quiero ser ni galla ni concious fastidiosa, quiero que te diviertas mientras piensas”.

En el bar en Caracas, cansada de fiestas de reencuentro y de la producción de su nuevo material, de pronto se recupera e increpa a su interlocutor, en defensa de sus canciones: “No tengas miedo a ser quien tú eres, a hacerte preguntas. Cuestiona, exige. Eso es lo que quiero decir”.

 

El país de los afiches

Por Jesús Torrivilla – @jtvilla

Estos catorce años hemos vivido la omnipresencia del afiche: su rutilante violencia. Es un afiche rojo, henchido, avasallante, sonriente, seductor, grosero, golpeado, renovado, anacrónico, ramplón, vengador, leguleyo. Está en las casas, en la puerta de los ministerios, en las recepciones de hoteles, en los postes de luz, en los fondos de pantalla, avatares, imágenes de perfil, documentos oficiales, presentaciones, sentencias legales, en la televisión, en la prensa y en la radio. Es un afiche infinito que da las órdenes, encarcela y redime, paga y se da vuelto.

Después del 07 de Octubre, abrumado de pintas, corazones rojos y discursos, quisiera otro país. No digo que lo sueño. Porque no me gusta recordar mis sueños, que son vívidos y tristes. Lo quiero con un deseo que se encausa. Como una lucha por las pequeñas cosas, desde cerrar una pauta a tiempo, hasta llegar a mi casa a salvo.

Ahora tenemos un país-afiche, que se parece menos al de Lautrec y más al cartel soviético. No es abstracto. Y cada vez que muestra la imagen del pueblo lo hace de fondo. Detrás del gran rostro. De la gran guayabera roja. En mi país afiche, el protagonista del cartel es quien regala los beneficios, a quienes debemos agradecerle el amor, el aire y la vida. Es una concesión de un militar estulto, alucinado. Una figura de tinta demasiado consciente de su jerarquía, egoísta. Es el país del yo. De mi cara más grande, del abrázame en papel, del quiéreme presidente, del los amo, hijos míos.

Tenemos un país sin sentido del humor y con un exagerado sentido de la viveza. Es un afiche pisoteado, aunque esté grabado en oro. Un afiche que no importa esgrimir si me dan una nevera o un quince y último. Un afiche que se aprovecha de la miseria y que se regodea en que lo hacemos tan mal todos.

No es todo la misma mierda, como les gusta decir a algunos de mis amigos. Nuestros afiches le tienen miedo a la inteligencia, al mérito. Nuestro cartel patrio es una fábula. Es el estandarte de un motorizado que se vuelve Hummer.  Es un afiche que Orwell no quiso imaginar. Un papel perverso: que te engaña entre su maldad relativa y su bonachona sonrisa protectora. Este afiche defiende los derechos de los niños como excusa para la censura. Porque es un afiche cobarde y pacato.

Nunca, nadie que va a pie tiene un afiche. Yo quiero una país que vaya a pie. No que cuelgue un rótulo detrás de su camioneta blindada, para protegerse de las alcabalas.

El afiche pasa de mano en mano porque es igualador, lo regalan después de una transacción millonaria y después de comprar en un abasto subsidiado.  Es un afiche que reparte miseria. Un papel espurio, que se hace pasar por una proclama ideológica para esconder las ganas que tiene de robar.

Los afiches no trabajan, eso lo sabe todo el mundo. No tienen las intenciones de partirse el lomo trajinando emails, o transportando ladrillos, arreglando zapatos, construyendo casas. Los afiches solo enuncian. No están pendientes de la pluralidad y a los electorales no les importa la democracia más allá de sus candidatos. Son, por lo general, fanáticos de la ficción más infausta. De plantarse en la tierra para anunciar la nada, o de minar cuanto acto cotidiano se pretenda pasar por una gran obra.

A los afiches les gusta que les rindan pleitesía.

Los afiches no aman.

Los afiches no son probos.

El país que yo quiero no tiene una estampa reproducida en mil panfletos y en mil iglesias. El país que yo quiero es uno civil. No es el de las hojas sueltas. El país que yo quiero es el de los libros. Quiero ciudades con aceras y con árboles y con bancos para leer. Es un tipo de paz que no se tiene cuando se quiere salvar al mundo con las armas. Es la calma paz del trabajo. Quiero una ciudad en la que sea posible el silencio, la contemplación.

Los tanques son el medio de transporte favorito de los estandartes. Los caballos y las proclamas. Yo así no entiendo el siglo XXI. El 07 de octubre voy a votar por un país que no desafía a un imperio sino al futuro, con coraje, inteligencia y justicia. Voy a votar por un país en el que el talento no se calla, aunque tenga rulos, haga poesía mística o toque música barroca. Voy a votar por el país que no se cala un afiche impuesto. Que no entra a su despacho con la cabeza gacha.

Después del 07 de octubre me imagino que los afiches se recogen.

Con las calles limpias y ánimos renovados, me imagino un país que decidió construir puentes, no dejarlos derrumbarse. Que en su eterna lucha contra el atraso, se prepara. Estudia, se gana becas, hace post grados. Es el mejor en su oficio. Y duerme tranquilo porque no se vende. Un país que es capaz de reírse de sí mismo y de sus autoridades, porque está seguro de quién es: una extensión de kilómetros cuadrados donde se desterró la impunidad. Que en vez de construir mausoleos, erige bibliotecas.

En fin, tampoco hay que ser tan ambiciosos. Me bastaría con que los afiches se guardaran. Para un coleccionista algunos, para la basura los demás. Y que los recordemos como se recuerda un pasado desmesurado e improbable. Que hayamos aprendido algo, eso es todo.

The radiant child: Basquiat en sus propias palabras

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

Jean Michel Basquiat fue un prodigio del graffiti que experimentó en vida una fama inusitada. En la Nueva York de finales de los setenta y principios de los ochenta, el artista tomó la pulso de la inconformidad y el underground newyorkino, una ciudad que en esos años era una hervidero de inseguridad y caos creativo. Este documental estrenado en 2010 muestra la entrevista que Tamra Davis, directora, le hizo a Basquiat en 1985, dos años antes de su muerte por sobredosis. Dueño de un estilo que los críticos calificarían de noexpresionista, por sus composiciones agresivas, figuras crudas y sin detalles, de una violencia radiante que provino de un complejo mundo interior, Basquiat vivió una fama que lo llevó de las calles a las galerías. Es nuestra recomendación de la semana: conocer a un artista del graffiti que -a pesar de ser canónico- mucho ignoran como referencia, en un mundo dominado por el estencil y el desafuero que causa el ya cansón ingenio de sus piezas.
En esta lista de reproducción de youtube está el documental completo, dividido en siete partes: http://www.youtube.com/playlist?list=PL0EEB68E3A532685C

El descontento de Fernando Venturini

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

Este es el retrato de un cineasta cuya ópera prima se ha convertido en una película de culto, radiografía de una época que quería llamarse de vanguardia

El primer cuadro de Zoológico es un plano antiguo de Caracas. La cartografía anacrónica del país se transforma en el marco de la fauna que habita las calles de la ciudad underground de principios de los noventa: músicos, artistas, escritores, inconformes todos. La lucidez y la pose decoran sus palabras como los ladrillos, como el concreto armado de la ciudad que es y ya no fue.

Las amarillentas cotas del mapa se sobreponen al verdor del este de Caracas. En una panadería de Caurimare, Fernado Venturini se sienta en una de las mesas de improvisada terraza, reñida con un estacionamiento y no con una cálida avenida. Perros y gatos descansan entre las sillas. Ancianas de lentes oscuros y carteras con pretensiones pasan en frente de su mesa. Él, de camisa negra y pantalones cargo, es un soldado frugal. Tuvo una mala noche y así lo hace saber. Se sienta y conversa con ruda informalidad, con el descontento de una realidad que a sus espaldas da balazos certeros. Su tono es amable y resignado:

—Se llama Zoológico porque eran animales raros. No eran el país. Solo una parte, una versión. Eran personajes marginales que no representaban la totalidad de la sociedad venezolana. No me extraña que los jóvenes se sientan identificados, pero sí que muchas personas ahora lo asuman como un documental que habla sobre el venezolano, sobre la mayoría.

Cuando Zoológico se estrenó en 1992 se propuso acercarse sin prejuicios a una élite  —palabra que Venturini utiliza con reservas— artística que había emprendido la búsqueda de nuevos códigos. Con la intención de separarse del documental de denuncia clásico latinoamericano, el equipo de producción, conformado por Venturini, Carmen Helena Nouel y Pedro Pacheco, se proponen una puesta en escena que permitiera hablar de la estética de cada uno de los creadores y de ahí trazar puntos de fuga hacia una realidad más amplia.

 

—Quisimos ponerlos a hablar del país, de su vinculación con la vanguardia de un tercer mundo. No llegamos con malas intenciones, con un prejuicio o actitud preconcebida. Yo me acerqué a gente que era muy cuestionada. Ahora todos somos héroes, después de viejos. En este país la voluntad pareciera ser: “Ya que te jodiste tanto te vamos a reconocer”. En esa época entrevistar a algunas de esas personas era una banalidad.

Diego Rísquez, Boris Izaguirre, Horacio Blanco, Carlos Zerpa, Miguel Noya, Ángel Sánchez, Fran Beaufrand, José Tomás Angola, son algunos de los personajes que muestra el Zoológico durante sus 73 minutos de duración. Cada uno en una prisión delicadamente diseñada para transmitir su estética, la pregunta que más se repite a lo largo del documental y que sirve como chispa de ignición de sus visiones del mundo es si se consideran vanguardia.

—Todos son trampas. Sabíamos que usar lo de la vanguardia lo era. Nos burlábamos entre nosotros de esos matices. En el fondo, la mayoría de la gente que hace una propuesta underground en su nacimiento posteriormente se masifica: la obra se convierte en una propiedad de consumo, se vende, forma parte del mainstream, de la realidad económica y social a la cual en un principio se opuso.

Una cámara para mirar el horror

            La inconformidad de la generación joven de hace veinte años le sirve a Fernando Venturini como excusa para hablar sobre el país actual. Su rostro se tiñe con una perspicaz indignación. Su discurso se desboca cada cierto tiempo. Es difícil hablar de sus motivaciones sin verbalizar su descontento.

—Vivir en este país es jodido.

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Jóvenes curadores presentan su proyectos

A partir de las las 11:00 am estará abierta en Periférico Caracas / Arte Contemporáneo la exposición correspondiente a la segunda edición del Taller Curatorial Experimental II 2012, experiencia teórico-práctica que expone las propuestas de un grupo de jóvenes curadores. El taller fue concebido con la intención de reflexionar sobre la curaduría a partir de experiencias concretas de trabajo, tomando en cuenta aspectos como la conceptualización, los modelos de exhibición o soluciones museográficas, dispositivos pedagógicos y demás recursos para la presentación de exposiciones.

Los proyectos a presentarse en esta segunda edición del TCE II- 2012  corresponden a Marisela Chivico, Nicolás Gerardi, Leyla Dunia, Oriana Hernández, Emilio Narciso, Ricardo Sanz y Jesús Torrivilla, quienes exploran distintos aspectos de la cultura visual contemporánea relacionados con la acumulación y el discurso de los objetos,  el impacto de la apropiación y la remezcla en la era digital, los modelos formativos y la activad expositiva, la genealogía de las videoacciones en Venezuela, las representaciones del superhéroe y la pulsión transgresora en las representaciones de la feminidad.

Entre los ponentes que acompañarán a los jóvenes curadores se encuentran el curador catalán Valentín Roma, la periodista, investigadora y pionera de los estudios de la comunicación audiovisual en el país Margarita D´Amico y la curadora venezolana Tahía Rivero.  Igualmente concurrirán a estos debates algunos de los artistas invitados.

La exposición Taller Curatorial Experimental podrá ser visitada hasta el domingo 26 de agosto de 2012, en horario de martes a domingo de 11 am a 7 pm. Periférico Caracas está ubicado en el Centro de Arte Los Galpones, en la 8° Trannsversal con Av. Avila en Los Chorros.

 Programa de foros y conferencias

 –          Foro: Curaduría en discusión

 Presentación colegiada de proyectos seleccionados en el TCE II-2012

 Marisela Chivico, Leyla Dunia, Oriana Hernández, Nicolás Gerardi, Emilio Narciso, Ricardo Sanz, Jesús Torrivilla

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Qué pasa cuando tu banda favorita se vuelve popular

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

El tío rockero siempre te echa este cuento: antes, para descubrir nueva música, había que esperar a que uno de tus panas viajara y se comprara los discos que, de regreso, pasaban de mano en mano como objetos de culto, como la evidencia efímera de un ruido emocionante, melódico y redentor. Conocer novedades no era tan fácil. Había que estar pendiente de la radio y de lo que pusiera el disc jokey. No estaba soundcloud para ser fanático de las grabaciones caseras de una banda en Portland que molesta hasta a los padres de los chamos pero que tú amas, tanto, que quisieras mandarles un cuatro de la colonia Tovar, para que completen su formación de banjo, sintetizador y xilófono.

Compartir música siempre ha sido complicidad. Cuando llega el momento de la vida en que uno deja de escuchar “de todo un poquito, de pana que a mí me gusta todo tipo de música, Bob Marley, Ricardo Arjona, Black Eyed Peas [¿todavía existen?]”, empezamos a tomar parte de los rituales. De ordenar con cuidadoso preciosismo la biblioteca del iTunes, de bajarte el EP completo de un artista para conocer verdaderamente su sonido. De reunirte para poner ese disco. Son ceremonias que asientan amistades y consolidan relaciones. Es música entre pecho y espalda, armonioso fanatismo, fruición del rock.

Encontrar una nueva banda no es completamente sencillo. Ahora todo el mundo tiene Internet. Pitchfork pasó de moda, pero la mayoría de tus panas lo revisa en secreto. Cada quien tiene su lista de blogs, sus twitteros patria o muerte. Hay demasiadas banditas. Y festivales. Y listas de discos, recopilaciones. Pero cada tanto ocurre el fogonazo: escuchaste un sencillo, viste el video que hicieron en la sala de su casa con gatos que toman té Darjeeling, o los panas tocan nada más guitarra y batería y suenan a ese punk de adolescente, a esa maldita fuerza vital a la que todos los grupos indie renunciaron por los corbatines, pantalones brinca pozos y pose ecologista. Coño. Esta es la banda.

Le pasas a un pana los links. Qué brutal. Y solo es el LP, cuatro canciones. De vez en cuando lees reviews de los tipos. Todos son laudatorios, sobre todo, de blogs que conservan un aura underground, sin descubrir, que jamás saldrían recomendados en una revista dominical. Si tienes la suerte de que están en tu ciudad, vas a los toques. Aunque lo mejor sería que eso no pasara. Este es otro tema, pero imaginemos que no forman parte de ningún circuito. Que las tres fanáticas locas que tienen son oscuras y están buenas, con pantalones rotos y mirada esquiva. Tripeas en ese concierto. Hacen un pogo triste en el que das coñazos como venganzas.

Después se va armando la catástrofe contradictoria. Porque pensaste: más personas deberían conocerlos, tienen un talento increíble. Pero te arrepientes. Porque las otras personas son un universo innoble. De eso te das cuenta de inmediato, cuando pasa la euforia del editor, la de Max Brod cuando creyó en los borradores inacabados de Kafka.

Las giras atraen cada vez a más gente. Los periodistas se vuelcan con tu mismo furor a escribir sobre ellos. Primero los que tú respetas. Dices: tengo oído para el futuro. En la radio de la BBC los encumbran. Les dan más presupuesto a sus videos, a sus experimentos conceptuales. Pero empiezas a sospechar cuando llega a otras manos menos afines. Se difunde tanto que escuchas al insoportable de la universidad echándoselas porque descubrió una banda arrechísima, guón. Entras en negación. ¿Cómo mi sensibilidad, tan trabajada en horas de escucha, navegación y lectura se va a parecer a la de este tipo? ¿Cómo coincidimos en esto? ¿Será que soy igual a él? Es un espejo distorsionado y deshonroso.

Para muchos, el peor miedo hipster se confirma. Es una puñalada amarga. Soy tan guevón para que me guste esa banda y soy el doble para que me deje de gustar ahora que todo el mundo la conoce. Es descubrir que tengo gustos pedestres, que no soy ningún Max Brod, que soy el tipo con corbata que vio la plata detrás del Código Da Vinci. Qué miedo al mercado. De pronto ocurre lo peor: los adolescentes la encuentran. Gritos incontrolados, conciertos masivos, MTV, Grammys. Salen a tocar con lentes de sol en un bar. El acabose. Y el espiral: soy tres veces imbécil, aquello sublime está manchado porque todo el mundo ahora dispone de lo mismo. Tengo los mismos gustos que ellos, soy una distopía socialista, todo igual, todo paupérrimo.

Dices de su primer disco: qué bueno, pero qué pendejo. Menos mal que el segundo es una mierda. Menos mal que en su otro video se vendieron.  Comienza el proceso de buscar argumentos para romper la relación. Para sepultar en una carpeta esos mp3 infames. Te pones a escuchar Sigur Rós. Los Rolling Stones. Apuestas seguras del pasado. Qué ladilla la moda. A buscar otra vez lo que hicieron los Flaming Lips en los ochenta. Y Youtube de nuevo. Y qué bolas que hasta en El Propio reseñaron el tercer disco de esos panas. Mi primita los oye. Van a dar un concierto en Bolivia. Le vendieron una canción a una propaganda de Graffiti y pegó. El vocalista se empató con Katy Perry. ¿Dónde quedó la arrechera contra el mundo, la indignación contestataria? La respuesta quizás no la encuentres nunca, amigo, solo no dejes que te llamen melómano, al menos hasta que pases los cuarenta.

Francisco Massiani es Premio Nacional de Literatura

Los Premios Nacionales de Cultura 2012 se anunciarán hoy. Los galardones, que otorga el Ministerio de Cultura y la Casa del Artista, reconocen la trayectoria de un autor que tenga un mínimo de 30 años de experiencia en su disciplina. Diez premios para 10 categorías, que serán oficializados en una conferencia de prensa.

Aunque algunos ya son conocidos como nuestro homenajeado, Francisco Massiani, autor de Piedra de Mar, El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, entre otros.

‘Pancho’ fue nuestro ‘Diablo por Viejo’ de la 14ta Edición y en la entrevista quedó huella de su particular genio. Recordemos por qué.

Por Pablo Duarte y Jesús Torrivilla

 Francisco Massiani: tenaz enamorado

Hablar con Francisco Massiani es atestiguar sus pausas insondables y respiraciones estentóreas, profundas. El sempiterno vaso de vino que sostiene en sus manos se multiplica en las de quienes lo acompañan, que conversan entre maravillados y conmovidos. Surge la inevitable idea de la permanencia versus el desgaste, de las todavía presentes ansias por narrar a pesar de contar con recursos escasos, insuficientes, apenas necesarios para luchar por enamorar y permanecer enamorado.

Recibe a los invitados en su cama, con un televisor en frente. Un letrero les advierte a “los amigos de Pancho” que no le lleven ron, ni caña clara, pues le hacen daño. Massiani comenta sobre el último partido del Barcelona, se maravilla ante el talento de Messi, cuenta la historia del “muchachito” que mandó un video de su juego a los ejecutivos del equipo. Dice: “¿Lo han visto? Debe ser maravilloso”.

Y una y otra vez regaña a alguno de sus visitantes si se dirigen a él con prosopopeya: el “señor”, “señor Massiani”, “Francisco”, “usted” están vetados en las visitas.

Firma sus libros con una letra inmensa y torpe. “¿Para quién?”, pregunta y completa con un “¡Felicidades!” tembloroso, hipertrofiado. Después increpa que no tiene ninguna copia de Piedra Mar, que llama y llama a la editorial y nadie se las ha enviado.  Se queda con una: “Gracias, chico. Al fin tengo un libro. Ponlo ahí, guárdalo”.

El escritor

Pancho no es ajeno a las entrevistas, a las visitas de curiosos, admiradores que llevan cientos de preguntas preparadas, muchas estudiadas, pensadas, otras improvisadas en la vía. Él las escucha todas, y lo hace saber, “esa pregunta ya me la han hecho antes, pero igual la voy a contestar”, incomodándote, esperando que diga algo simple y con eso responda.

La pregunta que más se ha repetido en esa sala capaz tenga que ver con la novela que le dio la fama, que logró que Pancho no significara un nombre corto de cualquier persona, sino el de Francisco Massiani.

Mientras trabajaba intermitentemente en la histórica revista Encuadre, Pancho ya había escrito tres novelas cortas, muchas en lapsos de hasta una semana. Sin embargo, en las oficinas de Simón Alberto Consalvi, presidente de la recién inaugurada editorial Monteávila, es donde se inventa la idea de una novela acerca de un viaje a la playa. Una sinopsis que se le ocurrió en el momento lo llevó a redactarla finalmente, una de las primeras publicaciones de la que ahora es una de las editoriales más importantes y con mayor trayectoria en el país.

El resto de su carrera poco ha poco ha ganado el reconocimiento de las instituciones, porque el de los lectores ha sido absoluto y fiel. De entre sus premios destaca el Premio Municipal de Prosa en 1996, y, en 2005, el Premio Anual de la Fundación para la Cultura Urbana por Florencio y los pajaritos de Angelina su mujer, un libro de cuentros entrañables sobre el amor, el fútbol, y la ternura, temas constantes en toda la obra de Massiani.

Apuesta vital

En su casa, lo primero que Pancho pregunta es si alguno tiene cigarros. “No puede ser que ninguno fume”. Ignorar el detalle no funciona, el intento de comenzar la travesía por su historia es infructuoso; él no está allí, está añorando el tabaco entre sus dedos, primero, en cortos segundos en su mente, luego, repetidas veces, en voz de necesidad. Juega, ansioso, con un cigarro fantasma. Finalmente increpa: “¿Ustedes tienen carro?”.

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Déborah castillo, domadora de imágenes

Por Jesús Torrivilla

 Artista que transita cual zarpazo medios como el video, la imagen y el performance, Déborah Castillo es una creadora inconforme, rebelde, parte de la generación de artistas emergentes que proponen las reflexiones más críticas sobre su entorno

Déborah Castillo y su abuela mastican el mismo hilo. Lo tensan. Es una pugna en silencio. En un primer plano, inmóviles, la coreografía de los labios no es cómoda. Su perfil, a la izquierda, refleja la luz casi con el mismo fulgor que el pedacito de hilo que ahora cede y dibuja un arco. El rostro de su abuela, del otro extremo, hace sombras: entre pliegue y pliegue de la piel los grises se transforman en franco ocre, imperfecto añejo. El hilo, sostenido por los labios de ambas, enfrentadas, se vuelve a tensar.

-Soy una gran rebelde. Trabajar con el cuerpo es un acto político en un país tan tradicionalmente moderno como Venezuela.

En una ciudad de concreto armado, Déborah Castillo es una artista que ha repartido su imagen disfrazada de conejita, diabla, princesa, ángel y peligrosa fetichista. Ella, personalmente, reprodujo esa serie en pequeños calendarios que repartió en talleres mecánicos por la ciudad, pero que también exhibió en galerías de arte.

“12 calendarios eróticos ganaron el XI Premio Eugenio Mendoza”. Así titularía en el diario El Mundo el lunes 6 de octubre de 2003, Castillo había ganado uno de los premios más importantes de arte emergente. “Yo estaba fuera del país y mi mamá me llamó para decirme que me había ganado el Mendoza. Ni siquiera había terminado de estudiar. Yo creo que no me merecía ese premio”.

Graduada de educación, Déborah Castillo después haría un periplo por escuelas de arte que la llevaría a encontrarse, primero, con su propia imagen, subordinada siempre a la idea, al discurso. Estudió diseño, pasó por la Cristóbal Rojas, cultivó las artes del fuego, que en sus manos se le recordaban a las muñecas que hacía de pequeña, a sus tejidos; maleabilidad después decantada en el click de la cámara fotográfica, una de sus herramientas esenciales.

Una de las preocupaciones que ha dirigido su trabajo ha sido el cuerpo, en un principio, el suyo. Castillo impreca a su interlocutor, se abalanza sobre él con toda la potencia de su descontento. Señala con énfasis. “Yo hago performance, tanto míos como colectivos. Si yo te digo a ti qué hacer, eso es un performance mío. La fotografía, el video, son maneras de registrar esas acciones”.

Sentada en un promontorio plateado, la domadora de leones le hace gestos a la cámara. Se puede escuchar el violento azote del látigo en el aire. Ella se ríe. Entre la serie de fotografías, una imagen nítida destaca de la serie en movimiento. La domadora impúdica apenas tapa sus pezones con detalles rojos, brillantes. Déborah Castillo abre las piernas y saca la lengua. El circo de esta caudillo está integrado por fenómenos a los cuales no pareciera amaestrar sino seducir. La serie se llama “Caracas El Nuevo Circo”, un recorrido irónico por un coso lleno de retratos de curadores y artistas: Perán Erminy con nariz de payazo, Lorena González con máscara de cochino, Fran Beaufrand como un conejo que acaba de salir de su propio sombrero.

-Tengo una necesidad de enunciación. Soy una apasionada de la idea, que está por encima de la foto o la brocha. La obra es un dispositivo discursivo.

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La desmesura de Fernando Vallejo

Por Jesús Torrivilla -@jtvilla

Reconocido con dos de los más importantes premios de la lengua castellana, el FIL de Literaturas Romances y el Rómulo Gallegos, Fernando Vallejo es un polemista nato, cuyo desbocado discurso causa en igual medida rechazo y admiración. Este es un perfil híbrido, huérfano, apóstata, hecho con retazos de sus libros, de entrevistas, de discursos, en los que la voz indignada de Vallejo resuena como una de las más sonoras del continente.

Los libros me han dado los momentos más felices de mi vida. Sandokán todavía es dueño y señor de Borneo en mis recuerdos. Pero solo en el pretérito. Ya no leo literatura, no me interesa.

Ahora me obligan a hablar de mí mismo sin el Fernando de los libros. Sin ese personaje que soy yo que son mis recuerdos. Soy un escritor de autobiografías, incluyendo la mía. La tercera persona es una impostura, una mentira, una abstracción, una ardid espurio. Como Dios. Los periodistas no han terminado de entender que yo escribo para olvidar, para aligerar el sufrimiento que es la vida y que me han impuesto; todo este dolor. Me piden hacer acopio de mis premios, contar mi vida para que otras cobren significados o para qué se yo. He decido ceder y hacerle el juego a los impostores.

Mi primer libro lo publiqué en 1983. Siempre he tenido un enorme interés por el lenguaje. Me impresionó cuando joven Apuntaciones críticas sobre el lenguaje colombiano, de Rufino José Cuervo, gramático colombiano presa de la desmesura, el primer filólogo del español, un intelectual que personifica el exceso colombiano, país alucinado y asesino. Colombia es la podredumbre del alma. El Homo sapiens en esencia es una bestia de lujuria y simulación, un pecador nato que copula y miente, Cuervo, en cambio, era un santo, y más vale un santo mío que cuatro mil de la Iglesia. Siempre quise saber de él, desde niño.

Sospechaba que Cuervo era un santo pero no lo podía afirmar. Después de un investigación exhaustiva, de leer dos mil seiscientas cartas suyas, escritas a unos doscientos corresponsales, queda confirmado: un santo a carta cabal, milagroso. Primer milagro: que un simple biógrafo de los de infantería como yo, un patirrajado que se pasó años y años siguiéndoles los pasos a Porfirio Barba Jacob y a José Asunción Silva (dos poetas, dos bribones) haya ascendido a la categoría de hagiógrafo. Y no uno del común, mucho más: un hagiógrafo canonizador, de los que soy el primero y por lo pronto el único. Conmigo se inicia el género. Un enemigo sí tengo, un alma perversa, dañina, mala: Wojtyla el polaco, el bellaco, más conocido en vida por el alias de Juan Pablo II, alimaña blancuzca y protagónica de raza eslava que se pasó los veintiséis años y medio de su pontificado, sin irle ni venirle, azuzando la paridera y canonizando a diestra y siniestra con su mano suelta y despilfarradora, la derecha, que más parecía una manguera loca que una mano pegada al brazo de un cristiano. Entre beatificados y canonizados infló el santoral en cuatro mil. Pues una cosa sí te digo: que vale más un santo mío que cuatro mil de ese engendro.

Una obra desmesurada como el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana pretendía reunir etimologías, significados, comparaciones. Era una empresa imposible que se propuso san Rufino José Cuervo Urisarri en 1872 y que solo pudo ser terminado en 1994 por el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá. Leyendo sus primeros tomos y las Notas a la gramática castellana de Andrés Bello fue que me enamoré de nuestro idioma. Mi primer libro se llamó Logoi, una gramática del lenguaje literario, y fue mi intento por aportar a un área inexplorada; el último es, precisamente, El cuervo blanco, que los periodistas con sus frases hechas han tildado de un libro “lleno de humor y amor a la lengua española”.  Pero me dices que quieres saber de mi vida, perdóname.

Los días azules en Medellín ya no los recuerdo con la misma tristeza abrasadora. Son un faro de las papeletas que en los ríos diáfanos llamaban a la navidad, al nacimiento del niño Dios. Arriba, arriba se elevaban por entres los cerros y se perdían. Llegaban a Roma, a Nueva York, a México. Hasta que tuve que decir: esa mala patria de Colombia ya no es la mía.

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