Ron Chávez en busca de sí mismo

Por: Juan Sanoja  | Juan Sanoja

Caminaba de un lado al otro en el escenario. Ya llevaba hablando unos cinco minutos y, como siempre, había sacado unas cuantas carcajadas a la audiencia. Su historia inspiraba, cómo no. Era la historia de todos. La de los sueños rotos. La del hombre que busca su lugar en el mundo y mientras tanto va acumulando un sinfín de fracasos. La del veinteañero que no sabe qué hacer con su vida. La de la frustración y la amargura. La de poncharse mil veces por no ver la bola. La de navegar a la deriva. La de remar contra corriente. La de resistir, persistir e insistir hasta que, con suerte, la existencia empiece a cobrar sentido:

–Si tú, con pasión, decides hacer algo, y sientes que para eso eres bueno, lo único que tienes que hacer para detectarlo es escucharte, aceptarte y tomar decisiones. ¡Muchísimas gracias!

Había culminado su presentación frente al Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello y ahora estaba en medio del escenario disfrutando de su sonido favorito. Como todo un showman consagrado, Ron Chávez recibía los aplausos que daban por concluida la séptima edición de un evento que agrupaba a exitosos emprendedores venezolanos. Él, que había abandonado tres carreras universitarias; él, que vio frustrada su aspiración castrense al ser dado de baja por deficiencia académica en la Guardia Nacional Bolivariana; él, que durante una década pasó por todos los trabajos habidos y por haber tratando de calar en la sociedad, acababa de dar una clase de cómo romper el molde y triunfar en la vida.

Ron Chávez encontró su lugar en el mundo gracias a la improvisación teatral y ahora presentaba en la UCAB un proyecto iniciado meses atrás: una Escuela de Humor que pretendía dignificar el oficio del comediante y preparar profesionalmente a más bichos raros como él, personas que no habían querido (o podido) seguir el camino ortodoxo de la vida y que hallaron en la tarima el sitio donde querían pasar el resto de sus años en la Tierra.

Roberto Carlos (Ron Chávez son sus apellidos) había nacido en un hogar artístico y de niño se le notaba. Su madre tenía experiencia en el teatro, su padre en las artes plásticas y él era un pequeño extrovertido que imitaba a personajes de Radio Rochela, El Chavo y el Chapulín Colorado. Su vena artística era innegable, pero entre los trece y los catorce años le pasó lo que a cualquier adolescente. Escuchó que había que crecer y confundió madurez con seriedad. Le puso un torniquete a su torrente creativo y de ahí en adelante se dedicó a ser un tipo serio.

Había participado en los actos culturales de su colegio, en montajes de teatro e incluso en un capítulo de Las Dos Dianas, la recordada novela del 92 protagonizada por Carlos Mata y Nohely Arteaga. Pero cuando llegó el momento, su decisión estaba clara: Ron quería ingresar a la escuela militar. Así que, con sólo dieciséis años, empezó a formarse en la institución castrense.

Estaba en el lugar equivocado –me dice un Mayor de la Guardia Nacional, que fue compañero de promoción de Ron–. Tarde o temprano iba a darse cuenta de que no estaba en lo suyo. Recuerdo que le propuse: ‘Ron, tú tienes que ser comediante’. Tenía una facilidad para expresarse que no era de militar. Siempre llegaba con una cara, con una morisqueta.

Ron había sido uno de los 1000 cadetes que ingresaron a la Fuerza Armada en 1998. Formó parte del grupo de 250 que entraron a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC) al año siguiente, pero su nombre no pudo estar entre los ciento y pico que se graduaron como Guardias Nacionales tiempo después: al tercer año reprobó estadística y tuvo que abandonar la milicia.

Esa sería la primera de las cuatro veces que dejaría los estudios: no aprobó el curso propedéutico de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública, se retiró de la UCAB porque no podía pagar la matrícula y abandonó la carrera de Administración en Recursos Humanos que estaba cursando en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, para dedicarse al teatro.

En el ínterin, Roberto Carlos había sacado una maestría en varios oficios. Estuvo seis meses en Estados Unidos para conocer el idioma y lo menos que hizo fue aprender inglés. Lavó carros, cuidó niños, cortó grama, bañó perros y hasta impermeabilizó techos. Las fortalezas físicas y mentales adquiridas de la doctrina militar –me dice Ron en la actualidad– lo habían curtido y preparado para cualquier tarea. Pagar plantones (estar de pie y firme por largas horas) no era precisamente algo a lo que todo el mundo estuviese acostumbrado y él ya lo había vivido en su época de cadete. Por eso, no se sentía incómodo ganándose la vida bajo el sol inclemente mientras acomodaba las azoteas de los hogares gringos.

En Venezuela volvió a trabajar la paciencia mientras se ganaba el quince y último contando bolígrafos en una fábrica, desarrolló la empatía trabajando como cajero en un centro de copiado, fue cultivando el don de gente atendiendo al público en Cantv y Telcel y se gradúo de todero en una ferretería.

“¡¡¡Ron Chávez!!!”, grita, micrófono en mano, Willy McKey, el encargado de moderar el evento de emprendedores en la UCAB. A Roberto Carlos lo siguen aplaudiendo y yo pienso en Søren Kierkegaard, el filósofo que citó alguna vez Villoro: la vida se vive hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás.

Eran las diez de la noche del primero de enero del 2011 y Ron Chávez estaba en una habitación de hotel en Los Andes, Chile, tomándose una cerveza, preguntándose qué carajo hacía allí y llorando como un niño que extraña a su madre. Tenía ya año y medio desde que había comenzado en el mundo de la improvisación teatral y ése era su primer viaje en busca de conocimientos.

Unos meses atrás había conocido por Facebook a una mujer chilena que estaba metida en la movida artística y que se había puesto a la orden por si algún día Ron necesitaba techo y comida en una eventual expedición sudamericana. Por eso, cuando en Internet encontró unos talleres de improvisación en la tierra de Pinochet y Allende, no dudó en escribirle a su amiga virtual. Ella, muy cordial, reiteró la oferta que le había hecho no mucho tiempo atrás y Ron compró pasaje, empacó su maleta y tomó un avión el primer día del año 2011. El problema fue que, al llegar, y tras ser recibido con un almuerzo, la mujer le informó que no podía quedarse allí, pues su marido le había dicho que cómo era posible que un hombre durmiera en una casa donde vivían dos niñas de 15 años.

Tuvo que agarrar su equipaje y quedarse en un hotel de 30 dólares la noche. Eso era el 10% del presupuesto que tenía para pasar un mes completo en Chile. La decisión de la mujer le había trastocado todos los planes y ahora estaba en Santiago sin tener idea de qué era lo que iba a hacer. Se le ocurrió llamar a Jorge Parra, su mentor argentino que había creado en Venezuela el show de improvisación del que se había enamorado, y éste le recomendó que llamara a fulanito, un fabricante de utensilios de circo.

Al día siguiente, cuando conoció al amigo de Parra, se dio cuenta de que su nuevo hotel, donde se quedaría los próximos treinta días, sería un galpón inmenso donde decenas de personas practicaban mañana tras mañana malabares, acrobacias, contorciones y demás espectáculos circenses. Allí se percató de que lo más parecido a una academia militar era la disciplina con la que esos hombres se paraban todas los días a entrenar religiosamente. Fue en ese momento cuando dejó atrás, para siempre, todos los prejuicios que durante años le habían hecho pensar que quienes hacían teatro eran locos, drogadictos y malvivientes.

El cuento me lo está echando el propio Ron Chávez. Son casi las cinco de la tarde de un martes de diciembre y ya llevo una hora escuchando las anécdotas que ha acumulado desde que en 2009 su madre, con tono de preocupación, le preguntase que qué iba a pasar con los estudios, que si era verdad que quería dedicarse al mundo de la actuación.

La conversación tiene lugar en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, uno de los tantos edificios que copan la interminable avenida Francisco de Miranda y el lugar donde se inauguró, hace escasos meses, la primera sede de la Escuela de Humor. Ron Chávez está a punto de dictar la última sesión del taller ‘ABC de la Impro’ y debemos interrumpir la conversación ante la llegada de sus alumnos.

De vibra ligera, cola de caballo y barba semipoblada, no hay nada en Ron que haga recordar su pasado militar. Nada, salvo la disciplina que impone en clase. “Bueno, los celulares, muchachos. ¡Vamos a aprovechar la clase!”, dice enérgicamente para poner orden y dar inicio al cronograma de actividades. Su cara de éxtasis lo dice todo: ha llegado el mejor momento del día.

En la mano derecha tiene una campana y en la izquierda un cuadernito. Con lo primero llama la atención y en lo segundo anota para luego corregir. Durante la clase, Ron toma más apuntes que Mourinho, aplaude como un espectador más, tiene la sonrisa de un niño y cuenta con más adrenalina que un ladrón en problemas. La pasión de la que hablan sus familiares, amigos, alumnos y colegas está ahí, en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, un martes de diciembre, a las 5:30 de la tarde.

–El greñúo ese es uno de los duros, el que empezó con todo esto. Es un fenómeno.

Un señor pelón, de camisa negra y acaso 40 años, le explica a su amigo de qué va el show llamado Improvisto. Aunque no domina con precisión los datos históricos, el sujeto que tengo detrás en la cola hace bien en detallar los fundamentos del espectáculo que hoy hemos venido a ver: una obra que está dividida en cinco historias independientes, cada una de las cuales surge de la improvisación.

El greñúo al que hace referencia el señor es Ron Chávez, quien desde hace ya unos años comenzó a cambiar el look de cadete que había llevado con orgullo cuando le tocaba marchar con las botas puestas y el fusil en la mano. Ya no se pasa la máquina uno, ni tampoco se afeita la cara. La metamorfosis artística lo ha convertido en una suerte de Jesucristo criollo con el pelo a media espalda.

Todo empezó una década atrás. A Ron lo invitaron a ver un show en el CELARG de Altamira y él, cuenta, salió con los tapones volados. No podía creer lo que había visto: una obra de teatro donde absolutamente todo era improvisado. La cuestión le pareció tan increíble que incluso pensó en que él podía dedicarse a ello, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cerebro le mandó un cable a tierra: ‘Si eres ridículo, qué vas a estar tú haciendo eso. Ni de vaina. Tú estás a punto de finalizar una carrera en la Universidad Simón Rodríguez como Licenciado en Administración de Recursos Humanos. Ni se te ocurra pensar en una cosa como esa, muchacho loco’.

Las endorfinas y una mujer, no obstante, le hicieron cambiar de parecer. La chica de la que estaba perdidamente enamorado le dijo que iba a tomar un taller de improvisación dirigido por la gente de Improvisto y él no dudo ni un segundo: era su oportunidad para conquistarla. La chama no pasó de la segunda clase, pero poco importó: él había encontrado la profesión con la que quería casarse por el resto de su vida.

Dirían los psicólogos que a partir de ese momento Ron pasó del «soy lo que voy probando para elegir» al «somos los que amamos». Roberto Carlos empezó a hacer cuanto taller y curso se le pasara por enfrente, se convirtió en un autodidacta empedernido y todo lo demás fue dándose en consecuencia. Escaló posiciones y llegó a dirigir el show que en 2009 le había volado los tapones.

Al pelón le ha tocado al lado mío. Le sigue contando a su amigo lo bueno que es el show que está a punto de comenzar. El teatro queda a oscuras. Una melodía rockera empieza a sonar y unas luces multicolores de discoteca apuntan desde el techo a todas direcciones. El público anima con aplausos y el maestro da luz de sala. Por la puerta de atrás van entrando los actores. Vestido de amarillo, Ron Chávez comanda al equipo con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso en Villoro: Søren Kierkegaard tenía razón.

Federico Santelmo: El ingeniero que se enamoró del teatro

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Federico Santelmo conoció la viralidad el lunes 13 de noviembre de 2017, cuando la Real Academia Española le aclaró en un tuit una duda un tanto peculiar: “El diccionario académico de americanismos registra las grafías «mamahuevo» y «mamagüevo»”. Días atrás, Santelmo había visto que la RAE estaba respondiendo preguntas y se le ocurrió hacer una consulta que fuese tan jocosa como interesante. Tras un breve ejercicio creativo, la idea que le vino a la mente no fue otra que precisar, a ciencia cierta, cuál era la forma correcta de escribir una de las groserías más utilizadas en Venezuela.

Federico publicó el tuit un viernes y en ese momento algunos de sus seguidores se rieron, un par más le dio like y ahí terminó todo. No obstante, la RAE apareció el lunes siguiente para responder la pregunta y aquello se salió de control: “Cuando veo que me contestan digo: ‘Oye, qué cool’. Di like, las gracias y ya; pero en eso empezaron con like, retuit, like, retuit, like, retuit… Justo en ese momento estaba con Carito y le dije: ‘Mira, como que a la gente le está gustando’. A partir de ahí fue algo absurdo. Dejé de tener control al respecto. Las notificaciones se volvieron locas. Hubo gente que me escribió por Whatsapp diciéndome que le habían mandado el tuit por siete grupos distintos. Después apareció en los portales de noticias. Me metía en Instagram y también estaba allí”.

La singular consulta le había dado la vuelta al mundo, pero, ¿quién era el hombre detrás de la pregunta? ¿Un ingeniero? ¿Un especialista en marketing? ¿El editor y fundador de un medio de comunicación? ¿Un actor de improvisación teatral? El currículo de Federico Santelmo, @fedesiete, decía todo lo anterior. No obstante, las distinciones más importantes de su vida no eran, a decir verdad, los títulos otorgados por la Universidad Simón Bolívar, el Politecnico di Torino o el diplomado realizado en la Universidad Metropolitana. Tampoco el haber tenido un cargo global en Pfizer o haber fundado el grupo @NochesDeImpro. Vista su carrera, las credenciales más significativas de Santelmo eran la maestría en curiosidad y el postgrado en inventiva que había venido cultivando desde hacía más de diez años.

Esas eran las dos características que le daban cierta coherencia a su a priori incomprensible hoja de vida y eran, a su vez, una buena forma de resumir a qué se dedicaba Federico. “Los retos me atraen muchísimo. Crear desde la nada. Me parece interesante construir algo y que luego permanezca. No es que me aburra y cambie, aunque puede ser (risas), sino que me gusta la oportunidad de crear algo desde cero y de utilizar el pensamiento creativo aplicado estratégicamente”.

A principios de su carrera profesional, Santelmo comenzó a pasearse por diversas áreas que le permitían usar ambos lados del cerebro. El hemisferio izquierdo del análisis, la estrategia y el razonamiento lógico; y el hemisferio derecho de la curiosidad, la pasión y el desahogo creativo. “Uno no siempre está claro de lo que quiere, pero si uno va buscando y probando… Ahí está el caso del maestro Abreu: fue político, economista, también fue músico y se dedicó a diferentes ramas hasta que en un momento dijo: ‘Ya va, ¿y si yo combino todo esto? Y así creó el Sistema de Orquestas. Pero hasta que no llega ese instante no sabes [a qué te vas a dedicar]”.

Por mucho tiempo, Federico estuvo probando trabajos y ecosistemas laborales hasta que llegó a la improvisación teatral, momento en el que se dio cuenta de que ese oficio no lo abandonaría más nunca en su vida. ¿Cómo fue a parar a las tablas? La historia es la siguiente: Santelmo vio un día por televisión Whose Line Is It Anyway? y no pudo creer lo bueno que era aquello –“lloraba de la risa”, afirma rememorando su época de estudiante en la USB–. Luego, años después, lo invitaron a ver una obra de Improvisto y le provocó experimentar en ese mundo, pero no hizo nada al respecto. Así pasó el tiempo hasta que el destino lo puso en el lugar y en el momento indicado. Hizo proyectos de marketing precisamente con el fundador de Improvisto y no desaprovechó la oportunidad para preguntar cuándo harían talleres: Federico quería estar en tarima.

“A partir de ahí no paré nunca”, afirma Santelmo. Fue a su primer taller y le pasó como al niño que va a jugar a casa del primo que tiene PlayStation: quedó fiebrúo, con ganas de más. “Como estudiante te sientes muy frustrado, porque, claro, aprendes muchas cosas y no tienes tanto tiempo para ejercitarlas. Entonces, yo tuve la suerte de que apenas terminé el taller una de las estudiantes me llamó y me dijo: ‘Vamos a hacer un grupo nosotros’. Entrenamos con Rey Vecchionacce al principio y luego éramos seis personas como buscando, ensayando, y empezamos a participar en ventanas que estaban abiertas en ese momento”.

Una de esas ventanas era participar en las Improcaimaneras, competencias de improvisación que se hacían (y se hacen) en plazas. Allí, Santelmo y sus compañeros siguieron empapándose en el arte escénico y fueron conociendo más y más gente. Luego empezó el Match de Improvisación en el Ateneo de Caracas y el equipo se inscribió para seguir haciendo shows amateurs. A todas estas, Federico tenía en mente la mítica frase de Malcolm Gladwell: para llegar a dominar cualquier actividad se requieren 10.000 horas de trabajo.

No obstante, Santelmo, para ese entonces (2013), estaba trabajando en Pfizer. Y no sólo eso: al año siguiente rechazaría una oferta de Improvisto para formar parte del elenco porque todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo. En la reconocida empresa farmacéutica hacía ‘multichannel marketing’ y él estaba encantado. Le gustaba la organización, el mundo corporativo y su cultura. Ambientes que, según cuenta, lo ayudaron a adquirir muchísimas herramientas a las que aún recurre cuando se tiene que sentar a planificar un nuevo proyecto.

El problema fue que mientras en Pfizer iba escalando posiciones, el país comenzaba a irse en picada. A partir de 2016 él ya ocupaba un cargo global, pero era cada vez más difícil mantener el foco. Su equipo de trabajo residía en Nueva York y él, estando en Venezuela, sentía que vivía en una burbuja.

Desde hacía un par de años Santelmo había estado construyendo en paralelo un proyecto de improvisación teatral (#NochesDeImpro) y en 2017, finalmente, decidió que ya era momento de dejarlo todo. Renunció, agarró su liquidación, la juntó con los ahorros que tenía y se fue a Nueva York, pero no para reunirse con su antiguo equipo de Pfizer, sino para asistir a tres cursos intensivos de improvisación en tres escuelas diferentes. Faltaban, todavía, muchas horas de Gladwell.

Luego de su paso por la Gran Manzana y un par de talleres más en Bogotá, Federico volvió a Venezuela con un mar de conocimientos que ansiaba compartir tanto con sus compañeros de tablas, como con el público en general.

Con más de cuatro años de experiencia, este ingeniero devenido en actor ya dicta talleres de artes escénicas y continúa creando desde el teatro con Noches de Impro, un show que nació en 2015 en La Quinta Bar y que ya ha llegado a diversas salas del país. Su meta, en la actualidad, es educar, enseñar y practicar con cientos (y miles) de personas que quieran atreverse, como él, a estar en tarima y seguir contribuyendo con una industria todavía incipiente.

Juan Andrés Belgrave: “La improvisación es muy noble”

Puede decirse, con total seguridad, que Juan Andrés Belgrave es un gurú de las artes escénicas. Empezó con el Grupo Teatral Skena haciendo obras de comedia en el colegio, luego hizo algo de televisión en Televen, fue uno de los pioneros de la improvisación en Venezuela y en la actualidad participa en películas de la talla de Papita, Maní y Tostón.

Cuenta Juan Andrés que sus inicios en la improvisación fueron junto a Alejandra Otero y Corina Perera, en un grupo en el que, al principio, no tenían mucha idea de lo que estaban haciendo. Sólo contaban con un libro hecho por los creadores de un famoso show de improvisación estadounidense (‘Whose Line Is It Anyway?’) y con los ejercicios que allí se describían fueron aprendiendo poco a poco gracias a la metodología más antigua de la historia: ensayo y error.

Así fue hasta que escucharon en la radio que el argentino Jorge Parra dictaría un taller sobre improvisación y todo el grupo decidió inscribirse.

Meses más tarde, con las enseñanzas ahí adquiridas y bajo la tutela de Parra, nacería Improvisto, un espectáculo que ya lleva más de una década llenando salas por toda Venezuela y en cuyo elenco actual Juan Andrés tiene el título honorífico de ser el único fundador en tarima.

Con él hablamos sobre los secretos detrás de la improvisación, sobre las diferencias que tiene ese tipo de teatro con el stand-up y sobre algunos de sus proyectos. También descubrimos que su película favorita es toda la saga de Star Wars y que su ídolo, según dijo, es Jesucristo.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Está difícil, porque eso fue hace ya como 12 años. A ver… estaba estudiando Comunicación Social, ya había hecho teatro con Skena, había hecho un poquito de televisión también en Televen (Planeta de 6, Taima) y había estado en otro grupo de improvisación que se llamaba ImproSaurios, en el que estaba Corina Perera, Alejandra Otero y un amigo que está ahorita en Canadá haciendo impro.

Estábamos en la impro y no teníamos idea de qué estábamos haciendo, nada más teníamos un libro en inglés sobre los tipos estos que hacían ‘Whose Line Is It Anyway?’, un programa de Drew Carey en el que hacían improvisaciones por televisión. ¡Era genial! Y con los ejercicios del libro, más o menos de lo que entendíamos, íbamos haciendo la cosa. Ahí apareció Jorge Parra por radio diciendo que iba dar un taller de impro y nos metimos todos. Así empezó Improvisto.

Estuve desde el primer taller con Mondongo, pero me fui desde el 2006 al 2010, porque estaba estudiando cine, impro, stand-up, teatro y clown en Buenos Aires.

–¿Cuándo y por qué empezaste con la comedia?

–Siempre, siempre hice comedia. El primer grupo de teatro, donde aprendí todo, fue con Skena, en el colegio. Se hacía un montaje por año y todas las obras que hacíamos al final eran de comedia. Entonces desde ahí empecé, después hice stand-up y en las obras siempre me llamaban para cosas de comedia. Cuando no era comedia no me iba muy bien.

–Lo tuviste claro desde el principio…

–Yo quería hacer de todo, y trato de formarme para hacer de todo, pero se me da más fácil la comedia, (soy) muy payaso, muy payaso.

–¿Siempre fuiste extrovertido?

–No en el día a día, pero sí en el escenario.

–¿Se puede a ser cómico, a improvisar?

–Claro, claro. Tienes que hacer talleres, tienes que leer, tienes que estudiar, pero lo mejor va a ser estar en el escenario y tener ‘horas de vuelo’, como le llamamos nosotros. Lo que ayuda mucho, para la impro específicamente, es conectarse con la manera como uno era cuando jugaba de chico. No sé si te acuerdas de policía y ladrón: si jugabas con un pana tuyo y sacabas tu pistola de mentira, que era tu mano, y disparabas y tu compañero no se moría, no querías jugar más con él porque no sabía jugar. Pasa lo mismo con la impro. O sea, tienes que meterte en el trip. Si tú lo ves, el público lo ve. Es genial.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–El día a día depende porque no tengo un trabajo fijo. Si no que lo que hago es, como quien dice, matar tigres siempre en lo mismo: aparte de Improvisto hago otras obras de teatro, hago funciones de stand-up, ahorita estoy grabando una película, hace poco estrené Solteras Indisponibles, ahorita se estrena Papita, Maní y Tostón 2 y normalmente estoy en ensayos, o en grabaciones o en funciones. No hay una rutina fija, pero normalmente es salir a ensayar o a una función o a una grabación. Es básicamente eso.

Los días de función tengo que llegar para acá (Centro Cultural BOD) una hora antes. Nos preparamos un poco, salimos a repartir los papelitos, nos ponemos las bragas, calentamos y a función.

–¿Tienes un ritual específico antes de cada función?

–Tengo como una manera de calentar, que es la que me ayuda a estar listo, que incluye un poco de yoga y de activar la mente y el juego. Nos gusta mucho cuando empieza el show, mientras está sonando la canción de Improvisto de entrada, ponernos locos y hacer el típico grito con la mano arriba y después nos abrazamos y nos damos una nalgada.

Han pasado muchos grupos en Improvisto y con cada grupo van como mutando los rituales. En otras épocas, te podría decir que del 2010 al 2015, a juro teníamos que jugar fuchi y éramos unos duros.

Los cambios de grupo tienen que ver con la dinámica de lo que está pasando en el país. La gente se va y si no se va, crece y va a hacer otras cosas. Viene mucha gente que hace stand-up comedy y para el stand-up tú tienes tu cosa muy cuadrada, tus chistes preparados, los pruebas, los preparas, los pruebas, los preparas y también te falta un poquito de impro. Entonces muchos comediantes vienen y hacen improvisación, pero como para tener la técnica. Es como un camino y no un fin.

Hay actores de teatro que también lo hacen. Ahorita en Los Ángeles la impro es lo que está como de moda. Todo el mundo, actores de toda la vida como Kevin Spacey, descubrieron que en la impro está el rush y la adrenalina de inventar y de crear en el momento y de mantener el personaje y de adherirle cosas al personaje con lo que pasa con el público, que es una energía que no puede obviar.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–El contigo mismo. A nosotros nos inculcó (Domingo) Mondongo la idea de ver la impro como un deporte. Nosotros ensayamos toda la semana, pero en realidad no ensayamos, no hay ningún texto que ensayar. ¿Entonces qué se hace? Se entrena. Así como en el fútbol, el entrenamiento no es solo jugar el partido, el entrenamiento es pelota parada, tiro de esquina, cabezazo, centros, y pasa un poco lo mismo acá. Entonces nosotros decimos que somos un equipo que sale a la cancha a jugar. Y la gente se pregunta: ajá y ¿cuál es el equipo contrario? Nosotros mismos. Si nosotros logramos vencer nuestros prejuicios y nuestros miedos para simplemente jugar y disfrutar, la gente va a disfrutar. Es muy noble la impro, no como el stand-up, en el que a veces tienes todo planeado y lo probaste en la Quinta Bar, en Teatro Bar, en una casa de familia y llegas a las Risas Azules y no hay ni una risa.

–¿Hace cuánto no haces stand-up?

–Como un año, un año (noviembre 2017). Yo tenía una rutina de stand-up de media hora y a veces me pedían que la llevara a 40-45 minutos, entonces yo la llenaba con impro y funcionaba mucho más la impro que el stand-up. Así que le quitaba diez minutos al stand-up y se los ponía a la impro y después le quitaba diez minutos más y, al final, mi show es todo impro ahora.

–Te retiraste ya…

–No me retiré. Muchos amigos me llaman para reunirme con ellos y rebotar material. Con eso me va súper bien. De hecho, me llamó Marcel Rasquin y estamos escribiendo una peli de comedia súper chévere, porque me va bien escribiendo, pero con material que ya está ahí. Pero crear de la nada, sentado en mi casa, no me funciona. Necesito estar ahí con la adrenalina y…

–¿Nunca llegaste al nivel en stand-up que tienes en la impro?

–No llegué, pero ojo: no me he muerto todavía, vamos a ver si hay chance de llegar más adelante.

–¿Mejor y peor momento en escenario?

–De los dos hay muchos. Recuerdo que el viernes había un título que se llamaba ‘Cuando tú quieras me llamas’ y esa improvisación salió genial. Era un tipo que se enamoraba de una mujer en una telenovela y va a consultarse con una bruja y la bruja también se enamora de él y le saca las cartas, que eran: un reloj, un ladrón y un fuego. Entonces la bruja lo interpreta todo mal y sigue la impro y la gente como que ‘pero bueno, ¿dónde está el título?’ y al final el tipo ve las cartas y dice: ‘Ya lo entiendo. El reloj es el cuando, el ladrón es el tuki y el fuego son las llamas. Cuando tuki eras me llamas’. Pfff. A veces esas cosas salen y yo digo que es el Dios de la impro que te deja tener esos momentos de gloria.

A los momentos chimbos creo que uno los deja pasar, no los registro. Registro qué salió mal para no volverlo a hacer. Lo chimbo es que tus panas se vayan y tengas que jugar con gente nueva y entonces al principio no tienes muchas ganas y después les agarras cariño y se te van otra vez y es como ‘Nooooo’.

–¿Tu género favorito y uno que no te guste tanto?

–Me encantan todos, pero siempre estoy esperando que llegue ‘Musical’. Y uno que no me gusta tanto es ‘Extranjero con traducción’ o ‘Contrarreloj’. Además de que hay como maldiciones del Dios de la impro. En ‘Contrarreloj’ nosotros sufrimos y cuando no sale es diez mil veces peor. Tienes poco tiempo, entonces no quieres que se pierdan los chistes y hay vértigo y el vértigo es difícil de controlar en la impro, pero ese ya es otro tema.

–¿Cómo se controla?

–El vértigo es tu peor enemigo en la impro. Es cuando tienes la sensación de que no estás bien parado y el tiempo se ralentiza y todo lo escuchas raro y ves a la gente del público y empieza a darte como nervios y quieres irte. A mí no me pasa hace diez años, pero cuando la función no está fluyendo… porque la función de impro sube, baja, sube, baja, pero cuando tiene mucho rato abajo y todos tus compañeros y tú están mal y la función no está fluyendo ahí sí empiezas a sentir el vértigo de ‘¿Cómo nos salimos de este hueco? ¿Cómo?’. Entonces está el peligro de que empieces a hacer chistes de culo, pipí, totona y eso puede ser totalmente contraproducente, pero uno está buscando el chiste fácil para tratar de salir del hueco. Ese momento es horrible. Pero casi siempre sale uno que se pone la banda de capitán y saca la función adelante.

–¿Improvisto en una palabra?

–Jugar.

–¿Algún hobby?

–Me gusta cocinar, me gusta estar con la familia, viajar y jugar PlayStation.

–¿Canción?

–Scatmans World.

–¿Artista?

–Fito Páez.

–¿Película?

–¿Tiene que ser una sola? Lo que pasa es que me gusta mucho la saga de Star Wars, entonces como son muchas películas.

–¿Serie?

–Curb your enthusiasm.

–¿Actor?

–Robert Downey Jr.

–¿Frase?

–Lo importante no es mear mucho, sino hacer espuma.

–¿Ídolo?

–Jesucristo. Te quedaste loco, ¿no?

–¿Alter ego?

–Rastafari.

–¿Comida?

–Hamburguesa.

–¿Algún libro?

–Del salto al vuelo.

 

 

Nadia María: “Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti”

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

La Nadia María  es aún más pana en persona de lo que parece en tarima… y pensar que todo ese sentido del humor, y todo ese talento para hacer reír a la gente, estuvo confinado, durante un tiempo, en una oficina del departamento de Recursos Humanos de una empresa de tecnología.

Allí era la encargada de reclutar personal hasta que alguien en Improvisto levantó el teléfono y le ofreció ser parte del elenco. Pero había una condición: tenía que dejarlo todo. Sin garantía de éxito, pero con la certeza de que su lugar en el mundo no estaba frente a un escritorio, Nadia tomó la decisión que, para ese momento, lucía más arriesgada: dejar de trabajar con sueldo fijo.

Todo cambió en aquel mes. Dejó la oficina, comenzó a vivir sola, terminó con su novio y empezó a dedicarse a la improvisación. Un período convulso que, sin embargo, tuvo un final feliz.

En la actualidad tiene la responsabilidad de dirigir, producir y actuar en el mismo show que años atrás veía desde público y con el que soñaba, algún día, formar parte para vivir la experiencia desde el otro lado del teatro.

Hace ya unas semanas tuvimos la oportunidad de conversar con ella y esto fue lo que nos dijo:

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Trabajaba en Recursos Humanos en IBM. Era el cliché de una persona de Recursos Humanos: o sea, era la gorda de la oficina que reclutaba personal. Eso era yo (risas), antes de llegar a Improvisto.

–¿Cuándo y por qué decidiste apostar por la comedia, por la improvisación?

–Yo comencé en la comedia con la técnica de clown, porque era voluntaria de Doctor Yaso. De ahí me fui conectando con la improvisación y comencé con el Impro Match.

Yo ya veía Improvisto porque Impro Match era como el equipo chiquito de Improvisto, como la liga B, y yo ya quería estar en Improvisto. Iba a todas las funciones. Siempre decía: quiero estar ahí. Justamente cuando estaba trabajando en IBM me llamaron y me preguntaron si quería estar en Improvisto, pero tenía que dejarlo todo.

–¿Y podías, económicamente, dejarlo todo?

–No, pero lo hice, porque yo sabía que mi lugar no era en una oficina, porque estaba sumamente frustrada y dije: ‘Mira, ya está, con la liquidación puede que viva un rato’. Fue un momento de cambio completamente. Yo dejé de trabajar con sueldo fijo, me vine a Improvisto, comencé a vivir sola y terminé con mi novio, con el que tenía como seis años. Todo me pasó en el mismo mes. Pero ya… Todo salió bien.

–¿Eras introvertida o extrovertida?

–Creo que soy las dos cosas, y siempre ha sido así. Ahora quizá soy mucho más extrovertida que introvertida, pero siempre fui las dos cosas. Según el contexto donde estuviera era una o la otra. En un contexto de confianza soy absurdamente extrovertida y cuando no, soy absurdamente lo opuesto. Es como un tema de lo que quiero en el momento. Es decir, si en el momento me da flojera hablar con la gente, soy la persona más introvertida del mundo entero

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–Se puede aprender. Yo creo que existe la gente que nace con eso y esos ya tienen una ventaja. Tú puedes aprender a ser cómico y vas a ser un cómico de librito, como digo yo. Con trabajo, no se te va a notar. Pero tienes que trabajar el triple de lo que trabaja cualquier persona. Y también tienes que entender cuando no lo puedes hacer y ya. Es decir, ¿se puede aprender? Sí, pero no todo el mundo.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–Mi día a día es una corredera absurda. Yo siento que desde que estoy en el mundo de la comedia trabajo más que cuando estaba en una oficina. Yo produzco Improvisto, soy directora de Improvisto, soy actriz de Improvisto… Entonces estoy todo el día en este tema: reuniones con clientes, vendiendo funciones privadas. Hasta hace nada hacía radio, entonces también tenía que dedicarle su tiempo…

Un día normal mío es trabajar, es entrenar, porque entreno, ¡gracias! (risas)… hago ejercicios y ensayo con Improvisto.

Un día de función es: descansar todo el día hasta que tenga que venir al show.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Creo que me paso el suiche cuando me estoy maquillando: en esos cinco minutos que me siento frente al espejo ya comienzo a meterme en el mood de actriz. Cuando me pongo la braga hago un par de estiramientos, siempre muy muy individual, y me empiezo a conectar con el juego yo con yo. Y luego hacemos nuestro ritual del grupo completo y vamos con todo. Pero no es taaaaan un ritual así que tenga. Es súper sencillo.

–¿Qué es lo más difícil a la hora de improvisar?

–Creo que estar pendiente de todo lo que pasa. Para mí un buen improvisador tiene el cerebro fracturado como en mil pedazos y tienes que hacer millones de cosas a la vez. Tienes que llevar la historia, tienes pensar en la propuesta que vas a hacer y escuchar las propuestas de tus compañeros, tienes que ver lo que está pasando en el público, tienes que ver qué hace falta o qué sobra en el escenario, tienes que ver cuándo puedes lanzar una buena propuesta… Hacer todo eso al mismo tiempo, sin que se te note, para mí es lo más difícil y creo que cuando un improvisador llega a ese nivel ya está consolidado.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Veo mucha comedia, trato de leer un montón, siempre estoy indagando. Cuando viajo, intento ver ideas del lugar al que voy, tanto de impro como de stand-up, que son las dos cosas que yo hago.

De vez en cuando, muy esporádicamente, dicto un taller para nutrirme de la gente que lo cursa, porque no hay nada más bueno para enriquecerte que la pureza con la que entran las personas a hacer un taller, porque entran sin vicios. Entonces ahí tú ves qué se está viendo en el momento, sales del cajón de Improvisto, porque somos una secta y todos pensamos y hablamos igual. Ahí ves un montón de cosas y todo eso te va nutriendo.

Y, obviamente, estudiar muchísimo. El Internet ayuda mucho, cuando hay (risas).

–¿En qué te estás fijando ahorita?

–Por ejemplo: ahorita llegué súper fiebrúa porque estuve recientemente en Los Ángeles (Estados Unidos) y fui al UCB, que es una escuela de improvisación allá, de donde salió Chelsea Peretti. Estuve como en cuatro shows y vine loca del nivel de impro que estaban haciendo.

Me compré el libro de técnicas de improvisación de ellos y ahorita estoy como descubriendo… O sea, hay como un paso por encimo del clásico “Yes I do” de la improvisación. Entonces es como ‘Wow, esto es como un reload de lo que ya sabemos de la impro’. A parte de que nosotros conocimos la improvisación por un argentino que lo trajo para acá y lo fuimos puliendo.

–¿Qué viste que nos pudieses contar?

–Vi dos shows que me encantaron. El más pro de ellos, que justamente es de donde viene Chelsea Peretti y toda esta gente, es un long-form clásico, pero el nivel de impro que ellos estaban haciendo ahí era increíble. ¡Ver cómo la capa de chiste no era la primera! Hubo una cosa que me resultó demasiado significativa, porque a mí en Improvisto me chalequean… es decir, yo soy un chiste fácil para todos los actores de Improvisto: yo salgo a escena y con meterse con mi gordura ya tienen y hay un chiste en el público y eso es así. Ya tengo experiencia con eso y no me molesta. Pero en el show que vi había una improvisadora que es increíble, que es una gordita que siempre tiene como una matica de coco en el pelo, y ella sale al escenario y lo primero que yo pienso cuando ella sale es justamente en el chiste que me hubiesen hecho a mí si hubiese sido yo la que hubiese salido en Improvisto y eso pasó desapercibido y vino una capa superior a ese chiste y fue y que: ‘Okay, es aquí donde deberíamos estar nosotros en este momento’. Me encantó ese.

Y me gustó otro de Impro que los disparadores eran música que la gente tenía en el celular. Le pedían el celular al público y había como un DJ que iba mezclando, entonces esos eran los disparadores para hacer las improvisaciones y me pareció increíble lo que pasaba con esa música.

–¿Cúales han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–Yo creo que los buenos momentos son muchos. Evidentemente, la primera vez que jugué fue mi mejor momento en escena porque yo deseaba estar en este show desde que tengo uso de razón. Estaba súper nerviosa, pero tienes un equipo que no te deja morir y eso es una tranquilidad que no te da el stand-up. En el stand-up te mueres ahí de un infarto y ya (risas).

Otra, sin duda, fue la primera vez que tocamos suelo en Miami y agotamos esa función. Fue increíble sentir el público. La primera vez que agotamos el Aula Magna en la central fue otro momento en el que se te aguan los ojos en la tarima… Hay un montón así.

Y malos momentos… creo que cuando no estás conectado con el juego, que es como que le ves la costura a todo. Es como: ‘Dios mío, esta puede ser, lejos, la peor función que hemos tenido en la vida’. Para mí, ese momento fue en Costa Rica: era un público que no hacía click con nosotros, o yo no sé si eran otro tipo de persona…

–Ese es el riesgo de hacer giras, ¿no?

–Claro, porque aparte nosotros estábamos invitados en un festival y había mucha gente de Costa Rica, entonces había que buscar la manera de adaptar este idioma para la gente de Costa Rica y ellos no son eufóricos como el venezolano, sino que son mucho más pasivos. De hecho salimos y fue y que: ‘Buen show, buen show’. Y nosotros y que: ‘Pero no demostraron que era bueno (risas)’. Ese, creo, fue uno de los peores shows de mi vida. Al menos el que más me costó.

–¿Tu género favorito de Improvisto y uno que no te guste tanto?

–Mi género favorito es ‘Contrarreloj’, que es uno que se hace en tres tiempos: se hace una presentación de cuatro minutos, luego de dos minutos y luego de un minuto. Y el otro es ‘Musical’. A pesar de que no canto, me gusta mucho porque yo soy una rapera frustrada. Entonces cada vez que tengo oportunidad de lanzarme una lírica (risas), lo hago.

–¿Vives de esto?

–Vivo de esto absurdamente. Completamente vivo del humor gracias a Dios. Vivo de Improvisto y del stand-up. Esas son las dos cosas que hago y espero vivir de eso hasta que me muera, porque no pienso regresar a una oficina por ahora.

–¿Improvisto en una palabra o en una frase?

–Trabajo.

–¿Un hobby?

–Comer.

–¿Una canción?

–No Rain, de Blind Melon.

–¿Artista?

–Pharrell.

–¿Película?

–Uff. Creo que la saga de Harry Potter siempre será mi película, pero estoy demasiado con La la land ahorita. Es que vengo de Los Ángeles, entonces todo es La la land allá. A parte de que descubrí por qué la película se llama La la land.

–¿Por qué?

–Se llama La la land porque a la gente de LA (Los Ángeles) le dicen que anda en las nubes y todos son “La la land”. O sea, el ‘La’ es de LA (Los Ángeles). Lo usan cuando, por ejemplo, te preguntan algo y tú respondes y que: “No, es que yo prefiero el café de la esquina (voz de sifrina)”. Entonces te dicen: “Tú y tu La la land”.

–¿Serie?

–Game of Thrones.

–¿Actor?

–Leonardo Di Caprio. Y actriz: Susan Sarandon.

–¿Frase?

–Búrlate de ti primero y verás cómo nadie nunca se podrá burlar de ti.

–¿Comida?

–Papitas fritas.

–¿Ídolo?

–Creo que Jerry Seinfeld es uno a juro, por todo lo que significa, y de acá, Emilio Lovera, porque trabaja incansablemente.

–¿Alter ego?

–Una asesina (risas).

–¿Un libro?

–El último libro que me compré es el de Técnica de Improvisación de UCB y el último que me leí fue Una Vacante Disponible, de J.K. Rowling, que también es bueno. Una novela para adultos que está buena, buena, buena.

 

Sacándole punta al pueblo

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Más allá de que el caso Smartmatic haya marcado un antes y un después en la historia electoral del país –resulta imposible confiar en cualquier cifra dada por el CNE–, hay dos elementos que han pasado por debajo de la mesa en esto del análisis:

El primero tiene que ver con la respuesta de la oposición tras las regionales de octubre: afirmaron que la trampa no estaba en las actas (totalización de votos), sino en lo viciado del proceso (comicios retrasados a conveniencia, reubicación de centros y manipulación del registro electoral, inhabilitación de candidatos y de la tarjeta unitaria de la MUD, prohibición de las sustituciones, CNE rojo rojito y observadores internacionales elegidos a conveniencia, compañas con recursos públicos, centros de votación con el nombre de Chávez y pare usted de contar).

El segundo está relacionado con la subestimación de la maquinaria del PSUV y del chavismo en general, tema que merece una serie de artículos aparte y del que pocos dirigentes de la oposición se han atrevido a hablar. Quizá Henrique Capriles, con las palabras pronunciadas en aquel evento de la UCAB («En defensa de la Constitución») que reunió a tirios y troyanos a principio de agosto, ha sido el que más se ha acercado a la génesis del problema: “aquí se trató de invisibilizar la mayoría que tuvo el presidente Chávez”. En pocas palabras, Radonski resumía la estrategia aplicada por la oposición durante tanto tiempo: hacerle creer a sus electores que en el otro bando no había gente, jugada que trajo una serie de consecuencias que usted puede leer en «El laberinto de la oposición».

Lo cierto es que el chavismo fue mayoría durante años hasta que en 2015, con la derrota en la AN, se dio cuenta de que tenía que empezar a hacer las cosas de otra manera y jugar más sucio que nunca (asunto que también abordamos en su momento, bajo el título «El chavismo contra el voto»).

Ahora bien, en la actualidad el PSUV no cuenta con los millones de votantes religiosos de antaño, ni está en la capacidad de dar pelas electorales, pero ha diseñado un aparato de dominación tal (Carnet de la Patria, UBCh, empleados públicos, comunas, colectivos y demás) que, si se le pone la lupa y se dejan las pasiones a un lado, puede explicar cómo un gobierno tan nefasto, y en medio de una crisis como la que vivimos, puede sacar una cantidad de votos a priori incomprensible.

El propio Nicolás Maduro, gráfica en mano y sin tapujos, expuso en el programa de Mario Silva, a una semana para la Constituyente, en qué consistía el fulano 4×4 del chavismo, una maquinaria electoral de la que otros líderes, como Diosdado Cabello, se habían cansado ya de hablar.

Ese día Maduro explicó que la estrategia se sostenía en cuatro columnas: las UBCh (Unidades de Batalla Bolívar – Chávez del PSUV); la estructura de los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción); los movimientos sociales (Congreso de la Patria, Gran Polo Patriótico y colectivos, más las nóminas de las empresas públicas y privadas, ministerios, gobernaciones y alcaldías); y, por último, el Carnet de la Patria.

Todas estas columnas, decía Maduro, debían registrar un 1 x 10 o un 1 x 10 x 10. Es decir, cada miembro de cada uno de esos cuatro bloques debía llevar, mínimo, a diez personas a votar. ¿Cómo el PSUV medía esto? Porque una semana antes de las elecciones estaba previsto registrar a esos potenciales electores en un sistema computarizado. “La maquinaria, la logística, la movilización, el transporte… En eso nosotros somos expertos”, soltó con orgullo Nicolás durante el programa.

“El 4×4 es vital. Nadie tiene excusas para no incorporarse. Todo el mundo debe movilizar”, fueron las palabras del número uno del PSUV antes de detallar cada una de las fases del proceso antes descrito.

Revelar cuántas personas conforman cada bloque es una tarea complicada –al igual que pasa con el CNE, resulta imposible dar por bueno los números del gobierno–, pero, más o menos, estas son algunas de las cifras: las UBCh están conformadas por 40 mil militantes (2013), los CLAP pueden haber llegado, mínimo, a más de 10 millones de personas, el Carnet de la Patria lo tienen, también, más de 10 millones de venezolanos (y si a usted le parece mucho, salga a caminar y vea las colas que se hacen para sacarlo) y el PSUV tiene más de 7 millones de militantes.

El objetivo de estas líneas no es hacer una disección milimétrica para saber de dónde viene cada voto, ni dar por buenos los números del CNE, sino transmitir que el chavismo tiene un proyecto de dominación en el que la estrategia electoral es todo menos improvisada. Dominan, controlan y coaccionan, entre otros medios, a través de la comida (CLAP) y del dinero (bonos del Carnet de la Patria). Aunado a eso cuentan con un voto duro que todavía puede pasar los 3.5 millones de electores (entre chavistas devotos, miembros del partido, familiares, etcétera) y tienen una maquinaria que, palabras más, palabras menos, está en la capacidad de tocar la puerta de millones de venezolanos para obligarlos a votar (volvemos al principio del artículo: la oposición no pudo afirmar que la trampa estuviese en la totalización).

Uno de los episodios más oscuro de esta estrategia se vivió el pasado domingo, cuando la candidata del PSUV a la alcaldía del municipio Libertador, Erika Farías, tuiteó lo siguiente: “Vamos al remate perfecto. Nuestro Presidente @NicolasMaduro en sus declaraciones habló de un regalo a través del carnet de la Patria a los que voten. Sáquenle punta a eso. Vamos todas y todos después de votar al punto rojo”.

El chavismo, que criticó a adecos y copeyanos por regalar lavadores y neveras, ahora, en pleno 2017, compra votos por 500 mil bolívares, que no alcanzan para mucho más que tres cartones de huevo. Todo sea por su proyecto de dominación y por quedarse por siempre en el poder.

Alessandra Hamdan: “Es mejor ser chévere que ser grande”

Alessandra Hamdan estudió Derecho (UCV), tiene alma de profesora, aprendió a bailar hip hop y ahora se gana la vida, entre otras cosas, improvisando cada fin de semana. Y decimos que tiene alma de profesora no porque imparta talleres en La Escuela de Humor, que también, sino por la cantidad de conceptos, explicaciones y ejemplos que soltó en tan poco tiempo y respondiendo a tan pocas preguntas.

Hamdan cree que Héctor Lavoe tenía razón y simplifica la mítica frase del cantante puertorriqueño: es mejor ser chévere que ser grande. Su alter ego, dice, podría ser algo así como Missy Elliott y su película favorita es esa que le dio el segundo Oscar a Tom Hanks por allá en 1995: Forrest Gump.

En esta entrevista nos cuenta, además, el momento más incómodo (y gracioso) que ha vivido durante función alguna: un episodio que involucra a Juan Andrés Belgrave, un desodorante aerosol y una braga que ‘olía malísimo’.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Bueno, estudié Derecho en la Universidad Central de Venezuela, estaba haciendo producción de teatro en el grupo Skena y participaba esporádicamente en el match de improvisación, que es un formato deportivo. También formé parte de otro grupo que se llamaba ‘Perdón, ahí vamos de nuevo’, que lo dirigía Freddy Merentes, pero no seguimos porque muchos se fueron a estudiar impro a Chicago. Además de eso estuve bailando hip hop, hasta que me llamaron de Improvisto hace tres años y todavía pertenezco al elenco.

–Te llamó Domingo y te dijo…

–Salió una muchacha llamada Marianna Michinel del elenco y creo que en ese caso al grupo le estaba faltando una actriz que fuese muy física.

Improvisto es como el fútbol. Digamos que el director, Domingo Mondongo, veía quién tenía el talento y qué podía aportar cada uno al escenario. Dentro del equipo hay muchas personas que hacen comedia y que hacen impro, pero cada uno tiene un fuerte. En mi caso es el cuerpo, lo físico, el baile: yo sé bailar locking, waacking, que son géneros del funk style y el hip hop. Eso en la improvisación quizás es una mezcla muy atípica y creo que por esa razón me llamaron.

Obviamente ya cuando entras al show vas cambiando según lo que tú sabes aportar. También hago clown: estuve recibiendo talleres en España, en Argentina, con Tomate, con Walter Velázquez, que son como mi formación. Una mezcla de todas esas cosas fue lo que intenté aportar al show. En Improvisto ya manejaban la técnica del clown y creo que fue por eso que pensaron que podía estar en el elenco.

–¿Se puede aprender a ser cómico, a improvisar?

–A improvisar por supuesto: tiene sus técnicas, tiene sus fundamentos. Todas las personas que tienen el interés pueden hacerlo. No necesitas ni siquiera ser actor. Evidentemente si lo eres y quieres aprender la técnica de la impro vas a tener más herramientas que alguien que no tiene el fogueo sobre las tablas, pero cualquiera puede hacerlo. Por supuesto, tener muchas horas de vuelo en el escenario y muchísimas presentaciones y ensayos, te permite ir entendiéndote.

Ojo, en la improvisación no es necesario ser todo el tiempo cómico: no por el hecho de improvisar vas a hacer comedia. De hecho, hay muchos formatos de improvisación que son de drama y que son muy interesantes, que tienen que ver con lo que se llama long-form.

–¿Cómo definirías el formato de Improvisto?

–En Improvisto hay una mezcla de cosas: improvisación, clown e incluso técnicas de stand-up comedy; pero no es el único formato. Hay muchos en el mundo: solos de impro, catch, match, está el formato de maestro en donde se eliminan competitivamente cuatro actores…

Nosotros hacemos improvisaciones que duran 8-10 minutos y que son historias que armamos según el título que nos dé el público. Con la técnica del payaso, que usa la exageración, la mimetización y el juego, de pronto en el escenario podemos, por ejemplo, abrir una puerta como en las comiquitas, tal cual como en Tom y Jerry. Con ese tipo de juegos se puede construir una historia que sea una telenovela. Eso nada más lo puedes ver en Improvisto.

Ahora, si en un formato de long-form tú ves que hay un conflicto en una familia y de pronto sale un extraterrestre, te parece raro, porque no es tan real. Hay formatos que son más realistas. En Improvisto, por ejemplo, se vale todo. Y es fino jugar en el show por eso: es muy caricaturesco, debido a que se apuntó a que fuese así hace doce años, cuando había muchos actores que dominaban la técnica del circo y la del payaso.

–¿Tienes algún ritual prefunción?

–Calentamiento del cuerpo y un ritual de siempre que hacemos nosotros que es vernos a las caras y gritar antes de entrar al escenario para tener la energía de un equipo de fútbol. Es una locura porque la gente quizás no lo entiende. Compartimos camerino con otros y se quedan y que: “Oye, estos están locos”. En este ritual nos tenemos que ver a los ojos. Hacemos como un círculo de energía y de allí arranca el show.

–¿Cuáles han sido tu mejor y tu peor momento en el escenario?

–El mejor fue en una función que hicimos en la Universidad Metropolitana. Yo estaba entrando, era nueva y me tocó entrompar. Digamos que en Improvisto tú vas escalando: al principio tienes más pena, sabes menos, te dejas guiar por los demás porque tú no le quieres arruinar las propuestas a ellos. Al principio tú eres como una persona que sirve a los demás. En mi caso fui in crescendo: en lo que me sentía más cómoda jugaba más y así iba. Pero, bueno, en la Metropolitana me tocó protagonizar y tocó como un baile de hip hop. Recuerdo que ese día le di con todo y el público se volvió realmente loco, loco, loco. Y fue como uff.

Y el peor momento fue cuando tuve que jugar toda una función con una braga que olía malísimo, al punto de que Juan Andrés tuvo que buscar un desodorante aerosol para echarme. Parecía una cucaracha (risas). Era muy incómodo, porque obviamente es muy físico el trabajo de los actores. Para mí fue incomodísimo. Yo decía: ‘¡Dios mío, qué vergüenza!’. Y ojo: me bañé, quiero que lo sepan (risas).

–¿Cuál es el género que más te gusta y el que menos?

–Mis favoritos son ‘Contrarreloj’, ‘Musical’ y ‘Telenovela’. Y los que menos: ‘Dos sílabas’, que es muy difícil, y ‘¿Qué dijiste?’.

–¿Improvisto en una frase?

–Ser tú mismo.

–¿Un hobby?

–Bailar o hacer stand-up.

–¿Una canción?

–Sex Machine.

–¿Un artista?

–James Brown.

–Película.

–Forrest Gump.

–Serie.

–No soy una persona de serie nuevas: me gusta mucho Friends.

–Actor o actriz

–De improvisación, Charo López, que es una argentina que me parece una dura. Y me gusta Emma Stone, Natalie Portman…

–¿Una frase?

–Es mejor ser chévere que ser grande, algo así, como la de Héctor Lavoe.

–¿Ídolo o modelo a seguir?

–Malena Pichot, Charo López… son muy fieles a su trabajo y me gustaría seguir ese camino.

–¿Un alter ego?

–Algo así como Missy Elliott.

–¿Plato de comida?

–Cualquier tipo de pizza.

–¿Libro?

–Cualquier poemario de Mario Benedetti.

RESEÑA: ‘El secreto de sus ojos’

Peliculón inolvidable, obra maestra, joya cinematográfica moderna. ‘El secreto de sus ojos’ (2009) es todo lo que está bien en el séptimo arte: actuaciones ultraverosímiles; una trama compleja, atrapante y alejada de los clichés; una dirección impecable en todo sentido y un desenlace de esos que perduran en la memoria.

Con Ricardo Darín a la cabeza –ya puede decirse: uno de los mejores actores latinoamericanos de siempre–, ‘El secreto de sus ojos’ cuenta una historia dramática que gira en torno a un caso de violación y homicidio no del todo resuelto.

Narrada en dos tiempos, la película mezcla los mejores elementos del relato policíaco con una subtrama romántica y un sutil pero imprescindible toque de humor a cargo del simpático Pablo Sandoval. Interpretado por Guillermo Francella, a este personaje secundario se le atribuye una de las frases más emblemáticas del film: “El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar: no puede cambiar de pasión”.

El largometraje aborda una problemática latinoamericana: la mano negra del sistema judicial, capaz de dejar en libertad a violadores y asesinos mientras hace todo lo posible por mantener a raya a aquellos que pretendan hacer cumplir la justicia con dignidad. Casos sobreseídos, delincuentes en cargos públicos y civiles que, ante la falla del poder judicial, deciden condenar a criminales con sus propias manos, son solo algunas de las consecuencias de la deleznable actitud de los que deben, y no quieren, hacer que las leyes se cumplan.

El film ganó el Oscar a mejor película extranjera en el 2010 y Ricardo Darín fue alabado por medios, críticos y cinéfilos gracias a su papel de Benjamín Espósito, un fiscal al que le toca el caso más duro de su vida y que se niega a dejarlo sin resolver. “Como los grandes actores de cine, te permite ver adentro de sus ojos. No es una mirada que actúa, es una mirada que vive”, dijo de él Juan José Campanella, el director de la cinta. Y cierto es que sólo por su interpretación el film valdría la pena, pero, como ya dijimos, ‘El secreto de sus ojos’ es todo lo que está bien en el séptimo arte.

Daniel López: “La clave es saber qué pasa en el escenario para apoyar y proponer desde la música”

Por, Juan Sanoja | @JuanSanoja

A Daniel López también le toca improvisar, pero no con la braga en tarima, sino con la guitarra y el sintetizador que controla a un lado del escenario. Él es el encargado de hacer todos los sonidos que los actores representan durante el espectáculo –abrir una puerta, tocar un timbre, revisar una gaveta– y de ponerle el ambiente musical a cada escena.

Estudió bastantes años guitarra y desde ahí se puso a jammear con varios de sus mejores amigos, quienes veían clases con el mismo profesor. Observando shows de Improvisto, admirando a los actores y realizando talleres, Daniel se fue preparando hasta que le llegó la oportunidad.

En esta entrevista nos explica cómo desde la música incidental puede apoyar a los actores para darle mayor emoción a lo que está ocurriendo en tarima, nos comenta cómo se comunica con el elenco en plena función, nos echa el cuento de cuando le tocó ponerse la braga para subirse al escenario y nos declara, entre otras cosas, que su serie favorita es Stranger Things.

–¿Cómo aprendiste a improvisar desde la música?

–Junto a mis mejores amigos estudié bastantes años guitarra. Todos veíamos clases con el mismo profesor y llegó un punto en el que parte del entrenamiento era jammear (improvisar musicalmente) entre nosotros y cuando nos íbamos para nuestras casas seguíamos practicando lo mismo.

También fue importante entender qué pasaba sobre el escenario gracias a los talleres de improvisación que realicé, además de estar viendo shows y admirando mucho lo que pasaba sobre las tablas. Todo esto me hizo entender cómo funciona la impro y cómo la música apoya eso.

Antes de estar en Improvisto estaba en otro show que se llamaba ‘El cumpleaños de fulanito’ y digamos que fue gran parte de mi training para ver de qué manera apoyaba. Descubrí que en la música incidental si un actor propone una escena que va por algo triste, ciertos acordes pueden hacer que se sienta más lo que él quiere mostrar.

Uno también puede ser el que proponga algo triste y que los actores se vayan por ahí. Por ejemplo, ayer estábamos tocando y hubo un momento como que un actor muerde una cosa y yo con el teclado marqué como unas voces todas angelicales y el actor se enamoró de lo que estaba probando.

–¿A veces ellos se acoplan a ti y a veces tú a ellos?

–Exacto. Las propuestas van de lado y lado. La clave es saber entender qué pasa en el escenario para uno apoyar y proponer desde ahí. Además de mucha comunicación y mucha sinergia entre los actores y el músico.

–Desde tu punto de vista, ¿qué es lo más difícil de improvisar?

–Para los actores es lo que llamamos el vértigo, que es como no saber para dónde va la cosa. Digamos que el músico está en un punto medio entre externo a lo que está pasando, pero no llega a ser parte del público. Es alguien que puede ver la situación desde afuera y desde afuera apoya. Entonces cuando uno sabe que empieza a haber vértigo en los actores, uno también se empieza a llenar de esa energía porque es como, bueno, ¿qué tanto puedo proponer para que no haya más vértigo? ¿De qué manera puedo ayudar para que esto fluya?

Desde la música es muy complicado cuando no hay muy buen entendimiento o cuando un actor se va y está cantando sobre lo que tú estás tocando y pierde la rima. Uno tiene que acoplarse a él en vez de que él se acople a uno. Tienes como que reacoplarte y empezar a tocar para volver a estar en sintonía.

Lo otro es manejar códigos visuales a la hora de yo ver qué me están pidiendo. Si es tocar una puerta o tocar un timbre…

–¿Tienen algunas señas?

–Las señas son más que todo con la visión o desde la pata que me dicen: Mira, aguanta un pelo la música que vamos a hacer tal cosa. Me hacen una seña y yo veo qué carrizo entendí y le entrompo.

–¿Se puede aprender a improvisar?

–Totalmente. Es un músculo, hay que entrenarlo, pero todo el mundo puede improvisar. Hace mucho tiempo entrené bastante impro, inclusive creo que esa es una de las cualidades que más me ha ayudado a hacer música.

Hice muchos talleres. Mi primer básico de impro duró como dos meses con Corina Perera, que estuvo en Improvisto hace mucho tiempo. Luego hice un básico con Ron Chávez y luego hice un taller con Nadie de improvisación deportiva. Y eso me ha ayudado mucho a entender la parte de la tarima.

–¿Tú vas a los entrenamientos con ellos?

–Fijo. Inclusive a veces ni siquiera practicamos cosas de música sino que hago yo cosas de impro con los actores y eso nos permite generar conexión, entender qué es lo que pasa, generar códigos.

–¿Te ha tocado montarte en tarima?

–Me tocó montarme hace poquito por un percance: a uno de los actores se le complicó y tuvimos que hacer un resuelve de última hora. A Ron le sobraba una braga azul y bueno, nada, me mandaron a ponérmela y resolver el trabajo. Gracias a Dios ya tenía bastante training de impro: cuatro talleres, más el entrenamiento diario de Improvisto y conocer el juego de los actores.

Me tocó más que todo jugar al servicio, que es ayudar a las propuestas de mis compañeros y dejarme guiar por ellos, estar ahí para lo que necesiten. Fue bastante divertido, una adrenalina que nunca había sentido como músico del show. Cumplí mis dos funciones: fui músico mientras no estaba en el escenario y cuando estaba en tarima improvisaba y hacía parte de las historias. Creo que entre nosotros hay una sinergia que va mucho más allá de lo que la gente puede ver y que de verdad no importa si eres músico o actor: perteneces a la misma energía. Todos nos comunicamos de la misma manera y eso nos permite jugar y divertirnos, sea cual sea el rol.

No dudo que en algún futuro se repita, capaz bajo otras circunstancias. Sin duda alguna me divirtió muchísimo. Siempre estuve pendiente y siempre estuve claro que el día que tocara resolver el trabajo lo iba hacer con la mejor disposición. Cuando ocurra nuevamente le echaré el doble de ganas que le pude haber echado.

–¿Tienes algún ritual específico que hagas antes de la función?

–Bueno, cuando pruebo sonido me gusta repasar todo lo que puedo hacer. Tengo guitarra, sintetizador y unas secuencias de batería, entonces mientras pruebo los sonidos pruebo los acordes. También si practiqué algo en casa que quiero traer, hago alguna pasada sin que los actores estén, como para también buscar sorprenderlos en el escenario a ellos, que es algo sabroso de la improvisación.

Con la guitarra me gusta calentar, practicar escalas, revisar la afinación y eso también me ayuda a conseguir cosas para la función. Como ritual grupal, me gusta mucho jugar fuchi.

–¿Mejor y peor momento que te ha tocado en improvisto?

–Sinceramente, en esta temporada hubo un musical que fue perfecto. Casi como Broadway. De pana hubo como tres canciones que las pegamos entre todos. Fue un momento muy top.

El peor momento creo que fue una función de la gira que estuve yo bastante bajito y las propuestas musicales que lanzaba no iban para ningún lado o sentía que los actores se perdían. También es que estaba mal posicionado hacia el escenario. Esa es otra cosa: el músico siempre tiene que estar lo más hacia el escenario para poder ver todo lo que pasa. Yo estaba arrimado para atrás, entonces lo que veía eran las espaldas. Era difícil verlos. Desde ese momento aprendí que siempre tenía que estar bien posicionado.

–Tu género favorito y uno que no te guste tanto.

–El que más me gusta es musical, obviamente, porque es el que más tengo para hacer. El otro es contrarreloj, porque puedo hacer muchos efecticos.

El que menos me gusta es extranjero con traducción, porque a veces desde la música, como los actores hablan un idioma y otros actores traducen lo que pasó, quedan como poquitos incisos como para uno jugar.

–¿Improvisto en una palabra o frase?

–Alegría.

–¿Canción?

–Mi canción favorita del año se llama ‘Break de Fever’ de Mutemath. Es increíble y es como lo que quiero llegar a hacer yo como productor musical.

–¿Artista?

–Liam Gallagher.

–¿Película?

–Pulp Fiction.

–¿Serie?

–Stranger Things. Cegado.

–¿Actor?

–El que hace de James Gordon en la serie Gotham: Ben McKenzie

–¿Frase?

–La música es vida (risas).

–¿Ídolo?

–Tengo dos en mente: Paul Meany y Roy Mitchell-Cárdenas, los dos de la banda que te nombré anteriormente. Musicalmente son unos genios. En el proceso de efectos y como componen. Me vuelan la mente cada vez que escucho algo de ellos.

–¿Comida?

–Tacos mexicanos.

–¿Algún libro?

–Me gusta mucho la serie de ‘Percy Jackson and the Olympians’. La leí hace mucho tiempo y todavía me encanta.

 

Carito Delgado: “Dije: no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que te gusta”

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Carito Delgado llevaba una vida común y corriente: había estudiado Administración en la UCAB y ya tenía varios años trabajando en una empresa relacionada con su profesión, en el área de compras internacionales.

Pero en 2009 descubrió el teatro y, con la intención de superar el pánico escénico que padecía, quiso comenzar a hacer talleres. Sin embargo, su día a día de escritorio todavía estaba lejos de terminar. No fue sino hasta 2015 que Improvisto tocó la puerta. Ese año le ofrecieron formar parte del equipo y no se lo pensó dos veces: “Yo dije: ‘Mira, no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que a uno le gusta’”. Y es precisamente haciendo lo que le gusta que Carito Delgado se ha ganado la vida desde entonces.

De aquella decisión no se arrepiente, más allá de que en la actualidad se encuentre con personas que, llenas de prejuicios, critiquen su nueva profesión: “En estos días me conseguí a un exjefe. Se lo presenté a mi novio porque estábamos haciendo mercado y él señor ha dicho: ‘Sí, yo era su jefe, cuando ella tenía un trabajo formal’. Fue tipo: ‘Aaaaarghhhhh!’. Claro, yo a todas estas me reí como que: “Ja, ja, ja, ja”.

–¿Qué hacías antes de llegar a Improvisto?

–Era administradora. Trabajaba en compras internacionales. Estuve en varias empresas y viajé mucho. Fue un trabajo muy bonito, pero no era lo que quería hacer.

Luego descubrí el teatro por ahí en el 2009, que hice unos talleres de actuación y fue y que: “Esto es lo que quiero hacer”. Claro, la administración no la solté sino hasta 2015, cuando empecé con Improvisto, después de haber estado un año con Noches de Impro.

En resumen: yo estudié Administración en la Universidad Católica, bla, bla, bla y trabajé muchos años en compras internacionales, hasta que en el 2015 me salió la oportunidad con Improvisto y dije: “Mira, no me quiero morir sin saber qué se siente hacer lo que a uno le gusta” y bueno, aquí estoy.

–¿Cómo te llegó esa oportunidad de entrar a Improvisto?

–Yo en enero de 2015 comencé en un grupo que se llama Noches de Impro y con ellos tuve el chance de conocerme como improvisadora sobre un escenario, con la interacción del público. Entonces por ahí en julio Improvisto como que estaba viendo la posibilidad de incorporar a alguien. Me llamaron en septiembre y comencé en octubre.

–¿Eras introvertida o extrovertida?

–Yo era introvertida hasta que empecé a hacer teatro. De hecho, empiezo a hacer teatro porque era muy introvertida. O más bien: sufría de pánico escénico y dije: “Creo que con el teatro puedo superarlo”. No fue así, porque en el teatro como que usas un personaje para cubrirte. Así que después hice stand-up, que fue lo que me terminó de… O sea, si tú quieres perder el miedo escénico, métete en un taller de stand-up comedy, porque eso es como lanzarte por un barranco, pero la satisfacción de lograrlo es increíble.

–¿Es más difícil que improvisar?

–Son dos cosas muy distintas. En stand-up eres tú solo. Tú eres el que escribe, tú eres el que hace todo.

Aunque en algunos fundamentos son parecidos, porque cuando tú actúas en improvisación estás escribiendo una historia que está saliendo de tu mente. Es algo muy inmediato. Llevas como tu maleta de personajes. A mí me gusta mucho más la improvisación que el stand-up comedy, pero, como te digo, son cosas muy distintas.

Sin embargo, el stand-up me ayudó mucho a creer más en lo que a uno se le ocurre, porque realmente con el stand-up te sientes más juzgado. Es como… ughr, espero que a la gente le guste porque realmente viene de mí, no es de un personaje. Y, bueno, también es divertido.

–¿Se puede a aprender ser cómico, a improvisar?

–Mi papá me cuenta que de chiquita me decía: “Tú vas a trabajar en Radio Rochela”. No sé, hay gente que piensa que obviamente uno lleva cosas dentro que las exploras y desarrollas, pero yo creo que todo el que quiera explorar ese mundo, aunque no se sienta cómico y gracioso, puede hacerlo y descubrir cosas. Es decir, realmente no se trata de ser cómico por ser cómico, sino que nosotros como seres humanos tenemos situaciones que, si las miramos desde otra perspectiva que no sea dramática, pueden ser muy cómicas. Entonces, el truco está en eso, en realmente ir descubriendo las cosas y verlas desde la óptica de “Esto es una locura y es divertido”. Y eso va desde una cosa como un error que cometiste hasta una situación de malentendido.

–¿Cómo es tu día a día y cómo es un día de función?

–Mi día a día es una locura, porque si no tengo ensayos, tengo algunas pautas, por decirte, me llaman y me dicen: “Mira, necesito que me hagas esta suplencia en un programa de radio” o “Tenemos un show a las 2 de la tarde en Prados del Este” o resulta que tengo ensayos con otro grupo, porque además de Improvisto me mantengo activa con Noches de Impro, show en el que soy productora, directora y actriz. Es súper movido.

Los días de función de Improvisto son como: “Yo necesito descansar hoy y me voy a levantar a las 9 de la mañana y voy a ver una serie y no me importa nada”, porque sin duda se te van muy rápido todas la semanas, todos los días. Entonces hay que agarrar como mínimo.

–Un ritual prefunción, algo que hagas siempre.

–Le doy gracias al universo de antemano por la función exitosa que estamos a punto de tener.

–¿Qué es lo más difícil de la improvisación?

–Bueno, son muchas cosas. Una de ellas, sobre todo para los que están empezando, es la ansiedad, controlar la ansiedad y el vértigo. Son sensaciones que te pueden nublar la mente, hacer que no escuches bien lo que está pasando.

Yo creo que luego de controlar esa ansiedad y ese vértigo el cuerpo se entrega a lo que está pasando y es como que cumples con el Aquí y el Ahora, que es lo que se necesita durante la improvisación.

–Estamos entrenados, por la sociedad, para reprimir la creatividad por miedo a ser ridiculizados y en la improvisación hay que hacer todo lo contrario, dejar fluir la creatividad. ¿Cómo manejas esa dualidad?

–¿Puedo decir groserías? Los mandé a todos al carajo, porque sí, hay muchos prejuicios. De hecho, en estos días me conseguí a un exjefe. Se lo presenté a mi novio porque estábamos haciendo mercado y él me dice: “Sí, yo era su jefe, cuando ella tenía un trabajo formal”. Y fue como: “¡Aaaaarghhhhh!”. Claro, yo a todas estas me reí como que: “Ja, ja, ja, ja”. Pero sí, hay muchos prejuicios y uno tiene que superar eso y hacer lo que le gusta.

–¿Qué haces para mejorar día tras día?

–Mira, me mantengo en entrenamiento siempre. Por ejemplo, en el caso de la impro, yo siento que una semana en la que yo no entreno es una semana en la que mi músculo no trabajó, tanto el mental como el corporal. Trato de mantenerme siempre activa y estar aprendiendo, uno nunca deja de aprender. Entonces, cada taller o cada experiencia que te pueda ayudar a crecer, ya sea enseñando o siendo alumna, también es muy importante.

–¿Cuál consideras que ha sido tu mejor momento en el escenario?

–Tengo fresco uno de la semana antepasada, cuando fue el día internacional del payaso y yo me disfracé de Popi. Sé que mucha gente odia a Popi, pero para mí fue alguien muy importante en mi infancia. Disfruté demasiado el papel en tarima y la gente disfrutó demasiado ver a Popi en el escenario, aunque también te encuentras personas que dicen: “Ay no, qué horrible Popi. Ay, no”. Pero fue muy divertido, puse a la gente a cantar ‘Mi amigo Dios’. Y los engañé a todos porque ellos no sabían que eso iba a pasar. Fue increíble.

–¿Y el peor?

 –Y uno que no me haya gustado tanto, pero no fue dentro de Improvisto, fue en un show llamado Impro Match, fue cuando salí a hacer un infomercial, que es uno de los juegos que haces en ese show, y me quedé sola en el escenario y tuve que pegarme un tiro en la cabeza y me morí en la presentación, porque ya no daba para más…

–¿Cuál es el género que más te gusta y el que menos?

–Me tripeo mucho musical porque a mí me encantaría ser cantante, pero no tengo la constancia de “Ay, me voy a meter en unas clases y voy a hacer todos los ejercicios”, no. Y me gusta también ‘Metiendo la Frase’ porque te pone en aprietos. Lees algo que a lo mejor es tan bonito y tienes que justificarlo dentro de la historia.

El que no me tripeo tanto… no sabría decirte, todos me gustan, todos me gustan.

–Improvisto en una palabra, o en una frase…

–Alegría.

–¿Vives de esto ya?

–Sí, sí. Y no me arrepiento para nada de haber dicho: yo me voy a dedicar a esto, porque esto es lo que quiero hacer.

–¿A qué edad decidiste esto?

–Eso fue hace dos años: a los treinta.

–¿Algún hobby?

–Lo que antes era mi hobby, que era ensayar y estar sobre las tablas, ahora se convirtió en mi trabajo. Y digamos que algo distinto que yo haga aparte de esto, ay, berro,¿ir al cine? Podría ser.

–¿Canción?

–Los Beatles. Amo todas las canciones porque soy fanática de Los Beatles. Me gusta mucho And I Love Her, Sargent Pepper, me gusta mucho… Son tantas… ¿Tú sabes cuántos discos tienen los Beatles?

–Entonces tus artistas favoritos son…

–Los Beatles

–¿Película?

–Son varias… En estos días estaba haciendo una lista. Vamos a ver cuál fue mi top ahí… Bueno, me gusta mucho, hablando de directores, Tarantino. Ah, no es Pulp Fiction, pero sí es Bastardos sin Gloria, porque me disfruté tanto esa versión de cómo pudieron haber muerto esos nazis. Es increíble.

–¿Serie?

–Ay, me encanta Sense 8, me gusta Stranger Things, me gusta… Ah, vi una que se llama Orphan Black, que de hecho la protagonista es improvisadora y hace como 15 personajes en la serie. Vale la pena verla.

–¿Actor o actriz?

–Me gusta mucho Helena Bonham Carter. Me encanta.

–¿Ídolo?

–Yo siento que… O sea, no es que quiero hacer exactamente lo que hace, pero a mí me parece un ídolo Jimmy Fallon. Lo admiro mucho.

–¿Comida?

–Me encanta el sushi y me gustan mucho las hamburguesas que vende mi novio.

–¿Frase?

–Una que me gusta mucho es de John Lennon que dice: “Life is what happens to you while you are busy making other plans (La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes)”.

–¿Un libro?

–Tengo 4 libros que estoy leyendo al mismo tiempo y ninguno lo he terminado (risas). El que llevo más adelantado es Caballo de Troya.

Jorge Parra: “Nos queríamos morir. Entramos en una crisis y tuvimos que reinventarnos” (II)

(Para leer la primera parte de la entrevista haz click aquí)

El show estaba en la cima, en la cresta de la ola, y del sombrero salió aquel maldito papel: “Gobernador que se duerme se lo lleva la corriente”. Willian Lara, por ese entonces capataz de Guárico, había muerto ese día a causa de un accidente automovilístico que había terminado con él y su camioneta en el río Paya. Alejandro Mirabal, chofer y escolta del político, informó a las autoridades que pudo sacar a Lara de la camioneta, pero que su cuerpo inevitablemente había sido arrastrado por la fuerza de la corriente.

Cuenta Jorge Parra, fundador de @Improvisto, que los actores desconocían el hecho, pero salió el papel y tocaba hacer lo que hacían cada noche: improvisar. Inventaron la historia de un dirigente que impedía que su pueblo progresara y concluyeron la presentación con el líder ficticio metido en un barco a la deriva.

Sin saberlo, aquella improvisación les costaría su puesto en el CELARG y se convertirían en enemigos del gobierno: a los dos días apareció el por ese entonces vicepresidente Jaua y comandó el ataque mediático contra el espectáculo teatral. “Se la agarraron con nosotros y nos prohibieron a cada uno de nosotros presentar cualquier tipo de función allí. Decían que actuábamos con máscara. En realidad no tenían ni idea de lo que hacíamos”.

Lo cierto es que tuvieron que mudarse para El Hatillo y el comienzo no fue sencillo.

–¿Cómo fue esa transición?

–Para El Hatillo no iba la misma cantidad de gente. Fue toda una crisis. Pasamos de meter 480 personas y estar agotados, a meter 150 en una sala con capacidad para 200.

Nos queríamos morir, porque una cosa era presentarse a las 10 de la noche en el CELARG y otra muy diferente era tener función a las 10 p.m. en El Hatillo. Entramos en una crisis y tuvimos que reinventarnos, pensar en cómo le haríamos publicidad al show.

Entonces decidimos atacar distinto para llegarle al público. Nosotros habíamos recogido los mails durante todas las funciones del último año, así que nos pusimos a enviar correos. El boca a boca fue el mail: “¡Estamos en El Hatillo, estamos en El Hatillo!”. La gente empezó a correr la voz y comenzamos a agotar las presentaciones otra vez.

Después tuvimos un boom hasta ahorita: cuando cumplimos la década giramos por Venezuela y, en un año, el staff llegó a verse 310 días entre ensayos, funciones y viajes. Estábamos todos los días juntos. Nos caíamos a trompadas, no nos aguantábamos, nos amábamos, nos odiábamos, pero en el escenario nos entendíamos muchísimo.

–¿Todavía dirige Improvisto?

No. Hace dos años que ya no soy el director. Después fue Ron Chávez, creo que hasta diciembre del año pasado, y ahí lo agarró Nadia, que es la directora actual. Yo quería dejarlo hace mucho, pero no conseguía convencer a alguien de que lo dirigiera.

–¿Por qué lo quería dejar?

–A las cosas hay que soltarlas. Si no, no tienen vida propia. Yo sentía desde hace tiempo que lo mejor que podía pasar era que al show lo refrescara otro. Siempre lo pensé como un equipo de fútbol, así que la única forma es que cambiáramos de técnico. Nuevas ideas, nuevas ganas de jugar, nuevas formas de regañar y explicar.

Lo que siempre quisimos es que la gente fuese a ver teatro, no caras ni personas. De hecho, la gente va a Improvisto y no sabe ni quién va a actuar ese día. Entonces, lo mejor que podía pasar es que saliera yo.

–¿Cuál es la filosofía de Improvisto?

–Creemos en el trabajo, creemos en el juego. En el compromiso de jugar en serio.

–¿A qué se refiere con jugar en serio?

–Como en el deporte, tú entrenas mucho y sales al campo a jugar comprometido con el juego, no estás atontado ni mirando maripositas. Tampoco te tomas tres botellas de vino antes de entrar a la cancha. No, no. Uno practica para tratar de jugar lo más despierto posible. A veces la gente piensa que la energía que los actores emanan en el escenario es consecuencia de haberse tomado una botella de ron antes de presentarse, y no es así.

La magia de entrenar es que, por ejemplo, un actor muestre en tarima un personaje que ha venido practicando durante los últimos tres meses y la gente piense que es algo que se le ocurrió en ese momento. Claro que siempre se prueban cosas en vivo, sin entrenarlas previamente, porque ahí está el desafío, el vértigo. Si se sabe que fulanito no sabe cantar, es muy probable que el equipo lo ponga a cantar. ¿Y sabes para qué? Para que no sea tan boludo, porque lleva tres años entrenando y aún no sabe cantar. “Ahora échale bola”. Pero obvio que eso lo hacés en una función buena, porque si no, es como pateársela a tu propio arquero. Tenés que hacerlo cuando vas ganando por mucho.

–¿Se puede aprender a ser cómico y a improvisar o es algo que viene innato?

–Indudablemente que se puede, que tú después seas bueno o no depende de cuánto te guste. Si te gusta, te vas a dedicar a trabajar y a mejorar.

Todo lo puedes aprender. De hecho, tenemos la Escuela del Humor porque creemos en eso. Ahora, de ahí a que llegues a jugar como Messi es otro pedo, porque vas a hacerlo cuando tengas 80 años. Algunos tienen la magia intrínseca.

–¿Inculcó algún ritual prefunción? ¿En qué consistía? 

–Básicamente era gritar Improvisto antes de salir. Después hay como muchos rituales según el grupo. Durante mucho tiempo jugamos fuchi, en otro momento nos dábamos lepes. Siempre había un juego para que permaneciésemos despiertos.

–La clave es estar despiertos. 

–Sí, la clave es estar atento al juego. Querer jugar.

–¿Qué es jugar? ¿Cómo lo define?

–Jugar es hacer algo por el placer y el disfrute. La vaina es muy simple: nadie va a ir a jugar fútbol pensando en que lo van a quebrar. Uno dice “Yo voy a jugar el fútbol” contento, con una sonrisa, porque piensas en el disfrute de la pelota, en la fantasía del juego. Vos decís que vas a jugar dominó con tus amigos y no piensas en que te van a estafar.

Te lo voy a explicar con este ejemplo: Tu hijo te pasa la pelota y vos estás en el celular y se la pasás de costado, entonces te la vuelve a pasar y tú se la pasas de costado de nuevo, así hasta que te dice: “Papá, vamos a jugar de verdad”. Entonces dejas el celular y te concentras. Eso es comprometerse con el juego. En la impro pasa lo mismo.

–¿Qué es lo más difícil de la improvisación?

–Manejar la ansiedad. Y eso se entrena justamente trabajando, para tener las herramientas, para estar preparado. Es como tu primera entrevista y tu entrevista número ochenta: cambia totalmente porque manejás mejor la ansiedad.

Lo que nosotros no podemos permitir es que los actores pierdan la adrenalina. De ninguna manera. Por eso es que te digo que les pido lo que les cuesta. Lo que uno tiene que mantener siempre en el escenario es el disfrute. Si el actor no está disfrutando, la vaina no fluye. Vos ves equipos de fútbol con jugadores brillantes, y decís: “Coño, pero se ve que no la están disfrutando”.

No hay nada más egoísta que buscar hacer reír a otro. Cuando tú haces reír al otro tú te sientes plenamente feliz. Entonces, cuando el público se ríe, los actores tripean demasiado y por eso siguen haciendo las boludeces que hacen.

–¿Un introvertido puede ser actor de improvisto?

–Sí, los ha habido muchos. Lo que sí es que hay que manejarlos. Ahí el trabajo es del director, porque los extrovertidos tienden a querer lucir demasiado ellos y aquí el trabajo es del equipo, hay que hacerlos entender que “Mira, está bien, pero jugás para el equipo. Acá la copa no la vas a levantar tú”.

–¿No hay capitán en Improvisto?

–A veces en el escenario le toca asumir el rol de capitán a alguno pero no es algo fijo, la cinta corre según como está el juego.

–¿Cuál recuerda usted que ha sido el mejor momento en tarima?

–La vez que estuvimos en el Aula Magna por los 10 años de Improvisto. Verga, fue una vaina… como ganar por goleada en el Maracaná. Estuvo lleno, agotado. Y todos gritaban “¡Improvisto, Improvisto!” y sacaban carteles… Era un orgasmo tras otro.

–¿Y el peor?

–Yo recuerdo una vez en Valencia, en una vaina de médicos, de señores de 70 años… Nos habían llevado a un evento empresarial porque Improvisto estaba sonando Y cuando entramos la gente estaba comiendo, estaban todos los mesoneros sirviendo y salimos nosotros. Era de esos eventos en los que ponen a una orquesta. Pero en vez de poner a una orquesta nos pusieron a nosotros. Nos pegamos un culazo maaaaal. Veníamos de partirla todos los días y llegamos ahí y fue como “¿Para qué nos metimos en esta loquera?”.

–¿Improvisto en una palabra/frase?

–Jugar.

–¿Algún hobby?

–Jugar con mis hijos

–Una canción.

–Vasos vacíos

–Un artista.

–Los Rolling Stones

–Película.

–Underground, de Emir Kusturica.

–Actor.

–Robert De Niro

–Frase.

–Si te hace feliz, hacelo. La decía mi mamá todo el tiempo, todos los putos de días de mi infancia.

–¿Ídolo o modelo a seguir?

–La idolatría para mí no tiene que ver con personas a seguir. Yo idolatro por pasión. A mí me gustaría ser como mis hijos. En serio. Si es a seguir, intento aprender todos los días de mis hijos.

Ahora, admiro muchísimo lo que escribe Galeano, pero yo no sé cómo era él, quizá le caía a patadas a sus hijos… la magia de Maradona en el fútbol…

–¿Comida?

–Milanesa con papas fritas.

–¿Libro?

–El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.