¿Hasta cuándo?

Por: @JuanSanoja

 

La oposición venezolana tiene quince años viviendo de la esperanza. Ha dedicado los últimos tres lustros de su quehacer político a pregonar un mensaje que año tras año ha chocado contra el doloroso muro de los hechos. Los partidos pertenecientes a la Mesa de la Unidad Democrática han vendido hasta el cansancio la idea de que el gobierno está por caer, de que el chavismo está en etapa terminal y de que el cambio en Venezuela es inminente. Y aquí estamos, cada vez más cerca del famoso 2021 y el país, en medio de la endemoniada crisis por la que atraviesa, pintado de rojo rojito. La oposición sufre hoy los embates de su propia incoherencia, las consecuencias de su difuso mensaje, la condena de su pobre estrategia. El rival del chavismo ha dado tumbos tratando de entender la dinámica de la política criolla y en el camino siempre le ha faltado timing. Por excusarse en el fraude cuando el gobierno arrasaba (2004), le costó construir una mayoría (2015) que, una vez conseguida, ha servido de poco. Este año prometieron, de nuevo, que ‘el régimen tenía los días contados’ y al final fue el chavismo el que les contó los días para que inscribieran unos candidatos en un CNE deslegitimado. Dijeron estar preparados para enfrentar cualquier tipo de trampa y resultó que terminaron cayendo en ella, porque fueron a elecciones con la convicción de que pintarían el mapa de azul y tras la declaración de Tibisay Lucena han quedado pintados. La oposición venezolana es la eterna subcampeona, el perenne ‘hicimos lo que pudimos’, el imperecedero David que no para de justificarse ante cada derrota contra Goliat, la que condena los abusos del gobierno y luego sonríe cuando dialoga con él. Son casi veinte años de infinitas promesas y de muy pocos resultados (dos de veintidós elecciones). Son casi dos décadas encerrados en un círculo vicioso que parece no tener final. No han dejado de competir con el mismo árbitro que tanto critican y la incongruencia les ha salido muy cara. El chavismo no tiene quien le compita.

“Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

“Vamos a revisar las cámaras. Si nosotros vemos que un guardia de la brigada le quitó el teléfono al chamo, tal y como dice él, vamos a tener problemas entre nosotros. Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”. Escuchó aquello, vio a su amigo con la cara tapada y se preguntó en qué lío se había metido. Gabriel Figueroa había salido a protestar aquella mañana y ahora estaba en un comando de la Guardia Nacional Bolivariana bajo amenaza de un Sargento Mayor.

Tras su detención, el joven estudiante de Comunicación Social se resistía a ser una víctima más del hampa policial. Estaba convencido de que le habían quitado el celular y, dignidad por delante, no iba a dejarse robar así de fácil. Esposado, denunció lo que le había pasado ante el capataz de los GNB y ahora tenía que cruzar los dedos. “Yo no estoy loco. A mí me sacaron el teléfono del bolsillo”, pensó para darse fuerza. Los guardias salieron del módulo para hacer una especie de cónclave en relación al asunto y a él, entre el nerviosismo y la serenidad, le tocaba esperar el veredicto de aquella reunión improvisada.

La noche anterior, por medio de un grupo de Whatsapp creado por la comunidad, Gabriel había incentivado a varios de sus vecinos a participar en el plantón que la Mesa de la Unidad Democrática había convocado para el día siguiente: 5 de junio de 2017. Cansado de protestar siempre en los mismos puntos del Este de la ciudad, hacía tiempo que Figueroa había cambiado Altamira y Las Mercedes por la zona donde vivía: la parroquia San José del municipio Libertador, al lado de San Bernardino y La Candelaria.

Con el objetivo de convertir los estruendosos cacerolazos en multitudinarias manifestaciones, el estudiante de la UCV llevaba semanas tratando de erradicar el miedo que paralizaba a los habitantes de su comunidad. La tarea, al tratarse de una alcaldía emblema del chavismo, era harto complicada. En Libertador, el ‘modus operandi’ de la represión es el mismo que utilizó el gobierno el día de las elecciones para la Constituyente: ni siquiera dejan agrupar a la gente.

Por ello, ese 5 de junio a las 7:00 a.m., cuando vio a 15 personas reunidas en la avenida Panteón, Gabriel esbozó una sonrisa. No era un río de gente, pero el número, dadas las condiciones, invitaba al optimismo. El trabajo de semanas comenzaba a rendir frutos. La ilusión, no obstante, duró pocos minutos. “No pueden estar por acá, si ustedes quieren manifestar tienen que irse a Altamira. Esto es el centro, esto se respeta”, le dijo un funcionario de la Guardia Nacional Bolivariana a Figueroa a eso de las 8:00 de la mañana. La realidad tocaba la puerta.

“Mientras esto ocurría, nos percatamos de que a dos cuadras, en la avenida Fuerzas Armadas, había otro conglomerado de gente manifestando. A lo lejos se veía que eran entre 20 y 30 personas, por lo que les propuse a los de nuestro grupo: ‘Vamos a unirnos a ellos para hacer más bulto’. Y eso hicimos. Nos fuimos por las calles aledañas para no llamar la atención y logramos juntarnos. Allí estaban hasta dirigentes de Voluntad Popular y Primero Justicia. Seguimos la protesta cívica y pacífica, ni siquiera estábamos trancando la calle, pero volvieron a llegar los mismos guardias con las mismas amenazas”, relata Figueroa.

El grupo decidió, en un acto de rebeldía, seguir la protesta. ¿Cómo? “En vez de quedarnos estáticos en un sitio, caminamos la Fuerzas Armadas de arriba a abajo cantando consignas para que la gente que estuviese en los balcones, temerosa, se sumara. Y logramos el objetivo: muchos bajaron y llegamos a ser una masa como de 40 personas, pero cuando veníamos de regreso observamos cómo la guardia estaba amedrentando a los dirigentes políticos y éstos desaparecieron en el acto. Sin embargo, decidimos hacer una segunda ronda”, comenta el estudiante.

Gabriel, sus padres, un amigo de toda la vida al que había convencido ‘in extremis’ y el grupo de vecinos, continuaron con la mañana de protesta. Cuando iban por la emblemática Esquina de Socorro, el mismo guardia que ya los había amenazado en dos ocasiones volvió a aparecer. “Mira, chamo, el Sebin viene hacia acá y a los más jóvenes se los están llevando presos. Yo, en lo particular, no quiero que te pase algo malo. Lo mejor es que tú y tu amigo se retiren”. Aquella recomendación, aparentemente compasiva y solidaria, resultaría ser un engaño macabro.

“Yo de verdad confié en la buena fe del hombre y, ante la inminente llegada del Sebin, le dije a mi pana: ‘Vamos a alejarnos de este conglomerado de gente para que no estemos a la vista. Nos metemos en un local o algo’. No queríamos que, por ser los jóvenes del grupo, nos agarraran. Les comenté a mis padres y a los vecinos que nosotros nos iríamos del sitio. Para ese momento ya eran las 10:00 de la mañana y consideramos que la protesta había tenido cierto éxito, por lo que acordamos rencontrarnos al mediodía otra vez y seguir manifestando”, rememora Figueroa.

El grupo decidió cantar un Himno Nacional para cerrar esa primera fase del plantón y los dos jóvenes aprovecharon el momento para escabullirse. Llevaban una cuadra recorrida cuando escucharon un sonido inquietante: motos. La brigada motorizada, ese cuerpo de funcionarios que ya los había corrido de un par de sitios y que hacía nada les había dado un amigable consejo, ahora estaba detrás de ellos.

“Volteo y hay dos motos persiguiéndome. Ahí, más allá del instinto racional, sale a reducir el instinto animal que todos tenemos. Me sentí una presa y corrí, así de simple. Corrí una cuadra y, cuando iba por la segunda, me topé de frente con el mismo tipo que minutos antes me había dicho que el Sebin me iba a agarrar. En ese momento caí en cuenta: fue una trampa, un juego psicológico para que yo me separara del grupo y él me pudiese agarrar”, detalla Gabriel.

Apenas lo detuvieron, Figueroa pensó en su familia. ¿Cómo se enterarían su mamá y su papá de que la GNB lo había emboscado? Lo cierto es que mientras lo razonaba pasó una patrulla del mismo cuerpo policial y la orden fue clara: “Llévenlo al CNE”. Alrededor de la escena, el ‘déjenlo’ de la gente se hizo coro, pero nadie se atrevió a pasar de la palabra a la acción.

“Me montan en la camioneta y fue bastante duro para mí porque tras recorrer una calle vi a mi mamá y a mi papá. Estaban caminando por la acera y no tenían ni idea de lo que me había pasado. Yo estaba esposado, tenía un militar a cada lado y lo que se me ocurrió fue gritar: ‘¡Hey! Mamá, papá, me están llevando al CNE’. Lamentablemente, no me escucharon. Pensé: ‘Mieeeerda, no puede ser’. No obstante, tuve la suerte de que nos paramos en el puente de la Fuerzas Armadas para que el militar que estaba manejando preguntara dónde quedaba el calabozo al que me llevarían. Gracias a Dios, allí estaba una vecina que había manifestado conmigo y le dije por la ventana: ‘Señora, dígale al de gorra tricolor, camisa blanca y bigote, que es mi papá, que me están llevando preso’. Menos mal me entendió”, declara Gabriel.

Al final, a Figueroa lo trasladaron al Palacio de Justicia, al módulo de la GNB ubicado en la institución. Lo bajaron de la camioneta, le taparon la cara con el suéter que cargaba puesto y, justo mientras le cubrían el rostro, uno de los guardias aprovechó para quitarle el teléfono que tenía en uno de sus bolsillos. Ahí, cuenta, comenzó a vivir uno de los episodios más violentos de su vida.

“Yo no me quedé callado. Le dije: ‘Mira, ¿tú eres un malandro uniformado o tú eres un garante de nuestro país? ¿Qué coño eres?’. Yo estaba muy molesto. Y, bueno, al escuchar eso me empezó a caer a lepes. ‘Cállate, vale, que aquí te vas a quedar’, me decía. Ya en el módulo me conseguí con Vicente, mi pana, que también había sido detenido. Nos sentaron en el piso y empezó un proceso protocolar: los que nos detuvieron tenían que explicarle a los del módulo por qué nos habían agarrado. Y fíjate lo que dijeron de mí, textual: ‘Este chamo impulsó y obligó a un poco de viejitas de la zona donde vive a que salieran a protestar y el coño de su madre es tan arrecho que las usaba de escudo para protegerse. Dime si no es un maldito’. A todas estas, yo seguía pendiente de mi teléfono”, recuerda Gabriel.

Fue en ese momento cuando Figueroa decidió decirle al Sargento Mayor del comando que uno de los GNB le había quitado el celular. Quienes lo trasladaron salieron a desmentirlo ‘ipso facto’, pero él se mantuvo firme. Allí, el mandamás emitió sentencia: “Vamos a revisar las cámaras. Si nosotros vemos que un guardia de la brigada le quitó el teléfono al chamo, tal y como dice él, vamos a tener problemas entre nosotros. Si mintió, le vamos a meter un rifle por el culo”. El maratónico día apenas comenzaba y a Gabriel todavía le restaban tres eternos días y dos interminables noches para volver a ser libre. Su período de reclusión, aunque corto, está lleno de pequeñas historias que vale la pena leer. Como hicimos con el caso de Reynaldo Riobueno, dejaremos que sea el entrevistado, en primera persona del singular, quien relate los hechos.

I

TERRORISTA DIGITAL

‘AH, PERO TÚ CONSPIRAS CONTRA EL GOBIERNO’

–El teléfono, como por obra y gracia del Espíritu Santo, apareció. ‘¿Este es tu teléfono, chamo?’. Y yo: ‘Sí’. Me pidieron la clave y les dije que no, porque necesitaban una orden judicial para revisarlo. Entonces me empezaron a pegar. Esta es la parte más fea de la historia: me pegan y me pegan hasta que les doy la clave. La marcaron y comenzaron a registrar de arriba a abajo. Desde videos que son típicos de enviar por los grupos, hasta esas notas de voz de Freddy Guevara que se hacían virales. Ellos escuchan eso y dijeron: ‘Ah, pero tú conspiras contra el gobierno, tú grabaste a Guevara’. Se ponían con eso, jodiendo y riéndose. Era una burla. Incluso, recuerdo claramente que tenía una foto del pasillo de mi casa y ellos hicieron objeción: ‘¿Dónde la tomaste?’. Y yo: ‘En mi casa, la habré tomado sin querer’. Y me reí, porque era una imagen cualquiera, no se veía persona, ni arma, ni molotov, ni nada. Uno de ellos me dio un primer cascazo y me agarraron de sopita. Luego llegó el peor mensaje. El de una vecina que me había mandado el día anterior: “¿Mañana vamos a prender el plantón?”. Y yo le puse: “Sí, vale, claro que sí. Yo tengo los cauchos y la gasolina”. Eso fue lo único que le contesté. De ahí fue que ellos se agarraron para decir que yo era un conspirador en contra del gobierno de Nicolás Maduro, que yo era un ‘terrorista digital’. Cuando me dijeron aquello, yo no pude aguantar la risa. ¿Terrorismo digital? Yo sé que estaba en las peores circunstancias de mi vida, pero tenía que reírme. Era ilógico e irracional lo que me estaban diciendo. Me dieron otro cascazo y, en ese momento, tuvieron que irse. Se había presentado otro inconveniente en el centro con otros manifestantes.

II

EL COMANDO, UNA MANO AMIGA

‘TRANQUILO, YO SÉ QUE TÚ NO VAS A HACER NADA’

–Cuando se fueron los de la brigada motorizada, que fueron los que me detuvieron, los que me quitaron el celular y los que me pegaron los cascazos, Vicente y yo quedamos bajo la custodia de los GNB que estaban en el módulo del Palacio de Justicia. La atención de ellos, de verdad, fue un espectáculo. Allí yo evidencié que no todos los verdes son unos malditos. Las trenzas de los zapatos que habían utilizado para amarrarme cuando me quitaron las esposas me estaban, casi, cortando la circulación. Entonces le pedí a uno de ellos que si por favor me las podían aflojar un poco y él, amablemente, contestó que no había problema. Me las soltó tanto que prácticamente quedé con las manos libres. ‘Tranquilo, yo sé que tú no vas a hacer nada’, dijo. Tuve sed y, de nuevo muy cordialmente, uno de ellos me trajo un vaso de agua. Estuvimos en el comando como dos horas. En una de esas Vicente me dice: ‘Mira, tu mamá está allá afuera’ y fue allí cuando entendí que el mensaje que les mandé a mis padres con la vecina había llegado. ‘Les trajeron comida’, nos informó un GNB. Eran las 2-3 de la tarde. Mi mamá se puso a hablar con uno de los militares que estaba en el comando: ‘Él es un niño. Lo que tiene es barba, pero él es un niño. Suéltenlo’. Estaba ella junto a mi papá y el papá de Vicente. Fue un momento sentimental. Los tres dialogando con los guardias, tranquilos, pero con voz de llanto. No fueron a insultar, mantuvieron una actitud de respeto. ‘¿Qué terrorista pueden tener ustedes?’, decían. Mi padre, que siempre ha sido un señor sumamente diplomático, lo que nos dijo fue: “Hijos, fortaleza, yo sé que los guardias saben que no están en el lado correcto de la historia. Valentía”. Evidentemente no son las palabras que uno quisiera escuchar, porque no es un mensaje personalizado, sino genérico, pero me llenó de energía ese mensaje. También nos llevaron unas hamburguesas con unas papitas. Luego, mientras comíamos, como se habían portado tan bien con nosotros, les ofrecimos a los militares parte de nuestro alimento. La verdad es que en ese momento tú no tienes hambre, tú no tienes nada.

III

SUERTE EN EL CICPC

‘YO, DE VERDAD, NO LES VOY A PONER ANTECEDENTES PENALES’

–Como a las 4 de la tarde nos fuimos a presentar a El Llanito, creo que con el CICPC, y a la sede de Parque Carabobo, que es donde nos empiezan a redactar los antecedentes penales y todo lo demás. En la primera parada nos preguntaron: ¿Qué les hicieron? ¿Los golpearon? Tenía a dos guardias detrás de mí y preferí quedarme callado. Ese proceso fue súper rápido. Luego, en Parque Carabobo, por primera vez en mi vida, compartí con delincuentes de verdad. El hombre que se había reseñado antes que nosotros era un homicida que estaban buscando desde hace tiempo y como él habían muchos más. Era un pasillo donde hacíamos una cola mientras esperábamos para ser atendidos. Cada delincuente tenía al lado uno o dos funcionarios del cuerpo policial que lo había apresado. Cuando nos tocó a Vicente y a mí, entramos al cuartico donde nos iban a reseñar sin los dos guardias que nos estaban cuidando. Allí, el CICPC nos trató estupendo. Nos dijeron: ‘Hermano, ustedes vienen y que por guarimba. Yo, de verdad, no les voy a poner antecedentes penales porque eso les va a rayar el historial. El día de mañana los detiene un policía y les puede traer problemas’. Eso fue sin cobrar nada, sin pedir nada. Estaremos eternamente agradecidos.

IV

OCHO MUNDOS DIFERENTES

‘NO ME ARREPIENTO DE QUE ME HAYAN METIDO PRESO’

–Cuando llegamos otra vez al comando, a eso de las 5-6 de la tarde, vimos como a 30 personas allí: familiares y amigos de Vicente y míos. Nos bajan de la camioneta y al ver la cara de preocupación de todos, dije con el puño hacia arriba: ‘Todo va a estar bien’. Me sentí Capriles. Yo no sabía si todo en verdad iba a salir bien, pero debía darles una tranquilidad a ellos. Acto seguido, nos bajaron a los calabozos. Entramos a la celda que nos correspondía y ahí estaban ocho personas. Nos habían dicho que la mayoría eran guarimberos y no delincuentes comunes, lo que nos dio cierta tranquilidad entre tanto nervio. Nos presentamos y conocimos a la gente. Eran ocho personas y ocho mundos diferentes. Pero todos, menos uno, tenían algo en común: los habían detenido en la Fuerzas Armadas una semana antes por presuntamente estar guarimbeando, pero no fue así. Ellos ni siquiera estaban protestando. Lo que pasa es lo siguiente: por el centro de Caracas los vecinos no le tienen miedo a la guardia sino a los colectivos. Éstos llegan al lugar, roban a las personas que están viendo la protesta, los empujan hacia los guardias y dicen: ‘Miren, ellos son guarimberos’. Y como si se tratase de una hermandad colectivos-guardias, los uniformados hacen caso sin chistar. Así agarraron a estas siete personas que no tenían nada que ver.

Uno era un viejo de 55 años, un colombiano que no estaba documentado; otro era el dueño de una panadería; había un gochito encargado de un negocio ubicado en la avenida Urdaneta; estaba un chamo que había ido a visitar a su novia en la Esquina de Socorro y también un malandrito que nada tenía que ver con los otros siete. En fin, como dije, eran ocho mundos distintos.

No me arrepiento de que me hayan metido preso porque conocer a esas personas fue algo estupendo, fantástico. Había diferentes edades y diferentes preocupaciones. El colombiano que estaba indocumentado, por ejemplo, únicamente tenía una perrita aquí en Caracas. No tenía a más nadie por quien vivir. Y ese hombre todos los días, a cada minuto, lo que decía era: ‘¿Mi perrita estará viva? ¿Estará muerta?’

Hubo un juego bastante emotivo que hicimos la noche antes de que nos soltaran. Había uno que era bastante católico y tenía una biblia. Entonces cada uno tenía que, de forma aleatoria, escoger un salmo y leerlo. Luego, debía contar qué había sido lo mejor y lo peor de haber estado preso y, al final, tenía que comentar qué haría después de que lo soltaran. Ellos, que tenían más tiempo que nosotros, hablaban sobre abrazar a sus seres queridos que tanto extrañaban. Esa noche prometimos tomarnos una cerveza cuando estuviésemos en libertad. Fue bastante emotivo. Varios lloraron.

V

UNA PELEA INESPERADA

‘USTEDES YA ME TIENEN ARRECHO’

–Mi mamá nos había enviado a Vicente y a mí una malta de lata y el malandrito nos pidió: ‘Dame un poquito’. Se tomó todo e hizo un chuzo, que es una especie de cuchillo artesanal. Entonces se puso violento y nos gritó: “No, vale. Ustedes ya me tienen arrecho. Son un poco de guarimberos”. Y empezó a amenazarnos. Gracias a Dios éramos nueve contra él y lo pudimos controlar y hacer entrar en razón. Lo que pasa es que él ya tenía tres meses ahí. Además era un drogadicto. Trabajaba, precisamente, en el Palacio de Justicia, en la sede administrativa. Se robó los discos duros de unas computadoras y lo metieron preso. Él era peligroso. Vicente y yo le dijimos que la mejor pelea que se podía hacer era la de la palabra: conversando y no peleando con agresiones. Y, bueno, el chamo como que entró en razón. Se sentó, cogió mínimo y siguió en el juego.

VI

COMER EN LA CELDA

“LA ECHAN EN UNA BOLSA PLÁSTICA Y SE PONEN A REVISARLA”

–Es asqueroso, porque los guardias abren el pote que te manda tu familia para ver si hay cigarros, si hay drogas o, incluso, para darle un bocado. Entonces agarran toda la comida y la echan en una bolsa plástica y se ponen a revisarla. Y al final te dan todo eso así, en una bolsa. Tu familia te envía todo en un pote herméticamente cerrado, limpiecito, y tú tienes que arreglártelas para comer en una bolsa con el tenedor. Ojo, no a todos los presos les llevan alimentos. Hubo familias que, de tres comidas, llevaban una. Nosotros compartíamos. A veces quedábamos con hambre, pero compartíamos y nos sentíamos bien. Éramos una hermandad. Así no nos conociéramos, éramos hermanos adentro. Nos tratábamos fenomenalmente bien. Yo agradezco que me haya tocado compartir con esas personas. Como te dije, no me arrepiento de que me hayan metido preso, porque es una vivencia más. Una experiencia que me ha servido mucho de aprendizaje.

VII

IR AL BAÑO EN PRISIÓN

“O HAGO AQUÍ O NO HAGO”

–Yo hice una vez porque de verdad no aguantaba y dije: o hago aquí o no hago. En la celda había un hueco en una esquina,era como un hoyo de golf en medio de una alcantarilla. Te bajas los pantalones y tienes que sentarte y apuntar al hueco. Yo no quería, pero tuve que agacharme con todo el dolor de mi alma. Fui desafortunado: hice en todos lados menos en el hueco (risas). No tengo puntería. Los demás sí pudieron, yo no. Mientras tanto, te calas el típico chalequeo: ‘Guardia sáquennos de aquí. Nos están matando a lacrimógenas’. Lo cierto es que quedó todo regado allí y tuve que buscar el agua con el jabón azul que nosotros diluíamos y echarle a la alcantarilla cada dos horas, porque el olor quedaba concentrado.

RESEÑA: ‘Diana: In Her Own Words’

Ícono pop, símbolo del buen vestir, referencia humanitaria, Princesa del Pueblo, Diana de Gales, Lady Di. Decir que cambió al planeta sería temerario. Afirmar que revolucionó la Corona y puso la Tierra a sus pies resulta un juicio racional y certero. Su trágica muerte acompaña a la llegada del hombre a la Luna, el funeral de Michael Jackson, el rescate de los mineros de Chile, las finales de los Mundiales y las inauguraciones de los Juegos Olímpicos, como uno de los eventos que han paralizado al mundo. Su vida pública fue sinónimo de alegría, sonrisas, abrazos, solidaridad y empatía. Su vida privada, no obstante, fue todo un infierno. A esa es la conclusión que uno llega luego de observar ‘Diana: In Her Own Words’, un documental estrenado a principios de mes por National Geographic y que revela contenido tanto inédito como valioso: el audio de una serie de entrevistas secretas que la afamada princesa concedió en 1991 al periodista Andrew Morton.

Aquellas declaraciones le dieron forma a un libro que destapó las miserias de una relación maquillada y veinticinco años después han servido para crear un documental muy al estilo de Asif Kapadia, el director que ganó un Oscar por su largometraje sobre Amy Winehouse en 2015 y que había conducido una producción para inmortalizar la vida de Ayrton Senna cinco años atrás. Como en los ejemplos mencionados, ver ‘Diana: In Her Own Words’ es sentir que Lady Di está contando su historia en la sala de tu casa, apoyada en fotografía y videos que ayudan a recrear y contextualizar los lamentos, preocupaciones y confidencias que durante un par de horas expone sin tapujos. “Durante toda la película usted está escuchando el funcionamiento interno de la mente de la Princesa Diana en un momento donde todo el mundo pensaba que estaba viviendo un cuento de hadas, pero su matrimonio y su vida se estaban desmoronando”, explica Tom Jennings, productor ejecutivo del documental.

‘Diana: In Her Own Words’ es casi una consulta psiquiátrica, un desahogo. No tiene la acuciosidad del reportaje periodístico de las mil fuentes, pero ofrece unas declaraciones, las de Lady Di, que muestran cómo se vivieron esos años desde el lente de la joven que se convirtió en princesa antes de ser mujer. El documental está colmado de sentencias impactantes y frases estremecedoras. “Tuve una infancia desdichada. Vi a mi padre abofetear a mi madre”, cuenta Diana al principio del film, para luego detallar, etapa tras etapa, las desgracias de su vida.

Intentos de suicidios, llantos desconsolados, vómitos cuatro veces al día, ansiolíticos, mareos y desaires. Ese fue el coctel que la acompañó durante la primera década de su matrimonio y tiene su origen en un descubrimiento que realizó semanas antes de casarse: su prometido mantenía una relación sentimental con Camila Parker Bowles. A partir de allí, todo se vino abajo. Contraer nupcias, en ese contexto, era como construir un edificio con vigas de plastilina. Lo que mal empieza, mal termina. “Fue el peor día de mi vida”, alcanza a decir Lady Di sobre la fecha de la ceremonia eclesiástica. No tenía idea de en qué se estaba metiendo y sentía que era un cordero antes del matadero. Nunca le enseñaron los ademanes de la Corona y siempre se sintió sola, abandonada y muy poco querida. En su luna de miel, que para los medios fue el inicio de una unión perfecta, Diana ni siquiera pudo compartir con su esposo. Carlos se llevó varias novelas para leer en los pocos momentos en los que estuvieron realmente solos. Y así fue padeciendo su matrimonio, entre la indiferencia y el descuido.

Al comportamiento del príncipe tuvo que sumarle el furor de los paparazzi y las portadas de los tabloides, verdaderas pirañas informativas. “La prensa era insoportable, me seguía a todos lados”, declara Lady Di, introvertida confesa y de postura siempre acorde con su timidez: cabeza gacha y hombros encogidos. Una actitud que mantuvo hasta que, con los años, fue dejando de ser la niña bonita de Carlos para convertirse en una luchadora humanitaria, en una mujer hecha y derecha. Lo trágico del asunto es que, justo cuando logró quitarse las cadenas de la monarquía, perdió la vida en un accidente de tránsito. Ella, muy dada a las premoniciones, supo desde pequeña que se casaría con alguien importante y supo también, tras contraer matrimonio, que no llegaría a ser reina.

‘Diana: In Her Own Words’ no da cabida a las teorías conspirativas que surgieron a raíz del accidente. Ese enfoque, sugestivo y trascendente, el espectador tendrá que buscarlo en otro documental. En este encontrará un maremágnum de sentimientos que describe a la perfección el estado emocional que tuvo, durante gran parte de su vida, una de las personas más influyente del siglo pasado. ‘Diana: In Her Own Words’ es, sin duda, una pieza invaluable de cultura general y una obra imprescindible para quienes siguieron la vida de la princesa y todavía la recuerdan a veinte años de su muerte.

RESEÑA: A Beautiful Mind

Semanas antes de que el Nobel de Economía de 1994 fuese anunciado, dos matemáticos –Harold W. Kuhn y John Forbes Nash– visitaron a un antiguo maestro: Albert W. Tucker. El señor Nash no había hablado con su mentor en años y aprovechó el momento para dialogar sobre la pasión que los había emparentado tiempo atrás: los números. Cuando John salió de la habitación en la que estaban conversando, el señor Kuhn aprovechó para decirle un secreto al maestro Tucker: sin saberlo, Nash estaba a punto de ser reconocido por la Academia Sueca como ganador del premio Nobel. ¿La razón? Un trabajo académico, realizado 45 años atrás, que había revolucionado la economía.

El premio era un milagro. No sólo por el hecho de que Nash, uno de los matemáticos más destacados de la postguerra, fuese a recibir el reconocimiento por un texto escrito casi medio siglo atrás, cuando apenas tenía 21 años. El verdadero milagro era que ese señor estuviese vivo y en condiciones para aceptar el galardón. Y es que John Forbes Nash estuvo afectado durante gran parte de su vida por una enfermedad que había puesto su existencia patas arriba: esquizofrenia paranoide. El padecimiento lo empezó a aquejar a finales de los cincuenta y no había sido sino hasta mediados de los ochenta cuando, poco a poco, pudo comenzar a recomponer su otrora rutina. Su último trabajo científico tenía fecha de 1958 y su última publicación académica databa de 1959, pero poco importaba: John Nash, en 1994, iba a recibir el premio Nobel de Economía.

La historia, asombrosa, captó la atención de la periodista Sylvia Nasar, quien publicó un magnífico texto el 13 de noviembre de aquel año en The New York Times. Un escrito que hemos parafraseado y traducido para darle inicio a este texto y que dio pie a una indagación más profunda por parte de la escritora: la vida del matemático conmovió tanto a Nasar que la impidió dejar la investigación hasta allí, por lo que cuatro años más tarde publicaría una biografía titulada A Beautiful Mind.

El éxito de aquella obra –nominada al Pulitzer– llevaría la historia del matemático a la gran pantalla y Nash se convertiría en toda una figura mediática. La cinta, dirigida por Ron Howard y protagonizada por un monumental Russell Crowe –ganador del Oscar por Gladiador en el año 2000 y merecedor del Globo de Oro, el SAG y el BAFTA por su adaptación del genio de las matemáticas en 2001– fue considerada la película del año según la Academia. No obstante, imprecisiones biográficas dividieron a la crítica y abrieron el eterno debate: ‘El libro siempre es mejor que la película’.

“El film es una interpretación sobre cómo un caso de enfermedad mental puede desenvolverse. Es artístico y no describe con precisión la naturaleza de las ilusiones que estuvieron en mi vida. La película tiene a alguien que ve personas imaginarias y eso no es un síntoma característico de la esquizofrenia, pero da una idea de cómo son las ilusiones. Es más común que una persona oiga voces, que hable con espíritus, pero no puedes ilustrar bien eso en una película. Es decir, si la película muestra a un personaje que puede ser visto, el espectador puede entender mejor la enfermedad. Esto puede ocurrir (ver personas imaginarias), pero es una forma menos común del trastorno”, dijo el propio Nash en una entrevista para la web oficial del Premio Nobel.

La declaración resulta un gran baremo para medir la veracidad de la obra de Howard. El matemático reconoció que la película tenía errores y se había tomado ciertas licencias, pero aquello era sólo una forma de agregarle los ingredientes necesarios –suspenso y entretenimiento– para que el film tuviese éxito. Fue difícil de aceptar al principio, pero Nash se rindió ante el hecho de que lo que proyectarían en las salas de cine sería una película y no un documental.

Esas licencias le permitieron al guionista ocultar los aspectos menos glamorosos de la vida del matemático (sus experiencias homosexuales, un hijo fuera del matrimonio y su difícil divorcio con Alicia Lardé) y agregar eventos que edulcoraran la historia (como la ceremonia de los bolígrafos y el conmovedor discurso al recibir el Premio Nobel).

Sin embargo, más allá de acontecimientos suprimidos o inventados, A Beautiful Mind es un film que logra su cometido: llevar a la gran pantalla un drama capaz de conmover a cualquiera, bajo el sustento de una vida que vale la pena contar. En el libro, en la película y en la vida real, la biografía de John Nash puede resumirse como la carrera profesional de un genio, que para resolver el problema más importante de su vida (valga el cliché), contó con el apoyo de una mujer encomiable: Alicia Lardé –interpretada por una fantástica Jennifer Connelly, ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto por su papel en la cinta–.

Por ello, A Beautiful Mind es (también) una historia de amor incondicional. El relato de una esposa capaz de lidiar con una relación trastocada afectiva, psicológica y sexualmente, con el fin de ayudar a su marido a superar una enfermedad maldita, para lo que no hay cura, pero cuyo tratamiento más efectivo tiene como principal componente el calor humano.

“Solo estoy aquí por ti esta noche, eres mi razón, eres todas mis razones, gracias”, le dice Nash a Lardé al final del largometraje para agradecerle, durante la ceremonia del Premio Nobel de 1994, todo el apoyo recibido durante los años más oscuros de la enfermedad. Y aunque en la vida real no haya existido tal discurso y un divorcio haya separado brevemente su camino (desde 1962 hasta 1970), John y Alicia vivieron juntos toda una vida y volvieron a contraer nupcias en 2001. Aquella ceremonia, hay que decirlo, no hizo sino formalizar lo que estaba sobreentendido: no podían vivir el uno sin el otro.

Marcos Aponte: “No sabía si me iban a desaparecer”

Por: Juan Sanoja || @JuanSanoja

“No sabía si me iban a desaparecer. No sabía si mi mamá se iba a enterar y cómo reaccionaría ella, que es hipertensa, si le avisaban que yo estaba perdido o preso”. Habían transcurrido sólo horas desde su detención cuando Marcos Aponte empezó a pensar en lo peor. Estaba a la altura del Gran Abasto Bicentenario de Zona Rental y por primera vez, tras ser arrestado por la Policía Nacional Bolivariana, lo habían separado de su compañero de partido, Javier Chirinos.

Aquel era el día del tercer trancazo nacional y Vente Venezuela, todavía lejos de su desvinculación, seguía al pie de la letra las convocatorias de la Mesa de la Unidad Democrática. En consecuencia, ese 28 de junio desplegaría a sus partidarios por todo el país. A Marcos y Javier, en la repartición, les tocó plantarse en la parroquia San Pedro, a la altura del Crema Paraíso de Santa Mónica.

“Trancamos ahí y cuando llega la Policía Nacional Bolivariana, el mensaje era claro: ‘Esta lucha también es por ustedes, que están pasando por lo mismo que nosotros’. Javier tomó una suerte de liderazgo y se dirigió a los policías para que nos dejaran estar allí, porque no estábamos haciendo otra cosa que ejercer nuestro legítimo derecho a la protesta. Pero sus palabras fueron en vano. La PNB comenzó a reprimir y el grupo de personas se dividió. Cuando nos reagrupamos, nos empezaron a emboscar”, comenta Aponte sobre cómo ocurrió su detención.

Ante la persecución, los miembros de Vente decidieron abandonar la zona. “Tomamos la determinación de irnos. Irnos, pero hacia otro punto de la ciudad. Dijimos: ‘Bueno, nos toca trabajar en otro lado. Ya la gente se dispersó’. En ese momento pensamos que no tenía ningún sentido quedarse allí”. La decisión, no obstante, fue adoptada demasiado tarde. Primero agarraron a Javier y luego a Marcos. Él, que había visto cómo atrapaban a su compañero, prefirió no correr ya que, además de no poder contra la velocidad de una moto, temía que los cuerpos de seguridad reaccionaran con un perdigonazo o, por qué no, un tiro.

De Santa Mónica los trasladaron a El Helicoide, donde les quitaron sus pertenencias y les pidieron sus datos. Allí, en Roca Tarpeya, a Marcos lo intentaron extorsionar: “Me llamaron aparte y me dijeron: ‘¿Cuánto te está pagando él?’. Ellos habían visto que yo estaba grabando lo que sucedía en el punto del trancazo, porque es mi labor como Coordinador de Comunicaciones del partido, y por eso me preguntaban: ‘¿Cuánto te paga?’. Era coacción, porque las preguntas venían con insultos, con cualquier cantidad de cosas. El policía me decía: ‘Yo te quiero ayudar, pero tú tienes que decirme cuánto te paga’. Yo les contestaba que a mí no me pagaban por eso, que yo estaba allí por convicción propia”.

Los oficiales se dieron cuenta de la prominencia de sus reclusos, par de miembros de un partido político, y los llevaron a Plaza Venezuela, donde confluían todos los detenidos cerca del Gran Abasto Bicentenario. Les cubrieron los rostros, les volvieron a solicitar unos datos y –lo más estremecedor del asunto– un policía empezó a atender llamadas desde los celulares de Marcos y Javier. Unas las respondía con insultos y en otras decía que Aponte y Chirinos estaban secuestrados por colectivos, por lo que requerían una suma de dinero para el rescate.

“No sabía si me iban a desaparecer. No sabía si mi mamá se iba a enterar y cómo reaccionaría ella, que es hipertensa, si le avisaban que yo estaba perdido o preso”. Habían transcurrido sólo horas desde su detención cuando Marcos Aponte empezó a pensar en lo peor. Estaba a la altura del Gran Abasto Bicentenario de Zona Rental y por primera vez, tras ser arrestado por la Policía Nacional Bolivariana, lo habían separado de su compañero de partido, Javier Chirinos.

“Está llevando golpes y en cualquier momento me toca a mí”, infirió Aponte. Su preocupación, sin embargo, no era esa. No le inquietaba tanto por lo que él pudiese pasar, pues sabía a qué gobierno se estaba enfrentando y la lucha que estaba dando. Su verdadera preocupación residía en el futuro de su madre. ¿Qué haría ella al enterarse? ¿Cómo haría para vivir sin él?

Luego del trago amargo, Marcos se rencontró con Javier. El día eterno apenas comenzaba. Eran horas de Jack Bauer, pasaban mil cosas por minuto. La siguiente parada de la travesía infernal sería la Dirección de Investigaciones de la Policía Nacional en Nuevo Circo. “Nos quitaron los suéteres que cargábamos puestos, las trenzas de los zapatos y nos metieron en un calabozo de 1.20 x 1.50 metros donde había un preso común que estaba detenido por robo. Ahí tuvimos que pasar la noche y fue en ese lugar donde le quitaron las llaves del carro a Javier”.

«¡Aquí está la prueba! Así se robó ayer la PNB el carro de @Javier_Chirinos de la sede de @VenteVenezuela para sembrarlo. Están descubiertos», tuiteaba María Corina Machado el 29 de junio, un día después de la detención de los dos miembros de su partido político. Cuenta Marcos Aponte que a Javier, Coordinador General del Distrito Capital, la policía lo coaccionó para que entregara las llaves de su carro. Los PNB las agarraron, fueron a la oficina central de Vente y así, sin más, sin testigos, sin grúa, sin ninguna experticia, se llevaron el vehículo de Chirinos.

“Nada más con mover el carro era para desestimar todo el caso. Los únicos testigos que estaban ahí eran las personas del partido. Eso es alteración de lo que se considera evidencia”, dice Aponte. Chirinos y él pasaron la noche en ese calabozo ubicado en Nuevo Circo. Tres personas en un espacio de 1.20 x 1.50. Los agarraron a la 1:30 p.m. y pudieron ver a sus familiares y abogados ya para las 8-9 de la noche.

“Pasaron muchas cosas durante los siguientes dos días. Sé que fuimos al CICPC a hacernos la reseña respectiva, donde nos tomaron las huellas e hicieron el registro de que estábamos detenidos. También fuimos a hacernos los exámenes legales para ver si habíamos consumido drogas: exámenes de sangre, exámenes de orina, exámenes toxicológicos. Nos reseñaron en varios sitios. Estuvimos en La Yaguara, pasamos dos noches en el Helicoide y luego nos llevaron a tribunales”, relata Marcos sobre los primeros días post-detención.

Para ese momento, el retardo procesal era considerable. Marcos y Javier no fueron a tribunales sino después de las primeras 48 horas de arresto. El acta policial tuvo varios errores, incluso en el nombre de los policías que habían apresado a los dos miembros de Vente Venezuela. Esas fallas atrasaron el caso. Por ello, en lo que debía ser su audiencia de presentación, el abogado de Aponte y Chirinos tuvo que meter un recurso de amparo porque no quisieron recibirlos.

Marcos explica que presentarse ante el tribunal después de los dos primeros días post-arresto desestima el acta policial, porque puede estar viciada. No obstante, él y Javier tuvieron su audiencia a las 72 horas, un sábado, ante un tribunal de guardia. Ese día los llevaron a las celdas de los juzgados mientras procedían a revisar su caso.

–¿Cómo fue la espera?

–Ahí se pasa todo el día sin comer, sin beber agua. Era un espacio relativamente amplio. Creo que 5 x 5 o 4 x 4 (metros). Tenía una suerte de baño, un hueco muy maloliente. Era una celda con barrotes normales. Estábamos en unas condiciones paupérrimas e insalubres.

–¿Con cuántas personas estabas en la celda?

–Nosotros compartíamos celda con dos muchachos que estaban ahí por protestar; dos hermanos por un tema de especulación, a quienes también les querían imputar financiamiento al terrorismo; otras dos personas por robo y un señor que ya había cumplido con su condena de régimen de presentación en Trujillo y que lo agarraron y todavía aparecía solicitado. Según cuentan los que ya han tenido experiencia, porque había gente reincidente allí, los fines de semana no hay tantos detenidos, pero hay veces que esas celdas están abarrotadas.

–¿Cuánto tiempo estuvieron allí?

–Llegamos en la mañana y creo que salimos a las nueve o diez de la noche. Pudimos notar que a todos los que estábamos allí por protestar nos dejaron la audiencia para el final del día. Primero atendían los delitos comunes y de último revisaban a los que tenían casos similares a nosotros. Si subías a la audiencia y te daban libertad plena, salías por otro lado. Si no, te devolvían para la celda. A todos nos mandaron de regreso a la celda. Vimos a los 25 del caso de la Cámara de Gas, pasaron por delante de nosotros. A ellos les difirieron la audiencia para el día siguiente. Nosotros, Javier y yo, fuimos trasladados en la noche para La Yaguara, lugar donde permanecimos hasta que nos otorgaron la libertad.

–¿Cómo eran las condiciones en La Yaguara?

–La primera noche fue fatal. Estuvimos mucho tiempo afuera esperando, porque La Yaguara es un centro de custodia en el que se registran todos los que son detenidos y que aún no tienen sentencia. De allí es que los distribuyen a otros centros de reclusión de la PNB. Nosotros dormimos en una celda grande, había alrededor de 30-35 personas. El piso estaba lleno de colchonetas. La mayoría de los presos estaban acostados. Los otros tenían que permanecer de pie.

–¿Cuál era tu rutina?

–Los presos tienen costumbres carcelarias muy marcadas. Te dicen hasta cómo orinar, cómo bañarte, cómo vestirte. Una de las cosas que me dejaron claras fue: ‘Cuando te digan acuéstate a dormir, acuéstate a dormir, porque no sabes cuándo puedas volver descansar’. Evidentemente no cabía una colchoneta más en el piso, entonces había lo que llaman la contención. Esto es que alguien se para y tiene la amabilidad de dejarte acostar y a las tres horas te levanta otra vez. Y eso es si el dueño de la colchoneta quiere, porque por lo general quienes están más cómodos son los que tienen más tiempo. Había un muchacho que tenía los pies hinchadísimos, ya que la mayor parte del tiempo la había pasado de pie. Pensé: ¿qué voy a hacer yo aquí?¿Cómo voy a pasar la estadía aquí?

A la mañana siguiente nos movieron a otra celda con menos personas. Eran presos que tenían otra clase de delitos. Crímenes menores como estafa u homicidio culposo. Era un espacio más pequeño: tenía dos literas donde dormían los más antiguos y los demás dormíamos en el piso. Éramos diez personas dentro de ese espacio. Conforme fueron saliendo éramos menos. Sin embargo a mí me tocaba dormir en el suelo. Durante todo el tiempo que estuve allí dormí en el piso.

–¿Siempre estuviste con Javier?

–Siempre estuve con Javier. Eso hizo todo más fácil. Uno de mis mayores temores era que me separaran, que fuese a pasar algo. Yo tenía cierto temor a que nos fuesen a torturar, pero eso no sucedió. El trato fue hasta cordial. No éramos amigos de los policías, pero sí era un trato respetuoso. Puedes notar que muchas de las bases de la PNB están viviendo la misma situación y se quejan de lo mismo que padecen la mayoría de los venezolanos. No obstante, notas también que, y esto me imagino que sucederá con las otras fuerzas policiales, están formados para obedecer. Y no precisamente a las necesidades de la gente, sino a quien está al mando. Es decir, no están formados con moral, están formados para obedecer lo que les pidan y ya. Ellos están convencidos de que su trabajo es salir a reprimir.

–¿Consideras que tuviste suerte de que no te torturaran? ¿O crees que las torturas no son una práctica sistemática?

–Probablemente fue suerte de que nos haya tomado la PNB y no el Sebin o la GNB. Tenemos casos dentro de Vente Venezuela. Unos días atrás habían agarrado a Orlando Moreno, un secretario político de Monagas, y él fue torturado. Entonces siempre estás pensando: ‘¿Qué va a pasar?’. De hecho, cuando estábamos en Bicentenario la cuestión fue más difícil. Porque a mí me aislaron por un momento de Javier y eso fue como un coñazo para mí, porque estuvimos como media hora separados y yo decía: ‘Está llevando golpes, en cualquier momento me toca a mí’. Obviamente sientes el miedo.

–¿Les dijeron por qué los detenían?

–Nos agarran porque supuestamente estábamos trancando la calle, obstrucción a la vía pública, alteración del orden público. Todo lo que le ponen a cualquiera. De hecho, la fiscalía, con todo el material que tenía el acta policial, simplemente nos imputó instigación pública, porque había muchas cosas que evidentemente estaban fuera de lugar. Nos pusieron medida cautelar bajo fiadores, con régimen de presentación y sustitutiva de libertad mientras se conseguían esos fiadores. Se consiguieron, pero tuvimos mucho tiempo sin despacho en el tribunal porque a la juez la cambiaron y eso generó retardo. El 21 de julio se emite la boleta de libertad y nosotros no salimos sino hasta diez días después. Los abogados tuvieron que meter un recurso de amparo diario frente a todo lo que estaba sucediendo.

–¿Por qué no salieron sino hasta diez días después?

–Me imagino que los jueces son ordenados por el Tribunal Supremo de Justicia y no nos querían firmar la boleta. No querían hacer el trámite. Me imagino. No había razón para que siguiéramos ahí si ya teníamos a los fiadores y toda la documentación. Faltaba sólo la verificación y firmar la boleta. Pero el proceso duró muchísimo tiempo. Tuvimos una semana sin la juez de control. Tuvieron que poner un juez auxiliar y este da despacho dependiendo de cómo esté ocupado con su propio tribunal.

–Volvamos a La Yaguara. ¿Cómo fue tu día a día desde que estuviste en la segunda celda hasta que saliste en libertad? ¿En qué te aferrabas para resistir?

–Mira, no era fácil. En principio no era fácil. Pero cuando no estás encerrado con delincuentes comunes tienes mayor capacidad de adaptación. Cuando estuvimos en la primera celda los temas de conversación eran totalmente distintos a los que teníamos en la segunda. En esta última yo podía hablar de una película, de un libro, de la situación política del país. En la otra no. En la otra eran personas que estaban pendientes de otras cosas. No voy a emitir ningún juicio de valor, sino que simplemente las personas estaban pendientes de otras cosas. Y con todo y eso la primera noche la pasamos en la celda más sana de las tres principales. Era la celda donde estaba un pastor evangélico y donde oraban todos los días. En esa no había tanto rollo como en las otras dos. No había tanto hacinamiento. Y cuando nos cambiaron de celda éramos 10 personas. Era una convivencia más amistosa. Estuve leyendo varios libros: Cien años de soledadEl continente de la esperanza de Alejandro Peña Esclusa, algo de Jorge Olavarría…

–¿Te amenazaron para que no volvieses a manifestar? ¿La sentencia te impide volver a la calle, hacer política?

–No te impide hacer política. La medida fue: régimen de presentación y prohibición de salida del Área Metropolitana de Caracas durante los próximos ocho meses. Esto es mientras terminan las investigaciones para determinar si somos culpables. Si no, hacen sobreseimiento de causa y se quitan estas medidas.

–Ya cuando estabas en esa última celda, ¿tenías la convicción de que ibas a salir? ¿Cada cuánto veías a tus abogados?

–Los abogados iban una vez a la semana y por eso sabíamos cómo iba marchando todo: si ya habían conseguido los fiadores o no, qué faltaba, etcétera. Podíamos conversar con ellos regularmente y nos enterábamos de cuánto más o menos faltaba para salir en libertad.

–¿Qué comían?

–La comida nos la llevaban diariamente. La dejaban y el policía nos la entregaba en el calabozo: te daba el pote y uno lo devolvía vacío. De la alimentación en general se encargó Vente Venezuela, en conjunto con la ayuda que pudimos recibir de la Escuela de Comunicación Social de la UCV, que hizo operativos para eso. Fue una mano que nos echaron y eso se agradece. Lo cierto es que siempre enviaban a alguien con nuestras tres comidas de una sola vez. Ningún día nos hizo falta.

–¿No le dan comida a ningún recluso?

–No. De hecho hay reclusos que viven de las sobras de los demás. Entre presos hay una premisa: no perder la comida. Si no te la comes, dásela a otro, pero no la botes.

–¿Cómo hacían para ir al baño y ducharse?

–Nos tenían que sacar custodiados tres veces al día. Cuando te bañabas tenías que hacer todo, a menos de que fuese una emergencia estomacal y eso ya quedaba a discreción del guardia de turno.

–Si te digo cárcel, ¿en qué piensas?

–Pienso en el país. El país es una cárcel en este momento. Al estar en prisión te das cuenta de que Venezuela tiene 30 millones de presos: porque cuando estás adentro te dicen cuándo bañarte, cuándo te llega la comida, cuándo encender la luz, cuándo apagarla. Eso no dista mucho de lo que vivimos los venezolanos: la comida te llega cuando el Estado decide, el agua te llega cuando funciona, ves a tu gente cuando te lo permite la situación. ¿Qué diferencia hay? Estamos presos dentro del país. Todos estamos presos.

–¿No te da miedo volver a salir?

–Si salgo, obviamente lo haré con mayor precaución. Si me vuelven a agarrar quedo preso ocho meses y no me va a sacar nadie. Ni fiador, ni abogado, ni nadie. Pero no creo que sea momento de rendirse. Hay muchos mecanismos de lucha que no necesariamente requieren que uno se exponga.

–¿Lo peor de estar preso?

–No ver a tu familia, no ver a tus amigos. Un ser querido te puede mandar la comida que más te gusta, pero no te la estás comiendo con ellos. Piensas: ‘Quizás mi mamá no tenía plata para comprar esta hamburguesa y sacó de donde no tenía para que yo me sintiese un poquito mejor’. Es muy difícil también el no poder expresarte. Si quieres llorar, tienes que tragarte las lágrimas, porque podrías perder el respeto de los demás. Hay dos prisiones dentro de la cárcel: la prisión policial y la prisión del preso. Las reglas del policía y las reglas del preso. Te cohíbes de tantas cosas… La parte sentimental, la parte emocional, tienes que tragártela por completo.

La ruta de María Corina Machado

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

‘Se los dije’, publicó en su cuenta de Twitter el 30 de marzo de 2017. Convencida de que los hechos le habían dado la razón, María Corina Machado resumió en tres palabras todo lo que, por años, había llevado dentro. El tuit era un desahogo y una certeza. Tras las sentencias 155 y 156 del TSJ, la fundadora de Vente Venezuela parecía dirigirle su mensaje a aquellos que, durante tanto tiempo, la tildaron de radical. Era su momento, o por lo menos así lo sentía. ‘Golpe de Estado. Formal y declarado’, tuiteó minutos más tarde, para luego explicar que eso que pasaba con la Asamblea, esa pérdida de facultades, era consecuencia del estéril diálogo moderado por los Zapatero, Samper, Fernández y Torrijos a finales del año pasado. Las soluciones al problema, para ella, eran la Carta Democrática, el 350 y calle hasta la salida del gobierno. Más de cuatro meses han pasado desde ese entonces y la calle, que llegó a ser rutina, padece el frío de la incoherencia. El chavismo no es que no ha salido, sino que ahora, Constituyente mediante, parece tener más poder que nunca. La oposición, luego de la instalación de la ANC, está ante sus horas más bajas. La polémica decisión de asistir a las regionales ha dejado a más de uno al borde de la locura y la MUD luce fragmentada. ‘Es dictadura. Nos quedamos políticamente solos, pero del lado de la gente y sin perder el objetivo para terminar con este régimen ya’, informó Machado vía Twitter el pasado 9 de agosto, para dar a conocer su postura frente a la decisión de los demás partidos de la Unidad de asistir a los comicios. Al igual que con el ‘Se los dije’, la dirigente anunciaba el inicio de un nuevo ciclo. Uno que, esta vez, le tocaría enfrentar desde el aislamiento. En medio de esta coyuntura, el equipo periodístico de @RevistaOJO fue a la sede de Vente Venezuela para pulsar su opinión sobre diversos temas y esto fue lo que nos dijo:

–Usted decía el día cincuenta de protestas que, en ese período de tiempo, la oposición había derrotado a la dictadura, que había avanzado bastante (“se acerca la hora definitiva”). Y el día cien, a la espera del #16J, usted hablaba de veredicto. ¿Cuál era el escenario que tenía María Corina en su cabeza para derrocar al gobierno? ¿Cuáles eran esos pasos? Decía que faltaba poco…

–Las dictaduras salen cuando son enfrentadas con firmeza, con determinación, con coraje cívico. Y eso fue lo que se desató en Venezuela hace 139 días. Fue un movimiento social que se convirtió en rebelión popular. Y que hizo que se produjeran quiebres indispensables para que una dictadura como esta, que no es cualquiera, salga del poder. Esto es un Estado mafioso y tenemos que asumirlo, porque eso genera una serie de incentivos y de comportamientos distintos a los que tienen dictaduras convencionales.

¿Qué hemos logrado en estos cuatro meses? Primero, nunca el país había estado tan unido como está hoy. Nunca. Tenemos más de 90% de los venezolanos diciendo: ‘Se tienen que ir ya’. En esa unidad han estado todas las regiones del país, todas las generaciones, todos los sectores. Ahí estaban chamos que vienen de La Bombilla, Petare, luchando detrás de uno que quizá estaba estudiando afuera y que se vino de vuelta para su país. Por otra parte, se fracturó el chavismo. Hay unas fracturas, incluso, que no se han hecho públicas todavía, porque se estaban generando en estos últimos días. Se han producido grandes disidencias dentro de las Fuerzas Armadas, algunas son públicas y otras no. Hay oficiales y soldados que han sido detenidos, que han pedido la baja porque no están de acuerdo con la represión brutal del régimen y con la entrega de la soberanía del país. Y, finalmente, está la cohesión internacional alrededor de una política de acciones. Es decir, vivimos muchos años la indiferencia (de la comunidad internacional). Vivimos en el último tiempo la retórica, pero comenzaron las acciones. Las acciones de verdad. Y todo esto va orientado y cogiendo fuerza en una sola dirección, para llegar a ese punto Q de energía en el cual Maduro y el régimen entiendan: “Mira, pana, nuestra única opción es aceptar una negociación que implique salir de aquí”.

–¿Y usted cree que con la presión de calle iba a llegar ese momento?

–La presión de calle lograba que esas cosas ocurrieran. Y después se retroalimentaban. Porque en la medida en que más actuaba la comunidad internacional, más se estimulaba la calle. En la medida en que la calle producía quiebres en el chavismo, la comunidad internacional… ¿Me explico? Son todas variables que se autoestimulan.

–En ese contexto, ¿cómo caería Nicolás Maduro? ¿Negociación? ¿Renuncia?

–Yo quisiera que fuese por una negociación. ¿Cómo se formalizaría? Eso es lo de menos. Pero se tiene que ir. Una negociación, pero una negociación de verdad. Una negociación que diga: ‘Mire, señor, aquí están las garantías y estos son los términos para que te vayas’. Esa es la única que aceptamos. No una negociación como las que nos han tratado de vender, al estilo Zapatero, en octubre del año pasado. Estábamos en una situación parecida, donde había mucha fuerza en la calle, la comunidad internacional presionando, Maduro con el agua al cuello y entonces apareció Zapatero en una operación cubana donde nos madrugaron con un supuesto diálogo y donde el propio cardenal Urosa dijo: ‘Se burlaron hasta del papa Francisco’. Y era lo único que quería el régimen: tiempo, oxígeno. ¿Y para eso qué necesitaban? Parar la protesta y decirle al mundo: ‘Miren, ¿cómo que hay un problema en Venezuela? No haga nada. Aquí ya todo el mundo se sentó en una mesa a dialogar’. ¿Y qué nos dijeron?: Aquí hay dos opciones. ‘O dialogamos o nos matamos’. ¿Y qué pasó?: Dialogaron y nos mataron.

¿Cuál es su opinión sobre un posible alzamiento militar? ¿Contempla esa alternativa?

Nosotros lo hemos demandado. Y el 16 de julio le dimos un mandato, 7.600.000 venezolanos, a las Fuerzas Armadas para que cumplan la Constitución, bajen las armas y se pongan del lado de un pueblo que legítimamente lucha por su libertad y por su dignidad. Dignidad que le ha sido pisoteada por la FANB.

–¿Y eso se traduce en?

‘No reprimo más y no reconozco la Constituyente’. Porque al final algunos pensarán: ‘Es que la Constituyente nos destruyó’. Todo lo contrario. Yo lo dije, yo lo dije cuando Maduro planteó la locura de la Constituyente: ‘Se fregó’. Porque la Constituyente cohesionó a todos los sectores internacionales que tenían dudas de qué era lo que pasaba en Venezuela. Porque (Maduro) se quitó la careta. La Constituyente es constitucionalizar la dictadura cubana, el Estado comunista. ¿Qué parte no ha quedado clara? Olvídate de alcaldías, gobernaciones, Asamblea Nacional. Destruyen todo. Olvídate de la propiedad, el sector productivo, la universidad. Es el Estado comunista. Ellos lo han reconocido. Entonces: ¿Qué es lo que ahora quiere el régimen? Que la sociedad venezolana reconozca la Constituyente. Eso es lo que quieren, porque piensan que con eso nos van a someter, que eso sería la rendición final. Por eso todas esas acciones que están haciendo ahorita. Todo este tema de las elecciones regionales, esto es Zapatero dos.

¿Qué palabra usaría para calificar a quienes voten en las regionales?

Yo no los descalifico. Yo creo en la libertad individual. Cada quién decide lo que quiere hacer. No voy a llamar a una persona para decirle qué hacer, si tiene que tomar una dirección y otra. Esa no es nuestra ruta. Yo creo que esa ruta es la que quiere el régimen: legitimar y reconocer la Constituyente. Me parece que tenemos que recordar lo que fue uno de los logros más importantes de estos meses de lucha: La Declaración de Lima. Mira este punto: la decisión de estos países de no reconocer a la Asamblea Nacional Constituyente ni los actos que emanen de ella por su carácter ilegítimo. Eso incluye las elecciones regionales. Ayer lo dijo Tibisay Lucena.

–¿Qué piensa de esos diputados que están dejando su cargo en la Asamblea Nacional para lanzarse a gobernaciones?

–Yo creo que tienen que escuchar a la gente. Y hay un mandato, el del 16 de julio. Yo tengo tantos compañeros honorables que quiero, respeto, admiro mucho, en todos esos partidos. Son gente buena. Y a ellos lo que les digo es: confíen en la fuerza de los venezolanos. Hay algunas personas que les han hecho creer que no tenemos fuerza y entonces no se puede sacar al régimen, que no hay nada que hacer…

–¿Qué le responden ellos? ¿Por qué no siguieron con el camino de la calle?

–Créeme que hay muchos que lo están pensando. Hay muchos que están reflexionando… Como te digo: esa es la política que decidió el régimen y un sector de los partidos políticos. Yo estoy con la gente, con la política de los ciudadanos. Es una política de coraje. Es la estrategia de la fuerza, del sí podemos. Es la estrategia de decir: íbamos por la ruta que es y hay que seguirla. Es la ruta que te dice: ‘El mundo entero hoy nos acompaña’. Y hay que crear una coalición ética de ciudadanos, de gente a la que nos unen los principios y los valores: la verdad, la integridad, la justicia, la solidaridad, la valentía, la dignidad. Esos son los valores por los que uno da la vida. Eso es lo que yo he visto con estos chamos en la calle.

–¿Se jugó con las expectativas de la gente?

–No. Yo no diría eso. Yo al menos asumo mi responsabilidad. Lo dije el primer día y lo digo hoy: sí se puede. Ahora, yo soy franca: sí dimos un paso para atrás. Hay que hablar con la verdad. Y hay gente que en este momento se siente decepcionada, muy brava, triste.

–Es que se está diciendo desde el primer día: “Vamos a salir de esto, vamos a salir de esto”…

–Y ‘¡Vamos a salir de Maduro!’. Entonces hay gente que dice: ‘Ya va. ¿Otra vez? ¿Otra vez?’. Entonces yo lo entiendo, yo comparto ese dolor. Pero el régimen lo que quiere es dividirnos y desmoralizarnos. Venezuela está más unida que nunca. Unos se fueron un rato por un canal que no es…

–¿Y cómo van a volver?

–Bueno, que regresen. Yo no le voy a cerrar la puerta a nadie. Pero lo importante es que nosotros no podemos detenernos.

–¿Tiene la fuerza María Corina y Vente Venezuela para capitalizar y agrupar a todas esas personas que, como dices, hicieron un mandato y esperaban una ruta? ¿Están en la capacidad para convocar manifestaciones multitudinarias sin el apoyo de los otros partidos?

–Yo creo que la sociedad venezolana tiene la determinación de crear esa coalición ética que tendrá distintas formas de lucha. Además, cada etapa va evolucionando. Y si es necesario llegaremos otra vez al momento de grandes movilizaciones. Pero hay muchas otras cosas que hay que hacer para terminar de socavar los pilares que le quedan de soporte al régimen que está muy débil. Muy débil.

–Su opinión sobre la opción militar, sobre las palabras de Donald Trump…

–Nadie va a creer que en la América Latina del siglo XXI es posible una invasión militar. Eso no existe. Ahora, lo que sí hay en Venezuela es una invasión cubana. O es que acaso no tenemos conciencia de que los cubanos están manejando los sistemas de información y de identificación de los venezolanos. Los grupos y los cuerpos de seguridad y de inteligencia. La notaría, los registros y las fuerzas armadas. Yo, siendo diputada, a la Comisión de Defensa de entonces le llevé una lista con los nombres y apellidos de los generales cubanos que estaban en ese momento en un grupo que se llamaba el GRUCE. El grupo de Coordinación y Enlace en el CEO (Comando Estratégico Operacional), en Fuerte Tiuna. Yo se los llevé y no hicieron nada. Nosotros sí sabemos que ahí hay una invasión, como hay una invasión de la guerrilla, que llega ya al corazón de Venezuela, una invasión del narcotráfico, de contrabando, de todos los crímenes y las redes mafiosas del mundo que se han asentado en el país. Ahora, para eso, para desmontar ese Estado mafioso, esa narcodictadura, sí necesitamos respaldo internacional.

–¿Cómo sería esa ayuda? En hechos concretos…

–La Declaración de Lima dice en el punto cuatro: “Los actos jurídicos que conforme a la Constitución requieran autorización de la Asamblea Nacional, sólo serán reconocidos cuando dicha Asamblea los haya aprobado”. ¿A qué se refiere esto? A operaciones de crédito público, endeudamiento. Es decir: ‘No reconocemos créditos y nuevos financiamientos que no tengan la aprobación de la Asamblea Nacional legítima’. Esos son actos concretos. Porque eso es lo que le cierra el chorro a los bonos de sangre que ha estado financiando la tiranía. Hay mucha gente con intereses muy oscuros que tratan de disfrazar que no están con el régimen, pero reciben dólares a diez. ¿Mientras el país se muere de hambre a cuánto? ¿A cuánto está ahorita? ¿Quince mil? Ya uno ni sabe. Ah, pero ellos lo reciben a diez. ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que tienen bonos de la deuda? ¿Tú crees que esos quieren que Maduro se vaya? ¿Y los que reciben concesiones petroleras y concesiones del arco minero y están haciendo toda la plata del mundo? ¿Tú crees que ellos quieren que Maduro se vaya? Y ahí hay venezolanos y capitales extranjeros muy muy oscuros.

–¿Qué otras medidas considera?

–Yo creo que las sanciones, pero de una forma mucho más amplia y mucho más pública. ¿Embargo? Aquí está el embargo de armas: punto trece de la Declaración de Lima: “Su llamado a detener la transferencia de armas hacia Venezuela a la luz de los artículos 6 y 7 del Tratado sobre el Comercio de Armas”.

Ahora bien, sobre el tema petrolero: ¿Quién destruyó, quién sancionó a PDVSA? PDVSA está produciendo hoy la mitad de lo que producía antes de que comenzara esta bonanza petrolera. PDVSA está quebrada y eso es algo que nosotros los venezolanos no terminamos de procesar. Quebraron a la gallina de los huevos de oro. ¿Y ahora qué? Porque eso es lo que tenemos que pensar. ¿Qué va a pasar el día siguiente a la salida de Maduro? ¿Cómo vamos a reconstruir este país? Claro, se robaron un poco de real que tiene que volver, porque esa plata el mundo la tiene que identificar y traerla de vuelta. Esa es una de las cosas que yo le propongo a la comunidad internacional para que lo haga ya. Nosotros lo llamamos un Fondo Internacional para la Reconstrucción de Venezuela. Ya se han identificado más de 20 mil millones de dólares robados. Y es muchísimo más. Multiplica eso por diez. Ese es el tipo de cosas que hay que hacer. Decir: ‘Miren, aquí está la plata. Y se la robaron fulanito, fulanito, fulanito y fulanito’. Y que cuando este régimen salga esa plata regresa a Venezuela. ¿Qué tal? Ese es el tipo de cosas que necesitamos.

–De aquí a que termine el año, ¿cómo ve estos meses que vienen María Corina Machado?

–¿Tú sabes lo que yo digo? Que solamente los venezolanos entendemos lo que significan 24 horas. 24 horas es largo plazo. ¿O no? El mundo te dice… ‘En los próximos 24 meses…’ y nosotros morimos de la risa. Lo que es un mes en cualquier otro lugar, nosotros lo vivimos en un minuto. Hacemos ejercicios de planificación estratégica, con todas las variables, todos los escenarios y después: pum, cae un meteorito, porque son las cosas que pasan en Venezuela.

–¿Las regionales son un meteorito?

–No. Están muy bien pensadas. Es una operación cubana.

–Pero para usted, que tenía una planificación…

–No, señor. Eso se estaba anunciando desde hace muchos meses.

–Sabía que podían llegar…

–Pero, ¡claro! Y además todos dijeron: ‘No. Es inconcebible regionales si hay una Constituyente’. ¿O no lo dijeron? Ahora, allí no es donde está mi preocupación. Yo no me voy a quedar ahí pegada. Nosotros ya le dijimos al país lo que pensamos de eso. Es un error. Por favor, no lo cometan. Pero vamos a concentrarnos en lo nuestro. En lo que sí es, a mi modo de ver, indispensable para sacar este país adelante. Y lo primero es una lucha espiritual y emocional, y esa no la podemos perder. Esta gente lo que quiere es hacernos sentir derrotados. ¡Y esa lucha no–la–vamos–a–perder! Los espacios que no podemos perder son los de la dignidad, el coraje, la fuerza, la conexión entre los venezolanos. Esos espacios no los vamos a perder.

–¿Cómo hacer para no perderlos si ya no vienen grandes manifestaciones? ¿Cuál es el trabajo ahora?

–Bueno, es un espacio ahorita de reencontrarnos. De articulación entre sectores. Están los artistas, los familiares de las víctimas, los sindicatos, los productores… Por aquí yo he estado recibiéndolos a todos, yendo a sus sedes, escuchando. Aquí hay unas ganas y una disposición para luchar más fuertes que nunca. Porque todos los venezolanos sabemos lo que aquí está pasando. O sea, esta crisis humanitaria… Por cierto, cuando nosotros lo advertimos, hace cuatro años, me dijeron: ‘Exagerada, radical, impaciente, aquí jamás habrá una crisis humanitaria’. ¿O no? Me quedé corta, desgraciadamente. Esta crisis humanitaria está a punto de convertirse en una catástrofe. Nosotros no sabemos lo que es una hambruna. Eso puede ocurrir pronto. Actuemos. Actuemos. Actuemos de verdad.

“No hay salida democrática”

En Venezuela no hay salida democrática. Ese es el crudo diagnóstico de Ramón Muchacho, uno de los alcaldes que padeció en carne propia los zarpazos de la dictadura y que, ante su inminente detención, decidió escapar del país para seguir haciendo política fuera de las rejas. Le habían quitado su pasaporte meses atrás –cuando regresó de su gira por Chile y Perú– y no estaba dispuesto a que le quitasen también su libertad. Con contactos, dentro y fuera del país, logró escapar hacia Estados Unidos, donde le concedió una entrevista al showman y periodista estrella Fernando del Rincón. “El problema de Venezuela es mucho más grave (que las regionales). El problema real es que Venezuela es un país donde hay una dictadura y donde no hay salida democrática”, soltó convencido. Para Ramón, las posibilidades de una resolución institucional y consensuada de la crisis se fueron reduciendo en el tiempo a medida que el gobierno avanzaba con su plan dictatorial. La ANC fue el límite, la gota que rebasó el vaso, y a partir de ese momento, afirma Muchacho, la esperanza se esfumó. “Es mejor que reconozcamos la realidad y con base en eso empecemos a hacer propuestas, en vez de que nos sigamos engañando. Si todavía seguimos pensando que hay forma de sentar al gobierno para que por cualquier forma no violenta, con su participación activa y con su voluntad, entregue el poder, es porque todavía no entendemos quiénes están gobernando en Venezuela”. Entonces, ¿estaría de acuerdo Muchacho con una intervención militar?: “Cuando Trump lanza esa advertencia lo que le está poniendo es una papa caliente en la mano a los gobiernos de la región para que éstos digan: ‘Intervención militar no. La opción es esta’. Cuando encuentras que no hay opción, llegas a la conclusión de que la alternativa militar, digamos lo que digamos, condenémosla o aplaudámosla, puede terminar siendo inevitable para los Estados Unidos. Porque si tú ves las opiniones que emite la CIA, el departamento de Estado, ¿qué dicen? Que Irán está allí, Rusia está allí, Hezbollah está allí, el terrorismo está allí, allí en Venezuela”.

El chavismo 13 años después

Dice el comediante Ricardo del Búfalo que Venezuela tiene cuatro estaciones: campaña, elecciones, depresión y protesta. Visto lo visto, tras dos décadas de Revolución Bolivariana, resulta imposible llevarle la contraria. La era chavista, desde este lado de la acera, no ha sido otra cosa que campaña, elecciones, depresión y protesta. Hemos vivido el período de los jingles pegajosos, la veintena de comicios, la melancolía omnipresente y las marchas interminables. El país es un círculo vicioso, un cuento que no deja de morderse la cola para volver a empezar. Una y otra vez. Duele decirlo, pero ‘La Salida’ comenzó en 2002 y hasta ahora no ha tenido éxito, aunque sí matices. Hoy se cumplen 13 años del día favorito del gobierno: 15 de agosto de 2004. Fue en esa fecha, luego de vencer en el referéndum revocatorio, cuando más se sintieron indestructibles. Con la victoria del máximo líder, ponían fin a unas protestas que iniciaron en 2001, tuvieron su clímax en el trágico 11 de abril del año siguiente, pasaron por el paro petrolero, siguieron durante todo el 2003 y, ante el fracaso de diálogos estériles, terminaron, cómo no, con campaña, elecciones y depresión. Una depresión que duró tanto que por un tiempo no hubo ni protesta, sólo resignación: la oposición se saltó las estaciones del año siguiente (2005) y volvió a vivirlas con el insípido Manuel Rosales. Otra vez: campaña, elecciones y depresión. Con RCTV vendría la protesta y, por primera vez, una falla en la Matrix. La oposición conocería la quinta estación: euforia (2007). La misma que sentiría ocho años después (Parlamentarias), pero que inevitablemente desembocaría en los períodos ya conocidos. En 2017, más que nunca, Venezuela se ha encontrado con su primavera-verano-otoño-invierno particular. Ante tanta protesta, el chavismo aplicó su fórmula favorita. Aunque, a diferencia de 2004, esta vez no tenía los votos suficientes para ganar. Ni siquiera el apoyo necesario para meter la coba. Por ello, inventaron una elección extrañísima y unos números inverosímiles. Si en 2004 les creyó hasta Bush y la OEA, ahora Smartmatic los ha dejado mal frente al mundo. No obstante, la oposición sigue escuchando el Vivaldi más ácido. Las cuatro estaciones siguen su curso y el país está a la espera de que por fin, de una buena vez por todas, mejore el tiempo y cambie la melodía.

La tragedia de estar unidos

Venezuela pasó del Pacto de Punto Fijo al conflicto ‘escuálido’-chavista.  De votar por un oligopolio político a sufragar a favor o en contra de un proceso: la Revolución Bolivariana. Del blanco y verde adecocopeyano al azul y rojo ‘pitiyanqui’-antimperialista. El país tiene años, décadas, sin poder elegir. Hugo Chávez rompió con el binomio de la IV para instalar la recalcitrante polarización de la V. O estabas con él o eras un traidor vendepatria. Los grises desaparecieron y la gama de colores se mantuvo estrecha. La oposición se dio cuenta de que, para competir contra aquel fenómeno electoral, debía agruparse. Si picaba la torta estadística, los números no le darían para vencer. Las fuerzas, en cualquier campo de batalla político, debían estar unidas. Por eso, la Coordinadora Democrática emergió en 2002 para dictar el precedente y la Mesa de la Unidad recogió el testigo. Nacieron como organizaciones de composición diversa pero de propósito compartido. El fin les obligaría a acoplar sus medios. Cientos de cerebros, miles de ideas, un único objetivo: cambiar el gobierno. La primera sucumbió ante las discrepancias y la segunda vive su peor crisis. La pluralidad de pensamiento empieza a pasar factura. Todos los partidos coinciden en que Venezuela necesita un cambio, pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a él. De la indecisión ha venido la falta de contundencia y de ella surgió la escasa o nula coherencia. Compuesta por gente de derechas y de izquierdas, por adecos y “lechuguinos”, marxistas y liberales, socialdemócratas y exchavistas, a la MUD le ha costado elegir con qué guion enfrentar al PSUV. Pública fue la riña entre Allup y Guevara y público ha sido el deslinde entre Vente Venezuela y la Unidad. Voluntad Popular, partido que había compartido hasta ahora la línea de María Corina Machado, fue arrastrado por la corriente y decidió no tomar los riesgos de quedar fuera del tablero político que representan unas insólitas regionales. Cabe preguntarse: ¿algún partido opositor tiene la fuerza suficiente para arrastrar todo el descontento? ¿La MUD como organización política, como estructura, ha caducado? ¿Debe replantearse? ¿O es que acaso nunca ha sido viable? ¿Será, quizás, que en política, contrario a lo que pasa con la física, polos opuestos han nacido para repelerse siempre? No lo sabemos. Nuestra certeza es una sola: si de ponernos griegos y clásicos se tratara, esta tragedia no merecía otro nombre que la de estar unidos.

Paramacay según Marcos Pérez Jiménez

“Como viejo conspirador le digo que en estos procesos hay cinco etapas. La primera es la de las murmuraciones, un ruido como de multitud de la cual no se distingue nada preciso, pero se percibe que está disgustada. Después viene el rumor sobre algo concreto, aunque exagerado o falso, pero que indica aquello que la gente quisiera que fuera verdad. Entonces hay conatos, que son pronunciamientos aislados de algún oficial que alza algún destacamento o guarnición. Hasta que llega la asonada, pronunciamiento coordinado en el cual el jefe se alza pero los comprometidos le quedan mal. Y después de todo eso es que viene el gran carajazo”. La explicación es de un ex Presidente de Venezuela y especialista en golpes de Estado: Marcos Evangelista Pérez Jiménez. Partícipe de uno (1945), líder de otro (1948) y víctima de un tercero (1958), el histórico dictador le ofreció a Rafael Poleo en 1988 una definición que, incluso con sus vacíos descriptivos y la distancia temporal que separa ambas épocas, conviene tener presente en estos días de ruidos de sables y sublevaciones. Ataque terrorista para algunos, peine, trapo y humo para otros, lo ocurrido ayer en Paramacay pudiese coquetear con la etiqueta de asonada, si se toma en cuenta uno de los apuntes de Sebastiana Barráez, periodista entendida en la fuente militar: Juan Carlos Caguaripano esperaba que otras unidades se alzaran. Capitán de la GNB dado  de baja en 2014 por manifestarse en contra del gobierno y acusado de conspirar en el Golpe Azul (presunta intentona planificada por el General de la Aviación Oswaldo Hernández hace tres años), Caguaripano se une a Óscar Pérez como el segundo miembro de un cuerpo de Seguridad del Estado que se pronuncia en contra del presidente Nicolás Maduro y vuelve a tocar la puerta que da hacia una salida armada del conflicto. Solución con la que muchos fantasean, pero cuyos alcances pudiesen ser devastadores. Queda esperar si lo ocurrido ayer en Paramacay traerá cola o la historia le conferirá el carácter de anecdótico.