Van en serio

Mike Pence citó hasta a Bolívar. Como el niño que hace bien la tarea y quiere agregarle valor a su exposición, el vicepresidente de Estados Unidos apeló al Libertador para transmitirle a Venezuela, al continente y al mundo, que su preocupación por la situación del país suramericano es pura y genuina, que está empapado en el tema y que, de verdad verdad, trabajará por buscarle una solución a la crisis. Las declaraciones de Pence aparecen en el contexto de la gira que inició en Colombia y pasará por Argentina, Chile y Panamá. Con Santos al lado –presidente vecino y uno de los principales enemigos de Maduro– Mike se encargó de enmendar la frase incendiaria que Trump había dicho el pasado viernes (“Tenemos muchas opciones respecto a Venezuela, incluida una posible opción militar si es necesaria”) y que había convertido la irrisoria retórica chavista en una coartada perfecta para vender la idea de que los males del país son culpa del Imperio. Aquellas declaraciones no sólo fueron rechazadas por las voces más destacadas del PSUV, sino también por la Mesa de la Unidad, países como Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile, Perú y México, el secretario Almagro y hasta el propio Pentágono. La comunidad internacional, que quede claro, no ve con buenos ojos una solución armada para resolver el conflicto. El último precedente en la región es Panamá, hace ya 28 años (caso Noriega: 1989), por lo que una intervención militar luce obsoleta en estos tiempos. Conocedor del entorno, el vicepresidente yanqui descartó la idea, pero sin perder contundencia en su alocución: “No aceptaremos que surja una dictadura en nuestro hemisferio, el pueblo merece algo mejor. El venezolano, que fue libre, ahora tiene que soportar la brutalidad del régimen de Maduro”. La tierra de Bolívar sigue en los primeros puestos de la agenda norteamericana, junto a Corea del Norte y Medio Oriente. Trump ya había adelantado en Miami el año pasado que, de ganar la presidencia, su gobierno sería un martillo contra Cuba y Venezuela. Y hasta ahora, tras la reunión con su gabinete de seguridad el pasado jueves y la incipiente gira de Pence, parece que será coherente con su discurso. Los gringos van en serio.

La tragedia de estar unidos

Venezuela pasó del Pacto de Punto Fijo al conflicto ‘escuálido’-chavista.  De votar por un oligopolio político a sufragar a favor o en contra de un proceso: la Revolución Bolivariana. Del blanco y verde adecocopeyano al azul y rojo ‘pitiyanqui’-antimperialista. El país tiene años, décadas, sin poder elegir. Hugo Chávez rompió con el binomio de la IV para instalar la recalcitrante polarización de la V. O estabas con él o eras un traidor vendepatria. Los grises desaparecieron y la gama de colores se mantuvo estrecha. La oposición se dio cuenta de que, para competir contra aquel fenómeno electoral, debía agruparse. Si picaba la torta estadística, los números no le darían para vencer. Las fuerzas, en cualquier campo de batalla político, debían estar unidas. Por eso, la Coordinadora Democrática emergió en 2002 para dictar el precedente y la Mesa de la Unidad recogió el testigo. Nacieron como organizaciones de composición diversa pero de propósito compartido. El fin les obligaría a acoplar sus medios. Cientos de cerebros, miles de ideas, un único objetivo: cambiar el gobierno. La primera sucumbió ante las discrepancias y la segunda vive su peor crisis. La pluralidad de pensamiento empieza a pasar factura. Todos los partidos coinciden en que Venezuela necesita un cambio, pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a él. De la indecisión ha venido la falta de contundencia y de ella surgió la escasa o nula coherencia. Compuesta por gente de derechas y de izquierdas, por adecos y “lechuguinos”, marxistas y liberales, socialdemócratas y exchavistas, a la MUD le ha costado elegir con qué guion enfrentar al PSUV. Pública fue la riña entre Allup y Guevara y público ha sido el deslinde entre Vente Venezuela y la Unidad. Voluntad Popular, partido que había compartido hasta ahora la línea de María Corina Machado, fue arrastrado por la corriente y decidió no tomar los riesgos de quedar fuera del tablero político que representan unas insólitas regionales. Cabe preguntarse: ¿algún partido opositor tiene la fuerza suficiente para arrastrar todo el descontento? ¿La MUD como organización política, como estructura, ha caducado? ¿Debe replantearse? ¿O es que acaso nunca ha sido viable? ¿Será, quizás, que en política, contrario a lo que pasa con la física, polos opuestos han nacido para repelerse siempre? No lo sabemos. Nuestra certeza es una sola: si de ponernos griegos y clásicos se tratara, esta tragedia no merecía otro nombre que la de estar unidos.

Paramacay según Marcos Pérez Jiménez

“Como viejo conspirador le digo que en estos procesos hay cinco etapas. La primera es la de las murmuraciones, un ruido como de multitud de la cual no se distingue nada preciso, pero se percibe que está disgustada. Después viene el rumor sobre algo concreto, aunque exagerado o falso, pero que indica aquello que la gente quisiera que fuera verdad. Entonces hay conatos, que son pronunciamientos aislados de algún oficial que alza algún destacamento o guarnición. Hasta que llega la asonada, pronunciamiento coordinado en el cual el jefe se alza pero los comprometidos le quedan mal. Y después de todo eso es que viene el gran carajazo”. La explicación es de un ex Presidente de Venezuela y especialista en golpes de Estado: Marcos Evangelista Pérez Jiménez. Partícipe de uno (1945), líder de otro (1948) y víctima de un tercero (1958), el histórico dictador le ofreció a Rafael Poleo en 1988 una definición que, incluso con sus vacíos descriptivos y la distancia temporal que separa ambas épocas, conviene tener presente en estos días de ruidos de sables y sublevaciones. Ataque terrorista para algunos, peine, trapo y humo para otros, lo ocurrido ayer en Paramacay pudiese coquetear con la etiqueta de asonada, si se toma en cuenta uno de los apuntes de Sebastiana Barráez, periodista entendida en la fuente militar: Juan Carlos Caguaripano esperaba que otras unidades se alzaran. Capitán de la GNB dado  de baja en 2014 por manifestarse en contra del gobierno y acusado de conspirar en el Golpe Azul (presunta intentona planificada por el General de la Aviación Oswaldo Hernández hace tres años), Caguaripano se une a Óscar Pérez como el segundo miembro de un cuerpo de Seguridad del Estado que se pronuncia en contra del presidente Nicolás Maduro y vuelve a tocar la puerta que da hacia una salida armada del conflicto. Solución con la que muchos fantasean, pero cuyos alcances pudiesen ser devastadores. Queda esperar si lo ocurrido ayer en Paramacay traerá cola o la historia le conferirá el carácter de anecdótico.

El problema de la oposición

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

El problema no son las regionales. El problema es el infame CNE. El problema no es llamar a votar. El problema es que han dicho hasta el cansancio que esto es dictadura. El problema no es ganar. El problema es que después te quiten las gobernaciones. El problema no es explicar cuál es la estrategia. El problema es que no se ha hecho de forma conjunta. El problema no es debatir sobre las elecciones. El problema es hacerlo días antes de inscribir las candidaturas. El problema no es anunciar que tu partido irá a los comicios. El problema es que le das pie al chavismo para decirte incoherente. El problema no es proclamar un nuevo Consejo Nacional Electoral. El problema es que los nuevos magistrados quedaron en el olvido. El problema no es debatir propuestas. El problema es que se ventilen tus discusiones. El problema no es afirmar que el gobierno está por caer. El problema es que no cumplas con las expectativas. El problema no es convocar un plebiscito. El problema es que después ignores las respuestas. El problema no es ser mayoría. El problema es convencer a la gente de que la salida es electoral. El problema no es la hora cero. El problema es la cero planificación. El problema no es pelear en todos los frentes. El problema es cómo aumentar la presión. El problema no es el sufragio. El problema es la percepción de la comunidad internacional. El problema no es el plan. El problema es la congruencia. El problema no es la disyuntiva. El problema es que el PSUV sigue avanzando. El problema es que mientras nosotros hablamos de esto, la ANC se está instalando.

Las piedras en el zapato de la dictadura

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Sabía lo que le esperaba. Preso desde febrero de 2015, había perdido espacio en la opinión pública nacional. Su liderazgo, desde la distancia, estaba mermado. En popularidad, sufría los embates del olvido. A Antonio Ledezma la insignificancia le carcomía y decidió disparar un último cartucho desde la cárcel que dos años atrás le habían asignado: su hogar. No era el primer mensaje que colgaría en YouTube –el día del plebiscito y el pasado 26 de julio subió comunicados–, pero sí el más contundente.

Con temple y voz profunda, Ledezma señaló, desde la autocrítica, el camino que debía tomar la oposición venezolana. Preciso, puntual y certero, enumeró cada uno de los errores de la Mesa de la Unidad Democrática. “Asumidos todos los riesgos, he decidido mandar este mensaje”, dijo al empezar su alocución, para luego pasar a la lista de fallos: permitir que el chavismo echara del hemiciclo a los diputados de Amazonas, dejar que Maduro gobernara por decreto ante un supuesto desacato y dialogar a escondidas.

“No se pueden ganar batallas, cuando nos derrotamos nosotros mismos”, sentenció el sexagenario Antonio, como abuelo que reparte lecciones a sus nietos. No tendrá en la maleta los mil refranes de Allup, pero irradia la sapiencia de los zorros más viejos de la política.

Según Ledezma, el secretismo generó rumores. Aunado a ello, la oposición pecó al elegir a los dirigentes menos indicados para conversar con el gobierno, esos que velaron por libertades personales y no por la liberación de todo el pueblo de Venezuela. Allí, en República Dominicana, la mesa de negociación enterró el revocatorio. “A veces la gente no entiende nuestras propias contradicciones, cuando ve que nos metemos autogoles y que nosotros mismos diluimos nuestros triunfos, porque a veces priva la vanidad. A veces los egos se convierten en demonios tormentosos”.

Unas contradicciones que, por cierto, no pocas veces han confundido a quienes día a día patean calle: “marche mañana, no marche mañana, pare mañana, no pare mañana, marche a las 12, no marche a las 12. Esos son pequeños detalles que a veces conspiran contra nuestros esfuerzos”. Pequeñísimos detalles como, por ejemplo, ir a unas regionales con este Consejo Nacional Electoral, propuesta defendida por Acción Democrática y Henry Ramos Allup.

“Ahora vienen a plantearnos elecciones regionales. Yo no me imagino a nadie que sea leal a la lucha que ha dado el pueblo inscribiéndose, haciendo una fila india para inscribirse en ese Consejo Nacional Electoral (CNE). Bastante que le aguantamos a este CNE, que protagonizó este domingo una de las estafas más burdas”, opinaba Ledezma antes de que el plan de AD fuese anunciado al país.

Antonio, junto a Leopoldo López y María Corina Machado, era de los que opinaba en 2014 que la salida del gobierno era urgente y que, llegado el 2015, lucía impostergable. El fundador de Alianza Bravo Pueblo perteneció en sus inicios a Acción Democrática e incluso fue una figura cercana a Carlos Andrés Pérez, pero hoy, con 62 años, sus ideas para salir de la crisis están más cerca de Voluntad Popular y Vente Venezuela que del histórico partido blanco de Rómulo Betancourt.

A su lado, y en la misma lucha, tiene al enemigo número uno del PSUV (inhabilitado por el gobierno desde el 2008 por temor a su potencial) y a la mujer que se atrevió a hablarle de frente al expresidente Chávez en la Asamblea Nacional. Con el primero remará desde la cárcel, mientras que la segunda será la voz fuera de ella. Por sus posturas incorruptibles, se han convertido en las piedras en el zapato de la dictadura.

El laberinto de la oposición

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

La oposición vivió durante mucho tiempo bajo la cobija de una gran mentira: ‘somos más, somos mayoría’. El engaño era comprensible y tenía sus raíces en las entrañas de la política (nadie apuesta a caballo perdedor), pero carecía de un analgésico que paliase el dolor tras cada derrota electoral. La pastillita del fraude algo calmaba, aunque tenía severos efectos secundarios. Uno de ellos, quizá el más importante, era la desmovilización. ‘Si me van a robar mi voto, ¿para qué ir a sufragar?’, fue un pensamiento que años después costó cielo y tierra remover de millones de cerebros venezolanos.

Tuvieron que salir voceros, candidatos y analistas a decir que aquello de la trampa electrónica no era cierto, que la triquiñuela tenía que ver más con el sufragio inducido y los centros remotos, que lo importante, a ciencia cierta, era tener los testigos de mesa suficientes, pero de que había que votar, había que votar. Aquel limbo electoral costó caro, carísimo (2005: prohibido olvidar), e hizo que la oposición perdiera gobernaciones, alcaldías y diputados a mediados de la década pasada. Como el estudiante que sólo se prepara para los finales, el antichavismo centró sus esfuerzos en las presidenciales del 2006, pero ya era demasiado tarde. Tarde para ganar esas elecciones y tarde para recoger la semilla mental que habían sembrado. El fantasma de la desconfianza estaría allí para siempre.

Única en el mundo, la política venezolana es tan peculiar que te permite estar equivocado y tener la razón al mismo tiempo. Jugar a la abstención y a la pataleta del fraude contra un chavismo que no aguantaba dos pedidas para contarse hizo perder tanto terreno a la oposición que hasta tuvo que empezar de cero. El problema llegó cuando, después de alcanzar la tan anhelada mayoría, su rival, la Revolución Bolivariana, perdió el gusto por las urnas electorales. Tras las Parlamentarias 2015, el chavismo decidió que la gula no volvería (20 elecciones en 17 años) y que ahora tendría un apetito moderado y de platos excéntricos.

Esquivar votaciones, a partir de ese momento, pasaría a ser política de Estado. Con Tibisay al mando, sería imposible competir en una batalla comicial. Teniendo al TSJ revolucionario en contra, la AN serviría de poco o nada.

Ningún camino lleva a Roma

 “Ofrecimos que en un lapso de seis meses contados a partir de la instalación de la Asamblea Nacional propondríamos un método, un sistema, para cambiar el gobierno por vía constitucional”, recordaba Henry Ramos Allup tras ser electo presidente del Parlamento. Era 5 de enero de 2016 y la oposición confirmaba una promesa de campaña: ‘En junio les diremos cómo sacar a Maduro’. Dos años atrás Leopoldo lo había intentado con la certeza de que la calle era la salida y aquello había terminado con el líder preso y las avenidas vacías.

El triunfo del 6-D, no obstante, permitía ser optimista: por primera vez en diecisiete años de Revolución Bolivariana la oposición daba paliza en una elección. Era apenas su segunda victoria en veinte comicios, pero los 7.7 millones de votos y los 112 diputados le permitirían debutar como cabecilla de un Poder Público. Algo de azul entre tanta institución roja rojita. Controlarían el Legislativo, que a diferencia del Electoral, el Ciudadano y el Judicial, es un poder elegido por votos y no por las manos negras del nepotismo y la corrupción, esas que, paradójicamente, habían dominado la AN en los últimos tres lustros con un solo objetivo: pintar un Estado unicolor.

La Asamblea Nacional, ya se sabe, es un súper poder: con ella a su merced, Diosdado Cabello armó un TSJ revolucionario, mantuvo a la eterna Tibisay como jefa del CNE y conformó el trinomio del Consejo Moral Republicano: Tarek William Saab (Defensor), Luisa Ortega –“Pido disculpas por haber permitido que fuese Fiscal General”– y Manuel Galindo (Contralor). Por tal razón, las sorpresivas dos terceras partes obtenidas por la oposición invitaban a soñar. Cambiar al gobierno dejaría de ser una utopía y la MUD tendría con qué ir equilibrando la correlación de fuerzas con el chavismo, corporación aglutinadora por excelencia.

Tres eran los métodos que estaban sobre la mesa para sacar a Nicolás Maduro de la presidencia. Eran propuestas de diferentes partidos: enmienda constitucional para eliminar la reelección indefinida y recortar el período presidencial a cuatro años (Causa R), una Asamblea Nacional Constituyente para renovar los Poderes Públicos (Voluntad Popular) y un referéndum revocatorio (AD y PJ). Al final, Henrique y Henry se impusieron: tocaba entonces empezar a recoger las firmas.

El Consejo Nacional Electoral, otro poder militante, aplicó la operación morrocoy e hizo de la recaudación de rubricas un proceso aún más largo y engorroso: firmar, validar, cotejar, contrastar, retirar, comprobar, verificar y un sinfín de pasos más que alargarían hasta 2017 los comicios, para tranquilidad del Partido Socialista Unido de Venezuela. Eso sin contar que las recolecciones serían proporcionales por Estado y no de ámbito nacional.

“Yo tengo una fórmula. Es 10 de enero y el referendo se hace, suponte, en marzo. Sacan a Nicolás. Bueno, el que sea vicepresidente asume la presidencia, ¿verdad? Nombra a Nicolás de vicepresidente y a la semana renuncia. Todo dentro de la Constitución. A la semana renuncia y el artículo 233 dice que recibe la presidencia el vicepresidente. ¿Qué van a hacer? ¿Otro referendo?”, dijo por ese entonces Diosdado Cabello, tan campante como siempre.

La fórmula, sin embargo, ni siquiera tuvo que implementarse: tribunales penales, junto al CNE, anularon el proceso y la oposición quedó a la deriva. En la conmoción convocaron la Toma de Venezuela y anunciaron un juicio político contra Maduro. Después vino el diálogo y se enfrió todo: la oposición empezó a dejar de creer en sus dirigentes, esos  que tantas veces habían prometido que la caída del régimen estaba cerca y quienes a principio de año aseguraban que en tan sólo seis meses le dirían al país la receta mágica para sacar a Nicolás de Miraflores. Muchas promesas, pocos resultados. Sentarse con el enemigo, en esas circunstancias, desplomó el empuje que el 6-D había significado. El país seguiría igual, con el chavismo atornillado en el poder.

No hay vuelta atrás

“Si nos quitan la oportunidad de decidir puede pasar cualquier cosa y no queremos un estallido social”. Faltaban casi seis meses para que las sentencias 155 y 156 desataran la locura en el país, pero Capriles, en octubre de 2016, ya hablaba con preocupación sobre una posible eclosión en Venezuela. Las salidas constitucionales a la crisis habían sido bloqueadas y el descontento, en algún momento, iba a reventar.

Por oscuro e infructuoso, aquel diálogo fue caldo de cultivo para que, en la actualidad, optar por esa alternativa genere repulsión en gran parte de la oposición venezolana. ¿Sentarse a conversar con quienes bloquearon descaradamente el RR con una política sucia e inconsciente? ¿Buscar soluciones junto a las personas que convirtieron la Asamblea Nacional, que tanto sudor había costado y que en el papel tanto poder tenía, en una institución anodina e ignorada? ¿Discutir con dirigentes que propusieron una ANC adulterada como supuesto mecanismo para garantizar la paz? Aunque Rodríguez Zapatero haya llegado a última hora, todo indica que el choque de trenes es inevitable.

La Unidad, que ha pecado siempre de desmovilizadora, carece de otra puerta de salida: al saberse mayoría, no puede aceptar un diálogo en el que sea otro quien imponga las condiciones. Agotadas las vías legislativas y electorales, irá hasta el final con la presión de calle. Una calle que en el pasado no ha dado resultados pero que, a día de hoy y por ahora, es la única respuesta al conflicto. Ya son casi dos décadas de chavismo y la oposición, cuando juró haber encontrado el camino indicado, chocó contra el muro de la perversión. Deberá desviar su camino y volver a pasar por rutas que antes descartó, pero que en la actualidad parecen ser el único escape que tiene el laberinto.

Conversando con la resistencia

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Son hijos de la represión. Nacieron para enfrentar las peores condiciones. Sus pulmones se han llenado de gas y sus cuerpos son un solo tatuaje compuesto de mil cicatrices. Vinieron al mundo con la Revolución Bolivariana y están dispuestos a entregar su vida, literalmente, para que el resto de Venezuela deje de padecer el Socialismo del Siglo XXI. Terroristas según quienes hoy gobiernan –antaño golpistas, guerrilleros y encapuchados–, se han convertido en un símbolo histórico de esta lucha. Santos en mil hogares, héroes nacionales por consenso, su papel en la crisis comienza a ser controversial. No han sido estos los días de calle, calle y más calle. El plebiscito y la liberación de Leopoldo han enfriado el pavimento y ellos, independientes por convicción, están configurando su propia agenda ante la discrepancia con una Mesa de la Unidad de la que, según nuestro entrevistado, no han recibido ni financiamiento ni asesoría.
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Su crecimiento ha sido orgánico y rudimentario. Fueron coincidiendo en manifestaciones y la empatía hizo el resto. No sólo luchaban por lo mismo, sino que lo hacían de la misma manera. Había que organizarse y buscar apoyo. Fue así como empezaron a crearse células con diferentes anillos de confianza. El organigrama no es nada del otro mundo: grupos de 30-40 personas que se reúnen en el mismo lugar y a la misma hora para hacerle frente al gas, agua y perdigón, mientras unos 6-7 se encargan, además de resistir, de labores logísticas y de establecer el modus operandi. Cada resistencia es un universo y no hay emperador que los gobierne. En Revista OJO tuvimos la oportunidad de conversar con uno de estos jóvenes y esto fue lo que nos dijo:

-¿Cómo te uniste a la resistencia?

-Primero yo asistía a las marchas como cualquier otro: iba y protestaba. Pero con el paso de los días, cuando empezó a movilizarse más gente, me acercaba más al frente y ahí mismo fui conociendo a los del movimiento. Cuando estábamos, digamos, en zona verde, conversábamos y ellos me dijeron para unirme a la resistencia como tal. Me dijeron que necesitaban organización y estaban, por supuesto, buscando gente. Había mucha disparidad con la cantidad de guardias, entonces cualquier persona que se quisiese sumar era bienvenida.

-¿Había una especie de contrato? ¿Les pediste algún número para contactarlos?

-Al principio simplemente nos encontrábamos en las marchas y ya. Pero con el tiempo empezamos a organizarnos más y sí teníamos contacto entre algunos de nosotros, incluso por teléfono. Nos reuníamos y nos organizábamos para preparar las manifestaciones que viniesen.

-¿Dónde se hacían esas reuniones?

-En una casa que puso alguien del movimiento. No era nadie de afuera, ningún político ni nada. Era gente del mismo movimiento y nos organizábamos ahí.

-El gobierno ha dicho en reiteradas ocasiones que ustedes reciben dinero de los dirigentes opositores. ¿Ha habido algún tipo de financiamiento? ¿Qué relación tienen con los políticos? ¿Se han reunido?

-No, no. Más allá de que, por ejemplo, cuando había marchas, sobre todo allí, normalmente algunos diputados de oposición iban al frente con nosotros. Pero era algo más simbólico que otra cosa. Nosotros en ningún momento estrechamos manos. Nunca hablamos con ellos porque nosotros no estamos sirviendo ningún partido, sino a nuestro movimiento, a nosotros mismos. Sí es cierto que estamos luchando por la misma causa que estos dirigentes de oposición y que el pueblo que sale a manifestar, pero en ningún momento tuvimos contacto, ni nos dirigimos palabra. Nada con ellos.

-¿Consideras que conoces a suficientes miembros de la resistencia como para afirmar que no hay financiamiento?

 -Te puedo decir que lo que se puede ver como financiamiento, lo que son las máscaras y eso, es proveniente de donaciones que gente anónima nos hace llegar y con eso es que montamos la resistencia como tal. Pero no existe ningún intermediario que tengamos identificado para decir: ‘Mira, él nos da las máscaras, este nos da los guantes’. No. Son donaciones: el mismo pueblo que nos ayuda. Obviamente con el pasar del tiempo y mientras más manifestaciones ha habido, incluso se puede ver que en redes sociales hay cuentas que se encargan de recibir ese tipo de donativos y de alguna manera nos los hacen llegar. Pero nunca con contacto directo, nunca con nombre. Nada de eso.

-Tratan de mantener el anonimato…

-Sí, exacto, porque nunca sabes quién está del otro lado. Además, viendo cómo se ha manejado la situación, queremos evitar compartir nombres, y no tanto por nosotros, porque en definitiva ya nosotros nos arriesgamos yendo al frente, sino más bien por la seguridad de las personas que intentan ser parte de esto, así no sea en la lucha.

-Volvamos a la sede. ¿Cómo funcionaba y para qué la utilizaban?

-La utilizábamos para guardar los equipos y allí nos reuníamos, aunque no todo el grupo de resistencia, sólo una parte. Allí organizábamos, por ejemplo, si la marcha salía desde tal punto, tratábamos de prever nosotros dónde empezaría la represión. Preparábamos un plan: qué debíamos hacer, vías de escape, todo eso. Y hacíamos una especie de análisis del movimiento político, porque eso influía bastante en el nivel de represión. También hacíamos una especie de recapitulación, es decir, quiénes estábamos disponibles, porque normalmente siempre había heridos y teníamos que ver cuántos teníamos disponibles, para de ahí en adelante crear un plan.

-¿Cómo es el organigrama de la resistencia?

-La resistencia es el nombre que se le da al movimiento, pero no es que es una organización que está toda conectada. Los de Caracas no es que tengan un contacto con la gente de Maracay o con los de Carabobo, no. Son células y cada una se organiza de distintas maneras. Pero coincidimos, no varía mucho el plan… También es que cuando empieza la represión tenemos que cambiar todo lo que teníamos en mente porque es muy complicado mantener un plan cuando tienes tanta fuerza en contra. Si te encuentras con un grupo de otro lado, te apoyan. Nunca hubo problema. Pero eso sí: contacto como tal con otra célula, muy muy poco.

En tu grupo, ¿cuántos participaban y con cuántos te comunicabas por teléfono o en reuniones?

-Bueno, cuando yo me inicié éramos 38 y teníamos contacto directo unas 6-7 personas. No nos gusta hacer nada por mensajes, ni de Whatsapp ni nada. Es más bien: ‘Mira, nos vemos en este sitio’ y ahí nos organizamos. Todo en persona. Pero ya tú sabías con quién te estabas juntando y el número de esas personas.

-¿Cuál es su filosofía? ¿Qué los motiva? ¿Tienen algunos códigos?

-Cada uno se impulsaba por distintos motivos. Unos protestaban por la situación económica, otros estaban pasándola bastante mal, otros era por la inseguridad, otros por experiencias en barrios… Todos, la gran mayoría, somos personas de bajos recursos. Entonces, lo que empezó a movilizarnos fue que, cuando se convocaba una manifestación, nosotros veíamos que nunca se podía avanzar y que a la primera bomba lacrimógena, a la primera arremetida, las personas retrocedían y ahí se acababa la manifestación. La gente por un temor, por supuesto entendible, se iba. Entonces se empezó a decir: ‘Ajá, ¿qué hacemos? ¿Qué podemos hacer para que esto funcione a la larga?’ Y era eso: mantenernos en la calle y ponerle resistencia a las fuerzas represoras de la manera que fuera.

De ideología, no existe en la resistencia algo así como ‘somos de izquierda’, ‘somos de derecha’, ‘somos neoliberales’, ‘somos chavistas críticos’, no. Nada de eso. Simplemente nuestro fin es que se nos escuche. Permitir, porque nosotros éramos el escudo de la manifestación, que la protesta avanzara hasta donde la gente quisiera y por supuesto eso es un método de protesta. Porque la situación que se vive es sumamente delicada y hay tantos problemas… Se ven afectadas personas de cualquier ideología, religión, tendencia política, clase social, lo que sea. Todos estamos involucrados. No hay un estigma que nos redondee a todos.

-El gobierno los acusa de violentos. ¿Qué opinión tienes al respecto?

 -Normalmente en las manifestaciones, en el lugar que sea, nosotros nunca llegábamos de buenas a primeras al piquete y que ‘lánzales piedras, molotov, morteros y vamos a herirlos’. No. Nunca. Siempre había un parado. Nos parábamos en frente, visualizábamos la situación para ver cómo iban a accionar ellos y uno del grupo se adelantaba y se encargaba de hablar con el sargento, el encargado del piquete. En muchas ocasiones nos dijeron que no iban a hacer nada, que ellos estaban ahí, parando el transitar de la manifestación, que ellos no iban a dispersarla ni nada. Pero en lo que nos dábamos la vuelta y nos distraíamos un poco, ya empezaba la represión: bombas, activaban las ballenas, nos daban perdigonazos y nos emboscaban con otro piquete desde otra zona. Ahí empezaba la lucha como tal.

-¿No tenían miedo?

-Era más el miedo, porque claro que sientes temor, sabes que estás arriesgando tu vida… pero era más el miedo a lo que pasaría si no hacíamos nada, que a recibir perdigonazos, que te metieran una bomba lacrimógena o que la ballena te tumbara. Ese temor se mitigaba frente al miedo de seguir el día a día que estamos viviendo desde hace tanto tiempo.

-¿Cómo calificas a la dirigencia de la Mesa de la Unidad?

-Bueno, es complejo. En todo movimiento, sobre todo en los más sensibles, así como este, hay gente que se radicaliza de tal manera que se ciega. Entonces, a veces no se entiende que si queremos salir de este gobierno alguien se tiene que montar. No va a ser la resistencia que se una como partido político y vaya a empezar a dirigir este país. La MUD es esa opción. ¿Qué pasa? Ellos como partido político, viviendo las artimañas del gobierno, se tienen que alejar un poco de ese movimiento nuestro, el de calle, cuando la cosa se pone ruda. Ellos se tienen que alejar de todo eso porque ellos tienen que mantenerse como partido político. Y eso lo entiendo, aunque no todos lo comprendan. En lo que no estoy de acuerdo es en algunas cosas después del plebiscito, ya con la liberación de Leopoldo López. Esta semana se apagó bastante la calle, en cuanto al llamado de la MUD. Ellos hicieron un llamado: ‘Esta semana no habrá calle. Sólo el parón del jueves, pero no va a haber manifestaciones de calle’. Y eso obviamente no es lo que reflejó el resultado del plebiscito ni el deseo mismo de la gente, de la resistencia. La gente quiere seguir protestando, te convoquen o no. En definitiva, la gente protesta como quiere. La Unidad, si quiere cambiar este gobierno, tiene que alinearse con el pensamiento y el deseo de la gente y hacer su agenda basándose en ello, no en la política racional. Que sigan manejando otras cosas, como hacer sesiones de la Asamblea o nombrar magistrados, está bien, eso es entendible, pero no por eso la calle se va a parar. Hay que seguir en la calle. Hay que seguir manifestando.

-¿Hay una especie de separación entre la dirigencia y la resistencia?

-Sí, claro. Nunca estuvimos unidos como un sólo grupo ideológicamente, pero antes nos enfocábamos en las convocatorias que ellos hacían porque ahí se asomaba el pueblo. Y cuando tienes ahí a la gente, a 200.000 personas marchando detrás de ti, digamos que tu ideal se ve reforzado. Si no hay manifestación, porque también es entendible que no todo el mundo quiera manifestar todos los días, esas 200.000 personas no pueden manifestar todos los días, se pueden anunciar otras cosas: trancazos, lo del paro. Está bien, no marchas todos los días, pero estás realizando otro tipo de protestas. Nuestra protesta es la calle y sé que la mayoría de la gente está unida y alineada con ese pensamiento: de esto se sale es en la calle, plantándole cara a la represión y al gobierno.

-¿Cuál es tu opinión sobre esta especie de peajes que se han visto, por ejemplo, en Altamira, de personas de la resistencia pidiendo dinero? ¿Son infiltrados?

-Primero que nada, la resistencia no pide dinero. Eso está claro: la resistencia no pide dinero. El término infiltrados, no sé exactamente… Yo creo que más bien es gente que se aprovecha de la imagen que tenemos nosotros para sacar provecho, así como cuando ponen a un niño a pedir dinero afuera de un supermercado, de una panadería. Entonces la gente aprovecha y suelta chamos en la calle a pedir dinero en nombre de la resistencia, cuando en realidad eso no es así. La resistencia nunca ha pedido dinero, nunca ha pedido nada. Los donativos y eso ni siquiera nosotros los pedimos. La misma gente nos ve y nos quiere ayudar y nosotros por supuesto que los recibimos. Pero pedir dinero en la calle, trancar para pedir dinero o comida, no, eso nunca lo hacemos.

-¿Ustedes se creen libertadores o héroes?

-No, no. Nosotros no queremos ni que nos endiosen ni que nos entierren. Considerarnos libertadores, no. Cuando tú salías con tu franela “Soy libertador” lo que se buscaba era crear una especie de simbolismo. No es que tú sales y dices: ‘Yo hoy voy a luchar y me voy a poner a la par de un Simón Bolívar o Francisco de Miranda’. No. No me gusta que nos endiosen. Somos un movimiento que protesta como cualquier persona. Como las madres que quieren salir a las calles a poner pancartas, como el señor que puede poner una ramita para trancar, como cualquier persona que proteste. Sólo que nosotros tenemos una postura diferente y lo hacemos de esta manera. Pero cualquier tipo de propuesta es aceptada y no es criticable. Así que, para mí, cualquier persona que quiera salir de esto, y se esté esforzando, es un libertador.

-¿Qué piensas de los linchamientos?

-Cuando tú estás ahí en la calle resistiendo y ves que hay un infiltrado del gobierno o que alguien se aprovecha de esa situación para cometer un delito: sea rompiendo santamarías, robándote, que ha pasado… Bueno, esa misma adrenalina te lleva a darle un parado. Por supuesto que tú intentas conversarlo, pero ha sido tan reiterado que la frustración se apodera y te vuelves agresivo, pero no es que nosotros vamos a salir a la calle a linchar. No estoy de acuerdo con eso. Creo que hay otras formas de poner resistencia. No hace falta un mensaje tan violento. Pero, claro, si ves a alguien que se aprovecha de la situación, del mal endémico que tiene el país, para robarte, para seguir robando, para seguir sembrando ese temor a la gente, no está bien, claro que no está bien. Por eso actuamos, porque es reiterado y de alguna manera hay que pararlo. Si hablas con una persona y no te entiende, vuelves a darle la oportunidad y no te entiende, y ves que sigue haciéndolo, ya hay que actuar de otra manera. Nosotros en una oportunidad nos dimos cuenta de que unas personas que ya teníamos identificadas, que se sumaban a la manifestación pero que en realidad no hacían nada, estaban ahí para sembrar caos.

-¿Cómo ves a Venezuela después del 30J?

-La resistencia, como cualquier venezolano, tiene una incertidumbre gigante, porque se acaba la República, se acaba cualquier tipo de libertad y no sabemos qué puede pasar, porque en definitiva la resistencia nace como respuesta al accionar del gobierno, no nace por iniciativa propia de ‘vamos a hacer esto porque nos da la gana’. Nosotros somos la respuesta a las acciones del gobierno. Dependiendo cómo se vaya manejando la cosa, ya veremos qué acciones vamos a tomar.

¿Falta un líder?

La MUD no lo ordenó, pero Caracas amaneció con trancas en varios sectores. No estaba en la agenda anunciada por Freddy Guevara, en el itinerario de la hora cero, pero así respondió parte del pueblo venezolano. Quizá por el llamado del rambo Óscar Pérez, quizá por el descontento ante la ‘escueta’ agenda de la Unidad o quizá motivado por la opinión de Capriles, quien anoche consideró insuficiente el plan trazado por la oposición y hoy, en Venevisión, volvió a ofrecer unas declaraciones que dan en el clavo: “Hay que avanzar. Si no le das a la gente una hoja de ruta, comienza el dibujo libre. Eso es lo que no queremos”. La oposición, que siempre ha batallado por ser monolítica, no puede permitir que se pinte un garabato por aquí y otro por allá. El mapa, ahorita, no puede ser un croquis abstracto, pues sólo con un diseño preciso se podrán obtener los resultados deseados. La hora cero ha empezado con cero organización y cabe preguntarse si Luis Vicente León ha tenido razón todo este tiempo: ¿La oposición requiere un único líder? ¿Es necesario que la MUD se maneje al más puro estilo campaña presidencial: es decir, todos para uno y ese uno que dirija a todos? Dice León que de esta manera habría mayor control en las protestas y los métodos de lucha serían más efectivos. País caudillista, el venezolano ha necesitado a lo largo de su historia al líder carismático arrastra gente. Y pareciese que hoy, con los males que eso conlleva, el momento está para una sola voz cantante. Alguien que pida la pelota y diga que aquí se jugará así o asao. Fragmentarse, a estas alturas, es morir en la orilla. Ya lo del fin de semana pre Consulta Popular había sido sintomático –¿Dos o diez horas de trancazo?– y lo ocurrido hoy es suficiente para empezar a preocuparse.

El chavismo contra el voto

Por: Juan Sanoja | @juansanoja

La llamada V República había sido, para bien o para mal, un régimen obsesionado con el ámbito electoral. Hasta hace no mucho, el chavismo se jactaba de gobernar bajo una máxima marketera: el cliente –es decir, el pueblo– siempre, siempre, tiene la razón. Ante cualquier duda, inconveniente o capricho, la tolda roja no titubeaba al declarar que la mejor (y única) solución era consultarle al pueblo para ver qué pensaba, puesto que en él residía la soberanía y su sapiencia, construida a lo largo de los años, era imprescindible para aprobar o rechazar las propuestas de la revolución. La memoria histórica del venezolano, argumentaba el de Sabaneta, estaba curada en salud para no repetir los errores del pasado, esos que habían llevado al país al sacudón de 1989.

Así lo hizo saber desde el principio, cuando en el primero de sus interminables soliloquios citó a Bolívar –“Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta” – para iniciar una explicación, en su discurso de investidura de 1999, que convenciera a la audiencia sobre el despertar de un pueblo que por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, había recuperado la conciencia de sí mismo y clamaba por un cambio, por una revolución.

“No hay individualidades todopoderosas que puedan torcer el rumbo de la historia: absolutamente falso ese concepto. No hay caudillos beneméritos y plenipotenciarios que puedan señalar y conducir y hacer el camino de los pueblos; mentira. Se trata de una verdadera revolución y de un pueblo que la galopa”, dijo Chávez meses más tarde en la primera sesión de, ironías de la vida, una «soberanísima» Asamblea Nacional Constituyente que había pasado, pedido expreso del presidente, por un referéndum aprobatorio.

El pueblo siempre tuvo la razón y no hubo objeción alguna hasta que empezaron a torcerse las cosas. La terca insistencia por aprobar leyes que en 2007 el soberano ya había rechazado fue el presagio para algunos y la confirmación para otros de que aquello, más que un convencimiento insoslayable, era una pieza más de la labia revolucionaria, esa que a tanto venezolano había convencido, tantas elecciones había ganado y tan necesaria sería en la última campaña de Hugo Rafael Chávez Frías: “Alguna gente pudiera estar inconforme por fallas de nuestro gobierno: que no arreglaron la calle, que se fue la luz, que no llegó el agua, que no conseguí empleo, que no me han dado mi casa (…) de todos modos lo que está en juego el 7 de octubre no es si asfaltaron o no la calle, lo que está en juego no es si me han dado la casa o no me la han dado, lo que está en juego no es si yo estoy bravo con los dirigente regionales… ¡No! Lo que está en juego es mucho más que eso, camaradas. ¡Nos estamos jugando la vida de la patria el 7 de octubre!”.

Hasta las Parlamentarias 2015, la hegemonía electoral de chavismo era apabullante: 18 votaciones ganadas y sólo una derrota en 17 años de revolución. La ‘victoria pírrica’ conseguida por la generación 2007, ese grupo de muchachos que despertó tras el cierre de RCTV y logró lo que hasta ese momento parecía imposible, era la única alegría azul hasta entonces. Pero había matices.

En 2010, cuando esperaba demoler, el PSUV tuvo que conformarse con una amarga mayoría simple en la Asamblea Nacional. Había sacado sólo 100.000 votos más que la MUD y la coalición opositora aprovechó el momentum para, sumándose los electores del PPT, comenzar a enunciar un slogan que, sin ser del todo veraz, tenía mucho de verosímil: “Somos Mayoría”. Ramón Guillermo Aveledo, por ese entonces secretario del bloque antigobierno, tenía la esperanza de que, con esa base electoral, la Mesa de la Unidad Democrática pudiese vencer en las presidenciales que se harían dos años más tarde.

La esperanza no se volvió realidad, pero los números no fueron malos. Del 63% vs. 37% que había sido el Chávez contra Rosales, la oposición llevó su porcentaje al 44% y sumó más de dos millones de votos en seis años. El líder de la revolución llamó a Capriles para reconocerle que había tenido que hacer un esfuerzo físico extra para realizar más actos de campaña, puesto que la candidatura del gobernador de Miranda estaba pisando muy fuerte.

A partir de esa votación, lo que ocurrió en el país en materia electoral fue todo un rara avis: en 2013 Capriles recortaría casi millón y medio de votos en apenas un mes de campaña frente a Nicolás Maduro y a punto estuvo de tomar la presidencia. Sin embargo, a finales de ese año, en lo que tenía que haber sido un plebiscito, la MUD obtuvo sólo el 39% de los sufragios en las elecciones municipales. El Dakazo fue un salvavidas político para el primer mandatario, quien construyó una narrativa en torno a la guerra económica y a la culpabilidad de usureros y especuladores en los males que aquejaban al país.

Así, como un boxeador de varios K.O. y una única derrota, llegaba el chavismo a las elecciones Parlamentarias de 2015. Siempre soberbio, siempre imprudente, el PSUV estaba convencido de que le metería ‘medio ñame’ a la oligarquía traidora. El 6 de diciembre, no obstante, la revolución bolivariana cayó por primera vez a la lona y desde entonces ha estado aturdida. El ring electoral, antaño lugar predilecto del oficialismo, empezó a causarles pavor a los hijos de Chávez.

Su arma principal, su escudo de mil batallas, ya no les servía. El pueblo había dejado de tener la razón y había que encaminarlo, razón por la cual un referéndum revocatorio, una pelea electoral en el ring, no iba a ser posible bajo ninguna circunstancia. “Nosotros no estamos obligados a hacer ningún referéndum en este país”, dijo Maduro. “Aquí no va a haber referéndum”, confirmó a gritos Diosdado.

No, no y no. Olvídense de eso, señores de la derecha. No tenemos por qué contarnos. Antes nos gustaba muchísimo, pero ya no tanto. Ese Parlamento está en desacato y nos importa un carajo que haya sido elegido a punta de votos, a punta de gente. La solución para este país es una Asamblea Nacional Constituyente que garantizará la paz. Es tan obvio que ni se lo tenemos que preguntar al pueblo.

Un pueblo al que, por cierto, ya habían ignorado con las sentencias 155 y 156 del TSJ y que pasarían por alto otra vez al plantear una reforma al Estado sin preguntarle a él si estaba dispuesto o no, si consideraba que esa, y no otra, era la panacea contra la escasez de alimentos, la falta de medicinas, el aumento acelerado de los precios y la inseguridad asfixiante.

Y de tanto olvido y tanto desdeño, la misma gente que tantas batallas les había permitido ganar, empezó a darles la espalda. Según Datanálisis, que pese a la cólera de la oposición más radical siempre dio ganador a Chávez, la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente sólo es considerada una solución por el 17,8% de los venezolanos, casi el mismo porcentaje de personas que hoy en día se definen como chavistas.

Como el gobierno no permitió otra salida a la crisis, la oposición, que había llamado a protestar tras la ruptura del hilo constitucional por allá en abril, continúo en la calle tras la convocatoria a una ANC sin referéndum previo. En marchas, trancazos, asambleas y plantones se le fueron 100 días hasta que, en busca de llevar la presión a un siguiente nivel, decidió hacer eso que el gobierno trató de evitar a toda costa: una consulta popular.

Decíamos hace dos semanas que era el último cartucho para frenar la propuesta chavista en un país en el que la institucionalidad se había ido al garete. Como no se podía contar con el Consejo Nacional Electoral –poder que aplicó la operación tortuga con el revocatorio y que, cara lavada, montó una Constituyente en una sentada y dos carpetazos– la MUD tenía que armar su propia elección, con los pros y los contras que eso acarrearía.

El principal hándicap era que, al no tener un árbitro imparcial, el resultado que de la votación deviniese no tendría efecto alguno en el organigrama político del país. Para más inri, como la Unidad pagaría y se daría el vuelto, había que buscar que el proceso fuese lo más legítimo posible, que las cifras que arrojase fuesen coherentes y creíbles. Por tal razón, la oposición acudió a la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA) para darle cierta credibilidad a los comicios. La palabra de los expresidentes Laura Chinchilla (Costa Rica), Vicente Fox (México), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Tuto Quiroga (Bolivia) y Miguel Ángel Rodríguez (Costa Rica) serán la garantía de que los números que dé la MUD estén acordes con la decisión de los venezolanos.

Conviene no engañarse y saber que lo de mañana no es otra cosa que una acción de calle más, una marcha electoral que devolverá a la gente la ilusión de votar y una oportunidad de hacer un sondeo que, si se vende bien, servirá para dos cosas: subir la moral opositora (“¡Somos 10 millones!”) y aumentar la presión hacia el chavismo, cuya única vía de escape, ante la fuerza de los hechos, será apelar a los vacíos procesales de la elección: ¿Cómo verificar que una persona no votó dos veces? ¿Cómo comprobar que las cifras son ciertas si no habrá cuadernos de votación con los que cotejar, ni testigos de mesa oficialistas a los que preguntar? ¿Por qué incluir a los mayores de 18 años que no están inscritos en el Registro Electoral? Estas y otras cuestiones serán exprimidas por la maquinaria propagandística roja, que minimizará el 16J a más no poder.

En cuanto a proyecciones, Capriles comentó que Datanálisis espera que sean 11 millones de venezolanos los que acudan a los puntos soberanos para manifestar su postura. Según el zorro de la fuente electoral, Eugenio Martínez (@Puzkas), Datincorp sostiene que más de 8 millones de personas están decididas a votar mañana. Cualquiera de las dos cifras sería positiva, si se toma en consideración que para revocar a Nicolás Maduro se hubiesen necesitado al menos 7.587.780 votos y que en las Parlamentarias la oposición obtuvo 7.707.422 sufragios. No obstante, un número contundente, aplastante, definitivo y necesario para empezar la hora cero con una fuerza descomunal, tendría que estar un poco por arriba de los 8.191.132 electores que en 2012 confiaron en Hugo Chávez para un cuarto mandato presidencial. Habrá que esperar.

El mejor oficio del mundo

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

El oficio de la lectura y la escritura, de las preguntas incómodas y las coberturas temerarias, del café y la hoja en blanco, del anonimato y el seudónimo, de las buenas historias y las que son difíciles de contar, del cierre de edición y el debate sobre la primera plana, del estrés y la adrenalina, de los apuntes ilegibles y la libreta entrañable, de los mil y un bolígrafos y la sempiterna grabadora, de los viajes en autobús y las aventuras en mototaxi. La profesión de Fallaci, Kapuscinski, Hemingway y García Márquez, de la credibilidad y los tubazos, de la calle y su gente, del olfato de perro y el ojo de halcón, de la pugna con el poder y las conversaciones off the record, del caso Watergate y los Diez días que estremecieron al mundo, del análisis y las conjeturas, de la verdad y el contraste, de los pueblos olvidados y los eventos mediáticos, de la ética y sus alrededores, de las bombas lacrimógenas y también las agresiones. El papel que todos juegan pero para el que pocos estudiaron, la escasa remuneración y el ninguneo oportuno, el amor al arte y el arte de la narración, la pasión de Leila Guerriero y la vocación de Salcedo Ramos, la importancia del seguimiento y los beneficios de la minuciosidad, las madrugadas interminables y los brincos de felicidad. 364 días dedicados al trabajo y hoy, que toca festejar, celebramos de la manera que más nos gusta: haciendo periodismo.