De la mano de Faríñez y del VAR

De la mano de Faríñez y del VAR (Venezuela 0-0 Perú)

1. Venezuela repitió el once que utilizó en el último amistoso, en el que se impusiera a Estados Unidos. Lo hizo con una presión moderada en su propia mitad de la cancha y dejando que Perú saliera de la suya con relativa calma. El partido comenzó con el letargo de dos personas que hacen pulso sin terminar de dirimir, de forma definitiva, quién es más fuerte. Ambos combinados se jugaban, a priori, las posibilidades de ser segundos de grupo.

2. Desde el 4-1-4-1 propuesto por Dudamel y el modelo de juego, las opciones para atacar de la Vinotinto eran pocas y bien definidas. Uno, los trazos largos desde los centrales hasta Rondón, para que este bajara la pelota a los interiores (Tomás y Yangel) o bien la peinara para una diagonal de los volantes externos (Murillo y Savarino). Dos, trazos largos desde los centrales hasta Yangel, Savarino o Murillo, que hacían cada tanto desmarques de ruptura (o sea, hacia el área rival). Tres, alguna recuperación de balón en campo peruano, precedida de asociaciones rápidas. O cuatro, el drible de Murillo. Más allá de eso, era poco lo que podía ofrecer. Perú no tardó en entenderlo. 

3. La selección dirigida por el Tigre Gareca lució como un versión disminuida de la Perú que ha deslumbrado al mundo en los últimos años. El tiempo, también hay que decirlo, no pasa en vano: varias de sus figuras tienen cada vez más edad y no hay (Paolo) Guerrero que sea eterno. No obstante, las pocas veces que conseguía hilvanar pases lograba mostrarse peligrosa. De entrada, dejó que Venezuela saliera de su campo con calma y, de algún modo, permitió que su contrincante creciera. En casi todo el primer tiempo, Venezuela fue un poquito más. En casi todo, repito.

4. La Vinotinto tuvo un rendimiento muy homogéneo. Destaco, por ejemplo, las intercepciones de Chancellor: muy afinado dentro del bloque defensivo. La actitud de Salomón Rondón, de cerrar espacios cada vez que su equipo perdía la pelota o de ir a defender hasta cerca de su área pese a ser el centro delantero, resume muy bien la actitud del equipo: bloque compacto, ordenado, que busca armar un cerrojo en su área para, a partir de ahí, ver cada oportunidad ofensiva como una bonita oportunidad. Hay que juzgar a Venezuela como lo que es, y no como lo que nos gustaría que fuera.

5. Puntos bajos de la Vinotinto: el primer tiempo de Wuilker Faríñez y sus errores al salir del área; la lentitud de Junior Moreno con el balón en los pies, no en balde cuando comenzaron a presionarlo las tenencias propias comenzaron a hacerse más espesas y Perú olió sangre; algunas fallas en la lectura de juego por parte de Savarino; lo aislado que quedaban los vinotintos cuando recuperaban el balón en su propio campo: era casi inviable armar un buen contragolpe, el jugador que tuviera la pelota terminaba intentando una jugada de YouTube conduciendo entre muchos rivales; los errores del lateral izquierdo, Luis Mago.

6. Los problemas de Venezuela para dar con un lateral izquierdo solvente, que se adueñe de la posición, datan de varios lustros atrás. Si Luis Advíncula, lateral derecho de Perú, fue uno de los puntos altos de la selección inca, enfrente de este estuvo uno de los flancos más vulnerables de la Vinotinto. La temprana e innecesaria amarilla que se ganó Mago lo hizo un pez apetecible para los tiburones peruanos, que insistieron por su banda produciendo ocasiones de gol y, ya en el segundo tiempo, la segunda amarilla que conllevaría a la automática roja para el venezolano.

7. A finales del primer tiempo, Gareca le dio la orden a su selección de que presionara más arriba. Entonces, las fuerzas se equilibraron y comenzaron a vérseles las costuras a los venezolanos. Fue un adelanto de lo que ocurriría en el segundo tiempo.

8. Aunque, durante la segunda mitad, Venezuela salió a presionar más arriba, la mano de Gareca se notó más que la mano de Dudamel. El técnico argentino que dirige a Perú es famoso por su capacidad para intervenir positivamente al equipo durante los encuentros. El técnico venezolano, mientras tanto, no suele hacer muchas alteraciones. El resultado fue que el pulso comenzó a sentirse favorable para los peruanos, que presionaban cada vez más arriba y que lograban asociarse con peligro. Fue entonces cuando Faríñez volvió a ponerle el apodo de “San” a su nombre: con atajadas a la altura de la buena publicidad que se le hace. Sobre la línea de meta, tiene unas virtudes que lo erigen como uno de los jugadores más desequilibrantes del fútbol Sudamericano. El empate, que terminó sabiéndole bien a Venezuela, tuvo mucho que ver con él y con las acertadas decisiones arbitrales que se tomaron con el VAR.

9. Las acciones en las que Mago se ganó las dos amarillas fueron irresponsables. Sobre todo, la segunda: le dio una patada a un rival que estaba de espaldas en su propio campo. Su tarjeta roja recuerda a la que vio Amorebieta durante la Copa América de 2015, también frente a Perú: a partir de ese momento, el rival encimó a la Vinotinto. En el duelo presente, podría decirse que ocurrió algo similar: las cada vez menos opciones de las que disfrutaba Venezuela para hacer daño acabaron difuminándose en la necesidad de al menos salvar el empate. Supo reaccionar bien el equipo de Dudamel, cerrándose con dos líneas de cuatro y dejando a Salomón solo en el ataque. Gestionó de forma óptima los últimos minutos y, al final, el empate dejó tranquilos a los venezolanos y molestos a los peruanos. Eso resume quién tuvo, aunque por poco, más opciones de ganar el juego.


Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

la victoria de seguir con vida

La victoria de seguir con vida

Agosto de 2017. Caracas. 11:00 pm.

La luz de la luna lame el asfalto de la avenida Francisco de Miranda, en Altamira. Eduardo, Francisco, Daniel y una muchacha cruzan la calle como quien atraviesa un portal hacia la muerte: viendo a los lados, tambaleándose por la borrachera. Con las risas exageradas de veinteañeros que abusaron del ron y la vida.

Caminan hacia el carro de Francisco, quien llevará a cada uno a su casa.

Un aveo gris de 2011 se aproxima a toda velocidad. Es un carro idéntico al de Francisco: idéntico. Esto podría resultarle curioso a cualquiera de los muchachos si acaso alguno se diera cuenta de este detalle. Pero no, ninguno tiene el olfato clarividente de los que se anticipan al destino.

De los que esquivan la muerte.

El aveo gris de 2011, que acelera como gallina despavorida, viene perseguido no por un lobo sino por varias patrullas. Lo maneja un hombre y de copiloto va una prostituta. La historia prometería ser lo suficientemente sórdida como para aparecer en los periódicos, si no hubiese tanta censura ni tantas muertes de las que ocuparse.

El aveo acelera. Se le atraviesa otro carro y lo impacta. Ambos vehículos se desestabilizan: patinan sobre el pavimento. De fondo podría sonar una pieza de Bach, para hacer esto más dramático. Pero lo que suena a continuación es el aveo impactando contra cuatro cuerpos humanos.

Contra Francisco, Daniel, Eduardo y la muchacha.

Ya se sabe: la realidad puede cambiar en un segundo.

Los dedos de Wilfredo repiquetean sobre una de las mesas de la Librería Lugar Común, de Altamira. Son más de las 11 de la noche y Wil ve cómo el local se va quedando vacío. Bosteza. La música de Gorrillaz, I Feel Good inc, acaricia la soledad que comienza a sentir. Ya no tiene con quien hablar. El after party terminó, el alcohol también. Y hasta el pana al que estaban despidiendo –migrará, como tantos: huyendo de una ciudad y un país que muerden– desaparece.

Piensa que Francisco se está tardando. Se supone que iría a llevar a los muchachos a sus casas y, luego, se regresaría a buscarlo a él.

Saca su celular. Lo llama una vez. Nada. Insiste. Le contestan.

—Aló.

—Francisco, marico, ¿dónde estás? Te has tardado burda.

—Marico, nos chocaron.

—¡Mamawevo!, ¿¡de pana!?

Cuelgan.

Wil repite aló varias veces hasta que se da cuenta. Suspira. Su pie derecho golpea el piso con insistencia. Siente que su cabeza es un tambor. Quiere irse. Vuelve a llamar.

—Aló.

—¡Francisco, mamawevo, ¿dónde estás?!, ¡deja de joder!

—¡Marico, nos chocaron! ¡Nos-cho-ca-ron! Estamos en una ambulancia vía Clínica El Ávila.

Wil palidece.

—Voy para allá –responde.

En Caracas abunda el miedo. Esa bruma de color azul oscuro que se respira en cada esquina y que llena de pesadez el cuerpo cuando la noche gana espacio, cuando se oye una moto, cuando un conocido no atiende el teléfono.

Pero muchas veces no pasa de ser eso: una bruma y la correspondiente sensación de pesadez.

La violencia, como en casi todas partes del mundo, se concentra en pocos sitios y en pocas personas. Lo que pasa es que esos sitios y esas personas se han multiplicado. Lo que pasa es que reina la impunidad. Y lo que también pasa es que las noticias superan la imaginación.

Pero la vida debe continuar.

Y si no vives en un barrio, en una zona especialmente violenta o en una de las áreas high de la city –en donde el secuestro es tan común como el hurto en el Metro–, es probable que te muevas como quien baila con fantasmas. Huyendo de temores que no se concretan. Manteniendo precauciones que en otros países resultarían excesivas. Y hasta coqueteando con el placer y, cada tanto, olvidando que una moneda que caiga mal puede generar un terremoto. O hacer que los fantasmas se vuelvan de carne y hueso.

Wil atraviesa la avenida Francisco de Miranda. Varios policías pululan por la zona. Las luces rojas y azules de las patrullas aguijonean la oscuridad. Ve, entonces, un aveo gris 2011 chocado contra el poste de un semáforo. El carro de Francisco, piensa. Corre hacia él: teme que los policías se roben todas las pertenencias de sus amigos.

—Chamo, salte del carro: en ese carro tú no puedes estar –le espeta un oficial.

—No, este es el carro de un pana.

—¿Cuál pana?

—Uno de los que chocaron.

—A los cuatro se los llevaron.

El policía le explica que, uno, ese no es el carro de su amigo: es el del que los chocó. Dos, le informa que dos de los chamos –Francisco y Eduardo– quedaron bajo el aveo, que otro –Daniel– quedó desmayado al lado del mismo, y que la muchacha fue la única que pudo pararse de inmediato tras el golpe.

—Se los llevaron a la Clínica El Ávila –finaliza.

Wil se levanta. Mete las manos en sus bolsillos. Está corto de dinero. Agarra un taxi hasta la clínica. Allá le dicen que a sus amigos los remitieron a Salud Chacao. Es la medianoche de la una de las ciudades más peligrosas del mundo y Wil se regresa corriendo hasta el punto donde ocurrió el choque. Los latidos de su corazón lo ahogan.

Aborda a uno de los policías.

—Pana, me quedé sin real –dice.

La respiración agitada, los ojos suplicantes. Los gestos atropellados. Uno de los funcionarios, fastidiado, para un taxi:

—Pana, llévalo hasta Salud Chacao. Te doy la orden: hazme el favor –le pide al chofer.

¿Quién podía pensar, más allá de las prevenciones lógicas de cualquier caraqueño, que una noche de fiesta en el sitio de trabajo podía conducir a eso? ¿Quién podía pensar que, luego de tanta algarabía y nostalgia (después de todo, era una despedida) un fantasma podía atravesarse en el medio de chamos ebrios de despreocupación para materializarse como un monstruo nocturno?

En la cabeza de Wil, quien trata de comunicarse con el resto de sus compañeros de la librería pero ninguno le atiende, surge uno de los últimos relatos de violencia que ha escuchado.

No sabe por qué, pero el mismo le llena la sangre de cubos de hielo: de presentimientos nefastos.

Dos meses antes, la editorial Lugar Común publicó dos libros del poeta y profesor de la UCV, Eleazar León: un poemario y una antología de ensayos. Después de eso, la llamada de unos policías los sorprendió en la librería.

—Mira, aquí tenemos a una señora, el hijo la mató: queremos comunicarnos directamente con los familiares de los ciudadanos.

Así de directos fueron cuando el dueño de la cadena se puso al teléfono. Al parecer, los funcionarios revisaron una libreta de la mujer, esposa de Eleazar León, y encontraron el número de teléfono de la librería. De esta forma, un suceso que no saldría en prensa ni sería develado por ningún periodista se hizo visible para todos quienes trabajaban en Lugar Común. Un fantasma había cobrado cuerpo.

Wil recuerda eso y mueve su mano derecha con rapidez por delante de sus ojos, como si tratara de espantar a una mosca.

La chica tiene una lesión en el cuello, no tardarán en enviarla a su casa. Eduardo padece una fractura en el tórax: no se puede mover, no puede hablar. Por fortuna, un residente de Altamira –por donde vive él– vio el accidente desde su ventana y notó que una de las víctimas era Eduardito, así que llamó a su mamá, quien ahora lo acompaña a la espera de que los médicos digan qué hacer.

Con eso se consigue Wil cuando llega a Salud Chacao. Con eso y con la imagen de Daniel sentado sobre una camilla. Una enfermera le corta el blue jean con unas tijeras aparatosas, mientras otra le coloca algo en el pene. Wil se aproxima a saludarlo, en la sala de Emergencia. Daniel ni lo nota, solo repite una y otra vez, con gestos malandros y la frustración de quien se siente incomprendido:

Take away this shit!

Por alguna razón, luego del golpe, Daniel solo habla en inglés.

Wil detalla una cortada en la cabeza de su amigo, otra en el pómulo, y la abundante sangre que cubre toda su cara hasta sus hombros. Recuerda que los papás de su amigo están de viaje, fuera del país. Respira profundo.

Una doctora le dice que es necesario remitir a Daniel a El Llanito. Deben hacerle una tomografía y ese es el único lugar en el que podrán hacerlo: en Salud Chacao no tienen la máquina.

Wil se siente mareado, sus hombros experimentan la pesadez de fantasmas que lo aprisionan. Se decide a acompañar a su amigo. En eso, llega Francisco junto con su madre.

En el accidente, Francisco había quedado bajo el carro que lo impactó. Una vez lo sacaron de ahí, llamó a su mamá y le contó lo sucedido. Ella llegó en breve, dejó el carro cerca de donde había ocurrido el choque y se fue junto con su hijo y los muchachos en una ambulancia hacia Salud Chacao. Ahí se precisó que la “torcedura” que Francisco creía que tenía era, en realidad, otra cosa: el tobillo se le había fracturado en tres partes. También padecía una fractura en el fémur. Y de ñapa, un hombro golpeado. Lo remitieron a El Llanito y de ahí, por algún motivo, lo devolvieron a Salud Chacao.

Cuando Francisco va llegando en compañía de su madre, Wil y Daniel van saliendo.

Nadie entiende muy bien lo que está pasando ni las decisiones médicas. La bruma de urgencia que los arropa solo deja entrever dos cosas. Uno, las carencias de la institución médica obligan a rotar a los pacientes en medio de la noche. Dos, en El Llanito no atienden a todo el mundo.

—Di que él es de Petare, di eso allá, para que lo puedan atender –le dice una doctora a Wil.

—¿Pero cómo nos vamos a ir?, si acaban de devolver a uno de nosotros para acá –repite una y otra vez.

—No me interesa lo que tú digas, hay que enviarlo para allá y punto.

Cuando la ambulancia llega a El Llanito, un vigilante se ofrece a ayudar a bajar a Daniel. Wil y la enfermera se apean de la parte de atrás, mientras la doctora hace lo propio desde el asiento del copiloto.

El vigilante busca una silla de ruedas, que tiene una rueda doblada y a la que le falta el posapies. Usa un par de trenzas para amarrarle las piernas a Daniel, y procede a empujar la silla que avanza tan ladeada como los planes de los muchachos de llegar sanos y salvos a su casa.

En la sala de Emergencias, hay un montón de personas para quienes los peligrosos de la ciudad no son seres etéreos sino yunques contra los que chocaron y que acaban de cambiar su noche, su día, su semana, su mes, su año: su vida, quizá. Gente con gangrena, con los genitales hediondos, con la piel bañada en sangre, con la piel agujereada.

¿En qué momento una fiesta de despedida se transformó en un capítulo de La divina comedia?

A Daniel hay que hacerle un eco. Pero debe esperar, tiene una cola de pacientes por delante.

Wil se acerca a unos policías. Les explica que él trabaja en la Librería Lugar Común. Y, pese a que su amigo vive en El Junquito y estudia Letras en la UCAB, se ciñe a la orden que le diera la doctora: les dice que Daniel es de Petare.

—Coño, ¿y por qué habla inglés? –pregunta un policía.

—Porque es profesor en el Pedagógico –miente Wil.

El oficial se rasca la cara. Finalmente, responde:

—Déjame ver cómo hago.

A Francisco no lo atendieron en El Llanito por ser del área costosa de la ciudad. A Daniel, sin tener que seguir esperando, lo pasan de una vez para que le hagan un eco en el estómago.

Así funciona la salud en Caracas.

Daniel no tiene ningún órgano movido. Antes de hacerle la tomografía en la cabeza y en el pecho, le quitan lo que le queda de ropa. Mientras esto sucede, las enfermeras limpian la máquina con un coleto: se encuentra tan llena de sangre como si un corazón hubiese explotado ahí dentro.

Daniel tiene todos los tendones del cuerpo contraídos, apenas puede moverse. Y se queja, una y otra vez, de lo que sucede: no sabe por qué a los demás les cuesta tanto comprender lo que dice.

—Coño, pana, ¿pero no hay una camilla donde lo puedan acostar? –pregunta Wil a un doctor, luego de que ambas tomografías se realizaran y, dado que no mostraron nada “demasiado grave”, sacaran a Daniel de Emergencias y lo pusieran en Observación, sobre una silla ya bastante incómoda para alguien sano.

—No hay camilla, lo único que queda es Emergencia y te juro que aquí va a entrar más gente peor que él.

Pasadas las dos de la mañana, llegan Eduardo y sus papás. También lo ingresan a Emergencia y le hacen la respectiva tomografía. Luego, queda junto con Daniel en Observación.

Las palabras del doctor, entonces, resultan proféticas. Los enfermeros corren por el hospital con una camilla que sostiene a un hombre herido de dos disparos. La familia y la gente que lo trajo revolotean a su alrededor. Un doctor se acerca, lo detalla y nota que ambos tiros entraron por una parte del pectoral y salieron por otra: el hombre no tiene proyectiles dentro de su cuerpo, ni órganos afectados. Busca una inyectadora con adrenalina y se la clava en el brazo. También le limpian las heridas y le ponen suero. El tipo –que estaba desmayado– abre los ojos, se levanta y sale del hospital caminando.

—Verga, este se salvó de vainita. Definitivamente, los malandros tienen siete vidas –murmura el doctor.

Wil y los papás de Eduardo ven eso. Sienten que algo se revuelve en sus estómagos. La vida, la ciudad: ¿los miedos?

—Verga, qué vaina tan loca este país –dice Wil a un policía, minutos después, mientras fuma a su lado en el estacionamiento.

—No, pana, y tú nos ha visto nada –le responde el funcionario, luego de exhalar el humo hacia el cielo–: en estos días, un chamo mató a su mamá.

—Verga. ¿Cómo fue eso?

—La golpeó en la cabeza y le clavó un cuchillo en el vientre.

—¡Mierda!

—Yo llevé al carajito a la cárcel. En lo que entró, los malandros de ahí dentro nos preguntan: ¿y este por qué viene? Mató a la mamá, les digo. Ah, bueno, ese muere hoy, me responden. Dicho y hecho, mi pana: ese día lo picaron en pedacitos.

El cigarro de Wil se consume entre sus dedos. Lleva lo poco que le queda a la boca y, bajando la voz, pregunta:

—¿Por casualidad el apellido de ese chamo no es León?

—¡Claro! ¡Ese mismo es! ¿¡Cómo sabes!?

Wil procede a contarle su parte de la historia. Una historia que jamás verá luz en los periódicos. Un drama que opaca su propia sensación de peligro al enfrentar las consecuencias de un accidente que pudo ser peor.

Al final del día, la más grande de las victorias es sentir el calor de seguir con vida.

Casi a las cuatro de la mañana, Wil vuelve a rogar. Pide a los policías que lo lleven a Salud Chacao, ahí están Francisco y su mamá solos. El destino de Daniel y de Eduardo ya está echado: permanecer en Observación hasta que les den de alta.

Antes de salir, ve llegar a una mujer a la que le cortaron el dedo. La acompaña un corro de chalequeadores, que se burlan de su desgracia y solo aumentan las chanzas cuando los médicos explican que el dedo no se puede salvar. La mujer llora. Y Wil se pregunta dónde carajos está viviendo.

Llega a Salud Chacao, ve más malandros heridos, hombres apuñaleados. Francisco está sentando gimiendo de dolor. Los calmantes que le dan no son suficientemente fuertes y él se queja como si estuviese poseído. A las ocho de la mañana llega una ambulancia y lo trasladan a la clínica Méndez Gimón.

A los cinco días de estar internado, lo operan de emergencia, aunque en ese momento tiene fiebre y taquicardia. La demora en hacer la intervención quirúrgica se debe a que no conseguían los clavos necesarios. Si esperan más, Francisco puede pasar a engrosar una estadística a la que no quiere pertenecer.

Pese a la fiebre, aguanta la operación. Daniel también se recupera, vuelve a hablar en español y nunca puede recordar lo sucedido. A Eduardo, por su parte, le dieron de alta luego de pasar parte de su jornada en Observación al lado de una mujer con gangrena y el respectivo hedor putrefacto. Como un recordatorio de lo afortunado que es.

Con el paso de los meses, los cuatros jóvenes continúan haciendo su vida y vuelven al saludable sopor del que espera más nunca volver a rozar la bruma de sus temores. Son protagonistas de una historia gigante de final improbable. En la ciudad de la muerte, ellos siguen con vida.

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

credibilidad

La credibilidad de los reyes

Las concentraciones que adversan al régimen tienen varios termómetros. Al menos en Caracas. El primero es el Metro: uno puede medir el nivel de riesgo que guarda la convocatoria dependiendo de si los usurpadores mandan o no a cerrar el sistema de transporte. El segundo, el despliegue de fuerzas del Estado que están controladas por la dictadura: colocar guardias y policías nacionales en cada esquina es una forma de fanfarronería. Y el tercero es el tráfico: si la convocatoria es en la plaza Alfredo Sadel, desde Chacaíto se ven hileras de personas.

Es sábado 11 de mayo y estoy yendo a la concentración que convocó el presidente Juan Guaidó como respuesta a la cacería de diputados que emprendió la dictadura.

El Metro está abierto. No veo casi policías ni guardias. Y tanto Chacaíto como el inicio de Las Mercedes denotan la rutina de cualquier sábado.

Cuando llego a la Alfredo Sadel, apenas hay un puñado de personas. El venezolano, quien ha hecho de la impuntualidad un arte de disciplina prusiana, a las convocatorias del presi llegaba a tiempo. Hoy la cosa, según, iba a arrancar a las diez de la mañana. Son las 11:30 y sobre el punto más elevado de la plaza (el cual funge de tarima) hay un hombre vestido de morado, con una congregación alrededor, orando de una forma que no termino de comprender.

—Hermanos, repitan después de mí –dice.

Me dirán que se llama Ulises Santamaría y que es un místico que trata de crear un movimiento religioso a su alrededor. Presencio el momento más desconcertante (¿patético?) de toda la lucha democrática del 2019: es imposible no pensar en los aguafiestas que repiten que ni un milagro nos saca de esto.

He asistido a casi todas las concentraciones de lo que va de año. Esta ha sido la menos concurrida. Una semana atrás comenzó la llamada Operación Libertad y las fantasías épicas de las personas se alborotaron. El más comedido seguro que soñó con el avión del usurpador aterrizando en Rusia. La gente salió a la calle como si el mañana –el día después de la dictadura– hubiese empezado ya. Una semana después, la consigna es concentrarse en Las Mercedes: hace poco apresaron al vicepresidente de la Asamblea e inició una cacería de diputados.

A estas alturas uno está para ponerse quisquilloso con las ayudas: ¿y si Los Vengadores o La Liga de la Justicia vienen al país?

Saludo a un par de amigos. Me acomodo entre el público cuando veo que están sacando el atril. Nunca un pedazo de plástico con el escudo de Venezuela generó tanta ilusión como este año. Su presencia solo significa una cosa: el presidente va a hablar.

Foto: cortesía @asambleave

Las redes sociales y la realidad caminan en direcciones distintas. Aunque, desafiando la lógica, a veces se enredan como garabatos mal dibujados. En redes, el pesimismo de los que están afuera hace tanto ruido como los bots de la dictadura. Parecen las dos caras de una misma moneda. A veces, hasta me sorprendo leyendo quejas que dicen que todo empeora y la gente como si nada: ¿qué información han consumido durante los últimos dos años quienes hacen comentarios por el estilo? En el país con la penetración de Internet más baja de la región, el único termómetro más o menos eficaz es la calle.

Guaidó sigue contando con el beneplácito de la gente allá donde pisa. Debe ser el actor político con mayor aprobación. Ni los usurpadores ni sus compañeros de lucha pueden decir lo mismo. Todos tienen su público, pero Guaidó tiene a (casi) todo un país.

Aunque hoy menos gente de lo habitual lo escuche en vivo.

No solo es un líder, sino un milenial hijo de la cultura pop. Se para a un lado de la tarima y saluda como un prócer del civismo. Luego hace lo propio al otro lado. La postal es una oda a la ciudadanía. Más que un padre que quiere guiar a la victoria, se parece a cualquier vecino educado. En Troya, Aquileo y Héctor se hicieron famosos blandiendo espadas. La guerra, no obstante, la ganó el ingenio de Odiseo.

Desde el día anterior circulan en redes imágenes de casas de diferentes dirigentes políticos grafiteadas con amenazas. Guaidó llama a esto por su nombre: terrorismo de Estado. El póker, la política y el rap se parecen: en pocos ámbitos el blufeo es tan importante. La dictadura tiene algo más que spray para amedrentar: son varios los presos políticos, los diputados que están huyendo y los refugiados en embajadas. Pero cada vez luce más debilitado: el monstruo que asesina sin pudor ahora raya paredes. La respuesta del presidente es la que más ha dado en las últimas semanas.

—No descansaremos hasta lograr el cese de la usurpación.

Y comienza a hablar de la importancia de que la calle se mantenga encendida. No por él ni por los políticos que los rodean: por el país. Hace rato que a un líder mediático no le ceñía tan bien el traje de servidor público.

—¡Estados Unidos espera tu orden! –aúlla un hombre.

El comentario sobrepasa al presidente: una risa se le atraviesa y se interrumpe para decir:

—Dios te bendiga.

“Si no vuelvo, es porque me fui con Venezuela”, dice Guaidó que se oye en una canción alusiva a los jóvenes asesinados en las protestas. Tirándole un caño a la apología a los mártires que se tejió en 2017, se dirige a los estudiantes, a La Resistencia y a los chamos que manifiesten:

—Ustedes no se tienen que ir con Venezuela, ¡ustedes tienen que vivir en Venezuela!

Luego de los eslóganes bélicos del régimen y de que sus adversarios les copiaran el juego, la transición política lleva el rostro de un hombre que más que guerra y venganza persigue la vida, el reencuentro y la libertad. Repito: una oda a la ciudadanía.

—Hace poco un amigo me decía que conspirar es co-inspirar. Bueno, co-inspiremos.

El discurso está bien, tiene momentos emocionantes, pero el público esta vez no solo lo quiere escuchar: pide que se solicite apoyo militar extranjero. Guaidó insiste con que los militares venezolanos se pongan del lado de la Constitución. El tema me hace pensar en una parábola sobre las relaciones públicas:

Un joven le pide a un rey la mano de su hija. El rey le dice que de ningún modo, que su hija se casará con un hombre rico o prestigioso. El joven le responde que ya pertenece a esa categoría: acaba de asociarse con el mayor comerciante del mundo. “Si ese es el caso, tienen usted y mi hija mi bendición”, sentencia el rey. El joven luego busca al mayor comerciante del mundo y le pide que se asocien. Este le responde que de ningún modo. “Pero yo soy el prometido de la hija de rey”, explica el joven. “Así sí, trabajemos juntos”, finaliza el otro.

Foto: cortesía NTN24

Tengo la sensación de que Guaidó juega un poco a eso con las personas y los militares. El contrato con la calle lo tiene. ¿Y el apoyo de las Fuerzas Armadas?

—A la comunidad internacional le diré que la mejor solución para los venezolanos, es la más rápida.

Cuando termina su alocución, alguien me comenta:

—¿No crees que, viéndolo así, rodeado de puros civiles, parece muy fácil agredirlo, hacerle algo?

En este tablero de ajedrez hay dos reyes. Uno usurpador y sin apoyo popular. El otro legítimo y con el reconocimiento de casi todo el mundo. El primero, ya no se muestra en público, graba sus discursos para después transmitirlos y siempre está rodeado de hombres armados. El segundo, se sigue dejando ver en la calle sin guardaespaldas.

Cuando camino hacia Chacaíto, me consigo en una esquina al diputado Miguel Pizarro. Una decena de personas lo saludan, le piden fotos.

—Vamos, vamos –dice, sonriendo, quitándole el teléfono a unas señoras para agilizar la selfi–, que tengo 15 minutos tratando de cruzar la calle y no me han dejado.

Uno de los diputados más mediáticos salió de la concentración caminando por Las Mercedes. Logra cruzar y enfila por una avenida.

¿Cuántos de sus adversarios se animarían a hacer lo mismo?

 

Por Lizandro Samuel | @lizandrosamuel

Entre la fe y la incertidumbre

Tum-tum: tocan mi puerta.

Me queda al menos media hora más de sueño y, desde la ventana, me llega el ruido de pitos y gritos.

—Adelante –digo a mi rommate.

Entra a mi cuarto. Tiene una cara de recién levantada que me hace reflexionar respecto a la contundencia de mis lagañas.

—Revisa tu teléfono, algo debe estar pasando –me insta. Y, sin esperar a que reaccione, se acerca a mi mesita de noche para pasarme mi celular.

Ajá, vamos con calma que no son ni las siete.

En lo que lo enciendo, me llegan varias notificaciones de WhatsApp. Twitter está que arde. El presidente Juan Guaidó se encuentra junto con Leopoldo López (a quien liberó de su arresto domiciliario) en el distribuidor de La Carlota. Lo apoya un comando de militares. “Hoy inicia el cese de la usurpación”, repite sin alzar demasiado la voz frente a la cámara.

—Se prendió –digo en voz alta.

Me ducho, me cambio, chateo. Agarro la hoja con mi lista de tareas para el día: la convierto en una bola de papel y la echo a la basura.

Prioridad uno: ¿tengo comida?

Es curioso como los imprevistos atacan en los momentos de mayor descuido. Ni siquiera los mega apagones de marzo me agarraron tan poco preparado. El bono de desempeño que debían pagarme hace cuatro días se retrasó y quién sabe cuándo va a llegar, Mercantil me debitó una plata que no consumí luego de que el punto diera “transacción fallida” y no me ha dejado aún hacer el reclamo, tengo como una semana sin comprar víveres un poco porque lo dilaté y otro poco porque estaba contando con un dinero que no se ha concretado.

En la cuenta en la que tengo plata es en la Banesco, pero de ella no tengo tarjeta de debito (porque se dañó hace más de un año y las agencias no pueden reponérmela). Ujum. Hablo con mi rommate y entre los dos nos las apañamos para abastecernos en los pocos locales de la zona abiertos.

Prioridad dos: atender el llamado del presidente Guiadó. Nos vamos a La Carlota.

Atravesando Sabana Grande un picor de rabia me recorre el estómago: demasiadas personas caminan en dirección contraria hacia donde me dirijo. ¿Será que no saben que la convocatoria es en el este de la ciudad? Claro que lo saben, por eso huyen. Todos queremos un cambio para el país, pero a veces son demasiados los que prefieren verlo cambiar desde sus casas.

De lo que me voy enterando por teléfono es de que la represión está heavy. Me dicen que en Altamira y en la base de La Carlota el cielo se tiñe de humo de bombas lacrimógenas. Estoy deseando llegar al sitio para comprobar lo que sucede, cuando, a la altura de Chacao, un grupo de militares –cuatro o cinco– caminan en fila india mientras son aplaudidos. Están poniéndose al servicio de Guaidó. Teléfonos que los graban, palmas que los celebran.

Y, entonces, suenan las detonaciones.

—¡Cuidado!, ¡están arriba! –repite una mujer de franela blanca y pómulos decorados con las banderas de Venezuela.

Desde el techo del Ministerio Público, ubicado en la avenida Francisco de Miranda, francotiradores presionan los gatillos que me obligan, junto a decenas de personas, a encontrar refugio. Acabo frente a un quiosquito y bajo su toldo de metal. Ahí permanezco un rato, hasta que me animo a seguir.

Objetivo número uno e innegociable: narrar la historia, no que me narren.

En Altamira Juan Guaidó habla, a través de un megáfono y sobre una camioneta. A su lado está Leopoldo López. “Es la primera vez que veo a Guaidó”, dice una chama que acaba de pegar el grito de una adolescente reguetonera que se tropieza con Maluma. “Es la primera vez que veo a Guaidó rodeado de militares”, pienso.

No se oye bien lo que dice, pero transmite el mensaje que ha hecho circular desde temprano: hoy empezó la Operación Libertad y el cese de la usurpación. Leopoldo alza los puños como un coronel. No es poca cosa: la última vez que Leopoldo estuvo por esos lares fue para entregarse a las garras de la dictadura. Quién sabe si por querer convertirse en mártir, quién sabe si por otra cosa.

Un hombre pasa a mi lado pidiendo permiso con la autoridad de un comandante en jefe. “¡Café, café!”, anuncia después de que me aparto. Noto que lleva un termo gris guindando de su mano derecha. Coño, que no se diga que los venezolanos no vemos oportunidades en cada esquina.

Los líderes se meten dentro del carro y los militares, en otra camioneta, siguen llegando al sitio. Vítores. Expectativas más alborotadas que las abejas de un panal apedreado. Cantamos el himno, el Alma llanera, Venezuela y otras cosas más. Desde la Francisco Fajardo, mientras, llega el sonido de las detonaciones y una cola de humo negro que se eleva hasta el infinito.

Todos esperamos y yo me consigo con varios panas. Las sonrisas con las que nos saludamos son el vestido que engalana nuestra ansiedad. Decido sentarme: si algo he aprendido, es que en estas cosas hay que saber administrar energías. Y tan equivocado no estoy: luego de una hora, un chamo corre hacia el carro donde está el presidente. Habla con la celeridad del que ha visto fantasmas.

—¡Vengan a ayudarnos a la autopista, vengan a ayudarnos! –aúlla.

El rumor se convierte en “noticia”: una tanqueta hirió a manifestantes. Yo no he puesto un pie en la Francisco Fajardo, pero el olor y los ruidos que llegan llevan escrito la palabra represión. El chamo habla con tanto desespero que lo escuchamos casi que por miedo a que se le pare el corazón. Palabras van y vienen. Las personas comienzan a gritar “¡Autopista, autopista!” y el carro del presidente se mueve en dirección al destino clamado.

—Coño –se queja una jeva–. ¿Esta gente no sabe de inteligencia militar? No puede ser que se caiga en el clamor de las personas. Hay que tener una dirección, un plan y apegarse a él.

Yo hace rato que asumí que el juego de ajedrez me supera: me gano la vida como espectador. O como narrador, que es más de pinga.

Empiezo a caminar hasta la autopista. Trato de decidir cuál calle es las más idónea para bajar. O sea, la menos peligrosa. Me decanto por una en la que veo una lunchería abierta: podría justificar mi decisión desde diferentes ángulos, pero la verdad es que el mediodía se acerca y ya el estómago me está recordando que hoy no he comido tan bien que se diga. Al lado de la lunchería, pillo una fila de personas tan larga que cualquiera diría que ahí está el atajo a la libertad: no soy el único que pensó en víveres y comida.

Antes de que llegue a mi destino siento el picor del gas lacrimógeno. Mejor me quedo donde estoy y rocío una mezcla de agua con bicarbonato sobre un pañuelo que me llevo a la nariz. Me detengo frente a un buhonero que vende banderas de Venezuela. “¡Por la libertad!”, vitorea. ¿Y si mejor nos acompañas en la marcha, panita?

Decido detenerme. El objetivo número uno no sale de mi cabeza: quiero narrar, no que me narren. No es momento para jugar al machito. Escucho las detonaciones y casi estoy por irme cuando veo a un bróder que trabaja en la Asamblea Nacional. Chocamos los puños y le pregunto qué onda. Está tan informado como yo.

—Tú dices que Venezuela está como está porque hay muchos caciques y pocos indios. No: faltan caciques –le dice una chama a quien presumo que es su novio.

Se ven tan cuchis tomados de la mano que me los imagino echándole el cuento de la liberación de Venezuela a sus nietos.

No podemos perder esta lucha.

Camino ahora por la Francisco de Miranda en dirección hacia Chacao. Un par de locales están abiertos y yo creo que es hora de abastecerme: no sé a qué hora llegaré a casa. Estoy decidiendo entre un pan camaleón y uno andino cuando a la distancia una tanqueta corretea a los manifestantes. Termino tras la reja de metal del establecimiento. Compro y enfilo hacia Altamira.

Pido información por teléfono. “Leopoldo López y Guiadó lideraban una marcha hacia el Oeste que se tuvo que regresar por la furia de la represión”. Y en Chacao, me dicen, lo que hay son perdigones, bombas y francotiradores.

—Nos hace falta liderazgo –lamenta alguien en la Plaza Altamira.

Pasa media hora y un hombre con un megáfono nos insta a permanecer en la calle. A estar informados. A insistir.

Los que parece que pueden estar todo el día en plena contienda son quienes están resistiendo en la Fajardo. Ni el tiempo ni los lacayos de la tiranía pueden con ellos. Ya no huele a represión: huele a perseverancia.

Recuerdo una cita de Alberto Barrera Tyszka: “La incertidumbre también es una forma de violencia”. Lo que hace falta en la plaza es información y cultura sobre qué consumir y cómo difundirlo. Un grupo de cincuentonas dicen a toda voz que Guaidó ya está llegando a Miraflores y se llenan de aplausos. Alzo el teléfono buscando información:

—Nada de eso, marico –me ataja un pana.

Más bien la cosa está fea en Chacao. 22 estados, según Provea, se activaron. Nadie sabe dónde está Guaidó, quien no se ha pronunciado. Y fuentes de periodistas confiables dicen que este plan se adelantó un par de días.

Pienso en los tantos desesperados que se quejaban de que todo iba demasiado lento, de que Guaidó se achantó, de que el 2019 era demasiado 2017 y, ya se sabe, el 2017 fue demasiado 2014. Si alguien va a dar una estocada, no lo anuncia en rueda de prensa, ¿cierto? Quizá los venezolanos tenemos que aprender a observar más y a opinar menos. A reflexionar más y a joder menos.

Funcionarios de Estados Unidos hablan de acuerdos con altos jerarcas que no se están cumpliendo, de negociaciones, continúan sus amenazas vestidas de advertencias (¿blufeo?) y por alguna razón, el grupo de cincuentonas grita que les acaban de decir que están negociando la salida de la dictadura.

Estás tipas tienen 20 años difundiendo información falsa. Ojalá que la transición nos enseñe que las noticias se leen en los medios y no en WhatsApp.

—Vamos para la autopista, nojoda. Hay que entrarnos a coñazos –grita una gorda llena de canas a quien no me imagino deteniendo una tanqueta con su panza.

—¡Ya basta de tanto guabineo! ¡Hay que ir es a Miraflores! ¿Que el problema es el miedo? Vamos los viejitos adelante, y así no nos caen a plomo –esta señora, que transmite la fortaleza de una hoja de papel cebolla, parece que se ha perdido las noticias de los últimos 20 años.

Entre la desesperación y la paciencia dan las cuatro de la tarde. Comienzo a pensar que seré más útil en mi casa. Leopoldo vuelve a ser noticia (que si va a la embajada de Chile, que si no) y se habla de los militares que se rebelaron. Camino hacia el Oeste por el Country Club y un sol amarillo se pone a la distancia: alguien me recuerda que tanta belleza solo puede ser posible gracias al humo que se produjo hoy en la tierra.

Carraspeo un par de veces: huele a lacrimógenas.

Cuando llego a casa reviso el smartphone. Creo que ninguno de mis panas de afuera fue productivo hoy en su trabajo. Los pongo al día con lo que sé: nada. Soy un Sócrates con callos en los pies. Guaidó se pronunciará pronto, dice su equipo de prensa. Y unos cuantos pesimistas aparecen por las redes.

El cinismo es la forma de imposición con la que los usurpadores se acostumbraron a aplastar el ánimo de sus contrincantes. En las calles, respiré fe. No esperanza ni optimismo: fe. Por eso, se me ocurre, no habrá cinismo que no haga otra cosa más que alimentar el ánimo de los que quieren cambio. Sobre todo, si ese cinismo viene de su principal valedor, el número uno de los usurpadores, Ni…

Ya va. ¿Y el susodicho dónde anda?

Hay dos reyes protegiéndose. Y hoy 30 de abril de 2019, uno ha estado más escondido que otro.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Nosotros podemos narrar nuestra tragedia

“Que nadie les robe el relato de su libertad”, Alejandro Sanz.

 

El Diario en ruinas, de Ana Teresa Torres, debería ser un bestseller mundial. Al menos por estos días, en los que Venezuela ocupa tanto espacio en los medios de todo el planeta. Me encantaría verlo liderando las listas de venta de las principales ciudades hispanas, quizás así habría menos desubicados irrespetando el drama de los venezolanos: quienes quieren hacer ver que lo que ocurre en mi país es una guerra de ideologías, no saben que la sobrina de mi compañera de trabajo falleció porque no consiguió insulina para tratarse la diabetes.

Son tantos los escritores y artistas que han hablado de la importancia de la compasión al momento de acometer su oficio, que uno creería que cualquiera que tenga la fortuna de vivir de escribir –o de vivir escribiendo– ya habría entendido el valor de hablar con el corazón. Leer los comentarios de muchos escritores, intelectuales y profesores sobre lo que pasa en Venezuela me ha demostrado que no son pocos quienes, con los libros, más que buscar luz y sensibilidad, pretenden masturbarse intelectualmente. El problema es que las fantasías que ocurren durante el onanismo nunca se parecen a la realidad.

 Ana Teresa Torres es una de las escritoras más importantes de nuestra historia. En el 2018 publicó, con editorial Alfa, un diario en el que hace un recuento de la destrucción perpetrada desde 1999. Si usted aspira a comprender el presente, le recomiendo detenerse en esas páginas: muestran cómo un régimen falsamente democrático devino totalitarismo. En medio de eso, se desató la hambruna más fuerte que ha padecido el país, la hiperinflación más alta de la historia y una situación de violencia que hace ver a Ciudad Gótica como un paraíso.

Nada de eso lo insertaron en mi cabeza los gringos. Eso lo ha padecido mi estómago: por falta de comida o por tener que procesar tantos asesinatos. Es una lástima que mi sistema digestivo no comprenda a Marx y Lenin.

Diario en ruinas es, también, uno de los varios libros que pueden ayudar a explicar un país que parece de mentira. Desde principios de siglo, aparecieron numerosas publicaciones que, desde diferentes enfoques, dan cuenta de la destrucción a la que hemos sido sometidos. Me gustaría hacerles llegar esos registros históricos a tantos sabios de redes o a medios que permiten que sus colaboradores defiendan lo indefendible (yo creo en la libertad de expresión, pero no dejo de preguntarme si los mismos editores que publican justificaciones a la dictadura permitirían que una estrellita de su plantel alabara en sus páginas al nazismo o hiciese una diatriba contra los negros). El caso es que no puedo: la destrucción perpetrada por el totalitarismo prácticamente acabó con la industria editorial. Aunque no está de más recordar que en Internet se consiguen bastantes escritos. Sería bueno que cualquiera que pretendiera escribir sobre Venezuela los revisara antes de soltar su opinión.

Me incomoda, sobre todo, la posición tibia de los que rechazan al régimen usurpador pero ven todo a través del lente de la ideología. Ni una educación cristiana pesa tanto como una formación de izquierda. Concluí que prefiero el silencio del que se asume ignorante, que la opinión del que se cree sabio.

Leyendo el diario de Ana Teresa, me llamó la atención la gran cantidad de esfuerzos que se hicieron desde el entorno de la cultura para visibilizar los excesos de un militar que gobernó siguiendo los antojos de sus tripas. Me llamó la atención, digo, porque no es lo que más se recuerde de esos primeros años de oscuridad. Mientras miles de personas leían las reflexiones de gente como Ana Teresa, millones consumían la propaganda del Gobierno. En un país en el que el conocimiento es despreciado, la universidad un trámite para lograr un buen trabajo y el arte –con frecuencia– un asunto de élites, no es de extrañar, tampoco, que el régimen no se preocupara tanto por los escritores e intelectuales que le adversaban: sabían que la ignorancia y el desprecio estaban de su lado.

Me parece que será trabajo de las nuevas generaciones honrar la obra de quienes deben ser nuestros referentes, hacer de la literatura algo popular y lograr que leer sea un acto que trascienda el periódico. Quizás así podamos, de cara al mundo, visibilizar a nuestros talentos y evitar que, en los grandes medios, contraten a personas que no viven en Venezuela, que no han venido a Venezuela en años –o que acaso vinieron por dos semanas– para explicar lo que nos pasa.

Más allá de los tuits irresponsables de Jon Lee Anderson y Andrés Hoyos o de la ya famosa columna de Almudena Grandes, me resulta curiosa la opinión –o las palabras, los matices– de otros autores, algunos de los cuales poseedores de una obra –o prosa– que respeto y admiro. Cuando Gabriela Wiener dice, en el Diario La República de Perú, que la solución al conflicto venezolano debe “salir de sus propias tripas”, me resulta sencillo entender lo que quiere decir y hasta afirmar que me parece más o menos sensato. Hasta que recuerdo que tengo 20 años viviendo en un país progresivamente destruido, bajo el yugo de un régimen totalitario que bloqueó toda opción de disidencia y en el que el nivel de sometimiento es tan absurdo que el temor de una guerra civil resulta ingenuo: las armas están, y siempre han estado, del lado del poder. En 2014 y –sobre todo– en 2017 quedó claro que de nuestras tripas solo puede salir dolor.

¿Se imaginan que la comunidad internacional hubiese dicho no, lo que hace Hitler está mal, pero fuchi los gringos: la solución de los judíos tiene que nacer de sus tripas. Ellos solos deben resolver su problema?

Lo irónico es que en la misma columna afirma que ningún Gobierno internacional realmente siente interés en la tragedia de los venezolanos. No le pienso discutir eso, pero cuando leo cosas así, como víctima de un régimen totalitario, siento que a muchos escritores que escriben sobre Venezuela les importamos menos que a Trump o Bolsonaro.

Es curioso que, cuando se menciona el interés de tantos países de reconocer a Juan Guaidó como lo que es: presidente encargado, se piense en petróleo y no en que, por ejemplo, el éxodo de millones de venezolanos significa un problema para todo el continente: a Perú, Colombia, Ecuador, Chile, Brasil y Argentina están entrando a diario cientos de miles de personas en situación de emergencia humanitaria.

No es un asunto de gustos ni de chauvinismo: solo pido respeto para el país en el que nací, crecí, me hice hombre y en el que todos hemos despedido a tantos: algunos porque se van, otros porque no tienen cómo curarse un resfriado, varios más porque los matan.

Dentro de Venezuela hay narradores muy valiosos, que bien podrían escribir las crónicas de estos tiempos para los principales portales del mundo. Héctor Torres, Fedosy Santaella, Krina Ber, Juan Carlos Méndez Guédez o Rodrigo Blanco Calderón alguna vez han sido contactados para eso.

Y es que si lo que se quiere tener es la visión contrastada de alguien que no vive en el país, más fructífero sería pagarle el viaje de ida y vuelta a alguno de los numerosos escritores que tenemos viviendo fuera. O, sí, enviar a cualquier buen narrador para que investigue y patee las calles, pero no por una semana ni dos.

Quizá Gabriela Wiener acertó cuando –refiriéndose a numerosos políticos– decía que en realidad a nadie le importan los venezolanos: muchos medios de comunicación, periodistas, escritores e intelectuales le están dando la razón. Para ellos, solo somos una oportunidad más de usar las palabras guerra fría. O de gritar que lo nuestro no es socialismo y que los usurpadores en realidad no son de izquierda.

Mientras tanto, nosotros padecemos en primera persona nuestro Diario en ruinas. Y no dejo de pensar en la importancia de que, como venezolanos, sepamos narrar nuestra historia. Durante 20 años nos han querido imponer un relato único. Se me ocurre que la mejor forma de rebeldía es aprender a echar nuestro cuento.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

No me verás arrodillado

En esta puta ciudad
todo se incendia y se va.
Matan a pobres corazones”, Fito Páez.

 

Tengo una pesadez de mierda que me escuece los ánimos. Ayer andaba de mejor humor, pero hoy siento que las energías me las chupó un mosquito gigante. Es miércoles 27 de marzo de 2019 y estoy atravesando el segundo mega apagón de Venezuela.

Una sola expresión me viene a la cabeza: coño de la madre.

Aunque ayer nos pusieron la luz luego del mediodía, no tuve Internet. Pasé dos días incomunicado hasta que, por algún milagro en tiempos de socialismo, mi teléfono se acordó de que tiene algo que se llaman datos y decidió conectarme con el resto de la humanidad. Lo típico: panas de afuera preguntando cómo estoy, los grupos de WhatsApp del trabajo llenos de reportes de gente sin luz o Internet o ambas, gente diciéndome que ya me había enviado la crónica para que la editara y así… el mundo girando mientras te sientes secuestrado por la ineptitud de unos cobardes que hacen del miedo una forma de imposición.

Y paff: se fue la luz de nuevo.

 

Acostumbrarse es una palabra pesada. Puede malinterpretarse. Más bien, uno tiene que saber adaptarse a las circunstancias. Esto no significa que uno las apruebe, que le gusten o que se resigne a ellas: es que, carajo, el plan no puede ser sentarse a quejarse mientras se te va la vida en la inactividad.

Ya tengo tres agendas en mi mente: cosas que hacer sin luz, cosas que hacer con luz pero sin Internet, cosas que hacer cuando todo funciona de forma más o menos decente. Me estoy convirtiendo en un camaleón adaptándome al paisaje y saltando de una tarea a otra.

Ni yo ni Revista Ojo vamos a parar: nadie debe parar.

 

El cuerpo dice lo que la boca calla. Es un lugar común, ¿cierto? Pero cómo te jode este lugar común. Esta pesadez de mierda que siento es su forma de decirme “déjate de pendejadas, que sabes que esto también te afecta”. ¿Y cómo no me va a afectar? Ayer vi a mi roommate llorar desconsoladamente porque, coño, ella no nació en un país así. De mi jeva solo supe durante cinco minutos la madrugada pasada, cuando a las líneas le dio la gana de enlazarnos por una llamada en la que nuestras voces parecían robots: me dijo que tenía más de 24 horas sin luz. Mi mamá me llamó hace rato, para ver si yo podía ayudarla a hacerse una transferencia electrónica de una de sus cuentas a otra: no tiene cómo hacerlo y tampoco cómo comprar comida. Con mi hermana y abuela no me he comunicado, pero sé por mi vieja que están bien. Y de mi abuelo, el que vive en el geriátrico, ni señales.

¿Mi papá? Él sigue defendiendo a la dictadura, así que debe estar gozando de sus días enteros sin luz.

Entonces, ¿cómo no me va a afectar todo esto?

Siento que tengo un ánimo y un temple más fuerte que el de muchos, pero, carajo, jamás me había cansado tanto escribiendo dos páginas.

 

Yo sé que debería estar hablando de la gente que se muere en los hospitales por la ausencia de luz, de las personas que no tienen cómo comer, de los locales cercanos que solo aceptan dólares o de la cantidad de comida que se está dañando en un país con hambruna. Pero, afortunado que soy, esta vez no estoy padeciendo esos problemas en primera persona.

Me preocupa, más bien, cómo se resiente el ánimo tras tanto coñazo.

No puede ser que buena parte de la agenda de mi vida se esté condicionando por tantas y tan imprevisibles dificultades. De chamo jamás pensé que desearía vivir en la repetición de una rutina en la que haya más previstos que imprevistos. Extraño la posibilidad de aburrirme. Pero recuerdo lo que un escritor me dijo hace poco: “Estés donde estés tienes que hacerlo, tienes que hacer tu arte. No puede haber excusas. Tienes que hacerlo”.

Ayer mi roommate se hundía en el sofá con el ánimo de un globo al desinflarse. Sus ojos eran los ladrillos desmoronados de quien trata de levantarse una y otra vez, pero una estúpida bola de demolición insiste en golpearla. Conozco esa mirada. “Esto es un sinsentido muy grande”, gimoteó. Vi sus lágrimas y tuve un fogonazo. Recordé la semblanza que le hizo Leila Guerriero a Fito Páez:

—¿Nunca te gana el sinsentido?

—Es que vivo con él. Supongamos que se llama Jhonny Sin Sentido. Jhonny without sense. Un detective chanta. Le decís “Okey, man, not with my childs”. Y el tipo te respeta, sabe que ahí no se puede meter. Yo no quiero transmitirles a mis hijos mi conocimiento macabro del mundo de Jhonny without sense. Hablo con él en secreto. Y a la vez nos ayuda. Porque nos dice “Che, guarda, porque esto se acaba”. Yo le digo “Todo bien. Mientras tanto, no te metas con mis hijos, porque te cago a piñas”. ¿Y sabés cómo lo cagamos a piñas? Haciendo discos, tocando. Está acogotado, eh. Está agobiado.

Después, con una risa amarga, como si él mismo no creyera en lo que dice:

—Se quiere ir.

 

Ayer tuve energías para ir al gimnasio. Hoy creo que me faltará temple para eso. El cuerpo gime en silencio mientras mi cabeza se seca. Hay un ardor que me quema las manos y un desasosiego que arropa por su letargo.

Leo que el presidente Juan Guaidó convocó a una nueva marcha para el próximo sábado. Otra más. No quiero juzgarme, no quiero desistir, pero me entra una ola de fatiga en el cuerpo. Las ganas de llorar ganan paso, ¿estaré bajando los brazos?

Y algo vuelve a moverse dentro de mí. Es un engranaje que conozco. Que me salva. Que me ha salvado durante los últimos 20 años de sinsentido a los que una cuerda de malandros sometió al país.

Me siento sobre la cama. Camino hacia la computadora. Me pongo a escribir. Y es como si el alma se desperezara, como si la pesadez se diluyera entre un vigor que comienza a empujarme. Termino este testimonio (que si no llega a los lectores, al menos me sirve para espantar al sinsentido) y algo en mí, una obsesión silenciosa, me jala a trabajar, a darle, a seguir.

Edito todo lo que puedo para Ojo. Leo en Internet. Sigo, dale, vamos.

Tal vez Fito tiene razón. Un tipo cuya madre falleció cuando él tenía ocho meses, mientras que su padre se murió un año antes de que su abuela, su tía y la empleada doméstica aparecieran asesinadas. Ese mismo hombre sobrevivió a eso –y a tanto más– para escribir una obra en la que hay frases tan duras como el diamante. Para escribir, entre otras cosas, una canción en la que dice: “No me verás a arrodillado”.

Y, en medio de otro gran apagón (quizá el segundo de los varios que se avecinan), esa es una de mis pocas certezas:

No me verán arrodillado.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

dictadura

Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera | Crónica.Uno

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Detrás de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es como todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto con mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron. ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto con colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Guaidó

Alguien no cumplió la orden

Son las 11 de la mañana, del cuatro de marzo, en la Plaza Alfredo Sadel y siento que hay muchos que saben algo que yo no sé. Llegué puntual a la cita y me parece que hay pocas personas, pero con el paso de los minutos la asistencia se triplicará. No me queda claro si es que tantos llegan tarde o si, más bien, la mayoría sabe o intuye que hoy la cosa va para largo. El caso es que estoy cerca de la tarima y me siento como en un ring: el sol está a punto de noquearme. El año lleva tres meses y yo hoy amanecí como con siglos de cansancio. Lo peor es que pronto cumpliré años y no sé si voy a tener fuerza para celebrar. La actualidad del país está ocupando cada vez más espacio en mi agenda.

¿Cuántos años caben en tres meses?

Me siento en el piso, me pongo a leer. Luego de la prueba de sonido, el host nos pregunta que cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar. La respuesta es tan obvia que me duele: el tiempo que sea necesario. Suena high de Rawayana y se me ocurre que esta vez hay menos detalles cuidados o es que el asunto está tan crudo que se dan el lujo de poner una canción festiva. El caso es que sobre la tarima no veo a ningún actor político. Me pongo de pie y camino hacia atrás, donde está el área de prensa.

No soy amigo de ubicarme en el espacio delimitado para los medios, siento que hacerlo es como meterme en una jaula que me condenará a ver lo que otros quieren que vea y a vivir todo desde cierto ángulo impuesto. También hay códigos y actitudes gremiales de las personas que suelen ponerse en estos sitios que siempre se me escapan. Pero hoy no aguanto el calor, no sé nada del presidente encargado y el cuerpo empieza a dar señales de que si no me pongo las pilas voy a terminar escribiendo sobre la experiencia de ser atendido por paramédicos en una manifestación. Conclusión: me siento, e incluso acuesto, un rato bajo la tarima de prensa.

Suena una saxofonista, ponen música, sigo leyendo, saludo a un pana. Cuando me espabilo, la plaza ahora sí está colmada: desde cualquier punto, el horizonte se ve repleto de personas. Se suben, entonces, diferentes diputados a la tarima.

Si minutos atrás, cuando el host –que es el mismo de todas las manifestaciones– reprodujo un audio del presidente la gente gritó de emoción, cuando el diputado Mejía dice que Guaidó ya está en el aeropuerto de Maiquetía, que acaba de pasar Migración sin problemas, se oyen gritos que aceleran el pulso. La actividad continúa, habla Gilbert Caro, habla el gobernador del estado Bolívar, habla el diputado Américo de Grazia y llega el turno de un representante indígena que dice algo que despierta a las personas: “Al asesino Nicolás Maduro habrá que juzgarlo también en un tribunal indígena para que responda por sus crímenes”.

Luego, llega el turno de Delza Solorzano y, justo en medio de su intervención, un corrientazo comienza a extenderse por toda la plaza: Juan Guaidó parece haber llegado.

Las personas se ponen de puntillas y estiran sus brazos y manos a todo dar. Ubican, al final de los mismos, teléfonos con los que esperan capturar otro de los momentos históricos que nos está regalando esta novela que supera cualquier pretensión literaria. Es como si hubiesen quebrado varias pilas sobre nosotros y un manto de energía nos pusiera eléctricos. Cuando Guaidó sube a la tarima, y lo secuestran decenas de abrazos, siento que el corazón me late con un tumbao que no sé descifrar. Tampoco me propongo a hacerlo. A mí lado está el camarógrafo de un canal árabe y ve, con genuino interés, cómo un par de lágrimas se asoman por mis ojos.

Esta historia me tiene cada día más sentimental.

Ya no salgo a ver y escribir sobre el país: salgo a ver y escribir sobre cómo los sucesos del país me van transformando. Pasará un buen tiempo antes de que pueda hacer un balance.

Guaidó lleva poco más de un mes como presidente encargado de la República, y cada día lo veo con el pelo más canoso. La vida a veces nos pone pruebas que hay que saber superar en tiempo récord. El hombre, eso sí, está dando la talla. Con su sonrisa habitual y un discurso más sólido, pletórico y lúcido que de costumbre, saluda a quienes lo esperábamos.

No sé si la gran cantidad de desmayados que empiezan a aparecer se deben a los jabs del clima o al efecto Guaidó.

—Después de tantas amenazas, que nos iban a detener, que nos iban a secuestrar, que nos iban a matar, aquí estamos. Alguien no cumplió la orden.

Su gesto seguro, su rostro limpio, sus manos a la vista: las palabras junto con su lenguaje corporal hacen galopar el corazón en medio de sonrisas cómplices.

El  80% de las Fuerzas Armadas, dice, rechaza al usurpador. Y su entrada y salida del país es la muestra. Exhorta, entonces, a los militares a cumplir con su deber: “ya basta de por ahora, es ahora”, deben apresar a los colectivos armados que atacaron a los venezolanos el pasado 23 de febrero.

¿Y saben por qué da la orden?

—Porque el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas deriva del voto popular. Y quien usurpa funciones, por más que se quiera disfrazar con una banda porque estamos en carnavales, no es el presidente. Aquí está el presidente encargado de la República de Venezuela.

Es imposible no pensar en el meme de turn down for what.

Guaidó habla con claridad, sin gritar, sin alzar la voz más de lo necesario. Lo hace ante un mapa de gente que ocupa todos los alrededores. Hace días, alguien a quien respeto mucho me dijo que quizá no era momento de convocar a manifestaciones y marchas. Pero estoy frente a esto y se me ocurre que quizá Guiadó no podría haber llegado si en el país tantas personas no se hubiesen concentrado, se me ocurre también que es necesario que el mundo siga viendo el respaldo popular con el que cuenta el Gobierno legitimo. Pero, sobre todo, cuando me siento mareado, fatigado y con ganas de tomar una siesta, pienso en que él y tantos otros están haciendo un esfuerzo tan grande, jugando un partido que de entrada parecía amañado y en el que están logrando hacer pulso, que lo menos que podemos hacer algunos es colaborar con unas horas de calle cuando hagan falta.

Cantamos el himno. Guaidó se sube al andamio de la tarina y, cual pop star, saluda desde lo alto.

Yo entiendo que puede ser difícil para muchos decir “vamos bien”, pero en días así es complicado no sentir que, como dice el presi, “la esperanza nació para no morir”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

Hay militares que no golpean

Atravesar el puente Simón Bolívar fue fácil. Los controles fueron tan blandos como lo son los derechos humanos en Venezuela. Cientos de personas cruzaban hacia Colombia desde temprano y muy pocas eran revisadas. No faltó quien gritara “Maduroooo”, para que un grupo de personas respondiera lo que ya todos saben. Pero lo más importante no era eso, sino la sensación de que el mundo tenía los ojos puestos sobre un país que busca su libertad. El concierto empezó un poco tarde y yo llegué cuando ya tenía un rato. Lo primero que me sorprendió fue cuando un funcionario de la Policía Nacional colombiana me preguntó si podía requisarme. Lo miré receloso. ¿De verdad existen policías y militares que dicen por favor y gracias? Mis prejuicios venezolanos hacia ellos tendrían el mismo destino que tantos queremos que tenga la dictadura: caerían uno a uno. Metido entre el público, mientras sonaba Reik, un militar pasó cerca de mí. “Permiso”, dijo, con cara de niño de escuela. Cuando me moví, alzó el pulgar, asintió con la cabeza y soltó un “Gracias” que me dejó boquiabierto.

El concierto estuvo un poco frío. Acaso por la variedad de interpretes (cada quien tenía su público), acaso por el calor que nos chupaba energía como un zancudo con un estómago infinito. Pero hubo varios momentos álgidos: Color esperanza, de Diego Torres; Carlos Baute gritando verdades sin pudor; Miguel Bosé mostrando su solidaridad sin eufemismos (“Michelle Bachelet, ven de una puñetera vez, mueve tus nalgas y ve los desmadres que ocurren en Venezuela”); en fin: Alejandro Sanz, Juanes, Ricardo Montaner, la gozadera con Silvestre Dangond, la locura -La Locura- con Carlos Vives, un speach -demasiado religioso para mi gusto- de Daniel Habif. Y Nacho invitando a Chyno Miranda a la tarima, “para recordar viejos tiempos” y dar un ejemplo de reconciliación. Cantaron Mi niña bonita y el 90% del público (300 mil personas, según la prensa del concierto) se unió en una coreografía que les recordó, probablemente, a una época en la que en Venezuela todavía había papel tualé y los niños aún no se morían de sarampión. Aunque se sembraban las condiciones para que esto ocurriera.

Los medios de todos los países nos reunimos a intercambiar -y capturar- impresiones. Muchos celebraban el concierto y más de uno se mostraba escéptico sobre los militares venezolanos y sus posibilidades de plegarse a la democracia. Un Guaidó demacrado, ojeroso y cada vez con más canas dijo que cruzó la frontera con ayuda de las FANB. Era la primera vez que lo veía sin flux y con camisa remangada. El presidente legítimo perdió su elegancia habitual y no parecía importarle. Así, supongo, debe lucir el presidente de un sitio como Venezuela: ante una crisis que está dejando tantos  muertos, la tranquilidad que ha querido fingir la dictadura no solo es chocante sino artificial. Para reconstruir el país hace falta remangarse la camisa y despeinarse. En esas andaba Guaidó: trabajando por Venezuela en un país en el que los militares no golpean a los civiles, dicen por favor y hasta -lo certifico- te pueden regalar una llamada desde su smartphone. Llevo menos de 24 horas en Cúcuta y, dado que estaba mentalizado, no me ha impactado ni el abastecimiento, ni la seguridad: me ha impactado algo de lo que nadie me habló: la educación de los que se visten de verde.

¿Estarán tomando nota los funcionarios venezolanos?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel