Hay militares que no golpean

Atravesar el puente Simón Bolívar fue fácil. Los controles fueron tan blandos como lo son los derechos humanos en Venezuela. Cientos de personas cruzaban hacia Colombia desde temprano y muy pocas eran revisadas. No faltó quien gritara “Maduroooo”, para que un grupo de personas respondiera lo que ya todos saben. Pero lo más importante no era eso, sino la sensación de que el mundo tenía los ojos puestos sobre un país que busca su libertad. El concierto empezó un poco tarde y yo llegué cuando ya tenía un rato. Lo primero que me sorprendió fue cuando un funcionario de la Policía Nacional colombiana me preguntó si podía requisarme. Lo miré receloso. ¿De verdad existen policías y militares que dicen por favor y gracias? Mis prejuicios venezolanos hacia ellos tendrían el mismo destino que tantos queremos que tenga la dictadura: caerían uno a uno. Metido entre el público, mientras sonaba Reik, un militar pasó cerca de mí. “Permiso”, dijo, con cara de niño de escuela. Cuando me moví, alzó el pulgar, asintió con la cabeza y soltó un “Gracias” que me dejó boquiabierto.

El concierto estuvo en poco frío. Acaso por la variedad de interpretes (cada quien tenía su público), acaso por el calor que nos chupaba energía como un zancudo con un estómago infinito. Pero hubo varios momentos álgidos: Color esperanza, de Diego Torres; Carlos Baute gritando verdades sin pudor; Miguel Bosé mostrando su solidaridad sin eufemismos (“Michelle Bachelet, ven de una puñetera vez, mueve tus nalgas y ve los desmadres que ocurren en Venezuela”); en fin: Alejandro Sanz, Juanes, Ricardo Montaner, la gozadera con Silvestre Dangond, la locura -La Locura- con Carlos Vives, un spach -demasiado religioso para mi gusto- de Daniel Habif. Y Nacho invitando a Chyno Miranda a la tarima, “para recordar viejos tiempos” y dar un ejemplo de reconciliación. Cantaron Mi niña bonita y el 90% del público (300 mil personas, según la prensa del concierto) se unió en una coreografía que les recordó, probablemente, a una época en la que en Venezuela todavía había papel tualé y los niños aún no se morían de sarampión. Aunque se sembraban las condiciones para que esto ocurriera.

Los medios de todos los países nos reunimos a intercambiar -y capturar- impresiones. Muchos celebraban el concierto y más de uno se mostraba escéptico sobre los militares venezolanos y sus posibilidades de plegarse a la democracia. Un Guaidó demacrado, ojeroso y cada vez con más canas dijo que cruzó la frontera con ayuda de las FANB. Era la primera vez que lo veía sin flux y con camisa remangada. El presidente legítimo perdió su elegancia habitual y no parecía importarle. Así, supongo, debe lucir el presidente de un sitio como Venezuela: ante una crisis que está dejando tantos  muertos, la tranquilidad que ha querido fingir la dictadura no solo es chocante sino artificial. Para reconstruir el país hace falta remangarse la camisa y despeinarse. En esas andaba Guaidó: trabajando por Venezuela en un país en el que los militares no golpean a los civiles, dicen por favor y hasta -lo certifico- te pueden regalar una llamada desde su smartphone. Llevo menos de 24 horas en Cúcuta y, dado que estaba mentalizado, no me ha impactado ni el abastecimiento, ni la seguridad: me ha impactado algo de lo que nadie me habló: la educación de los que se visten de verde.

¿Estarán tomando nota los funcionarios venezolanos?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Granda lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Granda hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda: los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que tránsito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca: estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legitimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acercan enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquél símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, cómo puede, las abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos beben aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mí alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trensito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tú alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande: del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

 Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

House of Cards: cuando la realidad atrofia la ficción

Con un dejo de broma, suelo preguntarme en voz alta si Kevin Spacey de verdad actuaba cuando interpretaba a Frank Underwood en House of Cards. No solo por el nivel de su performance, sino porque el papel de hijo de puta siempre le queda tan bien que pone a uno a dudar de qué tanto hay del humano dentro del personaje.

Al parecer, los medios y la Justicia estadounidense desde el 2017 se están haciendo la misma pregunta: Kevin enfrenta acusaciones de abuso sexual y, por esta razón, en la cima de una de las series contemporáneas de más éxito tuvo que entregar el trono.

La sexta temporada de House of Cards se copia un poco de la realidad y pone en tela de juicio la “honorabilidad” del ex presidente Underwood. Los que presenciamos los cuestionamientos a la ética del personaje lo hacemos con el morbo que genera callar la verdad en beneficio de un malhechor. Pero la serie va un paso más allá y se convierte, en su última temporada, en una apología feminista que, por momentos, parece más hembrismo que otra cosa.

Procuro recordar que nadie es imprescindible. No me gusta casarme con personajes ni en la series, ni en las películas y mucho menos en los libros. Creo que toda historia bien narrada puede, llegado el momento, prescindir de quien había sido su protagonista y seguir funcionando de forma diferente pero eficaz. Esto, por supuesto, demanda astucia y tino. Ambas cosas que, en mi opinión, no tuvieron los guionistas de House of Cards para resolver un problema que bien pudo haber resultado imposible de solucionar para cualquiera.

La serie vive en ese espacio gris en el que se encuentran la realidad y la ficción, haciendo guiños a su propio universo. Aunque Kevin Spacey recibió los mayores elogios desde el inicio, la producción dependía tanto en la misma medida de su talento como del de Robin Wright para dar vida a Claire. Entre ambos se tejía un duelo en el que actores y personajes se necesitaban para mantener el eje de la historia.

Lo más importante de House of Cards es el subtexto: el relato de una pareja que baila entre la ambición y la felicidad, en detrimento de la segunda.

Sin Frank (que es eliminado de la serie de una forma, si me lo permiten, un tanto forzada), la historia cambia totalmente. Se convierte en la reivindicación de la mujer en un mundo dominado por los hombres. Pero lejos de ser una heroína, Claire emprende una venganza que a veces resulta más cruenta que la de Frank. Si este pretendía que el mundo saldara su “deuda” con él al ubicarlo como hijo de una familia proletaria, ella quiere hacer pagar a todo el país por las vejaciones que recibió de parte de los hombres.

La serie poco a poco se va distorsionando, al igual que sus personajes, las situaciones y la verosimilitud. Llega un momento de la sexta temporada en la que los hechos parecen más propios de Narcos (o de la política latinoamericana) que de la elegancia con la que se elaboró la producción. El final, por (mal)intenso, cojea. El rol de Frank dentro de la narración pretende tomarlo Doug Stamper, como para terminar de pintar el simulacro de la familia disfuncional: el hijo putativo que quiere vengarse de la arpía que siempre amarró las alas de su padre.

Días antes de que terminara el 2018 –y semanas previas a que empezara su juicio–, Kevin Spacey lanzó un video en redes sociales en el que interpretaba a Frank, haciendo un juego entre la realidad y la ficción mientras hablaba de las cosas por las que no pagó Underwood y de las acusaciones que recibió Kevin. El video puede interpretarse de dos formas. O bien como una manera de hacer un abrebocas a una posible nueva temporada de la serie, si es que las condiciones lo permiten; o acaso como una forma de alborotar la admiración de su público en momentos en los que su imagen está tan deteriorada como la ética en la política. En ambos casos, hubo quien con crueldad opinó que ese breve monólogo era mejor que toda la sexta temporada de House of Cards. A mí, que respeto mucho los esfuerzos de todo creador, me cuesta ser tan tajante: hasta Shakespeare se hubiese visto en problemas para solucionar, de forma solvente, un problema que supera la ficción.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Messi sin Copa, Cristiano a la Juventus y los salvajes sudamericanos: cambio de narrativa en el fútbol mundial

Cuando Luka Modric ganó el The Best, el premio que otorga FIFA al futbolista más destacado de la temporada, el eje del planeta del fútbol se movió. Fue el momento en el que millones de aficionados terminaron de darse cuenta de algo que comenzó a gestarse con fuerza desde un poco antes del Mundial: la trama había cambiado.

Por si quedaban dudas, Modric también ganó el Balón de Oro. Desde hacía 11 años los dos premios más mediáticos del fútbol –que durante algún tiempo se fusionaron– no tenían un ganador distinto a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para los más jóvenes, incluso, resulta imposible creer que hubo una época en la que el galardón de FIFA y el Balón de Oro de la misma temporada no coincidían en cuanto al ganador: a veces, ni siquiera en cuanto al podio. Hubo una época, a la que progresivamente se está regresando, en la que las fuerzas estaban distribuidas de manera más equitativa. Más que dos súper astros, había una constelación de estrellas.

El astro brasileño, Ronaldinho, ganó el Balón de Oro en 2005 / GETTY IMAGES

Cr7 a la Juventus

El Calcio alguna vez fue la liga más poderosa del planeta. El deterioro fue paulatino y sostenido, hasta llegar a un presente en el que el fútbol italiano está demasiado devaluado: la selección no clasificó al último Mundial y la Juve domina el campeonato local casi sin despeinarse. Por eso parecía impensable que la estrella más mediática del planeta recayera en ese torneo. Pero sucedió.

Nadie vende más que Cristiano Ronaldo: más que un futbolista, es una marca con nombre de cybor y manías de dios griego. Quien ha hecho de la depilación un arte, se encuentra en la etapa final de su carrera: el descenso de nivel es evidente, para lo cual, con astucia y profesionalismo, se ha reinventado. Copiando al tenista Federer (un inmortal que, por su condición de genio absoluto es más parecido a Messi que a Cristiano), se va de “vacaciones” media temporada para alcanzar su mejor estado de forma en el tramo final de la misma: cuando se definen los títulos. Aquella época en la que arrancaba desde la mitad de la cancha como un soldado troyano empuñando una lanza hacia un mañana incierto pertenece al pasado. Cristiano, 33 años encima, juega cada vez más cerca del área rival: ese espacio en el que su fútbol dejó de ser show para convertirse en contundencia.

Esta nueva versión de él encaja a la perfección en Italia: un campeonato menos exigente que el español, el inglés o el alemán, en el que podrá mantener su registro goleador (cosa que sería muy difícil en las ligas mencionadas) y mantenerse en forma para las noches de Champions, esas que siguen alimentando su infinita necesidad de conquista.

¿Viejitos?

Zidane durante la Copa del Mundo Alemania 2006

Hasta el 2006, más o menos, se creía que un futbolista después de los 30 merecía entrar a un museo. Zidane, con 34, se adueñó del Mundial de Alemania 2006 y empezó a cambiar el paradigma.

Tipos como Zanetti o Maldini instauraron en Italia la figura de las leyendas longevas. Pero la verdad es que resultaba difícil pensar que un top 5 mundial pudiera seguir permaneciendo en ese ranking con 33 años.

Cristiano Ronaldo rompió la “regla”.

Aunque sus posibilidades dentro de una cancha cada vez lucen más lejanas que las de, por ejemplo, Messi o Neymar, creo que sigue siendo uno de los cinco mejores del planeta. Y esto no pareciera que fuera a cambiar esta temporada. Menos en un momento en el que ser “viejo” está de moda.

Modric ganó los galardones individuales más mediáticos a los 33 años. Sergio Ramos y Gerard Piqué siguen siendo dos top 10 mundiales con 32 y 31 años respectivamente. ¿Hay un mediocentro más capaz que Sergio Busquets a sus 30 años? La lista de treintones que continúan constituyendo el firmamento de figuras es notable.

Los futbolistas son cada año que pasa atletas con más aires de robots: su preparación espartana les permite llegar adonde antes solo era posible con la imaginación. El ejemplo claro es Lionel Messi: quien naciera para convertirse en el mejor jugador de la historia, a los 31 años sigue corriendo por la cancha como Gokú cuando se entrenaba con los sayayines más jóvenes: mostrando que –por mucho que se esfuercen los demás y por mucho que pase el tiempo– no hay ni habrá en un futuro cercano alguien que siquiera se acerque a su estela.

Hoy parece mentira que hace más de una década se dudó de sus posibilidades de establecerse en la élite luego de dos lesiones importantes. ¿Dónde están las supuestas secuelas que, dice el imaginario popular, limitan parar siempre el devenir de una carrera? Otro mito que cambia ante el peso de una nueva realidad.

El equilibrio de las fuerzas

Tres hechos determinantes ocurrieron en lo que va siglo XXI.

Uno. La reorganización del fútbol español dio frutos. Parió a muchos de los mejores jugadores del mundo: empezó a producir futbolistas muy técnicos, diseñados para hablar un mismo idioma dentro de la cancha. Diseñados para, ante todo, jugar: cuidar y mimar la pelota.

Dos. Los astros se alinearon en el Barcelona. Un modelo formativo élite (acaso el mejor) se vio coronado por una generación brillante, abanderada por el mejor jugador de la historia y dirigida por el hijo pródigo que volvió a casa para convertirse en el más reciente revolucionario o innovador del juego: Pep Guardiola. El club catalán armó un equipo, mentado como el Pep Team, que alcanzó un performance inédito en la historia.

Tres. Florentino Pérez se dispuso a hacer del Real Madrid el equipo más costoso del planeta. ¿Quién dijo que el dinero no compra la felicidad? El magnate español, con ambición de conquistador romano, usó todo su poder económico, todos sus talentos de empresario y se asesoró con gurús del marketing para armar un conjunto monstruoso: en nombres y hombres.

Todo esto trajo como consecuencia que el epicentro del fútbol fuese España. Entre el 2008 y el 2012, Real Madrid y Barcelona llevaron a cabo una serie de duelos que elevaron el nivel del fútbol: probablemente, ambos estaban en capacidad de ganar de forma apabullante cualquier liga del mundo. El país ibérico en general, en donde mejor se juega y de donde estaban saliendo los mejores entrenadores, creció a la par de sus dos monstruos: el tercero de la Liga bien pudo haber salido campeón de la Premier.

Pero todo pasa. Aunque España (junto a Alemania) sigue llevando la vanguardia, cada vez más países entendieron que debían fijarse en ellos si no querían quedarse rezagados. Al mismo tiempo, el Pep Team cerró su ciclo y demasiados enredos en la directiva llevaron a que los culés dilapidaran la maravillosa herencia que significaba tener unos jugadores de tan alto nivel. El Real Madrid aprovechó para ganar cuatro Champions en cinco años y renovar su orgullo. Pero los jugadores se fueron desgastando, el club vendió a Cristiano Ronaldo sin fichar a nadie con su aura y ocurrió el previsible bajón de rendimiento que se venía asomando y que ya había sido maquillado con la última Liga de Campeones.

La pérdida de calidad del Barca y del Madrid nos ha devuelto a una época más equilibrada en Europa. Ya las fuerzas no se centran principalmente en dos equipos –ni en una sola liga–, sino más bien en un lote dentro del cual cualquiera luce capaz de imponerse en Europa. La llegada de los nuevos ricos ha hecho que el Manchester City, con un proyecto muy serio, se erija como el conjunto que mejor ha jugado desde la segunda mitad del 2016 hasta ahora; y que el PSG, con Neymar (hacía tiempo que un top tres del mundo no jugaba fuera de la Liga o la Premier o la Bundesliga), se muestre como un lobo salvaje hambriento de trofeos. La Juventus sigue reinando en Italia, el Bayern –que aumentó su regularidad en la era de Guardiola– mantiene su prestigio intacto y en Inglaterra –país que se puso a cargar updates– son varios los conjuntos que lucen poderosos, el Liverpool a la cabeza.

Lo mejor del fútbol ya no se resume en un binomio ibérico.

Messi sin Mundial

Argentina perdió la final del Mundial en 2014 vs Alemania

El problema es que el Mundial de fútbol es el evento sociocultural más mediático del planeta. O lo que es lo mismo: lo ve un montón de gente que, en realidad, no ve fútbol.

Un mito extendido en la narrativa futbolera es que para reinar en el Olimpo hay que ganar la Copa del Mundo. El argumento opera con la lógica de la fama: mientras más te ven, más repercusión tiene lo que logras. Ahora, conviene precisar que el Mundial no es la competición de más nivel ni en la que se observan las últimas innovaciones. Ese espacio lo ocupa la Champions League.

Pese a esto, los futbolistas siguen necesitando del torneo que se disputa cada cuatro años para erigirse como leyendas populares. Aunque sus proezas más destacadas ocurran en el día a día, es cada cuatro años cuando se disputan la corona de rey.

Que el Mundial se le resistiera a Messi (quizá de forma definitiva, aunque con él nunca se sabe) alteró el guion. Históricamente, solo Alfredo Di Stefano –que se hizo leyenda en una época que hoy nos resulta ajena y rara– y Johan Cruyff –por apegado a sus valores y por un poco de mala suerte– fueron los únicos reyes del Olimpo que no alzaron el trofeo. Los otros tres –Pelé, Beckenbauer y Maradona– construyeron buena parte de su épica en escenarios mundialistas.

Aunque parecía improbable, el mejor jugador de la historia se hizo merecedor de tal distinción sin que lo mejor de su carrera ocurriera en el más mediático de los escenarios. Lo cual tiene a muchos desconcertados, a otros en negación y a un buen porcentaje encogiéndose de hombros: el trono de rey absoluto del Olimpo está destinado a ser ocupado por Messi, y a él no le quedará más remedio que reinar sin corona.

El talento y la inteligencia siguen mandando

A principios de siglo hubo quien dijo que el futuro del fútbol estaba en África. La preparación física estaba cambiando y los jugadores eran cada vez más atletas. La época de las barriguitas, la cerveza y la mala alimentación había pasado: para culminar un regate, había que tener un abdomen duro. Algunos vieron a los futbolistas africanos y pensaron que en pocos lados había tanto músculo como ahí.

El siglo XXI trajo, además, la evolución de las formas de defender. La marca al hombre murió y la marca en zona se desarrolló como nunca antes. El concepto de presión se puso de moda y un señor llamado José Mourinho nos mostró hacia donde, de verdad, apuntaba el futuro.

Pero, como suele suceder, Mou fue malinterpretado. Más de uno creyó que sus planteamientos –aunque él repitiese que lo más importante era la concentración y que nunca hacía entrenamientos sin balón– tenían más que ver con la fuerza que con la inteligencia. Tan erróneo pensamiento hizo que aparecieran imitadores que se fijaran más en cuántos kilómetros corrían sus jugadores por partido que en las decisiones que tomaban.

Por otro lado, aunque malabaristas como Ronaldinho hacían de las suyas, delanteros fuertes como Eto’o, Drogba o Kanuté, volvían a dividir el pensamiento. Hasta que en el 2008, Pep Guardiola llegó al primer equipo del FC Barcelona y, más allá de dar nuevas respuestas, cambió las preguntas. Nada volvió a ser igual.

El Pep Team se cocinó con las más vanguardistas técnicas de preparación, siempre teniendo presente que en última instancia lo que marcaría la diferencia serían las capacidades de un jugador con el balón. Desde entonces, no ha habido mucho espacio para aquellos que crean que el fútbol es una competición de atletismo antes que un juego. Incluso entrenadores como Simeone, que reniegan las largas posesiones, priorizan el talento y la inteligencia antes que todo lo demás.

Los toscos están en peligro de extinción. O, dicho de otro modo, los que hoy día son considerados toscos bien podrían haber llenado YouTube de highlights de dribles en el fútbol de hace 30 años.

Del buen salvaje al buen revolucionario

River Plate alzó la Copa Libertadores en Madrid

Que la final de la Copa Libertadores fuera entre River Plate y Boca Juniors significó que medio planeta pusiera los ojos sobre Sudamérica. Aunque ambos clubes están lejos de esas versiones gloriosas en las que jugaron algunos de los mejores de la historia, que por primera vez ambos se dirimieran una final continental sirvió para revivir toda la mitología que se mueve alrededor de ellos. Pero también para volver a mostrar lo peor de nuestro continente.

Por hechos violentos, el partido de vuelta fue cambiada de sitio. En vez de jugarse en el Monumental, se jugó en el Santiago Bernabeú. Había muchas razones para sentir vergüenza. Que no pudiéramos como continente organizar una final de Libertadores era bochornoso. Las postales violentas, la desorganización, la planificación paupérrima, las decisiones de último minuto. La lista es larga: la promoción bélica que hizo la prensa, el maltrato a los jugadores, hinchas haciendo quinielas en Buenos Aires a ver cuántas personas morirían. Pero lo que más ruido hizo en redes sociales era que la final de un torneo llamado “Libertadores se jugara en la tierra de los conquistadores: una cosa de apátridas-y-profanadores-e-irrespetuosos-para-con-los-pueblos-oprimidos-por-los-imperios”.

Esto me llamó mucho la atención. Al parecer, luego de varias décadas la base del pensamiento que ha limitado el desarrollo latinoamericano –y sobre el que se sostuvieron los corruptos gobiernos de izquierda del siglo XXI– sigue vigente.

Me llama la atención que aún hoy se crea que lo autóctono en Latinoamérica son los indígenas, mientras que los europeos son los profanadores. Como soslayando que, guste o no, los latinoamericanos llevamos en nuestras venas las sangres de esos españoles y, aunque también la de los indígenas y africanos, es innegable que nuestra cultura tiene que ver principalmente con la europea.

Me llama la atención que aún hoy –cuando se habla de globalización y en el primer mundo las fronteras se han caído para que, entre otras cosas, el deporte se mueva hacia los mercados más atractivos (La Liga ajusta sus horarios pensando en Asia, la NBA se juega también en México)–, solo los latinoamericanos mostremos tanto desprecio (que no dudas) ante la posibilidad de constituir un producto global.

Me llama la atención que se siga viendo a los europeos como a los malos de esta historia, a veces hasta soslayando que los ideales que motivaron a los independentistas se cocinaron, precisamente, en Europa.

Pero, sobre todo, me asusta el resentimiento con el que muchos asumieron el cambio de sede. Como si, para empezar, Latinoamérica no fuese uno de los principales consumidores de fútbol español. Como si no quisiéramos tener torneos con siquiera la mitad del nivel que tiene la Liga y con una organización tan solvente.

Como si nos asustara tanto compararnos con los mejores que, la única solución posible, fuese despreciarlos.

¿Será que seguimos en el siglo XX?

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Alerta roja: el totalitarismo de extrema izquierda no es un mito

Tengo un amigo que recién leyó 1984 el año pasado. Es venezolano y vive en Buenos Aires. Se fue para allá luego de padecer la crisis que instaló el régimen. En Venezuela fue profesor universitario y trabajó en una prestigiosa unidad de investigación. En Argentina se desempeña como repartidor, actividad para la cual tuvo que aprender algo esencial que sus años de estudio no le enseñaron: manejar bicicleta. Aunque trabaja fuera de su área, y en algo que espera que no le toque hacer mucho más tiempo, dice ser feliz: en el súper mercado siempre se consiguen sus galletas preferidas y al fin se pudo mudar solo con su novia. Esta última, por cierto, está de fiesta: ahora encuentra toallas sanitarias sin sentir que emprende la búsqueda de las ocho esferas del dragón.

Mi amigo, como dije, recién leyó 1984 en el 2018, lo cual es una especie de guiño irónico: 34 años después del futuro apocalíptico pronosticado por George Orwell, él concluyó que había vivido su propia versión de la novela en Venezuela. ¿Adivinan quién sería nuestro Gran Hermano?

Este 10 de enero, quienes han creado un Estado-mágico en el que se vive según su antojo y sus normas se autoproclamarán amos supremos del país por más tiempo, pese a que la mayoría de la población los rechaza y a que la palabra elecciones se deformó hasta leerse como fraude. Así lo entiende la mayor parte de la comunidad internacional, que manifiesta abiertamente su rechazo hacia el régimen totalitario de Venezuela y hacia sus representantes, por lo que amenaza con aumentar las sanciones que ya empezaron en el 2018.

Sabemos que 1984 aún no ha llegado porque en la población todavía existe la esperanza de cambio. Lejos de ser autómatas que siguen órdenes –aunque muchos no están lejos de llegar a ese estado de disociación–, hay una importante cantidad de venezolanos en Venezuela que hacen frente a la crisis y a sus problemas con creatividad, estoicismo y convicción. Lo que, sin duda, es una elegante forma de resistir los embates de ese gigantesco pulpo rojo que amenaza con meter sus tentáculos en cada hogar. En un territorio destruido, hay muchos que están empeñados en construir país.

Mi amigo, digámosle Luis, sintió que una flor se moría dentro de su estómago cuando llegó al final de la novela de Orwell. ¿Esa sensación es el futuro que nos espera a los venezolanos? Él quiere creer que no, pero hay dos cosas que no conviene soslayar. Uno, es innegable que ese movimiento político y social que empezó a secuestrar al país hace 20 años se inspiró en los peores regímenes totalitarios y en la narrativa apocalíptica de obras como 1984. Y dos, nada garantiza tanto una decepción como las expectativas exageradas.

Hace tiempo que renuncié a pronosticar. Venezuela me ha enseñado algo: todo es posible. Pero quien a estas alturas no sepa que el Niño Jesús son sus padres, está condenado a recibir más golpes (estos sí metafóricos) que los diputados opositores en la Asamblea.

El 10 de enero es una fecha más en el calendario. Una fecha en la que un régimen busca seguir dando pataletas de ahogado, para extender su reinado lo más posible y llevarse por delante (entiéndase matar, secuestrar o anular) a cualquiera que se oponga. Una fecha en la que alimentará una narrativa que ya se cae por el peso de la realidad. Y una fecha en la que, al fin, la mayor parte del resto del mundo terminará de rechazar oficialmente lo que representa.

Pero eso no significa que un meteorito va a caer de ipso facto y extinguirá a los dinosaurios.

La oposición venezolana necesita construir una narrativa creíble y que represente a la inmensa mayoría que rechaza al régimen pero que, al mismo tiempo, los ve con escepticismo. Necesita documentar y denunciar en todo el planeta lo que sucede en el país, y debe cohesionarse para conectarse con las personas. Todo esto si no quiere escenificar la precuela de una ficción en la que la palabra oposición ya no aparece en el diccionario.

Por estos días Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil. Sus declaraciones y su desfachatez lo hacen ver como el otro polo político de aquél presidente venezolano que llegara al poder en 1999. Por eso, y por sus simpatías con Trump, muchas agencias internacionales de noticias se refieren a él como el presidente de “extrema derecha”. Lejos de querer ir en contra de tal afirmación, solo me resulta curioso que esas mismas agencias no menten al régimen venezolano y a toda su estructura fraudulenta con los sustantivos adecuados. O que no lo hagan, al menos, con tanta insistencia.

Luis quedó destrozado al terminar el libro. Ojalá logremos que todos sepan que, si algo no cambia pronto, el 2020 venezolano puede quedar en 1984.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Buscando a Henry Martínez en Google

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día (gracias, inseguridad). Reviso mi teléfono: 10:10 am. El CC Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición lirica que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice generación de relevo.

Hoy nada debe salir mal.

 

Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

 

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas.

Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia.

Son más de nueve músicos que tienen que hacer ensayos. No da tiempo, debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes. En lo que va de temporada no he visto esta sala llena. ¿Hoy será distinto?

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

Nicola Rocco – Guataca

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

Julio Estanga toca la percusión. El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

Como por no dejar, busco a Ana Cecilia Loyo en Google. La pantalla de mi smartphone me arroja casi 200 mil resultados: varios videos de YouTube, varia decenas de fotos, unas cuantas entrevistas.

Repito: ¿por qué solo encontré una foto de Henry Martínez?

 

Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde librería con papelería?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas ocupen el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

¿Qué estamos haciendo como país?

 

Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Nicola Rocco – Guataca

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón –se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece cual niñito travieso Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno por un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? Okey. ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena por un concierto de este tipo?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

Álvaro Rojas es el más chamo del grupo –o el de rostro más juvenil– y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz y yo no sé muy bien si es que –como ocurre en la música folclórica venezolana– quiere mantener fija una sonrisa que nadie puede mantener de forma espontanea por tanto tiempo, o si más bien es su forma de hablar y listo.

De cualquier forma, me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

Nicola Rocco – Guataca

July Biells canta Quién dice y, luego, el mandolinista Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre ese hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

Interpreta Gaita para la Luna. Sin embargo, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lirica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará una canción que compuso. ¿Por qué? Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases sí fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

Y porque, vamos a estar claros, canta de pinga.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

 

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que filmaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro, de cualquier líder: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala: los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

 

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja izquierda cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. No creo que haya demasiados que le estén prestando atención a la letra: el ritmo y la melodía se imponen: el cuerpo sabe lo que quiere. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

No tengo las respuestas. Solo la sensación de que, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel