No más apologías a la juventud

La apología a la juventud me aburre. Me parece tan lamentable como quien desecha a los ancianos por ser ancianos. Cuando en una conversación con Pep Guardiola, organizada por un banco español, David Trueba dijo que “los jóvenes están sobrevalorados”, sentí que alguien le daba forma a mis ideas. ¿Qué mérito hay en ser joven? Ninguno. En ser viejo tampoco, pero al menos está claro en que la persona en cuestión se las arregló para sobrevivir por un buen puñado de años. Esa tendencia a sentirse importante por estar saliendo de la adolescencia, para mí es un sinsentido tan grande como creer que una raza o una nacionalidad es superior a la otra.

El optimismo con el que se sentencia que “los jóvenes son el futuro” me parece chocante. Cuando la pronuncia un joven, pienso: ¿sabrá que durante 2019 años todas las generaciones dijeron exactamente lo mismo y, por lo que sé, el mundo sigue bastante enfermo? Cuando la pronuncia alguien que ya no se siente joven, pienso: ¿qué le da derecho a cargar en otros la responsabilidad que él ya no se atreve a asumir? En ambos casos, el estómago se me revuelve: que el mundo mejore es algo que depende, por igual, de todos quienes hoy estamos vivos. O eso creo.

Hace tiempo se viralizó una nota sobre el biólogo colombiano Humberto Maturana. En una conferencia, declaró: “Los niños, niñas y jóvenes se van a transformar con nosotros, con los mayores, con los que conviven, según sea esa convivencia. El futuro de la humanidad no son los niños, somos los mayores con los que se transforman en la convivencia. Nosotros hoy somos el futuro de la humanidad. Los niños se transforman con nosotros. Van a reflexionar, van a mentir, van a decir la verdad, van a estar atentos a lo que ocurre, van a ser tiernos, si nosotros los mayores, con los que conviven, decimos la verdad, no hacemos trampa, o somos tiernos”.

Si la discusión pasa a términos económicos, conviene recordar que estadísticamente la población más productiva tiene entre 30 y 50 años. Personas que todavía vivirán entre tres y cinco décadas más. Son ellos, en su mayoría, quienes controlan el motor económico de los países, ocupan cargos políticos y las sillas de mayor peso dentro de las empresas. En teoría –y solo en teoría– son quienes tomarán decisiones más transcendentales. El mañana, visto en perspectiva, podría depender más de ellos que de cualquier adolescente que se crea importante. O al que quieran endilgarle un peso que no le corresponde cargar.

Los prejuicios sobre la edad me fastidian. En la historia hay tantas personas exitosas de 20 años, como de 40 y 70. Así como muchos que destacaron a lo largo de toda su vida. Enaltecer cualquier etapa sobre las demás, se me antoja tan ingenuo como pretender evaluar la calidad profesional de una persona fijándose en su género, nacionalidad o raza. He conversado con chamos de 15 años que se pavonean hablando de sus cualidades y de lo que les depara el futuro. Exigen que el mundo sea más benévolo para con sus intereses, pues “el mañana depende de ellos”. También, me he topado con personas de cabello blanco, sin muchas lecturas encima, poca actividad profesional y que ningún esfuerzo han hecho por actualizarse, pero hablan como si su palabra fuera ley, “porque estas canas no han sido de gratis”.

Me parece, y cada día me parece más, que hay que tener mucho cuidado con sentirse importante o especial. Con creerse inteligente o digno de honores. Creo, y cada día lo creo más, que esas cosas hay que demostrarlas en vez de repetírselas a los otros. La calidad de las acciones es el argumento más contundente.

De resto, quizá convenga tener presente una frase de Manuel Vázquez Montalbán: “¡Joder con la nueva generación! Son como nosotros”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Granda lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Granda hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda: los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que tránsito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca: estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legitimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acercan enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquél símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, cómo puede, las abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos beben aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mí alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trensito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tú alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande: del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

 Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

House of Cards: cuando la realidad atrofia la ficción

Con un dejo de broma, suelo preguntarme en voz alta si Kevin Spacey de verdad actuaba cuando interpretaba a Frank Underwood en House of Cards. No solo por el nivel de su performance, sino porque el papel de hijo de puta siempre le queda tan bien que pone a uno a dudar de qué tanto hay del humano dentro del personaje.

Al parecer, los medios y la Justicia estadounidense desde el 2017 se están haciendo la misma pregunta: Kevin enfrenta acusaciones de abuso sexual y, por esta razón, en la cima de una de las series contemporáneas de más éxito tuvo que entregar el trono.

La sexta temporada de House of Cards se copia un poco de la realidad y pone en tela de juicio la “honorabilidad” del ex presidente Underwood. Los que presenciamos los cuestionamientos a la ética del personaje lo hacemos con el morbo que genera callar la verdad en beneficio de un malhechor. Pero la serie va un paso más allá y se convierte, en su última temporada, en una apología feminista que, por momentos, parece más hembrismo que otra cosa.

Procuro recordar que nadie es imprescindible. No me gusta casarme con personajes ni en la series, ni en las películas y mucho menos en los libros. Creo que toda historia bien narrada puede, llegado el momento, prescindir de quien había sido su protagonista y seguir funcionando de forma diferente pero eficaz. Esto, por supuesto, demanda astucia y tino. Ambas cosas que, en mi opinión, no tuvieron los guionistas de House of Cards para resolver un problema que bien pudo haber resultado imposible de solucionar para cualquiera.

La serie vive en ese espacio gris en el que se encuentran la realidad y la ficción, haciendo guiños a su propio universo. Aunque Kevin Spacey recibió los mayores elogios desde el inicio, la producción dependía tanto en la misma medida de su talento como del de Robin Wright para dar vida a Claire. Entre ambos se tejía un duelo en el que actores y personajes se necesitaban para mantener el eje de la historia.

Lo más importante de House of Cards es el subtexto: el relato de una pareja que baila entre la ambición y la felicidad, en detrimento de la segunda.

Sin Frank (que es eliminado de la serie de una forma, si me lo permiten, un tanto forzada), la historia cambia totalmente. Se convierte en la reivindicación de la mujer en un mundo dominado por los hombres. Pero lejos de ser una heroína, Claire emprende una venganza que a veces resulta más cruenta que la de Frank. Si este pretendía que el mundo saldara su “deuda” con él al ubicarlo como hijo de una familia proletaria, ella quiere hacer pagar a todo el país por las vejaciones que recibió de parte de los hombres.

La serie poco a poco se va distorsionando, al igual que sus personajes, las situaciones y la verosimilitud. Llega un momento de la sexta temporada en la que los hechos parecen más propios de Narcos (o de la política latinoamericana) que de la elegancia con la que se elaboró la producción. El final, por (mal)intenso, cojea. El rol de Frank dentro de la narración pretende tomarlo Doug Stamper, como para terminar de pintar el simulacro de la familia disfuncional: el hijo putativo que quiere vengarse de la arpía que siempre amarró las alas de su padre.

Días antes de que terminara el 2018 –y semanas previas a que empezara su juicio–, Kevin Spacey lanzó un video en redes sociales en el que interpretaba a Frank, haciendo un juego entre la realidad y la ficción mientras hablaba de las cosas por las que no pagó Underwood y de las acusaciones que recibió Kevin. El video puede interpretarse de dos formas. O bien como una manera de hacer un abrebocas a una posible nueva temporada de la serie, si es que las condiciones lo permiten; o acaso como una forma de alborotar la admiración de su público en momentos en los que su imagen está tan deteriorada como la ética en la política. En ambos casos, hubo quien con crueldad opinó que ese breve monólogo era mejor que toda la sexta temporada de House of Cards. A mí, que respeto mucho los esfuerzos de todo creador, me cuesta ser tan tajante: hasta Shakespeare se hubiese visto en problemas para solucionar, de forma solvente, un problema que supera la ficción.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Messi sin Copa, Cristiano a la Juventus y los salvajes sudamericanos: cambio de narrativa en el fútbol mundial

Cuando Luka Modric ganó el The Best, el premio que otorga FIFA al futbolista más destacado de la temporada, el eje del planeta del fútbol se movió. Fue el momento en el que millones de aficionados terminaron de darse cuenta de algo que comenzó a gestarse con fuerza desde un poco antes del Mundial: la trama había cambiado.

Por si quedaban dudas, Modric también ganó el Balón de Oro. Desde hacía 11 años los dos premios más mediáticos del fútbol –que durante algún tiempo se fusionaron– no tenían un ganador distinto a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para los más jóvenes, incluso, resulta imposible creer que hubo una época en la que el galardón de FIFA y el Balón de Oro de la misma temporada no coincidían en cuanto al ganador: a veces, ni siquiera en cuanto al podio. Hubo una época, a la que progresivamente se está regresando, en la que las fuerzas estaban distribuidas de manera más equitativa. Más que dos súper astros, había una constelación de estrellas.

El astro brasileño, Ronaldinho, ganó el Balón de Oro en 2005 / GETTY IMAGES

Cr7 a la Juventus

El Calcio alguna vez fue la liga más poderosa del planeta. El deterioro fue paulatino y sostenido, hasta llegar a un presente en el que el fútbol italiano está demasiado devaluado: la selección no clasificó al último Mundial y la Juve domina el campeonato local casi sin despeinarse. Por eso parecía impensable que la estrella más mediática del planeta recayera en ese torneo. Pero sucedió.

Nadie vende más que Cristiano Ronaldo: más que un futbolista, es una marca con nombre de cybor y manías de dios griego. Quien ha hecho de la depilación un arte, se encuentra en la etapa final de su carrera: el descenso de nivel es evidente, para lo cual, con astucia y profesionalismo, se ha reinventado. Copiando al tenista Federer (un inmortal que, por su condición de genio absoluto es más parecido a Messi que a Cristiano), se va de “vacaciones” media temporada para alcanzar su mejor estado de forma en el tramo final de la misma: cuando se definen los títulos. Aquella época en la que arrancaba desde la mitad de la cancha como un soldado troyano empuñando una lanza hacia un mañana incierto pertenece al pasado. Cristiano, 33 años encima, juega cada vez más cerca del área rival: ese espacio en el que su fútbol dejó de ser show para convertirse en contundencia.

Esta nueva versión de él encaja a la perfección en Italia: un campeonato menos exigente que el español, el inglés o el alemán, en el que podrá mantener su registro goleador (cosa que sería muy difícil en las ligas mencionadas) y mantenerse en forma para las noches de Champions, esas que siguen alimentando su infinita necesidad de conquista.

¿Viejitos?

Zidane durante la Copa del Mundo Alemania 2006

Hasta el 2006, más o menos, se creía que un futbolista después de los 30 merecía entrar a un museo. Zidane, con 34, se adueñó del Mundial de Alemania 2006 y empezó a cambiar el paradigma.

Tipos como Zanetti o Maldini instauraron en Italia la figura de las leyendas longevas. Pero la verdad es que resultaba difícil pensar que un top 5 mundial pudiera seguir permaneciendo en ese ranking con 33 años.

Cristiano Ronaldo rompió la “regla”.

Aunque sus posibilidades dentro de una cancha cada vez lucen más lejanas que las de, por ejemplo, Messi o Neymar, creo que sigue siendo uno de los cinco mejores del planeta. Y esto no pareciera que fuera a cambiar esta temporada. Menos en un momento en el que ser “viejo” está de moda.

Modric ganó los galardones individuales más mediáticos a los 33 años. Sergio Ramos y Gerard Piqué siguen siendo dos top 10 mundiales con 32 y 31 años respectivamente. ¿Hay un mediocentro más capaz que Sergio Busquets a sus 30 años? La lista de treintones que continúan constituyendo el firmamento de figuras es notable.

Los futbolistas son cada año que pasa atletas con más aires de robots: su preparación espartana les permite llegar adonde antes solo era posible con la imaginación. El ejemplo claro es Lionel Messi: quien naciera para convertirse en el mejor jugador de la historia, a los 31 años sigue corriendo por la cancha como Gokú cuando se entrenaba con los sayayines más jóvenes: mostrando que –por mucho que se esfuercen los demás y por mucho que pase el tiempo– no hay ni habrá en un futuro cercano alguien que siquiera se acerque a su estela.

Hoy parece mentira que hace más de una década se dudó de sus posibilidades de establecerse en la élite luego de dos lesiones importantes. ¿Dónde están las supuestas secuelas que, dice el imaginario popular, limitan parar siempre el devenir de una carrera? Otro mito que cambia ante el peso de una nueva realidad.

El equilibrio de las fuerzas

Tres hechos determinantes ocurrieron en lo que va siglo XXI.

Uno. La reorganización del fútbol español dio frutos. Parió a muchos de los mejores jugadores del mundo: empezó a producir futbolistas muy técnicos, diseñados para hablar un mismo idioma dentro de la cancha. Diseñados para, ante todo, jugar: cuidar y mimar la pelota.

Dos. Los astros se alinearon en el Barcelona. Un modelo formativo élite (acaso el mejor) se vio coronado por una generación brillante, abanderada por el mejor jugador de la historia y dirigida por el hijo pródigo que volvió a casa para convertirse en el más reciente revolucionario o innovador del juego: Pep Guardiola. El club catalán armó un equipo, mentado como el Pep Team, que alcanzó un performance inédito en la historia.

Tres. Florentino Pérez se dispuso a hacer del Real Madrid el equipo más costoso del planeta. ¿Quién dijo que el dinero no compra la felicidad? El magnate español, con ambición de conquistador romano, usó todo su poder económico, todos sus talentos de empresario y se asesoró con gurús del marketing para armar un conjunto monstruoso: en nombres y hombres.

Todo esto trajo como consecuencia que el epicentro del fútbol fuese España. Entre el 2008 y el 2012, Real Madrid y Barcelona llevaron a cabo una serie de duelos que elevaron el nivel del fútbol: probablemente, ambos estaban en capacidad de ganar de forma apabullante cualquier liga del mundo. El país ibérico en general, en donde mejor se juega y de donde estaban saliendo los mejores entrenadores, creció a la par de sus dos monstruos: el tercero de la Liga bien pudo haber salido campeón de la Premier.

Pero todo pasa. Aunque España (junto a Alemania) sigue llevando la vanguardia, cada vez más países entendieron que debían fijarse en ellos si no querían quedarse rezagados. Al mismo tiempo, el Pep Team cerró su ciclo y demasiados enredos en la directiva llevaron a que los culés dilapidaran la maravillosa herencia que significaba tener unos jugadores de tan alto nivel. El Real Madrid aprovechó para ganar cuatro Champions en cinco años y renovar su orgullo. Pero los jugadores se fueron desgastando, el club vendió a Cristiano Ronaldo sin fichar a nadie con su aura y ocurrió el previsible bajón de rendimiento que se venía asomando y que ya había sido maquillado con la última Liga de Campeones.

La pérdida de calidad del Barca y del Madrid nos ha devuelto a una época más equilibrada en Europa. Ya las fuerzas no se centran principalmente en dos equipos –ni en una sola liga–, sino más bien en un lote dentro del cual cualquiera luce capaz de imponerse en Europa. La llegada de los nuevos ricos ha hecho que el Manchester City, con un proyecto muy serio, se erija como el conjunto que mejor ha jugado desde la segunda mitad del 2016 hasta ahora; y que el PSG, con Neymar (hacía tiempo que un top tres del mundo no jugaba fuera de la Liga o la Premier o la Bundesliga), se muestre como un lobo salvaje hambriento de trofeos. La Juventus sigue reinando en Italia, el Bayern –que aumentó su regularidad en la era de Guardiola– mantiene su prestigio intacto y en Inglaterra –país que se puso a cargar updates– son varios los conjuntos que lucen poderosos, el Liverpool a la cabeza.

Lo mejor del fútbol ya no se resume en un binomio ibérico.

Messi sin Mundial

Argentina perdió la final del Mundial en 2014 vs Alemania

El problema es que el Mundial de fútbol es el evento sociocultural más mediático del planeta. O lo que es lo mismo: lo ve un montón de gente que, en realidad, no ve fútbol.

Un mito extendido en la narrativa futbolera es que para reinar en el Olimpo hay que ganar la Copa del Mundo. El argumento opera con la lógica de la fama: mientras más te ven, más repercusión tiene lo que logras. Ahora, conviene precisar que el Mundial no es la competición de más nivel ni en la que se observan las últimas innovaciones. Ese espacio lo ocupa la Champions League.

Pese a esto, los futbolistas siguen necesitando del torneo que se disputa cada cuatro años para erigirse como leyendas populares. Aunque sus proezas más destacadas ocurran en el día a día, es cada cuatro años cuando se disputan la corona de rey.

Que el Mundial se le resistiera a Messi (quizá de forma definitiva, aunque con él nunca se sabe) alteró el guion. Históricamente, solo Alfredo Di Stefano –que se hizo leyenda en una época que hoy nos resulta ajena y rara– y Johan Cruyff –por apegado a sus valores y por un poco de mala suerte– fueron los únicos reyes del Olimpo que no alzaron el trofeo. Los otros tres –Pelé, Beckenbauer y Maradona– construyeron buena parte de su épica en escenarios mundialistas.

Aunque parecía improbable, el mejor jugador de la historia se hizo merecedor de tal distinción sin que lo mejor de su carrera ocurriera en el más mediático de los escenarios. Lo cual tiene a muchos desconcertados, a otros en negación y a un buen porcentaje encogiéndose de hombros: el trono de rey absoluto del Olimpo está destinado a ser ocupado por Messi, y a él no le quedará más remedio que reinar sin corona.

El talento y la inteligencia siguen mandando

A principios de siglo hubo quien dijo que el futuro del fútbol estaba en África. La preparación física estaba cambiando y los jugadores eran cada vez más atletas. La época de las barriguitas, la cerveza y la mala alimentación había pasado: para culminar un regate, había que tener un abdomen duro. Algunos vieron a los futbolistas africanos y pensaron que en pocos lados había tanto músculo como ahí.

El siglo XXI trajo, además, la evolución de las formas de defender. La marca al hombre murió y la marca en zona se desarrolló como nunca antes. El concepto de presión se puso de moda y un señor llamado José Mourinho nos mostró hacia donde, de verdad, apuntaba el futuro.

Pero, como suele suceder, Mou fue malinterpretado. Más de uno creyó que sus planteamientos –aunque él repitiese que lo más importante era la concentración y que nunca hacía entrenamientos sin balón– tenían más que ver con la fuerza que con la inteligencia. Tan erróneo pensamiento hizo que aparecieran imitadores que se fijaran más en cuántos kilómetros corrían sus jugadores por partido que en las decisiones que tomaban.

Por otro lado, aunque malabaristas como Ronaldinho hacían de las suyas, delanteros fuertes como Eto’o, Drogba o Kanuté, volvían a dividir el pensamiento. Hasta que en el 2008, Pep Guardiola llegó al primer equipo del FC Barcelona y, más allá de dar nuevas respuestas, cambió las preguntas. Nada volvió a ser igual.

El Pep Team se cocinó con las más vanguardistas técnicas de preparación, siempre teniendo presente que en última instancia lo que marcaría la diferencia serían las capacidades de un jugador con el balón. Desde entonces, no ha habido mucho espacio para aquellos que crean que el fútbol es una competición de atletismo antes que un juego. Incluso entrenadores como Simeone, que reniegan las largas posesiones, priorizan el talento y la inteligencia antes que todo lo demás.

Los toscos están en peligro de extinción. O, dicho de otro modo, los que hoy día son considerados toscos bien podrían haber llenado YouTube de highlights de dribles en el fútbol de hace 30 años.

Del buen salvaje al buen revolucionario

River Plate alzó la Copa Libertadores en Madrid

Que la final de la Copa Libertadores fuera entre River Plate y Boca Juniors significó que medio planeta pusiera los ojos sobre Sudamérica. Aunque ambos clubes están lejos de esas versiones gloriosas en las que jugaron algunos de los mejores de la historia, que por primera vez ambos se dirimieran una final continental sirvió para revivir toda la mitología que se mueve alrededor de ellos. Pero también para volver a mostrar lo peor de nuestro continente.

Por hechos violentos, el partido de vuelta fue cambiada de sitio. En vez de jugarse en el Monumental, se jugó en el Santiago Bernabeú. Había muchas razones para sentir vergüenza. Que no pudiéramos como continente organizar una final de Libertadores era bochornoso. Las postales violentas, la desorganización, la planificación paupérrima, las decisiones de último minuto. La lista es larga: la promoción bélica que hizo la prensa, el maltrato a los jugadores, hinchas haciendo quinielas en Buenos Aires a ver cuántas personas morirían. Pero lo que más ruido hizo en redes sociales era que la final de un torneo llamado “Libertadores se jugara en la tierra de los conquistadores: una cosa de apátridas-y-profanadores-e-irrespetuosos-para-con-los-pueblos-oprimidos-por-los-imperios”.

Esto me llamó mucho la atención. Al parecer, luego de varias décadas la base del pensamiento que ha limitado el desarrollo latinoamericano –y sobre el que se sostuvieron los corruptos gobiernos de izquierda del siglo XXI– sigue vigente.

Me llama la atención que aún hoy se crea que lo autóctono en Latinoamérica son los indígenas, mientras que los europeos son los profanadores. Como soslayando que, guste o no, los latinoamericanos llevamos en nuestras venas las sangres de esos españoles y, aunque también la de los indígenas y africanos, es innegable que nuestra cultura tiene que ver principalmente con la europea.

Me llama la atención que aún hoy –cuando se habla de globalización y en el primer mundo las fronteras se han caído para que, entre otras cosas, el deporte se mueva hacia los mercados más atractivos (La Liga ajusta sus horarios pensando en Asia, la NBA se juega también en México)–, solo los latinoamericanos mostremos tanto desprecio (que no dudas) ante la posibilidad de constituir un producto global.

Me llama la atención que se siga viendo a los europeos como a los malos de esta historia, a veces hasta soslayando que los ideales que motivaron a los independentistas se cocinaron, precisamente, en Europa.

Pero, sobre todo, me asusta el resentimiento con el que muchos asumieron el cambio de sede. Como si, para empezar, Latinoamérica no fuese uno de los principales consumidores de fútbol español. Como si no quisiéramos tener torneos con siquiera la mitad del nivel que tiene la Liga y con una organización tan solvente.

Como si nos asustara tanto compararnos con los mejores que, la única solución posible, fuese despreciarlos.

¿Será que seguimos en el siglo XX?

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Alerta roja: el totalitarismo de extrema izquierda no es un mito

Tengo un amigo que recién leyó 1984 el año pasado. Es venezolano y vive en Buenos Aires. Se fue para allá luego de padecer la crisis que instaló el régimen. En Venezuela fue profesor universitario y trabajó en una prestigiosa unidad de investigación. En Argentina se desempeña como repartidor, actividad para la cual tuvo que aprender algo esencial que sus años de estudio no le enseñaron: manejar bicicleta. Aunque trabaja fuera de su área, y en algo que espera que no le toque hacer mucho más tiempo, dice ser feliz: en el súper mercado siempre se consiguen sus galletas preferidas y al fin se pudo mudar solo con su novia. Esta última, por cierto, está de fiesta: ahora encuentra toallas sanitarias sin sentir que emprende la búsqueda de las ocho esferas del dragón.

Mi amigo, como dije, recién leyó 1984 en el 2018, lo cual es una especie de guiño irónico: 34 años después del futuro apocalíptico pronosticado por George Orwell, él concluyó que había vivido su propia versión de la novela en Venezuela. ¿Adivinan quién sería nuestro Gran Hermano?

Este 10 de enero, quienes han creado un Estado-mágico en el que se vive según su antojo y sus normas se autoproclamarán amos supremos del país por más tiempo, pese a que la mayoría de la población los rechaza y a que la palabra elecciones se deformó hasta leerse como fraude. Así lo entiende la mayor parte de la comunidad internacional, que manifiesta abiertamente su rechazo hacia el régimen totalitario de Venezuela y hacia sus representantes, por lo que amenaza con aumentar las sanciones que ya empezaron en el 2018.

Sabemos que 1984 aún no ha llegado porque en la población todavía existe la esperanza de cambio. Lejos de ser autómatas que siguen órdenes –aunque muchos no están lejos de llegar a ese estado de disociación–, hay una importante cantidad de venezolanos en Venezuela que hacen frente a la crisis y a sus problemas con creatividad, estoicismo y convicción. Lo que, sin duda, es una elegante forma de resistir los embates de ese gigantesco pulpo rojo que amenaza con meter sus tentáculos en cada hogar. En un territorio destruido, hay muchos que están empeñados en construir país.

Mi amigo, digámosle Luis, sintió que una flor se moría dentro de su estómago cuando llegó al final de la novela de Orwell. ¿Esa sensación es el futuro que nos espera a los venezolanos? Él quiere creer que no, pero hay dos cosas que no conviene soslayar. Uno, es innegable que ese movimiento político y social que empezó a secuestrar al país hace 20 años se inspiró en los peores regímenes totalitarios y en la narrativa apocalíptica de obras como 1984. Y dos, nada garantiza tanto una decepción como las expectativas exageradas.

Hace tiempo que renuncié a pronosticar. Venezuela me ha enseñado algo: todo es posible. Pero quien a estas alturas no sepa que el Niño Jesús son sus padres, está condenado a recibir más golpes (estos sí metafóricos) que los diputados opositores en la Asamblea.

El 10 de enero es una fecha más en el calendario. Una fecha en la que un régimen busca seguir dando pataletas de ahogado, para extender su reinado lo más posible y llevarse por delante (entiéndase matar, secuestrar o anular) a cualquiera que se oponga. Una fecha en la que alimentará una narrativa que ya se cae por el peso de la realidad. Y una fecha en la que, al fin, la mayor parte del resto del mundo terminará de rechazar oficialmente lo que representa.

Pero eso no significa que un meteorito va a caer de ipso facto y extinguirá a los dinosaurios.

La oposición venezolana necesita construir una narrativa creíble y que represente a la inmensa mayoría que rechaza al régimen pero que, al mismo tiempo, los ve con escepticismo. Necesita documentar y denunciar en todo el planeta lo que sucede en el país, y debe cohesionarse para conectarse con las personas. Todo esto si no quiere escenificar la precuela de una ficción en la que la palabra oposición ya no aparece en el diccionario.

Por estos días Jair Bolsonaro asumió la presidencia en Brasil. Sus declaraciones y su desfachatez lo hacen ver como el otro polo político de aquél presidente venezolano que llegara al poder en 1999. Por eso, y por sus simpatías con Trump, muchas agencias internacionales de noticias se refieren a él como el presidente de “extrema derecha”. Lejos de querer ir en contra de tal afirmación, solo me resulta curioso que esas mismas agencias no menten al régimen venezolano y a toda su estructura fraudulenta con los sustantivos adecuados. O que no lo hagan, al menos, con tanta insistencia.

Luis quedó destrozado al terminar el libro. Ojalá logremos que todos sepan que, si algo no cambia pronto, el 2020 venezolano puede quedar en 1984.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Buscando a Henry Martínez en Google

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día (gracias, inseguridad). Reviso mi teléfono: 10:10 am. El CC Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición lirica que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice generación de relevo.

Hoy nada debe salir mal.

 

Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

 

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas.

Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia.

Son más de nueve músicos que tienen que hacer ensayos. No da tiempo, debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes. En lo que va de temporada no he visto esta sala llena. ¿Hoy será distinto?

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

Nicola Rocco – Guataca

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

Julio Estanga toca la percusión. El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

Como por no dejar, busco a Ana Cecilia Loyo en Google. La pantalla de mi smartphone me arroja casi 200 mil resultados: varios videos de YouTube, varia decenas de fotos, unas cuantas entrevistas.

Repito: ¿por qué solo encontré una foto de Henry Martínez?

 

Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde librería con papelería?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas ocupen el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

¿Qué estamos haciendo como país?

 

Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Nicola Rocco – Guataca

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón –se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece cual niñito travieso Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno por un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? Okey. ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena por un concierto de este tipo?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

Álvaro Rojas es el más chamo del grupo –o el de rostro más juvenil– y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz y yo no sé muy bien si es que –como ocurre en la música folclórica venezolana– quiere mantener fija una sonrisa que nadie puede mantener de forma espontanea por tanto tiempo, o si más bien es su forma de hablar y listo.

De cualquier forma, me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

Nicola Rocco – Guataca

July Biells canta Quién dice y, luego, el mandolinista Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre ese hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

Interpreta Gaita para la Luna. Sin embargo, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lirica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará una canción que compuso. ¿Por qué? Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases sí fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

Y porque, vamos a estar claros, canta de pinga.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

 

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que filmaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro, de cualquier líder: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala: los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

 

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja izquierda cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. No creo que haya demasiados que le estén prestando atención a la letra: el ritmo y la melodía se imponen: el cuerpo sabe lo que quiere. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

No tengo las respuestas. Solo la sensación de que, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

Volar con los ojos cerrados

“Los pájaros nacidos en jaula creen que volar es una enfermedad”, Alejandro Jodorowsky

Le pregunto a Adriana para qué guarda libros. Si los escucha por la computadora o se queda con la versión que imprimió en braile, ¿no le saldría más rentable comprarlos y luego venderlos? “Es un tema de fetiche –responde–. Me gusta olerlos, tocarlos, pasármelos por el rostro… No sé, eso me encanta”.

Ojeo cada título de su biblioteca. Adriana, sentada, me escucha andar por la habitación. Hablamos de literatura. Después enciende la laptop y se coloca los audífonos. Va a presentarme a Jaws.

Sus dedos repiquetean sobre la mesa. Algo tarda en abrir. Me asomo a la pantalla y le digo que ya cargó. “Sí, pero no me lo ha dicho, así que es lo mismo”, responde. Luego de un rato me ordena que me vaya: “¡No veas!”. Obedezco. Tras unos segundos me vuelve a llamar, me cede el puesto y los audífonos. Suena un cuento mío. Carcajeamos. Jaws es un software para computadoras que utilizan las personas con discapacidad visual. Minutos atrás, Adriana, mediante un punzón, fingió que escribía en braile. En realidad, con el alfabeto tradicional copió mi nombre. Cuando lo vi exclamé un waow mezclado con risas de ella y mías. Le pregunté si conocía las letras “normales”. “Sí, las conozco. La z es la que me cuesta un poco, pero creo que la hice bien, ¿verdad?”.

Adriana y Otto son buenos anfitriones. Quieren que todo gire alrededor mío. Procuro no dejarme llevar. Estoy ahí para que todo gire en torno a ellos.

Cuando entré a la casa, hace unas horas, me sorprendió el formalismo de mi anfitriona: “Disculpa el desorden”. ¿¡Pero cuál desorden!? La casa exhibe pocos muebles. No hay muchos objetos con los que se pueda tropezar Adriana. Camina con pericia usando las manos y los oídos para ubicarse. Otto no le da importancia: se mueve con cotidianidad y la ve andar de la misma forma. Días luego, cuando me toque entrevistar a la mamá de Adriana, me contará cómo una psicóloga hace años le aconsejó tener los muebles siempre en el mismo sitio. “Yo dije que no –me contará–, porque en la calle todo no va a estar siempre en el mismo sitio. ¿Cómo va a hacer cuando vaya a casa de sus amigas, o de sus tíos?, ¿cómo va a hacer cuando viva sola?”. Semanalmente le cambiaba los muebles de lugar.

Eso me lo dirá más adelante. Ahora solo estoy con Adriana y Otto. Parecen tener bien diseñada su trampa: mimarme hasta hacerme perder de vista mi misión de husmeador. La pasta con vegetales y pollo que preparó Otto pone a Adriana a presumir: “Es un artista, ¡cocina riquísimo!”. Literalmente, se lame los dedos. Estoy por hacer lo mismo. “Tienes suerte de tener un esposo que cocine tan rico”, digo sonriendo. “Si querés, podés repetir, pero ya no te va a quedar para mañana, eh”, dice Otto. Hasta me guarda comida para llevarme al trabajo. No puedo con tanto.

El día siguiente me recibe soñoliento. Nos desvelamos la noche anterior hablando de literatura. Adriana es una de las mejores editoras que conozco. Su pasión por los libros hizo que su mamá los aborreciera. Mientras me alisto para acompañar a Adri al trabajo pienso en lo irónico de que sus manos y oídos puedan leer mejor que muchos ojos que conozco.

Imagen referencial

Cuando nació, su papá notó algo raro: ella no podía abrir los ojos. Le preguntó a la enfermera y esta respondió que era normal. A los días la llevaron al pediatra. A la primogénita del matrimonio le pronosticaron oscuridad de por vida.

Negados a asumir la situación, fueron hasta Colombia. Allá se repitió la sentencia. En el Hospital Vargas le diagnosticaron “ojos pequeños”: tiene todos los componentes del ojo pero minimizados. Una doctora les ofreció una operación; sin embargo, sus padres se encontraron en el Hospital con una niña sin un ojo. Una operación fracasada. Cuando la mamá de Adriana le preguntó a la doctora cuáles eran las posibilidades de que eso pasara, ella respondió: “Vaya a una iglesia y pregúntele a Dios”. No la operaron.

“¿Conoces mi rostro?”. Adriana me responde que sabe que tengo barba, pero que me ve como en una nube, todo borroso: “Yo tenía algo de visión en un ojo –vamos caminando por La Candelaria, me sostiene el brazo–. A mis papás les dijeron que yo no iba a ver, pero empecé a reconocer colores. ¡Y veía fotos! Ellos se dieron cuenta de que los reconocía en las fotos”. Para hacer eso debía colocarlas muy cerca de su ojo. A menos de un metro ya no veía nada. Hoy día, cuenta, ha perdido ese residuo visual. “¿Conoces el rostro de Otto?”, “Sí, lo conozco. Y los de mi familia. Lo que no tengo son las actualizaciones”.

Cuando nos subimos al autobús algún pasajero nos ve con la boca abierta. Otro presta atención a lo que decimos. Pedimos la parada. Aunque insisto en pagar, ella se niega. El chofer recibe el billete y le da el vuelto con manos temblorosas y tumbando cosas a su alrededor. Ya apeados, toca el dinero: “Aquí hay un billete de 20 y dos de diez, ¿verdad? –digo que sí– ¿Viste?, si tú hubieses pagado te iba a cobrar los dos. A mí me cobró solo uno”. Celebro su picardía riéndome. “No me gusta aprovecharme de eso –dice mientras subimos las escaleras de la Biblioteca Nacional, donde trabaja–, pero ellos se niegan a cobrarme, ¿qué puedo hacer?”.

Adriana fue a una primaria para niños con discapacidad visual. Nunca estuvo en un salón con más de ocho compañeros. En las mañanas veían materias comunes. En la tarde los entrenaban para su vida. Vio una materia llamada Teatro. Quizá por eso tiene un lenguaje corporal tan fluido, que contrasta con el de su esposo. En primaria vivió algo “casi Disney”, según ella. “Era muy pila”, me dirán sus papás. No habrá nadie que no me resalte su condición de consentida. Hacía amigos con facilidad y participaba en eventos escolares. Rozó la popularidad antes de ser adolescente.

“Los otros niños, en un parque o cosas de esa, se le quedaban viendo así –su papá hará una expresión teatral de asombro cuando me cuente eso–. Al principio me daba como rabia. Pero después dijimos –él y su esposa– que eso era normal. Igualito, los niños la veían así, pero luego se ponían a jugar como si nada”. Sus tres hermanos menores nunca pusieron ese rostro. No hubo charlas al respecto en la casa. Ellos al nacer la conocieron así y listo.

Imagen referencial

Ahora, en su oficina, casi veinte alumnos de Bibliotecología de la UCV la ven con la expresión de un niño que descubre la pornografía. Hace unos minutos me mostraba cómo tenía que escanear página por página cada libro y luego mandarlo a imprimir en braile. Entonces, entró una compañera, quien hace una visita guiada. Adriana, sin trabarse, domina la atención de su público. Responde las preguntas y los despide poniéndose a la orden.

Conociendo la jaula

Los castillos de Disney explotaron con dinamita marca realidad. El liceo lo cursó en un bachillerato normal. Más bien en dos: hasta segundo año en U. E. Nuestra Señora del Valle, y se graduó del Colegio Santa Teresa de San Bernardino. Cuando estaba presentando un examen de admisión en un liceo en el que no acabó estudiando, la directora entró y la mandó a sacar. Le dijo a su mamá que ella tenía que estudiar en “un colegio de niños mongólicos”.

Adriana Rodríguez es hija de María Díaz de Rodríguez (le gusta resaltar el “de”) y Orlando Rodríguez. Tiene tres hermanos: Oriana, Silvia y Sebastián. El menor ya tiene 22 años. Cuando estaba en primaria, confiesa, llegó a creer que su visión era normal. Que todos veían como ella. Al pisar el liceo se dio cuenta de que los demás podían leer directamente con sus ojos. Que podían responder exámenes escritos con un alfabeto distinto al braile. Que hablaban de experiencias visuales ajenas a ella.

                —¿Te hicieron bromas pesadas?

“No. Más bien ese era el problema, todo era muy enserio”. La acusaron de tener la preferencia de los profesores, pues la evaluaban de forma oral. Casi nadie quería trabajar con ella: sabían que debían hacer el doble de cosas si eso llegaba a suceder. Acosaron a los profesores: pretendían una igualdad evaluativa, aunque no existiera la igualdad de sentidos. “Yo llegué a vivir experiencias como que todo un salón me aplicara la ley del hielo”.

Cuando le pregunto a María por esa etapa de Adriana, se desconcierta. Por el contrario, repite que ella la veía lista para enfrentarse a ese mundo. Argumenta que su hija nunca le comentó nada al respecto. Y deja muy claro, evitándome los ojos, que le exigió más a ella que a sus demás hijos. “No sé por qué”, exclama antes de recordar un viaje al que le prohibió ir tras no obtener una nota deseada.

Orlando prefiere relatar las ganas de independizarse que mostró su hija en la pubertad. El “yo me quiero ir sola” se hizo recurrente. Tras negociaciones, aceptó despedirse una cuadra antes de llegar al liceo. Adriana, esa primera vez, se sintió grande. Hasta que tropezó con una rama, se cayó y descubrió que su papá no se había ido: la seguía vigilando a la distancia.

Reclamó que le habían mentido. Fingió entereza y siguió su trayecto. “Ella lo que tenía era miedo de que no la dejara irse sola”, dice Orlando. En otra ocasión, se perdió. Iba de regreso del liceo y no pidió la parada del autobús donde era. Mientras su papá la buscaba desesperado por toda Caracas, ella, preguntando, encontró el camino de regreso.

Me da la sensación de que aún hoy, pese a que Adriana ya pasó los 30 años, tiene seis años de casada y vive sola junto a su marido, hay una suerte de vigilancia familiar recurrente. “Nos preocupa que ande sola. No le gusta usar el bastón. Yo le he dicho que cuando Otto no la pueda llevar al trabajo me llame”, dice Orlando. A María, mientras tanto, se le escapan las lágrimas al plantearse la posibilidad de que Adriana se mude lejos, baja el tono de voz cuando comenta que Silvia tiene cuatro años viviendo en el interior y le lanza puntas a Adriana respecto a que no la visita lo suficiente. Se autodefine como una “mamá gallina”. La condición de Adriana –primogénita, mujer, ciega– invitaba a alimentar los temores naturales. No me imagino, entonces, cómo recibieron el hecho de que su hija se enamorara de un guatemalteco y se hicieran novios ¡a través de Internet!

Aprendiendo a volar

“No doy clases de informática para ciegos. Doy clases de informática. Punto. Que enseñe a usar Jaws es otra cosa”, a Otto hay expresiones que le duelen más que a Adriana. “Yo aprendí a ser muy antiparabólica con varias cosas. Si bien soy muy rencorosa por naturaleza, lo que no me gusta lo olvido rápido”, dice ella. Con Otto la cosa no funciona igual. Hay palabras que hacen que se le tense el cuello, quizá porque no hay mayor afrenta para un hombre que tocarle la esposa y la madre al mismo tiempo; y de ñapa, al papá.

Otto Pereda nació en Guatemala, donde pasó su vida adulta trabajando en un proyecto de la Unión Europea y de la OEA, sobre la capacitación en el uso de tics de personas con discapacidad visual. Área que maneja bien, por su afición a las computadoras –que se suma a los libros, la cocinada y, sobre todo, la música– y por tener dos padres que necesitan bastones para tantear futuros pasos.

Siendo el menor de dos hermanos, la genética se ensañó con él: su hermano solo necesita lentes de contacto, mientras que Otto tiene un coctel de patologías: cataratas congénitas, estrabismo, astigmatismo y nistagmo. Aunque suena a mucho alcohol en un vaso, al menos, usando lentes, puede ver con relativa nitidez: “El problema es que no veo en profundidad (…). Sí, correcto, veo en 2D”.

Adriana conoció Disney, le demolieron los castillos y al final de las ruinas encontró un ascensor al paraíso. Eso fue la universidad.

En el liceo, se hartó de las conversaciones planas y quiso juntarse con el grupo de personas que manejaban el periódico escolar. La lectura se volvió una actividad diaria. Quiso llevar eso a la Universidad Central de Venezuela, estudiando Comunicación Social. Iba a entrar por convenio, pero la escuela estaba full. Tras varias pruebas, logró irse por su segunda opción: Letras. “Todo lo que yo creía que iba a encontrar en Comunicación, lo encontré en Letras”. Hizo amigos con facilidad y mantuvo un promedio de 18. Se iba a graduar de Magna Cum Laude.

Lo único que no andaba bien era su vida sentimental: “Por ahí hubo algo, pero estaba muy desesperada por tener un novio. Mientras mis amigas se sacaban los chamos a patadas, yo tendía a ilusionarme sola”.

En la UCV era común verla con grandes cantidades de hojas escritas en braile. Para aquella época, la versión pirata de Jaws no había llegado a Venezuela. Una línea de una hoja de texto convencional equivale a casi tres líneas de braile. Desde el bachillerato su familia la ayudaba: “Yo recuerdo que Oriana era una niñita, no sabía leer corrido y me dictaba letra por letra”, las lágrimas le bajan por las mejillas. En la universidad, su papá jugó un papel preponderante dictándole cada libro que debía estudiarse para que ella pudiese transcribirlo. Luego empezó a grabarle las lecturas y dejarle las cintas.

Entre eso, una vida social activa e insatisfacciones románticas, pasó la universidad. Antes de entregar tesis, consiguió trabajo y postergó su graduación.

“Si no entregás la tesis, no voy para allá”, le dijo un día Otto, desde su casa en Guatemala.

Los futuros esposos se habían conocido cuando Otto viajó a Venezuela, por trabajo, a una convención de personas con discapacidad. Se presentó a Adriana y se despidió besándole la mano, con la seguridad que dan los kilómetros de distancia y la certeza de no verla más.

Meses más tarde, el jefe de Otto, amigo de Adriana, los enlazó, a modo de broma, por Messenger. Lo demás ya lo deben suponer: noviazgo, promesas de viaje, viaje, conocer a la familia, irse, regresar, pedir la mano, boda, residenciarse en Venezuela. Bueno, sí, suena más rápido y sencillo de lo que fue.

Adriana perdió el Magna Cum Laude por esperar dos años para presentar la tesis. Pero ganó a su “media naranja”, como dice su madre. De hecho, de no ser por el impulso de Otto quizá todavía no hubiese cerrado su ciclo universitario. Se graduó en el 2008 y se casó en 2009.

Hoy día, aunque valora lo que hace, desea trabajar en el ámbito editorial: “Te dicen lo buena que eres y te felicitan, pero no te ofrecen trabajo. Es como que ‘eres buenísima, pero ahí, donde estás ahorita’. Creo que hay mucho miedo, pero yo sé que puedo hacer todo lo que quiera, el asunto es que me dé nota: todo lo que realmente me ha motivado lo he logrado. Y ya entendí que hay otras vías para llegar adónde quiero. Ahorita estoy tranquila”.

                —¿Has pensado en tener hijos?

“Sí, lo he pensado. Pero la situación actual del país y la economía no lo hace muy viable”. Comenta que ha recurrido a subterfugios para no enredarse la cabeza: cada vez que nota a un bebé llorando le dice a Otto: “Mira, son llorones, por eso es mejor no tenerlos”.

                —¿Qué piensa Otto?

“Las cataratas de Otto son congénitas. Es muy probable que nuestros hijos, de tenerlos, salgan con discapacidad visual. A mí eso no me pesaría. Pero este tampoco es el país más idóneo para un niño así. Es cierto que hay muchas cosas que han mejorado desde que yo estudiaba, pero hay otras que están peor”.

Adriana no tiene diagnóstico. Pese a lo que dijeron en el Hospital Vargas, más adelante, siendo adolescente, le explicaron que eso era falso: no tiene “ojos pequeños”, pues los mismos están bien desarrollados. Tampoco hay antecedentes familiares que expliquen la situación. María dice que aceptó lo que sucedía cuando en el San Juan de Dios le preguntó a una mujer cuántos meses tenía el bebé que cargaba. “Tiene nueve años”, le respondió. “Ahí me di cuenta de que mi hija no estaba tan mal”, comenta María.

“Uno no lo acepta –dice Adriana–, lo asimila. Aceptarlo no, porque sería mentira decir que estoy muy bien y que no me gustaría ver. ¡De cajón que me gustaría ver!, pero no es indispensable”.

Todos somos pájaros en jaulas de prejuicios y creencias. La jaula de Adriana solamente resultó más fácil de identificar. Tras convivir con ella, la noté más susceptible a desarrollar limitaciones en su mente que en su cuerpo. Ella lo sabe, pero ya ha volado y quiere seguir haciéndolo, aunque los vientos de la frustración a veces la empujen hacia una dirección contraria a la deseada. Mientras saca una maestría en Literatura latinoamericana, cultiva su matrimonio, brega contra la economía, lee, edita y escanea, sigue surcando los aires, aunque más de un pájaro crea que su determinación es una enfermedad.

PD: en el 2018, por la crisis de Venezuela, Adriana y Otto migraron a Guatemala. Pero les ha costado establecerse. Ahora, necesitan de nuestra ayuda. Entérate de más aquí.

 

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel)

Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Tras bastidores de mis primeros Pepsi Music

I

—Ay, qué fastidio. ¿Por qué Cilia no se ocupa de ese hombre?

—¿Y cómo se va a ocupar?

—Ay, no sé: que se pongan a hacer un muchachito.

—¡Estás loca!, ¿¡y que venga un tirano junior!?

—Sí, bueno, ese sí sería el final: nacería el anticristo y ahí sí nos terminan de matar a todos.

Escucho la conversación de dos jevas que están cerca de mí, mientras bostezo: la espera se hace larga. La gala de los premios Pepsi Music 2018 debía empezar hace más de media hora, pero aún no finaliza la cadena del régimen. Menos mal que el comité organizador está a la altura de las circunstancias: actúa cual bateador que no sabe cuándo subirá al montículo, pero que está listo para hacerlo.

El público se levanta de sus butacas. El retraso, que ahora sobrepasa los 40 minutos, al menos sirve de excusa para que los invitados socialicen entre ellos. Por ahí se ve a los panas de Rawayana conversar en un pasillo. Beto, el vocalista, habla con José Rafael Torres –bajista de Los amigos invisibles–. Fofo, Abeja y Tony hablan entre ellos y con personas que se encuentran a su alrededor. Los detallo a la distancia: llegaron a la gala casi a escondidas, como si quisieran evitar el (polémico) contacto con los medios.

Aunque por los parlantes nos piden que nos mantengamos cerca de nuestros asientos, el salón ya parece una fiesta empresarial en la que todos se mezclan con todos. Principalmente los artistas, músicos y celebridades, que aprovechan de ponerse al día entre sí. Si algo nos ha enseñado la imposición gubernamental en estos casi 20 años es a tener paciencia.

Me pongo de pie para estirarme. Giro mi torso de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Pienso en que parte del legado del régimen es la reducción de los espacios de esparcimiento y celebración. Ni me imagino el trabajón que debe significar montar un evento como los Pepsi Music: gusten o no, es innegable que en tiempos hostiles su realización no solo es una proeza sino una apuesta por mantener un espacio distinto a la abrumadora cotidianidad. Eso pienso mientras me estiro, ¿alguien andará en las mismas cavilaciones que yo? A mi derecha tengo a unos cinco presentadores de TV, animadores, host, etc. A mi izquierda, lo mismo. Noto que, aparte de la ropa ajustada, todos tienen tres cosas en común: están revisando su smartphone, están usando Instagram y están viendo fotos suyas.

Me siento en un episodio de Black mirror.

II

Llegué a las 2:00 pm a la carpa del CCCT. Me encontré con un clima de amabilidad, con un personal solicito y con mucho orden. Poco a poco, en las siguientes horas, irían llegando las celebridades y los artistas. Los Pepsi Music se convirtieron, así, en una fiesta mixta en la que un cantante de trap podía posar con pinta de malote mientras Los Amigos Invisibles repartían abrazos por doquier. Viva la diversidad, dirían algunos.

Liana Malva apareció con aires de conejito extraviado en la selva. Hacía un mes la había visto en el Pechakucha: su buena vibra me había conmovido. Criada en el Paují, está involucrada en un proyecto que difunde mensajes ecológicos. Para eso, se apalanca de su música, aunque como artista pueda explorar diversos temas.

—Mira, la verdad no esperaba estar nominada –me dijo.

—¿Ah no?

—Es que el proyecto en el que estoy trabajando ahorita no es muy comercial.

Liana, como todos los protagonistas, debía hacerse una breve sesión de fotos previo a pasar para la alfombra azul. Antes, le dio chance de expresar su preocupación por la falta de contenido de la música contemporánea.

—¿Te parece que es así en Venezuela?

—Mira, yo creo que a nivel mundial. Ahorita, la mayoría de las cosas hablan del amor o de los instintos más básicos, y yo siento que es importante mandar un mensaje con el arte, comunicar otras cosas.

Una cantante juvenil irrumpió en uno de los stands, cantó a todo pulmón, rió como una niña coqueta y avanzó con una comitiva –entre personal de seguridad, representantes, gente de prensa– que resguardaba su condición de diva. Me pareció muy loco el contraste de personalidades que ofrecía el día.

Liana continuó diciéndome que, aunque no está en contra de las formas comerciales de la producción musical ni está negada a ninguna, sí le gustaría expresar cosas genuinas en sus composiciones. La dejé continuar su camino. Se adentró entre una nube de fotógrafos (especie de paparazzis controlados) con la modestia con la que una chica tranquila penetra una bruma de excesos.

La cosa era esta. Las celebridades debían subirse a una pastilla que giraba sobre su propio eje para que, a unos diez metros de distancia, decenas de fotógrafos las capturaran en diferentes ángulos. La escena, me dirían luego, es típica de las galas internacionales del mundo del espectáculo, pero yo nunca había presenciado una. Por eso me sentí como en el zoológico, cuando los animales son exhibidos en beneficio de la vanidad de sus “dueños”. Supongo que en el mundo de la farándula hay algo de eso, con un matiz: ahí solo se es presa de la imagen propia.

Me alejé de la marea de gente que crecía como el mar en noches de luna llena. Un introvertido como yo no puede darse el lujo de perder oxígeno. Entonces, vi a Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, si se prefiere– hablando con calma junto a su hija y otro tipo. Cargaba su típico sombrero. ¿Cuántas veces había variado la pinta en los últimos 33 años? Nos pusimos a hablar de algo que me hizo sentir bien: de música. En esas estuvimos hasta que Danel Sarmiento apareció y logré, asimismo, intercambiar ideas con él. El par de miembros de Desorden Público serían los primeros en toda la noche en hablarme de algo que es difícil que el arte honesto logre soslayar: la crisis.

Venezuela los empujó a tocar cada vez más en el extranjero y menos dentro del país. En México, en donde se establecen cuando van a salir de gira –porque es más fácil viajar desde ahí que desde el País de la furia–, se quedaron en su anterior visita varios de los miembros más recientes de la banda. La cosa está tan dura que, para algunos jóvenes músicos, ni tocar con los cuatro cracks de Desorden Público basta para hacer frente a las inclemencias de un régimen destructivo.

Oscar y Danel me comentaron que Horacio no andaba en la gala pues iba rumbo a Japón a colaborar con Tokyo Ska Paradise Orchestra, mientras que Caplís –según me dijo el hombre que andaba con ellos–, bueno, nunca asiste a eventos por el estilo.

A esas alturas, apenas se podía caminar sin tropezar a alguien. Caramelos de Cianuro llegó como unas estrellas menores, de fama sin plata, que ganan discos de oro en discos pirata. Sobre todo Asier Cazalis desfilaba como en un videoclip musical, mientras Pavel Tello y Darío Adames lo seguían en una actitud más comedida que no renunciaba a la postal de tribu que ofrecían juntos.

Los géneros considerados de la cultura alternativa (¿alguna vez alguien nos explicará qué significa eso?) son históricamente conocidos por transmitir mensajes críticos, de cierta rebeldía, que llenan de contenido el deslumbrante envoltorio del espectáculo. Los tres miembros de la banda (faltaba El Enano) hicieron referencia a la dura situación que atraviesa el país: Asier se quitó el sombrero ante las bandas emergente, “si nosotros la hubiésemos tenido tan difícil es probable que no hubiésemos llegado adonde llegamos”; Darío Adames lamentó los pocos espacios que hay hoy día en Venezuela para la música y lo difícil que resulta surgir entre tantas carencias; y Pavel Tello precisó que, aunque ellos son una banda de pasarla bien y de humor negro –por lo que desde sus canciones no suelen abordar la crítica social–, sí han apoyado públicamente a candidatos presidenciales y han expresado su malestar por lo que consideran que no está bien.

Budú apreció entre saltos, brincos y flow. Traté de acercarme y sentí que la gente se multiplicaba a mí alrededor. Renuncié a mis intentos mientras el rapero empezaba a rimar en uno de los stands. Me paré en la entrada de la carpa a tomar aire. Seguí viendo a personajes de la farándula que desconocía y que me resultaban cada vez más curiosos: como para hacer una taxonomía. Vi acercarse a Jhoabeat con Giselle Brito y aproveché de conversar con ambos.

El beatboxer debe de tener una de las propuestas musicales más disruptivas del país. Hacer música con el beatbox como elemento principal es algo poco común tanto en lo que algunos llaman música urbana como en lo que otros tildan de cultura alternativa. Es decir, no encaja ni entre los raros. Pero su propuesta es artísticamente atractiva: se ha rodeado de músicos maravillosos. No cualquiera califica para un evento como los Pepsi Music, para subirse en tarimas que van desde la cultura mainstream hasta lo más underground, y de paso participa en las Noches de Guataca: probablemente uno de los proyectos musicales más honestos y mejor curados de Venezuela. Cuando, tiempo atrás, pregunté por él en la organización que dirige el maestro Aquiles Báez solo hubo elogios.

A los bróders de Gaélica no los vi pasar. A los de La vida bohème, tampoco. Pero me constaba que ambas bandas habían llegado. No era el caso de Rawayana. Me acerqué a preguntarle a quienes llevaban la asistencia y, hasta minutos antes de que se cumpliera la hora del inicio de la gala –que luego arrancaría con retraso por la cadena del régimen–, no sabían nada de ellos.

III

Cuando se escucha por los parlantes el anuncio de que (¡al fin, aleluya!) la gala va a comenzar, una ola de aplausos recorre la carpa. Lo más curioso es como el salón –en el que la mayoría de las personas permanecía de pie, lejos de sus asientos– se organiza en cosa de dos minutos cronometrados. Los venezolanos tenemos una asombrosa capacidad para sobrevivir al desorden –generado por otros o por nosotros mismos– sin dejar rastros muy burdos. Un sueco no podría entender esto. Cuando la transmisión de TV arranca, millones de personas en sus casas nos ven a todos sentados sin imaginar el bululú que antecedió a esa postal. Me gusta pensar que, llegado el momento, con eficacia similar lograremos ordenar el caos del país.

El clima de falsa espontaneidad con el que se construyen las galas del mundo del espectáculo –aquí y en China– se hace presente cuando ya todos sabemos que estamos en vivo. La cosa es un éxito: la organización sigue estando a la altura de las circunstancias, la entrega de premios se realiza con normalidad.

Me gusta, sí, el opening de la Orquesta Simón Bolívar y la presentación de Guaco que le sigue. De ahí en adelante todo es flashes, poses y brillo.

¿Cómo se sentirán los protagonistas teniendo en cuenta que, hasta en una noche en la que lucir bonitos es la principal prioridad, el régimen logró retrasar los planes?

Caramelos de cianuro recibe un galardón y nombra a La vida bohème, Viniloversus, Gaélica, Rawayana: bandas emergentes que están luchando por salir a flote en medio de la oscuridad, y algunas de las cuales tuvieron que migrar.

Gaélica, cuando se encuentra a punto de entregar un premio, se dice convencido de que algún día los nietos de todos los presentes verán atrás y dirán: “Guao, qué buena música la que se hizo en mi país en su época más dura”.

La cosa avanza entre espectáculos, comicidad y –claro– premios. Hasta que llega la hora de la presentación de Rawayana.

Siendo una banda que nació como un proyecto de joda, la empatía de un público –conformado en sus orígenes por chamos de su misma generación– los agarró desprevenidos. De jodedores tuvieron que transformarse en músicos en tiempo récord. Pocas cosas demandan tanto compromiso como descubrir que se tiene talento.

El concepto es este: se inventaron un lugar, llamado Rawayanaland, en el que la gente va a desconectarse del ruido cotidiano, va a pasarla bien. La idea fue una especie de respuesta al contaminado clima político y social que atravesaba Venezuela. Ya lo han dicho varios psicólogos y sociólogos, existe una generación –la misma que cantó Muerto en Choroní– que desde que nació se vio arropada por la violencia del poder político, por lo que por muchos años su mayor aspiración fue desconectarse de ese contexto para poder construir su identidad.

Pero la violencia del chavismo no dejó nada intacto.

Rawayana fue creciendo. Los chamos criticaron en sus conciertos y en sus giras de medios internacionales al régimen venezolano. “Si ellos son tan democráticos como dicen, que vengan por nosotros”, dijo Beto una vez. “Probablemente sí nos traiga repercusiones”, respondió Fofo cuando le preguntaron en una entrevista si no podían meterse en problemas.

Hasta ahí, todo normal. Pero en este 2018 debían salir de gira –giras con las que tienen compromisos que si se incumplen acarrean fuertes sanciones, giras que les dan de comer a los músicos pero también a todos los involucrados en la banda– y debían renovar sus pasaportes. Como todos los venezolanos no conectados al régimen, se encontraron con trabas burocráticas que, al parecer, solo se despejaron cuando en el Saime les pidieron que se sacaran un video agradeciendo a esa oficina en particular y al funcionario que los atendió.

El video se hizo viral. Decenas de personas los criticaron por “apoyar a un sistema corrupto”. Otros los defendieron: más que apoyar al sistema que siempre han criticado, era evidente que fueron una víctima más. El caso es que la polémica se instaló: la mayoría de las bandas se solidarizaron, los reaccionarios del teclado los atacaron. Rawayana emitió un comunicado y las aguas volvieron a vibrar.

¿Cuántos venezolanos hemos hecho una de las siguientes cosas?: comprar un producto regulado, raspar el otrora cupo Cadivi, aprovechar un “descuento” cortesía del Sundde, sacarse el carnet de la patria, prestar un servicio a un organismo público, cobrarle un servicio a un funcionario, comprar la caja de CLAP, revender un producto, marcar huella en establecimientos, poner captahuellas en locales propios, asistir a marchas bajo amenaza de despido, dejar de asistir a marchas bajo amenaza de muerte, pagar una coima a un funcionario, pagar una coima a un policía, pagar una coima a cualquier forma de autoridad, comprar o vender efectivo, comprar productos con dólar preferencial y revenderlos a tasa de paralelo, mentar como presidente a alguien que ya dejó de serlo, comer o rumbear en establecimientos identificados con el régimen o que pertenecen a personas afectas al mismo.

Hay quienes les piden a los famosos –solo por ser famosos– más de los que ellos mismos dan.

Rawayana sale a escena. Cada miembro con una camisa de un equipo distinto de beisbol. El mensaje es claro: unidad. Suenan los primeros acordes de High. Veo desde mi asiento cómo un cantante de trap se pone de pie al ritmo de la música. Cómo un rockero se pone de pie al ritmo de la música. Cómo una cantante pop se pone de pie al ritmo de la música. High es el hit de la temporada: todos se ponen de pie. Todos. Al finalizar la gala, esto solo habrá ocurrido de forma espontánea –sin que un cantante lo pida por el micrófono o sin que lo pida un miembro del equipo técnico– dos veces: con Rawayana y con Maite Delgado apareciendo sobre la tarima.

Beto está un poco ronco, pero todo lo que tiene que fluir fluye: a estas alturas somos muchos los que perdemos el control cuando ese flow hace que movamos el esqueleto. La canción y el respectivo video tienen una connotación de puro relax, lejano a la crítica política de Tucacas o a la búsqueda romántica (en un contexto de clase media-alta caraqueña) de Algo distinto. High es solo para pegarse en un trip.

O eso creemos.

La canción se ralentiza. Beto agradece a los Pepsi Music por la confianza, por dejarlos presentarse. Agrega:

—Nosotros somos de otra generación. Este conflicto no es de nosotros –los músicos ven para el frente, el vocalista que sustituye a Apache en la interpretación pone las manos atrás, la melodía se vuelve solemne–: no nos metan en su conflicto, irresponsables –Beto, con ese tumbao del caraqueño alzado, señala al vacío–. Nosotros representamos a los artistas que hacemos música y vendemos tickets y vendemos discos –la pantalla de fondo muestra diversos rostros–. Nosotros no andamos en carrotes, ni andamos fingiendo cosas que no son. No es justo, pana, nosotros somos Rawayana de Venezuela y la estamos representando –el público hace una ovación–. Y estos ojos –Beto señala a la pantalla, donde ahora se muestran varias tomas en primer plano a diferentes ojos: un collage de miradas– son nuestros ojos, man.

La música vuelve a sonar. Los símbolos han hecho su efecto. Sin decir nombres, Rawayana envía un mensaje de crítica, reniega de los ojos de Chávez que a los venezolanos nos han impuesto con brutalidad. Beto canta. La banda baila.

Sube el volumen y olvida lo feo, eo: vamos a vacilar.

Saltos, brincos, el esqueleto que pierde el control.

Cuando yo te diga put your hands up high / High, high, high.

Y la canción que se apaga. Y Beto que vuelve a señalar al vacío:

—¡Justifiquen lo que tienen, justifíquenlo!

Más adelante, cuando Rawayana gane su séptimo premio, la banda dedicará unas palabras a la isla de Coche, en donde filmaron High: “Ellos necesitan su ferry”, dirán, en lo que es un llamado de atención a las autoridades y un gesto de apoyo a una comunidad que –al igual que ellos, al igual que todos– también es víctima del régimen.

Será esa mi parte favorita de la jornada, la que me hará recordar que aunque a veces parezcan incompatibles –o con frecuencia, incluso– el arte sí tiene cabida dentro del espectáculo: en la frivolidad también puede caber un mensaje.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel