#DomingosDeFicción: Enamorados

Entro a mi apartamento. Marianne estira sus facciones mostrando sorpresa. La mueca, de inmediato, se torna en sonrisa. “Iba saliendo”, dice. Saludo a Cristina, mi esposa. Veo sobre la mesa una botella de ponche crema por la mitad, junto a dos vasos. Marianne se despide. Sale. Cierro la puerta. “Tremenda sesión, ¿no?”, digo a Cristina mientras organizo un poco. “No solo de trabajo vive el hombre”, responde. “¿Ah no?, ¿qué más necesita el hombre?”, me le acerco. La tomo por la cintura. “Sexo”, ronronea antes de besarme.

Marianne es brisa fresca en verano. O una hoguera en medio de la nieve. Puede usar el más minúsculo traje de baño y verse tierna, pudorosa, sin que su figura deje de significar una caricia invisible a los genitales de la persona que la aprecia. Una mirada suya es capaz de escribir un libro de poesía en el corazón de un hombre soltero. O en el de una mujer.

Aunque en su currículo siempre aclara su origen –de madre colombiana y padre argentino, nació en Mérida para ser tan venerable como el Páramo–, el mismo no importa demasiado. La genética no puede explicar los caprichos de Dios.

Fabricio, el escritor de rostro relajado que nunca olvida lo afortunado que es por estar con Cristina, siente cierta fascinación por la figura de Marianne. Le gusta que la modelo trabaje con su esposa, una artista consagrada cuya cámara posee un bisturí metafísico: hace incisiones sobre el alma. ¿Tiene Fabricio fantasías con Marianne? No. Nada que ver. Categóricamente, no. Eso repite en su cabeza. Aunque en un rincón muy profundo de su inconsciente de vez en cuando brilla un sueño erótico que decidió suprimir apenas abrió los ojos. Podía haber sido con Marianne. Quizá sí, quizá no. De lo que está seguro es que la otra chica que apareció en él era su esposa.

Cris se hizo muy amiga de su clienta. ¿Es normal esto? Relativamente. Aunque suele ir directo al grano cuando le toca trabajar, siempre está expuesta a sentir simpatía por alguien. Su corazón –un músculo fuerte y espacioso, en el que Fabricio ha logrado instalarse de forma indefinida– es propenso a sentir afecto ante la belleza que significa la bondad mezclada con talento. Eso cree ver en Marianne.

La merideña está en plan de empezar una carrera como modelo cultural, de revistas de erotismo lejanas a los estereotipos de la belleza norteamericana y los senos a reventar que se pusieron de moda en Venezuela. Las fotos que le tomó Cris sirvieron para que llegaran propuestas reales. Nada de ofertas para castings de modelaje que resultan ser concursos para participar en pornografía casera, ni proxenetas buscando resolverse la vida o directores de telenovela permutando un papel en su próxima producción por sexo.

Las solicitudes eran de una par de agencias italianas, una invitación muy lucrativa para aparecer en una revista literaria española y un perfume francés que quería hacerle una prueba para ser la imagen del producto.

Fabricio se acostumbró a ver sus diferentes fotos: juegos de luz, sentada, agachada, de pie, vestida, desnuda. Las variables abundan. El resultado es equivalente: Marianne le acelera el pulso. Venerar su atractivo no le es difícil y excitarse al verla, tampoco. Si bien belleza y sexo son estímulos diferentes, ella agrupa ambos en un golpe de placer para los ojos. Ni siquiera despierta el odio de otras féminas. Sus congéneres se echan desodorante sobre esa envidia superficial que sudan la mayoría de las mujeres, para arrodillarse ante un magnetismo que se siente como un llamado de los cielos.

Día atareado. Escribo toda la mañana luego de desayunar. Cristina sale a tomar fotos. El reloj marca la una y aún no llega. Como un snack. Hago ejercicio. Cris entra a la casa. Me ducho, almorzamos. La noto en otra parte, ida. En una relación donde el arte juega un papel tan primordial, que ella o yo visitemos la nebulosa de vez en cuando no es extraño. Siesta. Cris vuelve a salir a trabajar. Me despierto, bajo al bar a saludar a algunos amigos. Mensaje de texto de mi esposa: llegará tarde, se alargó una de sus sesiones con Marianne. Entro a nuestro apartamento después de las 11. Cris ve televisión. Me ducho. Me espera desnuda en el cuarto. Tenemos sexo. Literalmente, me saca toda la chicha. De ser la primera vez que estuviésemos juntos, pensaría que estoy entre las piernas de una profesional. Me gusta que nos reinventemos luego de siete años de feliz matrimonio. Son las cuatro de la mañana. Sigue insaciable. A las seis, nos dormimos. Me despierto a las diez. Cris aún duerme. Me ducho, salgo de casa. Por primera vez desde las primeras citas que antecedían al noviazgo, me siento inseguro.

La realidad le da un cabezazo. Las palabras de su esposa le llegan a través de un túnel gris que gira y no permite detallar las letras. Siente náuseas. No identifica algún halo de culpa en la voz de Cris. Sí de preocupación. Es la primera vez, según ella, que siente atracción sexual hacia otra mujer.

Le pregunta cómo afectará eso el matrimonio. “No sé”, suspira ella. Una nube morada se apodera de la habitación. Es invisible, pero ambos perciben su presencia hasta por las fosas nasales. Jamás habían experimentado una situación tan confusa. “¿Qué piensas?, ¿cómo te sientes?”, pregunta Cristina. Él, por un momento, imagina la bruma que los rodea. Así se siente.

Se levanta al baño. Cris, sentada sobre la cama, se abraza las rodillas. Baja la cabeza. Llora. Fabricio vomita. El estómago se le vuelve una gelatina. Se sienta sobre el excusado. Tiene diarrea.

Media hora en el baño y aún no sale. Cris camina por todo el apartamento. Transpira como si hubiese corrido el maratón de Nueva York. El pulso se le acelera cuando oye abrirse la puerta del baño. Fabricio entra en la habitación, se viste en silencio. A Cristina las lágrimas le ahogan las palabras que planeaba decir. La sal clava estacas sobre la imagen: Fabricio mudo, pálido, con el ceño fruncido, se mueve como si en realidad fuera una estatua a la que le acabaran de conceder la facultad de caminar. “Nos vemos”, dice antes de abandonar el apartamento. El reloj marca las cinco de la tarde. Cristina tiene ganas de arrancar las manecillas y hundirlas en su cuello.

Se suceden tragos de cerveza en un desfile infernal para mi hígado. Es el sábado más extraño de mi vida. Veo el celular: 11:55 pm. Cinco llamadas pérdidas. Engullo una pizza y pago un taxi.

Cristina está despierta. Leía, o fingía leer, en la sala. Hago un ademán antes de entrar a la ducha. El agua caliente me sabe salada. No sé cuándo comencé a llorar. En algún momento me encuentro sentado en el piso de la ducha pensando que mi vida es una mierda.

Salgo del baño. Después de dos horas, mi esposa sigue en la sala. Me llama a sentarme al lado suyo. Obedezco. Me acaricia la cara. Solo llevo un paño amarrado a la cintura. “Te amo”, afirma en voz baja. No contesto. No puedo. “Esto no va a cambiar nada entre nosotros”, asegura. Pienso en que es la idiota más grande del planeta. “En serio, quiero seguir contigo”, insiste. Parece captar mis emociones a través de un imaginario lente. “No soy lesbiana. No sé ni siquiera si soy bisexual. Me gusta Marianne y no sé qué pueda significar eso, pero sé que estoy enamorada de ti y en ningún momento he dudado de que quiero seguir en este matrimonio”.

Me parece una salida muy cómoda. Ya no creo que sea la idiota más grande del planeta: ahora estoy seguro.

“Quiero que tengamos un trío”, proclama. Su rostro permanece serio, no sentí atisbo alguno de dualidad en su voz. Me sacudo de sus caricias. Le sostengo la mirada. Sigue hablando: “¡Fabricio, te amo, ¿okey?! Sabes lo importante que eres para mí. Pero nunca algo me había excitado tanto como la expectativa de acostarme con Marianne. Quiero que los dos tengamos juntos esa experiencia, quiero compartir esto que siento contigo”. Hace una pausa. Siento que la niebla que nos abrumaba se disipa. Continúa: “¿A ti te atrae Marianne?”

Paso varios segundos absorto. Cuando algo de consciencia me brota en la mirada, Cristina, expectante, baja los ojos. El paño que me cubre empieza a elevar una montaña. La beso en la boca. Ella se deja caer sobre el mueble conmigo encima. Me suelta el paño. Trenza caricias desde mi cuero cabelludo hasta mis nalgas. Hacemos el amor.

Abrimos los ojos al mediodía, abrazados. No recuerdo la última vez que despertamos de ese modo. Sin necesidad de mediar palabra, la decisión parece clara: haremos el trío.

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Ninguna respuesta guarda mucho más que una suposición; después de todo, ¿está Marianne al tanto de sus planes? Lo primordial, acuerdan, es enterarla.

Cristina se encargará del asunto. Esas cosas salen mejor si las propone una mujer. O eso piensan. El punto es que entre la fotógrafa y la modelo es en donde se ha forjado la más íntima complicidad. Una complicidad que, según Cristiana, deja ver la simpatía que siente Marianne hacia Fabricio. ¿Es eso una forma de atracción? Cris le asegura que sí a su esposo. Este no sabe si eso es cierto o no, pero se deja acariciar por la idea.

Lo que sí es evidente es el deseo que brota entre ambas mujeres. Esa tensión sexual que les eriza los pezones y pone a balbucear a Cris. El plan es que esta última, al día siguiente, invite a la modelo a tomar algo a su casa, dejando entrever la ausencia de su esposo. Le haría saber que a él le habían fascinado –remarcando la palabra como si la deletreara sobre un clítoris– las últimas fotos que habían hecho. El tema saldría a colación y ahí se definiría todo.

No podemos dormir. Solo nos apaciguamos gracias al sexo. Hablamos, la penetro, y, en una especie de tácito acuerdo, fingimos que el sueño nos vence. Con la luz apagada, no es necesario que cierre los ojos. Supongo que mi esposa atraviesa el mismo insomnio que yo. Compartimos un hermoso silencio lleno de ansiedad.

Amanece. Soy el primero en abandonar la cama. Ducha, desayuno, agarrar mis cosas, despedirme con un beso, cerrar la puerta con la convicción de no aparecer ni llamar hasta la noche.

El día deviene letargo. Me siento en una café a escribir. Me reúno con mi editor. Almuerzo con un amigo. Tomo una cerveza solo. Necesito azúcar. Los tres lóbulos de un profiterol me ven con melancolía. Por venganza, los destrozo entre mis dientes sin apenas saborearlos.

Entro al apartamento. Escucho el ruido de la regadera. No encuentro rastros de Marianne. Mientras me cambio, Cristina aparece desnuda con un paño ceñido desde los pechos hasta los muslos. “¿Y bien?”, suelto si protocolo. “El viernes”, responde secundándome el juego teatral. El paño se esparce por el suelo mientras los brazos de mi esposa me rodean. Sus senos se aplastan contra mi cuerpo. Pienso en lo agradable que sería sentir junto a los de ella los de Marianne. Esa noche, acabo seis veces.

Un rayo de luz cruza la ventana. El sol golpea con sus primeros destellos. Abrazada, la pareja se embelesa con los efectos que el fulgor crea al pasar por el vidrio, al rozar la cortina. Es viernes. Cristina y Fabricio se disponen a atravesar una frontera moral.

Las cuatro de la tarde. Siguen arreglando el apartamento. La comida, las velas, la ropa –exterior e interior–, las sábanas. Todo debe estar perfecto para cuan. Se oye el timbre. El sonido los pone en stop. Cristina sujeta la perilla. Fabricio no pestañea. “Hola”, dice la figura de Marianne. Un vestido azul oscuro, ajustado, que apenas le tapa el comienzo de los muslos y regala un apetecible primer plano de sus senos. Fabricio siente que el temor se le seca en la piel: se convierte en una excitación que le crece en los pantalones. Cristina, cuyos dedos de sus manos se tocaban entre ellos a una velocidad preocupante, se sosiega al recibir un piquito de Marianne.

La modelo se separa. Le sonríe. Enfila, ahora, hacia Fabricio.

Petrificado, los medidores emocionales de su cuerpo se descontrolan. Está por hacer cortocircuito. La lengua de Marianne le ayuda a redirigir toda esa energía. La mujer le acaricia la cabeza, mientras el beso ocupa un espacio incalculable en el tiempo. La modelo separa su boca de la de Fabricio. El reloj retoma su marcha habitual. Al menos por unos segundos. La mano izquierda de la mujer atenaza la derecha del hombre. Con la que le queda libre, sujeta a Cris. La invita a unirse. La besa de modo tal que la boca de Fabricio deja caer una gota de saliva al piso. La niebla purpura reaparece de a poco, sin que ninguno de los tres se dé cuenta.

No hay almuerzo, vino, ni charlas previas. Marianne toma el control de la situación dejando claro que es quien tiene experiencia en eso. Cris y Fabricio solo son unos turistas más del full day.

El sostén de la modelo cae sobre la cama. ¿En qué momento llegaron al cuarto?, ¿cuándo se desvistieron hasta quedar en ropa íntima? El púrpura va ganando densidad. Los senos de Marianne son una broma a toda la retórica detrás de la belleza está en el interior. Quienes han repetido eso no han visto desnuda a Marianne. Mostrando ese cuerpo explosivo se dispone a terminar de quitarle la ropa a Cristina.

Fabricio divisa a su esposa entre la ya muy densa bruma. Le parece más bella que cuando la conoció, más sensual que la primera vez que se acostaron juntos, más perfecta que el día de la boda. La ve y la considera lo más importante del universo, el ingrediente esencial para que la vida sea vida y la felicidad sea felicidad. Observa un gesto de pudor de su parte, como si el efecto de una extraña droga acabase de pasar y ella no entendiera lo qué sucede, dónde está y por qué se encuentra desnuda.

El olfato sexual de Marianne capta algo irregular. Inhala, a duras penas, lo que queda de la bruma. Abandona a Cris, la deja desvalida y se dirige a Fabricio. Le pone la mano por encima del bóxer. Siente una flacidez que la desencaja. No entiende. El hombre la aparta y se mueve hacia su esposa. La abraza. Las miradas se toman de la mano antes de que ella abra la boca. “Amor, yo no…”, “Yo tampoco”, “Te amo demasiado para hacer esto”, “Te juro que no quiero acostarme ni que te acuestes con otra persona nunca”. Se acurrucan uno con el otro.

Ninguno se da cuenta cuándo Marianne sale del apartamento. Solo notan que para cuando empiezan a hacer el amor, ella ya se ha ido.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Civismo en la plaza

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel 

#DomingosDeFiccón: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Cajas selladas

Donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

La Librería Lugar Común abrió sus puertas por primera vez hace siete años. Desde entonces, lo que era un espacio más propio de las calles bonaerenses que de una Caracas cada vez más deprimida devino cadena. Hoy día, existen tres sedes más en Caracas (una en Plaza Venezuela y dos en Las Mercedes), además de una en Mérida y otra en Margarita. Pero ninguna –ninguna– tiene el aura de la primogénita: la de Altamira.

La misma que ahora es solo un montón de cajas selladas.

A ver si nos entendemos. En el mismo espacio opaco y desteñido que se muestra en la foto, se realizaron 1.500 eventos gratuitos, talleres y jornadas de discusión. ¿Se entiende? 1.500. Lo que equivale a pasar más de dos tercios del año haciendo mucho más que vender libros. Es decir, había más espacio para el desarrollo intelectual y artístico en ese reducido local que en muchas universidades.

En ese mismo lugar que ahora parece un depósito que exhibe su intimidad ante el mundo, pasaban día tras día centenas de personas que se sentían seducidas por una fachada que invitaba a la opinión reposada en medio de la verborrea caraqueña. En una urbe en la que el tiempo agoniza entre retrasos del Metro y colas infinitas, sentarse a tomar un café y leer un libro era posible en una esquina de Altamira que, de tan concurrida, se convirtió en un Lugar Común.

Como una pequeña Caracas, confluían ahí desde señoras que buscaban –sin mucho éxito– el último hit de Paulo Coelho hasta jóvenes que salivaban con tomos de la poesía de Walt Whitman en inglés original. Lo mismo pasaba un arquitecto a comprar un libro sobre su oficio que valía el equivalente a 25 salarios mínimos, como un bachiller que se sentaba a leer lo último de Punto Cero en el sofá durante toda la tarde: un poco porque disfrutaba estar ahí, otro poco porque ni ahorrando durante todo el año podía comprarlo.

Muchos de esos libros, que en la foto se intuye que rumian su desasosiego dentro de cajas que parecen cárceles, vieron impotentes cómo la librería –pese a sus 20 candados– fue robada dos veces. Y cómo sobrevivió a dos batallas campales: las protestas del 2014 y 2017.

Donde muchos ven cajas cerradas, yo veo el recuerdo de aquél taller de crónica que realicé en el 2014 mientras, afuera, varias barricadas trancaban las vías cercanas. Desde los vidrios que ahora exponen la tristeza, observé hileras de fuego que resguardaban a descamisados manifestantes dispuestos a tirar desde piedras hasta su propia vida a policías y guardias. Con esa imagen en mi retina, subí al segundo piso de la librería –donde estaban las aulas– para adquirir las herramientas que cuatro años después me ayudarían a convertirme en editor en jefe de Revista OJO. Por poner un ejemplo.

Quizá por todo esto, en una entrevista, Garcilaso Pumar –quien fuera el rostro visible de Lugar Común– contó que su esposa le dijo que el cierre de la sede de Altamira es lo más cerca que van a estar de participar en su propio entierro. Como, pienso yo, si un vivo orara frente a su propia tumba.

Tal vez buena parte de los caraqueños que aman los libros se sienten un poco así. No tanto porque se baje de forma definitiva una santamaría, sino porque es otra santamaría que se baja: la ciudad luce cada vez menos amigable para los amigos de la cultura.

La librería fue también ejemplo del aumento de la crisis. Si en época de vacas gordas podía vender centenas de libros durante un día, ahora que no hay vacas y muchos se debaten entre comer o leer (o se debatían: de un tiempo para acá, los libros pueden ser más costosos que la comida) no hubo cómo comprar el local que alquilaba: el que era su hogar. Sin acuerdo con los arrendadores, cerrar era la única opción. Y así, aunque la cadena se mantiene firme, acaba de perder a su eslabón más valioso. Al más icónico.

Por eso, repito, donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

Otra flor que se quema en medio de un incendio rojo como el fuego. Rojo como la Revolución.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Se encienden las velas

Es lunes y el Internet en la oficina de OJO está en la muerte. Léase bien: en la muerte. La chica de recursos humanos me pide que le envíe un correo y el mail tarda 15 minutos en salir. Bárbaro. Pasa la hora del almuerzo, nos adentramos en la tarde y los chicos que estudian en la Universidad Central de Venezuela avisan que su inscripción se complicó. Una inscripción que están haciendo de forma manual: desde hace meses el edificio no cuenta con luz eléctrica. El caso es que debían inscribirse a las 11 de la mañana, pero son las cuatro y nada hace pensar que podrán lograr su meta pronto. Resultado: horas de cansancio, estrés, hambre y desesperación para ellos. Resultado: se pospone la reunión editorial en Revista OJO. Justo cuando a través del grupo de WhatsApp pautamos la nueva fecha y hora, llega a la oficina, sudando, un miembro del equipo que vive en Los Teques. El Metro, hermano, está como siempre pero en nivel súper sayayin, me dice. Está insufrible, aclara. Lo actualizo con las novedades y se encoje de hombros. Gajes del oficio, señala, los inconvenientes de vivir lejos, finaliza. Acto seguido, se dispone a trabajar para no perder el viaje. A trabajar como puede.

Llega el martes. La luz se va desde temprano. En poco tiempo nos enteramos de que el apagón es en la mayor parte de la región metropolitana. En casa, me acuesto a leer. Hago labores domesticas. Sigo leyendo: tengo al menos más de 50 libros en físico a los que aún no me he enfrentado. Llega la luz. Oigo una coreografía de ruidos de encendido a mi alrededor, por donde vivo. Reviso el WhatsApp (¿ya dije que no tengo datos porque desde hace tres meses he tratado de transferir saldo desde mis cuentas bancarias y el sistema no me ha dejado?) y ahí es cuando me llega una lluvia de lamentos y quejas. En OJO y en mis otros grupos de trabajo, la actitud es más decidida: hay que resolver y punto. Y, en efecto, resolvemos: cómo podemos, lo que podemos. El viernes de esa misma semana, Juan Pablo Chourio publica Pasar un semestre sin Internet: nos explica a todos los lectores de Revista OJO, cómo hizo frente a las limitaciones tecnológicas –a las que lo empujó la precariedad del país– para finalizar su tesis e imponerse con solvencia a las últimas semanas de su carrera.

Detrás del discurso oficialista, de la queja cómoda, de la crisis humanitaria y de la destrucción. Más allá de las heridas de un país que muerde, de la desidia que algunos se contagian con mayor facilidad que un resfriado, de los lamentos de los que están afuera, y de los lamentos de los que están adentro. En el fondo de los lugares comunes, de esos que pretenden decirte cómo estás viviendo o lo qué estás pasando –porque creen que todos encajan en un cliché–, en el fondo de los consejos sin sal, de los empujones al vacío, de las lágrimas del que se siente presionado, del que no conoce el horror pero para quien el horror es un teléfono roto, hay una sustancia rebelde que se niega a morir. Hay personas, ciudadanos, que hacen frente a los tiempos que les tocaron como si entendieran que el más fuerte no es el que más duro pega sino el que más aguanta: el más resiliente. Como si alguien les hubiese explicado que esa, precisamente esa, es una máxima del deporte. Quiero decir, hay ciudadanos que siguen en lo suyo, haciendo lo suyo: no como zombis, no de forma mecánica, sino con creatividad, astucia e inteligencia. Porque la vida es la mejor aula. Ciudadanos, digo, que les tocó una era hostil, la cual rechazan y critican, pero que se dieron cuenta de que el que se limita a eso se duerme; y dormidos, dormidos los quieren tener los tiranos. Son personas, me parece, que pueden o no apostar por el país, pero que sin duda apuestan por ellos mismos: porque no se quieren ir, porque no pueden, porque no tienen cómo, porque dicen que aquí pueden hacer cosas que en otros lados no, porque saben que uno no es lo que padece: uno es lo que hace con lo que sucede. Y pienso que entre tantas cosas graves que estamos viviendo, en un país en el que las iguanas y los caimanes se comen los cables , cuando la oscuridad se cierne hay velas que encienden su llama. Y luego pasa una ventisca, o el resoplido de la tiranía, de los excesos y la destrucción. Y la ventisca empuja la llama, la bambolea, la disminuye: pero no la apaga. No logra hacerlo.

Cuando se hable de las memorias de la robolución, habrá que precisar que –dentro de todo– siempre hubo velas que permanecieron encendidas.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Amigos

Siempre me pareció curioso que Gokú, quien pasaba años aislado entrenando, recibiera tanto afecto de sus seres queridos. El protagonista de Dragon Ball pretendía ser cada vez más fuerte y nada lo distraía por demasiado tiempo de su meta. Familia y amigos entendían esto y hasta lo usaban en su beneficio: cuando había problemas, cosa que para el bienestar de la serie sucedía con frecuencia, sabían a quien llamar.

En alguna entrevista, Jorge Luis Borges compara la amistad con el amor, digamos, romántico. De la primera dice que no necesita del contacto diario para mantenerse fresca: a algunos de sus mejores amigos solo los veía un par de veces por año. ¿Es suficiente un trato tan esporádico para mantener verde la relación entre dos personas? Puede que si las raíces son fuertes, baste una cerveza para que dos entrañables amigos se desgajen en conversaciones afectuosas.

Pienso en eso cada vez que el trabajo y las limitaciones del país me aíslan. Pienso en eso y en las declaraciones que alguna vez le escuché a José Manuel Rey, quien dijo que uno de los mayores sacrificios inherentes a su carrera de futbolista profesional fue dejar de asistir a fiestas, a reuniones y que los amigos entendieran que no siempre podía cumplir con todos los encuentros pautados. Que vivir de lo que amaba –de su pasión, como diría Guardiola– demandaba un precio que debía estar dispuesto a pagar.

Pienso en todo eso, pero también en lo bueno que son los amigos. Y en que la amistad es una de las cosas más dulces, ricas y apetecibles, que he encontrado en la vida. Puede que porque me costara hallarla en una forma que me hiciese sentir satisfecho, tanto que después de hacerlo me brillan los ojos cuando me mencionan a un ser querido. Puede que porque, al ser un bicho raro, las contadas personas con las que me abrazo sin usar muchas máscaras llenan de alegría mis minutos. Pero también, me parece, puede que sea porque lo que decía Borges es algo muy mágico.

Por nuestros respectivos deberes, aislarse durante meses de amigos queridos es una posibilidad que se ha vuelto rutina entre mis afectos; pero basta que surja un problema, que se necesite que alguien eche una mano, que el barco experimente complicaciones, para que aparezcan montones se salvavidas sonrientes diciéndote cuenta conmigo.

Así, tan desinteresadamente, como si nos viésemos todos los días.

El lugar común habla de lo importante que es tener con quien festejar. Me suscribo a él: el gozo de un triunfo se paladea mejor en compañía. Pero más importante, creo, es tener con quien pasar los abundantes tragos amargos, con quien surfear las olas altas y a quien llamar cuando todas las líneas parecieran desconectadas. Ahí pienso en Gokú, que, aunque tenía bien claro cuál era su sentido de vida y nada lo distraía de eso, sabía volver a recargar baterías junto a sus seres queridos. A disfrutar de ese delicioso pedazo de vida.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Ese valle de balas

Suelo pensar en Caracas como un poema con errores ortográficos. Una ciudad que descansa bajo el manto vigilante de su deidad, el Ávila, y que alterna el canto de los pájaros con el retumbar de las balas.

En 1997, la agrupación Desorden público lanzó una de las canciones más icónicas de su discografía: Valle de balas. El siglo XXI se asomaba en el horizonte y la inseguridad –salvo en zonas privilegiadas– era un motivo de preocupación que lejos de desaparecer iba en aumento.

Podría decirse que la pieza sigue más vigente que nunca. Salvo por una línea, esa que dice que plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta. Hoy ocurre todo lo contrario: el miedo construye mitos y leyendas que empujan a las personas a vivir en un continuo encierro. O en la aburrida repetición de un trayecto que se recorre en dos direcciones: de la casa al trabajo, y del trabajo a la casa.

Caracas es una ciudad donde los camarones soñolientos terminan ahogándose por el ímpetu de una marea que desconoce de clemencias. Y los no soñolientos, con frecuencia, también. Pero, al mismo tiempo, es la ciudad en la que he sido capaz de prosperar, de enamorarme, de avanzar, de hacer amigos, de vivir reencuentros y despedidas. Es una ciudad arropada por las mismas emociones que surgen en cualquier otra parte del mundo. Solo que aquí, hay que decirlo, el miedo es un vigilante cotidiano. Un vigilante que a veces solo significa zozobra. Y otras, un poco de sangre o de balas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Caracas? ¿De Los Palos Grandes o de El Valle? ¿De Antímano o de Chacaíto? ¿De Los Dos Caminos o de Petare?

¿Y qué hay de esa masa de persona que duerme en las periferias pero que día a día enfrenta la lucha cotidiana en la capital del país, porque, mal que bien, es ahí donde creen encontrar más oportunidades que en los alrededores de sus casas? ¿No representan también estas personas una parte significativa del rompecabezas caraqueño?

Cada quien mira la ciudad desde su acera. Y ahí, cada visión es distinta. Mientras unos se quejan del Metro, otros se quejan del tráfico. Y muy pocos hablan bien de ese río de excrementos que atraviesa la ciudad. Aunque haya grupos de personas que lo recorran en busca de tesoros perdidos que les permitan subsistir.

Caracas podría ser, más bien, un poemario con errores ortográfico en el que una mezcla de estilos se pelean para encontrar una voz uniforme. Una voz que nunca se termina de formar.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y pienso en varias canciones que ayudan a ilustrar la ciudad: Valle de balas, En la ciudad de la furia, Pueblo podrido. Y pienso, al mismo tiempo, en que todas tienen versos que describen algo de la ciudad, pero que ninguna termina de precisarla. Quizá porque somos sus habitantes quienes la obligamos día a día cambiar: quienes la construimos, destruimos, gozamos y padecemos. Todo sin terminar de entender las mil realidades que confluyen a nuestro alrededor. O lo que es lo mismo: sin terminar de comprendernos entre nosotros.

Esta semana la capital de Venezuela cumple años. Y antes de soplar velas, deberíamos empezar a vernos a la cara.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

¿Creció más rápido el fútbol que la sociedad?

Francia ganó el Mundial 20 años después de que consiguiera su primera Copa. En el camino, hay que contar también el subcampeonato logrado en el 2006. Han sido poco más de dos décadas de evolución en asuntos futbolísticos. Y de confrontación, mucha confrontación, en temas sociales.

Les Bleus, documental publicado en 2016, cobró especial vigencia luego de que Varane alzara la Copa en Rusia. La producción habla de la selección que tocó la gloria en 1998 y lo qué significó ese triunfo a nivel político y social. En un periodo en el que el racismo y la xenofobia carcomían los cimientos de la sociedad francesa, una selección mentada –para bien y para mal– como la de los “negros, blancos y árabes” trató de usarse por ciertos sectores como un símbolo de la Francia unida. Pero el fútbol a veces es un cuento de hadas cuyas alas se queman cuando tocan la realidad. Cuatro años después de Francia 1998, un partido racista logró postular un candidato a las elecciones y consiguió casi cinco millones votos. Ese mismo año, Zinedine Zidane –leyenda francesa de ascendencia armenia– marcó un golazo de volea que le dio al Real Madrid su novena Liga de Campeones.

En el mismo país que llamaban “chusma” a los inmigrantes que vivían en las barriadas, latía un genuino orgullo porque una de las figuras del fútbol mundial fuese gala. Aunque los rasgos de Zidane lucieran inequívocamente árabes.

“El deporte evolucionó más rápido que la sociedad”, dice en el documental el ex presidente Francois Hollande. Ahora, en el 2018, la selección dirigida por Didier Deschamps –quien formara parte, como jugador, del combinado del 98– volvió a sostener la gloria entre sus manos con un equipo compuesto por 17 jugadores de ascendencia africana. 17 de los 23 totales.

Convendría adentrarnos en el buen documental de Netflix y esperar a ver si ahora, que hay diez veces más inmigrantes en la selección de Francia que en el país, el fútbol volvió a crecer más rápido que la selección.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

“El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”

Martí Perarnau cierra su segundo libro sobre Josep Guardiola (La metamorfosis) hablando sobre esa abstracción que juega un papel tan importante en el fútbol: el tiempo. Quizá porque hasta los escritores de no ficción viven de atender a sus demonios, el tema se aborda con la prolijidad del que escribe para curar su propia enfermedad.

Martí Perarnau, ex atleta olímpico, es un periodista que devino analista de fútbol para granjearse una carrera de prestigio en España. No obstante, como si el miedo a caducar lo golpease, un día decidió dejar la inmediatez para casarse con la trascendencia: luego de tener publicado Senda de campeones, una maravillosa radiografía a La Masia, anunció que se retiraba de los medios para dedicarse a los libros. Fue entonces cuando nos regaló su best seller internacional, Herr Pep: una obra que aborda desde la intimidad y la pasión por el juego de fútbol la primera temporada de Guardiola en el Bayern Múnich. El libro resultó disruptivo, tanto por lo difícil que es que un entrenador de ese nivel le dé tanto acceso a la vida cotidiana de un vestuario a un periodista o escritor, como por esa deliciosa mezcla con la que Martí saltó a analizar la metodología de Pep valiéndose de recursos literarios que hicieron que su obra se considerara, merecidamente, una pieza de literatura.

Pues bien, con Pep Guardiola. La metamorfosis, Perarnau cambió un poco su registro narrativo para generar una obra trangenérica que, nuevamente, se cocina desde la intención del autor de que se hable más del juego. Lo que, a la larga, es equivalente a decir que se hable más de filosofía y de la vida.

Por estos días, en los que despedimos el Mundial de Rusia 2018, un libro tan reflexivo cae como anillo al dedo. El fútbol, para que trascienda, debe salir de los noticieros y de las discusiones de bar para perpetuarse en ensayos y en la narrativa. En una época en la que vivimos sometidos por la hiperconectividad, en la que el éxito del fast food llena de ilusiones superfluas la mente de los adolescentes, Martí aprovecha la metodología de Guardiola para exponer cómo los triunfos se cuecen a fuego lento y con actitud de artesano. Pero, sobre todo, para dejar en claro que la urgencia que parece aplastar la vida diaria no es más que un invento de la industria periodística: esa que busca generar héroes y villanos en tiempo récord para mantener los índices de ventas.

Cuando la leyenda del ajedrez, Garri Kaspárov, le dijo a Guaridola: “El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”, probablemente se refería a que su némesis es él mismo y la tentación a sucumbir a la vorágine impuesta por otros.

Martí cierra su libro con esta concluyente idea: “Y ahora ha llegado el momento de que Guardiola se conceda a sí mismo todo el tiempo que necesita para ser lo que quiere ser”.

Eso dice Martí. Y bien podría estar hablando con cualquiera de nosotros.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel