Libros que me acompañaron en el 2018

Escribí una lista con mis lecturas de 2018 y un amigo me comentó, parafraseando lo que suele decirse en el mundo de la aviación y los aterrizajes: “Cualquier año del que salgas caminando con tus dos pies fue un buen año”. Yo lo trasladé a mis lecturas y decidí que cualquier año del que uno saliera con un par de buenas lecturas, sería un buen año. Pero más allá de eso, llamó mi atención la forma en que esas lecturas podían convertirse en un hilo conductor para repasar ese año que ya casi termina. Según la lista que elaboré, el mes de enero comenzó con Una librería en Berlín, de Françoise Frenkel, y mi mente divagó hasta una tarde lejana, mientras caminaba con mi amiga Roxana por una calle en Valencia, y entrábamos a una librería porque yo estaba buscando algo para comprarme por Navidad. Vimos los anaqueles casi vacíos, hablamos en voz baja sobre los pocos libros que exhibían, los precios altos, y la rareza de que aún quedaran esos espacios literarios en una economía tan agujereada. Roxana, mucho más práctica que yo, se decidió por el título más cercano, lo llevó hasta el mostrador y pidió que lo facturaran. “Es tu regalo de Navidad”, me dijo, entregándome el libro.

Volví a pensar en ello más adelante, cuando comencé a leer la novela de Frenkel, y me dejé arrastrar por una historia interesante sobre una mujer francesa que se empecinaba en abrir una librería en Berlín repleta de literatura francesa. Todo esto sucedía al principio de los años 30, al inicio del ascenso de los nazis al poder, y describe las vicisitudes que la mujer tuvo que pasar luego en defensa de su sueño y para escapar de un régimen autocrático que masticaba lo que hubiese de bueno en los anaqueles de cualquier negocio o tienda comercial. Pero lo más interesante fue descubrir que el rastro de la autora se ha mantenido en el misterio después de publicar la novela con una editorial suiza en 1945. La reimpresión actual está prologada por Patrick Modiano en 2017.

Pero hay otros fragmentos de mi rompecabezas literario. A través de Mercado Libre pude conseguir mi siguiente lectura: Invisible, de Paul Auster; y si bien las páginas finales me dejaron con un sabor agridulce, es indudable que se trata de un excelente Auster, con una trama intrigante en la que hice muy pocas pausas. Avancé con el volumen de relatos de Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Simplicidad aparente. Prosa limpia. Historias cortas que muestran una superficie engañosa porque dejan entrever una profundidad bien disimulada a través de rápidos diálogos y descripciones concisas. Mi admiración por Carver se amplió con este libro; y en contraposición a su brevedad, preferí seguir con Evelyn Waugh y su Retorno a Brideshead. Una belleza. Una prosa bien cuidada que deja suponer una atención al texto que pocos autores modernos suelen conceder a sus obras. El catolicismo de una aristocrática familia inglesa en decadencia. El final de la Segunda Guerra Mundial. La enrevesada historia de los Flyte y sus decisiones y consecuencias. Allí subrayé muchas líneas a las que he vuelto con frecuencia. Y ayudó el hecho de haber visto, algunos años atrás, una miniserie inglesa basada en ese libro. El resultado fílmico y literario, juntos en mi cabeza de una vez por todas, representó una sonrisa mayúscula. Porque sucede que existe un riesgo en esas adaptaciones y no siempre el resultado es memorable. No me sucedía esto desde que, luego de quedar muy impresionado por la película Las horas, me empecinara como un loco en conseguir la novela de Michael Cunningham.

Y ya que estamos en ello, deslizándonos en esa transición de la página a la pantalla, debo decir aquí que disfruté de otra coincidencia favorable. Había visto ya la versión que Luca Guadagnino había hecho de la novela de André Aciman, Llámame por tu nombre, y quedé tan impresionado que de inmediato quise ponerle las manos al libro. ¿Por qué una coincidencia favorable? Porque mi hermana me escribió para avisarme que pasaría un par de semanas en Madrid, con su esposo, y me pasó el enlace a una librería especializada en literatura gay, agregando que podía escoger uno o dos títulos para regalármelos. Sí, fue una coincidencia muy favorable, porque de inmediato busqué y confirmé que la novela de Aciman estaba en el catálogo de esa librería y, no contento con ello, me animé a sumar una novela corta de Mircea Cartarescu, Lulu, donde el escritor rumano (al que ya le tenía ganas) desarrolla una interesante trama llena de matices ambiguos sobre la sexualidad del protagonista y el peso y la densidad que pueden tener ciertos recuerdos de la adolescencia. Mi hermana disfrutó mucho de su viaje a Madrid, por supuesto, pero creo que al final yo salí ganando más con ese viaje inesperado que hicieron a mediados del año.

Lo que no recuerdo con exactitud es el momento cuando decidí volver a las novelas de Agatha Christie, a la serie de historias que escribió con la señorita Marple de protagonista. La autora inglesa está entre mis relecturas de cada año porque disfruto mucho con sus enigmas, sus misterios elaborados con una precisión asombrosa, y hago este comentario desde mi posición como lector y escritor, al hacer una lectura simultánea. Agatha Christie solía escribir y publicar una o dos novelas por año, y lo hizo durante varias décadas, sin bajar el ritmo, ni siquiera durante los bombardeos aéreos sobre Londres. La impresión que tengo de ella es la de una mujer disciplinada, aplicada a su trabajo narrativo, imaginativa, laboriosa. Otros me han comentado que les parece literatura menor, novelas de segunda categoría, porque casi siempre sobrevuela las mismas situaciones: la presentación de los sospechosos, el crimen, la investigación, y al final, con mucho orgullo, sus protagonistas lanzan un discurso ampuloso para demostrar quién lo ha hecho, cómo lo hizo y por qué fue cometido el asesinato.

En alguna parte he leído que a la señora Christie se le considera esnobista y arrogante porque solía situar el escenario de sus misterios entre las clases altas inglesas, pero se olvida que eso era lo que ella conocía, era su ambiente, a lo que estaba habituada, y permitiéndome aquí un paralelismo con Hemingway, Agatha Christie aprovechó ese conocimiento y lo utilizó a su favor para darle color a sus historias. Ella escribió sobre lo que conocía y, desde mi punto de vista, supo hacerlo bastante bien. Esta vez quise concentrarme en las 12 novelas en las que aparece Jane Marple como investigadora casual de los asesinatos ocurridos a su alrededor. 12 novelas en las que la charla aparentemente intrascendente suele representar un peligro para el homicida porque baja las defensas y se traiciona a sí mismo mediante sus respuestas y observaciones. Cada una de esas historias revela la sagacidad y la destreza que tenía Agatha Christie para escribir sobre crímenes, venenos, sospechas y algunos escenarios exóticos.

Pero confieso que soy un lector arbitrario y disperso. Ya casi cerca del final de la serie de las novelas de Agatha Christie, comencé a leer El cuarto de Jacob, de Virginia Woolf, atraído por el ejercicio de modernismo que comienza a perfilarse en esta novela, la tercera que escribió, sobre la vida de un joven inglés, aunque todo lo que llegamos a saber sobre él es a través de las impresiones y experiencias de la gente que lo rodeaba, permitiendo que el protagonismo de Jacob se diluya entre los personajes a su alrededor. Hice un salto hasta el realismo de Henry Miller en Trópico de Cáncer, dispersándome en ese París bohemio, sucio, tangible, vital y palpitante que Miller describe con tanta soltura. Y bajé la velocidad con Piedra de mar, la novela de Francisco Massiani que ya había leído varios años atrás pero a la que necesitaba volver para familiarizarme de nuevo con el dibujo palpable de una juventud venezolana que ni siquiera avizoraba el desastre político que se nos vendría encima varias décadas después.

Sergio Pitol fue un descubrimiento luminoso. Después de leer narrativa durante algunos meses, quise detenerme en los ensayos del autor mexicano. En El arte de la fuga hay textos maravillosos. El libro está dividido en tres partes: “Memoria”, “Escritura” y “Lecturas”, y me permitió un acercamiento gradual a una prosa adictiva a la que me he prometido volver más adelante, tranquilo porque tengo dos volúmenes más de ensayos de Pitol aguardándome en mi biblioteca. Aquí dejé que Sergio Pitol me llevara de la mano para mostrarme sus opiniones sobre otros autores (Tabucchi, Mann, Monsiváis, Faulkner), sobre algunas visitas a ciertos museos, obras de arte, viajes, relecturas, reminiscencias, pequeñas crónicas, fragmentos de su diario, formando con todo ello una densa amalgama rica en apreciaciones que se enlazan unas con otras sin dejar que el lector se entretenga con los espacios en blanco, como un trapecista que siempre se mantiene en el aire.

Hice otra pausa con Iris Murdoch, una autora a la que le debía una lectura: Bajo la red, su primera novela. Ya me había paseado por El mar, el mar, Amigos y amantes, La negra noche y El príncipe negro; pero el acercamiento a la semilla que dio origen a todo lo demás era una tentación muy grande. Quería leer a esa Murdoch primigenia, planteando sus primeras interrogantes filosóficas, y no salí defraudado de esta sátira londinense de principios de los 60. Allí encontré el esbozo de la ironía que permea toda su obra, permitiendo una sutil sonrisa aquí y allá que suele aparecer entre los lectores familiarizados con su prosa. Luego, en un raro viraje del timón, me deslicé hacia la poesía. La biografía sobre Leonora Carrington, escrita por Elena Poniatowska no me gustó mucho, pero se convirtió en la puerta que me dejó avanzar hacia Memorias de abajo, un conjunto de recuerdos surrealistas que me dejó un mejor sabor en la boca. Leonora Carrington como un faro, una hoguera, un vórtice, una llama que devoraba todo a su paso. Una mujer como pocas. Una mente febril y enloquecida con un apetito enorme por la vida. Una mujer de las que ya no existen en el presente.

La poesía atrajo más poesía, y sucedió entonces la llegada de una invitación para participar en un proyecto hermoso: Voz de otra voz, donde tuve la oportunidad de grabar una serie de poemas de la admirada Esdras Parra y sumarlos a esa grandiosa colección que ha manejado Daniela Jaimes-Borges con tanta paciencia y delicadeza. Debido a eso me sumergí en las imágenes, en los susurros, en las cadencias, en las pausas que encontré en las diferentes lecturas que hice de Antigüedad del frío y Aún no, ambos de Esdras Parra. Reconozco que fue un encuentro inesperado y revelador que me ha permitido guardar el eco de esas imágenes y volver a ellas, de vez en cuando, una que otra noche, antes de acostarme a dormir. Pero el gusanillo de la narrativa comenzó a revolverse y decidí concentrarme en una novela corta de una de las autoras que más admiro: Marguerite Duras y Los caballitos de Tarquinia. Es Duras en una época de transición. Todavía no ha alcanzado las cimas de, por ejemplo, El arrebato de Lol V. Stein, pero ya ha dejado atrás la linealidad de Un dique contra el Pacífico o La impudicia. Es Duras porque encuentro aquí la belleza y la importancia de lo que no está dicho, de lo que no está escrito en la página, el juego con las inferencias, las insinuaciones, los espacios en blanco que deja entre las páginas para que sus lectores participen de manera activa, se integren, se sumerjan en una historia aparentemente lenta que se revela sólo a través de sus partes superpuestas y sus silencios.

Elizabeth y su jardín alemán vino después; y luego Zuckerman encadenado, de Philip Roth; y seguí con Tú y yo, de Niccolò Ammaniti, un autor italiano que me habían recomendado mucho y del que lamento no haber conseguido más títulos a mi alcance. ¿Qué podría decir del Bukowski expuesto con tanta crudeza en La senda del perdedor? ¿O de la volubilidad vertida en las cartas de Hunter S. Thompson en El escritor gonzo? ¿Y la ingeniosa trama elaborada en El viaje vertical de Enrique Vila-Matas? Sí, ya en este punto puedo regresar a las frases iniciales de mi nota y repetir que 2018 representó un año de excelentes lecturas y relecturas, con autores a los que me acerqué por primera vez, dejándome sorprender por ellos, y volviendo a otros, leídos con anterioridad, porque simbolizaban un paseo seguro a través de las sombras desconocidas de lo que está por venir. Quedan muchos autores pendientes de mi lista, debo decir; Elena Ferrante, por ejemplo, o Margaret Atwood, pero mi tendencia natural es ver el vaso medio lleno, y en este punto puedo asegurar que sí hubo muchos descubrimientos literarios en 2018, a pesar de la crisis, a pesar del cierre de más librerías, a pesar de la oferta menguada en los anaqueles; y, de todas formas, todavía hay margen para otras sorpresas en 2019. Quiero creer en ello. Entonces respiro profundo y cruzo los dedos antes de abrir el siguiente libro.

 

Por Luis Guillermo Franquíz

Las maletas del Espíritu de la Navidad

Las puertas del ascensor se abren y mi vecina sale con su paso lento, entre la bolsa de la compra y el bastón. Sonríe y me dice que tenía intenciones de tocarme el timbre para que la ayudara de nuevo con las indicaciones para hacer videollamadas con su teléfono celular.

—¿Y la hoja que te escribí? –le pregunto.

—Es que no sé qué la hice. Se me perdió.

—Bueno… Cuando regrese nos encargamos de eso.

Luego quiere saber si he visto al conserje, porque ella necesita avisarle para que le busque el árbol de Navidad en el maletero del estacionamiento y se lo suba. Le respondo que estaré pendiente y si lo veo le pasaré el mensaje. Nos despedimos con la promesa de vernos más tarde. Ya dentro del ascensor, mientras desciendo a la planta baja, pienso en otra vecina, con sus hijos fuera del país y el enredo de aprender a usar Skype en la computadora que le dejaron en la sala del apartamento. Recuerdo también la última visita que le hice, por algo relacionado con una manguera del lavamanos, y antes de que llegáramos a su baño eché una mirada a las habitaciones vacías, las camas tendidas, las cortinas hasta la mitad y que dejaban esos cuartos con una tenue penumbra. Evoqué las risas pretéritas que compartí allí con sus hijos, el bullicio ahora suplantado por un ancho silencio. Mucho silencio.

Mientras salgo del edificio, y todavía recordando los momentos compartidos con los hijos de mis vecinas, rememoro otro tiempo más lejano, otros diciembres agazapados en mi memoria. Era la Navidad prolongada de mi adolescencia. Las reuniones. Las risas. Las cervezas. La casa de uno de mis amigos que servía como cuartel general de nuestros encuentros. No recuerdo quién llegaba primero ni a qué hora, pero hacia el final de la tarde ya estábamos casi todos sentados en el porche, riéndonos, hablando tonterías, escuchando música, bebiendo café recién colado o ayudando con la elaboración de las hallacas. Cruzo en la esquina de la calle con la visión en mi mente de una mesa grande, cerca de la cocina, llena de vegetales cortados, harina de maíz pintada con aceite de onoto y un despliegue de colores alucinante: rojo, verde, blanco, marrón, amarillo, negro. Y los sabores reunidos en platos pequeños y hondos: aceitunas, cebollas en rodajas, tiras de pimentón, ají dulce, pasas, alcaparras, huevos sancochados, cochino picado en trozos, pollo, carne de vaca. Algunos, más osados, mientras ayudaban, salían de la cocina con un vaso de carato y un pedazo de pan de jamón. No puedo evitar sonreírme en medio de la gente.

Evoco una llamada de mi madre a la dueña de la casa, pidiéndole en broma que me corriera si fastidiaba mucho. Supongo que no era la única mamá que hacía eso. Y la respuesta del otro lado: «No, chica, tranquila; prefiero tener a los muchachos aquí en la casa. Tú sabes cómo es. Ahora te mando unas hallacas». Más tarde regresaba a mi casa con una bolsa llena: cinco o seis hallacas, porque la costumbre era hacerlas contando también las que se regalarían a los amigos y a la familia, a los visitantes y a los vecinos. Era como un intercambio de regalos de Navidad, pero en plan gourmet. La mirada atenta al cambio de luz del semáforo me deja recordar el sabor de los bollos de mi abuela. Yo los llamaba “hallacas en miniatura”, porque se preparaban con la masa que hubiese sobrado y se les agregaban menos ingredientes. Mi abuela los diferenciaba al amarrarlos de dos en dos antes de meterlos a hervir en una olla gigante. Y eran los primeros en desaparecer cada vez que yo regresaba de alguna fiesta en la madrugada porque me los comía fríos de la nevera. Sé que no fui el único en hacerlo.

En esa casa éramos como hijos adoptados por una madre sonriente y cariñosa que solía atiborrarnos de dulces y mucha comida caliente. Ayudábamos con la preparación de las hallacas, celebrábamos hasta la madrugada con juegos de dominó y una cava llena de botellas de cerveza, sacaban una guitarra y cantábamos aguinaldos venezolanos; incluso algunos, los más allegados, nos quedábamos para la cena de Navidad o la despedida del Año Viejo, como si las líneas divisorias entre aquella familia y la nuestra se difuminaran con el sonido estridente de las gaitas decembrinas y los cohetes a la medianoche. Así, con esa idea sujeta en mi mente, detengo mi caminata en la siguiente esquina, a la espera de que cambie la luz del semáforo. Esos amigos de mi adolescencia tampoco están, porque se han regado alrededor del mundo, en otros países y husos horarios. Intercambiamos mensajes virtuales de vez en cuando, pero los hilos tendidos en aquellos diciembres tan lejanos yacen enredados como las luces titilantes de un árbol de Navidad que ya no parpadean con la misma fuerza.

Mientras cruzo la calle me digo a mí mismo que al regresar a mi apartamento debo recodar escribir una nueva lista de instrucciones para mi vecina, y hacerla lo más simple posible, para que pueda comunicarse con sus nietos en Nochebuena. Allí hay otra imagen recurrente: ella no será la única. Pareciera que nuestras celebraciones decembrinas se han transformado en la versión digital de un enorme rompecabezas, con los miembros de cada familia desperdigados en rincones diferentes del planeta, con celebraciones encabalgadas en una sola comunicación que une distintos horarios, con risas agridulces que intentan disimular cualquier llanto postergado, con la evocación visual de viejos aromas y sabores que ya no pueden compartirse en una misma mesa; pero lo seguimos intentando, perseveramos, nos adaptamos al cambio, a las mudanzas, al exilio irreversible de muchos parientes cercanos, haciendo las paces con unas maletas y unas despedidas que pesan como plomo. Lo hacemos porque no tenemos otra alternativa, otra opción, y quizás con el temor agazapado de no saber cuándo una de esas pantallas se apagará para siempre, con el miedo impronunciable de que tal y como están las cosas en Venezuela, ya no nos sorprendería que en cualquier momento el espíritu de la Navidad también haga sus maletas y se convierta en otro recuerdo agazapado en el fondo de una memoria colectiva que se empequeñece cada vez más. Y porque desear ahora “Feliz Navidad” o “Feliz Año Nuevo” pareciera haberse convertido, según provenga, en un chiste de mal gusto o en un verdadero acto de resistencia.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Lo inesperado

El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.

Alrededor de las 5:00 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venir hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.

Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y una sartén. Hice lo que pude.

Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.

Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:

—¿Te sientes bien? –dijo.

Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.

—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?

Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad.

Volví a asentir.

—¿Qué ibas a hacer? –dijo.

—Leer. Películas. Dormir.

Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.

—¿Te molesta? –dijo–. ¿Te molestó que viniéramos?

Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.

—No –dije.

Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.

—No –repetí–. Gracias.

Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.

—¿Por qué?

—Por esto –dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo–. Por venir hoy.

Gustavo chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un sonido agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.

—Te voy a confesar una vaina –dijo–: lo hice adrede.

Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.

—¿Más o menos?

—Coño –dijo–, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé –detuvo mi intento de hablar–: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad –hizo una breve pausa para chupar de su tabaco–. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.

Tardé un poco en responderle.

—Es difícil –le dije–. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.

—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?

—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza de la burbuja.

Gustavo se rió.

—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.

—Gafo.

—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.

—Pendejo –dije con un acento de culpabilidad–. Ya lo pensé.

—¿Ah, sí?

—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.

Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.

—Eres un maldito. Yo sabía.

Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.

—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.

Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.

—Tienes que esperar lo inesperado –dijo él.

Volví a hacer otra profunda inspiración.

—Lo sé. Yo lo sé.

 

Por Luis Guillermo Franquiz 

Ser lector en una Venezuela en crisis

El mensaje llegó cuando terminaba de almorzar. Uno de mis amigos, que vive en Panamá, me escribía para avisarme sobre la Feria Internacional del Libro que comenzaba hoy allá, con Israel como país invitado. De inmediato me sonreí. Es una de esas oportunidades en que me emociono como un niño y todo lo demás deja de tener la importancia habitual. Cruzamos varios mensajes más y, sobre la marcha, asegurándole que me mantendría atento al teléfono celular, acordamos que él iría hasta el lugar donde se celebraba la Feria y aprovecharía para enviarme fotos de los libros que consiguiera. El instinto se puso en marcha y mis sentidos se agudizaron. En seguida pasamos de los mensajes de texto a las notas de voz, como si una urgencia nos empujara a la acción. Le pedí que se concentrara en averiguar si la editorial Anagrama tenía un stand y allí preguntara por los diferentes precios y ediciones. El siguiente par de horas se dinamizó con las imágenes que me iban llegando, los videos y más notas de voz. Ya no me sentía solo como un niño: era un niño escabulléndose precipitadamente en una juguetería, sin prestarle atención a la distancia entre nosotros.

Las portadas. Los títulos. Los autores. Las diferentes ediciones. Confieso que aluciné, porque Anagrama es una de mis editoriales favoritas, porque su catálogo es extenso y porque publican temas que siempre resultan interesantes. O quizás sólo se deba a la precariedad en la que nos hemos hundido puertas adentro, donde al momento actual cada libro que desearía comprar ronda el equivalente a seis veces el salario mínimo. Así que este mensaje vespertino inesperado se convirtió en una gran sorpresa y en una puerta hacia un mundo literario bien surtido y abastecido. Mi amigo no sabe todavía cuánto se lo agradecí, cuánto se lo agradezco, a pesar de que múltiples veces se lo dije. Pensé en las peculiaridades de esta diáspora venezolana. La mayoría de mis amistades se encuentran ahora regadas por medio planeta y es un lujo y un placer cuando me recuerdan a través de los libros que se ofrecen a comprar para mí, dejando a un lado la engorrosa logística posterior de hacérmelos llegar; porque afortunadamente, llegan; siempre llegan.

Más adelante quiso saber si me gustaba algún autor israelí en particular. Me quedé pensando en Batya Gur, en Amos Oz, en David Grossman; pero la batería de su teléfono celular estaba a punto de rendirse. Envió varias imágenes más y me pidió que escogiera uno entre todos ellos. Era una decisión muy difícil, para mí, pero también para él porque esa compra potencial alteraba su presupuesto de exiliado. Le dije que sí y nos pusimos de acuerdo para reanudar la charla virtual al cabo de media hora. En ese tiempo busqué como loco en la página de la editorial, leyendo cuanta reseña se me cruzó en el camino, para intentar hacer la mejor escogencia posible. Ya al borde del agobio (tendrán que disculpar si les parece que hay asuntos más relevantes, pero esto es un tema personal), me decidí por una novela de Yasmina Reza: Babilonia, porque otro amigo, residente en París, había conocido a la autora y me la recomendaba con bastante seriedad. Apreté el botón de “enviar” y me salí del chat, temiendo que pudiera arrepentirme en el último momento.

Varios minutos después, llegaron nuevas fotos y notas de voz. Me preguntaba si conocía a Patricia Highsmith. Abrí mucho los ojos. Pensé en cuánto respeto siento por la prosa de esa mujer y en las maravillosas historias que escribió, desde el punto de vista psicológico. Le respondí que sí, que tenía un libro de ella con tres novelas cortas. Mi amigo envió otro video: me mostraba una edición hermosísima y reciente donde se reunían varios relatos cortos. Él me explicó que la primera escogencia había sido enteramente mía, pero que esa edición con los cuentos de Patricia Highsmith atrajo su atención y quería regalármelo como un obsequio extra. El video dejaba ver que se trataba de una edición gruesa que aquí en el país debería costar, literalmente, ahora sí, un ojo de la cara. En el video, mi amigo abría el libro y dejaba correr las páginas. Fue increíble cómo casi podía percibir el olor a nuevo que despedía ese movimiento. Cerré los ojos y sonreí con la idea de lo mucho que me habría gustado meter la nariz y aspirar con fuerza. Creo que mi amigo me conoce lo suficiente como para saber que eso que estaba haciendo me alteraba más allá de lo que podía confesar. Libros. Libros nuevos. Títulos por descubrir. Historias en las que podía sumergirme para eludir un tiempo más la absurda realidad fuera de mis ventanas.

Nos despedimos entre risas y fotos adicionales, porque ya casi al final escogió varios marcalibros para incluirlos en el paquete literario. Mi sonrisa era enorme. Se lo agradecí una vez más, insistentemente, pero mis palabras se quedaban cortas para expresar de verdad lo que sentía, el regocijo, el entusiasmo, la alegría, la excitación ante lo novedoso, la anticipación hasta que llegue el paquete, la arruga de la cotidianidad de los cortes eléctricos y las fallas en el suministro de agua que se corría durante varias horas con mi mente concentrada en este regalo inesperado. Pero lo intenté, se lo dije en varias oportunidades y lo repito ahora: ¡gracias! Mil gracias, pana. Ahora solo queda respirar profundo y esperar.

 

Por Luis Guillermo Franquiz