#DomingosDeFicción: No son iguales los ciegos que a los que no dejan ver

Nos quitaban la luz cuatro veces por semana, entre tres y cinco horas a partir de las siete de la noche. Nos íbamos acostumbrando, como aceptando la oscuridad a medida que avanza. Ya a las 6:30 debíamos dejar todo apagado, resignándonos a la sombra y a la falsedad alargada de una vela. Inventamos juegos de palabras, formas de contarnos lo mismo de ayer.

La abuela hay que amarrarla en la cama, mamá le dice que descanse, que no se levante, y la abuela se cae y no hay velas para alumbrarla. Al parecer hay sangre y la cerámica es blanca. Mamá consigue una luz de bengala que sobró del último diciembre y la enciende, pero la abuela está fracturada y todos estamos llorando.

Mary quiere cocinarle a sus hijos y sabe que no puede porque no hay luz ni comida. Se mete un hombre en la casa, así como en las películas, pero nadie tiene pistolas. En la radio nos dicen que la patria hay que construirla con sacrificios, que la oscuridad es un sabotaje. Los niños de Mary lloran y tienen hambre. No hay interpretación para esa tiniebla.

Elena viene caminando con una linterna. Decimos que es un ladrón, que se escucharon tres tiros, que las motos sin alumbrado suenan más feo. En la noche trabaja el crimen, dice el Libertador en una proclama o algo que nunca leímos.

La noche es peligro, la luna no alumbra suficiente, menos en los cielos oscuros y las nubes llenas de muertos. Los caminos suben, pero en la sombra parecen abismos. Mary tiene que salir a la calle a comprar pan. Elena enciende la linterna. Tres disparos que nos dicen que no escuchamos, que la pólvora es mentira, que los muertos son nubes y luces y velas.

Mary sabe que estas cosas no le pasan a su sobrina en Caracas. Que los de allá saben más que uno, que a los de allá les da sueño más temprano y no necesitan luz. Elena dice lo que es verdad: que donde hay monte y hay culebras, tiene que haber noche, y frío. Que si no no es monte y las culebras no salen.

La sobrina de Mary vive por Los Símbolos, cerca de una parada de porpuestos. Viene a Barquisimeto los viernes, cuando al marido le toca transporte, y ya es muy de la capital y se horroriza con las noches del campo. Sí, mi niña, somos subalternos, le puede decir Mary pero no le sale la palabra. Solo dice la verdad: que somos pendejos.

Que aquí la gente no se arrecha ni siquiera pegando una cuchara a una olla, que aquí somos los rurales del nuevo siglo, la clase digna campesina, los esclavos dispuestos a construir la historia, pero qué importan las palabras si no nos escuchamos, para qué hablar bien si no nos dejan ni vernos. Mary tiene razón: puro veneno, oscuridad y monte. Y las culebras están en las ciudades.

Ciudad es una palabra extraña. De provincia, mami, de provincia, le dice Mary a su sobrina antes de irse, cuando ya se están despidiendo en el terminal. Suena una explosión, nadie ve nada. Tres detonaciones secas. Elena dice que los cohetes no hacen ruido, que tumbarrancho es una palabra de los 90. Son disparos, le decimos nosotros, y las nubes están llenas de gente viva, como los hospitales (que les perdonan la luz) o como las cárceles, donde la sombra hace ángulo con la barbarie, y la pared con sangre, y las culebras y el monte y los túneles. La noche es prisión. Y somos pendejos.

Elena tiene que regresar a su casa. La linterna no tiene baterías. La estamos usando en la radio, para escuchar a las culebras. Le damos una vela. Elena fuma y se lleva la vela encendida con su yesquero, aunque haga frío, aunque se le apaga la luz en las manos —como a todos los que vivimos aquí—, aunque mientras camina no ve nada y se le apaga la vela pero ella insiste aunque no sabe si a su lado camina un perro, su sombra o una culebra. En su puerta hay algo. No sabe si es su hija o una bolsa de basura.

Enciende su cigarro y le prende fuego. La vela se le cayó sobre la piel de su hija. No. Es una bolsa de basura. Pero nosotros pensamos que es Elenita, porque la vimos y escuchamos el grito. En la oscuridad todo es violencia, todos somos culebras y vivimos en el monte. Elena saluda con su cigarro en la boca, nos levanta las manos mientras la vigilamos al otro lado de la cuadra.

Hay que tener cuidado porque hay un hombre en la otra esquina, el que escucha el dale papi y cambia de emisora y nos quiere distraer con la Fuga de Aldemaro y nos parece mentira cómo democratizaron la música, qué maravilla, qué armonía es esa que huele a vinagre y quién es ese hombre que está dentro de la casa. Suenan tres disparos, el pajarillo de Bach y las maracas con las cuerdas en pleno y ahí viene la moto. Suenan feo sin luces. Y el grito de Elenita, como si alguien le hubiese prendido candela. Salimos a la calle y está la bolsa de basura quemada. Elena nos saluda, no pasa nada, nos dice, y enciende su cigarro.

Todavía creemos que hay un hombre en la casa, el que apaga todas la velas y le habla a mamá al oído y pega tres disparos al aire mientras va sonando la bandola y el cuatro, carajo, y la fuga y el pajarillo, el reggaetón y la salsa erótica, como la que baila su mujer que se llama Damira y dice que trae hambre, dos hijos y no tiene trabajo, como Mary. Le pide a mamá que le dé plata mientras la amarra, yo estoy en el piso, repitiendo los tres disparos, comiendo monte y picado de culebra. En provincia amanece más temprano, en provincia oscurecemos a oscuras, como la gente que sabe de noches y sombras y espantos, como esa fuga que suena en la radio mientras nos vuelven mierda la casa.

Parece mentira la paz de la noche y esos disparos que son golpes de maraca y este hombre hablándonos a gritos y enseñándonos a Damira, que puede ser su mujer o su pistola, pero no sabemos porque no vemos. Nos destrozan a patadas y nadie está viendo nada. El hombre muerde a mamá en el cuello mientras me pisa con la bota. Pueden ser dos, uno solo, o cincuenta como un ensamble. La gente aplaude, la radio no falla. Elena está dormida. Dónde están los reales, pregunta el hombre que muerde a mamá en el cuello.

Una cosa fría se recuesta en mi cuello. Los pies le huelen a monte y tiene las manos llenas de aceite de carro. Puede ser una culebra o su pistola. O Damira que es una mapanare y tiene hambre y dos hijos y un buen par de portapistolas, como las damas de los bestiarios bolivarianos, como las jevitas de provincia, mi rey, me dice mientras nos pone de espaldas.

Dónde están los reales, repite, pero no sabemos porque no vemos nada. Sí sabes… Aquí las mujeres se guardan los billetes en las tetas o debajo del talón. El niño de Mary llora, nadie le ha dado comida porque no termina de freírse la patria, patria, patria querida, las nubes cargadas de gente buena, mami, porque en el monte no todos somos culebras, le dice a mamá, aunque le metió veneno por el cuello.

Hay sangre en suelo. Parece sangre, pero no vemos. Suenan dos disparos, un grito de niño que puede ser el de Mary o un gato o Elenita. Las motos suenan muy raro cuando no hay luz. Parecen bestias.

Deja que los hombres se vayan y que las motos suenen, dice Elena tranquila. La noche es prisión y nos hace desconocernos. La luna no alumbra lo suficiente.

Había un hombre en la casa, insisto, y ahora somos menos, como cada vez que nos obligan a la sombra y no nos distinguimos. Entre la calle y la casa hay un trecho de monte y un colchón de basura. Aquí no se necesita la luz. Duerman más temprano y acostúmbrense a estar apagados cuatro veces por semana. Cuerpos felices a contraluz. Cuerpos oscuros de la patria oscura.

11:00 p.m. Las pupilas hacen sombra y ahí sabemos que no es mentira la tiniebla del país. No son iguales los ciegos que a los que no los dejan ver, dice la abuela levantándose del suelo. Las manchas de su ropa parecían negras, pero son rojas, como todo por estos días.

La oscuridad miente y asusta a veces. De eso se trata.

Llega luz, pero seguimos encandilados.

 

Nota prescindible

Cuando este relato se escribió en 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez, tres horas diarias solía durar el racionamiento de luz en Barquisimeto, de lunes a viernes. Cuando el texto se revisó por primera vez en 2016, los cortes de luz se mantenían entres cuatro y seis horas. Ahora que se vuelve a leer en 2019, un apagón de más de ocho días en todo el país sigue manteniendo en oscura vigencia estas líneas. Nada que celebrar. Nada que decir, más que esa gastada sentencia de que “la realidad supera la ficción”.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

Postales del aguante

1: Nosotros

A la calle, a la cama, al cuerpo, a la conversación: a todas partes llevamos la ruina de un país. Y duele. Duele enfrentarse a este exilio cotidiano. “El pesimista debe inventarse cada día nuevas razones de existir: es una víctima del «sentido» de la vida”, decía Cioran, y nos ponemos de frente a una verdad que encandila: vivir aquí es inventarse un país todos los días, es poner barandas de distracción a los lados para salvarse del vértigo.

2: Sostenerse

Compartimos la bitácora de una desorientación colectiva: no tenemos a dónde ir. El país que conocíamos, se lo llevaron. Uno sale a encontrarse con una ciudad entristecida, llena de caras cansadas, expectantes: aquí no pasas, ya este lugar se fue, dice el otro que nos levanta una cerca, y sentimos que todos los días nos arrebatan algo. La batalla más dura: la del país por dentro, ese último suelo que cuidamos para que no se desprenda.

3: “…y todavía”

No sabemos de dónde viene tanta noche. Queremos que amanezca. Llueve en el camino, hay derrumbes, no nos dejan mirar atrás. Hay que seguir andando, nos decimos, porque querer más no puede ser motivo de vergüenza. El país no es el monstruo que vemos allá afuera. Y la llama de la voluntad insiste y alumbra. ¿De dónde salimos tan tercos? ¿Qué es esto que todavía nos sostiene?

4: Buscar, buscar

Todo tiene un nombre, todo en apariencia existe: los lugares, los discursos, las imágenes, la historia, las instituciones, pero condenados por la derrota interior de sus significados. Todo imita la realidad de las tiendas: abiertas y en pie, pero vaciadas por dentro. La herencia de este tiempo: lo ido, lo impropio, lo extraño.

5: Antifaces no

No sabemos dónde mirar y tropezamos. Hemos perdido nuestra propiedad sobre los significados del país. El Poder burló los órdenes, la confianza, los acuerdos sobre los que podría realizarse, la aspiración democrática. Ya nada es lo que era: ni la política, ni el comercio, ni la educación, ni los medios, ni los espacios de habla pública. Nada escapa de la prisión de la pantomima y la representación. Lo que nos queda: decir sin máscaras, valerse de un lenguaje propio, honesto, desvestido.

6: ¿?

¿Irse a dónde? Podremos llevarnos fuera, quizás, pero ¿qué hacemos con el país que nos persigue? ¿Qué le decimos para dejar de forcejear por la mañana? ¿De qué me despido? ¿A quién le doy la espalda?

7: Aquí

Habría que comenzar por dejar los gritos, recoger los escombros de la memoria, encender las velas y resistir.

 

Zakarías Zafra | @zakariaszafra

Sentimiento nazional

Llego temprano a la parada y están los mismos de siempre. Veo al loco en bóxers lleno de cal hasta las piernas. Veo al cajero con su lonchera tibia y el anillo de recién graduado. Veo a la enfermera con su mosaico de bacterias en el uniforme. Los veo a todos. Veo a esa señora.

Desde hace semanas he asumido la espera como una cátedra de antropología popular. Busco cazar alguna de esas conversaciones que chocan en el aire, que se meten en los oídos y en las tapas de las barrigas. Descubro que no hay mejor forma de conocer a un compatriota que guardando un puesto: las colas son los laboratorios del pensamiento venezolano contemporáneo.

La señora (una catira de gesto fuerte, arrugada hasta el lóbulo de la oreja) me dice esto, sin preparación y de la nada, mientras llega el autobús:

—Aquí en Venezuela nosotros tenemos mucha raza mala, mucha sangre de gente floja y coño de madre. Yo siempre he dicho que Hitrel (sic) tenía razón: la raza de un país tiene que ser pura.

Yo volteo buscándole una esvástica tatuada en las uñas o una SS de hojalata colgándole del cuello. Me cuenta que es atea, luego que le dicen nazi por ser disciplinada (por alguna extraña razón, los venezolanos asociamos orden y limpieza no con los alemanes, sino con el nazismo). Ahí es cuando alcanza la cumbre:

—Aquí hay tanta mierda, amigo, que la única solución es una limpieza de sangre.

Partimos. Eva Braun a bordo. La propaganda del Gobierno se encarga de taladrar las bondades del país en una pantalla. Aunque le he fabricado dos o tres frases vacías como respuesta, la vieja sigue proponiéndome su “solución final” nacional. Me habla del mito del bochinche y la mierda, de la aniquilación necesaria del mestizaje. Mientras la escucho, reparo en el abismo que nos circunda, en nuestro exilio portátil, en la derrota íntima del venezolano. Personas (monstruos) como ella, sin ir más lejos, visibilizan eso otro que somos: una comunidad de verdugos distraídos, un país de chivos expiatorios sueltos.

Hail Hitrel. El camino se hace más pesado por el descaro del tráfico. Se suben niños, adolescentes, embarazadas, todos los discapacitados por la ley de la calle. Traen las caras tristes, manchadas, como si el humo se les hubiese paralizado en el sudor. La vieja los mira con odio, los acusa con la lengua. A todos los ahoga con su nube imaginaria de ceniza. Ahí es cuando me reincorpora, dándome un jalón en el brazo:

—A estos hijos de puta hay que quitarles el país.

El chofer del autobús lee uno de esos periódicos vespertinos que se consumen en la periferia de la ciudad. En la contraportada, debajo de los triples ganadores de la lotería, está la foto gigantesca de un adolescente abatido con cinco tiros en la cabeza. El colector, suspendido por el morbo, le arrebata las hojas y procede a cobrar los pasajes con violencia.

Son las 8.25 a.m. Yo me guardo un dolor: el día parece una suma de holocaustos individuales.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

 

Nosotros los de adentro

Venezuela ya no es un paisaje.

Todos los días un pedazo de pared se derrumba, un vecino se aleja, pasa un carro a llevarse los afectos, cierra la bodega de la cuadra, se acaban temprano los periódicos. La noche se inaugura con más alardes y menos bombillos. Promete ser más toque de queda, ofrece meternos más miedo. Y estamos nosotros, los de adentro, mirando.

Amanece sin darnos cuenta –las ventanas tienen que estar cerradas–, el despertador anuncia el mismo ritual, el cuerpo sigue sus normas, sus horarios. Pocas cosas allá afuera nos muestran algo distinto, algo que respire. Comemos, hablamos lo de siempre, el televisor nos escupe los desagrados del día, los celulares nos sitúan a pocos segundos de la desesperanza. Y nada ocurre. Seguimos nosotros, los de adentro, esperando.

Salimos. La calle está dura y caliente, como esperábamos. Todo el mundo grita, todo se desplaza con arrebato, hoy el caos tampoco cambió sus métodos. Arrechera, distracción y aceleramiento. Voces, grafitis, arengas en esténcil, proclamas bañadas de orine, hashtags y letanías con megáfono. Liberen a Leopoldo, Enmienda Ya, Aquí no se rinde nadie, El pueblo resteado con Maduro, y nosotros, todavía adentro, sordos.

De pronto un choque, un insulto perdido, un asalto rutinario. Los conos rojos, la matraca, los refugiados de Farmatodo, la guerra del fin del mundo en las puertas del Central Madeirense. Los guardias en las bombas de gasolina, los cigarros revendidos, la carne con sobreprecio y el tráfico de cabillas. Queremos descansar, pero el oasis se quedó sin luz. Queremos cumplir nuestro deber, pero se cayó el sistema. Y nosotros, que nunca salimos, paralizados.

El día se nos acabó muy rápido. Nos acompañan el monóxido suicida de los autobuses, la ropa remojada por la proliferación de axilas, el sentir que no cabemos entre tantos uniformes, el aceptar que regresamos más vacíos, que lo que trajimos ni siquiera alcanzó para invitarle a alguien un café con leche. Lo sabemos: el telecajero nos tiene otra burla preparada mañana. Un montón de papeles sin valor nos llenarán otra vez los bolsillos para martillarnos esta absurda abundancia. Y aquellos, que se parecen tanto a nosotros, mintiendo.

No. Venezuela ya no es un paisaje. Nosotros tampoco.

Lo que nos pasa como país es idéntico a lo que nos pasa como personas: no sabemos quiénes somos, olvidamos cómo llegamos aquí, vivimos de acontecimientos sin conquistar jamás el triunfo de una historia particular. Para salvarnos de la compulsión, la desgana y la falsa fiesta no hace falta correr, sino reconocernos.

Esa imperiosa necesidad de amarnos. El desafío de merecer.

 

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra 

Señora Burundanga

La muchacha se llama Marlene y va al banco a abrir una cuenta para su papá. Son seis mil bolívares y poca malicia. Se acerca una señora. Era morena, de unos 50 años, con un hueco entre los dos dientes de arriba. Tenía ojeras y el pelo oxigenado (lo recuerdo todo y no sé nada. ¿Por qué lo recuerdo todo y no sé nada?). Me toca en el brazo y me pregunta por las planillas de depósito. Cinco minutos, avanzan los números y me siento en una de las sillas. La misma señora: ¿puedo sentarme aquí?, y ahora yo converso con ella.

Los modus operandi del delito han mejorado mucho desde los encapuchados primitivos, desde los paquetes chilenos, desde el tírese todo el mundo al piso. Ya no nos dicen “esto es un atraco”. Ya no nos anuncian. Todo accionar es delincuencia. Todo acercamiento parece agresión.

Tú debes tener unos 20 años, más o menos. Yo conozco a tu mamá, tan bella, ella se llama Rosa, ¿verdad? No, señora, se llama Gloria. Ay claro, ella es profesora. Yo trabajé con ella muchos años. Ella me ayudó mucho cuando yo estaba necesitada. Gloria… ¿Y cómo es que se llamaba usted, señora? […] Pero la mujer me responde que quisiera ver a mi mamá otra vez, que le dé el teléfono y la dirección para visitarla y yo se los doy porque Marlene ya no es Marlene, sino una clienta obediente. Una víctima muy discreta que no se niega.

La hora avanza y el efecto tiene su tiempo preciso.

Suena un ringtone de Ana Gabriel. Es la tercera vez en diez minutos que la señora interrumpe la conversación para hablar por teléfono. Dice sí, aquí está, aquí la tengo en voz baja. Marlene la escucha, la mira, pero solo sabe decir sí y estarse quieta. En los bancos no se permiten celulares ni gorras ni lentes oscuros, pero ante el hacinamiento no hay armas ni voluntad. Mucho dinero sí, y peligro y carteras abiertas y buenas señoras.

Mira, ¿no te gustaría trabajar?, le pregunta la mujer al colgar la llamada. Quiero ayudarte. Tienes cara de ser una muchacha muy responsable y quiero devolverle los favores a tu mamá. Es un trabajo de secretaria en el consultorio del Dr. González, en la Clínica R., medio día y sueldo mínimo con cesta tickets, ¿te interesa? Yo asiento, yo acepto. Pero hay que estar antes de las tres para que te hagan la entrevista. ¿Te parece? Bueno vámonos. Vámonos rápido.

La Clínica R. queda en el centro de la ciudad. Será un camino largo, 45 minutos exactos. Los números avanzan, el tiempo corre y el torrente sanguíneo es implacable. Vamos a montarnos en el autobús: ven, yo te ayudo.

Mientras tanto hablábamos de cualquier cosa. Estaba muerta de sed. Me daba de beber de un termito de agua. El teléfono volvió a sonar: sí, aquí la llevo, ya vamos para allá, que voy con ella, dame 15 minutos, chico, que sí, coño. A ratos me sobaba el antebrazo, me ponía la mano en la pierna, me sacaba sonrisas, datos, cuentos, nombres, cuentas.

La burundanga es un mito urbano. Los testimonios no existen. Las mujeres ultrajadas dicen mentiras y el contagio por vía dérmica es una elucubración de los periódicos. Una amiga amanece eyaculada por cinco hombres en una piscina. El amigo de un amigo aparece vomitado en la Zona Industrial I sin pantalón y sin zapatos. La burundanga es un cuento, ¿es que no entiendes?

Llegamos finalmente a la clínica. Siéntate aquí que voy a anunciarte. Dame tu cartera para anotarte en la recepción. Rapidito, niña, que no hay tiempo. Pasaron 10 minutos o media hora o 45 minutos exactos. La señora no volvía. Empecé a toser desaforadamente. Me levanté. Sentí ganas de vomitar y un mareo negro. Un ardor me quemó la garganta. Caí de boca en el suelo.

¡Muchacha, bebe agua, estás como muerta!… Marlene despierta en la sala de espera de un consultorio entre los brazos de dos secretarias y una señora de limpieza que le echa aire. ¿Este es el consultorio del Dr. González?, no aquí no hay ningún Dr. González, tranquilízate, y dónde está mi cartera y la señora que venía conmigo, cuál señora, ¿no la vieron? Tú viniste sola. Y una secretaria que le dice a la otra: chama, esta mañana le pasó lo mismo a una muchacha aquí. Esto está feo.

Lo recuerdo todo pero no sé nada. El torrente sanguíneo es implacable. El efecto tiene su ritmo preciso. La muchacha de la mañana no soy yo. Marlene no es Marlene. Es una víctima obediente. Es la victima de la tarde.  Esto no es un retrato hablado, es la verdad.

Por ahí anda la señora colega de una profesora, amiga de tu mamá, que le devuelve favores a Rosa y te ofrece visita. Así va transcurriendo el lunes a viernes de las víctimas, la de la mañana y la de la tarde, el consultorio del Dr. González, las dos horas del efecto, la clínica por si les da un ataque, la coartada perfecta.

Y detrás la ciudad que nos engaña. La creatividad para agredir al otro, la invención de mejores crímenes, las jornadas laborales de la delincuencia, el delito que va mejorando sus métodos.

Esto no es un invento, parece una alerta.

 

Por Zakarías Zafra@zakariaszafra

Los motores del desastre (o Revelaciones desde la chivera)

Una catástrofe como la nuestra no avanza así no más. Necesita piezas, engranajes, además de tiempo, perversidad y aceite. Tampoco es lenta ni casual la tragedia que estamos pasando: su velocidad caótica se debe a unos cuantos propulsores que la han empujado con asombrosa potencia. Autobús en caída libre, lancha llena de desagües, carro con troneras y picos de botella al frente: estos motores llevan por dentro el combustible del absurdo y operan a partir del despilfarro. Su funcionamiento es peculiar: se encienden para apagarlo todo.

Su propósito: volver el país una chatarra.

1.El motor saqueo semántico: alteración de símbolos, héroes importados, deformación de la memoria, balbuceo ideológico, sincretismo espiritual, vaciamiento y llenado de palabras molde (p.ej. democracia, revolución, pueblo), panoramas patrióticos desdibujados, silenciamiento/escandalización de efemérides, son algunas de las piezas del motor más eficaz del chavismo: el desplazamiento de la sustancia-país, la mudanza definitiva de sus significados. La casa, en apariencia, es la misma, pero le cambiaron los muebles y le movieron los espejos. No fue que nos quitaron el país: lo saquearon por dentro.

2. El motor malandrismo institucional: es la escenificación del quieto ahí de la burocracia y el pégate becerro de  las instituciones del Estado. Es la voz del descrédito, del hago lo que me da la gana oficializado, de la paralización del ciudadano ante el totalitarismo de chopo y puñal de los órganos gubernativos. Mírese el TSJ, el CNE, la antigua AN: actúan con la legitimidad del vivo y la desfachatez del malandro. Es el decir cállate o te quiebro del Poder Público Nacional.

3. El motor bochinche y mierda: el desorden, si no se goza, no se aguanta. Hay que carnavalizar la gestión pública. Hay que meterle fiesta, tarimas, musiquita en los pies. Distraerse con serpentina mientras el ventilador salpica. Así, entre rumba y gozadera, el panem et circenses se convierte en política pública, favor paternal y aspiración ciudadana. No hacen falta cornetas ni subwoofers: la sentencia mirandina tiene hoy el volumen preciso. Y atormenta.

4.El motor inoculación del vértigo: nos trajeron a bailar a una cornisa con los ojos vendados y las trenzas sueltas. Nos pusieron frente a un barranco para dejarnos la náusea como tarea. El plan: poner el pánico en alto, marear, (pre)ocupar. Hacer que el miedo nos mantenga firmes y contra la pared. ¿Qué es lo que hace uno ante un abismo? O se calla o se vomita.

 …

Intermedio contra el olvido: una breve excursión a la chivera

Este invento de mecánica popular ya había sido ensayado tiempo atrás cuando Chávez, para inaugurar el año 2007, le muestra al país los Cinco motores constituyentes de la Revolución Bolivariana. Esas turbinas apocalípticas que anunciaban la consolidación del “Socialismo del Siglo XXI” en Venezuela, y que estaban construidas sobre un plural de “realidades y aspiraciones” de dudosa procedencia, se conformaban de:

I. Ley Habilitante:el truco jurídico favorito del Ejecutivo Nacional en tiempos del chavismo, con el cual el Máximo Líder se disfraza de superhéroe omnímodo y megalosaurio legislador, y se faculta a sí mismo para meter la cuchara en todo. Es la histeria del aparato estatal sujeto a la voluntad de un hombre. Llámese: motor siembra del personalismo.

II. Reforma Constitucional: con esto se pretendió hacer de la Carta Magna un traje a la medida. Se sometió a elecciones, perdió, se cambió por enmienda para asegurar la reelección indefinida del Presidente, y muchas de sus premisas terminaron metiéndose por debajo de cuerdas. Burla y obstinación antidemocrática. Motor lo que me salga del forro.

III. Moral y Luces: estudio de la doctrina socialista en escuelas, liceos, fábricas, talleres y campos. Inyección curricular de los valores grandilocuentes del socialismo, la deformada doctrina bolivariana y la ideología política del chavismo. A este le llamamos motor no me lo mate no, porque a la par que aniquila el pensamiento libre pone en peligro al “hombre nuevo” que pretendió crear.

IV. La Nueva Geometría del Poder:con ese suculento título se buscaba cambiar la división político-territorial del país y erradicar a los municipios del mapa (a saber el nivel más próximo y real de participación ciudadana). Hablaba de simetría del poder político y militar, con una ocupación total por parte de ese pequeño monstruo al que bautizaron Poder Popular. ¿Menos ciudades, menos ciudadanos? ¿Reordenaditos se les manda mejor? Motor obediencia participativa.

V. Explosión del Poder Comunal:dependiente de los cuatro anteriores, proponía crear una federación de Consejos Comunales, especie de constelación de ciudades sin alcaldías ni juntas parroquiales, gobernadas por un Estado Comunal que recibiría del Gobierno Central el poder político, social, económico y administrativo para autogestionarse. No sería difícil predecir los requisitos de filiación ideológica y partidista de esa transferencia de poder, ni advertir las consecuencias de tal aberración. Motor constelación servidumbre.

Y estos cinco aparatos llegaron a nosotros, casi una década después, convertidos en chatarra de chivera, en tema de conversación para coleccionistas de inventos, en extraordinaria curiosidad de repuesteras. Su épica inquietante, aunque triste, nos abre la puerta al siguiente galpón de trastos.

5. El motor reducción al ridículo: la negligencia descarada, la fatalidad de la práctica de gobierno, el testimonio de su propia destructividad, ridiculizaron la ideología, la lucha de clases, el poder del pueblo y todas aquellas ensoñaciones verbales llenas de onanismo y anacronías. ¿Socialismo para qué siglo? La izquierda, por enésima vez, fue golpe de torpeza, desorientación y zurdera.

6. El motor gran milagro: la espera, la paciencia, el mesianismo. Ese algo tiene que pasar del que todos hablan. El estancamiento de la voluntad nos puso a la orden de una fe ciega, casi brujeril, en cualquier fuerza (o acontecimiento o fecha de calendario) con promesas de cambios mágicos. Y nos dejaron con el escapulario y la pulserita en vela. Más que un país, Venezuela se convirtió en una larga cola hacia un milagro.

7. El motor desesperanza para todos: aquí se afirma la generosidad del proyecto poschavista: repartirnos por igual su cuota de desesperanza. Es el abatimiento en el pecho, la pérdida del país íntimo, el ejercicio de la desmoralización del que nadie se escapa. Es esa desilusión histórica, ese te amo, pero no de la patria confundida. Es, al fin, ese gran desamor nacional.

8. El motor felicidad por cupos: entre racionamientos, inseguridad ciudadana,hiperinflación depravada y desabastecimiento, el poschavismo nos va haciendo partícipes de su filosofía de prosperidad limitada: ser feliz la máxima suma de felicidad permitida. Vivir el aprendizaje forzado de lo bueno poco. Mamar, pero contentos.

Hacia un engrase definitivo

Motores que remueven sedimentos culturales, historias fallidas, resquemores, cosas que no se hicieron. Motores que echan a andar esa gran maquinaria de desastre en la que vivimos. Podrían inventarse otros (el motor loco escondido, el motor la divisa es tu horror, el motor tranca la puerta, el motor tu puesto en la ruleta, etc., etc.,) que contengan los dramas de la impunidad y la violencia, la sombra delincuencial del Estado, el poder militar y sus alter-egos paraestatales, el falso enaltecimiento de la pobreza, la anomia vandálica, el nihilismo en el bolsillo, la devaluación de la dignidad, la ruleta de la tragedia, la primacía salvaje del individualismo.

Podrían, pero encenderlos no los dejaría en evidencia ni los haría menos malos.

Esos ya están andando sin que nadie los vea, sin que nadie perciba su escándalo de tornillos sueltos y silbidos. Y lo peor es que nos aplastan, nos vuelven mínimos, indefensos, vulnerables, sin tener siquiera la decencia de recoger el desastre después.

 

Por Zakarías Zafra |@zakariaszafra