Destrucción y reconstrucción de Venezuela

Gerver Torres, el hombre que en los noventa tenía un sueño para Venezuela y que buscaba responder en un libro cómo hacerlo realidad, estuvo el mes pasado en Caracas participando en un conversatorio de Venancham en el que habló sobre la crisis venezolana. Economista documentado y analista riguroso, sus palabras resultan de cardinal importancia para saber dónde estamos parados. En su opinión, los venezolanos “somos actores, protagonistas y víctimas de una de las peores catástrofes de la historia y una de las más significativas de los tiempos modernos: nuestro proceso de destrucción ha sido más prolongado que la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y la Guerra Civil Americana. Esos fueron procesos más cortos y que atacaron aspectos específicos de sus países. La crisis venezolana, por el contrario, ha sido ya más larga y amplia, y ha ocurrido en medio de una bonanza de ingresos, la mayor del continente, y por ello ha sido silenciosa y letal”. Para Torres, he allí la clave que explica tal devastación: que la crisis, en principio, estuvo tapada por la bonanza y ello llevó a que “subestimáramos su poder destructor”. Sin embargo, ella estaba allí, sibilina y silenciosa, arrasando todo por dentro. De allí se explica por qué pasamos a estar, de un momento para otro, tan inexplicablemente mal. Según los números que maneja Torres, entre 2016 y 2017 Venezuela fue el país que experimentó la mayor caída de felicidad: “entre esos dos años se produjo la mayor caída en el índice de bienestar subjetivo de la población”. No sólo eso, somos, de América Latina, el país donde más ha aumentado el deseo de emigrar: de 12% en 2006, hemos pasado a 41% en 2017 y 60% en 2018. Y aunque para Torres la reconstrucción de Venezuela es viable, posible y será “el acontecimiento estelar del siglo XXI”, no hay que olvidar “que no se puede reconstruir en medio de la guerra” por lo que hay que esperar, primero, a que todo pase, y en ese esperar la obligación primordial es sobrevivir, porque sólo los que lo hagan, dentro o afuera, serán los que la lleven a cabo.

China deshaucia a Venezuela

Si no hay ‘leal’ no hay ‘lopa’, y si no hay dinero tampoco crédito. China, que junto con Rusia fue uno de los pilares financieros de la revolución, ha cerrado el grifo crediticio con el que tan desprendidamente había regado Venezuela en los años anteriores, ante la constatación de un hecho incontrovertible: el país está quebrado y no tiene cómo pagar todo lo que debe, que es mucho. Y como sucede con el amor, según el viejo refrán, lo mismo pasa con las alianzas internacionales: se van con el dinero. Y los asiáticos, muy comunistas del discurso para afuera, son delicadísimos de la cartera para adentro. De allí, pues, que hayan decidido dejar de darle oxígeno crediticio a la agonizante economía venezolana. Nos hemos tenido que enterar por la prensa extranjera –porque la revolución, ya se sabe, no rinde cuentas del dinero público–, pero desde el año pasado no entra a Venezuela un dólar proveniente de China: atrás quedaron, enterrados definitivamente, los tiempos en los que del país asiático llegaban préstamos de diez cifras y nueve ceros que servían para todo, especialmente salvar a última hora a la revolución de sus acreedores y seguir permitiendo que derrochara. Lo que tenemos ahora es una deuda gigante -62.200 millones de dólares en cifras brutas- que los chinos no ven manera de que se pague en lo inmediato, razón por la cual han decidido dejarla como está para que no crezca más. ¿Qué significa esto? Para decirlo en términos médicos: que Venezuela ha sido desahuciada, incluso, por su médico de cabecera. La clave la da Margaret Myer, directora del programa interamericano de dialogo China-Latinoamérica, quien le explicó a ‘El País’ que “[China] tenían ciertas esperanzas de que (…) podría ayudar a resolver la situación en el país o al menos mantener el ‘statu quo’. Sin embargo, no ha sido el caso. Desde 2016 y especialmente 2017, se han dado cuenta de que la mejor opción es simplemente esperar y ver cómo se resuelve la situación”. Entiéndase: que fracasó en su empeño de ‘salvar’ o al menos ‘mantener’ una revolución amiga en América Latina y luego de echar números ha decidido darle el ‘réquiem’.

Los fraudes electorales del chavismo

Más allá de algoritmos o búnkers secretos, para Ibsen Martínez el verdadero fraude electoral del chavismo está en no reconocer jamás un resultado adverso y convertir, por ello, en irrelevante el voto. En un lúcido texto publicado en ‘El País’, Martínez hace un repaso de la historia electoral reciente y muestra con claridad la cara más tramposa del chavismo. A continuación las líneas más reveladoras: “Con el referéndum revocatorio convocado en su contra en 2004, comenzó Chávez la serie de fraudes que prolongó hasta su muerte. En aquel momento, hizo públicas ilegalmente los millones de firmas que solicitaban se convocase el revocatorio, violando no solo el secreto del voto sino haciendo ulteriormente uso de esa lista para coaccionar el voto de millones de empleados públicos, instaurando un totalitario apartheid político que sigue en vigor hasta hoy (…) En 2007, Chávez fue derrotado por poco margen en un referéndum convocado por él mismo para hacer aprobar una reforma constitucional. En un primer momento, Chávez tascó el freno pero luego reaccionó diciendo que la victoria opositora era una ‘victoria de mierda’. Más tarde se las apañaría para hacer que su mayoría parlamentaria aprobase, entre gallos y media noche, todas las modificaciones que ordenó (…) En las elecciones de 2008, convocadas para elegir gobernadores estatales, Chávez recibió un verdadero varapalo: junto con la Alcaldía Mayor de Caracas, perdió los cinco estados más populosos y económicamente activos, entidades éstas que albergan la mitad de la población del país. Ante ese revés, Chávez abrogó ‘manu militari’ las potestades de la Alcaldía Mayor, negándole recursos presupuestarios. Luego nombró protectores para cada gobernación opositora, una dudosa figura política y administrativa impuesta arbitrariamente y a la carrera (…) Chávez instauró la práctica de encarcelar, inhabilitar políticamente u obligar a exilarse a sus adversarios electorales. Nicolás Maduro no ha hecho más que llevar al límite los alcances de una estrategia que ha sobrevivido a Chávez: convocar elecciones cuidando bien de hacer del todo irrelevante el voto”.

¿Cómo salir de Maduro?

Es el periódico favorito de la dictadura, en el que pauta constantemente. Pero el amor no es recíproco. ‘The New York Times’, la dama gris del periodismo, le publica los anuncios, se queda con los dólares e igualmente lo destroza. Así ha hecho en su hipercrítico editorial de hoy, titulado ‘La elección simulada de Venezuela’, en el que pone el acento en “cómo deshacerse del Sr. Maduro antes de que complete la destrucción de su país”. Destrucción que documentan en hechos y cifras: “Por cuarto año consecutivo, Venezuela ha sido clasificada como la economía más miserable del mundo por Bloomberg. La economía se ha reducido en más del 30 por ciento desde la caída de los precios del petróleo en 2014, y la industria del petróleo está colapsando; la tasa de inflación es con mucho la más alta del mundo, que alcanzará el 13,000 por ciento este año, según el Fondo Monetario Internacional. Más de un millón de personas han huido del país desde 2015; el sistema de salud se encuentra en una situación tan desesperada que la malaria, una vez casi aniquilada, reaparece y se dispara; aproximadamente tres cuartas partes de la población ha perdido involuntariamente casi 20 libras de peso y las personas que buscan comida en la basura se han convertido, según la Brookings Institution, en la nueva norma”. De allí, pues, que digan que que hay que salir de Nicolás. ¿Cómo? La pregunta del millón tiene para el matutino más famoso del planeta una respuesta que no es exactamente la de los Marines –“es difícil ver cómo un cambio de régimen violento conducido por la administración Trump mejoraría la suerte de Venezuela”–, sino la de las sanciones: “El mejor medio para derrocar al Sr. Maduro es la acción colectiva del Hemisferio Occidental, dirigida por América Latina, para sofocar aún más los fondos a su gobierno mientras apoya a la Asamblea Nacional, que ha sido dejada de lado por el Sr. Maduro desde que la oposición ganó la mayoría en 2015”. El mejor pero no el más rápido, ya que, como reconoce el diario: “Eso puede no tener resultados rápidamente, dada la disposición del Sr. Maduro de destruir a su país para mantenerse en el poder”.

La oposición después del #20M

La crisis representativa de la oposición conllevó a un vacío de liderazgo en el que ninguna de las dos posturas antagónicas –la abstencionista y la participativa– logró un mar de apoyo suficiente para decidir cuál es la ruta a tomar para las ilegítimas elecciones del 20 de mayo. La voz certificada de Guillermo Aveledo Coll, politólogo dedicado a la historia actual, afirma que a la desarticulada MUD no le quedará de otra que refrescarse tras la derrota. Y es que ni los líderes en el exilio ni tampoco los inhabilitados tienen capacidad para tomar la voz de mando de una sociedad que tendrá que resistir más que nunca para sobrevivir. Durante la reciente historia contemporánea, la oposición entendió –tras los “Chávez vete ya”– que la manera de acercarse al poder era construyendo una mayoría electoral; sin embargo, una vez conseguida, el Gobierno tapó cualquier vía de acceso hacia Miraflores. El problema de hoy no radica en la participación o no en unas elecciones sin garantías, sino en qué sucederá después con una coalición opositora defenestrada que necesita redefinirse urgentemente. Luego del #20M, a la única cosa a la que se le debe prestar atención será al refrescamiento necesario de los adversarios al régimen tras un 2017 nefasto, en el cual la población quedó fatigada y en duelo permanente. Ni el pueblo opositor ni sus dirigentes se han podido recuperar de las fallidas protestas y posteriores elecciones gubernamentales, que se llevaron a cabo sin ningún tipo de cambio en el sistema. Después del domingo serán inevitables las recriminaciones y las conversaciones acerca de qué se debía a hacer o no; sin embargo, de ese diálogo necesario y sincero debe salir la reforma de quienes se encuentran en un muy mal momento: sin presión mediática, sin cabeza y sin plan de vuelo.

Embargarán PDVSA

La cifra es prácticamente irrisoria, pero el hecho es de trascendental importancia: ayer miércoles, PDVSA fue demandada en el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York por la constructora canadiense SNC-Lavalin, que exige la cancelación de los bonos PDVSA 2019 por $25 millones. A ella se suma la demanda de la petrolera estadounidense Conoco Phillips, la semana pasada, en un tribunal caribeño, lo que deja al desnudo una grave realidad: los acreedores perdieron la paciencia y han comenzado a demandar. “Esto será el inicio de una avalancha de acciones legales [contra PDVSA]”, le adelantó a ‘The Financial Times’ el economista, abogado y analista financiero Russ Dallen, quien no dudo en calificarlo como “la peor pesadilla posible para Caracas”. ¿Por qué? Porque Venezuela debe, en acreencias, $160.000 millones y no tiene forma de pagar. De hecho, no lo hace desde septiembre, lo que en la práctica nos pone en estatus de ‘default’. No lo han llamado así porque en noviembre Maduro ofreció un plan refinanciación –que nunca se concretó– y luego comenzó a cancelar selectivamente algunas –pocas– deudas de PDVSA. Esa fue la estrategia revolucionaria: cancelar estratégicamente algunos bonos de PDVSA y olvidarse de los de la nación. Pero el nivel de deuda es brutal y la plata –y la paciencia de los acreedores– se acabó, por lo que ahora estamos en vísperas de la verdadera catástrofe. “Venezuela da un paso más hacia la implosión” fue, de hecho, la valoración que hizo de la demanda de ayer Jonathan Wheatley del FT’s. ¿Por qué? Porque si lo siguiente es una avalancha de sentencias desfavorables, al no tener cómo cumplirlas terminarán en embargo o congelación de bienes, lo que dejará a PDVSA sin ningún tipo de activo –entiéndase: tanqueros, refinerías, martillos, oficinas etc– en el extranjero, sin la posibilidad de comercializar petróleo y, por ende, el país perderá el 95% de sus ingresos. Imagínese a la Venezuela miserable de ahorita, quítele el 95% de lo poco que hay, y eso es lo que tendremos cuando nos embarguen toda PDVSA, proceso que –sin mucho ruido– comenzó ayer.

El terremoto de Banesco

Que en medio de una de las peores catástrofes económicas de la historia contemporánea la única medida que tome la dictadura sea la de intervenir el mayor banco del país es bastante revelador. Que la medida venga con emboscada y detención de varios directivos, filtración de fotos en las que se les ve amenazados por encapuchados con armas largas, que todo el manejo sea hecho con una intencionada ambigüedad y falta de transparencia, y que adrede se pongan a correr rumores sobre otros bancos es algo que no deja lugar a dudas: la dictadura quiere caos. Más caos. Y desestabilizar el sistema bancario –bastante maltrecho, por cierto, con una contracción acumulada de 58,2% desde 2014 y con una proyección de contracción para este año de 41,3% según Ecoanalítica– remeciendo al banco más grande pánico financiero e intervención mediante luce como un buen plan. Al final, todo forma parte de su proyecto destructor, que es el único que tiene. Es en esa medida en la que hay que leer –y entender– lo que está sucediendo con Banesco. Los análisis que se han hecho de que se trata de un trapo rojo para desviar la atención de hechos más graves, de un pote de humo para ocultar otras cosas o de una medida para justificar el previsible fracaso de la implementación del nuevo cono monetario son tan superficiales que no merecen la pena ser considerados. Tampoco las declaraciones anodinas de algunos diputados y dirigentes sobre lo caro que le va a salir a la dictadura la medida, cual si fuera una jugada que se le fue de las manos. La intervención de Banesco (y la posterior cadena de rumores) ha sido planificada y ejecutada con deliberada intención destructora, para hacer el mayor daño posible a un sector por naturaleza cobarde (esa fue la gran lección de Perón sobre el capital) y que tiene en la confianza, la certidumbre y las reglas claras su cimiento. Remecido ayer éste con la fuerza de un terremoto de 6,9 en la nueva escala de Richter, preparémonos para la escombrera, en la que la revolución se apropiará de todo.

La AN cumplió, ¿ahora qué?

La cosa es así: Maduro al parecer le robó un realero al país con Odebrecht, la Fiscal lo pilló, le entregó las pruebas al TSJ, éste las estudió, vio que eran categóricas y se lo notificó a la AN, que ayer se reunió, dijo que sí y con quorum suficiente dio luz verde para que se le enjuicie. A diferencia de lo que sucede con un ladrón cualquiera (al que se le acusa, detiene y enjuicia), cuando el ladrón es presidente (como todo parece indicar que lo es Maduro) y la Constitución es presidencialista (como la nuestra, hecha a la medida Chávez, que no se olvide), hay que acusarlo (Fiscalía), pre-juzgarlo para ver si hay méritos suficientes (TSJ), en caso de hallarlos, informarle al legislativo (AN) y pedir su aprobación para separarlo del cargo y poder pasarlo así a tribunales para que se le juzgue. Y todo ello terminó de suceder ayer cuando la AN, con 105 votos, dio luz verde al juicio. Así que en papel ya Maduro no es presidente: es un ciudadano común, sin privilegio y protección de cargo alguno, que ha de ser procesado por un tribunal que, luego de recoger las acusaciones, estudiar la evidencia y escuchar su defensa, dictaminará su culpabilidad y la pena que, según el Código Penal, habría de pagar. De estar en democracia, eso es lo que estaría sucediendo hoy. Como no lo estamos, la historia es distinta: la Fiscal y el TSJ están en el exilio y no tienen ningún poder real para ejecutar y hacer cumplir sus decisiones; la AN, que sí está en Caracas, tampoco tiene ese poder; y por ende Maduro, que sí tiene poder, sigue en la presidencia y con la posibilidad de seguir robando impunemente. En el duelo legitimidad vs poder, sigue ganando el primero. Sin embargo, lo de ayer sienta un precedente legal importante y puede que hasta peligroso para la revolución: le da legitimidad a cualquier acción de poder. Y a buen entendedor pocas palabras. Con ese precedente, rebelión o quebrantamiento (que son delitos) podrían pasar a ser observancia o acatamiento (que son acciones legítimas). Y esa diferencia no es sólo semántica. De momento, queda el consuelo de poder empezar llamar a Maduro presidente ‘de facto’ con todas las de la ley. Y eso también es algo.

#12A: el día que pudo terminarse la revolución

Caracas. 12 de abril de 2002. Horas de la mañana. En los pasillos de la Asamblea Nacional todo son susurros. Los diputados opositores y chavistas, horas antes enconados enemigos, ahora charlan. La batuta la llevan los primeros, pero la decisión es de los segundos. ¿La propuesta? Que la Asamblea Nacional acuerde juramentar a Carmona como presidente interino, dado que, como ya se sabía, “se le solicitó al señor Presidente de la República la renuncia de su cargo…la cual aceptó”. Para el mediodía ya 23 diputados del todavía existente MVR han dicho que sí, que aceptan, y que si Carmona va al Hemiciclo lo juramentarán en sesión solemne como presidente interino para encabezar una transición que, en el lapso de un mes, convocará elecciones generales y culminará con la renovación de los poderes. Pero no hay manera de llegarle a Carmona. Don Pedro, en Miraflores, no recibe a nadie. Los parlamentarios van a la Conferencia Episcopal a pedirle al hoy Cardenal Porras que funja de emisario y le dé el mensaje. Éste va a Miraflores. “Apenas si pudimos saludar al Dr. Carmona –cuenta Porras en sus memorias– y decirle que un grupo de parlamentarios quería conversar con él para plantearle una salida constitucional y rápida al vacío de poder. Nos dijo que no nos preocupáramos, que todo estaba en marcha y que en la tarde habría anuncios importantes en un acto público que estaban convocando”. Los parlamentarios acuden entonces a López Mendoza, presidente de Conindustria, y cercano a Carmona. “López Mendoza –escribe Patricia Poleo en sus famosas crónicas sobre el 11A– se comunica entonces con Carlos Molina Tamayo, Jefe de la Casa Militar de Carmona, y le transmite la necesidad que tienen los diputados de reunirse con él, antes de la juramentación (…) La respuesta de parte de Carmona, en boca de Molina Tamayo, dejó perplejos a los parlamentarios: ‘El Presidente les manda a decir que sólo podrá recibirlos después de la juramentación’”. Y el resto –autojuramentación, decretazo eliminando los poderes, escándalo internacional, revuelta militar y regreso de Chávez– es una historia que pudo haberse terminado ese día y que desgraciadamente se ha prolongado hasta hoy.

Su capricho nos asfixia

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch
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Gracias a una verborrea que engatusaba –y, sobre todo,a los muchos billetes verdes provenientes del petróleo–, el único inmortal que se murió se ganó el respaldo internacional: con chequera suficiente, el socialismo del siglo XXI tenía el visto bueno de todos. Sin embargo, el supuesto edén de las izquierdas del mundo no podría aguantar la caída de los precios del crudo, tampoco la ineficiencia de quienes administraban sus finanzas y dirigían su burocracia. Año tras año, el proyecto empezó a ser inviable, descabellado y visto con recelo. Sin chequera suficiente, la fachada democrática empezó a caerse a pedazos y los mandatarios que defendían al Legado (más por conveniencia que por ideología) fueron apartándose. Ahora, los aliados apenas se encuentran en una isla; tienen apellidos impronunciables y sus reyes fueron zares.
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Es por ello que, a partir de las protestas del 2017, las sanciones en contra de los altos funcionarios venezolanos han ido in crescendo. Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea las encabezan y prometen no dejar respirar a los responsables de la represión brutal y del deterioro de la democracia. Sin embargo, no sólo las potencias se oponen a la degradación a la que nos llevó (y sigue llevando) la revolución, sino que también Panamá, un pequeño istmo de Centroamérica,tomó posición y decidió no quedarse sólo con palabras sino a convertirse en ejemplo para el resto de Latinoamérica: su Ministerio de Economía y Finanzas publicó una lista de funcionarios venezolanos con los que evitar operaciones comerciales, en la que, entre otros, están Nicolás Maduro, Tibisay Lucena, Maikel Moreno, y Tarek William Saab, quienes son considerados personas de alto riesgo por blanqueo de capitales, financiamiento del terrorismo y financiamiento de la proliferación de armas de destrucción masiva. La dictadura –dolida como un niño mala conducta que vive más en la Dirección que en las aulas–  no tardó en reaccionar. Si ellos nos sancionan, pues nosotros también, pensaría (o le ordenarían a) Maduro en su despacho. Sin pies ni cabezas, sino con pura retrechería epidérmica, decretó la suspensión temporal de lazos comerciales “por seguridad financiera” con Panamá. La aerolínea Copa Airlines, y empresas distribuidoras de fármacos, también están incluidas: su capricho nos asfixia.
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Que Copa no pueda mantener la ruta hacia y desde Venezuela representa una pérdida menor. Que Venezuela se quede sin Copa significa un barrote más a la jaula que levantó el chavismo. El cese de operaciones comerciales de aerolíneas tiene larga data. American Airlines, Lufthansa, Avianca, Air Canada, Gol, Aerolíneas Argentinas, Alitalia, United, entre otras, han dejado de prestar servicio por medidas de seguridad, y por la deuda que con ellas mantiene la Asociación de Transporte Aéreo Internacional. Se reducen las opciones, se cierran salidas. El país que fuera enlace a nivel mundial con Latinoamérica, y que incluso llegó a recibir al supersónico Concorde de Air France en 1970, tiene actualmente una oferta menor de 20 aerolíneas con baja frecuencia.
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Sin un cambio de viraje en las políticas de Estado, ni la chequera suficiente para comprar voluntades, a Maduro y sus secuaces sólo les queda responder con caprichos ante el repudio internacional.