paraguas de colores

La invasión de los paraguas de colores

Aparecieron sin previo aviso. Una sucesión de coloridos paraguas se elevó hacia el cielo caraqueño, en el Pasaje Linares entre la avenida Universidad y la Plaza El Venezolano, en pleno casco histórico de la ciudad.

Impulsada por la Alcaldía de Caracas, esta vistosa instalación emula el UmbrellaSky Project, iniciativa surgida en la ciudad portuguesa de Águeda con motivo de un festival local celebrado en 2011. Desde entonces, los “cielos de sombrillas” se han expandido hacia otras urbes como el paseo Coral Gables de Miami o la ciudad de Madrid.

Sobre los paraguas de colores en Caracas han escrito entusiastas y detractores. Hay quienes dicen que la obra no es sino un intento de “maquillar la realidad”, tapar el sol con algo brillante y bonito, que distraiga la atención y genere cientos de selfies.

En el otro lado de la acera se argumenta que “sin importar quién lo hizo”, el cielo de sombrillas “se ve arrechísimo y está de pinga”. Agregan que ese colorido paisaje ha logrado que los caraqueños se aventuren a conocer el casco histórico de la ciudad.

Ambas premisas tienen algo de cierto.

El chavismo ha impuesto sus fatídicos símbolos en cada espacio y superficie bajo su dominio, por ejemplo, el 23 de Enero y el Centro de Caracas. En ese contexto, el endógeno UmbrellaSky se presenta como un monumento más amigable, donde el ciudadano encuentra color y optimismo en una estampa muy pop digna de difundirse en las redes sociales.

Yo mismo prefiero unos paraguas de colores antes que los ojos de Chávez al estilo del Gran Hermano o la imagen donde Hugo y Nicolás aparecen en una pose calcada de Lenin y Stalin, rematada con la frase “Juntos Todo es Posible”, que al mismo tiempo dio nombre a la cuestionada campaña de la Alcaldía de Caracas para reemplazar  aceras de varias calles y avenidas. Una campaña que, vale acotar, solo dejó pérdida en el patrimonio urbano.

Un altar al socialismo en cada esquina

Pero la tregua visual que representó la exposición de una pieza aparentemente libre de connotaciones ideológicas caducó demasiado rápido, fulminada por Erika Farías (f), quien preside de facto la alcaldía Libertador. Farías aprobó una comisión especial para cambiar el escudo, la bandera y el himno de Caracas, con la intención de sustituir el emblemático león establecido como un ícono de la capital venezolana desde su fundación el 25 de julio de 1957, por los ojos del finado. Como hizo en diciembre, cuando cambió la felina estatua que custodiaba la autopista Valle Coche por la figura de la indígena Apacuana.

La intención es clara, proseguir con la deformación de nuestros conceptos estéticos e históricos, adaptándolos a sus ideales para hacer de cada esquina caraqueña un altar al socialismo del siglo XXI.

No puedo dejar de pensar que las imágenes de los paraguas que se viralizan en redes construyen la narrativa de una gestión que no existe. De esa manera los ciudadanos que buscan mostrar una cara más luminosa de la ciudad e insisten en que no se politice la obra en el fondo están siendo usados para hacer proselitismo.

Pero el quid de la cuestión, más allá de juzgar a alguien por tomarse una foto o no, es que esos paraguas de colores no implican una transformación real del espacio público, más bien construyen un espejismo. Una vez que se atraviesa el pasaje y sus coloridas sombrillas, saltan a la vista las fachadas sucias, grafiteadas y atiborradas de propaganda comunista.

No hay que ser un experto en urbanismos para darse cuenta de que la ejecución del caraqueño cielo de sombrillas se hizo a medias y sin planificación alguna. Uno de los edificios sobre los que se asienta la controvertida estructura es la viva estampa de la decadencia arquitectónica.

Foto: Luis Morillo | Crónica.Uno

Demás está decir que claro que importa quién colocó los paraguas en el Pasaje Linares y con qué dinero. La Alcaldía de Caracas es un ente público y como tal tiene el deber de informar a los ciudadanos el origen de la obra.

¿Realmente fue una donación de un artista extranjero?, como afirmaron extraoficialmente trabajadores responsables de la instalación. ¿O los recursos salieron de los fondos públicos? ¿Cuál fue el costo total del UmbrellaSky? El portal Crónica.uno estimó en  1917,6 dólares (352,5 salarios mínimos) solo el costo de las sombrillas.

Todas las anteriores son preguntas que, aunque no obtengan respuesta, deben hacerse en aras de la transparencia.

Si algo ha dejado claro el episodio de los paraguas es que los ciudadanos ansían la creación de espacios públicos que les permitan volver a disfrutar la ciudad. Pero para solventar esta necesidad se requiere de proyectos donde la transformación urbana unifique integralmente los ámbitos estético-artístico sustentable y recreativo. En otras palabras, además de una locación para admirar y tomarnos fotos, merecemos espacios donde convivir, encontrarnos y desenvolvernos. Podría empezarse por la recuperación de plazas, fuentes decorativas, esculturas, canchas deportivas, y murales concebidos desde el arte y no para la política.

Por Kevin Melean | @kevmelean

Patria de Tronos: Venezuela y el juego del poder

Por más paradójico que suene, la maldad nos seduce aunque vivamos sumergidos en ella. Solo hace falta echarle un vistazo a las noticias del acontecer nacional para horrorizarnos con todo lo que sucede: violencia, inestabilidad, escasez y desasosiego. Curiosamente, a pesar del caos, los domingos se paraliza el país —todavía más— cuando muchos venezolanos quedan obnubilados frente a sus pantallas para ver Game of Thrones. Una serie que más allá de ser un fenómeno de la cultura pop, parece un reflejo de nuestro país.

A pesar del hype que ha desatado alrededor del mundo, Game of Thrones ha calado en nuestro colectivo por razones muy diferentes al de otras latitudes. Luego de más de dos décadas de polémicas alrededor del poder, la política y sus conspiraciones comenzaron a estar a la orden del día de todos los ciudadanos. Por esto no es de extrañaros que las tramoyas que se arman en la serie de HBO nos recuerden a episodios o personajes de nuestra vida pública (verbigracia, la lluvia de memes y comentarios después de cada episodio estableciendo comparaciones con la situación del país, ejercicio que también reconocemos en diálogos dispersos al salir a la calle).

Al ver la facilidad con la que establecemos conexiones entre la serie y Venezuela, lo primero que salta a nuestra mente es pensar en una suerte de efecto de catarsis: vemos en ella a los monstruos que nos hacen padecer, fantaseamos escenarios sangrientos donde los malos sufren y los buenos ganan. El problema es cómo este juego de espejos y proyecciones nos impide ver quiénes son los verdaderos monstruos y dónde habitan. John Carpenter, el mítico director de cine de horror, creador de clásicos como The Thing, Halloween y They Live, suele definir su trabajo de una forma muy interesante: “Existen dos tipos de películas de terror: las que nos cuentan dónde se localiza el mal externo y las que sugieren que el mal lo llevamos en nuestro interior (…); el mal, en realidad, está aquí, reside en los corazones humanos”… una definición que encaja muy bien dentro de la narrativa del colectivo venezolano y, por supuesto, Game of Thrones.

John Carpenter, director de cine de horror

Utilizando como punto de partida la psicología analítica profunda (escuela creada por Carl Gustav Jung), hablaremos de un tema fascinante y complejo que nos puede ayudar a arrojar algo de luz sobre la conexión del fenómeno de Game of Thrones y nuestro país: la sombra.

James Hillman, famoso analista de la escuela de Jung, define la sombra en su libro ReImaginar la psicología como “la suma de contenidos inconsciente reprimidos y no admitidos. La asimilación –parcial, en el mejor de los casos– de estos plantea un problema a la personalidad consciente, que prefiere experimentarla a través del mecanismo de proyección (el malo siempre es el vecino)”. Cuando comparamos la maldad, inteligencia y sangre fría de un personaje como Cersei Lannister con Diosdado Cabello o el populismo y sed de poder de Daenerys Targaryen con el difunto Hugo Chávez lo que hacemos es un ejercicio de proyección básica. Ambas duplas están relacionadas con el poder absoluto y comparten motivaciones parecidas: doblegar el colectivo a sus deseos y un terrible resentimiento capaz de destruir a cualquiera que les lleve la contraria. Características que tenemos en sombra y que nos cuesta asumir, por eso vivimos proyectándolas en la serie y los políticos… no es casualidad que ambas duplas mueven una horda de fanáticos que las adoran como si fuesen mesías. Ellas encarnan todo lo que quisiéramos tener: poder para ejercerlo como nos plazca, estratagemas para vencer siempre, cinismo para salirnos con la nuestra y una determinación férrea en lograr objetivos. Razones por las cuales muchos fantasean con poseer un par de dragones o fuego valyrio para acabar con un bando u otro de la política venezolana. A pesar de esto, nadie está dispuesto a reconocer estos elementos dentro de sí, los malos siempre son los otros, lo que dificulta una posible transformación. Como escribió Magaly Villalobos en su libro Hebras Arquetipales: “Es imposible progresar o crecer hasta tanto la sombra no haya sido confrontada, y confrontarla significa algo más que conocer su existencia (…), solo al vernos como realmente somos y no como deseamos asumir que somos es que podemos dar pasos hacia la individuación”.

Lastimosamente, estamos tomados por la sombra como colectivo, sumergidos en la psicopatía y con pocos espacios para la reflexión. Nos sorprendió la frialdad con la que Cersei Lannister, en la Temporada 7 de Game of Thrones, ignoró la amenaza de los White Walkers, apoyada en la certeza de no verse afectada por ellos, pero nos parece imposible ver cómo la mayoría de nosotros pasa por alto a las personas que comen de la basura, las cifras rojas del fin de semana, los presos políticos o los caídos en las protestas. De forma inconsciente, replicamos la actitud de Cersei: siempre y cuando no nos afecten los hechos directamente, no pasa nada, al final del día otros pelearán. El peligro radica en que, al igual que la amenaza del Rey de la Noche, las posibilidades de perderlo todo son altas, pero todavía muchos creen que por estar bien posicionados en el mapa de poder son inmunes a cualquier tragedia. Una actitud cómoda y racional, pero que pocos se atreven a asumir abiertamente porque nadie quiere admitir su cuota de oscuridad. Una postura colectiva que confirma una de las máximas lapidarias de Carl Gustav Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo: “Desafortunadamente no puede haber ninguna duda de que el hombre es, en general, menos bueno de lo que se imagina a sí mismo o quiere ser. Todo el mundo tiene una sombra y, cuanto más oculta está de la vida consciente del individuo, más negra y densa es. En todo caso, es uno de nuestros peores obstáculos puesto que frustra nuestras mejores intenciones”.

Cersei Lannister, personaje de Game of Thrones

Por supuesto, las conexiones que establecemos con Game of Thrones van más allá de los dos personajes que se disputan el poder. A su alrededor, hay una larga red de mentiras y traiciones orquestadas por otros que también le hablan a nuestro inconsciente. Por ejemplo, es curioso que la gente en la calle tilde a Jon Snow de tonto (por ser bastante apolíneo, valorar el honor, querer hacer lo correcto y cumplir su palabra), pero que no vean lo naive de un Leopoldo López que se entregó en 2014 creyendo que su prisión haría una diferencia en la política o un Guaidó que, en la actualidad, todavía confía en vías legales o en la conciencia de algunos personajes oscuros para poder cambiar el rumbo de la nación. El resultado es un país que asiste todos los años a la Boda roja de la democracia en cada elección fraudulenta en la que participa, mientras que otros se quedan paralizados como Bran Stark viendo este loop temporal de hechos que se repiten y parecen no tener fin. Todavía más irónico es la imposibilidad que muchos tienen de establecer la conexión entre Little Finger y Ramos Allup o muchos otros “líderes” que no poseen ningún tipo de lealtad y que, parafraseando a Lord Baelish, solo desean usar el caos como una escalera para acercarse más y más al poder. Mientras tanto, ignoramos los consejos sabios de los Tyrion Lannister que, desde el primer día, nos han dicho que este proceso es largo y doloroso, decantándonos por soñar con salidas fáciles o escenarios de violencia extrema, como si una Batalla de los bastardos fuese a solucionar en pocas horas dos décadas de desmanes políticos y sociales.

¿Qué más ignoramos en este juego de sombras y proyecciones?, algo más complejo de abordar y que, todavía hoy, sigue siendo un tema que está en pañales para la psicología moderna: el titanismo. Rafael López Pedraza, arquetipalista y profesor de mitología de la UCV, le dio forma a este concepto en su libro Ansiedad cultural, específicamente en un ensayo titulado Conciencia de fracaso. Para López Pedraza “el titanismo es un aspecto primordial de la naturaleza humana y, aunque tiene gran relevancia en la psicología y debería ser considerado como un asunto apremiante en nuestros tiempos, apenas ha sido explorado”. Tal vez la palabra titán no suene tan lejana a nosotros luego de las últimas dos películas de Avengers (Infinity War y End Game), donde Thanos, conocido como el titán loco, desea eliminar la mitad de la humanidad sin importarle nada; en resumen, un psicópata, alguien incapaz de sentir empatía y que está completamente obsesionado con sus objetivos. El mitólogo Karl Kerényi nos acerca a esta definición en Los Dioses de los Griegos escribiendo: “Una mentalidad que debe ser calificada, incuestionablemente, como titánica implica toda clase de estratagemas, desde la mentira hasta la ideación de las más geniales invenciones, aun cuando estas siempre denotan una carencia en el modo de vida del embaucador”, un concepto que fácilmente podemos asociar con varios personajes de la palestra política venezolana.

Viéndolo en perspectiva, el titán nos debería parecer alguien aterrador y del que deberíamos huir. Pero, lastimosamente, nos genera una fascinación que no podemos controlar. Para muestra un botón, tenemos en un pedestal a todos los titanes de Game of Thrones (Little Finger, Cersei, Daenerys, Ramsay) y le damos nuestra simpatía a cualquier personaje que cultive sus características. Este fenómeno se debe a la conexión que establecen con nuestra zona de inferioridad psicopática, un concepto que Magaly Villalobos resume en Hilaturas como “una zona de resistencia mínima, de particular inestabilidad, que existe independientemente de todas las otras cualidades. Es un sector oscuro y desconocido de la personalidad en el que el alma no funciona a pesar de las muchas otras virtudes y cualidades positivas que puedan tener las personas o colectividades, una especie de vacío o falta que produce un estado de posesión cuando entramos bajo su influjo”. Complementando esta definición, debo anexar una que hace el analista junguiano Axel Capriles en Poder e inferioridad psicopática (refiriéndose al influjo del titán en el colectivo): “Produce un estado de idealización en el que nos sentimos seguros y colmados. Los autócratas y dictadores existen porque ‘otros’ lo han permitido. Porque se le da entrada y cabida, pues la conexión con esa inferioridad hace que los “otros” sean dependientes e ingenuos y con una especie de vacío anímico donde la intuición y los instintos básicos no funcionan”. Es por eso que quedamos hechizados al ver a Cersei sonriendo en el trono y sufrimos el mismo efecto al ver a ciertos políticos dando un mitin: su presencia nos seduce, su verbo nos envuelve y su poder parece encarnar la solución a todos nuestros problemas. Tan aterrador es este encantamiento que, todavía hoy, muchos sueñan con un Pérez Jiménez, un Bolívar o un caudillo que ponga orden en las cosas, un titán omnipotente que arregle el país, arrasando con todo lo malo como fuego valyrio y que le pase factura como Ramsay Bolton a todos los políticos (de bando y bando) que nos han engañado.

Venezuela

Marcos Pérez Jiménez

Game of Thrones terminará, luego de ocho Temporadas, el 19 de mayo de 2019. En paralelo, Venezuela, sumida en un juego de titanes y sombras, parece condenada a perderse en la Larga Noche. Nuestro reto es entender que no podemos saltar de una antípoda a otra: la solución no está en ser un Ned Stark carente de malicia o un Joffrey sin escrúpulos. La clave está en la transformación, en la capacidad de unir opuestos sin perder el alma, como lo ha hecho Sansa Stark (que, luego de sufrir tantas vejaciones por parte de los monstruos, ha sabido aprender de ellos sin ceder a la psicopatía). Este personaje tan criticado en las primeras temporadas, ha aprendido mejor que nadie en la serie a conectar con su intuición y reflexionar sobre cada una de las pruebas dolorosas de su viaje, dando como resultado una gobernante consciente de su responsabilidad y los males a los que se enfrenta, buscando las respuestas que tanto necesita dentro de sí. Por otro lado, en nuestra pequeña Winterfell del tercer mundo, asediados por la amenaza de los White Walkers, nos volcamos a los timeline de Twitter, los audios y cadenas de WhatsApp, los rumores de pasillo y las noticias de dudosa procedencia intentando conseguir la panacea que nos traiga algo de luz y esperanza, soñando con una Arya Stark que salte de la nada y dé la estocada final que mágicamente arregle todo. La respuesta, por más difícil que sea digerirla, no está en los líderes, la intervención o las elecciones, lo que tanto buscamos está dentro de nosotros y hasta que no podamos de forma individual salir del embrujo del titán y confrontar nuestra sombra jamás podremos cambiar el país. Un proceso que es doloroso, largo, pero necesario. Bien lo decía Jung: “No es posible despertar a la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. No nos iluminamos imaginando figuras de luz sino haciendo consciente nuestra oscuridad”.

 

Por Luis Bond | @luisbond009

Fiebre de libertad y futuro

Los acontecimientos del 23 de enero de 2019 me sorprendieron en plenas páginas de Fiebre (1939), primera novela de Miguel Otero Silva, donde, a medio camino entre la realidad y la ficción, el fundador de El Nacional construye una “relato autobiográfico” de la Generación del 28 y sus 200 estudiantes, él incluido, que le plantaron cara a la tiranía.

¿Eso les suena?

Mientras yo leía sobre la rebelión juvenil que hizo tambalearse al régimen gomecista, Juan Guaidó, hijo de la dirigencia estudiantil de 2007, ahora líder de la Asamblea Nacional, se juramentó como presidente encargado de Venezuela para pedir el cese de usurpación de Nicolás Maduro. La historia tiene una curiosa forma de reeditarse. La obra de Otero Silva, este 2019, cumple 80 años de haberse publicado. Y mantiene absoluta vigencia en el escenario político actual.

 

“¡Sacalapatalajá!”.

El primer síntoma de la “fiebre de libertad” surge en forma de  grito animoso, en los gañotes de estudiantes ucevistas. La consigna es curiosa y resulta fácil imaginársela con el mismo ímpetu de un “Maduro coñoetumadre”. Vidal Rojas, nuestro protagonista, es un chamo como tú o el amigo de un amigo. De esos que vienen del interior a estudiar a Caracas y viven en residencias de reputación dudosa… con ideas sobre política, una novia, y su juventud truncada por la  dictadura.

Lo cierto es que en la Caracas de 1928, oprimida bajo el bigote y la bota militar de Juan Vicente Gómez, la Universidad de Central de Venezuela ya tenía quien clamara por libertad.  Así lo expresó Miguel Otero Silva a través de Rojas en las páginas de Fiebre: “Tenemos 20 años y deseos de morir por Venezuela, por la patria, por la libertad, por algo que no sea esta vida de eunucos, ni cuatro centavos manchados, ni la ignominia de un cargo público. En nosotros cifra mucha gente (…) su única esperanza de redención”.

El mes de febrero está tatuado con fuego en la memoria de los venezolanos, una y otra vez aparece en la historia con la impronta de la rebelión y la violencia. Ese caótico ciclo comenzó hace 91 años, cuando en medio de los carnavales, la Generación del 28, sin habérselo planteado, transformó la coronación de su reina con versos y desfile en una lucha política.

Aquella inocente semana del estudiante terminó con la destrucción de un cuadro y una estatua de “el Benemérito”, lo que llevó a que apresaran a cientos de muchachos en el Castillo de Puerto Cabello. Aunque saldrían de allí por el clamor popular, la tregua sería momentánea pues no tardaron en devolverlos al calabozo. Desde entonces, el drama de Vidal Rojas y sus compañeros es el mismo que siguen viviendo los estudiantes venezolanos. Plantarle cara a la tiranía, ser arrojados al exilio, entrar y ¿salir? de la cárcel.

 

Las imágenes van repitiéndose como en un bucle donde rostros y tiempos se vuelven borrosos.

2007: marchas con mordazas y manos blancas. La derrota de Chávez en el referéndum constitucional y el cierre de RCTV.

12 de febrero  de 2014: el fatal Día de la juventud donde Bassil da Costa y Robert Redman perdieron la vida.

Las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro volverían entre marzo y julio de 2017.

Según datos de Civilis y Provea, en esos años de calles calientes murieron 185 personas manifestándose contra el socialismo del siglo XXI. Me viene a la mente  el recuerdo de Neomar Lander: “La lucha de pocos vale por el futuro de muchos”, palabras que se convirtieron en un  epitafio noble y desgarrador.

El 23 de febrero, mientras terminaba de leer a Miguel Otero Silva, volvió a encenderse la violencia represora por parte de las fuerzas de seguridad y los colectivos paramilitares comandados por Nicolás Maduro. En medio de la confrontación, ardieron camiones que transportaban la ayuda humanitaria, medicinas e insumos que buscaban ingresar a Venezuela para paliar la Fiebre de cientos de miles de ciudadanos con padecimientos crónicos. El día dejó un saldo de al menos cuatro muertos, en territorio fronterizo con Brasil; y 285 heridos en la frontera colombo venezolana.

 

Dice Miguel Otero en Fiebre: “Los venezolanos solemos morir en las formas más singulares: (…) olvidados en negros calabozos (…), bajo el dolor, al límite de la locura, de un balazo en los pulmones, un machetazo en la nuca, o no morir mientras se espera a la muerte como una liberación que es peor que morir”.

El clímax de la novela llega cuando Vidal, entre la clandestinidad y el despecho –tras una fallida insurrección militar seguida de una ruptura amorosa– se une a un grupo de civiles armados y oficiales descontentos, reclutados por un viejo coronel para materializar la estocada final contra Gómez.

 

Lamentablemente la vía del golpismo para hacerse con el poder en Venezuela fue una herida que nunca se cerró. Así llegaron Pérez Jiménez, la Junta militar de gobierno en 1948, y Chávez  en el 1992.

 

Incluso hoy, cuando se  han dado los primeros pasos de una transición hacia un gobierno civilista, las Fuerzas Armadas se mantienen como uno de los factores determinantes en el orden de los acontecimientos. Guaidó regresó a Venezuela por el aeropuerto de Maiquetía, volvió a hablarle a los militares. Asegura que el 80% de la institución castrense desconoce a Maduro y se ufanó de no haber sido detenido: “Alguien no cumplió la orden”. Aunque Estados Unidos haya descartado una intervención armada, la incertidumbre todavía marcha con uniformes verde oliva.

 

Los paralelismos no se detienen. Una sonrisa amarga se me dibuja en el rostro, porque en diciembre de 1928 Juan Vicente Gómez cumplió 20 años en el poder. Las mismas  dos décadas que en 2019  tiene la revolución comenzada por Chávez,  que  Maduro continúa “como sea” y sin que le importen las necesidades del venezolano.

 

El cinco de marzo se cumplieron seis años del fallecimiento del “Comandante intergaláctico” y, un par de días después, Venezuela se oscureció como nunca antes. Falló el Guri, la central que surte de electricidad al 80% del país.

A falta de luz, quedaron paralizados los servicios de agua, transporte, telefonía móvil y fija. Al menos una veintena de personas fallecieron durante el mega apagón  al no poder recibir atención oportuna. Noticias, fechas y cifras fatales caen como gotas de lluvia en un terreno ya mojado. Para procurarse algo de agua, docenas de personas acudieron a un manantial que discurre en las cercanías del río Guaire.

A pesar de esto, la principal sed del venezolano es de libertad. Por eso protesta en las calles, con denuncias y consignas a grito pelado, enfrentándose a la represión de funcionarios y colectivos, aunque eso signifique mirar el rostro de la muerte para desafiarla. He ahí el deber de Guaidó y el resto del Gobierno legítimo: mantener una agenda coherente, donde las movilizaciones de calle estén acompañadas de acciones concretas. En otras palabras, ya la ruta para la transición fue trazada: ahora toca materializar las condiciones para que esas metas se cumplan.

Rescato una nueva frase de las últimas páginas de Fiebre: “Yo sé que mi pueblo ha de despertar algún día (…), será grandiosos verlos saltar de los caminos polvorientos, de los calabozos sin aire, de las casuchas sórdidas, de las tumbas mismas, con un clamor de justicia en sus puños cerrados”.

 

Muchos a quienes la crisis les impuso el éxodo, desde sus países de residencia, con la condición de extranjero a cuestas, piensan en regresar a Venezuela y participar en su reconstrucción cuando la democracia las dé luz verde.

El periodista Jeanfreddy Gutiérrez comienza un hilo en Twitter con proyectos que le gustaría llevar a cabo en una Venezuela sin chavismo. Habla del saneamiento del Lago de Valencia, seguido de la recuperación de su estructura hídrica y la relación de ese ecosistema con sus comunidades. De inmediato se le suman una entusiasta bandada en la “pajarera azul”.

 

Hay iniciativas para todos los gustos y necesidades. Desde una legislación sana para el trabajo, pasando por programas de reciclaje serios en todas las ciudades, hasta reorganización de los parques infantiles, creación de nuevos espacios públicos y pare usted de contar.

Odell López, otro periodista, plantea valientes transformaciones en torno a los medios y la libertad de expresión. Desde llevar un portal web al impreso hasta “establecer el Sistema de Información Pública, como una herramienta social que dé cuenta del derecho a estar informado”.

 

En la visión del ciudadano  con formación y estudios, queda claro que el mayor recurso de Venezuela, “donde  el petróleo brota fácil como el agua (…) y en las aguas verdes hay millones de perlas dormidas”, es el talento humano. “Un país no puede apreciarse a través de la policromía inmóvil de sus paisajes, el hombre al incorporarse al paisaje le da razón de ser y sentido a las cosas”, sentenció Otero Silva, sin una pizca de “nacionalismo rancio”, a mediados del siglo XX.

 

Cuando era ya un escritor  veterano, el autor de Fiebre corrigió y volvió a publicar su primera novela, agregándole una  vasta introducción donde entrevistó a los miembros de aquella mítica y subversiva generación del 28. Al final de la dictadura que acabó con la muerte de Gómez en 1935, los estudiantes de esa época impulsaron la creación de partidos políticos, además de construir instituciones maduras que condujeron al país hacia la senda democrática, consolidada definitivamente en 1958, cuando Pérez Jiménez huyó el país a bordo  de “la Vaca Sagrada”.

Ojalá Venezuela avance pronto hacia el camino de libertades que cada uno hemos esbozado en nuestros horizontes, el tiempo apremia y el país y sus realidades no están para dilaciones quiméricas. Mientras eso sucede, seguiremos leyendo y escribiendo el día a día, esperemos que con suficiente tino, para explicar claramente este oscuro capítulo de nuestra historia.

 

Por Kevin Melean

Psicología no ingenua en tiempos de crisis

El psicoanalista inglés Donald Winnicott argumentaba que una de las características inherentes al ser humano era la creatividad, inclusive en las condiciones más extremas. En regímenes totalitarios o durante los campos de concentración nazis, siempre había personas que permanecían creativas a pesar de las adversidades. Sin embargo, Winnicott advertía que eran ellas las que más sufrían, ya que esto implicaba crecer ante un contexto que explícita e implícitamente te decía que no valía la pena crear cosas nuevas.

Para Winnicott, la alternativa para no sufrir en estos contextos consistía en despojarse de la propia humanidad que nos caracteriza: dejar de ser creativos, perdiendo la voluntad de vivir. Por ejemplo, en los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial, había personas a las que llamaban Muselmann, quienes divagaban sin una orientación específica y hablando palabras sin sentido, para finalmente morir, por problemáticas asociadas a la desnutrición, arrodillados en una posición similar a la de las personas creyentes del islam cuando rezan en dirección a La Meca.

Ante esta propuesta de Winnicott, quedan dos interrogantes claves en la Venezuela que estamos viviendo: ¿cómo permanecer creativos ante contextos tan adversos?, ¿cómo contactar de forma no destructiva con el sufrimiento que implica vivir en este momento de tanta incertidumbre?

La psiquiatra estadounidense Judith Hermann escribió un libro que ha sido un clásico en los estudios sobre trauma psicológico, denominado Trauma y Recuperación, donde aborda los síntomas psicológicos y físicos asociados a estar expuestos a diferentes contextos traumáticos sostenidos y la forma de lidiar con ellos en psicoterapia. Uno de los capítulos habla sobre las personas que han permanecido en cautiverio por secuestradores, de prisioneros de guerra y de mujeres que han estado tanto tiempo en situaciones de violencia doméstica compleja que sus captores las han obligado a estar encerradas dentro de sus hogares. Dentro de estas situaciones tan adversas, los sobrevivientes relatan que emplearon mecanismos que les permitieron aferrase al deseo de continuar su vida y ser creativos. Tres de ellos me parecen especialmente lúcidos en estos momentos tan críticos en el país.

Una sobreviviente de violencia doméstica llamaba al primero de ellos La unidad básica de supervivencia. Este método hace referencia a las relaciones significativas. Judith Hermann explica que en las situaciones más perversas, los vínculos fuertes sobreviven y mitigan de forma importante los efectos negativos del cautiverio. Cuando los campos de concentración fueron liberados, se consiguió que la gran mayoría de los sobrevivientes habían formado un vínculo estable, donde se protegían mutuamente de los horrores de las torturas y el trabajo forzado. En este sentido, relaciones basadas en la lealtad y en la reciprocidad constituyen una forma de hacer frente a las relaciones que los captores querían imponer basadas en la sumisión y el control.

El segundo mecanismo consiste en estar en contacto constante con tu alrededor. Las personas que han sobrevivido largos tiempos en cautiverio relatan que todos los días se proponían una pequeña tarea que los mantenía en contacto con su ambiente. A veces eran cosas tan sencillas como observar de forma detallada cómo caminaban las hormigas que había a su alrededor. Por ejemplo, una amiga me dijo en estos días que con los apagones había descubierto cómo sonaba el silencio.

Otro ejemplo de ello: cuando estaba pequeño, me imagino que tenía unos 6 o 7 años, hicieron una remodelación en mi casa para construir un nuevo cuarto para mi hermano menor; esto implicó tumbar unas paredes para construir el cuarto nuevo. Recuerdo ese momento como bastante angustiante, todos los cambios que estaban haciendo dentro de mi casa me generaba mucha incertidumbre. Sin embargo, un día que estaba lloviendo agarré mis juguetes y los puse en el lugar donde estaba la construcción y comencé a detallar cómo las gotas caían sobre ellos: ver el ritmo constante de las gotas me calmaba, era como darle un sentido de continuidad a los nuevos cambios que estaban ocurriendo en mi vida.

El tercer mecanismo que describe Judith Hermann es la capacidad de tener una continuidad temporal. En situaciones de cautiverio, existen momentos donde los captores logran tanta dominación, que pueden distorsionar hasta la noción del tiempo de sus víctimas.  Primo Levi, escritor italiano sobreviviente de un campo de concentración nazi, cuenta que llegó un momento donde no contaban los días para que su cautiverio terminara, sino que estaban concentrados en saber cuánto tiempo había pasado y qué fecha era: “Para los hombres vivos, las unidades de tiempo siempre tienen valor”.

En esta misma línea, recuerdo que a mediados del año 2017 estaba fuera del país terminando de escribir mi tesis de maestría. Pasaba todo el tiempo revisando las redes sociales para saber qué había ocurrido en las protestas ese día: era bastante fuerte ver que en cada jornada se contabilizaban nuevos muertos. Uno de esos días, estaba en la sala de computadoras del postgrado con amigos de diferentes partes del mundo, ninguno de Venezuela. Ellos hablaban sobre sus planes para después de que terminaran la maestría: muchos querían hacer un viaje alrededor de Europa y hacían chistes sobre las cosas que iban a hacer en sus vacaciones.

En ese momento, me enteré, por el grupo de WhatsApp de mis amigos del colegio, que mi amigo de la infancia Miguel Castillo había sido asesinado durante las protestas. Me sentí completamente alienado: tenía enfrente personas riéndose, viviendo la vida que cualquier persona de mi edad se merecía, y yo leyendo que alguien a quien quería y consideraba parte importante de mi historia había fallecido.

Los días siguientes fueron difíciles, sobre todo por la diferencia horaria. Intentaba estar despierto como si estuviese en Venezuela para enterarme de los acontecimientos en el momento que pasaran, pero la realidad es que estaba en un lugar con cuatro horas de diferencia: era muy difícil habitar los dos sitios al mismo tiempo.

Lo que me permitió darle continuidad temporal a mi vida en ese entonces fue la música. Desde que tengo 11 años, la mayoría de mi tiempo lo invierto escuchándola. En esos días donde me sentía que estaba en dos lugares distintos, decidí elegir una canción del día, cualquiera que me gustara escuchar especialmente en ese instante, como una forma de saber que un día más había pasado, que esa escena traumática en la sala de postgrado cuando me enteré de la muerte de Miguel Castillo ya había pasado.

Todavía lo sigo haciendo por costumbre, elijo una canción a la que llamo “la canción del día”. Hoy 28 de marzo de 2019, después de que volvió la luz a mi casa y en mi oficina, decidí elegir Monkberry Moon Delight, de Paul McCartney, quien describe esta pieza como un “cuadro surrealista hecho canción” y que tiene frases con palabras que no guardan mucho sentido con otra; por ejemplo, uno de los versos dice lo siguiente:

Well, I know my banana is older than the rest

And my hair is a tangled beretta.

But I leave my pajamas to billy budapest,

And I don’t get the gist of your letter.

Justamente el hilo conductor de toda la canción es el sinsentido. Me recuerda que la locura y él, como la creatividad, son elementos inherentes al ser humano. Pero como decían Freud y Foucualt, la civilización nace cuando ese sinsentido es encapsulado en sitios específicos, cuando la mayoría de la vida social es dominada por la normalidad y el sentido, a pesar de que nuestros instintos más primitivos están orientados a lo contrario. En el arte, la música, la literatura y en las películas, podemos contactar con el sinsentido de forma creativa, pero cuando este se vuelve parte de lo cotidiano, con apagones impredecibles, es imposible no conectarse con la vida y sufrir al mismo tiempo. Lo esperanzador está en que personas que han estado expuestas en situaciones tan horribles de forma sostenida lograron conseguir cosas que las empujaron a seguir viviendo.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90 

#RusiaGoHome

La Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, pero en pleno siglo XXI hay sectores internacionales interesados en revivir una especie de conflicto entre ideologías trasnochadas que no aguantan un análisis serio. ¿Qué es lo peor de este intento? Que en el centro del debate está Venezuela, y el afán de una izquierda fanatizada en convertir la legítima lucha por la democracia en un panfleto histórico contra el intervencionismo yankee.

Pero en materia de intervencionismos, ¿dónde queda el papel injerencista que han jugado los aliados del chavismo como Rusia y China?, ¿cuánto le ha costado este intervencionismo a los venezolanos?

¡Es el petróleo, estúpido!, grita una parte de la izquierda mundial para acusar al Gobierno legítimo de apoyar la supuesta intención de los Estados Unidos de adueñarse de las riquezas venezolanas –tras aceptar el contundente apoyo del presidente Donald Trump al presidente encargado Juan Guaidó–, pero lo cierto es que durante los 20 años del chavismo en el poder, han sido otras potencias, y otros imperios, los que han jugado al monopolio y han roto la piñata de la renta petrolera venezolana.

Deuda millonaria

Los tentáculos del Kremlin se han extendido en la Venezuela del chavismo como nunca antes en nuestra historia. En los 14 años de gobierno del ex presidente Hugo Chávez, el mandatario viajó nueve veces a Rusia; mientras que Nicolás Maduro lo hizo en tres ocasiones en menos de seis años.

Para el año 2017, una nota periodística de Telesur cifraba en al menos 260 acuerdos los tratados firmados entre ambos países desde el 2006, principalmente en materia militar, petrolera y energética; pero los intereses rusos en el país llegan también a ramas como la minería, la agricultura y la construcción de viviendas.

Aunque no se conocen cifras oficiales, la agencia internacional Reuters calculaba para finales de 2018 una deuda superior a los 17.000 millones de dólares por parte de Venezuela a Rusia. Deuda que debe ser pagada con venta anticipada diaria de petróleo, que le costarían al país cerca del 32% de su producción actual diaria: unos 380 mil barriles de petróleo de los apenas 1.17 millones diarios que estaría produciendo Pdvsa, según informes de fuentes secundarias a la Opep reportadas por Reuters en octubre del año pasado.

En la otra acera se encuentra China, con la cual Venezuela ha acumulado una deuda de más de 50 mil millones de dólares en créditos y préstamos financieros, y para la cual destina casi un millón de barriles de petróleo diarios para pagarla, según informó el mismo Nicolás Maduro en septiembre de 2018, tras recibir el último crédito por parte de China, de unos cinco mil millones de dólares destinados a la inversión petrolera para aumentar la producción nacional que ha caído abruptamente en los últimos años.

La fiebre del oro negro

Los rusos también juegan al futuro y sus intereses no tienen límite en el calendario: en 2011 firmaron un acuerdo petrolero para constituir una empresa petrolera mixta entre Rufnet y Pdvsa, con el objetivo de explotar la Faja Petrolífera del Orinoco. Según declaraciones dadas por el entonces vice primer ministro ruso, Ígor Sechin, en una visita oficial a Venezuela, Rusia tenía previsto invertir  $16.000 millones en la exploración y explotación del campo Carabobo 2, y con el mismo objetivo otros 20.000 millones, durante los próximos 40 años, para la explotación del campo Junín 6, ubicado dentro de la Faja en el estado Anzoátegui.

En diciembre de 2018, pese a las sanciones internacionales y a la negativa de la Asamblea Nacional, Putin aceptó entregarle a Maduro otro acuerdo para poner en marcha un paquete de inversiones rusas, en los sectores petrolero y minero, valoradas en $6.000 millones.

Hoy en día la petrolera rusa cuenta con participación en seis empresas petroleras mixtas en la Faja del Orinoco y logró hacerse con el 49,9% de las acciones de Citgo, la empresa venezolana refinadora y comercializadora de Gasolina en EEUU. ¿Se entiende el por qué los rusos no juegan carrito en Venezuela?

En Fuerte Tiuna se habla ruso

En materia militar la impronta Rusa también dice presente. Los entendidos en materia de seguridad aseguran que si bien la dictadura cubana se encuentra detrás del mando y el factor ideológico dentro de los órganos de seguridad y espionaje del Estado, ha sido Rusia quien ha dotado al régimen chavista de todo el factor operacional de fuego.

Helicópteros “Mi-35″ y “Mi-17”, aviones de caza “Su-30MK2”, una fábrica de fusiles Kaláshnikov, vehículos blindados tipo tanques, armas de defensa aérea, entre otros jugueticos de guerra están dentro de la extensa lista de armamento militar que adquirió el Gobierno venezolano desde el 2005, según declaraciones dadas en febrero de este año por el director del Servicio Federal de Cooperación Técnico-Militar ruso, Dmitri Shugáev, a la prensa.

Solo entre 2005 y 2008, el entonces presidente Chávez firmó con Moscú contratos de armamento por un valor de $5.400 millones, con lo que se compraron, entre otras cosas, 100.000 fusiles Kaláshnikov, 24 aviones caza SU-30, más de cincuenta helicópteros y sistemas antimisiles Tor-M1. Una nota de la cadena rusa Rusia Today (RT), del 2009, aseguraba que Venezuela era de largo el país de América Latina que encabezaba la lista de compras al exportador monopolista de armas ruso, Rosoboronexport. Para el 2013, el mismo medio aseveraba que la realización de los contratos firmados entre Moscú y Caracas debería convertir a Venezuela en el segundo importador de armamento ruso para el año 2015, después de la India, con un volumen de compras de 3.200 millones de dólares anuales.

De la Stasi al Sebin: la sombra militar rusa

Edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin)
FOTO: EFE/Miguel Gutiérrez

“Sale una noticia por ahí: Rusia prepara la instalación de una base militar en La Orchila. Ojalá fuera verdad, no una, dos, tres, cuatro, diez”, declaró el presidente de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, en diciembre de 2018, para desmentir los rumores provenientes de medios rusos que presumían la posibilidad de la instalación de una base militar rusa en territorio venezolano.

Sin embargo, no es la primera vez que el río suena con la noticia de las intenciones del Kremlin de montar su primera base área en América Latina, especialmente en la Isla de La Orchila, donde funciona un estamento militar de la FANB. En diciembre del 2018, bombarderos nucleares rusos Tupolev-60 volvieron a surcar el cielo venezolano –ya lo habían hecho en 2008– en el marco de ejercicios militares bilaterales con un claro objetivo: desafiar a occidente con una demostración del poderío militar detrás del presidente Vladimir Putin y su padrinazgo al régimen madurista; esto sucedió días antes de que la mayoría de los países democráticos del mundo desconocieran a Nicolás Maduro como presidente.

Pero la ayudadita rusa a Maduro no queda allí. A finales de enero de este año, la agencia de noticia Reuters confirmó, con tres distintas fuentes, el envío de un número no identificado de agentes de seguridad privados muy cercanos al Kremlin para encargarse de la seguridad del ex mandatario y evitar su detención.  Aunque ningún funcionario venezolano o ruso confirmara la noticia, una fuente aseveró al medio que se trataría de unos 400 agentes asociados al grupo Wagner, cuyos miembros –en su mayoría personal militar retirado– combatieron de forma clandestina en apoyo de las fuerzas rusas en Siria y Ucrania.

¿Sorpresa? Este grupo de espías habría viajado en dos vuelos fletados por Cuba, desde donde se trasladaron después a Venezuela. Sin embargo, el 11 de febrero el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, declaró a la prensa que el régimen venezolano no había solicitado apoyo militar a Rusia para evitar alguna acción militar extranjera.

Pero los rusos también saben de tortura y de servicios secretos. En octubre del 2018, el activista por los derechos humanos y ganador del premio Sájarov, Lorent Saleh, quien estuvo detenido durante 26 meses como preso político del chavismo en la Sede del Sebin en Plaza Venezuela, conocida como “La Tumba”, denunció desde España que detrás de esta cámara de “tortura blanca” se encuentra la mano de agentes rusos y cubanos. El mismo método de tortura psicológica que aplicaba la Stasi, la policía de la República Alemana oriental comunista, de la que Putin fue agente durante la Unión Soviética.

20 años de chavismo con Putin

El chavismo y Vladimir Putin tienen los mismos 20 años comiendo de la misma ensaladilla. El mandatario ruso y Hugo Chávez llegaron al poder en 1999, y ya en el año 2000 tuvieron su primer encuentro oficial nada más y nada menos que en el nido del capitalismo norteamericano, muy cerca de Wall Street, con ocasión de la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas en Nueva York. Tan solo ocho meses después, el jefe de Estado venezolano realizó su primer viaje a Moscú de cinco días y hasta fue galardonado con el título de doctor ‘honoris causa’ de la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia.

Desde el primer momento, Chávez y Putin entablaron una relación cercana. Ambos compartían la visión de instaurar en el mundo un nuevo orden multipolar distinto al liderado por los Estados Unidos. El discurso antinorteamericano de Chávez  le sirvió como anillo al dedo al Kremlin para convertir a Venezuela en parte de su juego internacional, que buscaba rescatar la influencia mundial perdida después de la caída soviética y el posterior rechazo y sanciones de gran parte de occidente luego del conflicto bélico con Ucrania en 2014.

Así, se instauró una relación mutualista entre ambos países en la que, por un lado, Venezuela encontró un fuerte aliado económico que se convirtió junto a China en su principal financista frente a una economía cada vez más deficitaria, y que le permitió satisfacer sus caprichos armamentistas, y, por el otro lado, Rusia encontró un país geográficamente perfecto para expandir sus intereses imperiales sobre América Latina a las narices de su principal rival –los Estados Unidos–. Todo esto mientras aprovechaba la oportunidad de sacarle tajada a precio de ganga a la principal reserva petrolera del mundo.

La fiebre del oro


FOTO: AVN

Bajo esta relación ganar-ganar entre el chavismo y el Kremlin, la balanza comercial entre ambas naciones creció como la espuma. Según diferentes reportes de prensa, el intercambio comercial entre los dos países fue de unos 400 millones de dólares en 2009, y 960 millones en 2008. En 2011 alcanzó el pico de los 1.733 millones y para el 2016 el embajador ruso en Venezuela, Vladimir Zaemskiy, declaró a RT que se esperaba que la balanza comercial alcanzara los 300 millones de dólares para ese año.

Pero los rusos no solo tienen sus ojos puestos en la Faja Petrolífera del Orinoco y en la Isla de La Orchila. Desde la creación del llamado Arco Minero en 2016 en el estado Bolívar, también tienen una importantísima participación en el sector minero. De los 112.000 kilómetros cuadrados con riquezas minerales estimadas en 7000 toneladas de reservas de oro, cobre, diamante, coltán, entre otros minerales, Rusia explota la zona de Cuchivero, en Guaniamo, mejor conocida como la Zona Número 1 del arco, donde se calcula que existen miles de toneladas de depósitos de diamantes, según reportó el diario ABC de España en enero de este año.

No es casualidad entonces que un informe del Consejo Mundial del Oro, publicado el primero de noviembre, confirmara que en los últimos meses Rusia ha sido el mayor comprador de oro en el mundo, por encima de Turquía, y asegurara que el 17% de las reservas mundiales de este metal precioso están en manos del Kremlin.

El último salvavidas de Maduro

Después del 23 de enero, Vladimir Putin ha nadado contra la corriente de la comunidad internacional en el caso Venezuela. La juramentación de Juan Guaidó como presidente encargado ha sido respaldada por más de 51 países en todos los continentes, pero desde Rusia se juega fuerte –incluso mucho más que desde China– para defender a Maduro y se ha llegado hasta las amenazas para frenar cualquier intento de intervención militar por parte de los Estados Unidos.

En una llamada telefónica celebrada el 12 de febrero entre el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo; y el canciller ruso, Sergei Lavrov, el funcionario ruso aseveró que “cualquier injerencia en los asuntos internos de Venezuela, incluido el uso de la fuerza,  sería una clara violación del derecho internacional”, así indicó la cancillería rusa en un comunicado. Ese mismo día, durante una rueda de prensa, el diplomático ruso acusó a EEUU de pretender disimular una intervención militar en Venezuela con la llegada de la ayuda humanitaria que coordina el presidente Guaidó junto a la comunidad internacional.

Otras voces como la del embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia; y a el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, también salieron en defensa de Maduro en la misma semana, tras señalar que desde EEUU se incita a un derramamiento de sangre y catalogaron como un “intento desafortunado” y una “impensable intromisión” la solicitud que desde la Casa Blanca se hace a militares venezolanos para que retiren su apoyo a Nicolás Maduro. Desde Rusia se plantea presentar en la ONU su propio proyecto de resolución sobre Venezuela para frenar el la propuesta de EEUU en el Consejo de Seguridad en que piden reconocer solo a la AN como único poder legítimo, así como solicitar la convocatoria de elecciones libres.

¿Está Venezuela a las puertas de otra crisis geopolítica como la de los misiles en Cuba en la década de los 60´? Hay quienes creemos que no. Como todo buen imperio, o al menos uno que intente serlo, Rusia protege a Maduro como garantía de pago y reconocimiento de una deuda millonaria de acuerdos que en algunos casos ni siquiera fueron aprobados por la Asamblea Nacional. Pero todo indica que muchas fichas se están moviendo entre sombras para alcanzar un pacto que permita que Rusia se convierta en la puerta de salida de Maduro de Miraflores. Después de ese momento,a los venezolanos hastiados de la crisis política, económica y social que sacude nuestras entrañas nos tocará gritar a todo pulmón ¡#RusiaGoHome!

 

Por Joel Siverio Cappadonna

 

La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

Prohibido ser neutral: necesitamos el VAR en las elecciones

En el descanso entre Mundiales, se juega la Copa Venezuela, no la de clubes sino una de naciones. Es un trofeo peculiar porque siempre se ha dicho que brilla radiante de oro y otras riquezas (y bellezas), pero en realidad su estructura interna sigue siendo de cartón. El torneo es incómodo no solo por atravesado, sino porque nadie sabe exactamente qué hacer con él. Muchos ni siquiera están seguros de que les convenga ganarlo. Está asociado a una saga de arbitrariedad –que no es un sinónimo de arbitraje justo–, autoritarismo, usurpación, represión y dinero sucio.

La selección de Estados Unidos nunca ha sabido demasiado de este juego del que hablamos, pero en la teoría cuenta con todos los recursos para vencer en la competición. Hasta ahora es una de las que muestra más intención en llevarse la Copa, como suele manifestar su staff técnico, últimamente muy activo en las redes sociales. Bastantes puristas alegan que el único interés del equipo de las barras y las estrellas es hacer negocio, convertir este deporte en un show y autoproclamarse campeón.

En todo caso, en medio del desconcierto y la desmotivación que infectan a otros países, los gringos ven una oportunidad a pata de mingo de su confederación y están jugando fuerte. Que sean más bulla que la cabulla es otra cosa. La plancha aspirante a tomar las riendas de este deporte en Venezuela, bloqueada por una cúpula que controla la Federación de manera ilegítima, sabe que un competidor tan influyente representa una de las poquísimas posibilidades de hacer el torneo un poco más parejo y limpiar el tan maltratado nombre de la Copa. No importa que sea un equipo torpe con el balón: si les abren la frontera, ayudarán con el Gatorade y el Dencorub.

Getty Images

Los europeos siempre han conocido los matices y sutilezas de este delicado juego, aunque debido a que están enfrascados en sus propias competiciones y los traslados implican cruzar el Atlántico en fecha FIFA, no están muy seguros de si quieren meterse en esta Copa. Potencias que han ganado el Mundial como Francia, Alemania, Inglaterra y la últimamente venida a menos España han manifestado su respaldo al juego limpio, aunque no están seguros de si enviarán sus jugadores titulares a la lejana Sudamérica. En todo caso dan cierto prestigio a la dispareja competición.

Aparte de los grandes animadores, por supuesto, hay un coñazo de selecciones europeas más o menos competitivas que ven con simpatía la plancha opositora aspirante a lavar la bananera reputación del torneo, aunque en general es difícil que estos equipos tipo Austria o Polonia pasen mucho más allá de los octavos de final. Una muy modesta selección que nunca ha clasificado al Mundial podría convertirse en una de las revelaciones e incluso protagonista crucial de esta definición, debido a los secretos que conoce sobre el fair play financiero: Andorra. Es un principado no mucho más grande que el Vaticano, oncena que, aunque juega con sotana, se ha dejado meter unos cuántos caños esta temporada.

La Conmebol cuenta con selecciones campeonas como Argentina y Brasil, e incluso otras que han organizado Mundiales como Chile, aunque hace tiempo que no ganan un torneo importante y suelen ir cada una por su lado. La confederación regional está debilitada, a pesar de la despeinada angustia de su presidente, un tal Almagro. Últimamente el que lleva la voz cantante es un grupete que se reúne en Lima para pedir que dejen jugar al Guerrero (Paolo).

Como esta competición es atípica, Colombia es uno de los equipos que está más interesado en el torneo. Resolver esta eliminatoria se le ha convertido en un asunto de primerísimo orden interno, de hecho, tanto en el aspecto económico como social. Parece un competidor serio y no hay que subestimar las armas (deportivas) que ha ido acumulando. Con hombres como Cuadrado, quieren impedir que la arepa se les siga poniendo ídem.

Como en todos los torneos internacionales, hay equipos sucios y equipos aburridos que hacen que muchos partidos no merezcan ser televisados. Rusia ganó la sede del último Mundial a punta de billete y Putin quiere tener una selección campeona así tenga que comprar árbitros y manipular el VAR, aunque le sigue separando una distancia considerable de las selecciones aspirantes. Han despedido técnico tras técnico y a veces tienen la sensación de que han perdido esos reales.

AP

China desde hace rato quiere ser un actor de primer nivel en competiciones internacionales, pero lo hace de manera irresponsable. Para conquistar mercados están dispuestos a todo, menos a exigir una competición más limpia. Ellos tienen una palabra para hacerse los locos ante la violencia en la cancha: in-je-len-cia. Irán es una lástima, porque si se dedicaran a jugar en vez de agredir, podrían dar muy buen espectáculo. Turquía se ha vuelto una experta en la tramposería, nada que ver con el simpático equipo que llegó a semifinales en el Mundial 2002.

¿Qué pinta Cuba en este deporte? Siempre ha sido un fantasma. Pero aunque muchos no lo recuerdan, hizo algo que nunca ha conseguido Venezuela: jugar un Mundial. Ha aprovechado el factor experiencia para aferrarse a sus posibilidades de supervivencia y, al menos en esta fase clasificatoria, se han desempeñado como si estuvieran jugando beisbol. Han entrado al terreno de juego con bates de aluminio, pues. En eso de aporrear y vigilar las señas de los entrenadores contrarios son expertos. No sabrán mucho de 4-4-2 o  4-3-3, pero sí de la táctica antirreglamentaria conocida como G2.

Y llegamos a los países ladillas que nunca faltan en todo Mundial. Juegan para mantener el empate 0-0. Andan haciendo turismo en esta definición que, luego de un tiempo extra de 20 años, no se resuelve desde los 11 metros debido al mutismo de la Corte Penal Internacional, organismo que, como sugiere su nombre, se encarga de supervisar que los arqueros no se muevan antes de tiempo en las tandas de penales.

Hasta selecciones que han sido campeonas del mundo, como Uruguay e Italia, se han puesto fastidiosas. Sus delegados se la pasan quejándose de las selecciones que sí salen a ganar la Copa como sea, pero en el pasado se quedaron callados cuando vieron piernas fracturadas, árbitros amañados o futbolistas mal alimentados. Sorprende el silencio ante el fraude monumental del 20 de mayo. En el caso charrúa, hay sospechas sobre la titularidad del hijo del director técnico que hacen quedar como una caimanera de futbolito en el Parque del Este aquella insistencia de Richard Páez de poner siempre a Ricardo David. Como en todo deporte de contacto, hay tiempo de rectificar.

En Italia lo echó todo a perder una agencia de management llamada Movimiento Cinco Estrellas, que buscó y buscó en el Calcio y la única estrella actual que consiguió fue el importado Cristiano Ronaldo. Finalmente se impuso en la anodina Squadra Azzurra el viejo Catenaccio, táctica conservadora que consiste en dejar encadenados a los defensores de la democracia. De la portería, quisimos decir.

Ante el tedio de los que no quieren abandonar su área, uno no debería ser neutral. El nombre del juego es la alternabilidad.

El caso de México es lamentable. Siempre está en los Mundiales, y aunque es genéticamente imposible que pase de octavos de final, suele dar un espectáculo alegre y vistoso. Esta vez llegó nueva gerencia de educada pierna zurda que pretende salir de perdedora, aunque ha desvirtuado su esencia y ha traicionado a la Tricolor. La bandera mexicana, claro.

Al igual que la final de la Copa Libertadores 2018, nadie sabe cuándo y cómo terminará este extraño torneo llamado la Copa Venezuela. Se supone que la barra de los aficionados de la Vinotinto deben arreglárselas por sí mismos para escapar al mote de perdedores, aunque en su deteriorado estadio enfrentan a un rival de Fútbol de Altísima Efectividad en el shoot y con la desventaja añadida de un balón imprevisible por hiperinflado. Las reglas de la FIFA no son muy claras en casos como estos. Lo cierto es que solo les queda repetir en las gradas el cántico que se han aprendido este 2019: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. No hay futuro para las divisiones menores sin un nuevo presidente en la Federación.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

In Guaidó we trust

En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

Gobierno

Un Plan País para reconstruir Venezuela

Un mantra repetido hasta al cansancio, la hoja de ruta con las coordenadas, el camino a recorrer: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. El Gobierno legítimo de Juan Guaidó nos indicó las tres etapas que debemos superar para recuperar la democracia en Venezuela. Pero contener las expectativas no es fácil: por estos días, la ansiedad hace de Twitter un producto nocivo para la salud si se excede la dosis recomendada. Las cadenas de WhatsApp alimentan el deseo de un madrugonazo que nos despierte con una sonrisa de oreja a oreja, pero también incrementa el pánico: del terror a la ilusión en menos de dos notificaciones. No hay analgésico que calme el dolor país, la cura es una sola y todos la conocemos; sin embargo, aunque sea difícil, debemos tener la capacidad de pensar un poco más allá, en los días y años después de que pase la dictadura. Es por ello que la directiva de la Asamblea Nacional, desde 2015, comenzó a trabajar en un documento para la reconstrucción de Venezuela, conocido como Plan País.

La recuperación de la nación sucederá en la medida de que se cumplan tres objetivos principales: 1) recuperar al Estado venezolano y ponerlo al servicio de la gente; 2) empoderar a los venezolanos a fin de liberar sus fuerzas creativas y productivas; y 3) reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo.

“Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”

Que se alcancen las metas depende, necesariamente, de atender la urgente crisis humanitaria que atraviesa el país, por lo que el Gobierno legítimo asegura que protegerá a la población más vulnerable, la que se encuentra en riesgo de desnutrición o en estado crítico, a través de subsidios directos. La verdad es que no descubren el agua tibia, ni tampoco parecieran alejarse de las políticas conocidas, pero la diferencia aparece en la manera de prestar subsidio en detrimento del control social, como ocurre con las cajas CLAP, por ejemplo. Dice el sociólogo Luis Pedro España que “hay al menos 12 productos que son esenciales, que tienen el requerimiento calórico. 48% de los hogares no tendrían ninguna posibilidad de abastecerse sino tienen acceso a un subsidio directo”.  La idea en esta primera etapa implica llevar el subsidio a los bolsillos de los venezolanos en estado más vulnerable, quienes podrán dirigirse a los anaqueles que dispongan de los productos primordiales.

España recuerda el harto conocido dicho del pescado, pero le añade una variación: “Mientras estoy aprendiendo a pescar, me tienen que dar de comer. Porque si no tengo pescado mientras estoy aprendiendo a pescar, no puedo aprender a pescar. Esto es un pueblo que aprende muy rápido”.

La crisis alimentaria también, dice el Gobierno legítimo, será atacada a través de los comedores escolares. Garantizar un plato de comida con los requerimientos nutricionales adecuados combatiría la deserción estudiantil y la delincuencia, pues el exceso de tiempo libre puede ser un hervidero de criminales.

La estabilidad política del Gobierno que preside Juan Guaidó sólo será posible en la medida de que haya una estabilidad económica y social, por lo que la prioridad es atender la crisis, recuperar el valor del poder adquisitivo y restablecer el acceso a servicios públicos y de calidad.

Emancipar y empoderar al ciudadano para que logre su independencia económica tiene que ser el camino. Dice el diputado José Guerra: “Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”.

Recuperar la economía

Gobierno

La hiperinflación pretende ser estrangulada con el cese de la emisión de papel moneda sin respaldo, por lo que se devolvería la autonomía al Banco Central de Venezuela. La siguiente medida, según el plan presentado, sería levantar el control de cambio, el cual debería ser unificado.

“El problema de fondo venezolano es que estamos viviendo una emergencia humanitaria compleja. Eso quiere decir que la economía se ha reducido más de la mitad, por eso se requiere una expansión fiscal. Nosotros estamos buscando una recuperación inmediata y rápida de la capacidad de consumo del venezolano. La expansión fiscal se financia a través del acceso a un programa de financiamiento internacional extraordinario que permita expandir la producción, las importaciones y el consumo de manera tal que la economía se empiece a recuperar lo más pronto posible y salgamos de este bache”, explica el diputado Ángel Alvarado, con respecto a la fórmula que se desarrolló para que el país logre avanzar.

Eliminar los sueldos de hambre, valorar el trabajo y recuperar el valor del bolívar como moneda son necesidades que deben ser asistidas sin que la población padezca traumas. Y es que hoy, ante el desastre al que nos condujo el régimen, de su habilidad para rebajar la intensidad de la crisis dependerá el éxito del Gobierno de transición.

Sembrar el petróleo ya que “para luego es tarde”

“La Agencia Internacional de la Energía nos está diciendo que de aquí al año 2040 la demanda mundial de petróleo va a crecer a una cifra similar a lo que hoy consumen China y la India juntos. De manera que va a haber demanda de mercado; pero, después del 2040, también nos dice la Agencia Internacional, va a empezar a caer progresivamente la participación de los combustibles fósiles, fundamentalmente del petróleo, en el consumo energético desplazado por otros agentes menos contaminantes”, dice el economista experto en petróleo, José Toro Hardy.

Existe una ventana de oportunidades, pero hay que aprovecharla cuanto antes. La manera en la que se plantea recuperar la producción de petróleo es a través del ingreso de capitales extranjeros, los cuales estarían interesados en ingresar siempre y cuando las reglas estén claras.

Entre las acciones a ejecutar estaría garantizar la seguridad  de las instalaciones petroleras; promover el retorno de los empleados despedidos en 2002 de PDVSA; y la creación de la Agencia Venezolana de Hidrocarburos “para la administración eficiente y técnica de los yacimientos, así como para regular y supervisar el sector”.

El nuevo espíritu

Solventar la crisis humanitaria es urgente, por lo que los subsidios deberían ir destinados, con mucha precisión, a la población más vulnerable; sin embargo, ninguno debe ser eterno. Enterrar el asistencialismo y las creencias de que papá y mamá Estado tienen que mantener a las personas deben ser las premisas en las políticas sociales. Recuperar la confianza en las instituciones e implantar una nueva relación entre Estado y ciudadanos son los retos que tendrá el Gobierno legítimo en los días después a que se acabe la tiranía.

Dice Erik del Búfalo que “el día después yo espero que sean muchos años después, años de reconstrucción, de una nueva Venezuela, de una nueva forma de hacer política que no solamente supere al chavismo sino que también supere lo que estaba antes del chavismo”.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch