#RusiaGoHome

La Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética, pero en pleno siglo XXI hay sectores internacionales interesados en revivir una especie de conflicto entre ideologías trasnochadas que no aguantan un análisis serio. ¿Qué es lo peor de este intento? Que en el centro del debate está Venezuela, y el afán de una izquierda fanatizada en convertir la legítima lucha por la democracia en un panfleto histórico contra el intervencionismo yankee.

Pero en materia de intervencionismos, ¿dónde queda el papel injerencista que han jugado los aliados del chavismo como Rusia y China?, ¿cuánto le ha costado este intervencionismo a los venezolanos?

¡Es el petróleo, estúpido!, grita una parte de la izquierda mundial para acusar al Gobierno legítimo de apoyar la supuesta intención de los Estados Unidos de adueñarse de las riquezas venezolanas –tras aceptar el contundente apoyo del presidente Donald Trump al presidente encargado Juan Guaidó–, pero lo cierto es que durante los 20 años del chavismo en el poder, han sido otras potencias, y otros imperios, los que han jugado al monopolio y han roto la piñata de la renta petrolera venezolana.

Deuda millonaria

Los tentáculos del Kremlin se han extendido en la Venezuela del chavismo como nunca antes en nuestra historia. En los 14 años de gobierno del ex presidente Hugo Chávez, el mandatario viajó nueve veces a Rusia; mientras que Nicolás Maduro lo hizo en tres ocasiones en menos de seis años.

Para el año 2017, una nota periodística de Telesur cifraba en al menos 260 acuerdos los tratados firmados entre ambos países desde el 2006, principalmente en materia militar, petrolera y energética; pero los intereses rusos en el país llegan también a ramas como la minería, la agricultura y la construcción de viviendas.

Aunque no se conocen cifras oficiales, la agencia internacional Reuters calculaba para finales de 2018 una deuda superior a los 17.000 millones de dólares por parte de Venezuela a Rusia. Deuda que debe ser pagada con venta anticipada diaria de petróleo, que le costarían al país cerca del 32% de su producción actual diaria: unos 380 mil barriles de petróleo de los apenas 1.17 millones diarios que estaría produciendo Pdvsa, según informes de fuentes secundarias a la Opep reportadas por Reuters en octubre del año pasado.

En la otra acera se encuentra China, con la cual Venezuela ha acumulado una deuda de más de 50 mil millones de dólares en créditos y préstamos financieros, y para la cual destina casi un millón de barriles de petróleo diarios para pagarla, según informó el mismo Nicolás Maduro en septiembre de 2018, tras recibir el último crédito por parte de China, de unos cinco mil millones de dólares destinados a la inversión petrolera para aumentar la producción nacional que ha caído abruptamente en los últimos años.

La fiebre del oro negro

Los rusos también juegan al futuro y sus intereses no tienen límite en el calendario: en 2011 firmaron un acuerdo petrolero para constituir una empresa petrolera mixta entre Rufnet y Pdvsa, con el objetivo de explotar la Faja Petrolífera del Orinoco. Según declaraciones dadas por el entonces vice primer ministro ruso, Ígor Sechin, en una visita oficial a Venezuela, Rusia tenía previsto invertir  $16.000 millones en la exploración y explotación del campo Carabobo 2, y con el mismo objetivo otros 20.000 millones, durante los próximos 40 años, para la explotación del campo Junín 6, ubicado dentro de la Faja en el estado Anzoátegui.

En diciembre de 2018, pese a las sanciones internacionales y a la negativa de la Asamblea Nacional, Putin aceptó entregarle a Maduro otro acuerdo para poner en marcha un paquete de inversiones rusas, en los sectores petrolero y minero, valoradas en $6.000 millones.

Hoy en día la petrolera rusa cuenta con participación en seis empresas petroleras mixtas en la Faja del Orinoco y logró hacerse con el 49,9% de las acciones de Citgo, la empresa venezolana refinadora y comercializadora de Gasolina en EEUU. ¿Se entiende el por qué los rusos no juegan carrito en Venezuela?

En Fuerte Tiuna se habla ruso

En materia militar la impronta Rusa también dice presente. Los entendidos en materia de seguridad aseguran que si bien la dictadura cubana se encuentra detrás del mando y el factor ideológico dentro de los órganos de seguridad y espionaje del Estado, ha sido Rusia quien ha dotado al régimen chavista de todo el factor operacional de fuego.

Helicópteros “Mi-35″ y “Mi-17”, aviones de caza “Su-30MK2”, una fábrica de fusiles Kaláshnikov, vehículos blindados tipo tanques, armas de defensa aérea, entre otros jugueticos de guerra están dentro de la extensa lista de armamento militar que adquirió el Gobierno venezolano desde el 2005, según declaraciones dadas en febrero de este año por el director del Servicio Federal de Cooperación Técnico-Militar ruso, Dmitri Shugáev, a la prensa.

Solo entre 2005 y 2008, el entonces presidente Chávez firmó con Moscú contratos de armamento por un valor de $5.400 millones, con lo que se compraron, entre otras cosas, 100.000 fusiles Kaláshnikov, 24 aviones caza SU-30, más de cincuenta helicópteros y sistemas antimisiles Tor-M1. Una nota de la cadena rusa Rusia Today (RT), del 2009, aseguraba que Venezuela era de largo el país de América Latina que encabezaba la lista de compras al exportador monopolista de armas ruso, Rosoboronexport. Para el 2013, el mismo medio aseveraba que la realización de los contratos firmados entre Moscú y Caracas debería convertir a Venezuela en el segundo importador de armamento ruso para el año 2015, después de la India, con un volumen de compras de 3.200 millones de dólares anuales.

De la Stasi al Sebin: la sombra militar rusa

Edificio del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin)
FOTO: EFE/Miguel Gutiérrez

“Sale una noticia por ahí: Rusia prepara la instalación de una base militar en La Orchila. Ojalá fuera verdad, no una, dos, tres, cuatro, diez”, declaró el presidente de la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, Diosdado Cabello, en diciembre de 2018, para desmentir los rumores provenientes de medios rusos que presumían la posibilidad de la instalación de una base militar rusa en territorio venezolano.

Sin embargo, no es la primera vez que el río suena con la noticia de las intenciones del Kremlin de montar su primera base área en América Latina, especialmente en la Isla de La Orchila, donde funciona un estamento militar de la FANB. En diciembre del 2018, bombarderos nucleares rusos Tupolev-60 volvieron a surcar el cielo venezolano –ya lo habían hecho en 2008– en el marco de ejercicios militares bilaterales con un claro objetivo: desafiar a occidente con una demostración del poderío militar detrás del presidente Vladimir Putin y su padrinazgo al régimen madurista; esto sucedió días antes de que la mayoría de los países democráticos del mundo desconocieran a Nicolás Maduro como presidente.

Pero la ayudadita rusa a Maduro no queda allí. A finales de enero de este año, la agencia de noticia Reuters confirmó, con tres distintas fuentes, el envío de un número no identificado de agentes de seguridad privados muy cercanos al Kremlin para encargarse de la seguridad del ex mandatario y evitar su detención.  Aunque ningún funcionario venezolano o ruso confirmara la noticia, una fuente aseveró al medio que se trataría de unos 400 agentes asociados al grupo Wagner, cuyos miembros –en su mayoría personal militar retirado– combatieron de forma clandestina en apoyo de las fuerzas rusas en Siria y Ucrania.

¿Sorpresa? Este grupo de espías habría viajado en dos vuelos fletados por Cuba, desde donde se trasladaron después a Venezuela. Sin embargo, el 11 de febrero el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, declaró a la prensa que el régimen venezolano no había solicitado apoyo militar a Rusia para evitar alguna acción militar extranjera.

Pero los rusos también saben de tortura y de servicios secretos. En octubre del 2018, el activista por los derechos humanos y ganador del premio Sájarov, Lorent Saleh, quien estuvo detenido durante 26 meses como preso político del chavismo en la Sede del Sebin en Plaza Venezuela, conocida como “La Tumba”, denunció desde España que detrás de esta cámara de “tortura blanca” se encuentra la mano de agentes rusos y cubanos. El mismo método de tortura psicológica que aplicaba la Stasi, la policía de la República Alemana oriental comunista, de la que Putin fue agente durante la Unión Soviética.

20 años de chavismo con Putin

El chavismo y Vladimir Putin tienen los mismos 20 años comiendo de la misma ensaladilla. El mandatario ruso y Hugo Chávez llegaron al poder en 1999, y ya en el año 2000 tuvieron su primer encuentro oficial nada más y nada menos que en el nido del capitalismo norteamericano, muy cerca de Wall Street, con ocasión de la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas en Nueva York. Tan solo ocho meses después, el jefe de Estado venezolano realizó su primer viaje a Moscú de cinco días y hasta fue galardonado con el título de doctor ‘honoris causa’ de la Academia Diplomática del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia.

Desde el primer momento, Chávez y Putin entablaron una relación cercana. Ambos compartían la visión de instaurar en el mundo un nuevo orden multipolar distinto al liderado por los Estados Unidos. El discurso antinorteamericano de Chávez  le sirvió como anillo al dedo al Kremlin para convertir a Venezuela en parte de su juego internacional, que buscaba rescatar la influencia mundial perdida después de la caída soviética y el posterior rechazo y sanciones de gran parte de occidente luego del conflicto bélico con Ucrania en 2014.

Así, se instauró una relación mutualista entre ambos países en la que, por un lado, Venezuela encontró un fuerte aliado económico que se convirtió junto a China en su principal financista frente a una economía cada vez más deficitaria, y que le permitió satisfacer sus caprichos armamentistas, y, por el otro lado, Rusia encontró un país geográficamente perfecto para expandir sus intereses imperiales sobre América Latina a las narices de su principal rival –los Estados Unidos–. Todo esto mientras aprovechaba la oportunidad de sacarle tajada a precio de ganga a la principal reserva petrolera del mundo.

La fiebre del oro


FOTO: AVN

Bajo esta relación ganar-ganar entre el chavismo y el Kremlin, la balanza comercial entre ambas naciones creció como la espuma. Según diferentes reportes de prensa, el intercambio comercial entre los dos países fue de unos 400 millones de dólares en 2009, y 960 millones en 2008. En 2011 alcanzó el pico de los 1.733 millones y para el 2016 el embajador ruso en Venezuela, Vladimir Zaemskiy, declaró a RT que se esperaba que la balanza comercial alcanzara los 300 millones de dólares para ese año.

Pero los rusos no solo tienen sus ojos puestos en la Faja Petrolífera del Orinoco y en la Isla de La Orchila. Desde la creación del llamado Arco Minero en 2016 en el estado Bolívar, también tienen una importantísima participación en el sector minero. De los 112.000 kilómetros cuadrados con riquezas minerales estimadas en 7000 toneladas de reservas de oro, cobre, diamante, coltán, entre otros minerales, Rusia explota la zona de Cuchivero, en Guaniamo, mejor conocida como la Zona Número 1 del arco, donde se calcula que existen miles de toneladas de depósitos de diamantes, según reportó el diario ABC de España en enero de este año.

No es casualidad entonces que un informe del Consejo Mundial del Oro, publicado el primero de noviembre, confirmara que en los últimos meses Rusia ha sido el mayor comprador de oro en el mundo, por encima de Turquía, y asegurara que el 17% de las reservas mundiales de este metal precioso están en manos del Kremlin.

El último salvavidas de Maduro

Después del 23 de enero, Vladimir Putin ha nadado contra la corriente de la comunidad internacional en el caso Venezuela. La juramentación de Juan Guaidó como presidente encargado ha sido respaldada por más de 51 países en todos los continentes, pero desde Rusia se juega fuerte –incluso mucho más que desde China– para defender a Maduro y se ha llegado hasta las amenazas para frenar cualquier intento de intervención militar por parte de los Estados Unidos.

En una llamada telefónica celebrada el 12 de febrero entre el secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo; y el canciller ruso, Sergei Lavrov, el funcionario ruso aseveró que “cualquier injerencia en los asuntos internos de Venezuela, incluido el uso de la fuerza,  sería una clara violación del derecho internacional”, así indicó la cancillería rusa en un comunicado. Ese mismo día, durante una rueda de prensa, el diplomático ruso acusó a EEUU de pretender disimular una intervención militar en Venezuela con la llegada de la ayuda humanitaria que coordina el presidente Guaidó junto a la comunidad internacional.

Otras voces como la del embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia; y a el director del departamento para América Latina del Ministerio de Exteriores ruso, Alexander Shchetinin, también salieron en defensa de Maduro en la misma semana, tras señalar que desde EEUU se incita a un derramamiento de sangre y catalogaron como un “intento desafortunado” y una “impensable intromisión” la solicitud que desde la Casa Blanca se hace a militares venezolanos para que retiren su apoyo a Nicolás Maduro. Desde Rusia se plantea presentar en la ONU su propio proyecto de resolución sobre Venezuela para frenar el la propuesta de EEUU en el Consejo de Seguridad en que piden reconocer solo a la AN como único poder legítimo, así como solicitar la convocatoria de elecciones libres.

¿Está Venezuela a las puertas de otra crisis geopolítica como la de los misiles en Cuba en la década de los 60´? Hay quienes creemos que no. Como todo buen imperio, o al menos uno que intente serlo, Rusia protege a Maduro como garantía de pago y reconocimiento de una deuda millonaria de acuerdos que en algunos casos ni siquiera fueron aprobados por la Asamblea Nacional. Pero todo indica que muchas fichas se están moviendo entre sombras para alcanzar un pacto que permita que Rusia se convierta en la puerta de salida de Maduro de Miraflores. Después de ese momento,a los venezolanos hastiados de la crisis política, económica y social que sacude nuestras entrañas nos tocará gritar a todo pulmón ¡#RusiaGoHome!

 

Por Joel Siverio Cappadonna

 

La Vinotinto sub 20 y otro sueño que acabó en decepción

La Vinotinto sub 20 generó altas expectativas por el gran talento de la plantilla, su notable rendimiento físico y la fortaleza mental que mostró en la primera fase del Sudamericano de la categoría.

Pese a esto y a varios momentos destacados, el fútbol monótono y la poca rotación que empleó el seleccionador, Rafael Dudamel, hicieron del equipo algo fácil de analizar para los rivales. Venezuela, a medida que avanzaba el torneo, se fue haciendo más predecible.

La solidez defensiva que llegó a mostrar en la fase de grupos la selección nacional (recibiendo solo tres goles en los primeros cuatro partidos) no se mantuvo en la segunda fase, en la cual encajó un total de nueve goles (ocho en tan solo tres encuentros). Los motivos, sin duda, tuvieron que ver con la falta de recorrido de los mediocampistas y lo largo que quedaba el equipo en situaciones de contragolpe.

No se le puede achacar nada a los jugadores. Errores como los de Hurtado contra Bolivia y Colombia lo han cometido figuras de gran nivel como Zidane, Cantona, etc. En ningún momento se vio algo parecido a falta de compromiso por parte de los futbolistas, pero sí una falta de respuesta por parte del cuerpo técnico. Al igual que una clara dependencia de jugadores como Sosa y “El Churta”.

En medio de las dificultades, el equipo no pudo cambiar su sistema ni adaptarse a las diferentes situaciones del torneo. Ante los problemas para generar ocasiones de gol, el camino fue repetir con insistencia las acciones que ya se habían observado ineficaces. Esto, vale acotar, es una marca registrada de los equipos de Dudamel, quien apuesta más por solidificar el rendimiento durante la fase defensiva y, por lo general, no suele hacer cambios significativos durante los partidos, indistintamente de cómo se estén desarrollando.

La respuesta del DT, en las dificultades, siempre fue Jorge Echeverría (volante del Caracas FC). El jugador no lució y se notaba desencajado en el funcionamiento del equipo. Los partidos muchas veces pidieron más juego asociativo, para lo cual pudo haber sido útil aprovechar a futbolistas como Enrique Peña Zauner y Brayan Palmezano.

Brayan, en lo particular, fue mal empleado: por lo general, suele partir del medio hacia afuera, generando la oportunidad de agruparse con los mediocampistas, tal y como lo hizo en el último encuentro contra Ecuador. Es un mediocampista ofensivo. No obstante, Dudamel lo puso a jugar como extremo, posición en la que se sintió tan incómodo que no rindió de forma adecuada.

Por otra parte, Enrique gozó de tan solo 43 minutos de juego, en los cuales no participó mucho en la gestación de fútbol por el escenario en el que se encontraban los encuentros (una victoria 1 a 0 con la clasificación amarrada ante Bolivia y una derrota 3 a 0 contundente ante Ecuador).

En la mitad de la cancha, al momento de producir asociaciones en ataque, ningún jugador se mostró bien. Ibarra y Casseres Jr no apoyaban a los centrales en la iniciación de las jugadas y no cumplían con los movimientos que exigía el parado táctico. Si bien en la lista no había otro futbolista que pudiese jugar en la primera línea de volantes, además de ellos y de Christian Makoun (usado en la defensa), sí se contaba con centrales de rodaje en el fútbol nacional. Hablamos de Júnior Moreno y Marco Gómez, ambos con una cantidad de minutos considerables en el balompié venezolano. Es decir, una posible solución a los problemas para iniciar las jugadas era mover a Mokoun al centro del campo y darle entrada a cualquiera de estos dos centrales.

El escaso repertorio en ofensiva quizá se pudo contrarrestar con la incorporación de Esli García y Danny Pérez, ambos sumamente desequilibrantes y con mucho rodaje en el fútbol nacional. El caso de Esli es mucho más áspero, ya que nunca contó con la confianza del DT.

Si bien hubo puntos altos, el resto de las selecciones aplastaron tácticamente a la Vinotinto: agrupando más personas en el medio campo y llenando los espacios que dejaban en las transiciones. Lo mejor de Venezuela fue su facilidad ganar segundos balones: enviaba pases largos que, con frecuencia, acababan en los pies de Hurtado. Esto, más la efectividad en los balones detenidos, eran las únicas armas ofensivas. Los rivales se dieron cuenta y, luego del partido frente a Argentina, tomaron cartas en el asunto: lograron anular a los vinotintos. El que mejor lo hizo fue Colombia.

No clasificar al Mundial no solo es una decepción deportiva, sino que pone presión a Rafael Dudamel. La Federación dio todo su apoyo a esta sub 20, por lo que no lograr el objetivo esperado representa un duro golpe. Dudamel tendrá ahora una evaluación decisiva en su desempeño como seleccionador: la Copa América. Si la selección absoluta no da la talla, su cargo podría estar en entredicho.

 

Por Juan Chacón

Prohibido ser neutral: necesitamos el VAR en las elecciones

En el descanso entre Mundiales, se juega la Copa Venezuela, no la de clubes sino una de naciones. Es un trofeo peculiar porque siempre se ha dicho que brilla radiante de oro y otras riquezas (y bellezas), pero en realidad su estructura interna sigue siendo de cartón. El torneo es incómodo no solo por atravesado, sino porque nadie sabe exactamente qué hacer con él. Muchos ni siquiera están seguros de que les convenga ganarlo. Está asociado a una saga de arbitrariedad –que no es un sinónimo de arbitraje justo–, autoritarismo, usurpación, represión y dinero sucio.

La selección de Estados Unidos nunca ha sabido demasiado de este juego del que hablamos, pero en la teoría cuenta con todos los recursos para vencer en la competición. Hasta ahora es una de las que muestra más intención en llevarse la Copa, como suele manifestar su staff técnico, últimamente muy activo en las redes sociales. Bastantes puristas alegan que el único interés del equipo de las barras y las estrellas es hacer negocio, convertir este deporte en un show y autoproclamarse campeón.

En todo caso, en medio del desconcierto y la desmotivación que infectan a otros países, los gringos ven una oportunidad a pata de mingo de su confederación y están jugando fuerte. Que sean más bulla que la cabulla es otra cosa. La plancha aspirante a tomar las riendas de este deporte en Venezuela, bloqueada por una cúpula que controla la Federación de manera ilegítima, sabe que un competidor tan influyente representa una de las poquísimas posibilidades de hacer el torneo un poco más parejo y limpiar el tan maltratado nombre de la Copa. No importa que sea un equipo torpe con el balón: si les abren la frontera, ayudarán con el Gatorade y el Dencorub.

Getty Images

Los europeos siempre han conocido los matices y sutilezas de este delicado juego, aunque debido a que están enfrascados en sus propias competiciones y los traslados implican cruzar el Atlántico en fecha FIFA, no están muy seguros de si quieren meterse en esta Copa. Potencias que han ganado el Mundial como Francia, Alemania, Inglaterra y la últimamente venida a menos España han manifestado su respaldo al juego limpio, aunque no están seguros de si enviarán sus jugadores titulares a la lejana Sudamérica. En todo caso dan cierto prestigio a la dispareja competición.

Aparte de los grandes animadores, por supuesto, hay un coñazo de selecciones europeas más o menos competitivas que ven con simpatía la plancha opositora aspirante a lavar la bananera reputación del torneo, aunque en general es difícil que estos equipos tipo Austria o Polonia pasen mucho más allá de los octavos de final. Una muy modesta selección que nunca ha clasificado al Mundial podría convertirse en una de las revelaciones e incluso protagonista crucial de esta definición, debido a los secretos que conoce sobre el fair play financiero: Andorra. Es un principado no mucho más grande que el Vaticano, oncena que, aunque juega con sotana, se ha dejado meter unos cuántos caños esta temporada.

La Conmebol cuenta con selecciones campeonas como Argentina y Brasil, e incluso otras que han organizado Mundiales como Chile, aunque hace tiempo que no ganan un torneo importante y suelen ir cada una por su lado. La confederación regional está debilitada, a pesar de la despeinada angustia de su presidente, un tal Almagro. Últimamente el que lleva la voz cantante es un grupete que se reúne en Lima para pedir que dejen jugar al Guerrero (Paolo).

Como esta competición es atípica, Colombia es uno de los equipos que está más interesado en el torneo. Resolver esta eliminatoria se le ha convertido en un asunto de primerísimo orden interno, de hecho, tanto en el aspecto económico como social. Parece un competidor serio y no hay que subestimar las armas (deportivas) que ha ido acumulando. Con hombres como Cuadrado, quieren impedir que la arepa se les siga poniendo ídem.

Como en todos los torneos internacionales, hay equipos sucios y equipos aburridos que hacen que muchos partidos no merezcan ser televisados. Rusia ganó la sede del último Mundial a punta de billete y Putin quiere tener una selección campeona así tenga que comprar árbitros y manipular el VAR, aunque le sigue separando una distancia considerable de las selecciones aspirantes. Han despedido técnico tras técnico y a veces tienen la sensación de que han perdido esos reales.

AP

China desde hace rato quiere ser un actor de primer nivel en competiciones internacionales, pero lo hace de manera irresponsable. Para conquistar mercados están dispuestos a todo, menos a exigir una competición más limpia. Ellos tienen una palabra para hacerse los locos ante la violencia en la cancha: in-je-len-cia. Irán es una lástima, porque si se dedicaran a jugar en vez de agredir, podrían dar muy buen espectáculo. Turquía se ha vuelto una experta en la tramposería, nada que ver con el simpático equipo que llegó a semifinales en el Mundial 2002.

¿Qué pinta Cuba en este deporte? Siempre ha sido un fantasma. Pero aunque muchos no lo recuerdan, hizo algo que nunca ha conseguido Venezuela: jugar un Mundial. Ha aprovechado el factor experiencia para aferrarse a sus posibilidades de supervivencia y, al menos en esta fase clasificatoria, se han desempeñado como si estuvieran jugando beisbol. Han entrado al terreno de juego con bates de aluminio, pues. En eso de aporrear y vigilar las señas de los entrenadores contrarios son expertos. No sabrán mucho de 4-4-2 o  4-3-3, pero sí de la táctica antirreglamentaria conocida como G2.

Y llegamos a los países ladillas que nunca faltan en todo Mundial. Juegan para mantener el empate 0-0. Andan haciendo turismo en esta definición que, luego de un tiempo extra de 20 años, no se resuelve desde los 11 metros debido al mutismo de la Corte Penal Internacional, organismo que, como sugiere su nombre, se encarga de supervisar que los arqueros no se muevan antes de tiempo en las tandas de penales.

Hasta selecciones que han sido campeonas del mundo, como Uruguay e Italia, se han puesto fastidiosas. Sus delegados se la pasan quejándose de las selecciones que sí salen a ganar la Copa como sea, pero en el pasado se quedaron callados cuando vieron piernas fracturadas, árbitros amañados o futbolistas mal alimentados. Sorprende el silencio ante el fraude monumental del 20 de mayo. En el caso charrúa, hay sospechas sobre la titularidad del hijo del director técnico que hacen quedar como una caimanera de futbolito en el Parque del Este aquella insistencia de Richard Páez de poner siempre a Ricardo David. Como en todo deporte de contacto, hay tiempo de rectificar.

En Italia lo echó todo a perder una agencia de management llamada Movimiento Cinco Estrellas, que buscó y buscó en el Calcio y la única estrella actual que consiguió fue el importado Cristiano Ronaldo. Finalmente se impuso en la anodina Squadra Azzurra el viejo Catenaccio, táctica conservadora que consiste en dejar encadenados a los defensores de la democracia. De la portería, quisimos decir.

Ante el tedio de los que no quieren abandonar su área, uno no debería ser neutral. El nombre del juego es la alternabilidad.

El caso de México es lamentable. Siempre está en los Mundiales, y aunque es genéticamente imposible que pase de octavos de final, suele dar un espectáculo alegre y vistoso. Esta vez llegó nueva gerencia de educada pierna zurda que pretende salir de perdedora, aunque ha desvirtuado su esencia y ha traicionado a la Tricolor. La bandera mexicana, claro.

Al igual que la final de la Copa Libertadores 2018, nadie sabe cuándo y cómo terminará este extraño torneo llamado la Copa Venezuela. Se supone que la barra de los aficionados de la Vinotinto deben arreglárselas por sí mismos para escapar al mote de perdedores, aunque en su deteriorado estadio enfrentan a un rival de Fútbol de Altísima Efectividad en el shoot y con la desventaja añadida de un balón imprevisible por hiperinflado. Las reglas de la FIFA no son muy claras en casos como estos. Lo cierto es que solo les queda repetir en las gradas el cántico que se han aprendido este 2019: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. No hay futuro para las divisiones menores sin un nuevo presidente en la Federación.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

In Guaidó we trust

En una entrevista del año 2004, para el diario argentino La Nación, el filósofo esloveno Slavoj Zizek dijo: “Los Estados Unidos piensan localmente y actúan globalmente”. A pesar de ser un anagrama de la frase del movimiento ambientalista Greenpeace, “Piense globalmente y actúe localmente”, Zizek no se equivocó, con esas palabras estaba describiendo la política exterior norteamericana. Aunque paradójicamente se trata de un marxista, afirmó que Estados Unidos debía intervenir más en todo el mundo, lo que, para bien o para mal, sucedería con frecuencia en la historia de ese país.

Hoy la situación no es diferente. A las afueras de Venezuela existen tres puntos de acopio para la ayuda humanitaria: una donación de alimentos y medicinas, que busca atajar la crisis venezolana, proveniente de Estados Unidos y otros países del hemisferio occidental. Esto ha sido calificado como “injerencista” por partidarios del régimen. “No necesitamos ni estamos pidiendo limosna a nadie”, dijo Diosdado Cabello, a finales de la semana pasada. Muchos venezolanos, mientras tanto, están en ascuas y no dejan de bromear con una posible llegada del United States Marine Corps.

Los seguidores de la cuenta de Instagram de la embajada americana en Caracas exigen a diario una intervención militar estadounidense en Venezuela. “Yo apoyo una intervención militar parar liberar a Venezuela, si yo estuviese en mi país mi mensaje a los Estados Unidos sería #GringoComeHome”, comentó uno de los usuarios en una publicación del 29 de enero, donde la embajada advierte a los ciudadanos estadounidenses de no viajar a Venezuela hasta nuevo aviso.“In Guaidowe trust” y “We need the marines to freedom of Venezuela” son otros mensajes que se pueden apreciar en las publicaciones.

Pero la realidad es otra, la historia nos enseña las carencias y los excesos de las acciones, militares o no, del gobierno de los Estados Unidos. El periodista de izquierda, Mark Hertsgaard, lo señala bastante bien cuando intenta responder, con su libro La sombra del águila, por qué la nación americana suscita odios y pasiones en todo el mundo. Y es que desde el mismo instante de su fundación, cuando los primeros colonos llegaron a Nueva Inglaterra, estaba trazada la ruta de este país: John Winthrop, gobernador puritano, ya lo dejaba claro en Un modelo de caridad cristiana: “(…) seremos una Ciudad sobre la Colina, los ojos de todos los pueblos están sobre nosotros”, texto que más tarde le dio soporte al Destino Manifiesto, ideario que argumenta el expansionismo americano del siglo XIX.

Lo cierto es que la política exterior de EEUU es repudiada por muchos y alabada por otros. Con más fuerza que nunca, hoy día estas dos posturas se debaten a diario entre los venezolanos.

Monroe: vigencia y obsolescencia

Hablar de intervención es hablar de la Doctrina Monroe, un documento que, pese a ser interpretado como el principio de injerencia americano, no fue escrito precisamente con ese propósito; de hecho, su verdadero autor ni siquiera fue James Monroe, sino John Quincy Adams, quien llegó a la presidencia tiempo después. En 1823, año en el que es leído el discurso ante el Congreso, Estados Unidos no es ni la cuarta parte de lo que se convertiría un siglo más tarde. La aclaratoria es una alerta ante el peligro que representaban las monarquías europeas frente al nacimiento de las repúblicas independientes de la región.

La primera lectura que se le hace al documento con carácter injerencista es durante la segunda intervención francesa en México en 1862, pero fue el corolario del presidente Theodore Roosevelt (es decir, su alteración o “enmienda” a la doctrina) lo que terminó haciendo de este texto algo relevante, tras ser utilizado en dos escenarios importantes: en la guerra hispano-cubana-norteamericana, que consiguió la independencia de Cuba en 1898; y durante el bloqueo a las costas de Venezuelaentre 1902 y 1903, que evitó una posible ocupación europea. Hoy, México, Cuba y Venezuela no dudan en menospreciar a la nación del norte, a pesar de que fueron sus acciones diplomáticas las que evitaron que volvieran a ser (o siguieran siendo, en el caso cubano) el patio trasero de verdaderos imperios coloniales.

Dicho de forma más sencilla: las acciones de Estados Unidos fueron decisivas para liberar a México, Cuba y Venezuela del imperialismo europeo.

En 1917, la Doctrina Monroe perdió vigencia, pues uno de sus apartados dice que los Estados Unidos no se involucrarían en conflictos fuera del hemisferio, pues su sistema político, y el de la región, es diametralmente opuesto al de las monarquías de Europa. De esta forma, al entrar en la Primera Guerra Mundial, el enunciado se hizo obsoleto, aunque la izquierda y el antinorteamericanismo todavía lo empleen para criticar la política exterior de la Casa Blanca. Lo curioso es que si revisamos la contribución americana en defensa de los derechos fundamentales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, es innegable que se le debe a ella la alardeada “autodeterminación de los pueblos”: o sea, la idea de que todo país tiene la soberanía permanente sobre sus recursos naturales, desde la perspectiva de los derechos humanos.

El fin del aislacionismo

Durante el siglo XX, Estados Unidos tuvo más presencia en el escenario internacional que antes. Después de la victoria obtenida en la Primera Guerra Mundial, comenzó su carrera definitiva por convertirse en una nación respetada y consolidada en el exterior, hazaña que fue logrando simultáneamente con la Rusia revolucionaria de Vladimir Lenin que, al salirse de la guerra por considerarla un conflicto entre imperios, evitó los costos que padecieron las naciones de la Triple Alianza (Italia, Prusia y Austria-Hungría) y el mismo bando vencedor: la Entente (Inglaterra y Francia). Así, Estados Unidos promovía el militarismo en Latinoamérica, mientras que Rusia contagiaba de propaganda comunista a los emigrantes europeos que estaban huyendo de la contienda.

Su influencia en el mundo quedó en evidencia en otoño de 1929, cuando el crac de la bolsa de Nueva York colapsó la economía global y dio comienzo a la gran depresión de los años treinta. Más tarde, Franklin Delano Roosevelt asumió la política de buena vecindad y no intervencionismo hacia los asuntos extranjeros en América Latina, a pesar de que fue él quien pronunció el famoso discurso de las cuatro libertades, bandera con la que ingresaron a la Segunda Guerra en la cruzada contra el nazismo y el fascismo italiano. En este sentido, la presencia se hizo más predominante: eran la cuna de la libertad.

Rusia y Estados Unidos fueron los grandes ganadores de las dos guerras mundiales, en detrimento del poder europeo como epicentro del mundo moderno. Sus zonas de influencia quedaron marcadas con el inicio de la Guerra Fría en 1948, cuando ya de manera irreversible empezaron a jugar un papel más activo en el acontecer mundial. Latinoamérica no sería ajena a los intereses de ambas potencias. Por eso, el siglo XX fue la época de apertura y del fin del aislacionismo americano, cosa que implicó mayor presencia en las naciones de su hemisferio:pensar localmente pero actuar globalmente.

Golpes militares, golpes democráticos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Venezuela proveyó a los Aliados el petróleo. Una vez terminada la contienda, el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, marcó el carácter ideológico de la Guerra Fría: mediante acciones injerencistas en los países no alineados, llevó al poder a determinados grupos políticos que garantizaron su apoyo en la disputa ante su nuevo enemigo: el comunismo. Para esto se valió del respaldo militar en la región y del colchón que fue la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Un extenso debate historiográfico existe al respecto. El 18 de octubre de 1945, Isaías Medina Angarita abandona la presidencia y Estados Unidos reconoce a la junta de gobierno que se instala al siguiente día. Pero los avances democráticos ponen en peligro las relaciones entre Venezuela y ese país, porque existe una importante influencia roja dentro del partido de gobierno. En 1948, un golpe militar saca de la presidencia a Rómulo Gallegos y en su lugar se instaura otra junta, que no tarda en ser avalada por la Casa Blanca. Una nueva dictadura se instala en Venezuela y evita la avanzada del comunismo. La injerencia es discutida, pero la historiadora Margarita López Maya concluye que no existen pruebas suficientes que involucren la actuación estadounidense en el hecho. América Latina vive situaciones similares: numerosos autoritarismos ascienden al poder.

Diez años más tarde, en 1958, la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez llegaba a su ocaso, al igual que el posicionamiento militar en Latinoamérica, apoyado por el gobierno federal. La ola comenzó en la Argentina de Juan Domingo Perón (1955) y siguió por el resto del continente, llegando al Perú de Manuel Arturo Odría (1956), a la Colombia de Gustavo Rojas Pinilla y a la Guatemala dominada por Carlos Castillo Armas (1957); en Cuba, Fulgencio Batista fue derrocado por la revolución de 1959 y, finalmente, Rafael Leónidas Trujillo cayó en República Dominicana en el año de 1961. A pesar del respaldo estadounidense a estos mandones, algunas salidas del poder se debieron a un cambio de parecer dentro del Departamento de Estado, principal secretaría del Ejecutivo norteamericano.

En Venezuela, por ejemplo, Estados Unidos comenzó a alejarse de Pérez Jiménez tras la discrepancia en la Conferencia de Presidentes de Panamá, en la que el dictador se negó a instalar una base militar norteamericana en la península de Paraguaná. Los excesos también pudieron evidenciarse en la intervención a República Dominicana entre 1916 y 1924, cuya consecuencia a largo plazo permitió la llegada de Rafael Leonidas Trujillo y su cruenta dictadura, caracterizada por la tortura y el nepotismo. Otro caso no tan distante fue la intromisión en Panamá, cuando el gobierno de George Bush depuso a Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. Ninguno de los tres gobiernos mencionados eran de izquierda, caso contrario al del comunista chileno Salvador Allende, cuya crisis le abrió las puertas a Augusto Pinochet, quien llegó al poder amparado en cierta medida por la presencia del gobierno de los Estados Unidos.

Gringo, come home!

Estados Unidos supo aprovechar esta fractura en la región para darle validez a sus principios liberales y democráticos. En ese entonces, la sociedad estadounidense afrontaba situaciones complejas, como la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra, que ponían en tela de juicio su sistema liberal, argumento que era usado por la URSS de forma propagandística en su contra. Por lo tanto, el advenimiento de la democracia en América Latina, y su reconocimiento por parte de la Casa Blanca, sirvió como reafirmación de sus principios. Los vaivenes de la Guerra Fría exigían un comportamiento diferente.

El fin de la pugna entre el comunismo y el mundo libre se acercaba y la implosión se dio finalmente en 1989, con la caída del Muro de Berlín que más tarde desintegró a la URSS. Estados Unidos ocupó, entonces, la primera posición entre las potencias del mundo, aunque no salió ileso de la contienda. Ante el nuevo escenario mundial, un nuevo adversario estaba por surgir: el terrorismo, su principal preocupación tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Pese a que las intervenciones estadounidenses fueron cesando por el nuevo orden mundial, hoy parecen más perentorias que nunca ante la necesidad de salirde gobiernos totalitarios, que atentan contra la libertad individual. En opinión de muchos, no se puede ser indiferente ante la crueldad.

A pesar de los dimes y diretes entre representantes de la política exterior de Venezuela y el Pentágono, la mesa está servida para una intervención, más allá del carácter disuasivo que pudieran tener las declaraciones y de cómo todo se va pareciendo, según la opinión de muchos entendidos, a una guerra fría. En un escenario donde miles de venezolanos huyen despavoridos por las fronteras o mueren a manos del hampa o por falta de recursos económicos, el discurso de Donald Trump caló en la población venezolana y tal parece que ahora somos la joya de la corona que el republicano quiere para su reelección en el año 2020. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que Estados Unidos interviniera: en 1895, Grover Cleveland impidió que Venezuela perdiera territorio; y entre 1902 y 1903, Roosevelt le dijo a Alemania, Italia e Inglaterra que se retiraran de las costas venezolanas. Esperemos, entonces, que nuestros dirigentes sepan actuar con calma, cordura y pragmatismo. In Guaidó we trust.

 

Por Jesús Piñero | @jesus_pinero

 

Amnistía: olvido y construcción de nuevas formas de recordar

Amnistía viene del griego “amnestia”, que significa olvido. Me resulta interesante que se plantee discutir y aprobar una “ley del olvido” en un país que se ha caracterizado por su estudio superfluo de la propia historia, el archivamiento de eventos que son relegados a cajones ocultos de la memoria colectiva, la superposición de un suceso sobre el otro hasta que ya no se puede leer el pasado.

Ya hace unos años se intentó aprobar un primer proyecto de esta ley de amnistía donde la característica del olvido tenía muchísimo sentido, al menos desde la narrativa con que estaban construyendo esa acción. En un principio, se hablaba de la ley de amnistía como una herramienta para poder liberar de sus cargos y penas a los numerosos presos políticos encarcelados por los regímenes de Chávez y Maduro. Un proyecto de ley que los absolvería de los crímenes de los que eran acusados y podría ayudar a restituir el orden judicial del país. Es evidente que, poniéndolo así, los sectores de oposición la respaldarían y los poderes dominados por la dictadura harían lo posible por rechazar este proyecto.

Ahora bien, 2019 parece exigir una estrategia totalmente distinta a lo que se ha intentado antes para recuperar la democracia en el país. Ya lo vemos con la manera en que han estado jugando al factor sorpresa, con el posicionamiento de la figura de Juan Guaidó y su juramentación como presidente (E) de la República, aún cuando Diosdado Cabello asegura que el diputado le había dado su palabra de que no se juramentaría. Esta nueva estrategia, que apunta a sentar las bases de lo que pudiera ser una transición y la posterior instauración de un gobierno democrático, pasa también por el intento de mover desde adentro algunas de las bases de las estructuras que mantienen en pie al régimen de Nicolás Maduro. Es por eso que se presenta un nuevo proyecto de ley de amnistía con dos cambios en relación al intento pasado: a) se toma en cuenta a funcionarios militares y civiles que hayan estado relacionados con el Gobierno y hayan podido estar involucrados en actos delictivos desde el 1 de enero de 1999 (en el proyecto anterior el período comenzaba en 2005), y b) desde el punto de vista de la narrativa con que se presenta, no se habla de la manera en que esta ley va a exculpar a todos los presos políticos injustamente encarcelados, sino que se intenta presentar como un puente para que ciudadanos (civiles o militares) que hayan estado involucrados con la Revolución, y quieran contribuir al restablecimiento del país, puedan hacerlo con la seguridad de que se respetarán sus garantías constitucionales. Ya no te cuento cómo quiero reivindicar a los que están de mi lado, sino que te explico cómo puedes lavar tu cara y asegurarte una vida más o menos digna cuando todo esto termine.

En días recientes, y en especial con este tema, he estado recordando la escena final de Inglorious Basterds, película escrita y dirigida por Quentin Tarantino (2009). En esa escena, Aldo Raine le hace a Hans Landa una herida con forma de esvástica en la frente. De esta forma, el antiguo alto mando nazi no tendrá forma de ocultar su pasado, aunque haya negociado un indulto con el gobierno de los Estados Unidos. Raine representa el mismo deseo que veo reflejado en miles, millones de venezolanos: “quiero que paguen y no puedo estar en paz con la idea de que pasen por debajo de la mesa”.

A pesar de las reservas que puedo tener con la forma en que se ha estado narrando este tema de la amnistía, creo que esta nueva estrategia está poniendo en primer plano un elemento clave con el que tendremos que aprender a vivir: hay que establecer puentes con quienes hacen vida dentro del chavismo para poder llegar a esa transición que queremos de la dictadura a la democracia. Sin embargo, negociar no implica el mismo diálogo vacío e inocuo del que hemos sido testigos en el pasado. Negociar tampoco implica impunidad, ya que los crímenes de lesa humanidad no son susceptibles a la amnistía. Negociar implica ofrecer condiciones favorables a quienes pertenecen al régimen para que les resulte más atractivo abandonar el poder que quedarse con él; José Ignacio Hernández lo explica muy bien en este artículo del portal Prodavinci, donde queda claro que, más que una amnistía entendida como un total olvido, lo que se debe buscar establecer (con esta ley como primer paso) es una justicia transicional que ayude a sentar las bases para la instauración de la democracia. Es ingenuo pensar que todos los crímenes cometidos (financieros, fiscales, entre otros) van a ser pagados; hay que estar dispuestos a dejar pasar ciertas cosas pensando en un país nuevo como objetivo final.

Sin embargo, tampoco podemos construir una nueva Venezuela teniendo como bases las impunidades y los olvidos sobre los que nos hemos estado tambaleando por años. Si bien el olvido de la historia reciente y pasada ha sido una característica definitoria del venezolano en general, lo cierto es que la frase “un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla” nos ha marcado más de lo que quisiéramos. El venezolano, a mi entender, ya no está tan interesado en olvidar como en poder mantener vivo el recuerdo de lo que pasó. De seguro quiere dejar atrás una de las etapas más oscuras que ha tenido, sí, pero quiere asegurarse de que jamás vuelva a pasar. Muchos quieren calles con los nombres de los jóvenes que han muerto en las protestas. Venezolanos en el extranjero se toman el tiempo de explicarles a los locales lo que ha pasado en el país. En redes sociales nos encargamos de recordar, de vez en vez, la responsabilidad que tuvo Hugo Chávez en todo este desastre actual; un personaje que a veces suena lejano, pero que apenas unos años atrás se escudaba en el poder y el despotismo para hacer de las suyas.

El psicoanalista venezolano Fernando Yurman, en su libro Fantasmas Precursores (2010), dice sobre el trauma: “El acontecimiento que se deviene traumático se ha disociado inexorablemente y mantiene su potencia dramática en el aislamiento psíquico. Mora en un limbo enajenado que flota fuera de la historia, pero al mismo tiempo es su mayor hito fantasmático, una señal concreta de que hubo historia. (…) Es un documento que no se logra aprehender, arqueología viva encapsulada por la alteración anímica” (p. 15). Básicamente, lo que no se puede hablar, lo que no se puede adherir al hilo narrativo de nuestra identidad como individuos, como sociedad, se puede convertir en un trauma que no solo tendrá sus consecuencias en nosotros, sino que también heredaremos a la siguiente generación, llevándolos a repetir las mismas conductas que nos han identificado como nación a lo largo de los años. El tema de la amnistía es uno difícil de tratar cuando hay tanto dolor de por medio. Es difícil pensar en la idea de que tanta gente que ha hecho tanto daño pueda salir incluso sin cargos de todo esto. Por eso creo que una de las labores principales es cómo se le cuenta y se les muestra a los ciudadanos este capítulo tan importante, el capítulo de la justicia.

Creo que los venezolanos necesitamos ver que estamos construyendo un nuevo país sobre las bases de la justicia y la confianza en las instituciones. Creo que las autoridades deben ser completamente abiertas con la ciudadanía y explicar con pelos y señales qué implica la amnistía, pero también demostrar que hay delitos que no se pueden dejar pasar, cuáles son, cuáles son los castigos asociados. Creo que necesitamos un proceso de catarsis, de cura mental y emocional, que pasa por ver cómo la justicia cae en su justa medida sobre aquellos que han causado tanto daño. No se puede dejar este tema como algo encapsulado, como una pieza de la historia que no se ha unido a nuestro relato principal. Dice Yurman (2010) nuevamente: “Será necesaria una clínica que recupere los fragmentos perceptivos para que ‘el hecho’ se entienda, se torne soluble, la representación retome su metabolismo y circule en su modalidad simbólica y narrativa” (p.16).

Tal vez esta sea también una oportunidad para aprender a recordar de una forma diferente. Para poder construir nuestra memoria, nuestra historia, de una manera que incluya los eventos negativos y las advertencias para no repetirlos, sí, pero también deberíamos incluir los elementos positivos: las protestas pacíficas, los apoyos internos y externos, los pasos que se dieron para la restauración de la democracia, la forma en que las instituciones una vez más pudieron ponerse en favor de los ciudadanos y no en su contra.

Si bien confío en que en líneas generales se pueda comprender el valor de la amnistía, de la justicia transicional, de las negociaciones, de los tratos, no estoy seguro de cómo funcionará todo esto a escala micro. Al final del día, no me preocupan los altos mandos militares o las figuras visibles de la dictadura; a fin de cuentas, muchos de ellos deberán ser procesados por delitos de lesa humanidad y tendrán (o no) los castigos apropiados. Me preocupan todos aquellos funcionarios o militares de a pie, que luego tendrán que volver a sus hogares con la gran mancha del chavismo en la frente, incapaces de esconderse ante las miradas rencorosas de los vecinos contra quienes, en algún momento, utilizaron su poder. Puede que haya silencio, pero dudo que haya amnistía. Dudo que haya olvido.

 

Por César Aramís Contreras Parra  | @CesarAramis 

Gobierno

Un Plan País para reconstruir Venezuela

Un mantra repetido hasta al cansancio, la hoja de ruta con las coordenadas, el camino a recorrer: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres. El Gobierno legítimo de Juan Guaidó nos indicó las tres etapas que debemos superar para recuperar la democracia en Venezuela. Pero contener las expectativas no es fácil: por estos días, la ansiedad hace de Twitter un producto nocivo para la salud si se excede la dosis recomendada. Las cadenas de WhatsApp alimentan el deseo de un madrugonazo que nos despierte con una sonrisa de oreja a oreja, pero también incrementa el pánico: del terror a la ilusión en menos de dos notificaciones. No hay analgésico que calme el dolor país, la cura es una sola y todos la conocemos; sin embargo, aunque sea difícil, debemos tener la capacidad de pensar un poco más allá, en los días y años después de que pase la dictadura. Es por ello que la directiva de la Asamblea Nacional, desde 2015, comenzó a trabajar en un documento para la reconstrucción de Venezuela, conocido como Plan País.

La recuperación de la nación sucederá en la medida de que se cumplan tres objetivos principales: 1) recuperar al Estado venezolano y ponerlo al servicio de la gente; 2) empoderar a los venezolanos a fin de liberar sus fuerzas creativas y productivas; y 3) reinsertar al país en el concierto de naciones libres del mundo.

“Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”

Que se alcancen las metas depende, necesariamente, de atender la urgente crisis humanitaria que atraviesa el país, por lo que el Gobierno legítimo asegura que protegerá a la población más vulnerable, la que se encuentra en riesgo de desnutrición o en estado crítico, a través de subsidios directos. La verdad es que no descubren el agua tibia, ni tampoco parecieran alejarse de las políticas conocidas, pero la diferencia aparece en la manera de prestar subsidio en detrimento del control social, como ocurre con las cajas CLAP, por ejemplo. Dice el sociólogo Luis Pedro España que “hay al menos 12 productos que son esenciales, que tienen el requerimiento calórico. 48% de los hogares no tendrían ninguna posibilidad de abastecerse sino tienen acceso a un subsidio directo”.  La idea en esta primera etapa implica llevar el subsidio a los bolsillos de los venezolanos en estado más vulnerable, quienes podrán dirigirse a los anaqueles que dispongan de los productos primordiales.

España recuerda el harto conocido dicho del pescado, pero le añade una variación: “Mientras estoy aprendiendo a pescar, me tienen que dar de comer. Porque si no tengo pescado mientras estoy aprendiendo a pescar, no puedo aprender a pescar. Esto es un pueblo que aprende muy rápido”.

La crisis alimentaria también, dice el Gobierno legítimo, será atacada a través de los comedores escolares. Garantizar un plato de comida con los requerimientos nutricionales adecuados combatiría la deserción estudiantil y la delincuencia, pues el exceso de tiempo libre puede ser un hervidero de criminales.

La estabilidad política del Gobierno que preside Juan Guaidó sólo será posible en la medida de que haya una estabilidad económica y social, por lo que la prioridad es atender la crisis, recuperar el valor del poder adquisitivo y restablecer el acceso a servicios públicos y de calidad.

Emancipar y empoderar al ciudadano para que logre su independencia económica tiene que ser el camino. Dice el diputado José Guerra: “Quien depende de otro para alimentarse, jamás será libre”.

Recuperar la economía

Gobierno

La hiperinflación pretende ser estrangulada con el cese de la emisión de papel moneda sin respaldo, por lo que se devolvería la autonomía al Banco Central de Venezuela. La siguiente medida, según el plan presentado, sería levantar el control de cambio, el cual debería ser unificado.

“El problema de fondo venezolano es que estamos viviendo una emergencia humanitaria compleja. Eso quiere decir que la economía se ha reducido más de la mitad, por eso se requiere una expansión fiscal. Nosotros estamos buscando una recuperación inmediata y rápida de la capacidad de consumo del venezolano. La expansión fiscal se financia a través del acceso a un programa de financiamiento internacional extraordinario que permita expandir la producción, las importaciones y el consumo de manera tal que la economía se empiece a recuperar lo más pronto posible y salgamos de este bache”, explica el diputado Ángel Alvarado, con respecto a la fórmula que se desarrolló para que el país logre avanzar.

Eliminar los sueldos de hambre, valorar el trabajo y recuperar el valor del bolívar como moneda son necesidades que deben ser asistidas sin que la población padezca traumas. Y es que hoy, ante el desastre al que nos condujo el régimen, de su habilidad para rebajar la intensidad de la crisis dependerá el éxito del Gobierno de transición.

Sembrar el petróleo ya que “para luego es tarde”

“La Agencia Internacional de la Energía nos está diciendo que de aquí al año 2040 la demanda mundial de petróleo va a crecer a una cifra similar a lo que hoy consumen China y la India juntos. De manera que va a haber demanda de mercado; pero, después del 2040, también nos dice la Agencia Internacional, va a empezar a caer progresivamente la participación de los combustibles fósiles, fundamentalmente del petróleo, en el consumo energético desplazado por otros agentes menos contaminantes”, dice el economista experto en petróleo, José Toro Hardy.

Existe una ventana de oportunidades, pero hay que aprovecharla cuanto antes. La manera en la que se plantea recuperar la producción de petróleo es a través del ingreso de capitales extranjeros, los cuales estarían interesados en ingresar siempre y cuando las reglas estén claras.

Entre las acciones a ejecutar estaría garantizar la seguridad  de las instalaciones petroleras; promover el retorno de los empleados despedidos en 2002 de PDVSA; y la creación de la Agencia Venezolana de Hidrocarburos “para la administración eficiente y técnica de los yacimientos, así como para regular y supervisar el sector”.

El nuevo espíritu

Solventar la crisis humanitaria es urgente, por lo que los subsidios deberían ir destinados, con mucha precisión, a la población más vulnerable; sin embargo, ninguno debe ser eterno. Enterrar el asistencialismo y las creencias de que papá y mamá Estado tienen que mantener a las personas deben ser las premisas en las políticas sociales. Recuperar la confianza en las instituciones e implantar una nueva relación entre Estado y ciudadanos son los retos que tendrá el Gobierno legítimo en los días después a que se acabe la tiranía.

Dice Erik del Búfalo que “el día después yo espero que sean muchos años después, años de reconstrucción, de una nueva Venezuela, de una nueva forma de hacer política que no solamente supere al chavismo sino que también supere lo que estaba antes del chavismo”.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

De oposición venezolana dividida a Gobierno legítimo unido

“Jugamos cómo nunca, perdimos como siempre” es la frase que podría resumir la historia de la coalición política que pretende tumbar al régimen usurpador. El escenario político nunca estuvo tan nublado como cuando, de una vez por todas, la dictadura demostró que no cedería el poder por la vía electoral. La imposición de una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) en 2017 y las posteriores realizaciones de “elecciones” fraudulentas (regionales, presidenciales y municipales) desbarataron por completo a la MUD. La implosión exacerbó los intereses individuales de los grupos, por lo que cada quien batalló a su manera. El juego estaba trancado para una unión que se creó para ganar en un terreno en específico, debido a que los partidos miembros sólo “se pusieron de acuerdo para los temas electorales. Cuando salimos de esa zona, la MUD estalla por las diferencias y ambiciones individuales”, dice el periodista Alonso Moleiro.

La impotencia, confusión y desconexión popular golpearon a una clase política que permaneció en silencio y cuestionada después del fracaso de 2017. La pega “Maduro vete ya” perdió sustancia adhesiva frente a una población que dejó de creer en el liderazgo reciclado de los Henrique Capriles, Ramos Allup, María Corina Machado, y actores políticos de segunda línea. Hubo quienes pretendieron dar un paso al frente para confrontar al régimen de manera light, basados en el siempre odioso “no hay que perder espacios”, pero el peso de la realidad los golpeó tan fuerte que los dejó sin credibilidad: Acción Democrática no sólo participó en las manchadas “elecciones” de gobernadores, sino que se doblegó ante la (f) ANC. En esa misma línea, y basados en “la conclusión de que aquí no había fuerza para sacar al Gobierno [régimen], que había que procurar cohabitar esperando el momento político oportuno para asumir el poder”, analiza Moleiro, el grupo de Henri Falcón se midió con el usurpador en un terreno de juego inclinado y con  árbitros comprados: se presentó en un parapeto que la dictadura quiso vender como “elecciones presidenciales” y que nadie fuera del régimen consideró legitimas.

Hace un mes, la entonces desunida oposición no mostraba ningún tipo de cohesión, sino más bien exhibía a la luz pública las discrepancias de los tres grupos de intereses: electoralista compulsiva, decididamente electoral y a todo evento (radicales), como los define el periodista Moleiro. Ante ese escenario, las próximas decisiones no serían fáciles de tomar. Pero se tomaron. Después de que AD, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo asumieran la presidencia de la Asamblea Nacional, era el turno de la diezmada Voluntad Popular. Con sus mejores fichas presas o en el exilio, decidieron apostar por un desconocido Juan Guaidó: el que recibió el coroto. Al joven diputado se le atravesó una circunstancia muy compleja que, hasta ahora, ha manejado hábilmente. Guaidó, en palabras de Moleiro, es el eje de unión. “Por lo extrema de la crisis había que sentarse a generar un tipo de estrategia conjunta”, opina el escritor Lucas García París acerca de la unión del archipiélago de intereses existentes.

Meridith Kohut para The New York Times

Los caudillos eternos que intentaron (intentan) de todo permanecen callados. Y es que cuando las cosas van bien, nadie se atreve a cuestionar. Unidos por el popular Juan Guaidó, los sectores molestos con el camino que se escogió se mantienen expectantes a esperar una resolución positiva para sus fines. Dice el crítico Erik Del Búfalo que “hay factores de la oposición [Gobierno legítimo] que apuestan al fracaso, que buscan más bien un diálogo y dilatar el tiempo como hemos visto en otras situaciones”.

La juramentación de Guaidó el 23 de enero produce una gran fuerza unitaria respaldada por el apoyo popular que suma incluso a los radicales, que exigían antes del 10 de enero una posición clara del presidente de la Asamblea Nacional. Guaidó, como dice Moleiro, “no es un líder impuesto. Las circunstancias producen personajes que salen del azar, que se le atraviesan los hechos”. La necesidad de botar a quien usurpa el poder es capaz de unir tendencias disimiles. Ante un enemigo común, las alianzas son necesarias.

Un malandro que duerme con pistola

El chavismo como movimiento aglutinador de masas, ganador de elecciones y sentimiento casi religioso ya no existe. En medio de la crisis nefasta, de la urgencia de tener ayuda humanitaria y  de un cambio en las políticas económicas, la mayoría del país repudia al régimen.

La dictadura, en ese sentido, solo se enfoca en una cosa: conservar el poder cueste lo que cueste. Es como una garrapata fijada en la piel. Como sentencia García París, hoy “toda Venezuela sabe lo que siente un barrio cuando llega un malandro y se apodera de la calle”.

Acusados de crímenes de lesa humanidad, blanqueo de capitales y señalados por senadores republicanos como patrocinadores de terrorismo, saben que su permanencia en el poder es una cuestión de vida o muerte. El costo de perderlo podría significar, en el mejor de los casos,  exilio o prisión.

El régimen cambió por completo las reglas del juego a las que estábamos acostumbrados. Desde que las elecciones se transformaron en una fachada democrática, la clase política se debatía entre asistir o abstenerse de los procesos convocados por el proselitista CNE. Las discusiones permitieron ver los intereses reales de cada grupo; sin embargo, optar por un rol de funcionario acabó siendo una manera elegante de mendigar: participar en el juego del régimen dejó de tener sentido. El tablero político tal como se conocía estaba trancado. Esos zorros viejos electoreros compulsivos no están preparados, o no lo parecen, para afrontar una dictadura, a malandros que no le temen –literalmente– a ensuciarse las manos de sangre. A gente así es imposible convencerlos de que se tienen que ir porque perdieron una elección.

La dictadura con fachada democrática garantizó un juez vestido con los colores de su equipo además de una maquinaria capaz de chantajear, sobornar y amenazar a los electores. Al principio podían ser más disimulados, el apoyo popular era incuestionable, pero cuando no fue así, sacaron la pistola para convertir cualquier intento de diálogo razonable en una petición de vida.

Los políticos opositores empezaron a sentir la presión. Quien se la da de listo, puede sentir el peso de la policía política del Estado que, hay que decirlo, es de las pocas cosas eficientes que tiene el régimen: nada funciona tan bien como su maquinaria de difundir terror. No es casual: quien tiene mucho que perder, tendrá sabuesos con dientes afilados en la puerta de su casa.

La lista de presos políticos es larga. Ser un dirigente opositor que no se amilane ante el usurpador se convierte en un acto de rebeldía: “Su vida personal ha sido muy alterada. Muchos han tenido que sacar a su parejas del país, a sus hijos. Han tenido que irse de hoy para hoy. Nos vamos ya, cerramos todo. Una vida muy azarosa. Cuando tú analizas a la oposición y ves a los dirigentes, por lo menos la mitad tiene algún problema con el chavismo”, explica Alonso Moleiro.

Féretro de Fernando Albán / EFE

La magnitud de las circunstancias pareciera solapar –salvaguardando siempre las distancias– las necesidades de la población con las de la clase política. De muestra el botón de Fernando Albán. De este hombre religioso, colaborador en comedores solidarios y concejal es imposible creer que preparaba un magnicidio. El asesinato de Albán por parte de la dictadura, aunque suene crudo, pudo reducir distancias entre quienes conforman el ahora Gobierno legítimo y los ciudadanos. O, dicho de otro modo, este horrible hecho encendió las alarmas más viscerales de los adversarios al régimen. “En Venezuela mueren al año miles de albanes, gente que es buena, que se porta bien, que trabaja por la comunidad, pero un día la matan. Como clase política están sintiendo lo que la población está viviendo desde hace rato”, reflexiona Lucas París sobre lo que pudo ser un punto de inflexión.

El caso Albán  pudo significar un llamado de atención. Quizás el miedo que sentimos al salir a la calle empiecen a sentirlo también la clase política que quiere asumir los destinos del país. Se dieron cuenta tarde, como cuando los diputados de la Asamblea Nacional decían que no podían recorrer el país porque no les pagaban. Ese argumento no era excusa, pues la gente, desde hace rato, tenía que hacer maromas para comer.

Nadie escarmienta en cuerpo ajeno. Los roles son distintos. Fue el asesinato de Albán una alerta. La vida de un político venezolano jamás será igual.

En algún momento Henrique Capriles se esforzó recorriendo el país de punta a punta pregonando que la fuerza popular le otorgaría la silla presidencial, que venceríamos al tirano a través de un método pacifico. Nos lo creímos. Depositamos la esperanza allí en 2012, también en 2013 y, nuevamente, insistimos en 2015 con la Asamblea: ahí lo logramos. Quizás padecemos el síndrome de Estocolmo con los otrora políticos opositores hoy Gobierno legítimo. O quizá seamos esa persona a la que le fallan mil veces, pero que vuelve a creer porque es la única salida. El régimen no se irá por las buenas. Son el malandro que duerme con la pistola. El que tiene muertos en las costillas y está acostumbrado a la adrenalina. No se irán por una salida diplomática. Es blanco o negro. El exilio o andar en 4runner. Los barrotes o las suites del Marriot. La vida o la muerte.

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE - Gobierno legítimo

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE

No obstante, la consideración más importante es otra: ¿es para la Gobierno legítimo una cuestión vital salir del régimen?

Guaidólovers

A la gente le gusta Guaidó, pero no demasiado. No es el crush político de sus vidas, ni siquiera lo vislumbraban como redentor hace unos meses. Guaidó fue la ficha que tenía Voluntad Popular y que los demás partidos, les gustara o no, ayudaron a preparar. Que Guaidó haya calado tan rápido es causa del desgaste vertiginoso de líderes que no lograron vencer al chavismo. Para Henry Ramos Allup, Capriles, Leopoldo, entre otros líderes rayados, aplica la frase de la serie El Mecanismo: “Nadie combate un cáncer y sale ileso”.

La gente tiene hambre. Está desesperada y tiene mucha frustración encima. Puede que no sepan, ni quieran saber realmente qué quiere Guaidó para Venezuela, pero saben que no les gusta el régimen. Comenta Moleiro: “Lo importante acá es la gente en la calle (el pueblo venezolano) que no se cala esto. Ahora sí lo podemos hablar con todas sus letras, llenándonos la boca. Todo el país salió a la calle [el 23 de enero]”. Es el punto de unión en un país de penuria. Se aferran a Guaidó porque, en este momento “la crisis es tan fuerte que yo me puedo montar en cualquier locura sí creo que hay una posibilidad que esa cosa genere una salida”, piensa García París. Creemos en chavistas disidentes pese a que hayan robado. La crítica hacia la dictadura gusta, fascina. Es un punto en común entre las personas. “El Maduro coño e tu madre” es una representación más de esa unión cohesionada por la indignación. La supervivencia opera con su propia lógica.

Qué hacer después de salir de la dictadura es un plan que ya está escrito, guardado en gavetas de la Asamblea Nacional. El plan de reconstrucción del país existe, pero el venezolano de a pie realmente no lo sabe, no le interesa saberlo. Es demasiado abstracto pensar cómo saldremos del control cambiario, si todavía está el usurpador en el poder. Allí siempre ha fallado la otrora oposición, hoy Gobierno legítimo, porque por encima del “Maduro vete ya” también tiene que estar explicar cómo volver a los estándares de normalidad.

Cuando vives en un país que no habla de otra cosa más que de la situación económica sabes que tienes una olla hirviendo. La represión es atroz, y abundan los paños de agua fría para la fiebre. Para la población, hoy día todo se reduce a doblegarse, o agachar la cabeza un poco. Esperar el CLAP, un bono o que la entidad de agua local comience a surtir. La situación es anormal. Y las secuelas psicológicas y físicas, para muchos, cuando acaben, serán irreversibles. Es difícil encontrar la normalidad.

Caja de alimentos del régimen

El país está tan deteriorado que las personas disfrutan cuando logran sacar dinero de un cajero, o el Metro no se retrasa, o sale agua del grifo, o caminan a las nueve de la noche y no pasa nada.  La normalidad se convierte en algo extraordinario. Cuando tienes un cóctel de este tipo piensas, y con razón, que estamos en la etapa “del fin de la dictadura chavista” como espera Del Búfalo, lo que no quiere decir que el desenlace será rápido. Augurar un escenario sería pecar de soberbia e imprudencia. Hoy sólo parece que se termina un ciclo.

El ascenso de Guaidó podría significar el final del régimen (o eso quiero creer), pero también entierra a los zorros viejos de la otrora oposición. “Guaidó abrió un nuevo espacio al resurgimiento de otra clase política. Yo creo que esos viejos partidos, sobre todo los caciques de partido como Ramos Allup, que tienen más de 20 años ahí –sin él mismo someterse a un proceso electoral– también están de salida. El chavismo se va a llevar con él esa vieja clase política enquistada, conformista, que convivió en una zona de confort con la tiranía”, remata Erik Del Búfalo.

La juramentación de Guaidó no es una barajita panini de papel autodhesivo cromado, sino más bien una que se une con pega de barrita, como la de los álbumes de los noventa; sin embargo, nos esperanza en medio de una época de oscuridad absoluta.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Vinotinto sub 20: constructores de un sueño

A lo largo de los últimos años la optimización del proceso de desarrollo de los jugadores venezolanos se ha hecho notar en todo el continente. Una vez el Loco Bielsa dijo que: “El argumento de un entrenador nunca puede ser que el jugador fue superado por la circunstancia. Se prepara al jugador para que la circunstancia no lo supere”. Pensar en esas palabras y no recordar los errores infantiles o la falta de madurez del jugador venezolano es simplemente imposible.

Toda esta evolución se hizo partiendo de una premisa: trabajo y preparación.  Al punto de conquistar un subcampeonato sub 20 del mundo (en 2017), un logro imposible de prever.

Es una realidad que para el presente Sudamericano sub 20 Venezuela llegó con la chapa de  favorito, luego de 29 módulos de preparación, en el los cuales se realizaron amistosos internacionales, partidos de preparación ante equipos de Primera división venezolana y una gira por Europa, en la que enfrentaron distintos equipos importantes del continente.

Si algo tiene Venezuela en comparación a las otras selecciones de este Sudamericano es que sus jugadores, en su mayoría, ya son profesionales y están viendo minutos en Primera e incluso jugando un rol importante en sus equipos.

La Vinotinto ha dejado clara su idea en el campo, dejando a un lado el juego vistoso y apostando a algo más funcional. Si bien tiene volantes creativos como Yriarte, Palmezano y Echeverría, por alguna razón no consiguen ese primer pase limpio o a alguien que les permita llegar a campo rival con balón dominado. El mediocentro ideal para la formación que presenta Rafael Dudamel, indiscutiblemente, es Christian Makoun (mediocampista que milita en la Juventus Primavera), pero por falta de centrales que cumplan con las características del agrado del entrenador, se ha visto obligado a poner a Makoun en el eje de la defensa.

Por estos motivos han apostado al famoso pelotazo; sin embargo, se ven momentos en el que los juveniles buscan el pase limpio.

Para el alivio del DT, el equipo tiene una dupla muy creativa en el ataque: Sammy y El Churta. Samuel Sosa y Jan Hurtado se conocen desde el año 2016, cuando jugaban en el Deportivo Táchira, siendo una dupla revelación en ese momento y siendo determinantes para el cierre del torneo Clausura de ese año.

El oriundo de El Cantón, Jan Carlos Hurtado, es pieza clave en el esquema de Dudamel. El joven de 18 años ya disputó el Mundial anterior y es uno de los VenEx que tiene esta selección (milita en Gimnasia y Esgrima del fútbol argentino). Un jugador de gran envergadura, sumamente fuerte y de gran juego de espalda al arco. Él es el encargado de bajar todas las pelotas y desahogar a la banda, generar faltas y arrastrar marcas, además de tener una gran habilidad para atacar los espacios: aprovechando su potencia y gran control de pelota.

Muchos de los goles de Venezuela han sido gracias a la labor del asistente técnico Marcos Mathías, quien es el encargado de trabajar el balón parado. Pero, sin duda, lo más destacado en esas acciones en la precisión que tiene Sosa en su pierna izquierda: ha marcado, hasta ahora, dos golazos de falta directa y ha asistido a Vargas en un pase acertado al área. El jugador de Talleres de Córdoba es uno de los jugadores que más ha generado angustia en los rivales: no solo destaca su gran pegada, sino que también arrastra mucha marca y expone su gran habilidad en los uno contra uno.

La Vinotinto sub 20 tiene una generación brillante, con piezas muy destacadas. Por fuera de la lista que está disputando el Sudamericano quedaron, incluso, futbolistas de gran nivel como:

  • Danny Perez: extremo de buen andar en el balompié venezolano, con Zamora.
  • Brayan Hurtado: extremo de Mineros de Guayana, con gran facilidad para colaborar en la gesta de goles de sus equipos (quedó afuera por baja médica)
  • Esli Garcia: de lo más destacado del Deportivo Táchira este año. Jugador muy creativo y desequilibrante.

En resumen, esta selección nos tiene preparada muchas emociones, jugadores que sin duda alguna sonarán en un futuro y nos deja la satisfacción de que las cosas a nivel de fútbol formativo se están haciendo cada vez un poquito mejor.

Puntos a mejorar:

  • Transición ataque defensa en el medio campo.
  • Incorporación del mediocentro entre los centrales.
  • Desmarques de ruptura.
  • Precisión en los centros.

Puntos altos:

  • Madurez y fortaleza mental.
  • Gran desempeño físico.
  • Balón parado.
  • Incorporación de los centrales en zona de ataque.

Por Juan Carlos Chacón

Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Messi sin Copa, Cristiano a la Juventus y los salvajes sudamericanos: cambio de narrativa en el fútbol mundial

Cuando Luka Modric ganó el The Best, el premio que otorga FIFA al futbolista más destacado de la temporada, el eje del planeta del fútbol se movió. Fue el momento en el que millones de aficionados terminaron de darse cuenta de algo que comenzó a gestarse con fuerza desde un poco antes del Mundial: la trama había cambiado.

Por si quedaban dudas, Modric también ganó el Balón de Oro. Desde hacía 11 años los dos premios más mediáticos del fútbol –que durante algún tiempo se fusionaron– no tenían un ganador distinto a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para los más jóvenes, incluso, resulta imposible creer que hubo una época en la que el galardón de FIFA y el Balón de Oro de la misma temporada no coincidían en cuanto al ganador: a veces, ni siquiera en cuanto al podio. Hubo una época, a la que progresivamente se está regresando, en la que las fuerzas estaban distribuidas de manera más equitativa. Más que dos súper astros, había una constelación de estrellas.

El astro brasileño, Ronaldinho, ganó el Balón de Oro en 2005 / GETTY IMAGES

Cr7 a la Juventus

El Calcio alguna vez fue la liga más poderosa del planeta. El deterioro fue paulatino y sostenido, hasta llegar a un presente en el que el fútbol italiano está demasiado devaluado: la selección no clasificó al último Mundial y la Juve domina el campeonato local casi sin despeinarse. Por eso parecía impensable que la estrella más mediática del planeta recayera en ese torneo. Pero sucedió.

Nadie vende más que Cristiano Ronaldo: más que un futbolista, es una marca con nombre de cybor y manías de dios griego. Quien ha hecho de la depilación un arte, se encuentra en la etapa final de su carrera: el descenso de nivel es evidente, para lo cual, con astucia y profesionalismo, se ha reinventado. Copiando al tenista Federer (un inmortal que, por su condición de genio absoluto es más parecido a Messi que a Cristiano), se va de “vacaciones” media temporada para alcanzar su mejor estado de forma en el tramo final de la misma: cuando se definen los títulos. Aquella época en la que arrancaba desde la mitad de la cancha como un soldado troyano empuñando una lanza hacia un mañana incierto pertenece al pasado. Cristiano, 33 años encima, juega cada vez más cerca del área rival: ese espacio en el que su fútbol dejó de ser show para convertirse en contundencia.

Esta nueva versión de él encaja a la perfección en Italia: un campeonato menos exigente que el español, el inglés o el alemán, en el que podrá mantener su registro goleador (cosa que sería muy difícil en las ligas mencionadas) y mantenerse en forma para las noches de Champions, esas que siguen alimentando su infinita necesidad de conquista.

¿Viejitos?

Zidane durante la Copa del Mundo Alemania 2006

Hasta el 2006, más o menos, se creía que un futbolista después de los 30 merecía entrar a un museo. Zidane, con 34, se adueñó del Mundial de Alemania 2006 y empezó a cambiar el paradigma.

Tipos como Zanetti o Maldini instauraron en Italia la figura de las leyendas longevas. Pero la verdad es que resultaba difícil pensar que un top 5 mundial pudiera seguir permaneciendo en ese ranking con 33 años.

Cristiano Ronaldo rompió la “regla”.

Aunque sus posibilidades dentro de una cancha cada vez lucen más lejanas que las de, por ejemplo, Messi o Neymar, creo que sigue siendo uno de los cinco mejores del planeta. Y esto no pareciera que fuera a cambiar esta temporada. Menos en un momento en el que ser “viejo” está de moda.

Modric ganó los galardones individuales más mediáticos a los 33 años. Sergio Ramos y Gerard Piqué siguen siendo dos top 10 mundiales con 32 y 31 años respectivamente. ¿Hay un mediocentro más capaz que Sergio Busquets a sus 30 años? La lista de treintones que continúan constituyendo el firmamento de figuras es notable.

Los futbolistas son cada año que pasa atletas con más aires de robots: su preparación espartana les permite llegar adonde antes solo era posible con la imaginación. El ejemplo claro es Lionel Messi: quien naciera para convertirse en el mejor jugador de la historia, a los 31 años sigue corriendo por la cancha como Gokú cuando se entrenaba con los sayayines más jóvenes: mostrando que –por mucho que se esfuercen los demás y por mucho que pase el tiempo– no hay ni habrá en un futuro cercano alguien que siquiera se acerque a su estela.

Hoy parece mentira que hace más de una década se dudó de sus posibilidades de establecerse en la élite luego de dos lesiones importantes. ¿Dónde están las supuestas secuelas que, dice el imaginario popular, limitan parar siempre el devenir de una carrera? Otro mito que cambia ante el peso de una nueva realidad.

El equilibrio de las fuerzas

Tres hechos determinantes ocurrieron en lo que va siglo XXI.

Uno. La reorganización del fútbol español dio frutos. Parió a muchos de los mejores jugadores del mundo: empezó a producir futbolistas muy técnicos, diseñados para hablar un mismo idioma dentro de la cancha. Diseñados para, ante todo, jugar: cuidar y mimar la pelota.

Dos. Los astros se alinearon en el Barcelona. Un modelo formativo élite (acaso el mejor) se vio coronado por una generación brillante, abanderada por el mejor jugador de la historia y dirigida por el hijo pródigo que volvió a casa para convertirse en el más reciente revolucionario o innovador del juego: Pep Guardiola. El club catalán armó un equipo, mentado como el Pep Team, que alcanzó un performance inédito en la historia.

Tres. Florentino Pérez se dispuso a hacer del Real Madrid el equipo más costoso del planeta. ¿Quién dijo que el dinero no compra la felicidad? El magnate español, con ambición de conquistador romano, usó todo su poder económico, todos sus talentos de empresario y se asesoró con gurús del marketing para armar un conjunto monstruoso: en nombres y hombres.

Todo esto trajo como consecuencia que el epicentro del fútbol fuese España. Entre el 2008 y el 2012, Real Madrid y Barcelona llevaron a cabo una serie de duelos que elevaron el nivel del fútbol: probablemente, ambos estaban en capacidad de ganar de forma apabullante cualquier liga del mundo. El país ibérico en general, en donde mejor se juega y de donde estaban saliendo los mejores entrenadores, creció a la par de sus dos monstruos: el tercero de la Liga bien pudo haber salido campeón de la Premier.

Pero todo pasa. Aunque España (junto a Alemania) sigue llevando la vanguardia, cada vez más países entendieron que debían fijarse en ellos si no querían quedarse rezagados. Al mismo tiempo, el Pep Team cerró su ciclo y demasiados enredos en la directiva llevaron a que los culés dilapidaran la maravillosa herencia que significaba tener unos jugadores de tan alto nivel. El Real Madrid aprovechó para ganar cuatro Champions en cinco años y renovar su orgullo. Pero los jugadores se fueron desgastando, el club vendió a Cristiano Ronaldo sin fichar a nadie con su aura y ocurrió el previsible bajón de rendimiento que se venía asomando y que ya había sido maquillado con la última Liga de Campeones.

La pérdida de calidad del Barca y del Madrid nos ha devuelto a una época más equilibrada en Europa. Ya las fuerzas no se centran principalmente en dos equipos –ni en una sola liga–, sino más bien en un lote dentro del cual cualquiera luce capaz de imponerse en Europa. La llegada de los nuevos ricos ha hecho que el Manchester City, con un proyecto muy serio, se erija como el conjunto que mejor ha jugado desde la segunda mitad del 2016 hasta ahora; y que el PSG, con Neymar (hacía tiempo que un top tres del mundo no jugaba fuera de la Liga o la Premier o la Bundesliga), se muestre como un lobo salvaje hambriento de trofeos. La Juventus sigue reinando en Italia, el Bayern –que aumentó su regularidad en la era de Guardiola– mantiene su prestigio intacto y en Inglaterra –país que se puso a cargar updates– son varios los conjuntos que lucen poderosos, el Liverpool a la cabeza.

Lo mejor del fútbol ya no se resume en un binomio ibérico.

Messi sin Mundial

Argentina perdió la final del Mundial en 2014 vs Alemania

El problema es que el Mundial de fútbol es el evento sociocultural más mediático del planeta. O lo que es lo mismo: lo ve un montón de gente que, en realidad, no ve fútbol.

Un mito extendido en la narrativa futbolera es que para reinar en el Olimpo hay que ganar la Copa del Mundo. El argumento opera con la lógica de la fama: mientras más te ven, más repercusión tiene lo que logras. Ahora, conviene precisar que el Mundial no es la competición de más nivel ni en la que se observan las últimas innovaciones. Ese espacio lo ocupa la Champions League.

Pese a esto, los futbolistas siguen necesitando del torneo que se disputa cada cuatro años para erigirse como leyendas populares. Aunque sus proezas más destacadas ocurran en el día a día, es cada cuatro años cuando se disputan la corona de rey.

Que el Mundial se le resistiera a Messi (quizá de forma definitiva, aunque con él nunca se sabe) alteró el guion. Históricamente, solo Alfredo Di Stefano –que se hizo leyenda en una época que hoy nos resulta ajena y rara– y Johan Cruyff –por apegado a sus valores y por un poco de mala suerte– fueron los únicos reyes del Olimpo que no alzaron el trofeo. Los otros tres –Pelé, Beckenbauer y Maradona– construyeron buena parte de su épica en escenarios mundialistas.

Aunque parecía improbable, el mejor jugador de la historia se hizo merecedor de tal distinción sin que lo mejor de su carrera ocurriera en el más mediático de los escenarios. Lo cual tiene a muchos desconcertados, a otros en negación y a un buen porcentaje encogiéndose de hombros: el trono de rey absoluto del Olimpo está destinado a ser ocupado por Messi, y a él no le quedará más remedio que reinar sin corona.

El talento y la inteligencia siguen mandando

A principios de siglo hubo quien dijo que el futuro del fútbol estaba en África. La preparación física estaba cambiando y los jugadores eran cada vez más atletas. La época de las barriguitas, la cerveza y la mala alimentación había pasado: para culminar un regate, había que tener un abdomen duro. Algunos vieron a los futbolistas africanos y pensaron que en pocos lados había tanto músculo como ahí.

El siglo XXI trajo, además, la evolución de las formas de defender. La marca al hombre murió y la marca en zona se desarrolló como nunca antes. El concepto de presión se puso de moda y un señor llamado José Mourinho nos mostró hacia donde, de verdad, apuntaba el futuro.

Pero, como suele suceder, Mou fue malinterpretado. Más de uno creyó que sus planteamientos –aunque él repitiese que lo más importante era la concentración y que nunca hacía entrenamientos sin balón– tenían más que ver con la fuerza que con la inteligencia. Tan erróneo pensamiento hizo que aparecieran imitadores que se fijaran más en cuántos kilómetros corrían sus jugadores por partido que en las decisiones que tomaban.

Por otro lado, aunque malabaristas como Ronaldinho hacían de las suyas, delanteros fuertes como Eto’o, Drogba o Kanuté, volvían a dividir el pensamiento. Hasta que en el 2008, Pep Guardiola llegó al primer equipo del FC Barcelona y, más allá de dar nuevas respuestas, cambió las preguntas. Nada volvió a ser igual.

El Pep Team se cocinó con las más vanguardistas técnicas de preparación, siempre teniendo presente que en última instancia lo que marcaría la diferencia serían las capacidades de un jugador con el balón. Desde entonces, no ha habido mucho espacio para aquellos que crean que el fútbol es una competición de atletismo antes que un juego. Incluso entrenadores como Simeone, que reniegan las largas posesiones, priorizan el talento y la inteligencia antes que todo lo demás.

Los toscos están en peligro de extinción. O, dicho de otro modo, los que hoy día son considerados toscos bien podrían haber llenado YouTube de highlights de dribles en el fútbol de hace 30 años.

Del buen salvaje al buen revolucionario

River Plate alzó la Copa Libertadores en Madrid

Que la final de la Copa Libertadores fuera entre River Plate y Boca Juniors significó que medio planeta pusiera los ojos sobre Sudamérica. Aunque ambos clubes están lejos de esas versiones gloriosas en las que jugaron algunos de los mejores de la historia, que por primera vez ambos se dirimieran una final continental sirvió para revivir toda la mitología que se mueve alrededor de ellos. Pero también para volver a mostrar lo peor de nuestro continente.

Por hechos violentos, el partido de vuelta fue cambiada de sitio. En vez de jugarse en el Monumental, se jugó en el Santiago Bernabeú. Había muchas razones para sentir vergüenza. Que no pudiéramos como continente organizar una final de Libertadores era bochornoso. Las postales violentas, la desorganización, la planificación paupérrima, las decisiones de último minuto. La lista es larga: la promoción bélica que hizo la prensa, el maltrato a los jugadores, hinchas haciendo quinielas en Buenos Aires a ver cuántas personas morirían. Pero lo que más ruido hizo en redes sociales era que la final de un torneo llamado “Libertadores se jugara en la tierra de los conquistadores: una cosa de apátridas-y-profanadores-e-irrespetuosos-para-con-los-pueblos-oprimidos-por-los-imperios”.

Esto me llamó mucho la atención. Al parecer, luego de varias décadas la base del pensamiento que ha limitado el desarrollo latinoamericano –y sobre el que se sostuvieron los corruptos gobiernos de izquierda del siglo XXI– sigue vigente.

Me llama la atención que aún hoy se crea que lo autóctono en Latinoamérica son los indígenas, mientras que los europeos son los profanadores. Como soslayando que, guste o no, los latinoamericanos llevamos en nuestras venas las sangres de esos españoles y, aunque también la de los indígenas y africanos, es innegable que nuestra cultura tiene que ver principalmente con la europea.

Me llama la atención que aún hoy –cuando se habla de globalización y en el primer mundo las fronteras se han caído para que, entre otras cosas, el deporte se mueva hacia los mercados más atractivos (La Liga ajusta sus horarios pensando en Asia, la NBA se juega también en México)–, solo los latinoamericanos mostremos tanto desprecio (que no dudas) ante la posibilidad de constituir un producto global.

Me llama la atención que se siga viendo a los europeos como a los malos de esta historia, a veces hasta soslayando que los ideales que motivaron a los independentistas se cocinaron, precisamente, en Europa.

Pero, sobre todo, me asusta el resentimiento con el que muchos asumieron el cambio de sede. Como si, para empezar, Latinoamérica no fuese uno de los principales consumidores de fútbol español. Como si no quisiéramos tener torneos con siquiera la mitad del nivel que tiene la Liga y con una organización tan solvente.

Como si nos asustara tanto compararnos con los mejores que, la única solución posible, fuese despreciarlos.

¿Será que seguimos en el siglo XX?

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel