Las imágenes y la masa: el kitsch, un peligro enmascarado

Es una situación más que demoniaca. Suena el celular, y creyendo que quizás es por algo importante, te animas a revisarlo. Cuando tus ojos se encuentran con la imagen de Piolín, ya sabes de que se trata. Tú tía te mandó un mensaje otra vez. “Dale a Dios las gracias por la oportunidad de un nuevo día, porque la vida es una bendición”, quizás diga esa frase. También es posible que diga: “Recuerda decirle a esa persona especial cuanto la amas”. Tú suspiras de hastío ante tanta cursilería.

Esa clase de imágenes no solo prostituyen al pobre canario de los LooneyToons. A veces colocan a Mickey y a Minnie Mouse en forma de bebés. De vez en cuando, a Winnie Pooh. Las de carácter religioso, muchas veces incluyen a Jesucristo.También son comunes las ilustraciones de animes japoneses, de las que se han desprendido géneros como el Yaoi o el Hentai (para los que no sepan, favor, jamás busquen en Google ese último término). Personajes sobran. No solo es costumbre de viejitas, realmente, es bastante común que esa basura tienda a aparecer por las diferentes redes, circulando mientras la gente las asimila o las rechaza. Si existen, es por algo.

Es un tema sobre el cual hay que hacer hincapié: la hiperdemocracia es un peligro para el mundo visual. Lo masivo es incontrolable. Las multitudes avanzan a  paso rápido e irreflexivo, y nunca se detienen a ver las huellas que van dejando en el camino. Así ocurre con las imágenes hechas por y para la masa. Eso es precisamente el Kitsch.

El Kitsch es un término de la Estética que ha variado su significado de autor en autor. Impreciso, pero mordaz. Ambiguo, pero inmortal. Refiere, comúnmente, a todo lo que llega a lo exagerado, cursi, desagradable y espantoso. No, no habla de la belleza que se manifiesta mediante lo feo, habla propiamente de lo feo. Abarca todos los errores que la creatividad humana ha plasmado a lo largo de los años. La justificación de su existencia radica en hacer del mundo un lugar peor.

Una característica del Kitsch es su hincapié en pretender aparecer como un producto “elevado”. Independientemente de si es considerado arte o no por quien lo realiza, su notoria arrogancia es una constante en sus manifestaciones. Sus frases “sabias” o “poéticas” son muy comunes hoy en día. “El pasado ya pasó. El futuro no existe. Y el presente, está presente”, es bastante típica. “Siempre se puede ver la luz detrás de la tormenta”. Algo usual es que banalicen sentencias de autores consagrados para presentarlos bajo esa atmosfera de cursilería.

El Kitsch siempre recurre al lugar común. Es peligroso, bebe de las fuentes de lo que ya se ha hecho antes, tiende a rescatar lo tradicional y saturarlo de superficialidad. Besos bajo la lluvia, ojitos de anime cubiertos de lágrimas, el uso exagerado del claroscuro y de todo lo que en el pasado ha funcionado. El resultado de siglos de tradición artística en Occidente, al entrar en contacto con el eslabón más bajo de la cultura de masas, trae como consecuencia el Kitsch.

Quien está detrás de cualquier material Kitsch conoce las reglas del juego: nada que se salga de lo cliché. Sin embargo, nunca es consciente de lo que hace. Más que un acto de creación, es un acto de reproducción. De hecho, buscarle una interpretación a cualquier ejemplar es como sumergir una rama en un charco de agua: simplemente no se admite la posibilidad. Porque no permite una verdadera fruición estética, solo se consume de forma fugaz, sin dar lugar a una comunicación con la obra.

¿Dónde se origina? ¿Dónde está actualmente?

Como es obvio, el Kitsch está en todas partes. Se puede ver en la publicidad pomposa, llena de clichés. Está presente en esas películas que hace Hollywood saturadas de risas plásticas y personajes predecibles. Muchas veces está en las canciones pop del ídolo juvenil del momento. Lo podemos ver en las imágenes que manda la abuelita por WhatsApp. A los totalitarismos les fascina utilizarlo. Es fácil de hacer, y, para todo aquel que carezca de criterio, fácil de digerir.

El Kitsch se vale de lo que siempre funciona. Utiliza códigos repetidos y simplifica sus significados. Un Winnie Pooh representa la felicidad. Un beso bajo la lluvia es la opción más romántica.

El Kitsch es enemigo de la innovación, pero sabe reinventarse. De generación en generación, asimila las nuevas formas creativas. Es tanto síntoma como causa del analfabetismo visual que impera en estos tiempos. La masa tiende a producir imágenes de significado simple y forma cliché para distribuirlas por el mundo. Es un proceso del cual la sociedad no es consciente, pero ocurre todos los días, en cada latitud de la red y del espacio físico.

Como se dijo en la primera parte de esta serie, Ortega y Gasset, filósofo español, se dedicó a analizar el tema en su libro La rebelión de las masas. Él define como élite al grupo selecto de individuos que han adquirido las destrezas como para poder formular una visión propia respecto a un determinado asunto, y a la masa como el enorme conjunto de personas que tiende a emitir opiniones de forma insensata, y justificarlas basándose en la idea de que las mayorías siempre tienen razón. Es un asunto de exigencia: quien se propone más, logra mejores resultados en cuanto a su trabajo y formación, además de poseer una visión del mundo más madura.

En otros tiempos, previos a la llegada de las comodidades de la modernidad, pequeños grupos ejercían un dominio total sobre las sociedades, pero gracias a los cambios producidos en el siglo XIX, tuvo lugar la masificación de muchos de los aspectos de la vida pública. Por primera vez en siglos, las grandes conglomeraciones de gente tenían control sobre las áreas que antes le correspondían  a unos pocos. Cuando ese fenómeno cruza la barrera de lo racional, nace uno de los grandes peligros de estos tiempos: la muerte del sistema democrático a manos de la hiperdemocracia.

Lo bajo del Kitsch

El Kitsch es íntimo amigo de la hiperdemocracia. Nació,  al igual que ella, gracias a los avances de la modernidad, y se ha difundido por la falta de criterio estético que impera actualmente. Porque muchos consideran tedioso adquirir una cultura visual desarrollada. Pocos quieren aprender el lenguaje de los colores y las formas, pero todos gozan hoy en día de la posibilidad de disfrutar del flujo de imágenes que el Internet brinda. Lo cursi, lo repetitivo y lo banal, están a la orden del día.

Umberto Eco, autor destacado en el campo de la Estética, siendo consciente de la dificultad de darle una definición al Kitsch que incluya todos sus aspectos, dedicó un capítulo entero a analizar el fenómeno en su ensayo Apocalípticos e Integrados. El libro, publicado en 1968,  consiste en una investigación acerca de la cultura de masas, y ofrece un profundo  acercamiento al debate intelectual que esta ha suscitado.

En su primer capítulo, explica el debate en torno a las creaciones realizadas por los medios de comunicación. Por un lado, están los apocalípticos, el grupo  conformado por filósofos como  Theodor Adorno o Walter Benjamin, suscritos a la escuela de Frankfurt, así como otros autores que rechazan rotundamente la cultura de masas. En El segundo grupo, los integrados, encasilla a los pensadores que la han asimilado como algo positivo, o por lo menos, no tan dañino como argumentan sus contrapartes. Entre ambos bandos, Umberto Eco procura tener una postura más humana y objetiva, admitiendo en igual medida sus problemas y beneficios.

Partiendo de la tesis de Dwight Macdonald (apocalíptico por excelencia), habla de los tres niveles de cultura: baja, media y alta. El primer nivel refiere a las producciones masivas de digestión  fácil y nulo valor estético; el segundo, a las obras cuya calidad es notoria, pero que están destinadas al consumo; y el tercero, a aquel conjunto de creaciones de indudable valor artístico, reservadas para unos pocos. Ese es el centro de su teoría.

Hay que resaltar que ese esquema, pese a servir de utilidad a la hora de analizar el fenómeno, realmente no deja de ser problemático. El Arte es de naturaleza ambigua, puede presentarse en miles de formatos, por lo tanto, la distinción entre el nivel medio y el alto quizás no es del todo acertada en varios casos. Existen muchos productos de alta calidad estética nacidos en la cultura de masas. Pero ese es otro tema.

Estructura del Mal Gusto, el segundo capítulo, es una reflexión exquisita sobre el Kitsch. A lo largo de sus páginas, se pasea por las posibilidades de este término. Eco admite que la cursilería, como tal, se encuentra presente en algunas obras de calidad. Lo mismo sucede con la idea de que la palabra debe referira todas aquellas piezas que imponen su mensaje en el espectador: abundan los ejemplos que disuelven ese planteamiento. Entre otras opciones. Finalmente, llega a una conclusión que, aun cuando puede dar problemas en algunos casos, es bastante convincente:

“Si la expresión Kitsch tiene un sentido, no es porque designe un arte que tiende a suscitar efectos, ya que en muchos casos el arte se propone también esos mismos fines, o se los propone cualquier otra digna actividad que no pretende ser arte; no es porque caracterice a una obra dotada de desequilibrio formal, pues en este caso tendríamos sólo una obra fea; y tampoco porque caracterice a la obra que utiliza estilemas pertenecientes a otro contexto, pues esto puede verificarse sin caer en el mal gusto. El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas”.

La definición de Umberto Eco del término me parece bastante efectiva, aunque considero que conlleva algunos detalles. Ciertamente, al ver varias de las “poéticas” imágenes que abundan en Internet, dudo que comúnmente se conciban como un arte, lo más probable es que en muchas oportunidades estas tiendan a producirse como un mero entretenimiento. No obstante, hay que mencionar que la intención motivacional, el elemento religioso, la atmósfera melodramática, y el uso constante de la pseudosabiduría son elementos que ciertamente disfrazan una creación  banal de algo trascendente. No creo que sea necesario que quien las realiza se conciba a sí mismo como un Dalí para que su “creación” pueda ser considerada Kitsch.

Muchas veces, el Kitsch tiende a revestirse para sobrevivir. Se presenta bajo apariencias  supuestamente respetables. Por ejemplo, le fascina presentarse en forma de estatuillas religiosas, tales como figuras de personajes como Jesús o María, o con fotografías con mensajes clichés en las cadenas de WhatsApp.

Es increíble, pero la aparente intención elevada es una máscara efectiva. E inclusive, el patriotismo simplón tiene buena relación con el Kitsch, porque el sentimentalismo de la “Madre Patria” puede ir cubierto de desagradable exageración. Seguramente, al pobre Simón Bolívar debe asquearle el repetitivo uso de su imagen que se tiene Venezuela.

El Kitsch es inteligente, y sabe que el superfluo uso de símbolos religiosos o patrióticos no son sus únicas herramientas. Es consciente de que “hay que vivir cada día como si fuera el último, porque si te rindes será el último día”. Lo motivacional es un imán de atención. Uno que tiende a insertarse de forma cliché en imágenes como selfies o ilustraciones baratas con personajes de caricaturas, que nunca tienen relación con la frase. Pretende pasar como un mensaje de optimismo, pero solo es una simulación.

Hoy, en tiempos en los que la vida digital se impone sobre la real, el Kitsch está más presente que nunca. Semejante a un insecto que se invisibiliza gracias al verde de las hojas. Entre el infinito de imágenes que circulan en la red, a veces, cuando se cubre muy bien, puede ser difícil localizarlo. Es un maestro del disfraz, pero no del disfraz de buen gusto.

Con el Kitsch hay que tener mucho cuidado. Son tantas sus máscaras que a veces puede resultar difícil ubicarlo. Pero está ahí. En los anuncios que dan asco, en las telenovelas sobreactuadas, en la propaganda política exagerada, en los productos religiosos o folclóricos que cargan con la etiqueta que dice MADE IN CHINA, en los fanarts de animes cubiertos de cursilería, en las frases amorosas para adolescentes que habitan en  Tumblr, y en todas las cadenas que te sacan de quicio con Piolín deseándote las bendiciones. Lo peor es que no piensa irse, él está muy cómodo en su actual posición. Así que nuestra única opción es entrenar el criterio para poder rechazarlo cuando aparezca frente a nuestros ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte IV

Era tan inminente el agravamiento de la crisis, que hasta dos actores del chavismo –Jorge Giordani y Rafael Ramírez– advirtieron que era necesario virar el rumbo. Maduro no hizo caso y ya todos sabemos el resultado. En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

La inacción

Desde la óptica de Nicolás Maduro la calidad de vida de los venezolanos se deteriora velozmente porque su gobierno es víctima de una «guerra económica» orquestada por un enemigo que engloba bajo términos como «pelucones», «oligarquía», «burguesía parasitaria», que propicia la escasez y la inflación.

«Es una guerra contra la moneda, una guerra contra los procesos de distribución y fijación de precios, pero el objetivo es más que económico, son psicológicos: desestabilizar a la familia, a la mente y tranquilidad del trabajador (…) que el pueblo vaya perdiendo la fe en su propia patria más allá de la Revolución», dijo el 27 de junio de 2015. Una semana más tarde durante el desfile del Día de la Independencia afirmó que «esta oligarquía que ha osado secuestrar la economía se arrepentirá en el futuro de haberle hecho pasar sufrimientos y dolores al pueblo».

Bajo esta lectura la posibilidad de tomar medidas en el campo económico ha quedado descartada y aumentan las fiscalizaciones a las empresas, operativos en busca de mercancía acaparada, persecución policial a los revendedores, racionamiento, captahuellas, cierre de fronteras y llamados a los buenos sentimientos.

«Porque quien se mete a bachaquero, ¿qué opción toma, qué hay en su alma y mente? La codicia, el sálvese quien pueda, el no me importa la comunidad. ¿Queremos una patria plagada de bachaqueros o llena de gente solidaria y respetuosa?», se preguntó Maduro en cadena nacional, mientras que la economía tercamente continuaba respondiendo a incentivos[1].

Todas las voces que alertaron sobre la necesidad de realizar ajustes económicos fueron apartadas o alejadas del centro del poder. La historia de las discusiones a lo interno se remonta a enero de 2013 cuando Hugo Chávez, enfermo e impedido de asumir el cargo de Presidente a pesar de haber resultado victorioso en las elecciones del 7 de octubre de 2012, permanecía hospitalizado en Cuba y Nicolás Maduro, en su rol de vicepresidente, llevaba las riendas de la república.

Aún el petróleo se cotizaba a altos precios, pero los desafueros cometidos a fin de asegurar la última reelección del «comandante eterno» pasaban una factura larga y pesada. El 9 de enero de 2013 Jorge Giordani, en ese entonces ministro de Planificación, le entregó a Nicolás Maduro el documento Orientación de la política económica en el inicio de un nuevo período presidencial, donde alertaba de la gravedad de los desequilibrios[2].

Jorge Giordani, quien escribió los planes de gobierno para impulsar el socialismo del siglo xxi, explicó en este escrito que el gasto público se había desbocado como nunca antes entre 2010-2012, registrando un salto estelar de 12 % del PIB; que con billetes fabricados en el Banco Central Pdvsa había recibido el equivalente a 6,6 % del PIB; que los costos de la seguridad social ya eran tan elevados que igualaban «los aportes petroleros presupuestarios»; que la nómina de trabajadores en el sector público había crecido aceleradamente y que las «distintas formas de cooperación [petrolera] con países amigos bordea los 550.000 barriles diarios».

Además el escrito le indicó a Nicolás Maduro la necesidad de focalizar los planes sociales «para evitar abusos de ciudadanos de ingresos superiores a los mínimos que se inscriben» y admitió que «no existe suficiente contraloría para los recursos que insumen las empresas públicas, los numerosos programas de los ministerios y otros organismos públicos y la demanda de importaciones públicas, entre otros gastos».

Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, el Consejo Nacional Electoral convocó a elecciones el 14 de abril. Días antes Jorge Giordani escribió una «carta abierta» que recibieron Nicolás Maduro y algunos miembros del partido de gobierno.

Esa carta indica que bajo la conducción de Nicolás Maduro «la situación sufrió grados crecientes de desorganización y falta de un centro de decisiones coordinadas, lo que hizo florecer un sinnúmero de presentaciones de medidas de las cuales el equipo económico a cargo de las finanzas se enteraba por los periódicos o la televisión»[3].

Aunque durante el primer trimestre de 2013 el precio promedio de la cesta petrolera venezolana se ubicó en 103 dólares el barril, ya existía escasez de divisas. Dice Giordani en la carta abierta: «Durante el año 2013, Pdvsa no ha entregado al erario público cantidades necesarias para enfrentar lo delicado de la situación. Con esta carencia, se disminuyó sustancialmente la asignación de divisas para importaciones básicas, con lo que el previsible desabastecimiento y la aceleración inflacionaria serán inevitables».

A pesar de que esa era la situación, el 14 de mayo de 2013 (es decir: un mes después de haber recibido esta advertencia) Nicolás Maduro, ahora recién elegido Presidente de la República, culpaba a los empresarios del incremento de precios y la escasez de alimentos, señalando que «hay una guerra para desabastecer al país, para lanzar una inflación descontrolada».

Para enfrentar el ciclo de alta inflación y mínimo crecimiento que ya presentaba la economía al cierre de 2013, en marzo de 2014 Jorge Giordani le entregó al presidente Nicolás Maduro el documento Propuestas para la coyuntura económica 2014, donde incluye una serie de recomendaciones que curiosamente coinciden con las que han dicho la mayoría de los economistas que el Gobierno considera de oposición.

Entre otras medidas Giordani creía necesario «auspiciar la convergencia de los tipos de cambio en el mediano plazo, ajustar de manera progresiva las tarifas de los servicios públicos (electricidad, agua, telefonía, gas, gasolina, transporte), adecuar los precios de cada uno de los productos, evitando situaciones de desabastecimiento y definir las importaciones contingentes, necesarias para reducir los niveles de escasez en el corto plazo».

Dos meses después de entregarle este documento a Nicolás Maduro, Jorge Giordani perdió todo el poder y fue relevado de su cargo como ministro de Planificación. El 20 de marzo de 2015 diría en un acto público en el que fustigó el camino tomado por el Gobierno que «la situación es grave. Y si no se toman decisiones se pone peor y el deber de uno es decir las cosas y decir las verdades: hay que asumir la crisis».

Hubo otro intento de ajuste. El 14 junio de 2014 Rafael Ramírez, en su rol de vicepresidente de economía y presidente de Pdvsa, acudió a Londres para reunirse con inversionistas internacionales y explicarles el plan que había preparado para enfrentar los desequilibrios.

Ramírez quería devaluar para obtener más bolívares por los petrodólares y disminuir la impresión de dinero en el Banco Central, además de acabar con un dólar artificialmente barato que estimulaba las importaciones y dejar un solo tipo de cambio. Además contemplaba disminuir la lista de productos con precios regulados, acciones para controlar la liquidez y aumento en el precio de la gasolina.

Las medidas nunca se concretaron y el 2 de septiembre de 2014 Rafael Ramírez fue destituido de todos sus cargos en el gabinete económico y fue nombrado canciller. Como una muestra de que nada de lo anunciado en Londres sería puesto en práctica, al día siguiente Nicolás Maduro afirmó en cadena nacional: «A mí me dan risa los cables de la AP y de Reuters, ¿no? Porque ya ellos no tienen voceros que se atrevan a hablar dentro del país, entonces lanzan los cables, y los cables los leen en la radio, en la televisión de las regiones y todo. AP: Maduro prepara un conjunto de medidas económicas. AP: ¡Se quedarán esperando por eso! Reuters: ¡Se quedarán esperando por eso!».

Ruleta petrolera

Predecir los precios del petróleo es una manera segura de equivocarse. No obstante, la mayoría de los analistas coinciden en que el oro negro ingresó en un ciclo donde al menos hasta finales de 2016 no retornará a los niveles de 100 dólares el barril. En este contexto la posibilidad de que la administración de Nicolás Maduro logre sacar a la economía del túnel de inflación, recesión y escasez luce muy comprometida[4].

Una demanda que desfallece por la fragilidad de grandes locomotoras de la economía global resta brillo al crudo. La Zona Euro emite señales de dirigirse a la tercera recesión en seis años; si bien Estados Unidos muestra signos de vitalidad, en términos históricos se trata de una recuperación débil, y China comienza a perder ímpetu.

Pero la fragilidad de la demanda no es el único factor que vulnera los precios del barril. También hay un crecimiento inesperado de la oferta. Gracias a la extracción de crudo de lutitas (shale en inglés), un tipo de roca rebosante de petróleo y gas inaccesible hasta la aparición de nuevas tecnologías, Estados Unidos ha incrementado a paso firme su producción al punto que un estudio de Wood Mackenzie afirma que, al ritmo actual, en 2025 podrá autoabastecerse[5].

Arabia Saudita también ha aumentado la producción mientras que Irak –de manera lenta pero constante– comenzó a recuperar su actividad después de la guerra al igual que Libia. Por otra parte, Irán negocia la firma de un tratado que se traduciría en el levantamiento de las sanciones que le impiden colocar libremente petróleo en el mercado.

A fin de golpear la rentabilidad de la extracción del crudo de lutitas en Estados Unidos, que en teoría requiere que el barril se cotice a un precio superior a 70 dólares y no ceder cuota de mercado, Arabia Saudita ha liderado la política seguida hasta ahora por la OPEP de no recortar producción.

Un factor a tomar en cuenta es que las empresas que explotan este petróleo no convencional han mejorado notablemente la productividad y los días para perforar un pozo cayeron de 22 a 9. El número de pozos perforados cada año aumentó de 16 a 41 y también están mejorando las técnicas para romper la roca. La producción inicial por pozo creció 50 % en los últimos tres años.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el ciclo en el que la oferta de petróleo supera a la demanda por un margen amplio y presiona a la baja los precios del barril se mantendrá hasta finales de 2016.

En su reporte de agosto de 2015 el organismo señala que la oferta de petróleo continúa creciendo a una «velocidad vertiginosa» y que en el segundo trimestre superó la demanda en 3 millones de barriles diarios, la mayor cantidad desde 1998.

«El reequilibrio que se inició cuando los mercados petroleros comenzaron con una caída inicial de precios de 60 % hace un año aún no ha acabado. Desarrollos recientes sugieren que el proceso se extenderá hasta bien entrado el 2016», dijo el reporte de la AIE.

Un factor relevante a tomar en cuenta es si definitivamente China, el segundo consumidor mundial de petróleo, crecerá a menores tasas y por ende le restará soporte al precio del barril de forma permanente. Todo apunta a que este es el caso: el gobierno del gigante asiático recortó su proyección de crecimiento para 2015 a 7 %, la magnitud más baja en dos décadas.

La desaceleración de China es natural en el sentido de que tras crecer a un promedio de 10 % anual durante los últimos 30 años, lo normal es que la expansión pierda potencia porque cada vez es más difícil mantener la tasa. Por ejemplo, un crecimiento de 7 % en 2015 significaría una producción mayor en bienes y servicios a la alcanzada en 2007, cuando la economía registró un alza de 14 %.

En el largo plazo el crecimiento depende en gran medida de la productividad, es decir, de la capacidad para incrementar la producción por trabajador y la brecha tecnológica entre China y los países desarrollados ha disminuido, lo que implica que las ganancias en productividad ya no tendrán la misma intensidad.

Otro factor a tomar en cuenta es que la población en edad de trabajar alcanzó su pico en 2012 y la inversión, que llegó a ubicarse en la astronómica proporción de 49 % del PIB, también parece haber tocado techo.

A las dudas que genera el entorno internacional se añade una creciente desconfianza hacia la capacidad de pago de Venezuela. En un entorno donde los precios del petróleo han registrado una baja sustancial y la república, incluyendo Pdvsa, está obligada a cancelar entre el segundo semestre de 2015 y 2016 unos 16.000 millones de dólares por vencimientos de deuda externa, las entidades financieras se preguntan continuamente si la administración de Nicolás Maduro no optará por declararse en default, es decir, no cumplir con el pago en el tiempo estipulado.

La firma Síntesis Financiera proyecta que si en 2016 el precio de la cesta petrolera venezolana promedia 48 dólares el barril al tomar en cuenta los ingresos y todos los gastos en divisas como importaciones y pagos de deuda, el país tendría un déficit de 22.000 millones de dólares.

Los inversionistas observan un altísimo riesgo en las finanzas venezolanas, lo que se traduce en que si la república emitiese nuevos bonos para obtener recursos y cancelar los que están por vencerse, tendría que pagar una tasa de interés exorbitante[6].

Otra señal proviene de los credit default swap (CDS), el instrumento que utilizan los inversionistas para asegurarse de un posible incumplimiento en el pago que debe hacer el Gobierno al vencimiento de los bonos. Las compañías que venden los CDS les aseguran a los inversionistas que, en caso de que la administración de Nicolás Maduro no les cancele ellas lo harán, a cambio de recibir un pago anual. Es decir, operan como una póliza de seguro contra la eventualidad de un default.

En un reporte fechado el 8 de julio de 2015, el Bank of America indica que el desenvolvimiento de los CDS de Venezuela apunta a que el mercado observa 56 % de probabilidad de que el país caiga en default en un año y 95 % en los próximos cinco años.

La turbulencia

En 1984 el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) publicó un libro que resulta esencial para entender por qué en la década de los noventa Venezuela fue sacudida por una severa crisis política y económica que produjo un largo período de decadencia, violencia y empobrecimiento: El caso Venezuela: una ilusión de armonía.

El trabajo incluye un texto de Moisés Naím y Ramón Piñango que resultó un análisis profético: gracias a la riqueza petrolera, Venezuela creció, se modernizó y se expandió en todos los órdenes a una velocidad centelleante sin incurrir en las confrontaciones que estos procesos de transición desataron en otros países. No obstante, para ese entonces ya era evidente que el descenso de la renta petrolera presagiaba tiempos tormentosos en una sociedad carente de instituciones sólidas para dirimir conflictos. Por lo tanto, el país debía abocarse a construir un mejor sistema judicial, un parlamento eficiente y medios de comunicación social que difundieran de manera seria e imparcial los temas a ser debatidos.

Hoy podría decirse que la debilidad institucional es mucho más profunda que en 1984. Los poderes públicos responden claramente al partido de gobierno, no existen contrapesos y difícilmente habrá árbitros idóneos para encausar los conflictos que comienzan a aflorar tras el temblor que sacude al modelo económico y la desaparición del liderazgo carismático de Hugo Chávez.

Aunque es evidente un período de tiempos turbulentos está por verse si el chavismo perderá el poder. El 6 de diciembre de 2015, si todo ocurre como está previsto, los venezolanos elegirán la nueva Asamblea Nacional y entonces habrá una señal clara de si comenzará un proceso de transición política.

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 


[1]    Esta frase fue pronunciada el 27 de junio de 2015 en cadena nacional durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo.

[2]    Jorge Giordani incluye el documento en su libro Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[3]    La carta está publicada en el libro de Jorge Giordani Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[4]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, la cesta petrolera venezolana registra un promedio en el año de 48,37 dólares versus un promedio anual de 88,42 dólares en 2014. En 2013 la cesta se cotizó a un promedio anual de 99,49 y en 2012 de 103,4 dólares.

[5]    Outlook by Wood Mackenzie’s Global Trends Service, 23 de octubre de 2014.

[6]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, Venezuela asumiría una tasa de interés de 29 puntos porcentuales por encima de lo que paga Estados Unidos, la nación que se financia al menor costo, mientras que en promedio el resto de los países de América Latina cancela 4 puntos.

 

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte III

“Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto”, dice Víctor Salmerón –periodista especializado en economía–, quien en el 2015 publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, con personas en pobreza extrema absolutamente desatendidas por los entes oficiales, con personas de la clase media usando las tarjetas de crédito para pagar gastos diarios y con una marcada fuga de talento. En Revista Ojo, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

Los nuevos pobres

Gracias al extenso período de altos precios del petróleo la cantidad de hogares sumergidos en la pobreza disminuyó porque el Gobierno aumentó la nómina en el sector público, abrió las compuertas del gasto, instrumentó subsidios y hubo importaciones baratas que estimularon el consumo junto a los incrementos de salario. Sin embargo, tras dos años durante los cuales el oro negro detuvo el vuelo y la inflación comenzó a erosionar el ingreso, tanto las estadísticas oficiales como el reciente estudio elaborado por tres prestigiosas universidades del país reflejan que los logros se evaporan velozmente[1].

El proyecto Análisis de condiciones de vida de la población venezolana 2014, realizado por la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, incluyó un estudio que empleó la misma metodología que aplicó la antigua Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), hoy Instituto Nacional de Estadística (INE), cuando en 1998 elaboró la última encuesta social realizada por el Estado.

El estudio concluye que la proporción de hogares en pobreza, de acuerdo al ingreso que reciben, es mayor que la que existía un año antes de que Hugo Chávez tomara el poder: en 1998 la encuesta social arrojó que 45 % de los hogares del país eran pobres y el estudio llevado a cabo por la academia determina que al cierre de 2014 la cifra se ubica en 48,4 %.

Para medir la cantidad de hogares en penuria, de acuerdo al ingreso, el Instituto Nacional de Estadística y el estudio llevado a cabo por las universidades contempla que las familias que no obtienen suficiente dinero a través del salario, bonos, becas, pensiones, para comprar cada mes una canasta de alimentos básicos que permita a cada integrante ingerir al menos 2.200 calorías diarias, son catalogadas como pobres extremos. Luego, las familias a las que su ingreso no les permite costear una canasta que añade a los alimentos básicos servicios esenciales como luz eléctrica y transporte son pobres.

El retroceso en materia de pobreza va de la mano del acelerado incremento de los precios y la merma en la capacidad de compra del ingreso.

Las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística corresponden a 2013 y coinciden con el estudio de las universidades, en el sentido de que la cantidad de pobres está en franco crecimiento. Al comparar 2013 con 2012, un total de 1,7 millones de venezolanos ingresaron a las filas de la pobreza que, al cierre de ese año, contaban con 9,1 millones de personas, de las cuales 2,7 millones están en pobreza extrema. En términos porcentuales se trató de un aumento desde 25,4 % hasta 32,1 % de la población.

La política social no contempla planes focalizados para ayudar directamente a las familias que no pueden cubrir la canasta básica de alimentos. En teoría, los precios controlados y el subsidio que hace el Gobierno al vender alimentos a bajo costo a través de su red de supermercados y abastos conocidos como Pdval, Bicentenario y Mercal deberían evitar el salto de la pobreza, pero los resultados no son los esperados porque esta ayuda no está llegando a quienes más la necesitan.

El estudio de las universidades indica que los planes sociales que el Gobierno engloba bajo el nombre de misiones, al no ser focalizados, tienen baja efectividad: solo 20 de cada 100 personas en pobreza extrema se benefician de las ayudas.

Mientras la pobreza crece se mantiene un gigantesco subsidio al precio de la gasolina que principalmente beneficia a las clases altas y medias que poseen automóviles. Carlos Castillo, un ingeniero que llena el tanque de su Volkswagen Fox por tan solo 6 bolívares (0,9 dólares al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar), me indica que «prácticamente es un regalo y puede ser injusto, el pasaje en una camioneta de transporte público cuesta el triple, pero en medio de tantas dificultades al menos puedo beneficiarme de algo».

La clase media experimenta un desmejoramiento acelerado. Mientras la inflación se desplaza a gran velocidad el salario de los profesionales avanza muy lentamente en unas empresas que producen menos. Para tratar de mantener el estatus los jefes de familia se aferran al salvavidas de la tarjeta de crédito que ahora es utilizada con regularidad para comprar medicinas, alimentos, pagar la mensualidad del colegio privado de los hijos o los útiles escolares[2].

Gracias a que las regulaciones indican que los bancos no pueden cobrar una tasa de interés superior a 29 % mientras que la inflación supera 100 %, la morosidad se mantiene baja porque el deudor le paga al banco con un dinero que vale menos que cuando recibió el préstamo. Pero el peligro de una burbuja está presente.

Boxeo salvaje

Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto. Los precios aumentan a una velocidad vertiginosa, cobros de vacuna, escasez, devaluación, comisiones groseras. El entorno es sumamente hostil en las grandes empresas y también en el terreno de las pequeñas inversiones. Hay víctimas.

Jennifer Rodríguez y Carlos Meleán, una pareja de diseñadores gráficos que decidió apostarle a un negocio propio en Caracas, cuentan cómo la ilusión dio paso al viacrucis. En primer término pensaron en un establecimiento donde las personas pudieran degustar un buen café, conversar y disfrutar un excelente postre, pero luego encontraron un sitio en Los Dos Caminos, una zona de clase media, y decidieron acondicionarlo para ser una franquicia de Pastelhaus, reconocida por sus pasteles, pizzas y tortas.

Rápidamente surgieron los problemas. «El local estaba en obra gris, teníamos que terminar de construirlo. Así descubrimos que existe un sindicato que te cobra vacuna para dejar trabajar a los obreros. Nuestro local estaba en la planta baja de un edificio que en el resto de los pisos tiene apartamentos. Las tuberías de desagüe deben tener un grosor específico que no fue el que utilizó la inmobiliaria, probablemente para ahorrar costos. Entonces, cuando hacían remodelaciones en los apartamentos las aguas negras nos inundaban», dice Jennifer Rodríguez.

«No escatimamos en gastos. Compramos la mejor vajilla, un filtro gigantesco para depurar toda el agua del local, la cafetera de la mejor marca, igual con las neveras, mesas, uniformes para los trabajadores, era nuestro sueño. El día de la inauguración apareció la presidenta de la junta comunal a reclamarme delante de los clientes que cómo abría sin su permiso. Era otra vacuna. También nos ocurrió algo similar con un inspector del Ministerio de Sanidad. Necesitas no sé cuántos permisos, es una carpeta de lo más voluminosa», agrega.

«Las leyes en materia laboral también son un problema. Aunque teníamos cámaras y descubríamos a trabajadores que nos robaban no podíamos despedirlos. El personal falta y tampoco lo puedes despedir. Cuando iba al Ministerio del Trabajo me señalaban como el explotador, para nada tomaban en cuenta que estaba haciendo una inversión, creando empleo con todos los beneficios que contempla la ley. Nunca obramos mal, pero uno aquí está desamparado», dice Jennifer Rodríguez.

Carlos Meleán, su esposo, explica que por inconvenientes con Pastelhaus rompieron la relación comercial y siguieron adelante bajo el nombre de Spezia Café, enfocándose en almuerzos, ensaladas. El cambio permitió detectar que los encargados de los inventarios compraban insumos en cantidades exorbitantes para recibir comisiones de los proveedores.

«Seguimos trabajando pero comenzó un calvario para encontrar harina de trigo, carne, queso cheddar, salsas; eran muchos los ingredientes que no conseguíamos por la escasez y no podíamos ofrecer un producto de calidad como queríamos. A esto se sumó la inflación. El salmón, por ejemplo, que era el ingrediente fundamental de una ensalada que vendíamos mucho, se disparó a un precio en el que era imposible trasladarlo a nuestros clientes; lo mismo con el queso parmesano importado para las pastas», dice Carlos Meleán.

«Paramos por una semana que nos tomamos para despejarnos. Era diciembre de 2013, había pasado un año. Cuando regresamos en enero de 2014 una de las neveras se había dañado. Nadie nos quería vender los repuestos porque como había un alza del dólar en el mercado paralelo no había quien se comprometiera sin saber el costo de reposición. Los técnicos que revisaban la nevera nos pintaban un panorama terrible, hablaban de motores inservibles. Luego descubrimos que solo querían mucho más dinero del necesario. En medio de la crisis todo el mundo estaba afilado», recuerda Carlos Meleán.

«Liquidamos al personal. Entonces vinieron las protestas en febrero de 2014, las guarimbas[3]. Por el cierre de calles era muy complicado llegar al local y llevar a mi hijo al colegio. Hablamos con una corredora de bienes raíces y pusimos el establecimiento en venta, con equipos incluidos. Nadie se interesaba. Nadie venía. Cuando las cosas se calmaron aparecían posibles compradores pero trataban de aprovecharse ofreciendo muy poco, la economía estaba muy deteriorada. Por fin, después de varios meses apareció un emprendedor, que ya tiene dos restaurantes, e hizo negocio con nosotros. La verdad es que no recuperamos ni la veinteava parte del dinero que invertimos. Al menos estamos más tranquilos», dice Carlos Meleán.

La idea de que en Venezuela cada día es más difícil el desarrollo personal, la conflictividad política, la inseguridad y la percepción de que el país camina hacia una crisis más profunda ha hecho que el tema de irse o quedarse esté presente en la mayoría de las conversaciones de quienes tienen alguna posibilidad de marcharse. Por primera vez los sociólogos hablan de «fuga de talento» y profesores universitarios explican que cuando solicitan a sus alumnos que levanten la mano quiénes desean irse, todo el salón lo hace. Aparte de las colas a las puertas de los supermercados también se hacen filas en los consulados donde emiten las visas o en el Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar documentos.

Un estudio elaborado por Datanálisis en agosto de 2015 registra que cuando se les pregunta a los venezolanos si tienen intenciones de emigrar y vivir en otro país, de tener posibilidades, 30 de cada 100 responden afirmativamente y en el caso de los jóvenes entre 18 y 23 años la proporción es cuatro de cada diez.

Valentina Palma y Eloy Salgado forman una pareja de excelentes músicos que desde el primero de agosto de 2015 vive en Estados Unidos, en Houston, junto a Matías, su hijo de cuatro años. Durante más de una década se desempeñaron como clarinetistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y forman parte de los venezolanos que en los últimos meses emigraron.

«Lo primero que nos llevó a decidirnos es que se nos facilitaron las cosas en el sentido de que obtuvimos todos los documentos necesarios para trabajar legalmente en Estados Unidos», dice Valentina Palma, quien a sus 35 años es descrita por la prestigiosa firma Vandoren como una de las «clarinetistas líderes de su generación».

Ante la interrogante de qué la motivó a emigrar explica que «en primer lugar la inseguridad, esa situación de incertidumbre, de ruleta, que no sabías el día en que te podía tocar y según las estadísticas cada día era más probable que te tocara, era una angustia con la que ya no podía vivir. Más teniendo un niño de solo cuatro años. Luego están cosas como la alimentación de Matías, cada vez era más difícil conseguir productos de calidad para que su desarrollo sea óptimo, leche, proteínas; la escasez».

Añade al relato el tema de la inflación. «Mi sueldo era uno de los más atractivos en el ámbito donde me desenvolvía, trabajaba para la Sinfónica Municipal de Caracas, el Sistema de Orquestas Juveniles, la Fundación Mozarteum, pero lo que ganaba por todo lo que trabajaba no me permitía comprar lo que quería porque los precios cada vez eran más altos. El costo del colegio privado para Matías también aumentaba».

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) registran que en el primer periodo de gobierno de Hugo Chávez, entre 1998-2003, el porcentaje de personas pobres aumentó desde 50,4 % hasta 62,1 %. Entre 2004-2008, cuando ocurre el boom petrolero, la pobreza bajó hasta 32,6 %. En ausencia de un incremento constante en el precio del barril, la mejora se detuvo y al cierre de 2013 (último dato del INE) es de 32,1 %. En 2012 y gracias a un incremento muy grande del gasto público durante la campaña electoral, la pobreza descendió hasta 25,4 %.

[2]    En 2014, después de descontar el efecto de la inflación, los préstamos a través de las tarjetas de crédito crecieron 45 % de acuerdo con cifras de Datanálisis. Cifras de la Superintendencia de Bancos indican que al contrastar el segundo semestre de 2014 con el mismo lapso de 2013, el número de consumos cancelados con tarjetas de crédito en supermercados y abastos crece 41,6 %, en clínicas y farmacias 43 %, mientras que la cantidad de operaciones por avances de efectivo se dispara 252 %.

[3]    Bajo este nombre se conoce a una serie de protestas que llevaron adelante estudiantes y miembros de la oposición. En Caracas se tradujo en el cierre de calles en distintas urbanizaciones.

 

Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

Política y espectáculo en la salud mental

“verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo
en la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos
siempre desnudos, con el sudor manante”.

La desnudez del Loco (Armando Rojas Guardia).

 

Un ejemplo de las formas de hacer política en la Venezuela actual es este hecho ocurrido en el 2016:

Suena el tema El mundo de las Locas tocado por La Big Band de San Agustín, para abrir el talk show de Jorge Rodríguez: Política en el Diván. El tema del programa: demostrar que Ramos Allup sufre de los mismos síntomas psiquiátricos que hace más de diez años le achacó al fallecido Hugo Chávez Frías.

Al mismo tiempo que un psiquiatra venezolano ­–y figura pública–  dedica una hora para hacer un diagnóstico diferencial entre un ex presidente y un político opositor, el New York Times publica un artículo sobre el estado crítico de un psiquiátrico en Barquisimeto, donde no hay medicinas, ni comida, ni ropa para vestir a los pacientes.

Al mismo tiempo que Jorge Rodríguez intenta convencer a su audiencia de que Ramos Allup podría tener un trastorno psicótico –basándose en manuales diagnósticos–, en El Pampero hay una mujer diagnosticada con un trastorno del ánimo que, debido a la falta de medicinas necesarias, tuvo que ser desnudada y aislada por miedo a que se ahorcara con su propia ropa.

Como psicólogo no puedo dejar de pensar que estos dos escenarios, que ocurren simultáneamente en un mismo país, constituyen hechos estrechamente relacionados.

El uso de la Salud Mental con fines políticos partidistas ha sido documentado anteriormente en países como China y la Unión Soviética. Inclusive en Venezuela en los últimos años se han documentado casos importantes en este tema.

Por ejemplo, en la Unión Soviética existía un diagnóstico denominado “Sluggish Schizophrenia” –una traducción posible al español sería “Esquizofrenia Latente”–, que servía para diagnosticar a personas que no habían presentado todavía la sintomatología clásica de la esquizofrenia, pero que presentaban otros síntomas que hacían suponer a los clínicos que estas personas eventualmente iban a desarrollar un cuadro psicótico; estos síntomas incluían: “delirios de deformismo”, “resistencia para aceptar la verdad” y “perseverancia”. Con el mismo objetivo, se diagnosticaba con trastorno de personalidad psicopática a personas que no podían adaptarse a la sociedad, siendo constantemente arrestadas, muchas veces por razones políticas. Todas estas categorías diagnósticas fueron abiertamente criticadas y calificadas como abuso político en la psiquiatría.

En relación a Venezuela, uno de los ejemplos más emblemáticos de abuso de la psiquiatría con fines políticos partidistas es el caso de Franklin Brito, quien fue hospitalizado en contra de su voluntad por iniciar una huelga de hambre para protestar por la expropiación de sus tierras; diferentes autoridades del Gobierno declararon que Franklin no estaba en condiciones mentales para tomar sus propias decisiones.

Desde mi perspectiva, queda claro que el talk show de Jorge Rodríguez no es más que otro ejemplo de la utilización de la psiquiatría con el objetivo de discriminar a los disidentes: está utilizando el canal del estado para “diagnosticar”, fuera de la confidencialidad de un consultorio, a una persona que se opone al Gobierno y que no está pidiendo su opinión médica. Además, el nombre “Política en el Diván” pareciera dar la idea de que el presentador del programa posea una omnipotencia que le permite interpretar libremente la vida política del país.

Sin embargo, creo que el programa del dirigente del PSUV refleja algo más complejo que el drama entre el chavismo y Ramos Allup. Considero que no solo es un ejemplo del abuso de la psiquiatría con fines políticos, sino del uso de la salud mental como un espectáculo.

 Jervis (2015) explica que cuando ciertas representaciones, como las de género, entran en la esfera pública a través de los medios comunicación abren las posibilidades de crear nuevas narrativas que permiten nuevas formas de liberación o explotación.

En el caso de Política en el Diván, considero que se trivializa la Salud Mental y se la reduce a un instrumento de debate entre figuras públicas. Esto hace que, en parte, las demás personas que no son figuras principales del debate público entre chavistas y opositores queden invisibilizadas.

Creo que una imagen poderosa en el artículo de Kohut y Casey (2016) es la foto de una mujer sola, acostada, con nada más que una cobija. Según lo reseñado, la mujer retratada fue diagnosticada con un trastorno del estado de ánimo, pero al no haber medicación disponible y ante la preocupación de que pudiera suicidarse, tuvieron que aislarla desnuda con solo una cobija.

Al ver esa imagen, recordé del poema de Armando Rojas Guardia, La desnudez del loco; de cómo muestra –de forma brillante– una paradoja que existe en el trabajo de la salud mental: por una parte pretendemos –los profesionales– descubrir los deseos más profundos de nuestros pacientes “desnudándolos”, pero al mismo tiempo los objetificamos con procedimientos genéricos de “tratamiento”, desde intervenciones psicoterapéuticas fuera de contexto, hasta prácticas de cuidado insensibles, como no permitirles tener privacidad al momento de bañarse.

El usar una hora de programación de televisión del Estado para asegurar que Chávez no sufría de un trastorno psiquiátrico y que el presidente de la Asamblea Nacional sí,  es la representación más clara de esta paradoja: vamos a hablar de psicosis con el fin de entretener al público, pero sin profundizar, ni problematizar. Vamos a usar el lenguaje clínico con el que muchas personas –que realmente sufren por esta condición– tienen que lidiar, solo con el fin de discriminar políticamente a un adversario. En resumen: vamos a hacer de la salud mental un espectáculo.

Desde un punto de vista psicoanalítico, Freud (1917) explicaba que en los duelos más complicados la sombra del objeto perdido cae sobre el yo; esto significa que cuando una persona sufre un duelo, lo que representa la persona perdida sustituye los propios deseos de la persona que sufre: solo hay espacio para pensar en la persona que se ha perdido.

Cuando Jorge Rodríguez afirma que Chávez es el venezolano más importante en los últimos doscientos años, deja ver un poco lo desarrollado por Freud: cómo la vida pública ya no trata de los problemas de la gente sino de los problemas de los actores políticos principales; cómo la sombra de Chávez y lo que implica el chavismo ha recaído sobre lo que significa ser venezolano, inclusive cuando eres uno recluido en un hospital psiquiátrico, sin medicación.

Algo similar expone Butler (2006) cuando afirma que en el manejo del duelo en la esfera pública no todas las vidas son narradas como lo suficientemente valiosas como para ser sufridas. Lo más dramático en el caso de Venezuela es que –al parecer– las únicas vidas que merecen un espacio en la esfera pública son las de los principales actores políticos.

Creo que cuando el debate político –de ambos lados– deje de ser un espectáculo y pretenda profundizar en los problemas de la gente cotidiana, es cuando personas, como la mujer desnuda y aislada en El Pampero, tendrán una oportunidad de tener una respuesta sensata ante su sufrimiento.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte II

En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En él, entrevista a fondo a seis expertos para analizar los escenarios en el corto y mediano plazo de una Venezuela que lucía encaminada a un periodo de mayor turbulencia. En el primer capítulo, Víctor desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese capítulo llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, a una situación de hiperinflación y de emergencia humanitaria. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

En la primera entrega, se habla de la escasez que ya reinaba en el 2015 y del espejismo que se construyó gracias al boom petrolero. En esta, se aborda cómo los salarios se fueron diluyendo y cómo la reventa (alias bachaqueo) fue ganando terreno en el país.

 

Salarios diluidos

Los precios han ingresado en un ciclo frenético. Violando las leyes el directorio del Banco Central dejó de publicar la inflación en 2014 después de que ese año se ubicara en 68,5 %, el cuarto registro más elevado desde 1950, pero los venezolanos no necesitan un número oficial para constatar que el desequilibrio continuó agravándose en 2015.

El precio de los electrodomésticos, calzado, ropa, restaurantes, alimentos simplemente ha perdido el ancla. De hecho, LatinFocus Consensus Forecast, firma que elabora un informe que agrupa las proyecciones de entidades financieras como Deutsche Bank, JP Morgan, HSBC, Citigroup, Novo Banco, Goldman Sachs, Credit Suisse, Barclays Capital, Ecoanalítica y Oxford Economics, señala al cierre de agosto que «las expectativas económicas de Venezuela son desalentadoras».

El promedio de lo que proyectan las entidades financieras que incluye LatinFocus en su reporte apuntan a que en 2015 la inflación estará en torno a 150 % y para algunos analistas esta cifra es conservadora.

La principal causa de la aceleración de la inflación es que el gasto del Gobierno supera el ingreso que obtiene por la venta de petróleo, impuestos y endeudamiento, es decir, no tiene cómo pagar sus cuentas, pero ha encontrado una manera silenciosa y rudimentaria de tapar el hueco: pedirle al Banco Central que fabrique billetes y se los entregue[1].

El financiamiento del Banco Central se concreta a través de Pdvsa, la empresa petrolera que está bajo control del Estado. La ingeniería financiera es la siguiente: la compañía emite unos bonos y se los vende al Banco Central que fabrica los nuevos billetes para comprarlos. Una vez Pdvsa tiene los recursos en caja los utiliza para cubrir gastos como salarios, facturas pendientes con contratistas o construcción de viviendas[2].

Cuando estos bolívares entran en circulación estimulan la demanda en momentos en que la oferta no puede reaccionar por la debilidad de las empresas públicas y privadas. La consecuencia es más dinero detrás de los mismos productos y servicios: la ecuación perfecta para que los precios aumenten.

Esto no es todo, el dinero que fabrica el Banco Central para financiar al Gobierno se multiplica al ingresar al sistema financiero y por esta vía también genera presión inflacionaria. Por ejemplo: el Banco Central crea 100 bolívares que Pdvsa utiliza para pagarle a una de las compañías que le presta servicios. La compañía recibe los 100 bolívares y los deposita en una organización financiera que está obligada a conservar 31 bolívares a manera de reserva, pero puede prestar 69 bolívares a alguno de sus clientes, como una microempresa. Así, ya no solo existen los cien bolívares que la contratista de Pdvsa tiene en esta entidad bancaria, se añaden los 69 que recibió la microempresa a través del crédito.

Técnicamente, esto es lo que los economistas llaman el multiplicador monetario. Los bancos no prestan en función del dinero que tienen sino del que van a tener. Y la liquidez por el financiamiento del Banco Central a Pdvsa crece a paso firme[3].

En la inflación también influye un engorroso y disfuncional sistema cambiario. El Gobierno asigna las divisas mediante una maraña que consiste en que el dólar tiene tres precios: 6,30 bolívares para la gran mayoría de los sectores que tienen la suerte de recibir asignaciones de billetes verdes; un punto de partida de 12 bolívares para las empresas que no ingresan en este primer tramo y participan en las subastas del Sistema Complementario de Administración de Divisas (Sicad) y alrededor de 200 bolívares para una fracción muy pequeña atendida a través del Sistema Marginal de Divisas (Simadi).

Nicolás Maduro resumió el complicado rompecabezas el 10 de febrero de 2015: «La circulación de divisas para el funcionamiento económico y social del país es un mercado. Cuando tú lo englobas es el 100 %, ¿verdad?, el 70 % lo cubre el 6,30, el otro 20-25 % lo cubre el Sicad y entonces este 3,5 %, que es lo que va quedando, lo va a cubrir este sistema que es un ensayo [el Simadi]».

Foto: Reuters – La sede de Pdvsa en Caracas

Muy pocos países implementan un sistema de cambios múltiples, de hecho, ni aliados de Venezuela como Bolivia, Nicaragua o Ecuador lo hacen. La gran mayoría mantiene un solo precio para el dólar, fijo o flexible. En el modelo en que el tipo de cambio está fijo, si el Gobierno imprime una gran cantidad de dinero para financiarse porque no puede cubrir sus gastos, los billetes inundan la economía y los ciudadanos aumentan la compra de dólares. Entonces, el tanque de divisas disponibles para ser vendidas, es decir, las reservas internacionales, desciende velozmente.

Si el tipo de cambio es flexible y el Gobierno imprime montañas de billetes para financiarse, el Banco Central puede mantener el nivel de las reservas internacionales pero tiene que dejar que el precio del dólar aumente hasta que la demanda de divisas pierda intensidad, porque se tornan muy caras.

Así, en los sistemas de cambio fijo o flexible, existe un ajuste automático que impide que el Gobierno emita dinero sin ningún tipo de límite para financiarse, porque o caen las reservas internacionales o el precio del dólar se dispara.

Para evadir este inconveniente Nicolás Maduro y sus ministros implementan un sistema donde el precio del dólar está fijo, en cada uno de sus tres tipos de cambio, y además solo pueden comprar divisas quienes reciben el visto bueno de las autoridades. A simple vista, todo parece despejado para que el Banco Central fabrique billetes en grandes cantidades para financiar al Gobierno sin que surjan inconvenientes en el flanco cambiario, pero cuando hay desequilibrios la economía es como un río salvaje.

La enorme diferencia entre los dólares que el Banco Central vende y los que en verdad desean comprar los ciudadanos ha dado origen a un mercado paralelo, al margen de los que maneja el Gobierno, donde la demanda es gigantesca y la oferta muy escasa. En este mercado la moneda estadounidense luce como un cohete indetenible que mes a mes se aleja de los parámetros oficiales. Al cierre de agosto de 2015 el dólar se cotizaba a un nivel que superaba en 11.000 % al tipo de cambio de 6,30 bolívares[4].

¿Cómo y quién mide el dólar paralelo? A falta de un mercado libre y ordenado, páginas web se han convertido en la referencia que día a día siguen los venezolanos. Básicamente reflejan el tipo de cambio que tendría que pagar alguien si va a la ciudad fronteriza de Cúcuta con bolívares, los cambia a pesos colombianos y luego adquiere dólares en Colombia[5].

Se trata de una medición imperfecta, sobre un mercado con muy pocas transacciones, pero que es el único que existe porque el Gobierno se niega a abrir una ventana donde el dólar fluctúe libremente, y las consecuencias no han sido pocas. Un estudio elaborado por la firma Ecoanalítica determina que un tercio de las categorías en las que el Banco Central de Venezuela divide los bienes y servicios que utiliza para calcular la inflación tienen precios altamente correlacionados con el dólar paralelo, concretamente, bebidas alcohólicas, restaurantes y hoteles, esparcimiento y cultura, vestido y calzado, alquiler de viviendas y equipamiento del hogar.

Se trata de sectores que reciben pocas divisas por los canales oficiales y, como en la mayoría de los casos no están sujetos a controles de precios, fijan sus costos de acuerdo al comportamiento del dólar paralelo.

La combinación de un gobierno financiado por el Banco Central y que vende la gran mayoría de los dólares a una cantidad fija, de 6,30 bolívares, crea un círculo vicioso: el financiamiento del Banco Central impulsa los precios y por ende se incrementan los gastos del Gobierno porque los trabajadores públicos exigen aumentos de salarios o se encarecen las baldosas que el Estado utiliza para construir viviendas. Al mismo tiempo, más de dos tercios de los dólares que aporta el petróleo continúan vendiéndose al tipo de cambio de 6,30 bolívares, una cantidad que cada día compra menos. Entonces, la brecha que tiene el Gobierno entre ingresos y gastos aumenta y la salida es solicitarle al Banco Central que emita una mayor suma de dinero, con lo que la inflación gana velocidad.

Humberto Gómez atiende uno de los tantos locales que venden películas piratas para DVD y Blu-ray en Caracas. Con un dejo de nostalgia me explica que «hace dos meses quería comprarme un par de zapatos porque los que tengo para trabajar se están rompiendo. Miré los precios en las zapaterías y no me decidí. Ahora cuestan el doble».

Ya no se sabe lo que es caro o barato, los precios varían notablemente de semana en semana y el billete de 100 bolívares, el de mayor denominación, ya no alcanza para comprar una Coca-Cola o una barra de chocolate. Los vendedores informales, que ofrecen frutas en determinados puntos de Caracas, buscan afanosamente puntos de venta inalámbricos porque de lo contrario los compradores necesitarían un fajo demasiado grande de billetes para pagar una patilla, un melón y doce naranjas.

En los centros comerciales un jean cuesta dos salarios mínimos y aquellos que tienen excedentes, los cambian a dólares en el mercado paralelo para proteger sus ahorros en una moneda estable. Otros buscan adelantar las compras bajo la certeza de que en poco tiempo todo costará mucho más. Los bolívares pasan velozmente de mano en mano, nadie los quiere conservar por mucho tiempo. Mañana valdrán menos.

La reventa

A la salida de la estación del Metro en Petare, una de las zonas donde se concentran las clases populares en Caracas, surge una larga hilera de toldos y manteles que tapizan aceras malolientes por la basura acumulada. Es el modo de vida de quienes militan en el gigantesco ejército de la economía informal y se desempeñan como vendedores ambulantes. El empleo en Venezuela es un bien escaso pero nadie puede darse el lujo de permanecer inactivo, no existe ningún tipo de protección para los desocupados: un tercio de quienes trabajan lo hacen en empleos calificados de precarios, es decir, con remuneración igual o inferior al salario mínimo, en labores que están por debajo de su nivel de calificación, en jornadas de 15 o menos horas a la semana o en horarios extenuantes a cambio de muy poco dinero. Así es como la economía poco productiva y sin inversión privada aparece a plena luz del día en cientos de calles y avenidas[6].

Pero ahora la ocupación de vendedor ambulante en Petare puede ser más lucrativa que muchos empleos en empresas de primer orden. A través de conexiones o asegurándose los primeros puestos en las colas de los supermercados públicos o privados, quienes abarrotan las aceras con sus tarantines obtienen café, harina de maíz precocida, arroz, leche en polvo, pañales, jabones, a precios controlados que luego ofertan con un voluminoso recargo. Han sido bautizados como «bachaqueros», tal vez porque el bachaco es una hormiga grande y voraz que en masa puede devorar a un sistema de precios desequilibrado.

El propio presidente Nicolás Maduro les ha declarado la guerra señalando que «tenemos que acabar la economía de parásitos y bachaqueros», mas no es tan simple. La policía los persigue pero han creado un efectivo sistema para movilizarse rápidamente y asegurar la mercancía. Cada revendedor solo tiene cuatro o cinco bolsas plásticas con productos, una cantidad sencilla de recoger en caso de que los encargados de vigilar la zona alerten de la presencia policial. Si las vende, al poco tiempo un motorizado se encarga de la reposición y trae otras cuatro bolsas plásticas.

El medio kilo de café que tiene un precio controlado de 23 bolívares, se encuentra sin problemas en las aceras pero a 400 bolívares, es decir, con un recargo de 1.639 %. El kilo de arroz, que en teoría debe costar 25 bolívares, en 200 bolívares, y el kilo de harina de maíz precocida, regulada en 19 bolívares, en 250 bolívares.

La ganancia que se obtiene a través de la reventa luce como un incentivo muy poderoso. Yoselyn me explica que «yo vendo el café en 400 bolívares el medio kilo. Pero a mí me lo venden en 250 bolívares otros que hacen las colas en los supermercados o lo consiguen por ahí. Además tengo que tener un dinero apartado porque en caso de que la policía me agarre tengo que darles algo para que me suelten. Aun así hago mucho más al mes que planchando ropa o limpiando apartamentos».

Yoselyn tiene 25 años, no culminó el bachillerato porque salió embarazada del primero de sus dos hijos y en el corto plazo no tiene pensado terminarlo. «Si lo termino no voy a conseguir mayor cosa. Gracias a Dios que en medio del aumento de los útiles escolares que tengo que comprarles a mis hijos, la ropa, los zapatos, estoy ganando más plata», dice con tranquilidad.

Desde el año 2003 y hasta 2045 la población venezolana tendrá una estructura que en teoría resulta ventajosa: quienes tienen edad de trabajar y producir, superarán a los jóvenes menores de 15 años y a los mayores de 65 años. Esta condición, que se denomina bono demográfico, permite reducir los recursos destinados a la crianza de los hijos o a los ancianos y contar con una mayor mano de obra.

Yoselyn es parte del ejército de hombres y mujeres que necesitan ser atraídos por un programa de formación y una economía que los sume a la productividad para que Venezuela pueda aprovechar el bono demográfico. Los últimos datos disponibles indican que 40 de cada 100 jóvenes no culminan la educación media[7].

Técnicamente la actividad a la que se dedica Yoselyn es el arbitraje, la posibilidad de obtener ventaja por la diferencia de precios que existen en dos mercados. Su negocio acabaría en minutos si no hubiese escasez. Si quienes le compran pudiesen acudir a un supermercado nadie necesitaría ir a Petare a adquirir el medio kilo de café. A su vez, la gran mayoría de los economistas explica que para aumentar la oferta, tendría que incrementarse la producción de las empresas venezolanas, disminuyendo las trabas y sincerando los precios controlados.

Pero la administración de Nicolás Maduro confía en que a través del reforzamiento de los controles podrá corregir el desajuste. Los venezolanos solo pueden adquirir productos regulados una vez a la semana, dependiendo del último número de la cédula de identidad. Además deben colocar sus dos pulgares en captahuellas que registran que ya compró y bloquean la posibilidad de que acuda a otro establecimiento por el mismo producto.

El gobernador del Zulia, el estado más poblado del país, explicó que en esta localidad «diez mil cédulas fueron bloquedas del sistema biométrico, ya que tienen hasta 300 compras por mes»[8].

Consciente de que en Venezuela es común la «clonación» de cédulas de identidad y que muy posiblemente una cantidad importante de zulianos que no revenden alimentos ya no podrán comprar en los supermercados porque la red de bachaqueros estaba utilizando una copia falsa de su documento, Arias Cárdenas indicó que los afectados debían acudir a la Gobernación del Zulia donde evaluarían cada caso.

«Lo de hacer mercado de acuerdo al último número de la cédula es una locura. Ayer había arroz pero como no me tocaba no pude comprarlo. Siempre es así, cuando me toca no hay lo que necesito», me dice una mujer de más de 60 años en uno de los supermercados de la cadena Excelsior Gama.

Pero el arbitraje no se limita al mercado local. El negocio de comprar productos a los bajos precios que fija el Estado y revenderlos en Colombia resulta en un lucrativo negocio que impulsa el contrabando. El presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, mostró cifras reveladoras el 27 de agosto de 2015: «Un litro de leche vale del lado venezolano 200 bolívares, del lado colombiano 14.000 bolívares. 200 bolívares porque nosotros la subsidiamos. ¿Quién se pela esa manguangua?».

Las estadísticas sobre el consumo en Táchira, uno de los estados que limita con Colombia, hablan por sí solas. «El estado Táchira tiene 4,5 % de la población venezolana, 1,3 millones de habitantes según el censo, y consume 8 % del total de alimentos de Venezuela. Carabobo, que tiene 8,3 % de la población, consume la misma cantidad», explicó Diosdado Cabello.

El contrabando no es solo de alimentos. El Gobierno ha mantenido inalterable el precio de la gasolina durante los últimos 15 años, por lo que el combustible es el producto más barato en Venezuela. Revendido en Colombia produce más dinero que el narcotráfico.

«Una pimpina de gasolina vale del lado venezolano un bolívar, del lado colombiano 15.000 bolívares», admitió Diosdado Cabello.

Ante la magnitud del contrabando y tras un ataque a tres militares venezolanos, supuestamente perpetrado por grupos paramilitares, el Gobierno cerró la frontera con Colombia y declaró el estado de excepción en cinco municipios del Táchira[9].

Los incentivos económicos para el contrabando continuaron intactos. La canciller de Colombia, María Ángela Holguín, reveló que en la reunión que sostuvo con la canciller venezolana para evaluar el tema planteó lo mismo que han recomendado la mayoría de los economistas venezolanos: «Mientras ustedes sigan subsidiando los productos es muy difícil que podamos hacer algo en la lucha contra el contrabando. Que subsidien a los pobres, pero no a los productos»[10].

 

Por Víctor Salmerón@vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    El informe que el Gobierno entregó a la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC, por sus siglas en inglés) registra que en 2013, con un precio promedio de la cesta petrolera venezolana de 98 dólares el barril, el gasto del Gobierno, incluyendo todas las empresas públicas, superó en 16,9 % del PIB al ingreso y en 2015 Ecoanalítica calcula que la brecha es de 22 % del PIB.

[2]    Al cierre de marzo de 2015 la deuda de Pdvsa por los bonos que le ha vendido al Banco Central suma 925.000 millones de bolívares, una cifra que se traduce en un salto de 127 % en los últimos 15 meses.

[3]    Las cifras del Banco Central de Venezuela desnudan que entre el 21 de agosto de 2015 y la misma fecha de 2014 la cantidad de dinero en poder del público, que básicamente incluye las monedas y billetes y los depósitos en la banca, registró un salto de 89 %. Un récord histórico.

[4]    A principios de enero de 2015 el dólar se cotizaba en 170 bolívares en el mercado paralelo. Al cierre de agosto cuesta 700 bolívares, es decir, un salto de 311 % en ocho meses.

[5]    La más emblemática de estas páginas es Dólar Today, a la que el gobierno de Nicolás Maduro acusa de conspirar para desestabilizar la economía venezolana.

[6]    Los datos sobre el empleo precario corresponden a la Encuesta sobre Condiciones de Vida. UCAB 2014.

[7]    Encuesta Nacional de Juventud 2013-UCAB, de cobertura nacional.

[8]    Correo del Orinoco. 04-09-2015: 12.

[9]    El cierre de la frontera originalmente fue anunciado por 72 horas el miércoles 19 de agosto de 2015, no obstante luego fue declarado por tiempo indefinido y se amplió el decreto de estado de excepción a los estados Zulia, Apure y Amazonas (sur), completando el cierre total de la línea fronteriza colombo-venezolana el 23 de septiembre.

[10]   El Tiempo. 03-09-2015.

 

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Venezuela fue sacudida en 2017 por un nuevo ciclo de protestas ciudadanas que duró cuatro meses y dejó un amplio saldo de personas fallecidas, heridos y presos políticos. Al final, este movimiento se agotó sin una clara resolución de la crisis política y económica que padece el país. Hoy se observa un incremento del autoritarismo, de la militarización y de la crisis, pero al mismo tiempo se percibe un creciente descrédito opositor. Tanto la Asamblea Nacional como la Asamblea Nacional Constituyente son instituciones desprestigiadas. Y todo apunta a una convivencia cada vez más precaria, con una población cada vez más vulnerable y sin salidas a la vista.

El 27 y 29 de marzo de 2017 la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia emitió las sentencias 155 y 156 que, entre otras cosas, declararon a la Asamblea Nacional en desacato, retiró la inmunidad parlamentaria y ordenó que, “mientras persista la situación de desacato”, esa misma sala ejercería las competencias parlamentarias. Acciones que fueron evaluadas tanto dentro del país como a nivel internacional, particularmente a través de la OEA y el alto comisionado de las Naciones Unidas, como un golpe de estado judicial o un “autogolpe”. Las sentencias eran parte del enfrentamiento entre la Asamblea Nacional, como único poder bajo el control de la oposición política, elegida a través del voto popular en 2015 y el resto de las instituciones del Estado bajo el control del chavismo. Sin embargo, al día siguiente, de manera sorpresiva, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, otrora aliada del Gobierno, se declaró en contra de ambas sentencias por representar “una ruptura del orden constitucional”, develando una fisura importante dentro del poder gubernamental.

Las sentencias condujeron a protestas a partir del 30 de marzo, a pesar de que Maduro ofreció mediar en lo que denominó como “un impasse”, convocando al Consejo de Defensa. Al día siguiente, 1 de abril, el Tribunal Supremo emitió en su página de Internet una nota “suprimiendo” los contenidos de las sentencias 155 y 156 referidos a la inmunidad parlamentaria y a la adjudicación a la sala constitucional de las competencias parlamentarias, como respuesta al exhorto de ese Consejo.

El 30 de marzo se produjeron manifestaciones de grupos estudiantiles frente al Tribunal Supremo de Justicia, junto a parlamentarios de oposición que llegaron a escaramuzas con la Guardia Nacional Bolivariana, lo que condujo a un ciclo de protestas que duró cuatro meses.

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Antecedentes

Para comprender el estallido en la calle es crucial entender las tensiones políticas heredadas del año anterior. En el 2016 la oposición, representada por la Mesa de Unidad Democrática (MUD) que para el momento reunía a 19 partidos políticos, luego de un debate más o menos amplio, se decantó por presionar para la realización del referéndum revocatorio, que según establece la Constitución permite solicitar la revocatoria del presidente, pasada la mitad de su período de ejercicio. De hacerse la consulta la salida de Maduro lucía inminente, dado que su rechazo según las encuestas de opinión rondaba el 80%[1]. El referéndum fue dilatado con múltiples argucias por el Gobierno en sus distintas fases. Lo que impulsó a la oposición a convocar protestas masivas.

El 21 de septiembre el Consejo Nacional Electoral finalmente aprobó la recolección de firmas para la activación definitiva del Referéndum. A esa recolección de firmas el CNE le haría luego una auditoría, lo que conduciría a que, según declaraciones de la Presidenta del Consejo, se realizara el referéndum definitivo a comienzos de 2017. La oposición accedió asistir a la recolección de las firmas bajo protesta por las condiciones que consideraron inconstitucionales. Sin embargo, ni siquiera se llegó a esa recolección de firmas ya que, el 20 de octubre, cuatro tribunales estatales suspendieron el proceso.

La medida avivó aún más las protestas callejeras, entre las cuales el 26 de octubre se convocó a la Gran Toma de Venezuela reportada, por los medios internacionales, como una manifestación de “cientos de miles” de personas[2]. Esa marcha dejó a un fallecido y más de un centenar de heridos y detenidos.

El mismo día que los tribunales suspendieron el revocatorio, Maduro salió de manera sorpresiva a una gira que culminó con una visita al Vaticano. Allí el Gobierno solicitó al papa que fungiera, junto a los ex presidentes de España, Panamá y Santo Domingo, como mediador en una nueva ronda de diálogo con la oposición. Oferta que fue aceptada por la oposición, a pesar de un fuerte escepticismo. Para arrancar el diálogo, la oposición concedió suspender la marcha que se había convocado al palacio presidencial de Miraflores para el 2 de noviembre, lo que condujo a la desmovilización ciudadana que había comenzado a cobrar fuerza.

A las pocas semanas ya el Vaticano expresó dudas sobre la voluntad del Gobierno de cumplir las promesas hechas en el diálogo y para mitad de enero de 2017 ya se había retirado del mismo. Lo que dejó a la oposición con las manos vacías. La opinión pública declaró a Maduro victorioso al haber logrado mantenerse en el poder evitando el referéndum revocatorio y desmovilizado las protestas en la calle.

Todos estos hechos acrecentaron el escepticismo en la posibilidad de salidas negociadas o electorales, así como la desconfianza tanto en el Gobierno como en la oposición. Este recelo quedó evidenciado, por ejemplo, con la encuesta LAPOP, de la Universidad de Vanderbilt, que levantó datos en Venezuela entre octubre de 2016 y enero de 2017. Dicha encuesta encontró, entre otras cosas, las percepciones más negativas de la economía del país en diez años con un 90% de las personas respondiendo que la situación había empeorado, 66% de la población opinando que Maduro debió haber dejado la presidencia por vía de la renuncia o el referéndum revocatorio, así como la satisfacción más baja con la democracia reportada por la encuesta en diez años, ubicándose apenas en un 26,5% de los encuestados[3].

Todo esto corrió paralelo a una situación económica cada vez más apremiante. Ante la falta de datos emitidos por el Banco Central de Venezuela, la Asamblea Nacional calculó la inflación anualizada hasta marzo de 2017 en 65,5%.

Las protestas de 2017

El primero de abril de 2017, la MUD volvió a convocar una marcha, luego de cinco meses de las realizadas el año anterior. El rechazo a las sentencias del Tribunal Supremo fue, en esta ocasión, el disparador. Los diputados, sobre todos los más jóvenes, aparecieron liderando la movilización en las calles. La generación que surgió dentro del movimiento estudiantil en 2007 a raíz del cierre arbitrario del canal de televisión RCTV, diez años después fue protagónica en la calle a través de jóvenes políticos como Freddy Guevara, Miguel Pizarro, Roberto Patiño, David Smolansky y Manuela Bolívar, entre otros.

La marcha se dirigió a las Defensoría del Pueblo exigiéndole al defensor, Tarek William Saab, un pronunciamiento en torno a los hechos recientes. En varios tramos se encontraron con barricadas de la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana, siendo finalmente dispersados con gas pimienta y perdigones. A partir del 4 de abril las protestas comenzaron a convocarse a diario con escaramuzas cada vez más intensas, llegando al asesinato, el 6 de abril, de Jairo Ortiz, de 19 años, quien fue asesinado de un disparo en el pecho realizado por un Policía Nacional Bolivariano[4]. Esto ocurrió mientras el joven protestaba. Las imágenes de represión fueron contagiando la indignación y se reprodujeron las protestas a lo largo del país. Las redes sociales jugaron un papel relevante registrando y transmitiendo muchos de los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad, que, además de reprimir dentro de las normas establecidas, fueron captadas cometiendo actos vandálicos, robando a manifestantes y asesinando con disparos a corta distancia.

El 18 de abril Maduro ordenó la aplicación del Plan Estratégico Cívico-Militar Zamora, que entre otras cosas implica “un despliegue de fuerzas militares, fuerzas milicianas y fuerzas populares”[5]. Lo que, dicho de otra manera, oficializó la incorporación de grupos armados paraestatales a la represión. De manera reiterada se observó el uso de “colectivos” armados, o grupos de civiles aliados al chavismo para intimidar a la oposición.

La oposición declaró a través de sus liderazgos que se mantendría en la calle hasta restablecer el orden constitucional, abrir un canal humanitario para atender a la crisis y liberar a todos los presos políticos. Las protestas fueron continuas durante cuatro meses hasta los primeros días de agosto. La Fiscal General contabilizó que en ese tiempo se produjeron 121 muertes y casi 2000 heridos. Fuentes periodísticas, haciendo seguimiento de los reportajes colocaron la cifra más bien en 157 asesinatos[6]. Lo cual hablaría de casi dos personas asesinadas por día. En realidad la letalidad de la represión fue incrementándose con el paso del tiempo llegando a días como el 30 de julio, en que se reportaron 12 asesinatos en distintas circunstancias. Asimismo la ONG Foro Penal contabilizó 5.092 arrestos de los cuales 1.325 personas permanecían en prisión a comienzos de agosto de 2017.

Como movimiento colectivo, las movilizaciones y este ciclo de protestas presentan muchas aristas. Una a destacar es la masiva participación de la población juvenil, reflejada en el saldo lamentable de 77 de los asesinados que tenían 25 años o menos, y por lo menos 11 de los cuales eran menores de edad[7],[8]. Los jóvenes desarrollaron sus propios códigos y, en última instancia, sus propias lógicas de participación.

En la Plaza Altamira, pude observar muchas de esas protestas a lo largo de los meses. Fue evidente el cruce de distintas perspectivas y el contagio emotivo que en un principio impulsó la dimensión y la intensidad de las protestas en el país. En la plaza se observó la variedad de movimientos: estudiantes universitarios, representantes de los partidos políticos, organizaciones civiles, una gran masa anónima, que incluyó a muchos jóvenes que fueron generando toda una indumentaria de protesta con máscaras de gas, escudos de madera pintados y bombas caseras.

Manuel Llorens

La ciudadanía en general dio pie a múltiples expresiones distintas que se conjugaron en la calle. Movimientos como el Laboratorio Ciudadano de Protesta No-Violenta intentaron servir de plataforma para coordinar e impulsar distintas expresiones. Aparecieron protestas creativas como Dale Letra usando pancartas y consignas originales que intentaban llegar al comienzo de las marchas; “Canta el Pueblo” y “Las Piloneras”, usaron canciones para darle voz al reclamo. Los músicos, muchos de ellos miembros del Sistema de Orquestas Juveniles, tantas veces utilizado por el Gobierno como emblema, participaron activamente con sus instrumentos, convirtiéndose tanto en víctimas como en símbolos de resistencia. La muerte de un joven violinista de diecisiete años, miembro del Sistema, llevó a que el Director de Orquestas de fama mundial, Gustavo Dudamel, quien aparecía a menudo en actos oficiales, declarara su rechazo a la represión.

Muchas esferas de la sociedad se sumaron al reclamo. Por ejemplo, los deportistas, que en general han sido de los sectores menos involucrados en el conflicto político, reprodujeron videos con proclamas contra el Gobierno. En el fútbol, los jugadores de varios equipos profesionales solicitaron permiso para hacer un minuto de silencio en honor a los caídos, pero la petición fue rechazada por la Federación Venezolana de Fútbol. En respuesta, los jugadores se pusieron de acuerdo entre ellos decidiendo que, aunque el árbitro pitara el inicio del partido, se mantendrían inmóviles, imponiendo la protesta a pesar de las presiones de los dueños de equipo, la Federación y el canal de televisión, en una modalidad original de desobediencia civil[9].

El hijo del Defensor del Pueblo publicó un video declarándose opositor al Gobierno y reclamándole al padre la represión contra las protestas y los dos asesinatos del día anterior, diciendo “pude haber sido yo”, lo cual condujo a expresiones similares de familiares de gobernantes. Médicos y estudiantes de medicina se organizaron en lo que llamaron la “Cruz Verde”, ofreciendo auxilio a los heridos durante las marchas[10].

En paralelo también se fueron conformando grupos de protesta violenta. En las marchas eran evidentes distintos grupos de diez a quince jóvenes encapuchados que se llamaban a sí mismos “guerreros” y que iban a la cabeza de la marcha dispuestos a devolver las bombas lacrimógenas y lanzarles piedras y bombas molotovs a la Guardia. Paulatinamente este grupo heterogéneo de jóvenes sin rostro se fue identificando como la llamada “Resistencia”. En entrevistas concedidas a medios internacionales se identificaron como estudiantes universitarios algunos, trabajadores otros, conectados a través de las redes sociales, en anonimato para no ser perseguidos por el Gobierno, opositores al mismo, pero cada vez más en desacuerdo tanto con los políticos de la oposición como con las expresiones de protesta no-violenta[11],[12].

En medio de las tensiones entre los que argumentaban a favor de la protesta pacífica y los que argumentaban lo contrario, el 27 de junio un funcionario de la policía científica robó un helicóptero, sobrevoló el Tribunal Supremo de Justicia y lanzó una granada, además de enviar un video llamando a la rebelión. El policía, Oscar Pérez, logró escapar y a los días apareció de imprevisto en una marcha. El llamado de Pérez no tuvo mayor eco dentro de las Fuerzas Armadas y fue difícil de interpretar para la mayoría de la población que desconfió de la autenticidad del gesto. Meses después, en enero de 2018, su asesinato por parte de las fuerzas de seguridad del Estado evidenció que Oscar Pérez apeló a un grupo de la llamada resistencia, que juntaron esfuerzos para intentar una insurrección violenta contra el Gobierno.

Esta heterogeneidad efervescente que en principio fue contagiosa, paulatinamente evidenció la ausencia de un liderazgo opositor claro que pudiese canalizarla. La coalición de partidos en la MUD, liderados principalmente por Primero Justicia donde milita Hernrique Capriles, Voluntad Popular liderado por Leopoldo López, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo, tuvo graves dificultades para articular una estrategia coordinada. A pesar de que en las primeras convocatorias se vio de manera significativa el liderazgo de políticos de la oposición y que la represión gubernamental generó una indignación que multiplicó las protestas, en el camino, especialistas advirtieron que las mismas se fueron “anarquizando”, aumentó la violencia y el liderazgo opositor perdió fuerza para conducirlas[13].

La MUD, que había logrado un éxito importante en las elecciones legislativas de 2015, bajo la presión de las protestas, se resquebrajó. Intentando canalizar el malestar hacia manifestaciones cívicas, en varias ocasiones líderes de la oposición dieron mensajes contradictorios sobre los mecanismos y las horas de protestas convocadas. Además la presión de los mismos manifestantes en la calle a menudo condujo las protestas en direcciones distintas, rebelándose a los mensajes de los políticos.

Mientras eso ocurría en las calles, multitud de eventos políticos fueron ocurriendo que influyeron en el curso final. El 27 de abril el Gobierno comunicó su retiro de la Organización de Estados Americanos. El primero de mayo Maduro solicitó la realización de unas elecciones para formar una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) con facultades plenipotenciarios para redactar una nueva Constitución y se fijó la fecha de la elección para el 30 de julio.

Protestas

El conflicto entre el Tribunal Supremo y la Fiscalía continuó. El 27 de junio el Tribunal Supremo de Justicia le otorgó al Defensor del Pueblo competencias de la Fiscalía y el 4 de julio, el mismo tribunal pasó por encima de la Asamblea Nacional designando una nueva Vice-Fiscal. Evidentemente rechazada dentro de la institución, en un episodio rocambolesco, intentó tomar el cargo ingresando escondida en la maleta de un auto a la sede del instituto, siendo descubierta y desalojada. El 5 de julio, grupos chavistas armados irrumpieron en la Asamblea Nacional e hirieron a varios parlamentarios. Grabaciones de las comunicaciones entre los grupos de choque y la Guardia Nacional encargada de custodiar el palacio legislativo evidenciaron la coordinación entre ambos grupos[14].

El 8 de julio, Leopoldo López, el preso político más reconocido, condenado a catorce años de cárcel luego de las protestas de 2014, fue sorpresivamente enviado a su casa a un régimen de casa por cárcel, disparando todo tipo de rumores sobre negociaciones entre el Gobierno y la oposición.

Pero fue la elección e instalación de la ANC la que marcó de manera definitiva el curso de las protestas. La MUD rechazó participar en esas elecciones reclamando que el presidente no tiene la facultad de convocarla y las reglas de la votación contravenían el principio democrático de que a cada persona le corresponde un voto, al organizar una elección “sectorial y territorial”. Como expresión de rechazo la MUD realizó su propio referendo sin concurso del Consejo Nacional Electoral, el 17 de julio, preguntándole al país si rechazaba la convocatoria a la ANC, reportando que lograron más de siete millones de votantes.

Nada detuvo, sin embargo, la iniciativa del Gobierno. El 30 de julio llevaron a cabo las elecciones y el 4 de agosto instalaron la ANC. El Gobierno afirmó haber superado los ocho millones de votantes, a pesar de que el mundo entero lo declaró un fraude, incluyendo la misma empresa encargada de contabilizar los votos[15]. A pesar del fraude, la reacción de la oposición fue desarticulada y débil. El Gobierno convocó inmediatamente a nuevas elecciones regionales y estatales lo que generó un nuevo debate entre participar o no. El mismo día en que se denunció el fraude, el presidente del partido Acción Democrática, sin consultar con los otros partidos, anunció que ellos irían a esas elecciones.

La elección de la ANC desinfló definitivamente las protestas. Tanto estas como la presión internacional no lograron evitar su instalación, como se había prometido. La fractura dentro del chavismo que se pretendió impulsar con las protestas a partir de la separación de la Fiscal tampoco sucedió[16]. En cambio la MUD acabó seriamente herida y en desbandada. El 8 de agosto Maria Corina Machado, una de las líderes más críticas, y su partido anunciaron su retiro de la Unidad.

Consecuencias

Los meses de conflicto dejaron un saldo doloroso para el país lleno de duelos por pérdidas de personas queridas, más presos políticos, agudización de la fractura entre las partes, pérdida de esperanza en salidas de la crisis, mayor presencia militar, así como la imposición a la fuerza de una instancia plenipotenciaria en teoría pero sin legitimidad en la práctica.

El chavismo logró sobrevivir con el poder, con fracturas menores (como lo fue la separación de la fiscal, junto a una ex defensora del pueblo y dos diputados, quienes se pronunciaron de manera pública contra la ANC). Los rumores sobre tensiones internas abundan pero solo se han evidenciado en cruces de órdenes contradictorias en algunos eventos públicos. De manera visible, la separación de la fiscal vino antecedida por órdenes de excarcelación emitidas por este organismo que los cuerpos policiales se negaron a cumplir, en algunos casos durante meses. Asimismo, llamó la atención que la suspensión del Referendo Revocatorio de 2016 lo hicieran tribunales estatales en estados dirigidos por ex militares (y no el Tribunal Supremo de Justicia), luego de que el Consejo Nacional Electoral hubiese fijado la fecha. Finalmente, en el operativo para arrestar al disidente Óscar Pérez y su grupo, se grabaron videos y audios que evidenciaron pugnas en la toma de decisiones, de manera notoria, entre cuerpos policiales y militares. Otra muestra visible de la lucha interna surgió en noviembre cuando el embajador de Venezuela ante la ONU, Rafael Ramírez, otrora cercano a Chávez y ex presidente de PDVSA, fue destituido y posteriormente acusado de corrupción junto a un grupo cercano de colaboradores.

Ante la fragmentación interna, unida a la pérdida de apoyo popular y la fuerte crisis económica, la militarización y la represión ha ganado cada vez más terreno. Para el 2016 las Fuerzas Armadas habían más que duplicado su número de efectivos en comparación con el 2012; el porcentaje del PIB dedicado a la defensa era más del doble de lo asignado en todos los demás países latinoamericanos salvo Cuba[17]; y la presencia de militares retirados o activos en el gabinete pasó de aproximadamente del 20% en 2013 al 40% en 2018[18].

Dolor país, las protestas de 2017 y sus secuelas

Quizás la consecuencia más visible en la población es la generalizada pérdida de confianza. Las encuestas tanto nacionales como internacionales ya evidenciaban los niveles más bajos de confianza en las instituciones para el año 2015[19],[20]. A eso se le suman niveles muy altos de desconfianza interpersonal. Se ha perdido la fe en representantes, instituciones y en el colectivo. Una muestra relevante de la desconfianza generalizada es la lucha interna y el desmembramiento de la misma oposición. Sectores de la población acusan a los políticos opositores de traicionar a los manifestantes que murieron en las calles. En la medida en que se acumulan muertes en los movimientos sociales, una parte de los afectados vive como traición la posibilidad de cualquier salida negociada[21]. Si bien la popularidad del Gobierno ha continuado en caída, el apoyo a la MUD no ha incrementado. Para diciembre de 2017, en una encuesta nacional, un 61% de la población evaluaba su gestión como mala. Esa misma encuesta[22] encontró que el 57% de la población evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional, mientras que el 74% evaluaba como negativa la gestión de la Asamblea Nacional Constituyente. De manera que somos un país con dos asambleas, el lugar donde supuestamente se da el debate para concretar los grandes consensos, ambas, sin credibilidad.

En resumen, hay poca fe en salidas negociadas o democráticas. Opciones como las mesas de diálogo instalada en República Dominicana, con mediadores internacionales, han sido recibidas con mucho escepticismo. Para que el diálogo funcione debe haber un mínimo de certeza de que las partes cumplirán con lo prometido[23]. El gobierno ha demostrado de manera reiterada que rompe los acuerdos a pocas horas de haberse parado de las mesas de negociación previas. De manera inquietante, expresiones de lucha armada van paulatinamente apareciendo en el panorama, como el asalto al Fuerte Militar Paramacay en agosto de 2017 y otro asalto al Fuerte San Pedro en diciembre realizado por el grupo de Oscar Pérez, que al mes fue masacrado por fuerzas de seguridad. En paralelo, la emigración se ha multiplicado a niveles nunca antes vistos, lo que refleja la pérdida de la esperanza de gran parte de la población en una salida a la crisis. No se puede perder de vista que la situación económica expresada en la hiperinflación y el desabastecimiento de comida y medicinas se ha agudizado gravemente.

Todo apunta a una convivencia cada vez más precaria y una población cada vez más vulnerable. Los niveles de sufrimiento percibidos son apabullantes. Los psicólogos han buscado maneras para describir el sufrimiento colectivo como el que estamos observando en Venezuela. Martín-Baró[24] en El Salvador acuñó el término “trauma psicosocial”, para referirse a las incontables heridas en los individuos, pero también en la convivencia producidos por la violencia política crónica. La naturalización de la violencia como la opción evaluada por la mayoría como única posibilidad, la militarización de la vida cotidiana, la institucionalización de la mentira, la imposición a la fuerza como solución a los conflictos y el desprecio por la vida humana, son marcas de ese trauma que los venezolanos estamos padeciendo. La expresión de Bleichmar “dolor país” también resulta sugerente. Ella lo definió como “la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se le demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta.”[25]

El panorama inmediato para recuperar la convivencia y articular salidas políticas negociadas al conflicto es más bien desolador.

 

Por Manuel Llorens 

*Este texto se publicó originalmente en la revista Nueva Sociedad (Argentina).


 

[1] Keller y Asociados. Estudio de la Opinión Pública Nacional: 4to trimestre 2016. 2016. <https://es.slideshare.net/anmon12/encuesta-keller-4to-trimestre-2016>

[2] Redacción BBC Mundo. “Toma de Venezuela”: cientos de miles salen a las calles a protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2016. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-37781493>

[3] LAPOP. America’s Barometer Brief: Venezuela 2016/17. <https://www.vanderbilt.edu/lapop/venezuela/AB2016_Venezuela_RRR_Presentation_W_052417.pdf>

[4] El Pitazo. Funcionario de la PNB fue detenido por asesinato de Jairo Ortiz. 2017.<https://elpitazo.com/ultimas-noticias/funcionario-de-la-pnb-fue-detenido-por-asesinato-de-estudiante-en-carrizal/>

[5] p. 1. Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello. 10 pistas para entender el Plan Zamora. UCAB. Caracas. 2017. <http://elucabista.com/wp-content/uploads/2017/05/Para-entender-el-Plan-Zamora-CDH-UCAB-1.pdf>

[6] Runrunes. Fotos/Infografía y Mapa: 157 muertos en protestas en Venezuela hasta el #13Ago. 2017. <http://runrun.es/rr-es-plus/319427/fotos-infografia-y-mapa-muertos-en-protestas-en-venezuela-parte-dos.html>

[7] Alfredo Meza. Estudiante, de 27 años y en primera línea de las protestas: el perfil de los asesinados en Venezuela. Diario El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/08/01/america/1501549008_300999.html>

[8] Carlos Trapani. Eran solo niños. La Vida de Nos. 2017. <http://www.lavidadenos.com/eran-solo-ninos/>

[9] Manuel Llorens. Protesting on the field. Caracas Chronicles. 2017. <https://www.caracaschronicles.com/2017/05/23/protesting-on-the-field/>

[10] Megan Specia. Los médicos voluntarios de la Cruz Verde, al frente de las protestas en Venezuela. The New York Times ES. 2017. <https://www.nytimes.com/es/2017/07/14/cruz-verde-venezuela/>

[11] BBC Mundo. Quienes forma “La Resistencia” que protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro. 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40743203>

[12] Maolis Castro. La rebelión de los encapuchados. El País. 2017. <https://elpais.com/internacional/2017/07/26/actualidad/1501104066_003012.html>

[13] Benigno Alarcón. ¿Violencia o resultados? El Ucabista. 2017. <http://elucabista.com/2017/05/15/violencia-o-resultados/>

[14] ver: http://runrun.es/nacional/venezuela-2/316514/audio-asi-fue-como-paramilitares-y-gnb-planearon-ataque-a-la-asamblea-nacional.html

[15] Redacción BBC Mundo. Smartmatic, la empresa a cargo del sistema de votación de Venezuela, denuncia “manipulación” en la elección de la Constituyente y el CNE lo niega. agosto, 2017. <http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-40804551>

[16] Tomás Straka. El round de Maduro. Nueva Sociedad. septiembre, 2017. <http://nuso.org/articulo/el-round-de-maduro/>

[17] RESDAL. Atlas Comparativo de la Defensa en América Latina y el Caribe. Red de Seguridad Defensa de América Latina. 2016. <http://www.resdal.org/assets/atlas-2016-esp-completo.pdf>

[18] Franz von Bergen. Más pretorianismo en el gobierno de Maduro. <https://twitter.com/FranzvonBergen>

[19] Yorelis Acosta. El Peso de la Ley: la transgresión a la norma se percibe como una práctica generalizada. SIC, 763, 100-102. 2014.

[20] Juan Trak; Lissette González y Maria Gabriela Ponce. Crisis y Democracia en Venezuela: 10 años de cultura política de los venezolanos a través del barómetro de las Américas. Universidad Católica Andrés Bello. Caracas. 2017.

[21] Daniel Bar Tal; Eran Halperin; Roni Porat y Rafi Nets-Zhengut. Why society members tend to support the continuation of intractable conflicts and resist peaceful resolution. En Golec, A. y Cichoka, A. (Eds.). Social Psychology of Social Problems. Palgrave Macmillan. London. 2012.

[22] Datanalisis. Encuesta Nacional Ómnibus, Diciembre 2017. <http://americanuestra.com/wp-content/uploads/2017/12/Encuesta.pdf>

[23] Michael Warren. Democracy and Trust. Cambridge University Press. Cambridge. 1999.

[24] Ignacio Martín-Baró. Psicología Social de la Guerra: trauma y terapia. UCA. San Salvador. 1990

[25] p. 29. Sivlia Bleichmar. Dolor País. Libros del Zorzal. Buenos Aires. 2002.

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte I

En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En él, entrevista a fondo a seis expertos para analizar los escenarios en el corto y mediano plazo de una Venezuela que lucía encaminada a un periodo de mayor turbulencia. En la primera parte, Víctor desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, a una situación de hiperinflación y de emergencia humanitaria. En Revista OJO, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

 

Los cavernarios

La Revolución Bolivariana, el movimiento que de la mano de Hugo Chávez y millones de petrodólares prometió convertir a Venezuela en una potencia, salvar a la especie humana, sustituir el capitalismo y financiar planes faraónicos como el Gran Gasoducto del Sur que transportaría gas desde Puerto Ordaz hasta Argentina, ha devenido en una sociedad decadente, atrapada en una economía primitiva donde la norma es sobrevivir. Al igual que el hombre de las cavernas, los venezolanos dedican gran parte del día a cubrir necesidades básicas, como obtener alimentos.

En Caracas, la ciudad vitrina del socialismo del siglo xxi, la escasez aumenta, los precios escalan, el mercado negro gana terreno y en las filas de 250 o 300 personas que esperan durante cinco horas bajo el sol a las puertas de los comercios para comprar productos básicos hay resignación; pero de pronto, la olla de presión emite sonidos inquietantes. Miembros de la cola se preguntan hasta cuándo deberán soportar el racionamiento, otros argumentan que repetir lo sucedido en San Félix, una ciudad del interior donde hubo saqueos, no es la salida pero que tal vez haga falta para lograr un cambio y algunos explican que ni en pesadillas soñaron ver soldados armados a las puertas de los supermercados.

El plan socialista engendró una masa de hombres y mujeres mortificados por la evaporación de la capacidad de compra del dinero, el miedo a perder el empleo y la obsesión por protegerse del desabastecimiento al punto de pelear fieramente por el último litro de aceite comestible en los anaqueles. En la clase media, la mayoría de las conversaciones gira en torno a cuánto costó el último mercado y el valor que tendrá el dólar paralelo la próxima semana; en los estratos de menos poder adquisitivo, la reventa de productos escasos es la fórmula para incrementar el ingreso y los trabajadores de empresas emblemáticas como Polar, el mayor productor privado de alimentos, reclaman materia prima para que las plantas continúen operando.

Bajo el influjo de un salto sin precedentes en los precios del petróleo, Hugo Chávez, quien gobernó a Venezuela desde el 2 de febrero de 1999 hasta el día de su muerte el 5 de marzo de 2013, redujo el rol del sector privado y expandió la mano visible del Estado a prácticamente todas las áreas de la economía mediante un feroz proceso de expropiación y nacionalización de empresas. La producción de estas compañías es una incógnita porque no existen cifras oficiales, pero los venezolanos tienen una muestra palpable de que el proceso marcha mal: los productos no aparecen en los supermercados, abastos, carnicerías.

En el sector de alimentos el Gobierno obtuvo el dominio en la producción de café tras asumir la administración de empresas de referencia en el ramo como Fama de América y Café Madrid; comenzó a gestionar 11 centrales azucareros de los 17 que hay en el país; fundó compañías de helados, sardinas, atún y pasó a controlar un conjunto de fábricas con capacidad instalada para abastecer la mitad del mercado de harina de maíz precocida. Al mismo tiempo, creó un rompecabezas donde distintos organismos públicos otorgan subsidios, almacenan, distribuyen y venden, mientras que las miles de hectáreas expropiadas a los «terratenientes» deberían garantizar el crecimiento de la producción agrícola en rubros como arroz, carne y leche.

Como un presagio de lo que ocurriría con buena parte de la madeja de empresas públicas queda la anécdota de los helados. El 20 de octubre de 2012 Hugo Chávez inauguró la fábrica de helados Coppelia que, de acuerdo a lo anunciado en cadena nacional, produciría 26.000 unidades diarias. Pero dos semanas después el propio Presidente admitió la paralización de la planta por la pésima planificación.

«Yo recuerdo que hicimos el pase y comimos helado, ¡hasta Fidel [Castro] me mandó un mensaje!», expresó malhumorado el «comandante eterno», como hoy se refieren a él los altos jerarcas del chavismo, y apeló a la lógica: «Si se va a inaugurar una fábrica, ¿cómo es que nadie pensó en la materia prima? ¿Tú la vas a inaugurar para un día?».

A diferencia de las empresas privadas, donde las ineficiencias y la falta de previsión conducen a la quiebra, en las compañías públicas venezolanas es posible pastar en el presupuesto nacional y recibir dosis de dinero extra para vegetar y subsistir. La gerencia no toma en cuenta nociones como reducción de costos, competitividad, rentabilidad.

Nicolás Maduro, el hombre que desde el 19 de abril de 2013 ocupa la presidencia tras ser ungido por Hugo Chávez como su sucesor y quien obtuvo una ajustada victoria electoral con apenas 1,5 % de diferencia sobre Henrique Capriles, el candidato de la oposición, no ha cambiado en nada la estructura heredada y la ausencia de las marcas que deberían provenir de las compañías públicas es evidente. Datanálisis, una de las principales encuestadoras del país, registra que 69 de cada 100 venezolanos afirman que las empresas expropiadas producen menos y ocho de cada diez entrevistados perciben una disminución de la variedad de productos y marcas al momento de comprar[1].

Foto: La verdad

La oferta tampoco fluye desde el ala privada de la economía. La estrategia para sembrar el socialismo consistió en maniatar todo lo que no fue expropiado mediante una tupida telaraña de regulaciones que le cortó las piernas a la inversión y dejó anémica la capacidad para responderle al mercado. Empresarios explican que el Gobierno fija precios a sus productos que, en muchos casos, no permiten cubrir los costos y obtener una ganancia adecuada. También deben lidiar con el control de cambio, que confiere a unos pocos funcionarios públicos la facultad de decidir quiénes compran cuántos dólares y complica en grado sumo la adquisición de divisas para importar equipos o materia prima. Cosas que en otros países no representan problema alguno como el envío de un camión con mercancía a otra ciudad del territorio nacional, en la Venezuela socialista requiere de autorización previa y tampoco les está permitido a las empresas disminuir el número de trabajadores.

Mientras el mundo ingresa velozmente en la tercera revolución industrial a través de la inteligencia artificial, la expansión de la robótica, internet en todos los espacios y la impresión en tres dimensiones, las compañías inmersas en el socialismo del siglo xxi luchan por no desfallecer en un ambiente de negocios que hoy en día equivale a la Edad de Piedra.

A diferencia de las economías modernas donde las empresas identifican las necesidades del consumidor y compiten a través de sus productos, los venezolanos no tienen capacidad de elección: adquieren lo que reposa sobre el estante, ya no están en condiciones de evaluar la calidad o la marca. Es un mercado dominado por los vendedores, donde el comprador forzosamente tiene que adaptarse a lo que haya.

«Mi hijo se ha acostumbrado a la leche descremada, es la única que encuentro», me explica una mujer que abraza dos litros como quien se topa con un tesoro insospechado.

A través del control de cambio el Estado ha sido víctima de una rapacidad insaciable. La jerga de la corrupción define como «empresas de maletín» a compañías recién creadas que reciben millones de dólares para importaciones que nunca llegan a los puertos venezolanos. También existe la «sobrefacturación», empresas que importan productos que, por ejemplo, cuestan 100 dólares pero con facturas ficticias obtienen 200 dólares. Gracias a prácticas de este tipo la riqueza petrolera se asemeja a una gran piñata sobre la que se abalanzan grupos conectados al poder.

La norma es el silencio, se desconoce el resultado de supuestas investigaciones, pero funcionarios han deslizado cifras escandalosas. Edmée Betancourt, cuando estaba al frente del Banco Central de Venezuela, afirmó refiriéndose a 2012 que «lo que se entregó en divisas fueron cantidades muy considerables, pero también hay otra cantidad considerable de divisas que se llevó a empresas de maletín (…) se pasaron entre 15.000 y 20.000 millones de dólares».

Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, señaló que las autoridades realizaron un cruce de datos en octubre de 2013 y detectaron empresas a las que la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi) les asignó dólares a pesar de que no pagaban impuestos a la nación.

«La gente que se mete en negocios quiere hacerse de mucha plata en muy poco tiempo, eso es propio del sistema capitalista. Cadivi en su momento pudo haber funcionado de manera eficiente pero el capitalismo le da vuelta y vulneraron el sistema. Ya están chequeadas las empresas que reciben dólares en Cadivi y las que pagan impuestos. No declaran [impuestos]», explicó.

Luego resumió de esta manera la corrupción en el sistema: «Piden un recurso para traer alguna cosa en particular [las empresas] y nunca la traen y no hubo ese chequeo, no hubo ese control».

Rafael Ramírez detalló el 11 de octubre de 2013 en una rueda de prensa, cuando aún era vicepresidente del área económica, otra modalidad de hurto: «Agarran los dólares y en vez de traerte el alimento no te lo traen. O le ponen en Panamá un sobreprecio, tal empresa en Panamá le compra a otra empresa en Nueva York, o en China u otro destino pero la factura la hacen en Panamá con un sobreprecio de 30 % o 40 %. Entonces nos están robando».

El 20 de marzo de 2015 Jorge Giordani, el principal arquitecto de la política económica que Hugo Chávez aplicó durante sus catorce años de gobierno y quien estuvo al frente del Ministerio de Planificación hasta junio de 2014, admitió con amargura: «¡Tanta gente que anda robando por allí, en el Gobierno! ¡Y sigue robando, carajo! ¿Y entonces? ¿Hasta cuándo?».

El espejismo

Pero este entorno que en otro país hubiese desencadenado una crisis de grandes proporciones, hasta no hace mucho estuvo en segundo plano, solo en boca de economistas y empresarios. En 2012, año en que Hugo Chávez disfrutó su última victoria electoral, la fiesta parecía no tener fin. Las importaciones se dispararon al nivel más elevado desde 1997 y productos de todo tipo colmaron los anaqueles, mientras que abundantes cucharadas de gasto público incrementaron los salarios, la nómina de los ministerios y la contratación de obras, imprimiéndole vigor al consumo. Ningún pronóstico auguraba infortunios, salvo la extrema fragilidad de un modelo sostenido por un ladrillo muy poco confiable: el precio de la cesta petrolera venezolana, que se había cotizado en la cumbre de 103 dólares el barril. Cuando el oro negro detuvo el ascenso y se estabilizó en torno a 95 dólares emergieron las primeras señales de alarma. Luego, cuando a finales de 2014 el crudo inició el declive y cayó por debajo de 50 dólares en 2015, no hubo escapatoria y el país ingresó en un túnel de precariedad.

El petróleo provee 96 de cada 100 dólares que ingresan a Venezuela y la falta de suficientes ahorros para enfrentar el descenso del precio del barril desnudó a una economía en extremo dependiente de las importaciones. El declive de las compras en el exterior mostró en toda su dimensión la poca producción de las empresas estatizadas, el desmantelamiento de áreas donde el dólar artificialmente barato hizo más rentable importar que producir, el impacto de las regulaciones de precios que desestimularon la inversión y un control de cambio que despilfarró miles de millones de dólares.

A diferencia del resto de los países exportadores de petróleo, Venezuela no ahorró parte de los recursos para compensar la economía en caso de que el oro negro perdiera brillo. El Fondo de Estabilización Macroeconómica solo cuenta con tres millones de dólares. El grueso del dinero fluyó a una cantidad de bolsillos administrados con opacidad. El más emblemático es el Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden), por donde pasaron 170.000 millones de dólares para soportar proyectos sobre los que no hay mayor rendición de cuentas[2].

La reacción de Nicolás Maduro ante el descenso de los precios del petróleo y la ausencia de ahorros fue recortar dramáticamente la asignación de dólares al sector privado, dejando a buena parte de la industria nacional sin suficiente materia prima para producir, sin la posibilidad de realizar mantenimiento a las plantas y con severos problemas para distribuir porque la flota de camiones carece de cauchos, baterías o repuestos para reparar los motores.

Polar indica en un informe de finales de julio de 2015 que por falta de materia prima redujo la producción de mayonesa, atún enlatado y aceite de maíz. En su otra línea de negocios, interrumpió la elaboración de lavaplatos por falta de empaques.

Los barcos ya no abarrotan los puertos y los departamentos legales de las multinacionales tienen a las empresas venezolanas en la lista de morosos. Compañías obtuvieron de manos del Gobierno lo que se conoce como Autorización de Adquisición de Divisas (AAD) y, con este aval, compraron materia prima e insumos a proveedores en el exterior que confiaron en clientes de larga data. Una vez la mercancía ingresó al país las autoridades tenían que venderle los dólares a la empresa venezolana para que esta cancelara, pero en un número relevante de casos no lo hizo. El resultado es una voluminosa deuda de 9.000 millones de dólares que ha derivado en el cese de los despachos a Venezuela, salvo que haya pago por adelantado.

La escasez no es solo de alimentos, los venezolanos tiemblan ante la posibilidad de tener que reparar la nevera, necesitar medicamentos para el cáncer, una cirugía cardiovascular o que el carro no encienda.

Gustavo Blanco es uno de los 200 hombres que desde las tres de la madrugada hacen una larga cola con sus automóviles, que abarca más de diez cuadras, para adquirir una batería en las empresas Duncan, prácticamente la única que aún abastece al mercado y que tiene sus instalaciones en una zona industrial que luce abandonada y sin alumbrado público.

Es una de las mejores muestras de ese grupo de venezolanos que parece dotado de una paciencia infinita. «Hay que llegar a esa hora para tomar un número. Solo reparten 200 por día. ¿Qué vas a hacer? Lo que más le preocupa a uno es la inseguridad, a esa hora está todo oscuro y sabemos la cantidad de atracos que hay en Caracas», me dice sonriendo a las dos de la tarde cuando tras once horas de espera ha llegado su turno. «Hay que entregar la batería vieja y venir con el carro, explican que lo hacen para saber que no estás comprando para revender. Menos mal que un amigo me auxilió y el carro prendió. Antes compraba baterías en estaciones de servicio, caucheras, y de distintas marcas. Pero eso se acabó».

Otros deben superar una prueba aún más ruda. En medio de la escasez, los robos de baterías se han multiplicado. Si la batería fue robada el conductor debe ir a la policía e introducir una denuncia que con toda seguridad nunca será investigada, pero que la exige Duncan.

Carmen Gutiérrez, una mujer de unos cincuenta años, me dice que va a pasar la noche a las puertas de Duncan para asegurarse de que recibirá uno de los números a ser entregados a las siete de la mañana del día siguiente.

«¿Y qué voy a hacer? Esto es pura patria socialista», dice con una expresión de fastidio, la mirada perdida, como esperando que algo en el aire cambie la situación. De pronto le advierte a la hija que la acompaña, una muchacha de unos veinte años: «No dobles ese cartón, mira que esa es la cama de esta noche».

El mercado informal es la única alternativa expedita. «¿Quiere una batería para un Mitsubishi? Se la vendo en 20.000 bolívares», me comunica por teléfono un hombre que se hace llamar Miguel y cuyo nombre me lo han dado en un taller mecánico. Miguel ha encontrado una manera fácil de hacer dinero: en Duncan la batería cuesta 6.700 bolívares, es decir, su ganancia es de 198 %.

Pero el atraso en la entrega de divisas puede significar la muerte. Ante la sequía de dólares las compañías encargadas de traer al país equipos médicos recortaron las importaciones y las cirugías cardiovasculares escasean tanto o más que las baterías para automóviles. El 24 de septiembre de 2015 el cirujano Gastón Silva, del Hospital Universitario de Caracas, uno de los centros de salud públicos a donde acude la población de escasos recursos, explicó que «en este momento todavía no se están realizando en la forma que quisiéramos [las cirugías] aunque se opera una de cuando en vez, no con los materiales necesarísimos sino en forma un poco desordenada»[3].

Aún en caso de contar con el dinero para acudir a una clínica privada los enfermos no tienen la garantía de que serán operados a tiempo. Gastón Silva detalló la situación calamitosa de dos relevantes centros de salud privados: «En la Metropolitana solamente nos quedan tres equipos para realizar cirugías cardíacas, ya no existen válvulas en todos sus tipos para los reemplazos valvulares, ya he descartado aproximadamente doce pacientes para cirugía. Se han descartado 40 pacientes en el Médico Docente la Trinidad por falta de insumos».

Alexis Bello, cirujano cardiovascular del Hospital de Clínicas Caracas, centro de salud privado que es referencia por la modernidad de sus equipos y la excelencia de sus médicos, también pintó un escenario angustiante: «Es algo sumamente triste para quienes nos hemos dedicado a esto toda una vida, más de 40 años, a tratar de rehabilitar pacientes para la vida, llegar a un punto en el que tengamos que suspender, como efectivamente lo hicimos, las intervenciones de cirugía cardíaca. Tengo en lista de espera en este momento alrededor de 20 pacientes, muchos de ellos sumamente graves. Recuerdo a dos pacientes muy concretos, uno de 18 años y otro de 23 años del interior de la república que están a punto de fallecer. (…) Uno de ellos me llamó ayer y tuve que decirle “tome las cosas con calma porque lamentablemente en estos momentos no podemos hacer nada”»[4].

 

Por Víctor Salmerón@vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 

 


 

[1]    La encuesta corresponde a mayo de 2015. En la ciudad de Caracas, 60,7 % de los productos esenciales presentaban escasez. Entre los casos relevantes destacaba que en 95,5 de cada 100 establecimientos no había aceite de maíz y en 83,6 faltaban el café molido, la harina de maíz precocida y la leche en polvo en sobre.

 

[2]    De acuerdo con la Memoria y Cuenta del Ministerio de Finanzas, al cierre de 2014 el Fonden había desembolsado 103.000 millones de dólares para financiar 419 proyectos. A esta cifra se añaden 67.319 millones de dólares que ya estaban aprobados, mas no desembolsados del todo, para cubrir los gastos de 348 proyectos que se encuentran en ejecución.

 

[3]    La declaración fue hecha en el programa del periodista César Miguel Rondón en el Circuito Éxitos el 24 de septiembre de 2015.

 

[4]    La declaración fue hecha en el programa del periodista César Miguel Rondón en el Circuito Éxitos el 24 de septiembre de 2015.

 

Las imágenes y la masa: Los peligros del analfabetismo visual

Si hay algo que caracteriza al ser humano es su tendencia de innovar su estilo de vida, de una década a otra las costumbres cambian considerablemente. El individuo del siglo XX salía a la calle y se veía rodeado  de anuncios publicitarios, se sentaba a ver la tv a diario, y veía algunas fotografías al leer el periódico. Ocasionalmente iba al cine o a un museo. Y  antes, el contacto con lo visual era más limitado aun. En cambio, hoy en día el sujeto está expuesto a un conjunto de imágenes muchísimo más grande, unas en el espacio virtual, y otras en el físico. Vivimos inmersos en una época multimedia.

Desde los tiempos de las cavernas, el hombre ha tenido contacto con la creación visual, pero su relación con ella ha cambiado drásticamente con el pasar del tiempo, en especial en las últimas dos décadas. En el orden natural del mundo globalizado, las imágenes se han hecho omnipotentes, están en todos los lugares y a toda hora del día. Es el método postmoderno de relacionarse con el mundo. No es posible un cortejo sin mandar un emoticón con un beso a través de WhatsApp. Nadie imagina un negocio sin un buen trabajo de diseño gráfico que le sirva de publicidad. Es inconcebible un acontecimiento público sin una lluvia de memes que lo parodien.  Hoy, más que ser parte de nuestra vida diaria, se han convertido en  nuestra vida diaria.

Cuesta creerlo, pero el mundo en el que hoy vivimos parecía una fantasía hace un par de décadas. El internet ha hecho íntima la relación de las nuevas generaciones con el infinito de imágenes. Pero es una realidad mucho más compleja. Entender el fenómeno de la cultura visual de nuestros tiempos no implica únicamente  tener conciencia de su saturación, implica también preguntarse por el origen de estas, por las mentes detrás de ellas. Como ocurre con todos los períodos de cambios, nos toca ser críticos con la situación.

 Millones de imágenes, millones de creadores

El infinito de  imágenes que habita  el mundo digital se mantiene con vida gracias al consumo visual que realiza sociedad la global. Se hacen, se comparten, se masifican. El colectivo es tanto creador como consumidor. Internet es un medio democrático, cualquiera puede hacer una ilustración y subirla a la red. En la mayoría de las plataformas, no hay demasiadas reglas para eso.

Internet es una biblioteca infinita, un espacio donde lo maravilloso y lo nefasto tienen el mismo derecho de existencia, lo cual trae consigo tanto ventajas como  desventajas. En medio de ese fenómeno hay una realidad que no podemos ignorar: no todos poseen una cultura visual desarrollada, y una gigantesca parte del contenido de las plataformas de hoy en día lo demuestra.

Siendo un hombre un animal visual, que guía su  vida según el sentido de la vista, quizás para algunos suene incoherente hablar de una cultura visual. Pero no, los ojos pueden entrenarse. Es posible tener más conciencia sobre lo que perciben, de cómo lo perciben, además de mejorar su capacidad de interpretación. Adquirir esas destrezas requiere de una preparación, hecho del cual muchos no son conscientes. La lectura es vital en ese proceso.

Cada imagen tiene un conjunto de elementos que ordenados de una determinada manera expresan un significado. Hay temas que ameritan una base teórico para entenderlos en su totalidad. Composición, teoría cromática, iconografía, son aéreas necesarias para la comprensión del universo visual.  Quien dude de estas palabras debería responder las siguientes preguntas: ¿Qué significa el color amarillo? ¿Qué es un punto de fuga? ¿Por qué tantas representaciones utilizan la rosa?

Evidentemente, para poseer cierto  entendimiento del mundo visual no es necesario ser un erudito en semiótica o  historia del arte, pero hace falta un mínimo de preparación (evidentemente, mientras más se sepa, mejor). Hoy en día, cualquier usuario de internet goza de una libertad absoluta para subir imágenes, pese al analfabetismo visual imperante en estos tiempos. Pocos saben interpretarlas, pero todos las tienen presentes en sus vidas.

En el universo online conviven fotografías de la máxima calidad, como las que publica National Geographic, junto a algunas tragedias que pueden encontrarse en cualquier red social. Hoy, con una intensidad mucho mayor a otras épocas, volvemos a enfrentarnos al problema de las masas y las élites, como lo definió José Ortega y Gasset en su libro La Rebelión de las Masas.

La Rebelión de las Masas es un libro de título engañoso. Parece aludir a la idea de una insurrección popular contra una minoría opresora, pero no hay nada más lejos de la realidad. El conjunto de artículos del filósofo español refiere a una realidad que tomó lugar en el siglo XX gracias a los avances de la técnica y del pensamiento político. Tras el exponencial aumento de la población que vivieron las sociedades occidentales, la llegada de la democracia y de otras ideas surgidas tras la Ilustración –como por ejemplo, la de los derechos naturales-, por primera vez en toda la historia de la humanidad las mayorías empezaron a tomar las decisiones que antaño solo le correspondían a las minorías instruidas, generando una ola de caos.

Ortega y Gasset no se opone a los derechos individuales, ni promueve al sometiendo de las poblaciones por parte de pequeños grupos, se opone al estado degenerativo del sistema en el que las masas toman el control desenfrenado de todos los aspectos de la vida pública, generando la destrucción de las naciones. Ese fenómeno es lo que él denomina hiperdemocracia.

Según Ortega y Gasset, las élites no son pequeños grupos de personas adineradas, como podría pensarse, sino conjuntos de personas que se han exigido más a sí mismos para llegar a poseer una preparación superior a la media. No es un asunto de clases, estas se encuentran en todos y cada uno de los estratos de la sociedad. En cambio, las masas son esas mayorías que no tienden a formar un pensamiento propio, carentes de curiosidad, y que por lo general, tienden a refugiarse en los conjuntos para establecer una posición en el mundo. Muy a menudo, omiten opiniones sin conocer el tema, y fundamentan sus discursos basándose en falacias como “Todo el mundo dice eso, ¿cómo tú vas a negarlo?”.

La hiperdemocracia es un peligro total, les da a los idiotas la oportunidad de dirigir naciones, y muchas veces condena al silencio a las personas más preparadas, sobre todo cuando estas tienen opiniones impopulares. Los regímenes totalitarios del siglo XX –la Alemania nazi, la Unión Soviética, la Italia fascista, etc- impusieron sus tiranías mediante la manipulación de las mayorías, usando a los ciudadanos de sus naciones como borregos. Irónicamente, esa situación termina destruyendo la democracia.

La hiperdemocracia es enemiga del mérito. Por ejemplo, hace posible que personas que nunca han tocado la nieve se sientan con derecho a participar en unas Olimpiadas de Invierno y avergonzar a su país ante el resto del mundo. Muchas personalidades del mundo de la política, el espectáculo, del deporte, y de todos los demás ámbitos,  padecen el síndrome del hombre-masa. Comentarios como “Ja, yo en mi vida no he leído ni un solo libro, y aun así pase bachiderato” se hacen comunes.  Reduce la calidad de todas las cosas de las que se apodera, incluyendo el mundo de las imágenes.

El analfabetismo visual

Todo el mundo sabe que el analfabetismo es un problema grave dentro de la sociedad, que condena a muchos a una vida de dificultades y limitaciones, y que es necesario buscar su erradicación. Pero casi nadie habla de otra situación que ha de ser superada cuanto antes: la falta de formación visual que se encuentra presente en una porción sumamente amplia de la población.

La falta de cultura visual degrada la sensibilidad. Ante una saturación de imágenes, la falta de criterio para distinguir la calidad de la mediocridad puede nublar el reconocimiento de cualidades en una determinada obra, dificultando el entendimiento de todas aquellas piezas que requieran de una mirada lúcida.

Muchos no lo saben, pero la hipermocracia hace que  personas que no poseen ningún conocimiento de fotografía se sientan profesionales por poseer una cámara réflex o semi-reflex, o inclusive, un teléfono que haga buenas tomas. En un mismo mercado, algunos individuos que hayan logrado hacer algunas capturas en modo automático tienen el mismo derecho de competir  con los que sí han hecho el esfuerzo por instruirse en esa disciplina. Malo para las imágenes, malo para muchos bolsillos.

Algo sumamente común, algo que hace que diseñadores y fotógrafos sientan ganas de asesinar, es escuchar el comentario “Lo siento, encontré a alguien que lo hace más barato”. Entonces, muchas personas que después de haber realizado un largo trayecto en el cual invirtieron sus ahorros en formación y equipo se enfrenten al dilema de si deben rebajar sus precios o no. Como se dijo antes, la hiperdemocracia está en contra del mérito. A diario se ven trabajos visuales de muy mala calidad ganar fama injustamente.  En su libro, José Ortega y Gasset dio una explicación muy pertinente para entender el fenómeno:

No se trata de que el hombre-masa sea tonto (…) tiene más capacidad intelectual que el de ninguna otra época. Pero esa capacidad no le sirve de nada; en rigor, la vaga sensación de poseerla le sirve solo para cerrarse más en sí y no usarla. De una vez para siempre consagra el sentido de los tópicos, prejuicios, cabos de ideas o, simplemente, vocablos huertos que el azar ha amontonado en su interior y, con una audacia que solo por la ingenuidad se explica, los impondrá donde quiera. Esto es lo que (…) enunciaba yo como característico de nuestra época: no que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino  proclame e imponga el derecho de la vulgaridad, o la vulgaridad como derecho” (Por qué las masas intervienen en todo y por qué solo intervienen  violentamente, Capítulo VIII)

Ser incapaz de interpretar el mundo visual pone en peligro muchos aspectos de la vida. Por un lado, el dinero de varias personas, pero hay muchas más consecuencias (más de los que se pueden mencionar aquí). Anteriormente, se llegó a mencionar que las hiperdemocracias degeneraron en los sistemas totalitarios que asolaron al mundo en el siglo XX. Hay que recalcar que esos gobiernos usaron la propaganda como soporte para manipular a las masas. Las imágenes acosadoras son innatas a esa clase de regímenes, que a falta de criterio de muchas personas, pueden ser usadas para realizar engaños a escalas nacionales.

Una buena publicidad puede vender un mal producto. Un diseñador malo puede venderse como uno bueno. Un gobierno dictatorial puede venderse como una democracia. Las imágenes pueden ser utilizadas para propagar mentiras. La saturación de ellas,  acompañada de un analfabetismo visual masivo, son dos asuntos a considerar altamente peligrosos para las sociedades de hoy en día.

Consecuencias hay muchas, y la solución empieza, nos guste o no, en la exigencia de calidad. No se trata de convertirse en un profesional que únicamente suba en las redes materiales extraordinariamente bien hechos, pero sí, de saber entrenar el ojo para ser capaz de interpretar el infinito de mensajes al que nos exponemos día a día. Saber qué cosas dicen, porqué nos las dicen, y porqué están ahí. Hay que acostumbrarse a distinguir entre el montón, y entender que todo tiene su lugar, su razón y su momento. Un dibujo mal ubicado en una cuenta personal no perjudica a nadie, pero en una cuenta profesional, sí. Una imagen bien hecha requiere de una inversión por parte de quien la realiza. Y por supuesto, saber reconocer quienes fueron las que las hicieron, y para qué, porqué quieren que nosotros las veamos.

Es utópico pensar que la mayoría de los individuos que integran esta sociedad globalizada aprenderá a desarrollar una cultura visual más analítica, la humanidad siempre estará dividida entre la masa y la élite. Sin embargo, tú si puedes hacerlo. En una época en la cual la vulgaridad se apodera de nuestras vidas, es necesario que cada vez más personas aprendan la importancia de entrenar los ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli