La AN cumplió, ¿ahora qué?

La cosa es así: Maduro al parecer le robó un realero al país con Odebrecht, la Fiscal lo pilló, le entregó las pruebas al TSJ, éste las estudió, vio que eran categóricas y se lo notificó a la AN, que ayer se reunió, dijo que sí y con quorum suficiente dio luz verde para que se le enjuicie. A diferencia de lo que sucede con un ladrón cualquiera (al que se le acusa, detiene y enjuicia), cuando el ladrón es presidente (como todo parece indicar que lo es Maduro) y la Constitución es presidencialista (como la nuestra, hecha a la medida Chávez, que no se olvide), hay que acusarlo (Fiscalía), pre-juzgarlo para ver si hay méritos suficientes (TSJ), en caso de hallarlos, informarle al legislativo (AN) y pedir su aprobación para separarlo del cargo y poder pasarlo así a tribunales para que se le juzgue. Y todo ello terminó de suceder ayer cuando la AN, con 105 votos, dio luz verde al juicio. Así que en papel ya Maduro no es presidente: es un ciudadano común, sin privilegio y protección de cargo alguno, que ha de ser procesado por un tribunal que, luego de recoger las acusaciones, estudiar la evidencia y escuchar su defensa, dictaminará su culpabilidad y la pena que, según el Código Penal, habría de pagar. De estar en democracia, eso es lo que estaría sucediendo hoy. Como no lo estamos, la historia es distinta: la Fiscal y el TSJ están en el exilio y no tienen ningún poder real para ejecutar y hacer cumplir sus decisiones; la AN, que sí está en Caracas, tampoco tiene ese poder; y por ende Maduro, que sí tiene poder, sigue en la presidencia y con la posibilidad de seguir robando impunemente. En el duelo legitimidad vs poder, sigue ganando el primero. Sin embargo, lo de ayer sienta un precedente legal importante y puede que hasta peligroso para la revolución: le da legitimidad a cualquier acción de poder. Y a buen entendedor pocas palabras. Con ese precedente, rebelión o quebrantamiento (que son delitos) podrían pasar a ser observancia o acatamiento (que son acciones legítimas). Y esa diferencia no es sólo semántica. De momento, queda el consuelo de poder empezar llamar a Maduro presidente ‘de facto’ con todas las de la ley. Y eso también es algo.

#12A: el día que pudo terminarse la revolución

Caracas. 12 de abril de 2002. Horas de la mañana. En los pasillos de la Asamblea Nacional todo son susurros. Los diputados opositores y chavistas, horas antes enconados enemigos, ahora charlan. La batuta la llevan los primeros, pero la decisión es de los segundos. ¿La propuesta? Que la Asamblea Nacional acuerde juramentar a Carmona como presidente interino, dado que, como ya se sabía, “se le solicitó al señor Presidente de la República la renuncia de su cargo…la cual aceptó”. Para el mediodía ya 23 diputados del todavía existente MVR han dicho que sí, que aceptan, y que si Carmona va al Hemiciclo lo juramentarán en sesión solemne como presidente interino para encabezar una transición que, en el lapso de un mes, convocará elecciones generales y culminará con la renovación de los poderes. Pero no hay manera de llegarle a Carmona. Don Pedro, en Miraflores, no recibe a nadie. Los parlamentarios van a la Conferencia Episcopal a pedirle al hoy Cardenal Porras que funja de emisario y le dé el mensaje. Éste va a Miraflores. “Apenas si pudimos saludar al Dr. Carmona –cuenta Porras en sus memorias– y decirle que un grupo de parlamentarios quería conversar con él para plantearle una salida constitucional y rápida al vacío de poder. Nos dijo que no nos preocupáramos, que todo estaba en marcha y que en la tarde habría anuncios importantes en un acto público que estaban convocando”. Los parlamentarios acuden entonces a López Mendoza, presidente de Conindustria, y cercano a Carmona. “López Mendoza –escribe Patricia Poleo en sus famosas crónicas sobre el 11A– se comunica entonces con Carlos Molina Tamayo, Jefe de la Casa Militar de Carmona, y le transmite la necesidad que tienen los diputados de reunirse con él, antes de la juramentación (…) La respuesta de parte de Carmona, en boca de Molina Tamayo, dejó perplejos a los parlamentarios: ‘El Presidente les manda a decir que sólo podrá recibirlos después de la juramentación’”. Y el resto –autojuramentación, decretazo eliminando los poderes, escándalo internacional, revuelta militar y regreso de Chávez– es una historia que pudo haberse terminado ese día y que desgraciadamente se ha prolongado hasta hoy.

Su capricho nos asfixia

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch
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Gracias a una verborrea que engatusaba –y, sobre todo,a los muchos billetes verdes provenientes del petróleo–, el único inmortal que se murió se ganó el respaldo internacional: con chequera suficiente, el socialismo del siglo XXI tenía el visto bueno de todos. Sin embargo, el supuesto edén de las izquierdas del mundo no podría aguantar la caída de los precios del crudo, tampoco la ineficiencia de quienes administraban sus finanzas y dirigían su burocracia. Año tras año, el proyecto empezó a ser inviable, descabellado y visto con recelo. Sin chequera suficiente, la fachada democrática empezó a caerse a pedazos y los mandatarios que defendían al Legado (más por conveniencia que por ideología) fueron apartándose. Ahora, los aliados apenas se encuentran en una isla; tienen apellidos impronunciables y sus reyes fueron zares.
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Es por ello que, a partir de las protestas del 2017, las sanciones en contra de los altos funcionarios venezolanos han ido in crescendo. Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea las encabezan y prometen no dejar respirar a los responsables de la represión brutal y del deterioro de la democracia. Sin embargo, no sólo las potencias se oponen a la degradación a la que nos llevó (y sigue llevando) la revolución, sino que también Panamá, un pequeño istmo de Centroamérica,tomó posición y decidió no quedarse sólo con palabras sino a convertirse en ejemplo para el resto de Latinoamérica: su Ministerio de Economía y Finanzas publicó una lista de funcionarios venezolanos con los que evitar operaciones comerciales, en la que, entre otros, están Nicolás Maduro, Tibisay Lucena, Maikel Moreno, y Tarek William Saab, quienes son considerados personas de alto riesgo por blanqueo de capitales, financiamiento del terrorismo y financiamiento de la proliferación de armas de destrucción masiva. La dictadura –dolida como un niño mala conducta que vive más en la Dirección que en las aulas–  no tardó en reaccionar. Si ellos nos sancionan, pues nosotros también, pensaría (o le ordenarían a) Maduro en su despacho. Sin pies ni cabezas, sino con pura retrechería epidérmica, decretó la suspensión temporal de lazos comerciales “por seguridad financiera” con Panamá. La aerolínea Copa Airlines, y empresas distribuidoras de fármacos, también están incluidas: su capricho nos asfixia.
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Que Copa no pueda mantener la ruta hacia y desde Venezuela representa una pérdida menor. Que Venezuela se quede sin Copa significa un barrote más a la jaula que levantó el chavismo. El cese de operaciones comerciales de aerolíneas tiene larga data. American Airlines, Lufthansa, Avianca, Air Canada, Gol, Aerolíneas Argentinas, Alitalia, United, entre otras, han dejado de prestar servicio por medidas de seguridad, y por la deuda que con ellas mantiene la Asociación de Transporte Aéreo Internacional. Se reducen las opciones, se cierran salidas. El país que fuera enlace a nivel mundial con Latinoamérica, y que incluso llegó a recibir al supersónico Concorde de Air France en 1970, tiene actualmente una oferta menor de 20 aerolíneas con baja frecuencia.
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Sin un cambio de viraje en las políticas de Estado, ni la chequera suficiente para comprar voluntades, a Maduro y sus secuaces sólo les queda responder con caprichos ante el repudio internacional.

Henri Falcón, el Judas de 2018

Traicionar es una acción fea e innoble que la sabiduría popular ha castigado siempre con firmeza. Y para prueba la tradición que hoy se celebra en algunas calles de Venezuela: la quema de Judas. Que en el día de Pascua, en el que todo, dice la lógica, debería ser celebración del Resucitado, haya quien dedique tiempo para recordar y ajusticiar al traidor, nos dice bastante del rechazo que ella, la traición, genera: por baja y rastrera el pueblo la condena, no la olvida y a su justo tiempo toma simbólica venganza. De modo, pues, que hoy hay que quemar al Judas del año, que para nosotros no puede ser otro sino aquel a quién en esta revista hemos bautizado como Henri Felón. ¿Y por qué él? ¿Acaso porque nos hemos vuelto un medio radical-miamero-de-la-sórdida-ultra-derecha-en-el-exilio-que-ha-perdido-toda-perspectiva-y-mesura-y-condena-a-todo-aquel-que-sea-moderado-y-no-se-plegue-a-sus-posturas-extremas, como por allí hay quién nos acusa? No. De ninguna manera. Nada más lejos de nuestra intención. Es sencillamente porque para lanzarse a su ansiada -y para nosotros pactada- candidatura, el señor Falcón -y lo de señor es mero formalismo, una manera probablemente incorrecta de escribir- cometió un acto desleal y traicionó a toda la oposición -a la que él pertenecía o hacía el amago de pertenecer-, que había decidido, por primera  vez en bloque, no participar de ninguna ninguna manera en esas elecciones viciadas. Con sus razones o sin ellas, era una decisión tomada de manera unitaria y colectiva, que le costó, incluso, a alguien tan poco sospechoso de radicalismo como Julio Borges el exilio, y que Falcón solito, sin aviso, rompió cual esquirol. Y a eso -véasele desde dónde se le quiera ver- se le llama traición. De allí que hoy, Domingo de Pascua, en nuestra hoguera digital, siguiendo la tradición iniciada el año pasado, arda un monigote llamado Henri Falcón.

Catástrofe económica a la vista

La economía venezolana agoniza entre dolores terminales. Tiene hemorragias graves y tumores por doquier. Pero a la dictadura sólo le importa que se vea bonita. Lo único que hace es maquillarla. Quiere un cadáver exquisito. Fino. Elegante. Y en lugar de tomar medidas efectivas, toma una estética, frívola si se quiere: quitarle tres ceros a la moneda y sacar nuevos billetes. Echarle colorete y ponerle ropa de marca. Una cosa netamente cosmética que no va a resolver nada. Y esa es la verdadera noticia de ayer: que la dictadura no va a hacer absolutamente nada por arreglar el problema económico. No va a tomar ninguna medida efectiva. Todo lo contrario: ayer entró al cuarto de la moribunda y le dijo, sonrisa en ristre, que no, que ni médicos ni medicinas, que lo que le trajo fue un vestido nuevo y elegante; que la va a dejar agonizando sin tratamiento, pero con caché. Y eso no merece otro adjetivo sino criminal. Deliberadamente, la dictadura va a permitir que la crisis económica siga y empeore. Eso es lo fundamental del anuncio de anoche. No si los billetes son bonitos o feos, o si ahora volveremos a decir miles en lugar de millones. Eso es accesorio. Lo fundamental, repetimos, es la clara intención de no resolver nada y de dejar que la crisis siga imbatible. Porque va a seguir. No hay tope ni fondo. Al 15.000% de inflación que se prevé para este año bien le podrá seguir un 2019 con 50.000% y un 2020 con 120.000%. ¿Es posible? Sí. En Yugoslavia la hubo de 313.00% anual, y en Hungría de 230% diario, con precios duplicándose cada 15 horas. Los de la hiperinflación son ceros que no se quitan por decreto sino con un programa serio de ajustes, disciplina fiscal y, sobre todo, dejando de imprimir dinero sin respaldo. Y nada de eso lo hay. La dictadura, que ya no puede emitir deuda, que no tiene activos que vender, solo puede financiarse por medio de dinero inorgánico (inflacionario) y eso seguirá haciendo sin reparos a costa de la vida de los venezolanos, que no le importamos ni un poquito. Se acordarán de nosotros: esos tres ceros que quitaron ayer se les terminarán sumando a los de la inflación…y no todos vivirán para contarlo.

América Latina, una cultura antropófaga

Por: Diego Torres | @sr_mowgli

Algo que me irrita bastante es el complejo de inferioridad que sienten algunos latinoamericanos respecto a Europa y América del Norte. Es cómico ver a personas de habla hispana, que han crecido en nuestro ambiente de costumbres mestizas, que comen comida de aquí y hablan con léxico local, expresarse con una relativa vergüenza al otro lado del Atlántico. Una creencia que parte de ese pensamiento es la idea de que “a Latinoamérica todo llega tarde”, muy aplicada en el terreno del Arte.

Quizás unos me digan que esto es mentira, que aquí todos sienten orgullo de su lugar de origen, pero entonces siempre confiesan cierta inferioridad ante Europa.  Es motivo de vergüenza, y la verdad, más allá del desarrollo (en especial económico) que en general han adquirido de aquel lado del Atlántico, no entiendo porqué. Al fin y al cabo, creo que a estas alturas del panorama ya está más que demostrado que no tenemos por qué sentirnos así, pero parece que hay malas hierbas de difícil erradicación.

La gente piensa que Europa y Norteamérica son como una versión idealizada de lo que somos nosotros. Y sí, ciertamente en muchos aspectos nos llevan la delantera, pero eso no quiere decir que nuestra cultura sea inferior a la suya, o que nosotros no podamos alcanzar esos logros. Es una idea estúpida que hay que arrancar: no tenemos algo genético que nos ponga por debajo del resto de Occidente. Además, muchos no se percatan de que es un prejuicio de vieja data, y de paso, inculcada.

Decía Montaigne que “lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”. En su escrito De los caníbales imagina una América en la que los indios viven de forma paradisíaca, con matrimonios polígamos, guerras “sanas” y sin la necesidad material del hombre europeo, y claro, todo eso como respuesta al complejo de superioridad que en ese entonces se tenía en “Viejo Mundo”. Su ensayo es un exponente del mito del Buen Salvaje. Irónicamente, esa es otra idea igualmente absurda, y que de paso persiste, pero ahora en el latinoamericano. Aunque sabemos que su visión no se ajusta con la realidad –y que esta era compartida por muchos de los que colonizaron estas tierras-, supongo que nuestra barbarie es esa: nuestro conflicto de identidad. Creemos ser bárbaros ante quienes pusieron esa categoría hace 500 años, y luchamos continuamente por “encontrar” lo que todo este tiempo hemos tenido ante nuestros ojos.

Evidentemente, este no es un pecado de cada individuo de esta latitud, pero hay que reconocer que es un fenómeno común. Existe todo un repertorio de frases idiotas al respecto: “Lo que pasa es que los indios de aquí eran los peores y por eso nuestra sociedad no sirve”, “A mí me gusta mi país, pero hay que reconocer que Latinoamérica es una mierda”, “Lo que pasa es que no nos colonizaron los ingleses, por eso somos así”, “Nosotros nunca debimos independizarnos”, “Jamás estaremos al nivel de Europa”, “Lo que ocurre es que aquí  llegó lo peor de España, puros ladrones y putas”. Si esta región del globo tiene un problema, un auténtico problema, es el mito de que su naturaleza es por excelencia proclive a la inferioridad.

  Una cultura de tragones

En  1928  Oswald de Andrade publicó en la Revista de Antropofagia un “manifiesto” -o “panfleto”, o escrito “teórico”- titulado “Manifiesto Antropófago”, un conjunto de aforismos que definen  el epicentro para comprender a Latinoamérica y a su Arte: el aglutinamiento de lo externo y su consecuente transmutación.

La tesis de Andrade podrá estar expresada de forma abstracta, pero no es complicada de entender. Tomando el nombre como una irónica alusión al estereotipo sobre el canibalismo que rodea a los aborígenes de Brasil, desarrolló la idea de que el ser latinoamericano devora todo lo que le es ajeno y lo hace parte de él. Todo lo que llega hasta aquí se transmuta. No importa que una determinada tendencia haya venido de afuera, si la desarrollamos aquí, tendrá nuestra propia esencia.

La Antropofagia es concebida como el acto más característico de la cultura latinoamericana. El devorar lo extranjero es más que un rasgo, es la base de nuestra identidad y, al mismo tiempo, de su conflicto. El castellano y el portugués, junto al catolicismo, junto al modo de vida occidental, todos fueron devorados, somos caníbales. Las danzas africanas, los cantos, algunas de sus costumbres religiosas, esas manifestaciones también nos las comimos, fueron deliciosas. Y de ahí en adelante, ¡todo es bienvenido! ¿La pintura vanguardista? ¡Devorada! ¿El verso libre en la poesía? ¡Devorado! ¿La música clásica de Viena? ¡Devorada! No hay límites para esta degustación, cada sabor brinda nueva riqueza al continente donde todo es permitido.

Obsérvese un cuadro de Armando Reverón. Si se busca a qué movimiento pertenece podría pensarse de forma muy directa en el impresionismo, el expresionismo o el simbolismo, dependiendo de qué etapa de su producción sea el cuadro que se esté analizado, pero ¿realmente es una imitación? El paisaje costero del Caribe le llevó a buscar un lenguaje distinto, emparentado, eso sí, pero que no sigue la misma ruta, y llega al punto de que realmente se dificulta su catalogación. Lo mismo ocurre con cualquier otra manifestación, en cualquier ámbito: la música, las letras, la gastronomía y demás.

Uno de los temas más incómodos para el  latinoamericano es el de la originalidad de sus Artes. Algunos creen que una obra de aquí tiene que excluir lo ajeno, porque, si no, es una mera copia, un producto insustancial que imita lo extranjero. Falso. Rechazar lo europeo es una visión inmadura de la realidad porque nuestras sociedades son multiculturales. Ni los negros ni los blancos son autóctonos de América, pero son americanos. De modo que hablar de una creación que no acepte la influencia norteña -así como de cualquier otra parte del mundo- es una tontería.

Aquí un indígena de cualquier etnia tiene el derecho a decir que ésta es su tierra, igual que una persona nacida en una ciudad y con mayor influencia de la cultura global. Por lo tanto, una artesanía de un grupo Yanomami –de cultura premoderna-  es igualmente americana a cualquier otro lenguaje vanguardista, como el de Jesús Soto o Carlos Cruz-Diez. Es estúpido pensar que un arte “nacional” tenga que mostrar a una mujer de un pueblo costero vendiendo empanadas, la realidad es mucho más compleja  (aquí ya se entra en el tema de la universalidad de los lenguajes, al que habría que dedicarle otro escrito.)

Ocurre que América es el continente de la tensión. Otro esteta, el cubano José Lezama Lima, habla en su texto Curiosidad Barroca (un capítulo del libro La Expresión Americana) de esa palabra, “tensión”, como el elemento diferenciador de nuestros seres. Según argumenta, y vaya que lo hace con mucha pasión, lo americano es Barroco, más que productor de un arte Barroco (que obviamente lo es), es Barroco de por sí. Por sus paisajes, que incluyen desiertos, selvas, cálidas playas, montañas nevadas, tepuyes… ¿qué puede ser más contrastado que eso?

Esa naturaleza absorbe al ser americano, se vuelve parte de su cultura, se espiritualiza. Divide las zonas, y por lo tanto, el modo de ser de sus habitantes, pero sin quitarle el derecho de llamarse americano a ninguno de ellos. En las catedrales barrocas construidas durante la Colonia, como la de San Lorenzo (Bolivia), hecha por el indio José Kondori, la naturaleza se  convierte en parte de la masa pétrea, y los elementos incaicos toman lugar en conjunto con los españoles, hay tensión y convivencia. Porque ese fue el arte de la contraconquista, la política secreta de los aborígenes contra la colonización.  A eso Lezama Lima lo llama “plutonismo”: los elementos se derriten y se funden, se mezclan, pueden identificarse cada uno por su origen, más no mostrarse por separado. Todos confirman un gran mestizaje, todos son uno y a la vez son varios, eso es el Barroco, el estilo exagerado y rebuscado que todo lo incorpora.

Si contemplamos el interior de una iglesia de Juli (…). entre el frondoso chorro de trifolias, de emblemas con lejanas reminiscencias incaicas, de trenzados rosetones, (…), percibimos que el esfuerzo por alcanzar una forma unitiva sufre una tensión, (…)en busca de la finalidad de su símbolo (…) como si en medio de esa naturaleza (…), de esa absorción del bosque por la contenciosa piedra, (…) parece revelarse y volver por sus fueros, el señor barroco quisiera poner un poco de orden, (…), una imposible victoria donde todos los vencidos pudieran mantener las exigencias de su orgullo y de su despilfarro” (Lezama Lima, 1981, página 2).

Eso de que todo lo que crea Europa llega tarde a América es una falacia: no es la misma realidad, no puede ser lo mismo. Podría ser más bien la influencia, que es otra cosa. Son climas distintos, cotidianidades distintas,  culturas distintas y, en general, universos distintos. Por eso es que Carpentier, otro neo-barroquista,  cubano, afirmó, en una charla titulada Lo Barroco y lo Real Maravilloso, que el romanticismo no llegó a América porque simplemente no le correspondía, porque entre el Nuevo y el Viejo Mundo hay diferencias. Aquí, debido al enorme contraste entre sus pobladores –el negro, el blanco, el indio, el moro, el cholo, el llanero, el gaucho, etc- todos viven en tensión.

El Barroco, dice Carpentier, es una tendencia humana de los tiempos críticos. Y lo clásico es de los tiempos de paz. El Arte Azteca, por su complicada  monumentalidad, es un ejemplo de ello. Aquí eso no es solo un movimiento de la historia, como en cambio sí lo es en Europa, es nuestra vida cotidiana, típica de nosotros, los buenos salvajes.

   ¿Por qué hay que pensar nuestra cultura?

Estas ideas estéticas  en torno a la identidad Latinoamericana surgen como respuesta a nuestro complejo de inferioridad. Ni Andrade, ni Carpentier, ni Lezama Lima hubieran escrito lo que escribieron si ese problema no existiera. Y lo peor del caso es que es más mental que real,  más una apreciación errónea de esta cultura, que la cultura en sí.

La integración del paisaje en la vida y en las manifestaciones artísticas, los elementos carnavalescos, lo premoderno y moderno viviendo en armonía –o relativa armonía-, y el acto de tragarnos lo extranjero. Esos son aspectos latinoamericanos, pero como tal, una cultura es algo muy volátil como para definirla con términos concretos. Sería como decir que China es China únicamente  por la Muralla y el Año Nuevo.

Por eso son importantes las ideas de Andrade, Lezama Lima y Carpentier: para conectarnos con una realidad que vivimos y al mismo tiempo ignoramos. Para que aprendamos que no somos bárbaros ni salvajes, somos antropófagos que creamos comiendo. Nos comemos lo externo, lo interno, lo ajeno y lo propio. Lo de ayer y lo de hoy. Es necesario aceptar nuestros hábitos alimenticios para poder apreciarnos con una mayor autoestima.

 

No le diga crisis, dígale GE-NO-CI-DIO

Sacerdote salesiano, teólogo, filósofo, psicólogo, doctor en Ciencias Sociales y profesor universitario. Fundador del Centro de Investigaciones Populares y uno de los más acreditados investigadores y conocedores del mundo popular venezolano, del que además forma parte -lleva casi 40 años viviendo en un barrio caraqueño, como un habitante más-, el padre Alejandro Moreno es una voz más que autorizada, que siempre debe ser escuchada. Porque sabe de lo que habla. Y lo hace con conocimiento de causa, tanto teórico como empírico. De allí que su lectura de lo que actualmente sucede en el país nos parezca, amén de esclarecedora, fundamental. Y es que para él, lo que estamos viviendo los venezolanos no es un proceso de crisis, como tantos ha habido en el mundo, sino algo mucho peor: un proceso deliberado de muerte, llevado a cabo por el Estado/Gobierno/Partido en contra de nosotros los ciudadanos. Así lo manifestó en un breve texto publicado en su cuenta de Facebook, que sirve para entender muchísimas cosas (por qué nunca se controló la delincuencia, por qué la renuencia a abrir el canal humanitario, por qué la falta de medicinas, por qué la falta de alimentos, por qué no resuelven nada, por qué no toman ninguna medida efectiva, etc), y que por su lucidez y contundencia reproducimos a continuación: “¿No es hora ya de dejar de llamar crisis a lo que es un verdadero y deliberado genocidio? Crisis se suele llamar a una situación indeseable y desgraciada a la que está sometida la sociedad, incluyendo el Estado, en contra de su voluntad. Esto no es contra la voluntad del Estado sino deliberadamente por él promovido, deseado e impulsado. El Estado venezolano, el régimen dictatorial, totalitario y abusivo es el culpable de nuestra HAMBRE, de modo que no estamos en crisis sino en en un deliberado proceso de muerte”. El que tenga ojos que vea y el que tenga oídos que oiga.

Ramírez is the new Luisa

Al igual que pasó con la Fiscal en su momento, la purga interna del chavismo ha puesto al antiguo capataz de PDVSA a hablar de corrupción, criminalización de la disidencia, abuso de poder (caso «narcosobrinos» incluido) y ausencia de Estado de derecho. Quién lo diría. Es una verdadera lástima que haya tenido que pasar tanto tiempo para que Rafael Ramírez se diese cuenta de, por ejemplo, el negoción que hay detrás del control cambiario: “Un espacio para la corrupción ha sido tener el dólar tan barato. No tiene sentido que un dólar lo obtengas a Bs. 10 y lo puedas vender en Bs. 100 mil, el diferencial es tan grande que es un negocio mejor que el de la droga”. La frase, casi calcada a la dicha por Asdrúbal Oliveros en la entrevista publicada en nuestra web, es una de las tantas perlas que ha soltado Ramírez desde que a finales de este año empezase a firmar artículos llenos de veneno en Aporrea y Panorama.

Cuando por fin se confirmó su salida del cargo de embajador ante la ONU, varios de los rumores que hablaban de una mala relación con Maduro se fueron confirmando. En ese nido de alacranes que es el chavismo –Müller Rojas dixit–, parece que Nicolás y Rafael nunca estuvieron del mismo lado. “Te voy a decir una cosa que no sabe nadie: el presidente pidió mi remoción de PDVSA desde el primer acto, es decir, no tuvo nada que ver con mi desempeño, fue algo que él quería hacer. Yo le dije que si iba a hacer lo que Capriles quería y ahí empezó una tensión, unas diferencias, pero me mantuve en mis responsabilidades”, contó el propio Ramírez a Panorama para sacar a la luz pública las grietas de una relación fracturada.

Ya en las entrevistas con la BBC y Reuters se había asomado la posibilidad de una aspiración presidencial y el pasado fin de semana confirmó que él podía ser un competidor alterno, revelación que no tardó en responder Nicolás Maduro, quien tachó a Ramírez como el candidato de Donald Trump. Al igual que pasó con Luisa Ortega –expulsada y perseguida–, la rosca del PSUV ya tomó todas las medidas para que el antiguo ministro de Chávez no pueda, siquiera, pisar Venezuela. Aquí lo esperarían los ganchos y el Ministerio Público de Tarek William Saab.

María Corina recargada

La cola y la franela manga larga quedaron atrás. El outfit de las marchas fue sustituido por uno más ejecutivo, de pantalón y chaqueta crema. El cabello también varió: ahora lo lleva suelto y un poco más corto. Sin embargo, en María Corina Machado se mantienen intactos el firme apretón de manos, una cierta severidad en el semblante, y, sobre todo, esa capacidad narrativa de la que hace gala al tomar la palabra. María Corina, preciso es repetirlo, parece haber bebido a fondo de las fuentes de la épica grecolatina, y al hablar eleva los hechos a categorías de gesta civil y hazaña ciudadana, de empresa siempre gigante y heroica. Ayer, en la UCAB, en un conversatorio organizado por el Centro de Estudiantes de Letras –que tuvo mil y un trabas para ser llevado a cabo, arrancada de volantes incluida–, en el que estuvo escoltada por un Onechot que no se cansó de repetir que estaba dispuesto a dar la vida por Venezuela, y un Germán Carrera damas que a sus ochenta y dele fue el trol de los troles, María Corina disparó artillería pesada y gruesa contra tirios y troyanos. Para ella, en el poder lo que hay es una “narco-dictadura” que no se va a entregar sino que hay que desalojar. “El poder hay que tomarlo. El único propósito frente a una dictadura es removerla. La única política legítima es la que lucha para debilitar y socavar las bases que la sostienen, y todo lo que le da legitimidad, plata o tiempo está prohibido”, dijo para referirse a los diálogos y acciones similares. La experiencia de la MUD la resumió en una frase: “nos hicieron subordinar la efectividad a la Unidad, y caímos en una dinámica que nos hizo avanzar a la velocidad del más lento y en la dirección del más débil”. A las elecciones las llamó “farsas que pretenden convertir en épica una simulación de lucha”, no sin dejar claro que cree en el voto “pero en el voto que elige y no el que crea una ilusión de participación”. El gran error actual, en su opinión, es subestimar el poder de la gente: “Tenemos la fuerza y la mayoría, y el deber de confiar en ello”. ¿Su ruta? “Aglutinar todas las fuerzas en una sola dirección: la remoción de la dictadura”. María Corina, no quepa duda, ha vuelto recargada.

Sacándole punta al pueblo

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Más allá de que el caso Smartmatic haya marcado un antes y un después en la historia electoral del país –resulta imposible confiar en cualquier cifra dada por el CNE–, hay dos elementos que han pasado por debajo de la mesa en esto del análisis:

El primero tiene que ver con la respuesta de la oposición tras las regionales de octubre: afirmaron que la trampa no estaba en las actas (totalización de votos), sino en lo viciado del proceso (comicios retrasados a conveniencia, reubicación de centros y manipulación del registro electoral, inhabilitación de candidatos y de la tarjeta unitaria de la MUD, prohibición de las sustituciones, CNE rojo rojito y observadores internacionales elegidos a conveniencia, compañas con recursos públicos, centros de votación con el nombre de Chávez y pare usted de contar).

El segundo está relacionado con la subestimación de la maquinaria del PSUV y del chavismo en general, tema que merece una serie de artículos aparte y del que pocos dirigentes de la oposición se han atrevido a hablar. Quizá Henrique Capriles, con las palabras pronunciadas en aquel evento de la UCAB («En defensa de la Constitución») que reunió a tirios y troyanos a principio de agosto, ha sido el que más se ha acercado a la génesis del problema: “aquí se trató de invisibilizar la mayoría que tuvo el presidente Chávez”. En pocas palabras, Radonski resumía la estrategia aplicada por la oposición durante tanto tiempo: hacerle creer a sus electores que en el otro bando no había gente, jugada que trajo una serie de consecuencias que usted puede leer en «El laberinto de la oposición».

Lo cierto es que el chavismo fue mayoría durante años hasta que en 2015, con la derrota en la AN, se dio cuenta de que tenía que empezar a hacer las cosas de otra manera y jugar más sucio que nunca (asunto que también abordamos en su momento, bajo el título «El chavismo contra el voto»).

Ahora bien, en la actualidad el PSUV no cuenta con los millones de votantes religiosos de antaño, ni está en la capacidad de dar pelas electorales, pero ha diseñado un aparato de dominación tal (Carnet de la Patria, UBCh, empleados públicos, comunas, colectivos y demás) que, si se le pone la lupa y se dejan las pasiones a un lado, puede explicar cómo un gobierno tan nefasto, y en medio de una crisis como la que vivimos, puede sacar una cantidad de votos a priori incomprensible.

El propio Nicolás Maduro, gráfica en mano y sin tapujos, expuso en el programa de Mario Silva, a una semana para la Constituyente, en qué consistía el fulano 4×4 del chavismo, una maquinaria electoral de la que otros líderes, como Diosdado Cabello, se habían cansado ya de hablar.

Ese día Maduro explicó que la estrategia se sostenía en cuatro columnas: las UBCh (Unidades de Batalla Bolívar – Chávez del PSUV); la estructura de los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción); los movimientos sociales (Congreso de la Patria, Gran Polo Patriótico y colectivos, más las nóminas de las empresas públicas y privadas, ministerios, gobernaciones y alcaldías); y, por último, el Carnet de la Patria.

Todas estas columnas, decía Maduro, debían registrar un 1 x 10 o un 1 x 10 x 10. Es decir, cada miembro de cada uno de esos cuatro bloques debía llevar, mínimo, a diez personas a votar. ¿Cómo el PSUV medía esto? Porque una semana antes de las elecciones estaba previsto registrar a esos potenciales electores en un sistema computarizado. “La maquinaria, la logística, la movilización, el transporte… En eso nosotros somos expertos”, soltó con orgullo Nicolás durante el programa.

“El 4×4 es vital. Nadie tiene excusas para no incorporarse. Todo el mundo debe movilizar”, fueron las palabras del número uno del PSUV antes de detallar cada una de las fases del proceso antes descrito.

Revelar cuántas personas conforman cada bloque es una tarea complicada –al igual que pasa con el CNE, resulta imposible dar por bueno los números del gobierno–, pero, más o menos, estas son algunas de las cifras: las UBCh están conformadas por 40 mil militantes (2013), los CLAP pueden haber llegado, mínimo, a más de 10 millones de personas, el Carnet de la Patria lo tienen, también, más de 10 millones de venezolanos (y si a usted le parece mucho, salga a caminar y vea las colas que se hacen para sacarlo) y el PSUV tiene más de 7 millones de militantes.

El objetivo de estas líneas no es hacer una disección milimétrica para saber de dónde viene cada voto, ni dar por buenos los números del CNE, sino transmitir que el chavismo tiene un proyecto de dominación en el que la estrategia electoral es todo menos improvisada. Dominan, controlan y coaccionan, entre otros medios, a través de la comida (CLAP) y del dinero (bonos del Carnet de la Patria). Aunado a eso cuentan con un voto duro que todavía puede pasar los 3.5 millones de electores (entre chavistas devotos, miembros del partido, familiares, etcétera) y tienen una maquinaria que, palabras más, palabras menos, está en la capacidad de tocar la puerta de millones de venezolanos para obligarlos a votar (volvemos al principio del artículo: la oposición no pudo afirmar que la trampa estuviese en la totalización).

Uno de los episodios más oscuro de esta estrategia se vivió el pasado domingo, cuando la candidata del PSUV a la alcaldía del municipio Libertador, Erika Farías, tuiteó lo siguiente: “Vamos al remate perfecto. Nuestro Presidente @NicolasMaduro en sus declaraciones habló de un regalo a través del carnet de la Patria a los que voten. Sáquenle punta a eso. Vamos todas y todos después de votar al punto rojo”.

El chavismo, que criticó a adecos y copeyanos por regalar lavadores y neveras, ahora, en pleno 2017, compra votos por 500 mil bolívares, que no alcanzan para mucho más que tres cartones de huevo. Todo sea por su proyecto de dominación y por quedarse por siempre en el poder.