De oposición venezolana dividida a Gobierno legítimo unido

“Jugamos cómo nunca, perdimos como siempre” es la frase que podría resumir la historia de la coalición política que pretende tumbar al régimen usurpador. El escenario político nunca estuvo tan nublado como cuando, de una vez por todas, la dictadura demostró que no cedería el poder por la vía electoral. La imposición de una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) en 2017 y las posteriores realizaciones de “elecciones” fraudulentas (regionales, presidenciales y municipales) desbarataron por completo a la MUD. La implosión exacerbó los intereses individuales de los grupos, por lo que cada quien batalló a su manera. El juego estaba trancado para una unión que se creó para ganar en un terreno en específico, debido a que los partidos miembros sólo “se pusieron de acuerdo para los temas electorales. Cuando salimos de esa zona, la MUD estalla por las diferencias y ambiciones individuales”, dice el periodista Alonso Moleiro.

La impotencia, confusión y desconexión popular golpearon a una clase política que permaneció en silencio y cuestionada después del fracaso de 2017. La pega “Maduro vete ya” perdió sustancia adhesiva frente a una población que dejó de creer en el liderazgo reciclado de los Henrique Capriles, Ramos Allup, María Corina Machado, y actores políticos de segunda línea. Hubo quienes pretendieron dar un paso al frente para confrontar al régimen de manera light, basados en el siempre odioso “no hay que perder espacios”, pero el peso de la realidad los golpeó tan fuerte que los dejó sin credibilidad: Acción Democrática no sólo participó en las manchadas “elecciones” de gobernadores, sino que se doblegó ante la (f) ANC. En esa misma línea, y basados en “la conclusión de que aquí no había fuerza para sacar al Gobierno [régimen], que había que procurar cohabitar esperando el momento político oportuno para asumir el poder”, analiza Moleiro, el grupo de Henri Falcón se midió con el usurpador en un terreno de juego inclinado y con  árbitros comprados: se presentó en un parapeto que la dictadura quiso vender como “elecciones presidenciales” y que nadie fuera del régimen consideró legitimas.

Hace un mes, la entonces desunida oposición no mostraba ningún tipo de cohesión, sino más bien exhibía a la luz pública las discrepancias de los tres grupos de intereses: electoralista compulsiva, decididamente electoral y a todo evento (radicales), como los define el periodista Moleiro. Ante ese escenario, las próximas decisiones no serían fáciles de tomar. Pero se tomaron. Después de que AD, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo asumieran la presidencia de la Asamblea Nacional, era el turno de la diezmada Voluntad Popular. Con sus mejores fichas presas o en el exilio, decidieron apostar por un desconocido Juan Guaidó: el que recibió el coroto. Al joven diputado se le atravesó una circunstancia muy compleja que, hasta ahora, ha manejado hábilmente. Guaidó, en palabras de Moleiro, es el eje de unión. “Por lo extrema de la crisis había que sentarse a generar un tipo de estrategia conjunta”, opina el escritor Lucas García París acerca de la unión del archipiélago de intereses existentes.

Meridith Kohut para The New York Times

Los caudillos eternos que intentaron (intentan) de todo permanecen callados. Y es que cuando las cosas van bien, nadie se atreve a cuestionar. Unidos por el popular Juan Guaidó, los sectores molestos con el camino que se escogió se mantienen expectantes a esperar una resolución positiva para sus fines. Dice el crítico Erik Del Búfalo que “hay factores de la oposición [Gobierno legítimo] que apuestan al fracaso, que buscan más bien un diálogo y dilatar el tiempo como hemos visto en otras situaciones”.

La juramentación de Guaidó el 23 de enero produce una gran fuerza unitaria respaldada por el apoyo popular que suma incluso a los radicales, que exigían antes del 10 de enero una posición clara del presidente de la Asamblea Nacional. Guaidó, como dice Moleiro, “no es un líder impuesto. Las circunstancias producen personajes que salen del azar, que se le atraviesan los hechos”. La necesidad de botar a quien usurpa el poder es capaz de unir tendencias disimiles. Ante un enemigo común, las alianzas son necesarias.

Un malandro que duerme con pistola

El chavismo como movimiento aglutinador de masas, ganador de elecciones y sentimiento casi religioso ya no existe. En medio de la crisis nefasta, de la urgencia de tener ayuda humanitaria y  de un cambio en las políticas económicas, la mayoría del país repudia al régimen.

La dictadura, en ese sentido, solo se enfoca en una cosa: conservar el poder cueste lo que cueste. Es como una garrapata fijada en la piel. Como sentencia García París, hoy “toda Venezuela sabe lo que siente un barrio cuando llega un malandro y se apodera de la calle”.

Acusados de crímenes de lesa humanidad, blanqueo de capitales y señalados por senadores republicanos como patrocinadores de terrorismo, saben que su permanencia en el poder es una cuestión de vida o muerte. El costo de perderlo podría significar, en el mejor de los casos,  exilio o prisión.

El régimen cambió por completo las reglas del juego a las que estábamos acostumbrados. Desde que las elecciones se transformaron en una fachada democrática, la clase política se debatía entre asistir o abstenerse de los procesos convocados por el proselitista CNE. Las discusiones permitieron ver los intereses reales de cada grupo; sin embargo, optar por un rol de funcionario acabó siendo una manera elegante de mendigar: participar en el juego del régimen dejó de tener sentido. El tablero político tal como se conocía estaba trancado. Esos zorros viejos electoreros compulsivos no están preparados, o no lo parecen, para afrontar una dictadura, a malandros que no le temen –literalmente– a ensuciarse las manos de sangre. A gente así es imposible convencerlos de que se tienen que ir porque perdieron una elección.

La dictadura con fachada democrática garantizó un juez vestido con los colores de su equipo además de una maquinaria capaz de chantajear, sobornar y amenazar a los electores. Al principio podían ser más disimulados, el apoyo popular era incuestionable, pero cuando no fue así, sacaron la pistola para convertir cualquier intento de diálogo razonable en una petición de vida.

Los políticos opositores empezaron a sentir la presión. Quien se la da de listo, puede sentir el peso de la policía política del Estado que, hay que decirlo, es de las pocas cosas eficientes que tiene el régimen: nada funciona tan bien como su maquinaria de difundir terror. No es casual: quien tiene mucho que perder, tendrá sabuesos con dientes afilados en la puerta de su casa.

La lista de presos políticos es larga. Ser un dirigente opositor que no se amilane ante el usurpador se convierte en un acto de rebeldía: “Su vida personal ha sido muy alterada. Muchos han tenido que sacar a su parejas del país, a sus hijos. Han tenido que irse de hoy para hoy. Nos vamos ya, cerramos todo. Una vida muy azarosa. Cuando tú analizas a la oposición y ves a los dirigentes, por lo menos la mitad tiene algún problema con el chavismo”, explica Alonso Moleiro.

Féretro de Fernando Albán / EFE

La magnitud de las circunstancias pareciera solapar –salvaguardando siempre las distancias– las necesidades de la población con las de la clase política. De muestra el botón de Fernando Albán. De este hombre religioso, colaborador en comedores solidarios y concejal es imposible creer que preparaba un magnicidio. El asesinato de Albán por parte de la dictadura, aunque suene crudo, pudo reducir distancias entre quienes conforman el ahora Gobierno legítimo y los ciudadanos. O, dicho de otro modo, este horrible hecho encendió las alarmas más viscerales de los adversarios al régimen. “En Venezuela mueren al año miles de albanes, gente que es buena, que se porta bien, que trabaja por la comunidad, pero un día la matan. Como clase política están sintiendo lo que la población está viviendo desde hace rato”, reflexiona Lucas París sobre lo que pudo ser un punto de inflexión.

El caso Albán  pudo significar un llamado de atención. Quizás el miedo que sentimos al salir a la calle empiecen a sentirlo también la clase política que quiere asumir los destinos del país. Se dieron cuenta tarde, como cuando los diputados de la Asamblea Nacional decían que no podían recorrer el país porque no les pagaban. Ese argumento no era excusa, pues la gente, desde hace rato, tenía que hacer maromas para comer.

Nadie escarmienta en cuerpo ajeno. Los roles son distintos. Fue el asesinato de Albán una alerta. La vida de un político venezolano jamás será igual.

En algún momento Henrique Capriles se esforzó recorriendo el país de punta a punta pregonando que la fuerza popular le otorgaría la silla presidencial, que venceríamos al tirano a través de un método pacifico. Nos lo creímos. Depositamos la esperanza allí en 2012, también en 2013 y, nuevamente, insistimos en 2015 con la Asamblea: ahí lo logramos. Quizás padecemos el síndrome de Estocolmo con los otrora políticos opositores hoy Gobierno legítimo. O quizá seamos esa persona a la que le fallan mil veces, pero que vuelve a creer porque es la única salida. El régimen no se irá por las buenas. Son el malandro que duerme con la pistola. El que tiene muertos en las costillas y está acostumbrado a la adrenalina. No se irán por una salida diplomática. Es blanco o negro. El exilio o andar en 4runner. Los barrotes o las suites del Marriot. La vida o la muerte.

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE - Gobierno legítimo

Campaña presidencial de Henrique Capriles / EFE

No obstante, la consideración más importante es otra: ¿es para la Gobierno legítimo una cuestión vital salir del régimen?

Guaidólovers

A la gente le gusta Guaidó, pero no demasiado. No es el crush político de sus vidas, ni siquiera lo vislumbraban como redentor hace unos meses. Guaidó fue la ficha que tenía Voluntad Popular y que los demás partidos, les gustara o no, ayudaron a preparar. Que Guaidó haya calado tan rápido es causa del desgaste vertiginoso de líderes que no lograron vencer al chavismo. Para Henry Ramos Allup, Capriles, Leopoldo, entre otros líderes rayados, aplica la frase de la serie El Mecanismo: “Nadie combate un cáncer y sale ileso”.

La gente tiene hambre. Está desesperada y tiene mucha frustración encima. Puede que no sepan, ni quieran saber realmente qué quiere Guaidó para Venezuela, pero saben que no les gusta el régimen. Comenta Moleiro: “Lo importante acá es la gente en la calle (el pueblo venezolano) que no se cala esto. Ahora sí lo podemos hablar con todas sus letras, llenándonos la boca. Todo el país salió a la calle [el 23 de enero]”. Es el punto de unión en un país de penuria. Se aferran a Guaidó porque, en este momento “la crisis es tan fuerte que yo me puedo montar en cualquier locura sí creo que hay una posibilidad que esa cosa genere una salida”, piensa García París. Creemos en chavistas disidentes pese a que hayan robado. La crítica hacia la dictadura gusta, fascina. Es un punto en común entre las personas. “El Maduro coño e tu madre” es una representación más de esa unión cohesionada por la indignación. La supervivencia opera con su propia lógica.

Qué hacer después de salir de la dictadura es un plan que ya está escrito, guardado en gavetas de la Asamblea Nacional. El plan de reconstrucción del país existe, pero el venezolano de a pie realmente no lo sabe, no le interesa saberlo. Es demasiado abstracto pensar cómo saldremos del control cambiario, si todavía está el usurpador en el poder. Allí siempre ha fallado la otrora oposición, hoy Gobierno legítimo, porque por encima del “Maduro vete ya” también tiene que estar explicar cómo volver a los estándares de normalidad.

Cuando vives en un país que no habla de otra cosa más que de la situación económica sabes que tienes una olla hirviendo. La represión es atroz, y abundan los paños de agua fría para la fiebre. Para la población, hoy día todo se reduce a doblegarse, o agachar la cabeza un poco. Esperar el CLAP, un bono o que la entidad de agua local comience a surtir. La situación es anormal. Y las secuelas psicológicas y físicas, para muchos, cuando acaben, serán irreversibles. Es difícil encontrar la normalidad.

Caja de alimentos del régimen

El país está tan deteriorado que las personas disfrutan cuando logran sacar dinero de un cajero, o el Metro no se retrasa, o sale agua del grifo, o caminan a las nueve de la noche y no pasa nada.  La normalidad se convierte en algo extraordinario. Cuando tienes un cóctel de este tipo piensas, y con razón, que estamos en la etapa “del fin de la dictadura chavista” como espera Del Búfalo, lo que no quiere decir que el desenlace será rápido. Augurar un escenario sería pecar de soberbia e imprudencia. Hoy sólo parece que se termina un ciclo.

El ascenso de Guaidó podría significar el final del régimen (o eso quiero creer), pero también entierra a los zorros viejos de la otrora oposición. “Guaidó abrió un nuevo espacio al resurgimiento de otra clase política. Yo creo que esos viejos partidos, sobre todo los caciques de partido como Ramos Allup, que tienen más de 20 años ahí –sin él mismo someterse a un proceso electoral– también están de salida. El chavismo se va a llevar con él esa vieja clase política enquistada, conformista, que convivió en una zona de confort con la tiranía”, remata Erik Del Búfalo.

La juramentación de Guaidó no es una barajita panini de papel autodhesivo cromado, sino más bien una que se une con pega de barrita, como la de los álbumes de los noventa; sin embargo, nos esperanza en medio de una época de oscuridad absoluta.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Vinotinto sub 20: constructores de un sueño

A lo largo de los últimos años la optimización del proceso de desarrollo de los jugadores venezolanos se ha hecho notar en todo el continente. Una vez el Loco Bielsa dijo que: “El argumento de un entrenador nunca puede ser que el jugador fue superado por la circunstancia. Se prepara al jugador para que la circunstancia no lo supere”. Pensar en esas palabras y no recordar los errores infantiles o la falta de madurez del jugador venezolano es simplemente imposible.

Toda esta evolución se hizo partiendo de una premisa: trabajo y preparación.  Al punto de conquistar un subcampeonato sub 20 del mundo (en 2017), un logro imposible de prever.

Es una realidad que para el presente Sudamericano sub 20 Venezuela llegó con la chapa de  favorito, luego de 29 módulos de preparación, en el los cuales se realizaron amistosos internacionales, partidos de preparación ante equipos de Primera división venezolana y una gira por Europa, en la que enfrentaron distintos equipos importantes del continente.

Si algo tiene Venezuela en comparación a las otras selecciones de este Sudamericano es que sus jugadores, en su mayoría, ya son profesionales y están viendo minutos en Primera e incluso jugando un rol importante en sus equipos.

La Vinotinto ha dejado clara su idea en el campo, dejando a un lado el juego vistoso y apostando a algo más funcional. Si bien tiene volantes creativos como Yriarte, Palmezano y Echeverría, por alguna razón no consiguen ese primer pase limpio o a alguien que les permita llegar a campo rival con balón dominado. El mediocentro ideal para la formación que presenta Rafael Dudamel, indiscutiblemente, es Christian Makoun (mediocampista que milita en la Juventus Primavera), pero por falta de centrales que cumplan con las características del agrado del entrenador, se ha visto obligado a poner a Makoun en el eje de la defensa.

Por estos motivos han apostado al famoso pelotazo; sin embargo, se ven momentos en el que los juveniles buscan el pase limpio.

Para el alivio del DT, el equipo tiene una dupla muy creativa en el ataque: Sammy y El Churta. Samuel Sosa y Jan Hurtado se conocen desde el año 2016, cuando jugaban en el Deportivo Táchira, siendo una dupla revelación en ese momento y siendo determinantes para el cierre del torneo Clausura de ese año.

El oriundo de El Cantón, Jan Carlos Hurtado, es pieza clave en el esquema de Dudamel. El joven de 18 años ya disputó el Mundial anterior y es uno de los VenEx que tiene esta selección (milita en Gimnasia y Esgrima del fútbol argentino). Un jugador de gran envergadura, sumamente fuerte y de gran juego de espalda al arco. Él es el encargado de bajar todas las pelotas y desahogar a la banda, generar faltas y arrastrar marcas, además de tener una gran habilidad para atacar los espacios: aprovechando su potencia y gran control de pelota.

Muchos de los goles de Venezuela han sido gracias a la labor del asistente técnico Marcos Mathías, quien es el encargado de trabajar el balón parado. Pero, sin duda, lo más destacado en esas acciones en la precisión que tiene Sosa en su pierna izquierda: ha marcado, hasta ahora, dos golazos de falta directa y ha asistido a Vargas en un pase acertado al área. El jugador de Talleres de Córdoba es uno de los jugadores que más ha generado angustia en los rivales: no solo destaca su gran pegada, sino que también arrastra mucha marca y expone su gran habilidad en los uno contra uno.

La Vinotinto sub 20 tiene una generación brillante, con piezas muy destacadas. Por fuera de la lista que está disputando el Sudamericano quedaron, incluso, futbolistas de gran nivel como:

  • Danny Perez: extremo de buen andar en el balompié venezolano, con Zamora.
  • Brayan Hurtado: extremo de Mineros de Guayana, con gran facilidad para colaborar en la gesta de goles de sus equipos (quedó afuera por baja médica)
  • Esli Garcia: de lo más destacado del Deportivo Táchira este año. Jugador muy creativo y desequilibrante.

En resumen, esta selección nos tiene preparada muchas emociones, jugadores que sin duda alguna sonarán en un futuro y nos deja la satisfacción de que las cosas a nivel de fútbol formativo se están haciendo cada vez un poquito mejor.

Puntos a mejorar:

  • Transición ataque defensa en el medio campo.
  • Incorporación del mediocentro entre los centrales.
  • Desmarques de ruptura.
  • Precisión en los centros.

Puntos altos:

  • Madurez y fortaleza mental.
  • Gran desempeño físico.
  • Balón parado.
  • Incorporación de los centrales en zona de ataque.

Por Juan Carlos Chacón

Una nueva esperanza

Esto no es un análisis sesudo ni contundente, tampoco un tubazo o un escrito con pretensión de verdad absoluta: es solo mi opinión. Una opinión que me toca escribir más por deber que por placer: como ya dijo mi compañero Alexis Correia, en su artículo sobre Juan Guaidó, hay personas a las que le caen situaciones en las que tiene que resolver.

Me preguntan mis amigos en el exterior sobre la situación del país. Me preguntan mis compañero de Revista Ojo qué opino yo cómo editor. ¿En qué momento mis palabras se volvieron tan importantes? No creo que lo sean, pero algo muy venezolano es mendigar buenos augurios en tiempos de crisis. Como si de una abuela desfasada se tratara, son muchos los que parecieran decir: “Mijo, usté que lee tanto, léame el futuro”.

Yo solo sé que a esta hora tengo algo de pesadez en el cuerpo y volvió un malestar en el estómago que ya creía superado. ¿Son esas las sensaciones del porvenir?

Juan Guaidó nuevo presidente interino

Carlos García Rawlins

No puedo evitarlo. Cada vez que veo el video en el que Juan Guaidó se juramenta como presidente de la República de Venezuela se me eriza la piel. Una vez hasta estuvieron a punto de salírseme las lágrimas. La emoción sabe cómo desbordar el cuerpo.

Hasta hace unas semanas, Juan Guaidó no era un rostro muy conocido dentro de la cultura popular venezolana. Su irrupción en esta película se asemeja a la de esos personajes que aparecen al final del guion para resolver los nudos de la trama que parecían imposibles de solucionar; no porque sea una especie de Odiseo con el ingenio suficiente para inventarse un caballo de Troya, sino porque la aparición de un nuevo personaje siempre mueve los hilos de toda narración.

Un empuje significativo ha sido el renacimiento de la esperanza. Los venezolanos se defienden de la incertidumbre recurriendo a los excesos: o con el pesimismo que los “resguarda” de futuras decepciones, o con la euforia desmedida del que necesita emborracharse para sobrellevar la cotidianidad. No somos, me parece, un pueblo reconocido por la mesura: en la ausencia de temple, todos opinan y nadie reflexiona.

Desde el 2017, las calles se llenaron de desesperanza. El país se fracturó. En ese momento se creyó que la salida del régimen era inminente. Atestiguar tanta represión, tantos muertos y heridos, solo para que a final de año en Miraflores siguieran viviendo los mismos fue un golpe muy duro de encajar. La mayor derrota, en mi opinión, no fue que esas protestas no condujeran a la instalación inmediata de un nuevo gobierno: fue la pérdida de esperanza dentro de la población.

Por eso, que en enero de 2019 se esté respirando esta nueva vibra es algo llamativo. De los venezolanos podrán decirse muchas cosas, menos que se entregaron con docilidad a la dictadura. En tiempos oscuros, la voluntad de las personas representa una luz de la que Juan Guaidó y una desprestigiada oposición tienen que asirse. De administrarla con tino depende el éxito.

La caída de la última de las máscaras

Manifestantes levantan barricada en Cotiza / AP

El régimen, desde sus inicios, buscó apoyo en los sectores populares. Construyó ahí pequeños fortines que respaldaran sus marramucias. A través de una relación clientelar y de un soborno descarado –que deveniría chantaje– compró a millones de personas que se sintieron muy identificadas con una narrativa que caló hasta los huesos de nuestra población. Los opositores, mientras tanto, jugaron a desconocer esa mayoría de apoyo que tuvo el Gobierno. Fue una de sus peores decisiones: significó el divorcio contundente de su discurso con la mayor parte de los venezolanos.

Aún hoy, son muchos los que repudian al régimen pero ven con escepticismo –y hasta temor– las decisiones que pueda tomar un representante de la oposición cuando alcance el poder.

Lo irónico es que la sólida narrativa construida en torno a los clásicos ideales de izquierda se ha deteriorado con el peso de la realidad. Los mismos sectores populares que fueron identificados como bastiones del régimen, hoy lo adversan –o al menos lo repudian– sin disimulo. Ya no hay soborno ni chantaje que funcione: la mayoría de las personas comprendió que sus posibilidades de no morir de hambre pasan por la necesidad de que vuelva la democracia.

Como en los sectores populares la penetración del Internet es casi nula, las noticias falsas pululan, los términos acuñados por el régimen siguen utilizándose y la credibilidad de los políticos opositores es la misma que tiene un entrenador que ha descendido a todos sus equipos; sin embargo, por la fuerza de la realidad, y de la forma más subconsciente y biológica, han comprendido quién es el responsable de la crisis.

Ante esto, la respuesta de quienes tienen secuestrado al país ha sido aumentar la represión en esos sectores. Los mismos en los que antes se sentían tan cómodos, esos en los que sembraron el miedo de los colectivos para que se viviera bajo la ley del color rojo (sangre) y en los que –lamentablemente– las posibilidades de documentar y de visibilizar la violencia a ojos del mundo son más bajos.

Las noches del 21 y 22 de enero, el régimen actuó con una saña que desnudó su perversidad: de cara a sobrevivir, como buen malandro, es capaz de asesinar hasta a los que alguna vez tildó de hijos.

El tercer acto

El momento en el que el villano podía escenificar una conmovedora transformación, y resarcirse a ojos de los espectadores, ya pasó. Era, acaso, en el 2014. Y el guion fue tan extraño que incluso ofreció una nueva posibilidad en el 2017 (que aprovechó, por ejemplo, Luisa Ortega Díaz). Hoy día esto es imposible: al tigre no le caben más rayas. Sus fauces huelen a sangre.

El repudio internacional, el divorcio con la población venezolana, la crisis humanitaria y el haber obrado la proeza de quebrar a un país petrolero, lo convierten en un boxeador groggy que sabe que es cuestión de tiempo antes de que pierda la pelea. Pero este boxeador, lejos de ser un deportista amante de la épica, es un malandro que desde que llegó al mundo solo piensa en sobrevivir: se aferrará a sus posibilidades así tenga que matar al referí y cada integrante del público.

Desde su óptica, cada segundo más en el poder es ganar una pelea.

Para mí es evidente que desde 2017 (hay quienes dicen que desde 2014) entramos en la etapa final de esta era oscura. Lo que pasa es que la etapa final de la película podía durar seis meses como puede durar diez años. Es imposible predecir un momento. Y, mientras llega el desenlace, la destrucción será cada vez más cruenta.

Como explicó Joseph Campbell, solo la más fuerte de las oscuridades da paso a la luz.

Fueron necesarias seis películas de Star Wars para narrar cómo nació y cayó un imperio del mal. ¿Cuántos episodios lleva nuestra saga? ¿Cuántos más nos faltan por ver?

Un síntoma acaso esperanzador es que ya parecemos haber llegado a la era de Luke Skywalker: quizá solo alguien nacido bajo los padecimientos de la oscuridad puede tener la suficiente hambre de supervivencia para enfrentar la infinita maldad del que sabe que si pierde el poder cae preso o muerto.

La generación 2007, esa que creció en pleno apogeo del chavismo, ha despertado mucha esperanza entre los venezolanos. Una esperanza que se deterioró luego de que, en 2017, no ocurriera lo que la mayor parte del país anhelaba. Sin embargo, aún hay líderes que pertenecieron a ese movimiento estudiantil que no han sido quemados por el ardor de la opinión pública. Guiadó es uno de ellos y eso, así sea simbólicamente, le ofrece una ventaja: su imagen aún no está tan deteriorada y hasta hace unas semanas ni siquiera era el principal objeto de los esbirros de la dictadura.

Debido a que la generación política que antecedió a la de 2007 creció con ciertas comodidades y encontró una zona de confort más o menos rápido, da la sensación –me da la sensación– de que cuando el partido entra en el último minuto actúan como si tuviesen menos que perder que sus adversarios. Los malandros saben que si salen del poder los espera, cuando menos, la cárcel. La generación política opositora previa al 2007 es probable que no sienta tanta urgencia: si la dictadura continúa, exiliarse y disfrutar de sus activos en el extranjero siempre es una opción.

Pero para quienes crecieron cuando el Imperio del mal ya estaba instalado, las opciones son más reducidas: si pretenden desarrollarse políticamente es necesario que ocurra un cambio en el eje del poder. Cada generación que sigue naciendo y creciendo bajo esta tiranía tiene una sensación de emergencia más acuciante. Al menos, así ha sido hasta ahora. Quizá se corre el riesgo de que en dos décadas, si la crisis sigue igual (o sea, cada vez peor), los nuevos venezolanos crezcan tan desnutridos y acostumbrados a la miseria que sean una población demasiado dócil. Pero ese es un escenario que se me antoja demasiado lejano.

La narrativa de la oposición

La juramentación de Guaidó como presidente interino, me parece, solo era viable si las personas respondían de forma masiva a la convocatoria del 23 de enero, como en efecto ocurrió. Un hecho que no es baladí fue la poca representación de los partidos que se vio en las diferentes movilizaciones. Las personas no se sienten muy identificadas con el partidismo como un ejercicio político, más bien parecen harto de él. Más que fe en alguien, los mueve el descontento y la frustración.

Ahora, para que Guaidó pueda gobernar con eficacia es necesario que su figura se transforme en el elemento que hace que, en el relato, todos los personajes se aglutinen en favor de una idea: más que un símbolo de cambio es un símbolo de unión.

Los políticos opositores, les guste o no, deben caminar de la mano y definir bien cuál va a ser el rol de cada quién. Si el escenario deviene disputas internas, se le estará facilitando la continuidad al Imperio del mal. Aspirar a que un líder aglutine el aura suficiente para derrotar con un sable de luz a sus enemigos puede ser algo anacrónico: incluso en Star Wars el rol de Luke era principalmente simbólico: equilibrar a la Fuerza.

¿Podrá la imagen de Guaidó equilibrar a la oposición?

Es necesario que se empiece a construir una narrativa con la que nos identifiquemos la mayoría de los venezolanos. Y es imperante poder transmitirla a todos los rincones del país. El Internet, aunque un canal necesario, es insuficiente para comunicarse con las personas: menos de la mitad de la población tenemos acceso a él.

¿Qué va a hacer la oposición para convencernos no solo de que es urgente salir de los malos, sino de que ellos son una opción razonable de gobierno? ¿Qué van a hacer para convencernos de que sí formamos parte de su proyecto?

¿Qué van a hacer para que entendamos cuál es el país que quieren construir?

Son tiempos acuciantes.

¿Y ahora qué?

A la oposición le llevó tiempo comprender (y no sé si todos los opositores ya lo hicieron) que no se enfrentan a políticos astutos, sino a malandros: a pranes.

Quienes crecimos en zonas de relativa inseguridad sabemos que la resistencia es un ejercicio cotidiano. Los malandros controlan las armas e imponen su tiranía gracias a la violencia. Y, mientras más fuerte sea el olor a amenaza, no van a dudar en asesinar a todo el que se cruce en su camino.

El malandro, cuando está arrinconado, adquiere incluso una violencia impredecible.

Más que esperar fechas mágicas, quienes crecen al lado de personajes así saben que deben ejercer una lucha cotidiana y no frontal. Que su resistencia es seguir vivos y con esperanza. Y que de su temple dependen sus posibilidades de seguir con vida a largo plazo e, incluso, de trascender.

Una actitud de firmeza y mesura semejante quizá sea lo que necesitamos.

La realidad final, según me parece, es que el golpe definitivo en este ring de boxeo pasa porque las Fuerzas Armadas decidan defender a una población agredida y no atacarla (más). Porque entiendan que su rol en esta película es el de acelerar el desenlace que el 80% del país quiere y el que todos merecemos: el retorno de la democracia y la atención efectiva de la crisis humanitaria. Mientras eso sucede (que ojalá suceda) todos debemos seguir resistiendo a nuestra manera.

Eso es lo que creo. Y estén o no de acuerdo conmigo (quizá yo mismo no lo esté mañana) solo puedo desear una cosa: que al final de este libreto, ustedes y yo sigamos con vida.

 

Por Lizandro Samuel | (@LizandroSamuel)

Messi sin Copa, Cristiano a la Juventus y los salvajes sudamericanos: cambio de narrativa en el fútbol mundial

Cuando Luka Modric ganó el The Best, el premio que otorga FIFA al futbolista más destacado de la temporada, el eje del planeta del fútbol se movió. Fue el momento en el que millones de aficionados terminaron de darse cuenta de algo que comenzó a gestarse con fuerza desde un poco antes del Mundial: la trama había cambiado.

Por si quedaban dudas, Modric también ganó el Balón de Oro. Desde hacía 11 años los dos premios más mediáticos del fútbol –que durante algún tiempo se fusionaron– no tenían un ganador distinto a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Para los más jóvenes, incluso, resulta imposible creer que hubo una época en la que el galardón de FIFA y el Balón de Oro de la misma temporada no coincidían en cuanto al ganador: a veces, ni siquiera en cuanto al podio. Hubo una época, a la que progresivamente se está regresando, en la que las fuerzas estaban distribuidas de manera más equitativa. Más que dos súper astros, había una constelación de estrellas.

El astro brasileño, Ronaldinho, ganó el Balón de Oro en 2005 / GETTY IMAGES

Cr7 a la Juventus

El Calcio alguna vez fue la liga más poderosa del planeta. El deterioro fue paulatino y sostenido, hasta llegar a un presente en el que el fútbol italiano está demasiado devaluado: la selección no clasificó al último Mundial y la Juve domina el campeonato local casi sin despeinarse. Por eso parecía impensable que la estrella más mediática del planeta recayera en ese torneo. Pero sucedió.

Nadie vende más que Cristiano Ronaldo: más que un futbolista, es una marca con nombre de cybor y manías de dios griego. Quien ha hecho de la depilación un arte, se encuentra en la etapa final de su carrera: el descenso de nivel es evidente, para lo cual, con astucia y profesionalismo, se ha reinventado. Copiando al tenista Federer (un inmortal que, por su condición de genio absoluto es más parecido a Messi que a Cristiano), se va de “vacaciones” media temporada para alcanzar su mejor estado de forma en el tramo final de la misma: cuando se definen los títulos. Aquella época en la que arrancaba desde la mitad de la cancha como un soldado troyano empuñando una lanza hacia un mañana incierto pertenece al pasado. Cristiano, 33 años encima, juega cada vez más cerca del área rival: ese espacio en el que su fútbol dejó de ser show para convertirse en contundencia.

Esta nueva versión de él encaja a la perfección en Italia: un campeonato menos exigente que el español, el inglés o el alemán, en el que podrá mantener su registro goleador (cosa que sería muy difícil en las ligas mencionadas) y mantenerse en forma para las noches de Champions, esas que siguen alimentando su infinita necesidad de conquista.

¿Viejitos?

Zidane durante la Copa del Mundo Alemania 2006

Hasta el 2006, más o menos, se creía que un futbolista después de los 30 merecía entrar a un museo. Zidane, con 34, se adueñó del Mundial de Alemania 2006 y empezó a cambiar el paradigma.

Tipos como Zanetti o Maldini instauraron en Italia la figura de las leyendas longevas. Pero la verdad es que resultaba difícil pensar que un top 5 mundial pudiera seguir permaneciendo en ese ranking con 33 años.

Cristiano Ronaldo rompió la “regla”.

Aunque sus posibilidades dentro de una cancha cada vez lucen más lejanas que las de, por ejemplo, Messi o Neymar, creo que sigue siendo uno de los cinco mejores del planeta. Y esto no pareciera que fuera a cambiar esta temporada. Menos en un momento en el que ser “viejo” está de moda.

Modric ganó los galardones individuales más mediáticos a los 33 años. Sergio Ramos y Gerard Piqué siguen siendo dos top 10 mundiales con 32 y 31 años respectivamente. ¿Hay un mediocentro más capaz que Sergio Busquets a sus 30 años? La lista de treintones que continúan constituyendo el firmamento de figuras es notable.

Los futbolistas son cada año que pasa atletas con más aires de robots: su preparación espartana les permite llegar adonde antes solo era posible con la imaginación. El ejemplo claro es Lionel Messi: quien naciera para convertirse en el mejor jugador de la historia, a los 31 años sigue corriendo por la cancha como Gokú cuando se entrenaba con los sayayines más jóvenes: mostrando que –por mucho que se esfuercen los demás y por mucho que pase el tiempo– no hay ni habrá en un futuro cercano alguien que siquiera se acerque a su estela.

Hoy parece mentira que hace más de una década se dudó de sus posibilidades de establecerse en la élite luego de dos lesiones importantes. ¿Dónde están las supuestas secuelas que, dice el imaginario popular, limitan parar siempre el devenir de una carrera? Otro mito que cambia ante el peso de una nueva realidad.

El equilibrio de las fuerzas

Tres hechos determinantes ocurrieron en lo que va siglo XXI.

Uno. La reorganización del fútbol español dio frutos. Parió a muchos de los mejores jugadores del mundo: empezó a producir futbolistas muy técnicos, diseñados para hablar un mismo idioma dentro de la cancha. Diseñados para, ante todo, jugar: cuidar y mimar la pelota.

Dos. Los astros se alinearon en el Barcelona. Un modelo formativo élite (acaso el mejor) se vio coronado por una generación brillante, abanderada por el mejor jugador de la historia y dirigida por el hijo pródigo que volvió a casa para convertirse en el más reciente revolucionario o innovador del juego: Pep Guardiola. El club catalán armó un equipo, mentado como el Pep Team, que alcanzó un performance inédito en la historia.

Tres. Florentino Pérez se dispuso a hacer del Real Madrid el equipo más costoso del planeta. ¿Quién dijo que el dinero no compra la felicidad? El magnate español, con ambición de conquistador romano, usó todo su poder económico, todos sus talentos de empresario y se asesoró con gurús del marketing para armar un conjunto monstruoso: en nombres y hombres.

Todo esto trajo como consecuencia que el epicentro del fútbol fuese España. Entre el 2008 y el 2012, Real Madrid y Barcelona llevaron a cabo una serie de duelos que elevaron el nivel del fútbol: probablemente, ambos estaban en capacidad de ganar de forma apabullante cualquier liga del mundo. El país ibérico en general, en donde mejor se juega y de donde estaban saliendo los mejores entrenadores, creció a la par de sus dos monstruos: el tercero de la Liga bien pudo haber salido campeón de la Premier.

Pero todo pasa. Aunque España (junto a Alemania) sigue llevando la vanguardia, cada vez más países entendieron que debían fijarse en ellos si no querían quedarse rezagados. Al mismo tiempo, el Pep Team cerró su ciclo y demasiados enredos en la directiva llevaron a que los culés dilapidaran la maravillosa herencia que significaba tener unos jugadores de tan alto nivel. El Real Madrid aprovechó para ganar cuatro Champions en cinco años y renovar su orgullo. Pero los jugadores se fueron desgastando, el club vendió a Cristiano Ronaldo sin fichar a nadie con su aura y ocurrió el previsible bajón de rendimiento que se venía asomando y que ya había sido maquillado con la última Liga de Campeones.

La pérdida de calidad del Barca y del Madrid nos ha devuelto a una época más equilibrada en Europa. Ya las fuerzas no se centran principalmente en dos equipos –ni en una sola liga–, sino más bien en un lote dentro del cual cualquiera luce capaz de imponerse en Europa. La llegada de los nuevos ricos ha hecho que el Manchester City, con un proyecto muy serio, se erija como el conjunto que mejor ha jugado desde la segunda mitad del 2016 hasta ahora; y que el PSG, con Neymar (hacía tiempo que un top tres del mundo no jugaba fuera de la Liga o la Premier o la Bundesliga), se muestre como un lobo salvaje hambriento de trofeos. La Juventus sigue reinando en Italia, el Bayern –que aumentó su regularidad en la era de Guardiola– mantiene su prestigio intacto y en Inglaterra –país que se puso a cargar updates– son varios los conjuntos que lucen poderosos, el Liverpool a la cabeza.

Lo mejor del fútbol ya no se resume en un binomio ibérico.

Messi sin Mundial

Argentina perdió la final del Mundial en 2014 vs Alemania

El problema es que el Mundial de fútbol es el evento sociocultural más mediático del planeta. O lo que es lo mismo: lo ve un montón de gente que, en realidad, no ve fútbol.

Un mito extendido en la narrativa futbolera es que para reinar en el Olimpo hay que ganar la Copa del Mundo. El argumento opera con la lógica de la fama: mientras más te ven, más repercusión tiene lo que logras. Ahora, conviene precisar que el Mundial no es la competición de más nivel ni en la que se observan las últimas innovaciones. Ese espacio lo ocupa la Champions League.

Pese a esto, los futbolistas siguen necesitando del torneo que se disputa cada cuatro años para erigirse como leyendas populares. Aunque sus proezas más destacadas ocurran en el día a día, es cada cuatro años cuando se disputan la corona de rey.

Que el Mundial se le resistiera a Messi (quizá de forma definitiva, aunque con él nunca se sabe) alteró el guion. Históricamente, solo Alfredo Di Stefano –que se hizo leyenda en una época que hoy nos resulta ajena y rara– y Johan Cruyff –por apegado a sus valores y por un poco de mala suerte– fueron los únicos reyes del Olimpo que no alzaron el trofeo. Los otros tres –Pelé, Beckenbauer y Maradona– construyeron buena parte de su épica en escenarios mundialistas.

Aunque parecía improbable, el mejor jugador de la historia se hizo merecedor de tal distinción sin que lo mejor de su carrera ocurriera en el más mediático de los escenarios. Lo cual tiene a muchos desconcertados, a otros en negación y a un buen porcentaje encogiéndose de hombros: el trono de rey absoluto del Olimpo está destinado a ser ocupado por Messi, y a él no le quedará más remedio que reinar sin corona.

El talento y la inteligencia siguen mandando

A principios de siglo hubo quien dijo que el futuro del fútbol estaba en África. La preparación física estaba cambiando y los jugadores eran cada vez más atletas. La época de las barriguitas, la cerveza y la mala alimentación había pasado: para culminar un regate, había que tener un abdomen duro. Algunos vieron a los futbolistas africanos y pensaron que en pocos lados había tanto músculo como ahí.

El siglo XXI trajo, además, la evolución de las formas de defender. La marca al hombre murió y la marca en zona se desarrolló como nunca antes. El concepto de presión se puso de moda y un señor llamado José Mourinho nos mostró hacia donde, de verdad, apuntaba el futuro.

Pero, como suele suceder, Mou fue malinterpretado. Más de uno creyó que sus planteamientos –aunque él repitiese que lo más importante era la concentración y que nunca hacía entrenamientos sin balón– tenían más que ver con la fuerza que con la inteligencia. Tan erróneo pensamiento hizo que aparecieran imitadores que se fijaran más en cuántos kilómetros corrían sus jugadores por partido que en las decisiones que tomaban.

Por otro lado, aunque malabaristas como Ronaldinho hacían de las suyas, delanteros fuertes como Eto’o, Drogba o Kanuté, volvían a dividir el pensamiento. Hasta que en el 2008, Pep Guardiola llegó al primer equipo del FC Barcelona y, más allá de dar nuevas respuestas, cambió las preguntas. Nada volvió a ser igual.

El Pep Team se cocinó con las más vanguardistas técnicas de preparación, siempre teniendo presente que en última instancia lo que marcaría la diferencia serían las capacidades de un jugador con el balón. Desde entonces, no ha habido mucho espacio para aquellos que crean que el fútbol es una competición de atletismo antes que un juego. Incluso entrenadores como Simeone, que reniegan las largas posesiones, priorizan el talento y la inteligencia antes que todo lo demás.

Los toscos están en peligro de extinción. O, dicho de otro modo, los que hoy día son considerados toscos bien podrían haber llenado YouTube de highlights de dribles en el fútbol de hace 30 años.

Del buen salvaje al buen revolucionario

River Plate alzó la Copa Libertadores en Madrid

Que la final de la Copa Libertadores fuera entre River Plate y Boca Juniors significó que medio planeta pusiera los ojos sobre Sudamérica. Aunque ambos clubes están lejos de esas versiones gloriosas en las que jugaron algunos de los mejores de la historia, que por primera vez ambos se dirimieran una final continental sirvió para revivir toda la mitología que se mueve alrededor de ellos. Pero también para volver a mostrar lo peor de nuestro continente.

Por hechos violentos, el partido de vuelta fue cambiada de sitio. En vez de jugarse en el Monumental, se jugó en el Santiago Bernabeú. Había muchas razones para sentir vergüenza. Que no pudiéramos como continente organizar una final de Libertadores era bochornoso. Las postales violentas, la desorganización, la planificación paupérrima, las decisiones de último minuto. La lista es larga: la promoción bélica que hizo la prensa, el maltrato a los jugadores, hinchas haciendo quinielas en Buenos Aires a ver cuántas personas morirían. Pero lo que más ruido hizo en redes sociales era que la final de un torneo llamado “Libertadores se jugara en la tierra de los conquistadores: una cosa de apátridas-y-profanadores-e-irrespetuosos-para-con-los-pueblos-oprimidos-por-los-imperios”.

Esto me llamó mucho la atención. Al parecer, luego de varias décadas la base del pensamiento que ha limitado el desarrollo latinoamericano –y sobre el que se sostuvieron los corruptos gobiernos de izquierda del siglo XXI– sigue vigente.

Me llama la atención que aún hoy se crea que lo autóctono en Latinoamérica son los indígenas, mientras que los europeos son los profanadores. Como soslayando que, guste o no, los latinoamericanos llevamos en nuestras venas las sangres de esos españoles y, aunque también la de los indígenas y africanos, es innegable que nuestra cultura tiene que ver principalmente con la europea.

Me llama la atención que aún hoy –cuando se habla de globalización y en el primer mundo las fronteras se han caído para que, entre otras cosas, el deporte se mueva hacia los mercados más atractivos (La Liga ajusta sus horarios pensando en Asia, la NBA se juega también en México)–, solo los latinoamericanos mostremos tanto desprecio (que no dudas) ante la posibilidad de constituir un producto global.

Me llama la atención que se siga viendo a los europeos como a los malos de esta historia, a veces hasta soslayando que los ideales que motivaron a los independentistas se cocinaron, precisamente, en Europa.

Pero, sobre todo, me asusta el resentimiento con el que muchos asumieron el cambio de sede. Como si, para empezar, Latinoamérica no fuese uno de los principales consumidores de fútbol español. Como si no quisiéramos tener torneos con siquiera la mitad del nivel que tiene la Liga y con una organización tan solvente.

Como si nos asustara tanto compararnos con los mejores que, la única solución posible, fuese despreciarlos.

¿Será que seguimos en el siglo XX?

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Las imágenes y la masa: el kitsch, un peligro enmascarado

Es una situación más que demoniaca. Suena el celular, y creyendo que quizás es por algo importante, te animas a revisarlo. Cuando tus ojos se encuentran con la imagen de Piolín, ya sabes de que se trata. Tú tía te mandó un mensaje otra vez. “Dale a Dios las gracias por la oportunidad de un nuevo día, porque la vida es una bendición”, quizás diga esa frase. También es posible que diga: “Recuerda decirle a esa persona especial cuanto la amas”. Tú suspiras de hastío ante tanta cursilería.

Esa clase de imágenes no solo prostituyen al pobre canario de los LooneyToons. A veces colocan a Mickey y a Minnie Mouse en forma de bebés. De vez en cuando, a Winnie Pooh. Las de carácter religioso, muchas veces incluyen a Jesucristo.También son comunes las ilustraciones de animes japoneses, de las que se han desprendido géneros como el Yaoi o el Hentai (para los que no sepan, favor, jamás busquen en Google ese último término). Personajes sobran. No solo es costumbre de viejitas, realmente, es bastante común que esa basura tienda a aparecer por las diferentes redes, circulando mientras la gente las asimila o las rechaza. Si existen, es por algo.

Es un tema sobre el cual hay que hacer hincapié: la hiperdemocracia es un peligro para el mundo visual. Lo masivo es incontrolable. Las multitudes avanzan a  paso rápido e irreflexivo, y nunca se detienen a ver las huellas que van dejando en el camino. Así ocurre con las imágenes hechas por y para la masa. Eso es precisamente el Kitsch.

El Kitsch es un término de la Estética que ha variado su significado de autor en autor. Impreciso, pero mordaz. Ambiguo, pero inmortal. Refiere, comúnmente, a todo lo que llega a lo exagerado, cursi, desagradable y espantoso. No, no habla de la belleza que se manifiesta mediante lo feo, habla propiamente de lo feo. Abarca todos los errores que la creatividad humana ha plasmado a lo largo de los años. La justificación de su existencia radica en hacer del mundo un lugar peor.

Una característica del Kitsch es su hincapié en pretender aparecer como un producto “elevado”. Independientemente de si es considerado arte o no por quien lo realiza, su notoria arrogancia es una constante en sus manifestaciones. Sus frases “sabias” o “poéticas” son muy comunes hoy en día. “El pasado ya pasó. El futuro no existe. Y el presente, está presente”, es bastante típica. “Siempre se puede ver la luz detrás de la tormenta”. Algo usual es que banalicen sentencias de autores consagrados para presentarlos bajo esa atmosfera de cursilería.

El Kitsch siempre recurre al lugar común. Es peligroso, bebe de las fuentes de lo que ya se ha hecho antes, tiende a rescatar lo tradicional y saturarlo de superficialidad. Besos bajo la lluvia, ojitos de anime cubiertos de lágrimas, el uso exagerado del claroscuro y de todo lo que en el pasado ha funcionado. El resultado de siglos de tradición artística en Occidente, al entrar en contacto con el eslabón más bajo de la cultura de masas, trae como consecuencia el Kitsch.

Quien está detrás de cualquier material Kitsch conoce las reglas del juego: nada que se salga de lo cliché. Sin embargo, nunca es consciente de lo que hace. Más que un acto de creación, es un acto de reproducción. De hecho, buscarle una interpretación a cualquier ejemplar es como sumergir una rama en un charco de agua: simplemente no se admite la posibilidad. Porque no permite una verdadera fruición estética, solo se consume de forma fugaz, sin dar lugar a una comunicación con la obra.

¿Dónde se origina? ¿Dónde está actualmente?

Como es obvio, el Kitsch está en todas partes. Se puede ver en la publicidad pomposa, llena de clichés. Está presente en esas películas que hace Hollywood saturadas de risas plásticas y personajes predecibles. Muchas veces está en las canciones pop del ídolo juvenil del momento. Lo podemos ver en las imágenes que manda la abuelita por WhatsApp. A los totalitarismos les fascina utilizarlo. Es fácil de hacer, y, para todo aquel que carezca de criterio, fácil de digerir.

El Kitsch se vale de lo que siempre funciona. Utiliza códigos repetidos y simplifica sus significados. Un Winnie Pooh representa la felicidad. Un beso bajo la lluvia es la opción más romántica.

El Kitsch es enemigo de la innovación, pero sabe reinventarse. De generación en generación, asimila las nuevas formas creativas. Es tanto síntoma como causa del analfabetismo visual que impera en estos tiempos. La masa tiende a producir imágenes de significado simple y forma cliché para distribuirlas por el mundo. Es un proceso del cual la sociedad no es consciente, pero ocurre todos los días, en cada latitud de la red y del espacio físico.

Como se dijo en la primera parte de esta serie, Ortega y Gasset, filósofo español, se dedicó a analizar el tema en su libro La rebelión de las masas. Él define como élite al grupo selecto de individuos que han adquirido las destrezas como para poder formular una visión propia respecto a un determinado asunto, y a la masa como el enorme conjunto de personas que tiende a emitir opiniones de forma insensata, y justificarlas basándose en la idea de que las mayorías siempre tienen razón. Es un asunto de exigencia: quien se propone más, logra mejores resultados en cuanto a su trabajo y formación, además de poseer una visión del mundo más madura.

En otros tiempos, previos a la llegada de las comodidades de la modernidad, pequeños grupos ejercían un dominio total sobre las sociedades, pero gracias a los cambios producidos en el siglo XIX, tuvo lugar la masificación de muchos de los aspectos de la vida pública. Por primera vez en siglos, las grandes conglomeraciones de gente tenían control sobre las áreas que antes le correspondían  a unos pocos. Cuando ese fenómeno cruza la barrera de lo racional, nace uno de los grandes peligros de estos tiempos: la muerte del sistema democrático a manos de la hiperdemocracia.

Lo bajo del Kitsch

El Kitsch es íntimo amigo de la hiperdemocracia. Nació,  al igual que ella, gracias a los avances de la modernidad, y se ha difundido por la falta de criterio estético que impera actualmente. Porque muchos consideran tedioso adquirir una cultura visual desarrollada. Pocos quieren aprender el lenguaje de los colores y las formas, pero todos gozan hoy en día de la posibilidad de disfrutar del flujo de imágenes que el Internet brinda. Lo cursi, lo repetitivo y lo banal, están a la orden del día.

Umberto Eco, autor destacado en el campo de la Estética, siendo consciente de la dificultad de darle una definición al Kitsch que incluya todos sus aspectos, dedicó un capítulo entero a analizar el fenómeno en su ensayo Apocalípticos e Integrados. El libro, publicado en 1968,  consiste en una investigación acerca de la cultura de masas, y ofrece un profundo  acercamiento al debate intelectual que esta ha suscitado.

En su primer capítulo, explica el debate en torno a las creaciones realizadas por los medios de comunicación. Por un lado, están los apocalípticos, el grupo  conformado por filósofos como  Theodor Adorno o Walter Benjamin, suscritos a la escuela de Frankfurt, así como otros autores que rechazan rotundamente la cultura de masas. En El segundo grupo, los integrados, encasilla a los pensadores que la han asimilado como algo positivo, o por lo menos, no tan dañino como argumentan sus contrapartes. Entre ambos bandos, Umberto Eco procura tener una postura más humana y objetiva, admitiendo en igual medida sus problemas y beneficios.

Partiendo de la tesis de Dwight Macdonald (apocalíptico por excelencia), habla de los tres niveles de cultura: baja, media y alta. El primer nivel refiere a las producciones masivas de digestión  fácil y nulo valor estético; el segundo, a las obras cuya calidad es notoria, pero que están destinadas al consumo; y el tercero, a aquel conjunto de creaciones de indudable valor artístico, reservadas para unos pocos. Ese es el centro de su teoría.

Hay que resaltar que ese esquema, pese a servir de utilidad a la hora de analizar el fenómeno, realmente no deja de ser problemático. El Arte es de naturaleza ambigua, puede presentarse en miles de formatos, por lo tanto, la distinción entre el nivel medio y el alto quizás no es del todo acertada en varios casos. Existen muchos productos de alta calidad estética nacidos en la cultura de masas. Pero ese es otro tema.

Estructura del Mal Gusto, el segundo capítulo, es una reflexión exquisita sobre el Kitsch. A lo largo de sus páginas, se pasea por las posibilidades de este término. Eco admite que la cursilería, como tal, se encuentra presente en algunas obras de calidad. Lo mismo sucede con la idea de que la palabra debe referira todas aquellas piezas que imponen su mensaje en el espectador: abundan los ejemplos que disuelven ese planteamiento. Entre otras opciones. Finalmente, llega a una conclusión que, aun cuando puede dar problemas en algunos casos, es bastante convincente:

“Si la expresión Kitsch tiene un sentido, no es porque designe un arte que tiende a suscitar efectos, ya que en muchos casos el arte se propone también esos mismos fines, o se los propone cualquier otra digna actividad que no pretende ser arte; no es porque caracterice a una obra dotada de desequilibrio formal, pues en este caso tendríamos sólo una obra fea; y tampoco porque caracterice a la obra que utiliza estilemas pertenecientes a otro contexto, pues esto puede verificarse sin caer en el mal gusto. El Kitsch es la obra que, para poder justificar su función estimuladora de efectos, se recubre con los despojos de otras experiencias, y se vende como arte sin reservas”.

La definición de Umberto Eco del término me parece bastante efectiva, aunque considero que conlleva algunos detalles. Ciertamente, al ver varias de las “poéticas” imágenes que abundan en Internet, dudo que comúnmente se conciban como un arte, lo más probable es que en muchas oportunidades estas tiendan a producirse como un mero entretenimiento. No obstante, hay que mencionar que la intención motivacional, el elemento religioso, la atmósfera melodramática, y el uso constante de la pseudosabiduría son elementos que ciertamente disfrazan una creación  banal de algo trascendente. No creo que sea necesario que quien las realiza se conciba a sí mismo como un Dalí para que su “creación” pueda ser considerada Kitsch.

Muchas veces, el Kitsch tiende a revestirse para sobrevivir. Se presenta bajo apariencias  supuestamente respetables. Por ejemplo, le fascina presentarse en forma de estatuillas religiosas, tales como figuras de personajes como Jesús o María, o con fotografías con mensajes clichés en las cadenas de WhatsApp.

Es increíble, pero la aparente intención elevada es una máscara efectiva. E inclusive, el patriotismo simplón tiene buena relación con el Kitsch, porque el sentimentalismo de la “Madre Patria” puede ir cubierto de desagradable exageración. Seguramente, al pobre Simón Bolívar debe asquearle el repetitivo uso de su imagen que se tiene Venezuela.

El Kitsch es inteligente, y sabe que el superfluo uso de símbolos religiosos o patrióticos no son sus únicas herramientas. Es consciente de que “hay que vivir cada día como si fuera el último, porque si te rindes será el último día”. Lo motivacional es un imán de atención. Uno que tiende a insertarse de forma cliché en imágenes como selfies o ilustraciones baratas con personajes de caricaturas, que nunca tienen relación con la frase. Pretende pasar como un mensaje de optimismo, pero solo es una simulación.

Hoy, en tiempos en los que la vida digital se impone sobre la real, el Kitsch está más presente que nunca. Semejante a un insecto que se invisibiliza gracias al verde de las hojas. Entre el infinito de imágenes que circulan en la red, a veces, cuando se cubre muy bien, puede ser difícil localizarlo. Es un maestro del disfraz, pero no del disfraz de buen gusto.

Con el Kitsch hay que tener mucho cuidado. Son tantas sus máscaras que a veces puede resultar difícil ubicarlo. Pero está ahí. En los anuncios que dan asco, en las telenovelas sobreactuadas, en la propaganda política exagerada, en los productos religiosos o folclóricos que cargan con la etiqueta que dice MADE IN CHINA, en los fanarts de animes cubiertos de cursilería, en las frases amorosas para adolescentes que habitan en  Tumblr, y en todas las cadenas que te sacan de quicio con Piolín deseándote las bendiciones. Lo peor es que no piensa irse, él está muy cómodo en su actual posición. Así que nuestra única opción es entrenar el criterio para poder rechazarlo cuando aparezca frente a nuestros ojos.

 

Por Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte IV

Era tan inminente el agravamiento de la crisis, que hasta dos actores del chavismo –Jorge Giordani y Rafael Ramírez– advirtieron que era necesario virar el rumbo. Maduro no hizo caso y ya todos sabemos el resultado. En 2015, Víctor Salmerón –periodista especializado en economía– publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto introductorio llamado Los cavernarios ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia. En Revista Ojo, con autorización de Punto Cero, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

La inacción

Desde la óptica de Nicolás Maduro la calidad de vida de los venezolanos se deteriora velozmente porque su gobierno es víctima de una «guerra económica» orquestada por un enemigo que engloba bajo términos como «pelucones», «oligarquía», «burguesía parasitaria», que propicia la escasez y la inflación.

«Es una guerra contra la moneda, una guerra contra los procesos de distribución y fijación de precios, pero el objetivo es más que económico, son psicológicos: desestabilizar a la familia, a la mente y tranquilidad del trabajador (…) que el pueblo vaya perdiendo la fe en su propia patria más allá de la Revolución», dijo el 27 de junio de 2015. Una semana más tarde durante el desfile del Día de la Independencia afirmó que «esta oligarquía que ha osado secuestrar la economía se arrepentirá en el futuro de haberle hecho pasar sufrimientos y dolores al pueblo».

Bajo esta lectura la posibilidad de tomar medidas en el campo económico ha quedado descartada y aumentan las fiscalizaciones a las empresas, operativos en busca de mercancía acaparada, persecución policial a los revendedores, racionamiento, captahuellas, cierre de fronteras y llamados a los buenos sentimientos.

«Porque quien se mete a bachaquero, ¿qué opción toma, qué hay en su alma y mente? La codicia, el sálvese quien pueda, el no me importa la comunidad. ¿Queremos una patria plagada de bachaqueros o llena de gente solidaria y respetuosa?», se preguntó Maduro en cadena nacional, mientras que la economía tercamente continuaba respondiendo a incentivos[1].

Todas las voces que alertaron sobre la necesidad de realizar ajustes económicos fueron apartadas o alejadas del centro del poder. La historia de las discusiones a lo interno se remonta a enero de 2013 cuando Hugo Chávez, enfermo e impedido de asumir el cargo de Presidente a pesar de haber resultado victorioso en las elecciones del 7 de octubre de 2012, permanecía hospitalizado en Cuba y Nicolás Maduro, en su rol de vicepresidente, llevaba las riendas de la república.

Aún el petróleo se cotizaba a altos precios, pero los desafueros cometidos a fin de asegurar la última reelección del «comandante eterno» pasaban una factura larga y pesada. El 9 de enero de 2013 Jorge Giordani, en ese entonces ministro de Planificación, le entregó a Nicolás Maduro el documento Orientación de la política económica en el inicio de un nuevo período presidencial, donde alertaba de la gravedad de los desequilibrios[2].

Jorge Giordani, quien escribió los planes de gobierno para impulsar el socialismo del siglo xxi, explicó en este escrito que el gasto público se había desbocado como nunca antes entre 2010-2012, registrando un salto estelar de 12 % del PIB; que con billetes fabricados en el Banco Central Pdvsa había recibido el equivalente a 6,6 % del PIB; que los costos de la seguridad social ya eran tan elevados que igualaban «los aportes petroleros presupuestarios»; que la nómina de trabajadores en el sector público había crecido aceleradamente y que las «distintas formas de cooperación [petrolera] con países amigos bordea los 550.000 barriles diarios».

Además el escrito le indicó a Nicolás Maduro la necesidad de focalizar los planes sociales «para evitar abusos de ciudadanos de ingresos superiores a los mínimos que se inscriben» y admitió que «no existe suficiente contraloría para los recursos que insumen las empresas públicas, los numerosos programas de los ministerios y otros organismos públicos y la demanda de importaciones públicas, entre otros gastos».

Tras el fallecimiento de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, el Consejo Nacional Electoral convocó a elecciones el 14 de abril. Días antes Jorge Giordani escribió una «carta abierta» que recibieron Nicolás Maduro y algunos miembros del partido de gobierno.

Esa carta indica que bajo la conducción de Nicolás Maduro «la situación sufrió grados crecientes de desorganización y falta de un centro de decisiones coordinadas, lo que hizo florecer un sinnúmero de presentaciones de medidas de las cuales el equipo económico a cargo de las finanzas se enteraba por los periódicos o la televisión»[3].

Aunque durante el primer trimestre de 2013 el precio promedio de la cesta petrolera venezolana se ubicó en 103 dólares el barril, ya existía escasez de divisas. Dice Giordani en la carta abierta: «Durante el año 2013, Pdvsa no ha entregado al erario público cantidades necesarias para enfrentar lo delicado de la situación. Con esta carencia, se disminuyó sustancialmente la asignación de divisas para importaciones básicas, con lo que el previsible desabastecimiento y la aceleración inflacionaria serán inevitables».

A pesar de que esa era la situación, el 14 de mayo de 2013 (es decir: un mes después de haber recibido esta advertencia) Nicolás Maduro, ahora recién elegido Presidente de la República, culpaba a los empresarios del incremento de precios y la escasez de alimentos, señalando que «hay una guerra para desabastecer al país, para lanzar una inflación descontrolada».

Para enfrentar el ciclo de alta inflación y mínimo crecimiento que ya presentaba la economía al cierre de 2013, en marzo de 2014 Jorge Giordani le entregó al presidente Nicolás Maduro el documento Propuestas para la coyuntura económica 2014, donde incluye una serie de recomendaciones que curiosamente coinciden con las que han dicho la mayoría de los economistas que el Gobierno considera de oposición.

Entre otras medidas Giordani creía necesario «auspiciar la convergencia de los tipos de cambio en el mediano plazo, ajustar de manera progresiva las tarifas de los servicios públicos (electricidad, agua, telefonía, gas, gasolina, transporte), adecuar los precios de cada uno de los productos, evitando situaciones de desabastecimiento y definir las importaciones contingentes, necesarias para reducir los niveles de escasez en el corto plazo».

Dos meses después de entregarle este documento a Nicolás Maduro, Jorge Giordani perdió todo el poder y fue relevado de su cargo como ministro de Planificación. El 20 de marzo de 2015 diría en un acto público en el que fustigó el camino tomado por el Gobierno que «la situación es grave. Y si no se toman decisiones se pone peor y el deber de uno es decir las cosas y decir las verdades: hay que asumir la crisis».

Hubo otro intento de ajuste. El 14 junio de 2014 Rafael Ramírez, en su rol de vicepresidente de economía y presidente de Pdvsa, acudió a Londres para reunirse con inversionistas internacionales y explicarles el plan que había preparado para enfrentar los desequilibrios.

Ramírez quería devaluar para obtener más bolívares por los petrodólares y disminuir la impresión de dinero en el Banco Central, además de acabar con un dólar artificialmente barato que estimulaba las importaciones y dejar un solo tipo de cambio. Además contemplaba disminuir la lista de productos con precios regulados, acciones para controlar la liquidez y aumento en el precio de la gasolina.

Las medidas nunca se concretaron y el 2 de septiembre de 2014 Rafael Ramírez fue destituido de todos sus cargos en el gabinete económico y fue nombrado canciller. Como una muestra de que nada de lo anunciado en Londres sería puesto en práctica, al día siguiente Nicolás Maduro afirmó en cadena nacional: «A mí me dan risa los cables de la AP y de Reuters, ¿no? Porque ya ellos no tienen voceros que se atrevan a hablar dentro del país, entonces lanzan los cables, y los cables los leen en la radio, en la televisión de las regiones y todo. AP: Maduro prepara un conjunto de medidas económicas. AP: ¡Se quedarán esperando por eso! Reuters: ¡Se quedarán esperando por eso!».

Ruleta petrolera

Predecir los precios del petróleo es una manera segura de equivocarse. No obstante, la mayoría de los analistas coinciden en que el oro negro ingresó en un ciclo donde al menos hasta finales de 2016 no retornará a los niveles de 100 dólares el barril. En este contexto la posibilidad de que la administración de Nicolás Maduro logre sacar a la economía del túnel de inflación, recesión y escasez luce muy comprometida[4].

Una demanda que desfallece por la fragilidad de grandes locomotoras de la economía global resta brillo al crudo. La Zona Euro emite señales de dirigirse a la tercera recesión en seis años; si bien Estados Unidos muestra signos de vitalidad, en términos históricos se trata de una recuperación débil, y China comienza a perder ímpetu.

Pero la fragilidad de la demanda no es el único factor que vulnera los precios del barril. También hay un crecimiento inesperado de la oferta. Gracias a la extracción de crudo de lutitas (shale en inglés), un tipo de roca rebosante de petróleo y gas inaccesible hasta la aparición de nuevas tecnologías, Estados Unidos ha incrementado a paso firme su producción al punto que un estudio de Wood Mackenzie afirma que, al ritmo actual, en 2025 podrá autoabastecerse[5].

Arabia Saudita también ha aumentado la producción mientras que Irak –de manera lenta pero constante– comenzó a recuperar su actividad después de la guerra al igual que Libia. Por otra parte, Irán negocia la firma de un tratado que se traduciría en el levantamiento de las sanciones que le impiden colocar libremente petróleo en el mercado.

A fin de golpear la rentabilidad de la extracción del crudo de lutitas en Estados Unidos, que en teoría requiere que el barril se cotice a un precio superior a 70 dólares y no ceder cuota de mercado, Arabia Saudita ha liderado la política seguida hasta ahora por la OPEP de no recortar producción.

Un factor a tomar en cuenta es que las empresas que explotan este petróleo no convencional han mejorado notablemente la productividad y los días para perforar un pozo cayeron de 22 a 9. El número de pozos perforados cada año aumentó de 16 a 41 y también están mejorando las técnicas para romper la roca. La producción inicial por pozo creció 50 % en los últimos tres años.

La Agencia Internacional de Energía (AIE) considera que el ciclo en el que la oferta de petróleo supera a la demanda por un margen amplio y presiona a la baja los precios del barril se mantendrá hasta finales de 2016.

En su reporte de agosto de 2015 el organismo señala que la oferta de petróleo continúa creciendo a una «velocidad vertiginosa» y que en el segundo trimestre superó la demanda en 3 millones de barriles diarios, la mayor cantidad desde 1998.

«El reequilibrio que se inició cuando los mercados petroleros comenzaron con una caída inicial de precios de 60 % hace un año aún no ha acabado. Desarrollos recientes sugieren que el proceso se extenderá hasta bien entrado el 2016», dijo el reporte de la AIE.

Un factor relevante a tomar en cuenta es si definitivamente China, el segundo consumidor mundial de petróleo, crecerá a menores tasas y por ende le restará soporte al precio del barril de forma permanente. Todo apunta a que este es el caso: el gobierno del gigante asiático recortó su proyección de crecimiento para 2015 a 7 %, la magnitud más baja en dos décadas.

La desaceleración de China es natural en el sentido de que tras crecer a un promedio de 10 % anual durante los últimos 30 años, lo normal es que la expansión pierda potencia porque cada vez es más difícil mantener la tasa. Por ejemplo, un crecimiento de 7 % en 2015 significaría una producción mayor en bienes y servicios a la alcanzada en 2007, cuando la economía registró un alza de 14 %.

En el largo plazo el crecimiento depende en gran medida de la productividad, es decir, de la capacidad para incrementar la producción por trabajador y la brecha tecnológica entre China y los países desarrollados ha disminuido, lo que implica que las ganancias en productividad ya no tendrán la misma intensidad.

Otro factor a tomar en cuenta es que la población en edad de trabajar alcanzó su pico en 2012 y la inversión, que llegó a ubicarse en la astronómica proporción de 49 % del PIB, también parece haber tocado techo.

A las dudas que genera el entorno internacional se añade una creciente desconfianza hacia la capacidad de pago de Venezuela. En un entorno donde los precios del petróleo han registrado una baja sustancial y la república, incluyendo Pdvsa, está obligada a cancelar entre el segundo semestre de 2015 y 2016 unos 16.000 millones de dólares por vencimientos de deuda externa, las entidades financieras se preguntan continuamente si la administración de Nicolás Maduro no optará por declararse en default, es decir, no cumplir con el pago en el tiempo estipulado.

La firma Síntesis Financiera proyecta que si en 2016 el precio de la cesta petrolera venezolana promedia 48 dólares el barril al tomar en cuenta los ingresos y todos los gastos en divisas como importaciones y pagos de deuda, el país tendría un déficit de 22.000 millones de dólares.

Los inversionistas observan un altísimo riesgo en las finanzas venezolanas, lo que se traduce en que si la república emitiese nuevos bonos para obtener recursos y cancelar los que están por vencerse, tendría que pagar una tasa de interés exorbitante[6].

Otra señal proviene de los credit default swap (CDS), el instrumento que utilizan los inversionistas para asegurarse de un posible incumplimiento en el pago que debe hacer el Gobierno al vencimiento de los bonos. Las compañías que venden los CDS les aseguran a los inversionistas que, en caso de que la administración de Nicolás Maduro no les cancele ellas lo harán, a cambio de recibir un pago anual. Es decir, operan como una póliza de seguro contra la eventualidad de un default.

En un reporte fechado el 8 de julio de 2015, el Bank of America indica que el desenvolvimiento de los CDS de Venezuela apunta a que el mercado observa 56 % de probabilidad de que el país caiga en default en un año y 95 % en los próximos cinco años.

La turbulencia

En 1984 el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) publicó un libro que resulta esencial para entender por qué en la década de los noventa Venezuela fue sacudida por una severa crisis política y económica que produjo un largo período de decadencia, violencia y empobrecimiento: El caso Venezuela: una ilusión de armonía.

El trabajo incluye un texto de Moisés Naím y Ramón Piñango que resultó un análisis profético: gracias a la riqueza petrolera, Venezuela creció, se modernizó y se expandió en todos los órdenes a una velocidad centelleante sin incurrir en las confrontaciones que estos procesos de transición desataron en otros países. No obstante, para ese entonces ya era evidente que el descenso de la renta petrolera presagiaba tiempos tormentosos en una sociedad carente de instituciones sólidas para dirimir conflictos. Por lo tanto, el país debía abocarse a construir un mejor sistema judicial, un parlamento eficiente y medios de comunicación social que difundieran de manera seria e imparcial los temas a ser debatidos.

Hoy podría decirse que la debilidad institucional es mucho más profunda que en 1984. Los poderes públicos responden claramente al partido de gobierno, no existen contrapesos y difícilmente habrá árbitros idóneos para encausar los conflictos que comienzan a aflorar tras el temblor que sacude al modelo económico y la desaparición del liderazgo carismático de Hugo Chávez.

Aunque es evidente un período de tiempos turbulentos está por verse si el chavismo perderá el poder. El 6 de diciembre de 2015, si todo ocurre como está previsto, los venezolanos elegirán la nueva Asamblea Nacional y entonces habrá una señal clara de si comenzará un proceso de transición política.

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361

 


[1]    Esta frase fue pronunciada el 27 de junio de 2015 en cadena nacional durante la entrega del Premio Nacional de Periodismo.

[2]    Jorge Giordani incluye el documento en su libro Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[3]    La carta está publicada en el libro de Jorge Giordani Encuentros y desencuentros en una construcción bolivariana (Vadell Hermanos, Caracas, 2015).

[4]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, la cesta petrolera venezolana registra un promedio en el año de 48,37 dólares versus un promedio anual de 88,42 dólares en 2014. En 2013 la cesta se cotizó a un promedio anual de 99,49 y en 2012 de 103,4 dólares.

[5]    Outlook by Wood Mackenzie’s Global Trends Service, 23 de octubre de 2014.

[6]    Al cierre de la primera semana de septiembre de 2015, Venezuela asumiría una tasa de interés de 29 puntos porcentuales por encima de lo que paga Estados Unidos, la nación que se financia al menor costo, mientras que en promedio el resto de los países de América Latina cancela 4 puntos.

 

¿Cómo llegamos a esta crisis? Parte III

“Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto”, dice Víctor Salmerón –periodista especializado en economía–, quien en el 2015 publicó el libro La economía del caos, con el sello Punto Cero. En el primer capítulo, desmenuza los problemas que padece la economía venezolana. Hoy día, en el 2018, ese texto ayuda a comprender cómo Venezuela llegó a la peor crisis de su historia, con personas en pobreza extrema absolutamente desatendidas por los entes oficiales, con personas de la clase media usando las tarjetas de crédito para pagar gastos diarios y con una marcada fuga de talento. En Revista Ojo, dividimos el capítulo en cuatro entregas que forman parte de una serie que hemos denominado ¿Cómo llegamos a esta crisis?

Para leer la entrega anterior, haz click aquí.

 

Los nuevos pobres

Gracias al extenso período de altos precios del petróleo la cantidad de hogares sumergidos en la pobreza disminuyó porque el Gobierno aumentó la nómina en el sector público, abrió las compuertas del gasto, instrumentó subsidios y hubo importaciones baratas que estimularon el consumo junto a los incrementos de salario. Sin embargo, tras dos años durante los cuales el oro negro detuvo el vuelo y la inflación comenzó a erosionar el ingreso, tanto las estadísticas oficiales como el reciente estudio elaborado por tres prestigiosas universidades del país reflejan que los logros se evaporan velozmente[1].

El proyecto Análisis de condiciones de vida de la población venezolana 2014, realizado por la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, incluyó un estudio que empleó la misma metodología que aplicó la antigua Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), hoy Instituto Nacional de Estadística (INE), cuando en 1998 elaboró la última encuesta social realizada por el Estado.

El estudio concluye que la proporción de hogares en pobreza, de acuerdo al ingreso que reciben, es mayor que la que existía un año antes de que Hugo Chávez tomara el poder: en 1998 la encuesta social arrojó que 45 % de los hogares del país eran pobres y el estudio llevado a cabo por la academia determina que al cierre de 2014 la cifra se ubica en 48,4 %.

Para medir la cantidad de hogares en penuria, de acuerdo al ingreso, el Instituto Nacional de Estadística y el estudio llevado a cabo por las universidades contempla que las familias que no obtienen suficiente dinero a través del salario, bonos, becas, pensiones, para comprar cada mes una canasta de alimentos básicos que permita a cada integrante ingerir al menos 2.200 calorías diarias, son catalogadas como pobres extremos. Luego, las familias a las que su ingreso no les permite costear una canasta que añade a los alimentos básicos servicios esenciales como luz eléctrica y transporte son pobres.

El retroceso en materia de pobreza va de la mano del acelerado incremento de los precios y la merma en la capacidad de compra del ingreso.

Las últimas cifras publicadas por el Instituto Nacional de Estadística corresponden a 2013 y coinciden con el estudio de las universidades, en el sentido de que la cantidad de pobres está en franco crecimiento. Al comparar 2013 con 2012, un total de 1,7 millones de venezolanos ingresaron a las filas de la pobreza que, al cierre de ese año, contaban con 9,1 millones de personas, de las cuales 2,7 millones están en pobreza extrema. En términos porcentuales se trató de un aumento desde 25,4 % hasta 32,1 % de la población.

La política social no contempla planes focalizados para ayudar directamente a las familias que no pueden cubrir la canasta básica de alimentos. En teoría, los precios controlados y el subsidio que hace el Gobierno al vender alimentos a bajo costo a través de su red de supermercados y abastos conocidos como Pdval, Bicentenario y Mercal deberían evitar el salto de la pobreza, pero los resultados no son los esperados porque esta ayuda no está llegando a quienes más la necesitan.

El estudio de las universidades indica que los planes sociales que el Gobierno engloba bajo el nombre de misiones, al no ser focalizados, tienen baja efectividad: solo 20 de cada 100 personas en pobreza extrema se benefician de las ayudas.

Mientras la pobreza crece se mantiene un gigantesco subsidio al precio de la gasolina que principalmente beneficia a las clases altas y medias que poseen automóviles. Carlos Castillo, un ingeniero que llena el tanque de su Volkswagen Fox por tan solo 6 bolívares (0,9 dólares al tipo de cambio de 6,30 bolívares por dólar), me indica que «prácticamente es un regalo y puede ser injusto, el pasaje en una camioneta de transporte público cuesta el triple, pero en medio de tantas dificultades al menos puedo beneficiarme de algo».

La clase media experimenta un desmejoramiento acelerado. Mientras la inflación se desplaza a gran velocidad el salario de los profesionales avanza muy lentamente en unas empresas que producen menos. Para tratar de mantener el estatus los jefes de familia se aferran al salvavidas de la tarjeta de crédito que ahora es utilizada con regularidad para comprar medicinas, alimentos, pagar la mensualidad del colegio privado de los hijos o los útiles escolares[2].

Gracias a que las regulaciones indican que los bancos no pueden cobrar una tasa de interés superior a 29 % mientras que la inflación supera 100 %, la morosidad se mantiene baja porque el deudor le paga al banco con un dinero que vale menos que cuando recibió el préstamo. Pero el peligro de una burbuja está presente.

Boxeo salvaje

Si se pensara en la economía venezolana en términos deportivos habría que referirse a una pelea de boxeo en la que no existe árbitro y las reglas han sido abolidas de facto. Los precios aumentan a una velocidad vertiginosa, cobros de vacuna, escasez, devaluación, comisiones groseras. El entorno es sumamente hostil en las grandes empresas y también en el terreno de las pequeñas inversiones. Hay víctimas.

Jennifer Rodríguez y Carlos Meleán, una pareja de diseñadores gráficos que decidió apostarle a un negocio propio en Caracas, cuentan cómo la ilusión dio paso al viacrucis. En primer término pensaron en un establecimiento donde las personas pudieran degustar un buen café, conversar y disfrutar un excelente postre, pero luego encontraron un sitio en Los Dos Caminos, una zona de clase media, y decidieron acondicionarlo para ser una franquicia de Pastelhaus, reconocida por sus pasteles, pizzas y tortas.

Rápidamente surgieron los problemas. «El local estaba en obra gris, teníamos que terminar de construirlo. Así descubrimos que existe un sindicato que te cobra vacuna para dejar trabajar a los obreros. Nuestro local estaba en la planta baja de un edificio que en el resto de los pisos tiene apartamentos. Las tuberías de desagüe deben tener un grosor específico que no fue el que utilizó la inmobiliaria, probablemente para ahorrar costos. Entonces, cuando hacían remodelaciones en los apartamentos las aguas negras nos inundaban», dice Jennifer Rodríguez.

«No escatimamos en gastos. Compramos la mejor vajilla, un filtro gigantesco para depurar toda el agua del local, la cafetera de la mejor marca, igual con las neveras, mesas, uniformes para los trabajadores, era nuestro sueño. El día de la inauguración apareció la presidenta de la junta comunal a reclamarme delante de los clientes que cómo abría sin su permiso. Era otra vacuna. También nos ocurrió algo similar con un inspector del Ministerio de Sanidad. Necesitas no sé cuántos permisos, es una carpeta de lo más voluminosa», agrega.

«Las leyes en materia laboral también son un problema. Aunque teníamos cámaras y descubríamos a trabajadores que nos robaban no podíamos despedirlos. El personal falta y tampoco lo puedes despedir. Cuando iba al Ministerio del Trabajo me señalaban como el explotador, para nada tomaban en cuenta que estaba haciendo una inversión, creando empleo con todos los beneficios que contempla la ley. Nunca obramos mal, pero uno aquí está desamparado», dice Jennifer Rodríguez.

Carlos Meleán, su esposo, explica que por inconvenientes con Pastelhaus rompieron la relación comercial y siguieron adelante bajo el nombre de Spezia Café, enfocándose en almuerzos, ensaladas. El cambio permitió detectar que los encargados de los inventarios compraban insumos en cantidades exorbitantes para recibir comisiones de los proveedores.

«Seguimos trabajando pero comenzó un calvario para encontrar harina de trigo, carne, queso cheddar, salsas; eran muchos los ingredientes que no conseguíamos por la escasez y no podíamos ofrecer un producto de calidad como queríamos. A esto se sumó la inflación. El salmón, por ejemplo, que era el ingrediente fundamental de una ensalada que vendíamos mucho, se disparó a un precio en el que era imposible trasladarlo a nuestros clientes; lo mismo con el queso parmesano importado para las pastas», dice Carlos Meleán.

«Paramos por una semana que nos tomamos para despejarnos. Era diciembre de 2013, había pasado un año. Cuando regresamos en enero de 2014 una de las neveras se había dañado. Nadie nos quería vender los repuestos porque como había un alza del dólar en el mercado paralelo no había quien se comprometiera sin saber el costo de reposición. Los técnicos que revisaban la nevera nos pintaban un panorama terrible, hablaban de motores inservibles. Luego descubrimos que solo querían mucho más dinero del necesario. En medio de la crisis todo el mundo estaba afilado», recuerda Carlos Meleán.

«Liquidamos al personal. Entonces vinieron las protestas en febrero de 2014, las guarimbas[3]. Por el cierre de calles era muy complicado llegar al local y llevar a mi hijo al colegio. Hablamos con una corredora de bienes raíces y pusimos el establecimiento en venta, con equipos incluidos. Nadie se interesaba. Nadie venía. Cuando las cosas se calmaron aparecían posibles compradores pero trataban de aprovecharse ofreciendo muy poco, la economía estaba muy deteriorada. Por fin, después de varios meses apareció un emprendedor, que ya tiene dos restaurantes, e hizo negocio con nosotros. La verdad es que no recuperamos ni la veinteava parte del dinero que invertimos. Al menos estamos más tranquilos», dice Carlos Meleán.

La idea de que en Venezuela cada día es más difícil el desarrollo personal, la conflictividad política, la inseguridad y la percepción de que el país camina hacia una crisis más profunda ha hecho que el tema de irse o quedarse esté presente en la mayoría de las conversaciones de quienes tienen alguna posibilidad de marcharse. Por primera vez los sociólogos hablan de «fuga de talento» y profesores universitarios explican que cuando solicitan a sus alumnos que levanten la mano quiénes desean irse, todo el salón lo hace. Aparte de las colas a las puertas de los supermercados también se hacen filas en los consulados donde emiten las visas o en el Ministerio de Relaciones Exteriores para apostillar documentos.

Un estudio elaborado por Datanálisis en agosto de 2015 registra que cuando se les pregunta a los venezolanos si tienen intenciones de emigrar y vivir en otro país, de tener posibilidades, 30 de cada 100 responden afirmativamente y en el caso de los jóvenes entre 18 y 23 años la proporción es cuatro de cada diez.

Valentina Palma y Eloy Salgado forman una pareja de excelentes músicos que desde el primero de agosto de 2015 vive en Estados Unidos, en Houston, junto a Matías, su hijo de cuatro años. Durante más de una década se desempeñaron como clarinetistas de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas y forman parte de los venezolanos que en los últimos meses emigraron.

«Lo primero que nos llevó a decidirnos es que se nos facilitaron las cosas en el sentido de que obtuvimos todos los documentos necesarios para trabajar legalmente en Estados Unidos», dice Valentina Palma, quien a sus 35 años es descrita por la prestigiosa firma Vandoren como una de las «clarinetistas líderes de su generación».

Ante la interrogante de qué la motivó a emigrar explica que «en primer lugar la inseguridad, esa situación de incertidumbre, de ruleta, que no sabías el día en que te podía tocar y según las estadísticas cada día era más probable que te tocara, era una angustia con la que ya no podía vivir. Más teniendo un niño de solo cuatro años. Luego están cosas como la alimentación de Matías, cada vez era más difícil conseguir productos de calidad para que su desarrollo sea óptimo, leche, proteínas; la escasez».

Añade al relato el tema de la inflación. «Mi sueldo era uno de los más atractivos en el ámbito donde me desenvolvía, trabajaba para la Sinfónica Municipal de Caracas, el Sistema de Orquestas Juveniles, la Fundación Mozarteum, pero lo que ganaba por todo lo que trabajaba no me permitía comprar lo que quería porque los precios cada vez eran más altos. El costo del colegio privado para Matías también aumentaba».

 

Por Víctor Salmerón | @vsalmeron 

 

Tapa blanda: 270 páginas

Editor: Ediciones Puntocero (20 de agosto de 2016)

Idioma: Español

ISBN-10: 9789807312363

ISBN-13: 978-9807312363

ASIN: 9807312361


[1]    Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) registran que en el primer periodo de gobierno de Hugo Chávez, entre 1998-2003, el porcentaje de personas pobres aumentó desde 50,4 % hasta 62,1 %. Entre 2004-2008, cuando ocurre el boom petrolero, la pobreza bajó hasta 32,6 %. En ausencia de un incremento constante en el precio del barril, la mejora se detuvo y al cierre de 2013 (último dato del INE) es de 32,1 %. En 2012 y gracias a un incremento muy grande del gasto público durante la campaña electoral, la pobreza descendió hasta 25,4 %.

[2]    En 2014, después de descontar el efecto de la inflación, los préstamos a través de las tarjetas de crédito crecieron 45 % de acuerdo con cifras de Datanálisis. Cifras de la Superintendencia de Bancos indican que al contrastar el segundo semestre de 2014 con el mismo lapso de 2013, el número de consumos cancelados con tarjetas de crédito en supermercados y abastos crece 41,6 %, en clínicas y farmacias 43 %, mientras que la cantidad de operaciones por avances de efectivo se dispara 252 %.

[3]    Bajo este nombre se conoce a una serie de protestas que llevaron adelante estudiantes y miembros de la oposición. En Caracas se tradujo en el cierre de calles en distintas urbanizaciones.

 

Josef Martínez: conquistar EEUU sin bates ni guantes

Si no se le daban las cosas con el balón, hubiese sido beisbolista. Eso dijo una vez. Aunque por su baja estatura es difícil imaginarlo corriendo entre bases, la verdad es que driblando le iba demasiado bien como para que se planteara vivir de otro deporte. Para alguien como Josef Martínez, que nació y creció en un barrio de Valencia, ya imaginar el futuro era una forma de rebeldía: como dice el escritor Hensli Rahn en uno de sus cuentos, lo más chimbo de la pobreza no es la falta de dinero sino de destino.

Esa sensación de naufragio con la que se crece en las barriadas populares venezolanas se ha extendido a muchos jóvenes, con el aumento de la crisis y la destrucción perpetrada por el chavismo. Ya no es una cuestión de clases sociales, sino de nacionalidad: los más dramáticos dicen que se le robó el futuro a una generación.

Son cientos de miles –ya no solo jóvenes sino de todas las edades– los que han decidido migrar en busca de muchas cosas que no encuentran o que creen que no podrán encontrar en su país. El éxodo, como era de esperar, devino problema para el resto de la región. Miles de venezolanos, con la fe como único activo, están entrando a países como Ecuador, Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina: ninguno de los cuales especialmente organizado ni rico.

Como en casi todas las grandes situaciones de desplazamiento, la población migrante es susceptible a ser blanco de xenofobia. Los miles de venezolanos que están al borde de la indigencia en el extranjero, así como lo inevitable que resulta que más de un hampón también cruce las fronteras, han servido de excusa para quienes quieren despreciar a nuestro gentilicio. Los medios de comunicación existen en la práctica para crear matrices de opinión, por eso no faltan los que prefieren darle la portada de un periódico a una banda de delincuentes migrantes antes que a un solvente profesor que esté trabajando y pagando impuestos en el país en el que logró establecerse de forma legal.

Por eso es tan importante el reconocimiento que consiguen ciertas figuras públicas en el extranjero.

Si –como escribió Mario Vargas Llosa– el mundo actual vive en La civilización del espectáculo, una era en el que muchos chamos prefieren tatuarse como futbolistas antes que macerar las ideas en la soledad de las bibliotecas, los héroes del balón ocupan un rol central en la cultura popular que también puede capitalizarse de forma positiva. Que Josef Martínez se convierta en el goleador histórico de una temporada en la MLS, al mismo tiempo que se le niega la visa a centenas de compatriotas suyos, es una muestra de que los venezolanos son algo más que los nuevos pedigüeños del continente.

La esperada consolidación

Con 31 goles anotados en la temporada 2018/19 de la MLS y la respectiva Bota de oro, Josef Martínez ha inscrito su nombre en el fútbol estadounidense con letras del mismo color que usa para teñirse el cabello. Su fútbol ha crecido al ritmo de sus cambios de look.

Lo más lejos que había llegado jugador alguno en la tabla de goleadores de una temporada era a 27 tantos. Josef dejó esa marca atrás del mismo modo en que atraviesa defensas. Además, al jugar en el Atlanta United –un club con solo cuatro años de vida– se ha visto en la poco habitual posición de, en vez de perseguir el listón de otros, dejar él el suyo tan alto como pueda.

Se ha erigido como una de las figuras de una competición cuyo nivel va en ascenso, mientras destaca en un equipo que, según opinan varios analistas, bien podría competir en cualquiera de las cinco principales ligas de Europa. El conjunto dirigido por el Tata Martino –y cuyo preparador físico es Rodolfo Paladini, quien ejerciera en el Caracas con el que debutó Josef en Primera– es uno de los más potentes de las últimas dos campañas y da de que hablar no solo por sus resultados, sino por un juego asociativo que no era tan común en la MLS de hace diez o quince años: esa en la que, por ejemplo, Jorge el Zurdo Rojas hacía un recorte y lograba que medio equipo rival tambaleara.

Ahora la MLS es un torneo en el que figuras como Zlatan Ibrahimović o David Villa no marcan diferencia solo con sus nombres.

En este contexto, Josef Martínez está atravesando la mejor época de su carrera. No en balde, a sus 25 años, camina hacia la edad de oro de los futbolistas, esa en la que suelen alcanzar el tope de su rendimiento.

Por la precocidad que lo ha caracterizado, solía dar la sensación de que era un veterano que nunca terminó de explotar. Fue el goleador de la Segunda División de Venezuela con el Caracas B siendo aún menor de edad. En Primera se convirtió en uno de los delanteros más desequilibrantes del torneo sin siquiera tener 20 años. Y dio el salto a Suiza quizá demasiado pronto, con incluso unos 30 partidos menos que Alexander González, el otro venezolano del Caracas que fichó junto a él por el Young Boys, aunque con un año más de edad y el doble de experiencia en Primera.

Desde ahí, el entorno exageró sus expectativas hacia un chamo que se preparaba para el éxito. Al psicólogo Manuel Llorens le gusta recordar que, cuando trabajaba en el Caracas, solo había dos jugadores de toda la estructura profesional que asistían a las clases de inglés que ofrecía la institución: Josef y Alexander.

Luego de cuatro temporadas irregulares en Suiza pero en las que supo demostrar su talento, el ariete fue presentando por el Torino de Italia y respondió a los periodistas en italiano.

Venezuela es un país en el que la juventud tiene un valor que en ocasiones se exagera. Es a los chamos (a los estudiantes, si se quiere) a quienes se les endilga la responsabilidad de realizar protestas contra el autoritarismo. La sociedad asume esto con normalidad. En el 2007, en medio de un país sumido por los excesos de Hugo Chávez, una generación de universitarios se organizó –como no pudieron hacerlo los políticos consagrados– para manifestar su rechazo al referéndum constitucional. De ese movimiento salieron rostros que empezarían a ocupar cargos de elección popular y que liderarían las históricas protestas del 2017.

Es una dicotomía interesante. En una sociedad matricentrista en el que la adultez (con todo lo que significa) llega relativamente tarde, dado que los  chamos viven “protegidos” en el hogar materno, es precisamente a los jóvenes a quienes se les pide que vayan al frente en los momentos de conflicto.

El deporte es producto de esa realidad. Ante la falta de recursos humanos que estén a la altura de las competiciones internacionales, un fútbol en el que –debido a que todavía no termina de madurar– cada generación es más talentosa que la anterior, se ha hecho normal acelerar el proceso formativo y colocar a las promesas en escenarios exigentes demasiado pronto.

En el 2012, César Farías y la Vinotinto necesitaban una inyección de energía que les mostrara que el Mundial aún era una posibilidad. Tocó jugar en Asunción. La decisión del DT nos pareció lógica a muchos: le dio espacio a los “niños”. Josef fue una de las figuras del partido. Tenía solo 19 años.

A partir de ahí se construyó la idea de que debía ser un referente de la selección y uno de los referentes de nuestro fútbol en Europa. Poco se pensó en si ya estaba tan desarrollado como para hacer frente a esas exigencias. En el Torino tuvo sus altibajos. En la Vinotinto, también; pero logró consolidarse como un fijo en las convocatorias de Farías, Chita y –por último– Dudamel.

A los delanteros venezolanos siempre les ha costado afianzarse en la selección. Salomón Rondón apareció con un talento inédito para ser la excepción que confirma la regla: junto a él han desfilado numerosos arietes que han sido convocados más para aprovechar sus rachas puntuales que sus capacidades absolutas. Pero Josef Martínez siempre se mantuvo ahí: a la espera de ser titular, de tener unos minutos, de destacar o de macerarse en la sombra. Ahí.

En el 2017, salió del Torino rumbo a la MLS. Daba la sensación de que su carrera se había estancado, de que él había perdido el rumbo. Lo mentaron como una promesa que no terminó de consolidarse y se miró de reojo a los chamos de la selección sub 20, como posibles candidatos a suplirlo en la Vinotinto. Se obviaba que recién tenía 24 años, la edad en la que en las selecciones de verdad competitivas muchos empiezan si quiera a ver minutos con frecuencia.

Él ya tenía alrededor de 30 partidos y dos Eliminatorias disputadas.

Fracaso es una palabra que, dicen algunos, en realidad es un espejismo. Quizá, el fracaso no es más que objetivos mal planificados. Si con 15 años te planteas ser millonario, casarte, comprar cuatro casas, dos carros y convertirte en un magnate de las bienes raíces y no logras nada de lo anterior, el verdadero fallo es de planificación: hay que poner los pies sobre la tierra y pautar objetivos acordes a los recursos.

Pronto quedó claro que la etapa más competitiva de la historia de la MLS le sentaba bien a Josef. Empezó a tener una regularidad de la que no había gozado nunca: nadie dudaba de que debía ser el titular. Todo estaba dado para que, luego de tantas exigencias desmedidas, la madurez llegase en el momento en que debía llegar. Ahora es una de las figuras de una de las ligas de más nivel de América. Y le sugiere a los norteamericanos que en Venezuela los únicos exitosos no son los beisbolistas.

Recuperar el futuro

Orianna daba clases de español por Internet. Sus alumnos estaban en diferentes partes del mundo, pero principalmente en Estados Unidos. Uno de ellos vivía en Georgia y, cuando hubo ganado confianza, no reprimió las ganas de preguntarle a su profesora por Josef Martínez.

Orianna vivía en San Antonio de los Altos y es más venezolana que la arepa. Pero nunca se ha interesado por los deportes. Así y todo, una pizca de orgullo patrio bailó en su corazón cuando se enteró de que un futbolista venezolano que militaba en la MLS era el máximo ídolo de su alumno.

La vida tiene formas impensadas de ponernos frente a realidades que ignorábamos.

La referencia que tiene este norteamericano de pura cepa de los venezolanos es un futbolista que considera genial y una profesora con la que hizo buenas migas. Esas experiencias le llegaron antes que las decenas de mensajes negativos y campañas contra los desplazados del mismo país.

La imagen de Josef Martínez, un chamo de un sector popular, que no juega béisbol ni es actor de telenovela, amplia el espectro de posibilidades positivas que se asocian a su gentilicio en el extranjero. Y genera, asimismo, un efecto positivo en los chicos que crean que ya no tienen ninguna posibilidad de éxito en el mundo gracias a la devastación de la dictadura: los aires derrotistas que circulan por las generaciones nacidas después del 85 deben contrastarse con el soplo de esperanza que significan los logros de jóvenes como Josef.

La sensación de ansiedad de cara a que la vida es algo que debe ocurrir pronto, rápido, con frutos en metálico que lluevan antes de los 30 años, corresponde a una carrera de sufrimiento que prioriza lo cuantitativo antes que lo cualitativo y que, salvo contadas excepciones, desembocará en fracaso. Las experiencias deben madurarse hasta ser incorporadas al individuo para que este pueda transformarlas en recursos que lo acerquen a triunfos personales. Josef no podía ser una figura internacional a los 20 años, del mismo modo en que la mayoría de los jóvenes de similar edad no puede aspirar a resolver todas las necesidades materiales de su familia.

El trabajo, la preparación, la constancia y la convicción, son los motores de los que se apalanca el talento para pasar de las sensaciones de deriva a las de gloria. Y todo ese proceso debe asumirse con paciencia y disfrute.

Josef está en la cima de la MLS. Y ya abundan las voces desesperadas de hinchas que –desde la comodidad que da opinar sobre la vida de otros– preguntan cuándo regresará a Europa, “ahora que recuperó el camino”. No se dan cuenta de que nunca lo perdió: esa aspereza cotidiana forjaba su carácter como futbolista del mismo modo en que el fuego castiga al metal para convertirlo en joya. Más que estar extraviado, caminaba un sendero lógico que devino reconocimiento y estabilidad. Su carrera es un mensaje para sus compatriotas.

Muchos preguntan, repito, cuándo regresará al Viejo Continente. Y yo pienso que lo importante es que siga disfrutando, con paciencia de artesano, de algo difícil de encontrar: la prosperidad.

Foto: AVN

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel 

Arrival: el lenguaje como piedra angular

En su momento, ver Arrival (2016), dirigida por Denis Villeneuve y escrita por Eric Heisserer, me produjo cierto temblor: por la emoción, la sorpresa y la impresión de que una pieza cinematográfica haya resonado con tanta potencia en mí. Eso es lo que pasa cuando encuentras una obra de arte que te habla de frente sobre las ideas que has venido trabajando, que te cuenta sin complicaciones tus propias cavilaciones sobre la naturaleza humana, que te dice con una belleza sutil que no estás solo en tus construcciones, que nunca lo estarás. Es la misma sensación que tuve al leer Desde el Jardín, de Jerzy Kosinski (1971); El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald (1925); Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1967); la misma sensación al ver Si hubiera sabido que era un genio, de Domenique Wirstchafter (2007); o Inception, de Christopher Nolan (2008). En fin. El caso es que más adelante lanzaré algunos spoilers, así que si no has visto la película y te interesa verla con la ilusión del primerizo, te recomiendo que te detengas aquí, la veas y luego retomes esta lectura.

La película me atrapó desde la primera escena por su calidad narrativa. Comienza diciendo el personaje de la doctora Louise Banks (Amy Adams) algo como “Siempre creí que aquí era donde comenzaba tu historia”. Apenas lo escuché pensé “Qué buen inicio; qué bien escrito”. Y, paradójicamente, sería esa una de las claves de la película: escribir bien, entender los vericuetos del lenguaje, expresarse correctamente, generar el espacio para darse a entender.

No obstante, mientras iba avanzando me asusté un poco, pues pensé “¿Qué puede hacer una profesora de lingüística en medio de una invasión alienígena?, ¿es necesario poner a esta mujer a cargar armas más pesadas que ella para destrozar seres viscosos de otro planeta?”

He ahí mi primera sorpresa en cuanto al abordaje que supone la película: realmente necesitaban a una experta en lingüística para poder comunicarse con los alienígenas. Contrario a lo que sucede en otros filmes similares, estos alienígenas no parecen demostrar una inteligencia superior que les permita ajustarse a una “lengua primitiva” como la humana. Por el contrario, parecen tener un lenguaje propio. Surge la necesidad, entonces, de establecer un puente comunicacional, ¿pero cómo?

En la escena donde se conocen la Dra. Louise y el doctor Ian Donnelly (Jeremy Renner), aparece lo que pudiera ser el mensaje central de la película y uno de los pilares sobre los que para mí se sostiene la humanidad. Donnelly lee en voz alta un pasaje de un libro de Louise, donde ella asevera que la piedra angular de la humanidad es el lenguaje, definiéndolo como el pegamento que une a la gente y la primera arma en ser desenfundada durante un conflicto. En un acto de arrogancia, Donnelly le señala su error, pues lo central para la humanidad, según él, es la ciencia.

La escena me hizo reír. Reír de la alegría por lo que comentaba Banks en su libro y reír de la ternura al escuchar el contra-argumento de Donnelly.

¿Qué sería la ciencia sin el lenguaje?, sin su capacidad de divulgación y difusión. Qué sería de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la cotidianidad, del amor, de la guerra, de los humanos, si no tuviéramos el lenguaje. ¿Qué sería de nuestra existencia sin un sistema de códigos que nos permitiera organizar y simplificar nuestra experiencia? ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos decir “mariposa roja” para señalar al animal que tenemos delante, sin tener que mencionar todos los otros animales que no son lo que estamos viendo? ¿Cómo pudiéramos lograr algo si no tuviéramos el lenguaje para separar el yo del no-yo; el “humano” del “heptápodo”; el “Louise” del “Ian”; el “Abbott” del “Costello”?

Dice Jerome Bruner en su libro La Fábrica de Historias (2002) que el lenguaje es la moneda de cambio de la cultura. Me adscribo a ese pensamiento. Es a través del desarrollo de un sistema tan complejo que hemos podido crear civilizaciones, levantar imperios, derrocarlos, hacer arte, deconstruir el arte, expresar nuestros pensamientos de la forma más cercana posible a cómo se forman en nuestra mente. De hecho, para Bruner (así como para otros autores como Gergen, McAdams, White, entre otros), el lenguaje juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad. Nos narramos a nosotros mismos, elaboramos el mito de nuestra personalidad, le contamos a los otros la historia de quiénes somos y ellos, utilizando la misma moneda, nos “compran” esa historia, la validan, para que tanto ellos como nosotros podamos tomarla como cierta y perpetuar el mito en el tiempo.

“El poder creador de la palabra”, me ha repetido mi mamá desde siempre. Es una constante en la literatura: Dios creando al mundo desde la oscura y caótica Nada, a partir de palabras; Aslan creando Narnia, a partir de palabras; Alonso Quijano convirtiéndose en el personaje de sus sueños, a partir de las palabras; Harry Potter descubriendo su verdadera naturaleza, logrando ver a sus padres, protegiendo a sus amigos, todo a través de hechizos, que no terminan siendo otra cosa que palabras; Aureliano Babilonia leyendo los escritos de Melquíades sobre la suerte de los Buendía, construyendo la historia de su familia mientras leía, armando toda la saga familiar a partir de palabras.

El lenguaje tiene el poder de crear realidades, mundos, historias que comienzan como ficciones y se convierten en certezas antes de que nos podamos dar cuenta. Pasa con los discursos políticos, con los discursos de poder: a veces arranca todo como una mera herramienta retórica que luego se solidifica como parte de la realidad. ¿No suelen arrancar así muchos de los procesos de construcción de grupos? Nos aferramos a una pequeña porción de la “realidad” y empezamos a construir palabras a su alrededor, hasta que el relato se vuelve tan sólido, tan redondo, tan convincente, que no podemos hacer más nada que asumirlo como verdadero, como si pudiéramos verlo caminando por las calles; porque lo vemos, el lenguaje se vuelve carne y esa carne se vuelve acción.

Y así como crea realidades, el lenguaje crea culturas. Al crear culturas crea normas de funcionamiento. Al crear normas moldea formas de pensamiento. Estas formas de pensamiento son las que a su vez (no sé si este giro tenga sentido) validan las propias culturas, las hacen sistemas cerrados y funcionales que determinan una forma de comportamiento específica para un momento y lugar en específico. Aprender un idioma no es solo aprender las palabras, los fonemas y las normas de gramática. Aprender un idioma implica el aprendizaje de una cultura nueva. Una vez hablaba al respecto con un amigo que vivió un tiempo en Alemania. Él me decía “Mi humor cambiaba cuando hablaba en alemán. Creo que era un humor más intelectual, más cínico; era una cosa diferente”. La familia de mi ex novia es portuguesa. A veces, para fastidiar, imitaba el acento portugués cuando hablaba con ella. Lo que me salía era el acento brasileño. Ella me corregía “Así no. Lo estás diciendo demasiado melódico. Tiene que ser más pretencioso, más neutro, más cerrado”. El idioma no es solo el idioma. El idioma, el lenguaje, incluye la gestualidad, la pronunciación, la forma de articular, todas ellas claves culturales que suman a la vivencia en un grupo en particular.

Es lo que sucede en Arrival. La milicia estadounidense quería, de inmediato, entender el lenguaje de los heptápodos, hacerles las preguntas que querían hacer, obtener la información que necesitaban y ejecutar un plan de acción. Louise Banks, conocedora del asunto, les hace tomar un paso atrás. La doctora Banks se sumerge en un trabajo etnográfico, en un proceso de presentación de la cultura humana a través de nuestro lenguaje, de darles a conocer a los extraterrestres las claves básicas que necesitan para comunicarse y, a su vez, poder comprender el lenguaje de los visitantes y hacer llegar con efectividad los mensajes y las inquietudes que cada uno tiene.

Mientras más se involucra con el lenguaje de los heptápodos, Louise va notando cambios en su forma de pensar. Ian le pregunta en algún momento: “¿Estás soñando en tu idioma?” Una de las claves del aprendizaje de un idioma es cuando comienzas a pensar en ese idioma en particular. Porque pensar en ese idioma implica poder entender el contexto en función a las herramientas que da ese lenguaje, permite organizar la realidad según las categorías que brinda ese sistema; es empezar a actuar en función de los códigos particulares de ese grupo. Es en ese momento cuando realmente empiezas a moverte en un lugar nuevo: cuando puedes pensar en el idioma local.

En la película el asunto es llevado a unos extremos que pueden ser excesivos, pero son geniales. Louise, a través del manejo del lenguaje extraterrestre, empieza a tener visiones del futuro. Estos seres tienen una comprensión particular del tiempo: lo tienen todo frente a sus “ojos”, están conscientes de lo que pasa ahora, lo que pasará mañana, lo que pasará en tres mil años. Louise logra una comprensión tan profunda del lenguaje de los heptápodos que llega pensar como ellos, sentirse parte de su grupo.

En el portugués tenemos saudades, y una vez que aprendes esa palabra sientes que conceptualiza un sentimiento que no existe en otro idioma. Cuando manejas el español, “se te puede hacer tarde”, algo que en idiomas como el alemán o el inglés es imposible, pues tú siempre eres el que llega tarde. Y así pudiera haber muchos más ejemplos con muchos lenguajes alrededor del mundo. Lo cierto es que para poder entender las intenciones de los extraterrestres, había que preguntarles en su idioma, había que escucharlos (leerlos) en su propio lenguaje y había que interpretarlos a través de esas manchas de café mediante las cuales se comunicaban.

Qué buena representación de lo que es el trabajo social, de lo que tenemos que hacer los psicólogos y cualquier científico social muchas veces. En ocasiones, no hay mejor intervención que despojarse de todas las barreras innecesarias entre nosotros y los demás (tal como hizo Louise al quitarse toda la parafernalia que le impedía tener un contacto directo con los heptápodos) y acercarse con toda la humildad posible a entender la forma en que ese otro grupo configura, entiende, piensa y comunica la realidad que lo rodea.

Siento que eso se nos ha olvidado, si es que alguna vez lo supimos. Desde las posiciones de poder se intenta implementar soluciones a problemas que, a veces, solo existen en sus discursos. Pero como ya comenté anteriormente, de tanto repetirlos se terminan convirtiendo también en nuestros problemas. Y, para rematar, aquellos que los inventaron no tienen ni siquiera las habilidades o la disposición para terminar de darle respuesta a esa problemática que ellos mismos verbalizaron y terminaron haciendo real. No solo eso, sino que sus intentos por “traducir” sus intenciones o por entender las peticiones del pueblo son tan torpes como ese primer intento de los militares estadounidenses de “traducir” los sonidos que hacían los extraterrestres. Tal como pasaba en la película, muchos de estos actores están haciéndole caso a las señales equivocadas (si es que atienden a algunas señales en absoluto).

Hay que tener siempre en cuenta lo importante que es hablar el idioma del otro, así ambos hablen español. No siempre nos movemos en los mismos códigos, incluso dentro de la misma lengua. Cada palabra tiene un bagaje histórico y cultural que llena nuestro discurso de puertas traseras por las que se llega a un mundo casi infinito de significados, imágenes, recuerdos y vivencias. En Arrival, los extraterrestres hacen referencia a su idioma como un “arma” o una “herramienta”. No hay mejor forma de ponerlo. El lenguaje es un arma de construcción masiva. Es la arcilla con la que moldeamos los constructos que le dan sentido a nuestra existencia. Sin comunicación no hay sociedad, sin sociedad no hay humanidad, porque estamos diseñados no solo para vivir, sino para convivir. Es muy claro en la película: el idioma de los extraterrestres se convierte en un puente que une las comunicaciones de todo el planeta. Es un mensaje un tanto hippie al final, pero tiene mucho sentido. La lengua como puente entre las mentes.

Esa es la idea que hace que la película me siga dando vueltas en la cabeza. Ese gesto que hacen quienes saben de niños, cuando se agachan para estar a su nivel y utilizan las mismas palabras que ellos escuchan en sus programas de televisión. Ese gesto de humildad que hacen algunos “exploradores” al aprender primero el idioma del país al que van a viajar para poder comunicarse como es debido, para poder acceder a los contenidos como se debe. Y lo mucho que enriquece nuestro conocimiento de las culturas el dominio de las particularidades de los lenguajes, incluso dentro de una misma lengua.

 

 

Por César Aramís Contreras  | @CesarAramis

Política y espectáculo en la salud mental

“verse a sí mismo, desnudo ante los otros,
desnudos también ellos, devolviéndonos
a la solar ingrimitud de ser un cuerpo
parado allí frente a los ojos
del escrutinio ajeno, sin la sombra
bienhechora y cobijante del pudor:
sólo desnudo como el Adán culpable
con la conciencia súbita de estarlo
en la desolación panóptica del día,
justo en el eje de las doce en punto.
Sí, el sol en las ventanas también era
un ojo coherente y vertical:
la mirada de Dios, omnividente,
de la que deseábamos huir, sólo escapar
para no sentir la vergüenza de ser vistos
siempre desnudos, con el sudor manante”.

La desnudez del Loco (Armando Rojas Guardia).

 

Un ejemplo de las formas de hacer política en la Venezuela actual es este hecho ocurrido en el 2016:

Suena el tema El mundo de las Locas tocado por La Big Band de San Agustín, para abrir el talk show de Jorge Rodríguez: Política en el Diván. El tema del programa: demostrar que Ramos Allup sufre de los mismos síntomas psiquiátricos que hace más de diez años le achacó al fallecido Hugo Chávez Frías.

Al mismo tiempo que un psiquiatra venezolano ­–y figura pública–  dedica una hora para hacer un diagnóstico diferencial entre un ex presidente y un político opositor, el New York Times publica un artículo sobre el estado crítico de un psiquiátrico en Barquisimeto, donde no hay medicinas, ni comida, ni ropa para vestir a los pacientes.

Al mismo tiempo que Jorge Rodríguez intenta convencer a su audiencia de que Ramos Allup podría tener un trastorno psicótico –basándose en manuales diagnósticos–, en El Pampero hay una mujer diagnosticada con un trastorno del ánimo que, debido a la falta de medicinas necesarias, tuvo que ser desnudada y aislada por miedo a que se ahorcara con su propia ropa.

Como psicólogo no puedo dejar de pensar que estos dos escenarios, que ocurren simultáneamente en un mismo país, constituyen hechos estrechamente relacionados.

El uso de la Salud Mental con fines políticos partidistas ha sido documentado anteriormente en países como China y la Unión Soviética. Inclusive en Venezuela en los últimos años se han documentado casos importantes en este tema.

Por ejemplo, en la Unión Soviética existía un diagnóstico denominado “Sluggish Schizophrenia” –una traducción posible al español sería “Esquizofrenia Latente”–, que servía para diagnosticar a personas que no habían presentado todavía la sintomatología clásica de la esquizofrenia, pero que presentaban otros síntomas que hacían suponer a los clínicos que estas personas eventualmente iban a desarrollar un cuadro psicótico; estos síntomas incluían: “delirios de deformismo”, “resistencia para aceptar la verdad” y “perseverancia”. Con el mismo objetivo, se diagnosticaba con trastorno de personalidad psicopática a personas que no podían adaptarse a la sociedad, siendo constantemente arrestadas, muchas veces por razones políticas. Todas estas categorías diagnósticas fueron abiertamente criticadas y calificadas como abuso político en la psiquiatría.

En relación a Venezuela, uno de los ejemplos más emblemáticos de abuso de la psiquiatría con fines políticos partidistas es el caso de Franklin Brito, quien fue hospitalizado en contra de su voluntad por iniciar una huelga de hambre para protestar por la expropiación de sus tierras; diferentes autoridades del Gobierno declararon que Franklin no estaba en condiciones mentales para tomar sus propias decisiones.

Desde mi perspectiva, queda claro que el talk show de Jorge Rodríguez no es más que otro ejemplo de la utilización de la psiquiatría con el objetivo de discriminar a los disidentes: está utilizando el canal del estado para “diagnosticar”, fuera de la confidencialidad de un consultorio, a una persona que se opone al Gobierno y que no está pidiendo su opinión médica. Además, el nombre “Política en el Diván” pareciera dar la idea de que el presentador del programa posea una omnipotencia que le permite interpretar libremente la vida política del país.

Sin embargo, creo que el programa del dirigente del PSUV refleja algo más complejo que el drama entre el chavismo y Ramos Allup. Considero que no solo es un ejemplo del abuso de la psiquiatría con fines políticos, sino del uso de la salud mental como un espectáculo.

 Jervis (2015) explica que cuando ciertas representaciones, como las de género, entran en la esfera pública a través de los medios comunicación abren las posibilidades de crear nuevas narrativas que permiten nuevas formas de liberación o explotación.

En el caso de Política en el Diván, considero que se trivializa la Salud Mental y se la reduce a un instrumento de debate entre figuras públicas. Esto hace que, en parte, las demás personas que no son figuras principales del debate público entre chavistas y opositores queden invisibilizadas.

Creo que una imagen poderosa en el artículo de Kohut y Casey (2016) es la foto de una mujer sola, acostada, con nada más que una cobija. Según lo reseñado, la mujer retratada fue diagnosticada con un trastorno del estado de ánimo, pero al no haber medicación disponible y ante la preocupación de que pudiera suicidarse, tuvieron que aislarla desnuda con solo una cobija.

Al ver esa imagen, recordé del poema de Armando Rojas Guardia, La desnudez del loco; de cómo muestra –de forma brillante– una paradoja que existe en el trabajo de la salud mental: por una parte pretendemos –los profesionales– descubrir los deseos más profundos de nuestros pacientes “desnudándolos”, pero al mismo tiempo los objetificamos con procedimientos genéricos de “tratamiento”, desde intervenciones psicoterapéuticas fuera de contexto, hasta prácticas de cuidado insensibles, como no permitirles tener privacidad al momento de bañarse.

El usar una hora de programación de televisión del Estado para asegurar que Chávez no sufría de un trastorno psiquiátrico y que el presidente de la Asamblea Nacional sí,  es la representación más clara de esta paradoja: vamos a hablar de psicosis con el fin de entretener al público, pero sin profundizar, ni problematizar. Vamos a usar el lenguaje clínico con el que muchas personas –que realmente sufren por esta condición– tienen que lidiar, solo con el fin de discriminar políticamente a un adversario. En resumen: vamos a hacer de la salud mental un espectáculo.

Desde un punto de vista psicoanalítico, Freud (1917) explicaba que en los duelos más complicados la sombra del objeto perdido cae sobre el yo; esto significa que cuando una persona sufre un duelo, lo que representa la persona perdida sustituye los propios deseos de la persona que sufre: solo hay espacio para pensar en la persona que se ha perdido.

Cuando Jorge Rodríguez afirma que Chávez es el venezolano más importante en los últimos doscientos años, deja ver un poco lo desarrollado por Freud: cómo la vida pública ya no trata de los problemas de la gente sino de los problemas de los actores políticos principales; cómo la sombra de Chávez y lo que implica el chavismo ha recaído sobre lo que significa ser venezolano, inclusive cuando eres uno recluido en un hospital psiquiátrico, sin medicación.

Algo similar expone Butler (2006) cuando afirma que en el manejo del duelo en la esfera pública no todas las vidas son narradas como lo suficientemente valiosas como para ser sufridas. Lo más dramático en el caso de Venezuela es que –al parecer– las únicas vidas que merecen un espacio en la esfera pública son las de los principales actores políticos.

Creo que cuando el debate político –de ambos lados– deje de ser un espectáculo y pretenda profundizar en los problemas de la gente cotidiana, es cuando personas, como la mujer desnuda y aislada en El Pampero, tendrán una oportunidad de tener una respuesta sensata ante su sufrimiento.

 

Por Guillermo Sardi | @gsardi90