El máximo responsable

Apenas su firma, solo eso, habría bastado para ahorrarnos todo este problema y sobre todo estos muertos. Si cuando el pran Maikel y su tren de magistrados delincuentes disolvieron la Asamblea, el Defensor, como jefe del Consejo Moral Republicano, hubiera apoyado la declaración de falta grave hecha por la Fiscal, entonces los magistrados golpistas hubieran sido destituidos y la AN reestablecida con todos sus poderes. Se lo pidieron los diputados, la gente que salió por millones a la calle, la comunidad internacional, e incluso su propio hijo. Pero él siempre dijo que no. Esa fue su respuesta invariable: no, no y no. Y de aquellos polvos estos lodos: esa terquedad suya, ese empecinamiento, lo que trajo fueron muertos, heridos y detenidos a granel. Él se limitó, altivo y soberbio como ha sido toda la vida, a bloquear gente en twitter y a condenar, siempre por la red social, algunos de los casos más graves de violaciones de DDHH, todo el tiempo con la coletilla argumental de que la violencia era de lado y lado, y como si no hubiera un patrón sistemático de violación de DDHH por parte del Estado como lo acaba de comprobar la ONU. Tanta fidelidad terminó dando frutos: cuando la ANC destituyó a Luisa Ortega Díaz como Fiscal General, le dieron el cargo a él… el cual aceptó. Ello, a pesar de que anteriormente lo había despreciado y rechazado por no tener “tripas” para eso: “No estoy para estar imputando ni encarcelando. No estoy en contra de quienes son fiscales, pero lo mío es la defensa y la protección de los DDHH. Cada quien a lo suyo”, le confesó a Pedro Penzini López el 27 de junio. Pero las tripas se le acomodaron en poco más de un mes: el cargo lo asumió rápidamente y con todas las de la ley. El mismo lunes despachó desde Parque Carabobo y hasta rueda de prensa dio, explicando que la condena de su antecesora fue atreverse (vaya osadía) a tocar al TSJ: “LOD propició su definitivo desenlace porque presentó una serie de denuncias a los miembros del TSJ”, dijo, y allí quedó retratado: él jamás lo hizo (ni lo hará) y por no hacerlo (volvemos al inicio) es que estamos aquí.

La tragedia de estar unidos

Venezuela pasó del Pacto de Punto Fijo al conflicto ‘escuálido’-chavista.  De votar por un oligopolio político a sufragar a favor o en contra de un proceso: la Revolución Bolivariana. Del blanco y verde adecocopeyano al azul y rojo ‘pitiyanqui’-antimperialista. El país tiene años, décadas, sin poder elegir. Hugo Chávez rompió con el binomio de la IV para instalar la recalcitrante polarización de la V. O estabas con él o eras un traidor vendepatria. Los grises desaparecieron y la gama de colores se mantuvo estrecha. La oposición se dio cuenta de que, para competir contra aquel fenómeno electoral, debía agruparse. Si picaba la torta estadística, los números no le darían para vencer. Las fuerzas, en cualquier campo de batalla político, debían estar unidas. Por eso, la Coordinadora Democrática emergió en 2002 para dictar el precedente y la Mesa de la Unidad recogió el testigo. Nacieron como organizaciones de composición diversa pero de propósito compartido. El fin les obligaría a acoplar sus medios. Cientos de cerebros, miles de ideas, un único objetivo: cambiar el gobierno. La primera sucumbió ante las discrepancias y la segunda vive su peor crisis. La pluralidad de pensamiento empieza a pasar factura. Todos los partidos coinciden en que Venezuela necesita un cambio, pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a él. De la indecisión ha venido la falta de contundencia y de ella surgió la escasa o nula coherencia. Compuesta por gente de derechas y de izquierdas, por adecos y “lechuguinos”, marxistas y liberales, socialdemócratas y exchavistas, a la MUD le ha costado elegir con qué guion enfrentar al PSUV. Pública fue la riña entre Allup y Guevara y público ha sido el deslinde entre Vente Venezuela y la Unidad. Voluntad Popular, partido que había compartido hasta ahora la línea de María Corina Machado, fue arrastrado por la corriente y decidió no tomar los riesgos de quedar fuera del tablero político que representan unas insólitas regionales. Cabe preguntarse: ¿algún partido opositor tiene la fuerza suficiente para arrastrar todo el descontento? ¿La MUD como organización política, como estructura, ha caducado? ¿Debe replantearse? ¿O es que acaso nunca ha sido viable? ¿Será, quizás, que en política, contrario a lo que pasa con la física, polos opuestos han nacido para repelerse siempre? No lo sabemos. Nuestra certeza es una sola: si de ponernos griegos y clásicos se tratara, esta tragedia no merecía otro nombre que la de estar unidos.

Antidemocráticos y torturadores

Al chavismo siempre le interesó ponerse el traje democrático. Gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Democracia participativa y protagónica. Liderazgo obrero. Políticas para las mayorías y decisiones adaptadas a sus necesidades. Con esa máscara llegó al poder, consiguió aliados y legitimó su accionar en clave internacional. Más allá de sus rencillas con Mr. Danger, Uribe y el ‘maldito pueblo de Israel’, el gobierno de Chávez procuró crear amigos por todo el globo terráqueo, unos a punta de chequera, otros con mera diplomacia. En América Latina coincidió (y propició) el auge de la izquierda de los Lula, Kirchner, Correa y Evo Morales y en el resto del mundo tuvo camaradas más polémicos como Fidel Castro, Al Assad y Gadafi. Hasta al viejo Carter se lo trajo para dar a entender que incluso con el Imperio se podía dialogar. Encantador de serpientes, el Comandante conocía la importancia de quedar bien frente a los ojos del planeta Tierra. Ojos que hoy, a casi un lustro de su muerte, coinciden en dos impresiones: en Venezuela impera una dictadura y hay violación sistemática de los derechos humanos. Los últimos en pronunciar la primera aseveración fueron los cancilleres y representantes de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú, quienes suscribieron la Declaración de Lima, un documento que aborda varias aristas de la crisis venezolana y cuyas resoluciones son las siguientes: desconocer a la ANC, apoyar al Parlamento y a la Fiscal General, desaprobar el gobierno de Maduro, apoyar la implementación de la Carta Democrática y la decisión del Mercosur y condenar las violaciones a los derechos humanos. Sobre este último punto, la ONU emitió ayer un comunicado contundente: los tratos crueles, inhumanos y degradantes no son aislados, sino sistemáticos. Los allanamientos violentos de viviendas, las bombas disparadas a corta distancia, el uso de metras, tuercas y tornillos para dispersar y las torturas a las personas detenidas en protestas son procedimientos rutinarios en los cuerpos de seguridad del Estado. El mundo ya está claro: son antidemocráticos y torturadores.

Las piedras en el zapato de la dictadura

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

Sabía lo que le esperaba. Preso desde febrero de 2015, había perdido espacio en la opinión pública nacional. Su liderazgo, desde la distancia, estaba mermado. En popularidad, sufría los embates del olvido. A Antonio Ledezma la insignificancia le carcomía y decidió disparar un último cartucho desde la cárcel que dos años atrás le habían asignado: su hogar. No era el primer mensaje que colgaría en YouTube –el día del plebiscito y el pasado 26 de julio subió comunicados–, pero sí el más contundente.

Con temple y voz profunda, Ledezma señaló, desde la autocrítica, el camino que debía tomar la oposición venezolana. Preciso, puntual y certero, enumeró cada uno de los errores de la Mesa de la Unidad Democrática. “Asumidos todos los riesgos, he decidido mandar este mensaje”, dijo al empezar su alocución, para luego pasar a la lista de fallos: permitir que el chavismo echara del hemiciclo a los diputados de Amazonas, dejar que Maduro gobernara por decreto ante un supuesto desacato y dialogar a escondidas.

“No se pueden ganar batallas, cuando nos derrotamos nosotros mismos”, sentenció el sexagenario Antonio, como abuelo que reparte lecciones a sus nietos. No tendrá en la maleta los mil refranes de Allup, pero irradia la sapiencia de los zorros más viejos de la política.

Según Ledezma, el secretismo generó rumores. Aunado a ello, la oposición pecó al elegir a los dirigentes menos indicados para conversar con el gobierno, esos que velaron por libertades personales y no por la liberación de todo el pueblo de Venezuela. Allí, en República Dominicana, la mesa de negociación enterró el revocatorio. “A veces la gente no entiende nuestras propias contradicciones, cuando ve que nos metemos autogoles y que nosotros mismos diluimos nuestros triunfos, porque a veces priva la vanidad. A veces los egos se convierten en demonios tormentosos”.

Unas contradicciones que, por cierto, no pocas veces han confundido a quienes día a día patean calle: “marche mañana, no marche mañana, pare mañana, no pare mañana, marche a las 12, no marche a las 12. Esos son pequeños detalles que a veces conspiran contra nuestros esfuerzos”. Pequeñísimos detalles como, por ejemplo, ir a unas regionales con este Consejo Nacional Electoral, propuesta defendida por Acción Democrática y Henry Ramos Allup.

“Ahora vienen a plantearnos elecciones regionales. Yo no me imagino a nadie que sea leal a la lucha que ha dado el pueblo inscribiéndose, haciendo una fila india para inscribirse en ese Consejo Nacional Electoral (CNE). Bastante que le aguantamos a este CNE, que protagonizó este domingo una de las estafas más burdas”, opinaba Ledezma antes de que el plan de AD fuese anunciado al país.

Antonio, junto a Leopoldo López y María Corina Machado, era de los que opinaba en 2014 que la salida del gobierno era urgente y que, llegado el 2015, lucía impostergable. El fundador de Alianza Bravo Pueblo perteneció en sus inicios a Acción Democrática e incluso fue una figura cercana a Carlos Andrés Pérez, pero hoy, con 62 años, sus ideas para salir de la crisis están más cerca de Voluntad Popular y Vente Venezuela que del histórico partido blanco de Rómulo Betancourt.

A su lado, y en la misma lucha, tiene al enemigo número uno del PSUV (inhabilitado por el gobierno desde el 2008 por temor a su potencial) y a la mujer que se atrevió a hablarle de frente al expresidente Chávez en la Asamblea Nacional. Con el primero remará desde la cárcel, mientras que la segunda será la voz fuera de ella. Por sus posturas incorruptibles, se han convertido en las piedras en el zapato de la dictadura.

Las 9 letras de la fiscal

“Fiscal / traidora / ya te llegó la hora”. La consigna se cantó en la Plaza Bolívar la madrugada del lunes y se escuchó en cadena nacional en toda Venezuela. La decían como respuesta a las palabras que Maduro pronunciaba contra el Ministerio Público, al que ya el sábado había calificado como el primer objetivo de la Constituyente. No habían transcurrido 24 horas cuando ya la Fiscal respondía. Lo hacía desde la sede del Ministerio Público (MP), rodeada de su plana mayor y con un discurso netamente institucional a flor de labios: me atacan como cabeza del MP porque estamos investigando la corrupción, explicaba, y pasaba de inmediato a la faena: el caso Oderbrecht. “Nueve letras nada más”, dijo la Fiscal, haciendo uso magistral de la intriga, para comenzar a soltar números: “30 mil millones de dólares es el monto que el estado venezolano le pagó a Odebrecht en 11 obras de infraestructura que están inconclusas”. Este caso, asomó, “ha puesto a tambalear a los grupos del poder”, para luego agregar que el MP había “corroborado que hay muchos  funcionarios activos que aparecen involucrados en esas irregularidades”. Entre ellos, y aunque no lo dijo, el presidente Maduro. $11 millones en efectivo no declarados le dio Nicolás en 2012 a la publicista brasileña Mônica Moura para que trabajara en la campaña para la reelección de Chávez, según declaró su esposo. “El entonces canciller Nicolás Maduro exigió que Mônica Moura recibiese casi todos los valores pagados (…) en negro, a través de pagos hechos por las empresas Oderbrecht y Andrade Gutierrez”, se lee un documento hecho público en mayo por la justicia brasilera, con la que Ortega Díaz ha tenido contacto –“el Fiscal General de Brasil ha sido muy colaborador y respetuoso y ha atendido nuestras solicitudes”, dijo en entrevista con ‘O Estado de Sao Paulo’–. Nueve letras tiene la Fiscal, “nueve letras nada más”, con las que puede remecer al poder.

¿Con el mazo gobernando?

“Vamos a continuar la obra de Chávez. Así nos cueste la vida, lo vamos a hacer. Yo les digo, señores de la oposición, ustedes tenían que haber rezado mucho para que Chávez siguiera vivo, porque Chávez era el muro de contención de muchas ideas locas de esas que se nos ocurren a nosotros”, amenazó Diosdado Cabello el 23 de marzo de 2013. El líder de la Revolución Bolivariana no llevaba ni un mes de muerto y al oriundo de Monagas ya se le caía la baba de sólo pensar en todo el poder que ahora atesoraría. Pero había un problema: él no era el elegido. Chávez había preferido al guardaespaldas que le cuidó recién salido de Yare y no a su compañero de armas del 4F. Su opinión firme, plena, como la luna llena, era que, en unas hipotéticas elecciones, sus seguidores apoyasen a Nicolás. ¿Por qué Maduro y no Cabello? Los rumores no tardaron en salir e incluso Capriles Radonski insinuó que el por ese entonces presidente de la AN no acataría la orden del jefe supremo y se impondría al otrora chofer de autobús. Aquello no ocurrió y fue negado por Diosdado en varias oportunidades: “No. Yo no tengo nada que ver (risas). Yo ya fui presidente en el 2002 gracias a la derecha. Cuando estaba en la Asamblea, mientras el comandante Chávez estaba enfermo, me decían: ‘Te queremos, Diosdado’. Querían que yo fuera presidente, que asumiera yo. No vale, yo soy un soldado de esta revolución. He cumplido las misiones que me han dado sin ver para atrás, sólo pensando en la revolución bolivariana”, le dijo a un periodista de Globovisión el 18 de octubre de 2016. Sin embargo, la percepción de que el militar quiere agarrar el coroto ha estado rondando el ambiente desde hace tiempo. Incisivo en el verbo y con la inmunidad de los más poderosos, Diosdado se sienta todos los miércoles, desde la trinchera televisiva del Estado, a repartir insultos y amenazas por doquier a ‘María Asesina’, ‘El Monstruo de Ramo Verde’ y los demás dirigentes opositores. Con una Asamblea Constituyente omnipotente, puede que el PSUV haga un enroque y que la elocuencia soez de Cabello llegue a la presidencia. Ya avisaron que no creerían en nadie. Instalada la ANC, empezarán a gobernar con el mazo dando.

El laberinto de la oposición

Por: Juan Sanoja | @JuanSanoja

La oposición vivió durante mucho tiempo bajo la cobija de una gran mentira: ‘somos más, somos mayoría’. El engaño era comprensible y tenía sus raíces en las entrañas de la política (nadie apuesta a caballo perdedor), pero carecía de un analgésico que paliase el dolor tras cada derrota electoral. La pastillita del fraude algo calmaba, aunque tenía severos efectos secundarios. Uno de ellos, quizá el más importante, era la desmovilización. ‘Si me van a robar mi voto, ¿para qué ir a sufragar?’, fue un pensamiento que años después costó cielo y tierra remover de millones de cerebros venezolanos.

Tuvieron que salir voceros, candidatos y analistas a decir que aquello de la trampa electrónica no era cierto, que la triquiñuela tenía que ver más con el sufragio inducido y los centros remotos, que lo importante, a ciencia cierta, era tener los testigos de mesa suficientes, pero de que había que votar, había que votar. Aquel limbo electoral costó caro, carísimo (2005: prohibido olvidar), e hizo que la oposición perdiera gobernaciones, alcaldías y diputados a mediados de la década pasada. Como el estudiante que sólo se prepara para los finales, el antichavismo centró sus esfuerzos en las presidenciales del 2006, pero ya era demasiado tarde. Tarde para ganar esas elecciones y tarde para recoger la semilla mental que habían sembrado. El fantasma de la desconfianza estaría allí para siempre.

Única en el mundo, la política venezolana es tan peculiar que te permite estar equivocado y tener la razón al mismo tiempo. Jugar a la abstención y a la pataleta del fraude contra un chavismo que no aguantaba dos pedidas para contarse hizo perder tanto terreno a la oposición que hasta tuvo que empezar de cero. El problema llegó cuando, después de alcanzar la tan anhelada mayoría, su rival, la Revolución Bolivariana, perdió el gusto por las urnas electorales. Tras las Parlamentarias 2015, el chavismo decidió que la gula no volvería (20 elecciones en 17 años) y que ahora tendría un apetito moderado y de platos excéntricos.

Esquivar votaciones, a partir de ese momento, pasaría a ser política de Estado. Con Tibisay al mando, sería imposible competir en una batalla comicial. Teniendo al TSJ revolucionario en contra, la AN serviría de poco o nada.

Ningún camino lleva a Roma

 “Ofrecimos que en un lapso de seis meses contados a partir de la instalación de la Asamblea Nacional propondríamos un método, un sistema, para cambiar el gobierno por vía constitucional”, recordaba Henry Ramos Allup tras ser electo presidente del Parlamento. Era 5 de enero de 2016 y la oposición confirmaba una promesa de campaña: ‘En junio les diremos cómo sacar a Maduro’. Dos años atrás Leopoldo lo había intentado con la certeza de que la calle era la salida y aquello había terminado con el líder preso y las avenidas vacías.

El triunfo del 6-D, no obstante, permitía ser optimista: por primera vez en diecisiete años de Revolución Bolivariana la oposición daba paliza en una elección. Era apenas su segunda victoria en veinte comicios, pero los 7.7 millones de votos y los 112 diputados le permitirían debutar como cabecilla de un Poder Público. Algo de azul entre tanta institución roja rojita. Controlarían el Legislativo, que a diferencia del Electoral, el Ciudadano y el Judicial, es un poder elegido por votos y no por las manos negras del nepotismo y la corrupción, esas que, paradójicamente, habían dominado la AN en los últimos tres lustros con un solo objetivo: pintar un Estado unicolor.

La Asamblea Nacional, ya se sabe, es un súper poder: con ella a su merced, Diosdado Cabello armó un TSJ revolucionario, mantuvo a la eterna Tibisay como jefa del CNE y conformó el trinomio del Consejo Moral Republicano: Tarek William Saab (Defensor), Luisa Ortega –“Pido disculpas por haber permitido que fuese Fiscal General”– y Manuel Galindo (Contralor). Por tal razón, las sorpresivas dos terceras partes obtenidas por la oposición invitaban a soñar. Cambiar al gobierno dejaría de ser una utopía y la MUD tendría con qué ir equilibrando la correlación de fuerzas con el chavismo, corporación aglutinadora por excelencia.

Tres eran los métodos que estaban sobre la mesa para sacar a Nicolás Maduro de la presidencia. Eran propuestas de diferentes partidos: enmienda constitucional para eliminar la reelección indefinida y recortar el período presidencial a cuatro años (Causa R), una Asamblea Nacional Constituyente para renovar los Poderes Públicos (Voluntad Popular) y un referéndum revocatorio (AD y PJ). Al final, Henrique y Henry se impusieron: tocaba entonces empezar a recoger las firmas.

El Consejo Nacional Electoral, otro poder militante, aplicó la operación morrocoy e hizo de la recaudación de rubricas un proceso aún más largo y engorroso: firmar, validar, cotejar, contrastar, retirar, comprobar, verificar y un sinfín de pasos más que alargarían hasta 2017 los comicios, para tranquilidad del Partido Socialista Unido de Venezuela. Eso sin contar que las recolecciones serían proporcionales por Estado y no de ámbito nacional.

“Yo tengo una fórmula. Es 10 de enero y el referendo se hace, suponte, en marzo. Sacan a Nicolás. Bueno, el que sea vicepresidente asume la presidencia, ¿verdad? Nombra a Nicolás de vicepresidente y a la semana renuncia. Todo dentro de la Constitución. A la semana renuncia y el artículo 233 dice que recibe la presidencia el vicepresidente. ¿Qué van a hacer? ¿Otro referendo?”, dijo por ese entonces Diosdado Cabello, tan campante como siempre.

La fórmula, sin embargo, ni siquiera tuvo que implementarse: tribunales penales, junto al CNE, anularon el proceso y la oposición quedó a la deriva. En la conmoción convocaron la Toma de Venezuela y anunciaron un juicio político contra Maduro. Después vino el diálogo y se enfrió todo: la oposición empezó a dejar de creer en sus dirigentes, esos  que tantas veces habían prometido que la caída del régimen estaba cerca y quienes a principio de año aseguraban que en tan sólo seis meses le dirían al país la receta mágica para sacar a Nicolás de Miraflores. Muchas promesas, pocos resultados. Sentarse con el enemigo, en esas circunstancias, desplomó el empuje que el 6-D había significado. El país seguiría igual, con el chavismo atornillado en el poder.

No hay vuelta atrás

“Si nos quitan la oportunidad de decidir puede pasar cualquier cosa y no queremos un estallido social”. Faltaban casi seis meses para que las sentencias 155 y 156 desataran la locura en el país, pero Capriles, en octubre de 2016, ya hablaba con preocupación sobre una posible eclosión en Venezuela. Las salidas constitucionales a la crisis habían sido bloqueadas y el descontento, en algún momento, iba a reventar.

Por oscuro e infructuoso, aquel diálogo fue caldo de cultivo para que, en la actualidad, optar por esa alternativa genere repulsión en gran parte de la oposición venezolana. ¿Sentarse a conversar con quienes bloquearon descaradamente el RR con una política sucia e inconsciente? ¿Buscar soluciones junto a las personas que convirtieron la Asamblea Nacional, que tanto sudor había costado y que en el papel tanto poder tenía, en una institución anodina e ignorada? ¿Discutir con dirigentes que propusieron una ANC adulterada como supuesto mecanismo para garantizar la paz? Aunque Rodríguez Zapatero haya llegado a última hora, todo indica que el choque de trenes es inevitable.

La Unidad, que ha pecado siempre de desmovilizadora, carece de otra puerta de salida: al saberse mayoría, no puede aceptar un diálogo en el que sea otro quien imponga las condiciones. Agotadas las vías legislativas y electorales, irá hasta el final con la presión de calle. Una calle que en el pasado no ha dado resultados pero que, a día de hoy y por ahora, es la única respuesta al conflicto. Ya son casi dos décadas de chavismo y la oposición, cuando juró haber encontrado el camino indicado, chocó contra el muro de la perversión. Deberá desviar su camino y volver a pasar por rutas que antes descartó, pero que en la actualidad parecen ser el único escape que tiene el laberinto.

¿Falta un líder?

La MUD no lo ordenó, pero Caracas amaneció con trancas en varios sectores. No estaba en la agenda anunciada por Freddy Guevara, en el itinerario de la hora cero, pero así respondió parte del pueblo venezolano. Quizá por el llamado del rambo Óscar Pérez, quizá por el descontento ante la ‘escueta’ agenda de la Unidad o quizá motivado por la opinión de Capriles, quien anoche consideró insuficiente el plan trazado por la oposición y hoy, en Venevisión, volvió a ofrecer unas declaraciones que dan en el clavo: “Hay que avanzar. Si no le das a la gente una hoja de ruta, comienza el dibujo libre. Eso es lo que no queremos”. La oposición, que siempre ha batallado por ser monolítica, no puede permitir que se pinte un garabato por aquí y otro por allá. El mapa, ahorita, no puede ser un croquis abstracto, pues sólo con un diseño preciso se podrán obtener los resultados deseados. La hora cero ha empezado con cero organización y cabe preguntarse si Luis Vicente León ha tenido razón todo este tiempo: ¿La oposición requiere un único líder? ¿Es necesario que la MUD se maneje al más puro estilo campaña presidencial: es decir, todos para uno y ese uno que dirija a todos? Dice León que de esta manera habría mayor control en las protestas y los métodos de lucha serían más efectivos. País caudillista, el venezolano ha necesitado a lo largo de su historia al líder carismático arrastra gente. Y pareciese que hoy, con los males que eso conlleva, el momento está para una sola voz cantante. Alguien que pida la pelota y diga que aquí se jugará así o asao. Fragmentarse, a estas alturas, es morir en la orilla. Ya lo del fin de semana pre Consulta Popular había sido sintomático –¿Dos o diez horas de trancazo?– y lo ocurrido hoy es suficiente para empezar a preocuparse.

¿Buen o mal resultado?

La de Atlas cargando al mundo es una imagen que bien puede ilustrar lo que significó realizar la consulta de ayer: sin CNE, sin Plan República, sin los centros electorales de siempre, sin poder hablar de ella en los medios ni mucho menos hacer campaña y con apenas tres semanas para montarlo, el Plebiscito fue, en primer lugar, una prueba de fuego logística y operacional cuya magnitud solo pueden valorar, en su justa dimensión, quienes participaron de ella. Sobran testimonios de jornadas de trabajo diarias de 18 y 20 horas, de reuniones hasta el amanecer, llamadas interminables y mil tareas por hacer. No faltan, tampoco, las historias desesperadas de aquellos que abrumados por el peso de todos los pendientes que había hasta el sábado en la tarde estuvieron a punto de tirar la toalla. Nada de eso se vio pero todo sucedió. Y además con recursos justos y apelando al empeño voluntarioso y desinteresado quienes lo organizaron, que trabajaron mucho y cobraron poco (o nada). Ya sólo por allí, que la consulta se haya llevado a cabo del modo impecable en el que se llevó, bastaría para sentirse satisfechos. Ahora bien: el resultado. 7.186.170 fue la cifra que dieron los rectores, con 95% de las actas escrutadas. Fue conocerla y decepcionarse muchos. ¿Por qué? Por la cantidad de humo que se dejaron vender: la gente (cadenas de WhatsApp y opinadores y políticos irresponsables mediante) esperaba un número industrial (11 millones) hecho a base de producción artesanal. Y eso, por más entusiasmo y voluntad que haya, es imposible. Bastaría apenas insertar, dentro del contexto ya explicado, un solo dato para entenderlo: el del número de mesas. Ayer había 14 mil mesas, cuando en cada elección lo usual son 45 mil. A partir de allí, extrapolando e intrapolando, es que se puede hacer alguna remota comparación con los procesos electorales. A partir de allí tiene sentido preguntarse: ¿si en un plebiscito improvisado se sacaron 7,2 millones, cuántos (más) no podrían obtenerse en una elección normal? He allí el detalle.

El chavismo contra el voto

Por: Juan Sanoja | @juansanoja

La llamada V República había sido, para bien o para mal, un régimen obsesionado con el ámbito electoral. Hasta hace no mucho, el chavismo se jactaba de gobernar bajo una máxima marketera: el cliente –es decir, el pueblo– siempre, siempre, tiene la razón. Ante cualquier duda, inconveniente o capricho, la tolda roja no titubeaba al declarar que la mejor (y única) solución era consultarle al pueblo para ver qué pensaba, puesto que en él residía la soberanía y su sapiencia, construida a lo largo de los años, era imprescindible para aprobar o rechazar las propuestas de la revolución. La memoria histórica del venezolano, argumentaba el de Sabaneta, estaba curada en salud para no repetir los errores del pasado, esos que habían llevado al país al sacudón de 1989.

Así lo hizo saber desde el principio, cuando en el primero de sus interminables soliloquios citó a Bolívar –“Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando convoca la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta” – para iniciar una explicación, en su discurso de investidura de 1999, que convenciera a la audiencia sobre el despertar de un pueblo que por su propia acción, por sus propios dolores, por sus propios amores, había recuperado la conciencia de sí mismo y clamaba por un cambio, por una revolución.

“No hay individualidades todopoderosas que puedan torcer el rumbo de la historia: absolutamente falso ese concepto. No hay caudillos beneméritos y plenipotenciarios que puedan señalar y conducir y hacer el camino de los pueblos; mentira. Se trata de una verdadera revolución y de un pueblo que la galopa”, dijo Chávez meses más tarde en la primera sesión de, ironías de la vida, una «soberanísima» Asamblea Nacional Constituyente que había pasado, pedido expreso del presidente, por un referéndum aprobatorio.

El pueblo siempre tuvo la razón y no hubo objeción alguna hasta que empezaron a torcerse las cosas. La terca insistencia por aprobar leyes que en 2007 el soberano ya había rechazado fue el presagio para algunos y la confirmación para otros de que aquello, más que un convencimiento insoslayable, era una pieza más de la labia revolucionaria, esa que a tanto venezolano había convencido, tantas elecciones había ganado y tan necesaria sería en la última campaña de Hugo Rafael Chávez Frías: “Alguna gente pudiera estar inconforme por fallas de nuestro gobierno: que no arreglaron la calle, que se fue la luz, que no llegó el agua, que no conseguí empleo, que no me han dado mi casa (…) de todos modos lo que está en juego el 7 de octubre no es si asfaltaron o no la calle, lo que está en juego no es si me han dado la casa o no me la han dado, lo que está en juego no es si yo estoy bravo con los dirigente regionales… ¡No! Lo que está en juego es mucho más que eso, camaradas. ¡Nos estamos jugando la vida de la patria el 7 de octubre!”.

Hasta las Parlamentarias 2015, la hegemonía electoral de chavismo era apabullante: 18 votaciones ganadas y sólo una derrota en 17 años de revolución. La ‘victoria pírrica’ conseguida por la generación 2007, ese grupo de muchachos que despertó tras el cierre de RCTV y logró lo que hasta ese momento parecía imposible, era la única alegría azul hasta entonces. Pero había matices.

En 2010, cuando esperaba demoler, el PSUV tuvo que conformarse con una amarga mayoría simple en la Asamblea Nacional. Había sacado sólo 100.000 votos más que la MUD y la coalición opositora aprovechó el momentum para, sumándose los electores del PPT, comenzar a enunciar un slogan que, sin ser del todo veraz, tenía mucho de verosímil: “Somos Mayoría”. Ramón Guillermo Aveledo, por ese entonces secretario del bloque antigobierno, tenía la esperanza de que, con esa base electoral, la Mesa de la Unidad Democrática pudiese vencer en las presidenciales que se harían dos años más tarde.

La esperanza no se volvió realidad, pero los números no fueron malos. Del 63% vs. 37% que había sido el Chávez contra Rosales, la oposición llevó su porcentaje al 44% y sumó más de dos millones de votos en seis años. El líder de la revolución llamó a Capriles para reconocerle que había tenido que hacer un esfuerzo físico extra para realizar más actos de campaña, puesto que la candidatura del gobernador de Miranda estaba pisando muy fuerte.

A partir de esa votación, lo que ocurrió en el país en materia electoral fue todo un rara avis: en 2013 Capriles recortaría casi millón y medio de votos en apenas un mes de campaña frente a Nicolás Maduro y a punto estuvo de tomar la presidencia. Sin embargo, a finales de ese año, en lo que tenía que haber sido un plebiscito, la MUD obtuvo sólo el 39% de los sufragios en las elecciones municipales. El Dakazo fue un salvavidas político para el primer mandatario, quien construyó una narrativa en torno a la guerra económica y a la culpabilidad de usureros y especuladores en los males que aquejaban al país.

Así, como un boxeador de varios K.O. y una única derrota, llegaba el chavismo a las elecciones Parlamentarias de 2015. Siempre soberbio, siempre imprudente, el PSUV estaba convencido de que le metería ‘medio ñame’ a la oligarquía traidora. El 6 de diciembre, no obstante, la revolución bolivariana cayó por primera vez a la lona y desde entonces ha estado aturdida. El ring electoral, antaño lugar predilecto del oficialismo, empezó a causarles pavor a los hijos de Chávez.

Su arma principal, su escudo de mil batallas, ya no les servía. El pueblo había dejado de tener la razón y había que encaminarlo, razón por la cual un referéndum revocatorio, una pelea electoral en el ring, no iba a ser posible bajo ninguna circunstancia. “Nosotros no estamos obligados a hacer ningún referéndum en este país”, dijo Maduro. “Aquí no va a haber referéndum”, confirmó a gritos Diosdado.

No, no y no. Olvídense de eso, señores de la derecha. No tenemos por qué contarnos. Antes nos gustaba muchísimo, pero ya no tanto. Ese Parlamento está en desacato y nos importa un carajo que haya sido elegido a punta de votos, a punta de gente. La solución para este país es una Asamblea Nacional Constituyente que garantizará la paz. Es tan obvio que ni se lo tenemos que preguntar al pueblo.

Un pueblo al que, por cierto, ya habían ignorado con las sentencias 155 y 156 del TSJ y que pasarían por alto otra vez al plantear una reforma al Estado sin preguntarle a él si estaba dispuesto o no, si consideraba que esa, y no otra, era la panacea contra la escasez de alimentos, la falta de medicinas, el aumento acelerado de los precios y la inseguridad asfixiante.

Y de tanto olvido y tanto desdeño, la misma gente que tantas batallas les había permitido ganar, empezó a darles la espalda. Según Datanálisis, que pese a la cólera de la oposición más radical siempre dio ganador a Chávez, la propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente sólo es considerada una solución por el 17,8% de los venezolanos, casi el mismo porcentaje de personas que hoy en día se definen como chavistas.

Como el gobierno no permitió otra salida a la crisis, la oposición, que había llamado a protestar tras la ruptura del hilo constitucional por allá en abril, continúo en la calle tras la convocatoria a una ANC sin referéndum previo. En marchas, trancazos, asambleas y plantones se le fueron 100 días hasta que, en busca de llevar la presión a un siguiente nivel, decidió hacer eso que el gobierno trató de evitar a toda costa: una consulta popular.

Decíamos hace dos semanas que era el último cartucho para frenar la propuesta chavista en un país en el que la institucionalidad se había ido al garete. Como no se podía contar con el Consejo Nacional Electoral –poder que aplicó la operación tortuga con el revocatorio y que, cara lavada, montó una Constituyente en una sentada y dos carpetazos– la MUD tenía que armar su propia elección, con los pros y los contras que eso acarrearía.

El principal hándicap era que, al no tener un árbitro imparcial, el resultado que de la votación deviniese no tendría efecto alguno en el organigrama político del país. Para más inri, como la Unidad pagaría y se daría el vuelto, había que buscar que el proceso fuese lo más legítimo posible, que las cifras que arrojase fuesen coherentes y creíbles. Por tal razón, la oposición acudió a la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA) para darle cierta credibilidad a los comicios. La palabra de los expresidentes Laura Chinchilla (Costa Rica), Vicente Fox (México), Andrés Pastrana (Colombia), Jorge Tuto Quiroga (Bolivia) y Miguel Ángel Rodríguez (Costa Rica) serán la garantía de que los números que dé la MUD estén acordes con la decisión de los venezolanos.

Conviene no engañarse y saber que lo de mañana no es otra cosa que una acción de calle más, una marcha electoral que devolverá a la gente la ilusión de votar y una oportunidad de hacer un sondeo que, si se vende bien, servirá para dos cosas: subir la moral opositora (“¡Somos 10 millones!”) y aumentar la presión hacia el chavismo, cuya única vía de escape, ante la fuerza de los hechos, será apelar a los vacíos procesales de la elección: ¿Cómo verificar que una persona no votó dos veces? ¿Cómo comprobar que las cifras son ciertas si no habrá cuadernos de votación con los que cotejar, ni testigos de mesa oficialistas a los que preguntar? ¿Por qué incluir a los mayores de 18 años que no están inscritos en el Registro Electoral? Estas y otras cuestiones serán exprimidas por la maquinaria propagandística roja, que minimizará el 16J a más no poder.

En cuanto a proyecciones, Capriles comentó que Datanálisis espera que sean 11 millones de venezolanos los que acudan a los puntos soberanos para manifestar su postura. Según el zorro de la fuente electoral, Eugenio Martínez (@Puzkas), Datincorp sostiene que más de 8 millones de personas están decididas a votar mañana. Cualquiera de las dos cifras sería positiva, si se toma en consideración que para revocar a Nicolás Maduro se hubiesen necesitado al menos 7.587.780 votos y que en las Parlamentarias la oposición obtuvo 7.707.422 sufragios. No obstante, un número contundente, aplastante, definitivo y necesario para empezar la hora cero con una fuerza descomunal, tendría que estar un poco por arriba de los 8.191.132 electores que en 2012 confiaron en Hugo Chávez para un cuarto mandato presidencial. Habrá que esperar.