RESEÑA: ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Antes de que los guionistas y productores de ‘The Big Bang Theory’ se inventaran a Sheldon Cooper, ya Ana Teresa Torres lo había puesto a protagonizar una buena novela a finales de los noventa. ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’ se llama, fue publicada por Monteávila, puede todavía conseguirse –con algo de dificultad– en algunas librerías de Caracas, y, sobre todo, leerse y disfrutarse con bastante provecho.

La protagoniza un hombre muy particular, serio, lógico y estructurado que una noche entra a una tasca llamada ‘La Fragata’ y se sienta (lo sientan) con una desconocida (tan o más particular que él) que lo convence de volverse a ver al día siguiente, a partir del cual inician una rutina de encuentros y conversaciones en los que se van contando un poco de su vida pero sobre todo reconstruyendo las de otras personas –la ex esposa del protagonista, su hermano guerrillero, unas espías rusas que viven en Francia–, que pasan a ser personajes comunes entre ambos y sobre cuyos destinos comienza a haber más dudas que certezas, lo que da pie a una especie de juego detectivesco y de intriga, que acerca (un poco) a este libro al género de la novela negra.

Y en medio de las conversaciones, Venezuela y su historia, al menos la contemporánea e incluso la que viene un poco más atrás. Está también presente aquella Venezuela de fines de los 90’s, en la víspera del abismo, pero en la que todavía se podía ir a una tasca de noche y viajar.  El libro contiene interesantes y agudas reflexiones y puntos de vista sobre episodios importantes de nuestro acontecer, así como consideraciones y deliberaciones sobre algunos otros temas como el arte, la música, la filosofía y la existencia, brillantes en su mayoría.

Lo mejor, no obstante, es el narrador, que Ana Teresa, con gran maestría, mejor pluma y muy fina ironía construye, hace convincente  y logra convertir en un personaje digno de ser recordado siempre con una sonrisa en los labios. Sus razonamientos, sus descripciones, su modo de narrar las cosas, de interpretarlas, así como muchas de sus respuestas, son, sencillamente, antológicas y siempre inteligentes. En su construcción, manejo y sostenimiento a lo largo del libro, Ana Teresa se consagra como una de las grandes de nuestras letras. Y también en el sorprendente –y juguetón– final, pero es otra historia…a la que sólo llegarán quienes lo lean.

 

 

Los últimos espectadores del acorazado Potemkim

Autor: Ana Teresa Torres

Año: 1998

Páginas

Calificación: 7/10

RESEÑA: ‘Perfetti Sconosciuti’

Te arreglas para salir. Hoy tienes, junto a tu esposa, una cena en casa de unos amigos de toda la vida. Es uno de esos encuentros que se hacen cada tanto: comer, tomar y hablar. Que si los hijos bien, que si el trabajo también, que el país esto y que el futuro lo otro. Aparte de ustedes y los anfitriones, otras dos parejas están convocadas. A tu esposa y a ti les toca aportar el postre, a los demás les corresponde el vino. Llegan, saludan, echan uno que otro chistecito y empieza eso que llaman ponerse al día. Del grupo surge un lamento: cuando viajen este año, serán las primeras vacaciones sin Chiara y Diego, otra pareja amiga que se divorció porque la primera descubrió que el segundo estaba saliendo con una joven veinte años menor que él. Qué pena, qué lástima y sigue la reunión. Cambian los temas y al rato todos se sientan en la mesa: es momento de comer. “Qué cosa tan espantosa. Una familia destrozada por un mensajito”, suelta, al rato, uno de los presentes que aún no puede olvidar la desgracia de los divorciados. “Nada hubiese pasado si Chiara no revisaba el celular”, dice otro invitado, y se desata la polémica: que cómo va a ser culpa de ella, que qué descuidado es él, que si en el teléfono guardamos los secretos de nuestra vida, que esto y que aquello. En pleno alboroto, la dueña de la casa plantea una interrogante –“les pasó a ellos, pero, ¿cuántas parejas se destrozarían si uno de los dos pudiera mirar dentro del celular del otro?”– y, para perplejidad del resto de los presentes, propone un juego: “Como ninguno tiene secretos, pongamos todos los teléfonos sobre la mesa y, durante la cena, cualquier llamada, Whatsapp o mensaje, vamos a leerlo o escucharlo juntos”. Este es el escenario que plantea, durante los primeros 15 minutos, la película italiana ‘Perfetti sconosciuti’, una extraordinaria comedia dramática que se desarrolla, casi en su totalidad, entre el comedor y la cocina de un apartamento. Escrita y dirigida por Paolo Genovese, esta cinta de diálogos extraordinarios y reflexiones existenciales merece ser recomendada y nunca ‘spoileada’. ¿Cómo terminará el invento de la dueña de la casa?

Ortega y Gasset y las elecciones en Venezuela

Exactamente 62 años se cumplen hoy de la muerte del filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset, una de las mentes más lúcidas de la España del siglo pasado y quien dejó al mundo una vasta e interesante obra cuyo sello característico se encuentra en ese estilo entre sencillo y literario, repleto de metáforas y frases ingeniosas, que le permitió llegar y hacerse entender por el gran público. Es precisamente la que encabeza esta entrada (“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”), una de las más célebres y populares del autor, que nos viene en un momento más que oportuno, justo cuando acabamos de sufrir una gran derrota, producto de un discurso político cuya base no era otra sino un voluntarismo tan optimista como estéril que pretendió prescindir de la circunstancia y terminó por ello estrellado. Nos referimos al planteamiento de ir a votar sin importar las condiciones y aun sabiendo que el árbitro estaba en contra, y poniendo toda la esperanza en el voto ‘per se’. Ante ello, la lucidez de Ortega y Gasset aparece tremenda: el yo no puede prescindir de la circunstancia, ni el voto de las condiciones. Hacerlo es una insensatez y muchas veces –lo estamos sufriendo– un suicidio. Y por eso la importancia de la segunda parte de la frase: “y si no la salvo a ella no me salvo yo”, que quiere decir, para seguirlo explicando con Venezuela, que si no se modifican la condiciones electorales (la circunstancia) no se podrá, no habrá manera, de salvarnos: ni al voto ni a nosotros. Más claro no canta un gallo ni escribe un filósofo popular.

Daniel Defoe, hoy lo celebramos y recordamos

Espía, crítico de la Iglesia, brazo publicitario del poder, promotor del Acta de Unión entre Inglaterra y Escocia, comerciante, vocero político, estafador y convicto. Todo eso fue Daniel Defoe antes de que, pasados sus cincuenta, concibiera al náufrago más popular de la historia: Robinson Crusoe. Fue gracias a esa extraordinaria autobiografía ficticia que Defoe se ubicó entre los más grandes de la literatura universal. La obra está considerada como el Quijote de la lengua inglesa y es, además, el relato de aventuras por antonomasia. Sus miles de adaptaciones, recortes editoriales y traducciones (Julio Cortázar incluido), instalaron en la cultura popular del mundo hispano la percepción de que aquella era una novelita entretenida, infantil, y poco más. Pero nada más lejos de la verdad: las reflexiones políticas e ideológicas que en ella se expusieron motivaron halagos e interpretaciones por parte de personajes como Joyce, Marx, Poe y del Nobel J. M. Coetzee. De ella, Borges dijo que “el hallazgo esencial de Daniel Defoe fue la invención de rasgos circunstanciales, casi ignorada por la literatura anterior. Lo tardío de ese descubrimiento es notable; que yo recuerde, no llueve una sola vez en todo el Quijote”. Para García Márquez fue todo un maestro: vio en él una forma de contar las cosas que nada tenía que ver con ese periodismo soporífero y cuadriculado. Cuenta Juan Villoro cómo José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, le pidió al Gabo que escribiera la historia de Luis Alejandro Velasco. Este pensó en negarse, pero la conversa lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. De allí salió ‘Relato de un náufrago’, todo un estandarte del género «robinsoniano». Por su inconmensurable aporte a la literatura anglosajona, Defoe es catalogado como el padre de los novelistas ingleses. Hoy, cuando estaría cumpliendo 357 años, aprovechamos la ocasión para recordarlo.

Vargas Llosa marchó y habló duro contra el nacionalismo catalán

De bien nacidos, dice el refrán, es ser agradecidos. Y si alguien tiene que darle gracias a Barcelona, ése es Mario Vargas Llosa. Fue allí donde le publicaron sus dos primeros libros –‘Los Jefes’ y ‘La ciudad y los perros’–. Fue allí donde conoció a Carlos Barral (su editor) y a Carmen Balcells (su agente), los dos pilares de su carrera literaria. Y fue allí, a confesión propia, donde se hizo escritor. Se mudó a la ciudad en el verano de 1970, llevado por Balcells, quien le ofreció $500 mensuales –lo que ganaba dando clases en Londres– para que se dedicara sólo a escribir, sin tener ninguna otra distracción ni obligación. “El ambiente de Barcelona era estimulante. Fueron años muy fecundos, de gran camaradería y amistad. Existía un clima de mucha esperanza, la seguridad de que la dictadura se terminaba, de que hacía agua por todos lados, y que la España que vendría sería no solamente libre sino que en ella la cultura y la literatura jugarían un papel central”. Así la recordaba. Por eso, se entiende, ahora que la ciudad está en la víspera de caer bajo el yugo de otra dictadura, esta vez de corte separatista, se sumó a su defensa. Ya no el Mario joven de 34 años que allí vivió, sino el señor Nobel de 81, con menos cabello pero el mismo peinado –finalmente destrozado por el aire–. Vargas Llosa encabezó ayer, junto con otras personalidades, la que todo parece indicar ha sido la mayor manifestación de la historia reciente de España –la cifran en casi un millón de personas–, cuyo fin fue decirle no al totalitarismo nacionalista. “Queremos que Cataluña vuelva a ser la Cataluña capital cultural de España, como era cuando yo vine a vivir aquí, en unos años que recuerdo con enorme nostalgia”, dijo ante la multitud, en un enérgico discurso que no por improvisado fue menos bueno y que se trató, por encima de todo, de un acto de nobleza, valentía y coherencia, de un hombre que –a diferencia de tantos nuestros– no se escuda en su condición de ‘artista’ para callar y ser cómplice, sino que se mete en la candela y defiende lo que su conciencia le manda.

RESEÑA: ‘Sinuhé, el egipcio’ – Mika Waltari

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Mi nombre estuvo un día en el libro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi palabra tenía más peso que la de los poderosos (…) Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar: fui desterrado”. Con esas intrigantes palabras arranca uno de los grandes clásicos de la literatura histórica del siglo pasado: ‘Sinuhé, el egipcio’, de Milka Watari, una novela que se ha vendido y leído mucho (ha sido traducida a 40 idiomas y desde su publicación en 1945 no ha dejado de reimprimirse), que se llevó al cine con mucho éxito y que catapultó a su autor a la fama. Se trata de una obra maestra del género, que le tomó a Watari por lo menos una década entera de investigación para poder recrear –y con mucho acierto, según los egiptólogos, que la elogiaron como una de las más exactas representaciones que hay de aquella época– la vida y costumbres del Egipto de los faraones. Es allí donde entra en escena Sinuhé, médico real, que ya anciano y desde el exilio hace memoria de su existencia.¿Cómo y por qué hombre tan poderoso terminó desterrado de la ciudad real y desencantado de los hombres? Esa es la pregunta cuya respuesta toma más de 700 páginas, en las que Sinuhé cuenta su vida de la niñez a la vejez. Vida en la que hay aciertos y desaciertos, momentos felices y trágicos, fracasos, victorias, derrotas, poder, intriga y mucha nobleza, que eso, por encima de todo, es Sinuhé: un personaje noble que conoció tanto la grandeza como la miseria del mundo en una época de la que nos separan tres milenios, pero en la que el hombre, al final, no era muy diferente al de ahora. Y he allí, seguramente, la clave de su éxito: en que nos muestra que, costumbres y creencias apartes, en el fondo hemos sido (y seguimos siendo) lo mismo; y que siempre nos hemos movido (y nos seguimos moviendo) por lo mismo: pasión, belleza, dinero, ambición y poder. Se trata, pues, de un libro bueno y bien escrito, que aparte de transportarnos a otra época, también nos lleva a reflexionar sobre nosotros y nuestra condición, tal y como hace la buena literatura.

RESEÑA: ‘La vida en rosa’

A Edith Piaf la existencia siempre le pesó. La vida, para ella, fue un martirio que duró 47 vueltas al Sol. Una niñez de tumbos, pobreza, malnutrición, ceguera temporal y abandono, en medio de la prostitución y la calle; una madurez conseguida a punta de talento, carisma y alcohol; y una prematura vejez marcada por la artritis, los accidentes de tránsito y la trágica muerte de su amado Marcel Cerdan, desgracias todas que únicamente la morfina –una fuerte dosis de morfina diaria– podía aliviar. Y así se le fue consumiendo la vida, tratando de resistir un día a la vez. Sólo las inyecciones lograban que su cuerpo se callase, sólo ellas le permitían permanecer en la Tierra sin sentirse parte del Infierno. A Edith Piaf la existencia siempre le pesó y Marion Cotillard, esa extraordinaria actriz, se encargó de dejarlo claro en ‘La vida en rosa’, una película biográfica en la que la protagonista merece absolutamente todos los elogios. Si cada persona tiene su perfume particular, puede decirse que Cotillard te permite oler, sentir, a Piaf durante más de dos horas: sus gestos, sus dolores, su forma de cantar, amar y ver el mundo. De que la escuches se encarga la propia Edith, quien le presta su mítica voz a Marion cada vez que se sube al escenario. ‘La vida en rosa’ es un film dramático, emocional, que recorre los contextos más sombríos por los que puede pasar un ser humano: el abandono, la soledad y la pérdida. Cotillard pone la actuación –Óscar en 2007– y Piaf el canto para hacer, quizá, uno de las mejores biopic que el cine ha visto pasar.

Teresa de la Parra, una de las grandes escritoras

Jueves de octubre, jueves de Nobel, jueves (este sí) de Literatura en mayúscula. Ocasión propicia para festejar el premio (¡por fin!) bien entregado y conmemorar también el nacimiento 128 de una de nuestras glorias, la que probablemente sea la escritora más grande que ha tenido Venezuela: Ana Teresa de la Parra Sanojo. Mujer, aristócrata y buena parte del tiempo extranjera, nada de ello obstó para que De La Parra escribiera (y bien) sobre Venezuela. Logró, desde la distancia, expresar en su obra, condensar en ella, el ambiente íntimo y familiar de aquel país que fuimos a principios del siglo pasado. Bajo el seudónimo de “Fru Fru” publicó un par de cuentos en ‘El Universal’ para luego firmar en dos importantes publicaciones literarias de la época: ‘Actualidades’, de Rómulo Gallegos, y ‘Lectura semanal’, de José Rafael Pocaterra. En 1924, en París, publicó la que será su novela insignia, su obra más premiada y elogiada: ‘Ifigenia’. Con ella ganó el primer premio de Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa y se consagró como una de las escritoras más importantes de Latinoamérica, hasta llegar a ser puesta al lado de la poeta y Nobel chilena Gabriela Mistral, de quien terminaría siendo amiga. La novela la protagoniza una joven de 18 años llamada María Eugenia, que regresa a Caracas, luego de una larga estadía en Europa, para encontrarse con que ya no tiene herencia ni fortuna, lo que la obliga a vivir en la casa de la abuela y procurar un buen matrimonio que le garantice un futuro. La novela, una de las grandes cimas de nuestra literatura, retrata a la Venezuela de principios del siglo XX, sus estrictas normas morales y su corrupción, y esconde algunas críticas veladas a la dictadura gomecista. A 128 años del nacimiento de su autora, desde ‘Revista OJO’ la recordamos y festejamos, a la par que rogamos encarecidamente que el dictador, sus ministros y varios políticos de la oposición tomen consejo y, por favor, lean el diccionario para que dejen de decir tantas burradas.

Chao, Bob

El trovador de Minnesota tiene el tiempo contado. Es apenas cuestión de horas –menos de 24, de hecho– para que la Academia Sueca dicte sentencia y nombre a su sucesor en el Nobel de Literatura, que será, todo parece indicarlo, un hombre (o mujer) de letras, entre novelista y ensayista, como mucho poeta, puede que de Europa, quizás de Asia, pero escritor sin duda. Nada de músico, rapsoda, declamador o compositor, como el año pasado. Tampoco guionista, libretista, caricaturista o ilustrador de cómics, como soñaban algunos a partir de la decisión de 2016. La Academia Sueca todavía acusa recibo del golpe (desprecio del premiado, repulsa de los académicos y desconcierto de sus usuales), pasa por horas de baja credibilidad (de poco le sirvió el aplauso del ‘star sistem’) y por ello todo apunta a un repliegue, que se traducirá en una decisión tradicional. Atención, entonces, a Ladbrokes, la popular casa de apuestas británica, que luego de patinar el año pasado podría, tal vez, aproximarse un poco esta vez. Su top 5 lo encabezan Ngugi Wa Thiong’o (novelista, dramaturgo y ensayista keniano), Haruki Murakami (eterno candidato japonés), Margaret Atwood (prolífica y muy premiada poeta, novelista y crítica literaria canadiense), Ko Un (poeta y escritor surcoreano que se recluyó una década en un monasterio budista tras ser herido en la guerra de Corea) y Yan Lianke (censurado y perseguido novelista chino, opositor al régimen comunista). En el puesto 6 están empatados Amo Oz, poeta israelí de gran valía, y el novelista español Javier Marías, el candidato con más probabilidades en nuestra lengua. Si por ‘Revista OJO’ fuera, Antonio Lobo Antunes, el genial novelista portugués, o Philip Roth el fenomenal autor norteamericano, eternos candidatos ambos, serían dos fantásticos merecedores del galardón. Pero es demasiado pedir. De la Academia Sueca no esperamos mucho, solo la sentencia, que será anunciada mañana a las 7 AM, hora de Venezuela.

RESEÑA: ‘La ciudad automática’ – Julio Camba

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Julio Camba es un gusto, más bien delicia, que todo lector debería darse por lo menos una vez en la vida. Periodista español (Villanueva de Arosa, 1884 – Madrid, 1962) fue uno de los pioneros y artífices de ese género híbrido y casi literario que tan bien se practica en España llamado columnismo, y que es tan sabroso de leer. ‘La ciudad automática’, editada por Espasa, recoge 54 columnas breves (auténticas obras de arte) que Camba escribió desde Nueva York, donde era corresponsal, entre 1929 y 1930. En ellas analiza, disecciona y cuenta aquella ciudad en crisisde un modo verdaderamente magistral: cada texto está lleno de ironía y mordacidad, así como de infinitas y muy agudas paradojas, construcciones en las cuales Camba era un maestro.

Los textos de ‘La ciudad automática’ abordan prácticamente todos los temas posibles que la Nueva York de los años treinta daba:los gangsters, las pandillas, los mafiosos, la prohibición de alcohol, la crisis financiera, los rascacielos, los millonarios, los restaurantes y cafeterías, la producción en serie de las cosas (desde los trajes hasta la literatura, pasando por el humor e incluso los crímenes), la moral, la instrucción, los trenes y las chicas. Todo. Agudo observador y hombre con dotes de psicólogo social, Camba era capaz de hallar siempre,en cada una de esas cosas, el detalle diferenciador por el que se podía explicar el carácter de una sociedad o de un grupo específico, cosa que haceconstantemente en cada texto.Genio del humor inteligente, se valía también de ese recurso para parodiar –y criticar– de modo implacable todo lo que no le gustaba de aquella ciudad y sociedad.

Y para muestra, seis botones:

Del WoolworthBuilding, el que fuera el rascacielos más alto de la ciudad hasta la construcción del EmpireState, dice, por ejemplo, que “empezaba a presumir de pirámide de Egipto, esto es, de cosa definitiva y eterna”.

A Hollywood la describe con cierta aversión como “la ciudad donde todos los hombres son guapos y elegantes y todas las mujeres irresistibles, la ciudad donde hay que divertirse a la fuerza y donde se pagarían sumas fabulosas por un rato de aburrimiento”.

De la comida gringa señala que “no empieza a ser mala más que de los dos dólares y medio para arriba, cuando los cocineros se consideran obligados a hacer fantasías con la condimentación; pero de dos dólares para abajo es siempre sana, buena y hasta creo que algo alimenticia”.

Tras visitar una cárcel americana se pregunta en voz alta “¿cuál es el objeto de ser un hombre honrado en este país y pagar seis o siete dólares diarios para vivir en un hotel que parece una cárcel, cuando, siendo un bandido, se puede vivir en una cárcel que parece un hotel?”.

De Arthur Brisbane, el archi-célebre Arthur Brisbane, editor de mil medios, escribe con mordacidad que “su talento consiste en no tener ninguno y su originalidad en no chocar nunca con las opiniones del lector en cualquier lugar del planeta donde el lector se encuentre (…) gana 800 mil dólares al año, y huelga decir que si alguna vez se le ocurre alguna idea inteligente –lo que es muy posible porque ningún tonto podría llegar nunca a industrializar la tontería de la forma en la que él lo ha hecho– se guardará muy bien de escribirla. Su labor no consiste en agradar a todos sino en no desagradar a ninguno”.

Y de Nueva York, su protagonista, escribe al arribar que: “al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en las cuales nuestra vida constituiría una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso: nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que nos ha tocado vivir”

Eso era y así era Julio Camba, ese genio, un autor que los amantes de Nueva York y los periodistas deberían tener como lectura obligatoria, lo mismo que cualquier lector que quiera disfrutar una buena prosa y que ande buscando una lectura amena, divertida y, sobre todo, inteligente.

La ciudad automática

Autor: Julio Camba

Año: 2003

Páginas: 170

Calificación: 10/10