RESEÑA: Memorias – Tennessee Williams

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Habría que haberlo leido en su momento o haberlo conocido muy bien a él y a la gente de la que escribe, para escandalizarse como lo hicieron la crítica y la sociedad estadounidense con las ‘Memorias’ de Tennessee Williams. Leídas en 2018, éstas, que en su momento fueron muy polémicas, no pasan de ser sino una colección de anécdotas (la mayoría o buena parte de ellas sexuales) de un hombre talentoso que vivió una vida un tanto disipada; la que, por otra parte, se correspondía con su medio (el teatro) y el ambiente en el que se desenvolvía (la bohemia). En todo caso, si una virtud tienen, es que son unas memorias sinceras, en las que Williams no se va por la labor de justificarse, quedar bien o hacer una apología de su vida; todo lo contrario: la cuenta tal como fue, permitiéndose, incluso, quedar mal en varios episodios. Y eso se agradece, al igual que algunas muy sinceras y oportunas reflexiones sobra la vida, la muerte, la libertad y el oficio de escribir. Se echan en falta, sí, algunas palabras o ideas sobre el teatro y más información sobre algunas de sus celebérrimas obras -’Un tranvía llamado deseo’, por ejemplo-, que suele despachar apenas con comentarios -algunos de ellos francamente intrigantes- sobre los actores y actrices del reparto, los problemas que había en los ensayos, y lo neurótico que se ponía en los estrenos. No son, definitivamente, las memorias de un autor de teatro, sino de un hombre que en el aspecto profesional se ocupó de ser escritor de teatro, pero cuya vida, en tanto hombre, abarcó mucho más. En ellas escribe, precisamente, más el hombre que el autor, y lo hace de un modo desordenado, interrumpido, con cambios bruscos de tema y saltos en el tiempo, vueltas al pasado para añadir alguna reflexión del presente, y así. Da la impresión de que las fue redactando tal como le salieron, lo que, por otra parte, puede que sea la mejor garantía de la honestidad de la que hablamos al principio. En resumen: un libro que se puede leer con provecho, y para quien conozca a algunos de los involucrados en su recuerdo, con diversión también.

Así celebramos a Rubén Darío

Príncipe de las letras castellanas, niño prodigio, padre del modernismo literario en lengua española, diplomático y corresponsal. A Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío, el talento le brotó desde temprana edad. No sería extraño pensar que su aventura en el mundo de las letras haya comenzado en la barriga de su madre, Rosa Sarmiento: a los tres años ya sabía leer y entre los primeros textos que recuerda haber terminado se encuentran Las mil y una noches, la Biblia y Don Quijote de la Mancha. Un adelantado a su tiempo, no había llegado a los quince cuando ya tenía en su currículo publicaciones en revistas y periódicos. De vida sufrida, Rubén Darío creció lejos de su madre, su única hermana murió a los pocos días de nacida, perdió a su primera esposa a los tres años de haber contraído matrimonio y coqueteó con el suicidio durante sus crisis alcohólicas. Pero mientras en su interior sufría, en el exterior creaba. Y de qué manera. Rubén Darío estiró la lengua española como pocos: creó nuevos ritmos luego de adaptar aquellos de la literatura grecorromana a las leyes de la poesía hispánica y experimentó con la lírica y los sonidos para concebir una musicalidad novedosa. Escribió para La Nación cuando era el periódico número uno de toda Hispanoamérica y fue el artífice de los inmortales versos “Juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro… / y a veces lloro sin querer”, pertenecientes a su poema ‘Canción de otoño en primavera’. Hoy, cuando estaría cumpliendo 151 años, recordamos a este grande de las letras pensando en que, después del perro, puede que un buen libro sea el mejor amigo del hombre.

RESEÑA: Persona non grata – Jorge Edwards

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Persona non grata’, de Jorge Edwards, recientemente editado por El Estilete, es un libro que pasará a la historia por el enorme valor testimonial que tiene, y ya. En lo literario tiene poco, pero lo que cuenta no tiene desperdicio: los meses en los que Edwards estuvo en La Habana enviado por el gobierno de Salvador Allende como el primer Encargado de Negocios chileno (y uno de los primeros diplomáticos latinoamericanos en ir a la isla) tras la ruptura de relaciones que vino con la revolución y la posterior expulsión de Cuba de la OEA.

Se trata principios de los años setenta, en los que ya la revolución ha cumplido su primera década y todavía mantiene el favor de buena parte de la opinión pública y de la intelectualidad extranjera, sobre todo la latinoamericana y especialmente la literaria. Ha habido fusilamientos, ha habido censura, ha habido grandes fracasos económicos, pero la revolución sigue siendo mimada. En Chile, Salvador Allende se hace con la presidencia del país, encabeza un gobierno en el que convergen todas las fuerzas de la izquierda y decide no sólo reestablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, sino enviar allá como representante a Jorge Edwars, incipiente escritor y diplomático que cumplía funciones en Lima.

Edwards, perteneciente a una familia de larguísima tradición conservadora en Chile (uno de sus parientes fue el último embajador chileno en Cuba antes de la revolución) y amigo de escritores cubanos que ya en ese momento estaban empezando a tener serias diferencias con el régimen de Castro, es recibido en La Habana con una frialdad e indiferencia calculadas: no lo buscan en el aeropuerto, por despacho le dan una habitación casi en ruinas, y no atienden prácticamente ninguna de sus peticiones. Él al principio no lo entiende y ve con asombro que eso suceda, siendo él el primer diplomático chileno en muchos años y un símbolo que más bien la revolución debería festejar. Pero luego entenderá, y muy bien.

Su misión culmina tres meses después, cuando es declarado “persona non grata”. En este ínterin, Edwards pasará por una serie de experiencias, casi todas desagradables, y vivirá en carne propia lo que es estar en una dictadura comunista y cómo ella juega con la gente a su libre arbitrio. Son tres meses de infierno, de atmósfera enrarecida y tensa, de paranoia, de permanente estado de sospecha, de desconfianza perenne, de agobio y de desencanto. De hecho, este libro es también, en parte, la historia de un desencanto: el de Edwards con la revolución, tras experimentar su miseria y su autoritarismo en carne viva, y, sobre todo, tras convencerse de su inviabilidad.

Ese trimestre es narrado por Edwards de una manera, eso sí, bastante mejorable. El libro, por algún motivo, se hace bastante pesado. La prosa es correcta y ya. Pero le falta algo que emocione, que enganche, que cautive. Da la impresión de ser una gran historia contada de un modo gris. Aunque esto último es ya bastante subjetivo. En todo caso, vale –y mucho– por lo que cuenta, por cómo desnuda a la dictadura, por cómo deja en evidencia sus métodos de control y de psico terror. Este libro tuvo el mérito de ser prohibido tanto en Cuba como en Chile, de ganarle a Edwards la enemistad de alguna parte de la intelectualidad progre, pero también de abrirles los ojos a mucha gente. Fue una de las primeras obras críticas de peso contra la revolución castrista. Y ya sólo por eso merece ser leído, y mas ahora que gracias al esfuerzo de ‘El Estilete’ se puede conseguir, por lo menos en Caracas, con relativa facilidad.

Persona non grata

Autor: Jorge Edwards

Fecha: 1973

Páginas 478

Calificación: 6/10

RESEÑA: ‘Steve Jobs’

Por momentos abrumadora, de ritmo vertiginoso, guion denso, diálogos avasallantes y escenas que marean. Al mismo tiempo, original, arriesgada, artística y bien actuada. Así es ‘Steve Jobs’ (2015), el largometraje que dirigió Danny Boyle –‘Trainspotting’, ‘Slumdog Millionaire’ y ‘127 hours’– y escribió Aaron Sorkin –‘The Social Network’–. No hecha para ser taquillera, la cinta se aleja de las típicas biopics de librito que buscan resumir, de forma cronológica, sesenta o setenta años en apenas dos horas de película. Por el contrario, ‘Steve Jobs’ escoge tres momentos de la vida de su protagonista y busca sintetizar en ellos el lado oscuro del genio de San Francisco. Desmitificador, el largometraje muestra al Jobs más cruel, el que reniega de su hija y trata a sus empleados de forma inhumana. El que en busca del tan anhelado perfeccionismo puede llegar a ser un patán sin parangón. El que consigue llevársela mal con toda su compañía y ser botado de su propia empresa. Con el ritmo agobiante y los diálogos sobrecargados, Boyle y Sorkin intentaron hacer una película que reflejara la mente de su protagonista. Una película que se pareciese a Jobs más allá de la similitud que pudiese tener el actor encargado de interpretar el papel. Fassbender no tenía la cara de Kutcher (‘Jobs’, 2013), pero sí supo construir un personaje más profundo, que con la suma de pequeños gestos pudiese transmitir cómo era el Steve de la vida real. “La actuación fue muy realista. En algunas películas anteriores vi a los actores simulando a Steve Jobs, pero realmente no me hicieron sentir como si estuviera en su cabeza para entender lo que estaba pasando dentro de él, su personalidad”, comentó el otro Steve, Wozniak, sobre la película. “Mucha gente piensa que la cara de Steve Jobs importa, pero es su cerebro, la cabeza, la forma en que trabajó, cómo pensaba él, cómo actuaba con la gente”, dijo Woz y nosotros le creemos. A pesar de su particular estructura, su ritmo inusual y la cantidad enorme de diálogo, ‘Steve Jobs’ es una buena película para acercarse al hombre que revolucionó, entre otras cosas, las computadoras, las películas de animación, la telefonía y la música.

Reseñas del 2017

El año pasado adoptamos el hábito de escribir todas las semanas sobre una película diferente. La sección, que pudo tener forma de crítica, terminó siendo, básicamente, una recomendación cinéfila. Sábado tras sábado fuimos reseñando cintas que, en gran parte, podían entrar en la categoría de imprescindibles, films que por una u otra razón se ganaron un espacio dentro de la memoria colectiva de Occidente.

Por la sección pasaron Russell haciendo de John Nash (‘A Beautiful Mind’: mejor película del 2002 según la Academia); una enorme Marion Cotillard interpretando el papel de su vida en la biopic de Edith Piaf (‘La Vie en Rose‘); Kate Winslet en el largometraje que le dio el Oscar (‘The Reader’) y en el film que hará que la recordemos por siempre (‘Eternal Sunshine of The Spotless Mind’); Robin Williams en la película que le permitió ganar el premio a mejor actor de reparto (‘Good Will Hunting’); el único e inigualable Robert De Niro en la que, para muchos, es su mejor actuación (‘Taxi Driver’); y producciones de habla hispana de la talla de ‘El Secreto de sus Ojos’ y ‘Relatos Salvajes’.

Del cine italiano reseñamos ‘Perfetti sconosciuti –la cinta en la que un grupo de amigos decide en plena cena empezar a leer cada nuevo mensaje de Whatsapp en voz alta– y ‘La prima cosa bella’, el largometraje que abrió la XVII Semana de la Lengua Italiana en Trasnocho Cultural. Películas como ‘Elsa y Fred’, ‘Nightcrawler’ y ‘The One I Love’ completaron una sección que tuvo en ‘Más vivos que nunca’ un pedacito de la cinematografía venezolana.

RESEÑA: ‘Misery’

Su actuación está considerada como una de las mejores interpretaciones femeninas de todos los tiempos y es, para muchos, la villana más dantesca de la historia. Su papel produjo un personaje de culto, rompió barreras estereotípicas y protagonizó una de las escenas más terroríficas de los últimos 30 años: a fin de cuentas, los tobillos de Paul Sheldon estarán por siempre en nuestra memoria.

Si existiese un Salón de la Fama del séptimo arte norteamericano, Kathy Bates tendría una placa asegurada por hacer de Annie Wilkes en la adaptación cinematográfica de ‘Misery’, una de las tantas novelas de Stephen King que han sido llevadas a la gran pantalla.

‘Misery’ se centra en un afamado escritor que decide recluirse en una cabaña en Colorado con la intención de terminar la novela en la que está trabajando. Una vez escrita la última página, se dispone emprender su viaje de regreso a Nueva York. Debido al mal estado de la carretera por culpa de la nieve, pierde el control de su vehículo y termina cayendo por un barranco, inconsciente y malherido.

Cuando despierta de la conmoción, Paul Sheldon se encuentra con la cara de una mujer que dice ser, con orgullo, su fanática número uno. Wilkes le explica al escritor que debido al choque ha perdido la movilidad de sus piernas y que ella se ha encargado de atenderlo hasta el momento, que no se preocupe, pues apenas la nieve se vaya de las vías y los teléfonos vuelvan a funcionar, llamará a una ambulancia y a sus seres queridos.

Así empieza el martirio para Sheldon, quien a medida que van pasando los días comienza a darse cuenta de la naturaleza psicópata de su rescatista y su desesperación se va volviendo cada vez más latente: inmóvil en una cama y sin la posibilidad de poder comunicarse con nadie fuera de la casa, el novelista teme por su futuro.

La interpretación de Bates por momentos hiela la sangre, paraliza la respiración y pone al espectador a rezar por la vida del novelista: Annie Wilkes infunde más terror que cualquier monstruo o fantasma. Junto a James Caan –Sonny en ‘El Padrino’–, sus caras de dolor infernal y sus miradas impregnadas de miedo, creó una de las películas con mejor manejo de tensión que Hollywood haya producido.

RESEÑA: ‘The reader’

Pudo haberlo logrado en 1998 por interpretar a Rose en ‘Titanic’ o en 2005 por hacer el papel de Clementine en ‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’. También tuvo los méritos en 1996, 2002 y 2007, pero no fue hasta 2009, por su magistral trabajo en ‘The Reader’, que Kate Winslet, esa leyenda viviente del séptimo arte, ganó el Oscar a mejor actriz principal. Lo hizo batiendo récords, con seis nominaciones en su espalda a sus 33 años, y frente a la número uno de toda la vida: Meryl Streep.

‘The Reader’, dirigida por Stephen Daldry, cuenta la historia de un romance entre una mujer de 35 años y un chico de apenas 15, quienes se conocen cuando el último, en medio de náuseas y vómitos, es socorrido por la primera. A partir de allí comienza a desarrollarse una relación improbable, extraña, pero verosímil, que gira en torno al placer, la curiosidad y la euforia de un muchacho que, de la noche a la mañana, se encuentra perdiendo la virginidad y pactando encuentros sexuales con una compañera de cama mucho mayor que él. Así transcurren los primeros 30-40 minutos de una película que está narrada en tres etapas diferentes de la vida de sus dos protagonistas.

La cinta indaga en los terrenos de la moral, el amor, la lujuria y la culpa, y toca un tema que ha sido tratado hasta el cansancio en Hollywood, pero que en este largometraje tiene la capacidad de formular en el espectador una nueva gama de preguntas. En ‘The Reader’, el Holocausto es abordado a través de un juicio en el que la sala de cine puede llegar a sentirse parte del jurado.

Es en ese momento cuando Kate Winslet saca lo mejor de su repertorio y hace lo que los grandes actores suelen hacer: explicar con un solo gesto lo que a otros artistas les llevaría cuatro escenas, un par de flashbacks y varias páginas de guion. Con lágrimas en sus ojos habla de su pasado, con una mueca explica el porqué de su sufrimiento y con su lenguaje corporal deja claro cómo fueron los años de su niñez, su falta de formación académica en la adolescencia y el repugnante rol que jugó en la adultez, durante el auge de la Alemania nazi. Sin duda, un Oscar merecido para la mejor actriz de su generación.

RESEÑA: ‘Good Will Hunting’

Quizás no llegue a película de culto, pero ‘Good Will Hunting’ es un film que todo cinéfilo debería ver. Fue, nada más y nada menos, el largometraje que llevó a Robin Williams (†) a ganar su único Oscar, el de reparto, y fue, además, el film que impulsó las carreras de Ben Affleck y Matt Damon.

Aquel dúo de veinteañeros, mejores amigos por siempre, pisó fuerte en 1997 con una película que escribirían, producirían y, por si fuera poco, también protagonizarían. El trabajo puesto en aquella cinta les valdría nueve nominaciones de la Academia y el galardón a mejor guion original, un reconocimiento que los pondría a dar uno de los discursos más recordados en la historia de los premios.

El relato que Ben y Matt llevaron a la gran pantalla fue el de un muchacho de veinte años (Will Hunting) que se debate entre su brillante intelecto capaz de resolver cualquier problema matemático y su mal comportamiento en las calles de Boston, que le causa, una y otra vez, problemas con la justicia. Es por uno de esos delitos que Will estuvo a punto de ir a la cárcel, pero un profesor del MIT le propone un acuerdo al jurado y termina por hacerse cargo del chico, a quien obliga a comprometerse con dos tareas específicas: estudiar matemática bajo su tutoría y asistir a un psicólogo que le ayude eliminar de su vida las acciones delictivas.

Allí es cuando aparece Robin Williams. Después de varios intentos fallidos con otros especialistas en el área, Sean Maguire, un profesor de psicología del Bunker Hill Community College, logra entablar una relación con el malencarado Will, un vínculo que, a medida que se va haciendo más fuerte, traerá al film diálogos profundos y frases estremecedoras.

La actuación de Robin Williams, con ese dolor en sus ojos, con ese desconsuelo en sus gestos, con esa aflicción en sus palabras, merece, sin duda, un espacio en la vasta historia del cine norteamericano. Junto a un gran Matt Damon, Williams logra explorar uno de los grandes miedos del ser humano: quitarse la máscara, dejar los escudos, y entregarse por completo a la persona que ama. Por esa y otras razones, ‘Good Will Hunting’ es de esas películas que vale la pena volver a ver.

Hoy, a 49 años de su muerte, recordamos a John Steinbeck

John Steinbeck tuvo una vida para el recuerdo. Además de pasar a la historia como uno de los grandes novelistas del siglo pasado, el ganador del premio Pulitzer en 1940 y del Nobel de Literatura en 1962 trabajó de carpintero y marinero, fue corresponsal en la Segunda Guerra Mundial para el New York Herald Tribune, su libro ‘Al este del Edén’ significó el debut del mítico James Dean en el cine, escribió una película para Alfred Hitchcock, hizo un guion cinematográfico que protagonizó Marlon Brando, cargó ladrillos para construir el Madison Square Garden y hasta participó en la Guerra de Vietnam.

Su obra ‘Las uvas de la ira’ está considerada, según el diario parisino Le Monde, la séptima mejor novela del siglo XX y está traducida a más de cincuenta idiomas. En ella, Steinbeck explora la desgracia que significó para los más necesitados la Gran Depresión norteamericana, período en el que el hambre y la injusticias sociales hicieron mella en gran parte de la población.

Por la mirada crítica expuesta en aquel relato, a John lo tacharon de comunista y su libro terminó quemado y prohibido en su tierra natal, aunque, la verdad sea dicha, la grandeza de ‘Las uvas de la ira’ no tiene que ver con posturas ideológicas, sino con una certera denuncia hacia la violación de los Derechos Humanos.

Fiel seguidor de Hemingway, Steinbeck poseía una privilegiada vena periodística que le había servido para contar, a través de la pluma y en forma de reportajes, la situación que vivían los inmigrantes que llegaban a California en busca de trabajo. De las humillaciones que presenció, de las penurias y la extrema pobreza que tuvo que cubrir para realizar sus trabajos en The San Francisco News, John obtuvo el background necesario para llevar los hechos a la ficción y convertir la desgarradora realidad en una emotiva novela histórica.

Hoy, a 49 años de su muerte, aprovechamos la oportunidad para recordar a este grande de las letras, pensando en qué hubiese escrito si hubiese vivido en la Venezuela socialista del siglo XXI.

Ancianos duermen fuera de los bancos para cobrar la pensión

“Ahora son miles las sonrisas de los abuelitos que hoy tienen una mayor calidad de vida”, dice la voz pretendidamente dulzona de la propagandista –periodista jamás– que hace el micro en VTV. En él, reseña los horrores de la IV república y las bondades de la V. En aquella, explica acogiéndose a una de las leyendas victimizantes sobre las que el chavismo construyó su mito, los ancianos eran maltratados, les pagaban pensiones bajas y les echaban agua con la ballena cuando protestaban en Miraflores o la Av. Urdaneta. Ahora todo es distinto, jura la propagandista. “Cada día aumentan los beneficios para las personas de la tercera edad”, explica. Es el año 2015 y estamos en el mundo feliz de VTV, hecho de ficción, mentira y propaganda. Dos años después, ese gobierno que los usó como estandarte propagandístico, no es que les hecha agua con una ballena, es que los ha convertido en indigentes. La foto de José Navas, publicada hoy en el diario ‘La Verdad’, muestra en su cruda dimensión la ‘mayor calidad de vida’ de los ‘miles de abuelitos’ que San Nicolás pensionó: “Permanecen tirados en suelo o sobre frías escaleras. Una sábana tan gruesa como una hoja de papel les cubre el espinazo y un pedazo de cartón funge como colchón”, se lee en el reportaje de Francisco Rincón en el diario zuliano, en el que narra el calvario de los jubilados, que llegan a pasar hasta 4 días durmiendo fuera de una sucursal bancaria para cobrar los $3,5 que, a precio de hoy, equivale la pensión más el bono navideño. “En medio del drama, en la noche o en el día, los abuelos se desmayan, se caen porque no ven y hasta se lanzan de sus sillas de ruedas para lograr entrar al banco (…) sufren diarreas, bajas o subidas de tensión o azúcar, vómitos, desmayos, mareos, calambres, dolor de cabeza y espalda e insomnio”, explican. “En Maracaibo no es descabellado conseguir ancianos que amanecen hasta una semana en los bancos para cobrar (…) En un día de pago hasta 400 personas se apersonan a los bancos, con suerte, 100 o 150 logran cobrarla (…) Hay abuelos que tienen tres meses sin cobrar porque no tienen la ‘posibilidad’ de quedarse y amanecer”. El reportaje completo del diario zuliano ‘La Verdad’ lo puedes leer aquí:http://www.laverdad.com/zulia/133629-cobrar-la-pension-o-morir-intentando.html