RESEÑA: La conjura contra América – Phillip Roth

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Qué habría pasado en los Estados Unidos si por allá en 1940 Franklin Delano Roosevelt hubiera sido derrotado por un candidato republicano, aislacionista, antisemita y amigo de Hitler? Esa es la pregunta que en casi 400 páginas responde el brillante escritor norteamericano Phillip Roth en las páginas de ‘La conjura contra américa’, una fantástica ucronía (novela histórica alternativa) magníficamente escrita, en la que se nos narra la alarmante transformación de América tras la victoria de semejante espécimen.

 “El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástagos judíos”

Con estas líneas arranca la novela, escrita en primera persona y a modo de memoria. Su protagonista es un niño que vive en un vecindario judío en Newark (New Jersey), junto con su padre, su madre, su hermano mayor y un primo. Son una familia de clase media, que comparte el piso de abajo con unos inquilinos, y que viene de reponerse del crack bursátil de 1929 y de la llamada “Gran Depresión”. Todos profesan por Roosevelt una admiración que llega casi a la devoción y ven con malos (pésimos) ojos que Lindbergh (ese aviador que un día fue motivo de orgullo para la nación al llegar a París en vuelo directo desde Nueva York y ahora es amigo de Hittler y contrario a que EE.UU. participe en la II Guerra Mundial) gane la presidencia. Pero lo hace, y con él en la Casa Blanca comienzan una serie de cambios que parecen sutiles para todos menos para esta familia judía (a la que tachan de paranoica), que finalmente terminará por tener razón cuando todo desemboque en un tremendo caos.

Si ya el tema de la novela es interesante, lo es mucho más la manera en la que está desarrollada. Página a página, Roth va logrando que cada pieza encaje y todo vaya pareciendo perfectamente verosímil; más que eso: real. Para quien no tenga ni remota idea de la historia (cualquier niño de Liceo Bolivariano, por ejemplo) esta novela podría pasar perfectamente como el relato de un hecho real; e incluso, quien tenga la historia estudiada no dejará de ser visitado una que otra vez por la duda y la pregunta de si esto fue o no así. En ese sentido el libro logra con creces el cometido de novelar (construir) la historia a partir de la modificación de un suceso determinado; de especular con sentido, para que nos entendamos. Resulta indispensable para ello el tremendo conocimiento que tiene Roth de lo que podríamos llamar el alma norteamericana: tanto la sociológica como la política. Sabe cómo piensa, cómo actúa y cómo reacciona el americano promedio; y  sabe también cómo es y funciona el sistema: los partidos políticos, los medios de comunicación, los poderes y las instituciones.

Y sabe también otra cosa que en esta novela resulta fundamental: pensar y escribir como un niño. Ese derrotero por el que tan buenas plumas se han desbarrancado, Roth lo pasa con hidalguía. No cae en el estereotipo de la ingenuidad forzada (esos niños extremadamente cándidos y bobos) ni tampoco pierde el hilo (no le crece el niño en las páginas, sino que siempre se mantiene en la edad). Que sea narrado por un niño, además, da lugar a que el libro tenga un tinte costumbrista y descanse toda la tensión política (que es mucha) en esos ojos inocentes que suelen ver e interpretar lo que pasa afuera por la mediación de terceros (sus padres, sus amigos) y centrarse en detalles y anécdotas que unos ojos muy mayores pasarían por alto. Todo ello escrito, además, con una prosa sobria, discreta y correcta (no hay frases grandilocuentes ni muy hermosas, pero tampoco hacen falta) que se deja leer fácilmente.

Se trata, pues, de una novela magnífica: interesante, entretenida y bien escrita.

La conjura contra américa

Autor: Phillip Roth

Año: 2003

Páginas: 428

Calificación: 09/10

RESEÑA: ‘Al este del Edén’ – John Steinbeck

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De ella dijo el mismo John Steinbeck que era la mejor de sus novelas y que toda su producción anterior –entre las que estaba una ganadora del Púlitzer como ‘Las uvas de la ira’– había sido apenas un mero ensayo, un “entrenamiento”, para llegar, por fin, ‘Al este del Edén’, una novela total, larga y voluminosa (casi 800 páginas) en la que por medio de la historia de tres generaciones de dos familias americanas se invita al lector a reflexionar sobre temas universales como el bien, el mal y el libre albedrío, teniendo como fondo la historia de Caín y Abel. Proyecto ambicioso, típico de novelista consumado que quiere echar el resto escribiendo algo grande, inmortal, que pase a la historia como un clásico, pero que, para infortunio de Steinbeck, quedó en mero proyecto ya que el resultado final no llega –es más: ni se le acerca– a la ‘opus magnan’ que él pretendió. Nada grave tampoco teniendo él firmada ‘Las uvas de la ira’, esa sí una señora novela y un clásico imprescindible de las letras americanas.

¿Qué le falló al buen John, premio Nobel de Literatura 1962, en ‘Al este del Edén’? En primer lugar, el narrador: que en un momento es omnisciente, en otro testigo, en otro protagonista y en otro no se sabe qué. Y no puede decirse que se trate de algo deliberado, de uno de esos juegos ‘faulknerianos’ de perspectivas. No. Nada que ver. Aquí simplemente el narrador arranca en tercera, se pasa a primera sin ser exactamente un personaje de peso dentro de la novela, de repente vuelve a la tercera, entra, sale, opina, reflexiona, se calla y así. La segunda falla es la de los personajes: invariables. No mudan. Los buenos lo son siempre y los malos también. Los buenos rozan, casi, la santidad y los malos el infierno. Y con esas dos cosas es imposible hacer una obra maestra.

“Una novela pésimamente construida que, sin embargo, se lee con avidez”, escribió de ella Vargas Llosa, que le dedica un capítulo en ‘La verdad de las mentiras’. Y habría que hacer un matiz en lo de la avidez: si se lee con tanto interés es por la truculencia de la historia, llena de episodios dramáticos e improbables, muchos de ellos inverosímiles, casi todos extremos, hiperbólicos, con los que Steinbeck sorprende (y espanta) al descreído lector, que no puede dejarse de preguntar qué pasará con este o aquel personaje, y qué giro rocambolesco habrá en la siguiente página. Pero sólo por eso.

¿Y qué tiene de bueno entonces ‘Al este del Edén’ para que, empezando por su propio autor, haya sido tan elogiada y leída a lo largo del tiempo? El análisis psicológico de los personajes, interesante y profundo; y, sobre todo, las reflexiones, en su mayoría de corte existencial – filosófico – teológico, y casi todas en boca de dos grandes personajes: Samuel Hamilton (un campesino irlandés lleno de la sabiduría llana que dan el amanecer, el trabajo y la tierra) y Lee (un criado chino, enigmático, que tiene todas las respuestas del mundo). A través de ellos, Steinbeck –que se pasó buena parte de su vida preocupado por el hombre y su destino– hace al lector detenerse a reflexionar sobre temas que nos son inherentes a todos –la naturaleza del mal, la condición humana, la capacidad de hacer el bien, la voluntad, el destino, la envidia, los celos, los afectos– y que por ello tienen interés.

¿Bastan para hacer una buena novela?

No. Basta apenas para salvarla de la categoría de folletín –que es, en rigor, la que por los personajes y situaciones le correspondería–, pero no para elevarla a esa cima a la que Steinbeck pretendió llevar esa ambiciosa idea que tuvo y no supo concretar.

‘Al este del Edén’

Autor: John Steinbeck

Año: 1952

Páginas: 770

Calificación: 5/10

“Pan y fiesta mantienen al pueblo quieto”

Príncipe de Florencia, mecenas de las artes, diplomático, banquero, poeta y filósofo renacentista. No fueron pocos los oficios que Lorenzo di Médici (o ‘il Magnífico’, como se le llegó a conocer) desempeñó en su vida. Considerado el más inteligente de sus cinco hermanos, recibió de su familia (la poderosa dinastía florentina de la que él fue orgullo y digno miembro) una educación privilegiada que lo llevó a ser, con apenas 20 años, gobernador de Florencia en una gran época artística (la de la cumbre del Renacimiento italiano) y una pésima época política (la del pulso permanente, y muchas veces bélico, que Florencia mantenía con el reino de Nápoles, al que le declaró la guerra y con quien finalmente alcanzó la paz). Hombre de carácter, astuto diplomático, sobreviviente de mil conspiraciones y de dos atentados graves, consiguió imponerse a todos sus enemigos. Se casó con una de las mujeres más nobles de la aristocracia romana (Clarissa Orsini), con quien tuvo una prole de diez vástagos, todos bien ubicados en la carrera eclesiástica. Baste decir que fue padre de un Papa (Leon X), padrastro de otro (Clemente VII), bisabuelo de otro (Leon XI), y que tuvo tres nietos cardenales. Padrino del Renacimiento –así lo consideran algunos historiadores–, gustó siempre de estar rodeado de lo más selecto de su época: artistas, filósofos y científicos. A diferencia de su abuelo, Cosme el Viejo, el gran mecenas y financista de decenas de genios, Lorenzo se dedicó a ubicarlos –Botticelli, Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel los más destacado– en diversas cortes, lo que sirvió para expandir el arte renacentista italiano por Europa. Humanista irredento, fue el fundador de la Biblioteca Laurenciana, una de las más importantes del viejo continente, que hoy conserva, entre otros, 11 mil manuscritos y 2 mil papiros. Aparte de todo ello, dejó para la posteridad una frase que en sí misma es un tratado de realismo y pragmatismo que sirve para demostrar que por más siglos que nos diferencien los principios de control social se mantienen incólumes: “Pan y fiestas mantienen al pueblo quieto”.

RESEÑA: ‘La invención de Morel’ – Adolfo Bioy Casares

Por Ezequiel Abdala | @eaa1717
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Perfecta. Así la calificó nada menos que Jorge Luis Borges, un hombre que si de algo sabía era de perfección, porque siempre aspiró a ella. Decir que tan alta valoración estuvo influida por el hecho de que ‘La invención de Morel’ le fue dedicada por su querido amigo Adolfo Bioy Casares (el autor) sería desconocer al implacable, nada zalamero y poco vanidoso –al menos públicamente- Borges, pero omitirlo implicaría quedarse sin un dato significativo que permite hacer un importante matiz en su calificación. Es perfecta, sí…para los cánones y gustos de ambos escritores, unos en los que el tiempo, la eternidad, los juegos de espejos y la fantasía son los que marcan la pauta. Y en ese sentido, ‘La invención de Morel’ es una obra maestra. Fría, desprovista de sentimientos, pero maestra.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
La escritura es lineal, con una prosa sobria, austera y sencilla a la que no le falta ni le sobra nada. No hay coma, adjetivo o detalle de más. Todo, absolutamente todo, tiene una función y razón de ser y estar. En ese sentido es un libro impecable, que funciona como reloj inglés, y que incluso se disfruta más con una relectura: en la primera, asombrándose del misterio; y en la segunda, de lo bien que lo construyó el autor.
⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀
Es uno de esos libros de cuya trama es casi imposible hablar sin caer en ‘spoiler’, de modo que es muy poco lo que se puede revelar de ella sin perjudicarle la lectura a otro. Baste decir que cuenta la historia de un hombre en una isla desierta, que de improvisto se encuentra acompañado por una serie de turistas que tienen la extraña tendencia de hacer siempre lo mismo e ignorarlo. Y hasta allí lo que se puede decir, y a partir de allí donde aparece todo el genio de Bioy Casares, que logra solucionar el misterio de un modo tan absolutamente brillante (e inesperado para el cavilante lector) que merece, allí sí, la eternidad de los clásicos.

Rómulo Gallegos, un escritor y un demócrata insigne.

Fue el novelista venezolano más importante del siglo XX, uno de los autores latinoamericanos más prestigioso de su tiempo, pilar de la democracia en Venezuela y un clásico de bachillerato. Hablamos de Rómulo Gallegos, quien nos dejó tal día como hoy, hace ya 49 años. Y aunque novelista insigne, su inicio en las letras fue en los derroteros del teatro, comenzando el siglo pasado, con las obras las obras ‘Los ídolos’ y ‘El motor’, escritas en 1909; a partir de 1913 se pasó al cuento, género con el que estuvo seis años, hasta que finalmente desembocó en la novela, género en el que definitivamente se estableció. ‘El último solar’ –retitulada una década después como ‘Reinaldo Solar’– fue la primera y se publicó en 1920. Una visita al llano, terminando los años veinte, le dio la inspiración que necesitaba para comenzar a escribir su ‘mangnum opus’, esa que le ganó el reconocimiento perpetuo del que aun goza: ‘Doña Bárbara’. La representación de la crueldad y corrupción que se vivía en los llanos durante los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez, y la lucha entre barbarie y civilización, fue lo que Gallegos buscó plasmar en sus soterradamente críticas páginas, que le ganaron el aplauso y la admiración del mundo literario latinoamericano. Habiendo notado el prestigio del escritor que tenía en casa, Gómez lo designó senador en 1931 pero sus convicciones democráticas no permitieron ejercer el cargo en dictadura y se expatrio en España hasta el fin de ésta. Al regresar abandonó las letras y dedico su vida a la política. En 1947 fue el primer presidente electo a través del sufragio universal, directo y secreto pero su presidencia, que asumió con más del 80% de los votos, fue interrumpida por el golpe de estado encabezado por Carlos Delgado Chalbaud y Marcos Pérez Jiménez, y volvió nuevamente al exilio. Después de la caída del régimen de Pérez Jiménez, Gallegos regresó a Caracas, ciudad donde falleció en 1969 a los 84 años, tal día como hoy.

RESEÑA: Abbadón, el exterminador – Ernesto Sabato

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Para escribirlo rápido y pronto, ‘Abbadón, el exterminador’, última obra de Ernesto Sabato, es lo más parecido la macarronada maracucha (esa que lleva desde huevo sancochado hasta mortadela): un conjunto de fragmentos y retazos, mezclados sin ton ni son, con pretensiones de plato fino (en este caso, de novela). A falta de otra categoría literaria, los críticos le colocan el adjetivo de experimental o surrealista, que son los que se usan para advertir que se trata de algo un poco extraño e inclasificable, como es el caso. De hecho, lo peor que puede hacer el lector es enfrentarse a ella como una novela, ya que no hay trama, difícilmente argumento, y tampoco una historia general que termine conectando todo. No. Lo que hay es Sabato y sus obsesiones, que no son poca cosa tampoco, y que, de hecho, terminan siendo lo que hace que, a pesar de todo lo ‘experimental’, sea un libro que se pueda recomendar.

“Para cabal comprensión de ‘Abbadón..’ se recomienda leer previamente ‘Sobre héroes y tumbas’”, se advierte en la primera página. “Y también ‘El túnel’”, habría que agregar. ¿Por qué? Porque en ‘Abbadón…’ vuelven a aparecer los personajes e historias de aquellas dos novelas. De hecho, Sabato hace un juego interesante al ponerse él como personaje (es, prácticamente, el protagonista del libro) y compartir e interactuar con personajes de sus obras anteriores. Hay un juego meta-literario interesante, pero que requiere absolutamente haber leído las otras dos novelas para su cabal comprensión.

Teniéndolo a él prácticamente como protagonista es imposible no usar las palabras autobiográfica y autoreferencial para referirse a ‘Abbadón…’, que está llena de revelaciones y confesiones íntimas de Don Ernesto, que realiza una introspección psicológica profunda en su propia persona, para develar las obsesiones, sueños, pesadillas y temores que a lo largo de la vida lo atormentaron. A la par que se desnuda y descubre, va también exponiendo sin ningún tipo de prurito sus opiniones sobre temas como el arte, la literatura, la revolución, la relación entre arte y revolución, la ciencia, los fenómenos paranormales etc. Varias veces suelta algunas ‘boutades’ y en otras carga tintas y ajusta cuentas, sobre todo con artistas y escritores. Es Sabato en estado puro: un hombre tan brillante como atormentado, obsesionado con cuatro o cinco temas y con una angustia existencial que lo urge y apremia a hablar de ellos: los ciegos, la soledad, el hombre y su destino.

Sin embargo, ello solo no basta para hacer una buena novela. Y eso es lo que pasa (o falla) con ‘Abbadón…’: que es un libro que sólo funciona en fragmentos, pero no en conjunto. Por partes es brillante, pero en conjunto no cuaja. De allí que, debajo de la advertencia de que para su cabal comprensión habría que leer primero ‘Sobre héroes y tumbas’, también habría que agregar otra que dijera que el lector no se va a enfrentar a una novela sino a una miscelánea de opiniones, reflexiones y cavilaciones tan brillantes como peligrosas (por aquello de que llegan), que deben ser leídas sin pretensión de buscarle sentido alguno. Y ya puestos a ser sinceros, quitarle unas cuántas páginas innecesarias.

Abbadón, el exterminador

Autor: Ernesto Sabato

Año: 1974

Páginas: 474

Calificación: 7 /10

César Vallejo, una gloria literaria de Perú

[NOTA DEL EDITOR: Una inexcusable confusión nos llevó el viernes pasado a poner la firma de Fernando Vallejo donde debía estar la de César Vallejo. De allí que hayamos bajado esa pieza y la estemos republicando hoy corregida. Pedimos disculpas a todos los lectores y en especial al gran César Vallejo, agraviado literariamente por esa confusión en la que indudablemente salía desfavorecido. Agradecemos, además, la acuciosidad de @siemprevivaa, @serpinedas y @oliverbernal_, quienes se dieron cuenta del error. No nos cansamos de repetirlo: son ustedes, los lectores, el gran tesoro de esta revista digital]

De él dijo Merton que era “el más grande poeta católico desde Dante, entendiendo por católico universal”. No es de extrañar que de segundo nombre tuviera el de aquel patriarca al que se le prometió una descendencia inmensa como las estrellas del cielo. César Abraham Vallejo, poeta peruano fallecido en París tal día como hoy, y con Vargas Llosa el máximo exponente de las letras de su país y uno de los mayores del continente, brilla con fulgor en el firmamento de los maestros de la literatura. Hombre moreno, con nariz de boxeador y gomina en el pelo, como lo describieron en su momento, abarcó casi todos los géneros habidos en la literatura (poesía, novela, cuento, ensayo y teatro) y en el periodismo (crónica y artículo), aunque fueron sus versos los que lo hicieron famoso. Como poeta fue modernista, vanguardista y revolucionario, y se le considera uno de los renovadores del lenguaje literario. Su mirada siempre estuvo puesta en Europa, a tal punto que cuando la conoció no volvió a Latinoamérica. Lloró a la España de la Guerra Civil, y fue llorado en París, donde murió joven (apenas 46 años) a causa de una fatiga extrema que se complicó con un viejo paludismo. “He nevado tanto para que duermas” fue, es, el epitafio que reposa sobre la tumba de este maestro.

RESEÑA: Sobre héroes y tumbas – Ernesto Sabato

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Se dice que fue la mejor novela argentina del siglo XX y una de las cumbres de la literatura latinoamericana. Lo primero puede ser cierto, pero eso queda para los que conozcan toda la literatura argentina del siglo pasado; lo segundo, no obstante, sí se puede refrendar con absoluta certeza: ‘Sobre héroes y tumbas’ es una novela con méritos más que suficientes para estar, de tú a tú y sin complejos, junto a títulos como ‘Cien años de soledad’, ‘Conversación en La Catedral’, ‘Pedro páramo’, ‘Tres tristes tigres’, ‘Un mundo para Julius’, ‘La muerte de Artemio Cruz’ y pare usted de contar. Lo curioso es que por poco no lo logra: su destino iba a ser el fuego –como lo fue el de la mayoría de los manuscritos de Sabato–pero su mujer, a quien le dedica el libro, la salvó de las llamas y fue quien alentó a Don Ernesto a que la publicara, cosa que felizmente, para bien de la literatura y gozo de los lectores, terminó sucediendo en 1961, 13 años después de ‘El Túnel’ (su primera novela) y 13 años antes de ‘Abbadón el exterminador’ (su tercera y última novela).

Repleta de imágenes preciosas, observaciones inteligentes, ironías brillantes, y reflexiones tan lúcidas como desoladoras acercadel hombre, su condición, su destino, la soledad y la esperanza, ‘Sobre héroes y tumbas’ es, a la par que una extraordinaria novela, un libro que bien podría clasificarse como sapiencial y del que se podría sacar un tomo entero de frases célebres. Todo él destila una sabiduría existencial exquisita, cual si fuera ‘Proverbios’ o ‘Eclesiastés’, propia de la inteligencia de un hombre como Sabato, en quien se dio la extraña conjunción del científico (físico de profesión, trabajó en el Laboratorio Curie de París y en el MIT de Massachussetts) y el artista (escritor y pintor), lo que bien puede explicar cómo logró desembocar, y sin que desentonaran, todas esas observaciones filosóficas y existenciales, probablemente más propias del ensayo, en una buena novela.

Novela cuyo argumento se puede resumir como la historia de la tormentosa, torrencial, tempestuosa, disfuncional y frustrada relación entre dos jóvenes argentinos, Alejandra y Martín. Relación cuyo final ya conocemos desde el inicio (así que no hay spoiler en lo que sigue), en el que se nos informa, nota de periódico mediante, que Alejandra se suicidó luego de matar a su padre. Con eso arranca la novela, que luego va contando cómo se conocieron y la serie de encuentros y desencuentros que vivieron esa chica extraña, volcánica, esquiva, atormentada y a veces apasionada, y ese muchacho más bien tímido, algo ingenuo, débil de carácter y sobre todo enamorado (perdida y rendidamente enamorado, para decirlo como es). En paralelo y en cursiva, se narra también un episodio curioso de la historia de Argentina: el de la muerte del general Juan Lavalle, héroe de independencia de la nación austral, a quien asesinan en tierras enemigas y cuyos restos un reducido grupo de sus leales –la mayoría lo había abandonado– rescatan en un acto gallardo antes de que lo descuarticen y expongan en una plaza.Entre esas dos grandes historias, se cuela también la de la familia de Alejandra, aristócratas venidos a menos que viven aferrados a recuerdos y a una casa que llegó a ser ostentosa y ahora es una ruina en medio de un montón de fábricas; la de algunas de las guerras civiles que azotaron a Argentina; la de la Argentina de la época, que se estremece entre Perón y los militares, matándose entre ellos.

Con respecto a la prosa de Sabato, baste decir que es deliciosa. Una prosa para deleitarse en ella, para disfrutarla. Las imágenes y los símiles son fenomenales, la narración fluida y la escogencia de las palabras siempre acertada. En cuanto a la estructura: son cuatro partes, cada una con un título más fantástico que otra, en la que destaca el ‘Informe sobre ciegos’, que han llegado a vender y editar aparte de la novela, que funciona independientemente de ella y como apéndice, pero que, a pesar de estar escrita incluso de un modo muy diferente al del resto de la novela, se hace necesaria para comprenderla y darle sentido.

Como sucede en la novela policial, que arranca siempre con un crimen cuyos autores y motivos nos son revelados al final, Sabato, que dejará el final un tanto abierto,se valdrá del homicidio y suicidio cometidos por Alejandra para adentrarse en las profundidades y sobre todo en las oscuridades de la condición humana, en sus partes más ocultas. Y en esa pesquisa, Don Ernesto es inclemente: se mete (y nos mete) hasta el fondo, hasta el infierno mismo, y nos dice ‘esto somos’, ‘esto nos mueve’, ‘en este horror vivimos’.

“¿Para qué, Dios mío, para qué?”, exclama en un momento cumbre uno de sus personajes.

Pues para estremecernos, ciertamente; para sacudirnos, para que veamos, para que entendamos, para que pensemos, para que nos detengamos un momento a reflexionar, para cambiarnos. Sí, cambiarnos. Porque difícilmente al cerrar este libro se pueda seguir siendo el mismo. Mejor o peor. En mayor o menor grado. Eso depende de cada quien. Pero nunca el mismo. Y eso sólo lo consigue una obra maestra.

Sobre héroes y tumbas

Autor: Ernesto Sabato

Año: 1961

Páginas: 556

Calificación: 10/10

‘Todo un hombre’, una novela didáctica y entretenida de Tom Wolfe

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

¿Es un best-seller o no es un best-seller? ¿Es literatura de verdad o chatarra? Desde que en 1998 saliera a la calle en medio de una gran expectativa y un tiraje descomunal (1,2 millones de ejemplares), ‘Todo un hombre’, la segunda novela de Tom Wolfe, sucesora de la muy exitosa ‘La hoguera de las vanidades’, ha sido leída y releída con lupa por críticos y escritores para determinar en qué categoría ubicarla. En su momento, John Updike dijo en el ‘New Yorker’ que era puro entretenimiento y cero literatura;  Norman Mailer escribió en ‘TheNew York Review of Books’ que se trataba de un mega best-sellerdivertido y ya; la eminencia Harold Bloom no la vio con malos ojos y la consideró una obra balzaquiana en tono menor; mientras ‘The New York Times’, en su suplemento literario, la consideró como la obra digna de uno de los escritores norteamericanos más importantes de su tiempo. De modo, pues, que estamos ante un libro sobre el que el único acuerdo posible entre los expertos es que es entretenido. Y eso, para un mamotreto de 957 páginas, es un elogio bastante favorable, al que habría que agregarle otro: didáctico. ‘Todo un hombre’ es un libro didáctico, que deja al desnudo y explica muy bien cómo funcionaban la política, las finanzas y la sociedad americana de finales de los noventa, cuáles eran sus estructuras, códigos, normas y reglas, cómo se movía, regía y ordenaba.

Aunque el título hace referencia a lo humano (‘Todo un hombre’), esta novela está más centrada en lo colectivo que en lo individual. No espere nadie en ella personajes muy complejos en cuyas motivaciones más íntimas el autor profundice con ardor de taxidermista hasta dejarlos desnudos ante el lector. No. Nada de eso. En su mayoría son personajes modelo, que se corresponden con un tipo social; gente determinada por el medio (llámese clase, profesión, cargo, color de piel o lugar de nacimiento) y que en consecuencia actúa. En total, los personajes son más de doscientos (entre protagónicos y secundarios), marcados casi todos por la infelicidad y el fracaso, muchos de los cuáles desaparecen (a veces sin explicación alguna) tras representar su papel. Y es así porque en sus casi mil páginas lo que hace Wolfe es pintar un fresco social de Atlanta (que es donde sucede todo), destapar el reloj, mostrar las piezas y enseñar cómo se engranan y funcionan.

Para ello se vale de Charlie Croker, un millonario sesentón,dueño del mayor imperio inmobiliario de Atlanta, que se viene abajo humana y financieramente. Alrededor de su estrepitosa caída, Wolfe va hilando varias tramas que en principio parecen independientes y que llegan incluso a descolocar al lector, pero que al final, exactamente como en un reloj, terminan todas conectadas del modo más improbable posible. Engranando todas las piezas (es decir: conectando las tramas y las historias), Wolfe se maneja con mucha destreza. Claro que ello ocurre sólo al final del libro, por lo que durante buena parte de la lectura no es inusual que el lector se halle preguntándose “¿qué pinta éste aquí?”, “¿esta historia de qué va?”, “¿por qué le da tantas páginas?”. Tenga la confianza de que (casi) todo pasa por algo, al menos todo lo importante, ya que al tratarse de un proyecto tan ambicioso y que abarca tanto, inevitablemente hay cosas que se quedan sueltas. Pero no son las fundamentales.

Con respecto a la prosa, no es la de Wolfe una exactamente lírica. No está mal, pero nada estéticamente deslumbrante. Tiene, sí, un afán agobiante por la minuciosidad y la exactitud, una cosa muy del periodista que en el fondo es, lo que hace que el libro esté lleno de descripciones largas y rigurosas de cosas como la forma en que visten los personajes (en ello se afinca muchas veces), los gestos y los lugares. Ese mismo afán por el rigor lo lleva también al habla, cuyas variantes (sureña, cracker, rústica, carcelaria) intenta reproducir fidedignamente, cosa que en algunas partes llega a complicar –y mucho– la lectura, y que mereció, incluso, una nota introductoria del traductor intentando explicar el calvario por el que pasó haciendo su trabajo. Lo que sí tiene, tal como en ‘La hoguera de las vanidades’, son escenas inolvidables, construidas y narradas de modo impecable y diríase magistral, dignas de antología: la sesión de gimnasia de Charlie en el banco, el peor día en la vida de Conrad y la montada de un semental. Tiene también un sentido del humor bastante fino y una ironía punzante y hasta sabrosa, que le lleva a observar, por ejemplo, que el ideal de belleza masculino contemporáneo, esas mujeres de gimnasio, no terminan siendo otra cosa sino “hombres con senos”, por ejemplo.

¿Y el final, qué? Al igual que en ‘La hoguera…’, Wolfe se ve obligado, para cerrar el monumental libro, a echar mano de un Epílogo. En aquella, era un artículo de periódico en el que se narraba el fin de cada personaje; en ‘Todo un hombre’, la conversación de dos de ellos sobre todos los demás. Sin embargo, lo que le funcionó en la primera, aquí falla. ¿Por qué? Quizás porque lo hace precedido de un fantástico y emocionante monólogo, que hace lucir al epílogo flojo y soso. Sin embargo, en el juicio total se podrá decir que no es un mal libro: entretiene, enseña y se lee fácil. ¿Best-seller o literatura? Se puede leer con provecho. Es todo lo que hay que decir.

‘Todo un hombre’

Autor: Tom Wolfe

Fecha: 1998

Páginas: 957

Calificación: 7/10

RESEÑA: ‘La vida entera’ – David Grossman

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Está llena de ripio”, muy seguramente habría sentenciado Jorge Luis Borges de haber leído ‘La vida entera’, de David Grossman. Y efectivamente es una novela que en sus 807 páginas tiene palabras y frases innecesarias, a veces repetitivas -harto repetitivas, si quieren-, y detalles y descripciones extenuantes, que agotan, pero que también, y por el contrario, cuenta –y muy bien– una historia que posee una fuerza dramática tremenda: la de una madre muerta de miedo ante la posibilidad de que su hijo menor no salga vivo de una operación especial del ejército israelía la que se ha ido como voluntario. Para conjurar esa posibilidad, Ora, que así se llama ella, se lanza a las montañas de Galilea con un viejo amigo a un paseo interminable y sin ruta, en la creencia de que así logrará evitar que la noticia que tanto teme la alcance. Durante todo el trayecto, de más o menos 600 páginas, Ora irá contando toda su vida (o la vida entera, para hacer juego con el título) y la del desmoronamiento de su familia (hijos y esposo), marcada ella por la guerra, la violencia y ese temor muy israelí de tener siempre la muerte a la vuelta de la esquina.

Es una novela ambiciosa, no apta para todo tipo de lector, que requiere empeño y esfuerzo. Baste el dato de que teniendo más de 800 páginas, sus personajes son básicamente seis. Posee como ventaja, esa sí, la pluma extraordinaria de Grossman, que es un señor narrador con una prosa torrencial que fluye velozmente (y que por ello se lee rápido), que además está muy bien soportada por la magnífica traducción de Ana María Bejarano. Lo más sorprendente de Grossman es que logra, prescindiendo de los guiones y de las comillas, engranar perfectamente, solo con puntos y comas, diálogos, recuerdos y reflexiones sin que el lector se pierda. Y eso, en una novela que está narrada básicamente a partir de las conversaciones y pensamientos de Ora, mujer dispersa, distraída, y con tendencia a disgregar constantemente, es un mérito. No obstante, he allí también su mayor problema: si bien Grossman logra que uno no se pierda con la narración de Ora, no consigue que uno no se aburra y fastidie con ella. Y he allí el punto débil del libro: que el exceso de cavilaciones de Ora lo llega a volver soporífero. Y a veces insoportable. Y allí no queda sino tenerle fe y esperar la siguiente gran revelación de Grossman, que las administra en dosis muy bien calculadas (otro mérito suyo).

Ahora bien, el fondo de la novela, ¿de qué va? Del poder destructor de la violencia y de la muerte. Todos los personajes, de un modo u otro, están atravesados y determinados por ella. Y la familia, como colectivo, también. Hay un momento en el que Ora lo ve claro, cuando reflexiona sobre lo que le está contando a su amigo Abram: “Le está recitando el responso por una familia que fue y no será más”. Y esa familia es la suya. No por el temido desenlace sobre su hijo, sino por todo lo que pasó antes y la forma sibilina en la que estas dos cosas, violencia y muerte, se fueron apoderando de sus miembros hasta hacerla saltar por los aires. “En este momento estaban cayendo en el abismo y seguirían cayendo sin fin, porque la vida se había terminado, la vida que hasta entonces habían llevado”, se lee en otra parte. De allí que, más allá de la sinopsis de la madre que intenta supersticiosamente huir de una noticia que no quiere que la alcance, bien se pueda resumir el libro como la dura (durísima) historia de una familia y unas vidas perseguidas y azotadas por la muerte y la violencia.

Que no es, tampoco, una historia muy distinta a la del mismo autor: mientras escribía el libro, Uri, uno de sus tres hijos, murió en combate en el sur del Líbano, cuando un misil antitanque disparado por Hezzbolá le dio a la unidad en la que él se encontraba. “Tras los siete días de duelo volví al libro, que ya estaba escrito en su mayor parte. Lo que más cambió fue la caja de resonancia de la realidad en la que fue revisada la versión definitiva”, dice Grossman en una carta que se encuentra al final de esta novela tremenda, tanto de forma como de fondo, ideal para aquel lector disciplinado y paciente que ande en busca de un sacudón emocional.

La vida entera

Autor: David Grossman

Año: 2007

Páginas: 807

Calificación: 8,5/10