RESEÑA: ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Antes de que los guionistas y productores de ‘The Big Bang Theory’ se inventaran a Sheldon Cooper, ya Ana Teresa Torres lo había puesto a protagonizar una buena novela a finales de los noventa. ‘Los últimos espectadores del acorazado Potemkin’ se llama, fue publicada por Monteávila, puede todavía conseguirse –con algo de dificultad– en algunas librerías de Caracas, y, sobre todo, leerse y disfrutarse con bastante provecho.

La protagoniza un hombre muy particular, serio, lógico y estructurado que una noche entra a una tasca llamada ‘La Fragata’ y se sienta (lo sientan) con una desconocida (tan o más particular que él) que lo convence de volverse a ver al día siguiente, a partir del cual inician una rutina de encuentros y conversaciones en los que se van contando un poco de su vida pero sobre todo reconstruyendo las de otras personas –la ex esposa del protagonista, su hermano guerrillero, unas espías rusas que viven en Francia–, que pasan a ser personajes comunes entre ambos y sobre cuyos destinos comienza a haber más dudas que certezas, lo que da pie a una especie de juego detectivesco y de intriga, que acerca (un poco) a este libro al género de la novela negra.

Y en medio de las conversaciones, Venezuela y su historia, al menos la contemporánea e incluso la que viene un poco más atrás. Está también presente aquella Venezuela de fines de los 90’s, en la víspera del abismo, pero en la que todavía se podía ir a una tasca de noche y viajar.  El libro contiene interesantes y agudas reflexiones y puntos de vista sobre episodios importantes de nuestro acontecer, así como consideraciones y deliberaciones sobre algunos otros temas como el arte, la música, la filosofía y la existencia, brillantes en su mayoría.

Lo mejor, no obstante, es el narrador, que Ana Teresa, con gran maestría, mejor pluma y muy fina ironía construye, hace convincente  y logra convertir en un personaje digno de ser recordado siempre con una sonrisa en los labios. Sus razonamientos, sus descripciones, su modo de narrar las cosas, de interpretarlas, así como muchas de sus respuestas, son, sencillamente, antológicas y siempre inteligentes. En su construcción, manejo y sostenimiento a lo largo del libro, Ana Teresa se consagra como una de las grandes de nuestras letras. Y también en el sorprendente –y juguetón– final, pero es otra historia…a la que sólo llegarán quienes lo lean.

 

 

Los últimos espectadores del acorazado Potemkim

Autor: Ana Teresa Torres

Año: 1998

Páginas

Calificación: 7/10

Ortega y Gasset y las elecciones en Venezuela

Exactamente 62 años se cumplen hoy de la muerte del filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset, una de las mentes más lúcidas de la España del siglo pasado y quien dejó al mundo una vasta e interesante obra cuyo sello característico se encuentra en ese estilo entre sencillo y literario, repleto de metáforas y frases ingeniosas, que le permitió llegar y hacerse entender por el gran público. Es precisamente la que encabeza esta entrada (“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”), una de las más célebres y populares del autor, que nos viene en un momento más que oportuno, justo cuando acabamos de sufrir una gran derrota, producto de un discurso político cuya base no era otra sino un voluntarismo tan optimista como estéril que pretendió prescindir de la circunstancia y terminó por ello estrellado. Nos referimos al planteamiento de ir a votar sin importar las condiciones y aun sabiendo que el árbitro estaba en contra, y poniendo toda la esperanza en el voto ‘per se’. Ante ello, la lucidez de Ortega y Gasset aparece tremenda: el yo no puede prescindir de la circunstancia, ni el voto de las condiciones. Hacerlo es una insensatez y muchas veces –lo estamos sufriendo– un suicidio. Y por eso la importancia de la segunda parte de la frase: “y si no la salvo a ella no me salvo yo”, que quiere decir, para seguirlo explicando con Venezuela, que si no se modifican la condiciones electorales (la circunstancia) no se podrá, no habrá manera, de salvarnos: ni al voto ni a nosotros. Más claro no canta un gallo ni escribe un filósofo popular.

Daniel Defoe, hoy lo celebramos y recordamos

Espía, crítico de la Iglesia, brazo publicitario del poder, promotor del Acta de Unión entre Inglaterra y Escocia, comerciante, vocero político, estafador y convicto. Todo eso fue Daniel Defoe antes de que, pasados sus cincuenta, concibiera al náufrago más popular de la historia: Robinson Crusoe. Fue gracias a esa extraordinaria autobiografía ficticia que Defoe se ubicó entre los más grandes de la literatura universal. La obra está considerada como el Quijote de la lengua inglesa y es, además, el relato de aventuras por antonomasia. Sus miles de adaptaciones, recortes editoriales y traducciones (Julio Cortázar incluido), instalaron en la cultura popular del mundo hispano la percepción de que aquella era una novelita entretenida, infantil, y poco más. Pero nada más lejos de la verdad: las reflexiones políticas e ideológicas que en ella se expusieron motivaron halagos e interpretaciones por parte de personajes como Joyce, Marx, Poe y del Nobel J. M. Coetzee. De ella, Borges dijo que “el hallazgo esencial de Daniel Defoe fue la invención de rasgos circunstanciales, casi ignorada por la literatura anterior. Lo tardío de ese descubrimiento es notable; que yo recuerde, no llueve una sola vez en todo el Quijote”. Para García Márquez fue todo un maestro: vio en él una forma de contar las cosas que nada tenía que ver con ese periodismo soporífero y cuadriculado. Cuenta Juan Villoro cómo José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, le pidió al Gabo que escribiera la historia de Luis Alejandro Velasco. Este pensó en negarse, pero la conversa lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. De allí salió ‘Relato de un náufrago’, todo un estandarte del género «robinsoniano». Por su inconmensurable aporte a la literatura anglosajona, Defoe es catalogado como el padre de los novelistas ingleses. Hoy, cuando estaría cumpliendo 357 años, aprovechamos la ocasión para recordarlo.

RESEÑA: ‘Sinuhé, el egipcio’ – Mika Waltari

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Mi nombre estuvo un día en el libro del faraón, y habitaba el palacio dorado a la derecha del rey. Mi palabra tenía más peso que la de los poderosos (…) Tenía cuanto un hombre puede desear, pero yo deseaba más de lo que un hombre puede obtener. He aquí por qué estoy en este lugar: fui desterrado”. Con esas intrigantes palabras arranca uno de los grandes clásicos de la literatura histórica del siglo pasado: ‘Sinuhé, el egipcio’, de Milka Watari, una novela que se ha vendido y leído mucho (ha sido traducida a 40 idiomas y desde su publicación en 1945 no ha dejado de reimprimirse), que se llevó al cine con mucho éxito y que catapultó a su autor a la fama. Se trata de una obra maestra del género, que le tomó a Watari por lo menos una década entera de investigación para poder recrear –y con mucho acierto, según los egiptólogos, que la elogiaron como una de las más exactas representaciones que hay de aquella época– la vida y costumbres del Egipto de los faraones. Es allí donde entra en escena Sinuhé, médico real, que ya anciano y desde el exilio hace memoria de su existencia.¿Cómo y por qué hombre tan poderoso terminó desterrado de la ciudad real y desencantado de los hombres? Esa es la pregunta cuya respuesta toma más de 700 páginas, en las que Sinuhé cuenta su vida de la niñez a la vejez. Vida en la que hay aciertos y desaciertos, momentos felices y trágicos, fracasos, victorias, derrotas, poder, intriga y mucha nobleza, que eso, por encima de todo, es Sinuhé: un personaje noble que conoció tanto la grandeza como la miseria del mundo en una época de la que nos separan tres milenios, pero en la que el hombre, al final, no era muy diferente al de ahora. Y he allí, seguramente, la clave de su éxito: en que nos muestra que, costumbres y creencias apartes, en el fondo hemos sido (y seguimos siendo) lo mismo; y que siempre nos hemos movido (y nos seguimos moviendo) por lo mismo: pasión, belleza, dinero, ambición y poder. Se trata, pues, de un libro bueno y bien escrito, que aparte de transportarnos a otra época, también nos lleva a reflexionar sobre nosotros y nuestra condición, tal y como hace la buena literatura.

Teresa de la Parra, una de las grandes escritoras

Jueves de octubre, jueves de Nobel, jueves (este sí) de Literatura en mayúscula. Ocasión propicia para festejar el premio (¡por fin!) bien entregado y conmemorar también el nacimiento 128 de una de nuestras glorias, la que probablemente sea la escritora más grande que ha tenido Venezuela: Ana Teresa de la Parra Sanojo. Mujer, aristócrata y buena parte del tiempo extranjera, nada de ello obstó para que De La Parra escribiera (y bien) sobre Venezuela. Logró, desde la distancia, expresar en su obra, condensar en ella, el ambiente íntimo y familiar de aquel país que fuimos a principios del siglo pasado. Bajo el seudónimo de “Fru Fru” publicó un par de cuentos en ‘El Universal’ para luego firmar en dos importantes publicaciones literarias de la época: ‘Actualidades’, de Rómulo Gallegos, y ‘Lectura semanal’, de José Rafael Pocaterra. En 1924, en París, publicó la que será su novela insignia, su obra más premiada y elogiada: ‘Ifigenia’. Con ella ganó el primer premio de Instituto Hispanoamericano de la Cultura Francesa y se consagró como una de las escritoras más importantes de Latinoamérica, hasta llegar a ser puesta al lado de la poeta y Nobel chilena Gabriela Mistral, de quien terminaría siendo amiga. La novela la protagoniza una joven de 18 años llamada María Eugenia, que regresa a Caracas, luego de una larga estadía en Europa, para encontrarse con que ya no tiene herencia ni fortuna, lo que la obliga a vivir en la casa de la abuela y procurar un buen matrimonio que le garantice un futuro. La novela, una de las grandes cimas de nuestra literatura, retrata a la Venezuela de principios del siglo XX, sus estrictas normas morales y su corrupción, y esconde algunas críticas veladas a la dictadura gomecista. A 128 años del nacimiento de su autora, desde ‘Revista OJO’ la recordamos y festejamos, a la par que rogamos encarecidamente que el dictador, sus ministros y varios políticos de la oposición tomen consejo y, por favor, lean el diccionario para que dejen de decir tantas burradas.

Chao, Bob

El trovador de Minnesota tiene el tiempo contado. Es apenas cuestión de horas –menos de 24, de hecho– para que la Academia Sueca dicte sentencia y nombre a su sucesor en el Nobel de Literatura, que será, todo parece indicarlo, un hombre (o mujer) de letras, entre novelista y ensayista, como mucho poeta, puede que de Europa, quizás de Asia, pero escritor sin duda. Nada de músico, rapsoda, declamador o compositor, como el año pasado. Tampoco guionista, libretista, caricaturista o ilustrador de cómics, como soñaban algunos a partir de la decisión de 2016. La Academia Sueca todavía acusa recibo del golpe (desprecio del premiado, repulsa de los académicos y desconcierto de sus usuales), pasa por horas de baja credibilidad (de poco le sirvió el aplauso del ‘star sistem’) y por ello todo apunta a un repliegue, que se traducirá en una decisión tradicional. Atención, entonces, a Ladbrokes, la popular casa de apuestas británica, que luego de patinar el año pasado podría, tal vez, aproximarse un poco esta vez. Su top 5 lo encabezan Ngugi Wa Thiong’o (novelista, dramaturgo y ensayista keniano), Haruki Murakami (eterno candidato japonés), Margaret Atwood (prolífica y muy premiada poeta, novelista y crítica literaria canadiense), Ko Un (poeta y escritor surcoreano que se recluyó una década en un monasterio budista tras ser herido en la guerra de Corea) y Yan Lianke (censurado y perseguido novelista chino, opositor al régimen comunista). En el puesto 6 están empatados Amo Oz, poeta israelí de gran valía, y el novelista español Javier Marías, el candidato con más probabilidades en nuestra lengua. Si por ‘Revista OJO’ fuera, Antonio Lobo Antunes, el genial novelista portugués, o Philip Roth el fenomenal autor norteamericano, eternos candidatos ambos, serían dos fantásticos merecedores del galardón. Pero es demasiado pedir. De la Academia Sueca no esperamos mucho, solo la sentencia, que será anunciada mañana a las 7 AM, hora de Venezuela.

RESEÑA: ‘La ciudad automática’ – Julio Camba

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Julio Camba es un gusto, más bien delicia, que todo lector debería darse por lo menos una vez en la vida. Periodista español (Villanueva de Arosa, 1884 – Madrid, 1962) fue uno de los pioneros y artífices de ese género híbrido y casi literario que tan bien se practica en España llamado columnismo, y que es tan sabroso de leer. ‘La ciudad automática’, editada por Espasa, recoge 54 columnas breves (auténticas obras de arte) que Camba escribió desde Nueva York, donde era corresponsal, entre 1929 y 1930. En ellas analiza, disecciona y cuenta aquella ciudad en crisisde un modo verdaderamente magistral: cada texto está lleno de ironía y mordacidad, así como de infinitas y muy agudas paradojas, construcciones en las cuales Camba era un maestro.

Los textos de ‘La ciudad automática’ abordan prácticamente todos los temas posibles que la Nueva York de los años treinta daba:los gangsters, las pandillas, los mafiosos, la prohibición de alcohol, la crisis financiera, los rascacielos, los millonarios, los restaurantes y cafeterías, la producción en serie de las cosas (desde los trajes hasta la literatura, pasando por el humor e incluso los crímenes), la moral, la instrucción, los trenes y las chicas. Todo. Agudo observador y hombre con dotes de psicólogo social, Camba era capaz de hallar siempre,en cada una de esas cosas, el detalle diferenciador por el que se podía explicar el carácter de una sociedad o de un grupo específico, cosa que haceconstantemente en cada texto.Genio del humor inteligente, se valía también de ese recurso para parodiar –y criticar– de modo implacable todo lo que no le gustaba de aquella ciudad y sociedad.

Y para muestra, seis botones:

Del WoolworthBuilding, el que fuera el rascacielos más alto de la ciudad hasta la construcción del EmpireState, dice, por ejemplo, que “empezaba a presumir de pirámide de Egipto, esto es, de cosa definitiva y eterna”.

A Hollywood la describe con cierta aversión como “la ciudad donde todos los hombres son guapos y elegantes y todas las mujeres irresistibles, la ciudad donde hay que divertirse a la fuerza y donde se pagarían sumas fabulosas por un rato de aburrimiento”.

De la comida gringa señala que “no empieza a ser mala más que de los dos dólares y medio para arriba, cuando los cocineros se consideran obligados a hacer fantasías con la condimentación; pero de dos dólares para abajo es siempre sana, buena y hasta creo que algo alimenticia”.

Tras visitar una cárcel americana se pregunta en voz alta “¿cuál es el objeto de ser un hombre honrado en este país y pagar seis o siete dólares diarios para vivir en un hotel que parece una cárcel, cuando, siendo un bandido, se puede vivir en una cárcel que parece un hotel?”.

De Arthur Brisbane, el archi-célebre Arthur Brisbane, editor de mil medios, escribe con mordacidad que “su talento consiste en no tener ninguno y su originalidad en no chocar nunca con las opiniones del lector en cualquier lugar del planeta donde el lector se encuentre (…) gana 800 mil dólares al año, y huelga decir que si alguna vez se le ocurre alguna idea inteligente –lo que es muy posible porque ningún tonto podría llegar nunca a industrializar la tontería de la forma en la que él lo ha hecho– se guardará muy bien de escribirla. Su labor no consiste en agradar a todos sino en no desagradar a ninguno”.

Y de Nueva York, su protagonista, escribe al arribar que: “al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en las cuales nuestra vida constituiría una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época. Nuestra época sólo Nueva York ha acertado a encarnarla, y probablemente ésta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso: nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que nos ha tocado vivir”

Eso era y así era Julio Camba, ese genio, un autor que los amantes de Nueva York y los periodistas deberían tener como lectura obligatoria, lo mismo que cualquier lector que quiera disfrutar una buena prosa y que ande buscando una lectura amena, divertida y, sobre todo, inteligente.

La ciudad automática

Autor: Julio Camba

Año: 2003

Páginas: 170

Calificación: 10/10

RESEÑA: Vidas de perros – Mirco Ferri

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En otro país y en otra circunstancia, ‘Vidas de perros’, ópera prima de Mirco Ferri, hubiera sido todo un suceso. En la Venezuela revolucionaria y semi-analfabeta, el libro agoniza de indiferencia en los estantes de las librerías, donde además se vende a un precio irrisorio. Y no es justo, ya que se trata de una novela que aporta muchísimo a la comprensión de nuestra historia contemporánea, que se lee bien y rápido, entretiene, y que aunque no es una obra maestra de la literatura ni muy probablemente alcanzará la inmortalidad de los clásicos, sí se encuentra muy por encima de lo que se suele escribir en estas tierras.

Se trata de un largo monólogo de 235 páginas en el que un hombre llamado Tomás nos cuenta la historia de su vida. Una historia que transcurre desde los años 50 hasta el 2002, entre Caracas y Mérida –Ferri jamás le pondrá nombre a los lugares, sino que los describirá–, y en la que invariablemente están presentes sus perros (Bob, Capi, Hamlet, Byron y Caruso), quienes son, de hecho, el eje de la narración, ya que todo su relato está contado a partir de esos cinco canes que tuvo, compañeros, cada uno, de alguna etapa importante de la vida.

Ya solo por eso el libro vale. Sin embargo, su gran aporte, lo que hace de ‘Vidas de perros’ una obra diríase necesaria y de lectura imprescindible, es cómo cuenta –y refleja–, por medio de la vida de Tomás, el auge y decadencia de Venezuela en el último medio siglo. Allí están la guerrilla de los sesenta, la lujosa Venezuela saudita, el doloroso viernes negro, el sangriento caracazo, el terrible golpe del 92 y la destructora revolución bolivariana. Y están, no como en los libros de historia, aislados y fragmentados, protagonizados por políticos y militares, sino como hechos que marcaron y fueron determinando la vida de seres humanos de carne y hueso. Quien de verdad quiera comprender cómo todo aquello afectó la cotidianidad y la existencia de los venezolanos, quien desee entenderlo en toda su dimensión, quien quiera ver la decadencia de Venezuela en el día a día, no puede –ni debe– dejar de pasar por las páginas de esta novela, tan desoladora como la historia de estos años.

En lo que concierte a la prosa, ‘Vidas de perros’ está escrita de un modo correcto y, por usar un término que se entienda, aséptico. He allí, quizás, el punto flaco: es un libro que no emociona ni conmueve. Tomás, el protagonista, es un hombre frío, que va narrando las cosas como lo haría un corresponsal de agencia cualquiera: objetivamente, sin casi recursos literarios ni carga de emotividad alguna. Al terminar el libro da la impresión, y perdón por el lugar común, de que Tomás pasó por la vida, pero la vida no pasó por él.

Ello no obsta, sin embargo, para que su lectura sea provechosa e incluso necesaria. Es un libro que no debería pasar desapercibido.

Vidas de perros

Autor: Mirco Ferri

Páginas: 235

Año: 2015

Calificación: 7/ 10

Nicanor Parra, el antipoeta, cumple 103 años

Hoy es 5 de septiembre, y aparte de la hija de Vico C (en sus eternos 13 de toda la vida) cumple años un hombre de improbable y longeva vida: el anti poeta chileno Nicanor Parra, que hoy está dándole su vuelta número 103 al sol. “De estatura mediana, / Con una voz ni delgada ni gruesa, / Hijo mayor de profesor primario / Y de una modista de trastienda (…) Ni muy listo ni tonto de remate / Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y de aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”, así se definía en uno de sus poemas (Epitafio) quien posteriormente llegaría ser considerado uno de los poetas de más valía del continente, a la par de gigantes como Neruda, Benedetti y Borges, y, según muchos, el más grande poeta vivo de la lengua castellana. “Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza (…) Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, dijo sobre él otra gloria chilena, Roberto Bolaño. Y efectivamente un rasgo distintivo de su poesía, el que precisamente le ganó el mote de anti-poeta, es que ella se diferencia radicalmente de la que tradicionalmente se solía hacer en su Chile natal. Fue, así, el creador de un nuevo tipo de poesía, absolutamente rupturista, bromista, humorística, llena de vida y cotidianidad. Eterno candidato al Nobel –“parece el cuento del lobo feroz”– al ser consultado recientemente sobre el premio, dijo que se sentía “más cerca de los cipreses que de los laureles”. Con más de cien años a cuesta, aún se mantiene activo: en este 2017 se publicó “El último que apague la luz”, una recopilación de su obra compuesta por varios poemas y una selección de textos dispersos. “Parra sigue siendo un provocador. Es un genio. No solo es autor de poemas maravillosos; en su obra hay operaciones intelectuales sofisticadas. Le ha dado muchas señales de ruta a la poesía chilena; por lo pronto, la ironía con que mira la realidad”, dijo sobre él su editor literario, Vicente Undurraga.

RESEÑA: Los padres pródigos – Sinclair Lewis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘Los padres pródigos’, de Sinclair Lewis, es uno de esos libros con los que el paso del tiempo no ha hecho justicia y ha relegado, más bien, a un olvido inmerecido, siendo como es una obra con méritos suficiente para ser leída por varias generaciones. Publicada en 1938, esta novela nos mete dentro de lo que hoy se llamaría una familia disfuncional, digna de cualquier sit-com gringo pero construida con muchos menos estereotipos y más inteligencia: los Cornplaw, conformada por Fred, el padre, un desahogado vendedor de carros; Hazel, su esposa, una ama de casa promedio; y Sara y Howard, sus dos hijos, un par de vagos redomados y buenos para (casi) nada.

El núcleo de la novela es la tensión que hay entre el padre y sus hijos, debido a las ideas antagónicas de ambos. Mientras el primero es un entusiasta capitalista, los segundos son fervientes comunistas. El padre es un trabajador insigne y los hijos viven de su renta. El padre produce dinero y los hijos, que viven de ese dinero, abrazan una ideología que lo llevaría a perderlo todo. Esa paradoja es manejada con gran maestría y mucha ironía por Lewis.

Si bien el libro, escrito en los años treinta, contiene un alegato muy fuerte contra el comunismo  -“el trabajo no es para vosotros más que una lucha contra vuestros patronos. Cada minuto de trabajo que podéis robarle lo consideráis un trofeo de victoria”– y la holgazanería–“[quieren] transformar los Estados Unidos en un país en el que se exija como único mérito para alcanzar un empleo ser completamente inepto para desempeñar la misión correspondiente al cargo”-, el verdadero objeto de la denuncia son los ‘hijos de papá’: “sacáis a vuestros padres cuánto dinero podéis obtener de su generosidad y luego le reprocháis su fortuna”, como en algún momento le reprocha Fred a sus vástagos.

Es precisamente ese conflicto, ese tener que luchar siempre contra sus hijos, sentirse denunciado por ellos y pasarse la vida pidiéndoles perdón por darles una buena vida, lo que lleva a Fred a concebir una idea en principio descabellada: desaparecer de casay que ellos ven cómo hacen para arreglarse la vida. Es la cura que le encuentra a la que confiesa su enfermedad: “no negarles a Sara y a Howard todo lo que me han pedido”. Entonces, ante la negativa de todos, emprende un viaje de meses a Europa con su mujer, que en aquellos treinta, sin Whatsaap ni internet, equivalía, se entiende, a desaparecer del mapa. Es ello lo que le da título al libro: la inversión de los papeles de la archi-conocida parábola evangélica, que al igual que esta concluirá con un final aleccionador.

La prosa de Lewis –o por lo menos la que la traducción, castellana y antigua, permite atisbar– no es exactamente deslumbrante. Hay buenas descripciones y hasta allí. Nada de grandes imágenes o cosas muy bella. Tampoco destaca mucho su estructura: un relato netamente lineal y cronológico, dividido en 40 capítulos cortos. Sin embargo, el genio de Lewis se manifiesta en el sarcasmo y en la ironía con la que habla y suele responder su protagonista, Fred Cornwplad, un hombre que tiene siempre a flor de labios una frase mordaz e inteligente. Se trata de un personaje bien construido y entrañable, con el que no es difícil tener empatía, y que bien merecido tiene un lugar en el panteón de los personajes inmortales, esos que protagonizan los buenos libros, en cuya categoría puede entrar éste.

Los padres pródigos

Autor: Sinclair Lewis

Año: 1938

Páginas: 189

Calificación: 7 /10