RESEÑA: Mortal y Rosa – Francisco Umbral

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desgarrador, inclasificable y precioso. Son esos tres los adjetivos con los que se puede calificar este libro. Desgarrador porque lo escribe un hombre roto de dolor, mientras ve morir de leucemia a su hijo pequeño. Inclasificable porque no es exactamente una novela, no tiene en rigor una trama, no es tampoco un diario en el sentido clásico –aunque es a lo que más se le acerca–: es literatura pura y libre, sin la camisa de fuerza de los géneros. Y precioso porque está escrito con un lenguaje elevado y cuidado, con una prosa bella y lírica, en ocasiones poética, plagada de frases e imágenes bellas. En pocas palabras: una obra de arte.

“Diario íntimo”. Esa era la expresión que le gustaba a Umbral para tratar de clasificar de alguna manera a ese inclasificable libro. Tiene de diario, sí, la estructura cronológica y fragmentada. Le faltarían las fechas y las narraciones. Porque no son exactamente hechos y sucesos –que los hay– los que llenan las páginas. Son, sobre todo, pensamientos, meditaciones, sentimientos. ¿Se puede hacer un diario con puro flujo de conciencia, compuesto por fragmentos de monólogos interiores? He allí lo experimental. Los párrafos son autónomos y muchos no guardan relación con los siguientes. Algunos van por tópicos o temas, otros por sentimientos y sensaciones con respecto a algo (la fiebre, el verano, el metro, la literatura, los domingos, los baños), y en su mayoría independientes; tanto, que se podrían leer aislados: son fragmentos desordenados de la mente y las entrañas de Umbral.

“Un llanto que mutó en poesía”. La frase –tomada de un blog literario– es quizás uno de los mejores resúmenes que se puede hacer de ‘Mortal y rosa’. Pero habría que completarlo agregando que fue una alegría que terminó en un llanto que mutó en poesía, aunque así pierda mucho (tanto) la frase. Porque no parece haber sido un libro concebido para contar una experiencia de dolor. De hecho, la enfermedad aparece ya muy páginas adentro. Da la impresión de que ella y la muerte llegaron de improvisto, se atravesaron en ese diario experimental que escribía Umbral, cuyo centro de vida era la feliz infancia de su primer y único hijo. Pero llegaron. Y lo mataron. Y como es lógico, también a él, que pluma en mano dejó testimonio impreso del dolor más profundo que puede experimentar un hombre: la muerte del hijo. Las últimas páginas duelen hasta el fondo. Son un puñal de letras que desgarra las entrañas.

Y luego, lo de la poesía. La riqueza literaria de este libro es descomunal. Las metáforas y las imágenes son preciosas. Las enumeraciones (recurso bastante usado por Umbral) son ingeniosas hasta el neologismo. Y es un ejemplo paradigmático de prosa poética, o versos prosaicos, o poesía en prosa o cómo quieran llamarlo. Algo que hay que leer despacio y disfrutar. Vuelvo al principio: una obra de arte.

Título: Mortal y rosa

Autor: Francisco Umbral

Año: 1975

Páginas: 189

Calificación: 10 /10

RESEÑA: “Mientras agonizo” – William Faulkner

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Mientras agonizo’ es el punto de equilibrio en el que el Faulkner más talentoso y experimental logra hacerse entender sin desmedro alguno de su genio. A diferencia de ‘El sonido y la furia’, obra maestra sin duda, pero difícil, intrincada y a veces incomprensible, ‘Mientras agonizo’ se entiende y disfruta más fácilmente, con todo y sus 15 narradores y un flujo de conciencia tan caudaloso como el Nilo en marzo.

La historia, en principio, es bastante simple: una familia, los Budren, sureña, rural, humilde y de palabra, como buena parte de las familias de Faulkner, debe hacer un largo viaje para cumplir con el último deseo de la madre, quien pidió ser enterrada en su condado de origen. A partir de ese argumento tan sencillo, el Nobel estadounidense escribe una señora novela tanto en la forma –técnica– como el fondo –lo narrado–.

La novela está dividida en 59 capítulos en los que 15 narradores se alternan para contarnos lo que pasa. Cada capítulo se corresponde con el monólogo interior de un personaje, cuyo nombre aparece al inicio. Por la estructura, precisamente, la novela se puede comparar a un rompecabezas en el que piezas aisladas y deformes terminan dando lugar a algo comprensible y con sentido. Es a medida que uno va leyendo –¿o sería mejor decir escuchando?– a cada personaje, que uno se va enterando quién es y quién y qué es lo que sucede. La tarea al principio resulta compleja, ya que todos hablan sin presentarse, solo con su nombre, y es a partir de lo que dicen que uno debe inferir de quién se trata y qué papel ocupa en la familia y la historia. Pero eso no es todo, ya que al tratarse de monólogos interiores, las visiones son todas subjetivas, y hay pensamientos, ideas y hasta opiniones sostenidas por los personajes, que no necesariamente se corresponden con la realidad y fácilmente pueden ser desmentidas en el capítulo siguiente por otro personaje. ¿Dónde está entonces la verdad de lo humano? Esa parece ser una de las preguntas que nos deja de regalito Faulkner.

Una vez entendido y aceptado que son esas las condiciones del juego que el autor nos propone –y ello no se lleva muchas páginas tampoco: el truco se le agarra fácil–, la lectura se disfruta enormemente, ya que poco a poco se van atando cabos, haciendo conexiones, descubriendo cosas y teniendo epifanías. Sí, es una novela ‘epifánica’, si se me permite, en la que constantemente a uno se le van revelando cosas que conectadas con otras de capítulos anteriores le van dando sentido a la historia. Una delicia de lectura.

Aunque el argumento es sencillo y todo transcurre en poco más de una semana, la fuerza de esta narración se encuentra en los personajes, sus mundos interiores y sus relaciones. Son Personajes con mayúscula. No todos fuertes, pero sí complejos. Graves en su mayoría. Familia, casi todos. Con sus secretos, culpas, heridas, rencores y demonios, que con la muerte de la madre se desatan. Todo un maestro Faulkner para retratar la condición humana con todas sus miserias, y sobre todo a ese hombre del sur tan particular.

Para quien busque literatura de verdad, para quien quiera leer una obra maestra, ‘Mientras agonizo’ es una opción infalible.

Mientras agonizo

Autor: William Faulkner

Páginas: 185

Fecha: 1930

Calificación: 10 / 10

El viaje a Chile que le costó el Nobel a Borges

I

Su nombre no puede faltar –ni falta– a la hora de hablar sobre las injusticias del Premio Nobel de Literatura. Fue uno de los grandes excluidos, de los proscritos de la Academia Sueca. Dudoso honor que comparte con Tolstoi, Nabokov, Joyce y otros tantos. En torno a por qué la Academia lo privó del máximo galardón a que puede aspirar cualquier hombre de letras, se tejieron siempre infinidad de teorías: que si una rencilla personal con Artur Lundkvist –poeta sueco, miembro de la academia, traductor de importantes latinoamericanos, artífice, cuenta la leyenda, del Nobel de Gabo–, que si más bien era política la rencilla, porque Lundkvist era izquierdista, que por el apoyo a Videla o las declaraciones a favor de Pinochet.

Esta última especie, en la que aparece el dictador chileno, ha sido durante años la que ha tenido más fuerza. “En 1976 estuvo a un paso de obtenerlo pero, al parecer, una inoportuna o premeditada acción de parte del mismo Borges, la aceptación de visitar el país de Augusto Pinochet, lo descalificó”. Lo dijo en una entrevista el año pasado el escritor y músico chileno Jorge Arallena, en algún momento íntimo de Borges.

En ese año, 1976, un rumor corría como pólvora en los mentideros literarios: un Nobel compartido por dos hispanohablantes. “Aleixandre y Borges, podrían compartir el Nobel de Literatura”, publicaba en octubre El País. Que ya todo estaba decido, que las papeletas estaban listas. Y en el 77 la especie se confirmó a medias: Alexaindre lo ganó y Borges, sorpresivamente, quedó fuera.

¿Por qué?

II

15 de septiembre de 1976. 6:00 PM. Jorge Luís Borges aterriza en el Aeropuerto Pudahuel –hoy Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benitez– de Santiago de Chile. Lo recibe Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile, cuya Facultad de Filosofía y Letras le ha concedido un Doctorado Honoris Causa, que el escritor recibirá seis días después.

El país se encuentra sumido desde 1973 en una dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. Sombrías acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos se ciernen sobre el régimen, que tiene muy mala prensa en el continente y en el mundo. El repudio es –casi– unánime. Pocos se atreven a defenderlo, pero Borges lo hace.

“Los he defendido por razones emocionales ante todo y porque soy enemigo del comunismo. Creo que eso no es ningún misterio. No lo he podido ocultar. Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud”, dice tres días después de su llegada, el 18 de septiembre, en una rueda de prensa en el Hotel Sheraton San Cristóbal, de Santiago.

El 21 de septiembre recibe de manos del rector delegado de la Universidad de Chile, Agustín Toro, el doctorado Honoris Causa. En su discurso, vuelve a dejar en evidencia su simpatía por el régimen de Pinochet: “Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita, Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”.

Al día siguiente, 22 de septiembre, para que no queden dudas, Borges se deja ver en el Edificio Diego Portales, que luego del bombardeo al Palacio de La Moneda quedó convertido en la sede del Poder Ejecutivo y Legislativo de la Junta Militar. Todo un símbolo. Allí se reúne con el dictador a las 10 de la mañana. El encuentro dura poco más de una hora. Lo que se dijo o se dejó de decir sólo lo saben ellos. Una foto, en la que un Pinochet de civil estrecha la mano de un Borges de traje y chaqueta oscura, es lo único que quedó de la reunión. Eso, y unas alabanciosas declaraciones del escritor, que a la 1 de la tarde abandonaría el país:

“Yo soy una persona muy tímida, pero él (Pinochet) se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado”.

III

27 de julio de 2015. María Kodama, viuda de Borges, ofrece una entrevista a El País de Madrid. En ella entrega la pieza que le falta al rompecabezas, la que le da verosimilitud a la versión según la cual ese viaje fue su condena sueca: en vísperas de partir a Santiago, el escritor recibió una llamada de Estocolmo en la que le sugerían -¿o acaso exigían?- que no fuera a Chile a recibir el Doctorado Honoris Causa.

“[Cuando] iba a ir a recoger el doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, aún con Pinochet, en 1976, lo llamaron por teléfono desde Estocolmo. Yo muy contenta le digo que no nos hagamos ilusiones y que atendiera la llamada. Yo siempre me iba para que él estuviera en la intimidad con la persona que llamaba, pero me retiene. Por sus respuestas me doy cuenta de lo que le decían y aunque deduje todo después me lo contó. Pero acabó diciendo: ‘Mire, señor: yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Muchas gracias, buenos días’. Fue genial, yo lo adoré más que nunca. ¿Quién por sus ideas soporta algo tan tentador? Más allá o por encima de lo que podía ser su interés literario estaba la ética, no dejarse sobornar”

Fin de la historia. Se terminó -por fin- el misterio.

RESEÑA: El lobo estepario – Hermann Hesse

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

91 años han transcurrido de su publicación y aun hoy ‘El lobo estepario’ sigue gozando de buena salud. Leído en el 2018, todavía es capaz de causar profundas impresiones en el lector, tal y como lo llegó a hacer en su momento y ha venido haciéndolo a lo largo del tiempo. Se trata de una novela psicológico-filosófica protagonizada por un hombre bien particular, llamado Harry Haller y mejor conocido como el ‘Lobo Estepario’

A Harry lo conocemos primeramente por el relato de un tercero: el sobrino de una mujer a la que a él le alquila un cuarto. Es este hombre quien se encarga de presentárnoslo, y lo hace con todos los elementos necesarios para intrigar y despertar el interés en tan singular personaje, al que describe como un hombre muy particular, huraño, extraño, que le causa una impresión profunda. Esta primera parte está escrita muy a la usanza de las novelas de misterio y cumple muy bien su cometido ya que al terminarla el lector no quiere otra cosa sino saber más de Harry.

Viene, entonces, la segunda parte: el diario del lobo estepario, un manuscrito (“Anotaciones de Harry Haller”) encontrado en su cuarto, redactado en primera persona, en el que Haller anota sus vivencias y pensamientos. Este manuscrito se encuentra interrumpido en una parte por el ‘Tractac del lobo estepario’, una especie de tratado psicológico/filosófico, que a Harry le entrega un desconocido en la calle, en el que se describen los rasgos definitorios de la personalidad y los pensamientos del lobo estepario. Después de él, sigue nuevamente (y así seguirá hasta el final) el diario de Harry. No es, pues, en cuanto a estructura, un libro complejo o difícil. Nada que ver. La complejidad (y grandeza) de este libro está  en su protagonista, en Harry.

¿Y quién es y cómo es Harry Haller, el lobo estepario? Hablamos, en principio, de un hombre cincuentón, huraño, un tanto misterioso, poco dado a las relaciones sociales, quien, no obstante, a veces tiene ciertas salidas de tono: se conmueve con cosas comunes o es capaz de sostener alguna conversación agradable. Así nos lo presenta el sobrino. Luego, por sus anotaciones comenzamos a saber que se trata de un hombre en quien dos naturalezas luchan encarnizadamente: una, que podríamos llamar humana o burguesa, que lo lleva a estar conforme con sus semejantes, con su gente, con su siglo; y otra, la del lobo estepario, que lo empuja a lo contrario: a rechazar a la sociedad, sus convenciones, a mirar todo con desconfianza y desprecio, y a sentirse tremendamente inconforme con todo.

En su personalidad de lobo estepario, que es la que en él predomina, Harry termina siendo presa de fuertes estados pesimistas que lo llevan no sólo a aislarse sino también a pensar en el suicidio. Y en el suicidio se encuentra pensando, precisamente, cuando en su camino se cruza Armanda, una prostituta que cambia radicalmente su modo de pensar y de vivir, porque resulta ser la única persona que (improbablemente) lo entiende. Y no sólo eso:  no es nada más que lo comprende, sino que también le enseña a vivir. De algún modo, lo redime y reinserta en la sociedad, no haciéndolo claudicar de sus principios y de sus críticas, sino más bien enseñándole que sí, que precisamente porque tiene razón, porque la sociedad no vale nada, es que no debe tomársela en serio sino todo lo contrario: debe, más bien, aprovecharse de ella, usarla, burlarse, disfrutarla.

Hay en este libro, sin embargo, mucho (muchísimo) más. Y ese más son los agudos pensamientos y reflexiones que Hesse va soltando en boca de sus personajes. Son ideas brillantes condensadas en frases geniales que llevan al lector a detenerse, respirar, releer, respirar y pensar un rato. Que se sienten a veces como una iluminación celestial; otras, como una patada en el estómago. Es un libro para leer (y releer) despacio, so pena de perderse alguna de esas duras y brillantes ideas. Un libro que ha envejecido bien, que merece estar en la categoría de los clásicos y cuyo protagonista, Harry Haller, bien tiene el derecho de ser recordado con nombre y apellidos propios.

El lobo estepario

Autor: Hermann Hesse

Fecha: 1927

Páginas: 248

Calificación: 10/10

La lista de los 100 libros imprescindibles del ‘ABC’

No están todos los que son ni son todos los que están. Hay omisiones escandalosas e inclusiones sospechosas. Sin embargo, a la lista que bajo el pomposo nombre de “Los 100 mejores libros de la literatura universal” presentó hace dos días el diario madrileño ‘ABC’ hay que echarle un vistazo. Se trata, como el nombre lo indica, de una selección hecha por un grupo de 50 expertos, entre escritores, críticos y personalidades de la cultura española, de cien libros imprescindibles que todos deberíamos conocer. Para su elaboración se les pidió llenar una encuesta con los que en su opinión eran los 10 mejores títulos de la literatura, ordenándolos de mayor a menor, y dándoles un puntaje (al primero diez, al segundo nueve, al tercero ocho), de cuya totalización salió finalmente la lista publicada, que está encabezada, cómo no, por ‘El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha’, seguido por ‘La Odisea’, ‘La Iliada’, ‘La Divina Comedia’, ‘La Biblia’, ‘En busca del tiempo perdido’, ‘La Eneida’, ‘Ensayos’ (Montaigne) y ‘Madamme Bovary’, que conforman el top 10 de una selección en la que, como se ve, abundan los clásicos. Sin embargo, hay también lugar para algunos escritores contemporáneos y latinoamericanos. García Márquez encabeza la lista de los autores de nuestra tierra con ‘Cien años de soledad’ (puesto 24) y ‘El amor en los tiempos del cólera’ (53). Las ‘Ficciones’ de Borges aparecen en el puesto 33, por debajo de ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann; y ‘Pedro Páramo’, de Rulfo, se ubica en el puesto 41. Los norteamericanos aparecen también, aunque casi al final. ‘Moby Dick’ (72), de Melville, ‘Santuario’ (81) y ‘Absalon, absalon’ (83), de Falulkner, ‘El gran Gatsby’ (84), de Fitzgeralt, y ‘La invención de la soledad’ (88), de Paul Auster, son los que representan a la literatura del norte en una lista de la que se pueden sacar recomendaciones interesantes y que puedes ver completa a continuación:

  1. «EL QUIJOTE». Miguel de Cervantes.267 puntos.

  2. «LA ODISEA». Homero.148 puntos.

  3. «LA ILÍADA». Homero. 93 puntos.

  4. «La Divina Comedia». Dante Alighieri. 86 puntos.

  5. «Hamlet». William Shakespeare. 63 puntos.

  6. «La Biblia». 61 puntos.

  7. «En busca del tiempo perdido». Marcel Proust. 59 puntos.

  8. «La Eneida». Virgilio. 58 puntos.

  9. «Ensayos».Michel de Montaigne. 55 puntos.

  10. «Madame Bovary». Gustave Flaubert.

  11. «Cumbres borrascosas». Emily Brontë. 46 puntos.

  12. «Edipo Rey». Sófocles. 46 puntos.

  13. «El rey Lear». William Shakespeare. 41 puntos.

  14. «Las mil y una noches». Anónimo. 32 puntos.

  15. «Poesía» (incluyendo «Canto espiritual»). San Juan de la Cruz. 30 puntos.

  16. «Macbeth». William Shakespeare. 30 puntos.

  17. «De rerum natura». Lucrecio. 29 puntos.

  18. «La vida es sueño». Calderón de la Barca. 28 puntos.

  19. «Epopeya de Gilgamesh». Anónimo. 28 puntos.

  20. «Ulises». James Joyce. 26 puntos.

  21. «Antígona». Sófocles. 25 puntos.

  22. «Fedón». Platón. 25 puntos.

  23. «La Regenta». Leopoldo Alas «Clarín». 23 puntos.

  24. «Cien años de soledad». Gabriel García Márquez. 22 puntos.

  25. «Cancionero». Petrarca. 20 puntos.

  26. «Poemas». Emily Dickinson. 19 puntos.

  27. «Léxico familiar». Natalia Ginzburg. 19 puntos.

  28. «Ana Karenina». León Tolstói. 18 puntos.

  29. «Lazarillo de Tormes». Anónimo. 18 puntos.

  30. «Guerra y paz». León Tolstói. 17 puntos.

  31. «La vida del Buscón». Francisco de Quevedo. 16 puntos.

  32. «El mar, el mar». Iris Murdoch. 16 puntos.

  33. «Ficciones». Jorge Luis Borges. 15 puntos.

  34. «La montaña mágica». Thomas Mann. 15 puntos.

  35. «Poesía». Antonio Machado. 15 puntos.

  36. «Fedro». Platón. 15 puntos.

  37. «Las moradas». Santa Teresa de Jesús. 14 puntos.

  38. «El hombre sin atributos». Robert Musil. 14 puntos.

  39. «El proceso». Franz Kafka. 13 puntos.

  40. «La metamorfosis». Franz Kafka. 13 puntos.

  41. «Pedro Páramo». Juan Rulfo. 13 puntos.

  42. «Decamerón». Boccaccio. 13 puntos.

  43. «La Celestina». Fernando de Rojas. 13 puntos.

  44. «La tempestad». William Shakespeare. 13 puntos.

  45. «Los hermanos Karamazov». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  46. «Crimen y castigo». Fiódor Dostoyevski. 12 puntos.

  47. «Rojo y negro». Henri Beyle Stendhal. 12 puntos.

  48. «Emma». Jane Austen. 12 puntos.

  49. «Poeta en Nueva York». Federico García Lorca. 11 puntos.

  50. «Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy».Laurence Sterne. 11 puntos.

  51. «Soledades». Luis de Góngora. 11 puntos.

  52. «La ciudad de las damas». Christine de Pizan. 11 puntos.

  53. «El amor en los tiempos del cólera». Gabriel García Márquez. 10 puntos.

  54. «Hojas de Hierba». Walt Whitman. 10 puntos.

  55. «Los demonios». Fiódor Dostoyevski. 10 puntos.

  56. «El corazón de las tinieblas». Joseph Conrad. 10 puntos.

  57. «El cantar de los cantares». Anónimo. 10 puntos.

  58. «Grandes esperanzas». Charles Dickens. 10 puntos.

  59. «Orlando». Virginia Woolf. 10 puntos.

  60. «Los papeles póstumos del Club Pickwick». Charles Dickens. 10 puntos.

  61. «Sóngoro cosongo». Nicolás Guillén. 10 puntos.

  62. «Una habitación propia». Virginia Woolf. 10 puntos.

  63. «All of Us: The Collected Poems». Raymond Carver. 10 puntos.

  64. «Metafísica». Aristóteles. 10 puntos.

  65. «La realidad y el deseo». Luis Cernuda. 10 puntos.

  66. «Cordero blanco, halcón gris». Rebecca West. 10 puntos.

  67. «Curial e Güelfa». Anónimo. 10 puntos.

  68. «América Hispánica (1492-1898)». Guillermo Céspedes del Castillo. 10 puntos.

  69. «La señora Dalloway». Virginia Woolf. 9 puntos.

  70. «Frankenstein». Mary Shelley. 9 puntos.

  71. «Una temporada en el infierno». Arthur Rimbaud. 9 puntos.

  72. «Moby Dick». Herman Melville. 9 puntos.

  73. «Cuentos completos». Antón Chéjov. 9 puntos.

  74. «Coplas por la muerte de su padre». Jorge Manrique. 9 puntos.

  75. «Ada o el ardor». Vladimir Nabokov. 9 puntos.

  76. «El leopardo de las nieves». Peter Matthiessen. 9 puntos.

  77. «La siesta de M. Andesmas». Marguerite Duras. 9 puntos.

  78. «Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas». Domingo Faustino Sarmiento. 9 puntos.

  79. «El peregrino ruso». Anónimo. 9 puntos.

  80. «Calila e Dimna». Anónimo. 9 puntos.

  81. «Santuario». William Faulkner. 8 puntos.

  82. «Fortunata y Jacinta». Benito Pérez Galdós. 8 puntos.

  83. «¡Absalón, Absalón!». William Faulkner. 8 puntos.

  84. «El gran Gatsby». F. Scott Fitzgerald. 8 puntos.

  85. «La Cartuja de Parma». Henry Beyle Stendhal. 8 puntos.

  86. «Guzmán de Alfarache». Mateo Alemán. 8 puntos.

  87. «Poesía». Miguel de Unamuno. 8 puntos.

  88. «La invención de la soledad». Paul Auster. 8 puntos.

  89. «El año de la muerte de Ricardo Reis». José Saramago. 8 puntos.

  90. «Los Evangelios». Varios autores. 8 puntos.

  91. «Los Upanishads». Anónimo. 8 puntos.

  92. «Cartas a Lucilio». Séneca. 8 puntos.

  93. «Medea». Eurípides. 8 puntos.

  94. «Elizabeth Costello». J. M. Coetzee. 8 puntos.

  95. «El idiota». Fiódor Dostoyevski. 8 puntos.

  96. «La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental». Edmund Husserl. 8 puntos.

  97. «Orgullo y prejuicio». Jane Austen. 7 puntos.

  98. «Poesía». Cátulo. 7 puntos.

  99. «Cantar de los nibelungos». Anónimo. 7 puntos.

  100. «Esperando a Godot». Samuel Beckett. 7 puntos.

 

“La tolerancia es un crimen cuando lo que se tolera es la maldad”

Después de (o junto con) Goethe fue ‘el’ escritor de Alemania y uno de los clásicos indiscutibles de la literatura europea y universal. Hijo de un rico comerciante alemán y de una exuberante brasileña, Thomas Mann, nacido en Lübeckel 06 de junio de 1875, se vio desde pequeño entre dos aguas: la de la rigidez del padre, que lo quería como heredero y cabeza de sus negocios, y la flexibilidad de la madre, que estimulaba constantemente eso que él llegó a llamar “mi manía por fabular cosas”. Finalmente fue el lado humanístico de la madre el que se terminó imponiendo y Mann no hizo en su vida otra cosa sino escribir, escribir y escribir. Y aunque él sentía que no lo hacía todo lo bien que podía y vivía frustrado en busca de eso que se llama perfección, la crítica era menos severa y más benevolente y caía rendida ante cada nueva obra que publicaba. No sin quejarse, eso sí, sobre la extensión de sus textos, auténticos mamotretos que la mayoría de las veces llegaban a superar las mil páginas, tenían que publicarse en dos tomos, y que él, obstinadamente y desoyendo a editores y amigos, se negaba a acortar. Ello lo hacía, también, un escritor lento, que redactaba a su ritmo y sin aceptar presiones, y que se tomaba todo su tiempo entre una obra y otra, en procura de lograr crear, al menos una vez, alguna obra de arte, tarea a la que le entregó su vida y esfuerzos. ‘La montaña mágica, ‘Muerte en Venecia’ o ‘Los Buddenbrook’ (que le mereció el Nobel en 1933), se hallan en esa categoría. De los alemanes de su generación, fue uno de los pocos que puede gloriarse de haberse opuesto a Hitler desde antes de su ascenso al poder, lo que le valió el exilio en 1933. Es en esa experiencia horrible donde hay que buscar la génesis de la frase que hoy encabeza nuestro post: en el aprendizaje de que hay virtudes (la tolerancia, por ejemplo) que mal entendidas terminan siendo criminales.

RESEÑA: Los muertos – James Joyce

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hay quien considera este relato como uno de los mejores de toda la historia de la literatura. Forma parte del célebre libro Dublineses, de James Joyce, y es, de hecho, el más largo y más famosos de todos, y el único de los quince que cuenta con una adaptación cinematográfica más o menos exitosa.

Casi todo transcurre en una fiesta: la que una vez al año ofrecen dos ancianas solteronas para agasajar a sus amigos y familiares. Por una noche, la vieja casa se llena de vida. Hay baile, bebida, comida, gente, fiesta. Por unas horas, la vida se detiene y la realidad deja de ser lo que es. Todos muestran sus mejores caras, se visten con la mejor ropa, beben los mejores licores, comen la mejor comida. Todos, de algún modo, son (pretenden ser) felices, evitan los roces y las complicaciones, bailan y se ríen.

Pero hay también preocupación. La de las dos anfitrionas por dos de sus invitados: uno, usualmente ebrio, que representa el desorden; y otro, su adorado sobrino Gabriel, encargado de dar el discurso y trinchar el ganso, quien sabe actuar siempre acorde a las circunstancias y que, aunque llega con retraso, representa el orden y el saber estar.

Entre conversaciones triviales, bailes comida, críticas, el discurso, cuchicheos, miradas, gestos de aprobación y desaprobación, entre todo eso de lo que se nutre cualquier fiesta, transcurre toda la velada. Y hasta allí la historia no pareciera tener mayor sentido sino la de pintarnos un fresco de la sociedad de entonces. Pero viene el giro inesperado en el que se hace presente la pluma del genio.

Es casi al final de la fiesta. Gabriel voltea y ve a su mujer. La ve más preciosa que nunca. La desea como nunca. Y pasa todo el camino de regreso evocando tiempos mejores, tiempos verdaderamente mejores, de cuando eran felices. Y desea poseerla. Y hace planes de lo que será la noche en el hotel. Pero al llegar, nada sale como es. Su esposa no es exactamente su esposa. Algo la ha cambiado. ¿Por qué? Porque en la fiesta escuchó una canción que una vez le dedicó un enamorado enfermo que dio la vida por esperarla a ella. Y entonces viene lo mejor, el monólogo final: una extraordinaria reflexión sobre el paso el tiempo, lo irrecuperable de todo aquello que con él se va, que él se lleva, y la decadencia inevitable de una vida que irremediablemente termina en muerte. Y ahí, sí, tiene sentido que se pueda considerar este cuento como uno de los mejores de la literatura.

Los muertos

Autor: James Joyce

Páginas: 94

Año: 1914

Calificación: 9/10

RESEÑA: La fiesta del chivo – Mario Vargas Llosa

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“¡Esto no se le hace a un viejo como yo!”.

Así, cuenta la leyenda, y la cuenta Carlos Alberto Montaner, se expresó Gabriel García Márquez al terminar de leer ‘La Fiesta del Chivo’. “No estaba enfadado. Era franca admiración”, apostilla el periodista cubano. Y se entiende. La reacción de Gabo es la que podría tener cualquier lector al llegar al punto y final de esta maravillosa novela a la que puede que no le alcancen todavía los ya numerosos elogios que ha recibido, y que sin lugar a dudas se trata de una verdadera obra maestra.

El título lo debe a un merengue dominicano que se cantó tras la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, alias “El Chivo”, quien encabezó en República Dominicana una de las dictaduras más sangrientas y represivas de Latinoamérica. Esa tiranía es magistralmente retratada por Vargas Llosa en esta novela, en la que se vale de tres ejes de narración distintos: el de Urania Cabrales, una mujer que tras décadas de ausencia vuelve a Dominicana a reencontrarse con su padre, un ex alto funcionario de la dictadura; la de los hombres que conspiran para asesinar a Trujillo; y la del propio Trujillo, que en esta novela, a diferencia, por ejemplo, del dictador de Conversación en La Catedral, tiene su propia voz.

En cuanto a estructura y tiempos, la novela engrana como un reloj suizo: a la perfección. Vargas Llosa es aquí más maestro que nunca en el uso de esos elementos. Son XXIV capítulos en los que se van alternando Urania, los conspiradores y el dictador; capítulos en los que la intriga se maneja a la perfección y que suelen terminar con algún acontecimiento o revelación capaz de cortar el aliento. Es realmente magnífico cómo Mario organiza y divide la historia, que se lee, si no de un tirón, sí muy rápido porque es prácticamente imposible parar.

Fiel a su estilo, el tiempo en esta novela no es nunca lineal sino que va pasando del presente al pasado y viceversa; son saltos más sutiles, que suceden con menos brusquedad que en otras novelas, y que están perfectamente enhebrados, que no quedan forzados ni desentonan. Vuelve nuevamente Vargas Llosa a hacer uso de ese narrador en segunda persona, especie de conciencia de los personajes, que ya es casi marca de fábrica y que queda muy bien.

Con respecto a la historia, no por muy lugar común será menos cierto decir que se trata de una radiografía del poder. Porque efectivamente. Aquí Vargas Llosa desnuda, devela y pone a la vista todas las estructuras, los actores y elementos en los que se sostuvo esa tiranía criminal. Pero más aún: la desnuda, la deja en evidencia, denuncia todo su horror, cómo reprimía, cómo mataba, cómo destruía, cómo sabía oler la debilidad moral de las personas y aprovecharse de ella, cómo penetró en la sociedad y logró ponerla de rodillas y humillarla, aterrorizarla, cómo se gestó un enfermizo culto a la personalidad del dictador, un hombre del que se decía que no sudaba ni dormía.

En general, el retrato psicológico de todos los personajes es fantástico, pero resalta sobre todo el de Trujillo: hombre despiadado y vanidoso, fuerte y severo, que se burlaba y despreciaba a sus colaboradores, con quienes jugaba y hacía experimentos sociales cual si fueran ratas de laboratorio, disciplinado como el que más, omnipresente. Y, claro, el de Urania Cabrales, sorpresa que Mario tiene preparada para las últimas páginas, que yo no pienso revelar, y con quien cierra, redondo, de manera perfecta, una obra maestra de la literatura.

 

La fiesta del chivo

Autor: Mario Vargas Llosa

Año: 2000

Páginas: 518

Calificación: 10/10

Dickinson, la excentricidad del genio

Vestida de blanco y encerrada en su habitación, Emily Dickinson (fallecida un día como hoy, pero en 1886) pasó los últimos 15 años de su vida enfocada en la producción de una obra que sólo fue reconocida póstumamente. De quien se convirtió en una de las poetisas más importantes de Estados Unidos se puede decir que su excentricidad fue tan grande como su legado. Después de tener una breve, pero rica educación inicial, Edward Dickinson, su padre, la incentivó a estudiar en una universidad –sólo para mujeres– en una época en donde el sexo femenino no tenía casi oportunidades, allí permaneció por un curso. Fue en ese momento, entre los 16 y 17 años, que Emily se dejó retratar por última vez. Más allá de quienes alegan que su reclusión en la casa paterna se debe a su temor obsesivo ante los espacios abiertos, Emily pasó siete años cuidando a su mamá antes de morir. Asimismo, pese a las oportunidades académicas que le brindó su padre, este le exigía cuidados preferenciales. Y es que se dice que Edward sólo comía el pan que amasaba su hija. Desde entonces y desde su habitación, germinarían ideas geniales que lograrían una obra bien acabada que se transformó en escuela de las próximas generaciones de poetas. Tal era su excentricidad que, cuando tenía visitas, hablaba siempre desde su dormitorio con la puerta cerrada. Gracias a la condición económica de su padre, quien logró ser diputado del Congreso en Washington, Emily no tuvo la necesidad de salir a buscar trabajo para sobrevivir, por lo que se dedicó a los cuidados de la casa y a la escritura exclusivamente para ella. Negada a publicar, pues pertenecía a esa corriente que no le gustaba divulgar nada de su trabajo, llegó a escribir 300 poemas al año. A lo largo de su vida alcanzó los 1.800 poemas que abordan la muerte y el amor como temas principales. Pese a su negación a ser pública, Emily Dickinson permanece, a 132 años de su muerte, viva en la historia de la poesía.

RESEÑA: Carta a un niño que nunca nació – Oriana Fallaci

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A uno le dicen Oriana Fallaci y lo primero que piensa es en la aguerrida periodista de preguntas largas y entrevistados imposibles. Sin embargo, la mítica periodista italiana también fue autora de otros libros que nada tenían que ver con el periodismo, como es el caso de Carta a un niño que no llegó a nacer, que más que un título lo que tiene es un titular en el que en pocas palabras ya queda todo resumido: una carta escrita por ella para un bebé que no nació. Fin del misterio.

Como suele suceder con las cartas, ésta también es dura, durísima, como un puño en el estómago. Nace de cuando a Fallacci, atea, feminista, mujer moderna e independiente, soltera, en el top de su carrera, le informan que se encuentra embarazada y ella comienza a escribirle a ese hipotético hijo:

“Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías. Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón (…) Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo. Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo. Es miedo a ti”.

Como se lee, más que pluma, lo que Falacci usa es un bisturí, de modo que el libro termina siendo una autopsia, una disección cruda y visceral. Es un libro más sentimental que racional, cosa que no deja de sorprender en una mujer a la que uno tiene por dura. Aquí, sin embargo, se nos muestra frágil y dubitativa, sobrepasada por un hecho, la maternidad, sobre el que ella tiene poco control, y que por el contrario la controla a ella, cosa que la mata. La vemos pasar de la alegría a la tristeza, de querer tenerlo a no, de tener la certeza de que toma la decisión correcta, a dudar de si estará bien o mal, de hacer una cosa y luego la contraria. Vemos a un ser humano en una genuina experiencia humana, contradiciéndose y pasando por los más variopintos sentimientos, que van desde la ternura hasta la impiedad, de la rabia al odio.

Los monólogos de Fallaci son sencillamente desgarradores. Están escritos con sangre. Independientemente de que uno esté o no de acuerdo con lo que ella dice, no puede dejar de celebrar la sinceridad que hay en ellos. Allí le escribe a su hijo sobre la vida, el amor, la libertad, el dolor. Le cuenta fábulas de su infancia. Trata de prevenirlo sobre cómo es el mundo al que viene. Da su visión del mismo. Se descubre. Y todo con una pluma tan afilada como una daga, que se clava en las vísceras del lector. Sí, eso es este libro: una puñalada.

FICHA

Título: Carta a un niño que nunca nació

Autor: Oriana Fallaci

Año: 1975

Páginas: 100

Calificación: 8 / 10