#DomingosDeFicción: Arsenal

La habitación 304 del hotel Elridge era un modelo de orden y limpieza. Allí Dave Mallory tenía los brazos abiertos mientras Harold Taeger lo registraba. Al verle la mano derecha convertida en un arroyo de sangre, el policía le preguntó:

—¿Y esto?

—Un accidente.

Cuando llegó al bolsillo izquierdo de su chaqueta, se detuvo sorprendido.

—¿Qué tienes ahí?

—Una pistola.

—Sácala, ponla sobre la mesa y alza las manos.

Dave hizo lo que le ordenaron. Sacó la pistola, se la dio al oficial y se quedó mirando un punto en la nada.

—A ver… Beretta punto cuarenta y cinco… Quince balas más una… Muy bien… ¿Qué más llevas encima?

El teniente Harold Taeger rodeó a Mallory y le tanteó la cintura, las piernas, los tobillos, la entrepierna y, por terquedad profesional, palpó de nuevo el pecho de aquel hombre de rostro cuadrado. No lo podía creer. Ahí, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta había algo que pesaba tanto como la pistola que acababa de extraer.

Taeger miró a su compañero, el teniente James Langdom, y le pidió que no dejara de apuntar al hombre al que estaban registrando. Seguidamente metió su mano en aquel rincón de tela oscura y obtuvo lo que esperaba: otra pistola.

—Otra Beretta punto cuarenta y cinco. ¿Qué más traes?

Mallory bajó su brazo izquierdo, metió su mano en el bolsillo y sacó…

—¿Otra pistola? –Taeger y Langdom se convirtieron en cuatro ojos incrédulos– ¿Y de dónde la sacaste?

—Del mismo sitio que las otras.

—Dámela y no te hagas el chistoso.

Las cuatro pistolas estaban sobre la mesa. Todas eran Berettas punto cuarenta y cinco.

—¿De dónde las sacaste?

—¿Otra vez?

—Contesta.

—Del bolsillo.

—¿De cuál bolsillo?

—Del izquierdo.

—Ahí no caben cuatro pistolas.

—¿Qué quieren que les diga?

—Quiero que me digas de dónde sacaste las cuatro pistolas.

—Del bolsillo de mi chaqueta. Ya se los dije.

—Vamos a ver si cuando te registre el culo, te ríes. Quítate la ropa.

Mientras Mallory se desnudaba, Langdom tomó la cartera del mago y se dedicó a revisarla. No llevaba nada extraño. Tan sólo su licencia de conducir y una tarjeta Visa.

Taeger le echó un vistazo a Mallory y con un gesto le dijo que se bajara los calzoncillos. Luego sacó de su chaqueta un par de guantes de hule, se los puso y cumplió con su deber. Años atrás el oficial Harold Taeger aprendió que en la entrepierna humana cabe sin problemas el circo de Barnum y Bailey con todo y elefantes. Por eso trabajó con la tranquilidad que correspondía. Miró, palpó, introdujo su dedo anular y no hizo ningún descubrimiento extraño. Nada salió expelido de aquel cuerpo, cuando le ordenó ponerse en cuclillas y dar saltos de rana. No hubo convulsiones ni quejas, al beberse la soda caliente que Langdom le ofreció sin el menor gesto de amabilidad.

—Vístete.

Harold Taeger comenzó a quitarse los guantes, pero de inmediato quedó transmutado en un espantapájaros. Su compañero también dejó de hacer lo que estaba haciendo para ver el prodigio: el hombre al que acababan de registrar, y que seguía desnudo en medio de la sala, llevaba una pistola en su mano izquierda.

—¿Y eso?

—¿De dónde sacaste esa pistola?

—Apareció en mi mano.

—¿«Apareció»? ¿Cómo que «apareció»?

 

Las palabras se pusieron resbalosas. Mallory no pudo explicar cómo materializaba las pistolas y menos mirándoles las caras a aquellos policías cuyos rostros de trapo tenían una expresión en la que se alternaban la ignorancia y el horror. Tampoco le pareció raro que le quitasen la quinta pistola y que gritaran cuando vieron aparecer ante sus ojos la sexta.

—Tú lo viste… Hizo aparecer de la nada una pistola.

—Cálmate, James.

—Yo lo vi… Otra pistola y otra… Y otra… Los dos lo vimos… Seis…

—Seis pistolas…

Los nervios de los policías convirtieron en gelatina el aire de la habitación 304 del hotel Elridge. Harold Taeger hizo una pausa. Luego se volvió hacia Mallory, sacó su arma de reglamento, lo apuntó directo a la frente y le dijo:

—Tú me cuentas qué significa esto o Langdom y yo haremos un Jackson Pollock con tus sesos.

Dave Mallory tragó cemento y comenzó a hablar sobre todo lo que le había ocurrido en las últimas dos semanas.

Sus manos flotaban en el espejo; abrían espacios, cerraban espacios, dibujaban olas y compartimientos de aire. La pistola aparecía –POP– y desaparecía –POP–. Sólo Dave Mallory, la pistola, el espejo y las manos. Poco a poco lograría la perfección. El truco de atrapar una bala en plena trayectoria pronto contaría con un prólogo. Su rutina quedaría completa y sólo los expertos entenderían ese guiño a la historia de la magia. Él se uniría a la tradición de magos que crispaban al público atajando proyectiles. De Robert-Houdin a él quedaría trazada una línea perfecta. Primero aparecería y desaparecería el arma. Luego invitaría a alguien del público a que revisara la pistola y a que le disparase para que él tuviera la oportunidad de capturar la bala en el aire.

Sus ensayos se repitieron sin sobresaltos hasta que algo salió mal.

Primero hizo los pases frente al espejo… La mano derecha, la mano izquierda, otra vez la derecha, el bolsillo de la chaqueta y –POP–: el arma en la mano izquierda…

En ese instante el mago hizo una pausa. A su alrededor flotaron unas motas diminutas que se hicieron visibles gracias a la luz.

Mallory dejó la primera pistola sobre la mesa y comenzó a mover sus manos para afinar la secuencia de movimientos, pero repentinamente se percató de que tenía algo en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Era otra pistola que, de inmediato, soltó.

Como no pudo responder ninguna de las preguntas que su cerebro le formulara, hizo el truco hasta que el espacio de la habitación 332 del hotel Elridge no fue suficiente para guardar con discreción las veintitrés pistolas que salieron de su bolsillo. Al principio le pareció una curiosidad, pero pronto tuvo razones para preocuparse. Ese primer día intentó separarse del arma muchas veces.

Al final de la tarde, se detuvo a pensar que su problema tenía una cara que no era mágica. ¿Cómo diablos explicaría la posesión de treinta y tantas pistolas? ¿Quién le creería cuando dijera que ese arsenal estaba ahí porque se equivocó realizando un truco de magia? Por eso se hizo con un morral que parecía una salchicha gigante, lo llenó con toda aquella mercancía y salió a deshacerse de ella.

Los días siguientes estuvieron llenos de atardeceres en los que Mallory iba al puente y lanzaba al río el resultado de sus intentos por arreglar aquel enredo. Al principio no encontró obstáculos para llevar a cabo su operación clandestina, pero pronto se percató de que el sitio que había escogido para dejar su ofrenda, no siempre estaba desierto. Por eso caminó sin rumbo, prefiriendo los callejones de alcantarillas mugrosas a las calles bien iluminadas. Ahí desarmó varias pistolas y dejó sus partes entre la basura. Sin embargo, a ese paso no se libraría de todo lo que tenía que librarse con rapidez. Así que dejó cinco pistolas por aquí, cuatro por allá, tres más adelante… hasta que regresaba a la habitación 332 del hotel Elridge portando una sola en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

Mallory repetía la secuencia de movimientos frente al espejo. Lo hizo de todas las maneras posibles: veloz, despacio, muy despacio… Tomó apuntes en un papel al que añadió diagramas y comentarios para ver dónde estaba el error. Hiciera lo que hiciese, no podía separarse del arma. Cuando intentaba deshacerse de ella –POP–, se le aparecía otra en su lugar.

Más de una vez pensó que la causa de aquel desastre mágico se encontraba en la prolijidad de la rutina que había diseñado. Por ambicioso (y por impericia) se apartó de la práctica normal de la magia y había decidido capturar una bala en el aire con una pistola que él mismo aparecería. Eso era una exageración que multiplicaba las variables del truco y las posibilidades de equivocarse. Por lo general, los magos crean una ilusión a partir de un objeto muy sencillo que no llame la atención sobre sí mismo. Aparecer una pistola podía ser impresionante y usarla, en el mismo escenario, en un truco aún más impresionante, podía causar un sin fin de complicaciones técnicas. Dave creyó que podía prever esas complicaciones, pero la realidad le demostró lo contrario.

Pasaron las semanas y una noche salió a la calle con sus pistolas a cuestas. Tenía la mente convertida en una playa contaminada. Por eso no supo cómo llegó hasta la entrada de un callejón oscuro ni de dónde salieron los brazos que hicieron que quedara tendido en las sombras, oyendo el oleaje revuelto de su propia respiración. En ese hueco que era él mismo, sintió un susurro carrasposo que le daba las gracias. Luego, mientras vomitaba, alguien lo arrastró y lo hizo pasar entre unos matorrales cuyas ramas dibujaron azarosos renglones en todo su cuerpo. Cuando al fin pudo abrir los ojos, se encontró frente al recinto de los monos en el zoológico.

A Mallory le dolía todo. Para colmo, su cabeza sólo funcionaba para recordar la voz sórdida del ladrón que se llevó sus pistolas. Cuando al fin pudo moverse, lo primero que hizo fue palpar el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Ahí estaba la pistola terca que no lo abandonaba nunca.

Cuando al fin se tranquilizó, su cerebro se puso en funcionamiento. ¿Qué habría hecho cualquiera de los grandes magos en su lugar? ¿Qué habría hecho Robert-Houdin, si le fallaba el truco de atrapar la bala en el aire? Habría muerto, como murieron tantos idiotas antes y después que él, realizándolo. ¿Qué habría hecho Harry Houdini si no hubiese podido salir de su trampa china? Esperar a que sus asistentes rompieran las paredes de la caja de vidrio. ¿Qué habría hecho David Blaine, si se caía de la columna de noventa pies de alto sobre la que permaneció treinta y cinco horas? Nada. Abajo lo esperaba un colchón gigante. ¿Y él? Él no. Si él cometía un error, no habría malla, colchón, asistente o imitador que cargara con las consecuencias. Él era Dave Mallory, un mago cualquiera al que su mujer cambió por un boxeador italiano. Él, el mago que nació en una época sin magia, logró (por error) realizar magia de verdad, un milagro por el que en ese momento sufría dolores indescriptibles y se quejaba frente al único mono que se dio por enterado de su presencia.

La criatura lo miraba, se cubría el rostro, daba vueltas, iba, venía. Mallory sintió ganas de dispararle, pero se dijo que aquello, aparte de inútil, habría supuesto una imperdonable crueldad. Sin embargo, como quería devolverle el absurdo al inefable universo, se levantó maltrecho y le lanzó al mono la pistola que llevaba en las manos.

—Para que hiciera lo que le diera la gana con ella.

—Qué irresponsable eres –interrumpió Taeger–. ¿Cómo se te ocurre lanzarle una pistola a un mono?

—Nada más por eso, te deberíamos encerrar hoy mismo –dijo Langdom.

—Esas pistolas no servían para matar a nadie –repuso Mallory al tiempo que los dos oficiales se miraban las caras.

—¿No servían? –Preguntó Taeger.

—Yo no trabajo con balas de verdad.

—¿Esas pistolas que están aquí no son de verdad?

—No.

—Vamos a ver…

James Langdom tomó una, verificó que estuviera cargada, le quitó el seguro, la apuntó contra la pared, y disparó.

El ruido fue tan impresionante como el boquete que le abrió al friso.

—¿Conque balas de salva, no?

—En aquel momento eran de mentira.

—¿Y cómo explicas esto? –Preguntó Taeger señalando el hueco en la pared.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—No lo sé… No me miren así… Es la magia.

—¿La magia? Claro que fue la magia. Tú eres mago, ¿verdad?

—No se burlen.

—Está bien, pero ¿cómo es eso de que fue la magia?

—No sé.

—Dame una respuesta lógica o te abro un hueco en la frente.

—No hay ninguna respuesta lógica. La magia es así.

—Si fue la magia y tú eres mago, fuiste tú quien cambió las balas.

—No. Yo no fui.

—¿Entonces quién fue?

—Fue la magia… Ya se los dije.

—¡Mallory, responde! –Langdom le estampó una bofetada al mago sin que Taeger pudiera contenerlo.

—Hice un truco muy complicado. Me equivoqué y ahora el error se repite solo.

—No me hagas reír, mago. ¿Cómo que se repite solo?

—Es así. No me pidan que les explique los detalles porque ni yo mismo los entiendo.

En la habitación se hizo un súbito silencio. Mallory metió la mano en el bolsillo dos veces y le entregó un arma a cada policía antes de murmurar:

—Es como una maldición.

Después de otro breve silencio que duró mil años, Taeger terció:

—Vamos a tranquilizarnos… Seguro que en la historia que nos estás contando hay una explicación.

—Sí. A lo mejor.

Mallory trató de calmarse. Si administraba bien su dinero, podría vivir un par de semanas más en el Elridge. Necesitaba consultar con el techo de su cuarto la conveniencia o no de pedirle ayuda a la policía.

Pasaron doce horas (o más) en las que el mago apenas se asomó a la calle. En ese tiempo no hizo otra cosa que beber Coca Cola, ver la televisión sin volumen y repasar su truco malogrado. Como estaba harto de tratar de esconder montañas de pistolas inútiles por las que, además, lo acosaron unos matones miserables, siguió mentalmente los pasos de la rutina… Uno derecha, dos izquierda, tres derecha y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y de pronto Mallory cayó en un sueño profundo. Una fuerza amistosa lo arrastró a un foso de placidez en el que las imágenes se disolvían como en una acuarela que cambiaba de densidad, mostrándole los rostros y los objetos del mundo.

Dos horas más tarde, unos golpes lo sacaron del sueño y lo pusieron en alerta.

Dave retomó el extraño hilo de su vida; se levantó y se puso la chaqueta y los zapatos. Lo hizo con calma porque sabía que aquel momento era el cierre de un pequeño paréntesis de tranquilidad.

Entonces abrió la puerta.

Ante sus ojos aparecieron dos sujetos: un moreno a quien el itíligo le había dibujado el mapa de Groenlandia en la cara, y un calvo al que Mallory reconoció porque su voz provenía de un sumidero lleno de cucarachas.

—Hola. Vine para que me expliques algo.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? ¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste? ¿Por qué la otra noche te quitamos veintitrés pistolas de juguete?

—¿Ustedes son policías o qué?

—Yo soy el que pregunta aquí. ¿Quién coño eres tú?

En silencio, Dave se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una pistola y se la entregó al calvo. De inmediato repitió la operación y le entregó otra.

—Mira. Qué bonito.

…Y otra.

—Ya. Ya. ¿Qué es esto?

—Tres pistolas.

—¿Tienes más?

—Sí –y añadió una a la lista.

El calvo aplaudió con entusiasmo. Eso hizo que Mallory sintiera que las infinitas motas de polvo que había en el cuarto –POP– se detuvieran.

Cuando el mundo retomó su giro, Dave se dijo que tenía tiempo sin oír un aplauso. Más allá del displicente golpeteo de palmas que acababa de recibir, el mago sintió el vértigo en la sangre y en las entrañas. Algo se removió en él, pero no tuvo tiempo de pensar sobre eso porque cuando iba a hacerlo, oyó la pregunta del calvo.

—¿Y qué eres tú: mago?

—Sí.

—¿Cómo haces eso?

—Es un truco.

El calvo escrutó las cuatro pistolas y las puso en orden en una de las esquinas de la cama. El Hombre Mapa no dijo palabra, pero las tomó en sus manos, las desarmó y las volvió a armar.

—¿Y éstas son iguales a las que te quitamos?

—Sí.

—Ajá… Vamos por partes. ¿Cómo te llamas tú?

—«Brunello el Magnífico» o, si te gusta más, Dave Mallory. En las últimas semanas he estado trabajando aquí, pero no me ha ido bien.

—¿Qué pasó?

—No he conseguido trabajo.

—Pobrecito. ¿Y por eso te pusiste a vender tu mercancía donde yo vendo la mía?

—No.

—¿Cómo que no?

—Te vimos y te agarramos –dijo el hombre Mapa.

—Yo no estaba vendiendo ninguna mercancía.

—¿Y qué estabas haciendo con ese morral?

—Lo estaba botando a la basura.

—¿Botando? ¿Con todo lo que llevaba dentro?

—Me equivoqué haciendo el truco de la pistola y ahora se me aparecen más pistolas de las que necesito.

—¿Sabes qué? –Preguntó el calvo–. Yo no te creo. Tú trabajas para alguien que quiere acabar con mi negocio.

—Piensa lo que quieras.

—¿Con quién estás trabajando?

—Con nadie.

—¿Tú trabajas con la policía?

—No.

—Unos amigos míos te vieron. Todos los días, a la misma hora, salías de este edificio y lanzabas un montón de porquería al río. Esos tipos pensaron que eras un simple cerdo que botaba su basura donde no debía, hasta que fueron a nadar y descubrieron qué era lo que tirabas al agua.

—Claro, y cuando ustedes vieron las pistolas, dijeron «oye, ¿por qué no seguimos a este idiota y lo robamos en el zoológico?».

—No te quejes. Pudo haber sido peor. Eso sí: cuando abrimos el maletín y nos encontramos con que esas pistolas eran tan inútiles como las pistolas mojadas que mi gente sacó del río, quisimos venir a verte.

—Yo no tengo nada más que decirles. Yo sólo soy un mago. Así que ya saben por qué cargo con este arsenal de utilería… Ahora, si me disculpan, tengo que vestirme porque voy a salir.

—Tú no vas a ninguna parte. Tú nos vas a decir para quién trabajas. ¿Tú crees que nosotros nos chupamos el dedo?

—Yo no sé qué clase de vicios tengan ustedes. Ni me interesa.

—Mira, mojoncito, ya nos hemos entretenido bastante… Ahora me vas a decir todo lo que quiero saber…

El calvo hizo una mueca parecida a una sonrisa y, en el mismo instante en que sacaba su revólver, Mallory movió su mano izquierda y sacó una pistola.

En el cuarto 332 se oyó un estruendo que hizo temblar la pintura de las paredes.

El calvo cayó a la alfombra con una bala en la cara.

—¿Qué? –Preguntó Langdom–. Fue la magia, ¿no?

—Sí –respondió Mallory.

—Seguro nos vas a decir otra vez que no tienes ninguna explicación.

—Así es.

—La magia… No me hagas reír…

En el Elridge hubo silencio. Pasaron unos segundos antes de que los ruidos de la calle entraran por la ventana. De pronto hubo gritos, ladridos de perros, sirenas…

El Hombre Mapa sacó su pistola, pero no contó con que el mago de cara cuadrada lo sorprendería. Cuando lo tuvo en frente y le disparó, Mallory movió su mano derecha y se quedó ahí, asustado y de pie.

—¿La atrapaste de verdad? —Preguntó Harold Taeger.

—Sí.

—¿Dónde está?

Mallory abrió la palma derecha como si fuera un abanico de sangre y les mostró a los policías el pequeño y negro proyectil.

A pesar de que su mano se convirtió en una cascada, había hecho lo que hizo su admirado Jean Eugène Robert-Houdin en Algeria. Frente al manchado y boquiabierto matón, Mallory repasó con orgullo el pasaje de la vida de Robert-Houdin en el que el gran ilusionista atrapó con los dientes la bala que le había disparado un caballero árabe.

Aunque no atajó el proyectil con su boca, se sentía satisfecho porque había atrapado el proyectil en el aire y tuvo la entereza necesaria para poner cara de indestructible.

A pesar de su sorpresa, Dave Mallory no pudo congraciarse más consigo mismo ni continuar pensando en cómo aquel acto desmesurado se transformó en uno de los números negros de la historia de la magia. El Hombre Mapa ya abría la boca y él no debía abusar de su suerte. Por eso abandonó sus cavilaciones, alzó la pistola con la que había matado al calvo y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cara.

En la habitación 332 se oyó el ruido de un meteorito que se estrella contra la Tierra. El mapa de Groenlandia se puso rojo. Dave Mallory se le fue encima y lo pateó hasta que le dolieron los dedos de los pies.

El tumulto que oyó a lo lejos le dijo a Mallory que era hora de irse. El Hombre Mapa se incorporó como pudo y le disparó varias veces, pero, una vez más, el mago fue más rápido que las balas. Lástima que una anciana que caminaba por el pasillo del hotel Elridge no pueda decir lo mismo.

—¿Qué hiciste después?

—Cuando salí de mi cuarto y corría por el pasillo para largarme de este hotel, ustedes abrieron la puerta de esta habitación y, a punta de pistola, me invitaron a pasar.

—En teoría te agarramos después de perseguirte. Eres uno de los que participó en el tiroteo del cuarto del fondo y nosotros, los agentes de la eficiencia, te acabamos de atrapar. A Parker lo capturaron unos colegas nuestros, pero a ese nadie le ofrecerá nada porque ya no está en este mundo. A ti te tenemos una oferta.

—Pero, acabo de matar a un tipo…

—Según tu versión, sí. Pero recuerda que la vida es una licuadora de cuentos.

—No hay ninguna otra versión. Fui yo.

—Mira, mago: gracias a ese tiroteo, cayeron dos de las ratas más inmundas que han nacido en este pueblo: Emil Roth y «Manchas» Parker. Nosotros llevábamos bastante tiempo detrás de ellos, pero tú nos simplificaste la vida. Para que te hagas una idea, esos dos eran algo así como los Beach Boys de la venta ilegal de armas. Eso no significa que vayamos a obviar tu cuota de responsabilidad en este asunto. Aunque nos hayas ayudado a dar con ese dúo, necesito que me digas cómo hiciste para cambiarle las balas a tu pistola… Porque se las cambiaste, ¿verdad?

—No. No se las cambié.

—¿Me estás queriendo decir que todo este cuento de la magia pistolera es real?

—Ustedes lo han visto con sus propios ojos.

—Creo que no estás midiendo el problema en su dimensión más dolorosa. Dime: ¿escribo en tu expediente que tú apareces pistolas que se disparan solas?

Mallory calló durante unos instantes y luego dijo:

—Yo sólo sé que me equivoqué mientras ensayaba un truco y que cuando estuve frente al calvo, me di cuenta de dónde estaba el error que produjo todos estos disparates.

—¿Qué hizo Roth?

—Aplaudió.

—¿Aplaudió? ¿Y qué tiene eso de raro?

—Que cuando el calvo aplaudió, las balas dejaron de ser de mentira.

—¿Y entonces?

—Cuando ensayaba, el día en que empezó este desorden, no pensé en los aplausos. No les presté atención. La gente no lo sabe, pero la respuesta del público forma parte del truco.

—¿Así de simple?

—Así de simple. Los aplausos forman parte de la magia. Sin aplausos, no hay magia ni hay nada.

—¿O sea que la presencia o ausencia del aplauso modifica al truco?

—Sí.

—¿Y entonces? –Preguntó un indigesto Langdom.

—Entonces la única manera de acabar con este asunto es con un aplauso.

—¿Y quién te va a aplaudir?

—Ustedes.

Los dos policías se rieron a carcajadas. Después de secarse los ojos y de carraspear, Taeger dijo:

—Mira, Mallory, estás equivocado. Nosotros trabajamos con las heces de esta ciudad y tú propones que te demos un aplauso… Tú estás loco. Langdom y yo quedaríamos como unos tontos, si te complaciéramos. ¿No es así?

—Yo haría el truco como lo he hecho durante todo este mes y, cuando saque la pistola, ustedes aplauden. Luego, yo diré todo lo que ustedes quieran.

—¿Lo que nosotros queramos? ¿Qué es lo que, según tú, queremos?

—No sé. Supongo que arreglar lo que yo dije con lo que ustedes digan para poder explicar lo que pasó en este hotel sin necesidad de hablar de magia.

Langdom dejó escapar un largo suspiro que fue el prólogo para decir:

—Haz el truco, Mallory.

Dave Mallory sacó la pistola que llevaba en el bolsillo y la puso sobre la mesa. Langdom la tomó y vio cómo el mago movía sus manos y dibujaba olas en el aire. Un pase, dos pases, tres pases y –POP– apareció otra pistola. Ya iba a iniciar su rutina una vez más (y ahora sí pediría su aplauso), cuando Langdom lo apuntó con el arma y le disparó.

Dave se fue de culo con el hombro transformado en un aullido. Sólo después de contemplar su obra, Langdom habló.

—Si te encerramos, vamos a tener que hacer dos ridiculeces: aplaudirte para ver si de verdad dejas de aparecer pistolas…

—Porque armado, no te podemos encerrar en ninguna celda –interrumpió Taeger.

—…Y exprimirnos los sesos para escribir un informe creíble sobre lo que pasó en las habitaciones 304 y 332 de este hotel. Mira lo que vamos a hacer: en vez de aplausos, te vamos a dar una habitación y un sueldo para que trabajes con nosotros. A cambio, tú nos proporcionas todas las pistolas que necesitemos para lidiar con unos cuantos tipos que son más duros que Parker y Roth. ¿Qué me dices?

—Que están locos.

—Puede ser, pero observa que tú eres algo así como la gallina de las pistolas de oro y eso hay que aprovecharlo. –Langdom hizo una pausa y añadió–: Te estoy invitando a que trabajes con nosotros. Podemos hacer cosas extraordinarias, pero todo depende de ti. Si no aceptas, diremos que te dedicabas al contrabando de armas… Porque eso era lo que hacías: traías pistolas de la Tierra Mágica o de quién sabe dónde, y no las declarabas aquí… Ninguna de estas pistolas está registrada en este país… Ah y también le volaste la cabeza a un calvo…

Taeger chasqueó y dijo:

—Si no aceptas, Mallory, podríamos aislarte y ponernos serios contigo. No sé: amarrarte, embrutecernos, llamar a unos compañeritos que no saben tratar a la gente…

—No creas que esta invitación se nos acaba de ocurrir –rugió Langdom–. Los amigos de Parker y Roth no fueron los únicos que se dieron cuenta de que lo que lanzabas al río era algo más que basura. Nosotros tenemos ojos en todas partes y hemos llegado a la conclusión de que puedes ser más útil de lo que tú mismo crees. No podemos corroborar de dónde sacas tus cargamentos de pistolas, pero ¿qué quieres que hagamos, si no somos perfectos?

—Si aceptas, podemos decir que Manchas Parker fue quien disparó una de estas pistolas. Según tu historia, al menos en cuatro de ellas están sus huellas. ¿Qué te parece?

—No pongas esa cara. Como mago eres un fracaso. Si quieres un consejo, usa ese fracaso a tu favor. Aprovecha esta oportunidad y haz algo útil con tu vida. Si te quedas esperando los aplausos, te saldrán raíces. Mueve ese culo o atente a las consecuencias.

Dave pensó que debía hacer algo con su mediocridad. Tal vez no debía desaprovechar una oferta como esa porque muy probablemente nunca se repetiría. Quizás su futuro estaba ahí, en la repartición de armas a unos sujetos que querían imponer su versión de la ley, y no en la magia ni en los escenarios.

El mago hizo silencio. Por su cabeza sólo cruzaron los buenos momentos de su vida. Vio marquesinas, luces, aplausos, risas. Luego pensó que quizás pudiera salir de aquel atolladero haciendo lo que había hecho durante las últimas horas. Pero no. Tanto eso como pegarse un tiro, habría sido una exageración estúpida e innecesaria. El absurdo en que se había convertido su vida no tenía por qué seguir creciendo. Así que pensó en los aplausos que lo esperaban en el futuro (porque los aplausos siempre están más adelante), y se entregó a lo que viniera. Una pistola menos o una pistola más no harían la diferencia en un mundo estúpido en el que hay más balas que gente.

Por eso se puso a la orden de aquellos hombres con placas oscuras.

Por eso ahora se oyen más disparos en las calles. Y nadie hace preguntas.

 

Por Roberto Echeto

RESEÑA: La conspiración de los 12 golpes – Thays Peñalver

“Comandante” o “Supremo” fueron apodos que el único inmortal que se murió jamás se imaginó llevar cuando, siendo un joven militar, “fue despedido del batallón de comunicaciones, despedido de la cocina, de los blindados y de la dirección de personal de cuartel”; un joven que, incluso, pretendió abandonar la academia castrense en detrimento de la Ingeniería. El mito –que él mismo construyó en sus alocuciones en su programa, Aló Presidente– fue desmontado gracias a la precisión de un cirujano plástico y a la paciencia budista que tuvo Thays Peñalver, autora de La conspiración de los 12 golpes, para detectar el perfil de un hombre que tuvo una formación militar limitada, pero que fue maestro en la improvisación y el escapismo: “Si hay algo que no se podrá negar jamás es la extraordinaria habilidad de Hugo para convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas”. En el fondo, Thays Peñalver no sólo permite al lector descubrir un perfil oculto por la inmensa propaganda oficialista, sino también expone la ineficiencia y deslealtad del stablishment político de 1998, que no supo frenar a un candidato golpista que, sin realizar mayores esfuerzos de campaña, ganó votos gracias al juego sucio de sus contrincantes. La conspiración de los 12 golpes es un libro, también, de las Fuerzas Armadas, que históricamente han pretendido ostentar el poder en nuestro país cada vez que un civil se encuentra en la silla presidencial, pese a que a lo largo de la historia han sido el sector que, aun hoy, percibe un porcentaje alto en la repartición del presupuesto nacional. Su lectura –en tiempos de revolución, escasez y Socialismo del siglo XXI– forma parte de una perspectiva distinta a la que la cúpula pretende implantar, en la que la lealtad es mejor recompensada que el mérito y en dónde la ambición de poder castrense se exhibe como quien habla mostrando los dientes después de haber utilizado brakets. La conspiración de los 12 golpes es, en esencia, un libro que muestra las costuras de un país dizque preparado para un conflicto bélico, pero que apenas “estallar la Segunda Guerra Mundial tenía un crucero en dique seco”.

 

Por Juan Pablo Chourio |

Una trilogía que muerde

Uno se imagina a Héctor Torres pateando la ciudad, adentrándose en el Metro, como un Clark Kent que disfraza su visión de rayos X: esa capacidad de observar cada situación con la sensibilidad de los que entendieron que si el intelecto no está al servicio de los sentimientos y emociones resulta absolutamente inútil.

Autor de dos libros de cuentos (El amor en tres platos y El regalo de pandora) más una notable novela (La huella del bisonte), fue su primer libro catalogado de no ficción el que desató la popularidad con la que hoy cuenta Héctor, la misma que le ha abierto un importante espacio dentro de la literatura venezolana actual. Caracas muerde era una apuesta peligrosa: un título tan potente podía ser superior a la obra. No fue el caso: las historias que comprenden este bien cuidado volumen suenan con la prolijidad de esas canciones que hablan directo al corazón.

Mientras en ciertos ámbitos se empezó a ver a Héctor Torres como un caracólogo, él siempre reivindica que lo suyo en contar historias. Aunque el tono narrativo se perdió un poco en su siguiente publicación, la que él consideró una precuela a Caracas muerde. En Objetos no declarados, ese aire de voyeour que ve el mundo desde su esquina y lo digiere en silencio adquirió un tono un poco más discursivo. Trató de poner en palabras concretas esos elementos que caracterizan a los venezolanos y que hacen de su identidad algo inconfundible en el extranjero.

Y cuando creíamos que ya todo estaba cerrado, que viviríamos de consumir las sucesivas adaptaciones a Caracas muerde en los múltiples formatos en los que uno se lo pueda imaginar, que el siguiente paso sería la internacionalización, las traducciones o al menos que el libro siguiese encontrando lectores, apareció un nuevo volumen de historias con el que Héctor Torres y Punto Cero (su casa editorial) planean dar cierre a una trilogía que ha sabido hablar a su público.

La vida feroz llegó en uno de los momentos más álgidos de la crisis venezolana, y se ofreció como un compendio de historias de resiliencia, aunque la verdad es que quizá el elemento que une estos relatos de no ficción es la actitud de personajes que empiezan a la deriva y luchan, en una ciudad a veces cálida y con frecuencia hostil, por encontrar su lugar en el confuso caos que los rodea. Algunos, claro, con más éxito que otros.

Pese que ninguno de los últimos dos libros estuvo a la altura del primero, los tres son muestras del talento de uno de los narradores más sólidos que tiene hoy día Venezuela. En ellos se consolida una voz capaz de contar desde improbables historias de amor hasta hechos de una brutalidad ensordecedora, con la melodía de una balada pop que se ocupa de conmover a los lectores para que piensen el mundo desde el corazón.

La trilogía ha sido ponderada con adjetivos tan diversos, con testimonios tan extraños –desde los que afirman que se inundaron de pesadillas hasta lo que dicen que las historias los empujaron a vivir–, que el autor tuvo que concluir en una entrevista que cada quien ve en sus libros lo que lleva dentro de sí.

Si me preguntan (y yo sé que no lo están haciendo) la trilogía en total tiene un aire que se condensa en una frase y un epígrafe. En Caracas muerde se afirma que en esta ciudad, después de todo, se pudiera vivir como en cualquier otra si no fuese por el miedo. Y en La vida feroz, se cita a Will Smith en uno de sus momentos de mayor claridad: “Podrás ser más talentoso que yo, podrás ser más inteligente que yo, pero si los dos nos subimos a una cinta de correr, va a pasar una de dos cosas: o tú te bajas primero o yo me voy a morir”.

Solo con esa actitud se puede alzar la cara en una ciudad que es tan feroz, que muerde.

 

Por Mark Rhodes

Partida de Nacimiento

27 de febrero, día de triste recuerdo para Caracas, ciudad que en fecha como esta, hace 29 años, se vio azotada por una serie de eventos desafortunados, que no tuvieron respuesta oportuna. Ese día, 25 céntimos de alza en el precio de la gasolina y 6 bolívares en el costo del pasaje bastaron para que se abriera la caja de Pandora y los peores demonios del venezolano se desataran, dejando a su paso una estela de saqueos, destrucción y muerte. Fue uno de los días más oscuros de una ciudad que ha vivido unos cuantos, y cuyo recuerdo –imposible entender cómo hay quien pretende celebrarlo– queremos conjurar con versos. Con los de Jaimar Marcano y su poema Partida de Nacimiento, que resultó ganador del concurso Caracas Literaria, llevado a cabo por @1001IdeasVzla en el marco del Festival Caracas Joven, que tuvo lugar en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, y que convocó, entre otros, el talento literario de varios jóvenes caraqueños que convirtieron en poesía todo lo que sentían por Caracas. De entre los varios que concursaron, fue Marcano la ganadora, con un telúrico y apasionado poema de buena factura, impregnado de caraqueñidad en todos sus versos.

Partida de Nacimiento

Déjate de sinvergüenzuras

Sentados en la Av. Boyacá no me preguntes dónde queda la Cota Mil

Con mi cuello entre tu cuello no cuestiones si te quiero y cuánto

Muy tuya es esa osadía caraqueña

De preguntar como si uno no quiere

De responder como si uno no gusta

No te tomes atajos conmigo

En ésta ciudad los caminos verdes solo llevan a más dudas

Desde El Calvario puedo ver media Caracas

Desde tu hombro puedo verte con esa melancolía

Que se sube sin pagar y va y viene en el Recogeloco

Porque es además la única que compra multiabonos

Camina con ella y déjala sola

En esa bodega abierta mal llamada el centro

Donde la historia se compra en esquinas calientes

Pero la gloria sigue doliendo fría en los huesos

El centro de nada

Qué cosa puede ser el centro en una ciudad con curvas llenas de río ignorado

Y justamente eso me preocupa

Que pasemos tanto tiempo juntos que nuestros chorros se hagan oscuros

Y dedicarnos a aspirar solo los domingos subir hasta Los Venados

Que Manuel Cabré no se revuelque en su tumba esperemos

Porque alguien más agarró un pincel y comenzó a borrar a Caracas hace un momento

Pero no importa mijo

Que para eso estamos nosotros

O tú y yo, mejor dicho

Y así como todos saben que de Sabas Nieves pa’ arriba todo lo bueno se esconde

O que más allá de Tazón quizás está Zaratustra

Todos saben que te lanzo voraces miradas

Tan estruendosas como las alarmas que nadie apaga en la madrugada

O esos gatos que deciden amarse no importa nada

Muy orgullosa desde el 24 de Noviembre salivo efemérides

Y nuestro himno lo canto en nuestro patio o sea tu cama

Muy enamorada estoy de la patriótica causa de amarnos en Caracas

Ya podemos poner nuestra plaquita para que alguien la vea

Y por supuesto tampoco tenga claro de quién sea

Apareciste en un lugar más extraordinario que común

Lleno de historias que no estaban escritas por nosotros

Como todas estas calles que pisamos sin freno

Y ese rayado frente a los otros que según no vieron

Si tú supieras

Cónchale vale

Que estas palabras las clama alguien sin partida de nacimiento

Porque en la costa no sabemos nada de sellos

Ojalá no te moleste que haya venido para quedarme

Y mis macundales que incluyen a un chino o a Sartre

Heme aquí para suplicar solo una cosa

No nos dejes ser de alguien más

Que de esta bendita ciudad

No nos digas qué somos

Sé que no somos costillas, al menos

Porque se quiebran y se hacen polvo

Y yo no he visto al polvo salir feliz en Catia a las 11 de la noche

Seamos lo que somos

Somos Caracas en hora pico.

 

Poema escrito por Jaimar Marcano 

“El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”

Martí Perarnau cierra su segundo libro sobre Josep Guardiola (La metamorfosis) hablando sobre esa abstracción que juega un papel tan importante en el fútbol: el tiempo. Quizá porque hasta los escritores de no ficción viven de atender a sus demonios, el tema se aborda con la prolijidad del que escribe para curar su propia enfermedad.

Martí Perarnau, ex atleta olímpico, es un periodista que devino analista de fútbol para granjearse una carrera de prestigio en España. No obstante, como si el miedo a caducar lo golpease, un día decidió dejar la inmediatez para casarse con la trascendencia: luego de tener publicado Senda de campeones, una maravillosa radiografía a La Masia, anunció que se retiraba de los medios para dedicarse a los libros. Fue entonces cuando nos regaló su best seller internacional, Herr Pep: una obra que aborda desde la intimidad y la pasión por el juego de fútbol la primera temporada de Guardiola en el Bayern Múnich. El libro resultó disruptivo, tanto por lo difícil que es que un entrenador de ese nivel le dé tanto acceso a la vida cotidiana de un vestuario a un periodista o escritor, como por esa deliciosa mezcla con la que Martí saltó a analizar la metodología de Pep valiéndose de recursos literarios que hicieron que su obra se considerara, merecidamente, una pieza de literatura.

Pues bien, con Pep Guardiola. La metamorfosis, Perarnau cambió un poco su registro narrativo para generar una obra trangenérica que, nuevamente, se cocina desde la intención del autor de que se hable más del juego. Lo que, a la larga, es equivalente a decir que se hable más de filosofía y de la vida.

Por estos días, en los que despedimos el Mundial de Rusia 2018, un libro tan reflexivo cae como anillo al dedo. El fútbol, para que trascienda, debe salir de los noticieros y de las discusiones de bar para perpetuarse en ensayos y en la narrativa. En una época en la que vivimos sometidos por la hiperconectividad, en la que el éxito del fast food llena de ilusiones superfluas la mente de los adolescentes, Martí aprovecha la metodología de Guardiola para exponer cómo los triunfos se cuecen a fuego lento y con actitud de artesano. Pero, sobre todo, para dejar en claro que la urgencia que parece aplastar la vida diaria no es más que un invento de la industria periodística: esa que busca generar héroes y villanos en tiempo récord para mantener los índices de ventas.

Cuando la leyenda del ajedrez, Garri Kaspárov, le dijo a Guaridola: “El tiempo, Pep, tu enemigo es el tiempo”, probablemente se refería a que su némesis es él mismo y la tentación a sucumbir a la vorágine impuesta por otros.

Martí cierra su libro con esta concluyente idea: “Y ahora ha llegado el momento de que Guardiola se conceda a sí mismo todo el tiempo que necesita para ser lo que quiere ser”.

Eso dice Martí. Y bien podría estar hablando con cualquiera de nosotros.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

 

RESEÑA: Ensayo sobre la ceguera

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Bien es cierto que el escenario apocalíptico es un género harto repetido tanto en la literatura como en el séptimo arte; sin embargo, José Saramago (premio Nobel de Literatura en 1998) ahondó en el tema de una manera especial con un estilo único. Cuando una ceguera blanca como la leche se transformó en una epidemia incurable, la verdadera tragedia fue consecuencia de la convivencia en un mundo de ciegos, quienes estuvieron recluidos en un recinto que fungía de manicomio. En tiempos como los nuestros, en donde la crisis de Venezuela avanza exponencialmente, leer esta ‘masterpiece’ nos permite acercarnos al comportamiento humano en situaciones en las que la supervivencia pasa a hacer la única razón de vivir. La división, violencia e incomprensión pasan a hacer parte fundamental de la narrativa que emplea el autor portugués. La obra, publicada en 1995, muestra el lado animal y sumiso de las personas cuando padecen el hambre, por lo que para sobrevivir son capaces a doblegarse ante los grupos de poder de turno que basan su liderazgo en la violencia.

La ceguera también es utilizada para reflejar una sociedad incapaz de cuestionar las decisiones de los poderosos. La novela es una metáfora de una población autómata, sumisa e indefensa ante la adversidad. Los personajes en ‘Ensayo sobre la ceguera’ acatan órdenes sin preguntar el origen de las mismas. La subversión nunca llegó, pues los ciegos encontraron la libertad cuando la autoridad también sucumbió ante la epidemia.

“Los peores hijos de puta son los que no tienen aspecto de serlo”, es una de las lapidantes frases que nos dejó Saramago en su obra. El premio Nobel narra de una manera muy particular, con exceso de comas, una lectura que –según Pilar del Río, viuda del nobel–  debería leerse en voz alta.

 

Título: Ensayo sobre la ceguera 

Autor: José Saramago

Año: 1995

Páginas: 416

Calificación: 9/10

 

RESEÑA: Mortal y Rosa – Francisco Umbral

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desgarrador, inclasificable y precioso. Son esos tres los adjetivos con los que se puede calificar este libro. Desgarrador porque lo escribe un hombre roto de dolor, mientras ve morir de leucemia a su hijo pequeño. Inclasificable porque no es exactamente una novela, no tiene en rigor una trama, no es tampoco un diario en el sentido clásico –aunque es a lo que más se le acerca–: es literatura pura y libre, sin la camisa de fuerza de los géneros. Y precioso porque está escrito con un lenguaje elevado y cuidado, con una prosa bella y lírica, en ocasiones poética, plagada de frases e imágenes bellas. En pocas palabras: una obra de arte.

“Diario íntimo”. Esa era la expresión que le gustaba a Umbral para tratar de clasificar de alguna manera a ese inclasificable libro. Tiene de diario, sí, la estructura cronológica y fragmentada. Le faltarían las fechas y las narraciones. Porque no son exactamente hechos y sucesos –que los hay– los que llenan las páginas. Son, sobre todo, pensamientos, meditaciones, sentimientos. ¿Se puede hacer un diario con puro flujo de conciencia, compuesto por fragmentos de monólogos interiores? He allí lo experimental. Los párrafos son autónomos y muchos no guardan relación con los siguientes. Algunos van por tópicos o temas, otros por sentimientos y sensaciones con respecto a algo (la fiebre, el verano, el metro, la literatura, los domingos, los baños), y en su mayoría independientes; tanto, que se podrían leer aislados: son fragmentos desordenados de la mente y las entrañas de Umbral.

“Un llanto que mutó en poesía”. La frase –tomada de un blog literario– es quizás uno de los mejores resúmenes que se puede hacer de ‘Mortal y rosa’. Pero habría que completarlo agregando que fue una alegría que terminó en un llanto que mutó en poesía, aunque así pierda mucho (tanto) la frase. Porque no parece haber sido un libro concebido para contar una experiencia de dolor. De hecho, la enfermedad aparece ya muy páginas adentro. Da la impresión de que ella y la muerte llegaron de improvisto, se atravesaron en ese diario experimental que escribía Umbral, cuyo centro de vida era la feliz infancia de su primer y único hijo. Pero llegaron. Y lo mataron. Y como es lógico, también a él, que pluma en mano dejó testimonio impreso del dolor más profundo que puede experimentar un hombre: la muerte del hijo. Las últimas páginas duelen hasta el fondo. Son un puñal de letras que desgarra las entrañas.

Y luego, lo de la poesía. La riqueza literaria de este libro es descomunal. Las metáforas y las imágenes son preciosas. Las enumeraciones (recurso bastante usado por Umbral) son ingeniosas hasta el neologismo. Y es un ejemplo paradigmático de prosa poética, o versos prosaicos, o poesía en prosa o cómo quieran llamarlo. Algo que hay que leer despacio y disfrutar. Vuelvo al principio: una obra de arte.

Título: Mortal y rosa

Autor: Francisco Umbral

Año: 1975

Páginas: 189

Calificación: 10 /10

RESEÑA: “Mientras agonizo” – William Faulkner

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Mientras agonizo’ es el punto de equilibrio en el que el Faulkner más talentoso y experimental logra hacerse entender sin desmedro alguno de su genio. A diferencia de ‘El sonido y la furia’, obra maestra sin duda, pero difícil, intrincada y a veces incomprensible, ‘Mientras agonizo’ se entiende y disfruta más fácilmente, con todo y sus 15 narradores y un flujo de conciencia tan caudaloso como el Nilo en marzo.

La historia, en principio, es bastante simple: una familia, los Budren, sureña, rural, humilde y de palabra, como buena parte de las familias de Faulkner, debe hacer un largo viaje para cumplir con el último deseo de la madre, quien pidió ser enterrada en su condado de origen. A partir de ese argumento tan sencillo, el Nobel estadounidense escribe una señora novela tanto en la forma –técnica– como el fondo –lo narrado–.

La novela está dividida en 59 capítulos en los que 15 narradores se alternan para contarnos lo que pasa. Cada capítulo se corresponde con el monólogo interior de un personaje, cuyo nombre aparece al inicio. Por la estructura, precisamente, la novela se puede comparar a un rompecabezas en el que piezas aisladas y deformes terminan dando lugar a algo comprensible y con sentido. Es a medida que uno va leyendo –¿o sería mejor decir escuchando?– a cada personaje, que uno se va enterando quién es y quién y qué es lo que sucede. La tarea al principio resulta compleja, ya que todos hablan sin presentarse, solo con su nombre, y es a partir de lo que dicen que uno debe inferir de quién se trata y qué papel ocupa en la familia y la historia. Pero eso no es todo, ya que al tratarse de monólogos interiores, las visiones son todas subjetivas, y hay pensamientos, ideas y hasta opiniones sostenidas por los personajes, que no necesariamente se corresponden con la realidad y fácilmente pueden ser desmentidas en el capítulo siguiente por otro personaje. ¿Dónde está entonces la verdad de lo humano? Esa parece ser una de las preguntas que nos deja de regalito Faulkner.

Una vez entendido y aceptado que son esas las condiciones del juego que el autor nos propone –y ello no se lleva muchas páginas tampoco: el truco se le agarra fácil–, la lectura se disfruta enormemente, ya que poco a poco se van atando cabos, haciendo conexiones, descubriendo cosas y teniendo epifanías. Sí, es una novela ‘epifánica’, si se me permite, en la que constantemente a uno se le van revelando cosas que conectadas con otras de capítulos anteriores le van dando sentido a la historia. Una delicia de lectura.

Aunque el argumento es sencillo y todo transcurre en poco más de una semana, la fuerza de esta narración se encuentra en los personajes, sus mundos interiores y sus relaciones. Son Personajes con mayúscula. No todos fuertes, pero sí complejos. Graves en su mayoría. Familia, casi todos. Con sus secretos, culpas, heridas, rencores y demonios, que con la muerte de la madre se desatan. Todo un maestro Faulkner para retratar la condición humana con todas sus miserias, y sobre todo a ese hombre del sur tan particular.

Para quien busque literatura de verdad, para quien quiera leer una obra maestra, ‘Mientras agonizo’ es una opción infalible.

Mientras agonizo

Autor: William Faulkner

Páginas: 185

Fecha: 1930

Calificación: 10 / 10

El viaje a Chile que le costó el Nobel a Borges

I

Su nombre no puede faltar –ni falta– a la hora de hablar sobre las injusticias del Premio Nobel de Literatura. Fue uno de los grandes excluidos, de los proscritos de la Academia Sueca. Dudoso honor que comparte con Tolstoi, Nabokov, Joyce y otros tantos. En torno a por qué la Academia lo privó del máximo galardón a que puede aspirar cualquier hombre de letras, se tejieron siempre infinidad de teorías: que si una rencilla personal con Artur Lundkvist –poeta sueco, miembro de la academia, traductor de importantes latinoamericanos, artífice, cuenta la leyenda, del Nobel de Gabo–, que si más bien era política la rencilla, porque Lundkvist era izquierdista, que por el apoyo a Videla o las declaraciones a favor de Pinochet.

Esta última especie, en la que aparece el dictador chileno, ha sido durante años la que ha tenido más fuerza. “En 1976 estuvo a un paso de obtenerlo pero, al parecer, una inoportuna o premeditada acción de parte del mismo Borges, la aceptación de visitar el país de Augusto Pinochet, lo descalificó”. Lo dijo en una entrevista el año pasado el escritor y músico chileno Jorge Arallena, en algún momento íntimo de Borges.

En ese año, 1976, un rumor corría como pólvora en los mentideros literarios: un Nobel compartido por dos hispanohablantes. “Aleixandre y Borges, podrían compartir el Nobel de Literatura”, publicaba en octubre El País. Que ya todo estaba decido, que las papeletas estaban listas. Y en el 77 la especie se confirmó a medias: Alexaindre lo ganó y Borges, sorpresivamente, quedó fuera.

¿Por qué?

II

15 de septiembre de 1976. 6:00 PM. Jorge Luís Borges aterriza en el Aeropuerto Pudahuel –hoy Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benitez– de Santiago de Chile. Lo recibe Ricardo Alegría, vicerrector de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile, cuya Facultad de Filosofía y Letras le ha concedido un Doctorado Honoris Causa, que el escritor recibirá seis días después.

El país se encuentra sumido desde 1973 en una dictadura militar encabezada por el general Augusto Pinochet. Sombrías acusaciones de violaciones a los Derechos Humanos se ciernen sobre el régimen, que tiene muy mala prensa en el continente y en el mundo. El repudio es –casi– unánime. Pocos se atreven a defenderlo, pero Borges lo hace.

“Los he defendido por razones emocionales ante todo y porque soy enemigo del comunismo. Creo que eso no es ningún misterio. No lo he podido ocultar. Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud”, dice tres días después de su llegada, el 18 de septiembre, en una rueda de prensa en el Hotel Sheraton San Cristóbal, de Santiago.

El 21 de septiembre recibe de manos del rector delegado de la Universidad de Chile, Agustín Toro, el doctorado Honoris Causa. En su discurso, vuelve a dejar en evidencia su simpatía por el régimen de Pinochet: “Hay un hecho que debe conformarnos a todos, a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita, Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga, creo, con felicidad. Creo que mereceremos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo, por obra de las espadas, precisamente. Y aquí ya han emergido de esa ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”.

Al día siguiente, 22 de septiembre, para que no queden dudas, Borges se deja ver en el Edificio Diego Portales, que luego del bombardeo al Palacio de La Moneda quedó convertido en la sede del Poder Ejecutivo y Legislativo de la Junta Militar. Todo un símbolo. Allí se reúne con el dictador a las 10 de la mañana. El encuentro dura poco más de una hora. Lo que se dijo o se dejó de decir sólo lo saben ellos. Una foto, en la que un Pinochet de civil estrecha la mano de un Borges de traje y chaqueta oscura, es lo único que quedó de la reunión. Eso, y unas alabanciosas declaraciones del escritor, que a la 1 de la tarde abandonaría el país:

“Yo soy una persona muy tímida, pero él (Pinochet) se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad… Estoy muy satisfecho… El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado”.

III

27 de julio de 2015. María Kodama, viuda de Borges, ofrece una entrevista a El País de Madrid. En ella entrega la pieza que le falta al rompecabezas, la que le da verosimilitud a la versión según la cual ese viaje fue su condena sueca: en vísperas de partir a Santiago, el escritor recibió una llamada de Estocolmo en la que le sugerían -¿o acaso exigían?- que no fuera a Chile a recibir el Doctorado Honoris Causa.

“[Cuando] iba a ir a recoger el doctorado honoris causa en la Universidad de Chile, aún con Pinochet, en 1976, lo llamaron por teléfono desde Estocolmo. Yo muy contenta le digo que no nos hagamos ilusiones y que atendiera la llamada. Yo siempre me iba para que él estuviera en la intimidad con la persona que llamaba, pero me retiene. Por sus respuestas me doy cuenta de lo que le decían y aunque deduje todo después me lo contó. Pero acabó diciendo: ‘Mire, señor: yo le agradezco su amabilidad, pero después de lo que usted acaba de decirme mi deber es ir a Chile. Hay dos cosas que un hombre no puede permitir: sobornar o dejarse sobornar. Muchas gracias, buenos días’. Fue genial, yo lo adoré más que nunca. ¿Quién por sus ideas soporta algo tan tentador? Más allá o por encima de lo que podía ser su interés literario estaba la ética, no dejarse sobornar”

Fin de la historia. Se terminó -por fin- el misterio.

RESEÑA: El lobo estepario – Hermann Hesse

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

91 años han transcurrido de su publicación y aun hoy ‘El lobo estepario’ sigue gozando de buena salud. Leído en el 2018, todavía es capaz de causar profundas impresiones en el lector, tal y como lo llegó a hacer en su momento y ha venido haciéndolo a lo largo del tiempo. Se trata de una novela psicológico-filosófica protagonizada por un hombre bien particular, llamado Harry Haller y mejor conocido como el ‘Lobo Estepario’

A Harry lo conocemos primeramente por el relato de un tercero: el sobrino de una mujer a la que a él le alquila un cuarto. Es este hombre quien se encarga de presentárnoslo, y lo hace con todos los elementos necesarios para intrigar y despertar el interés en tan singular personaje, al que describe como un hombre muy particular, huraño, extraño, que le causa una impresión profunda. Esta primera parte está escrita muy a la usanza de las novelas de misterio y cumple muy bien su cometido ya que al terminarla el lector no quiere otra cosa sino saber más de Harry.

Viene, entonces, la segunda parte: el diario del lobo estepario, un manuscrito (“Anotaciones de Harry Haller”) encontrado en su cuarto, redactado en primera persona, en el que Haller anota sus vivencias y pensamientos. Este manuscrito se encuentra interrumpido en una parte por el ‘Tractac del lobo estepario’, una especie de tratado psicológico/filosófico, que a Harry le entrega un desconocido en la calle, en el que se describen los rasgos definitorios de la personalidad y los pensamientos del lobo estepario. Después de él, sigue nuevamente (y así seguirá hasta el final) el diario de Harry. No es, pues, en cuanto a estructura, un libro complejo o difícil. Nada que ver. La complejidad (y grandeza) de este libro está  en su protagonista, en Harry.

¿Y quién es y cómo es Harry Haller, el lobo estepario? Hablamos, en principio, de un hombre cincuentón, huraño, un tanto misterioso, poco dado a las relaciones sociales, quien, no obstante, a veces tiene ciertas salidas de tono: se conmueve con cosas comunes o es capaz de sostener alguna conversación agradable. Así nos lo presenta el sobrino. Luego, por sus anotaciones comenzamos a saber que se trata de un hombre en quien dos naturalezas luchan encarnizadamente: una, que podríamos llamar humana o burguesa, que lo lleva a estar conforme con sus semejantes, con su gente, con su siglo; y otra, la del lobo estepario, que lo empuja a lo contrario: a rechazar a la sociedad, sus convenciones, a mirar todo con desconfianza y desprecio, y a sentirse tremendamente inconforme con todo.

En su personalidad de lobo estepario, que es la que en él predomina, Harry termina siendo presa de fuertes estados pesimistas que lo llevan no sólo a aislarse sino también a pensar en el suicidio. Y en el suicidio se encuentra pensando, precisamente, cuando en su camino se cruza Armanda, una prostituta que cambia radicalmente su modo de pensar y de vivir, porque resulta ser la única persona que (improbablemente) lo entiende. Y no sólo eso:  no es nada más que lo comprende, sino que también le enseña a vivir. De algún modo, lo redime y reinserta en la sociedad, no haciéndolo claudicar de sus principios y de sus críticas, sino más bien enseñándole que sí, que precisamente porque tiene razón, porque la sociedad no vale nada, es que no debe tomársela en serio sino todo lo contrario: debe, más bien, aprovecharse de ella, usarla, burlarse, disfrutarla.

Hay en este libro, sin embargo, mucho (muchísimo) más. Y ese más son los agudos pensamientos y reflexiones que Hesse va soltando en boca de sus personajes. Son ideas brillantes condensadas en frases geniales que llevan al lector a detenerse, respirar, releer, respirar y pensar un rato. Que se sienten a veces como una iluminación celestial; otras, como una patada en el estómago. Es un libro para leer (y releer) despacio, so pena de perderse alguna de esas duras y brillantes ideas. Un libro que ha envejecido bien, que merece estar en la categoría de los clásicos y cuyo protagonista, Harry Haller, bien tiene el derecho de ser recordado con nombre y apellidos propios.

El lobo estepario

Autor: Hermann Hesse

Fecha: 1927

Páginas: 248

Calificación: 10/10