Laura no está, un tema noventoso, egoísta y popular

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Que Laura no está, que Laura se fue es una de las pocas certezas que tenemos los que crecimos en los 90’s. Una verdad musical y generacional que está grabada en nuestra memoria, y que nos enseñó un italianito llamado Filippo Neviani, al que todos conocimos por Nek, y del que, a pesar de seguir activo (en octubre  de 2016 sacó otro disco, el número 13 de su carrera), más nunca hemos vuelto a saber.

Es un tema de despecho y de desprecio. De un hombre al que abandonan, que sigue enamorado de la mujer que lo dejó, pero que no pierde la oportunidad de estar con otra. Hasta aquí todo (o casi todo) normal. Un clavo saca a otro, ya se sabe. Sólo que quien canta no tiene la intención de sacarse a Laura, sólo pasarla bien un rato y ya. Y así lo hace saber, se lo hace saber, a esa mujer. Es honesto, sí, como el que más, pero con una honestidad que se acerca al descaro, raya en el cinismo y deja ver en el fondo un cierto desprecio por ese otro clavo al que constantemente le echa en cara que no vale la mitad de lo que Laura.

Laura no está, Laura se fue
Laura se escapa de mi vida 

¿Qué tuvieron esas primeras líneas para hacernos reaccionar como el perro de Pavlov y saltar a decir un “Laura (o fulanito) se fue” nomás escuchar que Laura (o fulanito) no están? Misterios del modo de ser de los mortales, que diría el Pascual Duarte de Cela. Pero lo cierto es que esa primera frase, sin ser brillante, siendo más bien sencilla y simple, quedó convertida en una de antología, casi célebre.

y tú que sí estas, preguntas por qué
la amo a pesar de las heridas.

Aquí ya vamos empezando a divisar los primeros vestigios de conflicto. Hay cuentas claras, sí: ella sabe de Laura, sabe que existió, que lo hirió y, peor aún, que la ama. Que todavía la ama. Y, claro, inquiere, fastidia. Serán unas preguntas amargas: ¿por qué la amas? Ella te hizo daño, te causó heridas, ¿por qué la amas?, ¿por qué no a mí que estoy aquí?

Lo ocupa todo su recuerdo
no consigo olvidar
el peso de su cuerpo.

Él se reafirma en lo mismo. Laura está presente, omnipresente, lo ocupa todo. Curioso que lo inolvidable sea precisamente el peso de su cuerpo. Esto, comparando mujeres, podría ser una alusión indirecta (y corrosiva) a otra cosa.

Laura no está, eso lo sé
y no la encontrare en tu piel
es enfermizo, sabes que no quisiera
besarte a ti pensando en ella.

La primera línea pareciera ser la respuesta a uno de esos reproches incómodos. Como si ella le estuviera machacando constantemente que “Laura no está”, y él, harto, le dijera: “eso lo sé”, pero luego se desquita, le clava la daga: “y no la encontraré en tu piel”. Duro, ¿no? “Es enfermizo, no quisiera”, dice apaciguado, como excusándose, para luego volver con otro puñal: cuando te beso pienso es en ella. Sorry, darling.

Esta noche inventare una tregua
ya no quiero pensar más
contigo olvidare su ausencia.

Se inventará una tregua. ¿Por qué? Porque no quiere pensar más. No por ella, por él: está cansado, pobrecito. “Contigo olvidaré su ausencia”: una línea utilitaria, ‘te voy a usar para’. Y no para ser feliz, construir un mundo juntos o una cursilería así. No. Nada de eso: para olvidarla a ella.

Y si te como a besos, tal vez
la noche sea más corta, no lo sé
yo solo no me basto, quédate
y lléname su espacio, quédate.

Es es el primer coro. Una suposición: si te como a besos la noche sea más corta. Nuevamente el fin utilitario: te voy a usar para que esa noche insoportable que paso recordándola a ella se haga más corta, pase más rápido. Para ver si. Porque tampoco tengo la certeza. “Yo solo no me basto”, ojo: no es quiero estar contigo, es que me fastidio solo y quiero llenar su espacio con alguien, por eso te pido que te quedes.

Laura se fue, no dijo adiós
dejando rota mi pasión,
Laura quizá ya me olvido
y otro rozo su corazón.

 

Y yo solo sé decir su nombre
no recuerdo ni siquiera el mío
quien me abrigara este frio.

Nuevamente volvemos a Laura, esa obsesión. Se fue sin despedirse, lo dejó roto. Él cavila en voz alta: quizás lo olvidó, quizás tiene otro. Y él obsesionado: sólo sabe decir su nombre, no recuerda ni siquiera el suyo. Y como corderito desamparado, se hace la pregunta: “¿quién me abrigará este frío?”. Nuevamente el yo como centro de todo.

Puede ser difícil para ti
pero no puedo olvidarla.
Creo que es lógico: por más que yo
intente escaparme… ella esta.

Después de otro coro viene esta estrofa, entre honesta, comprensiva y lúcida. Le concede que no debe ser fácil para ella, pero le dice la verdad (no puede olvidarla), y sigue mostrando lo obsesionado que se encuentra: “por más que intente escaparme, ella está”. Tenemos un problema, Houston.

Unas horas jugare a quererte
pero cuando vuelva a amanecer
me perderás para siempre.

Esta es, quizás, la estrofa más dura de la canción. “Jugaré a quererte”: mi cariño es un juego, algo lúdico, de mentira, y va a durar lo que dure la noche, porque cuando amanezca de nuevo ya no voy a estar, “me perderás para siempre”. Es honesto, sí, por lo menos, ¿pero eso se le dice a alguien? ¿No hay allí, en el fondo, un poco de desprecio? ¿No es demasiado cínico?

Y si te como a besos sabrás
lo mucho que me duele este dolor
no encontrare en tu abrazo el sabor
de los sueños que Laura me robo.

En el tema, esta estrofa se canta con todo. Arranca como el coro, pero cambia inmediatamente. Ya no hay una suposición (tal vez), sino una certeza: sabrás. ¿Qué? “Lo mucho que me duele este dolor”. Una redundancia, una mala traducción quizás, una perogrullada que raya en la tontería, porque claro que los dolores duelen. Ella le da paso a la más incoherente de las líneas: “no encontraré en tu abrazo el sabor de los sueños que Laura me robó”. Y evidentemente: los abrazos no saben y menos los sueños, encontrar eso en un abrazo es imposible. ¿Quién permitió que eso se cantara así? ¿Quién dejó pasar por alto esa gran incoherencia? ¿Cómo esto se pudo cantar sin que nadie levantara la ceja al llegar a este punto? ¿Qué mal traductor -el tema original es en italiano- tuvo este descuido, hizo esta maldad?

Si me enredo en tu cuerpo sabrás
que solo Laura es dueña de mi amor
no encontrare en tu abrazo el sabor
de los besos que Laura me robo, me robo.

Otra primera línea demoledora, seguida de otra incoherencia. “Si me enredo en tu cuerpo, sabrás que solo Laura es dueña de mi amor”: o sea, ni sueñes, querida. Laura y sólo Laura, más ninguna. Ni tú. “No encontraré en tu abrazo el sabor” (¡qué empeño en buscar sabores en los abrazos!) “de los besos que Laura me robó, me robó”. Aunque al menos hay una coherencia entre besos y sabores, por lo menos, es un cierre de regular a malo, con el que termina un tema que sonó y se cantó mucho, pero a cuya letra poco caso le hicieron.

Los caminos de la vida o el vallenato universal

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Seis de la tarde de un día de semana cualquiera en Chacaíto. En una de las cervecerías con terraza que está frente a Beco suena a todo volumen un vallenato. Nada que no se haya escuchado antes (y con frecuencia) por allá. Pero hay un hecho singular que altera la cotidianidad de la escena: que todos los que pasan frente al local cantan. Todos.El que más y el que menos. De quien uno se lo espera y de quien no. Lo cantan. Se lo saben. Se lamentan. Y ya por eso, porque es un tema capaz de superar las barreras del recelo y la aversión que suele generar el vallenato, género finalmente extranjero, y de llevar a la gente, en esa Calcuta caraqueña que es Chacaíto, a cantar, merece una nota.

¿Cuál es ese tema?

¡Los caminos de la vida!

No hay dato que lo sustente, pero cuenta la leyenda –publicada en el semanario ‘La Calle’ y replicada luego por infinidad de páginas webs– que se trata de “la canción netamente vallenata más conocida en el mundo entero (…) después de ‘La gota fría’, de Carlos Vives”. No hay dato que lo refrende, pero podría ser verdad y para muestra el botón de ese coro espontáneo de Chacaíto. Y lo más curioso es que, salvo para los más entendidos en vallenato, el nombre de su autor bien podría no decirle nada al común de los mortales: Omar Geles. No Diomedes Díaz, no Rafael Orozco, no Jorge Celedón, no Carlos Vives o cualquiera de los pocos vallenateros con los que uno pudiera sobrevivir en una sesión de cultura chupística. No: Omar Geles, que, para que se sepa, es algo así como un Midas de los discos de oro, un hombre cuyo nombre que se ha convertido en condición ‘sine qua non’ para cualquier vallenatero que quiera tener éxito, casi un Estefan del género, como lo definió ‘El Tiempo’ de Bogotá.

Compuesta en 1992 y grabada en 1993, ‘Los caminos de la vida’ fue escrita en un cuaderno de hojas amarillas como producto de una experiencia amarga: el abandono del padre de Geles y el sacrificio de su madre para salir adelante con dos niños. “Es producto de mi  vivencia en la niñez, cuando tuvimos que afrontar muchas dificultades y necesidades luego de que mi padre nos abandonara”, contó él una vez. Pero ello no basta para explicar su éxito y su pegada, al menos no del todo, por más que sea la nuestra una tierra de padres ausentes, madres solteras e hijos abandonados

¿Qué tiene entonces el tema, qué tiene esa letra, para conectar con la gente? ¿Dónde está la clave del éxito?

Probablemente, en ese desencanto existencial, experiencia común a todos los mortales, con el que arranca y que luego repite constantemente:

“Los caminos de la vida / no son como yo pensaba / como los imaginaba / no son como yo creía”.

“Los caminos de la vida / son muy difícil de andarlos / difícil de caminarlos / yo no encuentro la salida”

Suena cándido y si nos apuramos tonto, una cosa de Perogrullo, a la que se le podría responder con un antipático ‘¿y qué pensabas?’, pero que, por el contrario, no deja de ser algo por lo que todos solemos pasar repetidamente a lo largo de la existencia: pérdida de ilusión, desencanto con el mundo, decepción vital, no saber qué hacer. Es seguramente la más común de las experiencias: que nada es como se espera. Y cantada en clave de vallenato, género que se presta para el lamento triste y sentido, suena poderoso. Allí está la receta:

Experiencia triste común a todos los mortales +

género que se preste.

Y no importará la época, llegará al corazón de todos.

Sin embargo, la canción es más que el coro, y en aquellas estrofas que siguen está la historia tan latinoamericana de la madre abandonada y echada pa’lante que cría a los hijos con esfuerzo, y el agradecimiento de esos hijos que ahora quieren retribuirle todo que hizo, lo cual también es (sea por el abandono o por las ganas de honrar a sus mayores que tiene casi todo hijo) una experiencia y un deseo bastante común.

Pero…los caminos de la vida: a pesar de todo el esfuerzo que hizo, la señora, que ya está mayor, la pasa mal, sufre, y los hijos no tienen cómo ayudarla. Esa esa difícil situación la que motiva su lamento. Es lo que lo lleva a sentarse y decir que no, que los caminos de la vida no son cómo él esperaba, que no recompensan el esfuerzo, que no retribuyen las buenas obras. Es un hombre que sufre (“yo sufro mucho madrecita al verte / necesitada y no te puedo dar”), está de manos atadas (“a veces lloro al sentirme impotente / son tantas cosas que te quiero dar”), en una encrucijada que no halla cómo resolver (“yo no encuentro la salida”), pero contra la que promete combatir con todo (“voy a luchar incansablemente”) para librar a su madre (“que de ella se aparte todo el tormento”), ya queella“no merece sufrir más”.

Y como siempre sucede ante una situación así, a la cabeza lo que le viene es todo malo y horrible:

Y por ella no me quiero morir
Tampoco que se me muera mi vieja
Pero qué va si el destino es así
(…)

Un amigo me decía
Recompensaré a mis viejos
Por la crianza que me dieron
Y no le alcanzó la vida

¿A qué viene plantearse allí la posibilidad de su propia muerte, él, que por lo que se entiende es joven, y de recordar a aquel amigo al que se le murieron los padres antes de poder recompensarlos? ¡A que es humano! No son líneas magistrales pero sí muy reveladoras, simpáticamente reveladora, si el adverbio en semejante tragedia, de cómo funcionamos los humanos ante situaciones que nos sobrepasan: pensando lo peor y, claro, con más o menos fe, rezando:

Por eso te pido a ti, mi Dios del cielo
Para que me guíes al camino correcto
Para mi viejita linda compensar

¿Podrá? ¿No podrá? ¡Quién sabe! ‘Los caminos de la vida…’.

 

‘Robando azules’ o aquellos ojos que conquistaron a Yordano

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Caer rendido ante unos ojos. Sucumbir a una mirada. Que dos pupilas paren el mundo. Todos lo hemos experimentado alguna vez. Todos hemos sido víctimas del hechizo. Pero nadie lo ha cantado como Yordano, que es, definitivamente, uno de los más grandes compositores que ha tenido nunca Venezuela. Y aunque letras sobran para demostrarlo, baste la de hoy para reforzar esa verdad: se llama “Robando azules”, fue el tercer sencillo de ‘Finales de siglo’ (1990), su quinto álbum de estudio, durante 5 meses sonó a las 9 de la noche en RCTV como tema de la telenovela ‘Caribe’ y es una auténtica joya. ¿Por qué? Porque sin caer en clichés y lugares comunes, sin repetir los tópicos de siempre, adjetivando de una manera notable, cuenta de modo sublime la experiencia del arrobamiento por una mirada.

“Vida hay una sola y yo / yo quiero perderla / en la insostenible brevedad de su mirada”. Es un comienzo de entregado, de rendido. Desde la primera línea entramos en el hechizo de esos ojos, dignos del sacrificio de una vida entera, esa que solo hay una y que no se repite. Es notable el hecho de que Yordano prescinda del relato: no es un tema narrativo –en el sentido de contar una historia– sino descriptivo: de una emoción, de un de un sentimiento, de la conmoción y el estremecimiento provocado por una mirada.

“El lugar común que hay / en las historias de amantes / yo lo vi en la inaguantable calidad de su mirada”. Una línea que vale oro, quizás la mejor del tema. “El lugar común que hay / en las historias de amantes”. Es una frase preciosa, que remite a un espacio sentimental feliz: complicidad, atracción, encanto. Las mariposas en el estómago que te genera la otra persona y, sobre todo, esa fortuna tremenda, esa alegría inconmensurable que se siente al ser correspondido por ella. Ese es el lugar común que hay en las historias de amantes, el que durante siglos, durante la historia entera, ha unido a dos personas. Lo que ha hecho felices y plenos a hombres y mujeres de todos los tiempos. Y, qué dicha, él lo vio en esos ojos.

Tras esa primera estrofa viene el coro: “Cuando ella va / por ahí / robando azules / de corazones / Destrozados / maltratados / abandonados / embrujados”. Nuevamente no hay mucho que contar, sino que sentir: va por la calle enamorando gente que está en situaciones mejorables. Allí aparece la enigmática expresión que le da título al tema: robando azules. Durante muchísimo tiempo el robar azules fue objeto de mil y un interpretaciones, cada una más disparatada que otra, hasta que recientemente el mismo Yordano develó el misterio en un twitt: “Me han preguntado qué significa Robando Azules: es para la mujer que amo, que cuando sale a la calle y camina se roba el azul del cielo”. Quedémonos, pues, con la explicación más que con la dedicatoria: esa mujer cuya mirada eclipsa el cielo de los corazones “destrozados, maltratados, abandonados, embrujados”.

Le sigue la segunda y última estrofa: “Y si yo alguna vez / yo tengo la suerte de llegar / a la inalcanzable soledad de su mirada / Yo podré decir que hoy /hoy comienza mi historia / en la imposible lucidez de su mirada…”. Es la expresión de un anhelo: llegar a ella. ¿Y si llegas qué, Yordano? “Yo podré decir que hoy comienza mi historia”. Vaya. Otra línea absoluta. Si en la primera estrofa era capaz de sacrificar toda la vida, aquí dice que tan definitiva sería la experiencia de tenerla, de llegar a alcanzarla, que marcaría un nuevo comienzo, un antes y un después. Otra vez: una línea de entregado.

Ahora bien, no estaría completo este texto sin una mención a la forma tan particular que tiene Yordano de adjetivar la mirada, lo que hace con un virtuosismo tal que roza con la auténtica poesía:

la insostenible brevedad de su mirada

la inaguantable calidad de su mirada

la inalcanzable soledad de su mirada

la imposible lucidez de su mirada

Son cuatro construcciones preciosas, similares en estructura. Todas de una calidad que se hace difícil encontrar en un tema musical, y a las que cualquier explicación no haría otra cosa que dañar. No está demás, sin embargo, buscar las correspondencias, para entenderlas en plenitud

“La insostenible brevedad de su mirada” es para perderse en ella.

“La inaguantable calidad de su mirada” es donde vio el lugar común que hay en las historias de amantes.

“La inalcanzable soledad de su mirada” es adonde quiere llegar.

“La imposible lucidez de su mirada” es para comenzar la nueva vida.

¿Explicar cada una? Sería dañarlas, repito. Hay, sencillamente, que sentirlas, saborearlas, deleitarse con ellas y disfrutar la melodía.

Quién hubiera visto esos ojos, Yordano, que te impulsaron a escribir este temazo.

 

“Jardín prohibido”: la salsa del perfecto infiel latinoamericano

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De las salsas de camionetica, esta es una que no falta en ninguna ruta interurbana de Caracas. Un clásico, si se quiere. De Puente Baloa a Casalta, esta melodía ha cruzado la capital y ha sido fondo musical de innumerables sueños, atracos, peleas por el vuelto, choques y colas. Y ha sido –no es descartable– parte de la educación sentimental del peatonado capitalino, que ha tenido en su coro, que es lo que todos se saben y en momentos apasionados gritan, la excusa perfecta para la infidelidad más inexcusable: “La vida es así, no la he inventado yo”.

Aunque ‘YouTube’ y medio internet digan que la canta Eddie Santiago, su intérprete es Alex Bueno, que, como buen dominicano, es más merenguero que salsero, pero que en su primer LP como solista –luego de haber sacado discos con Fernando Villalona, Andrés de Jesús y Sergio Vargas–decidió meter, en medio de un montón de merengues (alguno muy notable como ‘Noches de fantasía’), y como sexto tema, una salsa, ‘Jardín prohibido’, que terminó por convertirse en un auténtico fenómeno a inicio de los 90’s y en uno de los temas más representativos de eso que algunos llaman salsa erótica o sensual.

No fue una apuesta muy original tampoco, sino la primera adaptación a la salsa de un tema que ya tenía una exitosa trayectoria, cuya génesis se ubica en la Italia de mediado de los setenta. ‘Ilgiardinoproibito’ era su título y lo cantaba Sandro Giacobbe. Se trataba de una balada muy de la época, que en su versión italiana fue censurada pero en la española llegó a ser número uno de ventas. En 1981, Vickiana, una cantante dominicana de fugaz trayectoria, la cantó con éxito en versión balada, pero desde la perspectiva de una mujer. Hasta que en los 90’s Alex Bueno la grabó en salsa –con coros de Juan Luis Guerra y su 440 en la versión original–, y la magia se hizo.

¿Por qué?

Quizás porque fue un tema que nación para la salsa, género que realza el desparpajo y el descaro de la letra, y le quita el tono dramático y afectado que tiene en sus versiones de balada.

¿Y de qué va la letra?

De la confesión y justificación de una infidelidad con la mejor amiga. Pero como todo en la música, no es lo que se cuenta sino como se cuenta.

La canción arranca con la confesión, que tiene lugar en una tarde melancólica. “Tengo que decirte que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos”. Ese tono cursilón, como de novelita rosa, exagerado y grotesco, puede que hasta ridículo, será la norma las dos primeras estrofas. “Sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias”, le dice, para dejar claro que era ella la que lo buscaba. “Su cuerpo me rogaba que le diera vida”, insiste, en un arranque de cursilería que tiene su apogeo en lo que viene después: “Comí del fruto prohibido / dejando el vestido / colgado de nuestra consciencia”.Una manera afectada y eufemística de decir que se acostó con ella. Y curiosamente, luego de admitir la inconsciencia del acto, sale con una racionalización del mismo: “mi cuerpo fue gozo durante un minuto / mi mente lloraba tu ausencia”. Tuve placer, pero estaba triste. El cuerpo la pasaba bien, pero mi mente (¿por qué no el corazón?) mal. A lo que le sigue la promesa de arrepentimiento, que se repite por dos: “no lo volveré a hacer más”.

Y entonces llega el coro, que en el tema tiene una fuerza tremenda, tanto musical como narrativa: “Pues mi alma volaba a tu lado / y mis ojos decían cansados / que eras tú / que eras tú / que siempre serás tú”. Lo que aquí se cuenta es casi una experiencia metafísica: mientras el cuerpo fornicaba con su amiga el alma se iba con su mujer, y los ojos, que en vez de deleitarse se le habían cansado (¿?), no cesaban de indicarle una cosa lapidaria: “que siempre serás tú”. Es una frase tremenda, con un carácter total, perpetuo, que viene dado por la combinación del adverbio siempre + el verbo en futuro. Y entonces, luego de hacer ese descubrimiento definitivo, viene una petición de perdón (“lo siento mucho”) seguida de la más humana (él que se había puesto tan metafísico) de las justificaciones: “la vida es así, no la he inventado yo”. Así, sin más. Todo fue horrible, lo que hice estuvo malísimo, tú eres la que flinchy, pero estas son las reglas y no las puse yo.

Cosa que termina siendo reforzada por la segunda parte del coro: “Siempre que me ha mirado a los ojos / y cogido por manos / yo me he dejado llevar por mi cuerpo / y me he comportado como un ser humano”. Así funciona todo. Así funciono yo. Eso parece decir (aparte de confesar que ha habido más veces, pequeño detalle). Unos ojitos que me miran, unas manos que me agarran, el cuerpo que me llama, y yo, que actúo en consonancia porque soy un ser humano, ni más ni menos. “Lo siento mucho / la vida es así / no la he inventado yo”, vuelve a sonar inmediatamente y entonces se entiende todo: no siente lo que pasó, sino que la vida sea así. No es tanto una petición de disculpa como una declaración (descarada) de la fragilidad de la condición humana, ante la que (también descaradamente) él se rinde.

Y entonces, ¿se arrepiente o no?, ¿va a cambiar o no?

Que hable uno de los latiguillos finales del tema:

“Ya lo ves / no es que yo quiera / eso son cosas que le pasan a cualquiera”.

Y allí, sí, termina de cuadrarse el círculo del desparpajo: el arquetípico macho latinoamericano de la única esposa (“siempre serás tú”) y las varias mujeres (“siempre que me ha mirado a los ojos…yo me he dejado llevado por mi cuerpo”), ese que hacía a las señoras de antes (y seguramente a las de ahora) consolarse pensando que si sus hombres se acostaban con muchas, al final de la noche sólo dormían con una. Y aquí, en versión salsa, ese hombre cuenta y canta. “Lo siento mucho. La vida es así, no la he inventado yo”.

Fito Páez – Mariposa Tecnicolor

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Este es un clásico de clásicos: una canción que forma parte de la banda sonora de la Latinoamérica de los noventa, que en su momento sonó –y aún sigue sonando– bastante, que se ha cantado mucho y se ha interpretado todavía más; y se entiende: la letra da para ello, tiene un toque de ambigüedad y a la vez apela a algo muy humano que además suele funcionar muy bien en la música: la nostalgia. De hecho, así la definió el propio Fito, quien ha hablado con relativa frecuencia de ella: una miscelánea nostálgica.

“Se trata de recordar algunas sensaciones del pasado (…) cuenta un poco como funciona a grandes rasgos mi familia (…) entenderla ya no desde el adolescente que se quería ir de la casa, sino desde el cariño de la sangre. Desde allí. Y creo que está bien contada y es emocionante”, dijo el cantautor argentino en alguna entrevista.

De modo que tenemos un tema que le canta al pasado, o, mejor dicho, que canta –y cuenta– el pasado, lo hace con cariño y además en forma de miscelánea de imágenes y sentimientos que se remontan a la infancia y juventud de Fito.

“Todas las mañanas que viví / Todas las calles donde me escondí / El encantamiento de un amor / El sacrificio de mis madres / Los zapatos de charol”

Así arranca la canción. La primera imagen es la de las mañanas, el tiempo por excelencia de la niñez y de la vejez –los viejos y los niños, a saber por qué, siempre se despiertan temprano–; es un tiempo lleno de futuro –el inicio del día–, que además puede servir de metáfora de los primeros años, ya que son éstos la mañana de la vida. Le siguen luego las calles, esas en las que se esconde, y que bien pueden ser una remembranza de un popular juego callejero –el escondite–, una evocación a lo lúdico de la infancia. Después viene “el encantamiento de un amor”; cosa que no requiere explicación pero sí merece un elogio: porque una de las formas más precisas –y preciosas– de definir cualquier amor, pero sobre todo esos primeros que hacen mágico el mundo (Borges dixit), es con la palabra encantamiento. “El sacrificio de mis madres”. Sobre esta línea no hay consenso, ya que cantada en español se suele confundir con padres, pero en la versión en portugués –que el mismo Fito canta– se refiere a las “mães”, que serán entonces la abuela y la tía abuela con las que se crió; en todo caso remite a un acto de amor universal (el sacrificio) que se hace en pro del otro, y que en el contexto de una familia suelen llevar a cabo los mayores por el bien de los menores. Una escena doméstica que esconde cariño. Cierra la estrofa con los “zapatos de charol”, que son los de las fiestas de traje (¿acaso las de quince años?), pero que también podrían remitir a algún capricho o excentricidad de artista adolescente, y que unida a la anterior podría pensarse que fueron también producto de ese sacrificio.

“Los domingos en el club / salvo que Cristo sigue allí en la cruz / las columnas de la catedral / y la tribuna grita gol el lunes por la capital”

Esta segunda estrofa es toda muy dominguera, curiosamente. Si la primera se refería a cosas más cotidianas, del día a día, en ésta habla de unas muy específicas del domingo; de hecho, las tres primeras (un club, un crucifijo y las columnas de la catedral) bien podrían entenderse como el itinerario familiar de ese día: misa en la catedral y luego el resto del día en el club. Puede que sea una interpretación muy simple y literal, pero es la que nos libra de algún otro tipo de lectura de raíz semi-teológica (que quedarse en el Crucifijo es negar la Resurrección, aferrarse al pasado y a lo triste, vivir sin la virtud de la esperanza o etc) que no parecen muy propias del que uno supone sería el interés de Fito. Y luego viene el cierre: “La tribuna grita gol el lunes por La Capital”. Otra línea enigmática, que le ha devanado los sesos a más de alguno, pero cuya respuesta se puede encontrar también en la versión en portugués: “E a torcida grita gol toda segunda no jornal” (la fanaticada grita gol todos los lunes en el periódico); de modo que La Capital es un periódico (que de hecho existe y es de Rosario) donde todos los lunes, al día siguiente del partido de fútbol de la semana, aparecen retratado los fanáticos celebrando el gol de su equipo, imagen que le quedó marcada a Fito.

“Todos giran y giran / Todos bajo el sol / Se proyecta la vida / Mariposa tecnicolor”

Este es el coro de la canción, que ha hecho ver a algunos –o mejor dicho: oír– la narración de una experiencia alucinógena, y ha llevado a otros reflexionar sobre las mariposas, su libertad, sus colores, la diversidad, e incluso su aleteo, ese que podría terminar generando tornados al otro lado del mundo. Por evitar más complicaciones de las que ya trae la canción, y porque nunca me ha producido mayor cosa esta parte, me limitaría a decir, a bote pronto, que se trata de la mente. O mejor dicho: la memoria. Esa caja de recuerdos en la que, ya sea en la vigilia o en el sueño, natural o psicotrópico, se van proyectando, pasando y sucediendo, como en un giro, una tras otras, todas esas imágenes de la vida que por alguna razón terminan en una enigmática e indescifrable mariposa tecnicolor cuyo significado sólo entenderá Fito.

“Vi sus caras de resignación / los vi felices, llenos de dolor / ellas cocinaban el arroz / él levantaba sus principios de sutil emperador”

¿No son las primeras líneas de esta estrofa una manera perfecta de resumir lo que es una vida compartida? Estar en las buenas, en las malas y en las peores; saber cómo quedan, cómo se ven, las sonrisas y las lágrimas en un rostro; haberlos visto “felices”, pero también “llenos de dolor” y “resignados”; eso es vivir, eso es compartir la vida, eso es estar y conocer a otro: eso es lo que pasa en un hogar. Le sigue una escena doméstica y muy latinoamericana: “ellas cocinaban el arroz / él levantaba sus principios de sutil emperador”. Nada que no se vea, que no se haya visto, en cualquier hogar de estas y otras latitudes: mujeres cocinando, hombres mandando. Interesante que el recuerdo sea el del arroz, la más común e irrelevante de las comidas. Eso le da a la evocación un toque más de cotidianidad y de simpleza: sigue llamando a recordar no lo extraordinario sino lo del día a día, esas cosas que se suelen pasar por alto siempre, y que al final terminan siendo fundamentales, porque finalmente son de ellas de los que están compuesto la mayoría de los momentos de la vida. No se puede pasar por alto tampoco el matiz que se la da emperador: sutil. ¿Acaso un padre que manda con mano izquierda, que se impone pero guardando las formas?

“Todo al fin se sucedió / sólo que el tiempo no los esperó / la melancolía de morir en este mundo / y de vivir sin una estúpida razón”

En esta estrofa cambia completamente el tono. Se acaba la sucesión de imágenes, y se entra en un momento más narrativo/reflexivo. “Todo al fin se sucedió / sólo que el tiempo no los esperó”. Es una línea tremenda: sugiere que finalmente aconteció lo previsto, pero no como estaba previsto. “Todo al fin se sucedió”, pasó lo que tenía que pasar, “solo que”, pero, “el tiempo no los esperó”. Esto último da una idea de irremediable: porque el tiempo no espera ni vuelve; como el tren, sólo pasa una sola vez, y dejarlo pasar, perder la oportunidad, nunca tendrá arreglo. El plural “los” habla de dos o más personas, eso es evidente, y aunque por el contexto es poco o nada lo que se puede sacar, sí se puede jugar a especular un poco: ¿qué tal dos personas que querían reencontrarse, reconciliarse, perdonarse, quizás sólo volverse a ver, que esperaban el momento adecuado para hacerlo y esperando se quedaron? Esa línea habla de lo que no se hizo a tiempo y ya no se podrá. Le sigue una especie de reflexión existencial: “la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón”. El binomio vida-muerte: es melancólico morir y lo mismo vivir sin razón; todo ello habla del absurdo de la vida sin sentido, esa que según Pascal es el mayor de los fracasos. Es curioso, sin embargo, que en la versión en portugués esta estrofa –y no es maña del idioma– aparezca al revés: “la melancolía de vivir en este mundo y de morir sin una estúpida razón”, cosa que pareciera tener más sentido, y podría incluso relacionarse con un hecho que aconteció en esa casa: el asesinato de su abuela, su tía abuela y la empleada doméstica por parte de dos delincuentes que al parecer frecuentaban la casa y un día, sin razón alguna aparente, las asesinaron (morir sin una estúpida razón).

“Yo te conozco de antes / Desde antes del ayer / Yo te conozco de antes / Cuando me fui, no me alejé / Llevo la voz cantante / Llevo la luz del tren / Llevo un destino errante / Llevo tus marcas en mi piel / Yo hoy solo te vuelvo a ver”

Con esto cierra la canción. Es una parte más gritada que cantada, en la que Fito se dirige a algo o a alguien que “conoce de antes”, y que bien podría ser aquella casa, aquella familia o aquella Rosario de su infancia/juventud. En los tres primeros se insiste en lo mismo: en que la conoce de antes. Es una especie de reafirmación, reivindicación y hasta recordatorio. Como el de aquel que vuelve y reclama su parte en la historia, después de la cual viene entonces una disculpa: “cuando me fui, no me alejé”. Es una frase que suena a justificación: me fui, ciudad/casa/familia de la infancia, pero no me alejé, te seguí llevando, teniendo cerca; ahora soy otra cosa, soy un músico famoso (“llevo la voz cantante”), una estrella, una luminaria (“llevo la luz del tren”), voy de gira en gira, de un lado a otro (“llevo un destino errante”), no puedo quedarme, pero no te olvido, no te dejo, estás siempre conmigo (“llevo tus marcas en mi piel”), en parte tú me hiciste, y me alegro de volver nuevamente (“hoy solo te vuelvo a ver”).

Cierre que nos permite hablar de una canción que podría haberse originado en un regreso o en un reencuentro con la ciudad, la casa y la familia de la infancia;  que canta la experiencia de recordar todas las cosas de ese tiempo, reencontrarse con ellas; y que finalmente es por eso, porque todos hemos tenido una ciudad, una casa y una familia de la infancia, y recordarlas siempre es entrañable, implica un viaje a la felicidad, es por eso, digo, que resulta tan universal.

EXTRA:

Versión en portugués con Caetano Veloso

La canción ha sido también adaptada por las barras de por lo menos dos equipos de fútbol: River Plate y la U de Lima. En ambos casos se trata, igual que el tema original, de misceláneas nostálgicas. El de River es más bien un canto de las complicaciones de ser hincha del equipo: “Todos los palos que recibí / todas las veces que preso caí / cuantas fotos que ya nos sacaron / cuantas veces nos filmaron / Desde que te conocí”. La de la U de Lima, sobre la gloria del equipo: “Todas las campañas que viví / Todas las canchas donde te seguí / Tantos campeonatos que ganamos / Tantas copas levantamos / Desde que te conocí…”; en ambas nostalgia y reivindicación cariñosa del el equipo.

Ya no me duele más – Silvestre Dangond

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Más que una canción, este es un grito de liberación. Un himno de triunfo que sólo pueden entonar aquellos que han logrado sobrevivir a un despecho y que ya se encuentran fuera del influjo de aquel sufrimiento. Es el aleluya de los que lo consiguieron, y, por tanto, un tema alegre, feliz, jubiloso y exultante. Lo canta Vicente Dangond, quien suena muy (demasiado) parecido a Carlos Vives y quien, al igual que su paisano, ha logrado convertir al malquerido y a veces execrado vallenato en una cosa urbana que se deja colar, querer y hasta oír.

Ay dile que ya sanó mi corazón
Que no me duele más su amor
Que ya no lloro más por ella

Ve y dile
Que yo aprendí bien la lección
Que no me entrego a otra ilusión
Si es pa’ sufrir de esta manera

El tema arranca enviando un recado a través de un tercero (o tercera, no está claro) a esa mujer que lo dejó. El núcleo del mensaje es que él se encuentra bien (“ya sanó mi corazón”), y las pruebas son que ya no siente (“no me duele más su amor) ni padece (“ya no lloro más por ella”), de lo que se desprende que para él la ruptura fue dolorosa. La segunda parte del mensaje va por el mismo derrotero: aprendió de su error y no volverá a cometerlo. ¿Cuál fue ese error? “Entregarse a [una] ilusión”. De lo que se podría concluir que aquí fue él quien lo dio todo (se entregó) por algo que no era verdadero (una ilusión), y por ello salió perjudicado (sufrió tremendamente).

Que ya no piense en regresar
Aunque no le guardo rencor
Que ya pasó todo el dolor, oh, oh

Que solo el tiempo le dirá
Si alguien la quiso más que yo
Que me hizo fuerte con su adiós
Y hoy le deseo lo mejor

En la primera línea le cierra la puerta a la posibilidad de volver a estar juntos. No queda claro si esto surge como respuesta a una propuesta que llevaba el/la mensajero/a, o si es algo que él, por voluntad propia, se adelanta a dejar claro antes de que pueda plantearse. En todo caso, esa puerta está cerrada con llave, y no porque él la odie o tenga algo contra ella (“no le guardo rencor / ya pasó todo el dolor”) no está movido por ningún sentimiento innoble (“hoy le deseo lo mejor”) y por eso, incluso, es capaz de encontrarle el aspecto positivo (“me hizo fuerte con su adiós”) a ese mal trago. Hay una madurez sentimental en esta estrofa, un crecer y sacar lo mejor de la mala experiencia, cuidándose, eso sí, de no repetirla. Sin embargo, también mete ahí su aguijón: “sólo el tiempo le dirá / si alguien la quiso más que yo”. No está mal la frase: mira el cariño que perdiste y a ver si vuelves a encontrar quien te lo de.

Ay, ya no me duele más
Ya te logré olvidar
Y aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal

Ya no me duele más
Ya te logré olvidar
¿Pa’ qué morir de pena si la vida sigue igual?

Ese “¡ay!” es muy pequeño para la fuerza que tiene al ser interpretado. Tendría que ir en mayúscula, con varios signos de exclamación, y todavía se quedaría corto. Aquí el arreglo del tema es fantástico para lograr que verdaderamente se sienta como un grito de liberación, de desahogo. Al escucharlo uno siente que en ese “ya no me duele más / ya te logré olvidar” salen exorcizados todos los demonios de despecho que lo atormentaban, que se libera de una opresión, de un peso y de un sufrimiento tremendos. Y ojo a la siguiente línea (“aunque te quise tanto tu recuerdo me hace mal”), que es triste y lúcida. Triste porque no hay en esta tierra forma que un “querer tanto” conjugado en pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto de acciones terminadas) no lo sea, ya que nos indica que ese sentimiento, esa cosa bonita, está en el pasado y en el pasado quedó: no se repetirá; y lúcida porque se reconoce frágil e inmune al poder del recuerdo (“me hace mal”).

Todo lo que sigue a partir de aquí, que no es mucho tampoco, carece prácticamente de valor. Coquetea con otra mujer (“párame bolas mi vida / ‘tay bonita, ‘tay soltera”), la deja libre (“sigue tu camino sin mi amor”) y promete cambio (“todo cambiará a partir de hoy”). Son líneas prescindibles, que no por ello demeritan las anteriores, y a pesar de las cuáles sigue siendo un tremendo tema que ojalá muchos (si no todos) los despechados puedan cantar a todo pulmón en algún momento de su vida, para proclamarle al mundo que a ellos tampoco les duele más y que lograron olvidar.

Jamás se dice adiós – Voz Veis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Un reencuentro con el primer amor es la historia que canta –y cuenta– este tema de Voz Veis, perteneciente a su sexto disco, ‘¿Qué me has hecho tú?’. Un reencuentro entre dos que se quisieron mucho y tenían años sin verse, y que, cuando lo hacen, descubren que el único ha sido físico, porque el cariño que se tenían se mantiene inmutable. Y entonces, surge la sugerente idea que le da título al tema: hay gente que por más tiempo que pasen sin verse, por más cosas que los separen en la vida, nunca se despiden, jamás se dicen adiós.

¿Qué tal? ¿Cómo estás?
Hoy te encuentro más bella de lo normal
A pesar, que han pasado tantos años sin hablar
la verdad tienes la misma manera de mirar
que aún no puedo olvidar

Esta primera estrofa nos pone en la escena de un encuentro inesperado. Todo está cantado en primera persona, pero dirigido siempre a otra. No es exactamente un monólogo, sino más bien un diálogo del que solo tenemos las líneas de una sola de las partes. Arranca con un saludo casual (“¿Qué tal? ¿Cómo estás?”) tras el cual viene un piropo (“hoy te encuentro más bella de lo normal”). Hasta el momento no sabemos qué tipo de relación había entre ambos, pero sí que tenían mucho tiempo sin contacto (“han pasado tantos años sin hablar”). También, que al reencontrarse él la halla preciosa y que no ha podido olvidarla. Esa última línea (“que aún no puedo olvidar”) es la clave de la estrofa: porque ha pasado de todo y esa mirada suya ha permanecido en el recuerdo.

Yo sigo acá:
me reviento en cada gira y al llegar, descansar;
siempre encuentro alguna amiga a quien llamar.
No está mal,
¿pero a quien engaño si en mi alma estas
dura de sacar?

Seguimos con la misma estructura del diálogo mutilado; es decir, teniendo sólo su perspectiva. Ese arranque (“yo sigo acá”) sugiere que es la respuesta a una pregunta. “Me reviento en cada gira y al llegar, descansar…”: la pone al día de su vida y de su  rutina, que es, ya se ve, la de un cantante. Interesante esto, ya que le da un toque de realismo a la historia. Luego, entra al plano de lo sentimental: “siempre encuentro alguna amiga a quien llamar”. Tiene una vida, casi, de playboy, no le faltan las mujeres, pero inmediatamente agrega un “no está mal”; es decir, que algo no está bien, lo que se confirma inmediatamente con una confesión en forma de pregunta retórica tras la cual queda poco por decir: “¿a quién engaño si en mi alma estás dura de sacar?”. Ya no es sólo que la ve bonita, o que no ha olvidado su mirada; es que la tiene en el alma (en lo más profundo) y “dura de sacar”: sigue allí a pesar del tiempo, de las amigas que llama cuando llega de gira, de todo.

Fuimos tan perfectos debutando en el amor
Fuimos como el viento entregado al cielo
Fui un velero navegándote amor
y tú la playa anclada al corazón
Fuimos más que un cuento que se acabó
hay gente que jamás se dice adiós

Este es el coro de la canción, que arranca con una línea que bien paga todo el tema: “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”. Es una frase nostálgica, que remite a un recuerdo feliz, a una añoranza maravillosa: el debut en el amor…sea lo que esto pueda ser. Llámese noviazgo o primera vez o ambas juntas, eso da igual. Lo importante es que en esas lides fueron “perfectos”. Y en ese momento, teniéndola en frente, viéndola, lo que le sale es eso: “¡Fuimos tan perfectos debutando en el amor!”. Es sencillamente precioso, incluso conmovedor. Aunque también doloroso: el fuimos (pretérito perfecto) se remite a algo que sucedió en el pasado y concluyó. Y con ello, ya tenemos el cuadro completo de la historia: dos primeros novios que se rencuentran tras mucho tiempo.

Le siguen dos líneas que no le hacen justicia a la anterior: “fuimos como el viento entregado al cielo” (¿?), “fui un velero navegándote amor y tú la playa anclada al corazón” (¿?); son dos imágenes que tienen poco o ningún sentido, y de las que es muy poco lo que se puede sacar. Pero tras ellas viene un cierre de altura: “Fuimos más que un cuento que se acabó. Hay gente que jamás se dice adiós”. Comencemos por lo primero: “más que un cuento que se acabó”; aquí está diciendo que lo de ellos no fue una historia del montón, con principio, desarrollo y fin, sino algo más, muchísimo más, que ni siquiera se puede medir con los estándares o parámetros típicos; no fue algo que pasó y en el pasado quedó. “Hay gente que jamás se dice adiós”: es una afirmación tan categórica (“jamás”) como esperanzadora, que sugiere una eternidad, al menos terrena: mientras estemos en este mundo jamás podremos decirnos adiós.

Puede pasar que ya tengas compañía
¿Y qué más da?
Si al final, lo que importa en esta vida es recordar,
es guardar eso que fotografía el corazón
que solo es de los dos

Esta estrofa arranca admitiendo la posibilidad de que en la vida de ella pueda haber otro en ese momento, cosa que despacha muy ligeramente con un “¿qué más da?” porque tiene confianza en algo inamovible: los recuerdos. Él es parte de su historia, de algo que nadie va a poder arrancar. “Al final, lo que importa en esta vida es recordar”. La sentencia hace volver a Sábato (“vivir consiste en crear recuerdos futuros”) y no deja de tener una cierta e interesante sabiduría existencial; inmediatamente le sigue otra frase mejor: “[lo que importa en esta vida] es guardar eso que fotografía el corazón, que solo es de los dos”. La imagen es tan gráfica como preciosa y se entiende perfectamente: se refiere a esos recuerdos que quedan grabados inmarcesiblemente en ese espacio inabarcable e inaccesible del corazón, los instantes que éste decide congelar para siempre, que son tan ingobernables como imborrables, y que, como bien agrega la canción “sólo [son] de los dos”, no pertenecen a más nadie.

Inmediatamente entra de nuevo el coro, que aquí cobra la plenitud de su sentido. “Fuimos tan perfectos debutando en el amor”; y como lo fueron, hay (tienen) un álbum entero de recuerdos, de fotografías del corazón; y como lo fueron, porque lo fueron, hay (y ellos son) gente que jamás se dice adiós.

Historia de taxi – Ricardo Arjona

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Hay (o hubo) un Ricardo Arjona que antes de hundirse en ese mar de frases y metáforas pretenciosas y rebuscadas, cantaba (y contaba) historias de calidad. Un magnífico narrador (trovador si quieren) de historias verdaderamente buenas, como la de este tema casi perfecto que es una de sus cimas más altas. “Historia de un taxi” es su título, y fue el cuarto single de su quinto álbum, Historias (1994), que se encuentra lleno, precisamente, de eso: de (buenas) historias.

Esta que nos atañe la protagoniza un taxista casado que una noche tiene un ‘affair’ con una pasajera despechada que viene de descubrir la infidelidad de su marido y busca pagarle con la misma moneda. Hasta allí es una buena historia, que es narrada en primera por el taxista (quien canta la canción). Sin embargo, ya casi llegando al final, Arjona le da un giro inesperado y cortazariano que hace que la historia cierre circularmente, tal y como el argentino decía que debía ser un buen cuento: la mujer con la que el esposo de la pasajera le era infiel…es la del taxista.

Ya allí, ya sólo por eso, por la historia y la estructura, el tema vale la pena. Pero hay mucho más y es que Arjona escoge muy bien aquí las palabras y las metáforas.

Eran las diez de la noche
Piloteaba mi nave
Era mi taxi un wolkswagen
Del año 68

Era un día de esos malos donde no hubo pasaje
Las lentejuelas de un traje
Me hicieron la parada
Era una rubia preciosa llevaba minifalda
El escote en su espalda
Llegaba justo a la gloria

Una lágrima negra rodaba en su mejilla.
mientras que el retrovisor decía “¡ve que pantorillas!”
yo vi un poco más.

El propio taxista nos cuenta en primera persona su historia: es de noche, ha sido una jornada mala, y se le monta una pasajera bastante atractiva. Por el carro (“un wolkswagen del año 68”) y el habla (“piloteaba mi nave”) se saca que es un hombre de clase popular. Es una primera parte muy descriptiva  (rubia preciosa, de minifalda, escotada en la espalda, de buenas pantorrillas) en la que destacan dos humanizaciones (“las lentejuelas de un traje me hicieron la parada”, “el retrovisor decía”) y un detallazo (el de la lágrima negra) muy de Yordano, que nos permiten hacernos una idea completa de la situación: la mujer, vestida de fiesta, está triste. Llora. Algo no le ha salido bien.

Eran las diez con cuarenta zigzagueaba en Reforma.
me dijo “me llamo Norma”
mientras cruzaba la pierna.
Sacó un cigarro algo extraño de esos que te dan risa.
le ofrecí fuego deprisa
y me temblaba la mano
Le pregunté “¿por quién llora?
y me dijo “por un tipo, que se cree que por rico
puede venir a engañarme.”
“no caiga usted por amores, debe de levantarse” le dije
“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”.
y me sonrió.

En esta segunda parte ambos siguen en el taxi. Han pasado 40 minutos, y aunque Ciudad de México es enorme, ya parece ser demasiado tiempo para una carrera nocturna. Ese “zigzagueaba en Reforma” parece sugerir que están haciendo tiempo. Lo claro y seguro es que llevan rato hablando. Ella se presentó, él le preguntó por el llanto, ella le contó, él la aconsejó, luego se le ofreció (“cuente con un servidor si lo que quiere es vengarse”) y ella le sonrió. Todo contado con apenas lo mínimo, con lo justo y necesario para hacernos la película completa. Y ojo a un detalle revelador: el temblor en la mano, que se sucede en la escena, por demás muy clásica, del encendido del cigarro (“de esos que te dan risa”) y que denota ese nivel de nervio que precede un acto malo.

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida? 
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista en frente de una dama?
¿Qué es lo que hace un taxista con sus sueños de cama?
Me pregunté…

Este es el coro de la canción, que nos mete en otro plano de narración: el de la conciencia del taxista. Aquí ya no son los hechos ni las conversaciones lo que nos cuenta, sino las preguntas que en ese momento de se hace, una especie de ‘¿qué estás haciendo?’. Angelito bueno y diablo malo, en ellas sabe que lo que hace no está bien (“construyendo una herida”), pero a su vez se compadece de sí para justificarse (¿qué hago con mis sueños de cama?) y así va. Preguntándose.

“Lo vi abrazando y besando a una humilde muchacha.
es de clase muy sencilla,
lo sé por su facha”.
Me sonreía en el espejo y se sentaba de lado.
yo estaba idiotizado,
con el espejo empañado.
Me dijo “dobla en la esquina, iremos hasta mi casa.
después de un par de tequilas, veremos qué es lo que pasa.”
¿Para que describir lo que hicimos en la alfombra?,
Si basta con resumir que le besé hasta la sombra,
y un poco más…

‘Consumatum est’: todo ha sucedido. Esta parte del relato arranca con ella contando por fin lo que había pasado: descubrió a su hombre siéndole infiel. Hay un dejo de clasismo en su expresión para referirse a la otra (“es de clase muy sencilla, lo sé por su facha”). Y nuevamente un detalle fantástico que lo dice todo: el retrovisor empañado; con ello se ahorra Arjona contarnos lo caliente que estaban mientras conversaban. Hasta que finalmente todo desemboca en el apartamento de ella. Es graciosa la engañada proposición lava-conciencia: unos tequilas y vemos; y si pasa, culpa de ellos. “¿Para qué describir lo que hicimos en la alfombra?”, se pregunta Arjona, que evidentemente no conocía el reggaetón ni podía predecir lo que venía, “Si basta con resumir que le besé hasta la sombra…y un poco más”. Nuevamente hay un uso económico de las palabras: dice lo necesario para que uno se imagine el todo.

“No se sienta usted tan sola, sufro aunque no es lo mismo:
Mi mujer y mi horario, han abierto un abismo.
¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!
Usted sufre en su mansión,
yo sufro en los arrabales”.
Me dijo “vente conmigo, que sepa no estoy sola.”
se hizo en el pelo una cola,
fuimos al bar donde estaban.

Aquí tenemos el monólogo post-coito del taxista, en el que cuenta y comparte su desdicha, que también la tiene: entre él y su mujer media un abismo. “¡Cómo se sufre a ambos lados de las clases sociales!”, dice el taxista, que es un hombre basto y ya aquí comienza a decir tonterías. Quizás para que no siguiera hablando tonterías, ella lo corta: “Vente conmigo, que sepa no estoy sola”. Es una especie de respuesta a esa primera línea compasiva (“no se sienta usted tan sola”). ¿Adónde van? Al bar donde su esposo está. La venganza no va a ser ni íntima ni privada: el ojo por ojo será público. Que él se entere también. Y vienen, pues, las dos líneas fantásticas en las que Arjona le da el giro cortazariano a la canción:

Entramos precisamente él abrazaba a una chica.
mira si es grande el destino y esta ciudad es chica.
¡era mi mujer!

Sin comentario. Grandísimo modo de darle vuelta a la historia y de interpretarlo. Inmediatamente después del descubrimiento entra otro coro, otra cavilación del taxista, otro asalto de la conciencia:

¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?
¿Qué es lo que hace un taxista construyendo una herida?
¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero
coincide con su mujer en horario y esmero?
Me pregunté…

Aquí cambia la tercera pregunta, que se adapta a la situación: ¿Qué es lo que hace un taxista cuando un caballero coincide con su mujer en horario y esmero? Lo de esmero es francamente inentendible (¿cómo se coincide en esmero?), pero es interesante y queda muy bien que el coro cambie de acuerdo con la situación. Ahora bien, la respuesta a la pregunta viene en la siguiente estrofa, que es el epílogo del tema:

Desde aquella noche ellos juegan a engañarnos.
se ven en el mismo bar…
Y la rubia para el taxi siempre a las diez (je)
en el mismo lugar.

No hubo, pues, escándalo en el “bar donde estaban”. Lo que hicieron fue vengarse. Se siguieron viendo. “La rubia para el taxi siempre a las diez en el mismo lugar”. Es una escena casi cinematográfica. Un cierre perfecto. ¿Y quién engaña a quién? Todos a todos.

Mi nostalgia – Ricardo Cepeda

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Dentro de un género alegre y festivo como la gaita, este es un tema que resalta por el contenido más bien triste de su letra. Una canción de destierro, tan bonita como dura, que le canta a esa tierra que se deja y con la que se sueña con volver. Aunque la historia habla de un zuliano que añora su Maracaibo natal, en esta época de diáspora y exilios bien podría ser entonada por cualquier venezolano con solo cambiarle Maracaibo por Venezuela, ya que el sentimiento, el dolor, es el mismo.

Maracaibo tierra amada
Desde que de ti salí
A cada instante te añoro
Me paso el tiempo
pensando en ti

Y en mi vibra la esperanza
Que a ti voy a regresar
Y es por eso que me paso
Cantando siempre para olvidar

Con esa genuina declaración de amor (“tierra amada”) arranca el tema. Y no solo de amor, sino de fidelidad (“a cada instante te añoro”). La eterna ilusión de todo el que se va, el reencuentro, surge inmediatamente después en la evocación: “y en mi vibra la esperanza / que a ti voy a regresar”; y luego, el efecto catalizador de la música: “es por eso que me paso / cantando siempre para olvidar”. Así que tenemos a un exiliado que recuerda a su tierra, a la que espera volver, pero mientras se le pasa el tiempo afuera canta para consolarse.

Volvió diciembre

luces parranderos

Y el viento juega

cantando gaitas

 

Y esta nostalgia

que mi alma mata

Colma mis ansias de regresar

 

Voy al encuentro

de un bardo gaitero

Que ayer llegó de mi viejo lar

 

(Háblame de Maracaibo) (bis)

 

Canta una gaita gaitero

Canta que quiero,

querido amigo.

Cantar contigo por no  llorar

Todas esas estrofas componen el largo coro, y son las que explican el motivo de tanta nostalgia: la llegada de diciembre, ese mes de “luces, parrandeo” en el que “el viento juega cantado gaitas”. En el Zulia, ya se sabe, la navidad es otra cosa, y él, que la vivió, la recuerda y añora. Y por eso sufre: “esta nostalgia que a mi alma matá”, se muere de la tristeza. Entonces aparece en medio de su exilio un personaje: “un bardo [no un barco] gaitero que ayer llegó de mi viejo lar”. ¿Y qué es un “bardo” (esos gaiteros tenían léxico)? Un personaje medieval que al estilo de los trovadores iba contando y cantando las historias de distintas parte. “Háblame de Maracaibo”, le dice al bardo, y en esa súplica se le va la vida. Se lo vuelve a pedir. “Háblame de Maracaibo”. No estamos en los tiempos de internet y todo a un click, sino, como mucho, en aquellos de carta y teléfono. Y la llegada de alguien que viene del terruño supone la posibilidad más fidedigna de acercarse a él y recordarlo. “Cantá una gaita, gaitero”. Nuevamente la música como factor de recuerdo, de unión con la tierra. La música con esa magia. “Querido amigo, canta conmigo por no llorar”. Nada más que decir.

Muere otro año y yo distante

De mi vieja y de mi hogar

Qué dolor tan desgarrante

Me roe el alma sin descansar

 

Y unas ansias delirantes

De verte ciudad natal

Me acosan a cada instante

Y como un niño rompo a llorar

 

Esta es la estrofa más triste de la canción, en la que se describe lo que es, lo que se siente, estar lejos. Como en casi todas las gaitas, la figura de la madre está presente. Estar lejos de la vieja y del hogar otro año más es un “dolor desgarrante” (o desgarrador) que “roe el alma sin descansar”; es decir: algo constante, que está siempre presente y se siente en lo más hondo del ser. “Y unas ansias delirantes / de verte ciudad natal”, expresa el gaitero sentir. Ansias que lo persiguen, lo cercan, lo acosan y ante las que la respuesta, la única, es el llanto. Es la expresión de un hombre roto por la nostalgia de la madre, el hogar y la ciudad natal.

Maracaibo si es que acaso

No puedo a ti regresar

Tu imagen en mi regazo

Quedará eterno mi viejo lar

 

Y en el umbral de mi ocaso

Cansado ya de vagar

Convierto en alas mis brazos

Y hasta tu suelo yo iré a parar

En esta tercera parte quien canta contempla la posibilidad terrible de no volver, caso en el que, jura, no olvidará a su tierra. “Tu imagen en mi regazo quedará eterno, mi viejo lar”. El regazo indica cercanía, intimidad. Que conserve allí la imagen de su ciudad sugiere que se la quiere llevar consigo (“quedará eterno”), como el crucifijo en el ataúd. “Y en el umbral de mi ocaso / cansado ya de vagar”: una forma poética, rebuscada pero bonita, de hablar de los últimos minutos de la vida, y cuando esté en ellos, jura que si está afuera de Maracaibo, “[convertiré] en alas mis brazos y hasta tu suelo yo iré a parar”. Es una idea si se quiere infantil, inocente, pero bonita: al final, si en esta tierra, sujeto a las leyes de lo terreno, carnal y corporal, no nos pudimos ver, entonces cuando ya sea otra cosa, etérea, libre, cuando ya sea todo posible, volaré hasta ti para verte otra vez. Volver como el cielo, como el paraíso.

Sin rencor – Neguito Borjas

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Sin rencor” no es sólo un clásico de la gaita zuliana, sino también una de las canciones sobre la cual se tejen más  leyendas. Dicen que la escribió Neguito Borjas para despedir a un amor infiel; que por tratarse de un tema romántico y no de protesta ningún grupo la quiso tocar al principio; que luego de lanzada, por allá a finales de los setenta, tuvo que pasar un año completo para que tuviera éxito; que éste se debió a un locutor marabino que tras descubrirla  fue quien comenzó a rotarla; que de él se contagiaron todas las emisoras; que tal y que cual. Lo cierto es que treinta años después de grabado es un tema que puede pelearle en popularidad al Himno y al Alma Llanera, y que prácticamente cualquier venezolano, zuliano o no, puede tararear y cantar fácilmente.

A pesar de que se le tiene por tema amoroso, lo cierto es que le canta a una ruptura. Y aunque el título y las estrofas están impregnados de un sentimiento noble y bueno, en el coro lo que hay es una especie de sortilegio o conjuro vengativo (por no decir maldición) sobre la persona a la que se le dedica el tema, a la que se le condena a llorar eternamente cada vez que escuche una gaita.

“Le doy gracias al Señor
por haberte conocido
Pues los años que vivimos
fueron de dicha y amor”

Así arranca esta gaita. Es un comienzo noble, bonito, en el que quien canta da gracias a Dios por permitirles conocerse y por los años, por el tiempo, que pasaron juntos. Un tiempo que transcurrió entre dos cosas buenas: dicha y amor. Que diga “haberte conocido” y no “haberla conocido” pareciera sugerir que no se trata de una evocación, de un soliloquio o de un cantar en voz alta, sino que lo hace, canta, en presencia de esa persona.

“pero una sombra cubrió
nuestro amor y en un momento
ese bello sentimiento
además de sufrimientos desilusión me dejo”

“Una sombra cubrió”: así  se explica el fin y la ruptura de esos años de dicha y amor. Es una imagen bastante gráfica pero poco explicativa: una sombra pueden ser demasiadas cosas. Adelante se habla de sufrimiento y desilusión. ¿Confirma ello la leyenda popular de la infidelidad de ella? Cabe la posibilidad, sí. Pero la letra ni lo confirma ni lo desmiente. Sigue siendo, en todo caso, una posibilidad extra-canción. Hasta aquí lo que se tiene es un amor que en determinado momento se oscurece y lo deja a él sufriendo y desilusionado.

En este momento entra el coro, pero dado que las otras estrofas hilan con esta primera, lo dejaremos para el final.

“¿Recuerdas aquellos días
que te adoré con locura?
Fuiste esperanza, hermosura,
mi pasión y mi alegría
Eras la luz que alumbrabas
en mi alma y mi entendimiento
por eso no me arrepiento
de adorarte hasta el tormento
de perderme en tu mirada”

Esta segunda estrofa es probablemente la más bonita del tema y puede que una de las mejores de toda la gaita en general. Si esta canción tuviera que justificarse por un solo motivo, sería por esta estrofa. “¿Recuerdas aquellos días que te adoré con locura?”. Es una pregunta retórica que evoca unos días felices, de entrega irracional (“te adoré con locura”). “Fuiste esperanza, hermosura, mi pasión y mi alegría”. Un inventario sentimental de la mayor factura en el que destacan dos palabras: esperanza y mi alegría. Las otras (hermosura y pasión) lo pueden ser cualquiera, no es tan difícil de conseguir. Pero esperanza, eso no lo es todo el mundo. Y “mi alegría” (ojo al posesivo, que le da un matiz importante; no la alegría de un momento, no una alegría más, “mi” alegría). Es interesante también el comienzo de esa enumeración (fuiste), ya que al hacerlo con un pretérito perfecto simple (ese tiempo absoluto en el que lo concluido, concluido está) genera desazón: todo eso lo fuiste, nada de eso eres ya. “Eras la luz que alumbraba en mi alma y mi entendimiento”: otra imagen interesante; alma y entendimiento, sentimiento y razón, la totalidad del ser. “La luz que alumbraba”: la luz no solo guía sino que dispersa la tiniebla, saca a relucir lo mejor. “Por eso no me arrepiento de adorarte hasta el tormento de perderme en tu mirada”. En otras palabras: valió la pena; lo hice y lo volvería a hacer.

“Sin rencor ahora te digo
que lo nuestro ha terminado
Este bello amor sagrado
para mí no tendrá olvido
Y eso donde solamente
tú y yo somos los testigos
Cuando tu cuerpo y el mío
en sutil, tierno amorío
se unieron ardientemente”

La estrofa arranca con la declaración de la ruptura. Ojo que es él quien rompe con ella (“ahora te digo que lo nuestro ha terminado”). Y si es él quién rompe es porque ella quien hizo algo. ¿Qué? No se sabe. Pero lo hace “sin rencor”: ¿quiere decir, acaso, que lo que ella hizo era digno de rencor y por eso la necesidad de dejar de manifiesto que a pesar de, no se lo guarda? Pareciera. “Este bello amor sagrado para mí no tendrá olvido”. De aquí lo interesante es eso de “bello amor sagrado”: lo sigue elevando, poniéndolo por los cielos. Se acaba, pero él se lleva el mejor de los recuerdos. Sea lo que sea que haya pasado, eso no ha afectado la valoración que él hace de ese proceso que vivió con ella. Lo siguiente no merece mayor comentario: una evocación de su intimidad: sutil, tierna y ardiente.

Y ahora, el coro, que es lo que le da el giro inesperado a esta canción:

“Y así siempre ha de pasar
Que cada vez que escuchéis
Una gaita llorareis
Porque en mi cara pensar
Con bellas prosas que a ti te harán recordar
Todas esas lindas cosas
que no pudimos lograr”

Sin rencor y sin nada, pero con esta condena: que nunca va a poder escuchar una gaita sin llorar. “Y así siempre ha de pasar”: in sacecula, saeculorum. Es curioso el uso del futuro del subjuntivo (escuchéis, lloraréis), una maracuchada sin duda, pero no deja de ser una de las pocas canciones en la que este tiempo en desuso está presente. ¿Y por qué llorará ella cada vez que escuche gaita? “Porque en mi cara pensar”: es un error gramatical (infinitivo por imperativo) pero igual se entiende, ella pensará en él cada vez que escuche la gaita. ¿Porque él es un gaitero y la canción tiene ribetes autobiográficos? Todo pareciera sugerir que sí. Pero no es sólo que la gaita lo remitirá a él, a su cara, sino que además la letra de la gaita (“con bellas prosas”, dice en lugar de versos, que sería lo correcto aunque sin duda no rimaría) le hará recordar “todas esas lindas cosas que no pudimos lograr”. Atención a esto último, es un sufrimiento producto de la frustración. No es que ella sufrirá porque lo verá a él feliz con otra o algo así, sino por lo que por su culpa no pudieron alcanzar y lograr juntos.

Un tema, en fin, que parece romántico y noble pero bien escuchado termina siendo lo contrario.