RESEÑA: Mavara

Por: Humberto González

Mavara lanza su nuevo disco, Consciousness, una especie de novela épica en la que cada uno de los episodios de la historia contienen una complejidad rítmico, sonora y lírica. En donde el metal más progresivo se une con intensos pasajes de rock n’ roll, unidos a la majestuosa voz de Ashkan Hamedi.

La banda iraní conjura este álbum en 10 extensos temas, en los que la profunda voz de Hamedi se convierte, una y otra vez, en el elemento clave para entender el devenir de este relato musical que es Consciousness. “Time Makers” es el tema con el cual Mavara decide presentar este nuevo proyecto, tema que ya cuenta con un videoclip: un lyric video experimental que muestra con detalle el arte del álbum, cuya conceptualización está muy elaborada. Desde su primer álbum, la banda iraní se ha visto interesada en proponer conceptos en todas sus entregas musicales. Lo hizo en el 2003 con Ultimate Sounds, un álbum que les dio reconocimiento e importancia en el mundo independiente, y lo vuelve a hacer con Consciousness

Es, de todas todas, un álbum hecho para escucharse de principio a fin, comenzando por la enigmática “Invasion” hasta concluir con el tema que da nombre al álbum. Arrebatador, extremo en momentos, y sutil en otros.

RESEÑA: Elsa y Fred

Entrañable, antiparabólica, fresca, risueña, jocosa, despampanante, auténtica, ocurrente, fiestera, alegre, dicharachera, confianzuda, coqueta, intrépida y bastante mentirosa. Esa es Elsa, una viejita traviesa que enamora al espectador desde que aparece en pantalla. Con el aura de quienes tienen el don de no caer mal bajo ninguna circunstancia, la protagonista de esta historia de humor y amor reparte sonrisas y carcajadas en cada escena. Es una adolescente inmadura en el cuerpo de una señora mayor, una mujer de tercera edad que bien podría tener tatuado ‘carpe diem’ en su pecho.

Desganado, deprimido, bonachón, introvertido, cabizbajo, correcto, enfermizo, endeble, serio, prudente, responsable, pesimista y un toque cascarrabias. Ese es Fred, un abuelo que lleva siete meses de viudo y que enfrenta la vejez por el camino contrario al que transita Elsa. Dependiente de mil pastillas y con pavor a empeorar su estado de salud, este señor de la tercera edad es la prueba perfecta para medir la magia encantadora de la osada octogenaria y para comprobar si es verdad aquello de que los opuestos se atraen.

Elsa y Fred es la historia de un affaire improbable, pero genuino. Trata el tema más cliché de la existencia, con un guion que esquiva lugares comunes y le da a la obra una originalidad premiada con remakes y publicidad boca a boca. Estrenada dos años antes, esta película de amor tiene mucho de TheBucketList, la cinta en la que Jack Nicholson y Morgan Freeman cumplen una lista de deseos antes de que una enfermedad terminal los lleve a mejor vida. En Elsa y Fred no hay lista ni tampoco muchos deseos, pero hay un capricho particular de la protagonista estrella que tiene un peso importante en la trama.

“Es que es una historia tan bien escrita por Marcos Carnevale… Si no fuera así, Elsa sería una vieja insoportable, descabellada. Pero tiene gracia y mucha ternura. Y tiene bastantes cosas mías, por ejemplo, el tipo de humor. Yo creo que al humor hay que dejarlo caer, nunca poner cara de ‘ahí va el chiste’. Y además, es una mujer con claroscuros, no es siempre buena o mala”, dijo China Zorrilla, ese emblema cultural rioplatense, sobre el personaje que le tocó interpretar bajo la orientación de un escritor/director 41 años más joven que ella. Como siempre, las obras suelen ser mejor explicadas por sus protagonistas. Y esta frase de Zorrilla, que no quepan dudas, expele la esencia del film.

Sin mucha parafernalia, este largometraje iberoamericano ofrece casi dos horas de risas ininterrumpidas y frases que refrescan el alma. Sin ser Riso o Coelho, la señora Elsa suelta reflexiones al aire y enseña que, sea cual sea la circunstancia que te toque en la vida, siempre habrá dos formas de enfrentarla: con la amargura de quienes se sienten víctimas o con la alegría de aquellos optimistas confesos que resisten a los embates de la melancolía.

Nicanor Parra, el antipoeta, cumple 103 años

Hoy es 5 de septiembre, y aparte de la hija de Vico C (en sus eternos 13 de toda la vida) cumple años un hombre de improbable y longeva vida: el anti poeta chileno Nicanor Parra, que hoy está dándole su vuelta número 103 al sol. “De estatura mediana, / Con una voz ni delgada ni gruesa, / Hijo mayor de profesor primario / Y de una modista de trastienda (…) Ni muy listo ni tonto de remate / Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y de aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”, así se definía en uno de sus poemas (Epitafio) quien posteriormente llegaría ser considerado uno de los poetas de más valía del continente, a la par de gigantes como Neruda, Benedetti y Borges, y, según muchos, el más grande poeta vivo de la lengua castellana. “Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza (…) Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, dijo sobre él otra gloria chilena, Roberto Bolaño. Y efectivamente un rasgo distintivo de su poesía, el que precisamente le ganó el mote de anti-poeta, es que ella se diferencia radicalmente de la que tradicionalmente se solía hacer en su Chile natal. Fue, así, el creador de un nuevo tipo de poesía, absolutamente rupturista, bromista, humorística, llena de vida y cotidianidad. Eterno candidato al Nobel –“parece el cuento del lobo feroz”– al ser consultado recientemente sobre el premio, dijo que se sentía “más cerca de los cipreses que de los laureles”. Con más de cien años a cuesta, aún se mantiene activo: en este 2017 se publicó “El último que apague la luz”, una recopilación de su obra compuesta por varios poemas y una selección de textos dispersos. “Parra sigue siendo un provocador. Es un genio. No solo es autor de poemas maravillosos; en su obra hay operaciones intelectuales sofisticadas. Le ha dado muchas señales de ruta a la poesía chilena; por lo pronto, la ironía con que mira la realidad”, dijo sobre él su editor literario, Vicente Undurraga.

RESEÑA: Los padres pródigos – Sinclair Lewis

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

‘Los padres pródigos’, de Sinclair Lewis, es uno de esos libros con los que el paso del tiempo no ha hecho justicia y ha relegado, más bien, a un olvido inmerecido, siendo como es una obra con méritos suficiente para ser leída por varias generaciones. Publicada en 1938, esta novela nos mete dentro de lo que hoy se llamaría una familia disfuncional, digna de cualquier sit-com gringo pero construida con muchos menos estereotipos y más inteligencia: los Cornplaw, conformada por Fred, el padre, un desahogado vendedor de carros; Hazel, su esposa, una ama de casa promedio; y Sara y Howard, sus dos hijos, un par de vagos redomados y buenos para (casi) nada.

El núcleo de la novela es la tensión que hay entre el padre y sus hijos, debido a las ideas antagónicas de ambos. Mientras el primero es un entusiasta capitalista, los segundos son fervientes comunistas. El padre es un trabajador insigne y los hijos viven de su renta. El padre produce dinero y los hijos, que viven de ese dinero, abrazan una ideología que lo llevaría a perderlo todo. Esa paradoja es manejada con gran maestría y mucha ironía por Lewis.

Si bien el libro, escrito en los años treinta, contiene un alegato muy fuerte contra el comunismo  -“el trabajo no es para vosotros más que una lucha contra vuestros patronos. Cada minuto de trabajo que podéis robarle lo consideráis un trofeo de victoria”– y la holgazanería–“[quieren] transformar los Estados Unidos en un país en el que se exija como único mérito para alcanzar un empleo ser completamente inepto para desempeñar la misión correspondiente al cargo”-, el verdadero objeto de la denuncia son los ‘hijos de papá’: “sacáis a vuestros padres cuánto dinero podéis obtener de su generosidad y luego le reprocháis su fortuna”, como en algún momento le reprocha Fred a sus vástagos.

Es precisamente ese conflicto, ese tener que luchar siempre contra sus hijos, sentirse denunciado por ellos y pasarse la vida pidiéndoles perdón por darles una buena vida, lo que lleva a Fred a concebir una idea en principio descabellada: desaparecer de casay que ellos ven cómo hacen para arreglarse la vida. Es la cura que le encuentra a la que confiesa su enfermedad: “no negarles a Sara y a Howard todo lo que me han pedido”. Entonces, ante la negativa de todos, emprende un viaje de meses a Europa con su mujer, que en aquellos treinta, sin Whatsaap ni internet, equivalía, se entiende, a desaparecer del mapa. Es ello lo que le da título al libro: la inversión de los papeles de la archi-conocida parábola evangélica, que al igual que esta concluirá con un final aleccionador.

La prosa de Lewis –o por lo menos la que la traducción, castellana y antigua, permite atisbar– no es exactamente deslumbrante. Hay buenas descripciones y hasta allí. Nada de grandes imágenes o cosas muy bella. Tampoco destaca mucho su estructura: un relato netamente lineal y cronológico, dividido en 40 capítulos cortos. Sin embargo, el genio de Lewis se manifiesta en el sarcasmo y en la ironía con la que habla y suele responder su protagonista, Fred Cornwplad, un hombre que tiene siempre a flor de labios una frase mordaz e inteligente. Se trata de un personaje bien construido y entrañable, con el que no es difícil tener empatía, y que bien merecido tiene un lugar en el panteón de los personajes inmortales, esos que protagonizan los buenos libros, en cuya categoría puede entrar éste.

Los padres pródigos

Autor: Sinclair Lewis

Año: 1938

Páginas: 189

Calificación: 7 /10

RESEÑA: ‘Diana: In Her Own Words’

Ícono pop, símbolo del buen vestir, referencia humanitaria, Princesa del Pueblo, Diana de Gales, Lady Di. Decir que cambió al planeta sería temerario. Afirmar que revolucionó la Corona y puso la Tierra a sus pies resulta un juicio racional y certero. Su trágica muerte acompaña a la llegada del hombre a la Luna, el funeral de Michael Jackson, el rescate de los mineros de Chile, las finales de los Mundiales y las inauguraciones de los Juegos Olímpicos, como uno de los eventos que han paralizado al mundo. Su vida pública fue sinónimo de alegría, sonrisas, abrazos, solidaridad y empatía. Su vida privada, no obstante, fue todo un infierno. A esa es la conclusión que uno llega luego de observar ‘Diana: In Her Own Words’, un documental estrenado a principios de mes por National Geographic y que revela contenido tanto inédito como valioso: el audio de una serie de entrevistas secretas que la afamada princesa concedió en 1991 al periodista Andrew Morton.

Aquellas declaraciones le dieron forma a un libro que destapó las miserias de una relación maquillada y veinticinco años después han servido para crear un documental muy al estilo de Asif Kapadia, el director que ganó un Oscar por su largometraje sobre Amy Winehouse en 2015 y que había conducido una producción para inmortalizar la vida de Ayrton Senna cinco años atrás. Como en los ejemplos mencionados, ver ‘Diana: In Her Own Words’ es sentir que Lady Di está contando su historia en la sala de tu casa, apoyada en fotografía y videos que ayudan a recrear y contextualizar los lamentos, preocupaciones y confidencias que durante un par de horas expone sin tapujos. “Durante toda la película usted está escuchando el funcionamiento interno de la mente de la Princesa Diana en un momento donde todo el mundo pensaba que estaba viviendo un cuento de hadas, pero su matrimonio y su vida se estaban desmoronando”, explica Tom Jennings, productor ejecutivo del documental.

‘Diana: In Her Own Words’ es casi una consulta psiquiátrica, un desahogo. No tiene la acuciosidad del reportaje periodístico de las mil fuentes, pero ofrece unas declaraciones, las de Lady Di, que muestran cómo se vivieron esos años desde el lente de la joven que se convirtió en princesa antes de ser mujer. El documental está colmado de sentencias impactantes y frases estremecedoras. “Tuve una infancia desdichada. Vi a mi padre abofetear a mi madre”, cuenta Diana al principio del film, para luego detallar, etapa tras etapa, las desgracias de su vida.

Intentos de suicidios, llantos desconsolados, vómitos cuatro veces al día, ansiolíticos, mareos y desaires. Ese fue el coctel que la acompañó durante la primera década de su matrimonio y tiene su origen en un descubrimiento que realizó semanas antes de casarse: su prometido mantenía una relación sentimental con Camila Parker Bowles. A partir de allí, todo se vino abajo. Contraer nupcias, en ese contexto, era como construir un edificio con vigas de plastilina. Lo que mal empieza, mal termina. “Fue el peor día de mi vida”, alcanza a decir Lady Di sobre la fecha de la ceremonia eclesiástica. No tenía idea de en qué se estaba metiendo y sentía que era un cordero antes del matadero. Nunca le enseñaron los ademanes de la Corona y siempre se sintió sola, abandonada y muy poco querida. En su luna de miel, que para los medios fue el inicio de una unión perfecta, Diana ni siquiera pudo compartir con su esposo. Carlos se llevó varias novelas para leer en los pocos momentos en los que estuvieron realmente solos. Y así fue padeciendo su matrimonio, entre la indiferencia y el descuido.

Al comportamiento del príncipe tuvo que sumarle el furor de los paparazzi y las portadas de los tabloides, verdaderas pirañas informativas. “La prensa era insoportable, me seguía a todos lados”, declara Lady Di, introvertida confesa y de postura siempre acorde con su timidez: cabeza gacha y hombros encogidos. Una actitud que mantuvo hasta que, con los años, fue dejando de ser la niña bonita de Carlos para convertirse en una luchadora humanitaria, en una mujer hecha y derecha. Lo trágico del asunto es que, justo cuando logró quitarse las cadenas de la monarquía, perdió la vida en un accidente de tránsito. Ella, muy dada a las premoniciones, supo desde pequeña que se casaría con alguien importante y supo también, tras contraer matrimonio, que no llegaría a ser reina.

‘Diana: In Her Own Words’ no da cabida a las teorías conspirativas que surgieron a raíz del accidente. Ese enfoque, sugestivo y trascendente, el espectador tendrá que buscarlo en otro documental. En este encontrará un maremágnum de sentimientos que describe a la perfección el estado emocional que tuvo, durante gran parte de su vida, una de las personas más influyente del siglo pasado. ‘Diana: In Her Own Words’ es, sin duda, una pieza invaluable de cultura general y una obra imprescindible para quienes siguieron la vida de la princesa y todavía la recuerdan a veinte años de su muerte.

RESEÑA: Grupoem

Por: Humberto González

Quizás Grupoem no pueda remitir a ninguna otra banda en el mercado. Quizás nada se parezca a lo que la banda de Vancouver puede ofrecer. Es quizás la extraña melodía y voz de Marph, o los extraños arpegios, o el uso de los beats y la batería fuera de tiempo que hacen que los temas se tornen aún más y más fuera de lo común.

Sin embargo, Grupoem es una banda de virtuosos en cada uno de sus puestos. Con Terry Robinson detrás de la composición de toda la música y las guitarras, con Marph en las voces, Grupoem puede asemejarse al más dispar y disonante Husker Du, en algunos momentos. DirtChurch, su último álbum, está compuesto por 18 temas, quizás más de lo que suele ofrecer una banda, que van desde las cosas más mundanas hasta temas un tanto más “serios”.

“Hall of shame” es quizás el tema más interesante del álbum, una especie de tema punk en donde los riffs son repetitivos y ejecutados sin tanto cuidado; una producción imperfecta y con tiempos discordantes que convierten a “Hall of shame” en un tema digno de mosh y pits. Esto, hasta que llegamos a escuchar la desastroza “AssBankwardz”, un tema punk, desordenado, con la más graciosa de las letras de todo DirtChurch, un tema que recuerda al más genial Municipal Waste, y deja deseando por más de esa ejecución despreocupada.

https://groupoem.bandcamp.com/releases

RESEÑA: It’s Just Craig

Por: Humberto González

La gran e interesante It’s Just Craig despliega todas sus capacidades sonoras en una nueva entrega que sirve de abreboca para lo que será su nuevo álbum. La banda oriunda de Nashville, liderada por el interesante Marc Ford de Black Crowes, ofrece un pedacito de esto nuevo que se llama “DarkCorners”, siendo “Goonnight” el primer single.

El álbum es producido por el interesante John Vanderslice, productor de proyectos bastante experimentales como Spoon, o el de otros un poco más arriesgados a nivel comercial como DeathCab o St. Vincent. Lo que emerge de este proyecto es un disco interesante con tintes indie y goth que en momentos recuerdan al más interesante Pink Floyd. En momentos un tanto más pop, y en otros la experimentación se apodera.

El disco comienza con un sentido tema interpretado por Elijah Ford en el piano, que sirve como introducción para lo que se avecina: un piano que poco a poco va de lo clásico a algo un poco más glitch. Justo a su terminación, la voz de Ford se adueña del escenario en “Go”, un tema sensacional sobre las relaciones, sobre las decisiones de pareja y que podríarefuncionalizarse como un tema de despecho en todo el sentido musical.

Los solos de guitarra de Marc convierten al tema, de un “I don’t wanna go” repetitivo, a algo especial. El disco es esto, a lo largo de 10 lindos temas. Con la interesante voz de Ford como una ominosa melodía que nos persigue. Un disco esencial dentro del movimiento musical independiente.

La guerra del fútbol – Ryszard Kapuscinsky

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

El gran acierto de La guerra del fútbol y otros reportajes, de Ryszard Kapuscinsky, es juntar lo mejor de dos mundos: el diario personal de un reportero de guerra junto con su producción periodística. Así, en sus páginas se alternan, en perfecto orden cronológico, algunos de los grandes reportajes que el mítico periodista polaco escribiera cuando era corresponsal de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) en África, y también todos los intríngulis que había detrás de ellos (los complicados traslados, por ejemplo, de una ciudad a otra, las detenciones que sufrió, el trato con sus superiores) y alguna de sus opiniones personales. De ese modo, el lector (y más si es o pretende ser colega del autor) queda con un panorama bastante completo tanto de los conflictos como del oficio de narrarlos.

Ese es el gran acierto del libro. Pero su gran mérito es otro: hacer comprensibles, digeribles y atractivos unos sucesos lejanos y remotos (geográfica y temporalmente), que al lector promedio puede que, en principio, no le interesen ni atraigan un poquito. Convertir guerras y conflictos bélicos sucedidos a kilómetros de distancia y media centuria atrás en temas de interés. Y allí, sí, todo el mérito es del autor, Ryszard Kapuscinsky, narrador de pluma prodigiosa y periodista de raza, que no sólo se limitó a contar conflictos sino a darles contexto y explicarlos, lo que ha hecho de sus piezas obras inmortales y de consultas imprescindible.

En total son 16 los textos (no todos reportajes),escritos entre 1958 y 1979, los que componen la selección del libro. En su mayoría, todos tienen a África como escenario, pero es uno que sucede en América Central el que le da el título al libro: “La guerra del fútbol”, un largo reportaje de 28 páginas, escrito en primera persona (como casi todos), sobre la breve guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras, que tuvo entre sus varios detonantes dos partidos de futbol de ambas selecciones. Es uno de los textos más remarcables, aunque puede que no el mejor. Ese honor bien se lo podría llevar“Argelia se cubre el rostro”, un extenso y muy bien contextualizado reportaje sobre el ascenso y caída de Ben Bella, presidente argelino depuesto por un golpe de estado en 1965. En un texto magistral en el que en 33 páginas Kapuscinsky hace de todo: informa, narra, contextualiza, explica, analiza y hasta hace disección psicológica.

La prosa del polaco no deja de ser, en principio, la de un periodista de agencia: sobria y correcta. No destaca precisamente ni por florituras y exuberancias o por imágenes y metáforas muy elaboradas. No. Por allí no va. Su genio está en la casi microscópica destreza descriptiva –no perdía detalle de nada, lo diseccionaba todo y sabía escribirlo al detalle–, así como en la indiscutible maestría narrativa, que lo lleva a salirse de pirámides invertidas, estrictos órdenes cronológicos y demás corsés del oficio, para contar, como todo un escritor de oficio, todas aquellas historias de las que fue un testigo privilegiado y muchas de las cuales se volvieron inmortales, no por su trascendencia sino por cómo ese gran periodista las plasmó.

RESEÑA: A Beautiful Mind

Semanas antes de que el Nobel de Economía de 1994 fuese anunciado, dos matemáticos –Harold W. Kuhn y John Forbes Nash– visitaron a un antiguo maestro: Albert W. Tucker. El señor Nash no había hablado con su mentor en años y aprovechó el momento para dialogar sobre la pasión que los había emparentado tiempo atrás: los números. Cuando John salió de la habitación en la que estaban conversando, el señor Kuhn aprovechó para decirle un secreto al maestro Tucker: sin saberlo, Nash estaba a punto de ser reconocido por la Academia Sueca como ganador del premio Nobel. ¿La razón? Un trabajo académico, realizado 45 años atrás, que había revolucionado la economía.

El premio era un milagro. No sólo por el hecho de que Nash, uno de los matemáticos más destacados de la postguerra, fuese a recibir el reconocimiento por un texto escrito casi medio siglo atrás, cuando apenas tenía 21 años. El verdadero milagro era que ese señor estuviese vivo y en condiciones para aceptar el galardón. Y es que John Forbes Nash estuvo afectado durante gran parte de su vida por una enfermedad que había puesto su existencia patas arriba: esquizofrenia paranoide. El padecimiento lo empezó a aquejar a finales de los cincuenta y no había sido sino hasta mediados de los ochenta cuando, poco a poco, pudo comenzar a recomponer su otrora rutina. Su último trabajo científico tenía fecha de 1958 y su última publicación académica databa de 1959, pero poco importaba: John Nash, en 1994, iba a recibir el premio Nobel de Economía.

La historia, asombrosa, captó la atención de la periodista Sylvia Nasar, quien publicó un magnífico texto el 13 de noviembre de aquel año en The New York Times. Un escrito que hemos parafraseado y traducido para darle inicio a este texto y que dio pie a una indagación más profunda por parte de la escritora: la vida del matemático conmovió tanto a Nasar que la impidió dejar la investigación hasta allí, por lo que cuatro años más tarde publicaría una biografía titulada A Beautiful Mind.

El éxito de aquella obra –nominada al Pulitzer– llevaría la historia del matemático a la gran pantalla y Nash se convertiría en toda una figura mediática. La cinta, dirigida por Ron Howard y protagonizada por un monumental Russell Crowe –ganador del Oscar por Gladiador en el año 2000 y merecedor del Globo de Oro, el SAG y el BAFTA por su adaptación del genio de las matemáticas en 2001– fue considerada la película del año según la Academia. No obstante, imprecisiones biográficas dividieron a la crítica y abrieron el eterno debate: ‘El libro siempre es mejor que la película’.

“El film es una interpretación sobre cómo un caso de enfermedad mental puede desenvolverse. Es artístico y no describe con precisión la naturaleza de las ilusiones que estuvieron en mi vida. La película tiene a alguien que ve personas imaginarias y eso no es un síntoma característico de la esquizofrenia, pero da una idea de cómo son las ilusiones. Es más común que una persona oiga voces, que hable con espíritus, pero no puedes ilustrar bien eso en una película. Es decir, si la película muestra a un personaje que puede ser visto, el espectador puede entender mejor la enfermedad. Esto puede ocurrir (ver personas imaginarias), pero es una forma menos común del trastorno”, dijo el propio Nash en una entrevista para la web oficial del Premio Nobel.

La declaración resulta un gran baremo para medir la veracidad de la obra de Howard. El matemático reconoció que la película tenía errores y se había tomado ciertas licencias, pero aquello era sólo una forma de agregarle los ingredientes necesarios –suspenso y entretenimiento– para que el film tuviese éxito. Fue difícil de aceptar al principio, pero Nash se rindió ante el hecho de que lo que proyectarían en las salas de cine sería una película y no un documental.

Esas licencias le permitieron al guionista ocultar los aspectos menos glamorosos de la vida del matemático (sus experiencias homosexuales, un hijo fuera del matrimonio y su difícil divorcio con Alicia Lardé) y agregar eventos que edulcoraran la historia (como la ceremonia de los bolígrafos y el conmovedor discurso al recibir el Premio Nobel).

Sin embargo, más allá de acontecimientos suprimidos o inventados, A Beautiful Mind es un film que logra su cometido: llevar a la gran pantalla un drama capaz de conmover a cualquiera, bajo el sustento de una vida que vale la pena contar. En el libro, en la película y en la vida real, la biografía de John Nash puede resumirse como la carrera profesional de un genio, que para resolver el problema más importante de su vida (valga el cliché), contó con el apoyo de una mujer encomiable: Alicia Lardé –interpretada por una fantástica Jennifer Connelly, ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto por su papel en la cinta–.

Por ello, A Beautiful Mind es (también) una historia de amor incondicional. El relato de una esposa capaz de lidiar con una relación trastocada afectiva, psicológica y sexualmente, con el fin de ayudar a su marido a superar una enfermedad maldita, para lo que no hay cura, pero cuyo tratamiento más efectivo tiene como principal componente el calor humano.

“Solo estoy aquí por ti esta noche, eres mi razón, eres todas mis razones, gracias”, le dice Nash a Lardé al final del largometraje para agradecerle, durante la ceremonia del Premio Nobel de 1994, todo el apoyo recibido durante los años más oscuros de la enfermedad. Y aunque en la vida real no haya existido tal discurso y un divorcio haya separado brevemente su camino (desde 1962 hasta 1970), John y Alicia vivieron juntos toda una vida y volvieron a contraer nupcias en 2001. Aquella ceremonia, hay que decirlo, no hizo sino formalizar lo que estaba sobreentendido: no podían vivir el uno sin el otro.

Una charla magistral de Vargas Llosa sobre Borges

El año pasado, en la Universidad Complutense de Madrid, Mario Vargas Llosa ofreció una conferencia –más bien charla magistral– sobre Jorge Luis Borges y su obra. Comenzó reconociendo que al principio, siendo él un sartreano convicto y confeso, aquella literatura “artepurista”, “irreal” y nada comprometida del argentino, le chocaba un poco; que lo leyó al principio con cierta vergüenza, de manera conflictiva, pero con una admiración que no dejó de crecer con los años, y que aumentó luego de conocerlo. Fue en Francia, en el año 64: “Borges comenzó a hablar en un francés diechiocesco, antiquísimo, perfecto, elegante, con una desenvoltura total y dijo cosas tan originales que los franceses lo escuchaban deslumbrado”. Luego de la conferencia le tocó entrevistarlo: “sentí gran emoción al verlo en vivo, estuve intimidado frente a esta figura que parecía tan inofensiva: veía poco y mal, era tímido, tenía mucha inhibición al responder preguntas”.

Ese es apenas del abrebocas de la conferencia, ya que después del anecdotario, Vargas Llosa comienza a realizar una disección profunda de la figura del argentino –“es uno de los grandes escritores de nuestros tiempos, el único contemporáneo de nuestra época equivalente a los grandes clásico”–, su trascendencia –“la gran revolución que ha producido en la lengua es tan importante como la de los grandes clásicos”–, su estilo –“es uno de los más personales y admirables: se le puede admirar por los adjetivos” –, e incluso de su vida –“la vida de Borges estuvo llena de muchísimas frustraciones, y uno entiende muy bien que su verdadera vida haya sido la lectura, la fantasía”–, y de su personalidad –“Borges se inventó una persona, una figura detrás de la cual él se escondió para disimular su timidez y el enorme escepticismo que le produjo el éxito y el reconocimiento”–. Una autopsia deliciosa que le hace un genio a otro, y que pueden ver a continuación: