Un tanque de agua en el lobby del Teresa Carreño

#PuntoCiego: En el ‘Eje del buen vivir’ se malvive sin agua, que no llega. El llamado corazón cultural de Caracas, esas cuadras de Bellas Artes en las que se concentran museos, salas de teatro, de cine y de concierto, está seco. Y el afectado más notable es el Teresa Carreño, que celebró su aniversario número 35 sin tener con qué brindar. Para el segundo complejo cultural de América Latina, el arribo a la adultez contemporánea le llegó con una crisis de servicio que tomó forma de sequía y fue resuelta como sólo la revolución sabe hacerlo: con una mamarrachada. Ese desgastado tanque de plástico negro de la foto, montado sobre una base de hierro mal pintada y oxidada, del que sale una llave con la que se surten los tobos de limpieza, está ubicado en el medio de su lobby, a la vista de todos, con un rótulo que dice, orgulloso: “Una herramienta de la revolución”. Y no es mentira. En efecto, se trata de eso: de una herramienta de la que se valen para demostrar, una vez más, el inocultable desprecio que sienten por la cultura. Ese tanque en medio de lobby es algo que va más allá del mal gusto o la chaborrería típica de la revolución; es, más bien, lo que los gringos llamarían un ‘statement’, una auténtica declaración de intenciones. Y el mensaje es claro: a esa ‘opus magnam’ de la democracia, cuya construcción requirió el concurso de lo mejor del país, que le dio a Venezuela el orgullo de tener uno de los centros culturales más grandes del mundo, que estuvo inspirada en los teatros más importantes y modernos de la época, que se llevó décadas y millones de $ en construcción, que ha reunido a lo más graneado de la música; a ella, la dejamos sin agua y le ponemos un tanque de plástico en el medio, porque, sencillamente, no nos interesa: tus valores no son los nuestros y no nos duele ni nos importa.

La fotografía de Schemidt jamás será olvidada

Ronaldo Schemidt (@rschemidt) lo logró. Su nombre fue grabado con letras doradas en la historia de la fotografía mundial. El World Press Photo (una suerte de Nobel en la rama) le fue otorgado al venezolano que trabaja en la agencia France Press y que el 03 de mayo del año pasado, en Altamira, en pleno auge de protestas en contra de Nicolás Maduro, capturó con su cámara una foto para la posteridad, en la que retrata a un manifestante en llamas debido a la explosión del tanque de gasolina de una moto que él y su grupo le habían quitado a la GNB y trataban de destruir. El encontrarse prácticamente al lado del manifestante le permitió a Schemidt captar en toda su magnitud el drama de aquel hecho terrible. Su fotografía se impuso ante las otras cinco nominadas a las categoría ‘Photo of the Year’ que retrataban, entre otras cosas, los cuerpos ahogados de unos refugiados, a una niña secuestrada por el grupo terrorista Boko Haram, a una socorrista que ayuda a una víctima del atropello masivo en Londres, a un niño desnudo evacuado de una zona en conflicto con el Estado Islámico (EI), y a un grupo de civiles que se quedaron en un campo de batalla que pretendía recuperar una ciudad tomada por el EI. Las voraces llamas que envolvieron al joven manifestante (inmortalizadas para todos por Schemidt, y galardonada por ‘World Press Photo’) son una alegoría de cómo la dictadura nos va quemando poco a poco. Aquellos días duros y trágicos de 2017, en los que el pueblo pagó con perdigonazos, asfixias y vidas, no podrán ser olvidados jamás, ni por Venezuela, ni el mundo. ¡Felicitaciones, @rschmedit!

La chilena de Cristiano Ronaldo: el ego también hace genialidades

 “Cuando se dispone a cobrar un tiro libre, el delantero da pasos con teatral escuela; luego se detiene con las piernas abiertas en compás, en una pose que se le olvidó ensayar a Apolo”, escribió una vez el cronista mexicano Juan Villoro sobre Cristiano Ronaldo. Al futbolista portugués más egocéntrico de la historia no le bastaba con ser el máximo goleador de la Champions League (119 por ahora), tampoco con ser el único en marcar en 10 partidos consecutivos (la cifra puede aumentar), sino que tenía que elevarse 2.38 metros sobre el césped para hacer un gol acrobático que sería aplaudido hasta por los aficionados rivales. A quien pensaba que sólo podía causar en sus contendientes envidia por –según sus palabras– ser rico, guapo y buen jugador, se le erizó la piel tras marcar de chilena el 2-0 en casa de la Juventus en el partido de ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones. “El aplauso [de la afición de la Juve] fue un momento increíble, gracias. Nunca me había pasado esto ni de lejos en mi carrera”. El narcisismo y personalidad de Cristiano enceguece, nubla y enfurece a quienes están más pendientes de defender a su ‘messías’ futbolístico que de disfrutar del deporte: “Poco importa que se adore en el espejo o dedique su tiempo libre a acariciar cachorros”, decía Villoro. Que la Juventus y el Real Madrid se enfrentaran en una estancia decisiva de Champions ya bastaba para abrir portadas en diarios deportivos. Que el visitante ganara 3-0 haría que el tema fuera vigente entre amigos toda la semana. Que Cristiano marcara de chilena bordaría en una lámina de ‘adamantium‘ su nombre en todos los capítulos de un libro trepidante que se llama fútbol.

El oro marrón del Guaire

Cuando el único inmortal que se murió invitó al presidente nicaragüense Daniel Ortega a hacer un sancocho en el según-él-próximamente-saneado-río-Guaire, era una época (año 2005) en la que la que el huracán Bolivariano –que devasta al país desde 1998– todavía se imponía en las urnas con votos: los guisos rojos no parecían tan amargos. Los escépticos nunca leyeron la entrelínea de aquella alocución. Años después la gente entraría al Guaire, sí, pero no como sustituto vacacional y capitalino de Marina Grande o de Tucacas, sino para extraer, como mineros de Sierra Leona, objetos de valor que puedan vender. “Se sorprendería de la cantidad de joyas que se cuelan por los desagües de las casas y van a parar a las alcantarillas”, le comentó un minero urbano a ‘El País’ de España en 2017. Descalzos, sin camisas y con pantalones cortos, los garimpeiros del Guaire generaron ayer tráfico en la Francisco Fajardo a la altura de El Llanito. En un país con poca capacidad de asombro para noticias de las que en otros lados se hablaría por semanas, los eternos curiosos redujeron la velocidad para observar a unas 50 personas trabajando con más probabilidad de pescar una infección que una joya. Motivados por la necesidad y por la ambición de conseguir hasta unos 1.2 gramos diarios de oro, los anticuerpos de los mineros elevaron sus defensas a un ritmo logarítmico que, incluso, sorprendió al infectólogo Julio Castro entrevistado por ‘Runrunes’: “No hay razón médica lógica para explicar por qué estos individuos no se ven afectados al realizar esta actividad”. La crisis es capaz de transformar a la mayor cloaca de la ciudad más violenta del mundo en una alternativa desesperada para conseguir el sustento del día a día.

El rockstar de la Semana Santa caraqueña

Es la gran devoción Caraqueña, el rockstar de la Semana Santa capitalina. Nadie convoca tantos fieles como él, nadie genera tanta unanimidad como él. Está en los versos de Andrés Eloy y en la conversación cotidiana del metro. No conoce de clases sociales ni tampoco de ideologías. Dicen que hace milagros, que en la hora chiquita responde y que nunca abandona al que le pide. A él han recurrido desde pobres hasta Presidentes -durante una grave sequía, en los ochenta, Lusinchi, desesperado, pidió que se le sacara en procesión y a los días comenzó a llover-, y los miles de pagadores de promesa que hoy se han vuelto a congregar en Santa Teresa, de sayo morado todos y de rodillas algunos, dan cuenta de que es fiel. Sus ojos tristes (“ojos muertos que miráis / con mirar indescriptible / y con fuerza irresistible / atraéis y cautiváis”) han sido testigos de lo mejor y de lo peor de nuestra historia, que él mismo ha sufrido en carne propia. Un déspota ilustrado (Guzmán Blanco) demolió su ermita (la de San Pablo) y lo dejó sin casa. Durante una dictadura militar (la de Pérez Jiménez) recibió un tiro de ametralladora cuando la Basílica fue rodeada y ametrallada por haber su párroco dado refugio a unos médicos que protestaban. Y el año pasado los colectivos tomaron la Basílica para agredir al Cardenal Urosa cuando terminó de celebrar la tradicional misa de mediodía -que este año no pudo celebrar por motivos de salud-. Y quizás por eso, porque ha sido damnificado, tiroteado e invadido, porque ha tragado lacrimógenas y vive en un municipio que está inmundo, porque carga una cruz pesadísima que lo encorva (dicen los abuelos que cada año se inclina un poco y juran que cuando toque el suelo el mundo se acabará), porque sabe y padece lo que es la injusticia, hoy, en su miércoles de dolor, sólo cabe una súplica sencilla: ¡Tú que sufres lo que nosotros, libera a Venezuela!

Esta podría ser la mejor foto del año…y la tomó un venezolano

Entrevistado meses después por Revista OJO, Juan Barreto todavía no podía olvidar cómo había sucedido todo. Lo calificaba, de hecho, como el momento más fuerte de una jornada de protestas que se había extendido por meses y había dado mucho en sucesos e imágenes dramáticas. Pero para él, ése, el del muchacho quemándose el 03 de mayo en Altamira, había sido el momento más duro, y así nos lo dijo. En su recuerdo de ese hecho, que vivió en primera fila ya que la moto le explotó cerca, estaba presente la preocupación que sintió por un compañero suyo de AFP que esa tarde estaba cubriendo con él la protesta y se encontraba aún más cerca de las llamas. Tan cerca estaba, de hecho, que al principio Barreto pensó que quien se quemaba era su compañero y no el manifestante. “Yo iba caminando donde estaba el fotógrafo de AFP para coordinar la cobertura, cómo íbamos a cambiarle la tónica, y en ese momento explotó la moto. Pero explotó a metros. Yo de hecho pensé que quien se quemaba era mi compañero. Lo vi tan cerca que pensé que se quemaba él”. Pero no, no se quemaba: disparaba sin cesar su cámara, al igual que Barreto –“es una cuestión de instinto: la cámara, disparar, disparar y ya”-, y sin saberlo y probablemente sin ni siquiera pensarlo, conseguía la que probablemente será la foto de su vida: esa que ayer fue seleccionada, de entre 73.000 que competían, como una de las 6 finalistas del más importante y prestigioso premio del fotoperiodismo del mundo (algo así como el Nobel en esa rama), el World Press Photo. “Tiene mucha energía, movimiento y dramatismo, pero al mismo tiempo está muy bien compuesta. Dice mucho de lo que está pasando en Venezuela”, explicó ayer la presidenta del jurado a EFE, a cuya voz de alabanza se unió, también, la del director de la World Press: “no es fácil tomar una imagen así (…) el fotógrafo estuvo allí en el momento justo y lo captó de una forma muy poderosa”. El próximo 12 de abril tendremos veredicto y sabremos si el nombre del venezolano Ronaldo Schemidt (dejemos ya de decirle el compañero) se escribirá con letras doradas en la historia de la fotografía mundial como el autor de la mejor que se tomó en el año 2017. Sentencia del jurado aparte, ya para nosotros lo está.

Niños en La Guajira abandonan la escuela para vender gasolina

“La primera vez que tuve que chupar de la goma para sacarla de un carro fue horrible, se me quedó todo el sabor en la boca. Daba igual lo que comiera, todo me sabía a eso. Ya me estoy acostumbrando. Como cornflei y se me quita el sabor”. Ese es uno de los varios testimonios dolorosos que recogió la periodista española Alicia Hernández para construir el reportaje «En La Guajira venezolana, los niños abandonan la escuela para vender gasolina», un trabajo realizado junto al fotógrafo español Santi Donaire, que hoy ha ganado el Premio de Periodismo Rey de España en la categoría Prensa. En el texto, publicado en febrero del año pasado, Hernández se centra en el pueblito Los Filúos, ubicado al extremo norte del estado Zulia, en Paraguaipoa. A partir de allí, la periodista española disecciona el negocio del contrabando de gasolina y conversa con quienes representan la cola de la ilícita operación comercial: los pimpineros, chamos entre 17 y 13 años que tienen desde los 6-7 chupando una manguera para sacar combustible de los carros, y así poder ganarse la vida. “No nos da miedo. Uno no piensa en si le hace daño o no a la salud, en qué le puede pasar en la garganta, boca, estómago. Algunos van al médico. Yo no he ido a nada, uno ya está acostumbrado. Uno piensa en vender y agarrar los cobres (dinero)”. A Álvaro, un niño de 13 años, la abuela lo regañó porque cuando lo sacaron de la escuela no fue directamente a la calle: “’Vete, sal, nos estamos muriendo de hambre’, me decía. Empecé en esto porque no tenía nada de comer”. Para cuando Hernández publicó la nota, llenar un tanque en Venezuela costaba 1,20 dólares y en Colombia salía alrededor de $ 28. Con esa distorsión, ya se sabe, en la frontera han salido mil y un formas para ganar dinero con el combustible. En un lugar como Los Filúos, cuenta Hernández, el negocio se ha convertido en una vía de escape a la pobreza y el hambre.

Link del reportaje aquí

Ancianos duermen fuera de los bancos para cobrar la pensión

“Ahora son miles las sonrisas de los abuelitos que hoy tienen una mayor calidad de vida”, dice la voz pretendidamente dulzona de la propagandista –periodista jamás– que hace el micro en VTV. En él, reseña los horrores de la IV república y las bondades de la V. En aquella, explica acogiéndose a una de las leyendas victimizantes sobre las que el chavismo construyó su mito, los ancianos eran maltratados, les pagaban pensiones bajas y les echaban agua con la ballena cuando protestaban en Miraflores o la Av. Urdaneta. Ahora todo es distinto, jura la propagandista. “Cada día aumentan los beneficios para las personas de la tercera edad”, explica. Es el año 2015 y estamos en el mundo feliz de VTV, hecho de ficción, mentira y propaganda. Dos años después, ese gobierno que los usó como estandarte propagandístico, no es que les hecha agua con una ballena, es que los ha convertido en indigentes. La foto de José Navas, publicada hoy en el diario ‘La Verdad’, muestra en su cruda dimensión la ‘mayor calidad de vida’ de los ‘miles de abuelitos’ que San Nicolás pensionó: “Permanecen tirados en suelo o sobre frías escaleras. Una sábana tan gruesa como una hoja de papel les cubre el espinazo y un pedazo de cartón funge como colchón”, se lee en el reportaje de Francisco Rincón en el diario zuliano, en el que narra el calvario de los jubilados, que llegan a pasar hasta 4 días durmiendo fuera de una sucursal bancaria para cobrar los $3,5 que, a precio de hoy, equivale la pensión más el bono navideño. “En medio del drama, en la noche o en el día, los abuelos se desmayan, se caen porque no ven y hasta se lanzan de sus sillas de ruedas para lograr entrar al banco (…) sufren diarreas, bajas o subidas de tensión o azúcar, vómitos, desmayos, mareos, calambres, dolor de cabeza y espalda e insomnio”, explican. “En Maracaibo no es descabellado conseguir ancianos que amanecen hasta una semana en los bancos para cobrar (…) En un día de pago hasta 400 personas se apersonan a los bancos, con suerte, 100 o 150 logran cobrarla (…) Hay abuelos que tienen tres meses sin cobrar porque no tienen la ‘posibilidad’ de quedarse y amanecer”. El reportaje completo del diario zuliano ‘La Verdad’ lo puedes leer aquí:http://www.laverdad.com/zulia/133629-cobrar-la-pension-o-morir-intentando.html

Venezuela se muere de hambre

La foto más triste del año es de la foto-periodista Meridith Kohut y fue publicada ayer en ‘The New York Times’ como parte de un extenso reportaje titulado ‘La malnutrición que mata en Venezuela’ y que muestra la realidad que los millonarios de la claque revolucionaria niegan: que mientras ellos se enriquecen con su dólar a 10, los niños mueren de hambre. En la foto, cuatro niños de la patria, nacidos y condenados en revolución, velan en un pequeño e improvisado ataúd a Kenyerber Aquino Merchán, una criatura de 17 meses que murió de hambre. No tuvo flores, ni capilla, ni velas; apenas un cruficijo de aluminio barato, delante de una tela de utilería. Pero es que por no tener, Kenyerber no tuvo lo más elemental para sobrevivir: alimento. Aunque nació sano y casi llegó a pesar 3 kilos, no pudo ser amamantado después de los tres meses: a su madre la picó el moskito del Zika y tuvo que dejar de darle pecho. Entonces, comenzó el calvario: las fórmulas de lactancia no las encontraban –y cuando aparecían era a precios impagables– por lo que tuvieron que improvisar con lo que había. Y lo que había (teteros de crema de arroz o de harina de maíz mezclada con leche entera) no le aportaba los nutrientes necesarios. De allí que cuando llegó a los 9 meses, Kenyerber estaba delgado, ensangrentado e inmóvil. Así lo halló su padre en la cuna un día y lo llevó de inmediato al Domingo Luciani: tenía desnutrición severa y en el hospital no había fórmula para alimentarlo, ni a él ni a los otros niños que llegaban en igual situación. Durante 8 meses sus padres lucharon, se sacrificaron, dejaron de comer –hacían entre una y dos comidas al día–, e hicieron todo cuanto pudieron: pero la hiperinflación, la escasez y el hambre (es decir: la revolución) terminaron por cobrar la vida de su hijo. En el improvisado entierro, su padre, un obrero de la construcción de 32 años, lloró desconsolado, lo mismo la madre, una mujer esquelética que está pesando 29 kilos. “Aquí no hay crisis humanitaria: hay amor” dijo recientemente Delcy Rodríguez. A continuación, el crudo reportaje del NYT que desenmascara el siniestro y criminal amor de la revolución: https://www.nytimes.com/es/interactive/venezuela-hambre-desnutricion-ninos-maduro/

Vargas Llosa marchó y habló duro contra el nacionalismo catalán

De bien nacidos, dice el refrán, es ser agradecidos. Y si alguien tiene que darle gracias a Barcelona, ése es Mario Vargas Llosa. Fue allí donde le publicaron sus dos primeros libros –‘Los Jefes’ y ‘La ciudad y los perros’–. Fue allí donde conoció a Carlos Barral (su editor) y a Carmen Balcells (su agente), los dos pilares de su carrera literaria. Y fue allí, a confesión propia, donde se hizo escritor. Se mudó a la ciudad en el verano de 1970, llevado por Balcells, quien le ofreció $500 mensuales –lo que ganaba dando clases en Londres– para que se dedicara sólo a escribir, sin tener ninguna otra distracción ni obligación. “El ambiente de Barcelona era estimulante. Fueron años muy fecundos, de gran camaradería y amistad. Existía un clima de mucha esperanza, la seguridad de que la dictadura se terminaba, de que hacía agua por todos lados, y que la España que vendría sería no solamente libre sino que en ella la cultura y la literatura jugarían un papel central”. Así la recordaba. Por eso, se entiende, ahora que la ciudad está en la víspera de caer bajo el yugo de otra dictadura, esta vez de corte separatista, se sumó a su defensa. Ya no el Mario joven de 34 años que allí vivió, sino el señor Nobel de 81, con menos cabello pero el mismo peinado –finalmente destrozado por el aire–. Vargas Llosa encabezó ayer, junto con otras personalidades, la que todo parece indicar ha sido la mayor manifestación de la historia reciente de España –la cifran en casi un millón de personas–, cuyo fin fue decirle no al totalitarismo nacionalista. “Queremos que Cataluña vuelva a ser la Cataluña capital cultural de España, como era cuando yo vine a vivir aquí, en unos años que recuerdo con enorme nostalgia”, dijo ante la multitud, en un enérgico discurso que no por improvisado fue menos bueno y que se trató, por encima de todo, de un acto de nobleza, valentía y coherencia, de un hombre que –a diferencia de tantos nuestros– no se escuda en su condición de ‘artista’ para callar y ser cómplice, sino que se mete en la candela y defiende lo que su conciencia le manda.