Ancianos duermen fuera de los bancos para cobrar la pensión

“Ahora son miles las sonrisas de los abuelitos que hoy tienen una mayor calidad de vida”, dice la voz pretendidamente dulzona de la propagandista –periodista jamás– que hace el micro en VTV. En él, reseña los horrores de la IV república y las bondades de la V. En aquella, explica acogiéndose a una de las leyendas victimizantes sobre las que el chavismo construyó su mito, los ancianos eran maltratados, les pagaban pensiones bajas y les echaban agua con la ballena cuando protestaban en Miraflores o la Av. Urdaneta. Ahora todo es distinto, jura la propagandista. “Cada día aumentan los beneficios para las personas de la tercera edad”, explica. Es el año 2015 y estamos en el mundo feliz de VTV, hecho de ficción, mentira y propaganda. Dos años después, ese gobierno que los usó como estandarte propagandístico, no es que les hecha agua con una ballena, es que los ha convertido en indigentes. La foto de José Navas, publicada hoy en el diario ‘La Verdad’, muestra en su cruda dimensión la ‘mayor calidad de vida’ de los ‘miles de abuelitos’ que San Nicolás pensionó: “Permanecen tirados en suelo o sobre frías escaleras. Una sábana tan gruesa como una hoja de papel les cubre el espinazo y un pedazo de cartón funge como colchón”, se lee en el reportaje de Francisco Rincón en el diario zuliano, en el que narra el calvario de los jubilados, que llegan a pasar hasta 4 días durmiendo fuera de una sucursal bancaria para cobrar los $3,5 que, a precio de hoy, equivale la pensión más el bono navideño. “En medio del drama, en la noche o en el día, los abuelos se desmayan, se caen porque no ven y hasta se lanzan de sus sillas de ruedas para lograr entrar al banco (…) sufren diarreas, bajas o subidas de tensión o azúcar, vómitos, desmayos, mareos, calambres, dolor de cabeza y espalda e insomnio”, explican. “En Maracaibo no es descabellado conseguir ancianos que amanecen hasta una semana en los bancos para cobrar (…) En un día de pago hasta 400 personas se apersonan a los bancos, con suerte, 100 o 150 logran cobrarla (…) Hay abuelos que tienen tres meses sin cobrar porque no tienen la ‘posibilidad’ de quedarse y amanecer”. El reportaje completo del diario zuliano ‘La Verdad’ lo puedes leer aquí:http://www.laverdad.com/zulia/133629-cobrar-la-pension-o-morir-intentando.html

Venezuela se muere de hambre

La foto más triste del año es de la foto-periodista Meridith Kohut y fue publicada ayer en ‘The New York Times’ como parte de un extenso reportaje titulado ‘La malnutrición que mata en Venezuela’ y que muestra la realidad que los millonarios de la claque revolucionaria niegan: que mientras ellos se enriquecen con su dólar a 10, los niños mueren de hambre. En la foto, cuatro niños de la patria, nacidos y condenados en revolución, velan en un pequeño e improvisado ataúd a Kenyerber Aquino Merchán, una criatura de 17 meses que murió de hambre. No tuvo flores, ni capilla, ni velas; apenas un cruficijo de aluminio barato, delante de una tela de utilería. Pero es que por no tener, Kenyerber no tuvo lo más elemental para sobrevivir: alimento. Aunque nació sano y casi llegó a pesar 3 kilos, no pudo ser amamantado después de los tres meses: a su madre la picó el moskito del Zika y tuvo que dejar de darle pecho. Entonces, comenzó el calvario: las fórmulas de lactancia no las encontraban –y cuando aparecían era a precios impagables– por lo que tuvieron que improvisar con lo que había. Y lo que había (teteros de crema de arroz o de harina de maíz mezclada con leche entera) no le aportaba los nutrientes necesarios. De allí que cuando llegó a los 9 meses, Kenyerber estaba delgado, ensangrentado e inmóvil. Así lo halló su padre en la cuna un día y lo llevó de inmediato al Domingo Luciani: tenía desnutrición severa y en el hospital no había fórmula para alimentarlo, ni a él ni a los otros niños que llegaban en igual situación. Durante 8 meses sus padres lucharon, se sacrificaron, dejaron de comer –hacían entre una y dos comidas al día–, e hicieron todo cuanto pudieron: pero la hiperinflación, la escasez y el hambre (es decir: la revolución) terminaron por cobrar la vida de su hijo. En el improvisado entierro, su padre, un obrero de la construcción de 32 años, lloró desconsolado, lo mismo la madre, una mujer esquelética que está pesando 29 kilos. “Aquí no hay crisis humanitaria: hay amor” dijo recientemente Delcy Rodríguez. A continuación, el crudo reportaje del NYT que desenmascara el siniestro y criminal amor de la revolución: https://www.nytimes.com/es/interactive/venezuela-hambre-desnutricion-ninos-maduro/

Vargas Llosa marchó y habló duro contra el nacionalismo catalán

De bien nacidos, dice el refrán, es ser agradecidos. Y si alguien tiene que darle gracias a Barcelona, ése es Mario Vargas Llosa. Fue allí donde le publicaron sus dos primeros libros –‘Los Jefes’ y ‘La ciudad y los perros’–. Fue allí donde conoció a Carlos Barral (su editor) y a Carmen Balcells (su agente), los dos pilares de su carrera literaria. Y fue allí, a confesión propia, donde se hizo escritor. Se mudó a la ciudad en el verano de 1970, llevado por Balcells, quien le ofreció $500 mensuales –lo que ganaba dando clases en Londres– para que se dedicara sólo a escribir, sin tener ninguna otra distracción ni obligación. “El ambiente de Barcelona era estimulante. Fueron años muy fecundos, de gran camaradería y amistad. Existía un clima de mucha esperanza, la seguridad de que la dictadura se terminaba, de que hacía agua por todos lados, y que la España que vendría sería no solamente libre sino que en ella la cultura y la literatura jugarían un papel central”. Así la recordaba. Por eso, se entiende, ahora que la ciudad está en la víspera de caer bajo el yugo de otra dictadura, esta vez de corte separatista, se sumó a su defensa. Ya no el Mario joven de 34 años que allí vivió, sino el señor Nobel de 81, con menos cabello pero el mismo peinado –finalmente destrozado por el aire–. Vargas Llosa encabezó ayer, junto con otras personalidades, la que todo parece indicar ha sido la mayor manifestación de la historia reciente de España –la cifran en casi un millón de personas–, cuyo fin fue decirle no al totalitarismo nacionalista. “Queremos que Cataluña vuelva a ser la Cataluña capital cultural de España, como era cuando yo vine a vivir aquí, en unos años que recuerdo con enorme nostalgia”, dijo ante la multitud, en un enérgico discurso que no por improvisado fue menos bueno y que se trató, por encima de todo, de un acto de nobleza, valentía y coherencia, de un hombre que –a diferencia de tantos nuestros– no se escuda en su condición de ‘artista’ para callar y ser cómplice, sino que se mete en la candela y defiende lo que su conciencia le manda.

¡Felices 450, adorado tormento!

“La primera vez que la oí nombrar fue en una frase de Simón Bolívar: ‘la infeliz Caracas’. Desde entonces, pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos”. Así comenzaba Gabriel García Márquez un entrañable texto sobre la cumpleañera de hoy, en el que recordaba la época cuando era feliz e indocumentado y paseaba por sus calles. Casi sesenta años han transcurrido de ello, pero la definición certera de Gabo se ha confirmado con el tiempo: esta ciudad infeliz solo puede ser amada por quienes la padecen.  Hoy cumple 450 años con las trompetas del apocalipsis como banda sonora: pésimos augurios –y no de voces agoreras, precisamente– se ciernen sobre ella. Los supermercados están vacíos y las gasolineras llenas de gente. En la calle, en las camioneticas y en el metro no se habla de otra cosa sino de lo que viene. La gente se mueve entre la incertidumbre, la expectativa y el miedo. Son días definitivos y definitorios, en los que “algo” va a pasar en Caracas. ¿Qué, exactamente? Nadie sabe. Pero pasará y será en Caracas, dicen todos. Ésa es la certeza que se tiene; ése el susurro que propaga el fresco viento caraqueño. Y aun así, hoy, en víspera del Armagedón, el Ávila se ve inmenso, las guacamayas siguen surcando el cielo, el clima se comporta y la sultana se muestra amable y querible. Quien abra cualquier red social hoy se encontrará con mil y un declaraciones de amor, la una más afectuosa que la otra. No sospecharía quien las leyera que una mitad fue escrita por gente que tuvo que huir de ella y la otra por unos que tiemblan de miedo dentro de ella. Y es que pocas veces Gabo fue tan certero: sólo la ama quien la padece. ¡Felices 450, adorado tormento!

Esposado trasladaron al fotógrafo Leonardo Guzmán

Ese hombre de sweater oscuro, jean, zapatos deportivos y barba, no es ningún delincuente, aunque las esposas que lo atan pudieran sugerir otra cosa. Se trata en realidad de un fotógrafo de la Alcaldía Metropolitana, que fue secuestrado por los cuerpos de seguridad el lunes pasado. Ese 10 de julio, Leonardo Guzmán estaba en su apartamento, ubicado en los marrones de Montaña Alta, cuando el CICPC y la GNB comenzaron a allanar el edificio. “Ahorita estamos callados porque los bichos se metieron en las torres (…) están pateando puerta por puerta a ver quién les abre. Entran gritando: ‘abran las puertas, porque el CICPC va a entrar a revisar todo’. Estamos aquí calladitos sin hacer ruido, pero todo está bien. La puerta de nosotros ya la patearon pero no pudieron abrirla”. Así se le escuchó decir en un voice enviado a las 6:57 PM a sus amigos. Fueron, en rigor, las últimas palabras que tuvieron de él. Luego de ello, lo que se supo es que Leo ya no estaba: había sido secuestrado (no mediaba orden de captura alguna) por alguno de los cuerpos policiales que ejecutaba el allanamiento. ¿La causa? “Tener el perfil”. Esa fue la única explicación que dieron. Pasaron largos, tensos y angustiantes minutos hasta que su familia pudo dar con su paradero: un destacamento de la GNB. A las 2:30 de la madrugada del 11 de julio, lo movieron a otro destacamento, el de puerta Morocha. Pasadas más de 24 horas de su secuestro (llamarlo detención es hacerle un flaco favor a la verdad) ha sido hace minutos presentado a tribunales, cuál si fuera delincuente como se ve en la gráfica. En su defensa lo asiste el Foro Penal y lo acompaña el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa. En cuestión de minutos (o quizás de horas) se decidirá su futuro. No esperamos otra cosa sino libertad plena para él. Eso exigimos: ¡LIBEREN A LEO!

Ruperta, la elefante de caricuao, muere de hambre

Es parte de los recuerdos de infancia de cualquier caraqueño. Ir a verla era, para todos, una de las grandes ilusiones (y emociones) de la niñez, y se entiende: una elefante africana era un animal que parecía reservado sólo para los libros de biología y para la televisión. Pero en Caricuao, al oeste de la ciudad, teníamos una llamada Ruperta. Sin embargo, visitarla ha dejado de ser sinónimo de emoción para convertirse en un lamento. Ya nadie se contenta ni se divierte ante su vista. Ahora todos se impresionan, conmueven y entristecen. Porque Ruperta (la foto habla por sí sola) está desnutrida. De las 7 toneladas que debería pesar, tiene apenas 4. Por haber sido alimentada durante las últimas dos semanas únicamente con auyama, le dio una diarrea que la dejó deshidratada y le produjo una caída. En un comunicado, el Ministerio de Ecosocialismo y Aguas (¿?) informó que ello sucedió “por pérdida de equilibrio, a consecuencia de su estado senil”; versión que fue desmentida por Clara Chávez, líder vecinal de Caricuao: “Ruperta se cayó hace días porque golpeaba las piedras en búsqueda de comida. No lo reconocen, pero sufrió una lesión y ahora quieren decir que perdió masa muscular porque está vieja”. Alarmados por su triste estado, un grupo de personas recolectó comida durante el fin de semana (requiere 150 kilos de alimento diario) que el Coordinador del Zoológico de Caricuao, Erik Lenarduzzi, se negó a recibir alegando medidas sanitarias; solo aceptó un cargamento de heno. Su caso no es el único. Según El Universal, “en el Zoológico murió un puma al que le suministraron anestesia vencida, se escaparon otros animales, murió un hipopótamo por ingerir pelotas, no aparecen un cunaguaro y un caballo, y no se conoce el estado de salud de un puma herido por otro de la misma especie”; por ello, los vecinos están alerta: no quieren que Ruperta corra la misma suerte.

La foto que dejó en evidencia a Alcides Escobar

No tiene lugar en un estadio, pero se ha convertido en la foto más polémica del Mundial de Béisbol, al menos en Venezuela. La montó en su cuenta de Instagram Ronald Acuña, ex jugador de las Águilas y del Magallanes. En ella está él de fiesta junto con un variopinto grupo de personas, en el que aparte de la tristemente célebre Rosita (vedette y viuda de pranes) se encuentra también Alcides Escobar, short stop titular de Venezuela, quien al día siguiente debía participar en el juego en el que nuestra selección se jugaba la vida ante México. No más publicarla, un rosario de indignados comentarios (“nunca toman en serio el Clásico”, “están farreando mientras el equipo sufre”, “un poco de seriedad no estaría mal”) inundó la foto, motivo por el cual Acuña cambió inmediatamente el caption de la misma: “Dominicana 31/12/16”, escribió. Pero mentir en tiempos de redes sociales resulta la mar de complicado. Primero, porque tanto Rosita como Acuña ya habían subido fotos en las que se veía que estaban en Guadalajara; segundo, porque Alcides viste en la gráfica la misma franela con la que dio unas declaraciones a Telemundo saliendo del estadio; y tercero, porque finalmente acabaron por delatarse: tras la ristra de comentarios, Acuña eliminó la foto de su cuenta, pero un portal de farándula (@farandisport) hizo una captura de la misma y la subió a sus redes, en las que Alcides y los suyos comentaron. “Ahora uno no puede ni disfrutar (…) ni que estuviera robando”, escribió el pelotero; “¿…o sea, la gente no puede disfrutar, celebrar y desconectarse…?”, se preguntó su esposa; y de ese modo quedó todo dicho. Y aunque en el juego de anoche (el que tuvo lugar inmediatamente después de la fiesta), Escobar se fue de 5-4, con un doble y 2 carreras anotadas (es decir: tuvo una actuación destacada) allí quedó el testimonio de un comportamiento y una actitud bastante discutibles.

4 miembros de una familia murieron por comer yuca amarga

La foto de Fabiola Ferrero, publicada por ‘El País’ de Madrid, retrata a una mujer infortunada. No se le ven los ojos porque tiene la mirada baja, pero tras ellos, nadie lo dude, se halla la tristeza característica que deja el paso de la tragedia. Porque no otra cosa han vivido ella y su familia en días recientes: una dura y horrible tragedia, que mereció un reportaje de este diario. “La familia Linares Cruz –arranca el texto, que lleva la firma de Maolis Castro– ha enterrado a cuatro parientes en una semana en Caracas. Las dos primeras muertes parecían una desafortunada coincidencia. El 12 de febrero, Jonathan Stiven, el quinto de ocho hermanos, había enfermado repentinamente durante el entierro de su tío Jesús María. Su malestar –los vómitos, los mareos y el dolor en el estómago– sobrevino en otro funeral: el suyo. Hasta ese momento los médicos habían hecho un diagnóstico impreciso de las causas de los decesos: un síndrome convulsivo y un edema cerebral, sucesivamente. Solo la muerte de Alonso Cruz Durán, el tío de Jonathan y el hermano de Jesús María, ha esclarecido que se trataba de un envenenamiento colectivo por comer yuca amarga, un tubérculo originario de Sudamérica y que únicamente en su variedad dulce es comestible. Para el momento de este hallazgo, ya Xenia Cruz, otra pariente de los fallecidos, y su vecina Bertha Sánchez habían comido unos trozos del tubérculo. Ninguna se repuso. Los envenenados vivían en el barrio Isaías Medina de Catia, al oeste de Caracas, y compraron el alimento a vendedores informales (…) El médico José Manuel Olivares, un diputado opositor de la Asamblea Nacional, asegura que, al menos, 28 personas han fallecido por comer yuca amarga desde octubre en los Estados de Anzoátegui, Bolívar, Lara, Monagas y en la ciudad de Caracas. ‘La gente consume eso por la extrema situación de pobreza y la ausencia de controles sanitarios de los alimentos. Apenas es una de las consecuencias de la precariedad’”. Y de esa desgracia, dicho sea, Maduro hizo un chiste.

[Puedes leer el reportaje completo aquí]

 

La legalización del soborno

Es una de las cosas más perversas que ha traído consigo la revolución bolivariana: la metamorfosis de lo normal. Así, lo que son derechos y cosas perfectamente habituales en cualquier parte del mundo, acá se convierten en privilegios o concesiones graciosas, cuando no en favores que al parecer que hay que agradecer de rodillas. Lo vemos con las Elecciones Regionales, un derecho consagrado en la Constitución, pero que hay que negociar (Zapatero mediante y dejando a Maduro tranquilo hasta 2019) para que se lleven a cabo. Lo vemos en los discursos de inauguración o reinauguración de cualquier obra, que el gobierno siempre presenta como un favor o acto heroico cuando no son más que el deber más simple de cualquier gobernante. Lo vemos, incluso, en nuestras casas cuando soltamos un “gracias a Dios no te pasó nada a ti” al enterarnos de cualquier robo, cuando lo normal es que éstos no sucedan. Y lo vemos, también, en esta foto. Corresponde a los pendones que desde ayer se encuentran en las afueras de las oficinas del Saime en los que están impresos los nuevos montos a pagar para sacar el pasaporte. No es que haya subido el precio del trámite (cosa lógica cuando hubo un aumento de la unidad tributaria), sino que ahora cobrarán un monto especial (el más alto, dicho sea) por “agilizarlo”; es decir, por hacer el trabajo a tiempo y de modo eficiente. ¿Cómo se come eso? Como la institucionalización del soborno: el Estado (que nosotros, los ciudadanos, mantenemos) nos cobrará por hacer a tiempo lo que no es más que su obligación. ¿Y si no? Meses, o quizás años, a la espera del pasaporte.

Así tratan en Vargas a los docentes

“Somos docentes, no somos delincuentes”, gritaron, pero no hubo manera. La Policía de Vargas los trató como criminales. Ni siquiera, porque con ellos (cuando los atrapan, que es casi nunca) son más delicados. Pero estos eran maestros, gente que se dedica a la enseñanza, a impartir conocimientos, a explotar el potencial de los jóvenes; enemigos de ese pueblo que necesitan brutos, pues. Estaban en la calle porque la Gobernación no les había pagado los últimos aumentos. No es sólo que ganan sueldos de hambre, sino que además no se los pagan ni a tiempo ni completos. Cuando se los cancelan, ya la inflación se ha comido el poco beneficio que podrían generar. Por eso, se habían organizado para entregar en la Casa Guipuzcoana (sede del Gobierno de Vargas) un documento exigiendo que cumplieran no con un regalo sino con un derecho. Salieron de la Plaza Los Maestros y cuando se aproximaban a la sede de la Gobernación, una cadeneta de policías los esperaba. No eran más de setenta los educadores (entre activos y jubilados) pero había un despliegue considerable de policías. Forcejearon, les rompieron las pancartas, pero lograron pasar. Sin embargo, cuando llegaron a la sede de la Gobernación se encontraron con un contingente de policías con equipos antimotines que les impedía el paso. Y fue allí donde alzaron su voz (“somos docentes, no somos…”) y fue allí donde, sin mediar palabra, agarraron a uno de ellos, le hicieron una llave y lo arrastraron por el cuello hasta una patrulla. Corajudas como siempre han sido, las maestras se envalentonaron y trataron de evitar que se lo llevaran. Y la policía recurrió a lo que es lo suyo: la fuerza bruta. Las golpearon y detuvieron a otros tres, que estuvieron presos hasta la noche. “Quienes nos golpearon y los que están detrás de ellos tienen que pagar porque es un delito. El gobernador parece odiar a los docentes”, dijo una de ellas. Y es obvio: en un pueblo alfabetizado y educado, él no hubiera llegado ni a concejal.