Cajas selladas

Donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

La Librería Lugar Común abrió sus puertas por primera vez hace siete años. Desde entonces, lo que era un espacio más propio de las calles bonaerenses que de una Caracas cada vez más deprimida devino cadena. Hoy día, existen tres sedes más en Caracas (una en Plaza Venezuela y dos en Las Mercedes), además de una en Mérida y otra en Margarita. Pero ninguna –ninguna– tiene el aura de la primogénita: la de Altamira.

La misma que ahora es solo un montón de cajas selladas.

A ver si nos entendemos. En el mismo espacio opaco y desteñido que se muestra en la foto, se realizaron 1.500 eventos gratuitos, talleres y jornadas de discusión. ¿Se entiende? 1.500. Lo que equivale a pasar más de dos tercios del año haciendo mucho más que vender libros. Es decir, había más espacio para el desarrollo intelectual y artístico en ese reducido local que en muchas universidades.

En ese mismo lugar que ahora parece un depósito que exhibe su intimidad ante el mundo, pasaban día tras día centenas de personas que se sentían seducidas por una fachada que invitaba a la opinión reposada en medio de la verborrea caraqueña. En una urbe en la que el tiempo agoniza entre retrasos del Metro y colas infinitas, sentarse a tomar un café y leer un libro era posible en una esquina de Altamira que, de tan concurrida, se convirtió en un Lugar Común.

Como una pequeña Caracas, confluían ahí desde señoras que buscaban –sin mucho éxito– el último hit de Paulo Coelho hasta jóvenes que salivaban con tomos de la poesía de Walt Whitman en inglés original. Lo mismo pasaba un arquitecto a comprar un libro sobre su oficio que valía el equivalente a 25 salarios mínimos, como un bachiller que se sentaba a leer lo último de Punto Cero en el sofá durante toda la tarde: un poco porque disfrutaba estar ahí, otro poco porque ni ahorrando durante todo el año podía comprarlo.

Muchos de esos libros, que en la foto se intuye que rumian su desasosiego dentro de cajas que parecen cárceles, vieron impotentes cómo la librería –pese a sus 20 candados– fue robada dos veces. Y cómo sobrevivió a dos batallas campales: las protestas del 2014 y 2017.

Donde muchos ven cajas cerradas, yo veo el recuerdo de aquél taller de crónica que realicé en el 2014 mientras, afuera, varias barricadas trancaban las vías cercanas. Desde los vidrios que ahora exponen la tristeza, observé hileras de fuego que resguardaban a descamisados manifestantes dispuestos a tirar desde piedras hasta su propia vida a policías y guardias. Con esa imagen en mi retina, subí al segundo piso de la librería –donde estaban las aulas– para adquirir las herramientas que cuatro años después me ayudarían a convertirme en editor en jefe de Revista OJO. Por poner un ejemplo.

Quizá por todo esto, en una entrevista, Garcilaso Pumar –quien fuera el rostro visible de Lugar Común– contó que su esposa le dijo que el cierre de la sede de Altamira es lo más cerca que van a estar de participar en su propio entierro. Como, pienso yo, si un vivo orara frente a su propia tumba.

Tal vez buena parte de los caraqueños que aman los libros se sienten un poco así. No tanto porque se baje de forma definitiva una santamaría, sino porque es otra santamaría que se baja: la ciudad luce cada vez menos amigable para los amigos de la cultura.

La librería fue también ejemplo del aumento de la crisis. Si en época de vacas gordas podía vender centenas de libros durante un día, ahora que no hay vacas y muchos se debaten entre comer o leer (o se debatían: de un tiempo para acá, los libros pueden ser más costosos que la comida) no hubo cómo comprar el local que alquilaba: el que era su hogar. Sin acuerdo con los arrendadores, cerrar era la única opción. Y así, aunque la cadena se mantiene firme, acaba de perder a su eslabón más valioso. Al más icónico.

Por eso, repito, donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

Otra flor que se quema en medio de un incendio rojo como el fuego. Rojo como la Revolución.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Un país que se hunde

Empeñados en desbaratar casi cualquier cosa que funcione, el Gobierno ordenó la expropiación y ocupación de la compañía Conferry en 2011 debido a que, según el argumento oficial, prestaba un servicio ineficiente, irregular, discontinuo y ofrecía a los usuarios precios muy elevados. Es así como el Robin Hood rojo –que roba a los emprendedores para darles champagne a sus amigos holgazanes en nombre de los pobres– adquirió las embarcaciones que emprendían el viaje ida y vuelta hacia la isla de Margarita. Siete años después, de 11 ferris que se encontraban operativos sólo uno está disponible para viajar. El último en decir adiós, El Tallin Express, simboliza a un país que se hunde gracias a un sistema político-económico cuestionado incluso por sectores del chavismo. Que se hunde como la credibilidad del eslogan “Venezuela potencia”. Que se hunde como una empresa petrolera que importa gasolina porque no puede satisfacer el mercado interno. El ferry que se hundió forma parte de la política ¡Eficiencia o nada! del legado del presidente Chávez. Y como vieron que eran tan eficientes como quien cocina una res con un fósforo, prefirieron no hacer nada que ayudara al país. Nada por la economía, nada por la inseguridad, nada por los buques que necesitan mantenimiento. Es así como uno de los símbolos de las vacaciones en Margarita nunca fue prioridad para un régimen que viaja en aviones privados y yates de lujo: un país se hunde ante los ojos de un Gobierno que disfruta que sus habitantes se ahoguen.

 

Por Edgar Moores.

¿Hasta cuándo?

“Hasta en las películas de misterio, cuando cae un palo de agua, hay un apagón”, dijo el Ministro de Energía Eléctrica, Luis Motta Domínguez, con respecto a los cortes de luz en Maracaibo hace tres meses. El bajón eléctrico general que ocurrió este martes 31 de julio en Caracas obligó a desalojos forzosos en el Metro, a incrementar el número de usuarios a pie por las avenidas de la ciudad y a que los comerciantes bajaran las santamarías de sus negocios ante la imposibilidad de realizar ventas. Una mujer sentada a las afueras de la estación de Altamira, encima de un muro que tiene un grafiti que dice “¿Hasta cuándo?”, es la muestra de una población que descubrió que el “llegadero” no tiene fondo, que siempre se puede estar peor, y que la capacidad de asombro cuesta perderla. El apagón, originado por una falla en Santa Teresa, según informó el Ministro, se justificó como quien busca excusas por llegar tarde cuando vive a una cuadra del colegio. La mujer, pensativa, quizás reflexiona sobre si ir a trabajar le sale más caro que quedarse en su casa; tal vez recuerda esa época en la que “era rica y no lo sabía”; o, quizás, piensa en su hijo, que antier arrancó a Ecuador por tierra gracias a la venta de las únicas joyitas de oro que tenía. La mujer, sentada encima del “Hasta cuándo”, quedó petrificada, en estado inercia. No sabe hasta cuándo tendrá que pilar el maíz, no sabe hasta cuándo tendrá que hacer colas kilométricas por efectivo, ni sabe hasta cuándo tendrá que condicionar las actividades domésticas al racionamiento de agua. Alrededor, la gente camina, se dirigen hacia Chacao, otros hacia Miranda. Algunos tienen fe –porque esperar que los servicios básicos funcionen en Venezuela es un acto de fe– y esperan en las paradas de autobuses las camioneticas atiborradas de gente, en donde los colectores exigen doble fila y que los pasajeros peguen espalda con espalda. Otros, en cambio, que dejaron de creer desde hace rato, caminan, y piensan hasta cuándo, ¿hasta cuándo les durarán los zapatos para caminar?

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Algunas preguntas y una aclaratoria

Putin es un tipo de temer, le gusta el poder, lo usa por encima de la ley, a su antojo, viola derechos humanos y es despreciable. No lo defiendo, pero… me gusta hacerme preguntas. Estas preguntas, por favor, tampoco defienden nada, sólo pretenden pensar desde una cierta semiótica. Nada más, nadie se enoje, por favor. Son preguntas, no expresan una opinión afirmativa. Son preguntas no más.

Ahora, aclarado esto, dicho esto, y aún con temor:

Cuando se critica lo del paraguas, ¿qué se pretende?, ¿que el político del paraguas no usara paraguas como los otros dos?, ¿o se pretende que los tres usaran paraguas?

Todo político tiene un trabajo de representación sígnica. Los políticos abrazan, sonríen y se toman fotos con la gente. ¿No es cierto? También un político se moja en la lluvia y abraza a su equipo porque es parte de la representación, de la publicidad necesaria para el bien de lo político. Digo, por muy simpáticos que sean, ¿no son políticos y su trabajo no es ser… políticos? Entiendo además la política de buena manera: la política como un acto humano que busca la concordia entre las partes para así convivir en la ciudad, en el país, en el mundo de la mejor manera posible.

Por cierto, hay unas bellas fotos de Chávez mojándose en la lluvia.

Un político abraza a sus guerreros que se mojan en la lluvia, y el político se moja con ellos: esto es parte del juego de representaciones sentimentales y heroicas que generan simpatía. ¿No era correcto que los dos políticos de los dos equipos guerreros se mojaran en la lluvia? Lo era: esa escena es parte de la representación de los signos heroicos. El tercer político, el del paraguas, ¿tenía también que representarse mojado en una justa guerrera que no le pertenecía?

Si el político del paraguas hubiera protegido con paraguas a los dos políticos, ¿no habría disminuido así la representación heroica que le tocaba a los dos políticos en ese momento? ¿No hubiese sido más bien una falta de respeto de parte del político del paraguas hacia los otros dos y sus equipos guerreros cortarles la nota del momento heroico?

¿Que el político del paraguas se hubiese presentado también sin paraguas, no podría entenderse también como una pretensión de “robarse un show”? ¿Es decir, no hubiera estado fuera de lugar que el político del paraguas apareciese también mojándose bajo la lluvia para celebrar dos equipos que no eran los suyos? ¿No podemos entender más bien el acto de no mojarse no como un irrespeto o un desatino político sino como un simple acto de respeto hacia los otros dos políticos que son los protagonistas del momento? Es decir, es factible, que de haber hecho esto, se le hubiese criticado como un robador de show. En el fondo, de ninguna se salvaba.

Es decir, ¿no podemos entender el acto de mojarse como un momento necesario y exclusivo y luminoso, y el acto de protegerse bajo un paraguas como un acto de respeto hacia la representación del momento del otro?

Allí hay una cuestión, sin duda, de oportunidad de momento, que Putin tomó de una manera y el resto de la humanidad de otra. Pero no más, dejo estas preguntas, aunque a usted y a mi, al final, nos siga pareciendo que el hombre del paraguas es un hijo de puta.

Un agregado: ¿Es realmente sensato que los venezolanos sigan mirando todo lo que pasa en otras partes del mundo desde la perspectiva de la revolución o el socalismo que azota a Venezuela?

 

Por Fedosy Santaella@Fedosy

La cueva de la esperanza

Una experiencia exótica terminó en pesadilla cuando 12 niños y su entrenador de fútbol quedaron atrapados 17 días en una cueva inundada en Tham Luang, Tailandia. Un equipo de fútbol juvenil decidió celebrar el cumpleaños 17 de Peerapt Sompiangjai el 23 de junio en una gruta que se inundó. Nunca antes un refrigerio había sido tan valioso. Y es que gracias a la comida que llevaron para celebrar el cumpleaños de Peerapt, los 12 niños pudieron mantenerse con vida un poco más de dos semanas. El agua que tomaron era la que goteaba de las paredes mientras que meditaban para mantener la calma, el entrenador -que también era un monje- les enseñó a sus pupilos técnicas para mantener los niveles de estrés en el mínimo. Mientras que a miles de kilómetros se disputa el mundial de fútbol, los niños del equipo juvenil jugaban el partido más importante de su vida: el de la supervivencia. Ante la oscuridad y reducción de oxígeno diaria, la noción del tiempo no fue lo único que perdieron, sino que también 2 kg de peso cada uno. El proceso de rescate fue complejo y lento, pues la única manera de salvar la vida de las 13 personas era con buzos altamente preparados. La dificultad de salir de la cueva, y el riesgo que implicaba, originó que antes de ser rescatados los infantes fueran sedados para evitar el pánico. El éxito fue alcanzado el martes cuando lograron salvar la vida de cada uno de los 13 integrantes del conjunto de fútbol, incluido su entrenador, quien se encontraba en peores condiciones porque preponderó la salud de los demás por encima de la de él. Pese al inmenso trabajo de rescate, un buzo tailandés pereció cuando les llevaba suministro de oxígeno. La calamidad que sufrieron para salir los atrapados causó revuelo en todo el mundo tanto que el presidente de la FIFA invitó a los afectados a la final del mundial de este domingo en Rusia, lo cual no será posible porque todavía se encuentran en proceso de rehabilitación.

Huérfanos por el éxodo

¿Puede un niño definir la tristeza? Fue lo que se preguntaron los periodistas Daniel García y Dalila Itriago de la ‘BBC News’ para hacer un reportaje acerca de la separación de padres e hijos por culpa de la crisis. “Lo que me ayuda a llenar el vacío es el deporte”, les comentó Rubén, de 11 años, quien vive con su tía debido a que su mamá emigró a Colombia. Cuando el dinero no alcanza para la alimentación, las familias se dividen para poder subsistir. El camino para devolver el plato a la mesa es emigrar; sin embargo, el grupo familiar no se puede mantener unido. La ausencia de la figura paterna es común en Venezuela. “Los barrios populares de Caracas están llenos de madres, tías y abuelas que sacan adelante solas a familias numerosas”. Así es que la madre debe abandonar el hogar para darle de comer a sus hijos. Pese a que los niños entienden la ausencia de sus padres, puede haber consecuencias difíciles de resolver. “No se fue por ella, sino por nosotros”, dijo Rubén. “Sentirse solo, triste y sin orientación los afecta anímica y psicológicamente, y eso también se verá reflejado en su desarrollo”, fue la opinión de la directora nacional del Programa Escuela Fe y Alegría entrevistada por la ‘BBC’. El riesgo del abandono (forzado) es que “los niños se puedan volver retraídos o violentos”. El éxodo es producto de una crisis sin precedentes que ahorca económicamente a las familias. De los nominados “padres huérfanos”, quienes hablan de sus hijos (mayores de edad) que se fueron en las reuniones familiares, llegan los “hijos huérfanos”, que tuvieron que despedir a sus progenitores por la coyuntura.

El link del reportaje completo aquí

El quiosco que se fue

 Enmarcado en el plan destruye el país y culpa al Imperio, la Alcaldía de Caracas decidió arbitrariamente remover quioscos de las avenidas Urdaneta, Universidad, Baralt, Sucre y Francisco Solano en Caracas. El argumento oficial dice que necesitan el espacio para rehabilitar las aceras; sin embargo, no se le comunicó a los quiosqueros oportunamente. Si la crisis de efectivo no fue suficiente para poner en jaque a los comerciantes, la última decisión los deja a la deriva por un tiempo indeterminado que, en clave revolución, podría ser para siempre. Según la cifra que maneja el portal crónica.uno, 500 personas son las afectadas por la ejecución de este proyecto. De esta manera arrebatada, es que a quiosqueros de Caracas sólo les quedó observar como su puesto de trabajo era removido como carga pesada por maquinaria de construcción. Más allá del cigarro y el periódico, un quiosco tiene un valor patrimonial que un gps jamás podrá tener. Y es que quien no se paró en una esquina a preguntar una dirección a un quiosquero, que tire la primera piedra. Son ellos los que conocen no sólo el olor de las calles, sino las historias de la ciudad. Dos quioscos podían convivir en la misma cuadra sin estorbarse, incluso ofreciendo la misma mercancía. Que la rehabilitación de aceras era necesaria, no es motivo suficiente para despachar de su trabajo a un trabajador que no hace más que maromas para poder mantenerse en una economía en crisis.

Condenan a muerte a los trasplantados

Han vivido el trago amargo de un diagnóstico médico que compromete su vida y para el que el único tratamiento posible es un trasplante. Han fatigado meses y hasta años buscando un donante. Han sufrido la incertidumbre de no saber si el órgano es o no compatible. Han celebrado la alegría de tener un trasplante exitoso. Y ahora viven la dolorosa y frustrante experiencia de que luego de pasar por calvario tal y sobrevivir a lo que parecía imposible, su lucha se ve perdida y su vida en juego por no tener un medicamento. Es lo que están viviendo los pacientes trasplantados, que por falta de inmunosupresores están muriendo o perdiendo sus órganos. Se trata de un fármaco imprescindible, que previene el rechazo del órgano nuevo y cuya importación, por ser de alto costo, se encuentra en manos del Instituto Venezolano de Seguro Social, que ha venido presentando fallas desde el primer trimestre de 2016. Fallas que se traducen en años de esfuerzo perdidos y muertes evitables. Las cifras son de la Organización Nacional de Trasplantes de Venezuela y se corresponden con los resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Inmunosupresores, que se llevó a cabo entre el 28 de febrero y el 26 de abril de este año, y determinó que sólo en ese período se produjeron 366 complicaciones de pacientes trasplantados, de los cuáles 26 fallecieron. Entre febrero y abril, la Organización Nacional de Trasplantes documentó 47 pérdidas de órganos, 89 cuadros de insuficiencia renal y 68 rechazos reversibles en todo el país. No sólo eso: debido a la falta de inmunosupresores se produjeron 95 emergencias hospitalarias y 54 trasplantados tuvieron que volver a la diálisis, en un país donde no abundan las máquinas para ello. Son números que hablan de vidas truncadas, de proyectos frustrados y de mucho sufrimiento. Son personas que podrían tener una vida normal, con calidad, saludable, feliz, y que la están pasando terriblemente mal. Son víctimas de la crueldad de una revolución genocida y orgullosa que se niega a la apertura de un canal humanitario, roba con las medicinas y mata, así, a sus ciudadanos.

El régimen se burla de nuestros enfermos

Las palabras no alcanzan para describir la situación que padece Elizabeth Salazar. Desde que le diagnosticaron el cáncer ductal de mamá hace ocho meses, Elizabeth debió asistir a 10 sesiones de quimioterapia, pero no le han administrado ninguna. No es negligencia ni tampoco voluntad, es la falta de insumos que tiene en terapia intensiva al sector salud en Venezuela. A la enfermedad no le interesan colores políticos ni ideologías antiimperialistas, si no se trata oportunamente, puede que sea demasiado tarde para el afectado. A las afueras del Ministerio de Salud pacientes aclamaron a gritos lo que el servicio público de redes sociales trata de solventar, pero que no se da abasto: la cantidad de necesitados es gigante y el acceso a medicamentos y tratamientos por la vía pública es imposible. Salazar, de 63 años, no temió en mostrar su seno para responsabilizar al régimen de su estado: “Yo soy una de las tantas personas que sufre la emergencia humanitaria compleja, no me quiero morir, yo quiero vivir. Pero en ningún lugar hay tratamiento para el cáncer y nunca he contado con el tratamiento, ni siquiera un paliativo para el dolor me han brindado. He tenido que ir de un sitio a otro para conseguir uno de los calmantes. Ahora me dicen que no existe la quimioterapia en el país. Esa respuesta por parte de las autoridades es irresponsable y me aterra saber que esta es una sentencia de muerte”. Hace más de cuatro años, los tratamientos de alto costo podían ser costeados por el IVSS, pero el deterioro del sector arriesga la vida de venezolanos. La ONG Codevida publicó datos demoledores: a partir el 03 de diciembre de 2017, tres mil personas con VIH han muerto por ausencia de antirretrovirales mientras que la suspensión de trasplantes (desde hace un año) dejó a cinco mil personas en espera. El régimen tiene ante sí una emergencia humanitaria que no puede parapetear eliminando tres ceros.

Fuego en Guatemala

Un cielo gris con columnas de humo de 10.000 metros de altura certificaba que lo peor había ocurrido: El volcán de Fuego de Guatemala había hecho erupción. El domingo en la mañana, el coloso –ubicado a 35 kilómetros de la capital guatemalteca– inició su actividad eruptiva que, según Reuters, provocó la muerte de 38 personas mientras que la cifra de heridos se acerca casi a 300 y los reportes de desaparecidos aumentan. La erupción del volcán de Fuego es la más fuerte registrada en el país centroamericano desde 1974, de acuerdo con la información recolectada por ‘El País’ de España. Los ríos de lava y lodo causaron en las poblaciones aledañas a la erupción desesperación y terror. “Si esta vez nos salvamos, en otra no” comentó a la AFP Efraín González, quien llegó con su esposa e hija de un año a un albergue tras escapar de las embestidas del volcán que golpeó brutalmente a su comunidad, la villa El Rodeo, la más afectada. González, de 52 años, no celebra su escape, pues su hijo de 10 años y su pequeña de cuatro se encuentran desaparecidos. La incertidumbre invade a familias enteras que, pese a los cordones de seguridad, se dirigen hacia las zonas evacuadas para buscar a sus parientes extraviados. Las secuelas del volcán también llegaron a la capital (Ciudad de Guatemala), hasta el punto de que el único aeropuerto internacional del país tuvo que cerrar operaciones debido a la lluvia de cenizas, por lo que varios vuelos internacionales fueron desviados a El Salvador. La potente explosión, que originó colosales columnas de ceniza y flujo piroclástico (gases volcánicos calientes), ha afectado a 1,7 millones de personas, de las cuales 3.100 tuvieron que ser evacuadas. A falta de la aprobación en el Congreso, el presidente Jimmy Morales decretó estado de emergencia.