Desorden Público en los Pepsi Music: música para pensar y bailar

Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, como se le conoce– asistió a la gala de los Pepsi Music en compañía de su hija. El percusionista de Desorden Público caminaba por el lobby con la parsimonia de un artista consagrado, mientras hacía tiempo a que llegara Danel Sarmiento. Con ambos, Revista Ojo tendría la posibilidad de conversar.

 

Oscarello, ¿cuántos premios ha ganado Desorden Público en estos 33 años?

Uff. Esa pregunta está bastante difícil. Eso es como cuando, en algunas entrevistas, te dicen: cuenta una anécdota. Uno tiene tantas, que uno al momento en que se lo preguntan no se acuerda. Pero, más reciente, ganamos tres Premios Pepsi en la entrega no televisada. Ganamos un Grammy norteamericano, que es como el Grammy planetario, por el disco que hicimos con C4Trío en enero. No ganamos, pero, caramba, ser nominados a esos Grammy ya es ganancia, ¿no? Estehm, bueno… Premios Pepsi, gracias al público que hace las votaciones, nos ha ido súper bien en las pasadas cinco ediciones. Y, bueno, pare usted de contar.

¿Qué importancia le dan ustedes –como banda, como artistas– a los premios?

¿Específicamente a los Pepsi o a cualquier premio?

A cualquier premio.

Oye, a mí me parece que nosotros como artistas… ¿cómo te digo?, súper complacidos, porque ahí están apoyando a la gente que, en nuestro caso, se esfuerza haciendo música. Y si vamos más específicamente al caso de los Pepsi Music –sobre todo en estos tiempos, en el último año–, oye, la verdad es que nos quitamos el sombrero, porque tienen eso: apoyan el talento nacional. Y, además, la gama, el abanico de música: desde música infantil hasta cualquier cosa que sea venezolana.

¿Un artista es más artista o menos artista por ganar o no un…?

¡Noooooo, no, no! Disculpa que te haya interrumpido la pregunta, pero no, no, no. Es más, hay gente que gana y de repente no es artista: es un producto comercial, que lo lanzaron, le fue muy bien, le metieron bastante dinero, muchísimos likes, mucha payola en radio y al final lo que es es un faranduleo, pues. Pero yo no considero que si no ganas, no eres artista. A mí parecer, eso no tiene nada que ver.

¿Cuáles son las búsquedas artísticas que, después de 33 años, tiene ahorita Desorden Público?

Coye, Desorden siempre estamos activos. Bueno, no sé si te has fijado en la carrera de Desorden, siempre estamos inventando algo. Sacamos cosas nuevas, nunca nos quedamos anclados al pasado; claro, tenemos, a veces, que tocar en los shows esos súper clásicos que hay que tocarlos; a veces les hacemos una pequeña variación, para divertirnos, para hacer un toquecito diferente. Pero siempre estamos en una búsqueda. Ahorita en mes y medio iremos de nuevo a México, para usarlo como base de operaciones, porque tenemos varias cosas por ahí. Iremos a Europa, a Centroamérica, tal como el año pasado. Estamos inventándonos otro sencillo navideño; creo que el año pasado hicimos uno con Gustavo Aguado, al estilo Desorden. Tenemos otra idea por ahí… Ya para el año que viene queremos grabar disco nuevo, ya estamos pensando material… O sea, siempre estamos activos. De hecho, ahorita hicimos unos shows en Venezuela, y a nivel musical cambiamos nuestra línea de metales, que tradicionalmente ha sido trompeta, trombón y saxo. Esta vez, trabajamos con dos saxos nada más. Dos saxos tenor. Siempre estamos buscándole la vuelta a todo para divertirnos y que la gente sienta que le ofrecemos algo diferente.

¿En este momento, cuál es el leitmotiv de la música que están haciendo?

¿El leitmotiv? Yo creo que siempre ha sido el mismo, música inteligente: para que pienses; y música para los pies: para que bailes. Lo que creo que se ha diferenciado es –claro, como todo en la vida– vas madurando y te vas haciendo un poco diferente. Quizá más poético, más pausado. Uno en la vida siempre va cambiando…

¿Y en estos 33 años no ha ocurrido que hayan tenido divergencias artísticas, que sientan que ya no están en lo mismo?

No, no. Por lo menos el núcleo –que somos Danel, Horacio, Caplís y mi persona– siempre nos hemos mantenido fiel a lo que es la columna vertebral del ska y de ahí sacamos nuestras canciones. Porque vivimos en Venezuela, estamos en el mar Caribe, yo pienso que no escapas a esa permeabilidad; entonces, por eso tenemos ese estilo que es ska con salsa, con merengue, con afrovenezolano… siempre haciendo buenos contactos con gente que nos gusta. Por ejemplo, C4Trío. Fíjate, ahorita que me preguntabas lo de los premios… o sea, el sentido comercial y eso: a nosotros, si no nos gusta no lo hacemos.

Me dijiste que su base de operaciones está en México.

No, no, no. Estamos un poquito desperdigados, pero sigue siendo Caracas nuestra base. Pero, el año pasado tomamos a México por unos meses como nuestra base de operaciones. De ahí salimos a España, Portugal, Centroamérica, Norteamérica, el mismo México; y este año, lo vamos a volver a hacer, pero por un mes nada más. Tenemos varios compromisos en el exterior y es más fácil llevarnos desde México que desde Venezuela.

Como artistas, ¿en qué los afecta todo el clima que estamos viviendo, la crisis del país?

Bueno, yo creo que nadie está exento de eso. En la banda, hubo tres de los más nuevos, por decirlo así, que se quedaron viviendo en México. Y cuando dimos este show que te dije anteriormente que tocamos con dos saxos, tuvimos prácticamente que armar una banda nueva.

¿Y el núcleo principal sigue residenciado en Caracas?

Sí, sí. Horacio está de viaje porque él sí tenía unos compromisos en Houston, allá está la hermana. Tenía una gira de medios por allá. Pero, por lo menos, aquí en Venezuela, de los cuatro viejitos ahorita estamos tres.

¿Hasta qué edad van a seguir dándole?

Oye, Desorden no tiene fecha de caducidad. Yo siempre digo, parafraseando a Mick Jagger, así nos tengan que poner rampa para subir a la tarima en silla de ruedas… ahí vamos.

Bueno…

¡Otra cosa! ¡Disculpa que te interrumpa! En diciembre, viene una película de nosotros (por eso te digo, siempre estamos haciendo cosas): una película de Carlos Malavé, cineasta venezolano. Es una especie de documental de Desorden Público, se llama Venezuela es un Desorden, para que estén pendientes. Es una película, un documental de nosotros, que es dinámica: ves fotos, ves conciertos, ves cómo somos nosotros fuera del ámbito musical.

¿Y qué periodo comprende la película?

Toda la vida.

¿Pero por cuánto tiempo han estado filmando?

Han filmado en los últimos dos años, pero siempre buscando sobre todo fotos de, oye, cuando estábamos pelados, pues.

¿Y no viene algún libro en camino?

Oye, ahorita no. Pero ya nos han hecho dos libros, creo. Uno se llama Buscando algo en el Caribe y otro que se llama ¿Dónde está el pasado?, que es Desorden antes de conformarse como Desorden Público: todas las influencias, etc. Pero dos libros tenemos.

Danel Sarmiento, Dan-Lee, llega vestido con un traje de color claro que lleva la palabra ska armada sobre el cuello con letras de plástico imantadas. El baterista se suma, entonces, a la entrevista.

Cuéntame cómo está actualmente la movida del ska en Venezuela.

La movida del ska en Venezuela está muy apagada. Sin embargo, hay bandas nuevas que están surgiendo. Hay una banda de chicas que se llama Nomásté. Se las recomiendo, para que la escuchen. Son niñas, es un grupo de puras niñas: o jóvenes, son jóvenes, de 18 a 20 años. De resto, alguna que otra banda que se mantiene sonando. Pero la verdad está un poco apagado todo lo del ska.

¿Y a qué crees que se deba?

Bueno, pocos sitios donde tocar, pocos eventos. Y todo eso va como mermando, también. Si quieres dedicarte a la música, y ves que no ganas mucho de eso, la gente tiene que dedicarse a otra cosa y dedica menos tiempo a la música.

¿Cómo han hecho ustedes para seguir estando en primera plana durante 33 años?

Bueno, porque somos unos tercos de primera. Sabemos que se puede. También hemos tenido que salir más: hemos tenido que tocar más fuera de Venezuela que en Venezuela. Si nos hubiésemos quedado aquí, te deprimes: no hay dónde tocar. Hemos tocado, pero muy poquito. El otro día estábamos sacando la cuenta: como de 70 shows, 13 nada más fueron en Venezuela. Y antes era al revés: era mucho Venezuela; fuera, lo normal. Pero ahora, hemos tenido que estar cuatro meses en México, y estando en México como base de operaciones nos ha servido para ir a Europa, para Centroamérica. Quisiéramos tocar más en Venezuela. Pero bueno, es como saber moverse dentro de la corriente.

Una de las cosas positivas de esta crisis, una de las muy pocas, es que estamos exportando nuestro arte.

Claro, pero hubiese sido bonito que se exportara sin crisis.

¿Cuál es, actualmente, el leitmotiv de la banda?

Mira, el disco más reciente se llama Bailando sobre las ruinas. Esa es como una metáfora que queremos tener en mente: sabemos que en algún momento vamos a estar bailando sobre las ruinas que ya queremos dejar atrás, pasar a un nuevo capítulo. Todo el mundo tiene que poner de sí, no esperar que vengan mesías para corregir las cosas sino corregirlas cada uno, y eso va sumando.

Ustedes se hicieron populares con canciones bastante críticas en los 90 que, lamentablemente, no pierden vigencia.

Una lástima que no pierdan vigencia. Deberían perder vigencia. De hecho, hay canciones nuevas que todavía tocan esos temas. En el disco nuevo hay varias, que básicamente reflejan lo que está pasando y, bueno, sí: le metemos ese humor negro; pero sabemos que está dura la situación.

Está tan dura que más bien hay una especie de nostalgia por los 90 y por los 80, que fueron épocas complicadas.

Aunque yo también a veces pienso ah, qué bueno época, el otro día se montó en tarima con nosotros Willy Mackey: dijo unas palabras que son bien interesantes, dijo que no nos quedemos con el pasado: pensemos hacia el futuro. Imaginemos el futuro sin tener esa nostalgia por el pasado. Y bueno, así lo siento yo también.

En ese mismo concierto, Caplís también dijo unas palabras bastante claras…

Bueno, porque la situación está álgida: te hace hablar de esa manera. Algunas personas lo tomaron como que es muy fuerte; otras personas lo tomaron como que así es que hay que hablar. Pero es que estamos en un momento álgido.

¿Y no les da miedo que haya represiones por parte de la dictadura?

Sí, pero cuando es expresión de arte no puedes callarlo. Sale pa’lante lo que sale del alma, del corazón. Salió eso. Y bueno, ahorita estamos tranquilos gracias a Dios. Esperemos que no pase nade, o que se den cuenta de que no todo el mundo está de acuerdo con lo que están haciendo.

Le pregunté a Oscar, hace rato, si sabía cuántos premios ha ganado Desorden en estos 33 años.

¿Pero de Pepsi Music solamente?

En general.

No, no llevo la cuenta. Pero son muchos. Uno de los más inesperados fue el de este año, el del Grammy: la nominación al Grammy. Estuvimos cerca de algo muy grande, que nunca habíamos soñado, que no habíamos planeado… Siendo una banda independiente, sin disquera, que la música llegue… tú dices bueno, lo estamos haciendo bien. Pero el mejor premio es el saber que la música trasciende.

¿Sientes que un artista es más, o menos artista, por ganar o no un premio?

No, para nada. Esos premiosa a veces se mueven mucho por las disqueras, hay gente que va a esos premios haciendo toda una campaña.

¿Qué importancia tienen entonces los premios?, ¿para qué sirven?

Difusión, encuentro, ayuda a que se te abra el entorno hacia otros países, hacia otros géneros musicales; el ska jamás ha sido premiado dentro de los Grammys, el reggae sí. Estar nominados ahí es como que guao, qué bien. Entonces, creo que es eso: despertarle un poco a la gente esa chispa a ver otra cosa.

¿Qué es el ska para ti, porque de todos los miembros eres el que siempre llevas la bandera más arriba del ska, vamos, ska?

No te creas, el ska lo llevamos los ocho de la banda, pero de manera arraigada: muy fuerte. De hecho, esta semana está viajando Horacio para Japón, se va a presentar para cantar una canción con Tokyo Ska Paradise Orchestra, y eso no para, no para con las ganas de difundir esa música que tanta alegría te da y que tanta energía tiene. Además que te permite decir cosas.

¿Qué ha cambiado en estos 33 años de la banda?

Nada. No ha cambiado nada. Desorden es una banda que siempre ha tenido una actitud jovial, echador de vaina, con ganas de decir cosas todo el tiempo, yo creo que eso no ha parado en todo este tiempo; ¡claro!, que ahora tenemos hijos, el tiempo pasa… y es sabroso, cuando los hijos se montan en tarima y cantan contigo, y bailan contigo: es muy bonito, muy agradable.

¿Nunca ha habido diferencias artísticas graves?

No, por eso es que llevamos 33 años juntos: porque estamos como bien alineados. Por lo menos las cuatro cabezas de este Desorden sabemos adónde queremos ir, sabemos que queremos hacer.

¿Pronto pasarán de moda Valle de balas, Políticos paralíticos?

¡Sí, sí!, ¡que pase de moda toda esa vaina!, y que vengan canciones como… hay una del disco nuevo que a mí me encanta, se llama Cementerio e’Mis Amores, donde está esa fusión de ska con muchos ritmos venezolanos. Yo creo que por ahí van los tiros, por ahí van los tiros…

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

“Yo era el niño raro que se sentaba a leer libros en las fiestas”

De dizque gustos opuestos (literatura y fútbol) pero armoniosos para él, el nuevo editor de Revista OJO, Lizandro Samuel, no puede hablar de sus principios sin que Xavi Hernández le de un pase a Mario Vargas Llosa: “La primera imagen que me vino a la mente [cuando apareció la oportunidad de trabajar en OJO] es la que narra Marti Perarnau en su libro HerrPep. Cuando Guardiola está de vacaciones en Nueva York y cierra el contrato con el Bayern de Múnich,él [Joseph Guardiola] está almorzando y empieza inmediatamente a ver el salero e imaginar si Philip Lahm puede jugar en esta posición. Esa fue inmediatamente mi reacción cuando surgió la oportunidad: imaginarme todas las cosas qué eran posibles de hacer: empecé a desbordar motivación”.

Para Lizandro, OJO siempre fue un medio de comunicación que no sólo llena un espacio vacío en Venezuela, sino que también es capaz de ser una ventana para las firmas emergentes del país. Cuando le tocó personificar a la revista, se la imaginó así: “OJO sería uno de mis mejores amigos o, por lo menos, sería de las personas más cool que conozco. Me imagino a OJO como alguien joven que usa franela de colores: el chico más inteligente de la clase que es amigo de todo el mundo”.

Su nuevo puesto lo asume con la misma ilusión de quien encuentra su primer trabajo, aunque ya ha pasado por diversos medios, casi siempre, como colaborador: Diario Líder en Deportes, Foro Vinotinto, TheLines, Nalgas y Libros, Clímax,La Vida de Nos, entre otros.

Y es que el nuevo editor vive de encender el reflector en donde otros pasan de largo: “Hay que construir historias que ponganel foco sobre las personas, sobre el día a día. Hay que hacer entender que nosotros no somos estadísticas ni números, sino que cada uno es un nombre, un ser humano y una historia distinta y ahí es en donde hay que estar bastante OJO”.

Desde pequeño se obsesionó con la literatura: “Yo era el niño raro que se sentaba a leer en las fiestas”. Y en la adolescencia se enamoró del balompié: “Así como muchos hablan de su universidad y de los colegios a los que fueron, mi formación humana, moral y ética me la dio el fútbol”. Si de algo estaba seguro, era de que no quería que sus pasiones se quedaran como hobbies: “Me abrí paso escribiendo y me puse a pensar que tenía que encontrar la manera de hacer de mi pasión algo rentable, sino quería morir de hambre”.

Al niño raro que se sentaba a leer en las fiestas familiares y que en la adolescencia disfrutaría de patear balones, ahora le toca sentarse en la silla de editor de una revista que narra los relatos que los poderosos quieren ocultar.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Ezequiel Abdala: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”

Ezequiel Abdala es una persona de costumbres. Y es que si postergó su ingreso como editor de la Revista OJO, una vez adentro no quiso irse hasta que las circunstancias lo abrumaron: “Yo no quería ser editor, quería seguir siendo periodista porque estaba muy cómodo en Hoy Qué Hay. Postergué muchísimo mi entrada porque sabía que iba a significar un cambio en la dinámica de trabajo. Ya no iba a tener tanta calle porque era un cargo que requería un poco menos de calle”. Pese a que tenía el rol asignado, en un principio no lo asumió a tiempo completo: “Me inventé una organización en la que éramos tres editores para evitar que eso [el cargo de editor] recayera sobre mí”.

La llegada de Ezequiel como editor a la Revista fue en el epílogo de la era impresa y el inicio de la digital. Si pensó que su estadía como editor sería breve, pues se equivocó. Cuando se acabó la edición impresa, hubo una reunión con la directiva en la que Eze –como le dicen sus conocidos–pensó que sería la última. “Entonces, ¿qué vamos a hacer?”, fue una pregunta que surgió en la reunión y se contestó con la misma contundencia con la que las madres mandan a sus hijos al colegio: “Periodismo”. A partir de aquella sentencia, en OJO se comunicó lo que en la mayoría de los medios se callaba por la censura. “Construimos de la nada algo que no existía. Fue a Vero [Verónica Ruiz del Vizo] a quien se le ocurrió el hashtag ‘Jóvenes Informados’”.

Desde España, su nueva residencia, recordará a OJO como un medio que –incluso antes de su llegada– siempre le gustó: “OJO se parece al medio que yo hubiese querido hacer”. Y es que allí tuvo licencia para innovar. Una edición de deportes para una revista cultura era disruptivo; sin embargo, el enfoque logró combatir los estereotipos y “poner letra –y de la buena– al deporte”, como escribió en aquel editorial de la edición 27.

Ser editor no lo condenó de forma exclusiva a la oficina, también pudo sentir la adrenalina que se experimentó en la ola de protestas de 2017. En la calle, junto a los manifestantes y represores, descubrió otra parte del periodismo. Fue bajo una lluvia de bombas lacrimógenas, persecuciones en moto y detonaciones de perdigones que Eze realizó uno sus textos (emocionalmente) más difíciles de escribir: Un titán que muere, por ejemplo. “Me tocó a mí ver a Neomar Lander morirse prácticamente a mis pies. Ese día horrible lo recuerdo muy claro. Esa imagen de Neomar [de 17 años] con un cráter gigante en el pecho, los médicos intentando revivirlo y la gente gritando de horror hace que se erice mi piel cada vez que leía la nota”

Periodismo de oficina, de calle, cultural, contestón, irreverente y con valores resumen una etapa inolvidable para él: “OJO me ha dado casi que todas las satisfacciones periodísticas que he querido”.

La nostalgia de partir le invade en un momento en el que se siente derrotado por la situación. Si bien sabe que de él no dependía la continuidad del régimen, le hubiese gustado irse cuando Nicolás Maduro cayera. “Me hubiera encantado irme de Venezuela con Maduro afuera. Me hubiera encantado ser testigo de la caída de Maduro y haber vivido todo esto”.

Despedirse de una manera tan abrupta no es lo que le hubiese encantado, pero sí la que le tocaba. “Mi ida de aquí no estaba en principios en mis planes, pero que haya sido una cosa tan intempestiva (para mí) ha sido una derrota. No ha sido una derrota mía como tal porque yo no podía tumbar el Gobierno, sino una derrota de todos los venezolanos”.

Aunque siente que “la película –para él– terminó y ganaron los malos” se reconforta saber que todavía hay gente buena: “Creo que se queda un equipo talentosísimo”, por lo que le pide al nuevo editor dos cosas: “Que se siga metiendo en la candela y que aproveche, y exprima muchísimo más, al equipo”.

En su entrevista de despedida, Ezequiel también tiene palabras para los lectores: “Me hicieron sonrojar muchísimas veces porque son gente demasiado linda, cariñosa y desmedida en el halago”.

“Sé que cuando alce vuelo, al otro lado de la montaña, se queda un montón de gente querida”. Ezequiel Abdala fue editor de Revista OJO hasta el 26 de junio de 2018.

 

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

 

 

“El cine es como magia”

#Entrevista por: Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

De la Universidad Simón Bolívar a la Escuela Nacional de Cine, de la publicidad al cortometraje, de la exactitud de los números a la complejidad del arte. Así fue el tránsito de Daniel Rodríguez, quien es director de fotografía de su casa productora (Tramoyero Films) y acaba de culminar su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’. Su pasión por el séptimo arte empezó con una película que le encantó tanto que sólo mencionarla le causa emoción: “Yo me enamoré completamente del cine cuando vi ‘The Matrix’. A mí se me explotó el cerebro, no podía creer lo que estaba viendo. Es una de mis películas favoritas de niño, de grande y de siempre”. Pese a que había descubierto su adicción por el cine, decidió estudiar en la USB ingeniería antes que nada: “Saliendo de bachillerato tenía que estudiar ingeniería (en producción) porque me gustaban los números. Me encantó mi carrera y la Simón, fue lo máximo, pero una vez graduado no sentí que era lo mío. Así que me acerqué al lado audiovisual para desarrollar mi carrera ahí. Uno de los mejores sitios que conseguí en Caracas que dieran clases y cursos de cine era la Escuela Nacional, en donde hice un par de cursos de dirección de fotografía para publicidad”. En ese momento, a un año de haberse graduado, Daniel intuía cuál era su pasión y se preparaba para trabajar en ella; sin embargo, faltaba un empujón para dedicarse a tiempo completo y abandonar su trabajo de entonces: “Tenía un trabajo y una vida estable, pero siempre tenía la piquiña de algo más y todavía no descubría qué era. Fue mi mejor amigo Luis Bond (cofundador de Tramoyero films) que siempre anduvo claro que lo suyo era el cine. Así que desde siempre me fue metiendo en este mundo”.

Junto a Luis Bond y Xenia Marcinko, Daniel Rodríguez funda Tramoyero films: “La casa productora se creó con metas para hacer cine, pero como toda nuestra experticia era de publicidad, empezamos a ganar experiencia y dinero trabajando en ello”. Tras acumular rodaje en este apartado, Tramoyero films decide trabajar en su primer cortometraje, ‘La mujer de la grieta’, que será presentada en el Indie Passion Film Fest de Miami entre el 1 y 4 de noviembre. “La mujer de la grieta (grabada en Caracas) es rara porque Luis y yo que la escribimos nos gustan las historias extrañas. Indirectamente toca muchos temas que pensábamos que no iba a tocar, pero es la historia de Anabella (una chica de veintitantos) que está con su mejor amiga y el novio en una casa en un bosque para un escape de fin de semana. Estando en esa casa descubre cosas que no le gustan. Ella trata de solucionar los problemas, pero se vuelven cada vez peor. Es tratar de hacer las cosas bien, pero terminas arruinándolo”.

Pese a que Daniel entiende la coyuntura venezolana actual, dejó claro que hacer cine es cuesta arriba en todos lados: “En todos lados hacer cine es muy cuesta arriba porque necesitas muchos recursos. Estás haciendo una inversión a algo que no necesariamente tendrá una inversión de vuelta. Se necesitan que muchas cosas se adhieran para que salga bien. Hacer cine en Venezuela tiene sus pros y sus contras. A favor tiene que el equipo técnico en Venezuela es muy bueno, está bien formado. El tema de cambio de dólares a bolívares te beneficia si tienen los dólares. La parte negativa es que mucha gente calificada se ha ido. No hay muchos recursos, no puedes conseguir todo. Para las pautas necesitas guardias de seguridad cosa que no pasa en otra parte del mundo”.

Para quien disfruta con Kubrick y Tarantino, pero inició como ingeniero “el cine es como magia”. Así resume la experiencia de su primer cortometraje: “No teníamos nada y fuimos creando. El cine es crear porque creas una historia desde la nada. Nació dentro de mí y lo puedes poner afuera para que la genta lo vea, lo podrá querer u odiar, pero es una creación tuya y me parece súper mágico”.

Lorena Pereira: “Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando era pequeña, en la casa de Lorena Pereira no sonaba un despertador sino un cuatro. Lo tocaba su padre a las 5 de la mañana, y de esa singular manera las despertaba a ella y a su hermana cuando tenían que ir al colegio. Con tales amaneceres, su vocación musical prácticamente no necesita explicación. Todavía menos con el dato de que esa casa estaba en Barquisimeto, la ciudad musical de Venezuela, y de que ese padre que tocaba el cuatro y su esposa eran (son) instrumentistas y cantantes. Una familia musical, como la define ella ahora, en la que hay también tíos y primos dedicados al oficio, y en la que lo extraño hubiera sido que la pequeña Lorena, que a los 10 años cantaba boleros, que pertenecía al Coro Sinfónico de Venezuela y a los Niños Cantores, y que participaba en cuanto festival o concurso musical había en una ciudad cuya fama se debe a ellas ellos, no hubiera sido cantante. Pero lo es. Y ahora, luego de una travesía como corista de artistas archi conocidos y de unas cuantas presentaciones haciendo covers en Miami, donde vive desde 2014, ha decidido que es el momento de sacar su propio disco y mostrarle al mundo lo que tiene que ofrecer.

-¿Cuál es tu meta?

-Mi meta es mostrar con honestidad lo que soy por medio de la música. Yo no busco reconocimiento de la gente por ‘xs’ cosa, sino que realmente disfruten lo que estoy haciendo. Me tardé un poco en creerme el rollo de que la gente podía disfrutar de mi talento como artista principal porque siempre estuve detrás del artista. Y no por tener baja autoestima, sino porque nunca me lo había planteado de esa manera.

-¿Cómo es la música que quieres mostrar?

-Es una música que deja al descubierto mi personalidad. Yo me considero alegre, optimista y sensible. Y así tal cual como soy va mi disco: va a haber merengue, salsa, reggae, un poco de pop.

-¿Siempre quisiste ser cantante?

Sí. Siempre. Desde niña. Era algo como natural. No fue una sorpresa realmente.

-¿Te venía moldeando la familia?

-Sí. Sobre todo por parte de mamá, donde hasta mi abuela, que era músico. Lo mismo mis tíos. Tengo un primo que estuvo en Salserín. Mis papás son músicos activos actualmente. Cantantes e instrumentistas.

-¿En qué momento descubres o confirmas que tienes madera para ello?

-Eso se dio de una manera súper natural. No recuerdo que me haya sentado un momento o haya puesto mi cabeza sobre la almohada y haya dicho: esto es lo que quiero hacer y vivir de esto. Todo se fue dando de una manera natural.

-¿Qué es la música para ti?

-Es todo. Es mi vida. En mi vida no hay sentido alguno si no existe la música. Es mi refugio. Mis ganas de salir adelante. Mi empuje, mi impulso, mi añoranza. La música ha sido el impulso para todo. En una palabra: todo.

-¿Cuánta música escuchas al día?

-Imposible saberlo. Siempre estoy escuchando música. Si no tengo el radio puesto, puedo estar cantando de forma inconsciente. Mi esposo dice que canto hasta dormida. Escucho reggaetón, ballenato, bolero, bossa nova, música cubana, venezolana, brasilera. Escucho de todo.

-¿Pero debe haber algún género que no te guste?

-Jamás van a encontrar en un playlist mío música grupera mexicana, tampoco trap. No los soporto. El reggaetón antes no me gustaba y, aunque no lo escucho mucho, aprendí a valorarlo un poquito cuando me tocó interpretarlo, porque no es fácil. Ya no lo desecho por completo.

¿Cuál es tu género favorito?

-El pop balada. Ese es el género en el que me muevo como pez en el agua. Que más disfruto. Que me llena. No tengo que estar triste para escucharlo ni me pone triste tampoco. Puede ser una canción de despecho, de desamor, sin embargo no cambia mi estado de ánimo. Es mi favorito tanto para escucharlo como para interpretarlo.

-Hablemos de canciones. Dime una canción que te haga llorar

-Es algo loco pero la canción que me quiebra es un tango que se llama “Nostalgia” porque me trae muchos recuerdos de mi abuela, que me la cantaba.

-…una que te haga feliz

-“Son de la loma”. Porque me recuerda las guatacas que se formaban en la casa. Y me remonta a esos momentos tan bonitos

-…una que te recuerde a Venezuela

-“Venezuela”, literal. No puedo escucharla porque se me parte el corazón cada vez que la escucho.

…una canción que te recuerde a Barquisimeto

-“El retorno”. De Isaac del Moral. Es una canción a Barquisimeto, que interpreté muchas veces de muchachita y hace que se me quiebre la voz, pero no de tristeza sino de nostalgia, de esos momentos bonitos.

-…una que te recuerde a la infancia

-Coye, mira. La de ‘El club de los tigritos’. Ese fue el ‘Somos tú y yo’ de mi época.

…una que te recuerde a la adolescencia

-“Primer amor”, de Servando y florentino.

-…una canción para enamorarse

-“Bachata rosa”, de Juan Luis Guerra

-…una para despecharse

-“Buen perdedor”, de Franco de Vita

-…una que te haga bailar

-“El cuarto de tula”

…una que tengas pegada ahorita.

-No te vas, de Nacho.

-¿Los cantantes son buenos bailarines?

-En mi caso considero que soy una buena bailarina, sin técnica y sin tener que estar haciendo maromas, sino una bailarina que sencillamente deja llevar por el momento. Me encanta sobre todo bailar salsa.

-Hablemos ahora de los artistas con los que has trabajado, porque veo que has sido corista de una cantidad considerable de ellos. Yo te voy a dar el nombre y tú me los describes en una palabra:

-Marc Anthoni

-…fuego

-Marco Antonio Solís

-…caballerosidad.

-Natalia Jiménez

-…sublime

-Alejandro Fernández

-…elocuente

-Farruko

-…una sorpresa. Porque cuando a mí me dicen que voy a trabajar con él yo digo: ‘ok’. Y veo que el tipo canta. Y lo hace muy bien. Y eso fue una sorpresa súper grata.

-Víctor Manuel

-…swing

-Jean Carlo Canela

-…novedad

-Miguel Bosé

-…experiencia

-Rosario Flores

…mira, yo te puedo decir mil cosas de esa mujer, pero lo que más sentí en ella fue el arraigo a su tierra. Ella se siente orgullosa y eso me impactó muchísimo. Es perseverante, luchadora por sus raíces: no tiene que estar haciendo reggaetón ni nada de eso, hay para todos los gustos.

-¿Cuán satisfecha te encuentras en este momento?

-Plena. Plena. Por todas las cosas que he logrado y los proyectos que tengo en camino.

[Puedes escuchar “Ven”, el primer sencillo de Pereira aquí]

Sofía Ímber: “No hay nada mejor que el periodismo”

Por: Ángel Zambrano Cobo
Foto Natalia Brand / Asistente: Anita Carli

A eso de las once de la noche no quedaban empleados en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Un farol de Parque Central iluminaba el nombre del museo sobre la fachada. Por la puerta principal salió alguien con un martillo en la mano. Lo hizo de noche, porque de día probablemente el personal del museo no lo hubiera permitido. A la mañana siguiente todos se dieron cuenta de que alguien había arrancado diez letras a martillazos que dejaron una sombra debajo de las seis palabras «Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Así, “a carajazos”, Sofía Ímber abandonó la fachada de su obra más importante.

“A carajazos… Nadie del museo se enteró cuándo quitaron mi nombre de la fachada”, Sofía Ímber no muestra rencor cuando cuenta esto, ni siquiera rabia. Ella, que dedicó veintiocho años de su vida a un museo que ya no lleva su nombre, narra este hecho como algo del pasado que dejó de tener importancia o que nunca la tuvo; dice, incluso, que esto no le sorprendió: “Ningún acto fascista me es extraño en este momento; el que me hayan botado no me dolió, porque a uno le duelen las cosas según de quien vienen, y eso fue casi un aplauso”.

Todo lo dice con esa voz ronca que va y viene; habla bajito, dice, por los años que trabajó en la televisión. Su metro y medio de estatura comienza con unos zapaticos marrón claro mínimos y termina con cabello corto, como de hombre. Las piernas, la izquierda sobre la derecha, no se descruzan nunca. Sus manos, que son una cédula de identidad, dicen que nació en el año 1924; con la diestra acaricia al perro que se queda sentado a su lado durante toda la entrevista. El otro perro, como quien ya ha escuchado suficientes entrevistas de su dueña, se retira apenas ella responde el «¿qué tal?» inicial.

“Estoy sobreviviendo, como todos los venezolanos”. Sin importar la pregunta, siempre termina por referirse al entorno nacional; su pasado periodístico la lleva siempre por el camino de la realidad. Evoca el oficio acompañándose de un suspiro y una sonrisa: “No hay nada mejor que el periodismo, es una maravilla; lo recuerdo con mucho placer”. Entonces sonríe más intensamente y esa segunda sonrisa tumba, de un golpe y sin permiso, su reputación de dura, de intransigente.

“Sé amar, no sé odiar. Aunque parezca una frase hecha, lo que digo es auténticamente cierto. Me parece horrible odiar; me gusta trabajar con la gente, respetar el trabajo del otro: darles la posibilidad de crecer a todos”. Así, un museo que al comienzo sólo era conformado por ella y los ochocientos metros cuadrados de construcción, ahora tiene veintiún mil metros cuadrados, doscientos doce empleados y una colección permanente de cuatro mil diecinueve obras. La ilusión de darles a los venezolanos el mejor museo de arte contemporáneo de América Latina se hizo realidad gracias a Sofía Imber; que la convirtió, como dice ella, en “el contemporáneo”.

También en su casa hay algo de ese ambiente; ésta tiene más de museo que lo que tiene de casa: tres esculturas aquí, cinco cuadros allá y algo de artesanía también abundan por doquier; al respecto comenta la entrevistada: “Éstas son obras que he coleccionado durante varios años”. No hay suficiente pared para todos los cuadros; detrás de Sofía hay una estantería que está –del piso al techo– repleta de libros de arte, pero, cubriendo la mayoría de los libros, hay seis cuadros que no encontraron un lugar junto a los otros: éstos cuelgan desde el tramo más alto del estante y parece imposible sacar un libro, ya que los libros son la pared de esos cuadros. “Tengo que levantar los cuadros para bajar los libros de la estantería; es un gran trabajo, pero todo cuesta trabajo”, dice con naturalidad.

Ya va atardeciendo y Sofía Ímber insiste en prender las luces para vencer la creciente oscuridad; se levanta con dificultad, “por la rodilla mala”. Ya menos oscuro todo, se vuelve a sentar junto al perro que todavía parece escuchar con interés, se voltea a ver los libros secuestrados por los cuadros y devuelve la mirada hacia el frente.

Cuando rememora sube los ojos, como buscando su pasado en el techo de la habitación. Por un rato guarda silencio; un silencio que nunca llega a ser incómodo, que no se apresura a romper, y que sólo es interrumpido por los pájaros, que cantan a todo dar antes de que anochezca. “No hay mejor despertar que el de los pájaros; no es como los despertadores. Cuando Carlos y yo teníamos el programa teníamos que llegar al estudio a las 4:45 de la madrugada, poníamos cinco despertadores para no quedarnos dormidos. En los treinta y tres años que tuvimos que llegar a esa hora, nunca llegamos tarde”.

Durante esos treinta y tres años, ella y su esposo Carlos Rangel despertaban al país con el programa Buenos días; “uno sigue consiguiéndose a gente que en aquella época era todavía muy joven y que te cuenta cómo su papá lo sentaba en frente de la televisión a ver el programa. En él no se llegaba a los términos de ahora, de tanta discusión y pelea. Hoy yo preguntaría en el programa cómo debe ser la educación en un país tan rico y tan pobre como Venezuela; el periodista trabaja dentro del momento político en el que vive. Yo tendría invitados que supieran explicar esto que estamos viviendo. Los programas deben ser así, deben tener un sentido, como las instituciones”.

Lo que fue bueno para Buenos días fue bueno para el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. “Dirigí el museo como si fuera un periódico porque el museo, como los medios, tiene que estar ahí para la gente. Se pueden leer los cuadros como lees la página de un diario. El que entra en un museo es atravesado por ese museo; aunque no le guste lo que ve, lo observado crea un efecto en él”, esto lo dice con la seguridad de quien dirigió un museo durante veintiocho años. “Nuestro museo tenía la meta absoluta de estar ahí para la gente, de ser para ellos. Quisimos lograr que hubiera un intercambio constante y lo hicimos plenamente; invitamos a la gente del barrio a que viera las exposiciones, hicimos salas especiales para ciegos. El museo fue una institución viva”, aunque todo esto sea parte de su pasado, se sienten en su voz las ganas del presente.

A esa voz no le duele el pasado; pasa por él como se pasa por las páginas que ya se leyeron, que ya aportaron lo que tenían que aportar. “Recuerdo todo de Carlos; me hace mucha falta, fue mi gran compañero de vida, pero no me duele esa pérdida: no es un pérdida porque todavía lo tengo conmigo”. En la cara de Sofía Ímber perduran las sonrisas: su sonrisa; ni ella ni su dueña son dolientes del pasado, porque en todo ve futuro: un futuro que se niega a predecir, o incluso a recomendar. “Los jóvenes saben el papel que tienen que desempeñar en este país, ellos mismos encontrarán su camino sin que nadie se los muestre. Dar consejos es un poco necio, porque nadie hace caso; yo doy consejos y nadie me hace caso, a mí me han dado muchísimos que no he seguido”. De los pocos a los que les ha hecho caso, acaso el único, está uno del escritor inglés Bertrand Russell: «no hay que temer pertenecer a una pequeña minoría». Ella confiesa que esa es su frase preferida: “La uso cada día; si no lo hiciera, no hubiera podido levantar el museo ni nada en la vida. Uno no debe tener miedo de decir cosas distintas, ni de ser diferente. Nunca fui una persona conformista, por eso me han botado de tantos sitios”.

Desde la esquina de ese sofá de cuero azul todo está claro para Sofía Imber; responde todo con la seguridad de sus ochenta y tres años y sólo pronuncia un “no sé” en toda la entrevista. Lleva un reloj en la muñeca derecha y otro en la izquierda, los dos marcando la misma hora: “Eso sí no sé por qué; desde que pude comprarme el segundo, siempre tengo los dos puestos”. Ella mira a los ojos con una sonrisa, divertida ante la pregunta para la cual, por fin, no tiene una respuesta.

Se despide con la misma sonrisa que inauguró al saludar. Casi por accidente suelta algo que suena mucho a consejo y poco a necedad: “Cuando se escribe, a uno le gusta lo que escribió y se hace con honestidad no importa si no le gusta a los demás”.

Federico Santelmo: El ingeniero que se enamoró del teatro

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

Federico Santelmo conoció la viralidad el lunes 13 de noviembre de 2017, cuando la Real Academia Española le aclaró en un tuit una duda un tanto peculiar: “El diccionario académico de americanismos registra las grafías «mamahuevo» y «mamagüevo»”. Días atrás, Santelmo había visto que la RAE estaba respondiendo preguntas y se le ocurrió hacer una consulta que fuese tan jocosa como interesante. Tras un breve ejercicio creativo, la idea que le vino a la mente no fue otra que precisar, a ciencia cierta, cuál era la forma correcta de escribir una de las groserías más utilizadas en Venezuela.

Federico publicó el tuit un viernes y en ese momento algunos de sus seguidores se rieron, un par más le dio like y ahí terminó todo. No obstante, la RAE apareció el lunes siguiente para responder la pregunta y aquello se salió de control: “Cuando veo que me contestan digo: ‘Oye, qué cool’. Di like, las gracias y ya; pero en eso empezaron con like, retuit, like, retuit, like, retuit… Justo en ese momento estaba con Carito y le dije: ‘Mira, como que a la gente le está gustando’. A partir de ahí fue algo absurdo. Dejé de tener control al respecto. Las notificaciones se volvieron locas. Hubo gente que me escribió por Whatsapp diciéndome que le habían mandado el tuit por siete grupos distintos. Después apareció en los portales de noticias. Me metía en Instagram y también estaba allí”.

La singular consulta le había dado la vuelta al mundo, pero, ¿quién era el hombre detrás de la pregunta? ¿Un ingeniero? ¿Un especialista en marketing? ¿El editor y fundador de un medio de comunicación? ¿Un actor de improvisación teatral? El currículo de Federico Santelmo, @fedesiete, decía todo lo anterior. No obstante, las distinciones más importantes de su vida no eran, a decir verdad, los títulos otorgados por la Universidad Simón Bolívar, el Politecnico di Torino o el diplomado realizado en la Universidad Metropolitana. Tampoco el haber tenido un cargo global en Pfizer o haber fundado el grupo @NochesDeImpro. Vista su carrera, las credenciales más significativas de Santelmo eran la maestría en curiosidad y el postgrado en inventiva que había venido cultivando desde hacía más de diez años.

Esas eran las dos características que le daban cierta coherencia a su a priori incomprensible hoja de vida y eran, a su vez, una buena forma de resumir a qué se dedicaba Federico. “Los retos me atraen muchísimo. Crear desde la nada. Me parece interesante construir algo y que luego permanezca. No es que me aburra y cambie, aunque puede ser (risas), sino que me gusta la oportunidad de crear algo desde cero y de utilizar el pensamiento creativo aplicado estratégicamente”.

A principios de su carrera profesional, Santelmo comenzó a pasearse por diversas áreas que le permitían usar ambos lados del cerebro. El hemisferio izquierdo del análisis, la estrategia y el razonamiento lógico; y el hemisferio derecho de la curiosidad, la pasión y el desahogo creativo. “Uno no siempre está claro de lo que quiere, pero si uno va buscando y probando… Ahí está el caso del maestro Abreu: fue político, economista, también fue músico y se dedicó a diferentes ramas hasta que en un momento dijo: ‘Ya va, ¿y si yo combino todo esto? Y así creó el Sistema de Orquestas. Pero hasta que no llega ese instante no sabes [a qué te vas a dedicar]”.

Por mucho tiempo, Federico estuvo probando trabajos y ecosistemas laborales hasta que llegó a la improvisación teatral, momento en el que se dio cuenta de que ese oficio no lo abandonaría más nunca en su vida. ¿Cómo fue a parar a las tablas? La historia es la siguiente: Santelmo vio un día por televisión Whose Line Is It Anyway? y no pudo creer lo bueno que era aquello –“lloraba de la risa”, afirma rememorando su época de estudiante en la USB–. Luego, años después, lo invitaron a ver una obra de Improvisto y le provocó experimentar en ese mundo, pero no hizo nada al respecto. Así pasó el tiempo hasta que el destino lo puso en el lugar y en el momento indicado. Hizo proyectos de marketing precisamente con el fundador de Improvisto y no desaprovechó la oportunidad para preguntar cuándo harían talleres: Federico quería estar en tarima.

“A partir de ahí no paré nunca”, afirma Santelmo. Fue a su primer taller y le pasó como al niño que va a jugar a casa del primo que tiene PlayStation: quedó fiebrúo, con ganas de más. “Como estudiante te sientes muy frustrado, porque, claro, aprendes muchas cosas y no tienes tanto tiempo para ejercitarlas. Entonces, yo tuve la suerte de que apenas terminé el taller una de las estudiantes me llamó y me dijo: ‘Vamos a hacer un grupo nosotros’. Entrenamos con Rey Vecchionacce al principio y luego éramos seis personas como buscando, ensayando, y empezamos a participar en ventanas que estaban abiertas en ese momento”.

Una de esas ventanas era participar en las Improcaimaneras, competencias de improvisación que se hacían (y se hacen) en plazas. Allí, Santelmo y sus compañeros siguieron empapándose en el arte escénico y fueron conociendo más y más gente. Luego empezó el Match de Improvisación en el Ateneo de Caracas y el equipo se inscribió para seguir haciendo shows amateurs. A todas estas, Federico tenía en mente la mítica frase de Malcolm Gladwell: para llegar a dominar cualquier actividad se requieren 10.000 horas de trabajo.

No obstante, Santelmo, para ese entonces (2013), estaba trabajando en Pfizer. Y no sólo eso: al año siguiente rechazaría una oferta de Improvisto para formar parte del elenco porque todavía no estaba dispuesto a dejarlo todo. En la reconocida empresa farmacéutica hacía ‘multichannel marketing’ y él estaba encantado. Le gustaba la organización, el mundo corporativo y su cultura. Ambientes que, según cuenta, lo ayudaron a adquirir muchísimas herramientas a las que aún recurre cuando se tiene que sentar a planificar un nuevo proyecto.

El problema fue que mientras en Pfizer iba escalando posiciones, el país comenzaba a irse en picada. A partir de 2016 él ya ocupaba un cargo global, pero era cada vez más difícil mantener el foco. Su equipo de trabajo residía en Nueva York y él, estando en Venezuela, sentía que vivía en una burbuja.

Desde hacía un par de años Santelmo había estado construyendo en paralelo un proyecto de improvisación teatral (#NochesDeImpro) y en 2017, finalmente, decidió que ya era momento de dejarlo todo. Renunció, agarró su liquidación, la juntó con los ahorros que tenía y se fue a Nueva York, pero no para reunirse con su antiguo equipo de Pfizer, sino para asistir a tres cursos intensivos de improvisación en tres escuelas diferentes. Faltaban, todavía, muchas horas de Gladwell.

Luego de su paso por la Gran Manzana y un par de talleres más en Bogotá, Federico volvió a Venezuela con un mar de conocimientos que ansiaba compartir tanto con sus compañeros de tablas, como con el público en general.

Con más de cuatro años de experiencia, este ingeniero devenido en actor ya dicta talleres de artes escénicas y continúa creando desde el teatro con Noches de Impro, un show que nació en 2015 en La Quinta Bar y que ya ha llegado a diversas salas del país. Su meta, en la actualidad, es educar, enseñar y practicar con cientos (y miles) de personas que quieran atreverse, como él, a estar en tarima y seguir contribuyendo con una industria todavía incipiente.

Luis Eduardo González: “Una condición física no define nuestra vida; nuestra actitud sí” PARTE II

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

[Puedes leer la primera parte aquí]

INTUICIÓN DE MADRE

“Le dieron en la pierna”

“Está herido de bala”. Eso fue lo que le dijo la presidenta del Centro de Estudiantes de la USB a la mamá de Luís Eduardo, en una llamada traumática y accidentada que se cortó no más ser pronunciada la última palabra porque en el Seguro Social de Vargas no había cobertura. “Fue desesperante –cuenta su mamá–. Yo salgo corriendo donde mi mamá, su abuela, y le digo: ‘Mami, mami, hirieron a Luis de bala. No sé dónde’. Pedimos varios teléfonos prestados para llamar a la muchacha que nos avisó, cinco o seis teléfonos distintos, y no había manera: no caía la llamada. No hallábamos ya qué teléfono buscar cuando ella me manda un mensaje: ‘Tranquila. Está herido de bala’. Yo le pregunto: ‘¿Dónde?’. ‘Le dieron en la pierna, la bala entró y salió y rozó solamente carne’. Entonces, yo me quedo tranquila y viajo ese mismo lunes. Llego a las 5 de la tarde a Caracas, y no puedo bajar a La Guaira porque no conozco bien eso por allá. Espero al siguiente día, que un amigo de mi hija me llevó. Llegué a las 7 de la mañana, él estaba enyesado completo en el Seguro. Él pensaba que habían pasado muchas horas. Pero yo le aclaro que no. Él me decía que no lo fuera a dejar solo, que me necesitaba”, recuerda.

Para ese momento, diagnóstico y pronóstico no podían ser más optimistas: la bala no había tocado hueso, apenas rozado carne, así como había entrado había salido y sería cosa de algunos días apenas. “Allí dije: relajado, esto me va a tomar unas dos semanas para recuperarme y luego a la calle otra vez”. Sin embargo, a la madre algo no le cuadraba: “Yo decía, ¿si no le tocó hueso, por qué lo tienen enyesado completo? Y además el pie se lo veía demasiado pálido. Ese mismo día yo le pregunto por qué lo tiene así. ‘Es por la inflamación’, me dice él. Le pregunto si siente los dedos y me dice que no, pero que la doctora le había explicado que eso era normal, y que si en 21 días seguía sin sensibilidad, entones debía ir a terapia. Pero a mí el pie me preocupaba: estaba amarillo y sin color. Los tres días siguientes fue hielo y hielo en esa pierna. Pero al cuarto día, le levanto la sábana y empieza a botar una sangre con muy mal olor, y cuando destapan ya tenían necrosado el pie. Allí sí volaron rapidito: iban a meterlo a quirófano, y cuando llega el estudio dicen que no lo pueden meter porque podría perder la pierna o él morir desangrado, ya que había una arteria afectada. Entonces, lo despachan al Pérez Carreño”.

LA PEOR NOTICIA QUE ALGUIEN PUEDE RECIBIR

“Me estaba muriendo en vida. Me estaba volviendo loco”

Si hay un lugar del cual Luis tiene malos recuerdos, ése es el Hospital Pérez Carreño: “Cuando llegué, me tiraron al suelo en una tabla de esas de los paramédicos. Estuve en el suelo un buen rato. Yo lo que pedía era que me levantaran del suelo. Porque aunque yo no estaba bien, estar tirado me hacía sentir peor”, recuerda. Es allí donde tras una evaluación médica, un doctor le informa que le deben amputar la pierna:

-Cuando me dan la noticia, fue (largo silencio)

-¿Qué te dicen?

-Que me tienen que amputar la pierna.  Fue algo loco porque si me estaban diciendo que al cuarto día me daban de alta y todo estaba bien, ¿cómo me iban a decir que me iban a amputar la pierna? Eso me tumba totalmente. La verdad me estaba volviendo loco. Fue horrible. No tengo palabras para describirlo. Fue como estar otra vez en medio de una balacera y que el blanco volviera a ser yo.

¿Cuál de los dos momentos fue peor: el tiro o la noticia?

-La noticia

-¿Cómo se recibe una noticia así?

-No sé. Es que fue tan fuerte. Tan duro. Y fue así: inmediato. Yo me hacía como el despistado: el doctor me decía que no había nada que hacer, y yo le preguntaba que a qué se refería con eso. ‘Que tenemos que amputarla’. Me estaba muriendo en vida. Literal. Lloré horriblemente. Como no tienes idea. Me estaba muriendo por dentro. Sentía demasiado dolor. Que se me venía el mundo encima. Yo creo que esa es la peor noticia que alguien puede recibir. Es como que se te muera un familiar.

UNA DOLOROSA ESPERANZA

“Yo levantaba la pierna y podía ver a través de ella”

La peor noticia del mundo vino seguida de una esperanza: la conocida de un amigo de Luis hace inmediatamente gestiones para que lo reciban en el Clínico. Allí, una cirujano cardiovascular lo examina y le dice que tiene 95% de la pierna muerta y sólo hay un 5% de probabilidad de salvarla, pero que ella tomaría el riesgo. Ese mismo día, 21 de julio, Luis entra a quirófano a las 2 de la tarde y la cirugía, en apariencia, es un éxito. Esperan las 48 horas de rigor, y la pierna responde. Se abre una esperanza que pasa por el camino doloroso –y hasta tortuoso– de unas curas diarias de dos meses que tenían que ser hechas a carne viva y sin anestesia, y que hicieron que en alguna ocasión Luis se desmayara de dolor: “Yo tenía la pierna abierta por ambos lados: la levantaba y veía a través de ella. Yo veía cómo la doctora metía la mano en la pierna y sacaba músculos que estaban necrosados. Y todo eso en carne viva, con un dolor de la tierra al cielo. Sin embargo, yo pensaba que si todo ese dolor era para volver a caminar y tener mi pierna, pues había que echarle bola. No había de otra”.

Durante todo ese tiempo, Luis Eduardo es testigo de la inmensa precariedad que hay en el hospital –“había gente que moría por no poder costear un antibiótico”–, pero también de la solidaridad con que unos y otros se ayudaban. Sus compañeros de la Resistencia y de estudio, incluidos algunos profesores, vendían malta y chucherías en las afueras del Clínico para ayudarlo con los costos, que eran bastante elevados: “Yo recibía 3 antibióticos 3 veces al día, eran 9 dosis al día. Y costaban entre 300 y 400 mil bolívares; es decir, que yo necesitaba aproximadamente 2,5 millones diarios en medicinas. Pero a mí me llegaron ángeles”, recuerda. Y por tener ángeles, él también procuró convertirse en uno: “Yo estuve súper grave, pero había personas que llegaban a mi habitación a solicitar un antibiótico. Y yo lo necesitaba pero no me importaba. Le decía: ‘mamá, si lo necesita dáselo’. Y así hacíamos. Si teníamos un antibiótico que otro necesitaba, lo regalábamos, porque la verdad es que yo me sentía mal, pero me hacía sentir peor ver que otros morían por no tener un antibiótico”.

Exactamente a una semana de cumplirse los dos meses de la intervención quirúrgica, Luis comienza a sentir un malestar. Son las 3 de la madrugada del jueves 14 de septiembre cuando se despierta temblando. “Tenía taquicardia y un dolor insoportable en el pecho que no me dejaba respirar casi. Además, sentía un frío incontrolable y aunque mi mamá me ponía mantas y mantas no paraba de temblar. La mandíbula se me estaba desviando, tenía los labios blancos y las uñas moradas. Yo sentía que me moría”, narra. A las 4:30 de la mañana logran estabilizarlo y hacer que duerma, pero a las dos horas los síntomas vuelven y más fuertes. “Yo decía: hasta aquí llegué. Era loco, algo que no podía controlar”. 6 mil mililitros de solución -6 litros- recibe ese día. “No te imaginas lo hinchado que estaba. No podía abrir los ojos. No podía ni siquiera hablar, cerrar la mano, nada”. Y cuando por más medicamentos que le ponen no hay manera de que la tensión le suba de 40, los médicos deciden psarlo a terapia intensiva, intubarlo y conectarlo a un respirador artificial: acababa de sufrir un shock séptico. El panorama con el que se encuentran los doctores es desalentador: “El foco de infección –explica una de las que lo atendió– era el tobillo. Allí tenía una mancha negra debajo de la cual había una artritis séptica macabra, que había hecho que ya el pie no estuviera articulado con la pierna. Nosotros tapamos eso, quitamos lo negro e hicimos lo único que se podía: amputar”.

LA AMPUTACIÓN

“Si ya antes me estaba muriendo, allí ya me había muerto”

Entre el jueves 14 de septiembre y el lunes 18 hay cuatro días que a Luís Eduardo se le borraron de la memoria, que sencillamente no vivió. Son cuatro días fundamentales en los que pasa por un shock séptico, un ingreso a terapia intensiva, una intervención quirúrgica para amputarle la pierna, la noticia de que se la han amputado y la visita solidaria de familiares y amigos. Sin embargo, no guarda memoria de ninguno de ellos. Y por eso, cuando el lunes en la mañana se despierta, debe darse cuenta por sí mismo y afrontar completamente solo el insoslayable hecho de que le falta una pierna:

-¿Puedes recordar ese momento?

-Sí. Yo despierto el lunes y poco comienzo a estar consiente, pero aún estaba intubado. En la tarde me extuban y ahí ya puedo yo por lo menos sentarme. Y cuando me siento veo que la cama hay un vacío y cuando quito la sábana veo que la pierna ya no estaba. Y eso fue: si ya antes me estaba muriendo, ya allí me había muerto.

¿Ha sido el peor momento de tu vida?

-Sí

-¿Y estabas completamente solo?

-Sí.

-¿Qué es lo primero que te viene a la mente allí?

-En ese momento yo me pregunto: ¿qué me pasó? Cuando veo que mi pierna no está, empiezo a llamar a los doctores: que por qué no siento la pierna. Yo no aceptaba lo que había pasado. Cuando desperté tenía un vendaje más corto: pensé que era la rodilla, que la pierna se me había partido y la tenía doblada hacia atrás. Eso fue lo primero que me llegó al a mente. Y  yo decía que no sentía la pierna, que la pierna se me había partido. Y un médico de terapia me dice que no: que me la tuvieron que amputar. En el instante no lloré. Fue como entrar en coma. Porque era como que no sentía ganas ni de llorar ni de gritar. Fue una especie de coma. Fue un shock sentimental todo loco, que ni yo mismo sabía cómo me sentía.

-¿Quién es, de los tuyos, a la primera persona que ves?

-A mí mamá. Y lo primero que le dije fue que por qué ella dejó que esto pasara. Porque una de las cosas que yo le había hecho saber a ella y a todos era que si yo tenía que morir para no perder la pierna, que me dejaran morir, porque yo no quería vivir sin una pierna. Fue algo que les recalqué y se lo dije con toda la sinceridad del mundo: que no quería que me amputaran, que me dejaran morir si esa era la solución para yo conservar la pierna. Y cuando despierto y no está, fue así como rencor, resentimiento, de por qué habían dejado que pasara esto cuando yo no quería. En ese momento no entendía que fue la decisión para mantenerme con vida. Y obviamente mi mamá no iba a preferir que yo muriera a salvarme la pierna. Pero la verdad no lo entendía en ese momento: Era tanta rabia, tanto resentimiento. Yo le decía a mi mamá que por qué había dejado que pasara eso, que por qué había dejado me hicieran eso.

AYUDAR, AYUDAR, AYUDAR

“No voy a parar de ayudar al que pueda”

Entre el momento de la amputación y su salida del Clínico pasa casi un mes, en el que Luis Eduardo tuvo obligatoriamente que resignarse a su nueva realidad. Y entre todas las cosas, lo que más le dolía era el fútbol. “Lo único en lo que pensaba, lo que en verdad me agobiaba, era saber que no podría jugar fútbol”, dice. Lateral derecho de toda la vida (“desde que entré en el colegio”) su recuerdo más bonito de ese deporte es, paradójicamente, una derrota 12-1. Pero es que ese uno se lo metieron al equipo de la Escuela de Talentos, el mejor de Portuguesa: “Nosotros celebramos que al equipo más difícil, a los que nos daban clases, le hayamos metimos un gol. Estábamos demasiado alegres y no sé: éramos felices”, rememora. Admirador de Tomás Rincón (“siempre ha llevado el nombre de Venezuela en alto y es un duro”), y de Neymar (“la humidad que tiene ese tipo, berro. Le echa y sabe”), un día se encontró con que ya no podría ser como ninguno de ellos en la cancha: “Era como que me estuvieran quitando la mitad del corazón, porque el fútbol era mi vida”. ¿Cómo se hace, pues, para levantarse y superar algo así? Escrito se lee sencillo, pero es un proceso que toma tiempo. Tal como Luis Eduardo lo cuenta, en su caso la ecuación consistió en dejar de pensar en todo lo que no podría hacer de allí en adelante –el fútbol, por ejemplo– y enfocarse en el mundo nuevo que paradójicamente se le abría, en aquellas cosas que antes no hacía y que a partir de ese momento podría hacer y disfrutar; y entre ellas, una especialmente: ayudar a otros. Esa ha sido su gran motivación y la clave para superar el duro proceso que vivió:

-Los primeros días pensabas en el fútbol y en todo lo que no podías hacer, ¿pero qué pasó luego?

-Logré entender de que la vida no terminaba allí. Que si bien había muchas cosas que ya no podía hacer, había también mil y un cosas que antes no hacía y que ahora podía. Y entendí también que había muchas personas en mi misma condición o en peores condiciones que podían hallar en mí una motivación. Entonces, decidí usar mi situación para motivar a otros, para ser una referencia de inspiración y de lucha para muchos. Porque una condición física no decide nuestra vida. Nuestra vida la define la actitud que tomamos frente a las adversidades, y eso es lo que ahora tengo clavado en la mente, y no voy a parar de ayudar al que pueda: aquí estoy haciendo todo lo posible para ayudar a aquellos que estén dentro de mis posibilidades. Y es lo que me ha ayudado a superar la pérdida de la pierna: encontrar en la ayuda a los demás un motivo, que es lo que más me llena.

-Entiendo que eres creyente, ¿esta experiencia afectó tu relación con Dios?

-Yo estuve resentido los primeros días, porque yo le pedía demasiado a Dios que no me tuvieran que amputar la pierna, y lo que le preguntaba era por qué. ¿Por qué a nosotros, que lo que estábamos era luchando por una causa buena? ¿Por qué a mí, que desde pequeño vengo haciendo actividades benéficas, que he hecho cosas buenas por otras personas? Yo decía: ¿por qué a las personas buenas les tiene que pasar esto, y hay otros que son unos monstruos y están disfrutando de una vida plena?

-¿Y lograste hallar la respuesta?

-Mira, como te digo los primeros días yo ni quería saber nada de Dios. Hubo una fractura demasiado grande con Él: yo decía que no existía y tenía una rabia demasiado grande, pero después entendí que fue necesario que yo pasara por esto para comprender muchas cosas y que Dios manda sus mejores batallas a sus mejores guerreros. Hoy me encuentro aquí y Dios me ha dado una cachetada como diciéndome: mira todo lo que te estoy mandando en recompensa por lo que pasaste. Y la verdad es que la recompensa y el aprendizaje han sido demasiado grandes.

-¿Qué cosas has aprendido?

 -Que la vida no termina por situaciones. Yo perdí una pierna y pensé que hasta allí llegaba mi vida, que iba a ser un estorbo, y ahorita entendí que una condición física no es limitante para nadie. Ahora puedo hacer mil y un cosas, llegar a más personas, y el cambio que quise hacer en Venezuela, ahora estoy llevándolo de persona en persona y con el favor de Dios ahora  serán miles a los que voy a poder llegar a raíz de esto. Ahora veo la vida distinta y la valoro como no tienes idea.

-Si el Luis Eduardo de ahorita pudiera tener en frente al del año pasado, ¿qué consejo le daría?

-Que se diera cuenta de todo lo que puede hacer sin necesidad de pasar por una situación tan grave. Que aunque no tenemos mucha diferencia, ahorita soy una mejor persona de lo que era antes. Pero que pudiera serlo y llegar a serlo sin tener la necesidad de pasar por una tragedia como esta.

-¿Esto ha logrado sacar una mejor versión de ti?

-Totalmente.

-¿Qué es lo más importante de la vida?

-La familia. Y no incluyo solo la de sangre, sino también a los amigos. Los amigos en mi vida han jugado un papel fundamental. Yo soy demasiado pana. Siempre lo he dicho. Yo no tengo enemigos: yo tengo amigos innumerables, y ahora muchísimo más: tengo amigos más íntimos, que son mi familia, pero la familia de amigos se sigue extendiendo cada vez más. Y he llegado a conocer a una infinidad de personas increíbles.

EL ABRAZO DEL PERDÓN

“Si lo tuviera en frente le daría un abrazo”

No tener puesto el cinturón de seguridad fue lo que provocó el reencuentro de Luis Eduardo con Poli Vargas, el cuerpo oficial de donde salió el hombre que le disparó. Ver el uniforme le revolvió (y devolvió) todos los malos recuerdos. “Me daban ganas de vomitarles en la cara. De decirles todo lo que sentía. Sacar toda la rabia. Sin embargo la mamá de una amiga que iba con nosotros me hizo entender que esas son las piedras que Dios me pone en el camino para que entienda que nosotros debemos diferenciar al bueno del malo, y que sin duda alguna nosotros seguimos siendo los buenos a pesar de que los malos están claros de que son malos y que les gusta ser malos”.

-Ahora, Luis, si tuvieras en frente no a algún oficial de Poli Vargas, sino directamente al hombre que te disparó, ¿qué le dirías?

– (Silencio). No sé, suena extraño, pero créeme esto: le daría un abrazo. Y le diría que qué lástima que en ese momento haya tomado la decisión de disparar. Porque yo fui el blanco, pero también pudo haber sido su hermano, su hijo o algún familiar. Y ya que está a tiempo, hasta lo ayudaría a cambiar de forma de pensar, porque todos en el fondo, muy en el fondo, tenemos dentro a la buena persona que podemos ser, y lo que hace falta es que, en cierto modo, como en este caso, alguien ayude a sacarla de ese fondo y a darse cuenta de que es, de que puede ser, una buena persona. Pero sin duda, también lo pondría detrás de las rejas ya que debe pagar por lo que hizo. Igual, bueno, la justicia que no hace el hombre la hace Dios. Hay un Dios muy grande que mira hacia abajo y que todo lo sabe.

[PS: Luego de la entrevista, Luis Eduardo, gracias a un crowfounding, pudo recolectar el dinero para comprar la próstesis de pierna que necesitaba para volver a caminar. Ahora que puede hacerlo, se dedica a realizar actividades benéficas en pro de otras personas que han pasado por situaciones como la suya. Se le puede seguir en Instagram a través de la cuenta: @luisedgonzalez]

Luis Eduardo González: “Yo sentía que protegía a la gente” PARTE I

Las dos veces que se vio cara a cara con la muerte, Luis Eduardo González (19) tuvo muy presente la frase que estaba escrita en uno de los varios escudos que tuvo, y que decía, debajo de una estampa de la Virgen del Valle, que ‘si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio’. De autor desconocido, la frase fue para él consuelo y alivio la madrugada en la que, para disolver un trancazo en el que participaba, un efectivo de Poli-Vargas le disparó un tiro en la pierna que casi lo desangra, y luego, también, cuando un shock séptico, sufrido de madrugada dos meses después, lo llevó a terapia intensiva y obligó a amputarle la pierna. “En esos momentos yo recordaba lo que decía mi escudo y pensaba: al menos estaba haciendo algo bueno. No me dieron un tiro robando o por andar en algo indebido, sino por estar luchando por lo correcto”, rememora sentado en el sofá de un apartamento en Las Acacias este joven de 19 años, una de las tantas víctimas anónimas de la represión gubernamental durante las protestas que sucedieron entre abril y julio de este año, y quien tuvo a bien compartir su historia con el equipo periodístico de Revista OJO en una extensa y enriquecedora entrevista cuya primera parte puedes a continuación

Por: Ezequiel Abdala |@eaa17

Esta es una historia cotidiana y a su vez extraordinaria. Una historia de la calle, que me pudo suceder a mí que la escribo, a ti que la lees, o a cualquier persona que entre abril y julio haya salido a protestar contra la dictadura. Le terminó pasando a Luis Eduardo González, un joven cuya biografía puede ser la de cualquiera de su generación: nacido en marzo 1998, año fundacional de la revolución, vivió con su familia en Sanare, estado Lara, hasta cumplir la mayoría de edad, cuando en procura de estudios superiores y de una mejor calidad de vida dejó el terruño materno. Comercio Internacional fue la carrera elegida y el núcleo de la USB en Vargas el lugar donde estudiarla, por lo que se residenció en Naiguatá, donde alternaba los estudios con el trabajo de bar tender en el club Tanaguarenas los fines de semana. Tranquila pero llena de inconformidades era su vida (así la describe él), porque aunque nacido en revolución (hijo cronológico de ella, de hecho)  vino al mundo con un espíritu crítico que le impedía estar conforme con la realidad. “No poder salir a la esquina con el teléfono sin tener el miedo de que te lo roben, no poder estar en la calle después de las 10 de la noche porque no hay garantía de que vayas a llegar con bien, ver gente pasando hambre y muriendo de desnutrición, comiendo de la basura, a profesionales con salarios de miseria…” eran las principales razones de su insatisfacción, esa que lo llevó a salir a protestar en la calle apenas se le presentó la oportunidad.

LA PRIMERA MARCHA

“No me asusté sino que me dieron ganas de ayudar”

19 de abril de 2017. Es el día cuando una marea humana se lanza a la autopista y es reprimida con una ferocidad criminal. Es el día en que la gente, desesperada, se arroja al Guaire para escapar. Es el día de las decenas de asfixiados y heridos. Es el día, también, de la primera marcha de Luis Eduardo. “Yo fui como cualquier chamo, como sociedad civil, porque todavía no me había unido a la Resistencia. Estuve detrás de ellos y vi muy de cerca la brutal represión, todo lo que pasaba”, rememora. Contrario a lo que pudiera pensarse, el horror no lo intimidó sino que lo impulsó: “No me asusté sino que me dieron ganas de estar allí adelante y ayudar: yo decía que podía hacer algo más, ser uno más que estuviera al frente y relevara a alguno que cayera. Lo que pasó en esa marcha me motivó demasiado”. Tanto, que dos días después, el viernes 21 de abril, se unió formalmente a la Resistencia: “Yo simplemente salí, alguien me regaló un escudo, y me uní”. Así de fácil.

En su primer contacto serio con las lacrimógenas –“ese día yo no tenía máscara ni nada, y me cubría era con una franela” –, quien le vino a la mente fue su hermano: “Él estuvo 5 meses en una escuela militar, y cuando me hablaba de las lacrimógenas me decía: ‘tú sientes que es un humo que te va a matar’. Y ese día, cuando estaba al frente, yo decía: ‘mi hermano tenía toda la razón del mundo’”. Ese viernes de asfixia –“yo no duraba ni 5 minutos al frente cuando ya me estaba ahogando”– Luis Eduardo entraba y salía constantemente de la zona de combate para tomar aire. Es en una de esas salidas cuando se consigue con sus compañeros de clase: “Cuando los vi, dije: ‘con ellos me quedo’, y me uní al grupo de choque de la USB como tal”. A partir de allí comenzó una nueva etapa en su vida.

LA PLEGARIA DEL ESCUDERO

“Nunca salíamos sin hacer la oración y darnos un abrazo”

Aunque su primer escudo lo recibió por casualidad, en Luis Eduardo estaba acendrada la vocación de escudero: “Era como tener la vida de muchas personas en tus manos. Yo sentía que  protegía a la gente y que ellos se sentían protegidos por nosotros: porque los perdigones pegaban en mi escudo, y no en el ojo o cuerpo de alguien más”. Como escudero tuvo varios escudos, que solía esconder en el techo de un kiosco que estaba en Chacaito. Sin embargo, hubo uno que lo marcó: tenía una imagen de la Virgen del Valle y una frase que le llegó desde que la leyó por primera vez: “Si uno muere haciendo lo correcto, sabrá que su muerte no fue en vano, porque habrá logrado algún cambio”, y que luego tuvo siempre presente.

Como grupo de choque, su función comenzaba con el conflicto. Se mantenían entre los marchistas, y una vez que las movilizaciones se topaban con los cordones de la GNB o la PNB y arrancaba la represión, allí salían ellos al frente. Lo hacían entre vítores y aplausos, como verdaderos héroes. Y ese es, de hecho, uno de sus recuerdos más felices: “Era una de las cosas que más me gustaba: recibir el aplauso de las personas desde atrás, y que todo el mundo te bendijera. No sabes la cantidad de crucifijos que tenía en el cuello, de gente que me los colgaba. Las abuelitas que me abrazaban y me besaban. Eso me llenaba demasiado porque yo sentía que ellas estaban seguras con nosotros. Que tenían todas las esperanzas puestas en nosotros. Y eso  era lo que nos hacía estar allí al frente”.

Estar al frente significaba, también, vérselas con los militares y los policías. “Yo sentía una total lástima por ellos, al ver cómo desperdiciaban su vida en eso: que su historia profesional fuera enfrentarse a unos chamos con escudos de madera. Lo veía y pensaba: qué pena dan. Pensar que en el mundo hay ejércitos que se baten en guerras, en cosas más serias. Y ellos, que también estaban pasando por lo mismo que nosotros, desperdiciaban su carrera así. Nuestros escudos eran más fuertes que la moral de cualquiera de ellos”, reflexiona. “Pero yo no sentía miedo, sino ganas de proteger”, explica.

-Dame 3 imágenes o 3 momentos de aquellos días de resistencia…

-Un abrazo de grupo. Una oración antes de salir. Y un saludo que era como el de pelotero, que hacíamos siempre al salir: chocar el casco de la cabeza con el del escudero que teníamos más cerca. Era algo que siempre hacíamos. Nunca salíamos sin hacer la oración, darnos un abrazo y chocar el casco, porque nunca sabíamos si íbamos a regresar.

-¿Qué pedían en esta oración?

-Que Dios escuchara nuestras plegarias, y que, sabiendo que nosotros estábamos luchando por el bien, se nos diera la oportunidad de lograr el cambio sin necesidad de que hubiera tantos sacrificios humanos.

-¿Te tocó que algún compañero no regresara?

No. Nunca. Hubo muchos heridos y eso. Pero todos regresamos siempre, gracias a Dios. En nuestro grupo hubo uno que tuvo fractura de cráneo por una lacrimógena; otro que recibió un disparo cuando mataron a Fabian Urbina; el que arroyó la tanqueta era de la universidad también. Pero gracias a Dios siempre volvimos todos. Y ninguno murió.

-Eran muy unidos, entonces…

-Allí al frente éramos como una familia: todos cuidábamos de todos, y todos estábamos pendiente de que nadie cayera. Por eso el 21 fue una inspiración tan grande. Allí dije: este es mi lugar y de aquí nadie me saca. Me sentía como en casa estando al frente, porque sentía que estaba luchando por lo correcto.

AUMENTA EL PELIGRO

 “Yo dije que iba a estar hasta el fin”

El 06 de julio, en el Distribuidor Altamira, Luis Eduardo fue herido por varios perdigones. Hasta el balazo, ese había el momento más angustioso de la protesta: “Fue algo tan inesperado. Estábamos bajando por el Distribuidor. No teníamos ni 10 minutos caminando, y de pronto vimos que la gente corría, pero no veíamos gases ni nada. Y de repente la GNB llegó en moto disparando perdigones a todos. Fue brutal: demasiados disparos. Fuimos decenas los heridos: señoras mayores que cayeron, chamos. Una cosa loca”, recuerda. En total, recibió 12 impactos en todo el cuerpo. “Pero yo lo tomé relajado”, dice, al punto que pidió que no le avisaran a nadie de la familia. Su madre, sin embargo, lo intuyó: “Ese día yo tuve el sueño de que estaba muerto en una barricada. E inmediatamente cuando amaneció lo llamé. Ya estaba herido, pero no me lo dijo”, cuenta. Y es que hasta Sanare, donde vivía, le llegaba la información: “Cada vez que salía al abasto, al supermercado, sus amigos me decían: ‘Mira Chucho anda metido en las barricadas’. Y yo les decía: ‘Sí, yo no sé en qué piensa. Sé que él está inconforme con lo que pasa, pero él tiene que ver que los políticos no le ha dado el tamaño que tiene: ése se lo he dado yo con mucho sacrificio”.

Pero Chucho, su Chucho, pensaba en cualquier cosa menos en abandonar la calle. “Nunca pasó por mi mente dejar de salir. Yo dije que iba a estar hasta el fin de los días, cuando lográramos el objetivo”. Palabras más, palabras menos, esa fue su respuesta (y la de sus compañeros) cuando los líderes del grupo de la USB los reunieron para preguntarles qué hacer dado el aumento salvaje de la represión. “Nos plantearon dejar de salir o disminuir las salidas: y las disminuimos. Porque ninguno se veía en casa viendo como caían los demás. Todos estábamos decididos a seguir saliendo, y comenzamos a hacerlo dos o tres veces por semana”

AQUELLA MADRUGADA

“Allí dije: ‘morí’”

Plebiscito y hora cero. Eso dijeron los políticos, aunque no explicaron exactamente en qué consistía aquello. La lógica decía que se trataría de una fase superior de lucha, y fue por eso que la propia madrugada del 17 de julio, Luis Eduardo y su grupo salieron a trancar el puente de Naiguatá: “Decidimos hacerle frente al llamado de que había de empezar la Hora Cero como tal y montamos una barricada en el puente que conecta Vargas con Naiguatá, entonces llegó la Guardia Nacional, pero no eran nada agresivos. De pronto apareció la Policía del Estado Vargas, una especie de grupo comando que ellos tienen, que en Vargas es conocido y al que todos le temen, que se le conoce como el grupo de Goncalves. Yo no los conocía porque era nuevo en la zona, pero todo el mundo decía: ‘nos van a matar, llegó el grupo de Goncalves’. Y así fue: ellos bajándose de los carros y disparando a diestra y siniestra”. Era aproximadamente la 1:30 de la madrugada cuando la bala impactó en su pierna.

-¿Qué se siente que a uno le den un tiro?

-Es horrible. La verdad es que no hay palabras para describirlo. Tú sientes que vas a morir en el primer instante que recibes el tiro.

-¿Qué diferencia hay entre el tiro y el perdigón?

-El perdigón te duele al rato cuando ya despiertas, y la bala te está avisando que vas a morir en el instante, inmediatamente.

-Puedes recordar lo que pasó inmediatamente después de que recibiste el balazo…

-Al recibirlo, perdí la vista: casi ni veía. Luego, quedé sordo: no escuchaba nada. Era como un sonido que me aturdía desde adentro: yo hablaba y ni yo mismo me escuchaba. Y no habían pasado ni diez segundos cuando me desmayé. Allí dije: ‘morí’. Porque sentía cómo me estaba desvaneciendo. Una sensación horrible.

-¿Qué pasa luego?

-Mis compañeros, arriesgando su vida, porque los policías no dejaban de disparar, me agarraron, me cargaron, me montaron en una moto y me llevaron al dispensario de Naiguatá. Yo despierto allí, despistado y sin noción de lo que estaba pasando: veía a todos corriendo y no entendía nada, porque aún no escuchaba. Fue al rato cuando comencé a hacerlo y fue peor: oía que decían ‘se nos va’, que no se podía parar el sangrado, que la bala había roto una arteria. Y cuando me levantaban la pierna yo veía cómo salían los chorros de sangre. Me habían colocado un torniquete pero no había sido efectivo, porque el sangrado era muy grande. Cuando logran parar el sangrado, llaman a una ambulancia, que llegó como hora después, pero se espichó pasando la barricada y tuve que esperar como hasta las  5 de la mañana a que llegara otra.

-¿Creías que te morías?

-En ese momento sí.

-¿Y qué siente, qué piensa uno, cuando cree que se muere?

-Yo pensaba, dentro de mí, que me estaba muriendo y presentía algo súper malo. A mi amigo Luis Reyes, que estuvo en todo momento conmigo, yo le preguntaba si me iba a morir, que me dijera la verdad. Yo no podía ni levantar los brazos. Estaba demasiado débil por la pérdida de sangre. Y él me decía: ‘no, guaro, no le pares bolas que tú vas a salir vivo de esto’. Lo que hacía era echarme chistes. Yo le decía: ‘estamos hablando serios, deja tu payasada’. Pero una vez que me empezó a hablar y a intentar desviarme de lo que estaba pasando yo empecé a entender que las cosas podían mejorar. Pero yo pensaba: ‘¿qué le voy a decir a mí mamá?’.

[Parte II de la entrevista: aquí]

Asdrúbal Oliveros: “Ni el narcotráfico es tan rentable como el dólar a 10”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Desde las oficinas de Ecoanalítica, Caracas se ve habitable, bonita y hasta próspera. El gran ventanal de su sala de reuniones da precisamente para La Castellana, zona de mucho verde y edificios bajos, coronada por un Ávila majestuoso. Casi al frente, el movimiento de máquinas sobre un terreno de tamaño considerable anuncia que en unos años habrá allí erigida la torre de una aseguradora. Y si uno se quedara con la imagen de ese instante, Caracas sería una señora capital que aparte de ser bonita, progresa. Mera ficción que se derrumba a los minutos, al conversar de economía con el director de la consultora, Asdrúbal Oliveros. La que en principio iba a ser una entrevista de una pregunta para #SurfeandoLaCrisis, terminó convertida en un considerable y muy didáctico coloquio sobre la situación real de Venezuela. Había que aprovechar: no todas las tardes se tiene en frente a un economista que se sabe explicar y hacerse entender. Y aunque estaba en la víspera de un viaje y con un sinfín de tareas encima, Oliveros sacó tiempo para contestar varias de nuestras muchas inquietudes. A continuación, una entrevista de lectura imprescindible para saber por qué estamos cómo estamos y qué podemos esperar para el futuro reciente:

-Asdrúbal, ¿fue la de los años recientes la mayor bonanza económica de la historia de Venezuela?

-Mira, de alguna forma sí. Porque las bonanzas previas, aunque en términos reales cuando las deflactas fueron un poco más grandes, no duraron tanto. Esa es una que comenzó en 2004 y se alargó hasta 2008, fue bastante larga.

-Ahora, si eso fue así, ¿qué lógica tiene, cómo se explica, que en los años de mayor bonanza nos hayamos endeudado tanto y estemos a punto ahora de entrar en ‘default’?

-Eso es un tema que tiene muchas aristas. Durante los años del control de cambio, que arrancó en 2003, el gobierno diseñó un sistema en el que usaba el apetito de la gente por tener dólares para endeudarse “barato”. El sistema pernicioso que el gobierno generó fue el siguiente: emitía deuda, y esa era una manera que la gente tenía para tener dólares. Y fue el peor endeudamiento posible: tú generabas un pasivo del Estado (que hoy nos está siendo bastante pesado), y esa plata no se reinvertía en el país o servía para financiar planes de desarrollo, sino que principalmente terminaba en el bolsillo de muchos venezolanos, que lo que hacían era sacarla del país. Entonces, ¿cuál es la realidad que tienes hoy? Un país con una posición externa extremadamente vulnerable, prácticamente sin liquidez, sin dinero, sin dólares, endeudado y sin capacidad de responder a esa deuda. Por eso caemos en el default. Pero a su vez, tienes un sector privado y unos particulares con mucha plata afuera. Porque esa es la otra realidad: el sector privado venezolano y los particulares, durante el boom, lograron sacar mucho dinero. Nosotros calculamos que el sector privado tiene fuera de Venezuela el equivalente a más de 320 mil millones de dólares. Eso en este momento es casi el tres veces PIB de Venezuela. De hecho, esa plata que tienen muchos privados afuera y muchos particulares ha sido uno de los mecanismos de mucha gente para poder sobrevivir a la crisis: han tenido que cambiar esos dólares para poder soportar estos años de dura crisis. Y esa plata, una muy buena parte de ella, salió vía endeudamiento, lo cual es un total sinsentido.

-¿Es eso lo que llaman fuga de capitales?

-Tiene que ver con fuga de capitales, sólo que fue una fuga de capitales que se financió con deuda, y fue más perniciosa. Porque terminas teniendo un estado endeudado, con altísimos pasivos, y no le ves el queso a la tostada a ese dinero: desarrollo, infraestructura, vialidad, etc. Venezuela debió haber estado a la cabeza de América Latina en cuando a desarrollo por el boom que recibió y el endeudamiento en que se comprometió, y eso no es así: porque terminó en bolsillo de particulares afuera.

-¿En verdad existe un dólar a 10 bolívares o es un mito?

-Existe y es una distorsión. Para que tengas una idea: el 91% de las importaciones del Estado se hacen a 10 bolívares por dólar. Y cerca de un 22% de las privadas se hacen a 10 bolívares por dólar. Esas son cifras de 2017. Cuando tú ponderas eso: por tamaño, lo que es el sector público, el sector privado, te termina dando que cerca el 84% de las importaciones del país se financian con dólar a 10.

-Pero eso no se ve reflejado en los precios de la calle…

-Bueno, porque ese 84% que se importa a 10 queda finalmente diluido por corruptelas, ya que muchas de esas importaciones no tienen impacto directo en los anaqueles y en la red de abastecimiento, porque muchas de ellas son importaciones del sector petrolero y de empresas estadales, o son las cajas Clap. Entonces, al final la peor distorsión que tienes en esta economía, entre muchas, es que el grueso de las importaciones son a 10, pero el marcador es el dólar negro, que aunque financia la mitad de las importaciones privadas, eso es alrededor de un 14-15% del total. Entonces, ese 15%, que te puede parecer poco, se convierte en el marcador de una economía con todas las distorsiones que eso genera.

-Ahora: me dan un dólar a 10, lo vendo a 80 mil en el mercado paralelo y tengo para comprar 8 mil dólares a diez. ¿Hay en el mundo un negocio más rentable que ese?

-Yo te diría que no. Ni siquiera el narcotráfico es tan rentable, porque además es ilegal y quien lo hace se juega la vida. Con el dólar a 10 no, porque tiene una estructura legal que lo ampara. De alguna manera, es un sistema de protección que lamentablemente está detrás del Estado. Y por eso es que también, y yo siempre lo digo, el control de cambio no lo puedes ver desde la lógica económica. Por supuesto, yo soy economista y entiendo que lo tienes que quitar y todo lo que uno siempre dice. Pero al final, el gobierno, cuando uno intenta entender por qué lo mantiene y no lo quita, es porque la lógica es política. Hay una cantidad de actores y de grupos que se están alimentando de esto, y que para Maduro es muy difícil quitar. Al final tiene que ver con cuotas de poder.

-¿Son siempre malos los controles?

-Mira, yo siempre he dicho que el control de precios es uno de tres trillizos: el control en sí, la corrupción y el arbitraje. ¿Qué es el arbitraje? Eso que tú acabas de describir. Ni que pongas al Papa Francisco a administrar las divisas podría hacerlo correctamente ya que el incentivo es muy grande. Si a mí me venden a 10 pero yo sé que tú estás dispuesto a pagar a 80 mil, yo tengo todos los incentivos para venderlo. Lo mismo pasa con la harina, con los productos regulados, etc. Toda estructura de control en la que el precio es ficticio y está por debajo de la estructura de costo termina en estos sistemas de mercado negro. Efectivamente, hay mucho de corrupción en este proceso. Nosotros hicimos un estudio, que lamentablemente no hemos podido actualizar porque no se ha actualizado la data del BCV. Pero entre 2003 y 2012 calculamos que la sobrefacturación de importaciones era más o menos equivalente a 69,5 millardos de dólares. Es decir: son importaciones que se declararon pero no llegaron. Y tienen que ver con este sistema. Y ya de mucho antes esto venía ocurriendo. Y fue prácticamente desde que nació el control.

-Ahora, en el caso específico del control de cambios, que Venezuela no es el único país que lo tiene y hay algunos en los que hasta pareciera que funciona. ¿Son necesarios? ¿Son una buena medida?

-Los controles de cambio no son buenos ni malos: son una excepción. Hay momento en los que los tienes que aplicar, pero en cosas de muy corta duración. Obviamente, Venezuela en 2003, después de la paralización de la industria petrolera, lo necesitaba. Pero ya por ejemplo en 2005 o 2006 era lógico quitarlo: tenías una economía con bajo riesgo país, Chávez iba a su reelección, la oposición iba al proceso, tenías activos en reserva para defender el tipo de cambio, etc. Pero Chávez decidió no hacerlo porque el control de cambio es un arma política muy poderosa, que le permitía tener sometido al sector privado al Estado; adicionalmente, le permitía al Estado financiarse muy barato, porque como esos bolívares quedaban represados internamente, el Estado se apropiaba de ellos para su financiamiento. Entonces fue una decisión estrictamente política mantener el control de cambio más allá del tiempo prudencial que lo ameritaba.

-Vayamos al otro extremo del control: Dólar Today, ¿el dólar cuesta lo que dice esa página?

-Mira, es un tema complejo que tiene que ver un poco con el dólar al que puedes acceder. En una economía en la que funcionaran las cosas bien y estuvieran medianamente sanas y con los desequilibrios más o menos ordenados, el tipo de cambio no sería esa distorsión tan terrible, que no hay quien pueda aguantar. Pero es que Venezuela está lejos de ser eso. Entonces, la única forma en la que tú puedes aspirar a tener un tipo de cambio de alguna manera que responda más a condiciones de país, de oferta y demanda, un tipo de cambio sano, tiene que pasar necesariamente por cambiar el modelo político y económico. Con este no es posible.

-¿Todo pasa entonces por un cambio de gobierno?

-Yo ya soy escéptico de que Maduro pueda implementar las reformas que la economía requiere para superar este problema. Hasta ahora se ha negado y no parece dispuesto. Y el tiempo pesa. Cada día que pasa se profundizan las distorsiones y hace pensar que el tipo de cambio que termine quedando, en una economía abierta de mercado, va a ser cada vez va a ser más alto, así no sea Dólar Today.

-Entre 10 y 84 [NDLR: precio del dólar el día de la entrevista], ¿el verdadero estará más cerca de…?

-Es que es muy difícil saberlo, porque tiene que ver con las reformas que tú apliques. Pero yo te diría que si de alguna manera haces un plan amplio de reforma, y también depende de un factor clave, que es plata: si obtienes liquidez, dólares para defender la moneda, el tipo de cambio va a ser mucho más bajo. Lo que sí vas a tener inicialmente, y ese es un efecto psicológico importante, es que cuando liberes la moneda, el tipo de cambio, la tasa, se va a pegar, va a seguir a la paralela, porque es la de las expectativas, y luego, dependiendo de las políticas que se implementen, esa tasa paralela va a ir cediendo. ¿Hasta dónde puede ceder? Va a depender del compromiso de los ‘policy maker’, de los que están allí detrás, en las reformas, en la plata que logren levantar. Entonces puede ser que la caída sea muy abrupta o muy lenta. Por eso es muy difícil decir cuánto va a ser el tipo de cambio. Ahora, lo que sí te puedo decir, 100% seguro, es que va a seguir siendo mucho menor de lo que dice Dólar Today

-¿Venezuela es recuperable, Asdrúbal?

-Bueno, mira, yo creo que todos los países son recuperables. La historia está llena de ejemplos de países devastados que se levantaron y hoy son potencia. Y así como los países no tocan fondo, tampoco están condenados al fracaso per se. Eso para mí es fundamental. Ahora, hay cosas que se van a recuperar más rápido que otras. Yo creo que nos queda todavía una especie de bono, de bendición celestial, de unos 30-40 años, en los que el petróleo va a seguir jugando un rol importante como fuente energética, y tenemos que aprovecharlos para hacer las transformaciones institucionales, políticas, económicas y sociales del país. Porque probablemente después de 30-40 años ya el petróleo no va a ser lo que era, y tendremos que aprender a vivir de otras cosas y hacer ese salto a una sociedad post-petrolera, que hoy Venezuela no está preparada para eso. Entonces, ese es un reto que tendremos en frente.

-¿Cómo sería esa recuperación del país?

– Venezuela va a requerir varia etapas: una primera de emergencia y de estabilización, y luego otra reformas más profundas y estructurales. Esto quizás suena cínico, pero como estamos tan caídos en el foso, que en la medida en la que uno empiece a hacer las cosas bien va a ver rápidamente los cambios. En una economía que está en este grado de deterioro, hay muchos elementos en los que en el mismo día uno vas a ver cambios. Eso no quiere decir que de la noche a la mañana Venezuela se vaya a recuperar, pero creo que lo que falta, y por eso hay tanta desesperanza, es esa senda, esa luz al final del túnel que te diga: vamos corrigiendo cosas para enrumbar al país. Y eso es posible: pero insisto con otro modelo político y económico, que no tenemos en este momento, y es el principal escollo que hay actualmente.

-Hay nuevo gobierno, forman gabinete, te nombran Ministro de Economía, ¿cuáles deberían ser las medidas a tomar?

-Para mí hay 5 frentes claves a los que deberían estar orientadas las medidas. El primero, el cambiario: ir a un proceso de unificación cambiaria, de una sola tasa competitiva de mercado. El segundo, el fiscal, que pasa por una reforma importante del Estado y tiene que ver con elementos institucionales también, porque tienes un estado hipertrofiado y con un déficit descomunal con el que es imposible tener una economía y unos indicadores sanos. El tercero, el precio: hoy el principal elemento de distorsión de la economía, y sobre todo para la gente, es la inflación, entonces parte importante de ese plan es estabilizar precios y reducir la tasa de inflación; yo diría que esa debe ser la prioridad dadas las condiciones de precariedad que tiene mucha gente hoy en Venezuela: hay obligatoriamente que recudir el tema inflacionario, y eso pasa por una reducción de controles, el rol del sector privado, el tema  productivo, el tema importador. El cuarto, el frente petrolero, que es medular y pasa por una reforma importante de PDVSA: volverla a llevar a su rol clave, que es la producción de crudo. Y por último, pero no menos importante, el tema social: tienes una crisis social grave y tú no puedes estabilizar la economía si no ofreces una política social que ayude a personas vulnerables que en las condiciones actuales no se pueden sostener por sí mismas y están en la pobreza extrema.

-¿Eso no son las misiones y el carnet de la patria?

-No. De ninguna manera: yo hablo de una política social distinta, no clientelar, que no esté atada a la devoción al partido/Estado, sino que de alguna manera le permita a la gente superar la pobreza: transferencias directas, empoderamiento del ciudadano, temas de emprendimiento;  eso es fundamental, es un eje clave, porque si no logras resolver el tema social, cualquier gobierno que venga a futuro no va a tener estabilidad política, entonces eso te va a generar una tensión, una fuente de conflicto importante, que si eres pragmático y con visión de futuro, debes minimizar.

-Ahora, el argumento de mucha gente para mantener los controles es que si se liberan los precios estos se dispararán y llegarán a la estratósfera. ¿Es eso cierto?

Mira, eso era hace algunos años. Si me hubieras hecho esa entrevista en 2012, probablemente te hubiera dicho que es un peligro. Hoy ese peligro no existe: muchos de los precios que ves en las calle, más allá de la bolsa Clap, son más caros de lo que verías en una economía libre. La gente ya está pagando unos precios exorbitantes. Entonces yo más bien creo que una de las consecuencias positivas que tendría una liberación de precios es que muchas cosas o pueden bajar o por lo menos no van a seguir creciendo. Porque hoy todo está marcado por la escasez y la distorsión cambiaria, y todo está atado a las expectativas cambiarias: si tu expectativa es que el $ en una semana está en 100 mil y en 6 meses en 500 mil, te podrás imaginar por donde irán los precios. Ahora, si yo postulo una política cambiaria en la que logro estabilizar un tipo de cambio, eso va a tener una incidencia. De modo que yo no comparto esa tesis. Yo creo que con un programa de estabilización, más bien, en promedio los precios van a bajar.

Ahora, hay cosas que están muy rezagadas: servicios, por ejemplo; eso lo tendrán que ajustar. Pero lo que a la gente más le afecta, que son alimentos, no necesariamente va a tener un salto importante. Pero sí vamos a tener que pagar por los servicios. En el caso del tipo de cambio es lo mismo: con una política coherente en la que el tipo de cambio responda al mercado, tampoco es que vas a tener unas salidas ingentes de capitales, porque tampoco es que haya muchos capitales para salir. Pero digamos que tiene que ver con cómo comunica. Por eso uno de los roles fundamentales en cualquier equipo de gobierno que llegue acá, primero es la credibilidad, que la gente perciba que están preparados para llevar a cabo las reformas, el compromiso de ese equipo con las reformas, y la estrategia comunicacional, porque eso es lo que te permite moderar la expectativas.

-¿Cómo ve Asdrúbal Oliveros el 2018?

-Mira, yo te diría que lamentablemente depende un poco de las condiciones políticas. Si seguimos en este modelo no hay perspectiva de mejora. 2018 es un año en el que van a estar 3 elementos económicos claves que hacen pensar que va a ser un año muy complicado, más incluso de lo que hemos tenido: la hiperinflación, el default de la deuda y la fuerte caída de la producción petrolera, que no se detiene y que afecta el flujo. Esos 3 factores conviven. Y agrégales una crisis social latente que está creciendo. El problema del transporte, del efectivo, de la bombona de gas. Al final la gente ha perdido total calidad de vida y eso es una bomba de tiempo que de alguna manera va a generar un clima de tensión. Y en el medio de esa crisis económica y social tienes un contexto político en el que el gobierno va a buscar la reelección. Ese es el cuadro que tienes. Va a ser un año muy complejo y muy difícil, con muchos elementos de incertidumbre, pero creo que en lo que son números económicos yo no tengo lamentablemente para pensar que vayamos a tener algún desempeño positivo.