La confesión de Arreaza

Jorge Arreaza, Ministro de Relaciones Exteriores, hizo ‘mea culpa’. Susurrado y entre íntimos, pero ‘mea culpa’. Se confesó y reconoció que el servicio de exteriores venezolano se encuentra absolutamente desprofesionalizado. Pero lo escuchó –y lo contó– un periodista: Pedro Pablo Peñaloza, quien filtró para Runrunes un análisis –examen de conciencia– firmado por el ex yerno del único inmortal que se murió en el que de modo muy soterrado –pero indubitable– apunta a Nicolás Maduro como el gran responsable de ese proceso de desprofesionalización de la Cancillería. Según la cronología que hace Arreaza, “en los años posteriores [al primer quinquenio de Chávez] el número de funcionarios diplomáticos fue mermando y (…) se le asignó a personal contratado el cumplimiento de estas delicadas tareas, sin que mediara un necesario proceso de selección o capacitación”. Tanto así que, siempre según Arreaza, “desde 2005 [la gestión de Maduro en Cancillería fue de 2006 a 2013] no se ha llamado a otro concurso público de oposición, a pesar del inusitado aumento de las tareas que ha asumido el MPPRE”. De allí que, según sus números, sólo haya en la actualidad 150 diplomáticos de carrera, 73 de los cuáles están en servicio interno y sólo 4 como embajadores. ¿Y el resto de los embajadores y cónsules? Son fruto de lo que Arreaza llama “desfavorable práctica (…) de contratación de personal de forma desarticulada”. O no tanto. Porque articulación, llevamos varios martes escribiendo sobre ellos, la ha habido: la del apellido. Y tómense los Bracho (familia política del Magistrado Calixto Ortega) como ejemplo: la hijastra, Nathalie Chiquinquirá Bracho, es Cónsul en Barcelona; el cuñado, José Gregorio Bracho, Embajador en Turquía; la esposa del cuñado, Sara Elena de Bracho, Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela en Turquía; y la prima política, Tatiana Bracho, Cónsul General en Turquía. ¿Tomará Arreaza alguna medida para sanear el servicio de exteriores o lo suyo será escandalito de opereta? Cuando veamos fuera a los Bracho y a otros toderos con apellido lo sabremos y creeremos.

Calixto era un hombre listo

…Y no andaba precisamente por la sabana. No. Este Calixto del que hablamos no es el padre de ‘Las Juanas’ sino el pariente de un grupo de funcionarios diplomáticos que por obra y gracia del apellido se encuentran ubicados en cargos muy bien pagados. Actual magistrado de la Sala Constitucional del TSJ –fue uno de los firmantes del decreto que disolvió la AN hace ya un año– antes de estar en ese cargo fue Viceministro para Europa en el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde comenzó a colocar a familiares suyos. Es padrastro de la fantasma mayor de Barcelona –la cónsul Nathalie Chiquinquirá Ramos Bracho–, quien es hija de Soraya Bracho, su esposa. Ella, Soraya, es a su vez la hermana del Embajador de Venezuela en Turquía, José Gregorio Bracho Reyes, cuya esposa, Sara Elena Flores Vargas, es la Agregada Cultural de Venezuela en dicha embajada, y cuya prima, Tatiana Lucía Zapata Bracho, es la Cónsul General Primera en el mismo país; es decir, todo queda en familia. Pero no sólo en la de su esposa –los Bracho–: también los Ortega han sido favorecidos, y allí está Calixto Ortega Sánchez, Calixtico, su sobrino, quien entró al Ministerio de Relaciones Exteriores en 2008, ejerció cargos de consultoría en proyectos internacionales, fue delegado ante el Comité Administrativo y Presupuestario de la ONU, luego cónsul en Houston y en la muy disputada sede consular de Nueva York –cuyo edificio, ubicado frente a la Catedral de San Patricio y a una cuadra del Rockefeller Center, está hoy en venta–; en noviembre del año pasado, fue designado Vicepresidente de Finanzas de CITGO –con un sueldo mensual de $41.250 que alcanza, entre bonos y asignaciones, los $717.176 anuales, de acuerdo con documentos filtrados por la periodista Mairbor Petitt–; todo ello, tras pasar apenas dos meses en la empresa –había ingresado en agosto– y sin tener experiencia trabajando en petrolera alguna, pero con un tío listo, listísimo, para ubicar a sus familiares en puestos clave.

La fantasma del barrio burgués

 Selecto, estiloso, tranquilo, sofisticado, caro, lujoso, confortable. Eso son algunos de los adjetivos que se usan para describir el barrio catalán de Sarria-San Gervasi. Enclave de la burguesía catalana desde tiempos inmemoriales, es, cómo no, el primer distrito en renta per cápita de la ciudad condal. En 2007, época de burbuja inmobiliaria, su metro cuadrado -11.020 €/m2- costaba más que un año entero de salario mínimo; y en 2016, ya explotada ésta, seguía siendo el metro cuadrado más alto de las cinco principales capitales de España -3.640 €/m2-. Otrora en las afueras de Barcelona (ya luego la ciudad creció y lo absorbió), estaba compuesto por opulentas mansiones veraniegas, muchas de las cuales terminaron convertidas en caros colegios privados –sólo el 14% de sus niños va a colegio público–; sin embargo, el gusto por lo grande se mantuvo y la superficie media de sus apartamentos –pisos le dicen allá– es muy superior a la del promedio español. Sus calles, de acendrado gusto medieval, están llenas boutiques y pastelerías. Cuenta la leyenda que allí se encuentran las mejores de España, y algo de verdad habrá cuando los postres de boda de la infanta Cristina fueron comprados en una de ellas. Y eso por no hablar de las zonas verdes, que las tiene y de sobra. Y no obstante todo ello, algunos habitantes de Sarria-San Gervasi, barrio ideal donde los haya, se quejan. Hay “algo” que ha alterado la paz del barrio. Un algo que roza con lo paranormal y que por ello resulta complicado de explicar. Al parecer, hay un edificio encantado. Uno bastante lujoso, con piscina en la azotea. Allí, juran los vecinos, vive un fantasma. O una fantasma. En femenino. Al menos, eso dice una de sus habitantes, muy dada al espiritismo –ese viejo pasatiempo burgués–, que afirma haber entablado contacto con ella. Como todo fantasma, explica la buena mujer, tiene una extraña relación con lo sagrado: uno de sus nombres es como el de la Virgen patrona de Colombia, llegó a Barcelona proveniente de Roma, en el día merodea por la plaza del obispo Urquinaona y de noche duerme en San Gervasi.

6 mil euros cobran al mes los diplomáticos fantasmas de Barcelona

La del sueldo es siempre, amén de espinosa, una pregunta incómoda. Salvo en casos de mucha confianza, preguntar por él siempre es de mal gusto cuando no impertinente. De allí que entre colegas, amigos y conocidos esté implícito que de eso no se habla. Hay sin embargo un caso en el que el que preguntar por el sueldo pasa de ser una intromisión intolerable a una obligación: el de los funcionarios públicos. ¿Por qué? Porque su sueldo se paga con el dinero de la nación. De modo, pues, que es un derecho ciudadano –y, por ende, un deber periodístico– conocer cuánto gana cualquier funcionario. Más si vive en el extranjero y su sueldo se paga en moneda fuerte, esa que tanto nos falta. Y más aún todavía si sirven a un gobierno revolucionario y socialista, que ha hecho (en el discurso) de la riqueza anatema y de la pobreza virtud cardinal. Y ni se diga si además son hijos de ínclitos revolucionarios, como es el caso de los fantasmas de Barcelona (ver #Especial del martes pasado). De allí, pues, que no podamos sino asombrarnos al dar con una constancia de trabajo de abril de 2016, membretada por el Consulado de la República Bolivariana de Venezuela en Barcelona y dirigida a un banco alemán, que “certifica que la Cónsul General de Segunda Nathalie Chiquinquira Ramos Bracho, percibe una remuneración mensual de seis mil ochenta y nueve dólares americanos con veintisiete céntimos ($US 6.089,27)”. Seis mil dólares que equivalen a mil trescientos millones de bolívares al mes o, si quieren, a 1.503 salarios mínimos integrales. ¿Que la distorsión cambiaria hace que la cifra pierda proporción? Comparemos, entonces, con España, donde el salario de la Cónsul Segunda es de casi siete (6,7) salarios mínimos españoles. ¿Cómo se justifica que la hija de un hogar revolucionario, empleada de un gobierno revolucionario, cobre, de la Cancillería un país que se muere de hambre, un sueldo tan escandalosamente poco revolucionario? Sí. Definitivamente la del salario es una pregunta incómoda, porque puede terminar, como es el caso, revelando incongruencias que acaban en asco y decepción. Pero somos periodistas y contarlo es nuestra obligación.

Los apadrinados de Barcelona

Apadrinar es un verbo transitivo que en su segunda acepción (patrocinar, proteger) tiene una relación muy directa con lo que pasa en el Consulado de Barcelona. De hecho, los fantasmas (por aquello de que sus nombres fueron borrados de la página web) que hacen vida en la oficina 6A del número 6 de la Plaza Urquinaona no son más que eso: gente patrocinada y protegida por sus relaciones con altos funcionarios de la dictadura. Sí, es cierto, la diplomacia, y más la consular, suele ser un retiro dorado para premiar lealtades, favores y trabajos. Lo curioso, en el caso de Barcelona, es que son soldados sin batalla alguna, casi todos jóvenes, de profesión ‘hijo de…’, cuyo único mérito (si es que la palabra puede caber en algo así) es el apellido. Tal es el caso, por ejemplo, de los Cónsules Generales Adjuntos Néstor Luis Reverol Patiño (30) y Nathalie Chiquinquirá Ramos Bracho (34). El primero, casi no hace falta decirlo, hijo de Néstor Luis Reverol Torres, Ministro del Interior y Comandante General de la GNB; y la segunda, y aquí sí hay que meter un poco más la lupa, hija de Soraya Bracho de Ortega, esposa de Calixto Ortega Ríos, actual Magistrado de la Sala Constitucional del TSJ. En ambos casos, tanto el de Reverol Jr como en el de Nathalie Chiquinquirá, sobra decir que no tienen formación universitaria diplomática y que, cosa curiosa, entraron a formar parte del MRE en 2012, estando todavía ambos en la veintena de la vida: ella con 28 y él con 24. Al Consulado de Barcelona, según consta en la Lista Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores de España, documento público al que cualquiera puede tener acceso (el primer mundo y su transparencia), ella llegó el 10 de abril de 2015 y él el 03 de febrero de 2017, luego de una pasantía por la Embajada de Venezuela en Argentina. ¿Y qué tipo de vida llevan allá? ¿Viven acaso en la pobreza revolucionaria que predican sus ínclitos progenitores? ¿O será que no y que precisamente por eso, por pura penita de vivir (tan) bien en una gran ciudad europea, sin otro mérito que el apellido, fue que borraron sus nombres de la web del Consulado? Seguiremos informando…

Las voces vivas del olvido: ¿Por qué soy fotógrafo?

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

No sé si sea algo habitual, pero a veces odio mi memoria. Hay días en los que  me siento abrumado por un recuerdo recurrente, y simplemente me hallo indefenso contra sus ardientes manifestaciones. Otras veces sucede lo contrario: a veces olvidó cosas que se suponen que deben importarme, hechos cuyo olvido traen molestias a mi cotidianidad. E inclusive, también me pasa que en algunas ocasiones, sin saber por qué, detalles insignificantes e intrascendentes permanecen en mi mente. ¿Tú también has padecido de los mismos males, verdad? Me imagino que sí, es humano. Todos sufrimos los males de no tener control sobre nuestras memorias.

Aunque sé que es una carga universal, a veces siento que a mí me afecta más por el hecho de ser fotógrafo: se supone que mi labor es manipular  la memoria. Entonces pienso en aquel personaje de Borges llamado Funes el memorioso, un joven que adquirió la “capacidad” de no olvidar absolutamente nada tras un accidente a caballo. ¿Imaginas poder describir cada hoja de un árbol, y todas las frases de un libro? No es de extrañar que el pobre Funes haya fallecido de un derrame cerebral. Para nuestra desgracia, en este tema no hay todo o nada, solo un conjunto de desniveles.

Al pensar en el cuento de Borges, me pregunto por qué no podemos ser capaces de seleccionar qué cosas recordar y qué cosas no. Nuestra vida sería mucho más sencilla si pudiéramos guiar nuestra memoria según nuestras necesidades, tanto en lo práctico como en lo emocional. Sería estupendo no olvidar el lugar donde se dejaron las llaves, o las fechas de las entregas, como también olvidar los traumas y no ser acosado por los recuerdos. No sentir la intensidad de los peores momentos como si éstos se repitieran sucesivamente en el tiempo. Poder dominar la memoria es una habilidad que  creo que todo el mundo desearía, tan inspiradora como volar.

Algunos recuerdos pesan, otros elevan el alma, y otros, sencillamente, se desvanecen. Si te preguntas cómo son los primeros tres años de vida, seguramente también te preguntarás qué consecuencias podría tener la capacidad de manipular la memoria. Quizás, esa carencia de control sobre ella sea necesaria. A Funes el memorioso le costó caro el no poder olvidar.

¿Tiene una utilidad el olvido?

La verdad no lo sé, pero supongo que sí. Desde una perspectiva psicoanalítica, el olvido es una manifestación del inconsciente. No voy a detenerme a hablar sobre qué es eso, sólo diré que es como un profundo pozo de pensamientos no racionales que está dentro de cada ser, y del que no se es consciente de su presencia y movimientos. Éste busca manifestarse y de él emergen los sueños, los chistes, metáforas, etc. Separa y unifica los elementos que le resulten más significativos, unos destacan en el recuerdo, y otros son olvidados. Algunos deben ser olvidados. Sea de forma lógica o no, el olvido viene a ser una fuerza selectiva que le da interpretaciones diferentes a los fenómenos externos. Lo olvidado se convierte en lo “no dicho”.

Lo “no dicho” hace que “lo dicho” se refuerce; crea misterio, expectación, y siempre deja una sensación de incertidumbre. Marca terreno, resta importancia a una cosa y le da mayor trascendencia a otra. Como cuando lees una novela y sientes que el autor oculta algo, e inclusive, ¿no es esa la premisa principal de toda obra de arte, la sensación de que hay algo más? El olvido puede ser similar al de querer averiguar, es un estimulante para la curiosidad, una disfrutable incomodidad que inspira pasión.

Freud mencionó que el olvido puede derivar, inconscientemente, del desinterés. Por ejemplo, si una persona olvida una cita médica probablemente sea por temor a una mala noticia del doctor.  ¿Tú nunca olvidaste una tarea de la materia que detestabas? Varía en función del gusto o disgusto, o, inclusive, de las asociaciones que se generan a partir del contacto externo: “siempre me acuerdo de tu nombre porque me recuerda a…“. Sin uno saberlo, es selectivo, y brinda la capacidad de autoconocimiento: averigua qué cosas desaparecieron de tu mente y quizás puedas saber por qué (siempre tomando en cuenta que el conocimiento de nuestra sombra nos será limitado)

Aunque hoy en día la ciencia le refute muchos planteamiento a Freud, viéndolo desde su perspectiva este asunto cobra más sentido. El olvido tiene una función inconsciente que es inherente al hombre y, por ende, tiene connotaciones que se manifiestan en sus producciones culturales. Se olvidan las cosas debido a nuestra fijación o apatía con diferentes tópicos -y con sus asociaciones-, de modo que la incertidumbre que genera puede alimentar la imaginación. Y su contraparte, el recuerdo, también da mucho de qué hablar en campo del Arte.

Lo que elegimos recordar

Un recuerdo puede marcar una vida, definir un antes y un después e, inclusive, construir o destruir la identidad de la persona. Una despedida queda tatuada en la psique; por ende, la necesidad de manipular la memoria ha conducido muchas de las grandes hazañas del hombre, como es el caso de la invención de la fotografía. Como fotógrafo, tiendo a asociar las épocas del pasado en función de algunas de mis fotos. Del mismo modo, la gente recuerda sus eventos a través de sus capturas, también la esencia de sus seres queridos. La cámara es un instrumento que lucha contra el olvido.

Dudo que exista un mejor ejemplo para hablar de las posibilidades que tiene la fotografía de penetrar el alma humana que La cámara lúcida, de Roland Barthes. Este peculiar libro se compone de dos capítulos largos. El primero habla de algunos de los efectos que pueda generar ésta en un espectador –que la atención se fije en un detalle de forma irracional, que  los elementos en la escena brinden la posibilidad  de entender un contexto, etc-, todo explicado con términos teóricos, pero sin perder la atmósfera poética. Y el segundo navega por aguas mucho más profundas. A través de sus páginas vemos cómo el autor realiza una intensa exploración emocional a partir de una fotografía de su madre cuando ésta era una niña, la cual se niega a mostrar, alegando que esa imagen solamente tiene esas connotaciones en él.

La cámara lúcida ofrece una visión intimista sobre el fenómeno de lo simbólico que puede encontrarse en una imagen. La sola fotografía de su madre a los cinco años de edad en un invernadero adquirió para Barthes un significado mucho mayor debido al fallecimiento de ésta. Y en su caso parece haberse logrado: la captura de su  progenitora le remite a toda la identidad de ésta, al paso del tiempo, al duelo, al dolor, a la soledad. Esa foto se convirtió en un símbolo personal dentro de su mundo.

“El aire (…) es como el elemento inflexible de la identidad, aquello que nos es dado gratuitamente, despojando de toda “importancia”: el aire expresa al sujeto en tanto que no se da importancia. En esta foto de verdad que el ser que amo, que amé, no se encuentra separado de su mismo: por fin coincide. (…)Todas las fotos de mi madre a las que pasaba revistas eran un poco como máscaras; en la última, bruscamente, la máscara desaparecía: quedaba un alma, sin edad pero no al margen del tiempo, puesto que este aire era el mismo que yo veía, consustancial a su rostro, cada día de su larga vida” (Barthes, 1983, páginas 163-164).

Evidentemente, allí Barthes se expresa de su madre como la recordaba, y también como la idealizaba. Lo que el elige recordar de ella, porque dudo que allí la evocara pensándola como una mujer enojada o triste, pese a que evidentemente esos sentimientos no le eran ajenos. Obvia fragmentos de la realidad pasada para centrarse en uno solo: su estado más “puro”. Es una selección, un olvido voluntario de un enorme conjunto de sus características. El redefine su identidad. La memoria y la imaginación juegan en conjunto. Y no es algo que está mal: al fin y al cabo, una frase muy habitual en el vocablo humano es: “Recuérdame por lo bueno y no por lo malo”.

Como fotógrafo, siempre procuro que mis rostros queden esplendidos. Claro, yo busco más que una simple cara bonita, pero eso no quita que a menudo intente hacer ver a mis modelos con rasgos “halagadores”, y efectivamente, así tiendo a recordar (visualmente hablando) a muchas personas. Lo digo muy literalmente: mi memoria es fotográfica, a menudo pienso a mi pareja según la forma en la que la he fotografiado. No por nada es que Regís Durand llama a la fotografía un arte “fetichista”. En su ensayo “El plato y el embudo. Notas sobre la fotografía y lo real”, recopilado en su  libro “La experiencia fotográfica”, comenta que ésta expone realidades que sustituyen a otras, que pretenden hacerse pasar por la realidad tal y como es, que olvidan su carácter de simulacro. Sentimiento común, precisamente por la ilusión de objetividad que toda fotografía pretende dar. Explica el autor:

Gracias a Freud sabemos que el fetichismo se apoya en una operación simbólica  (…) la negación o el rechazo de una realidad traumatizante. El fetiche sería una tentativa precaria (pues siempre será insatisfactoria) de suturar ese pensamiento de pérdida o de carencia de un objeto irreal, al mismo tiempo presencia y ausencia – presencia que niega la pérdida de otro objeto y que no obstante nunca estuvo ahí.  Desde este punto de vista, la fotografía el arte fetichista por excelencia, y  la relación con lo real debe ser asociada a esta fantasmagoría” (Durand, 2012, página 83).

Barthes decía que la foto niega la muerte del objeto, está constituida por un único recuerdo y varios olvidos, y se convierte en fetiche para la memoria ¿Cuánta gente no ve la foto de su pareja anterior para torturarse con el recuerdo y las fantasías que éste le genere? Inclusive, cuando se le pretende dar una intención estética muchas veces estos sentimientos se intensifican. Es el arte del fetiche, de la imagen única como símbolo de todo lo que debería, la que protege de los recuerdos no gratos y de los olvidos ignorados. La que pretendemos dar la pretensión de realidad.

Dicen que la mente es como una película. Siendo así, no quiero imaginar las sucesivas fotografías pasando una después de la otra. Imaginarlo, simple y llanamente, me produce terror. Desde mi mirada personal, creo que el tema del olvido siempre será motivo de curiosidad y frustración. A veces detesto no poder ejercerlo, y a veces detesto no saber en qué escena de mi vida lo ejercí, y por qué. Supongo que con mi andar fetichista seguiré luchando por poder ejercer la manipulación de la memoria, para solo recordar de forma selectiva, pero conscientemente. Para construir mi propio mundo.

A todo fotógrafo le toca ayudar a su inconsciente a unir los nexos de su vida con cada captura, con cada instante que decide eternizar, y, para eso, es necesario olvidar. Ahora es que me doy cuenta de que mi cámara solo me ayuda a no sufrir el destino de Funes el memorioso, cada foto es un gran conjunto de recuerdos con pretensiones de ser reales, pero siempre acompañados de las voces vivas del olvido.

Los fantasmas del consulado

La plaza Urquianona de Barcelona no es, por sí misma, un sitio de interés turístico. Se trata más bien de una construcción menor, que data de 1857 y debe su nombre a un obispo. Tiene una fuente de bronce, la del chico de los cántaros (del noi dels cantirs, en catalán) y una parada de metro, Urquianoa, en la que confluyen dos líneas (la 1 y la 4), que le dan, ellas sí, vida y utilidad, y la convierten en un punto neurálgico en el que inician o finalizan su itinerario muchos de los que van al centro histórico de la ciudad condal. Para el peatón corriente o el turista medio el edificio número 6 pasará siempre desapercibido: es una construcción más de tantas, con fachada de vidrio, y unos pocos pisos. Sólo el que se detenga y vea con atención su azotea se topará con una ondeante bandera tricolor de 8 estrellas, que señala que allí, en el sexto piso del edificio seis, en la oficina 6A, se encuentra ubicado el Consulado de la República Bolivariana Venezuela en Barcelona, uno de los cinco que hay en toda España. Hasta allí, salvo la notable coincidencia de los tres seis que hay en la dirección (Plaza Urquinaona Nº 6, piso 6, Oficina 6A), combinación que el Apocalipsis bautizó como la señal de la bestia, no habría nada raro. Hasta allí. Pero si el peatón decide, por mera curiosidad, sacar su teléfono y meterse en la página web del Consulado, se hallará, ahí sí, con una cosa bastante extraña: no hay, no están, no aparecen por ningún lado, los nombres de los funcionarios consulares. Un número de teléfono, uno de fax y una dirección de correo. Esa es toda la información que hay. ¿Es que lo dirige acaso un fantasma? ¿Es que hay espíritus en vez de personas? No. El misterio de la oficina 6A del número 6 de la Plaza Urquianona es mucho menos esotérico y más terrenal, y todo apunta a que tiene que ver con ese vicio execrable llamado nepotismo que tanto practicaron José Antonio y José Tadeo, los hermanos Monagas, esos a los que la revolución está dejando como niños de pecho. ¿Quiénes son, qué vida llevan y qué vínculos tienen con altos jerarcas los fantasmas del Consulado de Barcelona? Pronto, muy pronto, lo develaremos.

Ron Chávez en busca de sí mismo

Por: Juan Sanoja  | Juan Sanoja

Caminaba de un lado al otro en el escenario. Ya llevaba hablando unos cinco minutos y, como siempre, había sacado unas cuantas carcajadas a la audiencia. Su historia inspiraba, cómo no. Era la historia de todos. La de los sueños rotos. La del hombre que busca su lugar en el mundo y mientras tanto va acumulando un sinfín de fracasos. La del veinteañero que no sabe qué hacer con su vida. La de la frustración y la amargura. La de poncharse mil veces por no ver la bola. La de navegar a la deriva. La de remar contra corriente. La de resistir, persistir e insistir hasta que, con suerte, la existencia empiece a cobrar sentido:

–Si tú, con pasión, decides hacer algo, y sientes que para eso eres bueno, lo único que tienes que hacer para detectarlo es escucharte, aceptarte y tomar decisiones. ¡Muchísimas gracias!

Había culminado su presentación frente al Aula Magna de la Universidad Católica Andrés Bello y ahora estaba en medio del escenario disfrutando de su sonido favorito. Como todo un showman consagrado, Ron Chávez recibía los aplausos que daban por concluida la séptima edición de un evento que agrupaba a exitosos emprendedores venezolanos. Él, que había abandonado tres carreras universitarias; él, que vio frustrada su aspiración castrense al ser dado de baja por deficiencia académica en la Guardia Nacional Bolivariana; él, que durante una década pasó por todos los trabajos habidos y por haber tratando de calar en la sociedad, acababa de dar una clase de cómo romper el molde y triunfar en la vida.

Ron Chávez encontró su lugar en el mundo gracias a la improvisación teatral y ahora presentaba en la UCAB un proyecto iniciado meses atrás: una Escuela de Humor que pretendía dignificar el oficio del comediante y preparar profesionalmente a más bichos raros como él, personas que no habían querido (o podido) seguir el camino ortodoxo de la vida y que hallaron en la tarima el sitio donde querían pasar el resto de sus años en la Tierra.

Roberto Carlos (Ron Chávez son sus apellidos) había nacido en un hogar artístico y de niño se le notaba. Su madre tenía experiencia en el teatro, su padre en las artes plásticas y él era un pequeño extrovertido que imitaba a personajes de Radio Rochela, El Chavo y el Chapulín Colorado. Su vena artística era innegable, pero entre los trece y los catorce años le pasó lo que a cualquier adolescente. Escuchó que había que crecer y confundió madurez con seriedad. Le puso un torniquete a su torrente creativo y de ahí en adelante se dedicó a ser un tipo serio.

Había participado en los actos culturales de su colegio, en montajes de teatro e incluso en un capítulo de Las Dos Dianas, la recordada novela del 92 protagonizada por Carlos Mata y Nohely Arteaga. Pero cuando llegó el momento, su decisión estaba clara: Ron quería ingresar a la escuela militar. Así que, con sólo dieciséis años, empezó a formarse en la institución castrense.

Estaba en el lugar equivocado –me dice un Mayor de la Guardia Nacional, que fue compañero de promoción de Ron–. Tarde o temprano iba a darse cuenta de que no estaba en lo suyo. Recuerdo que le propuse: ‘Ron, tú tienes que ser comediante’. Tenía una facilidad para expresarse que no era de militar. Siempre llegaba con una cara, con una morisqueta.

Ron había sido uno de los 1000 cadetes que ingresaron a la Fuerza Armada en 1998. Formó parte del grupo de 250 que entraron a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC) al año siguiente, pero su nombre no pudo estar entre los ciento y pico que se graduaron como Guardias Nacionales tiempo después: al tercer año reprobó estadística y tuvo que abandonar la milicia.

Esa sería la primera de las cuatro veces que dejaría los estudios: no aprobó el curso propedéutico de la Escuela Nacional de Administración y Hacienda Pública, se retiró de la UCAB porque no podía pagar la matrícula y abandonó la carrera de Administración en Recursos Humanos que estaba cursando en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez, para dedicarse al teatro.

En el ínterin, Roberto Carlos había sacado una maestría en varios oficios. Estuvo seis meses en Estados Unidos para conocer el idioma y lo menos que hizo fue aprender inglés. Lavó carros, cuidó niños, cortó grama, bañó perros y hasta impermeabilizó techos. Las fortalezas físicas y mentales adquiridas de la doctrina militar –me dice Ron en la actualidad– lo habían curtido y preparado para cualquier tarea. Pagar plantones (estar de pie y firme por largas horas) no era precisamente algo a lo que todo el mundo estuviese acostumbrado y él ya lo había vivido en su época de cadete. Por eso, no se sentía incómodo ganándose la vida bajo el sol inclemente mientras acomodaba las azoteas de los hogares gringos.

En Venezuela volvió a trabajar la paciencia mientras se ganaba el quince y último contando bolígrafos en una fábrica, desarrolló la empatía trabajando como cajero en un centro de copiado, fue cultivando el don de gente atendiendo al público en Cantv y Telcel y se gradúo de todero en una ferretería.

“¡¡¡Ron Chávez!!!”, grita, micrófono en mano, Willy McKey, el encargado de moderar el evento de emprendedores en la UCAB. A Roberto Carlos lo siguen aplaudiendo y yo pienso en Søren Kierkegaard, el filósofo que citó alguna vez Villoro: la vida se vive hacia adelante, pero sólo puede ser comprendida hacia atrás.

Eran las diez de la noche del primero de enero del 2011 y Ron Chávez estaba en una habitación de hotel en Los Andes, Chile, tomándose una cerveza, preguntándose qué carajo hacía allí y llorando como un niño que extraña a su madre. Tenía ya año y medio desde que había comenzado en el mundo de la improvisación teatral y ése era su primer viaje en busca de conocimientos.

Unos meses atrás había conocido por Facebook a una mujer chilena que estaba metida en la movida artística y que se había puesto a la orden por si algún día Ron necesitaba techo y comida en una eventual expedición sudamericana. Por eso, cuando en Internet encontró unos talleres de improvisación en la tierra de Pinochet y Allende, no dudó en escribirle a su amiga virtual. Ella, muy cordial, reiteró la oferta que le había hecho no mucho tiempo atrás y Ron compró pasaje, empacó su maleta y tomó un avión el primer día del año 2011. El problema fue que, al llegar, y tras ser recibido con un almuerzo, la mujer le informó que no podía quedarse allí, pues su marido le había dicho que cómo era posible que un hombre durmiera en una casa donde vivían dos niñas de 15 años.

Tuvo que agarrar su equipaje y quedarse en un hotel de 30 dólares la noche. Eso era el 10% del presupuesto que tenía para pasar un mes completo en Chile. La decisión de la mujer le había trastocado todos los planes y ahora estaba en Santiago sin tener idea de qué era lo que iba a hacer. Se le ocurrió llamar a Jorge Parra, su mentor argentino que había creado en Venezuela el show de improvisación del que se había enamorado, y éste le recomendó que llamara a fulanito, un fabricante de utensilios de circo.

Al día siguiente, cuando conoció al amigo de Parra, se dio cuenta de que su nuevo hotel, donde se quedaría los próximos treinta días, sería un galpón inmenso donde decenas de personas practicaban mañana tras mañana malabares, acrobacias, contorciones y demás espectáculos circenses. Allí se percató de que lo más parecido a una academia militar era la disciplina con la que esos hombres se paraban todas los días a entrenar religiosamente. Fue en ese momento cuando dejó atrás, para siempre, todos los prejuicios que durante años le habían hecho pensar que quienes hacían teatro eran locos, drogadictos y malvivientes.

El cuento me lo está echando el propio Ron Chávez. Son casi las cinco de la tarde de un martes de diciembre y ya llevo una hora escuchando las anécdotas que ha acumulado desde que en 2009 su madre, con tono de preocupación, le preguntase que qué iba a pasar con los estudios, que si era verdad que quería dedicarse al mundo de la actuación.

La conversación tiene lugar en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, uno de los tantos edificios que copan la interminable avenida Francisco de Miranda y el lugar donde se inauguró, hace escasos meses, la primera sede de la Escuela de Humor. Ron Chávez está a punto de dictar la última sesión del taller ‘ABC de la Impro’ y debemos interrumpir la conversación ante la llegada de sus alumnos.

De vibra ligera, cola de caballo y barba semipoblada, no hay nada en Ron que haga recordar su pasado militar. Nada, salvo la disciplina que impone en clase. “Bueno, los celulares, muchachos. ¡Vamos a aprovechar la clase!”, dice enérgicamente para poner orden y dar inicio al cronograma de actividades. Su cara de éxtasis lo dice todo: ha llegado el mejor momento del día.

En la mano derecha tiene una campana y en la izquierda un cuadernito. Con lo primero llama la atención y en lo segundo anota para luego corregir. Durante la clase, Ron toma más apuntes que Mourinho, aplaude como un espectador más, tiene la sonrisa de un niño y cuenta con más adrenalina que un ladrón en problemas. La pasión de la que hablan sus familiares, amigos, alumnos y colegas está ahí, en el piso dos de la Torre A del Centro Perú, un martes de diciembre, a las 5:30 de la tarde.

–El greñúo ese es uno de los duros, el que empezó con todo esto. Es un fenómeno.

Un señor pelón, de camisa negra y acaso 40 años, le explica a su amigo de qué va el show llamado Improvisto. Aunque no domina con precisión los datos históricos, el sujeto que tengo detrás en la cola hace bien en detallar los fundamentos del espectáculo que hoy hemos venido a ver: una obra que está dividida en cinco historias independientes, cada una de las cuales surge de la improvisación.

El greñúo al que hace referencia el señor es Ron Chávez, quien desde hace ya unos años comenzó a cambiar el look de cadete que había llevado con orgullo cuando le tocaba marchar con las botas puestas y el fusil en la mano. Ya no se pasa la máquina uno, ni tampoco se afeita la cara. La metamorfosis artística lo ha convertido en una suerte de Jesucristo criollo con el pelo a media espalda.

Todo empezó una década atrás. A Ron lo invitaron a ver un show en el CELARG de Altamira y él, cuenta, salió con los tapones volados. No podía creer lo que había visto: una obra de teatro donde absolutamente todo era improvisado. La cuestión le pareció tan increíble que incluso pensó en que él podía dedicarse a ello, pero no pasaron ni cinco minutos cuando el cerebro le mandó un cable a tierra: ‘Si eres ridículo, qué vas a estar tú haciendo eso. Ni de vaina. Tú estás a punto de finalizar una carrera en la Universidad Simón Rodríguez como Licenciado en Administración de Recursos Humanos. Ni se te ocurra pensar en una cosa como esa, muchacho loco’.

Las endorfinas y una mujer, no obstante, le hicieron cambiar de parecer. La chica de la que estaba perdidamente enamorado le dijo que iba a tomar un taller de improvisación dirigido por la gente de Improvisto y él no dudo ni un segundo: era su oportunidad para conquistarla. La chama no pasó de la segunda clase, pero poco importó: él había encontrado la profesión con la que quería casarse por el resto de su vida.

Dirían los psicólogos que a partir de ese momento Ron pasó del «soy lo que voy probando para elegir» al «somos los que amamos». Roberto Carlos empezó a hacer cuanto taller y curso se le pasara por enfrente, se convirtió en un autodidacta empedernido y todo lo demás fue dándose en consecuencia. Escaló posiciones y llegó a dirigir el show que en 2009 le había volado los tapones.

Al pelón le ha tocado al lado mío. Le sigue contando a su amigo lo bueno que es el show que está a punto de comenzar. El teatro queda a oscuras. Una melodía rockera empieza a sonar y unas luces multicolores de discoteca apuntan desde el techo a todas direcciones. El público anima con aplausos y el maestro da luz de sala. Por la puerta de atrás van entrando los actores. Vestido de amarillo, Ron Chávez comanda al equipo con una sonrisa de oreja a oreja. Pienso en Villoro: Søren Kierkegaard tenía razón.

Imágenes acosadoras

Por: Diego Alejandro Torres Pantin | @sr_mowgli

Estoy seguro de que no soy el único venezolano harto de sentir el bombardeo de las imágenes “oficiales”. Esas que  muestran a un país perfecto, alegre, danzarín, donde todos son amigos desde la infancia, las familias (en ninguna de las cuáles hay catires) son sólidas y, por supuesto, disfrutan de la vida socialista. Esas que abundan en las redes sociales, en la calle, en la TV, en la radio, en los museos ¡en toda Venezuela!

Es una realidad evidente: la propaganda política nos ha invadido por completo. La firma de Chávez, su mirada, su rostro, toda su imagen, se ha convertido en ícono, y es imposible escapar de ella. No faltan tampoco las imágenes que muestran a esa Venezuela utópica, heroica y socialista que, como todos sabemos, nada tiene que ver con la realidad. Con las segundas siempre me hago la misma pregunta: ¿ellos piensan que nosotros somos estúpidos?

La pregunta no es retórica, y el adjetivo no es de adorno: realmente tengo esa duda. La correspondencia entre la realidad y  la propaganda oficialista es similar a la que hay entre una pulga y un elefante. Entonces ¿por qué lo hacen, qué resultado esperan obtener? Pareciera que es un despliegue técnico dedicado al cinismo, ante el que cabe preguntar si no es, más bien, una burla: un chiste gracioso para ellos y cruel para nosotros.

Hacen parecer que aquel ser que nos dejó como herencia un paraíso para delincuentes fuera una especie de deidad. Están aquí, están allá, están más allá, están al lado, están en todas partes. Como un Gran Hermano. Un par de ojos que todo lo ven. Seguro que no soy el único al que le resulta asqueroso.

La estética totalitaria: En la masividad y en la singularidad

Esta tragedia es una parodia, y sus imágenes también. El totalitarismo pretende abarcar cada ámbito social, estar en todas las áreas de la vida humana para controlar al individuo mediante la ideología y el miedo. La filósofa italiana Simona Forti lo define como la “Situación política en la que un único partido ha conquistado el monopolio del poder del Estado y ha sometido a toda la sociedad, recurriendo a un uso total y terrorista de la violencia y otorgando un papel central a la ideología”.

Entendido ese “pequeño detalle” se puede comprender el objetivo del régimen: crear una cultura con base en lo emocional en lugar de lo racional. Necesita que el ciudadano esté enamorado de la revolución (o reprimido por ella); tanto, que no le importe la escasez, la inseguridad, la inflación. Y si la alienación no es posible, al menos fingirla. En ese proceso la imagen es fundamental.

En el siglo XX los gobiernos totalitarios –la U.R.S.S, la Alemania Nazi, la Italia Fascista, la China Maoísta, etc- emprendieron enormes campañas mediáticas con el mismo objetivo. Produjeron imágenes propagandísticas en masa aludiendo a la emocionalidad de sus poblaciones, las cuales mostraban una visión idílica de sus  respectivos procesos políticos. De ahí nació lo que se conoce como kitsch.

En la introducción del libro Arte y propaganda en el siglo XX, de Toby Clark, se comenta que el crítico Clement Greenberg denunció lo que se conoce como el kitsch, elemento presente “tanto en la cultura de masas americana como en el populista arte oficial de la Alemania nazi y la Unión Soviética “. En general, ese es un término que se refiere a las imágenes producidas en masa, de carácter meramente emocional, clichés, y cuya presencia excesiva las vuelve desagradables. Llegan a ser feas, y no feas como las pinturas de Caravaggio, sino repulsivas.

Venezuela’s President and presidential candidate Hugo Chavez speaks in the rain during his closing campaign rally in Caracas October 4, 2012. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA – Tags: POLITICS ELECTIONS)

Veamos un ejemplo del kitsch oficial. La famosa fotografía de Chávez hecha por el mexicano Jorge Silva en el cierre de campaña del 2012 es un trabajo muy bien logrado, que, según su autor, le tomó 10 años: la lluvia es un elemento melodramático; la paleta de colores es medio gris, lo cual acentúa las emociones de tristeza; y el gesto con la cabeza hacia arriba con la luz cenital le da un tono épico; además, sostiene un rosario: es casi sacramental. No en vano se usó en muchísimos ejemplos de la propaganda. Si mal no recuerdo, en el portal web de la OPSU estaba con la siguiente frase: “Nos empapamos de una lluvia de amor y de patria que no escarpó jamás”. Es difícil soportar un contenido tan cursi, por eso es que se mantiene en mi memoria.

Al recordar las elecciones parlamentarias del 2015 suele venir a la mente una cuña televisiva en la que unos motorizados decían estar del lado del pueblo, y que iban a ganar la Asamblea como sea; es decir, de cualquier forma que considerasen necesaria. Si tomamos en cuenta que aquí se les asocia con los delincuentes ¿qué creen que buscaban expresar? ¿Cuál era el límite de ese “como sea”? La intimidación subyace en su discurso kitsch, aunque ellos no lo quieran admitir.

Graffitis con frases antiimperialistas, cuñas televisivas llenas de “sabor socialista”  o “informes” radiales, todos hartan nuestra existencia. Si las comparamos con sus antecesoras, es fácil notar sus similitudes. No puedo  dar ejemplos y ejemplos, esa labor tomaría años. Pero puedo decir que lo heroico, lo nacionalista, lo exagerado y lo intimidante siempre están presentes de forma kitsch. Solo que aquí le han dado un toque más tropical, un tanto más adaptado a la sociedad venezolana.

Vivimos una tragedia dickdiana. Es como si hubiera una doble Venezuela. La material, donde la vida ha adquirido tintes infernales, y otra distinta, una pseudo realidad, como lo diría Philiph K Dick, autor de ciencia ficción cuyos libros han inspirados filmes como Blade Runner, Minority Repport o Total Recall. Toda su obra está marcada por el mismo conflicto: las dudas sobre la realidad misma. Seres que no saben si son robots o humanos, recuerdos implantados o simulaciones virtuales: tenía pánico de no existir, o peor, tomar por real un mundo artificial. En su ensayo Cómo construir un universo que no se derrumbe en dos días, comenta que en la modernidad los grupos de poder -partidos políticos, estados, instituciones religiosas, etc- crean mundos ficticios que envuelven a los individuos, cuyo efecto es devastador para la sociedad.

La herramienta básica para la manipulación de la realidad son las palabras. Si puedes controlar el significado de las palabras, puedes controlar a la gente (…) Pero otro modo de controlar las mentes de las personas es controlar sus percepciones (…) La comprensión sigue a la percepción. ¿Cómo consigues que vean la realidad como tú la ves? (…). Las imágenes son un componente básico: escenas (…) Las palabras y las imágenes están sincronizadas. (…) Ver la televisión es una forma de aprender mientras se duerme (…) El grueso de la información elude nuestra atención.

¿Será que acaso ellos pretenden que nosotros percibamos la realidad utópica que presentan en sus propagandas? Quizás. Puede que busquen el sentimiento romántico en algunos casos, y, en otros, puede que se estén burlando del ciudadano común. Sea como sea, lo cierto es que hay otra frase de Dick que resulta apropiada para esta ocasión: “La realidad es lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello”.

No importa cuántas veces esas imágenes contradigan la vida cotidiana, la realidad está allí. Suponiendo que lograsen la alucinación colectiva (probablemente, mediante un uso masivo de alucinógenos en  toda la población), los problemas no se irán por eso. El show mediático es solo una máscara que  exalta su imaginario porque no pueden admitir el desastre: unas veces se burla de nosotros, otras inculca falacias, y otras  intimida. El kitsch no tiene ningún efecto que contrarreste la pesadilla que estamos viviendo. Seguirá creando ilusiones, adoctrinando a pocos y asqueando a muchos, y, quizás, acobardando a unos cuantos, pero lo cierto es que una imagen no tiene influencia en el mundo real. No nos dejemos engañar por su acoso.

 

Magallanes, por un caraquista

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Magallanes es el equipo de las derrotas imposibles, los outs que se pierden y las debacles apocalípticas. La exégesis fatalista del “no se acaba hasta que se termina” y la prueba palpable de que el absurdo existe más allá de Kakfa. Al menos, el Magallanes que yo he conocido. El que con 7 carreras de ventaja -¡7!- y a solo 3 outs -¡3!- perdió una final con Tigres; el que en diciembre de 2008 sufrió un descalabro inexplicable que lo dejó fuera de la clasificación; y el que vive exorcizando los fantasmas de hecatombe que lo rodean en los últimos innings.

Esto, parece, no siempre fue así. Las hemerotecas atestiguan que hubo tiempos mejores, incluso esplendorosos, más temibles que risibles, y cargados de figuras.

Todo comenzó en 1917, en un botiquín de Catia, que era un gueto bares y burdeles. De acuerdo a un diario de la época, un grupo de jóvenes fundó un equipo de beisbol al que le pusieron Magallanes…no se sabe bien por qué. El detallazo de la historia es que nunca hubo registro oficial del nombre.

A partir de ahí comenzó una frenética carrera plagada de desapariciones, reapariciones y cambios de nombre –hasta Oriente se llamaron-, que asentó en sus primeros fanáticos la creencia de que tenían el hado del Ave Fénix y siempre resurgirían de las cenizas. En esos años debutan en la LVBP –seguidos por otra quiebra, para variar– con Alejandro “El Patón” Carrasquel, primer venezolano en la MLB, como pitcher.

Luego de errar por ciudades y estadios, en 1969 por fin hallaron cobijo. Fue en el José Bernardo Pérez de Valencia, en una temporada inolvidable coronada con un campeonato ante Tiburones e inmortalizada en el álbum de las glorias nacionales con el primer título del Caribe para divisa venezolana alguna.

Así se abrió la década de los setenta, de todas, quizás, la más memorable, con 3 títulos y 2 subcampeonatos. Fue la época del “Poder Negro”, una feliz coincidencia de peloteros de raza y casta con fuerza en el madero, en cuyos spikes de novatos habría luego extraordinarios grandeligas como Don Baylor y “La Cobra” Parker.

Terminando la década apareció “El Brujo”, Willie Horton, quien a mediados de la 78-79 tomó las riendas de un Magallanes colista -5to en la tabla- y con su improbable estilo de dirigir lo hizo ganar 21 de los siguientes 30 juegos para titularlos campeones. La guinda la puso en Puerto Rico uno de los del “poder negro”, Mitchell Page, que con un soberbio jonrón en el 9no inning hizo del Magallanes el primer y único equipo venezolano con dos Series del Caribe.

Apoteosis, delirio, júbilo y frenesí. Los magallaneros levitaban como criaturas escogidas, los favoritos de los dioses del beisbol. Lo que no sabían es que a partir de ahí vendría una sequía bárbara y no les quedaría sino echarle agua al caldo de su historia para rendirlo y poder alimentarse de él durante la década venidera.

Los ochenta fueron unos años horribles y hasta 1994 no hubo nada que celebrar, quizás por eso el premio fue tan grande: le ganaron la primera final al Caracas, cosa que repetirían dos temporadas después. Fue el Magallanes de Luís Raven, Álvaro Espinoza, Melvin Mora, Richard Hidalgo, Endy Chávez, entre algunos otros nombres que hoy día siguen produciendo un ligero escalofrío en cualquier espina dorsal caraquista. Se cuenta otro título más en el haber de esa buena década -5 finales y 3 títulos- pero lo verdaderamente importante fue ganarle, y dos veces, al Caracas.

Cíclica como es la historia, a los buenos noventas le han seguido unos medianos dos miles -3 títulos en 17 años, con cinco dolorosos sub-campeonatos, eso sí-, que han metido la finta del resurgir. Los más antiguos recuerdan al Ave Fénix, y a ella se amparan todos.

FANATICADA

Los fanáticos del Magallanes van por la vida de muy populares. Desde que Billo les compuso par de guarachas con pegada, se asumieron, casi, como el culto oficial de Venezuela, la esencia indispensable en la receta clásica de la venezolanidad arquetípica. Solo les falta colgar una jaula con un turpial en el dogout y pasear en hombros a Lila Morillo por el estadio, para completar el rompecabezas del equipo genuinamente venezolano.

Sociológicamente, han sido más populistas que populares. Tienen al pueblo en la boca, su sede en Valencia –cuna del rancio abolengo– y una de las nóminas más altas de la LVBP. La mentada supremacía popular se basa en unas legendarias encuestas que como buenas leyendas muchos citan y nadie precisa y que siempre se estrellan con el hecho de que no son el equipo que lleva más gente al estadio. No en balde han sido los favoritos de los inquilinos de Miraflores, y valgan de muestra los botones de Caldera, Carlos Andrés y Chávez, que de los otros no se sabe.

A falta de poder ser llamados nunca el equipo más ganador de la LVBP -10 títulos son mucha diferencia-, el orgullo Magallanero se edificó siempre sobre la base de haber logrado lo que el Caracas no. Y hubieran podido seguir tan tranquilos en esas, de no ser porque en estos años el Caracas ganó su segunda serie del Caribe, se tituló ante el Magallanes y documentos en mano puso en duda los números de la serie particular.

Las últimas debacles no los han hecho más prudentes, solo un poco más desconfiados. Se reconoce en ellos una cierta aprehensión a creerse las victorias y un desasosiego impenitente cada vez que pasan del séptimo inning. Es un problema de confianza, pero no el único. También está el asunto del orgullo herido y cómo reconstruir el discurso, cosa de dialéctica a fin de cuentas. Lo verdaderamente grave, eso sí, es el delirio de equipo del pueblo, esa fiebre folklórica que en ellos no parece tener cura.

CONCESIÓN

Si algo hubiera que concederle al Magallanes, eso sería la gallardía. Populistas han sido siempre, pero gallardos. Nos han ahorrado la vergüenza del discursito victimista estilo Barca, ese del equipo pobre y humilde que como un David de provincia lucha contra el todopoderoso Goliat de la capital. Y eso, visto lo visto en otras ligas, ya es bastante.