Escritores, letras y fútbol

La situación es hipotética, pero todas las frases son reales, se corresponden a las opiniones que, ya en libros, ya en crónicas, ya en ensayos o entrevistas, vertieron sus autores, todos escritores de prestigio, con respecto al fútbol, y que para exponerlas de modo más ameno hemos convertido en ficticia –pero veraz– tertulia.

Es víspera de algún mundial de fútbol futuro, jugado en alguna sede seguramente impropia –mala costumbre desde Qatar-, se reúnen varios escritores de antes, de ahora y de siempre. Sus opiniones con respecto al juego son diversas, y eso es lo interesante: que a unos les gusta y a otros les disgusta, pero ninguno se queda callado y cada uno expone sus posturas con toda la gracia de su genio. A fin de cuentas son maestros de la palabra y saben usarla bastante bien.

Jaime Bayly, uno de los más jóvenes, es quizás el más emocionado. “El Mundial es el Mundial, uno vive para llegar vivo al próximo Mundial, la vida se compone de los mundiales que pudiste ver y de los que ya no podrás ver. Todos los esfuerzos que hago por mantenerme vivo están animados por esa ilusión absurda: la de ver por televisión el Mundial de Fútbol”, dice. Ve algunos gestos de desaprobación, y se explaya, provocador: “El Mundial es una fiesta para los individuos pusilánimes que nos negamos a crecer, un viaje al pasado, un reencuentro con el niño que fuimos y que se despierta cuando miramos a unos atletas espléndidos persiguiendo una pelota”, agrega. Kipling, el desprecio marcado en el rostro, los califica en voz intencionadamente alta: “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Eduardo Galeano, el antiimperialismo siempre por delante, acusa recibo del golpe del británico y enseña las venas abiertas de su orgullo: “La mayoría de los escritores de América Latina somos futbolistas frustrados”, responde, y Bayly, que se siente comprendido y apoyado, exclama: “¡es que hubiéramos dado todo por ser uno de ellos. Cuando juegan, nosotros jugamos también, ellos son los que nosotros no pudimos ser, por eso los acompañamos en sus briosas acometidas”. Entonces, Fernando Savater espeta contundente: “jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo”.

Bayly y Galeano dirigen la mirada a Cortázar, que es argentino y por eso, piensan, los apoyará. Julio, que sabe que tiene que decir algo, habla con campechana sinceridad: “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo”,  e inmediatamente hace un matiz dada la decepción de sus dos colegas: “Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente, tan indiferente como el rugby o el béisbol”, profundiza. No mejora el enfermo y por eso se justifica: “Me gustan los deportes donde se enfrentan dos individuos, como sucede en el tenis o en el boxeo”. Entonces salta Sartre, que no puede escuchar la palabra individuo –mucho menos individualismo- porque inmediatamente tiene que decir algo en contra, y diserta en voz alta: “En el fútbol todo se complica por la presencia del adversario…el fútbol es una metáfora de la vida”. Y Umberto Eco, que detesta que se mezcle la filosofía con cualquier cosa, es ferozmente contundente: “Desde siempre, el fútbol ha estado asociado para mí a la ausencia de fines y a la vanidad del todo, al hecho de que el Ser no puede ser (o no ser) más que un agujero. Quizás por eso (creo que único entre los vivientes) he asociado siempre al juego de fútbol con filosofías negativas”.

Después de tal alegato, Albert Camus decide sorprender a todos poniéndose a la lado de Sartre y lo secunda contando las lecciones que recibió en la portería cuando era arquero de Argelia: “aprendí que la pelota nunca viene por donde uno quiere que venga, eso me ayudó mucho en la vida”, dice, y como ve cierta incredulidad en el rostro de algunos, se afinca: “luego de muchos años, lo que finalmente sé con más seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, es al deporte a lo que se lo debo”. Le pasa el testigo al lolito Nabokov, también portero en sus años mozos. Ruso a fin de cuentas, más que filosofar sobre su experiencia se pone a narrarla, nostálgico: “Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge”, arranca, “tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”.

Para evitar que se encadene, Galeano rompe la adornada atmósfera con un chiste: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes, y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”. Algunos se ríen con ganas, otros por compromiso, pero todos agradecidos de que alguien haya cortado a Nabokov. Sin embargo, Alejandro Jorodowsky, que por andar haciendo mil cosas siempre se confunde, entiende el chiste como una pregunta y se apresta a responderla: “Creo poder explicarlo: el ser humano, al mismo tiempo que es atraído por impulsos cavernarios, también es objeto de una fascinación por lo sagrado. Y el fútbol reúne estos dos aspectos. Fue creado por una sociedad esotérica inglesa, aplicando en su esquema principios de la alta magia. Se juega sobre un rectángulo verde, siendo el verde el color que simboliza la eternidad. El doble cuadrado es un signo iniciático donde se inscribe la sección aurea o divina, tan usada por pintores como Leonardo da Vinci. Las cartas del Tarot de Marsella son rectángulos. Los lenguajes sagrados, como el hebreo o el sánscrito tienen 22 letras principales. Los jugadores de un partido de fútbol son 22, tantos como los 22 arcanos mayores del Tarot o los 22 polígonos regulares. En el centro de la cancha hay un círculo con un punto en el medio: símbolo del oro, en la alquimia, o del sol o del Dios esotérico…”

Vargas Llosa, que es realista y se fastidia horrores con lo esotérico -y además no soporta que alguien pontifique delante de él-, lo interrumpe con desdén y se pone a conferenciar sobre fútbol y sociedad: “los grandes partidos sirven sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo de lo irracional, de regresión del individuo a la condición de parte de la tribu, de pieza gregaria, en la que, amparado en el anonimato cálido e impersonal de la tribuna, da rienda suelta a sus instintos agresivos de rechazo del otro, de conquista y aniquilación simbólica (y a veces real) del adversario. Las famosas ‘barras bravas’ de ciertos clubes y los estragos que han provocado con sus entreveros homicidas, incendios de tribunas y decenas de víctimas muestra cómo en muchos casos no es la práctica de un deporte lo que imanta a tantos hinchas –casi siempre varones aunque cada vez haya más mujeres que frecuenten los estadios– a las canchas, sino un espectáculo que desencadena en el individuo instintos y pulsiones irracionales que le permiten renunciar a su condición civilizada y conducirse, a lo largo de un partido, como miembro de la horda primitiva”. “Se comportan –lo apoya Umberto Eco, con la bilis concentrada contra los fanáticos- exactamente como cuadrillas de maníacos sexuales que fueran, no una vez en la vida sino todos los domingos, a Ámsterdam para ver cómo una pareja hace, o finge hacer, el amor”. Y Savater les da la estocada: “son una piara de lunáticos maleducados…chacales con estandarte”.

Carlos Monsivais es más indulgente, y recuerda aquel juego de México 86 al que fue. Mira al horizonte, como en trance, y recita las mismas palabras con las que en esa oportunidad describió a el ambiente de la grada: “Fundidos en una sola voluntad, los fanáticos (que, por serlo, resultan patriotas) apoyan al equipo con trofeos de la garganta, ademanes nerviosos, monólogos de intensidad variable, chifilidos, olas, porras, órdenes fulminantes (“¡Mete gol, pendejo!”). Cada espectador –que, por serlo, es un experto- prodiga y niega reconocimiento, se queja del nivel del juego y lo juzga maravilloso, levanta en señal de triunfo el pulgar y le mienta la madre al infinito. En los segundos muertos adoctrina partidistamente a su vecino, a su compadre, a su mujer, a sus hijos, a la multitud: “¡Te lo dije! ¡Vamos ganando! ¡Ya la hicimos!”. Todo en plural, la Selección Nacional es México y nosotros somos la Selección, y México –por intermedio de un equipo- vuelve a ser nuestro”.

Borges se ríe entonces pensando en que alguna vez Monsivais tuvo que pisar un estadio. Viene a su memoria aquel 2 de junio de 1978, cuando el Mundial se realizaba en Argentina y él, Jorge, en supremo gesto de desprecio, decidió dar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora en la que la albiceleste debutaba. Mira a Kippling, y suelta uno de sus clásicos misiles: “Qué raro que nunca se le haya echado en cara a Inglaterra haber llenado el mundo de juegos estúpidos, deportes puramente físicos como el fútbol. El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra”. Todos le ríen la frase, incluso los más futboleros, a fin de cuentas Borges es Borges.

Una mariposa atraviesa la estancia. Milan Kundera la sigue hipnotizado y habla: “Tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”, dice con insoportable levedad.  “El fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”, prosigue. Cabrera Infante, que se fastidió con el cuento de la mariposa, lo corta sin pensarlo: “Ese juego nefasto incita a la violencia porque es violento en sí mismo: se juega con los pies, y pocos movimientos hay tan feroces como el que supone dar una patada”, dice. Oscar Wilde hace una salvedad: “El fútbol es un juego de caballeros jugado por bárbaros”. Y Roberto Fontarrosa, ceño fruncido, inconforme con ambos, aclara: “Creo que si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”.

Antonio Lobo Antunes, que estaba fumando y escuchando todo en silencio, dice que sí, que es una pasión, pero que él ya la perdió: “Creo que ha dejado de gustarme el fútbol porque ya no hay jugadores que me hagan feliz. Ahora, como dicen los entrenadores, todo es cuestión de profesionalismo, trabajo y paciencia, se acabaron la improvisación, la fantasía, lo inesperado, se acabó mi equipo…El fútbol ha perdido el humor, la poesía el placer”, argumenta. “El sentido común, en el deporte, me interesa un pimiento: solo me interesa que me dejen con la boca abierta, que me apasionen, que deliren”, continúa en franco monólogo. “Pero, ¿cómo, si ahora el héroe es un técnico? Pero ¿cómo, si las virtudes son el trabajo y la paciencia?…¿Y los términos? ‘Líneas de pase’, ‘presión alta’, ‘armas equipo’. La improvisación truncada, las jugadas de laboratorio. Voy a un estadio a perder la cabeza, no a mirar por el microscopio. Y, por tanto, ha dejado de gustarme el fútbol: no me hace feliz”, finaliza, contundente, su soliloquio, y vuelve nuevamente a recluirse en su exilio de nicotina.

El televisor se enciende. La ceremonia inaugural aparece en pantalla con la fastuosidad, ostentación e imponencia que la caracterizan. “Lloremos por nuestros hijos, nacidos bajo la sombra de los estadios, prostíbulos de la gloria”, se lamenta Álvaro Mutis. Una toma impresionante de la multitud que atesta el gigantesco estadio sobrecoge a todos, y lo comentan en voz alta. Borges escucha, no se deja deslumbrar y suelta con altivez: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. Luego se para y se va. Le siguen los que detestan el fútbol. “El mundo se divide entre los que no tienen interés en el Mundial y los que no estamos dispuestos a perdernos ningún partido”, le dice Bayly a Galeano. “Si hay alguna forma de vida después de la muerte, espero que sea posible seguir viendo los mundiales por televisión, de otro modo será el infierno”, cierra.

Fotoperiodismo y poética: una relación tormentosa

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

Ver a un ciego caminando por la calle con un bastón en la mano puede provocar muchos sentimientos, menos celos. Duele ver como un ser se enfrenta al mundo sin poder disfrutar de ninguna apariencia: seguramente nadie quisiera estar en sus zapatos, o en sus ojos. Pero quizás en más de una oportunidad se le podría envidiar. Cuando se anda por la ciudad y se ve a dos niños durmiendo en una caja, a una adolescente embarazada, o a un policía llevándose preso a un delincuente. La vida actual produce imágenes terribles. A veces provoca padecer de ceguera.

Venezuela es hoy un país exportador de imágenes que hacen querer ser ciego. La fotografía de Ronaldo Schemidt que muestra al manifestante corriendo en llamas imposibilita el sueño (y por eso le valió el Word Press Photo). La de Fernando Llano que muestra a Hans Wairich desnudo, con una Biblia en la mano y una jauría de Guardias Nacionales detrás, es grotescamente hermosa. Pese al dolor que generan, ambas hacen sentir el milagro de la vista, de sus poderes, son capaces de contener esta época, se han rebelado contra la mera función informativa, contra el olvido, contra la dictadura. Son capturas del pasado que seguirán vigentes en el futuro.

Nuestra vida se cuenta con  imágenes, depende de ellas. Igual que las palabras, tienen poder sobre las emociones. Aunque algunos crean que la  fotografía es solo una actividad de registro, nada más documental, y pretendan darle una lectura desde un punto de vista únicamente racional, negar su capacidad para despertar sentimientos resulta imposible. Se piensan y se sienten al verse y, también, al hacerse.  Aún naciendo de la intención periodística, jamás abandonan la capacidad poética.

Como bien se sabe, el periodismo, al menos  en su concepción más clásica, se centra y fundamenta en los hechos verídicos, por lo que permitirse una intención poética –que también se centre en las emociones – puede contaminar de subjetividad el trabajo. Es del grupo de disciplinas que buscan fundamentarse en la objetividad,  como la ciencia, que busca explorar el funcionamiento de la naturaleza y sus leyes, o la filosofía, que pretende encontrar respuestas a través de la reflexión lógica del mundo desde la perspectiva humana. El poder de la poiesis en las emociones fácilmente adormece la capacidad racional, es por eso que Platón  expulsó a los poetas de su República ideal. Entonces… ¿no debería tener que expulsar también a los fotógrafos?

El documento contra la poesía

Ver racionalmente el contenido de una foto, estudiarlo, usarlo como fuente de información, es lo que Roland Barthes llama en su ensayo La Cámara Lúcida el studium. Puede generar placer, pero no advenimiento. Esto último,  dice el semiólogo francés, se produce al ver el punctum, una conexión con la imagen que provoca fascinación, que despierta nuestras pasiones. Aunque él considera que este elemento no se encuentra en la fotografía que se realiza conscientemente, y que el fotógrafo no lo detecta a la hora de hacer la toma, la historia parece decir lo contrario.

Para el periodista, la cámara es una herramienta de trabajo, y para el artista visual, también. Aunque haya un conflicto entre ambas intenciones, realmente tienden a tocarse. Uno de los retratos más trascendentes de la historia de su género es La niña afgana, de Steve McCurry, aquella fotografía de la menor de edad que mira fijamente al lente, cuyas tonalidades enloquecen, y cuyo espíritu se siente. Logró el punctum. Lo documental no quita lo poético, aunque, claro, son intenciones diferentes. La perspectiva objetiva no tiene porque anular la subjetiva.

Todo acto poético pretende hablar a través de la belleza, entendiendo esta en un sentido amplio, que incluya lo grotesco y lo sublime. Por otro lado, todo acto documental pretende mostrar las cosas tal y como son, sin interpretaciones ni preferencias, es una actividad comprometida con la fidelidad a la realidad. Sin embargo, es ingenuo pensar que eso es posible. De una u otra manera, la subjetividad siempre se presenta, puede variar en intensidad, pero no desaparecer.

El ejemplo de McCurry es emblemático: en el 2016 se desató una gran polémica por una acusación de intervención en sus fotografías. Desde el punto de vista periodístico es grave, pero desde el punto de vista artístico, no. Basta con chequear su portafolio para evaluar qué busca con sus fotos. Toda su obra está dotada de una estética única, con una riqueza de color extraordinaria, y un gran manejo de las normas de composición. Si algo llama la atención de su portafolio, es que pese a tener una intención documental, género del cual es un exponente mayor gracias a su trayectoria con National Geographic, su estilo es inconfundible. Aunque ciertamente un reportero gráfico no debe mentir, y en parte tienen sentido las críticas que se le han hecho,  es ingenuo pensar que su trabajo debe carecer de elementos poéticos por estar afiliado a dicha vertiente.

¿Debe ser poética una foto documental?

El hombre es un animal tanto sentimental como racional, y todo lo que produzca nace de ambas facetas. Sin embargo, la lucha entre el pensamiento poético contra el únicamente lógico es un tema que ha dado de que hablar en el pasado. Ya en los años treinta María Zambrano había explorado el tópico en su libro Filosofía y Poesía, clásico de la estética en lengua española. En el mismo, comenta que quien se dedica a la filosofía busca una verdad, se vale de la razón, intenta silenciar sus pasiones personales para encontrar una unidad a este complicado mundo, una comprensión que le dé un sentido al Todo. Aunque no de la misma forma, tanto el periodista como el científico tienen un compromiso con la objetividad, igual que el pensador.

Pese a la idea de que la fotografía es la disciplina de la objetividad, difícilmente ésta tendrá impacto sin el elemento poético, lo cual no quiere decir que tenga que mentir acerca de la realidad. Nace de los ojos humanos, los cuales siempre tienen una visión selectiva y arbitraria. Siempre. El genio Cartier-Bresson lo expresó con su ley de “el instante decisivo”. La búsqueda implacable de aquel momento preciso en el que el orden del mundo muestra una sola imagen con un poder extraordinario, una que lo resuma todo desde el punto de vista de quien la captura, como en su famosa toma del hombre saltando el charco. Se escoge uno entre todos los demás, la mayoría de las veces, el más impactante.

El lenguaje del fotógrafo no es el de las palabras y, aun así, es semejante al del poeta. Como diría Zambrano en el tercer capítulo de su libro: “la poesía se aferra al instante y no admite la esperanza, el consuelo de la razón (…) la poesía es la voz de la desesperación, de la melancolía y del amor a lo pasajero que no se quiere consolar de perderlo y de perderse. Por eso se embriaga”. Hacer una toma, una instantánea, es proyectar un momento presente hacia el futuro, es alejarlo del olvido. Y quien tenga la cámara decide cual será ese momento.

La captura de los instantes tiene poder. La icónica fotografía de una pequeña muriendo de desnutrición con un buitre observándola le valió al sudafricano Kevin Carter el Pulitzer en 1994, pero a cambio de un alto precio. Esa foto se había hecho en Sudán el año anterior, y toda la opinión pública se lanzó contra su autor llamándolo insensible por no haberse detenido a ayudarla. Con el tiempo se comprobó que realmente no era esa la situación: era un varón, no una niña, se llamaba Konh Nyong; estaba siendo atendido por la ONU, como lo demostraba su pulsera; no estaba falleciendo, estaba defecando; y el ave solamente estaba viendo la zona, no tenía intención de ir tras de él. Pero ya era tarde para el fotógrafo. Poco después se suicidó al ser incapaz de soportar los sentimientos de culpa infligidos por las críticas (entre otros motivos). Literalmente, se aferró a un instante, lo cual le costó la vida.

Actualmente se sabe que Carter solía consumir drogas para ver el mundo de forma más fría, debido a su trabajo como reportero gráfico de guerra. Entendible, pero irónico. La fotografía es una actividad que depende de la sensibilidad, la cual podía acabar con él. Y efectivamente, eso hizo. Por eso es que  las imágenes son tan poderosas, porque las emociones humanas se visualizan perfectamente, activan las fibras que nos hacen unirnos como personas. Inspiran pasión, como también locura.

Hoy en día, la fotografía se ha convertido en una herramienta básica para la supervivencia del hombre. Transporta a otras épocas,  sirve de memoria, muestra la realidad y hace dudar de ella, en general, puede adoptar un discurso tan flexible como el mundo al cual captura. Como la imaginación humana.

Pero ante todo, la fotografía, en su búsqueda del dominio del tiempo y de la identidad, nos conecta como humanos, nos acerca. Todos los motivos que existen para sentir envidia de los ciegos pueden plasmarse en fotos, están allí para no ignorarse, porque son la parte dolorosa de la realidad. Las hambrunas, las guerras y la ignorancia no deberían existir, pero es un acto de valentía asumir su presencia  en el mundo y sensibilizar a los demás al respecto. Como escribió María Zambrano:

Solo en el amor, en la absoluta entrega, sin reserva alguna, sin que quede nada para sí. La poesía es un abrirse del ser hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. Es un oír en el silencio y un ver en la oscuridad…un encontrarse entero por haberse enteramente dado”.

En el infinito de imágenes del siglo XXI, solo trascienden  las que más impactan sobre los sentimientos, aunque no esté escrito, es ese el criterio de calidad. No se niega que existan personas que se aprovechen del dolor ajeno para explotarlo, pero cuando es así, se nota. El punto es que la fotografía permite ir más allá de la información, no solo cuenta lo que ocurre en un lugar, también permite conectarse con las emociones de quienes están ahí. Una foto llega al cerebro más rápido que un texto, y puede conmoverlo de forma más veloz.

Sin los fotógrafos que se atreven a retratar el horror, y de hacerlo con su toque poético, con su estilo y sensibilidad, muy probamente las tragedias de este mundo serían solo palabras para la mayoría, narraciones de sitios lejanos que en nada lo involucran a uno. Habría que preguntarse qué sería de Venezuela actualmente sin ellos, que tanta atención le prestaría el resto del globo al inmenso cúmulo de desgracias que la revolución le ha traído. Si no existieran las cámaras, ¿este país estaría solo en su lucha? De forma silenciosa, estas colaboran.

El poder de una foto es inmenso, por ende, la fotografía ocupa un lugar central en la vida de hoy. En el orden natural del mundo globalizado éstas nos informan, pero también nos hablan de la situación de las personas y de sus sentimientos, obligan a ver todas las cosas que hacen desear volverse ciego. La poética de una captura convierte los instantes pasajeros en imágenes inmortales, universales; sin ellas, probablemente estaríamos más solos. No sabríamos del otro, no lo sentiríamos.

Criptomonedas: la inversión que está cambiando el mundo

Por: Rodrigo Albornoz  | @ContandoManzanas

Hace muchos años, cuando el oro, las monedas y los billetes aparecieron, ocupaban espacio y requerían orden. Los bancos nacieron para hacer esto por nosotros y facilitarnos la vida. Sin embargo, un nuevo actor ha surgido:  las criptomonedas, que proponen una economía digital en la cual el dinero no ocupa espacio y se organiza automáticamente. Bajo este estándar, ya no es necesario un sistema tan radicalmente centralizado como el bancario actual y esto es justo lo que proponen la criptodivisas.

Probablemente, muchos han escuchado hablar del Bitcoin en estos días. Esta es la criptomoneda más famosa y, en el último año, tal como lo evidencia el historial de CoinMarketCap.com, pasó de valer 980$ a más de 13.000$. Por lo tanto, quienes invirtieron en ella durante ese tiempo han multiplicado su inversión más de 10 veces. De hecho, en un artículo publicado en 2017 por CNBC (portal especializado en finanzas de la televisora norteamericana NBC) se demuestra que quien haya invertido 100$ en Bitcoins en el 2010, hoy tiene más de 70 millones de dólares. Con tales números, las criptomonedas han sido capaces de captar la atención de cualquiera, entrando en los medios más destacados de finanzas como CNBC, Forbes y Bloomberg, entre otros.

Entendiendo el Bitcoin

Si revisamos cualquier billete oficial que tengamos a la mano (dólar, bolívar, euro, etc.) encontraremos que contiene un código que lo hace único e irremplazable y que antes representaba una porción en oro del Estado. Aunque este sistema caducó hace unos 50 años (época en la que la economía pasó a ser fiduciaria), partir del inicio en el cual los billetes se respaldaban en oro, y esto les daba valor, es perfecto para nuestra explicación. Ahora, ¿por qué el oro tiene valor? La respuesta yace en la dificultad que representa recolectarlo.

¿Qué tal si quitamos el papel y el oro, que ya no son necesarios en esta época digital, y creamos un código que sea difícil de conseguir? Eso es un Bitcoin, la base de una nueva economía.

Imagina que para conseguir un bitcoin tuviste que ir a pelear con dragones, navegar mareas, lazarte por un precipicio y ¡al fin! conseguiste la criptomoneda. Ahora que la tienes, sabes que no puedes venderla gratis, ya que para ti fue muy difícil de conseguir: por eso tiene un valor. Sin embargo, su precio, como todo, lo marca la ley de oferta y demanda: mientras más personas quieran utilizarlo, más alto será su precio: ¡Así de simple!

Ahora, no serás tú quien esté constantemente buscando este código, sino una computadora de tu propiedad. Las más utilizadas hoy en día, son los Antminers (o mineros). Para entender su labor, imaginemos que estas computadoras son tan solo un grupo de empleados a los que se les paga un sueldo a cambio de ir a una montaña a intentar conseguir oro. Si ellos son capaces de conseguirlo, éste te pertenecerá, pues tú les provees un sueldo para esta labor.

La utilidad de los mineros

Para aquellos que refutan que el oro tiene una utilidad (piedra preciosa, conductor de electricidad, entre otras funciones), es importante que vean al bitcoin con un carácter utilitario también. Esta utilidad es indirecta, como la de los automóviles. Las criptomonedas proponen un sistema más efectivo, eficaz, respaldado y desarrollado legalmente por las entidades adecuadas. Cuando se cumplen todas estas características, se vuelve más seguro que el sistema bancario actual.

Al ser un sistema en pleno desarrollo, algunos abusan de la desinformación del público y de las deficiencias del sistema por lo nuevo que es. Suelen ofrecer estafas o esquemas ponzi (estrategia utilizada por organizaciones ilegales como Gladiacoin, One Coin or Bitconnect) por lo que es vital indagar sobre estos temas y organizaciones en web como Youtube, y así, no pasar por incautos.

Sin embargo, no por esto debemos pensar que las criptomonedas son solo estafas y que debemos evitarlas: ya hay empresas como Tesla, Google, Disney, Amazon, Paypal y Facebook involucradas con el desarrollo de las criptomonedas. El Banco Central Irlandés fue el primero en su rubro en abrir cuentas en Bitcoin a sus clientes. Aplicaciones millonarias como Robinhood o Square Cash también han incluido Bitcoin entre sus activos. Golgman Sach compró una casa de cambio online de criptomonedas llamada Poloniex por más de 400 millones de dólares, y, por si fuera poco, Jay Clayton, el dirigente principal del Security Exchange Comission (entidad que aprueba o desaprueba los bancos en Estados Unidos), se reunió con el Congreso para exponer su apoyo total a las criptomonedas.

Todas estas son pruebas de que las criptomonedas llegaron para quedarse… Estar informados al respecto es importante, es un futuro cada vez más presente. Aprovecho comentarte que en nuestros canales en  Youtube e Instagram “Contando Manzanas”  hablamos de esto  y otras inversiones mucho más a fondo. Sobre las criptomonedas: involúcrate al respecto. Puedes comenzar con un pequeño capital. O ganas o aprendes, no hay otra opción.

El resucitado de Barcelona

Con 50 días de duración, la fiesta de Pascua, en la que se celebra la resurrección de Cristo, es la más larga de toda la cristiandad. En el Consulado de Venezuela en Barcelona, sin embargo, tiene una duración mucho mayor, diríase eterna. Y es que contra todo pronóstico allí hay un resucitado, un muerto que volvió a la vida. Luis Antonio Martínez Uzcátegui se llama, es abogado de la ULA, hombre cercano a de Tarek El Aissami y según el Seguro Social para abril de 2016 había fallecido. ¿Error del sistema, desliz del pasante subpagado, o movida premeditada para ocultar a alguien? Con Martínez Uzcátegui nunca se sabe. Imperturbable y sombrío, de los que se guardan las cosas siempre, sus mismos compañeros lo ven con sospecha. Hasta los fantasmas le temen. “El paco”, le dicen con reserva. “Es un espía”, conjeturan. “Hace labores de inteligencia”, murmuran. “Cuenta todo lo que hacemos”, se asustan. “Pasa revista y reporta”, suponen. Pero nadie sabe a ciencia cierta qué hace. Tampoco en qué cree. Dicen que fue el responsable de la aparición por unos meses del Comandante Teodoro (ver entrega anterior) en aquella oficina, y que es el que operador político que une los puntos de la revolución con el independentismo catalán. Lo han visto reunirse repetidamente con los líderes de PODEMOS, amén de intentar armar redes con algunos medios para posicionar y difundir mensajes a favor de Venezuela. Lo más curioso, comentan, es que para ser tan rojo-rojito gusta de la buena ropa y los mejores carros. Para muestra, el Audi negro de placa diplomática que ronda la plaza Urquinaona y que le pertenece a él. Un hombre que, dirían los españoles, está siempre hecho una Pascua.

Una sociedad de máscaras

Por: Diego A. Torres P.

La identidad no es algo sencillo de definir.  Carece de límites claros, pero con seguridad se puede afirmar que es algo de carácter individual. No es posible decir “Somos Alex”. Estamos separados, porque, contrario a lo que planteaba Platón, no somos la mitad de un ser superior que quedó dividido en dos sexos. En consecuencia, esa individualidad conlleva problemas, que muchas veces se intentan resolver mediante la apariencia, sea para mezclarse en la multitud, o para intentar particularizarse de forma irracional. Porque en esta época de ‘selfies’ como protocolo social, de sonrisas a través de una pantalla, de competencia laboral exagerada, de cambios constantes,  a veces los ojos  no tienen criterio para distinguir las diferencias entre la identidad y la apariencia.

Hoy en día muchos no entienden lo que es la identidad; por ende, las apariencias tienen muchísima importancia en la vida pública. Es importante reflexionar al respecto. Más para nosotros los venezolanos, que, en medio de este genocidio simulado como crisis, tenemos que ser conscientes de dónde estamos parados, porque en tiempos de horror saber quién es uno se dificulta más.

Más allá de la apariencia

Hace un tiempo, apareció en los medios la noticia de Stefonknee Wolscht, un hombre canadiense de 52 años que tras un intenso drama personal fue adoptado por una familia que decidió criarlo junto a sus dos hijas. Una vez que éste eligió forjarse la identidad de una niña de 6 años, todo confluyó para darle la oportunidad de vivir una nueva infancia en compañía de sus dos hermanas, con las que pasa el día jugando. No, no es una noticia falsa. En verdad, un hombre de cinco décadas, padre de 7 hijos, vive la vida de una pequeña en edad preescolar.

También ha resonado el caso de Valeria Lukyanova, la “Barbie humana”, quien  se presentó ante el mundo como la persona que quiso lucir idéntica a la muñeca de Mattel, y que estuvo dispuesta a invertir un presupuesto desorbitante para conseguirlo (aunque ella afirme lo contrario). El fruto de ese esfuerzo lo convirtió en motivo de exhibición con mucho orgullo: utilizó sus redes sociales como plataforma para llegar a la fama, defendió su punto de vista en varios shows televisivos, todo para después desear volver a la normalidad. Recientemente, se ha reseñado en las noticias que el look que ahora muestra en su cuenta de Instagram es mucho más natural. La mujer que quiso ser una muñeca viviente eligió ser una mujer otra vez.

Ambos son casos de una limitación forzada de la identidad. No pretendo lanzar piedras a diestra y siniestra, pero creo que la idea de que cada quien puede escoger qué quiere ser también tiene límites. Ninguna hada madrina se ha presentado en la noche para rejuvenecer a Wolscht, que aún tiene el cuerpo y la memoria de un ser de  más de cincuenta años. Podrá ser linda esa frase que dice que todos somos niños por dentro, pero dudo que sea saludable llevarla a lo literal. Del mismo modo, a Lukyanova tampoco le ocurrió la historia de Pinocho a la inversa. Solo han modificado su apariencia.

Aquí en Venezuela también tenemos un fenómeno que asusta, no por lo particular, sino por lo masivo. En Tatuándose a Chávez, reportaje de Frank Calviño, se comenta cómo el hacerse un tatuaje del ex- presidente se convirtió en una práctica muy difundida desde el 1ro de abril del año 2013, cuando  se realizó en el municipio San Francisco del estado Zulia la Primera Jornada de la Firma del Presidente, evento que consistió en tres días de rumba donde tatuadores profesionales hicieron su trabajo en cientos de pieles. A los dos años, la iniciativa se había realizado en varios distritos del país. Ya para el 2014, al menos unos catorce mil venezolanos llevaban la marca de la revolución. Da asco enterarse de eso.

Reducir la identidad a una afición política es patético, y más cuando es en apoyo a un régimen que ha hecho elevar grotescamente la inseguridad, la escasez, la inflación, y demás males. Es pasar a segundo plano todas las cualidades personales para manifestarle al mundo que se es parte del rebaño, y con orgullo. Se ensombrecen las características individuales, se anulan las posibilidades de trascendencia, se establece una marca que indica su pertenencia a un bando. El kitsch de las imágenes acosadoras puede tomar múltiples formas.

No es sano autoimponerse una etiqueta tan tajante y con tantos inconvenientes. Sea un tatuaje con el rostro de un líder, la apariencia de una niña de seis, o la de una Barbie. La identidad no se encuentra en el atuendo. Un hombre no puede regresar a su infancia; una mujer no puede pretender convertir su cuerpo en plástico; y todo individuo tiene derecho a ser más que su militancia en un partido político. Quizás suene radical, pero ¿crees que una persona se define simplemente por el aspecto que elige tener?

Todo el que diga “eres lo que aparentas” desconoce los peligros de esa creencia. Un cangrejo ermitaño no es la cascara de caracol que ha adoptado recientemente. Quizás uno muy astuto podrá suponer que tomar la más gruesa le hará verse más fuerte, pero solo será eso, una apariencia. Nadie es lo que elige tener puesto, aunque pretenda hacerle entender al mundo lo contrario.

La apariencia es algo permanentemente abierto a cambios, susceptible a modificarse según la conveniencia. No se puede juzgar a un libro por su portada. Existe la ropa barata que imita a la costosa, el maquillaje que esconde las imperfecciones, el conjunto de normas de protocolo que puede disimular la psicopatía. Fingir es algo natural del ser humano. Si no me creen a mí, pregúntenle al doctor Chirinos.

Ese es el problema, el gran problema, de la pretensión de ser lo que se aparenta. El lobo casi se comió a Caperucita gracias a que se vistió con la ropa de su abuela. La mente, la memoria, el conjunto de experiencias, todo eso no cambia según de un atuendo, quizás influya, pero no transforma. Si los seres humanos fuéramos animales ciegos, como los murciélagos o los topos, posiblemente lo estilístico no sería un tema de importancia en nuestra vida.

El ser humano no es un animal ciego; al contrario: es un animal visual, le resulta importante ver el mundo externo. Mediante lo visual el hombre aprende a conectarse con sus semejantes, necesita el ojo para sobrevivir, para vivir y para convivir. Desde la prehistoria, la facultad creadora de imágenes ha acompañado a los pueblos en cada una de sus épocas, sin excepción. Así que, pese a que la apariencia de una persona o de una institución pueda utilizarse para la manipulación, para la difusión de la mentira, o, inclusive, para el autoengaño, no es el único uso. Existen formas más inteligentes de valerse de eso: todo Arte es un juego de apariencias.

La creación y la identidad

La creación, sea artística o no, es la base de la identidad individual, según el psicoanalista inglés Donald Winnecott. Desde nuestra primera infancia nos enfrentamos a las frustraciones que genera la vida en el mundo, y nuestra forma de poder abordarlas sanamente es mediante la fantasía. Este argumenta que la realidad, a partir de la perspectiva de un ser humano, se divide en tres: lo Simbolizado, o sea, el mundo material; lo Simbólico, que es la representación que le damos; y la Zona de Ilusión que le da el self (o sea, la identidad),  un espacio dentro de la psique individual en el que nuestras emociones se permiten jugar a que una idea ficticia es real.

Psicoanálisis de la Creación, libro de Alfonso Gisbert, se  dedica a explicar la relación del freudismo con la estética. En su capítulo Los aportes de Winnecott se comenta que la teoría de éste habla de la creatividad como algo indispensable para la supervivencia. El bebé, al sentirse separado de la protección adulta, decide dotar de un significado a algún objeto, -por ejemplo, un peluche-, y se aferra a lo que él llama lo Simbolizado; le asigna una representación, o sea, lo Simbólico; y entre ambos espacios abstractos está la Zona Transicional, es decir, un apartado en su interioridad que le permite comunicarse con el mundo externo. Ese proceso nace en nuestra primera infancia para repetirse indefinidamente por el resto de nuestras vidas.

Se crea para sobrevivir, se crea para vivir. Los juegos infantiles nacen del uso de la imaginación, representan un vínculo entre sus mentes y el mundo, cuando ellos juegan a ser adultos, llevan el desconocido cosmos de los mayores a una inocente actividad que sienten como si fuera real. Del mismo modo, se inventan estilos para escribir, lucir, hablar, dibujar, etc. Toda práctica creativa requiere de un conocimiento previo, un contacto con algo externo al individuo. Se deposita una abstracción mental en un receptáculo, una parte del Yo dentro de una producción. La fantasía nace de la necesidad de establecer una relación saludable entre el universo objetivo y el subjetivo.

Con la base de las fantasías que crea el ser humano, este crea una identidad. Mediante ellas, nos presentamos ante el mundo “pues en términos culturales, la identidad de un artista (o de cualquiera) está en sus obras: somos lo que creamos”. El individuo no podría sobrellevar los eventos del mundo exterior, ni insertarse en él, sin darle una parte de sí mismo al mundo, y así ser capaz de adaptarse mientras se construye una autoimagen. Te recuerdas, y se te recuerda, por lo que has hecho.

La creatividad acompaña al hombre de la cuna a la tumba. Quizás se piense que solo los artistas –o los que se dediquen a profesiones similares- la usan, pero realmente se manifiesta en toda persona, en mayor o menor medida. Actos como tatuarse la cara de Chávez, operarse para lucir como una Barbie o vestirse como una niña de 6 años son una pretensión de encasillar la identidad en un constructo forzado. No digo que el uso de un atuendo no pueda ser un tipo de creación, pero estoy seguro de que los ejemplos mencionados sirven como ejemplo de la posibilidad de valerse de ellos para ensombrecer o silenciar la individualidad y sus rasgos.  El Arte, en cambio, es una máscara consciente de que es una máscara.

El Arte puede definirse como un juego de apariencias. Como se dijo anteriormente, en el plano cultural a uno se le relaciona con lo que hace, pero también ocurre que lo que se hace, por lo menos en cualquier producción que tenga una estética personal, nace de la interioridad. Sentimientos, opiniones, creencias, experiencias, todo eso se ve reflejado en el acto de la creación. Sale del corazón y pasa por el cerebro (o viceversa). Fenómeno que atañe a todos los campos de la vida.

Siendo el hombre un animal visual, podría decirse que una forma de marcar su lugar en la sociedad es mediante la creación, específicamente, la que está hecha con la finalidad de ser vista. Por eso es que puede confundirse la identidad con la apariencia. Es necesario aprender a pensar mirando. Evidentemente, la creatividad puede estar presente a la hora de elegir o diseñar un atuendo, pero la pretensión de que eso defina a una persona, y lo haga desde afuera, eso solo alimentar la superficialidad de una época que vive de impresiones. Eres más de lo que aparentas.

La confesión de Arreaza

Jorge Arreaza, Ministro de Relaciones Exteriores, hizo ‘mea culpa’. Susurrado y entre íntimos, pero ‘mea culpa’. Se confesó y reconoció que el servicio de exteriores venezolano se encuentra absolutamente desprofesionalizado. Pero lo escuchó –y lo contó– un periodista: Pedro Pablo Peñaloza, quien filtró para Runrunes un análisis –examen de conciencia– firmado por el ex yerno del único inmortal que se murió en el que de modo muy soterrado –pero indubitable– apunta a Nicolás Maduro como el gran responsable de ese proceso de desprofesionalización de la Cancillería. Según la cronología que hace Arreaza, “en los años posteriores [al primer quinquenio de Chávez] el número de funcionarios diplomáticos fue mermando y (…) se le asignó a personal contratado el cumplimiento de estas delicadas tareas, sin que mediara un necesario proceso de selección o capacitación”. Tanto así que, siempre según Arreaza, “desde 2005 [la gestión de Maduro en Cancillería fue de 2006 a 2013] no se ha llamado a otro concurso público de oposición, a pesar del inusitado aumento de las tareas que ha asumido el MPPRE”. De allí que, según sus números, sólo haya en la actualidad 150 diplomáticos de carrera, 73 de los cuáles están en servicio interno y sólo 4 como embajadores. ¿Y el resto de los embajadores y cónsules? Son fruto de lo que Arreaza llama “desfavorable práctica (…) de contratación de personal de forma desarticulada”. O no tanto. Porque articulación, llevamos varios martes escribiendo sobre ellos, la ha habido: la del apellido. Y tómense los Bracho (familia política del Magistrado Calixto Ortega) como ejemplo: la hijastra, Nathalie Chiquinquirá Bracho, es Cónsul en Barcelona; el cuñado, José Gregorio Bracho, Embajador en Turquía; la esposa del cuñado, Sara Elena de Bracho, Agregada Cultural de la Embajada de Venezuela en Turquía; y la prima política, Tatiana Bracho, Cónsul General en Turquía. ¿Tomará Arreaza alguna medida para sanear el servicio de exteriores o lo suyo será escandalito de opereta? Cuando veamos fuera a los Bracho y a otros toderos con apellido lo sabremos y creeremos.

Calixto era un hombre listo

…Y no andaba precisamente por la sabana. No. Este Calixto del que hablamos no es el padre de ‘Las Juanas’ sino el pariente de un grupo de funcionarios diplomáticos que por obra y gracia del apellido se encuentran ubicados en cargos muy bien pagados. Actual magistrado de la Sala Constitucional del TSJ –fue uno de los firmantes del decreto que disolvió la AN hace ya un año– antes de estar en ese cargo fue Viceministro para Europa en el Ministerio de Relaciones Exteriores, donde comenzó a colocar a familiares suyos. Es padrastro de la fantasma mayor de Barcelona –la cónsul Nathalie Chiquinquirá Ramos Bracho–, quien es hija de Soraya Bracho, su esposa. Ella, Soraya, es a su vez la hermana del Embajador de Venezuela en Turquía, José Gregorio Bracho Reyes, cuya esposa, Sara Elena Flores Vargas, es la Agregada Cultural de Venezuela en dicha embajada, y cuya prima, Tatiana Lucía Zapata Bracho, es la Cónsul General Primera en el mismo país; es decir, todo queda en familia. Pero no sólo en la de su esposa –los Bracho–: también los Ortega han sido favorecidos, y allí está Calixto Ortega Sánchez, Calixtico, su sobrino, quien entró al Ministerio de Relaciones Exteriores en 2008, ejerció cargos de consultoría en proyectos internacionales, fue delegado ante el Comité Administrativo y Presupuestario de la ONU, luego cónsul en Houston y en la muy disputada sede consular de Nueva York –cuyo edificio, ubicado frente a la Catedral de San Patricio y a una cuadra del Rockefeller Center, está hoy en venta–; en noviembre del año pasado, fue designado Vicepresidente de Finanzas de CITGO –con un sueldo mensual de $41.250 que alcanza, entre bonos y asignaciones, los $717.176 anuales, de acuerdo con documentos filtrados por la periodista Mairbor Petitt–; todo ello, tras pasar apenas dos meses en la empresa –había ingresado en agosto– y sin tener experiencia trabajando en petrolera alguna, pero con un tío listo, listísimo, para ubicar a sus familiares en puestos clave.

La fantasma del barrio burgués

 Selecto, estiloso, tranquilo, sofisticado, caro, lujoso, confortable. Eso son algunos de los adjetivos que se usan para describir el barrio catalán de Sarria-San Gervasi. Enclave de la burguesía catalana desde tiempos inmemoriales, es, cómo no, el primer distrito en renta per cápita de la ciudad condal. En 2007, época de burbuja inmobiliaria, su metro cuadrado -11.020 €/m2- costaba más que un año entero de salario mínimo; y en 2016, ya explotada ésta, seguía siendo el metro cuadrado más alto de las cinco principales capitales de España -3.640 €/m2-. Otrora en las afueras de Barcelona (ya luego la ciudad creció y lo absorbió), estaba compuesto por opulentas mansiones veraniegas, muchas de las cuales terminaron convertidas en caros colegios privados –sólo el 14% de sus niños va a colegio público–; sin embargo, el gusto por lo grande se mantuvo y la superficie media de sus apartamentos –pisos le dicen allá– es muy superior a la del promedio español. Sus calles, de acendrado gusto medieval, están llenas boutiques y pastelerías. Cuenta la leyenda que allí se encuentran las mejores de España, y algo de verdad habrá cuando los postres de boda de la infanta Cristina fueron comprados en una de ellas. Y eso por no hablar de las zonas verdes, que las tiene y de sobra. Y no obstante todo ello, algunos habitantes de Sarria-San Gervasi, barrio ideal donde los haya, se quejan. Hay “algo” que ha alterado la paz del barrio. Un algo que roza con lo paranormal y que por ello resulta complicado de explicar. Al parecer, hay un edificio encantado. Uno bastante lujoso, con piscina en la azotea. Allí, juran los vecinos, vive un fantasma. O una fantasma. En femenino. Al menos, eso dice una de sus habitantes, muy dada al espiritismo –ese viejo pasatiempo burgués–, que afirma haber entablado contacto con ella. Como todo fantasma, explica la buena mujer, tiene una extraña relación con lo sagrado: uno de sus nombres es como el de la Virgen patrona de Colombia, llegó a Barcelona proveniente de Roma, en el día merodea por la plaza del obispo Urquinaona y de noche duerme en San Gervasi.

6 mil euros cobran al mes los diplomáticos fantasmas de Barcelona

La del sueldo es siempre, amén de espinosa, una pregunta incómoda. Salvo en casos de mucha confianza, preguntar por él siempre es de mal gusto cuando no impertinente. De allí que entre colegas, amigos y conocidos esté implícito que de eso no se habla. Hay sin embargo un caso en el que el que preguntar por el sueldo pasa de ser una intromisión intolerable a una obligación: el de los funcionarios públicos. ¿Por qué? Porque su sueldo se paga con el dinero de la nación. De modo, pues, que es un derecho ciudadano –y, por ende, un deber periodístico– conocer cuánto gana cualquier funcionario. Más si vive en el extranjero y su sueldo se paga en moneda fuerte, esa que tanto nos falta. Y más aún todavía si sirven a un gobierno revolucionario y socialista, que ha hecho (en el discurso) de la riqueza anatema y de la pobreza virtud cardinal. Y ni se diga si además son hijos de ínclitos revolucionarios, como es el caso de los fantasmas de Barcelona (ver #Especial del martes pasado). De allí, pues, que no podamos sino asombrarnos al dar con una constancia de trabajo de abril de 2016, membretada por el Consulado de la República Bolivariana de Venezuela en Barcelona y dirigida a un banco alemán, que “certifica que la Cónsul General de Segunda Nathalie Chiquinquira Ramos Bracho, percibe una remuneración mensual de seis mil ochenta y nueve dólares americanos con veintisiete céntimos ($US 6.089,27)”. Seis mil dólares que equivalen a mil trescientos millones de bolívares al mes o, si quieren, a 1.503 salarios mínimos integrales. ¿Que la distorsión cambiaria hace que la cifra pierda proporción? Comparemos, entonces, con España, donde el salario de la Cónsul Segunda es de casi siete (6,7) salarios mínimos españoles. ¿Cómo se justifica que la hija de un hogar revolucionario, empleada de un gobierno revolucionario, cobre, de la Cancillería un país que se muere de hambre, un sueldo tan escandalosamente poco revolucionario? Sí. Definitivamente la del salario es una pregunta incómoda, porque puede terminar, como es el caso, revelando incongruencias que acaban en asco y decepción. Pero somos periodistas y contarlo es nuestra obligación.

Los apadrinados de Barcelona

Apadrinar es un verbo transitivo que en su segunda acepción (patrocinar, proteger) tiene una relación muy directa con lo que pasa en el Consulado de Barcelona. De hecho, los fantasmas (por aquello de que sus nombres fueron borrados de la página web) que hacen vida en la oficina 6A del número 6 de la Plaza Urquinaona no son más que eso: gente patrocinada y protegida por sus relaciones con altos funcionarios de la dictadura. Sí, es cierto, la diplomacia, y más la consular, suele ser un retiro dorado para premiar lealtades, favores y trabajos. Lo curioso, en el caso de Barcelona, es que son soldados sin batalla alguna, casi todos jóvenes, de profesión ‘hijo de…’, cuyo único mérito (si es que la palabra puede caber en algo así) es el apellido. Tal es el caso, por ejemplo, de los Cónsules Generales Adjuntos Néstor Luis Reverol Patiño (30) y Nathalie Chiquinquirá Ramos Bracho (34). El primero, casi no hace falta decirlo, hijo de Néstor Luis Reverol Torres, Ministro del Interior y Comandante General de la GNB; y la segunda, y aquí sí hay que meter un poco más la lupa, hija de Soraya Bracho de Ortega, esposa de Calixto Ortega Ríos, actual Magistrado de la Sala Constitucional del TSJ. En ambos casos, tanto el de Reverol Jr como en el de Nathalie Chiquinquirá, sobra decir que no tienen formación universitaria diplomática y que, cosa curiosa, entraron a formar parte del MRE en 2012, estando todavía ambos en la veintena de la vida: ella con 28 y él con 24. Al Consulado de Barcelona, según consta en la Lista Consular del Ministerio de Relaciones Exteriores de España, documento público al que cualquiera puede tener acceso (el primer mundo y su transparencia), ella llegó el 10 de abril de 2015 y él el 03 de febrero de 2017, luego de una pasantía por la Embajada de Venezuela en Argentina. ¿Y qué tipo de vida llevan allá? ¿Viven acaso en la pobreza revolucionaria que predican sus ínclitos progenitores? ¿O será que no y que precisamente por eso, por pura penita de vivir (tan) bien en una gran ciudad europea, sin otro mérito que el apellido, fue que borraron sus nombres de la web del Consulado? Seguiremos informando…