en la hora sin sombra

#DomingosDeFicción: En la hora sin sombra

Como afónicos cuerpos celestes, giran y giran en torno a un presentimiento,

porque en la geografía de sus pasos todo es presentimiento,

y hasta se podría decir que ellos no saben encontrar nada, y si lo supiesen morirían.

                                                                                                                         Luis Enrique Belmonte

 

Abrí los ojos, de golpe, con la memoria todavía rezagada en algún remolino de sueños. Es terrible despertar así, con la mente en blanco y los segundos estirándose mientras uno intenta llenarlos con cualquier pedazo de recuerdo. Más que despertar tengo la humillante sensación de estar, a esas alturas de la vida, naciendo.

Verlo en aquella situación no me ayudó mucho. Estaba recostado en una de las ramas del árbol y con una esquina plastificada de su cédula se sacaba la tierra que se le había acumulado debajo de las uñas. Lucía tranquilo, concentrado en su tarea, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Cada cierto tiempo, con la paciencia o la indiferencia de un viejo pescador, lanzaba un delgado hilo de voz que buscaba, sin mayores esperanzas, atrapar una ayuda en la lejanía.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –decía.

No llegaba a ser un hilo de voz. Era una hebra chillona que en cualquier otra circunstancia me hubiera provocado risa. Permanecí callado y a pesar del calor sentí que un escalofrío me atravesaba el cuerpo.

¡Auxilio! ¡Auxilio! –repetía, con el mismo tono infantil, y seguía con su maniobra esmerada y parsimoniosa, sacándose de debajo de las uñas toda la tierra acumulada en los últimos tres días.

Tres días, me dije, y entonces sentí incrustada en mis propias uñas la dureza del tiempo transcurrido. No puedo precisar el instante en que yo, cédula en mano, me puse a sacar la tierra de mis uñas para aliviar el dolor. Al rato, con una sincronía asombrosa, también lo acompañaba a lanzar el ridículo anzuelo que jugaba a poner fin a la desdicha. Éramos dos pescadores silenciosos que atravesaban juntos el mediodía, implicados en un ritual absurdo y necesario.

Cuando ya terminábamos nuestra rudimentaria limpieza pareció darse cuenta de que yo había despertado.

No creas que me estoy burlando –dijo–. Hay que ahorrar fuerzas.

Entonces comprendí el porqué de nuestros chillidos. Después de tres días de extravío y llanto estábamos afónicos. No debíamos forzar la voz.

Pero con estos gritos de rata tampoco hacemos mucho –le contesté. Un ardor viejo me quemaba la garganta.

Es cierto. Pero fue lo único que se me ocurrió.

Yo había perdido la cuenta de los días. Entre el frío y el calor, el hambre, la sed y el cansancio se me hacía verdaderamente difícil distinguir el sueño de la vigilia. Todo era un presente angustioso cuyo telón de fondo a veces era de una luminosidad seca y otras de una oscuridad opresiva. El paso del día a la noche y de la noche al día me proporcionaba la breve gratificación del cambio, de la pausa, de un nuevo ritmo para una circular agonía. A las pocas horas, el cambio se petrificaba y yo salía de nuevo a los mismos caminos, huyendo de esa insoportable persistencia, tratando de descifrar la montaña.

De la suma del tiempo se había encargado él. Me lo confesó en las alturas del árbol donde descansábamos y donde gracias a un insólito equilibro yo había logrado dormir sin caerme. Asumió aquella tarea con una actitud voluntariosa y culpable. Se sentía responsable de que nos hubiésemos perdido. También tenía la extraña creencia de que mientras lleváramos la cuenta de los días podríamos tener la oportunidad de sobrevivir. La noción del tiempo nos salvaba de la locura, según él, nos sujetaba a esa cuerda sin la cual no valía la pena salir del laberinto.

Es lo menos que puedo hacer –dijo, con los ojos afiebrados, en tono de disculpa.

Yo me disponía a tranquilizarlo, a decirle que era absurdo que asumiera culpa alguna, que no hay que sentir vergüenza, que incluso los excursionistas experimentados como él corrían el riesgo de extraviarse en el Ávila, que en todo caso uno sólo debe sentir una pena inmensa ante la posibilidad de no volver. Me ahorré mis palabras al ver que seguía disculpándose, olvidado de mí, dirigiendo su arrepentimiento a esa voz que llevaba horas hablándole desde alguna coordenada perdida de la ciudad.

La voz, que sólo él podía escuchar, era la de Julia.

¿No la oyes? –me decía.

Yo sólo escuchaba el sonido del viento cuando atravesaba por ráfagas las estribaciones de la montaña.

No. La verdad es que no. Sólo escucho el viento que atraviesa la montaña.

Entonces sí la estás escuchando –dijo–. Sólo tienes que anudar el sonido del viento con lo que en el momento estés pensando.

Me quedé con la mirada fija en ninguna parte, sintiendo en el rostro la fresca traducción de mis propios pensamientos y comencé a preocuparme. Una de las etapas más críticas e inevitables de quedar atrapado en un agujero de la naturaleza es cuando la persona comienza a mimetizarse con el entorno. Cuando fragua, apoyado en el delirio, una fuga imaginaria: la de no ser un elemento externo a ese limbo al que por distracción ha sido confinado mientras fuerzas misteriosas deciden sobre su destino. La libertad ficticia de verse como una parte del todo, una parte insignificante e indispensable, como una piedra o una hoja de árbol, que contiene en su mínima presencia la promesa de la vigorosa totalidad de la naturaleza.

Una coincidencia geográfica empeoraba las cosas. El jueves, la mañana del extravío, José Manuel se había propuesto alcanzar el Pico Goering. Poco después del mediodía, cuando aún no eran las dos de la tarde, lo había logrado disminuyendo en casi media hora su tiempo normal de subida. El trayecto lo había iniciado, como siempre, remontando el cerro La Julia. El descenso, en cambio, contraviniendo su costumbre y quizás distraído por la soberbia adrenalina que expedía su cuerpo, lo había hecho por los lados de la Quebrada de Galindo. En ese desvío imperdonable estaba la razón de nuestra desgracia. Nos habíamos perdido, según él, por alejarnos de ella, de La Julia, de ese regazo vegetal que era el equivalente de su amor.

Insistió en ello durante un tiempo que se me hizo indeterminable. Alternaba aquella certeza con fervorosas disculpas dirigidas indistintamente a Julia y a la montaña. Yo aproveché las ocasiones en que me hablaba para tratar de traerlo de vuelta. Pero no hubo forma de convencerlo, de hacerle ver que la cosa no pasaba de una hermosa, lamentable y poética coincidencia. Le dije con desesperación, como si me lo dijera a mí mismo, que debíamos estar atentos y no caer en engaños. Ya era tarde. En su cabeza alucinada, Julia y la montaña eran una misma persona, un mismo lugar que aguardaba por nuestra llegada. Acercarse o alejarse de ella significaba acortar o volver a perder el camino de la esperanza.

Al final del día, cuando el sol bajaba de intensidad, seguíamos apostados en la altura regular de las ramas de aquel árbol. Parecíamos centinelas diurnos que esperan por la llegada de sus propias sombras para que tomen el relevo y puedan finalmente descansar. Con la caída de la tarde me embargó un sentimiento de abandono, tristeza y soledad. Comenzaron a llegar las ráfagas de viento que anunciaban la noche y no pude evitar voltear y encontrarme con su mirada. Tenía un brillo de complicidad que reconocí al instante y me dispuse, con la voluntad doblegada por el sueño, a escuchar la voz de Julia.

Escuché sus palabras y entonces recordé, adormecido por el frío, que yo también la amaba.

Nos despertó el ladrido de un perro. Cuando abrí los ojos ya él estaba despabilado y escudriñaba con atención el manto cercano y a la vez distante de la noche cerrada. Volvimos a oír los ladridos y, como si hiciera falta decir algo para confirmar lo que habíamos escuchado, dije:

Un perro.

Era una afirmación tonta pero irrebatible. Sin embargo, con la vista clavada en algún rincón lejano, él respondió:

No.

¿Cómo que no? Escucha. Es un perro. ¿No lo oyes?

Sí lo oigo. Pero no es un perro. Es una perra.

¿Una perra?

Una perra amarilla. Veo el color en su ladrido.

Una capa de silencio cayó sobre nosotros. Al cabo de unos minutos se oyeron de nuevo, a la distancia, unos ladridos.

La perra amarilla ha vuelto y con ella un perro grisáceo manchado de blanco, parecido a una hiena, que sonríe mientras la luna levanta por donde se ha ocultado el sol –dijo, recitando, como si leyera en aquellos sonidos las imágenes que no alcanzaban a ver nuestros ojos.

Yo miré hacia lo que suponía era el poniente, luego contemplé con secreto terror las estrellas y, al ver que había un cielo sin luna, me pareció comprender todo. Entonces le dije que él no podía estar viendo esos perros, que era imposible que imaginara siquiera el aspecto de aquellas criaturas de la noche.

Es imposible –le dije–. Todavía no nos hemos salvado de esta. Todavía no sabemos si llegaremos a leer ese libro.

Es verdad –me dijo–. Pero también es imposible que tú sepas eso.

Entonces me di cuenta de que en realidad yo no había comprendido nada. Decidí, como si esa indiferencia me valiera la vida, olvidarme de él, de los perros y de la noche; me escapé de aquella escena por la puerta de fuga de un sueño.

Después sólo supe que estábamos huyendo. Atravesábamos la espesura de otro mediodía hirviente y tratábamos inútilmente de remontar una cuesta que sólo nos conduciría a otras más escarpadas. Vi el temor en sus ojos, la voluntad sin fuerza con que clavaba sus manos en la tierra y fue como sentir que el tiempo que se nos había concedido para salir de la montaña se había agotado. Después pensé que seguía obsesionado con la pareja de perros y que sólo trataba de escapar de los colores imposibles de sus ladridos.

Olvídate de los perros –me dijo, sin detener la marcha.

Sonaba un poco molesto, como si buscarle una explicación a nuestra huida fuera un absurdo e irresponsable derroche de tiempo y esfuerzo. Sentí la puntada hiriente en la boca del estómago, la pequeña brasa que anidaba en mi seca garganta, una jaqueca que parecía haberme acompañado desde siempre y le di la razón. En ese instante el dolor era tan fuerte que se transformaba en algo ajeno al propio cuerpo. El dolor era otro cuerpo. Un cuerpo que arrastrábamos y que había que abandonar lo antes posible, dejándolo tirado a la primera oportunidad que se presentara, sin mirar atrás, sin remordimientos.

Llegamos a la sombra de un árbol y nos tuvimos que sostener el uno del otro para no desmayar. Cuando recobró el aliento me dijo todo lo que yo, por estar dormido o despierto o perdido entre ambos impulsos, no pude escuchar. Julia le había leído, acostada a su lado en la cama de la clínica, la noticia del periódico:

Rescatado excursionista desaparecido en el Ávila: Luego de 96 horas de búsqueda fue rescatado este domingo José Manuel Pierini, de 24 años de edad, con síntomas de hipotermia y deshidratación y con algunos traumatismos leves en diferentes partes del cuerpo. El joven permanecía desaparecido en el Parque Nacional El Ávila desde el jueves de la semana pasada.

Germán Gutiérrez, coordinador de Operaciones del Instituto Nacional de Parques, informó que el muchacho fue hallado por 3 rescatistas de esa institución poco después de las 6:00 pm del domingo, luego de más de 96 horas de búsqueda, en la naciente de la quebrada de Galindo, entre el pico Goering y el sector conocido como El Rancho de Miguel Delgado, a 2.350 metros sobre el nivel del mar.

Luego de transmitirme la noticia, dio unos pasos fuera de la copa del árbol y estudió el cielo, protegiéndose del sol con la mano. Después observó el suelo, allí, justo donde nuestras figuras se hermanaban con idéntico fulgor en la hora sin sombra.

Tenemos que apurarnos –dijo.

Yo permanecía anclado en mi cansancio, viendo todo como desde muy lejos, sin comprender nada de lo que él decía ni de lo que estaba sucediendo.

¿Todavía no entiendes? –me preguntó con una irritación paternal–. ¿No entiendes que todavía tenemos que llegar?

Arribamos a tiempo al lugar señalado. Dimos con él por el puro azar del cansancio. Allí, donde la marea final de nuestras fuerzas nos habían arrojado, nos encontraron los tres rescatistas anunciados. Recuerdo el sonido y la ventisca del helicóptero que descendía, mi cuerpo inmovilizado en una camilla y cubierto de frazadas, el interior borroso del helicóptero coronado por una aureola de rostros desconocidos que me miraban, mis gritos de angustia al ver que sólo a mí me habían rescatado.

Lo primero que encontré al abrir los ojos, antes incluso que la típica imagen de las luces de neón de las clínicas que enmarcan el despertar de los resucitados, fue la sensación de que Julia estaba a mi lado.

Julia a mi lado, llorando –me dije, al ver que su rostro se contraía de dolor con sólo comprobar mi lamentable condición.

Se enjugaba las lágrimas con el dorso de las manos, trataba de serenarse, levantaba de nuevo la vista y al encontrarme así, tan cerca y a la vez tan lejos, tan íntimo y desconocido en ese mismo aire demacrado, la embargaba de nuevo el llanto.

Han pasado los meses y esta situación, en el fondo, no ha cambiado. Las lágrimas y el dolor han mutado en un gesto, una especie de tic irreprimible, de miedo y de duda, que titila en sus rasgos de vez en cuando. A veces al regreso de uno de mis silencios prolongados, o cuando despierto de un sueño con sobresaltos, o al día siguiente de una buena fiesta, cuando trato de reconstruir algunos episodios de la noche anterior. Cosas que dije o hice y que apenas puedo recordar.

Casi siempre la arropa ese escalofrío cuando le sonrío y me le quedo viendo un largo rato. Lo hago sin darme cuenta. Julia cree que lo hago a propósito y en ocasiones se molesta. Dice que le da miedo. Que se me forma una línea extraña alrededor de la boca, como si yo me burlara de mi propia sonrisa. Mi sonrisa de antes que, a pesar de todo, aún parpadea como una hermosa moneda entre las aguas sospechosas de un estanque, como el reflejo de épocas más felices que brilla en el fondo de esta mueca del presente que no se me deshace.

La mueca es la marca de mi miedo. El maquillaje nervioso con que mi rostro trata de ocultar el fraude. Esta sensación de haberme quedado en la montaña y de estar, ahora, en un cuerpo que no me pertenece. Lo sentí desde el primer día de mi regreso, cuando Julia me leyó, el lunes en la tarde, la noticia del periódico que reseñaba el suceso. Volver a escuchar esas palabras me produjo un vértigo imborrable.

He hablado del asunto con unas cuantas personas. Mis padres, Julia y un par de amigos del grupo de rescate. Todos me dan la misma respuesta incompleta. Una respuesta hecha de especulaciones obvias sobre las condiciones extremas que padecí en aquellos días, remendada a veces por una final confesión de ignorancia y otras por un escondido sentimiento de lástima. He optado por buscar, en lugar de las verdades truncadas de la realidad, las mentiras absolutas de la literatura.

En esta búsqueda di con un libro de cuentos policiales que tienen como escenario principal las profundidades del Ávila y como protagonistas a seres desdichados que han sido devorados por las entrañas del ya mitológico cerro que domina a Caracas. Los cuentos al principio son policiales y terminan involucionando en el género gótico. El umbral que propicia ese cambio es el Ávila.

De esa lectura y de mi propia historia he sacado pocas cosas en claro. Veo el Ávila y lo siento, ante todo, como una dimensión del tiempo. La puerta natural y desapercibida que tienen los habitantes de esta ciudad para viajar al pasado y a la vez seguir existiendo. El que entra en sus predios siente, de alguna manera, que todo lo que lo constituye se desdobla. Siente, al llegar a una cima, la secreta emoción de imaginar que su vida sigue transcurriendo allá abajo en la ciudad, siente la extraña alegría de poder contemplarse a sí mismo a distancia, amparado en la sabia indulgencia de la montaña imperecedera. El que sube al Ávila se contempla a sí mismo desde una breve, antigua y primitiva eternidad.

El que se extravía no tiene esta oportunidad. Con el transcurso agobiante de las horas ve cómo sus propios gestos reverberan y se multiplican, con una fidelidad tal que le hace pensar que ni su propia sombra lo espera, que es completamente inútil tratar de volver. A veces paso noches en vela pensando en si ha valido la pena que yo, este sudor de angustias, este vapor de miedo, haya regresado para ocupar su lugar. Atravieso la madrugada, despierto, imaginando que Julia se hace, una y otra vez, con inconfesable vergüenza, la misma pregunta.

Cuando decidí, hace un par de meses, unirme al equipo de rescatistas, todos en mi familia pensaron que era una locura. Los compañeros de trabajo, entre ellos los mismos que me rescataron, lo ven como un llamado irrenunciable con visos de «destino». Para mí se trata de algo que es al mismo tiempo mucho más simple y mucho más complejo. Creo que Julia también lo entiende así. Lo veo en la escondida esperanza que flamea en sus ojos cada vez que me interno en lo insondable del Ávila. Ese deseo suyo, que es también el mío, de encontrarme nuevamente y así poder, de una vez y para siempre, regresar.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón | @atajoslargos

Cuento perteneciente al libro Los invencibles (2007).

¿De verdad quieres que te diga?

#DomingosDeFicción: ¿De verdad quieres que te diga?

a Víctor Valera Mora y Ángel Gustavo Infante

 

La pequeña pantalla iluminó, al fin, las letras PB. Antes de abrirse las puertas, se escuchaba una pegajosa cancioncita de moda. Cuando se abrieron, de la cabina emergió el galán del piso 12. En cuanto vio a la chica que esperaba afuera, detuvo su concierto en seco.

¡Mi niña, buenísimos días!, paladeó, más que hablar. Te pasas de bella, chica. Pero, ¡mi cielo! Dime un solo defecto tuyo, flaca linda… Líbrame de esta esclavitud de verte perfecta, anda.

Ella esperó, con su mejor mirada de indiferencia, a que él saliera del ascensor. En la relativa seguridad de la cabina, se dio vuelta y, viéndolo a la cara, no pudo reprimir una sonrisa. Él la interpretó como un tímido pero seguro avance hacia el glorioso objetivo de ver sus pantaletas deslizándose por esas piernas morenas.

Animado por el amistoso gesto, permaneció inmóvil frente a ella, como esperando una respuesta, palpándola de arriba a abajo con la vista. Ella, manteniendo su sonrisa divertida, dijo algo que él no alcanzó a escuchar, distraído como estaba en comerle las piernas. Cuando intentó atrapar sus palabras, las puertas del ascensor se llevaron la imagen que lo acompañaría el resto de la mañana.

Luego de verla desaparecer dentro del ascensor, salió del edificio y se enrumbó hacia la parada del Metrobús, examinando las razones por las cuales podía sentirse optimista. La más obvia aunque, a su juicio, no la única, además de esa sonrisa que le acababa de regalar, era que no le conocía hombre. Nadie, excepto los familiares más cercanos, la visita nunca, razonó para animarse. Los padres, cada cierto tiempo; el hermano, cada dos o tres semanas; una que otra amiga… enumeraba satisfecho, caminando por la acera todavía húmeda por la lluvia de la noche anterior, recordando las piernas en esa faldita diminuta con la que nunca antes la había visto.

No quería pensar en nada más para no perderla de vista. En los cinco años que llevaba viviendo allí, esa había sido la mejor postal que le había regalado Santa Mónica. Caminó cerca de tres cuadras con una única imagen y una única certeza: las piernas de la chica del 6-D y esa sonrisa que, estaba convencido, significaba algo. Concluyó que al fin se estaba ablandando, y se relamía con la inminencia de la felicidad por venir.

Eso no pasa de tres semanas, sentenció, y apuró el paso porque el Metrobús se asomaba ya a la avenida.

 

Se estaba quedando dormida en el desorden de unas imágenes lejanas cuando escuchó el chorro de la regadera. Se despertó y tardó un instante en ubicar las circunstancias y en intuir la hora. Al recordar las últimas escenas de la vigilia, se incorporó y recuperó de inmediato el casi imperceptible vaivén que timoneaba sus caderas luego de la larga noche. Estirándose como una gata se preguntó con qué fuerza de voluntad podría alguien levantarse de la cama, luego de ese momento. En eso escuchó sus pasos descalzos y alzó la vista.

Ese caminar apurado y de pies en V lo reconocería hasta en Pekín, se dijo.

¿Tienes que irte ya?, le preguntó, desperezándose en la cama.

Si te digo que ya debería estar en el aeropuerto, ¿qué me dirías?

Ella sonrió y lo haló por un brazo.

Que te quedes acostadito, y así te evitas el embarque.

Eduardo la complació y se acostó a su lado, disfrutando de la tibieza de su cuerpo en contraste con el suyo, que estaba helado. Permanecieron abrazados en silencio, hasta que él, luego de escoger las palabras, le preguntó si de verdad nunca se lo había reprochado.

De los dos, él siempre fue más temeroso, más cauto. La temeridad de ella, en cambio, era el equilibrio perfecto al comedimiento de Eduardo. Así lo veía ella. Él, menos optimista, solía resumir su “equilibrio” en dejar que ella se saliera con la suya.

Valentina apeló al recurso de volverse atrevida, disfrutando de verlo indefenso ante sus arremetidas. Ignorando los pensamientos que rondan los insomnios, el eco de los atardeceres en soledad, las palabras coladas en medio de las películas repetidas de los domingos, le respondió con afectado aire infantil, mientras jugueteaba con un dedo por el pecho de él y su mirada se perdía tras la ventana:

¿Por qué, pues? Tú me quieres… yo te quiero… Te vuelves loco cuando me ves desnuda… Eres de lo más sabroso en la cama…

Pero no imagino la cara que pondrían…

¿Y por qué vienes cuando no están?, le interrumpió, retirándole la mano de su pecho. ¿Por qué llamas antes? Porque nadie imagina la cara que pondrían, papito. Pero esa no es razón suficiente para que no sigas viniendo. De hecho… mírate aquí.

Esto último lo dijo sonriendo, arqueando las cejas y moviendo los hombros, como dando a entender que, por cotidiano, ya era algo natural.

¿No te gusto?, le preguntó al rato, sonriendo por dentro de ver cómo la resolución de él se derretía como un helado a pleno sol.

Quedó acorralado y debía admitirlo. O al menos, guardar silencio. Como siempre, ella se había salido con la suya. De hecho, permanecieron callados un momento. “Mucho”, respondió él, mirando al techo. Ella reinició los mimos, acariciándole alevosamente la pierna con su pie. Él advirtió que volvía a erectarse. Ella se percató y sonrió con malicia. Él trató de defenderse del estado en que ella lo ponía. “¿Sabes que desde que eres carajita he pensado que estás loca?”, quiso decirle, pero recordó que ya se lo había dicho antes.

Y muchas veces.

Eduardo ya se había vestido y Valentina permanecía desnuda sobre la cama, boca abajo, la quijada apoyada sobre sus manos cruzadas, confiada en que esa visión sería irresistible. Cuando él se despidió, ella, sin cambiar la posición, le preguntó:

¿Cuándo vuelves a sorprenderme con tu visita?

Si logro salir siquiera, te llamo en cuanto llegue, respondió, evitando detener la vista en su espalda delgada, en sus piernas morenas, en sus nalgas firmes.

Deja que me ponga algo para bajar a acompañarte, dijo ella, y volvió a estirarse, siempre de espaldas, con alevosa calma.

Le iba a decir que no se molestara, pero sabía que contrariar a Valentina era como pelear con el clima. Ella se terminó de incorporar y, después de buscar durante un buen rato en el clóset, descubrió que tenía toda la ropa sucia.

Se me hace tarde, dijo él viendo el reloj y asomándose a la ventana.

Ya va, chico, dijo ella, y tropezó con una gastada faldita que usaba para estar en casa. Le incomodaba la idea de bajar hasta planta baja “casi desnuda”, pero no tuvo más remedio que ponérsela. Se buscó brevemente en el espejo, se acomodó un mechón rebelde que caía sobre la frente, alisó la falda con las manos y asintió con resignación antes de ir por las llaves.

Abajo se dieron sólo un fraternal abrazo. Ella volvió a sentirse incómoda en ese atuendo tan privado. Saludando a una vecina que pasaba (y que le devolvió una mirada de arriba a abajo), le pidió a Eduardo que la llamara en cuanto le fuese posible.

Trata de divertirte, fue la respuesta de él.

Me llamas, insistió ella, arreglándole el cuello de la camisa.

Él le tomó con delicadeza las manos y les dio un beso rápido a manera de despedida. Ella se quedó observando brevemente su andar nervioso.

 

Al perdérsele de vista, decidió que no saldría esa mañana. Algo triste que no terminaba de desgajarsele bajaba por el pecho. Y aunque no era la primera vez, nunca se acostumbraba a esas despedidas. Subiría y se tumbaría de nuevo en la cama. Quizá retomaría la lectura con la cual lo esperó, luego de su inesperada llamada. Dormir siempre es la solución para lo que no tiene solución, se dijo. Al despertarse estaría de mejor humor para buscar qué comer, afirmó apurando el paso, porque la incomodidad de estar en planta baja tan ligera de ropa la asaltó de nuevo.

Presionó el botón del ascensor y observó que la pantalla se mantenía impasible iluminando el piso doce. Alborotados sus pudores, la sola idea de que alguien llegara le acrecentaba la inquietud. Como si pudiese echar a andar el aparato con ese gesto inútil, presionó el botón nuevamente, esta vez con más fuerza. Echó una mirada hacia la entrada del edificio y pensó en la incómoda ambigüedad que suponía la planta baja, que no era la casa ni la calle.

Y el ascensor seguía inerte iluminando el doce.

Valentina alternaba su mirada entre la entrada del edificio y la pantalla del ascensor, hasta que vio iniciar la cuenta regresiva en la pantalla. Ahora sólo deseaba que llegase vacío. No estaba de ánimo para saludar a nadie.

Al ver que ya marcaba el ocho, se distrajo pensando en las sábanas revueltas que la esperaban, en el cuarto con las cortinas corridas, en los olores escondidos que saltan de los rincones de esas sábanas que ya estaban frías, en hacer un breve inventario mental de la nevera. Lo primero que haría sería desnudarse para disfrutar, en la cama, de la melancólica compañía de su ausencia.

La imagen de las manos de Eduardo acariciándola le hizo sentir un cosquilleo en el vientre. Nunca dejaría de asombrarle ese rito de buscar a alguien con quien morderse y lamerse con desespero, ni por qué nunca se agotan las ganas, ni qué mecanismos privan en la selección de ese alguien. Concluyó que el sexo es sólo una herramienta inocente y amoral para obtener afecto. Eso siempre lo justifica, concluyó en el momento en que el ruido del ascensor, precedido por una voz desafinando una cancioncita de Luis Miguel que ella odiaba, la sacó de sus pensamientos.

Cuando se abrió la puerta, apareció el latoso del 12 (el indiscutible número uno en la lista de antipatías personales de Valentina). Precisamente él. Y precisamente cuando se había permitido bajar con esa falda tan diminuta. ¿Tenía que ser él? ¿Y con esta faldita?, se preguntó contrariada, aunque reprimió cualquier gesto. Estaba convencida de que, ante tipos como ese, demostrarles cuánto la ponían de mal humor era darles poder.

Por supuesto, al galán se le iluminó el rostro. Por supuesto, le miraba las piernas como un perro callejero ve la vitrina de la carnicería. Por supuesto, le salió con una de las que ya la tenía acostumbrada: que cuál era su defecto, que él la veía perfecta y otras frases manidas que él suponía originales.

Ella no supo si fue porque de repente sonrió que él se quedó esperando una respuesta, pero sí sabía que no le iba a decir lo que le pasó por la mente. Era tan disparatado que no pudo reprimir la sonrisa. Se limitó, entonces, a preguntarle con picardía, con repentino ánimo de pasar a la ofensiva, de neutralizarlo definitivamente:

¿Un defecto? ¿De verdad quieres que te diga?

Y aunque no imaginó qué iba a hacer si el galán insistía o intentaba entrar con ella al ascensor, no tuvo necesidad de más nada porque la puerta se cerró, dejando tras de sí al tipo con su pose, esperando alguna clave que, él suponía, ella iba a suministrarle para llegar hasta su cuarto.

Iba en el ascensor preguntándose por qué cuando una mujer vive sola los vecinos se ponen su cama como obsesiva meta, pero pronto olvidó el asunto porque no estaba para disquisiciones de esa naturaleza. No en este momento ni con este ánimo, afirmó sacando la llave.

Cuando llegó al apartamento, se fue quitando la ropa camino al cuarto, dejándola regada a su paso. Se tiró desnuda a retozar en la cama, aspirando, con los ojos cerrados, una franela de Eduardo que recogió del piso.

Y, aunque ya no estaba pensando en eso, de pronto le cruzó por la mente la cara del galán del 12, “anda chica, dime un solo defectico tuyo…”.

¿Qué tan amplio será el tipito? ¿Qué tanto soportará?, se preguntó con la franela tapándole el rostro. Y luego, dirigiéndose a él imaginariamente: ¿Ser amante de mi hermano califica como defecto? Tú no eres moralista, ¿o sí?

Sonrió sin abrir los ojos, y escuchó claramente de la voz de Eduardo:

¿Sabes que desde que eras carajita he pensado que estás loca?

Pero tú me quieres así, le respondió a la soledad de la habitación.

Y quitándose la franela de la cara, agarró nuevamente el libro que estaba leyendo la noche anterior, luego de la llamada de Eduardo. Sonriendo ante las líneas abiertas al azar, recitó para sí:

“Bello cuerpo de mujer / que no fue dócil ni amable ni sabio…”

Por Héctor Torres@hectorres

#DomingosDeFicción: Los perros no dejaron nada

Recargó la escopeta con dos cartuchos y se la colgó al hombro. Su madre estaba en la puerta vestida con la bata rosa curtida, como todas las mañanas, para despedirlo. Trató de evitarla saliendo aprisa, pero el abrazo lo atrapó antes de que pudiera cruzar la puerta. Los brazos huesudos lo rodearon a la altura del abdomen y, con la misma rapidez, una de las manos bajó a rozar su entrepierna. Con tres pasos largos se libró de ella.

—Ten cuidado, mi niño –le gritó al verlo alejarse.

Él no volteó. Apretó la correa de la escopeta y siguió su camino. El ritual del abrazo, y de los dedos raquíticos que terminaban en el mismo sitio, había sido igual durante los últimos cinco años. Imprimió velocidad a sus pasos para alejarse, no sin antes dar un último vistazo a la ventana de su habitación: los tablones sobresalían entre las cortinas, pero no eran muy llamativos. Ladridos lejanos lo devolvieron a su realidad. La jauría estaba cerca y no tenía suficientes balas para afrontarla.

Cambió el camino. Tomó la ruta de la colina que, aunque más larga, era poco frecuentada por los perros. El pasto allí era alto y le llegaba al pecho. Atrapar un conejo o al menos una rata gorda sería difícil; sin embargo, en medio del matorral, se sentía a salvo. Los ladridos ya no se escuchaban.

Subió hasta la cima.

Sin mucho que hacer, tomó un descanso. Tiró a un lado la escopeta y se echó a la sombra de un samán.

El mediodía lo despertó con un calor húmedo y picoso. Abrió los ojos con esfuerzo para perderse en el cielo y las formas que le regalaban las nubes. El hastío lo llevó a dibujar surcos en el suelo con sus botas. Un trozo de papel sobresalió de entre la tierra. Escarbó un poco con el tacón; cualquier pasatiempo era bueno con tal de retrasar el regreso. El papel resultó ser más grande de lo esperado, como también su curiosidad, por lo que usó la culata de la escopeta para desenterrarlo por completo. Se trataba de una hoja de periódico amarillenta de cuando la prensa aún circulaba.

El barro y la humedad habían hecho chorrear la tinta y los artículos eran indescifrables, salvo por el anuncio publicitario en el centro: «Pastilla VitaCan hace de su perro un amigo verdaderamente inteligente». Convirtió el periódico en una bola de papel y la arrojó tan lejos como pudo.

El sol comenzó a bajar y algo se movió entre el matorral. Se aferró con fuerza al arma. Los dedos le temblaban y hacían vibrar la escopeta. Una pequeña liebre dio algunos saltos fuera de la maleza. Respiró con alivio y se concentró en apuntar al animal. Las orejas quedaron colgando, medio desprendidas del cuerpo, con un solo disparo. Le bastó un leve tirón para separarlas por completo. Con el cuchillo en su cintura hizo lo mismo con las patas traseras y metió los trozos dentro del morral.

Unos metros antes de llegar a la casa tomó una piedra y con ella le dio un nuevo golpe al percutor del arma para asegurarse de que quedara bien torcido. Aprovechó para limpiarse las manos con la tierra del camino. Restregó con fuerza el polvo amarillento contra su piel dejando salpicaduras oxidadas a su paso.

Llegó al pórtico y arrojó junto a la puerta los últimos restos del conejo. Al entrar a la cabaña los tentáculos corrieron a abrazarlo, pero esta vez fue precavido: mantuvo su pulgar entre el cinturón y dejó el resto de los dedos delante del cierre a modo de escudo. La mano huesuda chocó de frente contra la barricada.

—El día estuvo duro, ma…los perros no dejaron nada –dijo e hizo a un lado a la madre que no tuvo más remedio que hacer nudos con la cinta de su bata.

—Ya lo sé, cada día están más cerca. Se ve que están hambrientos –respondió ella tomando la escopeta para colgarla junto a la puerta–. Hoy resolveremos con los frijoles que encontraste, ¡por fin germinaron en la azotea! Con eso podremos distraer la barriga.

Comieron en silencio. La mesa de madera estaba iluminada por una diminuta lámpara de keroseno que apenas les dejaba reconocer sus rostros cadavéricos. Él metió cada cucharada desabrida en su boca y tragó sin masticar. Quería acabar lo antes posible para encerrarse en su cuarto. La madre tomó la olla sobre la estufa y le sirvió una nueva ración.

—Aún queda este poquito –dijo ella.

Le llenó el plato y los dedos raquíticos se fueron al pecho del muchacho a modo de caricia.

—¡Ya estoy harto de tu maldita tocadera! –gritó y lanzó el plato contra la oscuridad.

Encerrado en su habitación no podía dejar de escuchar los sollozos de su madre, quien seguía en el comedor. Cruzó los brazos sobre su abdomen inflamado. Fantaseaba en cómo hubiese sido haber encontrado semillas de cannabis en lugar de granos de frijol. Ahora estaría flotando. Recordaba el vuelo de colores que hiciera durante su fiesta de quince años, antes de que la fórmula del VitaCan hiciera a los perros entender que era más fácil comerse a la mano que esperar a que la mano les diera de comer. Los lamentos afuera se hacían intensos. Miró a la puerta y se aseguró de que la cuña estuviera bien puesta para soportar cualquier intento de entrar. El sollozo que intencionalmente se colaba por las rendijas le causaba escalofríos. Necesitaba distraerse así que acudió al único placer que le quedaba.

Rasguños en la puerta distrajeron el vaivén con que estiraba y encogía su prepucio.

—¡Están aquí! ¡Están aquí! –gritaba la madre.

Él seguía recostado en su faena. El orgasmo estaba muy cerca como para interrumpirlo. La explosión de éxtasis fue liberadora, aunque su gemido de placer quedó ahogado por los gruñidos que retumbaban en las paredes de la casa y por los gritos de horror que se consumían entre los ladridos.

 

Por Roberto Lara Guedez@laraguedez

#DomingosDeFicción: El porqué de sus peinados

Siempre digo que la conocí en una patrulla policial. La verdad es que la conocí en una fiesta infantil.

Lo que le cuento a la gente es esto:

Una noche me pillaron comprando monte cerca de mi casa, a ella la habían agarrado más abajo. Los policías nos ruletearon un rato y les tuvimos que dar plata y la mitad de la marihuana. No sé entre cuántos se van a fumar toda esa vaina, dijo ella. Mi dealer les dio como diez gramos para que no se lo llevaran a él. El mío había ­hecho lo mismo.

 

Lo que pasó en verdad fue esto:

Acompañé al amigo que vivía conmigo a llevar al hermanito a una piñata. Supuestamente todas las fiestas en la casa a la que fuimos eran arrechísimas, especialmente los velorios.

Güisqui y tequeños, en eso estaba nuestra atención mientas los niños bailaban en el colchón inflable. Venían las bolitas de carne cuando entró ella con una chamita agarrada de la mano. Tenía unos rizos gigantes y un poco de vergüenza de llegar sola. La dueña de la casa besó a la niña, pero no pareció reconocerla a ella, quien le explicó algo; que sus tíos habían tenido que salir toda la tarde y le encargaron que llevara a Martina a la fiesta. Luego de la bienvenida Martina salió corriendo a darle coñazos a sus amiguitos mientras ella se sentó sola con una cerveza. Nos acercamos.

Mientras hablábamos (en la piñata y en la patrulla), no tenía nada mejor que hacer que mirarle las piernas, llevaba una falda cortísima. Tenía este tatuaje en la parte de adentro de uno de los muslos:

Yo trabajaba de vez en cuando en este tipo de fiestas, nos contó. Pintándole la cara a los niños. Mi prima era payasa, ¿o payaso?, y a veces me pedía que la ayudara y me pasaba algo de plata. Cuando tenía como trece hasta los dieciséis lo hacía casi todos los fines de semana. Es un trabajo cansón y hay carajitos hijos de puta, pero hay otros que te agarran cariño y se acuerdan de ti cuando te ven en otra fiesta y tal.

Mi amigo se fue a ganarse las rifas con su hermanito y agarrar todo lo que pudiese en la piñata (era ese tipo de hermano), entonces nos pusimos a hablar de otros temas. Ella cuidaba a Martina a veces y la llevaba a este tipo de cosas. De la nada me dijo que quería que me inventase otra historia de cómo nos conocimos. Tampoco quería que revelase su pasado de ayudante de payasos, eso me lo dijo mientras le caían a palazos a Jake, un perro amarillo.

 

Y lo que pasa es que es mucho más lógico que el cuento de la patrulla nos lleve automáticamente hasta mi casa. Es el desenlace natural de la experiencia vergonzosa que compartimos. Nos daba risa y a la vez miedo estar ahí, atrapados por el mismo delito. Y cuando nos sueltan, aunque estamos a salvo, quedamos con ese estado emocional raro, como sobrevivientes de un secuestro que se enamoran. Pero la vida es menos redonda, y pasar cinco horas en una fiesta de niños también deja una sensación extraña, suficiente para justificar esta historia.

 

Los policías nos soltaron casi un kilómetro más arriba de mi casa y mi amigo nos dejó en el camino porque llevaría al hermanito a donde sus papás. La temperatura había bajado y ella con esa falda. Me imaginé que la tijera y la línea punteada se ponían en relieve por el frío, me imaginé sintiendo los puntos por donde debía cortar. Su familia era de Barquisimeto, la mía también, pero ambos teníamos años sin ir. Le conté de unos helados de vasito que vendían cerca de la catedral. Ella de unas empanadas en la calle 20. Era lo único que sabíamos de la ciudad. Se cagó de la risa cuando le dije que el pueblo de mi abuela se llamaba Jabón y que de allí se fue a Barquisimeto. Le dije que me gustaba su risa, pero en verdad no me gustaba.

Luego de dejar a su primita en casa, la invité a la mía para fumarnos lo poco que tenía guardado en el cuarto (la policía nos había quitado lo demás). Salimos por el patio sin que mi compañero de casa nos escuchara, si se daba cuenta le íbamos a tener que dar y ahí ya no dejaría dormir a nadie.

Los perros tampoco nos delataron, Pancho se enamoró de ella y Carbón estaba durmiendo. Lo armó y lo prendimos. Como siempre me pasa, me puse estúpido a los diez minutos y empecé a hablar pendejadas. Recuerdo haberle dicho que en cincuenta años las neurociencias podrán explicar a la perfección el proceso creativo y que eso acabaría con el arte. También le confesé que me gustaba su pelo despeinado. Peinadamente despeinado, me dijo, y como que le dio vergüenza. Estuvo todo el porro acariciando a Pancho y con mirada de agüevoneada. Era preciosa.

 

 

Como a los dos días se apareció en mi casa. Tenía un lado del pelo rapado y en la otra los rizos locos de siempre. Le dije que parecía una huelepega y me pintó una paloma. Venía a pedirme que la acompañase a hacerse otro tatuaje. Fuimos en su moto hasta una casa donde había una fiesta, otra piñata, según ella. Era una de esas casas prácticamente destruidas que están rodeadas de mansiones, algo común en Caracas, casas lujosas venidas a menos porque la familia se mudó a otro país o se separó, y en donde ahora vivía gratis algún sobrino o nieto que no tenía plata para mantener ni restaurar nada, o a quien le daba igual en todo caso. En la sala había una batería y un montón de maniquíes viejos, en la mesa de la cocina habían improvisado un estudio de tatuajes; el carajo que los hacía era de Maracaibo y era hermano del novio de la dueña. La mayoría de la gente me parecía familiar, a casi todos los había visto por ahí, en algún lado. Ella contó cómo nos conocimos, cómo casi nos llevan presos. Parece que todos en la fiesta habían acordado hacerse tatuajes que solo contuvieran letras, números o signos de puntuación. En la computadora de la sala cada quien armaba su tatuaje, lo imprimía y se lo daba a Toto para que hiciera la plantilla.

Cuando llegué estaban pintándole a un pelirrojo en un antebrazo las palabras Rabocheye Dyelo. Alguien me susurró que era el nombre de una revista muy famosa durante los años previos a la Revolución Rusa, donde publicaba Lenin y toda esa gente. Gaceta de los trabajadores, o algo parecido, se traducía. Todo el mundo especulaba acerca del motivo del tatuaje, que si su bisabuelo era editor de la revista, que si varios de sus familiares trabajaron por la revolución, que si era un chiste. Yo dije que si era un nombre ruso, por qué no se lo hacía con el alfabeto cirílico. Creo que nadie estaba preparado para esa pregunta, ni siquiera el pelirrojo, quien puso una cara de gafo que trató de disimular sin mucho éxito.

La casa estaba llena de libros infantiles por todos lados; maniquíes y libros para niños. No tenía un solo mueble y la luz era lo más tenue posible, excepto en la cocina donde había una lámpara fluorescente para que Toto trabajase. Tras recorrerla un rato agarré una cerveza y me puse a hablar con una gordita que no se parecía a más nadie allí. Se llamaba Andrea y era estudiante de medicina. Estaba allí porque vivía allí, era prima de la dueña del lugar. Una prima lejana que se vino de Valencia a estudiar y a quien le dijeron que podía quedarse en la vieja casa de sus abuelos. Me explicó que quería ser neuróloga y entonces le conté mis opiniones paranoicas sobre las investigaciones acerca del cerebro; le dije también que una vez conocí a un tipo a quien cada vez que le iba a dar migraña, escuchaba las palabras Segundo acto y ahí empezaba el dolor. Se rió y respondió que eso podía ser parte de la propia aura de la migraña y que había que lograr que escuchase Tercer acto para que se acabara la obra y se curase. Le pregunté su teléfono y me despedí, pero antes de irme ella me pidió ideas para su tatuaje, ahí me enteré de que todos los que estuviésemos ahí teníamos que hacernos algo. Es una piyamada de tatuajes, dijo mientras reía nerviosa y estruendosamente.

Fui a ver dónde estaba metida ella y la encontré sentada, fumando. Me ofreció y no quise. Siéntate, piensa en una pregunta, en algo que quieras saber, ordenó mientras sacaba un mazo de cartas de su morral. Pensé en si yo le gustaba. Luego me pidió que lo repitiera en voz alta. Lo hice. Trató de disimular una sonrisa, pero los cachetes la delataron; sin embargo siguió, sacó cuatro cartas y las colocó una seguida de otras. Con respecto a tu pregunta: la primera carta es tu situación actual, la segunda tu futuro, la siguiente es una ventaja y la última una desventaja. No entendí qué sentido tenía lo de ventaja y desventaja en relación con la pregunta, en verdad no entendí nada, creo que estaba haciéndolo todo mal, pero la dejé. La primera carta fue la muerte, la segunda la rueda de la fortuna, la tercera el mago y la cuarta el mundo. Nos quedamos en silencio unos treinta segundos y le pedí que me diese la respuesta. Qué coño sé, dijo, primera vez que hago esto. Y se fue a la mesa de tatuajes.

Caminé hasta la computadora a ver si se me ocurría algo, recibí un mensaje de Javier preguntándome si ensayaríamos al día siguiente, le respondí que eso dependía de cuánto me doliera el tatuaje. Rocé las teclas, no se me ocurría nada. Me puse a ver otros archivos abiertos en la computadora; uno tenía la palabra tatuaje escrita a pulso en Paint, otro eran unas letras griegas, otro tenía unos versos: Volveremos de las ciudades quemadas/ y seremos los fantasmas de nuestras propias/ palabras. Había también un montón de letras que parecían iniciales o signos. Pensé en que simplemente me haría una eñe, no se me ocurría nada mejor.

Llegó con una cerveza y me dijo: Alguien se está tatuando el nombre de su novia. Pobre, ¿no? Seguro está desesperado porque la jeva lo va a dejar, pero igual le va a terminar con tatuaje o sin él, esa es mi predicción. Menos mal que se llama Mariana, la tipa, hay como mil Marianas en Caracas, se puede encontrar otra.

El resto de la fiesta no vale la pena contarlo, anduve pendiente de la gordita pero como que se fue a dormir. Yo me hice mi eñe y ella se hizo esto, un bigote entre paréntesis:

({)

La primera vez que tiramos en realidad no tiramos, yo se lo iba a meter sin condón, pero ella se asustó, luego se convenció pero yo me asusté, así que lo hicimos de otra manera, o no lo hicimos, depende de cómo se vea. Duramos tres días sin vernos ni hablarnos, luego llegó a mi casa con el pelo completamente rapado. Ahora sí te agarró la Negra Hipólita, la chalequié. Estuvimos acostados en mi cama toda la tarde sin hacer nada, casi nunca hacíamos nada. Deberíamos hacer algo, dijo. Vamos a El Ávila a acampar o algo así ¿quieres? Me sorprendió que lo dijera con emoción después de horas de aburrimiento.

Ø

El día antes de acampar fuimos a ver al hermano tocar en un sitio en Sabana Grande. Era un ex bar de mala muerte recién comprado por una gente de Barquisimeto, primos de unos primos, me contó. Su hermano vivía allá, pero ella nunca lo visitaba. Luego de rehabilitarse se mudó de Caracas para buscar sus raíces. En el centro de rehabilitación había conocido a dios, o al menos lo había visto de lejitos. Su música era una especie de Alice in Chains evangélico, el carajo tenía una voz arrechísima y en las letras mostraba una idea del bien y el mal equivalente a la del hijo menor de Ned Flanders. El lugar era tan extraño que nos gustó. Los nuevos dueños heredaron la clientela, empresarios de tercera con amantes de segunda que tomaban güisqui de cuarta: el mejor público posible, no jodían y dejaban propina para impresionar a las tipas. Eduardo terminó de tocar y fue a abrazar a su hermana. Nos sentamos en una mesa y todos pedimos un jugo natural. El esfuerzo que hacía ella para no fumar se notaba. Los dos se pusieron al día, yo trataba de imaginar las conversaciones de una de las parejas del lugar:

—Ay, papi, pero llevas dos años diciéndome ­que la vas a dejar. Estoy cansada de tenerte así, por raticos nada más.

—Coño, negrita, sabes que este no es el mejor momento. Cuando cierre el negocio con los brasileros sí tendré la plata para pagar el divorcio y mudarnos juntos como te lo prometí. Yo quiero que seas la señora de Gómez. Dame chance, negra, dame chance…

Me reí de la torpeza de mi imaginación, seguro estaban hablando de cualquier otra cosa y yo era incapaz de hacerme una idea realista de gente que no conocía. Por eso era que no avanzaba en lo que estaba escribiendo, todos los diálogos me quedaban tan ridículos como ese. Volví a prestarle atención a lo que ellos hablaban.

Eduardo le contaba que todo le estaba saliendo bien porque él se había demostrado a sí mismo, y a ya sabemos quién, que su fe era más grande que cualquier otra cosa. Entonces empezó a hablar de Abraham, que si conocíamos la historia de Abraham. Dios le pidió que matara a su hijo, contestó su hermana con cara de que no era la primera vez que le hacía esa pregunta. Sí, pero no solo su hijo, respondió él, su único hijo, que fue prácticamente un milagro. ¿Sabían que Abraham tenía…? Cien años cuando nació el carajito, interrumpió ella, que ya conocía el cuento de memoria. Y bueno, siguió su hermano, dios se lo dio, y a los años le pidió que lo matara. ¿Quién entiende eso?, dijo emocionado, y Abraham, Abraham no se negó, fue de inmediato, preparó el viaje y tomó rumbo por tres días y tres noches hasta llegar al lugar, entonces en la cumbre de la montaña que dios le indicó, el padre se dispuso a sacrificarlo, sacó el puñal y todo y ahí el señor se dio cuenta de que lo iba a hacer, iba a matar a su primogénito para ofrecérselo a él…

—Perdón –me dijo ella al oído.

—Tranquila, soy fanático del dios del antiguo testamento.

…entonces mandó a un ángel a que detuviese a Abraham y le ofreciera como recompensa muchos hijos más. Yo tengo fe, muchachos, y por eso el señor me ha recompensado.

Pero uno se pregunta cómo habrá quedado el chamo después de eso; es decir, si tu papá te trata de matar por más acto de fe que sea, está jodido, ¿no?, comenté inocentemente. Sin pensar que el viejo ya tenía como ciento diez años, siguió ella, no creo que pudiese matar ni un zancudo. Isaac también tenía fe y entendía la labor de su padre. Amén, y se tomó su quinto jugo de mango fondo blanco.

 

Salimos y caminamos por el bulevar, él se quedaría esa noche en casa de una amiga de la iglesia y a la mañana siguiente regresaría a Barquisimeto. Durante el trayecto tropezábamos con uno que otro indigente que nos pedía dinero. Casi todos son adictos, me decía él. Piedra, pero otros también están con la H, eso era lo que yo me metía: La Letra. La sensación la primera vez que te inyectas eso, hermano, es como de cien orgasmos juntos, ni con dios he sentido algo así, pero en cambio el señor ha sido fiel y esa basura me arruinó. No supe qué decirle, me miró esperando una respuesta y balbuceé: ¿Amén? ¡Gloria!, y me abrazó. Al llegar a Chacaíto nos despedimos, él entró al Metro y nosotros seguimos caminando.

—Era más divertido cuando estaba en drogas, pero al final se estaba matando, así que me alegra por él. Lo malo es que no lo soporto más de dos horas, al menos creo que se da cuenta.

—A mí me cayó bien –le dije–, un tipo bastante… humano.

—Más humano que humano. ¿Sabes por qué decidió entrar al centro de rehabilitación la última vez, cuando finalmente se recuperó?

—¿Por qué?

Se quedó en silencio y la risa se fue transformando en qué se yo. Insistí.

—Mejor no te lo digo –respondió con sequedad–. Ya fue demasiado que lo conocieras.

Y luego de otro silencio y dos cuadras, soltó:

—Me voy a Madrid por un tiempo, a final de este mes, adonde mis amigos que te conté. Me quedaré un rato.

No sé qué bicho le picó, pero como dice la canción, el bicho que haya sido se merecía su propio programa en Animal Planet. Estuvo rara y media el resto del día.

No pude dormir esa noche pensando en lo de Madrid. “Todas se van a Madrid”, había leído en algún lado. Ella me habló de sus amigos españoles, su mejor amiga y un ex novio que ahora era su pana, pero no me había dicho que iba a ir. Para mí que se inventó esa vaina ese mismo día, después de ver al hermano, pero vaya a saber por qué. Me la di del que no exige explicaciones y nunca le pregunté. Qué güevón.

 

Nos encontramos en el metro porque andaba comprando el pasaje por ahí cerca. Subimos a pie hasta la entrada de la montaña. Ya estaba anocheciendo y no había demasiada gente en el camino, quizás íbamos a ser los únicos acampando. Le dimos lento porque la carpa me pesaba más o menos. Ella iba adelante casi todo el tiempo. No hablábamos mucho. Yo estaba raro porque ella estuvo rara el día anterior, lo único que le dije casi al llegar fue: Me estás trayendo acá para sacrificarme, ojalá el puto ángel ese aparezca antes de que me mates para decirte que dios estaba jodiendo.

Ya arriba buscamos un sitio que nos gustase. Ella armó la carpa porque yo no sabía cómo. Desenvolví los sánduches y busqué el porro en su bolso, junto con el monte había otra bolsita. ¿Qué es esto?, pregunté. Un regalo de los duendes de El Ávila, respondió con la única sonrisa bonita que le conocí.

Nos fumamos uno sin hablar casi. Cuando el monte nos pegó dejamos de estar tan raros. Me explicó que en principio se iría por un mes, pero que se podía quedar más, me preguntó que qué pensaba. Ya me estaba acostumbrando a ella. Ya me estaba acostumbrando a ti, dije riéndome de lo cursi.

Terminamos de comer y vimos llegar a dos chamos y una chama. Nos saludaron y subieron un poco más, los vimos descender por el otro lado. Mierda somos y en mierda nos convertiremos, gritó sacando los hongos. Cómete un pedazo nada más, estos no son tan fuertes, pero por si acaso. Mordí un borde.

Comimos mientras veíamos Caracas desde arriba, hablamos un rato de tonterías. No pasaba nada, así que decidimos morder otro pedacito. Seguimos hablando para no hablar de lo que queríamos, hasta que las luces de la ciudad empezaron a cambiar de color, todo el asunto psicodélico de las luces, ya ustedes saben. Me acosté en la grama y escuchaba a las hormigas en surround, los dos nos pusimos a escucharlas.

No fue gran cosa. Y con eso me refiero a que no salimos cambiados del viaje. Fue algo pequeño, pero eso no es lo que quiero decir. Supongo que la mejor forma de explicarlo sería señalar que los hongos aumentaron en un grado todo lo que faltaba y redujeron igualmente todo lo que sobraba. Un grado, un grado que no enriquece ni empobrece, pero que ayuda.

Lo que más hicimos fue hablar, le hablábamos al cielo sin estrellas que se acercaba sin nunca llegar a nosotros. Yo le conté una historia y ella me contó otra.

Le conté la historia de Martha, toda, es la única a la que le he contado más que pedazos. Ella me contó la historia de Eduardo, toda también. Me dijo por qué decidió recuperarse, lo que pasó entre ellos. Duró como una hora en su relato y sus lágrimas, yo la tomé de la mano, pero nunca la miré, miraba al cielo que también me contaba algo.

Mientras me hablaba, vi una estrella aparecer en el cielo vacío. Ella empezó y la estrella se posó frente a mí. Una voz salía de su luz, un discurso paralelo al otro que ya oía. Yo escuchaba los dos, la historia de Eduardo y otra historia. La otra historia no era lineal, pero hablaba de una futura destrucción de Caracas, y me daba a entender que solo quedaría esa montaña en la que estábamos. Drogado y todo me pareció que en los oídos equivocados, una alucinación como esa ocasionaría algún suicidio en masa de un grupo de comeflores que se mudarían a El Ávila, pero seguí escuchando. María sollozó con fuerza cuando la estrella me mostraba la ciudad de un futuro cercano: nuevos edificios sin terminar de construir y mucha gente, más calor también. Empecé a sentir mucha sed pero casi ni me podía mover, ella estaba ya más calmada, pero seguía contando. La estrella me enseñaba escenas de fiestas de todo tipo, en los barrios, matrimonios lujosos, cumpleaños de niños, despedidas de solteras; y luego me llevó por calles conocidas, por donde vivía y por donde pasaba con frecuencia, solo que las calles estaban llenas de gente que no reconocí y demasiado limpias para mi gusto. María no paraba de contar y yo estaba conmovido por lo que decía, pero al mismo tiempo extrañado por la otra historia donde empecé a ver que la gente se quitaba la ropa desesperadamente del calor y comenzaba a buscar algo que no encontraban, me mostraba de nuevo las escenas de las fiestas que vi antes, pero ahora las personas se mataban por encontrar eso que tanto querían. Me distraje de María por unos segundos y volví a ella cuando me apretó la mano muy fuerte. Las personas seguían corriendo y sin ropa buscando algo, empujaban todo lo que estuviese a su camino, pero no parecían tener dirección fija, corrían unos metros a toda velocidad y luego se devolvían igual de rápido en dirección contraria. Mi mano seguía siendo sujetada con muchísima presión y me dieron ganas de llorar por María. No es que su cuento fuese el fin del mundo, pero tampoco era un paseíto por el parque. Y de repente, cuando no sabía cuál de las historias era más angustiante, la estrella interrumpió su relato en una especie de fadetoblack alucinógeno y proyectó otra vez escenas de las fiestas con la gente vestida de nuevo, pero ahora muy elegantemente. Todos tomaban un líquido negro muy denso en grandes cantidades, eso era lo que buscaban. Se echaban el líquido en la boca con ansias, con brusquedad; y se podía ver a otros lamiendo lo que caía al piso o en la ropa de los demás. No dejaban nada. Estuve viendo las escenas desvanecerse y ella ya estaba callada. Su historia era, cuando menos, horrible, pero así son las historias de familia, me parece.

—Los hongos no me pegaron–dijo riéndose.

—A mí tampoco.

 

Dormimos abrazados y bajamos temprano en la mañana. Su pasaje era para dentro de tres semanas. Yo seguía confundido por el viaje, aún sigo estándolo, me parece imposible tener alucinaciones como las que tuve, la gente en todo caso ve colores y una culebra en el piso. Según ella eran hongos normales. Me arrechaba que hubiese decidido irse tan de repente.

Mientras bajábamos le hablé de la fiesta de los tatuajes, de mi conversación con la gordita, ella no recordaba ninguna gordita, me dijo que en la casa solo vivía la dueña y el novio que muchas veces se quedaba a dormir, en fin…

Se notaba que estaba avergonzada por lo que me contó allá arriba, y los días antes de irse fueron rarísimos, pero la verdad, todo había sido así desde que empezó. Quedamos en que no quedábamos en nada, y que cuando ella llegara veríamos. Cualquiera cree que yo soy la mata de la ambigüedad, cuando lo que quería era estar con ella. La mañana de su partida me mandó un mensaje:

En vez de escribir sobre divorciados alcohólicos y animales que hablan, escribe sobre esto.       

Le respondí:

Suenas como las amigas de mi hermanita que me piden que escriba sobre ellas. Además, sería un cuento desordenado y malísimo: marihuana, tatuajes, Caracas, El Ávila. La supuesta narrativa urbana de mierda.

 

Hablamos por chat un par de días luego de su llegada a Madrid.

Yo: creo que me voy a rapar el pelo

Ella: ¿para pagar una promesa por mi regreso?

Yo: algo así

Ella:…

Yo: cómo llegaste?

Ella: bien, mi amiga fue a buscarme al aeropuerto vestida de novia

Yo: ja! y eso?

Ella: estaba haciendo unas fotos para una revista

se confundió de hora y creyó que se le hizo tarde

salió del estudio sin cambiarse de ropa y cuando llegó se enteró de que tenía que  esperarme por una hora

y estuvo una hora en barajas vestida de novia

cuando llegué le di un beso en la boca y le grité ¡acepto!

Yo: ja!

aquí se está incendiando El Ávila, se empezó a quemar el día en que te fuiste

por la noche

Ella: sí

qué mierda

me dijo eduardo, ayer lo llamé

Yo: es lo que faltaba, que la mierda esa se queme y se joda caracas.

me voy a ensayar, escríbeme un mail contándome todo

Ella: dale

por cierto

escuché el disco de chinarro que me mandaste

me gustó y me gustó el título, a ver si regreso con un peinado nuevo

si es que me crece la cosa esta

Yo: me gusta así, rapado, nunca te lo dije, pero te ves más femenina

Ella: gracias 🙂

te dejo para que vayas a ensayar

suerte

y ojalá que pare el incendio pronto

Yo: sí

Ella: hay que tener fe

Yo: sí

 

Por  Carlos Colmenares Gil

*Este relato fue finalista del concurso de cuentos Sacven en 2013.

#DomingosDeFicción: Propietaria

 

                                             Los monstruos existen y los fantasmas también.

Viven dentro de nosotros y algunas veces son los que ganan.

 

STEPHEN KING

 

I

Una a sus amigas no las deja botadas. No, señor. Una con sus amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza cuando aquella amiga loca, en complicidad con su novio, me hizo salir de mi propio apartamento. A menos que Constanza me haya mentido, ella también la pasó muy bien conmigo mientras compartimos esos días: yo le colaboraba con las tareas de la casa y también con el mercado. En una ocasión hasta me tocó hacerle de enfermera porque a ella le dio dengue y se puso malísima. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Pese a ello, no recuerdo haber sido antipática con los de mi prima. En fin, hace poco la vida me puso en la situación de retribuir aquel favor. No a mi prima Constanza que, para su suerte, se mudó a Turín con un novio fabuloso que conoció en un consulado. No. A mí me tocó darle cobijo en mi casa a mi amiga Rosario.

Rosario es, por decirlo en palabras sencillas, un imán para los eventos extraños, para lo inexplicable, para las cosas raras. Las cosas que le pasan a ella, estoy segura, no le pasan a nadie más. Contar cómo han sido los últimos tres años de su vida me tomaría mucho más tiempo del que dispongo para referir mi experiencia de las últimas semanas teniéndola cerca. Como la conozco (como la conozco tanto), lo primero que le hice fue una serie de advertencias: cero tipos en mi casa, cero fumadera (no soporto el humo del cigarrillo), cero dejar las camas sin hacer, cero guindarse a hablar por teléfono, cero ponerse mi ropa. Le dije unas cuantas cosas más  pero no tan relevantes como estas cinco, que para mí eran innegociables. Yo no fumo, no meto tipos en mi casa, soy escrupulosa con el orden (especialmente con el de las camas), me da asco la sola idea de compartir mi ropa y no estoy en condiciones de pagar, sin dolor, las altas tarifas del servicio telefónico.

¿Puedo invitar a Richard esta tarde? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? Como tú te vas a ese jamming con tus amigas, pensé que él podría venir y hacerme un poco de compañía…

A pesar de mis advertencias, Rosario estaba allí, como una niña chiquita y a tan sólo cuatro días de haberse instalado en mi casa, pidiéndome permiso para traer a un tipo.

Ya sabes lo que pienso al respecto, Rosario –le dije–. Si no me gusta que los traigas estando yo aquí, ¿cómo crees que voy a consentir que los traigas cuando no estoy?

Insistió de todas las maneras posibles en que era solo un amigo, en que solo verían una o dos pelis, en que si acaso compartirían un café y unas pastas y en que no pasaría de ahí. “Sé que no debo abusar de tu confianza”, dijo. Me juró y me perjuró que sería solo eso: películas, café y pasta seca. “No me voy a arriesgar a que me pongas en la calle. Tampoco es que soy estúpida”. En efecto, no estaba ella como para quedarse en la calle. Su casera la echó. La echó sin compasión porque ella se atrasó en unos pagos y se volvió morosa. Rosario perdió su trabajo como administradora, y sus pocos ahorros no eran suficientes para alquilar ni siquiera una habitación. Por eso le di acogida en mi casa y porque ella, en el fondo, era buena gente.

Rosario, no. No me lo pongas más difícil, por favor te lo pido. Si quieres compartir con Richard, dile que te invite él al cine, que te invite él un trago… ¡Vayan a dar un paseo por El Hatillo! ¡Vayan a El Tolón! ¡Salgan! No tienen por qué encerrarse aquí…

Mi amiga puso cara de corderito degollado e incluso cuando yo iba saliendo me echó una última mirada suplicante. La ignoré y salí. Cerré la puerta detrás de mí pero me fui con una mala corazonada. Yo a esta caraja la conozco y, a decir verdad, la creo capaz de cualquier cosa. El jamming comenzaría a las once y terminaría a las tres. Para la una y media estaba previsto un refrigerio, y todo lucía promisorio. Esa es una de las experiencias que más disfruto, y me hacía mucha ilusión compartir mis versos y escuchar los de mis amigos. Llegué a la quinta Girasoles, y ya habían llegado cuatro personas. Eso fue a las diez y cuarenta y algo… A mí me gusta llegar a tiempo a todas partes. La puntualidad es una obsesión para mí y, por lo visto, no estaba sola en eso: Aníbal, Laura, Manuel Enrique y Gloria me acompañaban en esa idea. Llegaron antes que yo. Nos saludamos, nos alegramos de vernos y nos felicitamos los unos a los otros. Hicimos comentarios aleatorios sobre la vida de cada uno y compartimos nuestro regocijo por una nueva edición de nuestros encuentros como creadores. Tal como acordamos la última vez que nos vimos, no hicimos ningún comentario sobre la situación del país. Tal como acordamos esa vez, honramos nuestra disposición de mantener impoluta nuestra burbuja artística: no es sano leer poesía con las cuitas domésticas y políticas alborotadas. ¡Pero tampoco se puede leer bien pensando que hay una intrusa en la casa de uno causando cualquier estropicio! Era esta la primera vez que Rosario se quedaba a solas en mi casa, y su mejor ocurrencia fue invitar a un tipo. ¡Válgame Dios! Es que ya me parecía verla revolcándose con Richard en el sofá o, lo que es peor, en mi propia cama, que es la matrimonial. A ella le cedí el cuartico del servicio. Como yo no tengo sirvienta, ese cuarto vive desocupado pero la cama es individual,  y mi amiga siempre ha sido un poquillo extravagante con los homenajes que les brinda a sus conquistas. Una camita individual no era plaza para ella… Esa idea me estaba perturbando bastante. Tanto como la de encontrar las cortinas, los manteles o las plantas con olor a cigarro. No sé. Eso de haber estado viviendo sola por tanto tiempo y tener ahora, por motivos de fuerza mayor, una acompañante en mi hogar era algo que, para qué negarlo, me tenía los nervios un poco de puntas.

No estuve al cien por ciento en el jamming. No. A duras penas, me pude medio concentrar en la lectura de unos textos en los que trabajé durante semanas. Por suerte, los terminé de pulir tres días antes de que Rosario llegara a mi casa. Si no, no hubiera podido. Esta mujer habla hasta por los codos, y el hecho de que la hubieran puesto en la calle por no pagar era una tragedia equiparable al fin del mundo. “La tierra se abrió bajo mis pies, amiguita –me dijo la vez que me llamó para pedirme albergue–. Y ni siquiera tengo un violinista que toque mientras me hundo en la nada. ¡Estoy acabada!”. Le dije que sí con el compromiso de que, en dos semanas, ella estuviera haciendo arreglos para buscarse una habitación aunque fuera pagada a medias con otra persona. De eso ha pasado un mes, y yo la veo muy a gusto viviendo conmigo y no me atrevo a decirle que se vaya. A las tres y media, ya todos habíamos recogido nuestras cosas para regresar cada quien a su casa. “Hoy estuviste un poco apagadita –me comentó Manuel Enrique–. Parecías otra persona”.

¡Es verdad!  corroboró Gloria ¡Estabas como en otra parte! Te lo digo, ¡no eras tú!

¿Dónde más iba a estar?  –pensé– ¡Estaba en mi casa tratando de impedir que Rosario hiciera de las suyas! No me concentré en la lectura…. ¡Claro que no podía ser yo!

Es posible –dije–. A veces, uno no las tiene todas consigo…

Manejé hasta la casa con la mente puesta en todas las cosas que le iba a decir a Rosario: al primer indicio de abuso, la iba a poner en la calle. No le iba a tolerar la más mínima excusa y me iba a olvidar para siempre de las razones por las que nos hicimos amigas hace ya más de ocho años. Si me salía con cualquiera de sus cuentos chinos, yo misma le iba a hacer la maleta y se la iba a poner frente al ascensor para que el fulano Richard se hiciera cargo de ella y de sus pertenencias.

A un cuarto para las cinco llegué a mi casa. A pesar de que la quinta Girasoles no me queda tan lejos, el tráfico de sábado en la tarde estaba un poco pesadito. A punto de meter la llave en la cerradura, me persigné e hice tres respiraciones profundas. Entré. Silencio total. Temí lo peor.

Rosario… ¿Rosario, estás aquí?

No hubo respuesta.

Amiga, ya llegué.

Con sigilo, me asomé al cuartito de servicio. Nadie. Con terror, me dirigí hacia el mío. Nada. Rosario no estaba en casa. Creo que sentí un cierto alivio. Una especie como de tranquilidad al imaginar que se había ido por ahí con el tal Richard. Hasta me sentí un poquito medio plastemierda por todo lo que maquiné y por haberle dado tanto crédito a mis barruntos. Me duché y me preparé un té aromatizado. Volví a ver Los otros, que la estaban pasando por Film&Arts, y creo que me quedé dormida. Era un poco más de las siete cuando me sacó del sueño el tintineo de unas llaves y el abrirse de una puerta.

¡Holaaaaaa! ¡Ya lleguééééé! ¡Yuuujuuuu!

Ya salgo a saludarte, amiga… Ya voy… Creo que me dormí… Ya voy…

Cuando asomé a la sala, vi a Rosario: tenía puesta mi chaqueta de cuero y mis zarcillos de perlas. Era evidente también que se había puesto mi Eau D’Hadrien. Sentí un ligero mareo…

Amiga, ¿te sientes bien? ¡Estás pálida! –me dijo– Ven, siéntate… Siéntate, que te está dando como algo… ¡No me asustes! ¿Qué te pasa?

¿Cómo que qué me pasa, Rosario? ¿Cómo que qué me pasa?

Ya, ya, ya… Ya sé… ¡No te gustó que me pusiera tu chaqueta, tus perlas y tu perfume! ¿Es eso, verdad? ¡Yo sabía que te ibas a poner brava! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Y si tanto lo sabías, ¿para qué te pusiste mis cosas? ¿No sabes que eso me choca? ¡Además, fue de lo primero que te dije que no hicieras!

¡Ay, ya lo sé, amiguita linda! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Es que quería impresionar a Richard!

Me dijo no sé cuántas cosas más para excusarse. Puso su típica cara de cordero degollado y remató con un comentario que desató todas mis furias.

Te prometo que nunca más usaré nada tuyo… sin antes pedirte permiso, claro… ¡Ah! Y tu conjuntico de Calvin Klein te lo lavo ¡y ya verás que te queda como nuevo! ¡Richard deliró con el bikini!

La última vez que Constanza estuvo en Roma –antes de mudarse a Italia definitivamente con su pareja–, fue espléndida con los regalos que me trajo. Fue idea suya regalarme ese perfume tan costoso y unos conjunticos de ropa interior que yo no podría comprar ni trabajando tres años seguidos día y noche. Me trajo unas prendas de Intimissimi absolutamente adorables (en negro y dorado), otras de Huit 8 (en un tono parecido al de mi piel) y un jueguito de Calvin Klein (en azul rey) al que yo ni siquiera le había quitado las etiquetas y que Rosario tuvo el descaro de sacar de la gaveta de mi ropa interior. Si mi prima supiera que esta loca usó mi perfume Eau D’Hadrien para revolcarse con un amante de ocasión y que se estrenó algo que ella eligió para mí con tanto esmero y generosidad me quitaría el habla para siempre.

Para mí es muy fuerte la idea de que alguien use mi ropa interior o de yo ponerme una pantaleta de otra persona. Lo que me provocaba era tirar a la basura todo lo que esta mujer me había usado, ¡hasta la chaqueta! Pero no hubiera sido racional. Sentía un odio profundo de solo imaginármela revisando y escogiendo entre mis pantaletas, invadiendo de esa forma mis espacios privados. No entiendo cómo no reparó en que ese conjunto estaba sin estrenar, que estaba en su misma cajita, que aún tenía las etiquetas, que… ¡que esa vaina era mía y que yo ni siquiera me la había puesto nunca!

¡Pero no me mires así, amiguita! ¡Quita esa cara! ¡Mira que nuestra amistad vale mucho más que una pantaletica!

¡Me haces el favor y te quitas ya todas mis cosas! ¡Todas! ¡Ya, Rosario! ¡Ya! ¡Otra como esta y te me vas! ¡Advertida quedas! ¡No quiero volver a tener una conversación así contigo…!

Regresé a mi cuarto y la dejé en la sala fingiendo pucheros. Necesitaba hacerme a la idea de que Rosario no actuó de mala fe, de que sus decisiones fueron producto de su ignorancia y de su inmadurez, de un sentido demasiado ligero de la amistad. No quise cenar con ella. A las ocho, cuando pasé por la cocina para buscarme yogurt y una ensalada de frutas, ella no estaba en la sala. Mi chaqueta estaba puesta en el espaldar de una silla, mis perlas en la mesa y mi ropa interior colgaba con pinzas en el tendedero del balcón. Vi las prendas destilando agua y me dio arrechera otra vez, pero no quise engancharme de nuevo con esa emoción. Quizás ella tenía razón y, en realidad, no era para tanto…

En la mañana, cuando me disponía a desayunar, ya la mesa estaba lista: había jugo de arándanos, pan integral tostado, yogurt, mantequilla y pechuga de pavo.

Espero que no sigas molesta… ¿Me perdonas? ¡Ay, amiguita, no me guardes rencor! –suplicó Rosario con su mejor expresión de vaca muerta– ¡Mira! ¡Te preparé el desayuno! ¿Te gusta? ¡Puse todo lo que te gusta! ¡Mira!

Su entusiasmo infantil me sacó una sonrisa y supe que no podía seguir odiándola por abusadora.

¿No me vas a botar, verdad? ¡Yo sé que a ti te gusta el jugo de arándanos! ¡Yo te conozco como nadie! ¡Tú y yo somos la misma!

La abracé y la invité a desayunar conmigo. Le recordé, eso sí, que debía respetar mis reglas. Le recordé lo delicada que soy y que si la había admitido allí era porque la quería y la valoraba como amiga, pero que eso de ninguna manera significaba tolerar que dispusiera de mis cosas como si fueran de uso público. Me repitió que solo quería impresionar a Richard y que nunca se imaginó que yo me iba a enfurecer tanto.

Ponte en mi lugar, Rosario –le dije–. Piensa por un momento que alguien que invites a tu casa empiece a usar tus cosas como si fueran suyas.

¡Ay, a mí eso no me importaría! ¡Tú sabes que yo soy medio hippy!

¡Yo no! ¡Yo no soy hippy  un carajo y no me gusta, en serio no me gusta, que usen mis efectos personales! –le dije con firmeza pero sin rabia–  Así que, para que llevemos la fiesta en paz, por favor, no lo vuelvas a hacer, ¿sí?… Por cierto, ¿has adelantado algo en tu búsqueda de habitación?

Mira, come… Come, que el pan tostado se te va a poner como un chicle…Y no vale la pena… ¡Está riquísimo!

II

 

¿Tú le pusiste pimienta al pollo?

La forma en que Rosario me hizo la pregunta tenía un marcado tono de reclamo y su mirada era la de alguien completamente indignado.

Siempre le pongo pimienta al pollo, Rosario. A veces le pongo curry… a veces le pongo jengibre…  ¿tienes algún problema?

Rosario empujó el plato hacia el centro de la mesa como hacen los niños cuando no quieren comer.

¡Pues yo no quiero eso! ¡A mí la pimienta me sienta mal! ¡Me irrita las mucosas estomacales! ¡No deberías ser tan desconsiderada! ¡Recuerda que no vives sola!

Me sentí incómoda. Cierto es que, al cocinar,  no debo pensar solo en lo que me gusta a mí.

Lo siento. No volverá a suceder.

¡Eso espero!  sentenció con tono amargo.

Rosario se levantó. Agarró su bolso y salió. “Me comeré una pizza en cualquier parte”. Yo terminé de almorzar. Recogí todo y lavé. Por mera curiosidad, pasé por el cuartico de servicio. Vi que su cama estaba sin hacer y que en su cesta de ropa sucia había franelas, camisas, pantalones y ropa interior. Le hice la cama y aproveché que iba a lavar mi ropa para lavar también la suya. La pasé por la secadora, la doblé con delicadeza y se la puse en la cama como un gesto de reconciliación. Últimamente había sido un poco dura con ella y este gesto mío quizás nos haría recordar a ambas por qué estábamos viviendo juntas. Cuando terminé la labor, salí. Debía  reunirme con el grupo entre las tres y las cinco de la tarde. Un editor estaba interesado en algunos textos míos y de varios de mis compañeros. Cuando regresé a mi casa, encontré a Rosario sentada en mi mecedora con el gesto amarrado y una actitud de pocos amigos. Tenía una prenda entre sus manos. Una blusa o algo así.

─ Hola, mujer… ¿qué tal tu día?  –saludé.

─ Chama  –empezó a hablar en un tono neutro–, ¿tú me pusiste esta blusa en la secadora?

─ Sí, ¿por qué? ¿Qué pasa?

─ Chama, ¿tú no sabes leer? ¿Tú no lees las etiquetas? –me reprochó–  Aquí-dice-clara-mente lavar a mano, no retorcer, no usar agua caliente y, fíjate bien, mamita, no-usar-seca-dora, no-usar-seca-dora, coño… ¡Me jodiste la camisa!

─ ¡Bueno, mija, dis-cul-pa! ¡Yo solo quería hacerte un favor!

─ ¿Un favor? ¿Un favor? ¡Valiente favor el que me haces! ¡Como tengo tanta ropa, vienes tú y me la escoñetas! ¡Mira cómo quedó esta vaina! ¡Mira!

Rosario estaba realmente molesta.

─ ¡Dame la camisa esa! –dije y se la arrebaté de las manos– ¡Dame acá! Si la mojo de nuevo y la cuelgo al aire quedará como antes y se acabó el peo…

Rosario me miró con desdén. Me dio la espalda y regresó a su cuarto. Con la misma, volvió a salir. “¿Y, según tú, yo me voy a poner toda esta ropa así? ¿Sin planchar?”. Tiró en mi mecedora toda la ropa que yo le había lavado y doblado y regresó a su cuarto con actitud de patrona ofendida. A eso de las diez, tuve planchada y colgada en percheros toda su ropa, incluida la blusa que originó el reclamo. La ropa mía la plancharía al día siguiente. Ya estaba yo un poco cansada. Soy, más bien, de ir planchando cada vez las prendas que voy a usar. Como vivo sola, no soy de echarme esos maratones planchando.

─ ¿Y en esta casa ya no se cena? Mira la hora que es y no veo movimiento en la cocina –dijo Rosario.

─ Mija, o te plancho la ropa o cocino pero no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo –dije sacando carácter yo también–. ¡Tengo dos manos nada más! ¡No soy un pulpo!

─ Bueno, ya planchaste, ya terminaste, ya colgaste la ropa… Sería bueno que hicieras algo ligero… Es un poco tarde para comer pesado.

─ ¿Qué se te antoja?

─ No sé… En la nevera, creo que vi rúcula, champiñones y creo que unos tomaticos cherry… ¡Me puedes hacer una ensaladita, digo yo, con la mostacita esa Dijón, que es buenísima!

Eso era justo lo que yo pensaba cenar. Para eso compré los ingredientes, pero mi amiga no las tenía todas consigo y no iba a ser yo quien la hiciera sentir peor… Sabría Dios qué clase de día había pasado la pobre… Yo cené un poco de la crema de apio que sobró de la noche anterior y le hice a ella su ensalada.

─ ¡Buenísima te quedó! Por cierto –me dijo–, mañana vienen unas amigas con las que estoy haciendo arreglos a ver si me termino de ir de aquí.

─ ¿Mañana? ¿Para acá? ¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Y a qué hora es eso?

─ Mañana, sí. Les dije que podían venir porque aquí es donde vivo. Yo espero que no pongas problemas –me advirtió–. Son puras amigas. No estoy ni metiendo hombres ni poniéndome tu ropa ni usando tu perfume ni un coño… ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema?

─ No… Problema no tengo ninguno… pero me has podido avisar, ¿no? Después de todo, esta es mi casa y me gustaría tomar algunas decisiones también ya que…

─ ¡Ay, bueno, ya! –me cortó– Ni siquiera tienes que estar presente si tanto te molesta… Les dije que vinieran a eso de las diez y media. Ojalá no nos dé aquí la hora del almuerzo para que no tengas que cocinar tanto… Son tres amigas y conmigo cuatro… Bueno, contigo seríamos cinco… ¡Que descanses! Buenas noches…

Sin añadir una palabra más, Rosario me dejó con la palabra en la boca y desapareció camino a su cuarto. Recogí lo de la cena. Lavé la loza y revisé en el freezer a ver qué podía sacar para descongelar. Para mí, que llevo tanto tiempo viviendo sola, cocinar para cinco personas era todo un compromiso. De manera que dispuse de unas milanesas y de otras cosas para el día siguiente. Me fui a acostar pensando que eso era poco precio con tal de que Rosario finalmente resolviera su vida y se fuera de la mía. Como soy de levantarme temprano, al día siguiente, apenas las manecillas fluorescentes marcaron la hora, salté de la cama. A las seis, ya tenía el pollo en una bandeja sobre la mesada listo para marinar, etcétera. Me disponía a hacer unas arepitas para el desayuno cuando sentí los pasos de Rosario viniendo hacia la cocina.

¿Otra vez pollo, mija? ¡De aquí vamos a salir todos volando! ¿Eso es lo que pondrás en el almuerzo? ¿Esa vaina?

Buenos días, Rosario. ¿Dormiste bien? ¿Descansaste? –saludé con ironía.

Mira, en serio, ¿ese pollo sería para el almuerzo con mis amigas? Te lo digo porque hay una de ellas que es vegana… ¡No creo que le agrade comer carne ni pollo ni nada de esa vaina! –señaló– ¿Tú crees que podrías hacerle unas berenjenas en vinagreta? ¡Ah! ¡Ya sé! ¿Y si le haces un ceviche de mango? ¡Ese que te queda tan de rechupete!

Yo no podía creer que Rosario me estuviera hablando así.

─ ¿Ceviche de mango? ¿Tú has comprado mango, Rosario? ¿Tú has comprado berenjenas, Rosarito? ¿Hace cuánto no traes ni una canilla, mija? Si tus amigas son tan delicadas, coño,  ¡deberías cocinar tú! Te recuerdo que no soy tu sirvienta… y que esta es mi casa.

─ Hay que ver que tú eres bien mala gente, chica… ¡Claro! ¡Como yo soy la arrimada, me humillas! Mira, ¡mejor no hagas nada! ¡Deja eso así! Guarda tu pollo… No hagas nada… Yo me reúno con las muchachas en… en… ¡en el salón de fiestas será!

Dejé así el tema del desayuno. Dejé la masa que había preparado para las arepitas. Tapé el pollo y lo puse de nuevo en la nevera. Salí. Bajé a la frutería. Compré mangos y compré berenjenas. Cuando regresé, Rosario ya estaba terminando de desayunar. Con la masa que dejé lista, se hizo tres arepas. Se tomó el jugo de arándanos y terminó con el pavo…

─ Si hubiera sabido que ibas a venir tan pronto –dijo con la boca llena–, te hubiera avisado para que compraras más pavo… ¡El que había se acabó!

─ ¿Y no hiciste una arepita para mí, Rosario?

─ ¡Ay, no se me ocurrió! Como saliste así, pensé que estabas molesta y que no comerías… ¡Tú eres tan rara, mijita!

─ Aquí hay berenjenas, hay mangos, limones, cilantro, cebolla morada y ajos… En la despensa hay vinagre… Agarra cualquier recetario y prepara tú el almuerzo –le dije–. Igual cualquiera de tus amigas te echa una mano… ¡Nos vemos esta tarde!

Me cambié, agarré mi bolso y salí. Si me quedaba en esa casa, iba a arder Troya.

III

 

Estuve de regreso como a las cinco: pasé el día donde mi tía Loredana (la mamá de Constanza). Desde que mi prima se fue, se ha sentido, naturalmente, un poco sola. Almorcé con ella, y eso la hizo muy feliz. Me mostró una cantidad de fotos de Constanza y merendamos rico como a las tres de la tarde. Su sfogliatelle es un festín celestial para saborearlo y su macchiato, un bautismo de gloria. Apenas entré a mi casa, vi una maleta en la sala. Una maleta que yo no conocía. No era de Rosario. De hecho, ella no estaba allí, y me sentí aliviada. Mi alivio duró muy poco. Todo el goce que experimenté donde mi tía Loredana se volvió agua y sal. Cuando pasé por la cocina, vi que había un montón de platos, vasos y cubiertos sucios. Me dieron ganas de llorar. Aquello ya era demasiado: tanta gente en mi casa, ¡cuatro mujeres!, y nadie pudo lavar. No miré más. Rosario tendría que lavar todo aquello. Entré al baño y me duché. Me fui a mi cuarto y me puse a leer Papeles inesperados. Al rato, sentí llaves en la puerta y escuché risas.

Pasa, pasa… Estás en tu casa… Pasa…

Rosario llegó, pero no llegó sola. Las risas y el cuchicheo me hicieron salir del cuarto.

Te presento a Chela… Chela, ella es Aminta.

Rosario se estaba conduciendo como la dueña de la casa y haciendo las presentaciones como la mejor anfitriona.

Aminta, Chela va a dormir aquí esta noche, ¿oíste?… Tranquila, que se va a quedar en mi cuarto. Yo dormiré contigo… ¿No hay problema, verdad? Es que mañana a las siete sale pa’ Maturín y no tiene dónde pasar esta noche…

Por un instante, Rosario dejó de hablarme a mí para dirigirse a Chela.

En un rato, cenamos. Si quieres te bañas, yo te presto una toalla y una batica pa’ que no duermas peladita… ¿Quieres ver algo en la tele? Aminta, ¿ella puede ver la tele en tu cuarto? ¡Es que si no se aburre!

Rosario se estaba superando cada día más. Ella y la tal Chela se instalaron en mi cuarto después de que, entre las dos, rompieron un plato, dos vasos y una taza de cuanto quedó sucio después del almuerzo. Yo, para no promover la discordia, preparé la cena, comimos y me quedé en la sala leyendo a Cortázar. Desde el cuarto, me llegaban las risas de las dos mujeres, que estaban viendo no sé qué película de los hermanos Wayans… Como a las once me asomé a mi cuarto con intenciones de acostarme. Lo único que hice fue apagar la tele, apagar la luz e ir a acostarme al cuartico del servicio: estas dos dormían a pierna suelta. A pesar de que ensayé algunos ruidos y hasta dejé caer a propósito un llavero, ninguna de las dos dio señal de vida. Al día siguiente, se despertaron casi a las diez. Por supuesto, la tal Chela perdió su autobús.

Ni modo, mana, te quedarás aquí hasta nuevo aviso –decidió Rosario–. ¿Hiciste algo de comer, Aminta?

Para mí, sí  –respondí–. Ve a ver qué haces para ustedes ¡y procura no romperme nada!

Aminta, ¿tú pretendes que yo cocine para las dos? ¿Para dos personas? ¿Yo? –preguntó llevándose ambas manos al pecho– ¡Pero si tú cualquier cosa la preparas en un tris, chica! Además, si me pongo yo a cocinar, ¡eso terminará siendo almuerzo… o cena, y no sé cuántas cosas más se puedan romper!

Casqué seis huevos, aparte licué un tomate, media cebolla y dos ajos grandes con sal, pimienta blanca y soya. Tosté seis rebanadas de pan, puse mantequilla en la mesa y lo que quedaba de jugo de naranja.

─ ¿No queda de esa mermelada que pusiste el otro día? ¡Chela ama la mermelada! ¿Verdad, Chela, que te encanta?

Saqué la mermelada, y estas se sirvieron sin escatimar. No hallaba yo cómo decirles que no fueran tan atorrantes y lambucias.

─ ¿No queda pan, Aminta? ¡Está buenísimo!  –me dijo la  Chela como si me conociera desde siempre.

Cuando me disponía a responder, Rosario se me adelantó.

─ ¡Uffff! ¡En la nevera hay un paquete casi completo! ¡Aminta ama el de siete granos! ¿Verdad, Aminta, que te encanta? ¡Pon a tostar un poco más! ¡Yo también quiero! ¡Esta mermelada no perdona!

Si en el paquete casi nuevo quedaron tres rebanas de pan, fueron muchas. Argumentando unas prisas, Rosario instó a la tal Chela para que se levantara de la mesa y salieran en volandas… “Ya va  –dijo Chela–. Vamos a ayudarla, por lo menos, con los platos. No me parece justo que ella sola lav…”.

─ Mira, no hay tiempo para eso, y Aminta es muy delicada con sus platos y sus vainas… Además, el próximo autobús sale en un ratico… ¡Vamos, vamos, que lo pierdes! ¡Ponte pilas!

Sin decir más, las dos mujeres salieron y me dejaron en la mesa un reguero bello. Armada de paciencia, lavé, sequé y guardé. Luego hice la cama de Rosario y Chela y después la mía. Dormir en una cama individual no es tan incómodo después de todo. A pesar de que en el cuartico no hay aire acondicionado, el calor no agobia y el pequeño televisor, aunque no está conectado al servicio de cable, es suficiente para ver cualquier cosa que me estimule el sueño. A decir verdad, tampoco soy muy de ver televisión: lo mío es la lectura, es la poesía. Quizás por eso fue que me eché una siestita de media mañana mientras leía algo de Wihtman. Me recordé como a la una, y me levanté de un brinco. Rosario podía haber llegado ¡y yo sin hacer almuerzo! Tiré el libro por ahí y volé a la cocina. Vi a Rosario en la mecedora. Tenía mala cara. Se veía molesta. No me dijo nada. Yo interpreté.

─ ¿Es por el almuerzo, verdad? ¿Estás molesta porque no está listo el almuerzo?      –pregunté– Tú tranquila, que en un tris lo tengo listo…

Incrédula, me miró con displicencia.

─ Y procura que no sea pollo… ¡Pollo no! ¡No quiero salir volando! Prepárame… ¡merluza! ¡Eso! ¡De esa que compraste ayer fresquecita en el mercado!

Los filetes me quedaron estupendos. Los preparé al ajillo con una guarnición de papas al vapor y vegetales salteados. Rosario comió con fruición y, antes de levantarse de la mesa, se excusó conmigo porque el ajetreo de ayudar a Chela con su ida a Maturín la había dejado exhausta. “Voy a echar una cabeceadita… Richard vendrá a buscarme a las seis y media… Despiértame a las cinco, que quiero arreglarme con tiempo”. Rosario se metió en mi cuarto y cerró la puerta antes de que yo pudiera contestarle. A las cinco en punto la desperté con suaves golpes a la puerta para no sobresaltarla.

─ ¿Qué fue? ¿Qué escándalo es ese, por Dios?

─ Disculpa, Rosario… Son las cinco.

─ ¡Ya, ya! Deja la bulla por favor…

Apenada, me retiré al cuartito y la dejé hacer. Casi a las seis, la fragancia de un perfume conocido me hizo asomarme a la sala: era Eau D’Hadrien… ¡Mucho Eau D’Hadrien! Rosario se había bañado con él, y lucía de punta en blanco: tenía puesto mi vestido favorito, mis zapatos blancos de patente y un precioso gancho de fantasía brillante que me regaló mamá cuando me gradué en la universidad.

─ Estás muy bonita…

─ ¡A que sí! ¡De esta noche no pasa que Richard se me declare!

─ ¡Es que estás bellísima, mujer! ¡Pareces salida de un cuento!

─ Por cierto, si quieres, cena tú… Prepárate cualquier cosa… En la nevera hay frutas, hay yogurt, hay lechuga…  ¡Ah! Y no me esperes despierta… Si acaso, déjame dispuesto un té verde en la nevera para que esté bien frío por si regreso… ¡Es lo mejor en caso de resaca! Y, por lo que más quieras, ¡nada de azúcar, Aminta! ¡Na-da-de-a-zú-car!

─ Como usted diga, señora…

IV

 

De lo mejor que tiene el cuartico de servicio es que por ninguna rendija entra nada de luz. Ni siquiera tengo la molestia de la fluorescencia de las manecillas del reloj que está en el cuarto de Rosario. Era ese el despertador que me hacía saltar de la cama en mis madrugadas de trabajo: ya no me molesta porque ya no lo veo. De modo que cuando me acosté después de cenar cualquier cosita, me dormí viendo la reposición de un capítulo de La mujer perfecta. No sé a qué hora, una algarabía soterrada de risitas pícaras me hizo despertar. No tenía yo ni idea de cómo averiguar la hora a menos que pulsara alguna tecla de mi celular. Y fue lo que hice en mi estado de duermevela. Eran exactamente las tres y veinticinco de la madrugada… y esas risitas en la sala. En la penumbra de mi cuarto, me pareció escuchar el murmullo de la voz de la señora Rosario y de una voz masculina. Me imaginé que debía ser su pareja: el señor Richard. Escuché un breve trasteo en la nevera (seguramente se estaban tomando el té verde) y después la estridencia de un vaso estrellado contra el piso o contra la mesada… Después más risas y después una carrerita en tacones desde la cocina hacia el cuarto principal. Ni me atreví a asomarme a la sala. Hice un esfuerzo por conciliar de nuevo el sueño, y cuando volví a abrir los ojos eran ya las ocho y cuarto. Me di un baño rápido y me volví a poner la misma ropa. Mis otras cosas estaban en el otro cuarto y lo menos que yo quería era molestar. Apenada, salí a la sala y vi que los señores ya estaban desayunando.

─ ¡Buenos días, dormilona!  –dijo la señora Rosario con ánimo festivo. Era obvio que estaba contenta– ¡Richard ya se encargó del desayuno! ¡Preparó unas crêpes con ajoporro, y están divinas! ¿Te provoca? Por aquí sobraron dos…

Asentí con la cabeza. No dije ni ñe. Tomé una de las crêpes que habían quedado en la mesa y me la comí fría (me dio pena calentarla) y me serví algo de jugo.

─ Te habríamos dejado mermelada ¡pero Rosario es demasiado golosa! –bromeó el señor Richard.

─ No se preocupe… Estoy bien así.

Terminé de comer a solas pues los señores se levantaron y entraron de nuevo al cuarto. A los pocos minutos, ya estaban en la sala listos como para salir. La señora tenía puesta mi ropa y llevaba mi bolso rojo de piel en combinación con unos zapatos del mismo tono. El señor también lucía muy elegante. Supongo que llevaba la misma ropa con la que llegó en la madrugada. La señora tenía en su mano un cuaderno empastado. Un cuaderno muy bonito y que, por alguna razón, significaba mucho para mí. En la tapa, podía leerse sin dificultad la palabra Jamming. Antes de abrir la puerta para salir, la señora Rosario volteó y, mirándome, me dijo: “hoy mi Richard va a saber que, aparte de elegante, también soy muy talentosa y que escribo de lo lindo”.

─ No nos hagas almuerzo –añadió–. Hoy pasaremos el día fuera… Por cierto, aprovecha que vas a estar sola en la casa para que dispongas unos cojincitos cerca del balcón. ¡Richard traerá su angora y su siamés! ¡Ah! Y ve pensandito en otro empleo… Aquí ya no harás más falta.

─ Como diga la señora…

Me quedé allí, lánguida en aquella casa,  pensando en qué hacer con mi vida y en las pocas amigas que aún me quedaban. Cualquiera de ellas podría brindarme su apoyo. Después de todo, una a las amigas no las deja botadas. No, señor. Una con las amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Es que no sé. No me gustan…

 

Por Eritza Liendo | @LiendoEri 

 

estudiante

#DomingosDeFicción: Pupitres en el pavimento

 “Yo no sé, ni quiero/ de las razones/

 que dan derecho a matar/

 pero deben serlo/

 porque el que muere/

 no vive más… no vive más”.

Mecano.

 

Sé que ya han pasado varias horas porque necesito ir al baño. O bueno, así creo. Me llamo Javier Cedeño, cursante de Ciencias Pedagógicas de la UCV, preso desde las protestas de la Plaza Venezuela, 2017. Desde que se enteraron de que yo era líder político en mi facultad, me metieron aquí, robándome la vida universitaria. Y a ti, ¿por qué te agarraron? Sí, me llamo Javier Cedeño, o bueno, así creo. Javier. Cedeño. Me lo repito para tenerlo presente, para saber que todavía, como las idas al baño y las horas, mi vida sigue caminando. No, no llores. Si lloras, los guardias te escucharán. No le sueltes nada a los guardias; harán de todo para distraerte. Acosarte. Ellos nos odian a nosotros. Ellos odian a las universidades. Lo que ellos desconocen es que nosotros somos estudiantes, y que ser estudiante, ser ucevista, en este país, es luchar contra lo inadmisible. Por cierto, si te dan ganas de mear o cagar, solo presiona el timbre que está detrás de los barrotes para que te lleven. Y ojalá te traigan.

¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ayer me mandaron un tuit con la foto de un profesor que sujeta unos zapatos negros. José Ibarra, catedrático de la escuela de Trabajo Social, Universidad Central de Venezuela (UCV), aparece apretando la textura del calzado. Evidencia las huellas del desgaste. Cuando llueve, el agua se le escabulle por las suelas fisuradas, ensuciándole los pies, el alma. Cuando hace sol, a José le salen ampollas por el contacto de los dedos con el pavimento caliente. Al sentarse en el escritorio, siente dolor en los talones a causa de los kilómetros recorridos. No obstante, el dolor, para José, es el sinsentido que le da sentido a sus caminatas diarias; es, con cada pisada, el valor retributivo de los sacrificios aceptados. Posteó la imagen en Twitter ya que no le da pena admitirlo: sus ampollas, sus suelas rotas y su alma sucia son pruebas de que la disciplina de enseñar, en Venezuela, no se pierde pese a los salarios de arena.

La foto la subió a la red social justo antes de que su teléfono se quedase sin batería. Después, inició a escribir en la pizarra acrílica y se olvidó por completo del asunto. Si bien su vocación docente, la que le sirve para expresarse, existir y seguir, es, al mismo tiempo, obstáculo para emigrar, él es fiel a su rutina. José desea poder limpiarse los pies en Venezuela, no en otra parte.

Javier, ¿me oyes? Sí, a mí me falta un año para graduarme; claro, si me sacan de aquí. A veces me pregunto qué haré al salir de la UCV, ¿sabes? Allí he actuado, cantado, fumado, dormido, fornicado, bebido. Allí conocí al país, Javi, a la política, ¿sí me oyes? Ser parte de la UCV es mirar al país y habitarlo, y desde ahí entender las problemáticas que le competen. No sé si a ti te ha ocurrido, Javi, pero yo, en mi bolso de clases, tengo tapabocas, trapos y vinagre para resguardarme de las bombas lacrimógenas cuando entro al campus. Una chama una vez dijo que ser estudiante de educación superior, en Venezuela, era como practicar deportes de alto riesgo. El salón se cagó en burlas. Se meó. Yo no le quité la razón, ni que fuera pendejo, pero sí le respondí que también era como ser padres, o así creo. ¿No opinas igual? Ese instinto de protección, esa angustia. Basta que amedrenten al país para que saltemos como la mamá cuando se le cae el hijo. Javier, apúrate. Javier, presiona el timbre.

¿Me oyes?

Desde el 2002 en adelante, alumnos, profesores y empleados de las principales casas de estudio venezolanas han sido protagonistas de las acciones contra el gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Sin embargo, este 2018, las detenciones arbitrarias, enjuiciamientos y ataques políticos obedecen a una persecución académica ejecutada por funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), con sede en el complejo policial El Helicoide, Caracas. Olor a pólvora, a sudor. Cadáveres que no se encuentran, jóvenes que aún se enfilan. Sí. Ser docente universitario, en este país, es educar a contrapelo de las balas que perforan paredes. Sí. Ser estudiante universitario, en este país, es calentar el pupitre y la calle, como espectadores de escenarios escondidos que reclaman supervivencia.

La foto de José fue retuiteada unas diez mil veces. No se lo esperó. Gracias a las donaciones que ha recibido, fundó el movimiento “Zapatos de la dignidad” para auxiliar a colegas en situación de pobreza. La gente le aconseja que tenga cuidado con lo que declara ante los medios, pero él no siente miedo. Su labor pretende fundar precedentes, y aunque extraña la vida universitaria de épocas anteriores, continuar con las clases hace que sus aspiraciones personales no flaqueen. Cada vez que sus estudiantes asisten sin siquiera haber desayunado, que debaten sobre democracia y derechos humanos, él los obversa y no los interrumpe. Se esfuerza para que esas imágenes se le queden grabadas en la mente; a fin de cuentas, son esas imágenes las que están escribiendo historia en estos momentos.

José no botó los zapatos rotos; al contrario, los guardó en una caja debajo de su cama. “La crisis ha sacado lo mejor de nosotros los venezolanos”, dice para sus adentros cuando se los tropieza de nuevo. Lo sé porque lo hemos conversado; sus ampollas son también las mías.

A Javier lo tienen colgado del techo de su celda como si fuese un abrigo puesto en un perchero. El guardia lo sujetó con unas esposas de acero inoxidable para no dejarle marcas de corrosión en las muñecas. A Javier se le denotan las costillas; la piel erizada por el frío de aire acondicionado. El guardia se ríe a carcajadas porque Javier no para de hablar consigo mismo, y entonces le escupe en un pómulo. El timbre, Javi, Javi. El timbre.

Javier necesita ir al baño, pero resiste. Javier necesita llorar, pero resiste. El guardia se sentó a comer una arepa con mantequilla y queso y a beber una jarra de jugo de guayaba. Mastica con la boca abierta al frente de la celda de quien será, probablemente, décadas más tarde, un político de relevancia nacional. Eructos. Muecas. Si me lo preguntan, las torturas, para mí, solo alebrestan el coraje. Lo sé porque me sucedió; lo sé porque, después de aquella experiencia, mi vida sigue siendo tanto universidad como calle.

O bueno, así creo.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

*Este relato resultó ganador del XII Certamen Internacional de Relato Breve sobre Vida Universitaria, organizado por la Universidad de Córdoba (España).

 

#DomingosDeFicción: El elogio del comandante

Mi madre fue prostituta en la Habana. Mi padre es un oficial del ejército venezolano. Soy hija de la experiencia del acertijo, pasé mi infancia adivinando a cuál de los dos echarle la culpa de mis tristezas. Nunca estuve a la altura de los hábitos que demanda una ciudad cubana; no estar triste por amanecer casi todos los días en casa de mi abuela o de mi tía Mercedes, no estar triste porque solo podía ver a mi padre algunos sábados en la noche en un sótano atestado de gente con luces y música, no estar triste por ver a mi madre intentando ser optimista y seguir flotando dentro de la isla con cada una de sus decisiones aunque la mayoría fuera un error, debía hacer del error la vasija de supervivencia para comer y cumplir con la exigencia cotidiana de movilizar nuestros cuerpos en la agotadora rutina de no morir.

El 23 de abril de 2003, el Hospital Universitario Clínico Quirúrgico “Comandante Manuel Fajardo” recibió una mujer negra con un nombre y un apellido: Martina Suárez, la misma cantidad de palabras me iba a corresponder a mí: Amelia Suárez. Ese día fui la niña blanca con una madre que me presumía bajo el nombre de una pintora cubana formada en Europa y que solo había conocido los primeros años de Revolución. También nací con un abuelo que siempre fingió un cuidado extremo con sus libros dejándolos al alcance de quien pudiera manosearlos: ejercicio de resistencia para el futuro predecible. Yo seguiría llamándome Amelia Suárez y para mi madre eso sería el augurio que lograría que un europeo me eligiera y me sacara de la isla, sobre todo porque para mi abuela mi tez pálida era la única oportunidad que me había dado mi padre  aunque él solo lo reconociera cuatro años más tarde cuando el parecido físico entre ambos era de una insinuación satánica.

Su reconocimiento nunca se legalizó. Pero tuvimos más frijoles en la despensa y un par de veces al mes comíamos carne roja. Nunca vi a mi padre desnudo. Siempre quise verlo sin su uniforme verde oliva. Cuando tenía nueve años le pregunté a mi madre por ese cuerpo y me describió a un hombre que ha sido amado, nunca mencionó sus genitales; no mencionó ninguna imperfección, un pene torcido y oculto bajo la grasa o unas nalgas tímidas y peludas. A mí siempre me pareció gordo para dedicarse a defender la patria como él mismo me dijo una vez en el sótano de las fiestas donde podía verlo, esa parte de la casa de don Abilio con uniformes y corbatas que cobijaban a los hombres del aire acondicionado al que se exponían las pieles de las mujeres siempre caminando con bandejas y vasos en las manos o siempre sentadas sobre las piernas de algún hombre para no resfriarse: explicación térmica que esa noche me dio mi padre, el comandante, como me pidió que lo llamara y como mi madre y todos los que lo rodeaban también lo nombraban.

Era privilegiada, era la única que podía entrar al sótano a ver al comandante. Los pocos sábados que podía ir él y el resto me recibían como “la niña”. Podía recorrer el sótano excepto sus pequeñas habitaciones que estaban cerradas hasta que un hombre con corbata o con uniforme entraba con Marisela, Lupita, Martina, Yuliana, Belkis, Rosangela, Inés, Leydi, Sasha o mi madre. Esta última solo cuando el comandante la elegía, como solía hacer antes de que yo fuese concebida.

Una noche le pedí a mi abuela que me hablara del comandante, pero ella me habló del significado de “Fidel” como alguien que es fiel o digno de fe, la evasión a mi pregunta continuó  con una respuesta que no hizo analogías políticas sino amorosas usando como ejemplo los cuentos de princesas que yo había rescatado de la biblioteca que ella también cuidaba después de morir mi abuelo. Sin darse cuenta, o quizás sí, evadía su relación con mi abuelo como ejemplo de fidelidad. Ambos se mantuvieron unidos para cuidar la biblioteca, que, a diferencia de sus hijas nunca podría hacerse cargo, sola, de su propia vulnerabilidad, era una hija más que desde su eterna infancia acompañaba y, muchas veces, procuraba el crecimiento de sus hermanas, yo era una de ellas.

Mientras el comandante envejecía para defender la patria, yo crecía junto a los libros de mi abuelo para renovar el mundo. Podía decir que la biblioteca era mía.  Mi abuela le dijo a mi madre que me la merecía cuando me vio leyendo libros sin ilustraciones gráficas. Para ella, suprimir los dibujos era una marca de responsabilidad porque de las imágenes en nuestra cabeza solo podíamos hacernos cargo nosotras, nadie más.

Mi biblioteca era vieja, como casi todo en Cuba. Ella también era mujer y en algún momento la violentaron arrancándole varios títulos tildados de ofensivos o peligrosos. Cuando cumplí quince, ya había leído sesenta y dos libros de los más de quinientos que se apilaban sobre las tablas clavadas en la pared de la sala y en la mesa de la cocina donde estaba la despensa de cortinas verdes que otra vez había alcanzado el desamparo. El comandante ya no viajaba a Cuba, había sido removido de cargo según mi madre. La revolución en Venezuela lo masticó según mi abuela.  Sin carne otra vez, pensaba yo. Mi madre, como en mi niñez, comenzó a llegar en las mañanas a dormir. Ahora que el comandante no estaba, mis visitas al sótano de don Abilio fueron censuradas por ella porque mientras mi padre no estuviera ambas no podíamos estar juntas en ese lugar.

Yo era una quinceañera virgen y flaca. Mi curiosidad erótica se saciaba con las conversaciones sexuales de mis compañeras del liceo, la mayoría había perdido la virginidad antes de los doce años y ahora que tenían entre catorce y quince habían desarrollado un criterio sexual que les permitía costearse ciertos placeres, los genuinos. Marta y Eugenia soñaban con Italia, eran grandes amigas y querían que un mismo hombre se las llevara a las dos. Rosangela, aunque también se prostituía, estaba enamorada de Raúl, su novio del barrio desde la infancia, él la ayudaba a conseguir gringos que pagaran por la noche más de veinte dólares incluso más cuando él se sumaba en tríos. Luego ambos, desesperados de risa, corrían a gastarse lo ganado en chucherías. Algunas veces fui invitada de sus comilonas, Rosangela era mi mejor amiga y estaba orgullosa de mi virginidad al punto de cuidarla tanto como mi mamá. Virgen eres más cara, pero yo quiero que tu primera vez sea por amor, como lo hice yo, decía Rosangela mirando a Raúl.

En una de nuestras salidas, Raúl decidió que ya era hora de elevar nuestro estatus social, esa tarde salimos del liceo y bebimos cerveza. Él había llenado una cantimplora de tres litros que a las seis de la tarde ya estaba por acabarse. Caminamos por el malecón fingiendo una marcha nupcial, yo levantaba la cola de un vestido de novia imaginario, mientras Rosangela se aferraba a los brazos de Raúl besándolo. Ya eran las siete de la noche, al llegar a una calle oscura empecé a correr suponiendo que me seguirían, ¡Amelia, detente, niña, ven! Gritó Rosangela, yo me detuve a carcajadas, Raúl la besaba quitándole el uniforme, comenzaron a coger como si yo fuese una cámara que los haría famosos para sacarlos de la isla. Pensé en Efraín, en todo lo que debió hacerle a María para que ella no llorara tanto, y en mi madre, en todo lo que le hacía el comandante para que aprendiera a llorar. Rosangela hizo un gesto para que me acercara  y como alguien que intenta no ahogarse en el mar dejando un último gesto de auxilio, metió su mano dentro de mi blume, como muchas veces lo hice yo y como otras se lo hizo el comandante a las mujeres del sótano. Mientras Rosangela gemía, yo me humedecía. Raúl la abrazó hasta el final de ambos. Yo me acomodé la falda y seguía pensando en Efraín. Días después, Rosangela aceptó llevarme al sótano, pero no vas a singar, me advirtió.

Un vestido corto, verde, de tela más delgada que fina producto de las continuas lavadas que le habían dejado unas cuantas lentejuelas; yo temblaba. Rosangela no se apartaba de mí, los hombres me miraban olfateando la virginidad en mi falta de gestualidad erótica. Pero el cuerpo moreno con ojos claros de Rosangela siempre lograba apartarme como presa. Yo quería ser cazada. El borracho de uniforme en la barra era el comandante, me acerqué en un descuido de Rosa, otro modo de llamar a mi amiga, y desde una distancia velada me incliné sobre la barra fingiendo que buscaba algo. Lo encontré. Una mano pesada y fría me bordeaba la cintura. Quieta.

La última vez que el comandante me vio yo tenía once años, ahora mi cuerpo y mi rostro eran un nuevo naufragio, habían pasado cuatro años y en cuba la fiesta de los quince era el rito de iniciación que formalizaba el cuerpo en desarrollo para el concubinato. En el sótano no me protegía la inocencia de un cuerpo infantil y sin curvas. Tiempo que no te veía por acá, le dije al comandante cuando logré hablar sin voltear a verlo soportando el aire acondicionado, él se mantuvo detrás de mí y me plegó a su cuerpo, no hablaba pero movía las mechas de mi cabello con su respiración agachada en mi nuca. Lo imaginé con los ojos cerrados. Fue la primera vez que tuve miedo de un hombre,  podía sentir su barriga presionando mi espalda contra la barra. Cuando Rosangela logró verme, los dedos del comandante ya estaban congelándome los labios del sexo, ella intentó apartarlo con su propia sensualidad, sabía que las palabras eran espuma para un hombre borracho con uniforme. Yo podía escuchar la manera en que los dos ensalivaban sus lenguas al chocar, pero él no dejaba de aferrarse a mi cuerpo. Delante de mí la barra y una parte de su brazo oculto entre mis piernas sin blume, el vestido todo lo facilitaba, mi respiración era cada vez más fuerte, mis caderas serpenteaban, pensaba en Efraín, y Rosa, como una madre orgullosa, me observaba.

¡Quítate, puta! Me gritó el comandante mientras recuperaba su mano para limpiarla con asco en mi vestido, arrancando las últimas lentejuelas. La mirada del comandante se enconaba en la mía, el frío del sótano ya no me hacía temblar. Tengo un par de días viendo a ese tipo, dicen que es impotente, que tuvo poder y solo viene a emborracharse, pero tú le gustaste, dijo Rosa presumiendo que yo acababa de recibir un elogio del comandante.

Esa noche supe que para irme de la isla no podía contar con la ayuda de mi padre. La biblioteca me había forjado expectativas que se sostenían en la mirada sin mirar que le ofrecía al mar. Quería irme, pero no quería abandonar mis libros. Fantaseaba con la manera de miniaturizar la biblioteca, de hacerla portátil; contrabandearla. Pero yo había logrado llegar a Venezuela sola. No había sido difícil conseguir mi título de medicina para irme de misión a un país donde también fue fácil nacionalizarme por una causa revolucionaria. En Cuba se sobrevive actuando, en Venezuela fingiendo. Tenía veintitrés años, había egresado de una universidad y no estaba capacitada para ser médica, pero formaba parte de la revolución. Cumplía mi misión en Mérida, una ciudad donde los días fríos me hacían recordar el sótano con mi madre, Rosángela y Efraín.

Dos años después de salir de Venezuela, logré visitar en Colombia la piedra donde los lugareños afirmaban que María se sentaba a llorar. Me pregunto si en su suspicacia mi abuela no habría sospechado de Jorge Isaacs como el autor erótico que abiertamente me reservó la biblioteca.

 

Por Xenia Guerra

#DomingosDeFicción: No son iguales los ciegos que a los que no dejan ver

Nos quitaban la luz cuatro veces por semana, entre tres y cinco horas a partir de las siete de la noche. Nos íbamos acostumbrando, como aceptando la oscuridad a medida que avanza. Ya a las 6:30 debíamos dejar todo apagado, resignándonos a la sombra y a la falsedad alargada de una vela. Inventamos juegos de palabras, formas de contarnos lo mismo de ayer.

La abuela hay que amarrarla en la cama, mamá le dice que descanse, que no se levante, y la abuela se cae y no hay velas para alumbrarla. Al parecer hay sangre y la cerámica es blanca. Mamá consigue una luz de bengala que sobró del último diciembre y la enciende, pero la abuela está fracturada y todos estamos llorando.

Mary quiere cocinarle a sus hijos y sabe que no puede porque no hay luz ni comida. Se mete un hombre en la casa, así como en las películas, pero nadie tiene pistolas. En la radio nos dicen que la patria hay que construirla con sacrificios, que la oscuridad es un sabotaje. Los niños de Mary lloran y tienen hambre. No hay interpretación para esa tiniebla.

Elena viene caminando con una linterna. Decimos que es un ladrón, que se escucharon tres tiros, que las motos sin alumbrado suenan más feo. En la noche trabaja el crimen, dice el Libertador en una proclama o algo que nunca leímos.

La noche es peligro, la luna no alumbra suficiente, menos en los cielos oscuros y las nubes llenas de muertos. Los caminos suben, pero en la sombra parecen abismos. Mary tiene que salir a la calle a comprar pan. Elena enciende la linterna. Tres disparos que nos dicen que no escuchamos, que la pólvora es mentira, que los muertos son nubes y luces y velas.

Mary sabe que estas cosas no le pasan a su sobrina en Caracas. Que los de allá saben más que uno, que a los de allá les da sueño más temprano y no necesitan luz. Elena dice lo que es verdad: que donde hay monte y hay culebras, tiene que haber noche, y frío. Que si no no es monte y las culebras no salen.

La sobrina de Mary vive por Los Símbolos, cerca de una parada de porpuestos. Viene a Barquisimeto los viernes, cuando al marido le toca transporte, y ya es muy de la capital y se horroriza con las noches del campo. Sí, mi niña, somos subalternos, le puede decir Mary pero no le sale la palabra. Solo dice la verdad: que somos pendejos.

Que aquí la gente no se arrecha ni siquiera pegando una cuchara a una olla, que aquí somos los rurales del nuevo siglo, la clase digna campesina, los esclavos dispuestos a construir la historia, pero qué importan las palabras si no nos escuchamos, para qué hablar bien si no nos dejan ni vernos. Mary tiene razón: puro veneno, oscuridad y monte. Y las culebras están en las ciudades.

Ciudad es una palabra extraña. De provincia, mami, de provincia, le dice Mary a su sobrina antes de irse, cuando ya se están despidiendo en el terminal. Suena una explosión, nadie ve nada. Tres detonaciones secas. Elena dice que los cohetes no hacen ruido, que tumbarrancho es una palabra de los 90. Son disparos, le decimos nosotros, y las nubes están llenas de gente viva, como los hospitales (que les perdonan la luz) o como las cárceles, donde la sombra hace ángulo con la barbarie, y la pared con sangre, y las culebras y el monte y los túneles. La noche es prisión. Y somos pendejos.

Elena tiene que regresar a su casa. La linterna no tiene baterías. La estamos usando en la radio, para escuchar a las culebras. Le damos una vela. Elena fuma y se lleva la vela encendida con su yesquero, aunque haga frío, aunque se le apaga la luz en las manos —como a todos los que vivimos aquí—, aunque mientras camina no ve nada y se le apaga la vela pero ella insiste aunque no sabe si a su lado camina un perro, su sombra o una culebra. En su puerta hay algo. No sabe si es su hija o una bolsa de basura.

Enciende su cigarro y le prende fuego. La vela se le cayó sobre la piel de su hija. No. Es una bolsa de basura. Pero nosotros pensamos que es Elenita, porque la vimos y escuchamos el grito. En la oscuridad todo es violencia, todos somos culebras y vivimos en el monte. Elena saluda con su cigarro en la boca, nos levanta las manos mientras la vigilamos al otro lado de la cuadra.

Hay que tener cuidado porque hay un hombre en la otra esquina, el que escucha el dale papi y cambia de emisora y nos quiere distraer con la Fuga de Aldemaro y nos parece mentira cómo democratizaron la música, qué maravilla, qué armonía es esa que huele a vinagre y quién es ese hombre que está dentro de la casa. Suenan tres disparos, el pajarillo de Bach y las maracas con las cuerdas en pleno y ahí viene la moto. Suenan feo sin luces. Y el grito de Elenita, como si alguien le hubiese prendido candela. Salimos a la calle y está la bolsa de basura quemada. Elena nos saluda, no pasa nada, nos dice, y enciende su cigarro.

Todavía creemos que hay un hombre en la casa, el que apaga todas la velas y le habla a mamá al oído y pega tres disparos al aire mientras va sonando la bandola y el cuatro, carajo, y la fuga y el pajarillo, el reggaetón y la salsa erótica, como la que baila su mujer que se llama Damira y dice que trae hambre, dos hijos y no tiene trabajo, como Mary. Le pide a mamá que le dé plata mientras la amarra, yo estoy en el piso, repitiendo los tres disparos, comiendo monte y picado de culebra. En provincia amanece más temprano, en provincia oscurecemos a oscuras, como la gente que sabe de noches y sombras y espantos, como esa fuga que suena en la radio mientras nos vuelven mierda la casa.

Parece mentira la paz de la noche y esos disparos que son golpes de maraca y este hombre hablándonos a gritos y enseñándonos a Damira, que puede ser su mujer o su pistola, pero no sabemos porque no vemos. Nos destrozan a patadas y nadie está viendo nada. El hombre muerde a mamá en el cuello mientras me pisa con la bota. Pueden ser dos, uno solo, o cincuenta como un ensamble. La gente aplaude, la radio no falla. Elena está dormida. Dónde están los reales, pregunta el hombre que muerde a mamá en el cuello.

Una cosa fría se recuesta en mi cuello. Los pies le huelen a monte y tiene las manos llenas de aceite de carro. Puede ser una culebra o su pistola. O Damira que es una mapanare y tiene hambre y dos hijos y un buen par de portapistolas, como las damas de los bestiarios bolivarianos, como las jevitas de provincia, mi rey, me dice mientras nos pone de espaldas.

Dónde están los reales, repite, pero no sabemos porque no vemos nada. Sí sabes… Aquí las mujeres se guardan los billetes en las tetas o debajo del talón. El niño de Mary llora, nadie le ha dado comida porque no termina de freírse la patria, patria, patria querida, las nubes cargadas de gente buena, mami, porque en el monte no todos somos culebras, le dice a mamá, aunque le metió veneno por el cuello.

Hay sangre en suelo. Parece sangre, pero no vemos. Suenan dos disparos, un grito de niño que puede ser el de Mary o un gato o Elenita. Las motos suenan muy raro cuando no hay luz. Parecen bestias.

Deja que los hombres se vayan y que las motos suenen, dice Elena tranquila. La noche es prisión y nos hace desconocernos. La luna no alumbra lo suficiente.

Había un hombre en la casa, insisto, y ahora somos menos, como cada vez que nos obligan a la sombra y no nos distinguimos. Entre la calle y la casa hay un trecho de monte y un colchón de basura. Aquí no se necesita la luz. Duerman más temprano y acostúmbrense a estar apagados cuatro veces por semana. Cuerpos felices a contraluz. Cuerpos oscuros de la patria oscura.

11:00 p.m. Las pupilas hacen sombra y ahí sabemos que no es mentira la tiniebla del país. No son iguales los ciegos que a los que no los dejan ver, dice la abuela levantándose del suelo. Las manchas de su ropa parecían negras, pero son rojas, como todo por estos días.

La oscuridad miente y asusta a veces. De eso se trata.

Llega luz, pero seguimos encandilados.

 

Nota prescindible

Cuando este relato se escribió en 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez, tres horas diarias solía durar el racionamiento de luz en Barquisimeto, de lunes a viernes. Cuando el texto se revisó por primera vez en 2016, los cortes de luz se mantenían entres cuatro y seis horas. Ahora que se vuelve a leer en 2019, un apagón de más de ocho días en todo el país sigue manteniendo en oscura vigencia estas líneas. Nada que celebrar. Nada que decir, más que esa gastada sentencia de que “la realidad supera la ficción”.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

#DomingosDeFicción: Siete días

Salgo del metro por una de sus bocas más cariadas. Alrededor hay un circo de fieras despachurradas. Un vendedor de tostones me incinera el pescuezo con el aliento de su fogón cuando paso entre su brazo extendido, la servilleta y un vendedor de toallas de a mil. Salto un charco nauseabundo que siempre ha estado allí, insondable, grisáceo como la mucosa ventral de un elefante. Debo ejercer de atleta para no mancharme y dejar caer parte de la autoestima. Los autobuses se abalanzan sobre la piara de gente que evade la acera. Un deforme se me acerca con su ojo bueno enfocándome; el otro se le cierra tras una grapa amarillenta. Nada de esto me importa. Avanzo como una columna romana hacia mi cometido. Gano la acera de enfrente y una pequeñuela precoz me asalta con su papelito de Internet, curso de inglés u oferta de celulares en combo. Lo desecho.

Voy a su encuentro. Espero con impaciencia el ingreso de dos personas torpes en el ascensor, me escabullo tras ellas. Son mujeres, una frisa los setenta, la otra es pretenciosa, se le va una mirada fugaz hacia mí y luego finge fijarse en la pantalla de los pisos. Está regular, algo moderna con sus lentes de pasta, cruzando hacia coqueta. Muy soft para mi gusto. Hoy solo tengo ojos para otra. Olvido rápido a la veinteañera del ascensor. Me bajo y no digo nada en absoluto. Muy pronto la veré. Me abre la puerta tras el atorrante timbre. Sus ojos brillan, su cabello reluce y hoy lo tiene recogido en cola de caballo. Sus labios se abren tenuemente, muy sutil su lengua se columpia entre sus dientes parejos. Me conduce al cuarto de atrás. Veo sus redondeces ceñidas por el pantalón atravesar la galería; nos separan unos centímetros. Ella es solo mía en aquel momento en que la pasión espera su turno agazapada. Sus curvas traseras son mesuradas, pero no le falta nada; cada movimiento tensa la línea entre sus nalgas y la parte donde comienzan sus piernas, ese divino pliegue que no sé cómo se llama. Jadeo imperceptiblemente.

Me acuesta en su cama con motivos rosados, me hace sentir cómodo, conversamos casi entre susurros y, de vez en cuando, su risa vibra rápida como un móvil de cerámica. Luego me hace mover para ponerse más cómoda. Su atracción por los aparatos, por los preámbulos me hace sentir un bebé de meses. Siento más que eso, que estoy en sus manos gráciles pero decididas, meticulosas, sabias. Me mima, está pendiente del más mínimo detalle. Acaricia mis labios, untándome algún aceite para el placer. Parece que fuera mayor, pero es una niña de veintisiete. Luego, su predilección más ingrata me hace temblar, algunos instrumentos de tortura que parecen nazis me invitan a pensar en las concesiones del amor, mientras me obligan a verle la cara positiva al maltrato físico. Todo lo bueno de la vida exige sacrificios, o compromiso. ¿Cómo decía aquel refrán montado en esmalte sobre una baldosita, en alguna tasca? Esto no lo pensé ni lo recordé esa tarde, eso fue después. Aunque estar allí encerrado con ella, de espaldas a la tragedia del mundo, me lleva con frecuencia a ciertas ensoñaciones, a parpadeos que tomo como bocanadas para recuperar un vigor que se va agotando en el quieto del tiempo de un cuarto.

Ella recuesta sus senos en mi coronilla, le gusta hacerlo y a mí me lleva a un infinito sin planetas. Siento su presión de gamuza, sería imposible para un ingeniero fabricante de cojines reproducir esa textura; el que la haya sentido lo sabe, no habría que explicárselo. Solo sonreiría, como yo al recordar. Entonces, su perfume delicado pero acentuado, una tintura de sexo, termina de penetrar mis enloquecidas hormonas, me infiltra como un comatoso y ya estoy fuera de mí. Tengo cada parte de su cuerpo muy cerca, me transmite así sus emociones, sus arterias me golpean al latir. Sus ojos ven dentro de mí y su boca se aprieta, se abre, emite un sonido en idioma de sirena. Cómo negarlo, estoy encantado por esta mujer.

Es una intensa jornada, dulce, fuerte, desigual, una montaña rusa o balancín de parque de diversiones en lo que concierne al límite entre las emociones y el aguante físico. Nos sometemos a una prueba peligrosa, al borde del fracaso y, sobre todo yo me siento vulnerable, aunque a veces me anoto un tanto y ella deja ver más allá en sus expectativas, cuando entre líneas hace notar su interés en mí, preguntándome algo innecesario que la delata. Allí retomo el control de la situación y me siento poderoso, lo que es necesario para el hombre y el equilibrio del combate. En la posdata introducimos la charla casual, el comentario alegre que se mantiene lejos de lo chocante. Intimidad, si saben de qué hablo. Es la celebración por el encuentro que culmina y al mismo tiempo el presagio de una pausa dolorosa. El inútil antídoto para la angustia de los minutos vacíos que nos esperan, armados hasta los dientes de vulgaridad. Pero cuán a menudo recurrimos y recurriremos a la dichosa artimaña. La valentía está peleada con las cosas del corazón y la anestesia.

Vuelve a tratarme como un niño, endulzándome los oídos con recomendaciones y usando una hermosa condescendencia para mis nerviosos chistes. Retoma el poder a punta de mohínes, vuelve la mujer a hacer masa de maíz con mis gritos silenciosos de desesperado. Fingimos algo, un tanto de indiferencia cuando me conduce a la puerta, caminando lánguida por la tensión liberada en la larga sesión. La detallo en un reojo condensado. Luego, una pregunta inesperada, un adiós con los ojos que tiene algo de eternidad en él. Me siento como dopado. Solo puedo pensar en la escena de la próxima semana, cuando la veré de nuevo. ¿Será igual?, ¿mejor?, ¿se hará la indiferente para herirme?, ¿me aterrorizará con algo de recato? Antes de saber eso seré un guiñapo contando horas. Aunque mis dientes estarán bien, mejor que nunca; ella es la mejor dentista que conozco. Y mi alma estará tan paralizada como si le hubieran disparado un dardo de cloroformo, igual que en los documentales sobre leones.

 

Por Luis Laya 

#DomingosDeFicción: Diferencias irreconciliables

Nos conocimos en una posada de Puerto La Cruz. Él estaba con su novio, un muchacho alto y de mirada atenta. Yo iba con mis amigas, de camino hacia Porlamar. Ellos eran de Caracas. Se trataba de una posada para gente gay y bastante pronto congeniamos lo suficiente como para atrevernos a salir en grupo todos juntos en las noches, y pasar el día en alguna playa cercana. Al final, intercambiamos números de teléfono y una vaga promesa de reunirnos de nuevo en Caracas. Ellos incluso acudieron a despedirnos en el puerto, antes de que subiéramos al ferry, y reíamos jugando a que nos embarcábamos en una larga travesía por mar en un transatlántico de lujo. Pensé en Oscar varias veces, pero no se lo mencioné a mis compañeras de viaje. Me había impresionado su sonrisa fácil y el tono pálido de su piel.

Cuando nos saludábamos, él solía retener mi mano tal vez algunos segundos más de lo debido, pero parecía que ninguno le daba importancia. Me dije que él tenía novio, para aplacar la ebullición de mi deseo. Ya había superado esa etapa caótica en la que uno se enreda sin pensárselo mucho con otro hombre comprometido en una relación ajena. Oscar tenía novio y yo debía respetar eso. Me lo repetí cada vez que el recuerdo de su cara emergía en los momentos menos esperados. Nos quedamos en Porlamar durante dos semanas más, visitando a la hermana de una de mis amigas, y después hicimos la lenta travesía de vuelta, sin quedarnos en Puerto La Cruz, pero dejando que el recuerdo de la sonrisa de Oscar mordisqueara mi memoria al descender del ferry en el puerto.

Oscar me llamó al cabo de quince días. Eso me sorprendió bastante, aunque confieso el regocijo que erizó mi piel al reconocer el tono de su voz al otro lado del auricular. Conversamos por espacio de una media hora, con fluidez, con espontaneidad, entre risas; y sólo al colgar la llamada comprendí que en ningún momento le había preguntado por su novio. Pero casi enseguida asimilé que Oscar tampoco lo había mencionado. Eso me hizo sentir incómodo y entusiasmado al mismo tiempo. Fue una de esas abruptas experiencias que te obligan a retroceder hasta la ambivalencia típica de los años adolescentes. Así, las llamadas de Oscar se repitieron a lo largo de todo el mes, siempre líquidas, siempre relajadas, hasta que surgió la idea de vernos en Caracas en uno de mis acostumbrados viajes para comprar libros.

—Luis –dijo él–, ¿qué te parece si vamos al cine?

—¡Excelente!

—Voy a revisar qué películas hay en cartelera. ¿Te interesa alguna?

—Pues… Sí. Ya que lo mencionas, me interesa mucho ver Callas Forever. ¿La conoces?

—Hmmm… No. No la conozco. ¿Compro las entradas?

—No, mejor no. Espérate.

Yo ignoraba cuánto tiempo me llevaría recorrer las librerías que pensaba visitar. Es algo que suele extenderse sin que me fije en el paso de las horas. Terminé acodado en la baranda de un centro comercial y llamé a Oscar desde mi teléfono móvil. Me dijo que llegaría al cabo de media hora. Aproveché para tomarme un café sin apresuramientos y pensar en lo que estaba a punto de hacer. Él todavía evitaba mencionar a su novio, y yo lo imitaba sin vergüenza. Me pregunté si habrían roto su relación, si tal vez habían discutido o estaban separados temporalmente. Mirando el fondo de la taza me atreví a especular si estaría haciendo lo correcto, porque soy muy quisquilloso con estas cosas del amor. Lo cierto es que me sentía muy atraído por Oscar, por su sonrisa, la textura de sus manos, el color de sus ojos, la atención que prestaba a mis palabras, la charla tan fluida que lográbamos compartir, pero ¿era eso suficiente para dar un salto de fe? ¿O estaba malinterpretando todo lo que pasaba entre nosotros? Se me ocurrió que quizás Oscar me apreciaba como un amigo y nada más; aunque pronto deseché esta idea. Este tipo de impresiones suele ser fulminante: tú reconoces cuando otra persona se siente atraída por ti. Oscar llegó con un ligero retraso, pero no me importó porque la película aún no había comenzado.

—¿Quieres tomarte algo? –dijo.

—No, gracias; ya me tomé un café. Además, tenemos el tiempo justo. Vamos.

Él compró las entradas y buscamos dos asientos en la penumbra del cine. Callas Forever era una película de Franco Zeffirelli sobre los últimos días de la cantante Maria Callas, interpretada por Fanny Ardant. Jeremy Irons interpretaba a un álter ego de Zeffirelli que buscaba a la Callas para grabar una versión fílmica de la ópera Carmen. Esto ocurría durante los años finales de la diva, cuando la tecnología musical permitía superponer las grabaciones de sus viejas óperas a las imágenes filmadas en la actualidad de 1977. Al principio, ya sentados, con las escenas iniciales en la pantalla, me atemoricé un poco por la proximidad de Oscar. Incluso sopesé la idea de cómo podía reaccionar si él decidía tomarme de la mano. Dentro de la sala no había mucha gente porque se trataba de una película artística, así que no me importó si el contacto físico sucedía. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Oscar comenzara a mostrarse incómodo en su asiento. Cambiaba de posición, carraspeaba, miraba de reojo en mi dirección, se rascaba el brazo.

Maria Callas

—¿Te sientes bien? –dije.

—Sí, sí –dijo él–. Tranquilo.

Pero no me tranquilicé. Resultó difícil que concentrara mi atención en la película cuando al mismo tiempo notaba la inquietud de Oscar. ¿Sería por mí? ¿Habría alcanzado el punto exacto de inconformidad allí a mi lado? ¿Tal vez hizo falta que nos metiéramos en un sitio oscuro y cerrado para que él comprendiera la tontería que estábamos a punto de hacer? ¿Estaba pensando en su novio? Oscar se removía en su puesto y permanecía silencioso. Al cabo de veinte minutos noté que se inclinaba hacia mí:

—Luis, disculpa, te espero afuera, ¿sí?

Lo miré atónito.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?

—No, nada de eso. Te espero afuera. Tranquilo.

—Pero…

Ya Oscar estaba en el borde de su silla, dispuesto a levantarse, y sentí que mi curiosidad era inútil en ese momento; pero quise insistir:

—¿Pasa algo malo?

Oscar se inclinó hacia mí y bajó la voz.

—No pasa nada –dijo–. Discúlpame. Es que la película no me gusta y me parece aburrida. Quédate aquí. Termina de verla. Yo te espero afuera. Voy a tomarme un café.

Se levantó de inmediato y me quedé con la boca abierta. Los engranajes de mi mente se pusieron en movimiento empujados por un aria de la Callas. ¿Cómo podía parecerle aburrida? ¿Cómo no podía gustarle? Maria Callas era, y es, una de mis artistas favoritas. A pesar de los que critican el filo rugoso de su voz, a mí me sigue conmoviendo como la primera vez. Además, la actuación de Fanny Ardant en la pantalla era deslumbrante. Me quedé allí sentado, incómodo, aturdido, sin entender bien lo que acababa de suceder. Cuando la película terminó, y salí, encontré a Oscar sentado frente a una mesa de un café cercano.

Muchos años después, acostados en dos hamacas equidistantes en el corredor de su casa, mi amiga Rosamer pronunciaría unas palabras que sólo entonces me ayudaron a comprender lo sucedido con Oscar en Caracas. “Ay, amigo”, me dijo ella, “tienes que entenderlo: hay relaciones que nacen con fecha de caducidad. Algunas veces se transforman en abortos involuntarios. Nacen sin vida, pues”. Y yo me quedé callado, pensando en él, mirándonos de nuevo en aquella mesa del centro comercial, con el eco de la música todavía en mis oídos, compartiendo sendas sonrisas rotas y frases suplementarias para alargar el momento de la despedida. No volví a saber de él, por supuesto; y creo que los dos nos sentimos satisfechos de ese resultado. Quizás a él no le interesaba comenzar una relación con un gay que parecía una doña prematura aficionada a la ópera; pero lo cierto es que a mí tampoco me interesaba iniciar un romance con un tipo atractivo que despreciaba la voz más sublime que había cantado en todo el siglo XX.

—¿Soy muy exigente –le dije a Rosamer– por querer un novio que comparta mis gustos musicales?

—Sí, tal vez. Un poquito.

—Porque… Se supone que las diferencias enriquecen, ¿no?

—Ajá, querido –dijo ella–; pero en tu caso, parece que son diferencias irreconciliables.

 

Por Luis Guillermo Franquiz  | @lgfranquiz