#DomingosDeFicción: Propietaria

 

                                             Los monstruos existen y los fantasmas también.

Viven dentro de nosotros y algunas veces son los que ganan.

 

STEPHEN KING

 

I

Una a sus amigas no las deja botadas. No, señor. Una con sus amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza cuando aquella amiga loca, en complicidad con su novio, me hizo salir de mi propio apartamento. A menos que Constanza me haya mentido, ella también la pasó muy bien conmigo mientras compartimos esos días: yo le colaboraba con las tareas de la casa y también con el mercado. En una ocasión hasta me tocó hacerle de enfermera porque a ella le dio dengue y se puso malísima. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Pese a ello, no recuerdo haber sido antipática con los de mi prima. En fin, hace poco la vida me puso en la situación de retribuir aquel favor. No a mi prima Constanza que, para su suerte, se mudó a Turín con un novio fabuloso que conoció en un consulado. No. A mí me tocó darle cobijo en mi casa a mi amiga Rosario.

Rosario es, por decirlo en palabras sencillas, un imán para los eventos extraños, para lo inexplicable, para las cosas raras. Las cosas que le pasan a ella, estoy segura, no le pasan a nadie más. Contar cómo han sido los últimos tres años de su vida me tomaría mucho más tiempo del que dispongo para referir mi experiencia de las últimas semanas teniéndola cerca. Como la conozco (como la conozco tanto), lo primero que le hice fue una serie de advertencias: cero tipos en mi casa, cero fumadera (no soporto el humo del cigarrillo), cero dejar las camas sin hacer, cero guindarse a hablar por teléfono, cero ponerse mi ropa. Le dije unas cuantas cosas más  pero no tan relevantes como estas cinco, que para mí eran innegociables. Yo no fumo, no meto tipos en mi casa, soy escrupulosa con el orden (especialmente con el de las camas), me da asco la sola idea de compartir mi ropa y no estoy en condiciones de pagar, sin dolor, las altas tarifas del servicio telefónico.

¿Puedo invitar a Richard esta tarde? ¿Puedo? ¿Puedo? ¿Puedo? Como tú te vas a ese jamming con tus amigas, pensé que él podría venir y hacerme un poco de compañía…

A pesar de mis advertencias, Rosario estaba allí, como una niña chiquita y a tan sólo cuatro días de haberse instalado en mi casa, pidiéndome permiso para traer a un tipo.

Ya sabes lo que pienso al respecto, Rosario –le dije–. Si no me gusta que los traigas estando yo aquí, ¿cómo crees que voy a consentir que los traigas cuando no estoy?

Insistió de todas las maneras posibles en que era solo un amigo, en que solo verían una o dos pelis, en que si acaso compartirían un café y unas pastas y en que no pasaría de ahí. “Sé que no debo abusar de tu confianza”, dijo. Me juró y me perjuró que sería solo eso: películas, café y pasta seca. “No me voy a arriesgar a que me pongas en la calle. Tampoco es que soy estúpida”. En efecto, no estaba ella como para quedarse en la calle. Su casera la echó. La echó sin compasión porque ella se atrasó en unos pagos y se volvió morosa. Rosario perdió su trabajo como administradora, y sus pocos ahorros no eran suficientes para alquilar ni siquiera una habitación. Por eso le di acogida en mi casa y porque ella, en el fondo, era buena gente.

Rosario, no. No me lo pongas más difícil, por favor te lo pido. Si quieres compartir con Richard, dile que te invite él al cine, que te invite él un trago… ¡Vayan a dar un paseo por El Hatillo! ¡Vayan a El Tolón! ¡Salgan! No tienen por qué encerrarse aquí…

Mi amiga puso cara de corderito degollado e incluso cuando yo iba saliendo me echó una última mirada suplicante. La ignoré y salí. Cerré la puerta detrás de mí pero me fui con una mala corazonada. Yo a esta caraja la conozco y, a decir verdad, la creo capaz de cualquier cosa. El jamming comenzaría a las once y terminaría a las tres. Para la una y media estaba previsto un refrigerio, y todo lucía promisorio. Esa es una de las experiencias que más disfruto, y me hacía mucha ilusión compartir mis versos y escuchar los de mis amigos. Llegué a la quinta Girasoles, y ya habían llegado cuatro personas. Eso fue a las diez y cuarenta y algo… A mí me gusta llegar a tiempo a todas partes. La puntualidad es una obsesión para mí y, por lo visto, no estaba sola en eso: Aníbal, Laura, Manuel Enrique y Gloria me acompañaban en esa idea. Llegaron antes que yo. Nos saludamos, nos alegramos de vernos y nos felicitamos los unos a los otros. Hicimos comentarios aleatorios sobre la vida de cada uno y compartimos nuestro regocijo por una nueva edición de nuestros encuentros como creadores. Tal como acordamos la última vez que nos vimos, no hicimos ningún comentario sobre la situación del país. Tal como acordamos esa vez, honramos nuestra disposición de mantener impoluta nuestra burbuja artística: no es sano leer poesía con las cuitas domésticas y políticas alborotadas. ¡Pero tampoco se puede leer bien pensando que hay una intrusa en la casa de uno causando cualquier estropicio! Era esta la primera vez que Rosario se quedaba a solas en mi casa, y su mejor ocurrencia fue invitar a un tipo. ¡Válgame Dios! Es que ya me parecía verla revolcándose con Richard en el sofá o, lo que es peor, en mi propia cama, que es la matrimonial. A ella le cedí el cuartico del servicio. Como yo no tengo sirvienta, ese cuarto vive desocupado pero la cama es individual,  y mi amiga siempre ha sido un poquillo extravagante con los homenajes que les brinda a sus conquistas. Una camita individual no era plaza para ella… Esa idea me estaba perturbando bastante. Tanto como la de encontrar las cortinas, los manteles o las plantas con olor a cigarro. No sé. Eso de haber estado viviendo sola por tanto tiempo y tener ahora, por motivos de fuerza mayor, una acompañante en mi hogar era algo que, para qué negarlo, me tenía los nervios un poco de puntas.

No estuve al cien por ciento en el jamming. No. A duras penas, me pude medio concentrar en la lectura de unos textos en los que trabajé durante semanas. Por suerte, los terminé de pulir tres días antes de que Rosario llegara a mi casa. Si no, no hubiera podido. Esta mujer habla hasta por los codos, y el hecho de que la hubieran puesto en la calle por no pagar era una tragedia equiparable al fin del mundo. “La tierra se abrió bajo mis pies, amiguita –me dijo la vez que me llamó para pedirme albergue–. Y ni siquiera tengo un violinista que toque mientras me hundo en la nada. ¡Estoy acabada!”. Le dije que sí con el compromiso de que, en dos semanas, ella estuviera haciendo arreglos para buscarse una habitación aunque fuera pagada a medias con otra persona. De eso ha pasado un mes, y yo la veo muy a gusto viviendo conmigo y no me atrevo a decirle que se vaya. A las tres y media, ya todos habíamos recogido nuestras cosas para regresar cada quien a su casa. “Hoy estuviste un poco apagadita –me comentó Manuel Enrique–. Parecías otra persona”.

¡Es verdad!  corroboró Gloria ¡Estabas como en otra parte! Te lo digo, ¡no eras tú!

¿Dónde más iba a estar?  –pensé– ¡Estaba en mi casa tratando de impedir que Rosario hiciera de las suyas! No me concentré en la lectura…. ¡Claro que no podía ser yo!

Es posible –dije–. A veces, uno no las tiene todas consigo…

Manejé hasta la casa con la mente puesta en todas las cosas que le iba a decir a Rosario: al primer indicio de abuso, la iba a poner en la calle. No le iba a tolerar la más mínima excusa y me iba a olvidar para siempre de las razones por las que nos hicimos amigas hace ya más de ocho años. Si me salía con cualquiera de sus cuentos chinos, yo misma le iba a hacer la maleta y se la iba a poner frente al ascensor para que el fulano Richard se hiciera cargo de ella y de sus pertenencias.

A un cuarto para las cinco llegué a mi casa. A pesar de que la quinta Girasoles no me queda tan lejos, el tráfico de sábado en la tarde estaba un poco pesadito. A punto de meter la llave en la cerradura, me persigné e hice tres respiraciones profundas. Entré. Silencio total. Temí lo peor.

Rosario… ¿Rosario, estás aquí?

No hubo respuesta.

Amiga, ya llegué.

Con sigilo, me asomé al cuartito de servicio. Nadie. Con terror, me dirigí hacia el mío. Nada. Rosario no estaba en casa. Creo que sentí un cierto alivio. Una especie como de tranquilidad al imaginar que se había ido por ahí con el tal Richard. Hasta me sentí un poquito medio plastemierda por todo lo que maquiné y por haberle dado tanto crédito a mis barruntos. Me duché y me preparé un té aromatizado. Volví a ver Los otros, que la estaban pasando por Film&Arts, y creo que me quedé dormida. Era un poco más de las siete cuando me sacó del sueño el tintineo de unas llaves y el abrirse de una puerta.

¡Holaaaaaa! ¡Ya lleguééééé! ¡Yuuujuuuu!

Ya salgo a saludarte, amiga… Ya voy… Creo que me dormí… Ya voy…

Cuando asomé a la sala, vi a Rosario: tenía puesta mi chaqueta de cuero y mis zarcillos de perlas. Era evidente también que se había puesto mi Eau D’Hadrien. Sentí un ligero mareo…

Amiga, ¿te sientes bien? ¡Estás pálida! –me dijo– Ven, siéntate… Siéntate, que te está dando como algo… ¡No me asustes! ¿Qué te pasa?

¿Cómo que qué me pasa, Rosario? ¿Cómo que qué me pasa?

Ya, ya, ya… Ya sé… ¡No te gustó que me pusiera tu chaqueta, tus perlas y tu perfume! ¿Es eso, verdad? ¡Yo sabía que te ibas a poner brava! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

Y si tanto lo sabías, ¿para qué te pusiste mis cosas? ¿No sabes que eso me choca? ¡Además, fue de lo primero que te dije que no hicieras!

¡Ay, ya lo sé, amiguita linda! ¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Es que quería impresionar a Richard!

Me dijo no sé cuántas cosas más para excusarse. Puso su típica cara de cordero degollado y remató con un comentario que desató todas mis furias.

Te prometo que nunca más usaré nada tuyo… sin antes pedirte permiso, claro… ¡Ah! Y tu conjuntico de Calvin Klein te lo lavo ¡y ya verás que te queda como nuevo! ¡Richard deliró con el bikini!

La última vez que Constanza estuvo en Roma –antes de mudarse a Italia definitivamente con su pareja–, fue espléndida con los regalos que me trajo. Fue idea suya regalarme ese perfume tan costoso y unos conjunticos de ropa interior que yo no podría comprar ni trabajando tres años seguidos día y noche. Me trajo unas prendas de Intimissimi absolutamente adorables (en negro y dorado), otras de Huit 8 (en un tono parecido al de mi piel) y un jueguito de Calvin Klein (en azul rey) al que yo ni siquiera le había quitado las etiquetas y que Rosario tuvo el descaro de sacar de la gaveta de mi ropa interior. Si mi prima supiera que esta loca usó mi perfume Eau D’Hadrien para revolcarse con un amante de ocasión y que se estrenó algo que ella eligió para mí con tanto esmero y generosidad me quitaría el habla para siempre.

Para mí es muy fuerte la idea de que alguien use mi ropa interior o de yo ponerme una pantaleta de otra persona. Lo que me provocaba era tirar a la basura todo lo que esta mujer me había usado, ¡hasta la chaqueta! Pero no hubiera sido racional. Sentía un odio profundo de solo imaginármela revisando y escogiendo entre mis pantaletas, invadiendo de esa forma mis espacios privados. No entiendo cómo no reparó en que ese conjunto estaba sin estrenar, que estaba en su misma cajita, que aún tenía las etiquetas, que… ¡que esa vaina era mía y que yo ni siquiera me la había puesto nunca!

¡Pero no me mires así, amiguita! ¡Quita esa cara! ¡Mira que nuestra amistad vale mucho más que una pantaletica!

¡Me haces el favor y te quitas ya todas mis cosas! ¡Todas! ¡Ya, Rosario! ¡Ya! ¡Otra como esta y te me vas! ¡Advertida quedas! ¡No quiero volver a tener una conversación así contigo…!

Regresé a mi cuarto y la dejé en la sala fingiendo pucheros. Necesitaba hacerme a la idea de que Rosario no actuó de mala fe, de que sus decisiones fueron producto de su ignorancia y de su inmadurez, de un sentido demasiado ligero de la amistad. No quise cenar con ella. A las ocho, cuando pasé por la cocina para buscarme yogurt y una ensalada de frutas, ella no estaba en la sala. Mi chaqueta estaba puesta en el espaldar de una silla, mis perlas en la mesa y mi ropa interior colgaba con pinzas en el tendedero del balcón. Vi las prendas destilando agua y me dio arrechera otra vez, pero no quise engancharme de nuevo con esa emoción. Quizás ella tenía razón y, en realidad, no era para tanto…

En la mañana, cuando me disponía a desayunar, ya la mesa estaba lista: había jugo de arándanos, pan integral tostado, yogurt, mantequilla y pechuga de pavo.

Espero que no sigas molesta… ¿Me perdonas? ¡Ay, amiguita, no me guardes rencor! –suplicó Rosario con su mejor expresión de vaca muerta– ¡Mira! ¡Te preparé el desayuno! ¿Te gusta? ¡Puse todo lo que te gusta! ¡Mira!

Su entusiasmo infantil me sacó una sonrisa y supe que no podía seguir odiándola por abusadora.

¿No me vas a botar, verdad? ¡Yo sé que a ti te gusta el jugo de arándanos! ¡Yo te conozco como nadie! ¡Tú y yo somos la misma!

La abracé y la invité a desayunar conmigo. Le recordé, eso sí, que debía respetar mis reglas. Le recordé lo delicada que soy y que si la había admitido allí era porque la quería y la valoraba como amiga, pero que eso de ninguna manera significaba tolerar que dispusiera de mis cosas como si fueran de uso público. Me repitió que solo quería impresionar a Richard y que nunca se imaginó que yo me iba a enfurecer tanto.

Ponte en mi lugar, Rosario –le dije–. Piensa por un momento que alguien que invites a tu casa empiece a usar tus cosas como si fueran suyas.

¡Ay, a mí eso no me importaría! ¡Tú sabes que yo soy medio hippy!

¡Yo no! ¡Yo no soy hippy  un carajo y no me gusta, en serio no me gusta, que usen mis efectos personales! –le dije con firmeza pero sin rabia–  Así que, para que llevemos la fiesta en paz, por favor, no lo vuelvas a hacer, ¿sí?… Por cierto, ¿has adelantado algo en tu búsqueda de habitación?

Mira, come… Come, que el pan tostado se te va a poner como un chicle…Y no vale la pena… ¡Está riquísimo!

II

 

¿Tú le pusiste pimienta al pollo?

La forma en que Rosario me hizo la pregunta tenía un marcado tono de reclamo y su mirada era la de alguien completamente indignado.

Siempre le pongo pimienta al pollo, Rosario. A veces le pongo curry… a veces le pongo jengibre…  ¿tienes algún problema?

Rosario empujó el plato hacia el centro de la mesa como hacen los niños cuando no quieren comer.

¡Pues yo no quiero eso! ¡A mí la pimienta me sienta mal! ¡Me irrita las mucosas estomacales! ¡No deberías ser tan desconsiderada! ¡Recuerda que no vives sola!

Me sentí incómoda. Cierto es que, al cocinar,  no debo pensar solo en lo que me gusta a mí.

Lo siento. No volverá a suceder.

¡Eso espero!  sentenció con tono amargo.

Rosario se levantó. Agarró su bolso y salió. “Me comeré una pizza en cualquier parte”. Yo terminé de almorzar. Recogí todo y lavé. Por mera curiosidad, pasé por el cuartico de servicio. Vi que su cama estaba sin hacer y que en su cesta de ropa sucia había franelas, camisas, pantalones y ropa interior. Le hice la cama y aproveché que iba a lavar mi ropa para lavar también la suya. La pasé por la secadora, la doblé con delicadeza y se la puse en la cama como un gesto de reconciliación. Últimamente había sido un poco dura con ella y este gesto mío quizás nos haría recordar a ambas por qué estábamos viviendo juntas. Cuando terminé la labor, salí. Debía  reunirme con el grupo entre las tres y las cinco de la tarde. Un editor estaba interesado en algunos textos míos y de varios de mis compañeros. Cuando regresé a mi casa, encontré a Rosario sentada en mi mecedora con el gesto amarrado y una actitud de pocos amigos. Tenía una prenda entre sus manos. Una blusa o algo así.

─ Hola, mujer… ¿qué tal tu día?  –saludé.

─ Chama  –empezó a hablar en un tono neutro–, ¿tú me pusiste esta blusa en la secadora?

─ Sí, ¿por qué? ¿Qué pasa?

─ Chama, ¿tú no sabes leer? ¿Tú no lees las etiquetas? –me reprochó–  Aquí-dice-clara-mente lavar a mano, no retorcer, no usar agua caliente y, fíjate bien, mamita, no-usar-seca-dora, no-usar-seca-dora, coño… ¡Me jodiste la camisa!

─ ¡Bueno, mija, dis-cul-pa! ¡Yo solo quería hacerte un favor!

─ ¿Un favor? ¿Un favor? ¡Valiente favor el que me haces! ¡Como tengo tanta ropa, vienes tú y me la escoñetas! ¡Mira cómo quedó esta vaina! ¡Mira!

Rosario estaba realmente molesta.

─ ¡Dame la camisa esa! –dije y se la arrebaté de las manos– ¡Dame acá! Si la mojo de nuevo y la cuelgo al aire quedará como antes y se acabó el peo…

Rosario me miró con desdén. Me dio la espalda y regresó a su cuarto. Con la misma, volvió a salir. “¿Y, según tú, yo me voy a poner toda esta ropa así? ¿Sin planchar?”. Tiró en mi mecedora toda la ropa que yo le había lavado y doblado y regresó a su cuarto con actitud de patrona ofendida. A eso de las diez, tuve planchada y colgada en percheros toda su ropa, incluida la blusa que originó el reclamo. La ropa mía la plancharía al día siguiente. Ya estaba yo un poco cansada. Soy, más bien, de ir planchando cada vez las prendas que voy a usar. Como vivo sola, no soy de echarme esos maratones planchando.

─ ¿Y en esta casa ya no se cena? Mira la hora que es y no veo movimiento en la cocina –dijo Rosario.

─ Mija, o te plancho la ropa o cocino pero no puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo –dije sacando carácter yo también–. ¡Tengo dos manos nada más! ¡No soy un pulpo!

─ Bueno, ya planchaste, ya terminaste, ya colgaste la ropa… Sería bueno que hicieras algo ligero… Es un poco tarde para comer pesado.

─ ¿Qué se te antoja?

─ No sé… En la nevera, creo que vi rúcula, champiñones y creo que unos tomaticos cherry… ¡Me puedes hacer una ensaladita, digo yo, con la mostacita esa Dijón, que es buenísima!

Eso era justo lo que yo pensaba cenar. Para eso compré los ingredientes, pero mi amiga no las tenía todas consigo y no iba a ser yo quien la hiciera sentir peor… Sabría Dios qué clase de día había pasado la pobre… Yo cené un poco de la crema de apio que sobró de la noche anterior y le hice a ella su ensalada.

─ ¡Buenísima te quedó! Por cierto –me dijo–, mañana vienen unas amigas con las que estoy haciendo arreglos a ver si me termino de ir de aquí.

─ ¿Mañana? ¿Para acá? ¿Y hasta ahora me lo dices? ¿Y a qué hora es eso?

─ Mañana, sí. Les dije que podían venir porque aquí es donde vivo. Yo espero que no pongas problemas –me advirtió–. Son puras amigas. No estoy ni metiendo hombres ni poniéndome tu ropa ni usando tu perfume ni un coño… ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema?

─ No… Problema no tengo ninguno… pero me has podido avisar, ¿no? Después de todo, esta es mi casa y me gustaría tomar algunas decisiones también ya que…

─ ¡Ay, bueno, ya! –me cortó– Ni siquiera tienes que estar presente si tanto te molesta… Les dije que vinieran a eso de las diez y media. Ojalá no nos dé aquí la hora del almuerzo para que no tengas que cocinar tanto… Son tres amigas y conmigo cuatro… Bueno, contigo seríamos cinco… ¡Que descanses! Buenas noches…

Sin añadir una palabra más, Rosario me dejó con la palabra en la boca y desapareció camino a su cuarto. Recogí lo de la cena. Lavé la loza y revisé en el freezer a ver qué podía sacar para descongelar. Para mí, que llevo tanto tiempo viviendo sola, cocinar para cinco personas era todo un compromiso. De manera que dispuse de unas milanesas y de otras cosas para el día siguiente. Me fui a acostar pensando que eso era poco precio con tal de que Rosario finalmente resolviera su vida y se fuera de la mía. Como soy de levantarme temprano, al día siguiente, apenas las manecillas fluorescentes marcaron la hora, salté de la cama. A las seis, ya tenía el pollo en una bandeja sobre la mesada listo para marinar, etcétera. Me disponía a hacer unas arepitas para el desayuno cuando sentí los pasos de Rosario viniendo hacia la cocina.

¿Otra vez pollo, mija? ¡De aquí vamos a salir todos volando! ¿Eso es lo que pondrás en el almuerzo? ¿Esa vaina?

Buenos días, Rosario. ¿Dormiste bien? ¿Descansaste? –saludé con ironía.

Mira, en serio, ¿ese pollo sería para el almuerzo con mis amigas? Te lo digo porque hay una de ellas que es vegana… ¡No creo que le agrade comer carne ni pollo ni nada de esa vaina! –señaló– ¿Tú crees que podrías hacerle unas berenjenas en vinagreta? ¡Ah! ¡Ya sé! ¿Y si le haces un ceviche de mango? ¡Ese que te queda tan de rechupete!

Yo no podía creer que Rosario me estuviera hablando así.

─ ¿Ceviche de mango? ¿Tú has comprado mango, Rosario? ¿Tú has comprado berenjenas, Rosarito? ¿Hace cuánto no traes ni una canilla, mija? Si tus amigas son tan delicadas, coño,  ¡deberías cocinar tú! Te recuerdo que no soy tu sirvienta… y que esta es mi casa.

─ Hay que ver que tú eres bien mala gente, chica… ¡Claro! ¡Como yo soy la arrimada, me humillas! Mira, ¡mejor no hagas nada! ¡Deja eso así! Guarda tu pollo… No hagas nada… Yo me reúno con las muchachas en… en… ¡en el salón de fiestas será!

Dejé así el tema del desayuno. Dejé la masa que había preparado para las arepitas. Tapé el pollo y lo puse de nuevo en la nevera. Salí. Bajé a la frutería. Compré mangos y compré berenjenas. Cuando regresé, Rosario ya estaba terminando de desayunar. Con la masa que dejé lista, se hizo tres arepas. Se tomó el jugo de arándanos y terminó con el pavo…

─ Si hubiera sabido que ibas a venir tan pronto –dijo con la boca llena–, te hubiera avisado para que compraras más pavo… ¡El que había se acabó!

─ ¿Y no hiciste una arepita para mí, Rosario?

─ ¡Ay, no se me ocurrió! Como saliste así, pensé que estabas molesta y que no comerías… ¡Tú eres tan rara, mijita!

─ Aquí hay berenjenas, hay mangos, limones, cilantro, cebolla morada y ajos… En la despensa hay vinagre… Agarra cualquier recetario y prepara tú el almuerzo –le dije–. Igual cualquiera de tus amigas te echa una mano… ¡Nos vemos esta tarde!

Me cambié, agarré mi bolso y salí. Si me quedaba en esa casa, iba a arder Troya.

III

 

Estuve de regreso como a las cinco: pasé el día donde mi tía Loredana (la mamá de Constanza). Desde que mi prima se fue, se ha sentido, naturalmente, un poco sola. Almorcé con ella, y eso la hizo muy feliz. Me mostró una cantidad de fotos de Constanza y merendamos rico como a las tres de la tarde. Su sfogliatelle es un festín celestial para saborearlo y su macchiato, un bautismo de gloria. Apenas entré a mi casa, vi una maleta en la sala. Una maleta que yo no conocía. No era de Rosario. De hecho, ella no estaba allí, y me sentí aliviada. Mi alivio duró muy poco. Todo el goce que experimenté donde mi tía Loredana se volvió agua y sal. Cuando pasé por la cocina, vi que había un montón de platos, vasos y cubiertos sucios. Me dieron ganas de llorar. Aquello ya era demasiado: tanta gente en mi casa, ¡cuatro mujeres!, y nadie pudo lavar. No miré más. Rosario tendría que lavar todo aquello. Entré al baño y me duché. Me fui a mi cuarto y me puse a leer Papeles inesperados. Al rato, sentí llaves en la puerta y escuché risas.

Pasa, pasa… Estás en tu casa… Pasa…

Rosario llegó, pero no llegó sola. Las risas y el cuchicheo me hicieron salir del cuarto.

Te presento a Chela… Chela, ella es Aminta.

Rosario se estaba conduciendo como la dueña de la casa y haciendo las presentaciones como la mejor anfitriona.

Aminta, Chela va a dormir aquí esta noche, ¿oíste?… Tranquila, que se va a quedar en mi cuarto. Yo dormiré contigo… ¿No hay problema, verdad? Es que mañana a las siete sale pa’ Maturín y no tiene dónde pasar esta noche…

Por un instante, Rosario dejó de hablarme a mí para dirigirse a Chela.

En un rato, cenamos. Si quieres te bañas, yo te presto una toalla y una batica pa’ que no duermas peladita… ¿Quieres ver algo en la tele? Aminta, ¿ella puede ver la tele en tu cuarto? ¡Es que si no se aburre!

Rosario se estaba superando cada día más. Ella y la tal Chela se instalaron en mi cuarto después de que, entre las dos, rompieron un plato, dos vasos y una taza de cuanto quedó sucio después del almuerzo. Yo, para no promover la discordia, preparé la cena, comimos y me quedé en la sala leyendo a Cortázar. Desde el cuarto, me llegaban las risas de las dos mujeres, que estaban viendo no sé qué película de los hermanos Wayans… Como a las once me asomé a mi cuarto con intenciones de acostarme. Lo único que hice fue apagar la tele, apagar la luz e ir a acostarme al cuartico del servicio: estas dos dormían a pierna suelta. A pesar de que ensayé algunos ruidos y hasta dejé caer a propósito un llavero, ninguna de las dos dio señal de vida. Al día siguiente, se despertaron casi a las diez. Por supuesto, la tal Chela perdió su autobús.

Ni modo, mana, te quedarás aquí hasta nuevo aviso –decidió Rosario–. ¿Hiciste algo de comer, Aminta?

Para mí, sí  –respondí–. Ve a ver qué haces para ustedes ¡y procura no romperme nada!

Aminta, ¿tú pretendes que yo cocine para las dos? ¿Para dos personas? ¿Yo? –preguntó llevándose ambas manos al pecho– ¡Pero si tú cualquier cosa la preparas en un tris, chica! Además, si me pongo yo a cocinar, ¡eso terminará siendo almuerzo… o cena, y no sé cuántas cosas más se puedan romper!

Casqué seis huevos, aparte licué un tomate, media cebolla y dos ajos grandes con sal, pimienta blanca y soya. Tosté seis rebanadas de pan, puse mantequilla en la mesa y lo que quedaba de jugo de naranja.

─ ¿No queda de esa mermelada que pusiste el otro día? ¡Chela ama la mermelada! ¿Verdad, Chela, que te encanta?

Saqué la mermelada, y estas se sirvieron sin escatimar. No hallaba yo cómo decirles que no fueran tan atorrantes y lambucias.

─ ¿No queda pan, Aminta? ¡Está buenísimo!  –me dijo la  Chela como si me conociera desde siempre.

Cuando me disponía a responder, Rosario se me adelantó.

─ ¡Uffff! ¡En la nevera hay un paquete casi completo! ¡Aminta ama el de siete granos! ¿Verdad, Aminta, que te encanta? ¡Pon a tostar un poco más! ¡Yo también quiero! ¡Esta mermelada no perdona!

Si en el paquete casi nuevo quedaron tres rebanas de pan, fueron muchas. Argumentando unas prisas, Rosario instó a la tal Chela para que se levantara de la mesa y salieran en volandas… “Ya va  –dijo Chela–. Vamos a ayudarla, por lo menos, con los platos. No me parece justo que ella sola lav…”.

─ Mira, no hay tiempo para eso, y Aminta es muy delicada con sus platos y sus vainas… Además, el próximo autobús sale en un ratico… ¡Vamos, vamos, que lo pierdes! ¡Ponte pilas!

Sin decir más, las dos mujeres salieron y me dejaron en la mesa un reguero bello. Armada de paciencia, lavé, sequé y guardé. Luego hice la cama de Rosario y Chela y después la mía. Dormir en una cama individual no es tan incómodo después de todo. A pesar de que en el cuartico no hay aire acondicionado, el calor no agobia y el pequeño televisor, aunque no está conectado al servicio de cable, es suficiente para ver cualquier cosa que me estimule el sueño. A decir verdad, tampoco soy muy de ver televisión: lo mío es la lectura, es la poesía. Quizás por eso fue que me eché una siestita de media mañana mientras leía algo de Wihtman. Me recordé como a la una, y me levanté de un brinco. Rosario podía haber llegado ¡y yo sin hacer almuerzo! Tiré el libro por ahí y volé a la cocina. Vi a Rosario en la mecedora. Tenía mala cara. Se veía molesta. No me dijo nada. Yo interpreté.

─ ¿Es por el almuerzo, verdad? ¿Estás molesta porque no está listo el almuerzo?      –pregunté– Tú tranquila, que en un tris lo tengo listo…

Incrédula, me miró con displicencia.

─ Y procura que no sea pollo… ¡Pollo no! ¡No quiero salir volando! Prepárame… ¡merluza! ¡Eso! ¡De esa que compraste ayer fresquecita en el mercado!

Los filetes me quedaron estupendos. Los preparé al ajillo con una guarnición de papas al vapor y vegetales salteados. Rosario comió con fruición y, antes de levantarse de la mesa, se excusó conmigo porque el ajetreo de ayudar a Chela con su ida a Maturín la había dejado exhausta. “Voy a echar una cabeceadita… Richard vendrá a buscarme a las seis y media… Despiértame a las cinco, que quiero arreglarme con tiempo”. Rosario se metió en mi cuarto y cerró la puerta antes de que yo pudiera contestarle. A las cinco en punto la desperté con suaves golpes a la puerta para no sobresaltarla.

─ ¿Qué fue? ¿Qué escándalo es ese, por Dios?

─ Disculpa, Rosario… Son las cinco.

─ ¡Ya, ya! Deja la bulla por favor…

Apenada, me retiré al cuartito y la dejé hacer. Casi a las seis, la fragancia de un perfume conocido me hizo asomarme a la sala: era Eau D’Hadrien… ¡Mucho Eau D’Hadrien! Rosario se había bañado con él, y lucía de punta en blanco: tenía puesto mi vestido favorito, mis zapatos blancos de patente y un precioso gancho de fantasía brillante que me regaló mamá cuando me gradué en la universidad.

─ Estás muy bonita…

─ ¡A que sí! ¡De esta noche no pasa que Richard se me declare!

─ ¡Es que estás bellísima, mujer! ¡Pareces salida de un cuento!

─ Por cierto, si quieres, cena tú… Prepárate cualquier cosa… En la nevera hay frutas, hay yogurt, hay lechuga…  ¡Ah! Y no me esperes despierta… Si acaso, déjame dispuesto un té verde en la nevera para que esté bien frío por si regreso… ¡Es lo mejor en caso de resaca! Y, por lo que más quieras, ¡nada de azúcar, Aminta! ¡Na-da-de-a-zú-car!

─ Como usted diga, señora…

IV

 

De lo mejor que tiene el cuartico de servicio es que por ninguna rendija entra nada de luz. Ni siquiera tengo la molestia de la fluorescencia de las manecillas del reloj que está en el cuarto de Rosario. Era ese el despertador que me hacía saltar de la cama en mis madrugadas de trabajo: ya no me molesta porque ya no lo veo. De modo que cuando me acosté después de cenar cualquier cosita, me dormí viendo la reposición de un capítulo de La mujer perfecta. No sé a qué hora, una algarabía soterrada de risitas pícaras me hizo despertar. No tenía yo ni idea de cómo averiguar la hora a menos que pulsara alguna tecla de mi celular. Y fue lo que hice en mi estado de duermevela. Eran exactamente las tres y veinticinco de la madrugada… y esas risitas en la sala. En la penumbra de mi cuarto, me pareció escuchar el murmullo de la voz de la señora Rosario y de una voz masculina. Me imaginé que debía ser su pareja: el señor Richard. Escuché un breve trasteo en la nevera (seguramente se estaban tomando el té verde) y después la estridencia de un vaso estrellado contra el piso o contra la mesada… Después más risas y después una carrerita en tacones desde la cocina hacia el cuarto principal. Ni me atreví a asomarme a la sala. Hice un esfuerzo por conciliar de nuevo el sueño, y cuando volví a abrir los ojos eran ya las ocho y cuarto. Me di un baño rápido y me volví a poner la misma ropa. Mis otras cosas estaban en el otro cuarto y lo menos que yo quería era molestar. Apenada, salí a la sala y vi que los señores ya estaban desayunando.

─ ¡Buenos días, dormilona!  –dijo la señora Rosario con ánimo festivo. Era obvio que estaba contenta– ¡Richard ya se encargó del desayuno! ¡Preparó unas crêpes con ajoporro, y están divinas! ¿Te provoca? Por aquí sobraron dos…

Asentí con la cabeza. No dije ni ñe. Tomé una de las crêpes que habían quedado en la mesa y me la comí fría (me dio pena calentarla) y me serví algo de jugo.

─ Te habríamos dejado mermelada ¡pero Rosario es demasiado golosa! –bromeó el señor Richard.

─ No se preocupe… Estoy bien así.

Terminé de comer a solas pues los señores se levantaron y entraron de nuevo al cuarto. A los pocos minutos, ya estaban en la sala listos como para salir. La señora tenía puesta mi ropa y llevaba mi bolso rojo de piel en combinación con unos zapatos del mismo tono. El señor también lucía muy elegante. Supongo que llevaba la misma ropa con la que llegó en la madrugada. La señora tenía en su mano un cuaderno empastado. Un cuaderno muy bonito y que, por alguna razón, significaba mucho para mí. En la tapa, podía leerse sin dificultad la palabra Jamming. Antes de abrir la puerta para salir, la señora Rosario volteó y, mirándome, me dijo: “hoy mi Richard va a saber que, aparte de elegante, también soy muy talentosa y que escribo de lo lindo”.

─ No nos hagas almuerzo –añadió–. Hoy pasaremos el día fuera… Por cierto, aprovecha que vas a estar sola en la casa para que dispongas unos cojincitos cerca del balcón. ¡Richard traerá su angora y su siamés! ¡Ah! Y ve pensandito en otro empleo… Aquí ya no harás más falta.

─ Como diga la señora…

Me quedé allí, lánguida en aquella casa,  pensando en qué hacer con mi vida y en las pocas amigas que aún me quedaban. Cualquiera de ellas podría brindarme su apoyo. Después de todo, una a las amigas no las deja botadas. No, señor. Una con las amigas debe ser solidaria y compasiva. Una debe recordar las dificultades por las que una misma pasó y el apoyo que recibió de familiares y conocidos. Yo misma, por ejemplo, tuve que pasarme unas buenas seis semanas donde mi prima Constanza. Para mí, lo peor de esos días fue acostumbrarme a la presencia de sus gatos. Nunca me han gustado esos animales. Respeto todas las formas de vida, ¡pero no me gustan los gatos! Es que no sé. No me gustan…

 

Por Eritza Liendo | @LiendoEri 

 

estudiante

#DomingosDeFicción: Pupitres en el pavimento

 “Yo no sé, ni quiero/ de las razones/

 que dan derecho a matar/

 pero deben serlo/

 porque el que muere/

 no vive más… no vive más”.

Mecano.

 

Sé que ya han pasado varias horas porque necesito ir al baño. O bueno, así creo. Me llamo Javier Cedeño, cursante de Ciencias Pedagógicas de la UCV, preso desde las protestas de la Plaza Venezuela, 2017. Desde que se enteraron de que yo era líder político en mi facultad, me metieron aquí, robándome la vida universitaria. Y a ti, ¿por qué te agarraron? Sí, me llamo Javier Cedeño, o bueno, así creo. Javier. Cedeño. Me lo repito para tenerlo presente, para saber que todavía, como las idas al baño y las horas, mi vida sigue caminando. No, no llores. Si lloras, los guardias te escucharán. No le sueltes nada a los guardias; harán de todo para distraerte. Acosarte. Ellos nos odian a nosotros. Ellos odian a las universidades. Lo que ellos desconocen es que nosotros somos estudiantes, y que ser estudiante, ser ucevista, en este país, es luchar contra lo inadmisible. Por cierto, si te dan ganas de mear o cagar, solo presiona el timbre que está detrás de los barrotes para que te lleven. Y ojalá te traigan.

¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ayer me mandaron un tuit con la foto de un profesor que sujeta unos zapatos negros. José Ibarra, catedrático de la escuela de Trabajo Social, Universidad Central de Venezuela (UCV), aparece apretando la textura del calzado. Evidencia las huellas del desgaste. Cuando llueve, el agua se le escabulle por las suelas fisuradas, ensuciándole los pies, el alma. Cuando hace sol, a José le salen ampollas por el contacto de los dedos con el pavimento caliente. Al sentarse en el escritorio, siente dolor en los talones a causa de los kilómetros recorridos. No obstante, el dolor, para José, es el sinsentido que le da sentido a sus caminatas diarias; es, con cada pisada, el valor retributivo de los sacrificios aceptados. Posteó la imagen en Twitter ya que no le da pena admitirlo: sus ampollas, sus suelas rotas y su alma sucia son pruebas de que la disciplina de enseñar, en Venezuela, no se pierde pese a los salarios de arena.

La foto la subió a la red social justo antes de que su teléfono se quedase sin batería. Después, inició a escribir en la pizarra acrílica y se olvidó por completo del asunto. Si bien su vocación docente, la que le sirve para expresarse, existir y seguir, es, al mismo tiempo, obstáculo para emigrar, él es fiel a su rutina. José desea poder limpiarse los pies en Venezuela, no en otra parte.

Javier, ¿me oyes? Sí, a mí me falta un año para graduarme; claro, si me sacan de aquí. A veces me pregunto qué haré al salir de la UCV, ¿sabes? Allí he actuado, cantado, fumado, dormido, fornicado, bebido. Allí conocí al país, Javi, a la política, ¿sí me oyes? Ser parte de la UCV es mirar al país y habitarlo, y desde ahí entender las problemáticas que le competen. No sé si a ti te ha ocurrido, Javi, pero yo, en mi bolso de clases, tengo tapabocas, trapos y vinagre para resguardarme de las bombas lacrimógenas cuando entro al campus. Una chama una vez dijo que ser estudiante de educación superior, en Venezuela, era como practicar deportes de alto riesgo. El salón se cagó en burlas. Se meó. Yo no le quité la razón, ni que fuera pendejo, pero sí le respondí que también era como ser padres, o así creo. ¿No opinas igual? Ese instinto de protección, esa angustia. Basta que amedrenten al país para que saltemos como la mamá cuando se le cae el hijo. Javier, apúrate. Javier, presiona el timbre.

¿Me oyes?

Desde el 2002 en adelante, alumnos, profesores y empleados de las principales casas de estudio venezolanas han sido protagonistas de las acciones contra el gobierno de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Sin embargo, este 2018, las detenciones arbitrarias, enjuiciamientos y ataques políticos obedecen a una persecución académica ejecutada por funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), con sede en el complejo policial El Helicoide, Caracas. Olor a pólvora, a sudor. Cadáveres que no se encuentran, jóvenes que aún se enfilan. Sí. Ser docente universitario, en este país, es educar a contrapelo de las balas que perforan paredes. Sí. Ser estudiante universitario, en este país, es calentar el pupitre y la calle, como espectadores de escenarios escondidos que reclaman supervivencia.

La foto de José fue retuiteada unas diez mil veces. No se lo esperó. Gracias a las donaciones que ha recibido, fundó el movimiento “Zapatos de la dignidad” para auxiliar a colegas en situación de pobreza. La gente le aconseja que tenga cuidado con lo que declara ante los medios, pero él no siente miedo. Su labor pretende fundar precedentes, y aunque extraña la vida universitaria de épocas anteriores, continuar con las clases hace que sus aspiraciones personales no flaqueen. Cada vez que sus estudiantes asisten sin siquiera haber desayunado, que debaten sobre democracia y derechos humanos, él los obversa y no los interrumpe. Se esfuerza para que esas imágenes se le queden grabadas en la mente; a fin de cuentas, son esas imágenes las que están escribiendo historia en estos momentos.

José no botó los zapatos rotos; al contrario, los guardó en una caja debajo de su cama. “La crisis ha sacado lo mejor de nosotros los venezolanos”, dice para sus adentros cuando se los tropieza de nuevo. Lo sé porque lo hemos conversado; sus ampollas son también las mías.

A Javier lo tienen colgado del techo de su celda como si fuese un abrigo puesto en un perchero. El guardia lo sujetó con unas esposas de acero inoxidable para no dejarle marcas de corrosión en las muñecas. A Javier se le denotan las costillas; la piel erizada por el frío de aire acondicionado. El guardia se ríe a carcajadas porque Javier no para de hablar consigo mismo, y entonces le escupe en un pómulo. El timbre, Javi, Javi. El timbre.

Javier necesita ir al baño, pero resiste. Javier necesita llorar, pero resiste. El guardia se sentó a comer una arepa con mantequilla y queso y a beber una jarra de jugo de guayaba. Mastica con la boca abierta al frente de la celda de quien será, probablemente, décadas más tarde, un político de relevancia nacional. Eructos. Muecas. Si me lo preguntan, las torturas, para mí, solo alebrestan el coraje. Lo sé porque me sucedió; lo sé porque, después de aquella experiencia, mi vida sigue siendo tanto universidad como calle.

O bueno, así creo.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

*Este relato resultó ganador del XII Certamen Internacional de Relato Breve sobre Vida Universitaria, organizado por la Universidad de Córdoba (España).

 

#DomingosDeFicción: El elogio del comandante

Mi madre fue prostituta en la Habana. Mi padre es un oficial del ejército venezolano. Soy hija de la experiencia del acertijo, pasé mi infancia adivinando a cuál de los dos echarle la culpa de mis tristezas. Nunca estuve a la altura de los hábitos que demanda una ciudad cubana; no estar triste por amanecer casi todos los días en casa de mi abuela o de mi tía Mercedes, no estar triste porque solo podía ver a mi padre algunos sábados en la noche en un sótano atestado de gente con luces y música, no estar triste por ver a mi madre intentando ser optimista y seguir flotando dentro de la isla con cada una de sus decisiones aunque la mayoría fuera un error, debía hacer del error la vasija de supervivencia para comer y cumplir con la exigencia cotidiana de movilizar nuestros cuerpos en la agotadora rutina de no morir.

El 23 de abril de 2003, el Hospital Universitario Clínico Quirúrgico “Comandante Manuel Fajardo” recibió una mujer negra con un nombre y un apellido: Martina Suárez, la misma cantidad de palabras me iba a corresponder a mí: Amelia Suárez. Ese día fui la niña blanca con una madre que me presumía bajo el nombre de una pintora cubana formada en Europa y que solo había conocido los primeros años de Revolución. También nací con un abuelo que siempre fingió un cuidado extremo con sus libros dejándolos al alcance de quien pudiera manosearlos: ejercicio de resistencia para el futuro predecible. Yo seguiría llamándome Amelia Suárez y para mi madre eso sería el augurio que lograría que un europeo me eligiera y me sacara de la isla, sobre todo porque para mi abuela mi tez pálida era la única oportunidad que me había dado mi padre  aunque él solo lo reconociera cuatro años más tarde cuando el parecido físico entre ambos era de una insinuación satánica.

Su reconocimiento nunca se legalizó. Pero tuvimos más frijoles en la despensa y un par de veces al mes comíamos carne roja. Nunca vi a mi padre desnudo. Siempre quise verlo sin su uniforme verde oliva. Cuando tenía nueve años le pregunté a mi madre por ese cuerpo y me describió a un hombre que ha sido amado, nunca mencionó sus genitales; no mencionó ninguna imperfección, un pene torcido y oculto bajo la grasa o unas nalgas tímidas y peludas. A mí siempre me pareció gordo para dedicarse a defender la patria como él mismo me dijo una vez en el sótano de las fiestas donde podía verlo, esa parte de la casa de don Abilio con uniformes y corbatas que cobijaban a los hombres del aire acondicionado al que se exponían las pieles de las mujeres siempre caminando con bandejas y vasos en las manos o siempre sentadas sobre las piernas de algún hombre para no resfriarse: explicación térmica que esa noche me dio mi padre, el comandante, como me pidió que lo llamara y como mi madre y todos los que lo rodeaban también lo nombraban.

Era privilegiada, era la única que podía entrar al sótano a ver al comandante. Los pocos sábados que podía ir él y el resto me recibían como “la niña”. Podía recorrer el sótano excepto sus pequeñas habitaciones que estaban cerradas hasta que un hombre con corbata o con uniforme entraba con Marisela, Lupita, Martina, Yuliana, Belkis, Rosangela, Inés, Leydi, Sasha o mi madre. Esta última solo cuando el comandante la elegía, como solía hacer antes de que yo fuese concebida.

Una noche le pedí a mi abuela que me hablara del comandante, pero ella me habló del significado de “Fidel” como alguien que es fiel o digno de fe, la evasión a mi pregunta continuó  con una respuesta que no hizo analogías políticas sino amorosas usando como ejemplo los cuentos de princesas que yo había rescatado de la biblioteca que ella también cuidaba después de morir mi abuelo. Sin darse cuenta, o quizás sí, evadía su relación con mi abuelo como ejemplo de fidelidad. Ambos se mantuvieron unidos para cuidar la biblioteca, que, a diferencia de sus hijas nunca podría hacerse cargo, sola, de su propia vulnerabilidad, era una hija más que desde su eterna infancia acompañaba y, muchas veces, procuraba el crecimiento de sus hermanas, yo era una de ellas.

Mientras el comandante envejecía para defender la patria, yo crecía junto a los libros de mi abuelo para renovar el mundo. Podía decir que la biblioteca era mía.  Mi abuela le dijo a mi madre que me la merecía cuando me vio leyendo libros sin ilustraciones gráficas. Para ella, suprimir los dibujos era una marca de responsabilidad porque de las imágenes en nuestra cabeza solo podíamos hacernos cargo nosotras, nadie más.

Mi biblioteca era vieja, como casi todo en Cuba. Ella también era mujer y en algún momento la violentaron arrancándole varios títulos tildados de ofensivos o peligrosos. Cuando cumplí quince, ya había leído sesenta y dos libros de los más de quinientos que se apilaban sobre las tablas clavadas en la pared de la sala y en la mesa de la cocina donde estaba la despensa de cortinas verdes que otra vez había alcanzado el desamparo. El comandante ya no viajaba a Cuba, había sido removido de cargo según mi madre. La revolución en Venezuela lo masticó según mi abuela.  Sin carne otra vez, pensaba yo. Mi madre, como en mi niñez, comenzó a llegar en las mañanas a dormir. Ahora que el comandante no estaba, mis visitas al sótano de don Abilio fueron censuradas por ella porque mientras mi padre no estuviera ambas no podíamos estar juntas en ese lugar.

Yo era una quinceañera virgen y flaca. Mi curiosidad erótica se saciaba con las conversaciones sexuales de mis compañeras del liceo, la mayoría había perdido la virginidad antes de los doce años y ahora que tenían entre catorce y quince habían desarrollado un criterio sexual que les permitía costearse ciertos placeres, los genuinos. Marta y Eugenia soñaban con Italia, eran grandes amigas y querían que un mismo hombre se las llevara a las dos. Rosangela, aunque también se prostituía, estaba enamorada de Raúl, su novio del barrio desde la infancia, él la ayudaba a conseguir gringos que pagaran por la noche más de veinte dólares incluso más cuando él se sumaba en tríos. Luego ambos, desesperados de risa, corrían a gastarse lo ganado en chucherías. Algunas veces fui invitada de sus comilonas, Rosangela era mi mejor amiga y estaba orgullosa de mi virginidad al punto de cuidarla tanto como mi mamá. Virgen eres más cara, pero yo quiero que tu primera vez sea por amor, como lo hice yo, decía Rosangela mirando a Raúl.

En una de nuestras salidas, Raúl decidió que ya era hora de elevar nuestro estatus social, esa tarde salimos del liceo y bebimos cerveza. Él había llenado una cantimplora de tres litros que a las seis de la tarde ya estaba por acabarse. Caminamos por el malecón fingiendo una marcha nupcial, yo levantaba la cola de un vestido de novia imaginario, mientras Rosangela se aferraba a los brazos de Raúl besándolo. Ya eran las siete de la noche, al llegar a una calle oscura empecé a correr suponiendo que me seguirían, ¡Amelia, detente, niña, ven! Gritó Rosangela, yo me detuve a carcajadas, Raúl la besaba quitándole el uniforme, comenzaron a coger como si yo fuese una cámara que los haría famosos para sacarlos de la isla. Pensé en Efraín, en todo lo que debió hacerle a María para que ella no llorara tanto, y en mi madre, en todo lo que le hacía el comandante para que aprendiera a llorar. Rosangela hizo un gesto para que me acercara  y como alguien que intenta no ahogarse en el mar dejando un último gesto de auxilio, metió su mano dentro de mi blume, como muchas veces lo hice yo y como otras se lo hizo el comandante a las mujeres del sótano. Mientras Rosangela gemía, yo me humedecía. Raúl la abrazó hasta el final de ambos. Yo me acomodé la falda y seguía pensando en Efraín. Días después, Rosangela aceptó llevarme al sótano, pero no vas a singar, me advirtió.

Un vestido corto, verde, de tela más delgada que fina producto de las continuas lavadas que le habían dejado unas cuantas lentejuelas; yo temblaba. Rosangela no se apartaba de mí, los hombres me miraban olfateando la virginidad en mi falta de gestualidad erótica. Pero el cuerpo moreno con ojos claros de Rosangela siempre lograba apartarme como presa. Yo quería ser cazada. El borracho de uniforme en la barra era el comandante, me acerqué en un descuido de Rosa, otro modo de llamar a mi amiga, y desde una distancia velada me incliné sobre la barra fingiendo que buscaba algo. Lo encontré. Una mano pesada y fría me bordeaba la cintura. Quieta.

La última vez que el comandante me vio yo tenía once años, ahora mi cuerpo y mi rostro eran un nuevo naufragio, habían pasado cuatro años y en cuba la fiesta de los quince era el rito de iniciación que formalizaba el cuerpo en desarrollo para el concubinato. En el sótano no me protegía la inocencia de un cuerpo infantil y sin curvas. Tiempo que no te veía por acá, le dije al comandante cuando logré hablar sin voltear a verlo soportando el aire acondicionado, él se mantuvo detrás de mí y me plegó a su cuerpo, no hablaba pero movía las mechas de mi cabello con su respiración agachada en mi nuca. Lo imaginé con los ojos cerrados. Fue la primera vez que tuve miedo de un hombre,  podía sentir su barriga presionando mi espalda contra la barra. Cuando Rosangela logró verme, los dedos del comandante ya estaban congelándome los labios del sexo, ella intentó apartarlo con su propia sensualidad, sabía que las palabras eran espuma para un hombre borracho con uniforme. Yo podía escuchar la manera en que los dos ensalivaban sus lenguas al chocar, pero él no dejaba de aferrarse a mi cuerpo. Delante de mí la barra y una parte de su brazo oculto entre mis piernas sin blume, el vestido todo lo facilitaba, mi respiración era cada vez más fuerte, mis caderas serpenteaban, pensaba en Efraín, y Rosa, como una madre orgullosa, me observaba.

¡Quítate, puta! Me gritó el comandante mientras recuperaba su mano para limpiarla con asco en mi vestido, arrancando las últimas lentejuelas. La mirada del comandante se enconaba en la mía, el frío del sótano ya no me hacía temblar. Tengo un par de días viendo a ese tipo, dicen que es impotente, que tuvo poder y solo viene a emborracharse, pero tú le gustaste, dijo Rosa presumiendo que yo acababa de recibir un elogio del comandante.

Esa noche supe que para irme de la isla no podía contar con la ayuda de mi padre. La biblioteca me había forjado expectativas que se sostenían en la mirada sin mirar que le ofrecía al mar. Quería irme, pero no quería abandonar mis libros. Fantaseaba con la manera de miniaturizar la biblioteca, de hacerla portátil; contrabandearla. Pero yo había logrado llegar a Venezuela sola. No había sido difícil conseguir mi título de medicina para irme de misión a un país donde también fue fácil nacionalizarme por una causa revolucionaria. En Cuba se sobrevive actuando, en Venezuela fingiendo. Tenía veintitrés años, había egresado de una universidad y no estaba capacitada para ser médica, pero formaba parte de la revolución. Cumplía mi misión en Mérida, una ciudad donde los días fríos me hacían recordar el sótano con mi madre, Rosángela y Efraín.

Dos años después de salir de Venezuela, logré visitar en Colombia la piedra donde los lugareños afirmaban que María se sentaba a llorar. Me pregunto si en su suspicacia mi abuela no habría sospechado de Jorge Isaacs como el autor erótico que abiertamente me reservó la biblioteca.

 

Por Xenia Guerra

#DomingosDeFicción: No son iguales los ciegos que a los que no dejan ver

Nos quitaban la luz cuatro veces por semana, entre tres y cinco horas a partir de las siete de la noche. Nos íbamos acostumbrando, como aceptando la oscuridad a medida que avanza. Ya a las 6:30 debíamos dejar todo apagado, resignándonos a la sombra y a la falsedad alargada de una vela. Inventamos juegos de palabras, formas de contarnos lo mismo de ayer.

La abuela hay que amarrarla en la cama, mamá le dice que descanse, que no se levante, y la abuela se cae y no hay velas para alumbrarla. Al parecer hay sangre y la cerámica es blanca. Mamá consigue una luz de bengala que sobró del último diciembre y la enciende, pero la abuela está fracturada y todos estamos llorando.

Mary quiere cocinarle a sus hijos y sabe que no puede porque no hay luz ni comida. Se mete un hombre en la casa, así como en las películas, pero nadie tiene pistolas. En la radio nos dicen que la patria hay que construirla con sacrificios, que la oscuridad es un sabotaje. Los niños de Mary lloran y tienen hambre. No hay interpretación para esa tiniebla.

Elena viene caminando con una linterna. Decimos que es un ladrón, que se escucharon tres tiros, que las motos sin alumbrado suenan más feo. En la noche trabaja el crimen, dice el Libertador en una proclama o algo que nunca leímos.

La noche es peligro, la luna no alumbra suficiente, menos en los cielos oscuros y las nubes llenas de muertos. Los caminos suben, pero en la sombra parecen abismos. Mary tiene que salir a la calle a comprar pan. Elena enciende la linterna. Tres disparos que nos dicen que no escuchamos, que la pólvora es mentira, que los muertos son nubes y luces y velas.

Mary sabe que estas cosas no le pasan a su sobrina en Caracas. Que los de allá saben más que uno, que a los de allá les da sueño más temprano y no necesitan luz. Elena dice lo que es verdad: que donde hay monte y hay culebras, tiene que haber noche, y frío. Que si no no es monte y las culebras no salen.

La sobrina de Mary vive por Los Símbolos, cerca de una parada de porpuestos. Viene a Barquisimeto los viernes, cuando al marido le toca transporte, y ya es muy de la capital y se horroriza con las noches del campo. Sí, mi niña, somos subalternos, le puede decir Mary pero no le sale la palabra. Solo dice la verdad: que somos pendejos.

Que aquí la gente no se arrecha ni siquiera pegando una cuchara a una olla, que aquí somos los rurales del nuevo siglo, la clase digna campesina, los esclavos dispuestos a construir la historia, pero qué importan las palabras si no nos escuchamos, para qué hablar bien si no nos dejan ni vernos. Mary tiene razón: puro veneno, oscuridad y monte. Y las culebras están en las ciudades.

Ciudad es una palabra extraña. De provincia, mami, de provincia, le dice Mary a su sobrina antes de irse, cuando ya se están despidiendo en el terminal. Suena una explosión, nadie ve nada. Tres detonaciones secas. Elena dice que los cohetes no hacen ruido, que tumbarrancho es una palabra de los 90. Son disparos, le decimos nosotros, y las nubes están llenas de gente viva, como los hospitales (que les perdonan la luz) o como las cárceles, donde la sombra hace ángulo con la barbarie, y la pared con sangre, y las culebras y el monte y los túneles. La noche es prisión. Y somos pendejos.

Elena tiene que regresar a su casa. La linterna no tiene baterías. La estamos usando en la radio, para escuchar a las culebras. Le damos una vela. Elena fuma y se lleva la vela encendida con su yesquero, aunque haga frío, aunque se le apaga la luz en las manos —como a todos los que vivimos aquí—, aunque mientras camina no ve nada y se le apaga la vela pero ella insiste aunque no sabe si a su lado camina un perro, su sombra o una culebra. En su puerta hay algo. No sabe si es su hija o una bolsa de basura.

Enciende su cigarro y le prende fuego. La vela se le cayó sobre la piel de su hija. No. Es una bolsa de basura. Pero nosotros pensamos que es Elenita, porque la vimos y escuchamos el grito. En la oscuridad todo es violencia, todos somos culebras y vivimos en el monte. Elena saluda con su cigarro en la boca, nos levanta las manos mientras la vigilamos al otro lado de la cuadra.

Hay que tener cuidado porque hay un hombre en la otra esquina, el que escucha el dale papi y cambia de emisora y nos quiere distraer con la Fuga de Aldemaro y nos parece mentira cómo democratizaron la música, qué maravilla, qué armonía es esa que huele a vinagre y quién es ese hombre que está dentro de la casa. Suenan tres disparos, el pajarillo de Bach y las maracas con las cuerdas en pleno y ahí viene la moto. Suenan feo sin luces. Y el grito de Elenita, como si alguien le hubiese prendido candela. Salimos a la calle y está la bolsa de basura quemada. Elena nos saluda, no pasa nada, nos dice, y enciende su cigarro.

Todavía creemos que hay un hombre en la casa, el que apaga todas la velas y le habla a mamá al oído y pega tres disparos al aire mientras va sonando la bandola y el cuatro, carajo, y la fuga y el pajarillo, el reggaetón y la salsa erótica, como la que baila su mujer que se llama Damira y dice que trae hambre, dos hijos y no tiene trabajo, como Mary. Le pide a mamá que le dé plata mientras la amarra, yo estoy en el piso, repitiendo los tres disparos, comiendo monte y picado de culebra. En provincia amanece más temprano, en provincia oscurecemos a oscuras, como la gente que sabe de noches y sombras y espantos, como esa fuga que suena en la radio mientras nos vuelven mierda la casa.

Parece mentira la paz de la noche y esos disparos que son golpes de maraca y este hombre hablándonos a gritos y enseñándonos a Damira, que puede ser su mujer o su pistola, pero no sabemos porque no vemos. Nos destrozan a patadas y nadie está viendo nada. El hombre muerde a mamá en el cuello mientras me pisa con la bota. Pueden ser dos, uno solo, o cincuenta como un ensamble. La gente aplaude, la radio no falla. Elena está dormida. Dónde están los reales, pregunta el hombre que muerde a mamá en el cuello.

Una cosa fría se recuesta en mi cuello. Los pies le huelen a monte y tiene las manos llenas de aceite de carro. Puede ser una culebra o su pistola. O Damira que es una mapanare y tiene hambre y dos hijos y un buen par de portapistolas, como las damas de los bestiarios bolivarianos, como las jevitas de provincia, mi rey, me dice mientras nos pone de espaldas.

Dónde están los reales, repite, pero no sabemos porque no vemos nada. Sí sabes… Aquí las mujeres se guardan los billetes en las tetas o debajo del talón. El niño de Mary llora, nadie le ha dado comida porque no termina de freírse la patria, patria, patria querida, las nubes cargadas de gente buena, mami, porque en el monte no todos somos culebras, le dice a mamá, aunque le metió veneno por el cuello.

Hay sangre en suelo. Parece sangre, pero no vemos. Suenan dos disparos, un grito de niño que puede ser el de Mary o un gato o Elenita. Las motos suenan muy raro cuando no hay luz. Parecen bestias.

Deja que los hombres se vayan y que las motos suenen, dice Elena tranquila. La noche es prisión y nos hace desconocernos. La luna no alumbra lo suficiente.

Había un hombre en la casa, insisto, y ahora somos menos, como cada vez que nos obligan a la sombra y no nos distinguimos. Entre la calle y la casa hay un trecho de monte y un colchón de basura. Aquí no se necesita la luz. Duerman más temprano y acostúmbrense a estar apagados cuatro veces por semana. Cuerpos felices a contraluz. Cuerpos oscuros de la patria oscura.

11:00 p.m. Las pupilas hacen sombra y ahí sabemos que no es mentira la tiniebla del país. No son iguales los ciegos que a los que no los dejan ver, dice la abuela levantándose del suelo. Las manchas de su ropa parecían negras, pero son rojas, como todo por estos días.

La oscuridad miente y asusta a veces. De eso se trata.

Llega luz, pero seguimos encandilados.

 

Nota prescindible

Cuando este relato se escribió en 2013, días después de la muerte de Hugo Chávez, tres horas diarias solía durar el racionamiento de luz en Barquisimeto, de lunes a viernes. Cuando el texto se revisó por primera vez en 2016, los cortes de luz se mantenían entres cuatro y seis horas. Ahora que se vuelve a leer en 2019, un apagón de más de ocho días en todo el país sigue manteniendo en oscura vigencia estas líneas. Nada que celebrar. Nada que decir, más que esa gastada sentencia de que “la realidad supera la ficción”.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

#DomingosDeFicción: Siete días

Salgo del metro por una de sus bocas más cariadas. Alrededor hay un circo de fieras despachurradas. Un vendedor de tostones me incinera el pescuezo con el aliento de su fogón cuando paso entre su brazo extendido, la servilleta y un vendedor de toallas de a mil. Salto un charco nauseabundo que siempre ha estado allí, insondable, grisáceo como la mucosa ventral de un elefante. Debo ejercer de atleta para no mancharme y dejar caer parte de la autoestima. Los autobuses se abalanzan sobre la piara de gente que evade la acera. Un deforme se me acerca con su ojo bueno enfocándome; el otro se le cierra tras una grapa amarillenta. Nada de esto me importa. Avanzo como una columna romana hacia mi cometido. Gano la acera de enfrente y una pequeñuela precoz me asalta con su papelito de Internet, curso de inglés u oferta de celulares en combo. Lo desecho.

Voy a su encuentro. Espero con impaciencia el ingreso de dos personas torpes en el ascensor, me escabullo tras ellas. Son mujeres, una frisa los setenta, la otra es pretenciosa, se le va una mirada fugaz hacia mí y luego finge fijarse en la pantalla de los pisos. Está regular, algo moderna con sus lentes de pasta, cruzando hacia coqueta. Muy soft para mi gusto. Hoy solo tengo ojos para otra. Olvido rápido a la veinteañera del ascensor. Me bajo y no digo nada en absoluto. Muy pronto la veré. Me abre la puerta tras el atorrante timbre. Sus ojos brillan, su cabello reluce y hoy lo tiene recogido en cola de caballo. Sus labios se abren tenuemente, muy sutil su lengua se columpia entre sus dientes parejos. Me conduce al cuarto de atrás. Veo sus redondeces ceñidas por el pantalón atravesar la galería; nos separan unos centímetros. Ella es solo mía en aquel momento en que la pasión espera su turno agazapada. Sus curvas traseras son mesuradas, pero no le falta nada; cada movimiento tensa la línea entre sus nalgas y la parte donde comienzan sus piernas, ese divino pliegue que no sé cómo se llama. Jadeo imperceptiblemente.

Me acuesta en su cama con motivos rosados, me hace sentir cómodo, conversamos casi entre susurros y, de vez en cuando, su risa vibra rápida como un móvil de cerámica. Luego me hace mover para ponerse más cómoda. Su atracción por los aparatos, por los preámbulos me hace sentir un bebé de meses. Siento más que eso, que estoy en sus manos gráciles pero decididas, meticulosas, sabias. Me mima, está pendiente del más mínimo detalle. Acaricia mis labios, untándome algún aceite para el placer. Parece que fuera mayor, pero es una niña de veintisiete. Luego, su predilección más ingrata me hace temblar, algunos instrumentos de tortura que parecen nazis me invitan a pensar en las concesiones del amor, mientras me obligan a verle la cara positiva al maltrato físico. Todo lo bueno de la vida exige sacrificios, o compromiso. ¿Cómo decía aquel refrán montado en esmalte sobre una baldosita, en alguna tasca? Esto no lo pensé ni lo recordé esa tarde, eso fue después. Aunque estar allí encerrado con ella, de espaldas a la tragedia del mundo, me lleva con frecuencia a ciertas ensoñaciones, a parpadeos que tomo como bocanadas para recuperar un vigor que se va agotando en el quieto del tiempo de un cuarto.

Ella recuesta sus senos en mi coronilla, le gusta hacerlo y a mí me lleva a un infinito sin planetas. Siento su presión de gamuza, sería imposible para un ingeniero fabricante de cojines reproducir esa textura; el que la haya sentido lo sabe, no habría que explicárselo. Solo sonreiría, como yo al recordar. Entonces, su perfume delicado pero acentuado, una tintura de sexo, termina de penetrar mis enloquecidas hormonas, me infiltra como un comatoso y ya estoy fuera de mí. Tengo cada parte de su cuerpo muy cerca, me transmite así sus emociones, sus arterias me golpean al latir. Sus ojos ven dentro de mí y su boca se aprieta, se abre, emite un sonido en idioma de sirena. Cómo negarlo, estoy encantado por esta mujer.

Es una intensa jornada, dulce, fuerte, desigual, una montaña rusa o balancín de parque de diversiones en lo que concierne al límite entre las emociones y el aguante físico. Nos sometemos a una prueba peligrosa, al borde del fracaso y, sobre todo yo me siento vulnerable, aunque a veces me anoto un tanto y ella deja ver más allá en sus expectativas, cuando entre líneas hace notar su interés en mí, preguntándome algo innecesario que la delata. Allí retomo el control de la situación y me siento poderoso, lo que es necesario para el hombre y el equilibrio del combate. En la posdata introducimos la charla casual, el comentario alegre que se mantiene lejos de lo chocante. Intimidad, si saben de qué hablo. Es la celebración por el encuentro que culmina y al mismo tiempo el presagio de una pausa dolorosa. El inútil antídoto para la angustia de los minutos vacíos que nos esperan, armados hasta los dientes de vulgaridad. Pero cuán a menudo recurrimos y recurriremos a la dichosa artimaña. La valentía está peleada con las cosas del corazón y la anestesia.

Vuelve a tratarme como un niño, endulzándome los oídos con recomendaciones y usando una hermosa condescendencia para mis nerviosos chistes. Retoma el poder a punta de mohínes, vuelve la mujer a hacer masa de maíz con mis gritos silenciosos de desesperado. Fingimos algo, un tanto de indiferencia cuando me conduce a la puerta, caminando lánguida por la tensión liberada en la larga sesión. La detallo en un reojo condensado. Luego, una pregunta inesperada, un adiós con los ojos que tiene algo de eternidad en él. Me siento como dopado. Solo puedo pensar en la escena de la próxima semana, cuando la veré de nuevo. ¿Será igual?, ¿mejor?, ¿se hará la indiferente para herirme?, ¿me aterrorizará con algo de recato? Antes de saber eso seré un guiñapo contando horas. Aunque mis dientes estarán bien, mejor que nunca; ella es la mejor dentista que conozco. Y mi alma estará tan paralizada como si le hubieran disparado un dardo de cloroformo, igual que en los documentales sobre leones.

 

Por Luis Laya 

#DomingosDeFicción: Diferencias irreconciliables

Nos conocimos en una posada de Puerto La Cruz. Él estaba con su novio, un muchacho alto y de mirada atenta. Yo iba con mis amigas, de camino hacia Porlamar. Ellos eran de Caracas. Se trataba de una posada para gente gay y bastante pronto congeniamos lo suficiente como para atrevernos a salir en grupo todos juntos en las noches, y pasar el día en alguna playa cercana. Al final, intercambiamos números de teléfono y una vaga promesa de reunirnos de nuevo en Caracas. Ellos incluso acudieron a despedirnos en el puerto, antes de que subiéramos al ferry, y reíamos jugando a que nos embarcábamos en una larga travesía por mar en un transatlántico de lujo. Pensé en Oscar varias veces, pero no se lo mencioné a mis compañeras de viaje. Me había impresionado su sonrisa fácil y el tono pálido de su piel.

Cuando nos saludábamos, él solía retener mi mano tal vez algunos segundos más de lo debido, pero parecía que ninguno le daba importancia. Me dije que él tenía novio, para aplacar la ebullición de mi deseo. Ya había superado esa etapa caótica en la que uno se enreda sin pensárselo mucho con otro hombre comprometido en una relación ajena. Oscar tenía novio y yo debía respetar eso. Me lo repetí cada vez que el recuerdo de su cara emergía en los momentos menos esperados. Nos quedamos en Porlamar durante dos semanas más, visitando a la hermana de una de mis amigas, y después hicimos la lenta travesía de vuelta, sin quedarnos en Puerto La Cruz, pero dejando que el recuerdo de la sonrisa de Oscar mordisqueara mi memoria al descender del ferry en el puerto.

Oscar me llamó al cabo de quince días. Eso me sorprendió bastante, aunque confieso el regocijo que erizó mi piel al reconocer el tono de su voz al otro lado del auricular. Conversamos por espacio de una media hora, con fluidez, con espontaneidad, entre risas; y sólo al colgar la llamada comprendí que en ningún momento le había preguntado por su novio. Pero casi enseguida asimilé que Oscar tampoco lo había mencionado. Eso me hizo sentir incómodo y entusiasmado al mismo tiempo. Fue una de esas abruptas experiencias que te obligan a retroceder hasta la ambivalencia típica de los años adolescentes. Así, las llamadas de Oscar se repitieron a lo largo de todo el mes, siempre líquidas, siempre relajadas, hasta que surgió la idea de vernos en Caracas en uno de mis acostumbrados viajes para comprar libros.

—Luis –dijo él–, ¿qué te parece si vamos al cine?

—¡Excelente!

—Voy a revisar qué películas hay en cartelera. ¿Te interesa alguna?

—Pues… Sí. Ya que lo mencionas, me interesa mucho ver Callas Forever. ¿La conoces?

—Hmmm… No. No la conozco. ¿Compro las entradas?

—No, mejor no. Espérate.

Yo ignoraba cuánto tiempo me llevaría recorrer las librerías que pensaba visitar. Es algo que suele extenderse sin que me fije en el paso de las horas. Terminé acodado en la baranda de un centro comercial y llamé a Oscar desde mi teléfono móvil. Me dijo que llegaría al cabo de media hora. Aproveché para tomarme un café sin apresuramientos y pensar en lo que estaba a punto de hacer. Él todavía evitaba mencionar a su novio, y yo lo imitaba sin vergüenza. Me pregunté si habrían roto su relación, si tal vez habían discutido o estaban separados temporalmente. Mirando el fondo de la taza me atreví a especular si estaría haciendo lo correcto, porque soy muy quisquilloso con estas cosas del amor. Lo cierto es que me sentía muy atraído por Oscar, por su sonrisa, la textura de sus manos, el color de sus ojos, la atención que prestaba a mis palabras, la charla tan fluida que lográbamos compartir, pero ¿era eso suficiente para dar un salto de fe? ¿O estaba malinterpretando todo lo que pasaba entre nosotros? Se me ocurrió que quizás Oscar me apreciaba como un amigo y nada más; aunque pronto deseché esta idea. Este tipo de impresiones suele ser fulminante: tú reconoces cuando otra persona se siente atraída por ti. Oscar llegó con un ligero retraso, pero no me importó porque la película aún no había comenzado.

—¿Quieres tomarte algo? –dijo.

—No, gracias; ya me tomé un café. Además, tenemos el tiempo justo. Vamos.

Él compró las entradas y buscamos dos asientos en la penumbra del cine. Callas Forever era una película de Franco Zeffirelli sobre los últimos días de la cantante Maria Callas, interpretada por Fanny Ardant. Jeremy Irons interpretaba a un álter ego de Zeffirelli que buscaba a la Callas para grabar una versión fílmica de la ópera Carmen. Esto ocurría durante los años finales de la diva, cuando la tecnología musical permitía superponer las grabaciones de sus viejas óperas a las imágenes filmadas en la actualidad de 1977. Al principio, ya sentados, con las escenas iniciales en la pantalla, me atemoricé un poco por la proximidad de Oscar. Incluso sopesé la idea de cómo podía reaccionar si él decidía tomarme de la mano. Dentro de la sala no había mucha gente porque se trataba de una película artística, así que no me importó si el contacto físico sucedía. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Oscar comenzara a mostrarse incómodo en su asiento. Cambiaba de posición, carraspeaba, miraba de reojo en mi dirección, se rascaba el brazo.

Maria Callas

—¿Te sientes bien? –dije.

—Sí, sí –dijo él–. Tranquilo.

Pero no me tranquilicé. Resultó difícil que concentrara mi atención en la película cuando al mismo tiempo notaba la inquietud de Oscar. ¿Sería por mí? ¿Habría alcanzado el punto exacto de inconformidad allí a mi lado? ¿Tal vez hizo falta que nos metiéramos en un sitio oscuro y cerrado para que él comprendiera la tontería que estábamos a punto de hacer? ¿Estaba pensando en su novio? Oscar se removía en su puesto y permanecía silencioso. Al cabo de veinte minutos noté que se inclinaba hacia mí:

—Luis, disculpa, te espero afuera, ¿sí?

Lo miré atónito.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal?

—No, nada de eso. Te espero afuera. Tranquilo.

—Pero…

Ya Oscar estaba en el borde de su silla, dispuesto a levantarse, y sentí que mi curiosidad era inútil en ese momento; pero quise insistir:

—¿Pasa algo malo?

Oscar se inclinó hacia mí y bajó la voz.

—No pasa nada –dijo–. Discúlpame. Es que la película no me gusta y me parece aburrida. Quédate aquí. Termina de verla. Yo te espero afuera. Voy a tomarme un café.

Se levantó de inmediato y me quedé con la boca abierta. Los engranajes de mi mente se pusieron en movimiento empujados por un aria de la Callas. ¿Cómo podía parecerle aburrida? ¿Cómo no podía gustarle? Maria Callas era, y es, una de mis artistas favoritas. A pesar de los que critican el filo rugoso de su voz, a mí me sigue conmoviendo como la primera vez. Además, la actuación de Fanny Ardant en la pantalla era deslumbrante. Me quedé allí sentado, incómodo, aturdido, sin entender bien lo que acababa de suceder. Cuando la película terminó, y salí, encontré a Oscar sentado frente a una mesa de un café cercano.

Muchos años después, acostados en dos hamacas equidistantes en el corredor de su casa, mi amiga Rosamer pronunciaría unas palabras que sólo entonces me ayudaron a comprender lo sucedido con Oscar en Caracas. “Ay, amigo”, me dijo ella, “tienes que entenderlo: hay relaciones que nacen con fecha de caducidad. Algunas veces se transforman en abortos involuntarios. Nacen sin vida, pues”. Y yo me quedé callado, pensando en él, mirándonos de nuevo en aquella mesa del centro comercial, con el eco de la música todavía en mis oídos, compartiendo sendas sonrisas rotas y frases suplementarias para alargar el momento de la despedida. No volví a saber de él, por supuesto; y creo que los dos nos sentimos satisfechos de ese resultado. Quizás a él no le interesaba comenzar una relación con un gay que parecía una doña prematura aficionada a la ópera; pero lo cierto es que a mí tampoco me interesaba iniciar un romance con un tipo atractivo que despreciaba la voz más sublime que había cantado en todo el siglo XX.

—¿Soy muy exigente –le dije a Rosamer– por querer un novio que comparta mis gustos musicales?

—Sí, tal vez. Un poquito.

—Porque… Se supone que las diferencias enriquecen, ¿no?

—Ajá, querido –dijo ella–; pero en tu caso, parece que son diferencias irreconciliables.

 

Por Luis Guillermo Franquiz  | @lgfranquiz 

#DomingosDeFicción: Un cariño imposible de esquivar

Cuando uno se encariña con los animales, debe demostrarlo con acciones, porque, por lo general, se mueren primero que uno. Y después queda la tristeza y la melancolía, como si hubiera sido una parte de nosotros la que hubiese muerto y puede que se sienta un mea culpa, por no dar a conocer los sentimientos mientras el animal estaba vivo. Suena exagerado, lo reconozco, porque al parecer las manifestaciones de pesar están guardadas para las relaciones entre humanos. La muerte de una mascota, sobre todo si lleva años conviviendo con el grupo familiar, golpea fuerte en el ánimo de cada integrante. Solo que cada uno demuestra su apego, a su manera. A nosotros se nos murió la perra y aunque al paso de los días la pesadez de esa realidad se fue diluyendo poco a poco, siempre quedaron jirones de nostalgia por el recuerdo lacerante que sentíamos al pasar por algún rincón de la casa donde se echaba.

Era una perra que llegó con nosotros desde los Llanos. Comprada a un veterinario que le cortó el rabo, demasiado, decíamos, para presentarla ante nosotros, como si eso le otorgara un pedigrí como credencial de alcurnia. De color blanco con grandes manchas negras en toda su extensión corporal. Era inteligente, como muchos dicen de sus mascotas, porque obedecía a las indicaciones dadas, pero tenía sus mañas.

Muchas veces le daba por abrir hoyos para enterrarse y dejar solamente el hocico afuera. Como un periscopio de submarino. Eso marcó una distancia insuperable con mi suegra (vivíamos en su casa), resultando una lucha sin tregua entre la perra por hacer sus huecos y la doña por castigarla cada vez que le sacaba una mata de su lugar de plantación.

Muchas veces ganaba la perra, porque eran más los huecos que abría que los que tapaba mi suegra.

Era cazadora también, sosteniéndose en tres patas, con una de las delanteras doblada y la mirada fija en el objetivo avistado: palomas, turquitas, una variedad de perdices, iguanas y todos aquellos animales que osaban entrar al ambiente casero. A los gatos los perseguía con una velocidad impresionante, haciéndolos saltar los muros, hasta perderse por aquellos vecindarios.

Debo decir que libró la casa de felinos, porque el techo se había convertido en una de las estancias favoritas de ellos, para dormir la siesta sobre los tejados o para proferir aquellos gritos y chillidos nocturnos cuando andaban en actos derivados de la hembra en celo.

Con el paso del tiempo, la matrona (mi suegra), que no se había sacado la espinita de su guerra particular por los hoyos en la tierra y sin tomar en cuenta estos favores hechos por la perra, optó de una buena vez a mandar a rellenar de cemento todo el patio, dejando apenas una pequeña zona de tierra donde tenía sus matas de cambures y plátanos. Así, nuestra perra vio limitada su alegría.

Una madrugada en que la había dejado encerrada dentro del balcón por haber un tiempo de lluvia que iba acompañado de truenos, cuyos estallidos la espantaban, la encontré muerta.

La perra estaba echada a todo lo largo, con su hocico pegado al piso, que era lo característico de ella. La envolví toda con una manta ya gastada por el uso y la metí en una caja y la cerré lo mejor que pude. Todo esto en medio de un silencio pesado por parte de las muchachas: mi esposa, mi hija y mío también, qué carajo. Todos estábamos apesadumbrados.

Ahora venía la parte más engorrosa del asunto, porque en una sociedad donde no hay un destino final para los restos de animales, como no sea dejarlos arrumbados, pudriéndose a la intemperie en algún recodo de una calle solitaria, no encontrábamos qué hacer. Entonces mi suegra, que hasta esos momentos no había manifestado ninguna emoción y con una tristeza que le columpiaba en el rostro, exclamó: ¡Entiérrala alrededor de la matas de cambures y plátanos! Al fin y al cabo –siguió– esa tierra donde están sembradas esas matas llegó a ser más suya que mía. Lo dijo casi que murmurando, pero todos la oímos.

 

Por Victor Celestino | @RodriguezTico

#DomingosDeFicción: La inminencia del olvido

Here we stand or here we fall.

History won’t care at all

Queen

En el Ministerio del Olvido lo sabían muy bien y la ansiedad se estaba propagando por todos sus empleados como si se tratara de una gripe contenida en las oficinas. Estaban conscientes de lo infalible que era el funcionamiento de su departamento. Una vez que los números avanzaban en dirección al olvido inminente, era imposible detenerlo. Era cuestión de que alguien más olvidara a Caracas para que tuvieran que escribir su nombre en un gran cuaderno de cuero negro y páginas muy blancas. Luego guardarían ese cuaderno en una estantería recóndita del Ministerio para confundirse con todos los demás cuadernos donde se han guardado las cosas que la humanidad ha ido olvidando con los siglos; después se perdería la estantería y al final nadie recordaría cómo llegar a esa habitación hasta que tuvieran que incluir algún otro olvido. Pero para ese momento ya nadie recordaría que alguna vez –minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos atrás– alguien había escrito el nombre de una ciudad entera y la había condenado a la perdición. Porque a pesar de trabajar para el mismísimo Ministerio del Olvido, no estaban exentos de los efectos que este despacho provocaba en las mentes de las personas comunes.

Resultaba, además, que el olvido llegaba sin aspavientos y esa era una de las principales molestias de los funcionarios del Ministerio. El olvido era imperceptible, indetectable, inaprehensible para aquellos que eran cubiertos con su manto. Quien olvidaba de repente podía tener alguna noción de que no recordaba algo, pero quien era olvidado jamás se daba cuenta de su estado. Podía llegar como un bajón de luz, como un cambio súbito y breve en la temperatura, como una ráfaga de viento muy frío o muy caliente, como un ligero temblor. Alguien le preguntaría a su hijo, a su esposo, a su vecino ¿sentiste eso?, y la otra persona contestaría de forma vaga, errática, algo como sí, creo que sí, ¿la luz? Luego seguirían con sus vidas, pero sin que nadie fuera de su territorio lo notara, porque ya habrían sido olvidados.

Lo que incomodaba a los empleados del Ministerio era que, a pesar de que ellos no pudieran recordarlo, sabían que había caseríos, pueblos, ciudades y países enteros viviendo en ese estado de olvido. Gente que se levantaba por las mañanas, se tomaba una taza de café viendo al horizonte, salía al trabajo, reía, lloraba, vivía, moría, todo al margen del mundo. Quedaban circunscritos a esas fronteras ya invisibles para el resto de la humanidad, funcionando en un compartimiento especial del tiempo, congelados por siempre, sin avance, sin retroceso, sin debacle, sin gloria, atrapados en un presente eterno del que no eran conscientes.

Sabían también los empleados del Ministerio que el olvido tenía su forma particular de obrar sobre las mentes de los olvidados. También ellos perdían cosas en el camino. Dejaban de recordar con claridad a esos que estaban en ciudades distintas, dejaban de extrañarse por la falta de una llamada casual por la noche, de un mensaje de cumpleaños, de un “buenos días” azaroso. Ya no se imaginaban la vida fuera de las calles que conocían. Incluso, en algunos casos extremos de influencia del olvido, algunos comenzaban a configurar como mitos y leyendas todo lo que sucedía en otros lugares, como si lo único real era lo que pasaba en la burbuja que habitaban.

De vez en cuando, llevado por sabe Dios qué impulso, algún olvidado podía moverse a fuerza hacia los límites de la ciudad, salir, escapar y visitar otros sitios. Podía llegar a recordar lo que era vivir en un sitio que está en la mente de los demás. Encontrarse con la cálida sensación que produce el reconocimiento en la cara del otro, el abrazo de tanto tiempo sin verte, hermano, ¿qué es de tu vida? Pero luego era incapaz de volver y contarle a los demás sobre sus nuevas experiencias, porque tan pronto como abandonaba el territorio sumido en el olvido, esa persona lo olvidaba también, olvidaba el camino de regreso, olvidaba las razones por las cuales tendría siquiera que volver.

Solo era cuestión de tiempo para que alguien más olvidara a Caracas y su nombre pasara algún cuaderno de cuero. En el Ministerio lo sabían, pero luego se tranquilizaban entre ellos diciéndose que, tan pronto como sucediera, lo olvidarían, como todo lo demás.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

#LuisVicenting: 10Escenarios (im)posibles para 2019

¿Habrá transición este 2019? ¿O todo seguirá igual, es decir, siempre un poco peor? Los economistas tipo Luis Vicente León que analizan “escenarios país” son los nuevos astrólogos: puedes hacerte rico prometiendo que cada año seremos más pobres. Adriana Azzi pronosticó para 2018 que el cáncer “recorrería los pasillos de Miraflores” y se peló: debió haberlo dicho en 2011. Proponiendo diversos escenarios, casi nunca quedas tan mal.

¿Qué pasará en este país después de la decisiva fecha del 10-E? Reduce tu incertidumbre con nuestro #LuisVicenting: te garantizamos que es prácticamente imposible que en 2019 no suceda alguno de estos 10 escenarios tan exhaustivos como una charla táctica de Pep Guardiola antes de jugar con el Liverpool (pero para que no nos pase como Adriana, mejor digamos que es casi imposible).

1. Escenario Renny Ottolina: no, no es que va a resucitar el showman de la TV que muchos siguen pensando que pudo haber cambiado la historia contemporánea de Venezuela. A lo que nos referimos es a su apodo: el Número Uno. ¿Cuál es siempre el escenario Número Uno? Que todo siga igual. Siempre es lo más fácil: todo cambio requiere vencer a la pereza, uno de los más subestimados rasgos de la humanidad. Maduro asume el 10-E y nada se lo impide. Sigue habiendo hiperinflación (taima, acuérdate de que en Nicaragua duró cinco años) y hay una nueva reconversión en junio. La comunidad internacional patalea pero se hace más o menos la loca. La gente se sigue yendo, pero nunca todo el mundo, cuando mucho un tercio de la población. Todo empeora indefinidamente menos el sol, que cada mañana sale para todos. La Constituyente sigue sin elaborar ninguna constitución y se dedica a retrasarle la pelota a los defensas centrales (a.k.a quemar tiempo). Los militares se percatan de que no toda Venezuela es igual al C.C. Los Próceres, pero ante la posibilidad de una transición, concluyen que: la pinga.

¿Muy pesimista todo? Recuerda siempre esta máxima budista: “Muchas veces la solución a los problemas más grandes está en no hacer nada”.

2. Escenario Disney: Maduro tiene un sueño el 9 de enero y recapacita. Decreta en Gaceta Oficial que todo lo que ocurrió después del 31 de marzo de 2017 –el día en que Luisa Ortega dijo que se había roto el hilo constitucional– jamás existió. La Constituyente se disuelve a sí misma y deja la vaina así, se elimina el carnet de la patria, se juramentan los diputados del Amazonas (que probablemente ya fallecieron de malaria o se convirtieron en mineros ilegales) y se le restablecen todas sus competencias a la Asamblea Nacional. Se organizan nuevas elecciones presidenciales sin ninguna restricción, pero Henrique Capriles y María Corina Machado se postulan por separado y dividen los votos de la oposición. Un mundo ideal solo existe en la película de Aladdin.

3. Escenario Pixar: escuchado hace unos días en la radio, no estamos inventando. El Gobierno venezolano se harta de ser un paria internacional. En este momento, mientras tú lees estas pendejadas, hay gente preocupada por nosotros negociando en un cuartico con unos whiskies de por medio y no nos estamos enterando. Se le pone plazo y límite a la actuación de la Constituyente. Los partidos de la oposición son habilitados, sueltan a los presos políticos y se renuevan las autoridades electorales, con un pequeño detalle: un acuerdo para que no haya presidenciales hasta 2025. Siempre hay que ceder algo a cambio, ¿qué te crees?

4. Escenario norcoreano: a pesar del discurso oficial contra las remesas ilegales, algunos concluyen que, para regímenes como el cubano o el venezolano, fomentar la diáspora es negocio. En Harvard estiman que, sin ningún cambio económico, la legión extranjera podría superar los ocho millones en 2019. ¿Pero qué pasaría si el Estado-PSUV determina que una emigración excesiva hace inviable su permanencia? Pues siempre hay que estar preparado para el peor escenario posible: nos volvemos Corea del Norte, probablemente el sistema de control social más depurado de la historia de la humanidad. Los Golden State Warriors, pues. Venezuela construye muros no para impedir que venga gente, sino que se vaya. Para emigrar debes arriesgar el pellejo. Desaparecen todos los medios privados, se restringe Internet prácticamente solo para turistas y funcionarios y se perfecciona el aparato de reeducación, sumisión y represión. ¿Quieres consuelo? 27% de la población nocoreana sigue siendo considerada “incorregible”, 45% “oscilante” y solo 28% totalmente leal al partido único, según el libro Diarios de Corea de Bruno Galindo.

5. Escenario Tormenta de la Selva: harto de tener un vecino que apesta a la palabra que más aborrece (socialismo), el nuevo presidente Jair Bolsonaro acomete una operación militar de liberación de Venezuela. Solo después recuerda lo lejos que está Caracas y que en medio está atravesada la jungla amazónica. De manera remotamente similar a lo que le pasó al ejército napoleónico en el invierno ruso, las tropas brasileñas emprenden la retirada doblegadas no por los milicianos venezolanos, sino por la plaga. En todo caso, parece más probable una invasión del ELN que de la planta insolente de un ejército extranjero.

6. Escenario Pizarra Mágica: estamos tan desesperados porque ocurra algo, que mentalmente nos aferramos a cualquier palo de ahorcado. Por ejemplo, esa colonia bacteriana fuera de control llamada Constituyente. Por ahí ha circulado la tesis de la “Megaelección” convocada por la ANC. Vamos de nuevo a las urnas para renovar todos los poderes, incluida la presidencia. Con el mismo CNE actual y los puntos rojos que te esperan en la bajadita a la salida del colegio; pero bueno, no importa, el fútbol lo juegan once contra once, la pelota es redonda para todos y siempre queda la posibilidad de que se le salga una rueda a la carreta.

7. Escenario Mnangagwa: léase “Manguangua”. Una mañana de Dios de noviembre de 2017, los zimbabuenses amanecieron con la noticia de que la lluvia ya no caía de arriba hacia abajo y el presidente ya no era Robert Mugabe. Días después se conoció el nombre de su sucesor: Emmerson Mnangagwa, un caimán del mismo caño con 20 años menos (tiene 76), miembro de su mismo partido y también sancionado por la comunidad internacional. ¿No querías transición? Toma tu transición. No olvides que antes Mugabe estuvo en el poder 37 años, por lo que poner fecha tentativa a una eventualidad así es jugar con las esperanzas de los venezolanos. Consuelo: Bob Marley escribió una de sus canciones más emotivas para Zimbabwe. Afortunadamente el bueno de Bob no vivió para ver cómo esta nación africana llegó a tener un billete de 100 trillones de dólares zimbabuenses.

8. Escenario Gaige Kaifang: lo que nos calamos el pasado 29 de noviembre (aumento del sueldo que se vuelve agua sin ninguna reforma económica de fondo) fue solo un bluffing preelectoral. Consigue el número oculto en la caricatura de Panchita: en 2019 veremos lo que ocurrió en China en 1979, es decir, apertura pragmática al capitalismo salvaje. Hay quienes sostienen que esto está ocurriendo ya con vaselina, vía aumento del Dicom. Claro, el PSUV mantiene el coroto político bien agarrado y es probable que solo se lucren realmente los bolichicos de siempre, pero al menos podemos comprar celulares chinos, se construyen malls en Charallave y de rebote hay más comida disponible en la basura. Luego de mandar una nave a la cara oculta de la Luna, los chinos ahora recuperan nuestra industria petrolera. Tareck El Aissami es elegido Persona del Año por Time Magazine.

9. Escenario Krakatoa: así como es probable que en 2019 todo siga más o menos igual a 2018, tampoco se descarta que empeore drásticamente. Se queda muy corto el pronóstico del FMI de una inflación de 10 millones por ciento. Rusia, China, Turquía y compañía extraen materia prima sin que les conmueva el llanto de Valentina Quintero y presenciamos dolorosas escenas al estilo del árbol arrancado de la película Avatar; por ejemplo, la implosión del Auyantepuy para extraer coltán. El resto de la comunidad internacional decide aplicarnos una ley del hielo masiva y borrarnos de los atlas de geografía. Nos regalan armas nucleares para defendernos de los gringos pero los manuales están en alfabeto cirílico y nos equivocamos al manipularlas. Básicamente nos volvemos una placa tectónica que se hundió, un hueco en el mapa, un volcán que explotó y desapareció, lo que no deja de tener su grandiosidad épica.

10. Escenario Arcángel Miguel: lo que llaman el cisne negro (o el gorila albino). Algo totalmente inesperado, aunque no sabemos exactamente qué, hace que todo lo que estaba trancado se destranque como con Diablo Rojo. Se recupera la democracia pero no como una guanábana adeco-copeyana, sino una síntesis totalmente novedosa de lo mejor de nuestro pasado. Empiezan a regresar los que se fueron, aunque la verdad es que muchos sienten flojera y prefieren quedarse donde están. Vuelve RCTV. Se elimina el Ejército. Se construye un Memorial del Holocausto Venezolano en el Ávila para que lo vean todos los que llegan por Maiquetía. El país se parece a la cuña aquella del bus. Los alemanes asustados por la extrema derecha atraviesan el océano y convierten Ciudad Caribia en la segunda Colonia Tovar. Evolucionamos como seres de luz y aceptamos pagar tarifas justas por nuestros planes de datos. Caracas es la Nueva Jerusalén. Celebramos como al final del Episodio VI de Star Wars, pero con moderación, tolerancia, tacto y buen gusto para que no sustituyamos un resentimiento por otro.

¡Feliz 2019, a pesar de todo! Cada nuevo día es siempre es una página en blanco. Atrévete al reto #LuisVicenting y lánzanos tu escenario más probable. ¿Se te ocurre un número 11?

 

Por Alexis Correia

#DomingosDeFicción: Tan frágil como un estornudo

«Allá afuera los revólveres no respetan.

Plomo revienta y nadie se alarma más de la cuenta», Valle de balas

(Desorden público)

 

Una imagen de trece efectivos de la Policía Nacional Bolivariana asesinados en la entrada de la Cota Mil en La Pastora rodaba en Twitter la mañana del martes.

Era de mala calidad, pero se distinguía la sangre seca y abundante que cubría el azul marino de los uniformes policiales. Lo mismo para los que estaban de espaldas con las siglas blancas de PNB manchadas de rojo. Parecía un cuadro de Saudek con menos vergas y más sadismo. Para las siete de la mañana la foto ya era trending topic y los reportes de tránsito en la radio sugerían evitar la Cota Mil sentido oeste.

Caracas estrena muertos todos los días y por más rutinaria que fuese la gala de violencia, tráfico y descontento, había que salir a trabajar.

Ángel sabía cuál iba a ser la pauta del día y llegó al periódico a las siete y treinta con casco en mano y la cámara en el bulto. Radio y redes se hacían eco de lo mismo: cadáveres de policías apilados. Demasiado tráfico. La instrucción fue llegar a la entrada de La Pastora y averiguar qué había pasado. Bajó al cafetín y después de dos empanadas, un jugo de naranja y un café, volvió a la moto pensando qué ruta tomar para llegar a la escena. Se puso el audífono izquierdo sintonizando la emisión del tráfico y después de bordear la Francisco de Miranda llegó hasta la entrada de la Cota Mil en La Castellana

Evitar la Cota Mil en ambos sentidos. Motorizados armados toman ambas vías.

El ruido de los motores le impidió seguir escuchando el reporte. Se quitó el audífono y miró por el retrovisor la avalancha de motos tras él. Un motorizado se puso a su lado y el copiloto le extendió un palo. ¡Vamo’a matarlos, o joda, vamo’a matarlos!, decía mientras le extendía el palo que Ángel recibió sin pronunciar palabra. ¡Vamo’a matar a estos coño e’madres!, fue lo último que escuchó antes de que la moto lo rebasara.

Distinguió palos, pistolas automáticas, revólveres y ametralladoras, alzadas con euforia, rumbo al oeste de la ciudad. Ángel puso el palo entre sus piernas y, con la destreza que da ser motorizado en Caracas, sacó el celular, marcó el número de la redacción y puso el aparato dentro del casco a la altura de su oreja. Aceleró hasta el fondo, mientras con la mano izquierda alzaba el palo en señal de protesta, mimetizándose con los demás. ¡Hay un coñazo de motorizados armados, van en ambos sentidos y hay carros devolviéndose en retroceso y en contravía!, le gritó Ángel al interlocutor, cuya voz no reconoció entre el ruido de las motos. ¡Vete de ahí, vete de ahí!, escuchó mientras veía por el retrovisor cómo la avalancha de motos no cesaba. ¡Cota Mil, Prados del Este y avenida Francisco de Miranda están tomadas! ¡Esta vaina huele a golpe! Volteó la cabeza hacia el palo que izaba en la mano izquierda y vio la hora en su reloj. Eran las ocho y cinco de la mañana y alrededor todo eran motos andando, carros inertes y hombres trepándose la isla que separaba los sentidos este-oeste, armados y coléricos.

Esta vaina no es un golpe, pensó Ángel.

Entre motores chirriantes y disparos, Ángel se dejó caer sobre su moto en la porción de grama que separaba ambos sentidos de la Cota Mil. Con la moto como escudo, logró sacar el celular del casco y volvió a llamar a la redacción. ¿Qué coño es lo que está pasando?, gritaba Ángel sin poder distinguir, otra vez, la voz de quien contestó el teléfono. Todo eran motores y balas. ¡Sal de ahí!, logró escuchar. ¡Sal de ahí que están mandando a los militares! Ángel era un bulto aplastado por su moto mientras las balas sonaban. Miró hacia abajo y vio su jean roto y manchado de tierra, los Converse fieles de tantos años y su franela de la suerte con una cita de Rafael Cadenas. Pensar que hace dos horas se había levantado para hacer lo mismo de siempre –documentar la violencia– y que esta vez, con su franela blanca de la buena suerte, el turno de vivirla le había tocado a él. No tenía arma y de tenerla no la usaría. Tampoco sabía cómo. El beso de su mamá antes de salir de la casa y el Dios te bendiga de todos los días, podía ser el último que escuchara por salir a hacer su trabajo como un día cualquiera en esa Caracas que no era la de siempre, no la que él recordaba.

¿Quién eres tú, qué haces tú ahí, le gritó un tipo negro, vestido de jean gastado y una franela negra ceñida al cuerpo que decía ARMANI en letras plateadas, quien bajándose la moto subió su franela y dejó ver el mango de un revólver.

Ángel no pudo articular.

—¿Qué quién eres tú te estoy diciendo, mamagüevo? –repitió, mientras Ángel volteaba a ver el piloto de la moto de la que el negro había descendido, quien lo increpaba con la misma mirada amenazante.

El hombre levantó la moto que hacía de escudo y la dejó caer hacia la calle. Tomó a Ángel por la franela y lo puso de pie. “Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados, Rafael Cadenas”, leyó el tipo en la franela de Ángel.

Ah, vaina ¿y quién es Rafael Cadenas, el novio tuyo?, espetó mientras ponía a Ángel de espaldas y abría su bulto.

Poco tardó en descubrir el carnet de fotoreportero. La cámara, su cartera, la caja de Belmont y el celular yacían en la grama. Y ahí se quedarían. Ángel aún no lograba articular palabra, sólo se mareaba con la frase de Cadenas que sonaba en su cabeza, con la voz de su mamá, de Cadenas, de él mismo y del malandro que lo amenazaba: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

La muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, alias Pericu, ya era de conocimiento público. Todas las emisoras de radio del país se hacían eco de la noticia de que el criminal, oriundo del estado Guárico, había sido abatido en Caracas en un operativo de la Policía Nacional Bolivariana.

A pesar de que las versiones de vecinos aledaños a la zona del enfrentamiento alegaban que el Pericu había logrado escapar, el rumor sobre su muerte corrió por toda la zona, provocando que afectos de su banda arremetieran contra los PNB que habían llevado a cabo el operativo y se produjera la masacre que resultó en la muerte, en horas de la madrugada, de los trece efectivos policiales.

Eran las nueve y quince minutos de la mañana en Caracas y los miembros de la banda del Pericu no tenían noticias sobre el cuerpo de Tabares Moncada.

Nacido en Guárico en 1989, a sus veinticinco años era el criminal más buscado del país. La primera gran alarma para las autoridades fue en 2013, cuando dio de baja a 11 miembros de una banda rival en Altagracia de Orituco, de la que sumó a su banda a los sobrevivientes otrora rivales. Junto a ellos acumuló otros 32 homicidios. Así dio forma a una organización criminal que cruzó las fronteras de El Sombrero, en Guárico, expandiéndose hacia el estado Anzoátegui, Aragua y la capital del país.

En el ínterin del crecimiento de su banda, la prensa guarda registro de seis funcionarios policiales abatidos, personalmente, por el Pericu. Rogelio Jesús Medina, 35 años, era inspector del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) y fue ultimado en una emboscada en El Sombrero, en julio de 2013. Medina acababa de estacionar su camioneta en un restaurante cercano al sector del Pericu, cuando fue rodeado por ambos lados por hombres armados con ametralladoras. Lo último que vio Medina fue al Pericu, quien se paró frente al vidrio frontal de la camioneta y dio el disparo de gracia que atinó en el ojo izquierdo del inspector. Acto seguido, quienes rodeaban la camioneta descargaron sus municiones sobre ella, dejando al occiso con 241 impactos de bala; Juan Carlos Ferreira, de veintitrés años, fue abatido pocos días antes de Navidad del mismo año en un enfrentamiento entre la banda del Pericu y el CICPC. Ferreira fue botín de guerra de la banda, a quien el Pericu ultimó metiéndole el cañón del revólver 38 en el ano, disparando en seis ocasiones; Luciano Paduel Peraza, 34 años y miembro activo de la Policía de Aragua, fue emboscado por la banda del Pericu mientras patrullaba en el barrio Universitario de la Región. Al verse rodeados, los efectivos alzaron las manos en señal de rendición. El Pericu entregó al copiloto al resto de la banda y a Paduel, quien manejaba la patrulla, lo esposó al volante y le dio un solo disparo en la nuca. De ese crimen surgió el mote de Pericu, después de que Tabares enviara una nota de voz por el Blackberry del occiso al director de la policía, diciéndole hice al paco hablar como un pericu… que dejen de buscarme, les dije ya.

CICPC

Enver Astroberto Méndez, 30 años de edad, oficial agregado de la Policía de Aragua, dio la voz de alto a un vehículo que, sin saberlo, conducía el Pericu. Al bajar la ventana sólo vio el cañón de la nueve milímetros cuyo impacto le dio en la cara, dejando el cuerpo tendido en el sector El Loro, de la carretera San Casimiro-Cúa, estado Aragua; Óscar Avendaño, agente del CICPC, fue ultimado llegando a su casa. El móvil del crimen, al parecer, había sido su participación en el allanamiento de la propiedad de una de las novias del Pericu; Humberto Estrada, también oficial del CICPC, asesinado durante un operativo de búsqueda al Pericu, fue encontrado dentro de un barril, incinerado, piernas y brazos fracturados y un balazo en la cabeza.

En medio de dos dolientes de Pericu, estaba Ángel a bordo de una moto. A pesar de ser motorizado hace más de ocho años, nunca había visto tal destreza en un piloto: tres pasajeros a más de 80 kilómetros por hora, sentido este, esquivando carros vacíos y otros con la gente adentro cubriéndose de las balas. Cauchos, ramas y piedras trancaban la vía y a medida que iba dejando otros destrozos, miedo y gritos tras de sí, el coro de los dolientes que clamaba ¡Pericu, Pericu, Pericu! Hasta que a la altura del distribuidor El Marqués, logró divisar una tanqueta del Ejército trancando el paso y apuntando a los revoltosos. ¡Sigue derecho, huevón, dale pa’Terrazas! ¡Estás loco, pajúo, ahí no hay por dónde salir!  ¡Entonces dale pa’La Urbina! Y Ángel en medio, sin intervenir ni opinar sobre el destino de esas tres vidas.

Sobre la autopista a la altura de La Urbina sentido oeste, el escenario no era muy distinto. Desde el otro lado de la calle, los perdigones, gases lacrimógenos y disparos no cesaban. Una detonación retumbó en los oídos de Ángel. Cerró los ojos y sintió cómo la moto perdía control y los tres cuerpos rodaban en el asfalto, entre más motos, más manifestantes y una espesa nube de gas.

El ingreso del cuerpo de Juan Andrés Tabares Moncada a la morgue de Bello Monte fue a las seis de la mañana y se trató como secreto sumarial, mientras las autoridades preparaban un plan de contingencia ante una posible retaliación, informaron en Twitter usuarios y medios contrapuestos como Últimas Noticias y el Diario Tal Cual. Información de la que hicieron eco El Nacional, Contrapunto, La Patilla y Noticias Venezuela. A las diez de la mañana, colectivos armados y simpatizantes del Pericu irrumpieron en la morgue en motos y un carro fúnebre custodiado por ellos. El cadáver del Pericu fue retirado de las instalaciones de la morgue y puesto en un ataúd donde inició la procesión que, decían, acabaría frente al Palacio de Gobierno, con la venia o no, de las autoridades.

El tipo de jean gastado y camisa negra Armani yacía boca abajo con un disparo en la cabeza y los ojos bien abiertos. Vivo y golpeado, Ángel logró incorporarse. Su franela blanca con la cita de Cadenas sucia y manchada de sangre propia y ajena. Cojeaba y tenía el brazo izquierdo raspado.

Con cada nueva detonación la cabeza le retumbaba. Había varios cuerpos y motos en el suelo. Incorporó una Yahama negra y elaboró un mapa mental que lo llevaría hasta su casa o al periódico. ¡Auxilio, auxilio!, gritaba una mujer negra, de leggins rosado y blusa blanca con un niño en brazos que no dejaba de llorar. Ángel prendió la moto que no era suya, dándole al pedal le pidió a la mujer que se acercara. Entre la multitud, madre e hijo subieron a la moto con Ángel. Los tres cruzaron el distribuidor de La Urbina, llegaron al Mc’Donalds que está entre Petare y la parte alta de El Marqués, para de ahí tomar rumbo hacia el hotel El Marqués, donde Ángel detuvo la moto.

—Señora, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó Ángel, poniendo el seguro de la moto contra el piso para permitir que la mujer y su hijo bajaran de ella.

—Parece que mataron al Pericu, el malandro ese que sale en las noticias, y la gente está arrecha –respondió la mujer entre sollozos–.Yo iba a llevar a mi hijo al teleférico cuando empezaron a llegar los colectivos armados.

El niño ya no lloraba, pero tenía lágrimas en los ojos. Ángel le pasó una mano por la cabeza y al sentir el sonido de más motos yendo en dirección La Urbina-El Marqués cubrió a la mujer y a su hijo haciéndolos entrar al hotel. Trabajadores de las inmediaciones se habían recluido allí y vieron con temor en los ojos la entrada del trío. La televisión y la radio daban parte del robo del cadáver del Pericu y la idea de llevar su cuerpo hasta Miraflores para hacer que el Gobierno respondiera por su muerte.

—¿Se van a Miraflores? Esta vaina tiene que ser jodiendo… sólo en este país los malandros van a hacerle al Gobierno rendir cuentas por uno de sus muertos –soltó el recepcionista, de marcado acento español, cabellera blanca y uniforme vinotinto con hombreras negras de rayas amarillas–. ¡Este país no era así, joder! ¡No era así!

Las luces de la recepción estaban apagadas y alrededor había desde hombres de traje y corbata, mujeres con pintas de secretarias, niños con uniforme de bachillerato y hasta dos personajes que, a toda vista, eran perrocalenteros. Sin importar trabajo, grado de instrucción o tendencia política, la incertidumbre era la misma y el rumor de golpe seguía creciendo.

—…entonces yo lo iba a llevar al teleférico, señor, mire, hasta una cámara estaba llevando para tomarle una foto a Franklin montado en el funicular.

Ángel salió de sus pensamientos y volvió hacia la mujer que minutos antes había rescatado entre la multitud.

—Señora, necesito su cámara y su celular.

Con la franela como tapabocas y la cita de Cadenas hecha mugre y sangre seca, Ángel llegó a las inmediaciones de Miraflores a bordo de la Yamaha, única cosa que había robado en su vida. Sin camisa, con las costillas magulladas por la caída, el brazo con la sangre seca, raspones en la cara y varios chichones en la cabeza, logró divorciarse de cuidados y formalismos en el camino hacia la noticia mientras repetía como un mantra: pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

No supo cuántos espejos retrovisores se llevó por delante, en cuántas aceras se montó y cuántas calles tomó en sentido contrario. Lo único que tenía en mente era la imagen de los dolientes del Pericu haciéndole rendir cuentas al Gobierno a sangre y fuego.

Logró colarse a 500 metros de Miraflores. Abriéndose paso entre la multitud de protestantes, militares y policías, llegó a tocar el ataúd que albergaba al Pericu. La cámara era digital, pequeña y de buena resolución. ¡El pueblo no olvida, el pueblo no olvida una traición, Gobierno de mierda!, gritaba Ángel logrando la empatía del hampa dolida. ¡El pueblo no olvida, Gobierno de mierda!, repetían. Sabiéndose mimetizado, soltó el ataúd y corrió de espaldas a la urna, alejándose del cuadro para sacar la foto deseada. Disparó el clic insistentemente mientras rezaba en su cabeza por lograr alguna foto que reflejara lo que estaba viendo: civiles con armas de guerra alzando al mártir malandro. Cayó al piso. Sacó otras fotos desde abajo, hasta que uno de los manifestantes lo levantó. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Estás bien, el mío?

—Fino. Todo fino. Quiero dejar evidencia de esto, para que nunca se nos olvide quién fue y cómo cayó el Pericu –contestó Ángel.

—Así mismo es, huevón. Así mismo es. ¡Que paguen estos coño e’madres!

En la procesión hasta Miraflores, entre detonaciones y gases, Ángel sintió que vivía su propia Rebelión en la granja, con los animales devenidos en malandros y el Gobierno como dueño de la granja, respondiendo a la brava. Aquella era la imagen perfecta del caos, la postal de la Caracas violenta, esa ciudad amor a muerte que lo motivó a hacerse camaleón entre la multitud malandra que pretendía reclamarle al Gobierno la traición a su fidelidad, después de que sus padres y ellos mismos habían arriesgado el pellejo en 2002, 2007 y 2014 por defender la revolución. Allí entendió cuán lejos estaba del conflicto, que a pesar de conocerlo y documentarlo, nunca había estado dentro de él, dentro de la manada furibunda que se creyó la monserga del pueblo pacífico, pero armado; pueblo tomador de decisiones; pueblo defensor de ideales en decadencia. Tener la posibilidad de documentar aquello con la cámara que le dio la señora en La Urbina lo envalentonó. Su cuerpo y sus imágenes hablarían por él, por el país. Pasé un día cerca del lugar donde duermen los ahorcados.

—¿Cómo se murió el Pericu? ¿Quién lo mató? –preguntó Ángel al tipo que lo había recogido del piso.

—Coño, men… es absurdo que un carajo como él se haya muerto y más cómo se murió. Yo estaba con él.

La primera ráfaga de ametralladora del Ejército impactó en el piso y el ataúd del Pericu cayó cuan largo era. Intentaron levantarlo, hasta que la segunda ráfaga, acompañada de gases lacrimógenos, dispersó a la multitud. El tipo que había rescatado a Ángel le tendió un arma que el fotorreportero recibió por el mango. ¡Coño, marico, nos quitaron al Pericu, nos quitaron al Pericu, corre, coño, corre!, gritaba el hombre con la voz quebrada y a punto de llanto mientras corría con Ángel hacia la avenida Fuerzas Armadas. Cómo se murió el Pericu, chamo. Dime cómo se murió, preguntó Ángel quedándose sin aliento, corriendo entre la multitud. Al fondo, los valientes abrían fuego contra la milicia, que dispersó la manifestación con dos granadas.

Las explosiones pusieron fin a la revuelta y el miércoles Caracas amaneció como una postal del estrago: carros quemados; motos caídas e inservibles; negocios saqueados, el asfalto lleno de vidrios, sangre y cuerpos caraqueños que quedaron al lado del camino, decoraban la ciudad amarga y vencida, que hizo del luto por la muerte de un delincuente una rebelión histórica.

La imagen capturada por Ángel ocupó la primera plana del periódico. Acto seguido, los demás medios impresos y digitales se hicieron eco de ella. Ángel Marcano, el fotógrafo raso que mataba tigres tomando fotos de alimentos para una revista gastronómica, el favorito de bautizos, matrimonios y primeras comuniones de sus amigos, estaba en la cima de su carrera por capturar la imagen del ataúd del Pericu frente al Palacio de Miraflores.

Ángel fue la fuente de primera mano para aclarar la verdadera razón de la muerte de Juan Andrés Tabares Moncada, cuyo cuerpo, recuperado por las autoridades y mostrado a los medios de comunicación nacionales e internacionales, no tenía ni un solo balazo.

Todo el caos generado por la muerte del Pericu fue en vano. Los titulares eran mórbidos y poco informativos. Desde la imagen de los 13 policías abatidos, cubiertos de sangre, a la primicia del cuerpo del Pericu, cuya autopsia reveló como causa de muerte fractura de cráneo por impacto letal y el sistema respiratorio lleno de mucosidad, daba un giro importante a la historia estrella de la fuente de sucesos del periodismo venezolano. En la nómina del periódico Ángel no figuraba como reportero de sucesos. Y qué importa, si en este país a los coñazos todos nos volvemos periodistas de sucesos, dijo Omar, el jefe de redacción del periódico. Vas a tener que hablar con los medios. Nosotros, por supuesto, tenemos la primicia, que eres tú, Ángel. Esta vez él no era parte de la noticia, sino la noticia en sí misma. La fuente de primera mano para esclarecer la muerte del Pericu.

Según contó Ángel al periódico, y en una emisión especial del programa de César Miguel Rondín, el Pericu había estado presente en un enfrentamiento con efectivos de la PNB del que había logrado escapar alrededor de las dos, casi tres, de la mañana. Estaba reposando la gripe que desde hacía varios días lo tenía fuera de circulación, hasta que el operativo policial lo obligó a enfrentarse con las autoridades. Al llegar a la entrada de la Cota Mil, perdió el control de la moto producto de un estornudo. El Pericu y su acompañante, detenido por las autoridades y compañero de Ángel durante su infiltración entre los dolientes de la banda que cargaba el ataúd, cayeron cuan largos eran en la entrada de la Cota Mil a la altura de La Pastora. El copiloto sobrevivió el impacto y, después de darse a la fuga, informó al resto de los integrantes sobre la muerte del Pericu, lo que desató la furia del martes negro en Caracas.

—Seguimos al aire con Ángel Marcano, fotorreportero del diario Hoy, quien después de escapar del primer embate de motorizados afectos al Pericu, logró infiltrarse en la procesión del cabecilla de la banda del mismo nombre y rescatar el testimonio de uno de sus lugartenientes –dijo César Miguel, poniendo al día a quienes apenas sintonizaban el programa–. Esta versión, Ángel, avala la versión oficial del Gobierno, que mostró el cuerpo de Tabares sin un solo impacto de bala y cuya autopsia revela, como causa de muerte, fractura de cráneo por impacto. ¿Piensas que toda esta violencia fue injustificada?

—Pienso que, después de cierto punto, la violencia no es injustificada. Si bien su muerte no se dio a manos de efectivos de la PNB, sí le dieron cacería y eso es lo que sus dolientes reclamaban: por qué darle cacería a uno de los suyos.

—Siguen siendo versiones extraoficiales el que el Pericu y su banda tuviesen alianzas con sectores del Gobierno.

—Extraoficiales o no, son versiones preocupantes. El caos que se vivió ayer en la ciudad, las armas de guerra y los muertos, no son extraoficiales. Están ahí. Ayer se manifestó el descontento de la delincuencia hacia el Gobierno en este país dividido que tenemos, César. Haya muerto como haya muerto, la muerte del Pericu pasó a ser una infame efeméride más del trágico momento histórico que vive el país.

—Y curioso cómo murió, ¿no crees? Siendo cierta la versión del estornudo, fue este el detonante de un conflicto social bárbaro que ha dejado más de 100 muertos y 300 detenidos.

—Cuando la violencia es pan de cada día, y siendo tan frágil la seguridad del venezolano, todo es posible, hasta morirse de un estornudo.

—Claro. Y sobre eso, tenemos nuevas informaciones de ex funcionarios del Ministerio de Salud sobre la escasez de medicamentos en el país. Pero antes, me informan que tenemos una llamada. Lautaro Lancaster, quien se comunica desde Sábana Grande, dice tener una pregunta. Adelante, Lautaro.

—Buenos días.

—Buenos días, Lautaro, ¿cuál es tu pregunta?

—Buenos días, César; buenos días Ángel. Mi pregunta es la siguiente: en la fotografía que tomaste y que todo el país ha visto y difundido, ¿alguno se percató de que el hombre a la izquierda del ataúd del Pericu carga en su otra mano una ametralladora Thompson?

 

Por Rubén Machaen | @remachaen