Popeye

#DomingosDeFicción: Las fotos de Popeye

Hacia el frente no se veía nada, como si alguien hubiera borrado el elevado el centro comercial y todo lo que hay más allá de la farmacia. La espesa neblina era como una cortina espectral que caía del cielo y se interponía entre la avenida y nosotros, que caminábamos despacio y tambaleantes, como suelen hacerlo los borrachos. Aunque, siendo honesto, confesaré que yo exageraba mi borrachera en solidaridad con ella. Estaba tan tomada y hacía el ridículo de forma tan evidente que me pareció una falta de delicadeza no fingir que perdía el equilibrio, mover las pepas de mis ojos como si no pudiera controlarlos y quitarle a mi voz un poco de entonación para hacerle creer que yo también estaba en un profundo estado de intoxicación etílica, como dicen los periodistas para evitar decir borrachera en televisión. Pero no era verdad, yo apenas y si me había mareado un poco, siempre he tenido buena bebida.

El ruido de las plantas de sus pies descalzos chocando contra la acera se acompañaba de ese suave susurro del viento que se escucha en esta ciudad en las madrugadas. Cuando balbuceaba incoherencias y desafinaba una mala canción, me decidí a abrazarla e intentar una cursilería. Pero cuando iba a decirle algo, otra voz borracha que desafinaba rancheras se escuchó en toda La Gonzalera. Aunque el muro de humo blanco no me permitía verlo, supe que era Popeye. Se lo dije a ella y se echó a reír, dándome golpes suaves en el hombro con los tacones que sostenía en su mano izquierda. Segundos después, a medida que avanzábamos y la voz que canturreaba Querida de Juan Gabriel se hacía más fuerte, apareció rompiendo la pared de neblina, como si fuera un extraterrestre que cruzaba un umbral desde otro mundo. Sí, era Popeye, y sí, siempre que lo tenía cerca sentía que venía de otro planeta.

Eloina le dio un abrazo, le dijo que lo quería mucho, y aunque noté que al igual que todos se estaba burlando, consideré que la suya era una burla más humana, como un chalequeo entre panas y no una humillación malintencionada. Luego de algunos minutos, cansada de que Popeye le siguiera el juego, lo despedimos y lo dejamos marcharse con su botella de aguardiente en una mano, dibujando círculos con su cuerpo que agitaba la neblina mientras se alejaba de nosotros. Su voz se fue haciendo más tenue hasta desaparecer: Querida, no me ha sanado bien la herida, dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuando… Yo abracé a Eloina y apuramos la marcha hacia mi casa. No estoy seguro de por qué, pero luego de ese encuentro me dio por pensar que esa noche no me acostaría con ella.

Popeye empezó a aparecer en las calles hace unos diez años. Solía vérsele echado en la grama del centro comercial La Guayanesa, tomando de una botella de anís, vistiendo ropa limpia que algunos vecinos de las residencias adyacentes le regalaban. Todas las madrugadas los empleados de la panadería le cedían el pan y los pastelitos que no se habían vendido el día anterior. Del restaurante chino también le alcanzaban sobras y, a veces, un generoso plato de comida recién preparada.

En San Antonio de Los Altos la indigencia nunca ha sido un problema; refugiados en una burbuja, los habitantes de esta ciudad tenemos encuentros muy esporádicos con la delincuencia y la pobreza. Vivir aquí es como ser parte de Ibiza, una isla libertina ajena a la España en crisis. Alejados de la capital por una carretera que se puede recorrer en quince minutos, pero que se transita en tres horas debido al tráfico, somos una suerte de oasis arrogante y autosuficiente.

Popeye

Por eso, o porque todos los pueblos tienen a un loquito al que adoptan y convierten en parte del paisaje, nadie se incomodaba con Popeye; era solo un tipo cachetón y alcohólico que rondaba por ahí desafinando canciones que habría aprendido en otra vida, una más miserable. Al cabo de un tiempo de vagar por las calles, todos chalequeaban a Popeye, le gastaban bromas, lo ponían a cantar, le enseñaban los bailes de moda y, el más recurrente de todos los chistes, le presentaban a chicas diciéndole: «Esta es tu Olivia, rata». A lo que él respondía siempre con piropos.

Luego comenzaron a circular toda clase de leyendas alrededor de él. Pasa con las historias públicas que las personas se apropian de ellas y las transforman. La gente no soporta que haya algo allá afuera que no pueden controlar, tampoco que las cosas tengan una explicación sencilla; de allí vienen las teorías conspirativas, los chismes y las leyendas urbanas. Popeye pasó a ser el bufón querido de los sanantoñeros, y también fue una historia colectiva, un cadáver exquisito que los lugareños narraban. Era como si hubieran acordado contar la historia de Popeye desde todos los géneros posibles. Había una versión de telenovela, que figuraba a Popeye como el amante traicionado que asesinó a sangre fría a su pareja y a su mejor amigo luego de encontrarlos juntos en la cama. Una versión sobrenatural, que aseguraba que venía de otro planeta. Una versión conspiranoica, según la cual las autoridades no asistían directamente a Popeye, pero tampoco lo reprimían, porque era un familiar del Alcalde caído en desgracia. Pero mi versión favorita y la que me resultaba más razonable era la que señalaba que Popeye había sido vigilante nocturno.

Una noche, mientras estaba destacado en una obra en construcción, se puso a beber con su aprendiz, puyaron una botella y estuvieron delirando toda la noche. En la madrugada, provenientes de lo que sería el nivel sótano de esa futura edificación, se escucharon unos ruidos que solo podían ser de adolescentes que aprovechaban la soledad de la zona industrial de El Tambor para colarse en las construcciones en progreso y hacer allí lo que la falta de dinero no les permitía hacer en un hotel. Al escuchar los ruidos, Popeye, que en ese entonces se llamaba Andrés o Alfredo, o tal vez Enrique, o quizás Mauricio, despertó a su ayudante y le dio una orden: «Vamos a joder a esos carajitos».

El chamo se paró como pudo. Se quitó la ridícula corbata marrón y se sacudió la camisa azul celeste, impregnada con óxido de cabillas y restos de un poco de cemento sobre el que se había revolcado en algún momento de su viaje psicotrópico. «¿Qué hago?», preguntó a Popeye. «Lo que quieras, lo que te provoque», recibió como respuesta. Envalentonado, tomó la escopeta y, tratando de caminar en línea recta, atravesó el terreno. A los lados se extendían columnas a medio hacer, montañas de material compilado para trabajar en los próximos días, algunos cascos olvidados y tobos petrificados por los restos de cemento. Bajó un nivel y encontró a dos chicos: un gordito que atestiguaba en su rostro lleno de acné una pubertad en desarrollo y una chica preciosa, la semilla de una hembra deliciosa, pensó el ayudante en ese momento. Era una morena delgada, cuyas nalgas hinchaban unas licras negras, medio rotas por las uñas del chico. Estaba ya descalza y en una esquina se veía tirada la blusa que llevaba. No usaba sostén, dejando ver unos senos medianos que todavía podían crecer un poco más.

Popeye

«Así que haciendo actos empúlicos en público, ¿no?», dijo el imberbe, tratando de parecer un policía, pero su voz estaba tan desentonada por el perico que el gordito reaccionó riendo. «Se dice impúdicos, imbécil», le espetó. El ayudante tomó la escopeta por el cañón y sin mayores trámites le soltó un golpe seco en la cabeza. Le abrió un poco la frente y lo dejó inconsciente un par de minutos. La chica entró en pánico y comenzó a suplicar, primero por su vida y luego, cuando vio que el ayudante no quería matarla, por su integridad. «Usted se me queda ahí, tranquilita», le dijo mientras le mostraba la escopeta manchada con la sangre de su novio. Cogió unos alambres que servían para unir unas cabillas próximas a usarse, maniató las manos del chico y cuando éste recobró la conciencia le dijo: «Abre bien los ojos, mariquito, para que veas cómo me cojo a tu jeva, pajúo». Tomó a la chica y la terminó de desnudar. Cuando se resistió le pegó franco en la nariz, dibujándole una línea delgada de sangre que goteaba en su boca abierta mientras imploraba ayuda. Comenzó a violarla y ella miró hacia el cielo, el novio lloraba y maldecía mientras trataba de desasirse de los alambres.

Le acabó adentro y se recostó a su lado, se ocupaba de respirar y ella se tapaba el rostro con vergüenza. «Ah, vete a la mierda», dijo el ayudante mientras se ponía de pie y se ajustaba el pantalón. Le dio una última patada a la chica en la columna, que ella recibió con resignación, y se fue donde Popeye que seguía echado en el mismo sitio escuchando todo. Cuando lo vio acercarse le preguntó qué tal. «Está buenísima. Corre», le dijo, escupiendo saliva y respirando como bestia.

Popeye se acercó corriendo, vio al chico aún maniatado, llorando con desconsuelo y diciéndole a la chica que lo perdonara por no haber hecho nada. Se sintió poderoso. Por simple saña le pateó la cara varias veces mientras le recriminaba y se burlaba de él. Dejó de golpearlo cuando escuchó el grito desesperado de la chica pidiéndole piedad. La voz se le hizo un poco familiar, pero en un instante, como ocurren con los verdaderos razonamientos importantes de la vida, se dijo a sí mismo que todas las chicas hablan y gritan igual. Se volteó y vio el cuerpo boca abajo, todavía desnudo, con algunas cortadas en la espalda producto del roce con el piso lleno de tierra. «Mierda, es una niñita», dijo y se acercó a ella, la tomó por el hombro y la volteó. Una gota de agua helada le recorrió todas las venas. «¿Papá?», preguntó la chica.

Siempre que pasaba junto a Popeye recordaba aquella historia y me reía, en el fondo quería creer que era cierta, que ese loquito de la cuadra había cometido tal horror y se había vuelto loco por eso. Aunque a veces concluía que era mentira, que alguien le había asignado una leyenda urbana a su historia y que Popeye siempre sería un relato inconcluso y mal contado. También pensé que como todas las cosas que vemos a diario, pronto el misterio perdería interés y nadie se preocuparía más por el origen o destino de esa vida que no era vida, que solo era un espectro decadente en un aburrido suburbio de clase media. Pero me equivoqué.

Fue estando con Eloina que vi el grupo por primera vez. Llevaba semanas viéndome con ella, me parecía una mujer muy atractiva pero no estaba seguro de si se interesaba en mí. A veces, cuando nos encontrábamos en el salón de fotocopiado, ella coqueteaba conmigo, hacía bromas sobre lo que pasaría si saliéramos; pero luego, cuando yo avanzaba en el almuerzo, o en las tardes cuando el grupito de la oficina nos escapábamos para tomar café en la panadería de enfrente, ella se mostraba incómoda, cordial pero incómoda con mis avances. Para salir de dudas, un viernes, cansado de no saber qué papel jugaba en su vida, le pedí que saliéramos al día siguiente a ver una película. Ella aceptó. Luego del cine, le pregunté si quería tomarse algo en mi casa. Tenía una botella de vino barato guardada desde Navidad. Apenas llegamos la metí a enfriar en el congelador y me puse a preparar sándwiches para los dos. Ella me pidió permiso para sentarse en la computadora a revisar sus correos. Cuando salí de la cocina, estaba conectada en Facebook. «Me salí de tu cuenta y abrí la mía, ¿no hay rollo, verdad? Era para ver algo que me mandaron».

Popeye

Comiendo y bebiendo supe que seríamos amigos. Las mujeres, cuando no se quieren acostar contigo, se relajan, comen masticando muy grande, beben chorreándose el vino en la blusa, te hablan de sus ex y de todos los imbéciles que han tenido el placer de cogérselas. Nunca te preguntan si eso te incomoda, porque no les importa. Esto lo aprendí luego de años enamorándome de mis amigas. Hasta un eructo se permitió Eloina, y luego se cagó de la risa. Pasada la medianoche nos habíamos acabado el vino, me moría de ganas por besarla, pero ni siquiera lo intenté, supe que sería demasiado triste si no se dejaba, o si se dejaba y luego me alejaba con calma y me daba un sermón de esos que dan las mujeres grandiosas cuando quieren negarte su cuerpo. Lo único que pensé fue refugiarme en la computadora. «Pasa la laptop», le dije. En la bandeja de inicio de su cuenta estaba una solicitud para un grupo: A que encuentro más de 1.000 personas que conozcan a Popeye. En la foto de portada estaba Popeye, tenía una sonrisa exagerada de boca muy abierta, esa sonrisa que solo alguien que ignora al mundo puede tener. Eloina no estaba borracha, pero tampoco tenía mucha fuerza de voluntad, así que sin que se diera cuenta acepté la solicitud y me envié una invitación a mí mismo.

En la mañana Eloina se fue de casa agradeciéndome por la velada y celebrando que ahora teníamos una bella amistad. Me dio un abrazo que extendí un poco más de lo debido, pasé mis manos por su cadera y traté de guardar para siempre el olor de su cuello, un aroma como de patilla recién abierta. Le marqué el ascensor y fui veloz hacia mi computadora. Una extraña curiosidad me motivó a ver de qué iba aquel grupo.

El primer mensaje en el muro era del propio administrador felicitándose a sí mismo porque en menos de un mes ya eran más de dos mil los miembros contactados. Anunciaba también que cambiaría el nombre a la agrupación para plantearse una nueva meta: reunir a diez mil personas que conocieran a Popeye. Bajando en los comentarios publicados se leía un espectáculo predecible.

Primero estaban los mensajes de burla. Chistes crueles soslayando la dignidad del vagabundo, magnificando sus defectos, contando anécdotas que no eran graciosas, pero procuraban serlo según quienes las escribían. Había otros comentarios: unos pocos reclamaban la crueldad del grupo e insultaban a los otros comentaristas. Pero los que me llamaron la atención eran los que publicaban Retos. Consistía en personas que prometían tomarse una foto con Popeye, grabar un video o jugarle una broma cruel, y registrarla.

Consulté la pestaña Fotos; había tres álbumes. El de Fotos de portada, donde solo había una imagen subida por el administrador; el de Fotos del muro, con unas cien imágenes subidas por los miembros del grupo; y el de Retos, que entonces solo tenía dos. En las fotos del muro había imágenes tomadas desde lejos que mostraban a Popeye caminando hacia La Morita, echado en el estacionamiento de Provemed, pidiendo dinero en La Redoma, canturreando en la Plaza Bolívar o caminando entre los carros estacionados en la cola de la Panamericana. En la de retos había una que mostraba a Popeye con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver los cuatro dientes equidistantes que le quedaban, acompañado de dos liceístas del Egui que posaban haciendo morisquetas junto a él; y otra que tenía a Popeye solo, con la mano izquierda sobre la cintura de una compañera imaginaria y la derecha arriba, sosteniendo otra mano invisible, y en el pie de foto rezaba: Popeye bailando. Puro sabor.

Popeye

Volví al muro y encontré otros comentarios. Reto: apuesto a que nadie hace que se baje los pantalones y le toma una foto; Reto a una jeva a que se tome una foto dándole un beso; Reto: ¿qué tal una foto pintando una paloma?; Reto: ¿alguien se anima a hacerlo arrechar y grabarlo en una coñaza?

Posmodernidad, le llaman a ese infierno de cretinos arrogantes. En pocas semanas el grupo se fue haciendo más numeroso, todos los días lo revisaba para ver cómo avanzaba y comprobé que la mayoría de los objetivos se cumplían. Fotos de Popeye con chicas muy jóvenes que lo besaban en los renegridos cachetes o amagaban con besarlo en la boca; incluso una que le ponía las tetas cerca del rostro. Fotos de Popeye con los pantalones abajo, mostrando unas piernas llenas de costras de cortadas y picadas de animales. Fotos de Popeye crispando los puños frente a un chamo que se cuadraba como boxeador, pero con una sonrisa. Fotos de Popeye con los dedos en la nariz. Fotos de Popeye dando un brinco sobre un charco. Fotos de Popeye imitando el paso de baile de algún reggaetonero. Fotos de Popeye gritando con la boca muy abierta. Fotos de Popeye descalzo, rascándose la planta de los pies. Todas las fotos acompañadas de decenas de comentarios, algunos, de los mismos que las habían tomado contando cómo lo habían hecho, otros del resto de los miembros del grupo con comentarios irónicos y risas.

En el salón de fotocopiado me seguía encontrando todas las tardes con Eloina. Como sabía que me gustaba, seguía coqueteando conmigo, tal vez quería validarse sembrándole esperanzas a un hombre que nunca la podrá tener, como lo hacen todas las mujeres. Una tarde le pregunté por el grupo. Me dijo que ni sabía cómo había entrado en él, pero que se lo tripeaba, que era comiquísimo porque al paso que iban pronto algunos sugerirían hacerle a Popeye alguna broma demasiado pesada que provocara su respuesta y los carajitos del grupo se llevarían una lección. Era verdad, Popeye nunca ha sido un vagabundo violento, sus borracheras y su locura siempre son amables y graciosas, como si fuera un payaso enloquecido y no un tipo al que la vida ha maltratado, que se sodomiza con alcohol y deambula por las calles gritando incoherencias y desafinando malas canciones. Pero todo tiene un límite y los miembros de esa comunidad virtual estaban forzándolo. Eloina estaba como decaída, esa tarde su coqueteo me pareció honesto, carente de la arrogancia de las mujeres que juegan con su sensualidad. Me la jugué por última vez y volví a invitarla a salir.

Antes de ir a encontrarme con ella consulté el muro del grupo, un cometario estaba destacado por encima de los demás. Tenía muchos me gusta, y decenas de respuestas, todas condenatorias. El usuario, un tal Javier Costello, decía que iba a darle un botellazo a Popeye y subiría una foto para probarlo. Traté de entrar al perfil de Javier, pero no pude, todo su contenido era privado. Quise dejar un comentario, pero ya era tarde y Eloina esperaba por mí.

Bebimos a placer, yo noté desde que me abrazó al llegar que Eloina quería divertirse, que esta vez no jugaba conmigo y sí estaba en disposición de darme una oportunidad real. A sabiendas de esto me gasté mi quincena, pedí el mejor vino, comimos la mejor comida. Luego fuimos a otro local y ella sola se bajó casi toda una botella de ron. Comenzó a lamentarse por toda su vida. El lamento de una mujer borracha es un grito que se asemeja al del orgasmo, la voz se hace muy aguda y a pesar de sus decibeles no deja de ser tierna, las manos se hacen generosas y acarician al confidente de manera constante, recuestan un poco su cabeza sobre él, cierran los ojos cuando la canción de fondo llega a un verso que define sus tristezas. Un espectáculo entre tierno y decadente al cual es muy difícil resistirse.

Popeye

Eran las tres de la mañana cuando nos echaron del local. Cogimos la calle y le pregunté si quería irse a mi casa, dibujó una media sonrisa y recuperó su arrogancia femenina antes de aceptar. La ciudad estaba cubierta de una neblina espesa. Le sugerí irnos caminando en vez de esperar el único taxi que estaría trabajando en Las Polonias. Cuando íbamos pasando frente a la subida de La Morita se quitó los zapatos, dejó al descubierto dos pies pequeños, cuyas uñas estaban pintadas de un morado aguado.

Empezó a cantar canciones de Fey y de Kabah, canciones de Shakira y Enrique Iglesias, canciones de Luis Miguel y Ricky Martin. Llegamos a La Gonzalera y yo la miraba con pena, con la pena distante con que se mira a una mujer inalcanzable. Cuando me pidió acompañarla en el canto no me negué: a una mujer borracha nunca hay que dejarla haciendo el ridículo a solas. Seguimos hacia la perimetral. Pasamos junto a un joven alto que caminaba en dirección contraria mirando hacia el piso, como lo hacen las personas cuando van temprano al trabajo. Eloina quiso joder al tipo, «mira panita, ¿yo soy bonita, verdad?». La ignoró y apuró el paso, debió pensar que una pareja borracha en una calle tan sola y tan llena de humo blanco es peligrosa. Seguimos caminando y Popeye llegó hasta nosotros, venido de ese otro mundo de donde vienen los dementes. «Tú si eres lindo, Popito, Popeyito, Popiyito, mi Popi. Tómanos una foto, José Ángel, anda, yo también quiero mi foto con Popeye». Les saqué tres con el celular. No salieron muy bien, la neblina y la oscuridad no lo permitieron. «Dame un abrazito, Popeyito». Y Popeye la abrazó diciéndole niña linda. Ella se aburrió de él a los pocos minutos, como se aburre de todos; como se aburrió de mí esa madrugada cuando intenté tocarla y me exigió que le llamara un taxi para irse a su casa. Lo dejamos ir y se perdió en la niebla.

A la mañana siguiente desperté avergonzado. Inventé una excusa para no ir al trabajo, aunque mi jefe no tendría razones para pensar que mentía porque era verdad que me sentía muy mal. En la tarde fui a la farmacia por un antiácido y un analgésico, lástima que no existan pastillas para espantar la vergüenza. Frente a La Guayanesa estaba Popeye, tenía una venda en la frente y una de las cajeras del abasto le estaba dando una tizana con un tenedorcito de plástico. Popeye comía y reía, y la cajera lo miraba con lástima. Entré a la farmacia y compré mis cosas, pedí una caja extra de analgésicos, salí y se la di a la cajera. «Esto lo va a ayudar», le dije. Me agradeció y se la guardó en la camisa del uniforme. Siempre es entretenido ver la miseria ajena, apuré el paso y me fui a mi casa a ver las fotos que ya debían estar publicadas.

 

Por John Manuel Silva@johnmanuelsilva

#DomingosDeFicción: El suéter

En aquellos tiempos estaba de moda regalar a amigos y novios bufandas y suéteres tejidos por nosotras mismas. Llevábamos nuestras labores a todas partes, hasta al cine, sin hablar del liceo donde tejíamos en los recreos sentadas sobre los pupitres y, durante las clases, con las manos escondidas debajo de ellos. Tejer tranquiliza la mente, dicen. Puede ser una ocupación terapéutica. También puede ser una pasión. Lo fue para mí cuando estaba trabajando en aquel suéter confeccionado con la lana más cara que había, gruesa y suave, color gris azulado matizado de verde como los ojos de aquel muchacho a quien iba a regalarlo. Se llamaba Uri.

Mi amiga Sigal, la que sabía tejer mejor que yo, y, en general, sabía más que yo de todas las cosas de la vida, no me había enseñado tan solo el punto de espiga y de arroz doble que mejoraban la textura del tejido; también me mostró cómo incorporar en él un hechizo amoroso para el destinatario de la labor. Siempre sentí algo mágico en el proceso con el que el hilo, un simple hilo de lana, sale de un ovillo y se transforma en una bufanda o un suéter: objeto que tiene forma, textura y sentido, surgido desde la nada por el mero efecto de enlace y continuidades. Pero la magia de Sigal iba más lejos. Se trataba de un punto secreto que había que anudar cada siete hileras al principio o al final de aquellas (donde quedaría oculto cerca de la costura), mientras se recitaba las palabras rituales con los ojos cerrados, invocando la imagen del amado para asegurar la eficacia del encantamiento. Un juego estupendo para las tardes de chismorreo, risas y confidencias entre dos buenas amigas.

El punto mágico se lo había enseñado a Sigal la vieja judía armenia que leía el futuro en la borra del café, en una de esas casas destartaladas que aún pervivían en la calle al borde del mar; y ambas lo practicábamos en nuestras deliciosas tardes de hacer las tareas y tejer, en parte creyendo en él y en parte pretendiendo que creíamos, para no estropear el hechizo. El resultado era infalible, aseguraba Sigal que ya lo había experimentado con sus dos empates previos al que se proponía conquistar al tejer su nuevo suéter, mientras recitaba cada siete hileras las palabras del hechizo:

bruja, soy bruja

hilo y aguja

y mi punto encantado

te mantiene amarrado

No eran exactamente ésas las palabras pero tenían la misma simpleza y la misma tonada de una copla infantil. Tal vez sea el momento para aclarar que las palabras eran en hebreo y que estábamos en Israel, en la inimaginable lejanía de los años sesenta. Pero esa precisión no es relevante ya que esa historia podría pasar en cualquier tiempo y lugar donde dos adolescentes tejen, canturrean, recitan encantamientos y se desternillan de risa. Yo le seguía el juego a Sigal. Sospechaba que la cosa le había funcionado porque nunca estuvo realmente enamorada de ninguno de esos novios y no conocía la paralizante vulnerabilidad que me causaba Uri con la sola mirada de sus ojos grises cuando se posaban en mí. La atraían los chicos guapos y superiores –seres simples lanzados hacia el éxito social como una flecha–, los que eran objeto de deseo de todas pero salían solo con aquellas que poseían los mismos atributos y, por ende, realzaban su propia popularidad. Uri no entraba en esa categoría: era más bien huraño, sin vocación de liderazgo, no formaba parte de ninguna organización juvenil y rehuía las fiestas. Hablaba poco, su mirada no transmitía seguridad en sí mismo sino una suerte de reflexiva ternura, y algunas veces lo habíamos pillado leyendo libros durante el recreo en un rincón apartado del patio. En realidad me fijé en él porque lo había pillado también mirándome como nunca nadie lo había hecho, y de pronto todas esas debilidades que lo desviaban del perfil de un novio ideal se volvieron tesoros ocultos. A mis dieciséis años, lo que sentía significaba estar enamorada aunque no sé si de verdad amaba a ese chico: me enloquecía la capacidad romántica que adivinaba en él, mi conmoción se debía al dulce veneno del reflejo. Contaba las hileras del tejido de siete en siete, cerraba los ojos y anudaba el punto encantado repitiendo bruja, soy bruja, hilo y aguja, pidiendo el único deseo de existir en los ojos y en la mente de alguien que yo presentía capaz, más que nadie en mi entorno juvenil, de sentir una verdadera pasión y saber expresarla. Enamórate de mí, Uri, susurraba, presintiendo lo maravilloso que sería eso. Y luego encontraba la mirada cómplice de Sigal y ambas nos echábamos a reír como un par de posesas.

El hechizo no falló: el día en que Uri se puso por primera vez el suéter que tejí para él me invitó al cine. No recuerdo qué película vimos, o en realidad, no vimos, ya que no dejamos de mirarnos a los ojos que brillaban en la oscuridad de la sala. A mitad de la función tomó mi mano y no la soltó más hasta que nos separamos en la entrada de mi edificio. La noche siguiente me pidió el empate y le dije que sí. Nos besamos en un banco del parque cercano y fue la primera vez cuando la boca de un chico parecía cumplir las promesas de todos los besos que se daban –generalmente al final– de las novelas y de las películas, ya que todas mis experiencias previas a esa habían sido un desastre. Solo a Sigal le había revelado mi temor a ser frígida, mi falta de respuesta y hasta el asco que me causaban esos alientos y salivas ajenas, esas lenguas-moluscos que pujaban por entrar a mi boca. Ya llegará tu príncipe encantado, me prometía, gentil, condescendiente conmigo, ella, que aún era virgen pero estaba a kilómetros delante de mí en el camino de las experiencias sexuales.

Y mi príncipe llegó. Salíamos cada día después de las clases, nos besábamos en otros bancos y en otros parques, hablábamos sin cesar de nuestras circunstancias, de los estudios, de libros y películas, de la vida, de la muerte y del amor, y todos los temas venían a encallar tarde o temprano en el milagro que era el nuestro. Fue mi primer amante –con lo que de un salto dejé atrás a Sigal con toda su cautelosa experiencia– y no tengo duda de que en esa época estaba enamorado de mí. Y, sin embargo, al recordarlo no tengo la impresión de haberlo conocido realmente; era como si su verdadero ser permaneciera a resguardo de mí y de todos. Nunca encontré nada en esas profundidades inasibles que dejaba presentir su mirada. Tal vez no había nada que buscar, pero Uri tenía la peligrosa cualidad de permanecer esquivo y dejar que lo inventaras.

Pasó el mes de enero, y luego febrero. Nos envolvían las lluvias del invierno y mi novio no se quitaba el suéter. Y mi punto encantado / te mantiene amarrado, canturreaba Sigal, mientras que yo, arropada en los brazos color gris azulado y textura arroz doble sonreía, segura de que el ridículo juego del tejido encantado nunca me había hecho falta. Uri y yo éramos tan compatibles, tan dados a enamorarnos y tan hechizados por nosotros mismos que no podía ser de otra manera.

No obstante, todo ese embrujo se deshizo como un tejido de lana cuando se separan sus hilos. Vino el asueto de Pesaj. Él era hijo de divorciados, y su madre que vivía en Estados Unidos aprovechó para enviarle un pasaje para Filadelfia. Lo retuvo a su lado durante la larga huelga de profesores y maestros de secundaria que arrancó después, dejando a los alumnos colgados en el limbo en que casi perdimos el año. A finales de mayo se reanudaron las clases pero Uri no volvió: su madre estaba enferma y tuvo que quedarse con ella. Luego vinieron las vacaciones de verano. Yo lo extrañaba de lejos, mientras las semanas se convertían en meses y sus cartas, al igual que las mías, se hacían escasas en una progresiva resignación a lo inevitable. Nuestra separación fue suave como la mirada de Uri que parecía acariciar todas las heridas en su reflexiva ternura.

Tampoco volvió al inicio del nuevo año escolar, o eso fue lo que creí. Y lo seguiría creyendo, olvidándome poco a poco de él, si en la siguiente primavera no me hubiera topado con esa chica durante una excursión al Sur en la que participaban varios liceos. Era una flamante pelirroja que estudiaba en la secundaria Aliance, y no sé si era hermosa, pero ciertamente especial: había algo en la extrema fragilidad de su silueta en contraste con el volumen de su larga cabellera ensortijada que atraía las miradas como un imán. Y algo más atrajo la mía: hacía frío al anochecer en la cuenca del Mar Muerto, y Liora –aún no sabía que se llamaba así–  llevaba un suéter color gris azulado que resaltaba el tono rojizo de sus rizos. Sus manos se perdían en las mangas, porque era un suéter demasiado grande para ella, un suéter de hombre, igual al que yo había tejido el año anterior para Uri.

No: no era un suéter igual. Era ese suéter.

Hasta ese momento nuestra lenta ruptura, nunca confirmada oficialmente, me había dejado la melancólica felicidad de haber vivido aquel romance mezclada con residuos del dolor, siempre pospuesto por los retos de lo cotidiano, y hasta un soterrado alivio de sentirme libre para seguir experimentando, ya que –sin importar cuánto lo hubiese querido– la idea de quedarme para siempre con el primer amor no cabía en mi visión de la vida. Pero ver el suéter fue recibir una cuchillada directa al corazón que despertó a la realidad de un indecible sufrimiento. Azuzada por las dentelladas de los celos, seguí disimuladamente a la pelirroja hasta los predios donde acampaban los alumnos de Aliance. Y allí estaba mi novio –¿debería decir ex novio?– dedicado a armar una fogata. Se frotaba las manos por culpa del frío y la chica se las cubrió con las suyas dentro de las mangas de mi suéter y se las llevó a la boca para calentarlas con su aliento. Vi como él apartó el cabello rojizo de su rostro y la besó. Vi –o más bien pude imaginarme– cómo la miraba, mientras las escenas del año anterior me asaltaban como una manada de lobos.

Detenida a prudente distancia espié un rato a la pareja y seguí esa vez a Uri cuando se alejó de los demás en busca de más ramas para la fogata. Mis gestos habían adquirido la sinuosidad de una serpiente, de modo que solo reparó en mí cuando le corté el camino. Me reconoció antes de que me quitara la capucha.

—Hola, Edna.

No parecía sorprendido.

—Así que no estás en Estados Unidos –dije–. Volviste. Estás estudiando en Aliance.

—Ya lo ves.

—No sabía nada. Ni siquiera me avisaste.

 Tras un corto silencio, contestó:

—¿Qué te puedo decir?

 La respuesta universal de los cobardes cuando no queda ninguna forma de justificar lo injustificable, ninguna mentira posible. No estaba avergonzado, solo me miraba de esa manera suya y, lo que antes había para mí en esos ojos grises matizados de azul, ahora no estaba en ellos. Podía conformarme –ya me había conformado, de hecho– con la ausencia de Uri mientras medio planeta nos separara, pero tenerlo enfrente mirándome tan calmado y razonable era demasiado doloroso. Era insoportable. Las lágrimas se agolparon con gusto a sal en mi garganta y la enormidad de todo lo que podría y debería decirle me sofocó de modo tal, que solo pude pronunciar el reproche más irrelevante:

 —Le diste mi suéter a otra.

Sonrió:

—Se llama Liora. Se lo presté porque hace frío. ¿Quién esperaba que hiciera frío al borde del Mar Muerto?

 —No debiste hacerlo, Uri. No puedes dar mi suéter a nadie. Era un regalo de amor.

Me siguió mirando con esa ternura dedicada al universo entero pero ya no a mí, y callaba como lo recordaba callar, como si cavilara en decirme o no la verdad. Resolvió que sí:

 —Lo recuerdo. Era un regalo de amor, lo sé muy bien. Por eso se lo di a Liora. Ahora la amo a ella.

Giré sobre mis talones y hui. Me aniquiló la brutal franqueza de sus palabras, la total seguridad con la que afirmaba sin muestras de culpa su derecho de amar o dejar de amar a quién le diera la real gana, la falta de cualquier lealtad moral con los sentimientos vividos y profesados antes de los actuales. Pero más que nada me afectó lo que dijo del suéter, mi regalo de amor: por eso se lo di a ella. Era diabólico cómo en pocas palabras separó el amor de mi persona pero no del objeto que le regalé, como si reconociese su poder de transmitirlo.

Por eso se lo di a ella. Por eso. Por eso.

Sería largo de contar cómo busqué a Sigal y le reporté lo sucedido, cómo le pregunté si la vieja de la casa al borde del mar le había enseñado otro hechizo; sería largo de contar cómo se burló de mí pero me prestó la tijera que siempre llevaba en su bolsa de labor, porque Sigal no dejó de tejer ni siquiera durante esos tres días de excursión. No existía otro hechizo, solo tocaba deshacer el primero que me tenía atrapada aunque ya no a él: por eso ella había recuperado hacía poco uno de sus suéteres de uno de sus ex novios y lo convirtió de nuevo en ovillos de lana.

Tampoco quiero describir la noche que pasamos al borde del Mar Muerto, y cómo atravesé la extensión de sombras entre los troncos deformes de los olivos hasta el campamento de Aliance donde figuras temblorosas asaban papas, hablaban y se reían en el aire perturbado por la fogata, y me mezclé con ellos al abrigo de mi capucha, forzando los ojos en el humo hasta ubicar la llamativa cabellera de Liora apoyada sobre el hombro de Uri; ni cómo llegué a acercarme a ellos cuando del fuego ya solo quedaban las ascuas y los últimos excursionistas habían dejado de cuchichear en sus sacos de dormir. Estábamos en el sitio más bajo del planeta: el aire tenía peso, la mera oscuridad pesaba en su engañoso silencio que nunca es tal en la naturaleza, pero allí la naturaleza se reducía a la tierra seca bajo mis pies y a la terquedad torcida de los olivos. Yo sudaba aunque no hacía calor; el sudor era pura sal en mi boca y ardía en los ojos. El dolor de los celos también ardía; y también tenía peso. Sabía que él no se despertaría: conocía su sueño. Ella podía ser un problema. Dormía de espaldas, el brazo izquierdo doblado bajo la nuca, y tan solo la débil luz de las estrellas destacaba sus largas pestañas, la delicadeza de los párpados cerrados y del fino cuello echado hacia atrás. Sentí el vértigo de las sombras mientras me inclinaba sobre ella con la tijera en la mano. Pero tal es el poder de cierta belleza que mi odio se deshizo en el deseo de su fragilidad, de ser como ella, de ser ella…, en un incomprensible deseo de protegerla. No la odiaba; lo odiaba a él. Deseaba que se muriera. Necesitaba deshacer el hechizo, quitarle el poder que tenía sobre mí, sobre nosotras dos.

Mi suéter era tan grande y holgado sobre el esbelto cuerpo de Liora que no tuve problema en introducir la punta de la tijera debajo de la manga cerca de la costura, empeñada en cortar de un solo tajo (el coraje no me dio para más) el mayor número de hileras posible y dos, tres o cuatro de mis puntos encantados, para destruirlos.

Nadie despertó, nadie me vio, nadie supo lo que hice.

No recuerdo casi nada de la empinada subida del día siguiente camino a Ein Guedi, solo el pánico y los gritos al ocurrir el accidente: un alumno de Aliance cayó al barranco que tenía más de treinta metros en ese preciso lugar.

Su novia pelirroja, en un estado de shock, repetía con los labios blancos que había sido culpa suya, porque él le estaba ayudando a ella cuando resbaló… que le estaba ayudando a  desenganchar el suéter. Todavía lo llevaba amarrado alrededor de la cintura, gris azulado y roto, y arrugadas líneas de lana lo unían a la manga que colgaba, descosida por el tirón sobre los hilos sueltos que el viento había desprendido del tejido y enredado en un cactus entre las rocas, apenas un paso o dos más allá del sendero.

Y eso es lo que queda en mis pesadillas. No es ella  –ya ni siquiera él–  sino el suéter deshecho, y el pequeño árbol endeble que ciertamente no era un olivo, y esa cicatriz fresca que llora un líquido vegetal en el sitio donde había estado la rama de la que se agarró Uri para liberar unos hilos de lana, atrapados entre las espinas.

Noviembre, 2014

 

Por Krina Ber

*Este relato forma parte del libro La hora perdida (editorial Ígneo / 2014).

#DomingosDeFicción: La sentencia emitida por Diani Álvarez

Diani Álvarez me dijo «No olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

Yo no le creí, mi adolescencia no me permitió entenderlo: hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer.

Lo entendí once años después, cuando Carolina, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Disimulé no escuchar su sentencia, pero temblé, tragué grueso. No se me ocurrió nada para decir y propinarle el mismo daño recibido tras sus palabras.

Recordé a Diani Álvarez en ese instante; no sus palabras, no sus labios hermosos e inocentes diciéndome «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí». Recordé su mirada bonita apuntándome, mientras cenábamos en la sala de su casa con sus dos hermanas y su madre;  la recordé, todavía no sé por qué, diciendo «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientras comes».

La recordé con su obsesión de engordar, haciendo todo cuanto escuchó, sin lograrlo. Me pregunté si acaso seguía siendo aquella flaca lindísima, aquella diosa bailando en el escenario de la Plaza de las Banderas del pueblo, uno de los 13 de junio de mi adolescencia.

Me pregunté si ella volvería de vez en cuando al pueblo, a nuestro pueblo. Yo no, desde mi partida decidí no regresar, no hay nada para mí aquí; aunque en ese instante, mientras Carolina decía «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», y yo recordaba a Diani, sentí el impulso de volver para verla danzando. El deseo se apagó de inmediato, el recuerdo de Diani se desvaneció y las palabras de Carolina permanecieron allí, sonando, como un eco legendario y eterno.

Me enteraría dos años después. También lo descubriría: la tuve cerca la noche cuando Carolina volcó su desprecio contra mí. Desde mi descubrimiento sufriría un dilema mortal: originar o no un encuentro con ella. Pero no dos años antes, porque ese tiempo lo pasaría intentando superar el desprecio de Carolina.

Muchas veces pasé frente a ese local, en el Centro Cívico de la ciudad. Nunca me detuve a mirar hacia adentro. Solo caminé la calle Bolívar cuando fue estrictamente necesario. Siempre le tuve alergia al trayecto desde el Salón de Belleza Arte Moderno, una cuadra después de la Catedral del Centro, hasta el edificio de la fábrica de Cristales Oftálmicos de Occidente, donde trabajé desde mi partida de este pueblo hasta el año cuando Carolina me echó de su lado.

Nunca lo imaginé: a dos locales después de Arte Moderno estaba ella: Diani Álvarez.

La sentencia pronunciada por una mujer

La pregunta con la cual intenté silenciar el efecto atormentador de la sentencia de Carolina fue respondida cuando por primera vez miré hacia ese local, desde el otro lado de la calle, y la vi. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima.

La vi danzando. Todavía me pregunto si fueron mis recuerdos o alguna transfiguración de dimensiones bíblicas. Tres maniquíes vestidos con ropa elegante para damas, me dificultaron la vista. Mientras Shakira gritaba desde los altavoces de una zapatería «Ahí te dejo Madrid», yo veía a Diani moviendo sus caderas como lo hizo todos los 13 de junio dándole a la feria de San Antonio un verdadero toque glorioso.

Fue en ese momento cuando la voz de Carolina dejó de atormentarme. El eco se apagó. Me avergoncé por el miedo a comenzar de nuevo, también por esquivar,  tantas veces, las miradas de mujeres interesadas en mí.

Sentí pena por el hombre en el cual me convertí, por negarme a vivir, como si Carolina fuese lo único digno de mi determinación de vivir; también estaba Diani Álvarez, la chica de mi adolescencia. Con quien me escapé de clases tres o cuatro veces para besarnos detrás del mural donde el Padre Rufino fue retratado, desde donde mira eternamente hacia la Plaza del pueblo. Su retrato jamás nos cohibió.  El padre Rufino Pérez Valles fue el fundador del liceo, el reconciliador de los pueblos de la zona rural, el ungido enviado por Dios para redimir los pecados del pueblo; pero nosotros éramos los dueños del momento.

Shakira continuó cantando, ella dejaba Madrid porque ya no quería cobardes con rutinas de piel y con ganas de huir. Ella hablaba de quien fui antes de volver a encontrar a Diani.

A Carolina la conocí en la ciudad, tres semanas después de instalarme allí.

Abandoné el pueblo tal vez por la misma razón por la cual abandoné la universidad y he abandonado todos mis proyectos: «Eres inconstante, no sabes qué quieres en la vida», dijo Carolina aquella noche.

Mi madre diría, lo dijo una vez, «Eres un genio, por eso se te dificulta poner la atención en una sola cosa».

Mi madre, una señora con pañuelos en la cabeza, con vestidos coloridos y sonrisa eterna. Murió sonriendo, anciana, llena de días bonitos y días amargos. Mi madre, una señora fuerte. De manos benditas. Murió y yo a su lado; murió en el ambulatorio del pueblo. Su sonrisa eterna la acompañó en la muerte. Mi madre, ¿para qué iba a seguir yo en este pueblo? Además, Diani se había ido de aquí un año antes.

Le huí a la soledad, de la misma forma como mi madre le huyó al abandono. Así como la madre de mi madre le huyó a las formalidades impuestas.

A mi abuela la quisieron casar con un señor de casi cincuenta años, cuando ella tenía casi diecinueve. Decidió fugarse de su casa, huir lejos de su pueblo.

A mi madre la abandonó mi padre. Se fue con otra, nos dejó.  Recuerdo a mi madre gritándole «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Su palabra se cumplió, mi padre no me vio más después de aquella noche; seguramente, cumpliendo la sentencia emitida por mi madre, también me olvidó.

Ella decidió por mí, vendió la casa, le dio la espalda a la ciudad donde murió mi abuela y vinimos a dar aquí, donde yo conocería a Diani, donde yo vería morir a mi madre; de donde huiría para encontrar a Carolina, allá en la ciudad.

La sentencia pronunciada por una mujer

Con Carolina viví años buenos. Tiene el mismo carácter de mi madre. Fue aquella tarde cuando me di cuenta del poder de las palabras pronunciadas por una mujer. Ella dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho», como dijo mi madre «¡Te olvidas de tu hijo! ¡No lo verás nunca más!». Pensé en Diani. Sin embargo, en lo más profundo de mí, las palabras de mi madre hacían eco, no solo su sentencia a mi padre, ella también había dicho «Un día, hijo, estarás solo, no estaré para ti, debes ser fuerte», y sucedió, allí estaba yo, a tan solo minutos de quedarme solo; allí estaba yo, necesitando ser fuerte.

Diez años tardaron en cumplirse las palabras de mi madre, y me fue revelado el gran secreto: hay poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer, y ni siquiera la sonrisa bonita de Diani Álvarez diciéndome «Es mentira, no engordas si bebes mucha agua mientas comes», pudo distraerme del miedo, porque yo no quería morir solo, sin nadie, insatisfecho.

Los años con Carolina, antes de su sentencia, fueron buenos. Intenté aferrarme a ellos las primeras semanas después del fin de nuestra relación. Ella se arrepentiría de sus palabras, se daría cuenta de su error. Me extrañaría, como yo a ella y su amor por el orden; me extrañaría, como yo a ella y su amor por las rutinas, eso pensé.

Llegaron los meses de constantes lamentos, cayó sobre mí la culpa, la frustración. Mi inseguridad se acentuó, terminé de abrazar la soledad, me refugié en proyectos destinados al abandono. Carolina nunca dejó de sonar en mi mente, pero aprendí a vivir con su voz airada, con su mirada de furia. Protegí su fantasma, ninguna mujer me quitaría el recuerdo, ninguna mujer amenazaría lo construido por ella y por mí, lo destruido por los dos. Durante dos años me mantuve fiel al recuerdo de Carolina. Ninguna mujer fue capaz de amenazar su recuerdo; ninguna mujer, excepto Diani Álvarez y sus caderas danzando al ritmo de Shakira.

No entré al local esa tarde.

No quería interrumpir el baile, aunque todavía no sé si realmente ocurrió. Diani Álvarez no cambió nada, era la misma adolescente. El paso de dos o tres vehículos hizo el efecto visual de una película avanzando a cortes violentos. Diani bailaba en el centro del local, de repente lo hacía junto al mostrador; luego desapareció, justo cuando Shakira apagaba su voz como si agonizase después de un orgasmo. Al rato se asomó de nuevo, apareciendo desde atrás de una puerta.

Me pareció verla mirándome, yo estaba del otro lado de la calle. Levanté mi mano en señal de un saludo, no fui correspondido. Quizás solo miraba hacia el vacío, mientras pensaba quién sabe en qué. Yo sí pensaba en ella. Por un instante pensé en cómo me veía saludando desde lejos a nadie, tal vez como un tonto. No quise mirar a los lados, no quise descubrir si alguien me veía como un tipo ridículo agitando la mano en señal de un hola no respondido. Como alguien no visto, ignorado, irreconocible ante los ojos de una Diani cuya adolescencia jamás se fue. La mía sí. Se fue con ella aquella tarde de julio.

La sentencia pronunciada por una mujer

Diani me esperó detrás del mural del Padre Rufino. Como todas las tardes, el Padre tenía sus lentes puestos y su sotana negra, o más bien pálida; se la pintarían unos meses después, y yo lloraría frente a él y su sotana recién pintada. «Todo ha sido lindo, Miguel», me dijo Diani. Con el pasar de los años, me avergonzaría del adjetivo con el cual ella definió nuestra relación, y querría olvidarla. No por resentimiento, simplemente por vergüenza. Pero no podría, porque  Diani Alvarez es inolvidable. No podría olvidar su sonrisa bonita y pícara, su mirada inocente, como si cargase el origen dentro de su alma; no podría olvidar su voz, cuyo sonido despertaba algo en mí, como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, y negándose a quedarse entre los límites.

«Todo ha sido lindo, Miguel», dijo Diani y yo no sospeché cómo acabaría aquella frase.

Los padres de Diani se divorciaban. Decidieron vender la casa del pueblo. La señora se quedaría con las hijas y se mudaría a la ciudad. La escuché contarme, «Pero todavía no te vas…», dije y ella me interrumpió, «…Es mejor dejarlo ya, ¿para qué posponer lo inevitable?».

Inevitable es recordarte, Diani Álvarez. Inevitable es recordar la tarde cuando llegué al pueblo malhumorado porque yo no quería vivir allí, pero mi madre insistió en huir. Fuiste la primera niña a quien vi en el pueblo. Inevitable es recordar tus ojos curiosos viendo el camión de mudanzas pasar frente a tu casa. Yo me quedé mirándote, tú seguiste el camión con tu mirada, el camión giró a la izquierda y ya no estabas. Inevitable es recordar la noche cuando te reconocí danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, donde te vería danzar cada 13 de junio. Inevitable es recordar aquella noche cuando, dos años después de la tarde de mi llegada al pueblo, me atreví a acercarme y tú disimulaste. No me reconociste, eso me hiciste creer, para confesarme, semanas después, «…Yo me quedé mirando el camión donde llegaste al pueblo».

«Algo podemos hacer…», dije y me interrumpió para repetir «Todo ha sido lindo, Miguel». Se negó a cualquier posibilidad, no perdía a su padre, quien se iba de su casa para vivir con otra mujer, perdía la fe en todo; y allí, frente al mural del Padre Rufino, un hombre de fe, Diani Álvarez mató mi fe.

Llegué a la ciudad con mi mirada cansada.

En el pueblo intenté encontrar a mi madre en cada rincón, con su pañuelo en la cabeza, con sus manos benditas arrugadas, con su sonrisa; antes de su muerte no noté su sonrisa.

Después de su muerte no pude encontrarla. La busqué, su sonrisa sonaba en mi mente, como deben sonar los fantasmas cuando aparecen, pero ella nunca apareció. Y dolía su sonrisa. Porque su ausencia se rellenó con los recuerdos de las noches cuando me asomaba a su habitación, antes de llegar a este pueblo, y la encontraba llorando. No me atreví a acercarme a ella esas noches, lo lamenté cuando no pude encontrarla más.

Con la muerte de mi madre, el pueblo se hizo denso. Quería encontrarla y no podía; deseaba al menos encontrar a Diani Álvarez para decirle cuánto me dolía mi madre y su sonrisa,  cuánto me arrepentía por la falta de coraje durante mi niñez, por no atreverme a cruzar la puerta de la habitación y abrazarla. Y la busqué a ella también, a Diani, detrás del mural. Recostando mi espalda sobre el retrato del Padre Rufino, la esperé algunos jueves a las dos de la tarde.

Un trece de junio me quedé mirando el escenario de la Plaza de las Banderas, deseé ver su cuerpo danzando, su mirada pícara, su sonrisa bonita, su cabello esparciéndose a todas direcciones con ritmo propio. Ella no apareció.

Lo supe esa tarde: debía huir, debía huir o moriría, debía huir para morir.

Mi mirada, cansada. Mi voluntad, derrotada. El sabor de la vida, amargo. La oscuridad, apropiada. El amanecer, inoportuno. Los sueños, indiferentes.

La ciudad me estorbaba tanto como el pueblo. Los recuerdos de Diani comenzaron a avergonzarme, los de mi madre me dolían. A Diani pude enterrarla, a mi madre jamás.

Y conocí a Carolina. En su sonrisa encontré a mi madre. Dejó de doler mi madre.

Ella le dio reposo a mi mirada, restauró mi voluntad; encontré otra vez el sabor dulce de la vida, el mismo sabor de los cepillados con los cuales mi madre y yo disimulamos haber olvidado a mi padre. La oscuridad continuó siendo apropiada, para disfrutarla con Carolina. Sus caricias me redimieron de las noches muy oscuras transcurridas en llantos y lamentos. El amanecer se volvió oportuno, para comenzar con ella un nuevo día, para reencontrarnos, redescubrirnos. Los sueños comenzaron a importar, apuntaron hacia el futuro; un futuro compartido, bonito, digno de cada amanecer.

La ciudad se hizo escenario de una gran historia, mi historia y la de Carolina, la chica de mi juventud, la chica de mi edad adulta, la chica de la víspera de mis treinta. Pero no la de mis treinta, porque ella creyó descubrir un mejor futuro sin mí, porque qué carajo iba a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, sí, «Dime, Miguel, qué carajo voy a hacer con un hombre incapaz de culminar un solo proyecto en su vida, qué carajo, Miguel…». Descubrió atormentador mi silencio, sí, «No me dices nada Miguel, no hablas conmigo». Descubrió la desventaja de tener a su lado a alguien cuyo carácter explota repentinamente, sí, «No entiendo tu carácter, Miguel, no entiendo tus cambios de humor, esos cambios inesperados, eres como diez hombres distintos, Miguel, eso pienso a veces». Y yo solo la miraba, la miraba sin ningún pensamiento al cual aferrarme, la miraba en silencio y entonces pronunció la sentencia, sí, « Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Y apareció Diani en mi memoria.

Fue mi rutina durante un año.

Al menos tres veces a la semana iba al Centro Cívico, caminaba por la calle Bolívar, me detenía unos minutos frente al local, del otro lado de la calle, y me quedaba observando a Diani Álvarez. Siempre en distintos horarios.

Ella llegaba a las siete de la mañana, entraba al local, se sentaba detrás del mostrador con su celular en las manos. A veces la veía reír, como si hubiese alguien junto a ella con quien compartía su risa. Luego se levantaba, le echaba un vistazo a los maniquís, les cambiaba alguna prenda y encendía el neón de Abierto.

Durante el mediodía no cerraba la tienda, el neón se mantenía encendido; Diani comía allí, atenta a la llegada de los clientes. Tomaba agua constantemente mientras comía, como queriendo todavía engordar. A veces sacaba el almuerzo del microondas, otras veces llegaba un Daewoo Cielo color verde, con aviso de Taxi, de donde bajaba un muchacho moreno de unos veinticinco años y le entregaba una pizza, o una hamburguesa de McDonald’s y un refresco, esto ocurría solo una o dos veces al mes.

Los lunes, miércoles y viernes, Diani se vestía deportiva, cerraba a las cinco de la tarde, una hora antes de lo anunciado en el horario grabado en el vidrio de la puerta, y se iba al gimnasio, a cien metros del local.

Nunca vi señales de un novio u esposo, de hijos o de sobrinos. Sus hermanas no aparecieron durante ese año, tampoco su madre o su padre. Parecía una chica solitaria, aunque feliz.

Durante ese año despertaron todos mis recuerdos. Alicia, la amiga con quien eventualmente me encontraba en el pueblo para dejar escapar mis lamentos después de la partida de Diani, y antes de la muerte de mi madre, me había dicho «Ella fue tu primer amor, incluso cuando aparentemente logres olvidarla, recordarás el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión…». Sentencia cumplida.

Me quedaba parado frente al local, como si estuviese esperando a alguien; miraba el reloj eventualmente, como quien está desesperado y cansado de esperar.

Del otro lado de la calle recordé el primer beso, el primer obsequio, la primera discusión.

Después de reconocerla danzando en el escenario de la Plaza de las Banderas, la veía a cada instante en los pasillos del liceo. La perseguí con la mirada, la seguí otras veces. Finalmente, una mañana de julio, ella se detuvo y volteó hacia mí, me quedé paralizado, me sentí descubierto. Ella solo me sonrió, volvió a mirar hacia el frente y continuó caminando. Dos días después estábamos hablando solos en el salón durante el recreo. Fue ella quien me besó por primera vez.

Sus labios dulces. Su respiración quieta. Sus ojos cerrados. La pasión de una chica amante de la danza y el escenario. Sus manos tomando las mías y llevándolas a su cintura. Su sonrisa bonita después del beso, de los besos. Su voz, susurrándome al oído «Vamos a escaparnos hoy de Matemáticas» y yo afirmando con mi voz ahogada y mi respiración agitada.

«La feria de San Antonio también fue una idea del Padre Rufino», me dijo una tarde después de besarnos de espaldas al retrato del Padre, por primera vez me hice consciente del retrato y sentí vergüenza.

La sentencia pronunciada por una mujer

«Me gusta bailar salsa», me dijo otro día en el patio de su casa mientras sonaba Una fan enamorada, desde el equipo de su sala. Se levantó de la silla y comenzó a bailar, «Sueño con ir a un concierto de Servando y Florentino», dijo bailando. Ese día supe cuál sería mi primer obsequio para ella. Un mes después llegué al liceo con un cassette de Muchacho Solitario, el segundo álbum de estudio de los hermanos Primera.

La mañana cuando le entregué el cassette envuelto en papel de regalo, me quedé mirándola mientras lo destapaba. Su rostro se iluminó, miró hacia los lados y me abrazó. Quise vaciar su mirada en una botella y llevármela conmigo para siempre, envolver su sonrisa con los restos del papel rasgado por sus manos y conservarla. El obsequio me hizo merecedor de un abrazo y una sesión de besos; por supuesto, el Padre Rufino fue testigo.

Una semana después ocurrió nuestra primera discusión, llegué a su casa y me recibió con un abrazo, sentí temor porque su madre podría observarnos. Ella leyó el temor en mi cuerpo, «No seas tonto, mamá no está en casa». Unos minutos después estábamos en el patio, debajo de los naranjales, ella encendió su equipo de sonido y Florentino Primera comenzó a cantar, me extendió su mano, quería bailar conmigo, pero yo no sabía bailar, todavía no lo sé. No quise admitirlo, tan solo dije «No quiero bailar», ella se molestó, discutimos, me fui. Durante tres días no nos hablamos, me salvó un examen de Geografía, Diani me pasó su hoja de examen tan pronto la profesora Débora se descuidó y respondí sus preguntas.

Un año transcurrió y entonces me di cuenta, debía atravesar la puerta y pararme frente a ella, me reconocería, me abrazaría, reiríamos recordando.

Esperé hasta el 13 de junio.

Quería provocar nuestro encuentro de la manera más perfecta posible. De haber podido, habría puesto a sonar a Servando y Florentino en el local del otro lado de la calle. Así, cuando estuviese entrando, el canto de los hermanos Primera hubiera anunciado mi entrada. Tampoco pude esperar hasta las ocho de la noche, la hora acostumbrada para los números de danza el día de San Antonio en la feria del pueblo. El 13 de junio ella cerraría a las cinco de la tarde para ir al gimnasio.

Ese día me levanté temprano. Revisé las redes sociales. Llevaba un año siguiendo a Diani Álvarez en sus redes sociales. Busqué en YouTube las canciones de Fan enamorada y Muchacho solitario. Las hice sonar una y otra vez durante al menos tres horas, mientras revisaba el Facebook e Instagram.

Diani despertó a las cinco de la mañana producto de una pesadilla. Eso decía la leyenda de una fotografía capturando una extraña sombra producida por la luz de su mesita de noche. La foto la publicó en el Instagram, desde donde la compartió al Facebook. Vi la foto a las siete de la mañana, cuando ya tenía treinta y seis likes en Instagram y doce en Facebook. A las ocho publicó otra fotografía, “Estoy lista para la jornada, hoy trabajo y Gym”. Me pregunté si ella recordaría la feria de San Antonio. Sus redes sociales no daban señales de ello.

A las dos, un nudo se apretó en mi estómago. Mis piernas se paralizaron y me dificultaron dar los pasos proyectados por mi mente. Desde aquella tarde, cuando vi a Diani por primera vez, no pude cruzar la calle y caminar por el lado donde se encuentra su local. Me armé de valentía, miré el reloj y levanté mi mirada de nuevo. Diani Álvarez tomó el celular y apuntó a su rostro sonriente, disparó una selfie. Detuve la intención de cruzar la calle y saqué mi celular para mirar en sus redes sociales. “Hoy es un gran día, lo mejor siempre está por llegar”, decía la leyenda de la fotografía mostrando su rostro hermoso, su mirada bonita. La fotografía me retrasó una hora. Decidí caminar hacia La fuente, la heladería en el Centro Cívico. Me comí un helado. Me levanté decidido. Caminé por el lado donde está el local, y cuando me hice consciente mi mano izquierda abría la puerta y mi pie derecho entraba en el local.

Lo juro por Dios, escuché la voz de Servando gritando desde el otro lado de la calle, «…Imaginé que me amabas, más allá del mismo amor».

La puerta se cerró tras mis pasos. El sonido llamó la atención de una señora, una cliente, quien miró hacia atrás y me sonrió. El rostro de Diani Álvarez se asomó a un lado de la señora. Ese era mi momento, nuestro momento. Justo allí Diani abriría sus ojos sorprendida, como si encontrase el cassette de los hermanos Primera al rasgar el papel de regalo; correría hacia mí, me abrazaría, me daría un beso. La señora se quedaría asombrada, pero disfrutaría ser testigo del encuentro, incapaz de interrumpirnos se iría y más tarde le estaría contando lo sucedido a su esposo.

«Un segundo por favor, ya le atiendo», eso fue lo dicho por Diani.

Su voz, doce años después, todavía despertaba en mí como un río descubriéndose de repente contenido en algún cause, negándose a quedarse entre los límites. Ella seguía siendo aquella flaca lindísima, su rostro conservaba la adolescencia con la cual me enamoró. Y yo, yo no. Vi mi rostro reflejado en el espejo detrás del mostrador, no quedaban ni rastros de mi adolescencia.

Le di la espalda al mostrador, abrí la puerta de nuevo y salí del local.

No fue en ese instante cuando recordé la sentencia de Diani Álvarez.

Por un momento pensé en Carolina. No pensé en su sonrisa, donde encontré una vez más a mi madre. No pensé en los años buenos, pensé en aquella noche cuando, con sus ojos de fuego y el odio encendido en sus labios, me dijo «Morirás solo, sin nadie, insatisfecho». Mi mano izquierda abría la puerta para salir. Hay un poder profético en la sentencia pronunciada por una mujer. Diani Álvarez no me salvaría de la sentencia de Carolina.

Regresé a casa derrotado.

Mi mente inquieta. Quería olvidarla de nuevo. La noche se asomó y con ella las palabras de Diani Álvarez, su sentencia, «Si bebes agua del Cardón, no olvidarás jamás este pueblo, volverás aquí».

No tenía escapatoria, debía volver al pueblo por mi cuenta o su sentencia me traería. Cinco meses han pasado. Aquí estoy. Frente a este arroyo. Frente al Cardón. No debí tomar de estas aguas ese día.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo | @gusmarsosa

*Este relato recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2017).

#DomingosDeFicción: Piedras en El Calvario

Éramos tres y nos la pasábamos caminando por toda la avenida San Martín. Desde la plaza O’Leary, avanzando por la esquina de Angelitos, Capuchinos –donde estaba nuestro colegio– y la Maternidad Concepción Palacios, hasta llegar a Artigas, al nivel del Centro Comercial Los Molinos. Ahí dábamos la vuelta y recorríamos el trecho de nuevo. Éramos un grupo bullicioso, que ocupaba más espacio del que deberían hacerlo tres preadolescentes flacuchentos. Entrábamos a las quincallerías de los chinos, revolvíamos sus cestas y estanterías sin comprar nada; luego los insultábamos y salíamos corriendo. Tomábamos los periódicos de los kioscos y los hacíamos volar por los aires, pateábamos perros en la calle, les gritábamos obscenidades a los conductores de los carros que transitaban por la avenida. Una vez llegábamos a Los Molinos, pasábamos un rato jugando maquinitas en algún establecimiento especializado –servicio que rara vez pagábamos. Luego podíamos rematar la jornada montándonos en una camioneta, pidiendo dinero para un compañero de clases que estaba muy enfermo y que necesitaba de la encarecida ayuda económica de ustedes, señores pasajeros, para poder recuperarse porque su madre, pobrecita ella, con seis hijos, un trabajo inestable y ningún marido que la apoye, no puede costear los gastos de una enfermedad tan despiadada como la que nuestro buen amigo sufre. Yo escribía el guion, porque tenía un poco más de habilidad con las palabras, mientras que Mauricio y Cristian lo ponían en escena, cosa que se les daba mejor a ellos.

No éramos peligrosos, pero sí fastidiosos. En la escuela, estoy seguro de que estuvieron a punto de bautizar la oficina de la dirección con nuestros nombres. No había manera de que pasáramos una semana sin ir hasta allá. Habíamos hecho un pacto de sangre –en un recreo, encerrados en el baño, nos habíamos cortado las yemas de los dedos índices con una navaja que Cristian le había quitado a su papá y habíamos unido nuestras gotas de líquido rojo en una poceta que bajamos con solemnidad religiosa a modo de cierre de nuestro trato. La regla principal de aquel contrato consistía en siempre declararnos culpables de cualquier fechoría a la que acusaran a alguno de nosotros, así fuera uno solo el responsable. Si Mauricio había incendiado una de las papeleras del patio por su cuenta, cuando la Directora o la Coordinadora iban al salón a preguntar qué había pasado –porque ya sabían que tenían que ir directo a nuestro salón–, los tres nos levantábamos al tiempo y declarábamos nuestra participación en el crimen. Ellas sabían que era imposible que siempre los tres estuviéramos implicados, pero no podían hacer más que castigarnos a todos.

Las primeras veces, hice que mamá perdiera la paciencia. Yo nunca había sido un muchacho problemático, todo lo contrario. Siempre había sido un hijo ejemplar, tranquilo, estudioso y cariñoso. Uno de esos niños que la gente ve en la calle y piensa “le hace falta que esa mamá lo suelte más”, con el atenuante de que yo era así por cuenta propia, no por presión materna, aunque ella tampoco se quejaba de la situación. Por eso, cuando empezó a notar el cambio en la dinámica de mi grupo de amigos, comenzó a preocuparse. Con el tiempo se fue calmando, entendiendo que si bien me metía en actividades que podían resultar revoltosas, no estaba haciendo un daño real a nadie. Sí me advirtió un par de veces que tuviera cuidado con lo que inventaban mis compañeros, que no tenía que decir que sí a todo lo que propusieran y que, más importante todavía, no tenía que culpabilizarme por algo grave que ellos hubieran cometido, que podían vérselas solos. Porque una de las razones por las cuales adoptamos la estrategia de culparnos a todos de lo que sucedía era que los profesores me tenían en buena estima. Por lo tanto, cuando me veían entrar a la dirección, bajaban las defensas, diluían el tono del regaño y disminuían la severidad del castigo.

El asunto era que yo también quería ser rebelde como ellos, pero en mis genes no había venido esa carga de información. Todos habíamos entrado juntos al colegio en el primer grado. Nos conocimos en las primeras semanas de clases y desde ese momento fuimos inseparables. En ese primer año, no había tantos indicios serios de malicia a la vista, pero tan pronto fuimos creciendo las burlas se fueron haciendo más fuertes, las bromas se hicieron más pesadas, los actos de vandalismo dentro de la escuela se tornaron más subversivos y las aventuras extracurriculares cada vez más peligrosas. Para mí todo fue evolucionando más rápido de lo que podía captar y de pronto me vi dentro de un grupo de gamberros que de un momento a otro podían destruir el salón, el colegio, la cuadra, la parroquia entera y yo quedaría retratado en esa foto, pisando el escudo de la escuela con una expresión a medio camino entre el temor, el desconcierto y la satisfacción de poder hacer algo fuera de mi zona de comodidad. Lo más complicado del caso era que aquellos eran unos gamberros de corazón enorme, de un sentido de la amistad que superaba cualquier otro nexo entre personas que hubiera conocido jamás. Lo que le pasaba a uno, le pasaba a todos y lo que lograba uno, lo lograban todos. Si bien era parte de la anarquía, también era parte de la armonía.

Mauricio siempre tuvo la disposición de ser el líder del grupo y nosotros lo dejamos. Era hijo único, por lo que dentro del cosmos de su mente, el mundo giraba alrededor de él. Lo que él hacía era más interesante, las cosas que él conocía eran más valiosas, los regalos que le hacían sus padres y sus tíos eran mucho mejores. Por supuesto, sus ideas también eran de mucha mejor calidad que las nuestras, en lo que tenía que ver con su practicidad, su carga de diversión y en los puntos que sumaría a nuestra imagen de muchachos malos. Eso de ser hijo único también hacía que nos viera como sus hermanos. Por un lado eso estaba bien, porque de verdad tener a Mauricio como hermano era una bendición por lo atento que era y lo fraternal que podía llegar a ser. Pero por otro lado, invertía muchas energías en idear aventuras para el grupo. Aventuras que casi siempre eran inofensivas al principio, pero que se fueron enredando mientras fuimos creciendo.

Mauricio vivía en El Calvario, por lo que muchas de las andanzas de nuestra adolescencia, ya cuando nos cansamos de caminar sin rumbo por la avenida, ocurrieron en aquel mítico sector de Caracas. Cansado de la ya clásica subida por las escaleras que llevaban al barrio y de los jeeps que servían como ruta suburbana al cerro, Mauricio comenzó a crear vías alternas para moverse por su zona. Era un tipo inquieto, que le gustaba treparse en árboles, saltar muros, deslizarse por pequeños barrancos o huecos imposibles para un humano. Luego de que exploraba por su cuenta, nos llamaba a nosotros para que siguiéramos sus rutas, para que conociéramos los atajos que había estado inventando, como si de un rally se tratara.

Cristian era el primero en asistir a su llamado, siempre listo, como si fuera un boy scout. Cristian era mayor y más alto que nosotros. Siempre torpe, siempre peleón, pero siempre muy considerado con sus amigos. Él no era hijo único, pero era un hermano mayor que no quería asumir tal responsabilidad en su casa. En el grupo le iba bien porque le permitía estar fuera de su hogar por períodos largos –lejos de los reclamos de su madre, los sermones de su padre y las exigencias de cariño y atención de sus hermanos pequeños– y también porque le daba la oportunidad de liberarse de ciertos deberes y compromisos. Mauricio asumía el rol de líder y, a ojos de Cristian, también asumía el rol de hermano mayor. Para él, Mauricio era el que velaba por todos, el que tomaba las decisiones importantes, el que guiaba las salidas, censuraba las conversaciones y determinaba quién era digno de compartir con nosotros y quién no. Cristian era feliz cuando Mauricio proponía algo nuevo porque sólo tenía que seguir. Por eso siempre eran ellos dos quienes, en principio, exploraban las calles y recovecos de El Calvario mientras que yo les sacaba alguna excusa para escaparme de aquellas excursiones.

Llegaba un punto en que no podía evadirlos más. Si fuéramos un grupo de superhéroes mi súper poder tendría que haber sido la capacidad de sentir una cantidad ingente de presión social sobre mis hombros y no poder sacudírmela. Ya a la cuarta vez que me echaban en cara lo mal amigo que era y la desfachatez que tenía al dejarlos solos en una de las salidas, me veía obligado por mí mismo a decir que estaba bien, que tenían razón, que ya para la próxima no les pondría peros, que vamos, vamos de una vez antes de que a mi mamá se le ocurra mandarme a comprar algo y no pueda ir, sí, vamos.

No puedo decir que no la pasara bien, porque estaría mintiendo de forma descarada e injusta. Siempre me reía hasta el punto en que sentía que mis costillas se iban a desprender. Siempre terminaba con una historia interesante para contarles a mis primos en las reuniones familiares o para relatarle a una chica en una de las fiestas organizadas por alguien del colegio. A pesar de que era feliz cada vez que estaba con ellos, siempre estaba esa nube de temor, de peligrosidad, de riesgo. No era posible zafarse de la sensación de que en cualquier momento algo podía salir mal, terriblemente mal, y tendría que darle la razón a mi mamá cuando me advirtió que no me metiera tan de lleno en lo que hacían Mauricio y Cristian.

Recuerdo con mucha claridad la última vez que fui a El Calvario. Recuerdo siempre esa tarde, todos los días, a cada hora. Recuerdo con nitidez esas escenas cada vez que me veo al espejo, cada vez que voy al trabajo, cada vez que llamo a mi mamá y le cuento cómo va todo, cada vez que veo a los ojos a mi esposa y veo reflejado mi amor en ellos, cada vez que mis hijas me saludan y me piden que les cuente una historia divertida de la vida de su papi.

Esa tarde no quería salir. No solo con ellos, sino con nadie. Esa tarde había algo en mi cama que me pedía que no la abandonara, que para qué estar saliendo de la comodidad de esas sábanas y ese colchón que ya adoptaron mi forma y la temperatura perfecta para mantener mi cuerpo ni muy frío ni muy caliente. Me llamaron a la casa y me dijeron que tenía que ir con ellos de una vez a El Calvario, porque habían inventado un juego nuevo que no me podía perder. Les salí con una excusa y ellos con un insulto y un reproche amargo por mis evasivas. Les dije que estaba bien, que ya bajaba.

Subimos en jeep y luego empezamos a movernos por los atajos que conocíamos muy bien. Yo me movía en automático, sin ninguna emoción ni miramiento de lo que sucedía en mi camino. Mauricio y Cristian iban emocionados, respirando con fuerza, riéndose con nerviosismo y advirtiéndome a cada rato de la diversión que íbamos a experimentar una vez llegáramos al punto exacto. Alcanzamos una pequeña plaza en la que había una capilla abandonada. Contaba apenas con una sola torre –supuse que para la campana–, una nave central estrecha en la que cabrían a lo sumo dos hileras cortas de asientos y un altar bastante humilde. La iglesia debería ser de cuando Guzmán Blanco intentó emular Montmartre en Caracas o algo así. Todo en conjunto tenía un aspecto tétrico que me encantaba. No pude esconder mi cara de fascinación al ver el lugar y los muchachos se regodearon con mi expresión. Sabíamos que te iba a gustar esta vaina, porque es así medio maricona como tú, me dijeron entre bromas mientras pateaban palomas muertas, bailaban encima del altar de la iglesia y pisaban las ruidosas hojas secas que abundaban en el lugar.

Un poco más allá de la iglesia, había un barranco desde el que se veía la calle. Nunca supe bien qué avenida era y ahora, tantos años después de esa última visita, soy incapaz de recordar hacia dónde daba aquel balcón natural. Lo cierto es que se veían muchos carros pasando por aquella vía a una velocidad considerable. Nos quedamos un rato contemplando la calle, embelesados por la vista de nuestro pedacito de ciudad. Cristian encendió un cigarro, le dio un jalón y nos lo ofreció. Mauricio lo rechazó con un gesto natural, ya ensayado bastantes veces, por lo que pude notar; era un gesto del que yo no formaba parte, como si dentro de nuestro grupo existiera una subdivisión a la que pertenecían ellos dos nada más. Vi a Cristian con perplejidad por un momento antes de negarme, ofendido, a semejante oferta tan asquerosa. Él se rió con sorna y siguió fumándose su cigarrillo.

La tarde estaba serena. A esa altura la brisa pasaba con regularidad, manteniéndonos frescos –cosa que era importante en esos años de adolescencia, en los que sudar era más fácil que perder la compostura ante una mujer bien dotada. El movimiento de las ramas de los árboles al compás del viento ponía un fondo musical inmejorable a aquel momento y el sol era gentil con nosotros, dándonos un día despejado pero sin calcinarnos. Había incluso algunos pájaros que cantaban y hacían una armonía inesperada con los artificiales sonidos de la calle. Por momentos cerraba los ojos, para dejarme envolver por esos sonidos, por los olores, por las sensaciones, por la energía de aquel lugar. Podía sentir las miradas y risas burlonas de mis dos amigos, pero no me importaba.

El hechizo se rompió cuando noté un movimiento cómplice entre Cristian y Mauricio. Era otro gesto como el que hizo Mauricio al rechazar el cigarro. Era un gesto de ellos, un mensaje encriptado que solo ellos dos podían entender. Era un gesto perteneciente a una dinámica de la que yo no tomaba partido. La primera vez que lo hicieron, pensé que eran cosas mías, pero con esa segunda seña lo constaté. Ya no era parte de aquel triángulo amistoso. Habían decidido que de ahora en adelante el grupo se reduciría a dos. Era una decisión que habían tomado, estoy seguro, sin siquiera hablarse. Tan solo habría hecho falta uno de esos gestos con los que se comunicaban ahora. Me sentí mal, triste, mientras me hacía consciente del final de una etapa importante en mi vida. También me sentí aliviado, liberado de un peso que no sabía cómo soltar. Me permití sonreír. Ellos me miraron extrañados, pero luego sonrieron también y se movieron del sitio donde estábamos.

De unos matorrales sacaron un par de sacos llenos de piedras de distintos tamaños. Una de las bolsas estaba más vacía que la otra, así que se pusieron a buscar más peñones para emparejarla. Nunca me invitaron a ayudarlos, pero lo hice por cortesía. Algo me dijo que tomara piedras pequeñas y eso fue lo que hice. Recogí las que se veían más frágiles, esas que solo eran débiles terrones de arena que se deshacían en las manos. Mauricio me regañó en un par de ocasiones, pero no me impidió que siguiera buscando. Pensaría que, una vez en el saco, donde habría más de las piedras que él y Cristian buscaban con meticulosidad científica, mis rocas se perderían y no entorpecerían sus planes.

Una vez que alcanzaron la cantidad que buscaban, se devolvieron al punto donde habíamos estado observando la calle, cada uno con una piedra en la mano. Me dijeron que viera primero y luego los imitara. Con una mecánica de lanzamiento propia de un pitcher de grandes ligas, empezaron a soltar las piedras hacia la calle. Yo estaba pálido, con la boca seca y el corazón latiéndome tan fuerte que dolía. Algunas piedras solo atinaban el asfalto, pero otras lograban aterrizar en los techos de algunos carros, en el capó, en el parabrisas, en el maletero. Los conductores frenaban, sorprendidos, haciendo extraños en la vía y generando conatos de colisiones. Algunos veían hacia arriba, intentando atisbar qué los había golpeado, de dónde había salido el proyectil.

Antes de que pudiera salir de mi sorpresa por lo que estaban haciendo, Cristian puso una piedra en mi mano. Una de las grandes. Me miró con unos ojos fulgurantes, con una llama de malicia en la que me costó reconocer los ojos del pequeñín que conocí en primer grado. Me dijo dale, mariquín, en un tono seco. No era un chiste, no era una de nuestras bromas. Era un insulto duro, cruel. Era un insulto lleno de dolor también. Vi a Mauricio y asintió con su cabeza, también con una sonrisa maléfica en su cara. Ya no era parte del grupo. Para ellos yo los había abandonado, así que debían castigarme.

Tomé la piedra, los miré con toda la firmeza que pude y la lancé, apuntando a propósito un punto en el que no había ningún carro. Tan pronto como devolví el brazo, sentí otra piedra en la mano. Hasta que no le diera a un carro aquella jornada no se habría terminado. Respiré profundo y lancé la piedra lo más alto que pude, dando tiempo a que algún carro pasara por ahí y se tropezara con el peñón. A lo lejos se venía una camioneta negra, de esas que uno ve y dice “ahí va un narco”. La piedra aterrizó con estruendo en el parabrisas del automóvil. El vidrio se cuarteó de inmediato, el chofer perdió el control por un momento, patinó, frenó y se estacionó a un lado del camino. Mauricio y Cristian reían y me felicitaban, daban saltitos de emoción y elogiaban mi puntería.

Yo no podía quitar los ojos de la camioneta y de su dueño, que se acababa de bajar para inspeccionar su carro. El tipo revisó el vidrio, los cauchos, el techo. Vio la piedra que yacía inocente en medio del camino y levantó la mirada. Su cara estaba dirigida directamente hacia el punto en el que estábamos nosotros. Los muchachos empezaron a reírse de una forma más vulgar, a gritar insultos contra el hombre, hacerle gestos obscenos. Yo estaba congelado, viéndolo a los ojos. Era la segunda mirada más tenebrosa a la que me había enfrentado ese día. Si la de Cristian brillaba, quemaba, la de este hombre era fría, inexpresiva, sin vida. Sin apartar la vista, el tipo sacó una pistola de detrás de su pantalón. Los muchachos dejaron de reírse de inmediato y, cuando vieron que el hombre apuntaba hacia nosotros, se agacharon y salieron tan rápido como pudieron a esconderse en la iglesia. Podía escucharlos llamándome, pero en ese momento no era dueño de mis movimientos. El frío que manaba de los ojos del conductor de la camioneta invadió mi cuerpo y me dejó plantado en el suelo, en aquella placita de El Calvario. Supe que iba a disparar. Tenía el porte de quien no va a guardar su pistola con la misma cantidad de balas que tenía antes de desenfundar. Cerré los ojos y esperé el impacto.

La detonación vino acompañada de un grito de terror de Cristian y un lacónico “mierda” de Mauricio.

Cuando abrí los ojos, ya el hombre de la camioneta se había ido. Exhalé el aire que había estado conteniendo por lo que me parecieron semanas y escuché los pasos tímidos de mis amigos detrás de mí. Giré con lentitud y los vi examinando la pared que tenía detrás. Había un pequeño orificio del que se desprendían pedazos del material del que estaba hecha la capilla. Cristian recogió la bala aplastada de entre los escombros y la puso en mi mano, antes de estallar en risas de alivio y en vítores por mi valentía y la manera en la que había desafiado a la muerte. Mauricio también se me acercó, me dio unas palmadas en el hombro y me dijo las tienes de hierro, man. Vi la bala, le di vueltas en mi mano y la apreté con fuerza. Dejé que un par de lágrimas bajaran, sin pena. Ya no me importaba lo que dijeran esos dos. Les dije que más nunca me llamaran para una de sus ridiculeces. Me sequé la cara con la mano donde tenía la bala y bajé por los mismos atajos que recorría con ellos. Ninguno de los dos hizo nada por detenerme.

En los últimos años del colegio, ya Cristian andaba en movimientos raros. Nunca dejó de lanzarse en aventuras con Mauricio, pero también estaba empezando a conocer un lado de la ciudad que nosotros no teníamos interés en explorar. Escuché historias de él alardeando de tener un arma y cosas así. Nunca lo pude constatar de primera fuente porque desde el incidente de las piedras en El Calvario no hablé mucho más con ellos, pero sonaba a algo que Cristian haría.

Cuando murió, yo no estaba en Caracas. La noticia me la dio el mismo Mauricio que me llamó porque tenía que avisarles a todos los que conocieron a Cristian, aunque yo sé que no te importa nada de lo que nos pase.

Apenas colgué, lloré como un bebé.

 

Por César Aramís Contreras Parra | @CesarAramis

*Este relato recibió mención honorífica en el concurso de cuentos Salvador Garmendia (2017). Si quieres descargar el primer libro de César, haz click aquí.

#DomingosDeFicción: De ahora en adelante

¿Alguien se acuerda de Detroit en el futuro? Exacto. Pasar la noche en el centro de la ciudad era pasar la noche en aquel Detroit pero sin la parte de los cyborgs de pinga como Robocop, ni las patrullas aerodinámicas en forma de tanque. Hagamos eso para un lado porque había lo otro: un eclipse para siempre y los malos más malos sobre la faz de la Tierra, con sus risas sabrosas que te despelucaban los cabellos de la nuca.

Nosotros vivíamos allí. Cuando llegábamos a casa después de hacer lo que hacíamos ya no había sol. Así que en resumidas cuentas, nuestra casa era esa negrura. Uno que otro poste de luz de yodo y el mazo de cocuyitos a lo lejos en un firmamento negro como el Planeta Muerto. Pero eran solo las luces de las barriadas desde las montañas del Más Allá. O las últimas almas despiertas al margen de todo.

Durante el día, para variar, era mi hermano quien firmaba. Filmar, corregía mi madre creyendo que hablábamos de cine. Pero portar el estilo es firmar, ma. Fir-mar. Total que el engendro firmaba porque tenía toda la cabeza rapada menos la tapa de los sesos, donde mantenía una platabanda hermética de rulos. El signo de Nike tallado en la sien. Y unas botas Patrick Ewing originales en marrón, con el autógrafo morado, a punto de escarapelarse por el julepe diario. Pero él las llevaba con la frente arriba. Mi padre se las dio cuando se hizo el milagro: pasó el examen de reparación de matemáticas el muchacho. Gran vaina. Yo nunca raspaba materias y por eso mismo no me echaban ni un peo de lado. Mis botas, unas Punto Blanco, fueron un negocio con los morochos Fuentes: Mario y Gabo. En realidad, Bebé Gerber y Gasparín. Dos tipos color apio que se pasaban el recreo entero vendiendo cachivaches robados. Después serían periqueros y otras cosas más, pero todavía estábamos en otros tiempos. Y a mí no me importaban demasiado los medios, mientras pudiera tocar el fin con los dedos de mis pies.

Jugar baloncesto en la cancha del Fermín Toro siempre fue un lío. Por mí no, porque yo driblaba a punta de fintas y jugaba piloto: la posición de los retacos y los enclenques. La cosa era por culpa de mi hermano Roger, delantero nato con extremidades de alambre. Convertía las cestas imposibles que el resto de nosotros soñábamos hacer. El problema venía cuando jugábamos contra los jubilados de quinto año. Cada uno del tamaño suficiente para sujetar la pelota con una sola mano, pegar un brinquito como si nada y clavarla con fuerza bruta. Tenían el aro doblado hacia abajo de tanto guindarse. Cuando perdían, se volvían las hienas del infierno. El piso lo llenaban de gargajos. Si encontraban a un menor curioseando, en el acto lo cosían a patadas. Uno de los más bocones nos decía que le trajéramos a mi papá o alguien de su rin, para cachetearlo. Y había un dientón sin alma que una vez se sacó la correa y azotó al perro que escarbaba la basura. La pagaban siempre con el más pendejo de la vida.

Papá Noel de Haití era un gordo masivo, fotocopia del MC merenguero Sandy, de Sandy & Papo. Tenía un copete en resorte cristalizado con gelatina. La primera vez que jugó contra nosotros, encolerizado por la derrota, le dio un empujón a mi hermano que lo bombeó hasta la reja. Pero la vez siguiente tuvo el detalle de jugar en nuestras filas. Con los años vendrían más guardianes de este corte, pero Noel fue el primero y el más grande que se apiadó de nosotros. De ahora en adelante, dijo mi hermano, somos tres. Lo bueno es que éramos más y teníamos un guardaespaldas para cuando las cosas se pusieran color de hormiga. Lo malo, pues que teníamos que pagarle a Noel con la amistad como él la conocía: hacer las cosas en cambote. Es decir, a toda hora estar los tres juntos, para arriba y para abajo.

No me quedaba tiempo para las cosas de verdad importantes, como limpiar la escoria de las calles con el sudor de mis propias manos. Tenía que trasnocharme jugando Streets of Rage sin volumen, para no despertar al mostro. Si por mala suerte levantaba a Roger, me quitaba el único control de un solo vergajazo. De vista nadie lo creía pero el diablo ese tenía la mano pesada, con un nudillo salido en forma de tachuela. Un solo golpe hacía que te doblaras de la contradicción, con un grito de sufrimiento y un hormigueo de risa. A veces yo me le resteaba y no había forma de que me quitara el control, pero entonces llamaba a mi madre con una actuación impecable.

Mamá tenía debilidad por él, aunque fuera cuatro años mayor que yo. La leyenda dice que ma perdió su primer embarazo. A su segundo intento, botó un bebé rosado con una estúpida frente de papa. El mismo que después se conocería como el psicópata del recreo. El incomprendido, entre otros títulos. Si lo dejaba graznar, fijo me ganaba una tunda a las dos de la madrugada. ¿Qué iba hacer? Tenía que cederle el control para que se creyera el rey. La mierda es que el Sega no era de nosotros sino de mi mejor pana de clases, Bemba, que me lo estaba pidiendo de vuelta desde hace un mes.

Se podía hablar de cualquier cosa con ese carajo. Lo quería como a otro hermano pero de mi propia edad. Después se murió su papá y le decían El Triste. Pasaba el recreo entero con los ojos metidos en sus barajitas de Magic. No se quitaba ni para bañarse la franela de Brujería, donde salía una cabeza degollada y una mano que la templaba por las greñas. Pero cuando Bemba era normal y su tragedia comegato era parte del futuro distante, hacíamos las cosas en espejo, como si fuéramos la misma persona separada en dos dimensiones distintas. De hecho, Bemba había sido expulsado del Luz de Caracas, liceo chiquiluqui, para después aterrizar en la pocilga donde encontró su versión mejorada: yo. Es una teoría que nunca quiso aceptar del todo por algo que se llama falta de humildad.

En fin, él juntaba cromos gringos del Dream Team y yo martillaba por aquí y por allá para completar el álbum pirata del Equipo de Ensueño que vendían en el quiosco. Él coleccionaba monedas y estampillas que venían del mundo entero. A mí me daban lo justo para una empanada y un jugo diario, así que me puse a coleccionar tarjetas usadas de teléfono. Traían impresos paisajes de lo largo y ancho del territorio nacional, que nunca me parecieron lo mismo cuando por fin los visité en carne y hueso. Bemba no hablaba casi pero era tremendo as en los videojuegos. Cuando le compraban un casete, lo terminaba la misma tarde. La tía le trajo el Neo Geo de los Estados Unidos, así que me pasó su vieja consola de Sega. Fue un regalo de un hermano a otro. Pero la misma tía le pidió la antigua consola, para retrucársela al niño de su señora de servicio. A mí se me salió una coba automática: le dije que se la devolvería la semana siguiente. Mi boca se movió y en el aire quedaron las palabras.

Por esos días hubo una justa implacable contra un combo de San Martín. Eran completos alienígenas en el Fermín Toro, pero había respeto de por medio gracias a las leyendas de su inmisericordia. La ex de mi hermano estaba en una esquina de la cancha. No se habían visto más desde que ella lo mandó a tragar píldoras de Ubicatex. Ahora era jeva de Experimento, uno minado de pecas y chicharrones magenta que venía con los forasteros. Dos tipos grandes tomaron al pelirrojo por el brazo y nos retaron a ver cuál era nuestra alharaca. Un rapidito a cinco puntos.

Roger, Noel y yo nos deslizamos sobre las líneas de la cancha. Sacamos balón y anotamos de una. Me marcaba uno de los tipos grandes que echaba codazos a maldad y me jalaba la camisa cuando no podía alcanzarme. Pasé la bola a mi hermano, que le hizo una bandejita en la cara al pelirrojo y quedó lelo. Punto. Noel hizo el saque con parsimonia; rebotando con una mano, indicando el pase con la otra. Pero eran solo patrañas para llegar a su zona mágica, la burbuja de tiro libre. Hizo su brinquito clásico y lanzó en suspensión. Punto. De nuevo Roger eludió fácil al pelirrojo con su drible de morisquetas. Se metió en el área y lanzó un gancho que uno de los tipos grandes al fin taponeó. Pero la pelota quedó en mis manos. La convertí desde la raya de tres. Chao pescao.

En estos casos Noel decía las palabras de cierre. Desalójenme la cancha, repito. Obedeciendo el mandato, se paró y se fue la jeva de Experimento. Experimento como tal estalló en una rabieta ciega con algo de llanto. Un segundo después, voló por los aires como una baraja y sonó feo al caer. Era un movimiento que solo le había visto a Yokozuna, pero a Noel le salió natural. Era muy firmante ese gordo del diablo. Durante su retirada, los tipos no ayudaron al herido. Pero sí nos gritaron desde lejos para invitarnos a jugar en la cancha de sus bloques. Donde sea, cuando sea, dijo Noel, mientras hacía un meneíto como en el baile del perro.

Un lunes a primera hora, la cara de Bemba estaba sin consuelo. En sus manos el Sega con el control fracturado, enmendado en adhesivo. A grandes rasgos, le dije la verdad: Marico, Roger y yo tuvimos una tángana y esto fue lo que quedó. Salvé lo que pude. Bemba sacó los ojos del aparato y los puso en mi cara. Iba por el sexto mundo, dándole guasasa al jefe de los malos. Roger se levantó y quiso quitarme el control. No lo solté. Me encapuchó con la sábana y me torteó un buen rato. Cuando al fin pude reaccionar, la pantalla estaba congelada con las rayas verdes y fucsias: había desencajado el casete para hacerme arrechar. No importa cuánto avancé por los drenajes de la ciudad ni cuántos enemigos aniquilé, todo se había ido al garete. Tenía que recomenzar desde cero sin méritos. Me entró el demonio. Casi despescuezo a Roger. De la nada emergió mi madre para salvarlo y dio un portazo que tumbó cable, control y Sega. Bemba cerró la bemba. No sé si prende, le dije con toda sinceridad.

Hasta aquí más o menos los acontecimientos fueron verídicos, aunque no precisamente en ese orden. Digamos que comenzó cuando las letras de Streets of Rage brillaron de más y caí en cuenta de que si el muñequito en la pantalla era yo, pues yo era su todopoderoso –¿Para qué diablos lo hacía pelear todas las noches en contra de aquellos cabrones mala gente? ¿Y si era más bien al contrario: ellos Los Chéveres, el muñequito malo y yo una fuerza que lo programaba todo por capricho? Dios debe decir estas cosas cuando habla solo, o sea, a cada rato–. Total que una lacra del mundo tres me quitó el último corazón de vida. Me cegó la cólera y batí el control contra el suelo. Lo demás fue rápido. Oí la carcajada de Roger y nos enzarzamos a vida o muerte. Mi madre intervino. No halló otra forma de separarnos que lanzarnos el Sega. Mientras lo esquivamos, pudimos verlo desintegrarse en el cosmos sucio de la pared. Bemba, le dije. Perdón, chamo. Quise distraerlo de esa cagada con una invitación al Campeonato de Baloncesto de Tres. Pronto nos batiríamos con los de San Martín. Un sueño nacional estaba a punto de cumplirse. Pero no mordió el anzuelo. Tampoco pronunció palabra durante el resto de la mañana.

El fin de semana apareció mi papá. Nos llevó a la piscina del Hotel Tamanaco, dijo que pidiéramos lo que se nos antojara. Lo cual era otra forma de decir papas fritas más hamburguesa full equipo. El ciclón de mi padre golpeaba las costas de vez en cuando y era como guao. Secuestró a mi madre en una habitación aparte. Y alquiló otra más para que no jodiéramos el parque Roger y yo. Ambos tomamos rumbos distintos por los confines del hotel. Yo anduve realengo por el lobby. Pegué un par de mocos en el brazo de un sofá. Meé en el lavamanos. Viví la vida. Sobre los teléfonos públicos de la recepción, pillé un par de tarjetas que no tenía. La Puerta de Miraflores de Monagas y el Cerro Perico de Puerto Ayacucho. Volví a la piscina para contarle a Roger la primicia pero estaba ocupado hablando con dos niñas en bikini. Cuando llegué hasta él, no me las presentó. Ellas jamás se quitaron los lentes de sol, y hablaban castellano como si tuvieran una papa caliente bajo la lengua. Dejé mis tarjetas en el revoltillo de mis bermudas con la franela, a un lado de la piscina. El resto del día me dediqué a flotar en el agua celeste.

Tarde en la noche, prendí la tele y salió Sylvester Stallone peinado como gánster de antaño. Una chistorra dizque cómica. En el otro canal estaban dando Robocop 2. Ahora sí hablábamos de cosas serias. La injusta, mugrienta y futura Detroit. Allí los rufianes se daban bomba, echándose unas carcajadas de espanto fuera de la tienda que acababan de desvalijar. En cuestión de segundos, derrapó un automóvil. Se abrió la compuerta y del hueco emergió el pico de una metralleta, que soltaba asteriscos de fuego azul por cada ráfaga. Pero salió del baño Roger y me arrebató el control remoto. Era la final del Torneo de las Américas en Portland. El Equipo de Ensueño norteamericano versus la selección de Venezuela.

Llamamos por teléfono al gordo Noel. ¿Estás viendo el partido, man? No solo lo veía. Estaba rezando por la nación en pleno, junto a su madre y sus hermanas. ¿Quién quieres ser tú?, me dijo mi hermano. Él se creía Scottie Pippen, así que nadie podía repetir su personaje. Del otro lado de la línea, Noel dijo ser Gabriel Estaba. Era un gordo achinado de los Bravos de Portuguesa, que había jugado un poquito en la NBA. Yo escogí a Charles Barkley, un mestizo coco pelado impulsivo como él solo. Se cagaba en el réferi, en el entrenador y hasta en su propia camiseta de ser necesario. Para mi información, que jode tiempo después, una loca del baloncesto me dijo que yo no tenía un pelo de Barkley sino la vista segura, transparente y sutil de Michael Jordan. Naturalmente, fue la hembra de mi vida. Pero para eso faltaban unos cuantos años luz. De vuelta al televisor del Tamanaco, pudimos ver en vivo y directo cómo se quemaron los minutos del juego más importante del territorio hasta ese instante.

La semana siguiente fue nuestro partido. La final contra los de San Martín en su propia casa. No recuerdo la fecha del día, pero ya era de noche. Como un video sin los colores de verdad, todo se veía en anaranjado y negro por culpa de los postes de yodo. La camionetica por puesto –llamada El Vengador IV– nos dejó en la plaza y empezó la llovizna caliente. Tuve un mal presentimiento. Me callé la boca para no ser yo el pavoso del equipo. En nuestros pechos seguía la derrota reciente del país a manos de nuestros propios héroes. Una molesta terquedad nos había llevado hasta allí. Noel alzó la mano para mostrar la empinada callejuela que tendríamos que subir. La senda de los guerreros invictos. Los botines se nos llenaron de agua, pero la goma de las suelas era demasiado pro porque no resbalaba ni un chin.

Entramos a la cancha y había cuatro gatos. Experimento sin camisa, más alebrestado que de costumbre, una sombra y el par de tipos grandes. Solo uno de ellos dos iba a jugar el partido. El otro tipo cedió su puesto por un recambio estelar de último minuto. Caracas sin Luz era un tinto con la cabeza crecida para atrás como un ser de Alien, el octavo pasajero. Tocaba el aro de pie, alzando la mano. No precisaba saltar. Vamos a jugar a siete. Fue la primera de las dos únicas vainas que dijo en toda la noche. La otra fue: Cáguense, que de aquí no salen vivos.

Sacaron balón y Alien la clavó. Se quedó guindado del aro. Sacó la lengua y se chupeteó su propia boca con un ruido sádico. 1-0. El tipo se la pasó a Alien. Alien a Experimento. Experimento al tipo y este lanzó de tres. La pelota no entró, pero ellos dijeron que sí. No había forma de constatar aquello, porque el aro no tenía malla. 4-0. Alien sacó y me le pegué atrás. Era demasiado rápido, entonces lo pisé y la bola se le salió de las manos. Esta fue a dar a Noel, quien se atrevió a un doble paso con bandeja y la hizo. 4-1. Roger me la pasó a mí, no supe qué hacer, así que se la di de vuelta. Mi hermano conejeó al tipo. También burló a Experimento, pero este se quedó picado y le cobró una zancadilla fea. Mi hermano derrapó antes de pasarme la pelota. Su alambrera de piernas y brazos chocó contra el piso. Subió una catarata de agua de charco y sonó como el fin de nosotros.

Todo el mundo se le quedó mirando a Roger, enchumbado de inmundicias. Cuando gritó mi nombre, recordé que tenía el balón entre mis manos. Así que lancé y para adentro. 4-2. La saqué, Alien me la robó, se la pasó al tipo y este la convirtió. 5-2. El tipo fue asaltado por Noel, mejor conocido como Aventura en la Zona de Tres. Lanzó bien pero la bola rebotó en el tablero y se la embolsilló Experimento, quien hizo una locura y no la metió, pero la contaron como que sí. 6-2. Mi hermano se la roba al pelirrojo y la convierte desde donde está. 6-3. Me pasa la bola, no veo luz y me lanzo de tres. 6-6. La partida se replantea a ocho puntos. Inspirado, driblo al tipo, escapo de Alien y con todas mis fuerzas le lanzo el pase a Noel. Pero Experimento mete la cara y se lleva tremendo balonazo en el cachete. La recoge mi hermano. Salta como nunca antes habíamos visto, roza el aro con las puntas de los dedos y le encesta en la cara a Alien. 6-7. Se la doy a Noel y la hace de tres. Hasta la vista, babies.

No sé cómo salimos de allí, pero mi hermano y yo llegamos a casa. Se supone que a Noel lo despellejaron vivo en la parada del autobús pero tampoco sé cómo terminó aquello. Lo que sí sé es que recorrimos en reversa la senda de los guerreros. Faltaba nada para llegar a la acera de los buses. El gordo se empeñó en caminar lento, como si no tuviéramos pavor de aquella victoria. ¿Se asustaron?, dijo. Si están cagaos pidan tiempo. Yo mismo paré el primer autobús que vi y me desgañité llamando a Roger, que también le daba largas al pánico. Cuando hay que irse, siempre se queda como un perro en estado de alerta. Captando vibraciones en el aire, oliendo emociones para reaccionar. Lo arrastré por un brazo hasta la escalera de la camionetica. El horror se inoculó también en el alma del gordo, pero sus ojos pestañeaban en neutro. Era un maldito kamikaze. Lo jalé por la franela: Súbete, gordo. Se soltó con un meneo de malcriado. La próxima es la mía, dijo. Gallinas.

Como las gallinas, comenzó a cacarear bajo la lluvia. Se doblaba los dedos para atrás y para adelante, aunque ya ninguno hacía cric crac. La magia había escapado de sus huesos. ¿De qué hablas?, le dije. Pero eso ya no se oyó por la bullaranga de los motores. El chofer se puso en marcha y mi hermano y yo nos salvamos por un pelo gracias a la intervención de José Gregorio Hernández. Un altar de El Venerable estaba soldado al tuyuyo de latón del que salía la palanca de velocidades. Pagué por los dos como estudiantes que éramos, pero el chofer y el ayudante me cayapearon: Tarifa nocturna, menor. Era el precio inventado, con recargo, que tantas veces tuvimos que pagar. ¿Qué se puede decir? Ni tu Envidia pudo Conmigo se llamaba la camionetica. Ninguna de estas cosas distrajo a mi hermano. Agachó la cabeza y tenía las metras de los ojos exorbitadas, mirando lo que no se puede mirar. El infinito se movía por debajo del suelo. Lo dejamos morir, dijo bajito. Entonces yo repetí lo mismo pero sonó peor todavía. A veces ganar es perder. Y nos perdimos en el eclipse como dos doñas en la fe, que murmuran adentro de la nada a velocidad de crucero.

Noel reapareció en el liceo dos semanas más tarde con el semblante de un difunto vivo. Era pleno recreo. Los jodedores lo agarraron de sopa. Le decían Lázaro y Terapia Intensiva. Tenía un bolsito de tela guindado del cogote, donde mecía su brazo muerto. Dos gajos negroides en cada ojo como si acabara de llorar petróleo. Y el copete de esponja sin la potencia antigravedad de los primeros días. Nos echó una mirada de matón desde una esquina, rodeado de sus nuevos compinches. Gasparín y el bobo del hermano, quienes también montaron cara de cañón. Qué qué qué, dijo el gordo desde el otro lado. Me di cuenta de que además tenía un chichón brillante en la ceja. Que te sobes, dijo Roger, que eso se hincha. La gente esperaba un poco más de acción a la hora de la salida. Aunque no pasó mayor cosa por aquel momento. Y aquellos pobres diablos siguieron en sus mismos pasos, tras la sombra del más grande de los zombis.

Gracias al cielo mi madre no vio aquel esperpento de lástima. Pero se lo olió porque la noche de la victoria, nada más entrar a la casa, nos recibió con una tormenta eléctrica. Nos castigó por tantos días que hasta ella perdió la cuenta. Sin saberlo, el grito que pegó encerraba nuestro acertijo cuántico: tenía horas sin saber dónde estábamos metidos, mientras que nosotros no teníamos idea de cómo nos habíamos salvado.

La mañana del día siguiente, Bemba todavía no me hablaba. Esperé al recreo para encararlo. Mira, le mostré tarjetas telefónicas. Una cascada de espuma de afeitar sobre un pozo de salsa soya. Matorrales de gamuza fucsia entre peñones de plomo. Un cerro en forma de tetilla humana. Comenzó a mover el coco en aprobación. Qué bien, dijo. Ahí no he ido. Allí, menos que menos. Yo sí, le dije, y le conté sobre un viaje inventado, para unir los pedazos rotos de una hermandad que llegaría más allá del día de nuestro último respiro.

 

Por Hensli Rahn Solórzano | @HensliRahn

*Este relato está incluido en el libro Dinero fácil (Libros del Fuego, 2014). Obtuvo Mención Especial en el 69º Concurso de Cuentos de El Nacional

 

 

#DomingosDeFicción: Enamorados

Entro a mi apartamento. Marianne estira sus facciones mostrando sorpresa. La mueca, de inmediato, se torna en sonrisa. “Iba saliendo”, dice. Saludo a Cristina, mi esposa. Veo sobre la mesa una botella de ponche crema por la mitad, junto a dos vasos. Marianne se despide. Sale. Cierro la puerta. “Tremenda sesión, ¿no?”, digo a Cristina mientras organizo un poco. “No solo de trabajo vive el hombre”, responde. “¿Ah no?, ¿qué más necesita el hombre?”, me le acerco. La tomo por la cintura. “Sexo”, ronronea antes de besarme.

Marianne es brisa fresca en verano. O una hoguera en medio de la nieve. Puede usar el más minúsculo traje de baño y verse tierna, pudorosa, sin que su figura deje de significar una caricia invisible a los genitales de la persona que la aprecia. Una mirada suya es capaz de escribir un libro de poesía en el corazón de un hombre soltero. O en el de una mujer.

Aunque en su currículo siempre aclara su origen –de madre colombiana y padre argentino, nació en Mérida para ser tan venerable como el Páramo–, el mismo no importa demasiado. La genética no puede explicar los caprichos de Dios.

Fabricio, el escritor de rostro relajado que nunca olvida lo afortunado que es por estar con Cristina, siente cierta fascinación por la figura de Marianne. Le gusta que la modelo trabaje con su esposa, una artista consagrada cuya cámara posee un bisturí metafísico: hace incisiones sobre el alma. ¿Tiene Fabricio fantasías con Marianne? No. Nada que ver. Categóricamente, no. Eso repite en su cabeza. Aunque en un rincón muy profundo de su inconsciente de vez en cuando brilla un sueño erótico que decidió suprimir apenas abrió los ojos. Podía haber sido con Marianne. Quizá sí, quizá no. De lo que está seguro es que la otra chica que apareció en él era su esposa.

Cris se hizo muy amiga de su clienta. ¿Es normal esto? Relativamente. Aunque suele ir directo al grano cuando le toca trabajar, siempre está expuesta a sentir simpatía por alguien. Su corazón –un músculo fuerte y espacioso, en el que Fabricio ha logrado instalarse de forma indefinida– es propenso a sentir afecto ante la belleza que significa la bondad mezclada con talento. Eso cree ver en Marianne.

La merideña está en plan de empezar una carrera como modelo cultural, de revistas de erotismo lejanas a los estereotipos de la belleza norteamericana y los senos a reventar que se pusieron de moda en Venezuela. Las fotos que le tomó Cris sirvieron para que llegaran propuestas reales. Nada de ofertas para castings de modelaje que resultan ser concursos para participar en pornografía casera, ni proxenetas buscando resolverse la vida o directores de telenovela permutando un papel en su próxima producción por sexo.

Las solicitudes eran de una par de agencias italianas, una invitación muy lucrativa para aparecer en una revista literaria española y un perfume francés que quería hacerle una prueba para ser la imagen del producto.

Fabricio se acostumbró a ver sus diferentes fotos: juegos de luz, sentada, agachada, de pie, vestida, desnuda. Las variables abundan. El resultado es equivalente: Marianne le acelera el pulso. Venerar su atractivo no le es difícil y excitarse al verla, tampoco. Si bien belleza y sexo son estímulos diferentes, ella agrupa ambos en un golpe de placer para los ojos. Ni siquiera despierta el odio de otras féminas. Sus congéneres se echan desodorante sobre esa envidia superficial que sudan la mayoría de las mujeres, para arrodillarse ante un magnetismo que se siente como un llamado de los cielos.

Día atareado. Escribo toda la mañana luego de desayunar. Cristina sale a tomar fotos. El reloj marca la una y aún no llega. Como un snack. Hago ejercicio. Cris entra a la casa. Me ducho, almorzamos. La noto en otra parte, ida. En una relación donde el arte juega un papel tan primordial, que ella o yo visitemos la nebulosa de vez en cuando no es extraño. Siesta. Cris vuelve a salir a trabajar. Me despierto, bajo al bar a saludar a algunos amigos. Mensaje de texto de mi esposa: llegará tarde, se alargó una de sus sesiones con Marianne. Entro a nuestro apartamento después de las 11. Cris ve televisión. Me ducho. Me espera desnuda en el cuarto. Tenemos sexo. Literalmente, me saca toda la chicha. De ser la primera vez que estuviésemos juntos, pensaría que estoy entre las piernas de una profesional. Me gusta que nos reinventemos luego de siete años de feliz matrimonio. Son las cuatro de la mañana. Sigue insaciable. A las seis, nos dormimos. Me despierto a las diez. Cris aún duerme. Me ducho, salgo de casa. Por primera vez desde las primeras citas que antecedían al noviazgo, me siento inseguro.

La realidad le da un cabezazo. Las palabras de su esposa le llegan a través de un túnel gris que gira y no permite detallar las letras. Siente náuseas. No identifica algún halo de culpa en la voz de Cris. Sí de preocupación. Es la primera vez, según ella, que siente atracción sexual hacia otra mujer.

Le pregunta cómo afectará eso el matrimonio. “No sé”, suspira ella. Una nube morada se apodera de la habitación. Es invisible, pero ambos perciben su presencia hasta por las fosas nasales. Jamás habían experimentado una situación tan confusa. “¿Qué piensas?, ¿cómo te sientes?”, pregunta Cristina. Él, por un momento, imagina la bruma que los rodea. Así se siente.

Se levanta al baño. Cris, sentada sobre la cama, se abraza las rodillas. Baja la cabeza. Llora. Fabricio vomita. El estómago se le vuelve una gelatina. Se sienta sobre el excusado. Tiene diarrea.

Media hora en el baño y aún no sale. Cris camina por todo el apartamento. Transpira como si hubiese corrido el maratón de Nueva York. El pulso se le acelera cuando oye abrirse la puerta del baño. Fabricio entra en la habitación, se viste en silencio. A Cristina las lágrimas le ahogan las palabras que planeaba decir. La sal clava estacas sobre la imagen: Fabricio mudo, pálido, con el ceño fruncido, se mueve como si en realidad fuera una estatua a la que le acabaran de conceder la facultad de caminar. “Nos vemos”, dice antes de abandonar el apartamento. El reloj marca las cinco de la tarde. Cristina tiene ganas de arrancar las manecillas y hundirlas en su cuello.

Se suceden tragos de cerveza en un desfile infernal para mi hígado. Es el sábado más extraño de mi vida. Veo el celular: 11:55 pm. Cinco llamadas pérdidas. Engullo una pizza y pago un taxi.

Cristina está despierta. Leía, o fingía leer, en la sala. Hago un ademán antes de entrar a la ducha. El agua caliente me sabe salada. No sé cuándo comencé a llorar. En algún momento me encuentro sentado en el piso de la ducha pensando que mi vida es una mierda.

Salgo del baño. Después de dos horas, mi esposa sigue en la sala. Me llama a sentarme al lado suyo. Obedezco. Me acaricia la cara. Solo llevo un paño amarrado a la cintura. “Te amo”, afirma en voz baja. No contesto. No puedo. “Esto no va a cambiar nada entre nosotros”, asegura. Pienso en que es la idiota más grande del planeta. “En serio, quiero seguir contigo”, insiste. Parece captar mis emociones a través de un imaginario lente. “No soy lesbiana. No sé ni siquiera si soy bisexual. Me gusta Marianne y no sé qué pueda significar eso, pero sé que estoy enamorada de ti y en ningún momento he dudado de que quiero seguir en este matrimonio”.

Me parece una salida muy cómoda. Ya no creo que sea la idiota más grande del planeta: ahora estoy seguro.

“Quiero que tengamos un trío”, proclama. Su rostro permanece serio, no sentí atisbo alguno de dualidad en su voz. Me sacudo de sus caricias. Le sostengo la mirada. Sigue hablando: “¡Fabricio, te amo, ¿okey?! Sabes lo importante que eres para mí. Pero nunca algo me había excitado tanto como la expectativa de acostarme con Marianne. Quiero que los dos tengamos juntos esa experiencia, quiero compartir esto que siento contigo”. Hace una pausa. Siento que la niebla que nos abrumaba se disipa. Continúa: “¿A ti te atrae Marianne?”

Paso varios segundos absorto. Cuando algo de consciencia me brota en la mirada, Cristina, expectante, baja los ojos. El paño que me cubre empieza a elevar una montaña. La beso en la boca. Ella se deja caer sobre el mueble conmigo encima. Me suelta el paño. Trenza caricias desde mi cuero cabelludo hasta mis nalgas. Hacemos el amor.

Abrimos los ojos al mediodía, abrazados. No recuerdo la última vez que despertamos de ese modo. Sin necesidad de mediar palabra, la decisión parece clara: haremos el trío.

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Ninguna respuesta guarda mucho más que una suposición; después de todo, ¿está Marianne al tanto de sus planes? Lo primordial, acuerdan, es enterarla.

Cristina se encargará del asunto. Esas cosas salen mejor si las propone una mujer. O eso piensan. El punto es que entre la fotógrafa y la modelo es en donde se ha forjado la más íntima complicidad. Una complicidad que, según Cristiana, deja ver la simpatía que siente Marianne hacia Fabricio. ¿Es eso una forma de atracción? Cris le asegura que sí a su esposo. Este no sabe si eso es cierto o no, pero se deja acariciar por la idea.

Lo que sí es evidente es el deseo que brota entre ambas mujeres. Esa tensión sexual que les eriza los pezones y pone a balbucear a Cris. El plan es que esta última, al día siguiente, invite a la modelo a tomar algo a su casa, dejando entrever la ausencia de su esposo. Le haría saber que a él le habían fascinado –remarcando la palabra como si la deletreara sobre un clítoris– las últimas fotos que habían hecho. El tema saldría a colación y ahí se definiría todo.

No podemos dormir. Solo nos apaciguamos gracias al sexo. Hablamos, la penetro, y, en una especie de tácito acuerdo, fingimos que el sueño nos vence. Con la luz apagada, no es necesario que cierre los ojos. Supongo que mi esposa atraviesa el mismo insomnio que yo. Compartimos un hermoso silencio lleno de ansiedad.

Amanece. Soy el primero en abandonar la cama. Ducha, desayuno, agarrar mis cosas, despedirme con un beso, cerrar la puerta con la convicción de no aparecer ni llamar hasta la noche.

El día deviene letargo. Me siento en una café a escribir. Me reúno con mi editor. Almuerzo con un amigo. Tomo una cerveza solo. Necesito azúcar. Los tres lóbulos de un profiterol me ven con melancolía. Por venganza, los destrozo entre mis dientes sin apenas saborearlos.

Entro al apartamento. Escucho el ruido de la regadera. No encuentro rastros de Marianne. Mientras me cambio, Cristina aparece desnuda con un paño ceñido desde los pechos hasta los muslos. “¿Y bien?”, suelto si protocolo. “El viernes”, responde secundándome el juego teatral. El paño se esparce por el suelo mientras los brazos de mi esposa me rodean. Sus senos se aplastan contra mi cuerpo. Pienso en lo agradable que sería sentir junto a los de ella los de Marianne. Esa noche, acabo seis veces.

Un rayo de luz cruza la ventana. El sol golpea con sus primeros destellos. Abrazada, la pareja se embelesa con los efectos que el fulgor crea al pasar por el vidrio, al rozar la cortina. Es viernes. Cristina y Fabricio se disponen a atravesar una frontera moral.

Las cuatro de la tarde. Siguen arreglando el apartamento. La comida, las velas, la ropa –exterior e interior–, las sábanas. Todo debe estar perfecto para cuan. Se oye el timbre. El sonido los pone en stop. Cristina sujeta la perilla. Fabricio no pestañea. “Hola”, dice la figura de Marianne. Un vestido azul oscuro, ajustado, que apenas le tapa el comienzo de los muslos y regala un apetecible primer plano de sus senos. Fabricio siente que el temor se le seca en la piel: se convierte en una excitación que le crece en los pantalones. Cristina, cuyos dedos de sus manos se tocaban entre ellos a una velocidad preocupante, se sosiega al recibir un piquito de Marianne.

La modelo se separa. Le sonríe. Enfila, ahora, hacia Fabricio.

Petrificado, los medidores emocionales de su cuerpo se descontrolan. Está por hacer cortocircuito. La lengua de Marianne le ayuda a redirigir toda esa energía. La mujer le acaricia la cabeza, mientras el beso ocupa un espacio incalculable en el tiempo. La modelo separa su boca de la de Fabricio. El reloj retoma su marcha habitual. Al menos por unos segundos. La mano izquierda de la mujer atenaza la derecha del hombre. Con la que le queda libre, sujeta a Cris. La invita a unirse. La besa de modo tal que la boca de Fabricio deja caer una gota de saliva al piso. La niebla purpura reaparece de a poco, sin que ninguno de los tres se dé cuenta.

No hay almuerzo, vino, ni charlas previas. Marianne toma el control de la situación dejando claro que es quien tiene experiencia en eso. Cris y Fabricio solo son unos turistas más del full day.

El sostén de la modelo cae sobre la cama. ¿En qué momento llegaron al cuarto?, ¿cuándo se desvistieron hasta quedar en ropa íntima? El púrpura va ganando densidad. Los senos de Marianne son una broma a toda la retórica detrás de la belleza está en el interior. Quienes han repetido eso no han visto desnuda a Marianne. Mostrando ese cuerpo explosivo se dispone a terminar de quitarle la ropa a Cristina.

Fabricio divisa a su esposa entre la ya muy densa bruma. Le parece más bella que cuando la conoció, más sensual que la primera vez que se acostaron juntos, más perfecta que el día de la boda. La ve y la considera lo más importante del universo, el ingrediente esencial para que la vida sea vida y la felicidad sea felicidad. Observa un gesto de pudor de su parte, como si el efecto de una extraña droga acabase de pasar y ella no entendiera lo qué sucede, dónde está y por qué se encuentra desnuda.

El olfato sexual de Marianne capta algo irregular. Inhala, a duras penas, lo que queda de la bruma. Abandona a Cris, la deja desvalida y se dirige a Fabricio. Le pone la mano por encima del bóxer. Siente una flacidez que la desencaja. No entiende. El hombre la aparta y se mueve hacia su esposa. La abraza. Las miradas se toman de la mano antes de que ella abra la boca. “Amor, yo no…”, “Yo tampoco”, “Te amo demasiado para hacer esto”, “Te juro que no quiero acostarme ni que te acuestes con otra persona nunca”. Se acurrucan uno con el otro.

Ninguno se da cuenta cuándo Marianne sale del apartamento. Solo notan que para cuando empiezan a hacer el amor, ella ya se ha ido.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

#DomingosDeFicción Mi padre el veterano

La primera golpiza me la dio mi padre. Yo era un renacuajo de diez años y pocos kilos. De niño era tímido, me gustaba estar en la casa y lo mío era tocar la mandolina y ver El Pájaro Loco a las cuatro. Pero con sus propias manos mi padre me hizo sustituir la música y la tele por el cuadrilátero.

—Presta atención –me dijo mientras yo me sobaba los moretones–. Si no quieres que te jodan en la vida, aprende a usar los puños.

Mi madre sufría. No quería que yo fuese la fotocopia de mi padre. Decía que el boxeo era deporte de hombres desesperados. Pero simplemente no pudo hacer nada. Por un lado, en el colegio me sometían y me ponían sobrenombres de lo enclenque que era. Por el otro, mi padre se estaba ensañando conmigo. Así que me dediqué a sacar músculos y aprendí a lanzar coñazos.

También troté. Como un desgraciado, troté todas las mañanas del resto de mis días. Subía y bajaba el José Félix Ribas completico. La verdad es que a mí no me gustaba madrugar. Para eso estaba mi padre. Me vaciaba un tobo de agua fría encima cuando yo estaba a mitad de un sueño.

—A trotar –decía sin adornos, su única manera de decir buenos días.

Aún no salía el sol y yo ya estaba dándole vueltas al barrio. En esos momentos solamente pensaba en el box. Mi padre había sido peso gallo amateur en su juventud. Encontré el álbum en el fondo de una gaveta un día que buscaba papel para forrar un cuaderno. Mi padre saltando la cuerda, mi padre golpeando el saco, mi padre rematando una pera con un gancho de zurda, mi padre en guardia, mi padre con una toalla alrededor del cuello y media sonrisa, mi padre haciendo una pose para la cámara, mi padre levantando los brazos en señal de victoria.

Lo otro fue la alimentación. El gran secreto de cocina de mi madre era ahogar todo en dos dedos de aceite hirviendo.

—Así no come un atleta –decía mi padre–. Desde hoy, cero porquerías.

Me obligó a desayunar huevos crudos, a beber litros de agua destilada, a tomar caldo de molleja, a tragar ollas de atole de arroz, a comer hígado encebollado, a evitar el cochino, el pan, el azúcar y el tomate.

Luego me hizo entrenar en el Atlas. Así se llamaba el gimnasio de Macario “El Tifón” Itriago, un expúgil que se había quedado ciego de un ojo. Quedaba detrás de un taller mecánico que también era de Macario. Algún chistoso espontáneo había escrito en la entrada “Es mejor dar que recibir”. Casi todo estaba hecho con repuestos. El saco era una tripa de caucho rellena con estopa. Las pesas eran tubos de escape con rines pegados en los extremos. Las banquetas eran asientos desmantelados de un Caprice o un Mustang. Cosas así.

Mi padre me presentó como todo un prospecto. Macario echó un ojo, chiste aparte, a mi contextura. Me palpó los brazos, me midió los hombros, me agarró por el cuello y movió mi cabeza de un lado a otro. Conservaba el gesto de un boxeador profesional y curtido. En cualquier caso, una expresión difícil de explicar.

—En el boxeo todos tienen un plan –fue lo primero que me dijo Macario–. Hasta que los noquean.

Su ojo ciego era una perla de nata, blancuzco como el de un pez muerto. Se dio cuenta de que me fijaba.

—Yo tenía un plan –dijo picándome el ojo bueno.

Mi padre estaba ahí viéndolo todo.

—A tu padre lo llamaban El Veterano –dijo Macario–. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza.

—Pues nadie sabe –dijo.

El primer día Macario me hizo trabajar los pies. El equilibrio y la coordinación van antes que los golpes. Por dentro sentía un montón de rabia y lo que quería era desfigurar rostros, moler huesos, hacer salpicar sangre, pero Macario me enseñó que para eso tenía que aprender a pararme. Pasé los primeros cinco meses haciendo dos cosas. Saltando la cuerda y desplazándome por todo el ring con los tobillos amarrados. Un día llegué a casa quejándome de aquella estupidez. Estaba francamente amotinado y lancé los guantes en la mesa de la cocina. Mi madre estaba picando remolachas sobre una tabla de madera. No supo cómo hacerme callar a tiempo. Mi padre estaba viendo el noticiero en la sala y escuchó todo. Entró en la cocina. Llevaba chancletas y la camisa abierta. Me conectó un par directo al hígado que me hicieron caer de la silla.

—Cero lloriqueos. Si te agarran mal parado prepárate para conocer la lona –dijo.

Conocí la lona unas semanas después. Macario me dijo que estaba listo para ver de qué se trataba aquello. Con aquello se refería a boxear. Me vendó las manos y me calzó los guantes. Llamó a otro un poco más alto que yo y que ya había visto entrenando en el gimnasio. Le decían Tumor y tenía una zurda endemoniada. No le atiné ni un mísero rasguño y me noqueó sin esfuerzo. Me agarró mal parado. Mis pies no estaban alineados con mis hombros. Para eso los tuve amarrados todo ese maldito tiempo. Después de recibir el golpe, sentí un chispazo. Las rodillas me abandonaron, mis ojos hicieron lo que les dio la gana y en la mente se me formó una nube gris. Desperté boca arriba en el piso. Las caras sonrientes de todos, formando un círculo, viéndome resucitar. Así conocí la lona.

—Que te sirva de lección –dijo Macario.

Entrené más y a los dieciséis comencé a foguearme con los del gimnasio. Los fui jodiendo de a poquito. Casi todos eran mayores que yo, pero no eran competencia. Los dejaba en ridículo, desperdigados por el suelo. Era como si de la noche a la mañana me hubieran engrasado la cintura. Tenía talento, estilo y un par de martillos de acero en las manos. Desarrollé velocidad, potencia y malicia. Sobre todo malicia. Aquello no tenía nada que ver con pensar.

—No pienses –me decía Macario–. Deja que el otro lo haga. Mientras esté en eso, tú pégale.

Mi padre a veces pasaba por ahí y se sentaba a leer el periódico. A mí me daba la corazonada de que me estaba viendo, pero nunca lo vi levantar la vista de la sección de deportes. Cuando no me daba cuenta, ya se había ido. Se puede decir que en la casa lo veía un poco más. Nos gritaba a mi madre y a mí por cualquier cosa. Vivía amargado y rabioso, lo que no está mal salvo cuando le daba por pagarla con nosotros. Era normal que partiera platos o vasos o lo que fuera. Los peores días eran los que se afincaba especialmente en mí. Me detallaba la gran desilusión que resulté ser o cómo arruiné su vida. Yo trataba de dejar los problemas en casa y no llevarlos al gimnasio. Terminé llevándolos a otro sitio: en el liceo le partí la cara a un par de compañeros que osaron burlarse de mí. Quería imponer respeto en el ring y en la vida. Se me fue de las manos y me expulsaron. Cuando mi padre se enteró, me zarandeó en el patio para bajarme los humos. Los vecinos vieron todo, pero ninguno dijo nada. A la mañana siguiente salí a trotar sin necesidad de que él me despertara. Mientras toda la ciudad dormía, yo estaba trotando cuesta abajo con una sensación que no puedo describir. En el fondo, pensaba que aquello fortalecía mi espíritu. Era como un peregrino. La adolescencia ya había hecho estragos. No crecí mucho, pero subí un poco de peso. Las venas y los músculos se me empezaron a notar. El abdomen se me puso duro y rayado como una batea.

Más o menos por esa época Macario me inscribió en un torneo relámpago para jóvenes amateurs. El campeón ganaba equipos nuevos para su gimnasio. Los combates se disputaban a tres rounds de dos minutos. En la final me tocó bailar con la más fea, un quinceañero de La Vega que parecía un matón. El último round estuvo reñido y dos jueces me dieron la victoria a mí. Después fui a otros torneos. En todos gané medallas, trofeos, cinturones. Cosas de niño. Los apilé en la repisa del cuarto y mi madre los limpiaba todos los fines de semana, contando cuántos había ganado por knock out. Macario también sacó sus cuentas.

—Me vas a hacer rico –me dijo el día que cumplí dieciocho.

Yo llevaba horas golpeando la pera como demente y supuraba adrenalina. Tenía la cara llena de espinillas y mi sudor olía cada vez peor. Macario había apostado por mí en el Polideportivo de Cúa.

Esa vez recibí mi segunda golpiza. Fue cortesía de un negro caleño que se llamaba Nehomar Cerdeño. Le decían El Gallito Pambelé y parecía esculpido en piedra de obsidiana. Tenía un queloide con forma de equis en el cráneo y le faltaban todos los dientes delanteros. Yo creía que tipos así solo podían salir de la cárcel. Tiempo después comprendería que tipos así solo pueden salir del boxeo. Su derecha era mortífera. Las pocas veces que logré esquivarla consideré la existencia de un dios misericordioso. El resto de las veces los huesos me tronaron. En el primer round socialicé con la lona dos veces. En el segundo hice lo que estaba a mi alcance. Solté algunos jabs inútiles para medir distancia y bailé de esquina a esquina para agotarlo, pero el muy maldito tenía los pulmones grandes o un tanque de oxígeno en vez de cerebro. Antes de que sonara la campana, me abracé a él, pero me quitó de encima como si nada y rodé por el suelo. El tercer round fue un desastre. Pensé que había sido su derecha, pero me agarró con la zurda.

—Bajaste la guardia –me dijo la figura borrosa de Macario levantándome y poniéndome hielo en el pómulo.

Pasé semanas pensando en la humillación de la derrota, sintiéndome mal conmigo mismo. Macario se fue con los bolsillos vacíos y yo gané un montón de miseria interna. No estaba seguro, pero había escuchado decir a mi padre que el alimento del boxeador es la frustración. Primero se convierte en miedo, luego en odio y luego no se siente nada. Cuando eso pasa, estás listo para pelear.

Yo me sentía listo.

Estaba agarrando aire el día que conocí a Mayilse. Era una rama de canela, esbelta y morena. Llevaba una bolsa de mercado en cada mano. Le ofrecí ayuda y me dijo algo indignada que ella sola podía. Tenía el cabello mojado y usaba una camiseta blanca apretada. Debajo se notaban unos pezoncitos duros y negros como ciruelas.

—Hola, soy boxeador –no encontré nada mejor que decir.

Tenía el labio partido, la nariz hinchada y en cada ojo un delta rojo de bazos reventados.

—¿Boxeador?

—Sí –dije lanzando una zurda al aire.

Se rio. Nunca antes había hecho reír a nadie. Menos a una criatura como aquella.

—Con razón.

—Y eso que no viste cómo quedó el otro.

Volvió a reír.

Me costó sacarle el nombre. Siempre había odiado perseguir a los demás y buscar la pelea. Con ella era distinto. Yo intentaba boxear, pero ella podía noquearme facilito.

—Mayilse es con s, boxeador. No con c –dijo finalmente.

Por supuesto, mi padre no vio con buenos ojos que me empepara con Mayilse.

—Una mujer no te va –me aconsejó–. Tarde o temprano te va a hacer colgar los guantes.

Pero, como buen boxeador, fui testarudo.

Nos casamos en enero, el mes más frío. También fue cuando se le empezó a notar la barriga. En mayo nació Edwin, mi único hijo. Le puse así por el Inca Valero, quien años después mataría a su mujer y se ahorcaría en su celda. Nunca le conté la historia. Supongo que para que no sintiera el peso de llevar el nombre de un tipo tan atormentado que para colmo era boxeador. La fiesta la hicimos en casa de una tía de Mayilse. La vieja tenía una lora que se llamaba Comala a la que le gustaba cantar el coro de un bolero. Mi padre se entregó al ron desde temprano y se puso insoportable. Se había empeñado en narrarle a todo el mundo mi gran derrota. Luego le dio por hablar de su pasado glorioso que se vio interrumpido por mi nacimiento. Cuando ya nadie quiso escucharlo, se sentó junto a la jaula de Comala y se puso a darle de comer pedacitos de pan mojados en ron. La lora alcanzó a comerse doce antes de caer patas arriba entonando el bolero por última vez. A veces las fiestas terminan así de mal. Los berridos de la tía por la muerte de su lora y las barbaridades que salían de la boca de mi padre despoblaron la casa. Cuando oficialmente acabó la fiesta, me encargué de él. Traté de sacarlo por las buenas pero no quería que lo tocara. Entonces algo pasó. Algo en mí que no logro justificar. Supongo que me cansé de escuchar que mamá y yo teníamos la culpa de todo. El caso es que me encabroné tanto que no había en el mundo otra cosa por hacer sino la que hice. Le di justo en la sien con el puño muy cerrado. Mi padre se desplomó de inmediato. Mayilse se metió y no dejó que lo levantara. Entre Macario y ella lo llevaron fuera. Se despertó a medio camino, maldiciéndome y prometiendo ponerme en mi lugar.

Mi madre luego me dijo que esa misma noche mi padre pasó por la casa, sacó algunas cosas del clóset y se fue sin despedirse.

Yo no sabía qué sentir.

No creo que tenga que ver con eso, pero desde entonces empecé a acumular victorias. Me hice profesional haciendo peleas de exhibición y entrenándome hasta la muerte. El resultado fue que no dejé a nadie de pie y entré en una racha de triunfos por la vía rápida. Depuré mi estilo y dejé que mis combates duraran más tiempo. Me convertí en un pugilista de fondo. Mi madre y yo alquilamos un apartamento en Coche y nos mudamos con Mayilse y Edwin. Macario se dedicó única y exclusivamente a ser mi mánager. Nos iba bien, aunque nos podía ir mejor. Mi nombre aparecía como favorito en las apuestas. El boxeo es el único deporte en el que todos se pudren en billete menos el boxeador.

El boxeo es extraño.

El primero que me eché al pico como profesional fue a un catire apestoso de un país impronunciable. Kakakistán no sé cuánto. Hice que me persiguiera durante los dos primeros rounds. En el tercero lo trabajé con jabs y clinchs. En el cuarto, cuando quería fajarse conmigo, lo hice polvo con un upper de zurda. Cuando cayó al suelo, como un edificio dinamitado, seguía lanzando golpes al aire. Aquella victoria impresionó a los de la federación y empezaron a lloverme compromisos. Acribillé a cuanto pelele me pusieron en frente. Al colombiano Jairo “Parce” Delgado lo noqueé en el octavo. Al guanaco Giovanni Antonio “Cangrejo” Tirado lo noqueé en el séptimo. Al salvadoreño Fernando “El Petardo” Montiel lo noqueé en el noveno. Al chicano Cisco “Kid” Morales, el hijo de perra más tramposo con el que luché, lo vencí por puntos y con la nariz rota. El japonés Jumpei “Batousai” Takeshi me aburrió y lo tumbé en el segundo. Al hondureño Rigoberto “Niño Lindo” Mejía Mejía en el onceavo. Al senegalés Pap “Vaca Loca” Diouf en el sexto. Al cubano Vladimir “Rabo de Nube” Godoy en el décimo. La prensa comenzó a llamarme El Torero de Petare porque me gustaba huir de los oponentes en los primeros rounds y luego finiquitarlos con dos o tres toques. Desde las gradas, mientras yo hacía que me persiguieran por el cuadrilátero, la gente empezó a gritar ole.

Viajé a todas partes, pero el ring es igual donde sea que uno vaya.

Conseguí el cinturón ante el chileno Álvaro “Bam Bam” Henríquez en el Luna Park de Buenos Aires. Lo fui matando durante ocho rounds hasta que lo arrojé contra las cuerdas a mitad del noveno y perdió el conocimiento.

Como era de esperarse, me salieron retadores. El primero no llevó vida. Era un tal Wilmer Nuño, un muchacho de Apure que se hacía llamar El Nuevo Terror del Llano. La leyenda decía que había aprendido a pelear golpeando reses muertas en el matadero de su tío. Yo no creía en cuentos y quería dejar las cosas claras. No pasó del quinto asalto.

El segundo me costó menos. Se llamaba Camilo Ernesto “La Faca” Fuentes, la ilusión boliviana. Era un indio mudo con supuesto toque y garra. Una vez mi padre me dijo que campeón es aquel que se levanta cuando en realidad no puede. La Faca no lo era. Peleamos en La Paz, con todos esos metros sobre el nivel del mar a cuestas. Pan comido. En la tercera vuelta lo resolví con un crochet caza bobos. No se quiso levantar y se dejó hacer la cuenta completa.

Un año después perdí el cinturón.

Mi verdugo fue Yiyun “El Tigre de Fuego” Li, un malayo que venía de ser peso pluma y que había medio asesinado a todos sus oponentes. Macario tenía sus dudas, pero yo estaba dispuesto a aceptar el reto. La federación pautó la pelea para marzo en el Coliseo Máximo Viloria de Barquisimeto. El Tigre vino a Venezuela meses antes para entrenar y aclimatarse. Salía reseñado en los periódicos como una amenaza para el pugilismo venezolano. Algunos hablaban de mi carrera como un cúmulo de favorables casualidades y derrotas fáciles. Hablaban de mi condición, del desgaste, de lo poco vistosas que habían sido mis últimas peleas. Pero de lo que más hablaban era de mi edad. En febrero había cumplido los treinta pero parecía de cuarenta y nueve. Eso es lo que hace el boxeo.

Me contaron que Li subió al ring embutido en una bata con cola y orejas de tigre, seguido por un séquito de chinos gordos y rapados como en las películas de acción. Por los parlantes hicieron sonar “Salsa caliente del Japón” de la Orquesta de la Luz a falta de un mejor fondo musical. Yo subí despacio, dándome bomba.

Me quité la bata, roja y amarilla como la había pedido especialmente para la ocasión. El réferi nos presentó. Nos convocó en el centro del ring y gritó las reglas mientras El Tigre y yo nos veíamos con todo el odio posible entre dos desconocidos.

Ese chino de mierda era una bestia. Me reventó a palos en el primer round. Su técnica parecía más muay thai que boxeo. Lo de bailarlo y torearlo no dio resultado. Era veloz y tenía alcance. Lanzaba sin problemas con las dos manos y cambiaba su guardia a cada rato para confundirme. Su técnica era impecable y sus golpes devastadores. Sabía lo que hacía. Se notaba que había estudiado mis puntos débiles. No dejó que yo hiciera la pelea. La hizo él como quiso. Me acorraló en una esquina neutral y me dio lo que se llama una clínica de guasasa. No pasé de la mitad del segundo. Todavía escuchaba a algunos gritar por mí cuando caí al piso. Fue como en cámara lenta. Mi cabeza se sacudió en un espasmo. Entorné los ojos hacia arriba y por un instante todo se paralizó. Vi la luz de los reflectores dividida en cuatro haces idénticos como una cruz en llamas. Vi que el techo se movía y aparecía un trozo de grada repleta de gente que se agitaba. Luego vi las cuerdas del ring. Luego vi que se acercaba el piso. Comprendí que quien se movía era yo y no el resto de las cosas. Sentí que mi cuerpo rebotaba sobre la lona y cerré los ojos.

Los abrí de camino a los vestidores. Macario y Mayilse lloraban desconsolados. Un médico chasqueaba los dedos, me abría los párpados y me alumbraba con una linternita.

Recuperarme no fue fácil. Tuve una jaqueca infernal que no me abandonó en una semana. Estuve a punto de perder el sentido del olfato. Pero meses después, un día que Mayilse hizo un hervido de gallina y lo pude oler, encontré algo de consuelo en el fondo del pantano. Por lo demás, me sentía como un montón de basura bajo el sol. La prensa me había aplastado. Fui la gran vergüenza propia y ajena. Me deprimí tanto que no quise salir del apartamento. Me abandoné y perdí condiciones. Me sentía obsoleto. La verdad es que mi vida fuera del ring no era ningún carrusel. Las batallas más duras las libré en casa. Tenía cuentas por pagar apiladas en una gaveta. Tenía problemas en los riñones. Tenía pesadillas en las que subía a un cuadrilátero y cuando sonaba la campana me daba cuenta de que no tenía brazos. Tenía un hijo que estaba creciendo y al que no sabía cómo tratar. Yo no pretendía seguir la ruta de mi padre y ponerme bruto, así que cuando me sacaba de quicio, me encerraba en el cuarto a ver tele. Mayilse sufría. No quería que desarrollara temor por mi propio hijo. Tampoco quería que me convirtiera en un parásito. Y a pesar de que no estaba particularmente contenta por vivir con un hombre que en el mejor de los casos podía parar en loco gracias a lo que hacía, me hizo despabilar. Nadie me había dado tanta pelea. Si no hubiera sido por ellos, por su confianza en mí, quizás no me habría levantado para terminar mi último combate. Telefoneé a Macario y le dije que quería recuperar el cinturón.

Volví al José Félix Ribas y al Atlas. Entrené como en los viejos tiempos. Retomé las desquiciadas jornadas de trote. Era aún muy temprano cuando me posaba en lo más alto del cerro, con las manos vendadas y un suéter con capucha. El sol seguía enconchado detrás de las nubes cuando me quedaba viendo todo allá abajo, tan pequeño que parecía un hormiguero en el fondo de un valle. En esos momentos, desde la cima de mi mundo, me enfrentaba mentalmente contra un Yiyun Li imaginario. En mi cabeza ocurría un duelo eterno que a veces ganaba y a veces perdía. Si no estaba en eso, estaba frente a una pared, en combate contra mi propia sombra. Macario decía que era lo mejor. Nada como pelearse contra uno mismo. El peor adversario eres tú, y por eso, también el mejor para entrenar. Me gustaba proyectar lo más oscuro de mi propio yo, concentrar todas mis frustraciones en una sombra más grande que yo. Me gustaba tenerle pánico y hacerle frente. Me gustaba lanzarle combinaciones y exhalar como un maniático. Me gustaba imaginar que el rostro de mi padre era el de mi sombra en la pared.

Un año después tuve la oportunidad de retar a Li en una revancha por el título. Irónicamente, la Federación pautó el asunto en el mismo escenario de mi tragedia. Los venezolanos tendrían una segunda oportunidad para verme caer abatido ante un extranjero en el Máximo Viloria de Barquisimeto. Muchos habían dejado de creer en mí, pero eso no justificaba que la prensa me enterrara antes de muerto. En un periódico habían sacado una caricatura de un tigre con la panza llena y a su lado un esqueleto amontonado con un sombrerito de torero en el tope.

El boxeo es un deporte duro y solitario. Nunca me he sentido tan solo como en el cuadrilátero. Lo peor son los segundos previos a la pelea. Todo se resume a cómo manejas el miedo. Por lo regular me funciona plantar los pies, subir la guardia, morder fuerte el protector bucal y decirme cosas como que no te tiemble el pulso, campeón. El mundo no es sitio seguro cuando te pones los guantes. Eres el mejor, simplemente el mejor.

Li subió al cuadrilátero usando el cinturón. Era su manera de restregármelo en las narices. Cada boxeador hace su campaña de mortificación. El boxeo tiene más ciencia que repartir puños. Hay que saber intimidar. Hay que saber sacar de sus casillas al tipo que te quiere dar golpes hasta matarte. Cuando yo subí, alguien gritó date por muerto, Torero. Pero soy demasiado listo como para reparar en palabras.

El réferi hizo las presentaciones.

Hubo un momento de silencio. Una pausa muy breve y cristalina como cuando alguien toma aire antes de sumergirse bajo el agua.

Sonó la campana.

Aguanté como pude. En el primero y en el segundo bailamos por todo el ring sin golpear demasiado. Había prudencia por ambas partes. Nos dimos tiempo y distancia para estudiarnos. El público se impacientaba. Todos querían una masacre. En el tercero quiso mostrarme su superioridad, pero yo estaba atento y lo toreé a mi mejor estilo. En el cuarto, encajé un par de derechazos cruzados sin mucha efectividad. El Tigre era duro como un buda de bronce.

En el quinto ya me estaba moliendo.

El clima se puso más tenso. Tenía el tabique resentido y veía borroso por el ojo izquierdo. En el sexto esquivé su derecha por milímetros y corrí para salvarme. En el remate del séptimo puse una rodilla en el suelo y me agarré de las cuerdas con el antebrazo. El conteo llegó a seis y me salvó la campana.

Fui a mi esquina completamente aturdido respirando con la boca abierta. Yiyun Li se veía fresquito. Lucía como si solo hubiera salido a recoger el periódico un domingo en la mañana. Macario quería detener aquella carnicería. Me pidió que no me levantara. Me dijo que iba a hablar con el réferi. Me pidió que pensara en mi familia. Que si ya que no pensaba en mí, que al menos pensara en ellos.

—Yo tuve suerte –dijo–. Sólo perdí este ojo.

Pero yo ya no quería escucharlo. Le rogué que no arrojara la toalla, pasara lo que pasara.

En el octavo volví a comer piso. Fue un golpe ilegal con el codo, pero ya el daño estaba hecho. Me dieron un minuto de piedad para atenderme el párpado y penalizaron a Li con dos puntos que ni falta le hacían.

En el noveno recibí castigo. En el décimo también. Li no quería complicar más las cosas y buscaba enviarme a casa de una vez por todas.

Pero yo era más difícil de lo que esperaba.

No sé cómo llegué al onceavo. Estaba desorientado y los brazos me pesaban. El Tigre me había estado trabajando el dorso para sacarme el aire, pero uno se entrena para este tipo de cosas. Estaba dispuesto a quedarme en el pellejo. Lo que hice fue cubrirme durante los tres minutos de aquel lamentable episodio.

El doceavo fue apoteósico.

Fue como en Rocky. Fue más o menos así. Cuando sonó la campana del último capítulo del resto de mi vida, todos me daban por vencido. Me levanté del banco lentamente. Tenía dolores por todas partes. Sentía el costillar como si me lo hubieran taladrado. Me ardían los ojos, la nariz y la boca. El oído izquierdo me pitaba. La cabeza me estaba matando. Pero era el asalto final y yo ya no tenía nada que perder. Intercambiamos algunos golpes suaves. Él se sabía ganador y estaba esperando que terminara de correr el tiempo. Creía que yo me había quedado sin combustible. Tan equivocado no estaba, pero igual lo fui preparando de a poquito, moviéndome de un lado a otro. Los dos estábamos muertos de cansancio, aunque yo tenía más voluntad y más experiencia. Adelanté dos pasos imprimiendo velocidad a mi juego de pies y lo arrinconé en su propia esquina. Amagué con la derecha y me abrazó afincándome todo el peso de su cuerpo. El réferi me lo quitó de encima y reanudamos el combate. Estaba justo donde lo quería. Saqué fuerzas de algún músculo secreto que algunos  llaman corazón. Lo bombardeé sin contemplaciones. Se cubrió con las dos manos como si cinco tipos más me estuvieran ayudando a lincharlo. Mis golpes fueron encontrando espacio. Se abrió un hueco en su guardia. Asomó un costado de la cara. Conecté con la derecha. Un golpe neto, hermoso. Lo sentí en los nudillos. La mandíbula le hizo crac. Su cuello se torció. Escupió el protector bucal mientras caía. No se movió nunca jamás. Escuché a Macario gritar desde la esquina. Luego el clamor del público. El réferi ni siquiera terminó el conteo. Dio todo por terminado agitando los brazos. El malayo estaba en Orión, boqueando con la cara aplastada sobre la lona. Los paramédicos corrieron a atenderlo. Se dispararon los flashes de las cámaras. Los abucheos no tardaron en mezclarse con los aplausos. No me quedaba casi aire en los pulmones, pero me sentía bien. El dulce sabor de la victoria. La miel del león, como decía mi padre.

Macario subió al cuadrilátero y me cargó en sus hombros. Algunos periodistas se apiñaron para hacerme preguntas y tomarme fotos. Todos me felicitaban. Me decían campeón esto, campeón lo otro. Lo que yo más quería en ese momento era colgarme el cinturón, meterme en una bañera de agua helada, comerme un bistec con papas horneadas, beberme una malta y dormir durante días. Imaginaba eso cuando vi a mi padre entre el público de las últimas filas. Estaba sentado con las piernas cruzadas y el periódico en las manos. Su expresión era serena. Estaba tan viejo que me hizo pensar en el futuro que me esperaba. Eventualmente todo pasa, nada queda, como él mismo solía decir. Por ahora había vencido, pero no tardaría en comenzar a recolectar derrotas. Luego me pasaría lo que nos pasa a todos. Uno más joven y en mejores condiciones te arrebata todo por lo que trabajaste como un burro. En el boxeo la edad siempre se impone. Será difícil cederle el paso a otro, pensé. Hay que pelear hasta el hueso. Morir en la arena. Para alguien como yo es mejor quemarse que consumirse lentamente. Eso también lo decía mi padre, quien desde la última fila se levantaba y me decía adiós con la mano.

Esa fue la última vez que lo vi. Cuando se perdió entre la multitud que salía, sentí que mi vida empezaba otra vez. Quería resetear mi memoria. Quería dejar de pensar en todo lo que mi padre nunca me enseñó. No ocurrió exactamente de esa forma, pero me gusta creer que sí. Que borré las cosas malas de mi mente. Que compartí la alegría de quienes me rodeaban. Que ni dentro ni fuera de de mí había dolor y que recordé a mi padre como quien recuerda a un hombre bueno y cariñoso que había muerto hace mucho tiempo. Lo que quería era poder decirle gracias. Gracias por desaparecer, padre. Gracias por decirme adiós con la mano y borrarte del mapa para siempre. Muchas, muchas gracias.

Entonces, aunque no tenía verdaderas ganas de hacerlo, alcé los brazos en señal de victoria.

 

Por Miguel Hidalgo Prince 

 

#DomingosDeFicción: La olla de Camboya

Andrés De Melo fue el profesor que más nos volvió cenizas la autoestima. Una vez se refirió a nuestros cuentos como la mierda que caga una burra tras la penetración recreativa de un llanero. Algo suave, diluido, expulsado debido a estimulaciones exteriores. Nosotros nos miramos y yo tuve que agarrarle la mano a mi amigo Felipe, ya que Felipe viene de Camboya y, según cuenta, allá el honor vale más que el dólar negro. Allá el honor vale la vida. La perfecta metáfora del profesor fue acompañada por un mar de risas de los compañeros de clases. Yo pensé que todo era así porque, simplemente, estaba bien posicionado: se levantaba en el podio de profesor y lo envestía la institución misma. Felipe se echó hacia atrás. Todos nos miraron. La clase se terminó y el profe se despidió:

—Ustedes dos, chamos. Pilas con las burras.

Felipe lo miró, se volteó lentamente y, justo después de salir del aula, lo interpeló:

—¿Qué te pasa, rolitranco de gafo?

—¿Tú quieres ser escritor, pendejo? ¿Tú crees que un escritor se comporta así? –le respondió De Melo.

Mi amigo, herido en alma, me dirigió la mirada, como pidiéndome que aprobara el golpe, mientras más y más alumnos se congregaban alrededor de nosotros, como en una olla callejera, como en una olla en Camboya.

—Te recuerdo que si me llegas a pegar la ley va a pesar sobre ti. Yo te voy a dar unos coñazos de todas maneras, pero la ley va a pesar sobre ti.

Felipe enrojeció aún más. Yo me acerqué lentamente y él, por su parte, se acercó más al profesor. Se acercó hasta que su nariz quedó encogida con la presión de la de Andrés, hasta que las respiraciones de ambos se volvieron una sola corriente. En ese momento, ninguno se atrevió a detener la posible pelea. Imagino que fue por la figura poderosa del profesor, por creerlo capaz de controlarlo todo. Entonces, en esa situación tan tensa, al hombre se le ocurrió reír, y no es que esté mal reír, no es que sea un pecado ni que sea condenable. El problema es que la risa es quizás una de las formas más fáciles de emprender un reto. De Melo lo sabía. De Melo conocía  a la gente.

En Camboya los retos se acaban rápido. Felipe me lo había relatado varias veces. Siempre hablaba con una estupefacción de otro mundo sobre los momentos en que había que debatirse el honor. Siempre me recordaba, además, que el tema de su tesis iba a ser ese. Yo le preguntaba si estaba seguro y él me decía sí, marico, el honor. Ninguno de los dos tenía idea de qué era eso, pero creo que Felipe lo tenía más claro que yo, creo que encontraba algún concepto en medio de las ráfagas de tiros y de las motos ronroneando en el acecho, en esa dilución del mundo frente al conflicto individual.

Una noche, mientras nos tomábamos una botella de ginebra en la platabanda de su casa, con la cabeza apoyada en un tanque vacío y con los ojos puestos en las luces lejanas del centro, me lo comentó por primera vez.

Estábamos borrachos, quizás muy borrachos, o quizás sólo hacíamos el ridículo:

Le pasé la botella.

—Eso es mentira que la ley puede salvaguardar el honor –me dijo.

—¿Cómo es eso? –le pregunté yo.

—Es mentira que el honor se mantenga en pie por la aplicación de un artículo.

Me pasó la botella.

—Hay muchas cosas que la ley no salvaguarda –le dije.

—La ley no te salvaguarda a la jeva –dijo Felipe.

—Por ejemplo.

Le pasé la botella.

—Pero al final todo, hasta la tenencia de la jeva, te lleva a la cuestión del honor, y el honor no te lo salvaguarda la ley. No lo pienses como una cuestión construida por las arcas infernales de esa sociedad patriarcal que pone a los hombres a acuchillarse. Piensa en la hermosura misma y no en sus raíces: desde los griegos salvaguardando sus tierras hasta Miguelito, en el bloque ocho, cayéndose a plomo porque un cómico se burló de sus orejas de elefante.

—¿Cómo se burló?

—Escribió: “satélite Miguel en órbita” en la pared frente a su casa.

Me pasó la botella.

—Qué feo.

—¿Pero me estás entendiendo? ¿Te parece una estupidez? Es que yo sé lo que dicen los movimientos progresistas y todos los floripondios de este siglo, pero no les paro cuando pienso en eso. Es decir, desde carajito. De verdad, yo no recuerdo un te quiero en la voz de mi papá. Lo único que le escuché decirme a la cara fue una vaina relacionada al honor y a cómo mantenerlo.

—Sí, creo que sí entiendo.

Le pasé la botella.

—Es interesante saber por qué nos obsesionamos tanto con eso, por qué nos duele tanto una invención que no tiene nervio alguno.

—¿Qué salvaguarda el honor, don Filipo?

—Las palabras, por un lado.

Me pasó la botella.

—Ajá.

—Las palabras como forma de darle coñazo a alguien –aclaró.

—¿Y por el otro?

Le pasé la botella.

—Los coñazos, Luso, los coñazos de verdad.

Felipe tenía 22 años. El profesor De Melo no podía catalogarse como un viejo pero sí era considerablemente mayor que nosotros. Cualquier persona le hubiera referido una supuesta madurez para enfrentar situaciones así. En ese momento, incluso, parecía estar dominando la contienda por haber sido Felipe el del acercamiento inicial. Consideré intervenir en la situación justo después de que De Melo se rió en la cara de mi amigo. Vociferé al aire pidiendo el fin de la demostración de hombría pero ambos, al mismo tiempo, me levantaron la palma de sus manos como si lo tuvieran todo bajo control. Yo obedecí sus órdenes y me quedé quieto junto a todos los demás.

De Andrés de Melo no se sabía mucho más que los tres libros que había publicado y lo que, de vez en cuando, se decía en los pasillos. Tenía un libro de cuentos, maravillosamente escritos, que tituló El escape de los guardias y que ganó tres premios nacionales; había escrito una novela corta titulada La mujer de nieve y varios ensayos larguísimos sobre filosofía política. Con esas obras se había posicionado como una eminencia dentro de nuestra escuela. Dicha fama no sólo le valía para ser el abridor de casi todos los simposios habidos, sino también para recorrer los mundos eróticos de aquellas excitadas con el intelecto. Era una celebridad y actuaba con la arrogancia de una. Siempre miraba, alababa a las hembras y después defenestraba el alma de los machos por la basura, como acabando con la competencia, depurando el suelo de los débiles como si la debilidad fuera, de alguna forma, un pecado mortal. Sin embargo, un tiempo después, un compañero me dio una noticia como si conociera el odio que le teníamos: Melo se la pasa en un callejón fumando piedra; después, una supuesta amiga: Melo se la pasa cogiéndose a las putas de Sabana Grande; después, otros compañeros: Melo es un violento, le pega a las mujeres, se coge a los carajitos y despelleja a los animales por pura diversión.

Sin embargo, yo supe que todo aquello era mentira y se lo aclaré a Felipe un día en que nos encontramos en la entrada de la universidad. Le dije que no había que cometer errores por aquello del rencor. Que, por el contrario, había que tener cuidado. Él me creyó. Serenó sus ganas de actuar frente a los atropellos y, como siempre, volvió a hablarme del honor.

Sin embargo, un día que paseábamos por una de las calles de Camboya, Felipe se tropezó, teniendo en la mano todas las bolsas del mercado, cuando vio a lo lejos a De Melo, sentado en la acera, con un cigarrillo encendido en cada mano, llorando a moco suelto en ese lugar tan peligroso para la extranjería. Pasamos detrás de él sin que este se percatara de nuestra presencia. En ningún momento volteó a vernos, sino que se quedó fumando con cada mano, sin mover siquiera un poco la cabeza, con la mirada fija en el asfalto desgastado. Caminamos lentamente hasta la casa de Felipe y no pudimos dormir en toda esa noche pensando en lo que habíamos visto: ¿era posible que un ser así sufriera? ¿Debíamos olvidarnos de nuestra rabia?

Al día siguiente fuimos al lugar en donde se encontraba la noche anterior, pero no lo conseguimos. Le preguntamos a la gente que andaba por ahí. Dimos la descripción: alto, pelo negro, barba negra y piel blanca. Comenzamos con el vendedor de jugos, seguimos con el panadero, después con el dueño del bar y, por último, tocamos las puertas de las casas. Añadimos el nombre completo a la descripción física. La única que sabía algo de Andrés De Melo era una mujer con las piernas largas y morenas y con una voz de puro vapor caliente. Nosotros la escuchamos de principio a fin: De Melo, una vez al mes, pasaba la noche en esa calle sin importarle el sucio ni la antítesis entre Camboya y la literatura fina.

Felipe lo odió más desde ese momento. Yo me apiadé un poco: todos habíamos dejado el honor abajo por una mujer.

—¿Cómo se recupera el honor ahí, Felo?

—Con la palabra, obviamente.

Siendo como era con los asuntos del honor, para él la verdad era una cosa incuestionable y por eso era tan obsesivo en la labor de escribir: pensaba todo el tiempo en la voz interior y esa voz interior lo hacía hablar, naturalmente, del barrio Camboya. De Melo se lo preguntó en una de las primeras clases:

—¿Tú eres de allá?

—Sí.

—De ese barrio no sale nada bueno. Fíjate: ni siquiera un escritor decente.

Por eso aumentó el odio. Por verlo llorando después, con el honor en el suelo, sabiendo que hablaba pestes del sitio que parió a quien, justamente, le pisoteaba la integridad.

La risa de De Melo era ácida y grave. Después de que los dos levantaron las manos, el profesor volvió ensayarla, pero esta vez, como estaba pegado a la cara blanca de Felipe, lo hizo captar todo su aliento a cafeína con enjuague bucal. Yo vi el movimiento de mi amigo en cámara lenta: arrugó la cara, la echó unos centímetros para atrás y la sacudió de lado a lado como un perro. Después, los pliegues cambiaron de la forma del asqueado a la forma del molesto. Yo le dije Felo, piénsalo, y él me dijo no hay nada qué pensar, Luso, cállate la boca. El profesor sonrió. Además de ácida, la sonrisa de De Melo era asimétrica y amarillenta.

Volvieron a ponerse cara a cara. A partir de entonces los segundos pasaron muy lento y cada vez se congregaron más personas en la olla de Camboya. Quise actuar por una tercera vez pero Felipe, muy en serio, me dijo:

—Al que se acerque le entro a coñazos. A ti también, Luso.

Los coñazos son la segunda forma de mantener el honor, les recuerdo.

Una vez, en medio de otra rasca, me lo explicó mejor:

—Hay veces en que la palabra es imposible. Es decir, ¿cómo te mides con palabras frente a un hijo de puta en descontrol?

Esa vez, sin embargo, todo se podía ver claramente: estaba frente a dos personas que dominaban la palabra. Uno lo hacía de forma magistral y el otro todavía daba sus primeros pasos en ese fango que es la literatura. Sin embargo, parecía que las palabras mismas, entre ellos dos, se habían agotado y por ende el honor sólo era disputable a través de su segunda forma. Pero también había que tomar en cuenta que Felipe era un mago que hacía que los momentos de la realidad mostraran su médula poética. Por eso hizo lo que hizo y por eso lo hizo en ese momento específico, justo cuando De Melo sentía que todo estaba a su favor, que era mi amigo quien iba a lanzar el primer golpe y que, como todo muchacho inexperto, se iba a equivocar. Pero la equivocación no estaba planteada dentro de sus posibilidades. Yo lo supe desde que me miró. Sus ojos, dirigidos a mí de esa manera, sólo podían significar dos cosas: la muerte más humillante o la alegría más deliciosa. Y así, echando mano de esos indicios, asumí su plan con entusiasmo.

Todo fue perfecto.

Mi amigo Felipe cogió una bocanada de aire y su cabeza emprendió una marcha rápida y fuerte hacia adelante. Fue un beso que  apuntó directamente a los dientes del profesor y al que le prosiguió un sonido de succión vomitivo pero hartamente eficaz en una situación así. Se vio su lengua pasear como una brocha por encima de la parte interna de los labios presionados del profe. La mano derecha se la puso sobre la nuca para poder clavarle el beso con propiedad, como un italiano mafioso dando un beso de buenas noches, y en el que la superposición de los labios fue totalmente efectiva. Fueron cuatro segundos, según lo que pude contar. Los cuatro mejores segundos de mi vida.

Fue entonces cuando De Melo, con un fuerte empujón, se desprendió de la boca de Felipe.

—¿Qué dice la ley de universidades sobre los besos? –le preguntó mi amigo.

De Melo se quedó estático durante varios segundos en que pareció pasearse por sus pensamientos más profundos. Se sintió un crujido en el ambiente o algo que marcó el cambio en su ánimo: de la perplejidad pasó, entonces, a la ira total, junto a un enrojecimiento progresivo de su rostro. Dicha ira se materializó cuando lanzó su cuerpo equino sobre el de Felipe y lo hizo caer fuertemente contra el suelo frío. Teniéndolo ahí, sometido, le conectó tres veces en la cara con su inmensa mano. Uno en el labio. Otro en la nariz. Otro en el pómulo. En ese momento supe que tenía que actuar y lo inmovilicé desde atrás con la ayuda de unos amigos. El honor de Andrés De Melo. El honor pisoteado de Andrés De Melo, pensé.

No cedió ante nuestras llaves y se movió como un cocodrilo cegado hasta que más personas se sumaron a la inmovilización. Éramos nueve. Sólo las grandes emociones causan esa fuerza. Felipe era así. Generaba grandes emociones y no sólo a través de las letras.

A De Melo no se le dio ningún golpe. No hubo ley que salvaguardara su honor.

Yo sentí tristeza porque habían golpeado a mi amigo, pero esa tristeza se disipó al ver que, a pesar de sus esputos llenos de coágulos, me miraba con una sonrisa triunfal, como diciéndome Luso, lo logramos, somos los héroes de esta puta vida.

—¿Cómo defendiste tu honor ahí, Felo? –le pregunté esa tarde.

—Con los coñazos –me dijo– sólo que al revés.

 

Por Ander De Tejada

*Este cuento recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2018)

#DomingosDeFicción Las tribulaciones de un censor antiplagios

Hace ya algunos años posteé en Facebook este poema de Julio Miranda:

«La coherencia de la historia exigiría

un disparo ahorrándonos a todos el poeta.

La coherencia del poeta exigiría

un disparo ahorrándonos a todos el poema.

La coherencia del poema exigiría

una historia ahorrándonos a todos el disparo».

Nunca le di crédito a su autor. Pero sí coloqué comillas. En eso consistía el ejercicio: adivinar quién era el autor. Unos cuantos se atrevieron a insinuar que el poema me pertenecía. Que todo no era más que un test para medir la reacción del público. Un elogio para mí, que solo me destaco como censor antiplagios y que alguna vez se me pasó por la cabeza escribir novelas que reflejaran la realidad venezolana. ¡Absurda idea! Ya el lector de estas páginas habrá comprobado mi torpeza estilística.

El post alcanzó media docena de comentarios. Uno acertó. O casi: «Eso lo escribió el pana que dice que Cadenas es sendo plagiario ja, ja, ja».

En aquel tiempo estudiaba pregrado. Y así se me ocurrió mi tema de tesis. O mi condena. Ahora soy esclavo del peor Gobierno de todos, me lo dice quien había sido mi tutor, que es experto en historia. Me lo reitera cada vez que nos tomamos un café con la sabiduría de quien se sabe perdido y por más que intenta una salida solo tropieza con puertas llenas de confusión y miedo. O me encuentra a mí, henchido de confusión, henchido de miedo, y con cientos de tesis y libros que abro: pequeñas puertas con miles de frases plagiadas.

Los días de fervores militares terminaron como ya es costumbre en Latinoamérica. En la transición fuimos lo sobradamente estúpidos para darle la oportunidad a un escritor. Ahora él manda.

Hemos sido coherentes con un error. Hemos sido constantes en ese error. Cohesionados, hemos insistido. Desde luego, yo soy parte de la ingenuidad colectiva, la mala intención atenuada con la cínica calificación de viveza criolla. Otros, más osados en su descaro, han optado por determinarnos como una nación sumida en una inocencia infantil, cauterizada por rumores, mitos y leyendas que arrastramos en los genes. Hace un par de décadas pensábamos que un militar resolvería todos nuestros problemas, borraría de nuestra conducta cualquier rastro de vagabundería, de indisciplina, de impuntualidad. Ya hartos, decidimos elegir con el 74% de los votos a un escritor que se ganaba la vida como editor de textos y redactor creativo, pero, eso sí, se trataba de un candidato con exceso de carisma y liderazgo. Un escritor premiado, por lo que no se trataba de cualquier escritor. Nunca nos imaginamos que su Gobierno se orientaría hacia una especie de autoritarismo, hacia un terror de Estado de bajo impacto.

¿Por qué llegó al poder un escritor que condena a muerte a plagiarios literarios?, ¿por qué ha decidido castigar con severidad a personas que no leen al menos veinte libros al año?, ¿por qué aplica multas elevadísimas a las empresas cuyos comerciales y avisos publicitarios contengan errores ortográficos? Y aún hay más: los ciudadanos de sexo masculino y mayores de edad con un promedio menor a quince libros por año, han sido reclutados y calificados de analfabetas, designación que los priva de cualquier ejercicio civil. Luego de estos trámites son trasladados a diversos puntos del país para que colaboren en la reconstrucción de las carreteras agrietadas que dejó la Guerra Civil Venezolana y erigir bibliotecas dotadas de todos aquellos libros prohibidos por los dictadores precedentes. Con estas medidas se logró concluir la Autopista Nelson Himiob, conocida en repúblicas anteriores como la Autopista Regional del Centro. Durante los meses de esclavitud, de pena y trabajos forzosos, los miles de hombres eran obligados a memorizarse un poemario completo y a recitarlo a la vez que el soplete del sol les taladraba las sienes.

En la actualidad la profesión mejor pagada es la de corrector. Y estaría horas enumerando las cosas que ocurren cuando un escritor llega a la presidencia. Fuimos los campeones mundiales de la ingenuidad al creer que nuestro líder continuaría los ideales de Rómulo Gallegos. Su elección la asumimos como una revancha histórica: ¡al fin el triunfo de la civilización ante la barbarie! Una vez más, la historia nos castigaba.

En este contexto transcurren mis días. Mis grises días. Soy un anodino ser alejado del poder y que trabaja para el poder, alejado de la fama y del dinero, pero que, en cierto modo, está condicionado a dos ejes infranqueables: las finanzas y la vigilancia absoluta.

Desde que soy censor apenas conozco tres modos de existir: descansar, cumplir órdenes y cazar plagiarios. Desde la semana pasada he añadido otra variante a mis días. Esta historia trata de esa variante.

Mi tesis fue un catálogo de plagiarios. Autores que, si aún estaban vivos, entregué a las fauces del poder. El Estado me había asignado estos oficios. Incumplir con cualquiera de las fases del proyecto era la muerte. La historia de un país es la historia de una trama de supervivencias. Soy un superviviente que persigue a los que se la quisieron dar de supervivos.

A una chica con la que estuve saliendo hará cosa de cuatro o cinco años atrás le gustaba drogarse oliendo mis libros de Juan Villoro. Terminó conmigo la semana en la que se le agotó el perfume a Palmeras de la brisa rápida, ejemplar que compré la tarde de nuestra primera cita. Los típicos tres meses de mis relaciones fortuitas. El tiempo justo en el que el aroma estuvo allí, insistente en sus páginas.

«Tus libros ya no huelen», me dijo en su último mensaje por el chat de Facebook, antes de bloquearme en todas las redes sociales, ¡hasta en Twitter!, que equivale a asesinato virtual. Su excusa tenía un aroma sarcástico y destilaba reclamo. Me sentí afligido un par de días, pero la ruptura coincidió con un fin de semana largo en el que asistí a dos rumbas de cumpleaños y a una despedida en las que circuló el alcohol necesario para provocarme una amnesia temporal.

No supe más de María Alejandra hasta hace un par de años. Me conseguí a su primo favorito en la cola para las presidenciales que ganó El Escritor. Me caía bien el primo, pese a su excesiva tecnocracia para defender ideales socialistas. Cada vez que yo le hablaba de «sociabismo» se alteraba como si le hubiera mentado la madre. En un par de ocasiones, Mariale, su primo y yo compartimos un taxi al terminar una velada de cervezas por las tascas de la parroquia Eugenio Montejo, lo que tiempo atrás se conocía como Chacao. En verdad, siempre nos caímos bien. Aunque en aquella ocasión me saludó raudo y distante. «Mariale se fue pal imperio», dijo, y siguió de largo con la actitud del que teme cambiar la decisión de su voto por alguna frase casual.

En efecto, Mariale se había ido del país. Mariale vive en Louisiana, Estados Unidos. Esto último lo confirmé gracias a una amiga psicóloga en común: Mariale acudió a ella por un buen tiempo en busca de sus virtudes sanadoras. Coincidimos en un vagón del Metro. El trayecto era lento y saturado de brazos sudorosos. Antes de despedirse, la psicóloga me tendió su tarjeta de presentación. En sus ratos de ocio se dedicaba a leer el Tarot y facturaba el triple de lo que percibía de quince y último. Me asaltó la tentación de preguntarle si dejaría de llamar a Mariale Mariale o volvería a pensar en ella como María Alejandra. Para mí, las abreviaturas representan un signo de apego.

Cuento todo esto porque Mariale quería verme. Me escribió un mail hacia finales de mayo. Le respondí que «sí», sin más, aunque andaba un pelo ocupado. En otra época me hubiera emocionado con esta noticia. Pero ya estaba inmiscuido en otra relación, me iba maravillosamente bien y me había olvidado de las aventuras. María Alejandra Sanders, así se llama ahora, se abrió otra cuenta de Facebook, una cuenta de casada. De allí me había escrito. Por curiosidad, a través de una cuenta corporativa que administraba como community manager, accedí a su antiguo perfil. Aún lo conserva como el sarcófago que aloja los restos de su crisis nuclear: su Chernobyl: el pasado radioactivo que contrasta con la integridad de su presente.

En la actual foto de perfil exhibía unos lentes old-fashioned, cola de caballo, bronceado Baywatch. También abrazaba a un chamito con pinta de nerd. Se acercaba al niño como si quisiera aspirarlo por la nariz. Entendí que había sustituido su adicción al aroma de los libros por las lociones para bebés. La mirada de Mariale delataba una vida que había dejado atrás un combo semanal de excesos etílicos y alucinógenos por costumbres hogareñas sedimentadas en el sopor húmedo de Louisiana.

En aquellos tiempos, Mariale hablaba de niños, recalcaba con énfasis (y algo de enfado) que jamás tendría muchachos: «Seré la típica tía loca de los gatos» era su lema cada vez que veía a una mujer paseando a su hijo en coche. Detallé la fotografía por varios minutos en busca de algún indicio que evidenciara un lazo sanguíneo. Aunque, a todas estas, quizá se tratase de algún sobrino o ahijado.

He hablado ya del olor de mis libros, pero no del olor característico de Mariale. Su perfume era natural. Nunca supe si se untaba alguna loción de ostras. En las pocas semanas que estuvimos saliendo, el sentido del olfato anuló los otros cuatro. Estaba ciego y no tenía tacto para decir las cosas. Un día me dijo «mejor dejamos las cosas como están» no la escuché: estaba concentrado en una ola de salitre que provenía de su melena.

Mariale había publicado una plaquette artesanal en conjunto con unas amigas. Se tituló Partirse demasiado (poemas, cuentos, ensayos y reflexiones). En principio, el compendio apostaba por una mirada mitad feminista y crítica, una afrenta mitad paródica y mordaz con pretensiones existenciales, contra aquellos que habían decidido partir a otras latitudes. En el prólogo se jactaban, apoyándose en una forzada cita de Tomás Straka, de que pertenecían a la primera generación venezolana que se había preguntado con seriedad sobre el fenómeno de emigrar. Si hoy leemos el índice, en el que cada texto está acompañado por el nombre de su autor, notaremos que solo dos de las dieciséis poetisas aún permanecen en el país. La plaquette sirvió para ratificar una constancia: la capacidad de los venezolanos para contradecirse. Mariale no quería tener hijos, y tiene uno. Mariale no quería irse del país, y se casó con Mr. Sanders.

Sí, Mariale se destacaba escribiendo, aunque lo suyo era la fotografía. Lo cierto es que sus pasiones eran efímeras. Del diseño de moda vintage había pasado al bodypaint, y del bodypaint a una práctica híbrida llamada eco-yoga-zen-shui. Fue desde lo místico que dio un salto cuántico a la fotografía, actividad que alternaba con la escritura. En este rubro había alcanzado una Mención de Honor en un concurso de relatos a escala nacional. Cuando el volumen del certamen que reunía a los ganadores y finalistas se bautizó en una librería, me extrañó no encontrármela. La razón ya se me hacía lógica: se había marchado «pal imperio». En representación de Mariale asistieron sus padres, a quienes conocía por una sesión de fotos nudistas que ella les tomó en Mérida. El brindis se inició y, mientras el mesonero ofrecía el refill, la madre de Mariale volteó a verme un par de veces. Sentí cómo su mirada esquivó con agilidad los salud para clavarse en mi piel como un insecto garboso que trepó mis piernas, hincó mi quijada y me rascó los párpados. Apuré mi copa de vino y me largué.

Foto: El Estímulo

Me había dado chance de comprar el libro pese a mi abrupta huida. Ya, tendido en mi cama, desgarré el celofán que cubría Partirse demasiado…. Fui directo al índice. Leí el párrafo inicial de su relato. Descubrí que me había robado una frase.

«Con razón me bloqueó», deduje. Nunca me mostraba lo que escribía. Apenas hablábamos de lo que escribíamos. Apenas hablábamos de cualquier cosa, solo tirábamos y nos olíamos. Bueno, yo era el que olfateaba a Mariale mientras ella olfateaba mis libros.

A todas estas, la frase no era la gran cosa. Se me ocurrió durante una caminata junto a Mariale por la ciudad y le comenté que me agradaría abrir un cuento con esa reveladora –aunque simple– frase. Que iba a escribir un cuento solo para utilizarla. Mariale había iniciado su cuento con mi ocurrencia.

Mariale me volvió a escribir. Esta vez no fue tan telegráfica como el mail anterior. Mariale tiene un hijo. Un niño de cinco años. Se llama John Juan M. «Necesito verte para que conozcas a mi nino, dime un dia para tomarnos un cafe», así concluía su precipitado correo sin eñes ni acentos.

No pude dormir. Pasé toda la noche preguntándome si la acusaba de plagio, pero mi hipótesis no tendría validez. Nunca he publicado nada, ni escrito algo que merezca publicarse. Y, además, de ser tomada en cuenta mi denuncia, el niño de Mariale podía quedar sin madre. Anduve pensando en esas cosas hasta el amanecer.

No sé cómo llamar a ese niño. Ya le preguntaría a Mariale por su decisión de darle ese nombre, a modo de resumir en el pequeño John Juan una ambigüedad nacionalista, o establecer un puente, anular una brecha. El reflejo de las vidas de Mariale aquí y allá.

El regreso de Mariale a Caracas ponía a prueba mi dignidad y mi paciencia, mi capacidad de contenerme. Desapareció con la docilidad de una mancha en un libro viejo y ahora llegaba como una explosión química. Yo, sin embargo, había aprendido a conocerme y tenía la certeza de que en cualquier instante le soltaría lo del plagio. O mejor: le diría a qué me dedicaba: «Mariale, como ya te habrás dado cuenta por mi chaqueta, trabajo para el Gobierno de El Escritor. Soy Censor Antiplagios. En Venezuela el plagio es penado severamente, ¿sabías?». Su reacción ante mis palabras la delataría.

La cita la pautamos en el restaurante frufru de mi tía madrina, Francisca Coffee, donde era beneficiado con almuerzos gratis a cambio de las correcciones que aplicaba a la débil ortografía de los publicistas contratados por mi tía madrina.

Cuando llegué, mi tía no estaba. De todas maneras, ya los empleados me conocían y apenas entré me ofrecieron una mesa privilegiada y un moccacino. En la mesa vecina presencié uno de los tantos eventos desde que se aprobó La Ley Antipiratería.

Un hombre vestido de cajero bancario se sentó sin pedir permiso en la mesa ocupada por otro tipo de unos cincuenta años que terminaba sus panquecas y miraba algo en su celular. Con autoridad le dijo:

—Buenos días, estimado. ¿Me permite el libro que acaba de dejar de leer?

—Tómelo, es muy bueno. Ya casi lo termino.

El hombre con pinta de cajero bancario fue directo a las primeras páginas. Con prontitud sacó una cámara y le tomó una foto a la página de créditos y otra a la portada del libro. Hasta aquí todo normal. Pero, de inmediato, apuntó la cámara hacia el hombre de cincuenta años y el flash le hizo derramar su café sobre el mantel.

—¿Qué le pasa? Primero se sienta así como así y… ¿De qué va todo esto?

—isbn ilegal… Debería darle vergüenza leer libros piratas delante de sus hijos menores de edad. Ahora no volverá a verlos hasta que cumplan 18. De igual modo, se respetarán sus derechos humanos, aunque usted no respete los derechos de autor… Acompáñenos…

—Pero, ¿qué dice? ¿Cómo sabe qué tengo hijos?

—No se haga el tonto. Si no se levanta a la cuenta de tres me veré obligado a llamar a la policía. También podemos llegar a un acuerdo… Uno…

—¿Cómo sabe que tengo hijos menores de edad?

—Por eso le digo que podemos negociar… Dos…

Los censores antipiratería se están llenando los bolsillos de dinero, al contrario de los censores de mi gremio. La corrupción sigue enquistada en nuestro adn.

Mariale y yo tenemos la misma edad, pero ella lucía como si acabara de cruzar a pie y sin protector solar las fronteras que nos separan de Estados Unidos. Su aroma seguía inalterable, al margen de lo físico, protegido por su piel de una catástrofe evolutiva que transformó su sangre en una solución de sales minerales. Aquella mañana la olfateé antes de que tocara mis hombros desde atrás. En lugar de saludarme, sonreía y en sus labios se leía una excusa dilatada por muchos años.

«Este es John Juan Mario Sanders Romero, tu hijo». La excusa de Mariale tenía el cuerpo de un niño de 5 años, 4.8 de miopía y coeficiente intelectual de 194 puntos.

«Un jugo tres en uno te aliviará», dijo, e insistió en mi palidez.

En la mesa vecina, el señor cincuentón y el censor corrupto negociaban.

Ese día transcurrió entre conversaciones de aquí y de allá, de la vida en Louisiana y de la vida en Caracas. Recuerdos varios. Silencios incómodos. Discusiones insólitas. Muchos silencios incómodos.

Me llevé a John Juan Mario a casa.

Yo me tomaba unas cervezas, y él, con absoluta simpleza, pedía agua. Tampoco es que tenía mucha variedad de bebidas que ofrecerle de acuerdo a su edad. Me confesó que era un niño especial. Y que los niños genios precisaban un trato y una educación especial. Que eso lo obstinaba. «Apenas abro la boca y la gente me mira raro», dijo y me pidió que le sirviera más agua helada. La bebió a fondo blanco y se me quedó mirando como si se le hubieran congelado las palabras. Leyó en voz alta el relato de Alfredo Armas Alfonso impreso en la etiqueta del pote de agua. «En los de mi país nunca ponen cuentos», dijo. Aproveché su estado de meditación y le pregunté por sus proyectos. «Ya terminé High School, pero no he decidido a cuál universidad ir», argumentó con aires de sabio. Se lo dije, que lucía muy sabio para su edad. Me agradeció que no lo hubiese comparado con niños índigos ni milenials. De igual manera, añadí, tenía el resto de la infancia y casi toda la adolescencia para decidirse. Para cambiar de tema, me dijo que su mamá también escribía relatos, « fiction, ficción».

—¿Por qué tu madre te puso ese nombre? –lo interrumpí. Se encogió de hombros.

—A decir verdad nunca se lo he preguntado. Donde vivo me llaman Little Hawk, pequeño halcón.

—¿Ese es tu apodo?

—¿Mi qué…?

—Quiero decir, el nickname

—Me gustaba más «Hacha que corta el viento». Mis compañeros de clases suelen llamarme de muchas formas, y todas muy alejadas de lo que entendemos por cariño. Así me llamaban en la aldea donde vivimos.

Caí en cuenta que Mariale había ido a parar a una comuna hippie. Un destino lógico para su vida disoluta.

—¿Y qué hacen allá? –pregunté fingiendo apatía.

—Pues, lo mismo que en cualquier lugar del mundo: vivir. Solo que estamos conectados de una manera más, más…

—¿Profunda?

—Sí, eso, deeply and strongly with the natural world, como dice el líder…

Hablamos un rato más. Era probable que el niño pudiera estar inventando. Sin embargo, la palabra líder fue un eco incómodo. No entré en discusiones. Líderes había por doquier. Había una pandemia mundial de profetas y líderes y Estados Unidos no era la excepción. Me guardé para otro día mi pregunta «¿qué significa para ti un líder?». El sueño me vencía. Había sido un día agitado. Un día que no había procesado del todo. Uno de esos que recordaré por el resto de mis días. Si Mariale olía a mar, yo me sentía sumergido en aguas profundas, donde la refracción de la luz disminuye. No lo tenía del todo claro. Me sentía un exiliado de mi rutina. Me sentía en una nueva densidad.

Era medianoche y acosté al niño en mi cama. Me fui a dormir al sofá. Ya empezaba –pese a la sorpresa– a encariñarme con él, así que existía la posibilidad de que a la mañana siguiente ya lo llamaría por sus siglas: jjm, o pequeño Johnny. Entre bostezos, el niño me dijo que su madre le había encargado darme una carta que se encontraba en el interior de su libro de Geografía de Venezuela. Me pareció de lo más raro que este niño cargara en su maleta este voluminoso libro y, de paso, en inglés.

La carta selló mi noche con un inesperado desconcierto. Mariale me hablaba de su extraña enfermedad pulmonar y de su decisión irrevocable de no someterse a ningún tratamiento. Ha vuelto a Venezuela para morir. Entre otros detalles clínicos, me advertía que no la buscara, que cuando yo diera con la carta ya ella estaría en algún punto de la carretera viajando hacia Mérida, rumbo a la casa de sus padres. A ellos no les diría nada del asunto, solo se dejaría ir en paz, como lo profesaba el líder, The Leader.

Ahora todo apunta a que no volveré a ver a Mariale. Y se me antoja llamarla así para siempre. Sus dos nombres unidos como dos territorios que se contradicen. Mariale había regresado para morir en Venezuela y se trajo a su hijo, mi hijo, del que yo ni remota idea tenía de su existencia. Ahora entiendo la distancia del primo, las miradas indescifrables e incómodas de sus padres durante el bautizo. En los últimos tiempos, Venezuela se asociaba más a un país en el que podían asesinarte, no un país al que la gente volviera para fallecer, aún más con el precedente de haber huido de él. Mariale significaba una estadística mínima, pero reveladora; nos movía y nos hacía conscientes del territorio en el que estábamos: un parque temático del crimen que ni un Gobierno totalitario y literario podía vencer.

La mañana en Francisca Coffee, Mariale había aprovechado unos minutos en los que John Juan Mario se retiró al baño para tomarme de las manos. Recordé aquella vez que, antes de empezar a salir, planeamos una exposición poético-fotográfica. Sus dedos eran despaciosos, certeros, con una habilidad innata de saber manipular otras mentes:

—Debo pedirte un favor. Quédate con el niño solo por un par de noches a lo sumo. Hablaré con mis padres de algo muy importante y no quiero que él esté presente. Te prometo que no te molestaré más con esto. Pasado mañana cuadramos y me entregas al niño.

Cuando jjm roncaba –y en esto sí se igualaba a cualquier otro niño común y corriente–, revisé en los archivos de mi laptop las fotos que Mariale y yo tomamos desde la azotea de las Torres de El Silencio para la exposición que nunca hicimos. Nos conocimos en un taller de fotografía en la Escuela de Sociología de la Central. A mí me sirvió para agudizar la mirada, entender ciertos planos de las películas y para qué servían el diafragma y el obturador. Mariale descubrió que la fotografía era una ocupación terapéutica, la ayudaba a no morderse con tanta insistencia los pellejitos de los dedos.

En el desayuno hablé de asuntos varios con mi hijo genio. Dijo que venía de un territorio acosado por huracanes devastadores y niños terroristas. Llegamos a la conclusión de que el mundo nunca ha dejado de ser un lugar peligroso.

John Juan Mario había sido víctima de bullying. Una variante de lo que en Venezuela se conocía como chalequeo. Pero nuestro chalequeo es una nimiedad comparada con el bullying. Una caimanera de pelotica de goma al lado de una partida de la Major League Baseball. Pero esa no era la razón por la que Mariale lo había traído consigo. Había razones más fuertes y delicadas. En la comuna hippie en la que vivía, su padre o padre adoptivo, Mr. Sanders, se metió en problemas con el Gobierno: en el backyard de una casa que le asignó el alcalde de Louisiana tenía su propio jardín botánico destinado a la producción de una nueva planta derivada de una enrevesada mezcla de otras. Un proceso ciento por ciento natural, me aseguró el muchacho, pero con resultados de ensalada psicotrópica. La receta se convirtió en un furor en ese estado. Con esta confesión ya todo estaba más que claro. Mariale huyó del efecto punitivo que podía arrastrarla a la cárcel. En el desayuno, conocí otra de las razones: un compañero de clases de John Juan Mario había llevado a la escuela el arma de fuego de su padre y había empezado a dispararle a sus compañeras, gritándoles: «¡Bitches, I’am Katrina, I’am Katrina, pleased to meet you!».

Durante el día estuve pensando qué hacer. Cancelé una cita con mi novia. Me excusé diciéndole que me había llegado un reporte de luz en la que una profesora de maestría, después de corregir los trabajos de sus estudiantes, los obligaba a publicarlos en revistas arbitradas bajo la condición de que la incluyeran como coautora del artículo. «Sí, amor, y evaluamos si se trata de plagio o extorsión. Creo que estaremos hasta tarde», concluí. Ya era un hecho, mi vida cambiaría de forma drástica. También cancelé una reunión con el que había sido mi tutor en pregrado, Carlos Talavera Marcano.

Almorzamos y John Juan Mario me dijo que dedicaría unos minutos a ejercitarse con movimientos de ecoyoga para garantizar una digestión favorable. Yo le dije que me iría a revisar el Twitter y a trabajar a mi estudio, pero que luego iríamos a dar un paseo. El niño me siguió con la mirada de quien requiere soledad para iniciar su serie de ejercicios.

Antes de cerrar la puerta añadí:

—Las cosas no andan bien en el país.

—¿Qué?, ¿se viene un huracán?

—No, nada de eso. Aquí no hay huracanes.

—Entonces, ¿qué puede estar mal?

El territorio que abandonaba John Juan Mario era tan contradictorio como su madre.

—¿Qué estás escribiendo? –me interrumpió. El niño estaba chorreado de sudor. Le dije que no estaba escribiendo escribiendo, sino más bien investigaba y leía material para luego, en unos meses o años, escribir una novela sobre un lunático que recluta a un ejército de mendigos y escorias humanas para reconquistar la Zona en Reclamación, pero, al mismo tiempo, le aclaré, es una novela que habla sobre la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana: tener raíces.

—¡Ey! ¡Un momento! Mi progenitora publicó Zone, una novela en inglés, por supuesto.

—No sabía que tu madre había publicado algo nuevo, y mucho menos en inglés. ¿La leíste?

—Sí, claro; de hecho, tiene el mismo argumento que la tuya. Se la corregí en español y la traduje. –No creo que me acostumbre a este tipo de frases de genio–. Mi progenitora está obsesionada con Edward Said. Todos están en mi aldea obsesionados con el tema del exilio. Si se van, si se quedan, si se regresan o si nunca vuelven. Creo que mi progenitora, al menos psíquicamente, nunca dejó este país. Me inquieta que haya olvidado que el ser humano es un animal nómada, que si bien no va al norte en verano o al sur en invierno, cada tanto tiempo hay una ola de emigrantes, desplazados, desterrados, exiliados, todos por razones distintas, pero eso corresponde a esa carga genética de marcharse del lugar en el que nacieron. Por eso las guerras, las ideologías fascistas, las persecuciones: puras excusas, en realidad es un mecanismo milenario que obliga a estos desplazamientos, en principio, caprichosos, pero no: forman parte de nuestra naturaleza nómada, de un sistema secreto cuyas leyes corren por nuestras venas. Muy en el fondo sabemos que tenemos que huir. O en el caso contrario, tenemos que dominar: el ser humano es totalitario por instinto.

—¿De dónde sacaste eso?

—¡De los libros!

—¿Quieres una torta?

—Ya cumplí con mi cuota diaria de glucósidos. Preferiría algo más saludable. Agua, por ejemplo. Pero mineral en pote, de la que trae cuentos. ¿No quieres seguir hablando de esto, Mario? Sabes que hay exilio cuando todo es exilio.

—¿Por qué dijiste anoche que sería bueno tener un país?

—Porque sería bueno tener un país cuando nada fuera exilio.

Salimos a caminar por el bulevar Salvador Garmendia. Recordé aquel otro proyecto que le había comentado a María Alejandra. Volveré a llamarla así. Si es una plagiaria es posible que haya mentido acerca de su enfermedad. O, peor, sobre mi supuesta paternidad. Si es una plagiaria y compruebo su culpa, su integridad física y psicológica correrá peligro. Entretanto, de haber publicado mi libro sin saber que una tal novela titulada Zone existía en las librerías indies estadounidenses, habría sido yo el que hubiese corrido peligro.

Mientras caminábamos, pensé en mi tesis de pregrado por un buen rato. En principio, mi proyecto se inclinaba más hacia la creación. Una novela en la que un estudiante de Bibliotecología elabora un fichero de plagios. La novela se inicia con la celebración del final de semestre. El semestre en el que mi personaje había culminado sus créditos. El dj, instalado en su tarima en medio de la plaza del rectorado, le da play al tema «El gorrión». Todos los asistentes abuchean al dj. «¡Ya estamos hartos de Coldplay!», grita una chica con evidentes signos de borrachera. El dj, en lugar de cambiar el tema, le sube el volumen al equipo. Se escucharon unos acordes para darle paso a la voz de Gualberto Ibarreto. La multitud estaba convencida de que se trataba de «Clocks», hit número uno de la banda británica, cuyo inicio es casi idéntico al tema de Gualberto. Antes de terminar el primer capítulo, cambié de idea.

Ya me había graduado y gobernaba El Gran Escritor, cuando un profesor perteneciente a la comisión de estudios de la facultad leyó por azar mi proyecto de investigación titulado Delito en el papel. Historia del plagio literario en Venezuela, y se lo comentó a un allegado que trabajaba en Prensa Presidencial. Luego de unas llamadas dieron con mi teléfono y empecé a trabajar para el Gobierno en la creación de un nuevo departamento ministerial.

El primer plagio grande que detecté una vez que asumí este cargo, fue en un libro que me había prestado mi tutor, el profe Talavera Marcano. Sospeché que me había dejado a propósito un marcalibros And®ea justo en el capítulo en el que se empezaba a fraguar el delito. Me refiero al voluminoso Para fijar un rostro (Notas sobre la novelística venezolana actual)[1], muy citado durante finales del siglo xx e inicios del xxi. José Napoleón Oropeza presentó este estudio en su condición de alumno de los cursos de postgrado en el King’s College de la Universidad de Londres, bajo la supervisión de Jason Wilson. Tituló su tesis An Approach to the Analysis of the Structural and Thematic Problems in the Venezuelan Contemporary Novel, y la defendió el 8 de diciembre de 1981, a tiempo para degustar el pavo navideño británico sin el estrés académico. Oropeza, sin contemplaciones y cambiando una que otra palabra, plagió a Raúl Agudo Freites: el capítulo «Teresa de la Parra: la escritura y sus distintos rostros» es copia textual de «Teresa de la Parra o el realismo subjetivo» de Agudo Freites, incluido en Del realismo romántico al realismo onírico (Ensayo sobre la narrativa venezolana) publicado en 1975, seis años antes de la defensa de la tesis. Oropeza plagia de principio a fin este ensayo, cambiando una que otra frase. Por lo pronto, después de muchos meses de pesquisas, Oropeza fue capturado por nuestros agentes y, burocracia mediante, se espera que en los años venideros se emita la sentencia sobre este caso.

Con el tiempo, junto a un grupo de censores antiplagios, fundé la Asocopla (Asociación Contra el Plagio), organismo que facilita las tareas a todos mis colegas. Una vez creada, comenzaron a llovernos las denuncias. Desde Mérida, una de nuestras más importantes agentes detectó un caso hace días. El plagiario fue identificado. Era nada más y nada menos que Alberto Rodríguez Carucci, que perpetró un crimen afín al de José Napoleón Oropeza. Carucci, insigne y respetado profesor, colaborador en el emblemático y desaparecido libro Nación y Literatura[2], le plagió a un estudiante un capítulo de su tesis sobre Miliani.

Mi ascenso en el oficio de censor antiplagios fue trepidante, pero lo que nunca imaginé es que ya yo había sido plagiado de la manera más vil.

El plagio de María Alejandra debió haber sido de este modo durante una tarde de estudio y sexo. A uno de los tantos excaudillos le quedaba ya poco en el poder y la gente andaba nerviosa, con las hormonas a mil porque se rumoraba que todo terminaría mal:

«¡Ay!, Mario, sorry, quería escuchar a Charles Trenet. ¿No pasaste al iTunes las canciones que te envié por Gmail?» dijo, mientras retiraba su pendrive de mi laptop. «¿Por qué no lo sacaste bien?», le reclamé. «Igual no se daña, gruñoncito. Ven, hagámoslo aquí, en el puff». Ya hundida y entregada, palmeó un par de veces sobre el mueble. Acercó su nariz al cuero. «Oh, Dios, ¡sí! Huele a libro nuevo».

María Alejandra había exiliado mis palabras, mi historia, mi adn. En tan solo unos minutos concretó su operación: extrajo información de proyectos literarios que irónicamente evocaban robos (¡la zona en reclamación, los plagios!) además de la información genética necesaria. Ambos resultados nacerían en otro país, con otra lengua y otra nacionalidad. Mi libro y mi hijo ya eran exiliados antes de escribirse y nacer.

***

—¿Por qué tan callado? –me interrumpió John Juan Mario después de cruzar una calle del bulevar. No le respondí. Recordaba una y otra vez la tarde en la que María Alejandra me había plagiado por partida doble. La tarde en la que habíamos hecho a John Juan Mario.

Pasamos por el recién reinaugurado Cine Radio City y un policía nos detuvo y me interrogó por el libro que estaba leyendo. Le mostré la documentación que me acreditaba como agente antiplagios, lo que le daría a entender que por trabajo leía varios libros a la vez pero que no terminaba ninguno. Se disculpó y se ofreció, algo apenado, a llevarnos hasta el final del bulevar en su moto. Me negué. Cuando aún no nos habíamos alejado ni dos metros, detuvo a un sujeto con pinta de surfista. Este le respondió La metamorfosis. El policía buscó en sus registros con celeridad. Contaba con un dispositivo similar a una tablet en el que aparecían los datos de los ciudadanos lectores. «Señor José Gabriel. Aquí aparece que usted está leyendo La metamorfosis desde hace cuatro meses. ¿No cree que es un libro breve y divertido para demorarse tanto?». El hombre arguyó que le había gustado tanto que ya lo había releído tres veces. Sonrió de manera nerviosa. «Me hace el favor de acompañarme. Los expertos le harán una comprobación de lectura[3]», le indicó el policía al ciudadano lector. El surfista, ya un poco desesperado, balbuceó: «Oficial, espere, he leído muchos más libros, pero de poesía. Guillermo Sucre, el poeta favorito de El Escritor». El oficial lo miró con desprecio: «Señor, usted sabe muy bien que los poemarios no cuentan como libros, así cualquiera…».

***

—Mario, sabes, Estados Unidos siempre se anda metiendo en todo. Y allá sufrimos con las medicinas. En Louisiana nos tienen olvidados –dijo el niño genio.

—Esto es el infierno. ¿Qué estás pensando?

—La violencia se puede acabar con políticas correctas de seguridad y una policía honesta. Pero, ¿cómo detienes un huracán? Nosotros en Louisiana no tenemos una montaña como la tuya. Fíjate, durante esta caminata nos hemos cruzado, tropezado o dado alcance a media docena de ciegos. Aquí no respetan a los ciegos. Ni siquiera hay líneas marcadas en las aceras para que ellos vayan y regresen. Un país que olvide a la gente que no ve, es un país que va hacia la oscuridad.

—Los ciegos no leen.

Justo después de esta conversación, algunas preguntas me acosaron: ¿pertenezco a lo que añoro o al lugar en el que estoy? Susan, otra tía, decía que mientras vivamos, estaremos en algún sitio. Repetía una y otra vez que los pies siempre están en algún lugar plantados o corriendo. La tía Susan pensaba que, ya sea por falta de vitalidad o por la fortaleza más profunda, somos capaces de estar en el pasado y en el presente, o en el presente y en el futuro. O simplemente aquí y allí. Pero, ¿qué ocurre cuando estos cambios se reproducen no solo en la ciudad con la que se ha crecido? Cuando estos cambios se manifiestan en aquella ciudad ajena que se ha convertido en el centro de operaciones de los recuerdos, desde el desarraigo, como le está empezando a ocurrir a mi supuesto hijo genio y extranjero.

María Alejandra con su retorcido plan me había exiliado en mi propio país. Me había sacado de mi orden y de mi rutina utilizando los productos que, con premeditación y alevosía, me arrebató.

En la noche, recibí otro mail de Mariale. Me informaba que sus pulmones empeoraban, pero ella estaba feliz. Aunque ya no funcionaban del todo bien, sí era capaz de apresar la enorme gama de olores que pensaba no volvería a sentir dentro de su cuerpo, penetrándola como diminutos fantasmas. Entre otras cosas, me comentó que unas primas le advirtieron sobre los poderes místicos y salvadores de un chamán en La Azulita, pero que este chamán no estaba ajeno a la crisis y necesitaba ciertos ingredientes para preparar el caldo que la sanaría. En Mérida no se conseguían. Una plaga (pensé haber leído una plagia), una especie de huracán de insectos, había acabado con estos frutos en la región. Le respondí preguntándole cuáles eran esos frutos. Aún espero su respuesta.

Le preparé mi cama, la tendí con sábanas y cobijas limpias. El muchacho tuvo un ataque de mamitis. Pese a su genialidad precoz, no dejaba de ser un niño extraño que quería que su madre le untara Vick VapoRub y lo oliera.

La noche siguiente llevé al niño genio a tomar un autobús en el terminal de occidente Compañero de Viaje. Allí nos esperaría el primo ñángara de Mariale. Me saludó austeramente y se dedicó a abrazar a jjm. Antes de darse la vuelta con el niño en brazos, me miró como si observara a un cobarde que no asume su rol de padre con responsabilidad.

El niño haría su primer viaje en su nuevo país. Un pequeño exilio de no sé cuántos días. Su distanciamiento me haría pensar mejor sobre la nueva situación que se incorporaba a mi vida.

Lo vi partir. El autobús era de dos pisos y el nombre de la compañía no era del todo confiable: Peli Express. Lo primero que me venía a la cabeza eran peligros a trescientos kilómetros por hora. De todos modos, jjm ya estaba acostumbrado a luchar contra estas velocidades. Ahora tendría la oportunidad de desplazarse al ritmo de un huracán.

Cuando me alejaba del terminal, escuché una música atronadora. Un ritmo al que solo podía calificar de hard-vallenato-progresivo. Se originaba en el bar donde me emborraché por primera vez. Hoy en día el local era castigado por la inflación y putas que promovían peleas a machetazos.

Entré al local y bebí una cerveza. Se me acercó una mujer de cincuenta y pocos años. Su atuendo recordaba a Natusha en sus peores tiempos. «Bríndame un trago», dijo. Pedí otra cerveza. «No, chico, un trago, no seas pichirre», y siguió con otro cliente que sí tenía sus buenas horas bebiendo a juzgar por la curvatura de su columna. El perfume de la Natusha en sus peores tiempos calificaba de terrorismo aromático. Estornudé sobre la barra.

***

Me desplomé en la cama. Había vivido días muy agitados. Dos días de padre de un hijo al que nunca llamé hijo y que más bien traté como a un amigo ebrio y despechado al que atapucé de agua y caminé kilómetros junto a él para sudar la resaca: en este caso una resaca de inquietudes de genio.

Acomodé una almohada debajo de mi cabeza y un libro que apareció vaya a saber de dónde me golpeó en la frente.

Se trataba del ejemplar en inglés de Geografía de Venezuela: Venezuelan Geographic. Tenía una salinidad porosa. Me sentía capaz de asirla en el aire, amonedarla y construir un castillo de microscópicos minerales. Finalmente, abrí el libro y lo hojeé como quien pasa las páginas de una revista de sudokus.

En el volumen había un mapa desplegable del mundo entero. «El mundo y sus líderes, sus pandemias, sus plagios y plagas», pensé. En él, varios países estaban rodeados por un círculo rojo: Argentina, Italia, México, Puerto Rico, Canadá, España y Venezuela, que estaba rodeada por un círculo rojo más denso, como si el marcador hubiera girado sobre el país como un huracán. Justo al lado destacaba un trazado. Se leía √ en marcador azul. Dentro de cada uno de estos círculos rojos que encerraba a estos países, se repetía una palabra alfanumérica: Dad1, Dad2, Dad3, Dad4, Dad5, Dad6, Dad7 y, así, sucesivamente, por el resto del mundo.

 

Por Mario Morenza@MarioMorenza

 *Relato ganador de la edición 71º del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional.

 


[1] Valencia, Vadell Hermanos Editores, 1984.

[2] El Gran Escritor ordenó quemar esta edición porque ningún colaborador del volumen cita alguno de sus libros. Este arrebato, considerado por muchos analistas como un error político, a los entendidos en la materia no nos sorprendió. Como tampoco nos sorprendió que El Gran Sabio decretara por intermedio de su gabinete de ministros adscritos al sistema de educación, la lectura obligatoria de sus obras completas distribuidas equitativamente en los pensum de enseñanza media, diversificada, técnica y profesional de las instituciones públicas y privadas de la nación. «Esto acabará con el malandraje», dijo y firmó.

[3] Horas antes de publicarse estas páginas, el Congreso Nacional aprobó las relecturas con un valor de un ¼ de libro, transcurridos al menos tres meses de haberlo leído por primera vez y con al menos cinco libros mediante.

 

#DomingosDeFiccón: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

Por Luis Guillermo Franquiz