#DomingosDeFicción: En blanco y negro

A las diez y treinta de la noche sonó el teléfono. Era el director de fotografía de la agencia Magnun, en Nueva York. No me extrañaba que llamara o escribiera a cualquier hora, siempre tenía en mente alguna idea o proyecto o, simplemente, una anécdota que contar. Supe desde un principio el motivo de su llamada. En la televisión estaban transmitiendo las noticias del día, devastadoras como siempre, pero esta vez las pantallas eran de Haití.

—Ben –dije.

—Mañana sales para Haití. No sé si te enteraste, pero hay una crisis muy fuerte allá y queremos documentar a los inmigrantes.

—Sabía porqué me llamabas.

—Qué te puedo decir… Son las órdenes. Debes entender.

—No me mal interpretes, pero te comenté antes de irme que mañana debo ir a los tribunales a firmar el divorcio y sabes que debo tomar un avión hasta…

—Es verdad –me interrumpió–. No te preocupes. No puedes aplazarlo de nuevo y mucho menos por tu trabajo. Entiendo que no ha sido fácil. Además estás llegando de tu última pauta. Tengo en la lista a alguien más.

Apenas colgó, comencé a desempacar. Pensé en lo feliz que me hacía ver a través del lente de mi cámara. Era una Canon 5D a la que consideraba una extensión de mi cuerpo.

La mañana siguiente sonó el despertador justo a las cuatro de la mañana. El agotamiento que sentía no era normal, pero logré levantarme. Fui a la cocina y encendí la cafetera eléctrica. Luego llegué hasta el baño, abrí la llave de la ducha y en unos segundos respiré el vapor que despejó mis fosas nasales. Entré. sentí como el agua se iba por el desagüe con el cansancio. Recordé porqué me había despertado tan temprano. Tenía que ir para Venezuela a firmar el divorcio. No había sido fácil desprenderme de tantos recuerdos, sueños y promesas. De cada aventura y desventura a su lado. Recordé desde la primera hasta la última vez que la vi, mirándome desde el balcón cuando tomé ese taxi al aeropuerto para irme lejos, muy lejos y resumirlo todo a los mensajes de texto; aquellos que cada vez se alejaron tanto, como la distancia que me separaba de ella. Pero todo se esfumó al cerrar la llave y escuchar esas gotas que cayeron al final. Fui a buscar mi café y luego a prepararlo todo para salir.

 

La llegada al aeropuerto fue atemorizante. El ambiente convulso me agredía. Parte de mi vida transcurría en ellos, de aquí para allá con mi equipo fotográfico. Eran 25 kilogramos de peso en la espalda metido en mi bolso Lowepro. Pero ese día fue distinto. No iba a fotografiar la vida del resto de las personas, sino parte de la mía.

La espera fue terrible. Aproveché el tiempo para revisar mis notas y clasificar las fotos de mi último trabajo. Hasta que por fin una llamada por el parlante nos alertó. Era mi vuelo hacia Caracas. Comenzamos la procesión para entrar en el avión. Una vez en el asiento, un sonido mudo, casi imperceptible se escuchó. Era el capitán de la aeronave. Nos dio la bienvenida a su aerolínea y nos dijo que el mal tiempo nos haría desviarnos un poco del rumbo establecido en las cartas aeronáuticas, por lo que el vuelo duraría un poco más. No faltaron los reclamos al escucharlo.

Comenzamos a movernos. El avión transitaba por las líneas de rodaje hacia la pista. Volvimos a detenernos, esperábamos la autorización del ATC para entrar en la pista y despegar rumbo uno cero. Un zumbido hizo que mirara hacia arriba. Un recuadro con la figura de un cinturón de seguridad se iluminó. He viajado tantas veces en avión y siempre el mismo sonido me hace reaccionar de la misma forma. El hombre no es más que un animal adicto a sus hábitos, pensé, mientras hacía una mueca en mi boca al recordar que yo era uno de ellos.

La voz del piloto desapareció y los asistentes del vuelo comenzaron a indicarnos las medidas de seguridad, sobre todo en el caso de que se presentara una emergencia que nos hiciera acuatizar. El chaleco… me dije. Me incliné hasta tocar la parte de abajo del asiento y allí estaba.Voltee para ver las salidas de emergencia y estar preparado para todo. Una vez terminaron, el avión comenzó a moverse hasta llegar a la pista, giró y sin detenerse aceleró. En pocos segundos flotábamos inclinados hacia la izquierda.

La espera del vuelo y su travesía fueron desesperantes, pensé que nunca zarparíamos. El avión era una tara al que le sonaba todo. Sin embargo, me entregué al cansancio y pude dormir. Pero no por mucho tiempo. Una fuerte turbulencia me despertó y de nuevo la voz del piloto se escuchotan incomprensible como la primera vez. Estábamos descendiendo al aeropuerto «El Higüero» en Puerto Príncipe. ¿En Haití? Dije en voz alta. En ese preciso momento una de las aeromozas pasó a mi lado y le pregunté que había pasado. Me respondió que el avión presentó algunos problemas como consecuencia del mal tiempo, por lo que el piloto decidió desviar el rumbo y aterrizar lo antes posible. Desde la ventanilla pude pronosticar la visita.

Al bajar del avión la primera impresión fue devastadora. La pobreza que se respiraba era abrumadora, desquiciante e infecciosa. El terremoto de hace unas horas lo había destruido absolutamente todo. Si el infierno existía, sería así. Me negué a creer que ese era mi destino.

La aerolínea me ubicó en el Park Hotel, cuya fachada inspiraba cualquier cosa menos un buen descanso. Sin embargo, con la playa justo al frente, tan paradisíaca y provocativa, olvidé lo sucedido.

Cuando entré a mi habitación me impresionó la decoración de las paredes. Eran lúgubres, y el bombillo la matizaba con una bruma amarilla y deprimente que no me ayudó a sentirme mejor. La cama era de hierro, se veía como el salitre la devoraba sin piedad. Las sábanas estaban manchadas, por lo que decidí quitarlas. Fue peor. El colchón era un cuadrado duro y pardo, con manchas que parecían de café. «Dormiré en el suelo», me dije.

Escuché un radio. El sonido provenía de la habitación contigua. Una voz masculina tarareaba la canción que sonaba en ella. Abrí la puerta y salí. Quería pasar el menor tiempo posible dentro de esa habitación, su olor dolía. La sentía como la boca de un gran monstruo que me arrancaba la piel con sus afilados colmillos.

Una vez afuera, la puerta de la habitación más animada se abrió y salió un hombre mayor, negro y alto. «Él era quien cantaba», pensé. Subió su mano derecha y me saludó con un ademán tan desinteresado como la bienvenida que recibí al llegar al hotel.

Llegamos juntos hasta las escaleras y le indiqué con un gesto caballeresco que pasara primero. Las escaleras de madera comenzaron a crujir, «esto no aguantará el peso de los dos», me dije. Sin embargo lo hizo. Llegamos a la entrada del hotel, salí y encendí un Marlboro. El hombre, en cambio, continuó caminando hacia la playa. Aspiré una última bocanada al cigarro y lo boté hacia la calle. Subí a buscar mi cámara. Seguirlo me pareció una buena idea. Podría tomar algunas fotos de ese lugar que había cambiado al caer el sol.

Por suerte la luna estaba llena, cuestión que me facilitó ver al hombre desde lo lejos parado al lado de una embarcación en construcción. Caminé hasta el lugar. Pude escuchar risas y el golpe de los martillos contra la madera. Cuando notaron mi presencia se callaron al unísono, todos vieron al hombre del hotel.

—Buenas noches, yo estoy en el mismo hotel que usted, ¿se acuerda? Bajamos juntos por la escalera –le dije.

Él me vio de arriba abajo.

—¿Eres periodista?

—Claro que no –le respondí–. Soy fotógrafo… amateur.

Sin mediar palabra alguna me dio la espalda y ordenó a los hombres que continuaran trabajando.

 

Transcurrió una semana sin noticias de la aerolínea y sin poder comunicarme con alguien fuera de Haití. Además, las autoridades de República Dominicana habían cerrado las fronteras para evitar el éxodo de personas a ese país. Mis esperanzas de irme se esfumaron. «Tantas cosas y al mismo tiempo ninguna», pensé.

Con la intención de olvidar y ocuparme en algo, me dediqué a tomar fotografías de la construcción de la embarcación, de los obreros, sus rostros y manos callosas. Poco a poco las herramientas rudimentarias e improvisadas le dieron forma al bote que, por su apariencia, me pareció que no flotaría.

 

Al día siguiente escuché la puerta de mi habitación. Era el hombre para decirme que el bote ya estaba listo.

—¿Te gustaría salir de Haití? –preguntó.

No era necesario que respondiera a su pregunta. Él sabía muy bien la respuesta.

Llegué rápido a la playa con mi cámara en la mano y lo vi terminado. Era un velero de siete metros de eslora. Lo llamaron “Cree en Dios”.Hombres de fe, pensé. Estaba suspendido a unos cuantos centímetros de la arena sobre los troncos que le permitirían entrar al agua. Lo habían terminado de construir y, sin embargo, parecía que hubiese estado en el mismo lugar durante décadas. La madera del casco, vieja y opaca, teñida con diversos colores, lo hacían ver como un mosaico de muebles viejos, que armaron como las piezas de un rompecabezas. El mástil no era más que un viejo árbol desprovisto de sus ramas, que, sin importar desde donde lo vieras, mostraba una joroba que lo arqueaba.

Ese día él me dijo su nombre: «David». Me comentó que desde hace mucho tiempo lleva planeando cómo irse de Haití y, al mismo tiempo, hacerse de algún dinero para cuando llegase a algún otro lugar. Convenció a cuarenta y cuatro hombres para que construyeran un bote que los llevaría a otro país ocultos dentro del casco. Así evitarían ser descubiertos. Uno de ellos murió ayer, me dijo. Por eso quise invitarte, tenemos un puesto disponible. Su comentario me causó gracia, pues al ver en el interior del velero me di cuenta que esos pobres diablos viajarían como cerdos directo al matadero. David continuó ofreciéndome ese puesto por tan solo cinco mil dólares americanos. Lo pensaré, le dije.

De vuelta al hotel le pregunté al encargado si había algún recado para mí. Se rió de inmediato, «noticias», dijo mientras se alejaba moviendo la cabeza de lado a lado. Me habría conformado con una fecha, al menos para que mis esperanzas renacieran. Subí a la habitación y pasaron dos horas hasta que volvieron a tocar a mi puerta. Era David.

—Sé muy bien lo que estás sintiendo. Todo aquél que llega o nace en este lugar termina como tú, sin ganas de vivir –me dijo susurrando–. Esta es tu única oportunidad, si la desaprovechas morirás en esta pocilga. Ahora debo volver al bote, mañana zarpamos antes del amanecer. Sabes donde estaremos.

Lo vi perderse en las escaleras. Cerré la puerta, me senté por primera vez en la camay contemplé la habitación. Necesitaba un cigarro pero lo único que conseguí fue la caja vacía junto a la cámara. Esa que esperaba por un gran trabajo fotográfico.

Tomé esa vieja tarjeta de memoria que me regaló en uno de mis cumpleaños. Aún podía verse la dedicatoria escrita en su etiqueta. No quise leerla. Entre los recuerdos apagué la luz y me fundí en ellos hasta que el sueño me arropó.

 

Salí muy temprano del hotel. Le dedique una última mirada a su fachada. Aun sentía más dudas que certezas, pero comencé a caminar sin ver hacia atrás. Llegué a la playa. El bote flotaba y se dejaba llevar por el danzar de las olas. Cuarenta y tres hombres habían entrado en esa mazmorra flotante, era la cárcel hacia la libertad. Entré al agua. David y cuatro hombres más me ayudaron a embarcar. Ellos serían la tripulación. Nuestras vidas estaban en sus manos. ¿Qué podía pasar? ¿Qué nos perdiéramos en alta mar y muriéramos de hambre y de sed? No hice caso a mis pensamientos y entré. Cuatro tablas largas se posaron muy cerca de mi cabeza y fueron clavadas con los golpes de un martillo que nos aturdió. Risas y celebraciones nos acompañaron la primera hora de viaje, luego, solo fue el sonido del mar chocando contra la madera.

Sin darnos cuenta, los movimientos del velero se hicieron más fuertes y continuos. La paz que disfrutamos al inicio del viaje se desvaneció. Sentimos la proa elevarse y en cuestión de segundos caía golpeándonos con la misma intensidad que el mar lo hacía contra su estructura. Escuchábamos los pasos y los gritos desesperados de la tripulación. El agua caía a chorros entre las grietas de las tablas. Comenzamos a dar golpes para que nos escucharan. El agua comenzó a entrar también desde abajo. El mástil se había movido y había roto la estructura que lo unía al casco del bote. El agua hasta la cintura, se enturbió. Era la mezcla del vómito de no sé cuantos que no pudieron aguantar que su estómago también los traicionara. David gritó «nos estamos hundiendo». La luz de la lámpara que llevábamos con nosotros fue suficiente para ver el rostro de mis compañeros de viaje cuando escuchamos lo que ya sabíamos. Sus ojos estaban abiertos al máximo a punto de salirse de sus órbitas. Intentábamos mantenernos en nuestros puestos sujetándonos entre nosotros. Otros querían levantarse pero no podían, el techo los detenía y algunos fueron penetrados en sus cabezas por los clavos oxidados que sobresalían de las tablas.

Saqué de mi bolso la cámara y de mi chaleco aquella tarjeta de memoria. A pesar del poco tiempo que nos quedaba, esa madrugada convulsa volví a leer la dedicatoria que tenía escrita: «La tristeza es el síndrome de abstinencia de Dios». Las había olvidado. Precisamente eso era lo que sentíamos. Tomé una foto, sólo una, antes de fijar la tarjeta en mi cuerpo con el tirro que llevaba conmigo. Sabía que moriríamos. Quería salvar esa imagen. Si en algún momento encontraban mi cuerpo, parte de mí viviría a través de ella. Quienes tenía a mi lado comenzaron a jalarme hacia abajo, ya no había espacio en el que pudiéramos respirar. Ya sumergido vi la luz borrosa de la lámpara cuando terminó de apagarse. Con su ausencia una fuerte puntada atravesó mis fosas nasales. El agua salada inundó mis pulmones y su sabor a rasgar mi garganta.

 

Desperté sobre una camilla. La garganta me ardía y me dolía toda la cara y el pecho al respirar.

—Está usted a salvo –dijo el uniformado que estaba parado a mi lado.

—Pero aun siento ese movimiento –dije con la voz ronca.

—Por supuesto. Estamos en un hospital flotante.

El buque hospital Comfort de la Armada de los Estados Unidos de América entró en aguas territoriales la noche del accidente. A pesar de ser una embarcación de doscientos setenta y dos metros de eslora, no le costó encontrarnos. Sus sistemas avanzados de radares dieron la alarma, cuando sus vectores tradujeron en sus pantallas que sobre el agua flotaban cinco cuerpos y los restos de lo que parecía una vela, un mástil y unos trozos de madera. Fuimos rescatados unos minutos después que perdí el conocimiento.

Todos lo que íbamos escondidos nos salvamos, en cambio, David y los otros que lo acompañaban sobre el bote, no sobrevivieron. La tarjeta de memoria también sobrevivió y con ella el recuerdo de esos días. Una pequeña parte de la miseria del ser humano.

 

Por Filadelfo J. Morales M. | @filadelfojmm

#DomingosDeFicción: La sonrisa de Margarita

Volar.

Siempre quise volar.

Arrojarme en caída libre.

Volar.

 

De cómo conocí a Margarita no tiene importancia. Lo importante es ella, Margarita, a sus diez años, con su pelo medio rubio, medio marrón. Y yo, a mis ocho años con mis ganas de aterrizar en el corazón de Margarita. Porque fue por ella o por culpa de ella o a causa de ella que… en fin. Hoy, muchos años después, a veces pienso que fue una historia triste, pero justo ahora creo que no, que se trató una historia hermosa. La verdad, como dice el poeta, de lo que se escribe no se sabe.

Comencemos por el final. Yo, arriba del tanque de agua, en el lugar más alto de la casa, a punto de arrojarme al vacío. Era una tarde de abril con muchas nubes. Húmeda. Oscura. No había tarde más perfecta para volar que aquella tarde de abril. Mi hermano, desde abajo, me animaba:

—Dale, cagón, dale.

Él era también el operador de la torre de control:

—Viento a favor. Pista despejada. Preparado, listo…

Y yo que me orinaba encima, con un miedo que me hacía temblar. Pero no había nada que temer, mi pista de aterrizaje era el blando corazón de Margarita.

 

Una semana atrás había hecho pruebas preparatorias con Malena, mi gata.  Subimos juntos al tanque de agua, le coloqué un improvisado parapente y sin mucha ceremonia, la arrojé en la modalidad bala felina. La gata dibujó un soberbio tirabuzón y luego planeó con bastante elegancia. ¡Ah, cómo surcó Malena los cielos de Caracas! Arañando el aire con ese estilo afrancesado que solo los gatos tienen. Cayó en sus cuatro patas. Cojeó durante un par de días, pero después siguió siendo la misma gata vanidosa de siempre.

Los excelentes resultados de esta prueba preparatoria, me animaron a avanzar en mi proyecto. Comencé a hacer los planos de mi paracaídas, llené varias páginas de papel cuadriculado con diversos modelos. Compré cuerditas reforzadas. Saqué del armario las sábanas que vestían mi vieja cuna y estuve una semana entera fabricando el prototipo.

Al terminarlo, no se lo mostré a mi hermano, el operador de la torre de control. Pero sí a Margarita.

Margarita tenía una forma de tratarme muy especial. Me decía: tráeme esto, tráeme aquello. O me silbaba como a Ronny, su toy poddle: fuiz fuiz, y yo iba a toda velocidad a su encuentro, porque los silbidos de Margarita eran los más hermosos silbidos del planeta.

Al ver mi prototipo, Margarita dijo:

—Mejor es el mío.

—¿Tú tienes paracaídas? –pregunté.

—Claro –me respondió– y es mejor que el tuyo.

Sentí vértigo, un agujero en el estómago. Luego me encerré en mi laboratorio (es decir, en mi habitación) e hice añicos mis planos garabateados en papel cuadriculado. Agarré mi prototipo hecho de sábanas y cuerditas y lo convertí en picadillo con una tijera colegial.

Un día, Margarita me invitó a merendar en su casa. Era una casa enorme la de Margarita, parecía un palacio, con unas cabezas de antílopes colgando de las paredes, con alfombras de piel de tigre o de oso y muchas fotos de grandes proezas familiares. Fuimos a su cuarto, que también era enorme, y allí, tirado en su cama, jugando Atari, estaba el operador de la torre de control, mi hermano.

Margarita sacó del armario una caja enorme. Me dijo: esto es para ti.

Yo abrí la caja. Había una mochila. Y dentro de la mochila un paracaídas. Un paracaídas, pero de verdad verdad.

—Wow –dije.

—¿Lo ves? Es mejor que el tuyo –dijo Margarita.

El operador de la torre de control dejó el Atari y abrió su bocota:

—¿Cuándo hacemos el lanzamiento?

—Mi papá es un verdadero paracaidista –se ufanó Margarita.

—Ah, tienes miedo –dijo el operador de la torre de control.

—Yo no tengo miedo –respondí.

—No lo molestes —terció Margarita— y luego me preguntó, en voz baja: ¿lo vas a hacer? Si lo haces te voy a dar un… y sin terminar de decir lo que iba a decir, silbó: fuiz fuiz. Entonces yo estuve a punto de ir a su encuentro y ponerme a su entera disposición. Pero a cambio apareció Ronny, el toy poodle, que aterrizó en sus piernas a una velocidad asombrosa. El maldito perro faldero se me adelantó.

Las semanas previas al lanzamiento estuve investigando y afinando cada detalle. Subí numerosas veces al tanque de agua, calculé el recorrido de punta a punta, la distancia que había del tanque al patio: unos siete metros. Reproduje mentalmente cada paso. En mi cabeza estaba todo perfectamente calculado. Debía correr con todas mis fuerzas desde la parte de atrás y al llegar al borde pegar un buen salto y abrir el paracaídas. Y una vez que pegara el salto, pum, a volar.

 La noche antes estaba muy inquieto y tuve este sueño: Ronny, el maldito toy poodle, mordía el cuello de Malena, mi gata, mientras mi hermano, el operador de la torre de control, estaba tirado encima de una alfombra de piel de tigre o piel de oso, mirando al techo y entonces, de pronto, yo me desesperé. No estaba Margarita, no veía a Margarita por ninguna parte. Margarita, gritaba, Margarita…

Desperté. Vi mi reloj: eran las 3:30 de la mañana. Faltaban todavía algunas horas para el gran día.

 

Y aquí volvemos al comienzo de esta historia. Tarde de abril con muchas nubes. Densa, oscura. Una tarde mejor que esa, imposible. Y yo arriba del tanque de agua listo para volar. Viento moderado, cielo despejado, humedad relativa. El operador de la torre de control daba las indicaciones y también me daba ánimo:

—Dale, cagón, dale.

Margarita estaba sentada sobre la grama del patio comiendo galletas y hojeando un álbum de la Barbie. El paracaídas de su papá me quedaba realmente enorme: los arneses flojos, las correas colgando, y ese montón de tela arruchada, como derramándose a mi alrededor. Me asomé por última vez para ver a Margarita. Desde allá arriba admiré su melena media rubia, media marrón. Tuve la convicción de que junto a ella me esperaría, finalmente, algo inolvidable.

Sin embargo, en un instante de lucidez, dudé. Pensé que el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, un mal presagio. Si Malena, mi gata, moría a manos de Ronny, eso quería decir que algo andaba mal. Muy mal. Podía haber soñado con otra cosa. Por ejemplo, con aquello que me daría Margarita después de mi exitoso salto. ¿Qué sería? ¿Un juguete? ¿Un beso? ¿Un fuiz fuiz que duraría toda una eternidad? Me reproché no haberle preguntado antes. ¿Por qué no lo hice? ¿Por miedo? ¿Por vergüenza?

—Dale, cagón, dale –escuché de parte de la torre de control. Y luego:

—Fuiz, fuiz –el cristalino silbido de Margarita.

Espanté como moscas los inoportunos pensamientos, deseché todas mis malditas dudas infundadas y entonces, ya decidido, grité:

—Allá voy.

—Dale, que se va a hacer de noche –dijo torre de control.

Respiré hondo, cerré los puños (o puñitos) para darme ánimo, y en una fracción de segundo repasé mentalmente todo mi plan. Tomé impulso, corrí desde la parte de atrás del tanque, corrí lo más rápido que pude y con el viento a favor hice pie en el borde y… salté.

Alcancé una excelente altura. Me suspendí como una pluma, como el polvo. Sentí la presión delicada del aire en mi cuerpo, el viento que susurraba suavemente en mis oídos y el aparatoso paracaídas que parecía una medusa borracha a mis espaldas. Quizás no fue el mejor paracaídas para llevar a cabo el lanzamiento, pero eso es lo de menos. Lo importante es que volé. Créanme que volé.

Y la sonrisa de Margarita brilló en todo el patio.

 

Por Gustavo Valle | @vallegusta

#DomingosDeFicción: Las almohadas

En su relación, que ya tenía varios años, ellos duraban largos espacios de tiempo sin verse. El trabajo de J lo llevaba a viajar constantemente y, en muchos casos, a permanecer en un sitio alejado por varias semanas. Al inicio, él y C hacían sus viajes en pareja, pero con el tiempo, eso fue cambiando. Compraron una casa, un carro y se asentaron como familia, y eso llevó a que C quisiera quedarse en casa, en lugar de estar recorriendo el mundo cada mes o cada dos meses. J sopesó la posibilidad de cambiar de trabajo, pero le gustaba mucho lo que hacía, recibía un gran sueldo y C se había terminado por acostumbrar a ese estilo de vida. De hecho, ambos decían que así mantenían la mejor de la relaciones, siempre apasionante, casi sin discusiones, llena de un cariño fortalecido por el tiempo de distancia. También habían aprendido a ser románticos cuando no estaban juntos. Se hacían video llamadas, en las cuales salían a pasear o a comer, se tentaban enviando fotos sensuales, se prometían cosas qué hacer cuando se volviesen a ver y, cuando los viajes eran muy largos, se enviaban algunos obsequios que les hicieran recordar al otro (como la tira de un sostén perfumado o una corbata recién utilizada). Y para las horas de sueño, en las que no se hablaban, cada uno usaba una almohada que se iluminaba cuando el otro se acostaba. Cuando J se dormía, y posaba su cabeza en su almohada, entonces la de C brillaba de un amarillo muy tenue, indicándole que su pareja estaba durmiendo. Así, ambos podían acostarse y pensar que yacían juntos, como si a través de ese cojín pudiesen sentir sus mejillas, una contra otra. En más de una ocasión, J y C besaban sus almohadas, como esperando a que su gesto se desplazara a través de la luz y llegara a su pareja (incluso hubo un momento en que ambos, sin saberlo, besaron a la almohada al mismo tiempo, lo que les produjo una inexplicable sensación eléctrica en los labios).

Al principio, la luz había sido un obstáculo para conciliar el sueño, sobre todo porque a veces esta se encendía a mitad de la noche, debido a las diferencias horarias. Pero ambos habían terminado por acostumbrarse y encontrar tranquilidad en ese brillo, que los llevaba a hundirse en él y a abrazar la almohada.

Una noche, durante un viaje de J a Buenos Aires, ciudad a la cual ya había ido casi una decena de veces, C le hizo una video llamada y le sorprendió encontrarlo a medio vestir. “Sí, estoy recién llegando”, le dijo él. “¿A esta hora?, ¿no es algo tarde?”, le preguntó ella. “Un poco, pero no tanto, recuerda la diferencia horaria. Además, fue por algo del trabajo, así que no podía negarme”. Después de eso, se despidieron y a los pocos minutos, la almohada en la cama de C se iluminó.

Cuando despertó, vio que esta aún brillaba, lo cual le parecía extraño porque usualmente J se levantaba primero que ella, más porque Argentina tenía una hora de adelanto. Aún así, no le prestó demasiada atención. Fue al baño, se cepilló, se vistió, se preparó el desayuno y tras reposar, salió a trotar y a comprar algunas cosas que le hacían falta. Al regresar, cuando ya pasaban de las once de la mañana, dejó las bolsas en la cocina y entró en su habitación, en donde la almohada seguía brillando. Sacó la cuenta: en Buenos Aires ya debía ser el mediodía, y, según veía, J seguía acostado. Por más inquieta que estaba, prefirió no dejarse alterar demasiado. Se dio una breve ducha, durante la cual trató de pensar en otra cosa. Pero al salir, una vez más, se encontró con la pálida luz amarilla de la almohada.

Intentó realizar una video llamada desde su celular y luego desde su laptop, pero no tuvo respuestas. También llamó al hotel en el que se quedaba J, donde le dijeron que ya le comunicarían con la habitación, pero el teléfono sonó sin que nadie atendiera. Llamó tres veces siempre con el mismo resultado. Pensó que quizá la almohada se había descompuesto, así que la reinició. Dentro del cojín parpadeó tres veces una luz roja, indicando que se estaba apagando, y luego otros tres parpadeos blancos al encenderse. Pero tras eso, volvió a aparecer la luz amarilla. Por la mente de C pasaron escenas terribles: J muerto, ahogado o infartado, sobre la almohada, o asesinado, y la sangre corriendo por las sábanas blancas…

Su estado de angustia se extendió hasta casi una hora más, momento en el cual recibió una llamada de J. Ella le gritó, le preguntó qué le pasaba y dejó escapar algunos insultos. Él le respondió que lo lamentaba mucho, que había estado dormido todo el rato y que quizá hubiese sido por algo que comió. Luego se volvió a disculpar, haciendo bromas leves y asegurando que no volvería a pasar, lo cual fue suficiente para C, quien para el final de la llamada ya reía y bromeaba con J. Pero aún así, esa noche volvió a pasar lo mismo: el cojín se encendió a las nueve de la noche y se mantuvo brillando hasta entrada la mañana del día siguiente. Pero C no volvió a preguntar por no querer sonar paranoica, aun cuando lo cierto fue que con los días, tras casi una semana en la que se repetía la misma situación, ella terminó por acostumbrarse, aunque con cierto recelo. Lo último que dijo al respecto fue: “Bueno, con todo lo que duermes, quizá te despidan”. J ignoró el comentario y habló de otra cosa, pero C lo cortó preguntándole cuánto faltaba para que volviera. J hizo una mueca de extrañamiento, porque ella casi nunca hacía esa pregunta, al menos no de aquella forma, como una demanda o una súplica. “Aún falta un poco, sabes cómo es esto”, respondió él.

Un par de días después de esa conversación, la almohada de C, en medio de la noche, se apagó y no volvió a brillar sino hasta cuatro días después –durante los cuales J no atendió ninguna llamada–, cuando parpadeó tres veces una luz roja en su interior, indicando que la otra, la almohada gemela, había sido apagada.

C intentó contactar a J por diferentes vías, pero ninguna la llevaban a nada. Buscó en Google razones por las cuales una almohada de esas podría ser desactivada y todos los comentarios apuntaban a un rompimiento de relaciones, a “parejas que antes se querían y querían dormir juntas, pero ya no”. También leyó algo, una broma, que la hizo sentir como una idiota, pero también como si hubiese caído en un pozo oscuro. Leyó: “Si yo tuviese esa almohada, colocaría un ladrillo sobre ella y saldría toda la noche”. Ese comentario hizo que varios escribieran “jajaja” como respuesta, pero para C, aquello era una posible explicación al brillo sostenido de los días anteriores. También se preguntó si aquella vez en la que había llamado a J y lo había encontrado a medio vestir, en realidad él se preparaba para salir a algún sitio.

Los días de C se sucedieron grises, y turbios, como si la hubiesen sumergido en el fondo del mar, donde no podía ver nada y sus pulmones se comprimían por la presión. También lloró con frecuencia contra la almohada, a la cual lanzaba golpes, y por el teléfono, cuando llamaba a sus amigos para pedir ayuda. Ellos la visitaron en varias ocasiones y la abrazaron con fuerza, pero con el tiempo, dejaron de ir y de prestarle tanta atención, porque aunque lamentaban todo lo que había pasado y querían ayudarla, todavía tenían sus propias vidas de las cuales ocuparse. Así que, progresivamente, C fue quedándose sola.

De todo aquello, lo que más le dolía era no haber tenido una explicación: J había desaparecido sin decirle nada y, aún después de casi mes y medio, no le atendía las llamadas. C evaluaba toda su relación y sus últimos días, buscando alguna señal de despedida o alguna explicación, pero no lograba encontrar nada: él se fue a Argentina, como había hecho tantas veces antes, y, de un día a otro, se desvaneció de su vida.

 

Al cabo de un poco más de cuatro meses, C, todavía dolida y con un espacio vacío entre su estómago y la columna, se decidió por aceptar lo que había pasado y con eso, la casa empezó a dejarle de parecer tan grande. También retomó la rutina de salir a trotar por las mañanas y de comer con sus amigos, siempre tratando de evitar a J en sus conversaciones. Sin embargo, ocasionalmente, casi siempre por las noches, cuando estaba sola, volvía a sentirse bajo una presión oceánicamente triste.

Durante una de esas noches, su almohada brilló tres veces en blanco contra su mejilla. Se incorporó y se quedó viéndola por largo rato: esta iluminaba la habitación de un amarillo opaco. C, cubriéndose el cuerpo con las sábanas, la veía como si se tratara de una fiera que amenazara con sacarle el estómago. Casi de inmediato, el teléfono empezó a sonar. Ella dejó que repicara una docena de veces antes de levantar el auricular. Al otro lado de la línea, escuchó llorar a J. Él le dijo que lo lamentaba y que se arrepentía por haberla dejado, que no debería haberlo hecho y que ahora se sentía terriblemente mal. C lo dejó hablar sin decir nada, se llevó el auricular al oído y se acostó en la almohada. “Sé que estás ahí”, le dijo J cuando ella posó su cabeza contra el cojín. “Por favor responde”. Pero C no abrió la boca. Por el contrario, con un camino húmedo que bajaba por sus mejillas, colgó la llamada sin dejar que él terminara de hablar. También apagó su almohada y desconectó el teléfono. Aunque no concilió el sueño en toda la noche, sintió que dentro de poco podría hacerlo, porque algo dentro de ella se había recompuesto y ya se había hecho a la idea de dormir con todas las luces apagadas.

 

Por Jacobo Villalobos | @JacoboV95

*Este cuento pertenece al segundo libro de Jacobo Villalobos: Intrusos.

#DomingosDeFicción: Una llamada perdida

De pronto, suena el teléfono.

El hombre permanece en la cama, inmutable, como si no hubiera oído nada. Ni siquiera abre los ojos. Está desnudo. No totalmente: todavía tiene puestos los calcetines. El resto de su ropa está sobre su silla. Sin doblar. La camisa es de color naranja. El pantalón, azul. Junto a la silla, también hay una botella a medio llenar. Es un licor barato con aroma de whisky. Eso dice la etiqueta, aunque en la calle afirman que es aceite para helicópteros. Es lo único que pudo pagar. Cada hígado tiene lo que se merece.

El teléfono suena de nuevo.

El hombre, ahora sí, abre los ojos, pero mantiene una expresión ausente, como si en realidad no estuviera ahí, en esa circunstancia, en esa habitación, en ese cuerpo. Tal vez es ella, piensa. Un cuarto de sonrisa, llena de ironía. Se asoma en sus labios. Ella jamás llamaría. Jamás va a llamar. Se incorpora. Sigue sentado pero levanta la mitad de su cuerpo de la cama. Mira hacia la mesa de noche, observa el auricular. Luego deja rodar sus pupilas lentamente por toda la habitación. La cama no tiene sábanas. Es una imagen dolorosa. Parece una lata vacía. Por un segundo, deja que su mirada merodee por ese colchón, rondando una vieja etiqueta de plástico donde apenas puede leerse una marca. Mira también su cuerpo. Su cuerpo desnudo sobre el colchón. Es el mismo de siempre. Tal vez un poco más pálido. Recorre con los ojos su piel, desde los hombros hasta los pies. Observa sus calcetines. Son grises y están sucios. Como la familia, como el matrimonio, piensa. Como todo.

Otra vez: el teléfono.

El hombre suspira. Con un gesto descuidado toma la botella y la lleva hasta sus labios. Bebe. En el clóset ya sólo está su ropa colgada. Lo demás se ha ido. Sólo quedan sus cosas. Media docena de camisas. Varios pantalones. Dos trajes. Cada prenda en su percha, guindando de su gancho, como si estuviera en una carnicería: el clóset es un congelador oscuro, las reses muertas están suspendidas, sujetadas por garfios. ¿Hay insectos? ¿Moscas? ¿Qué es ese zancudo que flota sobre las sombras?

Aló, dice, apenas.

Buenas tardes.

No necesita mucho más para clasificar la voz. Nada más con el saludo le basta. Una mujer de treinta. Delgada, quizás algo nerviosa. Con los senos pequeños pero redondos; las caderas amplias, generosas. Vestida de verde. También lleva anteojos. Quizás sólo son anteojos oscuros, para protegerse del sol. El hombre la puede ver detrás de ese buenas tardes. No dice nada más. Espera.

¿Quién es?

El hombre tampoco contesta. Piensa que se trata de un número equivocado. Cuelga y se incorpora. Se dirige al baño. Despacio. Arrastra los calcetines sobre el suelo. Cruza delante del espejo sin mirarse. Ni siquiera de reojo. Con su mano derecha toma su pene, apunta, orina. Le gusta sentirlo en su mano. No hay nada que explique esa sensación. Sólo le gusta. Le da ánimo. Disfruta también el sonido del orine hundiéndose en la taza del retrete. Va más allá del alivio físico. Casi es una experiencia espiritual. La vida es puro líquido, piensa.

De pronto, suena el teléfono.

El ring ahora tiene un eco que antes no había podido percibir. El sonido se exparce, llega rebotando contra las paredes. El hombre masculla algo. Dice mierda o coño, dice algo así. Se sacude. De regreso a la habitación, se detiene un momento frente al espejo. Mira su rostro. ¿Y si, en verdad, fuera ella? Si ella lo llamara por teléfono, ¿qué pasaría? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Acaso la perdonaría, le pediría que regresara? ¿Acaso una llamada telefónica puede lograr que todo vuelva a ser como antes?

El teléfono sigue sonando.

Aló, contesta con cierta impaciencia.

¿Por qué me trancó?

Me pareció que se había equivocado de número, eso es todo.

¿Quién es? ¿Con quién hablo?

¿Quién eres tú? Tú estás llamando, comienza a tutearla.

Ella entonces hace lo mismo.

¿No me puedes decir tu nombre?

El hombre se tiende en la cama, de nuevo. Se da un trago. Apoya la cabeza en la almohada.

Yo te marqué porque tengo aquí, en mi celular, una llamada perdida. Y el número es este. Déjame ver. ¿Este es el 545 27 81?

Sí.

Entonces, desde ahí me llamaron.

Es imposible.

Pero es la verdad. ¿Por qué te iba a llamar entonces? ¿Crees que estoy loca?

Aquí no vive nadie.

Pero estoy hablando contigo.

¡No seas marica, coño! ¡Te estoy diciendo que hay un error!

No lo puede controlar. El grito sale, estalla, silba como vapor.

La mujer no responde, pero tampoco cuelga. Permanece ahí, muda, del otro lado de la línea. Una extraña inquietud parece instalarse entre los dos. El hombre se alza, se sienta en la cama. Los segundos comienzan a transcurrir de manera espesa. Como si fueran algo tangible, granos, cuerpos que pueden apretarse entre los dedos. El hombre siente, o cree sentir, que la mujer llora. O tal vez sólo aguanta el llanto. Lo reprime. Al fondo de la línea, hay un gemido, asfixiándose. ¿Por qué no dice algo? ¿Por qué no lo insulta? ¿Por qué no tranca? ¿Por qué no hace nada?

Pero tampoco él hace nada. Ninguno de los dos interrumpe la llamada. Están hundidos en un silencio cada vez más crispado. La respiración es lo único que flota entre ambos. Un reloj sin forma. Aire que se retiene, se contiene; entra, sale, tieso, tenso.

¿Sigues ahí?, inquiere, después de una pausa, en voz baja.

Sí, susurra.

Discúlpame.

Discúlpame tú.

Ambos vuelven a quedarse callados. El hombre, sin soltar el auricular, comienza a quitarse los calcetines. Con cierto apremio, con una breve emoción. Se enfunda uno de ellos en su mano, como si fuera un guante. Con esa mano comienza a acariciarse.

Se toca, se jala, se excita.

El silencio continúa.

 

Por Alberto Barrera Tyszka | @Barreratyszka

#DomingosDeFicción: Cuerdas de metal

Un trozo de queso, fresco y duro, remojado en leche para sacarle la sal. Una arepa asada. Un café cerrero. Nada mejor para completar el desayuno. Si el día hubiese estado lluvioso, se habría ido a recostar debajo de un moriche para reposar la comida y sentir el abrazo de la tierra del llano. De seguro se echaría aire con su sombrero, a la espera de que el ganado bajara de pastar y se metiera solo en los establos para guarecerse del agua. Lejos del morichal y del ganado, la lluvia es su única compañía en la marcha por tierras extrañas. Las gotas le mojan hasta el alma y no hay palmas en donde refugiarse.

Para el Soldado, el aguacero es especialmente incómodo. El sudor y la lluvia han hecho un canal en su cuerpo que conduce directo al talón de su bota izquierda. Cada paso es un chapotear que le desgarra la piel. Le gustaría detenerse a vaciarla, pero no quiere arriesgarse a desatar los gritos del Sargento.

El viento huele a pólvora y a tierra mojada. El suelo comienza a cubrirse del gris que ya ha visto antes. Sabe que pronto llegará a su destino.

— ¡En Barranquilla se acaba esto! –eran palabras tan familiares que ya las hacía suyas.

Al enlistarse, no sabía muy bien que era eso llamado guerra. En principio, pensó que sería como en las películas de la televisión, con ametralladoras, aviones y tanques, en búsqueda del fulano Charlie. Un camión grande, con una capota de lona verde, fue el preludio que marcaría la diferencia de la realidad con las películas en el cara de vidrio. Subió al cacharro de un empujón y se sentó en el primer espacio vacío. Había muchachos de todos los pueblos, vestidos igual que él con guerrera, pantalones camuflados y cascos en las cabezas. Se colocó el fusil entre las piernas y vio por las rendijas el manto de su llano que se iba borrando tras la nube de humo que dejaba el camión. Tres años de sudor, fuego y peleas dieron al traste con sus suposiciones de adolescente sobre batallas con helicópteros sobre la selva.

Lejanas detonaciones calientan la lluvia. Todo se estremece, aunque el Soldado no sabe si son sus piernas o el suelo que pisa. Al menos de algo está seguro: si está temblando debe ser por el frío y no por miedo a la muerte, pues a la fulana le perdió el respeto la noche que recuperaron Maracaibo y tuvo que apagar su primera vida.

—Después de la primera, todo es más fácil –le dijo el Sargento tras aquel disparo que él le hiciera a un rostro igual al suyo.

Desde entonces, el cráneo partiéndose en pedazos y tiñendo el aire con una nube escarlata ha salido a saludarlo cada vez que escucha una explosión. Es su marca de la muerte. A veces, el Soldado le responde el saludo; otras, escupe a un lado y la mira con indiferencia. Le gustaría saber más de ella, pero en el cuartel no le enseñaron nada con respecto al trato hacia la innombrable, salvo que era mejor ni siquiera pensar en ella.

De su breve entrenamiento, apenas y aprendió a armar y desarmar un fusil, y, por supuesto, a cargarlo como a un recién nacido. También lo enseñaron a pararse firme y sin pestañar, en especial al escuchar el discurso diario sobre amar y liberar a su tierra de la plaga invasora.

— ¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento.

Comienza la rutina que el Soldado tanto conoce: disparos, detonaciones, cráneos en nubes púrpuras. Él espera que si un tiro contrario lo alcanza, le dé justo en el corazón. No soporta la idea de quedar con sólo tres dedos, como el mocho Antonio en su pueblo, quien perdió media mano por un tiro de escopeta que le dieron al intentar robarse unos lechones en una granja vecina. Los silbidos le rozan el mentón, aún lampiño. No intenta cubrirse, sino que se arroja de frente para disparar con más atino. Una esquirla rebota en el suelo y se le incrusta en la pierna. Lanza una mentada de madre y baja a la trinchera a revisarse.

Al verse el muslo sangrando, teme un destino peor que el del mocho Antonio y es quedar sin una pierna, igual que el viejo Miguel, dueño de la vaquera en dónde trabajaba en verano. El viejo quedó condenado a andar con muletas y un muñón amarrado en el lado derecho del pantalón, aunque siempre altanero, como un gallo arrecho de pelea, que usaba la muleta de la pierna buena como pico para saltarle encima a los contrincantes. El Soldado se saca la esquirla con los dedos y un chorro de sangre la acompaña. Aprieta los dientes y se amarra la herida con un pañuelo. Se da unos golpecitos en la pierna adolorida y se dice a sí mismo que, si la pierde, igual agarrará su fusil y lo usará como pico para matar a cuanto enemigo se encuentre.

La batalla es corta. El ejército contrario retrocede. Los combatientes que han triunfado van saliendo de sus trincheras como pequeños insectos, que excretan gris y negro a su paso, y chillan canciones sobre la victoria. La marcha se reanuda con ánimos renovados, pero no para el Soldado, pues debe lidiar con una pierna mal vendada y una bota que chapotea.

Un Cabo mira el paso lento del Soldado y le increpa:

—¿Por qué arrastras las suelas? Si el Sargento voltea, te va a joder.

—Es que hoy me pesa la muerte –responde el Soldado con tono risueño.

El Cabo agacha la cabeza. La innombrable no es bienvenida, mucho menos luego de una batalla. Para el regimiento su sola mención es sinónimo de mal agüero. El Cabo queda en silencio un rato, luego retrocede y lleva fuera de la fila al Soldado para preguntarle:

—¿Antes de que esta guarandinga comenzara, alguna vez te tropezaste con la pelona?

—Sí –dice el Soldado y aprovecha la pausa para ajustarse el pañuelo-venda de la pierna–. Fue en el caserío de Morón, cerca de mi pueblo. Yo estaba pasando una temporada por esos lados en casa de mi tío Numa. A él le gustaba pescar y un día me convidó para ir al río, pero la parca lo agarró cuando me enseñaba a preparar carnada de pez culebrita. ¿Tú sabes?, esos grisesitos y pequeños que siempre hay en agua dulce. Bueno, resulta que esos bichos son buenos para la pesca, sólo les debes cortar la cabeza, entonces ellos como que se inflan y listo, los metes en el anzuelo. Resulta que mi tío les arrancaba las cabezas con los dientes. Ese día hizo lo mismo, pero sin querer se lo tragó entero. El condenado pescado se infló cuando le estaba pasando por al garganta. Le cortó la respiración. Él me señalaba el cuchillo y me hacía señas para que le abriera el cuello, pero no tuve las bolas… Quedó frío ahí mismo.

—Yo nunca tuve contacto con la pelona –le responde el Cabo con indiferencia–. Allá en la costa nada más hay ánimas en pena y sobre todo aparecidos. Andan siempre de aquí para allá. Les gusta pelearse entre ellos. Siempre gana uno y el que pierde se pone bravo y sale a asustar a los hombres de Dios. Son así como nosotros, pero lanzan miedo en vez de plomo.

Vuelven al camino. El Soldado intenta ya no arrastrar las botas y mantener un ritmo firme. El sol apenas y alumbra entre las nubes grises que no acaban por reventar. El fusil al hombro se balancea al igual que la brisa que vuela entre los rostros inexpresivos. Por instantes, el Soldado cree sentir el olor del mastranto, pero este queda aplastado por el aroma de la pólvora y la tierra quemada.

El Sargento ordena guardar silencio. El vigía de la radio informa que la retirada del enemigo ha sido una farsa para atraerlos a las orillas del río Magdalena, en dónde aguarda un batallón de adversarios que los supera en número. No hay forma de volver atrás. El Soldado se culpa por haber mencionado a la muerte y atraer su pestilencia a la batalla, pero no hay tiempo para tribulaciones.

—¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento cuando comienzan los disparos.

Todo se le hace confuso al Soldado. El pensamiento se le nubla y el cuerpo adquiere voluntad propia. Se vuelve uno con el fusil y comienza a escupir fuego en todas direcciones. Se detiene de súbito porque el arma se encasquilla. La golpea contra el suelo, pero sigue sin responder. La rabia lo desborda. Tiene un sabor extraño en la boca y un vacío en el estómago que necesita ser llenado. Suelta el fusil, lo maldice. Da varios berridos, tras lo cual intenta tomar una piedra para arrojarla contra la tropa rival. Al tratar de levantarla, tropieza con el cuerpo sin vida del Cabo. Lo hace a un lado de un empujón y logra liberar la gran piedra, pero esta se escurre entre sus manos por la sangre babosa que la cubre.

—¡Mira cómo dejaste está mierda! —le grita al Cabo.

Jadeante, el Soldado abandona la piedra y recuerda que el Cabo debe conservar su arma. Lo voltea para tomar el fusil y nota el agujero de bala, justo al lado de la nariz, que contrasta con la expresión de serenidad del hombre muerto. El Cabo deja de ser un bulto junto a la piedra para transformarse en el robusto moreno que le enseñara a armar su fusil y que siempre le gritaba:

—¡Muchacho gafo, así no!

El rostro sereno deja de pertenecerle al Cabo y se transforma en el suyo. Al principio se ve sonriente y usando un sobrero de cogollo, acostado sobre una verde llanura, igual a la de su llano, pero del fresco manto empiezan a salir cuerdas de metal que se enredan en el sombrero hasta transfórmalo en un casco, y que, al tocar su cuerpo, lo vuelven pálido y traslucido, como el de los aparecidos del cuento del Cabo. Las cuerdas lo rebasan y también se vuelven a clavar en la tierra para devorar la grama y dejar en su lugar pequeñas plastas grises y negras, iguales a las que quedan tras la marcha del pelotón.

El Sargento lo zarandea y grita, pero al Soldado no le interesan las palabras de su superior. Su mirada sigue perdida en búsqueda del verde de la llanura consumida por el metal. El golpe seco de la culata del superior en la frente le borra la sonrisa de llanero enamorado. Otra vez está en medio de la guerra. Vuelve a escuchar la voz del Sargento reprendiéndolo y amenazando con darle más duro si no se levanta a pelear.

Varias explosiones se escuchan a pocos metros. La polvareda, que se levanta y cubre el cielo, obliga al par de hombres a cubrirse tras un camión volteado. En la improvisada trinchera, descubren que no queda nadie más del regimiento. El Sargento asoma la mira de su arma por un costado, pero sin un blanco fijo al que apuntar, comienza a disparar en todas direcciones.

El Sargento sólo se detiene para arrojar junto al Soldado su pistola de reglamento y dos recargas, a la vez que le indica:

—¡Dispara, dispara!

El Soldado se coloca del lado contrario del camión y vacía el peine entero de la pistola en disparos sin sentido. Ya no hay enemigo al que quiera alcanzar, nada más intenta acallar la voz del superior con el ruido de las balas.

La polvareda va disminuyendo. No se escuchan más disparos, tampoco explosiones. A pocos metros, los militares distinguen una silueta que se acerca. El Sargento apunta su rifle. Al intentar dispara, descubre que está sin balas. La silueta se acerca un poco más y el Soldado reconoce la figura de una mujer.

—Mátala, ¡es una orden! ¡Mátala! –grita el Sargento.

A cada paso, la mujer se va haciendo más nítida. Está vestida con ropa andrajosa. Al Soldado incluso le parece que el vestido que usa es un saco de papa mal recortado. A pesar de ello, no deja de reconocer bajo los harapos una cadera ancha y unos senos enormes que parecen desbordarse entre la tela.

—¡Que la mates, pendejo!

El Sargento se desespera y salta hacia el Soldado para arrancarle la pistola. Recoge del suelo un peine de municiones y recarga el arma para apuntarle a la mujer con la precisión de la que siempre presumió delante de los principiantes. La bala no logra salir. Un tronido lo deja tirado en el piso y entre su cabello se escurren pequeños fragmentos de masa rosada y sanguinolenta. Detrás del cuerpo caído, el Soldado sostiene entre sus manos temblorosas su propio casco, salpicado por los sesos del Sargento.

Arroja a un lado el casco y camina algunos pasos hacia donde viera la silueta, pero de la mujer ya no queda huella. Corre al horizonte en su búsqueda. El polvo, la pólvora y la humedad han desaparecido por completo. Camina ligero. Ya no hay molestia ni dolor en su bota izquierda. La caminata que toma es larga, la más larga que ha dado en su vida. La tierra negra y gris queda atrás y brotes verdes van creciendo, cada vez más altos. A medida que avanza, termina cubierto hasta el pecho de hojas verdes y matorrales que lo dejan camuflado entre el paraje. Se siente perdido. Piensa en dar la vuelta, pero una tenue voz femenina le susurra:

—Estás perdonado. Ahora sigue. Te estamos esperando.

Ruidos de ametralladoras, aviones y tanques. Cuerpos se desangran y fallecen sobre el terreno de batalla. La tierra se hace viscosa y más oscura. Los hombres que quedan vivos sobre ella, se arrastran con cuchillos, piedras y pistolas en mano para seguir con la orgía de muerte. Actúan como espíritus sin conciencia, movidos por cuerdas de metal.

 

Por Roberto Lara Guedez | @laraguedez

#DomingosDeFicción: Bahamut

Leo «Manual de zoología fantástica» de Jorge Luis Borges. Me quedo dormido terminando el siguiente párrafo:

Dios creó la tierra pero la Tierra no tenía sostén y así bajo la Tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y bajo el ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó a un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso agua y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto.

Sueño que acudo al lecho de muerte de Stanley Kubrick. Descansa en una cama, rodeado de aparatos médicos que monitorean sus decrecientes signos vitales. Se me ha concedido efectuarle una última entrevista.

Hablamos acerca de sus películas, la limpieza de sus imágenes, su obsesiva precisión. Le pregunto sobre la leyenda urbana que le atribuye el haber filmado un falso alunizaje del Apolo 11. El timo audiovisual más espectacular en la historia de la humanidad, perpetrado por el cineasta más genial en la historia de la humanidad.

Kubrick asiente y cierra los ojos. Un pesar insondable cubre su rostro como un velo finísimo. Confiesa que la leyenda es cierta. Nunca hubo un viaje a la Luna. La conspiración había sido perpetrada con la ayuda de los altos jerarcas de todas las naciones del mundo.

—¿Por qué? –pregunto con un hilo de voz.

—Porque la humanidad no podía saber la verdad –responde.

—¿Cuál verdad?

Me muestra unas fotos tomadas por satélite. La Tierra contemplada desde una distancia sideral.

Y debajo de la Tierra hay un ángel enorme. Debajo del ángel una montaña de rubí. Debajo de la montaña un toro imposible de ojos desorbitados. Debajo del toro un pez que reposa en el agua.

Y después hay oscuridad y no puedo ver nada más.

 

Por Lucas García París@LucasGarciaP

*Este cuento pertenece al libro El Reino (Ediciones Punto Cero / 2017).