#DomingosDeFicción Mi padre el veterano

La primera golpiza me la dio mi padre. Yo era un renacuajo de diez años y pocos kilos. De niño era tímido, me gustaba estar en la casa y lo mío era tocar la mandolina y ver El Pájaro Loco a las cuatro. Pero con sus propias manos mi padre me hizo sustituir la música y la tele por el cuadrilátero.

—Presta atención –me dijo mientras yo me sobaba los moretones–. Si no quieres que te jodan en la vida, aprende a usar los puños.

Mi madre sufría. No quería que yo fuese la fotocopia de mi padre. Decía que el boxeo era deporte de hombres desesperados. Pero simplemente no pudo hacer nada. Por un lado, en el colegio me sometían y me ponían sobrenombres de lo enclenque que era. Por el otro, mi padre se estaba ensañando conmigo. Así que me dediqué a sacar músculos y aprendí a lanzar coñazos.

También troté. Como un desgraciado, troté todas las mañanas del resto de mis días. Subía y bajaba el José Félix Ribas completico. La verdad es que a mí no me gustaba madrugar. Para eso estaba mi padre. Me vaciaba un tobo de agua fría encima cuando yo estaba a mitad de un sueño.

—A trotar –decía sin adornos, su única manera de decir buenos días.

Aún no salía el sol y yo ya estaba dándole vueltas al barrio. En esos momentos solamente pensaba en el box. Mi padre había sido peso gallo amateur en su juventud. Encontré el álbum en el fondo de una gaveta un día que buscaba papel para forrar un cuaderno. Mi padre saltando la cuerda, mi padre golpeando el saco, mi padre rematando una pera con un gancho de zurda, mi padre en guardia, mi padre con una toalla alrededor del cuello y media sonrisa, mi padre haciendo una pose para la cámara, mi padre levantando los brazos en señal de victoria.

Lo otro fue la alimentación. El gran secreto de cocina de mi madre era ahogar todo en dos dedos de aceite hirviendo.

—Así no come un atleta –decía mi padre–. Desde hoy, cero porquerías.

Me obligó a desayunar huevos crudos, a beber litros de agua destilada, a tomar caldo de molleja, a tragar ollas de atole de arroz, a comer hígado encebollado, a evitar el cochino, el pan, el azúcar y el tomate.

Luego me hizo entrenar en el Atlas. Así se llamaba el gimnasio de Macario “El Tifón” Itriago, un expúgil que se había quedado ciego de un ojo. Quedaba detrás de un taller mecánico que también era de Macario. Algún chistoso espontáneo había escrito en la entrada “Es mejor dar que recibir”. Casi todo estaba hecho con repuestos. El saco era una tripa de caucho rellena con estopa. Las pesas eran tubos de escape con rines pegados en los extremos. Las banquetas eran asientos desmantelados de un Caprice o un Mustang. Cosas así.

Mi padre me presentó como todo un prospecto. Macario echó un ojo, chiste aparte, a mi contextura. Me palpó los brazos, me midió los hombros, me agarró por el cuello y movió mi cabeza de un lado a otro. Conservaba el gesto de un boxeador profesional y curtido. En cualquier caso, una expresión difícil de explicar.

—En el boxeo todos tienen un plan –fue lo primero que me dijo Macario–. Hasta que los noquean.

Su ojo ciego era una perla de nata, blancuzco como el de un pez muerto. Se dio cuenta de que me fijaba.

—Yo tenía un plan –dijo picándome el ojo bueno.

Mi padre estaba ahí viéndolo todo.

—A tu padre lo llamaban El Veterano –dijo Macario–. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza.

—Pues nadie sabe –dijo.

El primer día Macario me hizo trabajar los pies. El equilibrio y la coordinación van antes que los golpes. Por dentro sentía un montón de rabia y lo que quería era desfigurar rostros, moler huesos, hacer salpicar sangre, pero Macario me enseñó que para eso tenía que aprender a pararme. Pasé los primeros cinco meses haciendo dos cosas. Saltando la cuerda y desplazándome por todo el ring con los tobillos amarrados. Un día llegué a casa quejándome de aquella estupidez. Estaba francamente amotinado y lancé los guantes en la mesa de la cocina. Mi madre estaba picando remolachas sobre una tabla de madera. No supo cómo hacerme callar a tiempo. Mi padre estaba viendo el noticiero en la sala y escuchó todo. Entró en la cocina. Llevaba chancletas y la camisa abierta. Me conectó un par directo al hígado que me hicieron caer de la silla.

—Cero lloriqueos. Si te agarran mal parado prepárate para conocer la lona –dijo.

Conocí la lona unas semanas después. Macario me dijo que estaba listo para ver de qué se trataba aquello. Con aquello se refería a boxear. Me vendó las manos y me calzó los guantes. Llamó a otro un poco más alto que yo y que ya había visto entrenando en el gimnasio. Le decían Tumor y tenía una zurda endemoniada. No le atiné ni un mísero rasguño y me noqueó sin esfuerzo. Me agarró mal parado. Mis pies no estaban alineados con mis hombros. Para eso los tuve amarrados todo ese maldito tiempo. Después de recibir el golpe, sentí un chispazo. Las rodillas me abandonaron, mis ojos hicieron lo que les dio la gana y en la mente se me formó una nube gris. Desperté boca arriba en el piso. Las caras sonrientes de todos, formando un círculo, viéndome resucitar. Así conocí la lona.

—Que te sirva de lección –dijo Macario.

Entrené más y a los dieciséis comencé a foguearme con los del gimnasio. Los fui jodiendo de a poquito. Casi todos eran mayores que yo, pero no eran competencia. Los dejaba en ridículo, desperdigados por el suelo. Era como si de la noche a la mañana me hubieran engrasado la cintura. Tenía talento, estilo y un par de martillos de acero en las manos. Desarrollé velocidad, potencia y malicia. Sobre todo malicia. Aquello no tenía nada que ver con pensar.

—No pienses –me decía Macario–. Deja que el otro lo haga. Mientras esté en eso, tú pégale.

Mi padre a veces pasaba por ahí y se sentaba a leer el periódico. A mí me daba la corazonada de que me estaba viendo, pero nunca lo vi levantar la vista de la sección de deportes. Cuando no me daba cuenta, ya se había ido. Se puede decir que en la casa lo veía un poco más. Nos gritaba a mi madre y a mí por cualquier cosa. Vivía amargado y rabioso, lo que no está mal salvo cuando le daba por pagarla con nosotros. Era normal que partiera platos o vasos o lo que fuera. Los peores días eran los que se afincaba especialmente en mí. Me detallaba la gran desilusión que resulté ser o cómo arruiné su vida. Yo trataba de dejar los problemas en casa y no llevarlos al gimnasio. Terminé llevándolos a otro sitio: en el liceo le partí la cara a un par de compañeros que osaron burlarse de mí. Quería imponer respeto en el ring y en la vida. Se me fue de las manos y me expulsaron. Cuando mi padre se enteró, me zarandeó en el patio para bajarme los humos. Los vecinos vieron todo, pero ninguno dijo nada. A la mañana siguiente salí a trotar sin necesidad de que él me despertara. Mientras toda la ciudad dormía, yo estaba trotando cuesta abajo con una sensación que no puedo describir. En el fondo, pensaba que aquello fortalecía mi espíritu. Era como un peregrino. La adolescencia ya había hecho estragos. No crecí mucho, pero subí un poco de peso. Las venas y los músculos se me empezaron a notar. El abdomen se me puso duro y rayado como una batea.

Más o menos por esa época Macario me inscribió en un torneo relámpago para jóvenes amateurs. El campeón ganaba equipos nuevos para su gimnasio. Los combates se disputaban a tres rounds de dos minutos. En la final me tocó bailar con la más fea, un quinceañero de La Vega que parecía un matón. El último round estuvo reñido y dos jueces me dieron la victoria a mí. Después fui a otros torneos. En todos gané medallas, trofeos, cinturones. Cosas de niño. Los apilé en la repisa del cuarto y mi madre los limpiaba todos los fines de semana, contando cuántos había ganado por knock out. Macario también sacó sus cuentas.

—Me vas a hacer rico –me dijo el día que cumplí dieciocho.

Yo llevaba horas golpeando la pera como demente y supuraba adrenalina. Tenía la cara llena de espinillas y mi sudor olía cada vez peor. Macario había apostado por mí en el Polideportivo de Cúa.

Esa vez recibí mi segunda golpiza. Fue cortesía de un negro caleño que se llamaba Nehomar Cerdeño. Le decían El Gallito Pambelé y parecía esculpido en piedra de obsidiana. Tenía un queloide con forma de equis en el cráneo y le faltaban todos los dientes delanteros. Yo creía que tipos así solo podían salir de la cárcel. Tiempo después comprendería que tipos así solo pueden salir del boxeo. Su derecha era mortífera. Las pocas veces que logré esquivarla consideré la existencia de un dios misericordioso. El resto de las veces los huesos me tronaron. En el primer round socialicé con la lona dos veces. En el segundo hice lo que estaba a mi alcance. Solté algunos jabs inútiles para medir distancia y bailé de esquina a esquina para agotarlo, pero el muy maldito tenía los pulmones grandes o un tanque de oxígeno en vez de cerebro. Antes de que sonara la campana, me abracé a él, pero me quitó de encima como si nada y rodé por el suelo. El tercer round fue un desastre. Pensé que había sido su derecha, pero me agarró con la zurda.

—Bajaste la guardia –me dijo la figura borrosa de Macario levantándome y poniéndome hielo en el pómulo.

Pasé semanas pensando en la humillación de la derrota, sintiéndome mal conmigo mismo. Macario se fue con los bolsillos vacíos y yo gané un montón de miseria interna. No estaba seguro, pero había escuchado decir a mi padre que el alimento del boxeador es la frustración. Primero se convierte en miedo, luego en odio y luego no se siente nada. Cuando eso pasa, estás listo para pelear.

Yo me sentía listo.

Estaba agarrando aire el día que conocí a Mayilse. Era una rama de canela, esbelta y morena. Llevaba una bolsa de mercado en cada mano. Le ofrecí ayuda y me dijo algo indignada que ella sola podía. Tenía el cabello mojado y usaba una camiseta blanca apretada. Debajo se notaban unos pezoncitos duros y negros como ciruelas.

—Hola, soy boxeador –no encontré nada mejor que decir.

Tenía el labio partido, la nariz hinchada y en cada ojo un delta rojo de bazos reventados.

—¿Boxeador?

—Sí –dije lanzando una zurda al aire.

Se rio. Nunca antes había hecho reír a nadie. Menos a una criatura como aquella.

—Con razón.

—Y eso que no viste cómo quedó el otro.

Volvió a reír.

Me costó sacarle el nombre. Siempre había odiado perseguir a los demás y buscar la pelea. Con ella era distinto. Yo intentaba boxear, pero ella podía noquearme facilito.

—Mayilse es con s, boxeador. No con c –dijo finalmente.

Por supuesto, mi padre no vio con buenos ojos que me empepara con Mayilse.

—Una mujer no te va –me aconsejó–. Tarde o temprano te va a hacer colgar los guantes.

Pero, como buen boxeador, fui testarudo.

Nos casamos en enero, el mes más frío. También fue cuando se le empezó a notar la barriga. En mayo nació Edwin, mi único hijo. Le puse así por el Inca Valero, quien años después mataría a su mujer y se ahorcaría en su celda. Nunca le conté la historia. Supongo que para que no sintiera el peso de llevar el nombre de un tipo tan atormentado que para colmo era boxeador. La fiesta la hicimos en casa de una tía de Mayilse. La vieja tenía una lora que se llamaba Comala a la que le gustaba cantar el coro de un bolero. Mi padre se entregó al ron desde temprano y se puso insoportable. Se había empeñado en narrarle a todo el mundo mi gran derrota. Luego le dio por hablar de su pasado glorioso que se vio interrumpido por mi nacimiento. Cuando ya nadie quiso escucharlo, se sentó junto a la jaula de Comala y se puso a darle de comer pedacitos de pan mojados en ron. La lora alcanzó a comerse doce antes de caer patas arriba entonando el bolero por última vez. A veces las fiestas terminan así de mal. Los berridos de la tía por la muerte de su lora y las barbaridades que salían de la boca de mi padre despoblaron la casa. Cuando oficialmente acabó la fiesta, me encargué de él. Traté de sacarlo por las buenas pero no quería que lo tocara. Entonces algo pasó. Algo en mí que no logro justificar. Supongo que me cansé de escuchar que mamá y yo teníamos la culpa de todo. El caso es que me encabroné tanto que no había en el mundo otra cosa por hacer sino la que hice. Le di justo en la sien con el puño muy cerrado. Mi padre se desplomó de inmediato. Mayilse se metió y no dejó que lo levantara. Entre Macario y ella lo llevaron fuera. Se despertó a medio camino, maldiciéndome y prometiendo ponerme en mi lugar.

Mi madre luego me dijo que esa misma noche mi padre pasó por la casa, sacó algunas cosas del clóset y se fue sin despedirse.

Yo no sabía qué sentir.

No creo que tenga que ver con eso, pero desde entonces empecé a acumular victorias. Me hice profesional haciendo peleas de exhibición y entrenándome hasta la muerte. El resultado fue que no dejé a nadie de pie y entré en una racha de triunfos por la vía rápida. Depuré mi estilo y dejé que mis combates duraran más tiempo. Me convertí en un pugilista de fondo. Mi madre y yo alquilamos un apartamento en Coche y nos mudamos con Mayilse y Edwin. Macario se dedicó única y exclusivamente a ser mi mánager. Nos iba bien, aunque nos podía ir mejor. Mi nombre aparecía como favorito en las apuestas. El boxeo es el único deporte en el que todos se pudren en billete menos el boxeador.

El boxeo es extraño.

El primero que me eché al pico como profesional fue a un catire apestoso de un país impronunciable. Kakakistán no sé cuánto. Hice que me persiguiera durante los dos primeros rounds. En el tercero lo trabajé con jabs y clinchs. En el cuarto, cuando quería fajarse conmigo, lo hice polvo con un upper de zurda. Cuando cayó al suelo, como un edificio dinamitado, seguía lanzando golpes al aire. Aquella victoria impresionó a los de la federación y empezaron a lloverme compromisos. Acribillé a cuanto pelele me pusieron en frente. Al colombiano Jairo “Parce” Delgado lo noqueé en el octavo. Al guanaco Giovanni Antonio “Cangrejo” Tirado lo noqueé en el séptimo. Al salvadoreño Fernando “El Petardo” Montiel lo noqueé en el noveno. Al chicano Cisco “Kid” Morales, el hijo de perra más tramposo con el que luché, lo vencí por puntos y con la nariz rota. El japonés Jumpei “Batousai” Takeshi me aburrió y lo tumbé en el segundo. Al hondureño Rigoberto “Niño Lindo” Mejía Mejía en el onceavo. Al senegalés Pap “Vaca Loca” Diouf en el sexto. Al cubano Vladimir “Rabo de Nube” Godoy en el décimo. La prensa comenzó a llamarme El Torero de Petare porque me gustaba huir de los oponentes en los primeros rounds y luego finiquitarlos con dos o tres toques. Desde las gradas, mientras yo hacía que me persiguieran por el cuadrilátero, la gente empezó a gritar ole.

Viajé a todas partes, pero el ring es igual donde sea que uno vaya.

Conseguí el cinturón ante el chileno Álvaro “Bam Bam” Henríquez en el Luna Park de Buenos Aires. Lo fui matando durante ocho rounds hasta que lo arrojé contra las cuerdas a mitad del noveno y perdió el conocimiento.

Como era de esperarse, me salieron retadores. El primero no llevó vida. Era un tal Wilmer Nuño, un muchacho de Apure que se hacía llamar El Nuevo Terror del Llano. La leyenda decía que había aprendido a pelear golpeando reses muertas en el matadero de su tío. Yo no creía en cuentos y quería dejar las cosas claras. No pasó del quinto asalto.

El segundo me costó menos. Se llamaba Camilo Ernesto “La Faca” Fuentes, la ilusión boliviana. Era un indio mudo con supuesto toque y garra. Una vez mi padre me dijo que campeón es aquel que se levanta cuando en realidad no puede. La Faca no lo era. Peleamos en La Paz, con todos esos metros sobre el nivel del mar a cuestas. Pan comido. En la tercera vuelta lo resolví con un crochet caza bobos. No se quiso levantar y se dejó hacer la cuenta completa.

Un año después perdí el cinturón.

Mi verdugo fue Yiyun “El Tigre de Fuego” Li, un malayo que venía de ser peso pluma y que había medio asesinado a todos sus oponentes. Macario tenía sus dudas, pero yo estaba dispuesto a aceptar el reto. La federación pautó la pelea para marzo en el Coliseo Máximo Viloria de Barquisimeto. El Tigre vino a Venezuela meses antes para entrenar y aclimatarse. Salía reseñado en los periódicos como una amenaza para el pugilismo venezolano. Algunos hablaban de mi carrera como un cúmulo de favorables casualidades y derrotas fáciles. Hablaban de mi condición, del desgaste, de lo poco vistosas que habían sido mis últimas peleas. Pero de lo que más hablaban era de mi edad. En febrero había cumplido los treinta pero parecía de cuarenta y nueve. Eso es lo que hace el boxeo.

Me contaron que Li subió al ring embutido en una bata con cola y orejas de tigre, seguido por un séquito de chinos gordos y rapados como en las películas de acción. Por los parlantes hicieron sonar “Salsa caliente del Japón” de la Orquesta de la Luz a falta de un mejor fondo musical. Yo subí despacio, dándome bomba.

Me quité la bata, roja y amarilla como la había pedido especialmente para la ocasión. El réferi nos presentó. Nos convocó en el centro del ring y gritó las reglas mientras El Tigre y yo nos veíamos con todo el odio posible entre dos desconocidos.

Ese chino de mierda era una bestia. Me reventó a palos en el primer round. Su técnica parecía más muay thai que boxeo. Lo de bailarlo y torearlo no dio resultado. Era veloz y tenía alcance. Lanzaba sin problemas con las dos manos y cambiaba su guardia a cada rato para confundirme. Su técnica era impecable y sus golpes devastadores. Sabía lo que hacía. Se notaba que había estudiado mis puntos débiles. No dejó que yo hiciera la pelea. La hizo él como quiso. Me acorraló en una esquina neutral y me dio lo que se llama una clínica de guasasa. No pasé de la mitad del segundo. Todavía escuchaba a algunos gritar por mí cuando caí al piso. Fue como en cámara lenta. Mi cabeza se sacudió en un espasmo. Entorné los ojos hacia arriba y por un instante todo se paralizó. Vi la luz de los reflectores dividida en cuatro haces idénticos como una cruz en llamas. Vi que el techo se movía y aparecía un trozo de grada repleta de gente que se agitaba. Luego vi las cuerdas del ring. Luego vi que se acercaba el piso. Comprendí que quien se movía era yo y no el resto de las cosas. Sentí que mi cuerpo rebotaba sobre la lona y cerré los ojos.

Los abrí de camino a los vestidores. Macario y Mayilse lloraban desconsolados. Un médico chasqueaba los dedos, me abría los párpados y me alumbraba con una linternita.

Recuperarme no fue fácil. Tuve una jaqueca infernal que no me abandonó en una semana. Estuve a punto de perder el sentido del olfato. Pero meses después, un día que Mayilse hizo un hervido de gallina y lo pude oler, encontré algo de consuelo en el fondo del pantano. Por lo demás, me sentía como un montón de basura bajo el sol. La prensa me había aplastado. Fui la gran vergüenza propia y ajena. Me deprimí tanto que no quise salir del apartamento. Me abandoné y perdí condiciones. Me sentía obsoleto. La verdad es que mi vida fuera del ring no era ningún carrusel. Las batallas más duras las libré en casa. Tenía cuentas por pagar apiladas en una gaveta. Tenía problemas en los riñones. Tenía pesadillas en las que subía a un cuadrilátero y cuando sonaba la campana me daba cuenta de que no tenía brazos. Tenía un hijo que estaba creciendo y al que no sabía cómo tratar. Yo no pretendía seguir la ruta de mi padre y ponerme bruto, así que cuando me sacaba de quicio, me encerraba en el cuarto a ver tele. Mayilse sufría. No quería que desarrollara temor por mi propio hijo. Tampoco quería que me convirtiera en un parásito. Y a pesar de que no estaba particularmente contenta por vivir con un hombre que en el mejor de los casos podía parar en loco gracias a lo que hacía, me hizo despabilar. Nadie me había dado tanta pelea. Si no hubiera sido por ellos, por su confianza en mí, quizás no me habría levantado para terminar mi último combate. Telefoneé a Macario y le dije que quería recuperar el cinturón.

Volví al José Félix Ribas y al Atlas. Entrené como en los viejos tiempos. Retomé las desquiciadas jornadas de trote. Era aún muy temprano cuando me posaba en lo más alto del cerro, con las manos vendadas y un suéter con capucha. El sol seguía enconchado detrás de las nubes cuando me quedaba viendo todo allá abajo, tan pequeño que parecía un hormiguero en el fondo de un valle. En esos momentos, desde la cima de mi mundo, me enfrentaba mentalmente contra un Yiyun Li imaginario. En mi cabeza ocurría un duelo eterno que a veces ganaba y a veces perdía. Si no estaba en eso, estaba frente a una pared, en combate contra mi propia sombra. Macario decía que era lo mejor. Nada como pelearse contra uno mismo. El peor adversario eres tú, y por eso, también el mejor para entrenar. Me gustaba proyectar lo más oscuro de mi propio yo, concentrar todas mis frustraciones en una sombra más grande que yo. Me gustaba tenerle pánico y hacerle frente. Me gustaba lanzarle combinaciones y exhalar como un maniático. Me gustaba imaginar que el rostro de mi padre era el de mi sombra en la pared.

Un año después tuve la oportunidad de retar a Li en una revancha por el título. Irónicamente, la Federación pautó el asunto en el mismo escenario de mi tragedia. Los venezolanos tendrían una segunda oportunidad para verme caer abatido ante un extranjero en el Máximo Viloria de Barquisimeto. Muchos habían dejado de creer en mí, pero eso no justificaba que la prensa me enterrara antes de muerto. En un periódico habían sacado una caricatura de un tigre con la panza llena y a su lado un esqueleto amontonado con un sombrerito de torero en el tope.

El boxeo es un deporte duro y solitario. Nunca me he sentido tan solo como en el cuadrilátero. Lo peor son los segundos previos a la pelea. Todo se resume a cómo manejas el miedo. Por lo regular me funciona plantar los pies, subir la guardia, morder fuerte el protector bucal y decirme cosas como que no te tiemble el pulso, campeón. El mundo no es sitio seguro cuando te pones los guantes. Eres el mejor, simplemente el mejor.

Li subió al cuadrilátero usando el cinturón. Era su manera de restregármelo en las narices. Cada boxeador hace su campaña de mortificación. El boxeo tiene más ciencia que repartir puños. Hay que saber intimidar. Hay que saber sacar de sus casillas al tipo que te quiere dar golpes hasta matarte. Cuando yo subí, alguien gritó date por muerto, Torero. Pero soy demasiado listo como para reparar en palabras.

El réferi hizo las presentaciones.

Hubo un momento de silencio. Una pausa muy breve y cristalina como cuando alguien toma aire antes de sumergirse bajo el agua.

Sonó la campana.

Aguanté como pude. En el primero y en el segundo bailamos por todo el ring sin golpear demasiado. Había prudencia por ambas partes. Nos dimos tiempo y distancia para estudiarnos. El público se impacientaba. Todos querían una masacre. En el tercero quiso mostrarme su superioridad, pero yo estaba atento y lo toreé a mi mejor estilo. En el cuarto, encajé un par de derechazos cruzados sin mucha efectividad. El Tigre era duro como un buda de bronce.

En el quinto ya me estaba moliendo.

El clima se puso más tenso. Tenía el tabique resentido y veía borroso por el ojo izquierdo. En el sexto esquivé su derecha por milímetros y corrí para salvarme. En el remate del séptimo puse una rodilla en el suelo y me agarré de las cuerdas con el antebrazo. El conteo llegó a seis y me salvó la campana.

Fui a mi esquina completamente aturdido respirando con la boca abierta. Yiyun Li se veía fresquito. Lucía como si solo hubiera salido a recoger el periódico un domingo en la mañana. Macario quería detener aquella carnicería. Me pidió que no me levantara. Me dijo que iba a hablar con el réferi. Me pidió que pensara en mi familia. Que si ya que no pensaba en mí, que al menos pensara en ellos.

—Yo tuve suerte –dijo–. Sólo perdí este ojo.

Pero yo ya no quería escucharlo. Le rogué que no arrojara la toalla, pasara lo que pasara.

En el octavo volví a comer piso. Fue un golpe ilegal con el codo, pero ya el daño estaba hecho. Me dieron un minuto de piedad para atenderme el párpado y penalizaron a Li con dos puntos que ni falta le hacían.

En el noveno recibí castigo. En el décimo también. Li no quería complicar más las cosas y buscaba enviarme a casa de una vez por todas.

Pero yo era más difícil de lo que esperaba.

No sé cómo llegué al onceavo. Estaba desorientado y los brazos me pesaban. El Tigre me había estado trabajando el dorso para sacarme el aire, pero uno se entrena para este tipo de cosas. Estaba dispuesto a quedarme en el pellejo. Lo que hice fue cubrirme durante los tres minutos de aquel lamentable episodio.

El doceavo fue apoteósico.

Fue como en Rocky. Fue más o menos así. Cuando sonó la campana del último capítulo del resto de mi vida, todos me daban por vencido. Me levanté del banco lentamente. Tenía dolores por todas partes. Sentía el costillar como si me lo hubieran taladrado. Me ardían los ojos, la nariz y la boca. El oído izquierdo me pitaba. La cabeza me estaba matando. Pero era el asalto final y yo ya no tenía nada que perder. Intercambiamos algunos golpes suaves. Él se sabía ganador y estaba esperando que terminara de correr el tiempo. Creía que yo me había quedado sin combustible. Tan equivocado no estaba, pero igual lo fui preparando de a poquito, moviéndome de un lado a otro. Los dos estábamos muertos de cansancio, aunque yo tenía más voluntad y más experiencia. Adelanté dos pasos imprimiendo velocidad a mi juego de pies y lo arrinconé en su propia esquina. Amagué con la derecha y me abrazó afincándome todo el peso de su cuerpo. El réferi me lo quitó de encima y reanudamos el combate. Estaba justo donde lo quería. Saqué fuerzas de algún músculo secreto que algunos  llaman corazón. Lo bombardeé sin contemplaciones. Se cubrió con las dos manos como si cinco tipos más me estuvieran ayudando a lincharlo. Mis golpes fueron encontrando espacio. Se abrió un hueco en su guardia. Asomó un costado de la cara. Conecté con la derecha. Un golpe neto, hermoso. Lo sentí en los nudillos. La mandíbula le hizo crac. Su cuello se torció. Escupió el protector bucal mientras caía. No se movió nunca jamás. Escuché a Macario gritar desde la esquina. Luego el clamor del público. El réferi ni siquiera terminó el conteo. Dio todo por terminado agitando los brazos. El malayo estaba en Orión, boqueando con la cara aplastada sobre la lona. Los paramédicos corrieron a atenderlo. Se dispararon los flashes de las cámaras. Los abucheos no tardaron en mezclarse con los aplausos. No me quedaba casi aire en los pulmones, pero me sentía bien. El dulce sabor de la victoria. La miel del león, como decía mi padre.

Macario subió al cuadrilátero y me cargó en sus hombros. Algunos periodistas se apiñaron para hacerme preguntas y tomarme fotos. Todos me felicitaban. Me decían campeón esto, campeón lo otro. Lo que yo más quería en ese momento era colgarme el cinturón, meterme en una bañera de agua helada, comerme un bistec con papas horneadas, beberme una malta y dormir durante días. Imaginaba eso cuando vi a mi padre entre el público de las últimas filas. Estaba sentado con las piernas cruzadas y el periódico en las manos. Su expresión era serena. Estaba tan viejo que me hizo pensar en el futuro que me esperaba. Eventualmente todo pasa, nada queda, como él mismo solía decir. Por ahora había vencido, pero no tardaría en comenzar a recolectar derrotas. Luego me pasaría lo que nos pasa a todos. Uno más joven y en mejores condiciones te arrebata todo por lo que trabajaste como un burro. En el boxeo la edad siempre se impone. Será difícil cederle el paso a otro, pensé. Hay que pelear hasta el hueso. Morir en la arena. Para alguien como yo es mejor quemarse que consumirse lentamente. Eso también lo decía mi padre, quien desde la última fila se levantaba y me decía adiós con la mano.

Esa fue la última vez que lo vi. Cuando se perdió entre la multitud que salía, sentí que mi vida empezaba otra vez. Quería resetear mi memoria. Quería dejar de pensar en todo lo que mi padre nunca me enseñó. No ocurrió exactamente de esa forma, pero me gusta creer que sí. Que borré las cosas malas de mi mente. Que compartí la alegría de quienes me rodeaban. Que ni dentro ni fuera de de mí había dolor y que recordé a mi padre como quien recuerda a un hombre bueno y cariñoso que había muerto hace mucho tiempo. Lo que quería era poder decirle gracias. Gracias por desaparecer, padre. Gracias por decirme adiós con la mano y borrarte del mapa para siempre. Muchas, muchas gracias.

Entonces, aunque no tenía verdaderas ganas de hacerlo, alcé los brazos en señal de victoria.

 

Por Miguel Hidalgo Prince 

 

#DomingosDeFicción: La olla de Camboya

Andrés De Melo fue el profesor que más nos volvió cenizas la autoestima. Una vez se refirió a nuestros cuentos como la mierda que caga una burra tras la penetración recreativa de un llanero. Algo suave, diluido, expulsado debido a estimulaciones exteriores. Nosotros nos miramos y yo tuve que agarrarle la mano a mi amigo Felipe, ya que Felipe viene de Camboya y, según cuenta, allá el honor vale más que el dólar negro. Allá el honor vale la vida. La perfecta metáfora del profesor fue acompañada por un mar de risas de los compañeros de clases. Yo pensé que todo era así porque, simplemente, estaba bien posicionado: se levantaba en el podio de profesor y lo envestía la institución misma. Felipe se echó hacia atrás. Todos nos miraron. La clase se terminó y el profe se despidió:

—Ustedes dos, chamos. Pilas con las burras.

Felipe lo miró, se volteó lentamente y, justo después de salir del aula, lo interpeló:

—¿Qué te pasa, rolitranco de gafo?

—¿Tú quieres ser escritor, pendejo? ¿Tú crees que un escritor se comporta así? –le respondió De Melo.

Mi amigo, herido en alma, me dirigió la mirada, como pidiéndome que aprobara el golpe, mientras más y más alumnos se congregaban alrededor de nosotros, como en una olla callejera, como en una olla en Camboya.

—Te recuerdo que si me llegas a pegar la ley va a pesar sobre ti. Yo te voy a dar unos coñazos de todas maneras, pero la ley va a pesar sobre ti.

Felipe enrojeció aún más. Yo me acerqué lentamente y él, por su parte, se acercó más al profesor. Se acercó hasta que su nariz quedó encogida con la presión de la de Andrés, hasta que las respiraciones de ambos se volvieron una sola corriente. En ese momento, ninguno se atrevió a detener la posible pelea. Imagino que fue por la figura poderosa del profesor, por creerlo capaz de controlarlo todo. Entonces, en esa situación tan tensa, al hombre se le ocurrió reír, y no es que esté mal reír, no es que sea un pecado ni que sea condenable. El problema es que la risa es quizás una de las formas más fáciles de emprender un reto. De Melo lo sabía. De Melo conocía  a la gente.

En Camboya los retos se acaban rápido. Felipe me lo había relatado varias veces. Siempre hablaba con una estupefacción de otro mundo sobre los momentos en que había que debatirse el honor. Siempre me recordaba, además, que el tema de su tesis iba a ser ese. Yo le preguntaba si estaba seguro y él me decía sí, marico, el honor. Ninguno de los dos tenía idea de qué era eso, pero creo que Felipe lo tenía más claro que yo, creo que encontraba algún concepto en medio de las ráfagas de tiros y de las motos ronroneando en el acecho, en esa dilución del mundo frente al conflicto individual.

Una noche, mientras nos tomábamos una botella de ginebra en la platabanda de su casa, con la cabeza apoyada en un tanque vacío y con los ojos puestos en las luces lejanas del centro, me lo comentó por primera vez.

Estábamos borrachos, quizás muy borrachos, o quizás sólo hacíamos el ridículo:

Le pasé la botella.

—Eso es mentira que la ley puede salvaguardar el honor –me dijo.

—¿Cómo es eso? –le pregunté yo.

—Es mentira que el honor se mantenga en pie por la aplicación de un artículo.

Me pasó la botella.

—Hay muchas cosas que la ley no salvaguarda –le dije.

—La ley no te salvaguarda a la jeva –dijo Felipe.

—Por ejemplo.

Le pasé la botella.

—Pero al final todo, hasta la tenencia de la jeva, te lleva a la cuestión del honor, y el honor no te lo salvaguarda la ley. No lo pienses como una cuestión construida por las arcas infernales de esa sociedad patriarcal que pone a los hombres a acuchillarse. Piensa en la hermosura misma y no en sus raíces: desde los griegos salvaguardando sus tierras hasta Miguelito, en el bloque ocho, cayéndose a plomo porque un cómico se burló de sus orejas de elefante.

—¿Cómo se burló?

—Escribió: “satélite Miguel en órbita” en la pared frente a su casa.

Me pasó la botella.

—Qué feo.

—¿Pero me estás entendiendo? ¿Te parece una estupidez? Es que yo sé lo que dicen los movimientos progresistas y todos los floripondios de este siglo, pero no les paro cuando pienso en eso. Es decir, desde carajito. De verdad, yo no recuerdo un te quiero en la voz de mi papá. Lo único que le escuché decirme a la cara fue una vaina relacionada al honor y a cómo mantenerlo.

—Sí, creo que sí entiendo.

Le pasé la botella.

—Es interesante saber por qué nos obsesionamos tanto con eso, por qué nos duele tanto una invención que no tiene nervio alguno.

—¿Qué salvaguarda el honor, don Filipo?

—Las palabras, por un lado.

Me pasó la botella.

—Ajá.

—Las palabras como forma de darle coñazo a alguien –aclaró.

—¿Y por el otro?

Le pasé la botella.

—Los coñazos, Luso, los coñazos de verdad.

Felipe tenía 22 años. El profesor De Melo no podía catalogarse como un viejo pero sí era considerablemente mayor que nosotros. Cualquier persona le hubiera referido una supuesta madurez para enfrentar situaciones así. En ese momento, incluso, parecía estar dominando la contienda por haber sido Felipe el del acercamiento inicial. Consideré intervenir en la situación justo después de que De Melo se rió en la cara de mi amigo. Vociferé al aire pidiendo el fin de la demostración de hombría pero ambos, al mismo tiempo, me levantaron la palma de sus manos como si lo tuvieran todo bajo control. Yo obedecí sus órdenes y me quedé quieto junto a todos los demás.

De Andrés de Melo no se sabía mucho más que los tres libros que había publicado y lo que, de vez en cuando, se decía en los pasillos. Tenía un libro de cuentos, maravillosamente escritos, que tituló El escape de los guardias y que ganó tres premios nacionales; había escrito una novela corta titulada La mujer de nieve y varios ensayos larguísimos sobre filosofía política. Con esas obras se había posicionado como una eminencia dentro de nuestra escuela. Dicha fama no sólo le valía para ser el abridor de casi todos los simposios habidos, sino también para recorrer los mundos eróticos de aquellas excitadas con el intelecto. Era una celebridad y actuaba con la arrogancia de una. Siempre miraba, alababa a las hembras y después defenestraba el alma de los machos por la basura, como acabando con la competencia, depurando el suelo de los débiles como si la debilidad fuera, de alguna forma, un pecado mortal. Sin embargo, un tiempo después, un compañero me dio una noticia como si conociera el odio que le teníamos: Melo se la pasa en un callejón fumando piedra; después, una supuesta amiga: Melo se la pasa cogiéndose a las putas de Sabana Grande; después, otros compañeros: Melo es un violento, le pega a las mujeres, se coge a los carajitos y despelleja a los animales por pura diversión.

Sin embargo, yo supe que todo aquello era mentira y se lo aclaré a Felipe un día en que nos encontramos en la entrada de la universidad. Le dije que no había que cometer errores por aquello del rencor. Que, por el contrario, había que tener cuidado. Él me creyó. Serenó sus ganas de actuar frente a los atropellos y, como siempre, volvió a hablarme del honor.

Sin embargo, un día que paseábamos por una de las calles de Camboya, Felipe se tropezó, teniendo en la mano todas las bolsas del mercado, cuando vio a lo lejos a De Melo, sentado en la acera, con un cigarrillo encendido en cada mano, llorando a moco suelto en ese lugar tan peligroso para la extranjería. Pasamos detrás de él sin que este se percatara de nuestra presencia. En ningún momento volteó a vernos, sino que se quedó fumando con cada mano, sin mover siquiera un poco la cabeza, con la mirada fija en el asfalto desgastado. Caminamos lentamente hasta la casa de Felipe y no pudimos dormir en toda esa noche pensando en lo que habíamos visto: ¿era posible que un ser así sufriera? ¿Debíamos olvidarnos de nuestra rabia?

Al día siguiente fuimos al lugar en donde se encontraba la noche anterior, pero no lo conseguimos. Le preguntamos a la gente que andaba por ahí. Dimos la descripción: alto, pelo negro, barba negra y piel blanca. Comenzamos con el vendedor de jugos, seguimos con el panadero, después con el dueño del bar y, por último, tocamos las puertas de las casas. Añadimos el nombre completo a la descripción física. La única que sabía algo de Andrés De Melo era una mujer con las piernas largas y morenas y con una voz de puro vapor caliente. Nosotros la escuchamos de principio a fin: De Melo, una vez al mes, pasaba la noche en esa calle sin importarle el sucio ni la antítesis entre Camboya y la literatura fina.

Felipe lo odió más desde ese momento. Yo me apiadé un poco: todos habíamos dejado el honor abajo por una mujer.

—¿Cómo se recupera el honor ahí, Felo?

—Con la palabra, obviamente.

Siendo como era con los asuntos del honor, para él la verdad era una cosa incuestionable y por eso era tan obsesivo en la labor de escribir: pensaba todo el tiempo en la voz interior y esa voz interior lo hacía hablar, naturalmente, del barrio Camboya. De Melo se lo preguntó en una de las primeras clases:

—¿Tú eres de allá?

—Sí.

—De ese barrio no sale nada bueno. Fíjate: ni siquiera un escritor decente.

Por eso aumentó el odio. Por verlo llorando después, con el honor en el suelo, sabiendo que hablaba pestes del sitio que parió a quien, justamente, le pisoteaba la integridad.

La risa de De Melo era ácida y grave. Después de que los dos levantaron las manos, el profesor volvió ensayarla, pero esta vez, como estaba pegado a la cara blanca de Felipe, lo hizo captar todo su aliento a cafeína con enjuague bucal. Yo vi el movimiento de mi amigo en cámara lenta: arrugó la cara, la echó unos centímetros para atrás y la sacudió de lado a lado como un perro. Después, los pliegues cambiaron de la forma del asqueado a la forma del molesto. Yo le dije Felo, piénsalo, y él me dijo no hay nada qué pensar, Luso, cállate la boca. El profesor sonrió. Además de ácida, la sonrisa de De Melo era asimétrica y amarillenta.

Volvieron a ponerse cara a cara. A partir de entonces los segundos pasaron muy lento y cada vez se congregaron más personas en la olla de Camboya. Quise actuar por una tercera vez pero Felipe, muy en serio, me dijo:

—Al que se acerque le entro a coñazos. A ti también, Luso.

Los coñazos son la segunda forma de mantener el honor, les recuerdo.

Una vez, en medio de otra rasca, me lo explicó mejor:

—Hay veces en que la palabra es imposible. Es decir, ¿cómo te mides con palabras frente a un hijo de puta en descontrol?

Esa vez, sin embargo, todo se podía ver claramente: estaba frente a dos personas que dominaban la palabra. Uno lo hacía de forma magistral y el otro todavía daba sus primeros pasos en ese fango que es la literatura. Sin embargo, parecía que las palabras mismas, entre ellos dos, se habían agotado y por ende el honor sólo era disputable a través de su segunda forma. Pero también había que tomar en cuenta que Felipe era un mago que hacía que los momentos de la realidad mostraran su médula poética. Por eso hizo lo que hizo y por eso lo hizo en ese momento específico, justo cuando De Melo sentía que todo estaba a su favor, que era mi amigo quien iba a lanzar el primer golpe y que, como todo muchacho inexperto, se iba a equivocar. Pero la equivocación no estaba planteada dentro de sus posibilidades. Yo lo supe desde que me miró. Sus ojos, dirigidos a mí de esa manera, sólo podían significar dos cosas: la muerte más humillante o la alegría más deliciosa. Y así, echando mano de esos indicios, asumí su plan con entusiasmo.

Todo fue perfecto.

Mi amigo Felipe cogió una bocanada de aire y su cabeza emprendió una marcha rápida y fuerte hacia adelante. Fue un beso que  apuntó directamente a los dientes del profesor y al que le prosiguió un sonido de succión vomitivo pero hartamente eficaz en una situación así. Se vio su lengua pasear como una brocha por encima de la parte interna de los labios presionados del profe. La mano derecha se la puso sobre la nuca para poder clavarle el beso con propiedad, como un italiano mafioso dando un beso de buenas noches, y en el que la superposición de los labios fue totalmente efectiva. Fueron cuatro segundos, según lo que pude contar. Los cuatro mejores segundos de mi vida.

Fue entonces cuando De Melo, con un fuerte empujón, se desprendió de la boca de Felipe.

—¿Qué dice la ley de universidades sobre los besos? –le preguntó mi amigo.

De Melo se quedó estático durante varios segundos en que pareció pasearse por sus pensamientos más profundos. Se sintió un crujido en el ambiente o algo que marcó el cambio en su ánimo: de la perplejidad pasó, entonces, a la ira total, junto a un enrojecimiento progresivo de su rostro. Dicha ira se materializó cuando lanzó su cuerpo equino sobre el de Felipe y lo hizo caer fuertemente contra el suelo frío. Teniéndolo ahí, sometido, le conectó tres veces en la cara con su inmensa mano. Uno en el labio. Otro en la nariz. Otro en el pómulo. En ese momento supe que tenía que actuar y lo inmovilicé desde atrás con la ayuda de unos amigos. El honor de Andrés De Melo. El honor pisoteado de Andrés De Melo, pensé.

No cedió ante nuestras llaves y se movió como un cocodrilo cegado hasta que más personas se sumaron a la inmovilización. Éramos nueve. Sólo las grandes emociones causan esa fuerza. Felipe era así. Generaba grandes emociones y no sólo a través de las letras.

A De Melo no se le dio ningún golpe. No hubo ley que salvaguardara su honor.

Yo sentí tristeza porque habían golpeado a mi amigo, pero esa tristeza se disipó al ver que, a pesar de sus esputos llenos de coágulos, me miraba con una sonrisa triunfal, como diciéndome Luso, lo logramos, somos los héroes de esta puta vida.

—¿Cómo defendiste tu honor ahí, Felo? –le pregunté esa tarde.

—Con los coñazos –me dijo– sólo que al revés.

 

Por Ander De Tejada

*Este cuento recibió mención honorífica en la XII edición del Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2018)

#DomingosDeFicción Las tribulaciones de un censor antiplagios

Hace ya algunos años posteé en Facebook este poema de Julio Miranda:

«La coherencia de la historia exigiría

un disparo ahorrándonos a todos el poeta.

La coherencia del poeta exigiría

un disparo ahorrándonos a todos el poema.

La coherencia del poema exigiría

una historia ahorrándonos a todos el disparo».

Nunca le di crédito a su autor. Pero sí coloqué comillas. En eso consistía el ejercicio: adivinar quién era el autor. Unos cuantos se atrevieron a insinuar que el poema me pertenecía. Que todo no era más que un test para medir la reacción del público. Un elogio para mí, que solo me destaco como censor antiplagios y que alguna vez se me pasó por la cabeza escribir novelas que reflejaran la realidad venezolana. ¡Absurda idea! Ya el lector de estas páginas habrá comprobado mi torpeza estilística.

El post alcanzó media docena de comentarios. Uno acertó. O casi: «Eso lo escribió el pana que dice que Cadenas es sendo plagiario ja, ja, ja».

En aquel tiempo estudiaba pregrado. Y así se me ocurrió mi tema de tesis. O mi condena. Ahora soy esclavo del peor Gobierno de todos, me lo dice quien había sido mi tutor, que es experto en historia. Me lo reitera cada vez que nos tomamos un café con la sabiduría de quien se sabe perdido y por más que intenta una salida solo tropieza con puertas llenas de confusión y miedo. O me encuentra a mí, henchido de confusión, henchido de miedo, y con cientos de tesis y libros que abro: pequeñas puertas con miles de frases plagiadas.

Los días de fervores militares terminaron como ya es costumbre en Latinoamérica. En la transición fuimos lo sobradamente estúpidos para darle la oportunidad a un escritor. Ahora él manda.

Hemos sido coherentes con un error. Hemos sido constantes en ese error. Cohesionados, hemos insistido. Desde luego, yo soy parte de la ingenuidad colectiva, la mala intención atenuada con la cínica calificación de viveza criolla. Otros, más osados en su descaro, han optado por determinarnos como una nación sumida en una inocencia infantil, cauterizada por rumores, mitos y leyendas que arrastramos en los genes. Hace un par de décadas pensábamos que un militar resolvería todos nuestros problemas, borraría de nuestra conducta cualquier rastro de vagabundería, de indisciplina, de impuntualidad. Ya hartos, decidimos elegir con el 74% de los votos a un escritor que se ganaba la vida como editor de textos y redactor creativo, pero, eso sí, se trataba de un candidato con exceso de carisma y liderazgo. Un escritor premiado, por lo que no se trataba de cualquier escritor. Nunca nos imaginamos que su Gobierno se orientaría hacia una especie de autoritarismo, hacia un terror de Estado de bajo impacto.

¿Por qué llegó al poder un escritor que condena a muerte a plagiarios literarios?, ¿por qué ha decidido castigar con severidad a personas que no leen al menos veinte libros al año?, ¿por qué aplica multas elevadísimas a las empresas cuyos comerciales y avisos publicitarios contengan errores ortográficos? Y aún hay más: los ciudadanos de sexo masculino y mayores de edad con un promedio menor a quince libros por año, han sido reclutados y calificados de analfabetas, designación que los priva de cualquier ejercicio civil. Luego de estos trámites son trasladados a diversos puntos del país para que colaboren en la reconstrucción de las carreteras agrietadas que dejó la Guerra Civil Venezolana y erigir bibliotecas dotadas de todos aquellos libros prohibidos por los dictadores precedentes. Con estas medidas se logró concluir la Autopista Nelson Himiob, conocida en repúblicas anteriores como la Autopista Regional del Centro. Durante los meses de esclavitud, de pena y trabajos forzosos, los miles de hombres eran obligados a memorizarse un poemario completo y a recitarlo a la vez que el soplete del sol les taladraba las sienes.

En la actualidad la profesión mejor pagada es la de corrector. Y estaría horas enumerando las cosas que ocurren cuando un escritor llega a la presidencia. Fuimos los campeones mundiales de la ingenuidad al creer que nuestro líder continuaría los ideales de Rómulo Gallegos. Su elección la asumimos como una revancha histórica: ¡al fin el triunfo de la civilización ante la barbarie! Una vez más, la historia nos castigaba.

En este contexto transcurren mis días. Mis grises días. Soy un anodino ser alejado del poder y que trabaja para el poder, alejado de la fama y del dinero, pero que, en cierto modo, está condicionado a dos ejes infranqueables: las finanzas y la vigilancia absoluta.

Desde que soy censor apenas conozco tres modos de existir: descansar, cumplir órdenes y cazar plagiarios. Desde la semana pasada he añadido otra variante a mis días. Esta historia trata de esa variante.

Mi tesis fue un catálogo de plagiarios. Autores que, si aún estaban vivos, entregué a las fauces del poder. El Estado me había asignado estos oficios. Incumplir con cualquiera de las fases del proyecto era la muerte. La historia de un país es la historia de una trama de supervivencias. Soy un superviviente que persigue a los que se la quisieron dar de supervivos.

A una chica con la que estuve saliendo hará cosa de cuatro o cinco años atrás le gustaba drogarse oliendo mis libros de Juan Villoro. Terminó conmigo la semana en la que se le agotó el perfume a Palmeras de la brisa rápida, ejemplar que compré la tarde de nuestra primera cita. Los típicos tres meses de mis relaciones fortuitas. El tiempo justo en el que el aroma estuvo allí, insistente en sus páginas.

«Tus libros ya no huelen», me dijo en su último mensaje por el chat de Facebook, antes de bloquearme en todas las redes sociales, ¡hasta en Twitter!, que equivale a asesinato virtual. Su excusa tenía un aroma sarcástico y destilaba reclamo. Me sentí afligido un par de días, pero la ruptura coincidió con un fin de semana largo en el que asistí a dos rumbas de cumpleaños y a una despedida en las que circuló el alcohol necesario para provocarme una amnesia temporal.

No supe más de María Alejandra hasta hace un par de años. Me conseguí a su primo favorito en la cola para las presidenciales que ganó El Escritor. Me caía bien el primo, pese a su excesiva tecnocracia para defender ideales socialistas. Cada vez que yo le hablaba de «sociabismo» se alteraba como si le hubiera mentado la madre. En un par de ocasiones, Mariale, su primo y yo compartimos un taxi al terminar una velada de cervezas por las tascas de la parroquia Eugenio Montejo, lo que tiempo atrás se conocía como Chacao. En verdad, siempre nos caímos bien. Aunque en aquella ocasión me saludó raudo y distante. «Mariale se fue pal imperio», dijo, y siguió de largo con la actitud del que teme cambiar la decisión de su voto por alguna frase casual.

En efecto, Mariale se había ido del país. Mariale vive en Louisiana, Estados Unidos. Esto último lo confirmé gracias a una amiga psicóloga en común: Mariale acudió a ella por un buen tiempo en busca de sus virtudes sanadoras. Coincidimos en un vagón del Metro. El trayecto era lento y saturado de brazos sudorosos. Antes de despedirse, la psicóloga me tendió su tarjeta de presentación. En sus ratos de ocio se dedicaba a leer el Tarot y facturaba el triple de lo que percibía de quince y último. Me asaltó la tentación de preguntarle si dejaría de llamar a Mariale Mariale o volvería a pensar en ella como María Alejandra. Para mí, las abreviaturas representan un signo de apego.

Cuento todo esto porque Mariale quería verme. Me escribió un mail hacia finales de mayo. Le respondí que «sí», sin más, aunque andaba un pelo ocupado. En otra época me hubiera emocionado con esta noticia. Pero ya estaba inmiscuido en otra relación, me iba maravillosamente bien y me había olvidado de las aventuras. María Alejandra Sanders, así se llama ahora, se abrió otra cuenta de Facebook, una cuenta de casada. De allí me había escrito. Por curiosidad, a través de una cuenta corporativa que administraba como community manager, accedí a su antiguo perfil. Aún lo conserva como el sarcófago que aloja los restos de su crisis nuclear: su Chernobyl: el pasado radioactivo que contrasta con la integridad de su presente.

En la actual foto de perfil exhibía unos lentes old-fashioned, cola de caballo, bronceado Baywatch. También abrazaba a un chamito con pinta de nerd. Se acercaba al niño como si quisiera aspirarlo por la nariz. Entendí que había sustituido su adicción al aroma de los libros por las lociones para bebés. La mirada de Mariale delataba una vida que había dejado atrás un combo semanal de excesos etílicos y alucinógenos por costumbres hogareñas sedimentadas en el sopor húmedo de Louisiana.

En aquellos tiempos, Mariale hablaba de niños, recalcaba con énfasis (y algo de enfado) que jamás tendría muchachos: «Seré la típica tía loca de los gatos» era su lema cada vez que veía a una mujer paseando a su hijo en coche. Detallé la fotografía por varios minutos en busca de algún indicio que evidenciara un lazo sanguíneo. Aunque, a todas estas, quizá se tratase de algún sobrino o ahijado.

He hablado ya del olor de mis libros, pero no del olor característico de Mariale. Su perfume era natural. Nunca supe si se untaba alguna loción de ostras. En las pocas semanas que estuvimos saliendo, el sentido del olfato anuló los otros cuatro. Estaba ciego y no tenía tacto para decir las cosas. Un día me dijo «mejor dejamos las cosas como están» no la escuché: estaba concentrado en una ola de salitre que provenía de su melena.

Mariale había publicado una plaquette artesanal en conjunto con unas amigas. Se tituló Partirse demasiado (poemas, cuentos, ensayos y reflexiones). En principio, el compendio apostaba por una mirada mitad feminista y crítica, una afrenta mitad paródica y mordaz con pretensiones existenciales, contra aquellos que habían decidido partir a otras latitudes. En el prólogo se jactaban, apoyándose en una forzada cita de Tomás Straka, de que pertenecían a la primera generación venezolana que se había preguntado con seriedad sobre el fenómeno de emigrar. Si hoy leemos el índice, en el que cada texto está acompañado por el nombre de su autor, notaremos que solo dos de las dieciséis poetisas aún permanecen en el país. La plaquette sirvió para ratificar una constancia: la capacidad de los venezolanos para contradecirse. Mariale no quería tener hijos, y tiene uno. Mariale no quería irse del país, y se casó con Mr. Sanders.

Sí, Mariale se destacaba escribiendo, aunque lo suyo era la fotografía. Lo cierto es que sus pasiones eran efímeras. Del diseño de moda vintage había pasado al bodypaint, y del bodypaint a una práctica híbrida llamada eco-yoga-zen-shui. Fue desde lo místico que dio un salto cuántico a la fotografía, actividad que alternaba con la escritura. En este rubro había alcanzado una Mención de Honor en un concurso de relatos a escala nacional. Cuando el volumen del certamen que reunía a los ganadores y finalistas se bautizó en una librería, me extrañó no encontrármela. La razón ya se me hacía lógica: se había marchado «pal imperio». En representación de Mariale asistieron sus padres, a quienes conocía por una sesión de fotos nudistas que ella les tomó en Mérida. El brindis se inició y, mientras el mesonero ofrecía el refill, la madre de Mariale volteó a verme un par de veces. Sentí cómo su mirada esquivó con agilidad los salud para clavarse en mi piel como un insecto garboso que trepó mis piernas, hincó mi quijada y me rascó los párpados. Apuré mi copa de vino y me largué.

Foto: El Estímulo

Me había dado chance de comprar el libro pese a mi abrupta huida. Ya, tendido en mi cama, desgarré el celofán que cubría Partirse demasiado…. Fui directo al índice. Leí el párrafo inicial de su relato. Descubrí que me había robado una frase.

«Con razón me bloqueó», deduje. Nunca me mostraba lo que escribía. Apenas hablábamos de lo que escribíamos. Apenas hablábamos de cualquier cosa, solo tirábamos y nos olíamos. Bueno, yo era el que olfateaba a Mariale mientras ella olfateaba mis libros.

A todas estas, la frase no era la gran cosa. Se me ocurrió durante una caminata junto a Mariale por la ciudad y le comenté que me agradaría abrir un cuento con esa reveladora –aunque simple– frase. Que iba a escribir un cuento solo para utilizarla. Mariale había iniciado su cuento con mi ocurrencia.

Mariale me volvió a escribir. Esta vez no fue tan telegráfica como el mail anterior. Mariale tiene un hijo. Un niño de cinco años. Se llama John Juan M. «Necesito verte para que conozcas a mi nino, dime un dia para tomarnos un cafe», así concluía su precipitado correo sin eñes ni acentos.

No pude dormir. Pasé toda la noche preguntándome si la acusaba de plagio, pero mi hipótesis no tendría validez. Nunca he publicado nada, ni escrito algo que merezca publicarse. Y, además, de ser tomada en cuenta mi denuncia, el niño de Mariale podía quedar sin madre. Anduve pensando en esas cosas hasta el amanecer.

No sé cómo llamar a ese niño. Ya le preguntaría a Mariale por su decisión de darle ese nombre, a modo de resumir en el pequeño John Juan una ambigüedad nacionalista, o establecer un puente, anular una brecha. El reflejo de las vidas de Mariale aquí y allá.

El regreso de Mariale a Caracas ponía a prueba mi dignidad y mi paciencia, mi capacidad de contenerme. Desapareció con la docilidad de una mancha en un libro viejo y ahora llegaba como una explosión química. Yo, sin embargo, había aprendido a conocerme y tenía la certeza de que en cualquier instante le soltaría lo del plagio. O mejor: le diría a qué me dedicaba: «Mariale, como ya te habrás dado cuenta por mi chaqueta, trabajo para el Gobierno de El Escritor. Soy Censor Antiplagios. En Venezuela el plagio es penado severamente, ¿sabías?». Su reacción ante mis palabras la delataría.

La cita la pautamos en el restaurante frufru de mi tía madrina, Francisca Coffee, donde era beneficiado con almuerzos gratis a cambio de las correcciones que aplicaba a la débil ortografía de los publicistas contratados por mi tía madrina.

Cuando llegué, mi tía no estaba. De todas maneras, ya los empleados me conocían y apenas entré me ofrecieron una mesa privilegiada y un moccacino. En la mesa vecina presencié uno de los tantos eventos desde que se aprobó La Ley Antipiratería.

Un hombre vestido de cajero bancario se sentó sin pedir permiso en la mesa ocupada por otro tipo de unos cincuenta años que terminaba sus panquecas y miraba algo en su celular. Con autoridad le dijo:

—Buenos días, estimado. ¿Me permite el libro que acaba de dejar de leer?

—Tómelo, es muy bueno. Ya casi lo termino.

El hombre con pinta de cajero bancario fue directo a las primeras páginas. Con prontitud sacó una cámara y le tomó una foto a la página de créditos y otra a la portada del libro. Hasta aquí todo normal. Pero, de inmediato, apuntó la cámara hacia el hombre de cincuenta años y el flash le hizo derramar su café sobre el mantel.

—¿Qué le pasa? Primero se sienta así como así y… ¿De qué va todo esto?

—isbn ilegal… Debería darle vergüenza leer libros piratas delante de sus hijos menores de edad. Ahora no volverá a verlos hasta que cumplan 18. De igual modo, se respetarán sus derechos humanos, aunque usted no respete los derechos de autor… Acompáñenos…

—Pero, ¿qué dice? ¿Cómo sabe qué tengo hijos?

—No se haga el tonto. Si no se levanta a la cuenta de tres me veré obligado a llamar a la policía. También podemos llegar a un acuerdo… Uno…

—¿Cómo sabe que tengo hijos menores de edad?

—Por eso le digo que podemos negociar… Dos…

Los censores antipiratería se están llenando los bolsillos de dinero, al contrario de los censores de mi gremio. La corrupción sigue enquistada en nuestro adn.

Mariale y yo tenemos la misma edad, pero ella lucía como si acabara de cruzar a pie y sin protector solar las fronteras que nos separan de Estados Unidos. Su aroma seguía inalterable, al margen de lo físico, protegido por su piel de una catástrofe evolutiva que transformó su sangre en una solución de sales minerales. Aquella mañana la olfateé antes de que tocara mis hombros desde atrás. En lugar de saludarme, sonreía y en sus labios se leía una excusa dilatada por muchos años.

«Este es John Juan Mario Sanders Romero, tu hijo». La excusa de Mariale tenía el cuerpo de un niño de 5 años, 4.8 de miopía y coeficiente intelectual de 194 puntos.

«Un jugo tres en uno te aliviará», dijo, e insistió en mi palidez.

En la mesa vecina, el señor cincuentón y el censor corrupto negociaban.

Ese día transcurrió entre conversaciones de aquí y de allá, de la vida en Louisiana y de la vida en Caracas. Recuerdos varios. Silencios incómodos. Discusiones insólitas. Muchos silencios incómodos.

Me llevé a John Juan Mario a casa.

Yo me tomaba unas cervezas, y él, con absoluta simpleza, pedía agua. Tampoco es que tenía mucha variedad de bebidas que ofrecerle de acuerdo a su edad. Me confesó que era un niño especial. Y que los niños genios precisaban un trato y una educación especial. Que eso lo obstinaba. «Apenas abro la boca y la gente me mira raro», dijo y me pidió que le sirviera más agua helada. La bebió a fondo blanco y se me quedó mirando como si se le hubieran congelado las palabras. Leyó en voz alta el relato de Alfredo Armas Alfonso impreso en la etiqueta del pote de agua. «En los de mi país nunca ponen cuentos», dijo. Aproveché su estado de meditación y le pregunté por sus proyectos. «Ya terminé High School, pero no he decidido a cuál universidad ir», argumentó con aires de sabio. Se lo dije, que lucía muy sabio para su edad. Me agradeció que no lo hubiese comparado con niños índigos ni milenials. De igual manera, añadí, tenía el resto de la infancia y casi toda la adolescencia para decidirse. Para cambiar de tema, me dijo que su mamá también escribía relatos, « fiction, ficción».

—¿Por qué tu madre te puso ese nombre? –lo interrumpí. Se encogió de hombros.

—A decir verdad nunca se lo he preguntado. Donde vivo me llaman Little Hawk, pequeño halcón.

—¿Ese es tu apodo?

—¿Mi qué…?

—Quiero decir, el nickname

—Me gustaba más «Hacha que corta el viento». Mis compañeros de clases suelen llamarme de muchas formas, y todas muy alejadas de lo que entendemos por cariño. Así me llamaban en la aldea donde vivimos.

Caí en cuenta que Mariale había ido a parar a una comuna hippie. Un destino lógico para su vida disoluta.

—¿Y qué hacen allá? –pregunté fingiendo apatía.

—Pues, lo mismo que en cualquier lugar del mundo: vivir. Solo que estamos conectados de una manera más, más…

—¿Profunda?

—Sí, eso, deeply and strongly with the natural world, como dice el líder…

Hablamos un rato más. Era probable que el niño pudiera estar inventando. Sin embargo, la palabra líder fue un eco incómodo. No entré en discusiones. Líderes había por doquier. Había una pandemia mundial de profetas y líderes y Estados Unidos no era la excepción. Me guardé para otro día mi pregunta «¿qué significa para ti un líder?». El sueño me vencía. Había sido un día agitado. Un día que no había procesado del todo. Uno de esos que recordaré por el resto de mis días. Si Mariale olía a mar, yo me sentía sumergido en aguas profundas, donde la refracción de la luz disminuye. No lo tenía del todo claro. Me sentía un exiliado de mi rutina. Me sentía en una nueva densidad.

Era medianoche y acosté al niño en mi cama. Me fui a dormir al sofá. Ya empezaba –pese a la sorpresa– a encariñarme con él, así que existía la posibilidad de que a la mañana siguiente ya lo llamaría por sus siglas: jjm, o pequeño Johnny. Entre bostezos, el niño me dijo que su madre le había encargado darme una carta que se encontraba en el interior de su libro de Geografía de Venezuela. Me pareció de lo más raro que este niño cargara en su maleta este voluminoso libro y, de paso, en inglés.

La carta selló mi noche con un inesperado desconcierto. Mariale me hablaba de su extraña enfermedad pulmonar y de su decisión irrevocable de no someterse a ningún tratamiento. Ha vuelto a Venezuela para morir. Entre otros detalles clínicos, me advertía que no la buscara, que cuando yo diera con la carta ya ella estaría en algún punto de la carretera viajando hacia Mérida, rumbo a la casa de sus padres. A ellos no les diría nada del asunto, solo se dejaría ir en paz, como lo profesaba el líder, The Leader.

Ahora todo apunta a que no volveré a ver a Mariale. Y se me antoja llamarla así para siempre. Sus dos nombres unidos como dos territorios que se contradicen. Mariale había regresado para morir en Venezuela y se trajo a su hijo, mi hijo, del que yo ni remota idea tenía de su existencia. Ahora entiendo la distancia del primo, las miradas indescifrables e incómodas de sus padres durante el bautizo. En los últimos tiempos, Venezuela se asociaba más a un país en el que podían asesinarte, no un país al que la gente volviera para fallecer, aún más con el precedente de haber huido de él. Mariale significaba una estadística mínima, pero reveladora; nos movía y nos hacía conscientes del territorio en el que estábamos: un parque temático del crimen que ni un Gobierno totalitario y literario podía vencer.

La mañana en Francisca Coffee, Mariale había aprovechado unos minutos en los que John Juan Mario se retiró al baño para tomarme de las manos. Recordé aquella vez que, antes de empezar a salir, planeamos una exposición poético-fotográfica. Sus dedos eran despaciosos, certeros, con una habilidad innata de saber manipular otras mentes:

—Debo pedirte un favor. Quédate con el niño solo por un par de noches a lo sumo. Hablaré con mis padres de algo muy importante y no quiero que él esté presente. Te prometo que no te molestaré más con esto. Pasado mañana cuadramos y me entregas al niño.

Cuando jjm roncaba –y en esto sí se igualaba a cualquier otro niño común y corriente–, revisé en los archivos de mi laptop las fotos que Mariale y yo tomamos desde la azotea de las Torres de El Silencio para la exposición que nunca hicimos. Nos conocimos en un taller de fotografía en la Escuela de Sociología de la Central. A mí me sirvió para agudizar la mirada, entender ciertos planos de las películas y para qué servían el diafragma y el obturador. Mariale descubrió que la fotografía era una ocupación terapéutica, la ayudaba a no morderse con tanta insistencia los pellejitos de los dedos.

En el desayuno hablé de asuntos varios con mi hijo genio. Dijo que venía de un territorio acosado por huracanes devastadores y niños terroristas. Llegamos a la conclusión de que el mundo nunca ha dejado de ser un lugar peligroso.

John Juan Mario había sido víctima de bullying. Una variante de lo que en Venezuela se conocía como chalequeo. Pero nuestro chalequeo es una nimiedad comparada con el bullying. Una caimanera de pelotica de goma al lado de una partida de la Major League Baseball. Pero esa no era la razón por la que Mariale lo había traído consigo. Había razones más fuertes y delicadas. En la comuna hippie en la que vivía, su padre o padre adoptivo, Mr. Sanders, se metió en problemas con el Gobierno: en el backyard de una casa que le asignó el alcalde de Louisiana tenía su propio jardín botánico destinado a la producción de una nueva planta derivada de una enrevesada mezcla de otras. Un proceso ciento por ciento natural, me aseguró el muchacho, pero con resultados de ensalada psicotrópica. La receta se convirtió en un furor en ese estado. Con esta confesión ya todo estaba más que claro. Mariale huyó del efecto punitivo que podía arrastrarla a la cárcel. En el desayuno, conocí otra de las razones: un compañero de clases de John Juan Mario había llevado a la escuela el arma de fuego de su padre y había empezado a dispararle a sus compañeras, gritándoles: «¡Bitches, I’am Katrina, I’am Katrina, pleased to meet you!».

Durante el día estuve pensando qué hacer. Cancelé una cita con mi novia. Me excusé diciéndole que me había llegado un reporte de luz en la que una profesora de maestría, después de corregir los trabajos de sus estudiantes, los obligaba a publicarlos en revistas arbitradas bajo la condición de que la incluyeran como coautora del artículo. «Sí, amor, y evaluamos si se trata de plagio o extorsión. Creo que estaremos hasta tarde», concluí. Ya era un hecho, mi vida cambiaría de forma drástica. También cancelé una reunión con el que había sido mi tutor en pregrado, Carlos Talavera Marcano.

Almorzamos y John Juan Mario me dijo que dedicaría unos minutos a ejercitarse con movimientos de ecoyoga para garantizar una digestión favorable. Yo le dije que me iría a revisar el Twitter y a trabajar a mi estudio, pero que luego iríamos a dar un paseo. El niño me siguió con la mirada de quien requiere soledad para iniciar su serie de ejercicios.

Antes de cerrar la puerta añadí:

—Las cosas no andan bien en el país.

—¿Qué?, ¿se viene un huracán?

—No, nada de eso. Aquí no hay huracanes.

—Entonces, ¿qué puede estar mal?

El territorio que abandonaba John Juan Mario era tan contradictorio como su madre.

—¿Qué estás escribiendo? –me interrumpió. El niño estaba chorreado de sudor. Le dije que no estaba escribiendo escribiendo, sino más bien investigaba y leía material para luego, en unos meses o años, escribir una novela sobre un lunático que recluta a un ejército de mendigos y escorias humanas para reconquistar la Zona en Reclamación, pero, al mismo tiempo, le aclaré, es una novela que habla sobre la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana: tener raíces.

—¡Ey! ¡Un momento! Mi progenitora publicó Zone, una novela en inglés, por supuesto.

—No sabía que tu madre había publicado algo nuevo, y mucho menos en inglés. ¿La leíste?

—Sí, claro; de hecho, tiene el mismo argumento que la tuya. Se la corregí en español y la traduje. –No creo que me acostumbre a este tipo de frases de genio–. Mi progenitora está obsesionada con Edward Said. Todos están en mi aldea obsesionados con el tema del exilio. Si se van, si se quedan, si se regresan o si nunca vuelven. Creo que mi progenitora, al menos psíquicamente, nunca dejó este país. Me inquieta que haya olvidado que el ser humano es un animal nómada, que si bien no va al norte en verano o al sur en invierno, cada tanto tiempo hay una ola de emigrantes, desplazados, desterrados, exiliados, todos por razones distintas, pero eso corresponde a esa carga genética de marcharse del lugar en el que nacieron. Por eso las guerras, las ideologías fascistas, las persecuciones: puras excusas, en realidad es un mecanismo milenario que obliga a estos desplazamientos, en principio, caprichosos, pero no: forman parte de nuestra naturaleza nómada, de un sistema secreto cuyas leyes corren por nuestras venas. Muy en el fondo sabemos que tenemos que huir. O en el caso contrario, tenemos que dominar: el ser humano es totalitario por instinto.

—¿De dónde sacaste eso?

—¡De los libros!

—¿Quieres una torta?

—Ya cumplí con mi cuota diaria de glucósidos. Preferiría algo más saludable. Agua, por ejemplo. Pero mineral en pote, de la que trae cuentos. ¿No quieres seguir hablando de esto, Mario? Sabes que hay exilio cuando todo es exilio.

—¿Por qué dijiste anoche que sería bueno tener un país?

—Porque sería bueno tener un país cuando nada fuera exilio.

Salimos a caminar por el bulevar Salvador Garmendia. Recordé aquel otro proyecto que le había comentado a María Alejandra. Volveré a llamarla así. Si es una plagiaria es posible que haya mentido acerca de su enfermedad. O, peor, sobre mi supuesta paternidad. Si es una plagiaria y compruebo su culpa, su integridad física y psicológica correrá peligro. Entretanto, de haber publicado mi libro sin saber que una tal novela titulada Zone existía en las librerías indies estadounidenses, habría sido yo el que hubiese corrido peligro.

Mientras caminábamos, pensé en mi tesis de pregrado por un buen rato. En principio, mi proyecto se inclinaba más hacia la creación. Una novela en la que un estudiante de Bibliotecología elabora un fichero de plagios. La novela se inicia con la celebración del final de semestre. El semestre en el que mi personaje había culminado sus créditos. El dj, instalado en su tarima en medio de la plaza del rectorado, le da play al tema «El gorrión». Todos los asistentes abuchean al dj. «¡Ya estamos hartos de Coldplay!», grita una chica con evidentes signos de borrachera. El dj, en lugar de cambiar el tema, le sube el volumen al equipo. Se escucharon unos acordes para darle paso a la voz de Gualberto Ibarreto. La multitud estaba convencida de que se trataba de «Clocks», hit número uno de la banda británica, cuyo inicio es casi idéntico al tema de Gualberto. Antes de terminar el primer capítulo, cambié de idea.

Ya me había graduado y gobernaba El Gran Escritor, cuando un profesor perteneciente a la comisión de estudios de la facultad leyó por azar mi proyecto de investigación titulado Delito en el papel. Historia del plagio literario en Venezuela, y se lo comentó a un allegado que trabajaba en Prensa Presidencial. Luego de unas llamadas dieron con mi teléfono y empecé a trabajar para el Gobierno en la creación de un nuevo departamento ministerial.

El primer plagio grande que detecté una vez que asumí este cargo, fue en un libro que me había prestado mi tutor, el profe Talavera Marcano. Sospeché que me había dejado a propósito un marcalibros And®ea justo en el capítulo en el que se empezaba a fraguar el delito. Me refiero al voluminoso Para fijar un rostro (Notas sobre la novelística venezolana actual)[1], muy citado durante finales del siglo xx e inicios del xxi. José Napoleón Oropeza presentó este estudio en su condición de alumno de los cursos de postgrado en el King’s College de la Universidad de Londres, bajo la supervisión de Jason Wilson. Tituló su tesis An Approach to the Analysis of the Structural and Thematic Problems in the Venezuelan Contemporary Novel, y la defendió el 8 de diciembre de 1981, a tiempo para degustar el pavo navideño británico sin el estrés académico. Oropeza, sin contemplaciones y cambiando una que otra palabra, plagió a Raúl Agudo Freites: el capítulo «Teresa de la Parra: la escritura y sus distintos rostros» es copia textual de «Teresa de la Parra o el realismo subjetivo» de Agudo Freites, incluido en Del realismo romántico al realismo onírico (Ensayo sobre la narrativa venezolana) publicado en 1975, seis años antes de la defensa de la tesis. Oropeza plagia de principio a fin este ensayo, cambiando una que otra frase. Por lo pronto, después de muchos meses de pesquisas, Oropeza fue capturado por nuestros agentes y, burocracia mediante, se espera que en los años venideros se emita la sentencia sobre este caso.

Con el tiempo, junto a un grupo de censores antiplagios, fundé la Asocopla (Asociación Contra el Plagio), organismo que facilita las tareas a todos mis colegas. Una vez creada, comenzaron a llovernos las denuncias. Desde Mérida, una de nuestras más importantes agentes detectó un caso hace días. El plagiario fue identificado. Era nada más y nada menos que Alberto Rodríguez Carucci, que perpetró un crimen afín al de José Napoleón Oropeza. Carucci, insigne y respetado profesor, colaborador en el emblemático y desaparecido libro Nación y Literatura[2], le plagió a un estudiante un capítulo de su tesis sobre Miliani.

Mi ascenso en el oficio de censor antiplagios fue trepidante, pero lo que nunca imaginé es que ya yo había sido plagiado de la manera más vil.

El plagio de María Alejandra debió haber sido de este modo durante una tarde de estudio y sexo. A uno de los tantos excaudillos le quedaba ya poco en el poder y la gente andaba nerviosa, con las hormonas a mil porque se rumoraba que todo terminaría mal:

«¡Ay!, Mario, sorry, quería escuchar a Charles Trenet. ¿No pasaste al iTunes las canciones que te envié por Gmail?» dijo, mientras retiraba su pendrive de mi laptop. «¿Por qué no lo sacaste bien?», le reclamé. «Igual no se daña, gruñoncito. Ven, hagámoslo aquí, en el puff». Ya hundida y entregada, palmeó un par de veces sobre el mueble. Acercó su nariz al cuero. «Oh, Dios, ¡sí! Huele a libro nuevo».

María Alejandra había exiliado mis palabras, mi historia, mi adn. En tan solo unos minutos concretó su operación: extrajo información de proyectos literarios que irónicamente evocaban robos (¡la zona en reclamación, los plagios!) además de la información genética necesaria. Ambos resultados nacerían en otro país, con otra lengua y otra nacionalidad. Mi libro y mi hijo ya eran exiliados antes de escribirse y nacer.

***

—¿Por qué tan callado? –me interrumpió John Juan Mario después de cruzar una calle del bulevar. No le respondí. Recordaba una y otra vez la tarde en la que María Alejandra me había plagiado por partida doble. La tarde en la que habíamos hecho a John Juan Mario.

Pasamos por el recién reinaugurado Cine Radio City y un policía nos detuvo y me interrogó por el libro que estaba leyendo. Le mostré la documentación que me acreditaba como agente antiplagios, lo que le daría a entender que por trabajo leía varios libros a la vez pero que no terminaba ninguno. Se disculpó y se ofreció, algo apenado, a llevarnos hasta el final del bulevar en su moto. Me negué. Cuando aún no nos habíamos alejado ni dos metros, detuvo a un sujeto con pinta de surfista. Este le respondió La metamorfosis. El policía buscó en sus registros con celeridad. Contaba con un dispositivo similar a una tablet en el que aparecían los datos de los ciudadanos lectores. «Señor José Gabriel. Aquí aparece que usted está leyendo La metamorfosis desde hace cuatro meses. ¿No cree que es un libro breve y divertido para demorarse tanto?». El hombre arguyó que le había gustado tanto que ya lo había releído tres veces. Sonrió de manera nerviosa. «Me hace el favor de acompañarme. Los expertos le harán una comprobación de lectura[3]», le indicó el policía al ciudadano lector. El surfista, ya un poco desesperado, balbuceó: «Oficial, espere, he leído muchos más libros, pero de poesía. Guillermo Sucre, el poeta favorito de El Escritor». El oficial lo miró con desprecio: «Señor, usted sabe muy bien que los poemarios no cuentan como libros, así cualquiera…».

***

—Mario, sabes, Estados Unidos siempre se anda metiendo en todo. Y allá sufrimos con las medicinas. En Louisiana nos tienen olvidados –dijo el niño genio.

—Esto es el infierno. ¿Qué estás pensando?

—La violencia se puede acabar con políticas correctas de seguridad y una policía honesta. Pero, ¿cómo detienes un huracán? Nosotros en Louisiana no tenemos una montaña como la tuya. Fíjate, durante esta caminata nos hemos cruzado, tropezado o dado alcance a media docena de ciegos. Aquí no respetan a los ciegos. Ni siquiera hay líneas marcadas en las aceras para que ellos vayan y regresen. Un país que olvide a la gente que no ve, es un país que va hacia la oscuridad.

—Los ciegos no leen.

Justo después de esta conversación, algunas preguntas me acosaron: ¿pertenezco a lo que añoro o al lugar en el que estoy? Susan, otra tía, decía que mientras vivamos, estaremos en algún sitio. Repetía una y otra vez que los pies siempre están en algún lugar plantados o corriendo. La tía Susan pensaba que, ya sea por falta de vitalidad o por la fortaleza más profunda, somos capaces de estar en el pasado y en el presente, o en el presente y en el futuro. O simplemente aquí y allí. Pero, ¿qué ocurre cuando estos cambios se reproducen no solo en la ciudad con la que se ha crecido? Cuando estos cambios se manifiestan en aquella ciudad ajena que se ha convertido en el centro de operaciones de los recuerdos, desde el desarraigo, como le está empezando a ocurrir a mi supuesto hijo genio y extranjero.

María Alejandra con su retorcido plan me había exiliado en mi propio país. Me había sacado de mi orden y de mi rutina utilizando los productos que, con premeditación y alevosía, me arrebató.

En la noche, recibí otro mail de Mariale. Me informaba que sus pulmones empeoraban, pero ella estaba feliz. Aunque ya no funcionaban del todo bien, sí era capaz de apresar la enorme gama de olores que pensaba no volvería a sentir dentro de su cuerpo, penetrándola como diminutos fantasmas. Entre otras cosas, me comentó que unas primas le advirtieron sobre los poderes místicos y salvadores de un chamán en La Azulita, pero que este chamán no estaba ajeno a la crisis y necesitaba ciertos ingredientes para preparar el caldo que la sanaría. En Mérida no se conseguían. Una plaga (pensé haber leído una plagia), una especie de huracán de insectos, había acabado con estos frutos en la región. Le respondí preguntándole cuáles eran esos frutos. Aún espero su respuesta.

Le preparé mi cama, la tendí con sábanas y cobijas limpias. El muchacho tuvo un ataque de mamitis. Pese a su genialidad precoz, no dejaba de ser un niño extraño que quería que su madre le untara Vick VapoRub y lo oliera.

La noche siguiente llevé al niño genio a tomar un autobús en el terminal de occidente Compañero de Viaje. Allí nos esperaría el primo ñángara de Mariale. Me saludó austeramente y se dedicó a abrazar a jjm. Antes de darse la vuelta con el niño en brazos, me miró como si observara a un cobarde que no asume su rol de padre con responsabilidad.

El niño haría su primer viaje en su nuevo país. Un pequeño exilio de no sé cuántos días. Su distanciamiento me haría pensar mejor sobre la nueva situación que se incorporaba a mi vida.

Lo vi partir. El autobús era de dos pisos y el nombre de la compañía no era del todo confiable: Peli Express. Lo primero que me venía a la cabeza eran peligros a trescientos kilómetros por hora. De todos modos, jjm ya estaba acostumbrado a luchar contra estas velocidades. Ahora tendría la oportunidad de desplazarse al ritmo de un huracán.

Cuando me alejaba del terminal, escuché una música atronadora. Un ritmo al que solo podía calificar de hard-vallenato-progresivo. Se originaba en el bar donde me emborraché por primera vez. Hoy en día el local era castigado por la inflación y putas que promovían peleas a machetazos.

Entré al local y bebí una cerveza. Se me acercó una mujer de cincuenta y pocos años. Su atuendo recordaba a Natusha en sus peores tiempos. «Bríndame un trago», dijo. Pedí otra cerveza. «No, chico, un trago, no seas pichirre», y siguió con otro cliente que sí tenía sus buenas horas bebiendo a juzgar por la curvatura de su columna. El perfume de la Natusha en sus peores tiempos calificaba de terrorismo aromático. Estornudé sobre la barra.

***

Me desplomé en la cama. Había vivido días muy agitados. Dos días de padre de un hijo al que nunca llamé hijo y que más bien traté como a un amigo ebrio y despechado al que atapucé de agua y caminé kilómetros junto a él para sudar la resaca: en este caso una resaca de inquietudes de genio.

Acomodé una almohada debajo de mi cabeza y un libro que apareció vaya a saber de dónde me golpeó en la frente.

Se trataba del ejemplar en inglés de Geografía de Venezuela: Venezuelan Geographic. Tenía una salinidad porosa. Me sentía capaz de asirla en el aire, amonedarla y construir un castillo de microscópicos minerales. Finalmente, abrí el libro y lo hojeé como quien pasa las páginas de una revista de sudokus.

En el volumen había un mapa desplegable del mundo entero. «El mundo y sus líderes, sus pandemias, sus plagios y plagas», pensé. En él, varios países estaban rodeados por un círculo rojo: Argentina, Italia, México, Puerto Rico, Canadá, España y Venezuela, que estaba rodeada por un círculo rojo más denso, como si el marcador hubiera girado sobre el país como un huracán. Justo al lado destacaba un trazado. Se leía √ en marcador azul. Dentro de cada uno de estos círculos rojos que encerraba a estos países, se repetía una palabra alfanumérica: Dad1, Dad2, Dad3, Dad4, Dad5, Dad6, Dad7 y, así, sucesivamente, por el resto del mundo.

 

Por Mario Morenza@MarioMorenza

 *Relato ganador de la edición 71º del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional.

 


[1] Valencia, Vadell Hermanos Editores, 1984.

[2] El Gran Escritor ordenó quemar esta edición porque ningún colaborador del volumen cita alguno de sus libros. Este arrebato, considerado por muchos analistas como un error político, a los entendidos en la materia no nos sorprendió. Como tampoco nos sorprendió que El Gran Sabio decretara por intermedio de su gabinete de ministros adscritos al sistema de educación, la lectura obligatoria de sus obras completas distribuidas equitativamente en los pensum de enseñanza media, diversificada, técnica y profesional de las instituciones públicas y privadas de la nación. «Esto acabará con el malandraje», dijo y firmó.

[3] Horas antes de publicarse estas páginas, el Congreso Nacional aprobó las relecturas con un valor de un ¼ de libro, transcurridos al menos tres meses de haberlo leído por primera vez y con al menos cinco libros mediante.

 

#DomingosDeFiccón: El país de las luciérnagas

—El país de las luciérnagas –digo.

Extiendo la mirada ante la imagen silenciosa que tenemos al frente: las luces nocturnas de Caracas. Estamos sentados en el jardín de su casa, sobre un césped verde que desciende hasta un borde invisible y se pierde en uno de los precipicios traseros de algunas casas de la zona de Alto Prado. Imagino la sonrisa leve de Simón al escucharme, pero él se mantiene mudo. Luego miro por encima de mi hombro izquierdo, hacia la casa también callada detrás de nosotros. Amelia había dicho que quería ir al baño y, como si hubiesen estado de común acuerdo, el barman se levantó para acompañarla después de que Simón les ofreciera algunas indicaciones. Poco después, José Gregorio quiso saber dónde podía enchufar un cable para recargar la batería de su teléfono móvil, y Wilfredo mencionó un acoplador que había visto en la cocina, cuando buscaba más hielo. Los dos se alejaron hacia la casa con voces amortiguadas por las risas. Yo también sonrío sin decir nada y devuelvo la mirada hacia una ciudad adormecida.

—¿Te provoca otro trago? –dice Simón.

Lo veo. Me resulta un tanto increíble que esté allí con él. Hay una historia enrevesada que desconoce. Simón y yo habíamos estudiado en el mismo liceo hacía casi diez años. Lo que él ignora es que en esa época me sentí muy atraído por él, por su aspecto físico, porque se asemejaba bastante al muchacho con el que yo comenzara a salir durante mi adolescencia, mi primer amor juvenil. El parecido entre ellos era sorprendente. No se trataba de que parecieran gemelos, sino de algo elusivo en la actitud rebelde que desplegaban, los rasgos faciales, sus gustos musicales, la forma del cabello, el tono de sus voces. Eso lo recupero al escucharlo ofreciéndome otro trago. Me siento dubitativo.

—No lo sé –digo–. Creo que ya bebí suficiente.

Escucho la inspiración profunda que hace Simón. Luego dice:

—Otro trago y ya. Yo voy a servirme más vodka.

No puedo evitar una sonrisa. Su voz me hace sentir relajado.

—Está bien.

Agradezco en silencio que Simón se muestre tan comprensivo con las escapadas de mis amigos. Nos conocíamos de antes, por supuesto, pero que prestara su casa para la concreción de sus aventuras superaba mis expectativas. Amelia había estado flirteando con el barman durante gran parte de la noche, en la discoteca donde tropezáramos con José Gregorio y sus compañeros de la universidad. Y poco antes de que cerraran el local, ella logró salirse con la suya al invitar al barman a beber algo más en otra parte. Allí mismo, más temprano, José Gregorio había triunfado en convencer a uno de los muchachos que estudiaban con él para alargar la madrugada en otro lado. Por supuesto, mi amigo sospechaba de la oculta homosexualidad de su compañero de estudios y todo indicaba que no se había equivocado al respecto. Simón me entrega un vaso que se siente frío entre mis dedos. Mi pensamiento sigue concentrado en Amelia.

—Es el barman quien debería ocuparse de estos tragos –digo.

Simón ríe.

—¿Cómo se llama el barman?

Lo miro y alzo las cejas.

—Pues… –digo–. ¿Puedes creer que no lo sé? El barman, será.

Esta vez reímos los dos.

—Me da mucha pena contigo –digo–. No sé qué estarás pensando de mis amigos, pero no suelen ser siempre así. Gracias por ser tan comprensivo. De verdad.

Me agrada la sonrisa de Simón. Hay un vestigio difuso de nuestra época juvenil entre sus labios. Pero él siempre ha sido un tipo comprensivo. Inteligente y comprensivo. Muy mujeriego mientras estuvimos en el liceo, con varias novias al mismo tiempo. Una sonrisa siempre ante cada conflicto. Nunca un comentario desagradable para juzgar a los demás. Parece ser el mismo Simón de antes. Pienso que resultó agradable encontrarnos con él en la arepera donde nos habíamos parado para comprar cigarrillos al salir de la discoteca. Nos saludamos con afecto y casi de inmediato nos invitó a seguir la fiesta en su casa. Confieso que dudé ante lo que parecía una imposición, pero Amelia me lanzó una mirada penetrante para que aceptara sin quejarme. Y allí estábamos, en el jardín posterior de su casa, con una botella de vodka menos, media caja de cigarrillos fumados y mis amigos perdidos en la penumbra de la casa. Me fijo en las luces nocturnas de Caracas que titilan como un telón de fondo.

—Gracias –digo.

Simón me mira y sonríe de nuevo.

—¿Por qué?

—Porque sí –digo antes de bajar la vista hasta el vaso lleno–. Por ser tan comprensivo.

—No, vale; no tienes nada que agradecerme. Tus amigos se ven buena nota, y parecía que estaban pasando un momento bien de pinga. ¿Quién soy yo para interrumpirlos? Era más que evidente que ya estaban emparejados y querían seguir la rumba. Además, no quería que te sintieras incómodo con ellos. Al final, ibas a terminar de lamparita. Y no tenía sueño.

—¿Y ahora sí?

—No, tampoco; prefiero estar aquí, hablando contigo. Es raro encontrarse con un pana del liceo estando tan lejos. Qué nota, ¿no?

—Sí. Te confieso que lo último que podía esperar era encontrarme contigo en la arepera.

—Y ya ves: las sorpresas del destino.

Bebo un sorbo de vodka.

—Bueno, en todo caso: gracias, Simón.

Hay una pausa que se alarga entre nosotros, pero no me inquieta. Las luces a lo lejos, el ruido de los insectos nocturnos, el sabor del vodka frío, los viejos sillones de mimbre, el recuerdo de nuestra época estudiantil, el eco de un primer amor ya adormecido por la distancia y el tiempo. Todo es casi perfecto. Uno de esos momentos que uno querría que durara para siempre. Intento asirlo con una respiración profunda, porque intuyo que en cualquier momento pueden reaparecer mis amigos con sus sonrisas torcidas y satisfechas y el olor agrio de un sexo apresurado. Simón me interrumpe:

—¿Te puedo hacer una pregunta personal?

—Sí, claro.

Él bebe un sorbo de su vodka antes de seguir. Mira las luces más allá del jardín.

—Cuando los invité a venir para acá… ¿Tú pensaste que tal vez…? Digo, nosotros… Que tú y yo, de repente también…

—No te entiendo –digo, pero es una mentira que suelto sin pensar.

—Bueno… No sé… Que si pensaste que nosotros también estaríamos juntos.

—Ah, no… –vuelvo a mentir–. No lo pensé. Yo te respeto mucho para pensar en eso, Simón. Nosotros somos amigos. Además, yo sé que a ti no te gustan los hombres. Estoy claro con eso. Si acepté fue por ellos —hice un gesto con la barbilla hacia la casa—, por ser solidario… o pendejo, como te parezca mejor.

Me llevo el vaso a los labios porque necesito una dosis fuerte de vodka. Simón sigue con la vista fija en el país de las luciérnagas.

—Además –sigo–, me siento demasiado bien aquí afuera. Lo disfruto mejor, ¿sabes? La noche, el silencio, las luces, el sabor del vodka, tu compañía; pero no tengo segundas intenciones contigo.

Bebo otro trago de vodka porque me siento envalentonado.

—No me creas tan básico, Simón –digo–. Pensé que me conocías mejor. Sé bien tu debilidad por las vaginas…

Pero me quedo callado debido al peso de su mirada. La ciudad queda muy lejos.

—Yo también pensé –dice en voz baja– que me conocías mejor. A mí no me importaría, ¿sabes? Es algo que igual quedaría entre nosotros. Me siento bien contigo. De verdad, no tendría problema en hacerlo si tú quieres.

Los hielos tintinean cuando inclino el vaso para beber lo que queda de vodka. Paso la lengua por mis labios y aparto los ojos de su ofrecimiento. La visión periférica me permite ver su mano extendida. Respiro profundo. Ya no queda más vodka en el vaso. Giro la cabeza hacia él y bajo la mirada hacia sus dedos. Con un gesto tímido coloco mi mano sobre la suya. Simón aprieta los dedos.

—Me voy a copiar de ti –dice–. Yo tampoco soy tan básico, ¿sabes?

Me gusta la textura de su mano.

—El sexo –sigue– es mucho más que los genitales. Yo creo que tiene que ver con la piel, con la carne, con los aromas, el sabor de una respuesta. Hay mucho más que no sabemos.

En ese momento hubiese querido tener el vaso medio lleno. Beber algo.

—Yo nunca he estado con otro hombre. Tú sabes cómo soy con las mujeres. Pero tú eres diferente. No eres como los demás. Tienes algo distinto. Eres espectacular, ¿sabes? Eres un tipo muy atractivo. De verdad que no me importaría probarlo contigo, si quieres. Dicen que siempre hay una primera vez.

Me mantengo callado. Agradezco mucho su ofrecimiento, su permeabilidad, su disposición, la torpe oferta que me brinda; pero, no. Aunque por un breve instante sopeso lo que tengo al alcance de la mano, prefiero declinar la ventaja que me regala con los ojos abiertos. Significa tal vez complicar nuestra amistad, lo bien que nos hemos llevado desde que nos conocemos. Pero creo que ambos intuíamos la curiosidad, las ganas de explorar, de experimentar con otro cuerpo, el deseo de abrir una puerta cerrada hasta entonces; no obstante, por extraño que suene, me mantengo sensato. Escojo las mejores y más diplomáticas palabras para hacérselo saber; tampoco quiero herir su orgullo varonil. Simón se ha permitido mostrarse vulnerable conmigo, asequible. Otro en mi lugar quizás habría aprovechado la oportunidad, pero como bien lo ha expresado ya: no soy como los otros. Lo curioso es que al decirle que no, de una forma particular, me parece que termino ganándome parte de su respeto por ello.

—No –dice–, no te preocupes. Estamos bien. Sólo quería comentártelo. Que lo supieras.

Es la primera vez que levanto la vista hacia él desde que dejara de hablar. Dice:

—¿Sabes otra cosa? Ahora creo que te admiro más.

Aprieta mis dedos antes de soltarme la mano.

—Creo que ahora sí me provoca otro trago –digo.

—A mí también.

Ambos sonreímos e intercambiamos una mirada antes de que escuchemos la voz de Amelia, desde la casa:

—Chicos, ¿ustedes tienen hielo allá?

 

Por Luis Guillermo Franquiz

#DomingosDeFicción: Arsenal

La habitación 304 del hotel Elridge era un modelo de orden y limpieza. Allí Dave Mallory tenía los brazos abiertos mientras Harold Taeger lo registraba. Al verle la mano derecha convertida en un arroyo de sangre, el policía le preguntó:

—¿Y esto?

—Un accidente.

Cuando llegó al bolsillo izquierdo de su chaqueta, se detuvo sorprendido.

—¿Qué tienes ahí?

—Una pistola.

—Sácala, ponla sobre la mesa y alza las manos.

Dave hizo lo que le ordenaron. Sacó la pistola, se la dio al oficial y se quedó mirando un punto en la nada.

—A ver… Beretta punto cuarenta y cinco… Quince balas más una… Muy bien… ¿Qué más llevas encima?

El teniente Harold Taeger rodeó a Mallory y le tanteó la cintura, las piernas, los tobillos, la entrepierna y, por terquedad profesional, palpó de nuevo el pecho de aquel hombre de rostro cuadrado. No lo podía creer. Ahí, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta había algo que pesaba tanto como la pistola que acababa de extraer.

Taeger miró a su compañero, el teniente James Langdom, y le pidió que no dejara de apuntar al hombre al que estaban registrando. Seguidamente metió su mano en aquel rincón de tela oscura y obtuvo lo que esperaba: otra pistola.

—Otra Beretta punto cuarenta y cinco. ¿Qué más traes?

Mallory bajó su brazo izquierdo, metió su mano en el bolsillo y sacó…

—¿Otra pistola? –Taeger y Langdom se convirtieron en cuatro ojos incrédulos– ¿Y de dónde la sacaste?

—Del mismo sitio que las otras.

—Dámela y no te hagas el chistoso.

Las cuatro pistolas estaban sobre la mesa. Todas eran Berettas punto cuarenta y cinco.

—¿De dónde las sacaste?

—¿Otra vez?

—Contesta.

—Del bolsillo.

—¿De cuál bolsillo?

—Del izquierdo.

—Ahí no caben cuatro pistolas.

—¿Qué quieren que les diga?

—Quiero que me digas de dónde sacaste las cuatro pistolas.

—Del bolsillo de mi chaqueta. Ya se los dije.

—Vamos a ver si cuando te registre el culo, te ríes. Quítate la ropa.

Mientras Mallory se desnudaba, Langdom tomó la cartera del mago y se dedicó a revisarla. No llevaba nada extraño. Tan sólo su licencia de conducir y una tarjeta Visa.

Taeger le echó un vistazo a Mallory y con un gesto le dijo que se bajara los calzoncillos. Luego sacó de su chaqueta un par de guantes de hule, se los puso y cumplió con su deber. Años atrás el oficial Harold Taeger aprendió que en la entrepierna humana cabe sin problemas el circo de Barnum y Bailey con todo y elefantes. Por eso trabajó con la tranquilidad que correspondía. Miró, palpó, introdujo su dedo anular y no hizo ningún descubrimiento extraño. Nada salió expelido de aquel cuerpo, cuando le ordenó ponerse en cuclillas y dar saltos de rana. No hubo convulsiones ni quejas, al beberse la soda caliente que Langdom le ofreció sin el menor gesto de amabilidad.

—Vístete.

Harold Taeger comenzó a quitarse los guantes, pero de inmediato quedó transmutado en un espantapájaros. Su compañero también dejó de hacer lo que estaba haciendo para ver el prodigio: el hombre al que acababan de registrar, y que seguía desnudo en medio de la sala, llevaba una pistola en su mano izquierda.

—¿Y eso?

—¿De dónde sacaste esa pistola?

—Apareció en mi mano.

—¿«Apareció»? ¿Cómo que «apareció»?

 

Las palabras se pusieron resbalosas. Mallory no pudo explicar cómo materializaba las pistolas y menos mirándoles las caras a aquellos policías cuyos rostros de trapo tenían una expresión en la que se alternaban la ignorancia y el horror. Tampoco le pareció raro que le quitasen la quinta pistola y que gritaran cuando vieron aparecer ante sus ojos la sexta.

—Tú lo viste… Hizo aparecer de la nada una pistola.

—Cálmate, James.

—Yo lo vi… Otra pistola y otra… Y otra… Los dos lo vimos… Seis…

—Seis pistolas…

Los nervios de los policías convirtieron en gelatina el aire de la habitación 304 del hotel Elridge. Harold Taeger hizo una pausa. Luego se volvió hacia Mallory, sacó su arma de reglamento, lo apuntó directo a la frente y le dijo:

—Tú me cuentas qué significa esto o Langdom y yo haremos un Jackson Pollock con tus sesos.

Dave Mallory tragó cemento y comenzó a hablar sobre todo lo que le había ocurrido en las últimas dos semanas.

Sus manos flotaban en el espejo; abrían espacios, cerraban espacios, dibujaban olas y compartimientos de aire. La pistola aparecía –POP– y desaparecía –POP–. Sólo Dave Mallory, la pistola, el espejo y las manos. Poco a poco lograría la perfección. El truco de atrapar una bala en plena trayectoria pronto contaría con un prólogo. Su rutina quedaría completa y sólo los expertos entenderían ese guiño a la historia de la magia. Él se uniría a la tradición de magos que crispaban al público atajando proyectiles. De Robert-Houdin a él quedaría trazada una línea perfecta. Primero aparecería y desaparecería el arma. Luego invitaría a alguien del público a que revisara la pistola y a que le disparase para que él tuviera la oportunidad de capturar la bala en el aire.

Sus ensayos se repitieron sin sobresaltos hasta que algo salió mal.

Primero hizo los pases frente al espejo… La mano derecha, la mano izquierda, otra vez la derecha, el bolsillo de la chaqueta y –POP–: el arma en la mano izquierda…

En ese instante el mago hizo una pausa. A su alrededor flotaron unas motas diminutas que se hicieron visibles gracias a la luz.

Mallory dejó la primera pistola sobre la mesa y comenzó a mover sus manos para afinar la secuencia de movimientos, pero repentinamente se percató de que tenía algo en el bolsillo izquierdo de su abrigo. Era otra pistola que, de inmediato, soltó.

Como no pudo responder ninguna de las preguntas que su cerebro le formulara, hizo el truco hasta que el espacio de la habitación 332 del hotel Elridge no fue suficiente para guardar con discreción las veintitrés pistolas que salieron de su bolsillo. Al principio le pareció una curiosidad, pero pronto tuvo razones para preocuparse. Ese primer día intentó separarse del arma muchas veces.

Al final de la tarde, se detuvo a pensar que su problema tenía una cara que no era mágica. ¿Cómo diablos explicaría la posesión de treinta y tantas pistolas? ¿Quién le creería cuando dijera que ese arsenal estaba ahí porque se equivocó realizando un truco de magia? Por eso se hizo con un morral que parecía una salchicha gigante, lo llenó con toda aquella mercancía y salió a deshacerse de ella.

Los días siguientes estuvieron llenos de atardeceres en los que Mallory iba al puente y lanzaba al río el resultado de sus intentos por arreglar aquel enredo. Al principio no encontró obstáculos para llevar a cabo su operación clandestina, pero pronto se percató de que el sitio que había escogido para dejar su ofrenda, no siempre estaba desierto. Por eso caminó sin rumbo, prefiriendo los callejones de alcantarillas mugrosas a las calles bien iluminadas. Ahí desarmó varias pistolas y dejó sus partes entre la basura. Sin embargo, a ese paso no se libraría de todo lo que tenía que librarse con rapidez. Así que dejó cinco pistolas por aquí, cuatro por allá, tres más adelante… hasta que regresaba a la habitación 332 del hotel Elridge portando una sola en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

Mallory repetía la secuencia de movimientos frente al espejo. Lo hizo de todas las maneras posibles: veloz, despacio, muy despacio… Tomó apuntes en un papel al que añadió diagramas y comentarios para ver dónde estaba el error. Hiciera lo que hiciese, no podía separarse del arma. Cuando intentaba deshacerse de ella –POP–, se le aparecía otra en su lugar.

Más de una vez pensó que la causa de aquel desastre mágico se encontraba en la prolijidad de la rutina que había diseñado. Por ambicioso (y por impericia) se apartó de la práctica normal de la magia y había decidido capturar una bala en el aire con una pistola que él mismo aparecería. Eso era una exageración que multiplicaba las variables del truco y las posibilidades de equivocarse. Por lo general, los magos crean una ilusión a partir de un objeto muy sencillo que no llame la atención sobre sí mismo. Aparecer una pistola podía ser impresionante y usarla, en el mismo escenario, en un truco aún más impresionante, podía causar un sin fin de complicaciones técnicas. Dave creyó que podía prever esas complicaciones, pero la realidad le demostró lo contrario.

Pasaron las semanas y una noche salió a la calle con sus pistolas a cuestas. Tenía la mente convertida en una playa contaminada. Por eso no supo cómo llegó hasta la entrada de un callejón oscuro ni de dónde salieron los brazos que hicieron que quedara tendido en las sombras, oyendo el oleaje revuelto de su propia respiración. En ese hueco que era él mismo, sintió un susurro carrasposo que le daba las gracias. Luego, mientras vomitaba, alguien lo arrastró y lo hizo pasar entre unos matorrales cuyas ramas dibujaron azarosos renglones en todo su cuerpo. Cuando al fin pudo abrir los ojos, se encontró frente al recinto de los monos en el zoológico.

A Mallory le dolía todo. Para colmo, su cabeza sólo funcionaba para recordar la voz sórdida del ladrón que se llevó sus pistolas. Cuando al fin pudo moverse, lo primero que hizo fue palpar el bolsillo izquierdo de su chaqueta. Ahí estaba la pistola terca que no lo abandonaba nunca.

Cuando al fin se tranquilizó, su cerebro se puso en funcionamiento. ¿Qué habría hecho cualquiera de los grandes magos en su lugar? ¿Qué habría hecho Robert-Houdin, si le fallaba el truco de atrapar la bala en el aire? Habría muerto, como murieron tantos idiotas antes y después que él, realizándolo. ¿Qué habría hecho Harry Houdini si no hubiese podido salir de su trampa china? Esperar a que sus asistentes rompieran las paredes de la caja de vidrio. ¿Qué habría hecho David Blaine, si se caía de la columna de noventa pies de alto sobre la que permaneció treinta y cinco horas? Nada. Abajo lo esperaba un colchón gigante. ¿Y él? Él no. Si él cometía un error, no habría malla, colchón, asistente o imitador que cargara con las consecuencias. Él era Dave Mallory, un mago cualquiera al que su mujer cambió por un boxeador italiano. Él, el mago que nació en una época sin magia, logró (por error) realizar magia de verdad, un milagro por el que en ese momento sufría dolores indescriptibles y se quejaba frente al único mono que se dio por enterado de su presencia.

La criatura lo miraba, se cubría el rostro, daba vueltas, iba, venía. Mallory sintió ganas de dispararle, pero se dijo que aquello, aparte de inútil, habría supuesto una imperdonable crueldad. Sin embargo, como quería devolverle el absurdo al inefable universo, se levantó maltrecho y le lanzó al mono la pistola que llevaba en las manos.

—Para que hiciera lo que le diera la gana con ella.

—Qué irresponsable eres –interrumpió Taeger–. ¿Cómo se te ocurre lanzarle una pistola a un mono?

—Nada más por eso, te deberíamos encerrar hoy mismo –dijo Langdom.

—Esas pistolas no servían para matar a nadie –repuso Mallory al tiempo que los dos oficiales se miraban las caras.

—¿No servían? –Preguntó Taeger.

—Yo no trabajo con balas de verdad.

—¿Esas pistolas que están aquí no son de verdad?

—No.

—Vamos a ver…

James Langdom tomó una, verificó que estuviera cargada, le quitó el seguro, la apuntó contra la pared, y disparó.

El ruido fue tan impresionante como el boquete que le abrió al friso.

—¿Conque balas de salva, no?

—En aquel momento eran de mentira.

—¿Y cómo explicas esto? –Preguntó Taeger señalando el hueco en la pared.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—No lo sé… No me miren así… Es la magia.

—¿La magia? Claro que fue la magia. Tú eres mago, ¿verdad?

—No se burlen.

—Está bien, pero ¿cómo es eso de que fue la magia?

—No sé.

—Dame una respuesta lógica o te abro un hueco en la frente.

—No hay ninguna respuesta lógica. La magia es así.

—Si fue la magia y tú eres mago, fuiste tú quien cambió las balas.

—No. Yo no fui.

—¿Entonces quién fue?

—Fue la magia… Ya se los dije.

—¡Mallory, responde! –Langdom le estampó una bofetada al mago sin que Taeger pudiera contenerlo.

—Hice un truco muy complicado. Me equivoqué y ahora el error se repite solo.

—No me hagas reír, mago. ¿Cómo que se repite solo?

—Es así. No me pidan que les explique los detalles porque ni yo mismo los entiendo.

En la habitación se hizo un súbito silencio. Mallory metió la mano en el bolsillo dos veces y le entregó un arma a cada policía antes de murmurar:

—Es como una maldición.

Después de otro breve silencio que duró mil años, Taeger terció:

—Vamos a tranquilizarnos… Seguro que en la historia que nos estás contando hay una explicación.

—Sí. A lo mejor.

Mallory trató de calmarse. Si administraba bien su dinero, podría vivir un par de semanas más en el Elridge. Necesitaba consultar con el techo de su cuarto la conveniencia o no de pedirle ayuda a la policía.

Pasaron doce horas (o más) en las que el mago apenas se asomó a la calle. En ese tiempo no hizo otra cosa que beber Coca Cola, ver la televisión sin volumen y repasar su truco malogrado. Como estaba harto de tratar de esconder montañas de pistolas inútiles por las que, además, lo acosaron unos matones miserables, siguió mentalmente los pasos de la rutina… Uno derecha, dos izquierda, tres derecha y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y –POP–… Uno derecha, dos izquierda y de pronto Mallory cayó en un sueño profundo. Una fuerza amistosa lo arrastró a un foso de placidez en el que las imágenes se disolvían como en una acuarela que cambiaba de densidad, mostrándole los rostros y los objetos del mundo.

Dos horas más tarde, unos golpes lo sacaron del sueño y lo pusieron en alerta.

Dave retomó el extraño hilo de su vida; se levantó y se puso la chaqueta y los zapatos. Lo hizo con calma porque sabía que aquel momento era el cierre de un pequeño paréntesis de tranquilidad.

Entonces abrió la puerta.

Ante sus ojos aparecieron dos sujetos: un moreno a quien el itíligo le había dibujado el mapa de Groenlandia en la cara, y un calvo al que Mallory reconoció porque su voz provenía de un sumidero lleno de cucarachas.

—Hola. Vine para que me expliques algo.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? ¿Quién eres tú? ¿De dónde saliste? ¿Por qué la otra noche te quitamos veintitrés pistolas de juguete?

—¿Ustedes son policías o qué?

—Yo soy el que pregunta aquí. ¿Quién coño eres tú?

En silencio, Dave se metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacó una pistola y se la entregó al calvo. De inmediato repitió la operación y le entregó otra.

—Mira. Qué bonito.

…Y otra.

—Ya. Ya. ¿Qué es esto?

—Tres pistolas.

—¿Tienes más?

—Sí –y añadió una a la lista.

El calvo aplaudió con entusiasmo. Eso hizo que Mallory sintiera que las infinitas motas de polvo que había en el cuarto –POP– se detuvieran.

Cuando el mundo retomó su giro, Dave se dijo que tenía tiempo sin oír un aplauso. Más allá del displicente golpeteo de palmas que acababa de recibir, el mago sintió el vértigo en la sangre y en las entrañas. Algo se removió en él, pero no tuvo tiempo de pensar sobre eso porque cuando iba a hacerlo, oyó la pregunta del calvo.

—¿Y qué eres tú: mago?

—Sí.

—¿Cómo haces eso?

—Es un truco.

El calvo escrutó las cuatro pistolas y las puso en orden en una de las esquinas de la cama. El Hombre Mapa no dijo palabra, pero las tomó en sus manos, las desarmó y las volvió a armar.

—¿Y éstas son iguales a las que te quitamos?

—Sí.

—Ajá… Vamos por partes. ¿Cómo te llamas tú?

—«Brunello el Magnífico» o, si te gusta más, Dave Mallory. En las últimas semanas he estado trabajando aquí, pero no me ha ido bien.

—¿Qué pasó?

—No he conseguido trabajo.

—Pobrecito. ¿Y por eso te pusiste a vender tu mercancía donde yo vendo la mía?

—No.

—¿Cómo que no?

—Te vimos y te agarramos –dijo el hombre Mapa.

—Yo no estaba vendiendo ninguna mercancía.

—¿Y qué estabas haciendo con ese morral?

—Lo estaba botando a la basura.

—¿Botando? ¿Con todo lo que llevaba dentro?

—Me equivoqué haciendo el truco de la pistola y ahora se me aparecen más pistolas de las que necesito.

—¿Sabes qué? –Preguntó el calvo–. Yo no te creo. Tú trabajas para alguien que quiere acabar con mi negocio.

—Piensa lo que quieras.

—¿Con quién estás trabajando?

—Con nadie.

—¿Tú trabajas con la policía?

—No.

—Unos amigos míos te vieron. Todos los días, a la misma hora, salías de este edificio y lanzabas un montón de porquería al río. Esos tipos pensaron que eras un simple cerdo que botaba su basura donde no debía, hasta que fueron a nadar y descubrieron qué era lo que tirabas al agua.

—Claro, y cuando ustedes vieron las pistolas, dijeron «oye, ¿por qué no seguimos a este idiota y lo robamos en el zoológico?».

—No te quejes. Pudo haber sido peor. Eso sí: cuando abrimos el maletín y nos encontramos con que esas pistolas eran tan inútiles como las pistolas mojadas que mi gente sacó del río, quisimos venir a verte.

—Yo no tengo nada más que decirles. Yo sólo soy un mago. Así que ya saben por qué cargo con este arsenal de utilería… Ahora, si me disculpan, tengo que vestirme porque voy a salir.

—Tú no vas a ninguna parte. Tú nos vas a decir para quién trabajas. ¿Tú crees que nosotros nos chupamos el dedo?

—Yo no sé qué clase de vicios tengan ustedes. Ni me interesa.

—Mira, mojoncito, ya nos hemos entretenido bastante… Ahora me vas a decir todo lo que quiero saber…

El calvo hizo una mueca parecida a una sonrisa y, en el mismo instante en que sacaba su revólver, Mallory movió su mano izquierda y sacó una pistola.

En el cuarto 332 se oyó un estruendo que hizo temblar la pintura de las paredes.

El calvo cayó a la alfombra con una bala en la cara.

—¿Qué? –Preguntó Langdom–. Fue la magia, ¿no?

—Sí –respondió Mallory.

—Seguro nos vas a decir otra vez que no tienes ninguna explicación.

—Así es.

—La magia… No me hagas reír…

En el Elridge hubo silencio. Pasaron unos segundos antes de que los ruidos de la calle entraran por la ventana. De pronto hubo gritos, ladridos de perros, sirenas…

El Hombre Mapa sacó su pistola, pero no contó con que el mago de cara cuadrada lo sorprendería. Cuando lo tuvo en frente y le disparó, Mallory movió su mano derecha y se quedó ahí, asustado y de pie.

—¿La atrapaste de verdad? —Preguntó Harold Taeger.

—Sí.

—¿Dónde está?

Mallory abrió la palma derecha como si fuera un abanico de sangre y les mostró a los policías el pequeño y negro proyectil.

A pesar de que su mano se convirtió en una cascada, había hecho lo que hizo su admirado Jean Eugène Robert-Houdin en Algeria. Frente al manchado y boquiabierto matón, Mallory repasó con orgullo el pasaje de la vida de Robert-Houdin en el que el gran ilusionista atrapó con los dientes la bala que le había disparado un caballero árabe.

Aunque no atajó el proyectil con su boca, se sentía satisfecho porque había atrapado el proyectil en el aire y tuvo la entereza necesaria para poner cara de indestructible.

A pesar de su sorpresa, Dave Mallory no pudo congraciarse más consigo mismo ni continuar pensando en cómo aquel acto desmesurado se transformó en uno de los números negros de la historia de la magia. El Hombre Mapa ya abría la boca y él no debía abusar de su suerte. Por eso abandonó sus cavilaciones, alzó la pistola con la que había matado al calvo y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cara.

En la habitación 332 se oyó el ruido de un meteorito que se estrella contra la Tierra. El mapa de Groenlandia se puso rojo. Dave Mallory se le fue encima y lo pateó hasta que le dolieron los dedos de los pies.

El tumulto que oyó a lo lejos le dijo a Mallory que era hora de irse. El Hombre Mapa se incorporó como pudo y le disparó varias veces, pero, una vez más, el mago fue más rápido que las balas. Lástima que una anciana que caminaba por el pasillo del hotel Elridge no pueda decir lo mismo.

—¿Qué hiciste después?

—Cuando salí de mi cuarto y corría por el pasillo para largarme de este hotel, ustedes abrieron la puerta de esta habitación y, a punta de pistola, me invitaron a pasar.

—En teoría te agarramos después de perseguirte. Eres uno de los que participó en el tiroteo del cuarto del fondo y nosotros, los agentes de la eficiencia, te acabamos de atrapar. A Parker lo capturaron unos colegas nuestros, pero a ese nadie le ofrecerá nada porque ya no está en este mundo. A ti te tenemos una oferta.

—Pero, acabo de matar a un tipo…

—Según tu versión, sí. Pero recuerda que la vida es una licuadora de cuentos.

—No hay ninguna otra versión. Fui yo.

—Mira, mago: gracias a ese tiroteo, cayeron dos de las ratas más inmundas que han nacido en este pueblo: Emil Roth y «Manchas» Parker. Nosotros llevábamos bastante tiempo detrás de ellos, pero tú nos simplificaste la vida. Para que te hagas una idea, esos dos eran algo así como los Beach Boys de la venta ilegal de armas. Eso no significa que vayamos a obviar tu cuota de responsabilidad en este asunto. Aunque nos hayas ayudado a dar con ese dúo, necesito que me digas cómo hiciste para cambiarle las balas a tu pistola… Porque se las cambiaste, ¿verdad?

—No. No se las cambié.

—¿Me estás queriendo decir que todo este cuento de la magia pistolera es real?

—Ustedes lo han visto con sus propios ojos.

—Creo que no estás midiendo el problema en su dimensión más dolorosa. Dime: ¿escribo en tu expediente que tú apareces pistolas que se disparan solas?

Mallory calló durante unos instantes y luego dijo:

—Yo sólo sé que me equivoqué mientras ensayaba un truco y que cuando estuve frente al calvo, me di cuenta de dónde estaba el error que produjo todos estos disparates.

—¿Qué hizo Roth?

—Aplaudió.

—¿Aplaudió? ¿Y qué tiene eso de raro?

—Que cuando el calvo aplaudió, las balas dejaron de ser de mentira.

—¿Y entonces?

—Cuando ensayaba, el día en que empezó este desorden, no pensé en los aplausos. No les presté atención. La gente no lo sabe, pero la respuesta del público forma parte del truco.

—¿Así de simple?

—Así de simple. Los aplausos forman parte de la magia. Sin aplausos, no hay magia ni hay nada.

—¿O sea que la presencia o ausencia del aplauso modifica al truco?

—Sí.

—¿Y entonces? –Preguntó un indigesto Langdom.

—Entonces la única manera de acabar con este asunto es con un aplauso.

—¿Y quién te va a aplaudir?

—Ustedes.

Los dos policías se rieron a carcajadas. Después de secarse los ojos y de carraspear, Taeger dijo:

—Mira, Mallory, estás equivocado. Nosotros trabajamos con las heces de esta ciudad y tú propones que te demos un aplauso… Tú estás loco. Langdom y yo quedaríamos como unos tontos, si te complaciéramos. ¿No es así?

—Yo haría el truco como lo he hecho durante todo este mes y, cuando saque la pistola, ustedes aplauden. Luego, yo diré todo lo que ustedes quieran.

—¿Lo que nosotros queramos? ¿Qué es lo que, según tú, queremos?

—No sé. Supongo que arreglar lo que yo dije con lo que ustedes digan para poder explicar lo que pasó en este hotel sin necesidad de hablar de magia.

Langdom dejó escapar un largo suspiro que fue el prólogo para decir:

—Haz el truco, Mallory.

Dave Mallory sacó la pistola que llevaba en el bolsillo y la puso sobre la mesa. Langdom la tomó y vio cómo el mago movía sus manos y dibujaba olas en el aire. Un pase, dos pases, tres pases y –POP– apareció otra pistola. Ya iba a iniciar su rutina una vez más (y ahora sí pediría su aplauso), cuando Langdom lo apuntó con el arma y le disparó.

Dave se fue de culo con el hombro transformado en un aullido. Sólo después de contemplar su obra, Langdom habló.

—Si te encerramos, vamos a tener que hacer dos ridiculeces: aplaudirte para ver si de verdad dejas de aparecer pistolas…

—Porque armado, no te podemos encerrar en ninguna celda –interrumpió Taeger.

—…Y exprimirnos los sesos para escribir un informe creíble sobre lo que pasó en las habitaciones 304 y 332 de este hotel. Mira lo que vamos a hacer: en vez de aplausos, te vamos a dar una habitación y un sueldo para que trabajes con nosotros. A cambio, tú nos proporcionas todas las pistolas que necesitemos para lidiar con unos cuantos tipos que son más duros que Parker y Roth. ¿Qué me dices?

—Que están locos.

—Puede ser, pero observa que tú eres algo así como la gallina de las pistolas de oro y eso hay que aprovecharlo. –Langdom hizo una pausa y añadió–: Te estoy invitando a que trabajes con nosotros. Podemos hacer cosas extraordinarias, pero todo depende de ti. Si no aceptas, diremos que te dedicabas al contrabando de armas… Porque eso era lo que hacías: traías pistolas de la Tierra Mágica o de quién sabe dónde, y no las declarabas aquí… Ninguna de estas pistolas está registrada en este país… Ah y también le volaste la cabeza a un calvo…

Taeger chasqueó y dijo:

—Si no aceptas, Mallory, podríamos aislarte y ponernos serios contigo. No sé: amarrarte, embrutecernos, llamar a unos compañeritos que no saben tratar a la gente…

—No creas que esta invitación se nos acaba de ocurrir –rugió Langdom–. Los amigos de Parker y Roth no fueron los únicos que se dieron cuenta de que lo que lanzabas al río era algo más que basura. Nosotros tenemos ojos en todas partes y hemos llegado a la conclusión de que puedes ser más útil de lo que tú mismo crees. No podemos corroborar de dónde sacas tus cargamentos de pistolas, pero ¿qué quieres que hagamos, si no somos perfectos?

—Si aceptas, podemos decir que Manchas Parker fue quien disparó una de estas pistolas. Según tu historia, al menos en cuatro de ellas están sus huellas. ¿Qué te parece?

—No pongas esa cara. Como mago eres un fracaso. Si quieres un consejo, usa ese fracaso a tu favor. Aprovecha esta oportunidad y haz algo útil con tu vida. Si te quedas esperando los aplausos, te saldrán raíces. Mueve ese culo o atente a las consecuencias.

Dave pensó que debía hacer algo con su mediocridad. Tal vez no debía desaprovechar una oferta como esa porque muy probablemente nunca se repetiría. Quizás su futuro estaba ahí, en la repartición de armas a unos sujetos que querían imponer su versión de la ley, y no en la magia ni en los escenarios.

El mago hizo silencio. Por su cabeza sólo cruzaron los buenos momentos de su vida. Vio marquesinas, luces, aplausos, risas. Luego pensó que quizás pudiera salir de aquel atolladero haciendo lo que había hecho durante las últimas horas. Pero no. Tanto eso como pegarse un tiro, habría sido una exageración estúpida e innecesaria. El absurdo en que se había convertido su vida no tenía por qué seguir creciendo. Así que pensó en los aplausos que lo esperaban en el futuro (porque los aplausos siempre están más adelante), y se entregó a lo que viniera. Una pistola menos o una pistola más no harían la diferencia en un mundo estúpido en el que hay más balas que gente.

Por eso se puso a la orden de aquellos hombres con placas oscuras.

Por eso ahora se oyen más disparos en las calles. Y nadie hace preguntas.

 

Por Roberto Echeto

#DomingosDeFicción: En blanco y negro

A las diez y treinta de la noche sonó el teléfono. Era el director de fotografía de la agencia Magnun, en Nueva York. No me extrañaba que llamara o escribiera a cualquier hora, siempre tenía en mente alguna idea o proyecto o, simplemente, una anécdota que contar. Supe desde un principio el motivo de su llamada. En la televisión estaban transmitiendo las noticias del día, devastadoras como siempre, pero esta vez las pantallas eran de Haití.

—Ben –dije.

—Mañana sales para Haití. No sé si te enteraste, pero hay una crisis muy fuerte allá y queremos documentar a los inmigrantes.

—Sabía porqué me llamabas.

—Qué te puedo decir… Son las órdenes. Debes entender.

—No me mal interpretes, pero te comenté antes de irme que mañana debo ir a los tribunales a firmar el divorcio y sabes que debo tomar un avión hasta…

—Es verdad –me interrumpió–. No te preocupes. No puedes aplazarlo de nuevo y mucho menos por tu trabajo. Entiendo que no ha sido fácil. Además estás llegando de tu última pauta. Tengo en la lista a alguien más.

Apenas colgó, comencé a desempacar. Pensé en lo feliz que me hacía ver a través del lente de mi cámara. Era una Canon 5D a la que consideraba una extensión de mi cuerpo.

La mañana siguiente sonó el despertador justo a las cuatro de la mañana. El agotamiento que sentía no era normal, pero logré levantarme. Fui a la cocina y encendí la cafetera eléctrica. Luego llegué hasta el baño, abrí la llave de la ducha y en unos segundos respiré el vapor que despejó mis fosas nasales. Entré. sentí como el agua se iba por el desagüe con el cansancio. Recordé porqué me había despertado tan temprano. Tenía que ir para Venezuela a firmar el divorcio. No había sido fácil desprenderme de tantos recuerdos, sueños y promesas. De cada aventura y desventura a su lado. Recordé desde la primera hasta la última vez que la vi, mirándome desde el balcón cuando tomé ese taxi al aeropuerto para irme lejos, muy lejos y resumirlo todo a los mensajes de texto; aquellos que cada vez se alejaron tanto, como la distancia que me separaba de ella. Pero todo se esfumó al cerrar la llave y escuchar esas gotas que cayeron al final. Fui a buscar mi café y luego a prepararlo todo para salir.

 

La llegada al aeropuerto fue atemorizante. El ambiente convulso me agredía. Parte de mi vida transcurría en ellos, de aquí para allá con mi equipo fotográfico. Eran 25 kilogramos de peso en la espalda metido en mi bolso Lowepro. Pero ese día fue distinto. No iba a fotografiar la vida del resto de las personas, sino parte de la mía.

La espera fue terrible. Aproveché el tiempo para revisar mis notas y clasificar las fotos de mi último trabajo. Hasta que por fin una llamada por el parlante nos alertó. Era mi vuelo hacia Caracas. Comenzamos la procesión para entrar en el avión. Una vez en el asiento, un sonido mudo, casi imperceptible se escuchó. Era el capitán de la aeronave. Nos dio la bienvenida a su aerolínea y nos dijo que el mal tiempo nos haría desviarnos un poco del rumbo establecido en las cartas aeronáuticas, por lo que el vuelo duraría un poco más. No faltaron los reclamos al escucharlo.

Comenzamos a movernos. El avión transitaba por las líneas de rodaje hacia la pista. Volvimos a detenernos, esperábamos la autorización del ATC para entrar en la pista y despegar rumbo uno cero. Un zumbido hizo que mirara hacia arriba. Un recuadro con la figura de un cinturón de seguridad se iluminó. He viajado tantas veces en avión y siempre el mismo sonido me hace reaccionar de la misma forma. El hombre no es más que un animal adicto a sus hábitos, pensé, mientras hacía una mueca en mi boca al recordar que yo era uno de ellos.

La voz del piloto desapareció y los asistentes del vuelo comenzaron a indicarnos las medidas de seguridad, sobre todo en el caso de que se presentara una emergencia que nos hiciera acuatizar. El chaleco… me dije. Me incliné hasta tocar la parte de abajo del asiento y allí estaba.Voltee para ver las salidas de emergencia y estar preparado para todo. Una vez terminaron, el avión comenzó a moverse hasta llegar a la pista, giró y sin detenerse aceleró. En pocos segundos flotábamos inclinados hacia la izquierda.

La espera del vuelo y su travesía fueron desesperantes, pensé que nunca zarparíamos. El avión era una tara al que le sonaba todo. Sin embargo, me entregué al cansancio y pude dormir. Pero no por mucho tiempo. Una fuerte turbulencia me despertó y de nuevo la voz del piloto se escuchotan incomprensible como la primera vez. Estábamos descendiendo al aeropuerto «El Higüero» en Puerto Príncipe. ¿En Haití? Dije en voz alta. En ese preciso momento una de las aeromozas pasó a mi lado y le pregunté que había pasado. Me respondió que el avión presentó algunos problemas como consecuencia del mal tiempo, por lo que el piloto decidió desviar el rumbo y aterrizar lo antes posible. Desde la ventanilla pude pronosticar la visita.

Al bajar del avión la primera impresión fue devastadora. La pobreza que se respiraba era abrumadora, desquiciante e infecciosa. El terremoto de hace unas horas lo había destruido absolutamente todo. Si el infierno existía, sería así. Me negué a creer que ese era mi destino.

La aerolínea me ubicó en el Park Hotel, cuya fachada inspiraba cualquier cosa menos un buen descanso. Sin embargo, con la playa justo al frente, tan paradisíaca y provocativa, olvidé lo sucedido.

Cuando entré a mi habitación me impresionó la decoración de las paredes. Eran lúgubres, y el bombillo la matizaba con una bruma amarilla y deprimente que no me ayudó a sentirme mejor. La cama era de hierro, se veía como el salitre la devoraba sin piedad. Las sábanas estaban manchadas, por lo que decidí quitarlas. Fue peor. El colchón era un cuadrado duro y pardo, con manchas que parecían de café. «Dormiré en el suelo», me dije.

Escuché un radio. El sonido provenía de la habitación contigua. Una voz masculina tarareaba la canción que sonaba en ella. Abrí la puerta y salí. Quería pasar el menor tiempo posible dentro de esa habitación, su olor dolía. La sentía como la boca de un gran monstruo que me arrancaba la piel con sus afilados colmillos.

Una vez afuera, la puerta de la habitación más animada se abrió y salió un hombre mayor, negro y alto. «Él era quien cantaba», pensé. Subió su mano derecha y me saludó con un ademán tan desinteresado como la bienvenida que recibí al llegar al hotel.

Llegamos juntos hasta las escaleras y le indiqué con un gesto caballeresco que pasara primero. Las escaleras de madera comenzaron a crujir, «esto no aguantará el peso de los dos», me dije. Sin embargo lo hizo. Llegamos a la entrada del hotel, salí y encendí un Marlboro. El hombre, en cambio, continuó caminando hacia la playa. Aspiré una última bocanada al cigarro y lo boté hacia la calle. Subí a buscar mi cámara. Seguirlo me pareció una buena idea. Podría tomar algunas fotos de ese lugar que había cambiado al caer el sol.

Por suerte la luna estaba llena, cuestión que me facilitó ver al hombre desde lo lejos parado al lado de una embarcación en construcción. Caminé hasta el lugar. Pude escuchar risas y el golpe de los martillos contra la madera. Cuando notaron mi presencia se callaron al unísono, todos vieron al hombre del hotel.

—Buenas noches, yo estoy en el mismo hotel que usted, ¿se acuerda? Bajamos juntos por la escalera –le dije.

Él me vio de arriba abajo.

—¿Eres periodista?

—Claro que no –le respondí–. Soy fotógrafo… amateur.

Sin mediar palabra alguna me dio la espalda y ordenó a los hombres que continuaran trabajando.

 

Transcurrió una semana sin noticias de la aerolínea y sin poder comunicarme con alguien fuera de Haití. Además, las autoridades de República Dominicana habían cerrado las fronteras para evitar el éxodo de personas a ese país. Mis esperanzas de irme se esfumaron. «Tantas cosas y al mismo tiempo ninguna», pensé.

Con la intención de olvidar y ocuparme en algo, me dediqué a tomar fotografías de la construcción de la embarcación, de los obreros, sus rostros y manos callosas. Poco a poco las herramientas rudimentarias e improvisadas le dieron forma al bote que, por su apariencia, me pareció que no flotaría.

 

Al día siguiente escuché la puerta de mi habitación. Era el hombre para decirme que el bote ya estaba listo.

—¿Te gustaría salir de Haití? –preguntó.

No era necesario que respondiera a su pregunta. Él sabía muy bien la respuesta.

Llegué rápido a la playa con mi cámara en la mano y lo vi terminado. Era un velero de siete metros de eslora. Lo llamaron “Cree en Dios”.Hombres de fe, pensé. Estaba suspendido a unos cuantos centímetros de la arena sobre los troncos que le permitirían entrar al agua. Lo habían terminado de construir y, sin embargo, parecía que hubiese estado en el mismo lugar durante décadas. La madera del casco, vieja y opaca, teñida con diversos colores, lo hacían ver como un mosaico de muebles viejos, que armaron como las piezas de un rompecabezas. El mástil no era más que un viejo árbol desprovisto de sus ramas, que, sin importar desde donde lo vieras, mostraba una joroba que lo arqueaba.

Ese día él me dijo su nombre: «David». Me comentó que desde hace mucho tiempo lleva planeando cómo irse de Haití y, al mismo tiempo, hacerse de algún dinero para cuando llegase a algún otro lugar. Convenció a cuarenta y cuatro hombres para que construyeran un bote que los llevaría a otro país ocultos dentro del casco. Así evitarían ser descubiertos. Uno de ellos murió ayer, me dijo. Por eso quise invitarte, tenemos un puesto disponible. Su comentario me causó gracia, pues al ver en el interior del velero me di cuenta que esos pobres diablos viajarían como cerdos directo al matadero. David continuó ofreciéndome ese puesto por tan solo cinco mil dólares americanos. Lo pensaré, le dije.

De vuelta al hotel le pregunté al encargado si había algún recado para mí. Se rió de inmediato, «noticias», dijo mientras se alejaba moviendo la cabeza de lado a lado. Me habría conformado con una fecha, al menos para que mis esperanzas renacieran. Subí a la habitación y pasaron dos horas hasta que volvieron a tocar a mi puerta. Era David.

—Sé muy bien lo que estás sintiendo. Todo aquél que llega o nace en este lugar termina como tú, sin ganas de vivir –me dijo susurrando–. Esta es tu única oportunidad, si la desaprovechas morirás en esta pocilga. Ahora debo volver al bote, mañana zarpamos antes del amanecer. Sabes donde estaremos.

Lo vi perderse en las escaleras. Cerré la puerta, me senté por primera vez en la camay contemplé la habitación. Necesitaba un cigarro pero lo único que conseguí fue la caja vacía junto a la cámara. Esa que esperaba por un gran trabajo fotográfico.

Tomé esa vieja tarjeta de memoria que me regaló en uno de mis cumpleaños. Aún podía verse la dedicatoria escrita en su etiqueta. No quise leerla. Entre los recuerdos apagué la luz y me fundí en ellos hasta que el sueño me arropó.

 

Salí muy temprano del hotel. Le dedique una última mirada a su fachada. Aun sentía más dudas que certezas, pero comencé a caminar sin ver hacia atrás. Llegué a la playa. El bote flotaba y se dejaba llevar por el danzar de las olas. Cuarenta y tres hombres habían entrado en esa mazmorra flotante, era la cárcel hacia la libertad. Entré al agua. David y cuatro hombres más me ayudaron a embarcar. Ellos serían la tripulación. Nuestras vidas estaban en sus manos. ¿Qué podía pasar? ¿Qué nos perdiéramos en alta mar y muriéramos de hambre y de sed? No hice caso a mis pensamientos y entré. Cuatro tablas largas se posaron muy cerca de mi cabeza y fueron clavadas con los golpes de un martillo que nos aturdió. Risas y celebraciones nos acompañaron la primera hora de viaje, luego, solo fue el sonido del mar chocando contra la madera.

Sin darnos cuenta, los movimientos del velero se hicieron más fuertes y continuos. La paz que disfrutamos al inicio del viaje se desvaneció. Sentimos la proa elevarse y en cuestión de segundos caía golpeándonos con la misma intensidad que el mar lo hacía contra su estructura. Escuchábamos los pasos y los gritos desesperados de la tripulación. El agua caía a chorros entre las grietas de las tablas. Comenzamos a dar golpes para que nos escucharan. El agua comenzó a entrar también desde abajo. El mástil se había movido y había roto la estructura que lo unía al casco del bote. El agua hasta la cintura, se enturbió. Era la mezcla del vómito de no sé cuantos que no pudieron aguantar que su estómago también los traicionara. David gritó «nos estamos hundiendo». La luz de la lámpara que llevábamos con nosotros fue suficiente para ver el rostro de mis compañeros de viaje cuando escuchamos lo que ya sabíamos. Sus ojos estaban abiertos al máximo a punto de salirse de sus órbitas. Intentábamos mantenernos en nuestros puestos sujetándonos entre nosotros. Otros querían levantarse pero no podían, el techo los detenía y algunos fueron penetrados en sus cabezas por los clavos oxidados que sobresalían de las tablas.

Saqué de mi bolso la cámara y de mi chaleco aquella tarjeta de memoria. A pesar del poco tiempo que nos quedaba, esa madrugada convulsa volví a leer la dedicatoria que tenía escrita: «La tristeza es el síndrome de abstinencia de Dios». Las había olvidado. Precisamente eso era lo que sentíamos. Tomé una foto, sólo una, antes de fijar la tarjeta en mi cuerpo con el tirro que llevaba conmigo. Sabía que moriríamos. Quería salvar esa imagen. Si en algún momento encontraban mi cuerpo, parte de mí viviría a través de ella. Quienes tenía a mi lado comenzaron a jalarme hacia abajo, ya no había espacio en el que pudiéramos respirar. Ya sumergido vi la luz borrosa de la lámpara cuando terminó de apagarse. Con su ausencia una fuerte puntada atravesó mis fosas nasales. El agua salada inundó mis pulmones y su sabor a rasgar mi garganta.

 

Desperté sobre una camilla. La garganta me ardía y me dolía toda la cara y el pecho al respirar.

—Está usted a salvo –dijo el uniformado que estaba parado a mi lado.

—Pero aun siento ese movimiento –dije con la voz ronca.

—Por supuesto. Estamos en un hospital flotante.

El buque hospital Comfort de la Armada de los Estados Unidos de América entró en aguas territoriales la noche del accidente. A pesar de ser una embarcación de doscientos setenta y dos metros de eslora, no le costó encontrarnos. Sus sistemas avanzados de radares dieron la alarma, cuando sus vectores tradujeron en sus pantallas que sobre el agua flotaban cinco cuerpos y los restos de lo que parecía una vela, un mástil y unos trozos de madera. Fuimos rescatados unos minutos después que perdí el conocimiento.

Todos lo que íbamos escondidos nos salvamos, en cambio, David y los otros que lo acompañaban sobre el bote, no sobrevivieron. La tarjeta de memoria también sobrevivió y con ella el recuerdo de esos días. Una pequeña parte de la miseria del ser humano.

 

Por Filadelfo J. Morales M. | @filadelfojmm

#DomingosDeFicción: La sonrisa de Margarita

Volar.

Siempre quise volar.

Arrojarme en caída libre.

Volar.

 

De cómo conocí a Margarita no tiene importancia. Lo importante es ella, Margarita, a sus diez años, con su pelo medio rubio, medio marrón. Y yo, a mis ocho años con mis ganas de aterrizar en el corazón de Margarita. Porque fue por ella o por culpa de ella o a causa de ella que… en fin. Hoy, muchos años después, a veces pienso que fue una historia triste, pero justo ahora creo que no, que se trató una historia hermosa. La verdad, como dice el poeta, de lo que se escribe no se sabe.

Comencemos por el final. Yo, arriba del tanque de agua, en el lugar más alto de la casa, a punto de arrojarme al vacío. Era una tarde de abril con muchas nubes. Húmeda. Oscura. No había tarde más perfecta para volar que aquella tarde de abril. Mi hermano, desde abajo, me animaba:

—Dale, cagón, dale.

Él era también el operador de la torre de control:

—Viento a favor. Pista despejada. Preparado, listo…

Y yo que me orinaba encima, con un miedo que me hacía temblar. Pero no había nada que temer, mi pista de aterrizaje era el blando corazón de Margarita.

 

Una semana atrás había hecho pruebas preparatorias con Malena, mi gata.  Subimos juntos al tanque de agua, le coloqué un improvisado parapente y sin mucha ceremonia, la arrojé en la modalidad bala felina. La gata dibujó un soberbio tirabuzón y luego planeó con bastante elegancia. ¡Ah, cómo surcó Malena los cielos de Caracas! Arañando el aire con ese estilo afrancesado que solo los gatos tienen. Cayó en sus cuatro patas. Cojeó durante un par de días, pero después siguió siendo la misma gata vanidosa de siempre.

Los excelentes resultados de esta prueba preparatoria, me animaron a avanzar en mi proyecto. Comencé a hacer los planos de mi paracaídas, llené varias páginas de papel cuadriculado con diversos modelos. Compré cuerditas reforzadas. Saqué del armario las sábanas que vestían mi vieja cuna y estuve una semana entera fabricando el prototipo.

Al terminarlo, no se lo mostré a mi hermano, el operador de la torre de control. Pero sí a Margarita.

Margarita tenía una forma de tratarme muy especial. Me decía: tráeme esto, tráeme aquello. O me silbaba como a Ronny, su toy poddle: fuiz fuiz, y yo iba a toda velocidad a su encuentro, porque los silbidos de Margarita eran los más hermosos silbidos del planeta.

Al ver mi prototipo, Margarita dijo:

—Mejor es el mío.

—¿Tú tienes paracaídas? –pregunté.

—Claro –me respondió– y es mejor que el tuyo.

Sentí vértigo, un agujero en el estómago. Luego me encerré en mi laboratorio (es decir, en mi habitación) e hice añicos mis planos garabateados en papel cuadriculado. Agarré mi prototipo hecho de sábanas y cuerditas y lo convertí en picadillo con una tijera colegial.

Un día, Margarita me invitó a merendar en su casa. Era una casa enorme la de Margarita, parecía un palacio, con unas cabezas de antílopes colgando de las paredes, con alfombras de piel de tigre o de oso y muchas fotos de grandes proezas familiares. Fuimos a su cuarto, que también era enorme, y allí, tirado en su cama, jugando Atari, estaba el operador de la torre de control, mi hermano.

Margarita sacó del armario una caja enorme. Me dijo: esto es para ti.

Yo abrí la caja. Había una mochila. Y dentro de la mochila un paracaídas. Un paracaídas, pero de verdad verdad.

—Wow –dije.

—¿Lo ves? Es mejor que el tuyo –dijo Margarita.

El operador de la torre de control dejó el Atari y abrió su bocota:

—¿Cuándo hacemos el lanzamiento?

—Mi papá es un verdadero paracaidista –se ufanó Margarita.

—Ah, tienes miedo –dijo el operador de la torre de control.

—Yo no tengo miedo –respondí.

—No lo molestes —terció Margarita— y luego me preguntó, en voz baja: ¿lo vas a hacer? Si lo haces te voy a dar un… y sin terminar de decir lo que iba a decir, silbó: fuiz fuiz. Entonces yo estuve a punto de ir a su encuentro y ponerme a su entera disposición. Pero a cambio apareció Ronny, el toy poodle, que aterrizó en sus piernas a una velocidad asombrosa. El maldito perro faldero se me adelantó.

Las semanas previas al lanzamiento estuve investigando y afinando cada detalle. Subí numerosas veces al tanque de agua, calculé el recorrido de punta a punta, la distancia que había del tanque al patio: unos siete metros. Reproduje mentalmente cada paso. En mi cabeza estaba todo perfectamente calculado. Debía correr con todas mis fuerzas desde la parte de atrás y al llegar al borde pegar un buen salto y abrir el paracaídas. Y una vez que pegara el salto, pum, a volar.

 La noche antes estaba muy inquieto y tuve este sueño: Ronny, el maldito toy poodle, mordía el cuello de Malena, mi gata, mientras mi hermano, el operador de la torre de control, estaba tirado encima de una alfombra de piel de tigre o piel de oso, mirando al techo y entonces, de pronto, yo me desesperé. No estaba Margarita, no veía a Margarita por ninguna parte. Margarita, gritaba, Margarita…

Desperté. Vi mi reloj: eran las 3:30 de la mañana. Faltaban todavía algunas horas para el gran día.

 

Y aquí volvemos al comienzo de esta historia. Tarde de abril con muchas nubes. Densa, oscura. Una tarde mejor que esa, imposible. Y yo arriba del tanque de agua listo para volar. Viento moderado, cielo despejado, humedad relativa. El operador de la torre de control daba las indicaciones y también me daba ánimo:

—Dale, cagón, dale.

Margarita estaba sentada sobre la grama del patio comiendo galletas y hojeando un álbum de la Barbie. El paracaídas de su papá me quedaba realmente enorme: los arneses flojos, las correas colgando, y ese montón de tela arruchada, como derramándose a mi alrededor. Me asomé por última vez para ver a Margarita. Desde allá arriba admiré su melena media rubia, media marrón. Tuve la convicción de que junto a ella me esperaría, finalmente, algo inolvidable.

Sin embargo, en un instante de lucidez, dudé. Pensé que el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, un mal presagio. Si Malena, mi gata, moría a manos de Ronny, eso quería decir que algo andaba mal. Muy mal. Podía haber soñado con otra cosa. Por ejemplo, con aquello que me daría Margarita después de mi exitoso salto. ¿Qué sería? ¿Un juguete? ¿Un beso? ¿Un fuiz fuiz que duraría toda una eternidad? Me reproché no haberle preguntado antes. ¿Por qué no lo hice? ¿Por miedo? ¿Por vergüenza?

—Dale, cagón, dale –escuché de parte de la torre de control. Y luego:

—Fuiz, fuiz –el cristalino silbido de Margarita.

Espanté como moscas los inoportunos pensamientos, deseché todas mis malditas dudas infundadas y entonces, ya decidido, grité:

—Allá voy.

—Dale, que se va a hacer de noche –dijo torre de control.

Respiré hondo, cerré los puños (o puñitos) para darme ánimo, y en una fracción de segundo repasé mentalmente todo mi plan. Tomé impulso, corrí desde la parte de atrás del tanque, corrí lo más rápido que pude y con el viento a favor hice pie en el borde y… salté.

Alcancé una excelente altura. Me suspendí como una pluma, como el polvo. Sentí la presión delicada del aire en mi cuerpo, el viento que susurraba suavemente en mis oídos y el aparatoso paracaídas que parecía una medusa borracha a mis espaldas. Quizás no fue el mejor paracaídas para llevar a cabo el lanzamiento, pero eso es lo de menos. Lo importante es que volé. Créanme que volé.

Y la sonrisa de Margarita brilló en todo el patio.

 

Por Gustavo Valle | @vallegusta

#DomingosDeFicción: Las almohadas

En su relación, que ya tenía varios años, ellos duraban largos espacios de tiempo sin verse. El trabajo de J lo llevaba a viajar constantemente y, en muchos casos, a permanecer en un sitio alejado por varias semanas. Al inicio, él y C hacían sus viajes en pareja, pero con el tiempo, eso fue cambiando. Compraron una casa, un carro y se asentaron como familia, y eso llevó a que C quisiera quedarse en casa, en lugar de estar recorriendo el mundo cada mes o cada dos meses. J sopesó la posibilidad de cambiar de trabajo, pero le gustaba mucho lo que hacía, recibía un gran sueldo y C se había terminado por acostumbrar a ese estilo de vida. De hecho, ambos decían que así mantenían la mejor de la relaciones, siempre apasionante, casi sin discusiones, llena de un cariño fortalecido por el tiempo de distancia. También habían aprendido a ser románticos cuando no estaban juntos. Se hacían video llamadas, en las cuales salían a pasear o a comer, se tentaban enviando fotos sensuales, se prometían cosas qué hacer cuando se volviesen a ver y, cuando los viajes eran muy largos, se enviaban algunos obsequios que les hicieran recordar al otro (como la tira de un sostén perfumado o una corbata recién utilizada). Y para las horas de sueño, en las que no se hablaban, cada uno usaba una almohada que se iluminaba cuando el otro se acostaba. Cuando J se dormía, y posaba su cabeza en su almohada, entonces la de C brillaba de un amarillo muy tenue, indicándole que su pareja estaba durmiendo. Así, ambos podían acostarse y pensar que yacían juntos, como si a través de ese cojín pudiesen sentir sus mejillas, una contra otra. En más de una ocasión, J y C besaban sus almohadas, como esperando a que su gesto se desplazara a través de la luz y llegara a su pareja (incluso hubo un momento en que ambos, sin saberlo, besaron a la almohada al mismo tiempo, lo que les produjo una inexplicable sensación eléctrica en los labios).

Al principio, la luz había sido un obstáculo para conciliar el sueño, sobre todo porque a veces esta se encendía a mitad de la noche, debido a las diferencias horarias. Pero ambos habían terminado por acostumbrarse y encontrar tranquilidad en ese brillo, que los llevaba a hundirse en él y a abrazar la almohada.

Una noche, durante un viaje de J a Buenos Aires, ciudad a la cual ya había ido casi una decena de veces, C le hizo una video llamada y le sorprendió encontrarlo a medio vestir. “Sí, estoy recién llegando”, le dijo él. “¿A esta hora?, ¿no es algo tarde?”, le preguntó ella. “Un poco, pero no tanto, recuerda la diferencia horaria. Además, fue por algo del trabajo, así que no podía negarme”. Después de eso, se despidieron y a los pocos minutos, la almohada en la cama de C se iluminó.

Cuando despertó, vio que esta aún brillaba, lo cual le parecía extraño porque usualmente J se levantaba primero que ella, más porque Argentina tenía una hora de adelanto. Aún así, no le prestó demasiada atención. Fue al baño, se cepilló, se vistió, se preparó el desayuno y tras reposar, salió a trotar y a comprar algunas cosas que le hacían falta. Al regresar, cuando ya pasaban de las once de la mañana, dejó las bolsas en la cocina y entró en su habitación, en donde la almohada seguía brillando. Sacó la cuenta: en Buenos Aires ya debía ser el mediodía, y, según veía, J seguía acostado. Por más inquieta que estaba, prefirió no dejarse alterar demasiado. Se dio una breve ducha, durante la cual trató de pensar en otra cosa. Pero al salir, una vez más, se encontró con la pálida luz amarilla de la almohada.

Intentó realizar una video llamada desde su celular y luego desde su laptop, pero no tuvo respuestas. También llamó al hotel en el que se quedaba J, donde le dijeron que ya le comunicarían con la habitación, pero el teléfono sonó sin que nadie atendiera. Llamó tres veces siempre con el mismo resultado. Pensó que quizá la almohada se había descompuesto, así que la reinició. Dentro del cojín parpadeó tres veces una luz roja, indicando que se estaba apagando, y luego otros tres parpadeos blancos al encenderse. Pero tras eso, volvió a aparecer la luz amarilla. Por la mente de C pasaron escenas terribles: J muerto, ahogado o infartado, sobre la almohada, o asesinado, y la sangre corriendo por las sábanas blancas…

Su estado de angustia se extendió hasta casi una hora más, momento en el cual recibió una llamada de J. Ella le gritó, le preguntó qué le pasaba y dejó escapar algunos insultos. Él le respondió que lo lamentaba mucho, que había estado dormido todo el rato y que quizá hubiese sido por algo que comió. Luego se volvió a disculpar, haciendo bromas leves y asegurando que no volvería a pasar, lo cual fue suficiente para C, quien para el final de la llamada ya reía y bromeaba con J. Pero aún así, esa noche volvió a pasar lo mismo: el cojín se encendió a las nueve de la noche y se mantuvo brillando hasta entrada la mañana del día siguiente. Pero C no volvió a preguntar por no querer sonar paranoica, aun cuando lo cierto fue que con los días, tras casi una semana en la que se repetía la misma situación, ella terminó por acostumbrarse, aunque con cierto recelo. Lo último que dijo al respecto fue: “Bueno, con todo lo que duermes, quizá te despidan”. J ignoró el comentario y habló de otra cosa, pero C lo cortó preguntándole cuánto faltaba para que volviera. J hizo una mueca de extrañamiento, porque ella casi nunca hacía esa pregunta, al menos no de aquella forma, como una demanda o una súplica. “Aún falta un poco, sabes cómo es esto”, respondió él.

Un par de días después de esa conversación, la almohada de C, en medio de la noche, se apagó y no volvió a brillar sino hasta cuatro días después –durante los cuales J no atendió ninguna llamada–, cuando parpadeó tres veces una luz roja en su interior, indicando que la otra, la almohada gemela, había sido apagada.

C intentó contactar a J por diferentes vías, pero ninguna la llevaban a nada. Buscó en Google razones por las cuales una almohada de esas podría ser desactivada y todos los comentarios apuntaban a un rompimiento de relaciones, a “parejas que antes se querían y querían dormir juntas, pero ya no”. También leyó algo, una broma, que la hizo sentir como una idiota, pero también como si hubiese caído en un pozo oscuro. Leyó: “Si yo tuviese esa almohada, colocaría un ladrillo sobre ella y saldría toda la noche”. Ese comentario hizo que varios escribieran “jajaja” como respuesta, pero para C, aquello era una posible explicación al brillo sostenido de los días anteriores. También se preguntó si aquella vez en la que había llamado a J y lo había encontrado a medio vestir, en realidad él se preparaba para salir a algún sitio.

Los días de C se sucedieron grises, y turbios, como si la hubiesen sumergido en el fondo del mar, donde no podía ver nada y sus pulmones se comprimían por la presión. También lloró con frecuencia contra la almohada, a la cual lanzaba golpes, y por el teléfono, cuando llamaba a sus amigos para pedir ayuda. Ellos la visitaron en varias ocasiones y la abrazaron con fuerza, pero con el tiempo, dejaron de ir y de prestarle tanta atención, porque aunque lamentaban todo lo que había pasado y querían ayudarla, todavía tenían sus propias vidas de las cuales ocuparse. Así que, progresivamente, C fue quedándose sola.

De todo aquello, lo que más le dolía era no haber tenido una explicación: J había desaparecido sin decirle nada y, aún después de casi mes y medio, no le atendía las llamadas. C evaluaba toda su relación y sus últimos días, buscando alguna señal de despedida o alguna explicación, pero no lograba encontrar nada: él se fue a Argentina, como había hecho tantas veces antes, y, de un día a otro, se desvaneció de su vida.

 

Al cabo de un poco más de cuatro meses, C, todavía dolida y con un espacio vacío entre su estómago y la columna, se decidió por aceptar lo que había pasado y con eso, la casa empezó a dejarle de parecer tan grande. También retomó la rutina de salir a trotar por las mañanas y de comer con sus amigos, siempre tratando de evitar a J en sus conversaciones. Sin embargo, ocasionalmente, casi siempre por las noches, cuando estaba sola, volvía a sentirse bajo una presión oceánicamente triste.

Durante una de esas noches, su almohada brilló tres veces en blanco contra su mejilla. Se incorporó y se quedó viéndola por largo rato: esta iluminaba la habitación de un amarillo opaco. C, cubriéndose el cuerpo con las sábanas, la veía como si se tratara de una fiera que amenazara con sacarle el estómago. Casi de inmediato, el teléfono empezó a sonar. Ella dejó que repicara una docena de veces antes de levantar el auricular. Al otro lado de la línea, escuchó llorar a J. Él le dijo que lo lamentaba y que se arrepentía por haberla dejado, que no debería haberlo hecho y que ahora se sentía terriblemente mal. C lo dejó hablar sin decir nada, se llevó el auricular al oído y se acostó en la almohada. “Sé que estás ahí”, le dijo J cuando ella posó su cabeza contra el cojín. “Por favor responde”. Pero C no abrió la boca. Por el contrario, con un camino húmedo que bajaba por sus mejillas, colgó la llamada sin dejar que él terminara de hablar. También apagó su almohada y desconectó el teléfono. Aunque no concilió el sueño en toda la noche, sintió que dentro de poco podría hacerlo, porque algo dentro de ella se había recompuesto y ya se había hecho a la idea de dormir con todas las luces apagadas.

 

Por Jacobo Villalobos | @JacoboV95

*Este cuento pertenece al segundo libro de Jacobo Villalobos: Intrusos.

#DomingosDeFicción: Una llamada perdida

De pronto, suena el teléfono.

El hombre permanece en la cama, inmutable, como si no hubiera oído nada. Ni siquiera abre los ojos. Está desnudo. No totalmente: todavía tiene puestos los calcetines. El resto de su ropa está sobre su silla. Sin doblar. La camisa es de color naranja. El pantalón, azul. Junto a la silla, también hay una botella a medio llenar. Es un licor barato con aroma de whisky. Eso dice la etiqueta, aunque en la calle afirman que es aceite para helicópteros. Es lo único que pudo pagar. Cada hígado tiene lo que se merece.

El teléfono suena de nuevo.

El hombre, ahora sí, abre los ojos, pero mantiene una expresión ausente, como si en realidad no estuviera ahí, en esa circunstancia, en esa habitación, en ese cuerpo. Tal vez es ella, piensa. Un cuarto de sonrisa, llena de ironía. Se asoma en sus labios. Ella jamás llamaría. Jamás va a llamar. Se incorpora. Sigue sentado pero levanta la mitad de su cuerpo de la cama. Mira hacia la mesa de noche, observa el auricular. Luego deja rodar sus pupilas lentamente por toda la habitación. La cama no tiene sábanas. Es una imagen dolorosa. Parece una lata vacía. Por un segundo, deja que su mirada merodee por ese colchón, rondando una vieja etiqueta de plástico donde apenas puede leerse una marca. Mira también su cuerpo. Su cuerpo desnudo sobre el colchón. Es el mismo de siempre. Tal vez un poco más pálido. Recorre con los ojos su piel, desde los hombros hasta los pies. Observa sus calcetines. Son grises y están sucios. Como la familia, como el matrimonio, piensa. Como todo.

Otra vez: el teléfono.

El hombre suspira. Con un gesto descuidado toma la botella y la lleva hasta sus labios. Bebe. En el clóset ya sólo está su ropa colgada. Lo demás se ha ido. Sólo quedan sus cosas. Media docena de camisas. Varios pantalones. Dos trajes. Cada prenda en su percha, guindando de su gancho, como si estuviera en una carnicería: el clóset es un congelador oscuro, las reses muertas están suspendidas, sujetadas por garfios. ¿Hay insectos? ¿Moscas? ¿Qué es ese zancudo que flota sobre las sombras?

Aló, dice, apenas.

Buenas tardes.

No necesita mucho más para clasificar la voz. Nada más con el saludo le basta. Una mujer de treinta. Delgada, quizás algo nerviosa. Con los senos pequeños pero redondos; las caderas amplias, generosas. Vestida de verde. También lleva anteojos. Quizás sólo son anteojos oscuros, para protegerse del sol. El hombre la puede ver detrás de ese buenas tardes. No dice nada más. Espera.

¿Quién es?

El hombre tampoco contesta. Piensa que se trata de un número equivocado. Cuelga y se incorpora. Se dirige al baño. Despacio. Arrastra los calcetines sobre el suelo. Cruza delante del espejo sin mirarse. Ni siquiera de reojo. Con su mano derecha toma su pene, apunta, orina. Le gusta sentirlo en su mano. No hay nada que explique esa sensación. Sólo le gusta. Le da ánimo. Disfruta también el sonido del orine hundiéndose en la taza del retrete. Va más allá del alivio físico. Casi es una experiencia espiritual. La vida es puro líquido, piensa.

De pronto, suena el teléfono.

El ring ahora tiene un eco que antes no había podido percibir. El sonido se exparce, llega rebotando contra las paredes. El hombre masculla algo. Dice mierda o coño, dice algo así. Se sacude. De regreso a la habitación, se detiene un momento frente al espejo. Mira su rostro. ¿Y si, en verdad, fuera ella? Si ella lo llamara por teléfono, ¿qué pasaría? ¿Cómo reaccionaría él? ¿Acaso la perdonaría, le pediría que regresara? ¿Acaso una llamada telefónica puede lograr que todo vuelva a ser como antes?

El teléfono sigue sonando.

Aló, contesta con cierta impaciencia.

¿Por qué me trancó?

Me pareció que se había equivocado de número, eso es todo.

¿Quién es? ¿Con quién hablo?

¿Quién eres tú? Tú estás llamando, comienza a tutearla.

Ella entonces hace lo mismo.

¿No me puedes decir tu nombre?

El hombre se tiende en la cama, de nuevo. Se da un trago. Apoya la cabeza en la almohada.

Yo te marqué porque tengo aquí, en mi celular, una llamada perdida. Y el número es este. Déjame ver. ¿Este es el 545 27 81?

Sí.

Entonces, desde ahí me llamaron.

Es imposible.

Pero es la verdad. ¿Por qué te iba a llamar entonces? ¿Crees que estoy loca?

Aquí no vive nadie.

Pero estoy hablando contigo.

¡No seas marica, coño! ¡Te estoy diciendo que hay un error!

No lo puede controlar. El grito sale, estalla, silba como vapor.

La mujer no responde, pero tampoco cuelga. Permanece ahí, muda, del otro lado de la línea. Una extraña inquietud parece instalarse entre los dos. El hombre se alza, se sienta en la cama. Los segundos comienzan a transcurrir de manera espesa. Como si fueran algo tangible, granos, cuerpos que pueden apretarse entre los dedos. El hombre siente, o cree sentir, que la mujer llora. O tal vez sólo aguanta el llanto. Lo reprime. Al fondo de la línea, hay un gemido, asfixiándose. ¿Por qué no dice algo? ¿Por qué no lo insulta? ¿Por qué no tranca? ¿Por qué no hace nada?

Pero tampoco él hace nada. Ninguno de los dos interrumpe la llamada. Están hundidos en un silencio cada vez más crispado. La respiración es lo único que flota entre ambos. Un reloj sin forma. Aire que se retiene, se contiene; entra, sale, tieso, tenso.

¿Sigues ahí?, inquiere, después de una pausa, en voz baja.

Sí, susurra.

Discúlpame.

Discúlpame tú.

Ambos vuelven a quedarse callados. El hombre, sin soltar el auricular, comienza a quitarse los calcetines. Con cierto apremio, con una breve emoción. Se enfunda uno de ellos en su mano, como si fuera un guante. Con esa mano comienza a acariciarse.

Se toca, se jala, se excita.

El silencio continúa.

 

Por Alberto Barrera Tyszka | @Barreratyszka

#DomingosDeFicción: Cuerdas de metal

Un trozo de queso, fresco y duro, remojado en leche para sacarle la sal. Una arepa asada. Un café cerrero. Nada mejor para completar el desayuno. Si el día hubiese estado lluvioso, se habría ido a recostar debajo de un moriche para reposar la comida y sentir el abrazo de la tierra del llano. De seguro se echaría aire con su sombrero, a la espera de que el ganado bajara de pastar y se metiera solo en los establos para guarecerse del agua. Lejos del morichal y del ganado, la lluvia es su única compañía en la marcha por tierras extrañas. Las gotas le mojan hasta el alma y no hay palmas en donde refugiarse.

Para el Soldado, el aguacero es especialmente incómodo. El sudor y la lluvia han hecho un canal en su cuerpo que conduce directo al talón de su bota izquierda. Cada paso es un chapotear que le desgarra la piel. Le gustaría detenerse a vaciarla, pero no quiere arriesgarse a desatar los gritos del Sargento.

El viento huele a pólvora y a tierra mojada. El suelo comienza a cubrirse del gris que ya ha visto antes. Sabe que pronto llegará a su destino.

— ¡En Barranquilla se acaba esto! –eran palabras tan familiares que ya las hacía suyas.

Al enlistarse, no sabía muy bien que era eso llamado guerra. En principio, pensó que sería como en las películas de la televisión, con ametralladoras, aviones y tanques, en búsqueda del fulano Charlie. Un camión grande, con una capota de lona verde, fue el preludio que marcaría la diferencia de la realidad con las películas en el cara de vidrio. Subió al cacharro de un empujón y se sentó en el primer espacio vacío. Había muchachos de todos los pueblos, vestidos igual que él con guerrera, pantalones camuflados y cascos en las cabezas. Se colocó el fusil entre las piernas y vio por las rendijas el manto de su llano que se iba borrando tras la nube de humo que dejaba el camión. Tres años de sudor, fuego y peleas dieron al traste con sus suposiciones de adolescente sobre batallas con helicópteros sobre la selva.

Lejanas detonaciones calientan la lluvia. Todo se estremece, aunque el Soldado no sabe si son sus piernas o el suelo que pisa. Al menos de algo está seguro: si está temblando debe ser por el frío y no por miedo a la muerte, pues a la fulana le perdió el respeto la noche que recuperaron Maracaibo y tuvo que apagar su primera vida.

—Después de la primera, todo es más fácil –le dijo el Sargento tras aquel disparo que él le hiciera a un rostro igual al suyo.

Desde entonces, el cráneo partiéndose en pedazos y tiñendo el aire con una nube escarlata ha salido a saludarlo cada vez que escucha una explosión. Es su marca de la muerte. A veces, el Soldado le responde el saludo; otras, escupe a un lado y la mira con indiferencia. Le gustaría saber más de ella, pero en el cuartel no le enseñaron nada con respecto al trato hacia la innombrable, salvo que era mejor ni siquiera pensar en ella.

De su breve entrenamiento, apenas y aprendió a armar y desarmar un fusil, y, por supuesto, a cargarlo como a un recién nacido. También lo enseñaron a pararse firme y sin pestañar, en especial al escuchar el discurso diario sobre amar y liberar a su tierra de la plaga invasora.

— ¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento.

Comienza la rutina que el Soldado tanto conoce: disparos, detonaciones, cráneos en nubes púrpuras. Él espera que si un tiro contrario lo alcanza, le dé justo en el corazón. No soporta la idea de quedar con sólo tres dedos, como el mocho Antonio en su pueblo, quien perdió media mano por un tiro de escopeta que le dieron al intentar robarse unos lechones en una granja vecina. Los silbidos le rozan el mentón, aún lampiño. No intenta cubrirse, sino que se arroja de frente para disparar con más atino. Una esquirla rebota en el suelo y se le incrusta en la pierna. Lanza una mentada de madre y baja a la trinchera a revisarse.

Al verse el muslo sangrando, teme un destino peor que el del mocho Antonio y es quedar sin una pierna, igual que el viejo Miguel, dueño de la vaquera en dónde trabajaba en verano. El viejo quedó condenado a andar con muletas y un muñón amarrado en el lado derecho del pantalón, aunque siempre altanero, como un gallo arrecho de pelea, que usaba la muleta de la pierna buena como pico para saltarle encima a los contrincantes. El Soldado se saca la esquirla con los dedos y un chorro de sangre la acompaña. Aprieta los dientes y se amarra la herida con un pañuelo. Se da unos golpecitos en la pierna adolorida y se dice a sí mismo que, si la pierde, igual agarrará su fusil y lo usará como pico para matar a cuanto enemigo se encuentre.

La batalla es corta. El ejército contrario retrocede. Los combatientes que han triunfado van saliendo de sus trincheras como pequeños insectos, que excretan gris y negro a su paso, y chillan canciones sobre la victoria. La marcha se reanuda con ánimos renovados, pero no para el Soldado, pues debe lidiar con una pierna mal vendada y una bota que chapotea.

Un Cabo mira el paso lento del Soldado y le increpa:

—¿Por qué arrastras las suelas? Si el Sargento voltea, te va a joder.

—Es que hoy me pesa la muerte –responde el Soldado con tono risueño.

El Cabo agacha la cabeza. La innombrable no es bienvenida, mucho menos luego de una batalla. Para el regimiento su sola mención es sinónimo de mal agüero. El Cabo queda en silencio un rato, luego retrocede y lleva fuera de la fila al Soldado para preguntarle:

—¿Antes de que esta guarandinga comenzara, alguna vez te tropezaste con la pelona?

—Sí –dice el Soldado y aprovecha la pausa para ajustarse el pañuelo-venda de la pierna–. Fue en el caserío de Morón, cerca de mi pueblo. Yo estaba pasando una temporada por esos lados en casa de mi tío Numa. A él le gustaba pescar y un día me convidó para ir al río, pero la parca lo agarró cuando me enseñaba a preparar carnada de pez culebrita. ¿Tú sabes?, esos grisesitos y pequeños que siempre hay en agua dulce. Bueno, resulta que esos bichos son buenos para la pesca, sólo les debes cortar la cabeza, entonces ellos como que se inflan y listo, los metes en el anzuelo. Resulta que mi tío les arrancaba las cabezas con los dientes. Ese día hizo lo mismo, pero sin querer se lo tragó entero. El condenado pescado se infló cuando le estaba pasando por al garganta. Le cortó la respiración. Él me señalaba el cuchillo y me hacía señas para que le abriera el cuello, pero no tuve las bolas… Quedó frío ahí mismo.

—Yo nunca tuve contacto con la pelona –le responde el Cabo con indiferencia–. Allá en la costa nada más hay ánimas en pena y sobre todo aparecidos. Andan siempre de aquí para allá. Les gusta pelearse entre ellos. Siempre gana uno y el que pierde se pone bravo y sale a asustar a los hombres de Dios. Son así como nosotros, pero lanzan miedo en vez de plomo.

Vuelven al camino. El Soldado intenta ya no arrastrar las botas y mantener un ritmo firme. El sol apenas y alumbra entre las nubes grises que no acaban por reventar. El fusil al hombro se balancea al igual que la brisa que vuela entre los rostros inexpresivos. Por instantes, el Soldado cree sentir el olor del mastranto, pero este queda aplastado por el aroma de la pólvora y la tierra quemada.

El Sargento ordena guardar silencio. El vigía de la radio informa que la retirada del enemigo ha sido una farsa para atraerlos a las orillas del río Magdalena, en dónde aguarda un batallón de adversarios que los supera en número. No hay forma de volver atrás. El Soldado se culpa por haber mencionado a la muerte y atraer su pestilencia a la batalla, pero no hay tiempo para tribulaciones.

—¡Rodilla en tierra! —grita el Sargento cuando comienzan los disparos.

Todo se le hace confuso al Soldado. El pensamiento se le nubla y el cuerpo adquiere voluntad propia. Se vuelve uno con el fusil y comienza a escupir fuego en todas direcciones. Se detiene de súbito porque el arma se encasquilla. La golpea contra el suelo, pero sigue sin responder. La rabia lo desborda. Tiene un sabor extraño en la boca y un vacío en el estómago que necesita ser llenado. Suelta el fusil, lo maldice. Da varios berridos, tras lo cual intenta tomar una piedra para arrojarla contra la tropa rival. Al tratar de levantarla, tropieza con el cuerpo sin vida del Cabo. Lo hace a un lado de un empujón y logra liberar la gran piedra, pero esta se escurre entre sus manos por la sangre babosa que la cubre.

—¡Mira cómo dejaste está mierda! —le grita al Cabo.

Jadeante, el Soldado abandona la piedra y recuerda que el Cabo debe conservar su arma. Lo voltea para tomar el fusil y nota el agujero de bala, justo al lado de la nariz, que contrasta con la expresión de serenidad del hombre muerto. El Cabo deja de ser un bulto junto a la piedra para transformarse en el robusto moreno que le enseñara a armar su fusil y que siempre le gritaba:

—¡Muchacho gafo, así no!

El rostro sereno deja de pertenecerle al Cabo y se transforma en el suyo. Al principio se ve sonriente y usando un sobrero de cogollo, acostado sobre una verde llanura, igual a la de su llano, pero del fresco manto empiezan a salir cuerdas de metal que se enredan en el sombrero hasta transfórmalo en un casco, y que, al tocar su cuerpo, lo vuelven pálido y traslucido, como el de los aparecidos del cuento del Cabo. Las cuerdas lo rebasan y también se vuelven a clavar en la tierra para devorar la grama y dejar en su lugar pequeñas plastas grises y negras, iguales a las que quedan tras la marcha del pelotón.

El Sargento lo zarandea y grita, pero al Soldado no le interesan las palabras de su superior. Su mirada sigue perdida en búsqueda del verde de la llanura consumida por el metal. El golpe seco de la culata del superior en la frente le borra la sonrisa de llanero enamorado. Otra vez está en medio de la guerra. Vuelve a escuchar la voz del Sargento reprendiéndolo y amenazando con darle más duro si no se levanta a pelear.

Varias explosiones se escuchan a pocos metros. La polvareda, que se levanta y cubre el cielo, obliga al par de hombres a cubrirse tras un camión volteado. En la improvisada trinchera, descubren que no queda nadie más del regimiento. El Sargento asoma la mira de su arma por un costado, pero sin un blanco fijo al que apuntar, comienza a disparar en todas direcciones.

El Sargento sólo se detiene para arrojar junto al Soldado su pistola de reglamento y dos recargas, a la vez que le indica:

—¡Dispara, dispara!

El Soldado se coloca del lado contrario del camión y vacía el peine entero de la pistola en disparos sin sentido. Ya no hay enemigo al que quiera alcanzar, nada más intenta acallar la voz del superior con el ruido de las balas.

La polvareda va disminuyendo. No se escuchan más disparos, tampoco explosiones. A pocos metros, los militares distinguen una silueta que se acerca. El Sargento apunta su rifle. Al intentar dispara, descubre que está sin balas. La silueta se acerca un poco más y el Soldado reconoce la figura de una mujer.

—Mátala, ¡es una orden! ¡Mátala! –grita el Sargento.

A cada paso, la mujer se va haciendo más nítida. Está vestida con ropa andrajosa. Al Soldado incluso le parece que el vestido que usa es un saco de papa mal recortado. A pesar de ello, no deja de reconocer bajo los harapos una cadera ancha y unos senos enormes que parecen desbordarse entre la tela.

—¡Que la mates, pendejo!

El Sargento se desespera y salta hacia el Soldado para arrancarle la pistola. Recoge del suelo un peine de municiones y recarga el arma para apuntarle a la mujer con la precisión de la que siempre presumió delante de los principiantes. La bala no logra salir. Un tronido lo deja tirado en el piso y entre su cabello se escurren pequeños fragmentos de masa rosada y sanguinolenta. Detrás del cuerpo caído, el Soldado sostiene entre sus manos temblorosas su propio casco, salpicado por los sesos del Sargento.

Arroja a un lado el casco y camina algunos pasos hacia donde viera la silueta, pero de la mujer ya no queda huella. Corre al horizonte en su búsqueda. El polvo, la pólvora y la humedad han desaparecido por completo. Camina ligero. Ya no hay molestia ni dolor en su bota izquierda. La caminata que toma es larga, la más larga que ha dado en su vida. La tierra negra y gris queda atrás y brotes verdes van creciendo, cada vez más altos. A medida que avanza, termina cubierto hasta el pecho de hojas verdes y matorrales que lo dejan camuflado entre el paraje. Se siente perdido. Piensa en dar la vuelta, pero una tenue voz femenina le susurra:

—Estás perdonado. Ahora sigue. Te estamos esperando.

Ruidos de ametralladoras, aviones y tanques. Cuerpos se desangran y fallecen sobre el terreno de batalla. La tierra se hace viscosa y más oscura. Los hombres que quedan vivos sobre ella, se arrastran con cuchillos, piedras y pistolas en mano para seguir con la orgía de muerte. Actúan como espíritus sin conciencia, movidos por cuerdas de metal.

 

Por Roberto Lara Guedez | @laraguedez