la victoria de seguir con vida

La victoria de seguir con vida

Agosto de 2017. Caracas. 11:00 pm.

La luz de la luna lame el asfalto de la avenida Francisco de Miranda, en Altamira. Eduardo, Francisco, Daniel y una muchacha cruzan la calle como quien atraviesa un portal hacia la muerte: viendo a los lados, tambaleándose por la borrachera. Con las risas exageradas de veinteañeros que abusaron del ron y la vida.

Caminan hacia el carro de Francisco, quien llevará a cada uno a su casa.

Un aveo gris de 2011 se aproxima a toda velocidad. Es un carro idéntico al de Francisco: idéntico. Esto podría resultarle curioso a cualquiera de los muchachos si acaso alguno se diera cuenta de este detalle. Pero no, ninguno tiene el olfato clarividente de los que se anticipan al destino.

De los que esquivan la muerte.

El aveo gris de 2011, que acelera como gallina despavorida, viene perseguido no por un lobo sino por varias patrullas. Lo maneja un hombre y de copiloto va una prostituta. La historia prometería ser lo suficientemente sórdida como para aparecer en los periódicos, si no hubiese tanta censura ni tantas muertes de las que ocuparse.

El aveo acelera. Se le atraviesa otro carro y lo impacta. Ambos vehículos se desestabilizan: patinan sobre el pavimento. De fondo podría sonar una pieza de Bach, para hacer esto más dramático. Pero lo que suena a continuación es el aveo impactando contra cuatro cuerpos humanos.

Contra Francisco, Daniel, Eduardo y la muchacha.

Ya se sabe: la realidad puede cambiar en un segundo.

Los dedos de Wilfredo repiquetean sobre una de las mesas de la Librería Lugar Común, de Altamira. Son más de las 11 de la noche y Wil ve cómo el local se va quedando vacío. Bosteza. La música de Gorrillaz, I Feel Good inc, acaricia la soledad que comienza a sentir. Ya no tiene con quien hablar. El after party terminó, el alcohol también. Y hasta el pana al que estaban despidiendo –migrará, como tantos: huyendo de una ciudad y un país que muerden– desaparece.

Piensa que Francisco se está tardando. Se supone que iría a llevar a los muchachos a sus casas y, luego, se regresaría a buscarlo a él.

Saca su celular. Lo llama una vez. Nada. Insiste. Le contestan.

—Aló.

—Francisco, marico, ¿dónde estás? Te has tardado burda.

—Marico, nos chocaron.

—¡Mamawevo!, ¿¡de pana!?

Cuelgan.

Wil repite aló varias veces hasta que se da cuenta. Suspira. Su pie derecho golpea el piso con insistencia. Siente que su cabeza es un tambor. Quiere irse. Vuelve a llamar.

—Aló.

—¡Francisco, mamawevo, ¿dónde estás?!, ¡deja de joder!

—¡Marico, nos chocaron! ¡Nos-cho-ca-ron! Estamos en una ambulancia vía Clínica El Ávila.

Wil palidece.

—Voy para allá –responde.

En Caracas abunda el miedo. Esa bruma de color azul oscuro que se respira en cada esquina y que llena de pesadez el cuerpo cuando la noche gana espacio, cuando se oye una moto, cuando un conocido no atiende el teléfono.

Pero muchas veces no pasa de ser eso: una bruma y la correspondiente sensación de pesadez.

La violencia, como en casi todas partes del mundo, se concentra en pocos sitios y en pocas personas. Lo que pasa es que esos sitios y esas personas se han multiplicado. Lo que pasa es que reina la impunidad. Y lo que también pasa es que las noticias superan la imaginación.

Pero la vida debe continuar.

Y si no vives en un barrio, en una zona especialmente violenta o en una de las áreas high de la city –en donde el secuestro es tan común como el hurto en el Metro–, es probable que te muevas como quien baila con fantasmas. Huyendo de temores que no se concretan. Manteniendo precauciones que en otros países resultarían excesivas. Y hasta coqueteando con el placer y, cada tanto, olvidando que una moneda que caiga mal puede generar un terremoto. O hacer que los fantasmas se vuelvan de carne y hueso.

Wil atraviesa la avenida Francisco de Miranda. Varios policías pululan por la zona. Las luces rojas y azules de las patrullas aguijonean la oscuridad. Ve, entonces, un aveo gris 2011 chocado contra el poste de un semáforo. El carro de Francisco, piensa. Corre hacia él: teme que los policías se roben todas las pertenencias de sus amigos.

—Chamo, salte del carro: en ese carro tú no puedes estar –le espeta un oficial.

—No, este es el carro de un pana.

—¿Cuál pana?

—Uno de los que chocaron.

—A los cuatro se los llevaron.

El policía le explica que, uno, ese no es el carro de su amigo: es el del que los chocó. Dos, le informa que dos de los chamos –Francisco y Eduardo– quedaron bajo el aveo, que otro –Daniel– quedó desmayado al lado del mismo, y que la muchacha fue la única que pudo pararse de inmediato tras el golpe.

—Se los llevaron a la Clínica El Ávila –finaliza.

Wil se levanta. Mete las manos en sus bolsillos. Está corto de dinero. Agarra un taxi hasta la clínica. Allá le dicen que a sus amigos los remitieron a Salud Chacao. Es la medianoche de la una de las ciudades más peligrosas del mundo y Wil se regresa corriendo hasta el punto donde ocurrió el choque. Los latidos de su corazón lo ahogan.

Aborda a uno de los policías.

—Pana, me quedé sin real –dice.

La respiración agitada, los ojos suplicantes. Los gestos atropellados. Uno de los funcionarios, fastidiado, para un taxi:

—Pana, llévalo hasta Salud Chacao. Te doy la orden: hazme el favor –le pide al chofer.

¿Quién podía pensar, más allá de las prevenciones lógicas de cualquier caraqueño, que una noche de fiesta en el sitio de trabajo podía conducir a eso? ¿Quién podía pensar que, luego de tanta algarabía y nostalgia (después de todo, era una despedida) un fantasma podía atravesarse en el medio de chamos ebrios de despreocupación para materializarse como un monstruo nocturno?

En la cabeza de Wil, quien trata de comunicarse con el resto de sus compañeros de la librería pero ninguno le atiende, surge uno de los últimos relatos de violencia que ha escuchado.

No sabe por qué, pero el mismo le llena la sangre de cubos de hielo: de presentimientos nefastos.

Dos meses antes, la editorial Lugar Común publicó dos libros del poeta y profesor de la UCV, Eleazar León: un poemario y una antología de ensayos. Después de eso, la llamada de unos policías los sorprendió en la librería.

—Mira, aquí tenemos a una señora, el hijo la mató: queremos comunicarnos directamente con los familiares de los ciudadanos.

Así de directos fueron cuando el dueño de la cadena se puso al teléfono. Al parecer, los funcionarios revisaron una libreta de la mujer, esposa de Eleazar León, y encontraron el número de teléfono de la librería. De esta forma, un suceso que no saldría en prensa ni sería develado por ningún periodista se hizo visible para todos quienes trabajaban en Lugar Común. Un fantasma había cobrado cuerpo.

Wil recuerda eso y mueve su mano derecha con rapidez por delante de sus ojos, como si tratara de espantar a una mosca.

La chica tiene una lesión en el cuello, no tardarán en enviarla a su casa. Eduardo padece una fractura en el tórax: no se puede mover, no puede hablar. Por fortuna, un residente de Altamira –por donde vive él– vio el accidente desde su ventana y notó que una de las víctimas era Eduardito, así que llamó a su mamá, quien ahora lo acompaña a la espera de que los médicos digan qué hacer.

Con eso se consigue Wil cuando llega a Salud Chacao. Con eso y con la imagen de Daniel sentado sobre una camilla. Una enfermera le corta el blue jean con unas tijeras aparatosas, mientras otra le coloca algo en el pene. Wil se aproxima a saludarlo, en la sala de Emergencia. Daniel ni lo nota, solo repite una y otra vez, con gestos malandros y la frustración de quien se siente incomprendido:

Take away this shit!

Por alguna razón, luego del golpe, Daniel solo habla en inglés.

Wil detalla una cortada en la cabeza de su amigo, otra en el pómulo, y la abundante sangre que cubre toda su cara hasta sus hombros. Recuerda que los papás de su amigo están de viaje, fuera del país. Respira profundo.

Una doctora le dice que es necesario remitir a Daniel a El Llanito. Deben hacerle una tomografía y ese es el único lugar en el que podrán hacerlo: en Salud Chacao no tienen la máquina.

Wil se siente mareado, sus hombros experimentan la pesadez de fantasmas que lo aprisionan. Se decide a acompañar a su amigo. En eso, llega Francisco junto con su madre.

En el accidente, Francisco había quedado bajo el carro que lo impactó. Una vez lo sacaron de ahí, llamó a su mamá y le contó lo sucedido. Ella llegó en breve, dejó el carro cerca de donde había ocurrido el choque y se fue junto con su hijo y los muchachos en una ambulancia hacia Salud Chacao. Ahí se precisó que la “torcedura” que Francisco creía que tenía era, en realidad, otra cosa: el tobillo se le había fracturado en tres partes. También padecía una fractura en el fémur. Y de ñapa, un hombro golpeado. Lo remitieron a El Llanito y de ahí, por algún motivo, lo devolvieron a Salud Chacao.

Cuando Francisco va llegando en compañía de su madre, Wil y Daniel van saliendo.

Nadie entiende muy bien lo que está pasando ni las decisiones médicas. La bruma de urgencia que los arropa solo deja entrever dos cosas. Uno, las carencias de la institución médica obligan a rotar a los pacientes en medio de la noche. Dos, en El Llanito no atienden a todo el mundo.

—Di que él es de Petare, di eso allá, para que lo puedan atender –le dice una doctora a Wil.

—¿Pero cómo nos vamos a ir?, si acaban de devolver a uno de nosotros para acá –repite una y otra vez.

—No me interesa lo que tú digas, hay que enviarlo para allá y punto.

Cuando la ambulancia llega a El Llanito, un vigilante se ofrece a ayudar a bajar a Daniel. Wil y la enfermera se apean de la parte de atrás, mientras la doctora hace lo propio desde el asiento del copiloto.

El vigilante busca una silla de ruedas, que tiene una rueda doblada y a la que le falta el posapies. Usa un par de trenzas para amarrarle las piernas a Daniel, y procede a empujar la silla que avanza tan ladeada como los planes de los muchachos de llegar sanos y salvos a su casa.

En la sala de Emergencias, hay un montón de personas para quienes los peligrosos de la ciudad no son seres etéreos sino yunques contra los que chocaron y que acaban de cambiar su noche, su día, su semana, su mes, su año: su vida, quizá. Gente con gangrena, con los genitales hediondos, con la piel bañada en sangre, con la piel agujereada.

¿En qué momento una fiesta de despedida se transformó en un capítulo de La divina comedia?

A Daniel hay que hacerle un eco. Pero debe esperar, tiene una cola de pacientes por delante.

Wil se acerca a unos policías. Les explica que él trabaja en la Librería Lugar Común. Y, pese a que su amigo vive en El Junquito y estudia Letras en la UCAB, se ciñe a la orden que le diera la doctora: les dice que Daniel es de Petare.

—Coño, ¿y por qué habla inglés? –pregunta un policía.

—Porque es profesor en el Pedagógico –miente Wil.

El oficial se rasca la cara. Finalmente, responde:

—Déjame ver cómo hago.

A Francisco no lo atendieron en El Llanito por ser del área costosa de la ciudad. A Daniel, sin tener que seguir esperando, lo pasan de una vez para que le hagan un eco en el estómago.

Así funciona la salud en Caracas.

Daniel no tiene ningún órgano movido. Antes de hacerle la tomografía en la cabeza y en el pecho, le quitan lo que le queda de ropa. Mientras esto sucede, las enfermeras limpian la máquina con un coleto: se encuentra tan llena de sangre como si un corazón hubiese explotado ahí dentro.

Daniel tiene todos los tendones del cuerpo contraídos, apenas puede moverse. Y se queja, una y otra vez, de lo que sucede: no sabe por qué a los demás les cuesta tanto comprender lo que dice.

—Coño, pana, ¿pero no hay una camilla donde lo puedan acostar? –pregunta Wil a un doctor, luego de que ambas tomografías se realizaran y, dado que no mostraron nada “demasiado grave”, sacaran a Daniel de Emergencias y lo pusieran en Observación, sobre una silla ya bastante incómoda para alguien sano.

—No hay camilla, lo único que queda es Emergencia y te juro que aquí va a entrar más gente peor que él.

Pasadas las dos de la mañana, llegan Eduardo y sus papás. También lo ingresan a Emergencia y le hacen la respectiva tomografía. Luego, queda junto con Daniel en Observación.

Las palabras del doctor, entonces, resultan proféticas. Los enfermeros corren por el hospital con una camilla que sostiene a un hombre herido de dos disparos. La familia y la gente que lo trajo revolotean a su alrededor. Un doctor se acerca, lo detalla y nota que ambos tiros entraron por una parte del pectoral y salieron por otra: el hombre no tiene proyectiles dentro de su cuerpo, ni órganos afectados. Busca una inyectadora con adrenalina y se la clava en el brazo. También le limpian las heridas y le ponen suero. El tipo –que estaba desmayado– abre los ojos, se levanta y sale del hospital caminando.

—Verga, este se salvó de vainita. Definitivamente, los malandros tienen siete vidas –murmura el doctor.

Wil y los papás de Eduardo ven eso. Sienten que algo se revuelve en sus estómagos. La vida, la ciudad: ¿los miedos?

—Verga, qué vaina tan loca este país –dice Wil a un policía, minutos después, mientras fuma a su lado en el estacionamiento.

—No, pana, y tú nos ha visto nada –le responde el funcionario, luego de exhalar el humo hacia el cielo–: en estos días, un chamo mató a su mamá.

—Verga. ¿Cómo fue eso?

—La golpeó en la cabeza y le clavó un cuchillo en el vientre.

—¡Mierda!

—Yo llevé al carajito a la cárcel. En lo que entró, los malandros de ahí dentro nos preguntan: ¿y este por qué viene? Mató a la mamá, les digo. Ah, bueno, ese muere hoy, me responden. Dicho y hecho, mi pana: ese día lo picaron en pedacitos.

El cigarro de Wil se consume entre sus dedos. Lleva lo poco que le queda a la boca y, bajando la voz, pregunta:

—¿Por casualidad el apellido de ese chamo no es León?

—¡Claro! ¡Ese mismo es! ¿¡Cómo sabes!?

Wil procede a contarle su parte de la historia. Una historia que jamás verá luz en los periódicos. Un drama que opaca su propia sensación de peligro al enfrentar las consecuencias de un accidente que pudo ser peor.

Al final del día, la más grande de las victorias es sentir el calor de seguir con vida.

Casi a las cuatro de la mañana, Wil vuelve a rogar. Pide a los policías que lo lleven a Salud Chacao, ahí están Francisco y su mamá solos. El destino de Daniel y de Eduardo ya está echado: permanecer en Observación hasta que les den de alta.

Antes de salir, ve llegar a una mujer a la que le cortaron el dedo. La acompaña un corro de chalequeadores, que se burlan de su desgracia y solo aumentan las chanzas cuando los médicos explican que el dedo no se puede salvar. La mujer llora. Y Wil se pregunta dónde carajos está viviendo.

Llega a Salud Chacao, ve más malandros heridos, hombres apuñaleados. Francisco está sentando gimiendo de dolor. Los calmantes que le dan no son suficientemente fuertes y él se queja como si estuviese poseído. A las ocho de la mañana llega una ambulancia y lo trasladan a la clínica Méndez Gimón.

A los cinco días de estar internado, lo operan de emergencia, aunque en ese momento tiene fiebre y taquicardia. La demora en hacer la intervención quirúrgica se debe a que no conseguían los clavos necesarios. Si esperan más, Francisco puede pasar a engrosar una estadística a la que no quiere pertenecer.

Pese a la fiebre, aguanta la operación. Daniel también se recupera, vuelve a hablar en español y nunca puede recordar lo sucedido. A Eduardo, por su parte, le dieron de alta luego de pasar parte de su jornada en Observación al lado de una mujer con gangrena y el respectivo hedor putrefacto. Como un recordatorio de lo afortunado que es.

Con el paso de los meses, los cuatros jóvenes continúan haciendo su vida y vuelven al saludable sopor del que espera más nunca volver a rozar la bruma de sus temores. Son protagonistas de una historia gigante de final improbable. En la ciudad de la muerte, ellos siguen con vida.

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

credibilidad

La credibilidad de los reyes

Las concentraciones que adversan al régimen tienen varios termómetros. Al menos en Caracas. El primero es el Metro: uno puede medir el nivel de riesgo que guarda la convocatoria dependiendo de si los usurpadores mandan o no a cerrar el sistema de transporte. El segundo, el despliegue de fuerzas del Estado que están controladas por la dictadura: colocar guardias y policías nacionales en cada esquina es una forma de fanfarronería. Y el tercero es el tráfico: si la convocatoria es en la plaza Alfredo Sadel, desde Chacaíto se ven hileras de personas.

Es sábado 11 de mayo y estoy yendo a la concentración que convocó el presidente Juan Guaidó como respuesta a la cacería de diputados que emprendió la dictadura.

El Metro está abierto. No veo casi policías ni guardias. Y tanto Chacaíto como el inicio de Las Mercedes denotan la rutina de cualquier sábado.

Cuando llego a la Alfredo Sadel, apenas hay un puñado de personas. El venezolano, quien ha hecho de la impuntualidad un arte de disciplina prusiana, a las convocatorias del presi llegaba a tiempo. Hoy la cosa, según, iba a arrancar a las diez de la mañana. Son las 11:30 y sobre el punto más elevado de la plaza (el cual funge de tarima) hay un hombre vestido de morado, con una congregación alrededor, orando de una forma que no termino de comprender.

—Hermanos, repitan después de mí –dice.

Me dirán que se llama Ulises Santamaría y que es un místico que trata de crear un movimiento religioso a su alrededor. Presencio el momento más desconcertante (¿patético?) de toda la lucha democrática del 2019: es imposible no pensar en los aguafiestas que repiten que ni un milagro nos saca de esto.

He asistido a casi todas las concentraciones de lo que va de año. Esta ha sido la menos concurrida. Una semana atrás comenzó la llamada Operación Libertad y las fantasías épicas de las personas se alborotaron. El más comedido seguro que soñó con el avión del usurpador aterrizando en Rusia. La gente salió a la calle como si el mañana –el día después de la dictadura– hubiese empezado ya. Una semana después, la consigna es concentrarse en Las Mercedes: hace poco apresaron al vicepresidente de la Asamblea e inició una cacería de diputados.

A estas alturas uno está para ponerse quisquilloso con las ayudas: ¿y si Los Vengadores o La Liga de la Justicia vienen al país?

Saludo a un par de amigos. Me acomodo entre el público cuando veo que están sacando el atril. Nunca un pedazo de plástico con el escudo de Venezuela generó tanta ilusión como este año. Su presencia solo significa una cosa: el presidente va a hablar.

Foto: cortesía @asambleave

Las redes sociales y la realidad caminan en direcciones distintas. Aunque, desafiando la lógica, a veces se enredan como garabatos mal dibujados. En redes, el pesimismo de los que están afuera hace tanto ruido como los bots de la dictadura. Parecen las dos caras de una misma moneda. A veces, hasta me sorprendo leyendo quejas que dicen que todo empeora y la gente como si nada: ¿qué información han consumido durante los últimos dos años quienes hacen comentarios por el estilo? En el país con la penetración de Internet más baja de la región, el único termómetro más o menos eficaz es la calle.

Guaidó sigue contando con el beneplácito de la gente allá donde pisa. Debe ser el actor político con mayor aprobación. Ni los usurpadores ni sus compañeros de lucha pueden decir lo mismo. Todos tienen su público, pero Guaidó tiene a (casi) todo un país.

Aunque hoy menos gente de lo habitual lo escuche en vivo.

No solo es un líder, sino un milenial hijo de la cultura pop. Se para a un lado de la tarima y saluda como un prócer del civismo. Luego hace lo propio al otro lado. La postal es una oda a la ciudadanía. Más que un padre que quiere guiar a la victoria, se parece a cualquier vecino educado. En Troya, Aquileo y Héctor se hicieron famosos blandiendo espadas. La guerra, no obstante, la ganó el ingenio de Odiseo.

Desde el día anterior circulan en redes imágenes de casas de diferentes dirigentes políticos grafiteadas con amenazas. Guaidó llama a esto por su nombre: terrorismo de Estado. El póker, la política y el rap se parecen: en pocos ámbitos el blufeo es tan importante. La dictadura tiene algo más que spray para amedrentar: son varios los presos políticos, los diputados que están huyendo y los refugiados en embajadas. Pero cada vez luce más debilitado: el monstruo que asesina sin pudor ahora raya paredes. La respuesta del presidente es la que más ha dado en las últimas semanas.

—No descansaremos hasta lograr el cese de la usurpación.

Y comienza a hablar de la importancia de que la calle se mantenga encendida. No por él ni por los políticos que los rodean: por el país. Hace rato que a un líder mediático no le ceñía tan bien el traje de servidor público.

—¡Estados Unidos espera tu orden! –aúlla un hombre.

El comentario sobrepasa al presidente: una risa se le atraviesa y se interrumpe para decir:

—Dios te bendiga.

“Si no vuelvo, es porque me fui con Venezuela”, dice Guaidó que se oye en una canción alusiva a los jóvenes asesinados en las protestas. Tirándole un caño a la apología a los mártires que se tejió en 2017, se dirige a los estudiantes, a La Resistencia y a los chamos que manifiesten:

—Ustedes no se tienen que ir con Venezuela, ¡ustedes tienen que vivir en Venezuela!

Luego de los eslóganes bélicos del régimen y de que sus adversarios les copiaran el juego, la transición política lleva el rostro de un hombre que más que guerra y venganza persigue la vida, el reencuentro y la libertad. Repito: una oda a la ciudadanía.

—Hace poco un amigo me decía que conspirar es co-inspirar. Bueno, co-inspiremos.

El discurso está bien, tiene momentos emocionantes, pero el público esta vez no solo lo quiere escuchar: pide que se solicite apoyo militar extranjero. Guaidó insiste con que los militares venezolanos se pongan del lado de la Constitución. El tema me hace pensar en una parábola sobre las relaciones públicas:

Un joven le pide a un rey la mano de su hija. El rey le dice que de ningún modo, que su hija se casará con un hombre rico o prestigioso. El joven le responde que ya pertenece a esa categoría: acaba de asociarse con el mayor comerciante del mundo. “Si ese es el caso, tienen usted y mi hija mi bendición”, sentencia el rey. El joven luego busca al mayor comerciante del mundo y le pide que se asocien. Este le responde que de ningún modo. “Pero yo soy el prometido de la hija de rey”, explica el joven. “Así sí, trabajemos juntos”, finaliza el otro.

Foto: cortesía NTN24

Tengo la sensación de que Guaidó juega un poco a eso con las personas y los militares. El contrato con la calle lo tiene. ¿Y el apoyo de las Fuerzas Armadas?

—A la comunidad internacional le diré que la mejor solución para los venezolanos, es la más rápida.

Cuando termina su alocución, alguien me comenta:

—¿No crees que, viéndolo así, rodeado de puros civiles, parece muy fácil agredirlo, hacerle algo?

En este tablero de ajedrez hay dos reyes. Uno usurpador y sin apoyo popular. El otro legítimo y con el reconocimiento de casi todo el mundo. El primero, ya no se muestra en público, graba sus discursos para después transmitirlos y siempre está rodeado de hombres armados. El segundo, se sigue dejando ver en la calle sin guardaespaldas.

Cuando camino hacia Chacaíto, me consigo en una esquina al diputado Miguel Pizarro. Una decena de personas lo saludan, le piden fotos.

—Vamos, vamos –dice, sonriendo, quitándole el teléfono a unas señoras para agilizar la selfi–, que tengo 15 minutos tratando de cruzar la calle y no me han dejado.

Uno de los diputados más mediáticos salió de la concentración caminando por Las Mercedes. Logra cruzar y enfila por una avenida.

¿Cuántos de sus adversarios se animarían a hacer lo mismo?

 

Por Lizandro Samuel | @lizandrosamuel

siempre el regreso | madrid

Siempre el regreso

La primera pregunta que me hace la gente cuando se entera de que estudié la carrera en España es la misma que me hacían mis amigos españoles cuando les decía que al terminar me devolvería a Venezuela. “Pero,  ¿por qué si ya vives aquí te quieres regresar allí? Eso es como vivir en Beverly Hills y querer volver a las calles”, me dijo un compañero con acento madrileño, sin la mala intención que aparentemente iba implícita. A todos les doy la misma respuesta: “Porque es mi casa”. En el 2006 me fui a estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 17 años y me tocó irme recién graduada justo después de toda la euforia de las caravanas, misas, fiestas y viajes de graduación. Aunque todavía nos prometíamos una amistad eterna, ya todos empezábamos a asumir que la vida universitaria le pondría algunas trabas a esa promesa, sobre todo por la distancia: como yo, unos cuantos nos preparábamos para dejar el país.

“Juan, no me quiero ir”, recuerdo que le dije a un amigo a la orilla de alguna playa de Punta Cana, en plena noche y embriaguez, cuando nos dirigíamos con otros a la discoteca del resort en el que pasamos nuestro viaje de graduación. “Bueno, Andrea, es tu decisión, además siempre puedes regresar y…”, “¡No, Juan! No me quiero ir, en serio”, le interrumpí tirando con fuerza las sandalias en la arena, llorando ante un amigo que no hallaba qué decir para consolarme y un grupo de graduandos de otro colegio que, al verme llorar, y a él mudo, nos gritaban desde lejos: “Dile que sí”, “¡Bésala!”, y alguna otra cosa que logró hacerme reír y me empujó a seguir con mi camino hacia la discoteca.

Nunca me quise marchar. Mi mamá tenía que irse unos años por trabajo y entre que era mi deber de hija única de padres divorciados no dejarla sola y la lluvia de “estudiar en Europa es lo mejor que puedes hacer”, “te va a abrir a otros mundos” y los “ay, qué fino, chama, yo me iría mañana”, me fui, y dejé mi sueño de estudiar en la Universidad Central de Venezuela, cambiándolo por la oportunidad de estudiar en una casa con 500 años de historia.

Ciertamente tenían razón en muchas cosas. Europa sí abre la mente a nuevas realidades que son intangibles en Venezuela. El estilo de vida es otro, las preocupaciones son distintas, más ligeras: la primera vez que salí en Madrid, huí asustada durante tres cuadras de “alguien” que me perseguía, en mi mente un violador que a las 4 am. me había visto como la presa perfecta. Fue en la cuarta cuadra cuando volteé a encararlo que me di cuenta de que era un tipo, quizá padre de mi familia, paseando a un perro. “En este país la gente pasea perros en la madrugada”, pensé.

Madrid como ciudad y Europa como continente ofrecen infinidad de posibilidades capaces de volarle la cabeza a cualquiera. A mí me la dinamitó.

Personas interesantes de todos los rincones del mundo, calles seguras que pude recorrer descalza a cualquier hora, gente inteligente que creía en su palabra, pensadores de élite que habían vivido y muerto en esa ciudad, artistas que lograban vivir de ello, cultura activa, subversiva y contra; una universidad excelente que explica cómo debe ser la educación superior; una ciudad viva en invierno, otoño, primavera y verano; un transporte público que funcionaba siempre y bien, la oportunidad de recorrer el Viejo Continente. Amistades e historias de amor increíbles con la ciudad y sus habitantes, siempre viviendo todo con la suficiente intensidad como para acallar la terrible sensación de nostalgia que nunca dejó de acompañarme a lo largo de mis cinco años en España.

Jamás me quise quedar.

Después de un rato, el brillo de la llegada se desvanece y deja ver la realidad como es: una nueva vida alejada de todo lo que uno conoce y quiere. El Ávila me dolía, las voces de mis familiares me llegaban lejanas en el teléfono, vi impotente cómo mi país se caía y cómo mis amigos emprendían sin mí una lucha que también era mía. Vi cómo no iba a ser parte en ningún cambio en lo que más me importaba, comprobé que la pantalla del celular no acerca tanto como uno quisiera, que la comida y la sazón raspan el paladar cuando no se tienen: entendí que cuando uno extraña una arepa es que extraña de verdad, porque no hay nada más pendejo que llorar por una arepa.

Tuve amigos venezolanos en Madrid pero me alejé de ellos. No me gustaron porque me pareció que hacían una de dos cosas: o se reunían en grupos cerrados de puros coterráneos para añorar a Venezuela y detestar a los españoles, o se radicalizaban y eran más ibéricos que Franco comiendo jamón serrano: odiaban al país de origen y se bañaban en el acento recién adquirido para distanciarse aún más del objeto odiado: ellos mismos. Para el momento en que mi mamá había terminado su trabajo y se fue, a mí aún me quedaban dos años de carrera y –grandes, enormes, bellos– amigos españoles que fueron mi familia en el extranjero.

Cuando llegué aquí, aún llorando por lo que había dejado allá, me cuestioné si había hecho bien en volver, sobre todo porque Caracas me echaba en cara una realidad muy ruda. Aprendí que comer una barquilla de mantecado en shorts, mientras se camina por la Río de Janeiro, era un lujo del que iba a tener que prescindir si quería conservar mi integridad física y moral; que aquí en el que no corre vuela; y que el humor negro es la regla para mirar de frente la sonrisa de colmillos que regala la ciudad; pero sobre todo recordé por qué siempre me quise regresar: se habla mi acento, se canta mi himno, se sufren mis penas.

Estoy en mi casa.

Europa me enseñó que toda mala época se supera siempre y cuando haya gente dispuesta a dejarse la piel para sacar adelante lo que otros dan por perdido. Al final, es una cuestión de elegir por qué problemas se prefiere luchar. Irse o quedarse es una elección tan libre e incuestionable como personal. La mía fue volver porque no importa cuántas veces pueda caminar descalza por Madrid, prefiero ver dos parejas de loritos atravesando El Ávila a las cinco de la tarde.

 

Por Andrea Atilano | @andreabasienka

De polo a polo

La primera vez que marché con el chavismo fue el primero de mayo de 2012. En octubre se celebrarían las elecciones presidenciales a las que, por tercera vez consecutiva, Chávez sería candidato.

No recuerdo por qué ese día en específico resolví salir, pero sí recuerdo una cosa: mi indecisión a la hora de elegir qué ropa usar. Me debatía entre una franela cómoda y la única camisa roja de mi clóset. Ganó la segunda opción: mi deseo de no desencajar en el rebaño era grande. Más tarde, una chama –chavista “desde siempre”– no dejaría pasar por alto la oportunidad de señalar lo forzado de mi elección.

Salí de casa sin dar muchas explicaciones, tampoco me las pidieron. Un suéter inmenso (que estorbó el resto del día, por supuesto) cubría y al mismo tiempo revelaba mis intenciones. Desde hacía meses mi inclinación política, contraria a la de mi madre y abuela, nos había distanciado. Me estorbaba, también, ser señalada por mis vecinos. Yo era una niña fresa, insegura hasta la médula, que temía ser tildada de chavista por los opositores y de adeca por sus nuevos camaradas.

Llegué sola al punto de concentración, en El Silencio. Los conocidos de la universidad me habían avisado por sms que estaban apostados del lado izquierdo de la tarima. El sonido de las cornetas era ensordecedor: no me costó demasiado encontrarlos.

Aquello era un espectáculo a toda mecha: había un dj, había un host, había cerveza. Viandas vaciadas de comida se esparcían por toda la acera y por el medio de la calle, como cuando en carnavales el bulevar de Sabana Grande se llena de papelillos. Solo que esta vez se trataba de anime y aluminio, cartón y servilletas. Plástico.

Desde la tarima, el animador me incomodaba con sus chistes homofóbicos en contra de Capriles Radonski, el contendiente del “Comandante Invicto”. Pero yo quería (¿necesitaba?) encajar, así que miré para otro lado. No podría decir cuánto tiempo estuve ahí, pero nunca me sentí amenazada. Todo aquello parecía una inmensa reunión familiar. Los ánimos de campaña preelectoral eran la verdadera razón para estar reunidos un primero de mayo, Día del trabajador.

Me gustaría mucho decir que mi chavismo duró poco, pero la verdad es que duró lo suficiente para llegar a votar por Maduro. Sí, me hizo ruido el aire monárquico con que Chávez señaló a su sucesor. No, no consideré seriamente abstenerme, o votar por Capriles. Sencillamente eso se salía de mi rango de pensamiento.

Haber apoyado la dictadura es algo que me llena de culpa y autodesprecio. De alguna manera me consuelo a mí misma recordándome que al menos no me he ido, que decidí quedarme aquí para asumir las consecuencias de mis antiguas convicciones. Luego me entra pánico y pienso que eventualmente no me quedará otra opción más que migrar, porque debo velar por la seguridad económica de mis viejas.

Muchísimas personas insisten en decirme que otros, más inteligentes y preparados, también cayeron en el dogmatismo chavista, seducidos por el discurso, por las ideas. Otros han sido más realistas y me han espetado que por culpa de gente como yo estamos donde estamos. Supongo que ambos argumentos llevan algo o mucho de razón. He aprendido a no defenderme contra los señalamientos, a aguantar lo que me toca, y seguir.

Asumí que ahora pertenezco al otro lado de la historia. Y que lo mínimo que puedo hacer –hacer y no solo decir o pensar– es salir a la calle cuando hay que hacerlo, en lugar de quedarme sentada en casa guarecida.

Soy lo bastante torpe (y fresa, ya lo dije) como para suponer que haría algo útil exponiéndome en primera fila, durante las manifestaciones a favor de la democracia. No sería capaz de patear una bomba lacrimógena, y quizá me tropezaría con una trenza de mis propios zapatos intentando correr. No me estoy excusando: es mi momento sincero. Yo lo que hago es ir, y estar. Asistir a la convocatoria, permanecer en la calle.

El primero de mayo de 2019 comenzó, en realidad, el 30 de abril. Serían eso de las 6:30 de la mañana cuando empecé a escuchar cacerolas y pitos. Entendí que algo estaba pasando. Aquello, en la acomodadita zona donde vivo, no es normal. Mi roommate, que creció en un piso 20 de un edificio en Los Teques y que vivió un tiempo en El Cementerio, ni se inmutó.

Encendimos los smartphones. Empezaron los sonidos de las notificaciones, uno tras otro. Una amiga, que además es mi tocaya y vive en Holanda, me llamó para instarme a no salir ese día. Mi roommate y yo nos montamos de una en el protocolo de abastecimiento, de manera apresurada, porque había alistarse y salir.

Esta vez no me detuve a dudar qué ropa debía usar: eran los zapatos de caminar qué jode, pantalones para tirarse al piso si hace falta, y sobre todo una pañoleta discreta pero práctica para cubrirse de los gases lacrimógenos. ¿Accesorios?: un aspersor con una solución concentrada de bicarbonato, porque, aunque sabes que no vas a estar en la primera fila contra las tanquetas, estarás expuesta a las bombas.

En Altamira estaba Guaidó. También Leopoldo López, nada menos que en su primera acción de calle después de su detención en el 2014. Si mi yo actual pudiese interceptarme en el 2012 para contarme aquello, me hubiese sorprendido más saber que alguna vez estaría a menos de diez metros de Leopoldo, que de verme viajar en el tiempo. Luego me reí para mis adentros: pensé que de ser un personaje de Avengers, sin duda sería Nébula.

Estaban montados sobre una camioneta, hablaban y sus voces apenas se expandían por unos megáfonos. Me quejé de no poder escucharlos y me ofusqué porque no tenían el sonido adecuado. “Qué clase de improvisación es esta”, me quejé en voz alta. Un chamo me escuchó y, con calma, me explicó que, desde hacía unos meses, funcionarios habían apresado a trabajadores de estas empresas que montan sonido y tarimas, y que se habían llevado (“robado”) cornetas: por eso ahora era tan complicado todo el tema logístico.

La gente comenzó a arengar a la masa para bajar a la autopista, donde estaban reprimiendo. Ninguno de los presentes estábamos enterados de algo, todos estábamos asumiendo. Me indigné cuando vi que la caravana de los líderes políticos emprendía esa dirección. Seguían improvisando, me dije. Luego entendí los motivos, y eran válidos. En ese momento lo que me ardía era pensar en las razones por las cuales no era inteligente tomar la autopista, donde no hay vías de escape, y la única opción ante una amenaza inminente es correr en sentido contrario.

Le comento a mi mate: “Date cuenta cómo a la oposición de base le falta pensamiento estratégico. No piensan la ciudad como un territorio. Y en eso el chavismo de base les lleva una morena”.

“Claro”, respondió. “Ellos [los chavistas] son militantes. Nosotros somos civiles y más nada. Al chavista lo adoctrinan… uno no quiere eso. Hay que hacer las cosas distinto si se quiere un país diferente. Sería caer en lo mismo, pensar que la solución es creernos soldados”.

“Toma eso, Mariana”, pensé.

“Coño, tienes razón”, alcancé decir. Y yo que creía que ya me había extirpado de todo aquello. No solo es el lastre de la culpa el que se carga encima. Después de eso, le bajé dos. Tocaba callarse un poco.

Nos quedamos buena parte del día en la calle, entre Chacao y Altamira. Suficiente para observar cuánto tiempo lograron los manifestantes soportar los embates de los represores abajo en la Fajardo, para ver cómo una tanqueta obligaba a la marcha de la Francisco de Miranda a retroceder.

Aquello, definitivamente, no era una fiesta. Había esperanza, sí. Pero nadie estaba refrescándose del sol del mediodía a punta de cerveza, al menos no de manera abierta y descarada. Aunque, hay que decirlo: también se gritaban improperios contra Maduro. Solo que nadie se reía de eso. El coro de la mentada de madre les venía desde la más pura rabia. Tal vez un poco desde la impotencia del que se alivia insultando el aire, queriendo hacerlo contra una cara.

 

Al día siguiente seguía siendo primero de mayo. Funcionaba el Metro esta vez, lo que de alguna manera nos desanimó un poco. Pero cuando salimos a la Plaza Francia, la multitud –al menos cinco veces más gente que el día anterior– nos hizo sonreír. Una señora, con las mejillas sonrosadas, nos dijo que venía desde La California. Que ahí había estado Guaidó, quien estuvo al menos una hora hablándoles.

Otro amigo tenía noticias menos alentadoras: a la altura de la Universidad Bolivariana, un piquete de la Guardia había impedido que la marcha que venía desde Los Chaguaramos, Santa Mónica y la Av. Victoria avanzara. Era una verdadera lástima: para la marcha del 23 de enero –en la que Guaidó se juramentó como presidente encargado–, la cantidad de personas que lograron llegar desde esa dirección era impactante. Recuerdo que tuve la suerte de verlos acercarse desde la autopista, subiendo por la Av. Principal de El Rosal.

Toda decisión política deja saldos positivos y negativos. El elemento sorpresa supuso que el día anterior fuéramos menos, pero aguantáramos más. Este miércoles primero de mayo, éramos muchos, pero la facción prodictadura estaba advertida ya de las movilizaciones: arremetió con todo. Y “todo” en este caso significa plomo, motorizados con parrilleros vestidos de civiles que andan armados. La gente suele referirse a este tipo de sujetos, inmediatamente, como “los colectivos”. Pueden ser cualquier cosa, da lo mismo. Sencillamente es la palabra que usas cuando quieres ser enfático y sintetizar: corre que vienen disparando y no creen en nadie.

Quienes traían el mensaje de alerta eran los chamos que suelen (ex)ponerse al frente, cara a cara contra los funcionarios. Me acerqué a uno que no tendría más de 19 años. “¿Vienes de la Fajardo?”, pregunté. El chamo se encontró con mi mirada fija y atenta. Explicó: “Ya no queda nadie allá abajo. Nos replegaron, a todos. Nos dispararon”. “¿Balines?”, pregunté con ingenuidad y ahí perdí su atención. Peló los ojos: “¡Nooo! Balas, plomo”.

La camioneta de los paramédicos de la Cruz Verde pasó, tocando corneta. La mujer que venía de copiloto hizo señales para que subiéramos. Nos urgía a que nos resguardáramos. Con rabia, escupiendo al piso la frustración, obedecí. Miraba hacia atrás cada tanto. La imagen de la plaza comenzó a perderse entre los árboles de La Castellana. Emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos a la boca de la Av. Los Mangos con Av. Libertador, nos topamos de frente con un cerco de Guardias que cargaban antimotines, máscaras y estaban armados. En ese escenario, cruzar la calle o irte por otro lado es más idiota que seguir caminando como si nada. Atravesamos el cerco. Sus miradas se posaron alternativamente en los bolsos, en mi pañoleta. Nosotros nos limitamos a comentar en voz alta y con naturalidad qué bonita sería una final de Champions Ajax vs. Barcelona. Respiramos aliviados y permanecimos en silencio una vez que la Libertador nos abrió paso.

 

Es curioso: el chavismo me presentó ese espectro que es la paranoia de la amenaza permanente, pero nunca sentí tan real la existencia de un enemigo dispuesto a aniquilar como el 30 de abril y el primero de mayo.

Siete años me separan de aquel primer momento, de aquella primera marcha con el chavismo. Se siente como una vida entera. No creo que se trate de un paralelismo, como si fuera un comienzo que se repite desde un lugar y un momento distinto. Me gusta pensar que es más como la vuelta de un bucle que se acerca a sí mismo, sin tocarse. Solamente para avanzar.

 

Por Mariana Mercedes

Bienvenido a la feria de la persistencia

Parte de mi rutina diaria consiste en comprar pan para mi papá de 77 años, que lo devora como si se le fuera la vida en ello. Después de una mañana de primero de mayo con dolor de garganta, probable secuela de un 30 de abril sin mucho acero en los nervios, al mediodía consigo tres panes campesinos sin hacer cola en una callejuela escondida de La Candelaria. Con ese estorbo encima entro al Metro para ver si colecciono un nuevo discurso en vivo de Juan Guaidó. En las redes dicen que el presidente (e) va a hablar en la Plaza Altamira. El centro de la capital venezolana, mientras tanto, parece normal, excepto porque casi todo está cerrado.

Es un primero de mayo extraño. El día anterior hubo una sublevación militar, o algo que pretendió serlo, y sin embargo puedo bajarme del Metro a las 2:30 pm en la estación de Altamira, cerca del epicentro del levantamiento, algo tan cómodo para mí como inquietante. El desvencijado subterráneo de Caracas es un termómetro del nivel de riesgo político que concede el régimen a una manifestación demócrata; y si Altamira está abierta, quizás equivale a decir que la dictadura no ve hoy peligro alguno en esa concetración.

Uno de los líderes civiles de la rebelión de ayer, Leopoldo López, amaneció libre por primera vez en cinco años después de fugarse de su arresto domiciliario. Al comienzo del día martes, las canas en las sienes de López eran un síntoma de la cercanía de la libertad. Al caer la tarde, de su lejanía: pidió refugio primero en la embajada de Chile y luego en la de España. Las embajadas son como los portales del Doctor Strange: se supone que entras a ellas y estás mágicamente en otro país. Pero en realidad sigues en el lugar de la recesión económica más catastrófica del mundo desde la Libia en guerra civil de de 2014. Y nunca lo he intentado, pero se supone que no cualquiera de nosotros puede brincar una reja electrificada y pedir asilo en un pedacito del mundo exterior.

Altamira hoy está hasta los tequeteques, o al menos es la sensación térmica que da. Son las dos de la tarde y hay dos camiones como tarimas improvisadas en medio de la multitud, uno de ellos coronado de viriles fotógrafos vestidos como Robocops, señal de que va a hablar Guaidó, que también sigue libre después de ayer.

Lo primero que hago, en estos casos, es pensar en sitios en los que puedo protegerme ante una posible estampida. En realidad la gente se empieza a granear. Guaidó todavía no ha llegado y muchos se retiran al Metro, con cara de decepcionados. “Que nos digan si va a venir”, exige una mujer. Otros se acercan al borde de la autopista, al sur de la Plaza Altamira, donde han comenzado las escaramuzas con fuerzas de represión y las nubes de gas lacrimógeno distorsionan la vista en lontananza. Algunos lucen cintas azules en los brazos, una moda que quizás impongan los pocos militares de la Guardia Nacional que ayer respaldaron al presidente legítimo: 25 terminaron huyendo de torturas casi garantizadas y se refugiaron en otra embajada, la de Brasil.

Por momentos tengo la ilusión fantástica de que estoy en una feria de atracciones. En un momento dado, no precisamente quienes más gente congregan, se dirigen al público un puñado de diputados con megáfonos. Solo reconozco a Manuela Bolívar y su máscara permanente de mortificación, de estar dando 150% por una causa. Un compañero de tarima asegura que “a la usurpación le quedan días” y los oyentes chillan mecánicamente. Hay billetes de 100 bolívares fuertes regados como papelillos. Una chica desenrolla un dólar para pagar tres raspaítos. Como a las 3:15 pm, mal presagio: los diputados abandonan abruptamente la tarima y recordamos que esta en realidad es un camión que tiene un chofer, quien toca cornetazos a los atravesados para retirarse. Nadie lo dice, pero todos lo adivinamos: Guaidó ya no va a hablar en Altamira. ¿Lo habrán metido preso?

No, rato después me entero de que horas antes estuvo en El Marqués.

Una mujer materializa el sentimiento de orfandad en palabras: “Guaidó se va. Nosotros nos quedamos”.

 

Es otro de tantos días en Altamira, donde suelen encontrarse siempre los caraqueños demócratas incluso después de cada enésima frustración durante estos 20 años de involución. Aquí, el 16 de agosto de 2004, los antepasados de lo que luego llamaríamos “colectivos” asesinaron a Maritza Ron, el lunes siguiente a la victoria de Hugo Chávez en un referéndum revocatorio (59% contra 40%), un momento en el que parecía prácticamente imposible desalojarle del poder.

 

No tengo máscara antigás, vinagre o Maalox, solo una bolsa con tres panes y unas hojas de papel de reciclaje que activan el recelo y la curiosidad que despertamos hoy en Venezuela todos los que tomamos notas, pero no puedo evitar la tentación de acercarme lo más posible a la más morbosa de las “atracciones”: la batalla sin sentido y perdida de antemano, como la del toro contra el torero, entre profesionales de la represión y civiles con piedras. “Vamos al sandungueo”, sonríe un chamo de clase media, y me le pego atrás. Las tanquetas antidisturbios a lo lejos, quizás las mismas que ayer arrollaron a civiles como Luis Aguilera, me hacen pensar en los transportes bípedos AT-ST de Star Wars.

 

No son solo chamos: hombres de tercera edad, niños y gente con aspecto de indigencia se unen a la inútil refriega contra las tanquetas como si se les fuera la vida en ello, de la misma manera que mi anciano padre mordisqueando su pan. Como si de reventar un vidrio al blindado dependiera el cese de la usurpación. Alguna máscara de Iron Man, alguna franela de Hulk, algún escudo del Capitán América y, si me hubiera quedado más tiempo, seguro veo el martillo de Thor. Me cuesta distinguir las detonaciones lejanas de las percusiones cercanas. Como Pedro Picapiedra en la cantera de Piedradura, algunos destruyen maquinalmente trozos de aceras, alcantarillas, vallas de comercios y de edificios y lo poco que va quedando de ciudad para fabricar munición: llego a pensar que podría estar en riesgo la Virgen, en refulgente dorado que nos vigila al sur de la Plaza, que por lo visto nos ha dejado de proteger hace rato.

 

Cada tantos minutos, corridas y gritos que nos aconsejan que no corramos. Cada tantos minutos, aplausos para algún noqueado que vuelve a la pelea después de ser atendido por los enfermeros voluntarios. Cada tantos minutos, sirenas de rústicos con banderas de cruces que arrancan hacia la clínica El Ávila: muy probablemente, heridos de bala, ya no de perdigones. Cada tantos minutos, un vendedor de relucientes chucherías que sale más barato traer de Colombia porque ya no se producen aquí: “Llévate las Oreo que le gustan a Guaidó, el que se come una se come las dos”.

 

Ráfagas en mi dirección. Estampidas. “Eso es FAL”, especula un experto espontáneo. Me retiro hacia Chacao a las 4:00 pm –justo antes de que empiece lo peor de la represión, según me entero después– y solo entonces el gas me irrita las mucosas. Ya los altavoces del Metro anuncian que “la estación de Altamira no presta servicio comercial”: en realidad ninguna estación lo presta, pues ya el Metro no cobra pasaje.

Me despido preocupado de lo que he percibido como una gran feria de la desolación, en la que cunde como candela en gamelote seco el descreimiento en salidas pacíficas y democráticas. Al mismo tiempo, no deja de ser admirable que persista tanta resistencia. Que nos levantemos de nuevo un primero de mayo después de un 30 de abril en el que se saboreó de nuevo la decepción, tras el globo de ensayo de una ilusión forzosamente anclada con piedras.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia

Entre la fe y la incertidumbre

Tum-tum: tocan mi puerta.

Me queda al menos media hora más de sueño y, desde la ventana, me llega el ruido de pitos y gritos.

—Adelante –digo a mi rommate.

Entra a mi cuarto. Tiene una cara de recién levantada que me hace reflexionar respecto a la contundencia de mis lagañas.

—Revisa tu teléfono, algo debe estar pasando –me insta. Y, sin esperar a que reaccione, se acerca a mi mesita de noche para pasarme mi celular.

Ajá, vamos con calma que no son ni las siete.

En lo que lo enciendo, me llegan varias notificaciones de WhatsApp. Twitter está que arde. El presidente Juan Guaidó se encuentra junto con Leopoldo López (a quien liberó de su arresto domiciliario) en el distribuidor de La Carlota. Lo apoya un comando de militares. “Hoy inicia el cese de la usurpación”, repite sin alzar demasiado la voz frente a la cámara.

—Se prendió –digo en voz alta.

Me ducho, me cambio, chateo. Agarro la hoja con mi lista de tareas para el día: la convierto en una bola de papel y la echo a la basura.

Prioridad uno: ¿tengo comida?

Es curioso como los imprevistos atacan en los momentos de mayor descuido. Ni siquiera los mega apagones de marzo me agarraron tan poco preparado. El bono de desempeño que debían pagarme hace cuatro días se retrasó y quién sabe cuándo va a llegar, Mercantil me debitó una plata que no consumí luego de que el punto diera “transacción fallida” y no me ha dejado aún hacer el reclamo, tengo como una semana sin comprar víveres un poco porque lo dilaté y otro poco porque estaba contando con un dinero que no se ha concretado.

En la cuenta en la que tengo plata es en la Banesco, pero de ella no tengo tarjeta de debito (porque se dañó hace más de un año y las agencias no pueden reponérmela). Ujum. Hablo como mi rommate y entre los dos nos las apañamos para abastecernos en los pocos locales de la zona abiertos.

Prioridad dos: atender el llamado del presidente Guiadó. Nos vamos a La Carlota.

 

Atravesando Sabana Grande un picor de rabia me recorre el estómago: demasiadas personas caminan en dirección contraria hacia donde me dirijo. ¿Será que no saben que la convocatoria es en el este de la ciudad? Claro que lo saben, por eso huyen. Todos queremos un cambio para el país, pero a veces son demasiados los que prefieren verlo cambiar desde sus casas.

De lo que me voy enterando por teléfono es de que la represión está heavy. Me dicen que en Altamira y en la base de La Carlota el cielo se tiñe de humo de bombas lacrimógenas. Estoy deseando llegar al sitio para comprobar lo que sucede, cuando, a la altura de Chacao, un grupo de militares –cuatro o cinco– caminan en fila india mientras son aplaudidos. Están poniéndose al servicio de Guaidó. Teléfonos que los graban, palmas que los celebran.

Y, entonces, suenan las detonaciones.

—¡Cuidado!, ¡están arriba! –repite una mujer de franela blanca y pómulos decorados con las banderas de Venezuela.

Desde el techo del Ministerio Público, ubicado en la avenida Francisco de Miranda, francotiradores presionan los gatillos que me obligan, junto a decenas de personas, a encontrar refugio. Acabo frente a un quiosquito y bajo su toldo de metal. Ahí permanezco un rato, hasta que me animo a seguir.

Objetivo número uno e innegociable: narrar la historia, no que me narren.

 

En Altamira Juan Guaidó habla, a través de un megáfono y sobre una camioneta. A su lado está Leopoldo López. “Es la primera vez que veo a Guaidó”, dice una chama que acaba de pegar el grito de una adolescente reguetonera que se tropieza con Maluma. “Es la primera vez que veo a Guaidó rodeado de militares”, pienso.

No se oye bien lo que dice, pero transmite el mensaje que ha hecho circular desde temprano: hoy empezó la Operación Libertad y el cese de la usurpación. Leopoldo alza los puños como un coronel. No es poca cosa: la última vez que Leopoldo estuvo por esos lares fue para entregarse a las garras de la dictadura. Quién sabe si por querer convertirse en mártir, quién sabe si por otra cosa.

Un hombre pasa a mi lado pidiendo permiso con la autoridad de un comandante en jefe. “¡Café, café!”, anuncia después de que me aparto. Noto que lleva un termo gris guindando de su mano derecha. Coño, que no se diga que los venezolanos no vemos oportunidades en cada esquina.

Los líderes se meten dentro del carro y los militares, en otra camioneta, siguen llegando al sitio. Vítores. Expectativas más alborotadas que las abejas de un panal apedreado. Cantamos el himno, el Alma llanera, Venezuela y otras cosas más. Desde la Francisco Fajardo, mientras, llega el sonido de las detonaciones y una cola de humo negro que se eleva hasta el infinito.

Todos esperamos y yo me consigo con varios panas. Las sonrisas con las que nos saludamos son el vestido que engalana nuestra ansiedad. Decido sentarme: si algo he aprendido, es que en estas cosas hay que saber administrar energías. Y tan equivocado no estoy: luego de una hora, un chamo corre hacia el carro donde está el presidente. Habla con la celeridad del que ha visto fantasmas.

—¡Vengan a ayudarnos a la autopista, vengan a ayudarnos! –aúlla.

El rumor se convierte en “noticia”: una tanqueta hirió a manifestantes. Yo no he puesto un pie en la Francisco Fajardo, pero el olor y los ruidos que llegan llevan escrito la palabra represión. El chamo habla con tanto desespero que lo escuchamos casi que por miedo a que se le pare el corazón. Palabras van y vienen. Las personas comienzan a gritar “¡Autopista, autopista!” y el carro del presidente se mueve en dirección al destino clamado.

—Coño –se queja una jeva–. ¿Esta gente no sabe de inteligencia militar? No puede ser que se caiga en el clamor de las personas. Hay que tener una dirección, un plan y apegarse a él.

Yo hace rato que asumí que el juego de ajedrez me supera: me gano la vida como espectador. O como narrador, que es más de pinga.

Empiezo a caminar hasta la autopista. Trato de decidir cuál calle es las más idónea para bajar. O sea, la menos peligrosa. Me decanto por una en la que veo una lunchería abierta: podría justificar mi decisión desde diferentes ángulos, pero la verdad es que el mediodía se acerca y ya el estómago me está recordando que hoy no he comido tan bien que se diga. Al lado de la lunchería, pillo una fila de personas tan larga que cualquiera diría que ahí está el atajo a la libertad: no soy el único que pensó en víveres y comida.

Antes de que llegue a mi destino siento el picor del gas lacrimógeno. Mejor me quedo donde estoy y rocío una mezcla de agua con bicarbonato sobre un pañuelo que me llevo a la nariz. Me detengo frente a un buhonero que vende banderas de Venezuela. “¡Por la libertad!”, vitorea. ¿Y si mejor nos acompañas en la marcha, panita?

Decido detenerme. El objetivo número uno no sale de mi cabeza: quiero narrar, no que me narren. No es momento para jugar al machito. Escucho las detonaciones y casi estoy por irme cuando veo a un bróder que trabaja en la Asamblea Nacional. Chocamos los puños y le pregunto qué onda. Está tan informado como yo.

—Tú dices que Venezuela está como está porque hay muchos caciques y pocos indios. No: faltan caciques –le dice una chama a quien presumo que es su novio.

Se ven tan cuchis tomados de la mano que me los imagino echándole el cuento de la liberación de Venezuela a sus nietos.

No podemos perder esta lucha.

Camino ahora por la Francisco de Miranda en dirección hacia Chacao. Un par de locales están abiertos y yo creo que es hora de abastecerme: no sé a qué hora llegaré a casa. Estoy decidiendo entre un pan camaleón y uno andino cuando a la distancia una tanqueta corretea a los manifestantes. Termino tras la reja de metal del establecimiento. Compro y enfilo hacia Altamira.

Pido información por teléfono. “Leopoldo López y Guiadó lideraban una marcha hacia el Oeste que se tuvo que regresar por la furia de la represión”. Y en Chacao, me dicen, lo que hay son perdigones, bombas y francotiradores.

—Nos hace falta liderazgo –lamenta alguien en la Plaza Altamira.

Pasa media hora y un hombre con un megáfono nos insta a permanecer en la calle. A estar informados. A insistir.

Los que parece que pueden estar todo el día en plena contienda son quienes están resistiendo en la Fajardo. Ni el tiempo ni los lacayos de la tiranía pueden con ellos. Ya no huele a represión: huele a perseverancia.

 

Recuerdo una cita de Alberto Barrera Tyszka: “La incertidumbre también es una forma de violencia”. Lo que hace falta en la plaza es información y cultura sobre qué consumir y cómo difundirlo. Un grupo de cincuentonas dicen a toda voz que Guaidó ya está llegando a Miraflores y se llenan de aplausos. Alzo el teléfono buscando información:

—Nada de eso, marico –me ataja un pana.

Más bien la cosa está fea en Chacao. 22 estados, según Provea, se activaron. Nadie sabe dónde está Guaidó, quien no se ha pronunciado. Y fuentes de periodistas confiables dicen que este plan se adelantó un par de días.

Pienso en los tantos desesperados que se quejaban de que todo iba demasiado lento, de que Guaidó se achantó, de que el 2019 era demasiado 2017 y, ya se sabe, el 2017 fue demasiado 2014. Si alguien va a dar una estocada, no lo anuncia en rueda de prensa, ¿cierto? Quizá los venezolanos tenemos que aprender a observar más y a opinar menos. A reflexionar más y a joder menos.

 

Funcionarios de Estados Unidos hablan de acuerdos con altos jerarcas que no se están cumpliendo, de negociaciones, continúan sus amenazas vestidas de advertencias (¿blufeo?) y por alguna razón, el grupo de cincuentonas grita que les acaban de decir que están negociando la salida de la dictadura.

Estás tipas tienen 20 años difundiendo información falsa. Ojalá que la transición nos enseñe que las noticias se leen en los medios y no en WhatsApp.

—Vamos para la autopista, nojoda. Hay que entrarnos a coñazos –grita una gorda llena de canas a quien no me imagino deteniendo una tanqueta con su panza.

—¡Ya basta de tanto guabineo! ¡Hay que ir es a Miraflores! ¿Que el problema es el miedo? Vamos los viejitos adelante, y así no nos caen a plomo –esta señora, que transmite la fortaleza de una hoja de papel cebolla, parece que se ha perdido las noticias de los últimos 20 años.

Entre la desesperación y la paciencia dan las cuatro de la tarde. Comienzo a pensar que seré más útil en mi casa. Leopoldo vuelve a ser noticia (que si va a la embajada de Chile, que si no) y se habla de los militares que se rebelaron. Camino hacia el Oeste por el Country Club y un sol amarillo se pone a la distancia: alguien me recuerda que tanta belleza solo puede ser posible gracias al humo que se produjo hoy en la tierra.

Carraspeo un par de veces: huele a lacrimógenas.

 

Cuando llego a casa reviso el smartphone. Creo que ninguno de mis panas de afuera fue productivo hoy en su trabajo. Los pongo al día con lo que sé: nada. Soy un Sócrates con callos en los pies. Guaidó se pronunciará pronto, dice su equipo de prensa. Y unos cuantos pesimistas aparecen por las redes.

El cinismo es la forma de imposición con la que los usurpadores se acostumbraron a aplastar el ánimo de sus contrincantes. En las calles, respiré fe. No esperanza ni optimismo: fe. Por eso, se me ocurre, no habrá cinismo que no haga otra cosa más que alimentar el ánimo de los que quieren cambio. Sobre todo, si ese cinismo viene de su principal valedor, el número uno de los usurpadores, Ni…

Ya va. ¿Y el susodicho dónde anda?

Hay dos reyes protegiéndose. Y hoy 30 de abril de 2019, uno ha estado más escondido que otro.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

En busca de la mamá de Chávez

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas‘, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y, por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba beisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó –la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada–. Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis [Chávez]”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla –comenta el taxista–. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que esta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer esto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro‘ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin uniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese –dice– criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O‘Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro‘. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá –responde el mecánico desde uno de los talleres–. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña Elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y, a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.

 

Por Liza López  | @lizalopezv 

*Esta crónica fue publicada por primera vez  en SoHo (2008).

Perdiendo mi religión: un día de peregrinación con José Gregorio

Hubo un período de mi vida en el que temí arder para siempre en el infierno por hacer la primera comunión un día después de ver un partido de fútbol en el que dije malas palabras (el Bélgica-España que se fue a penales en los cuartos de final de México 1986). Hubo un período de mi vida en el que, durante alguna emergencia pediátrica menor en el Hospital Vargas (Caracas), devoré una biografía de José Gregorio Hernández en la que se asegura que, durante sus estudios en París, hizo exclamar a una prostituta apodada La Chaton: “Me han dejado con un verdadero Santo. Estoy arrepentida de mi vida de pecado… Las cosas que me ha dicho ese hombre”. Una época de mi infancia en la que, por cierto, era un gordito acomplejado, con lentes culo de botella y corte totuma que llegó a pasar más de dos años sin verse ante un espejo. No necesariamente debe establecerse un vínculo entre una cosa y otra.

Sin saber bien por qué –tal vez debido a mi deseo desesperado de no pasar otro fin de semana solo–, me integro a la “Ruta del Venerable” en la mañana del sábado previo al Domingo de Ramos de 2019. No eres un ignorante irrecuperable si nunca antes has oído de la Ruta del Venerable: la caminata pedagógico-confesional se inaugura este año a propósito del centenario de la muerte en un accidente automovilístico del médico trujillano José Gregorio Hernández (1864-1919), que se cumple el próximo 29 de junio.

El papa Juan Pablo II le declara “venerable” el 16 de enero de 1986, aunque desde entonces Cheo Goyo se queda como novia de pueblo a la espera de los dos siguientes rangos en los ascensos del más allá: beato y santo. Yo, por mi parte, debo decir que pertenezco a 70% de venezolanos que, en un censo, probablemente responderá que se crió dentro del catolicismo, aunque poco a poco he ido perdiendo mi religión. No creo en nadie.

No son solo cuatro pelagatos

La Ruta del Venerable, de la que me entero por Twitter –porque en este siglo el clero tiene redes sociales– mientras cumplo mi trabajo de rastrear al menos una noticia edificante por día en este país, recorre algunos de los parajes de Caracas que en vida frecuenta el nativo de Isnotú. Básicamente se trata de un entrenamiento de pretemporada para la visita a los siete templos del Jueves Santo, pero no debe olvidarse que el bigote rescatable de Venezuela también fue un eminente científico que introdujo aquí el uso clínico del microscopio (se dice que sostuvo apasionantes debates sobre religión y ciencia con su colega Luis Razetti, en los que siempre se atrincheraba en la postura creacionista). Son también parajes que frecuenté de niño.

Me reporto a las 8:00 de la mañana en el punto de arranque del Hospital Vargas y, como suele pasar también en las marchas de la oposición, de entrada aquello pinta mal: solo hay cuatro gatos, o, mejor dicho, cuatro beatos de edad venerable. Mi cachucha verde fluorescente llama demasiado la atención entre sus prendas moradas y encierro mi timidez en la pantalla del smartphone, confiando con ingenuidad en que estoy en un lugar custodiado por milicianos no menos desdentados.

Pero vienen con alegría, Señor. Nunca menosprecies a una institución con dos milenios de antiguedad, porque a las 9:15 am el suelo comienza a temblar anunciando la llegada de un auténtico pelotón: pancartas de la emisora Radio María, una camioneta pickup con cornetas para los hits de iglesia de todos los tiempos, una muchedumbre en éxtasis que eleva sus brazos al cielo, tantos estandartes del cristianismo como si estuviera por empezar la batalla de Lepanto y un par de obispos con solideo púrpura que asumen el liderazgo de la procesión: los monseñores Tulio Ramírez y Enrique Parravano, de siluetas que hacen recordar a Sancho y el Quijote, respectivamente. Irrumpimos dentro del Hospital Vargas cual ejército de Dios y, por milagro de Cheo Goyo, un miliciano jorobado y con anteojos de sol nos da puerta de manera amable mientras, poseído por una sospechosa bondad, repite una letanía: “¡Solamente Dios hace maravillas!”.

Del médico de los pobres a los pobres sin médicos

Santos contrastes: se me había olvidado que, en su interior, el Hospital Vargas es una joya arquitectónica con gárgolas y todo que, en caso de incendio combinado con el servicio de Hidrocapital, representaría una pérdida patrimonial local equivalente a la catedral de Notre-Dame, y en la que te vas a topar de frente con todo el drama de un país en emergencia humanitaria compleja: la primitiva medicina que se imparte hoy allí parece inferior a la de 1891, cuando se inauguró el centro asistencial. Es más probable que consigas un doctor palestino que uno de los 26.000 médicos venezolanos que han fugado sus cerebros desde 2004.

“Venezuela está enfermita”, dice con mucho tacto monseñor Ramírez, sabiendo que nos encontramos en territorio apache, al tiempo que recuerda la anécdota de cuando a José Gregorio le quisieron llamar para que atendiera al hermano de un dictador y, sin que lo valiente le quitara lo cortés, advirtió: “No puedo dejar mi consulta de pobres”. Deberíamos aprovechar que estamos aquí y rezarle también a la estatua de José María Vargas, otro civil y científico insigne cuya memoria acaba de ser agraviada por un gobernador chavista.

Mientras avanzamos entre pacientes de aspecto menesteroso y familiares que transportan almohadas roñosas, peregrinos entonando en resistencia civil el “Dios está aquí” –de adulto suelo pensar que, en el fondo, las misas católicas solo son una excusa para cantar sin miedo a desafinar–, me aparto a un costado de la capilla del hospital y me reencuentro con esa curiosa costumbre que tienen algunas solteronas de hablarle bajito a los santos de escayola y agarrarles casi voluptuosamente un bracito o una piernita.

No revisarás el WhatsApp en la casa del Señor

Subiendo una cuesta en ritmo de rock pop –¿quién dijo que la devoción puede ser menos emocionante que una concentración de Guaidó?–, llegamos a mi iglesia de infancia, uno de los templos católicos más majestuosos de Caracas: el santuario de San José del Ávila. Me reencuentro con sus frescos monumentales de realismo mágico cristiano –Jesús encabezando una milicia crepuscular de monjas; Jesús coleado en hogar burgués de hombre encorbatado y mujer sumisa que cría muchachos– y sus terroríficos bajorrelieves de monjes benedictinos que subliman su represión sexual en una camaradería de túnicas de piedra que casi desprenden olor de entrepierna sancochada. Estremece pensar que la última vez que estuve aquí no existían el chavismo, las denuncias masivas de pederastia contra el clero ni los smartphones.

Me inquieta plantearme, por ejemplo, si se considera pecado venial revisar ansiosamente mensajes de WhatsApp esperando en vano una señal de piedad femenina dentro de un monasterio. Algo no ha cambiado entre el niño perpetuamente despechado que hizo la primera comunión en 1986 y el adulto sin consuelo que soy hoy: después de todo, Losing my religion de R.E.M., uno de mis temas favoritos de toda la vida, trata en realidad sobre una obsesión amorosa.

Imposible poderlo comprar: el pan y el vino

“Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. La verdad es que no tengo mucho por contar del resto de las etapas de la Ruta del Venerable, aparte de que proyecto mis dolencias del cuerpo y del corazón en las rodillas sangrantes de Cristo y las lágrimas rodando sobre el cutis nacarado de la Dolorosa en la iglesia de La Pastora, respectivamente, y me deleito con singles de catecismo que caen como anillo al dedo en la Venezuela de Maduro: “Un día de bodas el vino faltó / imposible poderlo comprar” (para esta Semana Santa, la diócesis de Cúcuta donó un millón de hostias y 50 letras de vino a la de San Cristóbal).

Es subversivo que, durante un trecho del recorrido, los dos centenares de cristianos en su mayoría opositores que allí estamos marchemos y cantemos por un par de cuadras de la avenida Baralt sin ser agredidos por colectivos, en el mismo día –13 de abril– en que el chavismo conmemora la epifanía del regreso de Chávez después del fallido golpe de Estado en 2002.

Un hombre de imperturbable semblante en sepia, que parece extraído de una salina de la película Araya de Margot Benacerraf, alza ininterrumpidamente una estatuilla de José Gregorio durante los siete kilómetros y más de seis horas de recorrido, como si su petrificado brazo derecho hubiera sido entrenado en gimnasio para la proeza. Me vuelven a asaltar dudas que siempre tuve de pequeño, por ejemplo si el Padrenuestro debe terminarse con un “y líbranos del mal amén” o con un “mas libranos del mal amén”; el mas, en este caso, sin acento, pues se usa como conjunción y no como adverbio. Pero Jesús es verbo, no sustantivo, nos recuerda Arjona.

Ilumina a Maduro, Señor

Cuando un cristiano baila / baila, baila / cadera, cadera / rodilla, rodilla / pie, pie / cabeza, cabeza / así baila un cristiano. Intento que sea un sábado feliz, pero me duele como una lanza de centurión romano en el costado presenciar que ya no existen los chinos de La Pastora a los que les compraba arroz con huevo frito antes de subir al Ávila por el Camino de los Españoles, hace un trío de años. “Estamos cerquita de Miraflores. Vamos a pedir con todo nuestro ser para que el Señor ilumine a nuestras autoridades y que no muera un niño más en el J.M de los Ríos”, trata de convencernos monseñor Ramírez de que Nicolás Maduro es reformable –estoy seguro de que ni él mismo se lo cree– en la mítica esquina de Amadores, donde José Gregorio murió atropellado por uno de los primeros automóviles a velocidad de carrito de chichero que circuló por Caracas, o simplemente se estrelló de cabeza contra una acera por el susto del cornetazo, según otras versiones.

En todo caso, también estamos en un centro energético para espiritistas que al parecer han enchabado el proceso de santificación en el Vaticano, lamenta monseñor. “¡El que lo mató salió libre!”, me grita una doña cuando me acerco a fotografiar la placa conmemorativa, como echándome en cara cien años de injusticia en un país abandonado por Dios.

venerable

Sin sangre derramada por los colectivos

Camino a una iglesia con un techo gótico de decadente grandeza (la Santa Capilla), pasamos al lado del Banco Central de Venezuela, epicentro de la hiperinflación y técnicamente cerrado desde el megapagón del siete de marzo, al parecer para facilitar la extracción ilegal de nuestro oro hacia países como Uganda. Intento calmar sed y hambre al mismo tiempo en dos tugurios que anuncian cocadas con letras enormes, pero en ninguno de los dos venden las cocadas.

No es con espadas, ni con ejércitos, mas como su Santo Espíritu: me pregunto si la letra de No hay Dios tan grande como tú es una admisión del politeísmo cuando sale desafiante de nuestros labios en el momento más tenso del recorrido: una caravana de colectivos en motos nos tocan corneta para que les cedamos el paso en la cara sur de la Plaza Bolívar. “Son unas asesinos, mírales las caras”, me dice en voz alta una beata mucho más valiente que yo. Pero no hay derramamiento de sangre cristiana, solo sorna de los fanáticos del culto laico del comandante eterno: “¿Y eso con qué se come?”, nos pregunta burlón uno de los ancianos que permanentemente miran VTV en el toldito de la esquina caliente cuando desfilan los estandartes de José Gregorio. El asesino esta vez solo es el sol de abril.

Ya en la catedral de Caracas, penúltima estación antes de la tumba del Venerable en La Candelaria, caigo rendido de cansancio en un banquito de madera, los párpados se me derrumban unos minutos y me pierdo el otro momento que más me gusta de las misas católicas, aparte de las canciones: el saludo de paz que me permite darle la mano a desconocidos que más nunca volveré a ver.

“José, José, José Gregorio… por amor a Jesús lo diste todo”, truena el vozarrón ochentoso de Jorge Rigó desde la camioneta pickup cuya planta eléctrica se apaga cada cinco minutos y nos deja cantando a capela. Las autoridades nos ceden un canal de la avenida Urdaneta para que los cristianos lleguemos a la iglesia La Candelaria: “Los policías están nerviosos, esperaban que fuéramos muchos menos y tenemos que pasar por lugares complicados”, nos espolea monseñor Ramírez con la sotana y el gorrito púrpura bañados en sudor bendito.

Me retiro decepcionado poco después de que una multitud nos recibe entre aplausos en la meta final: estamos en época de vacas muertas y solo hay unos contados frasquitos de agua mineral para los que sí tienen cara de ir a misa todos los domingos. Mucho peor: me decepciona que la Ruta del Venerable –que, en un país distinto, podría hasta generar divisas como atracción turística menor– haya sido más un Jueves Santo cualquiera que un auténtico recorrido biográfico guiado por historiadores.

Nadie me ha confirmado o desmentido, por ejemplo, la crucial anécdota del Venerable y La Chaton. Que alguien sea tan disciplinado y fajado como José Gregorio para mí sigue siendo un misterio. Quizás porque no tenía smartphone. ¿Habrá jugado fútbol? ¿Tendría defecto o vicio aparte de la terquedad? ¿Le habrá gustado alguna chama?

Es probable que el Miércoles Santo –que siempre es miércoles de Champions– haga la cola para visitar al Nazareno en la iglesia de Santa Rosalía, más por costumbre que otra cosa. Eso sí: no me verás arrodillado. En esta época de mi vida creo que soy tan devoto de él como de Ronaldo Nazario o Cristiano Ronaldo.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia 

Maracaibo y lo que la luz se llevó

Otra vez se quedó en el ascensor. Su nombre es Antonio y es uno de los vecinos más populares y colaboradores del edificio donde vivo. Desde que arrancaron los apagones nacionales en marzo, ha corrido con la mala suerte de estar dentro del ascensor en al menos cinco bajones.

Cuando esto ocurre, se activa un equipo de contingencia entre vecinos para sacarlo abriendo el ascensor manualmente. Siempre son los mismos chistes: “A usted como que le gusta estar dentro del ascensor”, “Tiene tanta mala suerte que ni loca me monto con usted”, “Nada más escuché que alguien se había quedado atrapado y dije: lo volvió a hacer Antonio”.

Su esposa, quien se pone muy nerviosa, dice lo habitual: “No sé hasta cuándo le voy a decir que no se monte en estos tiempos de apagones. Que mejor baje siempre por las escaleras. Ya me tiene harta”.

Y yo estoy de acuerdo con ella. No porque esté harto de colaborar para sacarlo, sino porque me parece un enorme riesgo que ni loco correría, especialmente porque soy claustrofóbico. La verdad, no tengo problemas con bajar y subir todos los días hasta mi apartamento, en el sexto piso, porque estoy seguro de que jamás podría aguantar los cinco o diez minutos que aguanta Antonio mientras lo sacan de su encierro.

Estas historias nunca llegan a la prensa. Probablemente porque las consideran pequeñas tragedias demasiado íntimas para ser relevantes, salvo que suceda algo más: como alguien muriendo asfixiado.

Dios cuide a Antonio.

Estas historias son producto de la ineficiencia y corrupción a la que ha estado sometido el sistema eléctrico nacional en los últimos 20 años. Son consecuencias que no deberían ocurrir jamás, y menos en Maracaibo, la primera ciudad de Venezuela que tuvo electricidad.

Pero ocurren.

Las calles, ya sucias por la ineficiencia del alcalde, ahora están peores: las adornan un montón de barricadas improvisadas, producto de protestas, que nadie se digna a quitar; algunas carnicerías no tienen carne porque los carniceros temen encargar mercancía que corre el riesgo de ser saqueada; hay panaderías que no tienen pan porque los dueños se niegan a producir grandes cantidades que luego no pueden ser vendidas porque los puntos de venta no funcionan y nadie tiene efectivo; muchas personas no beben agua fría ni duermen con aire acondicionado en una ciudad conocida por sus altas temperaturas; el transporte público es poco o nulo: la mayoría de las unidades están en colas interminables para echar gasolina, mientras los ciudadanos se ven obligados a caminar largas distancias para llegar a sus destinos.

A unas cuadras de mi apartamento hay un barrio donde todas las tardes las aceras están full de mesas. Parece un torneo, pero solo se trata de vecinos que han encontrado en el ludo, dominó o damas chinas, una manera de pasar el rato.

Hace poco más de un mes, en el primer apagón del siete de marzo, muchos de ellos participaron en los saqueos que afectaron a más de 500 locales comerciales. Todavía, cuando paso por allí, escucho cómo algunos cuentan con orgullo lo que tuvieron que hacer –desde destrozar santamarías, hasta romper puertas de vidrio– para cargar bultos de harina pan o decenas de bolsas de cereal. Lo comentan mientras esperan que llegue la luz: con suerte tienen unas ocho horas diarias de electricidad.

José Miguel no. José Miguel en las últimas semanas apenas ha tenido cuatro horas… en los días buenos. En los malos, no tiene ni una. Por ello, entre otras cosas, casi siempre su teléfono está descargado o no tiene señal ni WiFi.

Ayer me escribió. Al fin supe de él. Me cuenta que posiblemente ya no se gradúe este año porque las asesorías para presentar su tesis se han retrasado. Coño de la madre, le respondí. Luego, me regaló un análisis de la tragedia que vivimos: “Esta situación es muy arrecha porque te pega en los puntos más débiles: ver memes y porno”. Entonces reí y me alegré al descubrir que aún no ha perdido el espíritu… o al menos eso intenta aparentar.

Hay muchos que sufren los apagones con más intensidad que otros. Con más intensidad que yo. Hay quienes tienen luz más de diez horas al día; otros están por encima de las cinco o tres, y hay quienes han pasado hasta ocho días seguidos sin electricidad.

Mi abuela nunca tiene en la madrugada, aunque duerme bien según mi mamá, quien ciertas noches a la semana se queda con ella. “Quien la pasa mal soy yo”, me comenta. “No descanso nada”.

El gobernador ha publicado un cronograma que no se respeta, y el muy cínico ha dicho que está bien: que si se va la luz fuera de estos horarios, el pueblo debe entender que se está haciendo mantenimiento y estas cosas ocurren.

Ni con cronograma en mano el pobre de Antonio puede evitar quedarse en el ascensor.

Maracaibo está apagada. Literalmente. La calle 72, conocida por sus populares discotecas, está desolada por las noches. Algunas discos trabajan pero sin aire acondicionado y no logran llenarse ni a la mitad. Aún hay quienes se empeñan en ser felices a pesar de todo, o simplemente por un momento escapan de la pesadilla fumando marihuana, bebiendo cerveza y escuchando trap. Este es un lujo al que no todos pueden acceder en estos momentos.

La mayoría de los hoteles también están cerrados. Parece banal pero ni coger se puede y, coño, cómo hace falta.

Los únicos abiertos son los 5 estrellas, impagables para la mayoría de la gente honesta. Allí se quedan, principalmente, enchufados y autoridades como el gobernador y alcalde, según denuncias. Estos personajes, incluso, se atreven a montar costosas fiestas. A lo mejor ellos, en tiempos de apagones, también necesitan escapar por un rato de su rutina, ¿no?

No estamos para gastar plata en eso, me dice la jeva. “Mejor esperamos un día que mi mamá no esté y lo hacemos en mi casa”.

Mi comunicación con ella no ha sido muy fluida en las últimas semanas, lo cual ha traído algunas consecuencias a la ya complicada relación que tenemos. Qué raro el chavismo empeorando todo, ¿no?

Me escriben panas de Caracas, Argentina, Brasil, Chile, Miami y Uruguay para saber cómo estoy. A todos les digo que bien, aunque mis respuestas a veces llegan unas diez horas después por problemas de conexión.

Y en realidad me siento bien, o al menos mucho mejor que otras personas a las que veo quebrarse a diario en la oficina, la panadería o el edificio. He llegado a la conclusión de que, como mi trabajo es contar nuestra tragedia, ya perdí la sensibilidad. Como un corresponsal de guerra.

Uno nunca se divorcia de la suegra cuando es buena, aunque la hija esté bloqueada hasta en Instagram. La mía me escribe casi a diario. Antes lo hacía para saber cómo estaba; ahora, preocupada, para confesarme que está traumatizada con los apagones.

No es la única. Tengo una compañera de trabajo que suele aguantar las ganas de llorar cuando nos cuenta su día a día. Ella juega para el equipo de José Miguel con “alumbrones” de cuatro horas. A ello hay que agregarle la escasez de agua que ha empeorado por el tema eléctrico. Hace unos días escribió una crónica sobre cómo carretea todos los días junto con su mamá: “Tuve que hacerla para desahogarme”.

Esa es otra de las caras de Maracaibo por estos días. Para transportar agua no hay distinción social: clase media alta, clase media, clase pobre, clase más pobre: todos lo hacen. La clase alta no, porque eso ya casi no existe o se resume en  quienes disponen de agua sin ningún problema en los hoteles donde se alojan.

Por las calles se ven pasar botellones en vehículos de todo tipo: carretillas, coches de bebés y hasta carritos de supermercado. Son escenas que se han vuelto cotidianas pero que parecen sacadas de una película apocalíptica.

Un adolescente fue atropellado el otro día cuando intentó atravesar una avenida sosteniendo un botellón pesado que le dificultaba sus movimientos. El carro se dio a la fuga. Su familia no tenía dinero para darle una sepultura digna y la alcaldía le ayudó con los recursos. Una tía dijo estar agradecida, pero no pestañeó al sentenciar: “Si no hubiese esta crisis de agua, él no se hubiera muerto y ellos no tendrían que ayudarnos”.

Tras casi un mes perdido, mi mamá volvió a clases hace una semana en un horario especial: hasta el mediodía, si hay luz; hasta las 10:00 de la mañana si no. El día exacto de regreso uno de sus alumnos le dijo: “Yo no le deseo la muerte a los chavistas, pero espero que haya justicia”.

Tiene 11 años.

Hace unos meses empecé a ver la serie Lost en televisión por cable. Todos los domingos pasan unos cuatro episodios y desde que inició esta pesadilla se me alteró por completo la historia. El pasado domingo pude verla, después de dos domingos, y no entendía un coño.

Un pana me dice que ni me moleste en terminarla porque el final es una cagada, pero yo quiero verla, maldita sea. Así como también quiero ver la Champions League. Cristiano Ronaldo va camino de ganar una nueva Champions, como para vengarse del Real Madrid, y todo apunta a que tendré que recurrir a YouTube.

Otra cosa que me quitará el chavismo.

Se aproxima Endgame y me agobia la angustia de pensar en todas las cosas que tendré que hacer para evitar los spoilers si no puedo verla la semana de estreno. Mi mejor amiga vio con dos semanas de retraso Capitán Marvel porque los cines no tenían plantas eléctricas, con lo que cortó la racha de ver todas las películas de este universo el primer día.

Todos los días nos quitan algo más.

No es que Maracaibo fuese un paraíso antes del siete de marzo. De hecho, la ciudad en la que crecí está en caída libre y ha perdido su normalidad desde hace años. Es irreconocible para el niño que fui. Algunos parques de diversiones han quebrado, puestos de comida desaparecieron y no me queda casi ningún amigo. Pero, sin duda, está menos normal que nunca.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_ 

 

Encontrando el sentido en un trapo tricolor y en una presidencia hecha de fe

Nosotros, pueblo que carga bidones. Nosotros, hombres de poca fe. Nosotros, los de los zapatos remendados, hemos de iniciar la Operación Libertad, la máxima presión popular nunca antes vista. “Porque nada tenemos, lo haremos todo”, cuentan que dijo el directivo chileno Carlos Dittborn para defender la candidatura de su país como organizador del Mundial de fútbol de 1962 (apenas dos años después del terremoto más fuerte registrado en la historia), cosa que luego se desmintió, pero la frase es tan motivadora que vale la pena citarla aunque sea una bonita mentira. La vida es un poco así.

Sorprendentemente la estación de Chacaíto del Metro de Caracas está abierta y ahí me bajo pasadas las 10:00 de la mañana del seis de abril, fecha asignada para el simulacro de la Operación Libertad, aunque parece que la palabra simulacro se eliminó porque no cayó muy bien en redes sociales. Vengo de pasar por una tarima de la contramarcha del chavismo en la Cantv, cerca de Colegio de Ingenieros, donde un cantante cansino interpretaba Mercedes, de Simón Díaz: tema emblemático acerca de cómo se han estado bañando algunos caraqueños luego del cataclismo eléctrico e hídrico de marzo que recordaremos por generaciones. Mi día ha empezado mal, con los reales botados en dos empanadas aguadas rociadas con una guasacaca amarga.

El punto de concentración en la Plaza Brión no pinta muy bien. La convocatoria es modesta a esta hora, tanto como lo era la del chavismo. Un indigente  con algún tipo de desequilibrio pide ser escuchado en Chacaíto como el verdadero hombre que conducirá a Venezuela al cambio y asegura tener el secreto para extraer nutrientes de la concha de mango. Llega un contingente desde la parroquia San Pedro y la cosa mejora un poco. Empezamos a marchar rumbo a El Marqués, específicamente hacia una de las sedes de la compañía eléctrica Corpoelec, donde alguna vez funcionó el Teatro Cadafe y fui con mi papá a la primera obra dramatúrgica de mi vida. A algún divertimento infantil, no se crean que Shakespeare.

Hay un correlato entre el redespertar de la lucha democrática de Venezuela en 2019 y la climatología caraqueña. Los Salmos 91:6 hablan de la mortandad del mediodía y no hay meses que me parezcan más desconsoladores que marzo y abril. El aire huele a cerro quemado, el sol perpendicular destiñe aquellos azules color cabildo de la primavera de enero, casi no hay rastro de grama verde en ningún espacio público de la ciudad y da la impresión de que en cualquier momento harán combustión el Ávila, el Parque del Este y el Jardín Botánico juntos. La puesta en escena casi operática y la incredulidad mágica de aquel sábado dos de febrero en Las Mercedes, cuando se hizo una concentración para agradecer el apoyo a la comunidad internacional, han dado paso al empecinamiento bíblico de los más persistentes en este abril en el desierto. No sabemos bien qué hacemos aquí, pero es nuestro deber estar.

Vengo de la parroquia San José en el municipio Libertador, pero, buscando desesperadamente un sentido de pertenencia, me descubro a mí mismo convertido en uno de los que llevará la bandera de Venezuela gigante de la gente de la parroquia San Pedro desde Chacaíto hasta El Marqués, junto a diputados como José Guerra y Richard Blanco. Tiene su ciencia el ritual de transportar el símbolo arbitrario de tu país, ese que me gusta pensar que hace más simpática nuestra causa allá afuera en el mundo, porque tenemos unos colores más chillones que Nicaragua, además del mito de las mujeres bonitas. Sería una terapia decente para nosotros los asociales.

Hay que tener cuidado para no pisarle los talones de los zapatos a la compañera que lleva la sección de color azul y mantener el amarillo lo más extendido posible para que la bandera no se convierta en un trapezoide de base roja. Hay que vigilar que la panza del trapo patrio no toque el suelo. Hay que levantar el pabellón nacional sobre nuestras cabezas cuando nos topamos con un hueco en el asfalto para que los de atrás lo veamos. Hay que cantar consignas: “Libertador presente y siempre consecuente”. Intento pegar en el grupo una consigna de mi invención, pero no tengo éxito: “Aquí llegó el Oeste, más fuerte que la peste”.

Nos ponemos en alerta cuando vemos humo sobre el tramo de la avenida Francisco de Miranda que pasa frente al Parque del Este, pero no es más que otra de las quemazones de estos días. Durante el trayecto de unas dos horas nunca vemos indicios de represión. Y solo una vez escucho la frase “Vamos bien”. No está en las tendencias del momento. Mientras, me arden los muslos en la zona de la entrepierna, ya no estoy para estos trotes y menos en temporada de sequía, pero hay que llevar una bandera tricolor gigante a su destino y a eso me aferro como si fuera lo único que explica mi presencia en el mundo.

Nos detenemos ya casi llegando al Centro Comercial Líder, porque no hay más hacia donde avanzar. La bandera de San Pedro –el que negó tres veces a Cristo– es replegada y nos miramos con la satisfacción del deber cumplido, de los que hemos cargado letras de la organización Dame Letra. Empiezo a sufrir la misma fobia que me hizo recibir patada y coñazo en el concierto de despedida de Soda Stereo en La Rinconada (2007), cuando llegué a una posición privilegiada en la olla y luego me devolví arrepentido. Siento que se me va al aire y, como puedo, me abro espacio entre la multitud hacia un borde con sombra de árboles, al lado de un carro de perrocalientes. Necesito sentarme un rato en la acera.

Escucho alaridos lejanos. Eso solo puede ser señal de que o pasa algo malo o ha llegado Juan Guaidó. Es lo segundo. Empiezo a escuchar su voz en un megáfono y creo que está lejos, por los lados del Unicentro. En realidad el presidente tan simbólico como los tres colores de la bandera está mucho más cerca en el espacio de lo que pienso. Entonces me topo con ella. Avanzando hacia las palabras ininteligibles de Guaidó, me encuentro a una ciclista como salida del planeta Pandora que me hace encontrarle un sentido ulterior a este sábado. Si ella está ahí con sus rastas moradas y su insultante autosuficiencia, aplaudiendo a un primer mandatario insólito que es sobre todo una cuestión de fe, entonces yo no estoy tan equivocado de sitio.

Juan Guaidó ya es visible cerca de donde está mi nueva heroína inalcanzable y donde los cascos con cruces azules se multiplican ante una epidemia de desmayos. El presidente, que parece más bien un pana cualquiera, está ahí mismo frente al Centro Líder, improvisando una tarima sobre la parte de atrás de un camión. Detrás de él, una valla publicitaria de una película chavista de 2017 que nunca nadie quitó: La Planta Insolente, biopic de Cipriano Castro. A pocos metros, una pancarta de tela negra: “Trump: intervención ya”. Solo escucho frases aisladas: “El cuatro de enero nadie daba nada”. “Si dudas, ve a tu hijo”. “El cese definitivo de la usurpación”. “Juro”. Levantamos automáticamente la mano, aunque no sabemos qué juramos. “Dios les bendiga”. Un chico toca el “Gloria al Bravo Pueblo” con algo que me suena a saxo o clarinete. Nadie se sabe la segunda estrofa: “¡Apréndanse el Himno, nojoda!”, se enervan unas canas.

No ha terminado de hablar y ya mucha gente se devuelve hacia su punto de destino, como si hubieran tocado la estatua de un santo. Se acerca la Semana Mayor, porque la cuaresma no es otra cosa que un apagón entre dos feriados alargados, y no puedo dejar de pensar en Guaidó como una especie de Juan de Nazaret, una esperanza muy humilde y vulnerable que salió de un peladero de chivos, murió crucificado en Twitter y solo terminó adquiriendo una significación universal con el paso de los años, cuando supimos valorarlo más allá de nuestra impaciencia y descreimiento, para reconquistar finalmente nuestra Tierra Prometida tras un milenio de chavismo.

Y no puedo dejar de pensar en unas letras del grupo Bon Jovi: “And I blame this world for making / A good man evil / It’s this world that can drive a good man mad”. Yo culpo a este mundo, porque puede volver loco a un hombre bueno. Con toda honestidad, no veo manera posible de que esta nueva ilusión llamada Operación Libertad nos haga cruzar el Mar Rojo, pero no tengo más opción que apostar a la más mínima posibilidad de recuperar ese frágil milagro llamado democracia. Y si Guaidó es un hombre enloquecido hablando en voz alta a sus propios miedos, quizás es el único remanso de cordura en esta enajenación para los siglos en que se nos convirtió Venezuela. Dudo, pero así es mi forma de creer: dudando.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia