Hay militares que no golpean

Atravesar el puente Simón Bolívar fue fácil. Los controles fueron tan blandos como lo son los derechos humanos en Venezuela. Cientos de personas cruzaban hacia Colombia desde temprano y muy pocas eran revisadas. No faltó quien gritara “Maduroooo”, para que un grupo de personas respondiera lo que ya todos saben. Pero lo más importante no era eso, sino la sensación de que el mundo tenía los ojos puestos sobre un país que busca su libertad. El concierto empezó un poco tarde y yo llegué cuando ya tenía un rato. Lo primero que me sorprendió fue cuando un funcionario de la Policía Nacional colombiana me preguntó si podía requisarme. Lo miré receloso. ¿De verdad existen policías y militares que dicen por favor y gracias? Mis prejuicios venezolanos hacia ellos tendrían el mismo destino que tantos queremos que tenga la dictadura: caerían uno a uno. Metido entre el público, mientras sonaba Reik, un militar pasó cerca de mí. “Permiso”, dijo, con cara de niño de escuela. Cuando me moví, alzó el pulgar, asintió con la cabeza y soltó un “Gracias” que me dejó boquiabierto.

El concierto estuvo en poco frío. Acaso por la variedad de interpretes (cada quien tenía su público), acaso por el calor que nos chupaba energía como un zancudo con un estómago infinito. Pero hubo varios momentos álgidos: Color esperanza, de Diego Torres; Carlos Baute gritando verdades sin pudor; Miguel Bosé mostrando su solidaridad sin eufemismos (“Michelle Bachelet, ven de una puñetera vez, mueve tus nalgas y ve los desmadres que ocurren en Venezuela”); en fin: Alejandro Sanz, Juanes, Ricardo Montaner, la gozadera con Silvestre Dangond, la locura -La Locura- con Carlos Vives, un spach -demasiado religioso para mi gusto- de Daniel Habif. Y Nacho invitando a Chyno Miranda a la tarima, “para recordar viejos tiempos” y dar un ejemplo de reconciliación. Cantaron Mi niña bonita y el 90% del público (300 mil personas, según la prensa del concierto) se unió en una coreografía que les recordó, probablemente, a una época en la que en Venezuela todavía había papel tualé y los niños aún no se morían de sarampión. Aunque se sembraban las condiciones para que esto ocurriera.

Los medios de todos los países nos reunimos a intercambiar -y capturar- impresiones. Muchos celebraban el concierto y más de uno se mostraba escéptico sobre los militares venezolanos y sus posibilidades de plegarse a la democracia. Un Guaidó demacrado, ojeroso y cada vez con más canas dijo que cruzó la frontera con ayuda de las FANB. Era la primera vez que lo veía sin flux y con camisa remangada. El presidente legítimo perdió su elegancia habitual y no parecía importarle. Así, supongo, debe lucir el presidente de un sitio como Venezuela: ante una crisis que está dejando tantos  muertos, la tranquilidad que ha querido fingir la dictadura no solo es chocante sino artificial. Para reconstruir el país hace falta remangarse la camisa y despeinarse. En esas andaba Guaidó: trabajando por Venezuela en un país en el que los militares no golpean a los civiles, dicen por favor y hasta -lo certifico- te pueden regalar una llamada desde su smartphone. Llevo menos de 24 horas en Cúcuta y, dado que estaba mentalizado, no me ha impactado ni el abastecimiento, ni la seguridad: me ha impactado algo de lo que nadie me habló: la educación de los que se visten de verde.

¿Estarán tomando nota los funcionarios venezolanos?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

#ConstruyendoPaís: Recuperar la Concha Acústica de Bello Monte

Dicen que la Concha Acústica de Bello Monte albergó conciertos legendarios. En Venezuela –en Caracas, sobre todo– hemos perdido el peso de la tradición: el régimen que secuestró al país resultó tan devastador que hasta las personas, emprendimientos y espacios consolidados se vieron afectados: los que no desaparecieron, se deterioraron o huyeron. Bueno, algunos aún resisten cómo pueden. Tan faltos de misticismo estamos que, hace poco, unos estudiantes de Comunicación social recibieron con desdén que El Nacional dejara de circular en impreso. La imagen que estos centennials tienen de este mítico periódico es la paupérrima versión que hoy circula en la web. Así de ingenuo, supongo, me veía yo en diciembre de 2018 cuando contenía mi emoción por, al fin, presenciar un concierto en la Concha Acústica. El plato fuerte era Desorden Público, pero también estarían Los Javelin, Nomásté y Los Pixel. Una pena, supongo, que no se llenaran las gradas. Aunque debo precisar que a medida que fue llegando la noche más personas se sumaron a lo que resultó una suerte de feria y concierto. Si querían recuperar un espacio –volver a darle un uso artístico/comercial– esa fue la mejor forma.

Desde temprano vi entre los puestos de comida a Danel Sarmiento, baterista de Desorden Público y miembro de Bajo el Árbol, iniciativa que organizó el concierto denominado Navidades Desordenadas. Bajo el Árbol vio luz en 2018 y se encargó de ofrecer arte, diseño y comida a los caraqueños que pudieran acercarse a sus actividades. El nombre del emprendimiento es de lo más seductor: en una ciudad que los malandros usurpadores han querido condenar al gris, ellos recuerdan que vivimos bajo el Ávila y producen ideas y diversión como quien siembra árboles. No confundamos con mero entretenimiento lo que es una de las formas más inteligentes de construir país.

El concierto estuvo bien. Los Javilin nos despertaron, pero las niñas de Nomásté –a quienes tuvimos en El Futuro Promete– nos agarraron por los cabellos y nos montaron en una absoluta vibra de disfrute. Lo que me gusta de estas chicas es que no ofrecen esa sensación de distancia que tienen ciertas agrupaciones. Parecen colegialas jugando en casa de sus amigas. Pero su mensaje es poderoso. Que un país machista vea surgir tanto talento condensando en una banda de ska compuesta por muchachas que rondan los 20 años resulta alentador. Sin duda, El Futuro Promete.

Y hablando de la falta de referentes, luego salió a escena Los Pixel, la banda de Pablo Dagnino. Alguien me preguntó que quién eran ellos. Y no fue sino hasta que, desde el público, un coro de hombres canosos y barrigones comenzó a gritar “¡Sentimiento muerto, Sentimiento muerto!” que la pregunta se respondió sola. El arte, en Venezuela, necesita ganar espacio y popularidad. Extraviados en lo mainstream y meramente comerciable, nuestros referentes artísticos muchas veces pasan desapercibidos y resultan desconocidos para las nuevas generaciones. Algún día veremos al pasado y nos resultará escandaloso que hiciésemos más famoso a un político que un músico o que a un escritor.

Por cierto, el único bróder de Zapato 3 que está en Venezuela se sentó al lado mío y conversamos un poco. Debo ser honesto: no lo reconocí.

Así me va.

Cuando Desorden Público salió a la tarima todo fue delirio. Era la tercera vez que los escuchaba en vivo y debo decir que fue, también, el concierto más relejado que he presenciado de ellos. La consigna parecía ser cerrar el año de la mejor manera, sin tanta confrontación hacia el poder y sin volvernos locos: celebremos que estamos juntos y vivos esta Navidad, parecían decir con cada acorde.

Pues el mensaje llegó. Al menos a los que asistimos. ¿Cuántos de los caraqueños podían pagar una entrada a ese costo? Lo peor del caso es que, al cambio en dólares, el monto del boleto resultaba mínimo: es probable que tanto los organizadores como Desorden Público estuvieran trabajando a pérdidas. O, mejor dicho, renunciaran a un porcentaje de dinero en beneficio de algo invaluable: sembrar esperanza.

Casi al terminar el concierto, se rifó un pasaje para Colombia. La mujer que lo ganó estalló en llanto: al fin podría visitar a su hijo. Hace 20 años, en los conciertos se rifaba placer y recreación. Ahora se ofrece solidaridad. Los tiempos han cambiando. Espero que los venezolanos, también.

La cosa terminó con civismo y elegancia. Los edificios cercanos, que, según me contaron, alguna vez se quejaron del ruido que se hacía en la Concha Acústica, es probable que lejos de molestarse se encontrasen contentos: ¡al fin la música volvía a Bello Monte! A veces me consigo con personas que extrañan a la Venezuela de antes. A mí eso me preocupa un poco: ¿si lo de antes era bueno cómo se llegó a algo tan malo? El último álbum de Desorden se llama Bailando sobre las ruinas. Hoy lo que abundan en el país son escombros. Cuando todo pase, estaremos bailando sobre ellos y un fogonazo de esperanza nos atravesará: tendremos la posibilidad inédita de construir desde los cimientos un nuevo país.

En una sociedad que ahora vive arropada por el miedo a edificios gigantez –con logotipos oficialistas– en los que se tortura y se mata, somos muchos quienes queremos estar Bajo el Árbol.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel 

Carta al progre

En Revista OJO nos alarma la cantidad de personas en todo el mundo que, con indolencia, pueden opinar sobre lo que pasa en Venezuela usando la ideología como excusa. Por eso, más que debatir con esos “expertos”, decidimos que cada miembro del equipo contara un testimonio propio sobre la Venezuela que le ha tocado vivir. Esta carta es nuestra respuesta a todos los que creen que el problema de nuestro país es un asunto de derechas e izquierdas.

Alejandra Colletti – estratega de contenido

11: 15 am. UCV.

—Todas las entradas están cerradas. No vas a poder salir, los obreros andan “protestando” como siempre –dice una muchacha.

Me consigo con mi novio en la entrada de la Escuela de Comunicación Social para ir a hacer una diligencia. Nos montamos en el carro. Esperamos encontrar una entrada abierta.

La Tamanaco: cerrada.

La Minerva: cerrada.

Las calles internas: abarrotadas.

11:25. Necesito estar a las 12 en El Valle. Esto no avanza, el estómago gruñe. Siento una gota de sudor por debajo de la franela mojando el sostén. El carro no tiene aire: repararlo vale más de lo que mi novio y yo ganamos en seis meses.

Avanza el reloj, el calor es infernal. Las cornetas suenan cada dos segundos. Subo el vidrio. Huele a humo y a basura.

—Ya ha pasado casi media hora, Ale, vamos a dar la vuelta, rodear la escuela de Educación y así vemos si la entrada de la Minerva está abierta –me dice Humberto. Asiento y ya. Estoy obstinada y me están dando ganas de orinar. Me arrecha este tipo de protesta inútil.

Cómo podemos, salimos del tráfico.

11:50. Calle Minerva de la  UCV, conocida como Trasbordo.

—Nosotros no tenemos llave de este portón, no podemos abrir –dice uno de los vigilantes que está en La Minerva.

La misma mierda de siempre. De nuevo una cola infernal y el calor: mucho calor.

Muevo las piernas, me cambio de posición, intento hablar de lo que sea. ¡Me quiero ir y me estoy orinando!

 

Cuando entré a la universidad en 2015, los baños funcionaban: no tenían papel, pero siempre había uno que servía. Son una metáfora del país: hoy día todos están sucios, muy pocos sirven. Los que se pueden usar tienen tuberías rotas, pisos y paredes llenos de mierda, charcos de colores y olores improbables. Y, claro, siguen sin tener papel.

—Aquí al lado está Odontología, anda –me dice Humberto– total, dudo mucho que esto avance ahorita.

Reviso en la guantera: ¡bingo! Dos servilletas. Es el segundo de felicidad más genuino desde que me monté en el carro.

En Odontología la gente es muy fresa, están las niñas más lindas y los chamos más buenos de toda la Universidad. Carne de primera.

Subo y bajo escalones, camino los pasillos buscando un baño. Nada. Me acerco a un salón donde hay personas –no estudiantes– esperando para que una odontóloga los atienda.

—En el tercer piso debería haber alguno funcionando –me dicen.

Siento el orine a punto de salir.

Llego al tercer piso, saco las servilletas, veo que al final del pasillo está mi objetivo. Agarro la manija y –vamos, vamos, adivinen–:

CERRADO. El de hombre y el de mujer.

Me provoca bajarme los pantalones aquí mismo y orinar. Respiro. Bajo por las escaleras y me consigo con unos muchachos. Me dicen que afuera, al lado del auditorio, hay otro baño.

Llego y hay dos personas delante de mí.

—Hay un muchacho ahí adentro. Uy, déjame cerrar que desde aquí se ve todo –me dice una de ellos.

Es un baño unisex.

El chico sale, la chama entra y le pregunto desde afuera si el otro cubículo funciona. Abre la puerta de donde está ella. La veo: está agachada, apuntando. Me grita:

—¡Sí, está abierto, pasa!

Me dan ganas de vomitar. El urinario de hombres tiene un pozo de líquido amarillo y varias gotas en el piso. Abro la puerta del cubículo y me llega un olor de orine seco. Hay una huella de un zapato marcada con sangre, unas cuantas rayas marrones –de mierda– en el piso y en las paredes. La papelera se desborda. Me comienzo a bajar el pantalón lo más rápido posible pero no lo bajo lo suficiente porque no quiero que roce el piso. Orino, me seco, lanzo el papel –no sé dónde cae– y salgo.

El carro está justo donde lo dejé. Humberto tenía razón, no avanzó más desde que me fui. La gente está amotinada. Se salen de los carros, suenan las cornetas. Ya son  las 12:25. Tengo más calor que antes, el pantalón mojado de orine y una sensación de infección que no me la voy a quitar hasta que logre bañarme. Si hay agua en mi casa.

Fernando Molina – diseñador

Mis amigos del colegio, con quienes crecí, maduré y viví muchas de mis primeras veces, salieron uno a uno del país desde el 2015.

El 2017 se vivió en Venezuela una época de protestas antigubernamentales fuertemente reprimidas, que dejó como resultado una de las más grandes diásporas de este lado del hemisferio. Entre los casi cuatro millones de venezolanos que, según cifras de la ONU, salieron del país hasta el 2019, estaban todos y cada uno de los que han sido mis compañeros de aventuras, fiestas y desazones.

De un grupo muy unido de 12 personas quedo solo yo y la sensación que da es la de ser extranjero dentro de tu propio país.

Muchos de mis amigos me dicen que emigrar es difícil, no tienes a nadie con quien salir, reunirte, conversar sobre temas interesantes o compartir los momentos importantes de tu vida. Es como reiniciar todo desde cero. Eso dicen. Yo, mientras, siento que mi pasado fue borrado: no hay rastros de él en mi presente. Solo su ausencia.

Una de las promesas que me hice con alguno fue la  de hacer video llamadas con botellas de licor desde cada extremo para celebrar los cumpleaños, pero me he conseguido con un problema: la botella más barata cuesta casi dos salarios mínimos.

Ahora, ni siquiera por video llamadas puedo verles. La compañía de Internet, perteneciente al Estado desde el 2008, tiene más de un año sin funcionar ni responder por sus responsabilidades en el sector donde vivo.

El año pasado fui solo al cine a ver Coco. Cuando sonó Recuérdame, me puse a llorar. No por ningún familiar muerto, sino por los amigos que dejaron en su tierra natal la promesa de no volver “hasta que no salga este Gobierno”.

Alexis Correia – redactor

Vivo con mis dos padres ancianos y ninguno de nosotros necesita medicinas, aunque el varón perdió conciencia de que vivimos en un país en crisis. Nos vemos obligados a esconderle alimentos. Y eso que todos los días compramos el escaso y costoso pan de trigo (su principal refugio de la soledad, que acompaña con margarina y cambur) en cantidades industriales. Los otros dos habitantes de la casa, en general, no contamos con demasiado tiempo para atenderle o procurar que viva con rutinas más sanas y felices.

En lo personal, tampoco estoy contento porque soy un ejemplo de alguien que internalizó radicalmente mejores hábitos de vida y después claudicó de nuevo.

Aprendí a comer luego de los 35 años de edad, ya en la agonía del boom petrolero de la década pasada. Descubrí que existían maravillas como el aceite de oliva, el arroz integral, la avena, el brócoli y la crema árabe de garbanzos. Me convertí en influencer de la comida sana y en hacerla yo mismo, algo insólito en comparación con mi vida previa como obeso mórbido.

Mi trabajo como redactor freelance me permitía tiempo libre para subir montañas al menos cuatro veces por semana, en 2011. Empecé a dejar de hacerlo porque, desde 2015, seguí saliendo de casa a las 5:00 de la mañana, pero ya no para retar el cronómetro mientras ascendía por pendientes arboladas, sino para unirme a colas para conseguir pan o productos regulados.

Como antes de 2010, pero esta vez no por ignorancia sino contra mi voluntad, mi dieta está prácticamente desprovista de vegetales y se basa sobre todo en carbohidratos: pan, pasta, arroz, fororo, galletas, granos, lácteos, huevo. Esos son los productos más económicos, los que puedo comprar. Mientras tanto, voy camino a cuatro trabajos simultáneos y carezco de tiempo ya no solo para ir a la montaña, sino para caminar por Caracas, hacer las rutinas de ejercicio que requiere mi espalda, tener una vida de pareja y para casi toda actividad de esparcimiento, incluido el onanismo. E igual lo que gano cada vez me alcanza menos para (mal)alimentar a mi familia.

No odio al chavismo, jamás me quitó las ganas de levantarme cada madrugada y dar la pelea. Quiero que entregue el poder y me permita recuperar una vida con un mínimo de verdor.

Anibal Pedrique – productor

—Párese, Anibal Alfonso, que hay bastante oficio.

Mi mamá irrumpía en mi habitación. Apagaba el aire acondicionado, me encendía la luz. Era el ritual diario. No le gustaba perder tiempo. Esa energía y perseverancia la usó para pasar de vender chucherías, en una mesita de plástico ubicada en la calle, a montar uno de los bodegones más famosos de Pariaguan: la sala de la casa llegó a ser usada como depósito; mi cuarto, también.

Así fue cómo se pagaron los gastos de mi enfermedad del corazón. Era una época en la que todavía la gente no se moría de sarampión o asma: los centros de salud tenían medicinas y las farmacias acetaminofén. Yo estuve a punto de irme, pero el tratamiento funcionó. Si eso hubiese pasado hoy, en el 2019, quizá en vez de mudarme para Caracas a estudiar me hubiese tocado mudarme para el cementerio.

El negocio familiar costeó todo: ropa, comida, viajes, los estudios de mis hermanas. Hasta ampliamos la casa. Me sentía tan millonario que hurtaba hasta diez cocosettes del almacén para comérmelos en una tarde. Yo tenía 11 años y la vida era eso: engullir chuchería hasta empalagarme.

Pero eso comenzó a cambiar.

Poco a poco, las flores sembradas en el jardín de la casa fueron pisoteadas por decenas de personas que formaban una larga fila. Los productos comenzaron a escasear y hacer colas se convirtió en la forma más común de pasar las tardes en Pariaguan. Eran personas de todo tipo, que buscaban resolver la comida del día. Le gritaban a mamá, se gritaban entre ellos, peleaban, se empujaban. Imploraban por una sobra. “Véndeme esa harina pan que se te rompió y se te cayó toda al suelo, recógela con una pala y véndemela”, me dijo una vez un hombre al que se le marcaban los huesos en la ropa.

Está de más decir que yo ya no comía cocosette.

A la escasez la acompañó la inflación y juntas echaron a correr a los proveedores a los que en un momento les dejó de ser rentable viajar hasta Pariaguan. Nuestra bodega se llamaba Anaconda y fue como si la devorara una gigantesca serpiente. Pasaba más horas cerrada que abierta. Desaparecieron muchos productos, otros se hicieron muy costosos y casi nadie iba a comprar. Tres abastos ubicados en la zona cerraron. Los nuevos surtidores eran las bolsas de basura.

La última vez que fui a casa, mi mamá me pidió que no entrase al que fue nuestro negocio antes de que quebrara: sería como ver a ese abuelo moribundo una vez que lo viste cuerdo, energético. No hice caso, entré y ahí estaba: el esqueleto mismo que también veo multiplicado en las calles de Caracas.

Yelissa Hernández – administradora

Mi esposo llegó a Venezuela en 1981, a los 14 años. Venía de Portugal. Al principio, le tocaron las dificultades de todo extranjero que llega a un país que no conoce, en el que se habla un idioma que no maneja.

Trabajó, ascendió, siguió trabajando. Reuniendo casi todo lo que ganaba logró comprar vivienda, carro y hasta tener un bar propio. También se casó y disfrutó de las bondades de una vida casi holgada. Pero después de que Chávez llegó al poder su prosperidad comenzó a enfermarse.

Lo primero fueron las invasiones. Un día le avisaron que su negocio había sido tomado por personas que querían un techo para vivir. Corrió y se alegró al constatar que nadie había entrado a su bar, sino que habían invadido el negocio de su vecina: una amable española que también había llegado años atrás a Venezuela.

Los funcionarios de seguridad del Estado comenzaron a frecuentar su bar. Iban a pedir plata. Pero ellos no eran los únicos, también lo hacían, y con bastante frecuencia, ladrones que además de robar le daban cachazos hasta hacerlo sangrar.

Maduro llegó a la presidencia y mi esposo ya no podía ofrecer algunos de los platos de comida que habían caracterizado a su local: el desabastecimiento acabó con su menú. Y los alimentos que podía comprar los adquiría a sobreprecio, revendidos. Las medidas “económicas” del régimen solo sembraban más escasez y, por consecuencia, aparecieron los famosos bachaqueros (gente que compra productos regulados y los revende).

Tuvo que despedir a todos los empleados.

Hace pocos meses, llegó al negocio y vio que lo habían vuelto a robar. Con la hambruna, siempre entraba alguien a llevarse algunas cosas. Pero esta vez fue diferente: se habían llevado todo.

Lloró, quiso manda todo a la mierda. Cerrar el negocio de una buena vez.

Luego de secarse las lágrimas, fue al CICPC, a poner la denuncia. Los funcionarios la anotaron y le dijeron “vaya adelante, más atrás irá una patrulla”. Pero nadie fue, nadie revisó el robo. Al día siguiente, llamó y le dijeron que había escasez de funcionarios. O sea, lo sentimos pero no podemos hacer nada por ti. Mi esposo ya sabe cómo funcionan las cosas: les dijo que, si lo necesitaban, él podía darles algo, “una ayuda”.

En menos de media hora se estacionó una patrulla frente al local. Los policías anotaron todo, verificaron por dónde habían entrado los ladrones, etc. Lo más probable era que los autores del crimen fueran los vecinos, los que años antes habían invadido el local que nunca más fue de la española: la pared del bar que se violentó es la que colinda con la invasión.

El CICPC se fue. Y, en la noche, mi esposo recibió la visita de los susodichos vecinos. Ahora, muchos de ellos pertenecen a colectivos. O sea, son civiles a los que el régimen les facilitó armas para que hiciesen lo que les diese la gana con ellas. Los vecinos le mostraron su pesar y se ofrecieron a colaborar en la vigilancia. A cambio, claro, de un pago mensual.

Juan Pablo Chourio – estratega de contenido

Venezuela

Nos disponemos a retornar a Caracas –por tierra, de noche y en transporte público– desde Maracaibo. Estos viajes despiertan en mí el tormento de la inseguridad de las agrietadas carreteras venezolanas: esas que fueron noticia por el asesinato de la actriz Mónica Spear, pero que tiene muchas víctimas anónimas.

Salimos a las 9:15 pm del terminal, mis padres están sentados juntos; yo, con mi hermana mayor. No recorremos ni 20 minutos cuando el autobús se detiene unos metros después del peaje del puente sobre el lago de Maracaibo: la Guardia Nacional realiza una revisión “de rutina” al equipaje de todos los pasajeros. Al contrario de sentir una sensación de seguridad preventiva, el semblante de cada pasajero demuestra tedio y preocupación. Nadie espera a que se aprehenda a algún traficante o portador de armas, sino que les quiten, arbitrariamente, algún producto que trasladen: viajar con el pan bajo el brazo –y el papel higiénico– nunca fue tan literal.

Luego de perder una hora, el buscama retoma su camino. Parece que bastará dormir un rato, comer un pancito e ir al maloliente baño una vez para amanecer en Caracas. Recostado en la poltrona, mi hermana se coloca unos auriculares. No hemos avanzado mucho, intuyo que estamos cerca de Ciudad Ojeda, cuando falla el aire acondicionado. Es la medianoche. Entre los aproximadamente 50 pasajeros de un autobús de dos pisos, los bebés son los primeros en reaccionar al calor que empezamos a sentir.

Reducimos la velocidad y el carro se orilla a un costado de la carretera: nos detenemos. ¿Qué sucede?, ¿por qué paramos?, preguntan algunos pasajeros. Los chóferes (siempre son dos en viajes nocturnos) se bajan. Desde la ventana observamos que conversan, caminan de un lado a otro, hacen llamadas. Mi padre duerme. Mi madre y hermana se inquietan.

¿Y si llegan unos malandros? Bajamos todos, el chófer nos reúne. La falla es grave, no se podrá solventar. En el medio de la nada, la lucha contra la oscuridad la dan las luces intermitentes, que deberán apagarse pronto para que no se acabe la batería, dice. Hay que tener la maleta en la mano: el rescate vendrá a las seis de la mañana.

¿Pasaremos seis horas en medio de la nada?

Puede que menos: quizá nos maten antes.

El chofer dice que podemos esperar o irnos en algún encava que pase. Mi papá quiere quedarse; mi mamá, hermana y yo, irnos. Apagan las intermitentes. Estoy cagado y me pregunto por qué no aparecen los guardias.

Divisamos unas luces que se acercan, parece que el vehículo se va a detener. El azar estaciona el encava un metro más allá de en donde esperaba mi familia. Corremos. Abren la puerta, el chofer grita para poner orden. Nos amontamos en la entrada, usamos la maleta como barrera. Entramos. Sólo hay diez puestos, hay que pagar en efectivo y no aceptan personas de pie. Soy el último en entrar, no veo asientos vacíos. Tiemblo. Una señora se sienta una niña en las piernas, me hace espacio. El colector empieza a cobrar. Mi familia y yo no tenemos suficientes billetes: en Venezuela el efectivo es racionado. Pero para quien vive de la crisis, ser solidario no es una opción: “Si no pagan, se bajan”, advierte el colector. Nos toca pedir, rogar. Mi hermana casi le llora a un señor. El viejo le da plata. Entregamos los billetes. Los recogen con rabia. “Vámonos”, le dice el colector al chofer.

Lizandro Samuel – editor en jefe

Cuando mi mamá me botó de casa me di cuenta de que no tenía ni un tenedor. No solo me vi en la calle, sin saber dónde coño iba a vivir en un país en el que alquilar una habitación puede costar unos 25 dólares mensuales, mientras que el salario mínimo son tres dólares; sino que, además, comprendí que no tenía mueblería ni utensilios básicos como una olla. A mí me estaba yendo chévere, la época de almorzar dos rebanadas de pan con Cheez Whiz había pasado: tenía buenos clientes, escribía para buenos medios y ya casi no tenía que trabajar más de 12 horas diarias. Pero no sabía cómo coño podía mudarme –ni adónde– y empezar de cero. El 2017 fue el año más difícil de mi vida. Y ojalá Venezuela hoy, en el 2019, tuviese la inflación acumulada a la que se llegó en ese año.

En fin, que todo salió bien. Pertenezco a una población muy selecta. No tengo a nadie afuera que me mande remesas y me las apaño de pinga con mis chambas. Hay quienes me preguntan si estoy vendiendo droga cuando me ven comer carne.

Pero lo que vengo a contar es cómo mis dinámicas familiares se volvieron mierda. Todavía no entiendo por qué mi mamá me echó. Supongo que estaba demasiado estresada: mi abuelo tiene demencia senil y el geriátrico vale 220 dólares. Eso es mucho hasta para mi tío que vive en Alemania: si él no ayudara a mi vieja, ella y mi hermanita solo podrían hacer una comida al día.  El caso es que entre eso y la enfermedad de mi abuela y tener que lidiar con los eternos problemas con el resto de sus hermanas, mi mamá lleva por lo menos diez años de a toque: si la miras feo, huy…

Sin embargo, lo más heavy ocurre con mi papá. Nunca hemos tenido una gran relación. Menos ahora, que en pleno 2019 sigue siendo chavista. De paso de que nos vemos –con suerte– dos veces por año, él utiliza esos momentos para hacer proselitismo. Ajá, que mi estómago tiene un límite. Lo cómico es que –a diferencia de mi madrina, para quien trabajar para el régimen significó comprar un apartamento de esos que se venden en dólares en una zona high– siempre ha pelado bolas. Y nunca ha dejado de buscar trabajo con el chavismo. Es como la mujer a la que el marido le rompe la cara y ella va y le da un beso. “Trabajando mucho y ganando poco”, responde desde hace 15 años cuando le preguntan cómo le va.

Cuando las protestas del 2014, una vez discutimos. Me dijo algo así como que estaba bien que las fuerzas de seguridad del régimen reprimieran: aceptó sin pudor que torturan y matan. Si tú ves a un grupo de adolescentes trancando una calle, explicó, lo lógico es meterles un balazo en la cabeza. Las leyes hay que cumplirlas, hijo.

¿Ya dije que un amigo de mi hermanita perdió un ojo cuando un Guardia lo persiguió hasta su edificio y le descargó un arma de perdigones directo a la retina y a pocos milímetros de distancia?

Por cosas así me cuesta ver a mi papá. La rabia y vergüenza devinieron dolor. No tengo estómago para hablar con él, ni con mis padrinos o la madrina de mi hermana. No tiene sentido. Porque mientras repiten pestes contra Estados Unidos y la empresa privada, yo subo a sectores populares –los que más apoyaron al chavismo– y veo a niños que sirven para una clase de osteología: se detallan todos sus huesos a la perfección. Después llego a la oficina y mi compañera de trabajo me dice que su sobrina acaba de fallecer porque no conseguía insulina.

 

Por Team Ojo

Señora, nada es seguro en este país

Se siente como una cosquilla en el estómago. Sí, más o menos. Una sensación airosa alrededor de la zona del ombligo que luego se transforma en un dolor pulsante, como si la correa del pantalón te quedase apretada. Octavio se desploma. Con el cachete pegado al pavimento de la avenida que da a la estación Teatros, ve a los dos sujetos alejarse; pequeños, inverosímiles a la distancia. Hora del almuerzo. La zona de El Silencio está atestada de gente fumándose su cigarrito, de gente jugándose los animalitos del mediodía. De gente a quien no le interesa que Octavio esté tirado en el suelo, ensangrentado. Pesadez en los ojos. Su respiración se ralentiza por la sordomudez de una ciudad que se niega a prestarle auxilio. Le duele la cabeza. “Mamá, ¿te gusto el regalo?”; “…y ruego a Dios porque pases, un cumpleaños feliz…”. “Sopla, sopla”. De pronto, cree escuchar el sonido de un tubo de escape, el de una maleta que se abre… “¡Móntalo ahí, móntalo!” “¡Se nos muere el chamo, vale!”

Octavio es flaquito, de cabello desordenado y mirada ojerosa. Di con él a través de una publicación suya posteada en Facebook con el título “Me asaltaron. Estoy bien”. “Escribí esos párrafos porque me desaparecí de la universidad por mucho tiempo y los compañeros estaban preguntando por mí”, me dijo en una conversación telefónica. “Claro, no tengo rollo de que me entrevistes, pero no vayas a mencionar mi apellido. En Venezuela nunca se sabe”. Charlamos como si fuésemos amigos, expresiones de esta generación maltrecha, amedrentada a quemarropa. “Si me hubieras llamado dos semanas antes, no habría tenido suficiente oxígeno para contestarte. Tengo los pulmones afectados”.

Hospital Vargas, tres de la tarde. A las afueras de la Emergencia, una cola de usuarios con carpetas en las manos. Radiografías. Informes de resonancias magnéticas. Récipes vencidos del Seguro Social. El personal médico lleva meses de paro, de protestas; sin embargo, el acceso a los pacientes no ha sido restringido. Al frente de unos banquitos de plástico, cerca de donde se debería parar la ambulancia que hoy día no existe, se estaciona una pick up de la Guardia Nacional. Se bajan tres tipos de traje verde. Como líder de la patota, está una militar de tetas protuberantes y chaleco. “¡Busquen a un doctor, el chamo no respira!”. Uno de los sujetos entra corriendo a las instalaciones del hospital y al cabo de diez minutos sale con la que podríamos denominar “la residente”. Arremangándose la bata, la residente asoma la cara en la maleta de la camioneta e inspecciona el escenario.

hospital vargas

Hospital Vargas

—No, aquí no es posible ingresarlo. No disponemos ni de insumos ni de camas.

La militar insiste. Menea la insignia de su teta izquierda, señalándole a la residente que, en este país, la última palabra la tienen los cuarteles. A ellos nadie los intimida y, por encima de eso, están es cumpliendo con su deber para con la ciudadanía. Protegiéndolos. Previniéndoles del peligro.

—Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo –dice.

Ella lo había observado todo desde un extremo de la avenida Lecuna: dos hombres, uno gordo de lentes de sol y otro de tez morena y gorra rosada acercándosele, por la parte de atrás, a un muchacho de apariencia raquítica y bolso de tela. El de mayor peso se sacó un cuchillo del bolsillo mientras que su compañero, por ser más chico y ágil, se encaraba en la espalda de la víctima para ahorcarlo. Una. Dos. En el costado. Sobre la ingle. Puñaladas encestadas no solo en el cuerpo del que no podía defenderse, sino también en la consciencia suya, como funcionaria de la milicia. Correr o no correr. Ese chamo bien podría ser hijo suyo, o quizás su hermano. Tres. Cuatro. Los segundos retumbaban en su cabeza como los chorros de sangre que se resbalaban por las alcantarillas de la avenida. Un ombligo abierto. Unos rostros macabros que reían. Ella lo había observado todo desde un extremo de la Lecuna, cual tráiler de cinematografía independiente.

—Supongo que al instante la tipa sí quiso ayudarme –afirma Octavio, alzando la voz para contraponer la pésima recepción de la CANTV–. Lo que sucedió fue que otro militar se lo negó y lo que le quedó más remedio fue esperar a que, por milagro, me dejasen botado. Cuando los hampones se dieron a la fuga, ahí sí se acercó con una pick up y otros tantos.

—¿Por qué crees que le prohibieron intervenir en el asalto?

—Por miedo, ¿qué más? Si se meten con las bandas de la zona, les echarán cuchillo sin compasión. Yo no me enrollo; al final, gracias a la militar esa es que estoy conversando contigo en estos momentos. Ni modo. Las cosas son como son.

“Este chamo no es malandro; a él sí hay que salvarlo”, vuelve a insistir la uniformada. Arreglan una camilla y acuestan al convaleciente joven. Las autoridades de guardia tienen sus dudas. No obstante, y de imprevisto, de la cobija de la camilla se alza un brazo que apunta hacia el techo de la sala. Octavio comienza a escupir nombres, números de teléfono. Datos. Identificaciones diversas. “Yo soy ucevista, ¡yo estudio Estudios Políticos!”, se oye. “Comuníquense con mi mamá, por favor, díganle que soy… su hijo”. La escena le es confusa. Su paladar todavía sabe a chocolate; el aire le huele a vela recién soplada. Octavio piensa que está en el sofá de casa de su abuela, esperando a que piquen la gelatina. El quesillo. La abuela es especialista en postres. Según la abuela, la situación país podrá ser de mierda, pero las familias merecen una pausa. Lástima, de verdad, que el abuelo no se echó el viaje hasta Teatros. Es el transporte, la falta de efectivo. El Metro que no sirve. Pero las familias merecen una pausa, según la abuela.

Y es que, en Venezuela, los reencuentros entre parientes son golpes de suerte encestados en el azar. En Venezuela, los abrazos, los apretones de mano y los besos en el cachete ya no son sino minúsculas garantías de supervivencia.

—Casi todo el personal médico del Vargas que me atendió era de la UCV. Tres días en terapia intensiva, dos en respiración artificial. Los de la cirugía no cobraron sus honorarios profesionales, Gianni. Me da la impresión de que, de pana, la camaradería universitaria tuvo algo que ver, ¿sabes? Me curaron de gratis, aunque el procedimiento que aplicaron ha traído sus consecuencias.

Hospital Vargas, cuatro de la tarde. La pareja de la esquina, esa que está sentada a las puertas del quirófano, se suena la nariz con un pedazo de servilleta del almuerzo. La señora tiene la frente incrustada en el pecho de su acompañante; se estruja con fuerza, como si padeciese de alergia. El celular le había sonado cuando estaba calentando la comida en el microondas de la escuela donde trabaja. Número desconocido. No contestó. Puso la atención en su menú: pasta y asado; en papel de aluminio, una tajada de torta de chocolate del día anterior. Número desconocido, de nuevo. Atiende. “¿Aló?, ¿quién habla? ¿Qué? Usted me tiene que estar jodiendo. Ya salgo para allá”. Disparada, se lanzó hasta el hospital y en el camino llamo a su ex marido. Aún no los han dejado pasar para verlo. Desde hace ya un par de horas que lo están operando.

Migrañas de pensamientos. La inflación atentará contra la recuperación de su hijo. Sus sueldos de agua, los anaqueles de medicinas vacías. ¿Y si vende el apartamento? ¿Y si lo manda para el extranjero? No va a querer irse, no, y ella no lo dejará solo.

—¿Ustedes son los padres del muchacho?

—Sí.

—OK, fíjense. Le realizamos una exploración abdominal que nos permitió determinar los daños causados por las heridas. No fue lo más conveniente pero no hubo remedio. Por los momentos está estable, aunque delicado.

—¿Se salvará?

—Señora, nada es seguro en este país.

Actualmente, en Venezuela se registra una tasa de noventa fallecidos por cada cien mil habitantes, cuestión que equivale a setenta y seis muertes cada día. Tres fallecidos por hora. En sentencia de los expertos, el deterioro de las instituciones es el factor más relevante del incremento de la violencia y el delito. De otras cuantas puñaladas. De cantidad de operaciones caducas, fuera de vigencia científica.

—Disculpa que ayer no te respondí el teléfono, Gianni. Estaba en el cardiólogo –me dice Octavio–. A raíz de la exploración abdominal, el corazón se me movió de posición y por ello estoy presentando complicaciones de tensión arterial. Durante la operación, me fracturaron las costillas para poder introducir los equipos, que los compró mi mamá, por cierto. Luego ella se los donó al hospital, claro. Esa gente no tiene nada con que trabajar, Gianni. En fin, debo estar en cama de reposo. No te niego que le tengo temor a las secuelas.

Si los doctores hubieran contado con los recursos necesarios, a Octavio se le habría practicado una toracotomía, procedimiento vanguardia en las naciones desarrolladas. Gracias a sus familiares residenciados en Colombia es que puede costearse las medicinas.

Octavio, además de cursar estudios en la UCV, es programador como su papá. Le encanta Julio Verne.

Sueña con viajar por el mundo y después regresarse.

—¿Tienes planes de emigrar?  –pregunto.

—Si te confieso algo, ¿podrías incluirlo textual en tu crónica?

—Por supuesto. Adelante.

—El Estado es el territorio y su gente, la cultura de los que aquí habitamos. Yo no quisiera salir de Venezuela porque amo el país donde nací. Ideales políticos no tengo. Me atraen los partidos de tercera vía; me parecen mucho más atractivos. Hay que quitarnos las caretas porque los partidos políticos no son equipos de beisbol. Tenemos que dejar de ser fanáticos y tenemos que dejar de apostar en gente que se aprovecha del erario público.

—Gracias por haber aceptado conversar conmigo.

—No, tranquilo. Ningún rollo. No tengo rollo. Solo no menciones mi apellido.

—Antes de trancar, ¿te importaría si te pregunto qué es lo que estabas haciendo el día anterior al asalto?

—Simple. Era el cumpleaños de mi mamá y de mi abuela. Lo poco que recuerdo es que nos hartamos de torta de chocolate y que yo les di un regalo a ambas. Nos sentíamos tan pero tan felices, Gianni, alejados del país en el que estamos. Era como si, no sé, nada malo pudiera sucedernos.

 

Por Gianni Mastrangioli Salazar | @MastranGianni

 

Orden directa a las Fuerzas Armadas

Es raro esto de no sentirse perseguido. Pertenezco a una generación para la que cantar, marchar, reunirse y hasta respirar es tomado como un delito. Pero hoy es 12 de febrero y la vida ocurre con una cotidianidad que me pone los pelos de punta: ¿será que tampoco hoy veré un herido, respiraré gas lacrimógeno?

Son más de las diez de la mañana y camino desde Plaza Venezuela a Chacao. Casi todo luce como luciría cualquier martes: en un calmado caos. Calles sucias, malolientes, gente hurgando la basura, locales abiertos, niños pidiendo comida, gente yendo al trabajo: lo normal. O lo que para nosotros es normal. No se siente el peligro de represión que caracterizó las manifestaciones en el 2017 y en la mayoría de las marchas convocadas contra el régimen desde el año 2000. Aquí casi todos andan en los suyo: hasta los funcionarios de la GNB, que conversan con rostros amenos, sonríen cada tanto. Las señoritas embutidas en uniformes tienen el rostro maquillado con tanta prolijidad venezolana, que parecen más listas para desfilar que para reprimir. Y aunque no caminarán por ninguna pasarela, tampoco agredirán a civiles. Al igual que la concentración del pasado dos de febrero, hoy también reinará algo que ya nos resulta extraño a los venezolanos: el derecho a expresarse libremente.

En Chacaíto el espíritu de manifestación entra por los oídos. Cada partido político hace le suyo: enarbola banderas, pancartas; exhibe a sus jóvenes con franelas llenas de propaganda y denuncias. Padres e hijos, viejos, cuarentones y jóvenes caminan y se detienen a ver algunos cánticos.

—¡Otra vez, otra vez, a la calle otra vez!

Mientras más me acerco a la tarima, detallo más variedad de personas. La tragedia del país no se resume en dos o tres frases: cada quien tiene un relato que forma parte de un extenso rompecabezas. Después de dos décadas, la forma más efectiva que parecemos haber encontrado para enfrentar la dictadura es unirnos a través del dolor y de la necesidad de cambio: cuando, más allá de las situaciones concretas, la tristeza y la frustración se convirtieron en lazos de empatía, quedó claro que –preferencias políticas al margen– todos queremos y merecemos una cosa:

—Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres –dice el host del evento cuando da inicio la actividad.

Es el Día de la Juventud y alrededor de mí hay siete ancianos. Los cuento con la mirada. Aunque la apología superficial e irresponsable hacia los jóvenes seguirá apareciendo en diferente medida, me contenta la participación de tan variada gama de edades: un equipo exitoso depende por igual de sus veteranos como de sus promeses.

Si no fuera por la ilusión y la esperanza, podría decir que me encuentro tan incómodo como en un vagón del Metro. Quejas, empujones, sudor, desmayos, chistes. Pero la mayoría trata de comportarse –o soportarse– de la mejor manera. Lo que quieren casi todos es escuchar al presidente encargado. Veo hacia los edificios que están al borde de la avenida y siento ganas de vivir en uno de esos apartamentos: las personas de asoman por sus ventanas –una pareja de cuarentones hasta se montan en el tejado de una casa colindante– y disfrutan desde puestos VIP todo lo que ocurre en la tarima.

Después de los emotivos saludos –por video– de los exiliados David Smolansky y José Manuel Olivares, del coñazo que significa ver un extracto del último discurso de Juan Requesens antes de que lo secuestrara la dictadura, la actividad se torna fastidiosa. El comediante y presentador Manuel Ángel Redondo hace una intervención leída que solo genera ecos de aplausos: por estar tan pendiente del papel se pierde de la oportunidad de leer los ojos de los espectadores. Luego, suben dirigentes estudiantiles que contagian una ingenuidad discursiva que algunos atribuirían a la edad o quizá a la falta de rodaje o de formación: caen en la tentación de gritar por gritar, de hilvanar una seguidilla de lugares comunes y se repiten y redundan en sus intervenciones: no han hablado ni la mitad de los chamos que están en agenda cuando ya el público pide:

—¡Guaidó, Guaidó, Guaidó!

Pero hay dos cosas que me resultan llamativas:

Primero, cuando una dirigente estudiantil llama al escenario a “mis panas de la Resistencia”. Se refiere a esos chamos que se cubrían el rostro con franelas, para no ser identificados por los esbirros de la dictadura, y con escudos y piedras hacían frente a los represores durante las protestas de 2017. Cuando un grupo de cinco o seis muchachos suben a la tarima, me pregunto: quiénes son. Ya, se supone que los de la “Resistencia”; entonces capaz debería formular mejor mi pregunta: ¿y qué es y quiénes componen a la Resistencia? En 2017 hablé con diferentes personas de distintas partes de la Gran Caracas que actuaban bajo el manto que otorga ese sustantivo. Comunidades organizadas, asociaciones de protestantes, dirigentes estudiantiles; hasta algún militar retirado y un par que estaban fuera de servicio: todos ellos decían formar parte de la Resistencia. Es curioso como el nombre coquetea con penetrar en la cultura popular para hacer referencia, más que a alguien en concreto, a personas que en diferentes situaciones actúan bajo ese nombre.

Lo otro que me llama la atención es el uso que se da a la figura de los jóvenes asesinados por la dictadura en 2014 y 2017. Algunos se refieren a ellos como héroes, solo un hombre los tilda de mártires y demasiados pocos los muestran como lo que –en mi opinión– fueron: víctimas. Cuando un dirigente, que atropella su discurso hasta vaciarlo de sentido, dice que esos jóvenes caídos entendieron que la libertad está por encima de nuestras vidas me pregunto si tiene idea del significado de sus palabras. Y es precisamente ese tipo de excesos, a los que nos acostumbró el chavismo, de los que me gustaría que la sociedad que se está construyendo se cuidara.

Vivir bajo este régimen ha sido como extrapolar la cotidianidad histórica de los sectores populares a todo el país: tener como vecino a un pran que somete a la mayoría de ciudadanos y condiciona sus posibilidades de ejercer su libertad. Hoy toda Venezuela vive en esas condiciones. Basta pasar un tiempo en una comunidad popular para comprender que la resistencia está llena de matices y es un ejercicio cotidiano. En un país en el que la causa principal de muerte de los varones entre 15 y 25 años es el asesinato, muy pocos de los habitantes de esas zonas ven algo de heroísmo cuando un hampón mata a un chamo.

Estar vivo es la manera más contundente de protestar contra quienes nos les importa asesinarnos. Celebrar la vida es la mejor forma de luchar por la libertad.

Cuando dejan de hablar los dirigentes estudiantiles, las viejas que están cerca de mí se emocionan: creen que llegó el momento del presidente. Pero se equivocan: es hora de que tomen la palabra los diputados. Si de algo se han cuidado los dirigentes políticos en este nuevo plan de acción, es de usar muy bien los símbolos. Así como han mostrado unidad, han hecho de la Asamblea Nacional un fortín de ideas: es el rostro del Gobierno legítimo. Aunque la tendencia a buscar mesías sigue presente en buena parte de la población, los diputados –incluyendo al presidente encargado– dejan claro con sus acciones que Guaidó es el representante de un movimiento que lo trasciende a él como nombre y que muestran, además, el valor de la perseverancia y de los procesos: uno ve a estos panas hablar y no puede dejar de pensar en aquellos muchachos que supieron organizarse en el 2007 para frenar uno de los impulsos autoritarios del régimen. Esto no empezó en enero: son más de diez años de camino.

Resistir es tener paciencia y temple.

Manuela Bolívar toma la palabra en medio de gritos desaforados que piden que hable el presidente. Pero ella se erige como una de las mejores oradoras de la jornada: narra el testimonio de tres víctimas de la crisis humanitaria y captura la atención –sin gritar como loca, sin repetir lugares comunes– de la gente. Y eso, razono, no es sencillo: hablar frente a una multitud es complicado, hablar frente a una multitud que solo quiere una cosa y lleva 20 años de hartazgo y desesperación es como patear un penal en una tanda definitoria del Mundial.

Con Manuela el mensaje del día queda todavía más claro: estamos reunidos para honrar a los caídos, para mostrarle al mundo que queremos que ingrese la ayuda humanitaria y para pedirle a los militares que cumplan con su deber. Sobre todo, para pedirle a los militares que cumplan con su deber.

Habla otra diputada y la cosa se sigue extendiendo. Me duelen las piernas. A mí alrededor ocurren empujones más propios de un pogo. Alguien dice que le robaron el teléfono. Detecto más desmayos que en un concierto de Alejandro Sanz. Y el host toma el micrófono para decir que falta otra persona por intervenir. Todos comienzan a quejarse hasta que escuchan el nombre de Miguel Pizarro: entonces, lo aplauden con respeto.

Miguel engrosa la voz, camina de una lado a otro y avanza con sus palabras como quien recorre kilómetros en un maratón. La gente se queda en silencio, la mayoría lo escucha con interés. Si Manuel Bolívar fue una apología a la coherencia, Pizarro es el mejor aperitivo previo a Guaidó. Pide aplausos a la comisión de voluntarios encargados de la ayuda humanitaria, entre los que aparece Roberto Patiño, y nos garantiza que esa ayuda va a entrar sí o sí. Cuando comienza a alargarse demasiado, da la palabra al presidente de la República de Venezuela.

La multitud ruge como en un concierto de rock.

Aunque Guaidó a veces se extravía en sus alocuciones, aunque en ocasiones su entonación pareciera la de un robot, hay varias cosas que me gustan de su oralidad: es sobrio, tiene un buen lenguaje corporal, no necesita berrear como animal en celo para emocionar al público, es claro en sus mensajes. Y si hay un momento en el que todo esto se manifiesta de forma condensada es cuando engrosa la voz para decir:

—Voy a dar una orden directa a las Fuerzas Armadas.

Se me eriza la piel. Gritos, expectación. El presidente nombra diversos cargos militares y ordena:

—Dejen entrar la ayuda humanitaria al país.

Vítores. Aplausos.

Ante este momento, el resto del discurso –aunque contiene algunos momentos destacados– parece más bien un epílogo.

Habla de la esperanza y la sonrisa que se nos ve a todos en la cara, se toma una selfie con la multitud de fondo, remarca la importancia de que el usurpador se vaya:

—Que yo no voy a decir su nombre, porque ya todos ustedes lo conocen.

—¡Diiiiiiiiilooooooooooooooooooooo! –piden las personas.

Pausa. Silencio.

—El usurpador se llama Nicolás Maduro.

—¡Coño e’tu madre! –rugen.

Se anuncia un nuevo punto de acopio en Brasil y, otra noticia importante, asegura que el próximo 23 de febrero (a un mes de haber asumido la presidencia) deberá entrar la ayuda humanitaria al país.

Ya escucharon, militares.

 

Camino por la avenida Francisco de Miranda rumbo a Chacaíto. Las personas van animadas, se toman fotos, comentan lo dicho en la concentración. Alguien grita Maduro y todos responden coño e’ tu madre.

—Debería haber un récord Guinness a la madre más mentada del planeta –dice una señora.

Estoy cansado y todavía no me acostumbro a esta ausencia de miedo, de correr, de cuidado que vienen los guardias. Es raro ejercer los derechos constitucionales con tanta tranquilidad. Pero entonces, oigo el rumor de unas motos.

Durante las protestas de 2017, cuando la represión pasaba su momento más álgido sucedía la llamada operación arrase. Decenas de motorizados –algunas veces civiles armados; otras, funcionarios– aparecían disparando a mansalva. Pienso en eso cuando percibo lo que solo pueden ser decenas de motos acercándose. Volteo y estudio el área: puede ocultarme tras este quiosco, o meterme entre estas matas.

Ni lo uno ni lo otro es necesario.

Son varias motos, sí, una caravana que toca corneta y genera vítores tras de sí. De parrillero en una de ellas viaja Juan Guaidó, quien alza la mano para el delirio del público.

Símbolos, sonidos, imágenes y miedos: todo se está transformando en esta nueva Venezuela.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

El tío de mi pana y el G2 cubano

Parecía otra cadena directamente llegada de algún laboratorio del G2 cubano, pero la compartía uno de mis mejores amigos en un íntimo grupo de WhatsApp. Y no era cadena, sino un dato importantísimo: su tío, un general retirado de la aviación, acababa de llamar a su papá para pedirle que ni él ni su familia salieran de casa, pues unos compañeros de él en Caracas “tomarán acciones”.

Era la noche del pasado domingo tres de febrero y en el ambiente se respiraba que la pesadilla chavista podía terminar en cualquier momento: el presidente de Colombia decía que sólo era cuestión de horas; un periodista venezolano, con larga trayectoria, publicó un mensaje en Twitter en el que, en forma de clave, parecía atreverse incluso a ser más preciso: de 24 a 72 horas; en las redes sociales de Carla Angola había un video de Fernando del Rincón afirmando que, basado en la seguridad con que hablaban algunos mandatarios y funcionarios internacionales –como el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence–, algo estaba a punto de pasar; mientras tanto, en el TimeLine de mi Twitter, una chama prometía publicar foto-tetas si el chavismo caía en la fecha en que nació: cuatro de febrero.

La locura y la ansiedad eran palpables.

“No quiero compartirlo para no quedar como las cadenas que envían las viejas y que nunca se cumplen. Pero hablo claro: estoy hasta cagao”, escribía mi pana. “Tío en 20 años nunca envió un rumor o nos vendió humo. Siempre fue muy serio con eso”.

Y yo le creía. En todo caso, quien mentía era su tío, no él.

Antes de que acabara la noche, mi hermano nos llamó para pedirnos que no vayamos a trabajar al día siguiente; que estaban diciendo muchas cosas y que, con la miseria que ganamos, no valía la pena que nos arriesgáramos. Mi madre,  adormitada, apenas entendió lo que le dijo, y le respondió con un: “Ok, hijo”.

A la mañana siguiente, mi mamá, maestra, se dio cuenta de que tenía decenas de mensajes en su teléfono de representantes que informaban que no enviarían a sus hijos al colegio, por lo que ella decidió tampoco ir. Además, se unió al llamado de mi hermano y me pidió que no fuera. Yo la chantajeé con un simple: “Y si se prende el peo… ¿Cómo se entera la gente?”

¿Ya dije que soy periodista?

En la oficina recibí y reporté buenas noticias: más de 15 países europeos habían reconocido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Pero nada de alzamientos, sino todo lo contrario: Maduro se exhibía con militares y pronunciaba un discurso lleno de amenazas, aunque acompañado de una evidente desesperación.

Según él, el maldito cuatro de febrero de 1992 nació la “dignidad” del pueblo venezolano.

En mi grupo de WhatsApp, mi pana respondía a los ataques contra su tío por vendernos humo: “No sé, marico. A papi le dio hasta el nombre del general que encabezaría las acciones y hoy compró comida por bulto para varias semanas, como si estuviese claro de que algo va a pasar”, respondió.

Entonces pensé que tal vez fue víctima de alguna estrategia del G2 cubano. Luego, con más frialdad, le di el beneficio de la duda y recordé la sublevación de Cotiza, los supuestos contactos con oficiales de alto rango de los que alardean Julio Borges y Marco Rubio, y en los cientos de militares presos por estar en contra del dictador. Y reflexioné, tratando de convencerme de que sí, de que en cualquier momento puede ocurrir lo que muchos añoramos: que la Guardia Nacional por fin se ponga del lado de la Constitución y de los ciudadanos, para dejar de defender a obesos y corruptos políticos que tanto daño nos han hecho a todos, incluyéndolos a ellos.

Tal vez ese día llegue pronto, pero no aún. Al menos no ese lunes cuatro de febrero de 2019.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_

Desde Estados Unidos digo: #VamosBien

Comienza enero y me siento optimista. Tengo dos proyectos literarios en puerta para este año, estoy mejor de salud, mi mamá está aquí y las posibilidades de que pueda quedarse por más tiempo van en aumento. Mi papá está en Venezuela pero se vislumbra la idea de volverlo a ver pronto. Estamos recién mudados y eso nos emociona; las niñas podrán decir “yo crecí en esa casa” cuando sean adultas. Cumplo 40 años el 3 de enero y al otro día hago una fiesta bailable con una play list de YouTube que preparo minuciosamente. El taqui taqui, El pescado, La mayonesa, La cosquillita, La bomba y demás canciones con patrones de baile forman parte de la lista que nos hace disfrutar la noche. Los años 90 se convierten en la época estelar. La pasamos de maravilla. #LleguéAlCuartoPiso.

Aunque las niñas ya han vuelto al colegio –aquí el 2 de enero tienen que volver–, después del 6 de enero quito el arbolito de Navidad y me dispongo a preparar las clases que voy a dar este semestre. Me emociona pensar que este semestre mi carga horaria será menor y tendré un poco más de tiempo para escribir, para terminar esos dos proyectos que ya mencioné.

Avanza el mes. Me despierto todas las mañanas con entusiasmo, pensando en que este año ha arrancado bien. Cada día arreglo un poco más la casa, todavía hay cajas por aquí y por allá. Cada día se ve mejor todo. Pasan el tiempo y llega la segunda quincena de enero. Empiezo a escuchar constantemente el nombre de Juan Guaidó. Todos estos años los constantes nombres incluidos en las noticias, en las llamadas telefónicas, en el WhatsApp, en el Twitter eran Leopoldo, Capriles, Lilian, María Corina, Ledezma, Requesens, y un largo etcétera en el que no figuraba ningún Guaidó: ahora, presidente de la Asamblea Nacional.

Busco información, me siento ignorante, me siento impotente. Me entero del llamado a la calle. El 23 de enero se aproxima, me comienzo a estresar, como me he estresado mil veces con cada marcha, con cada intento de cambiar el rumbo de Venezuela. A la distancia he escuchado ecos de esperanza, he visto etiquetas en las redes sociales que muestran la apuesta por un grupo, por otro y otro; he ido a poner huellas por el Sí, que se vaya. Y vuelve la rutina de mandar comida a mi gente porque no les alcanza el sueldo para comprar lo suficiente. Regresa el sentimiento de culpa cuando me como dos huevos tibios, una rebanada de pan con queso crema y un café con leche porque mi papá no prueba un huevo desde hace dos meses, porque no tiene leche para el café –ni café–, porque la nevera la tiene dañada y no hay repuesto, porque no le llega el agua y yo me baño con una ducha poderosa que me masajea el cuero cabelludo. Vuelve el hastío, las lágrimas, las malas palabras que solo salen de mi boca en momentos de angustia. #QuieroGritar.

El 22 de enero empieza el semestre. Es martes. Todo sale bien pero no dejo de pensar en Juan Guaidó, en mi papá, en mis primos y tíos que quedan en Maracaibo. Amanece el 23. Es miércoles. Solo doy una cátedra los miércoles. Tengo horas para escribir pero no escribo nada. Mejor dicho, escribo mucho pero por el WhatsApp. Y leo mucho pero por el Twitter. Las horas se me van sentada en la silla de mi oficina mirando la pantalla de mi computadora con varias ventanas abiertas.

Leo “¡Se juramentóoooo!” una, dos, cinco, diez veces en todos los chats de mi teléfono. Me frustra tener que desprender los ojos de la pantalla cuando llega la hora de dar mi clase. Una hora y quince minutos sin saber que está pasando en Venezuela. Voy. Vuelvo. Sigo. No me puedo despegar. No vivo en una ciudad con un alto porcentaje de venezolanos. Desde Miami mis primos me envían fotos y me da alegría ver la gente en la calle, siento un poco de envidia, quiero estar allá. Llegan las cinco de la tarde y debo volver a casa. Las niñas me esperan. #MeTengoQueIr.

Antes de salir veo a mi compañero de trabajo, un madrileño, profesor de literatura del Siglo de Oro, y con una sonrisota me dice:

“¡Ya tenemos presidente!”

Dudosa pero con una sonrisa como la de él, le respondo que sí. Ahora hay que ver qué pasa. Me voy. Manejo y no veo olas de gente en la calle, no veo banderas tricolores adornando las avenidas, no oigo cantos de protesta. Salgo de Worcester, la ciudad donde trabajo y donde hasta hace menos de un mes vivía, paso por Paxton, llego a Rutland. Pasan veinte minutos y estoy en mi casa, en un pueblito lleno de granjas, vacas y caballos; un lugar muy tranquilo en el corazón de Massachusetts. Pasan veinte minutos en los que no miro mi celular porque voy al volante. Me estaciono en el garaje y reviso el teléfono. Tengo un email.

I’m watching the news. Give me your insight to what’s going on in Venezuela. Keep Mom here!

La agente de bienes raíces que nos atendió los últimos meses me dice que le cuente, que le dé mi opinión. Sabe que mi mamá está aquí y me dice que no la deje ir. Me sorprende recibir su mensaje. Entablamos una relación cordial y respetuosa pero no esperaba palabras de preocupación de su parte. Sin poder evitarlo se mezclan varias emociones dentro de mí. Esperanza, alegría, angustia, impotencia, esperanza de nuevo.

Los días transcurren. Siguen las noticias. Hay sanciones económicas, apoyo de varios países, rechazo de otros. No me despego del WhatsApp; necesito estar en la calle con los míos, oler la calle, vivirla. No obstante, los chats de las familias, los grupos de los amigos son lo único que tengo. Al menos eso pienso. Siguen pasando las horas y me doy cuenta de que mi calle realmente existe, no es la Chandler Street, no es la May Street ni la Park Avenue. Mi calle es cualquier lugar donde me encuentre. La gente me sigue mandando mensajes y me detiene en los pasillos de la universidad para conversar de Venezuela. La sensación de sorpresa no se disipa.

“Profesora, ¿podemos hablar de lo que está pasando en Venezuela?”

Me interrumpe una estudiante mientras estoy en plena clase de gramática para hablantes de español por herencia. Tengo muchachos dominicanos, puertorriqueños, salvadoreños, hondureños, colombianos y por primera vez una venezolana.

“El presidente de Venezuela es uno y se llama Juan Guaidó”.

La estudiante venezolana le responde a otra que pregunta cómo funciona el país con dos presidentes. Se van veinticinco minutos de clase en una discusión muy activa. Eso me contenta. Salgo de clase y reviso mi teléfono. Tengo un mensaje de texto.

Thinking of your family in Venezuela today. I wish I had the words”.

Una gran amiga me escribe desde Tallahassee, no sabe qué decir y me lo hace saber. Solo puede pensar en mi familia y mandar buenas energías. Los conoció, los abrazó, comió arepas con ellos. No puede dejar de recordar los buenos momentos.

“Mantenme informada si algo grande pasa en Venezuela, sigo las noticias pero no estoy al minuto como tú. Yo también tengo esperanza de que al final del plazo que le dieron los otros países, vuelva la democracia”.

Aparece la nubecita con un mensaje de mi compañera. Su oficina está al otro lado del pasillo pero nos comunicamos mucho por chat en nuestras computadoras. Tenemos nuestro propio código. Ella es oriunda de Carolina del Norte, profesora de literatura del cono sur y experta en dictaduras. Sabe cómo funcionan los regímenes autoritarios, cómo son los procesos de transición y aun así tiene esperanza. Eso me reconforta. #VamosVenezuela.

I was just reading about your home country news – oh my, praying God’s intervention and safety for all!

La mamá de una compañerita del colegio de las niñas me escribe y me dice que está rezando. Es una buena mujer, dulce, trabajadora. Me alegra que me diga eso porque sé que lo dice honestamente. Creo firmemente en la transmisión de la energía positiva.

“Estoy pensando en ti y en todos los venezolanos que conozco”.

Estas palabras me sorprenden mucho. Una escritora española que vive en California y que apenas conozco por las redes sociales desde hace un par de semanas me manda un mensaje privado. Yo le contesto como respondo por texto, por llamada o en persona a todo el que me busca para hablar de Venezuela. Entablamos una conversación. Estamos participando en la protesta, en la marcha; todos lo hacen a través de mí.

De esa forma continúan los días. Mi calle se va llenando, hay una multitud de palabras, de fotos y videos, se convierte en un mar. Entramos en un nuevo mes y vuelve el optimismo. El día 2 de febrero la gente vuelve a la calle, veo las fotos, sigo a la muchedumbre, me transporto por diversas ciudades, converso, comparto, me alegro. Esta vez no me estreso por la marcha, esta vez yo sigo en mi propia calle con ríos de personas a mi alrededor. Puedo sentir el olor de la calle. #VamosBien.

 

Por Naida Saavedra | @naidasaavedra 

¿Guaidar los corotos y regresar?

Viernes, 25 de enero.

Me sonó una notificación de Twitter. Noticas de último momento. Concentración en la plaza Bolívar de Chacao. La foto estaba presidida por un tipo joven, flacucho, de nariz rústica, tez morena y voz resonante. El mensaje era claro: “Los extrañamos. Los extrañamos mucho. Pero hoy les digo algo más: prepárense para regresar muy pronto”.

La sien me latía.

—Otro whiskey, please –le pedí al cantinero.

—¿Pagará con tarjeta?

—“Aye” –respondí.

—Lleva tiempo en Escocia, ¿no?

—Un poco, sí, ¿cómo lo sabe? –pregunté.

—Se nota. Quiero decir, cuando alguien suplanta el “yes” por el “aye”, que, bueno, significa lo mismo. Muy escocés –el cantinero ríe–. Veo que le gusta Edimburgo, como el whiskey.

—“Aye” –le respondí.

—¿Tiene planeado quedarse acá en Escocia o se regresa a su país?

Y bebí, hasta el fondo. Cerca de la Royal Mile, casco histórico de Edimburgo, está el Bobby’s bar, una especie de taberna construida justo a las afueras del cementerio de Greyfriars, pared con pared. Sentarse allí es emborracharse de espaldas a la muerte. El ajetreo propio del acontecer diario se apacigua al ingresar a estas instalaciones de leña y luces tenues. La ventana de vinilo que colinda con la lápida de piedra, el equipo de sonido que escupe música en irrupción del silencio entre difuntos. Marcas de la todavía influencia céltica. No me fue sencillo entender esto de los celtas, aye; sin embargo, así como las expresiones del inglés local que ya salen por sí solas, empujadas por el picor del whiskey sobre la lengua, las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. El inmigrante, aquí, lejos de sufrir el duelo de la pérdida, del quiebre de la continuación histórica con el terruño, aprende a coexistir con sus improntas culturales al tiempo que se muda de costumbres y formas de pensamiento. Sin esperarlo, de pronto se relajan los músculos del cuello, las extremidades. Se empieza a confiar. Se es gente. Otra vez. Nuestro país aparece entonces como un fenómeno intangible, como un “espíritu” que, al igual que otros, pulula a los alrededores del Bobby’s bar todos los viernes al final del trabajo, sin perturbar a los clientes. Yo, entre los clientes escoceses, los del Bobby’s bar, me siento gente otra vez, insisto. Me siento adaptado. Me siento borrón y cuenta nueva.

Pero este cuento de hadas de la adaptación perfecta dura cuanto el efecto del whiskey. Cuando los niveles de alcohol disminuyen en la sangre, la tristeza coge su cauce. O por lo menos para los venezolanos emigrantes. Y se tensan los músculos del cuello, las extremidades. Y la felicidad del párrafo anterior se va directo a la basura.

Venezuela se introduce en el cuerpo a través de los poros y toma posesión de ti, haciéndote retorcer de la culpa, de la confusión, de la repulsión, del resentimiento, de la añoranza. Es como una posesión ultratumba. De allí que al país se le rece, se le llore. Y aunque las condiciones estén dadas para la superación del duelo post migratorio –tipo acá en Escocia, por ejemplo–, sufrimos en cambio una especie de desinterés por el territorio receptor, de integrarnos a este y olvidarnos de los desaguisados nacionales. Olvidarnos del país que nos hala los pies por la noche, del país prepotente y de eternas equivocaciones. Del país que, hasta hace poco, nos acusaba de traidores a la patria por habernos negado a asistir a su cortejo fúnebre. Los venezolanos emigrantes, enfermos del duelo, sufrimos de complejidades identitarias; por un lado, el respeto hacia un país que declaramos muerto; por el otro, la necesidad de comunicarle al mundo los defectos que fueron letales para este, como si, en dicha divulgación chismosa, hallásemos alguna satisfacción personal. Y el país nos hala los pies por la noche, insisto, y nos empuja a beber más whiskey.

—Difícil de decidir –respondí al cantinero.

Pagué. Me puse la chaqueta. La bufanda. Salí de la taberna. La sien me latía. Del Bobby’s bar a mi casa, veinte minutos de autobús. En el trayecto, observé las fachadas medievales escocesas; las callejuelas oscuras; la neblina arremolinada sobre los techos; ese complejo de construcciones grises, tan opuesto al escenario de trópico hogareño. Susceptibilidades, como si estuviese siendo víctima de una gran injusticia. Es que, a cada uno, el “,itu país” se nos presenta de distinto modo. Las guacamayas en los cielos del cerro El Ávila. El chichero de Puente Hierro. El perrocalientero de la Plaza Altamira. El saxofonista de la UCV. El vendedor de chicles del metro. Las hamburguesas de Las Mercedes. La señora que cobra la pensión. El buhonero de Sabana Grande. Los helados de la Cota Mil. Los raspados de colita de los Médanos de Coro. La Virgen de las Nieves. El parque Los Aleros. El pastel de chucho. La empanada de cazón. La arepa con mantequilla y queso. Las cocadas de la bomba de gasolina. Tierra de Nadie. El Aula Magna. Los abuelos. Los primos. Los tíos. El padre. La madre. Un directorio de nombres, recuerdos interminables, ciertamente. Un directorio de lo resaltante. Un directorio para combatir la desidia y la noción de la Venezuela insalvable.

Es, en este estadio elevado de la nostalgia, de la visualización de la memoria, donde el “espíritu país” se personifica como el canal consciente que hay entre: 1) la realización de nuestro destino, 2) la capacidad práctica en hacerlo. La muerte del país es una falsedad tristemente aceptada. Es, en ese instante de reflexión a solas, donde el “espíritu país” deja de ser una entidad espectral, mendicante, pululante del Bobby’s bar, para servir –como estipularían los celtas– como plan divino de la evolución, que en nuestro caso real sería el plan del progreso, de la democracia; de la reconstrucción de las instituciones públicas; del rescate de la credibilidad; de la ciudadanía; del alza del poder adquisitivo y la estabilidad financiera; de la moral colectiva; de la honestidad; de la valoración de la cultura, la historia; del cese de las pasiones politiqueras; de la extinción de la corrupción, la charlatanería partidista; de la inseguridad; de la deserción escolar. Etcétera. Ser gente de nuevo, pues. De eso se trata. Relajar los músculos del cuello, las extremidades. De no sentir más dolor en la sien. Y entonces volví a sonreír, aye; ese viernes me volvió la sonrisa al rostro. Y volví a la notificación de Twitter. Y volví a la foto del hombre flacucho. Y leí para mis adentros aquella frase que está modificando circunstancias: “prepárense para regresar pronto”.

Me bajé del autobús. De la parada a mi casa, diez minutos caminando, tiempo suficiente para calcular cuántos corotos caben en dos maletas de veinte kilos.

Juan Guaidó, como el druida que se dirige a su comunidad, promete la transfiguración de Venezuela; el país tendrá que inmolarse para la significación de una larga recuperación. Juan habla de renacer, vivir una vida y edad diferentes. En la foto se le ve rozagante, sujetando la Constitución y la bandera. Dice extrañarnos. Invita a los ciudadanos a su cita con la nación, a la resurrección de la misma. Quizás es mi lenguaje céltico el que me hace imaginar situaciones sobrenaturales, románticas, cursis, imposibles. Pero es que las regiones nórdicas infunden esa sensación de reconciliación interna que Venezuela exterminó con las décadas. La cosa es que nuestro país no deja de halarme los pies por la noche, y yo francamente decidí encender la luz del cuarto, sentarlo en la cama y dialogar con él. No se debe temer a los espíritus; al contrario, se les debe prender velas, se les debe augurar una mejor vida.

Ese viernes, 25 de enero, hubo demasiado whiskey, lo confieso. No obstante, dicen por allí que ni los borrachos ni los niños son mentirosos.

 

Por Gianni Mastrangioli | @MastranGianni 

“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Granda lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Granda hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda: los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que tránsito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca: estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legitimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acercan enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquél símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, cómo puede, las abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos beben aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mí alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trensito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tú alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande: del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

 Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

La vida detrás del adiós

Ronny García estaba a punto de abordar un avión en el aeropuerto de Maiquetía, que lo llevaría a Colombia. En ese momento, no pensaba en nada, pero la tristeza lo embargó. Emigraría lejos de su familia y sus tres hijos, Fabiana, Jeremías y Samuel; sin tener la certeza de cuándo regresaría nuevamente al país, de cuándo los volvería a ver. Reyna Beltrana, su madre, no lo acompañó al terminal aéreo porque Ronny le dijo que no lo hiciera. Si ella hubiese estado allí, Ronny se hubiese arrepentido de tomar el vuelo.

Reyna se quedó en casa y esperó a que Ronny le escribiera un mensaje por WhatsApp que confirmara que había llegado bien a territorio colombiano. Ronny es el segundo hijo que a Reyna se le va del país; la primera en irse fue Ritsey García, de 24 años, quien desde 2014 está en Perú. La diáspora arrastró a dos de sus cuatro hijos. Las últimas dos, Deliana y Delianny, son morochas, cuentan con 16 años. Ellas ya son madres y también tienen planes de mudarse al exterior, por la crisis sociopolítica y económica.

Reyna lo ha comprendido bien: migrar es una necesidad contemporánea. “Yo deseo que el país tenga las condiciones para que mis hijos crezcan aquí, con su familia, con sus hijos, que tengan un trabajo estable que les permita vivir”, comenta.

Sus palabras encierran el deseo de todas las madres que siguen en Venezuela y que han tenido que experimentar el duelo que deja el escape, la huida desesperada de sus hijos de una crisis que no da tregua, que les niega el futuro.

Ronny decidió marcharse de la noche a la mañana. Su decisión, incluso, tomó por sorpresa a su mamá, quien no puso resistencia. Tampoco cuestionó que Ritsey migrara a Lima, tras llegarle una oportunidad de empleo en una cadena hotelera de esa ciudad. A Reyna no le dio tiempo siquiera de darle la bendición cuando partió, pues de su llegada a Perú se enteró por Facebook; pero dos noches antes de su viaje, al menos, logró conversar con ella.

Ronny, que cuenta con 31 años, tenía un trabajo en una barbería del centro comercial El Recreo, en Caracas, pero sus ingresos se quedaron cortos ante la hiperinflación que comenzó a arropar la economía. Él pensó que estando en el extranjero podría apoyar más a su mamá y a sus hijos y, así, superar el sinsabor que le dejó las promesas incumplidas del actual Gobierno, al que apoyó con fervor religioso, de forma hasta inexplicable para su madre. Lejos olvidaría la imagen de Hugo Chávez, las emisiones de La Hojilla de Mario Silva, la programación de Venezolana de Televisión y las entrevistas de José Vicente Rangel –transmitidas por Televen–. Su adhesión a la ideología de izquierda se diluyó en cada mala palabra que expresaba, sin recato alguno, contra el actual mandatario Nicolás Maduro.

“Él ahora está convencido de que este país se volvió una mierda”, cuenta Reyna.

Jonathan Lanza

De los dos hijos, Ronny es el que más se ha comunicado con ella desde su partida. Le pregunta cómo está, le pregunta qué come, le pide fotos de los alimentos que consume. Llora cada vez más por su madre.

Ritsey, en cambio, no es tan frecuente enviándole mensajes, ni a ella ni a su hija Nicole, de seis años, quien vive en casa de Reyna. “Cuando le mandaba notas de voz por WhatsApp, ella le decía a la niña que vendría en febrero, y la niña luego me preguntaba cuánto faltaba para ese mes. Si veía un avión volando, preguntaba si venía de Perú, pensaba que Ritsey iba en ese avión”. Reyna lloraba en silencio. Le recomendó a Ritsey que no le dijera que vendría a Venezuela cuando eso posiblemente no ocurriría.

 

Ronny y Ritsey son hijos de Gabriel García, el hombre del que Reyna asegura que se enamoró perdidamente. “Fue un amor a primera vista”. Cuando ella conoció a Gabriel, en 1984, apenas con 19 años, decidió casarse. Al cumplir diez años de matrimonio se separaron, aunque nunca se divorciaron. El amor que sentía se desvaneció entre la violencia, la infidelidad y la costumbre. Terminaron de separarse luego de que a él lo metieran preso por tres meses en el extinto retén de Catia en 1992, tras una denuncia que Reyna interpuso por maltrato. La separación había afectado, en principio, a Ronny, quien después se fue al Oriente del país a vivir con su papá. “Yo le decía que no podía seguir con él porque no era sano para mí, no podía estar con una persona por la que no sentía nada, no iba a pasar toda la vida así. Le decía que él crecería y se casaría, ¿iba a seguir infeliz por complacerlo a él?”.

Reyna conoció después a Denis Guerra, el padre de sus hijas morochas, con el que convivió siete años hasta que él se enamoró de otra mujer. Cuando Denis se mudó para la casa de Reyna, Ronny no estuvo de acuerdo. Le molestaba que la presencia de Denis rompiera sus rutinas. “Todo fue bonito al principio, pero luego hubo discusiones porque Ronny no le gustaba que él se quejara si llevaba amigos a la casa, si sacaba el PlayStation y lo dejaba en la sala; luego Denis me reclamaba que yo no ponía orden. Ellos nunca llegaron a discutir, pero todas las quejas llegaban a mí”.

 

A simple vista, Reyna no aparenta su edad. Su estatura no es similar a la de las modelos de los concursos de belleza, siempre ha sido delgada, aunque asegura que ha rebajado más por los cambios en la alimentación y por las veces que ha tenido que subir a pie –debido a los problemas de transporte– hasta su casa, ubicada en el barrio El 70 de El Valle.

Aunque siempre trata de mantener el buen humor, su voz se quiebra cuando habla de sus hijos. Prefiere sobrellevar sus añoranzas sentada en una máquina de coser.

Trabajó en el oficio de costura desde hace años, incluso enseñó a confeccionar trajes a Gabriel, con quien laboró en la misma fábrica que cerró en 1998. En casa de una amiga, tiene un taller donde suele coser los fines de semana. Hoy solo se dedica a ese oficio: entre lunes y viernes, se desempeña en una empresa donde se hacen uniformes e indumentaria para militares.

Con su sueldo ─que es mínimo─ y lo que le envía Ronny ─100 dólares al mes─, cubre apenas sus necesidades básicas y la de una de las morochas, que vive con ella. Ritsey, eventualmente, le manda remesas a ella y su hija Nicole, quien durante las vacaciones se va con Billy Reyes, su padre, que vive y trabaja fuera de Caracas y también se irá pronto a Ecuador. “Ahora la niña debe despedirse de su papá”, resalta.

Jonathan Lanza

La diáspora puso sobre relieve asuntos pendientes que Reyna no ha solucionado. Ronny nunca se ha llevado bien con Ritsey y partió sin que resolvieran las diferencias. Esa es la punta de lanza de su sufrimiento.

A todas estas, Reyna nunca ha comprendido el porqué de la rivalidad, aunque asegura que Ronny manifestó rechazo por su hermana desde el momento en que nació. “Parecían celos, pero él dijo que jamás la querría”. Ritsey, en cambio, ama a su hermano, aunque tampoco se ha acercado a preguntarle por qué él no le dirige la palabra. Cuando Ronny se emborracha es que da una pista de que sus sentimientos por Ritsey no son tan negativos. Lo cierto es que Reyna jamás ha podido romper el nudo gordiano que oprime la relación entre sus dos hijos mayores; ni siquiera a pesar de que ambos viven en países distintos. “La última vez que hablamos de la casa, sobre quién se quedaría con ella, le dije que no me iban a dejar a las morochas en la calle, que ellos dos se encargarían de evitar eso, pero él lo único que me dijo es que el día en que yo muera, saliendo del cementerio, Ritsey tendría que buscar dónde irse”.

—¿Ronny no entiende que esos comentarios te hacen sufrir?

—Yo se lo digo. Pero él es así, nunca le importa. Él adora a las morochas, adora a su sobrina Nicole, y no entiendo cómo no puede querer a su hermana igual que a ellas.

La relación de Ritsey y Ronny es similar a la que Reyna tiene con su mamá de 90 años y su hermana morocha, que vive en el estado Sucre. Con su madre nunca se ha hablado y con su hermana, hace diez años, tuvo una fuerte discusión. En medio de estos conflictos, Ritsey tampoco se ha llevado muy bien con su mamá: tiende a responsabilizarla de todo lo malo que le ocurre.

Reyna dice que su hija tal vez le recrimina su falta de compresión en el pasado, los múltiples regaños que le dio por su rebeldía, por dejar sus estudios de bachillerato. “Yo creo que nuestra relación no es de madre e hija; con Ritsey me pasa lo mismo que con mi mamá, que nunca me habló, a pesar de que yo la busco y le pregunto qué le pasa conmigo. Eso de acercarse no lo hace Ronny tampoco con Ritsey, ni creo que lo hará. Me voy a morir y esto no cesará”.

Reyna se aferra al viejo consejo que dice que el tiempo y, sobre todo, la distancia resuelven todo. Por ahora, solo piensa en que sus morochas estén bien, en pasar más tiempo con ellas. Y en cuidar su corazón, que le dio una advertencia hace ocho años debido a las tensiones dentro de su hogar. “La doctora dice que me olvide de este problema, pero ¿cómo hago? No creo que sea culpable de lo que pasa entre ellos, les he dado lo mejor que he podido”, asegura.

Viendo las fotos de sus hijos por WhatsApp, a quienes extraña, dice que no le teme a la soledad, eso sí lo dice con firmeza; ni tampoco se cierra a la posibilidad de rehacer su vida con otro hombre. En lo que sí está bastante clara es que no quiere ser arrastrada por la diáspora y, por eso, también se ata fuertemente a las promesas de Ronny.

—Mamá, cuando estés viejita, te compraré un carro rojo.

—Me vas a tener que traer un Ferrari.

—Coño, mamá, ¿no pides mucho?

Jonathan Lanza

PD: tras ver esta historia publicada por primera vez, Ronny y Ritsey –finalmente– hicieron las pases. Reyna, ahora, vive más tranquila.

Por Armando Altuve (@ArmandoAltuve)

*Este trabajo forma parte de la serie, elaborada por Seis grados, Madres de la diáspora.