El espíritu también se cansa

Y allí estábamos: bebiendo y riendo, como si hace una semana, el siete de marzo, no hubiese ocurrido un apagón nacional que provocó caos y zozobra en todo el país, pero especialmente en Maracaibo –nuestra Maracaibo–, cuyo territorio entró en una especie de ambiente apocalíptico luego de que se iniciaran saqueos que afectaron a cientos de locales comerciales, con pérdidas que superan los 50 millones de dólares y con negocios que no podrán recuperarse jamás.

A lo mejor y es que no hay nada que el alcohol, amigos y risas no puedan curar. De hecho, la experiencia me dice que precisamente la combinación de estos tres elementos se convierte en el arma de resistencia más noble y sana que existe frente a esa estructura enferma y criminal de la autodenominada Revolución Bolivariana. Era sábado y, aún en dictadura, el cuerpo lo sabía; más aún si había luz.

Yo había visto y vivido situaciones rudas. Como a la mayoría, el blackout me tomó desprevenido, por lo que estuve dos días con la pila descargada en el teléfono: sin saber a qué se debía no tener electricidad por tanto tiempo, o qué estaba ocurriendo en el resto del país.

Cuando pude cargar, recuperar la señal telefónica y ponerme en contacto con mi equipo, regresé al trabajo. Estuve en varios saqueos, presenciando imágenes terribles e insólitas a la vez: vi niños saqueando con el consentimiento de sus familiares, personas destrozando negocios como locos y familias organizadas en camionetas tomando todo lo que podían… aunque “todo lo que podían” significara detergentes o sillas.

El historiador Ángel Lombardi lo catalogó como el Maracaibazo, en alusión al Caracazo, pero yo aún no sé si lo que observé fue hambre.

A la par, escuché relatos conmovedores de comerciantes cuyos negocios habían sido robados por completo y alucinaba con los que decían que, si las autoridades no hacían nada, ellos defenderían lo suyo incluso a plomo. Y así fue: en redes sociales se colaron varios videos de dueños de negocios espantando saqueadores con tiros al aire y en las azoteas de algunos supermercados se observaban sujetos con armas largas pagados por los dueños para cuidar los establecimientos.

Parecía lo único que podían hacer para proteger lo suyo, frente a la nula o prácticamente nula respuesta de las fuerzas de seguridad, que llegaban tarde a los saqueos o simplemente no llegaban; en algunos lugares hasta participaron en ellos, según denuncias.

 

Ese sábado entre juegos y chistes salieron, inevitablemente, las vivencias del apagón. Sin duda, es más duro cuando los testimonios te los dan las personas a quienes quieres: la amiga que se las ingenió para entretener y alimentar a sus dos bebés en medio de la oscuridad; el que tuvo que desayunar, almorzar y cenar carne, en diferentes presentaciones, para que no se le pudriera en la nevera… hasta que se le acabó y luego no sabía qué comer ni dónde comprar; el que recorría la ciudad en su carro buscando señal para el teléfono, mientras observaba, con indignación y sin poder hacer nada, cómo eran saqueados los supermercados o panaderías donde compra a menudo; o a la que aún se le notaba la rabia infinita en sus expresiones cuando contaba cómo su mamá, con problemas en la espalda, tuvo que dormir cinco días en el piso.

Aunque sabíamos que esta tragedia podía repetirse, aquella noche no quisimos pensar mucho en ello.

Y se repitió: fue el lunes 25 de marzo; otro apagón nacional, aunque “afortunadamente” sólo duró poco más de 40 horas.

He podido observar, nuevamente, la destrucción que te puede dejar el simple hecho de estar sin luz por días; parecen consecuencias similares a las de una guerra: al menos tres muertos en hospitales nacionales por culpa de las fallas eléctricas, encontrar negocios para comprar comida es una odisea, pacientes renales en condiciones críticas trancan calles para protestar porque se están muriendo. Aún no hay reportes de saqueos, pero posiblemente esto se deba a que ya no hay nada que saquear.

He visto también los rostros de ciudadanos cansados y resignados que, aunque no lo dicen en voz alta, parecen pedir a gritos piedad y soluciones. Porque el espíritu, por muy fuerte que sea, también se cansa.

Hay quienes dicen que la única explicación para todo esto es que Dios le hace bullying a los venezolanos; yo prefiero decir que no es Dios, sino unos cuantos malandros que secuestraron al país y que están dispuestos a hacernos todo el daño posible.

 

Por Braulio Polanco | @BraulioJesus_  

guarimbero

Juego de niños

Es viernes y no hay luz en la zona 3 de José Félix Ribas. Igual que hace cincuenta y siete años, cuando no había llegado la televisión a color, la gente se sienta en las entradas de las casas a charlar. Los temas no se acaban. Vecinos que se odian secretamente conversan sobre los muertos que tienen en común, la política y la carne que se daña en la nevera.

Los hombres juegan dominó, cartas, dados. El humo de una parrilla se alza desde un lugar incierto. El mediodía apenas comienza, y es un comienzo caluroso, soporífero. Un letargo se instala en toda la calle principal. Pasa media hora. Treinta minutos lentos, que tienen la apariencia de una eternidad. El hastío recorre salas, porches, rostros.

Un coro de risas infantiles rompe el ambiente amargo. El aburrimiento es cosa de adultos.

El sonido viene de la redoma. Un grupo de niños juega con los restos de los globos que quedaron de Carnaval. Es ocho de marzo. No hay agua. Nadie sabe con qué los han llenado. Corretean de aquí para allá. Se caen, se levantan y echan a correr de nuevo. Hasta que uno de ellos se detiene y el resto hace lo mismo. Se reúnen. Van a organizar otro juego. Cuchichean. Se ríen.

Vuelven a dispersarse. El que parece el líder se quita la camisa mojada. Es bajito, desgarbado, no pasa de los ocho años. Se enrolla la prenda en la cabeza, se cubre el rostro con ella y deja espacio para que sus ojos se asomen. Tiene una mirada traviesa y oscura. Alza el brazo y hace señas. Seis niños se sitúan a su lado. Otros siete forman una fila al frente. Parece que van a enfrentarse. El niño con la cara cubierta saca una bomba del bolsillo de su pantalón y se la arroja al chiquillo más cercano. Erra el tiro.

—¡Malditos pacos! –exclama. Es un grito de guerra. En un instante, van los unos contra los otros. Se empujan. Se golpean. Juntan sus manos como si fuesen armas y simulan el sonido del disparo con la voz.

Otro chiquillo, espigado, pecoso, de dedos largos, persigue al de la camisa enrollada. Lo tiene en la mira. Cuando está lo suficientemente cerca, le arroja un globo repleto de un líquido grisáceo. El bombazo da en el blanco y le explota en la frente al objetivo. El niño cae en la acera y se toca la cabeza. Aparta la tela de su boca y se pone de pie. Maldice entre dientes.

—No, Jonas. No te pares –el pecoso deja de jugar y le riñe a su compañero–. Ya te reventé la cabeza. ¿Tú eres loco? Ya estás muerto. De ahí no te paras hasta que terminemos. Acuéstate en el piso.

—Yo lo que soy es guarimbero, gafo –el pequeño desgarbado se ajusta de nuevo la camisa y se cubre la boca.

—¿Y? Yo soy policía. Es más, soy de la Fades. Ya te metí tu bombazo y te abrí la cabeza. Ya te jodiste. Deja la mariquera y muérete de una vez.

—Llora, pues –Jonas no parece intimidado. Alza los hombros y mira a su interlocutor con valentía, aunque no le llega ni a los hombros.

 —No, vale. Tú no eres serio –el más alto escupe a los pies del bajito–. ¿Tú crees que en la vida real es así? No, porque no eres serio. Ya no juego.

—Vete, pues, gafo. Lo que eres es tremendo gafo. Mamita.

Pero la discusión es interrumpida por un tercero. Otro niño. Moreno, regordete y de mirada vidriosa

—Ay, bésense, pues. Ya. ¿Vamos a seguir jugando a la guarimba? Coño, porque mi mamá ya me va a llamar pa’ comer –dice.

Sin embargo, el pecoso se aleja cuesta abajo. El chiquito, el guarimbero, lo sigue con la mirada y refunfuña.

—Yo tampoco juego más. Es más, devuélvanme mis bombas. Yo me voy pa’ dónde mi abuela.

Algunas protestas ahogadas surgen, pero todos obedecen. Cuando Jonas se va, el resto sigue su ejemplo. La redoma queda vacía. Silenciosa. Es hora de almorzar. Los adultos entran a sus casas y dejan las puertas abiertas. Es para que no se concentre el calor. La luz todavía no ha llegado.

 

Por Albany Andara | @AlbanyDam

Vivir el apagón a la distancia: hay que seguir

“Los espacios de los territorios ancestrales guardan la memoria”, escuché en una conferencia a la que fui hace poco. Al vivir en Estados Unidos, algunas veces sale a relucir mi persona latina, más global, más panamericana, quizás con el fin de que mis hijas vean un modelo que las ayude a construir una identidad, la cual ciertamente se está erigiendo sobre fragmentos. Soy venezolana, mi esposo es peruano, ellas tienen un poco de todo; desde que nació la mayor hemos vivido en tres ciudades (y estados) diferentes, en tres microcosmos. Mis hijas se aferran a fragmentos, pedazos de vivencias de territorios, trozos de Florida, de Georgia, de historias contadas sobre Perú, sobre Venezuela, sobre la Venezuela mía que ya no existe. Territorios ancestrales.

 

Por fin te conozco. Pero me parece que ya nos hemos visto, ¿no?

La miro a la cara, su sonrisa le llena el rostro. Veo sus brazos que se levantan en un intento de formar un semicírculo. Quiere abrazarme. Me aproximo a ella con el objeto de dejar que lo haga. Venimos de la misma tierra.

Efectivamente nos habíamos visto una vez. De pasadita, unos minutos. Ella estaba sentada con un grupo de personas y yo conocía a un par. Estábamos en el Birch Tree, en la calle Green. Carlos tocaba con su banda y yo andaba con las tres niñas. Me la presentaron mientras yo tenía a la chiquita en brazos, la mayor me agarraba la mano y la mediana me halaba el pantalón para preguntarme la diferencia entre dinosaurios y dragones.

 

Hola, guapa. ¿Te apetece ir a almorzar este viernes? Quiero que conozcas a una maestra venezolana, se llama Blanca. ¿De doce a dos te viene bien?

Lola, una española simpatiquísima que trabaja en la Clark University, me contacta y me invita. Le digo que sí, estoy disponible. Me pregunto en dónde trabajará esa venezolana que me quiere presentar, qué materia dictará, cómo se verá. No tengo amigos venezolanos en Worcester. Quiero verle la cara, los ojos. Por la dinámica de mi vida, quizás por las mudanzas, no me mantengo en una búsqueda de paisanos perenne. Me dejo conocer por gente que tenga afinidades conmigo sin importar de dónde vengan.

 

Mira mi cadena, me la puse porque te iba a conocer. Cuando yo conozco a una persona venezolana la quiero, la consiento.

No puedo negarlo, el mapa de Venezuela que cuelga de la cadena de Blanca me remueve el corazón, me hace ver la película de toda mi vida en un par de segundos. Realmente Blanca es una consentidora. Nos encontramos en el Nu Café y me abraza, abraza a Lola. Me cuenta de sus hijos, de su nieta, de su trabajo. Es empleada del sistema de escuelas públicas del condado de Worcester, especialmente se desempeña con niños bilingües. Blanca habla de lo que hace diariamente, describe a los niños con ternura, indica que el cansancio se le quita cuando se pone en una mesa a trabajar con ellos, nombra a varios, acompaña sus nombres con adjetivos positivos, demuestra que les tiene cariño.

También escuché decir en la conferencia que la nostalgia no se presenta enteramente basada en lo que se recuerda y lo que se quisiera retener sino en el encuentro de dos objetos o experiencias (o personas) en un momento determinado. Y veo a Blanca, y nos encontramos, y sale a relucir mi persona venezolana, mi persona llena de nostalgia, de memorias que nunca se borran pero que luchan por forrarme la mente de palabras bonitas.

 

¿Cuándo nos vemos? Vamos a cuadrar para almorzar.

Leo el mensaje de texto de Blanca y me doy cuenta de que hace dos meses que no la veo, que no miro el mapa que tiene guindado del cuello. Le respondo. Sonrío cuando me envía una carita feliz y pienso que en unos días volveré a unos de esos territorios ancestrales. No obstante, pasan muchas cosas y no logramos reunirnos. Una gripe, muchos exámenes por corregir, una tormenta de nieve, una reunión de última hora. Cancelamos y posponemos. Se termina el año 2018, comienza el 2019 y seguimos posponiendo. Finalmente cuadramos para juntarnos el 15 de marzo; Blanca tiene unas ideas para un proyecto de pedagogía y quiere compartirlas conmigo y con Lola.

 

Planeamos todo antes de que ocurra el apagón. Planeamos todo antes de sentir un dolor de estómago punzante y permanente. Los días de incomunicación duran para siempre. Aunque pasen nunca se borran. El no saber es lo peor. Tener a los viejos sin pila en el celular para mandar un mensaje es una tortura. ¿Y de qué me sorprendo? ¡Si eso hacen las dictaduras! Controlar y torturar. El terror psicológico es una de sus grandes herramientas. Seis días sin saber de mi tío José ni de mi tío Anel, seis días manteniendo los ojos pegados al WhatsApp con la esperanza de recibir un “estoy bien” de mi papá o de mi primo David que vive detrás, o de mi tía Loida o mi tía Olga que viven muy lejos. Algo, una señal de vida. En esos días hago una cosa que nunca había hecho. Le digo a un mandatario que se va a ir al infierno. Es verdad, se irá. Se lo digo por Twitter. Luego me meto en la cuenta de su mujer y le pregunto que cómo siendo madre puede soportar la muerte de tantos hijos. La desesperación me hace perder la concentración, no hago casi nada de lo que había planeado para mi Spring Break, corregir trabajos, escribir. Nada. Se me pasan las horas viendo noticias, preocupándome en grupo (¡los del WhatsApp!) con mi familia, llorando a escondidas para que mis niñas no me vean.

 

Nos vemos pronto, amiga.

Recibo otro mensaje de texto de Blanca, me recuerda que llega el momento de reunirnos. No hablamos del apagón por alguna razón. Sin embargo, presiento que cuando la vea su sonrisa no será la misma, que algo en su cara no va a destellar como la primera vez que la vi. Ese pálpito me hace pensar en lo injusta que puede ser la vida.

 

Hola, guapa. Por fin logramos quedar.

Me saluda Lola con dos besos. Nos encontramos de nuevo en el Nu Café y escogemos una mesa junto a la ventana. Esperamos a Blanca. Llega un poco tarde, atrasada por el trabajo. La veo y noto que se emociona al vernos; nos lo dice. Se sienta y comenzamos a hablar del objetivo de la reunión pero tras dos segundos interrumpe la idea para expresar que estos han sido días muy difíciles. El apagón del alma. Quizás debamos llamarlo de esa forma. Nos cuenta de su abuela que todavía está viva, de su mejor amiga que dirige un preescolar en Puerto Ordaz en el que los niños no tienen colores para pintar, de su mamá que llegó a Worcester hace tres meses sin poder caminar porque no recibía la dosis diaria para su artritis. Se queja de la situación, del no saber, del terror, de la angustia, se queja de lo mismo que yo. A Blanca se le ponen los ojos aguados, la sonrisa desaparece, y la voz se quiebra. Ocurre lo que presentía.

 

Lola hace silencio y nos escucha atenta. Yo empiezo a hablar de mi papá, les cuento que el Hospital Clínico de Maracaibo, donde ha trabajado por más de cuarenta años, está cerrado como resultado del apagón, que no ha visto a sus pacientes porque no puede salir de su casa por los saqueos, que no tiene agua, que no sé cómo hace para sacar la poca que guarda en el tanque subterráneo; tiene 77 años. Es un hombre fuerte y sano pero está viejo. Es mi viejo. Les digo que mi papá está solo y arranco a llorar.

 

Pero cómo puede estar pasando esto, ¡joder!

Me cubro los ojos con los dedos, oigo la queja de Lola y cuando me destapo veo las lágrimas de Blanca. Nos agarramos de las manos y hacemos un círculo entre las tres. Me percibo vulnerable, sin fuerza, derrotada. Palo tras palo. El contacto con ambas me reconforta aunque continúo sintiéndome abatida. Nos miramos y seguimos conversando un poco más del apagón, de la tragedia que significa vivir en Venezuela estas últimas dos semanas. Blanca hace una pausa y traga fuerte. Nos dice que a veces hace falta verbalizar el dolor para seguir. Realmente es un peso que no deja caminar. Ni escribir. Empezamos a conversar sobre el proyecto de Blanca y logramos articular otras ideas.

 

Pasa el tiempo, llega la hora de despedirnos fijando ya una próxima fecha de reunión. Blanca me abraza. Lo mismo hace Lola. Me siento querida y por un momento me llega una ráfaga de optimismo. Salgo al estacionamiento, me meto en el carro, chequeo el celular. Mi hermano me manda un mensaje: American Airlines anuncia que suspende los vuelos de Venezuela. Una vía de sacar a mi viejo y a muchos viejos de Venezuela posiblemente se cierra, deseo que no sea cierto. El no saber, la incertidumbre, el terror. Pienso en la Venezuela mía que ya no existe, en los territorios ancestrales y en mi papá. Grito ¡carajo! dentro del carro, lo prendo, me voy. Maldigo al dictador y a toda su gente. Llego a mi casa y abrazo a mis niñas. Cancelo la cita de trabajo que tengo luego. No tengo cabeza para nada. Hablo, hago conjeturas, pienso en posibilidades y luego me calmo. Escribo esta crónica sin saber qué pasará en el lapso de una hora pero me prometo a mí misma seguir. Hay que seguir.

 

Por Naida Saavedra  | @naidasaavedra 

 

Dentro y fuera de la dictadura

Una mano emergió de la oscuridad del aeropuerto para saludarme.

—¿Lizandro? –preguntó, con una sonrisa.

Era el taxista al que habían encomendado llevarme desde El Vigía hasta La Fría, en Táchira, donde pasaría la noche. Era el jueves 21 de febrero, me esperaba una hora de viaje y estaba atravesando una de las semanas más importantes de mi vida.

Al día siguiente, cruzaría la frontera para Colombia.

El taxista comenzó a hablarme y yo sentí una ola mínima de miedo. ¿Qué tanto le había contado Juan Carlos, el productor que organizó el viaje, sobre mí? La primera recomendación que me dieron es que, desde que saliera de Caracas, no dijera en ningún lado que era periodista –cosa que no soy– o que trabajo en un medio o que escribo o que leo o que hago cualquier cosa que se le parezca o ay-qué-miedo-mejor-digo-que-soy-analfabeta.

La razón era sencilla: la dictadura chavista-madurista había iniciado una persecución contra cualquiera que ejerciera alguna forma de comunicación. El viernes siguiente, se llevaría a cabo en Cúcuta un concierto benéfico que buscaría intentar recaudar fondos para paliar la crisis humanitaria en Venezuela. El próximo sábado, camiones cargados de la ayuda humanitaria que ya habían donado otros países tratarían de ingresas al país. Así lo ordenó el presidente encargado Juan Guaidó. Pero las armas y las fuerzas de (in)seguridad del Estado(narco-régimen) estaban al servicio del usurpador Nicolás Maduro.

El taxista pronto se mostró como un hombre de confianza de Juan, por lo que, sin decir mucho de mí, me permití hacerle preguntas. El hombre vivía en Mérida, solía hacer mercado en Cúcuta (donde todo es más barato) y hasta se había comprado una antena de DirecTV colombiana que usaba en su casa. En Táchira y Mérida, todo el que puede cruza la frontera de tanto en tanto para sobrevivir.

—De acá mismo, de El Vigía. Vamos para… –y pronunció el nombre de un pueblito tachirense.

El guardia lo vio sin interés y le indicó que continuara el paso. Me habían advertido de la gran cantidad de alcabalas, de que debía tener cuidado. Vivir en un país como Venezuela es enfrentarse a diferentes matices del miedo: si se acerca alguien que parece un hampón, si se acerca alguien con una placa.

El taxista me comentó que su carro, como era pequeño, rara vez lo paraban. Que a los que más detenían era a los que podían transportar bidones de gasolina: la forma de contrabando más lucrativa de la frontera. Que con decir que veníamos de allí mismo e íbamos para acá cerca, todo estaría bien.

Habló como alguien acostumbrado a los juegos de palabras para despistar al poder.

Me sentí protegido.

—¿Ves esa cola de carros? –preguntó, cuando ya habíamos entrado a Táchira.

Se refería a una larga fila de vehículos (¿40?, ¿50?) estacionados al lado de una acera.

—Ajá.

—Esa es cola para echar gasolina.

Me quedé pensativo por unos segundos.

 —¿Y hasta que hora surten? –pregunté.

—Noooo. Eso es para mañana. La bomba de gasolina abre mañana temprano.

Eran las 9:00 pm.

—¡Mierda!

—Esa gente se queda ahí, pasa la noche y espera a que abran.

—Ya va, ¿y dejan los carros solos?

—Algunos se quedan dentro de sus carros. Otros le pagan a alguien para que se quede adentro.

FOTO: Ana Barrera

En la vía, aparecieron otras bombas y otras colas. Era, para mí, lo más llamativo dentro de paisajes monótonos: llenos de verde, de casuchas, de calles sin iluminación.

—¿Y es seguro pasar la noche de esa forma? –pregunté.

Él hizo un mohín con los labios. Se pasó la mano por la frente.

—Mira, chamo, la vaina aquí es así:

Me habló de los paracos. Según él, una suerte de paramilitares armados por la dictadura para tomar el control de diversos poblados.

—¿Algo así como los colectivos?

—¡Exacto!

Solo que aquí, me explicó, trabajaban de la mano con los guardias y los policías.

—A algunos ladrones hasta les han cortado las manos.

También, dijo, cobraban vacunas, perseguían a disidentes y facilitaban negocios ilegales que les convenían. Es lógico: para que el crimen organizado exista debe haber, ante todo, orden.

Dos anécdotas llamaron mi atención.

En San Antonio de Táchira, una señora acababa de cruzar el puente hacia Venezuela tras hacer mercado. Puso sus dos bolsas de tela en el suelo y se descuidó. Cuando vino a ver, le habían robado todo. Tras de ella, había una fila de chamos –de esos que pasan demasiado tiempo en la calle– que esperaban para cruzar hacia Colombia. Era obvio que había sido uno de ellos. La señora empezó a lamentarse.

—¿Qué pasó? –preguntó un paraco.

Cuando la señora terminó su cuento, el hombre exclamó:

—¡Qué vaina, vale! ¡No puede ser que le hayan robado todo a la señora! Ustedes, díganme quién fue.

Los muchachos de la cola se vieron entre sí, sin abrir la boca. El más valiente se encogió de hombros.

—Okey. Les dos 15 minutos para que aparezcan los ladrones. 15 minutos.

Los chamos comenzaron a moverse de un lado a otro. Luego de que transcurriera el tiempo señalado, los hampones seguían sin aparecer.

—Okey –dijo el paraco–, vamos a hacer esto. Señora, dígame qué fue lo que compró.

La mujer dictó uno tras otro todo lo que componía su mercado.

—Chévere –respondió el paraco–, tienen 30 minutos para, entre todos, reponerle las compras a la señora.

Y se las repusieron. O eso me contó el taxista.

En ninguna institución del país se podría observar una eficacia similar.

—Esos son la autoridad, chamo. Es mejor no contradecirlos –me dijo.

La otra anécdota resultó un poco más didáctica.

Un chico iba a cruzar hacia Colombia. Un guardia lo detuvo, le revisó lo que llevaba en la carretilla. Cuando el chico descubrió un rollo de cobre, el guardia le pidió una coima de 20 mil pesos para dejarlo pasar. El chico accedió.

—Espere –dijo el guardia, dándose cuenta de que había visto mal.

Le pidió al muchacho, esta vez, que expusiera todo el contenido de la carretilla. Entonces, quedó a la vista una cantidad de cobre muchísimo superior que la que se había mostrado en un principio.

—No, mejor deme 40 mil pesos.

En Venezuela, los alambrados de teléfono, las placas fúnebres, las estatuas: toda forma de cobre se roba y se trata de trasladar hasta Colombia, para venderla.

—¡Jódase! –gritó el muchacho.

Resultado: lo detuvieron en la sede de la Guardia Nacional Bolivariana.

No tenía ni 24 horas de haber sido encerrado, cuando una caravana de motos se estacionó afuera. Eran paracos, armados, que descargaron sus pistolas y ametralladoras contra el cielo.

—¡Tienen 20 minutos para dejarlo salir! –aullaron.

Dieron la orden de que se cerrara todo en los alrededores, rondaron el área por un rato, gritaron insultos. Los guardias permanecieron encuartelados, ni uno se asomó. Tras marcharse las motos, luego de dar el ultimátum, pasaron diez minutos antes de que se abriera la puerta del comando: el chico salió a pie, solo.

—Qué arrecho –dije–. Pero, ya va, ¿no se supone que los paracos y la guardia trabajan juntos?

—Sí, pero es cómo todo: también tienen su pique entre ellos.

Media hora antes de que llegáramos a La Fría, al hotel en el que iba a hospedarme, vimos caminar hacia una especie de estacionamiento a un puñado de adolescentes y adultos jóvenes armados. No llevaban uniformes, ni placas: eran civiles armados. Armados con ametralladoras.

 

 

Me hospedé en el mejor hotel de La Fría, un pueblo que pareciera caber en una sola calle. Pero en el restaurante se veía una que otra chiripa y había habitaciones sin control del televisor –que solo disponía de un cable operador local de 50 canales– y con el grifo de agua caliente dañado. En fin, yo esa noche solo tenía mente para lo que me deparaba el amanecer. El taxista que me trajo habló por teléfono con un militar amigo suyo y este le dijo que quizá cerrarían la frontera mañana. Yo quería cruzar a Colombia sí o sí. Por eso, junto a mi editora (con quien hablé por teléfono), traté de convencer a la taxista que me buscaría al día siguiente de que llegara lo más temprano posible. El plan era salir rumbo a San Antonio para cruzar el puente Simón Bolívar.

 

La taxista hablaba demasiado y yo tenía sueño: la noche anterior apenas pude descansar un par de horas: un poco porque no me cuesta nada tener problemas para dormir, otro poco porque cierta forma de ansiedad ganaba terreno bajo mi piel.

Solo una alcabala nos detuvo y ella le respondió al oficial que íbamos a San Antonio, que de ahí éramos.

—No, si yo he llevado a varios periodistas ya –me dijo, luego de presumir que por la ruta que llevábamos era más rápido llegar a la frontera: poco más de una hora.

—¿Qué tan difícil es cruzar el puente Simón Bolívar?

—No, como usted no lleva equipaje, sino un morral nada más, no lo deben de revisar mucho. A quienes sí revisan bastante es a quienes llevan bolsos grandes, maletas y cosas así. A usted a lo mejor le echan una revisada por encima y listo. ¿Usted lleva cámaras?

—No, nada de eso.

—Ah no, pues súper fácil, entonces. Usted sabe: discreto, bajo perfil y listo. A los que llevan cámaras, laptops y, usted me entiende, equipos electrónicos, a veces se los quedan los guardias.

Viajaba en el asiento de atrás. Traté de seguir durmiendo.

—En este hotel –me señaló uno cuando ya estábamos llegando–, se alojaron varios periodistas. Pero tuvieron que irse: ahí también se alojaba el FAES.

Hurgué en mi morral, di con mi chaqueta impermeable; la desenrollé, saqué la funda de mi smartphone y encendí el teléfono. Necesitaba avisarle a mi primo, residenciado en Cúcuta, por dónde iba. Él me iba a esperar en el comienzo del puente, del lado de Venezuela.

Dos formas de inseguridad me llevaron a tener bien oculto mi celular. La primera, el hampa común. La segunda, que en una alcabala a un guardia o policía se le antojara hacerme una revisión a fondo. Aunque cumplí con todas las recomendaciones de seguridad digital, había un par de grupos de WhatsApp susceptibles a pasar con frecuencia información que me podía meter en problemas: en problemas con la dictadura.

Bajé del taxi y caminé hasta el Movistar en el que Michael dijo que lo esperara.

 

Vivo en Caracas. Eso significa que tengo bien desarrollados mis sentidos para identificar riesgos y posibles agresores en la calle. Ser caraqueño es hacer de la paranoia un estado habitual.

Todas mis alarmas se encendieron mientras esperaba.

Grupitos de personas, de esas que te hacen acelerar el paso si las encuentras en un callejón, ofrecían pasar al otro lado a cualquiera que no tuviera papeles o cargara encima algo ilegal. Varias veces se me acercaron, como felinos rondando su presa, a ver qué necesitaba, qué hacía ahí parado como a la deriva.

—Todo bien, mi pana –dije a uno de los más insistentes.

—Todo no está bien –respondió.

Me tensé, listo para actuar.

—Si todo estuviera bien –agregó el flaco descamisado de cara sucia– no te estuvieras yendo del país, ¿no crees?

Sonreí.

—Ando de visita.

Después de 40 minutos –en los que vi un amago de pelea, un grupo de personas gritando Maduro para que otros respondieran coño e’tu madre, y mucho tráfico de gente–, juzgué que lo mejor era cruzar el puente y tratar de comunicarme con mi primo, con quien solo podía hablar por WhatsApp, desde Cúcuta.

FOTO: Carlos García Rawlings – Reuters

Atravesar el Simón Bolívar fue fácil. Me pareció rápido. Nadie me detuvo, nadie me revisó. Centenas de personas entraban a Colombia. Era evidente que muchas iban al concierto. Los controles fronterizos, de los que tanto me advirtieron, fueron más bien blandos.

Al llegar al otro lado, me di cuenta de mi error: el despelote y la gran cantidad de gente con la que me conseguí no se diferenciaba en mucho de la que me había motivado a moverme hacía rato. Vi una agencia de viajes, entré y usé cualquier cosa como excusa para sentarme, pedir la clave del wifi y sacar el teléfono.

Me fue imposible conectarme a Internet. Luego de unos 15 minutos de vueltas, espera y ansiedad, crucé de nuevo hacia Venezuela.

Esta vez sí me detuvo un GNB.

El hombre me pidió que abriera el bolso y empezó a revisar. Temí que dañara una bolsa de cazabe que llevaba, mientras trataba de verificar que, en efecto, era cazabe. Pero el micro paro cardiaco lo tuve cuando comenzó a desenrollar mi chaqueta impermeable.

—¿Un teléfono?

—Ajá.

Verificó y lo volvió a guardar.

Casi le di las gracias por no robarme.

 

Vi harinapan por primera vez en ocho meses. Era de Polar, sí, pero con precio en pesos. Curioseé las chucherías del abasto: había Pingüinitos. Pensé en mi infancia y en las tantas cosas que la dictadura nos quitó. Mi primo terminó de comprar y caminamos hacia su casa.

Di con él luego de que entrara a una tienda, en San Antonio, sacara el smartphone y me entrara una llamada suya de la calle. Para esa gracia le hubiese dado mi otro número y listo. El caso es que, al cruzar nuestros relatos, es probable que hubiésemos estado esperándonos a menos de 20 metros de distancia todo el tiempo: él viendo hacia las calles de San Antonio, creyendo que vendría de allí; yo, hacia el puente, creyendo que él aún no lo había cruzado.

Asimilé que estaba fuera de Venezuela cuando, en el centro de Cúcuta, tantas personas exhibían sus teléfonos en la calle. Mis antojos, entonces, se alborotaron.  ¿Sería posible que en alguna parte del mundo comer en McDonald’s fuera barato y rico? Después descubriría que el McFlurry colombiano era más pequeño y llevaba menos sirope que el de Venezuela. No se imaginan mi decepción.

Corrimos a buscar nuestras acreditaciones y nos dirigimos, en taxi, a Tienditas, donde ya estaba arrancando el concierto benéfico organizado por Richard Branson. Lo más resaltante de mi experiencia en el evento lo resumiría luego en Hay militares que no golpean. Acaso, me faltó resaltar una escena que compró vivienda propia dentro de mi cabeza. Alejandro Sanz, guitarra en mano, diciéndonos: “Que nadie les robe el relato de su libertad, que es suya y de nadie más”.

Que nadie nos robe el relato de nuestra libertad.

 

FOTO: Michael Martínez

Desperté 30 minutos más allá de lo planificado. Sentía el dolor de una resaca y eso que lo más heavy estaba por venir. Mi primo aún dormía: le pedí a uno de sus niños que lo despertara. Intercambiamos miradas como reconociendo las lagañas de nuestras almas. Él, dijo, quería seguir la convocatoria oficial e ir a Tienditas, donde habría rueda de prensa. Yo leí en Twitter que en el puente Simón Bolívar había movimiento y sospeché que allí habría acción. Decidimos separarnos.

Lo que hasta ese entonces estaba siendo una experiencia importante evolucionaría hasta convertirse en una de las vivencias más significativas de mi vida. Cualquier cosa que diga sobre ese histórico 23 de febrero sería redundar en lo que ya escribí: Esos policías tienen ganas de llorar.

Tal como seguro le hubiese gustado a más de un funcionario, en plena confrontación me permití dejar salir las lágrimas un par de veces. Jamás me había sentido tan superado por los momentos.

Cansado, con el hedor a lacrimógena pegado al cuerpo y un sudor lleno de tristeza, me fui hasta Tienditas. Eran más de las siete de la noche y ahí daría Juan Guaidó una nueva rueda de prensa.

El espacio se fue llenando de a poco: bastante tuvimos que esperar los medios presentes. Un arsenal de cámaras de televisión, todas internacionales, apuntaban hacia el atril. Cuando se le preguntaba a los medio de afuera cómo les había ido, estos sonreían complacidos por todo el material que habían capturado. Cuando nos preguntaban a algún medio venezolano cómo nos había ido, el semblante sombrío dejaba entrever que las siluetas de los camiones de medicinas quemados por la dictadura habían dejado sus cenizas sobre nuestros corazones.

 

FOTO: Michael Martìnez

¿Todo había acabado? Era la sensación que tenía en la mañana del domingo 24: que solo quedaba escribir, enviar los trabajos y listo. Solo me preocupaba el cierre de la frontera, también por parte de Colombia, para los siguientes dos días. ¿Cómo iba a hacer para salir de Cúcuta?

La frontera colombo-venezolana es la más fácil de atravesar de forma ilegal. Abundan las trochas y los llamados trocheros, quienes viven de trasladar a personas de uno a otro lado. Incluso, cuando la frontera está abierta, ellos se lucran movilizando gente sin papeles, productos prohibidos y hasta carros. No es seguro, no es recomendable. Es como la comida chatarra: sabes que no está bien, sabes que su consumo sostenido te puede enviar a la tumba, sabes que no es una solución a largo plazo. Pero cuando hay hambre, hay hambre.

Ir hacia Bogotá y tomar un vuelo internacional hasta Maiquetía no era una opción: faltaba dinero. Y lo que más me asustaba eran los ecos que llegaban desde San Antonio. El domingo en la mañana, Iris Valera, adepta al chavismo, se paró en el puente de Tienditas, del lado venezolano, junto a colectivos. Hombres, civiles, armados. La foto era el resumen de lo que devino el chavismo: una organización criminal. Iris estaba ahí para amenazar, para amedrentar: para insinuarnos lo que podía pasar si los venezolanos decíamos volver a Venezuela a ejercer nuestros derechos constitucionales.

Para mostrarnos la diferencia de vivir en democracia y en dictadura.

Se decía que San Antonio estaba tomado por colectivos, que saquearon el pueblo y que pasaban por algunas casas para obligar a las personas a marchar a favor del usurpador. La vigilancia, decían, era férrea: como tener a un hampón observando la puerta de tu casa día y noche. Varios venezolanos con familia en Cúcuta, y que trabajaban en Colombia, prefirieron traer a sus familias a territorio democrático.

Los trocheros, en La Parada (donde inicia el puente Simón Bolívar en Colombia), parecían moscas buscando dulce. Si te bajabas de un autobús, te perseguían ofreciendo sus servicios. Yo traté de mimetizarme con el ambiente y logré conversar con trocheros más discretos, con vendedores ambulantes, con personas para las que estar ahí –para las que ir y venir– era un acto de supervivencia cotidiano.

Casi todos me trasmitían lo mismo: solo cruza el que tiene necesidad. Si no es urgente, ¿para qué?

Recordé a los colectivos que, el día en el que hasta los policías tenían ganas de llorar, estuvieron en el puente tomando fotos. Recordé sus cámaras enfocándome. Y rememoré el instante en el que me paré al lado del diputado José Manuel Olivares y diferentes televisoras del mundo también recogieron mi imagen. ¿Estaba paranoico? Sí: yo crecí con el chavismo.

La trocha más segura era la del Puerto Santander, a través de la cual se llega a Ureña. El detalle estaba en que Puerto Santander queda a hora y media de Cúcuta. Y era recomendable cruzar ese paso temprano: a las 2:00 pm, como tarde.

Es, me decían, territorio de guerrilla.

 

En Colombia me sentía seguro, sentía que podía hablar sin mirar a los lados. La idea de volver a Venezuela se configuró como un miedo denso que lograba observar a la espera de que disminuyera. La posibilidad de que me pasara algo cruzando una trocha me tensaba los hombros: jamás había sentido tanto rechazo hacia los policías, guardias y militares venezolanos. Un ratero me podía robar las pocas cosas que cargaba. Un funcionario podía destruirme la vida.

Salí del terminal de autobuses –en el que me tentó un pote de nutella a un precio ridículo, en comparación al costo en Venezuela– hacia Puerto Santander. En algún momento, el paisaje se llenó de un verde que me insufló algo de paz. Dormí. Cuando abrí los ojos, aún faltaban varios minutos.

Una vez se hubo estacionado el autobús, unos ocho trocheros se abalanzaron sobre quienes nos apeábamos. La ignorancia suele ser costosa y yo escogí uno que me cobró 20 mil pesos. Un venezolano que se ganaba la vida así.

—Del otro lado tengo la moto para llevarlo adonde le haga falta.

No sabía que, una vez cruzado el río, era necesario trasladarse tanto. Pero en fin. Mientras menos ignorante me mostrase, mejor. Solo rechacé su ayuda cuando se ofreció a cargar mis cosas.

Zigzagueamos casas, hablamos de fútbol (no sé si es que tengo un cártel en la frente, pero esas conversaciones me persiguen) y luego de 10 minutos llegamos al río. Nos subimos a una curiara. El trochero le pagó al conductor dos mil pesos: mil por él, mil por mí. Y este comenzó a remar.

En 30 segundos –30 segundos– llegamos a la otra orilla.

¿¡Para eso me cobró 20 mil pesos!?

—Aquí tengo la moto, para llevarlo –apuntó con los labios.

Y pensé: okey, es ahora cuando va a justificar mi inversión.

El río tenía menos de un metro de profundidad. Decenas de personas hacían el trayecto de uno a otro lado en las pequeñas embarcaciones: algunas con muchas maletas y paquetes. En la orilla venezolana, la mayoría comenzaban a caminar sobre la vía de tierra, rodeada de maleza de más de dos metros.

El trochero me llevó a un área delimitada con un mecate amarrado de varios árboles: un estacionamiento. Tomó una de las varias motos que estaban detenidas, le pagó al dueño-cuidador-vigilante-queséyo de esos vehículos y me invitó a subirme de parrillero.

En tres minutos llegamos al comando de la GNB, que colinda con una placita. Ahí me buscaría un taxi que ya había cuadrado todo con mi editora para llevarme a La Fría.

Eso fue todo. 20 mil pesos por 30 segundos en curiara y tres minutos en moto. O sea, bien pude haber pagado solo los mil que cobraban los barqueros.

20 mil pesos.

Hubiese comprado la nutella.

 

El alivio. El tenso alivio. Lo más riesgoso había pasado: crucé la trocha. La normalidad, entonces, volvía a mi vida: la paranoia, el miedo, el desconfiar de cualquier uniformado.

Me pareció curioso que, del otro lado del ilegal paso fronterizo, hubiese un comando de la GNB. Frente a él, y a funcionarios aburridos, pululaban taxistas y autobuseros que promocionaban destinos a La Fría, El Vigía, Mérida y hasta Caracas. Uno me ofreció movilizarme por Venezuela sin pasaporte.

—Chamo, ¿qué hay aquí para entretenerse? –pregunté al taxista cuando se estaba estacionando frente al hotel en el que pasaría la noche, el mismo de la otra vez: el de La Fría.

—¡No joda! ¡Esto es un pueeeeblo! Bueno, por ahí hay un cyber, para pasar las horas.

En la recepción, me preguntaron si ya yo me había hospedado antes ahí.

—Sí.

—Es que aquí está tu ficha –explicó la recepcionista.

Tras de ella, había un cartel en el que se informaba a todos los huéspedes que por orden de la Guardia Nacional, la Policía Nacional y el Sebin, todos debían identificarse, dar su número de cédula, decir de dónde venían y adónde iban.

—¿Profesión?

—Entrenador –respondí.

 

El vuelo desde La Fría a Maiquetía fue tranquilo. Aunque se retrasó 30 minutos. Solo hubo un instante destacado. Cuando estaba pesando por el detector de metales, un funcionario de la GNB, del comando antidrogas, pidió revisar mi bolso. Yo iba entre dos reporteros, que trasladaban sendas cámaras en sus bolsos.

—Usted también es reportero, los tres son reporteros, ¿verdad? –dijo uno de los empleados que ayudaban en el detector de metales.

—No, no. Yo ando solo, no ando con ellos –expliqué.

Minutos atrás, había desayunado cerca de muchos guardias, mientras en el televisor el canal Caracol mostraba imágenes de la represión del sábado pasado.

El tipo del comando antidrogas abrió mi bolso y, aunque no dio con los dólares que siempre trasladé de forma celosa por todo el país (como quien trata de introducir droga a una penitenciaria), sí encontró un souvenir de mi aventura: la credencial de prensa del concierto.

El hombre no se detuvo mucho en ella y me invitó a continuar.

Respiré aliviado.

Cuando –tres horas después– llegué a casa, sentí cómo se descomprimían mis hombros. Lo había logrado. Pero me asaltó una confusión: ¿cuántos venezolanos salen de un país secuestrado y luego se esfuerzan tanto para volver a él? Pensé en Rafael Cadenas: “No se puede escribir una sola cosa verdadera sin haber estado en el infierno”. Entonces, recordé los verdaderos motivos de mi aventura, de mi vida.

Me senté a escribir.

 

Por Lizandro Samuel  | @LizandroSamuel 

Diario de la oscuridad

Jueves, 7 de marzo de 2019.

5:30 pm.

Salimos más temprano de la sesión de yoga debido a una falla eléctrica que apagó los ventiladores. El calor era excesivo y varias de las mujeres comenzaron a quejarse en voz alta cuando el sudor las empapó. El reproductor de música también dejó de sonar. Caminé de regreso al edificio a través de calles bulliciosas y sin semáforos. Creo que la falla es más amplia de lo que pensamos al principio: todo el pueblo se sumerge poco a poco en la oscuridad de la noche. Al menos ya bebí café. Como siempre, había dejado la cafetera eléctrica encendida y al llegar encontré el café colado y aún tibio.

8:20 pm.

Una de mis vecinas me invitó a cenar con ella. Comimos arepas con mantequilla y queso. Un pequeño lujo. Su hermana la llamó para avisarle que la falla eléctrica abarcaba ya más de veinte estados. Nos asombró imaginar a medio país en la misma oscurana que nosotros contemplábamos a través de su balcón. Antes de colgar el teléfono, la hermana de mi vecina le dijo que esperaban tener solucionada la falla para las once de la noche. Me encogí de hombros. Eso significaba que debíamos esperar más. Nos despedimos, le di las gracias por la arepa y me vine a buscar los cabos de velas que había dejado en algún lugar de la cocina. Cuántas veces me repetí que debía comprar dos velas nuevas. Bueno, ya era tarde para caer en recriminaciones. Qué carajo. Saqué agua del botellón para lavarme en la ducha. No puedo estar sin bañarme. Me siento incómodo, sucio, sudado; y así no hubiese podido meterme en la cama cuando decida acostarme. Es sólo por esta noche. Un pequeño sacrificio.

10:38 pm.

Recordé que mi vieja tenía unas velas achatadas en unos vasos pequeños de colores. Son velas decorativas, pero arrojan luz. Coloqué los vasos en las repisas de la biblioteca. Contemplé las oscilaciones de las llamas, como un baile secreto, como si el color de los vasos se disolviera, se derritiera, se tornara líquido sobre los lomos de los libros. Tengo la vista cansada. Me entretuve con la lectura de las páginas finales de la novela de Orhan Pamuk. Ojalá no me duela la cabeza. Hace tiempo que debería haber cambiado los lentes de leer, pero el costo sobrepasa mis bolsillos. Acodado en el balcón miré el cielo nocturno: qué belleza, qué cantidad de minúsculos destellos allá arriba. Recordé algunos viajes que solíamos hacer a la finca de una amiga, en el llano; la vista del cielo en las noches se asemejaba a un privilegio que sólo allí podíamos disfrutar. Alcé la vista para ver, para mirar. Todo lo demás, los contornos borrosos del pueblo, se difuminaron bajo el peso de ese extraño color que es una mezcla de negro y azul con manchas de plata.

 

Viernes, 8 de marzo de 2019.

12:12 am.

Escribo esto con la llama titilante del último cabo de vela. Supongo que así debieron de sentirse los escritores del siglo XIX. Las sombras alargadas. Qué fácil escribir relatos de terror en noches tan largas. Ya no pude leer más. Estaba forzando mucho la vista y el temor de otro dolor de cabeza me obligó a dejar el libro que recién comencé. Volví a acodarme en el balcón. Hay una brisa ligera y el cielo está muy despejado. Casi podría decir que tiene un peso particular. Un cielo pesado, denso. Estamos tan preocupados por tantas otras cosas que ni siquiera nos fijamos en lo que siempre está detrás de las lámparas y los bombillos y los postes y las luces de las calles. Todo el pueblo parece dormido. El sonido apagado de los insectos. Otra bocanada de aire fresco, aunque tenue. Sopesé la idea de dormir en el balcón, de traerme una almohada y acostarme en el piso. Total: en peores sitios he dormido durante mis aventuras adolescentes. Pero mejor me voy a la cama. De repente la electricidad volverá en medio de la madrugada.

4:45 am.

Me levanté para orinar y beber agua. Nada de electricidad. El teléfono celular agotó ya su batería y la portátil también se apagó. Menos mal que comencé a escribir en este cuaderno nuevo con un bolígrafo usado. En casos así, lo mejor es regresar a las técnicas rudimentarias que aguantan cualquier falla: papel y lápiz. De todas formas, respiré profundo y decidí que me preocuparía por eso más adelante. Puse a hervir agua en una olla, sobre la hornilla de la cocina, alumbrándome con otra de las velas achatadas. Cuando el agua hirvió, colé el café en la jarra de la cafetera eléctrica, echándole el agua encima. Todo manual y en penumbras. Pensé que así debía haber hecho la gente en el campo muchos años atrás. Y quizás todavía. Regresé al balcón con la primera taza de café humeante. Otra visión del cielo y las estrellas. Pensé que me hubiese gustado haber aprendido algo sobre astrología. Paseé la mirada con lentitud. Planetas. Galaxias. Constelaciones. Y nosotros tan diminutos, quejándonos por una falla eléctrica. Pero, no; es algo que siempre hago: intento concentrarme en el vaso medio lleno y, con otro sorbo de café caliente, me trago la idea de que en medio de la oscuridad hay muchas personas en peores circunstancias; en los hospitales, más que todo, sin los soportes vitales necesarios… Trato de no pensar en eso.

7:33 am.

Volví a acostarme. No podía leer. No podía escribir más. Decidí esperar hasta que amaneciera. Durante el día puedo entretenerme con la lectura durante muchas horas, pero en la noche quedo anulado por la oscuridad. Acodado en el balcón imaginé historias que podría escribir más adelante, sobre gente sin rostro y gritos sin bocas. Pero ya el sol salió y puedo avanzar con la novela de Ray Bradbury que comencé ayer. Oriné de nuevo. Eso sí me inquieta: no he podido bajar el agua de la poceta porque el hidroneumático está apagado, por supuesto, y es imposible bombear agua hacia los pisos superiores. Eso es lo malo de vivir en edificios: sin electricidad tampoco hay agua. Al menos, lo único que he hecho es orinar, nada de pupú por ahora. Se me ha ocurrido la idea de un relato largo que explique el colapso definitivo de Venezuela: sin energía eléctrica, sin agua, sin comida, sin teléfonos celulares; todo convertido en una inmediatez pavorosa. ¿Qué haríamos? ¿En qué nos convertiríamos? Quisiera trabajar en esa historia.

10:46 am.

Otra de mis vecinas logró contagiarme su preocupación por la comida congelada. Papá y Mercedes me regalaron un pollo, y tengo guardada una bandeja de carne molida. ¿Y si se dañan? ¿Y si los pierdo? Saqué el envase de las caraotas porque la nevera parece una despensa ya: perdió todo el frío que almacenaba. Me comeré los granos con un poco de arroz al mediodía. Y quedará para comer en la noche, con la carne mechada que tenía guardada también. La mantequilla se derritió. Ya me comí el queso blanco, el trozo que quedaba. Y el dulce de lechosa. Me hice una arepa para desayunar y traté de gastar todo lo que pude. Lo que más inquieta es la ignorancia, la desinformación, la ausencia de respuestas oficiales. ¿Qué pasó? ¿Por qué pasó? ¿Cómo lo están solucionando? La comida se puede echar a perder, eso es lo único que me preocupa ahora. Pero cabe la posibilidad de que regrese la energía en cualquier momento.

4:56 pm.

Agradezco por los libros que tengo a mi alrededor. He cerrado las ventanas porque el humo es denso y deja un mal sabor en la boca. Hay mucho humo en el ambiente. El calor es muy pegajoso. Tengo café y tengo libros. Quizás lo simplifico demasiado, lo reduzco de una manera ridícula, pero me aferro a lo que me gusta. Mi vecina se ofreció a guardar en su congelador mi carne y mi pollo, porque allí puede que duren más. Comí mucho al mediodía, pero temo perder la comida que había guardado. Se supone que ya deberían haber arreglado la falla eléctrica. Esto dura demasiado. Sin teléfono celular. Sin agua. Sin electricidad. Saqué agua del garrafón y llené una olla mediana. La llevé a la ducha y me lavé con lentitud. Las axilas. Los testículos. Entre las nalgas. Acuclillado. Qué deprimente es todo esto. A veces imagino que sucedió una hecatombe, nos alcanzó una llamarada solar, ocurrió uno de esos eventos catastróficos que algunas veces recrean en History Channel, y a partir de este punto cada quien debe valerse por sí mismo. Yo aguanto a través de mis libros pero, ¿y los demás? ¿Los enfermos? ¿Los bebés? ¿Los que están en terapia intensiva? ¿Los que necesitan diálisis? Qué precio tan grande estamos pagando por las irreflexivas decisiones electorales de unos pocos. Como siempre, seguro que Maduro y Cabello y los Rodríguez y los otros están sufriendo esta calamidad igual que nosotros…

8:46 pm.

Otra noche oscura. Otra noche sofocante. Otra noche silenciosa. Otra noche iluminada a duras penas por unas cuantas velas. Salí a caminar, a dar una vuelta por el pueblo, antes de que anocheciera. Muchas licorerías llenas de gente, pero no compraban botellas sino bolsas de hielo. Hombres y mujeres salían apresurados con las bolsas a cuestas. Los vi llevar esas bolsas hasta las maleteras de los carros. Vi los baldes llenos de piezas de pollo y de carne. Vi cómo vertían el hielo en los envases de plástico, entre las capas de pollo y carne. Vi muchas licorerías con filas de gente para comprar bolsas de hielo. Algunos negocios estaban abiertos porque tenían una planta eléctrica, pero la mayoría de las tiendas permanecían cerradas hacia el final de la tarde. San Juan se ha convertido en un pueblo lleno de sombras alargadas, gente apresurada y humo abundante. Regresé rápido al apartamento, impresionado por lo que había visto. ¿Cuánto durará el hielo? ¿Y después? Aquí, hemos decidido cocinar mañana en la mañana lo que nos queda, hervirlo y desmechar el pollo. Otra vecina sugiere hervir la carne y ponerla a secar en la azotea del edificio. Los escucho y parpadeo con fuerza, incrédulo; me cuesta digerir que todo esto sigue ocurriendo y no hay nada que podamos hacer para solucionarlo. ¿Y si la falla es más grave de lo que creemos? Ni siquiera he podido comunicarme con Papá y Mercedes, al otro lado del pueblo. Espero que estén bien.

 

Sábado, 9 de marzo de 2019.

 12:31 am.

Me quedé dormido más temprano. En la despensa encontré un viejo velón de mi madre y lo encendí para leer después de cenar. No hay nada de romántico ahora en comer a la luz de un par de velas minúsculas. El velón es viejo y tiende a consumirse más rápido alrededor de la mecha, por lo que tuve que buscar un cuchillo grande y cortar trozos de cera hasta bajarle la altura y la mecha pudiera aguantar mejor. Esto se alarga sin visos de solucionarse pronto. ¿Qué haremos mañana? ¿Qué comeremos? He decidido cocinar todo y comer cuanto pueda antes de que se dañe. Queda arroz y pasta. La mantequilla. Medio frasco de salsa de tomate. Herviré el pollo. Los desmecharé. Cocinaré la carne molida.

3:46 am.

De nuevo me levanté para orinar. Me muevo con lentitud. Es curioso que a estas alturas aún no me acostumbre a la oscuridad. El hedor es insoportable en ese baño, pero tengo la vaga esperanza de que en cualquier instante regrese la electricidad y podré bajar el agua de la poceta. Antes de acostarme de nuevo, llamó mi atención una pequeña luz roja en la parte inferior del televisor. ¡Ah! ¡Habían restituido la electricidad! Respiré profundo. Corrí al baño y bajé el agua de la poceta. Después me fui a la cocina, encendiendo bombillos por el camino, asombrándome de la luz artificial como si fuese un hombre de las cavernas. Todavía nada de agua corriente. Puse a cargar la batería del teléfono celular y la portátil. Me llegan los mensajes de WhatsApp. Todo el país es un caos. Siento escalofríos en la espalda. Puse a colar café para escribir estas líneas. Ya no puedo dormir más.

9:15 am.

Agua. Mucha agua. Al fin. Se llenaron los tanques de las pocetas y pude lavar los platos sucios que estaban en el fregadero. Me bañé sin apresuramientos. Nada de agua tibia, sólo agua fría porque el calor es fuerte, aun tan temprano. Se siente como si despertáramos de una larga pesadilla. Electricidad. Agua. Volvemos a la normalidad entre tropiezos, parece. Logré cruzar un par de mensajes con Gianni. Se notaba tan preocupado, allá en Escocia. Creo que nuestra situación debe resultar incomprensible para los que están afuera, sean venezolanos o no. ¿Cómo es posible que todo un país quede sin electricidad durante tanto tiempo? ¿Cómo se explica eso? Encendí el acondicionador de aire del cuarto donde he estado durmiendo. Una sensación extraña, inusual. La nevera encendió sin problemas. Parece que la comida podría aguantar un poco más. Quisiera acostarme y volver a dormir, pero me siento inquieto; necesito tener las manos en movimiento. Hacer, hacer cosas…

1:24 pm.

La alegría duró poco. Otro apagón eléctrico antes del mediodía. Todo quedó a medias. Una terrible sensación de angustia, incertidumbre y frustración. La comida, sólo pienso en la comida. No pude evitarlo: me quebré. No lloraba así desde hace mucho tiempo. Lloré con una mezcla de rabia, de incomprensión, de impotencia, de tristeza acumulada. Pensé en mi madre, en su larga enfermedad, en su ausencia, y en todos los que podrían estar ahora en su misma situación, en los hospitales y en las clínicas, sin electricidad. ¿Cuántos han muerto? ¿Cuántos más morirán antes de finalizar este día? ¿Por qué? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Por qué atravesamos este infierno? No lo entiendo. Es agotador. Es incomprensible. No sé qué hacer. Todo lo que provoca es sentarse en el piso y llorar. No sé qué hacer.

4:55 pm.

Me siento agotado, cansado. Herví el pollo, anticipándome a la decisión de mis vecinos. Hace poco nos reunimos todos en un apartamento del sexto piso y cada uno dijo lo que guardaba en sus neveras y despensas. Fue como si colocásemos todo encima de una mesa imaginaria. La idea es cocinar y luego repartírnoslo entre los pisos, para que no se pierda. Hay de todo; incluso algunas hallacas rezagadas de diciembre. Hasta carne de venado. Nunca la había probado. Yo herví mi pollo, lo desmeché, lo cociné y fui repartiéndolo entre mis vecinos. Mi vecina de piso, la señora italiana, me regaló una caja de galletas, de las que ella hace, y casi me echo a llorar de nuevo. La idea es mantenernos con la guardia en alto, pendientes unos de otros, llenando algunos bidones con agua del tanque en el estacionamiento y armarse de fuerza y paciencia para subirlos hasta los apartamentos. Parecemos personajes salidos de una historia apocalíptica. Alguien más me regaló un par de velas. Quisiera escribir sobre todo lo que se dice, lo que ocurre aquí adentro y allá afuera, pero me disperso, me enredo: es tanto lo que sucede a nuestro alrededor. Pero lo intento. Una de nuestras vecinas le puso el cascabel al gato: “Ajá”, dijo al final, “y después de que hayamos cocinado y hervido todo, ¿qué hacemos? Porque igual no tenemos donde guardar eso”. El breve silencio que siguió fue el aviso de lo que se nos venía encima.

8:05 pm.

Deambulo en ropa interior. Sigo sintiéndome como un personaje de una historia distópica. Estoy encerrado y a oscuras. Todas las ventanas cerradas. Los cerros alrededor del pueblo arden con altas llamaradas anaranjadas. Hay mucha ceniza en el aire y el mismo aire se ha vuelto pesado, caliente. Comí venado y pollo con algo de arroz. Y una arepa. Casi todo de mis vecinos. Estoy dejando mi propia comida, la que me quedó, para mañana. Después, no sé qué haremos. Lo que nos compartimos no durará más de dos días. Quise bañarme, pero no pude; apenas logré humedecerme las axilas y los testículos con un poco de agua potable. Ya no puedo leer y escribo esto a la luz de una de las velas, que se consume con rapidez.

 

Domingo, 10 de marzo de 2019.

 8:45 am.

Decidí gastar más agua del botellón que me queda. No puedo estar sin bañarme, o al menos lavarme. Medio balde para enjabonarme las axilas, las nalgas y los testículos. No puedo hacer más. Me vestí con ropa limpia, sintiéndome ligeramente fresco. Si dejo que la apatía me tumbe, habrán ganado. Una respiración profunda. Un paso y después el otro. Una taza de café. Hay que seguir con la lectura. Creo que es importante masticar bien el fragmento sobre la leyenda de Anteo y Hércules. Allí hay un mensaje. Debería poder tender hilos entre las historias. Me pareció curioso leer la descripción de la leyenda en las páginas finales del diario de Anaïs Nin y luego tropezar con esa misma leyenda, mencionada por uno de los personajes en la novela de Bradbury. La literatura es misteriosa, laberíntica.

11:22 am.

No recuerdo la última vez que vi este cielo tan azul, desnudo, limpio. Un cielo inmenso. Me gusta mucho. Es un contraste con lo que bulle puertas adentro. Una vez más, el hedor en el baño es fuerte, pero no puedo vaciar la poceta. No me atrevo. Ausencia de noticias y de mensajes. No sé, no sabemos nada. Qué fuerte la contraposición entre la belleza del cielo y el infierno que pasamos aquí abajo. Desde mi balcón observo las ventanas abiertas de una conocida familia árabe, comerciantes; esas ventanas de cristal oscuro siempre han estado cerradas y uno se imagina lo que ocurre en el interior. Pero hoy esas ventanas están abiertas y las cortinas aletean con la brisa matutina como banderas blancas que anuncian una derrota prematura, un pedido de auxilio, una claudicación impostergable. Hay una sensación de fatiga en el ambiente, de rendición; nos hemos convertido en un pueblo acosado, en guerra. Más agua hervida para el café. Pollo y arroz para el almuerzo.

7:46 pm.

El sol de la tarde cayó sobre el pueblo con el peso de un ancla, como si todos estuviésemos abandonados en el fondo de un océano seco. Acordé con mi vecina para hacer unas arepas. Papá vino. Están bien, él y Mercedes, resistiendo igual que nosotros. Mi pobre viejo tuvo que subir a pie y a oscuras por las escaleras. Me trajo algo de mortadela y queso blanco. Por eso acordé con mi vecina que si ella hacía las arepas, yo me encargaba de poner el relleno. Sonreímos con tristeza muda y ninguno quiso sacar la cuenta de los días que ya tenemos sin electricidad. ¿Para qué? No se trata de derrotismo, sino de cansancio, de agotamiento, de incertidumbre. Mañana tocará comer porciones muy reducidas de lo que nos queda. Incluso el café se está acabando. Lo único que me queda en abundancia es libros, horas muertas de lectura y reflexión; y la escritura en este cuaderno improvisado, que va paralelo a mi diario habitual. Más páginas para describir el horror de la oscuridad que nos engulle con lentitud. Lo que más temo es sucumbir a la resignación…

9:30 pm.

Casi resulta increíble. Mientras cenábamos se formó una algarabía que se alzaba desde todas partes por el pueblo. Se encendieron los postes callejeros y supimos que de nuevo teníamos electricidad. Nos miramos. Alargamos las manos por encima de la mesa y a ella se le aguaron los ojos. Sentimos ganas de llorar, como si nos liberaran después de una larga tortura. Es muy difícil de explicar. Otra vez tenemos luz eléctrica. Esperamos media hora antes de que se animaran a encender las máquinas para bombear el agua hacia los apartamentos. Hacemos todo de forma apresurada, torpe. Nos sentimos desorientados. Vacié las pocetas. Lavé los platos. Colé el café que me quedaba para celebrarlo. Qué tonto. Ni siquiera pensamos en lo que pudiera pasar mañana. Guardamos la poca comida que nos queda en las neveras que no se dañaron. En el pueblo se escucha el fragor de muchísimas cacerolas quejándose. Parece que esta noche podremos dormir sin sentirnos acalorados. Pero el problema eléctrico venezolano no se soluciona porque nos hayan restituido el servicio después de 72 horas, aproximadamente; el problema continúa y se agrava cada vez más debido a la impericia e indiferencia del régimen. Ahora, el asunto no es si esto volverá a ocurrir o no (por supuesto que sucederá de nuevo), sino cuándo. Cuándo y cuánto durará la siguiente vez. Eso es lo que me inquieta.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

Las voces de la desesperación

Hay que sentir mucho amor al arte para escribir solo con la luz de una vela. Mucho.

Son las 09:48 pm. en un apartamento de La Candelaria. Es sábado, nueve de marzo. Llevamos 48 horas casi ininterrumpidas sin corriente eléctrica y seguimos contando. Lo increíble es que salimos baratos si nos comparamos con otros estados del interior de Venezuela, que contabilizan fácil las 72 o 112 horas sin saber qué es la luz artificial.

Las voces de la desesperación se hacen escuchar de muchas maneras. Las que tengo más cerca son de vecinos que –mediante maldiciones y cacerolazos– entonan la melodiosa tonada del descontento generalizado. A esta hora la telenovela, la comida y el trabajo se ven truncados por una tenebrosa oscuridad que azota cada uno de los rincones del país.

Este espiral se inició a las  05:00 pm del jueves siete de marzo. De mi parte podría decirse que todo se dio con suma tranquilidad, simplemente trabajaba y la luz se fue. Es la costumbre y por lo tanto pensé “seguro en un par de horas esa vuelve. A peor pronóstico, mañana”.

Denme un chance, se me acaba de apagar la vela.

Mejor dejo que mis papás hablen de crisis, de lo caótico de ese jueves: ellos estaban en la calle y, de repente, vieron gente salir a borbotones de los cines, centros comerciales y estaciones de Metro. Se creó en Caracas una auténtica situación de caos generalizado. Las voces de la desesperación comenzaron a sentirse, por ejemplo, en el estacionamiento del CC Tolón, donde la cola para salir era increíblemente larga. Otra voz de la desesperación era la de un profesor de inglés que caminó de Altamira a Capitolio a pie, durante tres horas, por la falta de servicios.

Mis papás llegaron a la casa a las ocho de la noche. Pero el profesor del inglés del que hablo se rindió y decidió usar todo su efectivo para pagar un mototaxi: esos vehículos que atravesaban la oscuridad buscando pasajeros. Al menos, llegó a salvo a su casa.

 

Desde ese jueves, muchas de las peores pesadillas de los venezolanos fueron superadas. Ahora, la madrugada se asoma y las voces de la desesperación se sienten en una cocina, donde una familia tiene que lidiar con la falta de comida y el hambre de sus integrantes. Para colmo no saben qué es tener gas desde noviembre, por lo que ni unas arepas pueden hacer para matar el hambre.

En el hospital Juan Manuel de los Ríos, cuatro madres lloran a sus hijos. El apagón dejó sin energía a los aparatos que mantenían con vida a sus pequeños cuerpos. Los negocios no saben si esperar que regrese la luz  o si rematar –al costo o pérdida– la poca mercancía que les queda; ya que las neveras no funcionan y su comida comienza a podrirse. Curiosa analogía, el culpable de la crisis está bien maduro en su silla de Miraflores.

Algunos, al final, deciden rematar la comida. Pero la mayoría de las personas no tiene efectivo en las calles. Sin electricidad, ni Internet, las transferencias y los puntos de venta no funcionan y la poca señal hace inútil pagar por ‘pagomóvil’. Estamos en la etapa donde el dinero electrónico no cuenta para nada y el físico no alcanza, pero las tripas del estómago no dejan de retumbar.

Algunos, los más afortunados, pagan con dólares en efectivo.

FOTO: Fabrizio Cuzzola

Sin luz, ¿qué mejor ejercicio que ir a una zona lujosa de la capital? Un desierto con grandes restaurantes funcionando con plantas eléctricas y unos cinco políticos como únicos clientes. También hay una bomba de gasolina, propiedad de una petrolera extranjera, que reparte combustible para toda una ciudad prendida en crisis. ¿Saben qué?, mejor tengo preparada mi bicicleta por si hace falta cualquier cosa.

Desde una radio de baterías, noto que las voces que hablan de sabotaje y guerras energéticas ocupan casi todo el espectro radial venezolano. Qué injusto que haya tanto loco con micrófono y que los verdaderos comunicadores con talento estén rebuscándose por otras vías, por el mero capricho de un (in)maduro al que no le gusta ni el humor ni la noticia veraz. Finalmente, la voz de Alba Cecilia Mujica y Luis Olavarrieta, en Onda 107.90 F.M, le ponen calma a nuestra búsqueda de información confiable y contrastada.

Difunden la información que publicó el diputado José Manuel Olivares: en lo que va de año (menos de tres meses), han fallecido 79 personas en el país debido a la crisis energética. ¿Cuánto más habrá crecido esa cifra luego de este apagón histórico?

 

“Mañana a la calle”, dijo, el viernes, un representante del Gobierno legitimo que no acaba de asumir funciones –nuevamente, por los caprichos de un (in)maduro– mientras una señora caía por las oscuras escaleras de su edificio, que no posee luces de emergencia. Cruel reflejo de un país donde te prometen “que el servicio se restablecerá en las próximas 48 horas”, pero donde sabes que 48 horas pueden ser 48 días (si no me creen, pregúntenle a los embajadores de Alemania y USA).

El pueblo acudió al llamado a la calle la mañana siguiente, el sábado. Desde temprano, la voz de la desesperación fue la de tres camioneros que acabaron tras las rejas por hacer su trabajo y montar una tarima en la Avenida Victoria, escenario posterior de una masacre de bombas lacrimógenas y perdigones contra personas de la tercera edad.

El Paraíso no honró su nombre, estaba hecho un infierno mientras en el Centro una pareja intentaba trasladarse de Capitolio a Bellas Artes en carro y contaban: “uno, dos, tres, cuatro, cinco piquetes de la Guardia Nacional Bolivariana en una calle de 300 metros”.

En la posterior avenida Urdaneta, un ciclista desesperado intentó escapar de un escenario realmente aterrador. Llovían bombas lacrimógenas y la gente corría. Él quería llegar a su casa en Galerías Ávila, pero se vio atrapado: de un lado lo rodeó el piquete de la Guardia Nacional y del otro, la gente que huía despavorida. Le costaba respirar y no quería atropellar a nadie. Los organismos de “seguridad” del Estado se han vuelto parte del hampa común, que lleva años atormentando a un país desesperado por un poquito de paz. Ellos creían que estaban controlando la situación, pero no podían estar más lejos de la realidad: dos calles más abajo, toda la nevera de charcutería de un negocio fue echada a la basura luego de que su contenido emanara olor a putrefacción.

Pero las prioridades de esos funcionarios armados parecía ser nada más que reprimir a los ciudadanos que salieron a ejercer sus derechos.

 

Gente de todas las edades sigue falleciendo en los hospitales, las frutas se llenan de gusanos y quien escribe espera cinco minutos de electricidad para poder trabajar y recolectar un poco más de ese –ya inservible- dinero electrónico.

Total, vivimos en un país donde todo está muy normal, como la canción de Desorden Público. La estadística de fallecidos crece descomunalmente y los usurpadores hablan de una guerra. Es verdad: las cifras respaldan que el país sufre una guerra. Pero no de potencias extranjeras, como ellos dicen. Están en guerra los más ineptos, los usurpadores que tienen secuestrada a Venezuela, contra todo el país.

Mientras tanto seguimos siendo la voz de la desesperación. Y por momentos, de la desesperanza. Quizás algún día no tengamos que gritar tanto, porque tendremos algo más útil que hacer con nuestra boca.

 

Por Fabrizio Cuzzola  |  @FabriCuzzo22 

Guaidó

Alguien no cumplió la orden

Son las 11 de la mañana, del cuatro de marzo, en la Plaza Alfredo Sadel y siento que hay muchos que saben algo que yo no sé. Llegué puntual a la cita y me parece que hay pocas personas, pero con el paso de los minutos la asistencia se triplicará. No me queda claro si es que tantos llegan tarde o si, más bien, la mayoría sabe o intuye que hoy la cosa va para largo. El caso es que estoy cerca de la tarima y me siento como en un ring: el sol está a punto de noquearme. El año lleva tres meses y yo hoy amanecí como con siglos de cansancio. Lo peor es que pronto cumpliré años y no sé si voy a tener fuerza para celebrar. La actualidad del país está ocupando cada vez más espacio en mi agenda.

¿Cuántos años caben en tres meses?

Me siento en el piso, me pongo a leer. Luego de la prueba de sonido, el host nos pregunta que cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar. La respuesta es tan obvia que me duele: el tiempo que sea necesario. Suena high de Rawayana y se me ocurre que esta vez hay menos detalles cuidados o es que el asunto está tan crudo que se dan el lujo de poner una canción festiva. El caso es que sobre la tarima no veo a ningún actor político. Me pongo de pie y camino hacia atrás, donde está el área de prensa.

No soy amigo de ubicarme en el espacio delimitado para los medios, siento que hacerlo es como meterme en una jaula que me condenará a ver lo que otros quieren que vea y a vivir todo desde cierto ángulo impuesto. También hay códigos y actitudes gremiales de las personas que suelen ponerse en estos sitios que siempre se me escapan. Pero hoy no aguanto el calor, no sé nada del presidente encargado y el cuerpo empieza a dar señales de que si no me pongo las pilas voy a terminar escribiendo sobre la experiencia de ser atendido por paramédicos en una manifestación. Conclusión: me siento, e incluso acuesto, un rato bajo la tarima de prensa.

Suena una saxofonista, ponen música, sigo leyendo, saludo a un pana. Cuando me espabilo, la plaza ahora sí está colmada: desde cualquier punto, el horizonte se ve repleto de personas. Se suben, entonces, diferentes diputados a la tarima.

Si minutos atrás, cuando el host –que es el mismo de todas las manifestaciones– reprodujo un audio del presidente la gente gritó de emoción, cuando el diputado Mejía dice que Guaidó ya está en el aeropuerto de Maiquetía, que acaba de pasar Migración sin problemas, se oyen gritos que aceleran el pulso. La actividad continúa, habla Gilbert Caro, habla el gobernador del estado Bolívar, habla el diputado Américo de Grazia y llega el turno de un representante indígena que dice algo que despierta a las personas: “Al asesino Nicolás Maduro habrá que juzgarlo también en un tribunal indígena para que responda por sus crímenes”.

Luego, llega el turno de Delza Solorzano y, justo en medio de su intervención, un corrientazo comienza a extenderse por toda la plaza: Juan Guaidó parece haber llegado.

Las personas se ponen de puntillas y estiran sus brazos y manos a todo dar. Ubican, al final de los mismos, teléfonos con los que esperan capturar otro de los momentos históricos que nos está regalando esta novela que supera cualquier pretensión literaria. Es como si hubiesen quebrado varias pilas sobre nosotros y un manto de energía nos pusiera eléctricos. Cuando Guaidó sube a la tarima, y lo secuestran decenas de abrazos, siento que el corazón me late con un tumbao que no sé descifrar. Tampoco me propongo a hacerlo. A mí lado está el camarógrafo de un canal árabe y ve, con genuino interés, cómo un par de lágrimas se asoman por mis ojos.

Esta historia me tiene cada día más sentimental.

Ya no salgo a ver y escribir sobre el país: salgo a ver y escribir sobre cómo los sucesos del país me van transformando. Pasará un buen tiempo antes de que pueda hacer un balance.

Guaidó lleva poco más de un mes como presidente encargado de la República, y cada día lo veo con el pelo más canoso. La vida a veces nos pone pruebas que hay que saber superar en tiempo récord. El hombre, eso sí, está dando la talla. Con su sonrisa habitual y un discurso más sólido, pletórico y lúcido que de costumbre, saluda a quienes lo esperábamos.

No sé si la gran cantidad de desmayados que empiezan a aparecer se deben a los jabs del clima o al efecto Guaidó.

—Después de tantas amenazas, que nos iban a detener, que nos iban a secuestrar, que nos iban a matar, aquí estamos. Alguien no cumplió la orden.

Su gesto seguro, su rostro limpio, sus manos a la vista: las palabras junto con su lenguaje corporal hacen galopar el corazón en medio de sonrisas cómplices.

El  80% de las Fuerzas Armadas, dice, rechaza al usurpador. Y su entrada y salida del país es la muestra. Exhorta, entonces, a los militares a cumplir con su deber: “ya basta de por ahora, es ahora”, deben apresar a los colectivos armados que atacaron a los venezolanos el pasado 23 de febrero.

¿Y saben por qué da la orden?

—Porque el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas deriva del voto popular. Y quien usurpa funciones, por más que se quiera disfrazar con una banda porque estamos en carnavales, no es el presidente. Aquí está el presidente encargado de la República de Venezuela.

Es imposible no pensar en el meme de turn down for what.

Guaidó habla con claridad, sin gritar, sin alzar la voz más de lo necesario. Lo hace ante un mapa de gente que ocupa todos los alrededores. Hace días, alguien a quien respeto mucho me dijo que quizá no era momento de convocar a manifestaciones y marchas. Pero estoy frente a esto y se me ocurre que quizá Guiadó no podría haber llegado si en el país tantas personas no se hubiesen concentrado, se me ocurre también que es necesario que el mundo siga viendo el respaldo popular con el que cuenta el Gobierno legitimo. Pero, sobre todo, cuando me siento mareado, fatigado y con ganas de tomar una siesta, pienso en que él y tantos otros están haciendo un esfuerzo tan grande, jugando un partido que de entrada parecía amañado y en el que están logrando hacer pulso, que lo menos que podemos hacer algunos es colaborar con unas horas de calle cuando hagan falta.

Cantamos el himno. Guaidó se sube al andamio de la tarina y, cual pop star, saluda desde lo alto.

Yo entiendo que puede ser difícil para muchos decir “vamos bien”, pero en días así es complicado no sentir que, como dice el presi, “la esperanza nació para no morir”.

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

Cada vez quedan menos

El teléfono repicó justo cuando terminaba de servirme la penúltima taza de café. El reloj de la cocina señalaba 9:49 pm. Fruncí el ceño mientras caminaba hasta el aparato, preguntándome quién podía estar llamando a esa hora tan silenciosa. Levanté el auricular con impaciencia:

—¿Aló? –dije–. Aló.

—Estoy agotada –dijo ella–; pero al menos ya resolví lo de las flores. Ahora voy contigo.

Sonreí. Era Vanessa, mi amiga de la universidad. Lo curioso es que había estado pensando en ella más temprano, justo después de cenar, indeciso sobre llamarla o no. Y aquí estaba.

—Te atraje con el pensamiento –dije–. Tenía ganas de llamarte, pero no lo hice.

—No, no lo hiciste –dijo ella con un falso acento de molestia–; siempre te olvidas de mí.

—No inventes. Sabes que no.

—Sabes que sí; por eso sé que no vas a decir que no a lo que voy a pedirte.

—Ay, Dios…

—¡Nada! Di que sí.

—Depende.

—Ay, di que sí y ya –insistió ella, ahora con voz quejumbrosa–. Sabes que el viernes es mi cumpleaños.

—Er… Ah… Sí, claro.

—Eres el peor. Ni siquiera te acordabas.

Sorry, querida; he estado full con algunas correcciones y no tengo cabeza para más nada.

—Yo sé –dijo ella–. Andamos igual. Cuando no es una vaina es otra. Típico, pues.

—Bueno, al menos todavía podemos hablar… ¿Tuviste buen día?

—Ni me hables de eso. Estoy agotadísima. Tuve que ocuparme de las flores y encargar las mesas y las sillas. Lo bueno es que mi amiga Cecilia, ¿la chef?, va a ocuparse de la comida. Me dijo que sería mi regalo de cumpleaños. Y hablando de regalos, quiero que vengas a mi fiesta. Es lo único que quiero: que puedas venirte el viernes y asistas a mi fiesta. ¿Sí? No quiero regalos, no quiero más nada; sólo que vengas a la fiesta. Si quieres te paso buscando por La Encrucijada.

—Pues… ¿El viernes?

—Yo sé que te estoy avisando con muy poco tiempo, pero apenas me decidí hoy. Tú sabes que no iba a hacer nada, ya para qué; pero desde ayer se me metió la idea de hacer algo pequeño, algo íntimo, sólo veinte personas, una comida y tragos. ¡Es mi cumpleaños, coño!

cumpleaños

Solté la risa.

—Créeme –dije–: eso no te lo discuto. Sólo que la idea de no hacer nada era tuya.

—Yo sé, yo sé; pero cambié de idea hoy. Estoy sobresaturada con los problemas del país, las medicinas para mi abuela, el rollo de la comida, la inseguridad, el trabajo de Rodrigo, mi mamá que insiste en ser parte del problema y no de la solución; y encima, para rematar, Melissa no podrá venir porque tiene cita para entregar sus papeles allá. Entonces, ni modo que pierda la oportunidad. Ayer hablamos y le dije que no se preocupara.

—Pero, ¿estaba bien?

Imaginé a Vanessa asintiendo con énfasis.

—Sí, sí, sí… ¿Quién coño va a estar mal en París? Jodidos estamos nosotros…

Mi amiga bromeaba, ambos lo sabíamos; pero al mismo tiempo, casi imperceptible, debajo de la sonrisa, había un acento camuflado de amargura. ¿O podía ser cansancio? Me pregunté si sería prudente averiguarlo en ese momento o esperar hasta que nos viéramos durante el fin de semana.

—Por favooooor –dijo ella–, dime que vas a venir… Por favooooor….

Suspiré.

—Sí, supongo que sí. ¿Invitaste a Sergio y a Carola?

—¡Claro! Es un grupo pequeño, ya te lo dije.

—Ajá, pero, ¿tendrías la amabilidad de pensar en los demás? Yo sé que es tu cumpleaños, y todo eso, pero invitar a más gente gay a tu reunión la haría mucho más atrayente. Eso de invitar puras parejas heterosexuales atenta contra la extensión de mi celibato. ¡No me ayudas!

Los dos reímos.

—Créeme, yo estoy en la misma. Mejor no hablemos de eso.

—Sí, marica, pero al menos tú tienes esperanza de encontrarte con Rodrigo a finales del mes y recuperar el tiempo perdido. Jodido estoy yo… Por cierto, ¿cómo va eso?

Escuché que Vanessa hacía una inspiración profunda y prolongada.

—Ahí –dijo–. Ya queda poco.

—¿Todavía trabajando?

—Claro. En vista de que no nos veríamos en enero, como lo teníamos planeado, acordamos que agarraría el trabajo en Marsella para reunir más dinero, porque el apartamento comerá mucha plata, y tú sabes cómo son los precios allá.

—Bueno, pendeja, pero es una perspectiva bonita. Créeme que me alegro por ti. No todo va a salir mal. De vez en cuando el destino nos regala una sonrisa. Y ese carajo parece un buen hombre.

La voz de mi amiga se dulcificó:

—Nunca me habían hecho sentir tan especial.

Me reí.

—Bueno, marica, ya a tu edad… Estabas a punto de que te dejara el último autobús.

—Estúpido… Entonces, ¿sí vienes?

Dejé que transcurrieran un par de segundos antes de responderle.

—Sí, yo creo que sí. 90% que sí.

—¿Te vienes temprano?

—Lo más probable. Llamaré a Sergio o a Carola para pedirles que me pasen buscando por Lomas del Este y llego con ellos. ¿O me necesitas antes?

—No, no, tranquilo. Ya adelanté casi todo hoy. Para el viernes sólo quedan pendientes una que otra pendejada… ¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Me da nota que puedas venir. Yo sé que estás full, y el tema país no ayuda con el rollo del efectivo y la escasez y toda esa vaina; pero me hace falta verte, hablar paja un rato, abrazarnos.

—Yo sé –dije–. Yo lo sé.

—No pido mucho –soltó otro suspiro–. Quiero regalarme una noche con mis amigos, beber un poco, comer bien, reírnos un rato, tomarnos fotos, sentir que estamos juntos…

—Querrás decir con los pocos que quedamos…

—¡Es que no te lo dije! Tú eres el único amigo gay que me queda. Ya todos los demás se han ido. ¿Te dije que Andrés consiguió trabajo en Houston? Y tú sabes que Ricardo y Miguel se quedaron en Nueva York. Ya las niñas comenzaron en la escuela. Están bellísimas.

—¿Podemos no hablar de tus amigos gais aburguesados? Me siento ofendido.

Vanessa se rió con confianza.

—A ti lo único que te ofende, marico, es que ya vas quedando de último.

 —¡No! Si te pones a ver, tus fiestas de cumpleaños se parecen ahora a cualquiera de las novelas de Agatha Christie: cada vez quedan menos y menos personajes en la trama.

Nos reímos juntos.

—¡De pana, marico! Si me pongo a ver las fotos que tomamos siempre a la medianoche, donde aparecemos todos, es como si en cada foto han ido desapareciendo dos o tres por año. No había pensado en eso.

Y de pronto dejamos de reírnos. No sé qué cruzó por su cabeza, pero yo asimilé la idea de que podría ser la última fiesta donde estuviésemos todos juntos; los que quedamos, al menos. En un par de meses, cuando los papeles estén firmados y sellados, nada la retendrá aquí. Me pregunté dónde podríamos estar el año próximo, en marzo del año próximo. Cuántos de nosotros, del viejo grupo universitario, quedaríamos aún en Venezuela. Le dije a Vanessa que al paso que íbamos, el año entrante tendríamos que organizar una fiesta de cumpleaños a través de Skype o algo similar, para que todos pudiésemos asistir. Los dos volvimos a reír, pero sólo porque la alternativa del silencio resultaba un tanto incómoda. Vanessa respiró profundo.

 —En fin –dijo–. ¿Sí vendrás?

—Claro, querida. Cuenta conmigo.

—¿A las 9:30 pm?

—A las 9:30 pm.

 

Por Luis Guillermo Franquiz | @lgfranquiz

 

Venezuela necesita ayuda

Es 23 de febrero y, pasadas las tres de la tarde, muchos de los tres mil voluntarios convocados se van del Puente de Tienditas (Colombia), ahora conocido como Puente de la Unidad, donde se habían quedado desde el día anterior, cuando en esas instalaciones se llevó a cabo el Venezuela Aid Live, un concierto multitudinario donde más de 32 artistas habían unido sus talentos para levantar la voz, hacer visible la crisis humanitaria de Venezuela y conseguir donaciones para el país.

Pero después del mediodía sólo se dio la rueda de prensa donde el presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó –acompañado por el presidente de Colombia, Iván Duque; y el secretario general de la Organización de los Estados Americanos, Luis Almagro– anunció que parte de la ayuda humanitaria había cruzado hacia Venezuela, desde Brasil y Colombia. Terminó y algunos periodistas salieron hacia el Puente Francisco de Paula Santander (que va desde El Escobal a Ureña), otros fueron a almorzar; yo prefiero buscar transporte para dirigirme hasta el Puente Simón Bolívar, el que une a La Parada con San Antonio del Táchira.

Michael Martínez

Llevo una hora esperando transporte cuando se me acerca la señora Liliana. Lleva puesta la gorra tricolor que ha identificado a la oposición venezolana desde hace más de una década, y varias rosas blancas en sus manos, de esas que se había dicho que serían entregadas a los militares venezolanos antes de cruzar la esperada ayuda humanitaria. Lliana me cuenta que es de Mérida y se vino al concierto del día anterior: sus esperanzas son tan grandes que se quedó para colaborar en esta gesta histórica.

El mundo entero tiene los ojos puestos sobre Venezuela. Hoy se cumple un mes desde que Guaidó asumió como presidente encargado y si logra transportar la ayuda humanitaria desde Colombia, dará, sin duda, una estocada a la dictadura. La esperanza está de moda.

No pasa ningún medio de transporte y el sol sigue inclemente (tal como es siempre acá), cuando con muchas dudas y cansancio me dice que quiere tratar de cruzar hacia Venezuela: tratar de llegar a su casa.

Esta señora es madre de ocho hijos: cuatro están en Perú, una en los Estados Unidos, dos en España y la última se fue hace un mes a Chile, con el nieto más pequeño, el que ella había ayudado a criar hasta sus cuatro años. Ahora, me cuenta, vive sola en Mérida.

Pasada más de media hora logramos compartir un taxi con dos personas más que van a La Parada. El taxista viene de Ureña y nos cuenta que los dos camiones de ayuda humanitaria que cruzaron por El Escobal están siendo quemados en ese momento. Nos muestra fotos que le enviaron. La señora Liliana comienza a llorar.

A escasos metros de la casa natal de Santander, uno de los padres de la patria colombiana junto con Bolívar, en la autopista internacional que une a Cúcuta con San Antonio del Táchira, todos los días desde antes de las 12 del mediodía se puede ver una cola de gran cantidad de venezolanos, muchos con bolsos tricolores regalados por el régimen de Maduro: algunos andan con aguacates, guanábanas, cambures u otros artículos que vienen a vender a Colombia diariamente; mientras que a otros se les ve cargar con coches de bebés y bolsos con los que piensan seguir la larga travesía a pie hasta el interior de Colombia u otros países de Latinoamérica.

Es ocho de febrero de 2019, tres semanas antes del 23: uno de los días más importantes de la historia reciente de los venezolanos. La postal, hoy, es un gancho al hígado: decenas de venezolanos que abandonaron su país por la crisis siguen, bueno, en crisis: pero con la tranquilidad de vivir en territorio democrático.

El sol en esta zona del nororiente colombiano se equipara al del oriente de Venezuela, algunos dicen que incluso es como el de Maracaibo. Es como estar en la playa, pero sin playa: te puedes insolar.

Bajo la sombra de palmeras y otros árboles, en la paciente espera, algunos aprovechan para descansar. Los niños corren y juegan, mientras los padres se relacionan con otros compañeros circunstanciales, al igual que se acostumbra en Venezuela, donde se hace cola para casi cualquier cosa, con la diferencia de que, como cuenta el recolector de reciclaje, Leo de Valencia: “Aquí uno sabe que hay comida, al menos hasta las tres de la tarde”.

Leo tiene ocho meses viviendo en este lado de la frontera, a diario camina bajo el sol colombiano y monta en su carretilla todo tipo de reciclaje: “Latas, plástico, cartón, lo que consiga en la calle. Vengo tres veces a la semana a comer en este refugio, y aunque también dan desayuno, sólo se puede comer una vez al día. Aquí entre migrantes nos ayudamos, y mientras como dejo la carreta aquí porque no se pierde nada”.

Como no hay números, ni la amenaza de quedarse sin comida, la cola se hace de manera relajada, lo cual no evita el desorden y que, a medida que se acerque la hora de apertura, en la entrada se vayan aglomerando nuevos futuros comensales.

Mientras dos personas salen con una computadora portátil y comienzan a organizar la cola, se me acerca un muchacho de complexión delgada: es Alixon, de Barquisimeto. Vende chucherías en autobuses y me comenta con su hablar rápido que lleva apenas 15 días en la frontera, que viene a comer tres veces por semana y prefiere el almuerzo, pues “es más completo y balanceado para lo que necesito, que es andar todo el día en la calle. A veces me voy a Cúcuta caminando y vuelvo en autobús vendiendo estas chupetas”.

Allí mismo logro conversar con uno de los encargados, el pastor Ricardo, quien con gesto adusto y hablar pausado se ofrece a darme detalles de la labor humanitaria que la iglesia menonita realiza en estas latitudes, adonde llegaron por la dura situación de los venezolanos, aunque “normalmente sus esfuerzos van orientados a situaciones de catástrofes naturales”.

Su español conserva el acento inglés, pero demuestra bastante práctica y modismos que sólo se aprenden con el uso constante, y con “la práctica, pues mientras un grupo almuerza, yo les predico y les doy alimentos para el alma” en unos bancos dispuestos como una pequeña iglesia, bajo la sombra de los árboles que rodean el Refugio Amigos del Prójimo.

Con más de ocho meses funcionando, me comenta el pastor Ricardo que no saben hasta cuándo va a seguir la necesidad, pero “estamos aquí para remediar y mitigar un poco los problemas, sabemos que no podemos solucionar todo, pero al menos es algo”. Este voluntariado de la iglesia menonita está compuesto por 27 personas, principalmente provenientes de los Estados Unidos, Canadá, Costa Rica y hasta Nicaragua, quienes en promedio entregan 950 almuerzos durante cinco días a la semana.

La ayuda humanitaria es el tema del momento. Todo el mundo la lleva en sus labios a cualquier hora del día. Pero esta ayuda humanitaria lleva ya años proporcionándose, en esta frontera, a venezolanos en cualquier situación: desde los que cruzan sólo a buscar un plato de comida, hasta los que vienen a trabajar o estudiar, incluyendo a los que están de paso en esta zona.

Michael Martínez

En la Casa de Paso “Divina Providencia” de la Diócesis de Cúcuta, ubicada en el sector de La Parada, en Villa del Rosario, me recibe el coordinador y asesor jurídico Jean Carlos Andrade. Esta experiencia de fe, caridad, voluntariedad y apoyo al más necesitado fue creada por el padre David Cañas hace dos años, cuando, estando ya cerrada la frontera, vio la necesidad latente de los venezolanos. Inició junto con sus feligreses con una olla comunitaria del tradicional mute (sopa parecida al mondongo), los fines de semana, pero nunca pensó en la magnitud que alcanzaría su proyecto.

Actualmente cuenta con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y el de US Aid (el programa de ayudas del gobierno de los Estados Unidos), con los que han logrado ampliar el tamaño de sus instalaciones al punto de lograr ofrecer aproximadamente ocho mil comidas diarias, entre desayunos y almuerzos.

Desde mucho antes del mediodía, las filas alrededor de la Casa de Paso son extensas, entran en grupos de mil personas, mientras literalmente un ejército de voluntarios (venezolanos y colombianos) se reparten las tareas de cocina y otros servicios. Como no sólo de pan vive el hombre, aquí también ofrecen ayuda espiritual, y hasta tienen unas psicólogas que pueden apoyar a quienes vienen con depresión por las circunstancias del país o, simplemente, necesitan ser escuchados.

Michael Martínez

Hace poco más de 40 años (sí, en la famosa Cuarta República), Venezuela era el país adonde todos querían emigrar. En esa época, el cambio entre pesos y bolívares era muy ventajoso para los venezolanos. Jhon Álex, dueño de una casa de cambios, en esa época lograba pagar sus estudios embolsando pedidos en uno de los más populares almacenes de Cúcuta, el antecesor de los Almacenes Éxito. Sumando las propinas que le daban los venezolanos, cada fin de semana acumulaba la misma cantidad de dinero que devengaban mensualmente las cajeras.

Esta historia se repetía en otros comercios. Abundan las anécdotas de zapaterías en las que llegaba un venezolano cualquiera y veía los modelos, sí le gustaba alguno pedía varias tallas y colores por docenas. Otros cuentos menos púdicos eran los de los burdeles, en los que era usual y hasta esperada la llegada de los venezolanos: más de una vez pedían que el local fuese cerrado para una “fiesta privada”, donde el gasto correría por su cuenta.

Actualmente, muchos cucuteños recuerdan esta época y hasta dicen que lo que pasa ahora en Venezuela es porque siempre hemos sido poco humildes, pues pedíamos “el pollo y botábamos las menudencias. Ustedes no sabían lo que era pasar hambre”.

La vida da muchas vueltas. Es común conseguir a cucuteños que también tienen cédula venezolana, incluso los hay quienes tienen partidas de nacimiento que certifican que nacieron a ambos lados de la frontera. Al parecer era una usanza habitual desde los 70. Por eso también es tan patente la solidaridad que esta tierra tiene por los venezolanos, la mayoría afirman tener familiares en Venezuela y añoran las vacaciones en “Isla Margarita”, como es conocida por acá.

Si además se toma en cuenta que esta ciudad es netamente comercial –con muy pocas industrias– y que el comercio principalmente depende de la situación del vecino, pues todos anhelan esa época en la que lo que se importaba era bonanza y no inmigrantes.

Desde taxistas hasta vendedores se muestran amigables y dispuestos a apoyar al venezolano, quien es ahora el que emigra y necesita ayuda; pero también desean con urgencia que llegue el cambio, saben que les favorecerá también. Ahora los billetes venezolanos son souvenirs y hasta pueden ser comprados en las calles cucuteñas como bolsos, carteras y hasta floreros. Para eso son útiles: para hacer artesanías.

Michael Martínez

La cultura pop siempre ha idealizado a los protagonistas del momento, y en la política latinoamericana pasa lo mismo con los líderes mesiánicos. Actualmente, Juan Guaidó está a la orden del día: es el primer presidente del mundo en utilizar casi exclusivamente las redes sociales para comunicarse con su audiencia, ante el bloqueo y censura del que son víctima muchos medios venezolanos. Muchos consideran al presidente como ese híbrido de millenial-estrella pop con político. El problema es que en las redes sociales los followers se pueden perder tan rápido como se obtienen, con tan solo un tuit.

En Cúcuta hubo mucha expectación y hasta escepticismo luego de los anuncios de la realización del Venezuela Aid Live. Toda una semana en la que el ojo estuvo puesto siempre en las celebridades que vendrían, en la locación del concierto y otros detalles tales como la asistencia esperada de más de 250 mil personas, en una ciudad donde los artistas de mayor renombre internacional que se habían presentado en los últimos cinco años eran Los Tigres del Norte y ante no más de 50 mil asistentes.

Luego de unos cambios en la locación y en el line-up de los 32 intérpretes nacionales e internacionales que a la postre se presentarían, la expectativa no hacía más que crecer.

Llega el día del evento, con más de mil medios de comunicación acreditados en una ciudad donde sólo hay un periódico. El afán de noticias es inédito. Cúcuta, la pequeña ciudad del nororiente colombiano donde en 1821 se había formado la llamada Gran Colombia, se llena de periodistas de todas partes del mundo que necesitan pauta para varios días: el concierto es solo una pieza más en un relato que capturó la atención del planeta.

ayuda humanitaria

Venezuela Aid Live / Michael Martínez

El presidente Juan Guaidó desarrolla una agenda paralela al salir en caravana el día 21, desde Caracas hacia la frontera, con la intención manifiesta de estar el día 23 en el anunciado cruce de la ayuda humanitaria.

Pero la gran sorpresa se da en pleno Venezuela Aid Live, cuando se produce un gran revuelo en el área destinada a la prensa y otras personalidades: llegaron los presidentes de Colombia –Iván Duque–, de Chile –Sebastián Piñera–, de Paraguay –Mario Abdo Benítez–, el secretario general de la OEA –Luis Almagro–, acompañados nada más y nada menos que por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, sobre quien pese una orden de prohibición de salida del país por parte del TSJ afecto al chavismo, o sea, a la dictadura: o sea, es una institución ilegitima pero en cuyas decisiones se amparan los represores para extender la tiranía del usurpador. Los medios desvían su atención del escenario hacia el público. Como moscas a la miel las cámaras voltean sus lentes. Guaidó llega como estrella pop a un concierto donde él no es parte del set list y, aunque no sube al escenario, su efecto es casi el mismo.

Normalmente, cuando termina un concierto –y más en este tipo de presentaciones de largo aliento–, los medios nos retiramos a preparar el material audiovisual y escrito que se publicará. Este día no será así. Es lógico: el concierto, asumimos todos, es solo un aperitivo.

Finaliza el evento y, luego de varios correteos por diferentes sectores del Puente de la Unidad y una larga espera, podemos entrar al reservado sector donde está almacenada la ayuda humanitaria: allí se dará una rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, lo que parece ya una nueva banda, en su primera aparición internacional.

Los anuncios, cuando llegan, son esperanzadores y optimistas. La consigna continúa: la ayuda humanitaria, dice Guaidó, cruzará sí o sí el día de mañana, 23 de febrero. Los otros presidentes manifiestan su irrestricto apoyo a Venezuela y las expectativas se agrandan. El 23F será un largo día.

Miles de voluntarios esperan el momento para cruzar el Puente de la Unidad, a cada uno se le entrega una rosa blanca. La policía colombiana mantiene el orden, pues los ímpetus son altos. Alberto, de San Cristóbal, me comenta sobre las duras condiciones del refugio armado la noche anterior para los voluntarios. Habían ofrecido carpas y sanitarios. Falsas promesas. Él contó con la solidaridad de una médico colombiana que les dio albergue junto con sus tres compañeros. Muchos no corrieron la misma suerte y mostraban desde temprano las ganas de luchar por la libertad de su país, pero ligadas con molestia y frustración.

A las ocho de la mañana comienzan a ingresar varios vehículos oficiales a las instalaciones del puente, cada uno es aupado por consignas de los voluntarios que esperan el momento del cruce de la ayuda humanitaria. Pero las horas van pasando y el sol junto con el hambre van haciendo su efecto en esa alegría y entusiasmo.

Poco antes del mediodía, la figura de un cura con su sotana resalta. Va acompañado de un militar de uniforme diferente al de sus pares colombianos: el mayor Hugo Parra Martínez, del Ejército venezolano, quien luego de cruzar la frontera por una trocha manifestó que reconocía “a nuestro presidente Juan Guaidó y estaré en lucha con el pueblo venezolano en cada marcha”. Ya para el momento se sabe también de la entrega de tres miembros de la GNB en el Puente Simón Bolívar, y uno más en el Puente Francisco de Paula Santander. Esta cifra crecerá durante el día, para completar más de sesenta funcionarios que se le rebelarán al régimen y se apegarán a la Constitución de Venezuela.

Michael Martínez

Pero allí en el Puente Tienditas o la Unidad lo que crece es el descontento. Personas que seguramente habían pasado una mala noche durmiendo a la intemperie, con hambre y calor, sólo cuentan con bolsas de agua y la esperanza de aportar su grano de arena en el cruce de una ayuda humanitaria tan necesaria.

Para cuando, horas luego, se realiza la segunda rueda de prensa de Guaidó y los presidentes, los organizadores no logran calmar el descontento y ven como la multitud va diluyéndose poco a poco. Incluso las personas a bordo de los camiones con el sonido, contratadas para animarlos, se muestran molestas por el sol y la larga espera. Algunos de los organizadores, ataviados con boinas azules, atajan a grupos que cada vez en mayor cuantía se van de la concentración. “Ya vamos a cruzar, no se vayan. El presidente Guaidó va a ir con todos nosotros”. Algunos dudan y se devuelven, pero la mayoría sigue su camino, molestos.

Mientras en los otros dos puentes la lucha para cruzar la ayuda humanitaria es eficaz y organizada; en el que es el símbolo principal, el puente que nunca había sido inaugurado, pero que había estado en todos los medios del mundo luego de ser bloqueado por el chavismo esa misma semana, en ese privilegiado escenario muchos voluntarios se van desilusionados.

Y aunque luego se confirmará la entrada de los camiones humanitarios, más tarde las imágenes de la quema a uno de ellos, por parte de la dictadura, darán la vuelta al mundo.

 Venezuela está en una lucha y necesita mucha ayuda: no solo humanitaria.

 

Por Michael Martínez  @MichkoMart

 

Hay militares que no golpean

Atravesar el puente Simón Bolívar fue fácil. Los controles fueron tan blandos como lo son los derechos humanos en Venezuela. Cientos de personas cruzaban hacia Colombia desde temprano y muy pocas eran revisadas. No faltó quien gritara “Maduroooo”, para que un grupo de personas respondiera lo que ya todos saben. Pero lo más importante no era eso, sino la sensación de que el mundo tenía los ojos puestos sobre un país que busca su libertad. El concierto empezó un poco tarde y yo llegué cuando ya tenía un rato. Lo primero que me sorprendió fue cuando un funcionario de la Policía Nacional colombiana me preguntó si podía requisarme. Lo miré receloso. ¿De verdad existen policías y militares que dicen por favor y gracias? Mis prejuicios venezolanos hacia ellos tendrían el mismo destino que tantos queremos que tenga la dictadura: caerían uno a uno. Metido entre el público, mientras sonaba Reik, un militar pasó cerca de mí. “Permiso”, dijo, con cara de niño de escuela. Cuando me moví, alzó el pulgar, asintió con la cabeza y soltó un “Gracias” que me dejó boquiabierto.

El concierto estuvo un poco frío. Acaso por la variedad de interpretes (cada quien tenía su público), acaso por el calor que nos chupaba energía como un zancudo con un estómago infinito. Pero hubo varios momentos álgidos: Color esperanza, de Diego Torres; Carlos Baute gritando verdades sin pudor; Miguel Bosé mostrando su solidaridad sin eufemismos (“Michelle Bachelet, ven de una puñetera vez, mueve tus nalgas y ve los desmadres que ocurren en Venezuela”); en fin: Alejandro Sanz, Juanes, Ricardo Montaner, la gozadera con Silvestre Dangond, la locura -La Locura- con Carlos Vives, un speach -demasiado religioso para mi gusto- de Daniel Habif. Y Nacho invitando a Chyno Miranda a la tarima, “para recordar viejos tiempos” y dar un ejemplo de reconciliación. Cantaron Mi niña bonita y el 90% del público (300 mil personas, según la prensa del concierto) se unió en una coreografía que les recordó, probablemente, a una época en la que en Venezuela todavía había papel tualé y los niños aún no se morían de sarampión. Aunque se sembraban las condiciones para que esto ocurriera.

Los medios de todos los países nos reunimos a intercambiar -y capturar- impresiones. Muchos celebraban el concierto y más de uno se mostraba escéptico sobre los militares venezolanos y sus posibilidades de plegarse a la democracia. Un Guaidó demacrado, ojeroso y cada vez con más canas dijo que cruzó la frontera con ayuda de las FANB. Era la primera vez que lo veía sin flux y con camisa remangada. El presidente legítimo perdió su elegancia habitual y no parecía importarle. Así, supongo, debe lucir el presidente de un sitio como Venezuela: ante una crisis que está dejando tantos  muertos, la tranquilidad que ha querido fingir la dictadura no solo es chocante sino artificial. Para reconstruir el país hace falta remangarse la camisa y despeinarse. En esas andaba Guaidó: trabajando por Venezuela en un país en el que los militares no golpean a los civiles, dicen por favor y hasta -lo certifico- te pueden regalar una llamada desde su smartphone. Llevo menos de 24 horas en Cúcuta y, dado que estaba mentalizado, no me ha impactado ni el abastecimiento, ni la seguridad: me ha impactado algo de lo que nadie me habló: la educación de los que se visten de verde.

¿Estarán tomando nota los funcionarios venezolanos?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel