#MemoriasDeLaRevolución: El combate y la muerte

El combate se adelantó, en otro escenario, con otros contendientes. No se jugó una medalla, le tocó defender su vida. A las cinco de la mañana salió de su casa, veinte minutos después descubrió que en este país el hampa también madruga.

Este fue el día esperado durante los últimos siete meses. Entrenó para lograr la victoria.

Su padre encendió la camioneta y esperó a que el motor calentase. Estaba orgulloso, su hijo representaría el Estado Zulia en una competición nacional. Esa madrugada debía salir a Caracas.

Finalmente los sacrificios comenzaban a dar resultado. Metió la maleta en la camioneta. Se despidió de su madre con un beso y un abrazo. A solo diez minutos del aeropuerto internacional de La Chinita, de Maracaibo, la camioneta se apagó. Habían tomado precaución respecto al tiempo, la camioneta se apagaba repentinamente en las últimas semanas, la pieza que se necesitaba cambiar para corregir la falla era muy difícil de conseguir en el país, como todas las autopartes de cualquier marca de vehículos.

Decidieron esperar unos minutos sin bajarse de la camioneta, para luego intentar encenderla de nuevo. Tres minutos después el hijo tomó el lugar del piloto y el padre bajó para darle unos golpes al motor de arranque. No vio de dónde salieron los tres hombres que se pararon alrededor de él cuando dio el primer golpe. Uno lo apuntó con un revólver, el otro le quitó el destornillador que le servía de martillo. El tercer hombre caminó hacia la puerta del piloto y le ordenó al muchacho bajarse y caminar hacia la acera. Él obedeció, pasó frente a su padre y los otros dos, visualizó el combate, tal como había aprendido en sus años de entrenamiento. Intuyó que podría provocar fácilmente al único que sostenía un arma. Así lo hizo.

Les dijo a los delincuentes que no tenían nada de valor en el carro, solo ropa y que esta estaba en el maletero, que iban en dirección al aeropuerto. El hombre con el arma le hizo señas a uno de sus secuaces, quien se quedó con el padre, mientras él y otro más caminaron hacia el maletero apuntando al muchacho.

El joven abrió el maletero. Sabía que debía aplicar las técnicas Katame-Waza, llevarlos al suelo y combinar inmovilizaciones y estrangulaciones. Desarmó al que lo apuntaba, le lesionó la muñeca izquierda y aplicó una técnica de Ukemis para llevarlo al suelo. Todo sucedió rápido, no se quedó con el revólver: instintivamente lo lanzó hacia el otro lado de la calle.

Apenas caía sobre el hombre, cuando el otro hampón se le vino encima, pero pudo inmovilizarlos a ambos en dos minutos. Cuando quiso retirarse para correr hacia su padre escuchó una detonación y sintió que le abrían el abdomen en dos. Miró al tercer hombre, quien luego de disparar huyó, abandonando a sus compañeros.

El muchacho dejó un hilo de sangre en el trayecto hacia su padre.

Lo encontró golpeado, apenas lo vio cayó al suelo. Los habitantes del sector salieron al escuchar la detonación. Encontraron a los dos bandidos heridos. El padre lloraba abrazando el cuerpo sin vida de su hijo. Alguien gritó que había que matar a los dos delincuentes. Otro buscó una soga. Los amarraron, le echaron gasolina y los quemaron.

Los medios de comunicación jamás reportaron la tragedia, no se supo que un deportista murió en manos de la delincuencia. Esa semana, del deporte y del país, solo se conoció que la atleta Elvismar Rodríguez ganó bronce en el Grand Slam de Judo Tyumen 2016.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

Tu historia se puede parecer a la mía

Tu historia se puede parecer a la mía

Nací en 1986, en la Maternidad Concepción Palacios de Caracas. Muchos años después supe dos cosas: tal parece que los que nacemos ahí somos “más caraqueños que el Ávila” y que mi mamá me vio veinticuatro horas después del parto.

Me perdí. O mejor dicho, me perdieron.

Aquí viene el paréntesis con la primera anécdota.

(Mi mamá fue a su control prenatal un miércoles 13 de noviembre. Jaime Lusinchi era el presidente de Venezuela y Bárbara Palacios llevaba la cinta de la mujer más linda del país. Una vez que el médico observó lo inevitable, le dijo que debía quedarse porque “tú pares hoy”. Sola, sin poder avisarle a mi abuela –en esa época no había celulares–, me trajo al mundo. Era mediodía. Mi mamá sufrió un exceso de sangrado que obligó a los médicos a operar de inmediato mientras me atendían. Lo lógico es que después de pasar por un parto y sintiéndote como si una aplanadora te hubiera arrollado, quieras ver a la “bendición” que provocó todo eso. Cuando ella preguntó por su bebé las enfermeras se vieron las caras y dijeron: “no sabemos dónde está”. Como nací en pleno cambio de guardia, las enfermeras no encontraron tarjetas azules para rellenar mis datos. Supongo que estaban muy apuradas. Así que tomaron una rosada y escribieron en letras grandes: NIÑO. Tal parece que una de ellas no entendió el mensaje y me puso en el pabellón de las niñas. Ahí estuve hasta que me encontraron. Bendito entre las mujeres.)

Fin del primer paréntesis.

Mi infancia fue normal. No desarrollé súper poderes, no gané ningún concurso de matemáticas y tampoco me dediqué a los deportes. Mis mayores logros fueron aprender a leer y escribir. Lo de leer se produce porque cansada de tener que leerme todas las noches el mismo cuento, mi mamá tomó la resolución de que “o aprendes a leer o no te enteras de lo que pasa en los suplementos”. Con una determinación de hierro, Condorito fue mi arma y sus palabras mi desafío. Luego de tantos cabezazos contra las páginas lo logré: leí.

Lo demás, como dirían en las películas, es historia.

No he parado desde entonces.

¿Nos estamos acercando? ¿Mi historia se parece a la tuya?

Luego, llegó el bachillerato.

Cinco años de estudiar, tratar de conocer chicas, hacer travesuras y vivir. Yo procuraba ser un modelo ejemplar: no me metía en problemas y siempre fui educado. Eso hasta que tomé la resolución de voltear la mesa y no dejarme llevar por cualquier imposición (supongo que todos pasamos por ahí). Entonces me dediqué a contradecir a los profesores, raspar materias que no me gustaban y sacarle unas cuantas canas a mi mamá. Evidencia de esto fueron las veces que me llamaron a coordinación, las notificaciones de mala conducta y alguna que otra pelea con los compañeros que trataban de hacerme bullying.

¡Ah, sí! Porque eso del bullying no es nuevo. Ya lleva sus años rondando por ahí.

Tu historia se puede parecer a la mía

Ahora, viene otro paréntesis con la segunda anécdota.

(En cuarto año de bachillerato, luego del primer lapso, la coordinadora de evaluación llamó a mi mamá al colegio. Le explicó que yo había raspado seis materias y que si no me ponía las pilas perdería el año. A mi pobre madre se le llenaron los ojos de lágrimas y cuando llegamos a casa me dijo que estaba muy decepcionada de mí. En ese momento supe que tenía la capacidad de herir a las personas que amo –todos tenemos esa triste habilidad–, y que no quería que mi mamá sufriera por mi culpa. Desde entonces, y con algunos años encima, he discutido en un par de ocasiones con ella, como dos adultos. Pero siempre con la idea firme de que es una de mis mujeres sagradas.)

Fin del segundo paréntesis.

Logré graduarme y llegó la universidad. Y el primer empleo. ¿Recuerdas cuándo te dije arriba que me esforcé por aprender a leer? Bueno, resultó lógico que buscara trabajo en una librería. Y así lo hice. Fueron dos años donde de ocho de la mañana a dos de la tarde me perdía entre olores de páginas –polvo también–, portadas y lomos. Fue muy interesante conocer un poco sobre cómo se comercializa lo que leemos y qué propósito tiene para nosotros.

Suena muy romántico. Pero quiero que sepas que cuando uno confirma las cosas que ama, siempre habrá pasión y romance de por medio.

En la universidad continúe con mis actos de rebeldía. En realidad nunca he parado. Pero ahora con más cautela y precisión. Tras un fallido intento por estudiar Letras y al sucumbir ante los clásicos comentarios de: “si estudias eso te vas a morir de hambre”, descarté por completo la idea de ser abogado y me metí de lleno al periodismo. Una carrera –y un oficio– que me ha dado los mayores altibajos de mi vida.

Es una profesión que muchas veces puede arroparte con su ego, pero también te lleva a poner los pies sobre la tierra y enseñarte lo delicada que es la vida. Una pasión que va asentándose en tus sentidos hasta que un día despiertas con la necesidad de buscar más allá de lo que todos están hablando.

Un estilo de vida que me permitió cultivar lo que quiero hacer: escribir.

Tercer paréntesis con otra anécdota. Prometo que es la última.

(En mi primer año como reportero para el periódico Últimas Noticias, allá en 2008, aprendí mucho más que en cinco años de carrera universitaria. Mi editora de ese momento me sentó un día a su lado y me explicó cómo tenía que encontrar mi voz dentro de las páginas. Me inculcó que la objetividad es la utopía primordial de todos los periodistas. Inalcanzable, porque como seres humanos somos subjetivos. Y que lo más importante de una persona es su nombre.)

Tu historia se puede parecer a la mía

Listo.

Así, entre cumplidos por el trabajo bien hecho, reproches por las metidas de pata, prevenciones ante los enemigos que uno se gana (con razón o “sin querer queriendo”), puedo decir que el periodismo ha sido mi mejor evangelización.

Para ir llegando al meollo de todas estas palabras, dejé el nido cuando conocí a una mujer que me quiere por lo que soy. Una muchacha que me ha ofrecido lo que otras señoritas no aportaron: intimidad. Esa intimidad de saberte completo y natural ante unos ojos que no te juzgan. Que te abrazan, que te regañan sin preferencias, que te aman, que te cuidan, que quieren lo mejor para ti. Para los dos. Una mujer que juega Nintendo, hace lentejas y resuelve derivadas. Además, he comprendido que la vida es un conjunto de experiencias que te van soltando pequeños destellos de felicidad en una larga carrera de obstáculos. El truco está en hacer que esos focos de luz se alarguen para que el camino nunca quede oscuro.

Por eso, Víctor, aquí estoy en la clínica. Esperando que nazcas para darte la bienvenida a este mundo. Prometo que no te vas a perder como yo y siempre vas a contar conmigo. Como tu hermano mayor. Algún día te daré esta carta, o quizás cuando estés más grande, cuando hayas pasado tu época de rebeldía, de niñez y de enamoramientos, podamos sentarnos a tomarnos unas cervezas y comparar historias.

Ya verás que la tuya será diferente.

 

Por Jefferson Díaz (@Jefferson_Diaz) 

 

#MemoriasDeLaRevolución: Otro paseo andino

Recuerdo a la profesora Milly en el bachillerato explicándonos, o eso intentaba, la distinción entre civilización y barbarie a propósito de la ciudad y el campo en Doña Bárbara; también recuerdo, un par de años más tarde en la universidad, al profesor Vilanova en una cátedra magistral de Literatura Grecolatina hablando de la ciudad de Troya en la Ilíada como el lugar de la acción. De ese par de recuerdos puedo decir que en Venezuela los griegos no dejan de actualizarse. El lugar de la acción se reconoce como un espacio de múltiples posibilidades y cancela el ingenuo maniqueísmo donde, en oposición al campo, la ciudad se presenta como modelo de la cultura y lo racional. Son curiosos los momentos y los modos en que algunos recuerdos escogen para emerger, pienso, sentada en el velorio de mi abuela.

Reconozco la gente confiable por su respiración. Los hombres de inhalación profunda me descomponen, mi abuela lo sabía, Bruno aún no. Catar el aire fue una habilidad que desarrollé en una infancia rica en desplazamientos. Mis padres y yo llegamos a Venezuela a finales del siglo XX, como buenos inmigrantes pasando de un siglo al otro. Un momento de aire no menos pesado al de ahora en la frontera venezolana de San Antonio del Táchira con las fragancias aceitosas de los guardias. El recorrido finalizó en Mérida el veintitrés de marzo de 1991, llegamos al barrio La Milagrosa. Nos instalamos en casa de mi abuela materna, una gocha de sesenta años que supo trabajar con comida y borrachos entre el porche y la sala hasta que mi padre compró su propio apartamento en la avenida Las Américas, el largo corazón de la ciudad cuyos latidos parecen reclamar aquel ferrocarril que debió pasar en 1890. De esos vestigios me hablaba mi abuela lanzando el humo del cigarrillo por la ventana, lejos de la urna.

Amaneció, llegó la hora de continuar un orden para seguir pareciendo civilizados: deshacernos del cadáver.

Aunque no me dejaba fumar, mi abuela siempre fue mi compañera de ventanas en el carro, en el autobús, en el avión y que ahora esté detrás de mí en el mismo automóvil dentro de una caja de lata que simula ser madera, no es extraño, es triste. La carroza fúnebre Ford año ochentaiocho recorre la ciudad en acción que observo sola desde la ventanilla de copiloto. Siempre imaginé este momento bañada en lágrimas convulsivas, pero desde mi tensa calma no sé si cuando quiero llorar no lloro o simplemente aún no preciso el motivo para hacerlo.

Mi madre escogió la ruta del paseo fúnebre cumpliendo con la petición de mi abuela de recorrer la ciudad a no menos de 50km/h evadiendo el peligro, eso que mi madre entendía por las zonas color “carne” o lo que poéticamente los sociólogos llaman “cinturones de pobreza”. Comienza el recorrido y la carroza funeraria se apaga en el viaducto Campo Elías. Es la una y media de la tarde y el clima, propio de los Andes tropicales, se hace sentir en un carro sin aire acondicionado. A esta hora el frío merideño solo es una visión lejana en la cima de los picos.

Otro paseo andino

Mientras mi padre y algunos vecinos empujan el carro una de las señoras estimada por la difunta se acerca a mi ventanilla para disculparse, pues se ha dado cuenta por las bolsas de los peatones en el viaducto que están vendiendo jabón donde los chinos de la calle veinticinco. No se preocupe, entiendo, mi abuela también lo haría, le dije mientras otras ocho señoras se bajan del bus de los servicios funerarios para acompañarla. Finalmente, el carro encendió y comenzamos a bajar por la avenida cuatro, lugar de tránsito constante de Tila, así llamábamos a mi abuela, quien caminaba estas aceras huyéndole a los chamos tatuados y a los Testigos de Jehová; primero creyó en el infierno después en Dios y nunca pudo invertir esos lugares, según ella nada personal, solo respetaba el orden de llegada. Muchos de estos paseos en pantalones de algodón, converse, gorra y sombrilla, decía que no trataba de evitar las arrugas, sino cuidar las que ya tenía.

Se hacen las tres de la tarde y creo que percibo el olor a hielo seco de Tila, el carro se detiene nuevamente, esta vez para dar paso a una caravana de motorizados que toman la calle treinta y dos para que puedan desplazarse sin la dificultad del tráfico que a todos nos corresponde en esta ciudad de tres esquinas. Nos detenemos para que exhiban: ¿sus cervezas, sus pañoletas rojas sosteniéndoles la cabeza o sus carencias? No me quiero morir en este Gobierno, se lamentaba mi abuela todos los días, y ahora comprendo con más claridad por qué lo decía: la muerte aquí no es extrañamiento, es la rutina de un olvido que se repite, un cadáver que puede esperar por el dolor y el llanto mientras el otro se desocupa de la cola en el supermercado. Comida y jabón. Comer y lavar. Saciar el hambre y acicalar una conciencia que nos permita recordar, de vez en cuando, que alguien ya no está más. Hashtag: Arepa y trapos limpios.

Uno de los motorizados se cae haciendo maniobras mordiendo el vaso plástico de cerveza. Bruno, que no puede evitar ser médico y noble, se baja de su carro que viene justo detrás de nosotros e intenta ayudar, pero recibe de otros tipos, más ebrios que el caído, empujones para que se aleje. Algunas veces la ingenuidad de Bruno me corta la nota, me saca a pasear el deseo, me avergüenza. El manubrio de la moto Bera 150 se partió igual que la pierna izquierda de su dueño.

Después de varios intentos de diálogo nos permiten pasar con el cadáver de Tila. Nos desviamos para bajar por la avenida Don Tulio y un grupo de estudiantes con batas blancas organiza pancartas en la acera para lo que, evidentemente, será una protesta contra el Gobierno.

“¡No nos van a callar!”, leo que usan el futuro próximo y no el simple en una de las láminas de papel, inmediatamente imagino, como en un diálogo platónico, la posible respuesta del Gobierno, también en futuro próximo: “Pero los vamos a matar”.

En ese momento sentí que podía morir aplastada por una lágrima, pero la única humedad en mi rostro era producto del calor. A medida que bajamos por la ruta hacia el cementerio, veo subir del otro lado las patrullas con la policía antimotín, funcionarios completamente protegidos porque siempre es posible hacerse daño mientras se lo hacen a otros.

Cruzamos hacia la plaza Glorias Patrias y mi madre sentada entre el chofer y yo le pide que se detenga un momento frente a la farmacia del Estado, sale del carro. Son las cuatro de la tarde, es viernes, siento un ligero mareo, me preocupa que los sepultureros decidan no esperar. Al regresar de la farmacia mi madre trae una caja de Losartán, llegó esta mañana, una sola caja que hace cuatro días pudo salvar a Tila, dice con la voz quebrada mientras se monta nuevamente en el carro. Con Tila muerta, comprar el medicamento parecía un acto de soberbia distanciado de su intención de donarlo.

Llegamos al semáforo en rojo rumbo, nuevamente, a Las Américas por el viaducto Miranda; un chamo muy rubio, o muy teñido, con bufanda morada en el carril de al lado baja el volumen de Chino y Nacho en su Spark azul y logro escucharle “I’m sorry”, le doy una sonrisa de gratitud y la luz verde se enciende para darnos paso al otro tramo de la ciudad.

Ya son las cuatro y media de la tarde y estoy cansada de que Tila siga muerta. El mareo se fusiona con la rabia que me sube desde los pies hasta el estómago, se materializa el híbrido, le pido al chofer que se detenga, cruza el viaducto, la primera acera que corresponde después del cruce está frente al CICPC, del otro lado el Palacio de Justicia, abro la puerta y mi estómago, más emocional que mis ojos, descarga cualquier cantidad de pedazos de pan, papas, berenjenas ni un rastro de carne. Aquello parecía simbólico, pero le ganaba la literalidad: vómito entre dos instituciones del Estado, ¿o del Gobierno?

Bruno se acerca para tomarme la tensión y puedo asegurar que su perfume me devolvió el aliento y/o el deseo. Es un golpe de calor, le dice a mi madre.

Aún no pasábamos por la avenida Los Próceres y ya casi eran las cinco de la tarde, nuevamente le hablo al chofer para que, por favor, acelere un poco más y este aprovecha para quejarse de la ruta que, según él,  mi madre había diseñado con el fin de no perderse ningún embotellamiento. Esta vez, el silencio sepulcral no solo era más genuino, sino que se transfiguraba en una especie de disculpa ofrecida por mi madre, por mí y por Tila.

05:45 p.m. Llegamos al cementerio Parque la Inmaculada.

07:15 p.m. Salimos del cementerio Parque la Inmaculada.

El lento oficio de enterrar cuerpos con un solo sepulturero agotado y molesto porque su compañero ese mismo día se había caído manejando su moto.

Las señoras que temprano habían optado por la cola donde los chinos lograron llegar sonrientes en las últimas paladas de tierra, pues, además de jabón pudieron comprar champú, se disculparon nuevamente y una de ellas, incluso, me ofreció un poco de lo que había comprado. No se preocupe, le dije, y con más bostezos que lágrimas todos se fueron despidiendo. Yo me quedé unos minutos más frente a la tumba esperando que la tierra se abriera para que la mano de Tila reclamara la mía.

Mi madre se fue con sus amigas. Busqué un taxi y, como en Tuyo es mi corazón de Alfred Hitchcock, mis emociones se hacían cada vez más densas, pero legibles. Hasta allá son novecientos, me dice el chamo en el volante notando que sigo la letra de la canción a la que le sube volumen, no tienes pinta de que te guste el HipHop, dice. Tampoco tengo pinta de querer estar aquí, pienso. Levanto los hombros como respuesta a los ojos claros que me miran por el retrovisor con la calcomanía de José Gregorio Hernández y sigo cantando Hace falta soñar de Canserbero. Es de noche y la ciudad se trasviste, pasa de la dilatación a la contracción térmica, no deja de estar en acción, los indigentes acurrucados lo saben y mis manos en los bolsillos también. Disfruto la lágrima que se derrama en mi mejilla, huelo la ventanilla, el reloj me dice que son las ocho y veinticinco de la noche, cierro los ojos para condensar el deseo por las dos cervezas en la nevera. Ojalá haya más.

 

Por Xenia Guerra  

*Esta historia recibió mención honorífica en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

#MemoriasDeLaRevolución: Memoria de mis tristes prepagos

La revolución llegó y dijo ¡Ha muerto la Cuarta República, hoy comienza la historia de la Quinta! Prometieron independencia, soberanía nacional, poder popular. La revolución cumplió su mayoría de edad. Su niñez fue violenta, su adolescencia violenta y cuando cruzó el umbral hacia la adultez, ¿qué cualidad la empezó a caracterizar?

Han surgido criaturas que antes no existieron. Una de ellas son los “pranes”. Los mandamases en las cárceles, jefes del crimen organizado. Desde las celdas controlan las ciudades, ordenan secuestros, extorsiones, asaltos; todos lo saben, pero nadie denuncia nada. La Quinta ha dado independencia y soberanía a la delincuencia. Pero un momento, no pretendo hacer un ensayo.

Virginia Mendoza nació con la revolución. Ella es parte del nuevo hombre, el prototipo humano que la revolución ha prometido como protagonista del renacimiento de una sociedad más consciente de su condición colectiva. Nació en el seno de una familia humilde, que vive en una zona rural. Su niñez fue violenta; su padre murió víctima de la delincuencia cuando ella tenía siete años. Su adolescencia fue violenta; cuando tenía trece años hubo una fuga de la cárcel de la ciudad más cercana a la zona, los prófugos decidieron esconderse en el área rural unos días: una noche, uno de ellos se metió en su casa, golpeó a su madre y a ella, se llevó algunas cosas, dejándole la frustración de saberse indefensa. A los diecisiete se cansó de ser víctima y se convirtió en una prepago al servicio exclusivo del pran de la cárcel de la ciudad. Una de tantas prepagos.

Los pranes, por increíble que parezca, pueden salir algunas noches de la cárcel e incluso llevan consigo dos o tres policías como escoltas. En sus salidas clandestinas suelen visitar algún bar, reunirse con familiares o pasarla en un hotel con una o varias de las chicas llamadas prepagos, cuya obligación es ofrecerles placer sexual.

Para Virginia no fue fácil, pero era eso o resignarse a pasar la vida comiendo sobras de la basura, hacia allí la llevaba el destino. Una amiga le habló de los servicios como prostituta en la cárcel de la ciudad. Le aseguró que el pago valía el riesgo y esfuerzo, podría adaptarse rápidamente. Si lograba pegar con el pran no solamente tendría buen billete, también protección.

Tomó la decisión y en seis meses ya era propiedad exclusiva del pran. Mientras el país se hundía en crisis financiera, Virginia disfrutaba de alimentos en abundancia, buenos teléfonos, buena ropa; no solo se ayudó a sí misma y a su madre, eventualmente se solidarizó con algunos vecinos, quienes comentaban en susurros las sospechas sobre Virginia, sin ofenderla porque estaban conscientes de que la muchacha que no tuvo una vida fácil vio una oportunidad y la aprovechó.

Aunque las fuerzas policiales no son una amenaza para los pranes, corren el peligro de la competencia. Siempre hay otros delincuentes que quieren el control. Los medios de comunicación del país no dicen nada al respecto, pero han ocurrido enfrentamientos con decenas de muertos en la guerra desde la cárcel por el control del crimen.

La prensa no publicó lo que sucedió esa noche. El pran de la cárcel Uribana mandó a buscar a Virginia y a tres chicas más. Salió a la una de la mañana escoltado por tres policías y dos reclusos. Se reuniría con una banda que se dedicaba a robar autos para luego pasar un par de horas en un motel. Fue interceptado en el punto de reunión, desde la misma cárcel uno de los que aspiraba a tomar su lugar organizó el golpe. En el enfrentamiento murieron cuatro mujeres, los dos secuaces, el pran, uno de los policías y dos de la banda que ejecutó el golpe.

Los periódicos, al día siguiente o a los dos días, reseñaron que gracias a un trabajo de inteligencia las fuerzas de seguridad lograron capturar a tres reclusos que se fugaron en la medianoche, y desmantelaron una banda de delincuentes que se dedicaba al robo de vehículos en la ciudad, conformada por cuatro jovencitas y dos hombres de casi cuarenta años de edad. En el enfrentamiento, decían las reseñas, resultó muerto un policía.

Esta es la Quinta República.

 

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @gusmarsosa

*Algunos datos fueron cambiados por seguridad.

Tras bastidores de mis primeros Pepsi Music

I

—Ay, qué fastidio. ¿Por qué Cilia no se ocupa de ese hombre?

—¿Y cómo se va a ocupar?

—Ay, no sé: que se pongan a hacer un muchachito.

—¡Estás loca!, ¿¡y que venga un tirano junior!?

—Sí, bueno, ese sí sería el final: nacería el anticristo y ahí sí nos terminan de matar a todos.

Escucho la conversación de dos jevas que están cerca de mí, mientras bostezo: la espera se hace larga. La gala de los premios Pepsi Music 2018 debía empezar hace más de media hora, pero aún no finaliza la cadena del régimen. Menos mal que el comité organizador está a la altura de las circunstancias: actúa cual bateador que no sabe cuándo subirá al montículo, pero que está listo para hacerlo.

El público se levanta de sus butacas. El retraso, que ahora sobrepasa los 40 minutos, al menos sirve de excusa para que los invitados socialicen entre ellos. Por ahí se ve a los panas de Rawayana conversar en un pasillo. Beto, el vocalista, habla con José Rafael Torres –bajista de Los amigos invisibles–. Fofo, Abeja y Tony hablan entre ellos y con personas que se encuentran a su alrededor. Los detallo a la distancia: llegaron a la gala casi a escondidas, como si quisieran evitar el (polémico) contacto con los medios.

Aunque por los parlantes nos piden que nos mantengamos cerca de nuestros asientos, el salón ya parece una fiesta empresarial en la que todos se mezclan con todos. Principalmente los artistas, músicos y celebridades, que aprovechan de ponerse al día entre sí. Si algo nos ha enseñado la imposición gubernamental en estos casi 20 años es a tener paciencia.

Me pongo de pie para estirarme. Giro mi torso de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Pienso en que parte del legado del régimen es la reducción de los espacios de esparcimiento y celebración. Ni me imagino el trabajón que debe significar montar un evento como los Pepsi Music: gusten o no, es innegable que en tiempos hostiles su realización no solo es una proeza sino una apuesta por mantener un espacio distinto a la abrumadora cotidianidad. Eso pienso mientras me estiro, ¿alguien andará en las mismas cavilaciones que yo? A mi derecha tengo a unos cinco presentadores de TV, animadores, host, etc. A mi izquierda, lo mismo. Noto que, aparte de la ropa ajustada, todos tienen tres cosas en común: están revisando su smartphone, están usando Instagram y están viendo fotos suyas.

Me siento en un episodio de Black mirror.

II

Llegué a las 2:00 pm a la carpa del CCCT. Me encontré con un clima de amabilidad, con un personal solicito y con mucho orden. Poco a poco, en las siguientes horas, irían llegando las celebridades y los artistas. Los Pepsi Music se convirtieron, así, en una fiesta mixta en la que un cantante de trap podía posar con pinta de malote mientras Los Amigos Invisibles repartían abrazos por doquier. Viva la diversidad, dirían algunos.

Liana Malva apareció con aires de conejito extraviado en la selva. Hacía un mes la había visto en el Pechakucha: su buena vibra me había conmovido. Criada en el Paují, está involucrada en un proyecto que difunde mensajes ecológicos. Para eso, se apalanca de su música, aunque como artista pueda explorar diversos temas.

—Mira, la verdad no esperaba estar nominada –me dijo.

—¿Ah no?

—Es que el proyecto en el que estoy trabajando ahorita no es muy comercial.

Liana, como todos los protagonistas, debía hacerse una breve sesión de fotos previo a pasar para la alfombra azul. Antes, le dio chance de expresar su preocupación por la falta de contenido de la música contemporánea.

—¿Te parece que es así en Venezuela?

—Mira, yo creo que a nivel mundial. Ahorita, la mayoría de las cosas hablan del amor o de los instintos más básicos, y yo siento que es importante mandar un mensaje con el arte, comunicar otras cosas.

Una cantante juvenil irrumpió en uno de los stands, cantó a todo pulmón, rió como una niña coqueta y avanzó con una comitiva –entre personal de seguridad, representantes, gente de prensa– que resguardaba su condición de diva. Me pareció muy loco el contraste de personalidades que ofrecía el día.

Liana continuó diciéndome que, aunque no está en contra de las formas comerciales de la producción musical ni está negada a ninguna, sí le gustaría expresar cosas genuinas en sus composiciones. La dejé continuar su camino. Se adentró entre una nube de fotógrafos (especie de paparazzis controlados) con la modestia con la que una chica tranquila penetra una bruma de excesos.

La cosa era esta. Las celebridades debían subirse a una pastilla que giraba sobre su propio eje para que, a unos diez metros de distancia, decenas de fotógrafos las capturaran en diferentes ángulos. La escena, me dirían luego, es típica de las galas internacionales del mundo del espectáculo, pero yo nunca había presenciado una. Por eso me sentí como en el zoológico, cuando los animales son exhibidos en beneficio de la vanidad de sus “dueños”. Supongo que en el mundo de la farándula hay algo de eso, con un matiz: ahí solo se es presa de la imagen propia.

Me alejé de la marea de gente que crecía como el mar en noches de luna llena. Un introvertido como yo no puede darse el lujo de perder oxígeno. Entonces, vi a Oscar Alcaino –u Oscarello El Magnífico, si se prefiere– hablando con calma junto a su hija y otro tipo. Cargaba su típico sombrero. ¿Cuántas veces había variado la pinta en los últimos 33 años? Nos pusimos a hablar de algo que me hizo sentir bien: de música. En esas estuvimos hasta que Danel Sarmiento apareció y logré, asimismo, intercambiar ideas con él. El par de miembros de Desorden Público serían los primeros en toda la noche en hablarme de algo que es difícil que el arte honesto logre soslayar: la crisis.

Venezuela los empujó a tocar cada vez más en el extranjero y menos dentro del país. En México, en donde se establecen cuando van a salir de gira –porque es más fácil viajar desde ahí que desde el País de la furia–, se quedaron en su anterior visita varios de los miembros más recientes de la banda. La cosa está tan dura que, para algunos jóvenes músicos, ni tocar con los cuatro cracks de Desorden Público basta para hacer frente a las inclemencias de un régimen destructivo.

Oscar y Danel me comentaron que Horacio no andaba en la gala pues iba rumbo a Japón a colaborar con Tokyo Ska Paradise Orchestra, mientras que Caplís –según me dijo el hombre que andaba con ellos–, bueno, nunca asiste a eventos por el estilo.

A esas alturas, apenas se podía caminar sin tropezar a alguien. Caramelos de Cianuro llegó como unas estrellas menores, de fama sin plata, que ganan discos de oro en discos pirata. Sobre todo Asier Cazalis desfilaba como en un videoclip musical, mientras Pavel Tello y Darío Adames lo seguían en una actitud más comedida que no renunciaba a la postal de tribu que ofrecían juntos.

Los géneros considerados de la cultura alternativa (¿alguna vez alguien nos explicará qué significa eso?) son históricamente conocidos por transmitir mensajes críticos, de cierta rebeldía, que llenan de contenido el deslumbrante envoltorio del espectáculo. Los tres miembros de la banda (faltaba El Enano) hicieron referencia a la dura situación que atraviesa el país: Asier se quitó el sombrero ante las bandas emergente, “si nosotros la hubiésemos tenido tan difícil es probable que no hubiésemos llegado adonde llegamos”; Darío Adames lamentó los pocos espacios que hay hoy día en Venezuela para la música y lo difícil que resulta surgir entre tantas carencias; y Pavel Tello precisó que, aunque ellos son una banda de pasarla bien y de humor negro –por lo que desde sus canciones no suelen abordar la crítica social–, sí han apoyado públicamente a candidatos presidenciales y han expresado su malestar por lo que consideran que no está bien.

Budú apreció entre saltos, brincos y flow. Traté de acercarme y sentí que la gente se multiplicaba a mí alrededor. Renuncié a mis intentos mientras el rapero empezaba a rimar en uno de los stands. Me paré en la entrada de la carpa a tomar aire. Seguí viendo a personajes de la farándula que desconocía y que me resultaban cada vez más curiosos: como para hacer una taxonomía. Vi acercarse a Jhoabeat con Giselle Brito y aproveché de conversar con ambos.

El beatboxer debe de tener una de las propuestas musicales más disruptivas del país. Hacer música con el beatbox como elemento principal es algo poco común tanto en lo que algunos llaman música urbana como en lo que otros tildan de cultura alternativa. Es decir, no encaja ni entre los raros. Pero su propuesta es artísticamente atractiva: se ha rodeado de músicos maravillosos. No cualquiera califica para un evento como los Pepsi Music, para subirse en tarimas que van desde la cultura mainstream hasta lo más underground, y de paso participa en las Noches de Guataca: probablemente uno de los proyectos musicales más honestos y mejor curados de Venezuela. Cuando, tiempo atrás, pregunté por él en la organización que dirige el maestro Aquiles Báez solo hubo elogios.

A los bróders de Gaélica no los vi pasar. A los de La vida bohème, tampoco. Pero me constaba que ambas bandas habían llegado. No era el caso de Rawayana. Me acerqué a preguntarle a quienes llevaban la asistencia y, hasta minutos antes de que se cumpliera la hora del inicio de la gala –que luego arrancaría con retraso por la cadena del régimen–, no sabían nada de ellos.

III

Cuando se escucha por los parlantes el anuncio de que (¡al fin, aleluya!) la gala va a comenzar, una ola de aplausos recorre la carpa. Lo más curioso es como el salón –en el que la mayoría de las personas permanecía de pie, lejos de sus asientos– se organiza en cosa de dos minutos cronometrados. Los venezolanos tenemos una asombrosa capacidad para sobrevivir al desorden –generado por otros o por nosotros mismos– sin dejar rastros muy burdos. Un sueco no podría entender esto. Cuando la transmisión de TV arranca, millones de personas en sus casas nos ven a todos sentados sin imaginar el bululú que antecedió a esa postal. Me gusta pensar que, llegado el momento, con eficacia similar lograremos ordenar el caos del país.

El clima de falsa espontaneidad con el que se construyen las galas del mundo del espectáculo –aquí y en China– se hace presente cuando ya todos sabemos que estamos en vivo. La cosa es un éxito: la organización sigue estando a la altura de las circunstancias, la entrega de premios se realiza con normalidad.

Me gusta, sí, el opening de la Orquesta Simón Bolívar y la presentación de Guaco que le sigue. De ahí en adelante todo es flashes, poses y brillo.

¿Cómo se sentirán los protagonistas teniendo en cuenta que, hasta en una noche en la que lucir bonitos es la principal prioridad, el régimen logró retrasar los planes?

Caramelos de cianuro recibe un galardón y nombra a La vida bohème, Viniloversus, Gaélica, Rawayana: bandas emergentes que están luchando por salir a flote en medio de la oscuridad, y algunas de las cuales tuvieron que migrar.

Gaélica, cuando se encuentra a punto de entregar un premio, se dice convencido de que algún día los nietos de todos los presentes verán atrás y dirán: “Guao, qué buena música la que se hizo en mi país en su época más dura”.

La cosa avanza entre espectáculos, comicidad y –claro– premios. Hasta que llega la hora de la presentación de Rawayana.

Siendo una banda que nació como un proyecto de joda, la empatía de un público –conformado en sus orígenes por chamos de su misma generación– los agarró desprevenidos. De jodedores tuvieron que transformarse en músicos en tiempo récord. Pocas cosas demandan tanto compromiso como descubrir que se tiene talento.

El concepto es este: se inventaron un lugar, llamado Rawayanaland, en el que la gente va a desconectarse del ruido cotidiano, va a pasarla bien. La idea fue una especie de respuesta al contaminado clima político y social que atravesaba Venezuela. Ya lo han dicho varios psicólogos y sociólogos, existe una generación –la misma que cantó Muerto en Choroní– que desde que nació se vio arropada por la violencia del poder político, por lo que por muchos años su mayor aspiración fue desconectarse de ese contexto para poder construir su identidad.

Pero la violencia del chavismo no dejó nada intacto.

Rawayana fue creciendo. Los chamos criticaron en sus conciertos y en sus giras de medios internacionales al régimen venezolano. “Si ellos son tan democráticos como dicen, que vengan por nosotros”, dijo Beto una vez. “Probablemente sí nos traiga repercusiones”, respondió Fofo cuando le preguntaron en una entrevista si no podían meterse en problemas.

Hasta ahí, todo normal. Pero en este 2018 debían salir de gira –giras con las que tienen compromisos que si se incumplen acarrean fuertes sanciones, giras que les dan de comer a los músicos pero también a todos los involucrados en la banda– y debían renovar sus pasaportes. Como todos los venezolanos no conectados al régimen, se encontraron con trabas burocráticas que, al parecer, solo se despejaron cuando en el Saime les pidieron que se sacaran un video agradeciendo a esa oficina en particular y al funcionario que los atendió.

El video se hizo viral. Decenas de personas los criticaron por “apoyar a un sistema corrupto”. Otros los defendieron: más que apoyar al sistema que siempre han criticado, era evidente que fueron una víctima más. El caso es que la polémica se instaló: la mayoría de las bandas se solidarizaron, los reaccionarios del teclado los atacaron. Rawayana emitió un comunicado y las aguas volvieron a vibrar.

¿Cuántos venezolanos hemos hecho una de las siguientes cosas?: comprar un producto regulado, raspar el otrora cupo Cadivi, aprovechar un “descuento” cortesía del Sundde, sacarse el carnet de la patria, prestar un servicio a un organismo público, cobrarle un servicio a un funcionario, comprar la caja de CLAP, revender un producto, marcar huella en establecimientos, poner captahuellas en locales propios, asistir a marchas bajo amenaza de despido, dejar de asistir a marchas bajo amenaza de muerte, pagar una coima a un funcionario, pagar una coima a un policía, pagar una coima a cualquier forma de autoridad, comprar o vender efectivo, comprar productos con dólar preferencial y revenderlos a tasa de paralelo, mentar como presidente a alguien que ya dejó de serlo, comer o rumbear en establecimientos identificados con el régimen o que pertenecen a personas afectas al mismo.

Hay quienes les piden a los famosos –solo por ser famosos– más de los que ellos mismos dan.

Rawayana sale a escena. Cada miembro con una camisa de un equipo distinto de beisbol. El mensaje es claro: unidad. Suenan los primeros acordes de High. Veo desde mi asiento cómo un cantante de trap se pone de pie al ritmo de la música. Cómo un rockero se pone de pie al ritmo de la música. Cómo una cantante pop se pone de pie al ritmo de la música. High es el hit de la temporada: todos se ponen de pie. Todos. Al finalizar la gala, esto solo habrá ocurrido de forma espontánea –sin que un cantante lo pida por el micrófono o sin que lo pida un miembro del equipo técnico– dos veces: con Rawayana y con Maite Delgado apareciendo sobre la tarima.

Beto está un poco ronco, pero todo lo que tiene que fluir fluye: a estas alturas somos muchos los que perdemos el control cuando ese flow hace que movamos el esqueleto. La canción y el respectivo video tienen una connotación de puro relax, lejano a la crítica política de Tucacas o a la búsqueda romántica (en un contexto de clase media-alta caraqueña) de Algo distinto. High es solo para pegarse en un trip.

O eso creemos.

La canción se ralentiza. Beto agradece a los Pepsi Music por la confianza, por dejarlos presentarse. Agrega:

—Nosotros somos de otra generación. Este conflicto no es de nosotros –los músicos ven para el frente, el vocalista que sustituye a Apache en la interpretación pone las manos atrás, la melodía se vuelve solemne–: no nos metan en su conflicto, irresponsables –Beto, con ese tumbao del caraqueño alzado, señala al vacío–. Nosotros representamos a los artistas que hacemos música y vendemos tickets y vendemos discos –la pantalla de fondo muestra diversos rostros–. Nosotros no andamos en carrotes, ni andamos fingiendo cosas que no son. No es justo, pana, nosotros somos Rawayana de Venezuela y la estamos representando –el público hace una ovación–. Y estos ojos –Beto señala a la pantalla, donde ahora se muestran varias tomas en primer plano a diferentes ojos: un collage de miradas– son nuestros ojos, man.

La música vuelve a sonar. Los símbolos han hecho su efecto. Sin decir nombres, Rawayana envía un mensaje de crítica, reniega de los ojos de Chávez que a los venezolanos nos han impuesto con brutalidad. Beto canta. La banda baila.

Sube el volumen y olvida lo feo, eo: vamos a vacilar.

Saltos, brincos, el esqueleto que pierde el control.

Cuando yo te diga put your hands up high / High, high, high.

Y la canción que se apaga. Y Beto que vuelve a señalar al vacío:

—¡Justifiquen lo que tienen, justifíquenlo!

Más adelante, cuando Rawayana gane su séptimo premio, la banda dedicará unas palabras a la isla de Coche, en donde filmaron High: “Ellos necesitan su ferry”, dirán, en lo que es un llamado de atención a las autoridades y un gesto de apoyo a una comunidad que –al igual que ellos, al igual que todos– también es víctima del régimen.

Será esa mi parte favorita de la jornada, la que me hará recordar que aunque a veces parezcan incompatibles –o con frecuencia, incluso– el arte sí tiene cabida dentro del espectáculo: en la frivolidad también puede caber un mensaje.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Lo inesperado

El tiempo tiene una cualidad elástica cualquier sábado por la tarde. Y cuando uno vive solo tiende a reacomodar los minutos libres alrededor de lo que más disfruta; en mi caso: la lectura. Desde principios de la semana, me sentía bastante interesado por la trama de Bajo la red, la primera novela publicada por la inglesa Iris Murdoch en 1954. Se trata de una historia con matices filosóficos muy interesantes y los personajes me tenían atrapado. Decidí que leería hasta el final de la tarde, luego prepararía una cena ligera y me iría temprano a la cama para la noche de estrenos en el canal HBO. Sé que a muchos puede parecerles aburrido este plan de acción, pero también sucede que uno alcanza cierta edad en la que se le resta importancia a lo que opinen los demás en cuanto al uso del tiempo propio y se opta por la alternativa más estimulante. Así, pues, era sábado; tenía por delante una rica tarde de lectura y una noche de películas en la televisión. Pero el destino tenía otros planes tangenciales para mí.

Alrededor de las 5:00 pm sonó el teléfono. Era Gustavo, mi hermano, para avisarme que estaba en el pueblo, que andaba con su mejor amigo y querían verme, y preguntaba si podían venir hasta mi apartamento para tomarse unos tragos conmigo. Dije que sí, por supuesto. Los esperé en la entrada del edificio y me concentré en los colores atenuados por el sol que ya se marchaba. En el aire había una mezcla atractiva de dorados, verdes, lilas y azules, empujados por una fuerte brisa vespertina bastante inusual. Ellos llegaron a los pocos minutos, pero no venían solos. Gustavo andaba con varios de sus amigos de Caracas. Una pandilla bulliciosa y entusiasta. Los recibí en el estacionamiento y subimos al apartamento después de los saludos y las presentaciones. Traían una bolsa grande de hielo, varias botellas de ron y la mejor disposición de festejar en un sábado por la noche. Era evidente que mi tarde había cambiado al levantar el auricular del teléfono.

Lo que llamó mi atención sobre estas personas fue su inmediata capacidad de adaptación y orientación dentro de mi apartamento. Se adueñaron de la cocina, quitaron los libros de la mesa de la sala, pidieron el baño prestado y habilitaron un dispositivo electrónico en uno de los anaqueles de la biblioteca para que sonara música desde uno de sus teléfonos celulares. Se los confieso: la tensión en mis músculos se fue acrecentando con la llegada de la noche y el aumento en el volumen de la música. Una de las mujeres preguntó dónde estaban los cuchillos afilados y se entretuvo en cortar algunos vegetales sobre la tabla de madera que le facilité. La mayoría se ubicó en el balcón, mientras Gustavo abría todos los ventanales y sonreía como un niño ante la visión expandida de los morros con el crepúsculo detrás. Unas siluetas dentadas llenas de tonos naranjas y azules alrededor. La mujer en la cocina preguntó por la sal y una sartén. Hice lo que pude.

Más adelante me quedé apoyado contra las puertas acristaladas del balcón, mirando en silencio a los amigos de Gustavo sentados frente a los ventanales y, si giraba un poco el torso y veía por encima de mi hombro derecho, observaba a los demás sentados en los muebles de la sala, agitando los dedos y los verbos con exquisita facilidad. La mujer de la cocina gritaba para que alguien recordara llenar su vaso de nuevo. Pensé en cuánto había cambiado mi tarde y mis planes nocturnos en un parpadeo. Las palabras leídas se habían transformado súbitamente en un rumor de voces, risas, tintineo de hielo en los vasos y distintas canciones en portugués. El silencio habitual de mi apartamento había sido suplantado por una algarabía de bromas y brindis y carcajadas que aún estaba intentando procesar. Mientras mi incomodidad inicial parecía encogerse, la espontaneidad de ellos se ensanchaba por todo el apartamento. Una de las mujeres regresó del baño y dijo que había dejado allí un rollo de papel sanitario que trajera con ella para casos de emergencia. Parecía que estaban preparados para todas las contingencias.

Desde la pequeña corneta sonaba una canción de Cesária Évora. Gustavo seguía acodado en el balcón, entretenido con una cámara fotográfica, con la atención puesta en la figura difuminada de los morros ya casi engullidos por la penumbra. El rostro radiante y la sonrisa inmóvil en su boca. Me echó una rápida mirada cuando me senté cerca de él. Los otros estaban reunidos en torno a la mesa de la sala, donde la mujer de la cocina había dispuesto diferentes platos llenos con vegetales salteados, pedazos de pizza, bollos picantes y algunas servilletas. Gustavo tomó un par de fotos antes de dirigirme la palabra:

—¿Te sientes bien? –dijo.

Ladeé la cabeza y asentí antes de responderle con una sonrisa. Por un momento pareció que iba a tomar otra fotografía, pero se detuvo antes de hacerlo y volvió a mirarme.

—Te sacamos de tu zona de confort, ¿verdad?

Me mostró una sonrisa ancha, una mezcla sugestiva de picardía y complicidad.

Volví a asentir.

—¿Qué ibas a hacer? –dijo.

—Leer. Películas. Dormir.

Gustavo tomó una fotografía hacia la noche veloz tragándose los morros.

—¿Te molesta? –dijo–. ¿Te molestó que viniéramos?

Lo pensé un poco. No tenía razones para mentirle.

—No –dije.

Giré la cabeza por encima de mi hombro, arrojando la mirada hacia el grupo risueño en la sala de mi apartamento. Ahora sonaba una canción de Ana Moura desde la corneta. Me sentí de pronto relajado entre el sonido del fado portugués, las risas y el murmullo de las voces llenando el espacio. Volví a ver a Gustavo antes de sonreírle de nuevo.

—No –repetí–. Gracias.

Él bajó la cámara para verme con la incomprensión en sus pupilas.

—¿Por qué?

—Por esto –dije, extendiendo la mano para intentar abarcarlo todo–. Por venir hoy.

Gustavo chasqueó la lengua. Se acercó hasta una de las sillas, dejó la cámara fotográfica y extrajo un tabaco del estuche. Lo encendió con lentitud. Le dio varias caladas y se sentó a mi lado. El hielo se quejó con un sonido agudo al deshacerse por efecto de la tibieza del ron a su alrededor. Entonces Gustavo me miró.

—Te voy a confesar una vaina –dijo–: lo hice adrede.

Sostuve su mirada y alcé las cejas. Era una pregunta muda.

—¿Más o menos?

—Coño –dijo–, es que tú te encierras demasiado. Yo sé, yo sé –detuvo mi intento de hablar–: a ti te gusta estar solo, disfrutas con eso, y tú sabes que yo soy igual. Somos muy parecidos en eso; pero, coño, marico, tienes que sacar la cabeza de la burbuja de vez en cuando. Respirar profundo. Hacer un contacto con la realidad –hizo una breve pausa para chupar de su tabaco–. Es mi opinión. No sé lo que piensas tú. Pero lo hice por ti.

Tardé un poco en responderle.

—Es difícil –le dije–. Uno se acostumbra. Es un vicio. Es un vicio placentero. Mientras pueda leer, no pido más. Tú sabes cómo soy yo, Gus.

—Yo sé, marico; pero tienes que sacar la cabeza de la tierra para ver lo que te rodea. Los viejos me advirtieron que podías molestarte, pero yo les dije: “No joda, tiene doble trabajo. Es mi hermano y no me puede decir que no”. ¿Entonces? ¿Te molestaste?

—No… Me obligaste a hacer algo diferente. Sacar la cabeza de la burbuja.

Gustavo se rió.

—Y el roncito está bueno, ¿verdad? Di que no.

—Gafo.

—Además, coño, ve el lado positivo: ahora tienes material para escribir otra de esas pendejadas que publicas en Facebook… Pero no me vayas a tirar tan duro, coño… Eres filoso a veces.

—Pendejo –dije con un acento de culpabilidad–. Ya lo pensé.

—¿Ah, sí?

—De bolas. Desde que llegaron se ha estado escribiendo sola. Mañana la pulo.

Gustavo volvió a reír con una carcajada de gozo y anticipación.

—Eres un maldito. Yo sabía.

Entonces reímos los dos y juntamos los hombros.

—Bébete un ron, chico. Vamos a brindar.

Respiré profundo. Pensé que sí había muchas razones para brindar, para celebrar, porque mientras la vida pueda sorprendernos, desequilibrarnos, sacarnos de nuestra zona de confort, podremos encontrar razones para alzar el vaso y brindar por la vida. Sí, me dije, a pesar de las múltiples desilusiones y decepciones, el destino se reservaba algunas sorpresas inesperadas en la manga.

—Tienes que esperar lo inesperado –dijo él.

Volví a hacer otra profunda inspiración.

—Lo sé. Yo lo sé.

 

Por Luis Guillermo Franquiz 

Sentimiento nazional

Llego temprano a la parada y están los mismos de siempre. Veo al loco en bóxers lleno de cal hasta las piernas. Veo al cajero con su lonchera tibia y el anillo de recién graduado. Veo a la enfermera con su mosaico de bacterias en el uniforme. Los veo a todos. Veo a esa señora.

Desde hace semanas he asumido la espera como una cátedra de antropología popular. Busco cazar alguna de esas conversaciones que chocan en el aire, que se meten en los oídos y en las tapas de las barrigas. Descubro que no hay mejor forma de conocer a un compatriota que guardando un puesto: las colas son los laboratorios del pensamiento venezolano contemporáneo.

La señora (una catira de gesto fuerte, arrugada hasta el lóbulo de la oreja) me dice esto, sin preparación y de la nada, mientras llega el autobús:

—Aquí en Venezuela nosotros tenemos mucha raza mala, mucha sangre de gente floja y coño de madre. Yo siempre he dicho que Hitrel (sic) tenía razón: la raza de un país tiene que ser pura.

Yo volteo buscándole una esvástica tatuada en las uñas o una SS de hojalata colgándole del cuello. Me cuenta que es atea, luego que le dicen nazi por ser disciplinada (por alguna extraña razón, los venezolanos asociamos orden y limpieza no con los alemanes, sino con el nazismo). Ahí es cuando alcanza la cumbre:

—Aquí hay tanta mierda, amigo, que la única solución es una limpieza de sangre.

Partimos. Eva Braun a bordo. La propaganda del Gobierno se encarga de taladrar las bondades del país en una pantalla. Aunque le he fabricado dos o tres frases vacías como respuesta, la vieja sigue proponiéndome su “solución final” nacional. Me habla del mito del bochinche y la mierda, de la aniquilación necesaria del mestizaje. Mientras la escucho, reparo en el abismo que nos circunda, en nuestro exilio portátil, en la derrota íntima del venezolano. Personas (monstruos) como ella, sin ir más lejos, visibilizan eso otro que somos: una comunidad de verdugos distraídos, un país de chivos expiatorios sueltos.

Hail Hitrel. El camino se hace más pesado por el descaro del tráfico. Se suben niños, adolescentes, embarazadas, todos los discapacitados por la ley de la calle. Traen las caras tristes, manchadas, como si el humo se les hubiese paralizado en el sudor. La vieja los mira con odio, los acusa con la lengua. A todos los ahoga con su nube imaginaria de ceniza. Ahí es cuando me reincorpora, dándome un jalón en el brazo:

—A estos hijos de puta hay que quitarles el país.

El chofer del autobús lee uno de esos periódicos vespertinos que se consumen en la periferia de la ciudad. En la contraportada, debajo de los triples ganadores de la lotería, está la foto gigantesca de un adolescente abatido con cinco tiros en la cabeza. El colector, suspendido por el morbo, le arrebata las hojas y procede a cobrar los pasajes con violencia.

Son las 8.25 a.m. Yo me guardo un dolor: el día parece una suma de holocaustos individuales.

 

Por Zakarías Zafra | @zakariaszafra

 

El último hablante añú

Desde que tuvo memoria, Jofris se sintió embrujado por los murmullos de esa lengua extraña que brotaba salvaje de los labios de las ancianas a las que escuchaba a hurtadillas. Las finas paredes del palafito en el que creció fueron sus cómplices y las leyendas de la Laguna de Sinamaica los misterios que quería descifrar.

—Taü wi tachaki piya  –fueron las primeras palabras que pronunció en añú, a los cinco años. Significaban “mi abuela, te quiero”.

—¿Y eso? –le preguntó Ana Dolores Márquez cuando superó la sorpresa de escuchar a su nieto hablar una lengua que consideraba estancada en su generación.

—Quiero aprender, mamá –le respondió Jofris a quien lo crió desde bebé, luego de que su madre biológica lo dejara a su cuidado.

—Está bien. Yo te voy a enseñar –le dijo la mujer con su propia laguna en los ojos–. Pero deja de escuchar conversaciones ajenas.

Ana Dolores era una de las diez últimas ancianas añú que dominaban la lengua a finales de los años70. Es a partir de esa década cuando investigadores extranjeros, en conjunto con lingüistas locales, comienzan a invertir esfuerzos en preservar el idioma que por entonces ya corría peligro latente. Pocos años después, algunas de esas mujeres, entre ellas Ana Dolores y su sobrina Josefa Medina, fundaron el Movimiento Cultural Paraujano, también conocido como Mocupa, cuyo fin era, y sigue siendo, revitalizar la lengua y la cultura añú.

A los 9 años, Jofris comenzó asistir a la escuela de la laguna. En los salones de clase, construidos con madera de mangle y palma de enea, nunca escuchó que llamaran al sol “kaikarü”, ni a las canoas “anuwa”. Él tampoco se atrevió a pronunciar esas palabras. Las guardó como un secreto que solo sabían él y su abuela.

En las noches, cuando Ana se mecía en su chinchorro y comenzaba a tejer, Jofris se sentaba a sus pies y le miraba fijamente los labios, repitiendo cada oración que le enseñaba.

—Tenéis que cortar la lengua –le decía Ana, y pegaba la punta de la suya al paladar. A veces, el añú sonaba áspero como el quebrar de las ramas secas del manglar. Otras, fluía suave como las canoas que la brisa arrastra despacio.

Jofris se sentaba a sus pies, miraba fijamente sus labios y lo repetía hasta lograrlo.

La última conversación fluida que el joven tuvo en añú fue, por su puesto, con su abuela.

—¿Qué te pasa, mamá? –le peguntó él una tarde al ver a su abuela tan apagada.
—Me duele la cabeza. Me duele la barriga. Me duelen las rodillas. Me duelen todos los huesos –le respondió la anciana de 115 años, mientras se tocaba cada parte del cuerpo que mencionaba.

Al día siguiente, sin pronunciar otras palabras, se marchó Ana Dolores. Unos años después, la acompañó Josefita, y con ellas también se fueron los últimos vestigios del idioma. Hasta que Jofris se quedó solo.  Solo con su particular forma de expresar el dolor y el amor. Una isla en un mundo sin nombrar.

Cuando tenía poco más de 20 años, los investigadores de la Unicef y la Universidad del Zulia, en medio de los esfuerzos que emprendían para rescatar el añú, dieron con él.  El descubrimiento los dejó maravillados: un hablante asombrosamente fluido, joven y sano. Sin duda, la última esperanza.

Jofris, quien creció en la semi aislada comunidad indígena de la laguna, como un bicho raro que aprendió una lengua que en la adultez ya no podía comunicar, al principio se sintió abrumado con la atención que estaba recibiendo. Pero luego de mucha insistencia, aprendió la grafía indígena y comenzó a compartir la visión del mundo que escondían aquellas palabras refugiadas en su memoria.

A los 22 años, Jofris dejó la laguna después de un violento episodio que no logró superar. Una noche, tres hombres y una mujer irrumpieron en el rancho donde vivía y lo despertaron con el frío cañón de un arma apoyado sobre su sien.  Después de pronunciar una amenaza contundente y obligarlo a guardar silencio, los malhechores fueron directo al botín: una lancha que Unicef había donado a la comunidad para el transporte de los niños de la escuela y que Jofris era el encargado de tripular.

Nunca pensó que alguien se podía meter con él en el lugar donde creció y donde todo el mundo lo conocía y apreciaba. Así que cuando la laguna dejó de sentirse como el hogar que siempre fue, empacó las pocas pertenencias que tenía en un par de morrales y partió rumbo a El Moján.

Desde entonces, ahí vive. A expensas de la caridad de otros que le proporcionan un techo que con su salario mínimo no puede pagar. Cuando preguntamos por él, lo encontramos en el sector La Loma, en una pieza de cuatro metros cuadrados, construida con bloques y cemento pero con techos de zinc por donde se cuela la lluvia que va deteriorando todo a su paso. Lo que temporalmente puede llamar “casa”, a pesar de no tener cocina ni cama (prepara la comida en un fogón y duerme sobre una sábana estropeada), es propiedad de una prima que permite que la ocupen él y su hijo de 12 años.

Jofris, quien a los 13 años abandonó la educación segundaria y escogió la pesca como medio de subsistencia, volvió a los 30 años a la escuela. Pero esta vez para ubicarse de espalda a la pizarra donde, cada martes y miércoles, explica las expresiones más básicas del idioma a los niños y maestras que ahora lo escuchan con atención. Cuando era un colegial, soñaba con ser maestro. En cierto modo, su sueño se cumplió.

—Tal vez yo nací para que mi abuela me dejara ese legado. Tal vez nací para despertar la lengua.

Foto: Rafael Bastidas

 

Por Estefania Reyes | @estefareyes

La borra

Adolfo Franco tiene veinticinco años trabajando en el tráfico. Comenzó como avance de la línea de Corito en 1990, el mismo año de su fundación, «cuando Corito era una línea decente, con socios realmente interesados en prestar un buen servicio», dicho por él. Por su responsabilidad y compromiso, ascendió entre los avances. Fue uno de los promotores de la construcción del terminal privado de la línea, ante la negativa de la alcaldía de permitirles estacionar en el terminal del Centro Cívico. Uno de los socios decidió financiarle un vehículo y hacerlo parte de los choferes fijos. Su historia, como la de otros hombres y mujeres de Cabimas, justifica la naturaleza de la ciudad cenicienta. Y aunque la historia de su ascenso y progreso es interesante, no es lo principal en este relato. Pero no puedo obviar sus años como chofer de por puesto, pues lo relatado por Adolfo Franco tiene raíces en su ir y venir por la Intercomunal, la avenida Cabillas y el Casco Central de la ciudad.

Antes de chofer fue mecánico, ayudante de su padre en el Taller de los Franco. El taller, ahora extinto, tenía fama por los costos solidarios y la franqueza de sus trabajadores, cualidad esperada por el apellido portado. Era un negocio familiar, pero Adolfo no tenía puestas sus esperanzas allí. A decir verdad, le molestaba pasar el día hediondo a grasa mecánica y curtido; la braga azul con franjas rojas no era la clase de uniforme deseado cuando niño, y ya de 18 años lo sabía: un traje de astronauta no le serviría para mucho, porque no podría ser un astronauta. Sin embargo, le tomó diez años más abandonar la braga y convertirse en chofer.

El menor entre seis hermanos y dos hermanas. Adolfito, La borra. Así lo llamaron siempre en el negocio y en su casa; para completar, el Taller de los Franco funcionaba en el patio de la casa. La borra fue el nieto toñeco de doña Josefina Cáceres, quien murió de ciento dos años; aunque Adolfo me confesó la trampa de su abuela al aceptar el título de la mujer más anciana de la ciudad en el año 2006, el mismo año de su muerte. En realidad tenía noventa y nueve, un error en su cédula de identidad la mantuvo siempre tres años adelantada en la vida.

Como ayudante de mecánica conoció a muchos choferes de tránsito, y olvidando por completo el traje de astronauta soñó con manejar por las calles de la ciudad destinada al desarrollo y adelanto tras el reventón del Barroso. «Todavía esperamos el desarrollo y adelanto», dice Adolfo cuando recuerda la emoción de la abuela al hablar del reventón de 1922 y de las promesas del General Eleazar López Contreras en su histórica visita a Cabimas en 1937, por motivo de la huelga petrolera del treinta y seis.

El reventón originó la migración de familias falconianas, esperanzadas en encontrar fortuna en una ciudad petrolera, esa movilización dio origen al sector Corito y posibilitó el nacimiento de Adolfo entre los hijos de la ciudad cenicienta, pues con los inmigrantes llegó doña Josefina. Dos años después nació Chiquinquirá Gutiérrez Cáceres, quien dio a luz a Adolfito en 1962, a sus 38 años, siendo su padre de 41. La edad tardía de su alumbramiento, condenó a Adolfito al apodo de La borra; «mis hermanos bromeaban diciendo “papá soltó sus últimos tiros” y me comparaban con la borra del café, tú sabes, lo asentado ya descolorado y sin sabor», decía Adolfo.

«Sin el reventón del Barroso no nacería yo, no nacería Corito y por lo tanto tampoco esa línea de por puestos; aun de haber nacido, sin el reventón nunca sería chofer». Así concluyó Adolfo Franco uno de sus relatos.

Desde hace dos meses cuento con su servicio. Mi esposa sufrió dolores en plena madrugada, llamé a Taxi Sabana Grande para pedir un taxi y enviaron a Adolfo. Los ocho meses de embarazo habían sido dificultosos. Adolfo nos preguntó si era nuestro primer hijo y mi respuesta fue un seco sí. No tenía ánimo de conversar, estaba nervioso y temeroso por los dolores de Julia. El chófer del taxi alivió la tensión con un par de historias personales, cuando llegamos al hospital le pedí su número de teléfono para llamarlo al regreso.

Durante nueve años manejó un LTD blanco, con el casco de Corito sobre el techo. Conoció a Marta, su esposa, manejando el LTD. Y en 1922 se casó. «Ya ves, mi sueño de chofer me llevó al matrimonio». No perdió tiempo para enfatizar.

En 1988 se inauguró el Conjunto Residencial Gran Sabana. Un circuito de edificios con lujosos apartamentos. Su construcción se había truncado en 1983 por la bancarrota del Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV), luego del viernes negro. Once años después de su inauguración, se fundó Taxi Gran Sabana. «Sin la inauguración de Gran Sabana, no existiría la agencia de taxi donde trabajo, y nunca te habría prestado mi servicio». Y el conjunto residencial existe porque en 1948 algunas familias decidieron mudarse al sector bautizado como Delicias Nueva, donde cuarenta años después se construirían los edificios.

Fue uno de los socios fundadores de Taxi Gran Sabana. Vendió su LTD blanco junto con el cupo de Corito. «Ya no vale la pena trabajar en esa línea, han perdido sentido de pertenencia y no les importa ofrecer un servicio de calidad». Compró un Daewoo Cielo, color verde. De sus veinticinco años en el tráfico, lleva dieciséis como chofer de taxi de la agencia donde es socio.

Durante veintidós años, incluso ya desesperanzado, Adolfo quiso tener un hijo. De todos sus hermanos y hermanas, era el único sin descendencia. «Mis hermanos tenían razón, mi padre me engendró ya sin fuerzas, no puedo tener un hijo por ser La borra», pensaba a veces.  Y en enero, del año 2014, con 53 años de edad, recibió la noticia del embarazo de su esposa. Marta tenía 42 años. «Me sentía como Abraham, tú sabes, el de la Biblia; quien tuvo a su hijo después de los cien», me dijo riendo a carcajadas. Me pregunté constantemente cómo un hombre con tanta cultura y conocimiento es un simple chofer. Pero en dos meses lo he comprendido, no hay simpleza en ningún oficio asumido con pasión.

La alegría se disipó muy pronto. La criatura en gestación presentaba ciertas deformidades alarmantes. Aparentemente sus extremidades eran abundantes, cuatro piernas y tres manos se formaban. «Fue irónico, en 22 mis espermas no tuvieron la fuerza suficiente para engendrar, y ahora tenía un hijo con dos piernas y una mano de más».

Marzo del 2014 fue tormentoso. La doctora, con amabilidad, sugirió la interrupción del embarazo cuando aún había tiempo. Si aceptaban y lo interrumpían, no volverían a recuperar una oportunidad como esa. Si rechazaban la sugerencia y decidían tener el bebé, se enfrentaban con el dilema de traer al mundo un niño sin la posibilidad de una vida normal ni la fuerza de ellos, escapada con el advenimiento de la vejez ya a la puerta, para ayudarlo a sobrevivir.

«La doctora nos dio un par de semanas para pensarlo, nosotros decidimos mantener todo en secreto; no quisimos voces externas coaccionándonos a tomar una decisión sobre un hecho trascendental para nosotros». La voz de Adolfo se quebró mientras avanzaba el relato. Busqué en el auto algún indicio de un niño en su vida, una fotografía o juguete, para adelantarme a conocer  la decisión tomada. Pero no vi nada.

El problema nunca fue moral. A pesar de su teísmo, su costumbre de asistir a misa y sus constantes paráfrasis de versos bíblicos y versiones de relatos de la Biblia, Adolfo nunca se dejó llevar por creencias religiosas al momento de una decisión. «Dios nos ha dado el sentido común, no debemos ser rígidos con nuestras creencias», dijo Adolfo. Pero no podía evitar la influencia de sus emociones sobre su sentido común. Constantemente pensaba que su propio nacimiento también pudo ser truncado. Su madre lo había dado a luz a una edad avanzada. Alrededor de su formación en el vientre hubo mitos de deformaciones, también de retrasos, dificultades para hablar y tantas cosas más. Sin embargo, su niño no enfrentaba mitos. Se trataba de pruebas concretas, de la ciencia profetizando.

Marta sentía temor de fallar como madre y no ser capaz de criar un niño con condiciones especiales y prepararlo para la vida. Al mismo tiempo le inquietaba no ser sincera consigo misma y escudarse tras esos temores para no aceptar la responsabilidad de ser madre.

La pareja no esperó un milagro. Sus oraciones se centraron en pedir dirección para tomar la decisión correcta y tener fortaleza de asumir las consecuencias de la decisión tomada. Adolfo no dejaba de pensarlo. «Tal vez los mitos fueron ciertos, y mi alumbramiento tardío me dificultó formar una familia, una familia completa, con hijos». En el 2014 ya se habían acostumbrado a la compañía exclusiva del otro, se habían resignado a ser tíos, padrino, madrina. Los primeros días de enero, significaron un cambio violento en la concepción de sí mismos. Ahora podrían ser papá y mamá, y un día abuelo y abuela. Durante dos meses soñaron con darle la bendición al hijo o la hija. Se precipitaron a preparar el cuarto del bebé o la beba. Se atrevieron a soñar. Ahora todo se les había arrebatado.

Prolongaron la decisión, querían estar seguros. Decidieron someterse a otra ecografía y otra, y otra más. Llegó el mes de abril, mayo. Se terminó mayo, llegó junio. Julio. La agonía no disminuía, las extremidades iban creciendo y haciéndose cada vez más claras e irrefutables. «Decidimos no abortar». Para finales de julio, Marta y Adolfo, esperaban un milagro. Ninguno era capaz de confesárselo al otro, pero lo esperaban.

La segunda semana de agosto, una ecografía arrojó luz sobre el diagnóstico. Lo observado hasta el momento como un niño deforme, no era si quiera un niño. Eran dos. Detrás del niño, siempre presente en las ecografías, se escondía una niña. Las otras dos piernas eran suyas, de la niña se observaba un brazo porque el otro estaba alrededor del niño abrazándolo. El sexo del niño era notorio, pero la posición de la niña escondida no permitía deducir su existencia. «Si en vez de una niña, hubiese sido otro niño, la noticia habría sido un niño con cuatro piernas, tres manos y dos penes», me dijo Adolfo riendo a carcajadas.

A mediados de septiembre, Adolfo y Marta recibieron su niño y su niña. Y en agosto de este año, Adolfo nos llevaba a Julia y a mí al hospital, para el nacimiento de mi primer hijo.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo  | @gusmarsosa

*Esta historia fue la ganadora del concurso de crónica de Seguros Caracas, en 2015

Civismo en la plaza

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel