“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!”

La gente de Sabana Grande lo sabe:

 —¡Maduro! –gritan.

—¡Coño e’tu madre!  –responde un coro de personas.

En Sabana Grande hay (casi) de todo: indigentes, vendedores ambulantes, transeúntes. Los dos primeros entienden la dinámica social que están viviendo: ven pasar gente que, desde lejos, se sabe que van a la concentración convocada por el presidente encargado Juan Guaidó. Y, con el olfato que solo tienen los que huelen la calle todos los días, gritan:

—¡Maduro!

Lo hacen para divertirse, quizá para desahogarse, para tener con que justificar la risa que soltarán luego. Pero, sobre todo, lo hacen porque saben que las personas –cualquier tipo de persona, al menos ocho de cada diez venezolanos, dicen las encuestas– responderán a todo pulmón:

—¡Coño e’tu madre!

Y la realidad no los defrauda. Los escritores e intelectuales de izquierda del mundo deberían hablar con los mendigos y vendedores ambulantes de Caracas: ahí tienen más respuestas a lo qué pasa en el país que en sus teorías anacrónicas.

Son más de las diez de la mañana del dos de febrero de 2019 y esto no se parece mucho a la convocatoria hecha para el pasado 23 de enero. No se parece, digo, porque noto demasiados negocios abiertos y semblantes muy relajados. El pasado 23 de enero, muchos teníamos la esperanza de que sucediera lo que al final pasó: Juan Guaidó se juramentó como presidente encargado de la República de Venezuela. Entender que eso era una posibilidad activó las alarmas internas de muchos; todos sabemos que los usurpadores no son políticos: son malandros. Y de los malandros solo se puede esperar odio y represión, como en efecto ocurrió parcialmente en algunas zonas y con especial saña en los sectores populares.

Pero hoy es dos de febrero y los venezolanos hemos recuperado la palabra presidente: ya no nos da vergüenza ni asco. Hoy es dos de febrero y, en diez días, hemos visto tantas noticias –las de un presidente encargado gobernando, y la de un usurpador dando pataletas de ahogado–, que es como si supiéramos no que todo está bien, sino que vamos bien.

La vida sigue su curso mientras millones resistimos desde la cotidianidad.

Veo locales abiertos, dije, y cuando llego a Chacaíto noto también las caras de los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana. Me suele resultar impactante ver a los ojos a funcionarios por el estilo antes de las manifestaciones o, incluso, cuando están haciendo cualquier cosa menos reprimir. Descubro que son humanos.

Una policía carga un espejo portátil y se ve en él con la coquetería de una miss antes de salir a desfilar. Es guapa y se pinta los labios de rojo para hacerlos más provocativos, supongo. Tanta vanidad me produce una disonancia cuando detallo su cuerpo embutido en un uniforme militar. A menos de 20 metros, un corro de funcionarios –cascos, escudos, botas– gesticulan con intensidad y se tocan entre ellos cuando pronuncian frases contundentes: no estoy seguro, pero parece que hablan de deportes. Más allá, dos policías jóvenes miran pasar a las personas con cara de fastidio, con la expresión del que durmió poco y qué ladilla tener que trabajar tan temprano.

No me queda duda: son personas.

¿De dónde viene, entonces, la saña para reprimir?

Por una calle que transito con frecuencia, desde hace meses se instaló un punto de la PNB. Viven ahí. A veces, se han sentado al lado mío, en el mismo local que yo, a desayunar. Hacen chanzas con los mismos dueños con los que yo hago chanzas. Los hombres hablan de mujeres, las mujeres hablan de los hombres. Todos hablan de que la cosa está dura.

Descubrí, gracias a eso, algo que ya sospechaba y que hoy dos de febrero certifico: no se diferencian demasiado de mí.

Con la salvedad, claro, de que muchos de ellos han agredido, reprimido y asesinado a civiles que solo querían democracia.

¿Por qué?

Atravieso los diferentes grupos de la PNB que hay en Chacaíto y comienzo a bajar hacia Las Mercedes. ¿Algo destacado? No vuelvo a ver a más funcionarios. En cambio, la avenida principal de Las Mercedes se va llenando como un cuenco sobre el que se vierte esperanza. No me digan (detesto las apologías a la juventud) que aquí están solo los jóvenes que quieren –queremos– un mejor país. No estamos solo nosotros: abundan –y quizá son mayoría– los cabellos blancos y las arrugas: los viejos. Veo parejas, que parecen cuarentones, caminar de la mano. Carteles que dicen fuera Maduro, que piden el retorno de la democracia, que se lamentan del socialismo, que anhelan que al país retornen los que se fueron. Escucho consignas. Un hombre está arrodillado, frente a una lámina de papel bond blanca colocada sobre el piso, que dice cosas contra la dictadura y a favor de las elecciones libres, rezando. Las personas se detienen a tomarle fotos.

—¡Maduro!

—¡Coño e’tu madre!

Si hay un grito que unifica a los venezolanos es ese. Aquí hay variedad –veo leggins gastados, y también zapatos que intuyo que costaron unos 50 dólares; veo rubias falsas con tetas infladas, y también franelas con huequitos y dientes cariados–, se nota la representación del amplio abanico de la venezolanidad: lo que no se ve es miedo. Ni represores.

No sé a ustedes, pero a mí me huele a esperanza.

Guaidó

Miguel Gutiérrez – EFE

Cuando me voy acercando a la tarima, recuerdo algo que había olvidado: soy medio demofóbico. El tráfico se tranca, estamos más pegados que en una fiesta de reguetón. El sol hace de las suyas y ya no sé cómo apañármelas para acercarme a la tarima: no solo estoy mostrando mi apoyo al Gobierno legítimo, también estoy trabajando. Déjenme pasar, permiso, disculpa. Poco a poco sigo avanzando, pero se hace cada vez más difícil. Veo entonces a un grupo de personas que se acerca enarbolando un maniquí, vestido al más puro estilo del #GuaidóChallange, y seguidos de una gorra gigante de plástico –aquel símbolo que popularizara Henrique Capriles en sus elecciones contra Chávez y, luego, Maduro–. La multitud, como puede, les abre paso: es mi momento. Avanzo unos metros hasta que todo se vuelve a complicar. Me seco el sudor. Veo que viene una virgen –no sé cuál, tampoco me importa: sueño con una democracia laica, por favor– y, de nuevo, algunas personas se separan unos centímetros para que la procesión logre llegar adelante. Aprovecho. Gracias a todo esto consigo una ubicación aceptable: entre una madre con su hija preadolescente –a la que tendré que darle mi único caramelo cuando se sienta mal– y un chamo al que tanto calor y multitud lo harán marearse. Frente de mí, un grupo de muchachos bebe aguardiente (son las 11 de la mañana, carajo) y se ríen, pero lo que más hay a mi alrededor son canas y arrugas. Y chistes sobre el país que, por una brecha generacional muy fuerte, se me escapan.

Esperamos.

La convocatoria de hoy tiene un propósito claro: agradecer a la comunidad europea su apoyo y solicitar el de aquellos países que se equivocaron o que se han tardado. Antes de empezar con las breves intervenciones, una voz en off nos pregunta si estamos listos para la Venezuela que vendrá. Gritamos que sí. Una pantalla, entonces, comienza a reproducir un video en el que se ven diversos periódicos –del país y del mundo– con fecha de 2019; 2020 y 2021, titulando cosas como vuelve la democracia a Venezuela, liberan a los presos políticos, la UCV lidera ranking mundial de universidades, Maracaibo tiene el hospital más moderno del planeta, Venezuela tiene la inflación más baja de la región, Caracas es la ciudad más segura de Latinoamérica y pare usted de desear.

Es un montaje de la esperanza. Me descubro, paralizado, con lágrimas en los ojos.

Vivir este momento, esta energía, es casi un privilegio.

Rugimos: nos sacudimos el calor, los mareos, la incomodidad. Rugimos. La pantalla muestra ahora toda la avenida principal de Las Mercedes: está llena.

Volvemos a rugir.

Hablan los representantes de la comunidad de italo-venezolanos, el de la hispano-venezolana, los de la luso-venezolana, la de la germano-venezolana y llega el turno del de los (ehm, ehm) descendientes de holandeses. Cuando el hombre está hablando, la multitud gira su cabeza hacia atrás. No entiendo qué pasa pero es mejor seguir la corriente. Ignoramos al hombre con la franela de fútbol de la selección de Holanda, que está sobre la tarima. Al lado mío pasan dos jóvenes haciendo un trencito, bailando, diciendo:

—Viene el presidente, viene el presidente.

Se hace un intento de pasillo. Y de repente aparece Juan Guaidó. Gritos, locura: personas que quieren tocarlo, agarrarle la mano. Su equipo de seguridad casi que lo empuja rumbo a la tarima. Hasta que no suba, nadie querrá volver a escuchar al holandés-venezolano.

Reuters

Luego, el acto continúa. Se ve a diversos representantes de casi todos los sectores de la otrora oposición. Juan Guaidó en el medio: como símbolo de unidad.

Cuando llega su turno, hace los anuncios respectivos: llegará la ayuda humanitaria, iremos todos juntos a recibirla, hay un general que ya se acogió a la ley de amnistía, en Lara funcionarios se negaron a reprimir, vendrán más movimientos de calle. Hace las explicaciones pertinentes: esto no es un golpe de Estado, Venezuela quiere que vuelva la democracia, fuera el usurpador…

—¡Maduro! –grita alguien entre el público.

—¡Coño e’tú madre! –ruge la multitud.

Guaidó hace una pausa. Sonríe:

—Es provocativo –concede, antes de proseguir.

El retorno es sencillo, sin obstáculos y con varios vendedores de chucherías en el camino. Hasta hay un tipo que ofrece camisas y gorras con el #GuaidóChallenge. Carajo, aquí nadie pierde el tiempo. Pero lo realmente llamativo es que las personas fuimos, nos concentramos, escuchamos a los políticos, al presidente; dijimos lo que queremos –cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres– y ahora nos vamos: sin esquivar perdigones, sin oler gas lacrimógeno, sin escondernos.

Algo está cambiando. Y en los diferentes comercios de Las Mercedes lo saben: casi ninguno cerró.

Por cierto, hoy se cumplen 20 años de la primera vez que Hugo Chávez tomó posesión. Nadie habla de eso, pocos lo recuerdan. Ese es su legado: una país destruido, una población harta. Esa es su condena: perder el protagonismo por el que tanto luchó.

Algo está cambiando.

Tengo debilidad por los rituales colectivos. Los partidos de fútbol, los conciertos, los espasmos de una lectura pública bien hecha. Aunque medio demofóbico y amante de la soledad como motor creativo y del desarrollo personal, esos momentos en los que una multitud se conecta me estremecen: son experiencias espirituales que trascienden la individualidad. Si no has gritado gol con otras 40 mil personas, o movido tus brazos al ritmo de un cantante mientras entonas una canción que le quita cadenas a tu alma, hay una parte de la vida que no has saboreado: la de sentirte parte de.

Por primera vez, me siento en sintonía de algo tan grande, del descontento de más de 25 millones de venezolanos que pedimos –como se grita un gol en un estadio– cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres.

Me siento un poco menos raro dentro de mi país: al fin me siento parte.

Cuando camino a la altura de Chacaíto, donde siguen apostados los funcionarios de la PNB, un grupo de veinteañeras –quizá de menos edad– pasa a mi lado:

—“¡Escucha, Guardia; oye, Sebin: esto se cae como el Muro de Berlín!” –cantan.

Y lo repiten una y otra vez. Y lo gritan con más fuerza. Somos varios –los rostros nos delatan– los que sentimos el corazón alertarnos: ¿¡qué están haciendo!? Volteo, a ver si esas niñas tienen algún tipo de protección tras de sí. Nada. Hasta pienso si debo detenerme en seco, porque una parte de mí razona –por la experiencia– que mínimo se aproxima una halada de cabello. Pero nada sucede. Las niñas siguen gritando, siguen cantando. Y entonces, entiendo, sí hay algo que las protege: la Constitución, el anhelo por la democracia y los corazones de más de 25 millones de venezolanos, del 80% del país.

Ellas cantan. Y los policías se enderezan a su paso. Todos las ven. No con rencor, rabia o desprecio: las ven con una mueca cercana a la confusión.

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

La vida detrás del adiós

Ronny García estaba a punto de abordar un avión en el aeropuerto de Maiquetía, que lo llevaría a Colombia. En ese momento, no pensaba en nada, pero la tristeza lo embargó. Emigraría lejos de su familia y sus tres hijos, Fabiana, Jeremías y Samuel; sin tener la certeza de cuándo regresaría nuevamente al país, de cuándo los volvería a ver. Reyna Beltrana, su madre, no lo acompañó al terminal aéreo porque Ronny le dijo que no lo hiciera. Si ella hubiese estado allí, Ronny se hubiese arrepentido de tomar el vuelo.

Reyna se quedó en casa y esperó a que Ronny le escribiera un mensaje por WhatsApp que confirmara que había llegado bien a territorio colombiano. Ronny es el segundo hijo que a Reyna se le va del país; la primera en irse fue Ritsey García, de 24 años, quien desde 2014 está en Perú. La diáspora arrastró a dos de sus cuatro hijos. Las últimas dos, Deliana y Delianny, son morochas, cuentan con 16 años. Ellas ya son madres y también tienen planes de mudarse al exterior, por la crisis sociopolítica y económica.

Reyna lo ha comprendido bien: migrar es una necesidad contemporánea. “Yo deseo que el país tenga las condiciones para que mis hijos crezcan aquí, con su familia, con sus hijos, que tengan un trabajo estable que les permita vivir”, comenta.

Sus palabras encierran el deseo de todas las madres que siguen en Venezuela y que han tenido que experimentar el duelo que deja el escape, la huida desesperada de sus hijos de una crisis que no da tregua, que les niega el futuro.

Ronny decidió marcharse de la noche a la mañana. Su decisión, incluso, tomó por sorpresa a su mamá, quien no puso resistencia. Tampoco cuestionó que Ritsey migrara a Lima, tras llegarle una oportunidad de empleo en una cadena hotelera de esa ciudad. A Reyna no le dio tiempo siquiera de darle la bendición cuando partió, pues de su llegada a Perú se enteró por Facebook; pero dos noches antes de su viaje, al menos, logró conversar con ella.

Ronny, que cuenta con 31 años, tenía un trabajo en una barbería del centro comercial El Recreo, en Caracas, pero sus ingresos se quedaron cortos ante la hiperinflación que comenzó a arropar la economía. Él pensó que estando en el extranjero podría apoyar más a su mamá y a sus hijos y, así, superar el sinsabor que le dejó las promesas incumplidas del actual Gobierno, al que apoyó con fervor religioso, de forma hasta inexplicable para su madre. Lejos olvidaría la imagen de Hugo Chávez, las emisiones de La Hojilla de Mario Silva, la programación de Venezolana de Televisión y las entrevistas de José Vicente Rangel –transmitidas por Televen–. Su adhesión a la ideología de izquierda se diluyó en cada mala palabra que expresaba, sin recato alguno, contra el actual mandatario Nicolás Maduro.

“Él ahora está convencido de que este país se volvió una mierda”, cuenta Reyna.

Jonathan Lanza

De los dos hijos, Ronny es el que más se ha comunicado con ella desde su partida. Le pregunta cómo está, le pregunta qué come, le pide fotos de los alimentos que consume. Llora cada vez más por su madre.

Ritsey, en cambio, no es tan frecuente enviándole mensajes, ni a ella ni a su hija Nicole, de seis años, quien vive en casa de Reyna. “Cuando le mandaba notas de voz por WhatsApp, ella le decía a la niña que vendría en febrero, y la niña luego me preguntaba cuánto faltaba para ese mes. Si veía un avión volando, preguntaba si venía de Perú, pensaba que Ritsey iba en ese avión”. Reyna lloraba en silencio. Le recomendó a Ritsey que no le dijera que vendría a Venezuela cuando eso posiblemente no ocurriría.

 

Ronny y Ritsey son hijos de Gabriel García, el hombre del que Reyna asegura que se enamoró perdidamente. “Fue un amor a primera vista”. Cuando ella conoció a Gabriel, en 1984, apenas con 19 años, decidió casarse. Al cumplir diez años de matrimonio se separaron, aunque nunca se divorciaron. El amor que sentía se desvaneció entre la violencia, la infidelidad y la costumbre. Terminaron de separarse luego de que a él lo metieran preso por tres meses en el extinto retén de Catia en 1992, tras una denuncia que Reyna interpuso por maltrato. La separación había afectado, en principio, a Ronny, quien después se fue al Oriente del país a vivir con su papá. “Yo le decía que no podía seguir con él porque no era sano para mí, no podía estar con una persona por la que no sentía nada, no iba a pasar toda la vida así. Le decía que él crecería y se casaría, ¿iba a seguir infeliz por complacerlo a él?”.

Reyna conoció después a Denis Guerra, el padre de sus hijas morochas, con el que convivió siete años hasta que él se enamoró de otra mujer. Cuando Denis se mudó para la casa de Reyna, Ronny no estuvo de acuerdo. Le molestaba que la presencia de Denis rompiera sus rutinas. “Todo fue bonito al principio, pero luego hubo discusiones porque Ronny no le gustaba que él se quejara si llevaba amigos a la casa, si sacaba el PlayStation y lo dejaba en la sala; luego Denis me reclamaba que yo no ponía orden. Ellos nunca llegaron a discutir, pero todas las quejas llegaban a mí”.

 

A simple vista, Reyna no aparenta su edad. Su estatura no es similar a la de las modelos de los concursos de belleza, siempre ha sido delgada, aunque asegura que ha rebajado más por los cambios en la alimentación y por las veces que ha tenido que subir a pie –debido a los problemas de transporte– hasta su casa, ubicada en el barrio El 70 de El Valle.

Aunque siempre trata de mantener el buen humor, su voz se quiebra cuando habla de sus hijos. Prefiere sobrellevar sus añoranzas sentada en una máquina de coser.

Trabajó en el oficio de costura desde hace años, incluso enseñó a confeccionar trajes a Gabriel, con quien laboró en la misma fábrica que cerró en 1998. En casa de una amiga, tiene un taller donde suele coser los fines de semana. Hoy solo se dedica a ese oficio: entre lunes y viernes, se desempeña en una empresa donde se hacen uniformes e indumentaria para militares.

Con su sueldo ─que es mínimo─ y lo que le envía Ronny ─100 dólares al mes─, cubre apenas sus necesidades básicas y la de una de las morochas, que vive con ella. Ritsey, eventualmente, le manda remesas a ella y su hija Nicole, quien durante las vacaciones se va con Billy Reyes, su padre, que vive y trabaja fuera de Caracas y también se irá pronto a Ecuador. “Ahora la niña debe despedirse de su papá”, resalta.

Jonathan Lanza

La diáspora puso sobre relieve asuntos pendientes que Reyna no ha solucionado. Ronny nunca se ha llevado bien con Ritsey y partió sin que resolvieran las diferencias. Esa es la punta de lanza de su sufrimiento.

A todas estas, Reyna nunca ha comprendido el porqué de la rivalidad, aunque asegura que Ronny manifestó rechazo por su hermana desde el momento en que nació. “Parecían celos, pero él dijo que jamás la querría”. Ritsey, en cambio, ama a su hermano, aunque tampoco se ha acercado a preguntarle por qué él no le dirige la palabra. Cuando Ronny se emborracha es que da una pista de que sus sentimientos por Ritsey no son tan negativos. Lo cierto es que Reyna jamás ha podido romper el nudo gordiano que oprime la relación entre sus dos hijos mayores; ni siquiera a pesar de que ambos viven en países distintos. “La última vez que hablamos de la casa, sobre quién se quedaría con ella, le dije que no me iban a dejar a las morochas en la calle, que ellos dos se encargarían de evitar eso, pero él lo único que me dijo es que el día en que yo muera, saliendo del cementerio, Ritsey tendría que buscar dónde irse”.

—¿Ronny no entiende que esos comentarios te hacen sufrir?

—Yo se lo digo. Pero él es así, nunca le importa. Él adora a las morochas, adora a su sobrina Nicole, y no entiendo cómo no puede querer a su hermana igual que a ellas.

La relación de Ritsey y Ronny es similar a la que Reyna tiene con su mamá de 90 años y su hermana morocha, que vive en el estado Sucre. Con su madre nunca se ha hablado y con su hermana, hace diez años, tuvo una fuerte discusión. En medio de estos conflictos, Ritsey tampoco se ha llevado muy bien con su mamá: tiende a responsabilizarla de todo lo malo que le ocurre.

Reyna dice que su hija tal vez le recrimina su falta de compresión en el pasado, los múltiples regaños que le dio por su rebeldía, por dejar sus estudios de bachillerato. “Yo creo que nuestra relación no es de madre e hija; con Ritsey me pasa lo mismo que con mi mamá, que nunca me habló, a pesar de que yo la busco y le pregunto qué le pasa conmigo. Eso de acercarse no lo hace Ronny tampoco con Ritsey, ni creo que lo hará. Me voy a morir y esto no cesará”.

Reyna se aferra al viejo consejo que dice que el tiempo y, sobre todo, la distancia resuelven todo. Por ahora, solo piensa en que sus morochas estén bien, en pasar más tiempo con ellas. Y en cuidar su corazón, que le dio una advertencia hace ocho años debido a las tensiones dentro de su hogar. “La doctora dice que me olvide de este problema, pero ¿cómo hago? No creo que sea culpable de lo que pasa entre ellos, les he dado lo mejor que he podido”, asegura.

Viendo las fotos de sus hijos por WhatsApp, a quienes extraña, dice que no le teme a la soledad, eso sí lo dice con firmeza; ni tampoco se cierra a la posibilidad de rehacer su vida con otro hombre. En lo que sí está bastante clara es que no quiere ser arrastrada por la diáspora y, por eso, también se ata fuertemente a las promesas de Ronny.

—Mamá, cuando estés viejita, te compraré un carro rojo.

—Me vas a tener que traer un Ferrari.

—Coño, mamá, ¿no pides mucho?

Jonathan Lanza

PD: tras ver esta historia publicada por primera vez, Ronny y Ritsey –finalmente– hicieron las pases. Reyna, ahora, vive más tranquila.

Por Armando Altuve (@ArmandoAltuve)

*Este trabajo forma parte de la serie, elaborada por Seis grados, Madres de la diáspora.

Barrio

El Porvenir regresó en silla de ruedas

A los venezolanos que demuestran que, pese a cualquier crisis, la venezolanidad es sinónimo de porvenir

 

En el barrio las desgracias ocurrían porque sí. Como dice Jorge, no le buscabas las cinco patas al gato. Salías a la calle arriesgando desde tu vida, hasta la de los tuyos. Porque no había nada más para arriesgar. ¿Pertenencias? La pobreza subió al cerro e hizo lo suyo: empobrecer. ¿Salario? Los que bajan del cerro a las seis de la mañana salen a hacer marañitas, es decir, malabares para conseguir tres lochas y con ellas solucionar el alimento del día, o más bien de la noche al volver. Así que solo tenías la vida, y muchas veces no era suficiente, podías recibir un pepazo en la cara por no ser suficiente. Les traduzco, por pepazo quiero decir un tiro, aunque bien podría ser una puñalada.

No sé si en otras partes del mundo conocerán la vida así de violenta como lo fue allí. He dicho lo fue. Porque el barrio recuperó su nombre original: después de una década nombrándosele “El cerro”, su nombre fue recordado, el que recibió cuando los pobladores originarios encontraron la lomita al alejarse del valle, y con un espíritu idealista decidieron llamarla “El Porvenir”.

Y sí, El Porvenir regresó en una silla de ruedas.

Fue Jorge quien me contó la historia de Gerardo el largo Antúnez, un joven que, según la prensa, estaba destinado a ser una leyenda nacional pero el infortunio lo dejó discapacitado y le robó la gloria. Mientras el llanto primigenio, del hijo de Jorge, se dejaba escuchar en el pasillo del hospital, en El cerro una bala silbó durante su trayectoria e impactó la espalda de Gerardo el largo Antúnez. La desgracia, como todas aquí, ocurrió porque sí.

Gerardo fue el primer joven del barrio que entró en la universidad, gracias a una beca deportiva. A sus 18 años medía un metro noventa, tenía agilidad en sus piernas para correr y en sus manos para hacer bailar el balón al ritmo de sus pasos, mientras avanzaba de un extremo a otro en la cancha y, sin esfuerzo, encestaba. Una eminencia del baloncesto juvenil, dos juegos lo separaban de un contrato millonario y, según sus propias declaraciones, de la trampa mortal de El cerro. No le dio tiempo.

La esposa de Jorge sintió dolores, su primogénito se adelantaba a la fecha. Él y su esposa bajaron apresuradamente. Gerardo pasó frente a ellos, vio a la madre adolorida y los acompañó a bajar. Los tres bajaron del barrio, Gerardo se despidió en la parada de autobuses y regresó. Era casi la medianoche. Si durante el día te salvabas de ser el blanco de las desgracias, lo mejor era no tentar la suerte por la noche. Gerardo lo comprobó.

A una cuadra de su casa lo interceptaron dos bandidos. Le pidieron dinero, pero él solo cargaba encima la vida. Mala suerte. Intuyó lo que ocurriría, la vida no basta como botín, así que les dio la espalda y corrió como si estuviese en la cancha de baloncesto; corrió tan rápido como pudo, sabiendo que su vida dependía de ello.

La joven embarazada ingresó al hospital. Mientras el llanto del recién nacido llegaba al pasillo, el grito del largo Antúnez despertaba a los vecinos en el cerro. Alguien se arriesgó a salir. Lo encontraron boca abajo, un charco de sangre fluyendo desde su espalda, desde la espina dorsal.

Gerardo el largo Antúnez fue alcanzado por una bala cuando ya estaba a un paso de doblar la esquina y perderse de la vista de los bandidos y sus armas. Desde esa noche quedó inválido, incapacitado. No jugó más el baloncesto. Sus padres se lo llevaron lejos del cerro, del barrio malo que le robó el porvenir. Allí se contaba la historia del único que estuvo a tan solo dos juegos de un contrato que lo convertiría en una estrella, el único con un futuro en el barrio, un futuro truncado, tal vez, porque se detuvo a ayudar a una pareja, por desviarse del camino, por buen samaritano.

Que Gerardo partiera del barrio fue lo más normal. Su regreso fue lo inesperado. Un par de años después regresó, en una silla de ruedas. Sonriendo. Hablando de futuro, driblando un balón de baloncesto con una mano y dirigiendo su silla de ruedas con la otra, lanzándolo y encestando. Volvió e hizo restaurar la canchita. Ahora pita su silbato y los niños salen de las casas del cerro. Ahora es un coach deportivo de una selección infantil. Sí, pudo ser un basquetbolista profesional famoso, adinerado, y lo sabe. Pero no se dejó vencer por lo que pudo ser y no sucedió. La delincuencia no detuvo su porvenir, y hoy el barrio cuenta con él.

 

Por Gusmar Carleix Sosa | @GusmarSosa

#MemoriasDeLaRevolución: Yo no pedí nacer en Revolución

¿Qué le dirá? ¿Qué historia le contará?

Son las dos preguntas que agobian su mente mientras sostiene al recién nacido en sus brazos. El remordimiento no da espacio a la felicidad, el espacio también es ocupado por la preocupación. Los ojos del niño la acusan. No es como su primer parto, hace ya veintidós años atrás. En aquel entonces todo fue planificado, ellos estuvieron listos para recibir al primogénito; y sí, ahora han tenido casi nueve meses para prepararse, pero lo que no han tenido son recursos. Como los últimos tres años, durante el embarazo apenas si pudieron mantenerse con vida.

Cada día transcurrido, su vientre fue la profecía de un juicio final; y allí está, frente al tribunal con el testigo en sus brazos, que también es la víctima, que también es el juez, que también es jurado, que también es la sentencia.

Quiere sonreír, pero es imposible. Quiere plantear su defensa. No es su culpa, ella solo quiso evitarle venir a un mundo en caos, donde el hambre reina, donde la tristeza y la desesperanza azotan.

El embarazo fue un descuido. En la patria ya no se consiguen anticonceptivos. Estuvo jugando a la ruleta rusa por un año y finalmente perdió. Cuando se enteró, intentó remediar la situación. Sin la posibilidad de adquirir pastillas para el aborto trató con métodos rudimentarios, pero la criatura no quiso renunciar a la vida. Algunos días despertó deseando sangrar, queriendo enfrentar el aborto involuntario. Envidió la suerte de las protagonistas de las historias tristes que escuchó, pero no, la mala suerte no le alcanzó; sus malas noticias diarias llegaban hasta “hoy no tenemos qué desayunar”, “hubo reducción de personal y me despidieron”, “me atracaron y se llevaron el dinero que logré conseguir”, “a tu tío lo asesinaron esta mañana”, “felicitaciones, su bebé está teniendo un desarrollo sano”.

Desea, con todas las fuerzas de su corazón, poder sonreír. Pero no puede. ¿Cómo sonreírle a un anuncio doloroso? No puede sonreírle al recordatorio de su miseria. Ella lo ha traído a la realidad de un país en ruina, donde el hambre reina, donde la delincuencia ha tomado el control, donde la educación es gratuita pero imposible, donde el nacimiento entristece.

Su esposo entra a la habitación, le acaricia el rostro y le da una sonrisa débil. Ella le entrega al niño y se pone de espalda. Él quiere sentirse feliz, pero dos preguntas lo agobian.

 

Por Gusmar Sosa | @gusmarsosa

Carta a un padre que ya no está

Se hacía llamar Antonini, aunque no tenía nada que ver con aquel famoso maletín. Era el tercer hijo de los diez que tuvieron  Quino y Berta. Decidió dejar la escuela antes de terminar sexto grado. Lo que no le resultó difícil: no le gustaba leer, solo tocar cuatro y cantar. Desde muy joven demostró interés por la música venezolana: guaracha, joropo, merengue, tonadas o vals. Tocaba de oído todas las canciones que le pedían las muchachas bonitas del pueblo.

Su padre Quino lo metió a trabajar en la hacienda, pero Antonini estaba claro que lo de él no eran las plantas. Se adelantó tres años en la cédula para que lo dejaran trabajar en la construcción de las vías de oriente. De Monagas pasó a Sucre y allí conoció a mi madre. Luego de unos años decidieron casarse y mudarse cerca de sus padres en Puerto la Cruz, donde nacería Francisco Antonio.

En la década de los 60 la situación se encrudeció y lo que ganaba Antonini como chófer no alcanzaba, además venía en camino Lidia, así que la familia decidió irse a Guayana a probar suerte en las obras de Macagua.

Antonini era tan osado que fue el único que se presentó para transportar la dinamita. Fueron muchos los viajes que hizo en ese camión cargado de explosivos.

Luego, nació Migdalis y decidió trabajar más porque la familia crecía muy rápido, al igual que la construcción del segundo complejo hidroeléctrico más grande de Latinoamérica, ubicado en el cañón de Necuima.

Fui la tercera de las niñas y dos años después nació José; sin embargo, Antonini y Carmen decidieron que mi hermano menor sería el último miembro de la familia: cerraron la fábrica de niños porque ya éramos cinco.

Un día caluroso de junio, mi papá cayó con su camión cargado de dinamita en una laguna que se había formado por las lluvias en aquella húmeda región de Guayana. Era lógico temer lo peor. Pero él rápidamente salió del percance con una sonrisa, diciendo: “Estoy bien, ¿pero quién me ayuda a sacar las cajas para ponerlas a secar?”. Así era papá.

Mis hermanos y yo crecimos en un hogar donde la abundancia no estaba presente, pero, aunque vivíamos modestamente, nunca nos faltó nada: siempre teníamos vacaciones recorriendo el oriente venezolano,  hasta que crecimos y cada uno empezó a dejar el nido para hacer su vida e incorporarse en las universidades de Maturín y de Caracas. Puedo decir con orgullo que en mi casa había amor y los valores estaban presentes. Mi padre fue un hombre bueno, honrado y muy trabajador, con un espíritu libre y alegre que siempre tenía una sonrisa en sus labios. Yo creo que nunca lo vi bravo o molesto porque hasta para regañarte te hacía reír.

En el 2004, a Antonini le diagnosticaron cáncer. Él decidió someterse al terrible proceso de las quimio: fueron nueve y aunque en algún momento pensábamos que ya todo estaba bien y la enfermedad se había dormido, en el 2014 hizo metástasis.

Antonini ya sabía lo que venía, ya lo habíamos vivido con el abuelo.

Nunca se quejó y tuvo tiempo de prepararnos.

El paso de Antonini por este mundo fue muy sencillo, disfrutó la vida cómo pudo y nos dejó grandes enseñanzas. Aunque nunca escribió un libro sí puedo asegurar que plantó muchos árboles.

En sus últimos días nos regaló una lección de vida. Aguantó el dolor y jamás se quejó, era un guerrero. “A mal tiempo buena cara”, decía.

Con picardía relataba cómo podía alguna anécdota o travesura de su vida para hacernos reír. Se fue tranquilo porque sabía que nuestro paso por este mundo es corto. Una vez le pregunté qué podía hacer por él y me respondió que nada, que estaba en manos de Dios. La última vez que lo vi con vida, con los ojos humedecidos me echaba la bendición y me transmitía fuerzas para seguir. Jamás olvidaré esa mirada de agradecimiento y de confidencias. A un año de su partida puedo decir con certeza que tengo un ángel en el cielo que me guía.

 Te extraño, papá.

 

Por Marleny Buttó 

 

Mis 18 años en El Nacional: soy parte de una muerte envuelta en papel periódico

Llegué con 20 años a la antigua sede del diario El Nacional, en uno de los rincones más sórdidos de la urbanización caraqueña El Silencio, para mi primera entrevista laboral en marzo de 1996. Debajo del brazo llevaba mi único currículum: los cuadernos manuscritos que había elaborado desde niño, en los que anotaba las alineaciones de los partidos de fútbol y dibujaba las formaciones tácticas de los equipos, junto con esquemas de ambos uniformes coloreados con lápices Berol Prismacolor.

La artimaña funcionó: Cristóbal Guerra, al que probablemente has escuchado en los Mundiales como comentarista lírico de Venevisión –y quien todavía es mi principal maestro de periodismo–, me dio trabajo como pasante en la redacción de Deportes.

En El Nacional permanecí casi 20 años, con algunas interrupciones, bajo casi todas las figuras contractuales concebibles. Quisiera contar a los chamos que hoy están estudiando Comunicación Social en universidades venezolanas algo que probablemente jamás vivirán: cómo era la redacción de un diario impreso clásico, en su momento el de mayor prestigio intelectual del país y el que en diciembre de 2018 publicó sus últimos periódicos en papel, previo desdibujamiento de su fortaleza de marca en el ecosistema de medios digitales.

Yo formé parte marginal de algo parecido a un All Star del periodismo criollo.

Fumar no es la única mala maña

La vieja sede de El Nacional quedaba a escasos metros del último exponente caraqueño de un modelo de negocios conocido como cine porno: el Teatro Urdaneta. Cuando entré al diario en 1996, en toda la redacción sólo había una computadora con Internet: la gente hacía colita para buscar una entrada en Yahoo! o abrir una cuenta de correo en Hotmail. Posteriormente los jefes de secciones empezaron a contar con conexión a la web. Presencié cómo, en sus horas muertas a la espera de textos que aún se estaban escribiendo, algunos de esos jefes empezaban a descargar porno en sus PC, en un ciclo de hábitos sexuales que aceleraría la agonía de espacios con olor a semen, orina y sudor rancios como el Teatro Urdaneta.

En su era dorada (yo llegué a vivir solo los peores tiempos de los tiempos mejores), El Nacional era un modelo de especialización extrema en una estructura física enorme, difícil de imaginar para los que trabajan en la oficina de un portal web actual. Cada una de las grandes secciones (Política y Sucesos, Economía, Deportes, Cultura, Espectáculos, Internacionales, Ciudad, etc) contaba con una planta de alrededor de diez periodistas, más dos o tres pasantes y un par de jefes de sección con su respectiva secretaria. Por decir un caso: en Deportes había un especialista para escribir exclusivamente de baloncesto y, aunque hoy parezca insólito, una periodista solo para voleibol.

No vengo de una familia de intelectuales. El periódico que se leía en mi casa era Últimas Noticias, y quizás El Universal los domingos, por aquello del crucigrama de la revista Estampas.

El Nacional, incluso en los años de pre-decadencia que a mí me tocó vivir, era la reserva forestal de las mejores plumas de Venezuela. Allí se vivían cosas como que una o dos veces al mes estos intelectuales revoloteaban alrededor de la feria en miniatura que montaba sobre un armario de lockers el librero Esteban Brassesco: ese al que llamaban “el librero de los periodistas”, pues iba quincenalmente a la redacción a ofrecer y recomendar joyas editoriales a muy buen precio.

Repasar nombres es ocioso y siempre injusto. Me bastaría con decir que Vanessa Davies, a la que hoy debes conocer como una periodista –algo rayada– del chavismo crítico, tenía un otro yo como la autora de algunas de las entradas de textos más exquisitas que puedo recomendar a aprendices de escritura creativa. Y eso sin hablar de que había un segundo piso solo para fotógrafos y diseñadores, y hasta una flota propia de choferes, con los que un chamo de 20 años lleno de inseguridades y carencias afectivas se involucraba en una compleja red de complicidades humanas.

Porque una redacción de periódico era también un depósito de patologías y manías, lo que puede explicarse en una jaula ratonera sin ventanas en la que profesionales permanecían encerrados más de un tercio de sus vidas peleando con sus teclados, sus obsesiones y sus egos. Como pasante de El Nacional (entré haciendo jornadas de diez o más horas diarias y guardias de fin de semana de manera 100% voluntaria, lo que violaba las normas sindicales) presencié el suicidio de un compañero, además de una pelea que por poco terminó con periodistas dándose unas manos, vidrios rotos a puñetazos y episodios varios de acoso sexual laboral y adicción al alcohol y otras sustancias.

Yo mismo –a pesar de que sentía desprecio por máximas tipo “el periodismo es café y cigarros” (una de las favoritas de Cristóbal Guerra) y por el mundillo de comederos de mala muerte, bares y prostíbulos que servía de entorno a la vieja sede de El Nacional– no pude evitar incurrir en deformaciones del manual sexista: concebir la redacción de un periódico como un dispensador infinito de pasantes femeninas muy jóvenes y atractivas, a las que aplicaba tácticas de depredador inofensivo pero muy desagradable. O engañarme a mí mismo pretendiendo que podía ser amigo íntimo de actrices de TV o modelos de pasarela, en los años en que trabajé en la sección de Espectáculos y Farándula. Por decir algo: llegué a enviarle bombones a Venevisión a la ex miss y chica del tiempo Patricia Fuenmayor, de quien todo el mundo me advertía que tenía sonrisa de tonta, pero por cuyos casi dos metros de estatura experimenté una especie de infatuación fatal, como me ha solido pasar con otras maracuchas de piel de porcelana.

En la redacción de El Nacional me enamoré cuatro veces, una de las cuales fue de la periodista de voleibol (también una de mis jefas, pifia profesional que te recomiendo evitar en lo posible). Me consta que se enamoraron de mí al menos dos veces. En ninguno de los casos hubo correspondencia. Dañé un microondas con unas cotufas calcinadas, me convertí en obeso mórbido y adquirí gastritis crónica y patologías de columna vertebral que probablemente me acompañarán el resto de mis días. Esto de pasar horas tecleando frente a una computadora no es un hábito natural en la evolución humana.

El lugar donde vi a Chávez

En la sede de El Nacional vi en persona por única vez a Hugo Chávez, cuando acababa de ser elegido presidente y visitó la redacción para un foro dominical (no llegué a darle la mano, calma pueblo), un gesto normal en democracia que hoy se me hace irreal. Seguramente habrás leído en redes que la política editorial de El Nacional fue responsable de que Chávez llegara al poder. Estuve ahí adentro esos años. Desde mi punto de vista ingenuo, lo único que puedo agregar es que siempre me pareció un medio plural, donde convivía gente de todas las tendencias de pensamiento. De hecho, vi como uno de mis mejores amigos se transformó en chavista, como reacción a lo que consideraba una jefatura de línea opositora radical.

En El Nacional me quedé atrapado una noche en 2001 durante el primer episodio grave de acoso a un medio de comunicación, cuando un grupo de manifestantes chavistas encabezados por Lina Ron amenazó con quemar el edificio con nosotros dentro. Desde las únicas ventanas externas del piso 1 (en la sección de Internacionales y Diplomacia), presencié cómo la gente huía de las balas en los alrededores de Miraflores el jueves 11 de abril de 2002. Vi a algunos compañeros indignados el viernes 12, por lo que llamaban un “golpe de Estado de derecha” de Carmona Estanga. Huí de la redacción en plena guardia del sábado 13 (violación grave de los códigos no escritos del periodismo), para refugiarme muerto de pavor en una pensión de mala muerte de los alrededores, después de que leí en un cable de agencias internacionales que un general de apellido Baduel encabezaba una revuelta en Maracay para restituir a Chávez en el poder. Recuerdo que mi asignación de aquel día era llenar media página de periódico con una nota del aniversario de Bugs Bunny, o algo por el estilo.

Como no entregué tesis en la escuela de Comunicación Social en la UCAB (léase: les escribe un pirata no graduado), nunca formé parte de algo que suena a rareza exótica en estos tiempos de predominio de la libre asociación: el sindicato de periodistas de El Nacional. Con frecuencia me aplicaron malas caras y leyes de hielo por firmar un contrato no avalado por el gremio. Fui testigo de pancartazos y asambleas interminables por derechos laborales y reivindicaciones salariales, cuyo objetivo era retrasar la elaboración del periódico mediante operaciones morrocoy. Una de las medidas de protesta más extremas que observé fue la publicación de una edición en la que nadie puso su firma en ningún texto. Sí, puede parecer poca cosa, pero la firma es el único patrimonio del que disponemos los que nos dedicamos a teclear.

Una sede con menos burdel

El Nacional se mudó a una sede más grande, moderna, aséptica, cómoda y presuntamente segura en 2006: una antigua planta industrial de margarina y mayonesa en Los Cortijos de Lourdes, en el municipio Sucre. El nuevo y enorme estacionamiento permitía posibilidades como la celebración de espectáculos: allí se organizó un Festival Nuevas Bandas, por ejemplo.

En Los Cortijos me vieron perder casi la mitad de mi peso: mis compañeras en la sección de Espectáculos se calaban mi perfume corporal después de regresar de dos horas de gimnasio, casi siempre sin ducharme. También inicié allí un plan de ahorro franciscano después de que, con la llegada al poder de Nicolás Maduro, se precipitó una recesión que ha derivado en tobogán interminable al infierno: recuerdo que llevé a la redacción una olla eléctrica arrocera-vaporera para preparar mi frugal almuerzo cerca del rincón de los fotógrafos, que me miraban con una mezcla de asombro y compasión.

Y no, no estaba allí cuando se anunció en cadena televisión la presunta muerte de Chávez el cinco de marzo de 2013: mi horario de salida a las 4:00 pm (gozaba entonces del raro estatus de ser un periodista con hora de salida) y ya regresaba a casa en el Metro.

Nada fue igual. Comenzó también un período de desplome de una marca que solo en parte tiene que ver con la escasez de papel periódico en Venezuela, y con el ocaso en general de los diarios impresos en todo el planeta. En dos platos: lo que vemos hoy en www.el-nacional.com no es demasiado representativo de la experiencia de lectura que ofreció El Nacional en papel con sus 75 años de tradición encima. Su web, en general, luce rezagada con respecto a lo que hacen hoy en Internet o en redes otras marcas con menos tiempo en el mercado de contenidos editoriales como El Pitazo, Crónica Uno, Prodavinci, Runrunes, Tal Cual y, sí, también esta relativamente modesta y novata Revista Ojo.

¿Escasa capacidad de la gerencia encabezada en el exilio por Miguel Henrique Otero (hijo del legendario Miguel Otero Silva, un punto de comparación eternamente ingrato) para anticipar lo que venía, conseguir vías de financiamiento alternas a la publicidad en papel y escapar del rol de cordero de sacrificio de un régimen autoritario que, en boca de uno de sus principales verdugos, ha expresado claramente la voluntad de destruir o apoderarse de la marca? ¿Gente que se llevó unos reales? ¿Sueldos poco competitivos? ¿Un éxodo masivo de cerebros que fue vaciando la redacción? ¿Un “entorno país” (sorry por la expresión) imposible de eludir? ¿Mala leche y ya? No soy quien para pararme a dar lecciones de marketing. Después de todo, aunque lo cualitativo se cuestione, tengo entendido que las evaluaciones cuantitativas de clics en el punto.com siguen siendo sólidas. E igual sigo soñando con la recuperación del medio que fue mi escuela, mi casa, mi despecho, mi fuente y mi paño de lágrimas.

Renuncié a El Nacional en marzo de 2014, poco después de atestiguar en sus alrededores una guerra civil en pequeña escala. En ese medio de comunicación registré mis pocos logros profesionales. Y comenzaron todos los patrones de fracaso que sigo arrastrando hoy, y que forman parte inseparable de mí. Quizás las empresas y las personas nos parecemos: como Wolverine, nunca duraremos para toda la eternidad, pero quizás nos quede siempre al menos una oportunidad de sacar las garras y regenerarnos.

Por Alexis Correia

Amor a dos ruedas

Mira, Kate, ¿cómo es eso que tú y que andas de noviecita con Joseíto?, le increpó su mamá cuando la vio salir de su cuarto aquel domingo. Con un susto atravesándole el pecho y con el rostro preparado para la bofetada que sabía llegaría, contestó: Sí, mamá, José y yo somos novios desde hace unos meses.

El silencio posterior duró el par de segundos necesarios para asimilar la confirmación, y antecedió a una larga cantaleta sobre conveniencias, de esas en que las mamás son especialistas. La bofetada no llegó. No fue necesaria. El absoluto silencio de su papá fue el más fuerte de los golpes. Había decepcionado a sus padres y aunque eso fue doloroso, también fue liberador.

Kate y José se conocen desde que ambos eran unos muchachitos que jugaban a las escondidas en la cuadra en donde crecieron y, dado que tienen un par de primos en común, es mucho lo que han compartido desde entonces. Sus amores comenzaron cuando las correderas en la calle cedieron el paso a los ‘achantes’ para beber, hablar y bailar entre los amigos; y a las salidas al cine a ver películas rosas de vampiros. Fue precisamente en una sala de cine de Galerías Paraíso donde Kate, dándose cuenta de las intenciones de las que José no terminaba de hablarle, le interpeló: ¿Entonces, tú y yo vamos a ser novios o no? Embestido por la sinceridad de Kate, José le dijo que sí, que él quería ser su novio, pero que sabía que sus papás no le iban a dar permiso para cortejarla y él quería hacer las cosas legales, como ella merecía. Sin embargo, ella ya había decidido por los dos: serían novios, aunque tuvieran que mantenerlo oculto.

Pero como tarde o temprano todo sale a la luz, su intento de privacidad se acabó esa mañana del domingo junto con la paciencia de Kate.

Becky Plaza

Habían pasado seis meses desde aquella conversación entre tráileres de películas por venir, cuando a Kate se le agotaron las ganas de tener un noviazgo bajo perfil. Su familia, salsera de corazón, amaba hacer fiestas improvisadas sin más razón que las ganas de bailar hasta la mañana siguiente. Fue una de aquellas fiestas la ocasión que Kate aprovechó para dejar en claro cuál era su relación con José. Quizás fueron los tragos que se le subieron a la cabeza, o el cansancio por los chismes que sus tías solían llevarle a su mamá sobre sus largas conversaciones con José, o tal vez la silente necesidad de ser libre –de vivir su romance– lo que impulsó a Kate a plantarle un apasionado beso a José delante de buena parte de los invitados a la fiesta. Fue un beso de despedida antes de irse a dormir. Un roce definitivo que no dejó lugar a ningún otro chisme. Una puerta que abrió de par en par dejando en claro que ella y José no eran sólo amigos.

La preocupación de los padres de Kate era justificada. Se habían esforzado por darle todas las herramientas de las que disponían para ayudarla a encontrar un mejor futuro, y en ningún momento habían contado con que se fijara en un muchacho de la cuadra. Ella era una jovencita brillante en sus estudios, deportista y asidua lectora, mientras que el objeto de sus amores brillaba por su presunción, su relación con personas indeseables, y su lenguaje soez. En la cuadra todos tenían sus reservas con respecto al futuro del muchacho, porque la altivez con la que andaba por la vida no le auguraba éxito en el camino.

La mamá de José tampoco consentía el romance. Aunque albergaba cierta esperanza en que la amistad con la niñita fresa de la cuadra influyera positivamente en su hijo y lo impulsara a tomar buenas decisiones, no lo imaginaba de amores con ella. Además, su negativa al posible romance aumentó al saber que su único hijo era objeto del prejuicio de sus suegros. Pero una cosa es lo que los padres quieren para nosotros, y otra la que decidimos hacer impulsados por nuestras emociones.

El silencio inculpador y los sermones de sus padres no sirvieron de mucho. Al abrir la llave que mantenía apresado su romance, se entregaron a la libertad de vivir como Dios manda. José pasó de inventarse formas para verla lejos de su casa a visitarla cada noche en su puerta. Kate, oyendo los consejos de su mamá sobre resguardar su reputación, decidió que lo más conveniente para evitar los comentarios y los chismes era recibirlo dentro de la casa y no en los alrededores. A fuerza de tenacidad y rebeldía oficializaron su relación.

Abrirle las puertas a José fue una decisión sabia. Al principio no fue fácil para nadie verlo sentado en la sala hablando con ella, pero con el tiempo se hizo natural su presencia: poco a poco se fue ganando el cariño de los padres de Kate y del resto de su numerosa familia, quienes lograron ver en él las virtudes que habían enamorado a ella. Por su parte, José mejoró su dicción y comenzó a alejarse del medio en que se desenvolvía, demostrando que era un mejor muchacho de lo que muchos pensaban. Aunque nadie entendía qué los conectaba, porque sus personalidades parecían antagónicas, su relación crecía ante los ojos impávidos de todos en la cuadra, quienes aprendieron a respetar lo que pasaba entre ellos.

Pero los tabús de la cuadra no serían los únicos que José tendría que afrontar.

Kate cursaba el primer año de Odontología de la Universidad Central de Venezuela cuando comenzó su romance con José. Sus méritos como estudiante y la pasión con la que asumió sus estudios superiores le granjearon el respeto de sus compañeros, pero el prejuicio les ganó en lo que respectaba a su novio. La presencia de este causaba ruido en la más clasista de las facultades de la UCV, en donde lo veían llegar a buscarla en su moto, con la cara manchada del hollín de las calles de Caracas, sus zapatos deportivos y sus camisas alusivas a marcas de motocicletas.

Becky Plaza

Entre los compañeros de Kate se generaban preguntas y expresiones tales como: ¿Tu novio es mototaxista? ¡Llegó el Cosculluela! ¿Será choro? ¡Bulda’e malandrito, menol! Aunque a Kate le irritaban las insinuaciones, no se dejaba intimidar por ellas. Ninguno de sus compañeros sabía la clase de persona que era él.

José trabajaba como vendedor en una tienda de moto periquitos en horario completo, y por las noches cursaba su TSU en Administración de empresas en un instituto privado. Su alto rendimiento como vendedor le permitió obtener su primera moto, un escúter con el que llevaba todas las mañanas a su novia a la universidad, porque no quería que ella viajara en transporte público con sus costosos equipos odontológicos.  Fue ese vehículo el que le permitió llegar a su rescate cuando ella olvidaba parte de las herramientas necesarias para sus prácticas, cuando se extendían las clases y necesitaba que alguien le llevara el almuerzo o la buscara en la desolada facultad, y cuando las protestas la dejaban encerrada en la ciudad universitaria a merced del gas lacrimógeno y los perdigones.

Ante todas las eventualidades, José prendía los 12 caballos de fuerza de su moto y se lanzaba al rescate de su princesa. Fue esa la época en dónde Kate descubrió que más que un noviecito juvenil, José era su bastión y un excelente compañero de vida.

Él estuvo presente en todos los años de carrera de Kate. La acompañó en sus fiestas, en sus viajes, en sus trasnochos estudiando, en su bajada de escaleras, y en su larga espera para el grado. Sus amigos de la facultad poco a poco vencieron el prejuicio y terminaron queriendo a José tanto como querían a Kate, no solo porque se daban cuenta del amor y cuidado que le prodigaba, sino porque habían descubierto que, detrás de las manchas negras de su cara, había un hombre honrado que no se cansaba de trabajar por sus metas.

Tras graduarse como TSU en Administración de empresas, José se convirtió en el encargado de la tienda de moto periquitos donde comenzó como vendedor. Ahora no solo gestionaba todas las áreas de la tienda de lunes a viernes, sino que la posicionó en la web, subiendo las ganancias de la misma unos escalones más arriba. Ese ascenso, que le mejoró sus ingresos, le permitió cambiar su moto por un carro, e invertir sus ahorros en importar ropa, calzados y accesorios de damas, para venderlos entre las amigas de Kate. Las ganancias no se hicieron esperar y aunque bailó y viajó con parte de ellas, decidió pensar en su futuro a mediano plazo: invirtió en una vivienda.

Becky Plaza

El apartamento que obtuvo aún no es completamente propio, en Caracas es imposible obtener uno si eres joven y asalariado. Pero la venta del carro, el apoyo de su mamá, su padrastro, y la ganancia canjeada a moneda dura dieron lo justo para la compra. Es un hobbiton a la altura de sus necesidades, que fue adaptando poco a poco hasta hacerlo habitable. A sus 25 años José había demostrado que era mucho más de lo que todos habían visualizado en su adolescencia. Se había convertido en un caballero a carta cabal, digno de cualquier jovencita que se preciara de princesa, incluyendo a Kate. Sus suegros, que ya habían aprendido a quererlo, aprendieron también a respetarlo y a valorar sus esfuerzos por convertirse en un hombre de bien. Pero las sorpresas que José tenía guardadas no se habían terminado.

Era su quinto aniversario y quería llevarse a Kate a celebrarlo en su natal Isla de Margarita. El plan era crear un fin de semana romántico que incluyera días de playa, bailes en locales costeños y cenas en restaurantes de renombre. Para ahorrarse los gastos de alojamiento, llegarían al anexo de la casa de su papá, quien vive en la isla. Todo estaba muy bien organizado, pero cometió el error de no comentarle a su papá de sus planes, y este aprovechó la visita de su hijo para hacer algunas reparaciones en la casa. Kate, que había viajado con la ilusión de liberarse del estrés de las evaluaciones atropelladas en un año de marchas y protestas que retrasaba su graduación, pasó la mayor parte del tiempo haciendo tareas domésticas, y viendo televisión por cable con su pequeño cuñado.

Los novios salieron a comer la noche del sábado, porque la reserva para la cena de aniversario estaba hecha en uno de los restaurantes más exclusivos de la isla, y José no la quería perder por nada del mundo.

Kate estaba molesta y se lo hizo saber. Había perdido un fin de semana, que pudo invertir en sus estudios, encerrada en una casa que ni siquiera era la suya. Él contuvo su propia frustración para no terminar de destruir el viaje. Su plan romántico se habría arruinado por completo de no haber tenido la valentía de decirle, en aquella mesa con vista al mar, cuan agradecido estaba por tenerla a su lado en el viaje a la adultez. Coronó sus palabras sacando de su bolsillo un pequeño anillo con el que le pidió que le acompañara por el resto de sus días.

A Kate se le acabaron las molestias y los reproches, dando paso a las lágrimas, la comprensión y al más importante que había dado en su vida hasta ese momento.

El viaje como copiloto de José apenas comenzaba…

Becky Plaza

Para las familias fue una noticia intempestiva. Eran muy jóvenes para pensar en matrimonio. Algunos creían que ella estaba embarazada y quería disimular su “metida de pata”, otros que era bueno esperar la graduación de ella antes de que “se amarraran para siempre”. Pero la única verdad era que se habían demostrado en tantas ocasiones que contaban el uno con el otro sin reservas, que su relación había alcanzado la madurez suficiente para llevarla al siguiente nivel. Rebeldes y tenaces como son, pautaron su boda para cuatro meses más tarde.

Se presentaron ante el juez del municipio Chacao el día pautado. Ella llevaba un vestido que le cosió una amiga recién graduada de diseño de moda, sencillo pero digno de una novia. Él reutilizó por primera vez el traje de su graduación, y fue la segunda vez que todos lo veían con corbata. Ambas madres estaban preocupadas por lo que pasaba frente a sus ojos. Los felices novios se sentaron frente al juez, quien al verles la cara de niños les habló durante cuarenta minutos sobre el amor que debían tenerse para sacar adelante su relación. Firmaron el acta, dijeron sus votos e intercambiaron sus anillos delante, legalizando así el destino que habían enlazado en una sala de cine cinco años antes.

La celebración no fue la de una princesa. Kate era muy consciente de todos los gastos que José había hecho para obtener el hobbiton y adecuarlo, como para hacer la fiesta a todo dar que a ella le habría gustado. Realizaron una pequeña reunión familiar en la platabanda de su casa, más por petición de sus padres que por decisión de ellos. Comida, bebidas y decoración, corrieron por parte los familiares que reconocían que ese par de muchachitos tercos de amor merecían una boda bonita a pesar de la crisis económica de la que todos eran víctimas.

Ya han pasado casi dos años desde su boda y su mudanza, pero es común verlos llegar en moto a la cuadra. Vienen a visitar a los papás de Kate que aún viven en la zona. Ella casi siempre anda con su uniforme de la faena odontológica, y él con la chemise de la tienda de moto periquitos en donde aún trabaja: ambos con la cara manchada de hollín. A sus espaldas tienen aquel enorme barrio que sigue siendo igual al de su niñez: las mismas carencias, los mismos vecinos, los mismos problemas. Solo ellos ya no son los mismos. Su época de chiquillos rebeldes quedó atrás, dando paso a la madurez de la convivencia y la creación de un hogar forjado a fuerza de trabajo y dedicación. Lo único que permanece de aquella época de rebeldía es su amor, que continúa andando a dos ruedas.

 

Por Becky Plaza@BeckyPlaza

Un corazón roto en Navidad

Detesto a la gente que odia la Navidad. A mí, por mi parte, me encanta. El arbolito plástico (nevado), el ponche crema, bailar gaitas con gorditas en el Poliedro o la falsa ensalada de gallina son cosas que se me hacen insoslayables y necesarias apenas prenden la cruz del Ávila. Se trata de un ritual que cumplo año tras año y que me produce una inmensa felicidad. Sin embargo, hay personas que piensan distinto. Dicen que las navidades son pavosas. Que hay que estar obligadamente contento y que, por otra parte, es un mes en el que se muere mucha gente.

Esto último puede que sea cierto, aunque dudo mucho de que la festividad tenga la culpa. O tal vez sí, ahora que lo pienso mejor.

Un 24 de diciembre me invitaron a una cena en Oripoto. La abuelita de la casa también cumplía año ese día y la celebración era por partida doble. La viejita rondaba los 84 años y exhibía una acerada vitalidad. Una Úrsula Iguarán de peinado carísimo. La familia había preparado una fiesta de fábula para homenajear a la octogenaria. Recuerdo que habían contratado a un chef de esos que hacen hallacas “deconstruidas” para la cena. Además había mariachis, DJ con música de Billos, mesoneros gays (que están de moda) y hasta Betulio Medina se presentó con un cuatro a las diez de la noche cantando Navidad sin ti. Pero la nochebuena aún depararía más sorpresas.

La doña homenajeada tenía un nieto favorito que vivía en Boston y al que tenía años sin ver. La familia, en una jugada que ellos consideraron maestra, había logrado traer al nieto (un tipo cuarentón que guardaba un parecido inquietante con el poeta Leonardo Padrón) y se lo tenían reservado para la medianoche.

A las doce en punto la celebración estaba en su esplendor. La abuelita se había tomado dos Margaritas que la animaron a mostrar sus cualidades en la guaracha, el pasodoble y, me parece, hasta en el reguetón. Los cómplices de la “gran sorpresa” se miraban con caras anhelantes y desconcertadas. Al parecer el nieto tenía fama de embarcador y borracho.

Pero el timbre sonó puntual.

El nieto, en un alarde creativo no solicitado, le había agregado un plus a la sorpresa de la noche. Se presentó disfrazado de Santa Claus y con media botella de Chivas Regal entre pecho y espalda. Noté, con alarma, que se golpeaba la barriga como si fuera un King Kong nórdico. Gritaba “Jo, Jo, Jo” en una lengua exótica y sus botas eran en realidad unas pantuflas producidas y remasterizadas con betún hasta las rodillas.

La señora en un primer momento no lograba entender todo aquello. A medida que el nieto se aproximaba a la abuela, éste iba despojándose de algunos aditamentos del disfraz. Cuando finalmente se quitó la barba postiza, la señora sólo alcanzó a decir ¡Gustavito!

Rescarven llegó como a la media hora pero a mí me pareció que llegaron en Semana Santa. En el interín, hubo vasos de agua con azúcar, alguien clamaba por un “tilito”. Un señor calvo y de corbata chillona intentó una resucitación cardiopulmonar sin los resultados que uno acostumbra ver en ER.

La cosa había sido fulminante.

Cuando hubo pasado todo y yo estaba por irme, el nieto “Santa” me agarró por un brazo y me llevó a un rincón. Cuando lo vi de cerca pensé que tal vez lo conocía de antes. Un hippy del San Bernardino de mi infancia. Un novio de una prima brincona.

Con ojos llorosos y aliento a trementina, me dijo:

–Negro, y pensar que me dijeron que si no venía le rompería el corazón a la vieja.

 

Por Salvador Fleján |  @salvadorflejan

Buscando a Henry Martínez en Google

Parece la hora del recreo en un colegio. Nunca –no esta temporada– había visto tanta gente en la prueba de sonido de una de las Noches de Guataca que son de día (gracias, inseguridad). Reviso mi teléfono: 10:10 am. El CC Paseo Las Mercedes y los alrededores de El Trasnocho están deshabitados. Pero dentro del Espacio plural se vive al ritmo de la hora pico: músicos entran y salen del camerino, el percusionista Julio Estanga –invitado especial para la ocasión– no para de golpear una batería y una caja. Lo veo tan metido en su papel, que temo que se lastime una mano antes del concierto.

Pero eso no puede suceder: hoy no.

Hoy todo tiene que salir bien.

El área que funge de escenario parece la cantina de cualquier colegio. ¿De dónde salen tantas personas? Hoy es el cierre de temporada de las Noches de Guataca y se presenta la Cátedra Libre de Canción de Autor, un taller de composición lirica que dictó el maestro Henry Martínez en la Escuela Contemporánea de la Voz –institución creada por el artista y productor venezolano Alejandro Zavala–. Es decir, un grupo de nueve estudiantes hoy presentarán sus trabajos finales.

Por eso la energía, por eso el apuro: por eso esa aura de nervios que quiebra las telarañas. Hoy nueve músicos interpretarán las canciones que escribieron en el taller de Henry Martínez. Y lo harán tocando junto a Henry Martínez. Hoy nueve músicos son liceístas que presentan su proyecto final vestidos con una franela que dice generación de relevo.

Hoy nada debe salir mal.

 

Breve inciso.

Si se busca al maestro Henry Martínez en Google es poco lo que se consigue en entradas de texto, pero en imágenes el asunto es más alarmante aún. De hecho, ya el quinto resultado de páginas web es un perfil de Wikipedia sobre un futbolista hondureño que prácticamente nunca ha tenido carrera fuera de su país.

Vamos.

Henry Martínez –el venezolano, no el hondureño– es un compositor de amplia trayectoria y de un trabajo muy reconocido en toda América. Es llamativo que solo tiene un perfil en Wikipedia en inglés. Ahí se menciona que trabajó en Warner/Chappell Music y que ha compuesto canciones para artistas como Marc Anthony, Frankie Negró o Jerry Rivera.

¿Por qué, entonces, cuando escribo Marc Anthony en Google me aparecen más de cien millones de resultados de un flaco de huesos marcados y lentes oscuros? La comparación es injusta, pero necesaria: Henry Martínez –por mercadeo e industria– no tendría porqué ser tan famoso como Marc Anthony. La comparación es injusta, sí, pero necesaria, repito: Henry Martínez debería ser una figura con mucha más visibilidad en la red, en la escena musical, en el entorno artístico venezolano. En un Google configurado a la medida de mis intereses.

¿Por qué solo encuentro una foto de Henry Martínez?

 

Un técnico de luz pone una escalera en frente de todos los instrumentos y sube en ella como un niño asciende en sus ilusiones: buscando iluminación. Aquiles Báez, director de Guataca, se sienta al lado de la escalera. En un ambiente tan fraterno el calificativo de maestro le sobra: aquí todos son sus panas.

Pero no se equivoquen: él sigue siendo el jefe.

Consulta su reloj, luego de intercambiar abrazos con Alejandro Zavala, y ordena apresurar la prueba de sonido. La gente, dice, está esperando para entrar y el tiempo apremia.

Son más de nueve músicos que tienen que hacer ensayos. No da tiempo, debieron empezar antes. Algunos rostros se ven preocupados. Otros se ponen a la altura de las circunstancias. Las cortinas que separan el backstage del escenario se corren. Gente se mueve por doquier.

¿Dónde está Henry Martínez?

Pasan 15 minutos. Aquiles se vuelve a poner de pie. Que hay que apurarse, vamos. Que no da tiempo de probar esto y aquello, vamos mejor directo a lo otro. Vamos. Desde afuera, se escucha el murmullo de voces expectantes. En lo que va de temporada no he visto esta sala llena. ¿Hoy será distinto?

La cortina del backstage se mueve, una productora la atraviesa con frecuencia. Es entonces cuando veo las canas, las arrugas, la espalda encorvada: Henry Martínez.

Nicola Rocco – Guataca

No puedo saberlo, no puedo corroborarlo, pero imagino que está cual abuelo esperando la presentación de sus alumnos: cual abuelo que quiere pasar el testigo a la generación de relevo.

 

¿Cuántos venezolanos están en el exilio?, ¿cuántos han migrado? La primera interpretación se llama Forastero. María Gabriela Urdaneta es una guitarrista con voz y aura de colegiala que camina hacia el éxito. Le dedica la canción a su hermano y la sala, llena hasta el punto que el equipo de producción se sienta en pequeñas escaleritas, la escucha con una atención reverencial.

Hay algo importante en lo que está empezando: un ritual de cierre que es, a su vez, un ritual de comienzo. Se cierra la temporada de Noches de Guataca. Lo hace una generación de músicos que inicia como compositores.

Julio Estanga toca la percusión. El maestro Henry Martínez, sentado, rasga la guitarra. Mantiene la vista puesta sobre las partituras. Por eso –y por su posición y sus lentes– da la sensación de que está dormido. De que toca como un sonámbulo: el maestro que cierra los ojos para que sus alumnos los abran.

¿Por qué no se oye más sobre Henry Martínez?

Geraldine Ojeda canta Solitita y sin amor, una pieza con aires españoles y una melodía más elocuente que la letra. De la melancolía de la pieza anterior, el público pasa al bamboleo de lo contagioso. Geraldine, que goza mientras canta, suma brillo a sus ojos cuando al final de su interpretación presenta a la siguiente alumna, una cantante con recorrido y de quien se declara fan: Ana Cecilia Loyo.

Todos los alumnos, antes de cantar, deben leer una composición en prosa que escribieron en el taller. Ana Cecilia rompe lo establecido y lee una décima, acaso una de las composiciones poéticas más exigentes. Parece que exime la prueba y se dispone a hacer lo que mejor se le da: cantar. En Sol en contradanza la emoción y alegría que le pone es lo más llamativo: solo quien ama lo que hace es capaz de seducir al público.

Como por no dejar, busco a Ana Cecilia Loyo en Google. La pantalla de mi smartphone me arroja casi 200 mil resultados: varios videos de YouTube, varia decenas de fotos, unas cuantas entrevistas.

Repito: ¿por qué solo encontré una foto de Henry Martínez?

 

Otro breve inciso.

Hace días conversaba con alguien de la movida guataquera, quien me expresaba su deseo de que todo lo que ocurría dentro de tan maravillosa plataforma fuera más popular: llegara a más gente.

Yo, que por naturaleza me muevo entre nichos, entendí a lo que se refería. Pero en estas cosas siempre me surgen ciertas dudas: ¿las formas de cultura que están fuera de lo mainstream hacen todo lo que pueden en difusión y marketing?, ¿los artistas están preparados para hacer autopromoción?, ¿hay un interés real de las personas que conforman la industria en cuestión de hacer que la misma crezca sin perder calidad?

Pero, a veces, también me hago otras preguntas: ¿qué lugares ocupan los artistas dentro de nuestra sociedad?, ¿estaremos condenados a que se mente como artistas a hosts, animadores y personajes de TV, con el mismo espíritu con el que se confunde librería con papelería?, ¿qué estamos haciendo como país para que los artistas ocupen el lugar que deben ocupar y no vivan detrás del culto a militares y caudillos?

¿Qué estamos haciendo como país?

 

Cecilia Loyo presenta a Andy Ortiz contando que, antes de empezar el taller, él le comentaba nervioso que se sentía un poco desencajado: era el único del grupo que no hacía música venezolana. Cecilia extiende la anécdota como un chicle y, sin perder la sonrisa, pide que se valore y respete lo que hace Andy.

Me revuelvo en mi asiento.

Negro, con esos dreadlocks que nunca se sabe qué tan largos son pero que uno intuye que bastante al verlos amarrados en un intento de cola, y con un cuerpo que parece extraviarse dentro de una camisa y un pantalón mínimos. Andy tiene esa voz seca de varios músicos y un rostro que hace imposible determinar su edad: si te guías por las canas y algunas arrugas, dices que tiene como 40; si te guías por la timidez de los movimientos, lo enjuto y la composición total del rostro, cuesta pensar que llega a los 22. Total, que Andy lee un párrafo, rasga su guitarra eléctrica –mientras María Gabriela se dispone a hacer el coro– y comienza a dilucidarse una balada pop que, ciertamente, parece sacada de otro espectáculo.

Nicola Rocco – Guataca

Pero la interpretación musical no solo es agradable, sino que el inicio de la letra de Andy tiene la capacidad hipnótica de los buenos relatos. Como casi ninguna otra composición a lo largo de la jornada, te agarra por el pescuezo y te invita a seguir: desde el inicio llega adonde otras no pueden luego de finalizar.

Todo acaba con aplausos y se produce, entonces, el único pecado de Andy: abandona el escenario sin presentar al siguiente cantautor.

—Perdón –se oye que dice ya desde detrás de la cortina.

Sonriente, con las manos en los bolsillos, los hombros caídos y una pinta de cualquier cosa menos de músico, aparece cual niñito travieso Ángel Ricardo Gómez: el mismo que fuera periodista de cultura en El Universal. Acaso a eso se debe su atuendo de veterano de los diarios. De cualquier forma, cuando lee la prosa que escribió no queda dudas de cuál es el alumno que lleva más tiempo trabajando con las palabras: la suya es la mejor de lejos. Habla de una mujer que cocinaba tan bien que sus platos eran composiciones musicales y así ganó un Grammy. ¿Será Ángel Ricardo un periodista que escribe tan bien que sus oraciones suenan a música? La metáfora toca suelo cuando comienza a cantar: su voz está a la altura de su prosa.

Minutos luego, el público no lo deja presentar al siguiente cantautor: una interminable ola de aplausos lo interrumpe cada vez que se dispone a hablar.

La gente sabe reconocer el talento.

Otro breve –y esta vez último– inciso:

¿Se imaginan el Poliedro de Caracas lleno por un concierto de este tipo? ¿O es fantasear mucho? Okey. ¿Se imaginan toda la Plaza Alfredo Sadel llena por un concierto de este tipo?

Tengo una relación de amor y odio con el marketing. De amor, porque me parece que se pueden hacer verdaderas genialidades en favor de difundir manifestaciones genuinas de talento. De odio, porque con frecuencia se utiliza para explotar las necesidades más primitivas de las personas y vender todo cuanto sea posible: todo.

Es obvio que lo que no se promociona no se vende. Y yo, por alguna razón, disfruto mucho compartiendo las cosas que me apasionan.

¿Se imaginan las Noches de Guataca –que son de día– colmando la Plaza Alfredo Sadel?

 

Álvaro Rojas es el más chamo del grupo –o el de rostro más juvenil– y capaz por eso es a quien mejor le calza eso de “generación de relevo”. El muchacho, guitarrista, interpreta Luz y yo no sé muy bien si es que –como ocurre en la música folclórica venezolana– quiere mantener fija una sonrisa que nadie puede mantener de forma espontanea por tanto tiempo, o si más bien es su forma de hablar y listo.

De cualquier forma, me cae bien la frescura con la que encara su oficio.

Nicola Rocco – Guataca

July Biells canta Quién dice y, luego, el mandolinista Jorge Torres –a quien Henry presentará como uno de los mejores mandolinistas del país– se estrena como cantante. Lee el texto en prosa que escribió en el taller y ahí nos cuenta sobre ese hijo de familia de clase baja que anda en malos pasos y le saca canas a todo el mundo. La suya, que no llega al nivel de la de Ángel Ricardo Gómez, será una de las pocas prosas que alcanzaré a recordar más tarde: una de las pocas que me resultará significativa.

Interpreta Gaita para la Luna. Sin embargo, lo mejor ocurre cuando sus dedos tocan la mandolina. Su voz no está entrenada para cantar; y aunque la composición lirica está bien, no sale del papel ni alcanza a conversar con el público. Pero cuando suena la mandolina es como si el ambiente se llenara de palabras que no sé decodificar pero que algo me están diciendo.

Aquí el concierto hace un inciso –el concierto, no yo–: Andrea Paola, músico y miembro del equipo de Guataca, cantará una canción que compuso. ¿Por qué? Porque es amiga de Henry y esposa de Jorge. Porque no pudo hacer el taller debido a su apretada agenda laboral y, en consecuencia, empujó a Jorge a que lo hiciera. Porque aunque no fue a las clases, las clases sí fueron a ella: las conversaciones maritales giraron en torno a las asignaciones.

Y porque, vamos a estar claros, canta de pinga.

La ironía se hace presente: Kilig, la pieza de Andrea Paola, es una de las más bellas de todo el concierto. Una de las alumnas más destacadas es precisamente la que no asistió a clases.

Esto serviría para reflexionar sobre el papel de la educación organizada y el talento. Pero, ¿para qué? Mientras escucho a Andrea Paola, solo puedo enternecerme por la niñita que protagoniza su canción y que descubre, de la forma más inocente, que le atraen los niños.

Hermoso.

 

El cierre se está acercando y el Espacio plural del Trasnocho si algo experimenta es calidez. El público ha disfrutado, bastante. Lo sigue haciendo cuando los alumnos de Henry lo sorprenden y transmiten un video que filmaron a escondidas en el que le agradecen la enseñanza.

Ese es el mayor éxito de cualquier maestro, de cualquier líder: el reconocimiento de sus alumnos. El que le digan que afectó positivamente sus vidas.

Andrea Paola compromete al maestro y lo obliga a cantar, haciendo que suba también al escenario Alejandro Zavala: los tres interpretan Oriente es otro color.

Se escuchan suspiros y gemidos de alegría entre el público.

 

El cierre definitivo queda a cargo de Alejandro Moreno. De tez oscura, cuerpo redondeado y una calva brillante, tiene demasiada pinta de salsero como para cantar algo distinto: hasta se pone la mano en la oreja izquierda cuando entona un verso.

Antes de iniciar con Quién te amó, Alejandro dice que es amigo de una pareja a cuyos hijos siempre les escribía algo cuando nacían. Hasta que la mujer quedó embarazada de morochos, el parto se complicó y solo dio a luz a uno. Alejandro quedó en shock: ¿qué podía escribir? Luego de que el dolor diera paso a la creatividad, se inventó un poema sobre dos colibríes: un poema que conmueve a fuerza de narrar, con dulzura, una tragedia.

Suena la salsa.

Veo a mi alrededor. Hay gente meneándose en su asiento. Otros chasquean los dedos. Nunca deja de impresionarme lo mucho que se disfruta de la salsa en el Caribe. No creo que haya demasiados que le estén prestando atención a la letra: el ritmo y la melodía se imponen: el cuerpo sabe lo que quiere. Fiesta, rumba, gozadera, disfrute: así se despide uno de los más bonitos conciertos de esta temporada de Guataca.

Hoy se presentó un grupo de alumnos que espera convertirse en la generación de relevo de compositores como Henry Martínez. De un grupo cuantioso, solo nueve sobrevivió hasta el final. De esos nueve, ¿cuántos seguirán componiendo con disciplina?, ¿cuántos tendrán la mezcla divina de talento y perseverancia para trascender?

No tengo las respuestas. Solo la sensación de que, al margen de las consideraciones naturales de toda carrera artística, estas nuevas generaciones deberían sumar a su proceso de desarrollo otra inquietud: ¿por qué es tan difícil encontrar fotos de Henry Martínez en Google?

 

Por Lizandro Samuel@LizandroSamuel

Jonrón Pepsi

La semana que empezó con una estrella y terminó estrellada

¿Qué hacían en Venezuela? ¿Por qué estaban viajando por carretera de noche?, son las primeras preguntas que me hacen, el viernes siete a las 6:00 de la mañana, dos compañeras en un grupo de WhatsApp de trabajo, cuando se enteran de la muerte de los peloteros José Castillo y Luis Valbuena. Con variantes, me pueden hacer esas preguntas a mí: ¿qué hago todavía en Venezuela? ¿Por qué estoy escribiendo en la madrugada de un domingo cuando podría hacer algo que me diera más plata? Y la respuesta es, básicamente: por costumbre. Porque es lo único que sé hacer y, en el fondo, me sigue gustando.

No dejo de pensar que Luis Valbuena pudo haber sido invitado al Jonrón Pepsi del lunes 3 en el estadio Universitario en vez de, digamos, César Hernández, que ni bateando los 15 cuadrangulares que pegó este año con los Filis de Filadelfia podría camuflarse jamás como bateador de poder. No es que Luis estaba haciendo chillar la pelota (ese modismo que ya puede considerarse micromachista), pero después de todo estaba segundo entre los jonroneros de la liga local con siete y había sido de los bateadores más encendidos desde noviembre. Lo que quizás, por aquella teoría pasada de moda que llamaban Efecto Mariposa, pudo haber cambiado su destino.

No dejo de pensar que José Castillo fue una de las estrellas de la última temporada a la que acudí al estadio con regularidad como aficionado, la 2008-2009. Era la época en que jugaba con los Leones, le ponían en los altavoces una canción de Franco y Oscarcito (L´Squadron, llamaban al dúo, supongo que del mismo dialecto del latín del que salió el vocablo Mackediches), él hacía como un hacha con el brazo cuando pegaba un hit y por esa tontería se armaban tánganas. Era la época en que yo estaba enamorado de mi jefa (algo que recomiendo evitar) y me gasté todo el sueldo para comprar en reventa dos entradas en palco de terreno e invitarla al sexto juego de la final que perdió el Caracas con los Tigres. Fue mi jefa la que, semanas antes, me enfrentó a una realidad que hubiera preferido no escuchar: “La mayoría de los peloteros son chavistas”. Lo único que disfrutamos esa noche fue ver calentar en nuestras narices al relevista Orber Moreno. Todavía había avisos luminosos de Navidad en lo más alto de los edificios de oficinas del sector de Plaza Venezuela, no como en este hirsuto diciembre de 2018 en que regreso al Universitario con una credencial de periodista para el Jonrón Pepsi.

Jonrón Pepsi

El duelo de jonrones que organiza Empresas Polar tiene poco o nada que ver con un juego de beisbol real. Ponen torres de sonido en la primera y tercera bases, y una plataforma con la forma del logo de Pepsi donde debería estar la segunda. Vuelan drones sobre el terreno, algo que pensé que no volvería a ver en un espectáculo privado en la misma ciudad en la que presuntamente intentaron matar a Nicolás Maduro en agosto. Hay un señor mayor (un coach, me refiero) que se pone a mitad de la distancia entre la lomita y el home plate y tira pelotas que tampoco pueden ser tan bombitas: los físicos han calculado que aproximadamente 15% de la fuerza de un batazo es atribuible a la velocidad del lanzamiento del pitcher. En otras palabras: si de milagro logras pescar una recta de 100 millas por hora, es probable que tu batazo salga más duro que conectando la curvita de un softbolista con lipa.

De los diez grandeligas invitados por Polar, solo cuatro habían actuado antes en la actual temporada de la LVBP (Liga Venezolana de Beisbol Profesional). Dos de ellos ya en el ocaso de sus carreras como Luis Jiménez y Jesús Guzmán, el más valioso de aquella campaña 2008-2009 inolvidable para mí por más de un motivo. Lo más relevante del Jonrón Pepsi 2018 es que quizás es la única oportunidad en que veremos juntos en un estadio venezolano a dos nuevas estrellas que casi con toda probabilidad jamás se uniformarán con Tiburones o Leones (ni mucho menos viajarán de madrugada por la vía Morón-San Felipe), no en los mejores años de sus vidas: Ronald Acuña, novato del año en la Liga Nacional; y Gleyber Torres, tercero en la votación de la Liga Americana. Curiosamente, en un Universitario a medio llenar en el que son mayoría los caraquistas, Ronald eleva mucho más los decibeles de carisma que Gleyber, recibido con frialdad quizás precisamente por no haber debutado como león.

No, el Jonrón Pepsi tampoco es ya lo que era: aquel acontecimiento que enfureció a Maduro en diciembre de 2016 y le hizo llamar diablo al entonces pelucón Lorenzo Mendoza –aclamado con gritos de “presidente” en las dos ediciones anteriores, y esta vez aplaudido con respeto pero sin pasiones–. Tampoco hubo coros de “se va, se va”, dirigidos a quien vive en Miraflores.

Pepsi

Antes de la competencia de exhibición viril, te hacen pasar a una rueda de prensa en la que los diez gladiadores pasan en parejas, y en la que constatas que el tiempo parece pasarle por encima a todo el mundo excepto a Adriana Flores de Meridiano TV.

Ver grandeligas en persona te hace confrontar las razones prácticas de porqué no cumpliste tu sueño de ser deportista o porqué no estás casado a los 43. Prácticamente todos se sientan con las piernotas abiertas. Ronald Acuña, guayota de oro, gorra volteada, rulos quemados y medias hasta las rodillas, es tan exuberante que podría haber aparecido en el video Remember the Time, de Michael Jackson. Parco en sus respuestas, inclina instintivamente el torso hacia adelante, en actitud de desafío al mundo: en puesta escénica, ciertamente se lleva por los cachos a Gleyber, de ojitos entrecerrados y que solo acierta a recordar a Bob Abreu cuando le preguntan por las figuras de ese pasado legendario en el que parecen haberse petrificado los Leones. El cuerpo de sumotori de Luis Jiménez, su adversario cuarenta y veinte en el derby y en los tatuajes en los brazos, se le burla en las narices: “¡Y este es caraquista, y vive en Caracas!”. Impresiona la estatura de Cafecito Martínez, de ojos tristes como la historia de su fallecido padre y chivita a lo Bob Marley. Jesús Guzmán se escurre en los lugares comunes peloteriles de toda la vida cuando le señalan por su mala temporada. Willson Contreras, el de las cejas más pícaras, no anda con falsas piedades y deja claro que ni de casualidad le verán vestido de Tigre de Aragua.

Un derby de jonrones es como intentar masturbarse tres veces seguidas cuando tienes más de 30 años. Es un chicle que pierde rápidamente el sabor, como aquella película de Troya en la que Brad Pitt, en la manifestación más acabada de la historia de la metrosexualidad, rivalizaba consigo mismo en estar más bueno que en la escena anterior, sin que aquel despliegue pudiera tener otro desenlace posible que la muerte o el hastío. Lo más reconfortante del show elitesco (unos patacones en un food truck cuestan la mitad del sueldo mínimo decretado días atrás) es que los souvenirs más valiosos van a parar a los más pobres en la grada popular; eso sí, previa revolcada full contact que hace recordar al Buzkashi, el violento deporte nacional de Afganistán en el que decenas de jinetes luchan por los despojos de una cabra.

El portal especializado The Hardball Times desglosó hasta 18 factores que según la física inciden en la conexión de un jonrón, entre ellos la altura sobre el nivel del mar (mientras más alta, mejor) y el ángulo en que el bate proyecta la bola, que no debe ser demasiado bajo ni elevado (idealmente entre 25 y 35 grados, para ser exactos). Al final, todo se limita a un duelo entre dos opuestos arquetípicos del bateador de poder: el estadounidense Delmon Young, el lento Godzilla magallanero de 33 años ya en la etapa final de su carrera (de lo contrario no sería un importado de la liga de un país con la mayor inflación del mundo) que ordeña su fuerza bruta conectando tablazos hacia su propia banda, el left field en su condición de aporreador derecho. Y Ronald Acuña, el velocirraptor naciente de apenas 20 años que es un puro ejemplo de atletismo y explosividad, un madero mucho más completo, espectacular e impredecible para los pitchers de verdad, cuyas líneas caen regadas como una lluvia de meteoritos hacia todas las bandas. La batalla esta vez la gana Young, pero todo el mundo sale del Universitario sabiendo que ha visto un pedazo del futuro en Acuña.

La primera semana de diciembre en el beisbol venezolano empieza con el pantallazo de una súper estrella naciente en Caracas y termina con una estrellada que hará alejarse más y más la promesa de la primera: la camioneta volcada de dos ex grandeligas que estiraban sus años de declive en la pelota venezolana. Una tragedia que las versiones preliminares orientan hacia la tesis del asesinato provocado por rateros de carretera, probablemente desesperados por llevar algo en sus bocas en una provincia venezolana cuya crisis profunda aterra imaginar.

Adiós, Luis, que pudiste haber tomado la última pepsi del desierto de la navidad caraqueña. Adiós, José, para mí tu hacha guariqueña siempre será como la Stormbreaker de Thor.

 

Por Alexis Correia | @alexiscorreia