Deshonra en Altamira

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

 

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Caracas desde el helicóptero

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

Pero sobrevolar Caracas también significa agotarla rápido. Vivirla en las horas de más tránsito requiere probar las “vías alternas” del cielo: volar la Valle-Coche en sentido oeste y luego decidir ir al Centro o hacia El Paraíso y ver si hay juego en el estadio Brígido Iriarte. De un destino al otro en curvas que se detienen, de pronto, en la Torre Este de Parque Central. “Buena marcha en la Avenida Bolívar hasta llegar al Museo de Los Niños” se escucha en el monitor, mientras veo la magnitud de la torre de 56 pisos aún mal reparada después del incendio de 2004. Al lado está el Teatro Teresa Carreño que, aunque uno lo ve hermoso desde la planicie, arriba cuesta entender su geometría.

Pero Caracas, la grande, también es El Junquito, La Guaira, San Antonio de Los Altos y los Valles del Tuy. Y desde el rotor principal (la hélice, en términos especializados), se ve la gente que le da la vuelta a la Plaza Venezuela para buscar camino hacia esos lugares y que usa los nuevos elevados que han creado “para aligerar el tráfico”. La fuente se ve hermosa, se ve ciudad, se ve amable. No se ve el caos de terminal del Metro. Tampoco se entiende desde el aire qué es lo que pasa cuando hay una cola de punta a punta en los túneles. “Debe ser que pasó algo allá adentro, vamos a acercarnos”, dicen en la radio. La radio que tiene un programa en vivo que habla del tránsito y que es la única conexión tecnológica con la realidad desde los audífonos del Bell Ranger Rojo. El cielo es tan perfecto, que no hay señal en el celular.

En el aire también se siente impotencia. El Petare de Caracas llega hasta Mariches, con los techos descuidados y el hacinamiento desbordado.  Pero  en Prados del Este esos techos rojos se vuelven town houses con piscina y áreas comunes. Después vienen los campos de golf del Country Club, los estadios de la Universidad Central de Venezuela y su biblioteca con rasguños de maltrato y falta de mantenimiento. En Chacao, el karma es otro: las hileras de carros que no avanzan y el verde de La Carlota desde donde, apenas, parten unos cuantos helicópteros al día. ¿Qué pasaría si se convirtiera en parque? La grama enrejada mira a la ciudad también impotente por no sentirse aprovechada.

La capital venezolana dejó de tener publicidades sobre los edificios hace algunos años. Quitaron la taza de café y la bolita de refresco que hubiera ayudado a la ubicación en el mapa aéreo. La cartografía caraqueña también carece de anuncios publicitarios llamativos y electrónicos, de aceras amplias dejen ver algo más que motos infractoras, quizás a los transeúntes que llegan del mercado o van camino a sus clases de yoga después del trabajo.

El Distribuidor La Araña y la Cota Mil son trampas: desde el helicóptero provoca gritarle a todos los carros que están llegando hasta ahí que no, que no se metan por ahí, que hay otra vía, pero que todo el embudo se debe a la gandola volteada, al accidente que está recogiendo una grúa en el rayado o a la imprudencia de una camioneta que rodó por el hombrillo y ahora debe incorporarse.

Volar en helicóptero durante hora y media sobre Caracas al final de la tarde de un jueves también da la certeza de ver el atardecer más auténtico de todos los posibles. Y también te hace sentir mejor. Mejor ciudadano, al menos.

Por Marcy Rangel |

*Texto para la Revista OJO edición n° 24

Créditos del video: Maxdrone ; Drone Caracas

Caracas en ambulancia

Las ambulancias son parte de los sonidos de la urbe y escucharlas es tan cotidiano que generalmente olvidamos que sus sirenas anuncian una emergencia. Lo cierto es que nunca reparas en cuántas rondan la ciudad hasta que estás esperando una, hasta que la vida de tu papá, por ejemplo, depende de que alguna de esas sirenas que se mueven nerviosas por las calles se detenga frente a tu puerta.

Mi papá se despertó mal. Ha pasado todo el día en cama. El pecho le duele y le cuesta respirar. Trato de ayudarlo pero me resulta imposible. Se deteriora rápido: necesito pedir una ambulancia. Lo observo por un momento: su tórax prominente, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, el cuello tenso, sus hombros que suben hasta el cielo en un intento desesperado por atrapar un poco de aire, sus clavículas hundidas y sus costillas que revelan agujeros y contornos espantosos, una exhalación que parece apagarse.

Tengo una emergencia. Mi papá no puede respirar, no puede moverse. 59 años. Chacao. Bello Campo. Desde la tarde comenzó a complicarse, no pudo dormir y ahora no puede pararse de la cama. Se cansa demasiado, se fatiga, no puede respirar. Tiene Epoc estadio 4 y le diagnosticaron cáncer hace unos meses. 2679387. San Remo. ¿Tienen un tiempo estimado? Ok.

No puedo evitar recordar a mi hermana. Ella es médico. Hace unos años tomó un avión a España y, desde entonces, nunca regresó. Alguna vez, llegando de una guardia, me dijo: “El que quiera conocer la verdadera Caracas, que se monte en una ambulancia. El tráfico de esta ciudad es el reflejo de lo mejor y lo peor de su gente”.

La vida es una sala de espera; un reloj que baila y se burla. Son las 5:55 de la tarde y comienza la verdadera agonía: sabernos impotentes. Vamos a vestirnos. Tratemos de comer. Tienes que tratar. Respira, respira. Cálmate, respira. Él me mira, asiente con lentitud mientras bota aire por la boca, como soplando las velas de los cumpleaños que quizás ya no vendrán.

Pienso en que, desde alguna calle embotellada, viene la ayuda que tanto necesitamos. Suenan sus sirenas de emergencia, pero todos estamos tan cansados. Quizás si ellos supieran que se trata de mi papá, cederían el paso. Seguro que lo harían. Pero las tragedias sin rostro ya casi nunca convencen a nadie, mucho menos cuando tenemos entre manos una meta tan importante como salvar el país: nuestro país.

Cuando mi papá por fin tiene camisa y un jean son las 6:46pm. Cada intento por contener el aire es más agónico, la piel continúa pegándose a los huesos, dibujando los contornos siniestros de un cuerpo cansado. La tensión parece menguar un momento pero es sólo porque nos acostumbramos a ella. Son las 7:00 y la ambulancia no llega. Nos paramos y decidimos esperar en la sala.

Son las 7:20 de la noche cuando levanto el teléfono. Hola, llamé hace más o menos una hora para solicitar una unidad a Bello Campo. Mi papá está mal, se está descompensando y no respira. Y ya sé: no es culpa de nadie, ellos no pueden hacer nada, las calles se están derrumbando, pero me aseguran que ya están cerca y me sugieren que espere abajo. Ya vengo, papi.

Bajo por las escaleras. Cuando salgo a la calle el olor de las bombas lacrimógenas me inunda la cara. La ciudad parece estar llena de ambulancias, de vidas atascadas en el tráfico capitalino. Escucho sirenas que van y vienen. Al fondo, suenan detonaciones como campanas. Continúa la espera, el cansancio, la agonía, las maldiciones, las oraciones, todo en una ráfaga de esperanza y de tristeza. Entonces aparece una camioneta verde, 4×4, y su sirena se dirige hacia mí. “Unidad móvil”, leo a lo largo de sus dos puertas.

Todo sucede deprisa. Una doctora muy joven y dos paramédicos se bajan de la camioneta, cada uno sujeta sobre su nariz una gasa empapada en vinagre. Hacen las preguntas de rutina: edad, condición, ¿toma algún medicamento? Abro la puerta de casa y mi papá recibe a todos con una sonrisa de desesperanza. En 10 minutos la doctora lo examina y decide que no podemos esperar por una ambulancia, es necesario trasladarlo de inmediato a la clínica.

Los paramédicos toman cada uno por un brazo a mi papá. Lo levantan en un esfuerzo que para él parece ser atroz. Una vez de pie, inician su camino hacia el ascensor. Paso a paso. Veo pasar frente a mí el dolor de una persona que amo, y en él se reflejan a su vez tantas personas más, las carencias que se ocultan detrás de cualquier ideología, de cualquier revolución, del apasionamiento o de la indiferencia; me golpea en la cara un país que se nos viene a los hombros.

Nos montamos en la camioneta con dificultad. Al segundo siguiente estamos rodando Caracas, la verdadera Caracas, a toda velocidad. Mi papá se va quedando sin aire. La camioneta esquiva mirones y manifestantes que no dan paso, se desplaza entre motos de guardias nacionales, carros, cornetas, más motos. Mi papá no respira, cierra los ojos.

Barricadas prendidas en fuego obstruyen las vías, la camioneta se monta en la acera y no se detiene. Llegamos a la entrada de la autopista, suenan nuestras sirenas, la corneta, aceleramos. Un guardia amenaza con detenernos y al segundo siguiente otro lo increpa, nos da paso. Me atormenta esta ciudad de aire infantil, pueril, que hace daño sin saberlo y que quizás si lo supiera se arrepentiría, se detendría, nos daría una oportunidad.

Atrás queda el disturbio, la rabia, el forcejeo. Nos adentramos en un silencio melancólico frente a una autopista vacía que se abre ante nosotros. “La ciudad indomable, eufórica, agreste. Caracas siempre ha sido así. Pero a veces nos encuentra en ella la satisfacción, la tensa calma de sabernos en el ojo del huracán. En silencios como este, Caracas se redime”, sentencia mi papá haciendo un gran esfuerzo entre jadeos. El resto del camino transcurre en sosiego.

La Caracas intransitable abre sus caminos, se descubre como lo que es: una ciudad de figuras nostálgicas, de calles en construcción o a medio iluminar, de edificios viejos, de lucecitas que resplandecen en la lejanía y resguardan vidas anónimas, la Caracas fresca, la Caracas de color anaranjado, la ciudad que se defiende del olvido y por eso nos ruge en la cara. Ciudad remolino.

Llegamos. Nos recibe un cartel que informa que la emergencia no está admitiendo pacientes. La doctora nos asegura que cuando vean a mi papá lo dejarán pasar. Nos disponemos a continuar cuando sale a nuestro encuentro el doctor encargado. Lo examina dos minutos y permite de inmediato la entrada. Nos ordena dirigirnos hacia una puerta que se encuentra al bajar una rampa.

La camioneta se pone otra vez en movimiento. “Vamos a tratar de que sea rápida la admisión”, afirma la doctora casi gritando pues las sirenas de nuevo nos ensordecen. Y entonces frenamos en seco, se nos atraviesa la ciudad de la furia. El paramédico sostiene a mi papá justo antes de que su pecho golpee el espaldar del asiento de enfrente. Dos cornetazos se chocan.

Cuando miro hacia afuera me encuentro con un mototaxista indignado que parece esperar nuestras disculpas. Un segundo después él arranca y su parrillera nos menta la madre. “¿Están bien?”, pregunta la doctora. “Tranquilo que ya vamos a llegar”, le dice a mi papá. “Vamos, vamos, vamos. Arranca”, hace un gesto suave con su mano, como empujando el desaliento. Continuamos nuestro camino y descendemos por la rampa en silencio hasta llegar a las puertas de la emergencia. La unidad se detiene. “Este país se fue a la mierda”, deja escapar la doctora antes de salir.

 

Por Gabbi Consuegra | @GabbiConsu

*Esta historia fue tercer lugar en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).