Cuando el Chuky móvil desapareció

“Buenas tardes. A nuestro amigo y miembro de nuestra comunidad cinematográfica Alejandro Rodríguez, Chuky, le acaban de robar su bus carroceria andina plateada y roja. Agradecemos cualquier información y corran la voz, por favor”.

Así escriben en el grupo de WhatsApp ZonaCineCcs, el sábado 18 de agosto de 2018, a las tres de la tarde. El chofer de los artistas –quien es más famoso para las celebridades, que las celebridades para él– ha perdido su Ford Andina del 83. Esa misma que trasladó al equipo técnico y actores de los largometrajes de Diego Rísquez y que en los noventa llevó a Carlos Oteyza hasta la Gran Sabana para filmar Roraima.

“Qué cagada”, “Nooooo, qué mala noticia”, “Coño, el Chuky móvil. Qué ladilla. ¿Hasta cuando las ratas apoderadas del país?”, responden varios por WhatsApp.

Así como a Chuky se le dificulta recordar a Oteyza o a “ese que se murió hace poco”, se le olvidó, también, cerrar el carro y guardar las llaves en su bolsillo.

O no, no es que se le olvidan las cosas, solo que no percibe el peligro en la segunda capital más violenta del mundo, así como tampoco le interesa si trabaja con un director de cine, un barrendero o  un mesonero. Los apellidos no son importantes para él. Cualquier trabajo es respetable. A todos los trata por igual.

O todo le da igual, que no es lo mismo aunque parezca.

Mientras conversaba con un grupo de mesoneros –los de oficio, no la banda musical–  en La Campiña, las llaves reposaban sobre el volante de su camioneta. Debe haber pocas cosas tan raras en Caracas como esa escena: un vehículo, solo –sin el dueño–, con las llaves perfectamente colocadas sobre el volante, como diciendo: róbame.

Chuky salió de la agencia de festejo y lo que hubiese resultado obvio para cualquier caraqueño, para él devino “sorpresa”: el carro no estaba.

“Ya la policía de tránsito está al tanto con el comisionado Mujica, jefe de operaciones. Necesitamos fotos de la camioneta. Llamé a Laura, la chica que está viviendo en su casa pero no me respondió. ¿Carlitos está en Venezuela?”, pregunta un integrante de ZonaCineCCS.

“Yo no estoy en Venezuela, estoy en la luna tratando de entender lo del bolívar soberano”, dice no un Carlitos lunático, sino un Carlitos venezolano. “Yo tengo muchas imágenes. Fotos del casting. Ya las envío”, comenta una joven del grupo.

No basta con el comisionado Mujica. Los cineastas venezolanos quieren participar en la misión del rescate del Chuky móvil, no solo porque lo utilizan para las escenas de sus películas, sino por el aprecio que le tienen a Chuky. A ellos no les da igual.

Vestuaristas, sonidistas, scripts asumen un rol detectivesco en esta película que no es de ficción. Intentan indagar en detalles para tratar de ejercer la justicia que, lo más probable, ni la policía ni Chuky van a alcanzar. Concluyen que el hurto ocurrió a las 12:00 pm, en las afueras de Pdvsa, La Campiña; y la placa del vehículo es 01AB4BS.

Llego a Los Chorros el 27 de agosto de 2018 para también averiguar sobre el robo del Chuky móvil. El Centro de Arte Los Galpones está rodeado de cámaras, luces, maquillaje, sudor y comida. Allí me encuentro con Chuky.

“Tanto tiempo sin que nadie me entrevistara. ¿A ti te gusta tu trabajo?”, inicia Chuky el interrogatorio, o monólogo. Mientras saborea un café, y sin dejarme hablar, dice que a él su labor no le disgusta. Más que nada por el café y la comida del catering. También nombra a sus panas del equipo técnico: Carlos Merchán, Wllka –de quien no recuerda su apellido–  y un tal Cristóbal.

Cuando termina de comer y beber, me comenta que debíamos realizar la entrevista en otro lugar. En un espacio en el que realmente se sintiera cómodo y pudiera conversar tranquilo  –aunque no pareciera estresado mientras me lo plantea–, ya que pronto le va a pegar la hora del burro y puede que eche una “siestica”.

Aunque, por lo general, le es difícil dormir en los rodajes. En los minutos que estoy a su lado aparece cualquier persona a lanzarle preguntas: “Chuky, ¿me resolviste lo del taxi?”, “Chuky, ¿qué tal esa papa? ¿Estaba buena, no?”. Responde a todos que sí. No agrega más. No habla mucho, pero todos disfrutan conversar con él. Capaz por eso mismo: aunque saben que no es su psicólogo, en él encuentran a alguien que los va a escuchar.

Nos dirigimos a la calle, a las afueras de Los Galpones. Y entonces, para hablar cómodos y tranquilos, Chuky y yo nos sentamos en los asientos de su Ford Andina del 83. Esa que hace una semana los ladrones manejaron quién sabe hacia dónde. Esa misma que se aprecia en uno de los planos de La Familia, en donde Chuky aparece haciendo lo que hace todos los días de su vida: manejando su carro. Solo que a veces, lo actúa.

“¿Qué quieres que te diga? Para mí fue un autorobo”, expresa recostado del asiento del copiloto.

Pienso: “¿Autorobo?”.

Le pregunto a Chuky y me explica, trata de que yo entienda, que fue su culpa, su responsabilidad. Y por eso, como quien expía su culpa, está dispuesto a terminar de pagar el rescate. Aunque ya tenga su camioneta y nadie lo esté presionando para que pague.

Ya va: ¿ah?

La cosa es así: el rescate de la camioneta fue cotizado por el hampa en 300 dólares –monto que a Chuky no le parece “tan” descabellado, considerando que las cosas en Venezuela están muy caras– y él pudo pagar solo la mitad.

“¿Chuky, pero tú tienes ese dinero?”.

A Chuky, el dinero, como casi todo, no le parece relevante. Le molesta que por culpa de la inflación en el país ya no puede tomarse sus cervecitas todos los días. Cuando trabaja en las películas, no fija presupuesto, solo pregunta a producción: “¿Cuánto tienen? ¿Cuánto me podrían pagar, pues?”.

Aunque, por lanzarme cualquier cifra, aproxima que un día de transporte para 24 personas en su camioneta tiene un costo de 30 millones de los viejos, 300 de los soberanos; es decir, ni un dólar. Está considerando incrementar esa tarifa. No sabe a cuánto. Pero los cálculos no le dan al momento de mantener su carro. Y eso que él mismo se ocupa del cuidado: no cree en los mecánicos y mucho menos en talleres. Nadie conoce ese carro tan bien como él. Ni el equipo técnico o actores de Rctv que viajaron por más de 20 años en el Chuky móvil y quién sabe cuántas intimidades pudieron descubrir en esos asientos.

“Queridos compañeros: como muchos saben, ya Chuky recuperó su bus. Tuvo que pagar 300 verdes que aún debe. Les escribo para el que pueda y desee colaborar con el resto del rescate. Falta la mitad. Me dijo que en una semana y dos días debe volver a pagar.  Así sea muy poquito lo que colaboremos, para él será inmenso. Solo por esta iniciativa ya se encuentra súper agradecido. Ojalá podamos ayudarlo. A continuación pongo los datos de su cuenta”, reaparece el caso del Chuky móvil en el grupo de ZonaCineCcs.

Es primera vez, en 35 años, que Chuky debe mediar con delincuentes. Aunque realmente no fue él quien lo hizo. No supo qué hacer cuando volteó su cabeza y observó que su camioneta no estaba. Al fin y al cabo ese es el único soporte económico para su casa y para su esposa de hace más de 40 años, Doris de Rodríguez.

Le dejó la responsabilidad de negociar a su yerno, quien visualizó la camioneta por los Valles del Tuy y logró contactar a los ladrones. Le entregó el dinero y a las pocas horas recuperó su camioneta. Se sorprendió cuando observó que lo único que le habían robado era la batería del carro. Los cauchos estaban intactos, al igual que los cachivaches que guarda en la maleta. Hasta aceite y refrigerante tenía. El motor, como nuevo. Como si nada hubiese pasado. Chuky estaba dispuesto a encenderlo y regresar a su rutina de trabajo.

“Yo creo que esto fue como un alquiler. Capaz ellos necesitaban el carro. Bueno, capaz eso cuesta 300 dólares. Yo solo sé que no quiero correr el riesgo”, declara Chuky mientras acaricia los asientos del vehículo.

Cuentas claras conservan amistades. Pero, en Venezuela, cuentas claras pueden conservarte la vida. Nunca conoció a los ladrones. Tampoco los encontraron los del Cicpc.

“No sé, pero yo creo que fue el mismo yerno el que se choreó ese carro”, se escucha detrás de cámaras mientras graban la película en la que Chuky está trabajando actualmente, y de la que, para variar, no recuerda el nombre. Cree que se llama Los Infieles. Lo que no cree es que su yerno le haya sido infiel. O capaz sí. Total, fue una especie de alquiler.

“Cédula: 9.131.963. Banco Caribe. Cuenta de Ahorro. 01140184891841029280. De antemano, muchas gracias. Este gesto y preocupación por nuestro compañero y amigo se les retornará con creces. ¡Seguro será así!”, dice una mujer en el grupo de WhatsApp.

“¿Pero qué es eso? ¿Rescate?  No se debe caer en ese tipo de chantaje”, replica otro.

“¿Usted conoce a Chuky?”, agrega uno más y culmina la conversación.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky 

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

La vida en vivo

La última vez que El Niño Jesús pasó por mi casa, no dejó un gran castillo de Barbie ni tampoco un Game Boy Advance; su regalo fue un cd de los Backstreet Boys. Ese anacrónico dispositivo, que a principios de siglo sostenía a la industria musical global, y ahora se utiliza más en la elaboración de manualidades que para su función original de almacenar información, estaba acompañado de dos entradas para el primer concierto que darían los BSB en Caracas. Esa Navidad mi versión de ocho años se sintió igual –o más– afortunada que Charlie Bucket con el golden ticket de Willy Wonka.

Mayo de 2001. “Black & Blue Tour”, 115 conciertos repartidos en nueve países, tres de ellos en Venezuela. Anuncios de televisión y vallas en las autopistas, coberturas informativas especiales encabezadas por Eyla Adrián y María Alejandra Requena, dispositivos de seguridad con oficiales públicos y empresas privadas, calles cerradas y rutas transporte gratuitas para los asistentes, miles de jovencitas acampando por días a las afueras del Estadio Luis Aparicio en Maracaibo y del Estacionamiento del Poliedro en Caracas. Euforia adolescente e ilusión infantil brotaban en partes iguales entre el público, la “backstreet manía” aterrizó en el país con un apoteósico espectáculo que me ofreció una certeza en la que hoy, 17 años después, sigo creyendo firmemente: ir a conciertos es una de las maneras más genuinas de palpar la felicidad.

Vivir en Caracas

En mi familia la música siempre ha sido tan importante como el pan. Crecí escuchando anécdotas de mis tíos sobre los conciertos de la Fania All Stars, Van Halen, The Police, Queen y  The Jackson Five en El Poliedro; conocí la locura de las masas teniendo de tío político a un integrante de Salserín –en la época de De sol a sol y Entre tú y yo–, reí muchas veces cuando mi mamá me contaba con orgullo cómo se escapó de la casa para ver a Santana en el Estadio Universitario de la UCV; y cada año, la transmisión del Festival de la Orquídea era mi momento favorito de la televisión nacional.

Tuve la suerte de poder trazar mi adolescencia a través de conciertos: Hilary Duff en la cúspide de su reinado Disney y con Vos Veis de teloneros; Black Eyed Peas en la última encarnación del Caracas Pop Festival; Diego Torres en un Poliedro tapizado con patrocinadores: desde tarjetas de crédito, bebidas alcohólicas y hasta marcas de preservativos; Nine Inch Nails, Iron Maiden y Korn para cumplir las cuotas de furia correspondientes a la edad; dos entradas para Incubus pagadas en efectivo en el Recordland del Sambil; Soda Stéreo en el año del referéndum constitucional; y Green Day como regalo de graduación del colegio.

Un buen número de conciertos a temprana edad. Pero si un evento ha marcado mi vida como entusiasta de la música en vivo, ese ha sido el Festival Nuevas Bandas. Desde 2006, primer año que asistí como público, pasó casi una década para que pisara su escenario como miembro del equipo de producción. Podría hacer una larga lista con las bandas que vi en las distintas locaciones (Plaza La Castellana, estacionamiento de El Nacional, Concha acústica de Bello Monte, Centro Cultural Chacao…) que ocupó la competición de bandas más longeva de Venezuela y del continente, durante ese período y los momentos, llamémoslos, históricos para la música nacional que sucedieron sobre sus escenarios.

 Así como el FNB sorteaba con ímpetu la ya incipiente crisis, en paralelo también se abrían más espacios para la “movida nacional”: Por el medio de la Calle, el “Ni tan nuevas bandas”, WTFest, Sunset Roll, Waraira Fest, Rock en la U y Virgen Fest, nombres que siguen siendo para mí referencia al recordar que esa utopía moderna que conocemos como festivales de música hasta hace no mucho se adaptaban a nuestra realidad y ocurrían con cierta frecuencia en Venezuela.

Caracas se quema

Desgraciadamente el desastre del chavismo se puede explicar con muchos ejemplos, de antemano pido disculpas por tomar uno bastante frívolo pero apropiado para este texto. Aproximadamente a partir de 2012 Venezuela desapareció del mapa para las grandes giras internacionales que pisaban Latinoamérica; y de los pocos conciertos que se realizaron, quizás los más grandes, costosos y polémicos fueron organizados por el Gobierno. Aunque a muchos incomode, la música sobrepasa ideologías y esos destellos de felicidad musical fueron aprovechados por un gran número de jóvenes caraqueños, entre los que me cuento. A pesar del trasfondo político de los eventos, no negaré que vi a Kevin Johansen + The Nada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño a un precio irrisorio, incluso para el momento; y a Café Tacvba, una madrugada en la Plaza Diego Ibarra.

Mientras que la oferta de conciertos internacionales en el país se desvanecía, la escasez arreciaba. CADIVI viajero aún existía y la idea de irme una semana de vacaciones fuera del país, siendo una universitaria con ingresos modestos, no era un delirio. Antes de que Chile fuera uno de los países en acoger a la mayor cantidad de migrantes venezolanos, el país sureño recibió a la primera edición suramericana del famoso festival Lollapalooza.

Marzo de 2012, segunda edición del Lolla Chile. Dos días, seis escenarios, 60 conciertos y más de 100.000 asistentes. Con esa experiencia desbloqueé una insignia más en la pasión por la música en vivo: un festival de gran formato.

En caso de que mi memoria fallara, hice un exhaustivo scroll en mis redes sociales y confirmé que los últimos conciertos internacionales que vi en Caracas fueron a finales 2013. Hasta emigrar en 2016, solo disfruté de actuaciones de mis grupos locales favoritos.

De Caracas a Madrid Barcelona

—¿Cómo te sientes hoy?

—Ahí, no me gusta que este concierto sea una despedida más.

Un par de semanas antes de irme de Venezuela escuché esa conversación en el baño de Teatrex de El Bosque, y desde entonces no la olvido. Ya no solo me despedía de mis amigos, también lo hacía de los músicos y bandas que me habían hecho cantar, bailar y trabajar en los últimos años.

Como todos los que hemos salido de Venezuela con una maleta de 23 kg y poco más, tuve que dejar “ordenada” mi habitación. Mientras hacía esa limpieza profunda, conseguí flyers y programas de mano, franelas, calcomanías sin usar, recortes de revistas y periódicos, organicé mi estante de cds y desempolvé una pequeña caja de madera con un grabado del Ávila en la tapa, en la que por años deposité las entradas y brazaletes que coleccionaba. Cada objeto como una memoria tangible de este relato. Pensé empacar la cajita y algo más, pero en 23 kg hay poco espacio para la nostalgia.

Bien escribió Antoine de Saint-Exupéry que “un objetivo sin un plan es solo un deseo”. Trazando mi plan, llegué a Barcelona, donde he podido alcanzar mi propósito de trabajar en la industria musical, un anhelo que nació cuando apenas era una niña que precozmente quería ir a conciertos.

Afortunadamente, cada día me he acercado un poco más a ese objetivo original y he vivido experiencias que en casa parecían tan lejanas como improbables. Justin Bieber en pleno furor de Sorry, J Balvin antes de Beyoncé y Mi gente, La Vida Bohème en la fiesta mayor de la ciudad, Devendra Banhart en una masía catalana, Jorge Drexler en un teatro de 700 butacas, The Rolling Stones en el estadio donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 92. Todo esto y trabajar en las últimas dos ediciones de uno de los festivales más grandes del mundo, Primavera Sound.

Así voy, trabajando y viviendo, poco a poco o “de mica en mica”, como dicen los catalanes. Sin la caja con entradas gastadas que era mi tesoro, sin los amigos que me acompañaron en aquellas aventuras musicales, reviviendo a través de canciones los momentos que me trajeron hasta la “ciudad condal”, y construyendo con nuevos ritmos y melodías futuros recuerdos.

 

Por Ashley Garrido |@ashgarrido

Ser lector en una Venezuela en crisis

El mensaje llegó cuando terminaba de almorzar. Uno de mis amigos, que vive en Panamá, me escribía para avisarme sobre la Feria Internacional del Libro que comenzaba hoy allá, con Israel como país invitado. De inmediato me sonreí. Es una de esas oportunidades en que me emociono como un niño y todo lo demás deja de tener la importancia habitual. Cruzamos varios mensajes más y, sobre la marcha, asegurándole que me mantendría atento al teléfono celular, acordamos que él iría hasta el lugar donde se celebraba la Feria y aprovecharía para enviarme fotos de los libros que consiguiera. El instinto se puso en marcha y mis sentidos se agudizaron. En seguida pasamos de los mensajes de texto a las notas de voz, como si una urgencia nos empujara a la acción. Le pedí que se concentrara en averiguar si la editorial Anagrama tenía un stand y allí preguntara por los diferentes precios y ediciones. El siguiente par de horas se dinamizó con las imágenes que me iban llegando, los videos y más notas de voz. Ya no me sentía solo como un niño: era un niño escabulléndose precipitadamente en una juguetería, sin prestarle atención a la distancia entre nosotros.

Las portadas. Los títulos. Los autores. Las diferentes ediciones. Confieso que aluciné, porque Anagrama es una de mis editoriales favoritas, porque su catálogo es extenso y porque publican temas que siempre resultan interesantes. O quizás sólo se deba a la precariedad en la que nos hemos hundido puertas adentro, donde al momento actual cada libro que desearía comprar ronda el equivalente a seis veces el salario mínimo. Así que este mensaje vespertino inesperado se convirtió en una gran sorpresa y en una puerta hacia un mundo literario bien surtido y abastecido. Mi amigo no sabe todavía cuánto se lo agradecí, cuánto se lo agradezco, a pesar de que múltiples veces se lo dije. Pensé en las peculiaridades de esta diáspora venezolana. La mayoría de mis amistades se encuentran ahora regadas por medio planeta y es un lujo y un placer cuando me recuerdan a través de los libros que se ofrecen a comprar para mí, dejando a un lado la engorrosa logística posterior de hacérmelos llegar; porque afortunadamente, llegan; siempre llegan.

Más adelante quiso saber si me gustaba algún autor israelí en particular. Me quedé pensando en Batya Gur, en Amos Oz, en David Grossman; pero la batería de su teléfono celular estaba a punto de rendirse. Envió varias imágenes más y me pidió que escogiera uno entre todos ellos. Era una decisión muy difícil, para mí, pero también para él porque esa compra potencial alteraba su presupuesto de exiliado. Le dije que sí y nos pusimos de acuerdo para reanudar la charla virtual al cabo de media hora. En ese tiempo busqué como loco en la página de la editorial, leyendo cuanta reseña se me cruzó en el camino, para intentar hacer la mejor escogencia posible. Ya al borde del agobio (tendrán que disculpar si les parece que hay asuntos más relevantes, pero esto es un tema personal), me decidí por una novela de Yasmina Reza: Babilonia, porque otro amigo, residente en París, había conocido a la autora y me la recomendaba con bastante seriedad. Apreté el botón de “enviar” y me salí del chat, temiendo que pudiera arrepentirme en el último momento.

Varios minutos después, llegaron nuevas fotos y notas de voz. Me preguntaba si conocía a Patricia Highsmith. Abrí mucho los ojos. Pensé en cuánto respeto siento por la prosa de esa mujer y en las maravillosas historias que escribió, desde el punto de vista psicológico. Le respondí que sí, que tenía un libro de ella con tres novelas cortas. Mi amigo envió otro video: me mostraba una edición hermosísima y reciente donde se reunían varios relatos cortos. Él me explicó que la primera escogencia había sido enteramente mía, pero que esa edición con los cuentos de Patricia Highsmith atrajo su atención y quería regalármelo como un obsequio extra. El video dejaba ver que se trataba de una edición gruesa que aquí en el país debería costar, literalmente, ahora sí, un ojo de la cara. En el video, mi amigo abría el libro y dejaba correr las páginas. Fue increíble cómo casi podía percibir el olor a nuevo que despedía ese movimiento. Cerré los ojos y sonreí con la idea de lo mucho que me habría gustado meter la nariz y aspirar con fuerza. Creo que mi amigo me conoce lo suficiente como para saber que eso que estaba haciendo me alteraba más allá de lo que podía confesar. Libros. Libros nuevos. Títulos por descubrir. Historias en las que podía sumergirme para eludir un tiempo más la absurda realidad fuera de mis ventanas.

Nos despedimos entre risas y fotos adicionales, porque ya casi al final escogió varios marcalibros para incluirlos en el paquete literario. Mi sonrisa era enorme. Se lo agradecí una vez más, insistentemente, pero mis palabras se quedaban cortas para expresar de verdad lo que sentía, el regocijo, el entusiasmo, la alegría, la excitación ante lo novedoso, la anticipación hasta que llegue el paquete, la arruga de la cotidianidad de los cortes eléctricos y las fallas en el suministro de agua que se corría durante varias horas con mi mente concentrada en este regalo inesperado. Pero lo intenté, se lo dije en varias oportunidades y lo repito ahora: ¡gracias! Mil gracias, pana. Ahora solo queda respirar profundo y esperar.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Los rincones del alma de una ex prostituta

La noche antes de decidir prostituirse por primera vez, Jacqueline Montero intentó suicidarse. En una calle solitaria de los Bajos de Haina, un pueblo al sur de República Dominicana, se lanzó frente a un camión en movimiento en busca de un final que no encontróporque el chofer del vehículo terminó siendo un conocido, que al verla, la recogió y la llevó a la casa de su abuela.

—¿Qué te pasa Jacqueline? –le gritaba la anciana entre lágrimas mientras la sacudía por los hombros.

—Lo que pasa es que salí equivocada en el mundo –respondía la joven de 17 años con los ojos hundidos y la mirada perdida, después de haber estado tres días sin dormir– ¡A mí nadie me quiere!

La experiencia parece atestiguar que las trabajadoras sexuales entran al negocio porque un hombre las maltrata, porque las violan, porque las botan de la casa o porque una amiga las invita. A Jacqueline le pasaron todas juntas.

La primera vez que el esposo de su tía se metió en su cama furtivamente, ella tenía 9 años. Los abusos continuaron, en paralelo con la violenta crianza que recibía de su madre y su hermano, hasta los 16.

A esa edad conoció a un joven un par de años mayor que ella en la iglesia mormona a la que había empezado a asistir por iniciativa propia, y decidió creer en todas sus promesas. No sabe si se enamoró de él o de la oportunidad que este le ofrecía de huir de aquel infierno que se hacía llamar casa.

Terminó casada a los 16 con un muchacho que apenas se estaba haciendo hombre, que dejó de asistir a la iglesia meses después, que empezó a beber cada atardecer, que luego comenzó a darle golpes tan brutales como los que recibía de sus parientes.

 

Para entender cómo la prostitución terminó siendo la puerta de escape de Jacqueline, hay que volver a esa tarde en la que intentó suicidarse.   

Cuando una amiga de ella escuchó lo que había intentado hacer, fue corriendo a la casa de la abuela con el mejor consejo que pudo pensar:

—Pa’ estar tú matándote, mejor vente a cuerear conmigo.

Jacqueline, que llevaba dos años bajo la influencia del sermón de los mormones, rechazó la propuesta con un solo manotazo, pero aceptó el refugio y la promesa que su amiga le ofrecía para ayudarla a encontrar otro oficio para sobrevivir.

Al día siguiente la amiga la llevó al restaurante de un conocido en busca de trabajo. Jacqueline le enseñó todos sus diplomas al hombre, mientras lo miraba con desesperación.  Este le respondió que su cajera tenía dos días sin aparecer, así que si faltaba un tercero, el trabajo sería de ella.

Esa noche su amiga le propuso que fuera al cabaret con ella y al otro día volverían al restaurante. Pero Jacqueline prefirió dormir esa noche en el parque, con la mochila como almohada, recostada debajo de un banco. Cualquier cosa antes que acercarse a ese lugar de pecado.

Cuando el sol empezó a asomarse, su amiga volvió para llevarla al restaurante. Al entrar, sintió un puñetazo en el estómago cuando vio a una mujer frente a la caja. Había ido al trabajo.

 

Cada vez que Jacqueline estaba con un cliente sentía nauseas. Su amiga le decía que era por asco, que era normal al principio. Sin embargo, un día la esposa de uno de sus clientes fue a buscarlo en el cabaret. Terminaron las dos tomadas de las greñas, mientras la mujer aseguraba que estaba embarazada. A las dos se las llevaron al cuartel y de ahí al hospital. Allí les hicieron una prueba, y la que estaba embarazada en realidad era ella.

—Vuelvo con él así me dé golpes  –pensaba Jacqueline– pero voy a parir a mi niña con mi esposo.

Al volver a Haina, a plantarle cara al hombre, no encontró más que burlas y rechazo. Cuando este se atrevió a cuestionar su paternidad, ella lo sentenció con una sola frase que no ha perdido vigencia hasta hoy.

—Apunta esto: nunca te voy a pedir nada. Voy a parir mi hija yo sola. Y ten por seguro que nunca me voy a acostar contigo, aunque no queden más hombres en el mundo.

Con cada novedad, todos los caminos parecían acabar en un cuarto oscuro, con ella sobre una cama deteriorada y un hombre pagando por sus servicios. Nunca se sintió segura. A veces incluso se sentía violada.

—¡Qué incomodo es estar con los hombres que a uno no le gusta! –se quejaba Jacqueline con su amiga.

—Tú lo que tienes es que beber Brugal, que de una vez eso se te va.

Así fue como Jacqueline se convirtió en dos personas: sin el Brugal, se quedaba en una esquina, enamorando a los hombres con la timidez de una señorita. Con el licor en las venas, los abrazaba y les decía seductoramente al oído: “Ven, vámonos”.

—Ayúdame a salir de esto –pedía llorando Jacqueline a Dios cada vez que estaba debajo de un hombre. Treinta años tuvieron que pasar para que Dios la escuchara.

Empezó a ejercer un rol combativo en la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales a finales de los años 90 desde el Movimiento de Mujeres Unidas (Modemu), una organización sin fines de lucro que capacita a las prostitutas en diversos oficios y les ofrece chequeos médicos gratuitos y asesorías legales en casos de violencia.

En esta organización, comenzó enseñando a sus compañeras a usar el condón y a identificar las enfermedades de transmisión sexual. Lo que surgió como una iniciativa de 5 mujeres, ahora tiene en su registro cerca de 6 mil, en un país que, según cifras no oficiales, tiene una población de 200 mil personas dedicadas a la prostitución.

Hoy, Jacqueline impulsa un proyecto de ley para regular el trabajo sexual que permita proteger a las mujeres que lo ejercen de la discriminación social y los abusos policiales. Lo hace desde el congreso, donde fue electa como diputada en 2016 con más de 8 mil votos.

 

Por Estefania Reyes @estefareyes

Zapatos rotos

Gabo es Joven. Tiene 30 años, es amable, educado y respetuoso. Como otros cientos de chamos con futuro, vive atrapado en una zona populosa de la ciudad. Él vive en el barrio, pero el barrio no vive en él.

Gabo es Madrugador. Se levanta cada mañana a las 5:00 am, para hacer desayuno y almuerzo. Sale a su trabajo en uno de los grandes mercados de la ciudad: llueva, truene o relampaguee. Aunque tiene sus zapatos rotos.

Gabo es Vendedor. Trabaja en una tienda de ropa de seis de la mañana a dos de la tarde. No “está preparado” para ser encargado de la misma, a pesar de ser TSU en Administración; y de trabajar –de martes a domingo– durante ocho horas diarias en las que permanece de pie, sin perder el entusiasmo. Su vanidosa supervisora, la que no aprendió a hablar respetuosamente con los clientes, considera que Gabo no es una imagen adecuada: tiene los zapatos rotos.

Gabo es Microempresario. Su experiencia en el mercado le ha demostrado que vender ropa de mujer es un buen negocio. Invirtió sus ahorros en ello. Compra al mayor, y vende al detal en cuotas; porque sabe que la economía nos hace imposible comprar en una sola tanda. ¡Ojalá encontrara a alguien que le vendiera un par de zapatos en partes!

Gabo es Solidario. Invitó a su mejor amiga, quien también es la que mantiene su casa, a asociarse en su negocio. Ambos ganan algo, aunque sea poco. Ella quincenalmente lo empuja a comprarse unos zapatos, él siempre pospone la compra para la quincena siguiente. Alimentar a su familia es más importante que sus zapatos.

Gabo es Sostén de Hogar. No es el único que trabaja en su casa, pero es el que administra. Allí ejerce su TSU de una manera práctica. Calcula, asigna cuotas, compra, y rinde el mercado tan bien como puede. La familia de Gabo no es subsidiada, sus compras son a precio de dólar negro.

Gabo es Fuerte. Cada mañana de lunes, su día libre en el mercado, toma su maleta de ropa y transita sus puntos de venta. El Ministerio Uno, la Alcaldía Dos, sus vecinas del barrio. Cada tarde de lunes saca sus cuentas, para reinvertir el dinero y se encarga de su cobranza. Ha aprendido la importancia de tener dólares en lugar de bolívares, aunque en sus ahorros sólo tiene un billete roto de 5$.  Toda la ganancia de su negocio se le va en la comida.

Gabo es Soñador. Quiere una marca propia que exhiba sus diseños, con tela de calidad y acabados perfectos. Nada muy grande, sólo una pequeña tienda en donde él elija qué se vende y qué no, pero nadie cree en un microempresario con los zapatos rotos.

Gabo es Débil. Llora cuando el mundo se le pone chiquito, y otra vez todo el dinero se le va en comida. Un mes más en que no puede comprar dólares ni hacer crecer su negocio. Gabo se aflige pensando en sus metas, en su realidad. Y en sus zapatos rotos.

Gabo es Reformador. Se levanta de sus tristezas, se limpia las lágrimas de la cara y planea nuevas estrategias de venta. Busca nuevos clientes para ampliar su plaza, y diversifica su negocio. Tiene talento para la cocina, al igual que su socia, así que deciden explotar su talento con los postres. No se amilana ante la montaña.

Gabo es Valiente. Mira hacia el frente sabiendo que la crisis es dura, y que no es el único afectado. Sabe que, gracias a su esfuerzo, puede llevarse el pan a la boca sin falta. Tiene muy claro que el camino es largo, que nada cae del cielo, y que sus metas requieren trabajo y esfuerzo. Es resiliente.

Gabo Ambiciona. Rendirse no es una opción. Su plan es seguir trabajando con responsabilidad, honestidad y tenacidad. Está tras una meta que no pretende abandonar, aunque a veces desfallezca. Nada lo alejará de la pista de la carrera, así tenga que llegar al final con los zapatos rotos.

 

Por Becky Plaza | @BeckyPlaza

Conoce El diario del librero

Si para algo sirven las redes sociales es para encontrar puntos en común y para compartir historias. El periodista Jefferson Díaz –quien fuera librero en la Tecni-Ciencia de El Recreo y en la del Sambil; además de en el Nacho del CCCT y en la extinta Alejandría de Paseo Las Mercedes– creó hace semanas un grupo de Facebook llamado El diario del librero, en el que diferentes actores del mundo literario de Venezuela han contado sus más curiosas experiencias como libreros.

A continuación compartimos seis anécdotas: cuatro del propio Jefferson, una de Luis Yslas y otra de Rodnei Casares.

Jefferson Díaz (I)

Trabajando en la Nacho del CCCT, una muchacha entró y comenzó a rondar por los pasillos ojeando libros. Algo normal en una librería. Pero, a los quince minutos, sacó un pequeño frasco de su cartera y empezó a rociar su contenido sobre los estantes. Extrañado, y horrorizado porque estaba mojando los libros, me acerqué y le pregunté:

—Disculpe, pero, ¿qué hace?
—Estos libros nos son apropiados para un cristiano, les estoy echando agua bendita para limpiarlos.

Mi rostro de estar sacando raíces cuadradas se notó a leguas, por lo que la chica guardó su frasquito y salió a paso veloz antes de que la regañaran.

Jefferson Díaz (II)

Por los años mil seiscientos (inserte la música que todos estamos pensando), trabajaba en la Tecni-Ciencia del Sambil, en Caracas. Una librería amplia, bonita y con espacios para sentarte a leer sin que te molestaran. Todos los fines de semana, llegaba un muchacho y se acomodaba en una de las mesas de la tienda para ojear cuanta novela sobre abogados existiera. Grisham era su preferido, y en su bolsillo trasero cargaba una libreta en la que anotaba sin parar todo lo que leía. Era una dinámica que no interrumpía por nada.

Un día, preso de la curiosidad, le pregunté:

—Usted viene todos los fines de semana, nos conoce a todos y hasta tiene su propia forma de moverse por acá. Parece empleado. Así que me tomo el atrevimiento de preguntarle, ¿qué tanto escribe en esa libreta?
(Segundos de silencio y mirada pícara)
—Ten, lee.
(Tomé la libreta: estaba llena de citas de los libros)
—Esa es la manera en que deben hablar los abogados, así debo hablar yo entonces. 

Jefferson Díaz (III)

—Buenas tardes, ¿tendrá el libro Un tratado para ciegos?.
(Busco en la base de datos)
—No, lo siento, no lo reconozco. ¿Sabrá el autor?
—¡Es un portugués!
—¡Ah! Será, quizás, ¿Ensayo sobre la ceguera?
—¡Sí, ése mismo!
(Voy y lo busco)
—Oye, ¿y esto es un libro escrito para ciegos?
—No, señora. Es una novela escrita sin sistema braille.
—¿¡En serio!? No, entonces no me lo llevo. No me gusta comprar libros que me mienten desde el título.

Jefferson Díaz (IV)

—Buenas tardes, ¿tiene el mapa genealógico del Libertador?
—Buenas tardes. Como afiche no lo tenemos, pero sí tengo un libro donde se explica su línea materna y paterna.
—No, es que quiero enmarcarlo y ponerlo en mi sala.
—Bueno, quizás en la Academia de la Historia, por el Centro, lo tengan.
—Lo buscaré, es que quiero que la gente sepa que yo soy descendiente de él.
—¿En serio? ¿Usted desciende del Libertdor?
—Eso fue lo que me dijo mi mamá, y yo a ella le creo todo.

Luis Yslas

Mi experiencia como librero fue breve. Pero aún recuerdo la tarde en que una joven me preguntó si tenía libros para aprender a morir. Luego de su pregunta hubo un silencio en el que aproveché para calcular su edad: no más de veinte años. Estuve a punto de decir algo patético, paternalista, pero no sé todavía por qué me nació responderle: “¿Es para un regalo?”. Ambos nos reímos. Al final la convencí de que se llevara un libro de Aquiles Nazoa que al menos le enseñaría a morirse de la risa.

Rodnei Casares

Una señora como de 70 años me pregunta:
—¿Has leído todos los libros?
—No, señora.
—Entonces no eres librero.
—Lo soy. He leído mucho, pero es imposible leer todos los libros.
—¿Has leído los más importantes?
—Sí
—Bueno, recomiéndame una novela ligera.

La fama esquiva del valiente Strippoli

En el estudio de televisión confluyen varias cascadas de luces azules. El sonido de los aplausos del público se desvanece y de inmediato solo se escucha la música. La cámara hace un plano general que muestra a Francisco Strippoli: está postrado en el centro del escenario, en una plataforma circular con un par de escaleras cortas al fondo. Visto así –vestido de traje gris satinado, corbata morada, zapatos pulidos, peinado con esmero– no parece cansado, aunque lo está. Agacha la cabeza, la vuelve al frente; tiene la mirada fija, el ceño fruncido. Toma aire y en el momento preciso suelta su voz redonda.

Ya no quiero hablar, ya se dijo todo…

Francisco tenía el pálpito –más bien la convicción– de que no ganaría este concurso. Así que como un guiño escogió Va todo al ganador, un tema de Benny Andersson, para esta gala –la última, la decisiva– de la segunda temporada de Yo sí canto, que transmite Venevisión todos los sábados y comenzó en julio de 2011. Era el tercer reality show en el que se atrevía a concursar para “pegar”, acaso para encontrar la fama.

Duele aún mover, cosas del ayer

No debí soñar un amor tan puro

Qué inocente fue, ir de buena fe

Interpreta esas primeras frases con sutileza. Con cuidado. Hace apenas horas esta presentación era incierta para él, porque estaba en peligro de eliminación. Hace un rato tuvo que enfrentarse a otros dos participantes también amenazados. Solo uno de los tres tendría el pase a la final, pero después que cantaron el jurado decidió darles la oportunidad a todos. En total son cinco los que se disputan el trofeo. La grabación se extiende hasta las 4:00 de la madrugada y por eso Francisco está agotado. Por eso y por la presión: a lo largo de los nueve meses del concurso estuvo en riesgo de salir seis veces. Pero esta vez la angustia era mayor: no llegar al final significaba más que una derrota.

Va todo al ganador, a quien jugó mejor
Me toca a mí perder, qué le voy a hacer

Le da la espalda a la cámara. Camina con determinación hacia el centro del círculo y se detiene bajo los reflectores azules. Francisco convierte su voz en un río torrencial que inunda el estudio 1 de Venevisión. Escala de los graves a los agudos sin lesionar su afinación. Juega con el ritmo. Dosifica el vibrato. Nada de frases terminadas bruscamente: les agrega adornos, las estira, las matiza.

 

Los dioses por placer, eligen sin querer

Los dados al rodar, marcan nuestro azar

 

Arquea el tronco hacia atrás, cierra los ojos, camina por el escenario. Si parece que se desgarra físicamente es porque se lo juega todo en cada nota. Mira a la cámara. Mira al jurado –Manolo de Freitas, Hugo Carregal, Mirla Castellanos–. En el momento cumbre de la canción empuña las manos y suelta un grito potente sostenido por cuatro segundos:

 

Va todo al ganadoooor

Calla.

Y vuelve a tomar aire. Y en una agudísima nota, en falsete, remata. Y vuelve a la sutileza inicial. Y termina arrodillado, en el piso que no tiene garantía de volver a pisar.

Marcelina Infante también sabía que Francisco no iba a ganar. No, no porque creyera que cantara mal, sino porque, dice casi como un secreto, desde el principio la producción no había disimulado su preferencia por Henrys Silva, un moreno de la estatura promedio de un basquetbolista, de voz robusta, proveniente del oriente del país, que también está entre los finalistas.

Marcelina vio la final comiéndose las uñas. Tenía su favorito –el mismo de la producción–, pero ese día sufría porque los vio llorar a todos. A Henrys y a Gabriela Puche –una maracucha, también finalista– les había dado posada en su casa para que no pagaran hoteles en Caracas durante los meses del concurso.

No solo lo hizo con ellos, sino con otros cuatro a quienes fueron eliminando en el proceso. Cuando salían, se ponía triste. Porque para ella todos son talentosos. Marcelina –delgadísima, tez clara, de hablar pausado, cabello por debajo de los hombros, rostro afable– trabaja como productora y mánager de prensa de varios músicos. Por eso maneja algunos contactos. Antes se dedicaba al teatro, pero la música la enganchó. La música y los concursos de canto. Sabe quién ganó en cada uno de los realities, quién quedó de finalista, a quién sacaron de la competencia y en qué momento, a quién rebotaron en el casting, qué cantó cada quién en cada presentación. No los ha contado, pero tiene referencias de los once certámenes de canto televisado que se han transmitido en el país, por señal abierta, desde 2002 hasta 2012. Fueron cuatro por Venevisión, cuatro por el desaparecido Radio Caracas Televisión y siete por Televen. También evoca a Cuánto vale el show, aquel programa de competencia de voz que se mantuvo en la pantalla venezolana por 20 años, hasta 2001. Marcelina no se pierde tampoco los concursos internacionales: The voice, The X factor, American Idol, Latin American Idol, el festival de Eurovisión. Por eso compara y le altera el ánimo que para los egresados de las competencias nacionales, a su juicio talentosos por demás, el reconocimiento masivo se les termine convirtiendo casi en una utopía.

Su fascinación por estos certámenes comenzó en 2005, cuando conoció a Josué García, quien acababa de ganar la séptima y última temporada de Camino a la fama (Televen, 2005). Ya él había recibido muchos portazos en la cara: había entendido que el curriculum –estudios de canto, un primer lugar en un concurso televisado– no era suficiente.

—Ayúdame a entrar en los medios, Marcelina, yo quiero que la gente conozca mi música— le pidió.

—Vamos a intentarlo.

No lo dudó porque su voz le resultó una caricia. Entonces se convirtió en un hada madrina. Lo empujaba a ir a cuánto casting había, y antes de cada audición le decía que sí podía. Fue así que Marcelina comenzó a ser esa columna de apoyo también para muchos otros que, además de empeñarse en vivir de la música, se desvelan por la fama. Un grammy, alfombras rojas, multitudes que griten sus canciones a todo pulmón, fotos en las primeras planas de la prensa, entrevistas a periodistas. Esos sueños. Porque insisten en que  tienen –les sobra– talento. Le quieren gritar al mundo, con sus voces melodiosas, que ellos existen. ¿Es el deseo de nunca morir, de trascender, de permanecer? Lo intentan, una y otra vez y otra vez y otra vez.

En 2008 Josué quedó entre los 20 venezolanos seleccionados para el casting de Latin American Idol en Argentina. En el aeropuerto de Maiquetía, antes de que partieran, Marcelina les dio una palmada en el hombro a todos. Y cuando volvieron, sin éxito, les dio otra. Desde entonces algunos comenzaron a llamarla “tía”. Así se fue conformando el cardumen en busca de fama que ella alienta, y que va de concurso en concurso tratando de “pegar”. Se consiguen en las colas de las audiciones y allí cuentan con el abrazo de Marcelina. Si alguno no queda, ella lo consuela. Si alguno clasifica, ella le presta su casa. Si alguno tiene una presentación, allí está Marcelina, gritando frenéticamente en el público.

Marcelina conoció a Francisco en 2009. Se lo encontró en el reality En busca del cantante plus, patrocinado por Venevisión Plus. Ella apoyaba a Rychard Núñez, quien había concursado en Fama, sudor y lágrimas –RCTV, 2005–, estuvo entre los que fue a Argentina a la audición en 2008; y ahora, como Francisco, estaba entre los cinco finalistas. El premio era llamativo: representar a Venezuela en un concurso en Miami, hospedado en una mansión con todos los gastos pagos y 500 dólares semanales. Francisco ganó. De allí Marcelina tiene referencia de su recorrido. Por eso también lo aplaude.

 —Yo sé todo lo que ha luchado ese muchacho, siempre con su mamá para arriba y para abajo –dice.

—Ya todos sabíamos que él iba a ganar –interrumpe Rychard–. Pero así funciona esto. Aunque, claro, Francisco canta genial.

—No siempre se sabe –lo corrige Marcelina– a veces uno no tiene idea. Fíjate que en la primera edición de Yo sí canto [Venevisión, 2010], donde también participó Josué García, no se sabía que Rassel, una morena espigada que venía de quedar de segundo lugar en la tercera edición de Fama, sudor y lágrimas [RCTV, 2007], iba a ganar.

—En todo caso, Francisco se ha sabido mover, lo que pasa es que el mercado es muy difícil –responde Rychard.

El mercado es muy difícil. El mercado es muy difícil.

En 2005, cuando aún era un estudiante de bachillerato, Francisco participó en un concurso menor, también en Venevisión, cuyo nombre prefiere no recordar. Esa vez el jurado casi lo insultó cuando terminó una de sus presentaciones y lo eliminó. A eso le siguió una depresión. Fue cuando lo vio así que Mary Jane, su madre, entendió que la música era importante para él. Y lo alentó a que siguiera cantando. Años más tarde, cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar la licenciatura en Artes, Francisco se inscribió en la competencia de canto que organiza esa casa de estudios, y ganó. Pero, lo sabía, ese era un concurso sin mayor trascendencia.

Quería medirse en tarimas más profesionales.

Es 2009.

La idea de ser famoso le guiña el ojo a Francisco. Por eso se ha venido preparando. Estudió canto en la academia de Mayré Martínez, la venezolana que ganó el primer Latin American Idol. Tomó clases de teatro con Romano Rodríguez, hermano de la actriz Rudy Rodríguez. Ahí está su madre Mary Jane, haciendo de mánager: lo acompaña a los castings, a sus conciertos, le consigue contactos, presentaciones. Se enteró de que estaban buscando un representante de Venezuela para un concurso internacional en Miami: la idea era seleccionar, entre varios latinoamericanos, a un cantante para una agrupación que se conformaría ex menudos, la banda que se hizo famosísima en la década de los 80 y 90. Pero a Francisco, no sabe por qué, no le llamó la atención de inmediato. Ella insistió, porque está convencida de que su hijo puede ser una estrella.

 —Hay un concurso de Venevisión Plus en el que están buscando un cantante para un nuevo grupo de Menudo.

 —Mamá, no; a mí no me gusta Menudo, yo ni siquiera me sé las canciones de ellos.

 —Anda, no tienes que cantar nada de ellos, puedes ir con cualquier tema.

Francisco, por esos días, estaba ensayando para la que sería su última presentación como voz ucevista, pero ante la insistencia de su madre prefirió irse a Miami a probar suerte. Francisco no habla como canta. Su voz, cuando conversa, no resulta melodiosa y es ligeramente nasal. Se atropella, descuida la articulación de las palabras. Cuando se emociona, aumenta el volumen y entrecierra sus ojos achinados con la mirada perdida. En persona es una contradicción del artista que se monta en una tarima: no tiene la actitud de la fiera que sale a matar a su presa, sino la de un cordero que quiere pasar desapercibido. No viste las pintas estrafalarias, sino que se presenta con jeans roídos, zapatos Converse y chemise. Y luce retraído.

 Quizá por eso comentan que es tímido. O creído, echón. Arrogante. Así llega a la audición de Batalla de las Américas, el concurso de Venevisión Plus: si gana, viaja a Miami. No conversa con los demás aspirantes. Y queda. Pasa uno, dos, tres filtros ante el jurado que integran los cantantes de la banda Guaco. Llega a los cinco finalistas. Y gana.

Ante el reto de representar al país en el exterior, Mayré Martínez, quien le había dado clases en su academia, y el cantante y actor Jhon Paul Ospina, le brindan asesoramiento vocal y escénico. Porque hay que ir bien preparado, le insisten. Cuando se monta en el avión su mente está en blanco: nada de expectativas, de alegría desbordante. Tal vez un poco de ansiedad o miedo ante el desafío. La emoción le llega en Miami. Porque por primera vez se encuentra a sí mismo con la vida de famoso que ya tenía entre ceja y ceja: está en la comodidad de una mansión y comparte criterios musicales con 20 compañeros provenientes de distintos países de Latinoamérica. Puede broncearse en las playas de Miami, pasear por los centros comerciales y gastar los 500 dólares que le pagan. Se siente importante cuando, en televisión (Mega TV y Venevisión Plus), sale acompañado por las bailarinas de Pitbull. Tiene todo el día detrás a un equipo que le dice qué ropa le queda bien, qué canción le favorece.

¿Cómo, entonces, no estar seguro de que puede ser famoso?

—¡Tú estás súper preparado! –le dice su profesora de canto.

“Este mundo es maravilloso y quiero estar aquí siempre”, piensa. A tres meses de su llegada, en la semifinal, en Puerto Rico, a Francisco lo eliminan junto a otros cinco compañeros. Aunque se le acababa la vida de príncipe en un castillo, no deja de reír. No le importa si, como le comentan en chismes de pasillos, le hicieron trampa. O si fue que la producción se gastó el presupuesto antes de tiempo y se vieron obligados a sacar a tantos a la vez, como también escuchó. En el fondo hasta se alegra de su salida porque, supone, al llegar a Caracas tendrá abiertas las puertas de la fama de par en par. Se imagina firmando autógrafos y sonríe. “En este momento, mi carrera va a despegar”, piensa otra vez. Pero lo que encuentra es el silencio del anonimato. Que acaso es como un golpe al caerse desde muy alto.

Entonces se dispone a continuar a la caza de la fama.

 —Yo soy Francisco Strippoli.

—Francisco Strippoli… Strippoli… Strippoli… ¿Por qué tu nombre me suena?… ¿tú has estado haciendo algo en el medio artístico? –le pregunta Manolo de Freitas, miembro del jurado de la segunda edición del concurso Yo sí canto, de Venevisión (2010).

Francisco despliega una sonrisa nerviosa en la que deja ver su dentadura derecha. Sabe que no solo lo recuerda del concurso Batallas de las Américas. Cuando llegó de Miami invirtió el dinero ahorrado en la producción de un tema para lanzarlo en las redes sociales y darse a conocer. Grabó la canción Amar de Nuevo, del compositor Fernando Domínguez, quien además hizo la producción de la canción. Francisco no quedó satisfecho con el resultado; pero Domínguez pensó que sí podía sacarle provecho. Se enteró de que en Venevisión estaban haciendo un casting para la banda sonora de una de las parejas amorosas de la novela La viuda joven, que estaban por estrenar. Y envió el material. Luego los llamaron a una audición: el escritor del dramático, Martin Hans, repitió con los actores varias veces la misma escena con diferentes canciones. Y se quedó con la de Francisco.

—Hace dos años participé en un concurso internacional de Venevisión Plus. Y actualmente tengo una canción en la telenovela de Venevisión –le responde a de Freitas.

—¿Y qué buscas en Yo sí canto? –le dice con desgano De Freitas.

—Mi mánager, que es mi mamá, y yo, hemos tocado muchas puertas. No todas se han abierto, pese a tener un tema en la novela.

Lo había intentado, sin éxito, por ejemplo, en Sábado Sensacional, y nada. Para él, la búsqueda de la fama era ahora como tratar de encontrar un trébol de cuatro hojas –esa florecita verde conocida como señal de suerte–, en medio de la maleza. ¿Acaso alguien sabía que la canción de la novela era suya?

—Cantas muy bien, pero… a ver… hay muchachos que no han dado pasos que tú sí…

—No es tener ventaja. Creo que mi experiencia previa solo es preparación –le replica.

Entonces da su demostración en escasos 10 segundos. Tenía las condiciones, no podían decirle que no. Y queda. Por la experiencia de Miami, Francisco está confiado. “Esto es pan comido”, piensa. Pero en la primera gala de Yo sí canto, después de una presentación en la que trastabilló, lo amenazan. Y comienza a sentir una presión que lo acompaña durante todo el concurso. La agenda copada: todos los días, ensayos en el canal desde las 8:00 de la mañana hasta cualquier hora de la noche. Las grabaciones inician en la mañana y terminan de madrugada. Encuentra malicia, riñas entre grupos, favoritismo descarado. Entiende que ya no es la vida de fama en Miami. En las noches de insomnio piensa: “Después de mi experiencia afuera, y con la canción en la novela, ¿me van a sacar? Yo sé que no voy a ganar, pero me tengo que meter en la final”. Así que decide ser calculador: evalúa la actitud de los otros competidores, lo que le interesa a la producción, al jurado. Y saca sus cartas con astucia. Si el jurado le dice que no adorne los finales de las frases, le hace caso aunque no esté de acuerdo. Si a un concursante le va bien con una canción de José José, busca para él una parecida, pese a que no le guste. Un productor, que conoce su trayecto e imagina cómo se siente, siempre lo ve callado, retraído, pensativo. A veces se le acerca, le da una palmada y le dice: “El valiente Strippoli… pa’lante”. Así siempre le repite. “Porque nadie se va a meter en un concurso como este teniendo un tema en una novela y después de un concurso afuera. Hay que tener bolas”, le insiste.

 Al cantar en la gala final, el jurado le reconoce su perseverancia y aplauden su talento. Igual no le dan la nota máxima.

Y llegó el momento de los resultados.

—…Y el cuarto lugar es para… Francisco Strippoli…  –anuncia el animador.

Francisco pasa al centro. Recibe la placa. Sí, siente que lo estafaron. Cuestiona el resultado. Piensa una pregunta retórica: “¿Era para un cuarto lugar?”. Quizá nunca se está del todo preparado para la derrota. Pero ya sabe que es parte del show. No se aflige. No tiene el semblante de un perdedor. Hasta se ríe. Cree que fue cuestión del destino. Entonces piensa en la calle, en los portazos y sabe que ganar un concurso no es garantía de fama. Sabe que salir en televisión es lo de menos porque no hay disqueras en el país que vean a estos muchachos como un producto. Y no todos cuentan con la suerte de, por ejemplo, Hany Kauam, egresado de Fama, sudor y lágrimas (RCTV, 2006), a quien un productor contrató e invirtió en su carrera hasta posicionarlo. El talento se le queda corto a Francisco, porque tiene para vivir pero no para invertir en la grabación de un tema, en conciertos, sesiones de fotos, en giras de medios. Hay que pagar payola para sonar en la radio y si tuviera los recursos no lo dudaría. Porque no es suficiente posarse bajo las luces, cantar con un gañote afinado para que alguien le pida una foto, un autógrafo.

 

Por Erick Lezama Aranguren | @ericklezama1

*Esta crónica fue publicado en el libro Desvelos y Devociones (Cigarrera Bigott, 2015), editado por Albor Rodríguez y Alfredo Meza.

Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

Deshonra en Altamira

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

 

Por Ezequiel Abdala | @eaa17