El último hablante añú

Desde que tuvo memoria, Jofris se sintió embrujado por los murmullos de esa lengua extraña que brotaba salvaje de los labios de las ancianas a las que escuchaba a hurtadillas. Las finas paredes del palafito en el que creció fueron sus cómplices y las leyendas de la Laguna de Sinamaica los misterios que quería descifrar.

—Taü wi tachaki piya  –fueron las primeras palabras que pronunció en añú, a los cinco años. Significaban “mi abuela, te quiero”.

—¿Y eso? –le preguntó Ana Dolores Márquez cuando superó la sorpresa de escuchar a su nieto hablar una lengua que consideraba estancada en su generación.

—Quiero aprender, mamá –le respondió Jofris a quien lo crió desde bebé, luego de que su madre biológica lo dejara a su cuidado.

—Está bien. Yo te voy a enseñar –le dijo la mujer con su propia laguna en los ojos–. Pero deja de escuchar conversaciones ajenas.

Ana Dolores era una de las diez últimas ancianas añú que dominaban la lengua a finales de los años70. Es a partir de esa década cuando investigadores extranjeros, en conjunto con lingüistas locales, comienzan a invertir esfuerzos en preservar el idioma que por entonces ya corría peligro latente. Pocos años después, algunas de esas mujeres, entre ellas Ana Dolores y su sobrina Josefa Medina, fundaron el Movimiento Cultural Paraujano, también conocido como Mocupa, cuyo fin era, y sigue siendo, revitalizar la lengua y la cultura añú.

A los 9 años, Jofris comenzó asistir a la escuela de la laguna. En los salones de clase, construidos con madera de mangle y palma de enea, nunca escuchó que llamaran al sol “kaikarü”, ni a las canoas “anuwa”. Él tampoco se atrevió a pronunciar esas palabras. Las guardó como un secreto que solo sabían él y su abuela.

En las noches, cuando Ana se mecía en su chinchorro y comenzaba a tejer, Jofris se sentaba a sus pies y le miraba fijamente los labios, repitiendo cada oración que le enseñaba.

—Tenéis que cortar la lengua –le decía Ana, y pegaba la punta de la suya al paladar. A veces, el añú sonaba áspero como el quebrar de las ramas secas del manglar. Otras, fluía suave como las canoas que la brisa arrastra despacio.

Jofris se sentaba a sus pies, miraba fijamente sus labios y lo repetía hasta lograrlo.

La última conversación fluida que el joven tuvo en añú fue, por su puesto, con su abuela.

—¿Qué te pasa, mamá? –le peguntó él una tarde al ver a su abuela tan apagada.
—Me duele la cabeza. Me duele la barriga. Me duelen las rodillas. Me duelen todos los huesos –le respondió la anciana de 115 años, mientras se tocaba cada parte del cuerpo que mencionaba.

Al día siguiente, sin pronunciar otras palabras, se marchó Ana Dolores. Unos años después, la acompañó Josefita, y con ellas también se fueron los últimos vestigios del idioma. Hasta que Jofris se quedó solo.  Solo con su particular forma de expresar el dolor y el amor. Una isla en un mundo sin nombrar.

Cuando tenía poco más de 20 años, los investigadores de la Unicef y la Universidad del Zulia, en medio de los esfuerzos que emprendían para rescatar el añú, dieron con él.  El descubrimiento los dejó maravillados: un hablante asombrosamente fluido, joven y sano. Sin duda, la última esperanza.

Jofris, quien creció en la semi aislada comunidad indígena de la laguna, como un bicho raro que aprendió una lengua que en la adultez ya no podía comunicar, al principio se sintió abrumado con la atención que estaba recibiendo. Pero luego de mucha insistencia, aprendió la grafía indígena y comenzó a compartir la visión del mundo que escondían aquellas palabras refugiadas en su memoria.

A los 22 años, Jofris dejó la laguna después de un violento episodio que no logró superar. Una noche, tres hombres y una mujer irrumpieron en el rancho donde vivía y lo despertaron con el frío cañón de un arma apoyado sobre su sien.  Después de pronunciar una amenaza contundente y obligarlo a guardar silencio, los malhechores fueron directo al botín: una lancha que Unicef había donado a la comunidad para el transporte de los niños de la escuela y que Jofris era el encargado de tripular.

Nunca pensó que alguien se podía meter con él en el lugar donde creció y donde todo el mundo lo conocía y apreciaba. Así que cuando la laguna dejó de sentirse como el hogar que siempre fue, empacó las pocas pertenencias que tenía en un par de morrales y partió rumbo a El Moján.

Desde entonces, ahí vive. A expensas de la caridad de otros que le proporcionan un techo que con su salario mínimo no puede pagar. Cuando preguntamos por él, lo encontramos en el sector La Loma, en una pieza de cuatro metros cuadrados, construida con bloques y cemento pero con techos de zinc por donde se cuela la lluvia que va deteriorando todo a su paso. Lo que temporalmente puede llamar “casa”, a pesar de no tener cocina ni cama (prepara la comida en un fogón y duerme sobre una sábana estropeada), es propiedad de una prima que permite que la ocupen él y su hijo de 12 años.

Jofris, quien a los 13 años abandonó la educación segundaria y escogió la pesca como medio de subsistencia, volvió a los 30 años a la escuela. Pero esta vez para ubicarse de espalda a la pizarra donde, cada martes y miércoles, explica las expresiones más básicas del idioma a los niños y maestras que ahora lo escuchan con atención. Cuando era un colegial, soñaba con ser maestro. En cierto modo, su sueño se cumplió.

—Tal vez yo nací para que mi abuela me dejara ese legado. Tal vez nací para despertar la lengua.

Foto: Rafael Bastidas

 

Por Estefania Reyes | @estefareyes

La borra

Adolfo Franco tiene veinticinco años trabajando en el tráfico. Comenzó como avance de la línea de Corito en 1990, el mismo año de su fundación, «cuando Corito era una línea decente, con socios realmente interesados en prestar un buen servicio», dicho por él. Por su responsabilidad y compromiso, ascendió entre los avances. Fue uno de los promotores de la construcción del terminal privado de la línea, ante la negativa de la alcaldía de permitirles estacionar en el terminal del Centro Cívico. Uno de los socios decidió financiarle un vehículo y hacerlo parte de los choferes fijos. Su historia, como la de otros hombres y mujeres de Cabimas, justifica la naturaleza de la ciudad cenicienta. Y aunque la historia de su ascenso y progreso es interesante, no es lo principal en este relato. Pero no puedo obviar sus años como chofer de por puesto, pues lo relatado por Adolfo Franco tiene raíces en su ir y venir por la Intercomunal, la avenida Cabillas y el Casco Central de la ciudad.

Antes de chofer fue mecánico, ayudante de su padre en el Taller de los Franco. El taller, ahora extinto, tenía fama por los costos solidarios y la franqueza de sus trabajadores, cualidad esperada por el apellido portado. Era un negocio familiar, pero Adolfo no tenía puestas sus esperanzas allí. A decir verdad, le molestaba pasar el día hediondo a grasa mecánica y curtido; la braga azul con franjas rojas no era la clase de uniforme deseado cuando niño, y ya de 18 años lo sabía: un traje de astronauta no le serviría para mucho, porque no podría ser un astronauta. Sin embargo, le tomó diez años más abandonar la braga y convertirse en chofer.

El menor entre seis hermanos y dos hermanas. Adolfito, La borra. Así lo llamaron siempre en el negocio y en su casa; para completar, el Taller de los Franco funcionaba en el patio de la casa. La borra fue el nieto toñeco de doña Josefina Cáceres, quien murió de ciento dos años; aunque Adolfo me confesó la trampa de su abuela al aceptar el título de la mujer más anciana de la ciudad en el año 2006, el mismo año de su muerte. En realidad tenía noventa y nueve, un error en su cédula de identidad la mantuvo siempre tres años adelantada en la vida.

Como ayudante de mecánica conoció a muchos choferes de tránsito, y olvidando por completo el traje de astronauta soñó con manejar por las calles de la ciudad destinada al desarrollo y adelanto tras el reventón del Barroso. «Todavía esperamos el desarrollo y adelanto», dice Adolfo cuando recuerda la emoción de la abuela al hablar del reventón de 1922 y de las promesas del General Eleazar López Contreras en su histórica visita a Cabimas en 1937, por motivo de la huelga petrolera del treinta y seis.

El reventón originó la migración de familias falconianas, esperanzadas en encontrar fortuna en una ciudad petrolera, esa movilización dio origen al sector Corito y posibilitó el nacimiento de Adolfo entre los hijos de la ciudad cenicienta, pues con los inmigrantes llegó doña Josefina. Dos años después nació Chiquinquirá Gutiérrez Cáceres, quien dio a luz a Adolfito en 1962, a sus 38 años, siendo su padre de 41. La edad tardía de su alumbramiento, condenó a Adolfito al apodo de La borra; «mis hermanos bromeaban diciendo “papá soltó sus últimos tiros” y me comparaban con la borra del café, tú sabes, lo asentado ya descolorado y sin sabor», decía Adolfo.

«Sin el reventón del Barroso no nacería yo, no nacería Corito y por lo tanto tampoco esa línea de por puestos; aun de haber nacido, sin el reventón nunca sería chofer». Así concluyó Adolfo Franco uno de sus relatos.

Desde hace dos meses cuento con su servicio. Mi esposa sufrió dolores en plena madrugada, llamé a Taxi Sabana Grande para pedir un taxi y enviaron a Adolfo. Los ocho meses de embarazo habían sido dificultosos. Adolfo nos preguntó si era nuestro primer hijo y mi respuesta fue un seco sí. No tenía ánimo de conversar, estaba nervioso y temeroso por los dolores de Julia. El chófer del taxi alivió la tensión con un par de historias personales, cuando llegamos al hospital le pedí su número de teléfono para llamarlo al regreso.

Durante nueve años manejó un LTD blanco, con el casco de Corito sobre el techo. Conoció a Marta, su esposa, manejando el LTD. Y en 1922 se casó. «Ya ves, mi sueño de chofer me llevó al matrimonio». No perdió tiempo para enfatizar.

En 1988 se inauguró el Conjunto Residencial Gran Sabana. Un circuito de edificios con lujosos apartamentos. Su construcción se había truncado en 1983 por la bancarrota del Banco de los Trabajadores de Venezuela (BTV), luego del viernes negro. Once años después de su inauguración, se fundó Taxi Gran Sabana. «Sin la inauguración de Gran Sabana, no existiría la agencia de taxi donde trabajo, y nunca te habría prestado mi servicio». Y el conjunto residencial existe porque en 1948 algunas familias decidieron mudarse al sector bautizado como Delicias Nueva, donde cuarenta años después se construirían los edificios.

Fue uno de los socios fundadores de Taxi Gran Sabana. Vendió su LTD blanco junto con el cupo de Corito. «Ya no vale la pena trabajar en esa línea, han perdido sentido de pertenencia y no les importa ofrecer un servicio de calidad». Compró un Daewoo Cielo, color verde. De sus veinticinco años en el tráfico, lleva dieciséis como chofer de taxi de la agencia donde es socio.

Durante veintidós años, incluso ya desesperanzado, Adolfo quiso tener un hijo. De todos sus hermanos y hermanas, era el único sin descendencia. «Mis hermanos tenían razón, mi padre me engendró ya sin fuerzas, no puedo tener un hijo por ser La borra», pensaba a veces.  Y en enero, del año 2014, con 53 años de edad, recibió la noticia del embarazo de su esposa. Marta tenía 42 años. «Me sentía como Abraham, tú sabes, el de la Biblia; quien tuvo a su hijo después de los cien», me dijo riendo a carcajadas. Me pregunté constantemente cómo un hombre con tanta cultura y conocimiento es un simple chofer. Pero en dos meses lo he comprendido, no hay simpleza en ningún oficio asumido con pasión.

La alegría se disipó muy pronto. La criatura en gestación presentaba ciertas deformidades alarmantes. Aparentemente sus extremidades eran abundantes, cuatro piernas y tres manos se formaban. «Fue irónico, en 22 mis espermas no tuvieron la fuerza suficiente para engendrar, y ahora tenía un hijo con dos piernas y una mano de más».

Marzo del 2014 fue tormentoso. La doctora, con amabilidad, sugirió la interrupción del embarazo cuando aún había tiempo. Si aceptaban y lo interrumpían, no volverían a recuperar una oportunidad como esa. Si rechazaban la sugerencia y decidían tener el bebé, se enfrentaban con el dilema de traer al mundo un niño sin la posibilidad de una vida normal ni la fuerza de ellos, escapada con el advenimiento de la vejez ya a la puerta, para ayudarlo a sobrevivir.

«La doctora nos dio un par de semanas para pensarlo, nosotros decidimos mantener todo en secreto; no quisimos voces externas coaccionándonos a tomar una decisión sobre un hecho trascendental para nosotros». La voz de Adolfo se quebró mientras avanzaba el relato. Busqué en el auto algún indicio de un niño en su vida, una fotografía o juguete, para adelantarme a conocer  la decisión tomada. Pero no vi nada.

El problema nunca fue moral. A pesar de su teísmo, su costumbre de asistir a misa y sus constantes paráfrasis de versos bíblicos y versiones de relatos de la Biblia, Adolfo nunca se dejó llevar por creencias religiosas al momento de una decisión. «Dios nos ha dado el sentido común, no debemos ser rígidos con nuestras creencias», dijo Adolfo. Pero no podía evitar la influencia de sus emociones sobre su sentido común. Constantemente pensaba que su propio nacimiento también pudo ser truncado. Su madre lo había dado a luz a una edad avanzada. Alrededor de su formación en el vientre hubo mitos de deformaciones, también de retrasos, dificultades para hablar y tantas cosas más. Sin embargo, su niño no enfrentaba mitos. Se trataba de pruebas concretas, de la ciencia profetizando.

Marta sentía temor de fallar como madre y no ser capaz de criar un niño con condiciones especiales y prepararlo para la vida. Al mismo tiempo le inquietaba no ser sincera consigo misma y escudarse tras esos temores para no aceptar la responsabilidad de ser madre.

La pareja no esperó un milagro. Sus oraciones se centraron en pedir dirección para tomar la decisión correcta y tener fortaleza de asumir las consecuencias de la decisión tomada. Adolfo no dejaba de pensarlo. «Tal vez los mitos fueron ciertos, y mi alumbramiento tardío me dificultó formar una familia, una familia completa, con hijos». En el 2014 ya se habían acostumbrado a la compañía exclusiva del otro, se habían resignado a ser tíos, padrino, madrina. Los primeros días de enero, significaron un cambio violento en la concepción de sí mismos. Ahora podrían ser papá y mamá, y un día abuelo y abuela. Durante dos meses soñaron con darle la bendición al hijo o la hija. Se precipitaron a preparar el cuarto del bebé o la beba. Se atrevieron a soñar. Ahora todo se les había arrebatado.

Prolongaron la decisión, querían estar seguros. Decidieron someterse a otra ecografía y otra, y otra más. Llegó el mes de abril, mayo. Se terminó mayo, llegó junio. Julio. La agonía no disminuía, las extremidades iban creciendo y haciéndose cada vez más claras e irrefutables. «Decidimos no abortar». Para finales de julio, Marta y Adolfo, esperaban un milagro. Ninguno era capaz de confesárselo al otro, pero lo esperaban.

La segunda semana de agosto, una ecografía arrojó luz sobre el diagnóstico. Lo observado hasta el momento como un niño deforme, no era si quiera un niño. Eran dos. Detrás del niño, siempre presente en las ecografías, se escondía una niña. Las otras dos piernas eran suyas, de la niña se observaba un brazo porque el otro estaba alrededor del niño abrazándolo. El sexo del niño era notorio, pero la posición de la niña escondida no permitía deducir su existencia. «Si en vez de una niña, hubiese sido otro niño, la noticia habría sido un niño con cuatro piernas, tres manos y dos penes», me dijo Adolfo riendo a carcajadas.

A mediados de septiembre, Adolfo y Marta recibieron su niño y su niña. Y en agosto de este año, Adolfo nos llevaba a Julia y a mí al hospital, para el nacimiento de mi primer hijo.

 

Por Gusmar Carleix Sosa Crespo  | @gusmarsosa

*Esta historia fue la ganadora del concurso de crónica de Seguros Caracas, en 2015

Civismo en la plaza

Los conciertos de música popular existen, entre otras cosas, para que el público drene sus emociones. Mientras en los eventos deportivos la conmoción puede venir por cualquier lado y en cualquier momento, cuando se está frente a una tarima se pretende crear un ambiente de desorden organizado. Algo así como una pachanga en la que el hedonismo rebasa los límites cotidianos sin acercarse al crimen. Lo que, con frecuencia, es un camino tan difícil de transitar como el de un noviazgo que vive entre las posibilidades de matrimonio y las de manicomio.

A las tantas nostalgias que hierven en Venezuela se le puede sumar la de los grandes toques/conciertos/festivales de música. El problema no es solo lo que cierra y lo que se va, sino lo que ya no viene. El país dejó de ser una de las paradas de las bandas y cantautores internacionales, mientras que las organizaciones privadas ven cada vez más difícil organizar eventos con el talento local. Quienes vivimos en Caracas a veces sentimos un silencio que resulta demoledor: recuerda lo que ya no pasa.

Por eso la primera edición del Paix Fest resultó una noticia tan agradable en el tercer trimestre de 2018: nos recordó que en Venezuela pueden sonar otras cosas aparte de las balas y las quejas.

Tres días: viernes, sábado y domingo. Un lugar: la Plaza Alfredo Sadel, de Las Mercedes. Muchos puestos de comida que fungían de muros para crear un universo cerrado, un mundo en el que uno entraba para sentirse dentro de un burbuja que se asentaba en medio del incendio. Por primera vez en mucho tiempo, cientos de habitantes del Valle de balas sacábamos nuestros teléfonos, mostrábamos efectivo y caminábamos sin ver para los lados. Como si los amplificadores sirvieran para espantar la sensación de inseguridad.

El viernes, el Paix Fest abrió con una banda tan novel que el público estaba compuesto por las novias, hermanas, mamás, papás y amigos de los integrantes. Se me ocurrió que había algo de magia en eso. Los rostros adolescentes de muchachos que aprendían a soltarse en tarima ante el brillo incomparable de una madre orgullosa. El éxito más que un punto de llegada es un proceso: la vida es emocionante mientras vemos a otros crecer. Si algún día esos chicos logran llenar el Poliedro de Caracas, jamás olvidaré que la primera vez que los vi en escena el bajista apenas podía mover algo que no fueran sus dedos, no sé muy bien si por estar en trance o por estar nervioso.

Foto: Goe

Situaciones parecidas vivirían varias bandas. Aunque casi todas tendrían espectadores que las reconocían y las celebraban, salvo Desorden Público y Aditus –platos fuertes del sábado y domingo, respectivamente– ninguna tocaría con la actitud del que sabe que tiene autógrafos que firmar.

En el mundo actual, la contemplación como fin en sí mismo perdió protagonismo. Sentarse a observar las montañas solo por placer no parece tener sentido si no es mediante un smartphone y para tomar una foto que luego se compartirá en redes y medirá su éxito según la cantidad de interacciones que genere. Se busca hacer de todo un fast food que haga salivar y que facilite comer y excretar casi al mismo tiempo. La sociedad resulta cada vez más incapaz de apreciar la belleza o emociones que despiertan los artistas: necesita consumirlos, devorarlos. Muchos pagan entradas no para ver a un genio entrar en estado de trance mientras supera sus limitaciones humanas a través de la música: las pagan para pedirle un autógrafo.

El Paix Fest fue la antítesis de esto. Los músicos que se bajaban de tarima pronto se incorporaban al público que hacía unos minutos los ovacionaba, para disfrutar de las interpretaciones de otros colegas. O al revés: antes de subirse a tarima, uno los veía hartarse de cervezas, bailar o engullir alitas de pollo como si solo fueran un espectador más.

Que en un país al que se le achacan tantos vicios se viera tal muestra de civismo desafía el lugar común de los extremistas, sobre todo el de los que afirman que Venezuela es el reino del faranduleo. Supongo que quienes asistimos al Paix Fest lo hicimos para romper la rutina, para disfrutar de la música o para divertirnos en armonía. Conceptos todos que se pelean con la necesidad social de crear ídolos para luego devorarlos. Todos éramos tan de carne y hueso que, desde la tarima, el vocalista de Aditus reclamó a un borracho alegre que estaba en primera fila el que no cantara su canción.

Cuando  comenté esta idea con algunos conocidos, me respondieron con sorna que esperase a ver si los integrantes de Desorden Público también podrían caminar entre la gente como un espectador más. Los secundé en su escepticismo, hasta que el plato fuerte del festival hizo su aparición. En cosa de segundos, el sábado, la plaza pasó de bailar salsa (y digo, literalmente, bailar) como en la mejor discoteca, a convertirse en una lata que apenas permitía el movimiento. Cuando el baterista Dan-lee apareció en tarima para preguntar “¿A quién le gustaaaa Desordeeeeeen?”, sentí que o todos nos habíamos reproducido repentinamente por mitosis o que habían encogido la plaza. Todo se puso a reventar, menos la cordura. Varias horas después me enteré de cómo Dan-lee y algún otro miembro de la banda caminó por la Alfredo Sadel sin mayor contratiempo que tomarse una foto con una fan.

¿Quién dijo que en Venezuela todo está perdido?

 

Desorden Público celebrando su cumpleaños número 33 fue el clímax del desorden organizado. En la misma ciudad en la que ocurren tiroteos dentro del Metro, se armó un pogo cerca de una mujer que, en primera fila, cargaba a un bebé. No hubo más drama que el de un par de personas solicitándole a los espectadores que repartían golpes entre sí que, por favor, tuvieran cuidado. Y estos obedecieron. Todo fue tan maravilloso que hasta uno de los que gozaba de esa forma de baile le indicó a otro de los que también repartía empujones que lo hiciese con los puños hacia abajo para no lastimar tanto. El par de varones acabó abrazado entre sí al ritmo de “Eéa, Desorden’ta en la calle”.

Foto: El Pitazo

No había terminado de enternecerme cuando, en el medio del pogo, vi a un muchacho con el cabello más nutrido que su cuerpo darle golpes y patadas a quienes bailaban junto a él. Su cara de maníaco alegre iba en consonancia con una fuerza y energía que nada tenía que ver con su aspecto de modista, justo entonces dije en mi mente: “¿¡Pero este no es tecladista de la banda que se montó hace horas!?”.

Desorden Público tiene 30 años cantando las mismas canciones. El país se lo puso demasiado fácil. El espíritu crítico de sus letras, que calzaban con la Venezuela de los 80 y los 90, no solo sigue pareciendo oportuno en el 2018, sino que a veces da la sensación de que la realidad supera sus metáforas. Si Caracas era un Valle de balas en 1997, ¿ahora qué es?

Horacio Blanco, el vocalista, aprovechó para decir que Políticos paralíticos hoy tiene más sentido que antes; entonces, el bajista Caplís hilvanó una serie de insultos contra el régimen y desató una furia de aplausos solo similar al orgasmo: el desahogo estaba casi completo. Acaso faltaba el cigarrillo después del coito: Horacio Blanco instándonos a enarbolar nuestro dedo medio lo más alto que pudiéramos, como un mensaje claro al tirano.

La victoria de los que queremos construir un mejor país fue que el desahogo no devino violencia. Todo se sublimó en las pasiones musicales. Entonces recordé para qué sirve el arte.

El domingo, había más gente que el viernes pero menos que el sábado. E igual se veía a los músicos que se presentaron los días anteriores gozando entre el público. Era el caso de Jhoabeat y Giselle Brito –quienes presentaron una de las propuestas musicales más llamativas del Paix Fest, en la que todo giró alrededor del beatbox– que tomados de la mano bailaban salsa como si estuvieses en un festival del colegio, esto una hora antes de que A lo Flamenko pusiera en trance al público, como aperitivo al retorno de Aditus a Caracas.

Si que Desorden Público cumpliera 33 años era digno de resaltar, los 43 años de Aditus lucían como una proeza. ¿Cuántas Venezuelas distintas ha vivido esta banda? El arte es capaz de trascender el tiempo, pero los humanos no. El rostros envejecido de algunos integrantes quitó el velo que cubría la nostalgia de esas señoras de piel arrugada que llevaban años diciendo que hay algo eléctrico entre tú y yo. Pero lo más llamativo fue la emoción con la que un grupo de adolescentes pedían, clamaban –fastidiaban– para que les tocaran Victoria. Y justo eso cantaron cuando sonó su canción favorita, como una muestra de que la buena música es atemporal.

Por un fin de semana, todo giró en mi vida en torno al festival. Lejos de sentirme culpable por lo que para algunos podría ser considerado una evasión, festejé respirar tanta alegría y civismo. Aditus se despidió cantando que “no podrán apagarnos, Venezuela”. Y yo pensé que algo deben de saber sobre la perseverancia y mantener las velas encendidas, aún en las peores ventiscas, unos tipos que llevan 43 años cantando sus hits.

 

Por Lizandro Samuel |  @LizandroSamuel 

Señora Burundanga

La muchacha se llama Marlene y va al banco a abrir una cuenta para su papá. Son seis mil bolívares y poca malicia. Se acerca una señora. Era morena, de unos 50 años, con un hueco entre los dos dientes de arriba. Tenía ojeras y el pelo oxigenado (lo recuerdo todo y no sé nada. ¿Por qué lo recuerdo todo y no sé nada?). Me toca en el brazo y me pregunta por las planillas de depósito. Cinco minutos, avanzan los números y me siento en una de las sillas. La misma señora: ¿puedo sentarme aquí?, y ahora yo converso con ella.

Los modus operandi del delito han mejorado mucho desde los encapuchados primitivos, desde los paquetes chilenos, desde el tírese todo el mundo al piso. Ya no nos dicen “esto es un atraco”. Ya no nos anuncian. Todo accionar es delincuencia. Todo acercamiento parece agresión.

Tú debes tener unos 20 años, más o menos. Yo conozco a tu mamá, tan bella, ella se llama Rosa, ¿verdad? No, señora, se llama Gloria. Ay claro, ella es profesora. Yo trabajé con ella muchos años. Ella me ayudó mucho cuando yo estaba necesitada. Gloria… ¿Y cómo es que se llamaba usted, señora? […] Pero la mujer me responde que quisiera ver a mi mamá otra vez, que le dé el teléfono y la dirección para visitarla y yo se los doy porque Marlene ya no es Marlene, sino una clienta obediente. Una víctima muy discreta que no se niega.

La hora avanza y el efecto tiene su tiempo preciso.

Suena un ringtone de Ana Gabriel. Es la tercera vez en diez minutos que la señora interrumpe la conversación para hablar por teléfono. Dice sí, aquí está, aquí la tengo en voz baja. Marlene la escucha, la mira, pero solo sabe decir sí y estarse quieta. En los bancos no se permiten celulares ni gorras ni lentes oscuros, pero ante el hacinamiento no hay armas ni voluntad. Mucho dinero sí, y peligro y carteras abiertas y buenas señoras.

Mira, ¿no te gustaría trabajar?, le pregunta la mujer al colgar la llamada. Quiero ayudarte. Tienes cara de ser una muchacha muy responsable y quiero devolverle los favores a tu mamá. Es un trabajo de secretaria en el consultorio del Dr. González, en la Clínica R., medio día y sueldo mínimo con cesta tickets, ¿te interesa? Yo asiento, yo acepto. Pero hay que estar antes de las tres para que te hagan la entrevista. ¿Te parece? Bueno vámonos. Vámonos rápido.

La Clínica R. queda en el centro de la ciudad. Será un camino largo, 45 minutos exactos. Los números avanzan, el tiempo corre y el torrente sanguíneo es implacable. Vamos a montarnos en el autobús: ven, yo te ayudo.

Mientras tanto hablábamos de cualquier cosa. Estaba muerta de sed. Me daba de beber de un termito de agua. El teléfono volvió a sonar: sí, aquí la llevo, ya vamos para allá, que voy con ella, dame 15 minutos, chico, que sí, coño. A ratos me sobaba el antebrazo, me ponía la mano en la pierna, me sacaba sonrisas, datos, cuentos, nombres, cuentas.

La burundanga es un mito urbano. Los testimonios no existen. Las mujeres ultrajadas dicen mentiras y el contagio por vía dérmica es una elucubración de los periódicos. Una amiga amanece eyaculada por cinco hombres en una piscina. El amigo de un amigo aparece vomitado en la Zona Industrial I sin pantalón y sin zapatos. La burundanga es un cuento, ¿es que no entiendes?

Llegamos finalmente a la clínica. Siéntate aquí que voy a anunciarte. Dame tu cartera para anotarte en la recepción. Rapidito, niña, que no hay tiempo. Pasaron 10 minutos o media hora o 45 minutos exactos. La señora no volvía. Empecé a toser desaforadamente. Me levanté. Sentí ganas de vomitar y un mareo negro. Un ardor me quemó la garganta. Caí de boca en el suelo.

¡Muchacha, bebe agua, estás como muerta!… Marlene despierta en la sala de espera de un consultorio entre los brazos de dos secretarias y una señora de limpieza que le echa aire. ¿Este es el consultorio del Dr. González?, no aquí no hay ningún Dr. González, tranquilízate, y dónde está mi cartera y la señora que venía conmigo, cuál señora, ¿no la vieron? Tú viniste sola. Y una secretaria que le dice a la otra: chama, esta mañana le pasó lo mismo a una muchacha aquí. Esto está feo.

Lo recuerdo todo pero no sé nada. El torrente sanguíneo es implacable. El efecto tiene su ritmo preciso. La muchacha de la mañana no soy yo. Marlene no es Marlene. Es una víctima obediente. Es la victima de la tarde.  Esto no es un retrato hablado, es la verdad.

Por ahí anda la señora colega de una profesora, amiga de tu mamá, que le devuelve favores a Rosa y te ofrece visita. Así va transcurriendo el lunes a viernes de las víctimas, la de la mañana y la de la tarde, el consultorio del Dr. González, las dos horas del efecto, la clínica por si les da un ataque, la coartada perfecta.

Y detrás la ciudad que nos engaña. La creatividad para agredir al otro, la invención de mejores crímenes, las jornadas laborales de la delincuencia, el delito que va mejorando sus métodos.

Esto no es un invento, parece una alerta.

 

Por Zakarías Zafra@zakariaszafra

Cuando el Chuky móvil desapareció

“Buenas tardes. A nuestro amigo y miembro de nuestra comunidad cinematográfica Alejandro Rodríguez, Chuky, le acaban de robar su bus carroceria andina plateada y roja. Agradecemos cualquier información y corran la voz, por favor”.

Así escriben en el grupo de WhatsApp ZonaCineCcs, el sábado 18 de agosto de 2018, a las tres de la tarde. El chofer de los artistas –quien es más famoso para las celebridades, que las celebridades para él– ha perdido su Ford Andina del 83. Esa misma que trasladó al equipo técnico y actores de los largometrajes de Diego Rísquez y que en los noventa llevó a Carlos Oteyza hasta la Gran Sabana para filmar Roraima.

“Qué cagada”, “Nooooo, qué mala noticia”, “Coño, el Chuky móvil. Qué ladilla. ¿Hasta cuando las ratas apoderadas del país?”, responden varios por WhatsApp.

Así como a Chuky se le dificulta recordar a Oteyza o a “ese que se murió hace poco”, se le olvidó, también, cerrar el carro y guardar las llaves en su bolsillo.

O no, no es que se le olvidan las cosas, solo que no percibe el peligro en la segunda capital más violenta del mundo, así como tampoco le interesa si trabaja con un director de cine, un barrendero o  un mesonero. Los apellidos no son importantes para él. Cualquier trabajo es respetable. A todos los trata por igual.

O todo le da igual, que no es lo mismo aunque parezca.

Mientras conversaba con un grupo de mesoneros –los de oficio, no la banda musical–  en La Campiña, las llaves reposaban sobre el volante de su camioneta. Debe haber pocas cosas tan raras en Caracas como esa escena: un vehículo, solo –sin el dueño–, con las llaves perfectamente colocadas sobre el volante, como diciendo: róbame.

Chuky salió de la agencia de festejo y lo que hubiese resultado obvio para cualquier caraqueño, para él devino “sorpresa”: el carro no estaba.

“Ya la policía de tránsito está al tanto con el comisionado Mujica, jefe de operaciones. Necesitamos fotos de la camioneta. Llamé a Laura, la chica que está viviendo en su casa pero no me respondió. ¿Carlitos está en Venezuela?”, pregunta un integrante de ZonaCineCCS.

“Yo no estoy en Venezuela, estoy en la luna tratando de entender lo del bolívar soberano”, dice no un Carlitos lunático, sino un Carlitos venezolano. “Yo tengo muchas imágenes. Fotos del casting. Ya las envío”, comenta una joven del grupo.

No basta con el comisionado Mujica. Los cineastas venezolanos quieren participar en la misión del rescate del Chuky móvil, no solo porque lo utilizan para las escenas de sus películas, sino por el aprecio que le tienen a Chuky. A ellos no les da igual.

Vestuaristas, sonidistas, scripts asumen un rol detectivesco en esta película que no es de ficción. Intentan indagar en detalles para tratar de ejercer la justicia que, lo más probable, ni la policía ni Chuky van a alcanzar. Concluyen que el hurto ocurrió a las 12:00 pm, en las afueras de Pdvsa, La Campiña; y la placa del vehículo es 01AB4BS.

Llego a Los Chorros el 27 de agosto de 2018 para también averiguar sobre el robo del Chuky móvil. El Centro de Arte Los Galpones está rodeado de cámaras, luces, maquillaje, sudor y comida. Allí me encuentro con Chuky.

“Tanto tiempo sin que nadie me entrevistara. ¿A ti te gusta tu trabajo?”, inicia Chuky el interrogatorio, o monólogo. Mientras saborea un café, y sin dejarme hablar, dice que a él su labor no le disgusta. Más que nada por el café y la comida del catering. También nombra a sus panas del equipo técnico: Carlos Merchán, Wllka –de quien no recuerda su apellido–  y un tal Cristóbal.

Cuando termina de comer y beber, me comenta que debíamos realizar la entrevista en otro lugar. En un espacio en el que realmente se sintiera cómodo y pudiera conversar tranquilo  –aunque no pareciera estresado mientras me lo plantea–, ya que pronto le va a pegar la hora del burro y puede que eche una “siestica”.

Aunque, por lo general, le es difícil dormir en los rodajes. En los minutos que estoy a su lado aparece cualquier persona a lanzarle preguntas: “Chuky, ¿me resolviste lo del taxi?”, “Chuky, ¿qué tal esa papa? ¿Estaba buena, no?”. Responde a todos que sí. No agrega más. No habla mucho, pero todos disfrutan conversar con él. Capaz por eso mismo: aunque saben que no es su psicólogo, en él encuentran a alguien que los va a escuchar.

Nos dirigimos a la calle, a las afueras de Los Galpones. Y entonces, para hablar cómodos y tranquilos, Chuky y yo nos sentamos en los asientos de su Ford Andina del 83. Esa que hace una semana los ladrones manejaron quién sabe hacia dónde. Esa misma que se aprecia en uno de los planos de La Familia, en donde Chuky aparece haciendo lo que hace todos los días de su vida: manejando su carro. Solo que a veces, lo actúa.

“¿Qué quieres que te diga? Para mí fue un autorobo”, expresa recostado del asiento del copiloto.

Pienso: “¿Autorobo?”.

Le pregunto a Chuky y me explica, trata de que yo entienda, que fue su culpa, su responsabilidad. Y por eso, como quien expía su culpa, está dispuesto a terminar de pagar el rescate. Aunque ya tenga su camioneta y nadie lo esté presionando para que pague.

Ya va: ¿ah?

La cosa es así: el rescate de la camioneta fue cotizado por el hampa en 300 dólares –monto que a Chuky no le parece “tan” descabellado, considerando que las cosas en Venezuela están muy caras– y él pudo pagar solo la mitad.

“¿Chuky, pero tú tienes ese dinero?”.

A Chuky, el dinero, como casi todo, no le parece relevante. Le molesta que por culpa de la inflación en el país ya no puede tomarse sus cervecitas todos los días. Cuando trabaja en las películas, no fija presupuesto, solo pregunta a producción: “¿Cuánto tienen? ¿Cuánto me podrían pagar, pues?”.

Aunque, por lanzarme cualquier cifra, aproxima que un día de transporte para 24 personas en su camioneta tiene un costo de 30 millones de los viejos, 300 de los soberanos; es decir, ni un dólar. Está considerando incrementar esa tarifa. No sabe a cuánto. Pero los cálculos no le dan al momento de mantener su carro. Y eso que él mismo se ocupa del cuidado: no cree en los mecánicos y mucho menos en talleres. Nadie conoce ese carro tan bien como él. Ni el equipo técnico o actores de Rctv que viajaron por más de 20 años en el Chuky móvil y quién sabe cuántas intimidades pudieron descubrir en esos asientos.

“Queridos compañeros: como muchos saben, ya Chuky recuperó su bus. Tuvo que pagar 300 verdes que aún debe. Les escribo para el que pueda y desee colaborar con el resto del rescate. Falta la mitad. Me dijo que en una semana y dos días debe volver a pagar.  Así sea muy poquito lo que colaboremos, para él será inmenso. Solo por esta iniciativa ya se encuentra súper agradecido. Ojalá podamos ayudarlo. A continuación pongo los datos de su cuenta”, reaparece el caso del Chuky móvil en el grupo de ZonaCineCcs.

Es primera vez, en 35 años, que Chuky debe mediar con delincuentes. Aunque realmente no fue él quien lo hizo. No supo qué hacer cuando volteó su cabeza y observó que su camioneta no estaba. Al fin y al cabo ese es el único soporte económico para su casa y para su esposa de hace más de 40 años, Doris de Rodríguez.

Le dejó la responsabilidad de negociar a su yerno, quien visualizó la camioneta por los Valles del Tuy y logró contactar a los ladrones. Le entregó el dinero y a las pocas horas recuperó su camioneta. Se sorprendió cuando observó que lo único que le habían robado era la batería del carro. Los cauchos estaban intactos, al igual que los cachivaches que guarda en la maleta. Hasta aceite y refrigerante tenía. El motor, como nuevo. Como si nada hubiese pasado. Chuky estaba dispuesto a encenderlo y regresar a su rutina de trabajo.

“Yo creo que esto fue como un alquiler. Capaz ellos necesitaban el carro. Bueno, capaz eso cuesta 300 dólares. Yo solo sé que no quiero correr el riesgo”, declara Chuky mientras acaricia los asientos del vehículo.

Cuentas claras conservan amistades. Pero, en Venezuela, cuentas claras pueden conservarte la vida. Nunca conoció a los ladrones. Tampoco los encontraron los del Cicpc.

“No sé, pero yo creo que fue el mismo yerno el que se choreó ese carro”, se escucha detrás de cámaras mientras graban la película en la que Chuky está trabajando actualmente, y de la que, para variar, no recuerda el nombre. Cree que se llama Los Infieles. Lo que no cree es que su yerno le haya sido infiel. O capaz sí. Total, fue una especie de alquiler.

“Cédula: 9.131.963. Banco Caribe. Cuenta de Ahorro. 01140184891841029280. De antemano, muchas gracias. Este gesto y preocupación por nuestro compañero y amigo se les retornará con creces. ¡Seguro será así!”, dice una mujer en el grupo de WhatsApp.

“¿Pero qué es eso? ¿Rescate?  No se debe caer en ese tipo de chantaje”, replica otro.

“¿Usted conoce a Chuky?”, agrega uno más y culmina la conversación.

 

Por Claudia Smolansky | @clausmolansky 

De Caracas a Lima: ¡Hasta pronto, patria querida!

He visto a muchos venezolanos en las calles de Lima vendiendo bombas, tizanas, arepas, empanadas, limonada. En el Óvalo de Santa Anita, un lugar muy concurrido de la ciudad, suelen estar como un ejército de hormigas. Se les distingue a leguas, pues llevan dos sellos distintivos: la gorra tricolor y la camiseta de la Vinotinto.

El paisaje, a primera vista, es realmente desolador. Algunas de esas personas tenían un empleo formal en Venezuela; eran maestros, ingenieros, comunicadores o ejercían algún oficio. En Lima, como en otras ciudades del mundo a donde van a parar los venezolanos de la diáspora, el objetivo más inmediato es lograr reunir un poco de dinero para comer y pagar una habitación; es decir, sobrevivir.

Sobrevivimos al rencor, a los políticos mediocres, al primer novio, a la cursilería. Gabriel García Márquez lo resumía mejor: “La vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir”. Pienso en esto, y una verdad –dura y aplastante como una roca– viene de golpe sobre mí: hay que sobrevivir, ya no a los permisos negados de los padres para ir a una fiesta, ya no a la clase de matemáticas, ya no al Metro de Caracas, sino al hecho de ser emigrante.

Hasta enero de este año, según la Superintendencia Nacional de Migraciones de Perú, 100 mil venezolanos permanecen en este país. Mi pareja y yo, afortunadamente, conseguimos empleo (en una agencia digital) la misma semana que llegamos a Lima. Aunque pasamos a engrosar la cifra de venezolanos sin permiso de trabajo, hemos contando con una especie de “suerte” que parece reservada a unos cuantos. Al menos, por ahora, tenemos un sueldo fijo. No trabajamos lo fines de semana (los peruanos normalmente trabajan de lunes a sábado). A veces me perturba pasar más de nueve horas diarias en la oficina, pero agradezco no tener que estar de pie, bajo la inclemencia del sol, vendiendo algún tipo de producto.

Lima, la capital de Perú, huele a sazón. Algunos alegan que es el centro gastronómico de Suramérica. Se nota que a sus habitantes les gusta comer y por montón. Deleitar ceviche y tomar una chicha morada parece un ritual diario. Los jugosos trozos de pescado blanco envueltos en el jugo de limón pueden ser digeridos por cualquier peruano a las siete de la mañana. Un plato que parece ser pesado para esas horas, al menos para mí que estoy acostumbrada a desayunar pan o arepa. A la par, en calidad de comida, están los restaurantes Chifa; comida china con ingredientes peruanos. Cualquier plato puede ir acompañado con el refresco clásico Inca Kola.

Los ruidos ensordecedores de los automóviles y los comerciantes con sus puestos de comida hacen vida en las calles limeñas creando una gran urbe. Cuando camino por algunas de sus aceras noto que estoy en un país que tiene un rico contraste en el que se puede estar en el pasado pero también en el presente. Que, aunque sea un país de tradiciones, le están sucediendo cambios. Cualquier peatón se puede encontrar con una calle pavimentada que termina siendo de tierra.

Lima es una ciudad en donde en algunos de sus distritos predomina el polvo y los colores arenosos, esto se debe a los grandes edificios que están en construcciones. Su cielo no es nada predecible, un día puede estar un sol radiante, pero al otro totalmente nublado. El tráfico es abrumador. Las autopistas a toda hora tienen gran cantidad de vehículos. Cada persona que está frente al volante tiene sus propias reglas. Hay contaminación sónica por las bocinas de los carros; los fruteros que ofrecen, por altoparlantes, las bicocas; los colectores de las busetas –aquí con nombre de jalador– que gritan las rutas de su trayecto.

En el bus que agarro todos los días para el ir al trabajo se suele subir una mujer venezolana con una caja de chocolates en las manos –piel blanca, 1.60, cabello corto y rojo, bolso pequeño cruzado sobre su hombro izquierdo–. Tiene una retahíla, un discurso conmovedor, similar a los que usan los vendedores del metro y de las camionetas de Caracas, pero bien adaptado, no precisamente a la cultura peruana, sino más bien a las circunstancias.

“Buenos días, señores pasajeros. Por acá les traigo unos ricos chocolates, solamente a un sol. Un sol que no enriquece ni empobrece a nadie. Como podrán ver soy venezolana. Vine a este país huyendo de la fuerte crisis económica e igual que mis otros compatriotas estoy trabajando fuerte para llevar sustento a mi casa y enviar algo de dinero a mi familia en Venezuela. Quiero agradecer a Dios y al hermoso pueblo peruano que me abrió las puertas. Iré pasando por sus asientos, muchísimas gracias”.

Nuestro viaje con destino a Perú inició el lunes 22 de enero de 2018, a las cinco y cuarenta y cinco de la tarde. Partimos con cinco bolsos: dos para cargar en la espalda, dos como equipaje de mano y uno en el que mi mamá me acomodó nuestro sustento del todo el recorrido: pan, galletas, jamón endiablado, queso fundido, jugos de cartón, y golosinas que recibimos de algunos familiares. Manjares en la Venezuela de hoy.

Foto: Yaisa Bell

La previa del viaje estuvo cargada de una serie de pasos que, por muchos momentos, sentí que parecían difíciles de sortear. Conseguir seiscientos mil bolívares en efectivo y un pasaje por tierra fueron las más cuestas arriba.

Para salir de Caracas y llegar hasta San Antonio del Táchira hay que pasar una noche en el terminal; de lo contrario, los que no quieran trasnocharse, deben comprar los boletos en el mercado negro y pagar una exorbitante cantidad. Julio, mi novio, llegó a las seis de la tarde del 20 de enero a Flamingo, terminal ubicado cerca de Parque Miranda, para cazar los dos pasajes. Allí, para tener un poco de control, decidió encargarse de hacer una lista de los compradores; las personas que se desvelarían en una acera, a la intemperie.

Durante esa noche me costó conciliar el sueño. El sentido de la justicia empezaba a retorcerse: yo en una cama, cómoda y bajo un techo. Julio en la cola de un terminal pasando frío. A las cinco de la mañana me desperté. Mi abuela me ayudó a preparar el desayuno. Salí en un taxi para llevarle a Julio una arepa y un té de manzanilla.

El periplo comenzó en un bus-cama de dos pisos. Una vez arriba, en nuestros asientos, vimos por la ventana a un montón de personas agitando las manos en señal de despedida. Los aeropuertos y los terminales de autobuses en Venezuela se han convertido en lugares de adioses que llevan implícito un miedo sofocante: ver partir a un familiar sin saber si habrá posible reencuentro.

Los pasajeros se abrazaron unos a los otros. Supongo que es un ritual de moda para demostrar solidaridad, para darnos fuerza. Para decirnos “no estás solo, estamos juntos”. Aunque también es cierto que la gente viaja con su pareja, con amigos o familiares (nadie se lanzaría solo a la aventura de un viaje de tantas horas). Yo observaba todo, quería grabar ese momento en las retinas, de la misma manera que sucede con los personajes de un episodio en Black Mirror. Pensaba en la posteridad: quería captar los detalles para escribir una crónica. Me hacía la dura. Contenía el llanto para que mi madre, con quien me veía a través de la ventana del bus, no se derrumbara, no llorara más de lo que ya lo hacía, no pensara que yo no iba a sobrevivir. Contuve el llanto, pero solo logré intensificarlo en mi interior.

El recorrido por Venezuela fue, de algún modo, espantoso. Los conductores nos habían dado una “medida de protección”: no vean por las ventanas, mantengan las cortinas cerradas porque lanzan cosas. A las diez de la noche, específicamente en un pueblo de Carabobo, todos estábamos durmiendo cuando escuchamos el estruendo de un golpe.

“Lanzaron una piedra –gritó alguien–, díganle al chofer que no se pare, que unos motorizados nos persiguen”.

Para el conductor ya esta persecución tipo película de acción hollywoodense era algo normal. Metió chola hasta salir del radar de los asaltantes y llegar hasta un puesto de la Guardia Nacional. El copiloto se acercó para ver qué había sucedido. Inspeccionó los vidrios minuciosamente, se aseguró que todas las cortinas estuvieran cerradas.

“¿Vieron, vieron lo que pasa? Por eso hay que tener todo cerrado, yo se los he dicho”, advertía como quien quiere que le reconozcan, de manera tardía, haber tenido siempre la razón.

La piedra había roto el vidrio y la cortina evitó que aquel objeto contundente diera en la cabeza de algún pasajero. Al llegar a la alcabala militar, no volvimos saber de los perseguidores. Desde ese episodio mis nervios empezaron a salirse de control.

A las ocho de la mañana del día siguiente llegamos a San Cristóbal. Con los compañeros que Julio había conocido en el terminal, cuadramos un taxi para que nos llevara hasta San Antonio. Cada puesto costó 120 mil bolívares. Nos subimos. Los miedos seguían presentes. El taxista nos dijo que este recorrido duraba 40 minutos y que nos esperaban alrededor de cuatro alcabalas de la Guardia Nacional, “una más arrecha que las otras”. Eso significaba que corríamos el riesgo de que nos quitaran parte de las cosas que llevamos en las maletas, en nuestros cuerpos, incluyendo dinero. Paradójicamente el enemigo de turno era el mismo que la noche anterior nos había salvado el pellejo.

Ya nos sabíamos las historias de los “trabajitos sucios” que realiza la Guardia Nacional. Por eso los dólares los escondimos dentro del cuello de la chaqueta que tenía puesta. Días antes del viaje, escuchamos que hubo mujeres que guardaron los “verdes” en una toalla sanitaria. Cuando pasamos las alcabalas sentíamos las miradas sobre nosotros. Cada posibilidad de que pararan el carro y revisaran las maletas era dolorosa. Por suerte no hubo contratiempo. Todo se trataba de estar en un videojuego: superando cada obstáculo para llegar a la meta.

San Antonio parecía tres veces la redoma de Petare. Gente por aquí y gente por allá. Ahí mismo nos cayeron los carretilleros, los asesores de viaje y “gestores” del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), quienes cobraban 30 mil pesos por el “sello VIP” sin necesidad de hacer la kilométrica cola. “¿Hacia dónde van?, tengo pasajes para Bogotá, Quito, Lima, Chile, con sus comidas y duchas”, era la repetida oferta.

Con nuestro equipaje caminamos hasta la taquilla para sellar la salida de Venezuela. La gran cantidad de venezolanos que saltarían al otro lado del charco conformaban una cola que no parecía tener fin. Julio y yo nos dispusimos a hacerla.

Carlos –alto, cabello negro, 35 años– a quien conocimos en el trayecto desde Caracas, nos regaló una bolsa de pan. Su justificación: “Yo voy hasta Bogotá, ustedes van lejos. Dios los cuide”. Un intercambio de números y una estrechada de mano fue la despedida del paisano, quien nos confesó que después de 25 años de casado dormiría solo por un tiempo; su esposa y su hijo se quedaron en Venezuela. Su objetivo: trabajar duro para establecerse y enviarles los pasajes.

También conocimos a Rodolfo, un señor de 45 años que viajaba con Yaisa, su hija de 23. Ambos tenían como destino, igual que nosotros, a Lima. Preguntarle a los compañeros de turno el monto que llevaban para mantenerse en el país de acogida era la pregunta más incómoda, pero nos las hicimos y, entonces, ganamos confianza.

Rodolfo y Yaissa, los amigos del camino. Foto: Pierina Sora

Desde ese momento, cada quien comentaba su historia de partida y de las cosas materiales de las que tuvieron que desprenderse para comprar divisas en el mercado negro. Rodolfo se desempeñaba como técnico en cámaras de seguridad. Vendió su moto, el televisor y el celular para costear el viaje, mientras que Yaisa tenía poco tiempo de haberse graduado como Ingeniero Electricista, en Maturín. Le tocó pasar por doble dolor: dejar a Venezuela y a su hija –de cinco años– con su abuela materna. Ella le prometió a su pequeña que, una vez establecida, la iría a buscar.

Después de pasar seis horas de pie y bajo un tórrido sol, nos sellaron el pasaporte. Desde ese momento, nos sumamos a los cuatro millones de venezolanos que para ese entonces habían emigrado (una cifra avalada por una encuesta realizada por Consultores 21 S.A, en enero de 2018).

Inicio para cruzar el puente Simón Bolívar.
Foto: Pierina Sora

Al igual que miles de ciudadanos que cruzan a diario el puente Simón Bolívar –vía que comunica Venezuela con Colombia–, nosotros también lo hicimos. No contratamos a ningún carretillero. Caminar se me hizo cuesta arriba por todo el compendio de emociones que llegaron a mí: miedo a que un Guardia Nacional nos revisara, fe por creer en Dios y refugiarme en la oración, adrenalina por llegar pronto al otro extremo. Julio me ayudó con el peso de los bolsos. El sudor resbalaba a chorros por mis costillas. Erguí mi espalda, aligeré mis brazos para meter una dosis de energía y seguí el camino. Fueron 315 metros de incertidumbre, sin un árbol que nos diera sombra.

En Cúcuta había de todo: personas cargando bultos de pañales, de papel higiénico, de arroz y de azúcar, cosas que tenía tiempo sin ver. Al menos en esas cantidades. Vendedores de la telefonía Claro y casas de cambio ambulante: personas que cambian divisas.

Rodolfo y yo nos quedamos en el lugar con todo el equipaje. Julio y Yaisa tomaron un taxi ida y vuelta por dos mil pesos hasta el terminal de transporte para comprar los pasajes del próximo destino. Consiguieron hasta Guayaquil, Ecuador. Los boletos (130 dólares cada uno) se agotaban rápido por la fuerte demanda. El paquete incluía dos almuerzos, una parada para ducharse, wifi y enchufes para cargar los celulares y tabletas.

En Migración Colombia hicimos una cola de dos horas. Para sellar el ingreso al país cafetero te exigen que tengas a la mano un boleto.

Cola para sellar el pasaporte en Migración Colombia.
Foto: Pierina Sora

Luego de un retraso fuerte por parte de la compañía, abordamos el autobús a las tres de la mañana. Una vez estuvimos en los asientos reclinables nos dimos cuenta de que seguíamos rodeados de venezolanos que iban, igual que nosotros, tras una mejor calidad de vida y la posibilidad de ayudar a los seres queridos con el envío de remesas.

El viaje por Colombia fue largo. Recorrimos aproximadamente 1.431 kilómetros desde Cúcuta hasta Rumichaca (zona fronteriza entre Ecuador y Colombia). La camaradería entre los viajeros se hizo notar. Compartimos pan y galletas con queso fundido. Incluso agua y Viajesan, pastilla para los mareos y náuseas.

En Rumichaca, una brisa intensa y un clima de 15 grados nos recibió. Un comisionado de migración Colombia subió a nuestra unidad y se llevó todos los pasaportes para sellar la salida del país cafetero y dar entrada a la nación del Cotopaxi. Nos advirtió que nos quedáramos dentro del autobús porque no teníamos permiso legal. No hubo problemas. Después de hora y media nos devolvieron nuestro documento.

Bajamos a dejar el equipaje en las oficinas de la compañía de viaje que nos llevaría hasta Guayaquil, e hicimos la cola de Migración Ecuador. Un grupo se quedó en la larga hilera para cuidar los puestos. Julio y yo fuimos al baño. Mientras esperaba mi turno, las mujeres venezolanas hablaban de una sola cosa: la escasez del plato navideño. “Chama, allá no comimos hallacas, esa vaina era yuca con mantequilla”, renegó una de cabello rojo. “Mi familia tampoco. Nosotros nos vinimos porque ya no se puede más”, soltó una rubia quien llevaba la gorra tricolor.

Luego de cuatro horas, llegamos a la taquilla. La oficial, que estaba detrás del vidrio, nos preguntó cuál era nuestro destino. Dijimos la verdad. Sorprendida, observé que las hojas de mi pasaporte estaban llenas de sellos. Antes de la crisis, no viajé a ningún otro país. Mi familia siempre tuvo los recursos económicos justos. Incluso, los cinco años de mi carrera de Comunicación los pagué con mi trabajo. Por lo tanto, esos sellos despertaron en mí un sentimiento amorfo.

Un poco antes de partir a Quitumbe (terminal de Quito) comimos el segundo plato que estaba incluido en el boleto. Sopa, seco y jugo. Una comida que supo a gloria (ya estábamos hastiados de los enlatados). En las paradas rápidas se subieron algunas mujeres de tez morena. Sus bandejas exhibían pastelitos. Las bolsas marrones en la que estaban envueltos se tornaron transparentes por la cantidad de fritura. Nosotros, por suerte, compramos cuatro por un dólar y pudimos resolver la cena de ese trayecto.

Comida incluida en el boleto de viaje.
Foto: Pierina Sora.

Hicimos un viaje de 12 horas hasta Guayaquil. En algunos pasillos del terminal había una gran cantidad de venezolanos que, se notaba, venían de hacer el mismo recorrido que nosotros. La mayoría estaban en el suelo, comiendo pan con productos enlatados.

Bajamos el equipaje de nuestras espaldas y nos sentamos en los asientos de una de las tantas agencias que venden boletos. Compramos pasaje con salida a las siete de la noche. En el transcurso del día paseamos por este gran terminal que no tiene nada que envidiarle a un centro comercial de primera clase.

Entramos a un supermercado y, lo admito, quedé totalmente impactada. Desde hacía mucho tiempo no veía los anaqueles totalmente llenos y con una amplia variedad de marcas. Para premiarnos por nuestros esfuerzos compramos los famosos pingüinos rellenos de chocolate, delicia que se extinguió en Venezuela.

Un dulce que compramos en el supermercado ubicado en el terminal terrestre de Guayaquil.
Foto: Pierina Sora

Antes de abordar la unidad, cada quien fue al baño para darse una “ducha rápida”: cepillado de dientes, lavado de cara y axilas con agua. El resto pudimos hacerlo con toallas húmedas. Ya estábamos preparados para esto y sabíamos, por experiencias de otros, que no siempre podías bañarte.

Rodamos hasta Tumbes, frontera con Perú. La entrada al territorio Inca no tuvo ningún inconveniente. El sello de turistas en nuestros pasaportes fue de seis meses.

Después de viajar seis días y recorrer  4.340 kilómetros, Lima nos recibió con un sol en su máximo esplendor. Con su acostumbrado tráfico. Llegamos y alquilamos una habitación totalmente vacía. Bajé el bolso de mi espalda. Me senté en el piso y comencé a observar las cuatros paredes. Luego cerré los ojos y tuve un flashback de todo lo que viví durante el viaje. Me di cuenta que a mis 26 años no había tenido la oportunidad de salir al extranjero y que lo más lejos que había llegado era a La Gran Sabana y Los Roques. A partir de ese momento, volví a subirme a la montaña rusa de emociones: sentí rabia e impotencia porque la manera en la que salí de Venezuela no fue muy agradable. Siento que no emigré sino que me tocó huir, sin saber cuándo cambiará la situación, cuando superaremos la crisis. Sin saber cuándo volveré a abrazar a mi familia y jugar con mis perras. Sin saber si podré estar en la partida de un ser querido y tenga que consolarme con el envío de dinero para cubrir los altos costos fúnebres.

Llegué a otro país en donde puedo trabajar para comprar lo que quiera en un supermercado, sin necesidad de colocar una huella o de conseguir algún producto sin bachaqueros mediante. Supe que dejé atrás Venezuela porque aborrecí de estar en ella por culpa de terceros, porque vi lo bueno, pero también lo malo: mediocridad, antivalores, viveza y egoísmo.

Entré en la larga lista en la que se encuentran muchos venezolanos: los que desean surgir en el país de acogida y ayudar a los familiares que se quedaron en un barco que se va a pique. Los que recuerdan lo buena que fue la patria querida y lo buena que algún día volverá a ser.

“Ves la hora, se hace tarde ya.
Solo empacas algunos recuerdos
Una llamada sin mucho explicar
Que se den cuenta te da igual

Abres la puerta sin mirar atrás
Con retazos haces tú bandera
No tiene escudos ni estrellas
Solo flechas en una dirección”.

Gaélica- Te vas

 

Por Pierina Sora | @pierast
*Esta nota fue publicada originalmente en Seis grados

La vida en vivo

La última vez que El Niño Jesús pasó por mi casa, no dejó un gran castillo de Barbie ni tampoco un Game Boy Advance; su regalo fue un cd de los Backstreet Boys. Ese anacrónico dispositivo, que a principios de siglo sostenía a la industria musical global, y ahora se utiliza más en la elaboración de manualidades que para su función original de almacenar información, estaba acompañado de dos entradas para el primer concierto que darían los BSB en Caracas. Esa Navidad mi versión de ocho años se sintió igual –o más– afortunada que Charlie Bucket con el golden ticket de Willy Wonka.

Mayo de 2001. “Black & Blue Tour”, 115 conciertos repartidos en nueve países, tres de ellos en Venezuela. Anuncios de televisión y vallas en las autopistas, coberturas informativas especiales encabezadas por Eyla Adrián y María Alejandra Requena, dispositivos de seguridad con oficiales públicos y empresas privadas, calles cerradas y rutas transporte gratuitas para los asistentes, miles de jovencitas acampando por días a las afueras del Estadio Luis Aparicio en Maracaibo y del Estacionamiento del Poliedro en Caracas. Euforia adolescente e ilusión infantil brotaban en partes iguales entre el público, la “backstreet manía” aterrizó en el país con un apoteósico espectáculo que me ofreció una certeza en la que hoy, 17 años después, sigo creyendo firmemente: ir a conciertos es una de las maneras más genuinas de palpar la felicidad.

Vivir en Caracas

En mi familia la música siempre ha sido tan importante como el pan. Crecí escuchando anécdotas de mis tíos sobre los conciertos de la Fania All Stars, Van Halen, The Police, Queen y  The Jackson Five en El Poliedro; conocí la locura de las masas teniendo de tío político a un integrante de Salserín –en la época de De sol a sol y Entre tú y yo–, reí muchas veces cuando mi mamá me contaba con orgullo cómo se escapó de la casa para ver a Santana en el Estadio Universitario de la UCV; y cada año, la transmisión del Festival de la Orquídea era mi momento favorito de la televisión nacional.

Tuve la suerte de poder trazar mi adolescencia a través de conciertos: Hilary Duff en la cúspide de su reinado Disney y con Vos Veis de teloneros; Black Eyed Peas en la última encarnación del Caracas Pop Festival; Diego Torres en un Poliedro tapizado con patrocinadores: desde tarjetas de crédito, bebidas alcohólicas y hasta marcas de preservativos; Nine Inch Nails, Iron Maiden y Korn para cumplir las cuotas de furia correspondientes a la edad; dos entradas para Incubus pagadas en efectivo en el Recordland del Sambil; Soda Stéreo en el año del referéndum constitucional; y Green Day como regalo de graduación del colegio.

Un buen número de conciertos a temprana edad. Pero si un evento ha marcado mi vida como entusiasta de la música en vivo, ese ha sido el Festival Nuevas Bandas. Desde 2006, primer año que asistí como público, pasó casi una década para que pisara su escenario como miembro del equipo de producción. Podría hacer una larga lista con las bandas que vi en las distintas locaciones (Plaza La Castellana, estacionamiento de El Nacional, Concha acústica de Bello Monte, Centro Cultural Chacao…) que ocupó la competición de bandas más longeva de Venezuela y del continente, durante ese período y los momentos, llamémoslos, históricos para la música nacional que sucedieron sobre sus escenarios.

 Así como el FNB sorteaba con ímpetu la ya incipiente crisis, en paralelo también se abrían más espacios para la “movida nacional”: Por el medio de la Calle, el “Ni tan nuevas bandas”, WTFest, Sunset Roll, Waraira Fest, Rock en la U y Virgen Fest, nombres que siguen siendo para mí referencia al recordar que esa utopía moderna que conocemos como festivales de música hasta hace no mucho se adaptaban a nuestra realidad y ocurrían con cierta frecuencia en Venezuela.

Caracas se quema

Desgraciadamente el desastre del chavismo se puede explicar con muchos ejemplos, de antemano pido disculpas por tomar uno bastante frívolo pero apropiado para este texto. Aproximadamente a partir de 2012 Venezuela desapareció del mapa para las grandes giras internacionales que pisaban Latinoamérica; y de los pocos conciertos que se realizaron, quizás los más grandes, costosos y polémicos fueron organizados por el Gobierno. Aunque a muchos incomode, la música sobrepasa ideologías y esos destellos de felicidad musical fueron aprovechados por un gran número de jóvenes caraqueños, entre los que me cuento. A pesar del trasfondo político de los eventos, no negaré que vi a Kevin Johansen + The Nada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño a un precio irrisorio, incluso para el momento; y a Café Tacvba, una madrugada en la Plaza Diego Ibarra.

Mientras que la oferta de conciertos internacionales en el país se desvanecía, la escasez arreciaba. CADIVI viajero aún existía y la idea de irme una semana de vacaciones fuera del país, siendo una universitaria con ingresos modestos, no era un delirio. Antes de que Chile fuera uno de los países en acoger a la mayor cantidad de migrantes venezolanos, el país sureño recibió a la primera edición suramericana del famoso festival Lollapalooza.

Marzo de 2012, segunda edición del Lolla Chile. Dos días, seis escenarios, 60 conciertos y más de 100.000 asistentes. Con esa experiencia desbloqueé una insignia más en la pasión por la música en vivo: un festival de gran formato.

En caso de que mi memoria fallara, hice un exhaustivo scroll en mis redes sociales y confirmé que los últimos conciertos internacionales que vi en Caracas fueron a finales 2013. Hasta emigrar en 2016, solo disfruté de actuaciones de mis grupos locales favoritos.

De Caracas a Madrid Barcelona

—¿Cómo te sientes hoy?

—Ahí, no me gusta que este concierto sea una despedida más.

Un par de semanas antes de irme de Venezuela escuché esa conversación en el baño de Teatrex de El Bosque, y desde entonces no la olvido. Ya no solo me despedía de mis amigos, también lo hacía de los músicos y bandas que me habían hecho cantar, bailar y trabajar en los últimos años.

Como todos los que hemos salido de Venezuela con una maleta de 23 kg y poco más, tuve que dejar “ordenada” mi habitación. Mientras hacía esa limpieza profunda, conseguí flyers y programas de mano, franelas, calcomanías sin usar, recortes de revistas y periódicos, organicé mi estante de cds y desempolvé una pequeña caja de madera con un grabado del Ávila en la tapa, en la que por años deposité las entradas y brazaletes que coleccionaba. Cada objeto como una memoria tangible de este relato. Pensé empacar la cajita y algo más, pero en 23 kg hay poco espacio para la nostalgia.

Bien escribió Antoine de Saint-Exupéry que “un objetivo sin un plan es solo un deseo”. Trazando mi plan, llegué a Barcelona, donde he podido alcanzar mi propósito de trabajar en la industria musical, un anhelo que nació cuando apenas era una niña que precozmente quería ir a conciertos.

Afortunadamente, cada día me he acercado un poco más a ese objetivo original y he vivido experiencias que en casa parecían tan lejanas como improbables. Justin Bieber en pleno furor de Sorry, J Balvin antes de Beyoncé y Mi gente, La Vida Bohème en la fiesta mayor de la ciudad, Devendra Banhart en una masía catalana, Jorge Drexler en un teatro de 700 butacas, The Rolling Stones en el estadio donde se inauguraron los Juegos Olímpicos del 92. Todo esto y trabajar en las últimas dos ediciones de uno de los festivales más grandes del mundo, Primavera Sound.

Así voy, trabajando y viviendo, poco a poco o “de mica en mica”, como dicen los catalanes. Sin la caja con entradas gastadas que era mi tesoro, sin los amigos que me acompañaron en aquellas aventuras musicales, reviviendo a través de canciones los momentos que me trajeron hasta la “ciudad condal”, y construyendo con nuevos ritmos y melodías futuros recuerdos.

 

Por Ashley Garrido |@ashgarrido

Ser lector en una Venezuela en crisis

El mensaje llegó cuando terminaba de almorzar. Uno de mis amigos, que vive en Panamá, me escribía para avisarme sobre la Feria Internacional del Libro que comenzaba hoy allá, con Israel como país invitado. De inmediato me sonreí. Es una de esas oportunidades en que me emociono como un niño y todo lo demás deja de tener la importancia habitual. Cruzamos varios mensajes más y, sobre la marcha, asegurándole que me mantendría atento al teléfono celular, acordamos que él iría hasta el lugar donde se celebraba la Feria y aprovecharía para enviarme fotos de los libros que consiguiera. El instinto se puso en marcha y mis sentidos se agudizaron. En seguida pasamos de los mensajes de texto a las notas de voz, como si una urgencia nos empujara a la acción. Le pedí que se concentrara en averiguar si la editorial Anagrama tenía un stand y allí preguntara por los diferentes precios y ediciones. El siguiente par de horas se dinamizó con las imágenes que me iban llegando, los videos y más notas de voz. Ya no me sentía solo como un niño: era un niño escabulléndose precipitadamente en una juguetería, sin prestarle atención a la distancia entre nosotros.

Las portadas. Los títulos. Los autores. Las diferentes ediciones. Confieso que aluciné, porque Anagrama es una de mis editoriales favoritas, porque su catálogo es extenso y porque publican temas que siempre resultan interesantes. O quizás sólo se deba a la precariedad en la que nos hemos hundido puertas adentro, donde al momento actual cada libro que desearía comprar ronda el equivalente a seis veces el salario mínimo. Así que este mensaje vespertino inesperado se convirtió en una gran sorpresa y en una puerta hacia un mundo literario bien surtido y abastecido. Mi amigo no sabe todavía cuánto se lo agradecí, cuánto se lo agradezco, a pesar de que múltiples veces se lo dije. Pensé en las peculiaridades de esta diáspora venezolana. La mayoría de mis amistades se encuentran ahora regadas por medio planeta y es un lujo y un placer cuando me recuerdan a través de los libros que se ofrecen a comprar para mí, dejando a un lado la engorrosa logística posterior de hacérmelos llegar; porque afortunadamente, llegan; siempre llegan.

Más adelante quiso saber si me gustaba algún autor israelí en particular. Me quedé pensando en Batya Gur, en Amos Oz, en David Grossman; pero la batería de su teléfono celular estaba a punto de rendirse. Envió varias imágenes más y me pidió que escogiera uno entre todos ellos. Era una decisión muy difícil, para mí, pero también para él porque esa compra potencial alteraba su presupuesto de exiliado. Le dije que sí y nos pusimos de acuerdo para reanudar la charla virtual al cabo de media hora. En ese tiempo busqué como loco en la página de la editorial, leyendo cuanta reseña se me cruzó en el camino, para intentar hacer la mejor escogencia posible. Ya al borde del agobio (tendrán que disculpar si les parece que hay asuntos más relevantes, pero esto es un tema personal), me decidí por una novela de Yasmina Reza: Babilonia, porque otro amigo, residente en París, había conocido a la autora y me la recomendaba con bastante seriedad. Apreté el botón de “enviar” y me salí del chat, temiendo que pudiera arrepentirme en el último momento.

Varios minutos después, llegaron nuevas fotos y notas de voz. Me preguntaba si conocía a Patricia Highsmith. Abrí mucho los ojos. Pensé en cuánto respeto siento por la prosa de esa mujer y en las maravillosas historias que escribió, desde el punto de vista psicológico. Le respondí que sí, que tenía un libro de ella con tres novelas cortas. Mi amigo envió otro video: me mostraba una edición hermosísima y reciente donde se reunían varios relatos cortos. Él me explicó que la primera escogencia había sido enteramente mía, pero que esa edición con los cuentos de Patricia Highsmith atrajo su atención y quería regalármelo como un obsequio extra. El video dejaba ver que se trataba de una edición gruesa que aquí en el país debería costar, literalmente, ahora sí, un ojo de la cara. En el video, mi amigo abría el libro y dejaba correr las páginas. Fue increíble cómo casi podía percibir el olor a nuevo que despedía ese movimiento. Cerré los ojos y sonreí con la idea de lo mucho que me habría gustado meter la nariz y aspirar con fuerza. Creo que mi amigo me conoce lo suficiente como para saber que eso que estaba haciendo me alteraba más allá de lo que podía confesar. Libros. Libros nuevos. Títulos por descubrir. Historias en las que podía sumergirme para eludir un tiempo más la absurda realidad fuera de mis ventanas.

Nos despedimos entre risas y fotos adicionales, porque ya casi al final escogió varios marcalibros para incluirlos en el paquete literario. Mi sonrisa era enorme. Se lo agradecí una vez más, insistentemente, pero mis palabras se quedaban cortas para expresar de verdad lo que sentía, el regocijo, el entusiasmo, la alegría, la excitación ante lo novedoso, la anticipación hasta que llegue el paquete, la arruga de la cotidianidad de los cortes eléctricos y las fallas en el suministro de agua que se corría durante varias horas con mi mente concentrada en este regalo inesperado. Pero lo intenté, se lo dije en varias oportunidades y lo repito ahora: ¡gracias! Mil gracias, pana. Ahora solo queda respirar profundo y esperar.

 

Por Luis Guillermo Franquiz

Los rincones del alma de una ex prostituta

La noche antes de decidir prostituirse por primera vez, Jacqueline Montero intentó suicidarse. En una calle solitaria de los Bajos de Haina, un pueblo al sur de República Dominicana, se lanzó frente a un camión en movimiento en busca de un final que no encontróporque el chofer del vehículo terminó siendo un conocido, que al verla, la recogió y la llevó a la casa de su abuela.

—¿Qué te pasa Jacqueline? –le gritaba la anciana entre lágrimas mientras la sacudía por los hombros.

—Lo que pasa es que salí equivocada en el mundo –respondía la joven de 17 años con los ojos hundidos y la mirada perdida, después de haber estado tres días sin dormir– ¡A mí nadie me quiere!

La experiencia parece atestiguar que las trabajadoras sexuales entran al negocio porque un hombre las maltrata, porque las violan, porque las botan de la casa o porque una amiga las invita. A Jacqueline le pasaron todas juntas.

La primera vez que el esposo de su tía se metió en su cama furtivamente, ella tenía 9 años. Los abusos continuaron, en paralelo con la violenta crianza que recibía de su madre y su hermano, hasta los 16.

A esa edad conoció a un joven un par de años mayor que ella en la iglesia mormona a la que había empezado a asistir por iniciativa propia, y decidió creer en todas sus promesas. No sabe si se enamoró de él o de la oportunidad que este le ofrecía de huir de aquel infierno que se hacía llamar casa.

Terminó casada a los 16 con un muchacho que apenas se estaba haciendo hombre, que dejó de asistir a la iglesia meses después, que empezó a beber cada atardecer, que luego comenzó a darle golpes tan brutales como los que recibía de sus parientes.

 

Para entender cómo la prostitución terminó siendo la puerta de escape de Jacqueline, hay que volver a esa tarde en la que intentó suicidarse.   

Cuando una amiga de ella escuchó lo que había intentado hacer, fue corriendo a la casa de la abuela con el mejor consejo que pudo pensar:

—Pa’ estar tú matándote, mejor vente a cuerear conmigo.

Jacqueline, que llevaba dos años bajo la influencia del sermón de los mormones, rechazó la propuesta con un solo manotazo, pero aceptó el refugio y la promesa que su amiga le ofrecía para ayudarla a encontrar otro oficio para sobrevivir.

Al día siguiente la amiga la llevó al restaurante de un conocido en busca de trabajo. Jacqueline le enseñó todos sus diplomas al hombre, mientras lo miraba con desesperación.  Este le respondió que su cajera tenía dos días sin aparecer, así que si faltaba un tercero, el trabajo sería de ella.

Esa noche su amiga le propuso que fuera al cabaret con ella y al otro día volverían al restaurante. Pero Jacqueline prefirió dormir esa noche en el parque, con la mochila como almohada, recostada debajo de un banco. Cualquier cosa antes que acercarse a ese lugar de pecado.

Cuando el sol empezó a asomarse, su amiga volvió para llevarla al restaurante. Al entrar, sintió un puñetazo en el estómago cuando vio a una mujer frente a la caja. Había ido al trabajo.

 

Cada vez que Jacqueline estaba con un cliente sentía nauseas. Su amiga le decía que era por asco, que era normal al principio. Sin embargo, un día la esposa de uno de sus clientes fue a buscarlo en el cabaret. Terminaron las dos tomadas de las greñas, mientras la mujer aseguraba que estaba embarazada. A las dos se las llevaron al cuartel y de ahí al hospital. Allí les hicieron una prueba, y la que estaba embarazada en realidad era ella.

—Vuelvo con él así me dé golpes  –pensaba Jacqueline– pero voy a parir a mi niña con mi esposo.

Al volver a Haina, a plantarle cara al hombre, no encontró más que burlas y rechazo. Cuando este se atrevió a cuestionar su paternidad, ella lo sentenció con una sola frase que no ha perdido vigencia hasta hoy.

—Apunta esto: nunca te voy a pedir nada. Voy a parir mi hija yo sola. Y ten por seguro que nunca me voy a acostar contigo, aunque no queden más hombres en el mundo.

Con cada novedad, todos los caminos parecían acabar en un cuarto oscuro, con ella sobre una cama deteriorada y un hombre pagando por sus servicios. Nunca se sintió segura. A veces incluso se sentía violada.

—¡Qué incomodo es estar con los hombres que a uno no le gusta! –se quejaba Jacqueline con su amiga.

—Tú lo que tienes es que beber Brugal, que de una vez eso se te va.

Así fue como Jacqueline se convirtió en dos personas: sin el Brugal, se quedaba en una esquina, enamorando a los hombres con la timidez de una señorita. Con el licor en las venas, los abrazaba y les decía seductoramente al oído: “Ven, vámonos”.

—Ayúdame a salir de esto –pedía llorando Jacqueline a Dios cada vez que estaba debajo de un hombre. Treinta años tuvieron que pasar para que Dios la escuchara.

Empezó a ejercer un rol combativo en la defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales a finales de los años 90 desde el Movimiento de Mujeres Unidas (Modemu), una organización sin fines de lucro que capacita a las prostitutas en diversos oficios y les ofrece chequeos médicos gratuitos y asesorías legales en casos de violencia.

En esta organización, comenzó enseñando a sus compañeras a usar el condón y a identificar las enfermedades de transmisión sexual. Lo que surgió como una iniciativa de 5 mujeres, ahora tiene en su registro cerca de 6 mil, en un país que, según cifras no oficiales, tiene una población de 200 mil personas dedicadas a la prostitución.

Hoy, Jacqueline impulsa un proyecto de ley para regular el trabajo sexual que permita proteger a las mujeres que lo ejercen de la discriminación social y los abusos policiales. Lo hace desde el congreso, donde fue electa como diputada en 2016 con más de 8 mil votos.

 

Por Estefania Reyes @estefareyes

Zapatos rotos

Gabo es Joven. Tiene 30 años, es amable, educado y respetuoso. Como otros cientos de chamos con futuro, vive atrapado en una zona populosa de la ciudad. Él vive en el barrio, pero el barrio no vive en él.

Gabo es Madrugador. Se levanta cada mañana a las 5:00 am, para hacer desayuno y almuerzo. Sale a su trabajo en uno de los grandes mercados de la ciudad: llueva, truene o relampaguee. Aunque tiene sus zapatos rotos.

Gabo es Vendedor. Trabaja en una tienda de ropa de seis de la mañana a dos de la tarde. No “está preparado” para ser encargado de la misma, a pesar de ser TSU en Administración; y de trabajar –de martes a domingo– durante ocho horas diarias en las que permanece de pie, sin perder el entusiasmo. Su vanidosa supervisora, la que no aprendió a hablar respetuosamente con los clientes, considera que Gabo no es una imagen adecuada: tiene los zapatos rotos.

Gabo es Microempresario. Su experiencia en el mercado le ha demostrado que vender ropa de mujer es un buen negocio. Invirtió sus ahorros en ello. Compra al mayor, y vende al detal en cuotas; porque sabe que la economía nos hace imposible comprar en una sola tanda. ¡Ojalá encontrara a alguien que le vendiera un par de zapatos en partes!

Gabo es Solidario. Invitó a su mejor amiga, quien también es la que mantiene su casa, a asociarse en su negocio. Ambos ganan algo, aunque sea poco. Ella quincenalmente lo empuja a comprarse unos zapatos, él siempre pospone la compra para la quincena siguiente. Alimentar a su familia es más importante que sus zapatos.

Gabo es Sostén de Hogar. No es el único que trabaja en su casa, pero es el que administra. Allí ejerce su TSU de una manera práctica. Calcula, asigna cuotas, compra, y rinde el mercado tan bien como puede. La familia de Gabo no es subsidiada, sus compras son a precio de dólar negro.

Gabo es Fuerte. Cada mañana de lunes, su día libre en el mercado, toma su maleta de ropa y transita sus puntos de venta. El Ministerio Uno, la Alcaldía Dos, sus vecinas del barrio. Cada tarde de lunes saca sus cuentas, para reinvertir el dinero y se encarga de su cobranza. Ha aprendido la importancia de tener dólares en lugar de bolívares, aunque en sus ahorros sólo tiene un billete roto de 5$.  Toda la ganancia de su negocio se le va en la comida.

Gabo es Soñador. Quiere una marca propia que exhiba sus diseños, con tela de calidad y acabados perfectos. Nada muy grande, sólo una pequeña tienda en donde él elija qué se vende y qué no, pero nadie cree en un microempresario con los zapatos rotos.

Gabo es Débil. Llora cuando el mundo se le pone chiquito, y otra vez todo el dinero se le va en comida. Un mes más en que no puede comprar dólares ni hacer crecer su negocio. Gabo se aflige pensando en sus metas, en su realidad. Y en sus zapatos rotos.

Gabo es Reformador. Se levanta de sus tristezas, se limpia las lágrimas de la cara y planea nuevas estrategias de venta. Busca nuevos clientes para ampliar su plaza, y diversifica su negocio. Tiene talento para la cocina, al igual que su socia, así que deciden explotar su talento con los postres. No se amilana ante la montaña.

Gabo es Valiente. Mira hacia el frente sabiendo que la crisis es dura, y que no es el único afectado. Sabe que, gracias a su esfuerzo, puede llevarse el pan a la boca sin falta. Tiene muy claro que el camino es largo, que nada cae del cielo, y que sus metas requieren trabajo y esfuerzo. Es resiliente.

Gabo Ambiciona. Rendirse no es una opción. Su plan es seguir trabajando con responsabilidad, honestidad y tenacidad. Está tras una meta que no pretende abandonar, aunque a veces desfallezca. Nada lo alejará de la pista de la carrera, así tenga que llegar al final con los zapatos rotos.

 

Por Becky Plaza | @BeckyPlaza