Conoce El diario del librero

Si para algo sirven las redes sociales es para encontrar puntos en común y para compartir historias. El periodista Jefferson Díaz –quien fuera librero en la Tecni-Ciencia de El Recreo y en la del Sambil; además de en el Nacho del CCCT y en la extinta Alejandría de Paseo Las Mercedes– creó hace semanas un grupo de Facebook llamado El diario del librero, en el que diferentes actores del mundo literario de Venezuela han contado sus más curiosas experiencias como libreros.

A continuación compartimos seis anécdotas: cuatro del propio Jefferson, una de Luis Yslas y otra de Rodnei Casares.

Jefferson Díaz (I)

Trabajando en la Nacho del CCCT, una muchacha entró y comenzó a rondar por los pasillos ojeando libros. Algo normal en una librería. Pero, a los quince minutos, sacó un pequeño frasco de su cartera y empezó a rociar su contenido sobre los estantes. Extrañado, y horrorizado porque estaba mojando los libros, me acerqué y le pregunté:

—Disculpe, pero, ¿qué hace?
—Estos libros nos son apropiados para un cristiano, les estoy echando agua bendita para limpiarlos.

Mi rostro de estar sacando raíces cuadradas se notó a leguas, por lo que la chica guardó su frasquito y salió a paso veloz antes de que la regañaran.

Jefferson Díaz (II)

Por los años mil seiscientos (inserte la música que todos estamos pensando), trabajaba en la Tecni-Ciencia del Sambil, en Caracas. Una librería amplia, bonita y con espacios para sentarte a leer sin que te molestaran. Todos los fines de semana, llegaba un muchacho y se acomodaba en una de las mesas de la tienda para ojear cuanta novela sobre abogados existiera. Grisham era su preferido, y en su bolsillo trasero cargaba una libreta en la que anotaba sin parar todo lo que leía. Era una dinámica que no interrumpía por nada.

Un día, preso de la curiosidad, le pregunté:

—Usted viene todos los fines de semana, nos conoce a todos y hasta tiene su propia forma de moverse por acá. Parece empleado. Así que me tomo el atrevimiento de preguntarle, ¿qué tanto escribe en esa libreta?
(Segundos de silencio y mirada pícara)
—Ten, lee.
(Tomé la libreta: estaba llena de citas de los libros)
—Esa es la manera en que deben hablar los abogados, así debo hablar yo entonces. 

Jefferson Díaz (III)

—Buenas tardes, ¿tendrá el libro Un tratado para ciegos?.
(Busco en la base de datos)
—No, lo siento, no lo reconozco. ¿Sabrá el autor?
—¡Es un portugués!
—¡Ah! Será, quizás, ¿Ensayo sobre la ceguera?
—¡Sí, ése mismo!
(Voy y lo busco)
—Oye, ¿y esto es un libro escrito para ciegos?
—No, señora. Es una novela escrita sin sistema braille.
—¿¡En serio!? No, entonces no me lo llevo. No me gusta comprar libros que me mienten desde el título.

Jefferson Díaz (IV)

—Buenas tardes, ¿tiene el mapa genealógico del Libertador?
—Buenas tardes. Como afiche no lo tenemos, pero sí tengo un libro donde se explica su línea materna y paterna.
—No, es que quiero enmarcarlo y ponerlo en mi sala.
—Bueno, quizás en la Academia de la Historia, por el Centro, lo tengan.
—Lo buscaré, es que quiero que la gente sepa que yo soy descendiente de él.
—¿En serio? ¿Usted desciende del Libertdor?
—Eso fue lo que me dijo mi mamá, y yo a ella le creo todo.

Luis Yslas

Mi experiencia como librero fue breve. Pero aún recuerdo la tarde en que una joven me preguntó si tenía libros para aprender a morir. Luego de su pregunta hubo un silencio en el que aproveché para calcular su edad: no más de veinte años. Estuve a punto de decir algo patético, paternalista, pero no sé todavía por qué me nació responderle: “¿Es para un regalo?”. Ambos nos reímos. Al final la convencí de que se llevara un libro de Aquiles Nazoa que al menos le enseñaría a morirse de la risa.

Rodnei Casares

Una señora como de 70 años me pregunta:
—¿Has leído todos los libros?
—No, señora.
—Entonces no eres librero.
—Lo soy. He leído mucho, pero es imposible leer todos los libros.
—¿Has leído los más importantes?
—Sí
—Bueno, recomiéndame una novela ligera.

La fama esquiva del valiente Strippoli

En el estudio de televisión confluyen varias cascadas de luces azules. El sonido de los aplausos del público se desvanece y de inmediato solo se escucha la música. La cámara hace un plano general que muestra a Francisco Strippoli: está postrado en el centro del escenario, en una plataforma circular con un par de escaleras cortas al fondo. Visto así –vestido de traje gris satinado, corbata morada, zapatos pulidos, peinado con esmero– no parece cansado, aunque lo está. Agacha la cabeza, la vuelve al frente; tiene la mirada fija, el ceño fruncido. Toma aire y en el momento preciso suelta su voz redonda.

Ya no quiero hablar, ya se dijo todo…

Francisco tenía el pálpito –más bien la convicción– de que no ganaría este concurso. Así que como un guiño escogió Va todo al ganador, un tema de Benny Andersson, para esta gala –la última, la decisiva– de la segunda temporada de Yo sí canto, que transmite Venevisión todos los sábados y comenzó en julio de 2011. Era el tercer reality show en el que se atrevía a concursar para “pegar”, acaso para encontrar la fama.

Duele aún mover, cosas del ayer

No debí soñar un amor tan puro

Qué inocente fue, ir de buena fe

Interpreta esas primeras frases con sutileza. Con cuidado. Hace apenas horas esta presentación era incierta para él, porque estaba en peligro de eliminación. Hace un rato tuvo que enfrentarse a otros dos participantes también amenazados. Solo uno de los tres tendría el pase a la final, pero después que cantaron el jurado decidió darles la oportunidad a todos. En total son cinco los que se disputan el trofeo. La grabación se extiende hasta las 4:00 de la madrugada y por eso Francisco está agotado. Por eso y por la presión: a lo largo de los nueve meses del concurso estuvo en riesgo de salir seis veces. Pero esta vez la angustia era mayor: no llegar al final significaba más que una derrota.

Va todo al ganador, a quien jugó mejor
Me toca a mí perder, qué le voy a hacer

Le da la espalda a la cámara. Camina con determinación hacia el centro del círculo y se detiene bajo los reflectores azules. Francisco convierte su voz en un río torrencial que inunda el estudio 1 de Venevisión. Escala de los graves a los agudos sin lesionar su afinación. Juega con el ritmo. Dosifica el vibrato. Nada de frases terminadas bruscamente: les agrega adornos, las estira, las matiza.

 

Los dioses por placer, eligen sin querer

Los dados al rodar, marcan nuestro azar

 

Arquea el tronco hacia atrás, cierra los ojos, camina por el escenario. Si parece que se desgarra físicamente es porque se lo juega todo en cada nota. Mira a la cámara. Mira al jurado –Manolo de Freitas, Hugo Carregal, Mirla Castellanos–. En el momento cumbre de la canción empuña las manos y suelta un grito potente sostenido por cuatro segundos:

 

Va todo al ganadoooor

Calla.

Y vuelve a tomar aire. Y en una agudísima nota, en falsete, remata. Y vuelve a la sutileza inicial. Y termina arrodillado, en el piso que no tiene garantía de volver a pisar.

Marcelina Infante también sabía que Francisco no iba a ganar. No, no porque creyera que cantara mal, sino porque, dice casi como un secreto, desde el principio la producción no había disimulado su preferencia por Henrys Silva, un moreno de la estatura promedio de un basquetbolista, de voz robusta, proveniente del oriente del país, que también está entre los finalistas.

Marcelina vio la final comiéndose las uñas. Tenía su favorito –el mismo de la producción–, pero ese día sufría porque los vio llorar a todos. A Henrys y a Gabriela Puche –una maracucha, también finalista– les había dado posada en su casa para que no pagaran hoteles en Caracas durante los meses del concurso.

No solo lo hizo con ellos, sino con otros cuatro a quienes fueron eliminando en el proceso. Cuando salían, se ponía triste. Porque para ella todos son talentosos. Marcelina –delgadísima, tez clara, de hablar pausado, cabello por debajo de los hombros, rostro afable– trabaja como productora y mánager de prensa de varios músicos. Por eso maneja algunos contactos. Antes se dedicaba al teatro, pero la música la enganchó. La música y los concursos de canto. Sabe quién ganó en cada uno de los realities, quién quedó de finalista, a quién sacaron de la competencia y en qué momento, a quién rebotaron en el casting, qué cantó cada quién en cada presentación. No los ha contado, pero tiene referencias de los once certámenes de canto televisado que se han transmitido en el país, por señal abierta, desde 2002 hasta 2012. Fueron cuatro por Venevisión, cuatro por el desaparecido Radio Caracas Televisión y siete por Televen. También evoca a Cuánto vale el show, aquel programa de competencia de voz que se mantuvo en la pantalla venezolana por 20 años, hasta 2001. Marcelina no se pierde tampoco los concursos internacionales: The voice, The X factor, American Idol, Latin American Idol, el festival de Eurovisión. Por eso compara y le altera el ánimo que para los egresados de las competencias nacionales, a su juicio talentosos por demás, el reconocimiento masivo se les termine convirtiendo casi en una utopía.

Su fascinación por estos certámenes comenzó en 2005, cuando conoció a Josué García, quien acababa de ganar la séptima y última temporada de Camino a la fama (Televen, 2005). Ya él había recibido muchos portazos en la cara: había entendido que el curriculum –estudios de canto, un primer lugar en un concurso televisado– no era suficiente.

—Ayúdame a entrar en los medios, Marcelina, yo quiero que la gente conozca mi música— le pidió.

—Vamos a intentarlo.

No lo dudó porque su voz le resultó una caricia. Entonces se convirtió en un hada madrina. Lo empujaba a ir a cuánto casting había, y antes de cada audición le decía que sí podía. Fue así que Marcelina comenzó a ser esa columna de apoyo también para muchos otros que, además de empeñarse en vivir de la música, se desvelan por la fama. Un grammy, alfombras rojas, multitudes que griten sus canciones a todo pulmón, fotos en las primeras planas de la prensa, entrevistas a periodistas. Esos sueños. Porque insisten en que  tienen –les sobra– talento. Le quieren gritar al mundo, con sus voces melodiosas, que ellos existen. ¿Es el deseo de nunca morir, de trascender, de permanecer? Lo intentan, una y otra vez y otra vez y otra vez.

En 2008 Josué quedó entre los 20 venezolanos seleccionados para el casting de Latin American Idol en Argentina. En el aeropuerto de Maiquetía, antes de que partieran, Marcelina les dio una palmada en el hombro a todos. Y cuando volvieron, sin éxito, les dio otra. Desde entonces algunos comenzaron a llamarla “tía”. Así se fue conformando el cardumen en busca de fama que ella alienta, y que va de concurso en concurso tratando de “pegar”. Se consiguen en las colas de las audiciones y allí cuentan con el abrazo de Marcelina. Si alguno no queda, ella lo consuela. Si alguno clasifica, ella le presta su casa. Si alguno tiene una presentación, allí está Marcelina, gritando frenéticamente en el público.

Marcelina conoció a Francisco en 2009. Se lo encontró en el reality En busca del cantante plus, patrocinado por Venevisión Plus. Ella apoyaba a Rychard Núñez, quien había concursado en Fama, sudor y lágrimas –RCTV, 2005–, estuvo entre los que fue a Argentina a la audición en 2008; y ahora, como Francisco, estaba entre los cinco finalistas. El premio era llamativo: representar a Venezuela en un concurso en Miami, hospedado en una mansión con todos los gastos pagos y 500 dólares semanales. Francisco ganó. De allí Marcelina tiene referencia de su recorrido. Por eso también lo aplaude.

 —Yo sé todo lo que ha luchado ese muchacho, siempre con su mamá para arriba y para abajo –dice.

—Ya todos sabíamos que él iba a ganar –interrumpe Rychard–. Pero así funciona esto. Aunque, claro, Francisco canta genial.

—No siempre se sabe –lo corrige Marcelina– a veces uno no tiene idea. Fíjate que en la primera edición de Yo sí canto [Venevisión, 2010], donde también participó Josué García, no se sabía que Rassel, una morena espigada que venía de quedar de segundo lugar en la tercera edición de Fama, sudor y lágrimas [RCTV, 2007], iba a ganar.

—En todo caso, Francisco se ha sabido mover, lo que pasa es que el mercado es muy difícil –responde Rychard.

El mercado es muy difícil. El mercado es muy difícil.

En 2005, cuando aún era un estudiante de bachillerato, Francisco participó en un concurso menor, también en Venevisión, cuyo nombre prefiere no recordar. Esa vez el jurado casi lo insultó cuando terminó una de sus presentaciones y lo eliminó. A eso le siguió una depresión. Fue cuando lo vio así que Mary Jane, su madre, entendió que la música era importante para él. Y lo alentó a que siguiera cantando. Años más tarde, cuando ingresó a la Universidad Central de Venezuela a estudiar la licenciatura en Artes, Francisco se inscribió en la competencia de canto que organiza esa casa de estudios, y ganó. Pero, lo sabía, ese era un concurso sin mayor trascendencia.

Quería medirse en tarimas más profesionales.

Es 2009.

La idea de ser famoso le guiña el ojo a Francisco. Por eso se ha venido preparando. Estudió canto en la academia de Mayré Martínez, la venezolana que ganó el primer Latin American Idol. Tomó clases de teatro con Romano Rodríguez, hermano de la actriz Rudy Rodríguez. Ahí está su madre Mary Jane, haciendo de mánager: lo acompaña a los castings, a sus conciertos, le consigue contactos, presentaciones. Se enteró de que estaban buscando un representante de Venezuela para un concurso internacional en Miami: la idea era seleccionar, entre varios latinoamericanos, a un cantante para una agrupación que se conformaría ex menudos, la banda que se hizo famosísima en la década de los 80 y 90. Pero a Francisco, no sabe por qué, no le llamó la atención de inmediato. Ella insistió, porque está convencida de que su hijo puede ser una estrella.

 —Hay un concurso de Venevisión Plus en el que están buscando un cantante para un nuevo grupo de Menudo.

 —Mamá, no; a mí no me gusta Menudo, yo ni siquiera me sé las canciones de ellos.

 —Anda, no tienes que cantar nada de ellos, puedes ir con cualquier tema.

Francisco, por esos días, estaba ensayando para la que sería su última presentación como voz ucevista, pero ante la insistencia de su madre prefirió irse a Miami a probar suerte. Francisco no habla como canta. Su voz, cuando conversa, no resulta melodiosa y es ligeramente nasal. Se atropella, descuida la articulación de las palabras. Cuando se emociona, aumenta el volumen y entrecierra sus ojos achinados con la mirada perdida. En persona es una contradicción del artista que se monta en una tarima: no tiene la actitud de la fiera que sale a matar a su presa, sino la de un cordero que quiere pasar desapercibido. No viste las pintas estrafalarias, sino que se presenta con jeans roídos, zapatos Converse y chemise. Y luce retraído.

 Quizá por eso comentan que es tímido. O creído, echón. Arrogante. Así llega a la audición de Batalla de las Américas, el concurso de Venevisión Plus: si gana, viaja a Miami. No conversa con los demás aspirantes. Y queda. Pasa uno, dos, tres filtros ante el jurado que integran los cantantes de la banda Guaco. Llega a los cinco finalistas. Y gana.

Ante el reto de representar al país en el exterior, Mayré Martínez, quien le había dado clases en su academia, y el cantante y actor Jhon Paul Ospina, le brindan asesoramiento vocal y escénico. Porque hay que ir bien preparado, le insisten. Cuando se monta en el avión su mente está en blanco: nada de expectativas, de alegría desbordante. Tal vez un poco de ansiedad o miedo ante el desafío. La emoción le llega en Miami. Porque por primera vez se encuentra a sí mismo con la vida de famoso que ya tenía entre ceja y ceja: está en la comodidad de una mansión y comparte criterios musicales con 20 compañeros provenientes de distintos países de Latinoamérica. Puede broncearse en las playas de Miami, pasear por los centros comerciales y gastar los 500 dólares que le pagan. Se siente importante cuando, en televisión (Mega TV y Venevisión Plus), sale acompañado por las bailarinas de Pitbull. Tiene todo el día detrás a un equipo que le dice qué ropa le queda bien, qué canción le favorece.

¿Cómo, entonces, no estar seguro de que puede ser famoso?

—¡Tú estás súper preparado! –le dice su profesora de canto.

“Este mundo es maravilloso y quiero estar aquí siempre”, piensa. A tres meses de su llegada, en la semifinal, en Puerto Rico, a Francisco lo eliminan junto a otros cinco compañeros. Aunque se le acababa la vida de príncipe en un castillo, no deja de reír. No le importa si, como le comentan en chismes de pasillos, le hicieron trampa. O si fue que la producción se gastó el presupuesto antes de tiempo y se vieron obligados a sacar a tantos a la vez, como también escuchó. En el fondo hasta se alegra de su salida porque, supone, al llegar a Caracas tendrá abiertas las puertas de la fama de par en par. Se imagina firmando autógrafos y sonríe. “En este momento, mi carrera va a despegar”, piensa otra vez. Pero lo que encuentra es el silencio del anonimato. Que acaso es como un golpe al caerse desde muy alto.

Entonces se dispone a continuar a la caza de la fama.

 —Yo soy Francisco Strippoli.

—Francisco Strippoli… Strippoli… Strippoli… ¿Por qué tu nombre me suena?… ¿tú has estado haciendo algo en el medio artístico? –le pregunta Manolo de Freitas, miembro del jurado de la segunda edición del concurso Yo sí canto, de Venevisión (2010).

Francisco despliega una sonrisa nerviosa en la que deja ver su dentadura derecha. Sabe que no solo lo recuerda del concurso Batallas de las Américas. Cuando llegó de Miami invirtió el dinero ahorrado en la producción de un tema para lanzarlo en las redes sociales y darse a conocer. Grabó la canción Amar de Nuevo, del compositor Fernando Domínguez, quien además hizo la producción de la canción. Francisco no quedó satisfecho con el resultado; pero Domínguez pensó que sí podía sacarle provecho. Se enteró de que en Venevisión estaban haciendo un casting para la banda sonora de una de las parejas amorosas de la novela La viuda joven, que estaban por estrenar. Y envió el material. Luego los llamaron a una audición: el escritor del dramático, Martin Hans, repitió con los actores varias veces la misma escena con diferentes canciones. Y se quedó con la de Francisco.

—Hace dos años participé en un concurso internacional de Venevisión Plus. Y actualmente tengo una canción en la telenovela de Venevisión –le responde a de Freitas.

—¿Y qué buscas en Yo sí canto? –le dice con desgano De Freitas.

—Mi mánager, que es mi mamá, y yo, hemos tocado muchas puertas. No todas se han abierto, pese a tener un tema en la novela.

Lo había intentado, sin éxito, por ejemplo, en Sábado Sensacional, y nada. Para él, la búsqueda de la fama era ahora como tratar de encontrar un trébol de cuatro hojas –esa florecita verde conocida como señal de suerte–, en medio de la maleza. ¿Acaso alguien sabía que la canción de la novela era suya?

—Cantas muy bien, pero… a ver… hay muchachos que no han dado pasos que tú sí…

—No es tener ventaja. Creo que mi experiencia previa solo es preparación –le replica.

Entonces da su demostración en escasos 10 segundos. Tenía las condiciones, no podían decirle que no. Y queda. Por la experiencia de Miami, Francisco está confiado. “Esto es pan comido”, piensa. Pero en la primera gala de Yo sí canto, después de una presentación en la que trastabilló, lo amenazan. Y comienza a sentir una presión que lo acompaña durante todo el concurso. La agenda copada: todos los días, ensayos en el canal desde las 8:00 de la mañana hasta cualquier hora de la noche. Las grabaciones inician en la mañana y terminan de madrugada. Encuentra malicia, riñas entre grupos, favoritismo descarado. Entiende que ya no es la vida de fama en Miami. En las noches de insomnio piensa: “Después de mi experiencia afuera, y con la canción en la novela, ¿me van a sacar? Yo sé que no voy a ganar, pero me tengo que meter en la final”. Así que decide ser calculador: evalúa la actitud de los otros competidores, lo que le interesa a la producción, al jurado. Y saca sus cartas con astucia. Si el jurado le dice que no adorne los finales de las frases, le hace caso aunque no esté de acuerdo. Si a un concursante le va bien con una canción de José José, busca para él una parecida, pese a que no le guste. Un productor, que conoce su trayecto e imagina cómo se siente, siempre lo ve callado, retraído, pensativo. A veces se le acerca, le da una palmada y le dice: “El valiente Strippoli… pa’lante”. Así siempre le repite. “Porque nadie se va a meter en un concurso como este teniendo un tema en una novela y después de un concurso afuera. Hay que tener bolas”, le insiste.

 Al cantar en la gala final, el jurado le reconoce su perseverancia y aplauden su talento. Igual no le dan la nota máxima.

Y llegó el momento de los resultados.

—…Y el cuarto lugar es para… Francisco Strippoli…  –anuncia el animador.

Francisco pasa al centro. Recibe la placa. Sí, siente que lo estafaron. Cuestiona el resultado. Piensa una pregunta retórica: “¿Era para un cuarto lugar?”. Quizá nunca se está del todo preparado para la derrota. Pero ya sabe que es parte del show. No se aflige. No tiene el semblante de un perdedor. Hasta se ríe. Cree que fue cuestión del destino. Entonces piensa en la calle, en los portazos y sabe que ganar un concurso no es garantía de fama. Sabe que salir en televisión es lo de menos porque no hay disqueras en el país que vean a estos muchachos como un producto. Y no todos cuentan con la suerte de, por ejemplo, Hany Kauam, egresado de Fama, sudor y lágrimas (RCTV, 2006), a quien un productor contrató e invirtió en su carrera hasta posicionarlo. El talento se le queda corto a Francisco, porque tiene para vivir pero no para invertir en la grabación de un tema, en conciertos, sesiones de fotos, en giras de medios. Hay que pagar payola para sonar en la radio y si tuviera los recursos no lo dudaría. Porque no es suficiente posarse bajo las luces, cantar con un gañote afinado para que alguien le pida una foto, un autógrafo.

 

Por Erick Lezama Aranguren | @ericklezama1

*Esta crónica fue publicado en el libro Desvelos y Devociones (Cigarrera Bigott, 2015), editado por Albor Rodríguez y Alfredo Meza.

Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

Deshonra en Altamira

Los manifestantes lo interpretaron (y celebraron) como un buen presagio. Era una ventisca brava que soplaba en dirección a la Guardia Nacional y les devolvía todo el gas. Sin embargo, visto lo que vino después, es imposible no preguntarse si ese inusual y borrascoso viento que a las 3 de la tarde remecía los árboles y hacía volar en remolinos las hojas, no era más bien una advertencia, una especie de augurio sobre la desgracia que estaba a minutos de sucederse. Tras el ventarrón vino la lluvia, rápida y fuerte. Lo suficiente como para inundar Altamira Sur y hacer retroceder a la Guardia Nacional distribuidor abajo. Al escampar, entonces, llegaría la tragedia: acorralados por un grupo de manifestantes, efectivos de la Guardia Nacional abrirían fuego contra ellos, herirían a siete y asesinarían a Fabián Urbina.

El rumor de las balas se propagó pronto en Altamira Sur, donde los heridos fueron subidos en una camioneta. De momento, salvo el boca a boca, no había nada que nos confirmara a los que allí nos encontrábamos que efectivamente ello había sucedido. Sería una mano sucia, de la que pendía un rosario, la que nos mostraría seis casquillos de bala, dorados y letales, que entonces confirmarían que efectivamente había ocurrido lo peor.

No hubo mucho tiempo para meditarlo. Casi de inmediato comenzarían a subir, despavoridos, los manifestantes que se encontraban en el Distribuidor; para encontrarse con otros, también despavoridos, que bajaban de la Plaza Francia, cubierta por una nube de gas blanco: los habían emboscados. Por un momento, la Avenida Sur Altamira (San Juan Bosco, de la Francisco de Miranda para arriba) estuvo cerrada por dos paredes de humo blanco, y dentro de ella, atrapados, cientos, quizás miles, de manifestantes aterrados a niveles que ni Hitchcock hubiera conseguido en su mejor época.

Es una cosa fea el pánico. Y más el de los inocentes. En la avenida había madres, padres y abuelos, gente que podía correr y que no, de todas las edades, que de repente se encontró acorralada y sin escape. Sólo quedó Bello Campo para salir de allí. Los que pudieron, escaparon correteados por unas motos que aparecieron de la Torre Británica, disparando bombas por supuesto. Pero no todos llegaron. Dos señoras, paralizadas de miedo, sencillamente se abrazaron a llorar mientras la PNB pasaba. A llorar y a temblar. Unos muchachos intentaron buscar refugio en un restaurant y allí los rodearon. Se salvaron por la presencia de la prensa, ante la que los Guardias se contuvieron, no sin antes “pedirnos” (a gritos y con armas) que nos fuéramos.

Pero hubo cuatro que no corrieron con tal suerte: estaban sentados en un banco de la plaza Altamira, ya en ese momento tomada por un ejército mixto de GNB y PNB. Su delito aparentemente era tener escudos y unos bolsos con guantes y máscaras. Imposible saberlo. La PNB no dijo nada. Ellos apenas sus nombres y cédulas, con esa voz lacónica de los que lo han perdido todo. Los cuatro tenían la mirada fija en calle, esa que ya les era ajena, y lo hacían con una tristeza resignada que conmovía. Pero no había nada que hacer: al rato los montaron en las motos y se los llevaron.

Durante casi una hora, el antiguo bastión de la oposición fue un estacionamiento de motos de cuerpos policiales que de vez en cuando arremetían contra la gente que allí pasaba. A un grupo de trabajadores que cruzaba por Altamira Sur le dispararon una lacrimógena, que de rebote golpeó a una señora; y a un mototaxista se lo llevaron detenido por insultarlos. Su salida de la plaza, casi una hora después, fue un mal chiste: dos oficiales se cayeron de una moto y en respuesta dispararon lacrimógenas por doquier. Aquello pareció el culmen de la deshonra: es que no habíamos visto la foto en la que uno de ellos asesinaba a mansalva y de frente a un adolescente de 17 años.

 

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Brutalidad cotidiana

—¿Todavía sigues creyendo que somos más evolucionados que los monos?

—Sí. Porque aún podemos hacer algo al respecto.

The Experiment.

Al igual que esos boleros que hacen suponer que querer partirle los huesos a alguien en un abrazo es una sana forma de sentir afecto, hay quienes se refieren a algo excelso, o asombroso, usando la palabra brutal.

¿Cómo se puso de moda la expresión? “Esa jeva se viste brutal”, “El pana juega brutal”, “Marico, ¿viste la película? ¡Brutal!” Los maestros de la demagogia comercial, Chino y Nacho, al final del videoclip de su canción Me voy enamorando muestran la palabra brutal en gigante. El dúo parece homenajear la realidad que experimenta su país, en donde el afecto es, casi literalmente, huesos rotos.

En eso pienso mientras viajo, de pie, en un vagón del Metro de Caracas. El aire acondicionado no funciona, pasamos varios minutos detenido entre cada estación, la gente hace contorsionismo. Nada ajeno a la rutina: el infierno quema no por la intensidad del fuego, sino por la recurrencia.

Frente a mí una señora, sentada, le grita a su hija de unos nueve años. En las piernas lleva a su hijo, que acaso rondará el año. La niña me ve a los ojos mientras le endosan las etiquetas de “gafa”, “carajita del coño” y “bruta”. La expresión final, aunque puede tener una acepción parecida a la palabra de moda, no genera confusión en la niña: entiende que no la están halagando. A continuación, posa la mirada sobre su hermanito, que le pide mediante ademanes una muñeca tan despeinada como ella y su mamá. La niña lo complace. “¡Míralo, sí es marico!”, grita y carcajea la señora mientras ve al bebé jugar con la Barbie de su hermana.

Caracas es el Este y el Oeste y todo lo que esa mezcla y división representa. La literatura, y casi todas las manifestaciones artísticas, suelen difundirse en el Este. Las balas suenan con mayor frecuencia en el Oeste. Así y todo, las personas y los ambientes se mezclan y aprenden a coexistir sin armonía pero con costumbre. El Metro es la prueba. Allí pasean chamos desgarbados con apariencia tuky –que en vez de llamarte “pana” te llaman “el mío”–, mientras se sube al tren una estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello con senos recién estrenados y un o sea que se atraviesa en cada oración. Del Metro solo escapan los que se encarcelan en el tráfico. Dentro de todo, Caracas puede permitirte escoger tu celda.

Una de esas chicas amiga del o sea conversa con un raquítico encorcovado, de lenguaje corporal robótico, que se apoya en un bastón. Estoy en Plaza Venezuela en el andén con dirección Palo Verde. La pareja está casi al principio de una de las filas que aguardan el tren. El flaco tiene voz de niño, ropa rota y manchada, cabello despeinado; ladea la cabeza al hablar y se queda pegado en algunas palabras.

—Car… li… ta, ¿tú tie… nes no… vio? –le pregunta el flaco a la chica.

—Sí, sí tengo –responde, riendo, viendo a los lados, sosteniendo a su, ya me queda claro, improvisado “amigo”.

—¿Y no se moles… ta si te paso a bus… car –mueve la cabeza en cámara lenta.

—No –Carlita, si es que se llama así, sigue riendo.

—Tú le expli… cas que so… mos a… mi… gos, ¿verdad?

El tren se aproxima. Carlita le dice al flaco que de ahora en adelante puede solo. Lo despide. Se abren las puertas del vagón. La gente empieza a bajar. Empujones. El flaco queda a la deriva, sin poder usar su bastón, sin poder reaccionar a tiempo para hacer lo que sea que quiera hacer. La gente pasa a su lado, esquivándolo de forma mecánica. “Panita, ven acá, te ayudo”, lo agarro del brazo y juntos entramos al vagón. “¿Panita?, yo no me lla… mo pa… nita”, “¿Y cómo te llamas tú?”, “Al… fon… so. Yo me llamo Al… fon… so”. Alguien le da el puesto. Lo ayudamos a sentarse. Seguimos hablando: “¿Tú co… no… ces a Car… li… ta?, ella es mi a… mi… ga, ¿la quie… res co… no… cer?”, “Sí”, “Pe… ro e… lla tie… ne no… vio”. Un hombre con bigote nos ve hablar. Ríe. Un par de señoras hace lo mismo. El flaco me explica que padece epilepsia. Cuando lo estoy despidiendo, para bajarme en Sabana Grande, saca una faja de billetes: “Hoy me to… có sa… lir a pe… dir pla… ta. Es la pri… me… ra vez que lo ha… go. ¡No, men… tira! Es la se… gun… da. Ya me faltan so… lo dos… ci… en… tos bolíva… res, ¿crees que los con… si… ga?” Le deseo suerte con una sonrisa. Solo eso puedo hacer.

¿O no?

En Caracas, ya se sabe, hay que bajar la voz de vez en cuando. El que se la tira de Bugs Bunny, Hulk, o Superman, corre el riesgo de quedar como el pato Lucas, Bruce Banner, o Clark Kent. Pero, está comprobado, en la jungla, el que pone la mejilla dos veces termina con el rostro desfigurado.

Por eso, con instinto de supervivencia, días antes corrí cuando un trío de adolescentes que se estaban formando como hampas trataron de robarme.

Eran las siete de la mañana y caminaba por una avenida en la que no había ni esperanza. Pasé al lado de tres enclenques con capuchas. Bajé la cabeza y seguí de largo. Se pararon, me persiguieron, crucé. “¡Dame el teléfono, el mío, dame el teléfono!”, dijo el más pequeño luego de que en su intento por obtener el pico de una botella quebrara la misma por completo. Corrí en dirección contraria hacia donde iba. Los dejé atrás y abordé una camioneta. Cuando pasé al lado de ellos, me asomé por la ventana, les lancé un beso y me eché a reír. Me vieron de soslayo y mostraron el dedo medio. Les correspondí. No sé si fue lo más inteligente, menos al ser una avenida que transito a menudo, pero, supongo, todos tenemos algo de instinto animal dentro. E ir a un médico está muy caro como para dejar que te desfiguren la cara.

En la calle sobrevive el más fuerte. Y ese es el que se adapte y entienda mejor cada circunstancia. Quizá por eso, y quizá también me esté excusando, cuando, ya fuera del Metro, compro palmeritas y escucho a una chama gritar “¡Ayuda, ayuda!, ¡atrápenlo!”, dudo. La escena se congela: todos se detienen y ven perderse a un delincuente, de menos de 1,60 metros, que se tropieza con los obstáculos de su consciencia mientras enfila hacia la Avenida Libertador. Nadie se mueve, todos nos limitamos a ver(nos).

En la sala de redacción, minutos después, me mezclo con periodistas. Un hábitat extraño en el que la mayoría puede oír y leer sobre centenares de muertos en Siria sin inmutarse, pero se sienten especialmente maldecidos cuando se enteran de que el dólar subió.

El resto de la tarde flirtearé con la frase “¿Por qué no corrí a ayudar a la chama?”, y con la duda de si podía hacer algo más por el epiléptico. “¡Coño, te pasaste de brutal!”, le dice el editor a uno de los chamos de audiovisuales que le enseña un video que hizo.

¿Y yo, también me pasé de brutal?

Al final del día, atravieso indigentes, bailadores de changa tuky en Sabana Grande, motorizados que ven con deseo las nalgas de una mujer y el bolsillo de su novio. Atravieso un ir y venir de gente en el que todos nos esquivamos sin prestarnos atención.

Ya en Zona Rental, dentro del tren, las puertas se cierran. Una de las decenas de voces conocidas empieza la retahíla para pedir dinero. Esta, sin embargo, siempre encuentra facilidad para robar la atención.

¿Cómo suena la voz de una anciana sin dientes? Exacto. Con ese tono se escucha un “Señores, buenas tardes, y perdóneme que yo los moleste”. El cabello blanco recogido en una cola. Un suéter de lana rojo. Un vestido por debajo de la rodilla. Así: rodilla, en singular. La anciana que camina apoyada en muletas, mientras pide dinero, solo posee una pierna: la otra se la amputaron.

No le cuesta aflojar el bolsillo de los pasajeros. A algunos las imágenes extremas son las únicas que los sacan del coma de la rutina. Cuando la anciana pasa al lado mío se consigue con tres muchachos vestidos con camisetas y bermudas playeras de colores. “¡Abuela, ¿cómo me le va?!”, grita uno. “Ay, mijo, se hace lo que se puede”, responde la señora. “Mosca por ahí, abuela, le puede pasar algo”, “No, sí en estos días unos policías me corrieron de por allá arriba. Y me quitaron todo lo que había pedido durante la tarde”, “¿¡Qué!? No, abuela, eso no es así. Usted nos dice quién se está metiendo con usted y nosotros vamos y pim, pum, pam: cayapeamos a esos mamawevos”.

Una amiga me dijo una vez que en Venezuela el índice de viudez es alto. Todos los índices que contabilizan lo que se cree “anormal” parecen serlo: discapacitados, homosexualidad, drogas, alcoholismo, cáncer, enfermedades del corazón. Ahora me pregunto, ¿cuántos lisiados circulan en Caracas? ¿A cuántos ignoramos? Hace días, en Capitolio, vi una patineta. El estereotipo de los skates los describe como tipos desarticulados, de ropa holgada y pantalones rotos. Amantes de la comida rápida, quizá de los porros, y –más que nada– de los huesos quebrados. Esos prejuicios se rompieron cuando noté que sobre la patineta, que rodaba por el andén, no había un pie, sino un torso.

Dos brazos largos “remaban” sobre el piso. Un tipo mutilado de la cintura para abajo estacionó su patineta en una fila, esperó que llegara el tren y lo abordó.

Tras bajarnos en Capuchinos, el “skate” nos zigzagueó hasta encontrar la fila menos poblada para esperar otro tren. “¡No vale!, ¿¡tú eres marico!? ¿¡Cómo tú me vas a hacer así, el mío!? ¿¡Y si me caigo para allá!? ¡No vale, si eres mamawevo!”, el tipo se dirigía a un estudiante, camisa azul, que lo veía con cara de náufrago. Quienes estaban cerca de mí alternaban el rostro del adolescente con el del “skate”, hasta que el segundo continuó su camino y, como si una mano invisible pasase un interruptor, todos agacharon la cabeza.

El lenguaje nos desnuda, retrata y condiciona. Construimos la realidad a partir de él. En Venezuela, pareciera que confundimos lo espectacular con la violencia. O puede que hayamos encontrado belleza en la brutalidad. Sea cual sea el caso, vivir dentro de una tribu sin copiar algunas de sus maneras es un desafío a la altura de muy pocos.

Llego a Las Adjuntas. Una docena de personas se golpea para entrar al tren, mientras nosotros lo queremos desalojar. Entre empujones, mentadas de madre y amenazas, una mujer con un bebé en los brazos trata de salir. “¡Cuidado, que la señora lleva un bebé!”, el grito sin rostro pone stop en la escena. La fauna salvaje se detiene. Nadie entra, nadie sale. Quietos todos. La señora pone los dos pies fuera del vagón y, okey, continúen. La batalla se reanuda.

La sincronía de la escena hace suponer que es interpretada por un grupo de danza cuya coreografía está llena de colores oscuros, sinfonías que invitan a la melancolía y movimientos que oscilan entre la brusquedad y el desgano. La voz del coreógrafo invisible se evapora. Y yo, el único espectador consciente, solo puedo exclamar: “¡Brutal!”

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

*Esta historia recibió mención en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).

Caracas desde el helicóptero

La única manera de amar a Caracas en la hora pico es sobrevolándola.

La ciudad se ve entera, llena de imprudencias y de esperanza certera que se guiña con la placa del carro de adelante. Se ven motos maniobrando en la línea delgada que cruza la destreza con la locura. La capital del caos, desde el aire, se ve posible y con soluciones. Facilita de arreglar.

Caracas no es verde: es color ladrillo. Son cuadros pequeñitos desde el aire. Tienen divisiones, pero no las que se observan desde el suelo, con pisos improvisados unos encima delos otros, sino más bien una división invisible en la que apenas se adivina el verde que alguna vez fue protagonista y que ahora solo está de soporte.

Los funiculares del Waraira Repano se ven chiquiticos, las guayas que los sostienen no se divisan a seis mil pies de altura. La mezquita se ve imponente y delgada, como advirtiendo respeto a la diversidad, que es también arquitectónica. También aparecen detalles más pequeños. Por ejemplo, esa pirámide de espejos que está en medio de la autopista e incide con su reflejo de luz en el helicóptero y hace que el copiloto se detenga a reconocer la zona. Nuestro Louvre mínimo y hueco. Veo una estación del Metro y me ubico. Montones de camioneticas mal paradas recogen pasajeros sin prometerles hora exacta de llegada a sus destinos.

Los íconos se olvidan desde el aire.

El que vuela por primera vez en helicóptero a la hora pico caraqueña no se preocupa por ver los carros detenidos en el fuero de la quincena. Más bien se detiene –en la lucha por no marearse durante el viaje– a reconocer los valores más importantes de su ciudad, los que lo identifican con lo que ha vivido en ella. La Plaza Alfredo Sadel, en Las Mercedes, con sus lucecitas en los toldos que anuncian la inauguración de una feria y más adelante el Centro Ítalo Venezolano, al borde de una montaña y al lado del Barrio Santa Cruz, atendiendo a los jugadores de tenis que no quieren saber de tráfico en ese momento.

Renato Yánez dice desde el micrófono, simultáneamente, cuál es la calle, el carro infractor, el choque, eso que sucede abajo. Mira mientras hace las cuñas de los 27 clientes que casi sabe de memoria. Este programa sobre el tráfico en Caracas lo escuchan los oficialistas y opositores, creyentes y agnósticos, quienes tienen carro y quienes van en bicicleta. Desde las rutinas de humor de los stand-up comedy hasta la resignación caraqueña, todos sabemos que no es una solución escucharlo, que cuando mencionan las vías alternas ya la mayoría está en una cola interminable. Pero este servicio público, el único aprobado para despegar y aterrizar tres veces al día en la Base Aérea Generalísimo Francisco de Miranda en La Carlota, tiene la virtud de llegarle a la gente. “Saludamos desde aquí al carro blanco que nos enciende y nos apaga las luces”, y uno mira desde arriba cómo el carro blanco repite otra vez la acción como respondiendo el saludo. Lo hace desde la Autopista Francisco Fajardo, en la que le faltan por lo menos sesenta minutos más para salir por el Distribuidor Altamira en aquello que, desde esta distancia, parece un estacionamiento.

Pero sobrevolar Caracas también significa agotarla rápido. Vivirla en las horas de más tránsito requiere probar las “vías alternas” del cielo: volar la Valle-Coche en sentido oeste y luego decidir ir al Centro o hacia El Paraíso y ver si hay juego en el estadio Brígido Iriarte. De un destino al otro en curvas que se detienen, de pronto, en la Torre Este de Parque Central. “Buena marcha en la Avenida Bolívar hasta llegar al Museo de Los Niños” se escucha en el monitor, mientras veo la magnitud de la torre de 56 pisos aún mal reparada después del incendio de 2004. Al lado está el Teatro Teresa Carreño que, aunque uno lo ve hermoso desde la planicie, arriba cuesta entender su geometría.

Pero Caracas, la grande, también es El Junquito, La Guaira, San Antonio de Los Altos y los Valles del Tuy. Y desde el rotor principal (la hélice, en términos especializados), se ve la gente que le da la vuelta a la Plaza Venezuela para buscar camino hacia esos lugares y que usa los nuevos elevados que han creado “para aligerar el tráfico”. La fuente se ve hermosa, se ve ciudad, se ve amable. No se ve el caos de terminal del Metro. Tampoco se entiende desde el aire qué es lo que pasa cuando hay una cola de punta a punta en los túneles. “Debe ser que pasó algo allá adentro, vamos a acercarnos”, dicen en la radio. La radio que tiene un programa en vivo que habla del tránsito y que es la única conexión tecnológica con la realidad desde los audífonos del Bell Ranger Rojo. El cielo es tan perfecto, que no hay señal en el celular.

En el aire también se siente impotencia. El Petare de Caracas llega hasta Mariches, con los techos descuidados y el hacinamiento desbordado.  Pero  en Prados del Este esos techos rojos se vuelven town houses con piscina y áreas comunes. Después vienen los campos de golf del Country Club, los estadios de la Universidad Central de Venezuela y su biblioteca con rasguños de maltrato y falta de mantenimiento. En Chacao, el karma es otro: las hileras de carros que no avanzan y el verde de La Carlota desde donde, apenas, parten unos cuantos helicópteros al día. ¿Qué pasaría si se convirtiera en parque? La grama enrejada mira a la ciudad también impotente por no sentirse aprovechada.

La capital venezolana dejó de tener publicidades sobre los edificios hace algunos años. Quitaron la taza de café y la bolita de refresco que hubiera ayudado a la ubicación en el mapa aéreo. La cartografía caraqueña también carece de anuncios publicitarios llamativos y electrónicos, de aceras amplias dejen ver algo más que motos infractoras, quizás a los transeúntes que llegan del mercado o van camino a sus clases de yoga después del trabajo.

El Distribuidor La Araña y la Cota Mil son trampas: desde el helicóptero provoca gritarle a todos los carros que están llegando hasta ahí que no, que no se metan por ahí, que hay otra vía, pero que todo el embudo se debe a la gandola volteada, al accidente que está recogiendo una grúa en el rayado o a la imprudencia de una camioneta que rodó por el hombrillo y ahora debe incorporarse.

Volar en helicóptero durante hora y media sobre Caracas al final de la tarde de un jueves también da la certeza de ver el atardecer más auténtico de todos los posibles. Y también te hace sentir mejor. Mejor ciudadano, al menos.

Por Marcy Rangel |

*Texto para la Revista OJO edición n° 24

Créditos del video: Maxdrone ; Drone Caracas

Caracas en ambulancia

Las ambulancias son parte de los sonidos de la urbe y escucharlas es tan cotidiano que generalmente olvidamos que sus sirenas anuncian una emergencia. Lo cierto es que nunca reparas en cuántas rondan la ciudad hasta que estás esperando una, hasta que la vida de tu papá, por ejemplo, depende de que alguna de esas sirenas que se mueven nerviosas por las calles se detenga frente a tu puerta.

Mi papá se despertó mal. Ha pasado todo el día en cama. El pecho le duele y le cuesta respirar. Trato de ayudarlo pero me resulta imposible. Se deteriora rápido: necesito pedir una ambulancia. Lo observo por un momento: su tórax prominente, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, el cuello tenso, sus hombros que suben hasta el cielo en un intento desesperado por atrapar un poco de aire, sus clavículas hundidas y sus costillas que revelan agujeros y contornos espantosos, una exhalación que parece apagarse.

Tengo una emergencia. Mi papá no puede respirar, no puede moverse. 59 años. Chacao. Bello Campo. Desde la tarde comenzó a complicarse, no pudo dormir y ahora no puede pararse de la cama. Se cansa demasiado, se fatiga, no puede respirar. Tiene Epoc estadio 4 y le diagnosticaron cáncer hace unos meses. 2679387. San Remo. ¿Tienen un tiempo estimado? Ok.

No puedo evitar recordar a mi hermana. Ella es médico. Hace unos años tomó un avión a España y, desde entonces, nunca regresó. Alguna vez, llegando de una guardia, me dijo: “El que quiera conocer la verdadera Caracas, que se monte en una ambulancia. El tráfico de esta ciudad es el reflejo de lo mejor y lo peor de su gente”.

La vida es una sala de espera; un reloj que baila y se burla. Son las 5:55 de la tarde y comienza la verdadera agonía: sabernos impotentes. Vamos a vestirnos. Tratemos de comer. Tienes que tratar. Respira, respira. Cálmate, respira. Él me mira, asiente con lentitud mientras bota aire por la boca, como soplando las velas de los cumpleaños que quizás ya no vendrán.

Pienso en que, desde alguna calle embotellada, viene la ayuda que tanto necesitamos. Suenan sus sirenas de emergencia, pero todos estamos tan cansados. Quizás si ellos supieran que se trata de mi papá, cederían el paso. Seguro que lo harían. Pero las tragedias sin rostro ya casi nunca convencen a nadie, mucho menos cuando tenemos entre manos una meta tan importante como salvar el país: nuestro país.

Cuando mi papá por fin tiene camisa y un jean son las 6:46pm. Cada intento por contener el aire es más agónico, la piel continúa pegándose a los huesos, dibujando los contornos siniestros de un cuerpo cansado. La tensión parece menguar un momento pero es sólo porque nos acostumbramos a ella. Son las 7:00 y la ambulancia no llega. Nos paramos y decidimos esperar en la sala.

Son las 7:20 de la noche cuando levanto el teléfono. Hola, llamé hace más o menos una hora para solicitar una unidad a Bello Campo. Mi papá está mal, se está descompensando y no respira. Y ya sé: no es culpa de nadie, ellos no pueden hacer nada, las calles se están derrumbando, pero me aseguran que ya están cerca y me sugieren que espere abajo. Ya vengo, papi.

Bajo por las escaleras. Cuando salgo a la calle el olor de las bombas lacrimógenas me inunda la cara. La ciudad parece estar llena de ambulancias, de vidas atascadas en el tráfico capitalino. Escucho sirenas que van y vienen. Al fondo, suenan detonaciones como campanas. Continúa la espera, el cansancio, la agonía, las maldiciones, las oraciones, todo en una ráfaga de esperanza y de tristeza. Entonces aparece una camioneta verde, 4×4, y su sirena se dirige hacia mí. “Unidad móvil”, leo a lo largo de sus dos puertas.

Todo sucede deprisa. Una doctora muy joven y dos paramédicos se bajan de la camioneta, cada uno sujeta sobre su nariz una gasa empapada en vinagre. Hacen las preguntas de rutina: edad, condición, ¿toma algún medicamento? Abro la puerta de casa y mi papá recibe a todos con una sonrisa de desesperanza. En 10 minutos la doctora lo examina y decide que no podemos esperar por una ambulancia, es necesario trasladarlo de inmediato a la clínica.

Los paramédicos toman cada uno por un brazo a mi papá. Lo levantan en un esfuerzo que para él parece ser atroz. Una vez de pie, inician su camino hacia el ascensor. Paso a paso. Veo pasar frente a mí el dolor de una persona que amo, y en él se reflejan a su vez tantas personas más, las carencias que se ocultan detrás de cualquier ideología, de cualquier revolución, del apasionamiento o de la indiferencia; me golpea en la cara un país que se nos viene a los hombros.

Nos montamos en la camioneta con dificultad. Al segundo siguiente estamos rodando Caracas, la verdadera Caracas, a toda velocidad. Mi papá se va quedando sin aire. La camioneta esquiva mirones y manifestantes que no dan paso, se desplaza entre motos de guardias nacionales, carros, cornetas, más motos. Mi papá no respira, cierra los ojos.

Barricadas prendidas en fuego obstruyen las vías, la camioneta se monta en la acera y no se detiene. Llegamos a la entrada de la autopista, suenan nuestras sirenas, la corneta, aceleramos. Un guardia amenaza con detenernos y al segundo siguiente otro lo increpa, nos da paso. Me atormenta esta ciudad de aire infantil, pueril, que hace daño sin saberlo y que quizás si lo supiera se arrepentiría, se detendría, nos daría una oportunidad.

Atrás queda el disturbio, la rabia, el forcejeo. Nos adentramos en un silencio melancólico frente a una autopista vacía que se abre ante nosotros. “La ciudad indomable, eufórica, agreste. Caracas siempre ha sido así. Pero a veces nos encuentra en ella la satisfacción, la tensa calma de sabernos en el ojo del huracán. En silencios como este, Caracas se redime”, sentencia mi papá haciendo un gran esfuerzo entre jadeos. El resto del camino transcurre en sosiego.

La Caracas intransitable abre sus caminos, se descubre como lo que es: una ciudad de figuras nostálgicas, de calles en construcción o a medio iluminar, de edificios viejos, de lucecitas que resplandecen en la lejanía y resguardan vidas anónimas, la Caracas fresca, la Caracas de color anaranjado, la ciudad que se defiende del olvido y por eso nos ruge en la cara. Ciudad remolino.

Llegamos. Nos recibe un cartel que informa que la emergencia no está admitiendo pacientes. La doctora nos asegura que cuando vean a mi papá lo dejarán pasar. Nos disponemos a continuar cuando sale a nuestro encuentro el doctor encargado. Lo examina dos minutos y permite de inmediato la entrada. Nos ordena dirigirnos hacia una puerta que se encuentra al bajar una rampa.

La camioneta se pone otra vez en movimiento. “Vamos a tratar de que sea rápida la admisión”, afirma la doctora casi gritando pues las sirenas de nuevo nos ensordecen. Y entonces frenamos en seco, se nos atraviesa la ciudad de la furia. El paramédico sostiene a mi papá justo antes de que su pecho golpee el espaldar del asiento de enfrente. Dos cornetazos se chocan.

Cuando miro hacia afuera me encuentro con un mototaxista indignado que parece esperar nuestras disculpas. Un segundo después él arranca y su parrillera nos menta la madre. “¿Están bien?”, pregunta la doctora. “Tranquilo que ya vamos a llegar”, le dice a mi papá. “Vamos, vamos, vamos. Arranca”, hace un gesto suave con su mano, como empujando el desaliento. Continuamos nuestro camino y descendemos por la rampa en silencio hasta llegar a las puertas de la emergencia. La unidad se detiene. “Este país se fue a la mierda”, deja escapar la doctora antes de salir.

 

Por Gabbi Consuegra | @GabbiConsu

*Esta historia fue tercer lugar en el concurso de crónica Que la ciudad eche su cuento (2015).