Algunas consideraciones

Quien desee comprender cómo funciona la mente de los tiranos del régimen –desde Nicolás Maduro hasta Jorge Rodríguez, pasando por Diosdado Cabello, Elías Jaua, Tareck El Aissami, Delcy Rodríguez y compañía– debe adentrarse en cualquier barriada popular venezolana famosa por sus altos índices delictivos. Ahí, debe buscar al pran, al capo, al malandro principal y observar su proceder. Debe preguntarle a los vecinos qué significa para ellos vivir cerca de un delincuente de ese nivel. Debe oler el miedo, la falta de futuro, la podredumbre: percibir esa sensación de supervivencia que se impone en un ambiente en el que, para algunos, todo se resume a matar o morir. Quien no sabe lo qué es vivir entre malandros, quien nunca se fue a dormir con el arrullo de las balas, difícilmente pueda comprender –comprender de verdad– la forma de proceder del régimen.

El caso del diputado Juan Requesens es uno más en una lista más pesada que un luchador de sumo. Las vejaciones, asesinatos, sobornos, chantajes y robos del régimen son rumores que todos conocemos, aunque no siempre se hayan probado. Y son, sobre todo, la forma de vida de quien –a falta del carisma seductor de Hugo Chávez y ante un rechazo más que evidente por parte del 80% del país– sabe que solo puede imponerse desde del miedo. Porque malandro que perdona a su enemigo no dura más de una semana en el barrio.

Me da la sensación de que para la mayoría de los políticos opositores comprender esto ha sido difícil. No es para menos: en su experiencia de vida no se encontraba conseguir casquillos de balas frente a las puertas de sus casas. Y las ideologías y la universidad son importantes, pero no enseñan lo que enseña la calle. Esa en la que muchos, lamentablemente, asumen que o jodes al otro o te jodes tú.

Y en ese plan anda el régimen dictatorial que tiene secuestrada a Venezuela.

El rechazo de la comunidad internacional, del pueblo, la falta de recursos económicos y la larga lista de delitos, son una combinación demasiado pesada para estos delincuentes que todavía usan la palabra revolución. Es una combinación tan pesada, que saben que si caen van presos o mueren. Y que para no caer no pueden hacer sino lo único que mejor se les da: llevarse por delante a cualquiera que aparezca en su camino. Disparar primero y preguntar… nunca. Aplastar a cualquier gallito alzado o anular al enemigo. Todo a cualquier precio.

Cuando los ciudadanos pedimos justicia, pedimos que se hagan valer nuestros derechos, cuando exigimos respeto, ¿a quiénes nos dirigimos? ¿A la comunidad internacional o al régimen? Porque la comunidad internacional puede ejercer presión y seguirá haciéndolo. Pero el régimen, bueno, mientras más incómodo esté más violento se pondrá: mientras más le lloren en la puerta de su casa, más balas va a repartir. Porque al malandro nada le molesta más que la lloradera ajena.

Son malandros. Son capaces de hacer lo que le están haciendo a Juan Requesens y muchas otras cosas más de las que aún no nos hemos enterado. Son capaces de matar a cualquiera. Son capaces de hacer lo que jamás podríamos imaginarnos. Y, de ser necesario, lo van a hacer. Pero lo importante, del lado nuestro, es no perder el foco: malandro es fuerte y se impone, pero está fuera de la ley. Venezuela no tiene presidente: está secuestrado. Juan Requesens no fue detenido: está secuestrado. Y todo lo que ocurre en medio de un marco tan tiránico solo puede ser ilegal: malandro vestido de policía sigue siendo malandro. Solo debemos tener presente que son capaces de lo peor. Y entender a qué nos enfrentamos.

 

Por Mark Rhodes

Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

Todo pasa: el retiro de Robert Redford

Suelo sentarme a pensar sobre lo efímero que es todo. Y, entonces, me pregunto de qué vale el estrés y la ambición. Las ansias de logros, de trofeos, de reconocimiento. En un viaje que hizo a Islandia, el periodista Axel Torres recabó información para escribir un libro en el que destaca la siguiente frase: “La isla se revelaba como un ecosistema perfecto para que en él habitara individuos más preocupados por ser que por trascender”. Axel, profesional serio y responsable, cuenta en una entrevista que el choque cultural lo llevó a cuestionarse la forma en la que había organizado su vida.

Robert Redford anunció su retiro de la actuación. Explicó que desde los 21 años andaba en ese oficio y que ya iba a cumplir 82: nada es para siempre. Redford es una leyenda de Hollywood, no solo por su talento sino por su aspecto: fue el ícono sexual de varias generaciones, algo así como el Brad Pitt de antaño: el hombre que hacía que millones de mujeres se sintieran insatisfechas con sus maridos.

Mentiría si dijera que he seguido en profundidad la carrera de Robert. Recuerdo que la primera película que vi en la que él participaba fue Una proposición indecente. Ahí, el papel que interpretaba era el de un millonario y guapo seductor. O sea, Robert Redford hacía de Robert Redford.

La película la vi cuando era muy joven, y, aparte de resultarme escandalosamente morboso el argumento, pasé dos noches enteras soñando con Demi Moore. La actriz nunca me volvió a parecer tan guapa como aquella vez. Nunca volví a pensar demasiado en ella: no de esa forma.

La piel se arruga, el dinero se acaba, la fama antecede al olvido, el brillo se opaca. ¿Para eso ambicionamos tanto, para que al final todo pase y solo sobreviva la nostalgia? ¿No sería mejor vivir entonces con la parsimonia con la que encaran la vida, según el libro de Axel, los islandeses? ¿La sociedad de este lado del mundo estará construida sobre los pilares incorrectos?

Cuando me siento muy abrumado, cuando creo que el tiempo se me agota, cuando el trabajo me sobrepasa, me siento a pensar en cuantas celebridades brillaron para apagarse. Porque todo lo relacionado con los humanos tiene fecha de caducidad: lo único con verdadero poder de trascendencia es el arte. No un nombre ni un hombre, una obra: un legado, que muchas veces da sus mejores frutos cuando quien lo construyó ya no está en el plano terrenal.

Robert Redford anunció que dejaba la actuación. Y la noticia no va acompañada de tanto revolú. Hoy día las mujeres suspiran por otros galanes, las películas de moda tienen otro sabor y él seguramente pasará los años que le queden en ese cómodo sillón que le dejó el éxito incuestionable. Si de él nos acordaremos o no en 50 años, es algo que está por verse. Mientras tanto, me dispongo a salir de casa invirtiendo menos energía en arreglarme. Si hasta la piel de Robert Redford se arrugó, qué quedará para uno.

 

Por Mark Rhodes

El victimismo del régimen

Marca de la casa, muletilla familiar, sello institucional: la epopeya es una de las composiciones literarias que más le gusta al régimen. Fue gracias al poder de la oratoria que el único inmortal que se murió logró convertir sus arrebatos irresponsables en gestas heroicas, tal como dice Thays Peñalver. Y es que las causas del incidente del sábado 4 de agosto (un supuesto atentado durante el acto presidencial), tal como las del apagón en pleno Congreso del PSUV en el Hotel Alba, o las de la escasez de comida, el oficialismo las enmarca dentro de la misma narrativa bélica: saboteadores contratados por el Imperio-Uribe-Ultraderecha pretenden arruinar “la revolución”.

Uno de los principales objetivos del régimen, una vez se asentó en el poder hace 20 años, fue construir una hegemonía comunicacional que pudiera contar, a través de medios oficiales, la verdad que ellos querían difundir. Es así como el control de la comunicación fue total hasta el punto que los ancianos aprendieron a utilizar Twitter y luego Instagram para, a veces, (mal) enterarse de lo que sucede en Venezuela.

Pero la realidad superó a la epopeya bolivariana y el cuento de la guerra económica no se cree con el estómago vacío. El discurso oficialista –ese victimismo que convierte al régimen en el David que vence a Goliat, pero le gusta pasar roncha– no calza con el hecho de que un Mayor General es ministro de Energía Eléctrica y aun así, según el Gobierno, ocurren “sabotajes” a cada rato.

La pirámide de naipes construida con cartas se derrumbó por el peso de la realidad; sin embargo, la manera de informarse cambió de manera radical en Venezuela. De encender la televisión para consumir las noticias, se pasó al mensaje que envían desde el grupo de WhatsApp. Ante la falta de oportunidad para consumir información verídica por parte de los medios tradicionales, estas cadenas –que constituyen una forma de tergiversación por sí mismas– generan zozobra hasta en el pana que se fue a Francia hace cinco años, pero tiene la jerga criolla actualizada.

El antagonismo invade las charlas acerca de política. Y es que mientras unos miran al régimen  como una cúpula tan indestructible como el martillo de Thor, capaz de simular una explosión y ensayar que militares rompan filas y corran despavoridos, otros piensan en el intervencionismo extranjero. El chavismo hizo escasear la credibilidad, pero abunda el rumor que motiva (si es que todavía se puede) las compras nerviosas.

La falta de confianza y credibilidad ante cualquier suceso que aqueja a la sociedad impulsan más teorías que el final de Game Of Thrones. La (des)información en tiempos de revolución, y redes sociales, es tan invasiva como personas hay en el Metro en hora pico. La misión, para quienes escribimos, y para quienes leen, es tener un OJO crítico como el de un cirujano y la virtud de la pausa: masticar es mejor que atragantarse.

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Se encienden las velas

Es lunes y el Internet en la oficina de OJO está en la muerte. Léase bien: en la muerte. La chica de recursos humanos me pide que le envíe un correo y el mail tarda 15 minutos en salir. Bárbaro. Pasa la hora del almuerzo, nos adentramos en la tarde y los chicos que estudian en la Universidad Central de Venezuela avisan que su inscripción se complicó. Una inscripción que están haciendo de forma manual: desde hace meses el edificio no cuenta con luz eléctrica. El caso es que debían inscribirse a las 11 de la mañana, pero son las cuatro y nada hace pensar que podrán lograr su meta pronto. Resultado: horas de cansancio, estrés, hambre y desesperación para ellos. Resultado: se pospone la reunión editorial en Revista OJO. Justo cuando a través del grupo de WhatsApp pautamos la nueva fecha y hora, llega a la oficina, sudando, un miembro del equipo que vive en Los Teques. El Metro, hermano, está como siempre pero en nivel súper sayayin, me dice. Está insufrible, aclara. Lo actualizo con las novedades y se encoje de hombros. Gajes del oficio, señala, los inconvenientes de vivir lejos, finaliza. Acto seguido, se dispone a trabajar para no perder el viaje. A trabajar como puede.

Llega el martes. La luz se va desde temprano. En poco tiempo nos enteramos de que el apagón es en la mayor parte de la región metropolitana. En casa, me acuesto a leer. Hago labores domesticas. Sigo leyendo: tengo al menos más de 50 libros en físico a los que aún no me he enfrentado. Llega la luz. Oigo una coreografía de ruidos de encendido a mi alrededor, por donde vivo. Reviso el WhatsApp (¿ya dije que no tengo datos porque desde hace tres meses he tratado de transferir saldo desde mis cuentas bancarias y el sistema no me ha dejado?) y ahí es cuando me llega una lluvia de lamentos y quejas. En OJO y en mis otros grupos de trabajo, la actitud es más decidida: hay que resolver y punto. Y, en efecto, resolvemos: cómo podemos, lo que podemos. El viernes de esa misma semana, Juan Pablo Chourio publica Pasar un semestre sin Internet: nos explica a todos los lectores de Revista OJO, cómo hizo frente a las limitaciones tecnológicas –a las que lo empujó la precariedad del país– para finalizar su tesis e imponerse con solvencia a las últimas semanas de su carrera.

Detrás del discurso oficialista, de la queja cómoda, de la crisis humanitaria y de la destrucción. Más allá de las heridas de un país que muerde, de la desidia que algunos se contagian con mayor facilidad que un resfriado, de los lamentos de los que están afuera, y de los lamentos de los que están adentro. En el fondo de los lugares comunes, de esos que pretenden decirte cómo estás viviendo o lo qué estás pasando –porque creen que todos encajan en un cliché–, en el fondo de los consejos sin sal, de los empujones al vacío, de las lágrimas del que se siente presionado, del que no conoce el horror pero para quien el horror es un teléfono roto, hay una sustancia rebelde que se niega a morir. Hay personas, ciudadanos, que hacen frente a los tiempos que les tocaron como si entendieran que el más fuerte no es el que más duro pega sino el que más aguanta: el más resiliente. Como si alguien les hubiese explicado que esa, precisamente esa, es una máxima del deporte. Quiero decir, hay ciudadanos que siguen en lo suyo, haciendo lo suyo: no como zombis, no de forma mecánica, sino con creatividad, astucia e inteligencia. Porque la vida es la mejor aula. Ciudadanos, digo, que les tocó una era hostil, la cual rechazan y critican, pero que se dieron cuenta de que el que se limita a eso se duerme; y dormidos, dormidos los quieren tener los tiranos. Son personas, me parece, que pueden o no apostar por el país, pero que sin duda apuestan por ellos mismos: porque no se quieren ir, porque no pueden, porque no tienen cómo, porque dicen que aquí pueden hacer cosas que en otros lados no, porque saben que uno no es lo que padece: uno es lo que hace con lo que sucede. Y pienso que entre tantas cosas graves que estamos viviendo, en un país en el que las iguanas y los caimanes se comen los cables , cuando la oscuridad se cierne hay velas que encienden su llama. Y luego pasa una ventisca, o el resoplido de la tiranía, de los excesos y la destrucción. Y la ventisca empuja la llama, la bambolea, la disminuye: pero no la apaga. No logra hacerlo.

Cuando se hable de las memorias de la robolución, habrá que precisar que –dentro de todo– siempre hubo velas que permanecieron encendidas.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Pasar un semestre sin Internet

Reiniciar el módem, desconectar cables, esperar cinco minutos y volverlos a conectar, aquel era el procedimiento que realizaba cada vez que el Internet se iba: esperar el buen funcionamiento de los servicios en Venezuela es considerado un acto de fe. Hace mucho me desprendí de ver la televisión en detrimento de la web. Y es que la posibilidad de leer acerca de las teorías del final de Game Of Thrones y terminar en un video titulado Cómo quitar puntos negros y espinillas de forma casera y fácil, es una experiencia sólo posible en Internet.

Si bien no soy un gamer, el dinosaurio de Google me demostró que puedo saciar el ocio un rato mientras un T-Rex salta obstáculos. El problema radicaba en que no necesitaba el Internet siempre para ver memes en Facebook, ni para leer al diario El País de España, sino que sin la conexión no podía descargar el documento en pdf que había enviado la profesora ni trabajar en conjunto con mi grupo en Google Drive. Depender de Cantv, como de cualquier servicio proporcionado por el Estado, es una moneda al aire que tiene mejor suerte mientras más cerca te encuentres de los sectores mejores desarrollados tecnológicamente cuando el país era rentable; sin embargo, en la periferia capitalina, y en el interior del país, el Aba de Cantv funciona con la misma velocidad y eficiencia que tendría un jardinero que poda con un cortaúñas. La situación, para diciembre de 2017, era tan soportable como estar en una cola que avanza, bien acompañado, y bajo una sombrita; sin embargo, en el 2018, en el primer trimestre de la hiperinflación, y luego de un hurto de cables en la zona donde vivo, la experiencia devino cola sin compañía, bajo un sol marabino y lo que es peor: sin esperanza de que avance.

Depender de un smartphone con megas no sólo puede ser sumamente costoso sino que, si vives fuera de una buena área de banda de ancha (como es mi caso), no podrás disfrutar de la señal 4G ni 3G de las operadoras salvo que esperes a que la demanda baje; es decir, a altas horas de la noche y muy temprano en la mañana. Es eso o hacer una exploración en casa para detectar en donde un correo se puede enviar en menos de 10 minutos.

La alternativa para poder comunicarse con los amigos y familiares en el exterior, sin que el delay interfiera mientras dices cómo estás y el otro contesta aló repetidas veces, es cambiarse a las distintas compañías privadas que ofrecen servicio de Internet. La solución parece fácil, pero, en un país en un proceso hiperinflacionario y con escasez, no se logra solventar tan rápido sin la disposición de capital y una cuota de azar.

Tomada la decisión de cambiar de compañía de cable, te topas con un inconveniente económico mayor que el de instalar un nuevo servicio. Y es que Intercable y Supercable no disponen en la actualidad de equipos (módem), por lo que el nuevo cliente debe comprarlo por su cuenta (aproximadamente $30 al cambio de dólar paralelo) y, luego de homologarlo, esperar –léase bien– tres meses para que los técnicos hagan la instalación. Ojo, siempre existen los caminos verdes y “el matraqueo”, pero no es mi caso. Así que mis opciones quedaron limitadas a realizar investigaciones en los laboratorios de la universidad y a refugiarme en casa de mis vecinos, quienes –quizás– fueron más visionarios que yo y contrataron una compañía privada en vez de una pública, para que les faciliten el uso del Internet.

Descubres que tu vida, la de un estudiante de periodismo, se condiciona a que se prendan todas las lucecitas de un aparato. Con un ahorro de megas nivel sólo para enviar y recibir mensajes, aprendes que no tener WhatsApp es equivalente a no existir socialmente. Cuando desechas –prácticamente– toda recreación y la importancia es pasar el semestre, no te enteras del escándalo frívolo del momento ni de la segunda prórroga de la reconversión monetaria.

Si quieres surfear responsabilidades de trabajo en equipo, un “no tengo Internet” siempre te resolverá las espaldas; sin embargo, el semestre, 16 semanas de descargar guías, realizar exámenes a través de la plataforma universitaria e investigar, resulta difícil para quien se ve obligado a realizar su tesis en una semana, y está acostumbrado a empezar a producir ideas después de las 11 pm.

No tener Internet significa convertirte en un refugiado digital, que aprende a ahorrar datos y que también (re)descubre los cyber cuando pensó que los mismos eran espacios que vivían sólo en los recuerdos para añorar aquellas tardes de Counter-Strike y Vice City.

Pasar un semestre sin Internet no es tan difícil como no tener con qué satisfacer las tres comidas de un día, ni tampoco tan agobiante cómo no conseguir los medicamentos para la tensión de tu abuela, pero sí significa un retroceso más a una calidad de vida que lucha por ser manzana, pero no llega  ni a mango verde.

Posdata: este artículo fue enviado al editor desde la casa de un vecino.

 

Por Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

A un año de un fraude llamado Constituyente

Por esos días aún existía la esperanza de que un Gobierno totalitario podía irse por la vía electoral: la única que desde hace más de 40 años conocían los venezolanos para expresarse. Quizá por eso el plebiscito organizado por la oposición, semanas antes de que el Gobierno insistiera con realizar las elecciones para la (f) Asamblea Nacional Constituyente, fue considerado como un rotundo éxito: Venezuela, en poco tiempo y pese a la apresurada organización, habló: más de la mitad del país expresó su rechazo al régimen.

Pero el Gobierno siguió adelante y, el 30 de julio de 2017, realizó sus anticonstitucionales comicios. Entonces, el silencio fue un mecanismo de expresión popular: los centros de votación permanecieron casi vacíos. Una gran mayoría de personas no se dejó intimidar por el discurso violento de Nicolás Maduro y de los dirigentes oficialistas, se negó a convalidar una convocatoria realizada de forma ilegal y, por ende, se negó a reconocer todo lo que de ahí surgiera.

Fue entonces cuando el chavismo, decidido a perpetrarse en el poder a toda costa, difundió unos resultados electorales que a todas luces habían sido alterados hasta la exageración. Pocos, muy pocos, creyeron esa farsa. Ni dentro ni fuera del país tal exabrupto encontró un respaldo significativo. En vez de eso, para muchos terminó de quedar claro que la democracia había sido aplastada por el régimen de Nicolás Maduro.

Días antes de los fraudulentos comicios, la frontera colombo-venezolana colapsó. Miles de venezolanos huían ante lo que vislumbraban como un futuro oscuro. Muchos cayeron en el juego y asumieron que un fraude podría legitimar la tiranía. En varios testimonios el miedo se dejó colar en frases como: “Si la Constituyente se lleva adelante, ahora el Gobierno sí podrá hacer lo que le dé la gana”.

La pregunta, ante estas afirmaciones, quizá debía ser: ¿y acaso hasta ese momento no venía haciendo lo que le daba la gana?

Un año después la tónica no ha cambiado, salvo por dos cosas: uno, la crisis ha empeorado (y empeora) notablemente; dos, el Gobierno tiene cada vez menos credibilidad y se muestra cada hora que pasa más acorralado por la comunidad internacional.

Uno de los logros más contundentes del chavismo fue construir una narrativa que todos sus seguidores compraron. Una narrativa plagada de frases que ya todos hemos escuchado hasta el cansancio, de héroes hiperbolizados en la imaginación colectiva y enemigos dibujados con la tinta del cliché. Tanto caló esta historia, que millones de venezolanos creyeron que lo que ocurrió hace un año era un paso más hacia la legitimidad de todos los exabruptos que cometiera el régimen.

Esto no fue así.

Desde el pasado 30 de julio de 2017, un Gobierno escogido de forma democrática realizó una de sus acciones más inconstitucionales, con lo que, al contrario de lo que vendió su discurso, solo se tornó ilegitimo. Y ese carácter se ha venido acentuando con la continua violación a los derechos humanos y los sucesivos fraudes en montajes que de ningún modo pudieran ser llamados elecciones. Así lo entiende buena parte de la comunidad internacional. Y así deberíamos entenderlo quienes adversamos al régimen.

Que quede claro: cada segundo que los dirigentes oficialistas continúan en el poder se convierte en un segundo más de fraude y violación a una Constitución que, dicho sea de paso, se redactó bajo el mandato del ex presidente que dicen idolatrar, Hugo Chávez. De esta manera, los ciudadanos de a pie debemos entender que nada, absolutamente nada, de lo que haga el Gobierno es legítimo o legal. Venezuela es un país en el que casi 30 millones de personas permanecen secuestradas por unos dictadores que solo saben agredir y delinquir. Y quienes delinquen, ya se sabe, carecen de credibilidad.

Es que, además, si hace un año el régimen aún podía presumir ante el mundo de haber sido electo en un proceso reconocido, después del fraude que sucedió en mayo de 2018 ya ni siquiera eso tiene a su favor: buena parte del planeta desconoce a Maduro como presidente.

Todas las declaraciones, acciones y decretos deben ser vistos con el recelo con el que se evalúan las promesas de los ladrones. Para oponerse realmente a la tiranía que hoy tiene secuestrada al país, es necesario entender que vivimos en una nación en la que ni siquiera hay un presidente electo. Sino, por el contrario, un ex presidente que se decidió a no soltar el cargo y se empeña en mantenerlo secuestrado a toda costa.

Venezuela es un país sometido, en el que no hay quien gobierne.

 

Por Mark Rhodes

 

Soluciones de plastilina

Desde que Venezuela entró en un proceso hiperinflacionario en noviembre de 2017, la crisis económica se devoró (y devora) cada medida que implementó el Gobierno con el mismo ímpetu de un niño que se atraganta de chucherías. Ningún control de precios, aumento de salario mínimo ni bonos son correctivos suficientes para detener a un enfermo que necesita tratamiento clínico especializado en detrimento de las gotas mágicas que recetó la abuela. Si por el presidente Nicolás Maduro hubiese sido, Wolverine tendría garras de plastilina en vez de adamantium. La reconversión monetaria, que fue anunciada en marzo, y ya lleva dos prórrogas, es una medida cosmética según expertos en economía: “[La reconversión] Jamás va a bajar la inflación”, comentó el diputado a la Asamblea Nacional, José Guerra, en Twitter. “El cambio estético de la moneda no afectará de ninguna manera el crecimiento de los precios”, sentenció el equipo de Ecoanalítica en un análisis para Prodavinci. El nuevo cono monetario, que debe entrar en circulación el 20 de agosto, comprende una nueva familia de billetes (2; 5; 10; 100; 200 y 500) y la eliminación de cinco ceros al bolívar en vez de tres, como se había anuncia en marzo; es decir, el salario mínimo, que se ubica en Bs. 5.196.000, quedará en 51,96 bolívares soberanos. La convivencia de ambas familias de billetes sería tan complicada como leer un libro al revés, pero retirar de sopetón todos los billetes del cono actual produciría colas que, en comparación, harían ver como ínfimas a las que se hicieron para depositar el billete de 100 (de la familia de 2008) en diciembre de 2016; un billete que, cabe destacar, todavía tiene valor. La medida –que anclará el bolívar a una criptomoneda (el petro) que carece de transparencia y confianza– también conlleva a aumentos de precios, debido a que los servicios de bajo costo no podrán ser costeados, por lo que no habrá manera de cancelar la gasolina de 95 octanos, que pasará de Bs. 6 a 0,000006 bolívares soberanos. La devaluación has come.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

Amigos

Siempre me pareció curioso que Gokú, quien pasaba años aislado entrenando, recibiera tanto afecto de sus seres queridos. El protagonista de Dragon Ball pretendía ser cada vez más fuerte y nada lo distraía por demasiado tiempo de su meta. Familia y amigos entendían esto y hasta lo usaban en su beneficio: cuando había problemas, cosa que para el bienestar de la serie sucedía con frecuencia, sabían a quien llamar.

En alguna entrevista, Jorge Luis Borges compara la amistad con el amor, digamos, romántico. De la primera dice que no necesita del contacto diario para mantenerse fresca: a algunos de sus mejores amigos solo los veía un par de veces por año. ¿Es suficiente un trato tan esporádico para mantener verde la relación entre dos personas? Puede que si las raíces son fuertes, baste una cerveza para que dos entrañables amigos se desgajen en conversaciones afectuosas.

Pienso en eso cada vez que el trabajo y las limitaciones del país me aíslan. Pienso en eso y en las declaraciones que alguna vez le escuché a José Manuel Rey, quien dijo que uno de los mayores sacrificios inherentes a su carrera de futbolista profesional fue dejar de asistir a fiestas, a reuniones y que los amigos entendieran que no siempre podía cumplir con todos los encuentros pautados. Que vivir de lo que amaba –de su pasión, como diría Guardiola– demandaba un precio que debía estar dispuesto a pagar.

Pienso en todo eso, pero también en lo bueno que son los amigos. Y en que la amistad es una de las cosas más dulces, ricas y apetecibles, que he encontrado en la vida. Puede que porque me costara hallarla en una forma que me hiciese sentir satisfecho, tanto que después de hacerlo me brillan los ojos cuando me mencionan a un ser querido. Puede que porque, al ser un bicho raro, las contadas personas con las que me abrazo sin usar muchas máscaras llenan de alegría mis minutos. Pero también, me parece, puede que sea porque lo que decía Borges es algo muy mágico.

Por nuestros respectivos deberes, aislarse durante meses de amigos queridos es una posibilidad que se ha vuelto rutina entre mis afectos; pero basta que surja un problema, que se necesite que alguien eche una mano, que el barco experimente complicaciones, para que aparezcan montones se salvavidas sonrientes diciéndote cuenta conmigo.

Así, tan desinteresadamente, como si nos viésemos todos los días.

El lugar común habla de lo importante que es tener con quien festejar. Me suscribo a él: el gozo de un triunfo se paladea mejor en compañía. Pero más importante, creo, es tener con quien pasar los abundantes tragos amargos, con quien surfear las olas altas y a quien llamar cuando todas las líneas parecieran desconectadas. Ahí pienso en Gokú, que, aunque tenía bien claro cuál era su sentido de vida y nada lo distraía de eso, sabía volver a recargar baterías junto a sus seres queridos. A disfrutar de ese delicioso pedazo de vida.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Protestas en ascenso

Inmersos en una crisis económica que el Gobierno enfrenta como quien intenta apagar un incendio forestal soplando, la mayoría de los venezolanos no sólo padece un colapso de servicios básicos que obliga a los ciudadanos –en ciertos estados del país– a bañarse con “tobito” y a oscuras, sino a sobrevivir con un salario que no alcanza para adquirir una canasta básica que superó los 600 millones de bolívares en junio de 2018.

Ante la dificultad de cubrir necesidades básicas de la población, la respuesta orgánica y natural para exigir una solución a la crisis es la protesta que, a través de concentraciones y el cierre parcial de avenidas, tiene carácter –en su mayoría: 84% de ellas– social, según el informe que publicó el Observatorio Venezolano de Conflictos Sociales (OVCS); el cual registró, en el primer semestre de 2018, 5.315 protestas; es decir, 30 protestas diarias, 8% más que el año pasado durante el mismo periodo.

La característica principal de las protestas durante estos seis meses fue el descontento ante los problemas más urgentes que imperan en la sociedad: dificultades en los servicios básicos, en la salud, en la alimentación y en las condiciones laborales. A planificar el horario diario según el racionamiento de agua para realizar las actividades domésticas, se le agregó largas caminatas para trasladarse por falta de transporte público. Es así como el régimen de Nicolás Maduro mantiene a la población en un calvario que genera malestar y agudiza la conflictividad social. Si en 2017 observamos manifestaciones contra una decisión política (el autogolpe perpetrado por el Estado, con respaldo del Tribunal Supremo de Justicia, contra la Asamblea Nacional), en 2018 la sobrevivencia es el letmotiv para realizar concentraciones de calle que, pese a no ser masivas ni mediáticas (salvo las que inició el sector salud hace un mes), alzan la voz pidiendo mejoras en las condiciones laborales.

 

Por Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch