Los colectivos y el poder

Inexplicablemente, dentro de los cuerpos policiales del Estado que dirigieron la masacre de El Junquito se encontraba el máximo líder del colectivo Tres Raíces, un grupo paramilitar que durante más de una década ha dominado con armas las Zonas E y F del 23 de Enero. Inexplicablemente, esa persona, fallecida durante el operativo del pasado lunes, poseía dos nombres, dos cédulas y el mismo centro de votación: Andriun Domingo Ugarte Ferrera (V-16.598.461) y Heyker Vásquez Ferrera (V-16.342.391) ejercían su derecho en la Unidad Educativa Nacional 23 de Enero. Inexplicablemente, ese individuo, que contaba con un historial de seis solicitudes de captura –cinco por homicidio y una por extorsión–, fue invitado a formar parte de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES). Y, por si fuera poco, ese era, inexplicablemente, el mismo hombre que en 2016 había encabezado una protesta en Catia frente a una estación de la Policía Nacional Bolivariana para exigir que liberaran a cinco miembros de Tres Raíces, los cuales habían sido detenidos por estar implicados en el secuestro de un comerciante extranjero. ¿El resultado? Los colectivos liberados y el jefe de la PNB destituido. “Era tan respetado que las fuerzas policiales lo invitaron a ser parte de ellos y el compañero Heyker Vásquez se formó como policía. Era la persona que sabía de leyes, de tácticas militares, sabía lo que era un daño colateral. Nos explicó muchas cosas y nos guío en el camino”, le contó el vicepresidente de Tres Raíces, Eudi Otaiza, a la periodista de Runrunes Lorena Meléndez, quien ayer publicó un texto en el que ata varios cabos relacionados al caso. Un caso en el que Reverol presentó a Heyker como Andriun, Diosdado dio su propia versión de los hechos –“lo mandaron a buscar para que ayudara en la negociación”– y Bernal alabó al caído –“ha caído en combate como caen los revolucionarios de todos los días–. Inexplicable.

Bolívar y los Súper Próceres

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

Mi primo se está graduando del colegio Simón Bolívar. Él quiere estudiar Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar. Tiene interés en eso porque su papá trabajó en el Satélite Simón Bolívar y su mamá en la Planta Simón Bolívar. No obstante, también le gusta la música, pues él toca en la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, y se ha presentado en importantes sitios como El Teatro Simón Bolívar. Para aclarar sus ideas, hoy vamos a tener una conversación en la Plaza Bolívar (no la del Hatillo, ni la de Sucre, ni la de Baruta, ni la de Libertador, será en la de Chacao) y nos iremos caminando hasta el Parque Simón Bolívar… Cielos, eso es difícil de procesar.

Creo que cualquier persona que viva en Venezuela conocerá esa cualidad, un tanto desesperante, de que cualquier cosa puede llevar el nombre “Simón Bolívar”. Tenemos miles de plazas, una universidad, varias escuelas, centros culturales, un satélite, y un sinfín de instituciones. Además, por si fuera poco, hay una enorme abundancia de estatuas neoclásicas con su figura que tienden a estar en las plazas –unas en forma de bustos, otras ecuestres y otras de cuerpo completo-, siempre para recordarnos su gloria. Y no basta con eso, sino que también, para colmo, tenemos su imagen en toda la propaganda oficial del gobierno, con su supuesto rostro que ahora está en todas partes. Parece que al pobre Libertador no lo dejan descansar en paz.

Y no solo está en el caso de Bolívar, es algo que uno puede encontrar en menor medida con los demás próceres: Miranda, Sucre, Mariño, etc. Sé que es un fenómeno que también se da en el resto de Latinoamérica, aunque sinceramente ignoro si con la misma intensidad. Parece casi una necesidad, es como si hubiera una ansiedad que convirtiera en requisito hacer ese culto a los próceres.

En mi opinión, eso es algo que debemos superar. Está bien la pretensión de la conciencia histórica, pero creo que esto llega a la idolatría. Una presencia tan constante los convierte en dioses, lo cual dificulta una visión objetiva del pasado. E inclusive, se le ha distorsionado: hoy en día hasta se nos ha llegado a vender la imagen de un Bolívar socialista y de ascendencia africana, muy revolucionaria, y de dudosa veracidad.  Pero… ¿por qué tanta insistencia en “honrar a nuestros héroes”?

Un culto romántico

El origen del culto al prócer  latinoamericano tiene su origen, “para variar”, en el romanticismo. Al igual que una gran cantidad de nuestras concepciones culturales, el movimiento romántico que se gestó en la Europa de principios del Siglo XIX fue sumamente influyente en este lado del Atlántico y llegó a aportar ideas que serían tomadas por las personas que fundaron nuestras naciones.

Explicar con profundidad en qué consiste la compleja y subjetiva ideología romántica es una tarea que no corresponde hacer aquí, pero podemos hablar de algunos de sus postulados. El romanticismo se dio, principalmente, como una reacción contra el siglo de las Luces y contra la Modernidad en sí, contra el principio de la racionalidad como único medio de desarrollo para el ser humano. Los pensadores y artistas de ese movimiento buscaron en la emocionalidad y en la imaginación un vehículo de comunicación interior, una conexión con la espiritualidad.

El romanticismo estableció varios mitos –el artista como ser marginado, el culto a la naturaleza, la infancia, el hombre primitivo, etc-, pero uno que fue particularmente difundido en América es el del héroe. Ese y el de la nacionalidad. Porque aunque cueste creerlo, dicho movimiento fue sumamente político, solo que, a diferencia de los movimientos artísticos anteriores, su carácter fue reaccionario contra el poder tradicional y mostró su apoyo a las nuevas tendencias políticas. Fue la época de los grandes cambios que ocurrieron en los estados de Occidente.

La época del romanticismo ocurrió después de la Independencia de los EE.UU. y de la Revolución francesa. La primera mitad del siglo XIX fue de revoluciones. Muchos artistas de ese movimiento apoyaron los procesos políticos que se estaban llevando a cabo. Por ejemplo, William Blake (aunque este cuenta como un prerromántico) hablaba en varios de sus poemas de lo que se desarrollaba en Francia. Lord Byon,  Eugène Delacroix y Víctor Hugo también apoyaron las causas insurgentes. Hasta eso entonces, el Arte siempre había servido al poder tradicional, fue a partir de esa época que este empezó a manifestar su apoyo a las nuevas corrientes.

El nacionalismo, tal y como es entendido hoy en día, nació en ese momento. También fue la época de las guerras de independencia. Y no solo eso: el elemento regionalista que exalta la identidad de determinados grupos de habitantes de una región también data de esos tiempos. En el primer tomo de Literatura Hispanoamericana, de Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani, se explican estos puntos:

La exploración del ayer lejano despierta en los románticos interés por los acontecimientos  más recientes. En la medida que el pasado sigue siendo un acicate para los espíritus imaginativos, la historia se hace narración viva, descripción minuciosa, resurrección emocionada de hechos memorables… y en la medida en que el ayer es raíz de nacionalidades y explicación del estado presente de la humanidad, la historia se hace especulativa… Y nace también la “biografía romántica”, reflejo del individualismo, del culto al héroe, de la preferencia de lo particular antes que lo general” (Página 173, El Romanticismo).

Y en otro párrafo del mismo capítulo dice:

El hallazgo romántico de esta vena popular tiene en la literatura hispanoamericana proyecciones importantísimas. Se descubren personajes populares característicos de cada región, y se transforman en arquetipos nacionales: el llanero, el gaucho, el cholo, el roto, el pelado, el mulato. Se revelan sus coplas y romances,  sus formas de habla, sus vestidos típicos, sus maneras de vida y de trabajo, su visión del mundo” (Página 175, El Romanticismo).

El Romanticismo, como movimiento cultural, influyó en América Latina más en el aspecto político que en el artístico o literario. Es lógico: las condiciones eran totalmente diferentes a las que había en Europa, tema del que se hablará en otra ocasión,

 En líneas generales, ese el origen de la obsesión latinoamericana con la historia y sus héroes o, mejor dicho, personajes que ha convertido en héroes. En lo personal, creo que es importante la conciencia histórica, tanto en lo político como en lo cultural, pero creo también que en Venezuela –y sospecho que en buena parte del resto de América Latina-, falta lo segundo. Todo el mundo sabe de la batalla de Carabobo o del Decreto de Guerra a Muerte, sin embargo: ¿cuántas personas saben del Romanticismo como motor del culto al patriotismo? Podemos memorizar algunos hechos y fechas, pero eso no es suficiente para entender nuestros tiempos.

Ese mismo problema se manifiesta a diario en Venezuela. Este gobierno (qué fastidio siempre tener que hablar de él) ha llevado el culto a Bolívar y al patriotismo hasta extremos inverosímiles. Ya la palabra “patria” la usamos con sarcasmo –“no hay medicinas para la hipertensión, pero hay patria”–. Y la imagen “oficial” de Bolívar está en todas partes, en todas las instituciones del régimen y forma parte de lo que en otro artículo llamé Imágenes Acosadoras.

En lo personal, no me parece una visión madura de la Historia. Yo sí me siento venezolano, pero no me considero nacionalista, o al menos no en el sentido clásico de la palabra. Soy más venezolano por las costumbres y las tradiciones con las que me han criado y con las que me identifico que por los acontecimientos políticos y militares que ocurrieron hace 200 años. Del Romanticismo prefiero heredar más la identificación –que no es lo mismo que el culto o el fanatismo- por lo regional, que por lo pseudohistórico. Y lo digo manteniendo el respeto por las figuras del pasado, pues, realmente, eso es lo que son. Si queremos aprender del ayer, debemos conocerlo e interpretarlo objetivamente.

La otra muerte de Óscar Pérez

Ezequiel Abdala | @eaa1717

Mientras era ejecutado por las fuerzas élites de la dictadura, Óscar Pérez era víctima de otro asesinato, éste de categoría moral, llevado a cabo, casi en su totalidad, por el pueblo opositor. Lo que se leía en redes sociales y grupos de WhatsApp al momento en el que sucedía la masacre de El Junquito -así quedará asentada en la historia-, se movía entre lo nauseabundo y vomitivo. Cada vídeo de Pérez era recibido no ya con la habitual desconfianza de los conspiranóicos -esos inteligentes que saben más que todo el mundo y que ven tras cada opositor a un esquirol de la dictadura que es parte de un plan siniestro de distracción de masas bobas-, sino con la burla cruel de los que ya perdieron todo vestigio de humanidad. Pérez, acorralado en medio de un demencial operativo en el que actuaron más de 1000 funcionarios y se usaron armas de guerra, consumía en el desespero sus últimos minutos de vida y la gente lo que hacía eran chistes sobre la marca de la salsa de tomate que se había echado “el actor” para “simular”. Ése fue el nivel de lo de ayer. Ése es el nivel de lo que va quedando en Venezuela. Que no fue mucho más alto, tampoco, que el de los medios nacionales: casi ninguno informó al momento, y varios de los que lo hicieron fue con bajeza y desprecio -“si se entrega o si lo matan, el país seguirá siendo el mismo”, twitteó una inmisericorde periodista de sucesos-. Y cuando ya todo estaba consumado y se sabía, el mutismo los invadió. La cautela extrema y los malabarismos por decir sin decir fueron la mejor evidencia de hasta dónde ha llegado la (auto)censura. Y cuando por fin dijeron algo, fue muchas veces desde la burla -“Óscar Pérez no era tan duro de atrapar”, tituló Contrapunto-, o el ufemismo -“dado de baja”, “abatido” y “muerto” fueron las palabras más repetidas en los tardíos y escasos titulares que informaron de la noticia, en los que no faltó el calificativo “terrorista”-.

De modo, pues, que cuando la bala que acabó con su vida fue disparada, ya Óscar Pérez era hombre muerto: antes de que la dictadura lo matara, ya lo había hecho, burlándose a mandíbula batiente, el pueblo que él pretendía liberar. Y luego, algunos medios se encargaron de darle el tiro de gracia.

¡Asesinado!

El ‘En este país va a pasar algo’ pareció volverse realidad la tarde de aquel martes 27 de junio, cuando los medios de comunicación y las redes sociales empezaron a reseñar que un miembro de la Brigada de Acciones Especiales y jefe de Operaciones Aéreas del CICPC, de nombre Óscar Pérez, se había sublevado en contra del gobierno de Nicolás Maduro. Desde un helicóptero robado del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, Pérez había disparado y lanzado dos granadas hacia la sede del Tribunal Supremo de Justicia. Noticia en desarrollo, por las redes sociales, además de la famosa foto de la pancarta ‘Art. 350 Libertad’, empezaron a salir cualquier cantidad de teorías, análisis y suposiciones en torno al suceso. Ese mismo martes, Pérez publicó una serie de videos en los que explicaba el porqué de sus actos, quiénes eran sus compañeros de lucha y el camino que, según él, debía tomar el país. Luego de la algarabía del momento, del ‘por fin’ momentáneo, de la adrenalina recorriendo por el cuerpo, el hecho dejó mil interrogantes y se fue desvaneciendo con el paso de los días. ¿Montaje revolucionario? ¿Sublevación real? Lo cierto es que Pérez no volvió a aparecer hasta el 5 de julio –vía redes sociales– y luego, cosa rarísima, en plena Plaza Altamira, trece días después. Allí, incluso, pudo declarar a la televisión española antes de subirse a una moto y abandonar el lugar. Tiempo después, de Óscar Pérez fueron saliendo noticias cada tanto. Una entrevista con Telemundo por acá, un video en el que se atribuía un robo de armas de un comando de la Guardia por allá, una conversación con Fernando del Rincón por acullá y así hasta que ayer, en horas de la madrugada, la dictadura, las FAES y la GNB rodearon el lugar donde se encontraba el ex jefe de Operaciones Aéreas del CICPC junto a sus compañeros y un grupo de civiles. Según los periodistas Eligio Rojas (ÚN), Román Camacho y CNN, en el operativo, que contó con más de 1.000 funcionarios, unidades tácticas especiales, un tanqueta blindada del Ejército y una unidad aérea, Oscar Pérez, el hombre más buscado de Venezuela, pese a declarar que se entregaría, fue asesinado.

Patria, socialismo o muerte

Es una de las tantas postales que ha dejado la Revolución Cubana: la de personas teniendo que escapar de su propio país para buscar ya no calidad de vida, sino la forma de darle de comer a los suyos. Los rojos, fidelistas por siempre, han venido copiando el modelo y, a razón de lo que vivimos hoy en día, podemos decir que mal no les ha ido. A veces, la única opción es patria, socialismo o muerte. Ya había pasado algo similar en 2015 y esta semana ocurrió de nuevo: un grupo de venezolanos zarpó ilegalmente desde las costas de Falcón con la intención de llegar a Curazao para buscar trabajo y su embarcación terminó destrozada a orillas de la isla caribeña. Los cadáveres de Joselyn y Danny Sánchez (24 y 33), Oliver Cuahuromatt (33) y Janaury Guadalupe (17) fueron encontrados en la zona de Koraal Tabak por las autoridades locales. Luego de notificar el hallazgo de los cuerpos, Reginald Huggins, representante de la policía de Curazao, informó que fueron detenidos dos venezolanos que estaban por la zona con actitud sospechosa. Tras encontrar a los fallecidos, las autoridades comenzaron a hacer allanamientos por la isla en busca del resto de tripulantes de una lancha que salió con, al menos, 30 personas a bordo. Ciudadanos que pagaron $ 100 para atravesar los kilómetros que separan a Venezuela del territorio perteneciente a los Países Bajos. Esta mañana confirmaron desde la isla el hallazgo de un quinto cuerpo. The Associated Press, por su parte, indicó que al menos 16 personas lograron sobrevivir al naufragio. José Gregorio Montaño, director de Protección Civil de Curazao, le dijo a la agencia que, gracias a la información suministrada por familiares, pudo conocer que 11 miembros de la tripulación se encuentran a salvo, aunque permanecen escondidos por haber entrado de forma ilegal al territorio neerlandés. Otros cinco venezolanos se encuentran detenidos y dos de ellos están en un centro de salud tratándose las lesiones sufridas. Los sobrevivientes serán deportados a nuestro país vía aérea. El cuerpo policial de Curazao afirmó que en 2016 interceptaron 60 embarcaciones provenientes de Venezuela y que en 2017 la cifra se quintuplicó (300).

Una tragedia llamada 2018

Estamos a pocas horas de entrar en el que probablemente será el peor año de nuestra historia, y eso es mucho decir. Nunca la expresión “¡Feliz Año!” será tan cándida y mentirosa –y en algunos casos cínica–como la de esta noche. Ni siquiera los capos que manejan esta mafia criminal llamada ‘Revolución Bolivariana’ podrán decirla con plena seguridad: ninguno está a salvo. Lo que viene es una tragedia de magnitud tal, que sus consecuencias son impredecibles. El huracán hiperinflacionario, ese en el que entramos hace apenas un mes -y al que la semana pasada, con la impresión de 18.193.365.536.180 de bolívares sin respaldo (cifra del BCV, dicho sea), ya han alimentado suficientemente bien- azotará con fuerza durante el año que viene para hacer lo que ha hecho en todas partes: empobrecer aceleradamente a un porcentaje significativo de la población; y eso, en un país que ya estaba bastante arruinado, significará extremos de miseria pocas veces vistos en América Latina, que algo (bastante) sabe de ello. 2018 será el año de los precios subiendo diariamente y hasta por hora, de los parlantes anunciando los incrementos en los supermercados y de la plata que se evapora en minutos. Será el año de los asesinatos por comida, de las puñaladas por bolsas de basura y de las muertes en masa por hambre. El dictador se reelegirá seguramente en el primer semestre, contando para ello con el sistema de extorsión alimentaria que ha creado vía Carnet de la Patria y, por supuesto, con el apoyo de los militares, que saldrán a matar. A punta de balas sofocarán las protestas por las promesas no cumplidas –ya anoche, en Mamera, un GNB asesinó a una adolescente (18) embarazada que pedía su pernil– y lo mismo pasará, de haberlas, con las protestas políticas. La del dólar a 10 y las otras mafias gobernantes seguirán robando, pero será tal el nivel de barbarie, que no tendrán nada garantizado. Por ello, a quienes seguimos, se nos demandan dos cosas: intentar conservar la vida y ayudar como se pueda. Estamos en las puerta de una tragedia llamada 2018, y nos toca, como nunca ser fuertes y mejores. Ese es el reto.

Historia de un periodista arruinado por el socialismo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque por sus venas corren sangre libanesa y portuguesa, el periodista nunca ha sabido cómo hacer negocios, asunto para el que es absolutamente incompetente. A pesar de esta sangre, tampoco le vino de cuna dinero alguno, aunque sería faltarle a la verdad decir que ha pasado trabajo. Como en la canción de Rubén Blades, sus padres se esmeraron en darle, dentro de sus posibilidades, lo que ellos nunca tuvieron, que nunca fue demasiado pero sí suficiente. El bachillerato lo estudió en un colegio privado y con algún prestigio, al que pudo ingresar gracias al programa de becas que tenían. La universidad, también privada, la estudió con beca el primer año y luego con un sistema de crédito educativo que le financió a préstamo la mitad de la matrícula, y que luego, cuando se graduó y le tocó pagar, le exoneró un porcentaje considerable de la deuda por haber sido el tercer mejor promedio de su promoción. Allí aprendió que había una cosa llamada mérito, que se ganaba a base de esfuerzo propio y que rendía sus frutos.

Su primer contacto con el mundo laboral fue en V año de bachillerato, en cuyo último lapso su colegio estipulaba que todos hicieran pasantías. Las realizó en una empresa de café que luego fue expropiada, en la que, a falta de hallar qué responsabilidad podían darle a un adolescente que ni siquiera era bachiller, lo pusieron a ordenar facturas de archivo en una sala de reuniones en la que había un mesón, una  fotocopiadora y un televisor gigante, que durante el último mes de pasantía se convirtió en el punto neurálgico de la oficina gracias al Mundial de fútbol. El periodista, que llegaba con el primer partido y se iba con el último, adquirió entonces una responsabilidad mayor, ésta sí de vida o muerte: avisar cada vez que hubiera un gol, informar al que preguntara del marcador, poner al tanto al que entrara de cómo estaba jugando cada equipo y llevar la quiniela de la oficina. Las pasantías las terminó con prácticamente todos los partidos del Mundial vistos y un par de aprendizajes valiosos: que contra un Mundial no hay en la tierra fuerza que valga, que al final nadie sabe nada de fútbol (la quiniela se la llevó la secretaria de presidencia, una mujer que acertó a punta de poner a ganar a los países que más simpatía le generaban), y, sobre todo, que los viernes nunca se llevaba comida a la oficina.

Casi un año después, terminado el primer semestre de la carrera, ingresaría formalmente al mundo laboral, de donde más nunca saldría. Durante tres años fue redactor y corrector de una pequeña publicación mensual que se repartía gratuitamente en cafés y panaderías. Mensualmente y en cheque, cobraba BsF 250 en una época en la que los cinnamon rolls costaban 15, lo que lo hacía sentir millonario. Durante casi 3 años estuvo al frente de tan singular empresa, eliminando las comas que separaban sujeto y verbo, los leísmos que venían del texto matriz de España y modificando a su antojo el horóscopo para darle un toque más productivo (trabaja, esfuérzate, prepárate, lee) y menos esotérico. La oferta de un periódico con vocación nacional, para que se incorporara a la sección de mascotas, una que, le juró la atractiva ejecutiva de Recursos Humanos, era muy querida, apreciada y leída, lo llevó a trabajar allí casi una semana –y a salir publicado un día–, pero inmediatamente en su camino se cruzó una farmacéutica que le ofreció 1800 bolívares (exactamente 9 veces lo que le iba a pagar el diario) por hacer un trabajo un poco menos tedioso que el de entrevistar a encargados de tiendas de animales, y se fue con ellos. Por seis meses, el periodista fue un hombre formal de camisa y pantalón de vestir, que de día trabajaba y de noche estudiaba, cuyo hogar, le reclamaba la familia, había quedado reducido a una especie de hotel en el que solo desayunaba, cenaba y dormía. Terminadas las pasantías, en cuya renovación se interpuso un viaje para estudiar inglés, se prometió hacer un alto en el mundo laboral para dedicarse a la tesis, pero la oferta de trabajar en la campaña presidencial de un candidato que iba a salvar al país fue para él, que algún apetito de gloria tenía, sencillamente irrechazable, y por eso durante tres meses estuvo elaborando líneas discursivas para los políticos y consiguiéndoles entrevistas en los medios de los cinco estados centrales que le fueron asignados a él. Allí cobró relativamente bien y en efectivo -3.000 BsF-, y conoció de cerca a esos dos miuras llamados ego y vanidad, a los que afanosamente tenía que hacerles una buena lidia para que los políticos de Caracas aceptaran dar una entrevista en la única radio dispuesta a concederles un espacio en Apure, por ejemplo. La elección concluyó con un resultado inesperado, y al día siguiente, cuando lo convocaron al Comando, al periodista le explicaron que había ocurrido un fraude gigantesco, que no iba a ser aceptado sino comprobado y denunciado, y le invitaron a renovar por mes y medio más. El periodista, que tenía más apetito de gloria todavía, aceptó, y por hacerlo estuvo a punto de no presentar la tesis, que culminó ‘in extremis’ y entregó de milagro. El fraude, si lo hubo, nunca se reclamó.

La post-entrega de la tesis marcó el período no laboral más largo del periodista, de casi un mes entero. Una mañana, de camino a una distante pescadería en la que su familia se empeñaba en comprar, tarea que por estar todo el día en la casa ahora recaía sobre él, se encontró a un compañero de clase que, al saber que había quedado reducido a simple hacedor de labores domésticas, lo invitó a ir a una entrevista para trabajar en una página web, especie de agenda cultural caraqueña, que estaba buscando  un redactor. El periodista lo hizo y quedó, por 4.500 BsF al mes. Durante un año vio teatro y cine gratis, asistió a estrenos, lanzamientos, inauguraciones y aperturas, y entrevistó a músicos, actores y cómicos. La venta de la página web -y la posterior ida del editor de una revista de cultura universitaria perteneciente al mismo grupo- lo llevaron a ocupar esa silla en la que tiene ya más de tres años, aunque la revista lleva dos sin papel convertida en un medio digital bastante ‘sui generis’ pero sobre todo libre, independiente, combativo y bien escrito, valores con los que se siente comprometido y de los que se puede enorgullecer.

Durante todo ese tiempo trabajando –que ya pasa de los diez años–, el periodista, cuyo único principio económico lo adquirió leyendo el ‘David Copperfield’ de Dickens, en cuyas páginas aprendió que la diferencia entre la dicha y la desgracia estaba en gastar un ‘penique’ más de lo que se tenía, no hizo otra cosa sino eso: gastar siempre menos de lo que ganaba y guardar lo que sobraba. Hombre de tendencia austera, con ninguna inclinación al lujo, vida social escasa y prácticamente ningún vicio, sus gastos se reducían a almorzar en la calle los viernes, merendar pasta seca cuatro veces por semana, beber cerveza barata en algún chino y comprar uno que otro libro de segunda mano, razón por la cual de sus salarios llegaba a sobrarle, a veces, hasta el 60%, dinero que se quedaba, juraba él, a buen resguardo en una cuenta corriente a la que iban a parar también todos los regalos de navidad y cumpleaños (y en resumen todos sus ingresos). Esa cuenta crecía, crecía y crecía, y en algún feliz momento llegó a equivaler –y lo sabe porque lo preguntó y nunca olvidó la alegría que le causó saber la respuesta– a casi un mes (29 días el cálculo exacto) de estadía en el hotel cinco estrellas que quedaba cerca de su casa.

Con ese colchón bancario, el periodista vivió despreocupado, tranquilo y seguro por varios años. Nunca se mortificó por la fecha en la que pagaban la quincena ni significaba para él un problema que ésta se atrasara. Nada de eso. Tenía una cuenta con plata y una tarjeta de débito  que pasaba en todas partes –la de crédito, por alguna sabiduría milenaria que tienen los bancos, siempre se la negaron–. Claro que aquello no alcanzaba para comprar un carro ni mucho menos un apartamento, tampoco para independizarse y muy con las justas para alguna vacación playera de no más de quince días, pero nada de eso estuvo jamás en sus planes: siempre estuvo claro de hasta dónde le llegaba la cobija. Sin embargo, para su vida rutinaria, metódica, ordenada y frugal, aquello bastaba y sobraba, e incluso permitía pagar sin dificultar los excesos de alguna noche en un local nocturno, la ida a comer a un sitio caro, algún buen regalo de cumpleaños para sus padres y cualquier otro gasto que se saliera de los planes.

A principios de 2016, sin embargo, todo comenzó a cambiar. De pronto, al periodista empezaron a parecerles caras algunas de las cosas habituales. Y se halló entonces, por ejemplo, dándole varias vueltas a la feria de comida a la que solía ir los viernes, comparando precios y buscando combos. Un viernes ya no pidió bebida grande y al siguiente se dijo que para qué comprar galletas teniendo Oreos en la oficina. Las renuncias, aunque pequeñas, iban volviéndose más frecuentes. Imperceptiblemente frecuentes. Y entonces llegó 2017, y con él todo se salió de control. Ya no caros, sino sencillamente desproporcionados se le volvieron los precios y perdió por completo el sentido de la realidad económica: dejó de saber qué era costoso y qué no, qué un lujo y qué una ganga, qué estaba bien y qué estaba mal. Veía los precios y no sabía que pensar. Con horror comentaba que por algo le habían querido cobrar tanto y su interlocutor le preguntaba que cuántos había comprado porque ese algo ya no costaba tanto sino el doble y en un mes estaría en el triple. Y aunque la tarjeta pasaba y los aumentos de salario se sucedían con más frecuencia que el año anterior y llegaban a montos que él jamás hubiera soñado ganar, la cifra de su cuenta era cada vez menos espectacular.

Poco a poco, al periodista comenzó a ponérsele (más) pequeña la ciudad. Cada vez tenía menos sitios a los que poder ir y se hallaba despidiéndose con frecuencia de lugares que le eran habituales. ‘Última vez que como en…’, ‘última vez que compro en…’, ‘última vez que voy a…’. Las galletas, los roles de canela, las tartaletas de chocolate, la bebida del almuerzo, las raciones extra de tostones, los tallarines chinos, la comida mandarín, el sushi, el estadio, los mojitos y los locales nocturnos se fueron un día para no volver más. Mantuvo el almuerzo en la calle los viernes, por ser tradición de más de una década y el último reducto que le quedaba de la clase media a la que un día perteneció, pero con la feria de comida del centro comercial reducida a un espacio de sólo dos locales: uno de comida por peso y una venta barata de pastas de la que hacía años había salido prometiendo que no volvería dada la mala calidad de las mismas, que, o las mejoraron o la necesidad hizo que finalmente le supieran mejor. Lo otro que mantuvo fueron las idas semanales (usualmente sabatinas) a tomar cerveza barata, reducidas ambas, eso sí, a apenas un par de chinos, a saber cuál más decadente que el otro, pero que las vendían de tercio, heladas y casi a precio de costo.

Sin embargo fueron los libros, el tercer pilar de sus gastos, los que le dieron el campanazo de alerta. Cuando en la Feria de Altamira –de la que solía salir con bolsas y bolsas de ellos– no pudo comprar ni uno, supo que tenía un problema grave. Ello sucedió en la última semana de noviembre, cuando se jodió todo, Zavalita. Fue tan rápido y vertiginoso que todavía no sabe cómo explicarlo. Solo recuerda que un día entró a su cuenta y se halló con apenas 270.483 bolívares (entiéndase: $2,3). Revisó minuciosamente gasto por gasto y comprobó que no lo habían estafado ni puesto un cero de más en alguna compra. Empezó a sumar cuánto daría eso más la quincena, para encontrarse con que ya ésta estaba depositada. Preguntó en la mesa de atrás que cuál era la fecha en la que pagaban los cesta-tickets y le respondieron que aquello había ocurrido hacía rato. Y se dio cuenta, entonces, de un hecho incontrovertible: 270.483 bolívares era todo lo que tenía para vivir. Su cuenta, aquella en la que estuvieron depositados diez años de ahorros, sueldos, cumpleaños y regalos, la que había llegado a equivaler a 29 días en ese hotel cinco estrellas que tenía cerca y en el que nunca se quedó, su cuenta, en la que estaba todo lo que tenía, sencillamente había desaparecido. Todo el dinero que tenía lo pulverizó, lo destruyó, se lo llevó, se lo quitó, se lo robó, la revolución y su presidente obrero. Pensó entonces en los dólares que nunca compró, los pequeños negocios que no hizo y su pésimo olfato para seguir el rastro del dinero. Pero no se azotó demasiado. No iba pedir perdón por haber estudiado con esfuerzo, trabajado honradamente y ahorrado. Tenía la certeza de haber hecho lo correcto. El problema no era él sino el sistema. Y allí entendió como nunca en su vida ni en sus libros la verdadera esencia del socialismo: un sistema que destruye la relación esfuerzo-recompensa, y que no está hecho para el que se forma, trabaja y ahorra, porque a esos los condena irremediablemente a la pobreza. Esa en la que, a partir de diciembre 2017, ha comenzado a vivir.

Inminente caída del dólar paralelo

Lo revela hoy en su edición impresa el diario financiero ucraniano ‘Aftonbladet’, cuya unidad de investigación ha tenido acceso a un informe del Kremlin en el que se detallan algunos pormenores de su programa económico para el gobierno de Venezuela, luego de que el pasado 23 de diciembre, como parte de los acuerdos bilaterales firmados entre ambas naciones, entraran a formar parte del gabinete un grupo de 15 asesores ruso con voz, voto y poder de decisión en el Consejo de Ministros. Conocidos en medios financieros europeos como ‘Los Cosacos’, este grupo, que está formado en su mayoría por técnicos de la Universidad Estatal de San Petesburgo (la misma en la que estudió Vladimir Pútin, y que por ello gozan de su plena confianza), ya ha trabajado en Ecuador y Brasil, países para los que elaboró, con relativo éxito, programas de estabilización macroeconómica cuando se encontraban en crisis. De acuerdo con el cable de la agencia sueca Svenska Nyhetsbyran, que es la que ha traducido la nota del ‘Aftonbladet’ al inglés, en su primer informe ‘Los Cosacos’ han hecho saber Putin que el principal obstáculo con el que se han encontrado es el dólar a 10: “Nunca en país alguno habíamos dado con una distorsión económica tan letal. Es una auténtica hemorragia por la que se desangra Venezuela. Sin embargo, es también un negocio excesivamente rentable, que está amparado y sostenido por mafias con mucho poder económico e influencia política, lo que dificulta su eliminación”. Según se explica en la nota, al ser informado de que esa sería la primera medida, Nicolás Maduro se mostró reticente y nervioso, por lo que le dieron un ultimátum. “Le recordamos que se nos concedió plena facultad y autonomía, y que de no autorizarla tomaríamos el primer vuelo a Moscú”, se lee en el informe, que detalla que no pasará de la primera semana de enero la medida. “Ello traerá consigo una drástica caída del marcador paralelo, que estimamos, en un cálculo conservador, poder llevar a 30 mil bolívares por dólar antes de que termine el primer mes del año, lo que repercutirá positivamente en la economía”, cierra el informe, de cuya autenticidad no damos fe porque hoy es 28 de diciembre, no hemos conocido nunca a un cosaco que sepa de economía y menos de un ruso que combata una mafia. ¡Feliz triste día!

¡FELIZ NAVIDAD!

Fue el gran antes y después de la historia de la humanidad. Al menos, de la que conocemos. El hecho que la dividió en dos, y a partir del cual se empezaron a medir los años. El arte, la pintura y la música lo han hecho lucir esplendoroso. Nuestros aguinaldos también. Que nació cubierto de flores, canta uno. Que venía del Ávila bien arropadito, o que su cuna estaba alumbrada por destellos radiantes luz, cuentan otros. Sin embargo, según el relato de Lucas, el acontecimiento fue más bien pobre: un hombre y su mujer embarazada peregrinaban para cumplir con el empadronamiento ordenado por el César, cuando a ella le vinieron los dolores de parto. No encontraron posada en ningún sitio, así que el alumbramiento hubo de suceder en un establo. El pesebre, ese recipiente donde come el ganado, fue lo que el niño, nacido en la más absoluta pobreza, tuvo por cuna. ¿Dónde estuvo la grandeza de este hecho para lograr cambiar la historia del mundo? Hace diez años, difícilmente hubiéramos podido responder a ello. Ahora, sin embargo, algo entendemos. Son tiempos de verdadera desgracia y ruina en Venezuela: hay pobreza, hambre y una infeliz dictadura. Hoy, a nosotros, también se nos cierran todas las puertas. El sufrimiento de los hambrientos, de los que comen de la basura, la desesperación de los padres que no consiguen alimento para sus hijos, la de todos aquellos que no encuentran medicinas, de los que mueren por un antibiótico, de los que lloran a un ser querido asesinado por el hampa o por alguno de los organismos de seguridad de la dictadura, la soledad de los que tienen a los suyos lejos, bien sea fuera del país o en una celda inmunda, ese lamento desesperado es una tiniebla tan oscura como la noche que cubrió a aquella pobre familia en Belén. Al contemplarlos a ellos, al volver a esa escena inicial, surge, sin embargo, una certeza: que la esperanza puede nacer, y de hecho nace, en medio de las condiciones más precarias; y que aún en la soledad más profunda, en medio de todas las adversidades, de algo tan pequeño y frágil como un bebé sin cuna puede venir la salvación. ¡FELIZ NAVIDAD!, les decimos, y no lo hacemos como lugar común, sino con el sentido más profundo y cristiano del término, para que hoy, como hace dos milenios, en medio de esta noche oscura, triste y pobre que vivimos, nazca en ustedes la esperanza y no se dejen vencer ni intimidar por el poder temporal y la soberbia de nuestros Césares y Herodes criollos, porque nosotros, lo prometemos, tampoco lo haremos. ¡FELIZ NAVIDAD!

Para los venezolanos el 2017 fue el peor año de sus vidas

Son números de la empresa de análisis y estrategia de la Universidad Católica Andrés Bello (Ratio UCAB): 6 de cada 10 venezolanos considera que este fue el peor año de sus vidas. Entre otras cosas, 2017 será recordado por sus despedidas. Según el estudio, publicado por el periodista Eugenio Martínez en Diario Las Américas,  60% de los ciudadanos afirma que al menos un miembro familiar o un amigo cercano se fue del país en los últimos 12 meses por razones políticas o económicas. El porcentaje es similar al preguntarles si tienen algún ser querido que haya sido asaltado (63% indican que sí) o que, lamentablemente, no haya podido obtener los medicamentos que necesitaba (62%). Casi 1 de cada 2 encuestados (48%) tuvo que vender algún objeto o propiedad para pagar deudas o imprevistos y solo 4% aseguró que sus familiares han conseguido ingresos en divisas extranjeras para paliar los efectos de la devaluación del bolívar y la hiperinflación.

El estudio consistió en 1.027 entrevistas telefónicas (nivel de confianza de 96% y error muestral de +/- 4%) y arrojó números a considerar en materia política. La Mesa de la Unidad Democrática recibió más valoraciones negativas (62%) que Nicolás Maduro (52%) y la encuesta señala que la mayoría de los ciudadanos considera que es muy probable que el actual presidente continúe en el poder. Para 35% de los consultados, el 2017 fue el año de consolidación de la Revolución Bolivariana, 27% cree que será el último año del chavismo en el poder y 38% no se atrevió a realizar sus pronósticos. Usted qué cree: ¿en 2018 se terminará de concretar el proyecto de dominación del PSUV? ¿Puede la oposición ganar las presidenciales? ¿Hay alguna posibilidad de que el balance de 2018 sea mejor que el del presente año? ¿Se irá del país o no tiene planes de hacerlo? ¿Cómo será la Venezuela del año que viene?