Moriremos de pie

 La señora Delcy Rodríguez, ese rencor ambulante, ha aprobado ayer, en su (f) Asamblea Constituyente, una ley cuyo pomposo título bastaría para condenarla a ella de primera. “Ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia”, se llama, y esconde, detrás de ese noble título, la vil intención de censurar (aún más) los medios de comunicación. En nombre del amor (como hace dos meses en nombre de los niños), la dictadura (preñada de buenas intenciones, ya se sabe), buscará aniquilar todos aquellos medios que le sean incómodos, incluidos los digitales, que a partir de ahora entraremos en la categoría de sancionables y se nos penará no sólo por lo que escribamos sino también por los comentarios que recibamos. Conocedores como somos de la comunidad de lectores que tenemos, y, sobre todo, del nivel de nuestros comentaristas, siempre elevado y a la altura, la amenaza, en principio, no nos preocupa tanto. Pero no hace falta mucha sagacidad para saber que a partir de ahora comenzarán a proliferar  en las redes una cantidad ingente de cuentas que harán comentarios lo suficientemente ‘odiosos’ como para justificar cualquier medida. Y dado que no tenemos la más mínima intención de que nos cierren por lo que escriban otros (ni tampoco estamos dispuestos a dejar informar como lo hemos venido haciendo, lo que quiere decir que estaremos continuamente en la mira), les comunicamos que, en adelante, todos aquellos comentarios insultantes que llamen a cosas tales como asesinar, violar, torturar, masacrar, etc, serán borrados de nuestras publicaciones. Es la manera que tenemos de protegernos de troles y trolas, y de garantizar que, si morimos, será de pie y en nuestra ley, y no por la zancadilla malintencionada que nos meta algún anónimo que cobra en nómina ministerial.

Gobernadores (f)raudulentos

Coherencia es una palabra de diez letras y cuatro sílabas que, por extraño que parezca, no conoce la mayoría de nuestra oposición, pero sí (y bien) la dictadura, que si alguna virtud ha tenido (prestada para el mal, por supuesto) ha sido esa. Basta volver la vista atrás para cerciorarse de que la dictadura siempre ha sido lo mismo, y que lo que ha variado ha sido la interpretación que de ella se ha hecho desde la acera contraria, donde se le ha tratado, y a veces (no siempre) combatido, como una democracia populista, un sistema presidencialista exacerbado, un despotismo caribeño, un caciquismo latinoamericano, una dicta-blanda con guaguancó y pare usted de contar. Hace más de un año, cuando el Revocatorio fue suspendido por un carpetazo judicial, cerrándose así la vía electoral, nosotros abiertamente lanzamos la propuesta: ‘¿Y si nos sinceramos y lo llamamos dictadura?’, y desde entonces esa fue la palabra que usamos para nombrar esto (aunque de vez en cuando, será la fuerza de la costumbre, se nos siga escapado algún ‘gobierno’). Casi antes de iniciar las protestas, cuando las ambiciones presidenciables saltaban a la opinión pública, se lo gritamos (recordamos) a los líderes: ‘Maduren, que estamos en dictadura’. No lo hicieron, es evidente, y terminamos en unas elecciones que ocuparán un lugar en el atlas de las grandes debacles políticas de la historia universal. De allí han surgido cuatro gobernadores adecos que se han juramentado ante la (f) Asamblea Nacional Constituyente. Esa (f), que significa ‘fraudulenta’ en atención al origen viciado de dicha Asamblea y que por cuestión de estilo preferimos antes que la palabra completa, será la que acompañe a partir de ahora, en todas nuestras publicaciones, a los nombres y cargos de Laidy Gómez, Ramón Guevara, Alfredo Díaz y Antonio Barreto Sira, quienes, en atención al acto que ejecutaron ayer, son para nosotros tan (f)raudulentos como el organismo ante el que decidieron juramentarse. Es la manera que como medio tenemos para ser lo que ellos no: coherentes. Y esta vez, lo prometemos, no habrá costumbre que nos lo haga olvidar.

‘¡Es el CNE, estúpidos!’

Saint Exupery lo escribió, y los venezolanos lo estamos confirmando: lo esencial es invisible a los ojos. De otra forma no se explica cómo el día de ayer comenzaron a aparecer y a proliferar cualquier cantidad de análisis (publicados, algunos, por medios de prestigio) que intentan explicar la derrota de la oposición con base en la abstención electoral. Calculadora y lápiz en mano, encuestólogos, adivinadores, politólogos, expertos y periodistas han comenzado a diseccionar municipios, examinar circuitos, descomponer parroquias, y escudriñar los números del CNE (dándolos por buenos), cual si estuviéramos en cualquier democracia occidental. Es allí cuando ‘El Principito’ de Exupery sonríe con satisfacción: lo esencial es invisible a los ojos. A algunos, pero no al de esta revista. Lo esencial, en las elecciones venezolanas, se llama CNE, que está presidido por unas señoras que tienen el periodo vencido, cobran un sueldo que la mayor parte del tiempo no trabajan y no disimulan su carácter partidista; un CNE que si nadie lo vigila tiene la capacidad de fabricarse un millón de votos -Smartmatic dixit-, que para estas elecciones -que movió de fecha arbitrariamente por lo menos 3 veces- contrató a dedo y sin licitación a la empresa argentina Ex-Clé, que no permitió a la oposición la sustitución de candidatos hecha en el plazo legal correspondiente, que no modificó el tarjetón electoral, que a última hora reubicó 274 centros en los que ganaba la oposición, que nucleó 51 puntos de votación (también de mayoría opositora), que se hizo la vista gorda ante el ventajismo oficial en el Sistema de Medios Públicos, que no dijo nada sobre la entrega –pública y en cadena- de recursos por parte del Ejecutivo (presidente y ministros) a candidatos oficialistas, que prescindió del uso de tinta indeleble e, incluso, de los acompañantes de la siempre amiga UNASUR (a los que sustituyó por los del “Consejo de Expertos Electorales para Latino América”), que no cerró las mesas a tiempo, y que, en definitiva, si queremos hablar de abstención, es el gran responsable de que, asqueados e indignados, un grupo de ciudadanos haya decidido, lógicamente, no votar.

¿Y ahora qué?

La calle estaba fría pero la terminaron de congelar. El mismo día que Smartmatic denunció que el CNE se había fabricado un millón de votos, Ramos Allup anunció que AD participaría en las regionales. El electoral fue el camino de la MUD para continuar la lucha. Pintar el mapa de azul fue su promesa. Se la jugó por esa vía y de momento acaba de llevarse una estrellada monumental: el mapa es rojo-rojito. Son 17 las gobernaciones que el CNE le acaba de adjudicar al PSUV por apenas 5 a la MUD, que minutos antes de la alocución del Poder Electoral ya había denunciado que esto sucedería (“sabemos lo que van a anunciar y hacemos está alerta temprana, tenemos serias sospechas sobre los resultados que le van a anunciar al país”, dijo Gerardo Blyde). Para los próximos minutos se espera un pronunciamiento de la MUD, en el que se juega la vida. Será la alocución de su vida y de ella dependerá su futuro. ¿La habrán agarrado fuera de base o tendrá con qué defender lo que prometió? Son acontecimientos en pleno desarrollo que a esta hora se escriben entre dos grandes signos de interrogación. Seguiremos informando.

Lo que su conciencia le dicte

Votar o no, he allí el dilema que hoy enfrenta medio país, y del que ni siquiera nosotros, como medio, hemos podido escapar. Aunque mayoritariamente nuestra redacción ha terminado inclinándose por la participación, hay todavía entre nosotros quien no. De allí que estas líneas de hoy no puedan gozar de la contundencia de otras ocasiones: estamos imbuidos en una situación cuya complejidad nos abruma y sobrepasa, y en la que sobran argumentos (buenos y legítimos) para hacer una cosa u otra. Por eso, en esta hora complicada nuestra apuesta como medio no es otra que a la conciencia de cada uno de nuestros lectores: con libertad y sin coacción, sin dejarse llevar por consignas electoreras ni por emociones muy fuertes (el despecho, la frustración y el rencor tres de ellas), desechando el optimismo iluso y el pesimismo fatalista, poniendo a un lado los chantajes baratos y las etiquetas gratuitas, teniendo claro quién es el verdadero enemigo a vencer, e intentando hallar, entre tanta mentira y falsedad, la poca verdad que se consigue, con todo ello, y en conciencia, que cada quién haga lo que deba y lo asuma. Eso es todo lo que podemos decir.

Fraude consumado

El problema es que como lo estamos viviendo (y padeciendo) desapegarse resulta complicado. Pero cuando se escriban los libros, de esta jornada triste de hoy lo que se contará, al final, es que los que salieron sonrientes y victoriosos fueron los perdedores. Nada que no haya pasado antes. Esto no es más que otro despropósito de poderosos insensatos que se creyeron su propio mito y pensaron que podían hacer lo que les viniera en gana y salir ilesos. Y resulta que no, y allí está la historia, llena de episodios así, para demostrarlo. Por ello, ante este fraude que se acaba de consumar, desde esta trinchera digital no pedimos otra cosa sino serenidad y firmeza. Que nadie se asuste ni se rinda. Nosotros pasamos parte de la mañana en el centro y lo vimos en toda su dimensión: el poco entusiasmo que se sentía, el nulo ambiente electoral que se respiraba y la baja participación que se tenía. Había sencillamente que estar allí, en las puertas del Fermín Toro, a una cuadra de Miraflores, y ver esa discreta cola con casi tantos uniformados como civiles. Había que observar el fastidio y la resignación en esas caras. Había que ver lo vacío que llegaban los autobuses del SITTSA, con apenas algunos puestos ocupados. O quizás, en realidad, lo que había que hacer era sencillamente voltear a la gran panadería que está en frente del emblemático liceo y ver ese mostrador unánime lleno solo con pan dulce y ningún producto más. La revolución que no puede surtir anaqueles ni abarrotar centros de votación, hoy se delira popular, querida, legítima y triunfadora. Se inventaron un numerito (8 millones) que a todas luces no se corresponde con la realidad. Que se lo crean. Peor para ellos. Si su plan es barrer con todo el que se les oponga, pues tendrán que hacerlo ya con un país entero. Tienen las armas, que no son poca cosa, y las usan sin dificultad, ya lo vimos, pero les falta razón hasta en los números. E incluso el General más mediocre sabe que eso es imprescindible para ganar cualquier batalla. Que se queden con su fraude de 8 millones, nuestra será la victoria.

Seamos parte de esta historia

Ya no lo enseñan en los colegios, ni mucho menos aparece en los libros bolivarianos de historia, pero el 01 de diciembre de 1963 nuestros abuelos fueron protagonistas de una de las más bellas y edificantes jornadas cívicas que se han vivido nunca en el continente. Fue la segunda elección presidencial posterior a la dictadura, y tuvo lugar en una Venezuela convulsa. Con financiamiento se Cuba y de la Unión Soviética, que la proveían de entrenamiento, logística y armas, se había formado una guerrilla izquierdista que azotaba los campos y ciudades del país. Levantamientos, asonadas y ataques armados se volvieron cotidianos, y nada garantizaba que la incipiente democracia, nacida apenas un lustro antes, pudiera sobrevivir. Es en ese contexto de inestabilidad y violencia en el que se llega a aquella jornada electoral. Abstención militante es la propuesta y plan de los insurrectos: “Se trataba de derrotar el acto electoral (…) apelando a las unidades armadas del PCV y del MIR para impedir a la fuerza presencia de la gente en las mesas de votación”, recuerda en sus memorias Américo Martín, uno de los líderes de aquella insurrección. Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) lanzan un mensaje claro: al que vaya a votar, se le dispara. Y ante ello, los venezolanos lanzan un mensaje más claro todavía: salir en masa y desde temprano. Las cifras del Consejo Supremo Electoral lo confirmaron a los días: el 92,28% de la población votó (una de las cifras más altas de participación que ha habido en elección alguna). Del coraje, tesón y valentía de los venezolanos, que votaron entre tiros y disturbios, se habló en todo el mundo. Esa fue la gesta de nuestros abuelos. La historia que dejaron escrita para nosotros. Hoy, en tiempos de dictadura, nos toca escribir nuestra propia página y honrar su memoria: desafiemos a los enemigos de la democracia y démosle un mensaje claro al mundo. ¡VOTEMOS!

El crimen sí paga

Hay noticias que retratan con precisión una época. Y la designación de Benavides Torres como Jefe del Gobierno de Distrito Capital es una de ellas. Es también del tipo de noticias que se tienen que dar con la nariz tapada y conteniendo la náusea, pero ahí vamos. Tras ser destituido como Comandante General de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) luego de que por lo menos tres de sus subordinados fueran captados disparando armas de fuego de frente contra manifestantes, dejando un saldo de siete heridos y un menor de edad asesinado, el dictador en funciones lo premió con un nuevo cargo: Jefe del Gobierno de Distrito Capital. Es un carguito menor, nacido de la arbitrariedad (fue creado cuando Antonio Ledezma ganó la Alcaldía Mayor de Caracas y el chavismo, siempre respetuoso de la democracia, decidió entonces ponerles a los caraqueños otro jefe nombrado por el “dedo de Chávez”, que para ese entonces hasta propiedades curativas parece que tenía), pero en el que se maneja una partida más o menos importante de recursos (la Hacienda Pública de Distrito Capital, las multas y tasas por uso de bienes y servicios), se administran (¿con qué criterio?) bienes patrimoniales, se contratan (insértese aquí la palabra sobornos) obras públicas y se recaudan (léase aquí la palabra foco de corrupción) impuestos; es decir, que Benavides va a estar cómodo. Es la recompensa que recibe por convertir a la GNB en un cuerpo hamponil y criminal. Tras casi un año al frente (lo cumplía en julio) su gran legado son las imágenes de efectivos de la GNB atracando a civiles y disparando a mansalva contra adolescentes. En democracia, lo esperaría el banquillo de los acusados de algún tribunal. En revolución lo aguarda un carguito que resuelve. Porque el crimen, cuando es gobierno, sí paga. Y bien.

¡Gracias, chamos!

Dicen que al segundo lugar nadie lo recuerda y, visto lo visto, a los venezolanos no nos quedará de otra que rebatir la aseveración hasta el cansancio, porque lo hecho por la Vinotinto Sub-20 en Corea del Sur no tiene otro adjetivo: ha sido un torneo inolvidable. Venezuela consiguió eso de lo que pocos equipos presumen: que hasta el perro vea sus partidos. Como la flor de loto que brota en medio del pantano, la selección nacional ha colmado los medios tradicionales y las redes sociales de goles soñados y narraciones estremecedoras – “¡Venezuela está en la final de la Copa del Mundo, carajo!”–, en un país ávido de buenas noticias entre tanta muerte, gas y perdigón. La Vinotinto hizo que, durante tres semanas, madrugonazos disparatados tuviesen sentido, que levantarse temprano fuese placentero y que la alegría se escurriese entre el llanto y la depresión. Dudamel, que tras la derrota empezó a responder una pregunta con la palabra tristeza –estaban a 90 minutos de ser campeones–, desembocó inevitablemente en ‘felicidad’ y ‘orgullo’ al describir lo que sentía por sus muchachos. Sentimiento que fue compartido por el resto de los venezolanos que habían puesto la alarma a las seis de la mañana de un domingo para ver un partido de fútbol sub-20 por televisión. Se había perdido una final, pero no había espacio para la amargura. La gesta de los Faríñez, Ferraresi, Soteldo y Peñaranda sólo podía ser aplaudida de pie. Venezuela entera fue Yangel Herrera: tenía el pecho inflado y estaba convencida de que su fútbol, por fin, era de talla mundial. Quedará ahora en manos de los directivos hacer de la hazaña una rutina y darle al talento las herramientas necesarias para triunfar. Por muy que flinchy que sean, van a necesitar que los de arriba empiecen a tomar decisiones coherentes si quieren que la generación cante el himno en el Mundial de mayores.
 

Hampa con uniforme

En la Fiscalía Octogésima Primera del Ministerio Público del Área Metropolitana de Caracas cursa desde hace dos semanas una denuncia en contra de la PNB, cuyos funcionarios golpearon e intentaron robar a nuestro editor mientras cubría la protesta que tenía lugar el sábado 20 de mayo en Chacaito. No es, desgraciadamente, una denuncia aislada: desde que comenzaron las manifestaciones han sido cientos, y puede que miles, los casos de ciudadanos y periodistas robados por funcionarios policiales y militares. No hablamos ya del uso indiscriminado de la fuerza, esa tentación siempre latente en gente con poder y armas; tampoco del soborno o del chantaje, esas formas elegantes del robo, sino del más bajo y rastrero bandidaje. Teléfonos celulares, cámaras, relojes, billeteras e incluso zapatos han sido robados por estos ladrones uniformados que actúan con una desvergüenza e impudicia alarmantes. La vileza de estos delincuentes es aún mayor que la del hampa común, que por lo menos se juega la vida y se expone en cada atraco; ellos ni eso: son intocables, actúan en grupo, investidos de autoridad, y, por si fuera poco, roban a los ciudadanos con las motos y las armas que esos mismos ciudadanos, impuestos mediante, les proveen. Es tan repulsivo, tan indigno y sobre todo tan injusto todo esto, que sólo se puede remediar con un castigo ejemplar: la detención y la expulsión de por vida de estos delincuentes de los cuerpos policiales y militares. No bastan comunicados ni ambiguas declaraciones insulsas, exigimos acciones categóricas. Mientras no las haya, y mientras todo haga pensar que no se trata de actuaciones aisladas sino más bien sistemáticas, en esta revista usaremos el adjetivo ‘delincuentes’ para referirnos a los miembros de estos cuerpos de seguridad. Y no será animosidad, tirria ni nada semejante, sino el ejercicio riguroso y cabal del oficio que ejercemos, que nos exige llamar las cosas por su nombre. Y el suyo es ese.