Una tragedia llamada 2018

Estamos a pocas horas de entrar en el que probablemente será el peor año de nuestra historia, y eso es mucho decir. Nunca la expresión “¡Feliz Año!” será tan cándida y mentirosa –y en algunos casos cínica–como la de esta noche. Ni siquiera los capos que manejan esta mafia criminal llamada ‘Revolución Bolivariana’ podrán decirla con plena seguridad: ninguno está a salvo. Lo que viene es una tragedia de magnitud tal, que sus consecuencias son impredecibles. El huracán hiperinflacionario, ese en el que entramos hace apenas un mes -y al que la semana pasada, con la impresión de 18.193.365.536.180 de bolívares sin respaldo (cifra del BCV, dicho sea), ya han alimentado suficientemente bien- azotará con fuerza durante el año que viene para hacer lo que ha hecho en todas partes: empobrecer aceleradamente a un porcentaje significativo de la población; y eso, en un país que ya estaba bastante arruinado, significará extremos de miseria pocas veces vistos en América Latina, que algo (bastante) sabe de ello. 2018 será el año de los precios subiendo diariamente y hasta por hora, de los parlantes anunciando los incrementos en los supermercados y de la plata que se evapora en minutos. Será el año de los asesinatos por comida, de las puñaladas por bolsas de basura y de las muertes en masa por hambre. El dictador se reelegirá seguramente en el primer semestre, contando para ello con el sistema de extorsión alimentaria que ha creado vía Carnet de la Patria y, por supuesto, con el apoyo de los militares, que saldrán a matar. A punta de balas sofocarán las protestas por las promesas no cumplidas –ya anoche, en Mamera, un GNB asesinó a una adolescente (18) embarazada que pedía su pernil– y lo mismo pasará, de haberlas, con las protestas políticas. La del dólar a 10 y las otras mafias gobernantes seguirán robando, pero será tal el nivel de barbarie, que no tendrán nada garantizado. Por ello, a quienes seguimos, se nos demandan dos cosas: intentar conservar la vida y ayudar como se pueda. Estamos en las puerta de una tragedia llamada 2018, y nos toca, como nunca ser fuertes y mejores. Ese es el reto.

¡FELIZ NAVIDAD!

Fue el gran antes y después de la historia de la humanidad. Al menos, de la que conocemos. El hecho que la dividió en dos, y a partir del cual se empezaron a medir los años. El arte, la pintura y la música lo han hecho lucir esplendoroso. Nuestros aguinaldos también. Que nació cubierto de flores, canta uno. Que venía del Ávila bien arropadito, o que su cuna estaba alumbrada por destellos radiantes luz, cuentan otros. Sin embargo, según el relato de Lucas, el acontecimiento fue más bien pobre: un hombre y su mujer embarazada peregrinaban para cumplir con el empadronamiento ordenado por el César, cuando a ella le vinieron los dolores de parto. No encontraron posada en ningún sitio, así que el alumbramiento hubo de suceder en un establo. El pesebre, ese recipiente donde come el ganado, fue lo que el niño, nacido en la más absoluta pobreza, tuvo por cuna. ¿Dónde estuvo la grandeza de este hecho para lograr cambiar la historia del mundo? Hace diez años, difícilmente hubiéramos podido responder a ello. Ahora, sin embargo, algo entendemos. Son tiempos de verdadera desgracia y ruina en Venezuela: hay pobreza, hambre y una infeliz dictadura. Hoy, a nosotros, también se nos cierran todas las puertas. El sufrimiento de los hambrientos, de los que comen de la basura, la desesperación de los padres que no consiguen alimento para sus hijos, la de todos aquellos que no encuentran medicinas, de los que mueren por un antibiótico, de los que lloran a un ser querido asesinado por el hampa o por alguno de los organismos de seguridad de la dictadura, la soledad de los que tienen a los suyos lejos, bien sea fuera del país o en una celda inmunda, ese lamento desesperado es una tiniebla tan oscura como la noche que cubrió a aquella pobre familia en Belén. Al contemplarlos a ellos, al volver a esa escena inicial, surge, sin embargo, una certeza: que la esperanza puede nacer, y de hecho nace, en medio de las condiciones más precarias; y que aún en la soledad más profunda, en medio de todas las adversidades, de algo tan pequeño y frágil como un bebé sin cuna puede venir la salvación. ¡FELIZ NAVIDAD!, les decimos, y no lo hacemos como lugar común, sino con el sentido más profundo y cristiano del término, para que hoy, como hace dos milenios, en medio de esta noche oscura, triste y pobre que vivimos, nazca en ustedes la esperanza y no se dejen vencer ni intimidar por el poder temporal y la soberbia de nuestros Césares y Herodes criollos, porque nosotros, lo prometemos, tampoco lo haremos. ¡FELIZ NAVIDAD!

¡Hay que hacer algo por ellos!

Carlos Pereira salió a la calle porque tenía vocación de escritor y quería registrar en un libro cómo se vivían las protestas que remecían la capital, y Carlos Julio Velazco lo hizo porque vio en esas protestas una oportunidad para ayudar y cumplir así el sueño que siempre tuvo: ser rescatista de la Cruz Roja. Al primero lo agarraron cuaderno en mano y al segundo auxiliando a un anciano. No  militaban en partido alguno: eran dos elementos genuinos y típicos de la sociedad civil. El matiz es importante porque los partidos, cuando tienen a algún militante preso, se mueven y se encargan de él: velan por sus gastos, les llevan la comida, si es menester les pagan abogados y hacen toda la presión que sea necesaria para liberarlo. Pero la sociedad civil, que se supone –ahora que estamos en un momento anti-partidista–, que es más pura, noble y buena que todos los demás, resulta que no hace nada, absolutamente nada, cuando apresan a alguno de sus elementos. Y para muestra el botón de los dos Carlos y del resto de sus compañeros, víctimas de una tortura judicial criminal llevada a cabo en medio de una indiferencia atroz. Están presos desde el 12 de junio, y a nadie le importa. Llevan meses difiriéndoles las audiencias, y a nadie le importa. Están enfermos, no los dejan recibir atención médica, y a nadie le importa. Van a pasar 24 y 31 en una celda, y a nadie le importa. Apenas los abogados del Foro Penal –a quienes el cielo se les quedará corto– y algunos pocos medios –entre quienes nos honra estar–, nos hemos ocupado de ellos, en la medida de nuestras posibilidades, que no son demasiadas tampoco. Pero como siempre se puede hacer más, hoy apelamos abiertamente a ustedes: un tweet, un retweet, ayudar a difundir información para que se conozca su situación es una forma [aquí un link con un resumen del caso: https://www.revistaojo.com/2017/12/15/tortura-judicial/]; contactar a sus familiares [@yoe_pereira, @clairemarin0768], darles una palabra de aliento, ofrecerles alguna ayuda para la comida, una hallaca para que les lleven el 24, o un pedazo de torta, algo, es otra forma. Y la que se les pueda ocurrir. Pero hay que hacer algo por ellos.

¿Votar o no votar?

El dilema que enfrentamos hoy los venezolanos es un poco menos existencial que el de Hamlet pero igual de complicado: ¿Votar o no votar? Posturas y argumentos hay -y de sobra- para cada posición, lo que dificulta aún más la toma de decisión. En el caso de nuestra redacción, nuevamente se encuentra dividida entre los que sí votarán y los que no, de modo que mal podríamos pretender señalar camino alguno. Por ello, nos limitaremos a hacer, sencillamente, algo que nos es más propio como medio: preguntar. Así que aquí les dejamos, a ustedes que seguramente sufren del mismo dilema, una serie de preguntas que quizás puedan ayudarles a resolverlo:

¿Sigue siendo electoral la salida? ¿Tiene el voto poder en Venezuela? ¿Ha mejorado el sistema electoral desde las elecciones pasadas? ¿Ha habido algún cambio al respecto? ¿Es votar convalidar el sistema? ¿Votar te hace necesariamente cómplice? ¿Participar en elecciones viciadas no es faltarle el respeto al voto? ¿Es prestarse a ser parte de un show? ¿Se pierde algo votando? ¿Se gana algo absteniéndose? ¿Es abstenerse una forma efectiva de lucha? ¿Pueden los cambios surgir de no hacer nada? ¿No equivale abstenerse a entregar todo en bandeja de plata? ¿Hay en verdad algún espacio que defender? ¿Hay candidatos dispuestos a ello? ¿Tiene sentido participar en unas elecciones que irremediablemente desembocan en la (f) Constituyente? ¿Lo tiene votar por candidatos que no aclaran si se van a juramentar ante la (f) Constituyente? ¿No es ilógico abstenerse en estas elecciones y participar después, en iguales condiciones, en las presidenciales? ¿No obliga, por mera coherencia, la abstención de hoy a hacer lo mismo luego en las presidenciales? ¿Es un acto ‘kamikaze’ o de extrema lucidez? ¿Quién gana, quién pierde y quién se beneficia con tu voto o con tu abstención hoy?

¡Libérenlos ya!

Mientras usted lee estas líneas, hay en La Hoyada, en la sede de los tribunales, varios jóvenes cuya suerte está a punto de decidirse. Son los grandes olvidados –y verdaderos afectados– de las protestas: muchachos que un día salieron a manifestar su descontento, fueron apresados por los cuerpos policiales de la dictadura y condenados por la (in)justicia revolucionaria. Adjetivos y valoraciones aparte, los hechos hablan con claridad: el grupo que se está presentando hoy en tribunales, detenido el pasado 12 de junio en Chacao, ha sido víctima de un ensañamiento judicial atroz: los pasaron de un tribunal ordinario a uno de terrorismo, presidido por una jueza siniestra llamada Angy Canelón que les imputó delitos que sobrepasaban su competencia, que se regodeó ante ellos diciéndoles que los iba a mandar a todos a Tocuyito, que le pidió a la (f) Fiscalía, pasados 45 días del juicio, que les cambiara los delitos por unos más graves, que le extendió el plazo a la Fiscalía para que buscara más pruebas –que no las hay–, y que ahora ha optado, sencillamente, por no decidir. Y en su indecisión, los muchachos van perdiendo vida. Es lo que pasa, por ejemplo, con Carlos Julio Velasco, un rescatista de 18 años al que agarraron ese día auxiliando a un hombre mayor, que no pudo estar en su acto de graduación de bachillerato, y que actualmente casi no camina: padece un hidrocele testicular que requiere una operación urgente –que le han negado–, cálculos en los riñones –que han devenido en cólicos nefríticos–, y depresión severa. Es el caso, también, de Carlos Pereira, el escritor de las marchas, que sufre de un nefroma quístico –cuyos tumores no han dejado que se le estudien, por lo que podría tener un cáncer no diagnosticado–, hipertensión arterial tipo II, ataques de pánico recurrentes y una depresión severa que lo llevó a intentar suicidarse con un lápiz hace días en la celda. Son solo dos de los casos cuya suerte está a punto de decidirse hoy y para los que exigimos, con toda firmeza: ¡LIBERTAD YA!

Moriremos de pie

 La señora Delcy Rodríguez, ese rencor ambulante, ha aprobado ayer, en su (f) Asamblea Constituyente, una ley cuyo pomposo título bastaría para condenarla a ella de primera. “Ley constitucional contra el odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia”, se llama, y esconde, detrás de ese noble título, la vil intención de censurar (aún más) los medios de comunicación. En nombre del amor (como hace dos meses en nombre de los niños), la dictadura (preñada de buenas intenciones, ya se sabe), buscará aniquilar todos aquellos medios que le sean incómodos, incluidos los digitales, que a partir de ahora entraremos en la categoría de sancionables y se nos penará no sólo por lo que escribamos sino también por los comentarios que recibamos. Conocedores como somos de la comunidad de lectores que tenemos, y, sobre todo, del nivel de nuestros comentaristas, siempre elevado y a la altura, la amenaza, en principio, no nos preocupa tanto. Pero no hace falta mucha sagacidad para saber que a partir de ahora comenzarán a proliferar  en las redes una cantidad ingente de cuentas que harán comentarios lo suficientemente ‘odiosos’ como para justificar cualquier medida. Y dado que no tenemos la más mínima intención de que nos cierren por lo que escriban otros (ni tampoco estamos dispuestos a dejar informar como lo hemos venido haciendo, lo que quiere decir que estaremos continuamente en la mira), les comunicamos que, en adelante, todos aquellos comentarios insultantes que llamen a cosas tales como asesinar, violar, torturar, masacrar, etc, serán borrados de nuestras publicaciones. Es la manera que tenemos de protegernos de troles y trolas, y de garantizar que, si morimos, será de pie y en nuestra ley, y no por la zancadilla malintencionada que nos meta algún anónimo que cobra en nómina ministerial.

Gobernadores (f)raudulentos

Coherencia es una palabra de diez letras y cuatro sílabas que, por extraño que parezca, no conoce la mayoría de nuestra oposición, pero sí (y bien) la dictadura, que si alguna virtud ha tenido (prestada para el mal, por supuesto) ha sido esa. Basta volver la vista atrás para cerciorarse de que la dictadura siempre ha sido lo mismo, y que lo que ha variado ha sido la interpretación que de ella se ha hecho desde la acera contraria, donde se le ha tratado, y a veces (no siempre) combatido, como una democracia populista, un sistema presidencialista exacerbado, un despotismo caribeño, un caciquismo latinoamericano, una dicta-blanda con guaguancó y pare usted de contar. Hace más de un año, cuando el Revocatorio fue suspendido por un carpetazo judicial, cerrándose así la vía electoral, nosotros abiertamente lanzamos la propuesta: ‘¿Y si nos sinceramos y lo llamamos dictadura?’, y desde entonces esa fue la palabra que usamos para nombrar esto (aunque de vez en cuando, será la fuerza de la costumbre, se nos siga escapado algún ‘gobierno’). Casi antes de iniciar las protestas, cuando las ambiciones presidenciables saltaban a la opinión pública, se lo gritamos (recordamos) a los líderes: ‘Maduren, que estamos en dictadura’. No lo hicieron, es evidente, y terminamos en unas elecciones que ocuparán un lugar en el atlas de las grandes debacles políticas de la historia universal. De allí han surgido cuatro gobernadores adecos que se han juramentado ante la (f) Asamblea Nacional Constituyente. Esa (f), que significa ‘fraudulenta’ en atención al origen viciado de dicha Asamblea y que por cuestión de estilo preferimos antes que la palabra completa, será la que acompañe a partir de ahora, en todas nuestras publicaciones, a los nombres y cargos de Laidy Gómez, Ramón Guevara, Alfredo Díaz y Antonio Barreto Sira, quienes, en atención al acto que ejecutaron ayer, son para nosotros tan (f)raudulentos como el organismo ante el que decidieron juramentarse. Es la manera que como medio tenemos para ser lo que ellos no: coherentes. Y esta vez, lo prometemos, no habrá costumbre que nos lo haga olvidar.

‘¡Es el CNE, estúpidos!’

Saint Exupery lo escribió, y los venezolanos lo estamos confirmando: lo esencial es invisible a los ojos. De otra forma no se explica cómo el día de ayer comenzaron a aparecer y a proliferar cualquier cantidad de análisis (publicados, algunos, por medios de prestigio) que intentan explicar la derrota de la oposición con base en la abstención electoral. Calculadora y lápiz en mano, encuestólogos, adivinadores, politólogos, expertos y periodistas han comenzado a diseccionar municipios, examinar circuitos, descomponer parroquias, y escudriñar los números del CNE (dándolos por buenos), cual si estuviéramos en cualquier democracia occidental. Es allí cuando ‘El Principito’ de Exupery sonríe con satisfacción: lo esencial es invisible a los ojos. A algunos, pero no al de esta revista. Lo esencial, en las elecciones venezolanas, se llama CNE, que está presidido por unas señoras que tienen el periodo vencido, cobran un sueldo que la mayor parte del tiempo no trabajan y no disimulan su carácter partidista; un CNE que si nadie lo vigila tiene la capacidad de fabricarse un millón de votos -Smartmatic dixit-, que para estas elecciones -que movió de fecha arbitrariamente por lo menos 3 veces- contrató a dedo y sin licitación a la empresa argentina Ex-Clé, que no permitió a la oposición la sustitución de candidatos hecha en el plazo legal correspondiente, que no modificó el tarjetón electoral, que a última hora reubicó 274 centros en los que ganaba la oposición, que nucleó 51 puntos de votación (también de mayoría opositora), que se hizo la vista gorda ante el ventajismo oficial en el Sistema de Medios Públicos, que no dijo nada sobre la entrega –pública y en cadena- de recursos por parte del Ejecutivo (presidente y ministros) a candidatos oficialistas, que prescindió del uso de tinta indeleble e, incluso, de los acompañantes de la siempre amiga UNASUR (a los que sustituyó por los del “Consejo de Expertos Electorales para Latino América”), que no cerró las mesas a tiempo, y que, en definitiva, si queremos hablar de abstención, es el gran responsable de que, asqueados e indignados, un grupo de ciudadanos haya decidido, lógicamente, no votar.

¿Y ahora qué?

La calle estaba fría pero la terminaron de congelar. El mismo día que Smartmatic denunció que el CNE se había fabricado un millón de votos, Ramos Allup anunció que AD participaría en las regionales. El electoral fue el camino de la MUD para continuar la lucha. Pintar el mapa de azul fue su promesa. Se la jugó por esa vía y de momento acaba de llevarse una estrellada monumental: el mapa es rojo-rojito. Son 17 las gobernaciones que el CNE le acaba de adjudicar al PSUV por apenas 5 a la MUD, que minutos antes de la alocución del Poder Electoral ya había denunciado que esto sucedería (“sabemos lo que van a anunciar y hacemos está alerta temprana, tenemos serias sospechas sobre los resultados que le van a anunciar al país”, dijo Gerardo Blyde). Para los próximos minutos se espera un pronunciamiento de la MUD, en el que se juega la vida. Será la alocución de su vida y de ella dependerá su futuro. ¿La habrán agarrado fuera de base o tendrá con qué defender lo que prometió? Son acontecimientos en pleno desarrollo que a esta hora se escriben entre dos grandes signos de interrogación. Seguiremos informando.

Lo que su conciencia le dicte

Votar o no, he allí el dilema que hoy enfrenta medio país, y del que ni siquiera nosotros, como medio, hemos podido escapar. Aunque mayoritariamente nuestra redacción ha terminado inclinándose por la participación, hay todavía entre nosotros quien no. De allí que estas líneas de hoy no puedan gozar de la contundencia de otras ocasiones: estamos imbuidos en una situación cuya complejidad nos abruma y sobrepasa, y en la que sobran argumentos (buenos y legítimos) para hacer una cosa u otra. Por eso, en esta hora complicada nuestra apuesta como medio no es otra que a la conciencia de cada uno de nuestros lectores: con libertad y sin coacción, sin dejarse llevar por consignas electoreras ni por emociones muy fuertes (el despecho, la frustración y el rencor tres de ellas), desechando el optimismo iluso y el pesimismo fatalista, poniendo a un lado los chantajes baratos y las etiquetas gratuitas, teniendo claro quién es el verdadero enemigo a vencer, e intentando hallar, entre tanta mentira y falsedad, la poca verdad que se consigue, con todo ello, y en conciencia, que cada quién haga lo que deba y lo asuma. Eso es todo lo que podemos decir.