Todo se desintegra (IV)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En una reunión con empresarios, el presidente de una importante consultora pide perdón por haber visto el vaso medio lleno en su informe del año pasado y haberles transmitido alguna esperanza: no habrá medida o corrección ninguna, les dice desencantado, y comienza a exponer indicadores, cifras y números, cada uno más grave que otro, y todos con perspectiva de empeorar a mediano plazo. A la vuelta de la esquina, dice, está ya el embargo petrolero. “Si llega a haber un embargo petrolero –había dicho en 2017 un diputado-economista en un foro en la UCAB– este año horrible nos va a parecer el paraíso”.  Y parece que será inminente. La conclusión de la reunión es que no hay solución económica posible sin cambio político, pero la perspectiva que ponencias atrás había dado un mediático encuestador es que lejos de haber cambio lo que se proyecta es una radicalización de la revolución, con aumento de represión incluida. Lo mismo parece sugerir un muy comedido politólogo en una reunión privada: al final, confiesa no sin amargura, a quien habrá que pedirles perdón es a las señoras del Cafetal, porque esto, aunque no lo supimos o no lo quisimos ver, en efecto es una dictadura comunista cuyo fin es acabar con todo vestigio de civilización occidental que queda en Venezuela. Y es un hombre bastante moderado, sospechoso de todo menos de radicalismo, que se aventura incluso a explicar que la hiperinflación ha sido lo mejor que le ha podido pasar a la revolución, porque le permitirá terminar de descapitalizar y de arrojar a la pobreza o al exilio a lo que quedaba de clase media. “¿Y cómo podemos hacer nosotros para adaptarnos y sobrevivir?”, pregunta uno de los asistentes, gerente y emprendedor. El politólogo lo ve serio. “Es que parece que no me has entendido: con ellos en el poder no hay nada que plantearse a futuro porque su fin es liquidarlos a ustedes, a nosotros, a todos”. La teoría de un proyecto de exterminio indirecto, silente y lento pero letal, que fue expuesta por un salesiano hace unos meses, parece verse confirmada.

Todo se desintegra (III)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De dos barras, en la plaza apenas queda una. La otra, toda doblada, sigue allí como testimonio de la desidia: hace más de un año la rama de un árbol cayó sobre ella y la destruyó. Sólo entonces las autoridades municipales se acordaron de que era su obligación podarlos, pero se olvidaron de arreglar sus destrozos. El Consejo Comunal se limitó a pintar su logo en un muro de la plaza y ya. Eso fue todo. Bancos rotos, una barra que sirve y otra que no. Lo que hace un año hubiera supuesto todo un incordio, hoy no lo es tanto: ya casi nadie hace ejercicio en la plaza. ¿Qué fue de aquellos que eran mis compañeros de madrugonazos, con los que tenía que alternar las barras? No lo sé. Sus sustitutos ahora son los parqueros y estaciona-carros, que se han multiplicado y duermen en la plaza. A eso de las 6:30 aparecen de entre las matas, van a un árbol a hacer sus necesidades, se lavan con un tobo, esconden (creen ellos) sus colchones y sábanas, meten sus cosas en un bolso, saludan y se van. Son los privilegiados de la calle. El estrato alto de los sin techo de la cuadra. El bajo duerme en el suelo y sobre cartones, con todo el cuerpo arropado con sábanas mugrientas. Son bultos blancos con los que me tropiezo cada mañana desde hace un año. Cuando regreso a casa, están escarbando las bolsas de basura de la cuadra, recién sacadas a esa hora por las conserjes. Con esa imagen optimista arranca el día. Luego, se pierden. ¿Qué hacen? No lo sé. Desaparecen. No así sus vástagos, que se anclan en las puertas de la panadería y del Farmatodo, donde es casi imposible comprar sin pagar la vacuna sentimental de un niño descalzo y flaco pidiendo o, peor aún, sacando de la papelera lo que encuentra. Pero no todos son tan inofensivos. Sus hermanos mayores, ya a adolescentes, a falta de poder generar ternura y compasión, optan por el miedo: desafían, insultan, amenazan, gritan obscenidades y arrojan cosas. Viven en una constante lucha con los parqueros, que a veces llega a ser violenta; y con los pequeños, a los que golpean y les quitan lo que les dan. Están a la vuelta (meses, quizás) de convertirse en delincuentes. [Continuará…]

Todo se desintegra (II)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde comienza a sentirse una aprensión en la gente que está en la calle. A las 6:30 todos aceleran el paso. A las 6:45 prácticamente trotan. Y a las 7 ya no queda nadie. La hora del toque de queda ha bajado para la Caracas de a pie. En una calle con Farmatodo, supermercado y panadería, a las 7:30 no hay nada abierto. Tampoco postes de luz que funcionen. Ni carros estacionados. En algunos tramos la oscuridad es total. La sensación de abandono, de tierra arrasada, se incrementa al asomarse uno por la ventana: a las 9 de la noche no pasa ya ni un solo carro y en la torre de enfrente hay más apartamentos sin luz que con luz. Y en una proporción grande, puede que 4-1. La abuela, que en su convalecencia los tiene medidos, se alegra sobremanera cuando ve luz en un apartamento vecino: “Volvieron”, dice casi eufórica, para explicarnos que esa luz tenía más de un mes sin encenderse. En la mañana todo cambia: ya a las 6 la calle está desbordada de gente en cola para comprar productos regulados. Hasta hace un año, todos eran desconocidos: ahora hay también vecinos entre ellos. Sentados en la acera, recostados de la reja del supermercado, a veces ocupan los dos lados de la calle. El jardín que allí había murió a punta de ser pisado: ahora es tierra y basura, que lanzan con total desparpajo. Las peleas violentas suelen estar a la orden del día y por eso no faltan los militares con armas largas afuera. Eso es en el tramo inferior de la calle. En el superior la historia la escriben en la pizarra acrílica de los camiones que allí se paran: el del pollo, el del queso, el del pescado, el de las frutas, el de las verduras y el de los huevos. En ellos, las colas son discretas y los precios demenciales. Cualquier cosa pasa del millón. Hay productos cuyo kilo es mi salario de un mes. Los militares y los policías pasan regularmente cobrando vacuna en productos. Y los indigentes, hurgando en los desperdicios. El sábado, de la caja en la que lanzan las frutas descompuestas, un hombre espantó las moscas, sacó un cambur negro, lo apretó, y se tragó lo que salió de él. Y no era un mendigo. [Continuará…]

Todo se desintegra (I)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La abuela se cae, pasa 6 horas en una clínica y la factura es de 300 millones; el seguro sólo paga 10. Los primeros días tuvo que usar un cabestrillo porque en ninguna farmacia había inmovilizador de hombro: el que se consiguió fue prestado. Del analgésico inyectado, que le calma más rápidamente y por más tiempo los dolores, no hay rastro: los pocos que tenemos fueron un regalo y sólo los usamos cuando el dolor la hace llorar. En la casa seguimos comiendo tres veces al día, pero en ello se nos va todo. Las salidas se acabaron desde el año pasado; las comidas en la calle, también: el almuerzo de los viernes en la feria del centro comercial que está cerca de la oficina quedó reducido a una ración de tostones; las empanadas y la malta de los sábados ahora son un plato de cereal, y el almuerzo de los domingos se volvió netamente casero. El postre pasó de complemento ordinario a lujo esporádico, y cuando lo comemos nos sentimos afortunados. Netflix es el sustituto del teatro y del cine, pero sólo funciona cuando hay internet, que no es siempre, a pesar de que tenemos dos proveedores. El edificio cada vez está más sólo: en nuestro piso, de cuatro familias, sólo quedamos dos. Los ascensores se dañan dos y tres veces al mes y no hay más remedio que las escaleras: a falta de repuestos, que no los hay en Venezuela, sólo queda ‘parapetearlos’, con el riesgo que ello conlleva: una vecina se lesionó la columna hace unos meses cuando uno se desprendió; ahora camina con bastón. El pasillo de entrada se ha vuelto más largo que nunca: tiene apenas dos bombillos –de veinte– y por eso está siempre oscuro. Los vigilantes son cada vez más flacos, devoran con más desesperación la comida que a veces se les baja, y duran menos: un día descubren que bachaqueando en el supermercado de en frente ganan cinco veces más y se van a hacer su cola. Cosa mala con una reja de estacionamiento que  lleva tres meses en modo manual, también por falta de repuesto. Con los puestos no hay término medio: o vacíos siempre –por los que se fueron– u ocupados todo el tiempo –con carros mayoría accidentados–. Será por eso que ya ni nos visitan los ladrones. [Continuará…]

Una mujer en su día

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Yo no la conozco ni tengo idea de quién es ella. Sólo sé que está comprando una empanada a las 11:30 de la mañana en el mismo local donde yo solía comer cuando no llevaba almuerzo a la oficina –ahora eso no pasa porque siempre llevo almuerzo, ya que ese otrora gasto superfluo se convirtió en un lujo del que la hiperinflación me privó–. Mientras espero sentado a que una amiga termine de pagar su tardío desayuno, la mujer me aborda. Cabellos grises recogidos y flaca, con el sweater bailándole. Así la veo y recuerdo. “¿Cómo hace uno?”, me pregunta indignada, y yo no entiendo. Pero la pregunta es retórica, así que no espera respuesta: “Cuatrocientos mil bolívares la pensión, y ya la empanada cuesta 45 mil”. Asiento con cara de problema y digo cualquier tontería. “Desde las 5 de la mañana estoy en la calle. Yo vivo acá en la Beethoven y salí a las 5 de la mañana, todavía de noche, para hacer la cola de la pensión, que la pagaban hoy en efectivo”, me cuenta, mientras yo pienso en lo demencial que es todo eso. “Y estaban ese poco de mujeres cobrando el bono del día de la mujer”. “¿El bono del día de la mujer?”, le pregunto. “Sí. De setecientos mil bolívares. Pero sólo las que tuvieran Carnet de la Patria”. Yo bufo. “Que si quería recibirlo tenía que sacarme el Carnet y hacer un juramento, me dijeron. Y allí estaban ese montón de mujeres, felices, recibiendo aquello. Casi un millón de bolívares les daban. ¿Y por qué? Porque tenían el carnet. Pero a mí…”. Y allí se detiene. Toma aire. Casi llora. “Yo soy forense. Jubilada. Trabajé toda mi vida. La pensión como forense no llega ni a cien mil bolívares. Y la del Seguro son cuatrocientos. ¿Cómo hago para vivir con 500 mil bolívares? ¿Cómo hago?”, me pregunta, de nuevo retóricamente. Pero esta vez no hay respuesta. El encargado la llama y le da la empanda. Ella la guarda en la cartera y se despide. No lo dice, pero todo apunta a que será su almuerzo. Y trabajó toda su vida.

Una bebé se ahoga en el metro

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Cof, cof. Su tos es directamente proporcional a ella: chiquita. Va en brazos de su madre, en uno de los asientos azules del metro, y tose repetidamente. Hasta que se priva. Ha botado todo el aire y cuando va a tomar más no puede. Se queda, diríase, paralizada. Y entonces comienza a cambiar de color. Todo sucede en segundos: la cara se le va poniendo roja, luego morada y finalmente azul. No cabe duda: está ahogada. La madre se desespera, y con ella todo el vagón. La levanta, le da por la espalda, la sacude y la sopla. Todo parece inútil: ya está, casi, del color del asiento. Son segundos dramáticos y apremiantes en los que todo el mundo opina y aconseja algo, pero nada parece funcionar. Suspendida en el aire, mueve desesperada piernas y brazos, mientras los ojos se le desorbitan. Es estremecedor. Hasta que de repente, pasados unos segundos eternos, suelta, más bien vomita, un poco de moco. La madre le da por la espalda y poco a poco va escupiendo cantidades considerables de moco. Todo cae en el suelo del vagón, pero a nadie le importa. Esa niña se estaba muriendo y se ha salvado. Poco a poco se difumina el azul de la cara y todos, con ella, respiramos tranquilos. Viene, entonces, la segunda parte: la de indagar. Tiene seis meses explica la madre, tiene seis meses y sufre de tosferina. Estaba hospitalizada en el JM de los Ríos, pero la salida de terapia intensiva de dos niños hizo que le pidieran la cama donde ella se encontraba y le dieran de alta sin estar del todo bien. Le mandaron un antibiótico y un broncodilatador. Consiguió el primero, pero no el segundo. Por eso tiene recurrentes episodios de ahogo como el que acabamos de presenciar. En la noche del jueves -todo esto sucede el viernes en la mañana- vivió otro parecido. De allí que vaya, en metro porque no tiene para un taxi, a llevarla de vuelta al JM de los Ríos a ver si hay algo que puedan hacer por ella, esa niña que parece tener ya más pasado que futuro, por haber nacido en la patria grande de Bolívar.

Historia de un periodista arruinado por el socialismo

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Aunque por sus venas corren sangre libanesa y portuguesa, el periodista nunca ha sabido cómo hacer negocios, asunto para el que es absolutamente incompetente. A pesar de esta sangre, tampoco le vino de cuna dinero alguno, aunque sería faltarle a la verdad decir que ha pasado trabajo. Como en la canción de Rubén Blades, sus padres se esmeraron en darle, dentro de sus posibilidades, lo que ellos nunca tuvieron, que nunca fue demasiado pero sí suficiente. El bachillerato lo estudió en un colegio privado y con algún prestigio, al que pudo ingresar gracias al programa de becas que tenían. La universidad, también privada, la estudió con beca el primer año y luego con un sistema de crédito educativo que le financió a préstamo la mitad de la matrícula, y que luego, cuando se graduó y le tocó pagar, le exoneró un porcentaje considerable de la deuda por haber sido el tercer mejor promedio de su promoción. Allí aprendió que había una cosa llamada mérito, que se ganaba a base de esfuerzo propio y que rendía sus frutos.

Su primer contacto con el mundo laboral fue en V año de bachillerato, en cuyo último lapso su colegio estipulaba que todos hicieran pasantías. Las realizó en una empresa de café que luego fue expropiada, en la que, a falta de hallar qué responsabilidad podían darle a un adolescente que ni siquiera era bachiller, lo pusieron a ordenar facturas de archivo en una sala de reuniones en la que había un mesón, una  fotocopiadora y un televisor gigante, que durante el último mes de pasantía se convirtió en el punto neurálgico de la oficina gracias al Mundial de fútbol. El periodista, que llegaba con el primer partido y se iba con el último, adquirió entonces una responsabilidad mayor, ésta sí de vida o muerte: avisar cada vez que hubiera un gol, informar al que preguntara del marcador, poner al tanto al que entrara de cómo estaba jugando cada equipo y llevar la quiniela de la oficina. Las pasantías las terminó con prácticamente todos los partidos del Mundial vistos y un par de aprendizajes valiosos: que contra un Mundial no hay en la tierra fuerza que valga, que al final nadie sabe nada de fútbol (la quiniela se la llevó la secretaria de presidencia, una mujer que acertó a punta de poner a ganar a los países que más simpatía le generaban), y, sobre todo, que los viernes nunca se llevaba comida a la oficina.

Casi un año después, terminado el primer semestre de la carrera, ingresaría formalmente al mundo laboral, de donde más nunca saldría. Durante tres años fue redactor y corrector de una pequeña publicación mensual que se repartía gratuitamente en cafés y panaderías. Mensualmente y en cheque, cobraba BsF 250 en una época en la que los cinnamon rolls costaban 15, lo que lo hacía sentir millonario. Durante casi 3 años estuvo al frente de tan singular empresa, eliminando las comas que separaban sujeto y verbo, los leísmos que venían del texto matriz de España y modificando a su antojo el horóscopo para darle un toque más productivo (trabaja, esfuérzate, prepárate, lee) y menos esotérico. La oferta de un periódico con vocación nacional, para que se incorporara a la sección de mascotas, una que, le juró la atractiva ejecutiva de Recursos Humanos, era muy querida, apreciada y leída, lo llevó a trabajar allí casi una semana –y a salir publicado un día–, pero inmediatamente en su camino se cruzó una farmacéutica que le ofreció 1800 bolívares (exactamente 9 veces lo que le iba a pagar el diario) por hacer un trabajo un poco menos tedioso que el de entrevistar a encargados de tiendas de animales, y se fue con ellos. Por seis meses, el periodista fue un hombre formal de camisa y pantalón de vestir, que de día trabajaba y de noche estudiaba, cuyo hogar, le reclamaba la familia, había quedado reducido a una especie de hotel en el que solo desayunaba, cenaba y dormía. Terminadas las pasantías, en cuya renovación se interpuso un viaje para estudiar inglés, se prometió hacer un alto en el mundo laboral para dedicarse a la tesis, pero la oferta de trabajar en la campaña presidencial de un candidato que iba a salvar al país fue para él, que algún apetito de gloria tenía, sencillamente irrechazable, y por eso durante tres meses estuvo elaborando líneas discursivas para los políticos y consiguiéndoles entrevistas en los medios de los cinco estados centrales que le fueron asignados a él. Allí cobró relativamente bien y en efectivo -3.000 BsF-, y conoció de cerca a esos dos miuras llamados ego y vanidad, a los que afanosamente tenía que hacerles una buena lidia para que los políticos de Caracas aceptaran dar una entrevista en la única radio dispuesta a concederles un espacio en Apure, por ejemplo. La elección concluyó con un resultado inesperado, y al día siguiente, cuando lo convocaron al Comando, al periodista le explicaron que había ocurrido un fraude gigantesco, que no iba a ser aceptado sino comprobado y denunciado, y le invitaron a renovar por mes y medio más. El periodista, que tenía más apetito de gloria todavía, aceptó, y por hacerlo estuvo a punto de no presentar la tesis, que culminó ‘in extremis’ y entregó de milagro. El fraude, si lo hubo, nunca se reclamó.

La post-entrega de la tesis marcó el período no laboral más largo del periodista, de casi un mes entero. Una mañana, de camino a una distante pescadería en la que su familia se empeñaba en comprar, tarea que por estar todo el día en la casa ahora recaía sobre él, se encontró a un compañero de clase que, al saber que había quedado reducido a simple hacedor de labores domésticas, lo invitó a ir a una entrevista para trabajar en una página web, especie de agenda cultural caraqueña, que estaba buscando  un redactor. El periodista lo hizo y quedó, por 4.500 BsF al mes. Durante un año vio teatro y cine gratis, asistió a estrenos, lanzamientos, inauguraciones y aperturas, y entrevistó a músicos, actores y cómicos. La venta de la página web -y la posterior ida del editor de una revista de cultura universitaria perteneciente al mismo grupo- lo llevaron a ocupar esa silla en la que tiene ya más de tres años, aunque la revista lleva dos sin papel convertida en un medio digital bastante ‘sui generis’ pero sobre todo libre, independiente, combativo y bien escrito, valores con los que se siente comprometido y de los que se puede enorgullecer.

Durante todo ese tiempo trabajando –que ya pasa de los diez años–, el periodista, cuyo único principio económico lo adquirió leyendo el ‘David Copperfield’ de Dickens, en cuyas páginas aprendió que la diferencia entre la dicha y la desgracia estaba en gastar un ‘penique’ más de lo que se tenía, no hizo otra cosa sino eso: gastar siempre menos de lo que ganaba y guardar lo que sobraba. Hombre de tendencia austera, con ninguna inclinación al lujo, vida social escasa y prácticamente ningún vicio, sus gastos se reducían a almorzar en la calle los viernes, merendar pasta seca cuatro veces por semana, beber cerveza barata en algún chino y comprar uno que otro libro de segunda mano, razón por la cual de sus salarios llegaba a sobrarle, a veces, hasta el 60%, dinero que se quedaba, juraba él, a buen resguardo en una cuenta corriente a la que iban a parar también todos los regalos de navidad y cumpleaños (y en resumen todos sus ingresos). Esa cuenta crecía, crecía y crecía, y en algún feliz momento llegó a equivaler –y lo sabe porque lo preguntó y nunca olvidó la alegría que le causó saber la respuesta– a casi un mes (29 días el cálculo exacto) de estadía en el hotel cinco estrellas que quedaba cerca de su casa.

Con ese colchón bancario, el periodista vivió despreocupado, tranquilo y seguro por varios años. Nunca se mortificó por la fecha en la que pagaban la quincena ni significaba para él un problema que ésta se atrasara. Nada de eso. Tenía una cuenta con plata y una tarjeta de débito  que pasaba en todas partes –la de crédito, por alguna sabiduría milenaria que tienen los bancos, siempre se la negaron–. Claro que aquello no alcanzaba para comprar un carro ni mucho menos un apartamento, tampoco para independizarse y muy con las justas para alguna vacación playera de no más de quince días, pero nada de eso estuvo jamás en sus planes: siempre estuvo claro de hasta dónde le llegaba la cobija. Sin embargo, para su vida rutinaria, metódica, ordenada y frugal, aquello bastaba y sobraba, e incluso permitía pagar sin dificultar los excesos de alguna noche en un local nocturno, la ida a comer a un sitio caro, algún buen regalo de cumpleaños para sus padres y cualquier otro gasto que se saliera de los planes.

A principios de 2016, sin embargo, todo comenzó a cambiar. De pronto, al periodista empezaron a parecerles caras algunas de las cosas habituales. Y se halló entonces, por ejemplo, dándole varias vueltas a la feria de comida a la que solía ir los viernes, comparando precios y buscando combos. Un viernes ya no pidió bebida grande y al siguiente se dijo que para qué comprar galletas teniendo Oreos en la oficina. Las renuncias, aunque pequeñas, iban volviéndose más frecuentes. Imperceptiblemente frecuentes. Y entonces llegó 2017, y con él todo se salió de control. Ya no caros, sino sencillamente desproporcionados se le volvieron los precios y perdió por completo el sentido de la realidad económica: dejó de saber qué era costoso y qué no, qué un lujo y qué una ganga, qué estaba bien y qué estaba mal. Veía los precios y no sabía que pensar. Con horror comentaba que por algo le habían querido cobrar tanto y su interlocutor le preguntaba que cuántos había comprado porque ese algo ya no costaba tanto sino el doble y en un mes estaría en el triple. Y aunque la tarjeta pasaba y los aumentos de salario se sucedían con más frecuencia que el año anterior y llegaban a montos que él jamás hubiera soñado ganar, la cifra de su cuenta era cada vez menos espectacular.

Poco a poco, al periodista comenzó a ponérsele (más) pequeña la ciudad. Cada vez tenía menos sitios a los que poder ir y se hallaba despidiéndose con frecuencia de lugares que le eran habituales. ‘Última vez que como en…’, ‘última vez que compro en…’, ‘última vez que voy a…’. Las galletas, los roles de canela, las tartaletas de chocolate, la bebida del almuerzo, las raciones extra de tostones, los tallarines chinos, la comida mandarín, el sushi, el estadio, los mojitos y los locales nocturnos se fueron un día para no volver más. Mantuvo el almuerzo en la calle los viernes, por ser tradición de más de una década y el último reducto que le quedaba de la clase media a la que un día perteneció, pero con la feria de comida del centro comercial reducida a un espacio de sólo dos locales: uno de comida por peso y una venta barata de pastas de la que hacía años había salido prometiendo que no volvería dada la mala calidad de las mismas, que, o las mejoraron o la necesidad hizo que finalmente le supieran mejor. Lo otro que mantuvo fueron las idas semanales (usualmente sabatinas) a tomar cerveza barata, reducidas ambas, eso sí, a apenas un par de chinos, a saber cuál más decadente que el otro, pero que las vendían de tercio, heladas y casi a precio de costo.

Sin embargo fueron los libros, el tercer pilar de sus gastos, los que le dieron el campanazo de alerta. Cuando en la Feria de Altamira –de la que solía salir con bolsas y bolsas de ellos– no pudo comprar ni uno, supo que tenía un problema grave. Ello sucedió en la última semana de noviembre, cuando se jodió todo, Zavalita. Fue tan rápido y vertiginoso que todavía no sabe cómo explicarlo. Solo recuerda que un día entró a su cuenta y se halló con apenas 270.483 bolívares (entiéndase: $2,3). Revisó minuciosamente gasto por gasto y comprobó que no lo habían estafado ni puesto un cero de más en alguna compra. Empezó a sumar cuánto daría eso más la quincena, para encontrarse con que ya ésta estaba depositada. Preguntó en la mesa de atrás que cuál era la fecha en la que pagaban los cesta-tickets y le respondieron que aquello había ocurrido hacía rato. Y se dio cuenta, entonces, de un hecho incontrovertible: 270.483 bolívares era todo lo que tenía para vivir. Su cuenta, aquella en la que estuvieron depositados diez años de ahorros, sueldos, cumpleaños y regalos, la que había llegado a equivaler a 29 días en ese hotel cinco estrellas que tenía cerca y en el que nunca se quedó, su cuenta, en la que estaba todo lo que tenía, sencillamente había desaparecido. Todo el dinero que tenía lo pulverizó, lo destruyó, se lo llevó, se lo quitó, se lo robó, la revolución y su presidente obrero. Pensó entonces en los dólares que nunca compró, los pequeños negocios que no hizo y su pésimo olfato para seguir el rastro del dinero. Pero no se azotó demasiado. No iba pedir perdón por haber estudiado con esfuerzo, trabajado honradamente y ahorrado. Tenía la certeza de haber hecho lo correcto. El problema no era él sino el sistema. Y allí entendió como nunca en su vida ni en sus libros la verdadera esencia del socialismo: un sistema que destruye la relación esfuerzo-recompensa, y que no está hecho para el que se forma, trabaja y ahorra, porque a esos los condena irremediablemente a la pobreza. Esa en la que, a partir de diciembre 2017, ha comenzado a vivir.

Aquellos aguinaldos

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Es media mañana de jueves en una panadería caraqueña. La cola no es excesivamente larga, pero sí lenta. ¿El motivo? La tardanza del único punto de venta que sirve –el otro lleva dañado ya un mes, y no hay manera, al parecer,  de sustituirlo–, que se puede demorar hasta 5 minutos por transacción, y eso cuando pasa a la primera, porque a veces se cae y hay que volver a empezar. La que hasta hace cosa de un año no pasaba de ser apenas una panadería más, ha quedado, por obra y gracia de la hiperinflación, convertida prácticamente en un bodegón suntuoso. Y no porque haya cambiado de rubros: sigue vendiendo lo mismo de siempre, pero la brutal caída del poder adquisitivo ha convertido a los cachitos, pastelitos, croissants, pasta secas y dulces en verdaderas delicatessen (que aquí decimos ‘delicateses’, porque, la verdad sea dicha, suena mejor).

El cartel que anuncia que el pan de jamón está en 150 mil bolívares es el gran rompe-hielo (y roba-alegría) de la cola: todos lo ven e inmediatamente comienzan los lamentos. La mayoría de la gente está resignada: este año, aseguran, no lo comprarán. “Igual, eso ahora es pura masa y dos lonjas de jamón, y casi no le ponen pasas ni aceitunas. Y hasta le echan queso crema y cosas que no lleva”, comenta una mujer, y varios asienten con seguridad e indignación, mientras Esopo desde el cielo (o dondequiera que esté) probablemente sonríe al ver que no se equivocó con aquella fábula de la zorra y las uvas. Entonces, una mujer, enfermera de un hospital público, se pone a sacar cuentas: “con los aguinaldos sólo se pueden comprar cinco panes de jamón”, dice, a lo que otra le responde que será con los suyos, porque los que a ella le dieron alcanzan, apenas, para tres. Y entonces todos se pone memoriosos: una señora dice que “antes” (ese tiempo no específico pero indudablemente mejor) con unos aguinaldos se compró un juego de comedor; la enfermera, que un televisor y un equipo de sonido; un señor, que con eso pagaba las vacaciones familiares al interior, pasajes incluidos; y otro, que con los suyos y los de su mujer compraron un año nevera, cocina y lavadora.

La imagen de electrodomésticos y enseres reducidos apenas a unos panes de jamón es tan reveladora como lo que sigue a continuación: la empleada del mostrador le grita a la cajera y le dice que no, que ese no es el precio de la mantequilla; ¿llegó a precio nuevo?, le pregunta ella; mira, señala la otra, mientras le hace llegar la lata; el cliente que la había comprado, mientras tanto, las observa ticket en mano, entre desconcertado y lacónico; la cajera, con pena, tras confirmar que el producto marca otro precio, le pide disculpa y le dice que son 15 mil más; ¿¡quince mil más!?, pregunta el hombre con asombro; mire, dice ella y le acerca la lata; él la mira, confirma el precio, y le pide que entonces le saque una de la compra; ella lo hace, pero todavía debe; resignado, paga la diferencia, pensando, quizás, en aquellos aguinaldos que, según había contado, pagaban viajes al interior con pasajes incluidos, y ahora no dan para comprar, siquiera,  una lata más de mantequilla.

El país de las colas

Por: Juan Ignacio Sanoja | @JuanSanoja

–¿La cero? ¿Seguro?
–Sí –contesto.
De paso por un centro comercial en el este caraqueño, aprovecho para tachar una tareíta pendiente del to-do-list: debo cortarme el pelo. Entro en la primera peluquería que me encuentro y le pregunto a la encargada si allí me pueden pasar la máquina. Me dice que sí y me refiere con una señora de unos cuarenta años que, antes de empezar con el corte, me consulta si estoy seguro de mi elección. Le respondo que sí y ella empieza con la rapada. Treinta segundos después, la peluquera queda paralizada: por la vidriera ha visto a alguien conocido.
–Ahí pasó el señor. Pensé que me estaba buscando –dice volteando la cabeza hacia atrás, donde una compañera le hace las uñas a una cincuentona–. ¿Vas a ir a la cuestión?
–¿Qué cuestión? –responde, lima en mano, la colega.
–El entierro del muchacho.
–¿Cuándo es?
–Hoy.
–¿A qué hora?
–Iba a ser a las 3, pero lo rodaron para las 4 porque y que… y que no había espacio. ¡Tú sabes que en este país hay que hacer cola pa’ todo! ¡Hasta dónde hemos llegado! Hacer cola hasta pa’ morirse… Qué digo, hasta para… cómo se llama… para que lo velen a uno –dice la señora al tiempo que voltea para seguir con el corte que había dejado por la mitad–. ¿Qué le parece?
Asombrado, recibo la pregunta de la peluquera y no tengo más respuesta que subir las cejas, abrir de par en par los ojos y hacer una mueca de “qué-quiere-que-le-diga”.

Un charco de sangre llamado revolución

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La noche cuando mataron a Arnaldo Albornoz, yo también estaba en la calle. Venía, como él, de celebrar la vida: no en un cumpleaños, sino en una boda. El día anterior, viernes, estuve en un cumple que empezó a las 7 de la noche y terminó a las 9:30, cuando intempestivamente hubo que picar la torta porque ya había que irse. La escena fue semejante a la vivida en mi casa el lunes pasado, cuando mi madre interrumpió todo para cantarle el ‘Ay, qué noche tan preciosa’ a mi padre antes de que se hiciera más tarde. No eran todavía ni las 7. Esa noche, volviendo de llevar a mi abuela, ella comentaba sorprendida que sin ser todavía las 8 veía la calle como cuando eran las 11: vacía y oscura. Da igual: con gente y luz, a las 9 de la mañana del jueves, le metieron un tiro a un hombre en la panadería de mi casa para robarle el carro. Esa noche, en la cena, mientras yo les contaba a mis padres esto, ellos narraban cómo en el metro habían visto a un hombre armado. Al día siguiente, la conversación de la cena nos pillaría con semblante adusto: en la tarde se habían metido (segunda vez en dos meses) en el edificio donde vive mi abuela. Y todo ello sucedió apenas la semana pasada.

Si me voy un poco para atrás, para diciembre, podría contar cómo en la casa no hubo (salvo 24 y 31) ninguna cena. Que fue, sí, un montón de gente durante esos días: pero todos a almorzar y tempranito. Que las misas de navidad y de año nuevo las celebramos en la parroquia a las 8 de la noche y no a las 12 (como manda la liturgia) o a las 10 (como era tradición). Parroquia en la que, dicho sea, ahora todo son rejas y candados porque se han robado cuánta batería han encontrado, un carro un domingo, y, peor aún, asaltaron colectivamente a casi treinta personas de un grupo de oración. Si de días festivos se trata, el 31 en la mañana un motorizado robó a la hermana y a la madre de un amigo a unas tres cuadras de mi casa; y en la noche, mis tíos preguntaron sin podían quedarse, así fuera en un sofá, hasta que saliera el sol para no tener que agarrar para su casa de madrugada. Uno de los cuentos más populares de la velada fue el del amanecer de golpe de mi padre, quien ese día despertó con la mano adolorida tras haberle dado un puño al copete de la cama: estaba soñando que un ladrón los perseguía con un puñal a él y a mi madre, y él se le enfrentaba.

Estos son apenas unos retazos, unas breves pinceladas escritas al vuelo y probablemente incompletas, de lo que es vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Decir que vivo aterrorizado sería una exageración impropia. Aún no llego a ese nivel. Pero sí estoy cada vez más preocupado. Por mí y los míos. Por lo que pueda ser de nosotros. Ya no por las colas, por la crisis, por la incomodidad de no tener agua o no poder comer lo que a uno le gusta. No por nada de eso, sino sencillamente por la posibilidad de tener que despedirme adelantada e intempestivamente de alguno de ellos. O de no poder siquiera despedirme. De vivir la desgracia de ver asesinado a un ser querido.

“Entonces vete”, me dirá algún educado. En otra circunstancia, discutiría. A día de hoy sólo pediría una cosa: que me ayude a llevarme a todos mis familiares y amigos. Me los llevo a toditos y les dejo aquí su país chévere. Ése que está poblado por una raza cruel y monstruosa que dice en las encuestas que es feliz, felicísima, muy pero que muy feliz, más que nadie en el mundo, chapoteando, junto con su presidente salsero, en medio de este charco de sangre que es la revolución.