Sálvese el warao que pueda

Volcán es una comunidad grande, ubicada a orillas del caño Manamo en Tucupita. Ahí se encuentra La Playita, un sector que ofrece un vivo contraste entre lo que era y lo que es ahora. Si antes solo se veía la polvoreada de la arena y varias hectáreas de caña silvestre, hoy día –luego de la invasión de waraos en el año 2000– hay muchas otras cosas que ver y padecer. Muchas más.

Para llegar a La Playita, tuve que hacer cola durante una hora en el centro de Tucupita, desde donde salen los autobuses que cubren la ruta hasta Volcán. Una región que no escapa de los problemas de transporte que sufre toda Venezuela. A mitad de mañana, la cola crecía y no se veía ninguna unidad de transporte. Tuve que resignarme a subir a una perrera.

El viaje duró poco más de 30 minutos. El camión me llevó a mí y a unas 15 personas más. Cuando se acercaba a su destino, frenó con el usual rechinar de un vehículo desgastado. Le pagué 100 mil bolívares al chofer y este lo recibió mientras se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Cuando lo vi recordé la edad de mi abuelo a su muerte.

Bajé por la rampa que da a La Playita, es una improvisada comunidad donde la mayoría de sus habitantes son  indígenas waraos que migraron a este sitio desde la selva deltaica. Antes era un pueblo. Ahora es una ciudad de hojalatas que se asemeja a cualquiera de los barrios que conforma Petare, en Caracas.

Me dirigí a la casa del señor Regino Reinosa, quien sería mi guía por el lugar y quien había dispuesto un chinchorro para que me sentara. Él ha visto todas las anormalidades de aquella selva de arena y zinc; no obstante, no quiso contarme mucho: prefirió que yo viviera mi propia experiencia.

En la comunidad Volcán del municipio Tucupita, se ha levantado una  economía ilegal, donde las gestiones de compra y venta se rigen por el valor del dólar paralelo. Al mismo tiempo, es el único lugar de Delta Amacuro donde se mueve mucho dinero en efectivo, debido a su condición de puerto.

Tres incendios dentro de almacenes clandestinos de carburante obligaron a las autoridades a suspender el servicio del surtidor de gasolina y diesel hace seis meses; sin embargo, hasta ahora en varias casas de zinc pueden verse bidones de combustible.

En las mañanas puede verse a una veintena de vendedores –de empanadas, pan,  ropas y jugos– caminar sobre la arena que sostiene la comunidad. Los gritos suenan al unísono, mientras un indígena desde su chinchorro llama a un comerciante ambulante solo con un gesto, revisa el producto, y, si le convence, saca de su bolsillo, allí mismo en su hamaca, un fajo de billetes de cien mil Bs.

“Lo bueno de vender aquí es que los waraos te lo compran caro porque tienen plata”, me explicó una chica que vendía jugo de mango.

Ya bajo el sol del mediodía que calentó más  la arena, otro grupo de  buhoneros grita: “¡Teta, teta!”. Mientras que por otro lado se escucha: “¡Najoro, najoro, najoro!”, que significa comida en el idioma warao.

Pero no solo los waraos son los clientes de los comerciantes, los no indígenas –los mal llamados “criollos”– viajan desde Tucupita hasta ese sector para concretar negocios y a la vez aprovechar todas las ofertas.

Durante el día, se vende medicinas, combustible, ropa, comidas, ¿cuerpos? Todo esto publica y notoriamente. En las noches, el comercio informal se diversifica más.

Los lugareños, que en su mayoría son indígenas, viven en condiciones poco humanas. Los protegen débiles palos y láminas de zinc. No cuentan con los servicios básicos. Sin embargo,  su entorno les da para que sonrían cuando miran la televisión, cómodos desde sus chinchorros. Al menos aquí tienen para comer y las medicinas que necesiten les llegan a casa a través de revendedores, dice el señor Regino Reinosa, quien, por otro lado, explica que han tenido que lidiar con personas que se dedican a delinquir. Solo a él le han robado cuatro motores fuera de borda, los cuales no podrá recuperar jamás, ni aunque se dedique a vender gasolina, actividad a la que ha recurrido ocasionalmente cuando no encuentra cómo paliar el hambre de su familia.

Cerca de los hogares que conforman el poblado, perros y gatos hurgan entre los desperdicios que los mismos indígenas lanzan al suelo, mientras que a cada rato se ven llegar y salir curiaras.

Cuando el sol comienza a ocultarse, la arena al fin se enfría y se ve llegar a un nuevo grupo de vendedores. Estos manejan reglas distintas a los que trabajan en la mañana: los pactos comerciales –aseguran– son de “más seriedad”  y peligrosos. Lujosas camionetas se estacionan por todo el lugar, mientras que varias chicas –jóvenes waraos y no indígenas– se acercan a los carros con timidez. Se sientan cerca, como esperando ser llamadas: elegidas.

Cuatro muchachos, del mismo Volcán, con cuerpos atléticos y pieles oscuras, sin camisa y con pantalones jean, se muestran interesados. La misma sensación transmite un grupo de jóvenes que mira todo desde otro sitio, vistiendo ropas que gustan a los raperos y fumando. A uno de ellos se le escucha decir: “Vamos a pegar al de la camioneta blanca”.

Justo en ese momento logro tomar un taxi que me regrese hasta Tucupita. Tras de mí, va desapareciendo La Playita de Volcán, una comunidad que refleja la resistencia moderna del  warao tradicional: ahí todos buscan sobrevivir.

 

Por Amador Medina | @Amadormedina

Se encienden las velas

Es lunes y el Internet en la oficina de OJO está en la muerte. Léase bien: en la muerte. La chica de recursos humanos me pide que le envíe un correo y el mail tarda 15 minutos en salir. Bárbaro. Pasa la hora del almuerzo, nos adentramos en la tarde y los chicos que estudian en la Universidad Central de Venezuela avisan que su inscripción se complicó. Una inscripción que están haciendo de forma manual: desde hace meses el edificio no cuenta con luz eléctrica. El caso es que debían inscribirse a las 11 de la mañana, pero son las cuatro y nada hace pensar que podrán lograr su meta pronto. Resultado: horas de cansancio, estrés, hambre y desesperación para ellos. Resultado: se pospone la reunión editorial en Revista OJO. Justo cuando a través del grupo de WhatsApp pautamos la nueva fecha y hora, llega a la oficina, sudando, un miembro del equipo que vive en Los Teques. El Metro, hermano, está como siempre pero en nivel súper sayayin, me dice. Está insufrible, aclara. Lo actualizo con las novedades y se encoje de hombros. Gajes del oficio, señala, los inconvenientes de vivir lejos, finaliza. Acto seguido, se dispone a trabajar para no perder el viaje. A trabajar como puede.

Llega el martes. La luz se va desde temprano. En poco tiempo nos enteramos de que el apagón es en la mayor parte de la región metropolitana. En casa, me acuesto a leer. Hago labores domesticas. Sigo leyendo: tengo al menos más de 50 libros en físico a los que aún no me he enfrentado. Llega la luz. Oigo una coreografía de ruidos de encendido a mi alrededor, por donde vivo. Reviso el WhatsApp (¿ya dije que no tengo datos porque desde hace tres meses he tratado de transferir saldo desde mis cuentas bancarias y el sistema no me ha dejado?) y ahí es cuando me llega una lluvia de lamentos y quejas. En OJO y en mis otros grupos de trabajo, la actitud es más decidida: hay que resolver y punto. Y, en efecto, resolvemos: cómo podemos, lo que podemos. El viernes de esa misma semana, Juan Pablo Chourio publica Pasar un semestre sin Internet: nos explica a todos los lectores de Revista OJO, cómo hizo frente a las limitaciones tecnológicas –a las que lo empujó la precariedad del país– para finalizar su tesis e imponerse con solvencia a las últimas semanas de su carrera.

Detrás del discurso oficialista, de la queja cómoda, de la crisis humanitaria y de la destrucción. Más allá de las heridas de un país que muerde, de la desidia que algunos se contagian con mayor facilidad que un resfriado, de los lamentos de los que están afuera, y de los lamentos de los que están adentro. En el fondo de los lugares comunes, de esos que pretenden decirte cómo estás viviendo o lo qué estás pasando –porque creen que todos encajan en un cliché–, en el fondo de los consejos sin sal, de los empujones al vacío, de las lágrimas del que se siente presionado, del que no conoce el horror pero para quien el horror es un teléfono roto, hay una sustancia rebelde que se niega a morir. Hay personas, ciudadanos, que hacen frente a los tiempos que les tocaron como si entendieran que el más fuerte no es el que más duro pega sino el que más aguanta: el más resiliente. Como si alguien les hubiese explicado que esa, precisamente esa, es una máxima del deporte. Quiero decir, hay ciudadanos que siguen en lo suyo, haciendo lo suyo: no como zombis, no de forma mecánica, sino con creatividad, astucia e inteligencia. Porque la vida es la mejor aula. Ciudadanos, digo, que les tocó una era hostil, la cual rechazan y critican, pero que se dieron cuenta de que el que se limita a eso se duerme; y dormidos, dormidos los quieren tener los tiranos. Son personas, me parece, que pueden o no apostar por el país, pero que sin duda apuestan por ellos mismos: porque no se quieren ir, porque no pueden, porque no tienen cómo, porque dicen que aquí pueden hacer cosas que en otros lados no, porque saben que uno no es lo que padece: uno es lo que hace con lo que sucede. Y pienso que entre tantas cosas graves que estamos viviendo, en un país en el que las iguanas y los caimanes se comen los cables , cuando la oscuridad se cierne hay velas que encienden su llama. Y luego pasa una ventisca, o el resoplido de la tiranía, de los excesos y la destrucción. Y la ventisca empuja la llama, la bambolea, la disminuye: pero no la apaga. No logra hacerlo.

Cuando se hable de las memorias de la robolución, habrá que precisar que –dentro de todo– siempre hubo velas que permanecieron encendidas.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Pasar un semestre sin Internet

Reiniciar el módem, desconectar cables, esperar cinco minutos y volverlos a conectar, aquel era el procedimiento que realizaba cada vez que el Internet se iba: esperar el buen funcionamiento de los servicios en Venezuela es considerado un acto de fe. Hace mucho me desprendí de ver la televisión en detrimento de la web. Y es que la posibilidad de leer acerca de las teorías del final de Game Of Thrones y terminar en un video titulado Cómo quitar puntos negros y espinillas de forma casera y fácil, es una experiencia sólo posible en Internet.

Si bien no soy un gamer, el dinosaurio de Google me demostró que puedo saciar el ocio un rato mientras un T-Rex salta obstáculos. El problema radicaba en que no necesitaba el Internet siempre para ver memes en Facebook, ni para leer al diario El País de España, sino que sin la conexión no podía descargar el documento en pdf que había enviado la profesora ni trabajar en conjunto con mi grupo en Google Drive. Depender de Cantv, como de cualquier servicio proporcionado por el Estado, es una moneda al aire que tiene mejor suerte mientras más cerca te encuentres de los sectores mejores desarrollados tecnológicamente cuando el país era rentable; sin embargo, en la periferia capitalina, y en el interior del país, el Aba de Cantv funciona con la misma velocidad y eficiencia que tendría un jardinero que poda con un cortaúñas. La situación, para diciembre de 2017, era tan soportable como estar en una cola que avanza, bien acompañado, y bajo una sombrita; sin embargo, en el 2018, en el primer trimestre de la hiperinflación, y luego de un hurto de cables en la zona donde vivo, la experiencia devino cola sin compañía, bajo un sol marabino y lo que es peor: sin esperanza de que avance.

Depender de un smartphone con megas no sólo puede ser sumamente costoso sino que, si vives fuera de una buena área de banda de ancha (como es mi caso), no podrás disfrutar de la señal 4G ni 3G de las operadoras salvo que esperes a que la demanda baje; es decir, a altas horas de la noche y muy temprano en la mañana. Es eso o hacer una exploración en casa para detectar en donde un correo se puede enviar en menos de 10 minutos.

La alternativa para poder comunicarse con los amigos y familiares en el exterior, sin que el delay interfiera mientras dices cómo estás y el otro contesta aló repetidas veces, es cambiarse a las distintas compañías privadas que ofrecen servicio de Internet. La solución parece fácil, pero, en un país en un proceso hiperinflacionario y con escasez, no se logra solventar tan rápido sin la disposición de capital y una cuota de azar.

Tomada la decisión de cambiar de compañía de cable, te topas con un inconveniente económico mayor que el de instalar un nuevo servicio. Y es que Intercable y Supercable no disponen en la actualidad de equipos (módem), por lo que el nuevo cliente debe comprarlo por su cuenta (aproximadamente $30 al cambio de dólar paralelo) y, luego de homologarlo, esperar –léase bien– tres meses para que los técnicos hagan la instalación. Ojo, siempre existen los caminos verdes y “el matraqueo”, pero no es mi caso. Así que mis opciones quedaron limitadas a realizar investigaciones en los laboratorios de la universidad y a refugiarme en casa de mis vecinos, quienes –quizás– fueron más visionarios que yo y contrataron una compañía privada en vez de una pública, para que les faciliten el uso del Internet.

Descubres que tu vida, la de un estudiante de periodismo, se condiciona a que se prendan todas las lucecitas de un aparato. Con un ahorro de megas nivel sólo para enviar y recibir mensajes, aprendes que no tener WhatsApp es equivalente a no existir socialmente. Cuando desechas –prácticamente– toda recreación y la importancia es pasar el semestre, no te enteras del escándalo frívolo del momento ni de la segunda prórroga de la reconversión monetaria.

Si quieres surfear responsabilidades de trabajo en equipo, un “no tengo Internet” siempre te resolverá las espaldas; sin embargo, el semestre, 16 semanas de descargar guías, realizar exámenes a través de la plataforma universitaria e investigar, resulta difícil para quien se ve obligado a realizar su tesis en una semana, y está acostumbrado a empezar a producir ideas después de las 11 pm.

No tener Internet significa convertirte en un refugiado digital, que aprende a ahorrar datos y que también (re)descubre los cyber cuando pensó que los mismos eran espacios que vivían sólo en los recuerdos para añorar aquellas tardes de Counter-Strike y Vice City.

Pasar un semestre sin Internet no es tan difícil como no tener con qué satisfacer las tres comidas de un día, ni tampoco tan agobiante cómo no conseguir los medicamentos para la tensión de tu abuela, pero sí significa un retroceso más a una calidad de vida que lucha por ser manzana, pero no llega  ni a mango verde.

Posdata: este artículo fue enviado al editor desde la casa de un vecino.

 

Por Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch

Lo que el agua se llevó

Por Juan Pablo Chourio | @juanpa_ch 

El Aro me enseñó a desconfiar de los pozos, la revolución me lo confirmó. Desde hace una semana Hidrocapital no surte agua a la residencia, por lo que la única manera de conseguir el vital líquido –antes de pagar un camión cisterna– es recogiendo la reserva del tanque subterráneo manualmente, con un tobo y una soga, que sirven como herramientas para poder llevar al hogar un poco de aquello que quedó en un tanque que se encuentra por debajo del límite, lo que no permite que el agua suba al último piso. Amarrar la soga a un tobo, lanzarlo al tanque –cual pozo– y luego subirlo es un procedimiento que pega más en la dignidad que a los brazos. La ocasión consiguió lo que ninguna reunión de condominio puede hacer: aglomerar a la mayor cantidad de vecinos en un mismo sitio; sin embargo, también demostró la solidaridad y el buen humor, pues no faltó quien ayudara a la señora que por la edad no puede levantar un botellón, y el chiste alusivo al carnaval cuando alguien mojaba a otro sin querer. Por casi dos horas vecinos trasladaban baldes hacia sus apartamentos pensando que –quizás– el racionamiento de dos a tres horas diarias no era tan malo como parecía. Según un reportaje de Prodavinci, 9.78 millones de venezolanos vivieron bajo racionamiento formal de agua corriente entre 2016 y 2017, los cuales en promedio recibieron dos días de agua a la semana. En los tiempos de racionamiento, los horarios y actividades domesticas dependían de cuándo salía agua por el grifo, pero, en tiempos de sequía, queda rescatar en el pozo cualquier rastro de civilización.

Todo se desintegra (IV)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

En una reunión con empresarios, el presidente de una importante consultora pide perdón por haber visto el vaso medio lleno en su informe del año pasado y haberles transmitido alguna esperanza: no habrá medida o corrección ninguna, les dice desencantado, y comienza a exponer indicadores, cifras y números, cada uno más grave que otro, y todos con perspectiva de empeorar a mediano plazo. A la vuelta de la esquina, dice, está ya el embargo petrolero. “Si llega a haber un embargo petrolero –había dicho en 2017 un diputado-economista en un foro en la UCAB– este año horrible nos va a parecer el paraíso”.  Y parece que será inminente. La conclusión de la reunión es que no hay solución económica posible sin cambio político, pero la perspectiva que ponencias atrás había dado un mediático encuestador es que lejos de haber cambio lo que se proyecta es una radicalización de la revolución, con aumento de represión incluida. Lo mismo parece sugerir un muy comedido politólogo en una reunión privada: al final, confiesa no sin amargura, a quien habrá que pedirles perdón es a las señoras del Cafetal, porque esto, aunque no lo supimos o no lo quisimos ver, en efecto es una dictadura comunista cuyo fin es acabar con todo vestigio de civilización occidental que queda en Venezuela. Y es un hombre bastante moderado, sospechoso de todo menos de radicalismo, que se aventura incluso a explicar que la hiperinflación ha sido lo mejor que le ha podido pasar a la revolución, porque le permitirá terminar de descapitalizar y de arrojar a la pobreza o al exilio a lo que quedaba de clase media. “¿Y cómo podemos hacer nosotros para adaptarnos y sobrevivir?”, pregunta uno de los asistentes, gerente y emprendedor. El politólogo lo ve serio. “Es que parece que no me has entendido: con ellos en el poder no hay nada que plantearse a futuro porque su fin es liquidarlos a ustedes, a nosotros, a todos”. La teoría de un proyecto de exterminio indirecto, silente y lento pero letal, que fue expuesta por un salesiano hace unos meses, parece verse confirmada.

Todo se desintegra (III)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

De dos barras, en la plaza apenas queda una. La otra, toda doblada, sigue allí como testimonio de la desidia: hace más de un año la rama de un árbol cayó sobre ella y la destruyó. Sólo entonces las autoridades municipales se acordaron de que era su obligación podarlos, pero se olvidaron de arreglar sus destrozos. El Consejo Comunal se limitó a pintar su logo en un muro de la plaza y ya. Eso fue todo. Bancos rotos, una barra que sirve y otra que no. Lo que hace un año hubiera supuesto todo un incordio, hoy no lo es tanto: ya casi nadie hace ejercicio en la plaza. ¿Qué fue de aquellos que eran mis compañeros de madrugonazos, con los que tenía que alternar las barras? No lo sé. Sus sustitutos ahora son los parqueros y estaciona-carros, que se han multiplicado y duermen en la plaza. A eso de las 6:30 aparecen de entre las matas, van a un árbol a hacer sus necesidades, se lavan con un tobo, esconden (creen ellos) sus colchones y sábanas, meten sus cosas en un bolso, saludan y se van. Son los privilegiados de la calle. El estrato alto de los sin techo de la cuadra. El bajo duerme en el suelo y sobre cartones, con todo el cuerpo arropado con sábanas mugrientas. Son bultos blancos con los que me tropiezo cada mañana desde hace un año. Cuando regreso a casa, están escarbando las bolsas de basura de la cuadra, recién sacadas a esa hora por las conserjes. Con esa imagen optimista arranca el día. Luego, se pierden. ¿Qué hacen? No lo sé. Desaparecen. No así sus vástagos, que se anclan en las puertas de la panadería y del Farmatodo, donde es casi imposible comprar sin pagar la vacuna sentimental de un niño descalzo y flaco pidiendo o, peor aún, sacando de la papelera lo que encuentra. Pero no todos son tan inofensivos. Sus hermanos mayores, ya a adolescentes, a falta de poder generar ternura y compasión, optan por el miedo: desafían, insultan, amenazan, gritan obscenidades y arrojan cosas. Viven en una constante lucha con los parqueros, que a veces llega a ser violenta; y con los pequeños, a los que golpean y les quitan lo que les dan. Están a la vuelta (meses, quizás) de convertirse en delincuentes. [Continuará…]

Todo se desintegra (II)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A las 6 de la tarde comienza a sentirse una aprensión en la gente que está en la calle. A las 6:30 todos aceleran el paso. A las 6:45 prácticamente trotan. Y a las 7 ya no queda nadie. La hora del toque de queda ha bajado para la Caracas de a pie. En una calle con Farmatodo, supermercado y panadería, a las 7:30 no hay nada abierto. Tampoco postes de luz que funcionen. Ni carros estacionados. En algunos tramos la oscuridad es total. La sensación de abandono, de tierra arrasada, se incrementa al asomarse uno por la ventana: a las 9 de la noche no pasa ya ni un solo carro y en la torre de enfrente hay más apartamentos sin luz que con luz. Y en una proporción grande, puede que 4-1. La abuela, que en su convalecencia los tiene medidos, se alegra sobremanera cuando ve luz en un apartamento vecino: “Volvieron”, dice casi eufórica, para explicarnos que esa luz tenía más de un mes sin encenderse. En la mañana todo cambia: ya a las 6 la calle está desbordada de gente en cola para comprar productos regulados. Hasta hace un año, todos eran desconocidos: ahora hay también vecinos entre ellos. Sentados en la acera, recostados de la reja del supermercado, a veces ocupan los dos lados de la calle. El jardín que allí había murió a punta de ser pisado: ahora es tierra y basura, que lanzan con total desparpajo. Las peleas violentas suelen estar a la orden del día y por eso no faltan los militares con armas largas afuera. Eso es en el tramo inferior de la calle. En el superior la historia la escriben en la pizarra acrílica de los camiones que allí se paran: el del pollo, el del queso, el del pescado, el de las frutas, el de las verduras y el de los huevos. En ellos, las colas son discretas y los precios demenciales. Cualquier cosa pasa del millón. Hay productos cuyo kilo es mi salario de un mes. Los militares y los policías pasan regularmente cobrando vacuna en productos. Y los indigentes, hurgando en los desperdicios. El sábado, de la caja en la que lanzan las frutas descompuestas, un hombre espantó las moscas, sacó un cambur negro, lo apretó, y se tragó lo que salió de él. Y no era un mendigo. [Continuará…]

Todo se desintegra (I)

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La abuela se cae, pasa 6 horas en una clínica y la factura es de 300 millones; el seguro sólo paga 10. Los primeros días tuvo que usar un cabestrillo porque en ninguna farmacia había inmovilizador de hombro: el que se consiguió fue prestado. Del analgésico inyectado, que le calma más rápidamente y por más tiempo los dolores, no hay rastro: los pocos que tenemos fueron un regalo y sólo los usamos cuando el dolor la hace llorar. En la casa seguimos comiendo tres veces al día, pero en ello se nos va todo. Las salidas se acabaron desde el año pasado; las comidas en la calle, también: el almuerzo de los viernes en la feria del centro comercial que está cerca de la oficina quedó reducido a una ración de tostones; las empanadas y la malta de los sábados ahora son un plato de cereal, y el almuerzo de los domingos se volvió netamente casero. El postre pasó de complemento ordinario a lujo esporádico, y cuando lo comemos nos sentimos afortunados. Netflix es el sustituto del teatro y del cine, pero sólo funciona cuando hay internet, que no es siempre, a pesar de que tenemos dos proveedores. El edificio cada vez está más sólo: en nuestro piso, de cuatro familias, sólo quedamos dos. Los ascensores se dañan dos y tres veces al mes y no hay más remedio que las escaleras: a falta de repuestos, que no los hay en Venezuela, sólo queda ‘parapetearlos’, con el riesgo que ello conlleva: una vecina se lesionó la columna hace unos meses cuando uno se desprendió; ahora camina con bastón. El pasillo de entrada se ha vuelto más largo que nunca: tiene apenas dos bombillos –de veinte– y por eso está siempre oscuro. Los vigilantes son cada vez más flacos, devoran con más desesperación la comida que a veces se les baja, y duran menos: un día descubren que bachaqueando en el supermercado de en frente ganan cinco veces más y se van a hacer su cola. Cosa mala con una reja de estacionamiento que  lleva tres meses en modo manual, también por falta de repuesto. Con los puestos no hay término medio: o vacíos siempre –por los que se fueron– u ocupados todo el tiempo –con carros mayoría accidentados–. Será por eso que ya ni nos visitan los ladrones. [Continuará…]

Una mujer en su día

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Yo no la conozco ni tengo idea de quién es ella. Sólo sé que está comprando una empanada a las 11:30 de la mañana en el mismo local donde yo solía comer cuando no llevaba almuerzo a la oficina –ahora eso no pasa porque siempre llevo almuerzo, ya que ese otrora gasto superfluo se convirtió en un lujo del que la hiperinflación me privó–. Mientras espero sentado a que una amiga termine de pagar su tardío desayuno, la mujer me aborda. Cabellos grises recogidos y flaca, con el sweater bailándole. Así la veo y recuerdo. “¿Cómo hace uno?”, me pregunta indignada, y yo no entiendo. Pero la pregunta es retórica, así que no espera respuesta: “Cuatrocientos mil bolívares la pensión, y ya la empanada cuesta 45 mil”. Asiento con cara de problema y digo cualquier tontería. “Desde las 5 de la mañana estoy en la calle. Yo vivo acá en la Beethoven y salí a las 5 de la mañana, todavía de noche, para hacer la cola de la pensión, que la pagaban hoy en efectivo”, me cuenta, mientras yo pienso en lo demencial que es todo eso. “Y estaban ese poco de mujeres cobrando el bono del día de la mujer”. “¿El bono del día de la mujer?”, le pregunto. “Sí. De setecientos mil bolívares. Pero sólo las que tuvieran Carnet de la Patria”. Yo bufo. “Que si quería recibirlo tenía que sacarme el Carnet y hacer un juramento, me dijeron. Y allí estaban ese montón de mujeres, felices, recibiendo aquello. Casi un millón de bolívares les daban. ¿Y por qué? Porque tenían el carnet. Pero a mí…”. Y allí se detiene. Toma aire. Casi llora. “Yo soy forense. Jubilada. Trabajé toda mi vida. La pensión como forense no llega ni a cien mil bolívares. Y la del Seguro son cuatrocientos. ¿Cómo hago para vivir con 500 mil bolívares? ¿Cómo hago?”, me pregunta, de nuevo retóricamente. Pero esta vez no hay respuesta. El encargado la llama y le da la empanda. Ella la guarda en la cartera y se despide. No lo dice, pero todo apunta a que será su almuerzo. Y trabajó toda su vida.

Una bebé se ahoga en el metro

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Cof, cof. Su tos es directamente proporcional a ella: chiquita. Va en brazos de su madre, en uno de los asientos azules del metro, y tose repetidamente. Hasta que se priva. Ha botado todo el aire y cuando va a tomar más no puede. Se queda, diríase, paralizada. Y entonces comienza a cambiar de color. Todo sucede en segundos: la cara se le va poniendo roja, luego morada y finalmente azul. No cabe duda: está ahogada. La madre se desespera, y con ella todo el vagón. La levanta, le da por la espalda, la sacude y la sopla. Todo parece inútil: ya está, casi, del color del asiento. Son segundos dramáticos y apremiantes en los que todo el mundo opina y aconseja algo, pero nada parece funcionar. Suspendida en el aire, mueve desesperada piernas y brazos, mientras los ojos se le desorbitan. Es estremecedor. Hasta que de repente, pasados unos segundos eternos, suelta, más bien vomita, un poco de moco. La madre le da por la espalda y poco a poco va escupiendo cantidades considerables de moco. Todo cae en el suelo del vagón, pero a nadie le importa. Esa niña se estaba muriendo y se ha salvado. Poco a poco se difumina el azul de la cara y todos, con ella, respiramos tranquilos. Viene, entonces, la segunda parte: la de indagar. Tiene seis meses explica la madre, tiene seis meses y sufre de tosferina. Estaba hospitalizada en el JM de los Ríos, pero la salida de terapia intensiva de dos niños hizo que le pidieran la cama donde ella se encontraba y le dieran de alta sin estar del todo bien. Le mandaron un antibiótico y un broncodilatador. Consiguió el primero, pero no el segundo. Por eso tiene recurrentes episodios de ahogo como el que acabamos de presenciar. En la noche del jueves -todo esto sucede el viernes en la mañana- vivió otro parecido. De allí que vaya, en metro porque no tiene para un taxi, a llevarla de vuelta al JM de los Ríos a ver si hay algo que puedan hacer por ella, esa niña que parece tener ya más pasado que futuro, por haber nacido en la patria grande de Bolívar.