Un charco de sangre llamado revolución

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

La noche cuando mataron a Arnaldo Albornoz, yo también estaba en la calle. Venía, como él, de celebrar la vida: no en un cumpleaños, sino en una boda. El día anterior, viernes, estuve en un cumple que empezó a las 7 de la noche y terminó a las 9:30, cuando intempestivamente hubo que picar la torta porque ya había que irse. La escena fue semejante a la vivida en mi casa el lunes pasado, cuando mi madre interrumpió todo para cantarle el ‘Ay, qué noche tan preciosa’ a mi padre antes de que se hiciera más tarde. No eran todavía ni las 7. Esa noche, volviendo de llevar a mi abuela, ella comentaba sorprendida que sin ser todavía las 8 veía la calle como cuando eran las 11: vacía y oscura. Da igual: con gente y luz, a las 9 de la mañana del jueves, le metieron un tiro a un hombre en la panadería de mi casa para robarle el carro. Esa noche, en la cena, mientras yo les contaba a mis padres esto, ellos narraban cómo en el metro habían visto a un hombre armado. Al día siguiente, la conversación de la cena nos pillaría con semblante adusto: en la tarde se habían metido (segunda vez en dos meses) en el edificio donde vive mi abuela. Y todo ello sucedió apenas la semana pasada.

Si me voy un poco para atrás, para diciembre, podría contar cómo en la casa no hubo (salvo 24 y 31) ninguna cena. Que fue, sí, un montón de gente durante esos días: pero todos a almorzar y tempranito. Que las misas de navidad y de año nuevo las celebramos en la parroquia a las 8 de la noche y no a las 12 (como manda la liturgia) o a las 10 (como era tradición). Parroquia en la que, dicho sea, ahora todo son rejas y candados porque se han robado cuánta batería han encontrado, un carro un domingo, y, peor aún, asaltaron colectivamente a casi treinta personas de un grupo de oración. Si de días festivos se trata, el 31 en la mañana un motorizado robó a la hermana y a la madre de un amigo a unas tres cuadras de mi casa; y en la noche, mis tíos preguntaron sin podían quedarse, así fuera en un sofá, hasta que saliera el sol para no tener que agarrar para su casa de madrugada. Uno de los cuentos más populares de la velada fue el del amanecer de golpe de mi padre, quien ese día despertó con la mano adolorida tras haberle dado un puño al copete de la cama: estaba soñando que un ladrón los perseguía con un puñal a él y a mi madre, y él se le enfrentaba.

Estos son apenas unos retazos, unas breves pinceladas escritas al vuelo y probablemente incompletas, de lo que es vivir en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Decir que vivo aterrorizado sería una exageración impropia. Aún no llego a ese nivel. Pero sí estoy cada vez más preocupado. Por mí y los míos. Por lo que pueda ser de nosotros. Ya no por las colas, por la crisis, por la incomodidad de no tener agua o no poder comer lo que a uno le gusta. No por nada de eso, sino sencillamente por la posibilidad de tener que despedirme adelantada e intempestivamente de alguno de ellos. O de no poder siquiera despedirme. De vivir la desgracia de ver asesinado a un ser querido.

“Entonces vete”, me dirá algún educado. En otra circunstancia, discutiría. A día de hoy sólo pediría una cosa: que me ayude a llevarme a todos mis familiares y amigos. Me los llevo a toditos y les dejo aquí su país chévere. Ése que está poblado por una raza cruel y monstruosa que dice en las encuestas que es feliz, felicísima, muy pero que muy feliz, más que nadie en el mundo, chapoteando, junto con su presidente salsero, en medio de este charco de sangre que es la revolución.

Sangre en la panadería

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Estoy terminando de comer en la sala cuando una detonación interrumpe el desayuno. Le presto poca atención y sigo en lo mío. Pero por poco tiempo. El rumor de un alboroto comienza a invadirlo todo. Viene de la calle. Son gritos, son voces, son exclamaciones, es un barullo. Me asomo a la ventana pero no tengo los lentes y no veo nada claro. Mientras los busco comienzo a distinguir, de ese alboroto que ya se ha apropiado de la avenida y del  apartamento, un “¡auxilio!”, luego un “¡le dispararon, le dispararon!” y finalmente un “¡agárrenlos!”. Al asomarme, veo a dos hombres que caminan rápido y volteando. Los persigue un coro de maldiciones, imprecaciones y gritos. También un grupito de gente. Una vecina grita en el pasillo del piso que fue en la panadería. Cuando abro la puerta ya ella ha bajado. En veinte segundos me visto y en treinta estoy abajo. En la puerta, el vigilante y dos vecinos lo ven todo. Les pregunto qué pasó y dicen que no saben, que parece que algo sucedió en la panadería. “Le dispararon al portugués, a Álvaro”, dice alguien que baja corriendo. Después de tantos años viviendo allá, al dueño lo conocemos por su nombre. Si le dieron o no, o dónde le dispararon, es un misterio. “Hay sangre, allá arriba”, nos dice la conserje, que viene de allí, confirmando así que el disparo dio en alguien. Ella no sabe si fue o no en el dueño, lo que sabe es que se iban a robar la camioneta de un diplomático.

“Los atraparon a los dos. Allá abajo los tienen”, dice el indigente de nuestra cuadra, que viene subiendo. Bajo hasta la esquina, donde una multitud tiene sometidos los delincuentes. Están los empleados del supermercado, de la panadería, los bachaqueros, los malvivientes del metro y los transeúntes. A los criminales los tienen rodeados en el suelo. Los insultan y les pegan. Les dan patadas. Ellos están en posición fetal, cubriéndose la cabeza. Sorpresivamente, no son muchachitos. Más bien cincuentones de cara común. Clemencia, piden. “¿Acaso la tuviste tú cuando le metiste el tiro al señor de la panadería, mamagüevo?”, responde un hombre antes de descargarle un puntapié. “¿Piensas tú en eso cuando matas gente, asesino?”, le dice otro como prólogo de un golpe. Pena capital piden casi todos. Pero Polisucre agua la fiesta. Dos agentes llegan, se abren espacio, desarman a los delincuentes y los esposan. Los que están alrededor aprovechan para darles los últimos golpes. No se quieren parar y los agentes los cargan. En la patrulla los montan, más bien echan, como sacos de basura. “No los vayan a soltar”, les advierten a los policías. “Acaban de dispararle a un hombre allá arriba”, les informan. Ellos cierran las puertas y se los llevan. La gente lo lamenta. “Los van a soltar ahorita”, dicen todos. Alguien, presumiblemente abogado, comienza a explicar todo el proceso: que denuncia, que cargos, que testigos, que expediente, que Ministerio Público, que fiscales, que tal y que cual. “Por eso había que matarlos, porque van a salir libres ahorita”, escucho de alguien.

Subo a la panadería entre un grupo de empleados, obreros y de gente. Cada quien tiene su historia y algo de lo que enorgullecerse. Uno cuenta cómo le agarró la franela. Otro, cómo le metió el pie. El de más allá se enorgullece de las patadas que les metió con sus botas de trabajo. El de más acá saca un destornillador, dice ‘miren lo que yo tenía’, y se lamenta (y con él los otros) de haber llegado tarde. El que tenía un alicate lo muestra en público y dice que él sí pudo pegarles con eso. Entre todos hay un cierto grado de satisfacción: porque, hazañas más, hazañas menos, realidad más, realidad menos, fue la gente la que impidió que se escaparan, la que a pesar de que estaban armados corrió detrás de ellos, los detuvo, sometió y casi envió al otro mundo antes de que el dedo etéreo de la justicia los librara.

Arriba, en la panadería, que estaba cerrada por remodelación, todo se aclara: no, no era el dueño, sino un amigo suyo, “un flaquito que viene todos los días”. Sí, la camioneta tenía placa diplomática, porque él trabaja para la Embajada de Francia. Llegaron en una moto y lo sometieron. El problema es que la camioneta no prendía. No les prendía. Por más que lo intentaron. Entonces, en una de esas, lo lanzaron de ella y le dispararon. El tiro fue a quemarropa y en un costado. Por eso, dicen, no se escuchó tan duro. Los delincuentes se guardaron la pistola y empezaron a bajar por la avenida caminando. Queriendo parecer gente común. Pero los habían visto. Alguien gritó, y después de ese alguien todos. El herido se paró porque no se había dado cuenta de que lo estaba. La sangre que chorreaba fue lo que lo confirmó. Se lo llevaron en su camioneta a una clínica. En el estacionamiento de la panadería quedó un charco de ella. Esa panadería por la que paso todos los días. Panadería que cuando ganó Chávez y empezó la revolución abría hasta las 11 de la noche. Panadería que cuando el líder murió cerraba ya a las 9 PM. Que en diciembre, tiempos de Maduro, comenzó a cerrar a las 8:30. Y en la que ahora le disparan a quemarropa a la gente a las 9 de la mañana. Para quien tenga dudas, esa es la historia de la revolución.

…y Maduro vendió el sofá

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

Que los mafiosos colombianos son bastante raros fue algo que uno aprendió desde los inmemoriales tiempos en que Pablo Escobar llenó Antioquia de hipopótamos; pero que su excentricidad podía llegar a niveles surrealistas que rozaran el fetichismo fue lo que nos descubrió ayer el presidente Maduro. Porque ahora resulta que al parecer hay un grupo de mafiosos a los que les dio por coleccionar esa baratija sin valor (ni monetario ni estético) que es nuestro billete de cien, y que esa es la razón por la que estamos como estamos: porque la atracción por el billetico del Bolívar y los cardenalitos fue tan grande que los llevó a acaparar cantidades descomunales de éstos (3 mil millones de billetes, el 49,08% de ellos) y eso disparó el dólar y acabó con la economía. Son los riesgos de tener al lado a Colombia, ya se sabe: sus mafiosos excéntricos y caprichosos, que lo mismo se antojan de hipopótamos africanos o de billetes venezolanos feos y de poco valor ($0,025). Lo peor, sin embargo, fue la reacción del presidente, quien, siempre valiente, nomás descubrir la existencia de esta mafia, en lugar de combatirla, de buscar pulverizarla (con lo que le gusta esa palabra) y acabar con ella, lo que decidió fue acabar con el billete.  Vender el sofá, como en el chistecito aquel. Y ahora, en la primera quincena de diciembre, nos da 72 horas a todos los ciudadanos, como si los culpables fuéramos nosotros, para correr y deshacernos de los marrones. ¿Y los mafiosos? Intactos en su estructura, y ya prestos y dispuestos a comenzar su siguiente colección con alguna de las nuevas piezas (habrá que ver cuál los enloquece ahora) del cono monetario. Felices de la vida con ese buen aliado (diríase connacional) que tienen sentado en Miraflores, que cuando los descubre no los combate sino que pone a pasar trabajo al pueblo

“El bravo pueblo te dará una lección”

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

“Tú de pana que eres bien pasado, chamo”, me suelta Carlitos por saludo. Me lo encuentro de frente en la Plaza Los Palos Grandes y ni modo. “Ahora echándole la culpa al himno porque perdiste con tu dialoguito y Maduro se va a quedar para siempre. Igualito que cuando te daba esas pelas jugando Play. Siempre con una excusa para todo”. “Pues para no leerme nunca estás muy enterado de lo que escribo”, le respondo. Se ríe. “No te emociones que este artículo tampoco lo terminé”. “Y eso que era corto”, acoto irónico. “Pero con unas cosas en latín y sin traducción. ¿A quién se le ocurre, pana?”. Por respuesta alzo los hombros. “Sí, a ti. Pero chamo, ayúdate un poquito. Meter vainas en latín a estas alturas”. “¿No queda pavo?”. “Queda gallísimo. Cero pavo. Con eso no levantas ni un culo”. “Evidentemente no a ninguna de las brutas con las que tu andas”. “Que son las que a ti más te gustan”. Finjo demencia y busco cambiar de tema. “¿Pero por qué será que en este léxico avícola nuestro los pavos tienen mejor fama que los gallos si son unos pájaros gordos que ni vuelan y además…”. “Eh, eh, eh –me interrumpe–. No vayas a empezar con tu analizadera de palabras y con tu cosa. Los pavos son pavos, los gallos son gallos, y tú –me señala con el índice–un hablador de paja que nos metió en este peo”. “¿Yo?”, pregunto alelado. “Sí, tú. El de vamos a calmarnos, vamos a sentarnos, dialoguemos”. “¿Pero tú de pana crees que yo soy el culpable de eso?”. “Ah, no, voy a ser yo, que soy un pobre ingeniero y estaba en contra”. “Ah, no, entonces voy a ser yo, que soy un pobre periodista”. “Pero estabas a favor y lo escribiste”. “Ajá, ¿y?”. “Que convenciste a un montón de gente”. “jajajaja ojalá tuviera yo ese poder”. “Ríete, sí”. “Es que tiene cero sentido, bro. Yo escribo unos articulitos que leen veinte personas si acaso, y me vas a decir tú que convencí a medio país”. “Eso lo compartió mucha gente”. “Qué mucha gente nada”. “A cada rato aparecía en FB”. “Eso es porque eres amigo de mis papás, que se la pasan compartiendo todo”. “No man”. “Igual eso no importa. A ver. Yo no tengo ningún tipo de remordimiento. Apoyé el diálogo porque era la opción más sensata y la más viable de todas”. “Marico, viable nada. Se sabía que no iba a funcionar”. “Tanto como saberlo, no”. “Tanto como saberlo sí, yo te lo dije”. “Lo dijiste por despecho. Porque querías peo y no lo hubo”. “No, bro. Lo dije porque era evidente: que una dictadura se siente y le dé todo a una oposición pacíficamente en una mesa, esa no existe”.  “Claro, pero a ver. Yo en el fondo a lo que le apostaba era a que el gobierno quedara en evidencia, que no respondiera nada de lo acordado, y entonces El Vaticano le diera la bendición a tu tan ansiada rebelión y con él tuviéramos apoyo de toda la comunidad internacional”. “Y yo te dije, vuelvo y me repito, que eso no iba a pasar, que El Vaticano no se iba a meter en eso”. “Todavía puede hacerlo. El 6 hay reunión”. “Y entonces plantearán una reunión para enero. Y luego otra para marzo y así hasta 2018. No va a haber punto de quiebre. Y si la oposición se para de la mesa va a ser sola y sin los curas”. “Yo de pana espero que no”. “Anótelo, como todo lo que le he dicho, mi hermano. Es de lógica”. “Entonces nos jodimos”. “Entonces nos jodieron. Porque si hubieran dejado ir la marcha a Miraflores otro gallo cantaría”. “El otro gallo que cantaría es que el ‘yo te lo dije’ no lo dirías tú sino yo. Porque esa marcha no iba a tumbarlo”. “¿Cómo lo sabes?”. “De la misma manera que tú sabías lo del diálogo: por lógica simple”. “Con esa lógica simple tuya te pelaste de lleno”. “Pero es que pueblo no tumba gobierno, chamo. Había que buscar por otro lado”. “Pueblo no, pero bravo pueblo sí. Y el himno lo dice clarito: bravo pueblo. No las jevitas cagadas de la MUD”. “Bien bueno. Le salió otro defensor al himno”. “Defensor no. Pero allí dice bravo pueblo”. “Igual es otra mentira, bro: el bravo pueblo no existe. No ha existido nunca”. “Lo que no existe son dirigentes con bolas”. “Los dirigentes son reflejo de la gente. Si los dirigentes son eunucos es porque la gente es así y los quiere así. Punto”. “No todos somos así”. “Entonces manifiéstense, hagan algo”. “En eso estamos. Pero mientras los medios estén llenos de gente como tú con sus ‘vamos a calmarnos’”. “Hubieras estudiado periodismo, entonces”. “Ya bastante hambre pasé de pequeño como para seguir en eso”. “Bueno, lástima”. “Sí, lástima”. Cedo: “De todos modos estamos en el mismo barco, bro: igual de jodidos y con las mismas ganas de querer salir de esto. Estoy convencido, casi seguro, de que sin militares u otra fuerza, a base de pura gente, no van a lograr nada. Pero bien pess”.”Prepárate, porque el bravo pueblo te dará una lección, Abdalita”. “Ver para creer”.

¿Pueblo tumba gobierno?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Uno de los mitos fundacionales de esta cosa rara llamada venezolanidad, de la que uno ya no sabe si sentirse orgulloso o avergonzado, dice que fuimos arrullados desde el vientre materno con el himno nacional. Así suele comenzar siempre la explicación de nuestras virtudes colectivas: que nuestras gloriosas madres (el matriarcado siempre presente) nos dormían cantando el himno y por eso somos (…inserte aquí ese rasgo positivo). Es de un reduccionismo atroz, claro, pero dado que las explicaciones complejas, los análisis sesudos o la lógica cartesiana ya está demostrado que no funcionan para interpretarnos ni entendernos, puede, no sé, que esto sí. Por lo menos para mí, que le aposté con todo a la salida de Maduro este año, ver que llega diciembre y no solo no se ha ido sino que no se irá por lo menos hasta 2018 y eso con suerte; a mí, digo, esa es la última explicación que me queda: que todo es culpa del himno. Y no son pataleos de mal perdedor (yo, que crecí escuchando a Franco, ‘claro que sé perder, no será la primera vez’), sino la única explicación racional (sí, racional) que encuentro: en esa desgracia compuesta por Vicente Salias y musicalizada por Juan José Landaeta está la culpa de todo.

¿Por qué?

Porque canta y cuenta una mentira más grande que la catedral de Tucupita (esa improbable joya neoclásica que nadie sabe cómo fue erigida allí): que al grito libertario del pobre el gobierno tiembla (y tiembla de pavor), y que el pueblo es capaz de lanzar, de librarse, del yugo que lo oprime.

‘Bullshit’, que dirían los gringos. ‘Eso son puras mentiras’, que cantarían Los Amigos. Y como contra facta non valent argumenta recuerdo lo que aprendí en historia: Medina salió por un golpe adeco-militar; Gallegos, por un golpe militar; Pérez Jiménez, por una conjura cívico militar; CAP, que sobrevivió al Caracazo (pueblo alzado) y a dos intentonas militares, lo sacó un conciliábulo político vía TSJ; y a Chávez, tras masacrar una marcha en la tarde, lo sacaron unos militares que le pidieron la renuncia en la noche. ¿Alguno de esos yugos el pueblo lo lanzó? No. Ninguno. En el mejor de los casos, y para hacer la cosa más épica, para meterle epopeya ciudadana (esa que tanto nos gusta), colaboró. Y colaboró como las abuelas en las parrillas: con un quesillito o una torta (que lo mismo se les quedan y tampoco pasa nada, igual hay parrilla); es decir, con algo prescindible.

He tenido que vivir casi tres décadas para entenderlo. Me pasé todo el chavismo y parte del madurismo jurando que con marchas, paros guarimbas y rebeliones lo sacaríamos. Me pasé todo el chavismo y lo que va de madurismo buscando culpables, traidores, esquiroles, blandengues, malos estrategas y responsables de que no pudiéramos, siendo pueblo y mayoría, sacarlos. Pero es que yo, como los constituyentes que redactaron el 333 y el 350, fui arrullado con esa mentirosa canción. Ya no más. Hasta aquí llegó la falsedad. Se acabó el cuentico de hadas democrático. La tontería de que la soberanía reside en el pueblo. Después de ver cómo con el 80% de la población pidiendo su salida el dictador va a terminar este año, desgobernar el siguiente y cuidado si no el de arriba también, después de este golpe (solo equiparable al descubrimiento del Niño Jesús, y ni siquiera) ya lo tengo aprendido e incluso lamento ser tan conservador y poco dado a los tatuajes para no grabarlo con tinta en la piel (quedará en la mente, qué remedio): pueblo no tumba gobierno. Y narco-dictadura menos. Hace falta más. Mucho más. Otra cosa. De eso que no tenemos. Y allí, conste en texto ya que no en acta, está la gran y dura lección de este triste año, el XVII de la Revolución.

Un cubalibre por Fidel

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Conste que la idea no fue mía, pero tampoco me disgustó cuando me la propusieron: “Bebamos cubalibre: se murió Fidel”. No es que a uno le cueste mucho beber un sábado en la tarde, pero la muerte del dictador le daba a todo aquello un sentido trascendental. “¿Qué les vas a decir a tus nietos cuando te pregunten qué hiciste cuando se murió Fidel?”, fue el inapelable argumento con el que convencimos al más reacio del grupo. Y para que los nietos sepan y puedan contar en el colegio que cuando el dictador de Cuba murió sus heroicos abuelos tomaron cubalibre, nos reunimos a eso de las 5 en un pool de Chacao. Bebimos ron Linaje, pero no porque fuera añejo y de mayor factura que los otros, sino porque en esta vida nobleza obliga y su botella nigérrima (entiéndase negrísima) era la única apropiada para una conmemoración luctuosa. La Coca-Cola fue la de botellita de vidrio de las casas de festejos, con todas sus calorías y azúcares, porque era como feo andar tomando una versión light cuando quien nos congregaba era un señor que en el éxtasis de su propaganda obrera llegó a hacerse grabar con sombrero y machete cortando caña de azúcar.

No fue exactamente una celebración por su muerte (qué tontería, si murió viejo, en su ley y en su cama), mucho menos una venganza (qué mezquindad). Beber cubalibre el día de la muerte de Fidel en la Caracas bolivariana fue, sencillamente, pintarle una tremenda paloma a la realidad que nos tocó vivir. Un desafío, para que suene bonito. Porque todos los que allí estábamos, treintañeros los que más, crecimos en la revolución de la que él fue ideólogo, somos sus productos más originales, sus más genuinas víctimas, los damnificados de su expolio: profesionales que sobreviven entre múltiples carencias y sin un futuro que no pase por Maiquetía. De eso (inevitablemente) hablábamos: de las renuncias cotidianas de cada día, de lo que ya no podemos comprar, de lo que ya no podemos hacer, de cómo hasta la comida rápida se volvió un lujo, de lo lejana que luce una salida, de los malabares para conseguir efectivo, de las acrobacias para comprar comida, del funambulismo con el que hay que andar para sobrevivir al hampa, de lo solos que nos estamos quedando.

Y a pesar de todo ello, allí estábamos. Disminuidos, sí, pero no acabados. No doblegados. No adoctrinados. No embelesados. Sin llorarlo. Sin lamentarlo. Sin adularlo. Sin verlo como el héroe que no fue y que desde pequeños nos vendieron. A pesar de todo, insisto, allí estábamos. Sabiendo la clase de tirano y criminal que fue. Teniendo clarito todo su horror. Libres de su influjo, de su perversa seducción, de la fascinación que produjo en tantos. A pesar de todo, allí estábamos. Intactos. Bebiendo. Festejando. Y no por él, que se murió como nos moriremos todos; sino por nosotros, que lo sobrevivimos, que por lo menos tuvimos, hemos tenido, esa dicha: la de poder vivir en un mundo donde ya no esté él, uno de los responsables de nuestra desgracia.

Sí, Fidel. Porque tú también destruiste Venezuela, Fidel. Ayudaste a hacernos miserables, Fidel. Gracias a ti somos pobres, Fidel. Nos quitaste la posibilidad de un presente digno, Fidel. Pero no pudiste hacer que te adoráramos. Fidel. Que te idolatráramos, Fidel. Que te lloráramos, Fidel. Te moriste y tomamos cubalibre, Fidel. Con un sacrificio enorme, Fidel. Pero lo hicimos, Fidel. Hasta buena coca-cola conseguirmos, Fidel. En la paupérrima Caracas bolivariana y miserable de 2016, Fidel. Y esa fue nuestra pequeña victoria sobre ti, tu comunismo y tu revolución, Fidel.

Apocalipsis now: se disparó el dólar

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Esta penúltima semana de noviembre pasará al recuerdo como la de los dos Apocalipsis matutinos: el de San Juan y el del dólar. El primero, “ese libro de feroces prodigios y júbilos atroces”, que diría Borges, siempre adjetivando de esa forma envidiable, lo he ido escuchando todas las mañanas como primera lectura en misa (con él cierra el calendario litúrgico); mientras que del segundo he ido sabiendo en la oficina (es lo que tiene vivir a punta de SMS, llamadas y portadas de Últimas Noticias: no te enteras de nada en la calle). Es curioso esto del dólar y la oficina: al llegar, cuando abro Facebook, está a un precio; cuando la conversación del almuerzo desemboca en él (tema ineludible e inevitable) está en otro; y cuando en la tarde alguien, entre la sorpresa y el terror, lo grita, ya vuelve a estar en otro. Y siempre, claro, más alto. Más improbablemente alto. Acercándose demencialmente (amo ese adverbio) al precio que hace dos almuerzos el pesimista de la oficina dijo a modo de joda que iba a llegar a fin de año.

Fin de año.

¿Cómo será?

En eso, el Apocalipsis de Juan que oigo en las mañanas tiene una ventaja enorme. Aunque los muy fanáticos y los que no lo han leído (valga la redundancia) lo usan para aterrorizar, es un libro de esperanza, que tiene un final no solo cantado sino feliz: porque los buenos (Cristo et al) son los que ganan.

Pero Venezuela…

…Venezuela es otra cosa.

Y no es solo que pinte muy mal y que los malos lleven rato ganando, sino que, principalmente, no tiene garantía alguna de terminar bien y pronto: los países, nacidos del más puro y libre albedrío, carecen de destino manifiesto y de final escatológico. No tienen novísimos ni happy ending. No tocan fondo ni se acaban. Pueden seguir empeorando siempre.

Una cosa es el fin del mundo, de los tiempos, y otra el de la crisis en Venezuela. Y mal que les pese a los evangélicos (“esto que está pasando  está en la Biblia”), eso de pensar que el mundo se va a terminar porque Venezuela se está acabando (gerundio infinito que no conoce final), eso se llama ombliguismo, y no pasa de ser (ay, el puritanismo) soberbia colectiva.

¿Y mientras tanto qué?

Mientras tanto el dólar sube, sigue subiendo, y yo, mis compañeros, mis familiares, mis amigos, los que quedan, los que quedamos, soy, somos, cada día más pobres.

En eso se resume todo.

Qué decir de mí, que en las finanzas soy una calamidad, que en mi vida he comprado un dólar, que todo lo que tengo son bolívares, y me desperté (amanecí) con la mitad del dinero en mi cuenta. Así. La mitad. Todo se perdió en una noche. Y ni siquiera de rumba con una chama bonita, que todavía. Se perdió en una noche de semana. Acostado desde las 10. Dormido desde las 10:30. Se pulverizó.

Me levanté y tenía la mitad.

Y voy teniendo cada vez menos con cada subida del dólar.

Desde que llego a la oficina hasta que salgo, hay por lo menos tres pérdidas.

Tres mutaciones.

En la mañana el billete es de 100.

Al mediodía es de 50.

En la tarde se convierte en uno de 20.

Y al día siguiente amanece como uno de 10.

Sin yo moverme, sin yo gastarlo.

Se esfuma.

Se va.

Y con él, tantos planes y tantas cosas.

El de la amiga que contaba con vender el carro para irse y mantenerse los primeros meses; y ahora, con lo que le darán por ese carro, con suerte y se podrá ir, no digamos ya mantenerse.

Eso es la subida del dólar.

La subida del dólar es ese pana que iba a meter el carro en el taller ayer, pero lo llamaron para decirle que el repuesto, sí, lo tenían, pero que, él lo sabía, era importado, y que, bueno, ahora cuesta el doble.

La subida del dólar es ese mismo pana teniendo que escribirle a la novia para decirle que no, que se olvide de vacaciones en Choroní (planeadas desde hace dos meses) porque, bueno, el carro ya no va a entrar al taller y con suerte rodará hasta La Guaira, pero mejor ni lo intentan porque lo mismo los deja botados por allá.

La subida del dólar es la cara consternada de las primitas recibiendo medias rosadas porque los juguetes, que ya estaban inalcanzables, ahora pasaron a inaccesibles.

La subida del dólar es seguir entrando a esos bodegones made in la corrupción revolucionaria y ver con ojos de Tiffany’s esas cochinadas de tercera (chocolates de Turquía, desodorante de Nigeria, arroz de Tailandia) que importan a dólar preferencial y venden a precios de primera.

La subida del dólar es esa chuchería importada que me iba a comprar por Navidad y ahora ya no puedo.

Es decirle adiós al aceite de oliva.

Es seguirme despidiendo de esos libros que no llegarán y que si lo hacen no podré comprar.

Es seguir hundiéndose en ese pozo sin fondo llamado miseria.

Es, en definitiva, ese Apocalipsis incompleto de los fanáticos, que, bien lo saben los que pasan por Chacaito, a-te-rra.

Una triste historia del barrio

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Sucedió cuando era feliz, próspero y todavía andaba encamionetado (de camioneticas, se entiende). De las últimas historias que me quedaron de aquellos días de ir sentado y viendo Caracas por la ventana. Francisco de Miranda a la altura de Altamira. Dos mujeres se montan a pedir. Un motivo poco frecuente, pero no original: anoche (o antiernoche, da igual), mataron al pariente, amigo, hermano o lo que fuera, y no tienen con qué enterrarlo. Para el mediodía necesitan 10.000 BsF por ese pecho y a bajarnos todos de la mula, que el cadáver no espera y la solidaridad es lo que nos distingue. No en ese tono ni de esa manera, pero casi. Cuando se bajan, inunda la camioneta un murmullo desaprobatorio: que qué mentira, que cómo juegan con la gente, que cómo inventan. La mujer que tengo al lado, en la frontera entre el fin de la adultez y el comienzo de la vejez, se queja es de la poca vergüenza que tienen. “A nosotros nos pasó eso la semana pasada”, me dice, y comienza a contarme una historia de su barrio: a un muchacho de 19 años que vendía bombas (“de esas que son de comida”, aclara, cuando ve mi cara de alelado que se imagina a un improbable tarajallo de 19 con un montón de globos de colores) lo mataron regresando a la casa y la familia no tenía con qué enterrarlo. “Mire, cuando yo llegué a la sala donde lo estaban velando, eso daba dolor: no tenía nada, ni unas flores, ni una cruz, nada. Pero la familia no quiso que saliéramos a pedir; pasar esa pena no”, dice orgullosa. Entonces, me cuenta, fue a su casa y de su propia cosecha le hizo un ramo. “Tomé unas flores rojas de un matero que yo tengo, y le hice un ramo bello. Sencillo, claro. Pero esas flores le quedaban de un bonitas. Fue lo único con lo que lo enterraron”. A mí, que estas cosas me emocionan y ya tenía en mi mente la sala paupérrima, las paredes de ladrillo y cemento, el techo de zinc, el ataúd solo, que veía toda esa pobreza y todo ese dolor, y en medio las flores que debieron ser blancas pero fueron rojas y quedaban de un bonitas, no me daban sino ganas de abrazarla y darle las gracias por devolverme la fe en la humanidad. Pero me contuve. Más pudo el señor de Los Palos Grandes que llevo dentro, así que empecé a hablarle del horror de la inseguridad y de que muera gente de 19 años. Cuando terminé mi arenga, me soltó algo horrible: “Ay, señor, ¿qué le puedo decir yo, que tenía mi hijo de 9 años y me lo mataron?”. Largo silencio. “¿Y cómo fue?”, le pregunto, le atino a preguntar, fuera de base y con más ganas de abrazarla que antes. “En un enfrentamiento. Vino un malandro, Cara’e perro lo llamaban, y lo agarró como escudo. Y me lo mataron. Nueve añitos, señor”. Y en ese señor se nos va la vida. Ella lo denunció en los tribunales (“lo hice por mi hijo”), y por alguna carambola de la suerte o del destino cayó preso  (“era malo, ya tenía más de 100 muertos encima”). Así, hasta que un día prendió el televisor. Estaba Chávez en pantalla. Había cadena. Y detrás (o al lado) del presidente, Cara’e perro, todo un “buenlandro” (así les decía el difunto) próximo a ser indultado. “A mí me entró una tembladera”, recordaba. “Lo soltaron ahí mismo. Fue de los primeros en salir con ese indulto”. Con sus más de 100 muertos encima, Cara’e perro volvió al barrio a seguir haciendo lo que sabía: matar. No se regeneró ni se hizo bueno. A Irma no la buscó (“yo tenía miedo”), pero sí se encontraron: fue en otro entierro (de entierro en entierro transcurre la vida en el barrio). “Yo no quería ni verle la cara. Ya no era miedo. Es que me dolía mi hijo”. Un primo de la Guardia Nacional estaba allí y le ofreció llevárselo. Ella, que no quería más sangre, dijo que no. Tampoco hizo falta. A los dos días su teléfono repicó y repicó y repicó con vecinas alborozadas que la llamaban para darle una buena nueva: se hizo justicia con tu hijo, mataron a Cara’e perro. “El teléfono no paró de sonar. Todas me llamaban para felicitarme”, recuerda. ¿Qué sintió? “Alivio. Un alivio enorme. Al final la justicia llegó”. Y en esa justicia, ella, desencantada de la de los hombres, que conoció (y padeció) la revolucionaria, es en la única que confía. “Porque tarda, pero llega. Aunque no me pueda devolver a mi hijo, que tenía apenas nueve añitos, señor, y no pudo conocer nada”.

El estadio era una fiesta

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cuando hace ya dos martes vi el batazo del Cafecito Martínez saliendo del parque para convertirse en grand-slam, mi único consuelo, aparte de la cerveza que tenía en la mano, era la soledad de gradas y tribunas. ‘A fin de cuentas, Abdalita, de esta masacre seremos pocos los testigos’, me dije. No sabía que ese triste primer inning entraría en el libro de los records por ser aquel en el que más carreras se anotaron -12 en total-, pero tenía una certeza: que se enterarían muchos y lo recordaríamos pocos; porque pocos, poquísimos, éramos los que estábamos en el Universitario esa noche de promoción, en la que estando las entradas en 2×1 (malabares desesperados de una gerencia en crisis), no había ni medio estadio lleno.

La vista era, si no idéntica, sí muy parecida a la que tenía cuando iba con papá a los juegos y salíamos de casa tres horas antes (“vamos tardísimo”), para terminar llegando al estadio dos horas y media antes (“como que no llegamos tan tarde”), y sentarnos en la tribuna dos horas y quince minutos antes (“¿viste? Uno llega temprano y no tiene que hacer cola”) a ver las prácticas de bateo, si es que éstas habían comenzado porque veces hubo (la puntualidad exagerada tiene estas cosas) en las que llegamos (solos nosotros y los periodistas) incluso antes de que empezaran.

Pues así estaban el terreno de juego y las tribunas, como en una práctica de bateo: palo y palo, y nadie en el estadio. Si hubiera estado papá sentado allí, hasta hubiera dudado de qué era lo que realmente estaba pasando. Pero como no estaba, a mí no me cabía la menor duda: era un Caracas-La Guaira (¡la segunda gran rivalidad después del Caracas-Magallanes!), con entradas 2×1 (¡2×1!), pero, claro, en medio de una crisis económica tan brutal como la del pitcheo caraquista.

Una crisis que logró lo que parecía imposible: vaciar El Universitario. Y no, no cayó el gobierno como solían vaticinar algunos pronosticadores chimbos (“esto caerá cuando se acabe el béisbol”), quienes ahora, tras su enésimo fracaso (ya habían pronosticado lo mismo con la cerveza, las telenovelas, los caballos, las caraotas y pare usted de contar) a ver con qué disparate saldrán.

Aparte de las tribunas, donde más se hace evidente el vacío es en el baño de caballeros, ése en el que antes, aparte de la vejiga, solíamos vaciar todas las frustraciones peloteriles, y uno de los pocos en el que los hombres nos permitíamos socializar: había cola, cerveza de por medio y algo de qué hablar. Como en el ágora de las polis griegas, allí se voceaban los análisis más sesudos del juego, se condenaban en juicios sumarios y populares (con esa saña que solo tiene el fanático) a mánagers y peloteros, se ventilaban los intríngulis de cada equipo e incluso se adelantaba una que otra exclusiva sobre un futuro cambio, la ida de un jugador o la llegada de algún importado. Era un paraíso para los periodistas: nunca se salía con menos información de la que se entraba. Pero ya ni quorum ni cola hay para eso. La ida al baño pasó a ser un mero trámite fisiológico, sin nada ya de sociológico.

Lo único medianamente reconocible era la samba de La Guaira, esos violinistas de Titanic. Ellos, que son la encarnación de al mal tiempo buena cara, la banda sonora del optimismo más irracional, que llevan años, la vida entera, tocando en medio de las debacles, hecatombes y calamidades que han sido las últimas tres décadas de Tiburones (ni un titulito, vale), no hacían sino lo de siempre, el oficio que tienen aprendido de memoria: ponerle música al fracaso.

Sí, fracaso; que no otra cosa es ese estadio vacío: la metáfora y la denuncia del estrepitoso fracaso de una revolución que prometió hacerse para el pueblo y terminó por empobrecerlo hasta volverle un lujo inaccesible la pelota. Una revolución que vive de la pantalla y que sólo por mantener la imagen de normalidad le suelta $12 millones a la Liga de Béisbol para que se juegue un campeonato fantasma que apenas unos pocos pueden disfrutar.

Al principio dije que ver el estadio vacío era un consuelo. Consuelo de tonto, como el del refrán. Ironía de mal perdedor. De Caraquista fastidiado. Ese estadio vacío, que en otra época era una fiesta, ahora es un escalofrío.

Adiós a la camionetica

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Fue tras uno de esos retrasos graves que obliga a los operadores a aconsejarnos “a los señores usuarios” que usemos transporte superficial, cuando descubrí que había una ruta de autobuses para ir a la oficina. ‘Después de cinco años de universidad y tres de trabajo, ya es momento, Abdalita, de que te des un gusto en esta vida, de que te permitas un lujo’, me dije, dispuesto a dejar definitivamente el metro y cambiarlo por la camionetica. Entiéndanme y no me juzguen, por favor, que yo he crecido en socialismo y mis opciones nunca han sido muchas: llevaba casi diez años recorriendo Caracas bajo tierra, toda mi luz era blanca y artificial, por paisaje solo tenía los afiches, vallas y propagandas socialistas, los slogans (“estamos tomando medidas”, ese gerundio eterno que venía acompañado de una regla amarilla) me los sabía de memoria, las gaiticas institucionales (“el metro es / la gran solución”) ya las tarareaba inconscientemente, Maldonado se había convertido en mi Pastor y Magglio en su profeta, el 90% de las veces iba de pie (el metro ya es una hora pico constante) y apretujado, soportando los humores, olores y hedores de esta Caracas revolucionaria en la que se acabó el desodorante (es un bien escaso, suntuario y lujoso); y nada, que así estaban las cosas cuando la oportunidad de ir sentado y viendo por la ventana se apareció cual oasis paradisíaco en mi desértica vida de peatón.

Lo primero que descubrí es que existían tres rutas para ir al trabajo, y las comencé a usar a conveniencia: cuando tenía sueño agarraba la de la UCV (la ruta más larga), que me permitía echar un camarón de entre 30 y 40 minutos, tras el cual siempre despertaba (misterios de la ciencia) una cuadra antes de donde me tenía que bajar, igual elección hacía si tenía un libro muy bueno en las manos y quería seguir leyendo: la ruta larga; para casos de una ligera siesta o de un libro regular, agarraba la de El Valle (más corta); y si iba activo o apurado, la de Bello Monte. Aprendí que el sol en la mañana pega del lado derecho, por lo que siempre tenía que buscar puesto en el izquierdo;  que la cocina (los últimos puestos) cuando es alta resulta especialmente confortable; que hay un puesto solitario al lado del chofer, cuya exclusividad parte de una obligación un tanto fastidiosa: la de hablarle; que hay un código de colores en los letreros, que es el que indica la ruta; y, sobre todo, la existencia de una locución mágica más poderosa que el ábrete sésamo de los cuentos de Alí Babá: “en la parada”.

Si la hipocresía es el homenaje que el vicio le rinde a la virtud, “en la parada” es el homenaje que en el tercer mundo le rendimos al primero: porque la parada, sencillamente, no existe; la parada es lo que el pasajero necesite y el conductor pueda y quiera; la parada puede ser una esquina, puede ser la mitad de una calle, puede ser un cruce, puede ser una redoma, puede ser un puente, puede ser cualquier cosa, puede ser lo que sea. Y eso, paradojas de la vida, hace que nuestro transporte público, de tan anárquico, sea fantástico: porque es el único que te deja exactamente donde necesitas, y eso no lo hay en ninguna otra parte del mundo.

Total que así pasé un año idílico: viendo por la ventana, leyendo y durmiendo. Claro que no todo era perfecto: muchas veces tenía que escuchar ‘Full Chola’ y otras tantas vallenato, pero alguna noche me descubrí en algún local de Caracas sabiéndome canciones que nadie conocía y yo tenía rato oyendo en la camionetica. No fueron la banda sonora, ni las colas, ni los hipotéticos ladrones a los que les tenía siempre mi teléfono preparado para entregárselo cuando me lo pidieran pero que nunca aparecieron; no fue nada de eso lo que puso fin a tan bella relación. Fue, como en las comedias románticas inglesas del XVIII, el dinero, damned money. ¿Qué quieren que les diga? Comencé pagando 20 bolívares de pasaje, ya va por 80 y en diciembre sube a 100. El metro cuesta 4. Con un viaje en camionetica pago 20 en metro; y si no hay fortuna que aguante un despilfarro, mucho menos un quince-y-último bolivariano. Total, que vivir en revolución es esto: ser profesional, tener 8 años trabajando (comencé a hacerlo en segundo semestre de la carrera) y no poder pagar ni un carrito.