El asesinato de los valores

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_ch 

A Evio di Marzo lo asesinaron, como a Óscar Pérez, Mónica Spear, los hermanos Faddoul y a muchos más. El hampa no sólo le quita la vida a miles de venezolanos, sino que también nos deshumaniza. Pese a lo frecuente de la noticia, un asesinato jamás debe ser pasado por alto. Según un informe publicado por InSight Crime en enero, Venezuela es el país latinoamericano con más muertes violentas: 89 por cada 100 mil habitantes. El entonces integrante de Adrenalina Caribe y hermano de Yordano di Marzo transitaba por Bellas Artes cuando antisociales lo interceptaron para robarle el carro la noche del 28 de mayo. Su pecado fue resistirse. Su sentencia, una bala que se incrustó en el intercostal izquierdo, según reportó el periodista Román Camacho. El asesinato de Evio no sólo refleja una vez más como la inseguridad no es una sensación, sino que también demuestra como el chavismo nos cambió: antes de lamentar una muerte violenta, primero se rastrea si el implicado simpatizaba o no con la revolución. La muerte de uno de los seguidores del único inmortal que se murió hay quienes la celebran en redes sociales: “Votó… y la delincuencia imaginaria y creada por la oposición lo mató. Que Dios le perdone sus pecados”; “Así irá muriendo cada uno de ellos. El diablo necesita almas malignas, ya que el que apoye este gobierno no es de alma buena ni de mente sana”; “Karma para los chavistas”. Que el régimen haya sido capaz de condenarnos a una crisis sin precedentes es una realidad que como ciudadanos no podemos cambiar, pero que también nos deshumanice y nos haga perder el vestigio de una sociedad con valores, es una derrota que tardará más de un periodo de gobierno para recuperarse.

La abstención y el cáncer

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Dice un twittero anónimo y furibundo que la abstención “es como si alguien tiene cáncer y no se hace radioterapias y quimioterapias porque de todos modos morirá”; a lo que habría que responder, siguiendo su misma lógica y sintaxis, que ir a votar el domingo es como si alguien tiene cáncer y decide tomar agua de hojas de mango porque tiene fe en que así se curará. Pero no entremos en eso todavía. Vamos primero a lo fundamental de la metáfora: que tenemos cáncer, uno bastante devastador y agresivo llamado dictadura, que está acabando violentamente con nosotros. El diagnóstico llega tarde (tardísimo) y el daño es tremendo. Pasamos (perdimos) años preciosos dando tumbos sin aciertos con políticos (curanderos) que diagnosticaban (y trataban) como una ‘democracia sui géneris’, un ‘autoritarismo caribeño’, un ‘caudillismo tropical’ o una ‘dictablanda’ a lo que no era ni ha dejado de ser una dictadura. Pero ya hay diagnóstico certero, y es terrible. ¿Qué se hace entonces? Buscar la cura, de haberla. Y aplicarla, de tenerla a nuestro alcance. Y he allí el detalle de lo que nos pasa: que en este momento la cura no está a nuestro alcance. Es triste escribirlo y más duro aceptarlo. Pero la vida es así y no la he inventado yo, que diría el salsero. Sin embargo, hay que ser honesto. Y más uno que es periodista. El oficio obliga. Y entre la mentira que te haga feliz o la verdad que te amargue la vida, la alternativa no es la de Arjona. Entre el simulacro de elección que parodia una democracia que no existe o la aceptación lúcida de que se está en una dictadura en la que no hay cambio posible por la vía electoral, lo sano es lo segundo. ¿Es eso dejarse morir y negarse a la quimioterapia? No. Es decirle al curandero que no gracias, que por favor deje de jugar con nosotros, que lo que tenemos se llama cáncer y no se cura hirviendo hojas de mango, sino con algo llamado quimio y radioterapia, a veces con cirugía, y que si bien ahorita no hay médico, clínica, ni seguro que lo aplique, ya veremos cómo hacemos para encontrarlo, esperando no morir en el intento.

¿Debe pasar algo el 21M?

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Es tan predecible que hasta da fastidio escribir sobre eso. Pero es necesario. Porque en una semana estaremos en el día después, que será día de reproches. Ahí estarán Falcón y Francisquito Rodríguez en rueda de prensa con corresponsales extranjeros, lamentándose por la oportunidad histórica perdida, descartando la pregunta del fraude y culpando por entero a la abstención, porque ‘si la gente no votó, ¿qué vamos nosotros a poder reclamar nada?’. Allí estarán en las redes Carlos Raúl y Mires, Zeus tronantes los dos, botando rayos contra todos aquellos (‘¡bravo campeones!’) que no votamos y permitimos la reelección del dictador. Saldrá Luis Vicente cambiando su ‘sí pero no’ de los días anteriores por un ‘no pero sí’ e intentando sembrar la duda de ‘¿qué hubiera pasado si…?’. Y ante el hecho incontrovertible de que todo siguió igual y no pasó nada, entonces algunos vacilarán y comenzarán a replantearse lo que hicieron y si de verdad no fue un error abstenerse. Y no. No lo es ahorita ni lo será en una semana. El error, el verdadero, está en esperar que en una parodia de elecciones suceda algo que no sea la reelección del dictador. En esa esperanza falsa, en ese supuesto errado, es donde se funda la falacia con la que los sabios de Falcón buscarán azotar el próximo lunes a los que no votamos: en que ese día debía pasar algo. Y nada más falso. Estamos en dictadura y sólo pasará algo cuando un actor de mayor fuerza le quite el poder. ¿Somos los ciudadanos ese actor de mayor fuerza que puede hacerlo? No. ¿Son unas elecciones organizadas por la dictadura, bajo sus propias reglas y control, el medio para hacerlo? Tampoco. ¿Debería entonces pasar algo el 21M? Definitivamente no. Es y será, sencillamente, un día más en dictadura: miserable, pobre e infame.

Los cuentos de Henri

Lo más entretenido de esta campaña anodina ha sido descubrir el insospechado talento de Henri Falcón para la fábula y el thriller político, que lo pondría, si tuviera buena prosa, cosa que no sabemos pero que tampoco parece, a la altura de los mejores guionistas de series. A aquella primera historia según la cual Henri sería la torre con la que el chavismo haría un enroque para salvar a su rey en jaque y dejar el poder sin dejarlo, y en la que Henri por lo menos ganaba las elecciones, le ha seguido ahora otra en la que el pobre llega -y de milagro- a vicepresidente de Maduro, con una votación de 40%. La contó -o escribió- ayer ‘El País’, y la cosa es así: Falcón se reunió con diplomáticos europeos la semana pasada para decirles que la jugada está lista, fue armada por Zapatero y consiste en que, luego de ganar, Maduro lo llamará a ser parte del gabinete, armará un gobierno amplio y de reconciliación nacional del que saldrá un plan económico de recuperación de Venezuela -liderado, cómo no, por Francisquito Rodríguez, que será el garante de que se paguen esos bonos vencidos que milagrosamente los tenedores aún no han reclamado en tribunales- y que por ello lo mejor que pueden hacer los diplomáticos es, entonces, reconocer los resultados. Por sentido común uno sabe que todo es mentira y que nada de ello tiene asidero en la realidad. La duda, sin embargo, estriba en el fin de Henri: si inventa sus ficciones para que le lleguen al chavismo y las considere -nada descartable-, o, si por el contrario, lo hace con la venia de éste para entusiasmar a los desesperados. Difícil de discernir, en verdad. Lo cierto es que a medida que pasan los días el propio Henri se rebaja en sus cuentos -de presidente ha pasado a vicepresidente y no se descarta que en el de la semana que viene sea ya apenas Ministro de Educación o cosa semejante- lo que da una idea de sus propias esperanzas en la “victoria”: ninguna, como se corresponde a quien actúa como peón de una dictadura; papel que, cosa reveladora, es el que invariablemente representa en sus improbables cuentos de campaña.

Y ahora, ¿de qué hablamos?

Por: Juan Pablo Chourio | @JuanPa_Ch

La cadena de WhatsApp con precios actualizados, la mujer en supermercado que repite “¿hasta dónde vamos a llegar?”, otro aumento del salario mínimo. Son varios de los muchos ingredientes del cóctel de sinsabores que inundan una opinión pública que no tiene otro tema de conversación: “la vaina está pelúa”. La crisis no sólo inunda las calles de miseria, también sofoca mentes: la posibilidad de tener una vida paralela –normalita– es una misión solamente apta para quienes tienen la capacidad de aislarse en una burbuja blindada y, aun así, siempre llegará la sirena que anuncia que subió el dólar. Y es que una de las más dolorosas cicatrices que ha dejado la dictadura es la saturación de la mente del venezolano, que ya no sabe en qué pensar para escapar de las preocupaciones del día a día. Ni el beisbol ni el Miss Venezuela, tampoco la fiesta del sábado, mucho menos la Navidad lograron escapar a los dolorosos y bien conocidos: “¿en dónde conseguiste eso?”, “todo el día dando vueltas y no consigo el antibiótico”, “viste que mataron a fulanito”. Frases lapidarias que dejaron desde hace tiempo de ser noticias, pero que se repiten -una y otra vez- en una población que parece no tener más nada de qué hablar.

Échame un chiste

Por: Anibal Pedrique | @pedriqueanibal

Hoy se celebra el Día Internacional del Humor. Y nosotros sí que sabemos de eso, no solo por el carácter alegre que nos caracteriza, ni tampoco por los cómicos que –con la ridiculización de la cotidianidad– amasan miles seguidores en instagram, sino, especialmente, gracias al Gobierno de los últimos 20 años. En Venezuela las bromas son en serio. Aquí suceden una gran cantidad de hechos que para países con estado de derecho serían chistes, muy crueles, dados por un comediante que no haría reír a quien sabe de DD.HH.

El narcisismo de Chávez, por ejemplo, una vez les causó gracia a los europeos al ver cómo el mandatario ingresaba a la sede de la III Cumbre de las Américas con un séquito exagerado de 198 personas, “¿se trataba de un Presidente o de Napoleón Bonaparte?”, le preguntaron entre risas a Andrés Oppenheimer, que relató la anécdota. También se cuenta y no se cree que el café, la leche en polvo o la harina de trigo sean vendidos en bolsas en gramos, ya que adquirirlos por kilo es imposible para muchos; o que sean sorteados, dado que nunca hay suficientes para todos. Otro mal chiste es que para comprar pañales se tenga que llevar la partida de nacimiento del bebé. Más insólito aún es tener ahora monedas paralelas como ‘Elorza’, en Apure, o ‘Caribe’, emitida por la Alcaldía Libertador, en Caracas. Que la tumba de Hugo Chávez sirviera como mesa de reunión para el Consejo de Ministros es buen material para un stand up comedy, de esos que entretienen en Miami. Aunque también sirven declaraciones como que los chavistas son los nuevos judíos del siglo XXI que derrotarán a los nuevos nazis; o  la feminización de palabras por parte de Maduro, que le produce carcajadas a alguna señora en El Cafetal o en Catia; “reír para no llorar”, dirá.

Actualmente se ríe pero también se llora, y lo primero porque en algún momento ya las lágrimas no salen o se acaban. Los líderes populistas dan más circo que pan y con su shows de guerras inventadas distraen. Así como éstos, hay más chistes que con el estómago vacío o el cuerpo enfermo difícilmente podrán hacer sonreír. Hoy los únicos que se ríen de esta tragedia son los que enriquecen con ella.

La lección maestra de Abreu

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

A propósito de algunos reproches, los hagiógrafos de San José Antonio Abreu –santo súbito en ‘El Universal’ y ‘Últimas Noticias’, venerable en los otros periódicos, místico según el P. Numa, desconocido en la tele y sólo criticado en las redes– han zanjado el asunto de su pública y notoria cercanía con el chavismo diciendo que aquello era apenas pose y disimulo, un tributo más bien desagradable que el Maestro (siempre mayúscula, las cosas como son) se veía obligado a pagar repetidamente para garantizar la existencia de El Sistema. Los más devotos se han aventurado a explicar que se trataba de una jugada astuta de Abreu, que dejándose usar, usaba. De modo que, al parecer, estábamos ante un fuera de serie no sólo de la música sino también la política, un auténtico discípulo de Fouché, un geniecito tenebroso (Zweigs dixit), cuya máxima, quién lo diría, sería aquella que, no sin malicia, Savonarola le atribuyó a Maquiavelo: el fin (la supervivencia de El Sistema) justifica los medios (convertirlo en la banda sonora de la dictadura). ¿Bueno o malo? A juicio del facultativo. No seré yo quien dicte el veredicto moral o se rasgue las vestiduras. Pero sí quien ponga el punto y la tilde sobre la íes de ironía, que es la palabra para resumirlo todo. Porque, como nos informó Globovisión, “el José…eh…de Abreu…eh…se murió” y no había terminado el novenario cuando El Sistema pasó  a manos de Nicolasito ‘ha-fallecido-gente-viva’ Maduro y de Delcy ‘rencor-eterno’ Rodríguez, a saber cuál más ignaro y destructivo que el otro. ¿Y de qué sirvieron la cerviz doblada, la sonrisita babeada, el disimulo, y el elogio zalamero? ¡De nada! Al final, el chavismo igual se lo terminó quedando. El Maestro no vivió para verlo (consuelo egoísta) pero murió en inevitable estado de sospecha, una verdadera pena para un hombre de su talento. Sin embargo, no todo fue en vano: nos dejó una gran lección. Gracias a él aprendimos que las dictaduras tarde o temprano arrebatan, y que por ello tributarles la dignidad en función de sobrevivir siempre será mal negocio: porque la sobrevivencia es efímera y mudable, y la dignidad, como la fama, eterna e irrecuperable.

Las pocetas de Miami

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Curiosa reacción la del presidente obrero que nunca trabajó, que se escandalizó de que hubiera venezolanos lavando pocetas en Miami, pero no dijo ni pío de aquellos que las rellenan. Ahora que está en plan de indignado gringo, ya hubiera podido Nicolás hablar con el mismo asquito de la cantidad –cada vez menor gracias a la justicia norteamericana, pero todavía cantidad– de boliburgueses y cadiveros que exhiben allá todo el dinero fácil que hicieron (robaron) aquí. Vaya si hubiera podido decir algo de los ex funcionarios chavistas, a muchos de los cuales él conoció, que luego de disfrutar por años de los privilegios del poder bolivariano, decidieron, en un acto de absoluta incoherencia, irse a al denostado imperio. Tal vez hubiera podido hablar de los empresarios privados que, sabiendo muy bien lo que hacían, le compraron al Estado, a principios de la década pasada y en bolívares baratos, una deuda sin sentido que luego cobraron en dólares caros, los cuales sacaron fuera de Venezuela –más de 320 mil millones de verdes, según Ecoanalítica– y de los que ahora, tranquilazos, viven. Quizás, con su ánimo sindicalista, hubiera podido denunciar a esos nuevos empresarios venezolanos que han montado sede en Miami pero que tienen a todo su personal en Caracas y le pagan mensualmente $20 o $30, y eso cuando son generosos. Por escandalizarse de cosas verdaderamente graves, lo hubiera podido hacer de aquellos compatriotas presos en EE.UU. por traficar cocaína. Pero todo habría sido escupir para arriba: los boliburgueses y cadiveros se forraron haciendo negocios con la revolución; los ex funcionarios chavistas lo acusan a él de haber permitido lo que Chávez no; el sistema de compra de deuda con el que se lucraron los empresarios privados lo montó la revolución para tener bolívares líquidos que regalar con demagogia; la mano de obra venezolana es hoy baratísima porque él la empobreció; y dos de los narcos presos tienen el apellido Flores, que no por casualidad es el de su señora. Son ellos los que rellenan las pocetas de Miami. Esas que, con su trabajo honesto, miles de venezolanos decentes se encargan de limpiar. Por más asquito que le den a Nicolás.

Los ‘encuestólogos’ y la náusea.

Era más que previsible: ya los encuestólogos se han montado en el carro de Henri y han comenzado a proclamar a los cuatro vientos y a los siete mares sus numeritos y proyecciones, que le dan una ventaja aplastante al Felón de Lara sobre el Cucuteño de Miraflores; no tanto, dicho sea, por los improbables méritos de Henri como por el inmenso rechazo que genera el hambreador Nicolás, salvedad que ellos no hacen porque estamos en campaña y todo el esfuerzo marketero está orientado a fabricar un inesperado fenómeno electoral de concertación que justifique esa ilusa victoria que un ala del chavismo le prometió a Felón y a los suyos, y que ellos (pobrecitos) se han creído. Y ahí están los encuestadores aportando su granito. Y si solo fuera eso, si se limitaran a dar números omitiendo deliberadamente el contexto que les da sentido, uno, bueno, los vería con cierta indulgencia: la hiperinflación aprieta y los dólares (o dolaritos, porque tampoco son tantos) en los que cobran sus estudios son más necesarios que nunca en esos hogares. Vale. Todos comprendemos. El problema viene cuando se ponen el turbante de gurús (ese por el que merecen el despectivo de ‘encuestólogos’) y pretenden, sabios ellos, señalar el camino y dar lecciones. “No hay fraude que pueda con eso”, lanzó uno en twitter hace poco para decir que si todo el mundo vota no habrá modo de que Henri no gane. ‘Aún con fraude, Henri puede ganar’, aventuró otro en un conversatorio privado. Y allí es donde a uno le comienzan las arcadas. ¿Hasta cuándo esa venta fraudulenta de esperanza artificial? ¿Hasta cuándo tanta charlatanería? Digan la verdad: el fraude no desaparecerá cuando voten millones sino cuando cambien el árbitro y las condiciones, y si el Felón “gana” -es decir: si lo ponen a ganar- no será porque es un fenómeno electoral sin parangón que logró conectar y concertar con toda Venezuela sino porque le convino a la dictadura con la que pactó. Si no están dispuestos a decirlo, si eso les tumba el negocio, entonces limítense a publicar sus números y ya. Pero por favor: quiéranse un poquito y ahórrennos las náuseas.

El plan maestro de H. Felón

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Para mimar su felonía, el entorno íntimo de Henri se ha inventado una historia que no por inverosímil deja de ser reveladora. La candidatura de Felón, dicen ellos, no es sino parte de un plan maestro para salvar a Venezuela. Un plan que consiste, siempre según sus más cercanos apologetas (que andan reuniéndose con medio mundo a echarle el cuento), en una salida pacífica y concertada de la crisis. Los tipos cultos de la revolución (Poleo dixit) saben que su tiempo ha pasado, que tienen el agua al cuello, y que desalojar se hace inminente. Y quieren, claro, hacerlo por las buenas: entregando el poder en una elección para salir así como demócratas. Como es lógico, argumentan, no pueden entregarle la presidencia a Capriles, Leopoldo o a cualquiera de sus eternos antagonistas. ¡No! Tiene que ser un hombre de perfil moderado, que pueda concertar simpatías en los dos bandos, garantizar un poco de comprensión y tolerancia (impunidad es la verdadera palabra) y que no polarice más al país. Y allí, explican con ojos de listillos, aparece la figura de Henri, que viene del chavismo, no ha sido nunca radical y tiene puentes tendidos con todo el mundo, papa Francisco incluido. Por eso, aclaran, y no por un acto de traición como tanto se ha dicho, es que Henri ha tomado la difícil decisión de lanzarse, sabiendo que se le vendría encima un rechazo tremendo pero con la certeza de que sólo así salvará a Venezuela. Y por eso, bueno, es que te buscamos para que sepas cómo son en verdad las cosas y colabores con la única salida pacífica y concertada que le queda al país. Con ese cuento –que no pasa de ser eso, un cuento– han ido convenciendo a unos cuantos desesperados. No así a este cronista, que independientemente de si la historia es real o no –entiéndase: si de verdad los “cultos” de chavismo buscaron a estos tontos para prometerles algo que no van a cumplir–, no deja de ver en ella una confirmación escandalosa: que la de Henri Felón es siempre, hasta en esta favorable versión de los suyos, una candidatura pactada con la dictadura.