Bolívar y los Súper Próceres

Por: Diego Alejandro Torres | @sr_mowgli

Mi primo se está graduando del colegio Simón Bolívar. Él quiere estudiar Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar. Tiene interés en eso porque su papá trabajó en el Satélite Simón Bolívar y su mamá en la Planta Simón Bolívar. No obstante, también le gusta la música, pues él toca en la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, y se ha presentado en importantes sitios como El Teatro Simón Bolívar. Para aclarar sus ideas, hoy vamos a tener una conversación en la Plaza Bolívar (no la del Hatillo, ni la de Sucre, ni la de Baruta, ni la de Libertador, será en la de Chacao) y nos iremos caminando hasta el Parque Simón Bolívar… Cielos, eso es difícil de procesar.

Creo que cualquier persona que viva en Venezuela conocerá esa cualidad, un tanto desesperante, de que cualquier cosa puede llevar el nombre “Simón Bolívar”. Tenemos miles de plazas, una universidad, varias escuelas, centros culturales, un satélite, y un sinfín de instituciones. Además, por si fuera poco, hay una enorme abundancia de estatuas neoclásicas con su figura que tienden a estar en las plazas –unas en forma de bustos, otras ecuestres y otras de cuerpo completo-, siempre para recordarnos su gloria. Y no basta con eso, sino que también, para colmo, tenemos su imagen en toda la propaganda oficial del gobierno, con su supuesto rostro que ahora está en todas partes. Parece que al pobre Libertador no lo dejan descansar en paz.

Y no solo está en el caso de Bolívar, es algo que uno puede encontrar en menor medida con los demás próceres: Miranda, Sucre, Mariño, etc. Sé que es un fenómeno que también se da en el resto de Latinoamérica, aunque sinceramente ignoro si con la misma intensidad. Parece casi una necesidad, es como si hubiera una ansiedad que convirtiera en requisito hacer ese culto a los próceres.

En mi opinión, eso es algo que debemos superar. Está bien la pretensión de la conciencia histórica, pero creo que esto llega a la idolatría. Una presencia tan constante los convierte en dioses, lo cual dificulta una visión objetiva del pasado. E inclusive, se le ha distorsionado: hoy en día hasta se nos ha llegado a vender la imagen de un Bolívar socialista y de ascendencia africana, muy revolucionaria, y de dudosa veracidad.  Pero… ¿por qué tanta insistencia en “honrar a nuestros héroes”?

Un culto romántico

El origen del culto al prócer  latinoamericano tiene su origen, “para variar”, en el romanticismo. Al igual que una gran cantidad de nuestras concepciones culturales, el movimiento romántico que se gestó en la Europa de principios del Siglo XIX fue sumamente influyente en este lado del Atlántico y llegó a aportar ideas que serían tomadas por las personas que fundaron nuestras naciones.

Explicar con profundidad en qué consiste la compleja y subjetiva ideología romántica es una tarea que no corresponde hacer aquí, pero podemos hablar de algunos de sus postulados. El romanticismo se dio, principalmente, como una reacción contra el siglo de las Luces y contra la Modernidad en sí, contra el principio de la racionalidad como único medio de desarrollo para el ser humano. Los pensadores y artistas de ese movimiento buscaron en la emocionalidad y en la imaginación un vehículo de comunicación interior, una conexión con la espiritualidad.

El romanticismo estableció varios mitos –el artista como ser marginado, el culto a la naturaleza, la infancia, el hombre primitivo, etc-, pero uno que fue particularmente difundido en América es el del héroe. Ese y el de la nacionalidad. Porque aunque cueste creerlo, dicho movimiento fue sumamente político, solo que, a diferencia de los movimientos artísticos anteriores, su carácter fue reaccionario contra el poder tradicional y mostró su apoyo a las nuevas tendencias políticas. Fue la época de los grandes cambios que ocurrieron en los estados de Occidente.

La época del romanticismo ocurrió después de la Independencia de los EE.UU. y de la Revolución francesa. La primera mitad del siglo XIX fue de revoluciones. Muchos artistas de ese movimiento apoyaron los procesos políticos que se estaban llevando a cabo. Por ejemplo, William Blake (aunque este cuenta como un prerromántico) hablaba en varios de sus poemas de lo que se desarrollaba en Francia. Lord Byon,  Eugène Delacroix y Víctor Hugo también apoyaron las causas insurgentes. Hasta eso entonces, el Arte siempre había servido al poder tradicional, fue a partir de esa época que este empezó a manifestar su apoyo a las nuevas corrientes.

El nacionalismo, tal y como es entendido hoy en día, nació en ese momento. También fue la época de las guerras de independencia. Y no solo eso: el elemento regionalista que exalta la identidad de determinados grupos de habitantes de una región también data de esos tiempos. En el primer tomo de Literatura Hispanoamericana, de Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani, se explican estos puntos:

La exploración del ayer lejano despierta en los románticos interés por los acontecimientos  más recientes. En la medida que el pasado sigue siendo un acicate para los espíritus imaginativos, la historia se hace narración viva, descripción minuciosa, resurrección emocionada de hechos memorables… y en la medida en que el ayer es raíz de nacionalidades y explicación del estado presente de la humanidad, la historia se hace especulativa… Y nace también la “biografía romántica”, reflejo del individualismo, del culto al héroe, de la preferencia de lo particular antes que lo general” (Página 173, El Romanticismo).

Y en otro párrafo del mismo capítulo dice:

El hallazgo romántico de esta vena popular tiene en la literatura hispanoamericana proyecciones importantísimas. Se descubren personajes populares característicos de cada región, y se transforman en arquetipos nacionales: el llanero, el gaucho, el cholo, el roto, el pelado, el mulato. Se revelan sus coplas y romances,  sus formas de habla, sus vestidos típicos, sus maneras de vida y de trabajo, su visión del mundo” (Página 175, El Romanticismo).

El Romanticismo, como movimiento cultural, influyó en América Latina más en el aspecto político que en el artístico o literario. Es lógico: las condiciones eran totalmente diferentes a las que había en Europa, tema del que se hablará en otra ocasión,

 En líneas generales, ese el origen de la obsesión latinoamericana con la historia y sus héroes o, mejor dicho, personajes que ha convertido en héroes. En lo personal, creo que es importante la conciencia histórica, tanto en lo político como en lo cultural, pero creo también que en Venezuela –y sospecho que en buena parte del resto de América Latina-, falta lo segundo. Todo el mundo sabe de la batalla de Carabobo o del Decreto de Guerra a Muerte, sin embargo: ¿cuántas personas saben del Romanticismo como motor del culto al patriotismo? Podemos memorizar algunos hechos y fechas, pero eso no es suficiente para entender nuestros tiempos.

Ese mismo problema se manifiesta a diario en Venezuela. Este gobierno (qué fastidio siempre tener que hablar de él) ha llevado el culto a Bolívar y al patriotismo hasta extremos inverosímiles. Ya la palabra “patria” la usamos con sarcasmo –“no hay medicinas para la hipertensión, pero hay patria”–. Y la imagen “oficial” de Bolívar está en todas partes, en todas las instituciones del régimen y forma parte de lo que en otro artículo llamé Imágenes Acosadoras.

En lo personal, no me parece una visión madura de la Historia. Yo sí me siento venezolano, pero no me considero nacionalista, o al menos no en el sentido clásico de la palabra. Soy más venezolano por las costumbres y las tradiciones con las que me han criado y con las que me identifico que por los acontecimientos políticos y militares que ocurrieron hace 200 años. Del Romanticismo prefiero heredar más la identificación –que no es lo mismo que el culto o el fanatismo- por lo regional, que por lo pseudohistórico. Y lo digo manteniendo el respeto por las figuras del pasado, pues, realmente, eso es lo que son. Si queremos aprender del ayer, debemos conocerlo e interpretarlo objetivamente.

La otra muerte de Óscar Pérez

Ezequiel Abdala | @eaa1717

Mientras era ejecutado por las fuerzas élites de la dictadura, Óscar Pérez era víctima de otro asesinato, éste de categoría moral, llevado a cabo, casi en su totalidad, por el pueblo opositor. Lo que se leía en redes sociales y grupos de WhatsApp al momento en el que sucedía la masacre de El Junquito -así quedará asentada en la historia-, se movía entre lo nauseabundo y vomitivo. Cada vídeo de Pérez era recibido no ya con la habitual desconfianza de los conspiranóicos -esos inteligentes que saben más que todo el mundo y que ven tras cada opositor a un esquirol de la dictadura que es parte de un plan siniestro de distracción de masas bobas-, sino con la burla cruel de los que ya perdieron todo vestigio de humanidad. Pérez, acorralado en medio de un demencial operativo en el que actuaron más de 1000 funcionarios y se usaron armas de guerra, consumía en el desespero sus últimos minutos de vida y la gente lo que hacía eran chistes sobre la marca de la salsa de tomate que se había echado “el actor” para “simular”. Ése fue el nivel de lo de ayer. Ése es el nivel de lo que va quedando en Venezuela. Que no fue mucho más alto, tampoco, que el de los medios nacionales: casi ninguno informó al momento, y varios de los que lo hicieron fue con bajeza y desprecio -“si se entrega o si lo matan, el país seguirá siendo el mismo”, twitteó una inmisericorde periodista de sucesos-. Y cuando ya todo estaba consumado y se sabía, el mutismo los invadió. La cautela extrema y los malabarismos por decir sin decir fueron la mejor evidencia de hasta dónde ha llegado la (auto)censura. Y cuando por fin dijeron algo, fue muchas veces desde la burla -“Óscar Pérez no era tan duro de atrapar”, tituló Contrapunto-, o el ufemismo -“dado de baja”, “abatido” y “muerto” fueron las palabras más repetidas en los tardíos y escasos titulares que informaron de la noticia, en los que no faltó el calificativo “terrorista”-.

De modo, pues, que cuando la bala que acabó con su vida fue disparada, ya Óscar Pérez era hombre muerto: antes de que la dictadura lo matara, ya lo había hecho, burlándose a mandíbula batiente, el pueblo que él pretendía liberar. Y luego, algunos medios se encargaron de darle el tiro de gracia.

El orgullo de ser robado

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Puede que sea producto de la normalización del hampa  en Venezuela. Quién sabe. Esas convivencias crónicas suelen generar patologías igual de crónicas, como la que ha comenzado a asolar a ciertos electores que hoy, tras los resultados, se pavonean, orondos y orgullosos, diciendo que sí, que a ellos sí los robaron, y que por eso pueden quejarse de algo. La exaltación viene seguida, luego, por una frase de superioridad moral hacia aquellos que se abstuvieron, que no fueron robados y que, por lo tanto, no se pueden quejar de nada. Repito que no sé a qué se debe, pero que indudablemente es una patología: entre salvaguardar la integridad o exponerse voluntariamente a que la violen para luego quejarse con orgullo, la opción es (tiene que ser) la primera, porque a fin de cuentas el resultado es el mismo. Aunque duela, hay que entenderlo y asumirlo de una vez (y mientras más rápido mejor): el chavismo acabó con el poder del voto. Esa cosa preciosa, plausible y encomiable, que le dio desde el siglo pasado capacidad de elección y poder a cada ciudadano, que permitió que los cambios de regímenes se pudieran hacer civilizadamente, sin tener que andarse matando en batallas, eso, sencillamente, no existe. Lo que hay algunos domingos en Venezuela es un esperpento, una astracanada montada por un sistema totalitario que simula (parodia) las elecciones, pero sin ninguna incidencia en la realidad. Ni siquiera cuando se ganan (o se hace que): la Reforma rechazada en 2007 fue metida a cuentagotas vía Habilitante; a los gobernadores y alcaldes electos en 2013, cuando no les rebajaron funciones, los destituyeron; y a la AN electa en 2015 la dejó sin poder un TSJ de pranes. Eso, por más entusiasmo e ilusiones, es y ha sido todo. Y lo seguirá siendo hasta que algún poder real obligue a que haya elecciones justas y de verdad. Mientras no lo haya (ni las haya), las opciones (reales) son dos: acudir a dejarse robar voluntariamente, o no acudir. En ambas, cierto, el resultado es el mismo. Pero en una, la dignidad se desvaloriza; en la otra, no. Y eso vale. Por respeto: al voto y a uno mismo. Porque no hay (no puede haber) orgullo alguno en ser robado.

El humor y la crueldad

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Cosa curiosa esta del humor. Ahora resulta que lo que no pasa de ser, sencillamente, un acto de crueldad bastante elemental –que alguien sano y en todas sus facultades se burle en público de personas con discapacidad y enfermos– es una pieza de humor negro, y como tal debe ser, si no aplaudida, por lo menos defendida y tolerada. Se la ponen difícil a uno los humoristas de esta generación Mega, hay que decirlo. Si por un lado ellos se quejan de la dictadura de lo políticamente correcto, que les impide hacer chistes sin consecuencia sobre todo lo que les dé la gana; no puede uno decir menos de la militancia en la doctrina de la impunidad humorística, que es algo así como el socialismo latinoamericano de los sesenta: una cosa chévere y de avanzada, con la que hay que estar de acuerdo siempre, así estén por allí Fidel y el Che –o Nacho y La Vero– fusilando inocentes, porque la historia (el humor) obligatoriamente los absolverá. Y allí es donde yo dudo. La censura, por principio, me parece horrible; pero la burla a los débiles, por mera humanidad, también. Dicen que eso es humor negro y que por ello debe defenderse. Yo el humor negro se lo leí a Heinrich Böll en ‘Opiniones de un payaso’ y no se me pareció mucho a lo de Nacho. Pero vamos a lo fundamental: ya que dentro del saco del humor entran desde la genialidad más aguda hasta la crueldad más siniestra, ¿debe todo humor, sólo por el hecho de serlo, ser defendido siempre a capa y espada? Los dictadores de lo políticamente correcto lanzarán un no rotundo, y los militantes de la impunidad humorística dirán, como el salsero cubano, que sí y siempre sí. Yo, simple periodista y a veces opinador, lo matizaré con un ‘depende’ y lanzaré un principio muy básico, que se lo debo a Laureano, que fue el que rescató del olvido la anécdota de Soublette, aquel primer mandatario que dijo que el país no se perdería cuando el pueblo se burlara del presidente sino cuando el presidente se burlara del pueblo. Pues eso: el humor no se perderá cuando desafíe al poder –sea de la índole que sea–, sino cuando se vuelva poder y excusa para cebarse impunemente con el débil y con el que no puede defenderse.

Yo, Henry Ramos Allup, me arrodillo ante ti, Rey Maduro

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon 

 

Los tiempos de realeza llegaron tarde a Venezuela. Desde la corona española nadie se había autoproclamado rey en el país. Y sí, podemos hablar de dictadores, como Juan Vicente Gómez o Marco Pérez Jiménez, pero a ninguno de ellos la oposición fue a arrodillárseles en pleno hemiciclo fraudulento.

Luego de que el Rey Maduro advirtiera que el gobernador que se comiera la luz pasaría 30 años en prisión (el delito de comerse la luz, vale acotar, no está tipificado en el código penal, y solo el magnicidio puede llegar a sancionarse con una pena de 30 años), Ramos Allup declaró: “Aquí nadie se tiene que subordinar a nada, sino a la Constitución”. Y bien es cierto, cualquier ciudadano en un país funcional podría decir, ¿y es que acaso un Presidente de la República tiene la facultad para legislar o aplicar justicia? Pues no, un Presidente de la República no, pero un Rey puede hacer lo que se le venga en gana, desde mandar a encarcelar opositores porque sí, a pasarse la constitución por el forro del celular.

Los acontecimientos políticos en Venezuela varían con una intensidad tan absurda que causan una efervescencia solo comparable a la final de la Champions del año 99, esa en la que el Manchester United le anotó dos goles en par de minutos al Bayern Múnich robándole la orejona en tiempo de descuento. Si hace un par de meses hablábamos de la caída inminente de la Revolución Bolivariana, hoy el tema de conversación pasa por la disolución de la MUD y la nueva ola de emigraciones. Y es que sí, el Rey Maduro estaba en la lona, dando las ultimas bocanadas de aire, nadie parecía salvarlo, y llegó Krilin a darle una semilla del ermitaño y revivió más fuerte que nunca arrasando con toda la oposición de un soplido. Cabe acotar que esta resurrección mágica parecía no ser posible ni juntando todas las esferas del dragón, pero pasa que el Rey Maduro contaba con un grupo de acólitos que lo ayudaron a montarse en el Templo Sagrado una vez más, dejando a la plebe a su merced.

El teatro de Acción Democrática el día de ayer ha sido de las escenas más lamentables en la política venezolana. El caudillo de AD salió en rueda de prensa a “aclarar” que él les había pedido a los gobernadores no juramentarse, y que por eso se habían “autoexcluido”, cuando lo cierto, Ramos Allup, es que hasta los monos desnutridos en el zoológico de Mérida saben que en AD nadie puede ni soplarse los mocos sin tu consentimiento. No hay que ser experto en matemáticas, estadísticas, política o historia para descubrir que Capriles, María Corina, Leopoldo, Ledezma, y todo posible candidato presidenciable en Venezuela está inhabilitado a excepción del dinosaurio de la tolda blanca, por eso pensó en tirarle el muerto a los gobernadores y acumular poder; con tal, gobernadores seguirán siendo los próximos 4 años, y en sus números está, teniendo pleno conocimiento de la memoria a corto plazo del venezolano, que en par de meses todos los opositores van a amar a sus gobernadores “de oposición”, olvidar el tema de la juramentación, y, hip hip, Ramos Allup Presidente.

En la Venezuela de hoy, las teorías conspirativas parecen cobrar más vigencia que la de los Illuminati o el Grupo Bilderberg, por ello mismo hoy Henry Falcón salió a reprocharle a Capriles que se saliera de la Mesa de la Unidad, y a culpar a VP y PJ del descalabro en las regionales, pues por supuesto, siendo Capriles uno de los políticos en Venezuela con más credibilidad, el hecho de abandonar la Mesa debilita en demasía las pretensiones presidencial de los Henry´s, que están más cerca de los rojos que de los azules, y en una nueva unidad conformada por Capriles, María Corina, entre otros, estos dos tiranosaurios no tendrían cabida.

Es cierto, los productores de House of Cards deberían plantearse reubicar la serie en Venezuela, pues seguramente sería mucho más intrigante y exitosa ¿En qué país del mundo el chofer de autobús termina siendo Presidente (Rey) y el graduado de Harvard su preso político? Lo cierto es que los problemas en Venezuela no son enteramente atribuibles al gobierno, pues la oposición también ha tenido su cuota de responsabilidad. Si bien es cierto que cuando un hombre viola a una mujer no podemos culparla de lo sucedido, también es cierto que si esa mujer decide tomar el mismo camino por el que fue violada 20 veces más, y las 20 veces la violan, pues algo de responsabilidad debe tener: o le gusta o se hace.

Los líderes políticos primero vendieron la idea de que no habría Constituyente, luego de proclamada, de que con ella no habrían elecciones, y una vez anunciadas las regionales, Ramos Allup fue el primero en saltar a decir que su partido participaría. A él lo siguieron las otras toldas de la MUD en una trampa caza bobos. La justificación de aquel entonces era que el gobierno no participaría en unas elecciones que, sabía, no podían vencer; acercándose a la fecha, la MUD tuvo que cambiar de discurso e instar a la gente a votar bajo pretexto de que acudiendo a las urnas ganarían al menos 18 gobernaciones a pesar de las arbitrariedades. Consumado el fraude, los cinco gobernadores electos declararon una y otra vez que no se juramentarían ante la ANC, aquella que ellos mismos apodaron “la prostituyente”, hasta que aquel histórico y lamentable 23 de octubre del año 2017, se pudo a ver a los cuatro gobernadores de Acción Allupcrática hincarse ante Delcy Rodríguez para proclamar su subordinación a la Asamblea Nacional Constituyente que tantas veces tildaron de fraudulenta.

Las incoherencias del dinosaurio blanco son cada vez más notorias, aquello lo llevó a confrontarse con el secretario general de la OEA, Luis Almagro, en vez de confrontar al Rey de Miraflores, acusándole de estar equivocado al declarar que cualquier fuerza política que acepta ir a una elección sin garantías se transforma en instrumento esencial de un eventual fraude. Claramente, el caudillo de AD lleva años jugándose sus propias cartas: los padecimientos del pueblo venezolano no parecen estar dentro de su lista prioridades, y por ello mandó a los peones de Acción Allupcrática a arrodillarse frente a los verdugos de más de cien venezolanos quebrantando el poco orgullo que quedaba en el alma de 85% de la población venezolana.

Lo cierto es que al día de hoy, el rey Maduro ha conseguido lo impensado: tener a todo un país sumido a sus pies, y a todos los líderes opositores hincados ante sus poderes. Sí, Maduro, Nicolás Maduro, ese mismo tantas veces acusado de tonto, el chofer de autobús, el que no sabe ni un ápice de inglés, el que no pasó por la universidad, el que ha dicho frases memorables como “demasiada coincidencia que maten a alguien y al día siguiente esté muerto”, y que incluso ha inventado palabras como “kapuskicapubul”. Ante el rey Maduro, Ramos Allup decidió arrodillarse, y junto con el dinosaurio de AD, las esperanzas de un país cada vez más hundido en las miserias del comunismo.

Henry, de decencia no te vas a morir.

 

 

Líderes ‘new age’

Por: Ezequiel Abdala| @eaa1717

Son los signos de estos tiempos, qué le vamos a hacer. Si ‘El Secreto’ es un best-seller planetario y Hermes Ramírez es escuchado con autoridad de catedrático, ¿por qué habría de extrañarnos que la clase política se contagiara, también, de ese ‘wishfullthinking’ cuya aura (fantasma es ya un término muy pasado de moda y negativo) recorre no  solo Europa sino el mundo entero? Si el chavismo se hizo santero-palero-africano, la oposición se volvió positiva-buena-vibra-voluntarista-entusiasta-y-energética (que no enérgica, desgraciadamente), y por eso va repetidamente y en condiciones inaceptables a elecciones viciadas, regidas por un cuartero de delincuentes electorales que hacen trampa por activa, pasiva y perifrástica. ‘Pero no importa, somos los que flinchy, y a punta de pensamiento positivo, esfuerzo y voluntad superaremos todos los obstáculos que nos pongan, sin denunciarlos mucho para que nadie se desanime, porque lo importante, lo verdaderamente importante, ya se sabe, es tener el ánimo arriba y participar con entusiasmo en la fiesta electoral. Que nos inhabiliten a todos los candidatos que quieran,que no cambien nunca el tarjetón,que modifiquen a conveniencia los circuitos, nucleen las mesas, cierren los centros donde ganamos; todo eso nos lo aguantamos, no importa. Que obliguen a nuestros electores a trasladarse, en buses que luego asaltan, a centros rurales donde los vuelven a asaltar, que les hagan pasar mil y un trabajos, que los colectivos los amenacen y amedrenten, que los golpeen si quieren, que hagan eso y más, peor para ellos, al venezolano le gusta el voto, se vuelve loco por una papeleta, nunca le dice que no a un reto y mientras más difícil mejor’. Palabras más, palabras menos, esa es la falaz propuesta, que inevitablemente termina por estrellarse contra los hechos, que, al igual que los números, son tercos, categóricos y simples: ir a elecciones con un árbitro en contra, sin garantías y en medio de un sistema totalitario, es un ejercicio inútil, por más ilusión, mente positiva, buenas vibras y ganas que le pongan los líderes –¿o son ya gurús?– que tenemos en frente.

 

¿Hasta cuándo?

Por Juan Sanoja | @JuanSanoja

 

La oposición venezolana tiene quince años viviendo de la esperanza. Ha dedicado los últimos tres lustros de su quehacer político a pregonar un mensaje que año tras año ha chocado contra el doloroso muro de los hechos. Los partidos pertenecientes a la Mesa de la Unidad Democrática han vendido hasta el cansancio la idea de que el gobierno está por caer, de que el chavismo está en etapa terminal y de que el cambio en Venezuela es inminente. Y aquí estamos, cada vez más cerca del famoso 2021 y el país, en medio de la endemoniada crisis por la que atraviesa, pintado de rojo rojito. La oposición sufre hoy los embates de su propia incoherencia, las consecuencias de su difuso mensaje, la condena de su pobre estrategia. El rival del chavismo ha dado tumbos tratando de entender la dinámica de la política criolla y en el camino siempre le ha faltado timing. Por excusarse en el fraude cuando el gobierno arrasaba (2004), le costó construir una mayoría (2015) que, una vez conseguida, ha servido de poco. Este año prometieron, de nuevo, que ‘el régimen tenía los días contados’ y al final fue el chavismo el que les contó los días para que inscribieran unos candidatos en un CNE deslegitimado. Dijeron estar preparados para enfrentar cualquier tipo de trampa y resultó que terminaron cayendo en ella, porque fueron a elecciones con la convicción de que pintarían el mapa de azul y tras la declaración de Tibisay Lucena han quedado pintados. La oposición venezolana es la eterna subcampeona, el perenne ‘hicimos lo que pudimos’, el imperecedero David que no para de justificarse ante cada derrota contra Goliat, la que condena los abusos del gobierno y luego sonríe cuando dialoga con él. Son casi veinte años de infinitas promesas y de muy pocos resultados (dos de veintidós elecciones). Son casi dos décadas encerrados en un círculo vicioso que parece no tener final. No han dejado de competir con el mismo árbitro que tanto critican y la incongruencia les ha salido muy cara. El chavismo no tiene quien le compita.

La rebelión de las masas

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

Tomo prestado el nombre del ensayo de Ortega y Gasset debido a que por casualidades del destino es mi lectura actual. Si bien el mencionado libro se escribió en un contexto totalmente diferente al nuestro (la ascensión del fascismo al poder en Europa), nos servirá de ejemplo para observar cómo una masa (también muy distinta a la que hoy adversa al gobierno venezolano) fue suplantando espacios de la elite, creando un grupo de personas homogéneo que de a poco fue rompiendo las clases elitistas.

Pues bien, en nuestro universo paralelo precisamente la elite es el hombre masa, y el hombre masa es un conjunto de individuos derrotados que han observado cómo los años de revolución se han llevado lo mejor de sus vidas. El sueño de Karl Marx vive al norte del continente sudamericano: que cualquier ignorante sin dotes de pensamiento se equipare o inclusive pisotee y someta al hombre culto y estudiado. La realidad así lo demuestra, por difícil que sea de entender para cualquier extranjero: al gobierno venezolano lo manejan choferes de autobús, porristas, narcotraficantes y lacayos, mientras que la masa se ha conformado por ingenieros, médicos, abogados, artistas, empresarios, intelectuales, y un sinfín de profesionales que curiosamente ya no pueden ni ejercer sus profesiones; después de todo no hay mejor forma de dominar una nación que destruyéndola (sí, ese es el único fin del comunismo). Interpretar que todo esto sea verdad es una dura realidad para el venezolano, tanto para el que está dentro, como para el que está fuera, escuchar frases de extranjeros que mencionan a la Caracas de los 70’s como la mayor metrópolis de América Latina y verla reducida hoy en día a cenizas con edificios grises, y poblaciones invadiendo los basureros es una pesadilla distópica que ni en Mad Max se puede representar.

Poniendo todo esto en contexto entonces podremos deducir que la lucha que libramos los venezolanos hoy en día es quizás la más desigual de todos los tiempos, pues en el pasado el hombre masa disponía de la brutalidad de la ignorancia, lo cual podía dotarlo de una violencia que a la postre podía lograr la conquista de espacios haciendo el uso de la fuerza. En la Venezuela del presente, el hombre masa es la elite, y la elite pasó a ser masa, es por ello que el primero posee las armas, el dinero, la fuerza, y el don de la ignorancia; mientras que el segundo únicamente dispone de una sabiduría inaplicable contra la vehemencia revolucionaria y derrochadora. Visto desde ese contexto, estamos en una absurda desventaja, pues la nueva elite posee las armas del hombre masa y el control social que propicia el dinero y el poder político. Los soldados se sienten fuertes; vestidos de oliva son impenetrables y más poderosos que nunca, asumen de guardianes de la carretera y a su vez fomentan el crimen y se enriquecen aprovechando el desbarajuste estatal.

Viendo todo el contexto desde dicha panorámica pareciera estar todo perdido, pues en ocasiones, por mucho que duela, solo el caos podría traer cambios, y el nuevo hombre masa no es individuo de caos, sino de orden, y la elite superpuesta ha minado de anarquía su universo. Es por ello que se presentan las dudas e incertidumbres, pues el nuevo hombre masa ante la vista de que la lógica no es aplicable a su realidad, empieza a perder los sentidos, a querer disfrazarse de inadaptado, y proceder así a generar un cambio que ya no haya como propiciar.

Aquella tarde que Ramos Allup vociferó que participaría de las elecciones regionales, el control de mi televisor salió volando y estrellándose contra la puerta del closet; los improperios se adueñaron de mi garganta y en medio de mi efervescencia lo maldije una y otra vez, entonces vale la pena preguntarse: ¿Por qué el nuevo hombre masa, ilustre y pensador, ha soñado con convertirse en un mono violento y agresivo? Sencillamente porque su realidad así lo dispuso; no obstante, una vez pasada la algarabía del odio, el dolor, la desdicha, el nuevo hombre masa debe volver a pensar, a apropiarse de las armas que le quedan y sabe usar, y salir a dar la batalla, esa batalla, esa lucha que no acabará hasta el día en que caiga el rey de la ignorancia, el nuevo hombre elite, quien también en su nueva faceta de cambios aborrece la opinión popular y le teme al poder del nuevo hombre masa, quien ahora le supera en números.

El mal menor

Por: Ezequiel Abdala | @eaa17

Voy a votar, qué remedio. No con el pañuelito en la nariz de Betancourt sino con el tonel de lejía y cloro que se necesita para sanear el Guaire. Lo haré para convertir en gobernador a mi mediocre alcalde, un hombre de gestión mejorable, probidad sospechosa, talento invisible, principios flexibles y empatía ninguna. Pero qué se le va a hacer: es él o Héctor Rodríguez, el que (sociata al fin) quiere tener a la gente pobre y bruta para controlarla. Y entre dos males, el menor. Pero teniendo siempre presente que lo son, aunque ‘El Nacional’ y ‘Ciudad Caracas’ (finalmente polos opuestos se atraen) hagan almibarados publi-reportajes para presentar a cada uno como la panacea. Y con sinceridad ‘roosevelteana’ y cinismo ‘kissingeriano’ hay que decir que no: que lo que vamos a hacer es elegir, de entre dos (y si usted leyó a Roosevelt o a Kissinger ya sabe lo que debería venir aquí), al nuestro, que, por nuestro y demócrata, será (creemos) menos malo. Y una vez asumido esto, se vota (se hace el simulacro de) con un poco más de tranquilidad. Y escribo simulacro por respeto a esas cuatro letras de la palabra voto, que son preciosas, tienen una historia admirable y nada que ver con lo del domingo, que será, en rigor, un acto de aguante, triste y resignado; una cosa que se hace porque no queda de otra, una situación de esas en la que lo único posible es recitar con el salsero infiel que ‘la vida es así / no la he inventado yo’; y por ser así la vida y no haberla inventado nosotros, nos colocó en esta circunstancia endemoniada en la que, a falta de actores de fuerza que la saquen de una, toca asestarle pequeñas y tontas derrotas a la dictadura en los escenarios que sabrá Dios por qué permite. Y nuevamente: qué le vamos a hacer. ‘Abstenerse’, me dirán. Y miren que lo consideré bastante. Pero ‘contra factum non valet argumentum’, decían los latinos, y la abstención, finalmente, es un tremendo –y legítimo– ‘argumentum’ que tiene en contra el ‘factum’ aplastante de que igual me deja a Héctor & CIA en la gobernación. Y entre dos males, nuevamente, el menor. De eso, desgraciadamente, se trata todo.

¿Se debe apoyar una intervención militar en Venezuela?

Por: Emmanuel Rincón | @emmarincon

La respuesta lógica a la interrogante que se plantea en el título de este escrito sería un no rotundo. No. No. No. Y mil veces no. Pero como no vivimos en un país donde la lógica impere, son muchos escenarios los que deben analizarse antes de tomar una postura.

Lo primero que debe aclararse es que si hipotéticamente los Estados Unidos tomasen la decisión de intervenir militarmente Venezuela, no lo harían de gratis ni de buena fe: detrás de su intervención habría lógicamente un interés y no solo de índole económico, sino también geopolítico. ¿Por qué? La República Bolivariana de Venezuela no solo cuenta con riquezas minerales extraordinarias y paisajes hermosos, sino que tiene una ubicación geográfica esplendida: estamos al norte de América del Sur, y al sur de América del Norte; desde el punto de vista militar y económico somos una maravilla, algo así como un puente entre diferentes naciones (un puente que transitoriamente se ha mudado a Colombia —Bogotá— por la situación que atraviesa Venezuela).

Una intervención militar norteamericana en Venezuela no sería ocasionada únicamente porque Maduro sea un dictador; de hecho, de todas las razones, quizás esa sea la de menor peso. Lo que verdaderamente afecta y preocupa a los Estados Unidos es la implantación de células terroristas (Hezbolá) en un país como Venezuela (tan cerca de la Florida), y la ruta de narcotráfico que se ha desplegado desde nuestras fronteras. Cuando en los años 90’s el espíritu de Pablo Escobar rondaba por las selvas antioqueñas y los norteamericanos se dieron a la tarea de darle caza, la razón por la cual esta operación tardó tanto en ejecutarse fue porque los gringos en aquel entonces tenían como punto de mira principal al comunismo, y luego al narcotráfico. No fue hasta después que se dieron cuenta de que precisamente el narcotráfico es una de las mayores fuentes de financiamiento del comunismo, y a sabiendas de que ningún comunismo sobrevive sin dinero, había, pues, que destrozar primero lo uno para luego acabar con lo otro. Hoy en Venezuela ocurre algo similar, con la diferencia de que los Pablo Escobar ocupan puestos en la administración pública, y dicha administración pública no va a abrirles las puertas a los gringos para que vengan a darles captura a ellos mismos.

Otro dato de no menor relevancia es que Venezuela hace mucho que dejó de ser un país soberano. Para nadie es un secreto la intromisión del aparato cubano en las decisiones emanadas por el Poder Ejecutivo y en el adiestramiento de las fuerzas militares, además del domino que tienen los chinos y los rusos sobre las transacciones petroleras del país. El discurso nacionalista y patriota es una bolsería más del chavismo: ningún gobierno en nuestra era republicana había vendido a Venezuela de una forma tan absurda a los intereses de terceros, y es por ello que el tema de una intervención militar norteamericana es de difícil evaluación.

La MUD se pronunció el domingo para rechazar cualquier injerencia extranjera (aludiendo también a los cubanos) y aprovechó para rechazar también la amenaza militar de cualquier potencia extranjera (refiriéndose, claro está, a los Estados Unidos de Norteamérica). Quiero acotar, y esto es una opinión bastante personal, que yo sería el primero en sentirme triste y defraudado si la única forma de salir de este gobierno fuese por medio de una intervención extranjera, pues eso significaría que habríamos fracasado como país, como pueblo, que el chavismo ganó, y que la única forma de sacarlos de Miraflores fue por medio de la fuerza de terceros. Pero a su vez, observando el panorama que se avecina (la imposición vía Asamblea Constituyente de un Estado Comunal y un Poder Vertical) pareciera ser una de las pocas soluciones a todo este conflicto. Con respecto a la MUD, es comprensible que no apoyen en público una intervención extranjera, pero tampoco tienen por qué pronunciarse, no es su obligación, ellos no son un gobierno y tienen derecho a guardar silencio (a veces el silencio dice mucho más que las palabras). Y volvamos al pasado una vez más: cuando los Pepes empezaron a darle caza a Pablo Escobar actuando con impunidad en Colombia, mucha presión cayó sobre el presidente Gaviria, quien a pesar de su posición como ejecutivo de Colombia guardó silencio pues estaba claro que su intención era derrocar al narcotraficante ¿Por qué volvemos a usar como ejemplo a Pablo Escobar? Porque precisamente en Venezuela se está lidiando con terroristas y narcotraficantes, y ese es un tema que no debe preocuparnos solo a los venezolanos, sino también al resto de países que conforman América Latina.

La conclusión que podemos sacar de todo esto es que la situación de Venezuela desde hace mucho tiempo que dejó de ser una “situación de Venezuela”: lo que sucede en nuestro país repercute de forma directa o indirecta en nuestros vecinos, además que la soberanía como tal acá no existe, vivimos controlados por una dictadura comunista y militar manejada por los intereses de terceras naciones. Entonces, ¿necesitamos de la ayuda de los gringos? Tristemente sí, pues lamentablemente en el país se han instalado células armadas extranjeras que nos tienen (y probablemente nos seguirán teniendo) pisoteados si no se topan con un freno, y ese freno dudo que sea una avalancha de votos en las regionales o una actuación digna y soberana de “nuestra FANB”.

No hay algo que yo como ciudadano venezolano deseara más en este mundo que vencer al oficialismo en el juego democrático, derrotarlos con votos y reestablecer la República con civilidad, pero poniendo los pies sobre la tierra sabemos que eso claramente no va a ocurrir, pues no estamos luchando contra un gobierno, sino contra un grupo de criminales que defienden sus riquezas, sus libertades y sus vidas.

El final de esta historia nadie lo conoce, lo cierto es que ya no hay forma de que sea agradable, no hay forma de que sea amistosa, tampoco justa, pase lo que pase se cometerán injusticias. Habrá una guerra contra los gringos, una guerra entre venezolanos, o un sometimiento eterno a la bota cubana. Cualquiera de las tres opciones será dolorosa y dejará sangre a su alrededor, y eso es algo con lo que todo venezolano debe ir mentalizándose: las opciones milagrosas dejaron de existir.