The Big Bang Theory: ¿ríete del “nerd”?

La obsesión guía el particular modo de vida de estos personajes. Coleccionan figuras de acción, rememoran momentos clave de un programa o una película, viven enfrascados dentro del mundo que proponen los píxeles que frecuentan: según la sociedad son un nerds; personas que les cuesta socializar, que encajan solo bajo sus propios códigos. The Big Bang Theory es en teoría eso, cuatro amigos con aficiones en común y con determinados problemas para encajar. ¿La serie explora en profundidad esta situación o se limita a normalizar la figura del nerd?

The Big Bang Theory apareció por primera vez en 2007 de la mano de Chuck Lorre (creador de Two and a Half Man y otras comedias de esas que ves en Warner). La serie comienza con la llegada de Penny, una chica aspirante a actriz, al apartamento vecino al que comparten Sheldon y Leonard, dos físicos bastante peculiares.

Antes de avanzar es necesario hacer un inciso, Sheldon Cooper padece de síndrome de Asperger (aunque sus creadores lo nieguen): le cuesta entender e interpretar las emociones o el sarcasmo, por lo que tiene una perspectiva un tanto distinta del mundo. A partir de este comienzo vemos cómo la serie podría haber sido más, cómo podría haberse desarrollado profundizando en un tema un poco tabú y que aún no se comprende del todo en la sociedad. Pero… no.

Sheldon las primeras temporadas se expone como un personaje asexual, como un individuo que no encaja en las dinámicas sociales “normales”. La oportunidad potencial de profundizar en los problemas de un personaje distinto se desaprovecha al convertirlo en un mero bufón, que se limita a usar términos complicados de la ciencia y al que los creadores banalizan al usarlo para generar una risa enlatada.

El auge de lo nerd

Los protagonistas de la serie son fundamentalmente cuatro nerds: Leonard, el individuo que más encaja en lo que la sociedad considera “normal”, pero que aun así es malo con las chicas (y desfallece en sus reiterados intentos de seducción); Sheldon, el personaje radical; Howard, un judío pervertido muy inteligente, que en ocasiones es desprestigiado por Sheldon por no tener un doctorado y por ser ingeniero; y Raj, el factor afeminado y chalequeable del grupo: un nativo de la India que se sumerge sin contemplaciones en la sociedad consumista norteamericana.

A través de las diferencias entre estos cuatro amigos conocemos cómo funciona la dinámica del show y vemos cómo estos nerds viven aislados en sus aficiones; pero, ¿la serie de verdad explora temas tabús dentro del área friki, tales como el feminismo o la homosexualidad?

Suenan los grillos de fondo.

The Big Bang es disfrutable por la mayoría de personas, puede ser catalogada como la “sitcom que catapultó a los nerds” e hizo que dejaras de ver al primo otaku como a un extraterrestre. O eso dicen sus creadores y críticos más favorables, mientras otros se cuestionan si la producción no se enmarca dentro del cliché y si termina siendo una sátira más de lo nerd.

Es importante considerar que el auge de la serie se dio en medio de la modernización de Marvel y de la instauración de propuestas cada vez más asociadas a la cultura pop, lo que le permitió subirse a esa ola y convertirse en una referencia popular.

Risas enlatadas. ¿Dónde está el chiste?

Al principio la serie iba de aficiones y diferencias, pero a medida que avanza gira en torno a la vida amorosa de cada uno de los protagonistas y en la minimización de sus parejas. Allí es donde empieza a perder fuerza –y quizás sentido– el producto.

La comedia suele basar su fórmula en exagerar términos que no entiende su audiencia (o alguien del sketch): en poner al científico o al nerd a  forzar el chiste, para volver así al gag una y otra vez.

Sheldon y compañía van normalizándose a lo largo de las temporadas, cada vez se hacen más comunes y aunque mantienen una que otra costumbre, anteponen los lazos afectivos de sus vidas, cosa que podría ser lógica pero que levanta las siguientes dudas: ¿tiene sentido continuar con la serie?, ¿perdió la producción su enfoque original?, ¿qué tratan de transmitir los realizadores?

Las sitcoms hacen eso, colocan un estereotipo para empatizar con la audiencia; sin embargo, The Big Bang Theory se pierde entre las tangentes y hasta se ve salpicado con un tema que causa polémica: el machismo.

Penny, Bernardette y Amy son la representación femenina en la serie, personajes con cierto desarrollo pero que invitan a preguntarse si este sitcom toma en consideración que el ámbito friki ha cambiado y que dentro de una mesa de rol también puede haber una chica.

En Penny, por ejemplo, se ahonda el tema de su carrera, búsqueda laboral y de sus ambiciones. Pero al juntarla con Leonard solo termina siendo un bosquejo de la “chica al lado”, de –en teoría– la clásica rubia.

Es lógico que exagerar la controversia de la serie nos pone en un terreno ambiguo, pero hay que considerar que las referencias que usa muchas veces son solo una pantalla verde: generan empatía con un sector, pero sin dejar de repetir la fórmula de situaciones que con el paso de las temporadas comienzan a normalizarse y a hacerse cada vez más corrientes, alejándose de la posibilidad de explorar perspectivas distintas en áreas que aún pueden explotarse dentro de la ficción.

En resumen, no muestra en toda su dimensión social qué son el grupo de nerds, tal como hace IT Crowd u otras series del género, sino que se conforma con mostrar una fórmula cliché con distinto envoltorio.

Nos vemos en la próxima.

 

Por Daniel Klíe@Chdnk

¿Y si vuelve el tracaleo?

Suelo recordar aquél largo viaje que hice a Puerto Ordaz, por tierra, para ver a la Vinotinto. Al llegar al terminal, una palabra a la que estamos acostumbrados los venezolanos se impuso: colapso. No había pasaje de avión para Caracas hasta dentro de varias semanas. Los pasajes por tierra solo se vendían el mismo día y la ciudad acababa de recibir a varios miles de aficionados.

En medio del bululú, un tipo con los bíceps tan hinchados como la vena de su frente gritó: “¡Coño de la madre!, ¡todos te piden algo!, ¡todos quieren algo! ¡Que si dame tanto y te consigo esto! ¡Todos quieren plata, uno tiene que viajar con una maleta llena de dinero!”.

Los lentes negros del hombre acabaron en el piso, mientras sus brazos hacían gestos de niño harto que no se correspondían con su franela negra ajustada de mira qué bueno estoy. En el terminal no había pasajes, pero alguien –con supuestas influencias– ofrecía conseguirte un puesto en equis línea por tantos bolívares.

Me preguntan en Revista OJO si con el nuevo cono monetario, con el retorno del efectivo a las calles, se reactivará esa vieja costumbre criolla del tracaleo. Del no hay, no se puede, pero si me da algo para el cafecito yo le resuelvo. En un país en el que el trabajo más que una fuente de dignidad era considerado un trámite para el placer, martillar simplificaba el asunto y enaltecía la mentada viveza venezolana, esa que permite hacer de un negocio casi cualquier actividad. Si en las crisis hay unos que lloran y otros que venden pañuelos; en Venezuela, cuando hay efectivo hay unos que martillan, y cuando no hay aparecen otros que lo venden.

La escasez de billetes que nos ha golpeado en todo el 2018 generó una actividad que cuesta explicar a los panas extranjeros: la compra de efectivo. Así, un billete se vendía hasta un 300% más costoso que el monto que representaba. Y en un país en el que hay talleres mecánicos sin puntos de venta, en el que el precio de los alimentos varía según la forma de pago y los autobuseros no conocen las cuentas bancarias, tener ocupado el bolsillo con algo más que las tarjetas débito y de crédito es importante.

De esta forma, cierto alivio inundó a más de uno cuando los bancos empezaron a repartir el nuevo cono monetario. Aunque, ya se sabe, aquí las noticias duran minutos: dos semanas después, el monto de retiro diario permitido por cada entidad bancaria va en descenso. En cosa de días, son muchos los que necesitan más billetes que los que el banco les ofrece.

Por eso, cuando me preguntan en Revista OJO si va a volver el tracaleo, el dame tanto y te resuelvo, el billete como motor de calles en las que pulula la desidia, yo más bien me pregunto cuánto tiempo durará la fluida circulación de efectivo. Y, en un país con hiperinflación, por cuantas semanas (¿días?, ¿horas?) esos billetes tendrán algún valor significativo.

Sobre eso reflexionaba mientras iba en un taxi. El chofer me contaba que hace poco lo había detenido una patrulla por cometer una infracción que ni siquiera tenía muy claro cuál había sido. El taxista escuchó paciente al oficial y le dijo que okey, que le pusiera la multa.

—Bueno, ciudadano, pero si usted me colabora con algo entonces yo me olvido de la infracción.

—¿Con algo? No tengo nada, oficial. Por favor, póngame mi multa.

—¿Sabe qué pasa? Que me quedé sin hojas. Entonces no se la puedo poner.

—…

—¿Será que me llevo el carro detenido?

—¿Detenido? Usted no puede hacer eso.

—Por lo mismo. ¿Entonces por qué no me ayuda?

—Aquí tiene mi cartera oficial: yo ni efectivo tengo. Revise.

—Ah, por eso no se preocupe. Yo me monto aquí con usted, mi compañero se sube a la patrulla, y entre los dos lo guiamos a un abasto de unos amigos. Ellos nos prestan el punto: usted pasa la tarjeta y listo, ese dinero lo reclamamos nosotros después, ¿me entiende?

 

Por Mark Rhodes

Dejemos de victimizarnos

Sin ánimos de ser chocante, quiero compartir una opinión:

Yo solo quiero decir que lo que pasa con Venezuela es triste. Sí.

Te toca el corazón. Sí.

Aunque uno sea crítico, y esté claro que todos los venezolanos somos responsables de este desastre.

Pero también creo que debemos dejar de victimizarnos, aunque sea difícil.

Enterarnos de que no somos los primeros en ser desplazados del propio país.

(Ni seremos los últimos, por desgracia)

Resulta que Venezuela no es Cuba: resultó ser peor.

Venezuela tampoco es el mejor país del mundo: es, simplemente, nuestro país. Con lo bueno y lo malo.

Que cargamos con el resentimiento de a quien le quitan algo valioso.

(Al menos ese es mi caso)

Que esta situación nos dará una lección de humildad, culturalmente hablando.

(Espero que así sea)

Que aprenderemos que un país no es rico por sus recursos, sino por el potencial y desempeño de su gente en el día a día.

(Ya viene siendo hora, ¿no?)

Que no somos el centro del universo y no todos nos tienen que ayudar.

(Bájese de esa nube o dese coñazo limpio contra la vida)

Que sí, es lamentable: usted tenía su vida proyectada.

(Bueno, mire, yo iba a hacer un posgrado, trabajar qué jode, comprarme una casita y viajar por el mundo. Y como yo muchos más, que andan haciendo cosas que nunca se imaginaron…)

Que extraña a su familia.

(Todos. Todos, coño. Pero ya tomamos esta decisión)

Que extraña a sus perritos.

(Mejor ni hablemos de esto)

Emigramos. Sea por lo que fuera y de la manera que pudimos hacerlo. Tomamos la oportunidad.

Otros se han quedado porque aún creen.

Otros se irán.

Y muchos otros se quieren ir, pero no pueden.

La situación de Venezuela ya es un drama en sí mismo, pero, por favor, no nos pasemos.

Donde hay vida hay esperanza, solo debemos construírnosla nosotros.

 

Por Orianna Robles Trujillo@Sra_Chiguira

No es la guerra de Siria, es Venezuela

A los ocho años llegué a sentarme sobre el mueble de la casa de una de mis tías y mantener la vista en un punto fijo durante minutos. Lo mío no era un estado meditativo digno de los lamas, aunque tampoco me habrían podido comparar con el protagonista de El diente roto. Más bien me encontraba en ese extraño limbo en el que las fantasías te secuestran para evitar que el aburrimiento taladre el medio de tu frente hasta derretirte el cerebro.

Era una época agradable: me podía aburrir.

La adultez me recibió en medio de la peor crisis de la historia de Venezuela. Y si no estaba preparado para asumir las riendas de mi vida, el país me empujaría a hacerlo del mismo modo que un maestro de natación brusco enseña a su pupilo: tirándolo al agua. O aprendía a nadar o me ahogaba.

Pocos desastres fueron tan anunciados y, al mismo tiempo, tan inesperados como el de Venezuela. Si las medidas económicas, políticas y sociales empleadas a principios de siglo presagiaban un desastre; es probable que ni el más pesimista de los venezolanos creyera que ese desastre incluiría la escasez de papel tualé. Ni los personajes de los Rugrats podrían haber imaginado la aventura que significaría vivir aquí.

En los últimos cuatro años, la realidad se impuso al discurso oficialista. Al mismo tiempo que el pesimismo aplastó aquello de que, por muy mal que se hicieran las cosas, “Venezuela jamás será como Cuba”. En algún momento, quienes creyeron en salvadores y se arrodillaron para besar la bota militar despertaron del hechizo al que los tenían embobados: el rugir de sus estómagos superó el lavado de cerebro al que habían sido sometidos. En algún momento, quienes insistían ante cada nuevo exabrupto que “ya no podemos estar peor” tuvieron que comprender que la realidad supera cualquier expectativa.

El diario ABC de España titula: “No es la guerra de Siria, es Venezuela”. Y muestra a una familia –y de fondo a muchas otras– que migran de forma forzosa. Envueltos en sabanas, los protagonistas de la imagen parecen árabes que se enfrentan al desierto mientras decenas de bombas estallan tras de sí. En un país con una situación de conflicto tan compleja como la que vive Siria, es lógico que millones de habitantes se conviertan en refugiados que buscan –pocas veces de forma tan literal– su lugar en el mundo.

Pero, ¿qué hace que una nación, como Venezuela, que históricamente fue receptora de migrantes, sea comparada con el país asiático?

El pie de foto reza: “Miles de familia huyen del régimen de Maduro y su receta ‘milagrosa’: hambre, represión, paros, tiroteos y la bancarrota”. A eso habría que sumarle corrupción, escasez, delincuencia, colapso del transporte, precariedad en los servicios básicos. Y, por si fuera poco, hace unos días se registró un temblor que dejó a más de uno peor que cuando el dictador que tiene secuestrado al país se prepara para dar un discurso.

Es decir, en Venezuela uno se puede morir de casi cualquier cosa: menos de aburrimiento.

¿Deberíamos sentirnos afortunados?

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

El pan de Carlota

Carlota tiene más de 40 años y lleva más de la mitad de su vida limpiando casas, trabajando en conserjerías o haciendo lo propio en empresas. Después de unos años alternando clientes, se alivió cuando estableció una relación fija con una papelería que le pagaba suficiente para vivir sin demasiado estrés.

Hasta que el Socialismo del siglo XXI llegó.

Carlota vive en Petare, trabaja en Las Mercedes. Y, con el tiempo, su relación laboral con la papelería pasó a mezclarse con la amistad que fraguan los años de trato continuo. Así, Carlota vio crecer a los dos hijos del jefe, vio los cambios de fachada del local, vio a la familia adoptar un perro que moriría de cáncer, vio al jefe divorciarse y casarse nuevamente… En fin, tantas cosas que hicieron que, sin saberlo, ese trabajo –al que iba tres veces por semana– se convirtiera en un componente esencial de su vida.

Un componente que de dos años para acá devino dolor de cabeza.

Mientras el salario mínimo en Venezuela era de poco más de cinco millones de bolívares mensuales (cincuenta bolívares soberanos), a Carlota le venían pagando 500 mil Bs por jornada de limpieza. Esto sumaba unos cuatro millones al mes; es decir, poco menos del salario mínimo. Y si por ahí ya iba mal, la cosa se complicó cuando la bolsa de pan de sándwich que compraba semanalmente –para que comieran ella, su hija y su nieta– empezó a costar tres millones y medio. O sea, casi lo mismo que lo que le pagaban en la papelería.

Carlota también trabaja en la conserjería de un edificio: ahí vive. Y ahí cobraba tres salarios mínimos, por lo que estaba ganando 15 millones al mes. O sea que entre la papelería y la conserjería, podía comprarse cuatro bolsas de sándwich. Y quizá alguito de vegetales, más alguito de verduras y tal vez –si caía un tigrito– unos huevos –que era la única proteína a la que podía aspirar–. Fue entonces cuando se decidió  a conversar con el señor Pérez, el dueño de la papelería.

Le dijo que lo que ganaba con él no le rendía, que si no podía subirle los honorarios lo mejor era que dejaran las cosas hasta ahí y ella se buscaba otra cosa, pues eso no le estaba resultando rentable y en Venezuela los precios suben más rápido que cualquier sueldo.

Cuando el señor Pérez escuchó aquella mujer cuarentona decir eso, sintió que un elefante lo aplastaba contra el piso: ¿cómo era posible que tras 20 años de relación laboral, ahora surgiera aquella incomodidad? Le dijo a Carlota que tranquila, que él entendía, pero que no se apresuraran: le prometió un aumento de, mínimo, el 200 por ciento; a ver si sus honorarios mensuales llegaban a alrededor de los 20 millones. Eso sería el mínimo, le dijo, pero iba a tratar de que fuese un poquito más.

Eso fue el miércoles 15 de agosto.

El señor Pérez llegó a su casa con esa migraña que tanto lo persigue desde que en Venezuela la palabra hiperinflación se puso de moda. Ya de por sí tenía días mareado: la reconversión monetaria, que ocurriría el lunes siguiente y le eliminaría cinco ceros a la moneda, lo estaba volviendo loco de tanto recalcular precios.

Es verdad, hasta hace cinco años mantenía contratados a seis empleados que ganaban el doble del salario mínimo. De un año para acá, tuvo que reducir la nómina a tres empleados y empezar a pagarles el mínimo de los beneficios. Pero, coño, no podía –no quería– perder a Carlota: la consideraba un afecto cercano. Le subiría el salario, sí, aunque su margen de ganancias por la papelería era cada vez más estrecho, aunque en realidad cada vez dependía más de los 30 dólares mensuales que le mandaba su hijo de 19 años que trabaja de mesonero y repartidor en Buenos Aires.

Así que el viernes en la mañana le anunció a Carlota que ahora le pagaría, por cada día que fuese, unos cinco millones de bolívares.

Para ambos, eso fue una “buena noticia” que duró demasiado poco.

El viernes 17 de agosto, Nicolás Maduro –el hombre que tiene secuestrado el cargo de presidente de la República– anunció unas nuevas medidas económicas, que aparte de confirmar la mentada reconversión monetaria elevaron el salario mínimo hasta 180 millones de bolívares al mes (1.800 bolívares soberanos). El aumento fue de 35 veces su valor.

O, dicho de otro modo, todas las empresas tendrán un aumento de 35 veces más gastos.

O, dicho de otro modo, todos los productos y servicios deberán multiplicar su costo por 35 para que sigan siendo rentables.

O, dicho de otro modo, Venezuela tendrá la inflación diaria más alta del mundo. Quién sabe, quizá la más altas de la historia.

Al régimen le gusta hacer ruido, que se hable de él. Es, en efecto, una estrategia comunicacional que funciona: capta la atención de los medios, eclipsa las tragedias cotidianas, y se mantiene como el protagonista del drama país. Al régimen le gusta que todo gire en torno a ellos: sabe que vives mientras tengas presencia en las conversaciones cotidianas y mueres cuando la indiferencia te aplasta.

Por eso el régimen y sus exponentes son ruidosos y les encanta producir noticias ruidosas: para opacar el resto de las historias.

Quien entiende de política, sabe de qué hablo.

Y la prensa le sigue el juego sin darse cuenta de que es un títere manejado por intenciones oscuras. Habla y habla del aumento, habla y habla de los exabruptos de Maduro, habla y habla de todo lo que hace, dice o deja de hacer el régimen.

Y las personas, incluso las que lo adversan, hacen lo mismo.

Y creen que eso es estar informado. Que es como pensar que “informarse” es describir la forma detallada en la que un pedófilo violó a un niño, sin entender que eso solo alimenta el morbo de otros pedófilos. Sin entender que el protagonista de ese drama es el niño: no su agresor.

Por eso cuando me enteré del aumento del salario mínimo, mientras estaba en casa del señor Pérez, sentí algo raro dentro de mí. Algo raro que no era rabia, sino tristeza. Lo entendí cuando él nos dijo a mí y a su hija que iba cerrar la papelería. Que ya no tenía sentido ese esfuerzo. Que vivirían de las remesas y que abrazaría su jubilación: que para eso ahorró alguito –en verdes, claro– durante esos años.

Me sentí mal por él. Pero de inmediato pensé en Carlota: ya no podría comprar ni siquiera una bolsa de sándwich al mes.

 

Por Mark Rhodes

Cajas selladas

Donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

La Librería Lugar Común abrió sus puertas por primera vez hace siete años. Desde entonces, lo que era un espacio más propio de las calles bonaerenses que de una Caracas cada vez más deprimida devino cadena. Hoy día, existen tres sedes más en Caracas (una en Plaza Venezuela y dos en Las Mercedes), además de una en Mérida y otra en Margarita. Pero ninguna –ninguna– tiene el aura de la primogénita: la de Altamira.

La misma que ahora es solo un montón de cajas selladas.

A ver si nos entendemos. En el mismo espacio opaco y desteñido que se muestra en la foto, se realizaron 1.500 eventos gratuitos, talleres y jornadas de discusión. ¿Se entiende? 1.500. Lo que equivale a pasar más de dos tercios del año haciendo mucho más que vender libros. Es decir, había más espacio para el desarrollo intelectual y artístico en ese reducido local que en muchas universidades.

En ese mismo lugar que ahora parece un depósito que exhibe su intimidad ante el mundo, pasaban día tras día centenas de personas que se sentían seducidas por una fachada que invitaba a la opinión reposada en medio de la verborrea caraqueña. En una urbe en la que el tiempo agoniza entre retrasos del Metro y colas infinitas, sentarse a tomar un café y leer un libro era posible en una esquina de Altamira que, de tan concurrida, se convirtió en un Lugar Común.

Como una pequeña Caracas, confluían ahí desde señoras que buscaban –sin mucho éxito– el último hit de Paulo Coelho hasta jóvenes que salivaban con tomos de la poesía de Walt Whitman en inglés original. Lo mismo pasaba un arquitecto a comprar un libro sobre su oficio que valía el equivalente a 25 salarios mínimos, como un bachiller que se sentaba a leer lo último de Punto Cero en el sofá durante toda la tarde: un poco porque disfrutaba estar ahí, otro poco porque ni ahorrando durante todo el año podía comprarlo.

Muchos de esos libros, que en la foto se intuye que rumian su desasosiego dentro de cajas que parecen cárceles, vieron impotentes cómo la librería –pese a sus 20 candados– fue robada dos veces. Y cómo sobrevivió a dos batallas campales: las protestas del 2014 y 2017.

Donde muchos ven cajas cerradas, yo veo el recuerdo de aquél taller de crónica que realicé en el 2014 mientras, afuera, varias barricadas trancaban las vías cercanas. Desde los vidrios que ahora exponen la tristeza, observé hileras de fuego que resguardaban a descamisados manifestantes dispuestos a tirar desde piedras hasta su propia vida a policías y guardias. Con esa imagen en mi retina, subí al segundo piso de la librería –donde estaban las aulas– para adquirir las herramientas que cuatro años después me ayudarían a convertirme en editor en jefe de Revista OJO. Por poner un ejemplo.

Quizá por todo esto, en una entrevista, Garcilaso Pumar –quien fuera el rostro visible de Lugar Común– contó que su esposa le dijo que el cierre de la sede de Altamira es lo más cerca que van a estar de participar en su propio entierro. Como, pienso yo, si un vivo orara frente a su propia tumba.

Tal vez buena parte de los caraqueños que aman los libros se sienten un poco así. No tanto porque se baje de forma definitiva una santamaría, sino porque es otra santamaría que se baja: la ciudad luce cada vez menos amigable para los amigos de la cultura.

La librería fue también ejemplo del aumento de la crisis. Si en época de vacas gordas podía vender centenas de libros durante un día, ahora que no hay vacas y muchos se debaten entre comer o leer (o se debatían: de un tiempo para acá, los libros pueden ser más costosos que la comida) no hubo cómo comprar el local que alquilaba: el que era su hogar. Sin acuerdo con los arrendadores, cerrar era la única opción. Y así, aunque la cadena se mantiene firme, acaba de perder a su eslabón más valioso. Al más icónico.

Por eso, repito, donde muchos ven cajas yo veo una oportunidad que se cierra. Un espacio que muere. Veo el flujo de la vida continuar con paso indiferente ante otra flor que se marchita: una que adornaba y enriquecía la escena cultural caraqueña.

Otra flor que se quema en medio de un incendio rojo como el fuego. Rojo como la Revolución.

 

Por Lizandro Samuel | @LizandroSamuel

Algunas consideraciones

Quien desee comprender cómo funciona la mente de los tiranos del régimen –desde Nicolás Maduro hasta Jorge Rodríguez, pasando por Diosdado Cabello, Elías Jaua, Tareck El Aissami, Delcy Rodríguez y compañía– debe adentrarse en cualquier barriada popular venezolana famosa por sus altos índices delictivos. Ahí, debe buscar al pran, al capo, al malandro principal y observar su proceder. Debe preguntarle a los vecinos qué significa para ellos vivir cerca de un delincuente de ese nivel. Debe oler el miedo, la falta de futuro, la podredumbre: percibir esa sensación de supervivencia que se impone en un ambiente en el que, para algunos, todo se resume a matar o morir. Quien no sabe lo qué es vivir entre malandros, quien nunca se fue a dormir con el arrullo de las balas, difícilmente pueda comprender –comprender de verdad– la forma de proceder del régimen.

El caso del diputado Juan Requesens es uno más en una lista más pesada que un luchador de sumo. Las vejaciones, asesinatos, sobornos, chantajes y robos del régimen son rumores que todos conocemos, aunque no siempre se hayan probado. Y son, sobre todo, la forma de vida de quien –a falta del carisma seductor de Hugo Chávez y ante un rechazo más que evidente por parte del 80% del país– sabe que solo puede imponerse desde del miedo. Porque malandro que perdona a su enemigo no dura más de una semana en el barrio.

Me da la sensación de que para la mayoría de los políticos opositores comprender esto ha sido difícil. No es para menos: en su experiencia de vida no se encontraba conseguir casquillos de balas frente a las puertas de sus casas. Y las ideologías y la universidad son importantes, pero no enseñan lo que enseña la calle. Esa en la que muchos, lamentablemente, asumen que o jodes al otro o te jodes tú.

Y en ese plan anda el régimen dictatorial que tiene secuestrada a Venezuela.

El rechazo de la comunidad internacional, del pueblo, la falta de recursos económicos y la larga lista de delitos, son una combinación demasiado pesada para estos delincuentes que todavía usan la palabra revolución. Es una combinación tan pesada, que saben que si caen van presos o mueren. Y que para no caer no pueden hacer sino lo único que mejor se les da: llevarse por delante a cualquiera que aparezca en su camino. Disparar primero y preguntar… nunca. Aplastar a cualquier gallito alzado o anular al enemigo. Todo a cualquier precio.

Cuando los ciudadanos pedimos justicia, pedimos que se hagan valer nuestros derechos, cuando exigimos respeto, ¿a quiénes nos dirigimos? ¿A la comunidad internacional o al régimen? Porque la comunidad internacional puede ejercer presión y seguirá haciéndolo. Pero el régimen, bueno, mientras más incómodo esté más violento se pondrá: mientras más le lloren en la puerta de su casa, más balas va a repartir. Porque al malandro nada le molesta más que la lloradera ajena.

Son malandros. Son capaces de hacer lo que le están haciendo a Juan Requesens y muchas otras cosas más de las que aún no nos hemos enterado. Son capaces de matar a cualquiera. Son capaces de hacer lo que jamás podríamos imaginarnos. Y, de ser necesario, lo van a hacer. Pero lo importante, del lado nuestro, es no perder el foco: malandro es fuerte y se impone, pero está fuera de la ley. Venezuela no tiene presidente: está secuestrado. Juan Requesens no fue detenido: está secuestrado. Y todo lo que ocurre en medio de un marco tan tiránico solo puede ser ilegal: malandro vestido de policía sigue siendo malandro. Solo debemos tener presente que son capaces de lo peor. Y entender a qué nos enfrentamos.

 

Por Mark Rhodes

El caballo viejo que sigue galopando

Cuando Bettsimar Díaz tenía 14 años, decidió guardar bajo la cama una copia de cada nuevo álbum que sacara su padre o, en general, de cualquier manifestación –por cotidiana que fuera– de la genialidad de este. Bajo la cama de la adolescente, en vez de monstruos, fueron a parar desde recortes de prensa hasta caricaturas de la autoría de su padre, incluyendo cualquier frase dicha al vuelo que Bettsimar no dudaba en copiar en algún papelito. Transcurría el año 1979. Tres años antes, Simón Díaz había lanzado su disco Tonadas 2, el cual significó un punto de quiebre en su carrera: el momento en el que pasó de ser una talentosa celebridad a iniciar su conversión en uno de los músicos más importantes de la historia de Latinoamérica. Lo suyo ya no era solo vender discos, sino fraguar una obra trascendente. Por la casa de los Díaz desfilaban figuras que encontrarían una notoriedad similar: Cantinflas se sentó en el sofá de la sala, Juan Gabriel fue un muchachito delicado que no quiso meterse en una piscina que juzgó muy fría, Pedro León Zapata se cansó de repartir abrazos y Adriano González León conversó sin parar. Las mentes brillantes, dicen, se reconocen entre sí. Pero cabría preguntarse si Simón sospechaba el peso que tendría su obra. En un país empeñado en que todo gire alrededor de las novedades de Caracas, este canta autor usó su experiencia en los llanos (digna del realismo mágico de Gabriel García Márquez) para explorar temas universales que lo llevaron a un reconocimiento mundial. Joan Manuel Serrat, Caetano Veloso, Plácido Domingo, Celia Cruz, Julio Iglesias, Gilberto Santa Rosa y Rubén Blades, fueron solo algunos de los muchos artistas que cantaron junto a Simón o bien versionaron alguna de sus canciones. De su obra más conocida, Caballo viejo, se conocen más de 300 versiones. Mismo número que da nombre a una famosa película sobre espartanos. Y es que con actitud de guerrero mitológico, Tío Simón emprendió la tarea de dar a conocer a Venezuela a través de tonadas que protagonizaban personajes llaneros. Su éxito fue tan notorio que hoy día pocos, muy pocos, recuerdan que alguna vez fue un humorista que cantaba a dueto con Horacio Blanco para, primero, parodiar cuñas de televisión; y luego, para explorar otras formas de humor, algunas de las cuales despertaron sensibilidades. Aunque en esa etapa de su vida, la que antecedió a su creativa época como compositor, se relamió en las mieles del éxito, lo mejor, como ya sabemos, vino después. Venezuela es un país que debería presumir, quizá hasta el hartazgo, del único caballo de nuestra identidad que no tiene nada que ver con guerras, militares o figuras bélicas. Al único caballo civil, pues. Ese que, cuatro años luego de la muerte del artista que lo concibiera, sigue galopando con el ímpetu de un potro. Y eso que es un Caballo viejo. Sucede, ya se sabe, que las grandes obras superan a los artistas para llegar adonde estos no pueden: a la inmortalidad.

 

Por Mark Rhodes

Un país que se hunde

Empeñados en desbaratar casi cualquier cosa que funcione, el Gobierno ordenó la expropiación y ocupación de la compañía Conferry en 2011 debido a que, según el argumento oficial, prestaba un servicio ineficiente, irregular, discontinuo y ofrecía a los usuarios precios muy elevados. Es así como el Robin Hood rojo –que roba a los emprendedores para darles champagne a sus amigos holgazanes en nombre de los pobres– adquirió las embarcaciones que emprendían el viaje ida y vuelta hacia la isla de Margarita. Siete años después, de 11 ferris que se encontraban operativos sólo uno está disponible para viajar. El último en decir adiós, El Tallin Express, simboliza a un país que se hunde gracias a un sistema político-económico cuestionado incluso por sectores del chavismo. Que se hunde como la credibilidad del eslogan “Venezuela potencia”. Que se hunde como una empresa petrolera que importa gasolina porque no puede satisfacer el mercado interno. El ferry que se hundió forma parte de la política ¡Eficiencia o nada! del legado del presidente Chávez. Y como vieron que eran tan eficientes como quien cocina una res con un fósforo, prefirieron no hacer nada que ayudara al país. Nada por la economía, nada por la inseguridad, nada por los buques que necesitan mantenimiento. Es así como uno de los símbolos de las vacaciones en Margarita nunca fue prioridad para un régimen que viaja en aviones privados y yates de lujo: un país se hunde ante los ojos de un Gobierno que disfruta que sus habitantes se ahoguen.

 

Por Edgar Moores.

Todo pasa: el retiro de Robert Redford

Suelo sentarme a pensar sobre lo efímero que es todo. Y, entonces, me pregunto de qué vale el estrés y la ambición. Las ansias de logros, de trofeos, de reconocimiento. En un viaje que hizo a Islandia, el periodista Axel Torres recabó información para escribir un libro en el que destaca la siguiente frase: “La isla se revelaba como un ecosistema perfecto para que en él habitara individuos más preocupados por ser que por trascender”. Axel, profesional serio y responsable, cuenta en una entrevista que el choque cultural lo llevó a cuestionarse la forma en la que había organizado su vida.

Robert Redford anunció su retiro de la actuación. Explicó que desde los 21 años andaba en ese oficio y que ya iba a cumplir 82: nada es para siempre. Redford es una leyenda de Hollywood, no solo por su talento sino por su aspecto: fue el ícono sexual de varias generaciones, algo así como el Brad Pitt de antaño: el hombre que hacía que millones de mujeres se sintieran insatisfechas con sus maridos.

Mentiría si dijera que he seguido en profundidad la carrera de Robert. Recuerdo que la primera película que vi en la que él participaba fue Una proposición indecente. Ahí, el papel que interpretaba era el de un millonario y guapo seductor. O sea, Robert Redford hacía de Robert Redford.

La película la vi cuando era muy joven, y, aparte de resultarme escandalosamente morboso el argumento, pasé dos noches enteras soñando con Demi Moore. La actriz nunca me volvió a parecer tan guapa como aquella vez. Nunca volví a pensar demasiado en ella: no de esa forma.

La piel se arruga, el dinero se acaba, la fama antecede al olvido, el brillo se opaca. ¿Para eso ambicionamos tanto, para que al final todo pase y solo sobreviva la nostalgia? ¿No sería mejor vivir entonces con la parsimonia con la que encaran la vida, según el libro de Axel, los islandeses? ¿La sociedad de este lado del mundo estará construida sobre los pilares incorrectos?

Cuando me siento muy abrumado, cuando creo que el tiempo se me agota, cuando el trabajo me sobrepasa, me siento a pensar en cuantas celebridades brillaron para apagarse. Porque todo lo relacionado con los humanos tiene fecha de caducidad: lo único con verdadero poder de trascendencia es el arte. No un nombre ni un hombre, una obra: un legado, que muchas veces da sus mejores frutos cuando quien lo construyó ya no está en el plano terrenal.

Robert Redford anunció que dejaba la actuación. Y la noticia no va acompañada de tanto revolú. Hoy día las mujeres suspiran por otros galanes, las películas de moda tienen otro sabor y él seguramente pasará los años que le queden en ese cómodo sillón que le dejó el éxito incuestionable. Si de él nos acordaremos o no en 50 años, es algo que está por verse. Mientras tanto, me dispongo a salir de casa invirtiendo menos energía en arreglarme. Si hasta la piel de Robert Redford se arrugó, qué quedará para uno.

 

Por Mark Rhodes